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2 Carta Al Pueblo de Dios PDF

El documento es una carta de los obispos del Perú al pueblo de Dios sobre cómo la Iglesia está enfrentando la pandemia. Expresa que el sufrimiento del pueblo peruano recuerda al de Israel en Egipto y que la Iglesia está orando y brindando apoyo espiritual a pesar de no poder realizar misas públicas. Llama a la conversión y agradece a los trabajadores de la salud y voluntarios que están ayudando. Finalmente, anuncia un nuevo programa pastoral para promover la solidaridad y superar la

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El documento es una carta de los obispos del Perú al pueblo de Dios sobre cómo la Iglesia está enfrentando la pandemia. Expresa que el sufrimiento del pueblo peruano recuerda al de Israel en Egipto y que la Iglesia está orando y brindando apoyo espiritual a pesar de no poder realizar misas públicas. Llama a la conversión y agradece a los trabajadores de la salud y voluntarios que están ayudando. Finalmente, anuncia un nuevo programa pastoral para promover la solidaridad y superar la

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CARTA AL PUEBLO DE DIOS

"El Señor dijo: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado sus
gritos … Yo conozco sus sufrimientos … He bajado para librarlo …" (Ex 3,7-8).

La Palabra de Dios, arriba citada, resuena hoy con especial acento. Los Obispos
del Perú, como Pastores de este pueblo, somos conscientes de que en el momento
actual estamos efectivamente “afligidos”, por un enemigo invisible, un virus
mortal, cuyas consecuencias están causando un nivel de sufrimiento quizás nunca
antes visto en el país y en el mundo entero; y todos elevamos un “grito”, un clamor
al cielo, porque hoy más que nunca necesitamos la compasión y la ayuda de Dios.
Por eso, queremos acercarnos a nuestros amados fieles y a las personas de buena
voluntad para reflexionar desde nuestra fe sobre tres temas: el sufrimiento actual,
la necesidad de conversión y una palabra de agradecimiento y esperanza.

El Sufrimiento. El dolor, la angustia y la desesperación reflejados en tantos rostros


durante este tiempo, no son ajenos al corazón de la Iglesia (cfr. GS. 1). Desde las
limitaciones impuestas, hemos tratado en todo momento de estar cerca de ustedes,
brindando la ayuda posible, tanto espiritual como material. Sin embargo, oprime
nuestro corazón el no poder acompañar a tantos enfermos en su lecho de
enfermedad y a la hora de la muerte. El no poder acompañar a tantas familias que,
habiendo perdido a los suyos, no han podido llorarlos adecuadamente, como es la
costumbre cristiana. Desde la fe, les proclamamos que la muerte no tiene la última
palabra; que Cristo, con su resurrección, ha ganado para nosotros la vida que no
tiene fin.

Los Obispos sentimos también la limitación de tener que suspender las


celebraciones públicas de los sacramentos. Sin embargo, desde la oración diaria de
tantos sacerdotes, religiosas y laicos, desde las súplicas dirigidas al cielo desde la
madrugada en los conventos, desde las Misas transmitidas por los medios de
comunicación y las redes sociales, los acompañamos cada día.

Nos reconfortan las palabras del Papa Francisco en su homilía en Huanchaco -


Trujillo: Jesús “conoce el dolor y las pruebas; Él atravesó todos los dolores para
poder acompañarnos en los nuestros… No tenemos un Dios ajeno a lo que
sentimos y sufrimos, al contrario, en medio del dolor nos entrega su mano.”

La Conversión. El momento presente es propicio también para recapacitar sobre


nuestra relación con el Señor. Es ocasión para volver a la casa paterna y
reecontrarnos con el Padre que nos pone el mejor vestido y hace fiesta (cfr. Lc
15,11-32). La Sagrada Escritura nos ilumina una vez más. ¿Qué hizo el profeta
Daniel ante la ruina inminente de Jerusalén?: Se dirigió al Señor, “con oraciones y
súplicas, con ayuno, saco y ceniza”, confesó los pecados cometidos y suplicó a
Dios que mire la desolación de su pueblo (cfr. Dn 9,5).
Que, a la luz del Espíritu Santo y con la ayuda de María, nuestra Madre, vivamos
este momento de prueba como un momento de gracia, para revisar en qué nos
hemos alejado del amor de Dios, del “primer amor” (cfr. Ap 2, 4-5). Esta invitación
va dirigida al pueblo fiel, pero de manera especial a quienes ejercen autoridad y
dirigen el destino de nuestro país. Han de recordar que “toda autoridad viene de
arriba” (Cfr. Jn 19,11), es decir, de Dios, a quien darán cuenta el día de su juicio
personal.

Lamentablemente, hay tantos casos de corrupción, hay quienes anteponen al bien


común del pueblo que se les ha confiado, el beneficio personal, haciendo de la
crisis la ocasión propicia para delinquir y oprimir al pueblo de Dios y olvidan que
esta vida es pasajera y que, al final, seremos juzgados por nuestras obras (Cfr. Mt
25).

A ellos les exhortamos, les exigimos, que tienen que cambiar, que deben
convertirse para trabajar por los peruanos más pobres y sufrientes. El bien común
es la piedra angular de una política con ética, una política de servicio. El verdadero
poder es el servicio. Así como la fuerza de la Iglesia está en la fe en Dios y en el
servicio al pueblo, así también los políticos deben comprender que su fuerza está
en el servir a la población; deben comprender que no están para decirle al pueblo
qué tiene que hacer, sino al revés: conocer sus necesidades y hacer lo que éste
demanda.

Agradecimiento y esperanza. El Papa Francisco reflexionando sobre el


sufrimiento de nuestro pueblo a causa del Fenómeno del Niño Costero de 2017,
dijo: “El alma de una comunidad se mide en cómo logra unirse para enfrentar los
momentos difíciles, de adversidad, para mantener viva la esperanza.” Y, también
nos dejó un reto: “Los peruanos no tienen derecho a dejarse robar la esperanza”.
En medio de este contexto de sufrimiento han surgido héroes de carne y hueso,
hombres y mujeres de nuestra tierra y de nuestra sangre, corazones con los colores
de nuestra bandera, que han respondido con decisión, decencia, coraje, amor y
generosidad, y no pocos han sacrificado sus vidas para salvar la de otros.

Como peruanos nos llenamos de orgullo ver la respuesta generosa de tantas


personas para ayudar en esta situación. Las donaciones de alimentos, la
organización de comedores populares, las donaciones para las plantas de oxígeno,
la atención a los enfermos en los hospitales, el servicio brindado por los médicos,
enfermeras, personal sanitario y las fuerzas de orden; a todos ellos, a esta “nube de
testigos” (Hb 12,1), a “los santos de la puerta de al lado”, como gusta llamarlos el
Papa Francisco, queremos rendirles homenaje y levantamos nuestras voces para
decirles: ¡GRACIAS, HERMANOS!.
Estas acciones de caridad nos identifican como verdaderos discípulos de Jesús.
Con ello evidenciamos nuestro amor a Dios y al prójimo. En este contexto, nos
ilumina la profunda reflexión de Mons. Pedro Casaldáliga: “Al final del camino
me dirán: ¿has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno
de nombres”.

Tenemos confianza que por el mensaje de amor que brota del Crucificado vamos
a salir de esta situación, porque nuestra esperanza tiene una roca sólida: Cristo.
Como devotos del Señor de los Milagros elevamos nuestro canto: “Con paso firme
de buen cristiano, hagamos grande nuestro Perú, y unidos todos como una fuerza
te suplicamos nos des tu luz”.

Iluminados por el mensaje de este hermoso himno, queremos como Iglesia seguir
aportando al país; por eso, les anunciamos el inicio del Programa Pastoral
“¡Resucita Perú, ahora!, cuyo noble objetivo es promover y fortalecer la acción
solidaria, convocando a una amplia red de la Iglesia, la academia y la sociedad
civil en interlocución con las autoridades del Estado, para superar la pandemia.

Nos encomendamos a Santa Rosa de Lima y a San Martín de Porres, nuestros


santos peruanos, y les pedimos su intercesión para que pronto volvamos a respirar
salud, paz y serenidad en nuestros hogares y en nuestro país.

Lima, 20 de agosto de 2020

Los Obispos del Perú

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