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Levinton "LLegar A Ser Simone de Beauvoir"

La obra de Simone de Beauvoir fue fundamental para comprender la subjetividad femenina como un proceso dominado por los valores culturales imperantes. Su trabajo El segundo sexo planteó una crítica a la invisibilidad de las mujeres como sujetos y anticipó conceptos como el género. A través de sus ensayos autobiográficos, Beauvoir expuso su vida personal y sus ideas, lo que dio lugar a diferentes interpretaciones de sus palabras. Este artículo analiza aspectos clave de cómo se configuró la vida y el pensamiento de Beauvoir a través de su experiencia personal ref

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Levinton "LLegar A Ser Simone de Beauvoir"

La obra de Simone de Beauvoir fue fundamental para comprender la subjetividad femenina como un proceso dominado por los valores culturales imperantes. Su trabajo El segundo sexo planteó una crítica a la invisibilidad de las mujeres como sujetos y anticipó conceptos como el género. A través de sus ensayos autobiográficos, Beauvoir expuso su vida personal y sus ideas, lo que dio lugar a diferentes interpretaciones de sus palabras. Este artículo analiza aspectos clave de cómo se configuró la vida y el pensamiento de Beauvoir a través de su experiencia personal ref

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Llegar a ser Simone de Beauvoir

Nora LEVINTON DOLMAN


Doctora en Psicoligía
noralevinton@[Link]

Recibido: 21.04.2009
Aceptado: 8.07.2009

RESUMEN
A la manera de un Psicoanálisis aplicado a la obra de Simone de Beauvoir se señalan algunos aspectos cru-
ciales que reflejan cómo se va configurando la vida y el pensamiento de una mujer que encarnó, para muchas
de nosotras, un modelo de identificación. Su trabajo es en este sentido un espejo y una valiosa muestra de la
naturaleza proyectiva de muchos de sus enunciados, donde a partir de su irreemplazable experiencia Simone
arriba a conclusiones en las que podemos seguir el rastro de sus vivencias personales. En el contexto singu-
lar de su historia personal y en cómo es relatada. Al exponer su vida en sus libros y en numerosas entrevis-
tas concedidas a distintos medios, ha dado lugar a que surgieran diferentes interpretaciones, por lo tanto a que
sus palabras y argumentos puedan, como en este artículo, ser utilizados, contrastados entre sí y sometidos a
exploración.

Palabras clave: Subjetividad femenina, Autodesignación, Representación.

To Become Simone de Beauvoir

ABSTRACT
This article shows how Simone de Beauvoir´s work was crucial in helping to understand female subjectivity
as a process dominated by the prevailing cultural values. Her writings represent a statement against invisibi-
lity of women as subjects and anticipate most of what decades later will be called “gender”. Although “The
Second Sex”, is a controversial work, with many different readings and with opinions we might not share on
some occasions, it was also a driving force that explained how the shortage of women´s representation is a
result of having read the difference of sex as an absolute asymmetry. The article analyses Simone de
Beauvoir´ essays, her autobiographical novels and the numerous interviews she granted, in search for ele-
ments that might help us understand how the life and thoughts of this woman were shaped. Through a series
of quotes from three of Simone de Beauvoir´s autobiographical works, the article contributes to identify some
features in the construction of Beauvoir´s subjectivity through her writings about her father and mother, her
contradictory relationship with them, her experiences as the eldest child and other childhood memories

Key words: Autobiographical, Female subjectivity, Asymmetry, gender.

La obra de Simone de Beauvoir fue el espaldarazo definitivo para encarar la com-


prensión de la subjetividad femenina como un proceso sobredeterminado por los
valores culturales imperantes. Nos legó una reflexión profunda y combativa ya desde
el sugerente título de su texto fundacional El segundo sexo en que nos habla de una
posición secundaria encarnada en unas pautas que “parecían” correspondernos en
tanto mujeres. Se alejó de las etiquetas ambiguas como la del continente negro freu-

Investigaciones Feministas 77 ISSN: 2171-6080


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Nora Levinton Dolman Llegar a ser Simone de Beauvoir

diano o las variaciones sobre el enigma de la feminidad que desde diferentes disci-
plinas contribuían a reforzar, con la etiqueta de enfoques teóricos, los conocidos pre-
juicios. Y escribió así un alegato contra la invisibilidad de las mujeres en tanto suje-
tos, una reflexión exhaustiva que anticipa casi todo lo que décadas más tarde deno-
minamos género. Su esfuerzo en la conquista de una modalidad de autodesignación
abrió las puertas y estimuló nuestros cerebros para que hoy podamos encontrarnos
en ámbitos donde pensar y debatir sobre y entre nosotras, ya no es una experiencia
excepcional en un medio académico.

En este caso nos congrega la Beauvoir que supo rastrear profundamente en torno
al déficit de representación en que nos hemos desenvuelto tradicionalmente las muje-
res, como resultado de esa traslación perversa que transmutó la diferencia sexual en
una todopoderosa asimetría. Su propia historia familiar le mostró que la condición
de la mujer casada era a todas luces injusta, con un lugar degradado frente al incon-
trovertible poder masculino y que conducía a quedar doblemente esclavizada por el
matrimonio y la maternidad. Eligió identificarse con la posición ventajosa, asociada
a poder proyectar para su vida otras gratificaciones, ligadas al intelecto. Desde joven,
fantaseó con ser una autora famosa.

Por extensión y contenidos El Segundo Sexo es un texto controvertido y polisé-


mico, que permite diferentes lecturas y por lo tanto exégesis, al que podemos acce-
der desde diferentes posiciones: con la ingenuidad de las que comienzan a descubrir
“algo sobre el tema de las mujeres”, de las ya iniciadas que buscan argumentos
serios que avalen su percepción de la realidad, así como de las que volvemos a rele-
er sus libros sabiendo que el resultado del encuentro es imprevisible; a veces descu-
brimos algún párrafo que en otro momento de la vida puede no haber sido especial-
mente significativo y que, ahora, cobra relevancia, o nos sorprendemos impugnando
o cuestionando alguna frase, en que Simone define categórica y por momentos arbi-
trariamente, una opinión con la que no coincidimos.

Mucho se ha comentado el sesgo voluntarista que subyace a su concepción, inun-


dada de una racionalidad que deja poco espacio para las contradicciones, agujeros
negros e insondables paradojas de la existencia humana. Pero es allí donde también
la vemos caer en su propia trampa. Al trasladar la experiencia de su vida a su pro-
ducción literaria, bajo la forma de ensayos como en El segundo sexo, Por una moral
de la ambigüedad, o de novelas autobiográficos como Memorias de una joven for-
mal, Las bellas imágenes, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas, Una muer-
te muy dulce, La ceremonia del adiós y otras, aparecen en sus escritos estos conti-
nuos deslizamientos donde ni la racionalidad ni la conquista voluntariosa impiden el
acontecer de lo inefable. Al exponer su vida en sus libros y en numerosas entrevistas
concedidas a distintos medios, ha dado lugar a que surgieran diferentes interpreta-
ciones, por lo tanto a que sus palabras y argumentos puedan, como en este artículo,
ser utilizados, contrastados entre sí y sometidos a una observación microscópica.
¿Valentía, coherencia, exhibicionismo?

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A fin de circunscribir este trabajo a algunas cuestiones sobre las que creo que su
aportación ha sido trascendental, me ceñiré a resaltar algunos puntos vinculados
principalmente con la idea de que ser una mujer implique un proceso en el que par-
ticipamos activamente al apropiarnos de la oferta que la cultura, en tanto construc-
ción social, ofrece. Esto puntos son:
- Los límites del alcance del concepto de “situación en el caso de las mujeres
por lo que la libertad podría no ser accesible”.
- Su convicción sobre la propensión original de la conciencia humana a la
dominación del otro.
- La doble perspectiva de la opresión cuando la alienación es consentida por
ella y cuando le es infligida, ineludible para considerar como telón de fondo
sobre el drama de la violencia de género.
- El fallo en la reciprocidad, que se concretiza al objetivar a la mujer como lo
otro, no en tanto categoría ontológica sino cultural.
- El valor social de la maternidad como consecuencia del condicionamiento
biológico y el “olvido de sí” que ésta implica.
- El reconocimiento de la importancia del psicoanálisis que aleja de un para-
digma “naturalista” y, simultáneamente, su crítica a lo que considera un plan-
teamiento reduccionista respecto de la sexualidad.
-Su enfática insistencia en la impronta de la socialización diferencial como el
escenario que moldea la así llamada feminidad.
- Así como su afirmación del deseo por alguien del mismo sexo como una
opción válida sin etiquetas psicopatológicas, cuestionando toda explicación
determinista.

Sabemos que las menciones podrían extenderse y “customizarse” según los más
variados gustos y criterios pero mi interés es focalizarnos en algunos aspectos cru-
ciales que reflejen cómo se va configurando la vida y el pensamiento de una mujer
que encarnó, para muchas de nosotras, un modelo de identificación. Pero a pesar de
que, tal como comenta, fue a sugerencia de Sartre que ella eligiese analizar “cómo
influyó en ella el ser mujer”1 su acercamiento al tema es en términos de “ellas” y no
nosotras. Incluso desde esa misma contradicción podemos vernos reflejadas en nues-
tras ambivalencias en lo que podría llamarse el reconocimiento de la pertenencia de
género. Y es recién a partir de los años setenta cuando va a respaldar las luchas polí-
ticas que estaban en juego más allá de su privilegiada posición personal.

Su trabajo es en este sentido un espejo y una valiosa muestra de la naturaleza pro-


yectiva de muchos de sus enunciados, donde a partir de su irreemplazable experien-
cia Simone arriba a conclusiones en las que podemos seguir el rastro de sus viven-
cias personales. Y es sobre esta condición donde deseo detenerme: en el contexto sin-
gular de su historia personal y en cómo es relatada.

1 BEAUVOIR (1982): El segundo sexo. Los hechos y los mitos. Argentina, Ediciones Siglo Veinte.

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Como en todo psicoanálisis aplicado habrá que considerar el material como par-
cial, sesgado, afectado por el proceso de los mecanismos defensivos que intervinie-
ron en hacerlo consciente; en este caso, incluso publicable por la propia filósofa y
escritora estando ella viva. Así como la posibilidad de que los recuerdos encubrido-
res y todas las trampas y coartadas que distorsionan los contenidos y el funciona-
miento de nuestra memoria, estén actuando sobre estos textos como lo hacen en lo
que nos cuentan l@s pacientes en nuestra práctica clínica. Engaño sobre el cual
podrá decir incluso: “A veces la palabra sólo representa una manera más hábil que
el silencio de callar”2.

Lamentablemente carecemos del material irreemplazable: las asociaciones que


pudieran surgir en ella frente a mis señalamientos o interpretaciones. Donde podrían
confirmarse o descartarse algunas hipótesis, donde las resistencias harían su labor y
donde podrían verse y contextualizarse estas consideraciones. Pero me vinculo con
lo que Simone de Beauvoir ha escrito, aún cuando siempre está relacionado con los
datos biográficos que conocemos de diferentes fuentes. Esto es, con los párrafos que
“yo” he escogido, descartando otros. Deteniéndome mucho más en tres de sus tex-
tos: Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida y La ceremonia del adiós,
porque me parecen especialmente elocuentes en cuanto a lo que me interesaba pro-
fundizar. Contrastar y señalar exhaustivamente las contradicciones y “mutaciones” a
lo largo de toda su obra escapa a las expectativas y posibilidades de este artículo.

Selección que ya pone de manifiesto aspectos de mi subjetividad, como lo plan-


tean los modelos relacional e intersubjetivo cuando sostienen que la subjetividad del
analista está siempre presente. Y en el intento de experienciar a los analizandos desde
una perspectiva empática3, incluyo todo lo que la lectura de Simone de Beauvoir me
ha provocado en las ya mencionadas sucesivas asimilaciones, en diferentes momen-
tos de la vida.

1. SOBRE COMO … “NO SE NACE SIMONE DE BEAUVOIR, SE LLEGA


A SERLO”

Una de las vías de acceso a sus libros es el recorrido exhaustivo sobre la idea de
la autorrepresentación como el formato privilegiado para poder hablar de su subjeti-
vidad. Así, cuando escribe Memorias de una joven formal, su mundo interno es
minuciosamente explorado y cobra “existencia”, con toda la carga del modelo filo-
sófico existencialista. Es una crónica donde la autora se describe en el contexto de
su entorno familiar y despliega desde el comienzo una clarividente percepción de los
beneficios de su condición de primogénita. Dirá: …“Por muy lejos que vaya en mis

2 BEAUVOIR (1961): La plenitud de la vida. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 26.


3 FOSSHAGE, (2003): Contextualizando la psicología del self y el psicoanálisis relacional. Influencia
bidireccional y síntesis propuesta, “Contemporary Psicoanálisis”, 39,3, 411-448.

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recuerdos, me sentía orgullosa de ser la mayor: la primera”… O… “tenía una her-


manita: pero este angelote no me tenía a mí.” (BEAUVOIR, 2004: 9). Y a pesar de
que puedan ser unos recuerdos considerablemente idealizados y encubridores, sub-
yace a sus reflexiones la vivencia de alguien que se ha sentido inicialmente acepta-
da, valorada, fortalecida narcisísticamente diríamos desde la perspectiva psicoana-
lítica y que se incorpora a un mundo emocional donde en los primeros años no
encontrará particulares ingredientes de conflictividad en cuanto al medio familiar.
“Cada vez que me ocurría algo tenía la impresión de ser alguien” (BEAUVOIR,
2004: 18).

“En casa el menor acontecimiento suscitaba vastos comentarios; escuchaban


con gusto mis historias, repetían mis ocurrencias. Abuelos, tíos, tías, primos,
una abundante familia me garantizaba mi importancia… mi cielo estaba estre-
llado una constelación de ojos benévolos.
Protegida, mimada, divertida con la incesante novedad de las cosas, yo era una
niña muy alegre”.

Aún así emergen los rasgos infantiles más ¿histéricos?

“Sin embargo, algo andaba mal, puesto que unas rabietas terribles me arroja-
ban al suelo, amoratada y convulsionada… 4
A menudo me he interrogado sobre la razón y el sentido de las rabietas. Creo
que se explican en parte por una vitalidad fogosa y por un extremismo al que
no he renunciado del todo. Llevaba mis repugnancias hasta el vómito, mis
deseos hasta la obsesión, un abismo separaba las cosas que me gustaban de las
que no me gustaban.” (1989: 19).

Impactante su capacidad de introspección que la lleva en este punto a reconocer


una contradicción en el relato almibarado. Así como cuando remite a los rudimen-
tarios intentos que va ensayando para probar sus límites, y escribe:

“En las fotos de familia, saco la lengua, vuelvo la espalda: a mi alrededor,


todos ríen. Esas leves victorias me alentaron a no considerar como insalvables
las reglas, los ritos, la rutina: ellas son la raíz de cierto optimismo que sobre-
vivió a todos los adiestramientos….5

Recuerda a su padre aludir a: “Esta chica es insociable” y que también decían no


sin un cierto orgullo “Simone es terca como una mula”. Saqué ventaja. Tenía capri-
chos, desobedecía por el mero placer de no obedecer”6. Dato que coexiste con el
párrafo siguiente donde enuncia la potente autoexigencia que la habitaba. “Las dos
categorías mayores sobre las cuales se ordenaba mi universo eran el bien y el mal.

4 BEAUVOIR (1989): Memorias de una joven formal. Barcelona, Edhasa, 18.


5 BEAUVOIR (1989) : 23.
6 BEAUVOIR (1989): 22-23.

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Yo moraba en la región del bien, donde reinaban –indisolublemente unidas- la dicha


y la virtud”7. El placer de no obedecer y la pretensión de morar en la región del bien,
sugiere un claro conflicto superyoico, que en diferentes épocas de su vida fue desli-
zándose por múltiples variaciones. Lo que en su primera infancia puede ser recorda-
do como… “En cuanto a mis derrotas, no engendraban en mí ni humillación ni resen-
timiento; cuando, cansada de llantos y gritos terminaba por capitular, estaba dema-
siado agotada para rumiar mis penas: a menudo hasta había olvidado la razón de mi
rabia”8.

Al mismo tiempo que rastrea en cómo se ha ido construyendo un poderoso super-


yó, cuajado de imperativos categóricos que van delimitando sus deseos a través de
unas poderosas normas, y hasta el reconocimiento explícito de la influencia que
podía tener sobre su estado de ánimo:

“Viviendo en la intimidad del bien, supe enseguida que este com-


prendía matices y grados. Yo era una niña buena y cometía faltas; mi tía
Alice rezaba mucho, seguramente iría al cielo, pero se había mostrado
injusta conmigo. Entre las personas que yo debía amar y respetar había
algunas que mis padres criticaban sobre ciertos puntos”9.

¿Puede haber recuerdos más congruentes con lo que luego fue su desarrollo perso-
nal? Una niña que, parece, precozmente detecta y registra sus estados emocionales y
que posteriormente reflexiona sobre ellos. El análisis de sus descripciones lleva a pen-
sar que Simone creció sintiéndose una persona cuyas acciones producían efectos sobre
el medio que le devolvía una imagen de sí misma como alguien considerado. Es decir
que podemos pensar que el punto de partida para la construcción de su subjetividad en
cuanto a la valoración de su “capacidad de afectar a los demás” fue especialmente
benévolo. Que refiere cómo fueron instaurándose sus interrogantes como cuando escri-
be: “Pero me negaba a ceder a esa fuerza impalpable: las palabras, lo que me subleva-
ba era que una frase lanzada al descuido “debes hacerlo... no debes hacerlo”, arruina-
ra en un instante mis empresas y mis alegrías”10. Que anticipa el futuro y sus conse-
cuencias: “De pronto el porvenir existía y me transformaría en otra que podrá decir Yo,
pero yo no sería ya la misma. Presentí todos los rompimientos, los renunciamientos,
los abandonos y la sucesión de mis muertes (BEAUVOIR, 1989: 13).

7 BEAUVOIR (1989): 23.


8 BEAUVOIR (1989): 23.
9 BEAUVOIR (1989): 23.
10 BEAUVOIR (1989): 20.

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2. ALGUNAS NOTAS SOBRE OTROS ASPECTOS SIGNIFICATIVOS

De la relación con su padre, de quien comenta expresamente que recitaba a


Voltaire de memoria, sabemos que era un hombre complejo. Abogado, frustrado
actor vocacional que cada tanto participaba en alguna obra de teatro, no profesional-
mente, y al que se referirá como alguien que:

“despreciaba los éxitos que se obtienen con el trabajo y el esfuerzo. Según él


si uno era “bien nacido”, poseía condiciones más allá de todo mérito: ingenio,
talento, encanto, raza. Lo malo era que en el seno de esa casta a la que preten-
día, no era nadie: tenía un nombre con partícula, pero oscuro, que no le abría
ni los clubs ni los salones elegantes: le faltaban los medios para vivir como un
gran señor. A lo que podía ser un mundo burgués_ un abogado distinguido, un
padre de familia, un ciudadano honorable_, concedía muy poco precio. Se
embarcaba en la vida con las manos vacías y despreciaba los bienes que se
adquieren. Para salvar esa indigencia sólo le quedaba un recurso: ostentar”
(BEAUVOIR, 1989: 53).

Pero hay insistentes referencias a ese “otro” padre, el de su primera infancia y a


la fascinación que le había producido… “De muy chiquita, me había subyugado por
su alegría y su labia; al crecer aprendí a admirarlo muy seriamente: me maravillé de
su cultura, de su inteligencia, de su indefectible sentido común” (BEAUVOIR, 1989:
57). Describe así la conexión privilegiada entre ambos, y vemos en este “sentirse
maravillada” por su cultura, el anticipo de lo que vendrá: la idealización del “hom-
bre que sabe”.

Alguien que no se impone con una actitud autoritaria. Que la escucha y la encuen-
tra interesante, forjando en los cimientos de este vínculo edípico, el esbozo de cier-
tas coordenadas que marcarán sus futuras relaciones con los hombres donde el inter-
cambio intelectual será un aspecto fundamental, claramente erotizado. Aunque
Simone lo niegue y pretenda racionalizarlo al escribir:

“¿Por qué reclamaba yo que fuera él superior a mí? No creo que haya buscado
en él un sucedáneo de mi padre; me importaba mi independencia; no me ima-
ginaba nunca como la compañera de un hombre: seríamos dos compañeros. Sin
embargo, la idea que me hacía de nuestra pareja fue directamente influida por
mis sentimientos hacia mi padre. Mi educación, mi cultura y la visión de la
sociedad tal como era, todo me convencía de que las mujeres pertenecían a una
casta inferior” (BEAUVOIR, 1989: 230).

Clara la negación. La relación con el padre hasta la adolescencia, será narrada


básicamente en torno a cómo él se ocupaba de ella dictándole textos durante las vaca-
ciones y “vigilando su ortografía”:

“Yo le hacía muchas preguntas y él me contestaba con paciencia. No me inti-


midaba, en el sentido de que nunca experimenté ante él el menor malestar; pero
yo no trataba de salvar la distancia que le separaba de mí; había cantidad de

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temas de los cuales ni siquiera se me ocurría hablarle; no era para él ni un cuer-


po, ni un alma, sino un espíritu” (BEAUVOIR, 1989: 58).

¿Así como ella no era para él más que un cerebro? “Mi padre me trataba como
una mujer hecha y derecha: mi madre cuidaba a la niña que yo era” (BEAUVOIR,
1989: 62). “Papá solía decir:”Simone tiene un cerebro de hombre. Simone es un
hombre” (BEAUVOIR, 1989: 192).

¡Qué mejor elogio podía ofrecérsele que el que su padre la homologara con un
hombre por su inteligencia, algo hipervalorado para él! Y, al mismo tiempo negara
la importancia de que su cuerpo sexuado la hacía ser una mujer, “aún” siendo inteli-
gente. ¿Qué efecto produce en una niña, y más tarde jovencita, una alabanza que la
vuelve invisible, más allá de su cerebro, ante su idealizado padre? ¿Cómo se asocia
con sus comentarios sobre la anatomía y fisiología del cuerpo femenino que abundan
en referencias cargadas de juicios como el “espanto” frente a los pechos o los soni-
dos ligados a la orina, su aborrecimiento del proceso de desarrollo que metamorfo-
seaba su cuerpo? Y hasta que punto influye para llegar a plantear…

“Un día interrogué a mi hermana con cierta ansiedad: ¿Era yo defi-


nitivamente fea? ¿Tenía la posibilidad de ser una mujer lo bastante boni-
ta como para que la quisieran? Acostumbrada a oír a papá declarar que
yo era un hombre, Poupette no comprendió mi pregunta: me quería,
Zaza me quería: ¿De qué me inquietaba? A decir verdad me atormenta-
ba moderadamente. Mis estudios, la literatura, las cosas que dependían
de mí seguían siendo el centro de mis preocupaciones11.

Nuevamente aparece el mecanismo racionalizador que le dificulta aceptar que en


ese período podía haberla inquietado mucho el no sentirse suficientemente atractiva
aunque atentase contra su ideal de intelectual centrada en otro tipo de preocupacio-
nes. El padre era también el mismo hombre que pensaba: “la mujer es lo que su
marido hace de ella, es él quien debe formarla”, decía él a menudo12. Eso era exac-
tamente lo que había hecho con su mujer, resumido por Beauvoir en que su preemi-
nencia en la casa era indiscutible y que era él quien la había iniciado a la vida y los
libros y… “que para brillar en las esferas (de la alta sociedad) una mujer no sólo tenía
que ser hermosa y elegante, sino que también debía leer bien y ser buena conversa-
dora. De modo que estaba satisfecho con mis primeros éxitos escolares”.

¿Habrá dejado alguna impronta este comentario que reaparece cuando describe
como Sartre “la forma”, incluso al insistirle que escribiese sobre la influencia que
había tenido sobre ella el ser mujer?” O cuando se refiere a cómo esperaba que su

11 BEAUVOIR (1989) : 231.


12 BEAUVOIR (1989): 57

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pareja fuese una “persona terminada” mientras ella sería alguien formándose con la
ambición de progresar hasta el infinito:

“Miembro de una especie privilegiada, beneficiario desde el principio de un


adelanto considerable, si en términos absolutos un hombre no valía más que yo,
yo consideraría que relativamente valía menos; para que lo reconociera como
un igual, tendría que sobrepasarme”13.
“¿Por qué un hombre en vez de otro? Todo es muy raro. Una se siente liada
para toda la vida a un individuo porque lo ha conocido cuando tenía diecinue-
ve años”

La relación de Beauvoir con su madre y las sucesivas etapas que el vínculo fue
atravesando está descrita en diferentes textos. En Memorias de una joven formal, la
dibuja como una mujer que había sufrido como hija la frialdad de su propia madre
quién había estado entregada en cuerpo y alma a su marido (BEAUVOIR, 1989: 59).
Añadiendo que:

“Otras decepciones entristecieron su adolescencia. Infancia y juventud le deja-


ron en el corazón un resentimiento que nunca se calmó del todo. .. En mis pri-
meros recuerdos la veo joven, sonriente y alegre. Había también en ella algo
íntegro e imperioso”.

Y para narrar el encuentro con el que sería su marido, esta es la versión que cons-
truye Simone:

”Sin entusiasmo fue a Houlgate a unirse con un joven desconocido. Se gusta-


ron. Conquistada por la exuberancia de papá, fortalecida por los sentimientos
que él le demostraba, su corazón se ensanchó” (BEAUVOIR, 1989: 59)... Mi
padre gozaba a sus ojos de un gran prestigio y ella pensaba que la mujer debe
obedecer al hombre” (BEAUVOIR, 1989: 60). “Su juventud, su inexperiencia,
su amor por mi padre la hacían vulnerable; temía las críticas y, para evitarlas,
puso todo su cuidado en “obrar como todo el mundo. No quiso pasar por beata,
y renunció a juzgar según su propio código: tomó el partido de fiarse de las cos-
tumbres.... Tan penetrada de sus responsabilidades como papá estaba liberado
de ellas, tomó a pecho su trabajo de educadora”.

Es esta una descripción empática con las fragilidades de su madre, en la que hace
un alegato para tratar de comprender las condiciones en que se desarrolló su vida y
hasta qué punto fue marcada por su época y su entorno:

“En todo momento, hasta en el secreto de mi corazón, era mi testigo, y para mí no


había ninguna diferencia entre su mirada y la de Dios” (BEAUVOIR 1989: 61).

13 BEAUVOIR (1989) : 230.

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Su ascendiente, en efecto dependía en gran parte de nuestra intimidad. Mi


padre me trataba como una persona hecha y derecha; mi madre cuidaba a la
niña que yo era. Me manifestaba más indulgencia que él, a ella le parecía natu-
ral oírme decir tonterías mientras que a él le irritaban; a ella le divertían las
ocurrencias y garrapatos míos que él no encontraba divertidos. Yo quería que
se me considerara; pero necesitaba esencialmente ser aceptada en mi verdad,
con las deficiencias de mi edad, la ternura de mi madre me aseguraban una total
justificación. Los elogios más halagadores eran los de mi padre; pero si me
recriminaba porque yo había desordenado su despacho o cuando exclamaba:
”Estas chicas son estúpidas”, yo tomaba a la ligera palabras a las cuales visi-
blemente daba poca importancia; en cambio cualquier reproche de mi madre,
su ceño fruncido, ponía en juego mi seguridad: privada de su aprobación ya no
me sentía con derecho a existir (BEAUVOIR, 1989: 62)... pero también cuan-
do sus ojos brillaban con una luz tormentosa, o cuando simplemente su boca se
fruncía, yo creo que temía, tanto como mi propia desgracia, el disgusto que le
causaba (BEAUVOIR, 1989: 64).... Pero mi silencio partía de una consigna
más general: en adelante yo me vigilaba. Rara vez mi madre me castigaba y si
bien tenía la mano ligera, sus bofetadas no dolían mucho. Sin embargo, sin por
eso quererla menos que antes, yo me había puesto a temerla… Por cierto, la pri-
mera razón de mi timidez era mi preocupación por evitar su desprecio…
Evidentemente no me daba cuenta de que mi madre, apresurándose a condenar
la diferencia y la novedad, prevenía el desasosiego que soliviantaba ella cual-
quier clase de discusión: pero yo sentía que las palabras insólitas, los proyec-
tos imprevistos turbaban su serenidad. Mi responsabilidad aumentaba mi
dependencia. Así vivíamos, ella y yo, en una especia de simbiosis y sin aplicar-
me en imitarla, fui modelada por ella. Me inculcó el sentido del deber, así como
las consignas del olvido de sí, y de austeridad... Aprendí de mi madre a pasar
inadvertida, a controlar mis palabras, a censurar mis deseos, a decir y a hacer
exactamente lo que debía ser dicho y hecho. No reivindicaba nada y osaba muy
poco” (BEAUVOIR, 1989: 65).

Pero también aparece en sus rasgos más controladores y exigentes como cuando
relata “…con mi hermana y conmigo se mostraba autoritaria, a veces enfurecida. Si
uno de sus íntimos la contrariaba o la ofendía, reaccionaba a menudo con ira y con
violentos estallidos de franqueza” (BEAUVOIR, 1989: 60). Rasgos característicos a
los que Simone tuvo que confrontarse y que la llevaron a sostener una compleja y
ambivalente relación con ella. Y más tarde a reconocerlos en sí misma, como lógico
producto de la identificación. Beauvoir trazará magistralmente el cuadro donde se
perfilan las variaciones que se van produciendo en su percepción de quién y cómo es
la madre. Y del proceso por el cual va incorporándose la noción del cumplimiento de
las normas. Revelando el camino que lleva desde esa casi simbiosis y dependencia
extrema de su aprobación, a cómo el temor va tornándose en juicio crítico, feroz
cuestionamiento e… intenso rencor. El rechazo a todo lo que su madre representa-
ba se convirtió en sus señas de identidad. Será recién a su muerte, teniendo la auto-
ra ya 55 años, cuando ella puede hacer el esfuerzo de reconciliación, y Una muerte
muy dulce es en este sentido, el testimonio de una reparación.

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Ahí describe el deterioro que se produjo en la relación entre sus padres: “… había
bofetadas, discusiones y escenas, no sólo en privado, sino incluso cuando había invi-
tados”14. Teniendo que abandonar la imagen idealizada que tenía de su padre ya que
por la difícil situación económica que atravesaban se convierte en un resentido que
agrega a su fracaso laboral, una tendencia cada vez más frecuente a estar fuera de
casa toda la noche y regresar por la mañana, borracho e inventando excusas invero-
símiles acerca de sus salidas.

Esta situación afectaría también al carácter de su madre, que se iría amargando. Y en


una lucidísima interpretación de lo que allí se gestaba, Beauvoir escribe:

“Es imposible que nadie diga “estoy sacrificándome” sin sentir amargura. Una
de las contradicciones de mamá era que creía a pies juntillas en la nobleza de
la devoción, si bien, al mismo tiempo tenía gustos, aversiones y deseos que
eran demasiado poderosos para que ella no odiase cualquier cosa que se opu-
siera a ellos. Se rebelaba continuamente contra las obligaciones y las restric-
ciones que ella misma se había infligido”15.

Es sin duda una profunda reflexión sobre la condición del sometimiento de tantas
generaciones de mujeres a unas normas e ideales que las esclavizan, condenándolas
a tan profunda disociación entre sus deseos y la vida en la que están atrapadas. Y,
seguramente, haber sido testigo de este poderoso conflicto habrá incidido en lo que
respecta a la crítica etapa de la adolescencia. Resumido así:

“No tenía nada de una rebelde: quería ser alguien, hacer algo, perseguir sin fin
la ascensión comenzada desde mi nacimiento; necesitaba por lo tanto arrancar-
me de los viejos surcos, de las rutinas (BEAUVOIR, 1989: 230). Pero creía
posible superar la mediocridad burguesa sin apartarme de la burguesía”
(BEAUVOIR, 1989: 98).

“Hacia la misma época, levantarme se convirtió en un trauma tan doloroso que


pensándolo de noche, antes de dormirme, mi garganta se anudaba, mis manos
se humedecían. Cuando oía por la mañana la voz de mi madre deseaba caer
enferma, a tal punto me horrorizaba el sopor de las tinieblas. De día tenía vér-
tigos; adelgacé. Mamá y el médico decían:”es el desarrollo”. Yo aborrecía esa
palabra y el sordo trabajo que se efectuaba en mi cuerpo. Envidiaba a las “chi-
cas mayores” su libertad; pero me repugnaba la idea de ver mi pecho hinchar-
se; había oído antes a las mujeres adultas orinar con un ruido de catarata; al
pensar en los odres henchidos de agua que encerraban sus vientres, sentía el
mismo espanto que Gulliver el día en que las jóvenes gigantes le descubrieron
sus senos” (BEAUVOIR, 1989: 157-158).

14 BEAUVOIR (1987): Una muerte muy dulce. Barcelona, Edhasa.


15 BEAUVOIR (1987).

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“Acostumbrada a oír a papá declarar que yo era un hombre“(BEAUVOIR,


1989: 231).

¿Cuál es la representación que Simone posee de lo que es ser una mujer como
para querer convertirse en una de ellas? ¿Qué temores y ansiedades le despertaba
el cumplimiento de sus expectativas? Tenía que demostrarse que era capaz de ir
avanzando según lo que esperaba de ella misma. Y de enfrentarse con la hostilidad
subyacente al desacuerdo:

“Despreciaba también la trivialidad de las novelas de Maupassant que mi padre


consideraba obras maestras. Se lo dije cortésmente pero él se molestó: sentía
que mis rechazos ponían muchas cosas en tela de juicio. Se enojó más seria-
mente cuando ataqué ciertas tradiciones (BEAUVOIR, 1989: 300).

En cuanto abría la boca, les daba donde asirse, y me encerraban de nuevo en


ese mundo del que había tardado años en evadirme, donde cada cosa tiene sin
equívoco su nombre, su lugar, su función, donde el odio y el amor, el mal y el
bien son tan identificables como el negro y el blanco, donde de antemano todo
está fichado, catalogado, conocido, comprendido e irremediablemente juzgado,
ese mundo de aristas cortantes, bañado de una implacable luz, que la sombra
de una duda no roza jamás. Yo prefería guardar silencio. Pero mis padres no lo
admitían y me tachaban de ingrata. Tenía el corazón mucho menos seco de lo
que suponía mi padre y me afligía (BEAUVOIR, 1989: 305).

Al perder la mutua idealización aparece todo el malestar del desencuentro.


Retrospectivamente, Simone podrá revisar y significar la complejidad de aquel perí-
odo en que se siente como toda adolescente: incomprendida, cuestionada y aparato-
samente destronada de su pedestal de cuasi omnipotencia. Dirá:

“Yo intentaba blindarme; me exhortaba a no temer la crítica, el ridículo de los


malentendidos; poco importaba la opinión que tenían de mí, ni que estuviera o
no fundada” (BEAUVOIR, 1989: 306).
Lo que les llevó a pensar y decir “Simone prefería desnudarse antes que decir
lo que tiene dentro de la cabeza” (BEAUVOIR, 1989: 304).

La brecha generacional queda instaurada y no hay tregua. Aún cuando pueda


reconocer:

“mis padres rompían con la costumbre orientándome no hacia el casamiento


sino hacia una carrera: sin embargo en la vida cotidiana seguían sometiéndome
a ellas; ni pensar en dejarme salir sola, sin ellos, ni en evitarme las obligacio-
nes de familia”16.

16 BEAUVOIR, 1989: 276.

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Algunas detalladas fantasías en torno a la pareja nos muestran como Simone


expresa su temprana inquietud sobre las expectativas que tenía sobre las reglas
del juego. Así lo anticipa… “En cambio, tenía una idea formada sobre nuestras
relaciones: sentiría por él una admiración apasionada. En ese terreno como en
todo lo demás, tenía sed de necesidad…17.
Yo era más áspera que generosa, deseaba recibir y no dar; si hubiera tenido que
remolcar un zángano me habría consumido de impaciencia…
La vida en común debía favorecer y no contrariar mi empresa fundamental:
apropiarme del mundo. Ni inferior, ni diferente, ni injuriosamente superior, el
hombre predestinado me garantizaría mi existencia sin quitarle su soberanía18.

En un documento del año 1982 que recoge seis entrevistas, Simone explica que
siempre quiso tener una profesión propia, que su deseo de escribir fue previo a cono-
cer a Sartre y que tenía claro que para ser feliz debía construir su propia vida, lo que
básicamente suponía llevar a cabo su trabajo. A pesar de tan loable declaración de
intenciones, la descripción de su encuentro con él repite el molde de la fantasía uni-
versal femenina en torno al amor. Dirá: “Sastre respondía exactamente al deseo de
mis quince años: era ese doble en quien yo encontraba, llevadas a la incandescencia
todas mis manías“19.

Sabemos que era un interlocutor excepcional, con el que podía disfrutar del deba-
te intelectual… y la vida. Sin soslayar que en gran medida las manías compartidas
giraban en torno a su pasión por el conocimiento. Pero a pesar de sentirse avalada
tanto por su dotación intelectual, que le permite ser equiparada con la ”jerarquía
dominante” del cerebro masculino, y siendo ya una mujer con un potente sentido de
sí misma, en su primer encuentro Simone se describe “agarrotada por la timidez
mientras comentaba el discurso de Metafísica”, de Leibniz, y como esto los aburría,
si faltaba algo, Sartre se encargó de explicarles El contrato social, ¿sería más entre-
tenido?, sobre el que poseía especiales conocimientos. Añadiendo:”A decir verdad,
sobre todos los autores y sobre todos los temas del programa era él quien de lejos
sabía más; nos limitábamos a escucharle” (BEAUVOIR, 1989: 534).

El príncipe azul de una estudiante interesada y ávida. Un auténtico flechazo: él lo


sabía todo y era un hombre que como su padre inicialmente, la hacía sentir intelec-
tualmente inferior. Una sensación poco frecuente. Beauvoir reconoce allí que era la
primera vez que se sentía intelectualmente dominada por alguien, es decir, no sola-
mente ya podía reflexionar sobre sus afectos sino introducir la categoría de la domi-
nación incluso en el ámbito del pensamiento. Dirá: “Todos los días, todo el día me
medía con Sartre y en nuestras discusiones él era el más fuerte… una mañana le
expuse “ya no estoy segura de lo que pienso, ni siquiera de pensar” (BEAUVOIR,
1989: 548), relata que notó, desorientada.

17 BEAUVOIR, 1989: 229.


18 BEAUVOIR, 1989: 231.
19 BEAUVOIR, 1989, 550.

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… ¿Cómo no dudar del efecto que podía suponer estarse confrontando sostenida-
mente con Sartre, pero sintiendo al mismo tiempo que él ya la consideraba una inter-
locutora, que no le negaba la posibilidad de ser escuchada y reconocida “aunque”
fuese una mujer? Con el correr del tiempo Sastre le hará saber que sus reflexiones
son tan cotizadas como para haberle hecho cambiar algunos de sus planteamientos.
En “El ser y la nada” en cuanto a que hay situaciones en que es imposible ejercer la
libertad. La peculiar relación entre ellos propició la creencia en un ideal de pareja
donde la lealtad recíproca no incluía la fidelidad sexual.
“Éramos de una misma especie y nuestro entendimiento duraría tanto como nos-
otros: no podía suplir a las efímeras riquezas de los encuentros con seres diferen-
tes. ¿Cómo renunciar deliberadamente a la gama de los asombros, las ausencias,
las nostalgias, los placeres que éramos capaces de experimentar?20.

La archipublicitada cuestión de las relaciones necesarias y contingentes tuvo


intensos ecos y seguidores. Llevará a Beauvoir a escribir:

“Hoy, en cambio, me irrito cuando terceras personas aprueban o critican las


relaciones que hemos construido sin tener en cuenta la particularidad que las
explica y las justifica: esos signos gemelos sobre nuestra frente. La fraternidad
que soldaba nuestras vidas hacía superfluos e irrisorios todos los lazos que
hubiéramos podido forjarnos. ¿Para qué, por ejemplo, vivir bajo un mismo
techo cuando el mundo era nuestra propiedad común? Y ¿Por qué temer poner
entre nosotros distancias que nunca podían separarnos?21.

Resulta difícil no pensar en las contradicciones y ambivalencias que contiene el


planteamiento. Para “ganar en verdad” y no mentirse como lo hacían habitualmente las
parejas burguesas se embarcaron en una propuesta transgresora para su época.
Indudablemente debió suponer un gran salto al vacío para una mujer educada en base
a consignas conservadoras en materia sexual. Pero que resolvió integrar en la relación
lo que sabía sobre él: que Sartre no tenía vocación de monógamo y que no pensaba
renunciar a la seductora diversidad. La consagración de un estilo propio y compartido
que se mantuvo hasta el final: hasta en La ceremonia del adiós alude a la constante pre-
sencia de otras mujeres que lo rejuvenecen, en palabras de Simone: “seguía disfrutan-
do de sus múltiples amistades femeninas” (BEAUVOIR, 1981: 149).

Como si hubiesen optado por una estrategia que preservaba razonablemente la


tensión no posible de resolver, en palabras de J. Benjamin, entre la necesidad de
autoafirmación, de expresión de nuestra subjetividad y la dependencia del otro para
asegurarnos el reconocimiento y el contacto anhelado. Cumpliendo así el ideal de la

20 BEAUVOIR, 2008: 23.


21BEAUVOIR, 2008: 26-27.

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independencia en una relación de intensa dependencia. Lamentablemente, demasia-


do ideal. La relación entre ellos queda siempre preservada como un modelo del que
se evita comentar las fisuras. Entre tanta idealización hay poco relato de los celos,
las traiciones y los dolores necesarios y contingentes que las relaciones afectivas aca-
rrean. Aun cuando con la publicación de las cartas que ella le había escrito, queda
reflejada la facilidad de Simone en buscar formas de complacencia. De adaptarse a
las necesidades que Sartre había impuesto… y que ella luego aceptó ¿gustosamente?
Incluso en cómo participa del trajín de “mujeres contingentes” en la vida de Sartre.

Por otra parte, en La plenitud de la vida Simone revela algunas claves sobre la
intensidad con que vivió en su juventud el descubrimiento del deseo sexual. De la
voracidad de sus apetitos físicos “desde las raíces del pelo hasta la planta de los pies
una planta envuelve mi cuerpo”… provocándole un impacto inquietante, “lo encon-
tré repulsivo” y hace referencia a lo chocante que le resultaba esa forma de excita-
ción “solitaria y lánguida” que la asaltaba durante los períodos en que ella y Sartre
no estaban juntos. Puede comprender y disfrutar de la pasión en el escenario de la
pareja, pero reconocer que ante la llamada del cuerpo cualquier otro/a pueda satisfa-
cerla, le resulta turbador. La aceptación de esta circunstancia fue a su vez generado-
ra de un conflicto reconocido por ella ante la premisa de total confianza a la que se
habían comprometido. Se le hace intolerable comunicarle a Sartre lo que siente. “Si
me permití no confesar tales cosas, fue porque eran, por definición, inconfesables. Al
obligarme a ese secretismo, mi cuerpo se convirtió en un obstáculo antes que en un
vínculo de unión entre nosotros y sentí un profundo resentimiento contra él”.

Paradójicamente “confiesa” su autorreproche, como si lo criticable fuesen sus irre-


primibles deseos y no las características del pacto. Pero para encarnar el mito del
feminismo, o tal vez justamente “también” por eso, hay incongruencias memorables.
Las referencias a Sartre son constantes. Desde descripciones que aluden a sus ideas,
su modo de ser, filias y fobias, que no sólo transmiten qué pensaba y sentía Simone
por él, sino la continua evaluación a la que se sometía tomándolo como modelo por
excelencia. Y documentando muy frecuentemente la consabida superioridad que en
tanto varón le correspondería. Es difícil juzgar en qué medida los atributos considera-
dos lo hacían realmente merecedor de esa ventaja o si ella necesitó preservar esa ide-
alización que al hacer de él un sujeto “tan especial“ revertían sobre su propio narci-
sismo haciéndola sentir excepcionalmente privilegiada por compartir su vida con él.

Lo cierto es que para más paradoja, Beauvoir, feminismo mediante, sigue siendo
una figura emblemática, seguida y estudiada con renovado interés y el paso del tiem-
po ha circunscrito a J.P. Sartre a un lugar mucho menos relevante:

“De nosotros dos, Sartre era el más inagotable. Componía endechas, canciones,
epigramas, madrigales, fábulas al caso, toda clase de poemas relámpago, y a
veces los cantaba con música hecha por él; no despreciaba ni los juegos de
palabras ni las limitaciones; se divertía con asonancias y aliteraciones; era una
manera de ensayarse en las palabras, de explorarlas y al mismo tiempo de qui-
tarles su peso cotidiano” (BEAUVOIR, 1989: 18).

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La descripción guarda una curiosa equivalencia a cuando escribía sobre su


padre:”Me parecía de una especie menos corriente que el resto de los hombres...
Nadie a mi alrededor era tan divertido, tan interesante, tan brillante como él; nadie
había leído tantos libros ni sabía de memoria tantos versos, ni discutía tan fogosa-
mente”22. Variaciones sobre el tema: Sartre siempre es mejor o puede más:
“Teníamos ambos una salud a toda prueba y disposiciones sonrientes. Pero yo
soportaba mal las contrariedades; mi cara cambiaba, me cerraba, me ponía
terca. Sartre me atribuía una doble personalidad; por lo general yo era el cas-
tor; pero por momentos ese animal era desplazado por una joven bastante des-
agradable: la señorita de Beauvoir; Sartre bordaba sobre ese tema variaciones
que siempre terminaban por hacerme sonreír (BEAUVOIR, 1989: 19).

Algunas mujeres con las que se relacionó fueron también elegidas como amantes.
¿Pueden considerarse también amores contingentes como C. Lanzman, o N. Algren?
Podríamos hallar un antecedente importante en el relato que Simone nos transmite23
lo que fue su vínculo con una compañera del colegio Cours Decir, a la que llamará
Zaza en su libro. La descripción de la relación entre ambas es típicamente adolescen-
te e incluye el intenso componente amoroso de la búsqueda de un alma gemela. Pero
Zaza carecía del coraje de Simone y de sus expectativas de futuro, y sus diferencias
marcaron uno de los que sería temas medulares de reflexión en Beauvoir en torno a
su capacidad de empatizar, de poder compartir estados emocionales o ideas que no
le fueran afines.

También aparece la misma intensidad cuando se refiere a Clotilde, a quien cono-


ce un verano y queda encandilada:

“…fui sensible a los encantos del paisaje pero aún más a la gracia de C… Me
encapriché de ella. No la admiraba como a Zaza y era demasiada etérea para
inspirarme como Marguerite, oscuros deseos. Pero la encontraba romántica:
me mostraba una atrayente imagen de la joven que yo sería mañana”24.

Inaugurando lo que actualmente podríamos denominar “talante” para que sus


relaciones con mujeres pudieran aparecer sin tapujos ni falsificaciones, como lo que
eran. Con toda la complejidad que el tema supone, las relaciones lésbicas podrían
plantear algunos interrogantes también sobre las derivaciones de la compleja rela-
ción con su madre. Sin perder de vista el contexto en el que luego se fueron desarro-
llando situaciones triangulares donde algunas mujeres fueron compartidas.

22 BEAUVOIR, 1989: 40.


23 BEAUVOIR, 1989.
24 BEAUVOIR, 1989: 234- 235.

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3. REFLEXIONES SOBRE LA ENFERMEDAD, LA VEJEZ, LA MUERTE

Su lúcida mirada se posa también sobre las facetas que solemos apartar como
materia de elaboración. Nos confronta con el dolor, la decrepitud, los sentimientos
menos nobles como el asco, la vergüenza, el rencor. Y aún participando de la polé-
mica que sus revelaciones suscitan, es difícil no dejarse conmover por la franqueza
y la ausencia de dramatismo con que encara estos temas. Nos muestran el profundo
conocimiento de los temores y fantasías de un Sastre ya gravemente enfermo: ”no
era la muerte lo que le inquietaba: era su cerebro”. Y “…Quise llevarme el libro, y
S. comenta… Antes, cuando era más inteligente no leíamos, charlábamos”25.
“Ineluctable, la muerte ya estaba presente; Sartre le pertenecía. Mi angustia difusa
dejó su puesto a una radical desesperanza” (BEAOUVOIR, 1989: 137).

4. LA MILITANCIA POLÍTICA Y SU COMPROMISO SOCIAL.

Como bien sabemos las polémicas siempre abiertas acerca de la maternidad,


sobre su abdicación frente a Sartre, incluyen extensos cuestionamientos y apasiona-
das defensas en torno a la adscripción ideológica y militancia a favor de diferentes
causas. No es este el espacio para hacer revisionismo político y seguramente tampo-
co coincidiríamos entre nosotras respecto de filias y fobias que podrían despertarnos
sus opciones. Pero la imagen de mujer de su época, interesada por la realidad no sólo
la que la circundaba en su privilegiado entorno de “Gauche Divine” sino en otros paí-
ses y circunstancias, movilizó nuestros deseos para permitirnos participar en la
noble tarea de pretender cambiar el mundo.

5. LA MATERNIDAD.

El grado de sofisticación individual le permite precozmente establecer una con-


signa: su cuerpo es suyo. De allí que comente: “Me enteré con estupor leyendo una
noticia de sucesos que el aborto era un delito; lo que ocurría en mi cuerpo solo me
incumbía a mí; ningún argumento me hizo ceder” (BEAOUVOIR, 1989: 301). Como
bien sabemos todos los adjetivos han sido utilizados para ensalzar o defenestrar la
consideración sobre la Maternidad desarrollada en El segundo sexo, para muestra
baste este “botoncito”:

“Algunas mujeres viven su feminidad como una maldición absoluta: desean o


reciben a una hija con el placer amargo de reflejarse en otra víctima; al mismo
tiempo, se sienten culpables de haberla traído al mundo: sus remordimientos,
la lástima que sienten a través de su hija por ellas mismas se traduce en ansie-
dades infinitas”.

25 BEAUVOIR, 1981: 96.

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¿Quién podría negarlo? Y que cruelmente parece expuesto. Supuso todo un hito
en lo que actualmente podemos plantear en torno a si es posible identificar un deseo
maternal discriminándolo del mandato de género:”serás madre y cuidarás”. Beauvoir
no sucumbe al ideal maternal tradicionalmente constitutivo de la subjetividad feme-
nina. Podemos pensar que en términos de M. Burín (1987) se sustrae a la “lógica de
la producción de sujetos regida por las leyes del intercambio afectivo estrecho, por
la relación bipersonal íntima, exclusiva”. Trabajo desvalorizado respecto del que
produce objetos. No se reconoce como instrumento reproductor.

¿Podríamos aseverar que Sartre no reproducía en ciertos aspectos la condición de


hijo pródigo, al que siempre cuidará y protegerá como a un niño caprichoso? Como
¿correlato? de esta elaboración aparece el desarrollo sobre cómo “el sexo que engen-
dra, muere sin dejar genealogía”, que denuncia la invisibilización de las mujeres. …
Paradójicamente, a pesar de todo lo planteado, escribirá en 1981 en Las bellas imá-
genes. “tiene la impresión de que las personas están yuxtapuestas a ella pero que no
la habitan; salvo sus hijas, pero eso ha de ser algo orgánico” (BEAOUVOIR,
1981:69). Por todo esto, ella como sujeto ofreció un modelo de identificación dife-
rente, controvertida. En el que vemos desplegadas muchas de nuestras dudas, temo-
res, contradicciones y ambivalencias. Podemos decir entonces que “todas somos
hijas de Simone de Beauvoir” porque la elegimos como referente frente al discurso
ancestral que favorecía que todo quedara como estaba.

6. NO NACÍ FEMINISTA LLEGUÉ A SERLO.

Entonces, parafraseando a Marcela María Alejandra Nari26, pienso que “no nací
feminista, llegué a serlo” y al releer El segundo sexo resignifiqué mi historia tratan-
do de revisar los agujeros negros que el carecer de una teoría sobre el género habían
quedado por el camino. En ese sentido pertenezco a la generación que descubrió la
opresión de las mujeres como colectivo, con los textos del feminismo de los ‘70. Que
retrospectivamente acomete la tarea de interrogarse sobre sus negaciones, ¿cómo no
me daba cuenta de que…? a pesar de que podía recitar a Foucault (1976) sostenien-
do como el poder definía los discursos estableciendo un régimen de verdad y produ-
ciendo saber. Compartiendo el enunciado de Simone: “En los medios intelectuales
que frecuentaba, jamás encontré discriminación respecto a mi sexo. Pero me di cuen-
ta al mirar a mi alrededor que el problema femenino estaba lejos de ser resuelto”.

A título personal, mi situación, como la de un inmenso conjunto que estudiába-


mos en la universidad, militábamos en agrupaciones políticas de izquierda y disfru-
tamos de una cierta facilidad por nuestras circunstancias, por la actitud de nuestros
padres, la proliferación de los así llamados hoteles-alojamiento en Argentina, el acce-

26NARI, (2002): No se nace feminista, se llega a serlo. Lecturas y recuerdos de Simone de Beauvoir en
Argentina 1950 y 1990, “Revista Mora”.

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so a los anticonceptivos, etc. para acceder a una sexualidad ni tan reprimida ni tan
condenada socialmente como en las generaciones previas, el ser mujer no parecía ser
un problema en sí mismo. Si algo nos faltaba podía enmarcarse en aquello que la revo-
lución social nos proveería, como a nuestros compañeros, llegado su momento. La
desigualdad de los sexos no nos afectaba, o eso creíamos, estaba acotada en los már-
genes de la clase obrera y eran esas mujeres, otras de las otras, las que lo padecían27
.
Nuestras parejas parecían no ser machistas: nos “ayudaban” ocasionalmente con
las tareas domésticas, aprendieron a cambiar pañales cuando no podíamos hacerlo
nosotras, “nos dejaban” tener amigos, salir sin ellos y un largo etc. Fueron necesa-
rias en muchos casos, nuestras propias crisis personales para interrogarnos acerca de
lo que Simone plantearía como dimisión de la libertad, en nuestra responsabilidad en
la no reivindicación de un estatuto igualitario en todos los órdenes de la vida. Fue un
colapso doloroso con infinitas consecuencias que seguimos gestionando.

Confirmaba así el cambio de paradigma (KUHN, 1971) en que la reflexión, y las


experiencias personales, posibilitan hacer visibles esos “puntos ciegos” que pusieron
patas arriba toda la explicación que nos dábamos sobre la realidad. También la pare-
ja se vio afectada en la línea de flotación. ¿Por qué no arriesgarnos a ser como nues-
tros admirados J. P. Sartre y Simone de Beauvoir? A pesar de lo tentador del modelo,
nuestra “educación sentimental” adolecía de graves carencias y muchos de los inten-
tos de emularlos acabaron con dolorosas rupturas amorosas y memorables escenas de
celos. No todo el mundo podía reaccionar como Simone y Sartre frente a la irrupción
de terceras, cuartos, quintas, etc. Pero sobrevivimos a la debacle y el feminismo apa-
reció como un espacio adecuado para lidiar con inquietudes y decepciones. Se activa-
ron los cuestionamientos a los binarismos excluyentes ¿Se puede seguir pensando en
términos de determinismo o libertad? ¿Naturaleza o cultura? ¿Herencia y medio?

Solamente la transacción entre una estructura de personalidad adaptándose al


medio pero en conflicto continuo entre las necesidades, y deseos múltiples, contra-
dictorios incluso ocasionalmente excluyentes entre sí y un contexto que establece
unas condiciones naturalizadas, a las que llamamos “realidad”. El compromiso entre
mi realidad psíquica/mundo interno y una dimensión que simultáneamente me es
ajena y a la cual pertenezco. Sólo entendiendo este delicado equilibrio entre quién
soy/somos y el universo que me rodea puedo explicarme los diversos modos en que
el género se reproduce individualmente. ¿Y a dónde me lleva esta comprensión? A
tratar de establecer conexiones, a cuestionar dogmas, a esforzarme por no perder de
vista que aunque hemos accedido a nuevas modalidades que no pueden encuadrarse
en un formato homogéneo. A nuevos roles, y situaciones, en el sentido sartreano, y
podemos interrogarnos acerca de lo que actualmente podríamos enmarcar como pro-
blemáticas de la feminidad, malestar de las mujeres, etc.

27 LECIÑANA BLANCHARD, Mayra (1998): Simone de Beauvoir: Aproximaciones a la (auto)cons-


trucción del sujeto mujer, “Revista Mora”, 8.

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A trabajar sobre lo que me ocupa y preocupa: nuestras emociones, a veces difíci-


les de decodificar porque carecemos del instrumento imprescindible: el reconoci-
miento de que ciertas respuestas neurovegetativas como la taquicardia, la intensa y
súbita necesidad de evacuar esfínteres, cierto malestar indefinido, la copiosa sudora-
ción y tantos síntomas diversos pueden ser la expresión del miedo, de la ansiedad
frente a una situación que nos hace sentir inseguras, agarrotadas como Simone, con-
fundidas frente a la incapacidad de dilucidar nuestros propios sentimientos. Estados
corporales que necesitan ser traducidos para poder ser comprendidos, explicados por
nuestra mente. La compleja combinatoria entre lo psíquico y lo biológico. Tener
conciencia de los propios sentimientos, de nuestra permeabilidad afectiva.

Decíamos antes que cuando Simone escribe Memorias de una joven formal su
mundo interno es minuciosamente explorado y así cobra “existencia”. Nos transmi-
te de este modo una sugerencia especialmente significativa: Puedo pensar sobre mi
misma, sobre mis pensamientos y emociones si escribo sobre ellos. Al leerme
encuentro a quien también soy. Me puedo sentir sujeto de mi propia historia.
Eligiendo reconocerse como mujer, en tanto “verdad sobre la cual se yergue toda otra
afirmación” y a través de esa exploración ofrece ya un modelo de relación con la
propia mismidad: la escritura:

“Sin embargo, no me descorazoné; el porvenir me parecía de pronto más difí-


cil de lo que había calculado, pero era también más real y más seguro; en vez
de informes posibilidades, veía abrirse ante mí un campo claramente definido,
con sus problemas, sus tareas, sus materiales, sus instrumentos, sus resisten-
cias. Ya no me preguntaba: ¿qué hacer? Todo estaba por hacer; todo lo que
antes había deseado hacer: combatir el error, encontrar la verdad, decirla, ilu-
minar al mundo, quizá también ayudar a cambiarlo. Necesitaría tiempo, esfuer-
zos para cumplir aunque sólo fuera una parte de las promesas que me había
hecho: pero esto no me asustaba. Nada estaba ganado: todo seguía siendo posi-
ble”.

¿Hay mejor sugerencia para llegar a ser feminista?

BIBLIOGRAFÍA

AMORÓS, C. (2007): Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización. De la ilus-


tración al segundo sexo, Madrid, Minerva Ediciones.
BEAUVOIR, S. (1982): El segundo sexo. Los hechos y los mitos, Argentina, Ediciones
Siglo Veinte.
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