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La

biografía definitiva de quien supo alzarse desde la oscuridad completa para


convertirse en el hombre más rico del mundo y detentar un poder capaz de acabar con
la República romana. Julio César, el romano más famoso, fue un líder carismático, un
brillante político y un genio militar capaz de algunas de las victorias más
espectaculares de la historia: en menos de una década conquistó toda la Galia,
invadió Germania y desembarcó en Britania. Sin embargo, su inusual e imparable
carrera, su ascenso hacia el poder, continúa hoy suscitando controversias entre los
estudiosos. En esta biografía definitiva, Adrian Goldsworthy aúna de forma magistral
todos los aspectos de la vida del hombre que en la adolescencia evitó ser ejecutado
por su oposición directa al dictador Sila; que fue condecorado por su valor en
combate y capturado por piratas; que en la palestra política se ganó la reputación de
inconformista, ambicioso y peligroso; que con poco más de treinta años ya empezaba
a dominar el Senado… sin olvidar sus amoríos con mujeres de la aristocracia, tan
frecuentes como escandalosos.

Página 2
Adrian Goldsworthy

César
ePub r1.3
Titivillus 30-11-2019

Página 3
Adrian Goldsworthy, 2006
Traducción: Teresa Martín Lorenzo

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

Página 4
Página 5
Índice

Agradecimientos

Introducción

PRIMERA PARTE: EL ASCENSO AL CONSULADO, 100-59 a. C.

I. El mundo de César
II. La infancia de César
III. El primer dictador
IV. El joven César
V. Candidato
VI. La conspiración
VII. Escándalo
VIII. Cónsul

SEGUNDA PARTE: PROCÓNSUL, 58-50 a. C.

IX. La Galia
X. Emigrantes y mercenarios: las primeras campañas, 58 a. C.
XI. «El más bravo de los pueblos galos»: los belgas, 57 a. C.
XII. Política y guerra: el convenio de Luca
XIII. «A través de las aguas»: las expediciones a Britania y Germania, 55-54
a. C.
XIV. Rebelión, desastre y venganza
XV. El hombre y la hora: Vercingétorix y la sublevación de los pueblos galos,
52 a. C.
XVI. «Toda la Galia ha sido conquistada»

TERCERA PARTE: LA GUERRA CIVIL Y LA DICTADURA, 49-44 a. C.

XVII. El camino hacia el Rubicón


XVIII. Guerra relámpago: Italia e Hispania, invierno-otoño de 49 a. C.
XIX. Macedonia, noviembre de 49-agosto de 48 a. C.
XX. Cleopatra, Egipto y Oriente, otoño de 48-verano de 47 a. C.

Página 6
XXI. África, septiembre de 47-junio de 46 a. C.
XXII. Dictador, 46-44 a. C.
XXIII. Los idus de marzo

Epílogo

Cronología

Glosario

Abreviaturas

Lista de mapas

Bibliografía

Notas

Página 7
Agradecimientos
Varias personas han revisado distintas partes de este libro y quisiera comenzar
expresando mi profunda gratitud hacia todos ellos. Mi agradecimiento también al que
fuera mi tutor en la universidad, Nicholas Purcell, que accedió amablemente a leer un
borrador del manuscrito. Philip Matyszak, que sabe más de lo que yo nunca sabré
sobre el funcionamiento del Senado romano en este periodo, ha aportado muchos
comentarios que me han sido de gran utilidad. Como siempre, Ian Hughes abordó de
manera extremadamente metódica su útil labor de revisar y comentar cada capítulo a
medida que lo iba escribiendo. Kevin Powell leyó todo el material e hizo numerosos
comentarios que me ayudaron mucho. Ian Haynes fue tan amable de leer la segunda
parte y aportó varias cuestiones importantes. A ambos, y a todos aquellos que leyeron
una parte o la totalidad del texto, mi agradecimiento más sincero. Me gustaría darle
las gracias asimismo a mi agente, Georgina Capel, que negoció un contrato que me
dio la oportunidad de hacerle justicia a este tema. Por último, quiero expresar mi
gratitud hacia Keith Lowe y el resto del personal de la editorial Orion por su trabajo y
su entusiasmo en la realización de este proyecto.

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Introducción

La historia de Julio César posee un intenso dramatismo que ha fascinado a


generación tras generación: atrajo la atención de Shakespeare y Bernard Shaw, entre
otros muchos novelistas y guionistas. César fue uno de los generales más capaces de
todos los tiempos y dejó relatos de sus propias campañas cuya calidad literaria
raramente —tal vez nunca— ha sido superada. Al mismo tiempo fue un político y
hombre de Estado que, más adelante, asumió el cargo supremo de la República
romana y se convirtió en un monarca de facto, aunque nunca llegó a adoptar el
apelativo de rey. César no fue un dirigente cruel y mostró clemencia ante sus
enemigos derrotados. Sin embargo, acabó muriendo apuñalado como resultado de
una conspiración liderada por dos hombres que habían sido indultados por él y en la
que también participaron algunos de sus propios partidarios. Más tarde, su hijo
adoptivo, Octavio —nombre completo: Cayo Julio César Octavio—, se convirtió en
el primer emperador de Roma. El linaje familiar se extinguió con Nerón en el año
68 d. C., pero todos los emperadores posteriores siguieron adoptando el nombre de
César aunque no hubiera ningún vínculo de sangre o adopción. Lo que había sido
sencillamente el nombre de una familia aristocrática —y además una familia poco
conocida— llegó a convertirse en un título que simbolizaba poder supremo y
legítimo. Tan fuerte era la asociación que, a principios del siglo XX, dos de las
grandes potencias mundiales seguían estando en manos de un káiser y un zar,
nombres ambos derivados del de César. Hoy en día los clásicos han perdido su
posición fundamental en la educación occidental y, sin embargo, Julio César sigue
siendo una de las escasas figuras cuyo nombre es reconocido al instante. Multitud de
personas sin ningún conocimiento de latín recuerdan la versión de Shakespeare de sus
últimas palabras: et tu Brute, aunque, de hecho, y dicho sea de paso, es probable que
lo que dijera fuera otra cosa. Entre los demás romanos, sólo Nerón, y tal vez Marco
Antonio, disfrutan de una fama similar, y de otras naciones, probablemente sólo
Alejandro Magno, los filósofos griegos, Aníbal y, sobre todo, Cleopatra, están tan
presentes en la conciencia pública. Cleopatra fue amante de César y Marco Antonio
uno de sus principales lugartenientes, de modo que ambos forman parte de su
historia.

César fue un gran hombre. Napoleón es sólo uno de los numerosos generales
famosos que admitieron haber aprendido mucho del estudio de sus campañas. En el
plano político tuvo un enorme impacto en la historia de Roma y desempeñó un papel
clave en la erradicación del sistema de gobierno republicano, que había perdurado
cuatro siglos y medio. Aunque era extremadamente inteligente y culto, también era
un hombre de acción y es por esa faceta por la que se le recuerda. Sus talentos eran

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variados y excepcionales, desde su habilidad como orador y escritor, pasando por su
capacidad como artífice de leyes y como político, hasta su talento como soldado y
general. Con todo, fue principalmente su encanto lo que tan a menudo cautivó a la
multitud en Roma, a los legionarios en campaña y a las muchas mujeres que sedujo.
César cometió numerosos errores, como comandante y como político, pero ¿qué ser
humano no los comete? Su mayor talento era recuperarse de los reveses, admitir, al
menos ante sí mismo, que se había equivocado, y luego adaptarse a la nueva situación
y, de algún modo, salir victorioso a largo plazo.

Pocos pondrían en duda su grandeza, pero es mucho más difícil afirmar que fue
un buen hombre, o que las consecuencias de su carrera fueron inequívocamente
buenas. No fue ni un Hitler ni un Stalin, ni desde luego un Genghis Khan y, sin
embargo, una de las fuentes consultadas sostiene que más de un millón de enemigos
perecieron en sus campañas. Las actitudes de la Antigüedad diferían de las actuales, y
los romanos tenían pocos escrúpulos respecto a las guerras de César contra oponentes
extranjeros, como las tribus galas. En ocho años de campañas, como mínimo, sus
legiones mataron a cientos de miles de personas en aquella región e hicieron esclavos
a muchos más. Hubo momentos en los que su comportamiento fue absolutamente
despiadado, ordenó masacres y ejecuciones y en una ocasión decretó la mutilación en
masa de varios prisioneros, a los que se les cortó las manos antes de liberarlos. Era
más frecuente que mostrara compasión ante los vencidos, por la razón eminentemente
práctica de que quería que aceptaran la dominación romana y se convirtieran en
pacíficos contribuyentes de una nueva provincia. Su actitud era de frío pragmatismo:
elegía entre la clemencia o la atrocidad dependiendo de cuál pareciera ofrecerle
mayor ventaja. Era un imperialista activo y enérgico, pero, dicho esto, también es
cierto que no fue él el creador del imperialismo romano, sino únicamente uno de sus
múltiples agentes. Sus campañas no fueron más brutales que otras guerras romanas.
Mucho más controvertidas en la época fueron sus actividades en Roma y su voluntad
de librar una guerra civil cuando sus rivales políticos mostraron la determinación de
acabar con su carrera. Sus sospechas estaban más que fundadas, pero, aun así, cuando
llevó su ejército desde su provincia a Italia en enero del año 49 a. C., se convirtió en
un rebelde. Las guerras civiles que siguieron a su asesinato supusieron el golpe de
gracia para la República romana, cuyo estado, en cualquier caso, posiblemente fuera
terminal a consecuencia de las propias acciones de César. La República cayó y fue
reemplazada por el dominio de los emperadores, el primero de los cuales fue su
heredero.

Durante su dictadura, César disfrutó de poder supremo y, por lo general, gobernó


bien, introduciendo medidas sensatas y propias de un estadista, así como beneficiosas
para Roma. Anteriormente, la República había estado dominada por una limitada élite

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senatorial, cuyos miembros con demasiada frecuencia abusaban de su posición para
enriquecerse explotando tanto a los romanos más pobres como a los habitantes de las
provincias. César tomó medidas para solucionar problemas que habían sido
reconocidos como reales y serios durante algún tiempo, pero que no habían llegado a
resolverse debido a la reticencia que existía a permitir que un senador se llevara todo
el mérito a título individual. El sistema republicano estaba en decadencia y había
sufrido ataques violentos desde antes de que él naciera, así como una guerra civil
desde sus primeros años. Julio César llegó al poder por medio de la fuerza de su
ejército y sabemos que empleó el soborno y la intimidación en algunos momentos de
su carrera. Los métodos de sus oponentes no eran diferentes y estaban tan dispuestos
a combatir en una guerra civil para destruir la posición de César tanto como él para
defenderla, pero eso sólo significa que no era ni mejor ni peor que ellos. Tras su
victoria, gobernó de manera muy responsable y marcadamente distinta a la de la
aristocracia senatorial: sus medidas estaban diseñadas para beneficiar a una parte
mucho más amplia de la sociedad. Su régimen no era represivo e indultó y ascendió a
muchos antiguos enemigos. Roma, Italia y las provincias estuvieron mucho mejor
bajo su mando de lo que habían estado por algún tiempo. Y, sin embargo, aunque
gobernaba responsablemente, su gobierno también significó de manera efectiva la
desaparición de las elecciones libres y, por muy justo que fuera su régimen, al final la
monarquía acabó llevando hasta emperadores como Calígula y Nerón. Era la
acaudalada élite romana la que tendía a escribir la historia y el ascenso de César
supuso una reducción del poder de esta clase: esa fue la razón de que muchas fuentes
se mostraran críticas respecto a su figura.

César no era un hombre moral; de hecho, desde muchos puntos de vista, resulta
amoral. Parece probado que su naturaleza era amable, generosa y propensa a olvidar
los resentimientos y a convertir a los enemigos en amigos, pero también estaba
dispuesto a ser totalmente despiadado. Era un mujeriego empedernido, infiel a sus
esposas y numerosas amantes. Cleopatra es, con diferencia, la más famosa de todas y
es posible que el romance fuera auténtico por ambas partes, pero eso no le impidió a
César tener una aventura con otra reina poco después, o seguir persiguiendo a las
mujeres de la aristocracia romana.

Era muy orgulloso, incluso presumido, en especial en lo tocante a su apariencia.


Resulta difícil evitar concluir que desde su juventud estuvo absolutamente
convencido de su propia superioridad. Gran parte de esa autoestima estaba
justificada, porque era más inteligente y más capaz que la gran mayoría de los
senadores. Tal vez, como Napoleón, estaba tan fascinado por su propio personaje que
eso le ayudó a embelesar a otros. También como en el emperador francés en su
personaje existían muchas contradicciones. Sir Arthur Conan Doyle escribió una vez

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de Napoleón: «Era un hombre maravilloso, tal vez el más maravilloso que haya
existido nunca. Lo que me sorprende es la falta de un rasgo definitivo en su carácter.
Cuando te has convencido de que es un villano absoluto, descubres un rasgo de
nobleza y, a continuación, tu admiración se disuelve en algún tipo de acto de increíble
maldad»[1]. Hay algo de esta misma extraña mezcla en César, aunque quizá era
menos extremo. Es chocante que, aunque se supone que los académicos de hoy en día
están preparados para examinar el pasado sin apasionamiento, es muy poco habitual
encontrar un viejo historiador que no tenga una firme opinión sobre César. En el
pasado algunos lo han admirado, incluso idolatrado, considerándolo un visionario que
reconoció los graves problemas a los que se enfrentaba la República y supo cómo
resolverlos. Otros son mucho más críticos y le ven como un aristócrata más con
ambiciones muy tradicionales que escaló hasta la cima sin importarle el coste para la
ley y el precedente que sentaría, pero que luego no sabía exactamente qué hacer con
su poder. Ese tipo de comentaristas tienden a enfatizar el oportunismo que caracterizó
su llegada al poder. César ciertamente fue un oportunista, pero ese apelativo es sin
duda aplicable a casi todos los políticos de éxito. Creía con firmeza en el poder del
azar en todos los asuntos humanos y sentía que él era especialmente afortunado. En
retrospectiva, sabemos que Octavio —a quien en estos días se llama más a menudo
Augusto— creó el sistema por el cual los emperadores gobernarían el Imperio
romano durante siglos. Hay un encarnizado debate sobre hasta qué punto los años del
control de César sobre Roma comenzaron lo que Augusto logró completar, o bien
fueron un falso inicio y sólo sirvieron de ejemplo de lo que su hijo adoptivo debía
evitar conscientemente para escapar al mismo destino. Las opiniones siguen estando
muy divididas y no es probable que esto llegue a cambiar. La verdad, probablemente,
se sitúe en algún punto entre las dos opciones más extremas.

El objetivo de este libro es estudiar la vida de César por sí misma y situarla con
claridad en el contexto de la sociedad romana del primer siglo antes de Cristo. No se
ocupa de lo que sucedió después de su muerte, y no se discutirán las diferencias entre
su régimen y el sistema que fue surgiendo en los años en los que Augusto asumió el
poder. Se centra en lo que César hizo y en tratar de comprender por qué o cómo lo
hizo. Evidentemente, es inevitable una mirada retrospectiva, pero esta obra pretende
evitar dar por supuesto que la guerra civil y la caída de la República eran inevitables,
o el extremo opuesto, que afirma que la República no tenía ningún problema en
absoluto. En el pasado se ha tendido a ver a Julio César o como político o como
general, pero tal distinción no tenía significado real en Roma, a diferencia de lo que
sucede en las modernas democracias occidentales. Un senador romano debía realizar
tareas militares y civiles a lo largo de su carrera y ambas eran parte normal de la vida
pública. Ninguna podía entenderse por completo sin la otra y en este libro ambas se
cubrirán con igual detalle. Esta es una obra larga, pero no puede aspirar a

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proporcionar un relato integral de la política romana en Roma durante la vida de
César, ni pretende acometer un análisis exhaustivo de las campañas en las Galias o de
la guerra civil. La atención se centra siempre en César y la descripción de los sucesos
en los que no participó personalmente se ciñe a lo esencial. Muchos puntos polémicos
son tocados muy por encima, como, por ejemplo, los detalles de una ley o un juicio
concreto en Roma, o cuestiones topográficas u otras relacionadas con las operaciones
militares. Por muy interesantes que sean, esos puntos serían meras digresiones a
menos que desempeñaran un papel importante a la hora de comprender al personaje.
Aquellos que se sientan atraídos por esos temas podrán encontrar más información
sobre ellos en la lista de obras citadas en las notas que se presenta al final del libro.
Igualmente, en la medida de lo posible, el texto principal evita mencionar de forma
directa a los muchos eruditos de renombre que han escrito sobre César, así como
debatir sus respectivas interpretaciones. Ese tipo de cuestiones son una preocupación
principal y esencial de un estudio académico, pero resultan extremadamente tediosas
para el lector general. De nuevo, las obras relevantes son citadas en las notas al final
del libro.

Por mucha que fuera su fama y pese al hecho de que vivió en las décadas
probablemente mejor documentadas de la historia romana, sigue habiendo muchas
cosas que no sabemos de César. La mayor parte de las pruebas en las que nos
basamos han estado ahí durante bastante tiempo. Las excavaciones arqueológicas
siguen revelando información sobre el mundo en el que vivía: en el momento de
escribir se están realizando excavaciones en Francia y Egipto que quizá nos digan
mucho más acerca de la Galia de la época y de la Alejandría de Cleopatra. No
obstante, no es probable que ningún descubrimiento altere radicalmente nuestra
comprensión de la carrera y la vida de César. Por eso, confiamos en la mayoría de los
casos en las fuentes literarias en latín y en griego que han sobrevivido desde la
Antigüedad hasta nuestros días, complementadas en ocasiones por inscripciones en
bronce o en piedra. Los propios Comentarios de César sobre sus campañas se han
conservado y nos proporcionan descripciones detalladas de sus campañas en la Galia
y los primeros dos años de la guerra civil. A eso se unen otros cuatro libros escritos
tras su muerte por sus oficiales que cubren el resto de operaciones. Además,
contamos con las cartas, los discursos y las obras teóricas de Cicerón, que nos
facilitan infinidad de pormenores sobre este periodo. La correspondencia de Cicerón,
que incluye cartas que le escribieron muchos de los principales personajes de la
República, se publicó a su muerte y contiene varios mensajes breves del mismo
César. Sabemos que se publicaron todos los libros de la correspondencia entre
Cicerón y él, así como otro compuesto por mensajes intercambiados entre Cicerón y
Pompeyo, pero, desafortunadamente, se han perdido. Lo mismo ha sucedido con otras
obras literarias y discursos publicados de César. Siempre es importante recordar que

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sólo una mínima parte del uno por ciento de la literatura de la Antigüedad se ha
conservado hasta hoy. Hay varias omisiones deliberadas de las cartas publicadas de
Cicerón, en especial las cartas a su amigo Ático de los primeros tres meses del año 44
a. C. Ático participó en la publicación de la correspondencia, pero eso no se produjo
hasta que Augusto se estableció como el dueño de Roma. Es más que probable que
las cartas desaparecidas contuvieran algo que podría haber implicado a Ático en la
conspiración contra César, o, más probablemente, sugerían o bien que estaba enterado
de la existencia del complot o que lo aprobaba, y fueron eliminadas de forma
deliberada para protegerse. Otra fuente casi contemporánea es Salustio, que escribió
varias historias, incluido un relato de la conjura de Catilina. Durante la guerra civil,
Salustio había luchado a favor de César y había sido reincorporado al Senado como
recompensa. Enviado para gobernar África, había sido condenado más tarde por
extorsión, pero fue perdonado por César. Más favorable a César que Cicerón, Salustio
escribió con el beneficio de la visión retrospectiva y su opinión del dictador parece
haber presentado bastantes altibajos. Irónicamente, considerando su propia carrera —
aunque siempre negó con energía haber obrado mal—, su opinión era que todos los
problemas de Roma provenían del declive moral entre la aristocracia, y así,
inevitablemente, esa opinión teñía su narrativa. Cicerón, Salustio y César eran los tres
activos participantes en la vida pública. César en concreto escribió para celebrar sus
hazañas y conseguir apoyo para su larga carrera. Ni él ni los otros que hemos
mencionado fueron observadores desapasionados a quienes sólo les interesaba
informar sobre la verdad sin adornos.

La mayoría del resto de las fuentes son de una época muy posterior. Tito Livio
escribió durante el reinado de Augusto y, por esa razón, algunos hechos habían
permanecido vivos en la memoria, pero los libros que cubren este periodo se han
perdido y sólo disponemos de breves resúmenes. Veleyo Patérculo escribió un poco
más tarde y hay algún material útil en su escasa narrativa de ese periodo. Sin
embargo, gran parte de las fuentes sobre César en las que nos basamos no fueron
escritas hasta principios del segundo siglo después de Cristo, más de ciento cincuenta
años después del fallecimiento del dictador. El escritor griego Apiano redactó una
monumental historia de Roma, de la cual dos libros están dedicados a las guerras
civiles y a los disturbios acaecidos entre los años 133 y 44 a. C. Plutarco también era
griego, pero sus obras más relevantes para nuestros propósitos fueron sus Vidas
paralelas, biografías que presentaban la vida de una pareja compuesta por una
famosa figura griega y una romana. César fue emparejado con Alejandro Magno
como los dos generales de más éxito de todos los tiempos. También destacan sus
relatos de las vidas de Mario, Sila, Craso, Pompeyo, Cicerón, Catón, Bruto y Marco
Antonio. Suetonio era un romano que escribió biografías de los doce primeros
emperadores, comenzando con César. Dión Casio era de origen griego, pero era

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asimismo ciudadano romano y un senador activo en la vida pública a principios del
siglo III d. C., de su puño nos llega la narrativa continuada más detallada del periodo.
Todos estos escritores tenían acceso a fuentes, muchas de ellas contemporáneas de
César y entre las que se contaban algunas de sus obras perdidas. Y, sin embargo,
nunca debemos olvidar que esos relatos fueron escritos mucho después y no siempre
podemos estar seguros de que comprendieron o reflejaron con exactitud las actitudes
del siglo I a. C. Hay notables lagunas en nuestras pruebas. Por una curiosa
coincidencia, se ha perdido la sección inicial de las biografías de César escritas tanto
por Suetonio como por Plutarco y no sabemos con total certeza en qué año nació.
Cada autor tenía sus propios prejuicios, intereses o puntos de vista, y utilizó fuentes
que, a su vez, estaban cargadas de prejuicios y, con frecuencia, eran clara propaganda.
Es necesario ser precavido a la hora de emplear cualquier fuente. A diferencia de los
estudiosos de la historia más reciente, los que estudiamos la historia clásica a menudo
tenemos que sacar el máximo provecho de fuentes limitadas y, posiblemente, poco
fiables, así como contrastar y encontrar el punto medio de visiones en apariencia
contradictorias. A lo largo del texto he intentado reflejar de algún modo ese proceso.

Algunos aspectos de la vida interior de César permanecen secretos para nosotros.


Sería interesante y revelador saber más sobre sus relaciones personales y privadas
con su familia, esposas, amantes y amigos. En el caso de estos últimos, parece que
durante gran parte de su vida y, sin duda, en sus últimos años, no tuvo ningún amigo
que fuera su igual en ningún sentido, aunque es evidente que mantenía una estrecha y
afectuosa relación con muchos de sus subordinados y ayudantes. Tampoco sabemos
casi nada de sus creencias religiosas. El ritual y la religión impregnaban todos y cada
uno de los aspectos de la vida en el mundo romano. César fue uno de los sacerdotes
más importantes de Roma y celebraba o presidía rezos, sacrificios y otros ritos de
forma regular. También dio gran valor a la tradición familiar que sostenía que su
linaje descendía de la diosa Venus. Sin embargo, no sabemos en absoluto qué
significaban estas cuestiones para él. Muy rara vez dejaba de hacer algo debido a
escrúpulos religiosos y estaba dispuesto a manipular la religión en su beneficio, pero
eso no implica necesariamente que fuera un cínico absoluto y que no tuviera ninguna
creencia. En última instancia, sencillamente no lo sabemos. Parte de la fascinación
inspirada por César se debe a que es difícil de definir y a que, por ejemplo, sus planes
para los últimos meses de su vida siguen siendo un misterio. En los cincuenta y seis
años que vivió, fue una larga serie de cosas diferentes, entre ellas fugitivo, prisionero,
político en alza, jefe de un ejército, representante legal, rebelde, dictador —tal vez
incluso un dios—, además de esposo, padre, amante y adúltero. Pocos héroes de
ficción han hecho tanto como Cayo Julio César.

Página 15
Primera Parte
El ascenso
al consulado
100-59 a. C.

Página 16
I
El mundo de César
Pues quedando atrás el temor a Cartago, y apartada su rival en el poder,
se abandonó la virtud de manera no progresiva sino precipitada, para
volcarse en los vicios; perdida la antigua disciplina, se estableció una
nueva. La ciudadanía cambió de la vigilia al sueño, de las armas a los
placeres, de las ocupaciones al ocio.

Veleyo Patérculo, principios del siglo I a. C.[1]

La República no es nada, es sólo un nombre sin cuerpo ni figura.

Julio César[2]

A finales del siglo II a. C., la República romana era la única gran potencia que
quedaba en la cuenca del Mediterráneo. Cartago, la colonia fenicia cuyo imperio
comercial había dominado Occidente durante tanto tiempo, había sido arrasada por
las legiones en el año 146 a. C. Casi en el mismo momento, la patria de Alejandro
Magno, Macedonia, se convirtió en una provincia romana. Los otros reinos
principales que habían surgido cuando los generales de Alejandro destruyeron su
vasto pero efímero imperio habían recibido ya una lección de humildad y habían ido
menguando hasta que su poder quedó reducido a una sombra de lo que fue. Muchas
de las tierras dentro y en torno al Mediterráneo —toda la península italiana, el sur de
la Galia, Sicilia, Cerdeña y Córcega, Macedonia y parte de Iliria, Asia Menor, gran
parte de Hispania y una esquina del norte de África— estaban bajo el dominio directo
de los romanos. En otras zonas, el poder de Roma se reconocía, aunque a
regañadientes, o al menos se temía. Ninguno de los reinos, tribus o Estados que
estaban en contacto con los romanos podían igualar su fuerza y no había perspectivas
reales de que llegaran a unirse contra ellos. En el año 100 a. C., Roma era
tremendamente poderosa y muy rica, y no había ningún indicio de que eso fuera a
cambiar. En retrospectiva, sabemos que Roma, de hecho, llegaría a ser más fuerte y
rica todavía, y menos de un siglo después habría conquistado la mayor parte de un
imperio que perduraría cinco siglos.

El ascenso de Roma de potencia puramente italiana a superpotencia mediterránea


había sido rápido, de una rapidez pasmosa para el mundo de habla griega, que en el

Página 17
pasado apenas había tomado en consideración a los bárbaros occidentales. La lucha
contra Cartago había durado más de un siglo y había causado pérdidas masivas,
mientras que la derrota de las potencias helenísticas había durado la mitad de tiempo
y se había logrado a un coste insignificante. Una generación antes del nacimiento de
César, el historiador griego Polibio había escrito una Historia Universal con el
propósito expreso de explicar precisamente cómo Roma había alcanzado su posición
de dominio. Él mismo había presenciado las últimas etapas del proceso, había
luchado contra los romanos en la tercera guerra macedónica (172-167 a. C.), después
había sido llevado a Roma como rehén, había vivido en el hogar de un noble romano
y lo había acompañado en campaña para ser testigo de la destrucción de Cartago.
Aunque prestó atención a la efectividad del sistema militar romano, Polibio creía que
el éxito de Roma residía mucho más en su sistema político. En su opinión, la
constitución republicana, que estaba cuidadosamente equilibrada para evitar que un
individuo o parte de la sociedad se hiciera con un control excesivo, liberaba a Roma
de las frecuentes revoluciones y luchas intestinas que habían asediado la mayoría de
ciudades-estado griegas. Internamente estable, la República era capaz de dedicarse a
hacer la guerra a gran escala y de mostrarse más implacable que ninguno de sus
rivales. Es poco probable que algún otro Estado contemporáneo hubiera podido
superar las pérdidas catastróficas y la devastación provocada por Aníbal, y además
llegar a ganar la guerra[3].

César nació en una República que tenía unos cuatro siglos de antigüedad y cuya
eficacia había quedado demostrada con su constante ascenso. La propia Roma
alcanzaría un poder aún mayor, pero el sistema republicano estaba llegando a su fin.
A lo largo de su vida, vería cómo la República era desgarrada por las guerras civiles:
conflictos en los que él mismo desempeñaría un papel protagonista. Algunos romanos
opinaron que el sistema no había sobrevivido a César y muchos le consideraron su
principal verdugo. Nadie dudaba de que la República no era más que un recuerdo en
el momento en el que Augusto, el hijo adoptivo de César, se autoerigió primer
emperador de Roma. Pese a que su éxito había sido prolongado, la República romana
se estaba aproximando al final de su vida coincidiendo con la terminación del siglo II
a. C. y se vislumbraban ya algunos signos de que no todo estaba funcionando como
debería.

Página 18
En el año 105 a. C., un grupo de tribus germánicas emigrantes, los cimbros y los
teutones, habían acabado con un ejército romano excepcionalmente grande en
Arausio (la actual Orange, en el sur de Francia). Los heridos de esta batalla
rivalizaron con los de Cannas en el año 216 a. C., cuando Aníbal aniquiló a casi
cincuenta mil soldados romanos y aliados en un solo día. Fue la última y peor de una
serie de derrotas infligidas por los bárbaros, que habían comenzado a luchar
provocados por el primer comandante que se topó con ellos en el año 113 a. C.

Los cimbros y los teutones eran pueblos nómadas que buscaban nuevas tierras, no
un ejército profesional que entablara guerras sin cuartel. En batalla, sus guerreros
tenían una apariencia terrorífica y gran valor, pero les faltaba disciplina. A nivel
estratégico, las tribus no se guiaban por objetivos rígidos. Tras Arausio, partieron

Página 19
hacia Hispania, sin volver a invadir Italia durante varios años. Este alivio temporal
apenas logró reducir el pánico que se había propagado por Roma, alimentado por los
recuerdos populares del saqueo de la ciudad en el año 390 a. C. a manos de salvajes
guerreros de alta estatura y tez clara —en aquella ocasión galos más que germanos—,
y los romanos siguieron albergando un miedo profundamente arraigado ante todos los
bárbaros del norte. Muchas voces criticaron a los incompetentes generales
aristócratas que habían estado al mando durante los recientes desastres e insistían en
que la guerra contra las tribus debería confiarse ahora a Cayo Mario, que acababa de
obtener una victoria en Numidia, finalizando una guerra que inicialmente también se
había caracterizado por la corrupción e ineptitud de los cargos más altos. Mario
estaba casado con la tía de César y fue el primero de su familia que entró en política.
Ya había logrado mucho al ser elegido como uno de los dos cónsules del año 107
a. C., pues los cónsules eran los magistrados más poderosos de la República y estaban
al frente de las más importantes responsabilidades civiles y misiones militares a lo
largo de los doce meses que duraba su mandato. Supuestamente, debían pasar diez
años antes de que un hombre pudiera acceder a un segundo consulado, pero Mario
fue elegido para el cargo cinco años consecutivos desde el año 104 al año 100 a. C.,
un hecho sin precedentes y de dudosa legalidad, pero que obtuvo el resultado
deseado, ya que derrotó a los teutones en el año 102 a. C. y a los cimbros al año
siguiente[4].

Los sucesivos consulados de Mario violaron un principio fundamental de la vida


pública romana, pero podrían interpretarse como un recurso necesario para guiar al
Estado en tiempos de crisis. En el pasado, la República había demostrado cierto grado
de flexibilidad que había ayudado a los romanos a hacer frente a otras situaciones de
excepción. Mucho más preocupante era la tendencia de los últimos tiempos a que las
disputas políticas se volvieran violentas. En el otoño del año 100 a. C. un senador
llamado Memio, que acababa de ser elegido cónsul para el mandato del año siguiente,
recibió una paliza mortal en el Foro de manos de los esbirros de uno de los
candidatos derrotados. Ese hombre, Cayo Servilio Glaucia, junto con su asociado,
Lucio Apuleyo Saturnino, ya había empleado las amenazas y los ataques en grupo en
anteriores ocasiones para forzar la aprobación de su legislación. Se creía que habían
organizado el asesinato de otro de sus rivales el año anterior. El linchamiento de
Memio se realizó con total desfachatez y desencadenó una inmediata reacción
violenta. Mario, que hasta ese momento se había contentado con utilizar a Saturnino
para sus propios fines, se volvió ahora contra él y respondió a la llamada del Senado,
que le instaba a salvar la República: tras armar a sus partidarios, bloqueó a los
seguidores de Saturnino y Glaucia en la colina Capitolina y, poco después, estos se
vieron obligados a rendirse. Es posible que Mario hubiera prometido a los radicales
que les perdonaría la vida, pero el ambiente general estaba menos inclinado a la
indulgencia. La mayoría de los cautivos fueron asesinados en la Cámara del Senado

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cuando una multitud invadió el edificio. Varios hombres treparon al tejado y
comenzaron a arrancar las tejas, lanzando a continuación los pesados proyectiles
hacia el interior hasta que todos los prisioneros hubieron muerto. Para proteger la
República, se había suspendido la legislación normal y la violencia fue aplacada con
más violencia: algo muy distinto de la imagen que presentara Polibio, desde luego
idealizada, de una constitución perfectamente equilibrada, aunque incluso él había
insinuado que la estabilidad interna de Roma podría no durar eternamente. Para
comprender la historia de César primero debemos analizar la naturaleza de la
República romana, tanto en teoría como en la práctica, cambiante, de las últimas
décadas del siglo II a. C.[5]

LA REPÚBLICA

Según la tradición, Roma fue fundada en el año 753 a. C. Para los romanos ese
fue el Año Uno y los acontecimientos subsiguientes se dataron formalmente como
acaecidos tantos años después de la «fundación de la ciudad» (ab urbe condita). La
evidencia arqueológica de los orígenes de Roma es menos clara, puesto que es difícil
juzgar cuándo se fundieron en una sola ciudad las pequeñas comunidades que
salpicaban las colinas circundantes de lo que llegaría a ser Roma. Se conservan
escasos vestigios de los periodos iniciales y había muchas cosas que ni siquiera los
romanos sabían con certeza cuando empezaron a escribir la historia a principios del
siglo II a. C. Es probable que los relatos de los primeros días de la ciudad contengan
cierto grado de verdad, pero es totalmente imposible verificar los incidentes
particulares o lo que se narra sobre un individuo concreto. Es evidente que Roma fue
gobernada inicialmente por reyes, aunque resulta difícil constatar si alguno de los
siete monarcas que recuerda la tradición fue una figura real. Hacia finales del siglo VI
a. C. —es muy posible que la fecha del año 509 a. C. aceptada por la tradición sea
exacta— la monarquía fue sustituida por la República a causa de problemas y
desajustes internos.

El sistema político de la República romana evolucionó gradualmente a lo largo de


los años y nunca se regló de forma estricta. Más parecida a la actual Gran Bretaña
que a los Estados Unidos de América, Roma no contaba con una constitución escrita,
sino que se guiaba por un mosaico de leyes, precedentes y tradición. La expresión res
publica, de la que ha derivado nuestra palabra República, significa literalmente «la
cosa pública» y quizá pueda traducirse con más propiedad como «el Estado» o el
«cuerpo político». La imprecisión garantizaba que significara cosas diferentes para
personas diferentes. Más adelante, César la desecharía por considerarla una frase
vacía.[6] La inconcreción del sistema permitía una flexibilidad considerable, lo que
durante siglos resultó ser una fuente de fuerza. Al mismo tiempo, su propia naturaleza

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garantizaba que cualquier nueva ley o precedente, ya fuera bueno o malo, pudiera
fácilmente modificar para siempre la forma en que se hacían las cosas. La esencia del
sistema era el deseo de evitar que un individuo se hiciera con demasiado poder de
manera permanente. El temor al retorno de un régimen monárquico estaba muy
extendido y había arraigado profundamente en la aristocracia que monopolizaba los
principales cargos públicos. Por tanto, el poder en la República recaía en una serie de
instituciones, de las cuales las más importantes eran las magistraturas, el Senado y las
asambleas populares.

Los magistrados poseían un poder significativo: a los más antiguos se les


otorgaba formalmente el imperium, el derecho a mandar tropas y a impartir justicia,
pero se trataba de algo en esencia temporal y que duraba sólo los doce meses de
mandato. Ese poder estaba asimismo limitado por el poder equivalente de los colegas
que tenían el mismo cargo. Cada año eran elegidos dos cónsules y seis pretores, cuyo
cargo era el siguiente en importancia. Nadie podía buscar la reelección en el mismo
puesto hasta que no hubiera transcurrido un plazo de diez años, ni podía presentarse a
él por primera vez hasta que hubiera alcanzado los treinta y nueve años de edad en el
caso de la pretura y cuarenta y dos en el caso del consulado. No había división entre
el poder político y el poder militar y los magistrados acometían tareas militares o
civiles según fuera necesario. Las responsabilidades y órdenes militares más
importantes recaían en los cónsules, las menos decisivas en los pretores. La mayoría
de los magistrados de rango superior eran enviados a gobernar una provincia durante
su año de mandato. El Senado tenía la capacidad de extender el imperium de un
cónsul o pretor como promagistrado —procónsul o propretor respectivamente— de
modo anual, dado que con frecuencia resultaba necesario para proveer a la República
del número de gobernadores provinciales necesarios para controlar un gran imperio,
pero eso no alteró la naturaleza fundamentalmente temporal del poder. Una
ampliación de más de dos años era insólita. Por tanto, mientras que los cargos en sí
representaban un gran poder, en el plano personal, los cónsules y el resto de
magistrados cambiaban todos los años.

Por el contrario, la importancia del Senado se basaba menos en sus funciones


formales que en su mera permanencia. Estaba compuesto de unos trescientos
senadores que se reunían cuando eran convocados por un magistrado, por lo general
un cónsul cuando uno de ellos estaba presente. Los senadores no eran elegidos para
formar parte del Senado —y en contadas ocasiones, expulsados— por votación, sino
por los dos censores, que cada cinco años realizaban un censo de los ciudadanos
romanos. Se esperaba que los censores escogieran a cualquiera que hubiera accedido
a una magistratura a partir del último censo, aunque esto no suponía ninguna
obligación legal. No obstante, comparativamente, había pocos cargos y muchos
senadores; tal vez la mitad nunca habían ocupado ninguna magistratura. Los

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senadores tenían que pertenecer a la orden ecuestre, la clase más adinerada,
propietaria de inmuebles, que figuraba en el censo. Su nombre, équites o
«caballeros», derivaba de su papel tradicional de miembros de la caballería del
ejército. Sin embargo, sólo una minoría de équites trató de acceder a la vida pública y
el Senado solía formarse a partir de una élite interna dentro de su clase. Por su
riqueza y su papel prominente en la dirección del Estado, eran hombres que tenían un
fuerte interés personal en preservar la República. Los antiguos magistrados eran los
que dominaban los debates, ya que el procedimiento dictaminaba que se consultara la
opinión de los antiguos cónsules en primer lugar, después a los antiguos pretores y así
hasta llegar a los puestos más recientes. Aquellos que habían servido a la República
desde un cargo destacado poseían una gran influencia o auctoritas, y el prestigio
colectivo del Senado como institución se basaba en gran medida en la inclusión de
hombres así. El Senado no tenía poder legislativo, pero los decretos que emergían de
sus debates pasaban a las asambleas populares para su aprobación con una fuerte
recomendación. También funcionaba como consejo asesor para los magistrados
cuando estaban en Roma, decidía qué provincias estarían disponibles cada año y
podía conceder el imperium como promagistrado. Además, era el Senado el que
recibía a las embajadas extranjeras y organizaba los despachos de los embajadores,
así como el encargado de enviar comisionados para supervisar las disposiciones
administrativas en las provincias, lo que le confería un papel clave en las decisiones
sobre los asuntos relacionados con el extranjero.

Las diversas asambleas del pueblo romano poseían un poder considerable dentro
de la República, pero tenían poca o ninguna capacidad de actuación independiente.
Elegían a todos los magistrados, aprobaban leyes y eran responsables de la
ratificación formal de las declaraciones de guerra y los tratados de paz que concluían
los conflictos. Todos los ciudadanos adultos podían votar si estaban presentes, pero
sus votos no tenían el mismo valor. En las Comitia Centuriata, que elegían a los
cónsules y tenían otra serie de funciones importantes, los miembros se dividían en
unidades de voto dependiendo de qué propiedades poseyeran según el padrón más
reciente. Su estructura procedía de la organización del antiguo ejército romano, donde
los más ricos eran los que podían permitirse con más facilidad el caro equipamiento
requerido para luchar en los puestos más destacados y peligrosos. Era inevitable que
hubiera menos miembros en las unidades o centurias de más rango, simplemente
debido a que había menos ricos que pobres. Se suponía que el voto de todas las
centurias tenía el mismo peso, pero las de las clases más adineradas votaban primero
y, con frecuencia, la decisión ya había sido adoptada antes de que las unidades más
pobres hubieran dado su opinión. Otras asambleas se basaban en divisiones tribales,
determinadas de nuevo por el censo, y aquí las desigualdades eran también inmensas,
aunque de un carácter algo diferente: cada tribu votaba de acuerdo con una decisión
mayoritaria tomada por los miembros presentes. Sin embargo, las tribus urbanas, a las

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que pertenecían muchos de los pobres de Roma, solían contar el día del voto con
muchos más ciudadanos que las tribus rurales, de las que, probablemente, sólo los
miembros acaudalados habían viajado hasta Roma. Así, en general, la opinión de los
ciudadanos más prósperos tenía un impacto mucho mayor en el resultado de las
votaciones que la del más nutrido grupo de los pobres. Ninguna de estas asambleas
brindaba oportunidad para el debate, sino que, sencillamente, elegían un nombre de
una lista de candidatos o votaban a favor o en contra de una propuesta en particular.
Las asambleas eran convocadas por un magistrado, que las presidía y dictaminaba
cuáles serían los asuntos que trataría. En comparación con la asamblea de Atenas de
finales del siglo V a. C., puede parecer que los elementos democráticos del sistema
romano estaban sometidos a un estricto control, pero eso no significa que carecieran
de importancia. El resultado de las votaciones, en especial en las elecciones, seguía
siendo impredecible.

Sólo aquellos que estuvieran registrados como ecuestres en la clase de propiedad


más elevada eran candidatos para la carrera política. En Roma, las magistraturas
dependían de ganar el favor del electorado. No había nada que se pareciera ni
remotamente a los actuales partidos políticos —aunque, en vista de su opresiva
influencia, eso podría hacerla más democrática en vez de menos en comparación con
muchos países de hoy— y cada candidato a un cargo público competía como un
individuo. Sólo en contadas ocasiones defendían una medida concreta y lo más
común era que comentaran temas de actualidad. Por lo general, los votantes buscaban
un individuo capaz que, una vez elegido, pudiera emprender cualquier tarea que el
Estado requiriera. Las hazañas realizadas en el pasado se consideraban prueba de
habilidad, pero en caso de que no hubiera ninguna, en especial en las primeras etapas
de una carrera, los candidatos hacían alarde de los logros de las pasadas generaciones
de su familia. Los romanos creían firmemente que las familias poseían marcados
rasgos de carácter y se asumía que un hombre cuyo padre y abuelo hubieran salido
victoriosos de una guerra contra los enemigos de Roma resultaría igualmente capaz.
Las familias aristocráticas ponían mucho esmero en dar a conocer las hazañas de sus
miembros, pasados y presentes, de modo que su nombre fuera reconocido por los
votantes. La combinación de su fama y riqueza permitió a un número
comparativamente pequeño de familias ocupar la mayoría de las magistraturas y,
sobre todo, el consulado. A pesar de todo, nunca era imposible para un hombre,
aunque fuera el primero de su familia que accedía al Senado, convertirse en cónsul.
Aquel que conseguía esa proeza era conocido como un «hombre nuevo» (novus
homo). Mario, con su serie de consulados sin precedente, fue el más grande de los
«hombres nuevos», y para la mayoría un solo mandato era un logro suficientemente
difícil. La política era muy competitiva e incluso los miembros de las familias de
larga tradición necesitaban esforzarse para mantener su ventaja. El número de
colegios de magistrados disminuía en relación inversa a su importancia, de manera

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que la lucha por el cargo se recrudecía a medida que un candidato ascendía en el
escalafón. Por simple aritmética, sólo un tercio de los seis pretores elegidos cada año
podían albergar la esperanza de convertirse en cónsules. Esta competitividad feroz
garantizaba que las uniones políticas a largo plazo fueran poco habituales y los
partidos permanentes inimaginables, ya que nadie podía compartir una magistratura.
En muchos aspectos, el sistema funcionaba bien, todos los años proporcionaba a la
República una nueva cosecha de magistrados impacientes por realizar grandiosas
hazañas en nombre de Roma antes de que expiraran sus doce meses de mandato. El
poder formal del imperium era válido sólo en esa ocasión, pero los éxitos de un
magistrado acentuarían enormemente su auctoritas. Como tantos otros conceptos
romanos, es difícil traducir este término con una única palabra, ya que combinaba
autoridad, reputación e influencia con pura importancia o estatus. La auctoritas se
mantenía después de haber renunciado al cargo, aunque podía reducirse por el
comportamiento posterior de un hombre o ser eclipsada por el de otros senadores.
Determinaba con cuánta frecuencia y en qué momento un magistrado que presidiera
una reunión del Senado solicitaría la opinión de un antiguo magistrado, y el peso que
su punto de vista tenía para otros. La auctoritas existía sólo cuando era reconocida
por los demás, pero los individuos eran conscientes de su estatus y a veces podían
emplearlo sin rodeos: en el año 90 a. C., el distinguido excónsul y censor, y actual
primer senador (princeps senatus), Marco Emilio Scauro, fue acusado de aceptar
sobornos de un rey hostil. El abogado de la acusación fue el mediocre Quinto Vario
Severo, quien, pese a ser romano, había nacido en la ciudad de Sucro, en Hispania.
Como pieza clave de su defensa, Scauro se volvió al tribunal y a la multitud que
presenciaba el juicio y formuló una sencilla pregunta: «El sucrense Vario Severo dice
que Emilio Scauro, sobornado por el rey, ha traicionado al pueblo romano; Emilio
Scauro declara que no tiene relación con esa acusación, ¿a cuál de los dos dais
crédito?». Como respuesta, Vario fue abucheado desde el tribunal y el cargo fue
retirado[7].

La competición no cesaba cuando uno de los candidatos obtenía el consulado. Su


estatus posterior dependía de su actuación en el cargo en comparación con otros
cónsules. Llevar un ejército a la victoria sobre un enemigo de la República era un
gran logro, en especial si era reconocido con el premio de un triunfo a su regreso a
Roma. En esta ceremonia, el vencedor conducía un carro a través del centro de la
ciudad como parte de una procesión que incluía a sus cautivos, los botines obtenidos
y otros símbolos del éxito, así como a sus propios soldados desfilando con su mejor
equipo. El general iba vestido con las galas de la más importante deidad romana,
Júpiter Optimus Maximus, y llegaba hasta el extremo de pintarse el rostro de rojo
para parecerse a las antiguas estatuas de terracota del dios. Detrás de él se situaba un
esclavo que sostenía el laurel de la victoria por encima de la cabeza del general, a la
vez que le susurraba al oído un recordatorio de que era mortal. Era un gran honor que

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se conmemoraba eternamente colocando las coronas de laurel (o esculpiendo su
efigie) en el atrio de la casa de la persona en cuestión. Un logro así se valoraba
mucho, pero también se comparaba a las victorias de otros senadores. Era importante
haber ganado mejores y más importantes batallas ante enemigos más fuertes o más
exóticos porque incrementaban la auctoritas de un hombre en relación con otros
antiguos generales. La mayoría había obtenido y completado su primer consulado
para cuando habían alcanzado la mitad de la cuarentena, y podían esperar proseguir
con su vida y permanecer activos en el Senado durante décadas. Su continuada
prominencia en la vida pública dependía de su auctoritas, y, con el tiempo, podía
aumentar. La competición estaba muy arraigada en la vida pública romana, los
senadores luchaban a lo largo de sus carreras para ganar fama e influencia, así como
para evitar que otros adquirieran demasiado de las mismas cosas. La elección anual
de nuevos magistrados y las restricciones sobre la duración de los cargos ayudaban a
que muchos senadores disfrutaran de la oportunidad de servir a la República desde un
puesto distinguido y evitaba que alguien estableciera un monopolio de gloria e
influencia. Todos los aristócratas deseaban sobresalir, pero su temor más profundo era
siempre que algún otro superara al resto de los rivales por un margen demasiado
amplio y ganara una importancia más permanente, invocando el espectro de la
monarquía. Si un individuo acumulaba demasiados éxitos, reducía el número de
honores disponibles para los demás.

Aunque la República se había convertido en la principal potencia del


Mediterráneo a finales del siglo II a. C., la propia urbe romana siguió siendo el foco
de todos los aspectos de la vida política. Allí, y sólo allí, podían reunirse el Senado,
los tribunales o las asambleas populares para elegir magistrados o aprobar la
legislación. Hacia el año 100 a. C. Roma era la mayor ciudad del mundo conocido,
eclipsando incluso a sus rivales más próximas, como Alejandría. Es posible que a
finales del siglo I a. C. su población rondara el millón de habitantes, y ya en el año
100 a. C. vivían allí sin duda varios cientos de miles de personas, tal vez medio
millón o más. Carecemos de pruebas que nos permitan ser más precisos, pero estas
cifras al menos nos dan una idea del orden de su magnitud. Por elevada que fuera la
población, en una época previa a cualquier forma de transporte que se desplazara a
más velocidad que un hombre a pie o a caballo, Roma no se extendió por un área tan
vasta como las ciudades más modernas. Las viviendas, en especial en las zonas
pobres, estaban abarrotadas. Y, sin embargo, en el que era el centro de Roma desde
todos los puntos de vista, se abría el espacio del Foro. El Foro era un lugar de

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comercio, donde se congregaban desde las tiendas de moda, que lindaban con sus
grandiosos edificios y ofrecían los lujos que constituían el premio del imperio, hasta
los representantes de las grandes compañías mercantiles y los proveedores de grano.
Era asimismo el lugar de la ley y la justicia, donde se reunían los tribunales, los
abogados presentaban sus casos y los jurados pronunciaban sentencia, todo a cielo
descubierto. El Foro era atravesado por la Vía Sacra, la ruta de las procesiones
triunfales. Más que ninguna otra cosa, la vida pública de la República se desarrollaba
dentro y en torno al Foro. Los magistrados, como tribunos, ediles y pretores, habían
establecido plazas en el Foro donde se sentaban a hacer negocios. Cuando el Senado
se reunía, lo hacía con muy pocas excepciones en un edificio lindante con el Foro, ya
fuera en la Cámara del Senado (Curia) o en uno de los grandes templos. Fuera de la
Cámara del Senado se encontraba la plataforma de oradores o rostra, cuyo nombre se
deriva de su decoración, que estaba compuesta por las proas de las naves enemigas
derrotadas durante las guerras contra Cartago. Desde la rostra, los discursos se
convertían en reuniones informales del pueblo romano en los que los magistrados y
algunas personalidades trataban de persuadir a los ciudadanos de que votaran a favor
o en contra de un proyecto de ley, o de que favorecieran a alguien en una elección. A
la orden de un magistrado adecuado, la misma multitud de romanos podría
congregarse en una asamblea de tribus (el Concilium Plebis o las Comitia Tributa) y
aprobar una legislación. Además de la celebración de las elecciones, la aprobación de
las leyes casi siempre se producía en el Foro. Desde muchos puntos de vista, era el
corazón de Roma.[8]

La ciudad de Roma: área central, Foro… (Según CAH2 ix [1994 p.


370]). Parte de los detalles son conjeturas.

LOS BENEFICIOS Y EL PRECIO DEL IMPERIO

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La República romana estaba en guerra a menudo, durante largos periodos y casi
todos los años. La elevada frecuencia de las contiendas era habitual en el mundo
antiguo, en el que los Estados rara vez necesitaban muchas más razones para atacar a
sus vecinos que la creencia de que eran vulnerables. El magnífico periodo de la
cultura clásica griega, con el florecimiento de las artes, la literatura y la filosofía,
había llegado en un momento en el que la guerra entre las ciudades-estado griegas era
endémica. Sin embargo, desde el principio de su historia, la práctica bélica romana
había tenido un carácter distintivo, no sólo por su efectividad a la hora de lograr la
victoria, sino por su talento para consolidar esa victoria de manera permanente al
absorber a los enemigos derrotados y convertirlos en aliados de confianza. A
principios del siglo III a. C. la práctica totalidad de la península italiana se encontraba
bajo el control de Roma. Dentro de ese territorio, algunas comunidades habían
obtenido la ciudadanía romana, de modo que, con los habitantes de las colonias
situadas en tierra conquistada, el número de ciudadanos romanos crecía muy por
encima de las poblaciones de otras ciudades-estado. A otros pueblos les fue
concedido el ius latii, que implicaba privilegios menores, pero en cualquier caso
trascendentes, mientras que el resto eran simplemente aliados o socii. En un plazo
comparativamente breve, tanto la ciudadanía romana como el ius latii perdieron toda
relación con un grupo étnico o incluso lingüístico concreto y pasaron a ser
fundamentalmente distinciones legales. Con el tiempo, las comunidades que carecían
de dichos privilegios podían aspirar a obtenerlos, progresando a lo largo de varias
etapas desde el derecho latino a la ciudadanía sin derecho a voto, hasta finalmente
obtener la ciudadanía romana plena. Cada comunidad estaba ligada a Roma por
medio de un tratado específico que establecía con claridad tanto sus derechos como
sus obligaciones. Todavía más evidente era el hecho fundamental de que Roma era el
socio superior en cualquier convenio de ese tipo y de que no se trataba de un acuerdo
entre iguales. La obligación más común de todos los tipos de aliados, incluyendo los
que contaban con el derecho latino, era proveer a Roma de hombres y recursos en
tiempos de guerra. Al menos la mitad de todo ejército romano estaba compuesto
invariablemente de soldados aliados. De ese modo, los enemigos derrotados del
pasado ayudaban a ganar las guerras del presente. Aparte de confirmar así su lealtad,
las comunidades aliadas recibían una parte pequeña, pero significativa, de los
beneficios de la contienda. En vista de la alta frecuencia con la que Roma entraba en
guerra —y algunos eruditos han llegado a sugerir que la República necesitaba hacer
la guerra para recordar a los aliados cuáles eran sus obligaciones— había numerosas
oportunidades tanto para prestar un servicio como para sacar provecho.[9]

En el año 264 a. C. los romanos enviaron un ejército fuera de Italia por primera
vez, lo que dio lugar al prolongado conflicto con los cartagineses, de cuyo origen
fenicio deriva el nombre que le dieron los romanos: poeni (púnicos). La primera
guerra púnica (264-241 a. C.) le reportó a Roma su primera provincia extranjera en

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Sicilia, a la que se añadió Cerdeña en el periodo inmediatamente posterior al
conflicto. La segunda guerra púnica (218-201 a. C.) significó la presencia permanente
de Roma en Hispania y su implicación en Macedonia. Las enormes reservas humanas
con las que contaba la República entre ciudadanos y aliados y la disposición a aceptar
pérdidas estremecedoramente elevadas fueron factores clave a la hora de asegurar la
victoria ante Cartago. Estos conflictos también acostumbraron a los romanos a
despachar y a aprovisionar ejércitos emplazados en posiciones muy distantes, algo
que hizo posible la creación de una gran flota durante la primera guerra púnica. La
República se habituó a librar batallas en varios escenarios diferentes de manera
simultánea. En las primeras décadas del siglo II a. C., Roma venció a Macedonia y al
Imperio seléucida que, junto con el de los tolomeos de Egipto, eran los más
poderosos de los reinos helenísticos que surgieron tras la caída del imperio de
Alejandro Magno. La destrucción de Cartago y Corinto a manos de las huestes
romanas en el año 146 a. C. se convirtió en símbolo de la supremacía romana sobre
las antiguas potencias del mundo mediterráneo. Se establecieron más provincias en
Macedonia y África, se completó la conquista del valle del Po y se reforzó la
presencia en Iliria. Hacia finales de siglo fue conquistada la Galia Transalpina (la
actual Provenza, en el sur de Francia), lo que creó un vínculo seguro por tierra con las
provincias en Hispania, del mismo modo que Iliria proporcionaba una conexión con
Macedonia. Pronto se construirían las vías romanas, que unirían una provincia con
otra de una manera monumental, pero también muy práctica. En torno a las mismas
fechas fue anexionada la rica provincia de Asia. En esta época, el vínculo entre Roma
y sus provincias extranjeras era mucho menos estrecho que los lazos que le unían a
los pueblos de Italia, y la concesión generalizada de la ciudadanía romana o el ius
latii a las poblaciones indígenas ni siquiera se planteaba. Con frecuencia, las
comunidades de las provincias facilitaban tropas para servir junto al ejército romano,
pero esa no era su obligación esencial, que era la de pagar un tributo regular o
impuesto.

La expansión hacia el extranjero reportó importantes beneficios a numerosos


romanos: para la aristocracia supuso multitud de oportunidades de obtener gloria
durante sus magistraturas a través de una guerra. Las campañas contra las tribus de
Hispania, la Galia, Iliria y Tracia eran frecuentes, mientras que los enfrentamientos
con los famosos Estados del mundo helenístico eran menos habituales aunque mucho
más espectaculares. Dado que las guerras eran un fenómeno casi constante, la
competición entre los senadores se centraba en quién había ganado la contienda
mayor o más peligrosa, y también se concedía un gran valor al honor de ser el
primero en derrotar a un pueblo. La gloria venía acompañada de grandes fortunas
procedentes del saqueo y la venta de los prisioneros como esclavos. Parte de esa
riqueza se destinaba a la República y parte a los soldados, pero puesto que los rangos
superiores recibían cuotas más altas, los que se beneficiaban realmente eran los

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comandantes. Las victorias conseguidas en el Mediterráneo oriental eran
especialmente lucrativas y durante el siglo II a. C. varios generales regresaron de esas
batallas habiendo cosechado los triunfos más fastuosos y espectaculares que se
habían visto nunca. Fue en ese periodo cuando la ciudad empezó a reconstruirse con
un estilo más ostentoso: los comandantes victoriosos utilizaban parte de sus botines
para erigir grandiosos templos y otros edificios públicos como recordatorios
permanentes de sus logros. La competencia por la fama y la influencia continuaron
dominando la vida pública, pero se estaba convirtiendo en un negocio cada vez más
caro, ya que algunos generales traían riquezas inmensas de sus victorias. A los
senadores pertenecientes a aquellas familias que no habían conseguido obtener
ningún puesto de mando en las campañas más rentables les resultaba cada vez más
difícil costearse la carrera política. La brecha entre los senadores más ricos y los más
pobres fue ampliándose de forma constante, lo que redujo el número de hombres que
podían competir por las magistraturas y mandos supremos.

No sólo los senadores sacaron provecho de la creación del imperio, pero, en


general, las nuevas condiciones beneficiaron sobre todo a los ciudadanos
acomodados. La República no organizó un extenso aparato burocrático para
administrar las provincias, de modo que los gobernadores sólo disponían para
gobernar de un limitado número de funcionarios a los que se sumaban miembros de
sus propias familias. Como resultado, gran parte de los negocios diarios quedaba en
manos de las comunidades locales, mientras que otra parte importante la llevaban a
cabo compañías privadas dirigidas por romanos acaudalados. Estos solían ser
miembros de la orden ecuestre, dado que la ley prohibía a los senadores realizar
contratos de ese tipo. (Así se pretendía evitar que los intereses comerciales influyeran
en las opiniones expresadas en el Senado. No obstante, se sospecha que muchos
senadores invirtieron dinero en empresas dirigidas abiertamente por ecuestres). Las
compañías lideradas por los ecuestres pugnaban por el derecho a recaudar impuestos
en una región, vender prisioneros de guerra y otros frutos de sus rapiñas, o por
conseguir enormes contratos para abastecer al ejército de alimento y equipo. Se les
conocía por el apelativo de publicani —los publicanos de la Biblia— debido a que
desempeñaban tales tareas requeridas por la República, pero su motivo principal era
obtener un beneficio y no realizar un servicio público. Una vez que una compañía
había accedido a pagar al Tesoro una suma fija por el derecho a recaudar impuestos
en una región o provincia en concreto, era necesario que recaudara un importe
superior de las provincias. Los agentes de las compañías de todos los niveles tendían
a quedarse con una parte de los ingresos, por lo que, inevitablemente, la cantidad real
que se exigía de la población de la provincia a menudo era muy superior a la suma
recibida por el fisco. Sin embargo, por regla general, la República se daba por
satisfecha con este estado de cosas y el resentimiento que se despertaba en los
habitantes de las provincias podía, si era necesario, aplacarse con la fuerza del

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ejército. Aparte de los publicani, muchos otros romanos y sus agentes hacían
negocios en las provincias. El solo hecho de ser romano —y la mayoría de los
italianos eran tomados por romanos por otras razas— brindaba a los comerciantes
(negotiatores) notables ventajas por asociación con el poder imperial. Con frecuencia,
los más influyentes —que de nuevo tendían a ser los más ricos de sus representantes
— conseguían obtener ayudas más directas de los gobernadores de las provincias. Las
actividades de los comerciantes no suelen figurar sino de forma tangencial en
nuestras fuentes antiguas, pero es importante no infravalorar sus cifras o la escala de
sus operaciones. Estos personajes sacaron mucho provecho del imperialismo de
Roma, aunque es muy poco probable que llegaran a influir verdaderamente en el
proceso de toma de decisiones que dirigía las actividades en el extranjero de la
República.[10]

A través de generaciones, una proporción excepcionalmente alta de romanos


sirvieron en el ejército. Hasta que el gobierno de la Francia revolucionaria introdujo
el servicio militar obligatorio ningún Estado de dimensiones comparables había
movilizado un porcentaje tan elevado de sus recursos humanos durante un plazo tan
prolongado. Al parecer, hasta mediados del siglo II a. C. la resistencia popular al
alistamiento obligatorio era escasa y la mayoría de hombres asumía de buen grado
sus deberes militares. Pese a la brutal disciplina que imponían las legiones, algunos
consideraban el servicio activo muy atractivo debido a las abundantes perspectivas de
saqueo y de obtener fama y honores. Los romanos eran también profundamente
patrióticos y valoraban esta demostración de su compromiso con la República. El
ejército reclutaba entre las clases propietarias, porque se esperaba que cada soldado
aportara por sí mismo el equipamiento necesario para servir como jinete —los muy
acaudalados—, como soldado de infantería pesada —la mayoría—, o como soldado
de infantería ligera —los reclutas más pobres o más jóvenes—. El núcleo de las
legiones estaba formado por granjeros, ya que la tierra seguía siendo la forma más
común de propiedad. El servicio militar se prolongaba hasta que la legión se
licenciaba, lo que con frecuencia ocurría al finalizar la guerra. En los primeros días
de la República, el servicio en el ejército podía durar sólo unas pocas semanas, o
como mucho unos meses, porque el enemigo solía estar próximo y la contienda era de
pequeña escala y de breve duración. Idealmente, permitía que el soldado-granjero
ganara una rápida victoria y, a continuación, volviera a casa a tiempo de cosechar sus
propios campos. A medida que Roma se expandía, las guerras se entablaban cada vez
más lejos y tendían a ser más largas. Durante las guerras púnicas, decenas de miles de
romanos permanecieron lejos de sus casas durante años. Varias provincias extranjeras
exigían acuartelamientos permanentes, por lo que aquellos hombres lo
suficientemente desafortunados para ser enviados a algún destino como Hispania, a
menudo debían sobrellevar de cinco a diez años de servicio continuado. En su
ausencia, sus pequeñas granjas corrían el riesgo de arruinarse y sus familias de caer

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en la miseria. La situación empeoraba a medida que la cualificación mínima por
propiedad disminuía para ofrecer más mano de obra, ya que esos reclutas
inevitablemente vivían mucho más cerca del umbral de pobreza. El servicio militar
prolongado lleva a la quiebra a muchos pequeños agricultores, y la pérdida de su
tierra significaba que en el futuro carecerían de propiedad suficiente para ser
llamados a las filas de la legión. A partir de la segunda mitad del siglo II a. C. creció
la preocupación de que el número de ciudadanos elegibles para el ejército estuviera
en irreversible disminución.

Las dificultades de muchos pequeños agricultores se produjeron de forma paralela


a la aparición de otros factores que dieron como resultado la reestructuración de la
agricultura italiana. Los beneficios de la expansión reportaron fabulosas riquezas a
muchos senadores y ecuestres, que invirtieron gran parte de sus fortunas en inmensos
latifundios, absorbiendo a menudo tierra que originariamente había estado dividida en
múltiples minifundios. La elevada frecuencia de la guerra garantizaba la abundancia
de esclavos baratos, por lo que el cultivo de esas fincas (latifundia) se dejaba
invariablemente en manos de siervos. Las dimensiones de las parcelas, el número de
esclavos que las trabajaba y la fastuosidad de las villas construidas para acoger al
propietario en sus visitas eran nuevas formas de competir en la ostentación de sus
portentosas fortunas. En términos más prácticos, los latifundios podían dedicarse a la
agricultura comercial, que proporcionaba beneficios constantes, de bajo riesgo. En
muchos aspectos se trataba de un círculo vicioso, puesto que los continuados
enfrentamientos en provincias distantes alejaban a más y más ciudadanos agricultores
de sus tierras y, a menudo, les dejaba a ellos y a sus familias en la miseria, a la vez
que estos mismos conflictos enriquecían aún más a la élite de la sociedad y les
suministraba los medios para crear más latifundia. Las excavaciones arqueológicas
no han permitido cuantificar con exactitud los cambios acaecidos en los modelos
agrícolas italianos durante el periodo, y en algunas zonas parece al menos que la
agricultura minifundista persistió. Sin embargo, es incuestionable que se produjeron
cambios significativos en amplias zonas y no hay duda de que los propios romanos
los percibieron como un problema grave.[11]

POLÍTICA Y DERRAMAMIENTO DE SANGRE

En el año 133 a. C., Tiberio Sempronio Graco, uno de los diez tribunos de la
plebe elegidos cada año, lanzó un ambicioso programa de reforma destinado a
solucionar ese problema. Los tribunos diferían de otros magistrados en que no tenían
ningún papel fuera de Roma. En origen, el cargo había sido creado para brindar al
pueblo protección frente al abuso de los magistrados superiores, pero en aquel
momento suponía fundamentalmente un paso más en el desarrollo de una carrera.

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Tiberio se encontraba al final de la treintena, provenía de una familia muy distinguida
—su padre había sido censor y dos veces cónsul— y se preveía que llegaría lejos. En
su tribunado, se centró en la tierra pública confiscada a lo largo de los siglos a los
enemigos italianos vencidos. Tanto desde el punto de vista legal como teórico, se
suponía que esa tierra se había repartido en parcelas de tamaño comparativamente
pequeño entre muchos ciudadanos, pero en la práctica amplias franjas de terreno
habían sido convertidas en latifundios. Graco aprobó una ley que confirmaba el límite
legal de tierra pública que cada individuo podía ocupar y redistribuía el resto entre los
ciudadanos más pobres, elevándolos así a la categoría de propietarios elegibles para
el servicio militar. Algunos senadores le apoyaron, pero la mayoría se enfrentaba a
perder terrenos a través de la confiscación de tierra pública obtenida de modo
indebido, y lo mismo le sucedía a numerosos ecuestres influyentes. Al no conseguirla
aprobación de su ley en el Senado, Tiberio Graco violó la tradición llevándola
directamente a la asamblea popular. Cuando un colega del tribunado trató de detener
los procedimientos imponiendo su veto, Graco organizó una votación y logró que el
tribuno fuera depuesto de su cargo. Es posible que su actuación fuera legal, ya que en
teoría el pueblo podía legislar sobre cualquier asunto, pero asestó un duro golpe en el
mismo corazón del sistema republicano al cuestionar la premisa de que todos los
magistrados del mismo rango eran iguales.

A algunos senadores que podrían haber simpatizado con los objetivos de la


legislación de Graco les inquietaba que las ambiciones del tribuno estuvieran más
ligadas a la obtención de poder personal que a realizar una reforma altruista, porque
Graco podía llegar a ganar un inmenso prestigio y auctoritas si lograba mejorar el
destino de tantos ciudadanos. Se propagó el temor de que aspirara a algo más
espectacular incluso que la exitosísima carrera que se esperaba para un hombre con
sus antecedentes. El hecho de que el mismo Graco, su suegro y su hermano pequeño
Cayo fueran los tres comisionados designados para supervisar la distribución de la
tierra y la notable influencia que ese nombramiento llevaba aparejada despertó aún
más indignación. Algunas voces comenzaron a acusarle de perseguir el regnum, el
poder permanente de un monarca. La gota que colmó el vaso fue que Graco, alegando
que necesitaba garantizar que sus leyes no resultaran revocadas de manera inmediata,
se presentó a las elecciones de tribuno para el año 132 a. C. Su éxito no estaba
asegurado: por la misma naturaleza de sus reformas, muchos de los ciudadanos que
estaban más en deuda con él se habían establecido en granjas que estaban demasiado
alejadas de Roma para asistir a unos comicios. No obstante, la emoción se desbordó
cuando el cónsul que presidía el Senado se negó a tomar medidas contra el tribuno.
Un grupo de senadores enfurecidos encabezados por el primo de Tiberio, Escipión
Nasica, abandonó la reunión como una turba y linchó al tribuno y a muchos de sus
seguidores. A Graco le rompieron la cabeza con la pata de una silla y su cuerpo,
como el de sus partidarios, fue arrojado al Tíber.

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Era la primera vez que las disputas políticas terminaban en un estallido de
violencia de tan funestas consecuencias, y Roma quedó sumida en un estado de
incrédula consternación. (Algunas historias de los primeros años de la República
relataban que varios demagogos u otras personas habían sido linchados por ser
considerados una amenaza para el Estado, pero la memoria romana las había relegado
a la categoría de cosas del pasado). Tras los disturbios, gran parte de la legislación de
Tiberio Graco siguió vigente, pese a la violenta persecución a la que fueron
sometidos algunos de sus partidarios que habían sobrevivido. Cayo, el hermano del
tribuno, estaba sirviendo en el ejército en Hispania en aquella época y, a su regreso a
Roma, se le permitió continuar su carrera. Le consumía el rencor por la suerte que
había corrido Tiberio, pero tenía poco más de veinte años y sólo cuando le nombraron
tribuno en el año 123 a. C. se embarcó en su propia serie de reformas, que resultaron
ser mucho más radicales y de mayor alcance que las de su hermano. Su radicalidad se
debía en parte a que dispuso de más tiempo, pues logró ser elegido para un segundo
mandato como tribuno en el año 122 a. C. sin despertar ninguna oposición seria.
Muchas de sus reformas atañían al reparto del botín del imperio, que Cayo pretendía
ampliar. Confirmó la legislación de su hermano y aumentó su alcance a la hora de
restaurar el número de ciudadanos propietarios al establecer una colonia en el
emplazamiento de Cartago. Consiguió asimismo muchos seguidores entre los
ecuestres al crear un tribunal para juzgar a los senadores acusados de mala práctica en
su servicio como gobernadores provinciales (la quaestio de rebus repetundis) y
constituir el jurado con miembros de la orden ecuestre. Hasta ese momento, un
senador sólo había sido juzgado por sus pares. La decisión de Cayo de extender la
ciudadanía a muchos más latinos e italianos fue menos popular entre los romanos, y
su intento de lograr un tercer mandato como tribuno fracasó. Desde el principio, tanto
Cayo como sus oponentes estaban más dispuestos a emplear la intimidación y las
amenazas que cualquier político diez años antes. La situación alcanzó un punto
crítico cuando una refriega acabó con la muerte de uno de los siervos del cónsul
Opimio. El Senado sancionó un decreto —conocido entre los expertos como senatus
consultum ultimum (senadoconsulto último) debido a una expresión utilizada por
César, aunque no se sabe cómo se llamaba en la época— instando al cónsul a
defender la República por cuantos medios considerara necesarios. La ley normal fue
suspendida y los partidarios de ambos bandos se armaron. Opimio añadió a sus
fuerzas un grupo de arqueros mercenarios cretenses que aguardaban a las afueras de
Roma, lo que sugiere un grado de premeditación en sus acciones. Cayo y sus
seguidores, inferiores en número, ocuparon el templo de Diana en la colina Aventina,
pero el cónsul rechazó toda oferta de negociación e irrumpió en el edificio al asalto.
Graco murió en la lucha y su cabeza fue entregada a Opimio, que había prometido su
peso en oro como recompensa.[12]

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No sabemos si los Gracos eran auténticos reformadores ansiosos por resolver los
que consideraban los problemas de la República o un grupo de hombres ambiciosos
cuyo única aspiración era ganar grandes dosis de popularidad. Es probable que sus
motivos no fueran totalmente puros. Resulta difícil creer que un senador romano
pudiera ignorar las ventajas personales que albergaba una legislación tan drástica.
Independientemente de su motivación personal, pusieron de manifiesto los problemas
existentes en la sociedad, en particular los apuros de muchos ciudadanos sin dinero, y
el deseo de los que habían quedado excluidos del pastel del poder, ya fueran de la
orden ecuestre o de la población italiana, de obtener una porción mayor. El impacto
de la carrera de los Gracos en la vida pública no fue inmediato —la gran mayoría de
tribunos siguió siendo elegida por un solo mandato y la violencia política era poco
común—, pero a la larga resultó profundo. En un sistema que se basaba tanto en los
precedentes, muchos principios fundamentales se vieron sacudidos en sus cimientos.
Los hermanos habían demostrado cómo podía adquirirse un alto grado de influencia,
aunque fuera temporal y en cierto modo precario, apelando a la creciente conciencia
de los grupos sociales de una forma nueva. Era sólo cuestión de tiempo antes de que
apareciera algún otro que poseyera tanto el prestigio inicial como el deseo de
emularlos. La inercia del Senado al tratar los problemas que los Gracos habían puesto
de relieve y su decisión de no hacer nada en vez de permitir que alguien se quedara
con el mérito de ofrecer una solución no mejoró las cosas. Para colmo, las últimas
décadas del siglo II no se distinguieron por la competencia y honestidad generalizadas
por parte de los numerosos magistrados.

Un enfrentamiento dinástico en el reino aliado de Numidia en el norte de África


dio lugar a una sucesión de escándalos cuando se descubrió que los senadores habían
aceptado generosos sobornos para favorecer la reivindicación de Yugurta. La masacre
de miles de comerciantes romanos e italianos en la localidad de Cirta provocó la
indignación en Roma y, en consecuencia, se mandó un ejército contra Yugurta, pero
la guerra se libró con apatía, y en el año 110 a. C. esas tropas fueron derrotadas y se
rindieron ante el enemigo. Después de eso, un cónsul más hábil fue enviado para
hacerse cargo de la situación, pero todo el episodio había dañado gravemente la fe de
la población en general en la capacidad de la élite senatorial para desempeñar el
liderazgo. Explotando ese clima, Cayo Mario hizo campaña para conseguir el
consulado del año 107 a. C. midiéndose él, un soldado duro y experimentado cuyo
éxito se debía sólo al mérito personal, con los vástagos de las casas nobles, que
confiaban en la gloria de sus ancestros antes que en su propia habilidad. Mario
cosechó una cómoda victoria y, mediante la ayuda de un tribuno que aprobó una ley
en la asamblea popular para invalidar la distribución de las provincias por parte del
Senado, obtuvo el mando en Numidia. Un nuevo intento para contenerle tuvo lugar
cuando el Senado se negó a dejar que formara nuevas legiones para llevarse a África,
dándole permiso únicamente para transportar voluntarios. Mario fue más hábil que

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ellos y los seleccionó entre las clases más pobres, hombres que, por lo general, no
eran elegibles para el servicio militar. Era una etapa importante en la transición de
una milicia popular de reclutas provenientes de una muestra representativa de las
clases propietarias a un ejército profesional reclutado mayoritariamente entre los muy
pobres. El cambio no fue instantáneo, pero su significado llegaría a ser profundo y su
contribución a poner fin a la República fue considerable.[13]

Más adelante, a finales del año 105 a. C. Mario ganó la guerra en Numidia, pero
en aquel momento la oscura amenaza de los cimbros y los teutones se cernía sobre
Italia. De nuevo, los primeros contactos con estas tribus se habían caracterizado por
los escándalos y la incompetencia de los magistrados, muchos de los cuales
pertenecían a las familias más antiguas. Existía la opinión generalizada, evidente
entre los más acomodados así como entre las clases más desfavorecidas, porque eran
los primeros los que dominaban las votaciones en las Comitia Centuriata, de que
Mario era la única persona a quien se le podía confiar la tarea de derrotar a los
bárbaros, lo que desembocó en su inigualada sucesión de consulados, una violación
mucho más grave del precedente que la de los tribunados consecutivos de Cayo
Graco. Saturnino y Glaucia brindaron apoyo a Mario y, al mismo tiempo, confiaron
en poder capitalizar su éxito. En el año 103 a. C. Saturnino era tribuno y aprobó una
ley que otorgaba tierras del norte de África a muchos veteranos de Mario de la guerra
en Numidia. El padre de César fue uno de los comisionados designados para
supervisar la implementación de este proyecto de ley o, lo que era más probable, de
uno similar sancionado por Saturnino en el año 100 a. C. El uso de reclutas
procedentes de las secciones más pobres de la sociedad significaba que estos hombres
no tenían fuente de ingresos cuando les licenciaban y volvían la vida civil. Parte de la
legislación aprobada por Saturnino en el año 100 a. C. estaba destinada a proveer de
lo necesario a los soldados licenciados de las operaciones contra los cimbros.
Saturnino utilizó el tribunado de modo muy similar a los Gracos, presentando
medidas populares para repartir la tierra, en especial la tierra de las provincias y
renovando una medida que ponía trigo a disposición de todos los ciudadanos por un
precio fijo independiente del precio del mercado. Esta última había sido introducida
por Cayo Graco, pero se abandonó tras su muerte. Y, sin embargo, desde el principio,
la reputación de Saturnino y Glaucia era inferior a la de los Gracos y los primeros
eran mucho más propensos a recurrir a la violencia. Al final llegaron demasiado lejos
y perdieron el respaldo de Mario que, amparándose en el senadoconsulto último,
como hiciera Opimio en el año 122 a. C., lideró su eliminación. La República en la
que había nacido César no se las estaba arreglando demasiado bien con algunos de
los problemas a los que se enfrentaba.

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II
La infancia de César
Descendiente de la nobilísima familia de los Julios, según se sabe, muy
antigua, un linaje que procedía de Anquises y Venus, destacó por su
prestancia entre todos los ciudadanos…

Veleyo Patérculo, principios del siglo I a. C.[1]

Pues en César hay muchos Marios.

Sila[2]

Cayo Julio César nació el 13 de julio del año 100 a. C. del calendario actual. El
día es seguro, pero sobre el año se cierne una sombra de duda debido a que,
casualmente, las secciones iniciales de las biografías de Suetonio y Plutarco se han
perdido. Unos cuantos expertos han fechado su nacimiento en los años 102 o 101
a. C. pero sus argumentos no han logrado convencer a la mayoría y el consenso sigue
apostando firmemente por el año 100. Por el calendario romano, César nació el tercer
día antes de los idus de Quintilis durante el consulado de Cayo Mario y Lucio Valerio
Flaco que, a su vez, era el año 644 «tras la fundación de la Ciudad». Quintilis —el
nombre está relacionado con quintas o quinto— era el quinto mes del año de la
República, que comenzó en marzo (martius). Más adelante, durante la dictadura de
César, el mes sería rebautizado julio en su honor, de ahí el nombre actual del mes.
Los idus de Quintilis, como los de marzo, caían el 15, pero los romanos incluían
también ese día cuando contaban hacia atrás o hacia delante a partir de esas fechas.

Los nombres revelaban mucha información sobre la posición de una persona en la


sociedad romana. César poseía la completa tria nomina (tres nombres) de un
ciudadano romano. El primer nombre (praenomen) tenía prácticamente la misma
función que su equivalente moderno: identificaba al miembro de una familia y era
usado en conversaciones informales. La mayoría de familias empleaba el mismo
praenomen para sus hijos generación tras generación. Tanto el padre como el abuelo
de César se llamaban también Cayo, al igual, seguramente, que muchos más
primogénitos de este linaje de Julios Césares. El nombre segundo o principal (nomen)
era el más importante porque era el nombre del linaje o grupo de familias a las que
alguien pertenecía. El tercer nombre (cognomen) especificaba la rama concreta de

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este agrupamiento más amplio, aunque no todas las familias, ni siquiera entre los
aristócratas, contaban con esa distinción. El gran rival de César, Cneo Pompeyo, así
como su propio lugarteniente, Marco Antonio, pertenecían a familias que no poseían
cognomina. Algunos individuos adquirían un sobrenombre adicional, semioficial,
que, gracias al saludable sentido del humor de los romanos, con frecuencia se
adjudicaba a cuenta de su apariencia. El padre de Pompeyo era conocido como
Estrabón o «el estrábico», como también un primo lejano de César, Cayo Julio César
Estrabón. El nombre de César nunca recibió adendas de este tipo. Cuando era
muchacho le pusieron los tres nombres, pero si hubiera sido una chica, habría sido
conocida sólo por la forma femenina del nomen. La tía, las hermanas y la hija de
César eran llamadas sencillamente Julia, de la misma manera que cualquier miembro
femenino de cualquier rama de la gens Julia. Si una familia tenía más de una hija, en
contextos oficiales su nombre aparecía seguido de un número para distinguirlas. Esta
disparidad entre los sexos dice mucho sobre el mundo romano: los hombres, y sólo
los hombres, podían desempeñar un papel en la vida pública y era importante saber
con precisión quién era cada uno de ellos en el competitivo mundo de la política. Las
mujeres no tenían papel en la política y no necesitaban una especificación de ese tipo.
[3]

Los Julios eran patricios, lo que significa que eran miembros de la más antigua
clase aristocrática de Roma, que en la primera época de la República había
monopolizado el poder, reinando sobre los plebeyos, mucho más numerosos. Se sabe
poco sobre los diez o doce miembros del clan que ganaron las elecciones a las
magistraturas superiores en los primeros dos siglos de la República. A diferencia de
otros linajes de patricios de más éxito, como los Fabios y los Manlios, al parecer, los
Julios no conservaron y acrecentaron los logros de sus ancestros con demasiada
eficacia. Varias de estas otras familias continuaron manteniendo un alto grado de
influencia en el periodo en el que el control que disfrutaban en exclusiva del poder
los patricios comenzó a debilitarse de forma gradual cuando los plebeyos
demandaron más derechos y algunas familias plebeyas de elevada fortuna se
introdujeron por la fuerza en la élite dirigente. A partir del año 342 a. C. uno de los
dos cónsules anuales tenía que ser plebeyo; a finales del siglo II a. C., la mayoría de
las familias más influyentes entre la élite senatorial eran plebeyas. Quedaron unos
pocos honores que seguían estando destinados únicamente a los patricios, a quienes, a
su vez, no se les permitía convertirse en tribunos de la plebe. En general, de todos
modos, las diferencias entre ambas clases eran mínimas. El mero hecho de ser
patricia no garantizaba el éxito político de una familia. No existía ningún proceso de
creación de nuevos patricios y, a lo largo de los siglos, varias familias se extinguieron
por completo o fueron cayendo poco a poco en el olvido. Los Julios sobrevivieron,
pero poseían escasa prominencia en la vida pública. Un Julio César —el primer
hombre que conocemos que tuvo ese cognomen— alcanzó la pretura durante la

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segunda guerra púnica. Un autor muy posterior afirmó que este Julio había adoptado
ese nombre porque había matado al elefante de un enemigo durante el combate y que
se trataba de la palabra fenicia para elefante. Otra historia relataba que el nombre
significaba «peludo» y que la familia era famosa por el grosor de sus cabellos. Es
posible que esta historia sea una invención. Lo que sí parece cierto es que en torno a
la misma época el linaje se dividió en dos ramas distintas, ambas denominadas Julio
César, pero registradas en tribus diferentes en el censo. En el año 157 a. C. Lucio
Julio César obtuvo el consulado, cargo que ningún otro César ocuparía en el siglo II
a. C. No era antepasado de Cayo, sino que descendía de la otra rama, algo más
exitosa, de la familia. En los primeros años del siglo I, varios Julios Césares
comenzaron a disfrutar de más fortuna en las elecciones. En el año 91 a. C., Sexto
Julio César fue cónsul, así como Lucio Julio César en el año 90. El hermano pequeño
de este último, Cayo Julio César Estrabón, fue edil el mismo año, una magistratura de
rango inferior cuyas responsabilidades incluían la supervisión de los festivales y
entretenimientos públicos. Lucio y Cayo pertenecían a la otra rama de la familia y,
por tanto, eran primos lejanos del padre de César. De los dos, Estrabón era muy
respetado como uno de los principales oradores de su época, mientras que Sexto Julio
César es una especie de misterio, no se sabe con certeza de qué rama de la familia
provenía. Es posible incluso que fuera tío de César, el hermano menor, o más
probablemente, mayor de su padre Cayo, pero no hay pruebas concluyentes que lo
demuestren y es posible que sólo fuera su primo.[4]

Aunque el impacto de los Julios en la historia de la República era menor que el de


otros clanes, su antigüedad era ampliamente reconocida. Se dice que se habían
asentado en Roma en el siglo VII a. C. tras la captura y destrucción de la ciudad
vecina de Alba Longa a manos de Tulo Hostilio, el tercer rey de los romanos. No
obstante, la asociación con los primeros días de Roma no se inicia con este
acontecimiento, ya que la familia sostenía que su nombre derivaba de julo (en latín
lulus), el hijo de Eneas, el líder de los desterrados troyanos que se había establecido
en Italia tras la caída de Troya. El mismo Eneas era hijo del humano Anquises y de la
diosa Venus, es decir, que los antepasados de los Julios eran divinos. En aquella
época, los mitos de tiempos remotos no habían cristalizado aún en la forma que
adoptarían en la era de Augusto, cuando el poeta Virgilio y el historiador Tito Livio
narraron las historias con mayor detalle. Incluso Tito Livio reconocería que había
versiones discrepantes de la historia de Eneas y sus descendientes; no estaba seguro
de si había sido Julo u otro hijo de Eneas quien fundara Alba Longa y se convirtió en
su primer rey, estableciendo la dinastía de la que, tiempo después, nacería Rea Silvia,
la madre de Rómulo y Remo. Hay pocos indicios de que a principios del siglo I a. C.
hubiera muchos romanos que fueran conscientes de esa posible asociación entre los
Julios y Rómulo. Por el contrario, la afirmación de que el clan descendía de Venus era
muy conocida y lo más probable es que no se tratara de una invención reciente.

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Suetonio dejó constancia de parte de la oración pronunciada por César en el funeral
de su tía en el año 69 a. C.:

El linaje de mi tía Julia por el lado materno desciende de reyes y por el paterno
está vinculado a los dioses inmortales; pues de Anco Marcio proceden los
Marcios Reyes cuyo nombre llevaba su madre, y de Venus los Julios, de cuya
estirpe forma parte nuestra familia. Aúna pues, en su linaje, la majestad de los
reyes que son los que más poder tienen entre los hombres y la santidad de los
dioses de quienes los propios reyes dependen.[5]

Es evidente que César dio por supuesto que su público no se sorprendería ante
tales declaraciones. Algunos estudiosos han señalado que el nombre más que marcar
una conexión con la monarquía podría derivar de un papel en las ceremonias
religiosas de los inicios de la República. Es muy probable que sea cierto, pero este
tipo de distinciones seguramente no eran tan claras en el siglo I a. C.

Apenas sabemos nada del abuelo de César, Cayo Julio César, pero es muy posible
que ocupara una pretura. Su esposa era Marcia, hija de Quinto Marcio Rex, que había
sido pretor en el año 144 a. C. Tuvieron al menos dos hijos, Cayo, el padre de César,
y su tía Julia, que se casaría con Cayo Mario. Como hemos visto, tal vez existiera un
tercer hijo, Sexto, que llegó a ser cónsul en el año 91 a. C. Cayo emprendió la carrera
pública con cierto éxito, logrando una cuestura o bien justo antes o bien justo después
del nacimiento de su hijo. Su esposa era Aurelia, que procedía de una célebre familia
de nobles plebeyos, pues tanto su padre como su abuelo habían alcanzado el
consulado en el año 114 y en el 119 a. C. respectivamente, y tres de sus primos,
Cayo, Marco y Lucio Aurelio Cota obtendrían asimismo esa distinción. Es probable
que contraer matrimonio con un miembro de esa familia supusiera una gran ayuda
para las perspectivas políticas de Cayo César, pero aún recibirían un impulso mayor
cuando su hermana se desposó con Mario. Como ya hemos mencionado, Cayo fue
uno de los diez comisionados encargados de supervisar parte del programa de
colonización creado por Saturnino para los veteranos de Mario en los años 103 o 100
a. C. En su momento, será elegido pretor, pero se desconoce el año en que lo logró y
las fechas conjeturadas han oscilado desde el año 92 hasta el 85 a. C. Es más
probable que se tratara de la fecha más temprana, ya que el año de magistratura fue
seguido por un periodo de gobernador de la provincia de Asia y lo más probable es
que ocupara el puesto en torno al año 91 a. C. Cayo falleció a principios del año y no

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podemos saber si sus conexiones le habrían bastado para llevarle hasta el consulado.
Si su pretura se desarrolló, en efecto, ya en el año 92 a. C. entonces sin duda habría
tenido la suficiente edad para perseguir la magistratura suprema… y si Sexto César
era realmente su hermano, seguro que su éxito electoral en el año 91 a. C. animó a
Cayo. Sin embargo, si alguna vez se presentó al consulado, entonces es obvio que
fracasó. En última instancia, nuestra documentación sobre la familia de César es tan
escasa y confusa que es poco lo que podemos afirmar con total certeza, aparte de la
conclusión generalizada de que la carrera de su padre tuvo un éxito razonable, aunque
no espectacular. No podemos decir si sus logros satisficieron o decepcionaron al
propio Cayo y a su familia inmediata.

Cayo y Aurelia tuvieron tres hijos, César y dos hermanas, ambas, por supuesto,
llamadas Julia. Es más que posible que hubiera otros hijos que no llegaron a la edad
adulta, dado que la tasa de mortalidad infantil era tremendamente elevada en Roma
(y, desde luego, en todo el mundo antiguo), incluso entre la aristocracia. Se dice que
Cornelia, la madre de los Gracos, dio a luz a doce bebés, de los cuales sólo tres —
Tiberio, Cayo y su hermana Sempronia— sobrevivieron. Es probable que se tratara
de un caso excepcional, pero parece que el hecho de que dos o tres hijos alcanzaran la
madurez era una media estable. Había excepciones; por lo visto, los Metelos, una
noble familia plebeya de considerable fortuna e influencia, habían sido especialmente
fértiles y, como resultado, tuvieron gran peso en las filas de las magistraturas
supremas en los últimos cien años de la República.[6]

PRIMEROS AÑOS Y EDUCACIÓN

Existe escasa documentación sobre los primeros años de César, pero se han
deducido algunas cosas de los conocimientos generales sobre la aristocracia en la
Roma contemporánea. Como en la mayoría de las sociedades hasta el pasado
comparativamente reciente, los bebés solían nacer en casa. El nacimiento de un niño
era un acontecimiento importante para una familia senatorial y la tradición exigía que
tuviera lugar con testigos. Cuando el nacimiento pareciera inminente, se enviaban
mensajes para informar a los parientes y a los socios políticos, que, por lo general, se
presentaban a continuación en la casa. Tradicionalmente su papel había sido en parte
actuar como testigos de que el bebé era un verdadero miembro de la aristocracia, y
algo de ese papel se había conservado. Ni su padre ni esos invitados estarían en
realidad en persona en la habitación en la que estaba confinada la madre, asistida por
una comadrona y seguramente algunas parientes y esclavas. En contadas ocasiones la
madre era asistida por un médico, pero, en ese caso, él era el único hombre presente.
Aunque más adelante el procedimiento llevaría su nombre, no hay pruebas de la
época que sugieran que el parto de César tuviera lugar por cesárea, aunque sí se sabe

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que era un método conocido en la Antigüedad. De hecho, es altamente improbable,
dado que la operación solía ser mortal para la madre y Aurelia continuó viviendo
varias décadas más. (Una fuente muy posterior sostiene que uno de los antepasados
de César nació de esta manera). De hecho, no hay fuente que indique que su
nacimiento no fuera totalmente normal, puesto que un parto de nalgas o bien otro tipo
de parto difícil eran considerados un mal augurio y existe constancia documental de
algunos de ellos, de los que el más famoso fue el del emperador Nerón. Una vez que
el bebé había nacido, la comadrona lo tendía en el suelo y lo inspeccionaba en busca
de anormalidades o defectos, valorando, en un nivel muy básico, sus oportunidades
de sobrevivir. Sólo entonces los padres decidían si aceptaban e intentaban criar al
niño. Según la ley, esta decisión era tomada por el padre, pero es muy poco probable
que la madre no estuviera implicada, en especial cuando tenía un carácter tan
tremendo como Aurelia.[7]

Una vez que el niño había sido aceptado, se encendían fuegos en varios altares en
la casa de los padres. Muchos de los invitados realizarían el mismo ritual cuando
volvieran a sus propios hogares. El día del nacimiento era muy importante para los
romanos y se celebraba con importantes festejos. Cuando el niño tenía nueve días de
edad —por razones que se desconocen la misma ceremonia tenía lugar un día antes
en el caso de las niñas— la familia celebraba una ceremonia formal de purificación
(lustratio). Con ello se pretendía liberar al niño de cualquier espíritu maligno o
contaminación que pudiera haber penetrado en él durante el proceso del parto. La
noche previa se velaba y se llevaban a cabo una serie de ritos que culminaban el
mismo día con sacrificios y la observación del vuelo de los pájaros como guía sobre
el futuro del niño. Al bebé se le solía regalar un amuleto especial, normalmente de
oro, conocido como la bulla, que se introducía en una bolsa de cuero y se colgaba del
cuello. Como parte de la ceremonia, era bautizado y, a continuación, su nombre era
registrado de manera oficial. El ritual y la religión rodeaban a todos los romanos,
sobre todo a los aristócratas, en todas las etapas de su vida.[8]

Normalmente, la madre desempeñaba el papel preponderante en los primeros


años de la educación de los hijos. Es poco probable que Aurelia diera el pecho a
ninguno de sus hijos, puesto que, en los inicios del siglo II a. C., la mujer de Catón el
Viejo fue considerada un caso excepcional por hacerlo. Esta y otras historias
similares hacen pensar que había dejado de ser habitual que una mujer de la
aristocracia diera de mamar a sus hijos[9]. Lo más probable es que se buscara una
nodriza entre el nutrido grupo de esclavos que mantenía bajo su techo cualquier
familia aristócrata, incluso una de fortuna tan modesta como los Césares. La
selección de una nodriza y otras esclavas para cuidar del infante eran tareas
importantes para una madre, que las supervisaba estrechamente y realizaba asimismo
múltiples tareas por sí misma. Otra historia que celebraba la importancia que Catón

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otorgaba a su papel de padre cuenta cómo se esforzaba para estar presente siempre
que su esposa Licinia bañaba a su hijo, lo que implica que la presencia de la madre se
daba por supuesta en tales ocasiones. Se suponía que las madres no debían ser figuras
distantes para unos niños atendidos principalmente por siervos, pero, en cualquier
caso, su autoridad era considerable. Tácito, un escritor de finales del siglo I a. C.
hablaba sobre el papel de la madre en la educación de los hijos en un párrafo que
presentó ante Aurelia como una descripción del ideal:

Pues antaño los hijos nacidos de madre honrada no se criaban en el cuartucho de


una nodriza alquilada, sino en el regazo y en el seno de su propia madre, y ésta
tenía como principal motivo de orgullo velar por la casa y ser una esclava para sus
hijos… En su presencia no se permitía nada que pudiera parecer expresión grosera
o acción vergonzosa. Con una virtud que infundía respeto, moderaba incluso los
esparcimientos y juegos de los niños, no ya sólo sus aficiones e inquietudes. Así
se ocupó Cornelia, la madre de los Gracos, de la educación de sus hijos —según
se nos ha dicho— y consiguió que llegaran a ser personajes de primera fila; y lo
mismo hizo Aurelia con César y Atia con Augusto.[10]

Es evidente que la influencia de Aurelia sobre su hijo era grande y perduró más
allá de su infancia. César tenía cuarenta y seis años cuando perdió a su madre, que
había sobrevivido a su marido tres décadas, algo que no era raro en sí mismo en la
aristocracia dado que, con frecuencia, los maridos eran mucho mayores que sus
esposas, en especial en los segundos, terceros o incluso cuartos matrimonios que los
senadores podían llegar a contraer por razones políticas. Por tanto, suponiendo que la
esposa sobreviviera a los rigores del parto, era más que probable que viviera más
años que su cónyuge e, igualmente, era mucho más habitual que la madre y no el
padre de un senador estuviera viva para cuando este comenzaba a aproximarse a tan
importante cargo. Las madres, sobre todo aquellas que, como Aurelia, respondían con
tanta exactitud al ideal de maternidad, eran muy admiradas por los romanos. Una de
sus historias más preciadas contaba que Coriolano, el gran general que, al verse
maltratado por sus rivales políticos, había desertado, se había unido al enemigo y le
había guiado contra Roma, pero que, cuando estaba a punto de destruir su tierra natal,
retiró su ejército, movido menos por un sentimiento de patriotismo que por la
petición directa de su madre.[11]

Para la aristocracia, la educación debía organizarse completamente dentro de la


familia. Muchos romanos se vanagloriaban de esta costumbre, comparándola con
orgullo con los sistemas preceptivos controlados por el Estado de numerosas ciudades
griegas. En Roma, solían ser los ciudadanos de ingresos medios los que enviaban a
sus hijos a las escuelas primarias de pago, que acogía niños a partir de los siete años.

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Para la aristocracia, la educación continuaba llevándose a cabo en el hogar y, al
menos inicialmente, tanto niños como niñas recibían la misma instrucción: aprendían
a leer, escribir y cálculo y matemática básica. En la época de César era habitual que
los hijos de los senadores fueran educados para ser bilingües en latín y griego. Es
probable que las primeras clases de griego fueran impartidas por un esclavo nativo
(paedagogus) que atendía al niño. Había asimismo abundante instrucción sobre los
rituales y tradiciones de la familia y sobre la historia de Roma que, invariablemente,
hacía hincapié en el papel desempeñado por los antepasados del muchacho. Estas y
otras grandes figuras del pasado eran consideradas lecciones prácticas sobre lo que
significaba ser romano. Los niños aprendían a admirar las cualidades típicamente
romanas de la dignitas, pietas y virtus, todas ellas palabras con una resonancia más
poderosa que sus derivados dignidad, piedad y virtud. La dignitas era el sobrio
comportamiento que ponía claramente de manifiesto la importancia y
responsabilidades de un hombre y, en consecuencia, infundía respeto. La dignidad era
considerable en cualquier ciudadano romano, mayor en un aristócrata y aún mayor en
un hombre que había ocupado una magistratura. La pietas incluía no sólo el respeto
hacia los dioses, sino hacia la familia y los padres, así como hacia las leyes y
tradiciones de la República. La virtus poseía un fuerte componente militar,
incluyendo no sólo la valentía física, sino también la confianza, el coraje moral y las
habilidades requeridas tanto en el soldado como en el comandante.[12]

Los romanos consideraban que la grandeza de Roma residía en el hecho de que


las anteriores generaciones daban prueba de reunir estas cualidades en un grado que
no había sido igualado por ninguna otra nación. Los adustos rostros tallados en los
monumentos funerarios del siglo I a. C. que reproducían en detalle la idiosincrasia y
defectos que había tenido el hombre en vida, tan diferentes de los retratos idealizados
de la Grecia clásica, irradian un inmenso orgullo y seguridad en sí mismos. Los
romanos se tomaban muy en serio a sí mismos y educaban a sus hijos no sólo para
creer, sino para saber que eran especiales. Su amor propio y el enorgullecimiento que
sentían por pertenecer a la República eran muy intensos incluso entre los ciudadanos
más pobres, y aún más pronunciado en aquellos de mayor fortuna y cuna más
privilegiada. Los senadores romanos llevaban años viéndose a sí mismos como
superiores a cualquier rey extranjero. A los jóvenes aristócratas se les educaba en esa
creencia, pero también para pensar que ellos y sus familias se distinguían del resto de
la élite romana. La familia de César, que contaba con pocos antepasados que hubieran
alcanzado los más altos cargos o hubieran realizado grandes hazañas en el servicio a
la República, poseían sin duda algunos logros que contar, además, por supuesto, de la
antigüedad del linaje y sus orígenes divinos. Este sentimiento de importancia venía
acompañado de un enorme sentido del deber y de la obligación de estar a la altura de
las expectativas de la familia y de la comunidad de la República en general. La
educación de los hijos les inculcaba la idea de que estaban íntimamente conectados

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con el pasado de su familia y de Roma. Como Cicerón declararía más tarde: «En
efecto, ¿qué es la vida del hombre si no se enlaza mediante la memoria de los hechos
antiguos con la vida de nuestros antepasados?».[13]

A César le enseñaron a creerse alguien especial. Eso en sí mismo no era nada


inusual, pero como único hijo de sexo masculino y con una madre tan enérgica y
admirada, no hay duda de que desde el principio desarrolló un sentido inusualmente
elevado, aunque probablemente no único, de su propia valía. La educación romana
tenía el objetivo eminentemente práctico de preparar al niño para su papel como
adulto. Para un niño de la aristocracia eso significaba hacer carrera en la vida pública
y la oportunidad de obtener nueva gloria para la familia, así como convertirse un día
en el jefe de su propio hogar, el paterfamilias, encargado de educar a la próxima
generación. Desde los siete años de edad aproximadamente, los chicos empezaban a
pasar más tiempo con sus padres, acompañándoles en sus actividades. En la misma
etapa, la niña estaría aprendiendo cómo su madre administraba la casa, supervisaba
las ocupaciones de los esclavos y, al menos en los hogares tradicionales, tejía ropa
para la familia. Los chicos veían cómo su padre se reunía y saludaba a otros
senadores, y se les permitía sentarse junto a las puertas abiertas del lugar de reunión
del Senado y escuchar los debates. Comenzaban a aprender quién poseía mayor
influencia en el Senado y por qué. Desde una temprana edad observaban el desarrollo
de los grandes asuntos de la República, de modo que, de manera natural, nacía en
ellos el sentimiento de ser parte de ese mundo y el deseo de participar en él cuando
tuvieran edad suficiente para ello. Había vínculos informales de favores y
obligaciones que ligaban entre sí a toda la sociedad romana en un sistema conocido
como clientela: existía un patrón, que era un hombre con riqueza, influencia y poder,
a quien los menos favorecidos acudían en busca de ayuda. Esa ayuda podía adoptar la
forma de un puesto, conseguir un contrato, asistencia en los negocios o las disputas
legales, o incluso, en su nivel más básico, donaciones de alimentos. A cambio, el
cliente tenía el deber de ayudar a su patrón de diversas maneras. La mayoría iba a
saludarle formalmente todas las mañanas. El número de clientes que un hombre
poseía acrecentaba su prestigio, en especial si eran distinguidos o exóticos. Los
senadores podían llegar a contar entre sus clientes a comunidades enteras, incluidos
pueblos o ciudades en Italia y las provincias. Era muy posible que un patrón, incluso
algunos senadores menos distinguidos, fuera cliente de un hombre aún más poderoso,
aunque en este caso no se emplearía ese nombre. Los senadores dedicaban gran parte
de su tiempo a ver a sus clientes, a hacer por ellos lo suficiente para garantizar su
compromiso continuado, mientras que, a su vez, se aseguraban de que le brindaran el
apoyo que deseaban. Numerosos asuntos de la política romana se llevaban a cabo de
manera informal.[14]

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Al mismo tiempo continuaba la educación más formal, lo que implicaba tal vez
asistir a uno de los cerca de veinte colegios que enseñaban grammatica o,
probablemente más a menudo, recibir una instrucción similar en casa o con otros
niños en la casa de un pariente. César fue educado en casa y de esa etapa de su vida
sabemos que su tutor fue un tal Marco Antonio Gnipho. Original del Oriente
helenístico y educado en Alejandría, Gnipho había sido esclavo, pero más tarde fue
liberado por la familia Antonio, posiblemente por su satisfacción con la manera en
que enseñaba a sus hijos. Era muy respetado como profesor de retórica griega y
latina. En esta etapa secundaria de la educación se estudiaba con detalle la literatura
en ambas lenguas, así como la práctica de la retórica. La literatura ocupaba un papel
central en el aprendizaje y la aristocracia tenía la ventaja de poder permitirse realizar
copias de manuscritos en un mundo anterior a la imprenta, que facilitaría tanto la
copia de libros. Muchos senadores tenían amplias bibliotecas en sus casas que
estaban a disposición de sus parientes y asociados más jóvenes. El propio futuro
suegro de César, Calpurnio Pisón, poseía una inmensa colección de libros que
trataban fundamentalmente sobre filosofía epicúrea, de los que se han hallado
vestigios en las ruinas de su villa, cerca de Herculano. También era común recibir en
casa a estudiosos y filósofos, ampliando así el entorno cultural en el que crecían los
jóvenes aristócratas. César, como muchos otros jóvenes aristócratas, no se contentaba
sólo con leer gran literatura: sentía asimismo la inspiración de escribir sus propias
obras. Suetonio menciona un poema de loa a Hércules, así como una tragedia titulada
Edipo. Es posible que la calidad de estas obras inmaduras no fuera especialmente
elevada —aunque probablemente no fueran ni mejores ni peores que las de otros
aristócratas que después se dedicaron a destinos más grandiosos— y fueron
destruidas por el hijo adoptivo de César, el emperador Augusto.[15]

Todavía se practicaba la recitación de memoria, y los niños memorizaban cosas


como las Doce Tablas, la base esencial del Derecho Romano. En el año 92 a. C., un
edicto ordenó el cierre de varios colegios que enseñaban retórica latina, declarando
que la instrucción en griego era superior, incluso para enseñar a una persona que
pronunciaba discursos en latín. Es probable que, en parte, esta medida pretendiera
evitar que las habilidades para la oratoria, que tan útiles resultaban en la vida pública,
llegaran a ser algo demasiado común, dado que ese tipo de colegios era el que tenía
más posibilidades de aceptar alumnos de familias ajenas al Senado. En el entorno
político romano era esencial poseer cierta habilidad para hablar en público, de modo
que esa costumbre continuaba haciendo hincapié en la utilidad más que en la
adquisición de conocimientos puramente académicos. Cicerón, que tenía seis años
más que César, recordaba cómo en el año 91 a. C. había ido casi diariamente a
escuchar a los mejores oradores a las asambleas populares y a los tribunales.
Describió asimismo cómo «aunque escribía, leía y me entrenaba en la elocuencia
todos los días, no me contentaba sólo con los ejercicios oratorios» y pronto comenzó

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a observar las actividades de uno de los más importantes juristas del momento. Por lo
visto, a César le influyó especialmente el estilo oratorial de su familiar César
Estrabón, así que podemos suponer que le había visto en acción.[16]

El entrenamiento físico estaba dirigido por metas igualmente utilitarias a las de la


educación académica. En el mundo helenístico se perseguía la perfección atlética
como un fin en sí mismo y no era una preparación directa para los deberes de un
adulto. El ejercicio de gymnasia se practicaba desnudo y en numerosas ciudades esas
instituciones tendían a celebrar la homosexualidad, aspectos ambos muy poco
populares entre los romanos. Para ellos, el ejercicio buscaba fomentar la buena forma
física y tenía un fuerte regusto militar. Lo más habitual era que en el Campus Martius
—el Campo de Marte, el dios de la guerra, donde el ejército se congregaba cuando
Roma era todavía una pequeña ciudad— los jóvenes aristócratas aprendieran a correr,
a nadar en el Tíber y a luchar con armas, sobre todo la espada y la jabalina. También
se les enseñaba a cabalgar, y Varrón, casi contemporáneo de César, nos cuenta que, al
principio, este montaba más a pelo que con la silla. Se suponía que gran parte de la
instrucción en todas estas destrezas era impartida por el padre o algún otro pariente.
Era muy importante que todo esto tuviera lugar a la vista de todos. Los muchachos de
edad similar que, con el tiempo, acabarían convirtiéndose en rivales en la lucha por
los cargos políticos, entrenaban a la vista de los demás, e incluso en esta temprana
etapa de su vida podían comenzar a labrarse una reputación. César era de constitución
ligera y no particularmente robusto, pero parece que su gran determinación compensó
esa desventaja. Plutarco nos cuenta que tenía una habilidad innata para montar a
caballo y también leemos que se habituó a montar con los brazos cruzados a la
espalda, guiando el trote del caballo con las rodillas. En una época posterior de su
vida, su destreza con las armas también fue alabada y los romanos creían que todo
buen comandante debía manejarla espada, la jabalina y el escudo tan bien como
manejaba legiones enteras.[17]

LA CALMA Y LAS TORMENTAS

Tras la violenta eliminación de Saturnino y Glaucia en el otoño del año 100 a. C.,
la vida pública romana había recobrado hasta cierto punto la normalidad. La
reputación de Mario se había visto menoscabada por su anterior asociación con
ambos individuos, pese a haber sido quien dirigiera las fuerzas de la República contra
ellos. Había rumores de que se había sentido tentado de unirse a Saturnino. Una de
las historias más descabelladas afirmaba que la noche antes de la confrontación final
había recibido al mismo tiempo a los dos líderes radicales y a una delegación del
Senado en su casa. Supuestamente, Mario había fingido un ataque agudo de diarrea y
utilizado ese pretexto para escabullirse de la habitación donde se entrevistaba con uno

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de los grupos cada vez que quería hablar con el otro. No obstante, aparte de su
cuestionable actuación en este asunto, Mario simplemente carecía de la habilidad
suficiente en el juego político para sacar el máximo partido de su fortuna y de su
gloria militar. El trabajo diario de recibir amigos y asociados, de hacer favores a
tantas personas como fuera posible para que quedaran obligados ante él sin hacerles
sentir inferiores consumía gran parte del tiempo de un senador, pero no eran cosas en
las que Mario destacara. Plutarco nos cuenta que eran pocos los que buscaban su
asistencia, ni aun después de construir una casa nueva cerca del Foro y haber
declarado que los visitantes no tendrían que caminar demasiado para verle. No
sabemos cuánto contacto tuvo el joven César con su famoso tío durante la década de
los noventa antes de Cristo, pero no debió de aprender mucho de él sobre cómo
obtener influencia en el Senado.[18]

La legislación de los Gracos y de Saturnino había despertado una notable


oposición, pero, al final, el temor al poder e influencia que estos tribunos radicales
podían llegar a alcanzar merced a sus acciones fue el factor decisivo que provocó sus
violentas muertes. En última instancia, la mayoría de la élite romana prefería permitir
que algunos de los principales problemas a los que se enfrentaba la República
quedara sin resolver antes que ver a otro hacerse con el mérito de haberlos
solucionado. Sin embargo, los temas seguían ahí, muchos de ellos relacionados con la
cuestión fundamental de quién debería beneficiarse de las ganancias del imperio. Si
un magistrado proponía una nueva distribución de la tierra, ofrecer trigo
subvencionado por el Estado a los pobres de la ciudad o ampliar el papel público
como jueces de la orden ecuestre, podía contar con encontrar apoyo inmediato, y el
éxito de los tribunos radicales de las pasadas décadas lo demostraba con claridad,
pero del mismo modo su brutal muerte mostraba lo difícil que era mantener a largo
plazo la popularidad entre grupos de intereses tan dispares.

Un grupo cuyo favor ofrecía menos ventajas inmediatas a un senador eran los
aliados italianos o socii. Tiberio Graco se había granjeado la hostilidad de la
aristocracia italiana con su ley sobre la tierra debido a que muchos de ellos poseían
grandes franjas de manera directa, no disfrutaban de ningún poder en Roma, pero
lograron influir sobre algunos senadores importantes para que se opusieran al tribuno.
Cayo Graco había tratado de ganarse a los italianos otorgándoles la ciudadanía
romana, pero en el proceso había perdido el apoyo de muchos de sus adeptos
romanos. A la élite romana no le gustaba la idea de que los más acaudalados entre los
nuevos ciudadanos se sumaran a la competición por los cargos públicos, mientras que
los más pobres, en especial los que habitaban en la urbe, temían que multitudes de
italianos inundaran los juegos y los entretenimientos y redujeran el valor de sus votos
en las asambleas. Al parecer, el fracaso de la legislación de Cayo acentuó la
insatisfacción existente entre los aliados italianos de Roma. Estas comunidades

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suministraban al menos la mitad de los soldados que conformaban el ejército romano
y es posible que el porcentaje se hubiera elevado aún más en los últimos tiempos y
sufrían bajas de manera proporcional, pero en aquella época no parece que
compartieran el botín de la expansión en el mismo grado que los romanos. El
arrogante comportamiento de algunos magistrados romanos en sus tratos con los socii
constituía otra fuente de resentimiento. En el año 125 a. C. la colonia de Fregellae,
que poseía el ius latii y, por tanto, disfrutaba de ciertos privilegios en comparación
con otras zonas, se había rebelado contra Roma y la sublevación había sido reprimida
con gran brutalidad. Por lo visto, muchos italianos llegaron a la conclusión de que
sólo cuando alcanzaran la plena ciudadanía romana les resultaría más aceptable la
hegemonía de Roma. Algunos partieron hacia Roma y, de algún modo, lograron ser
inscritos como ciudadanos, pero durante los primeros años del siglo I, una serie de
censores especialmente estrictos se esforzaron al máximo para eliminar los nombres
de aquellos a los que no les correspondía por derecho obtener la ciudadanía romana.
[19]

En el año 91 a. C., el tribuno Marco Livio Druso volvió a abogar por otorgar la
ciudadanía a los aliados: era el elemento central de una serie de reformas que
recordaban mucho a las de los Gracos, lo cual no dejaba de ser una ironía porque el
padre de Druso había sido uno de los principales oponentes de Cayo. Como los
hermanos Graco, Druso provenía de una familia rica e influyente, lo que le permitía
proponer leyes más audaces, pero a la vez acrecentaba el recelo respecto a sus
ambiciones a largo plazo. El tribuno se enfrentaba a una considerable oposición,
sobre todo hacia su plan de ampliar el derecho al voto. No obstante, antes de que la
ley de ciudadanía pudiera ser votada por la asamblea, un desconocido asestó a Druso
una puñalada mortal con un cuchillo para trabajar el cuero cuando recibía a algunos
visitantes habituales en el atrio de su casa. Nunca se ha llegado a establecer la
identidad del asesino, pero era evidente que la ley ya no se aprobaría. Un alto número
de nobles italianos, algunos de los cuales habían mantenido una estrecha asociación
con Druso, resolvieron de inmediato hacerse cargo ellos mismos del asunto. El
resultado fue el levantamiento de grandes áreas de Italia en lo que se ha dado en
llamar la Guerra Social (nombre que deriva de socii, palabra latina para aliados). Los
rebeldes crearon su propio Estado, con capital en Corfinium y una constitución con
una acusada influencia del sistema romano, en el que los magistrados clave eran dos
cónsules y doce pretores elegidos cada año. Se acuñaron monedas que mostraban el
toro de Italia corneando a la loba romana y se movilizó con rapidez un nutrido
ejército, con un equipamiento, entrenamiento y doctrina táctica idénticos a los de las
legiones. Hacia finales del año estalló una encarnizada lucha, con cuantiosas pérdidas
en ambos bandos. Las lealtades de la contienda eran complejas y, en muchos puntos,
la lucha se parecía más a una guerra civil que a una revuelta. Numerosas
comunidades italianas, incluidos prácticamente todos los municipios latinos,

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permanecieron leales a Roma, mientras que muchos soldados romanos capturados se
mostraron dispuestos a enrolarse en las tropas italianas y luchar contra sus
conciudadanos.[20]

César era demasiado joven para participar en la Guerra Social, pero la primera
experiencia militar de varios de aquellos que desempeñaron un papel clave en su
historia, en particular Cicerón y Pompeyo, tuvo lugar en este conflicto. Es muy
posible que el padre de César participara de algún modo, pero las fuentes no
mencionan nada al respecto. Lucio Julio César, que fue cónsul en el año 90 a. C. y
resultó ser un comandante poco inspirado en sus operaciones contra los rebeldes, era
miembro de la otra rama de la familia. Sexto Julio César, que, como dijimos, podría
haber sido hermano de Cayo, había ocupado el cargo el año anterior y también tomó
parte en el conflicto, en el que acabó falleciendo de enfermedad cuando capitaneaba
un ejército en calidad de procónsul. La magnitud de los enfrentamientos de la Guerra
Social, unida a las muertes de varios magistrados a manos del enemigo y a la
incompetencia mostrada por otros, provocó que muchos senadores experimentados
recibieran cargos de promagistrados. Mario desempeñó un papel esencial en el primer
año de lucha, erigiéndose vencedor en diversas escaramuzas y, lo que tal vez es más
importante, evitando la derrota. Se estaba aproximando a los setenta años, una edad
que los romanos consideraban excesiva para un general en el campo de batalla, y se
alzaron algunas voces críticas que afirmaban que su comportamiento era demasiado
cauteloso. Ya fuera por eso o por problemas de salud, no parece haber tenido un papel
activo en la guerra después del año 90 a. C. Fueron otros dos comandantes, Lucio
Cornelio Sila y Cneo Pompeyo Estrabón, a los que se les atribuyó el mérito de haber
contribuido más que ningún otro a la victoria militar de Roma. Sin embargo, la
diplomacia y la conciliación fueron tan decisivas para ganar la Guerra Social como el
uso de la fuerza, y, desde el principio, el Senado había comenzado a conceder lo que
los italianos habían solicitado sin éxito en primer lugar. Las comunidades aliadas que
habían permanecido leales obtuvieron la ciudadanía, así como aquellos que se habían
rendido velozmente y, al poco, también los vencidos. La rapidez con la que los
romanos ampliaron el derecho al voto a prácticamente toda la población libre de Italia
que habitaba al sur del río Po pone de relieve lo absurdo de la lucha. La forma en la
que se llevó a cabo ilustra asimismo la renuencia a alterar el equilibrio político
existente en la propia Roma: los nuevos ciudadanos fueron concentrados en unas
pocas tribus con derecho al voto para minimizar su influencia.[21]

Sila había obtenido un gran reconocimiento por su papel en la represión de los


rebeldes, y a finales del año 89 a. C. regresó a Roma y ganó las elecciones al
consulado para el año siguiente, derrotando a Cayo Julio César Estrabón, uno de sus
principales competidores. Desde numerosos puntos de vista, la carrera de Sila
prefiguró la de César. Ambos eran patricios, pero sus familias hacía tiempo que

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habían perdido prominencia, es decir, su progreso en la vida pública resultó casi tan
complicado como el de cualquier «hombre nuevo». Sila inició su carrera más tarde de
lo normal, pero sirvió como cuestor de Mario en Numidia y fue el principal artífice
de la traición y captura de Yugurta. Ese fue un logro del que alardeaba
constantemente, avivando los crecientes celos de su antiguo comandante, que sentía
que disminuía su propia gloria. Aunque durante la guerra con los cimbros Sila sirvió
al principio a las órdenes de Mario, pronto se trasladó al ejército de su colega
consular y, al parecer, a partir de entonces las relaciones entre los dos nunca
volvieron a ser cordiales. Cuando era cónsul en el año 88 a. C. el Senado adjudicó a
Sila el mando en la guerra contra el rey Mitrídates VI del Ponto. Mitrídates reinaba
en uno de los reinos helenísticos orientales cuyo poder había aumentado con la
decadencia de Macedonia y los seléucidas. Mientras los romanos estaban ocupados
combatiendo en Italia, el rey había invadido la provincia romana de Asia y ordenado
la masacre de todos los romanos e italianos de la región. Tras este triunfo, invadió
Grecia. Para Sila esta misión era una excelente oportunidad para hacer campaña entre
las famosas y extremadamente ricas ciudades de Oriente y comenzó a formar un
ejército para el que no le faltaron reclutas, porque las guerras en el este eran famosas
por sus sencillas batallas y fructífero saqueo.[22]

En circunstancias ordinarias, Sila habría ido a la guerra y habría hecho todo lo


posible para añadir nuevo lustre al nombre de su familia, pero un tribuno llamado
Sulpicio aprobó un proyecto de ley en la asamblea que daba a Mario el mando en
Oriente en vez de a Sila. Era una ley de una serie de leyes en las que se intentaba
seguir el camino marcado por los Gracos y Saturnino utilizando el tribunado para
introducir un radical programa de reformas. Otra de las leyes estaba concebida para
distribuir de modo más uniforme entre las tribus que votaban a los ciudadanos que
acababan de obtener el derecho al voto. Mario no tuvo inconveniente en utilizar a
Sulpicio como ya había utilizado a Saturnino, y Sulpicio se alegró de poder
beneficiarse de la asociación con el popular héroe de guerra. Seguramente ninguno de
ellos habría vacilado en romper con el otro si eso les hubiera ofrecido mayor ventaja,
sobre todo después de conseguir sus objetivos inmediatos. Nunca debemos olvidar
que la política se basaba en el éxito individual y no en los partidos. Por el momento,
era obvio que Mario había decidido que necesitaba volver a pelear para recuperar la
admiración de la que había gozado después de derrotar a Yugurta y los bárbaros del
norte. Sulpicio, un tribuno con notable influencia en la asamblea, podía brindarle la
oportunidad de luchar en otra guerra. Mario tenía sesenta y nueve años y no había
ocupado una magistratura por votación desde el año 100 a. C. mientras que el
historial de Sila ponía de manifiesto su competencia, por lo que no había motivo para
que se produjera esa alteración de los métodos tradicionales de asignar misiones. No
obstante, los Gracos habían confirmado que la asamblea popular podía legislar sobre
cualquier asunto. La simpatía y los precedentes apoyaban la causa de Sila, pero

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técnicamente no había nada ilegal en el procedimiento de Sulpicio, que este respaldó
con ataques de bandas violentas, hasta el punto de que una historia mantenía que Sila
escapó con vida sólo porque se refugió en casa de Mario.[23]

Sila había sido tratado de forma injusta, su dignitas como aristócrata, senador y
cónsul se había visto severamente menoscabada. Aunque su resentimiento era
comprensible, su reacción fue asombrosa y terrible: abandonó Roma, se presentó ante
sus tropas y les dijo a los soldados que ahora que había sido reemplazado en el
mando de Oriente, era inevitable que Mario reuniese sus propias legiones para librar
la guerra. Antes de permitir que sucediera algo así, instó a sus legionarios a que le
siguieran hacia Roma para liberar a la República de la facción que se había hecho con
el poder. Únicamente uno de los oficiales senatoriales respondió a su llamamiento,
pero esta reticencia no era compartida por el resto del ejército. Ya fuera por el temor a
que les arrebataran la oportunidad de lograr un buen botín, o incluso por la sensación
de que se había cometido una injusticia contra su comandante, el caso es que las
legiones siguieron a Sila hasta Roma. Era la primera vez que un ejército romano
marchaba contra la ciudad. Dos pretores enviados a encontrarse con el ejército
recibieron un duro trato: rasgaron sus ropas, y las fasces, que portaban sus ayudantes
como símbolo de que poseían imperium, fueron despedazadas por los legionarios
enfurecidos. Algún tiempo después, otras delegaciones senatoriales, que solicitaron al
cónsul que hiciera un alto y diera tiempo a que el conflicto se solucionara de manera
pacífica, fueron recibidas cordialmente, pero se hizo caso omiso a sus peticiones.
Cuando la entrada en Roma de una pequeña parte de las tropas fue detenida por un
grupo reunido con precipitación de soldados leales a Mario y Sulpicio, Sila respondió
con mayor energía, ordenando a sus hombres abrirse camino luchando a través de las
calles y quemando varias viviendas en su avance. Al principio, la oposición fue feroz,
pero mal equipada y los defensores fueron aplastados enseguida. Sila declaró fuera de
la ley a doce de los líderes contrarios, incluidos Mario y su hijo, así como Sulpicio,
tras lo cual cualquiera podía asesinarlos legalmente y reclamar la recompensa. El
tribuno fue traicionado y asesinado por uno de sus propios esclavos. (Sila otorgó la
libertad al esclavo y, a continuación, hizo que lo despeñaran desde lo alto de la Roca
Tarpeya por deslealtad hacia su antiguo amo. La severidad del gesto estaba muy en
sintonía con las tradiciones romanas de respeto a la ley y al deber). Los otros
fugitivos se libraron de la persecución y escaparon. Mario, tras una serie de
pintorescas aventuras —sin duda muy adornadas más tarde por la leyenda—, acabó
llegando a África, donde fue recibido con los brazos abiertos por las comunidades de
sus veteranos, establecidos allí tras la guerra de Numidia. Sila adoptó algunas
medidas para restaurar la normalidad; después partió con su ejército a luchar contra
Mitrídates y no retornó a Italia durante casi cinco años.[24]

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En el año 87 a. C., los dos cónsules elegidos se enfrentaron casi de inmediato y
uno de ellos, Lucio Cornelio Cinna, fue declarado enemigo de la República y
expulsado del cargo después de que intentara anular la legislación de Sila. Imitando a
Sila, Cinna huyó hacia uno de los ejércitos que aún se ocupaban de apagar los últimos
rescoldos de la revuelta italiana y persuadió a los soldados de que le respaldaran. Al
poco se unió a él Mario, que había regresado de África con una multitud de
voluntarios que eran poco más que chusma. Los más conocidos eran los Bardyaei,
una banda de libertos que constituían la guardia personal de Mario y, con frecuencia,
actuaban como verdugos. Hacia finales de año, Mario y Cinna marcharon sobre
Roma: el cónsul Octavio, un hombre de principios elevados pero de muy modesto
talento, se les opuso en vano. El ambiguo comportamiento de Pompeyo Estrabón, que
seguía al mando de su ejército y que llevaba varios años detrás de un segundo
consulado, sólo sirvió para empeorar las cosas. Sila había enviado a Quinto Pompeyo,
el otro cónsul del año a hacerse cargo de las legiones de Estrabón. Quinto y Estrabón
eran primos lejanos, pero eso no impidió que los legionarios de Estrabón asesinaran
al primero, casi con certeza con la aprobación de su comandante. Es posible que
Estrabón dudara a qué lado unirse y, probablemente, se acercó a ambos. Llegado el
momento, se unió a Octavio, pero el apoyo que le brindó no fue eficaz y sus fuerzas
resultaron derrotadas. Estrabón murió poco después, quizá de enfermedad o
posiblemente tras ser alcanzado por un rayo.

Octavio se negó a huir cuando el enemigo entró en la ciudad y fue asesinado


mientras ocupaba su puesto de cónsul en la colina Gianicolo. Su cabeza cortada fue
entregada a Cinna, que ordenó que la sujetaran a la rastra en el Foro, y pronto se le
sumaron las cabezas de otros senadores. Según nuestras fuentes, Mario es el principal
responsable de la ola de ejecuciones que siguieron, pero parece probable que el papel
de Cinna fue igualmente significativo. El famoso orador Marco Antonio —el abuelo
del Marco Antonio que sucedería a César— fue asesinado, como también lo fueron el
padre y el hermano mayor de Marco Licinio Craso y Lucio César y su hermano César
Estrabón. Unos cuantos hombres fueron juzgados en procesos simulados, pero la
mayor parte acabaron asesinados sin más al ser capturados. La casa de Sila fue
reducida a cenizas en un importante gesto simbólico, puesto que la residencia de un
senador no era sólo la localización de muchas actividades políticas, sino asimismo un
signo visible de su importancia. Los secuaces de Mario y Cinna buscaron a su esposa
y familia, pero lograron evitar la captura y se unieron a él más adelante en Grecia. Si
el ataque de Sila a Roma había sido terrible, la brutalidad de esta segunda ocupación
fue mucho peor. Mario y Cinna fueron elegidos cónsules para el año 86 a. C., pero el
primero falleció súbitamente unas pocas semanas después de asumir su cargo. Tenía
setenta años.[25]

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La participación del padre de César en estos hechos, si es que se produjo, se
desconoce. Tampoco es posible afirmar si el joven César estaba realmente en Roma
en las dos ocasiones en las que la ciudad fue tomada al asalto, o si vio los cadáveres
flotando en el Tíber y las cabezas colgadas de la rostra. La educación de los jóvenes
aristócratas era muy tradicional y se suponía que debían aprender mucho de la
observación de sus mayores mientras estos se hacían cargo de las tareas diarias, pero,
en esos años, la vida era tan desordenada y a menudo violenta que, inevitablemente,
estaban recibiendo una impresión muy distinta de la República de la que tuvieron las
anteriores generaciones. Lo peor estaba por llegar.

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III
El primer dictador
Proscribíase no sólo en Roma sino en todas las ciudades de Italia, no
estando inmunes y puros de esta sangrienta matanza ni los templos de
los dioses, ni los hogares de la hospitalidad, ni la casa paterna sino que
los maridos eran asesinados en los brazos de sus mujeres y los hijos en
los de sus madres. Y los entregados a muerte por encono y enemistades
eran un número muy pequeño respecto de los proscritos por sus
riquezas. Así, los mismos ejecutores solían decir de los que perecían,
como cosa corriente: a este le perdió su magnifica casa; a aquel, su
huerta; al otro, las aguas termales.

Plutarco, principios del siglo II d. C.[1]

El padre de César falleció súbitamente, se desplomó una mañana mientras se


estaba calzando los zapatos. Su hijo tenía casi dieciséis años, pero es probable que,
formalmente, ya se hubiera convertido en un hombre y se hubiera desprendido de la
toga practexta, de borde púrpura —usada sólo por muchachos y magistrados—,
reemplazándola por la sencilla toga virilis de un adulto. Como parte de esta
ceremonia, el chico también se quitaba la bulla del cuello y la abandonaba para
siempre. Por primera vez en su vida se había afeitado y llevaba los cabellos cortos
como correspondía a un ciudadano adulto, en vez de algo más largos, estilo que sólo
era aceptable en un niño. No había una edad fija para esta ceremonia y, como en
muchos otros aspectos de la educación romana, cada familia era libre de decidir
cuándo celebrarla. Por lo general tenía lugar entre los catorce y los dieciséis años,
aunque se sabe de casos en los que los muchachos apenas contaban doce años y otros
que ya tenían dieciocho. Lo más frecuente era que la ceremonia se llevara a cabo en
la fiesta de las Liberalia, que tenía lugar el 17 de marzo, aunque, una vez más, no
existía ninguna obligación legal de celebrarla ese día. Aparte de las ceremonias
dentro del hogar, el niño aristócrata era conducido a la vista de todos a través de la
ciudad por su padre y los amigos de este, lo que simbolizaba la admisión del hijo
como adulto en la comunidad general de la República. Tras cruzar el Foro, el grupo
ascendía la colina Capitolina para realizar un sacrificio en el templo de Júpiter: una
ofrenda a Juventus, la deidad de la juventud.[2]

Tras la muerte de su padre, César no se convirtió sólo en un adulto, sino también


en el paterfamilias o cabeza de familia. Había pocos parientes cercanos varones que

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pudieran guiar su futura carrera, pero, desde el principio, el chico demostró tener
mucha confianza en sí mismo. Al cabo de un año, rompió el compromiso matrimonial
que sus padres habían cerrado en su nombre unos años antes. Este compromiso le
prometía con una tal Cosucia, cuyo padre no era senador, sino que pertenecía a la
orden ecuestre. Su familia poseía una gran fortuna y no hay duda de que habría
aportado una elevada dote, pero, aunque este dinero habría sido muy útil para lanzar
su carrera política, la alianza ofrecía pocas ventajas más. Es posible que César y
Cosucia estuvieran incluso casados y no sólo prometidos, porque la palabra empleada
por Suetonio significaba a menudo un divorcio en toda regla, mientras que Plutarco
incluía con claridad a Cosucia entre las esposas de César. La edad de ambos hace que
el matrimonio resulte poco probable, pero no imposible. Sea cual fuere la naturaleza
exacta de la unión, César la rompió para casarse con Cornelia, la hija de Cinna,
patricio como él, cónsul durante cuatro años consecutivos (87-84 a. C.) y el hombre
más poderoso de Roma.[3]

No sabemos con exactitud por qué Cinna decidió honrar a César con este vínculo.
Es evidente que la ejecución de los dos Julios Césares no contaba en su contra, lo que
en sí mismo ilustra hasta qué punto estaban separadas las dos ramas de la familia.
Mario era el tío del muchacho, algo que indudablemente jugaba a su favor, pero la
importancia de este vínculo había disminuido en cierta medida con la muerte de
Mario a principios del año 86 a. C. Es cierto que, en las últimas semanas de su vida,
él y Cinna habían nombrado al chico para el cargo de Flamen Dialis, uno de los
sacerdocios más prestigiosos de Roma. El anterior titular del cargo, Lucio Cornelio
Mérula, había sido elegido cónsul sufecto (sustituto) en el año 87 a. C. por Octavio
para sustituir al destituido Cinna. Cuando las fuerzas de Mario y Cinna tomaron
Roma, Mérula se había anticipado a la ejecución suicidándose. El flamen tenía que
ser un patricio casado con una patricia por una antigua forma de ceremonia nupcial,
muy poco común, que se conocía por el nombre de confarreatio. César era demasiado
joven para ocupar el cargo en el año 86 a. C., y el compromiso conyugal con la
patricia Cornelia en el año 84 se cerró en parte como preparación para su sacerdocio.
No obstante, es difícil creer que la hija de Cinna fuera la única patricia disponible
para desposar al hombre que había sido designado flamen, o que el deseo de
garantizar que César cumpliera los requisitos para el sacerdocio prevalecieran sobre
las prioridades normales de un senador en busca de yerno. De hecho, el joven no
cumplía ni siquiera los requisitos mínimos para ser candidato al sacerdocio porque se
suponía que el flamen debía ser hijo de padres patricios casados conforme al ritual de
confarreatio y Aurelia era plebeya. Cinna debía de tener una elevada opinión del
joven César.

Si ese es el caso, la decisión de convertirle en Flamen Dialis resulta muy peculiar.


El flaminado o sumo sacerdocio era una de las órdenes religiosas más antiguas de

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Roma. En total había quince sacerdotes, cada uno de ellos dedicado al culto de una
deidad específica, pero tres de ellos gozaban de mucha mayor importancia y prestigio
que el resto: los sacerdotes de Quirino (Flamen Quirinalis), de Marte (Flamen
Martialis) y de Júpiter (Flamen Dialis). Júpiter era el dios más importante de Roma,
y su flamen era, en consecuencia, el de rango superior. La gran cantidad de extraños
tabúes que vinculaban al sacerdote atestiguan la antigüedad del cargo, ya que se
consideraba que el flamen y su esposa estaban comprometidos de forma permanente
en la propiciación al dios y, por tanto, no podían permitirse correr el riesgo de
corromper el ritual de ningún modo. Entre muchas otras cosas, el Flamen Dialis no
estaba autorizado a hacer un juramento, a pasar más de tres noches fuera de la ciudad
o a ver un cadáver, un ejército en campaña o a una persona trabajando en día festivo.
Además, no podía montar a caballo, ni en su casa ni en su vestimenta podía haber
ningún tipo de nudo y no debía sentarse ante una mesa desprovista de comida porque
nunca debía dar la impresión de que carecía de nada. Es más, sólo un esclavo con un
cuchillo de bronce podía afeitarle o cortarle el pelo —sin duda otro índice de
antigüedad— y esos cabellos, junto con otras cosas, como las uñas cortadas, tenían
que enterrarse en lugar secreto. El flamen llevaba un tocado especial denominado
apex que, al parecer, estaba hecho de piel, acababa en punta y tenía orejeras. Estas
restricciones hacían imposible que el flamen desarrollara una carrera senatorial
normal.[4]

El prestigio del Flamen Dialis era muy grande, y el siglo anterior los sacerdotes
habían reafirmado su derecho a sentarse en el Senado y a ocupar magistraturas que no
les exigieran abandonar Roma. Para ello debían quedar exentos del juramento que
tomaban todos los magistrados al comienzo de su mandato. Las restricciones que
impedían que el flamen ocupara un cargo militar no podían soslayarse tan fácilmente.
Era poco probable que el consulado de Mérula se hubiera producido si no se hubieran
dado las peculiares circunstancias de la deposición de Cinna Más adelante sostendría
que él no quería presentarse, y se puede presumir que las Comitia Centuriata lo
eligieron para el cargo de la manera habitual. Los tabúes impuestos por su sacerdocio
garantizaban que no podría desempeñar un papel muy activo en los acontecimientos,
y tal vez fuera esa la razón por la que Octavio deseaba que César compartiera con él
el cargo. Cuando Cinna y Mario se hicieron con el poder de Roma, Mérula había
abandonado su consulado por propia iniciativa, pero enseguida se dio cuenta de que
eso no bastaría para salvar su vida. Fue al templo de Júpiter en la colina Capitolina y
allí se despojó del apex, dejando formalmente su cargo antes de cortarse las venas
con un cuchillo. Murió maldiciendo de manera categórica a Cinna y sus partidarios,
pero se cuidó de dejar una nota explicando que se había preocupado meticulosamente
de no corromper su sacerdocio.[5]

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César y Cornelia se casaron según la peculiar ceremonia de la confarreatio. Su
nombre proviene del trigo almidonero far en latín usado para hacer una hogaza de
pan que se presentaba como ofrenda sacrificial ante Júpiter Farreas. Se llevaba unos
pasos por delante de la novia y es posible que la pareja lo comiera como parte del
ritual. En la ceremonia que, en principio, era llevada a cabo por dos de los sacerdotes
de más rango de Roma, el Pontifex Maximus y el Flamen Dialis, debían estar
presentes diez testigos. En vista de que este último puesto seguía vacante tras la
muerte de Mérula, esta parte del ritual no puede haberse completado. Como César
había sido designado para este cargo y, por tanto, su esposa pasaría a ser la flaminica,
su boda fue distinguida también por el sacrificio de un cordero. Después, con la
cabeza cubierta por un velo, la pareja se sentó en asientos cubiertos con piel de
cordero.[6]

La selección de César para el sacerdocio vacante fue un honor considerable que le


convertiría en una importante figura en la República y en miembro del Senado a una
edad muy temprana. Sin embargo, obtuvo esa prominencia a cambio de limitar
gravemente las oportunidades de su futura carrera. En el mejor de los casos, podía
esperar alcanzar la pretura como su padre, pero no podría abandonar Roma para
gobernar una provincia y, desde luego, no tendría ninguna oportunidad de obtener
gloria militar. Tal vez los modestos logros de la familia en el pasado hicieran pensar
que una carrera así era una amplia recompensa para un muchacho, ya que realmente
nadie podía imaginar los éxitos que cosecharía más tarde. No obstante, no hay
evidencia de que creyeran que, de todos modos, la falta de talento o la mala salud
habrían evitado que tuviera éxito por el camino normal (César aún no había
comenzado a sufrir los ataques epilépticos a los que sería propenso más adelante). El
matrimonio con Cornelia sugiere asimismo que ya se reconocía que el chico poseía
ciertas cualidades. Es obvio que Cinna y Mario, para empezar, coincidieron en
nombrarle para el cargo y el primero mantuvo la decisión tras el fallecimiento de su
aliado, pero al final es imposible saber cuáles fueron sus motivos ni, por supuesto, la
actitud del joven César respecto a la situación. Pensaran lo que pensaran, no hay
indicios de que trataran el asunto con ningún tipo de urgencia y aunque una de
nuestras fuentes afirma que fue efectivamente investido con el flaminado, lo más
probable es que los demás autores tuvieran razón al decir que en realidad esa
ceremonia nunca llegó a tener lugar. Al principio, su juventud puede haber sido un
obstáculo y, lo que es más importante, el propio Cinna no podía efectuar el
nombramiento, que tenía que ser realizado siguiendo un estricto procedimiento por
otro de los sumos sacerdotes de Roma, el Pontifex Maximus. En aquel momento, el
cargo lo ocupaba Quinto Mucio Escévola, que no era amigo del nuevo régimen y ya
había sobrevivido a un intento de asesinato a manos de uno de los esbirros de Cinna.
Excónsul y famoso jurista —el Pontifex Maximus no estaba obligado a obedecer
reglas tan opresivas con el flamen, por lo que podía seguir una carrera pública activa

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—, Escévola podría haberse opuesto a César por cuestiones técnicas, alegando el
estatus plebeyo de Aurelia, y también es posible que simplemente se negara a
doblegarse a la presión ejercida por Cinna. En última instancia, se trataba de un tema
menor y la preocupación que despertaban en Cinna otros asuntos mucho más
importantes hizo que quedara sin resolver.[7]

ESPERANDO A SILA

Los años en los que Cinna y sus partidarios dominaron Roma no están
documentados con ningún tipo de detalle por nuestras fuentes, aunque es probable
que esta falta de información no sea la única sugerencia de que no trató de acometer
reformas de envergadura. A pesar de que apeló a los italianos que acababan de
obtener el derecho al voto y a otros grupos descontentos antes de su victoria, Cinna
hizo pocos esfuerzos para satisfacer sus demandas más tarde. El primer periodo de
guerra civil de Roma —y, de hecho, las posteriores contiendas— tenía muy poco que
ver con conflictos ideológicos o políticos, sino que eran violentas extensiones de la
tradicional competición entre individuos. Cinna no abrigaba ambiciones
revolucionarias de reformar la República, pero ansiaba obtener poder personal e
influencia dentro del sistema. Por tanto, cuando hubo logrado estas cosas mediante el
uso de la fuerza, su principal prioridad era conservarlas. Ya cónsul en el 86 a. C.
Cinna se aseguró de ser elegido para el cargo en los años 85 y 84 pues se cree que
sólo permitió que su nombre y el de un colega seleccionado se presentaran
candidatos. Cuando era cónsul, disfrutó de imperium y, con ello, del derecho legal
para mandar los ejércitos que necesitara para protegerse de Sila o de cualquier otro
rival. Como magistrado no podía ser llevado a juicio, y parece que había cierta
actividad en los tribunales romanos, aunque unos cuantos abogados destacados
eligieron dejar de ejercer. Cinna y Mario habían asesinado a algunos senadores y
provocado la huida al extranjero de otros, pero la mayoría del Senado permaneció en
Roma y siguió reuniéndose. Había muchos senadores a quienes no les convencían ni
Cinna ni sus asociados, pero Sila no les inspiraba tampoco ninguna simpatía. Al
parecer, los debates del Senado eran relativamente libres y, en ocasiones, se votaron
medidas que no eran especialmente favorables para Cinna, por ejemplo, cuando se
iniciaron las negociaciones con Sila. No obstante, no podrían contenerle o evitar sus
consecutivos consulados, dado que, después de todo, él era el que controlaba un
ejército y no el Senado. En la Roma de Cinna, el Senado se reunía, los tribunales
funcionaban y se celebraban elecciones, lo que revestía el día a día al menos de un
barniz de normalidad. Había una marcada flexibilidad en las principales instituciones
de la República, que tendía a continuar marchando de algún modo
independientemente de las circunstancias y se detenía sólo de forma temporal por los
disturbios y el derramamiento de sangre. Las vidas de los senadores giraban en torno

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a los favores que hacían para conseguir apoyos, influencia y lograr un cargo. Fueran
las que fueran las circunstancias, de manera natural continuaban intentando hacer
esas mismas cosas en la medida de lo posible.[8]

La posición de Cinna era incompatible con el adecuado funcionamiento de la


República: al final su posición se basaba en su ejército y no parecía tener ninguna
intención de deshacerse de él, a la vez que sus repetidos consulados negaban a otros
la oportunidad de alcanzar cargos de rango superior y limitaban el número de
magistrados disponibles para gobernar las provincias. Pero Cinna no podía sentirse
seguro mientras Sila siguiera en libertad y al mando de sus legiones. A Mario le
habían concedido el mando en la guerra contra Mitrídates en el año 86 a. C. pero
había muerto antes incluso de partir. Su sustituto en el consulado, Lucio Valerio
Flaco, también heredó su misión y, al menos, marchó hacia Oriente con un ejército.
Pronto se hizo evidente que Sila no iba a permitir que le sustituyeran, pero es posible
que Flaco tratara de negociar con él con la idea de unir sus fuerzas contra Mitrídates.
No obstante, Flaco fue asesinado al poco tiempo por su propio cuestor, Cayo Flavio
Fimbria, que se puso al frente del ejército e intentó derrotar el Ponto por su cuenta.
Mostrando menos talento en el arte de la guerra que el que poseía para la traición y el
asesinato, Fimbria acabó suicidándose después de que sus soldados se amotinaran. A
lo largo de los siguientes años, el Senado intentó varios acercamientos a Sila, con la
esperanza de lograr que se reconciliara con Cinna y evitar la guerra civil, pero
ninguno de los dos líderes mostró demasiado entusiasmo ante su actuación. Sila
mantenía que él era un magistrado electo legalmente, enviado como procónsul por el
Senado para luchar contra un enemigo de la República y exigía ser reconocido como
tal y que se le permitiera terminar su tarea. Hacia el año 85 a. C. cuando la guerra
contra Mitrídates estaba claramente llegando a su fin, Cinna y sus asociados se
lanzaron a reunir tropas y grandes cantidades de provisiones para lo que veían como
el inevitable enfrentamiento con Sila.[9]

Lucio Cornelio Sila era un hombre de impresionante apariencia, con una piel
excepcionalmente clara, penetrantes ojos verdes y cabello rojizo. Al alcanzar la
madurez, su aspecto se estropeó a causa de una enfermedad de la piel que salpicó su
rostro con manchas rojas. (Una recóndita ley militar de hacía varios siglos afirmaba
también que sólo tenía un testículo y que sus logros evidenciaban que ese defecto no
fue impedimento para convertirse en un soldado de éxito). Sila podía ser muy
seductor, conquistando tanto a soldados como a senadores, pero numerosos
aristócratas seguían sintiéndose inseguros respecto a él. A pesar de haber llegado
tarde a la vida pública había logrado un éxito razonable y demostró su destreza
militar en reiteradas ocasiones. Su consulado se produjo cuando contaba cincuenta
años, una edad excepcionalmente avanzada para un primer mandato, y en la década
precedente le había costado dos intentos ganar la pretura. Es probable que a muchos

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senadores les resultara difícil olvidar la pobreza de su juventud y la decadencia de su
familia. Es habitual que los que prosperan en un sistema tengan la impresión de que
el fracaso de los demás es merecido: Sila había sido pobre y sus compañeros de
diversión eran actores y músicos, profesiones consideradas infames. Ese
comportamiento juvenil ya era malo en sí y peor aún en el caso de un senador y
magistrado, pero Sila permaneció fiel a sus amigos a lo largo de toda su vida. Bebía
mucho, se daba grandes festines y se le tenía por un hombre sexualmente muy activo,
con amantes tanto masculinos como femeninos. Durante gran parte de su vida se
asoció públicamente con el actor Metrobio, especializado en interpretar papeles
femeninos en el escenario, y se decía que la pareja estaba teniendo una aventura. La
élite interna del Senado aceptaba a regañadientes el éxito político de Sila, aunque, en
ocasiones, era obvio que le preferían a alguna de las alternativas. Es posible que esa
actitud le fuera indiferente, pero su voluntad de obtener el reconocimiento público de
su triunfo y de evitar que le arrebataran sus logros era inquebrantable. En el año 88
a. C. marchó sobre Roma alegando que era un representante legítimo de la República
y que era necesario liberar a Roma de la ilícita dominación de una facción. Más tarde
se presentó siempre como procónsul de Roma, negando la validez de la declaración
de Mario y Cinna que le proclamaba enemigo del Estado. Era un hombre cuyo
epitafio autoproclamado era que nunca había dejado de ayudar a un amigo y combatir
a un enemigo.[10]

Sila sostenía que su imperium y su mando eran legítimos, y que sus oponentes
habían actuado de manera ilegal y como enemigos de la República. En consecuencia,
era a la vez su derecho y su deber reprimirlos con todos los medios a su alcance.
También era importante para él proteger su propia dignitas, pues sus logros merecían
respeto para él y para su familia. Los romanos resaltaban abiertamente la influencia
del azar en las actividades humanas, en especial en la guerra, y —anticipándose a
Napoleón— creían que la buena suerte era una de las principales virtudes de un
general. Los comandantes no debían confiar en el azar y se esperaba que se
prepararan concienzudamente para asegurar el triunfo, pero en el caos de la contienda
los mejores planes podían fracasar y la victoria o la derrota dependían del azar. Sila
alardeó de su buena suerte durante toda su carrera. Ser afortunado implicaba gozar
del favor divino que, en su caso, era el apoyo de Venus y, de vez en cuando, el de
Apolo, entre otros. Sostenía que había tenido sueños proféticos antes de muchos de
los grandes acontecimientos de su vida en los que un dios o una diosa le instaban a
hacer lo que había planeado y le prometían que tendría éxito. De igual modo, Mario
había sido inspirado por los oráculos a través de diversas predicciones sobre su
grandioso futuro, de las cuales la más famosa auguraba que llegaría a ocupar siete
consulados. La ambición de ambos era implacable, pero la creencia de que su éxito
había sido predestinado por los dioses y, por tanto, era justo, alimentaba aún más la
ya notable confianza que tenían en sí mismos. Tampoco el cinismo de nuestros

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tiempos debe impedirnos ser conscientes de que, con frecuencia, esas afirmaciones
resultaban una propaganda muy efectiva.[11]

Sila ya había empleado la fuerza una vez para defender su posición. La brutalidad
del asalto a la ciudad de Cinna no puede haberle llevado a anticipar un
comportamiento más suave de su enemigo. En el año 85 a. C. firmó la Paz de
Dárdano, que ponía fin a la guerra con Mitrídates. No era una victoria completa,
porque el rey del Ponto seguía siendo independente y mantenía un poder
considerable, pero había sido expulsado de territorio romano y sus huestes habían
sido derrotadas en la batalla. Sila no pudo regresar a Italia de inmediato porque había
mucha burocracia que solucionar para organizar las provincias orientales. En el año
84 a. C. Cinna había decidido combatir a su rival en Grecia más que en Italia, pero se
produjeron sustanciales retrasos al empeorar el tiempo en el Adriático y un convoy de
soldados fue devuelto a Italia a causa de los vientos contrarios. Poco después, sus
soldados se amotinaron —probablemente porque no estaban muy dispuestos a luchar
contra otros romanos, aunque nuestras fuentes son contradictorias en este punto— y
Cinna fue asesinado por sus propios hombres. El liderazgo sobre sus partidarios fue
asumido por Cneo Papirio Carbón, el otro cónsul de ese año y del año precedente. En
el 82 a. C. ocuparía un tercer mandato como cónsul con el hijo de Mario como
colega, pese al hecho de que este último era demasiado joven para el cargo. Un
número creciente de senadores ya había decidido que Italia había dejado de ser segura
para ellos o tal vez sospecharan a quién estaba favoreciendo la fortuna y huyeron
hacia Oriente para unirse a Sila. Mas se adherirían a su causa cuando finalmente
desembarcó en Brundisium (la actual Brindisi), en el sur de Italia, en el otoño del año
83.[12]

Sila tenía pocas posibilidades de ganar, pero sus oponentes fracasaron


sistemáticamente a la hora de aprovechar su superioridad numérica, de modo que un
ejército tras otro fue perdiendo batallas e incluso, en una ocasión, unos soldados
fueron persuadidos de desertar en masa. Pocos de los jefes que se enfrentaban a él
poseían demasiado talento militar. Después de un periodo de calma en los meses
invernales, se reanudó la campaña: Sila logró tomar Roma en el año 82 a. C. Una
repentina contraofensiva enemiga desencadenó una batalla desesperada junto a la
puerta Colina. Durante la lucha, el propio Sila escapó de la muerte por escaso margen
y perdió toda un ala de su ejército, pero al final el resto de las tropas siguió adelante y
obtuvo la victoria. Cuando su suerte falló, los líderes enemigos se mostraron más
vengativos. El joven Mario ordenó la ejecución de Escévola, el Pontifex Maximus,
una acción que se cree que fue condenada por su madre, Julia. El propio Mario sufrió
asedio en Praeneste y fue asesinado o bien se suicidó cuando la ciudad se rindió.
Cuando su cabeza fue entregada a Sila, el vencedor comentó que ese mozalbete
tendría que haber «aprendido a remar antes de intentar gobernar el barco». Carbón

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huyó a Sicilia para continuar la resistencia, pero fue derrotado y ejecutado por uno de
los subordinados de Sila.[13]

Al igual que la captura de Roma por parte de Mario había superado con mucho la
marcha de Sila sobre la ciudad en cuanto a la escala de matanzas y ejecuciones que se
produjeron, ambas fueron ahora eclipsadas por la ferocidad del retorno de Sila.
Dirigiéndose al Senado en el Templo de Bellona, a las afueras de Roma, el discurso
del vencedor estuvo acompañado por los gritos de miles de soldados capturados —
sobre todo italianos, que eran tratados con más dureza que los romanos— que estaban
siendo ejecutados a poca distancia de allí. No sufrían únicamente los rangos
inferiores del enemigo: los líderes más destacados fueron ejecutados tan pronto como
fueron capturados o se adelantaron a este desenlace quitándose la vida. Muchos más
senadores y équites considerados hostiles a Sila fueron asesinados por estos hombres
en el periodo posterior a la victoria.[14]

Al principio, las ejecuciones se producían sin previo aviso, pero las quejas de un
Senado nervioso que deseaba saber a quién le tocaba sufrir hicieron que el proceso
adoptara una mayor formalidad. Sila ordenó que las proscripciones —listas con los
nombres de aquellos que, de ese modo, perdían toda protección de la ley— se
colocaran en el Foro y que, a continuación, se enviaran copias a otras partes de Italia.
Los proscritos podían ser asesinados por cualquiera y el ejecutor, más tarde, al
presentar su cabeza seccionada ante Sila, podía reclamar una recompensa. Él las
disponía en la rostra. Por lo general, la propiedad de la víctima era confiscada y
subastada y la mayor parte era adquirida a precio de saldo por los asociados de Sila.
Las víctimas solían ser senadores o équites. Se hicieron públicas varias listas y,
aunque no disponemos de cifras exactas, la cantidad ascendía a varios cientos. La
mayoría eran opositores de Sila, pero otros nombres fueron añadidos simplemente
para quedarse con la riqueza de las víctimas. Al parecer, un équite que apenas se
había interesado en participar en la vida pública vio su nombre en una de las listas y
declaró que la población de su propiedad albana deseaba verlo muerto. Al poco
tiempo, fue asesinado.[15] El odio hizo que se ajustaran muchas cuentas privadas y
hubo bastantes casos de nombres añadidos a las listas después de que esa persona
estuviera muerta para legitimar el asesinato. No parece que Sila supervisara el
proceso con excesivo detenimiento, pero sí creó una escolta con los esclavos libertos
de muchos de los proscritos, que fue acusada en numerosas ocasiones de abusar de su
nuevo poder. Las proscripciones finalizaron de manera formal el 1 de junio del 81
a. C. pero su horror perduró y dejó una marca en la conciencia colectiva de los
romanos todo lo que quedaba de siglo.[16]

El poder de Sila procedía directamente del control de un ejército que había


derrotado a todos sus rivales, pero el hombre que tanto había hecho para defender su

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legitimidad como procónsul se otorgó a sí mismo una posición más formal para
justificar su dominio del Estado. En momentos de grave crisis, la República había
dejado ocasionalmente a un lado su miedo al gobierno de un solo hombre y había
nombrado un dictador, un único magistrado con imperium supremo. Siempre había
sido un puesto temporal, abandonado a los seis meses, pero Sila desechó estas
restricciones y no estableció ningún plazo limite a su cargo. Fue nombrado dictator
legibus faciendis et rei publicae constituendae causa (dictador que promulga leyes y
reconstituye el Estado) mediante una votación en la asamblea popular. Su cargo no
tenía precedentes, como tampoco la violencia que empleó para reprimir cualquier
oposición. Una de las veces ordenó con toda tranquilidad la ejecución de uno de sus
seguidores en el Foro porque insistió en presentar su candidatura al consulado
desafiando las órdenes del dictador.[17]

FUGITIVO

César tenía unos dieciocho años cuando las tropas de Sila tomaron Roma por
segunda vez. No había participado en la guerra civil; su suegro, Cinna, había muerto
y nada sugiere una relación especialmente estrecha con Mario el joven. Lo que es
más importante, es probable que ya se esperara de él que cumpliera las reglas
impuestas sobre el Flamen Dialis aunque no había sido investido formalmente con el
sacerdocio todavía. Las mismas limitaciones que le impedían ir a la guerra deben
hacernos suponer que estaba en Roma cuando la ciudad fue tomada y se libró la gran
batalla a las afueras de la puerta Colina, y que fue testigo del baño de sangre que
supusieron las proscripciones. El flamen no debía ver un cadáver, pero es evidente
que eso era algo difícil de evitar en aquella época. Los viera o no, el muchacho no
podía dejar de haber visto las cabezas de tantos romanos prominentes expuestos en el
corazón de la ciudad. En un momento dado, pareció que la suya las seguiría muy
pronto.

El mismo César no contaba ni con la suficiente influencia ni con la suficiente


riqueza para garantizar su inclusión en las proscripciones. No obstante, estaba casado
con la hija de Cinna y ese vínculo no le ayudaba precisamente a ganarse el favor del
nuevo régimen. Sila le dio instrucciones de que se divorciara de su mujer. Había dado
órdenes similares a otros hombres, organizando de vez en cuando una boda más
favorable para ellos que, con frecuencia, implicaba a alguna de sus parientes. El caso
más famoso fue el de Cneo Pompeyo, hijo de Pompeyo Estrabón y uno de los
comandantes más eficaces de Sila, a quien ordenó que se divorciara de su esposa y se
casara con la hijastra del dictador. Esta estaba no sólo ya casada, sino también
embarazada de muchos meses, pero eso no impidió que tuviera que divorciarse
velozmente y que se uniera con igual velocidad a Pompeyo. Sabemos de al menos

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otro hombre que abandonó a su esposa a instancias de Sila. César fue el único que
rehusó y persistió en su negativa pese a las amenazas y ofertas de favores, entre los
que se incluía un matrimonio con la familia del dictador. Tras los recientes
acontecimientos, esta actitud era una audacia, sobre todo para un joven que podía ser
eliminado fácilmente y tenía lazos con la oposición. Desconocemos por qué lo hizo.
Por lo visto, el matrimonio con Cornelia era feliz, pero también podía deberse a
terquedad innata u orgullo.

Las amenazas de Sila se intensificaron. La dote de Cornelia fue confiscada y


sumada a las arcas de la República como castigo. En un momento dado, también se le
arrebató a César el flaminado, lo que podría haber sucedido de todas formas teniendo
en cuenta que le había sido otorgado por Mario y Cinna, pero nuestras fuentes suelen
asociarlo con la disputa en torno a Cornelia. O bien es posible que alguien fuera tan
escrupuloso como para señalar que César, para empezar, no era técnicamente
elegible. Roma había sobrevivido sin Flamen Dialis desde el año 87 a. C., y era obvio
que no era urgente designar un sustituto, ya que, de hecho, el puesto permanecería
vacante hasta el año 12 a. C. Al parecer un honor tan restrictivo no despertaba
demasiado entusiasmo entre la aristocracia. Plutarco nos cuenta que César trató
asimismo de presentarse a las elecciones a un sacerdocio sin determinar, pero Sila se
opuso en secreto a su elección y, en consecuencia, fracasó en el intento. Es posible
que sea sólo una versión errónea de la historia del flaminado, aunque este cargo no se
confería por votación, o bien fuera una invención que pretendía resaltar la confianza
mostrada por el joven César frente al poderoso dictador.[18] Sea cual fuere el alcance
de su oposición pública a Sila, era un camino peligroso y pronto dio pie a que llegara
la orden de que le arrestaran, lo que solía ser un preludio de la ejecución. No hay
certeza de que el mismo Sila diera esas instrucciones y, en realidad, es posible que la
iniciativa procediera de alguno de sus subordinados. Si ese fue en efecto el caso, por
lo visto el dictador fue informado con prontitud sobre el encarcelamiento y al
principio no hizo nada para contener a sus hombres.[19]

César huyó de Roma y buscó refugio en el territorio de la Sabina, al noreste. Las


fuerzas del dictador ocupaban toda Italia. Al poco tiempo, ordenó la desmovilización
y el asentamiento de ciento veinte mil veteranos, lo que da un indicio de la magnitud
de su ejército. César no podía esperar desvanecerse sin más, mezclándose en una de
las pequeñas comunidades. Prácticamente tenía que trasladarse cada noche para evitar
a las patrullas y siempre existía el riesgo de traición porque es probable que las
recompensas otorgadas a aquellos que entregaban a fugitivos durante las
proscripciones siguieran estando vigentes. El joven aristócrata que, hacía sólo unos
años, había tenido que cumplir la estricta rutina del flaminado, ahora se veía obligado
a vivir en la precariedad. Puede que hubiera algunos esclavos con él, quizá incluso
algunos amigos, pero ese estilo de vida contrastaba abiertamente con sus anteriores

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años. Para empeorar las cosas, contrajo la malaria. En medio de un ataque tuvo que
desplazarse durante la noche desde un refugio a la siguiente vivienda franca, pero fue
interceptado y capturado por un grupo de soldados de Sila. Esos hombres, bajo el
mando de un tal Cornelio Fagites, que tal vez fuera centurión, estaban limpiando el
área de enemigos del dictador y, de acuerdo con Suetonio, llevaban varios días
siguiéndole la pista. César les ofreció dinero para que le dejaran marchar y finalmente
compró su libertad por doce mil denarios de plata: casi cien años de paga para un
soldado ordinario, aunque los centuriones recibían bastante más.[20]

Al final, le salvó su madre. Aurelia persuadió a las vírgenes vestales, además de a


alguno de sus parientes en especial a su primo Cayo Aurelio Cota, así como a
Mamerco Emilio Lépido para que rogaran al dictador misericordia por la vida de su
hijo. Tanto Cota como Lépido habían tomado partido por Sila en la guerra civil y
ambos obtendrían el consulado en los años por venir. El apoyo de hombres tan
influyentes, combinado con el hecho de que César no era realmente importante, le
granjeó el indulto. No sólo se le perdonó la vida, sino que se le permitió comenzar su
carrera pública, lo que constituía una importante concesión, ya que estaba prohibido
que los hijos y nietos de los proscritos ocuparan ningún cargo o entraran en el
Senado. Según la leyenda, cuando Sila finalmente cedió, declaró: «Salíos con la
vuestra, quedaos con él, pero sabed que este hombre, que con tanto afán deseáis
incólume, llegará un día en que acabará con la nobleza por la que habéis luchado
conmigo; pues en César hay muchos Marios». Puede que esta frase no sea más que
un mito posterior, pero desde luego no es imposible que el dictador reconociera la
inmensa ambición —y tal vez también el talento— del petulante joven que le hizo
frente.[21]

Sila abandonó la dictadura a finales del año 80 o principios del año 79 a. C. Había
ampliado el Senado, añadiendo trescientos nuevos miembros de la orden ecuestre, y
había contribuido de manera importante a restaurar su papel de guía en la República.
El tribunado, que Sulpicio había empleado para entregar el mandato oriental a Mario,
estaba paralizado, ya no podía proponer legislación a la asamblea. Lo que es aún más
importante, a los tribunos se les prohibía ocupar ninguna otra magistratura,
garantizando de manera efectiva que sólo los no ambiciosos buscaran obtenerla. La
legislación confirmó los tradicionales límites de edad para acceder a los cargos y
prohibió expresamente mandatos consecutivos en el mismo puesto, y se regularon
asimismo las actividades de los gobernadores en sus provincias. Sila, que siempre
había reivindicado ser un sirviente legalmente nombrado de la República, había

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utilizado su poder supremo para restablecer una visión muy conservadora de la
misma. Es más, había llenado el Senado con sus hombres. Si el sistema tenía que
funcionar, lo haría dependiendo de que esos hombres cumplieran su parte y actuaran
dentro de los límites tradicionales que las leyes de Sila habían tratado de restablecer.
El sistema no requería un dictador que lo supervisara y por eso él se retiró. Durante
un tiempo, caminó a través de las calles de Roma como cualquier otro senador,
acompañado de sus amigos, pero sin llevar la protección de una escolta. El hecho de
que nadie le molestara en absoluto era un signo del respeto y el miedo que
despertaba. Sin embargo, una historia cuenta que había un joven que le seguía y que
le insultaba a gritos sin cesar, hasta que Sila declaró que este joven loco impediría
que ningún otro dictador renunciara al poder. Es muy posible que se trate de otra
invención. Mucho más tarde, César diría que «Sila, al renunciar a la dictadura,
demostró que no sabía ni las primeras letras del abecedario».[22]

Poco después, Sila se retiró a una finca en el campo. Acaba de casarse por
segunda vez tras el fallecimiento de su esposa a causa de las complicaciones de un
parto de gemelos. Era miembro del sacerdocio de los augures y había seguido
escrupulosamente las normas de la orden divorciándose de su esposa agonizante
porque su casa no podía verse contaminada por una muerte en caso de festividad. Se
negó incluso a verla durante ese periodo aunque, en otra muestra tanto de severa
adherencia al deber como de afecto personal, le dio un fastuoso funeral. Más tarde
conoció a una joven divorciada en los juegos. Lo que comenzó como un flirteo
iniciado por ella se convirtió enseguida en una relación puramente aristocrática
cuando Sila, intrigado, hizo discretas averiguaciones sobre su familia y, a
continuación, arregló el matrimonio. Después de su retirada hubo muchos rumores
acerca de las desenfrenadas fiestas celebradas en la época en la que vivió en el campo
con su esposa y muchos de sus amigos actores de teatro, que había conservado desde
su juventud. Falleció de manera repentina a principios del año 78 a. C.[23]

Roma había tenido su primera experiencia de guerra civil y de dictadura. El joven


César —y es importante recordar que todo esto ocurrió cuando era un adolescente—
había visto las rivalidades personales de los principales senadores crecer hasta
transformarse en salvajes derramamientos de sangre. Cónsules y otros hombres
distinguidos habían sido ejecutados o forzados a cometer suicidio, lo que demostraba
que incluso las carreras de los hombres más relevantes de la República podían
terminar violenta y súbitamente. El mismo César había escapado por poco a la
muerte. También se había enfrentado al abrumador poder del dictador, negándose a
ceder ante él, y había sobrevivido a la experiencia. Los hijos de los senadores eran
educados para tener una opinión muy elevada de sí mismos y César no era ninguna
excepción a ese respecto. La experiencia de los últimos años sólo pudo haber
reforzado la sensación de su propio valor. Se había resistido a la tiranía cuando todos

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los demás se dejaban intimidar y mostraban su sumisión. ¿Acaso las normas que
regían sobre los otros no le obligaban a él?

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IV
El joven César
Quiero que al orador le suceda lo siguiente: que cuando se corra la voz
de que va a hablar, se coja sitio en los bancos, el tribunal se llene, los
escribanos se muestren complacientes en indicar un sitio o en ceder el
propio, los círculos del público multipliquen sus filas, los jueces estén
erguidos y atentos; que, cuando se levante el que deba hablar, el público
haga señales para que se guarde silencio; luego, que dé repetidas
muestras de asentimiento y muchas pruebas de admiración; que haya
risas, cuando él quiera y, cuando lo quiera, llantos, de modo que quien
vea todo esto de lejos, aun sin saber de qué se trata, comprenda, no
obstante, que quien está hablando es del agrado general y que sobre la
escena es un Roscio [un actor famoso de la época].

Cicerón, 46 a. C.[1]

Conservamos varios retratos de César: bustos o monedas, algunas creadas durante


su vida o copiadas de originales, pero todas ellas le retratan con mediana edad. Nos
muestran a un gran general o al dictador, sus rasgos duros y enérgicos, su rostro
surcado ya de arrugas —al menos en los retratos más realistas—, su cabello poco
abundante. Estas imágenes irradian poder, experiencia y una extraordinaria confianza
en sí mismo y, al menos, sugieren la fuerza de su personalidad, aunque ningún
retrato, ya sean esculturas, pinturas o incluso fotografías, puede verdaderamente
captar algo así. Con frecuencia, los antiguos retratos resultan muy formales y
desprovistos de vida para la mirada moderna y es fácil olvidar que muchos de ellos en
origen eran policromados, porque tenemos una visión muy arraigada del mundo
clásico como un lugar de piedra y mármol. A pesar del realce de la pintura —y los
grandes pintores de estatuas eran tan reverenciados como los grandes escultores—,
un busto revelaba sólo algunos aspectos del carácter. En el caso de César, ciertamente
sugieren una inteligencia aguda, pero no hay indicios de la vitalidad, ingenio y
encanto sobre los que tan a menudo hablan sus contemporáneos. También es difícil
imaginar sus rasgos suavizados por la juventud al observar los retratos de César
maduro, aunque las fuentes literarias proporcionan algunas indicaciones sobre su
apariencia. Según Suetonio, de César se decía «que era alto, de tez clara, con
miembros esbeltos, una cara algo redonda y ojos muy oscuros, penetrantes». Plutarco
lo confirma cuando señala que César era de complexión ligera y tez pálida, lo que
hacía que sus proezas de resistencia física en las últimas campañas resultaran aún más

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admirables. Hay mucho de subjetivo en estas descripciones y es difícil saber, por
ejemplo, cuánto medía realmente. El comentario de Suetonio puede no significar
nada más que César no daba la impresión de ser especialmente bajo pese a ser
bastante delgado. En realidad desconocemos por completo qué estatura consideraban
elevada los romanos del siglo I a. C. y tampoco cuál consideraban que era una
estatura media. En muchos aspectos no había nada particularmente diferente en la
apariencia física de César, porque sin duda había muchos otros aristócratas que tenían
ojos oscuros, cabello castaño oscuro o negro (suponemos que ese era su color, pero
no hay comentarios explícitos sobre ello) y tez clara. Era su actitud lo que hacía que
aquel joven sobresaliera. Ya hemos mencionado la extraordinaria audacia con la que
se enfrentó a Sila cuando todos los demás parecían aterrorizados y sumisos. A César
le gustaba destacar entre los demás y se vestía de un modo muy característico. En vez
de la túnica normal de manga corta, que era blanca con una raya púrpura —la
documentación no nos permite asegurar si era una línea que atravesaba el centro en
vertical o una línea horizontal a lo largo del borde—, él vestía su propia y nada
convencional versión con mangas largas, que le llegaban hasta las muñecas y
terminaban en un fleco. Aunque no era normal llevar cinturón o faja con la túnica,
César lo hacía, pero se obstinaba en llevarla muy floja. Se dice que Sila había
advertido a otros senadores que no perdieran de vista a ese «muchacho del cinturón
aflojado». Es posible que con su estilo pretendiera recordar su antiguo nombramiento
para el flaminado, ya que al flamen no se le permitía llevar nudos en su ropa, pero
también es posible que se tratara de mera extravagancia. Fuera cual fuera su
propósito, el resultado era el mismo: César se vestía de modo que se reconociera que
era un miembro de una familia senatorial, pero, al mismo tiempo, se distinguía del
resto de sus pares.[2]

La apariencia y el cuidado personal eran muy importantes para los romanos y, en


especial, para la aristocracia. No era casualidad que la casa de baños, un complejo
consagrado al confort y limpieza de los ciudadanos, utilizara la ingeniería más
sofisticada nunca concebida por los romanos. La misma naturaleza de la vida política,
en la que los senadores frecuentemente hacían o recibían visitas de potenciales
aliados y clientes, y en la que debían atravesar las calles para asistir a reuniones
públicas, garantizaba que la vestimenta y el porte estuvieran siempre bajo escrutinio.
César era casi un dandi: su aspecto siempre era impecable aunque su ropa fuese algo
excéntrica. Lo mismo era aplicable a muchos otros jóvenes aristócratas en una Roma
cuya riqueza aseguraba la rápida disponibilidad de telas caras y exóticas. Los hijos
jóvenes de familias senatoriales poseían bastante dinero para gastarlo en ese tipo de
cosas, así como un alto número de esclavos para atender sus mínimas necesidades.
Los que no tenían fondos suficientes para pagar ese lujoso estilo de vida a menudo
estaban dispuestos a endeudarse para estar a la altura de los más acaudalados. Sin
embargo, incluso entre el «grupo más moderno» de Roma, las manías de César

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respecto a su apariencia eran consideradas excesivas. Un afeitado apurado y el pelo
corto, bien recortado, eran completamente adecuados, pero se rumoreaba que César
se hacía depilar todo el vello del cuerpo. En muchos sentidos, era tal vez la naturaleza
contradictoria de su carácter lo que desconcertaba a los observadores. La mayoría de
los modernos jóvenes aristócratas de Roma gastaban tales fortunas en vivir
alocadamente como en su propia apariencia. Por el contrario, César comía
frugalmente, rara vez bebía y nunca lo hacía en exceso, aunque siempre agasajaba y
cuidaba bien de sus invitados. Es decir, presentaba una extraña mezcla de frugalidad
tradicional y exceso moderno.[3]

La familia de César no era especialmente rica según los estándares de la


aristocracia y la pérdida de la dote de Cornelia sin duda debió de suponer un fuerte
revés. Por lo general, se podía averiguar la prominencia y fortuna de un senador a
partir de la localización de su casa y los hombres más importantes de la República
vivían en las laderas de la colina Palatina, junto a la Vía Sacra, el camino que
tomaban las procesiones y que atravesaba el corazón de la ciudad. Mario había
marcado su éxito sobre los bárbaros comprando una vivienda en esa área, cerca del
Foro. Algunas de aquellas grandiosas viviendas eran muy antiguas, pero, por lo visto,
era poco habitual que la misma familia permaneciera en una casa durante muchas
generaciones. Esto se debía en parte a que la aristocracia romana no tenía concepto de
primogenitura, sino que tendía a dividir la propiedad entre sus hijos, incluyendo en el
reparto a menudo a sus asociados políticos a los que se considerara importante honrar
con un legado. Para facilitar ese proceso, las casas y demás propiedades se
compraban y vendían con mucha frecuencia. La vivienda que el orador Cicerón
poseía en la cumbre de su carrera originalmente había sido propiedad de Marco Livio
Druso hasta su asesinato en el año 91 a. C. Cicerón se la había comprado a otro
senador, Marco Licinio Craso, un destacado partidario de Sila de quien sabemos que
había adquirido numerosos inmuebles durante las proscripciones. La misma casa
tuvo, al menos, otros dos propietarios, entre los que no existía ninguna relación, en
las décadas posteriores a la muerte de Cicerón en el año 43 a. C. Era un magnífico
edificio en una posición que indicaba la gran importancia de su ocupante. Por el
contrario, el joven César poseía un lugar de menor tamaño en un distrito poco
elegante conocido como la Subura. Situada en un valle entre las colinas Esquilino y
Viminal, a cierta distancia del Foro principal, la Subura estaba dominada por grandes
barriadas de viviendas insalubres, en la que muchos de los ocupantes más pobres
vivían en bloques de pisos de mala construcción en calles estrechas y callejones. Era
un área muy bulliciosa, abarrotada de gente y famosa por ser sede de diversas
actividades de dudosa reputación, en particular, la prostitución. Es probable que los
ocupantes fueran fundamentalmente ciudadanos, entre ellos muchos antiguos
esclavos, pero se cree que también vivían allí numerosas comunidades de extranjeros.

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Se tiene conocimiento de la existencia de una sinagoga en la zona en una fecha
posterior y no es imposible que ya existiera una en la época de César.[4]

Gran parte de los asuntos de un senador se llevaba a cabo en casa y eso se


reflejaba en el diseño de las viviendas. Una parte esencial era el atrio para recibir a
los visitantes, incluidos los clientes (de los que se esperaba formalmente que
saludaran a su patrón todas las mañanas), y para exhibir los bustos de los antepasados
y los símbolos de los honores y logros que estos o el residente actual habían ganado.
Igualmente importantes eran las habitaciones para conversaciones más privadas y las
destinadas a acoger las cenas con amigos. El plano habitual con un patio central
cerrado garantizaba cierta intimidad, pero los hombres ambiciosos se resistían a dejar
el mundo fuera. Se dice que el arquitecto de Livio Druso se ofreció a construir su
casa de modo que nadie pudiera verles desde el exterior, provocando la respuesta de
que si era posible prefería que la construyera de modo que todos pudieran ver
claramente lo que hacía.[5] Pese a su fortuna, estatus e influencia, los hombres
consagrados a la vida pública no podían permitirse vivir en un lugar retirado de la
vida y los negocios del resto de la ciudad. Por tanto, aunque sin duda vivía en la zona
más exterior de la Subura y desde luego es muy poco probable que tuviera una casa
en la parte más pobre de la zona, César no puede haber estado totalmente separado de
lo que estaba sucediendo a su alrededor. Tal vez ese contacto diario con los más
desfavorecidos le enseñara parte de las habilidades que, más tarde, mostraría al tratar
a las masas y al hablar ante los soldados rasos de las legiones.

Es posible que vivir en la Subura resultara ventajoso, al permitir que aquel


petimetre aristócrata comprendiera mejor a la población, pero lo más seguro es que la
razón de habitar en esa zona fueran sólo sus modestos recursos. El joven Sila había
estado en una situación aún más precaria: tuvo que alquilar un piso en un bloque de
apartamentos porque no podía ni siquiera permitirse una casa y pagaba por su
alojamiento apenas algo más que el liberto que vivía encima de él. La vivienda de
César revelaba al mismo tiempo su falta de recursos y su poca importancia en la
República. Hasta cierto punto su deseo de destacar entraba en conflicto con esa
realidad, así como su tendencia a gastar por encima de sus posibilidades. Por regla
general, lo hacía para que su carrera progresara, pero, de vez en cuando, parecía poco
más que un capricho. Suetonio nos explica que decidió construirse una villa de
campo en uno de sus terrenos. No obstante, cuando ya se habían colocado los
cimientos y las obras estaban en marcha, se percató de que el diseño no le convencía.
De inmediato, ordenó que se demoliera la estructura y que se construyera la nueva
desde el principio. La fecha de este incidente es incierta, puede haber tenido lugar en
una fase avanzada de su carrera, pero ayuda a ilustrar el punto de que, al menos en
algunos asuntos, César exigía perfección. Durante gran parte de su vida fue un

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entusiasta coleccionista de arte, gemas y perlas, lo que era un pasatiempo bastante
caro en sus circunstancias.[6]

UNA CORONA Y UN REY

Poco después de escapar de los hombres de Sila, César se había marchado al


extranjero y no retornó a Roma hasta que el dictador hubo fallecido. Durante esos
años comenzó el servicio militar, que era el preliminar legal a la carrera pública.
Primero sirvió con el gobernador de Asia, el propretor Marco Minucio Termo. El
padre de César había gobernado la misma provincia aproximadamente una década
antes, por lo que el nombre de la familia ya era conocido por sus habitantes y el hijo
heredó varias conexiones importantes con algunas personalidades de la región. Termo
era un destacado seguidor de Sila y César se convirtió en uno de sus contubernales
(«compañeros de tienda»), jóvenes que compartían el rancho con el comandante y
realizaban todos los encargos que se les asignaba. Idealmente, el gobernador disponía
así de una reserva de útiles subordinados para ocuparse de funciones menores, al
tiempo que les instruía acerca del servicio militar y el mando. Los contubernales
aprendían a través de la observación, igual que los niños aprendían cómo funcionaba
la República acompañando a los senadores importantes en sus deberes diarios en
Roma. Como muchos otros aspectos de los primeros años de un aristócrata, los
detalles de dónde y con quién servía no eran controlados directamente por el Estado,
sino que estaban en manos de las distintas familias. La conexión entre César y Termo
es poco conocida y podría haber surgido de forma indirecta, a través de otra persona
con la que ambas partes tuvieran vínculos de amistad política.[7]

En circunstancias normales, Asia era una provincia pacífica y próspera, lo que la


convertía en el tipo de sitio donde un gobernador romano y sus subordinados podían
esperar obtener generosas ganancias durante su servicio. Sin embargo, sólo hacía
siete años que Mitrídates del Ponto había invadido toda la zona y ordenado a las
comunidades que masacraran a todos los romanos que vivían entre ellos. Sila había
vencido a Mitrídates y, por el momento, el rey estaba nuevamente en paz con Roma,
pero todavía había que derrotar a algunos de sus recientes aliados. Una de las
principales misiones de Termo fue derrotar la ciudad de Mitilene, que fue sitiada y
acabó siendo tomada al asalto. A lo largo de la lucha, el César de diecinueve años
ganó el mayor reconocimiento al valor que otorgaba Roma: la corona civica.
Tradicionalmente, este honor se entregaba sólo a aquellos que habían arriesgado su
propia vida para salvar la de otro ciudadano. Se suponía que el hombre rescatado
debía trenzar una sencilla corona con hojas de roble —un árbol sagrado para Júpiter
— y regalársela a su salvador como un reconocimiento público de su deuda. No
obstante, en los tiempos de César el encargado de entregarla solía ser el magistrado

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que estaba al frente del ejército. La corona se llevaba en desfiles militares, pero los
que la ganaban también estaban autorizados a llevarla durante la celebración de
festividades de Roma. Ninguna de nuestras fuentes contiene detalles sobre la proeza
por la que se le otorgó la corona a César, pero la corona civica nunca fue concedida a
la ligera e infundía un inmenso respeto. Durante la crisis de la segunda guerra púnica,
cuando el Senado romano había registrado muchas bajas y necesitaba reponer sus
filas, aquellos que habían ganado la corona civica eran uno de los principales grupos
entre los que se elegía a nuevos miembros. Es posible que Sila hubiera decretado una
medida similar, de modo que los aristócratas que habían ganado la corona entraban de
inmediato en el Senado, pero aunque eso no fuera cierto, no había duda de que la
condecoración impresionaba al electorado e impulsaba la carrera del héroe.[8]

No todo el periodo de servicio en el extranjero de César fue tan encomiable.


Antes de asaltar Mitilene, el propretor le había enviado a la corte del rey Nicomedes
de Bitinia (en la coste norte de la moderna Turquía) para organizar el despacho de un
escuadrón de barcos de guerra para apoyar la campaña. Bitinia era un reino cliente,
aliado de Roma y obligado a hacer ese tipo de contribuciones. Nicomedes era un
anciano y sin duda había conocido al padre de César, lo que con seguridad garantizó
que la bienvenida al hijo fuera especialmente afectuosa. Por lo visto, el muchacho se
deleitó enormemente con el lujo que encontró y se le acusó de haberse demorado
mucho más de lo que era necesario para realizar su tarea. César era joven, había
llevado una vida bastante protegida debido a los deberes del flaminado, y esa era su
primera experiencia con el gran mundo y la realeza. También se estaba moviendo
entre personas inmersas en la cultura helénica, que tanto admiraban los aristócratas
romanos. Todo esto podría explicar por qué se detuvo tanto tiempo en la corte del rey,
pero enseguida se propagó el rumor de que la auténtica razón era que Nicomedes
había seducido al joven César. Empezaron a circular historias que retrataban a César
como un amante muy servicial y sostenían que había sido el escanciador del rey en
una bacanal a la que asistieron varios comerciantes romanos. Otro relato contaba que
había sido guiado por los ayudantes del monarca hasta el dormitorio real, que una vez
allí le habían vestido con unos ropajes púrpuras y le habían dejado reclinado en un
diván dorado esperando a Nicomedes. Los rumores se extendieron con rapidez y se
multiplicaron cuando César regresó a Bitinia poco después de haberla abandonado,
alegando que necesitaba supervisar los negocios de uno de sus libertos.[9]

Ese escándalo perseguiría a César a lo largo de toda su vida. La aristocracia


romana admiraba casi todo lo que implicaba la cultura griega, pero nunca aceptó
abiertamente la celebración de la homosexualidad propugnada por la nobleza en
algunas ciudades griegas. Aquellos senadores que tenían amantes varones solían
hacerlo con discreción, a pesar de lo cual con frecuencia sus opositores políticos les
ridiculizaban públicamente. Al parecer, el rechazo de la homosexualidad estaba

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bastante extendido por la mayoría de clases sociales de Roma, y se consideraba que
debilitaba a los hombres. En el ejército, la homosexualidad dentro del campamento
era un delito capital desde, al menos, el siglo II a. C. Durante la campaña contra los
cimbros, Mario concedió la corona civica a un soldado que había asesinado a un
oficial cuando este había tratado de forzarle a aceptar sus atenciones. La conducta del
legionario fue presentada como ejemplo de virtud y coraje, mientras que la muerte
del oficial fue considerada un castigo apropiado por su exceso de pasión y abuso de
autoridad. Y eso pese al hecho de que el fallecido era pariente del cónsul. Los
senadores no estaban sometidos a reglas tan rígidas como los soldados, pero como
mínimo eran objeto de críticas y burlas si mostraban afición a tener amantes varones.
Durante su periodo como censor, Catón el Viejo expulsó a un senador por haber
ordenado la ejecución de un prisionero en un banquete simplemente para agradar al
muchacho del que estaba prendado en aquel momento. Su falta fue el abuso del
imperium, pero la opinión general es que sus motivos agravaban el delito. Había un
desprecio especial hacia los chicos o jóvenes objeto de esa pasión y los compañeros
pasivos en el acto sexual. Ese papel implicaba un extremo afeminamiento y, en todo
caso, se consideraba peor que el comportamiento del amante de más edad y más
activo. El hecho de que se dijera sobre César que se había mostrado sumiso en ese
sentido hacía los rumores más dañinos si cabe, porque significaba que el joven
aristócrata había actuado de una manera que se estimaba inadecuada incluso en un
esclavo. El entusiasmo con el que decían las habladurías que había asumido ese papel
acrecentaba el crimen.[10]

En último caso, era un cotilleo bien construido, que explotaba tradicionales


estereotipos romanos. Los romanos sospechaban de los orientales, tenían a los
griegos de la época por corruptos y decadentes, en nada parecidos a los admirados
griegos de la Antigüedad clásica. Sentían una aversión especial hacia los reyes, y las
cortes reales se consideraban lugares de intriga política y depravación sexual. Es
decir, que el relato del lascivo anciano gobernante desflorando al joven e ingenuo
aristócrata en su primer viaje al extranjero tenía mucho gancho. También ayudaba
que la historia fuera sobre César, un joven cuya extravagante vestimenta y enorme
autoestima sin duda inspiraban una antipatía cordial, ya que ni él ni su familia podían
jactarse de suficientes hazañas para justificar tal vanidad. Era muy agradable para los
demás pensar que este jovenzuelo tan seguro de sí mismo se había comportado con
tanta sumisión para gratificar a un decrépito amante. En un momento posterior de la
carrera de César, a medida que iba acumulando más y más enemigos políticos, el
asunto con Nicomedes les sirvió de arma arrojadiza para atacarlo. A lo largo de la
vida de César, la historia fue repetida una y otra vez, por lo que en ocasiones le
apodaron «la reina de Bitinia». Otro de sus oponentes dio en llamarle «el marido de
toda mujer y la esposa de todo hombre». Es difícil saber si hombres como Cicerón,
que se hacía eco con regocijo de las acusaciones, creían en realidad en lo que decían.

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Lo creyeran o no, deseaban que esas alegaciones fueran ciertas y saboreaban la
oportunidad de soltárselas a una persona que le caía mal a muchos y que algunos
llegaron a odiar. A menudo, la invectiva política en Roma era tremendamente
difamatoria y la verdad rara vez frenaba una historia jugosa de deseo desenfrenado o
perversión. Sin embargo, no eran sólo sus adversarios quienes se burlaban de César
por este episodio, ya que, años después, sus propios soldados se regodearon en repetir
la broma. Curiosamente, no parece que eso disminuyera en absoluto el respeto que
sentían por su comandante, y su mofa fue afectuosa, aunque típicamente grosera.[11]

La historia de que César había sido amante de Nicomedes persistió, pero hoy en
día es imposible discernir con certeza si era cierta o falsa. El propio César la negó con
fervor, hasta el punto de que en una ocasión llegó a ofrecerse a jurar ante testigos que
no había ni una pizca de verdad en la acusación, aunque su esfuerzo sólo sirvió para
aumentar el ridículo. En edad más avanzada se mostraba muy susceptible respecto a
este tema y era de las pocas cosas que podían hacerle perder los estribos en público.
Al mismo tiempo, su rápido regreso a la corte había alimentado los rumores. ¿Era su
regreso un signo de su encaprichamiento, un signo de ingenuidad y de que esa acción
podía interpretarse por lo que era, o era una decisión consciente de hacer caso omiso
del cotilleo porque no había ni sombra de verdad en los rumores sobre él? Es muy
posible que este sea el caso, si consideramos la necesidad de César de no verse
limitado por las normas que constreñían a los demás. Al final, es imposible saberlo.
Tal vez aquel chico de diecinueve años sí sintió y sucumbió a la atracción por un
hombre mayor («experimentar con su sexualidad» sería tal vez el eufemismo de
moda hoy en día). Si ese fue el caso, entonces fue la única ocasión en la que sucedió
algo así, ya que es absolutamente seguro que la homosexualidad no tuvo ningún
papel en el resto de su vida. Dada la naturaleza del debate político en Roma, es
asombroso que el asunto de Bitinia fuera casi el único insulto de ese tipo que le
lanzaran en toda su vida pública. Otros rumores similares, incluyendo una obra
difamatoria del poeta Catulo, no convencieron a la opinión pública en general,
aunque es evidente que a César le fastidiaban. Sus proezas sexuales eran una rica
fuente de habladurías y escándalo y le valieron una reputación muy dudosa, pero sus
frecuentes aventuras eran siempre con mujeres. La falta de moderación que exhibía
en las relaciones con sus amantes femeninas hace muy poco probable que se acostara
también con hombres o muchachos porque ninguno de sus contemporáneos lo
comenta. El apetito de Julio César por las mujeres era casi insaciable y sus conquistas
—que a menudo procedían de las más distinguidas familias— fueron muy
numerosas. Sin duda, esta evidencia acentuaba el placer que sentían los demás al
reiterar la acusación de que ese gran mujeriego había desempeñado él mismo una vez
el papel de mujer para Nicomedes. De nuevo, la veracidad de la historia importaba
mucho menos que el hecho de que tocaba una fibra sensible de César y le

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avergonzaba. Con todo, es más que probable que no hubiera nada de verdad en la
historia, aunque, por supuesto, no podemos tener absoluta certidumbre al respecto.[12]

César había desposado a Cornelia cuando tenía, como máximo, dieciséis años,
pero lo más seguro es que esa unión no fuera su primera experiencia sexual, aunque
sí la de la recién casada. Era habitual que la joven prometida viviera en la casa de su
futuro marido hasta que tuvieran edad suficiente para contraer matrimonio, por lo que
Cosucia (a quien César abandonó para casarse con Cornelia) pudo muy bien haber
figurado entre los miembros del hogar de los César durante un año o dos. No
obstante, habría sido insólito que la pareja hubiera adelantado su matrimonio, y es
probable que Cosucia fuera algunos años menor que César. Por otra parte, no
debemos olvidar que los romanos aceptaban la esclavitud como un aspecto normal de
la vida y que en cualquier casa aristocrática habría grandes grupos de esclavos que
eran literalmente propiedad de sus dueños. A menudo, los esclavos domésticos eran
elegidos por su apariencia física, ya que sus funciones les obligaban a ser muy
visibles para sus dueños y los amigos de estos. Los esclavos domésticos apuestos
invariablemente alcanzaban precios elevados en las subastas. Si una chica o una
mujer esclavas —o un chico, desde luego— atraía la atención de su dueño no tenían
ningún derecho legal para negarse a sus peticiones porque, al fin y al cabo, eran
propiedades y no seres humanos. Se consideraba totalmente normal que los
aristócratas satisficieran sus deseos con los esclavos y el tema rara vez merecía un
comentario especial. El dechado de virtudes anticuadas, Catón el Viejo, se había
acostado de manera regular con una joven esclava tras la muerte de su esposa.
Durante la guerra civil Marco Licinio Craso había huido a Hispania, donde le acogió
uno de los clientes de su padre. Vivió en una cueva para evitar ser detectado por los
agentes de Mario y su anfitrión le enviaba comida y bebida con regularidad, pero
pronto decidió que esa hospitalidad era insuficiente para la juventud de su «invitado»,
que estaba al final de la veintena: le envió dos bonitas y jóvenes esclavas para que
vivieran en la cueva con Craso y satisficieran las necesidades naturales de un joven
viril. Un historiador que escribió en un momento muy posterior del siglo afirmó que
incluso en su madurez guardaba afectuosos recuerdos de aquellos días. Los esclavos
no tenían elección en esa situación, porque el dueño podía emplear la fuerza si lo
deseaba y castigarlos o venderlos por un antojo. Sin embargo, sin duda, algunas
esclavas se alegraban de recibir la atención de su señor o de los hijos de su señor con
la esperanza de beneficiarse de una posición más privilegiada. Una esperanza
peligrosa, en cualquier caso, porque despertaban la envidia de otras esclavas, así
como, tal vez, la de la esposa del propietario si estaban casados. Era tan común que
los propietarios mantuvieran relaciones sexuales con las esclavas que es muy
probable que las primeras experiencias de César tuvieran lugar con las esclavas de la
familia. Es posible que, como muchos otros jóvenes, hubiera visitado los más caros
burdeles, de los que Roma estaba tan bien abastecida, porque, una vez más, esta

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práctica era considerada en buena medida normal y aceptable. Es tentador percibir
una nota de incredulidad en la declaración de César en sus Comentarios a la Guerra
de las Galias de que las tribus germanas pensaban que «el conocer mujer antes de los
veinte años [era] sumamente vergonzoso».[13]

EL ESTUDIANTE Y LOS PIRATAS

En algún momento tras la caída de Mitilene, César se trasladó al servicio del


gobernador de Cilicia, Publio Servilio Vatia Isáurico, que operaba fundamentalmente
contra las piratas que infestaban la zona. Sin embargo, en el año 78 a. C. las noticias
del fallecimiento de Sila alcanzaron las provincias del este e impulsaron a César a
retornar a Roma. La ciudad se enfrentaba de nuevo a la amenaza de la guerra civil
debido a que el cónsul Marco Emilio Lépido había entrado en oposición con la mayor
parte del Senado. Lépido enseguida había empezado a formar un ejército para hacerse
con el poder por la fuerza, como habían hecho Sila, Cinna y Mario. Se dice que César
había contemplado unirse a los rebeldes e incluso que Lépido le había ofrecido
grandes incentivos. No obstante, pronto decidió no unirse al cónsul porque no
confiaba ni en su habilidad ni en su ambición. Es posible que esta sea una más de las
diversas historias inventadas a lo largo de los años basadas en la suposición de que
César siempre aspiraba a la revolución, pero en sí misma no deja de parecer
razonable. César había sufrido en manos de Sila y, pese a que había escapado a la
ejecución y al final había recibido el indulto, tenía pocos motivos para sentir
demasiado cariño por un Senado repleto de partidarios del dictador. También
deberíamos recordar que había crecido en unos años en los que Roma había sido
asaltada tres veces por las legiones que brindaban su apoyo a algunos ambiciosos
senadores. Era posible que sucediera de nuevo y entonces le convendría más estar
asociado a los vencedores que a los vencidos, por lo que puede haber sido una simple
cuestión de oportunismo, que decidió considerando si le resultaba favorable unirse a
Lépido.[14]

Al final, César eligió un camino político más convencional y apareció por primera
vez como abogado en los tribunales romanos. Los siete tribunales establecidos por
Sila en su codificación de antiguas prácticas eran presididos por un pretor y contaban
con un jurado formado por miembros del Senado. Los juicios eran asuntos muy
públicos, celebrados en plataformas elevadas en el Foro o, en ocasiones, en una de las
grandes basílicas y, en cualquier caso, abiertos al público. El derecho romano no
incluía el concepto de acusación por parte del Estado y los cargos siempre debían ser
presentados por un particular, aunque podía actuar en representación de otros o
incluso de toda la comunidad. Durante el periodo de mandato, los magistrados no
podían ser procesados, pero eran conscientes de su vulnerabilidad a los ataques en los

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tribunales cuando renunciaran a su imperium. En teoría, el miedo a ser inculpados
más adelante evitaría que abusaran del poder de su cargo. No había abogados
profesionales como tal porque, aunque sí existía una clase de fiscales (accusatores),
no procedían de la aristocracia y no eran tenidos en demasiada estima, así que lo que
las partes solían hacer era contratar la representación de uno o más abogados que
normalmente estaban haciendo carrera en la vida pública. Su estatus y auctoritas
suponían un importante respaldo al caso que presentaban. Comparecer ante los
tribunales como representante legal era un buen modo de consolidar amistades
políticas o de hacer que otras personas contrajeran una obligación, y asimismo darse
a conocer a los votantes potenciales.

En el año 77 a. C. César acusó a Cneo Cornelio Dolabela de extorsión durante su


mandato como procónsul de Macedonia. Dolabela se había marchado a su provincia
después de su consulado en el año 81 a. C. y había obtenido un triunfo por sus
hazañas militares. Era partidario de Sila, como indicaba su éxito electoral bajo el
mando del dictador, pero sería un error creer que el juicio había sido motivado por
esa relación. César no trataba de atacar el régimen de Sila, sino que sencillamente
había elegido a un hombre prominente al que procesar. El procesamiento de un
excónsul, y de alguien que había triunfado, atraería más interés público que el de
alguien más humilde y ofrecía al joven acusador la oportunidad de ser el centro de
atención, aunque fuera brevemente. Lo más probable es que el pleito fuera inspirado
por las quejas de alguna de las comunidades de las provincias de Macedonia que
habían sufrido bajo el gobierno de Dolabela. Puesto que los que no eran ciudadanos
no podían interponer una demanda contra él por sí mismos, tenían que ir a Roma y
persuadir a un romano de que aceptara llevar el caso por ellos. Desconocemos por
qué eligieron a César, pero puede que se deba a algún vínculo de amistad con los
líderes de la comunidad, quizá heredado de su padre o de un antepasado más antiguo.
Es más que probable que Dolabela hubiera abusado de su poder para enriquecerse, ya
que esa conducta estaba a la orden del día entre los magistrados romanos de la época.
Gastaban sumas exorbitantes para ganar las elecciones en Roma y, con frecuencia,
volvían a su provincia desesperados por saldar sus inmensas deudas. Los
gobernadores no eran remunerados, aunque sí recibían modestas cantidades para
gastos, pero representaban el poder supremo en su provincia y podían conceder o
retirar favores a los habitantes del lugar o a los hombres de negocios. La tentación de
aceptar sobornos era grande, como el deseo de confiscar como botín de saqueo
cualquier cosa que se les antojara. El poeta Catulo sugeriría años más tarde que la
primera pregunta que un amigo le hacía a otro a su regreso de un puesto como
empleado de un gobernador provincial era: «¿Cuánto dinero has sacado?». La
dificultad de los habitantes de las provincias para hacer uso de la ley contra sus
gobernantes, ya que tenían que viajar a Roma y buscarse un abogado, exacerbaba
terriblemente la corrupción. En el año 70 a. C. el orador Cicerón interpuso una acción

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judicial contra un gobernador de Sicilia muy conocido que se supone que había
declarado que un hombre debía permanecer tres años en un cargo: el primer año para
robar suficiente dinero para enriquecerse, el segundo para reunir dinero para contratar
la mejor defensa legal y el tercero para acumular los sobornos para el juez y el jurado
con el fin de asegurarse de escapar a la justicia.[15]

Parte de las circunstancias desfavorables en las que vivían los habitantes de las
provincias se hicieron evidentes en el juicio de Dolabela. El abogado de la acusación
era César, de veintitrés años de edad, un joven con pocos logros a sus espaldas y
procedente de una familia con escasos contactos. El procónsul fue defendido por el
principal orador de Roma, Quinto Hortensio, y el distinguido Cayo Aurelio Cota.
Cota era primo de la madre de César, pero no era extraño que los parientes
representaran a partes opuestas ante los tribunales. Se consideraba totalmente
correcto, lo que les permitía honrar o crear nuevas obligaciones con otros senadores,
y no significaba que existiera ningún tipo de resentimiento entre los abogados. Cayo
había sido uno de los que convenció a Sila de que indultara a César, y obtendría el
consulado en el año 75 a. C. Posteriormente, Cicerón recordaba ver a Hortensio y a
Cota en acción en ese juicio, así como en otros:

Entonces sobresalían dos oradores que provocaban en mí el deseo de imitarlos,


Cota y Hortensio: el primero hablaba con tono calmoso y tranquilo, expresando
sus pensamientos en términos exactos con soltura y facilidad; el segundo hablaba
con abundancia de ornamentos y con impetuosidad… En efecto, había visto con
mis propios ojos que en determinadas causas, como en la defensa de Marco
Canuleyo o la del consular Quinto Dolabela, aunque se había recurrido a Cota
como abogado principal, era realmente Hortensio quien había desempeñado el
primer papel. Y es que el movimiento del público y el estrépito del foro exigen un
orador vigoroso, ardiente, que sepa actuar y tenga una voz sonora.[16]

Por tanto, César se enfrentaba a uno de los equipos más formidables de los
tribunales de aquella época, lo que no era sorprendente si tenemos en cuenta que la
defensa se consideraba un papel más honorable que la acusación. Los fiscales eran
esenciales para que funcionara el sistema legal, pero su éxito a menudo significaba el
final de la carrera de otro senador. En teoría, un gobernador declarado culpable de
extorsión se enfrentaba a la pena capital porque Roma tenía pocas prisiones y tendía a
castigar todos los delitos graves con la ejecución. En la práctica, al condenado se le
permitía huir de la ciudad con todos sus bienes muebles y exiliarse cómodamente.
Massilia (la actual Marsella), la antigua colonia griega en la costa gala que ahora era
parte de la provincia romana de la Galia Transalpina, era una de las localizaciones
favoritas para el exilio. No obstante, pese a todos los consuelos, el exilio era

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permanente: el condenado no podía regresar a Roma. Es decir, la acusación era una
acción agresiva y la defensa se tenía por más honorable. De acuerdo con los
principios de la aristocracia senatorial era mejor apoyar a un amigo contra el que se
habían presentado cargos, aunque fuera culpable, que tratar de acabar con la carrera
de un senador. Casi siempre, los abogados defensores eran hombres de más edad y
experiencia que habían demostrado a lo largo de los años su destreza ante los
tribunales. Se consideraba más digno que demostraran su lealtad hacia los aliados
políticos, mientras que la acusación solía quedar en manos de los jóvenes y
ambiciosos que deseaban labrarse la fama que les ayudaría a ascender en el escalafón.

Cuando el caso llegó a juicio, César pronunció un discurso que causó una honda
impresión en los espectadores. Tiempo después publicó una versión de este discurso,
una práctica habitual que Cicerón emplearía a lo largo de su carrera. Aunque no
conservamos aquella alocución, sabemos por los antiguos comentaristas que fue muy
admirada. Es muy posible que ese discurso mostrara cuánto había influido en él el
estilo retórico de César Estrabón y en otra de sus alocuciones publicadas llegó a
copiar una parte sustancial de una de sus oraciones. Las palabras de un discurso eran
sólo parte de la actuación de un orador —porque de una actuación se trataba—, como
admitió Cicerón cuando comparó al dotado orador con un actor famoso (véase la cita
que abre el capítulo), la postura que adoptaba el orador, cómo se vestía, dejando que
su toga cayera justo como debía, sus expresiones, el poder y tono de su voz, eran
aspectos vitales del trabajo de un abogado. Durante el juicio, César impresionó tanto
a la muchedumbre que observaba el proceso como a los que participaban en él, y la
publicación del discurso contribuyó a acrecentar la reputación que se había ganado.
Su voz era algo aguda, pero es evidente que su manera de hablar le imprimía fuerza y
poder. Salió bien parado de su primera aparición como abogado a pesar de que la
acusación fracasó y Dolabela fue absuelto. Es probable que el resultado no fuera
ninguna sorpresa, porque la mayoría de los gobernadores acusados de extorsión eran
exonerados. Como era habitual, la defensa estaba compuesta de hombres con mucha
mayor experiencia y auctoritas que la acusación, por lo que aquel resultado era casi
inevitable. La fama adquirida por César probablemente fue un pobre consuelo para
los macedonios que le habían persuadido de aceptar el caso, pero al menos habían
demostrado que eran capaces de llevar a juicio a un antiguo gobernador, aunque se
hubiera librado de la condena.[17]

La actuación de César fue mejor en su siguiente aparición ante el mismo tribunal,


aunque, una vez más, el acusado escapó al castigo. Se trataba del juicio contra Cayo
Antonio en 76 a. C. por su codicia mientras servía en la guerra contra Mitrídates. El
tribunal estaba presidido por el pretor Marco Licinio Lúculo, el hermano de Lucio,
que había sido el único senador que acompañó a Sila en su marcha sobre Roma en el
año 88 a. C. César argumentó muy bien su causa contra un hombre cuya culpa, por lo

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visto, era patente, pero Antonio apeló a los tribunos de la plebe, logrando que uno o
más de entre ellos vetaran el proceso. Como resultado, el juicio se interrumpió sin
pronunciar veredicto y Antonio se libró, aunque su carrera posterior resultó
extremadamente accidentada: los censores le expulsaron del Senado en el año 70
a. C., fue reincorporado nuevamente en el año 68 a. C. e incluso logró alcanzar el
consulado en el año 63 a. C. cargo que compartió con Cicerón. Aunque los habitantes
de las provincias habían sido testigos de cómo un funcionario romano corrupto volvía
a quedar impune, la reputación de César había crecido. No obstante, Suetonio
sostiene que sus actividades habían despertado la hostilidad de hombres influyentes,
en especial los socios de Dolabela, lo que le impulsó a marcharse al extranjero en el
año 75 a. C. con el pretexto de estudiar.[18]

César fue primero a Rodas, donde planeaba estudiar con Apolonio Molón, el
profesor de oratoria más distinguido de su tiempo. Apolonio había sido enviado a
Roma por los rodios como parte de una embajada unos cuantos años antes, cuando se
le permitió dirigirse al Senado en griego. Fue la primera persona a la que se le
concedió ese privilegio. En el siglo I a. C. era habitual que los jóvenes aristócratas
romanos completaran su educación asistiendo a las famosas escuelas de filosofa y
retórica del Imperio romano de Oriente. De forma bastante similar a César, Cicerón
había abandonado Roma para continuar sus estudios tras haber trabajado en los
tribunales un par de años. En su caso, pasó un tiempo en Atenas y diversas ciudades
de Asia Menor entre los años 78 y 77 a. C., antes de visitar también Rodas para
aprender con Apolonio. Cicerón lo describe como:

además de ser un abogado de causas reales y un escritor sobresaliente, era


también muy competente en señalar y corregir los defectos y en formar a los
alumnos con sus enseñanzas. Este Molón se esforzó, si es que puedo conseguirlo,
en refrenar mi excesiva redundancia y mi desmedido flujo de palabras —producto
de esa cierta falta de moderación y freno propia de los jóvenes— y en contener el
torrente de mi elocuencia, que, por así decir, se salía de su cauce.[19]

Se ignora en qué disciplinas específicas recibió instrucción César del famoso


profesor. Pero antes de que alcanzara Rodas, su barco fue interceptado por unos
piratas cerca de la isla de Farmacusa, a poca distancia de la costa de Asia Menor. La
piratería era un problema grave en todo el Mediterráneo en las primeras décadas del
siglo I a. C. En parte, era un legado de los propios éxitos de los romanos, que habían
destruido el reino de Macedonia, arruinado el Imperio seléucida y contribuido a la
caída del Egipto tolemaico. Todas estas grandes potencias helenísticas habían
mantenido una vez poderosas armadas, pero su decadencia propició el florecimiento
de la piratería en el Egeo, que, con el tiempo, llegó a ser una plaga endémica en el

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Mediterráneo. Mitrídates del Ponto fomentó la piratería, a la que brindó apoyo
directo, pues consideraba a estos filibusteros útiles aliados contra Roma. La
escarpada costa de Cilicia, en Asia Menor, albergaba muchos bastiones de piratas, y
las campañas de Servilio Isáurico, con quien había servido el propio César, y otros
habían hecho pocos progresos en el control del problema. Los piratas eran
extremadamente numerosos, trabajaban a veces en grandes escuadras e incluso
emprendían incursiones de rapiña en las comunidades costeras de la misma Italia.
Aunque no estaban unidos bajo un único líder, sino que contaban con muchos jefes,
parece que existía un alto grado de cooperación entre las distintas comunidades
piratas. En la cumbre de su poder en los últimos años de la década de los setenta
antes de Cristo, los piratas lograron incluso asaltar Ostia y, en otra ocasión,
secuestraron a dos pretores romanos junto con todos sus ayudantes. Pese a que de vez
en cuando asesinaron a sus prisioneros romanos —supuestamente le dijeron a un
altivo aristócrata que desembarcara cuando estaban en alta mar, en una historia que,
hasta cierto punto, anticipa el momento de caminar por el tablón, tan bienamado por
la ficción que ha hablado de una generación posterior de piratas— su principal
objetivo era exigir un rescate por ellos.[20]

El joven patricio era una valiosa captura y sus raptores decidieron exigir el pago
de veinte talentos de plata por su liberación. Se dice que César se rió al oír aquella
cantidad, declaró que valía mucho más que eso y prometió pagarles cincuenta
talentos. A continuación, envió a la mayoría de sus compañeros de viaje a las
ciudades más próximas de las provincias donde podían conseguir un préstamo para
entregar el dinero necesario. César quedó atendido sólo por su médico y dos esclavos
en el campamento pirata. Según Plutarco, no se sentía en lo más mínimo intimidado
por sus feroces captores, sino que:

los trataba con tal desprecio, que siempre que iba a acostarse les daba recado con
la orden de que estuvieran callados. Durante treinta y ocho días, como si en vez de
estar vigilado estuvieran dándole escolta, participó en sus juegos y ejercicios sin
el menor miedo. Escribía poemas y discursos y los utilizaba como auditorio, y a
los que no se los elogiaban los llamaba cara a cara ignorantes y bárbaros, y entre
risas muchas veces los amenazó con ahorcarlos. Ellos estaban divertidos y
atribuían esta franqueza a una especie de ingenuidad y broma juvenil.[21]

Cuando sus amigos volvieron con el rescate que las comunidades aliadas habían
entregado con diligencia, deseosas de complacer a un hombre que, con el paso del
tiempo, podía convertirse en una útil conexión en Roma, César fue liberado. Al
parecer, la ciudad de Mileto, en la costa occidental de Asia, había proporcionado el
grueso del dinero y hacia allí se dirigió él de inmediato. Tenía veinticinco años y era

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un ciudadano particular que nunca había ocupado un cargo público, pero eso no
impidió que lograra persuadir y engatusar a los habitantes de Mileto para que
reunieran y tripularan varios navíos de guerra. Al frente de esta fuerza, marchó
directamente de vuelta a Farmacusa para atacar a los que habían sido sus captores.
Despreocupados y autocomplacientes, los piratas habían permanecido en el
campamento en tierra, sus barcos varados en la orilla y sin posibilidad de oponer
resistencia. La escuadra improvisada de César los capturó y se hizo con el botín de
sus rapiñas, en el que estaba incluido su propio rescate. Suponemos que los cincuenta
talentos fueron reembolsados a las comunidades que los donaron y los prisioneros
conducidos a Pérgamo, donde los encarcelaron. Después, fue a visitar al gobernador
romano de Asia para disponer la ejecución de los piratas. Sin embargo, el propretor
Marco Junco no se mostró demasiado interesado en imponer el castigo que César
había prometido infligir de manera reiterada. En aquel momento, estaba ocupado
organizando la introducción de Bitinia en el imperio como provincia romana, porque
Nicomedes había fallecido recientemente y había legado su reino a Roma. Junco vio
la oportunidad de beneficiarse vendiendo a los piratas como esclavos y también
estaba ansioso por apropiarse de parte de su botín. Cuando comprendió que no
actuaría con tanta rapidez a instancias de un insignificante joven patricio, César se
apresuró a volver a Pérgamo y ordenó que crucificaran a los prisioneros. No tenía
autoridad legal para hacerlo, aunque era poco probable que alguien cuestionara la
ejecución de un grupo de salteadores. De esta forma, cumplió su promesa. Sin
embargo, el tiempo que pasó con ellos había hecho nacer en él cierta estima por los
piratas y, en cualquier caso, deseaba mostrar su naturaleza compasiva, por lo que
ordenó que les cortaran la garganta antes de crucificarles, librándoles de una muerte
lenta y extremadamente dolorosa.[22]

Eso cuenta la leyenda. En buena medida es un compendio perfecto del mito de


César, que siempre estaba al mando fuere cual fuere la situación. Aquí vemos al
joven aristócrata que se burló de sus captores, despreció el rescate que exigieron por
él y no perdió la compostura ni un solo instante. De nuevo nos encontramos con la
misma confianza en sí mismo con la que había hecho frente a Sila, el dictador,
cuando el patricio no se amilanó ante su inmenso poder. Tenemos asimismo el
encanto con el que logró seducir a una banda de asesinos con tanta facilidad como
conquistaba a los ciudadanos romanos o a los soldados. Tras su liberación, actuó con
prontitud, la fuerza de su carácter movió a otros a hacer su voluntad aunque no tenía
auténtico poder sobre ellos y, al final, obtuvo una victoria arrolladora. César había
prometido capturar y ejecutar a los piratas, y eso es precisamente lo que había hecho,
a pesar de que el propretor que gobernaba la provincia se mostrase tan reacio a actuar.
Fue una exhibición de su audacia, determinación, rapidez de acción e implacable
habilidad, mientras que el acto final proporcionó un ejemplo de la clemencia de la
que más tarde haría alarde como uno de sus principales atributos. Es una historia muy

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buena que, sin duda, fue embelleciéndose cada una de las veces que se volvió a
contar. Puesto que sus compañeros de viaje se habían marchado y sólo sus esclavos y
su médico estuvieron presentes durante el tiempo que pasó con los piratas, es
interesante preguntarse quién fue el primero en relatar la historia. ¿Fue un ejemplo
temprano de la habilidad de César para celebrar sus propios logros? Tal vez no, pero
aunque los rumores se iniciaran en las comunidades después de su liberación o fueran
propagados por sus amigos, no hay duda de que él no hizo nada para desmentir esa
versión de los hechos. Evidentemente, es imposible decir cuánto había de verdad y
cuánto era sólo una fabulación romántica.

Al concluir esta aventura, César alcanzó por fin Rodas y estudió allí con
Apolonio. Demostró ser un alumno hábil, con un estilo retórico fluido y
engañosamente simple. Cicerón y otros observadores le consideraban uno de los
mejores oradores del periodo y sugirieron que podría haber llegado a ser el mejor si
se hubiera concentrado en la oratoria y no se hubiera dedicado a ninguna otra
actividad. Sin embargo, para él, la destreza con las palabras no dejaba de ser un
medio para lograr la meta más ambiciosa del éxito político. Hablar en público se le
daba excepcionalmente bien, pero en realidad estaba demostrando que era muy bueno
también en otras cosas, sobre todo en el arte de la guerra. Se le presentó otra
oportunidad de probarlo durante su época de estudiante en Rodas. En el año 74 a. C.
había vuelto a estallar la guerra abierta contra Mitrídates y un destacamento de tropas
del Ponto había realizado una incursión en Asia, saqueando el territorio de los
pueblos aliados con Roma. César dejó a un lado sus estudios y tomó un barco en
dirección a la provincia, donde reclutó tropas entre las comunidades locales y, con
este ejército formado con tanta precipitación, derrotó a los invasores. La opinión
generalizada es que la acción —una vez más tan rauda, determinada y competente—
evitó que los aliados desertaran y se unieran a Mitrídates en vista de que los romanos
no habían sido capaces de defenderlos. Merece la pena subrayar otra vez que César
era un ciudadano particular sin autoridad legal para actuar así. Nadie le habría
responsabilizado de los problemas surgidos en Asia si hubiera permanecido
tranquilamente en Rodas. Sin embargo, para él, su deber, considerando que no había
disponible ningún funcionario constituido debidamente para hacerse cargo de la
situación, era actuar. También era una espléndida oportunidad para labrarse un
nombre. Servir a la República y obtener gloria personal en el proceso eran
ambiciones de lo más apropiadas para la aristocracia senatorial.[23]

DE NUEVO EN ROMA

Hacia finales del año 74 o principios del año 73 a. C., César fue nombrado
sacerdote, pero era un cargo mucho menos restrictivo que el de Flamen Dialis. El

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colegio de pontífices, quince poderosos sacerdotes liderados por el Pontifex
Maximus, votó su admisión para suplir la vacante surgida tras el fallecimiento de uno
de sus miembros. Se trataba de un familiar de Aurelia, Cayo Aurelio Cota, que en el
pasado había pedido clemencia por la vida de César ante Sila y, más tarde, había
actuado en el bando contrario en el juicio de Dolabela. Se suponía que los pontífices
transmitían sus conocimientos religiosos de palabra, de manera que era normal que en
el colegio hubiera una amplia franja de edad. Es más que probable que los nexos
familiares fueran uno de los motivos de la selección de César, pero también es un
indicio de que el joven ya estaba haciendo gala de su talento. Uno de los pontífices
era Servilio Isáurico, para quien había servido tras obtener la corona civica. Puesto
que la mayoría de los pontífices en buena medida también habían sido designados por
Sila, se infiere que César no era percibido como un extremista peligroso. El
nombramiento era un gran honor que marcaba al elegido como un hombre con mucho
futuro y posibilidades de triunfar en la vida pública. Los quince pontífices, junto al
mismo número de miembros de otras dos importantes órdenes, los augures y los
quindecenviros, constituían una élite dentro de la clase senatorial. Por regla general,
sólo miembros de familias nobles, que contaban con cónsules entre sus antepasados,
recibían estos cargos, y la admisión de alguien que no cumpliera tales requisitos era
una gran distinción. Si vivían lo suficiente, la mayor parte de estos sacerdotes
obtenían el consulado.[24]

Al tener noticia del nombramiento, César abandonó sus estudios y regresó de


inmediato a Roma para ser admitido formalmente al sacerdocio. Viajando con sólo
dos amigos y diez esclavos en una pequeña embarcación, tuvo que atravesar de nuevo
los mares infestados de piratas, a quienes les había dado muy poco motivo para
tenerle demasiado afecto con su reciente aventura. En un momento dado durante el
viaje, los romanos pensaron que habían avistado un bajel pirata, ante lo cual César se
despojó de sus refinados ropajes y se ató una daga al muslo. Creemos que esperaba
pasar inadvertido entre sus asistentes y la tripulación y escapar en cuanto se
presentara la oportunidad. Al final resultó innecesario, porque pronto se percató de
que habían confundido una ribera boscosa con la silueta de un barco. A su regreso a
Roma volvió enseguida a trabajar en los juzgados y parece que llevó la acusación
contra Marco Junco en el tribunal de extorsiones. Lo más probable es que actuara en
representación de los bitinios, porque conservaba la relación con su familia real en
concreto. En una fecha posterior, representó a Nisa, la hija de Nicomedes, en una
disputa legal, y pronunció un gran discurso en el que narró su deuda con el rey de
Bitinia. Se dice que ese alegato dio lugar a la respuesta de Cicerón de: «Omite, te lo
ruego, esos detalles, puesto que todo el mundo sabe lo que el rey te ha dado y lo que
tú has recibido». Ese escándalo perseguía a César, pero no parece haberle perjudicado
políticamente. Se desconoce el resultado del juicio de Junco, pero es muy posible que
fuera absuelto, ya que antes que él lograron escapar al castigo innumerables

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exgobernadores que eran obviamente culpables. Como en sus previas apariciones
ante los tribunales, el resultado del juicio era en cierto modo menos importante para
su propia carrera que su actuación personal.[25]

En algún momento al final de la década se presentó a su primer cargo público y


fue elegido uno de los veinticuatro tribunos militares, seguramente para el año 72 o
71 a. C., aunque nuestras fuentes son vagas al respecto. Los tribunos militares eran
muy diferentes de los tribunos de la plebe, porque su papel era exclusivamente
militar. Cada legión del ejército contaba con unos seis tribunos y, dado que para
entonces el imperio contaba siempre con más de cuatro legiones, se designaron
muchos de estos funcionarios. No obstante, había un notable prestigio ligado a los
cargos y se solía considerar la primera oportunidad para poner a prueba la
popularidad de un joven aristócrata con los votantes. Ninguna de las fuentes
consultadas menciona un puesto en las provincias en aquella época, lo que sugiere
que César ejerció sus funciones en la misma Italia, porque la gran Guerra de los
Esclavos estaba en pleno apogeo. En el año 73 a. C., un pequeño grupo de
gladiadores liderado por un traciano llamado Espartaco había escapado de su escuela
de entrenamiento a las afueras de Capua, desencadenando una inmensa rebelión entre
los esclavos en toda la península italiana. Espartaco logró una serie de asombrosas
victorias en las que fue aniquilando un ejército romano tras otro, y sólo en el año 71
a. C. fue finalmente derrotado por Marco Licinio Craso. Es muy posible que César
sirviera con Craso y, de ser así, esa sería la primera conexión conocida entre ambos.
[26]

Craso había conseguido la pretura para el año 73 a. C. y recibió el mando contra


los esclavos al año siguiente después de que ambos cónsules hubieran sido derrotados
en el campo de batalla. Tenía unos cuarenta años, pero había acumulado bastante
experiencia de lo que implicaba ocupar el mando superior durante la guerra civil.
Obligado a huir a Italia tras el asesinato de su padre y hermano a manos de los
partidarios de Mario, al principio Craso buscó refugio en Hispania. Es en esta ocasión
cuando se cuenta que estuvo escondido en una cueva, a la que uno de los clientes de
su familia le llevó comida y dos jóvenes esclavas como compañeras. Más adelante, se
unió a Sila y luchó con honor a su lado, salvando la situación en la batalla de Puerta
Colina, a las afueras de Roma, en el año 82 a. C. Craso estaba resentido porque creía
que el dictador nunca había reconocido lo suficiente el mérito de sus logros, pero, en
muchos aspectos, salió muy bien parado del gobierno de Sila: adquirió propiedades a
gran escala de las víctimas de las proscripciones. Negociante astuto y absolutamente
implacable, pronto sería uno de los hombres más ricos de Roma. La manera en que
condujo la campaña contra los esclavos fue igualmente eficaz. Para restablecer la
disciplina de las tropas, abatidas por anteriores desastres, ordenó que se diezmaran
varias unidades. Un soldado de cada diez fue elegido al azar y golpeado hasta la
muerte por sus camaradas, que sufrieron las humillaciones simbólicas de comer

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cebada en vez de trigo y montar sus tiendas fuera de las murallas del campamento.
Tras acorralar a los esclavos en el extremo sur de Italia, Craso ordenó que se
construyera una amplia línea de fortificaciones para encerrarlos. Espartaco logró salir,
mostrando una vez más la extraordinaria habilidad y fortaleza de carácter que le
habían permitido transformar una dispar horda de esclavos fugitivos en un ejército
efectivo. Los romanos persiguieron a los esclavos hasta que les hicieron entrar en
batalla y les aniquilaron. Craso ordenó que crucificaran a seis mil prisioneros varones
en intervalos regulares a todo lo largo de la Vía Apia de Roma a Capua. Ni se planteó
la posibilidad de cortarles la garganta para mostrarse «compasivo», porque la Guerra
de los Esclavos había aterrorizado a los romanos y ese espantoso espectáculo
pretendía mostrar a todos los esclavos la temeridad que suponía una nueva rebelión.
[27]

Sabemos tan poco del periodo de César como tribuno militar que no podemos
afirmar si realmente tomó parte en la Guerra de los Esclavos, y si participó, qué parte
desempeñó en ella. Años más tarde, cuando dirigía las legiones contra las tribus
germanas por primera vez, animó a sus soldados recordando que había habido
muchos germanos entre los esclavos vencidos, pero su propio relato no menciona
ningún servicio personal en el primer conflicto. En cualquier caso, eso no indica ni
una cosa ni la contraria, ya que los Comentarios raramente incluyen detalles
autobiográficos. A fin de cuentas, es probable que sí participara en la guerra, a pesar
de que tal vez no hiciera nada particularmente distinguido que pudiera haberle hecho
merecedor de una mención en las fuentes. Se sabe que durante su época como tribuno
militar habló a favor de una propuesta de restaurar en parte los poderes de los
tribunos de la plebe, que Sila les había arrebatado. Gran parte del electorado
contemplaba esa idea con entusiasmo y lo más probable es que César deseara ganar
popularidad asociándose con esta causa. Tal oportunismo era común entre los que
buscaban ascender en el escalafón político y no debe entenderse como un signo de
profunda hostilidad hacia el régimen de Sila o hacia un Senado aún atestado de
adeptos del dictador. El pariente de César, Cayo Aurelio Cota, había presentado un
proyecto de ley durante su consulado del año 75 a. C. que permitía a los antiguos
tribunos de la plebe ser candidatos a otras magistraturas y evitaba así que el cargo
fuera un callejón sin salida política como Sila había pretendido.[28]

La posibilidad de una conexión previa con Craso resulta intrigante, porque este
poseía una gran habilidad a la hora de emplear su fortuna para obtener influencia
política a cambio de ayudar a aquellos cuya ambición sobrepasaba sus recursos. En la
década siguiente, César ciertamente se benefició de sustanciales préstamos de Craso
y es posible que anteriormente hubiera recibido ya una ayuda de ese tipo. Sin
embargo, no deberíamos exagerar la importancia de César, ya que fue uno de los
numerosos senadores a quienes Craso ayudó de esta forma y pocos habrían adivinado
el éxito que lograría más adelante. Era extravagante, tenía talento —como demostró

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en el servicio militar y en sus actividades en los tribunales— y tenía un don para el
autobombo que le ayudaba a atraer la atención del electorado, mientras que el
escándalo que le rodeaba garantizaba al menos que su nombre era conocido por
todos. Ese tipo de cosas eran activos para alguien que aspiraba a hacer carrera en la
vida pública, pero, en mayor o menor grado, también eran cualidades de muchos de
sus contemporáneos y, además, tampoco eran garantías automáticas de obtener el
éxito. Es cierto que el talento personal atraía a los votantes, pero no era el único
factor, ni siquiera el factor decisivo a la hora de ganar su favor. Aunque se vistiera de
manera diferente y demostrara poseer una elevadísima opinión de sí mismo, la carrera
de César hasta el momento había sido convencional en los aspectos más importantes.
Sus acciones independientes contra los piratas y los asaltantes del Ponto en Asia
habían sido excepcionales, pero eran adecuadas para un ciudadano consciente de sus
deberes y, lo que era más importante, de éxito. Esa clase de comportamiento era un
buen indicativo de virtus, una cualidad clave en la imagen que la aristocracia romana
tenía de sí misma. Para cuando cumplió los treinta años, César había dado muestras
de poseer un futuro bastante prometedor —como sugería su admisión en el
pontificado— y no era considerado en absoluto un revolucionario. Aún estaba por ver
lo lejos que llegaría en el escalafón político, considerando que su talento compensaba
su relativa pobreza y los mediocres logros de sus antepasados recientes.

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V
Candidato
Como era pródigo en sus gastos y parecía intercambiar una gloria breve
y efímera por grandes dispendios, aunque en realidad no hacía más que
comprar lo más importante a costa de muy poco […] dispuso al pueblo
tan favorablemente hacia él, que cada uno buscaba nuevas magistraturas
y renovados honores con los que recompensarle.

Plutarco, principios del siglo II d. C.[1]

En el año 70 a. C., César tenía treinta años. Su educación era esmeradísima,


incluso para los estándares de la aristocracia romana, era un orador de talento y un
soldado de probado valor. En la esfera doméstica, su vida también marchaba bien.
Cornelia y él llevaban casados unos quince años. La pareja había pasado un tercio de
su vida en común separados, cuando César se trasladó al extranjero para estudiar y
hacer el servicio militar, pero el matrimonio era claramente un éxito según los
parámetros de la nobleza de Roma y es muy posible que fuera una unión feliz. En un
momento dado, Cornelia había dado a luz a una hija que, por supuesto, recibió el
nombre de Julia. Fue el único hijo legítimo de César, pero, pese a su importancia, se
ignora la fecha de su nacimiento. Las fechas aproximadas oscilan desde tan pronto
como el año 83 hasta tan tarde como el 76 a. C., pero lo más probable es que naciera
cerca del final de esta franja. Julia se casó en el año 59 a. C.; en ese momento debía
de tener entre quince y veinte años. Si tenemos en cuenta los periodos de ausencia de
César en el extranjero, lo más probable que es que su hija fuera concebida entre el 78
a. C., tras su retorno de Oriente, y el 75 a. C., antes de que volviera a abandonar
Roma.[2]

César trató a Cornelia con mucho respeto, como demostró en su famoso desafío a
la orden de Sila de que se divorciara de ella. En la tradición romana, las esposas
debían ser honradas, pero no eran necesariamente objeto de un gran pasión, porque
ese tipo de emociones eran consideradas irracionales e incluso algo vergonzosas. El
lecho matrimonial era el lugar donde se engendraba la próxima generación de niños
romanos para perpetuar el nombre familiar, pero el placer físico debía buscarse en
otra parte. Eso no significa que algunas parejas casadas —tal vez incluso la mayoría
— no estuvieran muy enamoradas y disfrutaran de una activa vida sexual, sino
sencillamente que, de acuerdo con los ideales de la sociedad aristocrática romana, esa
pasión no era tenida por un aspecto de especial significación en el matrimonio. Era

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comúnmente aceptado que los maridos aristocráticos buscaran placer sexual fuera del
matrimonio y no necesitaran a sus esposas para satisfacer sus vergonzosos deseos, en
especial en el caso de los jóvenes, lo que los romanos llamaban un adalescens.
Aunque esa es la raíz de nuestra palabra adolescente, para los romanos hacía
referencia a todo hombre que no hubiera madurado por completo y podía fácilmente
extenderse hasta el final de la treintena. A esos «jóvenes» se les concedía un grado de
libertad en su conducta que no disfrutaban aquellos que habían alcanzado ya la edad
adulta, de quienes, como líderes de la República, se esperaba que actuaran con mayor
responsabilidad. Satisfacer sus deseos de manera discreta con las esclavas o con
prostitutas rara vez era criticado.[3]

Muchos jóvenes aristócratas conservaban asimismo a sus amantes después del


matrimonio. Había un grupo especial de prostitutas de clase alta o cortesanas que
dependían de sus amantes para poseer una casa o un apartamento, ayudantes y
riqueza. Esas mujeres solían contar con una buena educación, eran ingeniosas,
atractivas y, en ocasiones, diestras en las artes del canto, la danza o la interpretación
de algún instrumento musical, de modo que ofrecían a su amante compañía además
de satisfacción sexual. Estas aventuras no pretendían ser permanentes y las cortesanas
de éxito pasaban de un amante-proveedor al siguiente, lo que añadía emoción al
affaire porque el amante tenía que esforzarse para ganar el favor de su amante y,
después, seguir dedicándole suficiente atención y ofreciéndole regalos para retenerla.
Con frecuencia, las cortesanas famosas se relacionaban con los hombres más
importantes de Roma, porque no eran sólo los senadores jóvenes los que podían
decidir mantener a una amante. La naturaleza de la relación entre amante y cortesana
permitía en ocasiones a la mujer llegar a obtener considerable influencia. Según la
opinión mayoritaria de la época, en el año 74 a. C. el cónsul Lucio Licinio Lúculo se
hizo con un importante mando en las provincias ganándose a Precia, la amante de un
prominente senador, con regalos y halagos. Ese hombre era Publio Cornelio Cetego,
un útil ejemplo de alguien que formalmente no ocupó ningún cargo, pero que disfrutó
de una inmensa aunque temporal influencia en el Senado gracias a una mezcla de
auctoritas y un sagaz conocimiento y empleo de los procedimientos senatoriales. Las
concubinas podían asimismo desempeñar un papel político por otras vías, como puso
de manifiesto el caso de otra famosa cortesana llamada Flora. En una época, el joven
Pompeyo le profesó un profundo amor y, años más tarde, se decía que ella había
presumido a menudo de que siempre le quedaban marcas de arañazos en la espalda
después de mantener relaciones sexuales con él. No obstante, cuando Pompeyo
descubrió que un amigo suyo llamado Geminio había intentado seducir a Flora de
forma reiterada, se la cedió voluntariamente, mostrándose escrupuloso en su
generosidad hacia su amigo, quien así quedó en deuda con él y se convirtió en un útil
partidario político. Pompeyo nunca volvió a visitar a Flora, lo que se consideró un
sacrificio particularmente grande dado que él seguía sintiéndose muy atraído hacia

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ella. Por su parte, se supone que Flora todavía estaba enamorada de Pompeyo y
declaró que no había dejado de sentirse mal hasta mucho tiempo después. En el
fondo, la posición de las concubinas era muy precaria, porque a pesar de que, a veces,
algunas lograran ejercer mucha influencia, no tenían estatus legal y tenían éxito sólo
mientras pudieran mandar sobre los afectos de sus amantes.[4]

En general, se consideraba aceptable que las cortesanas y las esclavas fueran


objeto del afecto de los aristócratas, ya que esa relación no amenazaba en absoluto el
orden social establecido o la integridad del linaje familiar. La mayoría de las
cortesanas eran de clase baja, prostitutas que habían sabido abrirse camino. Con
frecuencia eran esclavas o antiguas esclavas que habían trabajado como artistas en
diversos ámbitos del mundo del espectáculo. Durante algún tiempo, a mediados de la
década de los cuarenta antes de Cristo, Marco Antonio se había enamorado
perdidamente de una bailarina y actriz de mimo llamada Citeris, una antigua esclava
que había sido liberada por su dueño y rebautizada Volumnia. Antonio alardeaba de
ella en público y le ofrecía el lugar de honor en las cenas, tratándola casi como a una
verdadera esposa, para secreta consternación de Cicerón. La misma mujer, más
adelante, fue amante del asesino de César, Bruto, así como de otros importantes
senadores. Los niños nacidos de una unión así entre un aristócrata y su amante eran
ilegítimos, es decir, que no tomaban el nombre de su padre ni tenían ningún derecho
legal a que este les mantuviera, mientras que los bebés nacidos esclavos pasaban a ser
propiedad de sus dueños en sentido literal. Ahora bien, si un marido aristócrata podía
tener amantes de esta forma, la sociedad no otorgaba la misma licencia a su esposa,
porque era esencial que no hubiera ninguna duda sobre la paternidad de su vástago.
La castidad, en el sentido de permanecer fiel a su marido y sólo a su marido, era uno
de los principales atributos de la matrona ideal. En épocas anteriores, una mujer
pasaba toda su vida bajo el dominio de —literalmente «en manos de» su padre o su
marido—, que tenían derecho incluso a ejecutarla si así lo deseaban. En el siglo I
a. C. esta tradicional y estricta forma de matrimonio en el que el marido asumía todos
los derechos del padre de la mujer era muy poco habitual. El matrimonio se había
flexibilizado y el divorcio era más común, aunque se seguía esperando que la esposa
permaneciera absolutamente fiel a su marido, a pesar de que el marido con frecuencia
tuviera otras amantes.[5]

Es muy posible que César se divirtiera con cortesanas, esclavas y cualquier otra
mujer disponible entre los veinte y los treinta y tantos años. Nuestras fuentes no
hacen especial mención de ello, pero puesto que ese comportamiento era común,
puede no haber sido considerado algo significativo. Suetonio sí nos cuenta que César
a menudo pagó precios muy altos, incluso desmesurados, para adquirir esclavas
físicamente atractivas, señalando que incluso él se avergonzaba del coste y por eso lo
había ocultado en sus libros de cuentas. Nada se dice sobre si la misión de esas

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siervas era puramente ornamental o también debían proporcionar a su dueño
entretenimiento sexual. Sin embargo, Suetonio declara que «todo el mundo está de
acuerdo» en que César fue muy dado a «los placeres sensuales y manirroto para
conseguirlos» y que había seducido a «muchas mujeres de la nobleza». Enumera el
nombre de cinco, todas ellas esposas de importantes senadores, pero insinúa que
había otras. Una de las mujeres que nombra era Tertula, la esposa de Craso, bajo cuyo
mando César podría haber servido durante la Guerra de los Esclavos. En un principio,
Tertula estuvo casada con uno de los hermanos mayores de Craso, pero, cuando este
fue asesinado durante la guerra civil, Craso había decidido desposar a la viuda. Es
probable que fuera unos años mayor que César y su matrimonio con Craso
funcionaba bien de acuerdo con los criterios aristocráticos, ya que tuvieron
descendencia. No hay ningún indicio sobre cuándo tuvo lugar esta aventura o de
cuánto duró, una vaguedad común en esta parte de la vida de César. Tampoco
sabemos si Craso estaba al corriente de la relación, aunque la notoriedad de los
amoríos de César lo hace claramente posible. Desde luego no tomó ninguna medida
contra el amante de su mujer y no tuvo ningún inconveniente en emplearlo como
aliado político.[6]

Las aventuras de César con mujeres casadas fueron muy numerosas, pero, por lo
general, no parece que pasara demasiado tiempo entre una amante y la siguiente. Una
clara excepción a este patrón es su relación con Servilia, que, al parecer, se prolongó
durante la mayor parte de su vida. Suetonio narra que «amó como a ninguna a
Servilia». Su primer marido fue Marco Junio Bruto, pero había apoyado el golpe de
Lépido en el año 78 a. C. y había sido ejecutado cuando este fracasó. La viuda ya
había dado a luz a un hijo en el año 85 a. C., a quien también llamaron Marco Junio
Bruto. Este sería el «romano más noble de todos» de Shakespeare, uno de los líderes
de la conspiración por la que César sería asesinado en el año 44 a. C. La ironía no
termina ahí, ya que Servilia también era hermanastra de Catón el Joven, uno de los
más encarnizados oponentes de César durante más de veinte años. César quería
mucho a Bruto, un afecto que subsistió incluso después de que este luchara contra él
en los años 49 y 48 a. C., lo que alimentó persistentes rumores de que él era, en
realidad, el padre de Bruto y llevó a Plutarco a afirmar que el mismo César lo creía.
Dado que sólo tenía quince años cuando nació Bruto, sin duda esta historia no es más
que una leyenda, pero la existencia de esos relatos sugiere que la relación entre César
y Servilia comenzó en una fecha temprana, probablemente en la década de los
setenta. Continuó pese al hecho de que Servilia volvió a casarse y tampoco le impidió
a él tener múltiples aventuras con otras mujeres. Es evidente que el idilio entre
Servilia y César fue apasionado por ambas partes y también duradero, aunque la
intensidad varió a lo largo de los años. Todo hace suponer que había algo más fuerte
que una mera atracción física. Servilia era una mujer de gran inteligencia, muy
interesada en la política y deseosa de promocionar las carreras de su marido y su hijo.

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Sus tres hijas estaban casadas con senadores importantes. Tras la muerte de César, fue
incluida en los consejos que reunió Bruto para decidir cuál sería el siguiente paso de
los conspiradores y su opinión prevalecía sobre la de distinguidos senadores, incluido
Cicerón. El orador, como correspondía, se sentía indignado ante el hecho de que una
mujer invadiera el mundo masculino de la política, pero en otras ocasiones había
estado impaciente por obtener su consejo en cuestiones consideradas más
pertenecientes a la esfera femenina. Él y su familia la habían consultado cuando
buscaban un marido adecuado para su hija Tulla. Cuando esta murió al dar a luz,
Servilia escribió una nota de condolencia al destrozado Cicerón. Aunque como mujer
no podía ocupar ningún cargo o asumir ningún tipo de poder oficial, Servilia se
preocupaba de mantener contactos y vínculos de amistad con muchas familias de
renombre.[7]

Con atractivo, inteligencia, esmerada educación, sofisticación y ambición: la


descripción podría fácilmente corresponder tanto a César como a Servilia, aunque en
el caso de esta última, la ambición era indirecta y aspiraba a obtener una posición
destacada no para ella misma, sino para los miembros masculinos de su familia
cercana. Por lo visto, ambos se parecían realmente en muchos sentidos, lo que puede
en parte explicar la intimidad y la longevidad del vínculo que existía entre ellos. Lo
prolongado de su aventura en sí sugiere que César sintió un amor más profundo por
Servilia que por ninguna otra de sus amantes. Aparte de su aventura con él, se cree
que Servilia permaneció fiel a su segundo marido, Décimo Junio Silano, a diferencia
de su hermana —como siempre, llamada también Servilia— de quien se divorció su
marido a causa de sus frecuentes aventuras extramatrimoniales. César era un seductor
en serie de mujeres casadas. Si sintió una fuerte pasión por alguna o por todas estas
amantes, esta rara vez duró mucho, o al menos nunca fue exclusiva. La envergadura
de sus actividades fue tal que sobresalió en la sociedad romana, que, en aquella
época, no andaba escasa de adúlteros o vividores. Por tanto, es importante tratar de
comprender por qué se comportó de manera excepcional. La respuesta obvia, que
disfrutaba haciendo el amor con numerosas mujeres atractivas, no debería pasarse por
alto completamente sólo por ser demasiado básica. Y, sin embargo, esta no podía ser
la única razón, dado que el placer podía obtenerse de manera menos controvertida
con esclavas o amantes de bajo estatus social. Las cortesanas más distinguidas
ofrecían ingeniosa compañía además de satisfacer necesidades más físicas. Seducir a
mujeres casadas de familias senatoriales entrañaba muchos riesgos, como el de la
mala reputación, que podría ser utilizada contra uno por los oponentes políticos. La
tradición, aunque no la ley en esta fecha, permitía a un marido matar al amante de su
esposa si los sorprendía durante el acto. Ese tipo de violencia directa era poco
habitual, pero un marido cornudo podía muy bien convertirse en un enconado
enemigo político.[8]

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Es posible que los riesgos no hicieran sino añadir emoción. Incluso podemos ver
este andar detrás de las mujeres de César como una extensión de la competencia
política, acostarse con las esposas de otros senadores para probar que era el mejor en
el dormitorio además de en el Foro. ¿Tal vez había incluso un deseo consciente de
echar tierra sobre las historias de su sumisión a Nicomedes haciéndose famoso por
sus aventuras de depredador sexual, tan abiertamente heterosexuales? No obstante,
ninguno de estos motivos parece suficiente para explicar por qué César buscaba
satisfacer sus deseos sobre todo con mujeres aristocráticas. El hecho de que esas
amantes estuvieran invariablemente casadas era casi inevitable, ya que las hijas de
familias senatoriales desempeñaban un papel decisivo a la hora de crear y reforzar
vínculos políticos. Las chicas se casaban jóvenes y las que se divorciaban o
enviudaban cuando seguían siendo jóvenes o de mediana edad solían ser destinadas
con prontitud a una nueva unión. En general, sólo a las mujeres maduras con hijos se
les permitía vivir como viudas sin volver a casarse. La madre de César, Aurelia,
siguió ese camino, como hizo Servilia tras el fallecimiento de su segundo esposo,
pero en muchos aspectos, sencillamente no había grupo de mujeres aristocráticas
solteras en Roma entre las que César no buscara amantes. Sin embargo, la propia
naturaleza de la vida pública romana, en la que los senadores ocupaban diversos
cargos, muchos de los cuales les obligaban a vivir en el extranjero durante
innumerables años, implicaba que las mujeres casadas quedaban solas durante largos
periodos.

Las esposas aristocráticas disfrutaban de considerable libertad en la Roma del


siglo I a. C. Muchas de ellas poseían importantes recursos independientes de los de
sus maridos, incluida la dote que aportaban en el momento de la boda, que siempre se
suponía que permanecía separada, aunque también era complementaria, de los
ingresos del hogar. Como hemos visto, en aquella época, las niñas eran educadas
igual que sus hermanos, al menos en el sentido académico y durante sus primeros
años de edad. Por tanto, aprendían a ser bilingües en latín y griego y a apreciar
profundamente la literatura y la cultura. A diferencia de sus hermanos, las niñas rara
vez tenían la oportunidad de viajar al extranjero para perfeccionar su educación
estudiando en uno de los grandes centros de instrucción de Grecia. Dado que muchos
filósofos y profesores visitaban Roma durante largos periodos, esta diferencia era una
desventaja parcial y había escuelas que enseñaban toda la gama de habilidades
culturales. La descripción que hace Salustio de la esposa de un senador es reveladora:

Ahora bien, entre estas se contaba Sempronia, que muchas veces había llevado a
cabo actos propios de la osadía de un hombre. Esta mujer por su alcurnia y su
belleza, y también por su marido y por sus hijos, era bastante afortunada; versada
en la literatura griega y latina, tocaba la lira y bailaba con más elegancia de lo que
una mujer honesta necesitaba, y poseía muchas otras cualidades que son

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instrumento de la disipación. Pero para ella todo era más estimable que la honra y
la decencia; no era fácil dilucidar qué respetaba menos, si su dinero o su
reputación; su pasión era tan encendida que cortejaba ella a los hombres con más
frecuencia de lo que era cortejada. Antes había traicionado muchas veces su
palabra, había negado con perjurio haber recibido un préstamo, había estado
complicada en un crimen; su lujo y su falta de medios la habían llevado a la ruina.
Ahora bien, poseía cualidades extraordinarias; sabía escribir versos, hacer
chanzas, llevar una conversación ya seria, ya distendida y procaz; tenía, en fin,
mucha sal y mucho encanto.[9]

Sempronia estaba casada con Décimo Junio Bruto, un primo del primer marido de
Servilia. Su hijo fue uno de los subordinados de rango superior de César en la Galia y
durante la guerra civil, pero más tarde se volvió contra él y fue uno de sus asesinos.
César la conocía, sin duda, aunque desconocemos si era uno de los hombres que
buscaba sus favores —o uno de los que ella perseguía—. Los términos en los que está
escrita la descripción que Salustio hace de Sempronia expresan escándalo ante su
inmoralidad y desenfreno, pero muchos de sus logros no eran considerados malos en
sí mismos. Plutarco escribió admirativamente sobre otra mujer aristocrática que había
quedado viuda cuando aún era joven y que había vuelto a casarse:

Tenía esta joven muchas prendas que la hacían amable además de su belleza,
porque estaba muy versada en las letras, en tañer la lira y en la geometría y había
oído con fruto las lecciones de los filósofos. Agregábanse a esto unas costumbres
libres de la displicencia y afectación con que tales conocimientos suelen echar a
perder la índole de las mujeres jóvenes.[10]

La sofisticación, los estudios, el ingenio e incluso cierta habilidad para la música


o la danza no eran en sí mismas cosas malas en una mujer, siempre que se
combinaran con la castidad, es decir, si era fiel a su marido. Pero en la época de César
había muchas mujeres que no contaban con esa virtud. Como generación estaban
mejor educadas que sus madres y sin duda que sus abuelas, pero aún se esperaba de
ellas que se ocuparan de poco más que de llevar las cosas de la casa. Entregadas en
matrimonio cuando aún eran unas niñas y, después, pasando de un marido al otro
según lo dictaran la muerte o los cambios en las alianzas políticas, una mujer tenía
suerte si encontraba la felicidad y la realización personal de ese modo. No
autorizadas a votar o a ocupar cargos públicos, las mujeres como Servilia debían
dirigir su marcado interés en la política a promover las carreras de sus parientes
varones. Con una fortuna propia en una Roma donde los botines y los beneficios del
imperio estaban a la venta, muchas mujeres sentían la tentación de competir en el lujo

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de sus estilos de vida. Algunas añadían a sus vidas la emoción de tener un amante o
amantes. En general, parece probable que César buscaba en sus amantes al menos un
cierto grado de camaradería e ingenio, así como conversación sofisticada. Puede que
algunas de las cortesanas más distinguidas ofrecieran eso, pero en ese sentido muy
pocas podían competir con las hijas de las grandes familias de Roma. Sus aventuras
le proporcionaban no sólo satisfacción sexual, sino también otro tipo de estímulos.
Otras emociones ya mencionadas —el elemento de peligro al tener una aventura con
una mujer casada, el placer adicional de ponerle los cuernos a hombres con quienes
se reuniría y competiría a diario en la vida pública— sin duda acrecentaron su
diversión. Las mujeres que amó disfrutaron de su encanto, al que pocas personas
lograban resistirse cuando estaban en su compañía. Él era César, el que se vestía de
forma diferente, marcando modas que muchos jóvenes copiaban, que prestaba tanta
atención a su apariencia y porte, y que siempre resultaba especial. Acaparar su
atención aunque sólo fuera un momento era sin duda muy halagador, algo que la
notoriedad de sus proezas amorosas seguramente hacía aún más atrayente. Fuera cual
fuera su origen, su reiterado éxito con tantas mujeres pone de manifiesto que era un
excelente seductor. La necesidad de pasar de una aventura a otra era en parte sólo un
reflejo de la enorme energía y ambición que mostraba en todos los demás aspectos de
su vida. También es posible que siempre estuviera buscando a alguien que tuviera el
atractivo suficiente para mantenerle interesado durante un periodo más largo. Es
evidente que Servilia, tan parecida a él en muchos aspectos, se aproximaba más a su
ideal que ninguna otra mujer de Roma, de ahí la duración de su relación. Pero a pesar
de la pasión que sentían ambos, cada uno de ellos mantuvo un cierto grado de
distanciamiento e independencia. Aunque es muy posible que Servilia llorara a su
amante tras los idus de marzo, eso no le impidió tratar de promocionar la causa de su
hijo inmediatamente después. De igual modo, pese al entusiasmo y esfuerzo que
dedicó a la conquista de mujeres, César nunca dejó que eso interfiriera con su
ambición de obtener cargos y estatus. También puede ser que algunas de las historias
que se contaban sobre él fueran falsas. Una vez que había adquirido esa fama, es
probable que el mero hecho de que le vieran con una mujer diera pie a habladurías
que daban por supuesto que estaban teniendo una aventura.

TIEMPO DE CAMBIOS: EL AUGE DE


POMPEYO

Los años posteriores a la muerte de Sila fueron en general una época de éxitos
para César, en la que fue entrando de forma gradual en la vida pública. Pese a haber
despertado la ira del dictador en el pasado, había vuelto a ser aceptado en el redil y no
vio ninguna razón para unirse a aquellos que seguían prefiriendo combatir a Sila o el
régimen que había creado. No se unió al alzamiento de Lépido en el año 78 a. C., ni

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tampoco parece que se le ocurriera dirigirse a Hispania, donde muchos de los
partidarios de Mario y Cinna continuaban luchando en la guerra civil. Estos hombres
eran liderados por Quinto Sertorio, probablemente uno de los más grandes generales
que Roma tuviera jamás, cuyo talento para conquistar a las tribus hispanas para su
causa le permitió resistir a los ejércitos del Senado la mayor parte de la década.
Sertorio y sus seguidores eran exiliados y refugiados de las proscripciones, a quienes
los decretos de Sila habían prohibido para siempre regresar a Roma o reanudar la
carrera política. En el fondo, su única alternativa era seguir luchando, si bien en
varias ocasiones Sertorio expresó un profundo deseo de volver a casa, aunque fuera
para vivir como un ciudadano más. A pesar de contrariar a Sila, los lazos familiares
de César le habían salvado de enfrentarse a una prohibición similar de dedicarse a la
política. Como resultado, no necesitaba seguir el desesperado camino de acometer
una rebelión abierta contra el Estado.[11]

En esos años, Sila proyectó una larga sombra sobre la República. El Senado, una
vez purgado de todos los oponentes que no habían escapado de él a tiempo y
repoblado con sus partidarios, era en buena medida creación suya. Había reforzado la
posición del Senado como institución, restaurando el monopolio senatorial sobre los
jurados en los tribunales y limitando drásticamente el poder del tribunado. Había
introducido otra legislación, por ejemplo una ley que restringía la actuación de los
gobernadores de las provincias, con el fin de evitar que cualquier otro general
siguiera el propio ejemplo del dictador y volviera sus legiones contra el Estado. Es
evidente que legalizar formalmente ese tipo de actuación tenía un dudoso valor
práctico, como ponían de manifiesto la guerra en Hispania y la rebelión de Lépido.
Sila no podía anular ni los precedentes que había sentado ni las consecuencias de sus
acciones. Italia seguía atravesando un periodo de gran agitación a consecuencia de la
Guerra Social y de las guerras civiles. Amplias áreas habían sido devastadas por las
tropas enemigas, mientras que faltaba bastante todavía para que los italianos, que
acababan de obtener derecho al voto, fueran completa y justamente integrados en el
conjunto general de los ciudadanos. Grandes franjas de tierra habían sido asimismo
confiscadas para que Sila pudiera entregar a sus veteranos granjas en propiedad, por
lo que muchos campesinos fueron despojados de sus terrenos. Los problemas a los
que se enfrentaba el campo italiano no habían hecho más que empeorar durante los
años de saqueo a manos del ejército de esclavos de Espartaco.[12]

El Senado de Sila no había sabido sobrellevar demasiado bien la serie de crisis a


las que se enfrentó después de que el dictador se retirara. Durante la Guerra de los
Esclavos, los magistrados debidamente elegidos habían visto cómo los ejércitos que
lideraban habían sido aplastados e incluso destruidos uno por uno por el enemigo. Se
aplicaron medidas poco ortodoxas para obtener la victoria final: los dos cónsules
abandonaron sus mandos y fueron reemplazados por Craso, que sólo había sido

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elegido para la magistratura de rango inferior de la pretura. Este modo de actuar era
poco convencional, pero no era nada en comparación con el vertiginoso incremento
de la prominencia de Cneo Pompeyo. Hijo de Pompeyo Estrabón, Pompeyo nació en
el año 106 a. C. y sirvió a las órdenes de su padre durante la Guerra Social. Tras la
muerte de Estrabón, pasó algún tiempo en el campamento de Cinna, pero el trato que
le dispensaron estuvo marcado por el recelo y, más tarde, se retiró a las vastas
propiedades de su familia en Piceno. Cuando Sila llegó a Italia en el año 83 a. C.,
Pompeyo decidió unirse a él, como hicieron un número creciente de hombres que
habían perdido el favor del régimen gobernante o que adivinaban el probable
resultado de la guerra. A diferencia de estos otros refugiados, a sus veintitrés años,
Pompeyo eligió no actuar como suplicante, sino como útil aliado. Utilizando su
propio dinero y recurriendo sobre todo a la población de Piceno, reclutó primero una
y, después, otras dos legiones de soldados. Esto era ilegal desde todos los puntos de
vista, porque Pompeyo nunca había ocupado ningún cargo que le otorgara imperium
y con él el derecho a reclutar y mandar, sino que era sencillamente un ciudadano
particular. No era ni siquiera miembro del Senado, pero se salió con la suya gracias a
la riqueza e influencia de su familia y a su fuerte personalidad. A diferencia de su
padre, que había sido uno de los hombres más impopulares de su generación, a
Pompeyo sus soldados le adoraban y no parecían tener ningún reparo por el hecho de
que no tuviera autoridad para liderarlos. Cuando marchó hacia el sur para unirse a
Sila, el joven general y su ejército privado demostraron que sabían luchar con
destreza y ferocidad. Sila no tuvo ningún escrúpulo en hacer uso de los servicios de
Pompeyo y le envió una y otra vez a luchar en su nombre a Italia, Sicilia y África. En
todas y cada una de las campañas el gallardo y joven comandante derrotó a sus
contrarios sin esfuerzo. Sila —tal vez en parte con ironía, aunque es difícil de decir
con un personaje tan complejo— le bautizó Pompeyo «Magno» (Magnus) y le
permitió celebrar un triunfo, un honor insólito para un hombre que no poseía
imperium legal. Pese a la inmensa gloria que acumuló en esos años, Pompeyo
también se ganó la fama de cruel, y se contaban historias de cómo extraía un placer
sádico de ejecutar a los distinguidos senadores que había capturado. Para algunos su
apelativo no era «Magno», sino el «joven verdugo». Actuando de modo opuesto a
César, se divorció obedientemente de su mujer para casarse con la hijastra del
dictador. Esta ya estaba casada, además de en avanzado estado de gestación, y murió
poco después de contraer matrimonio con Pompeyo, pero esa boda fue de todos
modos una señal de que contaba con el favor del dictador. Aunque recibió multitud de
honores de Sila, Pompeyo no pertenecía al Senado y siguió siendo un ciudadano
particular, capaz de recurrir a su propio ejército. Sin embargo, estaba muy interesado
en la política y apoyó la campaña de Lépido para obtener el consulado en el año 78
a. C., lo que contribuyó enormemente a que este lograra la victoria. No obstante,
cuando Lépido se volvió contra el Senado, Pompeyo se distanció de él de inmediato.
Ante el estallido de la rebelión y al constatar que no contaba con fuerzas suficientes

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para aplacarla, el Senado de Sila apeló a Pompeyo y sus legiones. Actuando con todo
el vigor que había mostrado en anteriores campañas, el joven general (ahora de
veintiocho años) aniquiló en poco tiempo a Lépido y sus tropas. También volvió a
exhibir su habitual crueldad, en especial cuando ejecutó al primer marido de Servilia,
Marco Bruto.[13]

Después de lograr este triunfo, Pompeyo solicitó al Senado que le enviara a


Hispania a enfrentarse a Sertorio como respaldo del ejército que ya estaba
combatiendo a las órdenes de un gobernador designado de manera más convencional.
Su causa se vio favorecida por la reticencia de los cónsules del año 77 a. C. a ir a
aquella región. Esta vez Pompeyo fue investido con imperium proconsular, lo que
legitimaba su estatus. Uno de los senadores que le apoyaba tuvo la ocurrencia de que
iba no como procónsul sino como proconsulibus, «en vez de dos cónsules». En
Hispania, Sertorio resultó ser un oponente mucho más duro que los incompetentes
militares a los que Pompeyo se había enfrentado anteriormente y, por primera vez,
sufrió algunos reveses. La experiencia fue humillante para alguien tan acostumbrado
al éxito, pero el joven general tenía la capacidad de aprender de sus errores, y sentía
respeto por su oponente sin llegar a dejarse intimidar por él. La guerra en Hispania
fue cruel y larga, pero a medida que pasaban los años, Pompeyo y las demás tropas
senatoriales fueron ganando terreno frente a las fuerzas de Mario. A pesar del
progreso de sus contrarios, si Sertorio no hubiera sido asesinado por uno de sus
subordinados en el año 72 a. C., es muy posible que la guerra hubiera proseguido
varios años más. En vez de eso, privados de su genio y guiados ahora por su asesino,
un hombre cuya ambición y orgullo superaban con mucho su talento, todo terminó en
unos meses. Pompeyo retornó a Italia al año siguiente, llegando justo a tiempo para
interceptar y masacrar a varios miles de esclavos que habían escapado cuando
Espartaco fue derrotado. Este éxito menor le llevó a declarar enseguida públicamente
que fue él y no Craso quien había puesto fin a la Guerra de los Esclavos.

La mala relación entre Pompeyo y Craso se remontaba a la guerra civil, cuando


ambos habían luchado con Sila. Craso era seis o siete años mayor y le molestaban los
honores y la atención prodigada al extravagante joven. Este resentimiento es
comprensible, pues Pompeyo había intentado arrebatarle el mérito que se había
ganado al vencer a Espartaco. El incidente revelaba asimismo una veta algo mezquina
en Pompeyo, que en otras ocasiones le movería a tratar de quedarse con la gloria de
otros. No tenía ninguna necesidad de hacerlo, dado que la guerra en Hispania había
sido un conflicto mucho más prestigioso que la represión de Espartaco y le había
aportado un segundo triunfo, en tanto que Craso había recibido el honor menor de
una ovación. Sin embargo, a Pompeyo le deleitaba la aclamación del Senado y de los
ciudadanos y sentía celos de cualquiera que distrajera la atención de sus éxitos,
aunque fuera de forma momentánea. Por lo general, a la gente le gustaba Pompeyo,

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su redonda cara se consideraba abierta y atractiva, aunque no bella en el sentido
clásico. Los que le conocían mejor solían ser cautos, sabiendo que, a menudo, sus
declaraciones públicas no concordaban con sus acciones y que no siempre era un
amigo en quien se pudiera confiar. Por el contrario, Craso era respetado más que
amado, cumplía escrupulosamente con sus obligaciones con los demás, a la vez que
no olvidaba jamás ningún favor o deuda que algún otro hubiera contraído con él. En
algunos aspectos, Pompeyo era bastante inmaduro, algo que había ilustrado con
claridad el momento en el que obtuvo su primer triunfo: sus planes eran recorrer
Roma montado en un carro tirado por elefantes. Sólo descubrir que un arco situado en
la ruta de la procesión impedía el paso de un vehículo y una cohorte tan descomunal
le disuadió de llevar a cabo una exhibición tan extravagante. Le encantaba el
apelativo de «Magno», así como la tendencia de los aduladores a compararlo con
Alejandro Magno. A veces era extremadamente taimado, lo que no era una cualidad
negativa durante una guerra, pero no era demasiado hábil en el juego político de
Roma. Esta falta de maña se debía sobre todo a la inexperiencia, porque había pasado
la mayor parte de su vida entregado de manera casi constante al servicio militar.
Desde que tenía veintitrés años había liderado su propio ejército, gran parte del
tiempo en operaciones independientes que le mantenían lejos de sus superiores.
Pompeyo era utilizado para mandar más que para manipular y persuadir. A diferencia
de otros aristócratas, apenas había dedicado tiempo a observar las actividades diarias
del Senado y el Foro, a aprender de los senadores de más edad cómo funcionaba
realmente la vida pública. No obstante, al regresar de Hispania, decidió que era el
momento de entrar en la política de manera oficial.

En el año 71 a. C. Pompeyo tenía treinta y cinco años, pero nunca había ocupado
un cargo electo y seguía figurando en la orden ecuestre porque nunca había
pertenecido al Senado. En aquel momento anunció que deseaba presentarse al
consulado para el año siguiente. Este paso era directamente contrario a la regulación
que había establecido Sila de la carrera pública, que había ratificado la legislación
anterior. Según esta ley, nadie podía presentar su candidatura al consulado hasta que
no hubiera cumplido los cuarenta años de edad y ya hubiera ocupado los cargos de
cuestor y pretor. Craso, que también hizo pública su candidatura sobre esas fechas,
cumplía con los requisitos en cuanto a la edad, pero toda la carrera de Pompeyo hasta
entonces violaba tanto la letra como el espíritu de la normativa de Sila. Ambos se
encontraban acampados con sus ejércitos a las afueras de Roma, con total
legitimidad, puesto que estaban a la espera de celebrar su ovación y su triunfo
respectivamente. Ninguno hizo ninguna amenaza abierta, pero desde que Sila había
lanzado sus legiones contra la ciudad para enfrentarse a sus enemigos políticos,
existía un temor palpable a que otros generales pudieran hacer lo mismo. Cuando
Pompeyo y Craso dejaron a un lado sus diferencias personales para lanzar una
campaña conjunta al consulado, pocos eran los que deseaban oponerse a ellos. Era

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obvio que Craso se merecía el puesto por su éxito frente a los esclavos, mientras que
Pompeyo era considerado un héroe por gran parte de la población. Era irregular que
alguien que no perteneciera al Senado aspirara simultáneamente a unirse a este
órgano y a alcanzar el consulado, pero habría parecido absurdo que alguien que ya
había disfrutado de varios mandos superiores tuviera que recorrer todas las
magistraturas menores. Exentos por el Senado del requisito de la edad y otras
cualificaciones —dado que ambos necesitaban conseguir el permiso para presentarse
a las elecciones sin llegar a entrar en la ciudad o de lo contrario perderían su
imperium y eso supondría disolver sus ejércitos antes de la procesión triunfal— Craso
y Pompeyo fueron elegidos legalmente con una victoria arrolladora.

Sila había permitido que Pompeyo adoptara una posición en cierto modo
anómala, pues incumplía las normas que él mismo había establecido para las carreras
públicas y que el Senado no había querido o no había podido cambiar en años
posteriores. Dentro del sistema de la República siempre había sido importante contar
con un cierto grado de flexibilidad, en especial en épocas de crisis militar. Los
extraordinarios honores y exenciones otorgados a Pompeyo eran personales, no
significaban que se abandonara la normativa y que todo el mundo pudiera seguir su
ejemplo. Sin embargo, antes incluso de ser elegidos, Craso y él habían declarado que
pretendían eliminar determinados puntos clave del sistema de Sila. Lo primero que
hicieron en su año de mandato fue restablecer todos los derechos y poderes
tradicionales del tribunado. Fue una medida popular, de ahí el deseo de César de
asociarse con esta causa durante su periodo como tribuno militar. Otra medida
promulgada en el año 70 a. C., sin duda con la aprobación de Pompeyo y Craso, pero
que en realidad entró en vigor a instancias de uno de los familiares de Aurelia, Lucio
Aurelio Cota, dio solución a la polémica cuestión de la composición de los jurados: a
partir de aquel momento y hasta el final de la República, los jurados procederían en
igual número del grupo de los senadores, de los équites y de la clase de propietarios
inmediatamente inferior a ellos, los tribunii aerarii. Una vez más, esta medida
contaba con un considerable respaldo popular y fue considerada un razonable punto
medio entre posiciones encontradas. Otro problema que venía de antiguo fue resuelto
en buena medida ese mismo año con la elección de dos censores. Estos hombres
fueron los cónsules del año 72 a. C., y ambos habían sido vencidos por Espartaco sin
que esa derrota perjudicara en exceso sus ulteriores carreras. Aunque se tardaría un
año más en completar el censo, se constató que daba como resultado un enorme
incremento del número de ciudadanos varones registrados y con derecho al voto. El
último censo fue realizado de manera parcial en el año 85 a. C. e incluía sólo 463 000
nombres, mientras que en la nueva lista el total casi se había duplicado y ascendía a
910 000. Como parte del proceso, los censores tenían asimismo que examinar y
corregir el registro senatorial, añadiendo los nuevos nombres y expulsando de la

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institución a aquellos cuyas acciones o moral les incapacitaba para ser guías de la
República. Hasta sesenta y cuatro hombres fueron castigados con esta medida.[14]

Aunque Pompeyo y Craso habían aunado esfuerzos para lograr el cargo y


cooperaron en el restablecimiento del tribunado, su mutua antipatía y envidia
resurgieron de inmediato. Pompeyo había comenzado su año de mandato de manera
espectacular: se convirtió en cónsul, se unió al Senado y celebró un triunfo el mismo
día. A continuación, los nuevos censores decidieron —sin duda con considerable
aliento por parte de Pompeyo— resucitar una anticuada ceremonia que consistía en
un desfile con caballos y armas de la orden ecuestre en la que demostraban que
estaban dispuestos para ejecutar su tradicional papel de soldados de caballería en las
legiones. Cuando la ceremonia estaba a la mitad, llegó Pompeyo, avanzó junto a los
doce lictores que le aguardaban como cónsul y le abrieron camino entre la
muchedumbre de espectadores para aproximarse a los censores. Cuando le
preguntaron, en el lenguaje formal de la ceremonia, si había cumplido con su deber
hacia la República, el cónsul respondió con voz poderosa que había servido allí
donde Roma le había necesitado y siempre había sido su propio jefe. Mientras la
multitud le aclamaba, los censores le acompañaron hasta su casa. Fue un magnífico
ejemplo de teatro político que, unido a su triunfo, celebrado con unos juegos, Craso
no podía soñar con igualar, por lo que este decidió dedicar un diezmo de su riqueza a
Hércules, organizar un inmenso festín público con diez mil mesas repletas de comida,
así como regalar el suministro de tres meses de grano a todos y cada uno de los
ciudadanos de Roma. Hércules, el gran héroe, estaba estrechamente relacionado con
la victoria y el triunfo y el último que había conmemorado su éxito militar de ese
modo había sido Sila. Ambos trataban de eclipsarse mutuamente y, en consecuencia,
las relaciones entre los dos cónsules se enfriaron al máximo hasta el final de su
mandato, cuando, a instancias de un tal Cayo Aurelio, realizaron un acto público de
reconciliación. Después, tanto Craso como Pompeyo se retiraron de la vida pública
sin solicitar el gobierno de una provincia en el extranjero, como era habitual al
abandonar las magistraturas superiores.[15]

LA CUESTURA DE CÉSAR

Poco se sabe de las actividades de César en los años 71 y 70 a. C. Sabemos que


durante el consulado de Pompeyo y Craso apoyó un proyecto de ley presentado por el
tribuno Plotio (o Plautio), que autorizaba que los seguidores de Sertorio y Lépido que
aún estaban en el exilio regresaran a casa. Pronunció un discurso a favor de esta ley,
que tenía una dimensión personal, pues permitiría la vuelta de su yerno, Lucio
Cornelio Cinna. Sólo se conserva una frase de esta alocución, cuando César declara
que «en mi opinión, en lo que respecta a nuestra relación, no me han faltado ni

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esfuerzo, ni hazañas, ni diligencia». El deber hacia la familia extensa, así como hacia
los amigos o los clientes, era muy importante. Algunos expertos han barajado la
posibilidad de que César desempeñara un papel de más envergadura entre bastidores,
tal vez insistiendo para que Pompeyo y Craso unieran fuerzas para lograr el
consulado. Incluso se ha sugerido que preparó la reconciliación entre ambos,
basándose en la suposición de que Aurelio estaba emparentado con la familia de su
madre. Aunque no es imposible, sigue siendo sólo pura especulación, puesto que
ninguna de nuestras fuentes sugiere que tuviera parte en estos hechos.[16]

Sí tenemos datos que confirman que fue sobre esas fechas cuando el propio César
se presentó a la cuestura y es probable que obtener ese cargo fuera su principal
preocupación. En el año 70 a. C. tenía treinta años, la edad mínima decretada por Sila
para ser elegido para esa magistratura. Era una importante cuestión de orgullo para un
aristócrata conseguir el cargo suo anno es decir, en el mismo momento en que
comenzaba a ser elegible. Esto, así como otros factores, nos hacen suponer que César
fue elegido como uno de los veinte cuestores en el otoño del año 70 a. C. y empezó
su año de mandato a principios del año 69 a. C. Por regla general, los comicios
consulares se celebraban hacia finales de julio, aunque no existía una fecha
determinada de forma estricta. Había unos ciento cincuenta días al año en los que
estaba permitido celebrar una asamblea del pueblo romano, pero podía verse reducida
por otras festividades o la declaración de periodos de ceremonias públicas de
agradecimiento, durante las cuales no se podía llevar a cabo ningún negocio con el
Estado. Los cargos de rango inferior, como la cuestura, se designaban en una
asamblea diferente que se reunía poco después de las elecciones consulares. La
campaña electoral podía comenzar hasta un año antes de los comicios, pero era
especialmente intensa en los últimos veinte días antes de la votación en sí. Era
durante esta época, después de que el magistrado que supervisaba la elección los
hubiera incluido de manera formal en el registro, cuando los que aspiraban a obtener
un cargo se ponían una toga especialmente blanqueada —la toga candidus, de ahí
nuestra palabra candidato— cuyo fin era hacer que destacaran mientras se
desplazaban por el Foro. Los candidatos recorrían el abarrotado centro de la ciudad
saludando a sus conciudadanos, sobre todo a aquellos cuyo voto era más influyente
por el hecho de poseer más propiedades y estatus. Un esclavo especialmente
adiestrado conocido como nomenclátor solía situarse detrás del candidato, listo para
susurrar los nombres de aquellos que se aproximaban para que su dueño pudiera
saludarlos con la precisión adecuada. Todo el mundo utilizaba estos esclavos como
apuntadores, pero los buenos políticos se aseguraban de que su dependencia de esta
asistencia a su memoria no resultara evidente. Para un candidato era importante que
le vieran, pero en muchos aspectos era aún más importante con quién se les veía. Se
esperaba que otros senadores que apoyaran su candidatura le acompañaran durante la
campaña, y su auctoritas ayudaba a atraer al electorado. Otra forma de propaganda

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menos sutil era pintar en los edificios signos que expresaran el respaldo a un nombre
u otro. Muchas de las tumbas que bordeaban las principales vías de entrada a Roma
tenían una inscripción que incluía una prohibición de colocar o pintar sobre ellas ese
tipo de muestras de apoyo.[17]

Los cuestores eran elegidos por la Comitia Tributa, la asamblea de las treinta y
cinco tribus de ciudadanos romanos. Cuando se congregaban para elegir a los
magistrados y no para aprobar o rechazar alguna ley, la Comitia se solía celebrar en el
Campo de Marte, la principal zona abierta de parques y áreas destinadas a practicar
ejercicio fuera de la frontera formal de la ciudad, al noroeste, seguramente porque en
las elecciones se esperaba un mayor número de asistentes y habría sido imposible
apretar a tantos votantes en los confines del Foro. Parece probable, aunque no seguro,
que los candidatos tuvieran una oportunidad de dirigirse a la asamblea antes de que el
magistrado que la presidía diera la orden de «voten, ciudadanos» (Discedite,
quirites). En ese momento, los miembros de cada tribu entraban en la parte que tenían
asignada en la saepta (un complejo temporal de parcelas cercadas). Para votar, cada
miembro de la tribu debía abandonar su recinto, atravesando un estrecho pasillo
elevado conocido como «puente» para llegar al rogator, la persona designada para
supervisar el proceso de cada tribu. A continuación, el votante ponía su papeleta con
el nombre elegido en una cesta, bajo la vigilancia de otros funcionarios denominados
«guardias» (custodes), que eran los encargados de contar los votos e informar del
resultado al magistrado presidente. Cada tribu votaba como una unidad y su decisión
se anunciaba en un orden establecido por un sorteo previo. El número de votantes de
cada tribu variaba considerablemente, pues hasta los miembros más pobres de las
cuatro tribus urbanas podían asistir sin demasiada dificultad. Dado que en aquel
momento la mayoría de ciudadanos romanos vivían lejos de Roma, en general, sólo
los miembros más ricos de las otras tribus podían permitirse y estaban dispuestos a
trasladarse a Roma para los comicios. El voto de estos hombres era muy significativo,
como también el de los hombres más pobres que pese a habitar ya en Roma seguían
censados en una de las tribus rurales. A pesar de la disparidad entre las cifras de
asistentes a las elecciones, el voto de cada tribu poseía el mismo peso. Era importante
para los aristócratas tener el voto de su tribu —en el caso de César era la tribu fabia—
y se esforzaban mucho para conocer y hacer favores a sus miembros. Las elecciones
no se decidían por mayoría absoluta, sino que concluían en cuanto el número de
candidatos necesario para cubrir los puestos disponibles había recibido el voto de
dieciocho tribus. Se trataba literalmente de un sistema de reparto de puestos tipo «el
primero que llegue, se lo queda».[18]

Las perspectivas de César eran buenas: había sido aclamado en los tribunales y se
había distinguido en los combates en Oriente. Hasta los rumores sobre Nicomedes y
su escandaloso donjuanismo habían contribuido al menos a que su nombre fuera

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conocido por la mayoría de la ciudadanía, al igual que su peculiar modo de vestir. Si
bien es cierto que su familia no pertenecía al círculo interno de los nobles del Senado,
de entre los Julios Césares habían salido varios magistrados en los últimos años.
Algunos de ellos procedían de la otra rama de la familia, pero, en cualquier caso, el
nombre había permanecido en el candelero. Los parientes de su madre tenían éxito:
dos consulados en los pasados cinco años y la pretura en el año 70 a. C. Teniendo en
cuenta que había veinte puestos de cuestor disponibles cada año, esta era la
magistratura más fácil de conseguir. La concesión del derecho al voto a los italianos
había atraído a muchos hijos de familias locales acomodadas hacia Roma en busca de
carrera, pero un patricio que fuera miembro de una familia romana establecida no
tenía nada que temer de esa competencia. Como era de esperar, César fue elegido.
Era un momento decisivo, porque las reformas políticas de Sila garantizaban que
todos los cuestores pasaban automáticamente a formar parte del Senado. Los
cuestores se ocupaban de una serie de tareas financieras y administrativas, pero la
mayoría actuaba como ayudante de un gobernador provincial que, a su vez, era o un
excónsul o un expretor. Cesar fue enviado con esa misión a Hispania Ulterior, la
provincia más occidental de la Península Ibérica.[19]

Antes de abandonar Roma en algún momento del año 69 a. C., sufrió dos reveses
personales: falleció su tía Julia y, al poco, murió también su esposa, Cornelia. Las
familias aristocráticas celebraban funerales públicos para sus miembros en los que
aprovechaban la oportunidad para celebrar los logros de todo su linaje, de ese modo
recordaban al electorado lo que habían hecho y sugerían que su familia era una
promesa para el futuro. En la procesión tomaban parte actores vestidos con la
vestimenta de los funcionarios públicos y cubiertos con las máscaras funerarias de
antepasados distinguidos. La primera etapa del recorrido era el Foro, donde se
pronunciaba un discurso desde la rostra. Polibio cuenta que:

el que perora sobre el que van a enterrar, cuando, en su discurso, ha acabado de


tratar de él, entonces habla de los demás representados, comenzando por el más
viejo, y explica sus gestas y sus éxitos. Así se renueva siempre la fama de los
hombres óptimos por su valor, se inmortaliza la de los que realizaron nobles
hazañas, el pueblo no la olvida y se transmite a las generaciones futuras la gloria
de los bienhechores de la patria.[20]

En el funeral de Julia, César habló desde la rostra sobre su distinguido origen, de


que los Julios descendían de la diosa Venus y de los vínculos reales de la familia de
su madre. Era útil recordar a la multitud expectante lo honorable que era su propio
linaje. En un gesto más polémico, incluyó en la procesión algunos símbolos de las
victorias de Mario, y tal vez incluso un actor que lo representaba. Sila había
prohibido que se honrara públicamente a su rival, pero sólo unos cuantos

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espectadores protestaron, y al instante fueron silenciados por el resto. Aunque Sila
había ganado la guerra civil, había muchos, algunos incluso pertenecientes a la élite
de Roma, a quienes no había convencido de que todas sus decisiones eran aceptables,
como señalaba la creciente popularidad del restablecimiento del tribunado. Para
muchos romanos, Mario seguía siendo un gran héroe, el hombre que había devuelto a
Roma su orgullo herido en África y, más tarde, había salvado a Italia de la amenaza
nórdica. Cicerón, que condenó abiertamente el papel de Mario en la guerra civil, solía
alabar con entusiasmo sus victorias sobre Yugurta y los cimbros en sus alocuciones,
sabiendo que su público estaría por completo de acuerdo con él. La mayoría aprobó
calurosamente el gesto de César, y ese énfasis en el estrecho lazo que le unía al gran
héroe fue muy positivo para su propia popularidad.[21]

No era extraño que las mujeres ancianas de familias nobles recibieran un funeral
público grandioso. La decisión de César de otorgar el mismo honor a Cornelia era
muy poco habitual y Plutarco afirma que era el primer romano que lo hacía para un
mujer tan joven. Su gesto recibió la aprobación popular, porque muchos lo
entendieron como un signo de genuino pesar de un hombre de buen corazón. Aunque
la imagen popular de los romanos les refleja severos y flemáticos, en realidad muy a
menudo eran un pueblo profundamente sentimental. Los funerales, como tantos otros
elementos de la vida aristocrática, se celebraban en público e influían en la esfera
política. Ningún familiar varón próximo de César había fallecido durante su
adolescencia y en ese sentido los funerales de su tía y esposa le brindaban ahora
excelentes oportunidades para hacerse publicidad. César las aprovechó, esforzándose
en sacar el máximo partido, lo que no significa necesariamente que no sintiera
auténtico dolor, porque los sentimientos y la política convivían en Roma sin
problemas. Su matrimonio con Cornelia había funcionado bien, tal vez incluso habían
sido felices y se habían amado. Ahora bien, ninguna de nuestras fuentes sugiere que
la pérdida de su esposa fuera el desencadenante de su desmedida afición a seducir
mujeres. Lo más probable es que tuviera diversas aventuras mientras ella aún vivía.
No sabemos si en el funeral mostró los símbolos de su padre, Cinna, como había
hecho recientemente con su aliado Mario. Este despertaba mucho más la emoción
popular, por lo que para César era más importante la conexión con él.

César partió hacia Hispania Ulterior en la primavera o principios de verano del


año 69 a. C., muy probablemente acompañando al gobernador con el que iba a servir,
Antistio Veto. Era común que los gobernadores seleccionaran a su propio cuestor
entre los que habían sido elegidos. Es posible que así fuera también en el caso de
César y que los dos se hubieran tratado previamente. Desde luego, parece que se
entendieron muy bien y César eligió al hijo de Veto como cuestor siete años más
tarde, cuando fue enviado a gobernar Hispania Ulterior tras obtener su pretura. Una
de las tareas más importantes de un cuestor era supervisar las cuentas de la provincia,

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pero se le llamaba para actuar como representante del gobernador en un amplio
espectro de actividades. Gran parte del tiempo del gobernador se destinaba a recorrer
los principales pueblos de la región, escuchar peticiones, resolver problemas y
administrar justicia. Veto mandó a César a realizar esa función en varios lugares. Este
llevó a cabo todas sus tareas con eficacia, y unos veinte años después recordaría a los
habitantes de la zona los servicios que les había prestado. Una cuestura brindaba la
oportunidad de adquirir clientes entre los hombres más destacados de la población
provincial. Se dice que César sufrió su primer ataque epiléptico mientras estaba en
Hispania, aunque no sabemos a ciencia cierta si se produjo en el año 69 a. C. o
durante su periodo como gobernador entre el 61 y el 60 a. C. Hay otro incidente que
probablemente se remonte a la cuestura (aunque Plutarco lo sitúa más adelante) y
sucedió cuando estaba de visita en Gades (la actual Cádiz) para celebrar un juicio:
parece que César había quedado visiblemente consternado al ver una estatua de
Alejandro Magno en el templo de Hércules y pensar que él había logrado tan poco a
una edad en la que el rey de Macedonia ya había conquistado medio mundo. Aún más
inquietante fue un sueño en el que violaba a su madre, Aurelia. Comprensiblemente
afectado, consultó a un adivino cuya interpretación fue que «era un presagio de que
se alzaría con el imperio de las tierras del orbe», puesto que, según afirmaban, «la
madre que había visto que se le doblegaba no era otra que la tierra cual es tenida
como la madre de todas las cosas». Suetonio sostiene que esta explicación le impulsó
a abandonar la provincia antes de tiempo, tantas eran las ansias que tenía de volver a
Roma y reanudar su carrera. Si esto es cierto, entonces es probable que actuara con la
aprobación de Veto, ya que no se ha registrado ninguna crítica o sugerencia de que
abandonara su puesto. Es muy posible que ya hubiera completado la revisión de las
cuentas de la provincia, con lo que su deber estaba cumplido. En general, había hecho
bien su trabajo, pero las actividades de los cuestores tenían poco poder de fascinación
para el electorado romano.[22]

MONUMENTOS Y GLADIADORES: CÉSAR


COMO EDIL

En su camino de regreso a Italia, César se detuvo en la Galia Transpadana, el área


del valle del Po, que era parte de la provincia de la Galia Cisalpina, la única que
pertenecía a la península italiana. Estaba poblada por una mezcla de descendientes de
colonos romanos e italianos y por tribus galas cuyas principales familias eran ahora
muy romanas desde el punto de vista cultural. Sin embargo, la ola de concesiones de
ciudadanía plena que se produjo tras la Guerra Social se había detenido en la línea del
Po y las comunidades del norte sólo poseían estatus latino. Esta circunstancia se vivía
como una ofensa en esas tribus, en especial entre los ricos y poderosos, a quienes más
beneficiaría la ciudadanía plena, y ese sentimiento de ultraje fue alentado por César,

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ya que hacerse con los futuros votos de esos nuevos ciudadanos acomodados era un
objetivo deseable. Algunos han sugerido que su incitación fue tan fuerte que llevó a
los transpadanos al borde mismo de la rebelión y que esta se evitó únicamente por la
proximidad casual de algunas legiones, pero resulta muy poco probable y esa teoría
parece más bien una invención posterior basada en la suposición de que la meta de
César era siempre la revolución. Alguien que se había negado a unirse a Lépido o
Sertorio no parece muy deseoso de iniciar una rebelión por su cuenta. En este
momento de su carrera, simplemente, no le hacía falta correr ese riesgo.[23]

A su llegada a Roma, una de sus primeras acciones fue volver a casarse. Su nueva
prometida era Pompeya, nieta de Sila por parte de madre y del que fuera cónsul con
este último en el año 88 a. C., Quinto Pompeyo, por parte de padre. Es decir, a pesar
de la ostentación que había hecho de su conexión con Mario y de haber apoyado la
legislación que pretendía desmantelar el régimen de Sila, sería demasiado simplista
ver a César como absolutamente pro-Mario o absolutamente anti-Sila. La política
romana rara vez dividía de manera tan nítida, ni siquiera durante una guerra civil.
Cuando los senadores se casaban era casi invariablemente con vistas a lograr útiles
asociaciones como resultado de esa unión. No se sabe lo suficiente sobre los
familiares de Pompeya para entender con exactitud de qué modo pensó César que ese
matrimonio promocionaría su carrera: la red de interconexiones entre las familias
aristocráticas era compleja hasta el extremo. A diferencia de su boda con Cornelia,
esta vez no se casaron según la ceremonia de la confarreatio. Disponemos de bastante
información sobre los rituales asociados a los matrimonios convencionales en Roma,
aunque no sabemos si todos se siguieron en la boda de César (67 a. C.). Como en la
mayoría de los ritos de la vida privada y pública de Roma, había ofrendas
sacrificiales e interpretación de augurios. La tradición dictaba que la novia llevara
sandalias de color naranja y un vestido tejido a mano ceñido con un cinturón atado
con un complicado nudo «de Hércules», que el novio debía desatar la noche de
bodas. Si Pompeya siguió las convenciones habituales, llevaría el cabello recogido en
seis trenzas y cubierto con un velo naranja brillante (flammeum): un recordatorio de
Cornelia, que habría tenido que llevar ese tocado siempre que saliera de casa si César
hubiera llegado a ser nombrado Flamen Dialis. En una procesión iluminada por
antorchas, habría sido escoltada desde la casa de su familia hasta la casa del novio,
donde este le estaría aguardando. A su llegada, los montantes de la puerta estarían
decorados con filetes de madera y uncidos con aceite o grasa animal. Entonces, un
ayudante tomaba en brazos a la novia y atravesaba con ella el umbral, un gesto que,
supuestamente, se remontaba al rapto de las Sabinas, cuando los primeros romanos
sólo podían encontrar esposas secuestrando a las hijas de la comunidad vecina. Por
tanto, las primeras esposas romanas habían entrado en sus nuevos hogares sin
quererlo. Este ritual —aunque sin que la mayoría sea consciente de su supuesto
origen— ha sobrevivido en el mundo moderno, pero la práctica romana difería en el

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hecho de que eran los asistentes de la novia y no el mismo novio los que la tomaban
en brazos.

El novio estaba esperando con una antorcha y una vasija llena de agua, que
simbolizaba la voluntad de proporcionarle todo lo que es esencial en la vida. Al
parecer, la ceremonia de formalización del matrimonio no solía ser particularmente
larga. La fórmula tradicional era la simplicidad por antonomasia, la novia declaraba:
«Donde tú seas Cayo, yo seré Caya» (ubi tu Caius, ego Caia), que eran las formas
masculina y femenina de un nombre común que simbolizaba la unión de la pareja.
Había un lecho nupcial simbólico y muy ornamentado en el vestíbulo de la casa,
aunque es evidente que la pareja no lo utilizaría, sino que se retiraría a un dormitorio
normal a su debido tiempo. (Algunos griegos creían que el novio romano hacía
apagar todas las luces para que la habitación estuviera en completa oscuridad antes de
reunirse con su esposa en la cama de matrimonio. Se supone que esa era una señal de
respeto hacia una mujer honorable, para que nunca pareciera una prostituta, sólo
deseada para el placer sexual, aunque es muy posible que se trate sólo de una historia
que contaban los griegos sobre los raros romanos). A la mañana siguiente, la nueva
esposa hacía por primera vez un sacrificio para los dioses del hogar (los lares y los
penates). Ella y su marido también invitarían a algunos amigos para celebrar un
banquete especial.[24]

Pompeya era sólo una pariente lejana de Pompeyo Magno y no existía un gran
afecto entre las dos ramas de la familia, de manera que el matrimonio de César no
significó un estrechamiento de lazos con el general vivo más importante y más
popular de Roma. Durante los primeros dos años que siguieron a su consulado,
parecía que Pompeyo era feliz, pese a que su actuación en el Senado era mediocre.
Hacia el año 67 a. C. se hizo evidente que echaba de menos la admiración que le
habían deparado sus victorias y comenzó a intrigar para obtener un nuevo mando. La
espectacularidad de su carrera hasta la fecha había garantizado que el encargo no
podía consistir simplemente en ser el cónsul de una provincia, sino que debía ser
mucho más grandioso. La piratería continuaba asediando el Mediterráneo y un
tribuno llamado Aulo Gabinio propuso una ley que creaba un mando extraordinario
para solucionar el problema de una vez y para siempre. Ya se había hecho algo
parecido cuando el Senado había mandado a uno de los cónsules del año 74 a. C.,
Marco Antonio —el padre del segundo de César, Marco Antonio—, con una misión
móvil de combatir piratas. No obstante, había logrado muy poco, sufrió una derrota
grave en el año 72 a. C. y murió poco después. La situación se había deteriorado aún
más y amenazaba con interrumpir el suministro de grano proveniente del extranjero
del que Roma dependía. Si bien su intención no era en absoluto nueva, los detalles de
la ley de Gabinio eran tremendamente radicales, otorgando al nuevo comandante el
control de un vasto número de barcos y tropas, así como un imperium que se

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ampliaba hasta el Mediterráneo y a ochenta kilómetros desde la orilla. Su poder era,
como mínimo, igual al de todos los gobernadores cuyas provincias contaban con
territorio en esa área y es posible que fuera superior. Aunque Gabinio no hizo
mención explícita de Pompeyo en su propuesta inicial, era evidente para todos que él
era la obvia y única elección. Muchos senadores importantes se opusieron a la
medida, declarando que era un error en una República libre darle tanto poder a un
solo hombre. Como siempre, la fuerza de la inercia dentro del Senado garantizó que
muchos prefirieran que persistiera un grave problema antes de permitir que fuera otro
el que se llevara el mérito por resolverlo.[25]

Se dice que César fue el único senador que habló en favor de esta ley, sin duda
convocado por Gabinio para hablar desde la rostra e intentar persuadir a la multitud
del Foro de que apoyara su propuesta. Cuando se dio la orden de que la gente se
congregara y formara la asamblea de las tribus, la aprobaron con entusiasmo. Parece
poco probable que ningún otro senador respaldara la ley, pero es posible que César
fuera uno de los partidarios que más se hacía oír. Como en el pasado, estaba deseoso
de asociarse a causas populares, mientras que sus propias experiencias con los piratas
le habían proporcionado un conocimiento personal de la amenaza que suponían.
Cuando la ley fue aprobada, parece que el precio del grano en Roma cayó de
inmediato hasta un nivel más normal, lo que indicaba la confianza del mercado en
Pompeyo. Muchos senadores influyentes se mostraron dispuestos a ayudarle en esa
tarea, de manera que los veinticuatro legados o subordinados de rango superior que le
correspondían por ley fueron un grupo muy distinguido, lo que sugiere que César no
fue el único que prestó apoyo a Gabinio. Se demostró que la fe en Pompeyo estaba
completamente justificada cuando invirtió su genio organizativo en el problema:
dividió el mar Mediterráneo en sectores, los mares al oeste de Italia estuvieron
limpios de piratas en unas semanas y sólo se tardó un poco más en derrotar a los
bucaneros que infestaban la mitad oriental del Mediterráneo. Una de las razones de la
celeridad con que se llevó a cabo la operación fue la decisión de Pompeyo de aceptar
que los piratas y sus familias se rindieran y de trasladarlos a buenas tierras de cultivo,
a menudo en nuevas comunidades donde podían mantenerse sin recurrir a la
violencia. Una vez más, Pompeyo era el adorado héroe de la República, aunque la
mezquindad de su carácter reapareció cuando trató de negar al gobernador
proconsular de Creta el mérito de haber vencido a los piratas en aquella isla. Su
triunfo sólo le abrió el apetito de obtener nuevas glorias.[26]

En el año 66 a. C., otro tribuno, Cayo Manilio, presentó un proyecto de ley en la


asamblea popular utilizando los poderes que Pompeyo y Craso habían devuelto a esa
magistratura. Desde el año 74 a. C. el mando del eterno conflicto con Mitrídates
había recaído en Lucio Licinio Lúculo (un puesto que, como ya hemos mencionado,
al parecer consiguió con la ayuda de la cortesana Precia). Lúculo era uno de los

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hombres de Sila, probablemente el único senador que permaneció a su lado cuando
marchó sobre Roma en el año 88 a. C. Era un general atrevido y hábil, pero sus
talentos para la estrategia y las tácticas no venían acompañadas de una destreza
similar como líder. Durante sus campañas, Lúculo había cosechado victoria tras
victoria sobre Mitrídates y su aliado, el rey Tigranes de Armenia, pero nunca logró
conquistar el afecto de sus oficiales y soldados del modo que supieron hacerlo
comandantes como Mario, Sila y Pompeyo. Lo que era aún más peligroso, regulaba
escrupulosamente las actividades de los hombres de negocios romanos y de los
recaudadores de impuestos (publicani) en Asia, lo que despertaba el resentimiento de
estos influyentes grupos, que se habían acostumbrado a explotar a los habitantes
locales bajo el auspicio de gobernadores que sólo pedían a cambio un porcentaje de
los beneficios. Lúculo se había esforzado en tener contentos a los habitantes de las
provincias temiendo que llegaran a ver a Mitrídates como a un liberador potencial de
la opresión romana. Sin embargo, para muchos comerciantes adinerados, los
beneficios eran más importantes que esas preocupaciones y, a partir del año 69 a. C.,
el mando de Lúculo se fue mermando de manera paulatina a medida que se retiraban
regiones de su mando para ponerlas en manos de otros gobernadores. Su poder se
resintió, perdió gran parte del terreno que había ganado en los inicios de la guerra y la
victoria final empezó a parecer más lejana todavía. En esas circunstancias, la idea de
enviar a Pompeyo para ocuparse del problema y solucionarlo de una vez por todas
resultaba inmensamente atractiva. César volvió a hablar a favor de la ley, que fue
aprobada con facilidad. Pompeyo sustituyó a Lúculo, dando una vez más la impresión
de llegar en el último momento para hacerse con el mérito por la victoria en una
guerra que ya estaba prácticamente ganada.[27]

Es muy poco probable que el apoyo de César a las leyes que otorgaron a
Pompeyo los mandos extraordinarios en los años 67 y 66 a. C. marcaran la diferencia
en el resultado de las votaciones sobre esos asuntos. Había muchos otros excuestores,
así como varios senadores jóvenes, que contravenían las convenciones con su manera
de vestir y su comportamiento. Es importante que no olvidemos que en ese momento
de su vida, César todavía no era demasiado importante. Su historial hasta la fecha
sugería que era un hombre que llegaría lejos, con posibilidades de hacer una carrera
de considerable valía, pero, una vez más, no era el único en esa situación. No iba a
lograr la profunda gratitud de Pompeyo gracias a su abierto posicionamiento a favor
de la Lex Gabinia y la Lex Manilia, porque su papel había sido mínimo. No obstante,
ambas leyes habían creado polémica, habían despertado mucha atención cuando
diversos senadores importantes hablaron contra ellas en el Senado y en el Foro. César
aprovechó la oportunidad para darse a conocer y conseguir que lo asociaran al éxito
de las leyes y de Pompeyo. Existía la posibilidad de que se le contagiara alguna
pequeña parte de su popularidad y, lo que era aún más importante, había expresado
opiniones que compartían un amplio grupo de ciudadanos, entre ellos numerosos

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équites y otros romanos, de moderada prosperidad, cuyo voto era decisivo en las
asambleas. Abrazar causas populares significaba ser un popularis; aunque en estudios
antiguos los populares se describían casi como un partido o agrupamiento político
bien definido, en realidad se trataba sólo de un estilo de hacer política que se basaba
en obtener el apoyo del pueblo. Los Gracos habían sido populares, como Mario en
ocasiones, así como Saturnino y Sulpicio. A pesar de que planteaban muchos asuntos
similares, estos hombres no compartían un conjunto fijo de opiniones comunes.
Desde el comienzo de su carrera, César se había inclinado hacia el camino de los
popularis, pero eso tampoco significaba que hiciera causa común con cualquiera que
actuara de la misma manera, como era el caso de muchos. La política seguía siendo
una lucha esencialmente individual, ya que todos los demás eran competidores. No
era sólo una cuestión de lograr el clamor popular, sino de conseguir más clamor
popular que ningún otro candidato.[28]

Otro método que César empleó para captar votos del electorado fue gastar con
generosidad. Había sido nombrado responsable de la Vía Apia, y gastó buena parte de
su propia fortuna para pagar las renovaciones y mejoras del camino y las estructuras
asociadas. En principio, la rentabilidad de esa inversión fue positiva, ya que la Vía
Apia seguía siendo uno de las rutas más importantes hacia Roma, de modo que los
votantes que utilizaran esa vía para llegar a la ciudad recordarían lo que César había
hecho por ellos. No hay duda de que esa disposición a gastar su propia riqueza en sus
conciudadanos contribuyó a que resultara elegido para el cargo de edil curul (curule
aedile) en el año 65 a. C. En total había cuatro ediles, pero dos eran puestos
reservados a plebeyos y, por tanto, un patricio como César no podía ocuparlo. Los
ediles curules, que podían ser tanto patricios como plebeyos, tenían derecho a
sentarse en la silla oficial de los magistrados, como los pretores y los cónsules. Sila
no convirtió el cargo de edil en parte obligatoria de la carrera pública para aquellos
que deseaban obtener una magistratura superior, ya que había muy pocos puestos
disponibles, pero había determinado que sólo podrían ser ediles los mayores de
treinta y siete años. César sólo tenía treinta y cinco años cuando obtuvo el cargo, y lo
más probable es que el Senado le otorgara una exención especial para poder
presentarse al puesto dos años antes de lo habitual. Al parecer, ese tipo de favores
especiales eran bastante comunes, tanto que en el año 67 a. C. un tribuno había
aprobado una ley que prohibía al Senado otorgar esas dispensas a menos que se
contara con la presencia de un quórum de doscientos senadores. Seguramente la
exención de César se debiera a la influencia de la familia de su madre y su propia
fama como poseedor de la corona civica y un pontificado. Sin embargo, la fecha en la
que obtuvo el cargo de edil ha sido presentada como prueba por aquellos estudiosos
que prefieren datar el nacimiento de César en el año 102 a. C., aunque eso no
concuerda con los escasos datos con los que contamos: por ejemplo, habría sido
extraño que se convirtiera en cuestor dos años de retraso.[29]

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Los ediles se ocupaban casi exclusivamente de la organización de la propia
Roma, supervisaban el cuidado de los templos, la limpieza y mantenimiento de los
caminos, acueductos y alcantarillado e inspeccionaban el suministro de grano, los
mercados e incluso los burdeles de la ciudad. En ocasiones adoptaban asimismo
funciones judiciales, pero uno de los principales atractivos para un político ambicioso
era la responsabilidad de los ediles de organizar los entretenimientos y las
festividades públicas. Los dos ediles curules eran responsables de los siete días de
juegos y espectáculos en honor de la diosa madre Cibeles en abril (los Ludi
Megalenses) y de los juegos Romanos (los Ludi Romani), otros quince días de
entretenimientos en septiembre. Aunque el erario público otorgaba una asignación a
los magistrados para hacer frente a los costes de estas producciones, hacía años que
se había establecido la costumbre de que los ediles completaran esa cantidad con sus
propios fondos. Cada lujoso espectáculo que organizaba un edil deseoso de ganar
popularidad establecía un nuevo estándar que su sucesor debía igualar o superar.
César se lanzó a preparar los juegos con todo el brío de un hombre del espectáculo
experimentado y la determinación de que no había que reparar en gastos. Gran parte
de su colección privada de arte se expuso en el Foro y en las basílicas circundantes,
además de erigirse columnatas temporales con ese fin. En aquella época, Roma aún
no contaba con los monumentales teatros que caracterizaban las ciudades helénicas y
fue necesario instalar asientos y un auditorio provisional. El otro edil curul, Marco
Calpurnio Bíbulo, compartió los gastos, pero se quejó de que todo el mérito pareciera
recaer sobre su colega pese a que ambos organizaron de forma conjunta las luchas de
fieras y las producciones dramáticas. Por lo visto, Bíbulo comentó que lo mismo
había sucedido con el Templo de Cástor y Pólux, los Gemelos Celestiales, que todo el
mundo conocía como el Templo de Cástor por cuestiones de brevedad. Parecía que,
del mismo modo, la gente hablaba de César el edil, nunca de César y Bíbulo.[30]

Durante su mandato como edil, César decidió organizar unos juegos de


gladiadores en honor de su padre, muerto unos veinte años antes. El origen de las
exhibiciones de gladiadores eran los juegos funerarios. Al principio, estas
exhibiciones habían sido privadas, familiares, pero, hacia finales del siglo III a. C. se
convirtieron en espectáculos públicos y su escala y esplendor crecieron rápidamente.
La tradición de que esas luchas tuvieran lugar sólo para conmemorar el fallecimiento
de algún familiar se mantuvo hasta la época de César, mientras que las luchas de
fieras podían formar parte de diversas celebraciones. No obstante, las celebraciones
habían pasado a ser un mero pretexto para organizar estos violentos entretenimientos
que tanta popularidad habían alcanzado en Roma y en toda Italia. Con todo, la
decisión de César de declarar unos juegos funerarios tras un periodo tan largo fue una
acción tremendamente inusual. Y, sin embargo, desde muchos puntos de vista, la
escala de sus planes fue aún más excepcional: comenzó a reunir tantos gladiadores de
las escuelas de todo el territorio italiano que el Senado se puso nervioso. La rebelión

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de Espartaco todavía estaba fresca en la memoria de todos y es posible que se temiera
lo que un hombre ambicioso como César podía llegar a hacer con tantos hombres
armados bajo su mando en la propia Roma. Es probable que fuera igualmente
importante el hecho de que otros senadores se mostraran reacios a permitir esos
exuberantes despliegues porque elevaban las expectativas del público, haciendo así
que resultara más caro y complicado conseguir el apoyo del pueblo en el futuro. En
consecuencia, se aprobó una ley que limitaba el número de gladiadores que podían
actuar en los juegos organizados por una sola persona. Aun así, nuestras fuentes
informan de que trescientos veinte gladiadores participaron en los juegos de César y
de que todos estaban equipados de armaduras plateadas y con recargados ornamentos.
También los que lucharon contra las fieras utilizaron armas magníficas en los
entretenimientos que organizó junto con Bíbulo.[31]

Durante la época que fue edil, César gastó sumas ingentes de su propio dinero,
además de los fondos que aportaba Bíbulo en sus proyectos conjuntos. El pueblo
romano disfrutaba inmensamente en los espectáculos y juegos que se les ofrecía para
su disfrute gratuito. No le gustaba percibir la más mínima sombra de tacañería en la
preparación de los juegos y se lo tendría en cuenta al organizador en cuestión en su
futura carrera, del mismo modo que recordaría con gratitud a alguien que montara un
espectáculo realmente impresionante. Sin embargo, no era sólo cuestión de invertir
dinero en los proyectos, ya que incluso unos juegos muy caros podían pasar
inadvertidos si no se presentaban bien. A César nunca le faltó estilo en todo lo que
hizo y sus juegos fueron un gran éxito. Desde su punto de vista, el dinero que había
destinado a conseguir ese resultado había estado bien gastado. Era su propio dinero
sólo en el sentido de que él lo había pedido prestado. Plutarco nos cuenta que, aun
antes de haber sido elegido para ningún cargo público, las deudas de César ya
ascendían a más de 1300 talentos, un total de más de 31 000 000 de sestercios en
moneda romana. (Para dar una idea de las proporciones, la propiedad mínima que
cualificaba a un miembro de la orden ecuestre en una fecha ligeramente posterior era
de 400 000 sestercios). Era una cifra astronómica que, a continuación, se vio
incrementada por sus enormes gastos como responsable de la Vía Apia y su cargo de
edil. César confiaba en que su futuro político fuera suficientemente brillante y
lucrativo para liquidar sus deudas. Sus acreedores asumían ese mismo riesgo, pero
suponemos que también confiaban en sus posibilidades. Seguramente, la mayor parte
de este dinero se lo debía a Craso. César no era el único político prometedor al que
financió, pero es poco probable que a los demás les diera la misma libertad para pedir
prestado dinero una y otra vez.[32]

Hubo un último gesto en el periodo de César como edil. En algún momento a lo


largo del año, con toda seguridad antes de una de las series de juegos, ordenó que los
trofeos que conmemoraban la victoria de Mario sobre los cimbros y los teutones

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fueran devueltos al Foro. Sila había ordenado que se retiraran y probablemente que se
destruyeran, por lo que lo más seguro es que se colocaran copias. Como sucedió en
los funerales de Julia, la respuesta de la población a ese gesto fue muy positiva. Había
suficientes personas que seguían recordando el miedo a que los bárbaros del norte se
extendieran hacia el sur entrando en Italia y saqueando Roma de nuevo. Mario había
salvado a Roma de su destino y esa era una hazaña que la mayoría consideraba digna
de celebración. Una excepción era Quinto Lutacio Catulo, cónsul en el año 78 a. C. y
pontífice como César. Su padre había sido cónsul con Mario en el año 102 a. C. y
procónsul en 101 a. C. y se sentía muy contrariado ante el hecho de que el héroe
popular hubiera ganado la mayor parte del mérito por el éxito de los dos. En aquel
momento, es probable que Catulo fuera el miembro más respetado del Senado, pese a
que, oficialmente, no era el princeps senatus, el hombre cuyo nombre aparecía en
primer lugar en la lista de senadores. El énfasis en Mario redujo la gloria de la propia
familia de Catulo, lo que le molestó, pero si las historias que se cuentan son ciertas,
también estaba empezando a ver a César como un político temerario y
potencialmente peligroso. En el Senado, Catulo declaró: «Ya no es con minas, sino
con máquinas de guerra como César trata de conquistar el Estado». Sin embargo, a
pesar de la gran auctoritas del anciano hombre de Estado, César respondió con un
discurso de perfecta sensatez que convenció a la mayoría de los senadores de su
inocencia. Es muy posible que tuviera razón, porque su carrera seguía siendo
convencional en la mayoría de los aspectos, pese a su extravagancia. Pero la
revolución estaba en el aire.[33]

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VI
La conspiración
Desde que las riquezas comenzaron a servir de honra, y gloria, poder e
influencia las acompañaban, la virtud se embotaba, la pobreza era
considerada un oprobio, la honestidad empezó a tenerse por mala fe. De
esta manera, por culpa de las riquezas, invadieron a la juventud la
frivolidad, la avaricia y el engreimiento: robaban, gastaban, valoraban en
poco lo propio, anhelaban lo ajeno, la decencia, el pudor, lo divino y lo
humano indistintamente, nada les merecía consideración ni moderación.

Salustio, finales de los años cuarenta a. C.[1]

A finales del año 66 a. C. las elecciones consulares para el siguiente año fueron
ganadas por Publio Cornelio Sila y Publio Autronio Peto. Sila era sobrino del
dictador y había amasado una gran fortuna durante las proscripciones. Era además
cuñado de Pompeyo y es posible que gozara de cierta popularidad por asociación con
el gran comandante, pero, en unos comicios marcados por el cohecho y por la
intimidación, el triunfo de Sila se debió mucho más a su dinero. Este tipo de
prácticas, de por sí, era bastante habitual.

A lo largo del periodo se aprobó una larga serie de leyes para hacer frente a la
corrupción electoral, pero la elevada frecuencia de este tipo de legislación pone de
manifiesto su ineficacia. Una ley reciente había estipulado que los candidatos que
fueran declarados culpables de dichos delitos no sólo perderían el cargo que habían
obtenido, sino que serían expulsados del Senado, se les negaría el derecho a exhibir
los símbolos de cualquier cargo público y se les excluiría a perpetuidad de la política.
Los dos candidatos más votados después de los elegidos, Lucio Aurelio Cota y Lucio
Manlio Torcuato, se apresuraron a entablar una acción judicial contra los vencedores
amparándose en esa ley contra el soborno. Cota fue el hombre que en su calidad de
pretor en el año 70 a. C. había introducido la ley que modificaba la composición de
los jurados en los tribunales. Para entonces hacía uno o dos años que debería haber
conseguido el consulado, lo que posiblemente hizo la derrota aún más dolorosa. Sus
dos hermanos ya habían sido cónsules, mientras que Manlio provenía de un
distinguido linaje de patricios, a diferencia de los vencedores. Para su defensa,
Autronio confió más bien en un grupo de adeptos que intimidarían a los miembros de
los tribunales o, si eso fallaba, sabotearían el proceso. No es posible determinar si
Sila empleó tácticas similares; años más tarde Cicerón le defendió de otra acusación y

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culpó de toda la violencia anterior a Autronio. No obstante, las denuncias prosperaron
y ambos fueron desposeídos de su cargo y excluidos de la vida pública, mientras que
Cota y Torcuato eran nombrados cónsules para el año 65 a. C., o bien porque
obtuvieron el mayor número de votos tras Sila y Autronio, o tal vez a consecuencia
de una segunda elección.

Por lo visto, la cosa no quedó ahí. Autronio y Sila se resistían a aceptar su


expulsión permanente de la política. Se habló de una confabulación para asesinar a
Cota y a Torcuato cuando tomaran posesión de su cargo de cónsules el 1 de enero del
año 65 a. C.; la conjuración preveía también el asesinato de otros importantes
senadores, a continuación de lo cual, los conspiradores se instalarían en la
magistratura suprema. Prevenidos del golpe que se había planeado, los nuevos
cónsules obtuvieron permiso del Senado para rodearse de una guardia armada y el día
transcurrió sin que se produjera ningún incidente violento. Oficialmente, todo el
asunto se ocultó tras un velo de silencio, de tal modo que Cicerón, que en el año 66
a. C. ocupaba el cargo de pretor, pudo sostener algunos años después que nada de lo
acaecido había llegado a sus oídos. En ausencia de hechos, se multiplicaron los
rumores, sobre todo cuando pasaron los años y podía resultar útil manchar el nombre
de un rival acusándole de haber participado en aquellos turbios sucesos. Más tarde se
dijo que el principal aliado de Autronio había sido Lucio Sergio Catilina, personaje
que volveremos a tratar en este capítulo. Catilina acababa de regresar de África,
donde gobernaba con el cargo de propretor, y había deseado presentarse a cónsul
desde la destitución de Sila y Autronio. Supuestamente, la negativa del magistrado
presidente a aceptar su candidatura le impulsó a unirse a Autronio en sus planes de
hacerse con el poder por la fuerza. Otro de los nombres mencionados fue el de Cneo
Calpurnio Pisón, que había sido elegido cuestor para el año 65 a. C. y a quien se le
atribuía un carácter violento y destemplado. Cuando poco después el Senado le envió
a Hispania como propretor (un nombramiento de lo más extraordinario para un
magistrado de tan poca edad y rango), la decisión fue interpretada como un signo del
temor del Senado a lo que Pisón pudiera hacer si se le permitía permanecer en Roma.
Es indudable que estas historias fueron exagerándose con el tiempo, en especial
después de que Pisón fuera asesinado en su provincia a manos de algunos de sus
propios soldados hispanos. Se alzaron voces que aseveraban que lo que incitó a su
escolta a cometer tal acto fue el tiránico mandato del gobernador. Desde luego es una
teoría plausible, pero no deberíamos olvidar que, de los numerosísimos gobernadores
romanos que podemos calificar de opresores, sólo un puñado de ellos acabó siendo
asesinado. Otros, por su parte, sugirieron que los soldados eran leales a Pompeyo
debido a que habían luchado bajo su mando contra Sertorio, y habían recibido
órdenes (o habían tomado la decisión por propia iniciativa) de deshacerse de un rival
potencial. La circulación de historias descabelladas como esta es un índice del
nerviosismo que reinaba en aquellos años.[2]

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Es en ese contexto donde debemos situar la versión ofrecida por Suetonio, según
la cual Craso y César se habían confabulado con Autronio y Sila. El plan consistía en
matar a sus oponentes del Senado, otorgar el consulado a los dos condenados y
nombrar a Craso dictador, con César como su segundo, con el antiguo título de jefe
de caballería (magister equitum). Se suponía que César daría la señal para el ataque
dejando caer su toga del hombro, pero no lo llegó a hacer en vista de que Craso,
movido por «arrepentimiento o por miedo», no se presentó. Todas las fuentes
señaladas por Suetonio para documentar este incidente salieron con posterioridad de
la pluma de autores hostiles a César y lo mismo sucede con otra de las historias que
menciona, que describe cómo César proyectó una rebelión armada de común acuerdo
con Pisón y cómo resultó frustrada por la muerte de este último. Al igual que otros
alegatos que sostienen que planeaba hacerse con el control de la República por medio
de la fuerza desde sus primeros años, es probable que estas teorías no sean más que
propaganda ulterior. César, que acababa de ser elegido edil para el año 65 a. C., no
tenía ninguna razón para desear una revolución y sin duda es altamente improbable
que participara en una conjura para asesinar a su pariente Lucio Aurelio Cota. De la
misma manera, Craso, que en fechas recientes había obtenido el cargo de censor con
Catulo como colega, ganaría bien poco con una rebelión armada. Es evidente que
hubo disturbios de origen político durante y después de los comicios consulares y es
posible que existiera un complot de algún tipo, pero la participación de César o Craso
es ciertamente una invención posterior.[3]

Existe una tendencia entre los historiadores antiguos y modernos a considerar que
estos años estuvieron caracterizados por la rivalidad entre Craso y Pompeyo. En el
año 67 a. C. Catulo había afirmado que el mando de la expedición contra los piratas
había otorgado demasiado poder a un solo hombre. Cuando Pompeyo fue puesto
también al frente de la guerra con Mitrídates, llegó a controlar ejércitos todavía
mayores y a tener acceso a los recursos de un área muy superior a la que tuvo a su
disposición Sila en los inicios de la guerra civil. Los autores de la época de los
emperadores expresaron su sorpresa cuando decidió renunciar a esos extraordinarios
poderes al regresar a Italia a finales del año 62 a. C. Se daba por supuesto que
cualquiera que tuviera la fuerza suficiente para convertirse en dirigente único de
Roma indefectiblemente codiciaría esa autoridad. En retrospectiva, sabemos que esa
creencia era errónea, ya que Pompeyo prefirió perseguir la consecución de sus
ambiciones por medios más convencionales. En las cartas escritas por Cicerón en
aquellos años no hay ningún indicio de que le preocupara que el gran general siguiera
el ejemplo de Sila. Parece improbable que hubiera muchos otros senadores que
previeran una nueva guerra civil, pero eso no significa que la consideraran
completamente imposible. Cualquiera que formara parte de la vida pública de esos
años tenía suficiente edad para recordar la terrible violencia de los años ochenta antes
de Cristo, las listas de proscripciones que señalaban a conocidas personalidades por

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cuya muerte se ofrecía recompensa y las cabezas cortadas que decoraban la rostra.
Todo eso había sucedido en el corazón de Roma y nadie podía decir que no sucedería
de nuevo. Pompeyo había sido uno de los sanguinarios generales de Sila, el «joven
verdugo». Los años parecían haberle ablandado, pero sólo había pasado una pequeña
parte de su carrera en Roma, participando en el día a día del negocio de la vida
pública. A todos les era familiar la figura del apuesto comandante que agregaba sus
victorias en Asia a las que había acumulado en África, Hispania, Sicilia e Italia, pero
¿cuántos conocían en realidad al verdadero hombre y podían en consecuencia estar
seguros de cómo se comportaría? Las circunstancias eran muy distintas a la situación
a la que se enfrentó Sila y que, de hecho, acabaría poniéndole entre la espada y la
pared. Sin embargo, si alguien llegara a tomar Roma por la fuerza, como hiciera el
descontento cónsul Cinna, ¿quién diría que eso no le daría a Pompeyo el motivo, o el
pretexto, para regresar espada en mano a la cabeza de su ejército? Esa perspectiva era
aún más fácil de imaginar teniendo en cuenta que el desarrollo de las elecciones y los
juicios se estaba viendo perturbado y la competencia entre los principales senadores
parecía más desesperada que nunca.[4]

A diferencia de lo que sucedía con Pompeyo, la gente conocía a Craso, que


pasaba mucho más tiempo en Roma y participaba activamente en la vida pública.
Craso era uno de los hombres más ricos de la República —es probable que su fortuna
fuera sólo superada por la de Pompeyo— y, como le gustaba decir, ningún hombre
podía llamarse a sí mismo rico hasta que podía permitirse constituir su propio
ejército. A pesar de su riqueza, su estilo de vida era considerablemente frugal en una
época de lujo y caprichos. Hombres como Lúculo y el gran rival de Cicerón,
Hortensio, hacían ostentación de sus fortunas en sus magníficas residencias, villas y
jardines, en los que celebraban espléndidos banquetes de alimentos exóticos. Eran
famosos por los esfuerzos que dedicaron a la construcción de estanques de agua
salada en los que criaban peces marinos, a menudo como mascotas además de como
alimento. Craso no despilfarraba su dinero en antojos de ese tipo y, por el contrario,
dedicaba grandes esfuerzos a acrecentar su ya vasta fortuna. Tenía muchos negocios y
mantenía estrechos vínculos con los publicani y otras compañías que operaban en las
provincias. Sus negocios más conocidos eran las propiedades inmobiliarias, en ellos
trabajaban cientos de esclavos capacitados que Craso empleaba para construir
edificios e incrementar su valor. Entre estos esclavos había un grupo adiestrado como
cuerpo de bomberos, algo único en Roma en aquel momento. Gran parte de la ciudad
consistía en calles estrechas que separaban altos bloques de viviendas o insulae,
densamente poblados y, con frecuencia, construidos a bajo precio por caseros
deseosos de beneficiarse lo máximo posible de las rentas. Los incendios se desataban
con facilidad y se propagaban con rapidez, en especial en el calor del verano italiano.
Craso logró adquirir amplias franjas de Roma a precio de ganga esperando a que se
produjera un incendio y comprando a continuación aquellas propiedades que se

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hallaban en el camino del fuego. Una vez cerrado el trato, avisaba a su cuerpo de
bomberos para que detuviera las llamas, lo que solían hacer demoliendo edificios
para crear cortafuegos. Algunos de los inmuebles recién adquiridos se salvaban,
mientras que sus esclavos artesanos estaban listos para volver a edificar en los
terrenos donde acababan de demoler las antiguas construcciones. Al parecer, estaba
especializado en mansiones para los más pudientes, aunque, como otros romanos
destacados, es posible que también poseyera numerosos bloques de casas en las
barriadas más pobres. Los métodos utilizados para adquirir muchas de sus
propiedades demostraban a la vez determinación y falta de escrúpulos. En un
momento dado, probablemente en el año 73 a. C., se le vio frecuentar con asiduidad a
una virgen vestal llamada Licinia y, de resultas, esta fue acusada formalmente de
haber roto su voto de castidad, un delito que en el caso de las vestales era castigado
con el enterramiento en vida de la culpable. El caso fue desestimado cuando Craso
anunció que su propósito era comprarle una casa a Licinia, cuyo nombre sugiere que
tal vez se tratara de una pariente. Tan convencidos estaban todos de su entusiasmo
por la adquisición de nuevas propiedades que esa posibilidad fue considerada mucho
más probable que la de que estuvieran teniendo una aventura. Licinia fue absuelta,
pero se cree que Craso siguió rondando a la vestal hasta que finalmente le vendió la
casa.[5]

Craso no era sólo un magnate inmobiliario que poseía enormes propiedades y


minas de plata, así como viviendas, y la finalidad de su fortuna no era sólo
multiplicarse, sino ayudarle en sus ambiciones políticas. Como hemos visto, es
probable que César recibiera varios préstamos para financiar sus intentos de ganarse
el favor popular. Craso siempre estaba dispuesto a prestar fondos a aquellos hombres
que tuvieran la intención de seguir una carrera política. Rara vez les cobraba
intereses, aunque era implacable a la hora de recuperar el préstamo en cuanto llegaba
la fecha acordada para su reembolso. Se concentraba sobre todo en acumular capital
político, haciéndole favores a otros hombres y logrando así que estuvieran en deuda
con él. En esos años, una alta proporción de los aproximadamente seiscientos
senadores, tal vez incluso la mayoría, le debía dinero a Craso o había disfrutado de
uno de sus préstamos sin intereses en el pasado. Pocas de esas personas procedían de
las principales familias, que solían poseer suficientes riquezas. Muchos de ellos,
como César, eran hombres ambiciosos de los márgenes del círculo más íntimo de
familias, y un número aún mayor eran senadores inferiores que nunca habían ocupado
una magistratura, pero eran miembros del Senado y podían votar, aunque pocas veces
se les invitaba a hablar. Craso tenía mucha influencia entre esos hombres debido a la
generosidad con la que había permitido que recurrieran a su fortuna. También estaba
dispuesto a hacer otro tipo de favores si así las personas a quienes había ayudado
quedaban en deuda con él. Craso participaba de forma muy activa en los tribunales,

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incluso en comparación con personajes del calibre de Cicerón, cuya carrera se basaba
fundamentalmente en sus habilidades como abogado. Este último sostenía que Craso:

con una formación cultural mediocre y con dotes naturales aún más limitadas,
gracias a su aplicado esfuerzo y a que ponía todo su cuidado y hasta su influencia
en ganar las causas, figuró por algunos años entre los principales abogados. Usaba
en sus discursos un latín correcto, sus palabras no eran triviales; los argumentos
los hilaba diligentemente, pero sin figuras ni brillantez alguna; se acaloraba
mucho interiormente, pero elevaba poco la voz, de manera que casi todo lo decía
en tono similar y uniforme.[6]

Plutarco también hizo hincapié en la meticulosidad con la que Craso preparaba


sus discursos antes de aparecer ante el tribunal. Su abogacía, pues, estaba definida
por el esfuerzo más que por una facilidad natural, pero en cualquier caso era
extremadamente efectiva y su disponibilidad para aceptar casos que otros habían
rechazado colocaba a muchos en una situación de compromiso con él. Igualmente, el
hecho de que siempre estuviera listo para hacer campaña en nombre de los candidatos
electorales era otra manera de hacer favores que podían devolverle en el futuro. Su
entusiasmo para establecer nuevos contactos conllevaba que, en ocasiones, se
mostrara voluble y representara a un hombre un día ante los tribunales o en el Foro,
pero, un poco más tarde, se pusiera de parte de alguien que se oponía a él. Craso
trabajaba duro en el terreno político, a diferencia de Pompeyo, que, cuando estaba en
Roma, apenas aparecía por el Foro. La fortuna y la auctoritas de Pompeyo eran
mayores que los de cualquier otro, pero se le consideraba reacio a utilizarlos, porque
le disgustaban las multitudes y pocas veces ejercía como abogado. Craso siempre era
visible, defendiendo o apoyando a otros y prestando atención a saludar por su nombre
a todos los que se encontraba, incluso a los más humildes. Nunca se ganó el cariño de
la multitud, pero su influencia garantizó que fuera tratado con respeto. Las acciones
judiciales contra hombres importantes eran parte habitual y común de la vida pública,
pero nadie atacó a Craso en los tribunales. Plutarco menciona a un tribuno de la plebe
que era famoso por sus feroces ataques contra las personalidades. Cuando le
preguntaron por qué nunca arremetía contra Craso, respondió que se debía a que «ese
lleva paja en los cuernos», refiriéndose a la costumbre italiana de poner paja en los
cuernos de los toros peligrosos para advertir a la gente de que debían mantenerse
alejados de ellos. Es posible que la expresión fuera un juego de palabras, ya que la
palabra latina para paja posee la misma raíz que la palabra prestamista.[7]

Es evidente que Craso tenía grandes planes para su periodo como censor en el año
65 a. C. Anunció que planeaba otorgar la ciudadanía a muchos de los habitantes de la
Galia Cisalpina. César ya se había unido a la agitación surgida en la región por ese

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tema, y Craso estaba deseoso de conseguir la gratitud y el futuro apoyo de tantos
nuevos votantes. Otros senadores temían la influencia que podrían obtener de ese
modo, mientras que su colega Catulo se mantenía firme en su rechazo a aceptar a los
nuevos ciudadanos. Craso también trató de anexionar Egipto como provincia y
recaudar impuestos, aunque se desconoce cómo pretendía hacerlo exactamente,
porque esos temas no solían ser responsabilidad de los censores. El país estaba
sumido en el caos, plagado de disputas dinásticas entre los decadentes tolomeos y las
rebeliones internas. Suetonio nos cuenta que César, animado por la popularidad
obtenida durante su mandato como edil, intentó asimismo persuadir a algunos
tribunos populares de que votaran a favor de otorgarle un mando extraordinario como
gobernador de Egipto. Es posible que Craso y él estuvieran trabajando en
colaboración en este asunto. También es posible que simplemente hubieran
identificado la misma oportunidad de enriquecerse haciéndose cargo de esa región,
famosa por su riqueza. En cualquier caso, había demasiada oposición para que estos
planes tuvieran éxito. Craso y Catulo siempre estaban tan absolutamente en
desacuerdo que ambos accedieron a dimitir como censores tras unos pocos meses en
la magistratura. No habían logrado llevar a cabo su principal misión: realizar un
nuevo censo de los ciudadanos y sus propiedades, y pasarían décadas antes de que se
volviera a efectuar un nuevo padrón de forma correcta. Una institución clave estaba
fracasando en su tarea de hacer frente a las nuevas circunstancias de la vida pública.
[8]

CATÓN, CATILINA Y LOS TRIBUNALES

En el año 64 a. C., César actuó por primera vez como magistrado presidente en un
juicio. Se trataba de un deber común para los ediles y los antiguos ediles, a quienes se
llamaba con regularidad para ser jueces en los tribunales cuando había demasiados
casos a cargo de los pretores. En el año 64 a. C. hubo un desbordamiento de juicios
en los tribunales que se ocupaban de los casos de asesinatos (quaestio de sicariis),
debido en parte a las actividades de uno de los cuestores, Marco Porcio Catón. Se
dice que se tomó sus deberes con mucha mayor seriedad que la mayoría de jóvenes
que ocuparon este primer puesto en el cursas. Cuando le nombraron supervisor de las
arcas públicas, Catón no se contentó con continuar con la práctica habitual y
abandonó la administración cotidiana a los empleados contratados de manera
permanente para realizar esas tareas. Por su parte, él se dedicó a revisar en detalle
todos los aspectos del negocio, por lo visto dejando boquiabierto al personal
profesional con su rigor y sus conocimientos. Los empleados se resistieron con
firmeza, intentando usar a algunos de los otros cuestores para bloquear sus
actividades. Catón respondió echando al miembro más antiguo del personal y
procesando a otro hombre, al que acusó de fraude. Durante su año de mandato,

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también analizó varias anomalías de la época de la dictadura. Sila había permitido
que algunos seguidores privilegiados tomaran dinero «prestado» de los fondos de la
República. Catón les persiguió y se aseguró de que el dinero fuera devuelto. Un
grupo sobre el que se centró en particular fueron aquellos que habían aceptado la
recompensa de 12 000 denarios (el equivalente a 48 000 sestercios) que se ofrecían
por el asesinato de los proscritos. Los nombres de estos hombres se hicieron públicos
y se les obligó a restituir ese «dinero ensangrentado». Las actividades del cuestor
obtuvieron la aprobación generalizada dado que el horror de las proscripciones seguía
vivo en las mentes de los romanos. Conscientes del signo de los tiempos, los fiscales
se apresuraron a acusar a todos aquellos hombres de asesinato. La legalidad de esta
acción era cuestionable dado que la ley de proscripciones de Sila había protegido a
los que actuaran en su nombre en contra de los que habían sido decretados enemigos
de la República. Estos juicios cuestionaron la base y la legitimidad de la propia
dictadura, del mismo modo que el amplio entusiasmo por la restauración del estatus y
los poderes de los tribunos había reflejado el deseo de que las cosas volvieran a ser
como antes de Sila, cuando existía una República «como es debido». Los romanos
estaban esforzándose en asimilar la violencia y el caos de su pasado reciente.[9]

No hay duda de que presidir estos juicios era una tarea grata para César. Sus
propias experiencias durante los años de la dictadura le hacían sentirse poco
comprensivo con aquellos que habían participado y se habían beneficiado de las
proscripciones. Políticamente tampoco era negativo implicarse de nuevo en una causa
popular. Aunque el juez no controlaba al jurado en su tribunal, sí podía favorecer a
una de las partes del caso y parece que César se mostró entusiasmado cuando
condenó a aquellos cuya culpa hubiera sido certificada de algún modo por los datos
del erario público. Entre los condenados se encontraba Lucio Luscio, uno de los
centuriones de Sila, que había adquirido una inmensa fortuna de diez millones de
sestercios durante las proscripciones. Otro era el tío de Catilina, Lucio Anio Belieno,
entre cuyas víctimas se incluía Quinto Lucrecio Ofela, el hombre que había intentado
presentarse al consulado desafiando una orden directa de Sila. El mismo Catilina fue
llevado a juicio acusado de un delito del que era claramente culpable, pese a que la
invectiva final de Cicerón bien podría haber sido exagerada: sostenía que había
desfilado por las calles agitando la cabeza de su cuñado, que era un familiar cercano
de Mario. No obstante, fue absuelto, no sabemos si en connivencia con César como
magistrado presidente, pero, en cualquier caso, Catilina era mucho más importante y
contaba con muchos más amigos influyentes que otros condenados en esos juicios. Es
posible que sus contactos le bastaran para influir en el jurado, en especial si estaban
respaldados por sobornos o favores. Puede que Catilina no necesitara la ayuda de
César, pero tal vez este último presintiera que le convenía más no demostrar
demasiado entusiasmo por este caso en concreto. El hecho de que ambos se asociaran
políticamente en los siguientes años demuestra que el juicio no provocó ninguna

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enemistad personal, pero qué significa eso en el fondo es difícil de decir. A pesar de
su asociación con Mario, parece cierto que César evitó actuar como vengador de
cuestiones personales durante todo el asunto. Suetonio apunta que, de forma
significativa, se negó a acusar a Cornelio Fagites, el oficial que lo había arrestado
durante su huida de la ira de Sila y que sólo lo liberó tras pagarle un generoso
soborno. Cornelio había cumplido con su parte del trato y puede que César, que
subrayaba que nunca abandonaba a nadie que le hubiera ayudado, pensara que eso era
más importante que el arresto original.[10]

No era la primera vez que Catilina salía impune de una acusación. Sus contactos
entre los principales miembros del Senado ya le habían permitido salir libre de un
juicio por mala administración y corrupción durante su propretura en África. Una vez
más, es probable que fuera culpable, pero la presencia en el tribunal de hombres que
le apoyaban, como Catulo, le permitió escapar al castigo como a otros tantos
gobernadores. En este caso incluso su acusador estaba muy dispuesto a hacer un
favor a la defensa. Como Sila y César, Catilina procedía de una antigua familia
patricia que había ido debilitándose a lo largo de los siglos hasta que quedó al margen
de la vida pública, y tuvo que esforzarse para competir con rivales más ricos y que
contaban con distinciones más recientes. La guerra civil le había ayudado a restaurar
su fortuna, ya que, con el tiempo, había llegado a ser un entusiasta partidario de Sila.
En los años siguientes, el escándalo persiguió su carrera: fue acusado de seducir a una
virgen vestal, entre otras proezas amorosas. Posteriormente se casó con Aurelia
Orestila —por lo que sabemos, no tenía ninguna relación con la madre de César—,
que poseía fortuna, pero tenía una dudosa reputación. Salustio comenta mordaz que
era alguien «de quien ninguna persona decente alabó nunca otra cosa a no ser su
belleza». Circulaban algunos rumores descabellados que contaban que, en su pasión
por ella, Catilina había asesinado a su propio hijo adolescente porque ella no quería
vivir en la misma casa que ese heredero casi adulto. Catilina tenía mala fama, era
considerado un mujeriego cuyos amigos, tanto hombres como mujeres, tendían a ser
los miembros más desenfrenados de la aristocracia. Sin embargo, también poseía un
gran encanto y una habilidad especial para inspirar la máxima lealtad en sus
asociados. La similitud con César es asombrosa y resulta tentador ver a Catilina casi
como el hombre en el que César podría haberse convertido. A pesar de los
escándalos, la carrera de Catilina hasta la fecha había sido fundamentalmente
convencional, con la excepción de los años de guerra civil, en los que no eran
aplicables las reglas normales. Había un entusiasmo y una desesperación en su
voluntad de alcanzar el éxito que, una vez más, recuerda a César. Se le había
prohibido presentarse a las elecciones al consulado del año 66 a. C., y al año
siguiente tampoco se presentó, probablemente porque seguía estando en juicio en el
tribunal provincial de extorsión, pero fue candidato de nuevo a finales del 64 a. C. Al
parecer, tanto Craso como César apoyaron su campaña.[11]

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A diferencia de Catilina, a primera vista parece que Marco Porcio Catón fue el
contrario de César en todos los sentidos. Era el bisnieto de Catón el Viejo, un
«hombre nuevo» elevado al Senado por sus distinguidos servicios en la segunda
guerra púnica que había llegado a ser cónsul y censor. Su antepasado había sido
siempre comparado con los decadentes aristócratas de las familias establecidas, cuyo
amor por la lengua y la cultura griega desdeñaba, y había vivido una vida sencilla
guiada por los severos principios del deber. Fue la primera persona que escribió una
historia en prosa de Roma en latín, negándose abiertamente a mencionar el nombre
de los magistrados debido a que deseaba celebrar las hazañas del pueblo romano, no
conmemorar los logros de la nobleza. Era un interesante ejemplo de la manera en la
que las familias senatoriales se convencían a sí mismas de que el bisnieto podía
hacerse famoso y llegar a ser muy respetado emulando las costumbres y el estilo de
vida de su famoso antepasado. Catón combinaba su personificación de los valores
tradicionales romanos —que tal vez fueran un reflejo de una realidad histórica o tal
vez no, pero, en cualquier caso, eran admirados por todos, cuando no emulados— con
una observancia especialmente rigurosa de la filosofía estoica. Esta doctrina hacía
hincapié en la búsqueda de la virtud por encima de todo, pero él la llevó hasta un
extremo casi obsesivo. Catón nunca se vio salpicado por el escándalo o acusado de
llevar una vida de lujo. En contraste con la suma atención que César prestaba a su
aspecto y la extravagancia de su vestuario, Catón no se preocupaba en absoluto de su
apariencia. Era habitual verle recorrer descalzo las calles de Roma, y se cree que
llegó a despachar asuntos oficiales como magistrado vestido con la toga, pero sin la
túnica que se llevaba por debajo. Cuando viajaba, nunca iba a caballo, sino que
prefería caminar y se dice que lograba sin dificultad mantener el ritmo de sus
compañeros con montura. De nuevo en marcada diferencia con César, según Plutarco,
Catón nunca había mantenido relaciones sexuales con ninguna mujer hasta que se
casó con su esposa. En este caso, el autocontrol de su esposa no estaba a la altura del
suyo, ya que más adelante se divorció de ella por infidelidad. Tampoco se contaba
entre las cualidades de su hermanastra Servilia, que durante mucho tiempo fue
amante de César.[12]

En cuanto a su comportamiento, con frecuencia parece que César y Catón eran


polos opuestos, pero en cierto modo ambos estaban esforzándose por conseguir el
mismo fin. Los políticos ambiciosos tenían que llamar la atención del pueblo para
poder destacar entre los muchos hombres que perseguían ocupar los mismos puestos
oficiales. Aquí Catón tenía ventaja, ya que los contactos de su familia eran mejores
que los de la familia de César. Cuando una persona conseguía una magistratura, debía
eclipsar a todos los demás que ocupaban el mismo cargo. La habilidad era
importante, pero era esencial llamar la atención sobre las propias gestas. Durante su
cuestura, Catón se aseguró de que todo el mundo supiera que estaba haciendo las
cosas con un estilo diferente, aportando a su trabajo no sólo talento, sino su propia

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versión de rígida virtud: persiguió a todos aquellos que habían cometido asesinatos
durante las proscripciones y a los que se habían beneficiado de ellas, lo que resultó
ser una acción muy popular que llamó la atención del pueblo y se ganó su
aprobación. De formas muy distintas —César mediante su arreglado aspecto y su
estilo innovador, Catón mediante ese aparente desaliño natural— ambos pregonaron
ante los demás lo distintos que eran de sus colegas. Lo mismo se puede decir de la
afición por el lujo y de la generosa inversión en los juegos del primero y el gusto por
economizar del segundo. Catón y César lograron que se les considerara desde el
principio de sus carreras como individuos que ya habían ganado amplia fama y
reconocimiento y que tenían un prometedor futuro por delante. Pese a emplear estilos
tan diferentes, ambos estaban jugando al mismo juego.

ANTIGUOS CRÍMENES Y NUEVOS


COMPLOTS

A finales del año 64 a. C., las elecciones volvieron a estar muy reñidas. César no
presentó su candidatura, porque no sería elegible para la pretura hasta el año
siguiente, pero sin duda estuvo presente para apoyar las campañas de otros
candidatos. Ese era uno de los mejores métodos para obtener apoyo para el futuro y
siempre se agradecía conseguir que los magistrados entrantes estuvieran en deuda con
uno. La pugna por obtener el consulado estaba especialmente igualada. Catilina logró
finalmente presentarse al cargo y se asoció con un personaje de reputación casi tan
dudosa como la suya, pero con mucho menos talento: Cayo Antonio. El otro
candidato digno de mención fue Marco Tulio Cicerón, el famoso orador. Cicerón era
un «nuevo hombre» y dependía de su propio talento para lograr el éxito. Había
ganado fama como abogado defensor, sobre todo en casos célebres como, por
ejemplo, cuando se opuso a uno de los subalternos de Sila en el año 80 a. C. o cuando
acusó a un gobernador que era conocido por su corrupción, pero que contaba con una
abultada fortuna y buenos contactos, en el año 70 a. C. Al igual que César, apoyó la
ley Manilia para otorgar a Pompeyo el mando en Oriente y se asoció de manera
continuada con los partidarios de este héroe popular. Durante un breve periodo,
Pompeyo y él habían servido a las órdenes de Pompeyo Estrabón en la Guerra Social
al igual que, irónicamente, lo había hecho Catilina. Cicerón, además, se presentaba a
sí mismo como el defensor de la orden ecuestre y había puesto mucho cuidado en
organizar buenos entretenimientos mientras fue edil. No obstante, hacerse el
popularis de este modo no le había granjeado el afecto de los más destacados
aristócratas del Senado, los «hombres buenos» (boni), como les gustaba llamarse, y
ningún «hombre nuevo» había alcanzado el consulado en la pasada generación. En
último término, resultó que las sospechas que despertaba Catilina fueron suficientes

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para hacer que el orador pareciera la mejor elección. Cicerón ganó con comodidad,
mientras que Antonio sufrió para alcanzar el segundo puesto.[13]

Cuando Cicerón y Antonio asumieron oficialmente el cargo el 1 de enero de 63 a.


C., tuvieron que enfrentarse de inmediato a un radical proyecto de ley sobre la tierra
presentado por el tribuno Publio Servilio Rulo que pretendía asignar grandes franjas
de terreno a los ciudadanos más pobres, comenzando con el territorio de propiedad
estatal en Campania, que suponía la mayoría del ager publicus que había quedado
tras las redistribuciones iniciadas por los Gracos. Puesto que la cifra de personas
implicadas lo hacían insuficiente, la República tendría que adquirir la tierra extra
necesaria. La ley garantizaba un buen precio a los vendedores, estipulaba que todas
las ventas debían ser voluntarias y excluía de modo explícito las granjas de los
veteranos de Sila que se habían instalado en tierra confiscada tras la guerra civil. Era
evidente que incluso podrían llegar a venderse propiedades de las provincias para
recaudar los fondos requeridos. Una comisión de diez miembros (decemvirí),
elegidos por el voto de una asamblea compuesta por diecisiete en vez de treinta y
cinco tribus y dotada de imperium propretoriano, supervisaría durante cinco años la
implementación del programa. El proyecto tenía una escala masiva y los poderes de
la comisión eran correspondientemente importantes, pero el problema que trataba de
solucionar era muy real. La Italia rural había atravesado grandes dificultades y era
obvio que había numerosos ciudadanos pobres cuya situación era de extrema
desesperación. Muchos de los desposeídos se habían trasladado a Roma, donde a
menudo pasaban grandes apuros para encontrar trabajos remunerados para
mantenerse ellos mismos y sus familias. En la ciudad había oportunidades y empleo,
pero no todos los que se mudaban a Roma tenían éxito. Los alquileres eran altos, las
condiciones de vida podían ser profundamente miserables en las abarrotadas insulae
y las deudas suponían una terrible carga para muchos de los más desfavorecidos que,
a diferencia de la nobleza, no podían aspirar a enriquecerse a través de un cargo
público.

Por sí sola, la reforma agraria propuesta por Rulo no habría solucionado todos
estos problemas, pero los habría aliviado en parte. Al principio, contó con el apoyo de
los diez tribunos de aquel año, y es muy probable que Craso y César fueran
partidarios entusiastas de Rulo y desearan ser elegidos para formar parte de la
comisión. Es más difícil juzgar la actitud de Pompeyo: por una parte, la reforma
habría proporcionado granjas a sus veteranos cuando regresaran de las campañas, que
estaban a punto de concluir, pero si Craso había desempeñado un papel importante en
el programa, entonces eso significaría también que ellos y muchos otros ciudadanos
estaban en deuda con su gran rival. Algunos de los tribunos eran fieles seguidores
suyos, por lo que no es probable que se opusiera de forma activa al proyecto, pero es
posible que, simplemente, no tuviera tiempo para desarrollar una opinión demasiado

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firme ya que seguía estando muy lejos de Roma. Cicerón se opuso con firmeza a la
propuesta desde el principio y a lo largo de toda su vida mostró de modo consistente
su desacuerdo hacia este tipo de legislación. Muchos senadores destacados se
opusieron también a Rulo y es posible que el nuevo cónsul creyera que era una buena
oportunidad para congraciarse con ellos, que hasta el momento habían mostrado
hacia él un entusiasmo, como mucho, tibio. En una serie de discursos al Senado y
reuniones del pueblo en el foro, Cicerón atacó con ferocidad la propuesta de ley.
Demonizó a los diez comisionados por sus extraordinarios poderes y los tildó de
«reyes», y alegó que los misteriosos hombres que se sospechaba que estaban
realmente detrás de la propuesta tenían motivos muy oscuros para apoyarla. Estas
siniestras figuras —aunque nunca llegaron a ser nombrados, se suele dar por supuesto
que se refería a Craso y probablemente a César— deseaban presentarse como rivales
de Pompeyo. Al menos uno de los tribunos había roto ya el consenso y declaró que
vetaría la propuesta. La retórica de Cicerón resultó victoriosa y la ley agraria fue
abandonada.[14]

En los siguientes meses, César procesó a Cayo Calpurnio Pisón, un excónsul que
había regresado recientemente de su gobierno en la Galia Cisalpina. Entre los cargos
de extorsión y mala administración estaba la acusación de que había ejecutado de
forma injusta a un galo del valle del Po. Una vez más, César defendió la causa de los
habitantes de aquella región, pero sin más éxito que en sus anteriores esfuerzos. La
defensa que Cicerón hizo de Pisón, en la que la auctoritas de su actual cargo se unió
a su formidable oratoria, resultó convincente. Sin embargo, el hecho de que César
llevara el caso y, sin duda también la habilidad y el entusiasmo con los que persistió
en sus argumentos, le granjearon la eterna enemistad de Pisón. Ese mismo año, más
adelante, César representó a un cliente númida, un joven noble que estaba intentando
afirmar su independencia del rey Hiempsal. El hijo del rey, Juba, estuvo presente en
las sesiones, que cada vez estaban más caldeadas. En un momento dado, César agarró
a Juba por la barba. Es posible que se tratara de un gesto deliberado de un orador que
busca explotar la latente xenofobia de la mayoría de los romanos, pero es muy
probable que fuera un genuino ataque de ira. A pesar de las impecables maneras y la
pose aristocrática de César —como huésped aceptaba con gentileza hasta la más
humilde hospitalidad y criticaba a sus compañeros cuando se quejaban—, a lo largo
de su vida fue proclive a perder los estribos de manera ocasional. Fuera cual fuera el
motivo, la disputa se resolvió a favor del rey. César no abandonó a su cliente, sino
que le mantuvo escondido en su casa hasta que pudo sacarlo de forma clandestina de
Roma.[15]

En varias ocasiones durante el año 63 a. C., César estuvo asociado a uno de los
tribunos del año, Tito Labieno. Seguramente ambos hombres fueran viejos conocidos,
ya que tenían más o menos la misma edad y habían servido en Cilicia y Asia bajo el

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mando de Servilio Isáurico en la década de los setenta antes de Cristo. Se cree que
Labieno procedía de Piceno, una zona dominada por las fincas de la familia de
Pompeyo, y es probable que existiera cierta relación entre ellos. Como tribuno, había
aprobado un proyecto de ley que otorgaba honores extraordinarios a Pompeyo: el
gran comandante obtuvo el derecho a exhibir la corona de laurel y la túnica púrpura
de general triunfante siempre que fuera a los juegos y el traje de ceremonia completo
si asistía a una carrera de carros. Se dice que César fue el instigador y principal
partidario de estas medidas. Suetonio afirma asimismo que alentó la acción judicial
interpuesta por Labieno contra Cayo Rabirio, un senador de edad bastante mediocre.
Se le acusó del arcaico cargo de perduellio —parecido a la alta traición— y los
denunciantes se remitieron a los hechos ocurridos poco después del nacimiento de
César treinta y siete años antes: Rabirio había sido uno de los hombres que siguió a
los cónsules en la masacre de los partidarios de Saturnino y Glaucia. El tío de
Labieno estaba entre los asesinados. Una fuente muy tardía, y muy probablemente
poco fidedigna, sostiene que Rabirio llegó a exhibir la cabeza de Saturnino en una
cena celebrada poco después. La acusación bien podía haberle procesado por asesinar
al tribuno, cuya persona era sacrosanta por ley, pero, dado que un esclavo recibió una
recompensa por esa causa, su culpabilidad es extremadamente improbable. En el año
100 a. C. el Senado había aprobado su decreto definitivo (el senatus consultum
ultimum), en el que daba instrucciones a Mario y al otro cónsul de que protegiera la
República por cualquier medio que fuera necesario. No parece que César y Labieno
cuestionaran el derecho del Senado para aprobar el decreto o de los magistrados de
obedecerlo, pero mostraron su preocupación por la manera en la que debería llevarse
a la práctica. Por lo visto, la creencia de que Mario había aceptado la rendición de los
radicales, que, a continuación, fueron asesinados por una turba que se había subido al
tejado de la Casa Senatorial, fue una de las cuestiones comentadas en el juicio. El
senatus consultum ultimum otorgaba a los magistrados el poder para usar la fuerza
contra los ciudadanos que estaban amenazando a la República, pero lo que no estaba
tan claro era si esas personas perdían toda protección legal cuando se habían rendido
y ya no podían hacer ningún daño.[16]

Muchos detalles del juicio son confusos, en especial en cuanto a los argumentos
de la acusación, que conocemos principalmente por el discurso que pronunció
Cicerón en defensa de Rabirio. En buena medida, lo mismo sucede con la reforma
agraria de Rulo, que también es conocida en gran parte gracias a la retórica detallada
y profundamente hostil de Cicerón. Todo el asunto era muy extraño, en primer lugar
debido al enorme lapso de tiempo transcurrido: no parece que quedaran muchos
testigos con vida, en especial considerando la gran pérdida de vidas sufrida por la
élite romana durante la guerra civil. Tampoco había ningún procedimiento moderno
para organizar un juicio por cargos de perduellio. Sila había establecido un tribunal
permanente para tratar los casos de un delito similar, aunque menor, el de maiestas,

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que, en realidad, era un delito contra la majestad del pueblo romano, algo parecido a
la idea que encontramos en algunos deportes modernos de «deshonrar el juego». Sin
embargo, César y Labieno eligieron deliberadamente el antiguo delito, cuya
legislación se decía que se remontaba a más de quinientos años atrás, a la época de
los reyes romanos. El arcaico procedimiento legal incluía la muerte por crucifixión,
un castigo que ninguna otra ley imponía en los ciudadanos, y no parecía permitir el
habitual exilio voluntario para los culpables. Una junta formada por dos jueces
(duumviri) fue designada a suertes para juzgar el caso. César fue uno de ellos, y su
primo lejano Lucio Julio César, que había sido cónsul el año anterior, fue el otro.
Aunque esta coincidencia resulta sospechosa en extremo, no hay ninguna razón en
particular para suponer que existiera connivencia con el pretor que supervisó el
proceso de selección y es posible que no fuera más que una casualidad.

Rabirio fue declarado culpable por ambos jueces y condenado a muerte. Se le


permitió apelar al pueblo romano a través de la Comitia Centuriata. No sólo Cicerón,
sino también el orador a quien había reemplazado en el puesto de mejor orador de
Roma, Quinto Hortensio, defendía al anciano frente a Labieno. Es muy probable que
fuera en esta ocasión cuando Cicerón pronunció el discurso que se publicaría en fecha
posterior. En él subrayó que Saturnino había recibido su bien merecido castigo,
señaló que Rabirio no era la persona que le había asesinado, aunque afirmó
reiteradamente que desearía que su cliente pudiera presumir de haberlo hecho él.
Atacó la crueldad inherente de recuperar una ley tanto tiempo olvidada y, como era
bastante habitual en los tribunales romanos, desacreditó el nombre de Labieno,
haciendo crípticas indirectas a su «bien conocida» inmoralidad. Más justificada
estaba la queja del cónsul de que le habían dado un tiempo inusualmente corto para
hablar. Al parecer, sus esfuerzos no convencieron a los votantes que se habían
reunido para la Comitia, a pesar de que se cree que la abierta hostilidad que César
había mostrado como juez había despertado la compasión hacia el acusado. Pronto
fue evidente que el voto condenaría a Rabirio, pero este asunto tan poco ortodoxo
tuvo una conclusión apropiadamente extraña. Con una estructura proveniente del
primer ejército romano, la Comitia Centuriata siempre se había reunido en el Campo
de Marte, fuera de los límites oficiales de la ciudad. En aquellos días Roma seguía
siendo pequeña y sus enemigos estaban cerca. Al reunirse para votar todos aquellos
que estaban obligados a hacer el servicio militar, se dejaba de manera inevitable a la
ciudad en un estado de vulnerabilidad ante un ataque sorpresa. Por tanto, para
protegerse de esa amenaza, la costumbre era situar centinelas en la posición
estratégica que garantizaba la colina Gianicolo. Siempre que esos hombres estaban en
su sitio y mantenían la vigilancia, una bandera roja ondeaba en lo alto de la colina y
la Comitia Centuriata podía ocuparse de sus asuntos. Si la bandera se arriaba, eso
significaba que Roma estaba en peligro, y que sus ciudadanos debían disolver la
asamblea y tomar las armas. La costumbre se mantuvo en la época de César y

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continuaría vigente durante siglos, pese a que su función hacía mucho que había
quedado obsoleta. Antes de que la Comitia hubiera completado la votación sobre el
destino de Rabirio, el pretor Quinto Cecilio Metelo Celer dio la orden de arriar la
bandera. La asamblea se disolvió sin haber emitido veredicto alguno. Más tarde,
nadie hizo ningún esfuerzo por reabrir el juicio.[17]

Ninguna fuente explica por qué Metelo actuó de ese modo. ¿Lo hizo para
proteger a Rabirio o más bien para ayudar a Labieno y a César a acabar con todo el
asunto sin desprestigiarse y sin tener que condenar y castigar a un senador anciano y
poco importante? A juzgar por la rapidez con la que abandonaron el caso más tarde,
su principal objetivo no fue nunca condenarle. Habían cuestionado el hecho de que el
senatus consultum ultimum anulara todas las demás leyes y los derechos de los
ciudadanos, pero no proporcionaron ninguna respuesta o modificaron la ley de
ninguna manera. En términos prácticos, es posible que lo máximo que lograran fuera
introducir una nota de precaución en las actividades de cualquier futuro magistrado
que actuara en respuesta a ese decreto. En lo personal, el juicio fue un éxito tanto
para Labieno como para César. Lo más probable es que la Comitia que se reunió para
juzgar el caso de Rabirio estuviera atestada de partidarios suyos y de aquellos a
quienes había conmocionado el caso y la cuestión en general, con lo que es probable
que no tuviera una composición típica. Muchos ciudadanos no tenían ni el tiempo, ni
el interés, ni la oportunidad de asistir. De hecho, habría sido físicamente imposible
que cupieran todos los que cumplían los requisitos en el emplazamiento donde se
reunía la Comitia Centuriata. Con todo, esa asamblea más que ninguna otra favorecía
a los más acomodados. El hecho de que estuvieran tan dispuestos a condenar a
Rabirio indica que muchos de esos ciudadanos simpatizaban con la acusación. Una
vez más, César se aseguraba de ocupar un papel destacado en la vida pública y se
asociaba a causas populares. Su popularidad quedó demostrada más tarde en ese
mismo año cuando otra reunión de la Comitia Centuriata le eligió pretor para el año
62 a. C., un cargo para el que era elegible por primera vez.

La pretura era un cargo importante que traía consigo la seguridad de recibir un


mando provincial tras un año en el cargo siempre que se deseara ese puesto. La
competencia era feroz y más de la mitad de los cuestores nunca llegarían a obtener un
cargo superior. Sin embargo, tal y como salieron las cosas, este éxito fue mucho
menos drástico que otra victoria electoral que César obtuvo durante los últimos meses
del año 63 a. C. El puesto de Pontifex Maximus, jefe del colegio de quince pontífices
de los cuales él era miembro, quedó vacante tras la muerte de su titular del momento,
Quinto Cecilio Metelo Pío, otro representante de la prolífica familia de los Metelos,
cuya ya considerable preeminencia se había incrementado después de apoyar a Sila.
El dictador había puesto la selección de los elegidos para este y otros sacerdocios
superiores en manos del Senado. No obstante, en algún momento del año Labieno

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había aprobado un proyecto de ley que recuperaba la antigua práctica de
nombramiento por votación popular. Una asamblea tribal reducida, con diecisiete
tribus elegidas en vez de las treinta y cinco, asumió esta tarea. No está claro cuándo
se aprobó esta ley o si la muerte de Metelo se anticipó o la legislación se aceleró en el
periodo que siguió a su muerte. Debían transcurrir tres días de mercado, lo que en la
práctica significaba veinticuatro días en total, antes de la publicación del proyecto de
ley y su votación en una asamblea. César habló a favor del proyecto y, poco después
de que se convirtiera en ley, anunció su candidatura.[18]

El Pontifex Maximus era un cargo de inmenso prestigio (desde muchos puntos de


vista era el sacerdocio más importante de Roma), por lo que era codiciado por
muchos de los próceres de la República. Catulo se presentó al puesto, así como
Publio Servilio Isáurico, el antiguo comandante de César en Cilicia. Ambos tenían
más edad y contaban con muchas más distinciones que César en términos de cargos y
honores acumulados y, si el nombramiento hubiera dependido aún del Senado, es
prácticamente seguro que habría sido elegido Catulo. En una elección, el resultado
era mucho menos predecible, porque los votantes recordaban el generoso gasto de
César como edil y su constante apoyo de causas populares. Al parecer, también había
sido muy espléndido en sus gastos durante la campaña, haciendo regalos y favores
para conquistar a los hombres clave de cada tribu. Sus rivales hacían lo mismo y en
cierto modo el hecho de depender del voto de sólo diecisiete tribus en vez del voto de
la asamblea completa facilitaba el empleo de sobornos. A medida que progresó la
campaña, Catulo se preocupó mucho al constatar que el advenedizo César se había
convertido en un serio competidor. A pesar de lo importante que era su auctoritas,
indudablemente se vería mermada por una derrota electoral, en especial una infligida
por un hombre mucho más joven que él. Sabiendo que las deudas de César eran
enormes aun antes de que la campaña hubiera comenzado, Catulo le escribió
ofreciéndole una considerable suma de dinero a condición de que se retirara de la
pugna por el sacerdocio. César lo interpretó como un signo de debilidad y, de
inmediato, pidió nuevos préstamos para invertir fondos en captar los votos de las
tribus. Era una apuesta desesperada. Sus acreedores confiaban en sus posibilidades
para el futuro, sobre todo en los cargos superiores y las oportunidades de beneficiarse
que brindaban esos puestos. En sí mismo, el cargo de Pontifex Maximus no implicaba
ninguna recompensa financiera, pero César no podía permitirse un fracaso electoral.
Si ya no conseguía conquistar a los votantes, empezaría a parecerle un riesgo muy
poco rentable a sus acreedores, que podrían presionarle para que liquidara sus deudas
antes de que su fortuna se malograra por completo y quedara absolutamente
arruinado. Cuando llegó el día de las elecciones —no hay documentos que recojan
cuándo se produjo, pero se conjetura que tuvo lugar a finales del año 63 a. C.— César
sabía que para él el resultado no decidiría solamente si había o no había conseguido el
puesto. Aurelia estaba allí y lo besó al marcharse antes de que él saliera. En ese

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momento, César le dijo que o bien volvía a casa como Pontifex Maximus o no
volvería. Esta es una de las raras menciones que hace de Aurelia en aquellos años,
pero de nuevo demuestra el papel esencial que desempeñaba en la vida de su hijo. Es
digno de mención el hecho de que, en la historia, vemos a César hablándole así a su
madre en vez de a su esposa Pompeya o a alguna de sus amantes. Aunque no
podemos estar completamente seguros, parece que Aurelia vivía en la casa de su hijo.
Tal vez en cierto modo ella simbolizaba la deuda que César tenía con su familia,
haciendo que todos sus éxitos fueran no sólo significativos para él, sino también una
manera de restablecer la importancia y estatus de la familia. La competición por el
sacerdocio era una lotería y el precio del fracaso era muy serio, desde luego suficiente
para retrasar su carrera pública y posiblemente para acabar con ella. Sin embargo,
antes de entrar en el juego, César había hecho todo lo posible para potenciar sus
posibilidades de éxito. Echarse atrás ante un desafío, como Catulo había tratado de
persuadirle de que hiciera, era algo contrario a los instintos de César, porque era
jugador por naturaleza, aunque nunca jugaba a la desesperada. Al gastar más todavía,
arriesgaba mucho más, pero también había considerado que sus perspectivas de éxito
eran buenas y, así, el riesgo estaba justificado. El fracaso era una posibilidad real,
pero, al parecer, César había calculado que sus probabilidades de ganar eran buenas.
Teniendo en cuenta la hostilidad que Catulo le había mostrado en el pasado, la última
vez tras la reposición de los trofeos de Mario, su oferta sugería que su principal rival
había llegado a la misma conclusión.[19]

Al final César resultó vencedor. Plutarco describe unas votaciones muy reñidas,
pero Suetonio sugiere que la victoria fue arrolladora y que en las propias tribus de
Catulo y Servilio hubo más votos a favor de César que las que sus rivales recibieron
en toda la asamblea. Fue un gran triunfo para él, en especial por haber vencido a
rivales tan poderosos. Como Pontifex Maximus asumiría un papel central en
numerosos aspectos de la religión y los rituales públicos. No estaría al mando de los
demás pontífices, ya que una mayoría del resto de miembros del colegio podía
invalidar las decisiones del Pontifex Maximus, pero, en cualquier caso, su prestigio y
auctoritas eran inmensos. Asimismo, a diferencia de lo que ocurría con el puesto de
Flamen Dialis, no había ningún tipo de restricción que obstaculizara la carrera
política y militar. Físicamente, su victoria acarreaba un cambio importante, porque el
cargo venía acompañado de una casa, la domus publica, junto a la Vía Sacra. César se
había trasladado desde la relativa oscuridad de la Subura a un lugar próximo al
corazón de la República. La domus publica estaba situada en el extremo oriental del
Foro y lindaba con el Templo de Vesta y la Regia, donde se guardaban los registros y
textos de los pontífices y donde se reunían estos como colegio. El nombre Regia o
«palacio» sugiere una conexión con la monarquía romana, y las excavaciones han
demostrado que realmente había existido un edificio en esa localización desde un
periodo muy temprano y que, a grandes rasgos, las fases y reconstrucciones

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subsiguientes se ajustaban al mismo e inusual diseño. Hay un acalorado debate sobre
la precisa naturaleza de los primeros edificios y si realmente sirvieron como
residencia real o palacio, pero no es un tema que nos ataña. En los últimos años de la
República la domus publica y la Regia fueron santificadas por su gran antigüedad y
asociación con lo sagrado.[20]

La lucha por el sacerdocio fue crítica para César, pero, a pesar del sorprendente
resultado, su importancia era mucho menor que la de las elecciones consulares.
Catilina volvía a ser candidato, así como también el marido de Servilia, Décimo Junio
Silano. Este era el segundo intento de Silano, a quien, unos cuantos años antes,
Cicerón había tildado de insignificante. Como cónsul, Cicerón estaba ahora a cargo
de la supervisión de las elecciones. Alentado por uno de los otros candidatos, había
elaborado y garantizado la aprobación de una nueva ley, aún más dura, contra el
cohecho electoral, que ahora estaba penado con diez años de exilio. No obstante, no
logró frenar la corrupción, ya endémica, que tal vez iniciara Catilina, pero que pronto
fue imitada por el resto de candidatos. Catón anunció que procesaría a cualquiera que
ganara las elecciones, basándose en que nadie podría haber vencido de manera
honesta en esa pugna. Sin embargo, hizo una excepción por su cuñado Silano. Pese a
que este favoritismo puede parecer hipócrita desde una perspectiva actual, la
aristocracia romana daba una importancia inmensa a los vínculos familiares y lo
comprendió perfectamente. Catilina estaba de capa caída, desesperado, y se presentó
como defensor de los pobres, cuyas dificultades podía entender muy bien debido a su
propia pobreza. Hablaba abiertamente de la dominación de la República a manos de
una camarilla de individuos indignos y vulgares que miraban sólo por su propio
interés. Cuando el cónsul le desafió en el Senado, habló de las dos Repúblicas: la
gran mayoría de la población eran un cuerpo poderoso sin una cabeza que les guiara,
mientras que sus oponentes eran una cabeza sin un cuerpo, ya que no contaban con
un apoyo realmente sustancial. Declaró que se convertiría en esa cabeza que la
mayoría de la población necesitaba con tanta urgencia. Era evidente que tenía muchos
partidarios y sus agentes trabajaban con especial ahínco en las zonas rurales, pues
parece que poco a poco había ido perdiendo la amistad de numerosas personalidades
que con anterioridad le habían apoyado en los tribunales. Probablemente, Craso y
César mantuvieron su apoyo a lo largo de toda la campaña. Cicerón pospuso las
elecciones una vez, y cuando por fin se celebraron en los últimos días de septiembre,
llegó acompañado de una escolta de équites que le había asignado el Senado.
También se aseguró de que todo el mundo se percatara de que llevaba un peto
«escondido» bajo la toga. Los candidatos victoriosos fueron Silano y Lucio Licinio
Murena, que había sido uno de los subordinados superiores de Lúculo en la guerra
contra Mitrídates.[21]

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Obviamente, Catilina había considerado emplear la fuerza incluso antes de las
elecciones, pero lo más seguro es que tuviera esperanzas de ganar con los medios
convencionales. Su derrota no le dejó más opción que enfrentarse a la desaparición
política y al exilio, dado que, al igual que César, sus deudas eran enormes y muchas
vencían el 13 de noviembre, lo que le dejaría en la ruina. Su caso era muy distinto del
de César, ya que sus posibilidades de éxito eran remotas, y parece que no estaba
seguro de cómo pondría su plan en práctica. Había enviado a uno de sus seguidores,
Cayo Manlio, a reunir un ejército en Etruria, mientras él mismo permanecía en Roma,
asistiendo al Senado como si nada hubiera pasado. Manlio era un antiguo centurión
que había servido con Sila, pero había perdido la fortuna que acumuló en la guerra
civil desde la época de la dictadura. Al parecer, era un hombre capaz, pero no
pertenecía a la clase senatorial y, por tanto, nunca podría ser más que un subordinado.
Catilina contaba con varios seguidores aristocráticos, pero estos se caracterizaban
principalmente por sus dudosas reputaciones y notoria falta de habilidad. Había
muchas personas a quienes les costaba tomar en serio a esos incompetentes y esto,
unido a la continuada presencia de Catilina en Roma, contribuyó a despertar la
incertidumbre en el Senado. Había rumores de conspiraciones y rebelión, pero hasta
la fecha no había sucedido nada que sugiriera que tuvieran ningún fundamento.
Cicerón estaba mejor informado, ya que había creado una red de espías para observar
a los conspiradores. Una de las fuentes principales era Quinto Curión, que había
alardeado de los planes en un esfuerzo por impresionar a su amante, Fulvia. Fulvia
pertenecía a una familia aristocrática y estaba casada con un senador, y Cicerón logró
persuadirla de que convenciera a su amante de que traicionara al resto de
conspiradores. En consecuencia, el cónsul estaba bastante al tanto de lo que estaba
pasando y consiguió protegerse de un intento de asesinato. La capacidad para frustrar
los planes de los conspiradores estaba muy bien, pero no permitía al cónsul ponerse
en pie en el Senado y demostrar públicamente que había un complot en marcha.
Hasta la fecha, en realidad no habían hecho nada para justificar que actuara contra
ellos. Es evidente que Catilina estaba aprovechándose de esa incertidumbre, pero es
posible que todavía no hubiera decidido cuándo y cómo actuar.[22]

La noche del 18 de octubre, Craso y unos cuantos senadores más recibieron cartas
anónimas advirtiéndoles de que debían huir porque el día 28 tendría lugar una
masacre de hombres importantes. Inmediatamente llevaron las cartas ante Cicerón,
que hizo que fueran leídas ante el Senado. Nuevos informes sobre las actividades de
Manlio en Etruria alcanzaron la ciudad, y el 21, Cicerón llevó esta información ante
el Senado, que aprobó el senatus consultum ultimum. Afirmó que el ejército rebelde
declararía la guerra abierta el 27 de octubre, lo que sucedió, aunque no la prometida
masacre. Diversas tropas, incluidos varios ejércitos que habían estado esperando a las
afueras de Roma hasta que sus comandantes obtuvieron permiso para celebrar sus
triunfos, fueron enviados a enfrentarse a los rebeldes. El 8 de noviembre, el Senado

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se reunió una vez más y Cicerón arengó a Catilina a la cara, acusándole de delitos
pasados y declarando que conocía a la perfección sus actuales planes. Aunque en
aquel momento le devolvió la invectiva, acusando al cónsul de ser un «extranjero
naturalizado» con todo el desprecio que un patricio podía mostrar por un «hombre
nuevo», esta reunión le movió finalmente a actuar. Abandonó Roma esa misma
noche, alegando que se exiliaba de forma voluntaria para ahorrarle a la República
esos conflictos internos. En una carta enviada a Catulo, se lamentó de las injusticias
que habían cometido contra él sus enemigos y de cómo le habían arrebatado las
merecidas recompensas por sus esfuerzos y habilidades. De un modo muy romano,
encomendó a su esposa e hija a la protección de Catulo. Pronto se descubrió que, en
realidad, Catilina no había huido al extranjero, sino que se había unido a Manlio y su
ejército. Ambos fueron declarados enemigos públicos. Dejó tras de sí varios
seguidores en Roma que comenzaron a negociar con algunos embajadores de los
alóbroges, un pueblo galo que había acudido a la ciudad para quejarse de su
desesperada situación. Los conspiradores esperaban poder persuadir a la tribu de que
se rebelaran y abrieran un segundo frente para distraer a las fuerzas leales al Senado,
pero lo que hicieron los galos fue presentarse ante Cicerón y traicionarlos. Capturaron
a uno de los conspiradores cuando los alóbroges lo dirigieron hasta una emboscada y
las otras cuatro figuras clave fueron arrestadas poco tiempo después. Al enfrentarse a
las pruebas condenatorias, las declaraciones iniciales de inocencia fueron
reemplazadas rápidamente por confesiones de culpabilidad. Ahora era cuestión de
decidir qué iban a hacer con ellos.[23]

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VII
Escándalo
Nuestra República, conciudadanos, la vida de todos nosotros, vuestras
riquezas, vuestros intereses, vuestras esposas e hijos y esta ciudad, tan
próspera e ilustre, metrópoli del más brillante imperio; todo ello lo
podéis ver completamente a salvo del fuego y de la cuchilla —si no es
que de las mismas fauces de la muerte— gracias al gran favor que plugo
a los dioses inmortales otorgaros, así como al esfuerzo, a la previsión y
al riesgo de mi propia persona.

Cicerón , 3 de diciembre de 63, a. C.[1]

Muchos consideraron que la actitud de César a lo largo de esos meses había sido
profundamente ambigua. Junto con Craso, había apoyado la candidatura de Catilina.
Es probable que conociera muy bien a Catilina, pero la verdad es que el mundo de la
aristocracia romana era tan pequeño que la mayoría de los senadores se conocían
entre sí. Aunque los discursos de Cicerón a partir del año 63 a. C. describen a Catilina
como un monstruo irredimible, no siempre había pensado tan mal de él. Sólo en el
año 65 a. C. había considerado defenderle ante los tribunales, con la esperanza de que
«si sale absuelto, se acercará más a nosotros en el asunto de mi candidatura» para el
consulado del año 63 a. C.[2] César había insistido en apoyar abiertamente a Catilina
mucho más tiempo y, como hemos comentado, las similitudes entre ellos eran
asombrosas. Ambos se inclinaban a defender las causas populares y les gustaba ser
relacionados con Mario. Cuando llegó a donde aguardaba el ejército de Manlio,
Catilina desfiló con un águila que había sido uno de los estandartes de las legiones de
Mario. También podía parecer probable que César se uniera a una conspiración de
deudores, porque su estilo de vida era similar desde muchos puntos de vista. Cuando
Cicerón se dirigió a la multitud en el Foro, describió a muchos de los conspiradores
como: «No son otros que esos mismos que con vuestros propios ojos soléis ver pasar
con su cabellera escrupulosamente aderezada, todos resplandecientes, luciendo por
atavío, no nuestra usual toga, sino esas túnicas suyas adicionadas con mangas y hasta
el tobillo de largas y sobre las cuales llevan, por añadidura, transparentes mantos».[3]

Esta imagen casi podría ser un retrato exagerado del mismo César, que, muy
posiblemente, había establecido la moda de llevar manga larga y cuya túnica con
cinturón suelto era bastante larga. Años más tarde, Cicerón empezó a sospechar de
todo lo que hacía César, pero incluso entonces se cree que dijo: «veo su cabellera

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dispuesta con tanto esmero y a él rascándose la cabeza con un solo dedo, ya no me
parece que este hombre haya podido concebir en su mente un crimen de tal magnitud
como el aniquilamiento de la constitución romana».[4] Como muchos de los
conspiradores, César era un dandi, un hombre cuyas proezas sexuales y deudas
masivas eran igualmente famosas, pero, a diferencia de ellos, también gozaba de un
gran éxito. Había obtenido cada uno de los cargos que constituían el cursas en cuanto
cumplió con los requisitos necesarios y acababa de cosechar un triunfo espectacular
en la competición por el puesto de Pontifex Maximus. César no necesitaba la
revolución, lo cual no significa que no se hubiera unido a los rebeldes si hubiera
pensado que tendrían éxito.

Craso se encontraba en una posición similar, porque había apoyado sin reservas a
Catilina en las elecciones. Probablemente, como César, Craso se habría asegurado de
estar en el bando vencedor, fuera el que fuera, pero dada la incertidumbre de la
situación, era una época incómoda para cualquiera que fuera sospechoso de estar
implicado en la conspiración. Aunque era evidente que sus agentes estaban formando
un ejército, Catilina permaneció en Roma. Cuando se hubo marchado, se supo que
otros conspiradores se habían quedado en la ciudad para causar daños. Considerando
que el cónsul anunciaba casi a diario que había descubierto nuevos planes de
asesinato e incendios, no es de extrañar que los senadores miraran a muchos de sus
colegas con desconfianza. Tanto César como Craso tenían que prestar especial
atención a su comportamiento, por lo que Craso llevó de inmediato a Cicerón la carta
anónima que había recibido. Aun así, tras el arresto de los conspiradores, se presentó
un informador ante el Senado diciendo que había sido enviado por Craso con un
mensaje a Catilina en el que le conminaba a no preocuparse por las detenciones y a
continuar con su empresa. Según Salustio:

Pero cuando Tarquinio nombró a Craso, hombre de la nobleza, con enormes


riquezas y extraordinaria influencia, juzgando los unos que era cosa increíble, los
otros, aunque estimaban que era verdad, considerando que más valía en
semejantes circunstancias aplacar a un hombre tan poderoso que provocarlo,
dependiendo la mayoría de Craso por asuntos privados, gritan a coro que el
testimonio era falso.[5]

Se celebró una votación en la que el resultado estableció que la acusación era


falsa y se puso al informador en custodia, pendiente de investigación. El historiador
Salustio dice que él mismo oyó más tarde que Craso decía que el informador había
actuado siguiendo instrucciones de Cicerón, que quería forzarle a abrir una brecha
con Catilina y los rebeldes en vez de seguir nadando entre dos aguas. Sin duda, todo
el incidente parece haber empeorado las relaciones, ya endebles, entre ambos
hombres.[6]

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Cicerón estuvo sometido a mucha presión en esas semanas. Incluso en aquel
momento era consciente de que aquella sería su mejor época, el momento en el que el
«nuevo hombre» de Arpino salvara la República. A lo largo de su vida disfrutaría
relatando una y otra vez su magnífica victoria, pero no fue un triunfo fácil de obtener.
Desde el principio había resultado difícil convencer a todos los senadores de que la
amenaza de la rebelión era real, sobre todo porque, durante mucho tiempo, había
pocos datos y cifras sobre las que pudiera informar abiertamente. Más adelante, el
arresto e interrogación de los conspiradores jefe en Roma convencieron a todo el
Senado de que la amenaza era real y seria. Ahora la cuestión era cómo atajarla, pero
Cicerón se encontró con el problema de que a su mandato como cónsul sólo le
quedaban unas cuantas semanas. Como cualquier magistrado romano, estaba
deseando garantizar que la principal amenaza fuera derrotada en aquel momento,
tanto para estar seguro de que se hacía como es debido como porque aspiraba a
hacerse con el mérito por este logro. Resultó tremendamente inoportuno cuando
Catón cumplió su promesa y procesó a Murena, cónsul electo para el año 62 a. C. Era
evidente que Murena era culpable de cohecho en las elecciones, pero Catón estaba
haciendo gala de su característico don para la inoportunidad. En tiempos de crisis,
habría sido obviamente peligroso retirar a uno de los dos magistrados superiores que
debía empezar a guiar a la República en unas pocas semanas. Por ello, Cicerón sacó
tiempo para defender a Murena, haciendo hincapié en la terrible amenaza a la que se
enfrentaba el Estado y el valioso servicio que su cliente, un experimentado hombre de
armas, podía realizar para una República en peligro. Su discurso fue publicado más
tarde y aunque en la época se decía que la fatiga había mermado la perfección de su
expresión habitual, Murena fue absuelto. Haciendo caso omiso de los cargos, se burló
de los motivos de la acusación, describiendo a Catón como un ingenuo idealista, que
intentaba imponer principios filosóficos poco prácticos en el mundo real. Se cree que
Catón respondió, sonriéndose: «¡Ciudadanos, qué cónsul tan decidor tenemos!».
Cicerón siempre prefería hablar en último lugar después de los demás abogados de la
defensa, que en este caso eran Hortensio y Craso. Era un indicativo de la compleja
red de obligaciones y amistades de la política romana que Craso y Cicerón se
encontraran trabajando juntos en los tribunales en esta y otras ocasiones. A ambos les
gustaba llevar la defensa, para ganarse así la gratitud del cliente, su familia y sus
colaboradores más estrechos.[7]

Este juicio se había transformado en una carga añadida a las muchas obligaciones
del cónsul en esas desesperadas semanas. Poco después de la acusación contra Craso,
hubo un intento de persuadir a Cicerón de que implicara a César en la conspiración.
Las personas que promovieron ese intento fueron Catulo, todavía indignado por su
derrota en la pugna por el sacerdocio superior, y Cayo Calpurnio Pisón, a quien César
había procesado sin éxito a principios de año. Cicerón se negó a secundar su
propuesta. Puede que sencillamente no les creyera, porque es probable que conociera

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a César bastante bien, ya que le había visto a menudo en la década de los setenta
antes de Cristo, cuando tenía amistad con los hermanos Cota. O bien puede que fuera
una cuestión de interés personal, al considerar que era peligroso acorralar a un
hombre como César y forzarle a unirse a los revolucionarios. Más tarde, en una obra
que se publicó cuando Craso y César ya habían muerto, Cicerón había escrito que
ambos habían estado involucrados en la conspiración de Catilina, pero no es posible
saber si eso era lo que creía en su momento o si tenía razón. Durante los últimos
meses del año 63 a. C. decidió que confiaría de manera patente en la lealtad de ambos
hombres hacia la República, fuera cual fuera su opinión personal. Tras interrogar a
los cinco conspiradores principales en el Senado, cada uno de ellos quedó a cargo de
un importante senador que le tendría bajo custodia hasta que el Senado hubiera
decidido cuál sería su destino. Craso y César fueron dos de los senadores elegidos
para llevar a cabo esa tarea, porque Cicerón quería demostrar así su fe en ellos, pero
esto no impidió que Pisón y Catulo siguieron propagando rumores sobre su enemigo
personal, César.[8]

Los cautivos eran un grupo variopinto. Dos de ellos, Publio Cornelio Léntulo
Sura y Cayo Cornelio Cetego, habían sido dos de los sesenta y cuatro senadores
expulsados del Senado por los censores en el año 70 a. C. Léntulo había sido cónsul
en el año 71 a. C. y había ido reconstruyendo su carrera pública firme y regularmente
después de su expulsión. En el año 63 a. C. había obtenido la pretura por segunda
vez, pero se le despojó del puesto tras su detención. No fue el único que volvió a
abrirse camino hacia la fama presentándose a unas nuevas elecciones. El otro cónsul
elegido junto con Cicerón, Antonio, también había sido expulsado por los mismos
censores, así como Curión, a quien su amante, Fulvia, había convencido para que
actuara como informante. Léntulo creía firmemente en su destino, y citaba una y otra
vez una profecía que proclamaba que los tres Cornelios dominarían Roma: Sila,
Cinna y él mismo. Su esposa era una Julia, hermana de Lucio Julio César, que había
sido cónsul en el año 64 a. C. El hijo que había tenido de un matrimonio anterior y
que entonces tendría unos diez años de edad era Marco Antonio. Durante el
alzamiento, Catilina se negó a contratar esclavos, prefirió utilizar sólo ciudadanos.
Léntulo no sólo expresó su opinión contra esa decisión, sino que lo hizo por escrito,
en una carta que fue posteriormente confiscada y leída en voz alta ante el Senado.
Todos los conspiradores parecían haberse esforzado para incriminarse. La mayoría se
enfrentó al interrogatorio negando sin más haber participado —Cetego sostuvo que el
enorme alijo de armas descubierto en su casa era sólo su colección de antigüedades
militares—, pero pronto se derrumbó cuando le mostraron varias cartas condenatorias
selladas con su propio sello y escritas de su puño y letra. Su culpabilidad se
estableció de modo firme cuando se les hizo comparecer ante el Senado el 3 de
diciembre. Dos días después, el día 5, el Senado se reunió de nuevo para decidir
sobre su destino.[9]

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EL GRAN DEBATE

El Senado se congregó en el Templo de la Concordia en vez de en la Casa del


Senado. Esto no era inusual, porque el Senado se reunía en diversos templos aparte
de en la misma Curia. Es posible que la elección de la deidad Concordia pareciera
especialmente apropiada, o incluso irónica, en las circunstancias, pero puede que se
debiera a su posición en la orilla occidental del Foro, cerca de la cuesta de la colina
Capitolina. Esta área era más fácil de defender gracias a la gran cantidad de hombres
armados, muchos de ellos jóvenes ecuestres, que asistían al cónsul y adoptaban
posiciones para proteger la reunión. Se cree que Cicerón, como magistrado
presidente, comenzó la sesión con una oración formal antes de dirigirse al Senado y
pedirle que decidiera qué debía hacerse con los prisioneros. En el pasado, los
cónsules que actuaban bajo el senatus consultum ultimum habían tomado la decisión
de ejecutar a aquellos que consideraban enemigos de la República sin consultar al
Senado. Sin embargo, en general, esos asesinatos habían sucedido en el calor de la
batalla, cuando se podía pensar que los «rebeldes» constituían una amenaza real. Los
cinco conspiradores ya estaban bajo custodia, a diferencia de las anteriores ocasiones
en las que se había aprobado el decreto. Se rumoreaba que Cetego había tratado de
comunicarse con sus esclavos y de organizar una banda armada para liberar a los
prisioneros, pero ni siquiera eso podía presentarse como un linchamiento en un
momento de exaltación. Hacía poco que el juicio de Rabirio había cuestionado
exactamente qué acciones estarían justificadas por el decreto supremo, y es posible
que eso aumentara la prudencia de Cicerón. El Senado no era un tribunal, pero si sus
miembros aprobaban por un claro consenso un curso de acción, la actuación del
cónsul ganaría en fuerza moral. Cicerón declaró que estaba dispuesto a aceptar la
decisión del Senado, fuera la que fuera, pero es evidente que pensaba que los
prisioneros merecían morir y que su ejecución era necesaria. No había un turno fijo
de palabra en el Senado, pero existía una jerarquía en el sentido de que era habitual
convocar primero a los cónsules, luego a los pretores y a continuación a los
magistrados inferiores. El orden en el que hablarían los miembros de cada grupo era
decidido por el magistrado presidente, que les llamaba por su nombre. Los miembros
de menor rango del Senado, en especial aquellos que nunca habían ocupado una
magistratura, eran invitados a hablar sólo en contadas ocasiones. No obstante, todos
los senadores presentes podían votar y, algo único en los sistemas de votación
romanos, cada uno de los votos tenía la misma importancia. Cuando llegaba el
momento de votar, los senadores se dirigían hacia lados opuestos de la Casa para dar
a entender que estaban aprobando o rechazando la moción. Durante un debate, era
habitual que aquellos que apoyaban a un orador cambiaran de sitio y se sentaran a su
lado. Los diputados, que raramente hablaban, pero que podían votar, a veces eran
llamados pedarii, que se podría traducir como «caminantes». En la reunión del 8 de
noviembre, había sido muy evidente que, cuando Catilina había tomado asiento, los

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senadores se habían alejado de él enseguida, dejándole física y políticamente aislado.
[10]

El 5 de diciembre, Cicerón comenzó el debate llamando al marido de Servilia,


Silano, para que diera su opinión. Era habitual buscar la opinión de los cónsules
electos antes que la de los excónsules o «consulares», puesto que esos hombres tal
vez tuvieran que aplicar las medidas decididas por el Senado. Silano declaró que los
prisioneros deberían sufrir «el castigo supremo», lo que se interpretó —y era
claramente lo que quería— como una ejecución. La siguiente persona que fue
llamada, Murena, coincidió con Silano, al igual que todos los demás catorce
excónsules que estuvieron presentes aquel día. La ausencia de Craso llamó la
atención, un gesto que confirmaba la ambigüedad de su comportamiento. César, por
el contrario, estuvo allí y expresó con audacia su opinión cuando le llamaron como
pretor electo. Hasta ese momento, todos los oradores habían optado por la pena de
muerte, y los murmullos —tal vez gritos, ya que no sabemos si las reuniones del
Senado eran escandalosas o dignas y reposadas— de aprobación del resto de la Curia
sugerían que esa era básicamente la opinión de todos. Es probable que se esperara
que César, después de las dudas que se habían expresado sobre él en los últimos días,
asintiera con vigor como prueba de su lealtad a la República. No obstante, no mucho
tiempo antes había atacado a Rabirio por el asesinato ilegal de ciudadanos romanos y
a lo largo de su carrera había defendido causas populares, criticando el uso arbitrario
del poder por parte del Senado o los magistrados. Habría sido inconsecuente expresar
ahora una opinión contraria, pero es poco probable que César llegara siquiera a
considerar esa posibilidad. Desde los días en los que desafió a Sila nunca le había
importado defender solo una posición. La aristocracia celebraba a aquellos hombres
que habían persuadido al Senado de que cambiaran de opinión por sí solos. Uno de
los más famosos había sido Apio Claudio el Ciego en 278 a. C., quien supuestamente
había convencido al Senado de que no negociara con el victorioso Pirro, y que debían
seguir luchando. Cuando se trataba de elegir entre mezclarse con la multitud y
adoptar un papel destacado, César siempre elegía esta última opción. En este caso
también es muy posible que se tratara de una cuestión de conciencia y de auténtico
convencimiento. Obtener fama y hacer lo que consideraba correcto eran opciones que
no se excluían mutuamente.[11]

El texto del discurso de César no ha sobrevivido, pero Salustio brinda una versión
que parece reflejar los argumentos principales, pese a hacerlo en su propio estilo y
probablemente con mucha mayor brevedad. Al igual que sucede con cualquier
discurso escrito, ahora resulta difícil evocar todo el impacto del orador pronunciando
esas palabras ante un público. César fue elogiado por sus gestos, la elegancia y
contundencia de su actitud y su porte, y los tonos de su voz, levemente aguda. En la
versión de Salustio la gran actuación comenzó con las siguientes palabras:

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Los hombres, padres conscriptos, cuando deliberan sobre asuntos espinosos,
deben estar libres todos de odio, amistad, cólera y compasión. El espíritu no
discierne fácilmente la verdad cuando andan por medio estas pasiones, y nadie
puede servir al mismo tiempo sus impulsos y su interés. Cuando haces uso de tu
inteligencia, esta predomina; si se apoderan de nosotros los impulsos, mandan
estos y el espíritu para nada cuenta.[12]

Durante el discurso se mostró calmado, amable y razonable a la vez, y se burló


con delicadeza de los anteriores oradores que habían intentado superarse los unos a
los otros con gráficas descripciones de la matanza, violación y pillaje que habían
seguido a la victoria de Catilina. No se vio ni rastro del hombre airado que había
agarrado a Juba por la barba. La culpabilidad de los acusados no se cuestionaba, y no
había castigo demasiado duro para ellos; sin embargo, volviendo al tema con el que
abrió el discurso, la posición del Senado era demasiado responsable para permitir que
sus miembros cedieran a sus emociones. Debían decidir qué era lo mejor para el
futuro de la República, sabiendo que sentarían un precedente. César tuvo el cuidado
de rendir homenaje a Cicerón declarando que nadie podría ni imaginar que el cónsul
actual pudiera abusar de su posición. Lo que no podían garantizar era que todos los
futuros magistrados fueran siempre tan mesurados. Les recordó cómo las
proscripciones de Sila habían empezado con las muertes de unos cuantos hombres
que todos consideraban culpables. La matanza se había convertido rápidamente en un
espantoso baño de sangre en el que las víctimas eran asesinadas para que los
ejecutores pudieran quedarse con «una casa o una villa».[13]

Para César, la pena de muerte no era romana (aunque, por supuesto, el reciente
juicio por perduellio, con su arcaico procedimiento, había estado a punto de
emplearla). Con amabilidad, reprendió a Silano, alabando su patriotismo, pero sugirió
que se había dejado llevar por la enormidad de los crímenes de los prisioneros. En
circunstancias normales, a los ciudadanos romanos —al menos a los ciudadanos más
acaudalados— siempre se les permitía exiliarse si eran encontrados culpables de un
delito grave, lo que en la práctica convertía la pena de muerte en un castigo teórico.
César se preguntó por qué Silano no había sugerido que los acusados fueran azotados
antes de su ejecución, y respondió a su propia pregunta diciendo que, por supuesto,
algo así era ilegal. Elogió la sabiduría de sus antepasados, las pasadas generaciones
de senadores que habían eliminado sistemáticamente la pena de muerte y otros
castigos brutales para los ciudadanos. En cualquier caso, la muerte era «el descanso
de los sufrimientos y no un tormento, que ella acaba con todos los males de los
hombres y que después no hay lugar ni para los problemas ni para el disfrute».[14] La
solución de César era diferente. Es evidente que habría sido absurdo dejar libres a los
hombres para que pudieran unirse a Catilina. Roma no contaba con una auténtica

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prisión para albergar prisioneros durante largos periodos de tiempo, ya que la
violación de la mayoría de las leyes implicaba o bien multas o bien el exilio. César
propuso que los prisioneros fueran entregados a distintos pueblos italianos, que
estarían obligados a mantenerlos en cautividad el resto de sus vidas. Aquel pueblo
que fracasara en su tarea tendría que pagar una elevada multa. Las propiedades de los
acusados serían confiscadas por el Estado, lo que en la práctica impedía que sus hijos
accedieran a la vida pública y buscaran venganza. También se decretaría que ni el
Senado ni el pueblo pudieran considerar jamás la posibilidad de que se solicitara la
vuelta de los conspiradores, tal como hizo César al hacer campaña por el regreso de
los partidarios de Lépido. En opinión de César, esa pena era más dura que la muerte,
pues haría que los conspiradores vivieran con las consecuencias de sus crímenes.[15]

Durante el discurso, César apeló al ejemplo de las pasadas generaciones, un


recurso habitual porque la aristocracia romana sentía gran reverencia por sus
antepasados y, por ejemplo, los niños escuchaban desde su más temprana edad
historias sobre sus grandes hazañas en nombre de la República. Sin embargo, su
propuesta era radical e innovadora a la vez. Nunca antes se había mantenido en
permanente cautividad a ningún ciudadano romano, de ahí la necesidad de crear un
nuevo método para hacerlo. Aunque estipuló que debería ser ilegal que alguien
buscara liberar o restaurar en su posición a los condenados, se cuestionaba la
posibilidad de que esa disposición pudiera hacerse cumplir. Los Gracos y otros
tribunos habían afirmado repetidamente el derecho de la asamblea popular para votar
sobre cualquier tema. Era imposible saber si alguien apoyaría alguna vez la causa de
los conspiradores, pero esa posibilidad tampoco podía excluirse por completo. El
problema al que se enfrentaba el Senado era nuevo, porque nunca en la historia del
decreto supremo se había empleado su poder en frío contra hombres que ya estaban
bajo custodia. César había hablado sobre el precedente que sentaría el Senado con
esta decisión y ahora proponía una nueva solución a lo que era, desde muchos puntos
de vista, un problema nuevo. El objetivo era evitar las recriminaciones que se habían
producido tras la ejecución de los Gracos y de Saturnino. Los conspiradores eran
culpables de haber planeado crímenes espantosos, pero a pesar de todo, no deberían
despojarles de todos sus derechos como ciudadanos. Ya no podían perjudicar a la
República y su encarcelamiento aseguraría que nunca volvieran a ser capaces de
amenazarla en el futuro.[16]

A lo largo de su discurso, César se mostró calmado y mesurado, racional en todo


momento mientras hacía un llamamiento a los senadores para que no permitieran que
sus emociones anularan su deber con la República. Ese llamamiento a situar Roma
por delante de los propios sentimientos estaba dirigido a hombres educados con un
fuerte sentimiento de las obligaciones inherentes al hecho de ser miembros de una de
las grandes familias. La certeza que había caracterizado el comienzo de la reunión

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empezó a tambalearse y luego se desmoronó. Quinto Tulio Cicerón, el hermano
menor del cónsul, era otro de los pretores designado y habló después de César,
mostrándose totalmente de acuerdo con su opinión. Es posible que, de acuerdo con
las convenciones del Senado, se cambiara de sitio para sentarse con César para
apuntarlo. Otro de los pretores del año 62 a. C. Tiberio Claudio Nero —el abuelo del
emperador Tiberio—, enfocó el asunto desde una perspectiva algo diferente,
sugiriendo que, mientras Catilina estuviera en libertad con su ejército, era demasiado
pronto para decidir sobre el destino de los prisioneros, por lo que deberían ser
mantenidos bajo custodia y establecer una fecha para el próximo debate, en el que se
decidiría su suerte.[17] Muchos otros comenzaron a titubear. En un momento dado,
Silano habló, alegando que se le había malinterpretado y que no había pedido la pena
de muerte en absoluto, sino el «castigo supremo» permitido por la ley. Tal vacilación
era propia de un hombre que no quería ser considerado responsable de ninguna
actuación controvertida.

Cicerón, al ver que el consenso previo se estaba evaporando, decidió actuar, y en


ese momento pronunció un largo discurso, cuyo texto publicó más adelante con el
título de Cuarta catilinaria. Puesto que el original debió de componerse durante el
propio debate, al menos en parte, es probable que estuviera un poco menos pulido
que la versión que conservamos. No obstante, sería un error infravalorar la
preparación retórica y la habilidad de este magnífico orador, y es probable que
incluso improvisando, el uso del lenguaje, el ritmo y la estructura del discurso de
Cicerón fueran de un nivel extraordinariamente alto. Se aseguró desde el principio de
recordarles a todos que él era el cónsul, el que estaba al mando de la República en ese
momento de crisis y también, en última instancia, la persona sobre la que recaería la
responsabilidad de cualquier acción que decidieran emprender. Reviviendo el tono de
la primera parte del debate, antes de la comedida y razonable intervención de César,
habló de matanzas, violaciones y saqueo de templos:

De manera que es preciso, padres conscriptos, que deliberéis con calma: volved,
al hacerlo, los ojos hacia la patria; procurad, ante todo, conservar vuestras vidas,
vuestras esposas e hijos y vuestras riquezas; mantened el renombre y la
prosperidad del pueblo romano; y absteneos ya de la intención de ahorrarme
compromisos y de toda preocupación por mi destino; pues, en primer lugar, creo
que tengo derecho a confiar en que todos los dioses inmortales que amparan a esta
ciudad me recompensarán conforme a lo que merezco, y, en segundo término, aun
en el caso extremo de que algún día me llegare a suceder cualquier desgracia, ello
no me importaría, pues mi espíritu está ya en condiciones de morir, si es
necesario, enteramente satisfecho y tranquilo.[18]

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Pasó a revisar las dos propuestas, la de Silano, que siguió interpretando como una
ejecución, y la de César. El primer castigo concordaba con la tradición —Cicerón
mencionó a los Gracos y Saturnino, quienes, dijo, habían sido ejecutados por
crímenes mucho menores—, el segundo no tenía precedente y era poco práctico.
¿Cómo, preguntó Cicerón, se elegirían los pueblos a los que se les asignaría la tarea
de custodiar a los prisioneros? Parecía injusto que los eligiera el Senado, pero ¿se
suponía que las comunidades se brindarían a ocuparse de esa misión de forma
voluntaria? Sin embargo, no cuestionó la severidad de la propuesta de César, y
subrayó que el encarcelamiento de por vida y la expropiación de todos los bienes eran
en muchos sentidos castigos más crueles que una muerte rápida.

Cicerón también se mostró estudiadamente educado con el mismo César, que


había demostrado con su discurso y sus acciones su «inquebrantable adhesión al
gobierno establecido». Le comparó, un auténtico popularis con «una convicción
democrática de veras, que procura en realidad la conveniencia del pueblo», con otros
demagogos agitadores. En ese momento soltó una maliciosa indirecta respecto a
Craso, señalando que «no pocos de esos tipos que se hacen pasar por defensores de
nuestras muchedumbres» estaban ausentes, «de fijo para no hacerse responsables con
ella, de una sentencia capital pronunciada en contra de ciudadanos romanos». Craso
—que no había sido nombrado, aunque no había ninguna duda sobre su identidad—
se había hecho cargo de uno de los prisioneros durante los últimos dos días, había
votado a favor de una acción de gracias pública a Cicerón y había aprobado las
recompensas que se les entregarían a los informadores. A continuación, Cicerón
intentó debilitar el argumento de César utilizando su propia presencia allí. Si aceptaba
que era correcto que el Senado juzgara a los conspiradores, entonces debía de haber
reconocido que, de hecho, habían dejado de ser ciudadanos y, por tanto, habían
perdido toda protección legal. Si el Senado elegía adoptar su propuesta, Cicerón sabía
que gracias a la popularidad personal de César les sería fácil persuadir a la
muchedumbre reunida en el Foro de que esa decisión era la justa. No obstante,
también afirmó estar convencido de que la sabiduría del pueblo les permitiría aceptar
la necesidad de ejecutar a los prisioneros. Entonces recordó la enormidad de sus
crímenes: «Y es cuando pienso todo despavorido en los gritos de espanto de nuestras
matronas, en la aterrada fuga de doncellas y niños, y en el sacrílego ultraje de las
vírgenes vestales».[19] Tranquilizó a los presentes mencionando las precauciones que
había adoptado para proteger esa reunión y defender la ciudad, dejando claro que
eran libres de hacer lo que pensaran que fuera justo. Como cónsul, estaba dispuesto a
asumir él mismo las consecuencias de su decisión y cualquier estigma u odio que las
ejecuciones pudieran provocar en el futuro. Él en persona pagaría cualquier precio
por servir a la República.

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El discurso del cónsul reavivó las emociones de algunos senadores, pero la
reunión siguió dividida e incierta. Se escucharon más opiniones y uno de los tribunos
electos preguntó a Catón qué pensaba él sobre el asunto. De nuevo debemos confiar
fundamentalmente en el relato de Salustio sobre su contenido, pero Plutarco afirma
que el discurso fue anotado y publicado más adelante por los empleados que
trabajaban para Cicerón y que siguieron la totalidad del debate. En su versión, aquel
joven de treinta y dos años comenzó afirmando que parecía que los senadores habían
olvidado que Catilina seguía en libertad y que los conspiradores seguían
constituyendo una amenaza potencial para la República. La propia supervivencia del
Estado estaba en duda y les recomendaba no hacer ninguna tontería: «[…] que no se
lancen a perder a todas las personas decentes para salvar el pellejo a unos pocos».[20]
Desdeñó la opinión de César de que la muerte suponía un final compasivo del
sufrimiento, y recordó los relatos tradicionales de los castigos impuestos a los
malhechores en la otra vida. También criticó la sugerencia de enviar a los prisioneros
a diferentes pueblos para mantenerlos en cautividad. ¿Por qué iban a estar más
seguros allí que en Roma y qué les impediría ser liberados por los rebeldes de
Catilina? En esa ocasión, como a lo largo de toda su vida, Catón defendió el mismo
curso de acción duro, implacable y severo. La piedad estaba fuera de lugar y
resultaría peligroso hasta que la amenaza que pendía sobre la República hubiera sido
conjurada:

Por ello, al tomar una decisión sobre Publio Léntulo y los demás, tened por cierto
que estáis decidiendo al mismo tiempo sobre el ejército de Catilina y todos los
conjurados. Cuanto más estrictamente actuéis, tanto más debilitaréis su estado de
ánimo; como vean que os ablandáis un ápice, al instante los tendréis aquí a todos
envalentonados.
Unos ciudadanos de la más alta alcurnia se han conjurado para poner fuego a la
patria, llaman a un pueblo galo que es el más enemigo del Estado romano, y el
general de los enemigos está con su ejército encima de nuestra cabeza: ¿vosotros
vaciláis todavía y dudáis qué hacer con los enemigos apresados dentro de las
murallas?[21]

Al igual que César, Catón mencionó ejemplos de la historia de Roma, en un


esfuerzo por reforzar su opinión con el apoyo —en ambos caso bastante espurio— de
la tradición. Era habitual que hombres que defendían cursos de acción contrarios
alegaran que las costumbres tradicionales de Roma les respaldaban. En Roma las
innovaciones llegaban casi siempre envueltas en la capa de la tradición. Salustio
describe el debate fundamentalmente como una lucha entre César y Catón, lo que
prefiguraba la guerra civil, en la que Catón sería el oponente más acérrimo e
implacable de César. A medida que pasaron los años, la visión de Salustio fue

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compartida por más y más personas. Cicerón se sintió muy molesto cuando Bruto
redactó un escrito en el que minimizó su papel, a la vez que destacaba el de Catón.
Esa versión poseía un gran atractivo, convirtiéndose en uno de esos incidentes en los
que un hombre había hecho cambiar de opinión a todo el Senado y les había mostrado
el camino del deber. Catón era muy consciente de que ese era el papel que había
desempeñado, al igual que César y, sin duda, su intervención había tenido un enorme
impacto en el debate. Todos los excónsules y muchos otros senadores aplaudieron la
propuesta de Catón en cuanto terminó de hablar y tomó asiento. César no se dejó
intimidar y continuó defendiendo su propia propuesta. Ambos hombres estaban
sentados a poca distancia el uno del otro y las respuestas de Catón fueron haciéndose
más y más mordaces, aunque no consiguió provocar a su oponente. A diferencia de
Cicerón, puso abiertamente en entredicho la conducta de César en los últimos meses,
demonizándole y afirmando que su rechazo a apoyar la pena de muerte mostraba su
comprensión hacia la conspiración, y tal vez su complicidad. Mientras esto sucedía,
un mensajero, seguramente uno de sus esclavos, entró sin hacer ruido y le entregó
una nota a César. Catón aprovechó esa oportunidad y declaró que era evidente que su
oponente estaba en secreta comunicación con el enemigo. César, que había leído la
nota con absoluta tranquilidad, no respondió, pero se mostró remiso a obedecer
cuando Catón exigió que leyera el mensaje en voz alta. Catón intuyó que los reparos
provenían de una conciencia culpable y adoptó una actitud aún más enérgica,
alentado por los gritos de aprobación que llegaban de todas partes de la Curia. Al
final, César tendió simplemente la nota a Catón, que se quedó estupefacto al
descubrir que en realidad era sólo una apasionada carta de amor de Servilia.
Exclamando desesperado: «¡Ten, borracho!», le devolvió el mensaje a César, cuya
dignidad y calma de patricio y su seguridad en sí mismo no habían vacilado durante
todo el incidente. Era una extraña forma de insultarle, porque César era conocido por
su abstinencia en lo referente al alcohol, mientras que el mismo Catón bebía mucho.
[22]

El suceso proporciona una interesante visión complementaria de la relación que


existía entre César y Servilia que revela con claridad una gran pasión, y la necesidad
de establecer contacto y de comunicarse entre ellos cuando estaban separados. Enviar
una nota amorosa a una reunión del Senado, en la que César estaría sentado cerca de
su marido y su hermanastro, era un acto de considerable atrevimiento por parte de
Servilia. Tal vez a ella, o a ambos, les excitaba el peligro de llevar a cabo una acción
así. Es difícil juzgar la actitud de Silano y no sabemos si sabía o no sabía que su
esposa estaba teniendo una aventura con César. Si lo había averiguado, desde luego
no emprendió ninguna acción contra su rival. La amistad política de César era
valiosa, en especial para un hombre que sólo había logrado obtener el consulado al
segundo intento y cuya habilidad no tenía una reputación demasiado buena. Incluso
se ha especulado con la posibilidad de que animara a su esposa en la relación en un

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esfuerzo por conseguir el apoyo de César. Aunque es evidente que su amor era
profundo, ninguno de los dos amantes perderían una oportunidad de enriquecimiento
personal.

Al final, la votación —adoptando la propuesta de Catón más que la de su


hermanastro Silano porque, en opinión de todos, estaba mejor formulada— se
decantó abrumadoramente a favor de ejecutar a los prisioneros. Lucio César, el
hermanastro de Léntulo, apoyó esta decisión, así como al parecer el verdadero
hermano de Cetego, que también era senador. César no cambió de opinión, y fue
asediado por una multitud airada cuando abandonó el Templo de la Concordia. Como
era habitual durante los debates, las puertas se habían dejado abiertas y era obvio que
había personas relatando gran parte de lo que estaba sucediendo a los numerosos
curiosos que se habían reunido a la puerta y en el resto del Foro. El temor ante una
conspiración y, en especial, las historias de que existían planes secretos para
incendiar Roma —una amenaza alarmante para los numerosos ciudadanos que vivían
en las atestadas, repletas y fácilmente inflamables insulae— habían creado un
ambiente muy hostil. Cicerón continuó mostrando de manera manifiesta su apoyo a
César, garantizando que nadie le hiciera daño. El acto final fue representado en la
cercana Tullano, la pequeña prisión parecida a una cueva en la que los prisioneros
eran retenidos durante breves periodos mientras esperaban el castigo. Los
conspiradores fueron llevados allí. A Léntulo le habían despojado de su pretura, pero
aun así le otorgaron la distinción de ser conducido por el cónsul en persona. Los
cinco fueron introducidos en la cárcel y luego estrangulados sin presencia de público.
Cicerón apareció poco después y proclamó sencillamente: «Han vivido» (vixerunt). A
pesar de la votación del Senado, era a él a quien se le podía imputar la
responsabilidad de esa acción.[23]

TRAS LA CONSPIRACIÓN: LA PRETURA DE


CÉSAR, 62 a. C.

No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a producirse los primeros ataques
contra Cicerón. Los nuevos tribunos tomaron posesión de sus cargos el 10 de
diciembre del año 63 a. C. y entre ellos estaba Quinto Metelo Nepote, un hombre
cuya fama de persona imprudente movió a Catón a presentarse al tribunado ese año
en cuanto se anunció su candidatura. Pronto comenzó a denunciar a Cicerón por
haber infligido un castigo «ilegal» a los conspiradores. El último día de diciembre,
los cónsules abandonaban formalmente sus cargos y era costumbre que pronunciaran
un discurso enumerando sus logros. Nepote y uno de sus colegas, Lucio Bestia,
utilizaron el veto al que tenían derecho como tribunos para impedir que Cicerón
hablara, lo que constituía un insulto insólito. No pudieron evitar que el cónsul saliente

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hiciera el juramento tradicional y Cicerón aprovechó esa oportunidad para proclamar
que él había salvado la República. Nepote era cuñado de Pompeyo y había servido
algún tiempo como uno de sus legados en Oriente, pero había regresado a Roma y se
consideraba que representaba los intereses del general. La guerra había terminado y el
retorno de Pompeyo era inminente, pero la cuestión era cuándo regresaría. Ya se
habían alzado voces que opinaban que debían convocar al más famoso y eficaz
comandante de la República para aniquilar el ejército rebelde de Catilina.[24]

El 1 de enero, César tomó posesión de su cargo de pretor y de inmediato lanzó un


ataque contra Catulo. El Templo de Júpiter en la colina Capitolina había sido
incendiado en el año 83 a. C. y cinco años más tarde se le había asignado a Catulo
como cónsul la tarea de supervisar su restauración. El proyecto no se había
completado todavía y el pretor convocó a Catulo a una reunión del pueblo en el Foro
para responder por esta negligencia, acusándole de haber malversado los fondos
aportados por el Senado con ese fin. En un estudiado insulto, impidió que el excónsul
subiera a la rostra y le hizo hablar desde el nivel del suelo. César propuso presentar
un proyecto de ley que transfiriera la misión a otra persona, probablemente a
Pompeyo, porque César continuaba buscando alcanzar la popularidad mediante su
claro apoyo al héroe popular. Sin embargo, acudieron suficientes partidarios de
Catulo para presionar al pretor para que diera marcha atrás. Como sucedía con
frecuencia en la carrera de César hasta la fecha, conseguir el éxito de sus proyectos
era menos importante que lograr ser asociado públicamente a una causa.[25]

Poco después César respaldó de forma activa a Nepote, que presentó un proyecto
para traer de vuelta a Pompeyo y encomendarle la tarea de restaurar el orden en Italia.
Catón, tribuno como él, se opuso violentamente a esta propuesta, arremetiendo contra
ellos en el Senado y jurando que, mientras él estuviera vivo, Pompeyo nunca volvería
a entrar en la ciudad con soldados a sus órdenes. El día de la votación de ese
proyecto, Nepote, como era habitual, celebró una reunión informal del pueblo
romano. Tomó asiento en el podio del Templo de Cástor y Pólux. Esta plataforma
elevada se utilizaba a menudo como alternativa a la rostra, porque allí, en la parte
oriental del Foro, había más espacio para la multitud. César había situado su silla
oficial junto al tribuno como muestra de apoyo. Entre la muchedumbre había
numerosos hombres fornidos, incluyendo algunos gladiadores, colocados allí para
defender a los tribunos en caso de que hubiera algún problema. Los problemas se
presentaron enseguida, en la persona de Catón y del también tribuno Quinto Minucio
Termo, que estaban allí para vetar el proceso y habían venido acompañados de sus
seguidores. Catón se dirigió con amplias zancadas hacia el podio y Minucio y él
subieron los escalones. Catón se sentó entre Nepote y César, desconcertándoles
momentáneamente con su atrevimiento. Buena parte de la multitud ya le estaba
animando a continuar, pero otros seguían siendo leales a Nepote y la tensión se

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incrementó. Recuperándose, Nepote ordenó a un empleado que leyera el proyecto de
ley en voz alta. Catón utilizó su veto para impedirlo, y cuando el mismo Nepote tomó
el documento y empezó a leer, se lo arrebató de las manos. El tribuno, que conocía el
texto de memoria, comenzó a recitarlo hasta que Termo le puso la mano en la boca
con fuerza para detenerle. Entonces, Nepote hizo una señal a sus seguidores armados
y de inmediato se desencadenaron unos disturbios que comenzaron con luchas con
palos y piedras, pero culminaron en peleas con arma blanca. Tanto Catón como
Termo fueron tratados con rudeza, pero Catón fue protegido físicamente por Murena,
el cónsul a quien acababa de procesar. Al final, los partisanos y seguidores se
dispersaron. Esa misma tarde, el Senado se reunió y aprobó el senatus consultum
ultimum. Sin embargo, una propuesta para despojar a Nepote de su tribunado fue
abandonada por recomendación del mismo Catón. Aun así, tras convocar otra reunión
pública en el Foro y acusar a Catón y al Senado de conspirar contra Pompeyo y decir
que pronto pagarían por ello, Nepote huyó de Roma. Un tribuno no debía abandonar
la ciudad durante su año de mandato, pero él fue aún más lejos y se marchó de Italia
para unirse a Pompeyo en Rodas. Con el alivio de su partida, nadie cuestionó su
legalidad.[26]

César no había sabido juzgar la situación. Todas las fuentes en las que nos
basamos retratan a Nepote como el iniciador de la violencia de este episodio y como
un individuo peligrosamente impulsivo y volátil, pero César le había apoyado con
entusiasmo, al menos al principio. Nepote era partidario de Pompeyo porque su
hermanastra Mucia estaba casada con el general, y porque esperaba beneficiarse con
su regreso. César no era familiar de Pompeyo y nunca había tenido una relación
directa con él —aunque había estado acostándose con Mucia durante la ausencia de
su marido cuando estaba en campaña—, pero prosiguió su política de elogiar y
apoyar al gran héroe romano como un medio para incrementar su propia popularidad.
En esta ocasión había ido demasiado lejos y el Senado decretó que se le expulsara de
la pretura, puesto que sólo ocupó durante unas semanas. Al principio, César trató de
negar la evidencia, y siguió apareciendo en público con los símbolos del cargo y
cumplió con sus deberes. De nuevo, no había sabido interpretar el clima general y la
profunda ira que los últimos hechos habían despertado. Al averiguar que algunos
senadores estaban dispuestos a oponerse a él por la fuerza, despidió a los seis lictores
que le asistían. Estos hombres portaban las fasces, un haz de varas y un hacha que
simbolizaban al titular del imperium, y su poder para infligir castigo corporal y la
pena capital. A continuación, se despojó de su toga practexta, llevada en ocasiones
oficiales por los senadores, y se marchó discretamente a su casa, la domus publica,
poniendo de manifiesto que pretendía retirarse de la vida pública. Al día siguiente,
una muchedumbre se congregó en el Foro a la puerta de su casa, proclamando a voz
en grito que estaban dispuestos a ayudarle a recuperar su posición. César salió y les
habló, calmando los ánimos y persuadiéndoles para que se dispersaran. Calculada o

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espontánea —o muy posiblemente una mezcla de ambas cosas—, fue una actuación
digna y responsable que convenció al Senado para devolverle a su puesto. Aunque su
instinto político le había fallado unas cuantas veces esos días, César había mostrado
su capacidad para darse cuenta de que había cometido un error y la habilidad para
recuperarse de ello.[27]

Para entonces, Catilina había sido derrotado por un ejército liderado en teoría por
Antonio, el antiguo colega de Cicerón, pero que de hecho comandaba uno de sus
subordinados. La afirmación de Catilina de que el uso de la fuerza aterrorizaría a los
rebeldes había resultado infundada, ya que la mayoría se había mantenido fiel a
Catilina y habían muerto con él. Fuera la que fuera la opinión que se tenía de él en
vida, se le reconoció a regañadientes que había muerto bien, mostrando todo el coraje
que correspondía a un miembro de la aristocracia. Aunque había muerto y los
rebeldes habían sido derrotados, seguía perviviendo un clima de sospecha y
recriminación en Roma. Había recompensas disponibles para aquellos que
proporcionaran pruebas valiosas a las autoridades, y eso explica en parte la avalancha
de denuncias. Quinto Curión, el hombre cuya amante le había persuadido para que
traicionara a los rebeldes y que había sido recompensado con su reincorporación al
Senado, ahora había nombrado a César entre una lista de hombres acusados de haber
participado en la conspiración. Otro informador, Lucio Vetio, repitió la acusación,
alegando que poseía una carta escrita por César a Catilina. En el Senado, el recién
reincorporado pretor respondió a Curión apelando a Cicerón, que testificó que César
le había proporcionado alguna información y había demostrado su total lealtad. Como
resultado, Curión perdió su botín de informador. Vetio, un insignificante miembro de
la orden ecuestre de cuestionable reputación, era más fácil de tratar: en su calidad de
pretor, César le ordenó presentarse ante la rostra, luego hizo que le dieran una paliza
y lo metieran en prisión. Es muy probable que lo liberaran poco después, pero no se
volvieron a dirigir más acusaciones públicas contra César.[28]

LA «BUENA DIOSA»

Se conservan pocos datos más sobre el periodo de César como pretor, y es más
que probable que, al menos según sus estándares, tratara de pasar inadvertido y
sencillamente continuara con su misión principal de ejercer como juez. Hacia finales
de año, resultó implicado en un escándalo de amor ilícito y adúltero, pero, sólo por
esta vez, él era la parte inocente. Todos los años se celebraba el festival de Bona Dea,
o de la Buena Diosa, en casa de uno de los magistrados superiores. En el año 62 a. C.
se eligió para ese fin la casa de César, seguramente porque era el pontífice máximo
además de pretor. Aunque la celebración tenía lugar en la casa de un magistrado, ni él
ni ningún otro hombre podía estar presente, ya que las ceremonias eran llevadas a

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cabo únicamente por mujeres, sobre todo matronas aristocráticas de Roma y sus
ayudantes femeninas. Tras efectuarse los sacrificios y demás rituales, la música y el
festejo proseguían a lo largo de toda la noche. Las vírgenes vestales presidían los
rituales y, según Plutarco, la mujer del magistrado tenía un papel preponderante en la
organización de las celebraciones. En este caso puede que Aurelia hubiera
desempeñado un papel más importante todavía que Pompeya, y la hermana de César,
Julia, también estaba presente.

Pompeya tenía un amante, el cuestor electo de treinta años Publio Clodio Pulcro,
y la pareja había decidido que las celebraciones ofrecían una perfecta tapadera para
una cita. Clodio se disfrazó de tañedora de arpa, una de las muchas artistas
profesionales, en su mayoría esclavas, que participaban en el festival. Durante la
noche, Habra, una de las doncellas personales de Pompeya, que estaba al tanto del
secreto, le dejó entrar en la casa. Después, salió corriendo a buscar a su señora,
dejando a Clodio aguardando durante un tiempo. Impaciente, este comenzó a vagar y
se topó con una de las esclavas de Aurelia, que de inmediato intentó persuadir a la
joven y aparentemente tímida arpista de que se reuniera con el resto de la compañía.
Incapaz de zafarse de sus persistentes atenciones, finalmente Clodio le dijo que no
podía marcharse porque «ella» estaba esperando a su amiga Habra. Traicionado por
su voz, obviamente masculina, fue descubierto por la esclava, que echó a correr
gritando que había un hombre en la casa, lo que causó al instante una gran confusión.
Clodio huyó hacia la oscuridad. Aurelia reaccionó con la calmada eficiencia que
parece haber sido propia de su carácter y del de su hijo. Detuvo inmediatamente la
ceremonia y mandó cubrir los instrumentos sagrados utilizados en los ritos para evitar
que fueran contaminados por la mirada de un hombre. Ordenó a las esclavas que
candaran todas las puertas de la casa para que el intruso no pudiera escapar. La madre
de César guío al grupo mientras buscaban por toda la casa a la luz de una antorcha
hasta que por fin encontraron a Clodio escondido en la habitación de Habra. La mujer
le miró un buen rato para estar segura de quién era —el mundo de la aristocracia
romana era pequeño y la mayoría de sus miembros podían reconocerse entre sí—
antes de expulsarlo de la casa. A continuación, Aurelia envió a las mujeres de vuelta a
sus hogares para que les contaran a sus maridos el sacrilegio de Clodio.[29]

A los pocos días, César se divorció de Pompeya. En el primer código legislativo


romano no existían disposiciones sobre el divorcio, los niños aristocráticos aún
memorizaban las Doce Tablas en la época de César, pero estaba consagrado por una
larga tradición. Como tantos otros aspectos de la sociedad romana, se consideraba un
asunto de las familias. En los últimos años de la República, parece que tanto el
marido como la mujer podían divorciarse de manera unilateral de su cónyuge. En su
forma más simple, el marido podía decir sencillamente: «Coge tus cosas» (tuas res
tibi habeto). Es posible que César utilizara esta frase tradicional o tal vez le enviara

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una carta a Pompeya, pero en cualquier caso el matrimonio se rompió con rapidez.
No se hizo pública ninguna razón para el divorcio, algo que no era inusual, aunque sí
lo fueran las circunstancias precedentes. Al parecer, la unión nunca fue tan estrecha
como cuando estuvo casado con Cornelia y, a pesar de que la pareja había pasado la
mayor parte de su matrimonio juntos, no habían tenido hijos. No hay constancia de
que ninguna de las otras esposas de César tuviera un amante, pero en este caso el
encanto de César no había bastado para mantener a Pompeya fiel. Tal vez hubiera
pasado demasiado tiempo con Servilia y sus otras amantes en aquellos años, o tal vez
a su esposa, bastante más joven que él, le molestase vivir en un hogar que, por lo
visto, estaba dominado por su suegra. Tampoco debemos infravalorar el atractivo de
Clodio, que era inteligente y guapo —su familia era famosa por su aspecto— y
encantador, con una reputación de libertino que le hacía aún más enigmático. La
descripción podría fácilmente aplicarse a César, así como su afición a seducir a las
esposas de otros. Fuera cual fuera la razón de la infidelidad de Pompeya, César no
estaba dispuesto a otorgarle a su esposa la misma licencia que se daba a sí mismo,
actitud habitual en un hombre de su clase y su época.[30]

El final de su matrimonio fue importante para las partes afectadas, pero no


debemos subestimar la escala del impacto que este episodio tuvo en toda la
República. Nunca antes la festividad de la Bona Dea había sido contaminada de ese
modo. Algunos senadores, entre ellos Cicerón y César, se mostraban escépticos
respecto a los dioses en privado, o al menos sobre muchas cuestiones de la religión
tradicional, pero públicamente nadie ponía en duda la importancia de los rituales que
dominaban tantos aspectos de la vida pública. Se decía que el éxito de Roma se
basaba en el favor de los dioses, y no podía descuidarse o celebrarse de forma
inapropiada ninguna de las ceremonias necesarias para garantizar que esta bendición
siguiera activa. El Senado estableció una comisión especial para investigar el asunto
y decidir qué acciones debían emprenderse. La festividad se celebró otra noche de la
manera adecuada. Tras solicitar consejo a las vestales y al colegio de pontífices, se
decidió procesar a Clodio. Parece que César, desde el principio, habría querido
ocultar todo el asunto, pero, aunque era el cargo superior del colegio, el Pontifex
Maximus tenía un papel de presidente más que de jefe. En el tribunal, declinó la
oferta de testificar contra Clodio, aduciendo ignorar por completo lo que había
sucedido. Cuando le preguntaron públicamente por qué se había divorciado de su
esposa si pensaba que no había sido descubierta en adulterio, respondió con la famosa
frase de que lo había hecho porque la esposa de César «debe verse libre no sólo de
culpa, sino incluso de sospecha». Clodio era un hombre de carrera prometedora, con
amigos poderosos que estaban haciendo todo lo posible para asegurarse de que el
tribunal le exonerara. Puede que César creyera que ganarse la enemistad de un
hombre así era un riesgo innecesario o bien pensó incluso que Clodio le podría ser
útil en el futuro. En retrospectiva, sabemos que, de hecho, eso es lo que sucedió, pero

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es posible que en aquel momento no fuera tan evidente. Pese a sus frecuentes
denuncias y ataques contra hombres como Catulo, toda la carrera de César se basaba
en tratar de hacer amigos más que en destruir enemigos. Lo que le hacía famoso eran
sus favores y su generosidad, a diferencia de Catón, que era conocido por su
inquebrantable severidad: era uno de los que presionaba para que Clodio recibiera un
duro castigo.

Las preocupaciones políticas nunca estaban lejos de la mente de un senador, pero


no deberíamos olvidar el elemento personal. A lo largo de buena parte de la historia,
ser conocido por ser un cornudo ha resultado muy incómodo. Habría sido muy poco
habitual en Roma si el consejo de defensa no hubiera lanzado la propia reputación de
mujeriego de César contra él si hubiera aparecido como testigo en el caso. Tal vez
realmente creía que habría sido hipócrita por su parte atacar a otro hombre por algo
que él había hecho tan a menudo, si bien en circunstancias menos extrañas y
sacrílegas. No obstante, a pesar de la renuencia de César, tanto Aurelia como Julia
comparecieron como testigos, testificando sobre la culpabilidad de Clodio. Cicerón
también compareció y declaró que había visto a Clodio el día de la ceremonia en
Roma, destruyendo así la coartada del defensor de que se encontraba lejos de la
ciudad cuando se cometió el delito. A pesar de su evidente culpabilidad, Clodio fue
absuelto después de que sus amigos y él organizaran una campaña orquestada de
intimidación y sobornos. Para la sesión final, el jurado solicitó que se les
proporcionaran guardias para su protección. Cuando se supo que el resultado habían
sido treinta y un votos frente a veinticinco a favor de la absolución, el desdeñoso
Catulo les espetó: «¿Para qué nos pedíais una guardia?; ¿temíais acaso que os robaran
los dineros?». Es la última anécdota que se recuerda sobre el viejo senador, que murió
poco después.[31]

HISPANIA

Mucho antes de que finalizara el juicio, César había abandonado Roma como
propretor para gobernar la Hispania Ulterior. En su séquito se escondía el cliente
númida que había defendido sin éxito en el juicio de la acusación del rey Hiempsal,
que durante meses había estado oculto en casa de César. También le acompañaba su
cuestor, Veto, el hijo del hombre a quien César había servido asimismo como
abogado. Otro miembro de su personal, con el título de praefectus fabrum, una
especie de oficial de la plana mayor de César, era Lucio Cornelio Balbo, un español
proveniente de una familia acomodada que había obtenido la ciudadanía merced a la
gratitud de Pompeyo. Sin duda, el nuevo gobernador había dejado atrás la ciudad y el
escándalo con bastante alivio, pero en un momento dado había dado la impresión de
que no permitirían que César abandonara Roma. Algunos de sus acreedores se habían

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impacientado, quizá simplemente porque había llegado la fecha de pago de las
deudas, pero tal vez su expulsión temporal de la pretura a principios de año les
hubiera hecho desconfiar de sus perspectivas a largo plazo. Se tomaron medidas para
evitar su marcha, pero César apeló a Craso, que le avaló por ochocientos treinta
talentos, una suma enorme, pero que sólo representaba una fracción de su deuda total.
Esta es la primera ocasión de la que nuestras fuentes dejan constancia de que había
solicitado un préstamo a Craso, pero es más que probable que César ya hubiera
recurrido en numerosas ocasiones a su inmensa riqueza. De todos modos, se libró por
poco y acabó marchándose de la ciudad antes de que el Senado hubiera anunciado de
forma oficial las provincias adjudicadas ese año. Se trataba de una mera formalidad,
ya que estas ya habían sido asignadas, pero contravino las convenciones.
Irónicamente, uno de los primeros problemas a los que tuvo que enfrentarse cuando
llegó a Hispania fue el endeudamiento generalizado, lo que posiblemente había
forzado a muchos a engrosar las filas de los bandidos que infestaban la región. César
decretó que los deudores debían entregar dos tercios de sus ingresos a sus acreedores
hasta que las deudas fueran saldadas, pero se les permitió quedarse con el tercio
restante para mantener a sus familias.[32]

Un puesto en las provincias era una oportunidad para enriquecerse. En diversas


ocasiones, César había procesado a los exgobernadores por corrupción y extorsión.
Sus oponentes del Senado no tardaron en afirmar que había provocado una guerra en
Hispania sin ninguna necesidad, atacando incluso a comunidades aliadas sólo para
saquearlas. Los cargos eran bastante convencionales y muchos de los gobernadores
romanos actuaban así, pero no hay suficientes pruebas para decidir si César era
culpable o no de ese comportamiento. En el año 61 a. C., amplias extensiones de
Hispania seguían mostrando las cicatrices de la guerra contra Sertorio. Durante
generaciones, las razias y el bandidaje habían sido modos de vida en la Península
Ibérica, en especial entre las comunidades de las regiones más montañosas, que
apenas lograban obtener sustento mediante la agricultura. El noroeste de Lusitania,
donde César operaba fundamentalmente, no era una región rica en aquella época y es
dudoso que ningún comandante pudiera hacerse rico saqueándola durante las
campañas. Tampoco es probable que careciera de oportunidades para organizar una
operación militar, dado que todas las fuentes consultadas destacan la anarquía que
reinaba en la zona. Lo que es evidente es que César aprovechó con entusiasmo esas
oportunidades, actuando con tremenda contundencia. Casi nada más llegar, reunió
diez nuevas cohortes de tropas, aumentando la guarnición en un cincuenta por ciento.
Marchando hacia el área montañosa existente entre los ríos Tajo y Duero, ordenó a
una de las comunidades fortificadas de las colinas que se rindiera y se trasladara a la
llanura. Como había previsto, se negaron y César tomó la plaza al asalto. A
continuación, se lanzó contra los pueblos vecinos, evitando una emboscada cuando
los lusitanos trataron de tenderle una trampa utilizando sus rebaños como cebo. César

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hizo caso omiso de ellos y atacó y venció a su ejército principal. Las emboscadas
eran una táctica común para los pueblos de las sierras de Hispania y sus fuerzas
evitaron otra desviándose de la ruta más obvia a través del difícil territorio. Más
tarde, César regresó, luchó en el terreno que él mismo eligió y ganó. Continuando con
sus éxitos, persiguió a los lusitanos hasta la costa atlántica, donde se refugiaron en
una pequeña isla. El primer intento de tomarla fracasó, pero César pidió que le
enviaran naves de guerra desde Gades (Cádiz) y obligó a los defensores que se
rindieran. Después, navegó por la costa y la sola visión de sus tropas —los barcos de
remos eran prácticamente desconocidos en la zona— bastó para intimidar y provocar
la capitulación instantánea de al menos una de las comunidades.[33]

Había ya mucho en esta operación del César que tan bien conocemos por sus
propios Comentarios de las posteriores campañas en la Galia y la guerra civil: acción
veloz a la vez que calculada, determinación a no dejarse arredrar por los obstáculos
naturales o por reservas iniciales y el aprovechamiento implacable del éxito. También
vemos la disposición a aceptar la rendición y a tratar a los vencidos con generosidad
con la esperanza de convertirlos en contribuyentes y productivos miembros de la
provincia. Su victoria no había completado este proceso en sí misma, pero sí había
supuesto un paso importante. César fue saludado como Imperator, la aclamación
formal que otorgaba a un gobernador el derecho para solicitar un triunfo a su regreso
a Roma. Sin embargo, su mandato no estuvo únicamente dedicado a la guerra, y
adoptó numerosas medidas para reorganizar la administración civil de la provincia,
arbitrando en disputas entre las comunidades locales. Al parecer, también suprimió la
práctica de hacer sacrificios humanos en algunas de las sectas locales. Es difícil decir
hasta qué punto resultaron efectivas sus acciones a largo plazo, ya que otros
gobernadores de la provincia se habían enfrentado a esta costumbre en el pasado. Ese
tipo de ofrendas eran conocidas —tal vez incluso bastante comunes— durante gran
parte de la Edad de Hierro en Europa y el resto del mundo. La última ocasión en la
que los romanos habían hecho ofrendas humanas había tenido lugar sólo unos años
antes del nacimiento de César, cuando la amenaza de los cimbros y los teutones había
parecido muy real. No obstante, era una de las escasas prácticas religiosas que los
romanos eliminaron en las provincias. No hay demasiada documentación sobre el
gobierno de César en Hispania, pero parece que se caracterizó por la actividad
frenética que era habitual en él. Probablemente se benefició de aquel periodo —
aunque sólo hasta el punto de reducir sus enormes deudas—, se ganó los elogios de
los habitantes locales, y a su regreso le aguardaba la perspectiva del triunfo. Este
puesto le había proporcionado a César lo que deseaba, pero siempre estaba mirando
hacia el futuro y abandonó esta provincia para regresar a Roma antes de que su
sucesor hubiera llegado, algo que era poco común, pero no único, pues Cicerón hizo
lo mismo cuando finalmente se marchó a su provincia más de una década después de
ser cónsul. Posiblemente, su cuestor se quedó al cargo.[34]

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Plutarco afirma que, de camino a Hispania, César y su séquito pasaron por un
pequeño pueblo alpino. Sus amigos le preguntaron bromeando si incluso en un
escenario tan miserable los hombres persiguen desesperadamente poder y cargos
públicos. César declaró con total seriedad que preferiría ser el primer hombre en un
lugar como aquel que el segundo hombre en Roma. Es posible que la historia sea
apócrifa, pero, como supo reconocer Plutarco, decía mucho del carácter de César. Ya
había obtenido una buena reputación política y ahora casi podía estar seguro de que
haría carrera. No esperaba menos, pero el éxito no era suficiente por sí solo y César
aspiraba a llegar a lo más alto. Deseaba alcanzar más de lo que nadie antes había
alcanzado jamás.[35]

Había espacio en la cumbre, pues a medida que se aproximaba el final de la


década, sólo Craso podía considerarse un rival serio para Pompeyo. Algunos de los
hombres más ricos de la República, como Lúculo, se habían apartado en buena
medida de la vida pública y vivían en un lujoso retiro. En esos años, el Senado
contaba con unos seiscientos miembros, pero había poco talento entre ellos. El legado
de la guerra civil, que había eliminado a los mejores y más capaces, era todavía muy
evidente. Resulta sorprendente que sólo catorce excónsules estuvieran presentes en el
debate sobre Catilina, una ocasión de tal importancia en la que se hubiera esperado
una gran afluencia. Craso evitó la reunión deliberadamente, mientras que Pompeyo y
algunos otros cónsules habían salido de campaña. Suponiendo de modo aproximado
que un hombre tenía una expectativa de vida de veinte años después de haber sido
cónsul, el total siguen siendo menos de la mitad de la cifra que podía preverse. En
comparación con periodos anteriores, había muchos menos senadores distinguidos
cuya auctoritas les permitiera guiar los debates del Senado. Esa era una de las
razones por las que hombres como César y Catón lograron tanta prominencia a la
temprana edad de treinta años.

Página 159
VIII
Cónsul
En fin, César había tomado la determinación de trabajar, estar alerta,
desdeñar lo propio en atención a los intereses de sus amigos y no negar
nada que fuese digno de ser dado; anhelaba para sí un gran mando, un
ejército, una guerra nueva donde pudiese resplandecer su coraje.

Salustio, finales de los años cuarenta a. C.[1]

¿Qué hablará de mí la historia dentro de seiscientos años? Ella me


infunde mucho más respeto que los rumorcillos de las gentes que hoy
viven.

Cicerón, abril de 59 a. C.[2]

El 28 y el 29 de septiembre del año 61 a. C., Pompeyo Magno celebró su tercer


triunfo, que conmemoró sus victorias sobre los piratas y Mitrídates. Las festividades
coincidieron con su cuarenta y cinco cumpleaños e incluyeron espectáculos y
procesiones de escala y magnificencia sin precedentes. Su primer triunfo había
llegado veinte años antes, pero esta vez no hubo ningún ridículo plan para aparecer
montado en un carro tirado por elefantes. Pompeyo era mayor, más maduro, y no
necesitaba ese teatro puesto que el esplendor de sus victorias eclipsaba los logros de
los grandes generales del pasado. Aun así, los triunfos nunca eran ocasiones para el
comedimiento o la modestia. Como cualquier aristócrata romano, Pompeyo se cuidó
de cuantificar su éxito y en las procesiones se exhibieron carteles en los que se
declaraba que había asesinado, capturado o derrotado a 12 183 000 personas,
apresado o hundido 846 barcos de guerra y aceptado la rendición de 1538 pueblos o
plazas fortificadas. Cada reino, pueblo o lugar que había conquistado figuraba a su
vez en las magníficas carrozas que llevaban los botines que les había robado.
También había cuadros que mostraban famosos episodios de las guerras. Otros
estandartes reflejaban cómo cada soldado del ejército había recibido mil quinientos
denarios —que equivalían a más de diez años de paga— y proclamaban que se había
añadido la vasta suma de veinte mil talentos de oro y plata al tesoro público.
Pompeyo alardeaba de que, como resultado de sus esfuerzos, los ingresos anuales de
la República habían aumentado en más del doble, desde los cincuenta millones a los
ciento treinta y cinco millones de denarios. Al final de la procesión había un carro

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presentado como un trofeo por la victoria sobre el mundo conocido. La gente decía
que Pompeyo había triunfado sobre tres continentes: África como parte de su primer
triunfo, Europa y, en concreto, Hispania en el segundo, y ahora Asia en el tercero.
Delante de Pompeyo marchaban más de trescientos rehenes de gran categoría,
incluyendo reyes, princesas, jefes y generales, todos ellos ataviados con su traje
nacional. El mismo general iba montado en un carro decorado con piedras preciosas y
se cubría con una capa arrebatada a Mitrídates, que sostenía que una vez había
pertenecido a Alejandro Magno. En opinión de Apiano, que escribió siglo y medio
después, eso era poco probable, pero a Pompeyo le encantaba trazar paralelismos
entre él y el mayor conquistador de la historia.[3]

No hay duda de que los logros de Pompeyo fueron grandiosos. La eliminación de


los piratas había sido una deslumbrante demostración de una meticulosa planificación
y una rápida actuación, pero resultó ser sólo el preludio de éxitos aún mayores.
Mitrídates del Ponto había sido uno de los enemigos más resistentes de Roma: Sila lo
había expulsado de Grecia y había recuperado la provincia de Asia, pero la necesidad
de regresar a Italia le había impedido lograr una victoria total. Lúculo había hecho
más en los siete años que estuvo al mando en la región, atacando con fiereza al rey y
sus aliados en una serie de batallas. Entretanto, se había hecho inmensamente rico
con los botines de la guerra, pero perdió el apoyo de los publicani que operaban en
Asia como recaudadores de impuestos, así como de muchos de sus propios soldados.
A un general de éxito nunca le faltaban oponentes en el Senado, porque los senadores
se ponían instintivamente nerviosos cuando alguien acumulaba demasiada gloria,
fortuna y auctoritas. Cada vez se alzaban más voces quejándose de que la guerra
estaba durando demasiado, e incluso de que Lúculo la estaba prolongando de manera
deliberada para enriquecerse todavía más. Su enorme provincia se dividió y las partes
se repartieron entre nuevos gobernadores, privándole de los hombres y el material
con el que hacer la guerra. Con Lúculo debilitado, Mitrídates tuvo la oportunidad de
recuperar parte del terreno perdido. Todo cambió cuando llegó Pompeyo en el año 66
a. C. Con el apoyo de unos recursos de una escala que su predecesor nunca habría
siquiera soñado, había aplastado el poder del rey a finales de año. Sería ir demasiado
lejos decir que Lúculo ya había ganado la guerra —no así en el caso de la Guerra de
los Esclavos, que sin duda había decidido Craso antes de que Pompeyo llegara y
tratara de robarle el mérito—, pero también es cierto que su contribución a la
posterior victoria romana fue importante.

Cuando hubo completado la tarea que se le había asignado, Pompeyo no mostró


ningún deseo de retornar a Roma enseguida, sino que buscó nuevas oportunidades
para ganar gloria con las tropas bajo su mando. En los siguientes dos años aprovechó
cualquier oportunidad para conducir a sus legiones más lejos de lo que cualquier otro
ejército romano hubiera llegado nunca. Marcharon contra los iberios y los albanos,

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recorriendo la orilla oriental del mar Negro y llegando hasta lo que llegaría a ser
Rusia. Tras intervenir en una guerra civil entre miembros rivales de una familia real
judía, Pompeyo había dado abundantes pruebas en estas campañas de su capacidad
como comandante y es posible que en anteriores campañas se pusiera personalmente
al frente de algunas batallas emulando el estilo heroico de Alejandro. En Jerusalén,
sus comandantes y él habían penetrado en lo más sagrado de lo sagrado del Gran
Templo, algo prohibido a todo el mundo excepto a los sumos sacerdotes. Como
muestra de respeto, no se llevaron ninguno de los tesoros, pero el gesto, tal y como se
pretendía, proporcionó una nueva leyenda que contar en Roma sobre las inauditas
hazañas del gran general romano. Para los romanos, lo espectacular a menudo se
combinaba con lo práctico, y Pompeyo pasó gran parte de su tiempo organizando la
administración de las antiguas provincias romanas de la región y de las nuevas
provincias que había creado. Las campañas activas habían cesado en buena medida
cuando en el año 63 a. C. llegó la noticia de que Mitrídates había muerto, asesinado
por uno de sus escoltas después de que hubiera intentado envenenarse pero
descubriera que los antídotos que había tomado a lo largo de toda su vida le habían
inmunizado. Aun así, Pompeyo permaneció en Oriente durante más de un año
colonizando la región. Sus talentos organizativos eran considerables y muchas de las
normativas que había establecido seguirían vigentes durante siglos.[4]

La insensatez con la que actuó Metelo Nepote durante su tribunado aumentó la


aprensión acerca de lo que Pompeyo haría a su regreso a Italia. Nepote era su cuñado,
había servido a sus órdenes como legado, por lo que su tendencia a usar la violencia y
la intimidación para conseguir que Pompeyo conservara el mando de su ejército era
muy preocupante. Se dice que Craso explotó ese clima llevándose a su familia al
extranjero. Es difícil saber hasta qué punto Nepote estaba siguiendo instrucciones,
pero es evidente que Pompeyo no puede haberse sentido satisfecho con un resultado
que despertó las sospechas de muchos senadores sobre él sin lograr ningún beneficio.
En la primavera del año 62 a. C. escribió al Senado en conjunto y a los principales
senadores de modo privado asegurándoles que deseaba un retiro pacífico. Otro de sus
legados, Marco Pupio Pisón, estaba ya en Roma haciendo campaña por el consulado
para el año 61 a. C. Pompeyo le pidió al Senado que pospusiera las elecciones hasta
final de año, de manera que pudiera estar presente y apoyar a su amigo. Las opiniones
estaban divididas, pero Catón evitó que se produjera ninguna votación manipulando
los procedimientos del Senado. Cuando se le preguntó su opinión en el debate, siguió
hablando hasta que finalizó la jornada y la reunión se clausuró sin haber llegado a
ningún resultado. Nadie intentó debatir el tema de nuevo. Cuando llegó el momento,
Pisón obtuvo el consulado de todos modos, pero esa fue la primera de una serie de
desaires que tuvo que sufrir Pompeyo, lo que no le impidió continuar esforzándose
para tranquilizar al Senado sobre sus buenas intenciones. Cuando por fin se presentó
en Brindisi en diciembre del año 62 a. C. desmovilizó de inmediato a sus legiones,

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dando orden a sus soldados de que se reunieran de nuevo sólo cuando llegara el
momento de marchar en su triunfo.[5]

Hasta que celebrara su triunfo, Pompeyo no podía cruzar el pomerium, la frontera


sagrada de la ciudad, por lo que se alojó en su villa en las colinas albanas, a las
afueras de Roma. A mediados del siglo I a. C. importantes partes de Roma estaban
más allá del pomerium. En varias ocasiones, el Senado eligió localizaciones en
aquellas áreas para reunirse, y también se celebraron reuniones públicas allí, para que
Pompeyo pudiera acudir. Cuando fue elegido cónsul el año 70 a. C., Pompeyo
encargó al experimentado senador y prolífico autor Marco Terencio Varrón que le
escribiera un folleto que explicara los procedimientos senatoriales. Su regreso a la
vida política demostró que, tras casi seis años de campañas, todavía le quedaba
mucho por aprender. Su primer discurso fue un fracaso, no le gustó a nadie. Tuvo
mala suerte porque llegó en plena controversia sobre el juicio de Clodio por
sacrilegio, mientras se debatía acaloradamente qué procedimiento debía emplearse y,
en particular, cómo se seleccionarían los jurados. Pisón, el antiguo legado de
Pompeyo, era amigo y partidario de Clodio, mientras que el otro cónsul era un
oponente igualmente determinado. Pompeyo, que no era un orador muy entrenado o
especialmente dotado, intentó mostrar su firme apoyo y respeto por el Senado cuando
se le pidió opinión sobre esos asuntos, pero sus discursos despertaron poco
entusiasmo. Cicerón, todavía resentido por la negativa de Pompeyo a alabarle con
suficiente entusiasmo por la eliminación de Catilina, fue muy cáustico en sus
opiniones sobre el hombre que tan a menudo había apoyado en el pasado. El 25 de
enero del año 61 a. C. le escribió a su amigo Ático que Pompeyo, «según hace ver,
me estima, me aprecia, me quiere mucho; me elogia a las claras, pero en el fondo,
aunque de forma que resulta evidente, me mira con malos ojos: nada de afabilidad, ni
de sencillez, ni de claridad “en cuestiones políticas”, ni honestidad, ni valor, ni
independencia».[6] Cicerón se mostró encantado cuando Craso comenzó a ensalzarle
en el Senado, probablemente porque Pompeyo no lo había hecho.[7]

En la esfera personal, las cosas funcionaban algo mejor: Pompeyo se había


divorciado de su esposa, Mucia, casi inmediatamente después de regresar a Italia.
César y ella habían tenido una aventura mientras su marido estaba ausente, pero él no
había sido su único amante y sus infidelidades eran un escándalo público. El divorcio
tuvo desafortunadas consecuencias políticas, alejando a Pompeyo de sus
hermanastros Metelo Nepote y Quinto Cecilio Metelo Celer, porque, como familia,
los Metelos siempre estaban dispuestos a responder ante desprecios reales o
aparentes. Después de sufrir el ataque de Nepote, Cicerón tuvo que esforzarse mucho
para aplacar a Metelo Celer, aunque había sido su hermano el que comenzó la
disputa. Celer era un importante candidato al consulado en el año 60 a. C., lo que le
convertía en un enemigo especialmente peligroso. No obstante, el divorcio le brindó a

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Pompeyo la oportunidad de establecer nuevas alianzas políticas, y es evidente que
deseaba demostrar una vez más su compromiso con la élite senatorial y que no era
ningún revolucionario. Se dirigió a Catón y le pidió que permitiera que su hijo y él se
casaran con sus sobrinas, las hijas de Servilia. Para consternación de las chicas y su
ambiciosa madre, Catón rechazó la propuesta, un gesto que se sumó a su reputación
de situar los severos dictados de la virtud por delante de la ventaja política. Aunque
tuvo que renunciar a la perspectiva de aliarse con el hombre más rico y el
comandante más famoso del Senado, el incidente hizo crecer la leyenda que Catón
estaba creando de forma consciente con sus acciones y su actitud.[8]

Durante aquellos años, Pompeyo tenía dos objetivos fundamentales. El primero


era asegurarse de que los veteranos dados de baja del ejército recibían tierras. En el
año 70 a. C. se había aprobado una ley para ocuparse de la situación económica de
los hombres que habían luchado a sus órdenes en Hispania, pero no había conseguido
demasiado ya que el Senado no había proporcionado los recursos para garantizar una
distribución adecuada de la tierra. Su segundo objetivo era garantizar la ratificación
de la reorganización de Oriente, del conjunto de leyes y regulaciones que había
establecido tras su victoria sobre Mitrídates. Lo normal era que un comité senatorial
se ocupara de estas cuestiones, pero Pompeyo había acometido la tarea sin esa
autoridad. El hecho de que el trabajo realizado fuera excelente no evitó que recibiera
bastantes críticas. Lúculo, que había tenido que esperar años para su propio triunfo y
que seguía resentido por haber sido sustituido en el mando por Pompeyo, salió de su
autoimpuesto retiro de la vida pública para enfrentarse a él. Criticó en especial los
cambios que se habían efectuado en su propia normativa. Pompeyo deseaba que toda
la reorganización de Oriente se ratificara en una sola ley. Lúculo, Catón y muchos
otros senadores importantes exigían, por el contrario, que cada una de las normas se
discutiera y tratara de forma individual. Durante el consulado de Pisón en el año 61
a. C. no se logró nada, en parte por su preocupación por el juicio de Clodio. Dándose
cuenta de que Metelo Celer estaba prácticamente seguro de alcanzar el consulado
para el año 60 a. C. Pompeyo hizo numerosos sobornos para asegurarse de que le
proporcionaban un colega dócil. El hombre elegido fue otro de sus antiguos legados,
un «hombre nuevo» llamado Lucio Afranio. Aunque es posible que fuera un oficial
capaz, era más conocido como bailarín que por su habilidad como político. Como
cónsul resultó ser un fracaso total, al que el también «hombre nuevo» Cicerón
consideró poco más que un chiste del peor gusto. Más talento demostró Lucio Flavio,
uno de los tribunos del año, que estaba muy dispuesto a hacer lo que Pompeyo
quisiera. Propuso una nueva ley agraria que pretendía proporcionar granjas a los
veteranos y a muchos pobres de la ciudad. Metelo Celer lideró la oposición y fue tan
brutal en su invectiva que el tribuno ordenó que le metieran en prisión. El cónsul era
un jugador suficientemente astuto del juego político para saber cómo explotar la
situación y enseguida convocó una reunión del Senado en la misma cárcel. La

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respuesta de Flavio fue situar su banco oficial de tribuno delante de la entrada para
impedir que nadie pudiera entrar. Sin dejarse intimidar, Metelo ordenó a sus
asistentes que abrieran un agujero en la pared de la prisión para que pasaran los
senadores. Pompeyo se dio cuenta de que Flavio estaba perdiendo la batalla y le
ordenó que liberase al cónsul. El episodio mostró el mismo respeto, casi ridículo, por
las convenciones que el enfrentamiento entre Catón y Nepote en el año 62 a. C. en el
podio del Templo de Cástor y Pólux. En este caso, el asunto se detuvo antes de que
hubiera auténtica violencia. Ante el fracaso de nuevos intentos de intimidar a Metelo
negándole el derecho de ir a una provincia, el proyecto de ley acabó abandonándose.
[9]

Después de dos años, Pompeyo no había alcanzado ninguno de sus dos objetivos
clave. La confirmación de la reorganización de Oriente y la entrega de tierras para los
soldados veteranos eran medidas sensatas que habrían beneficiado a la República.
Metelo se opuso al proyecto de ley sobre todo porque no deseaba hacer nada que
favoreciera al hombre que se había divorciado de su hermanastra Mucia, pero
también por el prestigio de mostrarse independiente y por su innata tozudez. Su
abuelo había obtenido fama gracias a ser el único senador que se negó a jurar
obediencia a una de las leyes de Saturnino, por lo que sufrió un periodo de exilio.
Lúculo estaba motivado por la memoria del perjuicio que sentía que Pompeyo le
había infligido en el año 66 a. C., mientras que Catón y otros estaban más inclinados
a frustrar las iniciativas de Pompeyo como un medio de frenar su ascenso y de
impedirle que dominara la República con su enorme riqueza y fama. Pompeyo no fue
el único senador que se sintió frustrado esos años. Craso, que al principio se había
solazado con los problemas de su rival, descubrió que muchos senadores de la misma
camarilla estaban igualmente deseosos de bloquear una medida de gran importancia
para él. A principios del año 60 a. C. se produjo una disputa entre el Senado y los
équites que lideraban las grandes empresas de los publicani. Estos habían adquirido
los derechos para recaudar impuestos en Asia y las demás provincias orientales sólo
para descubrir tras tantos años de guerra que no conseguían recaudar suficientes
ingresos para cubrir la suma que habían prometido al erario público. Al enfrentarse a
la perspectiva de registrar pérdidas en vez del habitual pingüe beneficio derivado de
la recaudación de impuestos, los consternados publicani pretendieron renegociar las
condiciones de su contrato, reduciendo el importe que debían entregar al tesoro
público. Craso, que estaba estrechamente asociado con los publicani más importantes
y probablemente tenía participaciones en varias compañías, les apoyó con
entusiasmo. Cicerón consideraba que la demanda era indignante, pero estaba
dispuesto a aceptarla puesto que era necesario aplacar y mantener del lado del Senado
a la acaudalada orden ecuestre. Una nueva ley de sobornos acababa de imponer
severas multas a los équites, así como a los jurados senatoriales, lo que había
ofendido gravemente a los miembros de la orden. Catón nunca había contenido su

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indignación y se opuso con firmeza a los publicani, persuadiendo al Senado de que
rechazara la apelación. Cicerón comentó con desesperación que Catón «con su mejor
intención y su mayor buena fe perjudica algunas veces a la República; pues interviene
como si estuviera en la “república ideal” de Platón y no en la de fango de Roma».[10]

Los planes de Pompeyo y Craso, los dos hombres más ricos y, en ciertos sentidos,
los más influyentes de la República, estaban siendo desbaratados por los miembros de
un puñado de familias nobles que dominaban el Senado. Pompeyo, en particular,
había sido rechazado cuando intentó formar parte de esta élite interna. Una pequeña
minoría de aristócratas estaban bloqueando reformas necesarias, razonables y
populares, además de otras medidas más cuestionables que tal vez hubieran sido
oportunas políticamente. La inercia existente en el mismo corazón de la República
estaba provocando el rechazo de muchos ciudadanos en todos los niveles de la
sociedad. Décadas más tarde, uno de los excomandantes de César comenzaría su
historia de la guerra civil en el año en que Metelo Celer y Afranio fueron cónsules.
En retrospectiva, muchos considerarían el año 60 a. C. como el año en el que la
enfermedad que corroía la República se tornó terminal.[11]

DE VUELTA AL HOGAR

En el verano del año 60 a. C., César volvió de Hispania. Tenía cuarenta años y —
seguramente con la misma dispensa de la que había disfrutado para ocupar anteriores
cargos dos años antes del momento normal— podía presentarse al consulado del año
59 a. C. Es evidente que llevaba tiempo preparando el terreno para presentar su
candidatura. Al no poder hacer campaña en persona, parece que escribió a algunos
senadores influyentes, incluyendo a Cicerón. César era un prolífico escritor de cartas,
lo que hace aún más desafortunado el hecho de que se conserve tan poco de su
correspondencia. Se cree que era capaz de dictar a varios escribas a la vez, y era
famoso por ser el primer hombre que, mientras estaba en Roma, escribía con
regularidad a amigos y aliados políticos que también estaban en la ciudad. Es posible
que se divorciara de Pompeya con una nota. También es probable que utilizara una
carta para llegar a un acuerdo con otro de los candidatos para organizar una campaña
conjunta. Este candidato era Lucio Luceyo, un hombre de considerable riqueza pero
escasa fama o carisma. La suma de su dinero con la popularidad de César era una
poderosa combinación. A principios de junio del año 60 a. C., antes siquiera de haber
llegado a Roma, César era considerado favorito en la pugna por el consulado, lo que
movió a Cicerón a comentar que sus «vientos son ahora muy favorables».
Evidentemente, las cartas de César a Cicerón habían agradado al orador, porque
escribió a Ático diciendo que esperaba «hacer mejorar a César», lo que veía como un
buen servicio para la República.[12]

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César, al igual que Pompeyo dos años antes, llegó a las afueras de Roma, pero no
podía cruzar el pomerium hasta que celebrara el triunfo que había obtenido por sus
campañas en Hispania. Un triunfo, con sus espectaculares procesiones y
celebraciones, mejoraría aún más sus perspectivas electorales. El electorado romano
y la sociedad en general admiraba la gloria militar por encima de todas las cosas y, en
la práctica, era muy probable que un cónsul acabara al mando de una guerra
importante, por lo que las pruebas de que poseía talento castrense eran obviamente
una buena cosa. A Cicerón le gustaba a veces proclamar que un gran historial como
abogado en los tribunales se valoraba casi tanto como las proezas militares, pero no
hay duda de que, en el fondo de su corazón, sabía que esa no era la opinión de la
mayoría de los votantes. Sin embargo, por ley, los candidatos a un cargo público
tenían que presentarse en persona a una reunión en el Foro. Llevaba tiempo preparar
de modo adecuado la celebración triunfal que, además, sólo podía tener lugar en un
día asignado por el Senado. La fecha de las elecciones ya se había fijado y César no
podría presentarse a menos que cruzara el pomerium, renunciando así a su triunfo.
Solicitó una exención a la regla que le permitiera convertirse en candidato sin
aparecer en persona. Se supone que la solicitó por carta, o mediante intermediario, ya
que no hay constancia de que el Senado se reuniera en uno de los templos al otro lado
del pomerium para que pudiera asistir. Suetonio narra que hubo amplia oposición a
esa petición. El resto de nuestras fuentes identifican a Catón, algo nada sorprendente,
como el principal foco de oposición: de nuevo utilizó la táctica de continuar hablando
hasta que se acabó el tiempo del debate y la reunión tuvo que clausurarse sin que se
hubiera votado sobre el tema. El Senado no volvería a reunirse hasta después de que
la lista de candidatos hubiera sido anunciada de forma oficial (el Senado sólo podía
reunirse ciertos días y no podía, por ejemplo, hacerlo el mismo día en que se
celebraba una asamblea popular). La táctica de Catón de prolongar los debates para
que no se votara una proposición había funcionado en el pasado y esta vez garantizó
que César no pudiera celebrar su triunfo y presentarse al consulado para el año
siguiente.[13]

Las maniobras dilatorias de Catón funcionaron, pero no del modo que había
pretendido. Cuando César se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, renunció
inmediatamente a su triunfo y entró en la ciudad, cruzando el pomerium para
presentarse candidato al consulado. Es difícil valorar en lo que vale la importancia
que tuvo esta decisión. Un triunfo era uno de los mayores honores al que podía
aspirar un aristócrata romano, algo que se conmemoraría de manera permanente
mediante la exhibición de sus símbolos en el atrio de su casa. Pompeyo, cuya carrera
había sido siempre muy poco ortodoxa, había obtenido tres triunfos, pero eso era algo
excepcional y en ese periodo era muy poco habitual que un hombre obtuviera ese
honor más de una vez. No sólo eso: los triunfos se otorgaron únicamente a una
pequeña minoría de propretores en el siglo I a. C. y eran bastante raros incluso para

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los procónsules. Era la más clara indicación de que César estaba mirando hacia el
futuro, absolutamente convencido de que le aguardaban hazañas y oportunidades
mucho mayores. Un triunfo por sus victorias en Hispania habría sido muy grato y
había hecho todo lo posible para conseguirlo, pero el consulado era un premio aún
mejor.

Los motivos de Catón también merecen nuestra consideración, porque, a primera


vista, su acción parece absurda, pero en retrospectiva, también había supuesto un
grave error. Como mucho habría logrado retrasar la candidatura de César durante un
año: César habría obtenido su triunfo, lo que sólo habría incrementado sus
perspectivas electorales, ya de por sí buenas. Quizá Catón esperara que durante los
siguientes doce meses, las deudas de César acabarían aplastándole y su carrera
implosionaría. No obstante, acababa de regresar de su provincia y, como todos los
gobernadores romanos y en especial aquellos que participaban en una guerra
victoriosa, sin duda se había beneficiado. Sus deudas eran demasiado elevadas para
que pudiera saldarlas y es evidente que César necesitó la fortuna de Luceyo en su
campaña electoral, pero en general lo más probable es que su situación financiera a su
regreso de Roma fuera mejor que cuando se marchó. Como ciudadano particular,
César podía ser procesado, así que tal vez se esperaba que pudiera ser acusado en el
tribunal de extorsión. Sin embargo, la mayoría de exgobernadores que se enfrentaban
a esos cargos resultaban absueltos y, como hemos visto, es posible que César fuera
inocente, aunque ese no era necesariamente el factor clave en muchos juicios. Había
una razón más personal para retrasar un año la candidatura de César. El yerno de
Catón, Marco Calpurnio Bíbulo, también se presentaba al consulado. Era el mismo
hombre a quien César había eclipsado completamente durante su mandato edilicio en
el año 65 a. C. Los talentos de Bíbulo eran modestos y aún lo parecían más en
comparación con el atractivo y muy competente César. No obstante, el sistema, con la
norma de la edad mínima para cada cargo, garantizaba que, con frecuencia, un
hombre compitiera y ocupara los distintos puestos con los mismos hombres a lo largo
de toda su carrera. Tanto César como Bíbulo habían sido pretores en el año 62 a. C.,
aunque no se tiene noticia de que surgiera ningún conflicto entre ellos. Posponer la
candidatura de César al consulado suponía que, por una vez, Bíbulo tendría la
oportunidad de ser el centro de atención. Asimismo evitaba el peligro de que el
«nuevo hombre», Luceyo, impulsado por la popularidad de su aliado, relegara a
Bíbulo a un tercer puesto. Perder unas elecciones era un humillante golpe para un
miembro de una familia noble.

Es decir, la familia de Catón obtenía indudables beneficios del bloqueo de la


solicitud de César. Tampoco debería ignorarse el conflicto que existía entre ambas
personalidades. No exageramos si decimos que Catón detestaba a César, cuya maldad
creía haber descubierto bajo su encanto exterior. La continuada relación

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extramatrimonial que mantenía Servilia con ese hombre exacerbaba los sentimientos
de su hermanastro. La aristocracia romana no veía nada malo en que los senadores se
movieran por odios personales siempre que sus acciones no fueran excesivas y, desde
ese punto de vista, Catón simplemente estaba aprovechando la oportunidad de
perjudicar a uno de sus enemigos. Más aún, todas las veces que logró hacer cambiar
de opinión al Senado o impedir que tomara alguna medida, la reputación de Catón
mejoró. En aquel momento tenía sólo treinta y cinco años y el puesto más importante
que había ocupado era el tribunado, pero ya tenía una posición bien establecida como
una de las voces dominantes del Senado. Era Catón un dechado de virtudes pasadas
de moda a la manera de su famoso antepasado y nunca era disuadido de sus opiniones
o tenía miedo de expresarlas aunque fueran contrarias a lo que pensaba la mayoría.
Realmente parece poco probable que en el año 60 a. C. considerara a César un peligro
para la República y las cartas de Cicerón demuestran que esa no era la opinión de la
mayoría antes de las elecciones. El único indicio de que hubiera alguna sospecha
llegó cuando el Senado asignó las provincias que los cónsules del año 59 a. C.
recibirían tras su año de mandato, algo que una ley de Cayo Graco había estipulado
que debía llevarse a cabo antes de las elecciones. En este caso el Senado decidió que
ambos hombres serían enviados a «los bosques y caminos rurales de Italia» (silvae
callesque). Era cierto que la Italia rural había sufrido mucho en las últimas décadas,
pero aun así esa tarea estaba muy por debajo de la dignidad de un cónsul, y no
digamos de dos. La sugerencia de que la asignación pretendía únicamente mantener a
los cónsules en la reserva por si acaso se producía una guerra importante en la Galia
no es demasiado convincente, ya que no era una práctica habitual en Roma. Era un
insulto que, según mantienen nuestras fuentes, estaba dirigido contra César, aunque
no hay que olvidar que era igualmente probable que Bíbulo sufriera también por esa
humillación.[14]

Los cónsules eran elegidos por la Comitia Centuriata, cuya estructura difería
mucho de las asambleas tribales. César ya había obtenido un éxito en la Comitia
cuando fue elegido pretor, pero la competición era inevitablemente más dura por los
dos consulados que por las ocho preturas de cada año. Los comicios consulares solían
celebrarse a finales de julio, de manera que César disponía sólo de unas pocas
semanas para hacer campaña en persona. La Comitia Centuriata se reunía en el
Campo de Marte, con rituales que tenían fuertes asociaciones con el sistema militar
de los inicios de la historia de Roma, como por ejemplo el hecho de izar una bandera
roja en la colina Gianicolo, que ya mencionamos en relación con el juicio de Rabirio.
El magistrado presidente, uno de los cónsules de ese año, también dio instrucciones a
la asamblea al estilo tradicional, lo que hizo que sonaran como órdenes militares.
Primero se celebró una reunión informal o contio antes de que empezara la asamblea
en sí, aunque no se sabe si los candidatos tuvieron la oportunidad de pronunciar un
discurso como una última apelación al electorado. El cónsul abriría con una oración,

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seguido por una fórmula prefijada que ordenaba a los presentes que eligieran a los
dos nuevos cónsules. Los votantes se dividían en centurias dependiendo de sus
propiedades tal y como las registrara el último censo. Las centurias estaban
compuestas de hombres de las mismas tribus, pero sólo en ese sentido había un
elemento tribal. La votación comenzó con las setenta centurias de la Primera Clase,
seguidas de las dieciocho centurias ecuestres. Cada centuria elegía dos nombres de la
lista de candidatos para cubrir las dos vacantes. Había un total de 193 centurias y el
resultado de las elecciones podía decidirse, y a menudo se decidía, durante la
votación de la Segunda Clase. Los miembros de la Primera Clase tenían que contar
con importantes propiedades, aunque se desconoce la cantidad exacta
correspondiente a ese periodo. Sería un error pensar que todos ellos eran muy ricos;
algunos eran casi tan ricos como los équites, pero otros contaban con medios
relativamente modestos. No hay verdaderos indicios de que los miembros de esta
clase tuvieran un fuerte sentimiento de identidad corporativa o de formar una clase
social en el sentido moderno. La decisión de que las centurias votaran primero influía
en los posteriores votos, ya que, con frecuencia, se sentía el impulso de elegir a
aquellos hombres que se esperaba que resultaran victoriosos. Influía en especial la
decisión de una centuria de la Primera Clase que era elegida por medio del azar para
hablar en primer lugar: se trataba de la centuria praerogativa, y la opinión más
extendida era que el hombre cuyo nombre salía el primero en el voto de esta centuria
ganaría las elecciones.[15]

Como en otras elecciones, la votación de la Comitia Centuriata tuvo lugar en la


saepta o «redil» del Campo de Marte. Conocida también como los oviles, esta
estructura temporal de cercados de madera para cada una de las unidades de votación
estaba a la intemperie y cubría una amplia zona. No sabemos cuántos ciudadanos
participaban de manera habitual. Más de 900 000 ciudadanos varones estaban
incluidos en el censo y al menos varios cientos de miles de ellos vivían en la misma
Roma, al menos durante parte del año. Sin embargo, parece muy improbable que la
mayoría de ellos, ni siquiera de los residentes, pudiera votar aunque hubiera querido
hacerlo, dado el tamaño de la saepta. Los cálculos que se han realizado sobre el
número de votantes que podrían acomodarse dentro de estos recintos electorales,
normalmente modificados a partir de conjeturas sobre la posible duración de las
votaciones, ya que todo el proceso debía haber terminado con la puesta del sol, varían
desde las cifras más elevadas de 70 000 o 55 000, hasta las más bajas de 30 000. La
tendencia de todos los investigadores ha sido sugerir que se trata de cifras máximas y
que las cantidades reales solían ser muy inferiores. A pesar de que sería poco
prudente confiar en exceso en esas conjeturas, se puede afirmar sin temor a
equivocarse que sólo una minoría de las personas que tenían derecho a votar
efectivamente lo hacían. No obstante, es difícil saber si siempre se reunían más o
menos los mismos votantes, como se suele dar por supuesto. Una elección consular

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era sin duda un gran acontecimiento, y muchos ciudadanos viajaban a Roma desde
todas partes de Italia para participar. Inevitablemente estos solían ser los más
acomodados, pero dado que los deseos de la orden ecuestre y la Primera Clase tenían
tanto peso, su importancia era aún mayor. Es evidente que los resultados de las
elecciones eran impredecibles y que era muy excepcional que los dos candidatos para
el consulado fueran considerados ganadores seguros. La centuria praerogativa era
seleccionada a suertes el día de las elecciones, lo que añadía un elemento de
incertidumbre a los procedimientos.[16]

Durante su propia campaña, Cicerón había contemplado la posibilidad de visitar


la Galia Cisalpina para intentar conseguir votos entre los ciudadanos acaudalados de
allí y a lo largo de su vida trató de mantener vínculos con muchas partes de Italia.
Cuando los favores y la amistad del pasado no bastaban, el dinero podía
convencerlos. Había hombres en cada tribu que podían hacer cambiar el voto de los
demás miembros de su tribu, tanto si votaban conjuntamente como si lo hacían cada
uno en su propia centuria. En el año 61 a. C. numerosas personas dijeron haber visto
a muchos de esos hombres visitar el jardín de Pompeyo para recibir el pago por
apoyar a su candidato, Afranio. En el año 60 a. C. los sobornos fueron menos
flagrantes, pero siguieron siendo utilizados por todos los candidatos. El dinero de
Luceyo actuaba para sí mismo y para César, mientras que Bíbulo utilizaba no sólo sus
propios recursos, sino que recibía ayuda de varios senadores destacados. Catón lo
aprobaba, de la misma manera que no procesó a su cuñado por cohecho en las
elecciones del año 63 a. C. cuando atacó a Murena por el mismo asunto. Como
cualquier otro senador, deseaba que su familia tuviera éxito. Según Suetonio, Catón y
otros partidarios de Bíbulo actuaban también impulsados por el temor de lo que César
podía llegar a hacer si era elegido cónsul y tenía como colega a un hombre muy
ligado a él políticamente. Es posible que esta opinión proceda de una visión
retrospectiva y es probable que los contactos y el estatus de la familia de Bíbulo
fueran factores mucho más importantes.[17]

El día de las elecciones, César quedó en primera posición por un cómodo margen.
Bíbulo consiguió el segundo puesto, de modo que Luceyo obtuvo escasa rentabilidad
de los gastos realizados. Seguramente muchos de los votantes escribieron los
nombres de César y Bíbulo en sus papeletas. Ahora que había alcanzado una
magistratura superior, la cuestión era qué haría César y cómo se comportaría en sus
doce meses de mandato.

LA LEY AGRARIA

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En diciembre del año 60 a. C., unas cuantas semanas antes de que César tomara
posesión del cargo de cónsul el 1 de enero del año 59 a. C., Cicerón recibió una visita
en su villa del campo. Se trataba de Lucio Cornelio Balbo, el ciudadano romano de
Gades, en Hispania, que había trabajado recientemente en la plana mayor de César y
que ahora estaba empezando a actuar como su representante político. Balbo habló
fundamentalmente de la reforma agraria que César planeaba introducir durante su
consulado. A lo largo de su vida, Cicerón sintió una aversión de terrateniente a
cualquier redistribución y su oposición había contribuido mucho a bloquear el
proyecto de ley de Rulo tres años antes. Esta vez podía elegir entre oponerse a la
nueva ley, ausentarse un tiempo para evitar comprometerse o bien apoyarla. Como
Cicerón le explicó a Ático por carta, César esperaba que la apoyara; Balbo le había
asegurado que «César seguirá mi opinión y la de Pompeyo en todos los temas y que
trataría de reconciliar a Craso con Pompeyo». Si Cicerón seguía ese curso de acción,
tendría la perspectiva de «una estrecha alianza con Pompeyo y, si lo deseo, también
con César, y una reconciliación con mis enemigos, paz con la turba y seguridad en la
vejez». César estaba preparando cuidadosamente su año de mandato e intentando
conseguir tantos aliados políticos como fuera posible. Cicerón, a pesar de sus éxitos
como cónsul, seguía siendo un «hombre nuevo», nunca había llegado a ser aceptado
por completo por las familias establecidas del Senado, y el hecho de haber ejecutado
a los conspiradores en el año 63 a. C. le hacía vulnerable a un ataque por haberse
excedido en sus poderes. Durante la última década se había mostrado como un leal
partidario de Pompeyo. Ahora, era evidente que Pompeyo se había asociado con la
reforma agraria de César y ambos deseaban asegurarse de que la oratoria de Cicerón
ayudaba a su causa.[18]

Tras meditarlo un poco, Cicerón se negó a comprometerse, lo que sin duda


supuso una decepción para César, pero no excesiva, puesto que ya había conseguido
dos aliados que eran mucho más poderosos. Balbo le había insinuado a Cicerón que
existía la posibilidad de que se produjera una alianza entre Pompeyo y su principal
rival, Craso. Efectivamente, en un momento dado durante esos meses, César logró
que ambos se aliaran y él se vinculó a ellos de tal manera que, en palabras de
Suetonio: «No se podía hacer nada en la República que desagradara a cualquiera de
los tres».[19] Esta alianza política es conocida por los estudiosos como el Primer
Triunvirato (el Segundo Triunvirato estuvo formado por Marco Antonio, Octavio y
Lépido en noviembre del año 43 a. C. para oponerse a los asesinos de César).
Triunvirato significa sólo junta de tres, pero a diferencia del Segundo Triunvirato,
que fue establecido de manera oficial por medio de una ley y otorgó a los tres
hombres poderes dictatoriales, la asociación entre Craso, Pompeyo y César tenía un
carácter informal. Al principio la alianza fue asimismo secreta: el hecho de que en
diciembre del año 60 a. C., Balbo hablara sólo de la posibilidad de reconciliación
entre Pompeyo y Craso no debe tomarse como una indicación de que el triunvirato

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todavía no se había constituido, sino sólo de que todavía no se había hecho público.
Hacía ya algún tiempo que César estaba estrechamente asociado con Craso, que había
invertido mucho en él al actuar como aval para las deudas que estuvieron a punto de
evitar que César partiera para asumir el gobierno de Hispania Ulterior. César tenía
tiempo y, una vez más, había sido un partidario clave de las medidas que favorecían a
Pompeyo. Sin duda también le conocía —el mundo de la aristocracia romana era
pequeño, y ambos habían estado en Roma gran parte del periodo entre los años 70-67
a. C.— aunque no hay constancia de ninguna intimidad especial. César había
seducido a la esposa de Pompeyo durante su ausencia mientras este estuvo en el
extranjero, lo que desde luego no le había granjeado el cariño de su marido, pero el
caso es que también se había acostado con la esposa de Craso sin que eso impidiera
que colaboraran en cuestiones políticas. Tanto las iniciativas de Pompeyo como las de
Craso habían sido frustradas en los últimos años, y habían descubierto que su riqueza
e influencia no eran suficientes para conseguir todo lo que deseaban. Pompeyo
necesitaba un cónsul más dotado y determinado que Pisón o Afranio para lograr que
se hiciera lo que se le antojaba. César había sacrificado un triunfo para obtener el
consulado de inmediato. Para que ese sacrificio mereciera la pena, necesitaba una
oportunidad de emprender aventuras militares mucho mayores después de su año de
mandato, algo que los «bosques y caminos» de Italia claramente no le
proporcionarían. Para lograr esa oportunidad, quería contar con seguidores
influyentes. Si se hubiera unido sólo con Pompeyo o sólo con Craso, era probable que
la mutua antipatía entre ambos hubiera garantizado que el otro se opondría a César.
Con la seguridad de que Catón, Bíbulo y sus asociados se enfrentarían a cada una de
sus decisiones, sencillamente no podía permitirse ningún otro enemigo poderoso. Por
tanto, la elegante y simple respuesta era unir a Pompeyo y a Craso, sabiendo que su
relevancia combinada sería irresistible. Catón y los otros nobles que habían
bloqueado e irritado a los dos mejores hombres de la República le habían brindado
esa oportunidad. Aun así, es indudable que fueron necesarias todas las dotes de
persuasión y el encanto de César para convencer a los antiguos enemigos de que
podría lograr lo que se proponía si ambos se unían para apoyarle.[20]

Es posible que las negociaciones para crear el triunvirato comenzaran por carta,
pero no es probable que se tomara ninguna decisión en firme hasta que César regresó
a Italia en el verano del año 60 a. C. Seguramente no aceptaron hasta después de las
elecciones consulares, cuando el éxito de César reforzó su posición negociadora. No
se sabe con certeza si Pompeyo y Craso unieron fuerzas abiertamente para hacer
campaña a su favor. Aunque lo hubieran hecho, tal vez no se habría considerado muy
significativo, ya que era normal que los enemigos personales apoyaran al mismo
candidato si existían lazos de amistad individuales con él. La cooperación entre los
tres hombres no se sospechó de forma generalizada hasta enero del año 59 a. C. como
muy pronto. Más tarde, resultó incluso más obvio y provocó la indignación y los

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habituales gritos de la época final de la República. Varrón, el erudito que en el año 70
a. C. aconsejó a Pompeyo sobre procedimientos senatoriales y, más adelante, sirvió
como su legado, escribió un folleto censurando al «monstruo de tres cabezas». Más
de un siglo y medio más tarde, Plutarco afirmó de manera categórica que la amistad
entre los triunviros, en especial entre César y Pompeyo, fue la causa fundamental de
la guerra civil y del final de la República romana; fue el modo que utilizó César para
obtener tanto poder que al final pudo vencer incluso a Pompeyo. Era una opinión
expresada a posteriori, pero evidentemente no era única, aunque sugiere una
inevitabilidad de los futuros acontecimientos que resulta cuestionable. Sin embargo,
en cierto sentido Plutarco había comprendido que el triunvirato no era en realidad una
unión entre personas con los mismos ideales y ambiciones políticos. Pompeyo, Craso
y César buscaban obtener ganancias personales. Pompeyo quería tierra para sus
veteranos y la ratificación de su reorganización de Oriente, y Craso deseaba
tranquilizar a los recaudadores de impuestos de Asia. César era con mucho el
miembro de menos categoría, que necesitaba apoyos poderosos si pretendía conseguir
algo en vista del colega tan poco colaborador con quien le había tocado compartir
consulado y si aspiraba a conseguir un mando provincial importante más adelante. De
hecho, él era un instrumento de los otros dos, porque necesitaban un magistrado para
proponer y hacer que se aprobara la legislación que necesitaban. A cambio, César
sería recompensado por esa labor. Cada uno de ellos sabía que los otros se
beneficiarían del acuerdo, pero eso les parecía bien siempre que ellos alcanzaran sus
propios objetivos. En última instancia era un matrimonio de conveniencia que
cualquiera de los miembros podía romper en cuanto cesara de beneficiarle. Verlo
como una unión más sólida o permanente sería arriesgarse a malinterpretar los hechos
de ese año y los posteriores. Dión cuenta que los tres hombres hicieron solemnes
juramentos, pero lo más probable es que se trate de propaganda posterior. Prestar
juramento en secreto siempre fue considerado como un acto siniestro por los
romanos. Se supone que Catilina lo hizo con sus seguidores. En siglos posteriores esa
sería una de las acusaciones que se esgrimirían contra los primeros cristianos.[21]

Los dos cónsules gozaban del mismo poder, pero cada uno de ellos tenía prioridad
sobre su colega en meses alternos. César había quedado por delante en las elecciones,
por lo que, cuando Bíbulo y él tomaron posesión del cargo el 1 de enero del año 59
a. C., fue él quien obtuvo la prioridad y comenzó el año de la República con
oraciones y sacrificios. Cada uno de los cónsules iba acompañado de doce lictores
que transportaban las fasces que simbolizaban el poder del magistrado. El cónsul con
prioridad en aquel mes debía sostener las fasces. Por lo general, los lictores
marchaban delante del magistrado, abriendo un camino a través de la multitud si era
necesario. Como signo de respeto hacia su colega, César determinó a principios de
año que siempre que Bíbulo llevara las fasces, sus propios lictores marcharían detrás
de él. Pero sólo un oficial menor, el accensus, le precedería. Ese fue sólo uno de los

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diversos gestos razonables que César tuvo al principio de año. Como todo el mundo,
también deseaba que sus obras y palabras fueran del dominio público, por tanto, los
discursos en el Senado y en las reuniones públicas serían registrados por escribas y
publicados en el Foro. En el pasado, sólo se habían anotado de manera ocasional, por
ejemplo en algunos de los debates que se produjeron durante el consulado de
Cicerón.[22]

Sin embargo, su inmediata prioridad era el proyecto de ley sobre la tierra y es


probable que se leyera en el Senado y se debatiera el 1 o el 2 de enero. Era necesario
darse prisa, porque un proyecto de ley debía publicarse veinticuatro horas antes de
que se convocara a la asamblea tribal para votarlo. Si César quería que esa votación
se efectuara en enero mientras él llevaba las fasces, entonces cada día contaba,
porque el Senado no se podía reunir el 3 o el 4. Ya se había realizado un esfuerzo
considerable para preparar el proyecto de ley y garantizar su aprobación antes de que
acabase el año anterior. Ya hemos visto que Balbo había sido enviado a hacer
campaña para apoyar a Cicerón. César se había preocupado de aprender del fracaso
de los proyectos agrarios de Rulo y Flavio y la tierra pública de Campana —el ager
Campanus, que proporcionaba al erario público unos suculentos ingresos— fue
excluida formalmente. Las cláusulas también especificaban con claridad que se
respetaría la propiedad privada. Una comisión supervisaría la adquisición y
distribución de la tierra a los soldados veteranos de Pompeyo y a muchos pobres de la
ciudad. Los comisionados sólo estaban autorizados a comprar tierra de propietarios
que desearan vender y el precio era el registrado en el último censo. Los fondos para
la adquisición provenían de los vastos excedentes procedentes de las victorias de
Pompeyo. Otras cláusulas de la ley reconocían de manera expresa todas las tierras
ocupadas existentes, a menos que se multiplicaran los temores de que habría
investigaciones sobre si la propiedad era legal o no. Asimismo impedía a los nuevos
colonos que vendieran la tierra durante veinte años para recalcar que su objetivo era
establecer nuevas comunidades que fueran estables y permanentes. Habría veinte
comisionados, de manera que ni una ni dos personas tuvieran excesiva influencia en
sus manos, aunque parece que existió un consejo interno de cinco miembros para
tomar algunas decisiones. Los comisionados serían elegidos y la ley excluía de modo
expreso a César de formar parte de la comisión, por lo que no se plantearía la
cuestión de que propusiera legislación de la que pudiera derivar un beneficio tangible.
Las leyes romanas tendían a ser largas y complejas. Uno de los legados más
duraderos de Roma al mundo es una prosa legal farragosa y enrevesada. Antes de que
César leyera todo el texto ante el Senado, anunció que modificaría o eliminaría
cualquier cláusula sobre la que se formulara una objeción.[23]

El proyecto de ley estaba bien construido y era sensato. No había nada o muy
poco en el texto que pudiera criticarse por motivos razonables y los senadores eran

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conscientes de que cualquier cosa que dijeran en el debate se publicaría. Lo más
probable es que fuera el 2 de enero cuando César comenzó a solicitar la opinión
individual de cada senador. Craso fue el primero de los excónsules al que habló y
seguramente dio su aprobación, lo mismo que Pompeyo, al que se cree que se dirigió
en segundo lugar. Los demás mostraban cierto resentimiento, pero no deseaban
quedar registrados como opositores del proyecto de ley. Lo mismo sucedió con los
antiguos pretores. Sólo cuando César llegó a los extribunos y llamó a Catón para que
expresara su parecer se encontró con algo distinto de un apoyo entusiasta o evasivas.
Incluso Catón se vio obligado a reconocer que el proyecto de ley era bueno, pero
pensó que no era oportuno y alegó que sería un error introducir ninguna innovación
durante ese año. Algunos de los primeros en intervenir habían conseguido retrasar la
sesión introduciendo temas tangenciales, pero Catón era el verdadero maestro de la
manipulación de las convenciones del Senado. Al preguntarle su opinión la dio, y
luego continuó dándola, hablando sin interrupción por minutos que se convirtieron en
horas. Era evidente que su plan era una vez más seguir hablando hasta que el Senado
tuviera que terminar la sesión de ese día y así impedir que se efectuara la votación.
Había empleado la misma táctica en el pasado y siempre había surtido efecto.

En esta ocasión, César explotó y ordenó a sus ayudantes que arrestaran a Catón y
le condujeran a prisión. Por extrema que parezca su acción, no había otro modo de
evitar que un miembro del Senado continuase hablando cuando se le había pedido
opinión, ya que a alguien como Catón no se le podía sencillamente mandar callar.
Revelaba la frustración de César y pronto fue evidente que había sido un error. Catón
sabía cómo explotar la situación desempeñando el papel del recto defensor de la
República que se negaba a doblegarse ante la «tiranía». Al menos en el Senado
encontró mucha comprensión, aunque durante un tiempo el debate prosiguió. Un
senador, Marco Petreyo, el hombre que había derrotado a Catilina en batalla en el año
62 a. C. y que ya llevaba treinta años de servicio militar, se puso en pie y abandonó la
Casa. César exigió saber por qué se marchaba antes de que finalizara la sesión y
recibió la áspera respuesta del entrecano veterano, que prefería estar en prisión con
Catón que allí con César. El cónsul estaba empezando a darse cuenta de que se había
equivocado. Se supone que esperaba que Catón apelara a uno de los tribunos de la
plebe para vetar su arresto. No obstante, el prisionero estaba disfrutando demasiado
aquel momento para proporcionarle a César una salida fácil. Al final, el cónsul tuvo
que ordenar su liberación. El día había transcurrido sin que el Senado llegara a votar
la moción de apoyo al proyecto de ley.[24]

Catón se había apuntado una victoria y había vuelto a fortalecer su reputación.


Sin embargo, como muchos de los éxitos de su carrera, era un triunfo vacío que a la
larga sólo sirvió para empeorar las cosas. En esta ocasión no se enfrentaba a un Pisón
o un Afranio a quien pudiera esquivar u obstaculizar con facilidad. César, que se

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había esforzado tanto en comportarse de manera conciliadora, declaró ahora que ya
que el Senado no hacía nada, se dirigiría directamente al pueblo romano. Es probable
que al día siguiente celebrara una reunión en el Foro y de nuevo hizo un esfuerzo por
ser razonable. Convocó a su colega Bíbulo en la rostra y, a la vista de la
muchedumbre allí congregada, le preguntó qué opinaba sobre la reforma agraria.
Siempre es difícil saber con exactitud quién asistía a esas reuniones públicas y si eran
un reflejo genuino del sentir de la población en general o más bien eran similares a
los mítines de los partidos políticos actuales. Por un lado, poco se podía hacer para
impedir que un ciudadano —o incluso alguien que no fuera ciudadano— que
estuviera en Roma se presentara y observara las sesiones. Por otro lado, el espacio del
Foro era limitado y no podía contener más que una pequeña proporción de la vasta
población de la ciudad. Es dudoso que más de cinco mil personas escucharan
realmente los discursos, aunque es probable que algunas partes del Foro tuvieran
capacidad para mayores multitudes. La mayoría de los estudiosos dan por supuesto
que el magistrado que convocaba la reunión se aseguraría de que estaría llena de sus
seguidores. Es muy posible que sea cierto, aunque no hay pruebas reales de cómo se
organizaba eso y deberíamos ser precavidos a la hora de suponer que tenían un
control absoluto sobre tales congregaciones. En este caso, la muchedumbre se mostró
muy favorable hacia César. Sin embargo, Bíbulo repitió el argumento de Catón de
que fueran los que fueran los méritos del proyecto, no debería haber innovaciones en
su año de mandato. César siguió intentando convencer a su colega y le dijo a la
multitud que podrían conseguir la ley si Bíbulo consentía; inició y lideró el cántico de
la consigna que le pedía al cónsul que accediera, pero la presión sólo logró que
Bíbulo gritara: «No tendréis la ley durante el presente año, aunque todos lo queráis».
Tras hacer ese burdo comentario, Bíbulo salió en estampida.[25]

Los magistrados romanos no eran elegidos para representar a nadie y ni ellos ni


los senadores debían responder ante ningún tipo de distrito electoral. En ese sentido
la política romana difería mucho de la teoría —si no necesariamente de la práctica—
de las modernas democracias. No obstante, se suponía que al final la voluntad del
pueblo romano era soberana y que era un grave error que un cónsul expresara ese
desdén por los votantes. César le había presionado hasta que cometió ese error y
ahora aprovechó ese éxito. No llamó a más magistrados a su reunión —o reuniones,
ya que es posible que hubiera más de una—, sino que llamó a distinguidos senadores
de larga experiencia. Esto era una práctica totalmente habitual, y César comenzó por
Craso y Pompeyo. Ambos apoyaron el proyecto de ley con gran entusiasmo, dando
por primera vez una clara indicación pública de su asociación con el cónsul.
Pompeyo habló de la necesidad de recompensar con tierra a los soldados que, bajo su
mando, habían luchado tan bien por Roma. Asimismo les recordó que los botines
obtenidos por sus ejércitos habían proporcionado a Roma amplios fondos que hacían
viable la distribución. César volvió a concentrarse en la población, logrando que

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suplicaran a Pompeyo que garantizara que el proyecto se convirtiera en ley. Siempre
sensible a la adulación, anunció en respuesta a la pregunta de César de qué sucedería
si alguien «osa levantar la espada» para frenar el proyecto, que entonces él tomaría
«el escudo» (o en otra versión «su espada y escudo»). La amenaza era muy poco
sutil: le encantó a la multitud, que les vitoreó, pero provocó el nerviosismo de
muchos senadores. Catón y Bíbulo habían bloqueado a César en el Senado, pero
arriesgarse más no le había disuadido ni a él ni a sus partidarios. Al final, César fue al
menos tan tozudo y determinado como ellos. Como Tiberio Graco en el año 133
a. C., al no conseguir la aprobación del Senado, César presentó la ley directamente a
los votantes. Se fijó una fecha en los últimos días de enero para que una asamblea
tribal votara el proyecto de ley agraria. César había manejado bien sus reuniones
públicas y todos los indicios sugerían que se ría aprobada. A pesar de que se
presentaron como los verdaderos defensores de la República, es poco probable que
Catón y Bíbulo representaran más que a una pequeña parte de los ciudadanos. De
hecho, seguramente sus opiniones eran compartidas por una minoría, aunque tal vez
una amplia minoría, del Senado, si bien en ese caso incluía muchos de los nobles más
distinguidos e influyentes.[26]

EL CONSULADO DE JULIO Y CÉSAR

En las primeras horas del día, cuando la asamblea tribal iba a votar el proyecto de
ley, los partidarios de César, Pompeyo y Craso comenzaron a situarse en lugares
clave en torno al Foro. Entre ellos se cree que se encontraban algunos de los
veteranos del ejército de Pompeyo, que tenían un interés personal en que se aprobara
el proyecto. Algunos llevaban armas, aunque, al menos en parte, escondidas. No es
probable que hubiera suficientes veteranos para controlar todos los accesos al Foro, y,
a medida que el sol ascendía, muchos otros ciudadanos se fueron uniendo a la
multitud reunida delante del Templo de Cástor y Pólux. La elección de esta
localización para una reunión pública antes de la asamblea sugiere que se preveía la
llegada de muchísimas personas, ya que había más espacio en ese extremo del Foro
que alrededor de la misma rostra. No debería olvidarse que, al parecer, la propuesta
de repartir la tierra recibió un respaldo generalizado y, lo que es más, que los que se
oponían de manera activa a la reforma, más que simplemente mostrarse indiferentes,
eran muy pocos. El abierto apoyo de Pompeyo había convencido a muchos que
habrían estado menos seguros de los motivos de César. Es difícil decir si los presentes
se sintieron intimidados —o incluso protegidos— por los corpulentos hombres que se
apostaban en grupos en torno al Foro. César dio un discurso desde el podio del
templo, explicando otra vez lo necesaria que era esta ley. A la mitad de su alocución,
se presentó su colega consular: Bíbulo venía acompañado de sus asistentes y lictores,
y con él llegó Catón, tres de los tribunos del año y un grupo de seguidores. La

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multitud se separó cuando el cónsul avanzó para unirse a César. Dión afirma que eso
se debía en parte al respeto natural que inspiraba la magistratura suprema, pero
también porque pensaban que habría cambiado de opinión y habría decidido no
oponerse a la ley. Cuando alcanzó a César en la plataforma del templo —y tal vez
recordó su horrible chiste sobre su edilato conjunto—, Bíbulo dejó claro que su
actitud no había vacilado en lo más mínimo. La presencia de los tribunos sugiere que
Catón y él planeaban vetar la sesión e impedir que se celebrara una asamblea. No
obstante, los procedimientos ya estaban demasiado avanzados, porque ese tipo de
pronunciamiento debía preceder a la orden que se le daba a los ciudadanos para que
se separaran por tribus, que posiblemente César ya había dado.[27]

De inmediato, la muchedumbre reaccionó con hostilidad. Sin duda fueron los


partidarios armados los que encabezaron la violencia que se produjo a continuación.
Bíbulo fue expulsado a empujones de las escaleras del templo cuando trató de hablar
contra César. Sus lictores fueron reducidos y las fasces que transportaban fueron
hechas pedazos, lo que significaba una humillación simbólica para un magistrado. De
acuerdo con Apiano, Bíbulo se descubrió el cuello y gritó que preferiría manchar los
procedimientos con su muerte en vista de que no podía detener a César. Su intento de
ser heroico terminó en farsa cuando le volcaron una cesta llena de estiércol sobre la
cabeza. Le lanzaron proyectiles y varios asistentes acabaron heridos, al igual que uno
o más de los tribunos, en algunas versiones.

Varios de los asistentes resultaron heridos por los proyectiles. Nadie fue
asesinado, lo que sugiere que la violencia estuvo rigurosamente controlada por César
y sus aliados. Cubrir al cónsul con estiércol en vez de herirle realmente aumenta la
sensación de que se trataba de un uso de la fuerza bien orquestado y contenido, lo que
difería por completo de otros estallidos periódicos de violencia que se produjeron a
partir del año 133 a. C. Catón resultó ileso y fue el último en marcharse, sin dejar de
gritar a sus conciudadanos para persuadirles o intimidarles y tratar de que adoptaran
su propio punto de vista. Apiano sostiene que en realidad fue expulsado a rastras por
algunos de los partidarios de César, pero volvió a entrar a escondidas y no se rindió
hasta que se dio cuenta de que nadie escuchaba lo que estaba diciendo. A
continuación, la asamblea acordó y aprobó el proyecto de ley por una cómoda
mayoría. La nueva ley incluía una cláusula que requería que todos los senadores
juraran acatar sus cláusulas y no intentar que la ley fuera revocada. En caso contrario,
serían enviados al exilio. Poco tiempo después —tal vez cinco días, que era el
periodo correspondiente a una cláusula similar contenida en otra ley— todos habían
prestado juramento. Metelo Celer, el cónsul que había instado al Senado a reunirse
con él en la celda de la prisión en la que estaba encarcelado, se mostró reacio al
principio, pero acabó transigiendo. Se dice que Catón fue persuadido por Cicerón de
que sería de más valor en Roma que en el exilio. Bíbulo convocó al Senado en cuanto

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fue posible después del día de las votaciones para protestar por el comportamiento de
César. Lo más probable es que la reunión se celebrara el 1 de febrero, cuando le
hicieron entrega de las fasces. Sin embargo, las esperanzas de Bíbulo de que el
Senado condenara a César, tal vez de que aprobara el senatus consultum ultimum y le
despojaran de su cargo como le había sucedido a Lépido en el año 78 a. C., eran
infundadas. En vista del entusiasmo que gran parte del pueblo había mostrado por
César y su ley, ningún senador quería oponerse a ninguno de los dos. Muchos
miembros del Senado tenían, además, estrechos vínculos con sus socios, Pompeyo y
Craso.[28]

Bíbulo se retiró a su casa y no volvió a aparecer en público en calidad de cónsul


en lo que quedaba de año. Se dedicó a redactar escritos difamatorios y acusaciones
contra César, Pompeyo y sus seguidores, que ordenó que se mostraran en el Foro,
pero permaneció en la sombra. Pronto se extendió la costumbre de hablar del
«consulado de Julio y de César» en vez de Bíbulo y César. Suetonio repite unos
versos que se hicieron populares en la época:

Las cosas se hacen recientemente no por voluntad de Bíbulo, sino de César, pues
no recuerdo nada que haya sucedido durante el consulado de Bíbulo.

Pero Bíbulo no estuvo completamente inactivo y siguió intentando obstaculizar la


actuación de César. Los cónsules tenían la misión de establecer las fechas para
aquellas festividades que no debían celebrarse en un día concreto. Bíbulo eligió
situarlas en días en los que se permitía que se reunieran las asambleas populares, lo
que impedía que estas tuvieran lugar. No obstante, su colega no estaba obligado a
reconocer esas fechas y César hizo caso omiso de él de manera sistemática. No podía
evitar que Bíbulo declarara la celebración de periodos de acción de gracias en honor
de los comandantes de éxito que ya habían sido aprobados mediante votación por el
Senado. Cualquier asunto público estaba prohibido en esos días, y César y sus aliados
perdieron así parte del año, pero estos métodos no bastaron para bloquear todas las
actividades de ese año, y Bíbulo enviaba mensajes de forma rutinaria a todas las
reuniones y asambleas que celebraba César para anunciar que había visto malos
augurios para ese día y que debían suspender lo que tuvieran entre manos. Esta
práctica de «observar los cielos» estaba consagrada por la Antigüedad, pero al no
hacer el anuncio en persona carecía de suficiente fuerza. En este caso se trataba de
una farsa y todo el mundo lo sabía, pero los rituales arcaicos podían afectar a la vida
pública, como ocurrió cuando se arrió la bandera del Gianicolo, lo que puso fin al
juicio de Rabirio. El asunto planteó la cuestión de si las leyes de César eran válidas,
aunque los mismos romanos parecían no saber la respuesta. El propio César era el
Pontifex Maximus, y Pompeyo un augur del colegio de sacerdotes con la especial
responsabilidad de interpretar los augurios.[29]

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César se negó a aceptar las declaraciones de Bíbulo porque había demasiadas
medidas que necesitaba conseguir que se aprobaran. Pese a las continuadas
obstrucciones, su año de mandato estuvo repleto de nueva legislación, cuya
cronología precisa es incierta. La ley agraria había contribuido a realizar uno de los
objetivos de Pompeyo y, en un momento dado, su reorganización de Oriente fue
finalmente ratificada por una votación de la asamblea tribal. Es posible que fuera en
una reunión organizada para debatir este asunto cuando Lúculo habló contra César. El
cónsul replicó con una diatriba tan feroz y con amenazas tan serias de denunciarle
que el anciano senador se lanzó al suelo para suplicar piedad. Para Craso se aprobó
una reducción de un tercio en la suma que debían los publicani por el derecho a
recaudar los impuestos en Asia. Sin embargo, César advirtió formalmente a las
compañías de que no hicieran ofertas tan imprudentes en el futuro. Es posible que se
beneficiara de modo directo de esta ayuda, porque más tarde Cicerón sostuvo que
César pudo recompensar a sus agentes con porcentajes de las principales
comunidades. Hacía tiempo que se había interesado en cómo se gobernaban las
provincias de Roma y la mayoría de sus famosas apariciones en los tribunales fueron
procesos contra gobernadores opresores. Formuló una ley que regulaba
rigurosamente el comportamiento de los gobernadores provinciales, aclarando y
mejorando una normativa que fue aprobada por Sila cuando era dictador. La ley
resultó muy útil y seguiría vigente durante siglos. Cicerón la describió como una «ley
excelente». En años anteriores, tanto César como Craso habían intentado conseguir
comisiones especiales en Egipto. Pompeyo, que había reorganizado personalmente
grandes franjas del Mediterráneo Oriental, también estaba muy interesado en esa
zona. En el año 59 a. C. se aseguraron de que la República romana reconociera de
modo oficial el gobierno de Tolomeo XII, un hijo ilegítimo de Tolomeo XI.
Tolomeo XII, apodado Auletes o «el flautista», era muy impopular entre los egipcios,
pero había pagado un enorme soborno a Pompeyo y Craso. Suetonio sostenía que la
cantidad ascendía a seis mil talentos, es decir, la impresionante cifra de treinta y seis
millones de denarios. Algunas de las leyes fueron presentadas en nombre del propio
César, de modo que todas eran leyes «de Julio» (lex Julia) fuera cual fuera el tema
que trataran; otras fueron propuestas por tribunos simpatizantes. El más notable de
estos fue Publio Vatinio, que según nuestras fuentes era un granuja encantador. En
una ocasión dirigió a una multitud hasta la casa de Bíbulo y trató de hacerle salir y
anunciar sus presagios desfavorables en público. Se habló incluso de arrestarlo.
Vatinio apoyó a César, pero sería un error verlo simplemente como una herramienta
del cónsul, ya que, como cualquier otro senador, tenía sus propias ambiciones. Ayudó
a César porque eso le reportaba beneficios personales, incluyendo parte de sus
participaciones en las empresas recaudadoras de impuestos mencionadas más arriba.
Cicerón afirma que, en años posteriores, César comentaría con ironía que Vatinio no
había hecho nada «gratis» durante su tribunado.[30]

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Pese a su actividad legislativa, César tuvo tiempo para dedicarse a otras cosas
durante el año 59 a. C. Seguía estando profundamente enamorado de Servilia, y en
esos meses le regaló una perla por valor de un millón y medio de denarios, tal vez
provenientes del soborno de Tolomeo. César estaba soltero desde el divorcio de
Pompeya en el año 62 a. C. Ninguna de nuestras fuentes especifican si César y
Servilia sentían deseos de casarse. Puesto que tanto el divorcio de Silano como la
unión con César requerirían la aprobación de Catón, es evidente que no era una
posibilidad muy realista. Julia, la única hija de César, había alcanzado edad casadera.
A finales de abril o principios de mayo del año 59 a. C. se anunciaron dos bodas:
César tomó como esposa a Calpurnia, la hija de Lucio Calpurnio Pisón, quien se vio
claramente favorecido en su candidatura al consulado del año siguiente, puesto que
obtuvo con facilidad gracias al apoyo de los triunviros. Esta boda garantizó a César
un sucesor simpatizante que protegería sus intereses. El matrimonio resultó un éxito
político y, por lo que sabemos, fue bastante feliz, aunque la pareja estuvo la gran
mayoría del tiempo separados, ya que César pasó la mayor parte del resto de su vida
en campañas en el extranjero. El segundo matrimonio unió a Julia y al aliado político
de su padre, Pompeyo Magno. Pompeyo era seis años mayor que César, y la
diferencia de edad entre marido y mujer era grande incluso para los estándares
romanos. También se había divorciado de su última esposa por su infidelidad con su
nuevo suegro, entre otros. Es obvio que el matrimonio tenía una motivación política y
fue anunciado de manera repentina. Julia ya estaba prometida con Quinto Servilio
Cepión, y la boda se había programado para unos pocos días después. Cepión se
mostró comprensiblemente molesto cuando se rompió el compromiso, por lo que
Pompeyo le entregó a su propia hija, Pompeya, como esposa, una acción que, a su
vez, implicaba la ruptura de su compromiso con Fausto Sila, el hijo del dictator. La
creación de un vínculo familiar tan estrecho entre César y Pompeyo suele verse como
un indicio de que el cónsul estaba empezando a preocuparse por la lealtad de su
aliado. Desde luego, Dión y nuestras otras fuentes opinan que la iniciativa provino de
César. Se había arriesgado mucho para hacer que se aprobara la legislación que
quería Pompeyo e iba a necesitar amigos poderosos en Roma cuando él mismo
partiera a una provincia. César necesitaba también el apoyo de Pompeyo para obtener
una provincia apropiada para él. Sin embargo, el matrimonio bien puede haber sido
un indicio del éxito del triunvirato. César había probado su valía y merecía la pena
estrechar un lazo más permanente. La nueva esposa de Pompeyo era joven, atractiva,
inteligente y parece haber heredado gran parte del encanto de su padre. El marido, de
cuarenta y siete años de edad, se enamoró rápidamente de su joven novia. Al parecer,
su afecto era correspondido y el matrimonio fue sin duda feliz. Pompeyo siempre
había disfrutado con la adoración, y había estado dispuesto a responder a la devoción
con devoción.[31]

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EL CONTRAGOLPE

Desde mediados de abril hasta bien entrado mayo, la mayoría de senadores


tendían a abandonar Roma y visitar sus propiedades rurales. Como resultado, había
escasas reuniones del Senado o asambleas durante esas se manas. Probablemente,
antes de que comenzara esta suspensión informal de actividades, César ya había
propuesto otra ley agraria. En ese tiempo se ocupó en concreto de la tierra pública de
Campana, que había sido excluida de su primera ley. Los comisionados para la
primera ley ya habían sido elegidos y habían comenzado su trabajo, y es posible que
encontraran poca tierra lista para su compra inmediata aparte de aquella. Quizá César
hubiera pensado siempre que su distribución también sería necesaria en un momento
dado, o tal vez se fue dando cuenta de forma más gradual de que la primera ley por sí
sola era inadecuada. Si lo supiéramos, sabríamos con más certeza si verdaderamente
había deseado convencer al Senado de que apoyara su primera ley agraria o sólo
quería exponer sus errores ante el electorado. En aquel momento, veinte mil
ciudadanos —o más bien veinte mil familias, ya que sólo eran elegibles los hombres
casados con tres o más hijos— fueron seleccionados entre los pobres de Roma y
enviados a granjas en Campana. Posiblemente, los mismos comisionados que
supervisaron la primera ley fueron los encargados de controlar esta. Es interesante
que se hiciera hincapié en los hombres con familia, dado que es una característica
constante en similares planes de colonización establecidos en la época de los
emperadores, y es evidente que se creía que de ese modo se favorecía a los colonos
más serios y dignos de ayuda. De nuevo, los senadores tuvieron que jurar defender
esa ley y no intentar que fuera revocada.[32]

En torno a la misma época en la que se presentó este nuevo proyecto de ley, el


tribuno Vatinio también presentó una propuesta para darle a César un mando especial
de cinco años, que unía las provincias de Iliria y la Galia Cisalpina. Estas provincias
estaban guarnecidas por tres legiones y también se encontraban convenientemente
cerca de Italia. Le concedieron el privilegio de elegir sus propios legados, y al menos
uno de ellos recibió imperium de propretor. Ambas leyes fueron aprobadas, se cree
que a finales de mayo. Mediante una votación del Senado, la provincia de César fue
ampliada para incluir la Galia Transalpina, que había quedado vacante al fallecer su
gobernador, Metelo Celer, que en realidad no había llegado a su provincia cuando
enfermó y murió. Un mando de cinco años, con poderosos ejércitos —había una
legión adicional en la Galia Transalpina— y oportunidades de empresas militares en
los Balcanes, o en la propia Galia, donde los problemas habían estado fraguándose
durante años, era exactamente lo que César deseaba. Bíbulo quedaba a cargo de los
«bosques y caminos rurales», aunque, de hecho, al parecer no ocupó este puesto ni se
hizo cargo de ninguna provincia durante casi una década. No obstante, pese a que
todos los triunviros habían conseguido su objetivo, su éxito no estaba garantizado, y

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el peligro seguía siendo que la hostilidad contra ellos podría despertar oposición en el
futuro. En el peor escenario posible, un magistrado podía actuar para declarar
inválidas todas las acciones del consulado de César en los próximos años. Como
resultado, los triunviros continuaron estando nerviosos y tendían a reaccionar con
vehemencia a cualquier crítica abierta.

A principios de abril, el antiguo colega consular de Cicerón, Cayo Antonio, fue


acusado de extorsión durante su mandato como gobernador de Macedonia. En el año
63 a. C. esta acaudalada provincia había sido asignada por votación al mismo
Cicerón, pero se la había entregado voluntariamente a Antonio para mantenerlo del
lado de la República y el suyo propio durante la conspiración de Catilina. Aunque no
tenía una opinión demasiado elevada de Antonio y es probable que sospechara su
obvia culpabilidad, el orador decidió defenderle. La acusación fue apoyada por César
y probablemente por Craso también. La acusación obtuvo la victoria y Antonio se
marchó hacia un lujoso exilio. Durante su defensa, Cicerón cometió el error de
criticar sin tapujos a los triunviros y lamentarse del mal estado de la República: eso
fue por la mañana; por la tarde, su enemigo personal, Clodio —el mismo hombre que
se introdujo en la festividad de la Bona Dea para seducir a la esposa de César,
Pompeya— fue relegado de patricio a plebeyo. César, como Pontifex Maximus,
presidió la ceremonia, que consistía en que Clodio fuera adoptado por un plebeyo,
con Pompeyo oficiando como augur. Clodio llevaba varios años buscando convertirse
en plebeyo porque deseaba presentar su candidatura al tribunado, un cargo en el que
no se admitían patricios. Ya había adoptado la costumbre de escribir su nombre en la
forma más vulgar de «Clodius», en vez de «Claudius». Como para enfatizar la
naturaleza absurda de esta ceremonia, el plebeyo que adoptó a Clodio era más joven
que él mismo.[33]

Cicerón pasó la mayor parte del resto del año oscilando entre el nerviosismo y el
optimismo repentino. Buena parte de abril permaneció en su villa de Antio, «pasando
inadvertido», como él lo describió. No era el único, y la asistencia al Senado cayó en
picado porque muchos miembros del Senado simplemente no acudían. En una
ocasión, se cree que César le preguntó a un viejo senador por qué había tan pocos
senadores en una reunión. Por lo visto, el anciano, un tal Considio, respondió que los
demás tenían miedo de los seguidores armados de César. Cuando el cónsul le
preguntó porque él mismo seguía asistiendo, le dijo que era un viejo que había dejado
atrás el miedo en vista del poco futuro que, en cualquier caso, tenía por delante.
Cicerón se alegró de que se aprobara la ley de Campana, porque pensó que eso podría
dar lugar a que los triunviros perdieran el apoyo de muchos senadores. Señaló que
esta redistribución eliminaría una importante fuente de ingresos, lo cual, desde luego,
era cierto en cuanto a los impuestos recaudados en Italia, pero las conquistas de
Pompeyo compensaban con mucho esa pérdida. Una vez más, hubo intentos de hacer

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que se uniera a los triunviros: César le ofreció un puesto como legado con él en la
Galia, pero ni esto ni ninguna otra alternativa le disuadieron de su creencia de que
habían actuado mal. También se sentía descontento con Catón, que, en su opinión,
sólo había empeorado las cosas con su actuación a principios de año y con los
principales nobles, cuyo apoyo hacia él no podía considerarse firme cuando adoptaba
una posición. A finales de abril comenzó a confiar en que el equilibrio en los asuntos
públicos estuviera cambiando y escribió a Ático, diciéndole que «si en verdad fue
aborrecible el poder del Senado, ¿qué piensas que será hoy cuando ha pasado no al
pueblo, sino a tres individuos desenfrenados? […] verás en breve engrandecidos no
sólo a los que nunca dieron un mal paso, sino incluso al mismo que ha incurrido en
falta, es decir, Catón».[34] El 18 de abril, Cicerón había oído que Clodio planeaba
presentarse al tribunado, pero estaba declarando públicamente que anularía todas las
leyes de César. Es probable que esa animadversión se debiera a que le había negado
un puesto muy lucrativo en Egipto y en su lugar le habían ofrecido uno menos
atractivo en Armenia. Las habladurías contaban que César y Pompeyo estaban
negando que hubieran celebrado alguna vez la ceremonia de adopción. Eran noticias
alentadoras, pero en mayo escribió con cierta desesperación sobre Pompeyo, y llegó a
sugerir que estaba planeando establecer un gobierno tiránico. Más tarde, ese mismo
año, un joven senador acusó abiertamente a Pompeyo en el Foro y casi le lincharon,
aunque no se sabe con seguridad si le atacaron los partidarios de los triunviros o el
público en general. La descripción que hizo Cicerón de este hombre, Cayo Catón,
como «un jovencito sin dos dedos de frente, pero ciudadano romano al fin y un
Catón», ofrece un claro indicio del poder de un nombre famoso en Roma.[35]

En una fase más avanzada del verano, Cicerón anotó que el oponente que más se
hacía oír era Cayo Escribonio Curión, hijo del cónsul del año 76 a. C. Como Cayo
Catón, Curión era todavía un hombre joven y es sorprendente que los triunviros no
recibieran apenas críticas directas de los senadores más distinguidos y exmagistrados.
Era otro indicio de la debilidad de los rangos superiores del Senado en esos años, en
gran parte como resultado de la guerra civil y más recientes disturbios. Sin embargo,
en ocasiones, era un grupo de ciudadanos ordinarios los que protestaban. Pompeyo
fue abucheado cuando tomó asiento en un lugar de honor en los juegos organizados
por Gabinio, el hombre que, como tribuno, le había ayudado a conseguir el mando
contra los piratas y, más tarde, sirvió como su legado. En una obra de teatro, un actor
fue aclamado cuando puso énfasis en la frase «nuestra miseria te ha hecho magno»
cuya intención era, evidentemente, atacar a Pompeyo Magno. Según Cicerón:

Entrado que hubo César, con un desmayado aplauso, apareció detrás Curión hijo:
a este se le aplaudió igual que solía aplaudirse a Pompeyo cuando todavía existía
la República. César lo ha encajado muy mal: se dice que una carta vuela hacia
Capua para Pompeyo; [los triunviros] se declaran adversarios de los caballeros

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[équites] que aplaudieron en pie a Curión —ellos [los triunviros]— son ahora
enemigos de todos.[36]

Los edictos vitriólicos y, con frecuencia, indecentes de Bíbulo eran leídos con
regocijo por muchos ciudadanos, y Cicerón habló de la multitud que se solía reunir
alrededor de ellos en el Foro. Su gozo no tenía por qué ser un signo de afinidad con
aquel cónsul que no salía de casa. A lo largo de los años, la sátira política ha divertido
a menudo incluso a aquellos que estaban en desacuerdo con ella. Los romanos tenían
un gran sentido del humor y se deleitaban en esa grosera invectiva. César fue el
objetivo de gran parte de los insultos de su colega, pero parece que no le molestaban
demasiado. Pompeyo nunca supo hacer frente a las críticas y el 25 de julio se decidió
a pronunciar un discurso en el Foro defendiéndose de esta difamación. Cicerón
consideró que había dado una imagen patética, porque seguía esperando que se
reanudara la amistad con el hombre que tantas veces había elogiado, pero señaló que
todo lo que Pompeyo había conseguido era atraer más atención hacia los folletos de
Bíbulo. En aquella época, Pompeyo aseguraba sin cesar a Cicerón que no tenía nada
que temer de Clodio, que evidentemente había abandonado sus planes de atacar las
leyes de César, si es que había llegado a considerarlo en serio alguna vez y no estaba
sólo tratando de alcanzar el tribunado. En otoño, Cicerón creyó, o tal vez quiso creer,
que Pompeyo lamentaba los disturbios de principios de año y su alejamiento de los
nobles del Senado.[37]

A finales de verano o principios de otoño tuvo lugar un extraño episodio que


todavía no se ha llegado a comprender por completo. Vetio, que en el año 62 a. C.
acusó a César de complicidad en la conjura de Catilina y fue golpeado y encarcelado
por sus culpas, tuvo que comparecer ante el Senado y declaró que conocía otra
«conspiración». Se había hecho amigo de Curión y, más tarde, le dijo que planeaba
asesinar a Pompeyo, y a Pompeyo y a César en otra versión. Curión se lo contó a su
padre, que enseguida se lo contó a Pompeyo y el Senado se reunió y convocó a Vetio
para ser interrogado. Este entonces acusó a Bíbulo de incitar a Curión a asesinar a
Pompeyo, y tal vez a César también. Nombró a varios conspiradores más, entre ellos
al hijo de Servilia, Bruto, que en aquel momento tenía veintitantos años de edad. Él, y
al menos uno de los otros hombres mencionados, podría quizá poseer un motivo, ya
que Pompeyo había ejecutado a sus padres durante la guerra civil. Supuestamente,
uno de los sirvientes de Bíbulo había suministrado la daga que los jóvenes
conspiradores iban a usar. En aquella época, Cicerón creía que César estaba detrás de
Vetio, y que había intentado neutralizar a Curión por criticar a los triunviros. Sin
embargo, parece muy poco probable que deseara implicar al hijo de su amante.
Curión se defendió bien del ataque, mientras que Pompeyo ya le había agradecido a
Bíbulo algunos meses antes que le hubiera advertido de la conspiración para
asesinarle. La historia de Vetio fue recibida con grandes sospechas y le pusieron bajo

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custodia ya que, según él mismo había admitido, había sido descubierto en el Foro
con una daga escondida. Al día siguiente, César y Vatinio le hicieron acudir a la
rostra en una reunión pública. Esta vez Vetio no mencionó a Bruto. Cicerón, en lo
que sin duda era una indirecta a la relación con Servilia, señaló con astucia que daba
«la sensación clara de que había pasado una noche con sus correspondientes
intercesiones».[38] En vez de eso, declaró que Lúculo y otros hombres más estaban
implicados, entre ellos, el cuñado de Cicerón. Nadie se inclinaba a creerle y le
procesaron, pero fue encontrado muerto en su celda antes de que el proceso pudiera
comenzar.

Las circunstancias de la muerte de Vetio son inciertas. Plutarco afirma que se


registró como un suicidio, pero que las marcas de estrangulamiento eran visibles en
su cuello. Suetonio, que sostenía que César estaba detrás de todo el asunto, dice que
este había hecho envenenar a Vetio. Unos años más tarde, Cicerón echó la culpa de
ese episodio a Vatinio en vez de a César. Más recientemente, los estudiosos han
cambiado de opinión acerca de lo que había sucedido en realidad. Algunos han
culpado a César, pero otros han especulado con la posibilidad de que el culpable
fuera Clodio o incluso el mismo Pompeyo. Por un lado, el asunto podría haber
ayudado a poner nervioso a Pompeyo, porque siempre había tenido un miedo cerval a
ser asesinado, reafirmándole así en su lealtad al triunvirato pese al aluvión de insultos
de Bíbulo y su desacostumbrada popularidad. No obstante, el hecho de que se
nombrara a Bruto hace muy improbable que César inspirara todo el asunto. Es más
probable que sólo buscara beneficiarse del asunto cuando se revelara. La omisión del
nombre de Bruto en el segundo día indica que el informador había sufrido presión. Es
posible que Vetio actuara por su cuenta, buscando volver a ser el centro de atención o
restablecer su economía con la recompensa que podía recibir un informador. Es
evidente que César trató de utilizarle, pero pronto se dio cuenta de que el beneficio
sería escaso y que Vetio no era digno de confianza. Es verosímil que diera la orden de
matar al prisionero que, al fin y al cabo, era un hombre que le había atacado en el
pasado, pero es imposible demostrarlo.[39]

Al final, Bíbulo consiguió retrasar las elecciones consulares de julio a octubre,


pero, a pesar de tener derecho a presidirlas, permaneció en casa y la tarea quedó en
manos de César. Los cónsules elegidos para el año 58 a. C. fueron el nuevo suegro de
César, Calpurnio Pisón, y Gabinio, ambos favorables a los triunviros. El desarrollo de
los acontecimientos en los próximos meses sería decisivo para el destino de César, ya
que cuanto más tiempo se respetase su legislación, más difícil sería que cualquiera
planteara dudas serias sobre su validez. Al final de su año como cónsul, César
permaneció algunos meses en Roma o en sus alrededores para ver cómo
evolucionaban los acontecimientos. Clodio había sido elegido para el tribunado y,
dado que su propio cambio de estatus de patricio a plebeyo estaba ligado a la

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legalidad de las acciones de César como cónsul, es evidente que iba a hacer un gran
esfuerzo por confirmar su validez. Dión afirma que prohibió que Bíbulo pronunciara
un discurso cuando finalmente se presentó el último día de su consulado, del mismo
modo que Metelo Nepote había impedido que Cicerón hablara a finales del año 63
a. C. Dos de los nuevos pretores atacaron a César, y él respondió a sus críticas en una
reunión del Senado. Tres discursos que pronunció en esos debates se publicaron para
presentar una defensa duradera de sus acciones en el año 59 a. C. Por desgracia, no se
conserva ninguno. Sin embargo, después de tres días la Casa no había llegado a
ninguna decisión. La mayoría del colegio bloqueó un intento de uno de los nuevos
tribunos para procesarle. Hasta marzo del año 58 a. C. César no partió hacia la Galia,
donde había surgido un problema que requería su atención inmediata.[40]

César había logrado muchas cosas durante su consulado. Se había puesto en


marcha un extensivo programa de nuevas redistribuciones de tierras que continuaría a
lo largo de la década. Pompeyo había conseguido establecer su reorganización de
Oriente y Craso había obtenido ayudas para los recaudadores de impuestos. César,
aliándose a los otros dos, había logrado hacer todo eso pese a una oposición que no
había logrado conquistar con sus primeras acciones conciliadoras. Había sido un año
turbulento, en el que la tensión se elevó en varias ocasiones. Cicerón escribió en sus
cartas sobre su temor de que llegara la tiranía y una inminente guerra civil. Ninguna
de las dos cosas había sucedido, pero muchas de las convenciones y precedentes que
regulaban la vida pública habían sufrido mucho y se habían erosionado aún más. La
determinación de Bíbulo y Catón para obstaculizar las acciones de César a toda costa
había sido tan perjudicial como su propia determinación de presionar a toda costa. De
todos modos, por el momento había ganado César y había logrado la oportunidad de
obtener gloria militar a gran escala. Ahora que tenía un prolongado e importante
mando provincial era cuestión de ganar victorias para la República. Si sus éxitos
militares eran suficientemente grandiosos —y César estaba decidido a lograr que lo
fueran—, entonces seguro que incluso sus oponentes más acérrimos tendrían que
aceptarle como un gran siervo de la República, tal vez el más grande, y los más
dudosos actos de su consulado podrían ser olvidados o perdonados. La aprobación de
la Lex Vatinia, que le otorgaba la Galia Cisalpina e Iliria, y la posterior adición a su
provincia de la Galia Transalpina habían llenado a César de alegría. Encantado con
este éxito, declaró en el Senado que, puesto que «había conseguido sus deseos a pesar
de la oposición y los lamentos de sus adversarios, a partir de aquel momento los
trataría a patadas». Fuera o no fuera un doble sentido, un senador respondió que sería
difícil que una mujer pudiera hacerlo, refiriéndose a la vieja historia de César y
Nicomedes, que habían revivido los edictos de Bíbulo. César bromeó alegremente
diciendo que no sería difícil porque «ya en Siria había reinado Semíramis y las
Amazonas en otro tiempo habían dominado gran parte de Asia». Parece apropiado

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finalizar el relato de ese año con un chiste vulgar y un episodio que muestra la
confianza y satisfacción consigo mismo que le caracterizaban.[41]

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Segunda Parte
Procónsul
58-50 a. C.

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IX
La Galia
Combatió en cincuenta y dos batallas, siendo el único que sobrepasó a
Marco Marcelo, que combatió treinta y nueve veces.

Plinio el Viejo, mediados del siglo I a. C.[1]

César, del mismo modo que tenía un enorme talento para escribir, así
también disfrutaba de una innegable habilidad para explicar sus
estrategias.

Aulo Hircio, 44 a. C.[2]

César tenía cuarenta y un años cuando abandonó Roma para marcharse a su


provincia. No volvería a la ciudad durante nueve años. El resto de su vida estuvo
dominado por la guerra hasta un grado que es difícil de dictaminar. A partir de este
momento hubo sólo dos años en los que no participara en operaciones militares de
envergadura. En el año 50 a. C. porque la Galia estaba conquistada y estaba ocupado
colonizando la región; en el año 44 a. C. porque fue asesinado días antes de partir
para emprender nuevas campañas, primero en Dacia y luego en Partia. En la mayoría
de los años libró al menos una batalla, y a menudo varias, o bien emprendió estados
de sitio. Plinio afirmó que, en total, César lideró a su ejército en cincuenta batallas,
mientras que Apiano dice que treinta de esas batallas tuvieron lugar durante las
campañas en Galia. Es imposible confirmar o negar la exactitud de esas cifras, ya que
en ningún periodo de la historia suele haber acuerdo sobre qué constituye una batalla
y qué es sólo un combate o una escaramuza. De cualquier modo, el hecho es que esos
autores reflejaban la extendida creencia de que César había luchado más a menudo y
con éxito más constante que ningún otro general romano. Alejandro, con quien se le
comparó con frecuencia, tomó parte en sólo cinco batallas campales y tres asedios de
envergadura, aunque participó en numerosos encuentros de menor importancia.
Aníbal, que se enfrentó a un oponente muy distinto, luchó en batallas más pero
probablemente no superó el total de César de combates de envergadura. Hasta la
época de Napoleón, con el aumento de la intensidad de las guerras, no hubo ningún
comandante de ejércitos que viviera más días de combate serio que César y los otros
grandes comandantes del mundo antiguo.[3]

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El contraste entre la vida de César antes y después del año 58 a. C. no podría ser
más marcado. Hasta entonces había pasado como máximo unos nueve años fuera de
Italia y tal vez la mitad de ese tiempo en algún tipo de operación militar, algo normal
para un senador romano, incluso un poco menos que la media, aunque no en
comparación con hombres como Cicerón, que utilizaba sus constantes apariciones en
los tribunales para mantenerse en el candelero. Una vez más, merece la pena destacar
que, pese a su extravagancia, a que se asoció con personajes dudosos y a la
controvertida naturaleza de algunas de sus acciones durante el consulado, el patrón
general de la carrera de César había sido esencialmente convencional. Al haber
alcanzado el consulado dos años antes de la edad habitual, era sólo algo más joven
que el procónsul medio. Comparado con Alejandro Magno, Aníbal o Pompeyo, su
oportunidad llegó a una edad muy tardía. Alejandro murió a la edad de treinta y tres
años y Aníbal libró su última batalla a los cuarenta y cinco. Napoleón y Wellington
tenían sólo un año menos que Aníbal cuando se enfrentaron en Waterloo, aunque
Blücher tenía setenta y tres. En cambio Robert E. Lee ya había sobrepasado los
cincuenta cuando estalló la guerra civil americana, como Patton cuando Estados
Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Ni por parámetros romanos ni por
parámetros modernos podría considerarse a César viejo en el año 58 a. C., pero
tampoco habría sido obvio para ninguno de sus contemporáneos que estuviera a
punto de demostrar que era uno de los más grandes comandantes de todos los
tiempos. Con anterioridad ya había mostrado talento, valentía y confianza en sí
mismo durante sus periodos de servicio militar, pero muchos otros hombres
ambiciosos habían exhibido similares habilidades. Como siempre sucedió en la
historia de César, debemos tener cuidado de no permitir que la visión retrospectiva
imponga un sentido de inevitabilidad en los acontecimientos. La magnitud de los
éxitos de César en la Galia fue impresionante, incluso en una Roma que había sido
deslumbrada recientemente por los logros de Pompeyo. No obstante, el equilibrio
entre el éxito y el fracaso solía ser ajustado y fácilmente podía haber sido asesinado o
haber muerto en accidente o por enfermedad antes de regresar. Es difícil que el hecho
de regresar después convertido en un rebelde para luchar contra Pompeyo, su antiguo
aliado y yerno, le hubiera ocurrido a cualquiera. Cuando César fue a la Galia tenía
planes y ambiciones y, sin duda, contemplaba muchos resultados posibles, pero al
final confiaba en la suerte para conformar su futuro.

LOS COMENTARIOS

César había trabajado mucho para conseguir un mando tan importante: incurrió en
inmensas deudas, corrió grandes riesgos políticos e hizo numerosos enemigos.
Necesitaba victorias colosales para que todo aquello mereciera la pena, pero también
tenía que asegurarse de que el pueblo estaba informado de sus logros si quería

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obtener algún beneficio de ellos. Las campañas de Pompeyo contra los piratas y
Mitrídates habían sido documentadas por Teófanes de Mitilene, un erudito griego que
había acompañado a su plana mayor. César no tenía necesidad de contratar los
servicios literarios de otros hombres y registró sus victorias en sus propias palabras.
Ya había publicado varios de sus discursos, así como obras que se han perdido,
algunas de las cuales fueron escritas en su juventud. Posteriormente, el emperador
Augusto destruyó esas obras inmaduras, incluyendo una tragedia titulada Edipo, así
como sus Elogio a Hércules y Colección de frases célebres, y de los discursos sólo se
conservan fragmentos. Era tradicional que los generales romanos celebraran sus
logros escribiendo comentarios, un género que se consideraba diferente de la historia
y que con frecuencia era utilizado como material por posteriores historiadores. César
llegó a escribir diez libros de Comentarios a la Guerra, siete de ellos dedicados a las
operaciones en las Galias, en el periodo 58-52 a. C., y otros tres sobre la guerra civil
contra Pompeyo, en los años 49 y 48 a. C. Tras su muerte, varios de sus propios
oficiales añadieron otros cuatro libros que cubrían las operaciones en las Galias en el
año 51 a. C., las campañas en Egipto y Oriente en los años 48 y 47 a. C., así como
Hispania en el año 45 a. C. Del resto de Comentarios sólo se han conservado
fragmentos ínfimos, por lo que es difícil saber si los libros de César se adecuaban al
estilo establecido.[4]

Los Comentarios a la Guerra de las Galias de César fueron reconocidos desde el


principio como una de las grandes obras de la literatura en latín. Cicerón sentía un
gran respeto por la oratoria de César y fue igualmente generoso en su elogio de los
Comentarios:

Es verdad que son muy estimables […] están escritos, en efecto, en un estilo
austero, simple y elegante, desprovistos —como un cuerpo despojado de sus
vestidos— de toda ornamentación estilística. No obstante, al querer legar a los
futuros historiadores los materiales de donde poder abastecerse, quizás dio gusto a
los ineptos que quieren rizarlos con calamistros; pero a la gente con sentido
común la ha disuadido de escribir sobre ello: en la historia, en efecto, no hay nada
más agradable que una concisión pura y luminosa.[5]

Estas palabras fueron escritas en el año 46 a. C., cuando Cicerón cada vez se
sentía más incómodo con la dictadura de César, por lo que es posible que hubiera un
doble sentido oculto cuando dijo que había disuadido a «la gente con sentido común»
de redactar sus propias narrativas de las hazañas de César. No obstante, es evidente
que su alabanza de la calidad literaria de los libros era totalmente auténtica, quizá en
especial porque la austera sencillez de su narrativa contrastaba tanto con su propio
estilo de retórica. En una ocasión, César declaró que un orador debería «evitar una

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palabra inusual como el timonel de un barco evita un arrecife». Aparte de los
necesarios términos técnicos o extranjeros, siguió de manera incondicional este
principio y creó una narrativa clara y de ritmo rápido. Muy rara vez es emotiva o
melodramática, porque César hacía que el drama y la importancia de los hechos
hablaran por sí mismos. Se refería a sí mismo siempre en tercera persona, mientras
que sus soldados eran nostri o «nuestros hombres» y cuenta la historia del ejército del
pueblo romano, a las órdenes de su comandante, designado de la forma debida, en su
lucha contra feroces enemigos e incluso contra la propia naturaleza. En todas y cada
una de las etapas, César presenta sus acciones como decisiones por completo
orientadas a servir a la República. Aunque el lector moderno pueda en ocasiones
sentir cierto rechazo ante la impertérrita retahíla de imperialismo, masacre,
ejecuciones en masa y esclavización contenida en los Comentarios, a un romano
contemporáneo todo eso no le habría afectado. De hecho, debió de haber sido difícil,
incluso para uno de los oponentes políticos de César, no dejarse llevar por la emoción
de la narrativa.[6]

Muchos líderes políticos y militares han escrito sus propias versiones de los
acontecimientos en los que participaron, pero pocos han igualado el nivel literario de
los Comentarios de César. En los últimos tiempos, Churchill es probablemente el que
más se le acerca por el puro poder de sus palabras y la velocidad con la que presentó
su relato, tan poco después de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Sin
embargo, hay una diferencia fundamental, tanto respecto a Churchill como a la gran
mayoría de los demás generales famosos: todos ellos escribieron para la posteridad,
sabiendo que sus propias carreras prácticamente habían terminado y deseando dejar la
huella de su versión de los hechos en la opinión de lectores futuros. Por el contrario,
César estaba mucho más preocupado por el público contemporáneo y escribió para
intentar hacer avanzar su carrera y obtener más oportunidades de gloria (lo que
también era la intención de Churchill en sus primeros escritos). No está del todo claro
cuándo se redactaron y publicaron los siete libros de Comentarios a la Guerra de las
Galias, pero la creencia más generalizada es que aparecieron en los años 51-50 a. C.
Se supone que —se trata de conjeturas pese a la seguridad con la que se afirma con
frecuencia— en los meses de tensión que acabarían culminando en la guerra civil,
César tenía la esperanza de conseguir tanto apoyo como fuera posible en Roma. Sin
embargo, eso era así desde el momento en que partió hacia las Galias en el año 58
a. C., porque ni él ni ningún otro hombre que aspirara a hacer carrera pública podía
permitirse que lo olvidaran el electorado y los grupos influyentes de la ciudad. Habría
sido extraño que esperara tanto tiempo. Además, si consideramos las diferencias en el
tratamiento de algunos personajes y las aparentes contradicciones en algunos detalles
entre los diversos libros, es más que probable que cada uno de ellos se publicara de
forma independiente. En realidad, hay más posibilidades de que cada uno de los
libros fuera escrito después del año de campaña que describe, en los meses de

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invierno, antes de que las operaciones pudieran reanudarse. Incluso aquellos que
abogan por la teoría de que se publicaron colectivamente, dan por supuesto que César
envió un informe anual al Senado y que este circulaba por todas partes y, en
ocasiones, sugieren que tenían una forma similar a los Comentarios tal y como han
llegado a nosotros. No hay razón para creer que, en la mayoría de los casos, César no
dispusiera de tiempo durante los inviernos en las Galias para escribir un libro. Hircio,
uno de sus propios subordinados de más rango, que, más adelante, añadió el octavo
libro de Comentarios a la Guerra de las Galias, repitió la alabanza de Cicerón sobre
el estilo de César, pero también destacó la gran velocidad a la que escribía los libros.
Otro miembro de su personal, Asinio Polión, pensaba que César tenía la intención de
reescribirlos más adelante, lo que podría indicar que fueron redactados con rapidez
para satisfacer una necesidad política inmediata. Ninguno de estos comentarios
demuestra que cada uno de estos libros se publicara de manera independiente es
evidente que la composición de los siete libros en los meses siguientes al fin de las
campañas en las Galias era una tarea considerable—, pero, en general, realmente
parece muy probable.[7]

Otra suposición muy extendida es que los Comentarios estaban dirigidos ante
todo a las clases senatoriales y ecuestres, pero, una vez más, esa es una afirmación
cuestionable. En su consulado había ordenado la publicación de todas las actas de las
sesiones del Senado, lo que obviamente no estaba pensado para los senadores. Es
difícil valorar los niveles de alfabetización del mundo romano, por lo que no sabemos
cuántos lectores había fuera de la élite acomodada. Sin embargo, de manera más
práctica, podemos juzgar que cualquier sistema en el que cada copia de un libro debía
escribirse a mano implicaba que los libros eran un lujo raro y caro. Por otra parte,
Cicerón destacó el entusiasmo con el que los hombres de las clases sociales humildes,
como los artesanos, devoraban los libros de historia. En nuestras fuentes hay
comentarios que sugieren que la lectura pública de libros era una actividad común y
posiblemente muy concurrida. Parece probable que César, que siempre había sido un
popularis y había confiado en el apoyo de una amplia parte de la comunidad, estaba
muy interesado en seducir a este público. Es llamativo ver que los senadores y los
équites no tienen un papel destacado en los Comentarios y, en ocasiones, son
descritos con palabras poco elogiosas. Por el contrario, los soldados ordinarios de las
legiones muestran siempre su coraje y destreza. En la mayoría de los casos, incluso
cuando son criticados, suele ser por un exceso de entusiasmo que lleva a los
legionarios a olvidar la apropiada disciplina. Aún más que los rangos inferiores y los
soldados rasos, los centuriones que los lideran son descritos, con frecuencia, en
actitudes heroicas. Sólo unos pocos de estos oficiales son identificados por su
nombre, pero en general son los centuriones como grupo los que mantienen la calma
en tiempos de crisis y luchan y mueren para lograr la aprobación de su comandante.
Es muy posible que este favorable retrato de los centuriones y los soldados agradara a

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los patrióticos aristócratas y équites, pero seguro que resultaba aún más atractivo para
la población en general. César cultivaba su relación con estos romanos y no hablaba
simplemente con la élite. Es probable que algunos grupos le importaran más que
otros, por ejemplo aquellos ciudadanos que estaban incluidos en las listas de votantes
en la Primera Clase de la Comitia Centuriata, pero sabemos tan poco de la vida fuera
de los círculos de la élite que es imposible asegurarlo.[8]

Desde el principio de las campañas en las Galias hasta el mismo fin de la guerra
civil, sabemos mucho más de las actividades de César, pero la inmensa mayoría de
esta información procede de su propio relato en los Comentarios. Sobre las campañas
en las Galias en concreto apenas disponemos de datos en otras fuentes que no
parezcan derivar de la versión de César. Podemos tener motivos para dudar de la
veracidad fundamental de los Comentarios, pero no tenemos nada con que
reemplazarlos. Napoleón era un gran admirador de César como comandante y le
colocaba en la lista de grandes capitanes cuyas campañas debían ser estudiadas por
cualquiera que aspirara a convertirse en general, pero, aun así, ponía en duda la
veracidad de algunos aspectos de su relato y dedicó algún tiempo durante su exilio a
analizarlos con ánimo crítico. No obstante, en vista de la flexible actitud hacia la
verdad que revelan sus propios comunicados y memorias, es posible que lo
considerara completamente natural. César escribía con un propósito político, para
aumentar su reputación de gran servidor de la República y demostrar que merecía la
posición prominente que ocupaba. Por tanto, los Comentarios eran obras de
propaganda y presentaban todo lo que hacía desde la perspectiva más favorable.
Según Suetonio: «Asinio Polión considera que fueron escritos con poco cuidado y
que se atienen poco a la verdad estricta, porque muchas veces, a su juicio, César dio
crédito a los hechos llevados a cabo por otros y tergiversó los suyos propios, ya
adrede, ya como consecuencia de un fallo de la memoria».[9]

Polión sirvió a las órdenes de César en la guerra civil, pero no estuvo junto a él en
las Galias y es más que probable que sus comentarios se refirieran sobre todo a los
comentarios de César acerca de ese conflicto. La alegación de que César estaba muy
dispuesto a aceptar los relatos que los demás hacían de sus acciones como ciertos
podría ser una amarga nota personal, puesto que Polión fue uno de los pocos
supervivientes de un desembarco desastroso en África dirigido por un hombre que
recibe un trato favorable en los Comentarios. Con todo, si era cierto que César
también distorsionaba algunas de sus propias actuaciones, entonces, ¿hasta qué punto
lo hizo? Los yacimientos arqueológicos han confirmado parte de sus descripciones de
las operaciones en las Galias, pero es una herramienta poco adecuada para reconstruir
los detalles de las operaciones militares, y menos aún la motivación e ideología que
las impulsaba. Lo que es más importante, es evidente que a lo largo de todo el
conflicto de las Galias, los numerosos senadores y équites que sirvieron en el ejército

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de César escribían con regularidad a su familia y amigos. Años después, el hermano
de Cicerón, Quinto, fue designado legado de César. La correspondencia que
conservamos de la época contiene escasos detalles militares, pero es sorprendente que
Quinto pudiera enviar una carta a su hermano en los pocos meses que el ejército pasó
en Gran Bretaña en el año 54 a. C. Claramente, había un flujo constante de
información entre Roma y el ejército. En el año 56 a. C., Cicerón criticó la actuación
del suegro de César, Lucio Calpurnio Pisón, como procónsul de Macedonia en el
Senado. Pisón había violado la costumbre establecida de enviar despachos regulares
al Senado, pero, aun así, Cicerón afirma que él y todo el Senado estaba bien
informado sobre las actividades y errores del procónsul. La mayoría de las críticas a
la veracidad del relato de César utiliza detalles de su propia narrativa contra él. Se
mencionan diversas derrotas y varias acciones polémicas. En última instancia, César
no podía arriesgarse a inventarse los hechos de forma generalizada o a distorsionarlos
de modo ostensible porque su público lo habría notado enseguida. Lo que sí podía
hacer, y obviamente hizo, es presentar una imagen tan positiva como pudo de los
acontecimientos, culpando a otros de las derrotas, justificando sus acciones con
razonamientos calmados en apariencia y no haciendo hincapié en las operaciones
menos exitosas. Pero al final tenía que ceñirse estrictamente a los hechos en especial
a aquellos hechos que más importaban a la audiencia romana —si quería que los
Comentarios cumpliesen con su función de ganarse a la opinión pública—. Debemos
ser precavidos al abordar la narrativa de César, al igual que cualquier otra fuente,
pero tenemos buenos motivos para creer que, como mínimo, sus escritos ofrecen una
descripción precisa de los acontecimientos básicos.[10]

EL EJÉRCITO DE CÉSAR

El ejército que guarnecía la provincia de César en el año 58 a. C. tenía el doble de


soldados que las tropas que se había llevado a Hispania y, a su debido tiempo, se
duplicaría y, a continuación, se triplicaría. Había realizado unos cinco años de
servicio militar, y no poseía experiencia previa de combate en esta región, pero, como
hemos visto, esa no era una situación inusual para un comandante romano. César
supo estar a la altura del desafío, pero sería un error suponer que desde el mismo
principio mostrara la extraordinaria habilidad que le daría la reputación de ser uno de
los más grandes comandantes de todos los tiempos. Primero tuvo que llegar a conocer
a su ejército y aprender la mejor manera de utilizarlo, y este proceso no fue
instantáneo. No obstante, sus oficiales más experimentados eran hombres que había
seleccionado personalmente y traído consigo a la provincia. Los más importantes
eran los legados —el nombre legatus significaba representante y se empleaba tanto
para embajadores como para oficiales de alto rango que «actuaban en nombre de» un
gobernador—, que, invariablemente, eran senadores. Por lo que sabemos ninguno de

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ellos tenía más experiencia marcial que el mismo César. Le había pedido a Cicerón
que le acompañara como legado, lo que es un claro indicio de que los útiles contactos
políticos a menudo eran más importantes que el talento militar. El orador había
rechazado la propuesta, pero desde el principio de las campañas César tuvo al menos
cinco, y posiblemente seis o incluso diez legados en su Estado Mayor. El de más
rango fue Labieno, al que otorgó imperium de propretor y no tenía meramente poder
delegado. Labieno, que como tribuno en el año 63 a. C. había cooperado con César y
llevado el proceso contra Rabirio, recibe más atención en los Comentarios que
cualquier otro legado, y había demostrado ser un soldado excepcionalmente diestro.
Sin embargo, en el año 58 a. C., es posible que no tuviera más experiencia de
combate que César, y su talento sólo alcanzó su plenitud cuando llegó a las Galias.
Labieno había servido en Asia en los años setenta a las órdenes de Publio Servilio
Vatia Isáurico. Puede que los caminos de César y él se cruzaran durante estos años,
aunque es igualmente posible que Labieno no llegara a la provincia hasta que César
no estuvo en Roma. Se ha conjeturado que sirvió con frecuencia bajo el mando de
Pompeyo, pero no hay pruebas que lo confirmen. Del mismo modo, muchos
estudiosos opinan que Labieno había ocupado la pretura en los años 60 o 59 a. C.,
pero, de nuevo, es un hecho más posible que realmente probado.[11]

Balbo era otro antiguo asociado de César que también fue su praefectus fabrum,
pero parece que no pasó demasiado tiempo en las Galias antes de regresar a Roma
para actuar como uno de los principales agentes de César. Otro hombre que sirvió a
César en el mismo puesto era Mamurra, que provenía de Formias y cobró fama por la
inmensa fortuna que había acumulado con métodos dudosos durante su temporada en
las Galias. Al parecer, el tribuno Vatinio, que había logrado el mando de cinco años
para él, había estado en las Galias durante un tiempo, pero su estancia podría haber
tenido lugar más adelante en la década. Posiblemente Quinto Pecho estuvo con César
desde el principio. La identidad de los otros legados de César en el año 58 a. C. no
está clara, pero si no estaban ya a su lado, varios hombres estaban a punto de unirse a
él. Uno de ellos era Aulo Hircio, el autor del octavo libro de Comentarios. Otro era
Servio Suplicio Galba, que había servido con Pomptino durante la rebelión de los
alóbroges y, por tanto, contaba con experiencia reciente de batalla en la Galia.
Probablemente, Quinto Titurio Sabino y Lucio Aurunculeyo Cota también estuvieron
a su lado desde el principio. (A pesar del cognomen Cota, no se cree que fuera un
pariente de la familia de la madre de César, ya que su nomen era Aurelio). Cota había
escrito un tratado sobre la constitución romana, y la plana mayor de César tenía un
pronunciado sesgo literario. Del año 58 al 56 a. C., entre sus miembros se encontraba
también el hijo menor de Craso, Publio, que era un aplicado estudiante de literatura y
filosofía e íntimo de Cicerón por esa razón. Eso era un indicio de la continuada
proximidad entre César y Craso, que no había necesitado consolidarse con una
alianza matrimonial. Con alrededor de veinticinco años, Publio Craso demostró ser

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un comandante atrevido y dotado, pero comenzó la campaña como comandante de la
caballería del ejército (praefectus equitum), antes de ser ascendido a legado el año
siguiente. Otro joven de talento que sirvió a César desde el principio de la campaña
era Décimo Junio Bruto, hijo de Sempronia, que era conocido por haber estado muy
implicado en la conspiración de Catilina. Por último, César había contado asimismo
con la asistencia de un cuestor, pero se desconoce su identidad.[12]

Lo más sorprendente de los legados de César es su comparativo anonimato. Craso


y, en una medida algo menor, Bruto, pertenecían a familias distinguidas, y los padres
de ambos habían llegado a ser cónsules. Labieno era un «hombre nuevo» y no había
ocupado ningún puesto de más rango que el tribunado, al igual que Vatinio. La
familia de Cota no parece haber destacado durante muchas generaciones, aunque aún
menos se sabe del entorno de Sabino y varios oficiales más. En general, las grandes
familias nobles, sobre todo las que habían tenido éxito bajo el mando de Sila y en el
periodo posterior, rechazaron las ofertas de trabajar con César, lo que contrastaba
mucho con la distinguida lista de legados que habían servido con Pompeyo en la
misión contra los piratas. Por lo visto, la mayoría de los legados de las Galias estaban
buscando restaurar o mejorar la situación de su familia y no pocos de ellos lo
lograron. Seguramente lo mismo le ocurrió a muchos de los oficiales menos
experimentados. En su descripción del año 58 a. C., César habló de «los tribunos
militares, los prefectos y todos aquellos que, habiendo seguido a César desde Roma
para cultivar su amistad, no tenían gran experiencia de la guerra». Aquellos que ya
estaban bien establecidos no necesitaban unirse a César en el año 58 a. C. Nadie sabía
que llegaría a ser tan gran comandante y que no marcharía hacia su derrota o su
propia muerte en alguna colina gala. Podrían adivinar que resultaría generoso con
cualquier éxito que tuviera, porque su reputación estaba ya establecida a ese respecto.
Buscar estrechar la relación con César era una apuesta arriesgada que atraía sobre
todo a aquellos que no conseguían el éxito de ningún otro modo. Por lo que sabemos,
César parece haber recibido con satisfacción casi a cualquiera, con su entusiasmo
acostumbrado a la hora de hacer tantos favores como pudiera y obligar así a más
individuos en un compromiso con él.[13]

César seleccionaba a sus propios oficiales superiores, pero el ejército que iba a
liderar ya existía. En conjunto, Iliria, la Galia Transalpina y Cisalpina contenían una
guarnición de cuatro legiones: la Séptima, la Octava, la Novena y la Décima. No se
sabe cuándo ni quién los había formado, pero es muy probable que hubieran sido
creadas varios años antes y ya hubieran participado en el servicio activo. Sobre el
papel, una legión de este periodo consistía en un número algo inferior a cinco mil
hombres, pero, como en todos los ejércitos de todos los periodos de la historia, con
frecuencia las unidades en campaña estaban muy cortas de efectivos. Una de las
legiones de César durante la guerra civil sólo fue capaz de reunir algo menos de mil

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soldados. Una legión no poseía un comandante permanente, pero sus oficiales
superiores eran seis tribunos, que solían ser équites. Algunos de ellos eran jóvenes
aristócratas que todavía no pertenecían al Senado, mientras que otros eran oficiales
semiprofesionales que buscaban puestos en una legión tras otra. Cada año el pueblo
romano elegía veinticuatro tribunos: este número tradicional debía aprovisionar al
ejército de dos legiones que se le asignaba a cada cónsul en siglos anteriores. El
propio César había sido elegido de ese modo, pero en aquel momento solía haber
demasiadas legiones en activo al mismo tiempo para confiar en este método. La
mayoría, si no a todos los tribunos, César los eligió él mismo, aunque algunos ya
habían estado con las cuatro legiones. Los Comentarios nunca mencionan que un
tribuno dirigiera una legión y, por lo general, César asignaba esa tarea a sus legados y
a su cuestor. Sin embargo, los tribunos tenían importantes funciones de organización
de personal y administrativas y podían dirigir destacamentos de considerable tamaño.
[14]

Por debajo de un tribuno estaba el centurión, que era más una graduación que un
rango específico. Había sesenta centuriones en una legión, cada uno de ellos estaba al
mando de una centuria de ochenta hombres —es probable que la palabra nunca
significara nada más específico que en torno a cien hombres— y seis centurias unidas
para formar una cohorte de cuatrocientos ochenta, que era la unidad táctica básica del
ejército. Nuestras fuentes no dicen nada al respecto, pero seguramente los centuriones
de más rango comandaban la cohorte en batalla. Había diez cohortes en una legión y
la primera cohorte tenía mayor prestigio que el resto porque protegía el águila
plateada o dorada que era el estandarte de toda la legión. Los centuriones de la
primera cohorte poseían un inmenso prestigio y, probablemente junto con los
centuriones que estaban al mando de las otras cohortes, formaban los «centuriones
del primer grado» (primi ordines), cuyas acciones con frecuencia estaban incluidas en
las instrucciones del comandante. En ocasiones, los centuriones han sido retratados
como una especie de «sargentos mayores», veteranos entrecanos ascendidos sólo
después de haber servido muchos años en la tropa, pero en realidad hay pocas
pruebas que apoyen esa opinión. César no menciona en ningún lugar de los
Comentarios el hecho de promover a un legionario al cargo de centurión, pero
tampoco dice nada sobre sus orígenes, seguramente porque daba por supuesto que su
público los conocía. Puede que muchos fueran nombrados centuriones directamente,
algo común en la época de los emperadores romanos, cuando hubo incluso équites
que sirvieron en ese puesto. El papel administrativo que era una parte importante de
su trabajo requería un buen nivel de alfabetización y aritmética, conocimientos poco
habituales entre los soldados ordinarios. Una vez en la tropa, es indudable que los
centuriones estaban muy alejados social y económicamente de los legionarios
comunes, porque su paga era varias veces —tal vez hasta diez veces— superior. Es
probable que la mayoría de centuriones ya provinieran de las clases más prósperas, a

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diferencia del grueso de la tropa, conformado por los muy pobres. En ese caso, la
relevancia que recibieron en los Comentarios resulta aún más interesante. Podría ser
que los seleccionaran entre miembros de la Primera Clase, que desempeñaba un papel
tan decisivo en las votaciones de la Comitia Centuriata. El hecho de ser designado
para este cargo, así como las siguientes promociones, cobrarían entonces una
importancia más allá de lo puramente militar para un comandante como César, muy
en consonancia con las amplias redes de influencias que subyacían en tantos ámbitos
de la sociedad romana. Sin embargo, a diferencia de los oficiales de mayor rango, los
centuriones permanecían con el ejército durante largos periodos y no sería un error
verlos como oficiales esencialmente profesionales.[15]

Las legiones de siglos anteriores, que se formaban con hombres de los distintos
estratos sociales y habían excluido a todos aquellos que no poseían suficientes
propiedades para adquirir su propio equipo, eran ahora un recuerdo distante. Mario
había reclutado sin reservas entre los capite censi, tan pobres que contaban sólo como
números en el censo, pero es probable que fuera una tendencia ya bien establecida.
Quedaban ya pocos atractivos en las legiones para los acaudalados y los bien
educados. La disciplina podía ser brutal, los latigazos eran habituales y la ejecución
era la pena para las negligencias más graves en el cumplimiento del deber. Un
legionario recibía un salario anual de ciento veinticinco denarios (quinientos
sestercios) —una cifra que ayuda a poner las astronómicas deudas de César en
perspectiva—, que era menos de lo que podía ganar un trabajador agrícola, aunque
tenía la ventaja de ser regular. Los ciudadanos más pobres consideraban el ejército
como una carrera viable, o como un camino hacia una vida mejor. Un general que
fuera generoso con las recompensas o prometiera concesiones de tierras para sus
soldados veteranos podía ganarse la firme lealtad de sus legionarios, como Mario,
Sila y Pompeyo habían demostrado. Los centuriones a menudo eran transferidos de
una legión a otra, pero no hay ninguna mención de que con los soldados comunes se
hiciera lo mismo. Los legionarios eran soldados profesionales que permanecían en el
servicio militar durante muchos años, aunque no hay datos precisos sobre el periodo
normal de permanencia en el ejército. Años después, Augusto estableció el periodo
de servicio en dieciséis años, que más tarde ampliaría a veinte con otros cinco como
veterano, lo que significaba que estaban exentos de algunos deberes y fatigas. La
legión era su hogar y las mejores unidades desarrollaban un intenso orgullo hacia su
identidad corporativa. Cada legión contaba también con muchos hombres con
destrezas técnicas que, a su vez, formaban a otros. No había unidades especiales o
cohortes de ingenieros o artilleros, sino que los especialistas simplemente se
separaban de sus cohortes cuando se requerían sus servicios para construir un puente
o para el asedio de un pueblo. La capacidad de ingeniería del ejército romano en este
periodo era fabulosa.
El legionario era un soldado de infantería pesada que luchaba en orden cerrado, pero

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en tiempos de César su aspecto era bastante distinto a la clásica imagen perpetuada
por Hollywood y al flexible uso de las imágenes de las recreaciones de los
documentales televisivos. La famosa armadura en bandas o segmentos probablemente
no se había inventado todavía, porque el fragmento más antiguo conocido de este tipo
de coraza se remonta al año 9 d. C. (Sin embargo, ya que hasta que ese fragmento fue
descubierto se daba por supuesto que esta armadura no se introdujo hasta mediados
del siglo I d. C., es posible que fuera conocida en la época de César). Lo que llevaba
el legionario era una cota de malla y un casco de bronce o, en ocasiones, de hierro.
Los cascos romanos dejaban los ojos y las orejas al descubierto, a pesar de que el
resto del rostro obtenía cierta protección de las amplias piezas de las mejillas. Los
cascos cerrados del tipo empleado a veces en los primeros siglos por los ejércitos
griegos brindaban mejor protección, pero un legionario necesitaba ser capaz de oír y
ver para reaccionar a las órdenes. El gran escudo semicilíndrico o scutum resguardaba
más: tenía más de un metro de alto y entre sesenta y setenta y cinco centímetros de
ancho y se cree que era de forma oval, aunque es posible que ya hubiera adoptado la
forma rectangular del clásico legionario de Hollywood. Es muy probable, aunque no
hay pruebas, que las legiones ya portaran las insignias distintivas en sus escudos, ya
fueran pintadas o en relieve. Los mismos escudos estaban compuestos de tres capas
de madera pegadas entre sí, cubiertas con piel de becerro, y con los filos protegidos
por un ribete de bronce. El escudo era flexible y ofrecía buena protección, pero
pesaba unos diez kilos. Se llevaba en batalla sostenido por una sola asa horizontal
situada detrás del tachón central y podía emplearse de manera ofensiva: el soldado
empujaba el tachón hacia adelante para derribar al contrario.

Las principales armas del legionario eran el pilum (jabalina) y el gladius (espada).
El pilum tenía una vara de madera de 1,20 metros, rematada con una parte de hierro
de 60-90 centímetros, que terminaba en una pequeña punta piramidal. Cuando se
lanzaba, todo el peso del arma se concentraba tras la pequeña cabeza, perforando el
escudo del adversario, mientras que el largo y delgado mango la prolongaba para que
llegara más lejos y pudiera herir o matar al propio hombre. Al contrario de lo que
sostiene la arraigada leyenda, el metal no debía doblarse. En el siglo I a. C., el gladius
usado por el legionario romano era corto, con una hoja normalmente de sesenta y un
centímetros de longitud. No obstante, en la época de César se utilizaba una hoja más
larga, de al menos setenta y cinco centímetros y a veces más. Hecha con acero de alta
calidad, la pesada hoja estaba bien diseñada para cortar y dar estocadas y su larga
punta estaba concebida para penetrar en la armadura y la carne. El legionario estaba
bien equipado y entrenado como luchador individual, pero la mayor fuerza del
ejército romano residía en la disciplina y la estructura de mando que los hacía tan
efectivos colectivamente.[16]

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Como tropas de apoyo, las legiones confiaban en soldados extranjeros, que se
conocían de forma colectiva como los auxilia. Muchos de ellos eran aliados
reclutados localmente: César llegaría a depender mucho de las tribus de las Galias, en
especial para reunir contingentes de caballería. En la mayoría de los casos estos
hombres eran comandados por sus propios jefes, pero al menos algunos galos parecen
haber servido en unidades dirigidas por oficiales romanos y es posible que fueran
entrenados y equipados por el ejército. En su relato de la guerra civil, César menciona
que en el año 49 a. C. poseía «tres mil jinetes, a los que ya había tenido […] en las
guerras anteriores». También nos cuenta que contaba con cinco mil soldados de
infantería auxiliar, aunque no está claro si sirvieron asimismo a partir del año 58 a. C.
No se menciona ningún grupo de manera específica en su descripción de las
campañas de las Galias y pueden haber sido aliados, mercenarios o los soldados
regulares que prefiguran los regimientos organizados y permanentes de auxiliares del
periodo imperial. Sí hace unas cuantas referencias a unidades de especialistas,
incluyendo a los arqueros cretenses y númidas y a los honderos baleares. Los
cretenses y los númidas eran famosos por su habilidad con sus respectivas armas y
habían estado presentes como mercenarios en muchos ejércitos durante varios siglos.
Los númidas eran más famosos por su caballería ligera y es muy posible que César
también contara con algunos de ellos. Sólo gracias a un único comentario sabemos
que había algunos soldados españoles de caballería con el ejército. El número de
soldados aliados variaba de año en año, mientras que es probable que la fuerza total
de mercenarios y auxiliares profesionales fuera más estable. En ocasiones, los
contingentes aliados eran mucho mayores, pero, aun así, las legiones seguían siendo
la base del ejército de César.[17]

«TODA LA GALIA ESTÁ DIVIDIDA»

En el año 58 a. C. no era evidente hasta dónde llevarían a César sus campañas.


Primero le habían concedido la Galia Cisalpina e Iliria como provincia y la Galia
Transalpina fue añadida tras la repentina muerte de su gobernador. Posiblemente, la
intención original de César fue hacer campaña en los Balcanes para reducir el
creciente poder del rey dacio Burebista, que estaba forjando un poderoso imperio en
Transilvania. La región era rica y apenas había sido explorada por los ejércitos
romanos, por lo que ofrecía la gloria asociada a la derrota de un pueblo que nunca
había sido visto. Es muy posible que hubiera planeado avanzar en esa dirección, tanto
en el año 58 a. C. como en años posteriores, pero los acontecimientos continuaron
proporcionándole oportunidades de emprender hazañas militares en las Galias y la
expedición de los Balcanes nunca tuvo lugar. En cualquier caso, nunca se borró de la
mente de César porque estaba pensando atacar Dacia en el año 44 a. C. cuando fue
asesinado.[18]

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En el siglo I a. C., la Galia abarcaba el área de la actual Francia, Bélgica y parte
de Holanda, extendiéndose desde el Rin hasta la costa atlántica. Galia no era una
nación en ningún sentido. Como César dijo en la primera frase de los Comentarios a
la Guerra de las Galias, su población estaba dividida en tres grupos étnicos y
lingüísticos. En el suroeste, en la frontera con los Pirineos, estaban los aquitanos, con
quien él pensaba que los íberos de Hispania tenían mucho en común. En el norte,
sobre todo en el noreste, estaban los belgas, mientras que el centro de las Galias
alojaba a los pueblos a los que los romanos llamaban los galos (galli), pero que se
llamaban a sí mismos celtas. Cada uno de esos grupos a su vez se subdividía en
numerosos pueblos distintos que, pese a la similitud de sus lenguas y cultura, con
frecuencia eran hostiles entre sí. La unidad política básica era el clan (pagus) y varios
clanes conformaban una tribu (civitas). (Ninguna palabra española resulta totalmente
apropiada y algunos eruditos prefieren Estado a tribu, pero, en realidad, nadie ha
sugerido algo mejor). La importancia de la tribu parece haber aumentado mucho en el
siglo antes de la llegada de César a las Galias, y algunos estudiosos las consideran
invenciones comparativamente recientes. Es más probable que los cambios del clima
político y económico en las Galias simplemente hubieran otorgado nueva importancia
a vínculos flexibles de parentesco y ritual establecidos hacía mucho tiempo. Aun así,
el grado de unidad entre los clanes de un tribu variaba bastante y hubo varios casos
durante las guerras de las Galias en los que los pagi individuales actuaron de forma
independiente. Hay reyes en algunas tribus y tal vez en algunos clanes, pero no en
otros y parece que la mayoría eran gobernadas por consejos o senados, mientras que
la organización diaria de los asuntos estaba en manos de magistrados electos. Los
aliados más antiguos de Roma, los eduos, tenían un magistrado supremo llamado
Vergobret que ocupaba el cargo durante un solo año. Nadie podía ser elegido dos
veces para este cargo ni ningún miembro de su familia podía ocupar ese puesto
mientras viviera el individuo que había sido magistrado, lo que impedía que un
hombre o su familia monopolizara el poder. La similitud de este ideal con el sistema
republicano romano es asombrosa y, desde muchos puntos de vista, las tribus de las
Galias se asemejaban a las ciudades-estado del mundo mediterráneo, aunque quizá en
una fase anterior de desarrollo.[19]

Hay un debate académico continuado sobre hasta qué punto podemos considerar a
los galos y a otros pueblos que hablaban lenguas «célticas» parte de un pueblo con
costumbres y culturas fundamentalmente uniforme, pero ese debate no es tema de
nuestro libro. César señala tanto similitudes como diferencias entre las diversas
tribus, pero mantenía una muy clara distinción entre los pueblos de las Galias y las
tribus germanas. El río Rin se presenta como la línea divisoria entre ambos, aunque
César concede que la situación no era tan evidente y algunos grupos germánicos
estaban bien establecidos en tierras de la orilla oeste. La arqueología no apoya una
división tan clara, lo que sugiere importantes semejanzas en patrones de asentamiento

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y en objetos de su cultura como la cerámica, el trabajo en metal, etcétera, entre la
Galia y el centro de Germania. Había más de una diferencia entre las regiones
meridionales y centrales y las áreas septentrionales de Germania, donde había escasos
asentamientos fortificados de envergadura. Sin embargo, sería un error rechazar el
testimonio de César y otros autores antiguos, porque la arqueología es un instrumento
poco apropiado para revelar fronteras étnicas y políticas. Había idiomas germánicos y
célticos independientes y, sin duda, un elevado número de dialectos y variaciones
regionales dentro de cada grupo amplio. Es muy posible que algunas tribus que
hablaban una lengua germánica vivieran en asentamientos de tamaños y planos
similares a algunos pueblos de la Galia, así como que utilizaran objetos de forma y
estilo muy semejante. Eso no significa que alguno de los grupos hubiera percibido al
otro como parecido a ellos mismos en lo esencial y no como extranjeros. Es más
probable que consideraran semejantes a aquellos pueblos que hablaban la misma
lengua o una lengua similar, que veneraban a las mismas deidades y que habían
vivido entre ellos durante mucho tiempo como familiares. Esta percepción en sí
misma no evitaría la hostilidad y las guerras entre ambos grupos ni excluiría las
relaciones pacíficas con un pueblo más «extranjero». Ni los galos ni los germanos
eran naciones en un sentido significativo, y la identidad personal y la lealtad tenían
mucho más que ver con la tribu y el clan, y dentro de estos, con la familia, el vecino o
el jefe.[20]

La Galia y sus tribus.

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El contacto entre las tribus galas y el mundo mediterráneo tenía una larga historia
marcada por frecuentes enfrentamientos. Una banda de galos había saqueado Roma
en el año 390 a. C., mientras que otras tribus habían invadido y se habían asentado en
el valle del Po. Más tarde, los romanos comenzaron a colonizar la misma región, lo
que dio lugar a una serie de guerras que finalizaron a principios del siglo II a. C. con
la subyugación y absorción de las tribus galas. En torno al año 125 a. C. los romanos
comenzaron a conquistar la Galia Transalpina para crear una ruta segura por tierra
hacia sus provincias en Hispania. Uno de los procónsules que participó en esas
campañas era Cneo Domicio Ahenobarbo, el tataratatarabuelo del emperador Nerón.
Según la descripción de un contemporáneo tenía «un rostro de hierro y un corazón de
plomo», y se dice que había impresionado a las tribus al aparecer montado en un
elefante, pero su legado más duradero fue la Vía Domitia, una gran vía estratégica
que llegaba hasta Hispania. La región fue el escenario de muchos enfrentamientos
durante la emigración de los cimbros y los teutones, pero no hubo más expansión
romana concertada antes de la llegada de César. Hubo una considerable consolidación
con el establecimiento de puestos de avanzada fortificados y una colonia en Narbo (la
actual Narbona) en el año 118 a. C., que más adelante se convertiría en un importante
centro comercial, cuando los bienes producidos por los grandes latifundios de Italia
empezaron a llegar a través de los Alpes. El vino era el principal producto y la ruta
del comercio puede seguirse gracias al descubrimiento de fragmentos de las ánforas
empleadas para transportarlo. La cantidad comercializada era impresionante, y un
estudioso ha calculado que durante el siglo I a. C. se vendieron unos cuarenta
millones de ánforas de vino en la Galia, una cifra que, en todo caso, es probable que
fuera superior. Cada vasija solía medir entre un metro y un metro quince centímetros
de altura y contenía entre veinte y veinticinco litros. Las principales rutas comerciales
recorrían los valles del Ródano y del Saona y discurrían hacia el oeste de la Galia
hasta la costa atlántica a través del Ande y el Garona. A cambio de vinos y otros
bienes de lujo, los comerciantes deseaban obtener materias primas, incluyendo estaño
del suroeste de Bretaña y, sobre todo, esclavos. Una fuente sostiene que un jefe galo
intercambiaría un esclavo por una sola ánfora de vino. Esto puede haber sido un
malentendido sobre la obligación social de un anfitrión de demostrar cuánta riqueza y
poder tenía entregando al invitado algo de un valor muy superior a su regalo, pero
aun así ilustra la importancia del vino para la nobleza gala. Se cree que parte de ese
comercio era llevado a cabo por intermediarios locales, pero es evidente que los
mercaderes romanos eran una imagen familiar en amplias áreas de la Galia. Era una
época de grandes oportunidades comerciales para los romanos y los hombres de
negocios emprendedores penetraban hasta territorios en los que nunca se habían
adentrado los ejércitos romanos. En una zona en Noricum había una comunidad
comerciante romana con su propio Foro de pequeño tamaño establecido a las afueras
de un pueblo nativo al principio del siglo I a. C.[21]

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El comercio con el mundo romano alentó una tendencia a la centralización en
muchas de las tribus galas. En los siglos II y I a. C. se multiplicaron los grandes
pueblos amurallados que César denomina con el término algo vago de oppida.
Muchas tribus estaban acuñando monedas de un tamaño y peso estándar a partir de
modelos helenísticos, lo que sugiere que el comercio a larga distancia era habitual.
Algunos emplazamientos muestran huellas de actividades de manufacturación a gran
escala y tenían un trazado organizado. Entremont, un pueblo situado en una colina
que fue asaltado por los romanos en torno al año 124 a. C. durante la conquista de la
Galia Transalpina, estaba construido en piedra en estilo griego. No obstante, la
influencia cultural no era abrumadora, ya que un santuario de estilo helenista también
tenía nichos en las paredes para alojar las cabezas cortadas de los enemigos. Las
comunidades situadas en las principales rutas comerciales eran las más beneficiadas y
sus pueblos eran correspondientemente grandes. Los arvernos habitaban en la ruta del
oeste, mientras que los eduos y los sécuanos se disputaban los valles del Ródano y
del Saona. La localidad principal de los eduos en Bibracte (el actual Monte Beuvray)
abarcaba un área de ciento treinta y cinco hectáreas dentro de sus muros, y las
excavaciones han revelado vastas cantidades de ánforas de vino. Los pueblos como
este tendían a ser el foco de atracción del movimiento de las tribus, pero nunca
llegaron a adquirir por completo el papel central de las ciudades griegas y romanas.
Los líderes cuyo poder se basaba en las zonas rurales seguían manteniendo la
capacidad de dominar a su tribu.[22]

Al final fue la aristocracia la que dominó a todas las tribus de la Galia en menor o
mayor medida. César consideraba al pueblo llano poco más que esclavos, tan
estrecho era el vínculo con sus poderosos jefes. La nobleza la dividió en caballeros
(équites) y sacerdotes, conocidos como druidas. Ninguno de los grupos provenía de
una casta determinada y las familias podían contener tanto druidas como caballeros.
Los druidas no luchaban y su poder residía en los largos años de formación que los
convertía en expertos en materia de religión, leyes y costumbres tribales. César
afirma que de forma deliberada no anotaban ninguna de sus creencias ya que
pensaban que recurrir a la palabra escrita debilitaba el poder de la memoria y podía
asimismo reducir su propia autoridad. Como resultado, se sabe muy poco a ciencia
cierta de las creencias de los druidas, algo que ha dado mucho margen a lo largo de
los siglos para que ese vacío se llenara con invenciones románticas. En la época, a los
filósofos griegos les gustaba ver a los druidas como estoicos primitivos y César
indica que creían en la inmortalidad del alma y eso animaba a los guerreros a
desdeñar la muerte en la batalla. Una vez al año, los druidas de gran parte de las
Galias se reunían en un santuario en el territorio de los carnutes, pero su capacidad
para servir de nexo de unión entre las tribus y unificarlas era muy limitada. También
presidían ceremonias sacrificiales y podían castigar a una persona prohibiéndole
asistir a esos rituales. El tipo de ofrenda variaba, pero César y nuestras demás fuentes

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de la Antigüedad afirman categóricamente que los galos practicaban sacrificios
humanos en ciertas ocasiones. César habla de altas figuras de mimbre dentro de las
cuales se introducía a gente —por lo general, criminales o enemigos, pero si no había
ni unos ni otros, entonces alguien tenía que ocupar su lugar— para después
prenderles fuego. Algunos estudiosos desestiman esas historias porque las consideran
propaganda griega y romana, pero no debemos olvidar que los mismos romanos
habían ofrendado víctimas humanas a los dioses en la época en la que los cimbros
amenazaban Italia, y el Senado no declaró ilegal esa práctica hasta el año 97 a. C. La
sociedad romana seguía sin tener ningún reparo a la hora de entretenerse viendo
cómo moría gente en la arena del circo, pero se negaban a matar seres humanos en un
ritual religioso. Los testimonios arqueológicos no ofrecen pruebas incontrovertibles
de la celebración generalizada de sacrificios humanos en las tribus galas, aunque hay
evidencias claras de esta costumbre entre los pueblos germánicos y británicos. No
obstante, es indudable que muchos rituales galos utilizaban partes del cuerpo humano
y en la mayoría de los casos es imposible discernir si se obtuvieron mediante
asesinatos rituales. Además, la caza de cabezas era muy común entre los guerreros
galos y probablemente entre muchos pueblos del norte de Europa. El santuario de
Entremont, y otro similar en el próximo de Roquepertuse, ofrecen ilustración gráfica
de tales prácticas.[23] Estrabón nos cuenta:

como por ejemplo la costumbre de colgar, al volver de la batalla, las cabezas de


los enemigos de las colas de los caballos, para llevárselas y clavarlas ante las
puertas de sus templos. Cuenta Posidonio que él mismo pudo ver este espectáculo
en muchos lugares distintos, y que lo que al principio le repugnaba, con la
costumbre, lo llegó a soportar serenamente. Muestran a los extranjeros las cabezas
de los enemigos famosos embalsamadas con aceite de cedro, y ni siquiera a
cambio de su peso en oro se avienen a devolverlas.[24]

Posidonio era un filósofo griego que viajó por el sur de las Galias durante los
primeros años del siglo I a. C. recopilando material para un estudio etnográfico. Más
adelante se estableció en Roma y es muy posible que César le conociera. De hecho,
una moneda gala de mediados de siglo representaba a un guerrero con una cabeza
cortada en la mano. Los arqueólogos han descubierto asimismo un truculento trofeo
en Ribemont-sur-Ancre, en el que los cadáveres de múltiples guerreros armados y
algunos caballos han sido fijados a una estructura de madera para que se mantuvieran
derechos. Todos estos hombres aparecen sin cabeza y no se sabe con certeza si se
trataba de enemigos derrotados o era alguna forma de ofrenda sacrificial. César
menciona que el botín de guerra se apilaba en montones que con frecuencia eran
consagrados a los dioses y que los montones podían verse en muchos sitios, ya que
los galos respetaban los rituales y no osarían robar nada de ellos. También afirma que

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antes de su llegada las tribus iban a la guerra «casi todos los años, ya fuesen ellos los
atacantes o los defensores». Estrabón describió a toda la raza gala como «belicosos»
y es evidente que los caballeros eran una aristocracia de guerreros. El estatus de un
hombre se medía por el número de guerreros que mantenía con sus propios recursos y
que estuvieran personalmente ligados a él por un juramento solemne. La fuerza y la
fama de sus séquitos actuaban como elementos disuasorios para cualquiera, miembro
o no de la tribu, que pensara atacarles, o para las comunidades que les eran leales y
estaban bajo su protección.[25]

Al parecer, buena parte de la actividad militar en la Galia adoptaba la forma de


razias, pero en ocasiones los combates entre las tribus podían ser a gran escala, como
en el caso del enfrentamiento entre los eduos y los sécuanos por el control de la ruta
comercial que recorría los valles de los ríos Ródano y Saona. Es muy poco probable
que el incremento del comercio con el mundo mediterráneo diera lugar a la
belicosidad de las tribus galas, pero no hay duda de que fue un estímulo para
guerrear. Los bienes que entraban a espuertas en la Galia estaban destinados
fundamentalmente al mercado aristocrático. El vino desempeñaba un papel
importante en los banquetes que reunían a los jefes y a los guerreros y los artículos de
lujo ayudaban a incrementar el estatus o podían ser regalos espectaculares para algún
seguidor leal. Las tribus emplazadas en las rutas comerciales disponían de mejor
acceso a este tipo de bienes y podían asimismo cobrar una cuota comercial. Por otra
parte, el grueso de los beneficios era para la aristocracia, lo que les proporcionaba
suficiente riqueza para mantener grupos más y más grandes de guerreros. Los líderes
no sólo necesitaban dinero, sino una buena reputación militar si pretendían que se
unieran y permanecieran en su cortejo los guerreros más famosos. Las incursiones
victoriosas era una de las mejores maneras de lograrlo, así como conseguir buenos
botines, parte de los cuales era entregada a sus partidarios para reforzar su lealtad.
Los líderes y la totalidad de las tribus estaban dispuestos a emplear la fuerza para
controlar las rutas comerciales. Además, los esclavos que, por lo visto, eran
intercambiados sin ningún reparo por vino, tenían que salir de algún sitio, lo que
fomentaba los asaltos para hacer prisioneros. Un aristócrata con un fuerte séquito de
guerreros a menudo lo lanzaba contra los enemigos de su tribu, pero existía también
la tentación de utilizar la fuerza en un intento por hacerse con el poder dentro de la
tribu. Los reyes habían desaparecido en gran parte de las tribus de la Galia central y
en el resto de las Galias sus poderes eran limitados, pero el sueño de gozar de poder
monárquico o tiránico seguía estimulando la imaginación de muchos líderes
poderosos. Las instituciones de la tribu, los magistrados y el consejo senatorial no
siempre poseían la fuerza suficiente para controlar a esos hombres.[26]

A diferencia de las legiones romanas, los ejércitos galos eran tropas poco ágiles,
que rara vez tenían capacidad logística para permanecer en el campo de batalla para

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sostener una campaña larga y que a sus comandantes les costaba dirigir. Tomados uno
a uno, los guerreros eran valientes, pero, exceptuando los séquitos de los grandes
hombres, casi nunca eran adiestrados colectivamente y el énfasis siempre se ponía en
la destreza individual. En comparación, los guerreros semiprofesionales que seguían
a los jefes poderosos eran escasos, suficientes para una expedición de saqueo, pero
nunca suponían más de un pequeño núcleo del ejército de la tribu que, básicamente,
estaba compuesto por todos los hombres que consiguieran hacerse con alguna arma.
Es muy posible que los romanos copiaran la cota de malla y los más comunes diseños
de casco de los originales galos, pero eran capaces de construirlos en cantidades muy
superiores. Cada legionario tenía una espada, escudo, coraza y casco, pero lo más
probable es que sólo los ricos y algunos de los guerreros semiprofesionales galos
tuvieran todas esas cosas. La gran mayoría de guerreros luchaba sin ninguna
protección aparte del escudo. Las espadas sí parecen haber sido bastante comunes,
pero tendían a ser más largas que las de los romanos —que eran una copia de un
diseño español— y eran más utilizadas para cortar que para clavarse. La mayoría de
las tribus criaban caballos para montar, animales de menor tamaño que la mayoría de
las monturas actuales, pero de buena calidad. La caballería gala era famosa y,
posteriormente, el arma de caballería del ejército profesional romano copió muchos
aspectos del equipo, instrucción y terminología de ellos. No obstante, aunque eran
muy efectivos en una carga, la caballería de las tribus, que siempre estaba formada
por los guerreros más ricos, no solían presentar ni entusiasmo ni aptitud para tareas
tan importantes como la de patrullar.[27]

La Galia no se hallaba en una situación demasiado estable cuando llegó César. La


provincia romana de la Galia Transalpina aún estaba recuperándose de la rebelión de
los alóbroges, que no habían recibido ninguna recompensa por ayudar a Cicerón en el
año 63 a. C. y no habían encontrado más alternativa que rebelarse. El alzamiento
había sido reprimido en el año 60 a. C., pero el perpetuo enfrentamiento entre los
eduos y los sécuanos era una cuestión grave porque afectaba a la seguridad de la
provincia y a la continuación del comercio rentable. Ambas tribus eran aliadas de
Roma, pero parecían dispuestas a buscar apoyo exterior para ganar el conflicto. En
torno al año 71 a. C., los sécuanos habían apelado al rey germano Ariovisto para que
lanzara a sus guerreros en su ayuda; unos diez años más tarde, infligió una severa
derrota sobre los eduos, muchos de cuyos principales nobles murieron en el combate,
a cambio de lo cual le hicieron entrega de unas tierras en las que podían asentarse sus
seguidores. Poco después los eduos también sufrieron el ataque de los helvecios,
procedentes de la actual Suiza. Aproximadamente en la misma época, Diviciaco, un
druida que había ocupado el cargo de Vergobret, se presentó en Roma para pedir
ayuda. El Senado envió una delegación de enviados a la región pero no emprendió
ninguna acción directa. En el año 59 a. C., durante el consulado del propio César,
Ariovisto fue reconocido como rey y «amigo del pueblo romano». Por el momento,

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esa actividad diplomática había instaurado una cierta estabilidad en las fronteras en
torno a la Galia Transalpina, pero es importante subrayar que César estaba
introduciéndose en una situación dinámica: el equilibrio de poder entre las tribus —y
a menudo dentro de ellas— cambiaba con frecuencia. De ningún modo se puede
calificar a las tribus galas de meras víctimas que aguardaban pasivas la invasión del
imperialismo romano. Sin embargo, es indudable que estaban desunidas y divididas y
esas debilidades fueron explotadas implacablemente por César.[28]

Página 211
X
Emigrantes y mercenarios:
las primeras campañas, 58 a. C.
Bien, en el terreno político, lo que ahora más preocupa es el miedo a una
guerra con los galos; en efecto, los eduos, nuestros hermanos, tuvieron
hace poco un combate desgraciado; los helvecios están, sin duda, en
armas y hacen incursiones contra la provincia.

Cicerón, 15 de marzo del 60 a. C.[1]

El 28 de marzo del año 58 a. C., un pueblo conocido como los helvecios comenzó
a reunirse en las orillas del río Ródano, cerca del lago Leman. Se dice que unos
368 000 hombres se habían movilizado, de los cuales aproximadamente un cuarto
eran hombres en edad de pelear y el resto mujeres, niños y ancianos. Deseaban
abandonar sus casas, situadas en lo que ahora es Suiza y llegar hasta la costa oeste de
la Galia, donde planeaban establecerse en tierras nuevas, más amplias y fértiles. Su
ruta avanzaba directamente a través de la provincia romana de la Galia Transalpina. A
César le habían llegado noticias de la emigración inminente a principios de mes y de
inmediato esa información le impulsó a dirigirse a su provincia. Hasta entonces él
había estado esperando fuera de Roma, vigilando atentamente los enfrentamientos en
el Senado y en el Foro. Los helvecios pretendían cruzar la Galia Transalpina,
tomando la ruta más sencilla hacia su destino. La frontera más septentrional de la
gran provincia de César estaba amenazada y la opinión pública no trataría bien a un
procónsul que se entretenía fuera de Roma mientras había una crisis en la región que
estaba bajo su mando. Después de los riesgos que había corrido para obtener ese
mando, César no podía permitirse ningún tipo de fracaso, de modo que se precipitó
hacia el norte, viajando a esa fabulosa velocidad que tantas veces asombró a sus
contemporáneos. Con una media aproximada de 145 kilómetros diarios, ocho días
más tarde había llegado al Ródano. Una crisis podía convertirse en una oportunidad.
[2]

La emigración no era resultado de un impulso repentino, sino fruto de años de


planificación. Primero había sido planeada por Orgetórix, descrito por César como el
hombre «más noble y rico» de la tribu, pero al parecer se había basado en
frustraciones ya existentes previamente. Los helvecios eran un pueblo nutrido y
marcial que se sentían cada vez más restringidos en su patria, encerrada entre las
montañas, la provincia romana más allá del Ródano y del Rin hacia el este. «En estas
circunstancias, sucedía que no podían espaciarse a sus anchas ni hacer cómodamente

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la guerra a sus vecinos; lo cual era motivo de aflicción para aquellos hombres
belicosos».[3] Las razias eran endémicas en las Galias y lo que los helvecios deseaban
era disfrutar de la capacidad de hacer incursiones de saqueo con mayor facilidad. No
obstante, César afirma que Orgetórix tenía un motivo ulterior, pues creía que unir a la
tribu para este propósito le ayudaría a convertirse en rey. Los helvecios, como
muchas de las otras tribus, había dejado de ser una monarquía y, al parecer, eran
regidos por un consejo de jefes y por líderes o magistrados electos. Orgetórix había
logrado que se unieran a su causa numerosos nobles y evidentemente poseía
considerable poder y apoyo, ya que en su época se acuñaron monedas con su nombre
con la grafía ORCIITIRIX. Con la aprobación de los líderes de la tribu, fue enviado en
misión diplomática para visitar otras tribus y preparar el camino para la emigración.
Al resultarle más fácil tratar con jefes individuales que con magistrados o consejos
tribales, puso de su lado a Cástico de los sécuanos y Dumnórix de los eduos. Estas
dos tribus dominaban la Galia central y los helvecios atravesarían o pasarían cerca de
su territorio en su viaje hacia el oeste. Su apoyo, o incluso su no intervención,
facilitaría la emigración y ayudaría a los helvecios a establecerse cuando llegaran.
Orgetórix alentó tanto a Cástico como a Dumnórix para que aspiraran a la suprema
realeza en sus propias tribus, probablemente prometiéndoles el apoyo de los
guerreros helvecios después de la migración. De hecho, el padre de Cástico había
sido soberano en solitario de los sécuanos y había sido formalmente reconocido como
un «amigo del pueblo romano» por el Senado. Dumnórix era el hermano menor del
druida Diviciaco, y había logrado reunir un considerable número de adeptos en la
tribu. En secreto, los tres líderes hicieron un solemne juramento —algo siempre
siniestro a ojos de los romanos— que les comprometía a ofrecer su ayuda a los demás
en sus empresas. Dumnórix se casó con la hija de Orgetórix, continuando su afición
por las alianzas matrimoniales: su madre había estado casada con el líder de los
bituriges, su hermanastra y otras parientes con diversos jefes de las tribus vecinas.
Aliándose entre sí, los tres líderes de lo que serían las tribus más poderosas de la
Galia central creían que nadie podría oponérseles.[4]

Los preparativos de los helvecios habían finalizado. Sus líderes opinaban que
eran necesarios al menos dos años —60 y 59 a. C.— para prepararse para partir. Se
reunieron animales de tiro, por lo visto algunos los habían adquirido o se los habían
quitado a sus vecinos, y habían plantado una enorme cantidad de cosechas de cereal
para producir un excedente que les alimentara en su viaje. El Senado romano recibió
preocupantes noticias sobre este plan, sin duda remitidas por los líderes de las tribus
amistosas, así como por el gobernador de la Galia Transalpina. En el año 60 a. C. se
decidió mandar una delegación a la Galia, incluyendo un número de hombres con
experiencia en el área y conexiones familiares entre las tribus. Al parecer el contacto
se estableció con el rey germánico Ariovisto, que había venido a las Galias para
ayudar a los sécuanos frente a sus rivales, pero ahora se había asentado con sus

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guerreros y sus familias en una amplia extensión de tierra perteneciente a esta tribu.
Aparte de eso sabemos muy poco de las actividades de la delegación romana, pero la
situación pronto pareció volverse favorable para los romanos. A pesar del éxito
diplomático de Orgetórix, los demás nobles helvecios se enteraron de sus ambiciones
y le procesaron por pretender establecer una tiranía. El castigo por este delito era ser
quemado vivo, y Orgetórix decidió intimidar a los otros líderes. El día asignado para
su juicio llegó acompañado de sus guerreros, personas a su cargo y todos los
miembros de la tribu ligados a él por obligación social o por deudas, lo que sumaba
una fuerza de más de diez mil hombres, tal vez una octava parte de todo el poderío
militar de los helvecios. Se planteó una competición entre las instituciones en ciernes
de un Estado y los patrones tradicionales del liderazgo aristocrático. Ningún juicio
podía tener lugar en tales circunstancias, pero la intimidación sobre los demás líderes
no era permanente y pronto comenzaron a formar una leva de la tribu con la que
aplastarlo de una vez y para siempre. Sin embargo, antes de que la guerra civil llegara
a estallar, Orgetórix falleció entre rumores de suicidio. Los preparativos para la
emigración continuaron a pesar de todo, y su muerte no alteró de ningún modo la
determinación de la tribu de seguir adelante con sus planes. Es posible que los
romanos no percibieran del todo que el impulso seguía ahí aun después de la
desaparición del líder que había concebido el plan. En mayo del año 60 a. C. Cicerón
creyó que la perspectiva de una guerra importante en las Galias había sido conjurada,
para disgusto del cónsul Metelo Celer, que había recibido la Galia Transalpina como
provincia.[5]

Esa es la explicación que da César para la emigración, un producto del deseo de


la tribu de disponer de más oportunidades para saquear y la ambición personal de
Orgetórix. No todos los eruditos han estado dispuestos a aceptar tal cual esta
interpretación y han sugerido que escondía la verdad con el fin de justificar sus
subsiguientes acciones. Señalan, por ejemplo, que los Comentarios no mencionaban a
Ariovisto, el rey germano que luchó contra los sécuanos y, más tarde, se estableció en
sus tierras. Esto sugiere que la principal intención de los helvecios era ayudar a las
otras tribus a vencer a Ariovisto y sus germanos. Durante el propio consulado de
César, el líder germano fue designado «amigo del pueblo romano» por el Senado y
los aficionados a las conspiraciones sugieren que necesitaba la neutralidad o incluso
la complicidad de Ariovisto para enfrentarse a los helvecios en el año 58 a. C.
Cuando fueron derrotados, cínicamente, lo atacó y lo expulsó de las Galias. En esta
versión, César no quería que los helvecios expulsaran a Ariovisto y que, así, le
negaran la excusa para intervenir en la Galia.[6]

Nada de esto resulta convincente porque se basa fundamentalmente en una visión


retrospectiva. En primer lugar, en sí mismo es poco probable que César pudiera haber
logrado que se pasara por alto una distorsión tan enorme de los hechos en su relato,

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pues esa práctica era objeto de críticas muy duras y, a menudo, bien informadas.
También es difícil que Roma contemplara la expulsión de Ariovisto por parte de los
helvecios con buenos ojos. En aquel momento, su provincia de la Galia Transalpina
lindaba con las tribus de los eduos y los sécuanos, ambos con estatus de aliados.
Ariovisto había entrado recientemente en el sistema. La propia provincia acababa de
sufrir una importante rebelión encabezada por los alóbroges y lo ideal es que
disfrutara de un periodo de estabilidad para evitar que el comercio y los ingresos
sufrieran. La llegada de una tribu fuerte amenazaba perturbar esta red de alianzas.
También estaba la cuestión de lo que sucedería con la tierra natal de los helvecios
cuando se marcharan. Si las tierras abandonadas eran colonizadas por recién llegados,
quizá provenientes de una de las tribus germanas, eso podría suponer una nueva
amenaza a la provincia romana. En general, los romanos sospechaban de los
movimientos de los pueblos, tan comunes en la Edad de Hierro de Europa, y trataban
de evitar que se produjeran en las tierras cercanas a sus propias provincias. Tampoco
a las tribus de Galia les beneficiaba unirse independientemente de Roma.

Por tanto, César tendría amplia justificación para intervenir aunque los helvecios
hubieran tenido la intención de enfrentarse a Ariovisto, y no necesitaba ocultarlo. A
fin de cuentas, su propio relato es mucho más verosímil. Es obvio que Cástico y
Dumnórix creían que ganarían con la llegada de los emigrantes y, sin duda, esperaban
el apoyo de Orgetórix contra todos sus oponentes, ya fueran extranjeros o miembros
de su propia tribu. Los líderes de los sécuanos que habían invitado a Ariovisto a
entrar en la Galia en primer lugar y los múltiples jefes que solicitarían la ayuda de
César en los próximos años, actuaron con los mismos motivos. Asociarse con una
poderosa fuerza exterior elevaba el prestigio de un jefe y dicha asociación podía
convertirse en asistencia militar directa. Podría inducir a error hablar de facciones
pro- o antirromanas dentro de las tribus, ni tampoco pro- o antigermanos o
antihelvecios en realidad. Cada jefe individual buscaba aquel tipo de ayuda que creía
que más le beneficiaría y todos participaban en la pugna por el dominio dentro de la
tribu. Algunos líderes y, desde luego, los consejos de algunas tribus, decidieron que
lo que más les convenía era aliarse a César y Roma, mientras que otros hombres y sus
pueblos, que eran sus rivales, actuaron de forma diferente.[7]

Sin embargo, en la primavera del año 58 a. C. hay múltiples indicios de que los
helvecios cogieron desprevenido a César. Quizá le sorprendiera el momento elegido
para la migración o tal vez su magnitud. Tenía cuatro legiones bajo su mando, pero
sólo una de ellas estaba en la Galia Transalpina. Las otras tres estaban acampadas en
la frontera de la Galia Cisalpina más próxima a Iliria. No se sabe quién emplazó allí
las tropas, pero aunque no hubiera sido César, el caso es que no hizo ningún esfuerzo
por modificar esa disposición. Incluso cuando se apresuró a dirigirse hacia el Ródano,
no hizo ningún intento de enviar nuevas órdenes a esas tropas. Es difícil evitar la

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conclusión de que seguía pensando mucho en la campaña en los Balcanes. Quizá sólo
cuando llegó a las proximidades de Ginebra fue consciente del alcance del problema.
Los helvecios y los clanes aliados que se les habían unido en la emigración habían
apilado sus posesiones en carromatos y habían partido con gran determinación. A sus
espaldas dejaron las ruinas humeantes de sus pueblos y aldeas, que habían incendiado
deliberadamente para desalentar a cualquiera que vacilara si el viaje se ponía difícil.
Puede que César exagerara cuando afirmó que todos y cada uno de los asentamientos
fueron quemados, como también, desde luego, era excesiva la implicación de que
ningún miembro de la tribu quedó atrás, pero es evidente que la magnitud de los
acontecimientos había sido inmensa.

Según César, la cifra de 368 000 emigrantes fue tomada de los registros
capturados a los helvecios. Estos estaban escritos en caracteres griegos, ya que este
tipo de inscripciones galogriegas que utilizaban la lengua celta y el uso del alfabeto
griego en el sur de las Galias es bastante común y atestigua la larga presencia e
influencia de Massilia. Cualquier cifra encontrada en un texto antiguo debe tratarse
siempre con cierta precaución, puesto que es muy fácil que los números resulten
distorsionados a lo largo de los siglos cuando los manuscritos son copiados una y otra
vez. En casos de ese tipo, el deseo romano de cuantificar una victoria militar
mediante las cifras de enemigos asesinados y ciudades capturadas animaba a exagerar
de forma deliberada. No hay duda de que es una cifra muy alta, que sugiere una
densidad de población considerablemente superior a lo que podía esperarse, incluso
en una región tan superpoblada como para producir una emigración. No obstante, al
final sabemos tan poco de los antiguos niveles demográficos que no sería razonable
ser demasiado dogmático y si rechazamos la cifra dada por César, no tenemos nada
con qué sustituirla. Las sugerencias modernas de totales más «plausibles» nunca
dejarán de ser conjeturas. Al final, aunque César inflara las cifras, o estuviera
genuinamente equivocado, una considerable cifra de personas y animales se pusieron
en movimiento, más bien en muchos grupos separados que en una columna muy
larga, que habría creado enormes problemas prácticos y logísticos. Sin embargo, en
ciertos puntos, como cruces de ríos y pasos de montañas, los diferentes grupos tenían
tendencia a apiñarse unos junto a otros.[8]

Es poco probable que César supiera con exactitud cuántos emigrantes estaban
esperando para cruzar el río y entrar en su provincia, pero sin duda superaban en
número a la única legión que tenía a su disposición. Una de las primeras órdenes que
dio a los legionarios fue que destruyeran el puente que cruzaba el río a la altura de
Ginebra. También reclutó tantas tropas como pudo en la provincia y las tribus le
proporcionaron contingentes de caballería. Poco después de su llegada, le visitó una
delegación de líderes helvecios que le pidieron permiso para que su pueblo atravesara
la provincia romana, prometiéndole que no efectuarían saqueos a su paso. César no

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quería autorizar esa petición. En los Comentarios aprovecha esta oportunidad para
recordar a sus lectores una batalla librada cincuenta años antes, cuando uno de los
clanes de los helvecios había derrotado al ejército romano. Desde el punto de vista de
los romanos, había sido un ataque sin provocación previa que empeoró cuando
obligaron a los supervivientes a sufrir la humillación de pasar bajo un yugo de lanzas,
lo que simbolizaba que habían perdido el estatus de guerrero. Esto sucedió en el año
107 a. C., en medio de una serie de desastres sufridos por los ejércitos romanos a
manos de los cimbros y los teutones. César deseaba revivir el temor de aquellos años
—un temor que formaba parte de la memoria viva— en su audiencia romana. Así
podrían sentirse tranquilos al saber que el sobrino de Mario estaba allí para
defenderlos. Sin embargo, al principio, César en realidad no contaba con medios para
ofrecer esa protección, por lo que intentó ganar tiempo, diciéndole a los
representantes helvecios que consideraría la cuestión y les informaría de su decisión
si regresaban en los idus —el 13— de abril, seguramente una o dos semanas después.
En ese intervalo ordenó a su legión que construyera una línea defensiva a lo largo de
la orilla romana del Ródano desde el lago Leman hasta el principio de las montañas
Jura. Fue la primera de muchas proezas de ingeniería que llevaría a cabo su ejército y
la realización fue rápida y satisfactoria. A lo largo de 19 millas romanas (algo más
cortas que la milla actual, es decir, de 1,48 kilómetros) elevaron una muralla de tierra
de unos 5 metros de altura, reforzada en puntos clave en los que el río podía vadearse
con fortines guarnecidos con destacamentos de la legión y de otras tropas que César
había reclutado. Es posible que la muralla no fuera absolutamente continua y que se
interrumpiera cuando los accidentes naturales garantizaran que era imposible
atravesarlos, pero no hay pruebas para confirmar esta sugerencia. Ese planteamiento
no es un concepto nuevo en un ejército romano en ese periodo. Craso había hecho
uso de una barrera fortificada similar en la campaña contra Espartaco, y Pompeyo
había hecho lo mismo en la guerra contra Mitrídates. Ese tipo de murallas eran
prácticas, presentaban un obstáculo que, como mínimo, retrasaría al enemigo, pero
también era una declaración visible y potente de intenciones y determinación.[9]

Cuando los helvecios regresaron para conocer la decisión de César, les informó
sin rodeos que «según costumbre y ejemplo del pueblo romano él no podía dar paso a
nadie por la Provincia, y que, si trataban de forzarlo, estaba dispuesto a impedirlo».
[10] Las nuevas fortificaciones estaban allí para demostrar que estaba hablando en

serio. No obstante, era difícil que una masa tan grande de gente cambiara
repentinamente de dirección y propósito. Es probable que el periodo de espera junto
al río resultara muy frustrante y muchos de los helvecios estaban decididos a seguir
adelante, sobre todo tras años de preparación y la destrucción de sus antiguos
hogares: empezaron a cruzar el Ródano en pequeños grupos, usando los vados o
improvisando balsas para transportar personas, animales y vehículos. Es posible que
fueran pruebas deliberadas enviadas por los jefes para comprobar la fuerza de las

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defensas de César, pero lo más posible es que reflejaran la debilidad de la autoridad
central y la independencia del individuo que parece haber sido característica de
muchas de las tribus de las Galias. Es indudable que no se trataba de asaltos con todas
las de la ley a la línea de fortificaciones. La mayoría de los cruces tuvieron lugar bajo
la protección de la oscuridad, pero algunos grupos tuvieron el valor de arriesgarse a
intentarlo a la luz del día. Ninguno de ellos lo logró, porque los hombres de César
fueron capaces de concentrarlos y abordar cada grupo sucesivamente, lanzándoles a
muchos de ellos proyectiles cuando intentaban cruzar. Más adelante, los helvecios
admitieron la derrota, pero para entonces algunos de sus líderes habían decidido
tomar otro curso de acción, seguir una ruta alternativa, más difícil, para salir de sus
tierras. Eso significaba utilizar los pasos a través de las montañas Jura y cruzar el
territorio de los sécuanos. No habría sido práctico si estos hubieran decidido resistirse
a ellos, pero la tribu había sido persuadida por Dumnórix, el eduo, de que permitiera
pasar a los helvecios. Supuestamente, lo logró gracias a su propia reputación y sus
conexiones matrimoniales con hombres poderosos. Orgetórix estaba muerto, pero
seguiría siendo útil para Dumnórix poder pedir el apoyo de los poderosos helvecios
una vez que estuvieran establecidos en sus propias tierras. Aun antes de que
comenzaran a avanzar en esa nueva dirección, César recibió informes sobre sus
planes.[11]

«UNA NUEVA GUERRA»

Probablemente fue en ese momento cuando César resolvió por fin iniciar una
campaña completa contra los helvecios en las Galias. La razón que adujo en los
Comentarios era que los helvecios planeaban asentarse en la frontera con «los
santonos, que no distan mucho de los tolosanos, pueblo este que pertenece a la
Provincia. Si tal cosa llegaba a suceder, comprendía que la Provincia se vería
expuesta a gran peligro, teniendo como vecinos en regiones abiertas y muy ricas en
trigo a aquellos hombres amigos de la guerra y enemigos del pueblo romano». Sus
recientes acciones le habían asegurado la hostilidad de los helvecios, pero desde la
perspectiva de los romanos, su razonamiento era sensato. Como hemos visto, como
mínimo, la incursión de los nuevos colonos habría desestabilizado el sistema de
equilibrio por el que la combinación de la diplomacia y la potencia militar romana
habían garantizado la seguridad de la provincia. Dejando a su experimentado legado
Labieno a cargo de las defensas del Ródano —probablemente otro indicio de que los
helvecios viajaban en series de grupos separados y de que una masa extendida de
personas, animales y vehículos tardaban en alejarse en una nueva dirección—, César
se apresuró hacia Aquileia, donde se hallaba su ejército principal. Llegaron otras dos
legiones, la Undécima y la Duodécima, para unirse a las tres que ya estaban
estacionadas allí y a la que había quedado atrás junto al Ródano.

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Los Comentarios transmiten la impresión de que estas medidas se tomaron sólo
cuando César se presentó allí, pero considerando estas cuestiones prácticas de
reclutamiento y organización lo más seguro es que ya hubiera dado la orden algún
tiempo antes. Puede que las tropas estuvieran allí con el fin de reforzar el ejército
para emprender operaciones en los Balcanes, pero la amenaza inmediata de los
helvecios era un pretexto mejor para su público. No tenía autoridad para formar
nuevas legiones, porque se suponía que sólo el Senado podía dar instrucciones a un
gobernador para hacerlo, pero la carencia de poder específico nunca había detenido a
César. Cuando era joven y aún un ciudadano privado había reclutado tropas aliadas
para combatir a los piratas y rechazar la invasión de los pontos de Asia, y también
había formado diez cohortes —equivalentes en su número de soldados a una legión—
durante su mandato como propretor en Hispania. Sin dudar que sabía qué era lo mejor
para Roma y las provincias, César sencillamente actuaba y luego confiaba en su
propia habilidad para hacer que las cosas funcionaran. Puesto que no había autorizado
su existencia, el Senado no podía enviar dinero del erario público para pagar y
aprovisionar las nuevas legiones, lo que significaba que el procónsul tendría que
conseguir los fondos de los ingresos que recaudaba en su provincia y los beneficios
que obtuviera con las victorias. Se cree que el grueso de los soldados en las nuevas
formaciones eran de la Galia Cisalpina, es decir, no eran realmente ciudadanos
romanos y, por tanto, no eran legalmente elegibles para servir en una legión. En el
pasado, César había defendido el deseo de la población de la región de obtener la
ciudadanía y como gobernador, con consecuencia, les trató como si, de hecho, sí
fueran ciudadanos. Este era el primer ejemplo importante de la determinación de
aplicar una medida de este tipo.[12]

Pronto, César estaba preparado para dirigir a las cinco legiones de regreso a la
Galia Transalpina. La ruta más rápida era a través de los Alpes, que, a pesar de estar
casi completamente rodeados de provincias romanas, seguían sin haber sido
conquistados. En una semana, la columna romana atravesó las montañas, rechazando
sucesivas emboscadas de las tribus, ferozmente independientes, que se sintieron
molestas ante esta incursión y, sin duda, también vieron la oportunidad de obtener
algún botín. Era una dura introducción a la campaña para los novatos reclutas, pero,
al parecer, la marcha se llevó a cabo sin graves pérdidas. Una vez hubieron
atravesado las montañas, César avanzó hacia los territorios de los alóbroges,
reuniéndose con las tropas que había dejado en la provincia. Ahora tenía seis legiones
a su disposición, con un total de unos veinticinco a treinta mil hombres, y una fuerza
de caballería aliada que pronto contaría con unos cuatro mil efectivos, junto con algo
de infantería ligera. Además había esclavos acompañando a cada legión para cuidar
los carros con las provisiones y aperos, algunos de ellos propiedad de los oficiales y,
muy posiblemente, algunos simpatizantes. Todos ellos necesitaban alimentos, así
como los miles de monturas y animales de tiro y carga. Abastecer a su ejército

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siempre ha sido una de las principales preocupaciones de cualquier comandante de un
ejército. Las operaciones contra los helvecios se habían desarrollado de manera tan
inesperada que César apenas había podido prepararse para esta tarea y acumular todo
lo necesario en depósitos de suministros situados en emplazamientos convenientes en
la Galia Transalpina. Es improbable que la fuerza principal trajera consigo
importantes suministros de alimento en su rápida marcha desde Aquileia. Aún era
primavera, y faltaban unos meses para que la cosecha estuviera disponible —César
señala en los Comentarios que era tardía en aquellos climas nórdicos—, por lo que el
ejército no podía esperar conseguir demasiadas provisiones de la tierra que
atravesaban. Por tanto, se enviaron mensajes a los aliados de Roma, en especial a los
numerosos y poderosos eduos, para que guardaran reservas de grano y se las
entregaran a las tropas. Entretanto, los helvecios habían cruzado el Pas de l’Ecluse,
pasando por las tierras de los sécuanos, y se adentraron en la zona fronteriza de los
eduos. Representantes de la tribu se dirigieron a César quejándose de incursiones de
saqueo por parte de los emigrantes. «Los eduos siempre se han merecido un trato
justo y no es justo que nuestras tierras sean devastadas, nuestros niños sometidos a
cautiverio y que nuestros pueblos sean saqueados casi ante los ojos de un ejército
romano». Los ambarros, una tribu aliada de los eduos, así como los alóbroges, que no
hacía tanto que se habían rebelado y habían sido derrotados, elevaron también quejas
similares. No se sabe si los jefes de los helvecios habían resuelto enviar esos ataques
de pillaje de forma consciente. Aunque no hubiera sido así, habría sido
extremadamente difícil controlar un grupo tan numeroso y dispar dividido en muchos
grupos individuales. Debido a los retrasos sufridos en el viaje, es posible que a
algunos de los emigrantes se les estuvieran acabando los víveres. De igual manera
puede que hubieran surgido hostilidades con los pueblos locales, nerviosos por la
incursión de tantos forasteros. No es de extrañar que hubiera estallidos de violencia,
pero la necesidad de defenderse o vengarse de los ataques contra un aliado era para
los romanos una justificación clásica para iniciar un agresivo combate. Debe
mencionarse asimismo que eso tenía un sentido práctico: si Roma no estaba dispuesta
o era incapaz de proteger a sus amigos, entonces, ¿por qué una tribu, sobre todo los
alóbroges, que en aquel momento estaban muy descontentos, iba a considerar que
merecería la pena mantener la alianza? Como cónsul, César había aprobado una ley
que regulaba el comportamiento de los gobernadores provinciales y restringía la
libertad para enviar a su ejército fuera de su provincia. En los Comentarios demostró
que cuando él lo hizo fue una decisión totalmente acertada.[13]

César alcanzó a los emigrantes en las proximidades del Saona. Durante veinte
días, los miembros de la tribu habían estado pasando el río en balsas y pequeños
botes atados entre sí, y tres cuartos de ellos estaban ya en la otra orilla. Este es otro
indicio de que no debemos imaginarnos a los helvecios desplazándose en una
columna ordenada, sino en muchos grupos separados que avanzaban de modo

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disperso por el paisaje y que sólo se agrupaban cuando el sendero se estrechaba. En el
mismo lado del río que los romanos estaban los tigurinos, el clan responsable de la
humillante derrota sufrida por los romanos el año 107 a. C. César se asegura de
recordarle a sus lectores una vez más esta derrota y añade que él tenía un interés
personal en vengarla porque el abuelo de su suegro, Calpurnio Pisón, había muerto en
aquella batalla. Cuando sus exploradores le informaron de la presencia de los
tigurinos, César decidió lanzar un ataque sorpresa, saliendo al frente de su ejército
antes del amanecer. El resultado no fue una batalla, sino una masacre, pues los
romanos cayeron sobre los grupos desperdigados y desprevenidos de los miembros
de la tribu y de sus familias. Muchos fueron asesinados y el resto se dispersaron,
abandonando sus carros y sus posesiones. Después del combate, los romanos
construyeron un puente sobre el Saona y lo atravesaron en un solo día.[14]

Cuando el ejército romano se enfrentó al resto de los helvecios, sus jefes enviaron
otra delegación al procónsul. Para subrayar aún más la conexión con lo sucedido en el
año 107 a. C., César afirma que estaba encabezada por el mismo hombre que lideró la
guerra entonces, un tal Divicón, que en aquel momento debía de ser muy anciano. La
tribu se ofreció a establecerse en cualquier tierra que César sugiriera y prometió
mantener la paz con Roma. Sin embargo, también demostraron que no estaban
abatidos por el ataque sorpresa contra los tigurinos y advirtieron a los romanos que
no despreciaran su poderío militar, recordándoles la batalla ganada medio siglo antes.
Habían aprendido «de sus padres y antecesores a ganar batallas utilizando el valor, no
la astucia y el sigilo».[15] Un público romano habría considerado esta declaración
como una peligrosa muestra de orgullo que se negaba a reconocer y someterse a la
supremacía romana. César les dijo que la derrota del ejército de Casio del año 107
a. C. sólo se había producido porque los helvecios habían atacado sin previo aviso,
cuando ni siquiera estaban en guerra con los romanos. Aparte de esa antigua
injusticia, les recordó sus recientes ataques a los aliados de Roma. Les aconsejó que
no debían tener ese exceso de confianza y declaró que los dioses inmortales a
menudo otorgaban breves periodos de éxito a los criminales antes de que sufrieran
terribles castigos. (César era Pontifex Maximus, pero esta es una de las pocas
referencias a los dioses en sus escritos). Sólo si les entregaban a los rehenes por su
buen comportamiento y compensaban a los eduos y a los demás que habían sufrido
con sus expolios, estarían dispuestos a aceptar la oferta de paz. Tras responder que los
helvecios «tenían como tradición de sus mayores recibir rehenes, no darlos», Divicón
y su delegación se marcharon precipitadamente. Resulta difícil imaginar cómo César
podría haber concedido la petición de tierras de un modo razonable, dado que la Galia
ya estaba densamente poblada. No tenía derecho a emplazarlos en ningún territorio
fuera de su propia provincia y habría sido impensable que se establecieran en su
interior. Allá donde fueran, era inevitable que los helvecios causaran trastornos y eso
perjudicaba a los romanos.[16]

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Los convoyes de los helvecios avanzaron y César los siguió, enviando sus cuatro
mil soldados de caballería por delante. Entre ellos había una amplia representación de
eduos, liderados por Dumnórix, el mismo jefe que se había aliado con Orgetórix y,
después, había ayudado a los helvecios. Al avanzar sin tomar las debidas
precauciones, la caballería aliada cayó en una emboscada y fue vencida por una
fuerza de caballería helvecia que era de un tamaño muy inferior. La aplastante derrota
comenzó con Dumnórix y los eduos. Animados por ese primer éxito, la retaguardia
del enemigo empezó a moverse más despacio y a iniciar enfrentamientos más a
menudo. César no estaba dispuesto a arriesgarse a que hubiera demasiadas refriegas
con ellos, y mantuvo al enemigo bajo observación y detuvo a todos los grupos que
intentaron separarse y saquear las tierras que cruzaban. Su ejército marchaba detrás
de los helvecios, siguiendo de cerca cada uno de los movimientos para que su
avanzada no estuviera a más de ocho o nueve kilómetros de su retaguardia. En aquel
momento estaba bastante lejos de su provincia y cada vez estaba más preocupado por
la situación de las provisiones. Cuando estaba cerca del Saona los suministros no
habían supuesto un problema tan grave porque había podido traer alimentos en las
numerosas barcazas que surcaban esa ruta comercial. No obstante, los helvecios se
habían alejado del río, por lo que se vio obligado a hacer lo mismo. Los eduos habían
prometido que le darían grano —al fin y al cabo, estaba luchando contra un enemigo
que había invadido y saqueado sus tierras—, pero de momento no había llegado nada
y las repetidas peticiones no tuvieron ningún resultado a pesar de las frecuentes
promesas de que estaba de camino. En el plazo de unos días, los soldados debían
recibir un grano que César no tenía en su posesión en aquel momento. Durante breves
plazos de tiempo, había sido posible convencer a los soldados en campaña de que se
arreglaran con unas raciones mínimas, pero, por lo general, sólo un fuerte liderazgo
podía conseguir algo así. César y sus hombres seguían siendo relativamente
desconocidos, mientras que un tercio del ejército tenía muy poca experiencia.[17]

Deseoso de evitar el desastre, César reunió a los hombres más importantes de los
eduos, acaudillados por los druidas Diviciaco y Lisco, el hombre que en aquel
momento ocupaba el puesto de Vergobret, el magistrado supremo elegido anualmente
por la tribu. Al ser amonestados por César por no haber cumplido con sus
obligaciones hacia un ejército que estaba luchando para protegerlos, Lisco culpó a los
hombres poderosos dentro de la tribu que habían retrasado la recolección y transporte
del grano, alegando que creyeron que era mejor ser dominados por sus compatriotas
galos, los helvecios, antes que por romanos. Estos jefes habían pasado información al
enemigo e intimidado a cualquiera que se atreviera a oponerse a ellos. Lisco no dio
nombres, pero César ya sospechaba de Dumnórix y adivinó que él estaba detrás de
esa conspiración. Despidió al resto de jefes y habló en privado con el Vergobret, que
ahora estaba más dispuesto a hablar con libertad y enseguida confirmó las sospechas
del procónsul. Dumnórix aspiraba a la monarquía —probablemente fue él quien

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acuñó las monedas de ese periodo con el nombre de DUBNOREIX— con el respaldo de
una amplia fuerza de guerreros mantenidos con los beneficios de controlar las cuotas
sobre el comercio a lo largo del Saona. Su complicidad con los helvecios quedó ahora
completamente al descubierto y César creyó que poseía suficientes pruebas para
justificar un severo castigo, pero titubeaba porque valoraba la lealtad de Diviciaco.
Por tanto, convocó al druida a una conferencia aún más privada en la tienda de su
cuartel general. Despidió a los intérpretes que solía utilizar y confió en la asistencia
de Cayo Valerio Procilo, un aristócrata de la Galia Transalpina cuyo padre había
obtenido la ciudadanía romana para la familia. César, que había pasado suficiente
tiempo en los tribunales de Roma, presentó los hechos y los argumentos contra
Dumnórix y sugirió que o su hermano o los eduos debían juzgarle por estos delitos.
Diviciaco relató cómo su hermano menor había dependido de él para triunfar en la
vida pública, pero desde entonces se había vuelto contra él, convirtiéndose en su
rival. Parte de la frustración de Dumnórix es comprensible, ya que el druida había
ocupado recientemente el cargo de Vergobret y la norma era que ningún otro
miembro de su familia podía obtener el puesto mientras él viviera. No obstante,
Diviciaco rogó a César que no castigara a su ambicioso pariente, en parte por afecto,
pero sobre todo porque pensaba que le perjudicaría personalmente que le vieran
apoyar a los romanos contra su propio hermano. Su apelación fue llorosa e insistente.
Dumnórix fue llamado para que se presentara en la tienda y, delante de su hermano,
enumeró sus delitos. El procónsul le informó de que, gracias a su hermano mayor, se
le había dado otra oportunidad, pero que en el futuro debía evitar que recayera sobre
él ni la más mínima sombra de duda. Ese tipo de diplomacia «cara a cara» se
convirtió en un rasgo común de la época de César en la Galia. Como en la vida
pública romana, muchas de las acciones del gobernador eran decisiones personales.
César era famoso en Roma por su facilidad para perdonar y su buena disposición para
hacer favores. En ocasiones, en las Galias aplicó los mismos principios, pero en
ningún momento se confió en exceso o se mostró ingenuo. Después de la reunión
ordenó que mantuvieran a Dumnórix bajo constante vigilancia y que le informaran de
todo lo que hiciera.[18]

Aunque habían eliminado los obstáculos que retrasaban el suministro de grano,


no era una solución instantánea a sus problemas, y aún tendría que pasar un tiempo
hasta que los eduos llevaran el grano a su ejército. César necesitaba forzar un rápido
desenlace de la campaña y el mismo día que celebró esas reuniones creyó haber visto
la oportunidad. Sus patrullas de reconocimiento regresaron e informaron de que los
helvecios habían acampado ocho millas romanas más allá, junto a un terreno elevado.
César envió a otra patrulla para explorar cuidadosamente la posición, examinando en
particular las dificultades que presentaba escalar las pendientes de la colina por cada
lado, sobre todo la más alejada del enemigo. Ese grupo retornó e informó de que el
ascenso era sencillo. César decidió lanzar un ataque en toda regla sobre el

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campamento enemigo con la esperanza de aprovechar el efecto sorpresa del mismo
modo que con los tigurinos. Labieno obtuvo el mando de las dos legiones —
posiblemente dos de las más experimentadas— y partió de madrugada para tomar la
colina. Dos horas más tarde, César dirigió al resto del ejército y recorrió los trece
kilómetros hasta el campamento enemigo. Cuando Labieno viera que César
comenzaba el asalto, él debía atacar con su legión desde la loma. Ambas tropas
debían seguir la misma ruta durante la mayor parte del camino, guiados por los
hombres que habían formado parte de la patrulla el día anterior y habían visto el
terreno a la luz del día.

Era un plan audaz, pero perfectamente factible, con un método de preparación


que, en esencia, podría ser aplicado por un ejército moderno. César poseía amplia
experiencia en razias y ataques sorpresa, bastante más que en batallas campales, ya
que la guerra en la Península Ibérica tendía a adoptar esa forma. Mario también había
logrado ocultar un nutrido destacamento de hombres en terreno estéril detrás de los
teutones en Aquae Sextiae en el año 102 a. C. Las operaciones nocturnas siempre son
arriesgadas, por la confusión potencial y la eterna posibilidad de que las unidades se
pierdan. En este caso, las cosas empezaron muy bien. Labieno salió y desapareció en
la oscuridad; tras el intervalo acordado, César le siguió con la fuerza principal. La
caballería avanzó al frente de la columna, y envió patrullas para supervisar el avance.
Estos exploradores estaban al mando de Publio Considio, un experimentado oficial
con una excelente reputación militar. Había servido con Sila y Craso, y, por tanto, es
probable que tuviera más de cuarenta años. César no menciona su rango, pero
seguramente era tribuno o prefecto, aunque en ocasiones se ha sugerido que era un
centurión. Es posible que fuera familiar del senador Considio, que el año anterior
había declarado que, a diferencia de tantos otros, era demasiado mayor para
preocuparse por el peligro.[19]

Al amanecer, la tropa principal estaba sólo a dos kilómetros y medio del


campamento enemigo y Labieno estaba aguardando en posición, pero desde donde
estaba no podía comunicarse con César. Los helvecios, como muchos ejércitos
tribales que no prestaban excesiva atención a reconocer el terreno, eran totalmente
ajenos a la presencia de ambas fuerzas. En aquel momento, Considio se aproximó
galopando para informar de que la colina no estaba en manos de los romanos, sino de
los galos. Estaba absolutamente convencido de eso, porque había visto con claridad
su armamento, emblemas e insignias. Aquellas noticias significaban que Labieno, o
bien se había perdido y no había llegado a su destino, o bien había sido derrotado. En
cualquier caso, era evidente que los helvecios estaban preparados y esperándoles.
César detuvo la columna de inmediato. Contaba con cuatro legiones, dos de las cuales
eran posiblemente las primerizas Undécima y Duodécima. Además, sus hombres
estaban cansados tras la marcha nocturna, sin duda todavía suficientemente frescos

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para atacar por sorpresa a unos oponentes desprevenidos y entorpecidos por las
provisiones y las familias, pero no necesariamente listos para librar una interminable
batalla campal. Atacar en esas circunstancias supondría pelear con una seria
desventaja numérica en un terreno elegido por el enemigo. Ordenó a la columna que
se retirara a un alto cercano y allí les hizo formar en línea de batalla para aguardar un
ataque. Pasó el tiempo. Los helvecios levantaron el campamento y se dispusieron a
continuar su marcha, aún ignorantes de que el ejército romano se había aproximado
tanto a ellos y se había dividido. Labieno obedeció las órdenes al pie de la letra, sin
entrar en batalla hasta que viera a los hombres de César iniciar el ataque. En
cualquier caso, poco podría haber hecho con sólo dos legiones bajo su mando. Sólo al
final del día unos exploradores de la tropa principal establecieron contacto con el
destacamento de Labieno y confirmaron que eran ellos, y no el enemigo, quienes
ocupaban aquella posición clave. En lo que quedaba de día, César ordenó a su
ejército que siguiera a los helvecios y esa noche acampó a cinco kilómetros de ellos.
[20]

Había sido un error vergonzoso, pero podría haber resultado desastroso si los
helvecios hubieran sido conscientes de la situación y hubieran atacado a cualquiera
de las dos partes del ejército romano. La posición de los hombres de Labieno en la
colina había sido especialmente vulnerable. César había aprendido que podía confiar
en el buen juicio y el sentido común de su experimentado legado, pero no en los de
otros oficiales, por muy buena que fuera su reputación. Fue una lección sobre los
riesgos inherentes a las operaciones complejas y sobre el papel que desempeñaba la
suerte en el arte de la guerra. César no menciona si castigó a Considio por perder la
cabeza, pero la publicación de los Comentarios garantizó que su vergüenza se hiciera
pública. En su relato, César culpa a su subordinado de aquel fracaso, lo que no parece
completamente irrazonable, pero puede que sus soldados no lo vieran así en aquel
momento. César había dado las órdenes y había sido él quien había detenido a la
fuerza principal basándose en información falsa y tardó mucho en comprobar su
veracidad. Durante este periodo había dejado a sus compañeros de armas de las dos
legiones de Labieno prácticamente en la estacada. La persecución de los helvecios
continuó, pero la situación no era demasiado buena. La ración de trigo debía
entregarse en el plazo de dos días, pero no había provisiones para hacerlo. A la
mañana siguiente, César decidió que las cosas no podían continuar así y dio orden de
abandonar su cauteloso seguimiento de los helvecios por el momento. El ejército dio
media vuelta y marchó hacia Bibracte, a unos veintinueve kilómetros de distancia. Su
plan era reabastecerse allí y, a continuación, lanzarse de nuevo contra los helvecios.
En vista de su lento y pesado avance, no debería resultar difícil darles alcance otra
vez.[21]

En retrospectiva, aquel fue el momento crucial de la campaña. Algunos guerreros


que servían entre los aliados de César se apresuraron a desertar y cabalgaron hacia el

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enemigo, informándoles de la retirada de los romanos. Los helvecios decidieron
perseguirlos, probablemente porque interpretaron esa maniobra como un signo de
debilidad. César también se preguntó si pretendían cortarles el paso y no permitirles
llegar a Bibracte y sus provisiones. Pronto, los galos estaba atacando la retaguardia
romana. César la reforzó con toda su caballería y empleó a los jinetes para cubrir el
despliegue de su ejército. Ocupó una colina próxima y situó a las experimentadas
legiones Séptima, Octava, Novena y Décima en la línea principal. Si actuó según su
costumbre posterior, entonces es probable que la Décima ocupara el lugar de honor a
la derecha de la línea. Cada legión se desplegó en la formación normal, la línea triple
(triplex acies) con cuatro cohortes en la línea del frente, y tres en la segunda y
tercera. Los legionarios dejaron sus bultos en el suelo —que normalmente llevaban
suspendidos de un bastón que descansaba sobre su hombro— para poder luchar sin
estorbos. Los escudos fueron despojados de sus cubiertas protectoras de cuero para
exhibir la insignia de cada unidad y los penachos se colocaron en los cascos. Detrás
de ellos, en una zona más elevada de la pendiente, estacionó a las primerizas legiones
Undécima y Duodécima junto con su infantería auxiliar, que debían ocuparse de
custodiar los bultos y los carros de suministros, y comenzaron a cavar una pequeña
trinchera y muralla a su alrededor, aunque es muy poco probable que hubiera tiempo
para construir un campamento de marcha en toda regla, del tipo que solían construir
los ejércitos romanos al final de un día de marcha. Era importante para los soldados
en la línea de combate saber que sus posesiones estaban a salvo, y es evidente que a
César le seguía costando confiar en estos inexpertos soldados. Es probable que las
cuatro legiones expertas formaran una línea que cubriera la mayor parte de la ladera,
pero, como sucede con el grueso de las batallas de César, ha resultado imposible
localizar el emplazamiento de este encuentro, de manera que no podemos describir la
topografía con ninguna certidumbre. César narra que la pendiente garantizaba que las
dos legiones y las auxiliares fueran claramente visibles para el enemigo, pues cubrían
toda la ladera y transmitían una poderosa impresión del poderío numérico de los
romanos.

El despliegue del ejército llevó un tiempo —probablemente varias horas— y fue


cubierto por la caballería, pero los helvecios necesitaban también bastante tiempo
para avanzar y prepararse para la batalla. Llevaban ya varias semanas viajando y, por
necesidad, habían desarrollado un cierto grado de coordinación, pero concentrar un
número suficiente de sus guerreros en un sitio para reducir a los romanos seguía
siendo una tarea difícil. Con los soldados iban sus familias y personas a su cargo y los
helvecios situaron los carromatos formando una especie de campamento detrás de sus
líneas. Poco a poco su ejército comenzó a formar, pero la lucha empezó antes de que
hubieran llegado algunos contingentes. César no da ninguna cifra de los guerreros a
los que se enfrentó al comienzo de la batalla, pero la disposición de los helvecios a
atacar sugiere que ambos bandos contaban, como mínimo, con una paridad

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aproximada de efectivos (a menos que los miembros de la tribu desdeñaran
absolutamente la habilidad para el combate de los romanos). Los largos retrasos antes
de una batalla eran habituales en esta época, lo que inevitablemente supondría una
importante tensión para los hombres, que no podían hacer otra cosa que esperar.
César decidió que era el momento de hacer un gesto grandioso y desmontó de forma
muy notoria y envió su propio caballo a la retaguardia junto con los de sus oficiales
superiores, con el fin de «igualar el peligro para todos, y acabar con la tentación de
escapar». Catilina había hecho lo mismo en el año 62 a. C. antes del combate, cuando
sus seguidores, inferiores en número, habían sido acorralados por un ejército leal al
Senado. El gladiador Espartaco había ido aún más allá, cortándole el pescuezo al caro
caballo que le había arrebatado a un general romano en un encuentro anterior. Un
general a pie era mucho menos móvil y, por tanto, tenía menos visión del desarrollo
de la batalla, es decir, que César había sacrificado varias ventajas prácticas para
motivar a sus hombres. Nunca volvió a hacerlo en batallas ulteriores, lo que sugiere
que fue consciente de que sus legionarios todavía no le conocían bien y que la
campaña no había ido demasiado bien los últimos días. Tal vez también era un indicio
de que aún no estaba del todo seguro de sí mismo como comandante. Para dar más
aliento a sus hombres, les habló, probablemente mientras caminaba junto a las tropas
en formación, dirigiéndose a una cohorte cada vez, puesto que lo más seguro es que
las cuatro legiones no pudieran oírle al mismo tiempo.[22]

La batalla comenzó a mediodía, cuando los helvecios ascendieron por la ladera en


dirección a la línea romana. Se aproximaron en orden, manteniendo una formación
cerrada. Los ejércitos intentaban intimidar a sus adversarios antes de llegar a ellos,
atemorizándoles con sus gritos de batalla, el ruido de sus trompetas y su feroz
apariencia. No era insólito que uno de los bandos se amilanara tanto que se dispersara
y huyera antes de que se hubiera dado un solo golpe. Esa era una de las principales
razones por las que habría sido demasiado arriesgado exponer a los legionarios
novatos a la presión de la batalla. En este caso, los legionarios experimentados
aguardaron en silencio, como era táctica habitual en aquella época, intimidando al
enemigo con su aparente calma. Cuando los helvecios estuvieron cerca —
probablemente a unos diez o quince metros— las legiones lanzaron sus pila y esas
pesadas jabalinas atravesaron escudos y en algunos casos llegaron a ensartar dos
escudos montados uno encima del otro. Algunos guerreros fueron asesinados o
heridos, otros fueron obligados a soltar sus escudos. El impulso inicial del ataque
había desaparecido y los romanos mantuvieron su ventaja entre clamores, sacando las
espadas y cargando contra los helvecios cuerpo a cuerpo. Contaban con la ventaja del
terreno y el entusiasmo e ímpetu de la carga, pero aun así los helvecios pelearon
durante un tiempo antes de comenzar a ceder y retirarse hacia la llanura. Los romanos
los siguieron, pero, al parecer, lo hicieron de manera disciplinada y pronto perdieron
contacto con los fugitivos, que retrocedieron a la carrera hasta el terreno elevado al

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otro lado del valle, aproximadamente a kilómetro y medio de distancia. Sin embargo,
en aquel momento los romanos se enfrentaban a una nueva amenaza, porque un
contingente fresco de quince mil guerreros llegó por su flanco derecho, que estaba
desprotegido. Eran los boyos y los tulingos, dos pueblos aliados que habían estado
situados al final de la columna helvecia. Es poco probable que se tratara de una
maniobra planeada y que el primer ataque no fuera más que un amago de combate
para atraer a los romanos hacia el nivel del suelo, sino que seguramente fue sólo una
feliz coincidencia para los helvecios. A un ejército tribal —incluso un ejército
helénico en el que la doctrina era amontonar a la infantería en una única línea densa
sin reservas significativas— le habría resultado muy complicado salir de esa
situación, expuesto al peligro de que toda la línea fuera arrollada por un enemigo
fresco. Por el contrario, el sistema militar romano hacía hincapié en la importancia de
la reserva, y por lo general mantenía al menos dos tercios de sus fuerzas lejos de la
línea de combate al comienzo de la batalla. La tercera línea de cohortes salió de
formación y creó una nueva línea para enfrentarse a los boyos y los tulingos. Las
líneas primera y segunda se ocuparon de los helvecios, que se habían realineado ante
la aparición de sus aliados y regresaron a la refriega. No parece que la Undécima y la
Duodécima, una reserva extra, fueran utilizadas por César en esta batalla y por lo
visto fueron sólo meros observadores de la acción.[23]

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Batalla de Bibracte.

La batalla fue muy reñida y continuó hasta bien entrada la noche, pero tras el
impacto inicial de la llegada de esas nuevas fuerzas, los romanos fueron avanzando
de forma constante. La pugna por el campamento de carromatos fue especialmente
dura, ya que los guerreros luchaban para defender sus posesiones y sus familias.
César no menciona en su relato qué hizo él durante la batalla, habla sencillamente de
cómo «los romanos» evolucionaban y formaban estrechas líneas de combate
luchando en dos direcciones. Suponemos que hacía lo que todo comandante romano

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debía hacer, permanecer detrás de la línea de combate, animando a los hombres y
enviando tropas de reserva cuando era necesario. Al final la victoria fue total, pero las
pérdidas romanas fueron bastante considerables en comparación con otras batallas y
el ejército tuvo que quedarse donde estaba durante tres días cuidando de los heridos y
enterrando a los muertos. Se habían hecho varios prisioneros, incluyendo al hijo y a
la hija de Orgetórix, pero César cuenta que ciento treinta mil personas escaparon del
combate y huyeron hacia el noreste, el territorio de los lingones. En aquellas
circunstancias debe haber sido difícil hacer un recuento preciso, pero es evidente que
numerosos emigrantes sobrevivieron a la batalla. Es posible que muchos no llegaran
siquiera a donde se libraba la batalla, pero aquellos que participaron habían perdido la
mayor parte de sus posesiones y alimentos. César no salió en pos de ellos enseguida.
Todavía no había solucionado la cuestión de sus propios suministros y la
preocupación que mostrara por sus muertos era importante para fomentar la confianza
entre el ejército y su comandante. Envió mensajes a los jefes de los lingones,
ordenándoles que no ayudaran a los helvecios a menos que quisieran ser tratados
como enemigos. Tres días después partió en pos del enemigo, pero al poco salió a su
paso una delegación que le anunciaba la rendición. César les dio instrucciones de
regresar y conminar a la tribu a que se detuviera y aguardara a que les alcanzara para
comunicarles su decisión. Lo hicieron, lo cual indicaba que no estaban simplemente
ganando tiempo. Cuando llegó, César exigió y recibió rehenes, y también consiguió
que los helvecios le devolvieran los esclavos que habían escapado o habían sido
capturados durante la emigración. Los guerreros fueron obligados a entregar las
armas. La primera noche, unos seis mil hombres de uno de los clanes se marcharon
del campamento y se dirigieron hacia el este, en dirección al Rin. César envió
mensajeros a las comunidades que había en su camino con la misma severa
advertencia que le había hecho a los lingones. Los fugitivos fueron capturados y
vendidos como esclavos, pues se les negó las condiciones que había ofrecido a todos
los demás. César ordenó entonces a los helvecios y a la mayoría de sus aliados que
regresaran a sus tierras de origen y que volvieran a establecerse allí. Los alóbroges de
su provincia recibieron instrucciones de proveer de grano a las tribus hasta que se
hubieran asentado nuevamente, hubieran reconstruido sus poblados y pudieran
cultivar otra vez en sus granjas. Después de que los eduos apelaran a él, César les
permitió que los boyos se establecieran en tierras dentro del territorio de la tribu de
los eduos. Se había restaurado la estabilidad en las tierras que rodeaban la Galia
Transalpina, pero el coste en vidas humanas había sido muy alto. En conclusión,
César declara que de los 368 000 individuos que se habían constatado que formaban
las tribus de los helvecios, sólo unos 110 000 volvieron a casa: los 32 000 boyos —
menos sus muertos en combate— se establecieron en la Galia, mientras que 6000
fugitivos fueron vendidos como esclavos, lo que dejaba la enorme cifra de pérdidas
humanas de 220 000.

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Como siempre, no podemos saber hasta qué punto estas cifras eran exactas y es
probable que muchos helvecios simplemente se hubieran dispersado ante el ataque de
los romanos, como hicieron los tigurinos en el Saona. No obstante es obvio que otros
—quizá decenas de miles— habían sido asesinados, pero no deberíamos permitir que
el horror que en la actualidad despierta una cifra tan descomunal nos ciegue respecto
a cuál sería la reacción del público romano ante tales estadísticas. Para ellos, se había
puesto freno a un peligroso movimiento de pueblos hostiles y su provincia, que no
estaba lejos de Italia, había sido pacificada para el futuro. En los Comentarios, César
emplea a menudo el verbo parcere, que significa «pacificar», y era utilizado para
referirse a la derrota de cualquier pueblo, en cualquier zona, que se hubiera negado a
someterse a la autoridad romana. La pax era el resultado de la victoria romana. Desde
la perspectiva de los romanos, se había restablecido la paz en la frontera
septentrional.[24]

EL AMIGO DEL PUEBLO ROMANO

Había llegado el verano. Aún quedaban varios meses de la estación de campaña,


pero no habría tiempo suficiente para trasladar las tropas a la frontera de los Balcanes
y comenzar allí las operaciones. César ya había obtenido una gran victoria, pero
estaba ansioso por lograr más triunfos y le costaba permanecer ocioso aun por un
plazo breve. Al poco, surgió una nueva oportunidad de emprender otra aventura
militar. Habían llegado delegaciones de la mayor parte de las tribus galas/célticas de
la Galia central felicitándoles por derrotar a los helvecios. Es posible que, en parte,
los elogios fueran sinceros, pero es evidente que lo más sensato era entablar una
buena relación con cualquier nueva potencia que se presentara en la región. Estos
enviados pidieron permiso para convocar una reunión de todas las tribus en la que
pudieran conocer a César y presentar peticiones. En otra escena emotiva, los jefes se
lanzaron a los pies del procónsul y, con el druida Diviciaco como portavoz, rogaron a
César que les protegiera del rey germano Ariovisto. Sostenían que, después de ser
invitado a entrar en la región para ayudar a los sécuanos, había traído consigo ciento
veinte mil miembros de su pueblo, que se habían asentado en sus tierras y habían
hecho prisioneros de todas las tribus. Se lamentaban de su tiranía, llamándole
«bárbaro, iracundo y temerario». Le contaron que se preveía la llegada de más
germanos para unirse al líder guerrero, por lo que le pidieron a César que «defendiera
a toda la Galia contra la tiranía de Ariovisto». En silencio, los representantes de los
sécuanos apoyaban el ruego. Cuando César le interrogó sobre su silencio, Diviciaco
respondió diciendo que preferían no hablar porque temían que los germanos lo
averiguaran. A continuación, César aseguró a los jefes congregados que se ocuparía
del asunto y utilizaría su auctoritas para persuadir a Ariovisto de que moderara su
comportamiento. En privado, se tomó la cuestión muy en serio, ya que sentía que

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debía apoyar a los eduos en pago a su larga y leal alianza con Roma. Por otra parte,
declara en sus escritos que también le preocupaba que los germanos se habituaran a
emigrar a través del Rin, por si acaso la migración sucedía con demasiada frecuencia
y provocaba desplazamientos poblacionales de la magnitud de los de los cimbros y
los teutones.[25]

Los enviados recibieron instrucciones de presentarse ante Ariovisto y pedirle que


se reuniera con César en un punto a medio camino entre los dos. El rey declinó la
invitación, dijo que César debía llegar hasta donde él estaba si deseaba hablar, y
preguntó asimismo por qué los romanos creían que necesitaban intervenir en esa
parte de las Galias. Como respuesta, César envió un nuevo mensaje, recordándole al
rey la obligación que había contraído con Roma a raíz de que, durante su propio
consulado, el pueblo romano le hubiera reconocido «rey y amigo». En esta ocasión,
las demandas se expresaron con claridad: Ariovisto no debía traer a más germanos a
través del Rin para asentarse en la Galia y, en segundo lugar, debía devolver a los
eduos sus rehenes y abstenerse de atacarlos o amenazarlos en el futuro. Si hacía lo
que se le pedía, continuarían las buenas relaciones con Roma, pero si se negaba,
César se vería obligado a adoptar firmes medidas para salvaguardar a los eduos y al
resto de aliados de la República. La respuesta de Ariovisto puso de manifiesto la
misma escasa disposición a comprometerse: era un conquistador y, exactamente igual
que los romanos, no veía ninguna razón para que otros le dictaran cómo debía tratar a
los vencidos. Los romanos eran libres para gobernar sus provincias a su gusto y
reivindicaba el mismo derecho en las tierras que él y sus guerreros habían ocupado.
Había derrotado a los eduos y sus rehenes no tenían nada que temer de él siempre que
le entregaran el tributo anual. Ariovisto y sus guerreros nunca habían sido vencidos
desde que llegaron a la Galia y no temían a ningún enemigo. Una vez establecido el
desmedido orgullo de Ariovisto ante su audiencia, César sostiene que sólo una hora
después de recibir ese mensaje llegaron unos mensajeros de los eduos e informaron
de que los germanos habían asaltado sus tierras. Además, los tréveros, de una zona
más septentrional, avisaron de que grandes cantidades de suevos —el pueblo
germano al que pertenecían Ariovisto y sus hombres— habían llegado hasta el Rin y
trataban de atravesarlo y penetrar en la Galia. Se calculó que había cien clanes
intentado cruzar, una emigración que haría parecer pequeña a la de los helvecios.[26]

César decidió actuar, pero esta vez se aseguró de que sus provisiones de grano
estaban a salvo antes de empezar a moverse. Hizo avanzar al ejército a ritmo rápido,
dado que ya no estaban persiguiendo a los lentos helvecios y, después de tres días,
recibió un mensaje que le informaba de que Ariovisto y el ejército germano marchaba
sobre Vesontio (la actual Besançon), la población más importante de los sécuanos. No
hay duda de que esta vez la tribu había roto con su antiguo aliado. Como centro
tribal, era un lugar importante, situado en una posición de ventaja natural y con

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grandes reservas de alimento, muy útiles para cualquier ejército. Para evitar que
cayera en manos de sus enemigos, César dirigió a sus hombres hacia delante,
llevándolos a marchas forzadas día y noche, haciendo sólo breves pausas hasta que
alcanzó la ciudad, en la que distribuyó a su guarnición. Ganada la carrera, dio a las
tropas varios días de descanso para que se recuperaran de sus esfuerzos y también
para dar tiempo a que sus vituallas les alcanzaran. El descontento siempre ha tendido
a florecer entre los ejércitos cuando tienen tiempo más que cuando están ocupados.
Empezaron a circular innumerables historias y:

[ante] los rumores que propalaban los galos y mercaderes, que aseguraban que los
germanos eran de extraordinaria corpulencia y de un valor y una habilidad
increíbles en el manejo de las armas —decían que, habiendo tenido muchos
encuentros con ellos, ni siquiera habían podido soportar su aspecto y la fuerza de
sus miradas—, invadió súbitamente a todo el ejército tan gran temor que perturbó
no poco los espíritus y corazones de todos. Comenzó este miedo por los tribunos
militares, los prefectos y todos aquellos que, habiendo seguido a César desde
Roma para cultivar su amistad, no tenían gran experiencia de la guerra. De estos,
alegando unos un motivo y otros otro, por el cual aseguraban que les era necesario
marchar, pedíanle su aprobación para irse; algunos, movidos por el pundonor, para
que no se sospechara que tenían miedo, se quedaban. Pero no podían disimularlo
y, a veces, ni aun retener las lágrimas; escondidos en sus tiendas, o maldecían de
su sino o se lamentaban con sus amigos del común peligro. Por todo el
campamento se hacían testamentos. Con los lamentos y el miedo de estos poco a
poco se fueron contagiando incluso los muy aguerridos, los soldados, los
centuriones y los que mandaban la caballería.[27]

Algunos hombres alegaron que estaban más preocupados por la dificultad del
terreno que el ejército tendría que atravesar en la próxima fase del avance. Otros
dijeron que les ponía nerviosos el suministro de grano, una preocupación plausible en
vista de las recientes operaciones contra los helvecios. Unos cuantos oficiales
declararon incluso que se produciría un motín y que los soldados no obedecerían la
orden de avance de César. El episodio nos proporciona otro indicio sobre el hecho de
que la fanática lealtad que mostraron los oficiales y soldados de César en posteriores
campañas, en especial durante la guerra civil, no brotó de modo instantáneo cuando
César llegó a la Galia, sino que tardó un tiempo en surgir. Es interesante que César
identificara a los tribunos y demás oficiales como la fuente del descontento, ya que,
por lo general, estos hombres eran équites y, con frecuencia, hijos de senadores, lo
que refuerza la perspectiva de que estas clases no eran el único, ni siquiera
necesariamente el principal público objetivo de los Comentarios. Dión sostiene que

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algunos de ellos se quejaban de que la guerra contra Ariovisto no había sido
autorizada por el Senado, de manera que estaban arriesgando sus vidas únicamente
por la ambición personal de César.[28]

El procónsul convocó un consilium (un consejo o reunión informativa). Todos los


centuriones —unos trescientos sesenta hombres si todos los puestos de las seis
legiones estaban cubiertos— recibieron instrucciones de asistir, posiblemente junto
con los demás oficiales superiores. Había llegado el momento en que César el orador
empleara la razón y conquistara a su ejército como en el pasado había hecho a
menudo con las multitudes del Foro. Comenzó con severidad, como correspondía a
un general dotado de imperium por el Senado y el pueblo de Roma y les increpó por
atreverse a cuestionar los planes del comandante que se les había asignado
legalmente. Tras este revulsivo y recordatorio de la disciplina, César pasó a enumerar
sus argumentos: era muy probable que su nerviosismo resultara innecesario, porque
había muchas posibilidades de que Ariovisto recordara su obligación con César
debido a su reconocimiento por parte de Roma el año anterior y entrara en razón.
Incluso si la lucha resultaba inevitable, las legiones romanas habían derrotado a
guerreros germanos en el pasado, cuando Mario aniquiló a los cimbros y a los
teutones y, más recientemente, a los numerosos germanos que había en el ejército de
esclavos de Espartaco. Ariovisto había vencido a los eduos y otros galos burlándoles
y sorprendiéndoles, no en una batalla justa. Esas burdas estratagemas no funcionarían
con un ejército romano. Los que estaban claramente preocupados por el suministro de
grano le insultaban al poner en duda su interés y competencia, olvidando los
convoyes de tribus aliadas que ya estaban en camino y la cosecha lista para ser
recolectada en los campos. A él no le preocupaba la afirmación de que sus soldados
rechazarían la orden de avanzar:

[…] todos aquellos a quienes no habían obedecido sus ejércitos o bien habían sido
abandonados por la fortuna a causa de un desastre militar o habían mostrado su
avaricia con injusticias manifiestas; el desinterés de César se había demostrado en
toda su vida, y su buena suerte, en la guerra de los helvecios. Por todo lo cual
había determinado hacer ya lo que antes pensaba dejar para más tarde, y en la
noche siguiente, muy de madrugada, levantaría el campo, para ver qué era lo que
podía más en ellos, si el honroso cumplimiento del deber o el miedo. Por lo
demás, aun cuando nadie le siguiera, él iría adelante sólo con la legión Décima, de
la cual no tenía duda ninguna, y esta le serviría de cohorte pretoria.
Esta legión era con la que más atenciones había tenido siempre César y en la que,
a causa de su valor, más confiaba.[29]

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Todo el discurso era un desafío al orgullo de los centuriones en sí mismos y sus
unidades. El tono de César revelaba que se sentía decepcionado, ya que sólo la
cobardía y la falta de fe en su liderazgo podrían explicar que amenazaran desobedecer
sus órdenes. La Décima se sintió halagada y sus tribunos informaron de inmediato de
que la legión estaba lista para obedecer todas las órdenes de César y probar que no se
equivocaba al depositar en ellos su confianza. Todas y cada una de las otras unidades
determinaron que ninguna otra legión las eclipsaría y sus centuriones pidieron a los
tribunos y oficiales superiores que aseguraran a César que nunca había existido una
auténtica cuestión de desobediencia.[30]

Como había prometido, César dirigió al ejército fuera del campamento antes del
amanecer del siguiente día. Realmente cambió sus planes en un sentido, lo que
sugiere que consideraba justificado que hicieran algunas críticas. Más que continuar
como había planeado originalmente, a través de las colinas, buscó el consejo de
Diviciaco y llevó a la columna por campo abierto, lo que significaba desviarse unos
ochenta kilómetros, pero impidió una nueva retahíla de lamentos entre sus oficiales.
Después de una semana, sus exploradores informaron de que el ejército germano
estaba sólo a unos treinta y ocho kilómetros. Pronto llegaron los enviados de
Ariovisto diciendo que ahora estaba dispuesto a celebrar esa reunión cara a cara que
antes había rechazado. En los Comentarios, César afirma que aún tenía la esperanza
de alcanzar una resolución pacífica del problema, y con esto puede que no sólo
pretendiera subrayar su sensatez ante sus lectores. Muchos comandantes romanos,
Sila incluido, habían agradecido las ocasiones en las que, rodeados por toda la pompa
y ceremonia de un magistrado romano, así como por las apretadas filas de las
legiones, se habían enfrentado a un rey extranjero y le habían dictado una serie de
condiciones. Había casi tanta gloria en una hazaña así como en derrotar al enemigo
en batalla, aunque los beneficios potenciales eran menores, sin perspectiva de botín o
esclavos.[31]

Cinco días más tarde tuvo lugar la reunión en terreno neutral: una llanura que
estaba a igual distancia entre los dos campamentos. Sólo un gran montículo
interrumpía la planicie. Los detalles del desarrollo de la reunión se habían ido
estableciendo mediante largas negociaciones marcadas por las exigencias de ambas
partes a lo largo de los días precedentes. Ariovisto insistió en que cada uno de ellos
debería contar únicamente con jinetes en su comitiva. Sin confiar por completo en los
jinetes de sus aliados, César tomó prestadas sus monturas y se las entregó a los
legionarios de la Décima para que ellos fueran su escolta. Contentos de haber sido
elegidos de nuevo entre todo el ejército, los soldados bromearon diciendo que el
procónsul estaba convirtiéndolos en caballeros (équites), haciendo un juego de
palabras con el antiguo papel del acaudalado orden ecuestre. Los dos bandos se
detuvieron a doscientos pasos el uno del otro. De acuerdo con los deseos de

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Ariovisto, cada uno de los líderes avanzó a caballo con una escolta de sólo diez
hombres. El idioma empleado fue el galo, que Ariovisto había aprendido durante el
periodo que permaneció al oeste del Rin. Suponemos que César utilizó uno de sus
intérpretes habituales. Comenzó por recordarle a Ariovisto el favor que le había
hecho la República y las obligaciones que implicaba. Los eduos llevaban mucho
tiempo siendo aliados de Roma y el tratamiento que les estaban dando los germanos
era inaceptable y debía cesar. Las demandas de César seguían siendo las mismas:
ningún germano más debía atravesar el Rin en dirección a las Galias y los eduos
debían recuperar a sus rehenes. La actitud de Ariovisto tampoco había cambiado: lo
que había ganado, lo había ganado por derecho de conquista. ¿Por qué César estaba
interfiriendo en un lugar en el que ningún ejército romano se había aventurado antes?
Esa era su «provincia», del mismo modo que la Galia Transalpina era la de César, y
ninguno de ellos debería intervenir en el territorio del otro. El germano se preguntaba
si «César, so capa de amistad, mantenía a su ejército en la Galia con el fin de
atacarle». Hasta que los romanos se retiraran, Ariovisto les trataría como enemigos.
En los Comentarios, pronuncia la mordaz frase de que si asesinaba a César, las
noticias serían recibidas con regocijo por «muchos nobles señores del pueblo
romano». Es muy posible que fuera cierto, pero a ninguno de sus oponentes les habría
gustado ser descritos como unos hombres tan carentes de patriotismo que se hubieran
alegrado por la derrota del ejército romano siempre que significara la muerte de
César. Tras emitir esta amenaza, Ariovisto se ofreció a apoyar a César en cualquier
operación futura si se retiraba en aquel momento.[32]

César respondió justificando aún más la posición romana, pero la negociación se


interrumpió cuando algunos de los guerreros germanos comenzaron a lanzar jabalinas
y piedras con honda a los legionarios a caballo. Decidió no luchar, ya que no deseaba
dar la impresión de que los romanos no cumplían su palabra. Dos días después,
Ariovisto mandó un emisario para organizar una nueva reunión o bien que los
romanos mandaran enviados a su campamento. Remiso a poner en peligro a
cualquiera de sus oficiales superiores en esta misión, César confió otra vez en Valerio
Procilo, eligiéndolo para esa tarea. Le acompañó Cayo Mecio, un comerciante que,
en el pasado, había visitado a Ariovisto y había recibido su hospitalidad. En esta
ocasión, la bienvenida fue menos cálida y ambos enviados fueron acusados de espías
y encadenados por los germanos.[33]

Es evidente que Ariovisto había elegido darle una solución militar a la disputa.
Sin embargo, era un experimentado líder de guerra que había unificado a sus
guerreros formando una fuerza más cohesionada que la mayoría de ejércitos tribales y
siguió actuando con prudencia. El mismo día que arrestó a los enviados romanos,
avanzó hasta acampar en un terreno alto a diez kilómetros de la posición romana.
Probablemente sin abandonar el terreno elevado, volvió a ponerse al frente de su

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ejército a la mañana siguiente, dejó atrás el campamento romano y estableció una
nueva base de operaciones tres kilómetros por detrás de los romanos, lo que
interrumpió su cadena de suministros con las tribus aliadas. A lo largo de los cinco
días siguientes, el procónsul ordenó a su ejército que saliera del campamento y
formara una línea de batalla. Los germanos se negaron a descender y César consideró
que era poco prudente arriesgarse a entrar en un ataque directo en el campamento de
Ariovisto, lo que sugiere que este ocupaba una fuerte posición. Esos días hubo varias
escaramuzas, sobre todo entre las caballerías, pero no llegó a darse una pelea
declarada. Los jinetes de Ariovisto trabajaban en estrecha colaboración con soldados
escogidos de infantería ligera —a quienes, en siglos posteriores, se conoció entre los
germanos como «cientos» (centeni)— capaces de mantener el paso con los caballos
en cortas distancias agarrándose a sus crines. Los guerreros a pie resultaban un sólido
apoyo, detrás de quienes la caballería podría retirarse si les vencían y a continuación
descansar y volver a formar antes de avanzar de nuevo. La táctica y la calidad de los
guerreros germanos solía darles ventaja sobre la caballería gala.[34]

César no podía permitirse permanecer donde estaba, porque no estaba logrando


nada y cada día su ejército consumía una parte significativa de las provisiones que les
quedaban. Un ataque directo era demasiado arriesgado, por lo que decidió reabrir sus
líneas de suministros. El ejército formó tres columnas, cada una de las cuales podía
convertirse fácilmente en una línea de combate para adoptar la habitual formación en
triplex acies. Los carros que transportaban la impedimenta y seguramente parte de la
guardia permanecieron en el campamento principal, porque César sólo pretendía
crear un puesto de avanzada más allá de la posición germana. Los romanos pasaron el
campamento germano hasta un lugar a unos novecientos metros de distancia. Una vez
allí, las legiones se dirigieron hacia el enemigo. La caballería germana, junto con
dieciséis mil miembros de infantería, salió a su encuentro. Eran sólo parte de la
infantería de Ariovisto, pero es poco probable que fuera capaz de reunir a más
hombres armados y listos para la lucha con la suficiente rapidez para que
intervinieran. César ordenó a las cohortes en la tercera linea que empezaran a diseñar
y construir el nuevo campamento para acomodar dos legiones, mientras que la
primera y la segunda líneas se enfrentaban a cualquier ataque germano. Es probable
que adoptaran la forma de pases y fintas más que de asaltos en toda regla. Si la
mayoría de las seis legiones participaba en esta maniobra, entonces los dos tercios de
sus fuerzas más la caballería y las tropas ligeras, como mínimo, habrían igualado los
efectivos germanos. Tras varias horas de trabajo, las defensas del campamento
estaban listas. Había dos legiones instaladas, mientras que el resto del ejército
retrocedía en el mismo orden al campamento principal. El tamaño más pequeño del
fortín facilitaría la protección de las caravanas de suministros de las tribus aliadas.
Había desaparecido la presión sobre César para que lograra una rápida victoria o se
resignara a una retirada ignominiosa y podía permitirse esperar el momento

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apropiado y la situación de su elección antes de entablar combate con el ejército
enemigo.[35]

Al día siguiente, César ordenó a las legiones que salieran de ambos campamentos
y formaran en las típicas triplex acies frente al enemigo. Era un gesto de confianza,
con el que buscaba dar ánimos a sus hombres e impresionar al enemigo, y afirma que
constituía una práctica habitual en su estrategia de esos días. Ariovisto rechazó la
oferta de combatir y, a mediodía, el general romano envió a sus hombres de vuelta al
campamento. Más adelante, por la tarde, los germanos iniciaron hostilidades
enviando tropas para atacar el campamento menor, pero las legiones lograron
rechazar el ataque. Ese atardecer, César en persona interrogó a algunos de los
prisioneros que habían capturado. Afirmaron que Ariovisto no deseaba entrar en una
guerra abierta porque las adivinas del ejército germano habían declarado que sólo
obtendría la victoria si aguardaba a que hubiera luna llena. Las ceremonias y
sacrificios eran normales en la mayoría de los ejércitos antes de las batallas, pero
César, el Pontifex Maximus, no hace ninguna mención en todo el texto de los
Comentarios de los rituales, que eran un aspecto tan importante de la rutina de las
legiones. En este caso, decidió explotar la superstición del enemigo. Al día siguiente,
despojó los campamentos de prácticamente todos los miembros de la guardia y formó
el resto del ejército en triplex acies, con la caballería, creemos, en los flancos. A
continuación, subió la pendiente con su ejército dirigiéndose directamente contra los
germanos, acercándose a su campamento más de lo que se había aproximado en días
anteriores. Ese desafío era demasiado evidente para pasarlo por alto sin humillación,
y sin correr el riesgo de que sus guerreros se sintieran intimidados por el enemigo.
Por fin, Ariovisto se situó al frente de sus hombres, que formaron en unidades de
acuerdo con sus clanes y tribus. Los Comentarios mencionan siete contingentes
distintos. Tras las líneas se encontraban las esposas de los guerreros, sentadas al
borde de los carromatos para animar a los hombres de su pueblo, rogándoles que las
protegieran de la esclavitud a manos del enemigo.[36]

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Batalla contra Ariovisto.

En esta batalla, las seis legiones ocuparon su posición en la línea de batalla, de


modo que es evidente que César sintió que la Undécima y la Duodécima ya contaban
con suficiente experiencia en campaña para soportar el estrés del combate. Es
probable que estuvieran situadas entre unidades más experimentadas y lo más seguro
es que una legión veterana estuviera estacionada a cada flanco. Los cinco legados de
César y su cuestor fueron puestos al mando de una legión «para que cada uno los
tuviera como testigos de su valor». César se estacionó en el flanco derecho, donde
creía que la línea del enemigo era más débil y había más posibilidades de poder
romperla. La batalla comenzó de repente, ambos bandos se lanzaron al combate
cuerpo a cuerpo sin el habitual intercambio de proyectiles. César consiguió atravesar
el flanco izquierdo del enemigo, pero estaba demasiado implicado en la lucha para
mantener el control de los demás sectores de la batalla. El flanco derecho de los
germanos comenzó a hacer retroceder el flanco izquierdo de los romanos, y sólo la
pronta intervención del joven Publio Craso, que como comandante de la caballería,
«estando él más holgado que los que se hallaban empeñados en la lucha», salvó la
situación. Poco después, la penetración por el ala derecha propagó el pánico por todo
el ejército germano, que se dio a la fuga. El propio César encabezó su caballería en
una persecución que mostró a la vez determinación y crueldad. Una fuente posterior
que se cree que se refiere a esta batalla sostiene que, de manera deliberada, dejó
abierta una ruta de escape para un grupo de germanos que estaban resistiendo
desesperadamente para poder aniquilarlos con más facilidad cuando huyeran.
Ariovisto escapó y, a partir de entonces, desaparece de la historia. Dos de sus esposas

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— una la hermana de un rey nórico— y una de sus hijas fueron menos afortunadas y
fueron asesinadas en la masacre general. Otra hija fue capturada. Incluso algunos de
aquellos fugitivos que escaparon a través del Rin fueron atacados por otras tribus.
Los suevos, que se supone que estaban esperando para unirse a sus parientes en la
Galia, regresaron a sus propios hogares. Para regocijo de César, las tropas que dirigía
en aquel momento se toparon con Valerio Procilo y lograron rescatarle de sus
captores. El procónsul declaró que la reunión le causó «no menor placer que la
victoria». Seguramente, la emoción era auténtica, aunque, por supuesto, también
contribuyó a confirmar la reputación que tenía César de lealtad hacia sus amigos. Sin
duda, Procilo se sintió aún más aliviado, porque les dijo que los germanos habían
preguntado tres veces a los adivinos si deberían quemarlo en la hoguera, pero esas
tres veces la suerte le había salvado. El otro enviado capturado, el comerciante
Mecio, también fue liberado ileso.[37]

La temporada de campaña estaba llegando a su fin y César había completado —


en sus propias palabras— «en un solo verano dos guerras de la mayor importancia».
Es probable que no hubiera previsto ninguna de las dos antes de llegar a la provincia,
pero había aprovechado las oportunidades que se le brindaron. Al menos por el
momento su atención se había centrado en las Galias y permanecería allí en el futuro
inmediato. César pasó buena parte del invierno en la Galia Cisalpina, desempeñando
las tareas administrativas y judiciales que se exigían de un gobernador romano, pero
sin perder de vista Roma. Su ejército se quedó a su lado y se retiró a los cuarteles de
invierno en el territorio de los sécuanos. Al llegar la primavera, estarían preparados
para adentrarse aún más en las Galias y emprender nuevas operaciones.[38]

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XI
«El más bravo de los pueblos galos»:
los belgas, 57 a. C.
Que los mercaderes no tenían acceso a ninguno de ellos; que no
toleraban la importación de vino ni de las demás cosas que sirven para
una vida muelle, persuadidos de que con estas mercancías languidecían
los ánimos y menguaba el valor

César[1]

En su conjunto, el linaje que ahora llamamos «gálico» o «galático» es


belicoso… Se distinguen por su simplicidad […] Basta, en efecto, que
uno les encolerice en el momento y lugar deseado, con cualquier
pretexto, para que estén dispuestos a correr el peligro sin más recursos
bélicos que su fuerza y su audacia.

Estrabón, a principios del siglo I d. C.[2]

Durante los meses de invierno de 58-57 a. C. César formó dos legiones más, la
Decimotercera y la Decimocuarta. Una vez más, actuó totalmente por propia
iniciativa y pagó a las tropas y el equipo con los fondos de los que disponía como
gobernador. Así, en doce meses, había duplicado el tamaño del ejército que le
asignaron con su provincia. Los centuriones de las legiones experimentadas
recibieron un ascenso y fueron transferidos a nuevas unidades, lo que tenía sentido
desde un punto de vista militar ya que proporcionaba a los reclutas novatos una leva
de oficiales veteranos, y parece que había sido una práctica habitual de César en todas
sus campañas. Las transferencias creaban vacantes en las legiones establecidas que
debían cubrirse con promociones internas o nombramientos desde el exterior. En los
Comentarios, la razón para ascender o recompensar a los centuriones que se alega
siempre es el valor manifiesto. Suetonio afirma que César «no apreciaba a sus
soldados ni por sus costumbres ni por su rango social, sino sólo por su valor». Sus
tribunos y prefectos, muchos de los cuales eran elegidos a partir de recomendaciones
o favores, le habían decepcionado el pasado verano. No sabemos si el descontento de
Vesontio dio lugar a algún despido. El sistema de la clientela impregnaba toda la
sociedad romana, por lo que no es probable que nunca influyera en el nombramiento
de centuriones por parte de César, pero es obvio que la habilidad individual era su

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principal preocupación. Desde luego, sus centuriones llegaron a creer que el talento
siempre sería recompensado. César cultivaba cuidadosamente su relación con ellos y,
por ejemplo, se aprendía sus nombres, en un esfuerzo muy similar al que hacían él y
otros senadores por saludar a los transeúntes por su nombre en el Foro. El vínculo
que se creaba entre el procónsul y esos oficiales era muy personal. Los centuriones
dirigían desde el frente, por lo que sufrían bajas desproporcionadamente altas, lo que,
combinado con la continuada expansión del ejército de César, contribuyó a garantizar
que siempre hubiera más puestos que cubrir y más valientes oficiales novatos a los
que recompensar. Hacia el final de las campañas galas, la vasta mayoría de
centuriones en sus legiones debían su primer nombramiento o su promoción a grados
superiores, o ambas cosas, al propio César. Eran una parte importante del proceso por
el cual las legiones pasaron a ser no sólo el ejército de la provincia que controlara en
cada ocasión, sino el ejército de César.[3]

Los meses de invierno eran también una época de adiestramiento. César no era un
tirano en la vieja tradición romana de severos comandantes que azotaban y
ejecutaban a sus hombres para imponer una rígida disciplina. Al parecer, raramente
empleó el castigo, y consideró sólo la deserción y el amotinamiento como delitos
graves. Cuando no estaban de servicio y en los meses tranquilos, sus hombres
disponían de mucha libertad en cuanto a su comportamiento. Se supone que, una vez,
César afirmó que sus hombres lucharían igual de bien si «apestaran a perfume».
Mario había guiado a sus ejércitos del mismo modo y tal vez César copiara de manera
deliberada a su famoso pariente, o tal vez sintiera que era la manera apropiada de
hacer las cosas para un popularis. No obstante, pese a su indulgencia en tiempos de
paz, tanto Mario como César establecían altos estándares de conducta para sus
legiones durante las verdaderas operaciones. Entonces se exigía una disciplina muy
estricta, instantánea obediencia y maniobras competentes, y para garantizar que lo
obtenía, César entrenó duramente a su ejército. En ese sentido, sí se correspondía con
el ideal aristocrático del comandante, porque los mejores generales eran vistos como
hombres que preparaban a sus ejércitos para la batalla mediante un riguroso
adiestramiento. César «muchas veces daba incluso la orden de marcha sin motivo,
especialmente en días de lluvia o festivos. Con frecuencia les advertía que no le
perdieran de vista, y de súbito se alejaba lo mismo de día que de noche y cubría
largas etapas, para cansar a los que se habían demorado en salir en pos de él».[4] Su
ejemplo personal era esencial para animar a lo soldados a satisfacer sus estándares.
César encabezaba la columna en las marchas de adiestramiento y en el campo, en
ocasiones a caballo, pero más a menudo a pie, como los legionarios ordinarios. Era
un gesto con el que pretendía mostrarles que no esperaba que hicieran nada que no
hiciera él mismo. Según Plutarco, los soldados estaban impresionados:

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[…] era su resistencia a la fatiga, que parecía soportar con una perseverancia por
encima de su capacidad física, lo que los dejaba atónitos, ya que, aun siendo
delgado de constitución, de piel blanca y delicada, y sujeto a frecuentes dolores de
cabeza y a crisis de epilepsia […] no consideraba su debilidad corporal pretexto
para una vida muelle, sino las campañas militares terapéutica de la debilidad
corporal, y era con interminables caminatas, con una dieta frugal y con la
costumbre continua de dormir a la intemperie y aguantar una vida de privaciones
como combatía por alejar la enfermedad y conservaba el cuerpo difícil de
conquistar. Dormía la mayor parte de las veces en vehículos o literas, convirtiendo
el reposo en actividad, y de día iba a las guarniciones, ciudades y
atrincheramientos, sin tener en su compañía más que a un criado sentado a su
lado, de esos que están acostumbrados a tomar nota al dictado durante el viaje y
detrás de él un solo soldado haciendo guardia de pie con la espada.[5]

Cuando César se dirigía a sus tropas siempre utilizaba la palabra «camaradas»


(commilitones), nunca «hombres» o «soldados». Ellos y él eran todos buenos
romanos que servían a la República luchando contra sus enemigos y también
obteniendo gloria y botines en el proceso, que él se cuidaba de compartir con ellos
con gran generosidad. Ya habían logrado dos grandes victorias. La confianza mutua
fue creciendo de manera gradual entre el comandante, sus oficiales y los soldados a
medida que se fueron conociendo y aprendiendo a fiarse los unos de los otros. El
orgullo del legionario, el suyo propio y el que sentían por sus unidades era fomentado
con cuidado. Se fabricaron armas decoradas, algunas con incrustaciones de plata o de
oro, muy probablemente como recompensas al valor, identificando a los receptores
como soldados excepcionales y haciéndoles sentir especiales. El sistema militar
romano siempre había tratado de alentar la audacia de sus soldados, pero en las
legiones de César este ideal fue llevado al extremo.[6]

César pasó gran parte del invierno al sur de los Alpes, por lo que suponemos que,
en buena medida, la instrucción fue supervisada por sus legados, tribunos y
centuriones. Anteriormente ya había defendido los derechos de los residentes de la
Galia Cisalpina, y durante su etapa de gobernador hizo cuanto pudo para conseguir el
apoyo permanente de los pueblos de aquella zona, sobre todo de la aristocracia.
Contrató en su Estado Mayor a muchos ciudadanos de extracción gala, muchos de
ellos aristócratas de las tribus de la provincia transalpina. Aparte de Valerio Procilo,
que había desempeñado un papel tan significativo en las primeras campañas, otros
nombres se mencionan más adelante en los Comentarios. El padre del historiador
galo Trogo también formó parte de la plana mayor de César y se le otorgó la
responsabilidad de ocuparse de algunas de sus cartas. César nunca le menciona y

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puede que fuera uno de los diversos asistentes que ayudaban a hacer frente a la
voluminosa correspondencia del procónsul. Aunque estuviera a lomos de un caballo y
cabalgando para inspeccionar las líneas de su ejército, se dice que César era capaz de
dictar a dos secretarios al mismo tiempo. Con frecuencia, las cartas iban dirigidas a
hombres influyentes de Roma y, en muchas ocasiones, eran reforzadas con visitas
personales realizadas por su representante, Balbo. También llegaba mucha
correspondencia para César, y Plutarco nos cuenta que, desde el principio, muchos
hombres viajaron hacia el norte para pedirle favores, como que les nombrara
miembros de su Estado Mayor. Siempre deseoso de hacer favores para incrementar
los compromisos hacia él, casi siempre estaba dispuesto a conceder lo que se le pedía.
Sin embargo, en general, parece que eran los fracasados o los que carecían de buenos
contactos los que se le acercaban.[7]

Socialmente, César recibía y era invitado por los miembros de la aristocracia


local, muchos de los cuales sólo poseían la ciudadanía hacía un año más o menos.
Suetonio afirma que, con regularidad, tenía invitados a cenar que llenaban dos salas,
una con sus oficiales y los miembros griegos de su plana mayor, y otra para los
ciudadanos civiles. En una ocasión, en Mediolanum (el actual Milán), cenó en la casa
de un tal Valerio Meto, y sirvieron a todos espárragos aliñados accidentalmente con
mirra amarga en vez del habitual aceite de oliva. César lo comió sin hacer ningún
comentario ni alterar su expresión, y reprendió a sus compañeros cuando se quejaron
en voz alta. Este patricio de una de las más antiguas familias romanas era el invitado
ideal y siempre resultaba una compañía amena. No sabemos si había muchas
personas de la nobleza local capaces de proveerle de la ingeniosa conversación, a
menudo filosófica o literaria, que era tan popular entre la élite romana. Aunque no
estuvieran a la altura de las sofisticadas cenas de Roma, los marcados intereses
literarios de muchos de sus oficiales sin duda le proporcionaron tales
entretenimientos. César también hizo amistad con el padre del poeta Catulo, cuya
familia provenía del valle del Po. El hijo se había marchado a Roma, pero, tras dar
unos cuantos pasos en la carrera pública, la abandonó y se dedicó a sus versos.
Muchos hablaban de amor, pero otros muchos eran implacables ataques contra los
líderes del momento, incluyendo tanto a Catón como a César. En uno de sus poemas,
llamó a César «un vicioso, un glotón, un tahúr», pero otro, aún más difamatorio,
afirmaba —entre otras cosas —que había existido una aventura homosexual entre el
general y uno de sus prefectos, Mamurra:[8]

Esos degenerados bujarrones,


es decir, César y Mamurra el puto,
están de acuerdo en todo. Y no me extraña.

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Llevan impresas manchas parecidas
—uno en Roma, otro en Formias— que no van
a borrarse con un simple lavado.
Su vicio es parecido. Ellos gemelos.
Los dos han recibido la instrucción
en un solo colchón.

Todo muy chic.


Ninguno de los dos supera al otro
a insaciable y promiscuo. Si son socios
es para competir con mujerzuelas.
Que están de acuerdo en todo
estos degenerados bujarrones.[9]

César estaba indignado, pero no rompió su amistad con el padre del poeta y
cuando el propio Catulo se disculpó, le invitó inmediatamente a cenar con él.[10]

Nadie parece haber creído realmente que César y Mamurra fueran amantes, pero
este último no era una figura popular y atrajo la ira de Catulo en otros poemas.
Después de las historias sobre Nicomedes, César era sensible a este tipo de cosas. Sin
embargo, todo el mundo creyó —y con razón— la insinuación de que el procónsul
había continuado siendo un mujeriego en las Galias. Años más tarde, durante su
triunfo, los legionarios de César cantaron sobre cómo derrochó el dinero que pidió
prestado a Roma en sus mujeres galas. En la descripción de Tácito de una rebelión en
Renania en 70 d. C. se habla de un noble galo que sostenía que descendía de César.
Se supone que este había tomado como amante a la bisabuela del galo en algún
momento durante las campañas en las Galias. Es difícil saber quiénes fueron las
amantes de César aquellos años, pero es probable que la mayoría procedieran de las
familias aristocráticas de sus provincias y tal vez de las tribus de otras zonas. Es
posible que algunas, sobre todo aquellas que tenían ciudadanía romana, hubieran
recibido educación y pudieran brindarle la ingeniosa y estimulante compañía que con
tanta frecuencia había buscado entre las mujeres casadas de Roma. En otros casos,
puede que se tratara simplemente de una cuestión de placer físico.[11]

LOS BELGAS

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El hecho de dejar a su ejército invernando en las tierras de los sécuanos
demuestra que César no pretendía que su intervención en los asuntos de las Galias
fuera temporal. Él mismo llega a admitir que eso provocaba la inquietud de algunos
jefes tribales, que se preguntaban qué habían salido ganando realmente con la
expulsión de Ariovisto si ahora se encontraban bajo el dominio del procónsul
romano. Durante el invierno, a César le llegaron rumores e informes desde el sur de
los Alpes de que existía aún más agitación entre los belgas, las tribus del norte de la
Galia, y que preparaban una «conspiración» contra Roma. Habían recibido el aliento
de los jefes de algunos pueblos galos/celtas —que, según César, aspiraban a erigirse
en reyes—, pero opinaban que sería mucho más difícil lograr el éxito de ese tipo de
revoluciones en una región dominada por Roma. Los belgas pensaban asimismo que
una vez que los romanos hubieran conseguido el control —«pacificación» es la
palabra empleada en los Comentarios— de la Galia central céltica, entonces las
legiones podrían marchar de inmediato sobre ellos. En vista de los acontecimientos
subsiguientes, no era una preocupación sin fundamento, porque César planeaba hacer
exactamente eso. Al sacar a su ejército de la Galia Transalpina el año anterior,
expulsando primero a los helvecios y luego a Ariovisto, había demostrado que Roma
estaba dispuesta a intervenir en representación de sus aliados. En el pasado, la
provincia romana había mantenido un círculo de Estados amigos en torno a sus
fronteras. César había decidido impulsar la esfera de influencia de Roma más hacia el
norte, alegando que era necesario para evitar que otras fuerzas dominaran la región y,
en última instancia, pudieran amenazar la seguridad de la provincia. Estos motivos
eran perfectamente apropiados en un gobernador romano y aunque las acciones de
César suponen una interpretación extremadamente agresiva de su deber, seguía
moviéndose dentro de los limites del comportamiento correcto en un magistrado de la
República. Pompeyo se había comportado de forma similar durante sus campañas
orientales, pero las campañas de ambos diferían sólo en su escala de las acciones de
muchos generales romanos anteriores. Pocos de estos generales habían sido
cuestionados por sus acciones y aún menos llegaron a ser castigados. En los
Comentarios César sostiene que los belgas planearon e iniciaron un ataque preventivo
para desafiar el poder romano. En la práctica, él estaba actuando de la misma manera.
Según los estándares de la época, a ningunos de ellos les faltaba razón.[12]

César utiliza el término «belgas» con bastante vaguedad para referirse a todos los
pueblos que habitaban al norte de las tribus celtas. La zona era mucho mayor que la
actual Bélgica e incluía no sólo áreas de Holanda, sino buena parte del norte de
Francia. Al parecer, los «auténticos» belgas eran las tribus que vivían en lo que ahora
es el Paso de Calais y la Alta Normandía. César creía que todos los belgas eran galos,
pero también asegura que muchos de ellos descendían de los colonos germanos.
Como ya hemos visto, la distinción entre los galos y los germanos no siempre estaba
tan clara como sugieren nuestras antiguas fuentes, pero es muy posible que hubiera

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parte de verdad en su afirmación. A finales del siglo I d. C. Tácito también creía que
los nervios y los tréveros eran germanos. En el caso de César, tal vez mencionara la
conexión con los germanos con el fin de pintar a los belgas todavía más
amenazadores y, por tanto, más merecedores de la «pacificación» romana. También
se ocupa de informarnos que una tribu alardeaba de que eran el único pueblo que
había resistido la emigración de los cimbros y los teutones, mientras que otra era
descendiente de los grandes enemigos de Roma. Los belgas eran más combativos que
las tribus celtas, en parte porque estaban más alejados de la influencia romana. Los
autores antiguos opinaban que el acceso a los lujos de la civilización ablandaba a la
gente, mientras que una vida sencilla conservaba la virtud y el valor natural. Los
vestigios arqueológicos confirman que el vino romano era mucho menos habitual en
el norte de las Galias que entre los pueblos que estaban situados más cerca de las
rutas comerciales. Se cree que los nervios prohibieron todas las importaciones, pero
en el resto de las Galias, las aristocracias tribales valoraban mucho el vino, y poseerlo
incluso en pequeñas cantidades les ayudaba a confirmar su estatus. Sabemos menos
de las aldeas amuralladas del norte de Galia que de los oppida de las tribus celtas,
pero, en general, parece que eran de un tamaño algo inferior y menos desarrolladas.
Algunas de las tribus seguían teniendo reyes, algunos de los cuales eran poderosos,
aunque los consejos aristocráticos eran más importantes en otras tribus. Sólo una
generación antes aproximadamente se cree que un monarca controló gran parte de la
región, así como parte de Britania.[13]

Una unidad política así, con un único líder fuerte, había dejado de existir, pero las
tribus belgas mostraron su intención de unirse para enfrentarse a la amenaza que
suponían los romanos. Durante el invierno, habían intercambiado rehenes y acordado
formar un ejército combinado, al que cada tribu contribuiría con un número
establecido de guerreros. El conjunto de las tropas sería liderado por Galba, rey de los
suesiones, no por ningún tipo de derecho, sino porque los otros líderes reconocieron
su habilidad. César comenzó a concentrar sus propias fuerzas antes de que empezara
la temporada de campañas, enviando las dos nuevas legiones a las órdenes del legado
Quinto Pedio para que se unieran al resto del ejército. El procónsul permaneció en la
Galia Cisalpina, y viajó hacia el norte sólo para ponerse al mando cuando la
primavera estuvo suficientemente avanzada para proveer de forraje a los animales del
ejército. De inmediato, solicitó a las tribus aliadas que le informaran de los hechos
que se producían en la zona más septentrional y recibió informes de los preparativos
de los belgas. El ejército romano marchó hacia el norte: el procónsul avanzaba a su
característico ritmo veloz, de modo que en dos semanas estaban ya próximos a los
remos, la primera de las tribus consideradas belgas más que celtas. Llegaron unos
emisarios y le aseguraron que nunca habían mostrado hostilidad hacia Roma,
aceptando enseguida las demandas de rehenes y provisiones de grano. Les interrogó
acerca del número de guerreros a los que se enfrentaría y le proporcionaron una lista

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precisa de los contingentes de las tribus. Los belóvacos habían prometido 60 000
hombres, los suesiones y los nervios 50 000, los mórinos 25 000, los atuátucos
19 000, los atrebates 15 000, los ambianos y cáletes 10 000 cada uno de ellos,
mientras que otras seis tribus en conjunto ofrecieron 50 000, produciendo un total de
289 000 guerreros. Esas fueron las cifras proporcionadas por los remos, que César
anotó con diligencia en los Comentarios. Nunca se preocupa de decir si consideraba
que esos cálculos eran exactos. Lo que sí es cierto es que la descripción de la
campaña sugiere que el ejército combinado era excepcionalmente numeroso y
bastante torpe, por lo que podría haber sido mucho mayor que el ejército romano. El
propio César se aseguró de que nunca llegaran a reunirse todas las fuerzas de las
tribus: acordó con Diviciaco que los eduos atacaran a los belóvacos y mantuvieran a
sus guerreros ocupados defendiendo sus propias tierras.[14]

Los remos tenían un estrecho vínculo con los suesiones, compartían las mismas
costumbres y leyes, y, en ocasiones, eran gobernados por los mismos líderes. Es
difícil saber si su disposición para unirse a los romanos era un reconocimiento
pragmático de su incapacidad para resistir la súbita aparición de César o se basaba en
la rivalidad y el miedo de las otras tribus. Sin duda, los remos eran el primer objetivo
de la coalición belga, cuyo ejército avanzaba para asaltar Bibrax, una de las
poblaciones más importantes de los remos (probablemente la actual Vieux-Laon).
César había avanzado a través del Aisne, que discurría junto a las fronteras de la tribu
y acampó en la orilla más lejana. Abandonó un destacamento al mando del legado
Sabino al otro lado del río para construir un fuerte que protegiera el puente. Bibrax
estaba a unos trece kilómetros de distancia, y su líder —uno de los jefes que había
encabezado la delegación que habló con César— mandó avisar de que no podría
resistir mucho más a menos que le enviaran ayuda. Guiados por los hombres que
habían traído ese mensaje, el procónsul envió a sus tropas ligeras númidas, cretenses
y baleares para entrar en el pueblo protegidos por la oscuridad. El método utilizado
por los belgas para atacar una fortificación era simple: un aluvión de piedras lanzadas
con honda y otros proyectiles inmovilizaban a los defensores, mientras que otros
guerreros avanzaban sosteniendo los escudos por encima de sus cabezas y socavaban
el muro. Con los diestros arqueros y honderos enviados por César, esa tarea habría
resultado muy difícil, y los belgas abandonaron el intento, contentándose con asolar
el área circundante prendiendo fuego a los pequeños pueblos y granjas que salpicaban
el campo. A continuación, avanzaron para enfrentarse a César, acampando a algo más
de tres kilómetros de la posición romana, con un valle entre ambos. César afirma que
las fogatas en el disperso campamento de los belgas cubrían un área de unos trece
kilómetros.[15]

Durante días ambos bandos se observaron mutuamente. Hubo escaramuzas de las


caballerías, con las que César midió la calidad de este nuevo enemigo y decidió que

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sus propios hombres estarían a la altura o les superarían en la mayoría de situaciones.
Su campamento estaba en terreno elevado, con el río Aisne en la parte trasera. En la
pendiente delantera desplegó sus seis legiones con experiencia de combate, dejando a
las dos formaciones recién reclutadas para guardar el campamento, lo que recuerda al
despliegue contra los helvecios. Al no contar con ningún accidente natural que
protegiera los flancos, los legionarios cavaron una fosa de cuatrocientos pasos
(aproximadamente ciento veinte metros) a cada lado, que se unía en ángulos rectos a
la línea principal. Cada fosa llevaba a un pequeño fortín, en el que habían emplazado
piezas de artillería ligera o escorpiones, capaz de lanzar pesadas flechas con una
fuerza y una precisión tremenda a distancias mucho mayores que cualquier arma
lanzaproyectiles que poseyeran los belgas. En una ocasión, Sila ya había afianzado su
posición de un modo muy similar para asegurar sus flancos contra un ejército
enemigo que era claramente superior en número. Los belgas tendrían que ascender la
suave pendiente antes de atacar la posición romana desde el frente y la ventaja de tal
posición había sido demostrada con claridad el año anterior cerca de Bibracte. Para
empeorar la situación de los belgas, en el fondo del valle que se abría entre las dos
posiciones había un arroyo y un área de marismas. No es que fueran obstáculos
insalvables, pero habrían retrasado el ataque en aquella zona y provocado el desorden
en las líneas. Era poco probable que el adversario le diera al atacante la oportunidad
de detenerse y reorganizar la línea antes de proseguir el avance.[16]

La posición de César era poderosa y podía confiar en rechazar hasta el más duro
de los ataques. No obstante, las huestes belgas no mostraron ninguna intención de
cargar hacia su muerte y se contentaron con formar en el extremo más lejano del
valle, esperando que los romanos cruzaran el terreno cenagoso y lucharan con
desventaja. Ese era siempre el riesgo de un comandante que adoptaba una posición
muy fuerte, porque si las ventajas de su emplazamiento eran obvias, entonces el
enemigo encontraba pocos incentivos para entablar combate. Ambos bandos hicieron
avanzar a su caballería y los jinetes aliados habían llevado la voz cantante frente a los
caballeros belgas antes de que César los retirara. Dándose cuenta de no se produciría
una batalla campal, ordenó a las legiones que regresaran al campamento para
descansar. Tras llegar a la misma conclusión, los comandantes belgas enviaron parte
del ejército a vadear el río Aisne y, una vez allí, o bien amenazar la línea de víveres
romana capturando el fuerte que protegía el puente o bien sacar a César de su
posición devastando las tierras de sus nuevos aliados, los remos. El puesto de
avanzada en el puente informó de esta nueva amenaza y César respondió dirigiendo
la caballería, los númidas, y las otras tropas ligeras hacia la parte más alejada del río.
Consiguieron capturar a los guerreros belgas cuando sólo habían logrado cruzar.
Fueron rodeados y atacados por la caballería, mientras que las tropas de los
proyectiles abatieron al resto de guerreros mientras vadeaban el agua. Tras sufrir
numerosas bajas, los belgas se retiraron.

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Mantener a un ejército tribal por un tiempo prolongado en el campo de batalla era
una tarea difícil, ya que su organización logística tendía a ser extremadamente básica.
Los guerreros, o las esposas y sirvientes que en muchas tribus les acompañaban a la
batalla, sólo transportaban una cierta cantidad de alimento. En los meses de verano, a
menudo era posible conseguir comida y forraje en el campo, pero las cantidades
recopiladas de ese modo eran limitadas y se agotaban con rapidez si el ejército
permanecía en un solo lugar durante un tiempo. El ejército belga de 57 a. C. era
excepcionalmente grande (aunque debemos tratar estas cifras con precaución) por lo
que los problemas de suministro empeoraron de modo considerable. El ataque contra
Bibrax había fracasado, al igual que el intento de cruzar el río y situarse detrás de los
romanos. César se había mostrado dispuesto a luchar sólo si los belgas adoptaban una
posición de grave desventaja. Sin duda les dijo a sus hombres que la reticencia del
enemigo a atacar la posición romana revelaba que estaban asustados. Galba y los
jefes belgas podían igualmente haber asegurado a sus guerreros que los romanos se
negaban a descender la colina y abandonar sus trincheras porque temían el poder de
las tribus. Hasta el momento no habían tenido demasiada suerte en la campaña, pero
habían mostrado a su nuevo enemigo cuán numerosos eran y la confianza de sus
hombres y César no había corrido el riesgo de atacar a su fuerza principal. Es posible
que Galba y los otros líderes opinaran que habían demostrado que eran fuertes y que
eso bastaría para evitar que la invasión continuara. Con frecuencia, el elemento de
exhibición y de gesto era importante en las guerras entre tribus, por lo que no
debemos coincidir con César necesariamente y ver la siguiente acción de los belgas
sólo en términos pragmáticos. Con todo, los factores prácticos eran innegables,
puesto que las reservas de víveres del ejército estaban casi agotadas y las tropas no
podrían permanecer donde estaban mucho más tiempo. Además, habían llegado
noticias de que los eduos estaban llegando a la frontera con los belóvacos tal y como
había acordado César con Diviciaco. En un consejo de los principales jefes que
formaban parte del ejército, los belgas resolvieron dispersarse y regresar a casa, de
modo que cada uno de los contingentes tribales retornó a sus propias tierras, donde
podrían recibir alimentos con facilidad. Tras comprometerse en ayudar a cualquier
tribu que fuera atacada por César en los siguientes meses, el inmenso ejército se
dispersó. No lo hizo de forma ordenada, sino que los distintos líderes y sus grupos
simplemente recogieron sus cosas y emprendieron la marcha durante la noche.[17]

Las avanzadas romanas informaron de la ruidosa partida del ejército belga, pero
César albergaba sospechas de que fuera una trampa. Es posible que el fracaso del
ataque sorpresa contra los helvecios el año anterior le hubiera movido a aumentar la
precaución en las operaciones nocturnas. Al amanecer, envió a unas patrullas que
confirmaron que el enemigo se estaba alejando sin hacer ningún esfuerzo organizado
de cubrir su retirada. La caballería salió al mando de Pedio y Cota, y Labieno les
siguió con tres legiones para proporcionar el apoyo necesario. Hubo poca resistencia

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y muchos guerreros belgas fueron asesinados y capturados cuando huían de la
persecución de los romanos. Por el momento el enorme ejército se había dispersado y
pasaría algún tiempo antes de que las tribus consiguieran concentrar sus fuerzas de
nuevo. César se aseguró de que no dispusieran de ese tiempo. Al día siguiente,
marchó contra los suesiones, cuyo territorio lindaba con el de los remos. Avanzando a
marchas forzadas, alcanzó uno de los principales pueblos de Noviodunum (como con
la mayoría de los oppida belgas mencionados por César, se desconoce su localización
exacta, pero se cree que estaba cerca de la actual Soissons). Creyendo por unos
informes que la población no tenía ningún defensor, César envió a sus hombres
directamente al ataque y, aunque es cierto que había pocos guerreros para resistirles,
los romanos no tenían escalas ni ningún otro equipamiento para el asedio y los belgas
lograron repeler el ataque. Tras este fracaso, César se aseguró de que el asalto se
llevaba a cabo con los medios apropiados y ordenó a los legionarios construir una
rampa, torres de asedio y manteletes para elevar a sus hombres y ayudarles a superar
los muros. El pueblo aún no estaba bloqueado y varios guerreros del ejército que se
acababa de dispersar se refugiaron en su interior, pero su moral estaba flaqueando y
la visión de las máquinas de asedio romanas les hizo desfallecer. Los suesiones se
rindieron y, gracias a la intercesión de los remos, obtuvieron unas condiciones
favorables. Entregaron rehenes de sus principales familias, incluyendo dos de los
hijos del rey Galba, así como diversas armas, tal vez una cantidad simbólica para
representar el desarme.[18]

César tenía que seguir adelante mientras dispusiera de ventaja y, a continuación,


atacó a los belóvacos, que tampoco ofrecieron mucha resistencia y se rindieron
enseguida. Esta vez fue Diviciaco, de los eduos, quien habló en su favor, alegando
que existía una larga relación de amistad entre ambas tribus. La culpa de la reciente
hostilidad de los belóvacos recayó sobre unos cuantos jefes que consideraban la
alianza de los eduos con Roma como esclavitud, pero esos hombres habían escapado
a Britania y ya no influirían en la política de la tribu. César les concedió con gusto lo
que pedían y aceptó la rendición en términos igualmente benévolos, aunque exigió
seiscientos rehenes, una cantidad muy superior a la habitual. Esto se debía en parte a
su deseo de honrar a Diviciaco y a los eduos, pero también era importante debilitar la
coalición a la que se enfrentaba eliminando tantos miembros como fuera posible. El
elevado número de rehenes hace pensar que la mayoría de familias aristocráticas de
los suesiones envió a alguien al campamento de César con la clara intención de
garantizar que la guerra no recomenzara. En los Comentarios a la Guerra de las
Galias encontramos frecuentes referencias a los rehenes, pero César nunca menciona
cuál fue el destino de aquellos que procedían de tribus que violaban los tratados que
habían firmado con él. Después de enfrentarse a estas dos poderosas tribus, César
atacó a los ambianos, una tribu más pequeña que capituló de inmediato. Bastante más
de un tercio de las fuerzas que se suponía que los belgas habían reunido a principios

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de año habían sido vencidas y ahora César tenía todas las de ganar. No obstante, las
sencillas victorias de los últimos días habían terminado y la resistencia se estaba
endureciendo.[19]

LA BATALLA DEL SAMBRE

A continuación, César se dirigió hacia el noroeste contra los nervios, la tribu más
numerosa que aún estaba dispuesta a luchar.

Después de tres días de marcha, la columna romana estaba a unos dieciséis


kilómetros del río Sambre y, tras someterlos a un interrogatorio, los cautivos
revelaron que el ejército tribal estaba aguardando en la otra orilla. Se les habían unido
los atrebates y los viromanduos, y otra tribu, los atuátucos, estaba en camino. De
acuerdo con los cálculos de los remos, los nervios, los atrebates y los viromanduos
habían aportado 75 000 hombres al ejército de la coalición que se formó a principios
de verano y César afirma que la primera tribu contaba con 10 000 hombres más en
esta batalla. Como hemos visto, la fiabilidad de estas cifras es cuestionable y es
probable que sus contingentes hubieran mermado debido a las anteriores operaciones
y se hubieran reducido todavía más porque no todos los guerreros habrían logrado
unirse al ejército. Las ocho legiones de César sumaban un total aproximado de 30 000
a 40 000 soldados, apoyados por varios miles de jinetes e igual número de tropas
ligeras. Es muy posible que los nervios y sus aliados contaran, como mínimo, con
paridad de efectivos respecto a César y lo más probable es que disfrutaran de una
clara ventaja numérica, aunque no tanto como el doble de la cifra romana. Los belgas
estaban decididos a luchar y habían evacuado a sus mujeres, niños y demás miembros
no combatientes de las tribus a unos lugares santuario situados en unas marismas
inaccesibles. También habían enviado información de forma clandestina a los galos y
belgas que acompañaban a César en calidad de aliados o rehenes. Estos les habían
comunicado que, en el orden habitual de marcha de César, cada legión iba en
formación independiente y guardaba su propio bagaje, lo que significaba que las
tropas de combate estaban divididas en ocho secciones principales, con engorrosas
líneas de sirvientes, carros y animales de carga entre ellas, lo que dificultaría la
creación de la línea de batalla.[20]

Ese tipo de formación hacía vulnerables a los romanos y los nervios habían
elegido el terreno con cuidado. Como era habitual, no es posible saber a ciencia cierta
la localización de la batalla, pero parece probable que tuviera lugar a unos cuantos
kilómetros de Maubeuge. Es posible que la tribu ya hubiera repelido a otros invasores
en aquel lugar. Evidentemente sabían que César cruzaría el río, por lo que lo más
posible es que siguiera una ruta muy trillada, utilizada por las tribus para la

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circulación comercial, además de para el paso de los ejércitos. A cada lado del río,
que en esta época del año tenía una profundidad aproximada de un metro y era
fácilmente vadeable, se alzaban suaves cerros. En la orilla más lejana, el valle se
abría unos doscientos pasos, pero la zona era muy boscosa, lo que permitía que los
guerreros aguardaran escondidos. En la orilla por la que se aproximaban los romanos
el terreno estaba interrumpido por líneas de gruesos y altos setos, construidos de
forma deliberada por los nervios para entorpecer el asalto de los jinetes enemigos.
Estos bardales suponían un obstáculo tanto para el movimiento como para la vista y
su misión era enviar un claro mensaje a los asaltantes de que una vez superaran ese
punto, su razia se toparía con la resistencia de una tribu orgullosa de su reputación
marcial. En aquella ocasión, pretendían demostrárselo a César y su intención era
lanzar un ataque total en cuanto el bagaje que seguía a la legión principal estuviera a
la vista.[21]

Batalla del Sambre.

Los cautivos —seguramente capturados por las patrullas de caballería y los


exploradores que precedían al ejército principal— habían advertido a César que

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encontrarían oposición en el cruce del río, por lo que cambió la formación de marcha
y adoptó el que era su despliegue habitual cuando existía el riesgo de toparse con el
enemigo. Después de la cortina de la caballería y las tropas ligeras, avanzaban las seis
legiones más experimentadas sin el estorbo del bagaje, que se había amontonado y
dejado a cargo de las dos legiones recién alistadas, que seguían en la retaguardia. Ese
día en concreto, la Décima iba en cabeza, seguida por la Novena, luego la Undécima,
Octava, Duodécima y Séptima. Un grupo de centuriones acompañaba a las patrullas
avanzadas de exploradores y tenía la misión de seleccionar y marcar el lugar donde se
establecería el campamento durante la noche. La construcción de un campamento de
marcha protegido por un foso y un muro de tierra formado con el barro excavado del
suelo era una práctica estándar en todos los ejércitos romanos y era el equivalente de
los actuales soldados de infantería atrincherándose al final de cada maniobra. Se
tardaban varias horas en levantar un campamento, pero ofrecía seguridad contra un
ataque repentino y se construía siguiendo un diseño regular para que cada unidad
supiera cuál era su lugar. Los centuriones señalaron un emplazamiento en la colina de
la ribera más próxima del río. Cuando comenzó a llegar el grueso de la tropa, la
caballería y las tropas ligeras atravesaron el agua chapoteando y formaron una cortina
frente a la orilla ocupada por el enemigo. La mayoría del ejército tribal estaba
escondida detrás de los árboles, pero unos cuantos grupos pequeños se lanzaron como
una flecha contra los romanos y sostuvieron escaramuzas con ellos. Los nervios
tenían muy pocos jinetes y las fuerzas auxiliares consiguieron vencerlos con facilidad
en los combates que se produjeron, pero tuvieron cuidado de no perseguir a los belgas
demasiado lejos y entrar en los bosques. Cuando llegaron las legiones, comenzaron a
construir el campamento, amontonando los fardos, los cascos, los escudos y las pila
en el suelo, aunque, como era habitual, no se despojaron de la armadura mientras
cavaban. Cada legado supervisaba la legión bajo su mando, dado que César les había
dado instrucciones —probablemente como orden permanente— de quedarse junto a
sus hombres hasta que el campamento estuviera finalizado. Es muy posible que
hubiera pequeños destacamentos de legionarios armados enviados como piquetes,
pero no se hacía un auténtico esfuerzo por proteger a los legionarios de un ataque
declarado.

En años previos, César había cubierto la construcción de un campamento cerca


del ejército de Ariovisto manteniendo las líneas primera y segunda de las legiones en
orden de batalla de cara al enemigo, mientras las cohortes de la tercera línea cavaban.
Napoleón y muchos otros analistas han criticado justificadamente el hecho de que no
adoptara el mismo curso de acción aquí. César ya sabía que el enemigo se había
apostado en algún lugar al otro lado del río y habría visto las refriegas de su
caballería y tropas ligeras con ellos en la orilla opuesta. Los nervios y sus aliados
estaban cerca y, por tanto, había posibilidades de que se produjera un ataque, pero
puede que lo juzgara improbable. El día estaba bastante avanzado y lo único que

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había hecho el adversario era hostigar a sus avanzadas. Semanas antes, cuando se
había enfrentado a un ejército aún más grande, este se había negado a atacar en
terreno difícil y el río parecía una barrera segura. Si mantenía una parte considerable
del ejército en armas, se retrasaría la construcción del campamento, mientras que en
58 a. C., las cohortes de la tercera línea tuvieron que levantar un campamento para
sólo dos legiones, no para todo el ejército. Sea por una decisión consciente o por
simple omisión, tal vez movido por la complacencia tras la fácil derrota de las tres
tribus las pasadas semanas, César corrió el riesgo de no proteger las legiones mientras
trabajaban. Una decisión que estuvo a punto de resultar fatídica.[22]

Los belgas demostraron una admirable disciplina mientras esperaban que llegara
el momento de atacar. Los cabecillas del ejército —un jefe nervio llamado
Boduognato era el líder general— habían acordado aguardar hasta que apareciera la
impedimenta romana. Aunque esta no seguía a las legiones que marchaban en cabeza
como habían previsto, los guerreros permanecieron quietos y sólo cuando vieron la
columna concentrada del ejército en el extremo más lejano del valle salieron del
resguardo de los bosques y avanzaron. La caballería auxiliar y las tropas ligeras
romanas no tenían ninguna posibilidad de resistir un ataque en masa y cedieron
terreno enseguida. La línea belga, compuesta de contingentes tribales, había
permanecido oculta tras los árboles y surgió de pronto, bajó la pendiente y cruzó el
río, desordenando sus filas en el proceso, algo que probablemente acentuaron todavía
más los setos situados en la ribera opuesta. Aun así, seguían estando mejor
preparados para la batalla que los romanos, que estaban teniendo apuros para formar
cualquier tipo de linea de combate. Las batallas contra los helvecios y Ariovisto —y,
desde luego, encuentros de más envergadura de esta época— eran empresas
cuidadosamente preparadas y previstas, se invertían horas en desplegar las líneas y
alentar a las tropas para el enfrentamiento que se avecinaba. Esta vez fue diferente y:
«César tenía que hacerlo todo a la vez: enarbolar el estandarte, que servía de enseña
cuando había que acudir a las armas; dar la señal de ataque; retirar a los soldados del
trabajo; llamar a los que se habían alejado un tanto excesivamente en busca de
materiales; formar el ejército, arengar a los soldados; dar la contraseña».[23]

El procónsul sólo podía estar en un lugar cada vez y más adelante rindió
homenaje a sus legados, que acometieron la organización de las tropas más próximas
a ellos sin esperar las instrucciones de César. De igual modo, los legionarios y
centuriones no fueron presa del pánico, sino que comenzaron a formar en unidades
improvisadas que muchas veces se componían de los soldados que estuvieran más
cerca en ese momento. Con sorprendente rapidez empezó a unirse una línea de batalla
y aunque era menos ordenada de lo habitual y también menos impresionante —no
había tiempo para quitarle la funda de cuero a los escudos o colocar las cimeras y
penachos en los cascos—, logró oponer resistencia. Es discutible si el ejército habría

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conseguido responder con tanta eficiencia en una crisis así el año anterior, cuando las
tropas y su comandante apenas se conocían y todavía no se había creado esa cohesión
que provenía del adiestramiento y esa confianza derivada del éxito. El mismo César
se dirigió a caballo a cada una de las legiones sucesivamente, primero a su favorita, la
Décima, que se hallaba a la izquierda de la irregular línea, y pronunció unas cuantas
palabras de aliento, diciéndoles que se mantuvieran firmes y recordaran su probado
valor. Los belgas —en su mayoría atrebates en este flanco— estaban ahora a unos
noventa metros, y César ordenó a la Décima que cargara, lo que hizo con buenos
resultados. Una salva de pila se estrelló contra las filas delanteras, deteniendo a los
atrebates. En aquel punto, la pendiente favorecía sobre todo a los romanos y el
enemigo se fatigó al cargar a la carrera, de modo que la Décima y la vecina Novena
pronto les hicieron retroceder a la falda de la loma. En el centro, la Undécima y la
Octava también fueron capaces de mantener la posición, empujando a los
viromanduos hacia el río. La derecha y el centro del ejército belga se estaban
derrumbando y la Décima y la Novena cruzaron incluso el Sambre para perseguir al
enemigo ascendiendo la pendiente opuesta. Sin embargo, el principal peso del ataque
belga y el grueso de los nervios encabezados por el propio Boduognato había caído
sobre el ala derecha del ejército romano. A los oficiales romanos les costaba ver lo
que estaba pasando porque a menudo la visión resultaba obstaculizada por los altos
setos, pero, movido por el instinto o al comprender lo que sucedía, el procónsul había
galopado hacia aquel lugar:[24]

César, después de arengar a la legión Décima, dirigiéndose al ala derecha, cuando


vio el aprieto de los suyos y que, por estar apiñadas las banderas [un término
abreviado para las formaciones de las unidades], los soldados de la Duodécima
legión se hallaban tan juntos que se estorbaban ellos mismos en la lucha; que,
muertos todos los centuriones y el abanderado de la cuarta cohorte, perdido el
estandarte, heridos o muertos casi todos los centuriones de las demás cohortes,
entre ellos el primipilo P. Sextio Báculo, hombre valerosísimo, traspasado de
muchas y graves heridas, hasta el punto de que ya no podía tenerse en pie, los
demás se mostraban remisos; que algunos, abandonados por los que les guardaban
la espalda, dejaban la lucha tratando de evitar los venablos, y que los enemigos no
cesaban de subir la cuesta por el frente y que acometían por ambos lados y que la
situación era apurada, sin que hubiera reserva alguna que pudiera enviarse en
socorro, arrebatando el escudo a un soldado de las últimas filas, pues César había
llegado allí sin escudo, se adelantó hasta la primera y, llamando por sus nombres a
los centuriones y arengando a los demás soldados, mandó avanzar y ensanchar las
filas para que pudieran servirse mejor de las espadas. Con su llegada cobraron

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esperanzas y nuevos bríos los soldados y, deseando cada cual hacer los últimos
esfuerzos en presencia del general, aun en el mayor peligro, cesó un poco el
ímpetu de los enemigos.[25]

Los generales romanos dirigían la línea de combate desde detrás, muy cerca de
los soldados, y corrían el riesgo de que los alcanzaran los proyectiles o los ataques de
guerreros audaces ansiosos por lograr fama asesinando al comandante enemigo. De
esa manera compartían parte de los riesgos de los soldados de sus ejércitos y ese era
un elemento importante para unir al dirigente y a sus dirigidos. Esta vez César fue
aún más allá, colocándose junto al frente de la línea de combate y mostrando el coraje
personal, que era un aspecto tan fundamental de la virtus aristocrática, como las
destrezas superiores esperadas de un comandante. Esta disposición a luchar, a morir
si era necesario junto a sus hombres, era la confirmación de la creciente confianza
que había nacido entre César y sus tropas. Una vez allí, animó a los que le rodeaban
—a los centuriones como individuos, a los legionarios comunes como «compañeros
soldados», y a las unidades— y mejoró su despliegue. Se contaban varias historias de
Pompeyo luchando al frente de sus hombres, abatiendo a diversos enemigos con la
espada o la lanza con ímpetu heroico. Así es como Alejandro Magno había peleado
en sus batallas y Pompeyo disfrutaba cuando se establecían comparaciones entre los
dos. También se decía de César que era muy hábil con sus armas personales, pero en
su propio relato no se describe en concreto su forma de pelear en sí. Puede que se
trate de una deliberada falsa modestia con la que pretende permitir a su público
imaginar por sí mismo el heroísmo del procónsul, que se insinúa cuando comenta con
total naturalidad que tomó prestado un escudo. No obstante, no parece que César
quisiera resaltar sus hazañas personales, sino que se concentraba en su papel como
líder y comandante. Al final, su narración reconoce que la batalla del Sambre fue una
batalla de soldados, que en última instancia resultó victoriosa gracias a la
determinación y disciplina de los legionarios.

Durante una tregua en la lucha, César cambió la disposición de las legiones


Duodécima y Séptima, llevándolas hacia atrás para que formaran una especie de
cuadrado o círculo y pudieran defenderse de ataques provenientes de cualquier
dirección. Ese tipo de pausas en el combate eran habituales, muy distintas de la
imagen que presenta Hollywood de batallas frenéticas en las que todos se
precipitaban hacia delante, se entremezclaban con el enemigo y disputaban duelos
individuales, decidiendo la batalla en cuestión de minutos. Por lo general, las batallas
duraban horas, pero la lucha cuerpo a cuerpo era física y mentalmente agotadora y
parece que solía desarrollarse en breves y furiosas ráfagas que se interrumpían, las
líneas se separaban unos metros, tomaban aliento e intentaban reunir el entusiasmo
suficiente para acercarse de nuevo. Cuando César llegó, la línea se estaba
desintegrando, los hombres de las filas traseras se habían retirado para escapar del

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peligro; muchos centuriones estaban muertos o heridos y la derrota parecía
inminente. Su ejemplo y, sin duda, el de otros oficiales presentes, ya que arengó a los
centuriones y dio orden de que se modificara la formación a través de los tribunos —
estabilizó la situación por el momento—, pero las dos legiones seguían sufriendo una
presión inmensa y el desmoronamiento total parecía cuestión de tiempo.[26]

El flanco derecho romano resistió el envite, pero la victoria se ganó en otra parte.
Las dos legiones que marchaban al final de la columna para proteger el bagaje
quedaron a la vista de los belgas, que habían rodeado el ala derecha romana y habían
ascendido la colina para atacar el campamento. La llegada de fuerzas romanas frescas
abatió a los belgas y animó a aquellos romanos que los vieron. Labieno estaba al
mando de la victoriosa izquierda romana y, por su propia iniciativa, mandó a la
Décima retornar al río para ayudar al resto del ejército. Esta legión, dándose cuenta
de que las cosas no marchaban bien, avanzó a toda velocidad y golpeó la retaguardia
de los nervios. La derecha romana podía ahora avanzar y expulsó a los guerreros que
se les enfrentaron. Entretanto, incluso los esclavos que acompañaban la impedimenta
se habían unido a la caballería y tropas ligeras reunidas y repelieron a los belgas que
rodeaban el campamento. Los nervios no se rindieron enseguida, muchos continuaron
luchando durante largo tiempo. César sostiene que algunos guerreros se subieron
incluso a los montones formados por sus propios muertos para seguir peleando, lo
que sin duda es una exageración, pero atestigua la ferocidad de un combate que había
visto muy de cerca en esta ocasión. Es evidente que las cifras de bajas infligidas en la
tribu que ofrece —que sólo sobrevivieron quinientos guerreros de sesenta mil, y sólo
tres jefes tribales de seiscientos— están también enormemente infladas y, de hecho,
son desmentidas por sus propias palabras en un libro posterior de los Comentarios.
Con todo, las pérdidas fueron elevadas y la voluntad de los nervios y sus aliados de
continuar la lucha quedó absolutamente truncada. Llegaron unos embajadores y se
rindieron ante el procónsul, que les ordenó permanecer en el futuro dentro de sus
propias fronteras y no atacar a nadie más. Envió asimismo instrucciones a las tribus
vecinas de no asaltar a los nervios en su presente estado de vulnerabilidad.[27]

OPERACIÓN DE LIMPIEZA

Los atuátucos no se habían unido a las otras tribus antes de que se librara la
batalla. Al conocer la derrota, regresaron a su tierra natal, pero no mostraron ninguna
inclinación a someterse a Roma y se prepararon para una defensa desesperada.
Llamaron a guerreros de otras comunidades y decidieron ocupar un único pueblo
amurallado que estaba situado en una posición natural ventajosa sobre una colina
escarpada. Habían recopilado vituallas para su manutención por si César intentaba
sitiarlo. Los defensores tenían confianza en sus propias posibilidades, lo que

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demostraban haciendo incursiones en territorio enemigo y asaltando al ejército
romano, que había acampado a las afueras del pueblo. César ordenó a las legiones
cavar una fosa y construir una muralla en torno a la cima de la loma, reforzándola con
baluartes a breves intervalos para formar una línea de circunvalación. En total, se
extendía por unos trescientos noventa metros, lo que nos da una idea de lo pequeña
que era en comparación la plaza fuerte. Los baluartes probablemente contenían
artillería ligera del tipo empleado antes junto al Aisne, que pronto disuadieron a los
defensores de aventurarse fuera de sus muros. Los atuátucos no podían salir, pero, al
principio, despreciaron la rampa y el torreón de asedio que los romanos habían
construido con mucho esfuerzo. César cuenta cómo se burlaron de los «pigmeos
romanos» y añade que toda la población de la Galia desdeñaba la menor estatura de
los legionarios romanos. Una torre de asedio era una máquina de guerra conocida y el
horror se propagó entre los belgas cuando los romanos empezaron a hacerla subir por
la rampa, empujándola hacia la muralla. Sumidos ahora en la desesperación, los
defensores enviaron delegados que ofrecieron la rendición y pidieron únicamente que
les permitieran guardar sus armas para protegerse de un posible asalto de sus vecinos.
César rechazó esa petición y les aseguró que él les defendería como defendería a los
nervios, situándolos bajo protección romana y ordenando a las tribus de los
alrededores que se abstuvieran de dirigir sus hostilidades contra ellos. Los sitiados
comenzaron a arrojar sus armas por encima de las murallas, creando un montón que
llegaría a ser casi de la misma altura que el muro.[28]

Aunque abrieron las puertas del pueblo, sólo una pequeña parte de las tropas de
César obtuvo permiso para entrar y, cuando cayó la noche, ordenó incluso a esos
pocos soldados que regresaran a su campamento, pues no confiaba en que
mantuvieran la disciplina si se quedaban en las oscuras calles y sus oficiales no
podían verlos. La paga del ejército era baja, la carrera militar sólo era atractiva para
los pobres y los fracasados sociales, y es probable que la mayoría de las legiones
contuvieran su cuota de ladronzuelos y demás delincuentes menores que podrían
írsele de las manos. César adoptaría similares precauciones en otras ocasiones. Hizo
que cerraran las puertas para proteger a los guerreros de la tribu que se habían
entregado y confiado en la palabra romana. No obstante, algunos de ellos se
lamentaban o nunca habían compartido la decisión de rendirse y, cuando cayó la
noche, comenzaron a equiparse con armas que habían dejado escondidas y escudos
improvisados. En la madrugada, cargaron contra lo que consideraban la parte más
débil de la línea fortificada de César. Los romanos estaban alerta y los centinelas
encendieron las hogueras que habían preparado para dar la señal al ejército de alzarse
en armas. Los refuerzos se desplazaron hacia el punto amenazado y los asaltantes se
encontraron con un aluvión de proyectiles. Todos fueron asesinados o devueltos al
pueblo. Al día siguiente, César hizo a toda la población responsable de esta violación
de la paz: sus hombres derribaron las puertas y encerraron a todos en el interior.

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Seguramente no hubo necesidad de mantener una férrea disciplina sobre los
legionarios. Todos los que estaban dentro de las murallas —53 000 hombres, mujeres
y niños según César— fueron comprados por un precio alzado por una compañía de
comerciantes que luego los vendería como esclavos. Habría sido muy normal en
aquella época que los soldados violaran a la mayoría de las mujeres antes de
entregarlas. Los legionarios recibían un porcentaje del precio de adquisición, y los
centuriones y los tribunos recibían una cuota superior. La venta de prisioneros de
guerra era una fuente de beneficios, al igual que el saqueo, aunque esta práctica
apenas aparece mencionada en los Comentarios. César afirma que los galos tenían
muchos lugares sagrados en los que se ofrendaba oro y objetos valiosos a los dioses
que quedaban apilados a la vista de todos. Todas las tribus respetaban esos lugares
sagrados y nadie osaba robar esas ofrendas. Según Suetonio, a César no le
impresionaban esos tabúes y siempre los saqueaba. La riqueza que había acumulado
saneó sus propias finanzas, pero, como siempre, su principal interés a la hora de
ganar dinero era utilizarlo para comprar amigos y popularidad, tanto en su ejército
como en Italia.[29]

La derrota de las tribus belgas fue otra grandiosa victoria que se sumó a las del
año anterior. Si la suposición de que se publicó un libro de los Comentarios cada
invierno es correcta, el pueblo de Roma ya estaba enterado de la humillación de los
helvecios y de Ariovisto. Cuando llegaron a Roma las noticias de este reciente éxito
fueron recibidas con gran entusiasmo. Como narra César con orgullo, el Senado
aprobó por votación que se le dedicaran quince días de agradecimiento público, el
periodo más largo que se había concedido jamás a un general, incluyendo a Pompeyo.
Esta celebración oficial reivindicaba la eficacia de sus acciones, haciendo que
aquellos enemigos que trataban de negar la legalidad de su nombramiento lo tuvieran
muy difícil. Sin embargo, en Roma no todo funcionaba como César habría deseado.
Es posible que Pompeyo estuviera algo descontento ante el éxito y la fama de su
yerno y Dión sostiene que había comenzado a hablar de hacer que César retornara
antes de que hubiera expirado su mandato de cinco años. El triunvirato parecía a
punto de caer. El próximo peligro al que César iba a enfrentarse no provendría de
enemigos extranjeros.[30]

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XII
Política y guerra:
el Convenio de Luca
Pompeyo le respondió con dureza, se refirió a Craso y dijo abiertamente
que iba a atrincherarse para proteger su vida más de lo que había hecho
el Africano, a quien había asesinado Gayo Carbón… Craso sostiene a
Gayo Catón; Clodio también recibe fondos y ambos disfrutan del apoyo
de Craso.

Cicerón, 15 de febrero, 56 a. C.[1]

A vosotros sigo, padres conscriptos… Mientras vosotros no aprobabais


los proyectos de César para gobernar la República, veíais que no estaba
yo de acuerdo con él. Después que por sus empresas cambiasteis de
ideas y sentimientos, me habéis visto no sólo seguir vuestra opinión sino
también aplaudirla.

Cicerón, mayo, 56 a. C.[2]

César llevaba fuera ya dos años, y ese tiempo no había discurrido con
tranquilidad en Roma. Su consulado había sido controvertido, pero, desde muchos
puntos de vista, fue pacífico en comparación con los turbulentos meses que llegaron
después, cuando la violencia de grupos organizados se convirtió en un rasgo regular
de la vida pública. En política, pocas cosas duran para siempre y eso era
especialmente cierto en la República romana. Los senadores obtenían o perdían
influencia, rompían con sus antiguos aliados y encontraban otros nuevos; en
ocasiones solucionaban viejas rencillas, pero, más a menudo, entablaban nuevas
disputas y descubrían que lo que les convenía en aquel momento era cambiar de
opinión en ciertos temas. En el 59 a. C., Cicerón había criticado abiertamente el
triunvirato, lo que les impulsó a convertir a su enemigo personal Clodio en un
plebeyo y abrirle el camino al tribunado. Dos años más tarde, el agradecimiento
público que el Senado le concedió a César se decidió votando una moción que el
propio Cicerón había propuesto. En los meses intermedios, el orador había sido
enviado al exilio —si no necesariamente con la cooperación de César, sí al menos
con su aquiescencia— y había sido perdonado algún tiempo después, esta vez sólo
con el consentimiento de César. Aunque tuvo una inmensa trascendencia personal y

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fue registrada con todo lujo de emotivos detalles en su correspondencia, la expulsión
de Cicerón de Roma podría considerarse un episodio menor en las disputas políticas
de aquellos años en una época en la que prácticamente nada ni nadie parecía a salvo
de ataques. En general, el papel de César en estos asuntos fue el de observador, pero
un observador muy interesado, ya que, a pesar de que él mismo no podía ir a Roma,
los hechos que acontecieran allí podían afectarle bastante. Como mucho, tenía la
esperanza de influir en los principales participantes en el juego político, porque,
desde luego, no podía controlarlos. No había inevitabilidad en el curso que tomaron
los acontecimientos o en la manera en que se resolvieron posteriormente. Al final, su
posición se vio fortalecida, al menos de momento, pero la situación podría haber sido
muy distinta y durante un tiempo la posibilidad de que su trabajo como cónsul se
viera obstaculizado y su mando extraordinario en la Galia terminara de manera
prematura fue muy real. El giro de los acontecimientos se debió en parte a la
habilidad con la que utilizó sus contactos e influencia, así como su imaginación, pero
la suerte tuvo un papel igual de importante, o incluso mayor, y en Roma, como en el
campo de batalla, la diosa Fortuna continuaba sonriendo a César.

En el año 59 a. C., los dos hombres más ricos e influyentes de Roma se habían
asociado para alcanzar sus metas inmediatas, utilizando a César como su herramienta
para superar la oposición, que hasta entonces se les había enfrentado con excesiva
solidez. Pompeyo había logrado llevar a término su reorganización de Oriente y había
proporcionado tierras a sus veteranos, mientras que Craso había renegociado los
contratos de los recaudadores de impuestos. Ambos estaban satisfechos, como lo
estaba César con su reforma agraria y su mando militar, pero sólo por el momento, y
cada uno de los triunviros albergaba más ambiciones para el futuro. En última
instancia, como todos los políticos romanos, sus objetivos eran personales e
individuales. A cada uno de ellos les había convenido para sus propósitos combinar
sus esfuerzos por el momento, logrando un grado de éxito que ninguno habría
conseguido por su cuenta. Sin embargo, no se trataba de una alianza basada en las
profundas raíces de una ideología compartida o del compromiso con una causa, y
perduraría sólo mientras cada uno de ellos tuviera la impresión de que le beneficiaba
más seguir siendo leal a los otros dos en vez de separarse de ellos. Las relaciones de
César con los otros dos miembros del triunvirato eran cordiales, lo que no quiere
decir que él o ellos nunca contemplaran volverse contra sus antiguos aliados. Pese a
sus recientes triunfos en las Galias, seguía siendo el socio de menor rango y el que
más arriesgaba asociándose de modo continuado con los otros dos, sobre todo porque
ellos aún estaban en Roma y él no. Pompeyo y Craso nunca fueron íntimos ya que, al
fin y al cabo, se tenían una intensa antipatía mutua y la rivalidad que había
caracterizado sus vidas estaba ahora simplemente oculta de manera superficial. Al
trabajar juntos con un cónsul como César como representante habían conseguido lo
que se habían propuesto, aunque no sin esfuerzo. Los cónsules del año 58 a. C. eran

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favorables a los triunviros, pero ninguno de ellos poseía la destreza o la energía de
César. Nadie en Roma podía igualar la riqueza, la fama y la auctoritas de Pompeyo y
Craso, pero eran cuestiones que proporcionaban influencia más que poder, y ni
siquiera uniendo sus fuerzas ambos hombres podían controlar todos los aspectos de la
vida pública. Nadie hacía callar a Catón, y él y otros miembros de los «buenos»
(boni) o «mejores» (optimates) poseían asimismo reputación, fortuna y clientes,
como muchos otros hombres ambiciosos con sus propios objetivos. Los sentimientos
de estos hombres hacia los triunviros como grupo o como individuos era sólo un
factor de influencia sobre su comportamiento y, a menudo, un factor menor. Los que
ocupaban un cargo, en especial los que podían presidir reuniones del Senado o
asambleas, tenían la oportunidad de obrar de un modo siempre negado a otros
senadores, independientemente de su relevancia. En 70 a. C. Pompeyo y Craso
habían restituido todos los poderes a los tribunos de la plebe. Ahora sería de ese
puesto de donde provendrían todos los desafíos a su reciente dominación.

EL TRIBUNO «PATRICIO» DE LA PLEBE

Pompeyo y César —seguramente con el consentimiento de Craso— habían


organizado el cambio de estatus de Publio Clodio Pulcro de patricio a plebeyo en el
59 a. C. Sería un error tanto entonces como ahora considerarlo un servidor suyo,
como sería un error ver a César como el empleado de Pompeyo o de Craso. Le habían
hecho un favor y, por convención, se esperaba que fuera agradecido y estuviera
dispuesto a ayudarles a su vez, pero esto no significaba que estuviera bajo su control,
en parte porque la política romana era, en última instancia, cuestión de éxito
individual, pero sobre todo tenía que ver con su carácter extremadamente
independiente. Nadie podía controlar a Clodio ni, de hecho, a César, Pompeyo, Craso,
Catón, Cicerón o cualquier otro senador importante. Su familia era una de las
principales casas patricias que, a diferencia de los Julios, había conseguido
permanecer en el núcleo de la República generación tras generación, produciendo una
larga sucesión de cónsules y famosos hombres de Estado. El orgullo o arrogancia de
los Claudios era proverbial, y había sido reforzado por los relatos de hombres como
el de Publio Claudio Pulcro, que dirigió a la flota romana hacia el desastre durante la
primera guerra púnica. Antes de la batalla se había mostrado ofendido cuando los
pollos sagrados se habían negado a comer como correspondía, lo que habría
demostrado que los dioses favorecían a los romanos y que su ataque contra la flota
cartaginense resultaría en victoria. Publio había cogido las aves y las había lanzado
por la borda de su nave insignia, declarando que «si no comían, entonces beberían».
Unos años después, su hermana se había sentido molesta porque la multitud retrasaba
el avance de su litera cuando era transportada a través de las calles de Roma y deseó
en voz alta que su hermano se decidiera a ahogar a algunos pobres más. Aunque los

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Claudios no fueron siempre especialmente queridos, siempre fueron importantes.
Pese a que, oficialmente, se había convertido en un plebeyo, Clodio siguió siendo un
Claudio en la mente de todo el mundo y gozaba de la auctoritas del nombre, así como
del sólido respaldo de sus clientes y otros contactos creados por una gran casa
patricia a lo largo de los siglos.[3]

Los Claudios buscaban ascender como cualquier familia aristócrata. El padre de


Clodio murió cuando era joven y el caudillo de la familia era su hermano mayor,
Apio Claudio Pulcro, que estaba obsesionado con mantener su prestigio.
Simplemente por su nombre, los Claudios no podían ser ignorados, pero la
exuberancia de esta generación los convirtió en una poderosa fuerza en la vida
pública de la ciudad. También contaban con la fuerza de los números. Clodio tenía
otro hermano, Cayo, así como tres hermanas, cada una de las cuales había estado
casada con algún miembro de una familia de relieve. Una de ellas fue inmortalizada
como la Lesbia de los poemas de Catulo, la amante con quien compartió un breve y
apasionado romance adúltero, pero cuyo subsiguiente rechazo le inspiró algunos de
sus versos más amargos. Publio era el menor de seis hijos y, tal vez, el más alocado,
aunque todos ellos tenían una reputación popular tanto de comportamiento
impredecible como de llevar a cabo escandalosas proezas sexuales. El escándalo de
Bona Dea había demostrado el desprecio de Clodio por la tradición sagrada, pero su
posterior exoneración había puesto de manifiesto que él era un superviviente y un
hombre a tener en cuenta. Aparte de sus relaciones adúlteras, se rumoreaba que había
tenido una relación incestuosa con sus hermanas, algo que afirmó públicamente uno
de los maridos, Marco Lúculo, cuando acabó divorciándose de ella. Es posible que no
se tratara más que de un rumor malicioso, otros tantos romanos famosos fueron
acusados de lo mismo, pero era muy difícil estar seguro de nada con Clodio y sus
hermanos. Había resentimiento entre él y los hermanos Lúculo desde la época en la
que Clodio había servido en el Estado Mayor de Lucio Lúculo en Asia. Era
perfectamente normal que los jóvenes aristócratas obtuvieran experiencia militar a las
órdenes de un pariente o amigo, pero Clodio nunca se dejó atar por las convenciones
y encabezó un motín contra su cuñado. Poco después se trasladó al personal del
marido de otra de sus hermanas y, al parecer, logró completar su servicio sin
enemistarse con él.[4]

Nadie puede saber con seguridad qué planeaba hacer Clodio cuando comenzara
su tribunado en diciembre de 59 a. C. Es posible que aún no hubiera decidido si
cumpliría o no la amenaza que hiciera unos meses atrás de atacar la legislación de
César, pero lo más probable es que lo dijera para hacer saber a los triunviros que era
una persona con la que no se podía jugar. Su principal aspiración era personal,
confirmar su popularidad entre la población de Roma y, en especial, entre los
ciudadanos menos acomodados. Para hacerlo, la parte más importante de su

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legislación incorporó la reorganización sistemática del suministro de grano
subvencionado por el Estado para Italia, incluyendo la disposición de que los
ciudadanos que vivieran en Roma recibieran un subsidio regular de trigo gratuito.
También eliminó la prohibición impuesta en el año 64 a. C. sobre los collegia
(gremios o asociaciones creados por oficios o regiones dentro de la ciudad). Otras
reformas declararon ilegales los intentos de utilizar los augurios desfavorables para
bloquear los negocios públicos —una clara referencia a la reciente acción de Bíbulo,
aunque la ley no tenía efecto retroactivo, por lo que, en realidad, no anulaba sus
declaraciones— y restringía la libertad de los censores para expulsar a miembros del
Senado. Los cuatro proyectos de ley fueron aprobados a principios de enero de 58
a. C. El grano gratuito fue muy popular entre los plebeyos de la urbe y Clodio usó los
collegia para organizar a sus partidarios. Había ayudado mucho a los dos nuevos
cónsules para que lograran provincias lucrativas —ambos estaban endeudados y
necesitaban un mando rentable— y ahora decidió mostrar su poderío.[5]

Cicerón fue su primer objetivo: pronto descubrió que todas las veces que
Pompeyo y, posteriormente, incluso el mismo Clodio, le habían tranquilizado, sus
promesas no habían sido más que palabras vacías. La ejecución de los conspiradores
en 63 a. C. era el principal cargo contra él. El ataque comenzó a principios de 58
a. C., mientras César seguía fuera de Roma —al haber asumido el mando de una
provincia, ya no podía entrar en la ciudad—, observando los acontecimientos y
defendiéndose de los ataques de dos de los nuevos pretores. Se celebró una reunión
pública en el Circo Flaminio, un estadio para carreras de cuadrigas que estaba situado
en el exterior de la frontera formal de Roma, con el fin de que César pudiera estar
presente. No obstante, su respaldo a Clodio era limitado. César repetía sus
argumentos del debate sobre el destino de los conspiradores, reiterando que no creía
que fuera correcto ejecutarlos. Sin embargo, también añadió que sería un error
elaborar legislación retroactiva para invalidar de manera oficial acciones del pasado
con el fin de procesar a Cicerón. Más o menos en la misma época repitió su oferta
para que el orador se convirtiera en uno de sus legados y, así, protegerle de la acción
judicial. Habría sido un golpe maestro para César si Cicerón hubiera aceptado,
porque habría creado al orador una importante deuda con él. También habría
eliminado una voz poderosa y potencialmente hostil de Roma. Cicerón declinó la
oferta, así como la oportunidad de obtener un legado extraordinario del Senado para
viajar al extranjero y hacerse cargo de los asuntos públicos. Su confianza inicial
empezó a vacilar cuando se dio cuenta de que no podía contar con el apoyo de
Pompeyo ni con el de muchos senadores de renombre de quienes esperaba lealtad.
Entre los grandes hombres había demasiados con algún vínculo con los Claudios y no
veían ninguna razón para romper con Clodio por un «hombre nuevo». A mediados de
marzo —más o menos cuando César partió para la Galia— Cicerón huyó de la ciudad
en exilio voluntario y pronto entró en una profunda depresión, culpando a todos por

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su sufrimiento y lamentando su momentánea cobardía. Clodio logró que se aprobara
un proyecto de ley que formalizaba la expulsión y confiscaba sus propiedades. Su
casa fue incendiada por una turba de seguidores del tribuno y en su solar se erigió un
santuario a la diosa de la libertad (Libertas). Clodio había dado una demostración de
su poder deshaciéndose del famoso excónsul, aunque se tratara de un «nuevo
hombre» bastante fanfarrón sin fuertes contactos familiares. Catón fue marginado con
más sutileza cuando el tribuno hizo que fuera enviado a supervisar la incorporación
de Chipre al Imperio romano. Este rico reino había sido anexionado en parte para
pagar la nueva subvención de trigo y se dijo que las tentaciones que se presentarían a
aquel que fuera elegido para supervisar el negocio eran tan grandes que debían enviar
al ciudadano más famoso por su moral. Catón aceptó el honor, lo que incrementó su
adusta reputación, a pesar de que, sin duda, él era consciente de los verdaderos
motivos que escondía aquella misión. En realidad también admitió que un tribuno del
pueblo como Clodio tenía derecho a interferir en los asuntos del extranjero antes que
permitir que el Senado ejerciera su tradicional control de esa esfera.[6]

El asunto de Chipre fue una especie de insulto a Pompeyo, porque alteraba la


situación que había establecido en Oriente. Una humillación todavía mayor tuvo
lugar cuando Clodio preparó la huida del hijo del rey de Armenia, retenido como
rehén en la casa de Pompeyo. El tribuno también había lanzado a sus grupos
violentos contra el cónsul Gabinio, dándole una paliza y destruyendo sus fasces,
simplemente porque se había puesto de lado de Pompeyo en la disputa. En el verano
de 58 a. C. Clodio comenzó a cuestionar abiertamente la validez de la legislación
aprobada mientras César era cónsul, llamando a Bíbulo como testigo en una reunión
pública para hablar contra su excolega. Era un regreso notorio a su posición del abril
del año anterior y, con toda despreocupación, hizo caso omiso del cuestionamiento
que sus actos plantearían sobre su propio estatus plebeyo y su derecho a ocupar el
cargo de tribuno. En junio Pompeyo promovió en el Senado la votación del regreso
de Cicerón, pero la moción fue vetada. En agosto, Clodio hizo que uno de sus
esclavos dejara caer un puñal en una reunión pública y, al ser sometido a
interrogatorio, afirmó que había sido enviado a asesinar a Pompeyo, que era valeroso
en el campo de batalla, pero tenía un arraigado terror al asesinato político, algo quizá
comprensible en vista de los sucesos que había presenciado en su juventud. En
consecuencia, Pompeyo se retiró a su casa y permaneció allí varios meses. Clodio
perdió parte de su poder cuando expiró su mandato como tribuno, lo que reavivó los
esfuerzos para traer de vuelta a Cicerón. Aún contaba con sus bandas de seguidores
organizados de un modo similar a los collegia y, con frecuencia, los utilizaba para
amenazar a sus oponentes o interrumpir las reuniones. Pompeyo respondió apoyando
a dos de los nuevos tribunos, Tito Anio Milón y Publio Sestio, que crearon sus
propios grupos de matones con los que combatir a los hombres de Clodio. Ambos
bandos contaban con muchos gladiadores en sus grupos y, a veces, se producían

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batallas a gran escala en las que había muertos y heridos en los dos lados. Estos
disturbios eran más frecuentes, de mayor magnitud y mucho más violentos que los
enfrentamientos que tenían lugar durante el consulado de César. Pompeyo también
recorrió Italia, donde visitó a sus numerosos clientes y les instó a desplazarse hasta
Roma con el fin de apoyar una ley para pedir el regreso de Cicerón. En el verano de
57 a. C., el Senado aprobó un decreto a este efecto, contra el que sólo votó Clodio, y
la decisión fue prontamente ratificada por el Pueblo.[7]

Tras cierta resistencia inicial, César siguió el ejemplo de Pompeyo y exhortó a sus
clientes por carta a respaldar la moción. Desde el principio, no había deseado que
Cicerón se exiliara, aunque sí deseaba evitar que el orador continuara prestando su
apoyo a los ataques contra la legislación que había hecho aprobar mientras era
cónsul. Ahora existía la oportunidad de lograr que Cicerón estuviera en deuda con él
apoyando su causa y César, como era su costumbre, la aprovechó. Es muy posible
que con su vacilación inicial —en un momento dado, Publio Sestio se trasladó a su
provincia para convencerle— quisiera asegurarse de que Cicerón tuviera plena
conciencia de la deuda que estaba contrayendo. Promover la votación del
agradecimiento en el Senado y otras declaraciones públicas probaban que esa táctica
había funcionado. La deuda con Pompeyo era aún mayor —aunque no era suficiente
para borrar el recuerdo de que no le protegió en primera instancia— y Cicerón ya
había tenido oportunidad de pagarla en parte. Las importaciones de grano hacia Italia
eran erráticas y el nuevo sistema de suministro controlado por el Estado organizado
por Clodio todavía no funcionaba bien. Presentó una moción para otorgar a Pompeyo
el mando extraordinario para solucionar el problema. En su actual forma el mando
duraba cinco años, aunque un tribuno intentó sin éxito —probablemente con el apoyo
tácito de Pompeyo— otorgarle imperium en todo el imperio, lo que superaba el poder
de cualquier otro gobernador, así como concederle el control de sustanciales fuerzas
militares y navales. Pompeyo volvía a tener poder y, a pesar de que, en teoría, eso
significaba que debía permanecer fuera de Roma, el Senado se plegaba con gusto a
proporcionarle una dispensa especial para esta regla o a reunirse fuera de la frontera
formal de la ciudad. Posteriormente, tras unos disturbios en Egipto, hubo ciertas
maniobras destinadas a proporcionarle otro mando para restaurar la situación allí,
pero había otros que lo ambicionaban también, por lo que al final el intento fue en
vano.[8]

Cuando comenzó el año 56 a. C., Pompeyo ocupaba una posición oficial, pero
también Clodio, porque había sido elegido edil. Procesó a Milón por violencia
política, pero este fue defendido por Pompeyo y Cicerón, y cada uno de los bandos
había traído consigo una turba de seguidores para silenciar y amenazar a sus
oponentes. Más tarde, Cicerón describió la escena a su hermano Quinto:

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Habló Pompeyo, o al menos lo intentó: cuando se levantó, las bandas de Clodio se
pusieron a gritar de modo que durante su discurso lo interrumpieron no sólo con
simples gritos, sino incluso con improperios e insultos. Cuando acabó la
peroración (en este punto fue realmente valiente, no se arredró, lo dijo todo e
incluso en algún momento avanzaba con autoridad en medio de un gran silencio),
pero cuando acabó la peroración, se levantó Clodio. Se produjo tan gran
escándalo contra él por parte de los nuestros (pues les apetecía devolverle el
favor) que no era capaz de controlar ni sus pensamientos ni su lengua ni su rostro.
Esta situación se prolongó desde que acabó Pompeyo su peroración a eso de las
doce del mediodía, hasta la una y media, lanzándose todo tipo de insultos y, en
fin, los versos más obscenos contra Clodio y Clodia. Enfurecido y exangüe
preguntaba a los suyos en medio del griterío quién era el que había matado a la
plebe de hambre y sus matones respondían: «Pompeyo»; quién deseaba ir a
Alejandría, y respondían: «Pompeyo»; quién querían ellos que fuera, y
respondían: «Craso» (este asistía entonces a Milón, pero no de buen grado).[9]

La hostilidad entre los dos viejos rivales parecía estar renaciendo y Pompeyo le
dijo a Cicerón que creía que Craso estaba apoyando a Clodio y a Cayo Catón, el
joven que le había acusado de ser un dictador en 59 a. C. y ahora era tribuno. Llegó a
afirmar que Craso estaba conspirando para asesinarlo y de nuevo recayó en temores
morbosos e hizo venir a algunos de sus clientes rurales para que actuaran como sus
guardaespaldas. No confiaba en Craso, y había indicios de que Pompeyo también
estaba empezando a preguntarse si seguía necesitando a César. Los problemas de
mantener el suministro de grano no tenían fácil o rápida solución y empeoraron
debido a los graves problemas de fondos del erario público. Catón aún no había
retornado con la riqueza de Chipre para aumentar sus arcas. A partir de 59 a. C., con
la distribución de la tierra pública en Campania, la República había perdido una
importante fuente de ingresos y Cicerón, entre otros, abogaba ahora por la revocación
de la ley de César para que el Estado pudiera recuperarla. Al parecer, Cicerón no
creía que Pompeyo se opusiera firmemente a esta acción. La legislación de César
estaba en peligro, y también su mando estaba siendo amenazado desde distintos
ámbitos. Se cree que un tribuno propuso que le hicieran regresar de inmediato,
mientras que uno de los candidatos favoritos para el consulado para el año 55 a. C. se
mostraba claramente deseoso de sustituir a César cuando finalizara su año de
mandato. Era Lucio Domicio Ahenobarbo, descendiente del hombre que había
montado en un elefante y había ayudado a colonizar la Galia Transalpina, y su
conexión familiar con la región era un argumento a favor de su aspiración. No era su
primer ataque contra César, ya que había sido uno de los pretores que, a principios de
58 a. C., había cuestionado la validez de los actos de César como cónsul. Cicerón le

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describió como un hombre para quien el consulado era prácticamente derecho de
nacimiento. En esta ocasión, César, desde un cierto punto de vista, fue víctima de su
propio éxito, ya que podría alegarse que el agradecimiento público que había recibido
tras sus grandiosas victorias demostraba que la guerra había sido ganada y que, por
tanto, ya no era necesario que permaneciera los cinco años de su mandato. Una vez
más, la impresión general era que Pompeyo no se oponía del todo a su regreso,
mientras que Craso simplemente callaba. Su reciente respaldo de Clodio, que todos
habían percibido, aunque no fue un respaldo abierto, había sido un recordatorio de
que seguía siendo poderoso y que Pompeyo no podía permitirse pasarle por alto:
contaba con un nuevo mando, acababa de recibir un presupuesto sustancial por
votación del Senado para financiar sus actividades y parecía estar meditando si
merecía la pena mantener la alianza. El triunvirato parecía a punto de derrumbarse.
[10]

Lo que sucedió años después fue considerado como una reunión en la cumbre
bastante pública, en la que los triunviros se pusieron de acuerdo para repartirse el
mundo romano para su provecho. Suetonio afirma que César «convocó a Craso y a
Pompeyo en Luca, ciudad de su provincia, y les convenció para que se presentaran
por segunda vez como candidatos al consulado, a fin de derrotar a Domitio y, gracias
al apoyo de ambos, consiguió que se prorrogara su mandato por cinco años».[11]
Apiano y Plutarco hablan de doscientos senadores marchando penosamente hacia el
norte en dirección a Luca con su séquito —sostiene que se contaron al menos ciento
veinte lictores— para aguardar a sus puertas mientras los tres grandes hombres
negociaban con ferocidad su acuerdo. Es evidente que la historia fue exagerándose
más y más y los escasos escritos de la época sugieren menos organización que
improvisación de última hora. Craso se preocupó por las renovadas fuerzas de
Pompeyo en algún momento de la primavera de 56 a. C. y se precipitó hacia el norte
en dirección a Rávena, dentro de la provincia de César, para reunirse y tratar el
reciente intento de Cicerón de reabrir la cuestión de las tierras de Campania. Se
esperaba que Pompeyo abandonara Roma el 11 de abril, pasando primero por
Cerdeña y luego por África como parte de sus responsabilidades para supervisar el
suministro de trigo. Cicerón afirma que él, al menos, no tenía ni idea de todo eso,
pero antes de embarcarse en este viaje oficial, Pompeyo se desvió hacia Luca, en la
costa occidental de la Galia Cisalpina, para ver a César. Según la versión de Cicerón,
la conclusión natural sería que Craso no estaba presente y que César representaba sus
intereses, pero de ningún modo puede asegurarse a ciencia cierta. El resultado de las
reuniones fue, como mantuvieron las fuentes posteriores, un pacto para que Pompeyo
y Craso se presentaran al consulado del año 55 a. C. y una ampliación de cinco años
del mando de César. De este modo, puesto que después del consulado Pompeyo y
Craso podían esperar importantes mandos provinciales, los tres hombres tendrían
ejércitos e imperium formal los próximos años.

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El trato sugiere que César ya no era un socio inferior en la asociación como
cuando se formó el triunvirato, y resulta tentador verle como el iniciador de los
cambios. Sin duda, su encanto personal era un valor importante para calmar la
hostilidad y las sospechas entre Pompeyo y Craso. Tal vez él diseñó el acuerdo, pero
la clave era, como en la alianza original, que cada uno de ellos era consciente de que
la asociación le reportaría beneficios personales. Como cónsules, y luego como
procónsules con ejércitos, Pompeyo y Craso contarían con seguridad personal y la
capacidad para actuar. También les dio la opción de buscar nuevas aventuras
militares, algo que parece que atraía en especial a Craso, que estaba empezando a
sentirse eclipsado por los logros marciales no sólo de Pompeyo, sino también de
César. Pompeyo también estaba satisfecho: más que ninguno de los otros parecía que
en los últimos meses se había distanciado bastante, pero al final las cosas no le
habrían ido tan bien si el triunvirato se hubiera roto. Aunque se volviera contra César,
seguiría sin resultar aceptable para muchos nobles de prestigio en el Senado y habría
seguido sufriendo las críticas de Catón y la hostilidad de Clodio. Es significativo que
no aceptara la sugerencia que le hizo un amigo unos meses antes de que se divorciara
de Julia. Puede que el amor fuera parte del motivo, pero también es probable que
creyera que por el momento seguía siendo muy útil tener una conexión con César. En
su nivel más básico, era muy práctico que su yerno estuviera al mando de un ejército
estacionado al norte de Italia, en especial hasta que dispusiera de sus propias tropas.
Desde muchos puntos de vista los tres triunviros ganaron más del acuerdo en el año
56 a. C. que con su asociación original.[12]

Debido a su extensión y a todas sus implicaciones, tuvo que pasar un tiempo hasta
que el tratado fue plenamente efectivo. Al parecer, Cicerón se sintió auténticamente
horrorizado, pero aceptó con prontitud la realidad de la situación y la asimiló. A
principios de abril había ganado una victoria personal frente a Clodio y su familia
cuando defendió al joven aristócrata Marco Celio Rufo, que había sido acusado de
organizar violencia política, asesinato y del intento de homicidio de la hermana de
Clodio, Clodia. El discurso de Cicerón fue una hábil y despiadada destrucción de
ambos personajes en el que sacó a relucir las antiguas alegaciones de incesto junto
con muchas otras cosas, llegando a decir «con el marido de esa mujer —quise decir
con su hermano—». Tras esta venganza personal, tal vez la renovación del triunvirato
resultó más soportable. El hermano de Cicerón, Quinto, era uno de los legados de
Pompeyo en la comisión del grano y recibió un directo recordatorio para su hermano
de que Pompeyo y César no habían apoyado la moción que proponía el regreso de
Cicerón para que ahora criticara a cualquiera de ellos. Probablemente a principios de
mayo, Cicerón pronunció un discurso en el Senado contra las medidas que buscaban
quitarle a César el control de la Galia Transalpina y la Galia Cisalpina y enviar un
nuevo gobernador. Su elogio de César fue efusivo, pero, según sus propias palabras,

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estaba justificado por las victorias obtenidas en la Galia fueran cuales fueran sus
diferencias en el pasado:[13]

La guerra se ha llevado al territorio de los galos siendo C. César general, pues


antes no habíamos penetrado en esta comarca por creer preferible los jefes de
nuestros ejércitos rechazar las acometidas de estos pueblos a provocarlas. El
mismo C. Mario, cuyo heroico valor reanimó al pueblo romano, atemorizado y
abatido, repelió las irrupciones de los grandísimos ejércitos galos en Italia, pero
no entró en sus tierras y poblados… Veo que el plan de C. César era mucho más
vasto. No ha creído combatir solamente a los que, ya armados, peleaban contra el
pueblo romano, sino imponer nuestra dominación en toda la Galia. Ha logrado
brillantes victorias contra las tenaces y numerosas huestes de germanos y
helvecios; los otros pueblos han sido vencidos, domados, subyugados,
acostumbrándoles a obedecer al pueblo romano, y esas regiones y esas gentes,
cuyos nombres no nos había dado a conocer ninguna carta, ninguna voz, ninguna
fama, las han recorrido nuestro general, nuestro ejército, las armas del pueblo
romano.[14]

Con el respaldo de la elocuencia de Cicerón y la suma de la influencia de


Pompeyo y de Craso, el mando de César fue confirmado y, más tarde, ampliado. El
Senado también votó aceptar la responsabilidad de financiar las legiones extra que
César había reclutado, no como declaró Cicerón, porque no obtuviera suficientes
recursos de sus provincias, sino porque era indecoroso ser tacaño con un servidor
distinguido de la República. César había asegurado su mando, pero era necesario
bastante más esfuerzo para garantizar que Craso y Pompeyo fueran cónsules en 55
a. C. Los disturbios organizados por el tribuno Cayo Catón, aparentemente apoyado
por Clodio, impidieron la celebración de las elecciones en los últimos meses de 56
a. C. Es evidente que ambos habían sido persuadidos para colaborar con el renovado
triunvirato. Fue una decisión pragmática, pero es posible que Craso les convenciera,
ya que todo el mundo creía que les había estado apoyando en los últimos años.
Pompeyo y Craso no habían presentado su candidatura hasta después de la fecha
legal, y el cónsul que debía presidir las elecciones, Cneo Cornelio Léntulo Marcelino,
se negó a eximirlos de esta norma. Así, las elecciones no se celebraron hasta enero de
55 a. C., después de que Marcelino hubiera abandonado su cargo, por lo que las
ofició un funcionario temporal conocido como interrex, que les permitió presentarse
al cargo. En general, los demás candidatos se habían retirado, pero Ahenobarbo no
era de los que se echaba atrás y se negó a abandonar sus ambiciones.

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El hijo de Craso, Publio, acababa de regresar de la Galia y había traído consigo a
un elevado número de soldados que habían recibido un permiso especial para tomar
parte en las elecciones. Algunos eran oficiales —centuriones, tal vez, y sin duda
tribunos y prefectos—, pero otros eran probablemente fornidos miembros de la tropa.
El día de las elecciones estuvo marcado por una gran violencia en la que Ahenobarbo
resultó herido y uno de sus asistentes muerto antes de que Craso y Pompeyo fueran
declarados victoriosos. De nuevo, el triunvirato tenía a Roma bajo control, aunque
había sido necesaria más fuerza bruta que en la primera ocasión. La intimidación
evitó que Catón el Joven ganara la pretura. En la elección de los ediles curules, el
enfrentamiento fue tan amplio y brutal que incluso Pompeyo acabó salpicado de
sangre. Con Pompeyo y Craso como cónsules sería difícil atacarles, pero tras su año
de mandato la situación podía cambiar, sobre todo si uno de ellos o los dos se
marchaban a sus provincias. Clodio seguía allí y resultaba difícil saber qué haría en el
futuro, mientras que hombres como Ahenobarbo y Catón se oponían todavía más
enérgicamente a los triunviros que antes. En Roma el poder nunca era permanente,
pero por el momento el triunvirato estaba en auge.[15]

HACIA EL ATLÁNTICO

Aunque hubo considerable actividad militar en la Galia en el año 56 a. C., la


escala de las operaciones fue muy inferior a años anteriores. Con la derrota de los
helvecios, Ariovisto y la confederación belga, la expresión de César de que «la Galia
estaba pacificada» estaba en cierto modo justificada. No había planeado una campaña
importante para el verano, lo que significaba que era más fácil holgazanear en la
Galia Cisalpina hasta bien entrado abril y arreglar las cosas en Luca. En las Galias ya
no quedaba un adversario obvio y es muy posible que estuviera considerando de
nuevo desviar su atención hacia los Balcanes. Al año siguiente dirigiría una
expedición a Britania, y es muy probable que esta posibilidad ya estuviera en su
mente. Hasta la reunión de Luca, las preocupaciones políticas ocuparon
principalmente su atención y, después de Luca, contaba con la seguridad de disponer
de sus cinco años de mandato, lo que significaba que no necesitaba apresurarse y
podía permitirse dejar pasar un año sin una gran ofensiva. De todos modos, algunos
destacamentos de su ejército a las órdenes de los legados habían participado en varias
operaciones que eran demasiado pequeñas para requerir al comandante y a su fuerza
principal. En el otoño de 57 a. C., la Duodécima legión, comandada por Sulpicio
Galba, había tratado de ocupar el puerto del Gran San Bernardo y mantener así a
salvo para los convoyes militares y el comercio esa ruta a través de los Alpes. El
intento fracasó y Galba se vio obligado a retirarse. Otras partes del ejército pasaron el
invierno en la Galia Comata. Publio Craso, con la Séptima legión, estaba en la región
occidental, entre tribus que se habían rendido ante él el verano anterior. Los líderes

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tribales habían obedecido la petición estándar romana de rehenes y todo parecía en
calma.[16]

En un momento dado de la primavera o principios de verano de 56 a. C., la


actitud de estas tribus occidentales cambió. Los oficiales romanos enviados a los
centros tribales para organizar el suministro de grano para el ejército fueron
capturados y Craso recibió un mensaje que decía que sólo les liberarían cuando les
devolvieran a sus propios rehenes. Es posible que, al principio, los lugareños no
hubieran sido conscientes de que los romanos planeaban quedarse y harían
continuadas demandas de alimento, y en cuanto se dieron cuenta, surgió el rencor. La
primera tribu que actuó fue la de los vénetos, que vivían en lo que ahora es el sur de
Bretaña. Eran un pueblo marítimo, muy activo en el comercio a lo largo de la costa
atlántica. Dión sostiene que habían oído rumores de la expedición que César planeaba
hacer a Britania y temían que interrumpiera su comercio con la isla o abriera los
mercados a los competidores. Para César, y sin duda para su público romano, eso era
una rebelión, las tribus habían violado el tratado que acababan de aceptar y habían
capturado a sus oficiales —varios de ellos, équites— como rehenes. Dio orden de
construir una flota en el Loira y, a continuación, se dirigió a toda velocidad hacia la
zona. La rebelión se había extendido con rapidez y César temió que otras tribus
sintieran la tentación de unirse a ella si tenían la impresión de que los romanos se
habían debilitado. Según sus propias palabras, podría suceder porque, como raza, los
galos «se lanzan a la guerra con facilidad y prontitud». También reconoció que, como
todos los seres humanos, «por naturaleza aman la libertad y odian la servidumbre».
Por eso, dividió su ejército en varias columnas independientes: Labieno se quedó
vigilando a las tribus belgas derrotadas el año anterior, mientras que Craso llevó doce
cohortes —probablemente la Séptima legión reforzada con algunas tropas adicionales
— a Aquitania. Un contingente mayor de tres legiones comandadas por Sabino fue
enviado a Normandía.[17]

El mismo César se puso al frente del resto de las tropas contra los vénetos,
atacando donde consideró que se encontraba el núcleo de la rebelión. La tribu no
estaba muy dispuesta a formar un ejército y enfrentarse a las legiones en campo
abierto, por lo que los romanos se lanzaron contra sus aldeas, muchas de las cuales
estaban emplazadas en promontorios costeros. Aunque varias aldeas fueron asaltadas,
los habitantes lograron escapar en barcos de todos los ataques, llevándose la mayor
parte de sus posesiones. La principal fuerza de la tribu era su flota, que ascendía a
unos doscientos ochenta barcos según César, y sólo cuando llegó la recién construida
armada romana fueron capaces de luchar contra ellos. Las naves galas eran grandes
veleros, diseñados para el comercio más que para la guerra, pero aun así resultaron
una difícil oposición para las galeras de remos de los romanos. Los métodos
habituales de combate naval en el mundo mediterráneo eran la embestida y el

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abordaje. El primero era ineficaz contra los gruesos cascos de madera de los bajeles
vénetos, mientras que el segundo resultaba extremadamente difícil a causa de la
altura de sus bandas. La flota romana estaba comandada por Décimo Bruto y, gracias
a su ingenio y a la buena suerte, logró destruir a la armada enemiga en un solo
encuentro. Se fabricaron artefactos similares a los empleados en los asedios para
desgarrar y arrancar las velas y las jarcias del adversario, pero fue el súbito cese del
viento lo que dejó a los vénetos inmovilizados y vulnerables, dado que sus barcos no
tenían remos. César y el grueso del ejército fueron meros espectadores de la acción,
que observaron desde la orilla. Sin su flota e incapaces de rechazar los asaltos de los
romanos contra sus ciudades y aldeas, los vénetos no tuvieron más alternativa que
rendirse. Al parecer, ninguna de las tribus aliadas se presentó para abogar en su favor
y César decidió que su castigo sería severo. Todo su consejo de gobierno —
probablemente varios cientos— fueron decapitados, y el resto de la población de la
tribu vendidos como esclavos. Es poco probable que la región resultara despoblada y
los mismos aspectos prácticos de reunir unas cantidades tan elevadas de gente nos
hacen creer que no aplicaron esta medida a todos los miembros de la tribu.
Posiblemente sólo fueron vendidos los hombres en edad militar que habían sido
capturados o que se habían rendido. No obstante, es evidente que perder a todos sus
líderes y patriarcas, además de una parte sustancial del resto de la tribu, supuso un
duro revés para los vénetos que sin duda causó un terrible trastorno social y político.
César justificó su brutal castigo con la disculpa de que era necesario poner de
manifiesto que los representantes o embajadores debían ser tratados con el respeto
adecuado, aunque algunos estudiosos han señalado que los oficiales enviados a
recopilar grano no solían clasificarse como embajadores. Sin embargo, es probable
que la actitud de César fuera compartida por la mayoría de sus contemporáneos
romanos: sus oficiales habían sido capturados mientras visitaban pueblos que, en
principio, eran aliados de Roma. No menciona cuál fue el destino de aquellos
hombres o si los vénetos entregaron a alguno de ellos. El severo castigo impuesto a
los vénetos fue una advertencia de que ningún romano —en especial oficiales de
rango superior y équites— sería maltratado sin correr el riesgo de sufrir espantosas
consecuencias. Para César, tomar a miembros de las tribus como rehenes era una
manera importante de garantizar su lealtad, exigida tanto de las comunidades que
daban la bienvenida a Roma como de aquellas que eran derrotadas. No podía
permitirse que funcionara el intento de derrocar el sistema haciendo prisioneros. Por
eso el castigo de los vénetos fue deliberadamente terrible, como un aviso a los demás.
La actitud romana ante esas medidas brutales era de un pragmatismo radical. La
crueldad sin sentido era condenada, pero las atrocidades que reportaban ventajas
prácticas para la posición de Roma —y eran infligidas a extranjeros— eran
aceptables. Un ejemplo extremo había sido la crucifixión de los seguidores de
Espartaco por orden de Craso en el año 71 a. C. Siempre que creía que obtendría un
beneficio, César era absolutamente despiadado.[18]

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La presencia de Labieno había garantizado que no se produjera ninguna tentativa
de reanudar la guerra en aquella área. Tanto Craso como Sabino habían obtenido
sendas victorias en Aquitania y Normandía. A finales de verano, César encabezó
personalmente un contingente contra los menapios y los mórinos, que vivían en la
costa de lo que ahora se conoce como el Paso de Calais y Bélgica. El motivo del
ataque fue que nunca habían enviado embajadores a César ni reconocido el poder de
Roma buscando su amistad. Se creía que ambas tribus habían aportado guerreros al
gran ejército belga que había combatido contra los romanos el año anterior. Ninguna
de ellas tenía grandes ciudades, sino que vivían en asentamientos desperdigados por
el área costera, que fueron abandonados cuando los romanos avanzaron. La población
reunió sus reses, rebaños y posesiones muebles y se ocultaron en lo profundo del
bosque y en las zonas pantanosas de su país. Era un terreno difícil para las tropas
romanas y las legiones no tenían un objetivo fijo al que enfrentarse. Quemaron las
aldeas y granjas que encontraron, pero los enemigos no se rindieron. Entonces los
legionarios comenzaron a despejar zonas de bosque y lograron capturar varios grupos
junto con sus animales, pero también sufrieron bajas en distintas emboscadas. Era un
tipo de guerra diferente a las campañas libradas hasta ese momento y lograron muy
poco en las escasas semanas que restaban de la temporada de campaña. En vista de
que se aproximaba el invierno, César se retiró, dejando de momento a ambas tribus
invictas. Era un fracaso, pero nada demasiado grave o irreparable. En conjunto, el año
había ido bastante bien, en las Galias y, en especial, en Roma, donde las cosas se
habían resuelto de modo muy favorable. Ahora que su mando era seguro, César era
libre para planear empresas de envergadura para el próximo verano. Esa fue otra de
las razones por las que trató a los vénetos con tanta dureza: puede que ya hubiera
seleccionado Britania como su próximo blanco, pero es posible que, de nuevo,
hubiera contemplado la posibilidad de dirigir su atención hacia la frontera de Iliria.
En cualquier caso, necesitaba asegurarse de que no estallaría ningún conflicto
mientras él y el grueso de su ejército estaban ausentes. El salvaje castigo de una única
tribu rebelde era un recordatorio de que la ira de César era temible.[19]

Página 275
XIII
«A través de las aguas»:
las expediciones a Britania
y Germania, 55-54 a. C.
He recibido cartas de mi hermano Quinto y de César el 24 de octubre,
remitidas desde la costa cercana a Britania el 25 de septiembre. Una vez
derrotada Britania, tomados los rehenes, sin ningún botín, aunque con
orden de satisfacer un tributo, están retirando el ejército de la isla.

Cicerón, finales de octubre de 54 a. C.[1]

El primer romano que penetró en Britania con un ejército fue el divino


Julio, quien, aunque puso en fuga a sus habitantes en una batalla
victoriosa y se adueñó de la costa, da la impresión de que señaló este
territorio a sus sucesores, pero no les transmitió su conquista.

Tácito, 98 d. C.[2]

En el ritmo de operaciones en la Galia había mermado, pero ahora César estaba


decidido a recuperar la velocidad de actuación de sus primeros dos años allí. Durante
los meses de invierno, parece que finalmente había decidido que Britania sería su
próximo objetivo, si no lo había decidido antes. Alegó que era una tarea necesaria
debido a que las tribus de aquella isla habían enviado ayuda militar a los galos que
lucharon contra él. No hay duda de que había estrechos vínculos comerciales entre las
tribus costeras del norte de la Galia y los pueblos del otro lado del canal. En el
pasado, también habían existido conexiones políticas, pero en su relato de la derrota
de los vénetos y otras tribus ribereñas, César no menciona la participación a gran
escala de los britanos. Sin embargo, era habitual entre las tribus del norte de Europa
que los guerreros, de forma independiente, buscaran empleo con los jefes famosos de
otras tribus y es posible que algunos britanos hubieran combatido contra las legiones
de César de este modo. En última instancia, la sugerencia de que las tribus britanas
suponían una amenaza militar para los intereses romanos en la Galia no era más que
un pretexto y Britania había atraído la atención de César por otras razones. Había
rumores de que existían ricos recursos naturales, lo que ofrecía la perspectiva de una
guerra lucrativa. Suetonio afirma que la afición personal de César por las perlas era
un incentivo adicional, porque creía —equivocadamente, como se demostró después

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— que había ejemplares de excepcional calidad en las costas británicas. Más
importante que la posibilidad de obtener riquezas era la gloria que siempre
acompañaba al primero que dirigía a un ejército romano a países hasta entonces
inexplorados. Con Britania existía el atractivo añadido de que estaba situada al otro
lado del mar, al borde del vasto océano que se creía que rodeaba las tierras habitables
del planeta. Ningún griego o romano sabía mucho sobre Britania y sus pueblos, y en
ausencia de hechos empezaron a circular historias fabulosas de criaturas insólitas y
extrañas costumbres que se asemejaban en muchos aspectos a los relatos del Nuevo
Mundo de la época de las exploraciones europeas. No había duda de que un triunfo
en Britania captaría la atención de los romanos de todas los tipos y condiciones.[3]

TRAICIÓN Y MASACRE

Como acostumbraba, César pasó el invierno en la Galia Cisalpina, y aún estaba


allí cuando recibió noticias de una nueva migración. Dos tribus germanas, los
usípetes y los téncteros, habían abandonado sus hogares al este del Rin y atravesado
el río para entrar en la Galia. César afirma que cuatrocientas treinta mil personas se
habían puesto en marcha, lo que, en la misma proporción de los helvecios de un
guerrero por cada tres mujeres, niños u otras personas a su cargo, suponía un total de
más de cien mil combatientes. Como siempre debemos ser muy cautelosos y no
aceptar esa cifra más que como un indicativo de que se estaba produciendo «un
importante desplazamiento de personas». Lo más probable es que las tribus, como los
helvecios, no avanzaran en una sola columna, sino en muchos grupos dispersos por
una extensa área. Una vez más, la causa de la migración era la guerra y las razias,
pero en este caso las dos tribus estaban huyendo de las depredaciones regulares de
sus vecinos más numerosos y poderosos, los suevos. Este amplio grupo de tribus
relacionadas parece haber formado una confederación informal y era descrita de
modo consistente por César como más feroces incluso —y, por tanto, más peligrosos
— que los demás pueblos germanos. Sostiene que las tribus contaban con vastos
grupos de guerreros, la mitad de los cuales estaban disponibles para el combate todos
los años. Las tribus germanas se enorgullecían de la cantidad de tierra que mantenían
libre de asentamientos en torno a sus fronteras como signo de su poder marcial y
como elemento disuasorio para cualquier asaltante. Los Comentarios divulgan el
rumor, que César no se preocupa por confirmar o negar, de que, en una de las
fronteras con sus tierras, ningún otro pueblo se atrevía a habitar en un radio de cerca
de mil kilómetros de los suevos. Sin embargo, aunque incapaces de hacer frente a los
ataques de unos vecinos que los superaban en número, los usípetes y los téncteros
eran pueblos guerreros, y los menapios belgas, que se apostaron en los cruces del río
para detenerlos, lograron bloquear su avance sólo brevemente. Los germanos
fingieron que se retiraban, marcharon hacia el este durante tres días, pero, luego,

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enviaron a su caballería a toda velocidad en la oscuridad de la noche para lanzar un
ataque sorpresa. Los menapios se dejaron engañar y se dispersaron, por lo que no
pudieron organizar ningún tipo de resistencia coordinada. Sus barcos fueron
apresados y utilizados para transportar a los emigrantes a través del río. Las dos tribus
germanas fueron capaces de subsistir el resto del invierno alimentándose con la
comida que habían confiscado a los menapios y refugiándose en los pueblos que
habían invadido.[4]

César decidió unirse al ejército en una fecha más temprana de lo habitual. Antes
de su llegada, los emigrantes se habían puesto en marcha de nuevo en dirección al
sur, entrando en las tierras de los eburones y los condrusos. La campaña que tuvo
lugar a continuación pronto se convirtió en una fuente de polémica, pues Catón atacó
públicamente las acciones de César en el Senado, acusándole de haber cometido
graves errores de conducta. Por tanto, aún más de lo acostumbrado, el relato que
presenta en los Comentarios tenía la función de defender todas y cada una de sus
acciones y demostrar que se había comportado de manera razonable y honorable, así
como con su habitual calma y eficiencia. No obstante, incluso sus más acérrimos
críticos habrían reconocido que las dos tribus germanas amenazaban los intereses
romanos. En los pasados tres años, César había extendido el poder de Roma por toda
la Galia. La región no había sido anexionada de modo formal como una provincia y
las tribus conservaban su independencia política, pero prácticamente todas
reconocían abierta o tácitamente el dominio de Roma. Los menapios eran una de las
escasas excepciones y todavía no se habían sometido y entregado rehenes a César,
mientras que es casi seguro que los eburones y los condrusos lo habían hecho en el
año 57 a. C. Desde el principio, el procónsul había hecho hincapié en su disposición a
proteger a los pueblos aliados de cualquier enemigo, dejando claro en todas las
campañas tanto las ventajas que suponía ser aliados de Roma como el terrible castigo
que esperaba a aquellos que se opusieran a sus legiones.

Los emigrantes introdujeron un elemento nuevo y desestabilizador en el


equilibrio de poder que se había creado. No había tierra no ocupada en la Galia en la
que pudieran establecerse y ya habían demostrado que emplearían la fuerza contra
cualquiera que no los admitiera. Cabía la posibilidad de que las diferentes tribus —o
más probablemente los jefes de las tribus— decidieran dar la bienvenida a los recién
llegados con la esperanza de que el elevado número y la reputación de esos guerreros
fuera un importante activo para ellos como aliados. Exactamente el mismo motivo
había impulsado a algunos líderes galos a recibir con los brazos abiertos a Ariovisto,
a los helvecios y al propio César. Ese curso de acción era ahora el más atractivo para
aquellos que no habían tenido éxito desde que la zona había sido dominada por los
romanos y, en especial, para aquellos que acababan de ser derrotados por las legiones.
Había posibilidades de que surgieran nuevas rivalidades y conflictos dentro y entre

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las tribus, que empeoraron ante la perspectiva de que los vencedores pudieran
conseguir en un futuro apoyo germano en vez de romano. Cuando César expulsó a
Ariovisto de la Galia, había proclamado públicamente su rechazo a admitir que las
tribus germanas entraran a través del Rin. Como hemos visto, exageraba mucho las
distinciones entre los galos y los germanos y continuamente presentaba a estos
últimos como una amenaza potencial para Roma. Sin embargo, aunque exageraba, no
se inventó por completo las diferencias entre los pueblos o el peligro que constituían
para los intereses romanos. A los romanos nunca les habían gustado las incursiones
de otros pueblos en las regiones que circundaban sus fronteras.[5]

Cuando César alcanzó a su ejército en la Galia, recibió más información sobre los
emigrantes. Se supone que, en buena medida, esos datos, junto con los anteriores
informes que llegaron al sur de los Alpes, procedían de los legados que habían
quedado al mando de los campamentos de invierno. No parece que hubieran adoptado
ninguna acción directa contra los germanos, en parte porque hacer campaña en los
meses de invierno siempre era difícil, pero sobre todo porque no se esperaba de los
legados que mostraran demasiada iniciativa y habría sido inapropiado que se
embarcaran en una operación de envergadura por su cuenta. César también recibía
informes de las tribus aliadas. Un comentario en un pasaje posterior de los
Comentarios sugiere que su costumbre habitual era permanecer en las casas de los
nobles galos cuando viajaba por las Galias. Era un modo útil de mostrar cuánto
valoraba su amistad, porque la hospitalidad desempeñaba un papel esencial en la
cultura gala, pero también le ayudaba a evaluar sus temperamentos y opiniones.
Como sucedía en Roma, muchos de los grandes asuntos de un magistrado romano se
llevaban a cabo en un nivel muy íntimo. En general, sus diversas fuentes presentaban
un panorama preocupante: algunos jefes y tribus se habían aproximado ya a los
emigrantes germanos buscando una alianza y haciendo ofertas de tierras a cambio de
su ayuda militar. César convocó a los líderes de todas las tribus a un consejo, durante
el cual solicitó que le suministraran los habituales contingentes de caballería y
provisiones de grano, pero decidió que no era útil revelar que sabía que alguno de los
jefes había estado tratando con los germanos. Si podía derrotar rápidamente a ambas
tribus, no importarían esas negociaciones. El ejército romano se concentró y marchó
hacia el norte.[6]

Cuando la columna estaba a pocos días de marcha de las dos tribus germanas,
llegó una delegación enviada por ellos. Los enviados contaron cómo los suevos les
habían expulsado de sus hogares y le pidieron a César que les diera unas tierras o, al
menos, que pudieran conservar lo que lograran obtener por la fuerza. Como era
habitual, su relato hizo hincapié en el orgullo de los bárbaros, que les hizo declarar
que estaban completamente preparados para luchar si les rechazaba, ya que no temían
a nadie aparte de los suevos. El procónsul respondió «lo que tuvo por conveniente»,

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pero dejó claro que no les permitiría asentarse en las Galias. No obstante, se ofreció a
tratar de ubicarlos entre los ubios, otra tribu germana que habitaba en la orilla este del
Rin. Los suevos también les estaban presionando y recientemente habían enviado a
sus embajadores para solicitar apoyo. Los emisarios de las dos tribus accedieron a
trasladar esta oferta a su pueblo y regresar ante César tres días más tarde con una
decisión. Entretanto, le pidieron que detuviera su avance. César se negó porque,
sabiendo que el grueso de la caballería germana había salido en una expedición de
saqueo y asalto, sospechaba que la petición era sólo un ardid para ganar tiempo.[7]

Los romanos siguieron adelante hasta situarse a diecinueve kilómetros del


principal campamento tribal. Probablemente tardaron tres días en llegar, porque César
se encontró a la misma delegación que iba de regreso como habían acordado. De
nuevo le rogaron que se detuviera y aguardara, pero las legiones continuaron
avanzando. Sin embargo, César accedió a su petición de enviar órdenes a sus jinetes
para advertirles de que no entablaran combate en caso de toparse con algún germano.
Si eran atacados, la caballería auxiliar y aliada no haría sino defenderse. Además, los
germanos querían permiso para enviar embajadores a los ubios con el fin de negociar
la posibilidad de asentarse en sus tierras. Volvieron a solicitar tres días para llevarlo a
cabo. César seguía mostrándose escéptico acerca de sus motivos, pues pensaba que su
ruego era un nuevo pretexto para ganar tiempo hasta que retornara el grupo de
saqueo. Sus sospechas no eran descabelladas porque, aunque los germanos deseaban
sinceramente llegar a un acuerdo pacífico, es evidente que les interesaba negociar
desde una posición de mayor fuerza. Del mismo modo, si pretendían luchar, querrían
contar con las tropas que habían encabezado el ataque sobre los menapios y entre los
que, sin duda, se encontraban sus mejores guerreros. Además, si el grupo de asalto
regresaba con provisiones y forraje, las tribus dispondrían de sustento durante los días
de negociación o de operaciones militares. César hizo una modesta concesión,
diciendo que sólo avanzaría seis kilómetros durante el día, dirigiéndose a una
posición en la que su campamento tuviera una fuente de agua cerca. En el ínterin se
había desatado un conflicto entre la caballería de ambos bandos. Los germanos
contaban con unos ochocientos jinetes que guardaban su campamento; César tenía
cinco mil, aunque si los jinetes estaban ejecutando sus deberes como patrulla y
protección, no estarían todos concentrados en un solo lugar. Aun así, es probable que
las fuerzas auxiliares galas tuvieran una ventaja numérica significativa y montaban
caballos más grandes que los de sus oponentes, lo que hace todavía más llamativo
que los germanos lograran ventaja enseguida. En el relato de César los germanos
cargaron primero, haciendo retroceder a la caballería gala, a la que persiguieron a
continuación, sólo para toparse con sus refuerzos. Entonces muchos de los germanos
desmontaron para luchar a pie, tal vez con el apoyo de los escogidos hombres de
infantería que solían acompañar a los jinetes de algunas tribus germanas. Los
guerreros aplastaron a los galos que se dieron a la fuga, propagando el pánico entre

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gran parte de la caballería auxiliar y aliada, que, presa del terror, retornó al galope
hacia la fuerza principal, que probablemente se encontraba a varios kilómetros de
distancia. César mantiene que los germanos fueron los que rompieron la tregua y
atacaron sin provocación previa a sus desprevenidos aliados. En otra parte de los
Comentarios señala que los germanos cabalgaban sin silla de montar y, debido a que
despreciaban a los jinetes, como los galos, que las utilizaban, solían atacarlos nada
más verlos. Nunca conoceremos la verdad de lo sucedido y puede que en aquel
momento tampoco estuviera claro. Tanto los galos como los germanos eran guerreros
individualistas que valoraban las exhibiciones de notorio coraje y habilidad. A sus
líderes les resultaba difícil imponer una disciplina rígida en tales hombres y cuando
se encontraban grandes grupos de guerreros de diferentes tribus, siempre existía la
posibilidad de que estallara un enfrentamiento entre ellos. Las mofas podían terminar
fácilmente en duelos o en combates en masa. Durante las campañas galas, los
guerreros germanos derrotaron de forma sistemática a los galos, y cada uno de sus
éxitos sirvió para incrementar aún más su reputación de ferocidad. En esta ocasión
fueron asesinados setenta y cuatro aliados galos de César, uno de los pocos casos en
los que proporciona una cifra concreta de sus propias bajas. Entre ellos se encontraba
un aristócrata de Aquitania llamado Pisón, cuyo abuelo había sido el rey de su tribu y
reconocido por el Senado como «amigo del pueblo romano». Pisón regresó mientras
sus hombres huían en desbandada para rescatar a su hermano, pero, cuando
escapaban, los germanos lo derribaron de su caballo, lo rodearon y le dieron muerte.
Su hermano espoleó a su caballo en dirección al enemigo y también fue asesinado.[8]

Según César, la escaramuza demostraba que las tribus germanas actuaban a


traición, prolongando las negociaciones de paz hasta ser suficientemente fuertes para
atacarle. Fuera o no cierto, resultaba evidente que no les convenía provocar un
combate en aquel momento. Preocupado de que, si los rumores de la refriega se
exageraban y la convertían en una gran derrota, las tribus galas se desalentaran e
inquietaran, convocó a sus legados y a su cuestor y les dio instrucciones de disponer
lo necesario para lanzar un ataque total al día siguiente. A la mañana siguiente,
mientras las legiones se preparaban para la batalla, llegó una numerosa delegación de
germanos que incluía a sus principales líderes y jefes, que deseaban disculparse por el
combate del día anterior y explicar que no habían pretendido romper la tregua, sino
que seguían queriendo negociar. Los Comentarios subrayan cómo los líderes
germanos actuaron «dolosamente y a traición», y en un raro momento de emoción,
afirma que César se sintió «contento» al pensar que se habían puesto en sus manos.
Olvidando la indignación que sintió cuando sus propios oficiales fueron detenidos —
y esa era la diferencia clave, que eran romanos y sus propios hombres—, arrestó a los
enviados. Las legiones partieron, marchando en tres columnas que podían convertirse
rápidamente en la línea de batalla del triplex acies, y avanzaron los trece kilómetros
que los separaban del campamento germánico. Cayeron sobre los usípetes y los

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téncteros cuando estaban desprevenidos y sin jefes, de manera que lo que sucedió a
continuación fue más una masacre que una batalla:[9]

Conocido su temor por el griterío y tumulto, nuestros soldados, espoleados por la


traición de la víspera, irrumpieron contra el campamento. Allí, los que pudieron
empuñar pronto las armas opusieron a los nuestros alguna resistencia y trabaron
combate entre los carros y la impedimenta; pero la restante multitud de niños y
mujeres […] comenzó a huir a la desbandada, en cuya persecución envió César la
caballería.
Los germanos, al oír a sus espaldas el clamor de los suyos que perecían, arrojando
las armas y abandonando las enseñas se echaron fuera del campamento y,
habiendo llegado a la confluencia del Mosa y del Rin, perdida la esperanza de
seguir huyendo y muertos ya gran número de ellos, los restantes se precipitaron al
río y allí, oprimidos por el temor, el cansancio y la fuerza de la corriente,
perecieron.[10]

El ejército romano no sufrió ninguna baja mortal y sólo hubo unos pocos heridos
en la desigual batalla. César no proporciona ninguna cifra de las pérdidas germánicas,
pero es probable que fueran considerables, con muchos muertos y muchos hombres
capturados para ser vendidos como esclavos. Aún más germanos escaparon, pero a
costa de perder sus posesiones, que quedaban en sus carros abandonados. Si, como
parece probable, las dos tribus no estaban concentradas en un único campamento,
sino en una serie de grupos desperdigados por una zona bastante amplia, entonces es
posible que los demás pudieran huir con más facilidad. El único grupo organizado de
fugitivos era la caballería de saqueo que había vuelto a atravesar el Rin y se refugió
entre los sicambros. Tras la destrucción y dispersión de sus pueblos, los líderes
tribales fueron liberados, pero eligieron permanecer en el campamento romano antes
que enfrentarse a la posible represalia de los galos cuyas tierras habían saqueado.[11]

Los romanos celebraron la sencilla victoria que les había liberado del «terror de
una guerra tan terrible». El éxito reforzó el dominio romano de la Galia que César
había establecido en anteriores campañas. Si deseaba organizar una expedición
británica aquel año, entonces la velocidad de la campaña había dejado abierta esta
posibilidad. Desde un punto de vista práctico, el triunfo fue positivo para Roma, pero
cuando las noticias de este episodio llegaron a la ciudad no fueron bien recibidas por
varios senadores. Es poco probable que el primer informe fuera enviado por el propio
César, sino que es más verosímil que las nuevas alcanzaran Roma en forma de cartas
escritas por hombres de su Estado Mayor o —directa o indirectamente— por
comerciantes que trataban con el ejército. Catón encabezó el ataque contra César, que
se centró no tanto en la masacre en sí, sino en la creencia de que el procónsul había

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violado la tregua capturando a los embajadores y atacándoles por sorpresa. Los
romanos daban mucha importancia a su «buena fe» (fides), en contraste —en su
opinión— con la duplicidad de otras razas; aunque, en realidad, su historial no estaba
precisamente sin tacha, eran conscientes de que respetar los tratados y demás
acuerdos formales tenía la ventaja práctica de facilitar futuras negociaciones. En un
nivel más fundamental, la especial relación de Roma con los dioses, lo que probaba
su destacado éxito en la guerra, se basaba en la virtud y en el respeto de las
obligaciones sagradas o juramentos. En el Senado «Catón propuso que César fuese
entregado a los que habían recibido aquella injusticia, para no atraer sobre sus
cabezas la venganza divina ni exponer a ella a la República. “Y si hemos de sacrificar
a los dioses —dijo—, sea para que no hagan caer sobre los soldados la pena debida a
la locura y furor de su general, sino que tengan compasión de la ciudad”».[12]

En varias ocasiones anteriores, los romanos habían entregado oficialmente a


alguno de sus magistrados al enemigo extranjero para expiar una injusticia. El caso
más reciente se había producido en el año 137 a. C., después de que el cónsul Cayo
Hostilio Mancino hubiera permitido que su ejército fuera rodeado por los celtíberos
en el exterior del pueblo de Numancia. Mancino había salvado la vida de sus
soldados rindiéndose y los celtíberos permitieron que el ejército se marchara, pero a
cambio de que los romanos aceptaran una paz que favorecía a los numantinos. Más
adelante, el Senado se negó a ratificar el tratado y ordenó que pusieran grilletes a
Mancino y que, como su garante, fuera dejado en el exterior de las murallas de
Numancia. (Este gesto no pareció servir de consuelo a los celtíberos, que hicieron
caso omiso de él. Mancino regresó a Roma y, dado que era un aristócrata romano,
encargó una estatua de sí mismo desnudo y encadenado que fue expuesta en un lugar
muy destacado de su casa para recordar a los visitantes aquel momento en el que se
mostró tan dispuesto a sacrificarse por el bien de la República). El argumento de
Catón de comparar a César con hombres como Mancino no era demasiado bueno.
Hasta entonces los romanos sólo habían entregado a alguno de los suyos al enemigo
cuando buscaban razones para justificar recientes derrotas o deseaban evitar un
tratado inconveniente. César había ganado victoria tras victoria y, mientras siguiera
haciéndolo, era impensable que el Senado aceptara la petición de Catón, en especial
mientras Pompeyo y Craso fueran cónsules. Sin embargo, era evidente que existía
cierta inquietud entre los senadores y es posible que en aquella ocasión el Senado
llegara a votar para enviar una comisión a «estudiar la situación de las Galias».[13]
Por lo que sabemos, esa comisión nunca llegó a enviarse. Es obvio que las críticas de
Catón habían herido profundamente a César, porque envió una carta en la que
defendía sus acciones a un amigo que la leyó en voz alta en una reunión del Senado
«y luego que se leyó, levantándose este, no con enfado ni acaloramiento, sino usando
del raciocinio, como si aquel fuera un discurso preparado, demostró que las
inculpaciones hechas contra él no eran sino injurias y burlas, reducido a puras

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chocarrerías y palabras vanas».[14] Catón era un actor demasiado bueno para no ser
capaz de aprovechar la situación en su beneficio. Si César hubiera estado presente, es
muy posible que su oratoria hubiera sido más persuasiva y, como mínimo, podría
haberse dado cuenta de que estaba perdiendo el debate y haber cambiado de táctica.
Esa fue la debilidad de su posición durante esos años, porque no podía participar en
las reuniones del Senado o en las asambleas públicas que se celebraban en Roma.
Cuando finalizó la lectura de la carta, Catón pudo dedicarse a atacar con detalle todas
y cada una de las acciones de César. Por el momento era lo único que podían hacer él
y aquellos que compartían su hostilidad hacia César, pero no había ningún indicio de
que sus continuadas críticas fueran a desaparecer y se escuchaban en todo momento
como un ruido de fondo, aun cuando la República estaba celebrando oficialmente los
logros del procónsul.[15]

Considerando que la noticia de la matanza de los téncteros y los usípetes tardaría


algún tiempo en llegar a Roma, lo más probable es que estos debates no se produjeran
hasta finales de 55 a. C. Inmediatamente después de su triunfo, César había decidido
atravesar el Rin con su ejército en una exhibición de fuerza que pretendía disuadir a
cualquier otra tribu germana de invadir las Galias. Los ubios ya le habían entregado
algunos rehenes y habían pedido su protección frente a los suevos, lo que justificaba
todavía más la expedición. La tribu le ofreció sus naves para trasladar al ejército al
otro lado del río, pero el procónsul consideró que emplear ese método «ni le parecía
bastante seguro ni lo juzgaba propio de su dignidad ni de la del pueblo romano». En
su lugar, dio instrucciones a las legiones de que construyeran un puente, cuyo diseño
describe con amoroso detalle en los Comentarios, porque los romanos valoraban la
habilidad para la ingeniería de sus soldados casi tanto como sus éxitos en el campo de
batalla. En diez días el puente estuvo terminado, con dos baluartes bien guarnecidos
para proteger ambos extremos. La localización del puente sigue siendo un misterio
para nosotros, al igual que algunos detalles sobre su construcción, a pesar de la
descripción de César, aunque se cree que su emplazamiento estaría en algún lugar
entre las actuales Coblenza y Andernach.[16]

Una vez al otro lado del río, las legiones no hallaron a nadie contra quien luchar.
Los sicambros ya habían huido con sus posesiones hacia lo profundo del bosque,
instados por los jinetes de las tribus emigrantes que habían buscado refugio entre
ellos. De modo similar, los suevos evacuaron sus asentamientos y enviaron a sus
familias y rebaños hacia los bosques, donde les resultaría más fácil esconderse del
invasor. Sus guerreros recibieron instrucciones de congregarse en un lugar bien
conocido en el centro de sus tierras, donde su ejército se enfrentaría a los romanos.
César tampoco pretendía adentrarse demasiado en su territorio o provocar un
combate. Durante dieciocho días, saqueó tierras, quemó granjas y aldeas y recogió o
destruyó sus cosechas. A continuación se retiró a la orilla occidental del Rin, tras lo

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cual destruyó el puente. Les había demostrado a los germanos de la región que el
ejército romano estaba muy dispuesto y tenía capacidad para presentarse y atacar sus
tierras siempre que se les antojara. El destino de los usípetes y los téncteros y,
anteriormente, la derrota de Ariovisto, habían supuesto una seria advertencia para
cualquier tribu que pretendiera asentarse en las Galias. Los jefes de los ubios se
convencieron de que César regresaría a ayudarles en caso de que los suevos se
lanzaran contra ellos otra vez. Por el momento, la frontera de la Galia era segura.[17]

RECONOCIMIENTO DEL TERRENO: LA


PRIMERA EXPEDICIÓN A BRITANIA, 55 a. C.

El verano estaba bastante avanzado, pero César seguía decidido a lanzar un


ataque sobre Britania. Puede que fuera poco más que una razia, preparada de forma
precipitada y con la expectativa de volver en invierno a las Galias. La flota construida
para luchar contra los vénetos, junto con los barcos que hubieran apresado en aquella
campaña o que pudieran proporcionarles sus aliados, se habían reunido en la costa
correspondiente al territorio de los mórinos (el actual Paso de Calais). El propio
César marchó con las legiones desde el Rin a su encuentro y su llegada provocó que
los mórinos, hostiles hasta ese momento, decidieran que hacer las paces con Roma
era el curso de acción más prudente por el momento. Además de sus naves de guerra
de remos, el procónsul contaba con algo menos de cien barcos de vela para utilizarlos
para el transporte, un total no demasiado grande para dicha tarea. César decidió llevar
consigo lo imprescindible en cuanto a impedimenta y muy pocas provisiones, porque
en aquella época del año podía contar con abastecerse con las cosechas maduras de
los campos. Dos legiones, la Séptima y la Décima, tenían que apretarse en ochenta
transportes. Parece probable que en aquella época no contaran con más de cuatro mil
hombres cada una, de modo que, por término medio, en cada barco viajarían cien
personas. Dieciocho transportes más fueron asignados a la caballería, proporcionando
tal vez suficiente espacio para varios cientos de jinetes junto con sus monturas. Sus
oficiales superiores, más sus respectivos séquitos y aquellas posesiones que
consideraran esenciales, fueron transportados en la estrechez de condiciones de las
galeras de guerra. Fue con esta tropa, reducida en comparación con los ejércitos que
había liderado en los últimos años, con la que César partió para invadir Britania. El
grueso del ejército permaneció en las Galias y varias columnas de considerable
tamaño fueron enviadas al mando de sus legados a someter a los menapios y aquellos
mórinos que no se habían rendido. Una fuerza adicional actuaba como guarnición en
su puerto de embarque, que, probablemente, se encontraba cerca del emplazamiento
de la actual Boulogne (parece que el territorio que circundaba lo que ahora es Calais
todavía no se había robado al mar). Después de todos los preparativos, la flota
romana no zarpó hasta bien entrado agosto.[18]

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Durante las semanas que precedieron a su partida, César había tratado de
recopilar tantos datos como le fue posible sobre Britania y sus habitantes, pero, de
hecho, había descubierto escasa información de utilidad