EL ENCUENTRO DE JUAN BOSCO CON DON CAFASSO
MEMORIAS DEL ORATORIO
En una de aquellas tardes de abril [noviembre], entre la gente que regresábamos a
casa, venía también un cierto don Calosso, de Chieri, que ahora era el capellán de
Murialdo. Era un hombre muy piadoso y que, aunque un poco encorvado por los años,
recorría ese largo trayecto del camino para ir a escuchar a los misioneros.
Al ver a un muchacho de baja estatura, con la cabeza descubierta, cabellos erizados y
ensortijados, caminar en gran silencio en medio de los demás, atrajo sobre mí su
mirada y comenzó a hablarme de esta manera:
- Hijo mío, ¿de dónde vienes? ¿Estuviste también tú en la misión?
- Sí, señor. Fui a la prédica de los misioneros.
- ¡Qué cosa habrás podido entender! Tal vez tu mamá te hubiera hecho una platiquita
más apropiada, ¿verdad?
- Si me sabes decir cuatro palabras de los sermones de hoy, te voy a dar veinte
céntimos.
- Dígame, ¿de qué quiere que le hable, del primer sermón o del segundo?
- Del que tú más quieras, con tal de que me digas cuatro palabras. Por ejemplo, ¿te
acuerdas de qué se trató en la primera predicación?
- En la primera predicación se habló de la necesidad de entregarse pertinentemente a
Dios y de no diferir la conversión.
- ¿Y qué se dijo en esa predicación? añadió sorprendido el venerable anciano
- Lo recuerdo muy bien. ¿Quiere que se la repita toda?
Y sin más, comencé a exponer: el exordio, luego los tres puntos, es decir, que quien
demora su conversión corre el gran peligro de que después o le falte el tiempo, o la
gracia, o la voluntad.
Él me dejó hablar por más de media hora en medio de la multitud. Después empezó a
preguntarme:
- ¿Cómo te llamas? ¿Quiénes son tus padres? ¿Qué estudios has hecho?
- Me llamo Juan. Mi padre murió cuando yo era todavía niño. Mi madre es viuda con
cinco creaturas que mantener. Aprendí a leer y algo a escribir.
- ¿Has estudiado el Donato o la gramática?
- No sé qué es eso.
- ¿Te gustaría estudiar?
- ¡Mucho, mucho!
- ¿Qué te lo impide?
- Mi hermano Antonio.
- ¿Y por qué Antonio no quiere dejarte estudiar?
- Porque como él no quiso ir a la escuela, dice que no quiere que otros pierdan el
tiempo estudiando como le sucedió a él. Pero si yo pudiese ir, claro que estudiaría y no
perdería el tiempo.
- ¿Por qué motivo quieres estudiar?
- Para abrazar el estado eclesiástico.
- ¿Y por qué motivo quisieras abrazar dicho estado?
- Para acercarme, hablar y enseñar la religión a tantos compañeros míos que no son
malos, pero que se transforman en tales, porque nadie cuida de ellos.
Mi franqueza, y hasta la manera audaz como me expresaba, le causaron gran
impresión a ese santo sacerdote que, mientras yo hablaba, no me quitó nunca los ojos
de encima. Entre tanto, habíamos llegado a un punto del camino en el que era
menester separarnos y él se despidió con estas palabras:
- ¡Ten ánimo! Yo pensaré en ti y en tus estudios. Ven a verme con tu madre el domingo,
y arreglaremos todo.
Fui, en efecto, al domingo siguiente con mi madre, y se convino en que él mismo me
daría una clase diaria, de tal manera que el tiempo restante lo podría emplear en el
trabajo del campo para satisfacer a mi hermano Antonio, quien se contentó fácilmente
porque empezaríamos después del verano, cuando ya no hay mucho qué hacer en el
campo.
Yo me puse enseguida en las manos de don Calosso, que
sólo desde hacía algunos meses había llegado a aquella capellanía. Le hice conocer
todo sobre mí mismo. Le manifestaba prontamente cada palabra, cada pensamiento,
cada acción.
Esto le agradó muchísimo pues así me podía dirigir, tanto en lo espiritual como en lo
temporal, sobre una base segura.
Supe entonces lo que significa tener un guía estable, un fiel amigo del alma, del que
hasta entonces había carecido. Entre otras cosas, me prohibió en seguida una
penitencia que yo acostumbraba hacer, y que no era apta para mi edad y mis
condiciones. Me estimuló a la frecuencia de la confesión y de la comunión, y me
enseñó la manera de hacer cada día una breve meditación, o mejor, un poco de lectura
espiritual.
Los días festivos pasaba con él todo el tiempo que me era posible, y durante la semana
siempre que podía le ayudaba la santa misa. Desde entonces comencé a gustar lo que
era la vida espiritual, pues hasta entonces la vivía materialmente, como una máquina
que hace una cosa sin entender la razón.
A mediados de septiembre comencé regularmente los estudios de la gramática
italiana, y en breve empecé a aplicarla haciendo mis primeras composiciones.
En Navidad ya estaba con el Donato y, para Pascua comenzaba a traducir del latín al
italiano y viceversa. No dejé, sin embargo, durante todo ese tiempo, mis juegos
festivos en el prado, o en el establo durante el invierno. Cada hecho, cada enseñanza y
puedo decir que cada palabra que aprendía de mi maestro, me servían para hacer el
bien a mis oyentes.
Yo me consideraba feliz de haber llegado a la realización de mis deseos, cuando no
sólo un nuevo sufrimiento, sino una verdadera desgracia truncó de un tajo el hilo de
mis esperanzas…
El texto continúa con la descripción de la muerte de don Calosso y su enorme
desconsuelo, un sueño en el que es recriminado, y la enfermedad de Juan, entre los que
interpola el encuentro con el clérigo José Cafasso, en la puerta de la misma capilla
donde había perdido a don Calosso.
TRABAJO GRUPAL
Después de leer y profundizar el diálogo entre Juan Bosco y don Cafasso, escriba
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