Eduardo Sartelli: Un mal comienzo.
A propósito de
la crítica de Rolando Astarita
en Razón y Revolución Nº 15, 1er semestre de 2006
“la concepción materialista de la historia tiene muchos amigos
peligrosos hoy en día, que la usan como una excusa para no estudiar
historia”.
Federico Engels
Una forma curiosa de defender la honestidad intelectual
En el mismo sentido en el que se queja Juan Iñigo Carrera en estas mismas páginas, el debate que
pretende desarrollar Rolando Astarita ha comenzado mal. Aquello que comienza mal, se sabe, debe
ser reencauzado rápidamente si se quiere que termine bien. Y empezó mal porque Rolo, en realidad,
está debatiendo con un miembro del panel al que, curiosamente, no menciona nunca: Marcelo
Ramal. Para poder hacerlo, ha debido caricaturizar las posiciones del Partido Obrero y, vaya a saber
por qué razón, transformar a sus eventuales contendientes en los defensores de dicha caricatura.
Habiendo realizado esa operación mental, Rolo cree estar librando una nueva batalla contra el
“catastrofismo”, cuando en realidad se enfrenta (por lo menos en mi caso y para no “emblocar” a
Juan en esta posición) a algo bien distinto. Como el PO y Juan pueden defenderse mejor por sí
mismos, voy a ocuparme aquí sólo de lo que a mí atañe, comenzando por señalar que para
reencauzar el debate, primero hay que hacer justicia a las posiciones ajenas; lo contrario es
chicaneo barato.
En efecto, mi posición nunca fue, ni en el debate ni antes, que el mundo estaba estancado desde por
lo menos dos décadas atrás. Astarita confunde una afirmación mía, en un debate desordenado y a
los gritos, con otra que toma de su propia cabeza: lo que yo sostuve es que la década de los ’90 en
los EE.UU. dio la impresión de un crecimiento como nunca antes visto, mientras que cuando se
examinan las ganancias de la Bolsa norteamericana antes y después de la crisis del 2001, lo que se
observa es que esa “exhuberancia” era en su mayoría puro papel, y que se había volatilizado en
apenas dos años. Dicho de otra manera, que la “nueva economía”, entendida como una década de
crecimiento vigoroso nunca antes vista, no había existido y que buena parte de ella era, como dijo
Greenspan en su momento y defienden economistas imposibles de acusar de “trotkistas”
voluntaristas, como Paul Krugman y Joseph Stiglitz, resultado de la especulación alentada por la
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FED y asentada en un déficit de las cuentas públicas, del comercio exterior y del endeudamiento
público y privado pocas veces visto. Y agregué que el fenómeno de la contabilidad “creativa” por el
cual un número difícil de estimar de empresas de primer nivel denunciaron ganancias inexistentes,
cuestionaba aún más esa perspectiva optimista de una economía norteamericana saludable. Cité en
ese momento algunas pruebas al canto: entre septiembre de 1995 y junio de 2000, el quinquenio
dorado de la “nueva economía”, las 4.200 empresas del Nasdaq, el corazón de la “nueva economía”,
reportaron ganancias por 145.000 millones de dólares. Entre el primero de julio de 2000 y el 30 de
junio de 2001, las pérdidas reconocidas por las mismas compañías llegaron a 148.000 millones de
dólares. La “nueva economía” sencillamente no existió.
¿Eso significa que el conjunto de la economía norteamericana no creció durante los ‘90? En ningún
momento dije que la economía norteamericana o la mundial estaban estancadas. Llevo ya una
década combatiendo el estancacionismo y lo tengo escrito ya muchas veces (como se verá más
adelante), para que alguien que me conoce (y con el que hemos charlado esto en más de una
ocasión), me haga decir tal pavada y pretenda ilustrarme apelando a la autoridad de Marx y a un par
de cifras elementales. Lo que sostengo es que el crecimiento de los ’90 (y el de los ’80 también,
como mostraré más adelante) es endeble y refleja que el mundo no ha salido de la crisis en la que
entró a comienzos de los ’70.
El segundo punto importante para colocar el debate en un rumbo productivo es abandonar las
apelaciones religiosas y las lecciones elementales a lo maestro ciruela y avanzar en la comprensión
de lo real tal como se presenta. Rolo prefiere olvidar, en su crítica, las barbaridades que dijo sobre la
renta de la tierra en la Argentina, una prueba del desprecio sobre las cuestiones concretas de un
marxismo tipo “curso de El Capital” tan caro a un conjunto de “marxistas” argentinos. En el mismo
sentido, también hay que abandonar el método de “cuenta ejemplo” tan parecido a las robinsonadas
que criticaba Marx: supongamos que tenemos 1.000$, etc., etc. No se puede reemplazar el análisis
de la realidad con presupuestos matemáticos amparados en citas canónicas. Hay que observar el
movimiento real de lo real. De lo contrario, se entra en esa cofradía de la que llamaba Engels a
desconfiar en la frase que cito en el epígrafe.
El eje del problema
El eje de la discusión es la noción de crisis. En el modo de razonamiento de Rolo existe la falacia
que yo denomino “presentismo”, a saber, la idea de que la crisis es un momento simple y no un
periodo completo. En consecuencia, en la cabeza de Astarita, gigantescas crisis sistémicas surgen
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de la nada y se marchan rápido. Dicho de otra manera: Astarita no hubiera percibido la existencia de
la crisis en 1928, pero la hubiera decretado en 1931, y la hubiera visto superada en 1933. Visto
desde el ángulo falso del crecimiento del volumen físico de la producción, ángulo que privilegia para
determinar la existencia o no de crisis, no habría habido razón alguna para que los capitales se
enfrentaran a muerte seis años después, en la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que un
conocimiento prueba su valor cuando es capaz de “predecir”… Rolo cree que si el sistema crece, no
puede estar en crisis. Es una concepción equivocada. Todo sistema sigue creciendo incluso
después de su muerte. No es el crecimiento lo que constituye la prueba de la inexistencia de la
crisis. Para que una situación tal haya sido superada, es necesario que las causas que la gestaron
hayan sido superadas. Veamos la crisis del ’30.
En términos generales, la crisis ya está presente a comienzos de la década del ’10 y su primer
desenlace es la Primera Guerra Mundial. La gigantesca destrucción de capital sobrante que supuso,
permitió la recomposición del capitalismo en la década del ’20. Faltaba, sin embargo, el
aplastamiento de la clase obrera, es decir, el nazismo y el fascismo y la derrota definitiva de los
postulantes al dominio mundial, la Segunda Guerra. Recién allí, sobre la masacre de cien millones
de personas y la destrucción del corazón del capitalismo mundial, se reinició una era de crecimiento
vertiginoso. Veamos las cifras, tomadas de Angus Maddison (PBI de 16 países seleccionados). Ya
en 1908 la economía mundial se contrae un 3,7% luego de 14 años de crecimiento continuo. Si bien
se recupera en los años siguientes, recibe el inicio de la guerra con una caída del 6,2% y de los
siguientes siete años, cuatro son abiertamente recesivos. Pero desde 1922 hasta 1929 inclusive, la
tasa de crecimiento promedio alcanza casi el 4% (3,96), muy superior a la cifra mágica de 3% con la
cual Astarita pretende probar que la crisis ha sido superada en la actualidad. Según sus criterios, el
mundo que está a punto de hundirse en la peor crisis que se recuerde, no debe temer nada. Para
peor, la economía mundial que entra en recesión cayendo un 5,4, 5,7 y 7,1 en 1930, 1931 y 1932,
habría salido de la crisis ya en 1933, cuando el crecimiento alcanzó el 1,2, seguido por 6,2, 5,8 y 7,7
en 1933, 1934 y 1935. Nótese que para este último año, la economía mundial debe encontrarse
bastante por encima de 1929. Desde la perspectiva de Rolo, el mundo no estuvo en crisis entre 1933
y 1944, porque la tasa de crecimiento de esos años, salvo 1933,1938, 1940 y 1944, estuvo muy por
encima del 5%. Vale destacar que en esos cuatro años “flojos”, el crecimiento siempre fue mayor al
1% (1,2; 2,1; 1,8 y 2,4 respectivamente). En los años en los que el mundo avanzado observó la
mayor destrucción de capital de su historia junto con las tasas de explotación más salvajes jamás
imaginadas (como las que regían en los campos de concentración), no había crisis. ¿Pero qué son
esos fenómenos sino las formas de aparición y de procesamiento de la crisis? El enfermo que ha
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logrado frenar la destrucción de su organismo, logra alimentarse mejor y elevar sus parámetros
vitales pero que todavía sufre los efectos de la cura en proceso, ¿está ya sano? Astarita confunde el
momento del estallido con el proceso real de la crisis. Un médico que se pretenda serio no da el alta
al paciente hasta que las causas de la enfermedad han sido eliminadas. Esa es la discusión
entonces: no si el paciente está muerto o no ha logrado salir del paroxismo inicial, sino si ya goza de
buena salud. Si no es así, si todavía no puede decirse que la crisis esté superada, entonces el
problema pasa a ser otro: ¿hacia dónde va el proceso de curación?
Efectivamente, el debate no es si el mundo está en crisis hoy, 15 de febrero de 2006, sino cuál es el
carácter de la etapa histórica que atravesamos. Es decir, ¿hacia dónde vamos, hacia una
acumulación sostenida y “rampante” o hacia una acumulación que no logra sostenerse con firmeza y
requiere de dosis crecientes de intervenciones “externas” (que no excluyen, por cierto, mejoras en
sus mecanismos internos)? Como bien dice el propio Astarita, una situación del segundo tipo no
puede sostenerse por mucho tiempo y debe desembocar en una caída abrupta de todas las
variables del sistema. Está claro que si esta es la perspectiva, debemos prepararnos para la
revolución. Si la perspectiva es la otra, resultará difícil que llegue como parte del proceso de
descomposición de relaciones sociales que acompaña a toda crisis. En el mejor de los casos,
desembocará en ella como “golpe de mano”, al estilo revolución cubana
Lo primero que hay que hacer, entonces, es definir el concepto de “crisis”. Y el primer punto a
aclarar es de qué crisis hablamos: ¿de la crisis de un ciclo corto, que se resuelve en breve en el
marco de una tendencia más general? ¿O de una crisis general de las relaciones capitalistas?
Astarita pareciera aludir a lo primero, cuando reconoce que hubo crisis localizadas, pero que el
mundo no ha estado en crisis durante las últimas dos décadas. En realidad, si el mundo no ha
estado en crisis durante las últimas dos décadas, no lo ha estado durante las últimas 6, porque todos
reconocen que entre la Segunda Guerra Mundial y los ’70 se vivió una expansión notable. En ese
contexto, la crisis de los años ’70 debiera verse no como una crisis general al estilo de la de 1930,
sino como el trastabillar momentáneo de una economía sana en rasgos generales. Tal vez un poco
menos dinámica pero nada para preocuparse. De modo que, según Astarita, desde al menos los
años ‘30 el mundo sólo vive crisis parciales y la única crisis orgánica del modo de producción
capitalista se produjo en el breve periodo que va de 1929 a 1932. Precisamente, allí está el nudo de
la cuestión: para Astarita no ha habido en los últimos 60 años ninguna crisis general de las
relaciones capitalistas, es decir, ninguna crisis orgánica.
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Una crisis orgánica, dice Gramsci, es un momento en el cual lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no
acaba de nacer. La crisis no es un estallido puntual, sino un período durante el cual luchan
tendencias opuestas sin que ninguna pueda prevalecer. Ese estado de indefinición es
extremadamente dinámico: todo el tiempo hay datos a favor o en contra de una u otra de las
tendencias. Lo que es claro es que el organismo no está sano: la salud presupone que una de las
tendencias, la que impulsa la vida, domina claramente a la otra. Tampoco estamos en la
descomposición definitiva, porque eso significaría, otra vez, que una de las tendencias aplasta a la
otra, la que empuja hacia la muerte del organismo. Pero cuando el organismo no está sano, está en
crisis, existen tendencias hacia la recomposición y hacia la descomposición. Astarita dice que la
economía mundial goza de buena salud. El presentismo le sirve para cantar victoria cuando lo peor
ya ha pasado. En el ínterin, basta con callarse la boca. O peor aún, decretar la crisis (que brota
entonces de la nada) cuando ya la tenemos sobre las cabezas, un consejo bastante inútil: “un peine
que te dan cuando te quedás pelado”, al decir de Ringo Bonavena.
La “salud” de la economía norteamericana en la década de 1990
En medio del debate, Astarita hizo la apología de la “nueva economía”, señalando sus logros: un
crecimiento de más del 40% del PBI y una tasa anual promedio del 3%. Veamos algunos datos de
los ’90, década que todo el mundo reconoce como la de mejor performance en los últimos 30 años,
de modo que nos servirá para juzgar, además, todo el período desde los ‘70. Voy a repetir
textualmente lo que dije en el capítulo 10 de mi último libro, que vio la luz exactamente el mismo día
del debate:
“Harms y Knapp examinaron los indicadores económicos más usuales para el período 1991-2001.
Comenzando con el crecimiento del PBI, una tasa de crecimiento anual de 3,01% para esos diez
años, se ubica por debajo del 4% de las décadas de 1950 y 1960 (4%) e incluso de la de los ’70
(3,26%). Se encuentra por debajo, también, de la de los ’80 (3,02%). En términos de PBI, la “nueva
economía” parece ser, más bien, la continuidad de la decadencia más que el inicio de una nueva
era. En términos de crecimiento de la productividad, la nueva economía tiene poco para decir: el
1,81% de crecimiento anual está por encima del 1,38 de la década de los ’80, pero debajo del 1,94%
de los ’70 y muy lejos de los ’60 y ’50 (2,84 y 2,80 respectivamente). Comparaciones en torno a
salarios y a ingresos familiares dan resultados similares, con el agravante de que las
compensaciones no salariales (seguro médico, jubilaciones, etc.) cayeron. Lo que sí se expandió
5
notablemente fueron las deudas personales y familiares. También creció la jornada laboral: los
yanquis trabajan 56 horas más que antes, ya que el promedio anual pasó de 1.905 a 1.961.”
Como los autores describen, los ’90 pueden ser, en el mejor de los casos, la continuidad de la
decadencia, más que el inicio de una nueva era. Su performance está por debajo no sólo de los
años dorados, sino incluso de los de la década del ’70, años en los que hasta Astarita reconoce que
hubo un crisis (bien que salió de la nada y se superó en un abrir y cerrar de ojos…). ¿El enfermo se
ha curado, pero su dinámica resulta inferior incluso a la del momento en que estaba peor? La “nueva
economía” no existió y esta afirmación no se limita a la debacle del Nasdaq, sino que afecta al
conjunto de la economía americana.
La curva de la tasa de ganancia
Veamos de nuevo la curva de la tasa de ganancia, la misma que Astarita reputa como “la mejor”
(pero que coincide bastante con la de otros analistas como Shaikh y Moseley), la curva Dumenil-
Levy. En este caso, voy a utilizar un gráfico elaborado por ambos en el que se ofrecen tres curvas
alternativas, todas referidas al sector corporativo no financiero de la economía norteamericana
(excluyendo a las industrias de muy elevada composición orgánica de capital): la primera sólo mide
el producto total menos los salarios sobre el capital fijo (la tasa de ganancia antes de impuestos sin
inventarios); la segunda, incorpora al denominador los inventarios; la tercera, añade a la resta del
producto total los impuestos. ¿Qué notamos? Que la curva “pelada”, la que excluye inventarios e
impuestos (la más cercana a la que se expone en El Capital) muestra que la tasa actual está casi a
la mitad del promedio de los ’50 y ’60 y apenas un 25% por arriba del punto más bajo de la curva, a
fines de los ’70. Si tomamos la segunda alternativa, una medida más realista ya que incluye los
inventarios, la cosa no mejora mucho. La tendencia se modifica fuertemente cuando se incluyen los
impuestos, ya que la tasa de ganancia en el 2000 está virtualmente a la altura de los buenos años
’50, aunque, paradójicamente, sigue más cerca del punto más bajo de la crisis que del punto más
alto de la expansión. Podemos, sobre esta base, seguir sosteniendo con tranquilidad que la
economía mundial se encuentra más cerca de una acumulación dificultosa que de una expansión
poderosa. Pero podemos profundizar un poco más: la década de los ’80 fue una década de grandes
desgravaciones impositivas que no fueron revertidas por Clinton. Las desgravaciones impositivas
tienen un efecto notable sobre la tasa de ganancia. Como señala el dúo francés,
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“La rebaja de impuestos tuvo un poderoso efecto contratendencial de cara a la caída de la tasa de
ganancias. Este efecto favorable de la reducción de impuestos se nota claramente en la aguda
subida de la tasa de ganancia después de impuestos durante la primera mitad de los ’60, ligada a los
recortes impositivos. La tasa de ganancia después de impuestos se elevó un 71% de su valor entre
1961 y 1965, en contra del 27% para la tasa de ganancia antes de impuestos. Entre 1953 y 2000, la
tasa de ganancia antes de impuestos cayó un 29%, mientras que la tasa de ganancia después de
impuestos subió un 8% en el mismo período.”
¿Cómo se logra tal efecto contratendencial en los ’80 y ‘90? Por un lado, pagando la fuerza de
trabajo por debajo de su valor; por el otro, mediante el incremento del déficit y de la deuda. De
hecho, el primer fenómeno está en la base del endeudamiento creciente de las familias americanas,
que deben afrontar ahora mayores gastos en salud, en vivienda, en jubilaciones, educación, etc.
¿Qué resultado arroja entonces este examen de la curva Dumenil-Levy? Uno muy sencillo: la tasa
de ganancia, cuya recuperación es endeble, ha sido sostenida en estos últimos años por el déficit
estatal y la deuda privada y pública.
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¿En dónde estamos hoy?
Es un tanto incómodo tener que volver a citarse, pero como el compañero Astarita parece que no lee
Razón y Revolución, tendremos que hacerlo. Como lo dijimos hace ya casi once años:
“En la actualidad, la pregunta acuciante es cuáles son las causas de la ausencia de un despegue
nítido de la onda larga de ascenso, por qué la “curva capitalista” tiende hoy a moverse con pereza
hacia arriba y qué condiciones dejará para el futuro la forma de resolución de esta crisis, si es que
ello finalmente ocurre. Entonces, es hora de contestar en qué punto de la curva nos encontramos.
Algunas interpretaciones creen poder percibir un movimiento de recuperación y expansión de largo
plazo. Sin embargo, otros dudan seriamente de esta posibilidad.* La recuperación operada en los ‘80
sería, al decir de Altvater, “una recuperación malsana”.** No hay, al día de hoy, perspectivas del
retorno a la expansión de largo plazo. Aunque algunos de los elementos necesarios para la
superación de la onda depresiva están ya presentes, no necesariamente se encadenan de la
manera correcta. La liquidación de capitales sobrantes es una realidad pero, ¿se trata de la
magnitud adecuada? No parece: durante la Segunda Guerra Mundial se destruyó por completo el
corazón mismo del capitalismo, a excepción de Estados Unidos: Francia, Gran Bretaña, Alemania,
Italia, Japón. Y, aunque hoy puede observarse un encadenamiento destructivo en las economías del
Tercer Mundo y de los países del Este europeo, no parece que pueda compararse en magnitud a lo
sucedido hace 50 años. Los nuevos mercados abiertos con el fin de la guerra no parecen tener
comparación con los actuales: ni el este europeo ni la ex-URSS, ni una América Latina pauperizada
se pueden comparar con la renovación de la acumulación originaria producida en vastos sectores
del Tercer Mundo en los años ‘50 y ‘60, en los que millones de campesinos migraron a las ciudades.
A lo que se sumó el mercado creado por los países europeos desvastados por la guerra.
Dudosamente la apertura de China pueda dar lugar a un movimiento semejante. La revolución
tecnológica está presente al menos hace 15 años bajo la forma de la informática. Pero, ¿puede una
computadora reemplazar a un automóvil? Mandel lo niega explícitamente. Además de que el nuevo
patrón de consumo no está en consonancia con mercados masivos*** y el inmenso potencial de la
nueva tecnología no ha entrado en funciones masivamente. Por último, ¿ha sido la clase obrera
derrotada en una magnitud comparable a lo que significaron el nazismo, el fascismo, Hiroshima y
Nagasaki? Ciertamente, los niveles de desocupación de algunos de los países centrales sorprenden,
pero en ninguno de los 3 grandes, Estados Unidos, Alemania y Japón, la situación llega a los niveles
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de posguerra. Ni en Italia. Es cierto que este proceso avanzó mucho en la periferia europea (sobre
todo en España y los países del Este) y el Tercer Mundo, pero no en el núcleo de la acumulación
capitalista. El debilitamiento de los sindicatos no es un indicio firme de derrota: en Estados Unidos,
los obreros de las nuevas fábricas “japonesas” ya reaccionan ante las novedosas condiciones de
trabajo.**** Los obreros alemanes están todavía en mejor situación. En Japón, la desocupación casi
no existe.”
Dos años después, en 1997, señalé que:
“A dos años de escrito, es lícito plantearse un balance de las ideas vertidas en el texto. En principio,
las orientaciones de izquierda han seguido más o menos en sus planteos originales, con el
agravante de que algunas, como el Partido Obrero, han pasado a suponer la existencia de una
situación “pre-revolucionaria” amparándose en los sucesos más impactantes de los últimos dos
años. El devenir de los acontecimientos parece habernos dado la razón en cuanto a la evolución de
la economía: escrito en pleno auge del Plan Cavallo, suponíamos la posibilidad de una recaída en la
crisis producto del carácter “malsano” de la recuperación producida por la política del ahora
“opositor” y de la inestabilidad de la economía a nivel mundial. El “tequila”, simple manifestación de
esa inestabilidad (y no su causa, como los propagandistas del capitalismo pretenden hacernos
creer), impactó a la Argentina con más fuerza que a otros países por el carácter más vulnerable de
su economía. Sin embargo, justo es reconocer que la estabilidad salió indemne de esa crisis y que,
por lo tanto, aquellos elementos que suponíamos entonces se comenzaban a desarrollar
aumentando la competitividad del capital local, se desenvolvieron con más fuerza de la que
esperábamos: aunque el núcleo del problema sigue estando en el nivel inadecuado de las
exportaciones, no se puede negar que el dinamismo de la economía argentina es mayor al
esperado. A nivel internacional la situación parece caracterizarse ahora por un auge de la economía
norteamericana que no es, sin embargo, acompañado claramente por el resto del mundo. Los
problemas financieros en Japón y las dificultades del marco para imponerse (bajo la forma del
“euro”) en Europa, muestran que esta puede ser otra “recuperación malsana” y que nuevas recaídas
pueden hacerse presente (como temen los analistas con los “récords” en Wall Street). La situación
dista de estar clara. Pero lo importante es que mientras la “curva” se niegue a ascender
decididamente, no se abrirá ningún escenario “eufórico” para el capitalismo.
Peor: aún cuando lo hiciera, sucesos como los cortes de ruta no son creados por “la incapacidad del
capitalismo de desarrollar las fuerzas productivas”. Todo lo contrario: son creados por su propio
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desarrollo. La crisis presupone el desarrollo de las fuerzas productivas (si no, ¿contra qué chocan
las relaciones de producción existentes?). La explicación de que el capitalismo está sostenido sólo
por la intervención del Estado desde que Lenin y Trotsky predijeron su fin, es una falacia que sólo
pueden creer los ilusos: la actividad del Estado se sostiene con los recursos que extrae de la misma
economía capitalista y, por lo tanto, no puede hacer otra cosa que acompañar su evolución. La
creencia en un ente metafísico por fuera de la economía capitalista no sólo es algo que avergonzaría
a todo buen marxista (incluidos Lenin y Trotsky, por supuesto) sino que reproduce textualmente el
credo central de la ideología burguesa: el estado es externo y tiene capacidad de acción
independiente. Cuando la burguesía desea apartarlo de negocios rentables, los liberales sostienen el
carácter nefasto de la intervención estatal. Cuando necesita ser auxiliada y protegida de y en la
crisis, los keynesianos sostienen la capacidad y la necesidad de tal intervención. Curiosamente, la
izquierda revolucionaria viene a coincidir teóricamente a derecha con la economía neoclásica y a
izquierda con el reformismo socialdemócrata sin salirse nunca de la economía política vulgar.
Porque no puede aceptar que ninguna crisis capitalista carece de salida, la izquierda “catastrofista”
vive pendiente de cualquier acontecimiento que desencadene la “insurrección general”.
Inversamente, como tal cosa no ocurre, la izquierda “derrotista” supone que no pasa nada.”
Estos párrafos no sólo prueban nuestra oposición de vieja data al catastrofismo y al
estancacionismo, (y al “derrotismo” estilo Astarita”) sino que también muestran un seguimiento de la
crisis que no niega la evolución, sino que pretende establecer siempre el punto en el que nos
encontramos.
Alguien podría decirme que el hecho que la tasa de ganancia no sea hoy la del boom de posguerra
no significa que no sea compatible con una expansión “saludable”. Cierto. Pero es aquí donde
conviene recordar algunos datos de la realidad. ¿Si esa tasa de ganancia es “saludable”, por qué
hay una tendencia creciente a pagar el consumo actual con consumo futuro, es decir, mediante los
déficits estatales y el incremento generalizado de la deuda bajo sus diferentes formas? Cuando se
observa la economía norteamericana, ¿cómo se explica el freno a la última recesión sin la reducción
impositiva, la reducción de la tasa de interés (que llegó a estar en 1,75%, luego de once reducciones
consecutivas) si la tasa de ganancia está hoy en su mejor momento? ¿Qué explicación tiene la
violenta expansión del déficit estatal norteamericano, que pasó de un superávit de 236.000 millones
de dólares, a un déficit de 450.000 millones en el 2003, llegando a los 900.000 en el 2004? Este
boom de consumo, sin embargo, no ha permitido la recuperación plena y sostenida. Por el contrario,
ha estimulado las importaciones y la especulación inmobiliaria. La burbuja de la bolsa se desinfló,
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sólo para traspasar su aire a una nueva burbuja inmobiliaria que amenaza con explotar por estos
días. Este comportamiento de la economía americana, que continúa el de los ’80 y ’90, repercute en
un comportamiento paralelo de la economía mundial, que depende de un dólar alto que financie las
importaciones del resto del mundo. Hasta 1978-80, la economía americana tenía un superávit
permanente con el resto del mundo. Desde allí, ha vivido en déficit permanente, en particular desde
la firma del Plaza “inverso”. Japón y China han mantenido sus economías en crecimiento, en
especial la segunda, gracias a la devaluación permanente de su moneda frente al dólar. Para
mantener el valor de la divisa americana, ambos países compraron enormes cantidades, que
guardan como depósito. En 1990, Asia tenía el 30% de las reservas mundiales de dólares; en el
2003, el 70%. Lo que quiere decir que han realizado un gigantesco préstamo a tasa de interés cero a
los consumidores norteamericanos. Para el mismo año, ambos países habían comprado suficientes
bonos del Tesoro norteamericano como para cubrir el 55% del déficit estadounidense de cuenta
corriente. La devaluación del dólar, junto con las presiones hacia China para que revalúe el yuan,
genera mejores condiciones para la economía norteamericana, pero a costa de empujar al resto del
mundo a la depresión, repitiéndose la situación ya vista a propósito del Acuerdo Plaza. ¿Y Japón?
Lamento tener que volver a citarme:
“Japón, otrora la nueva estrella de la economía mundial, es hoy uno de los países más endeudados
de la tierra, vive una depresión permanente desde fines de los ’80 y, desde esa fecha, tiene con
EE.UU. una relación perversa en la que la tendencia nipona a ahorrar mucho y consumir poco se
combina con la costumbre opuesta de los yanquis, a consumir mucho y ahorrar poco. Japón también
tuvo su burbuja bursátil, que se pinchó también en el 2001, dejando a medio mundo en la calle. Sin
embargo, el problema no nació allí, obviamente, sino unos veinte años atrás, cuando la crisis
mundial llegó a su mayor profundidad. Japón llegó tarde a la crisis, pero la extensión que asume la
debacle en el país nipón no tiene igual en el mundo. El famoso empleo de por vida ha desaparecido
y las cifras gubernamentales más realistas admiten una desocupación de al menos el 13% (unos 10
millones de desempleados). Los suicidios han subido exponencialmente, llegando a la impresionante
cifra de cien por día. El total de préstamos no rentables del sistema bancario japonés casi duplica la
deuda externa argentina (240.000 millones de dólares), aunque la cantidad total de préstamos
impagos y empresas en quiebra llega a 700 mil millones, según estimaciones de la Reserva del
Tesoro americano, 840.000 si el que mide es el FMI y a 1,8 billones (la mitad del PBI) según
analistas privados. A comienzos de los ’90, los diez bancos más grandes del mundo eran todos
japoneses, hoy quedan dos cerca del podio. El resto se fundió. La deuda del sector público es atroz:
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sólo para evitar que siga creciendo, Japón debería destinar el 10% del PBI en pagos de préstamos
en intereses (más de 400 mil millones de dólares). Era el 50% del PBI en los ’90; hoy anda por el
200%. Si se pusiera toda la deuda pública en billetes de 10.000 yenes, la altura que alcanzaría sería
equivalente a 8 montes Fují (la montaña más alta de Japón). El crecimiento (pobre) japonés de los
’90 se consiguió a deuda pura: mientras el PBI creció un 10%, la deuda alcanzó al 70% del PBI.
Según los analistas, la crisis de la deuda pública japonesa es más grave que la de la República de
Weimar.”
No hay que olvidar a Europa. Alemania, que ha desplazado del tope de los exportadores mundiales
a los EE:UU., tiene un déficit fiscal superior al 3% del PBI que marca el Tratado de Maastrich, tuvo
una recesión en el 2004 y creció apenas un 1% en el 2005. Francia, la otra mitad del corazón de la
economía europea, 1,4%. Y eso gracias a que sus empresas obtienen más ganancias en el
extranjero que en el interior: el 75% de las ganancias de Renault provienen de Nissan y otras
controladas. No resulta extraño que ahora constituyan la punta de lanza, sobre todo después de la
asunción de Merkel, en la futura invasión a Irán.
En resumen, los datos del crecimiento mundial en los ’90 no avalan a declarar superada la crisis, ni
por su monto, ni por las condiciones de la expansión. ¿Eso significa que el capital no creció? Ya
vimos que no. ¿Que no se realizaron transformaciones productivas que elevaron la tasa de
ganancias? Nunca dije eso. ¿Que no ha habido avances contra el trabajo que vía aumento de la
tasa de explotación restauren la tasa de ganancia y permitan una renovada expansión? Nunca dije
eso. ¿Que el capital no se ha agendado formas de bajar el valor del capital constante, por ejemplo
en materias primas? Nunca dije eso. Lo que siempre cuestioné es la magnitud del avance realizado
en la superación de la crisis. Y eso nos lleva al último punto, el de la potencialidad de la clase
obrera.
La revolución que se viene
En contra del derrotismo profundo de los años noventa, en pleno auge del menemismo en Argentina,
elaboré una fórmula para explicar por qué no había que desesperar: la clase obrera se encontraba
en el momento de su mayor poder histórico material y, contradictoriamente, en el de su menor poder
político. Efectivamente, la producción material de la vida descansa hoy absolutamente en manos de
la clase obrera. Hace 70 años, hace 40 años, el campesinado era todavía una clase productora; el
artesanado y las formas de pequeña producción mercantil, también. El grado de concentración y
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centralización del capital actual ha provocado una gigantesca proletarización masiva a escala
mundial, cuyo ejemplo más impresionante es la propia China. Como decía en aquella época, hay
más obreros hoy en Brasil que en Rusia en época de la revolución. Ese gigantesco avance se había
logrado por el propio desarrollo de las fuerzas productivas, o lo que es lo mismo, es un efecto del
propio desarrollo del capital.
Restaba, entonces, actualizar políticamente esa potencia, pero ello requería un proceso largo por el
cual la propia clase procesara la crisis y volviera a darse unidad y estrategia. La pregunta que me
hacía era si esa recuperación política llegaría antes de la superación de la crisis. Porque si esa
recuperación política se produce en medio de un boom económico explosivo, las tendencias
dominantes en el seno de la clase obrera (y de la burguesía), serían reformistas. Volveríamos a los
’50. Si, por el contrario, el desarrollo subjetivo de la clase obrera avanzaba más rápido o, lo que es lo
mismo, la crisis no logra superarse en un plazo razonable como para dotar a la burguesía de
recursos para enfrentar la insurgencia, entonces la revolución estaría a la orden del día. Y, a
diferencia de otros momentos históricos, en los que la burguesía tenía aliados que movilizar contra el
proletariado, la polarización social actual tiende a aislarla. Si el proletariado puede arrastrar a las
masas de la pequeña burguesía proletarizada y/o pauperizada, la posibilidad del triunfo es real. Pero
eso también depende de la naturaleza de la expansión capitalista: una acumulación a ritmo feroz va
a alienar a esas capas sociales al proletariado y resultarán, por débiles que sean, un sostén
poderoso de la burguesía. En este sentido, el caso argentino resulta paradigmático. El movimiento
anti-globalización prueba que estos vientos soplan en otros lados. Pero también, si la crisis no se
resuelve en una expansión vigorosa, resultará difícil controlar la resistencia en el seno de la misma
burguesía, cuyas fracciones más débiles protagonizan hoy movimientos de carácter anti-imperialista
que, con todas sus debilidades, resisten a las tareas necesarias del renacimiento de la tasa de
ganancia, porque esas tareas presuponen su desaparición. Buena parte de lo que pasa como
“terrorismo” fundamentalista es lucha interburguesa, una lucha que ha encontrado en Iraq un límite
al poder del imperialismo, pero que en modo alguno se limita a eso.
La caracterización de la etapa determina el tipo de preparativos para la acción. Rolo no se prepara
para nada. Nosotros, para la revolución que se viene.
Restaurando el debate
Quisiera aclarar que considero a Rolo un buen compañero que ha hecho aportes útiles al
conocimiento necesario al proceso revolucionario (que incluso han sido publicados en esta misma
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revista o expuestos en eventos organizados por RyR). Pero este tipo de intervenciones empobrecen
cualquier debate intelectual y rayan con la deshonestidad y la pedantería ridícula. Rolo ha pretendido
siempre haber superado los “males” de la izquierda argentina, en particular el estilo “chicanero” y
“sectario”. Lo acompaña en esa pretensión un pequeño grupo de “iluminados” que se creen a salvo
de tales males por la vía de la inacción absoluta y la nulidad histórica. Desde ese punto enjuician a
quienes han logrado construir tendencias reales en el seno de las masas y transformarse en factores
de la vida política nacional. Astarita debiera explicar por qué sus permanentes “aciertos” no han
resultado en un desarrollo sostenido de su Liga Marxista, hoy en disolución (no sin haber atravesado
escándalos de espionajes informáticos al mejor estilo Maxwell Smart) mientras que los equivocados
han crecido sustantivamente. Podríamos especular también acerca de por qué dentro de un ámbito
pequeñoburgués universitario sus posiciones (como las de Claudio Katz) suelen ser populares. Tal
vez encontraríamos que la negación de la crisis es una forma de procesar la renuncia a la acción, un
modus vivendi que requiere de la ilusión de que nada ha pasado, está pasando y, por ende, pasará.
Hay mucho que decir acerca de los planteos de Juan Iñigo Carrera, en particular su posición acerca
de la determinación histórica de la acción de la clase obrera o en torno a la naturaleza del trabajo
improductivo y el cálculo de la tasa de ganancia, pero no quisiera usufructuar la ventaja de conocer
los textos antes de su publicación. Digamos sí que recogemos el guante sobre la continuidad del
debate.
Un aspecto parcial de la crisis, el ligado al mercado de trigo, puede verse en mi “Cuando Dios era
argentino: La crisis del mercado triguero y la agricultura pampeana (1920-1950)”, en Universidad de
Nacional de Rosario, Anuario, 1994.
Maddison, Angus: Las fases del desarrollo capitalista, FCE, México, 1986, p. 112, cuadro 4.7
La cajita infeliz, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2005, capítulo 10.
Tomada de Duménil, Gerard y Dominique Levy: “The Real and Financial Components of Profitability.
USA, 1948-2000”, en el sitio web del CEPREMAP, www.cepremap.ens.fr/levy/ , octubre de 2002
Ibid., p. 6. Traducción mía.
Véase nuestro “La larga marcha de la izquierda argentina”, en Razón y Revolución, n° 3, invierno de
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1997. Los autores involucrados en la cita son Mandel, Ernest: Las ondas largas del desarrollo
capitalista, Siglo XXI, cap. 6; Durand, Maxime: “A dónde va la crisis?”, en Cuadernos del Sur, n° 14,
oct. 1992; Albarracín, Jesús y Pedro Montes: “El capital en su laberinto”, en Cuadernos del Sur, n°
16, oct. 1993; Altvater, Elmar: “Una recuperación malsana”, en Cuadernos del Sur, n° 1, nov. 1984 y
Downs, Peter: “Striking Against Overtime”, en Against the Current, ene-feb de 1995
Ibid… Nobleza obliga, estas palabras fueron escritas y publicadas estando yo dentro del Partido
Obrero: nadie amenazó con expulsarme ni nada por el estilo.
La Cajita… op. cit., p. 753
Recuerdo que poco antes de la devaluación Katz defendía la idea de que no se produciría tal cosa
porque a la burguesía no le convenía. Recuerdo también que el miércoles 19 de diciembre de 2001,
nuestro gremio, la AGD-UBA había convocado a paro, en medio del caos nacional en que se vivía.
Teníamos ese día mesa de examen y yo, entonces secretario de Derechos Humanos de la AGD y
Secretario General de AGD-FyL, tuve que convencer al titular de la cátedra (Katz) y a su JTP
(Glavich) de que había que parar. Según ellos, “no pasaba nada”. Eso no le impidió a Katz, como a
otros que luego formaron el EDI, transformarse en los analistas “serios” de hechos que negaron
hasta el momento mismo en que se produjeron. Nobleza obliga, de nuevo, el libro de Jorge Altamira,
El Argentinazo, una recopilación de artículos publicados entre 1995 y el 2001, adelanta con precisión
notable el curso de los acontecimientos.
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