LOS PUEBLOS CÉLTICOS PENINSULARES
Martín Almagro-Gorbea
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Martín Almagro-Gorbea'
Pocos temas en la Protohistoria de la Península Ibérica resultan tan de
actualidad y suscitan un interés tan continuado como el de los pueblos
celtas . Más concretamente, las poblaciones célticas peninsulares ofrecen
el interés añadido de ayudar a comprender las raíces étnicas y culturales
de gran parte de la Península Ibérica, además de su creciente importancia
para los estudios célticos de ámbito general, cuyo desarrollo en la actua-
lidad se explica por su importancia para gran parte de las regiones occi-
dentales de Europa, que comparten esta misma raiz cultural y étnica .'
Todo ello revela un interés científico objetivo que trasciende errores y
manipulaciones surgidas a lo largo de la Historia, hecho no comprendi-
do por algunas visiones historiográficas excesivamente críticas.'
Los Celtas es un pueblo de estirpe indoeuropea pero de origen mal
conocido, que, tradicionalmente, los arqueólogos consideraban origina-
rios de Europa Central, aunque, según la lingüística, más bien parecen
proceder de un tronco indoeuropeo oriental . Los griegos identificaron
como célticos a los pueblos que habitaban el Occidente, seguramente
tras conocer gentes que se denominaban a sí mismos como tales -Kel-
toi- (aunque la etimología de esta palabra sea discutida), etnónimo que
ha perdurado en Hispania hasta la actualidad, pues varios pueblos de
Galicia todavía conservan el nombre de Celtigos.' Pero el concepto étni-
co clásico original se fue complicando al añadirse criterios de identifica-
ción lingüísticos, tras valorarse como celtas las lenguas irlandesa y gale-
sa, a las que se ha añadido posteriormente el galo, el celtibérico y el
' Departamento de Prehistoria . Universidad Complutense . E-28040 Madrid .
' AA.W. 1990; AA.W 1991.
' G. Ruiz ZAPATERO 1992; Id. 1997, p. 32.
' P. MADOZ 1847, p. 302; A. TOVAR 1977.
Zo MARTÍN ALMAGRo GORBEA
lepóntico, así como elementos culturales tomados de la literatura irlan-
desa, tradicionalmente reinterpretados con un espíritu romántico y lite-
rario más que científico, existiendo igualmente tradiciones folklóricas de
origen celta, generalmente mal estudiadas . Pero a partir del siglo XIX,
ha ido tomando fuerza la interpretación arqueológica, surgida de iden-
tificar como celta la Cultura de La Téne y del Hallstatt, así como el Arte
de La Téne e Irlandés, derivado de él, lo que sólo es cierto parcialmen-
te, pues excluye amplias áreas del mundo céltico, especialmente en Ita-
lia y España y, probablemente, también de las Islas Británicas.
Por ello se comprende la dificultad de definir actualmente el con-
cepto de "celta", aún excluyendo acepciones erróneas y acientíficas,
algunas de ellas de gran popularidad . Pero esta dificultad es más apa
rente que real, pues se supera comprendiendo que el concepto de celta
es una definición étno-cultural a la que sólo podemos aproximarnos
desde una perspectiva interdisciplinar y comprendiendo su carácter poli-
morfo y complejo, que varió con el tiempo, desde la Protohistoria a la
Edad Media, y el espacio, pues los celtas se extendieron desde Irlanda y
Galicia en Occidente hasta la lejana Galacia, en la actual Turquía, por
Oriente, y desde Escocia hasta Italia y Andalucía.
Más complejo todavía resulta este problema en la Península Ibéri-
ca,' donde ocupaban amplias áreas de su zona central y occidental, pero
tampoco se sabe cómo y cuándo llegaron, pues las tradicionales teorías
de "invasiones celtas" tienden a ser sustituidas por procesos más com-
plejos, de no menor interés para las etapas finales de la Prehistoria de
Europa, en los que, junto a la idea de invasión, hay que valorar las de
aculturación, colonización y de contacto interétniCO, 6 a fin de compren-
der en toda su complejidad las poblaciones célticas de la Península Ibé-
rica, para cuya correcta valoración es preciso utilizar tanto los textos
clásicos como los datos lingüísticos y arqueológicos, e, incluso, etnoló-
gicos, tan olvidados a pesar de su interés.' Por ello, resulta difícil dar en
s
H. D'ARBOIS DE JUVAINVILLE 1893-4 ; P BoSCH GIMPERA 1944 ; M . ALMA-
GRO 1952 ; AANV 1990 ; J. DE Hoz 1988 ; M . ALMAGRO-GORBEA 1992 ; J .
& A . E Do AMARAL 1997 ; etc .
6
M . ALMAGRO-GORBEA 1995 a.
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un espacio reducido una visión general de un problema tan complejo,
aún limitándose a los elementos principales, como su orígen, su articu-
lación interna y su evolución socio-cultural .
A la llegada de Roma, Hispania ofrecía una de las mayores diversi-
dades étnicas de toda Europa, acentuada por un claro gradiente cultural
en sentido Norte-Sur y Este-Oeste, explicable por su mayor apertura o
lejanía al Mediterráneo y a sus vivificantes influjos culturales acrecentada
por la diversidad geográfica, apenas uniformada por la gran Meseta Cen-
tral que actuaba como área de contacto. A lo largo del I milenio a. C. la
Península Ibérica ofrece un complejo proceso de etnogénesis al formarse
los diversos pueblos prerromanos en un proceso acentuado por el influjo
de fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, romanos, coincidiendo en gene-
ral con su evolución hacia formas de vida urbana, proceso que culmina
con la definitiva incorporación de Hispania a la órbita de Roma .'
Dentro del complejo mosaico étno-cultural de Hispania, cabe dife-
renciar a grandes líneas tres grandes troncos. Los turdetanos o tartesios
e íberos ocupaba las zonas meridionales y levantinas abiertas al Medite
rráneo y a sus corrientes civilizadoras, siendo los más cultos y civiliza-
dos, especialmente la Turdetania, en la actual Andalucía, como acerta-
damente señaló Estrabón (111,1,6 y 2,1). Por el contrario, en valles de las
montuosas zonas próximas al Pirineo Occidental vivían vascones y otros
pueblos afines no indoeuropeos, étnicamente más relacionados quizás
con el mundo ibero y aquitano, aunque culturalmente resultan más afi-
nes a los pueblos cantábricos, siendo su aislamiento y pobreza lo que
explica su marginalidad y la pervivencia de este substrato al no llegar a
romanizarse.
Finalmente, otro tronco étno-cultural lo constituían los pueblos
indoeuropeos, entre los que destacan los celtas no siempre fáciles de dife-
renciar. Éstos habitaban especialmente el centro, norte y occidente, desde
el Sistema Ibérico hasta el Atlántico. En ellos cabe diferenciar los Celtí-
beros propiamente dichos,9 más desarrollados a la llegada de los roma-
' J. CARo BAROJA 1946; M . ALMAGRO-GORBEA 1992 ; id. 1995 .
M . ALMAGRO-GORBEA y G. RUIZ ZAPATERO (ed .) 1992 .
J. MALUQUER y B . TARACENA 1954 ; A. LORRIO 1997.
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nos y con una estructura gentilicia clientelar de ideología guerrera con
tendencias expansivas, frente a los Lusitanos y otros pueblos del Norte,
como Galaicos, Astures y Cántabros, de menor desarrollo y que mante-
nían una estructura pregentilicia más arcaica y basada en clases de edad .
La Península Ibérica, situada en el extremo SW de Europa, ofrece
el interés de ser el extremo más occidental del amplia área ocupada por
los Celtas y de ella proceden las primeras noticias transmitidas por los
griegos, como la Ora Maritima (1,185 s., 485 s.) o Herodoto (2,33;
4,49), así como las de Hekateo de Mileto, cuyas referencias a los celtas
se sitúan próximas al Norte de los Pirineos hacia el 600 a.C .
En Hispania, su largo contacto con tartésios e íberos afirmó su per-
sonalidad dentro del mundo céltico y enriqueció su cultura, llegando a
poseer escritura, cerámica a torno, urbanismo e instituciones urbanas,
etc., hasta el punto de ofrecer el mejor conjunto epigráfico conocido en
lengua céltica antes de las tradiciones literarias irlandesas medievales,
por lo que son un testimonio directo de su lengua y su mentalidad en la
Antigüedad, aunque sus características peculiares han dificultado hasta
fecha reciente su correcta valoración ." Sin embargo, griegos y romanos
los denominaron con el acertado nombre de Celtíberos, que inicialmen-
te significaba "los celtas de Iberia", pero que paulatinamente pasó a
hacer referencia a su doble raíz cultural y étnica, personificada en la Cel-
tiberia, región a caballo entre el Valle del Ebro y la Meseta que consti-
tuyó el principal área del mundo céltico peninsular. Por ello, Marcial
(10,65), el gran poeta latino del siglo 1 de nuestra Era nacido en la cel-
tibérica ciudad de Bilbilis (Calatayud), se consideraba descendiente de
Celtas e Iberos : ex Hiberis et Celtas genitus.
En consecuencia, el estudio de los Celtas constituye uno de los
temas más atrayentes de la Protohistoria de la Península Ibérica, esencial
para comprender la formación de su etnia y cultura, pero también es
uno de los campos peor conocidos del mundo céltico, lo que, junto a su
personalidad, permite comprender el creciente interés internacional.
'° Véase a este respecto las comunicaciones a los Coloquios sobre Lenguas y
Cultura Prerromanas, que se celebran desde 1974 .
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Sin entrar en una visión historiográfica, la presencia de Celtas en la
Península Ibérica se conoció desde el Renacimiento gracias a los textos
históricos greco-romanos, iniciándose los estudios lingüísticos en el siglo
XIX con W von Humboldt y d'Arbois de Juvanville, éste seguido por J.
Costa. Pero fue un discípulo de Th. Mommsen, Adolf Schulten, quién a
partir de los años 1920 reactivó el estudio de los textos históricos clási-
cos sobre los celtas de Hispania . Paralelamente, P. Bosch Gimpera rela-
cionó dichos textos y los elementos lingüísticos celtas de la Península
Ibérica con los restos arqueológicos que ofrecían los Campos de Urnas
entonces descubiertos en el Noreste Peninsular, explicando su origen por
medio de varias invasiones . Este hecho supuso la adopción en la Penín-
sula Ibérica de la secuencia arqueológica centroeuropea de Campos de
Urnas - Hallstatt - La Téne para elementos culturales locales que poco
tenían que ver con dichas culturas de Europa Central.
La entonces brillante visión integradora de cultura material, lin-
güística y fuentes históricas ha perdurado casi hasta la actualidad, a
pesar de las crecientes dificultades que suponía el que nunca se docu
mentaran en excavaciones las invasiones señaladas y menos aún las
migraciones internas menores, buscando otros investigadores hipótesis
alternativas más sencillas, pero sobre el mismo modelo invasionista .
Por el contrario, los lingüistas, especialmente Tovar" y otros lin-
güistas han mantenido la idea de varias invasiones, básicamente dos,
pero sin explicar su época, vías ni modo de llegada. 12 La más antigua
habría traído una lengua indoeuropea considerada precelta, hoy deno-
minada "Lusitano", que se conservó por las regiones atlánticas del
Oeste Peninsular, arrinconada por los Celtas propiamente dichos . Estos
preceltas conservaban la P- inicial del indoeuropeo (fig . 1) y tenían una
onomástica y una teonimia propia de aspecto muy antiguo, aunque
algunos lingüistas, como Untermann, la consideran actualmente como
un dialecto céltico primitivo."
" A. TOVAR 1957; id., 1961 ; id., 1977a; id., 1986.
'z Véase, por ejemplo, E VILLAR 1991 .
" J. UNTERMANN 1987.
24 MARTÍN ALMAGRO GORBEA
Fig . 1 . Dispersión de topónimos y antropónimos en P- en la península Ibérica :
A, Antropónimos; B, Etnónimos, C, Topónimos; D, Id . Palantia; E, P- perdida;
F, P- en inscripciones lusitanas (según Untermann, ligeramente modificado) .
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