Capítulo IV: LA REVELACIÓN DEL MISTERIO TRINITARIO
Dios se revela en Jesucristo como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
LA REVELACIÓN DE DIOS PADRE
Es conocido en muchas religiones este nombre de padre, pero no en el mismo nivel de
entendimiento. Dios es el primer origen de todo y es bondad y solicitud amorosa. Dios
trasciende los sexos, no es ni hombre ni mujer, sino el Ser Supremo, su paternidad trasciende
toda paternidad y maternidad humana; y a la vez, de esa paternidad toma nombre toda otra
paternidad.
Dios como padre en el Antiguo Testamento
El pueblo de Israel es el pueblo de Dios, portador de los designios divinos de salvación. La
creación es comienzo de salvación, ejercicio de la paternidad de Dios sobre el hombre. Dios
corrige al pueblo, como un padre corrige a sus hijos, para que se convierta. La idea de Dios
Padre fluye en los textos proféticos, y toda la literatura sapiencial.
El Padre revelado por el Hijo
En el sermón del Monte de San Mateo encontramos que hay una continuidad con las
afirmaciones del Antiguo Testamento, pero la paternidad se subraya con fuerza, Nuestro Señor
muestra al padre con entrañas de misericordia. Jesús manifiesta una radical novedad basada en
la conciencia de su filiación al Padre. Dios es Padre de Jesús, y en Jesús somos hechos hijos de
Dios. Lo más esencial del mensaje del Nuevo Testamento sobre Dios es que tiene un Hijo, que
es eterno y es Dios como el Padre. Siguiendo la traducción apostólica el Concilio de Nicea
confesará que el Hijo es consubstancial al Padre. Jesús se siente estrechamente identificado con
la actividad del Padre. Existe una igualdad de conocimiento entre ambos. La exclamación Abbá
de Jesús expresa su singular conciencia de filiación al Padre, de modo que nunca dijo nuestro
Padre, sino mi Padre y vuestro Padre. Era hijo en sentido pleno. En el Evangelio de San Juan
aparece como una relación eterna y esencial. Sobre esta íntima relación entre los cristianos,
como Cristo y el Padre, se construye la vida cristiana en obediencia y amor. He aquí la clave de
la primera carta del Apóstol Juan. También se refleja esta especial paternidad en los escritos de
San Pablo y en los discursos de San Pedro.
LA REVELACIÓN DE DIOS HIJO
En el mensaje cristiano la cuestión sobre Dios y la cuestión sobre Cristo son inseparables.
Los preludios del Antiguo Testamento
Son las personificaciones de la acción de Yahvé, como mediación entre Yahvé y su pueblo. Su
importancia teológica radica en el hecho de ser presentados como mediación entre Yahvé y la
creación.
El Ángel de Yahvé
Aparece en forma individual, con una misión concreta; a veces aparece como ángel
castigador y juez; y otras veces no se distingue claramente del mismo Yahvé.
La Palabra de Dios
Es la palabra por la que Dios manifiesta su voluntad sobre Israel. Dios elige a Moisés para
hablar en su nombre. Moisés es el mediador de Israel ante Dios. También es Palabra de
Dios la palabra de los profetas, pues procede del cielo. La eficacia de la palabra de Dios se
extiende también a la creación, con ella ha creado al mundo. Se comprende que Juan
reuniese los rasgos de la naturaleza del dabar Yahwéh en una única palabra, Cristo.
La sabiduría de Dios
Se revela en la creación, hay himnos dedicados a la sabiduría que la personifica de modo
que algunos ven una auténtica hipóstasis. San Pablo llama a Cristo fuerza y sabiduría de
Dios.
La divinidad de Jesús
Jesús manifiesta su divinidad de forma gradual y progresiva. El Nuevo Testamento es un
elocuente testimonio de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Los Evangelios sinópticos
Jesús es el Hijo del hombre objeto de la elección absoluta e incondicionada que sólo se debe
a Dios. El Hijo del hombre se presenta como Hijo de Dios igual a Dios. Ante el sanedrín
Jesús es condenado porque se identifica con el Hijo del hombre de Daniel, sentado a la
diestra del Omnipotente, por eso Caifás entendió que Jesús afirmaba ser Dios. Hay pasajes
donde la expresión Hijo de Dios indica la verdadera divinidad de Jesucristo. Al llamar Abbá
al Padre muestra una conciencia religiosa que manifiesta que todo su ser está ligado a su
relación con el Padre. El Padre mismo da testimonio del Hijo, en el Bautismo y en la
Transfiguración.
Las epístolas paulinas
El himno cristológico de la Carta a los Filipenses constituye un resumen de todo el misterio
de Cristo: Desde la perspectiva eterna del Verbo, hasta su glorificación; gloria a la que llegó
a través de la Kenosis o voluntario anonadamiento de sí mismo. La preexistencia de Cristo,
en su divinidad, es fuertemente afirmada por San Pablo. San Pablo usa habitualmente la
palabra Señor para referirse a su divinidad, reservando el nombre de Dios para el Padre,
aunque alguna vez también la utilice para Jesucristo. San Pablo afirma la filiación divina de
Jesús. Y esta será el centro de la fe apostólica, profesada en primer lugar por Pedro como
cabeza de la Iglesia.
Verbo de Dios e Hijo Unigénito en San Juan
Se manifiesta abiertamente que este Evangelio ha sido escrito para mostrar la divinidad de
Cristo. En el Prólogo se enumeran los trazos fundamentales del misterio de Cristo. El término
griego logos, puede haber sido tomado de la cultura griega o del judaísmo. En las palabras de
Cristo recogidas en el Evangelio de San Juan, se hace patente la estrecha unión entre lo que
Cristo es y lo que Cristo hace. Unigénito del Padre es un título que San Juan aplica
frecuentemente a Jesús, y significa la divinidad de Cristo. Cuando en Jn. 10, 30. 38 dice: “El
Padre y yo somos una sola cosa (…); el Padre está en Mí y Yo en el Padre; afirma que su ser
Hijo de Dios consiste en ser Dios.
El Padre y el Hijo, una sola cosa
La igualdad existente entre el Padre y el Hijo, igualdad en el conocimiento, está apuntando a la
igualdad de naturaleza. La afirmación contenida en Jn. 10, 30 revela una unidad tan íntima
como para decir que los dos son uno solo. En el contexto en que dice esto se refiere a las obras
que realiza en nombre del Padre. Es una unidad de voluntad, de amor, de conocimiento, de
poder. En la Última Cena se vuelve a referir a esta unidad. A lo largo del Evangelio se muestra
esta igualdad con el Padre. El Catecismo de la Iglesia Católica también lo afirma (n. 590).
LA REVELACIÓN DE DIOS ESPÍRITU SANTO
El Espíritu Santo es la persona más misteriosa de la Santísima Trinidad, pues expresa la
invisibilidad de Dios, su profundo secreto y su incomprehensibilidad. Por algo es llamado el
Gran Desconocido; Santo Tomás habla de una pobreza de vocablos (vocabularia inopia). Aun
así, el Espíritu Santo se encuentra constantemente presente en todo el Nuevo Testamento. Cristo
nos revela el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos revela el misterio de Cristo, y por tanto, el
misterio de Dios. En el discurso de despedida de la Última Cena, Jesús habla del Espíritu Santo,
es el Abogado que estará siempre con los Apóstoles, el Espíritu de verdad que será enviado a
los discípulos por Jesús y que los llevará a la verdad completa. En la Dominum et vivificantem
se pone relieve en la estrecha conexión que existe entre la promesa del Espíritu y la afirmación
de la “personalidad” de este Espíritu.
El Espíritu de Yahvé en el Antiguo Testamento
En la Sagrada Escritura, el significado primero es el de viento. El viento tiene mucha
importancia en la vida campesina, por eso se consideraba como una fuerza del Creador. A esto
se le agrega el significado de ruah como aliento de vida. Dios es quien infunde su aliento en los
vivientes. De aquí se pasa a la consideración del “Espíritu de Yahvé”. Se trata de algo de sí
mismo que Dios da a los hombres como un don, uniéndolos especialmente consigo. Según las
profecías, el Mesías será portador del Espíritu en toda plenitud. Y no sólo eso, sino que en los
tiempos mesiánicos se caracterizan por una especial efusión de este espíritu en el pueblo.
Principales textos pneumatológicos en el Nuevo Testamento
Los textos del Nuevo Testamento que hablan del Espíritu Santo se pueden agrupar en tres
grandes bloques:
a) El Espíritu de Dios como fuerza carismática
Al hablar de la concepción virginal de Jesús, se pone de relieve que él es el Mesías, y en él
culmina todo el proceso de revelación de Dios de la historia, es una obra característica de
Dios en la historia. Jesús es aquel que siempre es conducido por el Espíritu Santo. La
predicación de Jesús recibe su fuerza en esta unción del Espíritu. Jesús actúa con el poder
del Espíritu Santo y por último la resurrección de Jesús es obra del Padre por medio del
Espíritu Santo.
b) La santificación, obra del Espíritu
Los personajes cercanos a Jesús reciben el Espíritu de forma especial, como el Bautista,
Zacarías, Simeón, Isabel y Santa María, al abandonar este mundo, en Pentecostés, Jesús
envía el Espíritu Santo sobre los apóstoles, de esta manera se cumple la profecía de Joel. Se
puede hablar de una epopeya del Espíritu Santo, pues se ve su actuación muy viva, en la
elección de Matías, los diáconos, Pablo y Bernabé, después del Concilio de Jerusalén, y
otros muchos manifiestan la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia primitiva. Los
bautizados son santificados por el Espíritu. Se trata de la regeneración por el agua y el
espíritu de que ya se habla en Jn. 3, 3.
c) El Espíritu Santo como persona divina
En los sinópticos aparece con claridad en el Bautismo de Jesús; aquí desciende en forma de
paloma, se distingue claramente del Padre y del Hijo muy amado. Esta distinción aparece
con mayor claridad en el mandato de bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo. La presencia del Espíritu Santo es tan constante en los Hechos que se le ha
llamado el Evangelio del Espíritu Santo. Guía toda la historia de la Iglesia primitiva. Más
relieve aún tienen aquellos textos en los que el Espíritu aparece como sujeto de verbos
como habitar, distinguir, querer (1 Co 2, 10; 6, 11). Y aquellos textos en los que aparecen
fórmulas ternarias. En San Juan se encuentran referencias al descenso del Espíritu sobre
Jesús, además en la narración joánica de la Última Cena encontramos los textos más
explícitos en torno al Espíritu Santo como Persona. Se trata de un segundo enviado, como el
Padre envió a Jesús, Jesús envía el Espíritu; se habla de envío y procedencia.
“Personalidad” del Espíritu Santo
En la Sagrada Escritura se va perfilando progresivamente la naturaleza del Espíritu Santo, como
Persona en Dios, distinta del Padre y del Hijo. Aparece como fuerza santificadora de María,
inaugurando el ministerio público de Jesús, etc. Especial importancia tienen los textos de la
promesa del Espíritu. Otra fuerte insinuación de la “personalidad” del Espíritu Santo en aquellos
pasajes en que se habla de sus acciones. Se trata de expresiones fuertemente personalizantes que
junto con la fórmula trinitaria del bautismo llevaron a la Iglesia primitiva a una comprensión
cada vez más nítida de la personalidad del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo
En los pasajes donde se habla del envío del Espíritu, algunas veces se atribuye al Padre, y otras
al Hijo. En el modo de este envío se reflejan las características personales del Espíritu Santo.
En el n. 244 del Catecismo se habla de esto. Vemos en una serie de pasajes cómo se ve que el
Padre o el Hijo envía al Espíritu, que aparece en (Jn. 16, 7-8) con los rasgos propios de una
persona. Esto apunta a la verdad de que el Espíritu no procede sólo del Padre, sino del Padre y
del Hijo.
La misión conjunta del Hijo y del Espíritu
La salvación consiste en que somos hechos hijos de Dios en Cristo por el Espíritu Santo. La
misión del Espíritu Santo está estrechamente ligada al misterio de la Encarnación, por eso en el
Catecismo n. 689-690, se califica a las dos misiones como una única misión. Dada esta estrecha
relación del Espíritu con el Padre y con el Hijo, en la Sagrada Escritura, al Espíritu Santo se le
designa, a veces, como Espíritu del Padre o que procede del Padre, y también como Espíritu del
Hijo, Espíritu de Cristo, etc.
EXPRESIONES TRINITARIAS DEL NUEVO TESTAMENTO
Ahora nos detenemos en los textos en los que enumeran conjuntamente a las tres divinas
Personas.
El Bautismo de Jesús
Son los primeros textos explícitos que nombran simultáneamente a las tres Personas. Aquí las
tres Personas se manifiestan como distintas. No hay duda de aquel que habla y aquel a quien se
dirige están en la relación Padre-Hijo, muestran que el Espíritu Santo, que desciende en figura
de paloma, está al servicio de la proclamación del Mesías y alude a la unción de él por el
espíritu.
El mandato misional de Mt. 28, 19
El texto más explícito en torno al misterio trinitario es la fórmula bautismal contenida en Mt.
28, 19. En este texto aparece con claridad la distinción de las personas divinas. Este texto es
considerado por la mayoría de exégetas como resumen de la primera práctica bautismal de la
iglesia primitiva; expone la totalidad del hecho soteriológico que se nos aplica en el bautismo,
somos hechos hijos de Dios en el Hijo por el Espíritu Santo. Los pasajes del Bautismo de Jesús
y el mandato misional se iluminan mutuamente. Apuntan al bautismo cristiano. Entre la fórmula
del Nuevo Testamento de bautizar en el nombre de Cristo Jesús o en el nombre del Señor Jesús
y la más explícita de la fórmula trinitaria no hay diferencia esencial, pues el Bautismo pone al
neófito en indisoluble relación con la Santísima Trinidad.
La Transfiguración
Escribe Santo Tomás: “aparece toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el
Espíritu en la nube luminosa”. Entre el Bautismo y la Transfiguración existe una clara relación
teológica: en el umbral de la vida pública, el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración.
Por el bautismo se manifiesta la primera regeneración; por la transfiguración se manifiesta
nuestra segunda regeneración, nuestra resurrección.
Pasajes joánicos
Especialmente los textos de la Última Cena en los que Jesús habla de enviar el Espíritu muestra
la concepción triádica de Dios. También en las Cartas aparecen algunas fórmulas triádicas.
Fórmulas paulinas
Son tan numerosos los pasajes paulinos en los que la fe trinitaria aparece que podemos afirmar
que el pensamiento paulino está totalmente determinado por la fe trinitaria. De entre los textos
paulinos se suelen citar tres como especialmente significativos:
2 Ts. 2, 13-14; es Dios Padre el que ha elegido desde la eternidad a los santos, se trata de la
vocación, identificación con el Señor, que el Espíritu Santo opera en nosotros.
2Co. 13, 13; se trata de una fórmula claramente utilizada en la liturgia. Esta fórmula distingue
las tres Personas divinas e insinúa su igualdad, en el sentido de que cada una contribuye a la
obra común de la salvación humana.
1 Co. 12, 4-6; este texto adquiere su más profunda dimensión, si se lee en el ambiente de 2 Co
13, 13, ya citado. Espíritu, Señor y Dios aparecen yuxtapuestos, y se les atribuye los carismas,
ministerios y operaciones recibidos por la comunidad.
Ef. 4, 4-6; es un texto paralelo a 1 Co. 12, 4-6; aquí aparece el Espíritu Santo, que es como el
alma que vivifica el Cuerpo eclesial; luego un Señor, cabeza de este Cuerpo, y por ello principio
de unidad; finalmente, el Dios Padre, al que se atribuye el plan mismo de la salvación y en
consecuencia es el principio unificador supremo en el esquema salvífico trinitario.
Ga. 4, 6; destaca nuestra filiación divina en Cristo, que tiene lugar por el envío que hace el
Padre a nuestros corazones del Espíritu del Hijo.
En resumen, la concepción cristiana de Dios contiene una radical novedad con respecto a la
concepción del Nuevo Testamento. Surge gracias a una revelación nueva. Jesús llama a Dios su
Padre, y nos invita a llamarlo Padre también. La nueva existencia del cristiano descansa sobre
un acontecimiento misterioso que se articula en una fórmula triádica: la fe en el Padre, en el
Hijo y en el Espíritu Santo, Dios uno y único. Es en la filiación natural del Hijo al Padre donde
se manifiesta el misterio de la intimidad de Dios, que es el misterio del Padre, el cual es fons et
origo totius trinitatis (fuente y origen de toda la Trinidad).