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Tema 6 - La Herejía y El Cisma

Este documento describe el surgimiento de la herejía iconoclasta en el Imperio Bizantino en el siglo VIII. El emperador León III el Isáurico comenzó una persecución contra el culto de las imágenes sagradas, creyendo que conducía a la idolatría. Aunque logró destruir algunas imágenes, se enfrentó a la fuerte oposición del patriarca de Constantinopla y del papa. Esto llevó a una creciente tensión entre la iglesia y el estado bizantino durante el reinado de León

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Tema 6 - La Herejía y El Cisma

Este documento describe el surgimiento de la herejía iconoclasta en el Imperio Bizantino en el siglo VIII. El emperador León III el Isáurico comenzó una persecución contra el culto de las imágenes sagradas, creyendo que conducía a la idolatría. Aunque logró destruir algunas imágenes, se enfrentó a la fuerte oposición del patriarca de Constantinopla y del papa. Esto llevó a una creciente tensión entre la iglesia y el estado bizantino durante el reinado de León

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LA HEREJÍA Y EL CISMA

I. Contra el culto de- los iconos en Oriente

Cuando, después del concilio VI ecuménico de Constantinopla (680-681), que


anatematizó los errores del monotelismo, parecían ya agotadas en el inquieto mundo
greco-oriental todas las herejías de carácter dogmático, surge de pronto una nueva
menos complicada en disquisiciones teológicas, más popular y práctica, como tocante a
la liturgia, a los usos y tradiciones. Lo grave de esta herejía consistió en que fue
patrocinada y acaudillada por la omnipotencia del emperador bizantino, que se creía a
un mismo tiempo cesar y papa en sus dominios; y lo dramático de la misma se originó
del choque con la potencia—siempre respetable en Oriente—de los monjes, apoyados
entonces no solamente por Roma, sino también por la devoción popular.
1. El culto de las imágenes en la antigüedad.
Empecemos por decir que la pintura de las imágenes y representación de
Jesucristo, de la Virgen y de los santos data en el cristianismo de muy antiguo, como se
demuestra con sólo entrar en las Catacumbas. Antiguo es también, aunque no tan
primitivo, el culto a esas imágenes, que, sin duda, se generalizó después de la paz
constantiniana. En el siglo IV cundieron por el Oriente los iconos sagrados, originarios
de Egipto, a imitación de los bustos y retratos funerarios que los antiguos ponían en
sus sepulcros. Las mismas Catacumbas romanas, con los grafitos y las figuras
aureoladas, indican que se tributaba culto y veneración a las imágenes de Cristo y de los
santos. Las espléndidas basílicas de aquella edad estaban adornadas de mosaicos con
imágenes, a las que se tributa veneración.
Nunca prohibió la Iglesia oficialmente la pintura ni el culto de las imágenes, porque si
hay testimonios contrarios, son de particulares; y aun éstos, generalmente, más bien
condenan esa práctica por temor y peligro de idolatría que porque la juzguen en sí
reprobable. En la práctica el pueblo cristiano seguía aficionado al culto de las imágenes
y la Iglesia no lo miraba mal. Al obispo Sereno de Marsella, primer iconoclasta que
conocemos, reprendió severamente San. Gregorio Magno por haber destruido algunas
imágenes, diciéndole que es lícito su culto, con tal que se evite la idolatría, y
recomendando su uso porque ellas son como una Biblia para los que no saben leer;
pensamiento que ya había expuesto mucho antes San Gregorio de Nisa. Lo que
cuidadosamente evitaba la Iglesia era que se introdujese cualquier error dogmático. Por
eso distinguió entre el culto supremo que se tributa a Dios (cultus latriae) y el culto
inferior que se tributa a los santos, siervos de Dios (cultus duliae). Tanto el que se
dirige a Dios como el que se dirige a los santos suele llamarse absoluto, a diferencia del
que se dirige a las imágenes, que se dice relativo.
El culto a las imágenes había echado hondas raíces en el pueblo, particularmente en
Oriente, donde se les tributaba una veneración rayana en la superstición, como sucedía
en Occidente con las reliquias. Los iconos presidían los juegos del hipódromo y
marchaban al frente de las tropas en la guerra; con una imagen de Cristo en la mano
arengaba Heraclio a sus soldados en lucha contra los persas. «Doquiera, en iglesias y
capillas, en casas particulares, en salas y alcobas, delante de las tiendas, en los
mercados, sobre los libros y los vestidos, sobre los utensilios domésticos y las joyas,
sobre las sortijas, sobre las copas y los vasos, en los muros, a la entrada de los talleres,
en una palabra, donde hubiera posibilidad, se colocaba la imagen del Salvador, de la
Madre de Dios o de algún santo. Eran de todas formas y tamaños; todavía pueden verse
en los sellos de muchos particulares y funcionarios; las llevaban colgando como
amuletos y las transportaban consigo en los viajes; para el cristiano de Bizancio las
imágenes eran prenda segura de bendiciones y de salud, una garantía de la protección
y auxilio de lo alto; sin las imágenes no podía vivir».
2. León III el Isáurico. Principio de la persecución iconoclasta.
El Imperio de Bizancio, en los comienzos del siglo VIII, atravesaba una terrible crisis:
dentro, anarquía y sediciones; fuera, la marea-creciente de la Media Luna, que,
dominando el Asia Menor, amenazaba dar el salto a Europa. Año 717. Sube al trono
León III, llamado el Isáurico porque se le creyó natural de Isauria, aunque había nacido
en Siria, de humilde origen. Entró en el ejército y se distinguió tanto por su valor y
talento, que de triunfo en triunfo llegó a hacerse proclamar emperador de
Constantinopla. Inmediatamente tuvo que atender a la defensa de su capital, a la que
los árabes habían puesto un formidable asedio, bloqueándola con una flota de 1.500
barcos. El fracaso de los árabes fue completo. Destruida su flota por el famoso fuego
griego y por la tempestad, se retiraron con enormes pérdidas y sin esperanza de volver.
León Isáurico había salvado la civilización europea, poniendo un dique al avance
musulmán, como catorce años después lo pondría Carlos Martel en la extremidad
occidental del Imperio islámico (Poitiers, 732). Nuevas victorias de León III en el Asia
Menor aseguraron su trono.
¡Lástima que sus egregias cualidades de guerrero, de codificador de leyes y de
gobernante sagaz las desperdiciara enredándose en cuestiones teológicas y eclesiásticas
que turbaron por muchos años el Imperio, acarreándole trastornos y males espirituales
y aun políticos de trascendencia incalculable! ¿Cómo se le metió en la cabeza la idea
obsesionante de desarraigar el culto de las imágenes? No se ha dado todavía una
explicación satisfactoria. No nos satisfacen las razones de Baronio y otros que atribuyen
la iconoclastia de León III al influjo de los judíos, enemigos de las imágenes. Ni parece
probable que quisiera captarse la benevolencia de los califas, que por el mismo tiempo
habían mandado destruir todos los iconos de las iglesias y casas cristianas; probable es
que el edicto de Yezid II (723) influyó en algunos obispos iconoclastas del Asia Menor.
Otros historiadores modernos piensan que estas medidas de orden religioso no fueron
sino un párrafo más del programa reformista que se había trazado aquel emperador,
una continuación de sus medidas reorganizadoras en lo militar y en lo civil. Quizá se
persuadió, viendo el abuso supersticioso de las imágenes, que el pueblo iba con ello
retrocediendo hacia el paganismo y la idolatría, y que el culto de los iconos era un
impedimento para la conversión de judíos, mahometanos y sobre todo de paulicianos y
maniqueos, sectas bastante extendidas en el Asia Menor y dentro del ejército. Ni
faltaron católicos que combatían la pintura de imágenes por motivos dogmáticos,
negando, por ejemplo, que la figura de Cristo pudiese ser pintada adecuadamente, pues
si el artista intentaba representar sólo lo humano, ponía división en Cristo,
favoreciendo la herejía de Nestorio, y si pretendía representar a un tiempo lo humano y
lo divino, confundía las dos naturalezas, cayendo en el error monofisita de Eutiques.
Insistían, por supuesto, en lo de adorar a Dios «in spiritu et veritate», y por lo que
respecta al culto de los santos, afirmaban que era deshonrar a los santos venerar su
cuerpo material cuando ya el alma estaba en la gloria. De este parecer eran varios
obispos de Asia Menor, entre ellos Constantino de Nacolia. En vano San Germán,
patriarca de Constantinopla, se esforzó por atraerlos a la verdadera doctrina.
Suele señalarse el año 726 como el principio de la campaña iconoclasta de parte
del emperador. No se demuestra que publicara entonces un edicto mandando
destruir las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos, como ídolos a los que se
tributaban honores propios y exclusivos de la divinidad. A fin de no chocar
violentamente con el pueblo, fanáticamente apegado a los iconos, empezó empleando
medios de persuasión y propaganda contra los llamados iconodulos o adoradores de las
imágenes, hasta que la inutilidad de sus esfuerzos le hizo ver que nada podría
conseguir a buenas, por lo arraigada que estaba en el pueblo aquella práctica.
A principios de 727, según la cronografía de Teófanes, tuvo lugar la primera medida
de violencia. En el barrio de Calcoprateya, sobre la perta de bronce de un palacio
imperial, se alzaba la veneradísima imagen de Cristo llamada Antiphonetes, puesta allí,
según se decía, por Constantino el Grande. Por orden del emperador, se tentó
destrozarla a golpes de martillo. El pueblo, amotinado, le derribó de la escala; las
mujeres pisotearon su cadáver y con él murieron otros oficiales que le acompañaban en
aquel acto de profanación. Respondió León III con inauditas crueldades de cárceles,
destierros, azotes y mutilaciones. Aprovechando estas circunstancias, estalló la
revolución en la armada de las Cicladas, pero fue vencida, con lo que el emperador
fortificó su posición.
3. San Germán de Constantinopla. Los papas.
Sin el consentimiento del patriarca constantinopolitano y del Romano Pontífice no
lograría sus fines. Se dirigió, pues, a San Germán, tratando de engañarle con
adulaciones y sofismas. Nada consiguió. En carta al papa Gregorio II le manifestaba su
voluntad decidida de acabar con las imágenes sagradas, cuyo culto, fomentado por los
monjes, es completamente idolátrico y contrario a la Sagrada Escritura. No se
conservan estas letras imperiales, pero sí dos respuestas de Gregorio II, de cuya
autenticidad hoy día no se puede dudar. Por la segunda de ellas conocemos la famosa
frase de León el Isáurico, con que justificaba sus intromisiones en lo eclesiástico:
Imperator sum et sacerdos, fórmula clásica del cesaropapismo. Responde el Sumo
Pontífice que tanto derecho tiene el emperador para mandar en la Iglesia, como el papa
en el palacio imperial.
La tensión entre los dos poderes llegó a tal grado de tirantez, que funcionarios
imperiales urdieron varias conjuraciones contra la vida e Gregorio II. En cambio, los
pueblos de la Pentápolis y Venecia, fieles al pontífice de Roma, se alzaron en rebeldía
contra Bizancio, y fue el papa quien tuvo que intervenir para que los italianos siguiesen
sometidos al emperador iconoclasta. Este, lejos de mostrar agradecimiento, redobló sus
amenazas y promesas a San Germán, pero el anciano patriarca, antes de ceder,
prefirió retirarse a la vida privada (730). Su sucesor, Anastasio, dócil instrumento de
León III, no hizo sino favorecer el vandalismo feroz y organizado de los ministros
imperiales, que allanaban los templos, monasterios y casas particulares, destruyendo
aun las imágenes de más valor artístico y las mismas reliquias de los santos. ¡Cuántas
ardieron en la plaza pública, con escándalo y protesta de los fieles! Muchos sacerdotes
y laicos, monjes y monjas dieron su vida entre tormentos, según cuenta Teófanes y el
Liber Pontificalis. Otros muchos, como los padres de San Esteban el Joven, se vieron
precisados a emigrar.
La persecución se ensañaba como nunca, y ahora de un modo sistemático. El nuevo
papa Gregorio III (731-741) convoca un concilio de 93 obispos italianos, y el 1 de
noviembre del 731, sobre la Confesión de San Pablo, en Roma, son excomulgados todos
«los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imáge-
nes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa Madre María, siempre virgen
inmaculada, y de los apóstoles y santos». En represalia, León III aumentó los impuestos
de Calabria y Sicilia, confiscó los patrimonios de San Pedro en esas regiones y traspasó
del patriarcado romano al de Constantinopla todas las provincias del antiguo Illyricum,
contra lo cual protestarán más tarde Adriano I y Nicolás I.
Una voz poderosa se alzó contra los iconómacos en Siria y Palestina. Era la del mayor
teólogo de aquel tiempo, San Juan Damasceno, hijo del gran visir o ministro del califa
de Damasco. Renunciando a todos los honores, Juan abrazó la vida monástica en San
Sabas de Jerusalén (736), desde donde siguió defendiendo con la pluma el culto de las
imágenes, fundándolo en razones dogmáticas y suministrando sólidos argumentos
teológicos a los que luchaban por la misma causa.
4. Constantino V Coprónimo (740-775). El concilio de Hieria.
Con la muerte de León Isáurico en 740 y la ascensión al trono de su hijo Constantino
V Coprónimo (Lleva como sobrenombre kopronymos, apelativo despectivo que
equivaldría a “el sucio”), se abre un nuevo período en la persecución iconoclasta. No
fueron felices y tranquilos los inicios de su reinado, porque su cuñado Artabasdo le
disputó la corona, y apoyado por los católicos se apoderó de Constantinopla, donde
restableció el culto de las imágenes. El patriarca Anastasio se puso ahora de parte del
nuevo monarca iconófilo, jurando públicamente sobre el crucifijo que Constantino y su
padre León eran notoriamente herejes. Mas no tardó en venir del Asia Menor
Constantino con un fuerte ejército y reconquistó el trono. Artabasdo y sus hijos fueron
cargados de cadenas y paseados entre burlas, después que les arrancaron los ojos. El
patriarca Anastasio, azotado con varas, montado inversamente en un asno y mofado de
la gente, logró, sin embargo, conservar su sede patriarcal, reincidiendo en las ideas
iconoclastas y en su papel de adulador.
Durante los doce primeros años, el nuevo emperador no dejó de devastar iglesias,
de encalar las paredes decoradas con imágenes, de profanar vasos sagrados adornados
de iconos, de perseguir a los monjes, obligándoles a emigrar. No se lanzó a un ataque a
fondo y brutalmente exterminador hasta que tuvo de su parte las decisiones de un
concilio. Con el papa Zacarías (741-753), que sucedió a Gregorio III, se mantuvo en
relaciones casi cordiales.
Era este emperador, apellidado Coprónimo y también Caballino, buen gobernante y
sabio administrador, como su padre, de quien heredó también su carácter enérgico y
sus dotes militares. En una cosa e superó con mucho: en sectarismo y en saña y
crueldad para implantar a sangre y fuego las ideas iconoclastas, ideas que en
Constantino eran mucho más radicales y heréticas. Decía, por ejemplo, que sólo e 1
pan y el vino eucarístico son imagen de Cristo; que ni siquiera las reliquias de los santos
deben ser veneradas; hablaba de las dos naturalezas de Cristo con terminología muy
semejante a la de los monofisitas ; rechazaba la doctrina de la intercesión de la Virgen y
de los santos, a DS cuales no se les debe dar el nombre de agios, como tampoco a la
Virgen el de Theotocos. Repudiaba, con todos los iconoclastas, el crucifijo, pero admitía,
como lo había hecho su padre, la imagen de la cruz, repitiendo en un falso sentido las
palabras de San Pablo: «Mihi utem absit gloriari, nisi in cruce Domini nostri Iesuchristi»
(Gal 6,14).
Reunió y explicó estos errores en un libro que dio a leer a los obispos, y cuando se
persuadió que muchos de ellos se pondrían de su parte por convicción o por debilidad,
convocó un concilio de aspiraciones ecuménicas. De hecho no revistió tal carácter,
pues, aunque estaba integrado por 338 obispos, ni el papa ni los patriarcados
orientales (Antioquía, Jerusalén, Alejandría, Constantinopla) estuvieron allí
representados. El patriarcado constantinopolitano se hallaba entonces vacante por la
muerte de Anastasio. Quien presidió el concilio, reunido n el palacio de Hieria (10
febrero-8 agosto 754), fue el arzobispo de Éfeso. No aprobaron los obispos otras
herejías del emperador, pero sí 1o referente a las imágenes. En conclusión, el concilio
decretó que toda imagen material o pintura de las iglesias debe ser arrancada como cosa
abominable; que en adelante nadie se atreva a fabricar un icono, o adorarlo, o colocarlo
en un templo, o esconderlo en algún domicilio, so pena de ser depuesto, tratándose
de un obispo, y de ser excomulgado, tratándose de un monje o un laico. El último
anatema iba nominalmente contra los tres grandes iconófilos: Germán de
Constantinopla, Jorge de Chipre, ermitaño del monte Taurus, y, sobre todo, Mansur,
nombre familiar de San Juan Damasceno.
Apoyado en estos decretos conciliares, que declaraban a los iconófilos enemigos de
Dios y de la santa fe, Constantino V se propuso exterminar lo que él llamaba idolatría y
obra de Satanás. Manda que toda suerte de imágenes sagradas, aun las de los
manuscritos iluminados, san destruidas y arrojadas a las llamas; otras van al mar, con
las reliquias de los santos; los mosaicos y pinturas de las basílicas son cubiertos con una
capa de cal, pintándose encima paisajes, frutas, animales, de tal suerte que las iglesias
parecían jaulas de pájaros o mercados de ruta, según comenta la Vita I Stephani
Iunioris.
5. Resistencia y martirio.
Mientras la mayor parte de los obispos se doblegaban cobardemente ante el
tirano, los monjes le ofrecían una resistencia tenaz, recibiendo en cambio el destierro
o la muerte. En mayo del 764 obtiene el martirio Pedro el Calibita; un mes después, Juan
de Monagría, cosido en un saco, es echado al mar; más tarde, Esteban el Joven halla en
la cárcel a otros 342 monjes, casi todos mutilados; le siguen en el martirio Andrés
Cretense y otros. Espectáculo ignominioso el que presenció la ciudad el 21 de agosto
de 765. A fin de humillar y escarnecer a los monjes ante el pueblo, hizo que buen
número de ellos compareciesen en el hipódromo, llevando cada uno de la mano a una
mujer; así los obligó a desfilar entre las risotadas y salivazos del populacho. Los
monasterios eran destruidos o convertidos en cuarteles, ofreciéndose en cambio toda
clase de honores y riquezas a los que apostatasen o se uniesen en matrimonio. A los
recalcitrantes se les sacaba los ojos, se les cortaba las orejas o la nariz o las manos, o
les untaban, la barba con pez para prenderle fuego. Unos son desterrados, otros huyen
a Chipre, hacia el mar Negro y, principalmente, a la Italia meridional; llegó el
emperador en su locura a exigir a todos los habitantes de la capital un juramento, por
el que se obligaban a combatir a las imágenes como a ídolos y a no tratar con monje
alguno. El mismo nombre de «monje» le era tan odioso como el de «santo». La
persecución no cesó hasta la muerte del Coprónimo, acaecida en 775.
6. El VII concilio ecuménico, II de Nicea (787).
León IV el Cázaro (775-780), hijo y sucesor de Constantino V, no derogó los edictos de
su padre, quizá porque en el ejército y en el alto clero pululaban los fautores de la
herejía, mas procedió con cierta benignidad, y a su muerte tomó las riendas del
gobierno su mujer, Irene, por la minoría de edad de su hijo, Constantino VI. Con Irene,
natural de Atenas y amante de los iconos, se inaugura el tercer período, que es
verdaderamente irénico, de paz y de triunfo.
No faltaron dificultades, porque el ejército seguía fiel a la memoria de Constantino
Coprónimo; también el episcopado persistía en sus ideas iconoclastas. Pero la
emperatriz estaba resuelta a romper el aislamiento religioso y político en que Bizancio
había caído respecto del Occidente. En 781, dos embajadores suyos negociaban en Italia
el casamiento de Rotruda, hija de Carlomagno, con el príncipe heredero, Constantino VI.
Y en 785 otra embajada proponía al papa Adriano I la celebración de un concilio
ecuménico. Esto último se hacía por indicación del nuevo patriarca constantinopolitano
Tarasio, que participaba de los sentimientos de Irene, a la que siempre había servido
con fidelidad y a quien debía su nombramiento. Con él subieron a las sedes episcopales
no pocos obispos iconófilos, con lo que se facilitaba la celebración del concilio.
El papa, aunque lamentando que Tarasio de simple laico hubiese ascendido al
patriarcado, contra lo ordenado por los cánones, alababa sus buenos propósitos y
enviaba gustosamente dos apocrisarios que representasen a la Santa Sede.
El VII concilio ecuménico tuvo la apertura en agosto de 786 en la iglesia de los
Santos Apóstoles, pero fue disuelto a mano armada por la irrupción de soldados
iconoclastas. Irene se encargó de depurar las tropas y luego, para mayor seguridad,
convocó el concilio en la ciudad de Nicea. El 24 de septiembre de 787 se reunieron allí
más de 300 obispos con los legados romanos. Luego que en la sesión segunda oyeron
respetuosamente los Padres las letras del papa, exclamaron a una voz: “'Así cree, así
piensa, así dogmatiza todo el santo sínodo”. Lanzaron sus anatemas contra los
defensores de la herejía iconoclasta, amontonaron textos bíblicos y de los Santos
Padres en pro de la verdadera doctrina, hasta se echó mano de piadosas leyendas
populares, y se precisó en la sesión VII la doctrina ortodoxa respecto del culto de las
imágenes, a las cuales se les tributa respeto y veneración (timetikén roskynesin) y no
verdadera latría (alethinén latreían). Firmado el decreto por la emperatriz, por su hijo y
por todos los Padres, se clausuró el concilio entre festivas aclamaciones a la nueva
Helena y al nuevo Constantino.
Poco duró este período de paz, porque Constantino VI, cansado e la tutela de su
madre, se alzó contra ella y empezó a gobernar él hi lo. Irene intrigaba en la sombra y
su hijo se desprestigiaba en el trono, Casado con María de Paflagonia, se divorció de ella
para unirse con Todota, y no faltó quien les diese la bendición nupcial, mientras el
mundo monástico, escandalizado, dejaba oír su grito de protesta contra los adúlteros.
San Platón fue por esta causa encarcelado, y su sobrino San Teodoro Estudita,
desterrado. Ante la amenaza de renovar la persecución iconoclasta, el patriarca
Tarasio optó por guardar silencio, pero estalla un complot tramado por Irene; ésta coge
preso al joven emperador, y en el mismo aposento en que veinticinco años antes le
había dado a luz, hace que le arranquen los ojos. Irene fue saludada como la
restauradora de la ortodoxia. ¿Partió de ella, entonces, la idea fantaseda de casarse con
Carlomagno, viudo, uniendo así el Oriente con el Occidente?
7. Segunda etapa de la persecución iconoclasta.
Una revolución (802) destronó a Irene, que murió al año siguiente desterrada en la
isla de Lesbos. Aunque bajo los intrusos Nicéforo (802-811) y Miguel I Rangabe (811-813)
hubo paz religiosa, reapareció la persecución con I usurpador León V el Armenio (813-
820), que, como militar y originario del Asia, se empeñó en seguir el ejemplo de los
Isáuricos restituyó al patriarca Nicéforo, encarceló obispos y monjes, castigó cuantos
daban culto a las imágenes, pero el partido iconófilo era ahora fuerte y lo capitaneaba la
gran figura de Teodoro Estudita, abad del monasterio de Studios (en Constantinopla).
No contento con escribir libros contra los iconómacos, organizó protestas, como la del
domingo e Ramos (815), en que sus mil monjes recorrieron en procesión las calles con
iconos en las manos.
A León V, asesinado junto al altar en los oficios de Navidad (820) le sucedió Miguel
II el Tartamudo (820-829), natural de Frigia, que juzgaba lícito el uso de las imágenes
sagradas, mas creía que su culto degeneraba en prácticas pueriles y supersticiosas. Su
hijo Teófilo (329-842) fue un terrible perseguidor, a pesar de que su mujer y sus hijas
eran abiertamente iconófilas. Cuando, muerto el emperador, tomó las riendas del
gobierno su esposa Teodora, por ser menor de edad su hijo Miguel III, la iconoclastia
podía darse por definitivamente derrotada. Lo primero que hizo Teodora fue, en
marzo del 843, poner en la sede patriarcal un varón santo y de toda su confianza. El
escogido fue Metodio. «Con los labios mutilados por el hierro de los iconoclastas, de
suerte que en las funciones públicas tenía que sostener sus mandíbulas destrozadas
con un vendaje blanco, que vino a ser para los sucesores insignia y ornato de su
pontificado, conservaba suficiente voz y elocuencia para dictar sus himnos y sus
discursos, siempre temibles a los enemigos de las imágenes».
8. Triunfo de la ortodoxia.
Había que solemnizar el triunfo de la ortodoxia sobre el error, y con este objeto se
organizó una gran fiesta litúrgica con imponente procesión, en la que tomó parte la
emperatriz y toda la corte. Gran concurso de monjes y homologetas, llevando muchos
de ellos en sus cuerpos las señales de su confesión de la fe, desfilaron el primer
domingo de Cuaresma (11 marzo 843) hasta la basílica de Santa Sofía, donde se
celebraron los santos misterios y se expusieron las imágenes a la veneración de los
fieles.
Desde entonces quedó instituida para siempre la «fiesta de la ortodoxia»,
cantándose, como se cantan hoy día, las odas del mártir Teófanes Graptos y de un
monje estudita: «Guardando las leyes de la Iglesia patria, pintamos las imágenes y las
veneramos con la boca, el corazón y el alma, no sólo las de Cristo, sino las de sus
santos, exclamando: ¡Bendecid al Señor todas sus obras! Al prototipo es a quien se
dirige sin duda el honor y la veneración de la imagen; veneramos a ésta siguiendo la
doctrina de los Santos Padres, y clamamos con fe a Cristo: ¡Bendecid al Señor todas las
obras! La augusta emperatriz Teodora, con la mente ilustrada por la luz del Espíritu
Santo, y teniendo un hijo adornado con la divina sabiduría, procuró la hermosura y
esplendor de la Iglesia de Cristo, bendiciendo a una con los fieles a nuestro Señor
Jesucristo, Dios y hombre. Tu santa casa, ilustrada con los rayos de la lumbre
intelectual, cobija con la nube del Espíritu Santo y santifica a todos los fieles, que
exclaman unánimes: ¡Bendecid al Señor todas las obras!»
El culto de las imágenes volvió a florecer con más esplendor que antes.
El monaquismo oriental, sintiéndose vencedor, tiene una época de gran prosperidad
y con él se reanima la cultura, que iba languideciendo. Produce frutos copiosos y
maduros tanto la hagiografía como la poesía litúrgica. San Juan Damasceno elabora
toda una teología. Brilla en el monasterio de Studium San Teodoro, ascético y
apologista, con otros estuditas, algunos de los cuales, de tendencia intransigente y
reformatoria, adoptan una actitud agresiva contra los cultivadores de los clásicos
paganos. El triunfo de la ortodoxia sobre la iconoclastia significó el triunfo de la
civilización grecolatina sobre las influencias asiáticas; el triunfo del arte sagrado,
siempre patrocinado por Roma, sobre el falso espiritualismo de judíos, herejes y
mahometanos. Pero aquel furor persecutorio y herético de los Isáuricos produjo daños
irremediables en la cristiandad, porque fue la causa de que el pueblo italiano rechazase
la dominación bizantina y el papa, necesitado de apoyo, se dirigiese a los reyes francos,
desentendiéndose del emperador. Así, entre Oriente y Occidente se abrió un ancho
abismo, cuyos frágiles puentes romperá la audacia cismática de Focio.
9. Repercusión en Occidente.
Es de sumo interés para entender la tensión y rivalidad existente entre el
Imperio de Bizancio y el de Carlomagno, examinar la reacción que se produjo entre los
francos frente a las decisiones dogmáticas de los bizantinos. El fracasado matrimonio de
Rotruda con Constantino VI y más aún el acercamiento político de Irene hacia Italia y sus
negociaciones con el papa disgustaron a Carlomagno, celoso de su absoluta hegemonía
en Occidente, y avivaron su resentimiento contra los griegos. Estos, por otra parte,
despreciaban demasiado a los occidentales, sin darse cuenta de que en lo eclesiástico y
en lo político la cristiandad latina pesaba ya tanto como 1a griega.
Cuando Carlomagno tuvo noticia del concilio II de Nicea por la traducción de las actas
que le envió Adriano I, creyó llegado el momento le asestar un duro golpe al prestigio
religioso de la Iglesia bizantina, lo cual traería también consecuencias políticas. Aquellas
actas conciliares estaban mal traducidas; en algún caso decían lo contrario del original y
algunos pasajes eran sencillamente ininteligibles, como testificó más adelante
Anastasio el Bibliotecario. Carlomagno quiso que sus teólogos refutasen aquel
documento, en el que creía ver graves errores dogmáticos, y con este objeto se lo
remitió a Alcuino.
La refutación no tardó en venir. Su título era Capitulare de imaginibus, pero
ordinariamente se le conoce por el de Libri Carolini5. Parece como si la Iglesia franca se
complaciese en coger en error a la griega y en mostrar la inseguridad teológica de los
bizantinos. Y como citando ante su tribunal al concilio iconómaco de Hieria (754) y al
iconófilo de Nicea (787), decide y juzga que ninguno de ellos ha acertado con la
verdadera doctrina, el primero, por su vandalismo iconolasta; el segundo, por su
adoración idolátrica de las imágenes. La posición de los francos quiere ser la del papa
San Gregorio: «Ni adorar ÍS imágenes ni romperlas».
Y no caían en la cuenta que los Padres del concilio de Nicea habían matizado
perfectamente y con más exactitud que ellos las ideas teológicas relativas al culto, y que
si el orgullo bizantino era grande, olvidándose más de lo justo de la Iglesia latina,
también en la respuesta le los libros carolinos latía un sentimiento de soberbia herida.
Dos maneras—escriben—puede haber de adoración: la primera es e1 culto debido
exclusivamente a Dios; la segunda es una forma de respeto y saludo a las personas
vivas; de ningún modo se puede tributar las imágenes inanimadas. Las imágenes son
útiles para la decoración le las iglesias y para recuerdo de los hechos religiosos y de los
santos, pero es irracional encender luces y quemar incienso ante ellas; decir que esto
es culto relativo, es cosa que no se entiende. Se ha de venerar la cruz, la Sagrada
Escritura y las reliquias de los santos, pero es reprensible igualar eso con las imágenes.
Es lamentable que el concilio le Nicea, llamándose sin razón ecuménico, amenace
con anatemas al que no venere las imágenes; ciertamente, no hay que destruirlas
donde existan; para los oficios divinos son cosa indiferente; la religión nada pierde ni
gana con ellas.
Quizá vieron los francos que para oponer esta doctrina a la de Nicea era
conveniente autorizarla con todo el peso de un concilio, y así, al reunirse el concilio de
Francfort (794) contra el adopcionismo, sometieron a sus decisiones las actas de Nicea y
su refutación. Los obispos de Francfort se expresaron en el mismo sentido de los libros
carolinos, a pesar de que se hallaban presentes los legados del papa, declarando Que al
concilio de Nicea no se le debía dar el nombre de ecuménico.
¿Qué más podía desear Carlomagno para humillar a los griegos y desacreditarlos?
Que el papa le diese la razón. Encargó, pues, al abad Angilberto llevase a Roma los
libros carolinos. Adriano I recibió amablemente la embajada y prometió examinar el
libro. En la respuesta que después envió a Carlomagno, con la mayor deferencia para el
monarca franco, pero con energía en la defensa de la verdad, trató de mostrar que las
acusaciones lanzadas contra los griegos fallaban por su base o se apoyaban en
disquisiciones poco seguras. Terminaba diciendo que los Padres de Nicea estaban
perfectamente de acuerdo con la tradición, y explicaba por qué motivos había él
aprobado aquel concilio.
No sabemos qué impresión causaría esta contestación en la corte franca. Por
entonces deja de hablarse de la cuestión de las imágenes, pero todavía en el sínodo
reunido en París (825) bajo Ludovico Pío deciden los obispos atenerse a los Libri
Carolini, se atreven a criticar la respuesta de Adriano y quieren que el emperador le
sugiera al papa la doctrina y aun los argumentos que éste debería enviar a los
bizantinos. Eugenio II no debió dar ningún paso.
La oposición a las imágenes perduró en algunos personajes ilustres, resueltos
adversarios de todo lo que pudiera presentar apariencia de superstición, pero quien
vino a caer en positivos errores y violenta iconoclastia fue Claudio de Turín (827). Con
escándalo del pueblo mandó que en las iglesias de su diócesis desapareciesen las
imágenes de los santos y de la misma cruz, prohibiendo que se las venerase. Hasta
llegó a negar la intercesión de los santos. Contra él se alzaron las plumas de Jonás de
Orleáns, del abad Teodomiro y del monje Dungal. A fines del siglo IX la verdadera
doctrina dominaba pacíficamente en toda la cristiandad.

II. El error adopcionista

1. El autor de este error fue Elipando de Toledo. Enseñaba que el Hijo de Dios había
adoptado la naturaleza humana. Cristo, en cuanto hombre, sería únicamente hijo
adoptivo de Dios, pero según su divinidad, sería hijo natural. En esta herejía se
replanteaba de nuevo el nestorianismo. Logró ganar para su doctrina a Félix de
Urgel.
Su principal opositor fue el abad Beato de Liébana y su discípulo Eterio de Osma.
2. Como Félix de Urgel pertenecía a la Marca Hispánica, que entonces
estaba bajo el dominio de Carlomagno, fue convocado a un Concilio de Ratisbona
(792), en el cual fue condenado. El Papa León III condenó el adopcionismo en un
sínodo romano (798). En un nuevo sínodo de Aquisgrán (800), Alcuino refutó a
Félix de Urgel, y éste repudió la herejía.
El adopcionismo desapareció al desaparecer Elipando de Toledo (802).

III. Controversia sobre la predestinación

1. Godescalco, de origen sajón, monje del monasterio de Fulda, es el autor de


unas teorías que tienen por tema la predestinación.
Dedicado al estudio de San Agustín y de San Fulgencio de Ruspe, a quienes no
entendió bien, llegó a unas conclusiones erróneas:
 Existe una doble predestinación: a la vida o a la muerte.
 El que está predestinado a la muerte no podrá jamás convertirse de su
error.
 El que está predestinado a la vida, no podrá condenarse.
 Los réprobos no han sido redimidos ni pertenecen a la Iglesia.
 Las expresiones de la Escritura que afirman una voluntad salvífica de
Dios, hay que entenderlas solamente de los elegidos.
2. Esta doctrina de Godescalco encontró un temible oponente en la persona del
mismo abad de Fulda, Rábano Mauro, futuro arzobispo de Maguncia, que escribió una
obra sobre la predestinación dedicada a Notingo de Brescia, a quien Godescalco había
querido atraer a su doctrina.
3. Los errores de Godescalco fueron condenados en los sínodos de Maguncia (848)
y de Quiercy (849). Las controversias suscitadas entre Hincmaro de Reims, Rábano
Mauro y Pardolo de Laón, por una parte, y, por otra, Ratramno de Corbie, Prudencio
de Troyes y Lupo de Ferrieres, los cuales, sin ser defensores de la doctrina de
Godescalco, acabaron por adherirse a una doble predestinación, dieron lugar a la
convocación de un segundo sínodo de Quiercy (853), en el que se aprobó la existencia
de una única predestinación, que Dios quiere que todos se salven y que Cristo murió
por todos los hombres. Aún se mantuvo viva la controversia y hubo lugar a otros
sínodos: Valence (855), en el cual se repudiaron algunas proposiciones sobre la pre-
destinación de Escoto Eriugena, que había mediado en la controversia por encargo de
Hincmaro de Reims, y el de Langres (859), en el que se repudió en parte el sínodo de
Velence (855). En el sínodo de Toucy no se llegó tampoco a un acuerdo, pero
finalmente la paz se restableció (860).

IV. Controversias eucarísticas

Las dudas surgidas en el siglo IX en torno a la Eucaristía no se referían a la presencia


real, sino al modo de esta presencia real del Señor en la Eucaristía.
1. Pascasio Radberto, abad del monasterio de Corbie, en un libro escrito en el año
831, deslizó algunas expresiones, v. gr.: «En la Eucaristía no hay otra carne que
la que nació de María, sufrió en la Cruz y resucitó del sepulcro», que fueron refutadas
por Rábano Mauro, porque creía ver en ellas una interpretación cafarnaítica.
2. También Ratramno de Corbie escribió (853) una obra contra Pascasio
Radberto, en la que distinguía dos presencias en Cristo: una sacramental y otra que
cae bajo los sentidos; distinguió asimismo entre la figura y la verdad del Sacramento.
3. Hacia 1046 Berengario de Tours defendió las doctrinas de Ratramno de Corbie
contra Pascasio Radberto, pero exagerando la figura en contra de la presencia real.
Según él, en la Eucaristía «no está» el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo, sino sólo
una figura e imagen».
Los primeros que le reprocharon estas teorías fueron su condiscípulo Adelmán de
Lieja, futuro obispo de Brescia, y Hugo de Langres.
Enterado de estas doctrinas, el Papa León IX las condenó en un sínodo romano
(1050). Al mismo tiempo invitaba el Papa a Berengario a que se presentara en el
sínodo de Vercelli, pero no obedeció. Se repitió la condena en Vercelli.
En 1054 Hildebrando, como legado papal, presidió un sínodo en Tours, en el que
Berengario fue obligado a retractarse. Pero no mantuvo su palabra. Por lo mismo, en
1059, fue invitado por Nicolás II a presentarse nuevamente al sínodo romano.
Berengario quemó públicamente sus libros y abjuró sus errores. Pero muy pronto
recayó en sus doctrinas erróneas.
En 1079 fue llamado de nuevo a Roma por el Papa Gregorio VII, y en el sínodo
presidido por el Papa firmó una profesión de fe que le fue presentada. Aún tuvo que
presentarse nuevamente ante el sínodo de Burdeos (1080). Murió casi nonagenario,
arrepentido de sus errores.
Estas disputas en torno a la Eucaristía no tuvieron repercusión alguna en la vida del
pueblo. Desaparecieron con sus autores.

V. Paulicianos

Hay diversidad de opiniones sobre su nombre. Algunos lo hacen derivar de su


fundador, un tal Pablo, hijo de una mujer maniquea llamada Calínice. Otros lo
derivan de San Pablo por la gran estima en que era tenido el apóstol en esta
secta.
Doctrinalmente, esta secta se deriva del antiguo maniqueísmo. María no es
verdadera madre de Dios porque Cristo tenía cuerpo sólo en apariencia
(docetismo). La secta no admitía ningún culto exterior. Su moral era sumamente
corrompida.
Fueron perseguidos por algunos edictos imperiales desde León V hasta Alejo I (1081-
1118).
La secta se propagó bastante entre los pueblos eslavos pertenecientes al Imperio
bizantino. El emperador Alejo I hizo quemar a su jefe, el médico Basilio. La secta
fue perseguida cruelmente por los emperadores bizantinos.

VI. Bogomilos

Estrechamente relacionados con los Paulicianos, surgen a principios del siglo IX. Su
nombre deriva, según unos, de su fundador Bogumil, y, según otros, porque su
oración empezaba así: Bog milui (Dios, ten piedad).

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