LRDLC - Radioteatro
LRDLC - Radioteatro
LA REBELIÓN DE LAS
CRIADAS
(Adaptación para radio teatro)
PERSONAJES:
CLARA
SOLANGE
LA SEÑORA-CLARA
LA SEÑORA-SOLANGE
NARRADOR
1
La habitación de LA SEÑORA. Muebles Luis XV. Encajes. En el fondo una ventana abierta
que da a la fachada del inmueble de enfrente. A la derecha la cama. A la izquierda la
puerta y una cómoda. Flores por todas partes. Anochecer.
Eso dice Genet, pero aquí no se ve eso, sino otra cosa: al centro, una estructura metálica
que podría representar una cama, pero también una camilla, una mesa de trabajo del
médico legal, una estructura fría, donde se percibe la muerte rondando, o no. Hay
manchas de sangre, o de comida, o de semen, no sé muy bien, pero asusta un poco.
A ambos lados, unidas a esta estructura principal, paneles cubiertos por una tela
traslúcida, que puede ser género blanco o plástico, como de traje de carnicero.
Más atrás, una especie de pasarela, a la que se sube a través de una rampa a cada lado.
Al centro se puede ver algo que podría ser una ventana, o una puerta, o ambas.
Los únicos personajes de esta obra ya están en escena. Clara está de pie en primer plano
en una posición rígida como de una estatua victoriana. No sé bien qué es eso, pero me lo
parece. Está vestida con ropas que no son de criada, que es lo que ella es. Seguro son
ropas de la señora.
Solange, en cambio, se desplaza por la pasarela, jugando con unos guantes de goma, los
típicos de limpieza, de cocina. Los estira, los huele, los muerde, se los pone y se los saca,
se golpea con ellos, los infla, etcétera.
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1. LA CEREMONIA
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horrorizada, CLARA retrocede.) Ponga sus manos lejos de las mías, su contacto es
inmundo. ¡Ay, que asco!
SOLANGE. —No hay que exagerar, sus ojos se encienden, alcanza usted la orilla.
CLARA. —¿Cómo?
SOLANGE. —Los límites, las fronteras señora, tiene usted que guardar las distancias.
CLARA. —¡Qué lenguaje, hija mía! Clara. Te vengas, ¿verdad? Sientes que se acerca el
instante en que abandonas tu papel...
SOLANGE. —La señora me comprende muy bien, la señora me adivina.
CLARA. —Sientes que se acerca el instante en que dejarás de ser la criada. Vas a
vengarte. ¿Te preparas? ¿Afilas tus uñas? ¿Te despierta el odio? Clara, no olvides. Clara,
¿me oyes? Pero, Clara, ¿no me oyes?
SOLANGE (distraída). —La oigo.
CLARA. —Gracias a mí tan solo existe la criada. Gracias a mis gritos y a mis gestos.
SOLANGE. —La oigo.
CLARA (chilla). —Existes gracias a mí y me desafías. No tienes idea de lo penoso que es
ser la señora, Clara, ser el pretexto de tus lloriqueos, un poco más y dejarías de existir. Pero
soy buena, pero soy guapa y te reto.
SOLANGE. —¡Basta! ¡Apúrese! ¿Está lista?
CLARA. —¿Y tú?
SOLANGE (primero suavemente). —Estoy lista, estoy harta de ser un objeto de asco. Yo
también la odio. . .
CLARA. —Cálmate, hija mía, cálmate. (Da golpecitos en el hombro de SOLANGE para
incitarla a la serenidad.)
SOLANGE. —¡La odio! La desprecio. Ya no me impresiona. ¡La odio! Odio su pecho lleno
de exhalaciones perfumadas. (Escupe en el vestido rojo.) ¡La odio!
CLARA (sofocada). — ¡Ay!, pero...
SOLANGE (avanzando hacia ella). —Sí, señora, hermosa señora mía. ¿Se cree que todo le
estará permitido hasta el final? ¿Elegir sus perfumes, sus polvos, su pintura para las uñas,
la seda, el terciopelo, el encaje y privarme de ellos? Solange le dice a usted que se vaya a
la mierda.
CLARA (enloquecida). —¡Clara, Clara!
SOLANGE. —¿Qué?
CLARA (susurrando). —Clara, Solange, Clara.
SOLANGE. —Claro que sí. ¡Clara le dice váyase a la mierda! Clara está aquí más clara que
nunca. ¡Luminosa! (Le da un bofetón a CLARA.)
CLARA. —Clara…
SOLANGE. —La señora se creía protegida por sus barricadas de flores. Salvada por un
destino excepcional, pero no contaba con la rebelión de las criadas. Mire cómo se acerca,
señora. Va a estallar.
CLARA. —Te prohíbo...
SOLANGE. —¿Prohibirme? ¡Qué chiste! La señora está atónita, su cara se altera. ¿Desea
un espejo? (Le tiende a CLARA un espejo de mano.)
CLARA (mirándose con gusto). —Me hace más bella. El peligro me da una aureola y tú,
Clara, eres todo tinieblas.
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SOLANGE. —...del infierno. Ya lo sé, conozco el disco. Leo en su cara lo que hay que
contestarle. Iré hasta el final. Las dos criadas están aquí —¡las fieles criadas!—.
Embellézcase para humillarlas. Le hemos perdido el respeto, estamos envueltas, mezcladas
en nuestras exhalaciones, en nuestro odio hacia usted. Vamos tomando cuerpo, señora. No
se ría, por favor, sobre todo no se ría de mi grandilocuencia.
CLARA. —Váyase.
SOLANGE. —Para servirla también, señora. Vuelvo a mi cocina. En ella encontraré mis
guantes y el olor de mis dientes. El eructo silencioso del fregadero. Usted tiene sus flores y
yo mi fregadero. Soy la criada. Usted, usted, eso sí, no me puede profanar. Usted me lo
pagará en el paraíso si es necesario. Preferiría seguirla hasta allí antes que abandonar mi
odio a la puerta. Ríase un poco, ríase y rece rápido, muy rápido. ¡Ha llegado a lo último,
Señora! (Golpea a CLARA en las manos y CLARA protege su garganta con ellas.) Sí, voy a
volver a mi cocina, pero antes termino mi tarea. (De repente suena el despertador.
SOLANGE se para. Las dos mujeres se acercan la una a la otra, emocionadas, y escuchan
pegadas la una a la otra.) ¿Ya?
2 La Señora va a volver
SOLANGE (dura). —Vigila la ventana, con lo torpe que eres, nada estaría en su sitio, y
tengo que limpiar el vestido de la señora. (Mira a su hermana.) ¿Qué te pasa? Puedes
parecerte a ti misma ahora, pon la cara de siempre. Clara, vuelve a ser mi hermana...
CLARA. —Estoy rendida, esta luz me mata. ¿Crees que la gente de enfrente...?
SOLANGE. —¿Qué importa? ¿Acaso quieres que organicemos todo a oscuras?. Cierra los
ojos. Cierra los ojos, Clara. Descansa.
CLARA (se pone su humilde vestido negro). —Cuando digo que estoy cansada, es un decir.
No aproveches la ocasión para compadecerte de mí.
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SOLANGE. —Quisiera que descansaras, cuando descansas es cuando más me ayudas.
CLARA. —Te comprendo. No te expliques.
CLARA (se encoge de hombros). —Mejor sería que miraras si todo está en orden. Mira, la
llave del escritorio estaba puesta así. (Arregla la llave.) Y sobre los claveles y las rosas es
imposible, como dice el señor, no...
SOLANGE (violentamente). —Te sentías feliz antes pudiendo mezclar tus insultos.
CLARA. —...descubrir un pelo de una u otra criada.
SOLANGE. —Y los detalles de nuestra vida privada con...
CLARA (irónica). —Con, con, ¿con qué? Da un nombre, da un nombre a la cosa. ¿La
ceremonia? Además, no nos da tiempo de empezar una discusión aquí. Pero, Solange, es
nuestra esta vez. Te envidio por haber visto su cara al enterarse del arresto de su querido.
Esta vez hice un buen trabajo. ¿Lo reconoces? De no haber sido por mí, sin mi carta de
denuncia no hubieras asistido a este espectáculo: él con las esposas y la señora llorando.
Puede morirse del disgusto. Esta mañana no podía estar de pie.
SOLANGE. —Mejor. Que se muera. Y que yo herede por fin. No volver a poner los pies en
esa siniestra buhardilla.
CLARA. —A mí me gustaba nuestra buhardilla.
SOLANGE. — ¿Te gustaba? Para contradecirme. Yo la odio. La veo tal y como es siniestra
y desnuda, despojada, como dice la señora. Pero, en fin, nosotras somos unas piojosas.
CLARA. — No empieces de nuevo. Mejor es que mires por la ventana. No puedo ver nada,
es demasiado oscura la noche.
SOLANGE. —Tengo que hablar, tengo que desahogarme. Me gustó la buhardilla porque su
pobreza me liberaba de hacer más trabajo. Ninguna cortina que levantar, ninguna alfombra
que pisar, nada de muebles que acariciar... con la mirada o con el trapo, nada de espejos,
nada de balcones. Nada nos obligaba a un gesto demasiado pomposo. (Obedeciendo a una
señal de CLARA.) Pero tranquilízate, en la cárcel podrás seguir haciéndote la señora, la
María-Antonieta, pasearte de noche por la casa...
CLARA. —Estás loca. Si nunca me he paseado por la casa.
SOLANGE (irónica). —¡Con que la señorita nunca se ha paseado! Envuelta en las cortinas,
o en las sábanas de seda usadas, ¿no es eso? Contemplándose en los espejos,
pavoneándose en el balcón. Y a las dos de la madrugada saludando al pueblo que acude
para desfilar debajo de su ventana. Nunca, ¿verdad?, nunca.
CLARA. —Pero, Solange...
SOLANGE. —La noche es demasiado oscura para espiar a la señora. Sobre tu balcón, ¿te
creías invisible? ¿Por quién me tomas? No intentes hacerme creer que eres sonámbula. En
nuestra situación puedes confesarlo.
CLARA. —Pero, Solange, estás chillando. Por favor, habla más bajo. La señora puede
volver sigilosamente. (Corre hacia la ventana y levanta la cortina.)
SOLANGE. —Deja las cortinas, ya he terminado. Él andaba mirando igual que tú ahora.
CLARA. —El menor gesto te parece el de un asesino que quiere huir por la escalera de
servicio. Ahora tienes miedo.
SOLANGE. —¡Ironiza! Para excitarme ¡Ironiza! Nadie me quiere. Nadie nos quiere.
CLARA. —Ella, ella sí que nos quiere. Es buena. La señora es buena. La señora nos adora.
SOLANGE. —Nos quiere como a sus sillones y ni siquiera. Como a la loza rosada de sus
baños, como a su bidet. Y nosotras no podemos querernos. La mugre...
CLARA. —¡Ah!
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SOLANGE. —...no quiere a la mugre. ¿Y crees que me voy a resignar? ¿Seguir con este
juego y por la noche meterme de nuevo en el camarote? Quizá ni siquiera podamos seguir
con el juego. Y si no puedo escupir sobre alguien que me llama Clara, mis flemas van a
ahogarme. Mi chorro de saliva es mi corona de diamantes.
CLARA (se levanta y llora). —Habla más bajo, por favor. Habla de la bondad de la señora.
SOLANGE. —¿Su bondad? Es fácil ser buena y risueña y dulce... Su dulzura. ¡Cuando se
es guapa y rica! ¡Pero ser buena cuando se es criada! Una se contenta con pavonearse
mientras hace la limpieza o lava la loza. Se toma un plumero como si fuera un abanico. Se
hacen gestos finos con el paño o como tú, una va por la noche a darse el lujo de un desfile
histórico en el dormitorio de los señores.
CLARA. —Solange. ¡Otra vez! ¿Qué andas buscando? ¿Crees que tus acusaciones van a
calmarnos? ¡De ti podría contar cosas peores!
SOLANGE. —De las dos, ¿quién es la que amenaza?
CLARA. —Inténtalo primero. Dispara la primera. Eres tú quien te echas para atrás, Solange.
No te atreves a acusarme de lo más grave. De mis cartas a la policía. La buhardilla quedó
inundada bajo mis borradores... Páginas y páginas. Me inventé las peores y las más bellas
historias. Anoche, mientras hacías de señora con el vestido blanco, estabas radiante. Ya te
veías subiendo secretamente al barco con él. Acompañabas al señor, a tu esposo. Te ibas
la Isla del Diablo o la Guayana con él. Un bonito sueño. Te dabas el lujo de ser una
prostituta de alto vuelo. Una hetaira. Te sentías feliz de tus sacrificios, de llevar la cruz del
mal ladrón, de limpiarle la cara, de sostenerle y...
SOLANGE. —Pero tú, antes, hablabas de seguirle.
CLARA. —No lo niego. Reanudé la historia donde la habías dejado. Pero con menos
violencia que tú. Ya en la buhardilla, en medio de las cartas, el vaivén te hacía danzar.
SOLANGE. —¿No te veías a ti misma?
CLARA. —Claro que sí. Puedo mirarme en tu cara y ver los estragos que ha hecho en ella
nuestra víctima. Ahora el señor está encerrado, alegrémonos. Por lo menos escaparemos a
sus burlas y estarás más a gusto para descansar sobre su pecho. Inventarás mejor su torso
y sus piernas. Espiarás su manera de andar. El vaivén te hacía danzar. ¡Te entregabas a él!
A riesgo de perdernos... A...
SOLANGE. —¿Qué?
CLARA. —Eso. Perder. Para escribir mis cartas de denuncia a la policía, necesitaba
hechos, tenía que citar fechas. ¿Y qué hice yo? ¿Dime? Te da vergüenza, pero estabas
presente. Registré los papeles de la señora y descubrí las dichosas pruebas... (Silencio.)
SOLANGE. —¿Y después?
CLARA. —¡Me estás molestando y de verdad! ¿Después? Bueno, luego quisiste conservar
las cartas del señor. Y anoche, en la buhardilla, aún había una carta del señor dirigida a la
señora. La descubrí yo.
SOLANGE (agresiva). —Registras mis cosas. Tú.
CLARA. —Es mi deber. Mientras yo lo arriesgaba todo, arrodillándome en la alfombra para
forzar la cerradura del escritorio y crear una historia con materiales verdaderos, tú,
embriagada por el tema de tu amante culpable, criminal ¡me abandonabas!
SOLANGE. —Había puesto un espejo para ver la entrada, estaba acechando.
CLARA. —No es cierto. Yo lo veo todo. Con tu acostumbrada prudencia te habías quedado
a la entrada de la despensa, ¡dispuesta a refugiarte de un salto en el fondo de la cocina a la
llegada de la señora!
SOLANGE. —Mientes, Clara. Estaba vigilando el pasillo...
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CLARA. —Es falso. ¡Poco faltó para que la señora me pillara in fraganti! Y tú sin
preocuparte de si me temblaban las manos al registrar los papeles, ya te habías puesto en
marcha, cruzabas los mares, atravesabas el ecuador.
SOLANGE (irónica). —Y tú, ¿qué? ¡Parece que no sabes nada de tus éxtasis! Clara,
atrévete a decir que nunca has soñado con él, que nunca has soñado con ése
precisamente. Atrévete a decir que no le has denunciado principalmente —¡qué bonita
palabra!—para servirte de él en tu secreta aventura.
CLARA. —Todo eso lo sé y más. Soy la más lúcida. Pero la historia la inventaste tú.
SOLANGE (bajando la voz). —No te temo. No pongo en duda tu odio, tu pero ten mucho
cuidado, yo soy la mayor.
CLARA. —Y eso, ¿qué significa?, ¿y quién es la más fuerte? Me obligas a que te hable de
este hombre para desviar mi atención. ¡Qué tontería! ¿Crees que no te he descubierto?
Intentaste matarla.
SOLANGE. —¿Me acusas?
CLARA. —No lo niegues. Te miré a los ojos(Largo silencio.) y tuve miedo. Miedo, Solange.
Cuando hacemos la ceremonia, me protejo el cuello. Vas por mí, a través de la señora. Soy
yo quien corre un peligro. (Largo silencio. SOLANGE se encoge de hombros.)
SOLANGE (resuelta). — ¡Quise salvarte! No lo podía resistir. Me ahogaba de verte ahogar,
ruborizarte, palidecer, pudrirte en lo agrio y lo dulce de esta mujer. Tienes razón,
repróchamelo. Te quería demasiado. Hubieras sido la primera en denunciarme si la hubiera
matado, tú me hubieras entregado a la policía.
CLARA (la agarra por las muñecas). —¡Solange!
SOLANGE (soltándose). —¿Qué temes? Se trata de mí.
CLARA. —Solange, hermanita mía. He hecho mal. Y ella va a volver.
SOLANGE. —No maté a nadie. Fui cobarde. Hice lo que pude, pero ella se giró durmiendo,
respiraba dulcemente, hinchaba las sábanas. Y era la señora.
CLARA. —Cállate
SOLANGE. —Todavía no. Quisiste saberlo, espera, te voy a contar aún más cosas. Sabrás
cómo está hecha tu hermana. de qué está hecha, lo que hace que una sea criada: quise
estrangularla...
CLARA. —Piensa en la gloria. Piensa en la gloria. Piensa en lo que viene después.
SOLANGE. —No hay nada. Ya estoy harta de arrodillarme y pedir perdón ¡Mira! Mira lo bien
que sufre ella, con qué elegancia sufre, el dolor la transforma, la embellece aún más. Al
enterarse que su esposo era un ladrón, se encaró con la policía, estaba en plena exaltación.
Ahora es una abandonada soberbia, cuyos brazos sostienen dos criadas atentas y afligidas
por su pena. ¿La has visto? Su pena centelleante por el resplandor de sus joyas. Por el raso
de sus vestidos. Clara, la belleza de mi crimen rescataría la pobreza de mi pena. Después
hubiera prendido fuego...
CLARA. —Tranquilízate, Solange. El fuego podía no prender. Te hubieran descubierto. Ya
sabes lo que les pasa a los terroristas.
SOLANGE. —Lo sé todo. Pegué el ojo y el oído a la cerradura, oí detrás de las puertas,
más que cualquier otra criada. Lo sé todo. ¡Terrorista! Es un título admirable.
Me ahogo
CLARA. —Cállate. Me ahogas. Me ahogo. (Quieren entreabrir la ventana.) ¡Hay que dejar
que entre un poco de aire aquí!
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SOLANGE (inquieta). —¿Qué quieres hacer?
CLARA. —Abrir.
SOLANGE. —¿Tú también? Hace mucho tiempo que me ahogo. Hace tiempo que quería
llevar la batuta frente al mundo. Chillar mi verdad por todas partes, bajar a la calle
haciéndome pasar por la señora.
CLARA. —Cállate. Quería decir...
SOLANGE. —Es demasiado temprano, tienes razón. Deja en paz la ventana. Abre las
puertas del vestíbulo y de la cocina. (CLARA abre ambas puertas.) Vete a ver si hierve el
agua.
CLARA. —¿Sola?
SOLANGE. —Bueno, espera a que venga. Ella trae sus estrellas, sus lágrimas, sus
sonrisas, sus suspiros. Va a corrompernos con su dulzura. (Suena el teléfono. Las dos
hermanas siguen la conversación.)
7. LIBRES - PERDIDAS
La llamada - El miedo
CLARA (al teléfono). —¿El señor? ¡Es el señor!... Soy Clara, señor. (SOLANGE quiere el
auricular. CLARA la aparta.) Muy bien, avisaré a la señora. La señora estará contenta de
saber que el señor está en libertad... Sí, señor. Voy a anotarlo. El señor espera a la señora
en el bar. Muy bien. Usted lo pase bien, señor. (Quiere colgar, pero le tiembla la mano y
pone el auricular sobre la mesa.)
SOLANGE. —¿Está libre?
CLARA. —Lo dejaron en libertad condicional.
SOLANGE. —Pero, entonces, todo se echa a perder.
CLARA (seca). —Ya lo ves.
SOLANGE. —Los jueces han tenido la cara dura de soltarlo. Es una vergüenza para la
justicia. ¡Se nos insulta! Si el señor está libre querrá hacer una encuesta. Registrará la casa
para descubrir a la culpable. Me pregunto si te das cuenta de la gravedad de la situación.
CLARA. —Hice lo que pude. Por nuestra cuenta y riesgo.
SOLANGE. —¡Qué bien lo has hecho!. Tus denuncias, tus cartas, todo sale a las mil
maravillas. ¿Y si reconocen tu letra, miel sobre hojuelas? ¿Y por qué va primero al bar en
vez de venir aquí? ¿Puedes explicarlo?
CLARA. —Ya que eres tan hábil, tenías que haber logrado tu propósito con la señora. Pero
tuviste miedo. El aire estaba perfumado y la cama tibia. Era la señora. Ahora nos toca
seguir con esta vida, volver a nuestro papel.
SOLANGE. —Desgraciada. Pero si precisamente el papel en sí es peligroso. Estoy segura
de que hemos dejado huellas. Por tu culpa. Siempre dejamos. Veo grandes cantidades de
huellas que nunca podré borrar. Y ella, se pasea en medio de todo esto, notándolo. Lo
descifra. Coloca la punta de su pie sonrosado sobre nuestras huellas y una tras otra nos
descubre. Por tu culpa la señora se burla de nosotras. La señora lo sabrá todo. Basta con
que llame para que la sirvan. Se enterará de que nos poníamos sus vestidos, de que
robábamos sus gestos, de que embaucábamos a su querido con nuestras zalamerías. Todo
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va a hablar, Clara. Todo nos acusará. Las cortinas con la señal de tus hombros. Los
espejos con la de mi cara, la luz que estaba acostumbrada a nuestras locuras. La luz va a
confesarlo todo. Por tu torpeza todo se echa a perder.
CLARA. —Todo se echará a perder porque no tuviste fuerza para...
SOLANGE. —Para...
CLARA. —Matarla.
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SOLANGE. —No sabrás qué gestos habrá que hacer. Las cosas son más graves, Clara,
más sencillas.
CLARA. —Me sostendrá el brazo firme del jardinero. No se echará atrás. Apoyaré mi mano
izquierda en tu nuca. Me ayudarás. Y si tengo que ir más lejos, Solange, si tengo que irme a
la cárcel, me acompañarás, subirás al barco. Solange, entre las dos seremos esa eterna
pareja del criminal y de la santa. Nos salvaremos, Solange, te lo juro. (Se deja caer,
sentándose, sobre la cama de la señora.)
Descansar - Dormir
SOLANGE. —Cálmate. Te voy a llevar arriba. Vas a dormir.
CLARA. —Déjame. Haz un poco de oscuridad. Haz un poco de oscuridad, por favor.
(SOLANGE apaga.)
SOLANGE. —Descansa, descansa, hermanita mía. (Se arrodilla, le quita los zapatos a
CLARA, le besa los pies.) Cálmate, cariño. (La acaricia.) Pon tus pies, eso es. Cierra los
ojos.
CLARA (suspirando). —Me da vergüenza, Solange.
SOLANGE (muy despacio). —No hables, déjame que yo lo haga todo. Voy a adormecerte.
Cuando duermas, te llevaré arriba, a la buhardilla, te desnudaré y te meteré en tu camarote.
Duerme, estaré contigo.
CLARA. —Me da vergüenza, Solange.
SOLANGE. —Calla, déjame que te cuente un cuento.
CLARA (con voz lastimera). —¿Solange?
SOLANGE. —¿Lucero mío?
CLARA. —Oye, Solange.
SOLANGE. —Duerme. (Larga pausa.)
CLARA. —¡Tienes un pelo muy bonito! ¡Qué pelo tan bonito! El suyo...
SOLANGE. —Deja de hablar de ella.
CLARA. —El suyo es postizo. (Larga pausa.) ¿Te acuerdas de nosotras dos? Debajo del
árbol. ¡Con los pies al sol, Solange!
SOLANGE. —Duérmete, estoy contigo, soy tu hermana mayor. (Silencio. Al cabo de un
momento CLARA se levanta.)
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8. LA SEÑORA
El veneno en la infusión
CLARA. —No. ¡No!, ¡ni un pizca de debilidad! ¡Enciende! ¡Enciende! Es demasiado
importante este momento. (SOLANGE enciende.) ¡De pie! Y comamos. ¿Qué hay en la
cocina? Dime. Hay que comer. Para ser fuerte. Ven conmigo. Vas a darme consejos. ¿Las
pastillas?
SOLANGE. —Sí. Las pastillas.
CLARA. —¡Las Pastillas! No pongas esa cara. Hay que estar alegre y cantar. ¡Cantemos!
Canta como cuando ibas a pedir limosna en los patios y en las embajadas. Hay que reírse.
(Se ríen a carcajadas.) Si no, la tragedia hará que nos escapemos volando por la ventana.
Cierra la ventana. (Riéndose, SOLANGE cierra la ventana.) El asesinato es una cosa. . .
Inenarrable. Cantemos. Nos la llevaremos a un bosque y bajo los árboles, al claro de luna,
la descuartizaremos. ¡Cantaremos! ¡La enterraremos bajo las flores y las regaremos por la
noche con una regaderita! (Se oye el timbre de la puerta de entrada.)
SOLANGE. —Es ella. Es ella quien vuelve. (Coge a su hermana de las muñecas.) Clara,
¿estás segura de no flaquear?
CLARA. —¿Cuántas hay que meter?
SOLANGE. —¡Echa diez! En su infusión. Diez pastillas. Pero no te atreverás.
CLARA (se suelta y va a arreglar la cama. SOLANGE la mira durante un instante). Diez.
SOLANGE (muy de prisa). —Diez. Nueve no bastarían, solo le harían vomitar. Diez.
Prepara una infusión muy concentrada. ¿sí?
CLARA (en un murmullo). —Sí.
SOLANGE (va a salir, pero cambia de parecer. Con naturalidad). —Muy dulce..
(Sale por la izquierda. CLARA sigue arreglando la habitación y sale por la derecha.
Transcurren unos segundos. Entre bastidores se oye una carcajada nerviosa. LA SEÑORA,
cubierta de pieles, entra riéndose, seguida por SOLANGE.)
La cárcel
LA SEÑORA (S). —¡Cada vez más! ¡Horribles muros de un color deprimente y mimoso!
¡Tanta atención, querida Solange, para un ama indigna y tantas rosas para ella cuando al
señor le tratan como a un criminal! ¡Porque, Solange, a tu hermana y a ti les voy a dar una
nueva prueba de confianza! Ya no tengo esperanza. Esta vez sí que el señor está en la
cárcel. (SOLANGE le quita el abrigo de pieles.) ¡Y encarcelado, Solange! ¡En- car-ce-la-do!
¿Qué me dices de esto? He aquí a tu ama complicada en el asunto más sucio y más tonto.
¡El señor duerme en el suelo y ustedes me hacen un altar!
SOLANGE (C). —La señora no tiene que deprimirse. Las cárceles ya no son tan malas...
LA SEÑORA. (S)—Sí, lo sé. Pero eso no impide que mi fantasía invente las peores torturas
para el señor. Las cárceles están atestadas de criminales peligrosos, ¡y el señor, que es la
misma delicadeza, tendrá que vivir con ellos! Me muero de vergüenza. Mientras intenta
explicar su crimen, yo avanzo en medio de un camino, con el alma desesperada. Estoy
destrozada.
SOLANGE (C). —Sus manos están heladas.
LA SEÑORA.(S) —Estoy destrozada. Cada vez que yo vuelva a casa mi corazón latirá con
esta terrible violencia y un día caeré redonda, muerta bajo sus flores. Están preparando mi
tumba, ¡Desde hace unos días están acumulando en mi habitación flores fúnebres! Pasé
mucho frío pero no tendré la cara dura de quejarme por ello. Vi hombres helados, caras de
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mármol, cabezas de cera, pero pude entrever al señor. Eso sí, muy de lejos. Con la punta
de los dedos le hice una seña. Me sentía culpable y le vi desaparecer entre dos gendarmes.
¡Clara!
SOLANGE. (C) —Está preparando la infusión de la señora.
LA SEÑORA. (S) —¡Qué se dé prisa! Perdona, querida Solange. Perdóname. Me da
vergüenza pedir la infusión cuando el señor está solo sin alimento, sin tabaco, sin nada. La
gente no sabe lo que es una cárcel. Carecen de imaginación. Yo tengo demasiada. Mi
sensibilidad me hace sufrir. Atrozmente. Tienen suerte, Clara y tú, de estar solas en este
mundo. ¡La humildad de su condición les ahorra muchas desgracias!
SOLANGE. (C) —Pronto se darán cuenta de que el señor es inocente.
LA SEÑORA. — (S) ¡Lo es, lo es! Pero inocente o culpable, nunca lo abandonaré. He aquí
cómo se reconoce el amor que una tiene por un ser: el señor no es culpable, pero si lo fuera
yo me haría su cómplice. Lo acompañaría hasta la Guayana, hasta Siberia. Sé que saldrá
del apuro. Por lo menos este lío idiota me habrá permitido tomar conciencia del cariño que
le tengo. Y este acontecimiento destinado a separarnos es un vínculo más entre los dos. Y
me hace casi más feliz. ¡De una dicha monstruosa! El señor no es culpable, pero si lo fuera,
¡con qué alegría aceptaría yo llevar su cruz! De etapa en etapa, de cárcel en cárcel. Le
seguiría. A pie si fuera necesario. ¡A la carcel!. ¡Solange! ¡Quiero fumar! Un cigarro.
No me conoces aún. Hasta ahora tu hermana y tú han visto una mujer rodeada de
atenciones y de ternuras, preocupada por sus infusiones y sus vestidos, pero hace tiempo
que acabo de abandonar mis manías. Soy fuerte. Y estoy dispuesta a luchar. Necesito esta
angustia para poder pensar más rápido. Y necesito esta velocidad para ver mejor. Gracias a
esto quizá llegue a vencer esta atmósfera de inquietud en la que me muevo desde esta
mañana. Gracias a esto quizá adivine quién es esa policía infernal que dispone en mi casa
de espías misteriosos.
SOLANGE. (C) —No hay que apurarse. He visto que absolvían casos más graves en el
tribunal.
LA SEÑORA. (S) —¿Casos más graves? ¿Qué sabes tú de su caso?
SOLANGE. (C) —Yo, nada. Me refiero a lo que dice la señora. Opino que quizá se trate de
un asunto sin gravedad...
LA SEÑORA. (S) — ¿Y qué sabes tú de los casos en que absuelven? ¿Vas los tribunales?
SOLANGE. (C) —Leo los resúmenes de los diarios. Le estoy hablando de un hombre que
había hecho algo peor. En fin...
LA SEÑORA. (S) —El caso del señor es único. Se le acusa de robos idiotas. ¿Estás
satisfecha? ¡De robos! Idiotas, idiotas como las cartas de denuncia que provocaron su
arresto.
SOLANGE. (C) —Convendría que la señora descansara.
LA SEÑORA. (S) —No estoy cansada. Deje de tratarme como a una inválida. A partir de
hoy dejo de ser el ama que les permitía aconsejar y entretener su ocio. Yo no soy la que
merezco compasión. Su amabilidad me fastidia. Me agobia. Su amabilidad. Y estas flores
que están aquí para celebrar lo contrario de una boda.
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SOLANGE. (C) —Comprendemos el dolor de la señora.
LA SEÑORA. (S) — Ahora voy a abandonar mis vestidos; además, soy una mujer de edad.
¿Verdad, Solange, que soy una mujer de edad?
SOLANGE. (C) —Otra vez piensa en cosas tristes.
LA SEÑORA. (S) —Tengo ideas de luto, no te tiene que sorprender. ¿Cómo podría pensar
en mis vestidos y en mis pieles cuando el señor está en la cárcel?
SOLANGE. (C) —Por favor, señora...
LA SEÑORA. (S) —No tienen ningún motivo de compartir mi desgracia. Lo entiendo.
SOLANGE. (C) —No abandonaremos nunca a la señora. Con lo mucho que hizo la señora
por nosotras.
LA SEÑORA. (S) —Lo sé, Solange.
SOLANGE. (C) —Señora...
LA SEÑORA (S). —Son casi mis hijas. Con ustedes la vida me resultará menos triste. Nos
iremos al campo, tendrán las flores del jardín. Pero nunca les gustó jugar. Son jóvenes, pero
nunca ríen. En el campo van a estar tranquilas. Las mimaré. Y después les dejaré todo lo
que tengo. Además, ¿qué les falta? Tan solo con mis antiguos trajes podrían ir vestidas
como unas princesas. Y mis vestidos... (Se dirige hacia el armario y examina sus vestidos.)
¿Para quién serían? Abandono la vida elegante.
La infusión
(CLARA entra con la tila.)
CLARA (que ha quedado sola). —Porque la señora es buena, la señora es guapa, la señora
es dulce. Pero no somos unas ingratas. Y todas las noches en nuestras buhardillas, como lo
ordena claramente la señora, rezamos por ella. Nunca levantamos la voz. Y en su presencia
ni siquiera nos atrevemos a tutearnos. ¡Así es como la señora nos mata con su dulzura! Con
su bondad la señora nos envenena. Porque, ¡la señora es buena, la señora es guapa, la
señora es dulce! Nos permite tomar un baño todos los domingos en su propia bañera.Nos
inunda de flores marchitas. La señora nos prepara infusiones. La señora nos habla del
señor hasta darnos celos. Porque, ¡la señora es buena, la señora es guapa, la señora es
dulce!.
(Solange se toma la infusión)
Culpables
CLARA. —Hemos perdido... es demasiado tarde. Estoy tan cansada.
SOLANGE. —Es el momento oportuno para que usted se queje. Su delicadeza se deja ver
en el momento preciso.
CLARA. —Demasiado cansada.
SOLANGE. Es evidente que las criadas son culpables si la señora es inocente. Es tan
sencillo ser inocente, señora..
Insultos
14
CLARA-SEÑORA. —Clara o Solange, me está usted irritando, porque las confundo. Clara o
Solange, me está usted irritando y me incita a la cólera. Porque la acuso de todas las
desgracias.
SOLANGE. —Atrévase a repetirlo.
CLARA-SEÑORA. —Le acuso de ser culpable del más espantoso de los crímenes.
SOLANGE. —Está usted loca o borracha. Porque no se trata de crimen. No podrá nunca
acusarnos de un crimen preciso.
CLARA-SEÑORA. —¡Quería insultarme! ¡No se moleste! Escúpame en plena cara.
Cúbrame de lodo y de basura.
SOLANGE. —¡Es usted muy guapa!
CLARA-SEÑORA. —Ahórrese las zalamerías. Hace tiempo que ha hecho inútiles las
mentiras, ¡las dudas que llevan a la metamorfosis! !Apúrate! Ya no puedo más con tanta
vergüenza y tantas humillaciones. El mundo puede oírnos, sonreírse, encogerse de
hombros, llamarnos locas y envidiosas. Me estremezco. Siento un escalofrío de placer.
Clara, ¡voy a relinchar de alegría!
SOLANGE. —¡Es usted muy guapa!
CLARA-SEÑORA. —Empieza con los insultos.
SOLANGE. —¡Es usted muy guapa!
CLARA-SEÑORA. —¡Apúrate! Déjese de preludios. Vaya a los insultos.
SOLANGE. —Usted me deslumbra.
CLARA-SEÑORA. —He dicho que comiencen los insultos. No esperará usted que después
de haberme puesto este vestido, voy a oír celebrar mi belleza. ¡Cúbrame de odio! ¡De
insultos!
SOLANGE. —Ayúdeme.
CLARA-SEÑORA. —Odio a las criadas. Odio su casta odiosa y ruin. Las criadas no
pertenecen a la humanidad, se infiltran. Son una exhalación que se estanca en nuestras
habitaciones, en nuestros corredores, que nos cala, que nos entra por la boca, que nos
corrompe. De verla, me dan ganas de vomitar.
El Fin
SOLANGE. —Voy subiendo poco a poco...
CLARA-SEÑORA. —...Sé que son necesarios como los sepultureros, como los bomberos,
como la policía, como los obreros. Toda esta gentuza es fétida y me repugna...
SOLANGE. —Siga, siga.
CLARA-SEÑORA. —Sus caras de espanto y de remordimiento, sus codos arrugados, sus
blusas pasadas de moda, sus cuerpos hechos para llevar nuestra ropa usada, para ser el
recipiente de nuestras inmundicias. Sus alientos gastados, su olor a basura descompuesta,
a estropajos azumagados, a estiércol. Son nuestros espejos de feria. Nuestra válvula de
escape, nuestra vergüenza, nuestra mierda...
SOLANGE (solemne). —Interrumpo el curso. ¡De rodillas! ¡De rodillas!; por fin sé cuál es mi
destino.
(SOLANGE toma el cuello de CLARA)
1. LIBRES EN LA MUERTE
Inicio
15
Por fin. La señora ha muerto estrangulada con los guantes para lavar la loza. ¡La señora
puede quedar sentada! La señora puede llamarme señorita Solange precisamente, por lo
que hice. El señor y la señora me llamarán señorita Solange Lemercier… la señora tenía
que haberse quitado ese vestido negro, es grotesco. Estoy reducida a ir de luto por mi
criada. A la salida del cementerio todos los criados del barrio desfilaron delante de mí, como
si hubiera pertenecido a la familia. Afirme tantas veces que ella formaba parte de la
familia… La muerta habrá tomado la broma al pie de la letra. ¡Sí, señora!... La señora y yo
somos iguales y ando con la cabeza erguida… (Se ríe) Los vestidos, la señora puede
guardarlos, mi hermana y yo teníamos los nuestros, los que nos poníamos de noche en
secreto. Ahora tengo mi vestido y usted y yo somos iguales. Llevo el traje rojo de las
criminales. ¿Le hago gracia al señor? ¿Le hago sonreír al señor? ¿Cree que estoy loca?
Opino que las criadas tienen que tener suficiente buen gusto como para no hacer ademanes
reservados a la señora. De verdad, ¿me perdona? Es usted la bondad misma. Quiere
competir en nobleza conmigo, pero he conquistado la más áspera... Ahora estoy sola.
Espantosa. Podría hablarle con crueldad, pero quiero ser buena. La señora superará su
miedo. Lo logrará muy fácilmente. Entre sus flores, sus perfumes, sus vestidos. Ese vestido
blanco que usted llevaba por la noche en el baile de la Ópera. Ese vestido blanco que le
prohíbo siempre que se ponga. Yo tengo a mi hermana. Sí, me atrevo a hablar de ella. Me
atrevo, señora. Me puedo atrever a todo. ¿Y quién podría mandarme que me callara?
¿Quién tendría el valor de decirme "hija mía"? He servido. Hice los gestos necesarios para
servir. Sonreí a la señora. Me incliné para hacer la cama. Me incliné para restregar los
baldosines, me incliné para pelar la verdura, para escuchar detrás de las puertas, para
pegar mi ojo a la cerradura, pero ahora me quedo tiesa y recia: Soy la estranguladora, la
señorita Solange, la que estranguló a su hermana. ¿Que me calle? La señora es muy
delicada, la verdad, pero me compadezco de la señora, me da lástima la blancura de la
señora, su piel de seda, sus orejas diminutas, sus muñecas estrechas... Soy la gallina
negra. ¿Clara? Quería mucho, pero mucho, a la señora… (Enciende un cigarro y fuma
torpemente. El humo la hace toser). Ni ustedes ni nadie sabrán nada, excepto que esta vez,
Solange fue hasta el final. La están viendo vestida de rojo, va a salir. (SOLANGE avanza
hacia la ventana, la abre y se sube al balcón. Va a decir de espaldas al público y frente a la
noche, el discurso siguiente. Una brisa ligera hace mover las cortinas.) Salir, bajar por la
gran escalera: la policía la acompaña. Asómense al balcón para verla andar entre los
penitentes negros. Son las doce del día. Lleva una antorcha. El verdugo la sigue de cerca.
En el oído le cuchichea palabras de amor. ¡El verdugo me acompaña, Clara! ¡El verdugo me
acompaña! (Ríe.) La llevarán en procesión todas las criadas del barrio, todos los criados
que la han acompañado a su última morada. (Mira hacia afuera.) Llevan coronas, flores,
banderas, se oye el toque de muerte, el entierro despliega su pompa… es bonito, ¿verdad?
El verdugo me mece, me aclaman, estoy pálida y voy a morir. (Entra.) ¡Cuántas flores! Le
han hecho un bonito entierro, ¿verdad?... Clara, pobrecita. (Se pone a sollozar y se deja
caer en una butaca... Se levanta.) Ahora somos las señoritas Solange Lemercier. La
acusada Lemercier. La Lemercier. La famosa criminal. (Cansada.) Clara, ya no estamos
perdidas.
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