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Filosofía Medieval y San Agustín

El documento describe la filosofía medieval, en particular la obra y pensamiento de San Agustín. Se explica que la filosofía medieval estaba al servicio de la teología y se enfocaba en problemas metafísicos como la existencia de Dios, el alma y el mundo. Luego se describe la vida y obra de San Agustín, incluyendo sus influencias filosóficas como el neoplatonismo y cómo desarrolló una antropología cristiana y argumentó que el mundo fue creado por Dios de la nada.
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Filosofía Medieval y San Agustín

El documento describe la filosofía medieval, en particular la obra y pensamiento de San Agustín. Se explica que la filosofía medieval estaba al servicio de la teología y se enfocaba en problemas metafísicos como la existencia de Dios, el alma y el mundo. Luego se describe la vida y obra de San Agustín, incluyendo sus influencias filosóficas como el neoplatonismo y cómo desarrolló una antropología cristiana y argumentó que el mundo fue creado por Dios de la nada.
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HUMANIDADES
Pensamiento Filosófico

FILOSOFÍA MEDIEVAL: SAN AGUSTÍN

FILOSOFÍA MEDIEVAL
En esta etapa se da un dominio absoluto de la filosofía cristiana de los problemas denominados metafísicos: Dios, el
alma y el mundo. La filosofía es utilizada para buscar argumentos con los cuales demostrar la existencia de Dios. Por
ello se ha dicho que la filosofía, en esta etapa, estuvo al servicio de la teología.

Se caracteriza porque:
 La filosofía y la ciencia estuvieron al servicio de la teología (religión)
 La razón estuvo subordinada a la fe (dogmas)
 Preocupación por esclarecer tres problemas metafísicos fundamentales:
o Existencia de Dios.
o Existencia del alma inmortal.
1
o Creación del mundo.

Esta etapa comprende dos periodos:

1. La patrística. Es la época de los primeros siglos cristianos, la filosofía de los primeros padres de la iglesia. Al
comienzo de este periodo hubo que defender al creciente cristianismo de los ataques del paganismo, de los judíos
y de los gnósticos. Ésta fue la tarea de los apologistas. Pero, la misión primordial de la patrística fue la de formular
y reducir racionalmente a un sistema los principios o dogmas cristianos con la ayuda de la filosofía griega. Entre
sus representantes podemos citar a Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes y San Agustín.

San Agustín de Hipona (354 – 430). Teólogo y filósofo, desarrolló su pensamiento apoyado en la filosofía
neoplatónica, ocupándose preferentemente de dos temas: el alma y Dios. Es el primero en plantear la tesis de que
el hombre goza de libre albedrío o libertad, la elección del pecado o mal, el que no se origina en la voluntad de
Dios. Con respecto al tiempo, arguye que el pasado no es porque ya no existe, el futuro es tal porque todavía no
existe; y si el presente fuera siempre presente y no se transformase continuamente en pasado, no habría tiempo,
sino eternidad. Por lo tanto, el tiempo no es eterno sino histórico.

También es San Agustín quien fundamenta que el mundo natural es una creación de Dios a partir de la nada
(creatio ex nihilo). Para San Agustín, además del conocimiento racional que nos permite conocer el mundo
sensible y nuestra interioridad, hay otro tipo de conocimiento, dicho conocimiento es la fe. Entre fe y razón se
establece la siguiente relación: primero hay que creer (por la fe) y sólo así se estará en posibilidad de entender y
comprender a través de la razón: cree para que entiendas. Es considerado el fundador de la antropología cristiana.

2. La escolástica. Abarca todas las actividades intelectuales, artísticas, filosóficas y teológicas que se ejercían en las
escuelas y universidades medievales, alcanzando su máximo apogeo en los siglos XII y XIII

Santo Tomás de Aquino (1225 – 1274). Fue teólogo y filósofo. Desarrolló su teología y filosofía apoyado en la
filosofía aristotélica. Sirviéndose de ésta demostró la existencia de Dios. También se ocupó del conocimiento, de la
naturaleza, del hombre, de temas económicos y políticos; del problema de las dos verdades, es decir, las verdades
de razón y las verdades de fe, entre las cuales considera que no hay oposición, pues la razón natural es limitada y
no puede explicarlo todo. En la filosofía escolástica otro de los problemas que más discusión generó fue el
llamado problema de los universales o conceptos.

Aportaciones del cristianismo

Las escuelas helenísticas se ubican en el tercer periodo de la filosofía griega (siglo III a. C. a siglo III d.C.). A la mitad de
este periodo aparece el cristianismo. No podemos decir que éste haya tenido una preocupación filosófica central,
porque nunca se presentó como un movimiento filosófico que pretendiera investigar y demostrar afirmaciones con
bases científicas y razonadas. Es una religión y un sistema de vida que propone Cristo como modelo a seguir.

Los contenidos doctrinales del cristianismo influyeron fuertemente en todos los filósofos occidentales, quienes, a
partir del nacimiento de la nueva religión, han tratado de dar forma a un sistema filosófico. Los conceptos más
revolucionarios que el cristianismo aporta son el de la creación y la moral del amor.

De acuerdo con el primero, el mundo material es el efecto de un acto creador de Dios, quien lo puso en la existencia
sacándola de la nada. Antes de la creación lo único que existía era Dios. Todos los seres del mundo son contingentes y
temporales; Dios, en cambio, es un ser necesario y eterno.

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En el campo de la moral los imperativos fundamentales son el amor a Dios y el amor al prójimo. La conducta humana
es buena cuando, en su relación con Dios o con el hombre, el móvil es el amor. Si una persona hace el bien a otra
porque, actuando así, obtendrá cierto beneficio, entonces esa conducta no es valiosa moralmente.

En los primeros siglos de nuestra era hubo un grupo de pensadores que se dedicaron a la defensa racional de las
enseñanzas del cristianismo. A este grupo se le conoce como La Patrística y a sus miembros se les llama los padres de
la iglesia. Se les dio este nombre porque con su exposición y defensa de la fe se convirtieron en padres espirituales de
todos los afiliados a la religión cristiana.

SAN AGUSTÍN.

Vida y obras1

Nacido en Tagaste pequeña ciudad romana cercana a Cartago, en 354. Agustín, hijo de 2
Patricio, pagano, y de Mónica, cristiana, que influye decisivamente en la vida del santo,
recibe de niño una educación cristiana. Esta educación primera no le abandona del todo,
si bien durante largos años Agustín pierde la fe. Después de asistir a las clases de los
gramáticos en la cercana ciudad de Madaura, después de disgustarse con un estudio a
base de repeticiones y de monótonas lecciones aprendidas de memoria, Agustín llega a
la ciudad de Cartago -la más grande del imperio después de Roma y Constantinopla- a la
edad de dieciséis años.

De sus días de estudios primarios sólo conserva el interés por la lectura de Virgilio y de
Apuleyo. La gran ciudad, con todos los placeres que ofrece a un espíritu ya de por sí
ávido de placer, transforma al joven Agustín. Llega a tal grado la influencia del ambiente
que Agustín confesará más tarde que en aquellos años se convirtió “en selva de varios y
umbrosos amores”. Se aleja de su fe primera, se declara discípulo de Cicerón y se dedica
a la práctica de la retórica. Pero ni el placer ni los ejercicios verbales satisfacen su inquietud. Frisa Agustín en los veinte
años cuando lee el Hortensius, diálogo hoy perdido de Cicerón. Puede decirse que esta lectura es el inicio de un
prolongado periodo de conversión. Pero un problema le atosiga - a la vez vivido y pensado-: el problema del mal.
¿Cómo pensar que un Dios todopoderoso, justo y bueno permita el mal?

Durante algún tiempo Agustín cree encontrar la solución a su problema en las doctrinas de los maniqueos. Estos
discípulos de Manes, crucificado en su Persia natal en 276, sostenían que el mundo está regido por dos principios: el
bien y el mal, la luz y las tinieblas. Influidos por el cristianismo, los maniqueos pensaban que Manes era el Espíritu
Santo; influidos por los gnósticos, creían poder resolver racionalmente todos los problemas teológicos. Esta mezcla de
cristianismo deformado y de racionalismo atraía el espíritu lógico de Agustín.

Los maniqueos. sin embargo, formaban una secta cerrada, donde los iniciados eran minoría. Ansioso por encontrar la
verdad, Agustín se dirige a Fausto, doctor maniqueo de paso por Cartago. Cuando Fausto le contesta que no puede
resolver racionalmente todos los problemas que le plantea, Agustín desilusionado del maniqueísmo, cae en una e tapa
de escepticismo.

Después de una breve estancia como profesor en Roma, viaja a Milán donde se conjugan tres influencias. La primera
de ellas es la de los neoacadémicos, discípulos lejanos de Platón que solamente conservan de Sócrates una afición por
la discusión siempre unida a la idea de que no puede alcanzar la verdad. Las otras dos, la de Ambrosio, obispo de Milán
a quien con avidez “escuchaba disertar ante el pueblo”, y la de su madre Mónica, vuelven a conducirlo lentamente
hacia el cristianismo. Tiene Agustín treinta años. Se dedica, con todo el fervor que pone siempre en sus acciones, a la
lectura de Plotino, cuya filosofía habrá de influir poderosamente en el pensamiento futuro del filósofo. En 386 se retira
a la finca de Casiaciacum, y allí convive con sus discípulos, su hijo Adeodato y su madre. Empieza la labor de
meditación y empiezan también a salir de la pluma de Agustín los primeros escritos: Contra académicos (386), De
beata vita (387). Bautizado, regresa Agustín con sus discípulos a Tagaste, donde vive una vida monástica, y se instala
finalmente en Hipona, ciudad de la cual llega a ser obispo. Muere en 430 cuando la ciudad de Hipona está rodeada por
las tropas vándalas destinadas a conquistar las provincias romanas de África.

La obra literaria de san Agustín se desarrolla entre 368 y el año de su muerte. Buena parte de esta obra está dirigida
contra las diversas herejías que pululan por el mundo cristiano; buena parte de ella es una apología de la religión
cristiana. A su fuerza espiritual se debe que, al morir, deje Agustín prácticamente unificada la Iglesia de África. Entre
sus libros deben recordarse los Soliloquios (empezados en 386), De la Trinidad (escrito entre 400 y 416). De la
naturaleza del bien (405). Pero si de sus obras tuviéramos que destacar los libros que mayor influencia y mayor

1
Introducción a la historia de la filosofía, (p.128-131) por Ramón Xirau, 2011 México, UNAM

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vigencia han tenido en el mundo occidental habría que señalar las Confesiones (400) y La ciudad de Dios (escrita de
413 a 426).
El problema de la Verdad2

Fue el miembro más destacado de la patrística, dentro de su concepción filosófica hay tres problemas que le
preocupan: Dios, el alma y la verdad. De estos tres el primero es el más importante; pero el tercero es la clave para los
otros dos.

Dice San Agustín al inicio de sus Soliloquios: “lo que más ansío conocer es a Dios y el alma; pero ¿cómo podré lograrlo
si no conozco antes qué es la verdad?” Agustín se lanza al estudio de la verdad, no sin antes cerciorarse de que
podemos estar seguros de que estamos frente a una verdad cuando la conocemos. En discusión con los académicos,
estos le decían: “Nunca podemos estar seguros de conocimiento alguno, ni siquiera de nuestra existencia, porque
siempre es posible que nos engañemos.” A lo cual Agustín respondía: “Yo estoy completamente cierto de mi existencia
porqué en caso de que me engañara también existiría, ya que no es posible que me engañe si no existo”.
3
Al estudiar directamente la verdad, Agustín advierte que hay verdades estables e inestables. Las segundas recaen
sobre hechos sensibles, los cuales son cambiantes; las primeras de refieren a hechos suprasensibles, como los
enunciados matemáticos. Estas verdades son necesarias, inmutables y eternas.

En la afirmación y distinción anterior parece que San Agustín se muestra defensor de la doctrina platónica sobre el
conocimiento. Según dicha doctrina, el conocimiento que recae sobre los objetos sensibles solamente es una opinión
(doxa); el único conocimiento firme es el que se refiere a los objetos inteligibles, como las esencias y las ideas.

Las dos clases de verdad mencionadas son, para Agustín, verdades lógicas, es decir, verdades de enunciados. Éstos son
verdaderos cuando su contenido está de acuerdo con la realidad extramental. Además de las verdades lógicas hay una
verdad superior que es la ontológica, lo cual, como su nombre lo dice se refiere al ser mismo. A esta conclusión llega
Agustín después de las siguientes reflexiones:

 Las ideas, como esencias paradigmáticas de todas las cosas, en realidad no existen en un mundo inteligible, sino
en la mente de Dios.
 Debido a lo anterior, Dios es la única realidad necesaria y, por esto mismo, es la perfección.
 El ser automáticamente real es lo verdadero, es decir, la verdad es lo que es. Siendo Dios el ser real, inmutable y
perfecto, él es la verdad. A esta verdad Agustín llama verdad ontológica.

El mundo, el alma y Dios

Después de haber sentado las bases para la posibilidad y existencia del conocimiento cierto, reflexiona San Agustín
sobre tres temas que, en orden inverso de importancia son: el mundo, el alma y Dios.

El mundo, entendido como el universo material, es producto de un acto creador. Hay una pregunta que de ordinario
formulan los escépticos: ¿cuándo tuvo lugar la creación? Esta pregunta, dice él, no tiene sentido porque la creación es
atemporal. La temporalidad, en efecto, es una característica de los seres contingentes o cambiantes; pero como ellos
no existían antes de la creación, entonces esta no pudo ocurrir en el tiempo. Con ella empezó el tiempo, el cual en
esencia consiste en el transcurrir de las variaciones que tienen lugar en los seres mutables.

Otra característica de la creación es que los entes creados fueron hechos a partir, de la nada, es decir, ella no estuvo
precedida por materia o caos alguno. La creación se había interpretado incoativamente, es decir, como un acto en el
cual Dios habría dado el primer impulso, pero después seguía siendo necesaria su intervención constante. Agustín, por
el contrario, sostiene que la creación fue completa, es decir, desde el principio Dios lo creó todo de una vez y para
siempre. Esto fue posible porque Dios puso en la materia inicial “las razones seminales”, que poseen la capacidad para
que, en su momento existan todas las cosas que han de existir.

En la antropología agustinista, el hombre no es un compuesto sustancial de cuerpo y alma, sino que esencialmente es
un alma que se sirve de un cuerpo, lo posee y lo gobierna. El alma es directamente creada por Dios en cada caso; por
esta razón ella siempre estará tendiendo hacia él como a su centro de gravedad. El alma es espiritual e inmortal.
Realiza el conocimiento como una actividad interiorizadora de introspección, porque la verdad se encuentra en
nosotros mismos. Además del conocimiento racional hay otro conocimiento que realiza la razón pero que es superior a
ella. Dicho conocimiento es la fe. Entre fe y razón hay la siguiente relación: primero hay que creer y solo así se estará
en la posibilidad de entender. “Cree para que entiendas”, decía él.

2
Historia de las doctrinas filosóficas, (p.92-95) por Pedro Chávez C., 1995 México, Alhambra mexicana

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El tema relativo a Dios es el que más le interesa. En este tema hay dos problemas, el de la existencia y el de su
naturaleza. La prueba de existencia de Dios ofrecida por San Agustín es de carácter noológico porque se basa en la
actividad de la mente humana. Si el hombre es capaz de conocer verdades necesarias, quiere decir que estas existen; y
tal existencia ciertamente que no es obra del hombre sino de un ser necesario. Ese ser es Dios.
Respecto a la naturaleza divina tenemos que concebirla con las notas de inmutabilidad, necesidad, eternidad y
perfección. Es inmutable porque si no lo fuera, estaría carente de algo que le vendrá al operarse el cambio. Es
necesaria porque si fuera contingente estaría cambiando. Es eterna porque la eternidad es la duración propia del ser
que no cambia. Es perfecta porque, si no lo fuera, algo le faltaría y entonces ya no sería el ser completo, la plenitud del
ser.

La Ciudad de Dios

En la producción filosófico-teológica de San Agustín ocupa un lugar de singular importancia La ciudad de Dios. San
Agustín escribió esta obra para contrarrestar el ataque de los enemigos del cristianismo, quienes acusaban a esta
doctrina de ser la causa directa o indirecta de las desgracias que el imperio romano padecía en los últimos siglos. Entre 4
tales desgracias se cuentan, por ejemplo, el incendio de Roma, la invasión de los bárbaros, etcétera.

La importancia de La Ciudad de Dios estriba no solamente en que se obtuvo el objetivo que se pretendía, sino también
en que se inició una nueva rama de la filosofía, conocida hoy como filosofía de la historia.

San Agustín nos presenta la historia como una obra que se representa en el escenario del mundo. Para entender bien
esa obra hay que conocer el fin, los actores y los motores. El fin es la manifestación de los atributos divinos. El actor
principal es el hombre, porque él es quien aparece siempre en escena; pero, de manera oculta y efectiva, siempre
interviene Dios.

En la historia, el factor indispensable es el hombre; sin él no habría historia, pero el elemento explicativo, principal, es
el motor. Dicho motor es la tendencia general del hombre a lograr aquello que considera un bien. La forma más fuerte
de esta tendencia es el amor. Según San Agustín, el doble motor de la historia es el amor del hombre y el amor de
Dios, por eso dice: “dos amores fundaron dos ciudades”.

Las dos ciudades de que habla son la terrestre y la celestial o de Dios. Agustín nunca tuvo la intención de identificar la
ciudad terrestre con la sociedad civil o Estado, y la ciudad de Dios con la iglesia, o religión cristiana, pues como él dice,
los miembros de cualquiera de estos dos grupos bien se podrían alinear en una o en otra de las dos ciudades. Lo que
distingue a unos de otros es la finalidad que persiguen a su paso por la tierra. Si el objetivo principal es el logro de su
propio provecho, entonces la persona forma parte de la ciudad terrestre; si, por el contrario, el móvil de sus acciones
es el amor de Dios, entonces pertenece a la ciudad de Dios.

Referencias
 Chavez, P. (1995). Historia de las doctrinas filosóficas. México D.F., México: Alhambra
 Xirau, R. (2011). Introducción a la historia de la filosofía. México D.F., México: UNAM

ASIGNACIÓN:
1. Describe los periodos en los que se divide la filosofía medieval
2. ¿Cuáles son los conceptos más revolucionarios que aporta el cristianismo?
3. ¿Cuáles son los problemas que más preocupan a San Agustín?
4. ¿Qué circunstancia motivó a San Agustín para escribir su obra Ciudad de Dios?
5. ¿Cuál es la conducta humana buena, según el cristianismo?

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