Levinton "LLegar A Ser Simone de Beauvoir"
Levinton "LLegar A Ser Simone de Beauvoir"
Recibido: 21.04.2009
Aceptado: 8.07.2009
RESUMEN
A la manera de un Psicoanálisis aplicado a la obra de Simone de Beauvoir se señalan algunos aspectos cru-
ciales que reflejan cómo se va configurando la vida y el pensamiento de una mujer que encarnó, para muchas
de nosotras, un modelo de identificación. Su trabajo es en este sentido un espejo y una valiosa muestra de la
naturaleza proyectiva de muchos de sus enunciados, donde a partir de su irreemplazable experiencia Simone
arriba a conclusiones en las que podemos seguir el rastro de sus vivencias personales. En el contexto singu-
lar de su historia personal y en cómo es relatada. Al exponer su vida en sus libros y en numerosas entrevis-
tas concedidas a distintos medios, ha dado lugar a que surgieran diferentes interpretaciones, por lo tanto a que
sus palabras y argumentos puedan, como en este artículo, ser utilizados, contrastados entre sí y sometidos a
exploración.
ABSTRACT
This article shows how Simone de Beauvoir´s work was crucial in helping to understand female subjectivity
as a process dominated by the prevailing cultural values. Her writings represent a statement against invisibi-
lity of women as subjects and anticipate most of what decades later will be called “gender”. Although “The
Second Sex”, is a controversial work, with many different readings and with opinions we might not share on
some occasions, it was also a driving force that explained how the shortage of women´s representation is a
result of having read the difference of sex as an absolute asymmetry. The article analyses Simone de
Beauvoir´ essays, her autobiographical novels and the numerous interviews she granted, in search for ele-
ments that might help us understand how the life and thoughts of this woman were shaped. Through a series
of quotes from three of Simone de Beauvoir´s autobiographical works, the article contributes to identify some
features in the construction of Beauvoir´s subjectivity through her writings about her father and mother, her
contradictory relationship with them, her experiences as the eldest child and other childhood memories
diano o las variaciones sobre el enigma de la feminidad que desde diferentes disci-
plinas contribuían a reforzar, con la etiqueta de enfoques teóricos, los conocidos pre-
juicios. Y escribió así un alegato contra la invisibilidad de las mujeres en tanto suje-
tos, una reflexión exhaustiva que anticipa casi todo lo que décadas más tarde deno-
minamos género. Su esfuerzo en la conquista de una modalidad de autodesignación
abrió las puertas y estimuló nuestros cerebros para que hoy podamos encontrarnos
en ámbitos donde pensar y debatir sobre y entre nosotras, ya no es una experiencia
excepcional en un medio académico.
En este caso nos congrega la Beauvoir que supo rastrear profundamente en torno
al déficit de representación en que nos hemos desenvuelto tradicionalmente las muje-
res, como resultado de esa traslación perversa que transmutó la diferencia sexual en
una todopoderosa asimetría. Su propia historia familiar le mostró que la condición
de la mujer casada era a todas luces injusta, con un lugar degradado frente al incon-
trovertible poder masculino y que conducía a quedar doblemente esclavizada por el
matrimonio y la maternidad. Eligió identificarse con la posición ventajosa, asociada
a poder proyectar para su vida otras gratificaciones, ligadas al intelecto. Desde joven,
fantaseó con ser una autora famosa.
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A fin de circunscribir este trabajo a algunas cuestiones sobre las que creo que su
aportación ha sido trascendental, me ceñiré a resaltar algunos puntos vinculados
principalmente con la idea de que ser una mujer implique un proceso en el que par-
ticipamos activamente al apropiarnos de la oferta que la cultura, en tanto construc-
ción social, ofrece. Esto puntos son:
- Los límites del alcance del concepto de “situación en el caso de las mujeres
por lo que la libertad podría no ser accesible”.
- Su convicción sobre la propensión original de la conciencia humana a la
dominación del otro.
- La doble perspectiva de la opresión cuando la alienación es consentida por
ella y cuando le es infligida, ineludible para considerar como telón de fondo
sobre el drama de la violencia de género.
- El fallo en la reciprocidad, que se concretiza al objetivar a la mujer como lo
otro, no en tanto categoría ontológica sino cultural.
- El valor social de la maternidad como consecuencia del condicionamiento
biológico y el “olvido de sí” que ésta implica.
- El reconocimiento de la importancia del psicoanálisis que aleja de un para-
digma “naturalista” y, simultáneamente, su crítica a lo que considera un plan-
teamiento reduccionista respecto de la sexualidad.
-Su enfática insistencia en la impronta de la socialización diferencial como el
escenario que moldea la así llamada feminidad.
- Así como su afirmación del deseo por alguien del mismo sexo como una
opción válida sin etiquetas psicopatológicas, cuestionando toda explicación
determinista.
Sabemos que las menciones podrían extenderse y “customizarse” según los más
variados gustos y criterios pero mi interés es focalizarnos en algunos aspectos cru-
ciales que reflejen cómo se va configurando la vida y el pensamiento de una mujer
que encarnó, para muchas de nosotras, un modelo de identificación. Pero a pesar de
que, tal como comenta, fue a sugerencia de Sartre que ella eligiese analizar “cómo
influyó en ella el ser mujer”1 su acercamiento al tema es en términos de “ellas” y no
nosotras. Incluso desde esa misma contradicción podemos vernos reflejadas en nues-
tras ambivalencias en lo que podría llamarse el reconocimiento de la pertenencia de
género. Y es recién a partir de los años setenta cuando va a respaldar las luchas polí-
ticas que estaban en juego más allá de su privilegiada posición personal.
1 BEAUVOIR (1982): El segundo sexo. Los hechos y los mitos. Argentina, Ediciones Siglo Veinte.
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Como en todo psicoanálisis aplicado habrá que considerar el material como par-
cial, sesgado, afectado por el proceso de los mecanismos defensivos que intervinie-
ron en hacerlo consciente; en este caso, incluso publicable por la propia filósofa y
escritora estando ella viva. Así como la posibilidad de que los recuerdos encubrido-
res y todas las trampas y coartadas que distorsionan los contenidos y el funciona-
miento de nuestra memoria, estén actuando sobre estos textos como lo hacen en lo
que nos cuentan l@s pacientes en nuestra práctica clínica. Engaño sobre el cual
podrá decir incluso: “A veces la palabra sólo representa una manera más hábil que
el silencio de callar”2.
Una de las vías de acceso a sus libros es el recorrido exhaustivo sobre la idea de
la autorrepresentación como el formato privilegiado para poder hablar de su subjeti-
vidad. Así, cuando escribe Memorias de una joven formal, su mundo interno es
minuciosamente explorado y cobra “existencia”, con toda la carga del modelo filo-
sófico existencialista. Es una crónica donde la autora se describe en el contexto de
su entorno familiar y despliega desde el comienzo una clarividente percepción de los
beneficios de su condición de primogénita. Dirá: …“Por muy lejos que vaya en mis
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“Sin embargo, algo andaba mal, puesto que unas rabietas terribles me arroja-
ban al suelo, amoratada y convulsionada… 4
A menudo me he interrogado sobre la razón y el sentido de las rabietas. Creo
que se explican en parte por una vitalidad fogosa y por un extremismo al que
no he renunciado del todo. Llevaba mis repugnancias hasta el vómito, mis
deseos hasta la obsesión, un abismo separaba las cosas que me gustaban de las
que no me gustaban.” (1989: 19).
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¿Puede haber recuerdos más congruentes con lo que luego fue su desarrollo perso-
nal? Una niña que, parece, precozmente detecta y registra sus estados emocionales y
que posteriormente reflexiona sobre ellos. El análisis de sus descripciones lleva a pen-
sar que Simone creció sintiéndose una persona cuyas acciones producían efectos sobre
el medio que le devolvía una imagen de sí misma como alguien considerado. Es decir
que podemos pensar que el punto de partida para la construcción de su subjetividad en
cuanto a la valoración de su “capacidad de afectar a los demás” fue especialmente
benévolo. Que refiere cómo fueron instaurándose sus interrogantes como cuando escri-
be: “Pero me negaba a ceder a esa fuerza impalpable: las palabras, lo que me subleva-
ba era que una frase lanzada al descuido “debes hacerlo... no debes hacerlo”, arruina-
ra en un instante mis empresas y mis alegrías”10. Que anticipa el futuro y sus conse-
cuencias: “De pronto el porvenir existía y me transformaría en otra que podrá decir Yo,
pero yo no sería ya la misma. Presentí todos los rompimientos, los renunciamientos,
los abandonos y la sucesión de mis muertes (BEAUVOIR, 1989: 13).
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Alguien que no se impone con una actitud autoritaria. Que la escucha y la encuen-
tra interesante, forjando en los cimientos de este vínculo edípico, el esbozo de cier-
tas coordenadas que marcarán sus futuras relaciones con los hombres donde el inter-
cambio intelectual será un aspecto fundamental, claramente erotizado. Aunque
Simone lo niegue y pretenda racionalizarlo al escribir:
“¿Por qué reclamaba yo que fuera él superior a mí? No creo que haya buscado
en él un sucedáneo de mi padre; me importaba mi independencia; no me ima-
ginaba nunca como la compañera de un hombre: seríamos dos compañeros. Sin
embargo, la idea que me hacía de nuestra pareja fue directamente influida por
mis sentimientos hacia mi padre. Mi educación, mi cultura y la visión de la
sociedad tal como era, todo me convencía de que las mujeres pertenecían a una
casta inferior” (BEAUVOIR, 1989: 230).
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¿Así como ella no era para él más que un cerebro? “Mi padre me trataba como
una mujer hecha y derecha: mi madre cuidaba a la niña que yo era” (BEAUVOIR,
1989: 62). “Papá solía decir:”Simone tiene un cerebro de hombre. Simone es un
hombre” (BEAUVOIR, 1989: 192).
¡Qué mejor elogio podía ofrecérsele que el que su padre la homologara con un
hombre por su inteligencia, algo hipervalorado para él! Y, al mismo tiempo negara
la importancia de que su cuerpo sexuado la hacía ser una mujer, “aún” siendo inteli-
gente. ¿Qué efecto produce en una niña, y más tarde jovencita, una alabanza que la
vuelve invisible, más allá de su cerebro, ante su idealizado padre? ¿Cómo se asocia
con sus comentarios sobre la anatomía y fisiología del cuerpo femenino que abundan
en referencias cargadas de juicios como el “espanto” frente a los pechos o los soni-
dos ligados a la orina, su aborrecimiento del proceso de desarrollo que metamorfo-
seaba su cuerpo? Y hasta que punto influye para llegar a plantear…
¿Habrá dejado alguna impronta este comentario que reaparece cuando describe
como Sartre “la forma”, incluso al insistirle que escribiese sobre la influencia que
había tenido sobre ella el ser mujer?” O cuando se refiere a cómo esperaba que su
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pareja fuese una “persona terminada” mientras ella sería alguien formándose con la
ambición de progresar hasta el infinito:
La relación de Beauvoir con su madre y las sucesivas etapas que el vínculo fue
atravesando está descrita en diferentes textos. En Memorias de una joven formal, la
dibuja como una mujer que había sufrido como hija la frialdad de su propia madre
quién había estado entregada en cuerpo y alma a su marido (BEAUVOIR, 1989: 59).
Añadiendo que:
Y para narrar el encuentro con el que sería su marido, esta es la versión que cons-
truye Simone:
Es esta una descripción empática con las fragilidades de su madre, en la que hace
un alegato para tratar de comprender las condiciones en que se desarrolló su vida y
hasta qué punto fue marcada por su época y su entorno:
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Pero también aparece en sus rasgos más controladores y exigentes como cuando
relata “…con mi hermana y conmigo se mostraba autoritaria, a veces enfurecida. Si
uno de sus íntimos la contrariaba o la ofendía, reaccionaba a menudo con ira y con
violentos estallidos de franqueza” (BEAUVOIR, 1989: 60). Rasgos característicos a
los que Simone tuvo que confrontarse y que la llevaron a sostener una compleja y
ambivalente relación con ella. Y más tarde a reconocerlos en sí misma, como lógico
producto de la identificación. Beauvoir trazará magistralmente el cuadro donde se
perfilan las variaciones que se van produciendo en su percepción de quién y cómo es
la madre. Y del proceso por el cual va incorporándose la noción del cumplimiento de
las normas. Revelando el camino que lleva desde esa casi simbiosis y dependencia
extrema de su aprobación, a cómo el temor va tornándose en juicio crítico, feroz
cuestionamiento e… intenso rencor. El rechazo a todo lo que su madre representa-
ba se convirtió en sus señas de identidad. Será recién a su muerte, teniendo la auto-
ra ya 55 años, cuando ella puede hacer el esfuerzo de reconciliación, y Una muerte
muy dulce es en este sentido, el testimonio de una reparación.
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Ahí describe el deterioro que se produjo en la relación entre sus padres: “… había
bofetadas, discusiones y escenas, no sólo en privado, sino incluso cuando había invi-
tados”14. Teniendo que abandonar la imagen idealizada que tenía de su padre ya que
por la difícil situación económica que atravesaban se convierte en un resentido que
agrega a su fracaso laboral, una tendencia cada vez más frecuente a estar fuera de
casa toda la noche y regresar por la mañana, borracho e inventando excusas invero-
símiles acerca de sus salidas.
“Es imposible que nadie diga “estoy sacrificándome” sin sentir amargura. Una
de las contradicciones de mamá era que creía a pies juntillas en la nobleza de
la devoción, si bien, al mismo tiempo tenía gustos, aversiones y deseos que
eran demasiado poderosos para que ella no odiase cualquier cosa que se opu-
siera a ellos. Se rebelaba continuamente contra las obligaciones y las restric-
ciones que ella misma se había infligido”15.
Es sin duda una profunda reflexión sobre la condición del sometimiento de tantas
generaciones de mujeres a unas normas e ideales que las esclavizan, condenándolas
a tan profunda disociación entre sus deseos y la vida en la que están atrapadas. Y,
seguramente, haber sido testigo de este poderoso conflicto habrá incidido en lo que
respecta a la crítica etapa de la adolescencia. Resumido así:
“No tenía nada de una rebelde: quería ser alguien, hacer algo, perseguir sin fin
la ascensión comenzada desde mi nacimiento; necesitaba por lo tanto arrancar-
me de los viejos surcos, de las rutinas (BEAUVOIR, 1989: 230). Pero creía
posible superar la mediocridad burguesa sin apartarme de la burguesía”
(BEAUVOIR, 1989: 98).
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¿Cuál es la representación que Simone posee de lo que es ser una mujer como
para querer convertirse en una de ellas? ¿Qué temores y ansiedades le despertaba
el cumplimiento de sus expectativas? Tenía que demostrarse que era capaz de ir
avanzando según lo que esperaba de ella misma. Y de enfrentarse con la hostilidad
subyacente al desacuerdo:
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En un documento del año 1982 que recoge seis entrevistas, Simone explica que
siempre quiso tener una profesión propia, que su deseo de escribir fue previo a cono-
cer a Sartre y que tenía claro que para ser feliz debía construir su propia vida, lo que
básicamente suponía llevar a cabo su trabajo. A pesar de tan loable declaración de
intenciones, la descripción de su encuentro con él repite el molde de la fantasía uni-
versal femenina en torno al amor. Dirá: “Sastre respondía exactamente al deseo de
mis quince años: era ese doble en quien yo encontraba, llevadas a la incandescencia
todas mis manías“19.
Sabemos que era un interlocutor excepcional, con el que podía disfrutar del deba-
te intelectual… y la vida. Sin soslayar que en gran medida las manías compartidas
giraban en torno a su pasión por el conocimiento. Pero a pesar de sentirse avalada
tanto por su dotación intelectual, que le permite ser equiparada con la ”jerarquía
dominante” del cerebro masculino, y siendo ya una mujer con un potente sentido de
sí misma, en su primer encuentro Simone se describe “agarrotada por la timidez
mientras comentaba el discurso de Metafísica”, de Leibniz, y como esto los aburría,
si faltaba algo, Sartre se encargó de explicarles El contrato social, ¿sería más entre-
tenido?, sobre el que poseía especiales conocimientos. Añadiendo:”A decir verdad,
sobre todos los autores y sobre todos los temas del programa era él quien de lejos
sabía más; nos limitábamos a escucharle” (BEAUVOIR, 1989: 534).
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… ¿Cómo no dudar del efecto que podía suponer estarse confrontando sostenida-
mente con Sartre, pero sintiendo al mismo tiempo que él ya la consideraba una inter-
locutora, que no le negaba la posibilidad de ser escuchada y reconocida “aunque”
fuese una mujer? Con el correr del tiempo Sastre le hará saber que sus reflexiones
son tan cotizadas como para haberle hecho cambiar algunos de sus planteamientos.
En “El ser y la nada” en cuanto a que hay situaciones en que es imposible ejercer la
libertad. La peculiar relación entre ellos propició la creencia en un ideal de pareja
donde la lealtad recíproca no incluía la fidelidad sexual.
“Éramos de una misma especie y nuestro entendimiento duraría tanto como nos-
otros: no podía suplir a las efímeras riquezas de los encuentros con seres diferen-
tes. ¿Cómo renunciar deliberadamente a la gama de los asombros, las ausencias,
las nostalgias, los placeres que éramos capaces de experimentar?20.
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Por otra parte, en La plenitud de la vida Simone revela algunas claves sobre la
intensidad con que vivió en su juventud el descubrimiento del deseo sexual. De la
voracidad de sus apetitos físicos “desde las raíces del pelo hasta la planta de los pies
una planta envuelve mi cuerpo”… provocándole un impacto inquietante, “lo encon-
tré repulsivo” y hace referencia a lo chocante que le resultaba esa forma de excita-
ción “solitaria y lánguida” que la asaltaba durante los períodos en que ella y Sartre
no estaban juntos. Puede comprender y disfrutar de la pasión en el escenario de la
pareja, pero reconocer que ante la llamada del cuerpo cualquier otro/a pueda satisfa-
cerla, le resulta turbador. La aceptación de esta circunstancia fue a su vez generado-
ra de un conflicto reconocido por ella ante la premisa de total confianza a la que se
habían comprometido. Se le hace intolerable comunicarle a Sartre lo que siente. “Si
me permití no confesar tales cosas, fue porque eran, por definición, inconfesables. Al
obligarme a ese secretismo, mi cuerpo se convirtió en un obstáculo antes que en un
vínculo de unión entre nosotros y sentí un profundo resentimiento contra él”.
Lo cierto es que para más paradoja, Beauvoir, feminismo mediante, sigue siendo
una figura emblemática, seguida y estudiada con renovado interés y el paso del tiem-
po ha circunscrito a J.P. Sartre a un lugar mucho menos relevante:
“De nosotros dos, Sartre era el más inagotable. Componía endechas, canciones,
epigramas, madrigales, fábulas al caso, toda clase de poemas relámpago, y a
veces los cantaba con música hecha por él; no despreciaba ni los juegos de
palabras ni las limitaciones; se divertía con asonancias y aliteraciones; era una
manera de ensayarse en las palabras, de explorarlas y al mismo tiempo de qui-
tarles su peso cotidiano” (BEAUVOIR, 1989: 18).
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Algunas mujeres con las que se relacionó fueron también elegidas como amantes.
¿Pueden considerarse también amores contingentes como C. Lanzman, o N. Algren?
Podríamos hallar un antecedente importante en el relato que Simone nos transmite23
lo que fue su vínculo con una compañera del colegio Cours Decir, a la que llamará
Zaza en su libro. La descripción de la relación entre ambas es típicamente adolescen-
te e incluye el intenso componente amoroso de la búsqueda de un alma gemela. Pero
Zaza carecía del coraje de Simone y de sus expectativas de futuro, y sus diferencias
marcaron uno de los que sería temas medulares de reflexión en Beauvoir en torno a
su capacidad de empatizar, de poder compartir estados emocionales o ideas que no
le fueran afines.
“…fui sensible a los encantos del paisaje pero aún más a la gracia de C… Me
encapriché de ella. No la admiraba como a Zaza y era demasiada etérea para
inspirarme como Marguerite, oscuros deseos. Pero la encontraba romántica:
me mostraba una atrayente imagen de la joven que yo sería mañana”24.
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Su lúcida mirada se posa también sobre las facetas que solemos apartar como
materia de elaboración. Nos confronta con el dolor, la decrepitud, los sentimientos
menos nobles como el asco, la vergüenza, el rencor. Y aún participando de la polé-
mica que sus revelaciones suscitan, es difícil no dejarse conmover por la franqueza
y la ausencia de dramatismo con que encara estos temas. Nos muestran el profundo
conocimiento de los temores y fantasías de un Sastre ya gravemente enfermo: ”no
era la muerte lo que le inquietaba: era su cerebro”. Y “…Quise llevarme el libro, y
S. comenta… Antes, cuando era más inteligente no leíamos, charlábamos”25.
“Ineluctable, la muerte ya estaba presente; Sartre le pertenecía. Mi angustia difusa
dejó su puesto a una radical desesperanza” (BEAOUVOIR, 1989: 137).
5. LA MATERNIDAD.
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¿Quién podría negarlo? Y que cruelmente parece expuesto. Supuso todo un hito
en lo que actualmente podemos plantear en torno a si es posible identificar un deseo
maternal discriminándolo del mandato de género:”serás madre y cuidarás”. Beauvoir
no sucumbe al ideal maternal tradicionalmente constitutivo de la subjetividad feme-
nina. Podemos pensar que en términos de M. Burín (1987) se sustrae a la “lógica de
la producción de sujetos regida por las leyes del intercambio afectivo estrecho, por
la relación bipersonal íntima, exclusiva”. Trabajo desvalorizado respecto del que
produce objetos. No se reconoce como instrumento reproductor.
Entonces, parafraseando a Marcela María Alejandra Nari26, pienso que “no nací
feminista, llegué a serlo” y al releer El segundo sexo resignifiqué mi historia tratan-
do de revisar los agujeros negros que el carecer de una teoría sobre el género habían
quedado por el camino. En ese sentido pertenezco a la generación que descubrió la
opresión de las mujeres como colectivo, con los textos del feminismo de los ‘70. Que
retrospectivamente acomete la tarea de interrogarse sobre sus negaciones, ¿cómo no
me daba cuenta de que…? a pesar de que podía recitar a Foucault (1976) sostenien-
do como el poder definía los discursos estableciendo un régimen de verdad y produ-
ciendo saber. Compartiendo el enunciado de Simone: “En los medios intelectuales
que frecuentaba, jamás encontré discriminación respecto a mi sexo. Pero me di cuen-
ta al mirar a mi alrededor que el problema femenino estaba lejos de ser resuelto”.
26NARI, (2002): No se nace feminista, se llega a serlo. Lecturas y recuerdos de Simone de Beauvoir en
Argentina 1950 y 1990, “Revista Mora”.
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so a los anticonceptivos, etc. para acceder a una sexualidad ni tan reprimida ni tan
condenada socialmente como en las generaciones previas, el ser mujer no parecía ser
un problema en sí mismo. Si algo nos faltaba podía enmarcarse en aquello que la revo-
lución social nos proveería, como a nuestros compañeros, llegado su momento. La
desigualdad de los sexos no nos afectaba, o eso creíamos, estaba acotada en los már-
genes de la clase obrera y eran esas mujeres, otras de las otras, las que lo padecían27
.
Nuestras parejas parecían no ser machistas: nos “ayudaban” ocasionalmente con
las tareas domésticas, aprendieron a cambiar pañales cuando no podíamos hacerlo
nosotras, “nos dejaban” tener amigos, salir sin ellos y un largo etc. Fueron necesa-
rias en muchos casos, nuestras propias crisis personales para interrogarnos acerca de
lo que Simone plantearía como dimisión de la libertad, en nuestra responsabilidad en
la no reivindicación de un estatuto igualitario en todos los órdenes de la vida. Fue un
colapso doloroso con infinitas consecuencias que seguimos gestionando.
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Decíamos antes que cuando Simone escribe Memorias de una joven formal su
mundo interno es minuciosamente explorado y así cobra “existencia”. Nos transmi-
te de este modo una sugerencia especialmente significativa: Puedo pensar sobre mi
misma, sobre mis pensamientos y emociones si escribo sobre ellos. Al leerme
encuentro a quien también soy. Me puedo sentir sujeto de mi propia historia.
Eligiendo reconocerse como mujer, en tanto “verdad sobre la cual se yergue toda otra
afirmación” y a través de esa exploración ofrece ya un modelo de relación con la
propia mismidad: la escritura:
BIBLIOGRAFÍA
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