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Alberto Masoero Lineas de Fractura

Este documento resume tres líneas de fractura que debilitaron la cohesión del Imperio zarista en Rusia a principios del siglo XX: 1) La tensión entre la población rural pobre y los sectores privilegiados, lo que llevó a conflictos sociales. 2) El surgimiento del nacionalismo creó dificultades debido a la gran heterogeneidad de la sociedad rusa. 3) La tensión entre los intelectuales y la ideología autocrática del poder, lo que alimentó el movimiento revolucionario. A pesar de estas fracturas, el Imp

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Alberto Masoero Lineas de Fractura

Este documento resume tres líneas de fractura que debilitaron la cohesión del Imperio zarista en Rusia a principios del siglo XX: 1) La tensión entre la población rural pobre y los sectores privilegiados, lo que llevó a conflictos sociales. 2) El surgimiento del nacionalismo creó dificultades debido a la gran heterogeneidad de la sociedad rusa. 3) La tensión entre los intelectuales y la ideología autocrática del poder, lo que alimentó el movimiento revolucionario. A pesar de estas fracturas, el Imp

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1

Universidad Nacional de Rosario / Facultad de Humanidades y Artes

Material de Cátedra: Historia de Europa IV

Serie: Traducciones

MASOERO, Alberto “Líneas de fractura en el Imperio


zarista. Una mirada de conjunto”

En Storica N° 50, Anno XVII, 2011.

En línea:
[Link]
ttura_nell'Imp
ero_zarista_Uno_sguardo_d'insieme_Storica_XVII_50_7-66

Traducción: Antonio Oliva

Año: 2016
2

Líneas de fractura en el imperio zarista. Una mirada de conjunto


Alberto Masoero

Los edificios más antiguos, que sobrevivieron sin daños irreparables durante siglos y hasta milenios,
están llenos de grietas, fisuras, grietas de distintas amplitudes y disposiciones. Pese a esto no han
colapsado ni tampoco están destinadas a ser demolidos en un futuro próximo. La existencia de una
grieta, aunque revista gravedad, no es de por sí motivo suficiente para comprometer al conjunto de la
estructura edilicia. A veces dichas líneas de fractura permanecen simplemente allí, por siglos. A
veces una restauración no muy radical, de un ladrillo aquí o allá, permite evitar daños irreversibles.
Al igual que una golondrina no hace la primavera, una grieta en la pared principal del Estado no es
una revolución.
La metáfora de la estructura edilicia nos permite recordar una sugerencia interpretativa sobre la que
ha insistido frecuentemente M. Confino, uno de los decanos de la historiografía internacional sobre
Rusia, fallecido recientemente1, sobre la importancia de observar la historia del Imperio zarista en
sus propios términos sin buscar a toda costa los orígenes de la Revolución de Octubre y de la Unión
Soviética, las raíces o la anticipación de acontecimientos, ideas o prácticas sociales de una fase más
tardía. Aplicar este punto de vista al análisis del “caso ruso” en los análisis de los antiguos regímenes
obliga a un cambio de perspectiva. Nos induce a problematizar el fin del zarismo como un fenómeno
que necesita ser explicado sin dar por descontada la incompatibilidad de sus estructuras sociales y
mentales con la modernidad. En este sentido, se trata de observar la fase imperial de la historia rusa
de Pedro el Grande en adelante, en particular la del siglo XIX, evitando presuponer incluso
inconscientemente que debería conducir necesariamente a un resultado revolucionario. En vez de
preguntarnos cómo fue posible que una estructura estatal irremediablemente obsoleta y residual pudo
sobrevivir tanto tiempo, puede ser útil invertir la indagación y preguntarnos por las razones por las
cuales una estructura compleja que había funcionado en términos generales bastante bien durante
siglos, creciendo en su extensión geográfica, en su fuerza militar en su prestigio internacional, en su
nivel productivo e intelectual, pudo caer en el máximo de su apogeo histórico. Puede ser útil, por lo
tanto, emprender una labor interpretativa que se ubique idealmente en la víspera de la Primera
Guerra Mundial, pretendiendo ignorar en la medida de lo posible lo que vendría después, y mirar
hacia atrás, sobre todo al último siglo del régimen zarista desde el punto de vista de la monarquía,
teniendo en cuenta los desafíos que enfrentaba, su naturaleza y la gravedad relativas, las respuestas
que ésta trató de dar a estas “grietas” cuando aún no eran irreparables. La caída del imperio zarista en
1917 pude ser visto como parte de una ola tardía de crisis estatales vinculadas al quiebre de guerras y
revoluciones de los años 1914-18. La guerra puso a prueba la estabilidad y cohesión de muchos
estados y clases dirigentes, las obligó a medirse con la necesidad de un esfuerzo bélico sin
precedentes, a adoptar formas nuevas de racionalidad productiva y a sujetar las opiniones púbicas
con instrumentos inéditos de movilización política. La guerra sacudió profundamente y destruyó
estados para nada antiguos, como la Italia post-unitaria o el Imperio guillermino, pero también una
serie de estados imperiales caracterizados por su particular composición multinacional como el
Imperio de los Habsburgo o el imperio Otomano.
El año 1913 parece ser un punto de vista adecuado para medir la capacidad de supervivencia de la
autocracia zarista porque se corresponde con el ápice de los principales indicadores cuantitativos del
crecimiento económico y productivo, niveles sólo alcanzados no antes de los años veinte y en

1
“An Interview with Michael Confino”, en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History, 9, 2008, fasc. 2, pp.
279-90.
3

algunas aspectos en los años 50‟ del siglo XX 2. La fecha es significativa también, porque en ese año
la dinastía celebró con gran pompa el tercer centenario del acceso al trono de su fundador, Miguel
Romanov, ceremonias de las cuales tenemos una rica documentación iconográfica y cinematográfica.
Por otra parte, la monarquía celebraba con amplia participación popular, proyectaba hacia el pasado
la narración de un crecimiento ininterrumpido a través de los siglos y exhibía un estado que emergía
como “renovado y reforzado” a las pruebas de la historia3. Mirando hacia atrás desde este particular
punto de llegada, ¿qué fenómenos debilitaban la cohesión del Imperio y, sobre todo que dinámicas de
largo plazo las habían inspirado?
En las páginas siguientes buscaremos de ofrecer un cuadro de conjunto obligatoriamente sintético,
una hipótesis interpretativa de los factores de inestabilidad política del imperio zarista, utilizando de
manera muy selectiva la historiografía y algunas escasas fuentes, por lo tanto renunciando a dar
cuenta de modo exhaustivo de todo un muy rico debate historiográfico, inevitablemente muy vasto
para ser abarcado adecuadamente en pocas páginas. Por su parte excluimos deliberadamente del
cuadro interpretativo el contexto externo de los desarrollos militares y diplomáticos, no porque tales
factores no sean necesariamente importantes y mucho más en el contexto que precedió a la guerra
mundial, sino para que, por contraste, se pueda echar luz a la anatomía de los factores de estabilidad
e inestabilidad interna del Estado zarista. Examinaremos, por consiguiente, tres “líneas de fractura”,
entendiendo con esta definición contradicciones reales, importantes, pero de por sí no suficientes
para determinar el fin del Estado imperial: la tensión entre población rural y sectores privilegiados, y
por tanto el aspecto del conflicto social; la emergencia del nacionalismo y las dificultades que
produjo al gobierno una sociedad extremadamente heterogénea; y finalmente la tensión entre el
sector culto y la ideología del poder autocrático que estuvo en la base del desarrollo del movimiento
revolucionario.

1- Jerarquías sociales y gobierno del territorio

¿En qué medida la pobreza, la desigualdad y la protesta colectiva constituyeron un motivo de


inestabilidad del gobierno zarista? A pesar de una imagen generalizada de la revolución entendida
como explosión de conflictos sociales crecientes y de larga data, la “cuestión social”, entendida
como pobreza en sentido estricto, representó por mucho tiempo una amenaza relativamente modesta,
tuvo efectos políticos relativamente tardíos y, sobre todo, puede ser comprendida adecuadamente
solo si se la considera en relación a las reformas y la evolución de las prácticas de gobierno de los
últimos decenios del zarismo.
Las contribuciones historiográficas producidas por el standard of living debate a partir de los años
ochenta del siglo pasado han revisado ampliamente el escenario de una campaña caracterizada de
modo uniforme por el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida y de miseria creciente.
Indicadores como los retrasos fiscales, por ejemplo, se han interpretado como el resultado de la
capacidad de los ex siervos de la gleba de sustraerse a la capitación, más que como síntoma de su
incapacidad de contribuir4. Los datos sobre la rápida propagación de la alfabetización entre las
generaciones más jóvenes, sobre la dieta alimentaria o sobre la altura media de los reclutas en el

2
Ver la más reciente actualización en A. Markevich, M. Harrison, Great War, Civil War, and Recovery: Russia‟s
National Income, 1913 to 1928, The University of Warwick, Working Papers Series, Warwick 2010.
3
Así lo mencionaba el manifiesto imperial del 21 de febrero 1913 en ocasión del tercer centenario de la monarquía, cit.
en R. Wortman, Scenarios of Power. Myth and Ceremony in Russian Monarchy, Princeton U.P., Princeton 2000, vol. 2,
p. 439.
4
J.Y. Simms, “The Crisis in Russian Agriculture at the End of the Nineteenth Century: A Different View”, en Slavic
Review, 36, 1977, fasc. 3, pp. 377-98.
4

servicio militar, además del fenómeno de las masivas adquisiciones de tierra señorial por parte de las
comunidades de aldea, han puesto en discusión la imagen indiferenciada de una Rusia campesina,
cada vez más pobre y explotada. Debemos agregar a este cuadro, además del extraordinarios
desarrollo de las cooperativas, la onda larga del crecimiento demográfico que caracterizo a los
últimos decenios del zarismo y se prolongó, no casualmente, hasta los comienzos de la crisis
soviética de los años sesenta del siglo XX. Se vio acompañada por la tendencia secular al
poblamiento y avance de los cultivos de vastas zonas de las regiones periféricas por ejemplo, la de la
“gran migración siberiana” entre 1880 y 1917 que acompañó el avance de un peculiar, pero real y
dinámica “frontera” de la agricultura campesina. Estos fenómenos deben ser colocados el trasfondo
de una prevaleciente “economía de trabajo” de tipo čajanoviano que se prolongó hasta la
colectivización estalinista, en la cual la fuerza de trabajo representaba el principal factor productivo y
en el que, por lo tanto, el aumento de la población puede verse no sólo como un incremento de bocas
que alimentar, sino también como el crecimiento de los recursos disponibles5.
Los análisis cuantitativos han dejado zonas en sombras y puntos controversiales 6, como
frecuentemente sucede cuando los historiadores se aferran a los números para alcanzar el Santo Grial
de la “realidad tal cual ella es”, pero en general numerosas y sustanciosas contribuciones de los
últimos decenios han puesto seriamente en discusión el esquema interpretativo de una “crisis agraria”
en vías de empeoramiento a partir de 1861, consecuencia de una sobrepoblación relativa, el aumento
de los impuestos y la reducción de la tierra disponible, una tesis enunciada por primera vez
políticamente en las Cartas sin una dirección de N.G. Černyševskij (1862) y luego argumentada
empíricamente en 1877 por J.E. Janson, uno de los padres de la estadística rusa moderna7.
Por su parte la cronología de las rebeliones populares se corresponde a la imagen de una sociedad
rusa en ebullición, progresivamente inclinada a la insurrección conforme nos acercamos al épico
1917. Por el contrario el largo siglo XIX campesino ruso aparece como una época particularmente
pacífica, incluso color de rosa, en comparación con los que historiografía soviética llama, no sin
razón, verdaderas “Guerras campesinas” de los siglos XVII y XVIII, desde Sten‟ka Razin a Pugačëv.
Fueron crisis sociales, políticas y militares de primer orden que sacudieron la monarquía desde sus
cimientos y amenazaron el trono de modo muy concreto 8. Acontecimientos pasados similares
permanecieron en la memoria nobiliaria y aristocrática, por ejemplo en la representación literaria de
La hija del capitán de A. Puškin, como auténticos “grandes miedos” del antiguo régimen zarista,
síntomas de un incurable quiebre social y cultural entre “siervos” y “señores”. La relativa quietud del
campo del siglo XIX resalta aún más si se la compara con la otra subsiguiente tipo de “guerra
campesina”, la del siglo XX entre poder bolchevique y las masas rurales, desarrollada con aguda y
sintética precisión por A, Graziosi; una verdadera guerra civil entre el proyecto soviético y el mundo
campesino puesta en práctica con fases alternas, latentes o explosivas, hasta el fin de la
colectivización, sobre el trasfondo de un escenario de crisis, violencia generalizada y represión de

5
D. Treadgold, The Great Siberian Migration: Government and Peasant in Resettlement from Emancipation to the War,
Greenwood Press, Westport Conn. 1976; F.X. Coquin, La Sibérie: peuplement et immigration paysanne au XIX siécle,
Institut d‟Etudes slaves, Paris, 1969; Peopling the Russian Periphery. Borderland Colonization in Eurasian History, eds.
N. Breyfogle, A. Schrader and W. Sunderland, Routledge, Londres, 2007.
6
S.L. Hoch, “On Good Numbers and Bad: Malthus, Population Trends and Peasant Standard of Living in Late Imperial
Russia”, en Slavic Review, 53, 1994, fasc. 1, pp. 41-75.
7
N.G. Černyševskij, Pis‟ma bez adresa, in Polnoe sobranie sočinenij, vol. 10, Ogiz, Moscú, 1951, pp. 99-116; Ju.E.
Janson, Opyt statističeskogo issledovanija o krest‟janskich nadelach i plateţach, San Peterburgo, 1877, pp. 123-5; B.N.
Mironov, “The Myth of a Systemic Crisis in Russia after the Great Reforms of the 1860s–1870s”, en Russian Social
Science Review, 50, 2009, fasc. 4, pp. 36-48.
8
Ver el reciente estado de la cuestión en M. Natalizi, “Emel‟jan Ivanovič Pugačëv: una rilettura”, en Storica, 37, 2010,
pp. 61-102.
5

masas lejanamente comparable a los esfuerzos que las autoridades zaristas debieron emprender para
frenar este o aquel movimiento popular hasta la primera guerra mundial9.
Al compararlas con las graves crisis del siglo XVIII y las del siglo XX la conflictividad rural del
siglo XIX, a pesar de la violencia endémica, la brutalidad de los episodios recurrentes y momentos
de agudización, aparece en forma general como manifestación de una renegociación de las relaciones
de dependencia servil, en primer lugar, y del equilibrio entre los sectores, luego, más que una
tendencia creciente a la explosión y el descontento. El episódico incendio de las dependencias
señoriales o las más eficaces “armas del débil” (fuga, migración no autorizada, resistencia pasiva,
peticiones aldeanas, manipulación interesada de la legislación vigente, etc.) se presentaban como un
continuum de resistencia y conservación de los propios intereses, casi como una tratativa sindical en
condiciones de antiguo régimen que no representaba verdaderamente una amenaza estratégica para la
solidez del Estado. Como ha demostrado P.A. Zajončkovskij, los movimientos campesinos, siguieron
más que precedieron, la abolición de la servidumbre de la gleba. Sus objetivos no eran los
fundamentos de la jerarquía social o la legitimidad de la monarquía como tal, sino la interpretación
de las condiciones de ejecución de la emancipación de una manera más favorable a los intereses
campesinos. En la más famosa y estudiada de éstas revueltas locales, la que estalla en 1861 en
Bezdna en la región de Kazan, el lenguaje de la protesta apelaba a una benévola voluntad liberadora
del soberano que los nobles y funcionarios locales habrían ocultado y deformado deliberadamente
para obtener ventajas. Las reivindicaciones se basaban en una interpretación distinta y “auténtica” de
las normas fundiarias previstas en los documentos de implementación de la reforma10. Entre los
distintos focos de crisis que acompañaron la puesta en marcha de las grandes reformas a mediados
del siglo, se encuentran el movimiento juvenil revolucionario, insurrecciones en las periferias no
rusas (el movimiento polaco de 1863), la fronda nobiliaria liberal y la sublevación de los ex siervos
de la gleba y esta última fue la amenaza más fácilmente resuelta por las autoridades, ya neutralizada
en el verano de 1861.
Las señales de una mutación cualitativa de las formas de protesta y la adopción de un lenguaje nuevo
se reencontraron más tarde, por ejemplo en los movimientos campesinos de 1902 en Char‟kov y
Poltava, regiones de la moderna Ucrania oriental y rusófona, pero en la época consideradas parte del
centro agrario ruso-europeo. Además de la violencia y la intensidad que las distinguieron las cuales
espantaron a las autoridades y clases dirigentes locales, y estimularon un copioso y preocupado
material de investigación, estos episodios de descontento se destacan en la cronología de las
revueltas campesinas prerrevolucionarias porque por primera vez la movilización colectiva
conllevaba la penetración del léxico y de la propaganda socialista, con la aparición de principios
como el derecho a la tierra y a los frutos del trabajo11.
Pobreza, desigualdad y descontento eran datos de hecho presentes en medida variables en la sociedad
zarista ya mucho antes de las crisis revolucionarias del siglo XX. Para explicar la manera en que
devinieron un factor político realmente significativo, capaz de representar una amenaza para la
estabilidad del Estado imperial es indispensable vincular la dinámica del conflicto social con la

9
A. Graziosi, La grande guerra contadina in Urss. Bolscevichi e contadini (1918-1933), Edizioni scientifiche italiane,
Napoli 1998.
10
I. Paperno, “The Liberation of the Serfs as a Cultural Symbol”, en The Russian Review, L, 1991, fasc. 4, p. 428; P.A.
Zajončkovskij, Otmena krepostnogo prava v Rossii, Prosveščenie, Moscú, 1968; D. Field, Rebels in the name of the tsar,
Houghton Mifflin, Boston, 1976.
11
L.I. Emeljach, “Krest‟janskoe dviženie v Poltavskoj i Charkovskoj gubernijach v 1902 g.”, en Istoričeskie zapiski, 38,
1951, pp. 154-75. Sobre la importancia de los movimientos de 1902 para la relación entre campesinos y socialistas
revolucionarios, cfr. M. Hildermeier, The Russian Socialist Revolutionary Party before the First World War, St. Martin‟s
Press, New York, 2000, p. 48.
6

evolución de las prácticas de gobierno de población y territorio. Es necesario considerar por tanto, no
sólo la dialéctica de siervos y señores, sino también la relación entre los diversos grupos sociales y
las transformaciones en la administración del estado a lo largo del siglo XIX, en particular en las
décadas posteriores a la abolición de la servidumbre en 1861.
El crecimiento del absolutismo zarista hasta el apogeo político-internacional y económico-productivo
de 1913 estuvo siempre acompañado por una tensión irresuelta: una brecha nunca completamente
resuelta entre la reivindicación solemnemente repetida y persistente de un poder absoluto,
“autocrático”, con derecho a controlar los más mínimos detalles de la vida social sin limitaciones y
restricciones de ningún tipo, por un lado, y la pobreza de los medios eficaces para traducir este
comando en la práctica diaria del gobierno de las personas y los recursos, por el otro. G. Yaney,
resumió este fenómeno con la definición de una sociedad “subgobernada” (undergoverned) o
“subadministrada”, caracterizada por un número limitado de funcionarios en relación a la población
y a la superficie geográfica12. La insuficiencia crónica se agravaba y estaba determinada por la
bastedad desmesurada de un territorio de difícil control para el centro antes que fueran construidos
los ferrocarriles y el telégrafo, con caminos fangosos intransitables durante los deshielos
primaverales y las lluvias de otoño, un espacio social en el que no faltaba la tierra cultivable, pero
escaseaban los brazos y las habilidades. La importante y eficaz modernización del Estado entre el
siglo XVIII y XIX, tuvo su contrapeso en siglos de expansión territorial, desde el avance a las
regiones tártaras de mediados del siglo XV a las conquistas en Asia central y el extremo Oriente a
mediados del siglo XIX, es decir una proyección expansionista que crecía pari passu con las tareas
administrativas y la exigencia de movilización de recursos. En la práctica, este territorio tan vasto y
casi siempre débilmente gestionado permitió a los siervos fugitivos o a los disidentes religiosos
refugiarse en su interior en vez de expatriarse. Aún a fines del XIX la migración ilegal hacia las
periferias resultaba un modo eficaz de sustraerse a la explotación del trabajo, más que la rebelión
colectiva o la huelga. A raíz de esto, en el siglo XVIII, la migración ilegal fue detalladamente
normativizada con detallada insistencia y una serie de castigos, que aunque teóricos, suponían una
gran severidad.
La producción legislativa tardoimperial reflejaba también en su proceder, la referencia a una
voluntad personal y omnipotente del soberano que debía intervenir en la gestión de los asuntos más
minúsculos. El zar leía personalmente los informes anuales de los gobernadores locales acerca del
estado de las numerosos y heterogéneas regiones. Cualquier lacónica y manuscrita “recomendación”
del soberano, fijada en el marco de ésta o aquella consideración relacionada con el más pequeño
problema local, daba inicio a un engorroso proceso de redacción legislativa y debía ser tenida en
cuenta en cada paso formal subsiguiente como fuente primaria y suprema de legitimidad hasta su
definitiva inclusión en el articulado del compendio oficial de las leyes del imperio. Cuando el primer
ministro P. A. Stolypin visitó en 1910 la región de Akmolinsk en la Siberia Occidental, un territorio
casi tan vasto como Francia, constató la presencia de una fuerza policial que no superaba las 90
personas. Aún en 1896 los funcionarios gubernamentales podían descubrir en el interior de este
estado casi imperiosamente conducido por el centro, decenas de aldeas absolutamente ignotas para
las autoridades, cuya población había vivido por un cuarto de siglo sin siquiera pagar impuestos o
enviar reclutas13. El zar se encontraba siempre en el vértice de un aparato de gobierno relativamente

12
G.L. Yaney, The Systematization of Russian Government. Social Evolution in the Domestic Administration of
Imperial Russia, 1711-1905, University of Illinois Press, Chicago 1973; S. Velichenko, “The Size of the Imperial Russian
Bureaucracy and Army in Comparative Perspective”, en Jahrbücher für Geschichte Osteuropas, 3, 2001, pp. 346-62.
13
P.A. Stolypin, A.V. Krivošein, Zapiska Predsedatelja Soveta Ministrov i Glavnoupravljajuščego Zemleustrojstvom i
zemledeliem o poezdke v Sibiri i Povol‟ţe v 1910 godu, San Petersburgo, 1910, p. 124; A.N. Kulomzin, Vsepoddaneišij
7

pequeño e insuficiente para las tareas que imponían las prioridades políticas. Si bien la ideología
oficial reivindicaba con énfasis las prerrogativas absolutas del soberano, desde el “todos son
esclavos” de Iván IV al “todos deben servir” de Pedro I, hasta las más maduras conceptualizaciones
de S.S. Uvarov y K.P. Pobedonoscev, la administración del Estado nunca dispuso, ni siquiera a
comienzos del siglo XIX, de recursos humanos, organizativos y financieros suficientes para ejercer
directamente, con presencia capilar en el territorio y sin depender de la mediación de otros sujetos,
las funciones más básicas del estado moderno. Este desfasaje entre medios y fines no impidió el
crecimiento del Imperio, pero condicionó su estructura.
El ejemplo de la recaudación de los impuestos en las comunidades de aldea es útil para ilustrar el
modo en el cual la paradoja de esta omnipotente debilidad influenció las prácticas de gobierno y la
estratificación de las jerarquías sociales. Aún a comienzos del siglo XIX el Estado imperial no
disponía de un número suficiente de recaudadores en condiciones de llegar a cada casa de familia
particular y recaudar los impuestos casa por casa, incluso en las regiones más densamente
pobladas14. Hasta 1905, pero también lo hallamos en los años siguientes, las autoridades utilizaban
un procedimiento indirecto basado en el principio de la responsabilidad fiscal colectiva o krugovaja
poruka. Una vez censados sumaria y convencionalmente el número de “almas” registradas
oficialmente en cada comunidad (hasta 1858 la revizija decenal introducida por Pedro el Grande y
relatada por la irreverente ironía del Revisor de Gogol), el total indiferenciado de impuestos y pagos
exigidos – la capitación, pero también las sumas que se debían por el rescate de la emancipación,
deudas colectivas y tal vez prestaciones en obras como la manutención de las calles- eran asignadas
proporcionalmente a la aldea, la cual era responsable estableciendo y recaudando autónomamente la
cuota de cada una de las unidades familiares. Una acuarela de mitad del siglo XIX representa este
preceder como el gesto coral de una aldea en la que se envía al exterior parte de los recursos
acumulados durante el fatigoso ciclo laboral en los campos (Fig. 1) Debido a que la falta de pago de
tal o cual perjudicada a otros, los aldeanos forzaban a todos a contribuir, con una gravedad, precisión
y eficacia de resultados que el aparato fiscal no habría podido ejercer. La responsabilidad colectiva
constituía un incentivo potente para la introducción de prácticas redistributivas autónomas.
Este procedimiento rudimentario pero eficaz permitía al erario público delegar a la organización
aldeana, sin costos, funciones públicas esenciales que el Estado no estaba en condiciones de
desarrollar en primera persona. En la práctica se configuraba como una suerte de contrato de
exacciones fiscales con la comunidad campesina y de hecho correspondía en cierta medida con el
sistema de contratos para la venta de alcohol de la misma época, que a mediados del siglo XIX
representó el segundo punto de entrada más importante del presupuesto imperial tras la capitación
“por alma”. Pero esto significaba, a su vez, atribuir al universo campesino de la aldea, pese a ser una
obligación externa pero onerosa, un amplio margen de autonomía en la gestión de los asuntos de la
vida cotidiana y los recursos, por lo tanto, una amplia independencia de poder local. Una de las
funciones típicas de Gobierno teóricamente atribuible a la formación del absolutismo moderno, a
saber, la recaudación de impuestos necesarios para financiar las campañas militares y la política de
poder, de hecho fue atribuido a los ancianos o starosty de la comuna campesina, es decir, a una élite
local, distante y ajena a la jerarquía burocrática, que sin embargo desarrollaba un papel irremplazable
del sostenimiento de recursos y el mantenimiento del orden social.

otčët Stats-Sekretarja Kulomzina po poezdke v Sibir‟dlja oznakomlenija s poloţeniem pereselenčeskogo dela,


Gosudarstvennaja tipografija, San Petersburgo, 1896, p. 59.
14
Sobre la transición combatida y tardía de un sistema impositivo colectivo a uno individual, Y. Kotsonis, “„Face-
toFace‟: The State, the Individual, and the Citizen in Russian Taxation, 1863-1917”, en Slavic Review, 63, 2004, pp.
22146.
8

La paradoja de una soberanía del todo omnipotente y débil a la vez, contribuye a explicar en general
la persistencia en el tiempo de las dos instituciones más características de la sociedad rusa de antiguo
régimen: la servidumbre y, en menor medida, la comuna de aldea u obščina. El núcleo histórico de la
servidumbre de la gleba rusa de los siglos XVIII y XIX no consistía tanto en el predominio más o
menos gravoso y formalmente codificado del trabajo servil sobre el “trabajo libre”, punto de vista
sobre el cual recientemente A. Staziani ha observado la cuestión15, sino en la necesidad de distinguir
un instrumento indirecto de gobierno en el territorio y de movilización de los recursos productivos.
La obligación de residencia en la tenencia nobiliaria y en sus respectivas comunas rurales de
pertenencia – más precisamente “el vínculo con la tierra”- fue tal vez más importante que las rentas y
prestaciones más o menos severamente impuestas por los señores más o menos despiadados a las
distintas categorías del campesinado. Servía para fijar un determinado lugar productivo –no
necesariamente en las dependencias de un noble, también de los monasterios y tenencias de dominio
estatal- de una población tradicionalmente inclinada a la migración espontánea e incontrolable en un
espacio ilimitado que la historiografía decimonónica de A. Ščapov subrayó justamente como uno de
los aspectos específicos y característicos de la historia rusa16. Por esto, el castigo al vagabundeo y la
fuga campesina (las restricciones contra los vol’nye i guljaščie, o sea aquellos que vagaban por el
territorio sin “trabajar” para el Estado) revistió una importancia tan notable en la legislación petrina.
El hecho de conferir a la nobleza de servicio (dvorjanstvo) la propiedad de una tenencia (pomest’e) y
de los campesinos que allí residían, derecho luego codificado como sagrado e inviolable por Catalina
II, era indudablemente necesario para compensar lo más ampliamente posible a los dignatarios que lo
merecían y darles una fuente fiable de financiación que permitiera el ejercicio de tareas militares y
burocráticas. Pero también cumplía la importante función de colocar in situ a un poderoso sujeto
intermediario en el cual delegar numerosas e indispensables funciones en un determinado ámbito
territorial. En efecto, el titular del pomest‟e además de los ingresos del trabajo servil, la obligación de
absorber una serie de tareas cruciales como la administración de justicia para ciertas categorías de
delitos, la recaudación de impuestos, el envío de reclutas, la prevención de incendios o las partidas de
urgencia en los años de carestía. En ciertas ocasiones desarrollaba también la tarea de mejoramiento
de la agricultura. Fuese que este rol de “pequeño autócrata vicarial” fuera interpretado según la
retórica de un paternalismo benevolente o con la crueldad de un tirano de provincia, el hecho es que
la autocracia zarista de mediados del siglo XIX era profundamente dependiente de este rol y sabía
que no podía gobernar sin él.
Desde este punto de vista la expansión del siglo XVIII de la servidumbre no se corresponde
verdaderamente con el esquema interpretativo de una tardía feudalización nobiliaria aplicada a otros
países de Europa Oriental. La especificidad de la servidumbre de la gleba rusa consistía en el hecho
que su difusión e intensificación acompañaron, en lugar de preceder o de sobrevivir en forma
residual, la formación del Estado absoluto. La servidumbre constituyó un corolario fundamental de la
consolidación del absolutismo zarista. Precisamente por esto, su abolición fue tardía, dificultosa y
parcial, a pesar que la conciencia de las elites la condenaron tempranamente bajo un perfil ético (el
escándalo de la “propiedad bautizada” denunciada por A.I. Herzen) o económico-productivo (la
superioridad del “trabajo libre” teorizada por el economista I. Vernadskij). Lo había declarado desde

15
A. Stanziani, “The Legal Status of Labour from the Seventeenth to the Nineteenth Century: Russia in a Comparative
European Perspective”, en International Review of Social History, 54, 2009, pp. 359-89.
16
A.P. Ščapov, “Istoriko-geografičeskoe raspredelenie russkogo narodonaselenija”, en Sočinenija A.P. Ščapova, San
Peterburgo, 1906, vol. 2, pp. 182- 397. Sobre la relación entre espacio ilimitado y servidumbre, ver el esquema causal
sugerido por E.D. Domar, “The Causes of Slavery or Serfdom: A Hypothesis”, en The Journal of Economic History, 30,
1970, pp. 18-32.
9

hacía mucho tiempo en una esclarecedora carta el mismo Nicolás I: “la servidumbre de la gleba es un
mal evidente para todos”.
A un nivel inferior de la jerarquía social y administrativa, de un modo distinto, también la comuna
campesina, constituyó una célula indispensable para el gobierno imperial del territorio. A diferencia
de la servidumbre, la obščina debía su origen y persistencia en el tiempo a una radicada costumbre
popular, es decir a una presión que provenía “desde abajo”, como nos lo muestra la difusión de
estructuras comunitarias en regiones periféricas como el norte boscoso de Vologda y Vjatka, o la
Siberia durante la colonización, lugares donde la nobleza terrateniente era casi inexistente y los
funcionarios lejanos y poco relevantes. La comuna redistributiva renació con fuerza después de 1917,
después del violento “reparto negro” (čërnyj peredel) de las tierras señoriales, la desaparición física
de la nobleza terrateniente y la caída de la burocracia zarista, como una demostración del hecho que
su existencia, al menos en las regiones de la Gran Rusia, hundía sus raíces en un complejo sistema de
prácticas sociales y mentalidades colectivas vitales y en cierta medida independientes de la
supervivencia del poder imperial17. Y sin embargo, si observamos la cuestión desde el punto de vista
de las autoridades y las premuras del gobierno del territorio, colocándonos idealmente en la vigilia de
la emancipación de 1961, la función de aquello que el léxico oficial llamaba “organización aldeana”
(sel’skoe obščestvo), aparecía como indispensable y no fácilmente sustituible, codificándola y
reforzando su validez jurídica. Sobre todo para regiones muy concretas, y no tanto por oscurantista
apego a las tradiciones, la legislación emancipatoria comprendía normas que sirvieron para perpetuar
su existencia, incluso después de la abolición jurídico-formal de la condición servil, de las cuales la
más famosa era la obligación del consenso de los dos tercios de las unidades familiares por encima
de las unidades particulares.
El vínculo de solidaridad comunitaria frenaba la migración descontrolada con una eficacia muy
superior que la que podían garantizar los señores menos absentistas o los pocos gendarmes asentados
en las capitales regionales. Así como la propiedad nobiliaria de la tierra y de sus respectivos siervos
(la riqueza de un noble se mensuraba con el número de sus “almas”) había servido para crear una
clase dirigente confiable y tendencialmente “civilizada” moralmente, en las cuales delegar al menos
en parte funciones de gobierno, la tierra asignada en posesión colectiva no cedible a la aldeas
campesinas representaba una “dotación” (nadel, del verbo nadelit’: proveer, dotar) necesaria para
garantizar el sostenimiento de un mínimo potencial productivo y por tanto la capacidad contributiva
correspondiente. Las redistribuciones al interior de la aldea variaban periódicamente el uso de los
recursos fundiarios con el objeto de acomodarse a la composición demográfica del emprendimiento
campesino (la fuerza de trabajo) y por lo tanto a la cuota familiar de impuestos colectivos adeudados.
También se contribuía a perpetuar una rutina agronómica tradicional basada en la rotación trienal de
acuerdo con las fechas del calendario litúrgico18, la posesión comunitaria de la tierra representaba un
importante amortizador social, un eficaz welfare de antiguo régimen que ofrecía la ventaja no menor
de no perjudicar los balances del Estado. Además de las ya referidas funciones fiscales, la
organización aldeana sostenía un magro pero esencial aparato de cargos y absorbía múltiples
funciones públicas básicas: desde el escribano a los jueces de justicia campesina, de los gendarmes
aldeanos (los desjatniki, que no deben confundirse con la policía estatal) con poder de confiscar los
recursos de los morosos y excluir a individuos por algún comportamiento “perjudicial”, desde el
financiamiento de las escuelas y del cura (el imperio nunca tuvo una escuela primaria estatal) a la
organización de la manutención de la aceras. La elite de los ancianos de la aldea desarrollaba un rol
17
M. Confino, “Russian Customary Law and the Study of Peasant Mentalites”, en Russian Review, 44, 1985, pp. 42-3.
18
Id., Systèmes agraires et progrès agricole: l‟assolement triennal en Russie aux 18.-19. siècles: études d‟économie et de
sociologie rurales, Mouton, Paris 1969.
10

muy importante de disciplinamiento y conservación del equilibrio social, que actuaba en un ámbito
autogestivo y en gran medida independiente de la presencia física del Estado.
La paradoja de una soberanía a la vez omnipotente y débil se traducía en otra paradoja ulterior de una
aldea en muchos aspectos realmente “subordinada” ya que era objeto de la extracción indirecta de
recursos materiales y humanos (hasta la reforma del ejército de 1874 los reclutas campesinos
prestaban servicio casi de por vida), pero por otra parte sorprendentemente “libre”, o sea escenario de
una existencia cotidiana en gran medida autónoma desde el punto de vista económico, administrativo
y jurídico (el rico derecho consuetudinario campesino). Durante mucho tiempo la aldea gran-rusa
permaneció en funcionamiento como un mir, o sea un “mundo” aparte, en el cual la presencia de
representantes de la autoridad, salvando los acontecimientos de intervención externa para aplacar tal
o cual revuelta, fue en general muy suave e indirecta e incluso muy tardía en la historia del estado
imperial. Con cierta razón, el estilo de gobierno de los campos rusos ha sido comparado por A.
Etkind a un dominio colonial19, a pesar de que a la monarquía y los campesinos los unía un profundo
vínculo cultural de una común fe ortodoxa. El Manifiesto del 19 de febrero de 1861 alentaba la
emancipación con la exigencia de extender también a los siervos (krepostnye ljudi) una definición
precisa “de derechos y deberes ya establecidos para los sectores medios y superiores”. La abolición
de la servidumbre se representaba como el ingreso a la “legislación del Estado” de una esfera de
relaciones sociales que había permanecido en la “tradición, en la costumbre y a la buena voluntad del
propietario terrateniente”20. Las dificultades del ordenamiento jurídico zarista para diferenciar la
esfera pública del imperium del dominium sobre los bienes y recursos señalada por E. Pravilova en
referencia a la definición de la propiedad dominial21, en realidad se manifestaba también de distintos
modos, paralelos y segmentados, en los niveles inferiores de la jerarquía social y administrativa. El
pomeščik noble propietario terrateniente era el titular de un derecho de propiedad privada sobre un
territorio y al mismo tiempo, en cierta medida, el organizador del trabajo campesino, además de ser
el administrador de la “cosa pública” en el ámbito de su propia tenencia. La obščina administraba
autónomamente el uso de la tierra comunitaria con procedimientos elaborados y del todo autónomos
del derecho civil imperial, pero limaba las controversias. El caso de los cosacos es un ejemplo
ulterior de esta tendencia a producir esferas territoriales sustitutivas y en un cierto sentido,
compensatorias, del poder público al interior del espacio político imperial. Como categoría sectorial
y militar de campesinos-soldados subordinados al monarca por medio de un vínculo personal pero
tenue (el cargo de ataman supremo era sólo ocupado simbólicamente por el heredero al trono), los
cosacos ejercían una posesión poco controlada sobre extensas y fértiles dotaciones de tierra
formalmente dominiales. Gozaban de una muy amplia autonomía administrativa organizada según el
modelo en parte militar y en parte democrático-comunitario, autonomía y prerrogativas que
custodiaban celosamente con un fuerte espíritu corporativo. Esta actitud en realidad era del todo
lógica y ventajosa desde el punto de vista del gobierno imperial. Permitía garantizar las guarniciones
militares de las regiones periféricas sin costos para el erario, ofrecía una rudimentaria presencia del
poder y, por ejemplo, el ejercicio de funciones de policía local allí donde el gobierno central no
habría tenido nunca los recursos financieros y el personal suficiente para mantener el orden. Con
funciones y lógicas distintas, el pomeščik, la obščina y el cosacato –y por ciertos aspectos también

19
A. Etkind, “Bremja britogo čeloveka, ili vnutrennaja kolonizacija Rossii”, en Ab Imperio, 2002, fasc. 1, pp. 265-98.
20
Manifest 19 fevralja 1861 goda, in Rossijskoe zakonodatel‟stvo X-XX vv., vol. 7: Dokumenty krest‟janskoj reformy,
Juridičeskaja literatura, Moscú 1989, p. 27.
21
E. Pravilova, “Les res publicae russes. Discours sur la propriété publique à la fin de l‟empire”, en Annales. Histoire,
Sciences Sociales, 64, 2009, pp. 579-609.
11

los muy poderosos gobernadores generales en las periferias- se presentaban como importantes
“pequeños estados” paralelos en el Estado absoluto.
En este punto la estructura de poder autocrático y el proceso de construcción del Estado se cruza con
la cuestión social y las razones profundas de su agravamiento en el comienzo del siglo XX. Gran
parte de la multiforme planificación reformadora del largo siglo XIX zarista se puede resumir en el
intento – lejos de haber sido completado hacia la vigilia de la guerra mundial- de sustituir la
estratificación de poderes y autonomías del sistema servil, rudimentarias y arcaicas, pero en suma
eficaces y poco costosas, con figuras de autoridad más acordes con el modelo ideal de un Estado
moderno íntimamente cohesionado, homogéneo y al menos tendencialmente presente en modo
uniforme sobre el territorio. Fueron intentos contradictorios, frecuentemente disonantes en sus
inspiraciones ideológicas y sólo en parte realizadas, pero con el denominador común del intento de
sustituir el poder vicario de la nobleza provincial y las autónomas articulaciones comunitarias por
una presencia directa del Estado.
Algunos fenómenos de largo plazo como la consolidación de la burocracia ministerial a partir de
1802, iban en esta dirección. También lo fueron el gran esfuerzo de codificación y homologación
normativa emprendido por M.M. Speranskij a partir de los años treinta del siglo XIX, la gradual
sustitución de la notable y cosmopolita educación “doméstica” de la nobleza del siglo XVIII con un
sistema formalizado de instrucción universitaria abierta a los estudiantes de origen social
diferenciado, además de la consolidación de la burocracia y sus articulaciones locales (los
ministerios y gobernadores); en una palabra, la lenta formación de “aquel aparato de gobierno”
objeto por muchos años de las prolíficas investigaciones de P.A. Zajončkovskij, sin el cual la
monarquía no habría podido eludir o sustituir la mediación de la nobleza provincial22. La superación
del indirect rule inmanente al sistema servil imponía meter mano en las esferas más diversas y por lo
tanto multiplicaba los frentes de la iniciativa reformista. El fin de la servidumbre requería la revisión
del sistema de reclutamiento y por tanto la introducción de la conscripción obligatoria (1874). El fin
de las prerrogativas jurisdiccionales del señorío implicaba la creación de una nueva red de tribunales,
creados con la reforma judicial de 1864. La necesidad de llenar el vacío del paternalismo nobiliario
estimulaba la creación de nuevas entidades administrativas (los consejos regionales y provinciales de
los zemstva, también formados en 1864) en los cuales las funciones públicas del ex propietario de
siervos evolucionó a un rol notabiliar y filantrópico en campos como la salud, la asistencia
veterinaria, la educación primaria, las mejoras agrícolas, etc.
La medida que mejor ejemplifica la nueva voluntad de llegar al mundo rural con una presencia
directa y legítima del Estado – y que en muchos aspectos marca una discontinuidad en la tradición
del gobierno imperial mediado por la estratificación de las autonomías sectoriales y territoriales-, fue
la creación en 1889 de los cargos de prefectos rurales (zemskie načal’niki) dependientes del
ministerio del interior. Figuras de autoridad dotadas de muy amplios poderes sobre la población
campesina en un ámbito territorial de escala relativamente reducida (de 70 a 90 circunscripciones por
cada gobernación). Estos nuevos “plenipotenciarios” del siglo XIX tardío representaron una
presencia muy importante de la sociedad rural y se convirtieron en verdaderos interlocutores del
mundo campesino en las últimas décadas del Imperio23. Se instituyeron con la intención de crear en
los hechos un representante visible de la monarquía con la tarea de guiar y proteger, tutelar y dirigir
con firmeza, desde cerca, a un campo percibido por entonces por una serie de razones culturales y

22
P.A. Zajončkovskij, Pravitel‟stvennyj apparat samoderţavnoj Rossii v 19-om v., Mysl‟, Moscú, 1978.
23
C. Gaudin, Ruling Peasants. Village and State in Late Imperial Russia, Northern Illinois U.P., DeKalb, 2007, pp. 28 y
ss.; F.W. Wcislo, Reforming Rural Russia: State, Local Society, and National Politics, 1855-1914, Princeton U.P.,
Princeton 1990.
12

objetivas como “atrasado”, que necesitado una tutela directa, se lo caracterizaba como inestable y
peligrosamente fuera de control.
Desde este punto de vista el proyecto de reformas stolypianas entre 1907 y la guerra mundial, lejos
de representar un viraje hacia la espontaneidad del mercado, aparece como el apogeo y, al mismo
tiempo, como una marcada aceleración de una tendencia intervencionista que había comenzado hacía
muchas décadas antes, que se inspiraba con intermitencias y una ambigua e híbrida oscilación, en el
modelo de una estandarización burocrática funcional al gobierno de la ley, por un lado y con más
frecuencia, en el principio del reforzamiento de una autoridad personal y paternalista, por el otro.
Como en ningún otro momento, en esos años, la monarquía buscó transformar en profundidad las
estructuras de la sociedad rural hasta en los detalles, intentando modelar nuevas definiciones de
posesión fundiaria y nuevas jerarquías sociales. Más que una opción a favor del individualismo
económico y la privatización de la tierra comunitaria – en realidad acompañada con una promoción
no menos enérgica de las cooperativas-, la política stolypiana se reflejaba en la nueva denominación
del ministerio de agricultura y sus finalidades: devino la cartera del zemleustrojstvo, o sea de la
“organización de los usos fundiarios” según un proyecto de modernización no privado de las mejores
intenciones24. Las circulares de implementación llegaron al punto de definir con precisión el ranking
de prioridades de los tipos deseables de empresa agrícola, encabezada por la granja rectangular
adyacente con una cierta proporción entre la base y la altura y la granja situada en el centro, en la que
“la esposa puede llamar al jefe de la familia a la hora del almuerzo”25.
El modelo ideal que inspiraba al proyecto reformista preveía como objetivo final –lejos de haberse
alcanzado en vísperas de la guerra- la sustitución de las estratificaciones sociales, de las autonomías
comunitarias y del rol dirigente de la nobleza con la uniformidad legal de los sujetos, todos
igualmente “propietarios” de la tierra, entre los cuales las nuevas figuras de poseedores “fuertes”,
productivos, prósperos y por lo tanto políticamente leales, independientemente de su origen
campesino o nobiliario, deberían sustituir definitivamente la hegemonía local en decadencia y ya
poco eficaz de los pomeščiki. Esta sociedad de súbditos-ciudadanos debía estar gobernada tanto
mediante el refuerzo de una presencia burocrática legal, capilar y tendencialmente uniforme en el
territorio, como mediante una evolución en sentido interclasista y más inclusivo de los organismos de
administración local como los zemstva, realizando así, una más clara separación entre funciones de
gobierno la esfera económico-productiva.
La artificialidad y la validez de estas políticas autoritarias de modernización, aunque reales, no
deberían exagerarse. Es oportuno resistir a la tentación de leerlas a través del prisma interpretativo
foucaultiano demasiado unívocamente volcado a acentuar el momento de control y disciplinamiento,
aunque solo sea porque a pesar de todo, la capacidad de la burocracia zarista de traducir en la
práctica sus proyectos de transformación de la sociedad, sean cuales fueran, siguió siendo limitada.
La modernización y transformación social impulsada desde arriba no significaba necesariamente una
imposición de la autoridad y sobre todo no se correspondía en la práctica con un plan de ingeniería
social. El empleo masivo de prefectos rurales para convencer a los campesinos de abandonar las
comunidades de aldea con presiones administrativas semi-autoritarias debe ser situado en el contexto
de una sociedad rural en la cual el recurso al comando imperioso era una práctica endémica y para
nada nueva. La propensión tecnocrática del ministerio de agricultura se realizó en concreto con una
mezcla de seducción y represión, recurriendo a financiamientos o políticas de incentivos, decisiones

24
La denominación completa del ministerio fue, a partir de 1906, “Administración central para la agricultura y la
organización fundiaria”.
25
Cit. en J. Pallot, Land Reform in Russia, 1906-1917. Peasant Responses to Stolypin‟s Project of Rural Transformation,
Clarendon Press, Oxford 1999, p. 39.
13

voluntarias y persuasión pedagógica. La difusión de una agricultura “racional”, base productiva del
ideal de una nueva y más estable “Gran Rusia”, fue perseguida a menudo con el intento sincero de
liberar al campesino de la esclavitud de la rutina y de la comuna. Fue acompañada por un verdadero
movimiento de “modernización pública” descrito recientemente por I. Gerasimov, del cual fueron
espontáneamente protagonistas maestros y agrónomos, notables locales y propietarios iluminados de
las más diversas convicciones políticas26.
El dato sobresaliente es que este esfuerzo acelerado de construcción estatal y social, resumido
políticamente en la consigna stolypiana de una nueva Rusia grande y potente”, generaba
indirectamente múltiples dinámicas desestabilizantes. El agrónomo de la administración provincial
de Olonec, en Karelia, aportaba un detalle concreto y muy revelador cuando en 1910, interviniendo
en uno de los numerosos debates en los que por entonces se discutía de forma animada los vicios y
las virtudes de la obščina, hacía notar que sin organización aldeana les habría sido imposible
encontrar en la región un interlocutor confiable para organizar y distribuir el trabajo de la población
para la manutención de las calles, tradicional función “publica” de la comuna27. La búsqueda desde
arriba del modelo rural de posesores “enérgicos” y “responsables”, conllevaba estructuras que, a
pesar de todos sus límites y una disputa interna alejada de las idealizaciones de una solidaridad color
de rosa presente en cierta literatura populista, cumplían un rol importante en el mantenimiento del
equilibrio social en el territorio. La debilidad de la obščina minaba el poder local de la elite patriarcal
de los ancianos sin que la autoridad imperial estuviera en condiciones en el corto plazo de sustituirla
con nuevas instituciones. Terminar con la redistribución corría el riesgo de atascar un procedimiento
compensatorio que por siglos había hecho subjetivamente aceptables la miseria y el trazo productivo
a través de un modelo ético de una resistencia compartida de adversidades de distinto origen
(climáticas, fiscales, militares, impuestas por el propietario terrateniente, etc.) la diferenciación de los
granjeros más ricos de la comuna, no más del 15 o el 20 % de los núcleos familiares entre 1906 y
1914, creaba una presencia física, contigua a la aldea y directamente visible, se percibía como un
privilegio injusto en un ambiente en el que aún permanecía muy vivo el principio que la tierra, como
el aire, no podía ser objeto de apropiación exclusiva y de compraventa, sino sólo sujeta a
reglamentaciones de uso.
El intento de superar el rol dirigente de la nobleza terrateniente que perseguían los reformadores
alternando represión y persuasión, supuso dos consecuencias desestabilizadoras. Por un lado
estimulaba la reacción anti gubernamental y la oposición política que se manifestó en la forma de
una protesta liberal como la de 1905-1907, pero también de una forma más insidiosa de un sordo
lobby anti stolypiano en los años siguientes. Por otra parte, erosionó la legitimidad de esta figura
tradicional de poder en el campo ruso. Si en el discurso oficial, el pomeščik tenía que perder la
condición de “pequeño padre” vicario del distrito rural y, al menos en teoría, convertirse en súbdito
del zar con derechos y deberes iguales a los otros, entonces sus privilegios inmediatamente evidentes
y tangibles perdían toda justificación.
Finalmente el factor más importante, un Estado decidido finalmente a “entrar” en la aldea para
gobernarla en primera persona, reestructurar sus fundamentos y limitar su autonomía, intentó enseñar
o imponer (según sus sensibilidad) el mejor modo de cultivar la tierra y una “organización” superior
de los usos “fundiarios”, una autoridad que asumía oficialmente la responsabilidad de garantizar
nada menos que “la prosperidad, el orden, la seguridad y los derechos” de la población rural gracias a

26
I. Gerasimov, Modernism and Public Reform in Late Imperial Russia: Rural Professionals and Self-Organization,
1905-30, Palgrave MacMillan, Londres 2009.
27
El episodio se describe en Gerasimov, ivi, p. 59. 28 Polnoe sobranie zakonov Rossijskoj Imperii, Sobranie tret‟e, vol.
IX, n. 6196, 12 Julio de 1889, art. 6-7, 15.
14

la manifestación directa y cercana de la autoridad del zar (así versaban los objetivos del estatuto de
los prefectos rurales de 1889)28, suscitaba inevitablemente expectativas crecientes en la población y
se convertía en el objeto más inmediato de esperanzas y decepciones. Y por supuesto, podía aparecer
el culpable claramente identificado cuando estas esperanzas resultaban desatendidas, a causa de una
de las tantas carestías o, un poco más tarde, por las dificultades impuestas por la movilización del
esfuerzo bélico. Antiguos proverbios de la sabiduría popular como “Dios está en el cielo, el zar está
más lejos”, no describían más que la realidad de las zonas rurales en vísperas de la guerra mundial.
De este modo el descontento y las formas de protesta colectiva, en sí fenómenos consuetudinarios en
la historia imperial, tendieron a asumir una validez política nueva y se volcaron directamente sin
mediaciones ni chivos expiatorios hacia el objetivo de la monarquía y sus representantes locales29.
No casualmente en los primeros años del siglo XX se desvanecieron los movimientos en nombre del
zar (contra los propietarios terratenientes) y creció al mismo tiempo una amplia retórica
antiburocrática.
Esto no significa que ya antes de la guerra la cuestión social estuviese destinada a producir
automáticamente la caída del zarismo. La explosión rural del verano de 1917 –la fecha debe ser
remarcada- se notó solo después de la renuncia de Nicolás II en febrero. Profundas investigaciones
de escala regional, como la de Narskij basada en memorias y en la correspondencia de la población
comunal en la zona de los Urales, han demostrado que la percepción de un decisivo empeoramiento
de las condiciones de vida, lo que hoy llamaríamos una “catástrofe humanitaria”, siguió en lugar de
preceder a la revolución, sobre todo la de octubre30. La cuestión social se convirtió entonces en un
factor realmente desestabilizador del Estado zarista solo cuando, y porque este último buscó, aunque
fuera pesadamente, convertirse en un estado moderno.

2- ¿Imperio, naciones o imperio-nación?

La segunda línea de fractura oponía la naturaleza supranacional y universalista del poder imperial a
la importancia creciente del discurso nacional en el transcurso del siglo XIX. ¿De qué modo y hasta
qué punto una monarquía multiétnica como el zarismo podía adaptar su estilo de gobierno y
sobrevivir en una época en la que la definición de los estados y las identidades colectivas tendían a
estructurarse, entre otras, a lo largo del lineamiento de diferenciación basados en la idea moderna de
nación? Desee este punto de vista las dificultades que la autocracia debía afrontar eran comparables a
las que caracterizaban a otros antiguos Estados imperiales como el Habsburgo.
La extraordinaria y no siempre remarcada heterogeneidad de la sociedad zarista no incluía solo una
numerosa multiplicidad de lenguas, dialectos, confesiones religiosas o ritos, desde el lamaísmo de los
buriatos en Siberia oriental al protestantismo luterano finlandés, desde el catolicismo polaco al Islam
caucásico y centroasiático, desde el hebraísmo a los múltiples ritos ortodoxos. Las diferencias que
generalmente resumimos con la fórmula de “Estado multinacional” refieren también a estructuras
diferenciadas de poder local, costumbres administrativas y jerarquías sociales (por ejemplo pueblos
sin servidumbre, sociedades clánicas), sistemas productivos (pastoreo nómade e industria polaca),

28
Polnoe sobranie zakonov Rossijskoj Imperii, Sobranie tret‟e, vol. IX, n. 6196, 12 Julio de 1889, art. 6-7, 15.
29
E.K. Wirtschafter, Social Identity in Imperial Russia, DeKalb, Northern Illinois U.P., 1997. En relación al efecto
desestabilizador de la realización burocrática del siglo XIX en el contexto de una sociedad local basada en la lealtad
personal, véase las consideraciones de J. Baberovsky, “Doverie čerez prisutstvie. Domodernye praktiki vlasti v pozdnej
rossijskoj imperii”, en Ab Imperio, 2008, fasc. 3, pp. 71-95.
30
I. Narskij, Ţizn‟ v katastrofe. Budni naselenija Urala v 1917-1922, Rosspen, Moscú, 2001. Para un análisis
interpretativo de la relación entre crisis de la autoridad y agudización del conflicto social, ver A. Masoero, “Anatomia di
una crisi: la rivoluzione russa nello specchio dell‟Asia centrale”, en Quaderni storici, 119, 2005, pp. 609-22.
15

nociones de posesión de la tierra (la propiedad privada del Báltico germanófono y la comuna
granrusa), sistemas jurídicos extremadamente diversos y más antiguos que el ruso como el derecho
musulmán. El paisaje del Estado territorial zarista estaba también condicionado por las dificultades
de marcar una distinción clara entre la superioridad cultural y social de un centro “ruso” y periferias
connotadas plausiblemente con los atributos del “atraso” o de cualquier tipo de inferioridad por
superar. Una capital artificial situada al extremo margen occidental del territorio gobernaba un
Estado en el cual las regiones fronterizas, por ejemplo Polonia, estaban más alfabetizadas y
económicamente avanzadas que el centro gran-ruso. Por estas razones la cultura rusa del siglo XIX
nunca adoptó un punto de vista en el que “el distinto” asiático fuera verdaderamente asimilable a lo
que Edward Said ha llamado “Orientalismo”31, aun admitiendo que el concepto es verdaderamente
útil para comprender otras sociedades coloniales. A la indeterminación de la distinción entre centro y
periferia se la acompañaba con una representación simbólica de la realeza que, como ha demostrado
Wortman, enfatizaba deliberadamente la lejanía del soberano, distinto de igual manera para todos los
súbditos de cualquier sector social o nacionalidad. De este modo Catalina II era extranjera en todos
los efectos32.
La eficacia de lo que podríamos llamar, con una definición en verdad anacrónica, la “política de la
nacionalidad” de la autocracia tradicional no debe medirse solo por su capacidad de gestionar
diferencias lingüístico-culturales, religiosas o identitarias, sino también con el esfuerzo de integrar
las peculiaridades sociales locales en la estructura de poder del Imperio y de utilizarlas para la
movilización de los recursos. La heterogeneidad de la sociedad derivaba, a su vez, del proceso
secular de una expansión territorial que había un pequeño principado eslavo-oriental a gobernar una
superficie que se extendía, logrando su máxima expansión en vísperas de la guerra mundial, desde
Vladivostok a la Prusia Oriental y desde el Círculo Polar Ártico a Samarcanda. Las distintas
modalidades de gobierno de las periferias estaban influenciadas por el modo con el cual cada una de
ellas se incorporaron al Imperio, o sea, mediante conquista, anexión, ambiguos tratados de tutelaje
hacia la población a su vez amenazadas por otros estados fronterizos.
Las grandes conquistas del siglo XVI en Asia septentrional, en muchos aspectos comparables a las
gestas en las cuales pocos conquistadores habían ganado inmensos territorios en América para la
corona de España, tendieron a preservar y tal vez enfatizaron la presencia de las poblaciones
preexistentes. Mientras en Europa se afirmaba con la Paz de Augsburgo el principio de cuius regio,
eius religio, Ivan IV, a quien no le faltaba predisposición para el ejercicio de la crueldad más atroz,
optaba por compensar la lealtad de la aristocracia tártara sometida hacía poco tiempo, con el
privilegio de profesar una religión ancestral, o sea el Islam. El zar reconocía los privilegios
territoriales de los nobles tártaros y por lo tanto permitió que los propietarios terratenientes
musulmanes empleasen el trabajo servil de los campesinos de etnia gran-rusa, con una sujeción de
siervos cristianos a propietarios musulmanes impensables en otros Estados europeos. Y por el
contrario, se prohibía a los nobles rusos someter a servidumbre a campesinos musulmanes33. El mapa
siberiano más antiguo de 1667 (fig. 2) nos muestra un territorio invertido, con la gran muralla china
situada en la parte superior a la izquierda y las líneas estilizadas de los grandes ríos. En un estilo de

31
Ver el debate entre A. Khalid, Russian History and the Debate over Orientalism, y N. Knight, “On Russian
Orientalism: A Response to Adeeb Khalid”, en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History, 1, 2000, pp.
691715. V. Tolz, “Orientalism, Nationalism, and Ethnic Diversity in Late Imperial Russia”, en The Historical Journal,
48, 2005, pp. 127-50.
32
Wortman, Scenarios of Power cit., vol. I.
33
A. Kappeler, “Czarist Policy toward the Muslims of the Russian Empire”, en Muslim Communities Reemerge:
Historical Perspectives on Nationality, Politics, and Opposition in the Former Soviet Union and Yugoslavia, eds. A.
Kappeler, G. Simon and G. Brunner, Duke U.P., Durham 1994, pp. 144.
16

representación del espacio en donde la importancia de la entidad representante era todavía


proporcional a su dimensión geográfica, el mapa indicaba con evidencia los nombres de las pequeñas
poblaciones anexadas junto a la imagen de un palacio como una manera de remarcar su importancia
institucional. Como ha mostrado V. Kivelson, en el siglo XVII la definición jurídica del territorio
conquistado difería de otras expansiones imperiales, por ejemplo de la inglesa en Australia, donde se
declaraba el espacio adquirido como res nullius, o sea privada de derechos anteriores. Por el
contrario, en el caso del zarismo la presencia de poblaciones de modesta relevancia demográfica y
política, pequeñas pueblos de pastores de renos o dedicados a la caza y la recolección, asentados en
la confluencia de los ríos, no solo se los representaba y formalizaba, sino que en ciertos casos se los
enfatizaba nombrándolos como “Reino de los Ostjaki” o “de los Korjaki”34. ¿Por qué?
La flexibilidad y el pragmatismo no se derivaban de una genérica y ecuánime tolerancia
multicultural, como pretende una cierta historiografía apologética neo-imperial reciente, ni mucho
menos podemos explicarlo desde una particular predisposición de los “rusos” a una especial relación
de vecindad y recíproca comprensión con “Oriente”, concepto esquivo y metodológicamente
insidioso tanto como el de Occidente. La ausencia de una clara preferencia por los intereses de una
etnia predominante no excluía en absoluto el recurso a las políticas de discriminación y castigo
colectivos, por ejemplo las deportaciones forzadas de este o aquel grupo periférico en función de la
estrategia militar de control del territorio35. La estructura del Estado dinástico centrado en el poder
personal del soberano colocaba en primer lugar el criterio de la lealtad política y la renuncia por parte
de las poblaciones sometidas- fuesen rusas o no rusas- de cualquier pretensión de soberanía
autónoma legitimada por los legados de estados anteriores. Solo una vez subordinado lo seguía un
criterio, también importante, de pertenencia a la fe ortodoxa. Si sobre el primer aspecto el zar no
admitía ni la más mínima tolerancia, en el caso de otros aspectos característicos de la diferenciación
protonacional, de la lengua a la religión, la estrategia adoptada podía llegar a ser pragmática y
oscilante. La política zarista alternaba proyectos de asimilación forzosa, como el bautismo
obligatorio de los pueblos del Volga adoptada en la primera mitad del siglo XVIII36, a las políticas
más acomodaticias cuando las conversiones implicaban perjudicar la fidelidad al soberano.
El zar moscovita (proveniente de “cezar” o sea “cesar”), luego imperator a partir de Pedro el Grande,
intentaba afirmar las prerrogativas de un soberano autócrata (samoderţec), que en su acepción
originaria significaba simplemente un monarca que no era vasallo de ningún otro, es decir una
prerrogativa reivindicada antes que nada como signo de autonomía frente a estados extranjeros. La
misma lógica que impulsó al monarca de un pequeño pero ambicioso principado eslavo-oriental a
adoptar el prestigio de los símbolos de la estatalidad mongola, o bien la herencia bizantina, como la
doctrina “Moscú-la tercera Roma”, indujo a la monarquía a asimilar todas las posibles fuentes de
soberanía que las conquistas pudiesen ofrecerle, sin negarlas o anularlas, sino por el contrario
haciéndolas propias y enfatizando sus particularidades y valores. En este sentido, el soberano “de
todas las Rusias”, definición que en sus orígenes denominaba los tres subgrupos eslavo-orientales, o
sea los Rusos blancos (Bielorrusia), los Pequeños rusos (Ucrania) y los Gran rusos, asumió con el
tiempo un elenco interminable de titulaciones del zar, con el agregado progresivo de otras fuentes de

34
V. Kivelson, “Claiming Siberia: Colonial Possession and Property Holding in the Seventeenth and early Eighteenth
Centuries”, en Peopling the Russian Periphery. Borderland Colonization in Eurasian History, eds. N. Breyfogle, A.
Schrader and W. Sunderland, Routledge, Londres, 2007, pp. 721-39.
35
Repárese en los ejemplos relativos al Cáucaso de mediados del siglo XIX ilustrados por P. Holquist, “To Count, to
Extract, and to Exterminate. Population Statistics and Population Politics in Late Imperial and Soviet Russia”, en A State
of Nations. Empire and Nation-Making in the Age of Lenin and Stalin, eds. R.G. Suny and T. Martin, Oxford U.P.,
Oxford 2001, pp. 116 y ss.
36
D.M. Makarov, Samoderţavie i christianizacija narodov srednego Povolţ‟ja (XVI-XVIII vv.), Čuvašskij gosudarstennyj
Universitet, Čeboksary, 2000.
17

soberanía sobre numerosos pueblos, títulos que eran, a su vez, delimitaciones territoriales: rey de
Polonia, gran duque de Finlandia, rey de Georgia, khan de Siberia, etc.
La primera fase de la Polonia del Congreso, entre 1815 y 1831 fue tal vez el ejemplo más extremo de
esta gradación de autonomías territoriales: un reino dotado de constitución, dominado por la nobleza
local y al mismo tiempo subordinado a la dinastía a través de la persona del zar. Si bien los títulos de
soberanía acumulados en el curso de la expansión estaban referidos a la multiplicación de fuentes de
legitimidad y grandeza en un único soberano autócrata, al mismo tiempo, delimitaban el
reconocimiento oficial de ámbitos territoriales distintos al interior del territorio estatal. La presencia
de representantes de las etnias no rusas exhibidas en las ceremonias de coronación del siglo XVIII se
inspiraban en el modelo del triunfo romano37. Un significado análogo de celebración de grandeza a
través de la distinción de la diversidad –pero por esa época ya influenciadas por el vocabulario
positivista y nacionalista-, fueron las exhibiciones etnográficas del siglo XIX, cuyo resultado más
reciente fue el Museo etnográfico, hoy situado junto al Museo ruso de Petrogrado. La idea de la
extraordinaria variedad de poblaciones locales como motivo de presunción inspiró la gran obra
descriptiva de finales del siglo XIX denominada Rusia pintoresca, concebida por el geógrafo y
estadístico P.P. Semenov Tjan‟-Šanskij38.
Al sustrato ideológico que acompañó e hizo posible la consolidación del Estado zarista como entidad
multinacional deberían agregarse las razones objetivas que favorecieron, hasta muy entrado el siglo
XIX, la adopción de un estilo de gobierno indirecto y diversificado en las distintas regiones, en
muchos sentidos flexible, pragmática y eficaz de conjunto. La vocación a la expansión territorial se
apoyaba, además de los motivos estratégicos y económicos, en una valoración simbólica
profundamente sentida y connatural a la idea misma de monarquía, que atribuía a la ampliación del
espacio estatal el significado del principal rasgo de la majestad imperial: la vastedad como parámetro
y confirmación de la grandeza y prestigio político. Se convirtió en un motivo destinado a permanecer
más adelante, con sus diversas formas, en la simbología del nacionalismo ruso. De igual manera se
encuentra hoy en el discurso público post soviético (la pérdida de los territorios periféricos como
signo de humillación colectiva). Por otra parte la exigencia de gobernar periferias remotas y
heterogéneas colisionaba con la relativa escasez de recursos administrativos y financieros. La
paradoja de un estado “subgobernado” aparecía a todas luces cuando se trataba de administrar
territorios a los que era muy difícil llegar y habitados por poblaciones con costumbres, lenguas y
religiones diversas. Por un lado la ideología imperial enfatizaba con energía el principio de la
integración territorial y la centralización del poder (razón por la cual la terminología oficial se negó
siempre a llamar “colonias” a los territorios conquistados)39, por otro lado la pobreza de recursos y la
crónica fragilidad de la burocracia imponían la búsqueda de interlocutores a los que cada vez más se
les reconocía sus privilegios, prerrogativas tradicionales y por lo tanto, al menos en forma indirecta,
un amplio espacio de autonomía local.
La estrategia de cooptación de las elites locales bien descriptas por A. Kappeler, se traducía en la
inclusión de las noblezas de los pueblos sometidos en la jerarquía pan-imperial de la Tabla de rangos
creada por Pedro el Grande. Ésta seguía criterios plurales y no estaba confeccionada del mismo
modo para todas las poblaciones. Se inspiraba en primer lugar en el principio de la lealtad política

37
[Link], “Simvoly imperii: ekzotičeskie narody v ceremonii koronacii rossijskikh imperatorov”, en Novaja
imperskaja istorija postsovetskogo prostranstva, I. Gerasimov, S. Glebov, A. Kaplunovskij, [Link]‟ner y A. Semenov
(ed.), Ab Imperio, Kazan‟, 2004, pp. 409-27.
38
Ţivopisnaja Rossija. Otečestvo naše v ego zemel‟nom, istoričeskom, plemennom, ekonomičeskom i bytovom značenii,
pod obščej redakciej P.P. Semenova, IRGO, San Peterburgo-Moscú, 1881-1901.
39
A. Masoero, “Terre dello zar o Nuova Russia? L‟evoluzione del concetto di kolonizacija in epoca tardo-imperiale”, en
Semantiche dell‟impero, A. Ferrari et al. (ed.), Scriptaweb, Napoles, 2009, pp. 350-1.
18

que implicaba el compromiso de dignatarios no rusos en cargos aún de primer plano, a menudo
después de la retirada de iniciales restricciones punitivas. Un segundo criterio importante era el del
status social, que privilegiaba las clases dirigentes de poblaciones dotadas de una nobleza hereditaria
percibida como la más parecida a la clase dirigente del imperio. En este sentido, se favorecía, por
ejemplo, a los bálticos, polacos o georgianos y penalizaba pueblos considerados “campesinos” como
los lituanos o ucranianos. El tercer criterio derivaba del principio de la proximidad cultural y
religiosa y por tanto facilitaba el ingreso en la elite imperial de exponentes de poblaciones ortodoxas
o por lo menos cristianas, mientras favorecía la discriminación de las musulmanas40. Esta estrategia
funcionó, con la parcial excepción del patriotismo noble polaco, hasta finales del siglo XIX. Produjo
una clase política supranacional en la que personajes simbólicos de la cultura rusa como el
historiador N.M. Karamzin llevaban apellidos de origen tártaro, el polaco A. Czartoryski se
encontraba entre los más estrechos colaboradores de Alejandro I, casi todos los ministros de finanzas
del siglo XIX tenían ascendencia alemana ([Link]. Reutern, N. Ch. Bunge, F.T. Terner, S. Ju. Vitte) y
el armenio M.T. Loris-Melikov, pudo ascender a primer ministro entre 1880 y 1881 sin que esto
suscitase ninguna objeción.
Por otro lado, la cooptación por parte del centro se correspondía con la permanencia de formas de
gobierno segmentados localmente y prudentemente diferenciados. La incorporación de nuevos
territorios se realizaba de acuerdo a una doble dinámica. En primer lugar se aseguraba el control
militar y sobre todo la sumisión política a la soberanía imperial, luego la administración zarista
localizaba entre la población sujetos a los cuales delegar en la práctica la administración de los
asuntos corrientes. A la interrogación bajo la fórmula “¿Usted jura toda su lealtad al gran Zar?” le
seguía una segunda pregunta solo aparentemente contradictoria: “quien gobierna aquí en la vida de
todos los días”. La respuesta era distinta según las características de la región, y por lo tanto indicaba
grupos sociales diferentes: nobles finlandeses o barones bálticos, baj de Kazajistán o mercaderes
armenios. Del mismo modo eran distintas las instituciones a través de las cuales se organizaban las
jerarquías del poder local: el sejm antes que las asambleas clánicas entre los nómadas de Asia central
o el landtag finlandés. A esta variada complejidad de la sociedad periférica, la autoridad imperial le
superponía una red homogénea de poderosos cargos virreinales encabezados por gobernadores
generales con funciones de control en última instancia41, e imponía obligaciones fiscales indirectas
como el jasak, el tributo en pieles exigido a las poblaciones siberianas que incluía la función
simbólica de la sumisión. Más tarde emprendía con prudencia intentos de codificación y
reglamentación parcial de derechos y deberes que sin embargo, tenía el efecto de establecer con la
consistencia de una categoría legal la diferencia “étnica” de estos súbditos, como por ejemplo el
Estatuto para los extranjeros redactados por Speranskij en 182242. El Gran ducado de Finlandia
mantuvo por casi todo el transcurso del siglo XIX un ejército, aduana y moneda separada.
La tolerancia de las diferencias locales era a menudo una consecuencia del modo en que los distintos
territorios habían entrado a formar parte del Imperio. Tenemos un ejemplo en el pluralismo jurídico
vigente en Asia Central y en muchas partes del Cáucaso, es decir la disponibilidad de las autoridades
zaristas a reconocer la legitimidad del derecho imperial hasta la víspera de la Revolución. Cuando en
1865 por iniciativa de algunos generales se colocó bajo el cetro del zar los extensos territorios al este
del Caspio, donde regían la ley sharaitica o el derecho consuetudinario kasajo (adat), el gobierno
40
A. Kappeler, “Centro e periferia nell‟impero russo, 1870-1914”, en Rivista storica italiana, 115, 2003, pp. 419-39.
41
T.S. Alekseeva et al., Institut general-gubernatorstva i namestničestva v Rossijskoi imperii, 2 voll., Izdatel‟stvo
SanktPeterburgskogo universiteta, San Petersburgo 2001; R. Robbins, The Tsar‟s viceroys: Russian provincial governors
in the last years of the empire, Cornell U.P., Ithaca 1987.
42
J.W. Slocum, “Who, and When, Were the Inorodtsy? The Evolution of the Category of “Aliens” in Imperial Russia”,
en Russian Review, 57, 1998, pp. 173-90.
19

imperial estaba dedicado a la aplicación de la más importante reforma judicial en la Rusia europea
(1864), pieza fundamental en el esfuerzo de modernización del Estado iniciado unos años antes. Las
nuevas cortes en las gobernaciones europeas aumentaron bruscamente la necesidad de personal
dotado de formación jurídica, ya escaso en las regiones centrales del imperio. A raíz de esto. La
institución de las nuevas cortes fue precedida por la creación de la primera facultad de derecho del
Imperio (1863), en la cual se formarían, pero solo en las décadas siguientes, generaciones de jueces y
abogados de primer orden. Por lo tanto, en los años en que Asia central comenzó a formar parte del
Imperio, las autoridades no estaban de ningún modo en condiciones, aunque lo hubiesen querido, de
enviar a las regiones recién conquistadas (una superficie de dimensiones comparables a la totalidad
de la Europa continental) un contingente suficientemente nutrido de licenciados en derecho
acompañados por un necesario número de intérpretes y traductores, para exportar y aplicar de modo
sistemáticos las normativas del centro. Por el contrario, prevaleció la elección, del todo razonable
desde el punto de vista de la estabilidad imperial, de sobreponer a los ordenamientos jurídicos
anteriores a la conquista, unas pocas cortes imperiales con competencia exclusiva solo en los delitos
más graves como por ejemplo aquellos que como los homicidios de algún oficial zarista, se
correspondían con un atentado a la soberanía. Sólo más tarde se realizaron intentos parciales de
uniformizar las normas locales al derecho ruso, pero con escasos resultados concretos. En toda la
esfera civil, el Estado zarista aceptó de hecho hasta su final la persistencia del derecho islámico y por
lo tanto, detalle no menor, el poder de las clases dirigentes locales no rusas, las únicas en condiciones
de administrarla43.
Es bajo este trasfondo complejo, caracterizado al mismo tiempo por una afirmación rigurosa de la
unicidad del poder y un gobierno mediatizado por las diferencias, sobre el que se debería mensurar la
potencia corrosiva del nacionalismo del siglo XIX como fenómeno exquisitamente cultural y
político. La tendencia a delimitar las identidades colectivas y la noción misma de Estado (el estado
zarista así como los proyectos estatales más o menos completos de las nacionalidades no rusas)
según líneas de división nacional erosionaba la capacidad de integración de la monarquía dinástica y
limitaba su flexibilidad. Obligaba a la actualización de las estrategias tradicionales de integración. El
fenómeno no se manifestó solo en el nacimiento de movimientos más o menos radicales entre las
poblaciones no rusas. Como ha mostrado Kappeler, al cual debemos la interpretación más importante
sobre el tema, la tendencia influenció al mismo tiempo al centro como a la periferia. La
intensificación del discurso nacional siguió una dinámica compleja que no es reducible simplemente
a una revuelta de las etnias no rusas contra el Estado imperial44.
El desafío del nacionalismo se tradujo en el nacimiento y gradual difusión de corrientes autonómicas,
desde los primeros fermentos culturales ucraniófilas de la Sociedad de Cirilo y Metodio de 1846 a la
variada y más o menos militante geografía de partidos nacionales que se presentaron a las elecciones
de la Duma en 1906. El proceso de construcción fue más rápido en los pueblos dotados de legados
estaduales antiguos, como entre polacos y georgianos, pero atravesó con intensidades y velocidades
muy diferenciadas el pasaje de una fase cultural a una política y luego al estadio de un verdadero
movimiento de masas. El hecho que la modernización económica y social, la alfabetización y la
integración vertical favorecieran la consolidación de las construcciones nacionales no significa que
esos aspectos pudiesen traducirse en el desmembramiento de la unidad del Imperio. Con la excepción
tal vez del caso polaco, el surgimiento del movimiento de masa contra la abolición de determinadas

43
P. Sartori, “Colonial Legislation Meets Shari‟a: Muslims‟ Land Rights in Russian Turkestan”, en Central Asian
Survey, 29, 2010, pp. 43-60.
44
A. Kappeler, La Russia. Storia di un impero multietnico, A. Ferrari Comp.) , Edizioni Lavoro, Roma 2001, pp. 225 y
ss.
20

autonomías a fines del siglo XIX, no impidió que esta última se pudiese llevar a un terreno de
renegociación y reformulación de la lealtad sobre nuevas bases. A menudo, también el desarrollo del
socialismo y el liberalismo nacionales tuvo una vinculación directa y de muchas maneras con la
hegemonía política y cultural del movimiento revolucionario ruso. No era inusual que los líderes de
un movimiento nacional periférico completaran su formación intelectual en la Universidad de
Petrogrado en contacto con los círculos populistas.
Al mismo tiempo el fenómeno nacional influenció la cultura política rusa no oficial. Las corrientes
ideológicas como la de los eslavófilos articularon la identidad rusa sobre la base de una matriz
teológico-filosófica que hunde sus raíces en Schelling (el “principio coral” de una Rus’ antigua e
idealizada) que, sin llegar necesariamente a conclusiones antimonárquicas, tendían a colocar en un
segundo plano la centralidad del Estado autocrático respecto a una autónoma y persistente cultura
popular y religiosa 45. Nuevas generaciones de historiadores sustituyen las interpretaciones centradas
en el rol demiúrgico del Estado monárquico (por ejemplo S. Solov‟ev y sobre todo M. Pogodin, que
propuso llamar a Rusia “Petrovia”) con lecturas del pasado que enfatizan el aporte autónomo de la
creatividad y la cultura popular. Por lo tanto, llegan a postular, como por ejemplo N.I. Kostomarov,
la existencia de Dos nacionalidades rusas (la gran rusa y la ucraniana)46. El patriotismo socialista del
movimiento populista podría ser visto, desde esta perspectiva, como un aspecto del crecimiento del
nacionalismo ruso.
El emerger de un nacionalismo cultural autónomo y no oficial estuvo acompañado por la propensión
de la ideología oficial a enfatizar el carácter “ruso” de la monarquía. Esta tendencia no sustituía el
principio dinástico, pero se le superponía como motivo ulterior de legitimación produciendo, a su vez
una tensión interna, nunca verdaderamente resuelta entre la naturaleza autocrática y supranacional
del Estado y su carácter “pro-ruso”. Se manifestó por ejemplo en la reconfiguración simbólica del
soberano como monarca nacional durante los años de Nicolás I, lo que dio lugar a una especie de
“populismo monárquico”, fenómeno típicamente decimonónico, se traducía en la exaltación del
pueblo campesino (ruso) como el sostenedor más espontáneamente devoto al monarca de las clases
privilegiadas. Se encuadró en esta dirección, por ejemplo, la recuperación patriótica y celebrativa de
un episodio del siglo XVII, el de Ivan Susanin, el plebeyo que sacrificó su vida para proteger al
primer soberano Romanov, Miguel, de los enemigos polaco-lituanos. La historia inspiró el libreto
teatral Una vida por el zar de Glinka, obra que fue elegida para las celebraciones de coronación de
Alejandro III precisamente en el viraje pro-ruso de la política imperial47.
La revuelta polaca de 1863 fue una etapa fundamental en la reformulación de la relación imperio-
nación, la cual se corresponde cronológicamente con el comienzo de la fatigosa sustitución del
sistema servil y clasista descripta anteriormente. Fue un momento decisivo no tanto por sus
consecuencias políticas inmediatas, sino por las reacciones que suscitó en la clase dirigente imperial
y en su manera de concebir el gobierno de las periferias. A pesar de los progresos en los procesos de
identificación y politización nacional, de los cuales el caso polaco representó la variante más precoz,
extrema y tal vez, anómala, hasta 1905 no se constituyeron otros movimientos nacionales capaces de
condicionar seriamente el marco institucional del imperio o amenazar su integridad territorial. Por el
contrario, los años sesenta, comenzaron más bien, con la pacificación militar definitiva de la zona
que durante décadas había sido la periferia rebelde por excelencia, es decir, el Cáucaso. Las

45
N.I. Cimbaev, Slavjanofil‟stvo: iz istorii russoj obščestvenno-političeskoj mysli XIX veka, Izdatel‟stvo Moskovskogo
universiteta, Moscú, 1986.
46
N.I. Kostomarov, Dve russkie narodnosti, Maidan, Kiev 1991.
47
Wortman, Scenarios, cit., vol. I, pp. 379 ss., vol. II, p. 150.
21

poblaciones no rusas en las que la construcción de la identidad nacional había avanzado y


consolidado, como entre los georgianos y finlandeses, no manifestaron un potencial subversivo
parecido al caso polaco.
La rebelión de 1863 nació de una región que era ella misma de carácter mixto (lituanos, ucranianos,
rutenos, numerosa población judía, etc.), donde los antecedentes de la revolución nobiliaria (la
revuelta de 1831) y los sucesivos fermentos del Risorgimento de la inteligencia se superponía al
patrimonio de un Estado antiguo: la Confederación polaco-lituana, rival potente, acérrimo y
peligroso del Estado moscovita. El centro la percibió como la traición de una periferia eslava que se
encontraba en la cresta de la ola de grandes reformas progresistas y occidentalizantes. Se presentaba
como una insubordinación tanto más desleal e ingrata porque en Polonia el gobierno zarista había
llevado a cabo experimentos de autonomía constitucional (la primera fase de la Polonia del
Congreso) que no estaba dispuesta a conceder a la población gran-rusa, y que se alineaba con la
estrategia de inclusión preferencial de las jerarquías institucionales preexistentes de las que hemos
hablado. La revolución de enero contribuyó a reforzar un virulento patriotismo ruso anti polaco en
las elites no oficiales y se la rechazó con medidas repulsivas y discriminatorias. Pero sobre todo
propagó la idea, destinada a reforzarse en las décadas siguientes, que la diferencia institucional,
social y cultural de las periferias constituía un peligro potencial que no podía ser evitada con
políticas preventivas de asimilación e integración más o menos autoritarias o graduales. A la retórica
de los numerosos territorios que se habían convertido en parte del espacio imperial como entidades
distintas se superpuso la retórica opuesta basada en las regiones de larga data, “originariamente
rusas” y por lo tanto reclamadas con una asimilación justificada como “retorno”. Este procedimiento
cabía incluso para los territorios más remotos de Asia. Que corrientes oficiosas como el “asismo” del
príncipe y orientalista E.E. Uchtomskij, redescubrían en tanto cuna ancestral de la estatalidad zarista:
Heredera de la Horda de Oro, la monarquía tenía pleno derecho a jugar en Asia no el papel del
conquistador colonial, de la toma de posesión de lo que siempre había sido suyo. Con una inversión
completa de la praxis anterior, a fines del siglo XIX la terminología administrativa sustituyó la
definición territorial segmentada de “Reino de Polonia” con una geográficamente neutra “región del
Vístula”, remarcando el esfuerzo de negar automatizaciones identitarias consideradas en dicha fase
como indeseables y peligrosas. El Reino de Polonia debía convertirse simplemente –al menos esta
era la intención- en “una región como las otras”. En otros términos, la revuelta de 1863 fue
importante no tanto porque inauguró una secuencia inevitable y creciente de explosiones separatistas
(que en realidad no lo fueron realmente hasta 1905), sino más bien porque desgastó la credibilidad,
principalmente para la mirada de la clase dirigente zarista, de un modelo indirecto del territorio
basado en la cooptación de las elites tradicionales locales, el reconocimiento de sus privilegios y en
consecuencia su esfera de autonomía. Indujo al imperio a optar por otros caminos, a experimentar
nuevos equilibrios y buscar otros interlocutores locales, con grandes oscilaciones e incertezas.
La necesidad de cohesionar las regiones occidentales indujo, por ejemplo, a ministros reformadores
como N. A. Miljutin, en ciertas ocasiones con tonos socializantes, políticas favorables a los
componentes populares ucranianos y lituanos en una dirección claramente anti revolucionaria y anti
polaca. Por estas razones, las condiciones de emancipación campesina en algunos territorios
occidentales fueron decididamente más favorables que las concedidas a la población rusa. Las
políticas adoptadas en las dos décadas siguientes a 1863 en las periferias occidentales combinaron
procedimientos restrictivos sobre el uso de las lenguas locales con proyectos de aculturación
preventiva (la reconstrucción de la Universidad de Varsovia como ateneo imperial y no “polaco”,
con el reclutamiento de muchos docentes rusos), complejas estrategias confesionales (la promoción
de la unidad eclesiástica contra el catolicismo, el uso del clero ucranio-galiziano para oponerse a la
22

polonización en las regiones mixtas)48, migraciones programadas de grupos considerados más


deseables que otros. En otras regiones, por ejemplo en Siberia oriental, se proyectó la “rusificación”
de los buriatos mediante otros pueblos, o sea mediante el envío de maestros tártaros49. El gobierno
zarista comenzaba a perseguir una incierta estrategia de integración descendiendo al terreno de los
lenguajes y las prácticas culturales del nacionalismo moderno. En cierta medida adoptaba esta
perspectiva pero intentando contraponer una política propia de construcción nacional fluctuante, por
ejemplo impulsando el proyecto de una “Gran nación rusa”, por medio de la fusión con bielorrusos,
ucranianos y gran rusos50.
El término “rusificación” no hace justicia a la complejidad y motivaciones profundas de esta nueva
orientación51, que podría ser considerada como un intento de adaptación del Imperio a este particular
aspecto de la modernidad. Las políticas de asimilación más agresivas llevadas a cabo por Alejandro
III nacieron no tanto del peligro de una insistente secesión periférica, sino de la radicalización del
patriotismo socialista y revolucionario que culminó con el asesinato del zar en 1881. La represión de
los grupos revolucionarios polacos y de otras nacionalidades se realizó con el objeto de impedir su
confluencia con la campaña terrorista de los populistas rusos y, en ambos casos, evitar el surgimiento
de sujetos de movilización alternativos. El nacionalismo en sentido estricto representaba un problema
para la estabilidad del Imperio al menos en tres frentes distintos: el desafío político del socialismo
nacional del populismo ruso (diferente en este punto de la perspectiva internacionalista de los
socialdemócratas marxistas), la radicalización efectiva o potencial de las numerosas combinaciones
de nacionalismo no ruso, socialista o liberal, y finalmente un fenómeno nuevo y no menos
importante representado por un nacionalismo de derecha no oficial, agresivo, que ejercía su
influencia a través de canales extra institucionales como las revistas monárquicas o la relación
directa con los ambientes de la corte. Estos componentes más extremos del nacionalismo monárquico
–desde las campañas de opinión pública de V.P. Meščerskij y M.N. Katkov en los años ochenta a los
grupos parlamentarios de extrema derecha de la Unión del pueblo ruso de 1906- desafiaban los
proyectos reformistas y condicionaban en sentido estrictamente nacionalista (“Rusia para los rusos”),
la capacidad de gestionar la complejidad de un Estado multiétnico. De aquí habrían evolucionado las
formas proto-fascistas de la derecha radical en los años de la Duma, una derecha política y en tanto
tal, moderna, pero aún ligada al mito de lealtad al monarca y por lo tanto incapaz de transformarse
completamente en un movimiento subversivo comparable al del fascismo europeo52. La
contradicción no atravesaba solo la diferencia entre un centro “ruso” y periferias “no rusas”, pese a
su importancia, sino que dividía interpretaciones modernas que se disputaban el rusianismo. A
diferencia de los Estados coloniales de Europa, en el imperio zarista no existía una clara línea de
demarcación identitaria entre una nacionalidad dominante o metropolitana y colonias periféricas. Ni
la raza (los gran-rusos en primer lugar eran étnicamente mixtos), ni la religión ortodoxa (muchos
pueblos no rusos eran igualmente ortodoxos) podían ofrecer criterios plausibles de preferencia. Por
esta razón las autoridades no persiguieron nunca verdaderamente un modelo de asimilación inspirado

48
Ver por ejemplo la investigación de M. Piccin, La politica etno-confessionale zarista nel Regno di Polonia: la questione
uniate di Cholm come esempio di nation-building russo (1831-1912), Dissertazione di Dottorato, Università Ca‟Foscari
di Venezia 2011, [Link]
49
A.N. Kulomzin, Vsepoddanejšij doklad stats-sekretarja Kulomzina po voprosu o škol‟nom obučenii burjat
Zabajkal‟skoj oblasti, San Petersburgo, 1902.
50
A.I. Miller, Ukrainskij vopros v politike vlastej i russkom obščestvennom mnenii (vtoraja polovina XIX v.), Aleteija,
San Petersburgo, 2000.
51
A. Kappeler, “The Ambiguities of Russification”, en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History, 5, 2004,
pp. 291-7.
52
H. Rogger, “Was There a Russian Fascism? The Union of Russian People”, en The Journal of Modern History, 36,
1964, pp. 398-415.
23

en la idea de “sangre y tierra”. El criterio de la lealtad política continuó representando la variable


principal. El principio nacional lo acompañó cada vez más, pero nunca lo sustituyó.
En consecuencia la estrategia defensiva adoptada a partir de las “contrarreformas” de Alejandro III
fue compleja y oscilante, en la que la represión de los fermentos revolucionarios era parte de un
proyecto de más largo aliento cuyo objeto era promover la modernización de la agricultura, el
desarrollo industrial y la puesta en práctica de una política social (la legislación fabril de 1886
inspirada en la política de Bismarck por esos mismos años), pero también la consolidación del
Estado, la asimilación demográfica de los territorios asiáticos y la búsqueda de tendencial
uniformidad de las estructuras jurídico-administrativas, así como de las jerarquías sociales en las
heterogéneas regiones del imperio. Una política similar a la que se sostuvo con la creación de los
nuevos prefectos rurales de 1889, de los que hemos hecho mención, o se la búsqueda de una
presencia capilar, uniforme y finalmente directa del estado en la sociedad rural, inspiró también a las
políticas resumidas en fórmulas como “acercamiento de las periferias al Imperio” (motivación oficial
de la construcción del ferrocarril transiberiano realizado en 1891) Se manifestó en la idea de una
gradual extensión a todo el territorio de una común y superior “ciudadanía” (graţdanstvennost’), al
mismo tiempo y en forma ambigua, desarrollada como rusa e imperial53. La decisión de 1898 de
revocar muchas de las autonomías de las que gozaba el Gran Ducado de Finlandia, estuvo motivada
por el deseo de superar una anomalía institucional percibida a esta altura como un peligro potencial
para la integración y la soberanía del estado, y no por un prejuicio particular contra los finlandeses en
cuanto pueblo.
En el testamento político de N. Ch. Bunge, tal vez la mente más lúcida de la clase dirigente zarista de
fin de siglo, las reformas debían servir para prevenir los dos problemas estratégicos del socialismo y
del “aislamiento” (obosoblenie) de las regiones periféricas54. La estrategia de integración se
presentaba como el intento de plasmar en un mismo movimiento al centro y la periferia, combinando
construcción imperial y construcción nacional. Era un proyecto tendencial, relativamente alcanzado
en vísperas de la guerra mundial, de un imperio nacional unido por una lengua, escuelas, leyes,
organismos administrativos y formas de propiedad (y por consiguientes estructuras productivas) los
más en común posibles. Generó resistencias, y por tanto episodios de rebelión en la medida que se
articulaba a través de la fórmula de una “Rusia única e indivisible”, prevista por el artículo 1 de las
leyes fundamentales de 190655. Pero también en el seno del gobierno de un Estado multinacional, la
prosecución de un Estado moderno, basado en la impersonalidad de los cargos producía efectos
desestabilizadores. Como observó J. Baberovsky:
En ningún lugar como en las periferias multiétnicas del imperio se manifestaba el dilema de la
burocracia del Estado. La burocratización en estas regiones fue sinónimo de marginalización de las
elites autóctonas que antes de la emancipación habían representado el centro en la periferia. Personas
desconocidas que hablaban una lengua desconocida explicaban y hacían respetar las leyes que nadie
comprendía: de este modo percibieron la burocratización de las periferias las elites y las poblaciones
rurales locales56.

53
D. Yaroshevskii, “Empire and Citizenship”, en Russia‟s Orient: Imperial Borderlands and Peoples, 1700-1917, eds.
D.R. Brower and E.J. Lazzerini, Indiana U.P., Bloomington 1997, pp. 58-79; E. Lohr, “The Ideal Citizen and Real
Subject in Late Imperial Russia”, en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian History, 7, 2006, pp. 173-94.
54
[Link]. Bunge, “Zagrobnye zametki”, en Reka vremen, Moscú, 1995, vol. 1, pp. 198-254.
55
M. Szeftel, The Russian Constitution of April 23, 1906: Political Institutions of the Duma Monarchy, Les Editions de
la Librarie Encylopedique, Bruselas, 1976, pp. 36-9. Sobre la génesis y la formulación completa del concepto de
integridad territorial del Estado en la cultura político-jurídica imperial de comienzos del siglo XIX, cfr. P. Holquist,
“Dilemmas of a Progressive Administrator. Baron Boris Nolde”, en Kritika: Explorations in Russian and Eurasian
History, 8, 2006, pp. 241-73.
56
Baberovsky, Doverie čerez prisutstvie cit., p. 87.
24

La gran revuelta del Turkestán de 1916 evidencia a posteriori, pero de un modo paradigmático, el
tipo de tenciones que derivaron de la prosecución de este modelo de nacionalización del imperio y al
mismo tiempo de “imperialización” del territorio. Las raíces del descontento se remontan a las
políticas migratorias que estimularon la afluencia de colonos eslavos hacia regiones musulmanas
tradicionalmente poco belicosas. Se trató de la agudización de la competencia por el acceso a los
recursos y por tanto el conflicto interétnico en zonas que con anterioridad había sido particularmente
grave. Sin embargo, la causa desencadenante fue la imposición de nuevas obligaciones militares
derivadas de la guerra. En verdad las autoridades no decretaron el reclutamiento, sino formas de
trabajo en la retaguardia. No obstante eran obligaciones de las que la población local, que
pertenecían a la categoría jurídica de extranjeros, hasta entonces había estado exenta, uno de los
legados todavía muy vivo de segmentación diferenciada de derechos y obligaciones de los territorios
y entre diferentes poblaciones que acompañó la construcción del Estado dinástico. Desde San
Petersburgo, la decisión fue percibida como justa y tal vez “progresista”, ya que se basaba en el
principio de igualdad (y efectivamente al principio fue sostenida por los intelectuales del
renacimiento musulmán porque simbolizaba la adquisición de un status igualitario)57. Después de
todo la monarquía zarista realizaba en Asia central lo que toda las potencias europeas involucradas
en la guerra mundial intentaban realizar, o sea poner en práctica el principio según el cual súbditos o
ciudadanos de un mismo Estado, dotados de iguales derechos y deberes, debían contribuir en iguales
términos al esfuerzo bélico.
Las tendencias a definir las identidades colectivas o territoriales con el lenguaje moderno del Estado-
nación erosionó la capacidad de gobierno de la autocracia de muchos modos concurrentes y
paralelos. En muchos sentidos es un reto más difícil y complejo que el planteado por la pobreza y la
desigualdad económica en el sentido estricto. Radicalizaba el conflicto social en las zonas de
composición mixta, un fenómeno particularmente visible en las periferias a fines del siglo XIX. Le
confirió un curso popular a los movimientos de oposición liberales y socialistas, anteriormente
minoritarios y limitados a los grupos intelectuales. Y en general contribuyó a la difusión generalizada
del descontento a una escala muy amplia. Es sintomático que la gran mayoría de las demostraciones
de protesta entre 1895 y 1900 (56 sobre 59) se verifiquen en zonas no rusas, con una cronología que
anticipa, aunque relativamente, los movimientos sociales de principios de siglo58. Al mismo tiempo
la prospectiva del nacionalismo influenció el estilo de gobierno y limitó la capacidad de autorreforma
de un imperio multiétnico cada vez más propenso a definirse con el criterio de la rusificación.
Nicolás II declinó de la idea de una monarquía nacional sujeta al consenso popular a través de la
recuperación del mito a-histórico de un pasado incardinado en el siglo XVII, anterior a Pedro el
Grande y fundado en el vínculo personal del zar con su pueblo. Las corrientes más progresivas de la
elite política rusa, por ejemplo liberales como P. B. Struve y los reformadores stoplypianos,
formulaban sus proyectos modernizadores con el basamento de una “Rusia grande y poderosa”, con
una visión del espacio político anclada en la identificación del Estado imperial con una “Rusia única
e indivisible”. De distintos modos, la persistencia del principio autocrático y la emergencia del
nacionalismo ruso obstaculizaron la evolución en sentido federal del Imperio, aun cuando los

57
D. Brower, “Kyrgyz Nomads and Russian Pioneers: Colonization and Ethnic Conflict in the Turkestan Revolt of
1916”, en Jahrbücher für Geschichte Osteuropas, 1996, pp. 41-53; N. Pianciola, Stalinismo di frontiera. Colonizzazione e
costruzione statale in Asia centrale (1905-1936), Viella, Roma 2009, pp. 98-110. Acerca de la compleja relación entre
rusificación y “ciudadanía imperial” a través de la conscipción obligatoria, cfr. A.V. Remnev, “„Russkaja
graždanstvennost‟, „obrusenie‟ i imperskaja armija: k diskussii o voinskoj povinnosti kazachov v 70ch godach XIX
stoletija”, en Aziatskaja Rossija vo vtoroj polovine XIX - načale XX v. Problemy regional‟noj istorii, Omsk 2008, pp.
117-41.
58
Kappeler, La Russia cit., p. 299.
25

proyectos de asimilación de las periferias se inspiraran en el principio moderno de la igualdad de los


súbditos ante la ley.
Sin embargo es necesario recordar que el fin del zarismo no fue determinado por el impulso
centrífugo de insurrecciones nacionales. Ni la revolución de 1905, ni la de febrero de 1917
arrancaron con sublevaciones de poblaciones de las periferias. En ambos casos la crisis se originó en
el centro por acontecimientos que se desarrollaron en las calles de San Petersburgo. Para explicar la
crisis de la monarquía es necesario agregar una dimensión ulterior de la emergencia de una esfera
política autónoma, capaz de encontrar formas organizativas nuevas que expresasen una crítica radical
a la autocracia y representar a las variadas y multiformes protestas sociales y nacionales. La génesis
del movimiento revolucionario, fenómeno en primer lugar ruso y marcadamente central, fue muy
anterior a la agudización de los conflictos sociales y nacionales de fines del siglo XIX y, por lo tanto,
será examinado como un factor de desestabilización en cierta medida independiente de éstos.

3- La monarquía, las luces y el movimiento revolucionario.

El hecho que los adversarios más irreductibles del Estado zarista proviniesen del mundo de los
instruidos, o sea de las universidades y de los círculos estudiantiles de mediados del siglo XIX es un
aspecto que no debe ser dado por descontado y debería ser explicado históricamente en su génesis y
con sus particularidades. En cierto sentido el zar había buscado siempre la colaboración de los doctos
y utilizado sus conocimientos. Puede decirse también que la monarquía zarista era un Estado con
vocación hacia el despotismo ilustrado en el sentido que la difusión de los saberes aprendidos de la
experiencia extranjera fue siempre uno de sus objetivos más importantes y perseguidos con
constancia. Vale recordar en este sentido, no solo la divulgación de las ideas de Beccaría y Voltaire,
sino también la observación del modelo institucional sueco (los collegia) o, más antiguamente, el
alfabeto cirílico importado de Bulgaria y el arte de gobierno mongol. Las ideas no circularon solo de
occidente hacia oriente. La recepción, adaptación y promoción del saber mancomunaba la práctica de
gobierno de soberanos muy distintos en estilo, desde el perfil militar y tecnológico de Pedro, al
legislativo y pedagógico de Catalina, pero también la impostación más burocrática, censora e
institucionalizada de la política cultural de Nicolás I, en cuyo reinado se consolidó el sistema
universitario moderno y por lo tanto el paisaje social y humano en el cual nace el movimiento
revolucionario. De maneras distintas, la construcción de una clase dirigente instruida fue siempre una
prioridad fundamental devenida en una exigencia particularmente importante en el curso del siglo
XIX.
Incluso después de las reacciones generadas por la Revolución francesa el pensamiento monárquico
de la primera mitad del siglo XIX mantuvo un carácter post-iluminista más que anti-iluminista. No
expresó realmente un rechazo reaccionario a la herencia del siglo XVIII en nombre de un
legitimismo tradicionalista. El fundador de esta tradición política, Karamzín, resumía lo que en 1802
creía que había aprendido de la observación de la década revolucionaria europea con una
formulación que combinaba la autocracia y las luces. “La revolución ha aclarado las ideas”, escribía
en el sentido, que el principio de sumisión al soberano se confirmaba en base al mismo
“convencimiento por medio de la razón”59. Aún la formula ideológica más frecuentemente asociada a

59
N.M. Karamzin, “Obščee obozrenie” (1802), en Sočinenija v dvuch tomach, Chudožestvennaja literatura, Leningrado,
1984, vol. 1, p. 214. Sobre la compleja relación de Karamsin con la Revolución francesa, cfr. A. Masoero, “Nikolaj
Michailovič Karamzin”, en L‟albero della Rivoluzione. Le interpretazioni della Rivoluzione francese, B. Bongiovanni e
L. Guerci (Comp.), Einaudi, Turín, 1989, pp. 319-23. Acerca del concepto de “conservadurismo iluminado” aplicado al
pensamiento político de Karamsin, véase R. Pipes, Karamzin‟s Memoir on Ancient and Modern Russia, Harvard U.P.,
Cambridge (Mass.) 1959.
26

la imagen de una involución conservadora de la monarquía, o sea la tríada “ortodoxia, autocracia y


nacionalidad”, acuñada por Uvarov en los años treinta conservaba y, en cierta medida,
institucionalizaba, haciéndola más eficaz, la vocación del Estado de promover la cultura e “instruir”
a la sociedad. Como ha demostrado A. Zorin en una contribución fundamental que el público italiano
merecería poder leer traducida, los orígenes intelectuales de la tríada de Uvarov era estrictamente
laica y la referencia a la religión ortodoxa tenía un rol meramente instrumental60. Más que el deseo
de reflejar el deseo de defender valores tradicionales e imperecederos (trono y altar), nacía del
esfuerzo de inventar una ideología nacional después de la movilización decembrista, una respuesta
consciente del reto intelectual generado por la crisis revolucionaria europea como la francesa de
1830. Expresaba el intento de definir una “religión civil” funcional a la consolidación de la sociedad
y el Estado, una cultura común a construir y promover desde arriba. En efecto, el nombre de Uvarov
se asocia también a la obra de su “Ministerio de educación popular” (ministerio de la prosveščenie,
literalmente “de la ilustración”), a la introducción de una sólida educación clásica en el sistema
escolar ruso y más en general a la consolidación de la enseñanza universitaria después de las
ambiciosas, pero poco realistas, obras bajo Alejandro I61.
En los años de Nicolás I las universidades estaban vigiladas con rigor censorio y una preocupación
casi obsesiva por el peligro de contagio revolucionario, sobre todo después de 1848. Al principio del
año académico los profesores debían enviar al ministerio un resumen de los argumentos que tratarían
en sus lecciones para obtener la aprobación y evitar la difusión de ideas indeseadas. Las autoridades
abolieron la enseñanza del Derecho público de las potencias europeas (o sea derecho constitucional
comparado) para desalentar la difusión del constitucionalismo62. Y sin embargo por esos años tuvo
lugar lo que R. Wortman ha definido como “el desarrollo de la conciencia legal rusa”63 un desarrollo
no inmediatamente visible bajo la superficie de la oficialidad, convertido en un requisito previo
importante de las reformas posteriores. La universidad devino el centro natural del debate intelectual,
por ejemplo con el grupo de los “occidentalistas” agrupado en torno al historiador moscovita T.
Granovskij. Un ambiente relativamente interclasista sostenía la educación “doméstica” y los salones
aristocráticos, los círculos masones, las prolongadas discusiones invernales entre jóvenes oficiales en
las guarniciones de los regimientos de la elite de la Guardia, en una palabra los ambientes donde se
formaba la generación de Puškin, de los decembristas y del liceo de Car‟skoe Selo. Los ateneos rusos
ofrecían un nuevo canal de promoción social a personas de origen no noble. Pogodin, historiador de
la corte de Nicolás I, era hijo de un siervo liberado. La liberalización de los accesos en 1835 aumentó
bruscamente el número de inscriptos, con un elevado porcentaje de hijos de religiosos provenientes
de sectores intermedios y de las regiones más remotas del Imperio, varios de ellos de extracción
campesina. En 1866 el 49% de los estudiantes recibían alguna forma de subsidio. En 1974, durante la
década del populismo revolucionario, este porcentaje ascendía al 78%64. Fue el estado autocrático el
creador del ambiente y la trama institucional de lo que luego se dio en llamar intelligencija.

60
A. Zorin, Kormja dvuglavogo orla. Literatura i gosudarstvennaja ideologija v Rossii v poslednej treti XVIII-pervoi treti
XIX veka, Novoe literaturnoe obozrenie, Moscú, 2001, pp. 337-74.
61
C. Whittaker, The Origins of Modern Russian Education: An Intellectual Biography of Count Sergei Uvarov,
17861855, Northern Illinois U.P., DeKalb, 1984.
62
Sbornik rasporjaţenij po Ministerstvu narodnogo prosveščenija, (1802-1834), Akademija nauk, San Petersburgo 1866,
vol. 1, p. 515; R.G. Ejmontova, Russkie universitety na grany dvuch epoch. Ot Rossii krepostnoj k Rossii
kapitalističeskoj, Nauka, Moscú, 1958, p. 45.
63
R. Wortman, The Development of a Russian Legal Consciousness, The University of Chicago Press, Chicago, 1976.
64
P.N. Miljukov, Universitety v Rossii, in Enciklopedičeskij slovar‟ Brokgauz i Efron, San Petersburgo, 1902, vol. 68, p.
794.
27

A fortiori, el ciclo reformador de Alejandro II puso en primer plano la necesidad de instruir a una
clase dirigente con conocimientos actualizados. Como declaraba en 1855 el nuevo ministro de
educación A.S. Norov, que por cierto era el hermano de un decembrista:

La ciencia, señores, siempre ha sido para nosotros una de las necesidades fundamentales, pero ahora
ocupa el primer lugar. Si prevalecen sobre nosotros nuestros enemigos, se debe sólo a la educación.
Por lo tanto debemos dirigir todos nuestros esfuerzos a esta gran causa65.

El estatuto universitario de 1863 reconocía a las facultades el derecho de elegir sus decanos y
rectores que anteriormente eran sustituidos con cargos con nombramiento ministerial. Favorecía el
desarrollo de las universidades como organismos colectivos relativamente autónomos y sujetos su
propio código de autogobierno. También institucionalizaba y potenciaba desde el punto de vista
cuantitativo (el número de estudiantes y cátedras) las disciplinas más modernas de la época como
economía, derecho y ciencias naturales. A la abolición de las restricciones a los viajes de estudio al
exterior en 1856 le siguió la introducción de un curriculum studiorum que incluía en forma regular la
estancia de los “doctorandos” en los más famosos institutos europeos de Berlín a Viena y de París a
Londres. Las autoridades publicaban y exhibían con orgullo los informes de los jóvenes estudiosos
enviados al exterior a especializarse, versión decimonónica e institucionalizada del grand tour
privado del siglo XVIII66. La siguiente reforma de 1884 redujo los espacios de autonomía e introdujo
un mayor control (además de las cuotas máximas de admisión a los estudiantes judíos), pero no
invirtió esta tendencia. En muchas disciplinas como las económico-jurídicas se reforzó también la
cantidad y la calidad científica. La notable ampliación de las filas de los “educados” -o sea la
intelligencija en su acepción sociológica y verificable empíricamente, fenómeno estudiado por
Lejkina Svirskaja67- creó el contingente de los que luego serían los políticos y administradores de
comienzos del siglo XX. Esta ampliación se convirtió en uno de los requisitos previos de esta época
de extraordinaria vitalidad intelectual que caracterizó a las primeras dos décadas de este siglo,
cuando la palabra “occidentalización” (pero más bien debería hablarse de “internacionalización”)
dejó de significar una vaga o lejana aspiración y se convirtió en un hecho, al menos en el sentido
funcional de pertenencia a una comunidad científica y aun debate cultural supranacional.
La promoción de la educación universitaria se vio favorecida ciertamente por la orientación
occidentalizante de la época de Alejandro III, pero debería situarse también en el trasfondo de una
tendencia evolutiva de más largo plazo, o sea la lenta, contradictoria y nunca del todo completada
transición del predominio de la nobleza al modelo de una administración burocrática fundada, por lo
menos en forma tendencial, en el mérito, las reglamentaciones y las capacidades. Para la monarquía,
comprometida a superar el gobierno indirecto inherente al sistema servil, tenía una concreta e
imperiosa necesidad de personal instruido en las ramas más diversas del saber. La sustitución del
poder local de los pomeščiki -o de las elites nacionales y los cargos virreinales de los gobernadores
generales en las provincias- presuponía la formación de un contingente de expertos y administradores
en los que depositar en distintas formas y grados de responsabilidad nuevas funciones públicas,
desde los empleados de los concejos regionales de los zemstva, a los abogados de los nuevos

65
A.V. Nikitenko, Dnevnik, Chudožestvennaja literatura, Leningrado, 1955, vol. 1, p. 420.
66
“O licach komandirovnnych ministerstvom narodnogo prosveščenija za granicu dlja prigotovlenija k zvaniju
professorov i prepodavatelej s 1808 po 1860 god”, en Ţurnal Ministerstva narodnogo prosveščenija, 121, 1864, otd. II,
pp. 335-54. Los informes de viajes de estudio se publicaron en Izvlečenija iz otčetov lic otpravlennych Ministerstvom
narodnogo prosveščenija za granicu dlja prigotovlenija k professorskomu zvaniju, 7 voll., Ogrizko, San Petersburgo,
1863.
67
V.P. Leikina-Svirskaia, Intelligencija v Rossii vo vtoroj polovine XIX veka, Mysl‟, Moscú, 1971.
28

tribunales. Nunca como a mediados del siglo XIX el Estado zarista, tuvo tanta necesidad de los
“cultos” y promovió tan activamente la educación.
Sin embargo, las oposiciones más radicales e irreconciliables nacieron de esta orientación. El
informe de un inteligente policía, jefe de la gendarmería universitaria, E.V. Putjatin, graficaba con
precisión la génesis del movimiento juvenil de los años 1859-61.
Desde hace un tiempo, -escribía- los estudiantes comenzaron a considerar a la universidad no como
institutos escolares responsables de la educación superior, sino como instituciones en las que se
elaboran ideas sobre el mejor gobierno del Estado y a sí mismos como llamados a desarrollar un rol
activo en la vida política de Rusia68.
La palabra “protagonista” o “activista” (dejateli) deriva del verbo “actuar”. Es difícil encontrar una
definición más precisa del momento en el cual la fuerza corrosiva del espíritu crítico -en el fondo una
declinación ulterior y más tardía del lema sapere aude69- se convertía en voluntad de acción política.
Esta grieta, la más grave, se manifestó no en la periferia social o geográfico-nacional del Imperio,
sino en su centro, en las instituciones relativamente recientes que la autocracia había creado y
sostenido con firmeza para formar una nueva clase dirigente adaptada a los objetivos de un Estado
moderno. Por tanto, antes de asumir formas políticas precisas en este o aquel movimiento o partido,
el contraste dividió maneras diferentes de concebir la relación entre la autoridad y saber70. La cultura
política del Estado zarista no desalentaba el rol de los científicos, cuyas memorias y materiales de
investigación, a menudo de primer orden, llenan hoy los archivos de los ministerios y de los
numerosos comité ad hoc dedicados a los temas más diversos. Desde los precisos análisis de la
legislación europea sobre salud laboral a la forma en que los imperios coloniales gobernaban sus
procesiones de ultramar. Todo el debate sobre la emancipación tuvo su nacimiento en una invitación
del soberano a formular propuestas que se hizo manifiesto en una inundación de diversos proyectos.
Sin embargo, el conocimiento se interpretaba como asesoramiento subsidiario y especializado (o sea
sectorial y por lo tanto privado de relevancia política general), como un “servicio de Estado”
subordinado a un centro de poder único e indiscutido, comprometido en el esfuerzo de reformar la
sociedad. La monarquía no podía aceptar que el intelectual asumiese idealmente la función de
conciencia moral de la sociedad, que expresase un sujeto político autónomo y alternativo,
legalmente, o aun solo simbólicamente representativo de un interés colectivo. El poder indivisible
debía permanecer como tal y concentrado en la persona del soberano porque sólo este último era
considerado en condiciones de expresar un punto de vista realmente inspirado de la conciencia del
bienestar general.
En este punto, la monarquía no cambió sustancialmente desde principios del siglo XIX hasta las
concepciones semi-constitucionales de 1905-6. En Memoria sobre Russia antigua y moderna (1811),
Karamzin, ilustró el principio con una imagen plástica y un poco melodramática que recuerda casi la
pintura de I. Repin. Se preguntaba retóricamente si era “posible limitar la autocracia en Rusia sin
debilitar el poder salvador del monarca”, o sea colocando “la ley por encima del soberano”.
Si Alejandro [I]…tomase la pluma para prescribirse a sí mismo leyes distintas de la de Dios y de la
conciencia, un genuino y honesto ciudadano se atrevería a tomarle la mano y decir: “Señor, estáis
sobrepasando los límites de vuestro poder […]. Rusia […] ha conferido la autocracia a tu progenitor y
exige que tú la gobiernes con autoridad suprema e indivisible. Esta herencia es el fundamento de tu
poder, no poseéis otro. Lo puedes todo, pero no puedes limitar [tu autoridad] con la ley”71.

68
Cit. en Ejmontova, Russkie universitety cit., p. 266.
69
Aludimos obviamente a F. Venturi, Utopia e riforma nell‟Illuminismo,, Einaudi, Turín, 2001.
70
El tema es profundizado desde distintos ángulos en N.M. Smirnov, pod red., Vlast‟ i nauka, učënye i vlast‟: 1880-e
načalo 1920-ch godov. Materialy meţdunarodnogo naučnogo kollokviuma, Bulanin, San Petersburgo, 2003.
71
[Link], Zapiska o drevnej i novoj Rossii v eë političeskom i graţdanskom otnošenijach, Nauka, Moscú, 1991,
p. 48.
29

El artículo 4 de las Leyes fundamentales de 1906 refirmaba con fuerza esta definición “de la esencia
del poder autocrático supremo”, superponiéndola con una tensión irresuelta a las normas que
instituían la representación parlamentaria y modificaban en sentido semi-constitucional la estructura
del Estado: “el poder supremo autocrático pertenece al emperador de todas las Rusias. Dios mismo
ordena someterse a su poder no sólo por temor, sino también según consciencia”72. Al respecto A.
Remnev concluye, “los monarcas rusos estaban dispuestos a gobernar con el auxilio de las leyes,
pero no sobre la base de las leyes” 73. La tradición política de la monarquía zarista, en otros sentidos
con capacidad de ductilidad, mediaciones y adaptabilidad a las circunstancias históricas, encontraba
sus mayores obstáculos allí donde el saber y el espíritu crítico tendían a convertirse en voluntad
política, prefigurando una fuente de autoridad legítima independiente, potencialmente rival, y en
cuanto tal irreconciliable con la existencia misma del zarismo. Si bien el funcionamiento de las
instituciones imperiales poseía espacios de confrontación de propuestas distintas y lugares más o
menos informales de consulta (las peticiones, las muy numerosas comisiones en las que participaban
regularmente expertos de esto o aquello), la esfera de la decisión política debía quedar rigurosamente
concentrada en la voluntad del soberano, en su persona, incluso antes de que en los procedimientos
de la institución. Por un lado la jerarquía social y cultural le confería los futuros graduados un
prestigio enorme, una importancia tanto mayor en función de la escasez de personal administrativo
competente era y seguiría siendo hasta el final un problema crónico en el arte de gobernar un país
enorme, escasamente alfabetizado y extremadamente heterogéneo. No obstante, por otro lado, a este
componente relativamente nuevo de la sociedad se le clausuraba la posibilidad de desarrollar un rol
público legítimo y reconocido. La monarquía luchaba por utilizar a su favor la exigencia moderna de
participación en la vida pública que provenía de estos sujetos “jóvenes e instruidos” que ella misma
había creado, los cuales en teoría se podrían haber involucrado en la construcción estadual con signo
patriótico. Después de todo los jóvenes aristócratas y futuros anarquistas como P. A. Kropotkin y M.
A. Bakunin debutaron prestando servicio con entusiasmo en el Extremo Oriente en las dependencias
de N. N. Murav‟ev, el conquistador del Amur. En cierto sentido el desarrollo del movimiento
revolucionario puede ser considerado como el síntoma del fracaso de una estrategia de cooptación y
renovación de la clase dirigente.
El movimiento juvenil revolucionario nació en torno a 1861 en paralelo a las obras de reforma.
Estuvo influenciado por ideólogos más antiguos que sin embargo permanecieron alejados de la
verdadera acción política, activos en la emigración como Herzen, o rápidamente deportados en el
limbo mudo del exilio interno, como Černyševskij. Se desarrolló en un ambiente por lo general
restringido y centralizado: en 1860 los estudiantes de las cinco universidades imperiales eran en total
4935 (solo 2809 en 1853) en su mayoría en Moscú o en San Petersburgo 74. Aun cuando sumió las
características de un movimiento colectivo disperso en las provincias, por ejemplo en el período
1872-74 con el “ir hacia el pueblo”, su consistencia numérica no superaba las 2.000 o 3.000
personas. Y así permaneció hasta principios del siglo XX. Se trató de un fenómeno precoz,
cronológicamente anterior a las protestas sociales y nacionales (con la excepción del patriotismo
revolucionario polaco). Comenzó bastante rápido, con el atentado al zar por parte de D.V. Karakozov
en 1866, a expresar una forma radical de acción terrorista que C. Verhoeven ha definido
recientemente del todo correctamente “a paradigmatic way of becoming a modern political subject”

72
Vysočajšie utverţdennye osnovnye gosudarstvennye zakony, in Polnoe sobranie zakonov Rossijskoj Imperii, Sobranie
tret‟e, vol. XXV, 1905, otd. I, n. 27805, 23 de abril de 1906, p. 457.
73
A.V. Remnev, Samoderţavnoe pravitel‟stvo: Komitet ministrov v sisteme vysšego upravleniia Rossiiskoj imperii
(vtoraja polovina XIX-načalo XX veka), Rosspen, Moscú, 2010, p. 135.
74
Ejmontova, Russkie universitety cit., p. 240.
30

[una manera paradigmática de convertirse en un sujeto moderno], en la medida que “directly


experiences and seeks to intervene in the historical process” [lo experimenta directamente y trata de
intervenir en el proceso histórico]. En realidad la imagen de la emergencia de un nuevo y “politically
sovereign subject” [sujeto políticamente soberano], capta con precisión y agudeza de significado el
sentido histórico general del conjunto de la experiencia formativa del movimiento revolucionario, y
no sólo de sus tácticas de “propaganda por los hechos”75. El lenguaje radical de la juventud
revolucionaria sorprendió a las autoridades, que esperaban el descontento por parte de los
campesinos y de los nobles, insatisfechos de manera diversa por el éxito de la emancipación. Ya en
su nacimiento manifestaba un vigor, una determinación, un sentido grandioso de su propia misión y
capacidad de transformar el curso de la historia que no era posible percibir adecuadamente sin releer
las páginas de las primeras proclamas, por ejemplo el opúsculo A la joven generación, de M.L.
Michajlov y N.V. Šelgunov, que circuló como anónimo en el instituto de San Petersburgo a
comienzos del año académico 1861-62 y suscitó un gran revuelo en la corte.
Nadie va tan lejos en la negación como nosotros, rusos. ¿Por qué? Porque no tenemos un pasado
político, no estamos vinculados a ninguna tradición, porque permanecemos en una tierra virgen y sin
dejarnos atraer por los jardines y bosquecitos alemanes queremos dividir nuestro campo no según el
método alemán y el gusto extranjero, sino como se dividía la tierra en la antigüedad, cuando no había
lugar para todos. Y podemos hacerlo, Porque no tenemos miedo del futuro, como Europa Occidental,
porque vamos al encuentro de la revolución, de hecho la anhelamos. Creemos en la frescura de
nuestras fuerzas; creemos que hemos sido llamados para enarbolar en la historia un nuevo principio
[…] a no imitar los jardines de Europa. Sin fe no hay salvación y la fe en nuestras fuerzas es
gigantesca76.
Tal lenguaje fue más allá de una discusión más o menos intensa sobre el contenido real de las
reformas, la mejor manera de dar tierra a los campesinos o renovar las instituciones del Estado.
Traspasaba sin complejos de inferioridad el horizonte de una civilizada occidentalización
pedagógica. Se inspiraba gloriosamente en el mito de la igualdad de la antigüedad clásica (“como se
dividía la tierra en la antigüedad” del ager publicus), básicamente una derivación socialista de la
doctrina de “Moscú-tercera Roma”. Como la autocracia, los revolucionarios del siglo XIX se
presentaban como sujeto patriótico-nacional (un movimiento auténticamente ruso en tanto expresión
de la comunidad campesina) y universalista (principios que debían enseñar a toda la humanidad).
Desde el comienzo se intentaba accionar con la validez de una soberanía alternativa y en muchos
aspectos espejada en la monarquía, que el vocabulario del partido de la Narodnaja volja había
resumido conscientemente en la fórmula propagandística de una “autocracia del pueblo” (narodnoe
samoderţavie). En realidad representaba una ruptura con la estructura mental de la autocracia que
ésta no estaba en condiciones de contener o de cooptar.
Por eso después de explorar a lo largo y a lo ancho el espacio social del Imperio, las calles de San
Petersburgo y las regiones asiáticas más remotas, los corredores ministeriales y las aldeas
campesinas, no podemos dejar de hacer hincapié con mayor precisión a la intuición historiográfica
fundamental del Populismo ruso de Franco Venturi, esto es, a la idea que el movimiento
revolucionario nacido en los años sesenta del siglo XIX representó un fenómeno radicalmente nuevo,
una fuerza histórica poderosa y autónoma a pesar de su composición minoritaria y su energía basada

75
C. Verhoeven, The Odd Man Karakozov. Imperial Russia, Modernity, and the Birth of Terrorism, Cornell U.P., Ithaca,
2009, pp. 4, 6-7.
76
N.V. Šelgunov, M.L. Michajlov, “Alla giovane generazione”, en Il populismo russo, di G. Migliardi (ed.), Franco
Angeli, Milán, 1985, p. 148. Giellista, era la denominación que tenían los militantes y combatientes partisanos italianos
durante la Resistencia, que provenían de la organización socialista y liberal Justicia y libertad (Giustizia e libertà) cuyo
principal referente fue Franco Roselli. El historiador italiano, ensayista afamado y profesor especializado en la Ilustración
Franco Venturi perteneció a los grupos armados hasta que fue arrestado y confinado en Avigliano entre 1941 y 1943.
[nota de la traducción]
31

exclusivamente en su voluntad (una energía que Venturi, revolucionario giellista además de


historiador del Iluminismo, llegó a percibir más que otros estudiosos). Aquellos que posteriormente
se los definió en forma convencional como “populistas” –aunque ellos se llamaban a sí mismos
“socialistas” o “revolucionarios”- representaron el vehículo y la forma específica a través de la cual
comenzó a tomar forma en Rusia el moderno accionar político. Dieron vida al primer partido, Zemlja
i volja (Tierra y libertad), la primera fuerza organizada decidida a representar al conjunto del País
como alternativa política al “poder supremo” del soberano. Fueron los primeros en infligir duros
golpes a la estabilidad del Imperio con la campaña terrorista de la Narodnaja volja (La voluntad
libertad del pueblo) y el zaricidio de 1881, del que hace ya bastante tiempo, Zajončkovskij
documentó el notable impacto para nada secundario par la cúpula de poder77.
La antítesis revolucionaria de la autocracia, sin embargo, se desarrollaba en un ambiente muy alejado
de la realidad social de las masas populares. Era tan libresco el conocimiento del narod (pueblo y
nación en una sola palabra) que Herzen debió descubrir la obščina, ascendida posteriormente a mito
fundante del socialismo ruso (un Estado comunal con la intención de gestionar democráticamente el
uso igualitaria de los recursos colectivos), a través de las páginas escritas en alemán por A.
Haxthausen, un conservador prusiano78. A principios de los años setenta los populistas “fueron hacia
el pueblo” con la aspiración de experimentar una conversión de tipo religiosa y la empatía con un
mundo distinto (vivir en el campo, recopilar leyendas populares, vestirse al estilo campesino, etc.)
precisamente porque tenían una idea extremadamente enrarecida y vaga del pueblo de carne y hueso.
La “distancia cultural” entre la juventud políticamente activa y el mundo rural se comenzó a acortar
más tarde y sólo hasta cierto punto, con las inteligentes cartas Desde el campo de A.N. Engel‟gardt
(1882), las investigaciones etnográficas y la prolongada etapa de estudios estadísticos del zemstvo.
Incluso este esfuerzo más sistemático de conocimientos rurales, aunque rico en resultados
intelectualmente originales y brillantes como la teoría económica de la empresa campesina elaborada
por A.V. Čajanov, mantuvo un carácter extrínseco, externo y “antropológico”. A menudo resultaba
en un intento de reproducir y corroborar las categorías de inicio con las más modernas herramientas
de análisis social79. Se estudiaba al “pueblo” sin poder llevarlo a la acción.
Pocos hechos como la reacción popular ante el asesinato de Alejandro II evidencian el prolongado
desfasaje que separaba, aun a fines del siglo, a los movimientos colectivos de masa y la acción
política revolucionaria. La fallida ejecución de la revolucionaria judía G. Gel‟fman, en realidad
indultada por estar embarazada, contribuyó a difundir la creencia que la muerte del soberano era
fruto de una campaña semita, además de nobiliaria y revolucionaria. El hecho sirvió de pretexto para
desencadenar la primera oleada de progroms antijudíos de la historia zarista moderna en Kiev y
Elizavetgrad en abril y mayo de aquel año80. Incluso en la primavera de 1905, cuando se sucedían
una tras otra las movilizaciones paralelas de clases, categorías, grupos profesionales, entidades
regionales y nacionales de la primera revolución, un líder socialista de vertiente populista como
Pešechonov examinaba el descontento campesino con reflexiva preocupación. Observaba el riesgo
de una explosión de cólera ciega y destructiva, una amenaza potencial para la libertad simbolizada en

77
P.A. Zajončkovskij, Krizis samoderţavija na rubeţe 1870-1880-ch godov, Izdatel‟stvo Moskovskogo Universiteta,
Moscú, 1964.
78
A. Haxthausen, Viaggio nell‟interno della Russia: 1843-1844, Jaca Book, Milán, 1977.
79
A. Stanziani, Realtà nazionale e categorie scientifiche universali. Il dibattito sul primo censimento panrusso della
popolazione, en Il pensiero sociale russo. Modelli stranieri e contesto nazionale, A. Masoero y A. Venturi (Coord.),
Franco Angeli, Milán, 2000, pp. 125-56.
80
H. Wada, “The Inner World of the Russian Peasants”, en Annals of the Institute of Social Sciences, (University of
Tokio), 2, 1979, p. 85.
32

la imagen del incendio de una biblioteca de un intelectual81, prueba de hasta qué punto la percepción
del vínculo entre la protesta popular y los movimientos anti zaristas formados en las décadas
anteriores era tenue y precario.
El prolongado aislamiento se explica en parte por el contexto objetivo en el que se desarrollaba la
lucha política. La cúpula institucional zarista transformaba automáticamente cualquier intento de
acción colectiva (la organización espontánea de una cooperativa, de una liga campesina o de un
periódico local de oposición) en un acto ilegal. La tenaz persecución de estas iniciativas
desembocaba necesariamente en la práctica de la clandestinidad. La imposibilidad de acción pública
legítima privó a los socialistas rusos de la experiencia formativa de la práctica social cotidiana, con
sus inevitables errores y sus saludables correcciones de perspectiva. Excluyó de la dialéctica política
la dimensión de un choque de intereses de grupos reales, diferenciados y concretamente
representados. A su vez, contribuyó a canalizar la energía de la voluntad de participar en lo público
hacia el modelo de un duelo sin cuartel entre dos sujetos superpuestos sobre la sociedad: el Estado y
los revolucionarios. Por esta razón, el populismo clásico de los años 1878-82 concibió la política, no
exenta de lúcidos análisis históricos, como un duro pero necesario empuje preliminar, un acto
singular y violento de ruptura: una única bomba bajo el trono (el TNT, la más alta tecnología de la
época) preparatoria para la libre expresión de la sociedad en sus diferentes componentes sociales,
profesionales o territoriales. De una manera un tanto irreal, los populistas presupusieron que una vez
sacado de la escena el absolutismo y debilitada la pequeña minoría de las clases privilegiadas (alta
burocracia y nobleza), una sociedad con acuerdos fundamentales al estar habituada a la costumbre de
la gestión comunitaria de los bienes y ya privada de contrastes económicos significativos, se habría
estructurado armoniosamente mediante el ejercicio de una representación simple y directa. En esta
hipotética sociedad del futuro- y aquí estaba la ambigüedad del concepto populista de democracia-
“las personas que componían la vanguardia”, se convertirían en líderes y organizadores naturales, los
guías del pueblo ya sin obstáculos por la presencia competitiva y engorrosa del gobernador
omnipotente o del propietario terrateniente. En este sentido, la revolución también se vio como una
manera de conducir al poder a una “joven generación” extremadamente ambiciosa y ansiosa de
dirigir la historia.
Por esta razón la literatura del socialismo ruso decimonónico ofrece una larga secuencia de figuras
inequívocamente elitistas y externas al ambiente popular, al que se extendía de vez en cuando con
matices y múltiples formas (con resultados no necesariamente autoritarios) para despertar, estudiar,
educar, proteger, organizar, liberar a las masas “desde el exterior”: los “apóstoles” comprometidos en
difundir “el nuevo evangelio” en el lenguaje religioso de Herzen; los misteriosos “benefactores”
panfletarios de la década del sesenta que en el momento propicio darían la señal convenida para la
insurrección; “la minoría críticamente pensante” mencionada en las cartas históricas de P. L. Lavrov
como un segmento de las clases privilegiadas decidido a “pagar sus deudas” frente a las masas
populares convirtiéndose en defensores y educadores; los “héroes” que N. K. Michajlovskij creía
capaces de estimular a la “multitud” a la acción, suscitando la emulación inconsciente descripta por
la psicología colectiva de G. Le Bon 82.
La concepción del partido elaborada por Lenin a principios del siglo XX se presenta en este
trasfondo histórico como un caso particular entre otros, un elemento de la compleja, rica y variada

81
A.V. Pešechonov, “Chronika vnutrennoj žizni”, en Russkoe bogatstvo, 1905, pp. 98-102.
82
Sobre los “benefactores”, cfr. N.G. Černyševskij, “Barskim krest‟janam ot ich dobroželatelej poklon”, en Polnoe
sobranie sočinenij, Gos izd. chud. lit, Moscú, 1950, vol. 7, pp. 517-24. Acerca de la relación entre teoría de la multitud y
el pensamiento político del populismo tardío, cfr. A. Masoero, “Dal „popolo‟ alla „folla‟. N.K. Michajlovskij tra
populismo e psicologia sociale”, en Studi storici, 1986, pp. 421-52.
33

“Rusia revolucionaria”. Hasta 1917 su proyecto ni siquiera fue el más importante, permaneciendo en
un segundo plano frente al del partido Constitucional democrático (los “cadetes”) y el de los
Socialistas revolucionarios, las dos fuerzas que más se acercaban al modelo de un moderno partido
de masa en la Rusia prerrevolucionaria. Mucho antes que el líder bolchevique teorizase sobre el
modelo de militante revolucionario profesional el estatuto de la Narodnaja volja establecía que “del
Comité Ejecutivo [del partido] sólo puede formar parte quién esté dispuesto a poner a disposición
toda su vida y todas sus propiedades, incondicionalmente y para siempre. Por lo tanto está fuera de
discusión la posibilidad de irse”83.
Lo que en verdad distinguía a la formulación leninista era el intento de argumentar la centralidad de
un sujeto político externo a las masas con el léxico del marxismo de la Segunda Internacional, es
decir hablara de proletariado y de conciencia socialdemócrata en vez de “minoría críticamente
pensante” y “pueblo trabajador” obrero y campesino. La idea de acción política que sostenía su
concepción de partido se basaba en una diferenciación, un tanto heterodoxa desde el punto de vista
marxista, del concepto de conciencia de clase. Postulaba una jerarquía de niveles de conciencia y por
tanto capacidades distintas de ejercicio de la razón. Si “la historia de todos los países muestra que
con su sola fuerza la clase obrera está en condiciones de elaborar solo una consciencia
tradeunionista”, es decir limitada a la defensa de sus intereses materiales, una verdadera y superior
conciencia socialdemócrata podía “ser aportada sólo desde el exterior”, es decir “de los
representantes cultos de las clases poseedoras” organizados en el partido, compuesto “principalmente
de personas que se ocupan profesionalmente a la actividad revolucionaria”84. Las luces de la razón
debían proceder de arroba hacia abajo. Irradiadas desde un centro depositario de la conciencia al
resto de la sociedad.
Si Lenin no se hubiese convertido en el primer líder soviético, probablemente estas ideas se habrían
confundido en el animado debate teórico ruso de los primeros años del siglo XX y no habrían tenido
la atención historiográfica que tuvieron. No obstante, al menos prefiguraban en la teoría, una
embrionaria inversión de la función liberadora del saber -o se la actitud de poner en discusión la
verdad de cualquier tradición como estímulo a la acción innovadora- en su exacto contrario: un
proyecto de disciplinamiento de las mentes que encontraba en el partido la única y auténtica sede de
la “conciencia”. Se trataba de un resultado para nada descontado o predeterminado en vísperas de la
revolución y sin embargo, presente en el abanico de posibilidades creadas en la tensión entre
monarquía e instruidos y desplegadas en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, un camino
nuevo y distinto, pero especular en este monopolio de la esfera pública que había caracterizado a la
ideología de la autocracia.

4- Conclusiones

La crisis del zarismo maduró en la confluencia de tres tensiones de fondo que desarrollaron
autónomamente sobre todo a partir de la época de las reformas: entre las estructuras agrarias
tradicionales y la construcción del Estado moderno, entre una definición dinástico-imperial y una
nacional del poder y entre la ideología del estado autocrático y las ambiciones de participación
pública desarrolladas en los ambientes cultos de la clase dirigente. La revolución de 1905 puede ser
considerada como el punto de intersección de las tres líneas de fractura examinadas, que

83
Ustav Ispol‟nitel‟nogo komiteta Partii “Narodnoj voli”, red. N. Morozova,
[Link] Cfr. S.S. Volk, “Ustav Ispol‟nitel‟nogo komiteta “Narodnoj voli”,
en Archeografičeskij eţegodnik, Nauka, Moscú, 1965, pp. 107-12.
84
V.I. Lenin, Che fare?, V. Strada (Ed.), Einaudi, Turín, 1972, pp. 39, 144.
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permanecieron sin consecuencias perjudiciales y decisivas hasta finales del siglo XIX. Marcó el
comienzo de la crisis del antiguo régimen. El cruce de estos tres motivos distintos de inestabilidad se
vio favorecido por el rápido crecimiento del alfabetismo, el desarrollo de las comunicaciones en
sentido estricto (ferrocarriles, telégrafos, periodismo masivo, migraciones internas, urbanización,
difusión de una más extensa “intelligencija de aldea”, etc.) que puso en relación y, por lo tanto, a
atribuir significado político a las tres líneas de fractura, transformándolas en la llamadas “cuestión
social”, “cuestión nacional” y “cuestión política”. El descredito derivado de la derrota en la que
debería haber sido una “pequeña guerra victoriosa” y lejana, o sea el conflicto con Japón, funciono
de catalizador de la movilización paralela de grupos distintos, cuyas reivindicaciones, a menudo
contradictorias entre sí, se alimentaron recíprocamente y contribuyeron a intensificar la
radicalización de un movimiento de masas heterogéneo, precariamente representado por la imagen de
un “movimiento de liberación” polifónico.
La cuestión de la reforma agraria, de las autonomías nacionales y de la relación entre monarquía y
representación parlamentaria, dominaron la agenda del ciclo revolucionario entre 1905 y 1907, así
como la discusión en la primera y la segunda Duma. El nuevo contexto semi-constitucional permitía
grandes aperturas, liberaba energías y estimulaba propuestas de soluciones nuevas a cada una de
estas tres cuestiones. La planificación democrática de las dos primeras dumas, de las cuales los
demócratas-constitucionales y los socialistas revolucionarios fueron las mejores expresiones
organizadas, si bien estuvo inscripta en un sistema de partidos y grupos parlamentarios
extremadamente desiguales y fluctuantes, tomo en consideración hipótesis más o menos radicales de
distribución de la tierra nobiliaria y estatal a los campesinos y la concesión de autonomías regionales
o nacionales a las minorías del Imperio. Si se hubiera consolidado, el nuevo marco institucional
habría permitido el compromiso de los intelectuales en la vida pública través de un canal legítimo y
no antagonista de los trabajos parlamentarios y del periodismo. ¿No era el “cadete, el partido por
excelencia de “los profesores”? Sin embargo, esta variante se enfrentaba con la radicalidad de la
oposición revolucionaria, por un lado y con la rígida fidelidad al principio autocrático por parte de
Nicolás II, por el otro. El soberano no aceptó nunca la monarquía de la Duma como marco
institucional definitivo, un compromiso que parecía estable y útil para la supervivencia del Estado
zarista. Continuó considerando el variopinto mundo de los diputados que arribaron a San
Petersburgo, desde las provincias de todo el Imperio en la primavera de 1906, como un cuerpo
extraño a la relación personal y directa entre el zar y su pueblo.
El esfuerzo transformador de los años de Stolypin, se puede considerar como el intento de dar una
respuesta distinta a las mismas cuestiones, último proyecto de largo aliento para recomponer las tres
fracturas con el fin de asegurar la continuidad del Imperio en la tradición del autoritarismo innovador
que había caracterizado a la monarquía zarista desde Pedro el Grande en adelante. El plan Stolypiano
intentó transformar a los campesinos en propietarios en vez de socializar o abogar por las tenencias
terratenientes, promovió con más energía la superación de la estratificación clasista y del gobierno
indirecto. Perseguía una transición hacia una sociedad de súbditos con posesiones iguales,
gobernados sin mediaciones por una administración del Estado potenciada, uniforme, más moderna y
evolucionando rápidamente en sentido tecnocrático. En el campo de la política hacia las periferias
aceleró las estrategias que apuntaban a construir un imperio-nación homogéneo (por ejemplo
intensificando el poblamiento de la Rusia asiática), entendida no como afirmación chauvinista de “lo
ruso” en detrimento de lo “no ruso”, sino como proyecto de integración paralela de las masas
granrusas y las otras etnias en una nueva (futura e hipotética) Rusia “grande y potente”: de
campesinos rusos y extranjeros nativos a súbditos-ciudadanos de un más cohesionado Imperio ruso.
En los aspectos políticos Stolypin intentó construir una mayoría parlamentaria moderada que
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funcionase como interlocutor “constructivo” del gobierno a través de una nueva ley electoral que
reducía la representación y favorecía la hegemonía de los octubristas en su ala más moderada filo-
empresaria y nacionalista del movimiento liberal. Además favoreció una estrategia particular de
cooptación de los “expertos” proveniente del mundo de la intelligencija democrática en clave
patriótica, tecnocrática y modernizadora, en el espíritu de un esfuerzo común por el “desarrollo de las
fuerzas productivas”.
Estas estrategias estaban lejos de realizarse en la vigilia de la guerra mundial y fueron causa a su vez
de los efectos desestabilizadores y agravantes que hemos tratado de ilustrar. Y sin embargo todavía
en 1913 nada predeterminaba con certeza la caída del edificio imperial. La iconografía de las
celebraciones del tercer centenario de la dinastía mostraba multitudes que adoraban el paso del zar,
una sensación monárquica generalizada que se hizo más intenso por el impulso patriótico de los
primeros años de la guerra. Los indicadores cuantitativos marcaban el vértice de un camino de
crecimiento económico y productivo que se remontaba, pese a todo desde los años ochenta del siglo
anterior. El imperio zarista suscitaba en los observadores extranjeros sobre todo alemanes un interés
donde se combinaban la preocupación de quién observa la emergencia de un potencia extranjera, en
tonos no muy diferente de aquellos con los que se describe a finales del siglo XX la China. El final
del imperio permaneció ligado al ciclo guerra-mundial-revoluciones-guerra civil que la historiografía
desde hace tiempo ha extirpado para observarlo en su especificidad, su importancia y sus
competencias catastróficas.
A diferencia de otros casos ejemplares de estatalidad imperial colapsados a principios del siglo XX,
como el caso otomano o el Habsburgo, pese a las diferencias, la crisis de la autocracia resultó
finalmente en la reconstrucción de un estado multinacional en la mayor parte del espacio heredado de
la experiencia histórica anterior. El Estado soviético encontró modos distintos de reconstruir el
principio de autoridad y soldar las fracturas que debilitaron al Imperio Romanov. Promovió nuevas
estrategias para movilizar los recursos productivos y organizar la explotación del trabajo (la
colectivización del campo, la economía planificada, el compromiso de los trabajadores para construir
el socialismo). Elaboró un modelo distinto de Estado multinacional (una federación de repúblicas
“nacionales en la forma y socialistas en su contenido”, formalmente soberanos pero unificados por el
poder sustancial y extra-institucional del partido y un sujeto unitario supranacional). Finalmente el
Estado soviético exploró otros caminos para reconfigurar la relación entre saber y autoridad, con la
retrocesión de los intelectuales a “cuadros” de la consciencia, portadores de una capacidad sectorial
al servicio de una ideología oficial sustraída a toda posibilidad de crítica. Pero ésta es, naturalmente,
otra historia.

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