Comunicación
ecológica
Subtítulo
•
Niklas Luhmann
Universidad Iberoamericana / colección teoría social
Legal
Contenido
Prefacio 9
1 Abstinencia sociológica 13
2 ¿Causas y responsabilidades? 23
3 Complejidad y evolución 27
4 Resonancia 33
5 La observación de la observación 41
6 La comunicación como operación social 49
7 Conocimiento ecológico y comunicación social 53
8 Codificación binaria 59
9 Códigos, criterios, programas 71
10 Economía 81
11 Derecho 97
12 Ciencia 115
13 Política 127
14 Religión 139
15 Educación 147
16 Diferenciación funcional 153
17 Restricción y amplificación: muy poca y mucha resonancia 165
18 Representación y autoobservación.
Los “nuevos movimientos sociales” 173
19 Angustia, moralidad y teoría 181
20 La racionalidad de la comunicación ecológica 189
21 Ética ambiental 197
Glosario 203
7
Prefacio
Nuestro hablar tiene debilidades y defectos, como todo lo demás.
La mayor porción de las situaciones problemáticas del mundo es
gramatical.
Michel de Montaigne, Apología de Raimundo Sabunde
El 15 de mayo de 1985, como resultado de la invitación de
la Academia de Ciencia de Renania del Norte-Westfalia, dicté una
conferencia a su asamblea anual a propósito del tema: ¿Puede la
sociedad moderna responder a los peligros ecológicos?1 El poco
tiempo con que conté para la charla no permitió que presentara
completamente lo que podía ser dicho del tema. Sobre todo, fue
imposible desarrollar los modos similares de reacción de los distintos
sistemas funcionales en lo particular a pesar de todas sus diferencias.
El principal argumento de la intervención, a saber, que la sociedad
moderna crea muy poca y al mismo tiempo mucha resonancia por
su diferenciación estructural en sistemas funcionales diferentes,
fue presentado sólo en sus lineamientos generales. Solamente
desde aquí puede comprenderse que la solución a este problema
puede encontrarse en nuevas ideas sobre valores, en una nueva
moralidad o en una elaboración académica de una ética ambiental.
Este trabajo es suplementario a los razonamientos de mi expo-
sición y lo completa para los más importantes sistemas de funciones
de la sociedad moderna, aunque sea sólo en términos generales. Lo
que emerge es una imagen muy similar de estructura básica para las
1
La conferencia ha sido publicada en las Memorias de la Academia bajo el mismo nombre,
RWAkW G278, Opladen 1985.
9
Prefacio
diferentes funciones, códigos binarios y programas de experiencia y
acción “correctas”. Esto justifica adscribir los problemas ecológicos
a la sociedad y no sólo a los fracasos de la política y la economía o
a un insuficiente sentimiento de responsabilidad.
Tal vez, de esta manera, una comparación teóricamente
guiada pueda aclarar cómo la teoría social responde al reto de la
discusión ecológica que recientemente se ha vuelto popular —y lo
poco que antes tenía que ofrecer—.
En muchos aspectos, los análisis que aquí se presentan diver-
gen de las premisas que han sido ingenuamente introducidas en la
literatura ecológica y que han sido utilizadas sin mayor justificación.
Esto es cierto para cuestiones teorético-sistémicas básicas, como
para muchos detalles. No cabe duda de que la literatura ecológica
misma es producto de la comunicación social, esto es, una parte del
objeto que estamos investigando aquí, incluyendo nuestras propias
investigaciones. La indiferencia hacia la selección de palabras y la
ausencia de interés acerca de decisiones teóricas importantes, son
dos de las más notables características de esta literatura —como
si cuidar del ambiente justificara el descuido con que se habla de
él—. Más aún, resulta que la literatura que sostiene el reclamo a la
precisión científica es producida, sobre todo, por aquellas disciplinas
que, al mismo tiempo, satisfacen las funciones reflejas en aquellos
sistemas funcionales de donde provienen. Esto significa que los
juristas deben preocuparse por difundir las categorías que tratan
de casos legales y los economistas por difundir aquellos modelos
con que los datos económicos son observados y con los que se mide
un crecimiento económico positivo o negativo. Por supuesto que
reconozco que todo esto tiene su importancia. Pero el problema
para mí es más profundo y se encuentra en la diferenciación de los
sistemas funcionales mismos.
Las investigaciones que encuentran su inspiración en la teoría
siempre pueden ser acusadas de una falta de “referencia práctica”.
No proporcionan prescripciones a otros. Observan la práctica y en
ocasiones preguntan qué se gana con el uso apresurado de ideas
incompletas. Esto no excluye la posibilidad de que procediendo así
puedan alcanzarse resultados útiles. Pero entonces, la importancia
de la teoría siempre permanecerá en el sentido de que un método
10
Niklas Luhmann
más controlado de producir ideas puede aumentar la probabilidad
de resultados más útiles —y, sobre todo, de reducir la probabili-
dad de crear entusiasmo inútil—.
Niklas Luhmann
Bielefeld, agosto de 1985.
11
1
Abstinencia sociológica
Comparado con la historia del pensamiento sobre la humanidad
y la sociedad, este tema —la ecología— no es muy antiguo. En
los últimos 20 años hemos visto una rápida y creciente discusión
sobre las condiciones ecológicas de la vida social y la conexión
entre el sistema social y su entorno. La sociedad contemporánea se
siente afectada de muchas maneras distintas por los cambios que
ha producido en su propio entorno. Esto es evidente si se observa
el consumo creciente y rápido de recursos no renovables e (incluso
si esto fuera beneficioso) la creciente dependencia sobre recursos
sustitutos autoproducidos; una reducción en la variedad de especies
que forman la base de una evolución biológica ulterior; el desarrollo
siempre posible de virus incontrolables y resistentes a la medicina;
el problema familiar de la contaminación ambiental y, no por últi-
mo menos importante, la sobrepoblación. Hoy en día todos éstos
son temas de la comunicación social. Es así que la sociedad se ha
alarmado como nunca antes,1 sin contar con los medios cognitivos
para predecir y dirigir la acción porque todos estos problemas no
sólo cambian el entorno sino que socavan las condiciones de su
1
“Escribo como resultado de la alarma”, admite John Passmore, Man’s Responsibility for
Nature: Ecological Problems and Western Tradition, Nueva York 1974, p. IX, y, sin duda, habla
a nombre de muchos escritores ecologistas.
13
Abstinencia sociológica
propia existencia continuada. Esto no es un problema nuevo y
apareció también en las etapas tempranas del desarrollo social,2
pero sólo hasta ahora ha alcanzado una intensidad que obstruye
como un “ruido” y que distorsiona la comunicación social y no
puede ser ignorada.
En lo que toca a la sociología, esta discusión empezó —como
muchas otras, de manera inesperada— y la agarró, por decirlo de
algún modo, desprevenida en cuanto a teoría. Originalmente, la
sociología se ha interesado por los aspectos internos de la sociedad.
Se enredó con ideologías del orden social correcto y luego trató de
dirigirse hacia ellas. Todo esto sucedió bajo el supuesto de que su
tema era la sociedad o sus partes. La historia de los fundamentos de
esta disciplina ya la predispuso hacia esta dirección. La naturaleza,
por otra parte, puede y ciertamente debe dejarse a las ciencias natu-
rales. Lo que la nueva disciplina llamada sociología pudo descubrir
y reclamar como campo de estudio propio fue la sociedad o, si este
concepto era insatisfactorio, hechos sociales, por ejemplo, faits
sociaux en el sentido de Durkheim, o formas sociales y relaciones en
el sentido de Simmel y Von Wiese, o la acción social en el sentido
de Weber. Así, la delimitación de la disciplina tuvo que interpretarse
como una demarcación de una sección de realidad.
Pero aparte de la “gran teoría”, la investigación sobre los más
variados problemas sociales está sintonizada con los orígenes sociales
de estos problemas. Esto es precisamente lo que forma la base de
las esperanzas del investigador de ser capaz de contribuir en algo
a una mejor solución del problema. La problemática se reduce a
estructuras del problema social o sus subsistemas y si éstos no pueden
cambiarse, entonces al menos puede culparse a las circunstancias.
Las fuentes externas de los problemas ni siquiera son consideradas.3
Y aunque cada problema del sistema es en última instancia reduci-
ble a la diferencia entre el sistema y su entorno, esto no es siquiera
tomado en cuenta.
2
Para un resumen cfr. Josef Müller, “Umweltveränderungen durch den Menschen”, en
Karl Heinz Kreeb, Ökologie und menschliche Umbelt: Geschichte-Bedeutung-Zukunftsaspekte,
Stuttgart 1979, pp. 8-69.
3
Cfr. los últimos dos capítulos en Amand L. Mauss, Social Problems as Social Movements,
Filadelfia 1975, precedidos por una larga enumeración de ámbitos de problemas.
14
Niklas Luhmann
Ni siquiera para la teoría temprana de la societas civilis esto
era diferente y lo mismo es cierto para la filosofía práctica: lo que
era social era considerado como civitas, como communitas perfecta
o como sociedad política, aun cuando esto incluyó a toda la huma-
nidad. Según los estoicos, lo mismo que para la teoría cristiana, la
naturaleza no-humana debía ser utilizada por todos. El dominium
terrae entonces pasó a ser un concepto por medio del cual se previno
la sacralización de toda la naturaleza y se aseguró la especificación de
lo que era religioso. En este sentido, la naturaleza, tan importante
hoy en día desde el punto de vista ecológico, fue considerada na-
turaleza desacralizada. Las opiniones contrarias, siempre presentes,
nunca fueron lo suficientemente fuertes para presentar un problema
a las ciencias naturales en desarrollo. Es así que en el siglo xviii el
problema experimentó una reversión dramática. El contraconcepto
fue cambiado (que, como ocurre con frecuencia, sugiere el interés
real). La civilización tomó el lugar de lo sagrado (cuya versión
específicamente monoteísta fue retenida) como contraconcepto de
la naturaleza.4 La naturaleza devino, por una parte, una historia
perdida irremediablemente y, por otra, el campo de investigación
de la sociedad.
Pero incluso esta versión no fue suficiente para determinar
la diferencia entre naturaleza y civilización. Sin embargo, ofrece
la primera oportunidad para tener conciencia del entorno (por
ejemplo, como consecuencia de la antigua doctrina de que Dios
debe ser adorado en sus creaciones). El siglo xviii descubrió el sig-
nificado de ambiente,5 esto es, de estar situado concretamente, por
ejemplo, como la conexión entre clima y cultura. Animados por el
progreso de la tecnología agrícola, los primeros economistas fran-
ceses (fisiócratas) consideraron la propiedad como una institución
jurídica que es ideal tanto económica como ecológicamente porque
4
Stephen Holmes llama a esto “sustitución antónima” en escritos no publicados sobre la
historia temprana del liberalismo.
5
A propósito de la ausencia de un concepto desarrollado de “ambiente” en el siglo xviii cfr.
Georges Canguillem, La Connaissance de la vie, 2a. ed., París 1965, pp. 129ss. Cfr. también
Jürgen Feldhoff, “Milieu”, en Historisches Wörterbuch der Philosophie, vol. 5, Basel-Stuttgart
1980, pp. 1393-5; y Leo Spitzer, “‘Milieu’ and ‘Ambiance’: An Essay in Historical Semantics”,
en Philosophy and Phenomenological Research, vol. 3 (1942), pp. 1-42, 169-218.
15
Abstinencia sociológica
garantiza el tratamiento adecuado de los recursos naturales en tanto
se reconcilian con los intereses humanos. Debe hacerse notar que en
ese tiempo la internalización de las consecuencias de las acciones y
su inclusión en el cálculo racional fueron vistas como una función
de la propiedad. Hoy lo contrario es cierto: las consecuencias de las
acciones son discutidas en términos de externalización y se critica
a la propiedad por no hacerse responsable de estas consecuencias.
Al principio nada pasó. La Revolución francesa condujo a
la ideologización de los debates sociales vinculados con la posición
social y los fines políticos y las descripciones de las relaciones socia-
les se dieron enteramente dentro de la sociedad. Esto es muy claro
en la forma en que Darwin fue trasladado a las ciencias sociales.
En vez de aceptar la idea de que el entorno decide selectivamente
cómo la sociedad puede desarrollarse, nació un darwinismo social
ideológicamente cargado que prometió a los individuos, economías y
naciones el derecho al éxito mediante la supervivencia del más apto.
Sin embargo, después de algunos años también esto fue derribado
en medio de una nueva moralidad social y todavía hoy la teoría de
la evolución en las ciencias sociales no ha terminado completamente
de liberarse de este desastre.6
Incluso donde la sociología se presentó como oposición o
como “teoría crítica” sólo consideró a la sociedad y a los principios
humanos que no se correspondían con la sociedad, o al menos no
en ese tiempo. Esto se expresó como libertad insuficiente, igualdad,
justicia o razón —en cualquier caso, todos ellos temas burgueses—.
El papel que la sociología tuvo en esta discusión fue de autocrítica
de la sociedad según determinados ideales y no de frustración sobre
esperanzas inciertas y miedos. Pero fue muy sencillo rechazar esta
crítica porque los ideales tienen la tendencia fatal a transformarse en
ilusiones. El antecedente teórico de esta discusión desapareció hace
mucho aunque la “simultaneidad de lo no simultáneo” tuvo que
creerse por largo tiempo. En este estado de alarma la única pregunta
6
Cfr. Richard Hofstadter, Social Darwinism in American Thought 1860-1915, Filadelfia
1945; Emerich K. Francis, “Darwins Evolutionstheorie und der Sozildarwinismus”, en Kölner
Zeitschrift für Soziologie und Sozialpsychologie, vol. 33 (1981), pp. 209-28; Niles Eldrege/
Ian Tattersall, The Myths of Human Evolution, Nueva York 1982; Walter Bühl, “Gibt es iene
soziale Evolution?”, en Zeitschrift für Politik, vol. 31 (1984), pp. 302-32.
16
Niklas Luhmann
debe ser qué tan justificadas están ciertas esperanzas y miedos. O,
desde la perspectiva de un observador desinteresado, qué factores
determinan la disposición a aceptar riesgos y cómo se distribuyen
en sociedad.
Absorbida totalmente en su propio objeto, la sociología ni
siquiera se dio cuenta de que una reorientación había comenzado en
las ciencias naturales con la ley de la entropía. Si esta ley, que dice
que existe una tendencia a la pérdida de calor y de organización, es
cierta, entonces se vuelve más importante explicar por qué el orden
natural no parece obedecerla y se desarrolla en oposición a ella. La
respuesta está en la capacidad de sistemas abiertos termodinámi-
camente —aquellos que se relacionan con sus entornos mediante
inputs y outputs— para entrar en relaciones de intercambio, esto
es, de dependencia medioambiental y no obstante garantizar su
autonomía a través de una regulación estructural. Ludwig von
Bertalanffy se apropió de esta idea y la utilizó como base de lo que
hoy se llama “teoría general de sistemas”.7
Sería injusto decir que la sociología no tomó en cuenta para
nada este desarrollo puesto que existen ciertas semejanzas progra-
máticas.8 Por ejemplo, la investigación en la sociología de las orga-
nizaciones, que enfatizó la referencia al entorno de organizaciones,
ha sido exitosa.9 Pero aquí el entorno siempre significa algo interno
7
Programáticamente en “Zu einer allgemeinen Systemlehre”, Biologia Generalis, vol. 19
(1949), pp. 114-29, y con un efecto significativo en el contexto del idioma inglés. Cfr.
Ludwig von Bertalanffy, General Systems Theory: Foundation, Development, Applications,
Londres 1971. Para una valoración histórica cfr., también, I. V. Blauberg/V. N. Sadovsky/E.
G. Yudin, Systems Theory: Philosophical and Methodological Problems, Moscú 1977.
8
Cfr., por ejemplo, Walter Buckley, Sociology and Modern Systems Theory, Englewood Cliffs,
Nueva Jersey 1967; Kenneth F. Berrien, General and Social Systems, Nuevo Brunswick, Nueva
Jersey 1968. En la importante antología que documenta esta tendencia —Walter Buckley
(ed.), Modern Systems Research for the Behavioral Scientist, Chicago 1968— apenas se menciona
a los sociólogos. Cualquiera familiarizado con la historia teorética de la sociología sabe que
esto se relaciona con la influencia dominante del paradigma del estructural funcionalismo
de aquel tiempo. Su principal representante, Talcott Parsons, había aceptado algunas
sugerencias de la teoría general de sistemas pero desarrolló una teoría en la que los entornos
jugaron un rol únicamente “interno”.
9
En especial a partir de Tom Burns/G. M. Stalker, The Management of Innovation, Londres
1961; y Paul R. Lawrence/Jay W. Lorsch, Organization and Environment: Managing Di-
fferentiation and Innovation, Boston 1967. Entre los muchos libros de texto cfr., también,
Howard E. Aldrich, Organizations and Environments, Englewood Cliffs, Nueva Jersey 1979.
17
Abstinencia sociológica
a la sociedad, por ejemplo, mercados o innovaciones tecnológicas,
en otras palabras, la sociedad misma.10
Esta preocupación por la sociedad sólo puede eludirse a través
de un cambio en el centro teórico del paradigma.11 Esta maniobra
tiene consecuencias que alcanzan todas las ramas del pensamiento
sociológico,12 lo que significa que deben hacerse cortes radicales y,
sólo después de hacerlos, puede proseguirse lentamente.
La aparición sorprendente de una nueva conciencia ecológica
ha dejado poco tiempo para la teoría. En un principio el nuevo tema
se consideró dentro del contexto de la antigua teoría. Consecuen-
temente, si la sociedad se pone en peligro al modificar su entorno
entonces tiene que sufrir las consecuencias. Debe encontrarse al
culpable, restringirlo y, de ser necesario, confrontarlo y castigarlo.
El derecho moral está del lado de quienes intervienen contra la
autodestrucción de la sociedad. De esta forma la discusión teórica
se vuelve subrepticiamente un asunto moral y todo déficit teórico se
contrarresta con celo moral. En otras palabras, las ganas de mostrar
buenas intenciones determinan la formulación del problema. Así,
por accidente, una nueva ética ambiental se mete a la discusión sin
nunca haberse analizado las cruciales estructuras sistémicas.
Quienquiera que sea que proponga una nueva ética, arrastra
al mismo tiempo el asunto de la culpa en perspectiva histórica. Se
afirma, por ejemplo, que el Occidente cristiano estuvo dispuesto
a entrar en tratos con la naturaleza en forma cruda e insensible, si
no es que sencillamente explotarla,13 mientras que, por otra parte,
10
Incluso lo mismo es cierto para la teoría del sistema político, en especial para David Easton,
A Systems Analysis of Political Life, Nueva York 1965.
11
Walter L. Bühl, “Das ókologische Paradigma in der Soziologie”, en Gerald Niemeyer
(ed.), Soziale Beziehunsgeflechte: Festschrift für Hans Winkmann, Berlín 1980, pp. 97-122;
y Bühl, Ókologische Knappheit: Gesellschaftliche and technologische Bedingungen ihrer
Bewältigung, Gotinga 1981, p. 35, enfatiza esto a la luz de la superficialidad de análisis de
sistemas previos, por supuesto que con posibilidades muy distintas dirigidas al ecosistema
en mente.
12
Cfr. Niklas Luhmann, Soziale Systeme: Grundriss einer allgemeinen Theorie, Fráncfort 1984.
13
Cfr. Lynne White Jr., “The Historical Roots of Our Ecological Crisis”, en Science,
vol. 155 (1967), pp. 1203-7; reimpreso con respuestas críticas en Ian G. Barbour (ed.),
Western Man and Environmental Ethics: Attitudes Toward Nature and Technology, Reading,
Massachusetts 1973, pp. 18-30.
18
Niklas Luhmann
siempre se argumentó que los cristianos en todo tiempo amaron y
respetaron a los animales y rindieron homenaje al Creador a través
de sus creaciones.14 Cuando el asunto es puesto en forma tan simple
e ingenua los dos argumentos tienen validez. La perspectiva histórica
sólo sirve para proveer un contraste y no se interesa para nada en el
curso de facto de los acontecimientos, sólo ayuda a poner a la vista
a la nueva ética sin preguntarse siquiera en primer lugar cómo es
posible su existencia.15
A pesar de ello, se ha hecho obvio que la investigación cien-
tífica ha aumentado su respeto hacia “balances naturales”, trátese
de relaciones ecológicas, culturas extranjeras o, incluso hoy en día,
en los países en desarrollo y sus tradiciones. Pero al mismo tiempo
la propia sociedad ha estado expuesta a una crítica incisiva repleta
de demandas de intervención, como si para nada se tratase de un
sistema.16 Obviamente esto revela un etnocentrismo negativo y es
posible que la aversión a la “teoría de sistemas” esté relacionada con
la restricción crítica que esta teoría ha dirigido contra su propia
sociedad.
Al menos esta discusión sumaria carece de un entendimiento
de la estructura teórica de la cuestión ecológica, sobre todo de su
paradoja principal —que debe tratar todos los hechos en términos
de unidad y diferencia, esto es, en términos de la unidad de la inter-
conexión ecológica y de la diferencia sistema/entorno que desbarata
14
Cfr. Günther Altner, “Ist die Ausbeutung der Natur im christlichen Denken begründet?”
en Hans Dietrich Englehardt et al. (eds.), Umbeltstrategie: Materialien und Analysen zu einer
Umweltethik der Industriegesellschaft, Gütersloh 1975, pp. 33-47; Robin Attfield, “Christian
Attitudes to Nature”, en Journal of the History of Ideas, vol. 44 (1983), pp. 369-86; Attfield,
The Ethics of Environmental Concern, Oxford 1983.
15
Un argumento típico que explica el predominio de puntos de vista éticos “resulta porque
la exclusividad de los puntos de vista científicos, tecnológicos y económicos ha llevado a
la crisis descrita arriba (sic!)” (según Heinhard Steiger, “Begriff und Geltunsebenen des
Umweltrechts”, en Jürgen Salzwedel (ed.), Grundzüge des Umweltrechts, Berlín 1982,
pp. 1-20, vol. 13 —¡como si tal exclusividad siempre hubiese existido!—). Hasta los estudios
sofisticados de Hans Jonas, Das Prinzip Veranwortung: Versuch einer Ethik für die technolo-
gischen Zivilisation, Fráncfort 1979, conllevan análisis históricos inadecuados por su deseo
de lograr un contraste marcado.
16
Esta notable inconsistencia ocurre también con Louis Dumont, Essai sur l’individualisme:
Une perspective anthropologique sur l’idéologie moderne, París 1983, p. 203.
19
Abstinencia sociológica
esta interconexión—. Por lo que a la cuestión ecológica concierne,
el tema se vuelve la unidad de la diferencia sistema/entorno, y no
la unidad de un sistema omnicomprensivo.17
La diferencia teórico-sistémica de sistema/entorno formula el
cambio radical en la visión del mundo. Aquí se encuentra la ruptura
con la tradición, no en el asunto de la explotación cruda e insensible
de la naturaleza. Las investigaciones teóricas de los conceptos de
periechon, continens, ambiens, ambiente y medio pueden mostrar
que lo que hoy denominamos ambiente fue considerado por los
griegos y por la tradición medieval un cuerpo omnicomprensivo,
si no es que un cosmos viviente, que asignaba un lugar propio a
toda cosa dentro de él.18 Estas tradiciones tenían en mente la rela-
ción de contención de pequeños cuerpos dentro de uno mayor. La
delimitación no era considerada una restricción de posibilidades y
17
Produce mucha confusión cuando una amplia costumbre lingüística, cuya aplicación
consistente debería llevar a economizar el uso del concepto de ecología, nombra inter-
dependencias ecológicas o “balances” como un “sistema” (ecosistema). Por ejemplo, de
acuerdo con Heinz Ellenberg, “Ziele und Strand der Ökosystemforschung”, en Ellenberg
(ed.), Ökosystemforschung, Berlín 1973, pp. 1-31, vol. 1, “un ecosistema es un contexto de
interacción [Wirkungsgefüge] que incluye a los seres vivos y a su medioambiente inanimado
que está abierto pero que es capaz de autorregulación hasta cierto punto… Los sistemas
ecológicos siempre están abiertos, esto es, son capaces de ser irritados desde el exterior y
no tienen fronteras nítidas”. Lo mismo es cierto para Kreeb, op. cit., 1979, y la opinión
prevaleciente. Pero no toda interconexión es un sistema. Un sistema existe sólo cuando una
interconexión se distingue a sí misma del entorno (exactamente lo opuesto a Bühl, op. cit.,
1980, p. 121). En este sentido, por ejemplo, se puede hablar del sistema físico del planeta
Tierra en el que el organismo humano, la transmisión vocal de comunicación humana, la
microfísica del oído humano, etc., participan. Esto apunta a una problemática ecológica pero
no a una sistémico-teórica. Para distinguirla de una simple problemática sistémico-teórica,
una problemática es llamada ecológica sólo cuando se dirige a la unidad a pesar de la dife-
rencia o incluso a la unidad a través de la diferencia, esto es, porque la interconexión sistema/
entorno está estructurada mediante el sistema separándose del entorno, distinguiéndose de
él y sobre esta base desarrollando una conducta altamente selectiva hacia él. Es así que la
problemática ecológica atraviesa la problemática sistémico-teórica (que por supuesto no
incluye que las investigaciones a partir de una perspectiva no puedan ser relevantes para
la otra). Un sinnúmero de sistemas son relevantes para la ecología de la sociedad humana
(tal vez hasta el sistema cerrado de herencia genética) sin que la unidad de este sistema y
su entorno se identifiquen con la ecología de la sociedad, esto es, con la relación sistema/
entorno de la sociedad. Actualmente queda como cuestión abierta, que se discute bajo el
título de “sociobiología”, sí y en qué medida los rasgos hereditarios son relevantes para
el sistema de la sociedad y su entorno.
18
Cfr. Spitzer, op. cit., en especial la primera parte.
20
Niklas Luhmann
libertad sino, más bien, la concesión de forma, apoyo y protección.
Esta visión se modificó con el cambio teórico que comenzó en el
siglo xix cuando los términos “Umwelt” y “medioambiente” fueron
inventados y ha alcanzado hoy su culminación: los sistemas definen
sus propias fronteras. Al diferenciarse consideran como entorno lo
que sea que se encuentre fuera de la frontera. En este sentido, el
entorno no es un sistema de por sí, ni siquiera es un efecto unificado.
En tanto totalidad de las circunstancias externas, es cualquier cosa
que restrinja el azar de la morfogénesis del sistema y lo expone a
la selección evolutiva. La “unidad” del entorno no es más que el
correlato de la unidad del sistema, dado que todo lo que es unidad
para el sistema es definido por el sistema como unidad.
Las consecuencias de esta interpretación para una teoría del
sistema de la sociedad (y para un sistema de la sociedad que comu-
nica sobre cuestiones ecológicas) pueden reducirse a dos puntos:
1. La teoría debe cambiar su dirección de la unidad del todo
social, entendida como una unidad menor dentro de una
mayor (el mundo), a la de diferencia del sistema de
la sociedad y su entorno, esto es, de la unidad a la dife-
rencia como punto teórico de partida. Más exactamente,
el tema de investigación sociológica no es el sistema de
la sociedad, sino la unidad de la diferencia del sistema
de sociedad y su entorno. En otras palabras, el tema es
el mundo como un todo visto a través de una referen-
cia sistémica del sistema de la sociedad, esto es, con la
ayuda de distinciones por medio de las cuales el sistema
de la sociedad se distingue a sí mismo de su entorno.19
Después de todo, la diferencia no sólo es una forma de
separar sino, ante todo, una forma de reflejar el sistema
distinguiéndolo.
19
Razones teoréticas como ésta, que requieren de una frontera en el mundo para la autoob-
servación y reflexión del mundo, han hecho su aparición en la filosofía de la reflexión y en la
cibernética en relación con Wittgenstein. Cfr., por ejemplo, Gotthard Günther, “Cybernetic
Ontology and Transjunctional Operations”, en Günther, Beiträge zur Grundlegung einer
operationsfähigen Dialektik, vol. 1, Hamburgo 1976, pp. 249-328 (especialmente pp. 318ss).
La sociología sólo ha alcanzado el nivel de las profecías autocumplidas o autoderrotadas.
21
Abstinencia sociológica
2. La idea de elementos del sistema debe cambiarse de sus-
tancias (individuales) a operaciones autorreferentes que
sólo puedan producirse dentro del sistema y con la ayuda
de una red de las mismas operaciones (autopoiesis). Para
los sistemas sociales en general y el sistema de la sociedad
en particular, la operación de la comunicación (autorre-
ferente) parece ser la candidata más apropiada.
Si se aceptan estos dos puntos, entonces, “sociedad” significa
el sistema social omnicomprensivo de comunicaciones mutua-
mente referidas. Se origina sólo mediante actos comunicativos y se
diferencia de un entorno con otra clase de sistemas a través de la
reproducción continua de comunicación mediante comunicación.
Así, la complejidad se constituye mediante la evolución.
Las consideraciones que siguen suponen esta teoría —no para
proporcionar una solución al problema de la adaptación ecológica
del sistema de la sociedad, sino para observar los contornos que
adopta el problema cuando se formula con la ayuda de esta teoría—.
22
2
¿Causas y responsabilidades?
Una vez que se acepta el fenómeno de la complejidad que evolucio-
na, el punto central del problema ecológico cambia. El modo usual
de tratar problemas ecológicos comienza a partir de causas dentro
de la sociedad y, entonces, se buscan las responsabilidades de sus
efectos, se sigue el patrón temporal normal y se argumenta que los
resultados no hubiesen ocurrido si no hubiesen sido precedidos por
las causas. Consecuentemente, los problemas son eliminados desde
su origen; por ejemplo, cuando una planta química se deshace de
desechos tóxicos en un basurero o en un río con la consecuente
afectación de peces y la contaminación del agua, la aplicación de un
código legal es suficiente para manejar estos problemas. Pero tanto
el tipo de problema como el análisis teórico-sistémico necesitan de
un cambio en la perspectiva, uno que sea sensible a los efectos del
cambio ecológico. Evitar las causas es uno de los posibles modos de
deshacerse de los efectos, pero únicamente uno entre muchos. El
problema de la reacción a los efectos y las posibles (casi ilimitadas)
causas y efectos de tales reacciones, permanecen. En otras palabras,
la “tragedia” de las decisiones es que el sistema en cuestión también
es causa de su deterioro. Pero ni siquiera ésta es una fórmula para
la solución de problemas.1
1
De modo un tanto diferente —en relación con problemas de escasez y su operacionalización
23
¿Causas y responsabilidades?
La política y la jurisprudencia, por ejemplo, utilizan el
“principio de la causa” (Verursacherprinzip) para determinar costos
y asignar responsabilidad,2 y es claro que esto produce el problema
de tener que seleccionar al causante. Por lo general este problema es
manejado reflexivamente apelando al propósito que sigue la selec-
ción.3 El significado oculto del principio causante no es tanto una
afirmación causal como una afirmación que indica una diferencia:
las alternativas (por ejemplo, subvenciones) son rechazadas por su
alto costo para el público general.
Hace mucho que la ciencia dejó atrás este importante nivel
de análisis. En la era del análisis teórico-sistémico, las intercone-
xiones causales son consideradas como extremadamente complejas
y, en principio, opacas —a menos que se obtengan de manera
simplificada mediante una atribución más o menos arbitraria de
causas a efectos—. Las últimas tres décadas de investigación sobre
atribución muestran que el problema real se encuentra en la atribu-
ción de hábitos y procedimientos que iluminan y dan importancia
a la selección de las muchas causas y efectos.4 Más exactamente, la
temporal—, Guido Calabresi/Philipp Bobbitt, Tragical Choices, Nueva York 1978, hablan
de decisiones trágicas. Creo que es cercano al concepto clásico de lo que es trágico si uno
vuelve la atención a la participación en la causalidad. Siempre puede encontrarse el “fondo”
de la tragedia en la provisión de “muy pocas” posibilidades causales.
2
Cfr., por ejemplo, Eckhard Rehbinder, Politische und rechtliche Probleme des Verursachers-
prinzips, Berlín 1973; Dieter Cansier, “Die Förderung des umweltfreundlichen technischen
Fortschritts durch die Anwendung des Verursachersprinzips”, en Jahrbuch für Sozialwis-
senschaft, vol. 29 (1978), pp. 145-63; Robert Weimar, “Zur Funktionalität der Umweltge-
setzgebung im industriellen Wachstumzprozess”, en Festschrift Bruno Gleitze, Berlín 1978,
pp. 511-26 (519ss). En gran medida los juristas prestan atención a los prejuicios sobre la
atribución y el verdadero problema surge para ellos con la pregunta de si debe haber una
restricción ulterior, adicional a las consecuencias legales, tal vez trayendo a cuento la culpa.
Por supuesto que esto es inevitable si el castigo entra en consideración. Sin embargo, para
los economistas es claro que el principio de la causa es fácil de regular técnicamente pero no
funciona óptimamente a la hora de asignarlo. En cierta forma, esta reserva también indica
que la atribución descansa en la simplificación.
3
La selección es dirigida bajo el criterio de “cómo puede alcanzarse la mayor calidad ambiental
y qué procedimiento aparece como solución económica y administrativamente favorable”,
según Eckhard Rehbinder, “Allgemeines Umweltrecht”, en Jürgen Salzwedel (ed.), Grundzüge
des Umweltrechts, Berlín 1982, pp. 81-115 (96ss). Cfr. también Rehbinder, op. cit., (1973),
pp. 33ss. En otras palabras, el causante es quien sea que uno pueda atrapar.
4
Esto significa, por ejemplo, que la discusión de la idea de que el “capitalismo” y el uso
irrestricto del motivo de la ganancia son las verdaderas causas del deterioro ambiental es tan
24
Loet Leydesdorff
determinación de las causas, la responsabilidad y la culpa ayuda
a identificar la ausencia de causas (Nichtursachen) y a determinar
la inocencia y también la ausencia de responsabilidad. Si los pro-
ductores caen en un lado, entonces, los consumidores deben caer
en el otro. De esta forma, el procedimiento de atribución muestra
su verdadera importancia al liberar de la culpa.
Todo esto es aceptado hoy día y no necesita probarse. La
sola teoría de los sistemas autorreferentes ha caído en la cuenta
de que los instrumentos clásicos de adquisición de conocimiento,
a saber, la deducción (lógica) y la causalidad (experiencia), son
meramente formas de simplificar la observación de observaciones.
Para los sistemas sociales, esto significa formas de simplificar la
autoobservación5 y, metodológicamente, que el punto de partida
debe ser la observación de sistemas que se autoobservan y no la
supuesta ontología de la causalidad. En otras palabras, no puede
eludirse una decisión sobre qué es una causa y sobre quién ha
de ser considerado responsable. También significa que la moralidad
y la política se encuentran sobrecargadas con la inevitabilidad de
esta decisión. La pregunta, entonces, es cómo se presenta la decisión
a sí misma para dar la impresión de que no ha sido tomada.
Este tipo de posiciones teóricas radicales están muy por fuera
de lo que se acepta hoy en la comunicación social y en la conciencia
ordinaria. Sus consecuencias requerirían un replanteamiento cuyos
resultados son imprevisibles. En cualquier caso, un lento y tedioso
período de desarrollo parece inevitable. Pero al mismo tiempo, las
circunstancias correspondientes son evidentes —precisamente en
la propia discusión ecológica—. Atribuir y asignar responsabilidad
correcta o incorrecta como cualquier teoría basada en un único factor. Cfr., por ejemplo,
Gerhard Kade, “Umwelt: Durch das Profitmotiv in die Katastrophe”, en Regina Molitor
(ed.), Kontaktstudium Ökonomie und Gesellschaft, Fráncfort 1972, pp. 237-47, o las contri-
buciones de Gerhard Kade y Volker Ronge en Manfred Glagow (ed.), Umweltgefährdung und
Gesellschaftssystem, Múnich 1972. No merece mención particular que puntos de partida tan
distintos para los análisis ecológicos se encuentren en la obra de Karl Marx. Cfr., por ejemplo,
Peter A. Victor, “Economics and the Challenge of Environmental Issues”, en Herman Daly
(ed.), Economy, Ecology, Ethics: Essays Towards a Steady-State Economy, San Francisco 1980,
pp. 194-240 (207ss).
5
Esto es muy claro en Heinz von Foerster, “Cybernetics of Cybernetics”, en Klaus
Krippendorff (ed.), Communication and Control in Society, Nueva York 1979, pp. 5-8.
25
¿Causas y responsabilidades?
tiene consecuencias. Las coaliciones políticas, por ejemplo, pueden
deshacerse y las empresas económicas que dependían de ellas
pueden fracasar. Las teorías y los cálculos que subsecuentemente se
prueben falsos pueden utilizarse para justificar decisiones, un descu-
brimiento que puede generar nuevas consecuencias. Todo esto puede
ser muy claro y obvio, pero el problema actual es cómo promoverlo
públicamente y legitimarlo. Quien observe estas observaciones en
detalle (Engführung) llegará a la conclusión de que decisiones
“trágicas” de este tipo deben ocultar sus propias contingencias de
manera que no tengan que revelarse como decisiones, al menos no
en ciertos aspectos.
Es bien conocido que Walter Benjamin pensó que la diferen-
cia entre legislación e imposición era utilizada con este propósito de
ocultamiento, en especial en referencia a su concepto de violencia.6
Esto es cierto para la política como para el derecho. En el sistema
económico, la misma función parece cumplirse con la diferencia
entre la determinación de cantidades disponibles y las decisiones
de distribución en condición de escasez.7 En los dos casos, sin em-
bargo, queda claro que cada decisión individual afecta la diferencia
misma. No obstante, en los dos casos también es cierto que esto no
puede conllevar responsabilidad. La diferencia debe presuponerse
para determinar dónde deben tomarse las decisiones. En efecto, así
remplaza su arbitrariedad y resuelve una paradoja autorreferente.
Sólo entonces se puede asignar responsabilidad.
En este punto nos encontramos en los linderos de los análisis
de sistemas. En este capítulo sólo hemos intentado establecer las
premisas. En los análisis que siguen eliminaremos el asunto de la
culpa. Por supuesto que esto no significa que no importe diluci-
darlo desde el punto de vista de la representación política o de la
idoneidad jurídica de estándares. Desde nuestros análisis el asunto
conduce al descubrimiento de que la sociedad es culpable —y esto
ya lo sabemos—.
6
Cfr. Walter Benjamin, “Zur Kritik der Gewalt”, en Benjamin, Gesaimmelte Schriften,
vol. ii.1, Fráncfort 1977, pp. 179-203.
7
Cfr., por ejemplo, la reducción de los problemas ecológicos a la relación entre escasez y
asignación, en Horsten Siebert, Ökonomische Theorie der Umwelt, Tubinga 1978.
26
3
Complejidad y evolución
“Podemos en realidad cambiarlo todo” —es una consigna que
todavía se podía oír hasta hace poco—. Todo lo que se necesita
es valor y orientación cibernética. La complejidad está puesta de
manera falsa causando al output del sistema todo tipo de desven-
tajas y problemas. En cambio, el sistema tendría que utilizar gran
variedad (es decir, número de estados posibles) para introducir
el control de la variedad y, de esta manera, adquirir la “variedad
requerida para dominar el mundo”.1 Este tipo de optimismo parece
haber pasado. Se subestimó la problemática largamente discutida
del tema de la complejidad estructurada. Sobre todo, no se entendía
que el concepto de complejidad designa una unidad que adquiere
sentido sólo en referencia a la diferencia y, en verdad, en referencia
a la diferencia sistema/entorno.2
No se afirma gran cosa cuando se señala al mundo o a un
sistema como “complejo”. Desde este punto de vista, todo lo que
aparece como determinado es reducción de complejidad y también
podría decirse: todo lo que es, aparece sólo en el mundo. Por ese
1
Citado por Stafford Beer, Designing Freedom, Nueva York 1974, pp. 7, 10, 95.
2
Conceptualmente, de manera más exacta, esto significa que no hay “requisite variety” para
esta diferencia. En otras palabras: ningún sistema es capaz de adquirir suficiente compleji-
dad como para controlar la complejidad de su entorno. Por supuesto que esto no excluye la
posibilidad de planear modelos, máquinas o sistemas que tomen la “requisite variety” para
situaciones que deban controlar.
27
Complejidad y evolución
camino no se gana gran cosa. Las declaraciones relacionadas con la
complejidad se vuelven productivas cuando se pasa de la unidad a
la diferencia, y la distinción sistema/entorno sirve para eso. Permite
hacer el enunciado con el que vamos a introducir la siguiente dis-
cusión: para cualquier sistema el entorno es siempre más complejo
que el sistema mismo.3 Ningún sistema puede mantenerse a través
de una correlación punto-por-punto con su entorno: ningún sistema
puede convocar la variedad requerida respecto de la complejidad
del entorno. Cada sistema debe reducir la complejidad del entor-
no, sobre todo percibiendo al entorno mismo como delimitado y
preformado categorialmente. Por otro lado, la diferencia sistema/
entorno es un requisito previo para la reducción de la complejidad,
ya que la reducción puede llevarse a cabo sólo dentro del sistema:
en referencia al sistema mismo y a lo que considera como entorno.
Si se precisa la pregunta, se trata entonces de ¿cómo puede un
sistema limitadamente complejo mantenerse y reproducirse en un
entorno mucho más complejo? En tanto se trata de una explicación
genética, esta pregunta podría dejarse a la teoría de la evolución.
La selección evolutiva tendría que explicar cómo es que se llega a
la construcción de estructuras que se mantienen bajo presión de
complejidad.4 No hay hasta ahora, si sólo se toma la teoría de la
evolución, una solución satisfactoria: no hay muchas soluciones a
este problema y la opción entre ellas no encuentra respuesta apro-
piada ni por la selección a partir del entorno, ni por la adaptación
del sistema.
Una posibilidad podría ser mayor indiferencia y aislamien-
to del sistema, es decir, menor dependencia del entorno y menor
sensibilidad al restringir las interdependencias causales. Es obvio,
sin embargo, que la evolución macroquímica, así como la orgánica
3
Cfr., Niklas Luhmann, Soziale Systeme, Fráncfort 1984, pp. 47ss y 249ss.
4
Este es un acercamiento teórico que se ha usado con frecuencia en tiempos recientes. Cfr.,
por ejemplo, Gerhard E. Lenski, “Social Structure in Evolutionary Perspective”, en Peter M.
Blau (ed.), Approaches to the Study of Social Structure, Londres 1976, pp. 135-53; Philippe van
Parijs, Evolutionary Explanation in the Social Sciences: An Emerging Paradigm, Londres 1981;
Bernhard Giesen/Christoph Lau, “Zur Anwendung Darwinistischer Erklärungsstrategien
in der Soziologie”, en Kolner Zeitschrift für Soziologie und Sozialpsychologie, vol. 33 (1981),
pp. 229-56; Michael Schmid, Theorie sozialen Wandels, Opladen 1982.
28
Loet Leydesdorff
y sociocultural, trascienden esta posibilidad y es difícil entender
cómo puede precisarse esto a través de la complejidad del entorno.
Por lo tanto, surge la pregunta de qué otras formas de indiferencia y
aislamiento pudieran ocupar el lugar como equivalentes funcionales.
Una vez más la respuesta es, de manera general: con una más alta
complejidad del sistema.5
“Una más alta complejidad” no es una cualidad simple y, por
consiguiente, el “incremento” no puede conceptuarse en una sola
dimensión.6 Hablar de “mayor” o “menor” complejidad es algo vago.
Sin embargo, pueden hacerse todavía afirmaciones generales. Los
sistemas complejos son capaces, en general, de tener muchos tipos
de relaciones con su entorno (por ejemplo, separar inputs y outputs)
y, por consiguiente, de reaccionar así a un entorno más complejo. Al
mismo tiempo deben elegir internamente con más penetración sus
propias determinaciones, de suerte que sus estructuras y elementos
se vuelven altamente contingentes. En vista de eso surge la pregunta:
¿qué estructuras pueden mantenerse con estas demandas?
La evolución no necesariamente significa selección de sis-
temas capaces de sobrevivir gracias a un determinado entorno o
mejoramiento de la adaptación, i. e., capacidad de los sistemas de
sobrevivir en un determinado entorno.7 Esto no explica por qué
el entorno produce continuamente estímulos para la variación y,
sin embargo, permite una multitud de sistemas que existen por
completo sin cambios. La teoría de la evolución, por consiguiente,
debe incluir la teoría de sistemas en la explicación. Los sistemas
5
En vez de otros cfr. André Béjin, “Différenciation, complexification, évolution des sociétés”,
en Communications, vol. 22 (1974), pp. 105-18.
6
Esto es indiscutible para el concepto de complejidad. Cfr., por ejemplo, Todd R. La Porte,
“Organized Social Complexity: Explication of a Concept”, en La Porte (ed.), Organized
Social Complexity: Challenge to Politics and Policy, Princeton, Nueva Jersey 1975, pp. 3-39.
7
Una crítica creciente de esta idea puede observarse en los últimos años en el desarrollo de
teorías de autoorganización de los sistemas termodinámicamente abiertos y la formación
autorreferencial de sistemas. Cfr., por ejemplo, Edgar Morin, La Méthode, vol. 2, París
1980, pp. 47ss; Alfred Gierer, “Socioeconomic Inequalities: Effects of Self-Enhancement,
Depletion and Redistribution”, en Jahrbuch für Nationalókonomie und Statistik, vol. 196
(1981), pp. 309-31; Gerhard Roth, “Conditions of Evolution and Adaption in Organisms
as Autopoietic Systems”, en D. Mossakowski/G. Roth (eds), Environmental Adaption and
Evolution, Stuttgart 1982, pp. 37-48.
29
Complejidad y evolución
autorreferenciales y autopoiéticos son reproductiva y endógenamen-
te inquietos, desarrollan estructuras propias para la continuación de
su autopoiesis. De esta manera el entorno sigue siendo condición
de posibilidad y restricción. El entorno soporta e irrita al sistema,
pero el sistema no está obligado a adaptarse ni a reproducirse con
la mejor de las adaptaciones. Esto es resultado de la evolución y, al
mismo tiempo, condición de una mayor evolución.
Sólo cuando se acepta esta reformulación de la teoría de la
evolución puede usarse para explicar cómo ecológicamente el sis-
tema de la sociedad no está encaminado en directo a la adaptación
y puede él mismo ponerse en peligro. El sistema forma sus propias
estructuras en reacción a la irritaciones del entorno para continuar
con su proceso autopoiético —de otro modo, simplemente dejaría
de existir—. De allí surge la idea irrealista de que el entorno es quien
se adapta a él y no al revés. Pueden así surgir sistemas muy com-
plejos si encuentran formas de organización que sean compatibles
con la gran complejidad, i. e., si son capaces de llevar a cabo los
correspondientes rendimientos de reducción. La dinámica misma
de los sistemas complejos forma una textura (cerrada y recursiva) de
operaciones dirigida a la propia producción y a la continuación
de su propia autopoiesis —textura que a su vez es altamente abierta,
es decir, sensible a los cambios de las condiciones del entorno—.
Si en esto se producen líneas de desarrollo, ello sucede de dos
maneras:8 por la evolución de un sistema con mayor complejidad
propia (es decir, con mayor capacidad de reducir operaciones)
y por el incremento de la temporalidad de la autopoiesis. Aquí la
autopoiesis no tiene que encargarse únicamente de la preservación
del estado del sistema o de reemplazar continuamente los elemen-
tos que han desaparecido (por ejemplo, la replicación de células o
macromoléculas), sino que eventualmente crea sistemas que sólo
se componen de elementos cuyo desvanecimiento permanente es
causa de la autopoiesis del sistema.
8
A este respecto, en la actualidad existe escepticismo o cuando menos una opinión circuns-
pecta. Para sistemas sociales cfr., por ejemplo, Mark Granovetter, “The Idea of ‘Advance-
ment’ in Theories of Social Evolution and Development”, en American Journal of Sociology,
vol. 85 (1979), pp. 489-515; Walter L. Bühl, “Gibt es eine soziale Evolution?”, en Zeitschrift
für Politik, vol. 31 (1984), pp. 302-32.
30
Loet Leydesdorff
Así, la exposición al mismo peligro ecológico se mantiene
dentro del contexto de las posibilidades de la evolución. Situacio-
nes de peligro son consecuencia no sólo de que un mayor grado de
especialización en respuesta a cambios del entorno se revele como
equivocado.9 También existe la posibilidad de que un sistema pro-
duzca efectos en el entorno y que, posteriormente, ya no pueda
existir más en él. El objetivo principal de los sistemas autopoiéticos
es la continuación de la autopoiesis sin ninguna preocupación por
el entorno. Por lo general, es más importante para ellos el siguiente
paso en el proceso que la preocupación por el futuro —futuro que,
de hecho, es inalcanzable si la autopoiesis no continúa—. Visto
desde una perspectiva de largo plazo, la evolución está preocupada
por alcanzar “equilibrios ecológicos”. Pero esto sólo significa que
los sistemas, de seguir la tendencia de autoexponerse al peligro
ecológico, se eliminan.
Si esta evaluación de la evolución de la complejidad social y
los problemas ecológicos es correcta, entonces la cuestión de “do-
minar la naturaleza” tiene que reformularse. Ya no es una cuestión
de un mayor o menor control tecnológico sobre la naturaleza o
incluso de los sagrados o éticos bloqueos de carreteras. Tampoco es
una cuestión de la protección de la naturaleza o de un nuevo tabú.
En la medida en que la intervención tecnológica cambia la natura-
leza y surgen de allí problemas para la sociedad, debe desarrollarse
una mayor (y no menor) competencia de intervención —aunque
practicada de acuerdo a criterios que incluyen que pueda rebotar
sobre sí misma—. El problema no radica en la causalidad, sino en
los criterios de selección. La pregunta que se deriva de esto es doble:
(1) ¿hay suficiente competencia tecnológica para el comportamiento
selectivo que dé suficiente libertad frente a la naturaleza? (2) ¿Hay
suficiente competencia social, es decir, comunicativa, para poder
llevar a cabo la selección operativamente?
9
La interpretación usual es conservar el potencial de desarrollo de lo inespecífico. Cfr., por
ejemplo, E. D. Cope, The Primary Factors of Organic Evolution, Chicago 1896, pp. 172ss;
Elman R. Service, The Law of Evolution and Culture, Ann Arbor, Míchigan 1960, pp. 93ss;
también en Elman R. Service, Cultural Evolutionism: Theory in Practice, Nueva York 1971,
pp. 31ss.
31
4
Resonancia
Conceptos como complejidad, reducción, autoreferencia, auto-
poiesis y reproducción recursivamente cerrada con irritabilidad am-
bientalmente abierta, levantan preguntas complicadas en términos
teóricos que no pueden ser resueltas en lo que sigue en todas sus
ramificaciones. Así que simplificaremos la presentación describiendo
la relación entre el sistema y el entorno con el concepto de resonan-
cia. También supondremos que la sociedad moderna es un sistema
con tan alto grado de complejidad que es imposible describirla en
términos de una fábrica, esto es, en términos de la transformación
de inputs en outputs. En cambio, la interconexión del sistema
con el entorno se produce mediante la clausura de la autorrepro-
ducción del sistema respecto del entorno por medio de estructuras
internas circulares. Sólo en casos excepcionales (esto es, en distin-
tos niveles de realidad, irritados por factores ambientales), puede
el sistema comenzar a reverberar, puede ponerse en movimiento.
Esto es lo que llamamos resonancia. Puede imaginarse un diccionario
que definiera casi todos los conceptos que utilizara refiriéndolos a
otras definiciones y que permitiera hacer referencia a conceptos
indefinidos únicamente en casos excepcionales. Entonces, podría
formarse un comité editorial que supervisara si el lenguaje transfor-
ma el significado de aquéllos conceptos indefinidos o, mediante la
33
Resonancia
formación de nuevos conceptos, si el lenguaje modifica la clausura
del universo léxico sin determinar cómo los cambios de vocabulario
deben ser manejados cuando la modificación ocurra. Mientras más
rico el diccionario, más se alimenta por el desarrollo del lenguaje,
esto es, será capaz de producir más resonancia.
La física puede ayudarnos con esto. Un sistema diferenciado
sólo puede resonar en su propia frecuencia. La teoría biológica de
los sistemas vivos utiliza el concepto acoplamiento para indicar que
nunca existen correlaciones punto-por-punto entre el sistema y su
entorno. Lo que sucede es que el sistema utiliza sus fronteras para
aislarse de influencias ambientales y sólo produce interconexiones
muy selectas.1 Si esta selectividad de resonancia y acoplamiento no
existiera, el sistema sería incapaz de distinguir entre sí mismo y el
entorno. No existiría como sistema.
Lo mismo es cierto para los procesos de comunicación en
el sistema social. Podemos formular mucho más exactamente el
problema de la base ecológica y el peligro en que se encuentra la
vida social, si observamos las condiciones bajo las cuales los estados
y cambios en el entorno social encuentran resonancia dentro de la
sociedad. En modo alguno esto es algo más o menos autoevidente.
Al contrario, de acuerdo con la teoría de sistemas es improbable.
Desde el punto de vista evolucionista pudiera decirse que la evolu-
ción sociocultural se basa en la premisa de que la sociedad no tiene
que reaccionar a su entorno y que no nos hubiera llevado a donde
nos llevó si hubiera actuado de manera diferente. La agricultura
comienza con la destrucción de todo lo que había crecido ahí con
anterioridad.
La problemática de un contacto puramente selectivo con el
entorno, y del uso de las fronteras del sistema para aislarse, también
puede encontrarse al nivel de las operaciones sistémicas individuales.
La sociedad es un sistema, sit venio verba, inusualmente rico en
frecuencias. Puede comunicar todo lo que puede formularse lingüís-
1
Cfr. Humberto Maturana, Erkennen: Die Organisation und Verkörperung von Wirklichkeit,
Brunswick 1982, por ejemplo, pp. 20ss, 150ss, 287ss; Francisco Varela, “L’auto-organisation:
de l’apparence au mécanisme”, en Paul Dumouchel/Jean-Pierre Dupuy (eds.), L’auto-
organisation: de la physique au politique, París 1983, pp. 147-64 (148).
34
Loet Leydesdorff
ticamente. Pero nos mantenemos sujetos al lenguaje (de la misma
manera en que estamos sujetos al estrecho espectro de lo que puede
verse y escucharse) y, lo que es más importante y decisivo, el habla
y la escritura deben ordenarse secuencialmente, esto es, aparecer en
un contexto recursivo en que una frase otorga sentido a otra pero
nunca a todo. Incluso si las fronteras del sistema no estuviesen
dadas, es decir, incluso si pudiéramos en la sociedad empezar desde
el principio, el modo de operación de la comunicación establecería
fronteras simplemente por llegar a ser y continuar siendo. Si la
comunicación sucede, entonces esto eo ipso diferencia al sistema
social sin importar que alguien así lo quiera o lo apruebe.
Estas limitaciones a la capacidad de resonancia del sistema
social se sintonizan con el modo de procesar información de la
sociedad y los sistemas físicos: se sintonizan con las características
del sentido. Las posibilidades de encontrar sentido en el mundo
se sintonizan con —y por tanto requieren de— la necesidad mo-
mentánea de encontrarle sentido al mundo en todo momento. En
los hechos, únicamente muy poco puede ser el centro de atención
o tratarse como tema de comunicación. Todo lo demás, incluido
el mundo como un todo, se asocia con esto mediante referencias,
o sea, sólo es accesible en forma secuencial y selectiva. Sólo una
posibilidad puede actualizarse en un momento dado, y el avance
crea más posibilidades que las que pueden manejarse subsecuen-
temente.2 Esto es lo que quiso decir Husserl cuando describió el
mundo como “horizonte” de intenciones actualizadas. El mundo se
actualiza como horizonte, nunca como universitas rerum. Pudiera
decirse que ésta es una fórmula en favor del carácter irresoluble de
los problemas ecológicos, aunque al mismo tiempo se conoce
que toda referencia conduce a algo determinado o determinable3
—que no hay paradojas—.
En otras palabras, el sentido es la representación de
la complejidad del mundo actualizable en cualquier momento. La
2
Para un análisis más detallado, compárese el capítulo sobre el sentido en Niklas Luhmann,
op. cit., 1984, pp. 92ss.
3
“La indeterminación significa la necesaria determinación de un estilo estrictamente
prescrito”, como se dice en: Ideen zu einer reinen Phänomenologie und phänomenologischen
Philosophie, vol. 1, Husserliana vol. III, La Haya 1950, p. 100.
35
Resonancia
discrepancia entre la complejidad del mundo actual y la capacidad
consciente de aprehensión o comunicación sólo se salva cuando
el alcance de la intención actual está restringido y todo lo demás
se presenta como potencial, esto es, queda reducido a una mera
posibilidad. No existe nada que se parezca a una “saturación de
estímulos” puesto que el aparato neurofisiológico ya ha aislado a
la conciencia drásticamente y el medio operativo del sentido debe
trabajar muy duro para permitir que algo bien digerido se vuelva
actual. Es por ello que el argumento de la antropología debe ser
revisado. Nosotros utilizaremos en su lugar la idea de la capacidad
de resonancia restringida de sistemas de sentido operativamente
clausurados.
En el caso de sistemas que procesan sentido, así como de
sistemas vivientes,4 la autopoiesis debe asegurarse antes que cual-
quier otra cosa. Esto significa que el sistema sólo existe en tanto
y en cuanto el procesamiento de información con sentido conti-
núe. La técnica estructural que hace esto posible se llama técnica
de diferencia.5 El sistema introduce sus propias distinciones y con
su ayuda entiende los estados y eventos que aparecen al sistema
como información. Es así que la información debe entenderse como
una cualidad interna al sistema. No hay transferencia de informa-
ción del entorno hacia el sistema. El entorno permanece como
entorno. A lo sumo contiene datos. Sólo los sistemas pueden ver
el entorno porque esto requiere ver otras posibilidades, la presencia
de patrones diferenciales y la ubicación de cosas dentro de este
patrón en la forma de “esto en vez de esto otro”. En el entorno no
existe el “en vez de esto”, ni “esto” como selección de otras posibi-
lidades; en otras palabras, tampoco existe un patrón de diferencia
ni información. Para enfatizarlo:6 deben establecerse fronteras
4
Cfr. Francisco Varela, Principles of Biological Autonomy, Nueva York 1979; Maturana,
op. cit., 1982.
5
Las fuentes teóricas de esta idea son muy heterogéneas y difíciles de precisar. La tradición
neodialéctica, en especial de Hegel, viene a la mente. Cfr., también, a Ferdinand de Saussure,
Cours de linguistique générale, 5a. ed., París 1962; Alfred Korzybski, Science and Sanity: An
Introduction to Non-Aristotelian Systems and General Semantics, 4a. ed., Lakeville, Connecti-
cut 1958; George A. Kelly, The Psychology of Personal Constructs, 2 vols., Nueva York 1955.
6
Cfr. arriba, el capítulo 1, nota al pie 19.
36
Loet Leydesdorff
sistémicas para que el mundo pueda ser observado. De otra manera,
sólo existiría la pura facticidad.
En terminología un tanto distinta, pudiera decirse que la
diferenciación sistémica hace posible establecer y reducir la com-
plejidad. El sistema coloca posibilidades dentro del entorno y ve lo
que ahí hay como selección de entre muchas posibilidades. Puede
proyectar algo negativo y utilizarlo para identificar algo positivo.
Puede formar expectativas y ser sorprendido. Todas éstas son estruc-
turas de operación de los sistemas mismos. Suponen que el sistema
puede distinguir entre sí mismo y el entorno.
Si los sistemas físicos tienen diferenciación y resonancia al-
tamente selectiva, entonces esto también es cierto para los sistemas
que constituyen sentido, en especial para la sociedad. La técnica
de diferencia puede ser utilizada por estos sistemas porque las
distinciones, las negaciones, las proyecciones de posibilidades y la
información son y permanecen como asuntos internos y porque,
a este respecto, no es posible ningún contacto con el entorno. Los
sistemas son dependientes de la autopoiesis, de la continua reno-
vación de sus elementos por sus elementos, porque la información
y las expectativas de información, es decir, las estructuras, son ob-
tenidas mediante proyecciones diferenciadas, porque esta clausura
es al mismo tiempo apertura. Esto es así porque el sistema puede
experimentarse como distinto del entorno a través de la misma
técnica de diferencia.7 En modo alguno esto cambia la clausura
interna de la interconexión de sus operaciones. Por lo contrario,
esto hace que el sistema sea capaz de reaccionar ante cualquier cosa
que se presente como entorno para él.
Este recuento teórico nos lleva a la siguiente cuestión: ¿qué
conceptos y distinciones de la comunicación social nos ayudan a
tratar con la exposición a los peligros ecológicos? Esto excluye la
idea, muy obvia y ordinaria, de que hay hechos que requieren de
una reacción so pena de un daño. Pero hasta los hechos tienen un
efecto comunicativo solamente como hechos y el establecimiento
7
Cfr. para esto a Helmut Willke, “Zum Problem der Intervention in selbstreferentielle
Systeme”, en Zeitschrift für systemische Therapie, vol. 2 (1984), pp. 191-200.
37
Resonancia
de un hecho es el establecimiento de una diferencia.8 Por lo
tanto, debemos preguntar en qué patrones de diferencia los he-
chos son considerados como tales, qué estados deseables conllevan
estados de desahogo y cómo las expectativas se acostumbran a
cualquier cosa que les parezca realidad.
Además de esta perspectiva llamada “constructivista”, la
diferenciación del sistema social debe mantenerse a la vista. Es
sugerente, tanto como desorientador, asumir que “el” sistema reac-
ciona “al” entorno. La diferencia sistema/entorno es, ciertamente,
un presupuesto de cualquier observación del entorno. Pero esto no
significa que el sistema como unidad clausurada puede reaccionar
al entorno. La unidad del sistema no es más que la clausura de
su modo de operación autopoiética. Las operaciones mismas son
necesariamente operaciones individuales dentro de los sistemas,
esto es, unas pocas entre otras muchas. No existen las operaciones
omniabarcantes. Además, sistemas complejos como las socieda-
des se diferencian en subsistemas que se relacionan con otros
dominios sociales como entorno (socialmente interno), es decir,
se distinguen a sí mismos en la sociedad, por ejemplo, como un
sistema político ordenado jurídicamente que se relaciona con la
economía, con la ciencia, etc., como entorno y así las descarga de
la responsabilidad política directa por sus operaciones.
El teorema de la diferenciación tiene muy amplias conse-
cuencias. Implica:
1. Que importantes desarrollos del sistema societal son
constantemente ejecutados por subsistemas porque ésta es
la única forma de alcanzar un nivel adecuado de comple-
jidad y para explorar cómo la sociedad puede reaccionar
a la exposición a peligros del entorno deberá examinar las
restricciones a las posibilidades de sus subsistemas. Éstas,
a su vez, dependen de la forma de la diferenciación social.
2. La unidad del sistema puede ser representada, de ser ne-
cesario, dentro del sistema mismo, donde el concepto de
representación se entiende como representatio identitatis
8
Cfr., por ejemplo, a Korzybski, op. cit., pp. 386ss.
38
Loet Leydesdorff
y no como tomando el lugar de alguna otra cosa. La re-
presentación tiene que ver con reintroducir la unidad del
sistema dentro del sistema mismo. Esto crea una diferencia
al interior, sea que se busque o no.9 La presentación de
la unidad del sistema dentro del sistema debe ajustarse
al patrón de la diferenciación sistémica. Puede aparecer
como la “cima” si el sistema está diferenciado jerárqui-
camente, esto es, si aparece como estratificado. O puede
aparecer como el “centro” si el sistema se diferencia de
acuerdo al patrón centro/periferia (por ejemplo, ciudad/
campo). El sistema no puede escoger una de estas for-
mas de presentación si ninguna de ellas existe. También
deberemos considerar si existen otras posibilidades y si
la exposición al peligro ecológico puede servir de ocasión
para desarrollarlas.
3. Dado que cualquier operación es una entre muchas, toda
operación sistémica es observada por otras. Formalmente,
hacer una observación significa ser tratado como infor-
mación a partir de un patrón de diferencia, normalmente
a través de expectativas que pueden cumplirse o no cum-
plirse. En este sentido, la autoobservación constantemente
acompaña las operaciones que se dan en sociedad. Esta ob-
servación crea de por sí efectos adicionales, muchas veces
opuestos a los buscados por las operaciones mismas. Así,
por una parte, puede darse un sofocamiento inmediato
de planes iniciados y, por la otra, un efecto explosivo que
no espera ni depende de que las operaciones alcancen los
fines que pretenden.
Un mayor análisis revela que la teoría de los sistemas autorre-
ferentes clausurados y por tanto abiertos conlleva muchas compli-
caciones. Los conceptos de diferenciación sistémica, representación
y autoobservación apuntan a lo que necesita dejarse claro para
entender sí y cómo la sociedad puede crear resonancia debido a la
9
Para una semántica del totalitarismo que intenta negar esto, cfr. Marcel Gauchet,
“L’expérience totalitaire et la penseé de la politique”, en Esprit, Julio/agosto 1976, pp. 3-28.
39
Resonancia
exposición a problemas ecológicos. Pero debió ya quedar claro que
los problemas no pueden resolverse con admoniciones y llamadas
a una mayor conciencia ecológica. La observación que acompaña
las operaciones políticas, económicas y científicas, precisamente las
provenientes de estas perspectivas, pueden desencadenar “efectos
explosivos” que cambien la sociedad —independientemente de si
la relación del sistema social con el entorno mejora de esta manera
y de acuerdo con qué criterios—.
40
5
La observación de la observación
La resonancia sistémica está siempre presente cuando el sistema es
estimulado por su entorno. La estimulación puede ser registrada por
el sistema si tiene la capacidad correspondiente para el procesamien-
to de información que le permita inferir la presencia de un entorno.
De igual manera, el sistema registra los efectos de su propia conducta
sobre el entorno cuando sea que esta conducta desencadene un
estímulo dentro del rango de las posibles percepciones del sistema.
El entorno es el horizonte total de procesamiento de información
que va más allá del sistema. Es así que se convierte en una premisa
interna de las operaciones que se constituyen dentro del sistema
cuando éstas utilizan la distinción autorreferencia/heterorreferencia
(o “interior”/”exterior”) para ordenar sus propias operaciones.
Como premisa interna, el entorno no tiene fronteras ni
necesita de ellas. Al presentarse como un horizonte, es el correlato
sistémico interno de todas las referencias que rebasan al sistema.
Esto significa que, cuando sea necesario, cualquier operación lo
puede alejar más. El horizonte siempre retrocede cuando se le apro-
xima, pero sólo de acuerdo con las propias operaciones del sistema.
No puede ser rebasado o trascendido porque no es una frontera.
Acompaña toda operación del sistema cuando hace referencia a algo
fuera del sistema. Como horizonte, es un posible objeto de inten-
ciones y comunicación pero sólo en tanto y en cuanto el sistema
41
La observación de la observación
pueda representarlo como unidad —y esto requiere que el siste-
ma pueda diferenciarse a sí mismo como unidad—.
De manera un tanto diferente, en una formulación
wittgensteiniana, pudiera decirse que el sistema sólo puede ver lo
que puede ver. No puede ver lo que no. Incluso no puede ver que
no puede ver esto. Desde el punto de vista del sistema esto es algo
que queda oculto “detrás” del horizonte que, para sí, no tiene “de-
trás”. Lo que es llamado “modelo conocido”1 es realidad absoluta
para el sistema. Tiene una cualidad singular de ser o, en términos
lógicos, un valor propio (Einwertigkeit). Es lo que es, ¡y si resulta
que no es lo que parecía ser, entonces el sistema ha cometido un
error! El sistema sólo puede operar con dos valores cuando utiliza
la distinción autorreferencia/heterorreferencia.
Todo esto es cierto para la observación inmediata del sistema
de lo que considera su entorno. Sin embargo, un sistema que observa
otros sistemas tiene otras posibilidades. Incluso si presenta su entor-
no apodícticamente, como cualquier otro sistema, la observación
que un sistema hace de otro —siguiendo a Humberto Maturana
llamaremos a esto “observación de segundo orden”2 — también
puede observar las restricciones ejercidas en el sistema observado
por su propio modo de operación. El sistema que observa puede
descubrir que el entorno del sistema observado no está constituido
por ninguna clase de fronteras, sino más bien por restricciones. Puede
observar los horizontes del sistema observado de manera que lo
que excluye se hace patente. Utilizando esto puede aclarar el modo
de operación de las relaciones sistema/entorno a la manera de una
“cibernética de segundo orden”.3
Hoy, la cibernética de segundo orden parece ser el lugar
donde los problemas de los fundamentos lógicos y epistemológicos
1
Cfr. Roy A. Rappaport, Ecology, Meaning and Religion, Richmond, California 1979, pp. 97ss.
2
Cfr. Maturana, op. cit., 1982, en especial pp. 36ss. Maturana llama a la heterorreferencia
de la observación de primer orden “nichos” y reserva el término “entorno” a todo aquello
que es descubierto por la observación de segundo orden como heterorreferencia del sistema
observado. No hemos seguido esta terminología porque, aunque es unívoca y clara, nos
forzaría a usar una terminología que nos desviaría constantemente del uso estándar.
3
La teoría cibernética de Heinz von Foerster se basa en este punto de vista. Cfr. Observing
Systems, Seaside California 1981.
42
Loet Leydesdorff
pueden al menos ser manejados, si no es que “resueltos”. Por ello
deberemos examinarla brevemente porque estos problemas se vuel-
ven crecientemente importantes cuando tratamos a la ciencia como
parte de la sociedad, esto es, como parte del objeto que ella estudia
(que también incluye estas palabras como parte de este texto).
Dado que los sistemas en general, y las sociedades en par-
ticular, se constituyen a sí mismos mediante la autorreferencia
autopoiética, todo observador enfrenta la pregunta de cómo estos
sistemas resuelven los problemas de tautología y paradoja que
necesariamente se desprenden de sistemas que operan únicamente
mediante la autorreferencia, esto es, cuándo deben fundar todas sus
operaciones en la autorreferencia. La respuesta típica a esta pregunta
(Russell and Whitehead, Tarski) es bien conocida. El sistema debe
interrumpir o “desplegar” la autorreferencia mientras distingue
varios niveles como una jerarquía de tipos, es decir, mientras separa
el lenguaje-objeto del metalenguaje y, si es necesario, del meta-me-
talenguaje. Esta solución no funciona porque el concepto de nivel
asume una pluralidad, esto es, se refiere a otros niveles. Esto significa
que las operaciones capaces de interrumpir la jerarquía mediante
una “extraña retroalimentación” no pueden ser eliminadas.4 La
jerarquía de niveles sólo puede salvarse con una orden arbitraria:
la instrucción de ignorar las operaciones que desobedezcan la orden
de evadir paradojas. Las preguntas sobre el porqué no están permi-
tidas a pesar de la constante tentación de hacerlas.
Dado que esto necesita del rechazo de teorías universales
(y nos pondría en la embarazosa posición de nunca ser capaces de
descubrir que la sociedad sólo puede transmitir una resonancia
limitada a su entorno), debe encontrarse otra solución. La fatalidad
de la proscripción arbitraria de temas que evaden la paradoja puede
eludirse con la distinción de restricciones naturales y artificiales a
la autorreferencia.5 Las restricciones a la autorreferencia del sistema
que parezcan naturales o necesarias son consideradas condiciones
4
Este es el argumento conocido de Douglas R. Hofstadter, Gödel, Escher, Bach: An Eternal
Golden Braid, Hassocks, Sussex 1979.
5
Así, a la manera de una pregunta para la que todavía no existe respuesta, Lars Löfgren,
“Some Foundational Views on General Systems and the Hempel Paradox”, en International
Journal of General Systems, vol. 4 (1978), pp. 243-53 (244).
43
La observación de la observación
de posibilidad de las operaciones, esto es, se considera que ocultan
la tautología o paradoja de la autorreferencia. Todas las otras son
consideradas artificiales o contingentes.
Esta distinción siempre debe considerarse como una dis-
tinción relativa al sistema, aunque también puede ser vista como
variable. Las distinciones que antes habían sido consideradas
como necesarias se vuelven artificiales cuando los procesos de
enseñanza revelan cómo pueden ser remplazadas como eliminado-
ras de tautologías y paradojas. En este contexto, la cibernética de
segundo orden toma importancia.
Un observador que reconozca que un objeto es un sistema
autorreferente se da cuenta al mismo tiempo de que está cons-
tituido tautológica y paradójicamente, esto es, que es arbitrario
e inoperante, inobservable. Esto produce una paradoja de por sí
para el observador de un sistema auto-referente: la arbitrariedad e
imposibilidad de la observación. El observador puede eludir esta
dificultad distinguiendo restricciones naturales y artificiales aplicadas
al sistema observado. Entonces esto aclara que el sistema no puede
ver lo que no puede ver. Para el observador, cualquier cosa necesa-
ria e irremplazable del sistema aparece como contingente. Con el
supuesto de una distinción supermodal, dictada por la observación
de la distinción entre lo necesario y lo contingente, el observador
puede deshacerse de la paradoja en tanto que provee a la operación
de un objeto operativo. Esto puede hacerse de manera que implique
posibilidades de aprendizaje para el objeto —mediante la posibilidad
de desplazar la frontera entre restricciones naturales y artificiales de
la autorreferencia completa—.
Nuestro concepto de resonancia asume esta cibernética de
segundo orden. Implica restricciones, presupone una realidad que
no desencadena ninguna resonancia dentro del sistema y que, sin
embargo, presenta un entorno para esta observación de segundo
orden. Desde esta perspectiva, puede verse que el sistema observado
construye la realidad de su mundo mediante el cálculo recursivo
de sus cálculos6 y dado que éste es el caso al nivel de los sistemas
6
Cfr. en particular, “On Constructing a Reality”, en Heinz von Foerster, op.cit., (1981), pp.
288-309, y “Objects: Tokens for (Eigen-)Behaviors”, en ibid., pp. 274-85. Cfr., también, John
44
Loet Leydesdorff
vivos, neurofisiológicos y conscientes, no puede ser distinto para
los sistemas sociales. La cibernética de segundo orden puede ser
utilizada para probarlo. Consecuentemente, no puede sacarse otra
conclusión que la que dice que esto mismo aplica también para su
propia observación, pero al mismo tiempo todavía puede ver que
lo que no puede verse, no puede verse.7
Investigaciones socio psicológicas de la atribución han al-
canzado conclusiones similares por caminos distintos a los seguidos
por la tradición de investigación biológico cibernética. Allí, la in-
vestigación procede bajo el título de atribución causal. El modo de
atribución del actor (observación de primer orden) es distinguida
de la utilizada por el observador (observación de segundo orden).
Mientras el actor encuentra las bases para la acción primordialmente
de la misma situación, el observador ve al actor en la situación,
encuentra diferencias en la interpretación de la situación de parte
de varios actores y hace atribuciones primordialmente en términos de
las características personales del actor.8 Correspondientemente, la
sociología siempre se ha preocupado de actores que ya conocen las
razones de su actuar y, por tanto, ha tenido que justificar un inte-
rés adicional, trascendente, “crítico”, guiado por el conocimiento
Richards/Ernst von Glasersfeld, “Die Kontrolle von Wahrnehmung und die Konstruktion
von Realität”, en Delfin III (1984), pp. 3-25.
7
Cfr., de nuevo, Heinz von Foerster, “Cybernetics of Cybernetics”, en op. cit.
8
Véase para esto Edward E. Jones/Richard E. Nisbett, “The Actor and the Observer: Divergent
Perceptions of the Causes of Behavior”, en Edward E. Jones et al., Attribution: Perceiving
the Causes of Behavior, Morristown, Nueva Jersey 1971, pp. 79-94 y como nuevo sondeo de
este “error fundamental de atribución” —esto es, el rechazo de factores situacionales— Lee
Ross/Craig A. Anderson, “Shortcomings in the Attribution Process”, en David Kahnemann/
Paul Slovic/Amos Tversky (eds.), Judgement Under Uncertainty: Heuristics and Biases,
Cambridge, Reino Unido 1982, pp. 129-52 (135ss), o, de manera más desarrollada,
Francesco Pardi, L’osservabilità dell’agire sociale, Milán 1985. La psicología social inmediata-
mente cayó en la cuenta de que también ella se caracterizaba con este mismo entendimiento:
como un observador que también debe darse cuenta de que el actor observado sigue distintos
principios de atribución que los que usa el observador. Cfr. para esto Wulf-Uwe Meyer/
Heinz-Dieter Schmalt, “Die Attributionstheorie”, en D. Frey (ed.), Kognitive Theorien der
Sozialpsychologie, Berna 1978, pp. 98-136. Véase el interesante ensayo de Walter Mischel,
“Toward a Cognitive Social Learning Reconceptualization of Personality”, en Psychological
Review, vol. 80 (1973), pp. 252-83.
45
La observación de la observación
(Erkenntnisinteresse).9 En todos estos casos el inicio tiene que ser
—y esto constituye una innovación contra la fe ingenua en la cien-
cia— el hecho de que la observación de segundo orden junto con su
aparato teórico sólo es posible como autopoiesis estructurada, esto
es, no es conocimiento “objetivamente mejor” sino conocimiento
diferente que se asume como mejor.
Para analizar con la necesaria precisión el problema de la
exposición a los peligros ambientales, la cibernética de segundo
orden debe ser tomada como punto de partida. Si el punto de par-
tida fuera una realidad dada “objetivamente” que todavía estuviera
llena de sorpresas y cualidades desconocidas, entonces de lo que se
trataría sería de mejorar la ciencia para que pudiera conocer mejor
la realidad. Pero entonces las relaciones de los otros sistemas con
el entorno —pues incluso dentro de la sociedad hay otros muchos
sistemas— no se entenderían suficientemente. La ciencia no sería
capaz de entender por qué su “mejor conocimiento” con frecuencia
no tiene resonancia en la sociedad pues lo que llega a conocer —su
conocimiento “mejor” — no tendría ningún valor como realidad
en el entorno de otros sistemas o a lo más constituiría una teoría
científica de ellos.
No se gana mucho, pues, con una teoría ontológica de la
realidad (que se corresponde con una observación de primer orden
del entorno) porque esta teoría no está en posición de entender el
problema como tal. Tenemos que escoger una cibernética de segundo
orden como punto de partida. Tenemos que ver que no se puede
ver lo que no se puede ver. Sólo entonces podremos descubrir por
qué es tan difícil para nuestra sociedad reaccionar ante los peligros
ecológicos a pesar, o precisamente debido a, sus muchos sistemas
funcionales.
En tanto que la sociedad pueda diferenciar estructuralmente
una observación de la observación y explicarla teóricamente, podrá
establecer las condiciones en las cuales reaccionará mediante los
9
Philippe Van Parijs, Evolutionary Explanation in the Social Sciences: An Emerging Paradigm,
Londres 1981, pp. 129ss, llama a esto “principio de suspicacia” y señala que este tipo de
análisis encuentra un “autoconocimiento autoritativo” que no puede resolverse en la suspi-
cacia. Esto también es una variante de la diferencia general entre la observación de primer
y segundo orden.
46
Loet Leydesdorff
sistemas (funcionales) respectivos a lo que sea que constituya
entorno para ellos. No se trata de crear bases para mejorar las
posibilidades de acción. Tampoco se trata de algo parecido a un
“discurso libre de dominación”. Mientras esta idea sea una mejora
de la anterior, que de manera poco sofisticada regaba el árbol de la
libertad con la sangre de los tiranos, el problema no se encontrará
en la falta de justificaciones ni en los patrones de coerción y libertad.
Mucho menos se encontrará removiendo las barreras al consenso
racional y a la coexistencia armónica. El problema se encuentra en
la adquisición de un entendimiento de otra clase.
En muchos modos la sociedad moderna ha abierto posibili-
dades para observar y describir cómo operan sus sistemas y en qué
condiciones observan sus entornos. La única desventaja es que esta
observación de la observación no está suficientemente disciplinada
por la autoobservación. Aparece como conocimiento mejor, pero
en realidad sólo es una forma particular de observar su propio en-
torno.10 En estas condiciones, la idea de que el consenso racional
debe alcanzarse es rápidamente trivializada. Quienes piensan que
esto será una empresa prolongada utilizan esta idea y prueban su
voluntad de hacer concesiones de acuerdo con su propio criterio.
Pero cada operación y cada observación tiene límites estructurales,
que es precisamente lo que la observación de segundo orden deja
en claro. Una mejor evaluación de la situación se logra sólo cuan-
do este entendimiento se aplica a sí mismo, es decir, cuando se le
emplea recursivamente. Cuando esto se hace, deben analizarse las
restricciones a la capacidad de observar, describir y transformar
10
Si se lee el trabajo reciente de Jürgen Habermas, en especial Der Philosophische Diskurs der
Moderne, Fráncfort 1985, guiados por estas consideraciones, entonces aparece como crítica
de la crítica de las autodescripciones de la sociedad moderna, esto es, como una especie de
cibernética de tercer orden en el entorno específico para ella: la literatura. Entonces, es con-
sistente llevar el discurso como una discusión de opiniones que autores han expresado sobre
otros autores (Hegel sobre Kant, Heidegger sobre Nietzsche, etc.). La transparencia prístina
de estas presentaciones sólo podrá alcanzarse sobre la base de una reducción extrema de la
propia teoría que pasa por alto las aporías de una razón autoelucidante y que solo requiere que
se presenten reclamos de validez probada en la comunicación. Mediante esta simplificación,
la descripción de la descripción de descripciones adquiere una brevedad considerable, pero
al mismo tiempo una distancia insalvable con las operaciones sociales reales que, entonces,
son transfiguradas indirectamente en mundo de vida.
47
La observación de la observación
el entendimiento en operaciones. Cualquier protesta contra tales
restricciones sería extrañamente ingenua y, como tal, merecería ser
observada —si no por quien protesta al menos por quienes observan
la protesta—.
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