A continuación, leerás el fragmento de una novela juvenil llamada Robinson Crusoe.
Previamente, te sugiero lo siguiente:
Lee el recuadro con los datos referenciales de la obra. Te ayudarán a comprender mejor el
fragmento.
Realiza una primera lectura para que te familiarices con el contenido del texto. ¡Disfruta, te
va a encantar!
Fragmento de la novela Robinson Crusoe
“Robinson Crusoe”
(Autor: Daniel Defoe)
(Fragmento)
(…)
Después de esto, me rogó encarecidamente y del modo más afectuoso posible, que no actuara
como un niño, que no me precipitara a las miserias de las que la naturaleza y el estado en el
que había nacido me eximían. Me dijo que no tenía ninguna necesidad de buscarme el pan; que
él sería bueno conmigo y me ayudaría cuanto pudiese a entrar felizmente en el estado de la
vida que me había estado aconsejando; y que si no me sentía feliz y cómodo en el mundo,
debía ser simplemente por mi destino o por mi culpa; y que él no se hacía responsable de nada
porque había cumplido con su deber, advirtiéndome sobre unas acciones que, él sabía, podían
perjudicarme. En pocas palabras, que, así como sería bueno conmigo si me quedaba y me
asentaba en casa como él decía, en modo alguno se haría partícipe de mis desgracias,
animándome a que me fuera. Para finalizar, me dijo que tomara el ejemplo de mi hermano
mayor, con quien había empleado inútilmente los mismos argumentos para disuadirlo de que
fuera a la guerra en los Países Bajos, quien no pudo controlar sus deseos de juventud y se
alistó en el ejército, donde murió; que aunque no dejaría de orar por mí, se atrevía a decirme
que si no desistía de dar un paso tan absurdo, no tendría la bendición de Dios; y que en el
futuro, tendría tiempo para pensar que no había seguido su consejo cuando tal vez ya no
hubiera nadie que me pudiese ayudar.
Me di cuenta, en esta última parte de su discurso, que fue verdaderamente profético, aunque
supongo que mi padre no lo sabía en ese momento; decía que pude ver que por el rostro de mi
padre bajaban abundantes lágrimas, en especial, cuando hablaba de mi hermano muerto; y
cuando me dijo que ya tendría tiempo para arrepentirme y que no habría nadie que pudiese
ayudarme, estaba tan conmovido que se le quebró la voz y tenía el corazón tan oprimido, que
ya no pudo decir nada más.
Me sentí sinceramente emocionado por su discurso, ¿y quién no?, y decidí no pensar más en
viajar sino en establecerme en casa, conforme con los deseos de mi padre. Mas, ¡ay!, a los
pocos días cambié de opinión y, para evitar que mi padre me siguiera importunando, unas
semanas después, decidí huir de casa. Sin embargo, no actué precipitadamente, ni me dejé
llevar por la urgencia de un primer impulso. Un día, me pareció que mi madre se sentía mejor
que de ordinario y, llamándola aparte, le dije que era tan grande mi afán por ver el mundo, que
nunca podría emprender otra actividad con la determinación necesaria para llevarla a cabo;
que mejor era que mi padre me diera su consentimiento a que me forzara a irme sin él; que
tenía dieciocho años, por lo que ya era muy mayor para empezar como aprendiz de un oficio o
como ayudante de un abogado; y que estaba seguro de que si lo hacía, nunca lo terminaría y,
en poco tiempo, huiría de mi maestro para irme al mar. Le pedí que hablara con mi padre y le
persuadiera de dejarme hacer tan solo un viaje por mar. Si regresaba a casa porque no me
gustaba, jamás volvería a marcharme y me aplicaría doblemente para recuperar el tiempo
perdido.
Estas palabras enfurecieron a mi madre. Me dijo que no tenía ningún sentido hablar con mi
padre sobre ese asunto, pues él sabía muy bien cuál era mi interés en que diera su
consentimiento para algo que podía perjudicarme tanto; que ella se preguntaba cómo podía
pensar algo así después de la conversación que había tenido con mi padre y de las expresiones
de afecto y ternura que había utilizado conmigo; en pocas palabras, que si yo quería arruinar
mi vida, ellos no tendrían forma de evitarlo, pero que tuviera por cierto que nunca tendría su
consentimiento para hacerlo; y que, por su parte, no quería hacerse partícipe de mi
destrucción para que nunca pudiese decirse que mi madre había accedido a algo a lo que mi
padre se había opuesto.
Aunque mi madre se negó a decírselo a mi padre, supe después que se lo había contado todo y
que mi padre, muy acongojado, le dijo suspirando:
Ese chico sería feliz si se quedara en casa, pero si se marcha, será el más miserable y
desgraciado de los hombres. No puedo darle mi consentimiento para esto.
En menos de un año, me di a la fuga. Durante todo ese tiempo me mantuve obstinadamente
sordo a cualquier proposición encaminada a que me asentara. A menudo discutía con mi padre
y mi madre sobre su rígida determinación en contra de mis deseos. Mas, cierto día, estando en
Hull, a donde había ido por casualidad y sin ninguna intención de fugarme; estando allí, como
digo, uno de mis amigos, que se embarcaba rumbo a Londres en el barco de su padre, me
invitó a acompañarlos, con el cebo del que ordinariamente se sirven los marineros, es decir,
diciéndome que no me costaría nada el pasaje. No volví a consultarle a mi padre ni a mi madre,
ni siquiera les envié recado de mi decisión. Más bien, dejé que se enteraran como pudiesen y
sin encomendarme a Dios o a mi padre, ni considerar las circunstancias o las consecuencias,
me embarqué el primer día de septiembre de 1651, día funesto, ¡Dios lo sabe!, en un barco con
destino a Londres. Creo que nunca ha existido un joven aventurero cuyos infortunios
empezasen tan pronto y durasen tanto tiempo como los míos. Apenas la embarcación había
salido del puerto, se levantó un fuerte vendaval y el mar comenzó a agitarse con una violencia
aterradora. Como nunca antes había estado en el mar, empecé a sentir un malestar en el
cuerpo y un terror en el alma muy difíciles de expresar. Comencé entonces a pensar
seriamente en lo que había hecho y en que estaba siendo justamente castigado por el cielo por
abandonar la casa de mi padre y mis obligaciones. De repente, recordé todos los buenos
consejos de mis padres, las lágrimas de mi padre y las súplicas de mi madre. Mi corazón, que
aún no se había endurecido, me reprochaba por haber desobedecido a sus advertencias y
haber olvidado mi deber hacia Dios y hacia mi padre.
Mientras tanto, la tormenta arreciaba y el mar, en el que no había estado nunca antes, se
encrespó muchísimo, aunque nada comparado con lo que he visto otras veces desde entonces;
no, ni con lo que vi pocos días después. Sin embargo, era suficiente para asustarme, pues
entonces apenas era un joven navegante que jamás había visto algo así. A cada ola, esperaba
que el mar nos tragara y cada vez que el barco caía en lo que a mí me parecía el fondo del mar,
pensaba que no volvería a salir a flote. En esta agonía física y mental, hice muchas promesas y
resoluciones. Si Dios quería salvarme la vida en este viaje, si volvía a pisar tierra firme, me iría
directamente a casa de mi padre y no volvería a montarme en un barco mientras viviese;
seguiría sus consejos y no volvería a verme sumido en la miseria. Ahora veía claramente la
bondad de sus argumentos a favor del estado medio de la vida y lo fácil y confortablemente
que había vivido sus días, sin exponerse a tempestades en el mar ni a problemas en la tierra.
Decidí que, como un verdadero hijo pródigo arrepentido, iría a la casa de mi padre.
(…)
Escribe las respuestas en tu cuaderno:
1. ¿Quién narra la historia?
2. ¿Quién es Robinson Crusoe?
3. ¿Cuántos años tenía cuando decidió navegar?
4. ¿Por qué recordó los consejos de su padre cuando estuvo en el mar?
5. Robinson Crusoe dijo: “Mi corazón, que aún no se había endurecido, me reprochaba por
haber desobedecido a sus advertencias y haber olvidado mi deber hacia Dios y hacia mi
padre”. ¿Qué sentimientos crees que estaba experimentando en esos momentos?
6. ¿Crees que el recuerdo de la conversación que tuvo con su padre lo acompañe toda su
vida?, ¿por qué?
7. ¿Qué pensaba su padre sobre la decisión tomada por Robinson Crusoe?
8. ¿Estás de acuerdo con que Robinson Crusoe haya decidido ir en la embarcación de su
amigo?, ¿por qué?
9. Según una estudiante de otra escuela, la mamá de Robinson Crusoe le respondió de esa
manera porque ella tenía como principio obedecer las decisiones de su esposo. ¿Qué ideas
del texto apoyan esta opinión?
10. El autor, en los primeros párrafos del fragmento, utiliza conectores como “después de
esto” y “a los pocos días”. ¿Para qué los habrá utilizado? ¿Qué otros conectores que
cumplan la misma función encuentras en el texto?
11. ¿Por qué el autor habrá decidido que el personaje principal sea quien narre la historia y no
él como autor de la obra?