NOTAS SOBRE ESPACIO PÚBLICO Y CIUDADANÍA
Joan Subirats*
Introducción
En las ciudades se percibe una creciente tensión en las relaciones sociales y personales,
principalmente las que se dan en los espacios públicos. El espacio público actúa como
contenedor de una mezcla de usos económicos, sociales y culturales que no siempre
coexisten de forma pacífica, son más utilizados, que hace dos décadas, más heterogéneos y
polifuncionales a lo largo del día y del año. Este artículo se centra en el espacio público en
las ciudades, alrededor de las características de la ciudadanía en la nueva modernidad. En
ese contexto, propone analizar a los espacios públicos como recursos de habitantes y
visitantes que, dependiendo de variables muy diversas, está disponible o no. En muchos
países se han convertido en espacios de negociación permanente sobre usos y actividades,
sobre finalidades y sentidos de los espacios compartidos, lo que les permite ser un factor
clave de interacción y debate colectivo sobre la ciudad. Asimismo, se esbozan algunos
posibles escenarios urbanos para el debate de ciudad, calidad y usos de los espacios
públicos, y sus consecuencias sobre el tipo de ciudad que queremos. Una alternativa
vertida en el texto es el equilibrio entre tres polos para una sana relación entre espacio y
ciudadanía.
1- En muchas ciudades se constata una creciente tensión en las relaciones sociales y
personales que se dan en la ciudad y especialmente en los espacios públicos donde
se acumulan personas, usos y hábitos de características muy diversas. Estos
espacios públicos tienen ahora más calidad, pero son también más utilizados, más
llenos de relaciones, más heterogéneos y más polifuncionales a lo largo del año y
en las diversas horas del día, de lo que eran hace sólo veinte años. Los espacios
públicos en muchas ciudades se han ido convirtiendo en espacios de negociación
(implícita y explícita) permanente sobre usos y actividades, sobre finalidades y
sentidos de los espacios que son compartidos. Son más difíciles de usar y de
“gobernar”, y, por todas estas razones, son más complejos.
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Instituto de Gobierno y Políticas Públicas (IGOP). Universidad Autónoma de Barcelona.
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No creo que sea un problema específico de algunas ciudades, por ejemplo,
de las más grandes o densas. En absoluto. Las ciudades, como bien sabemos,
reflejan de manera más intensa los cambios económicos, políticos y sociales que se
dan en general. En sus grandes receptáculos acumulan una gran densidad de
relaciones humanas, y también las tensiones que genera esta convivencia intensa y
constante. En este sentido, todas las ciudades recogen y amplifican los cambios
repentinos y profundos que han sacudido a todo el mundo en estos últimos veinte
años, y que permiten que podamos hablar de “cambio de época”. Es un nuevo
escenario social que se presenta a la vez como generador de nuevas oportunidades
que pueden permitir romper la estable rigidez de las líneas divisorias sociales
características de la sociedad industrial y, al mismo tiempo, como impulsor de
nuevas formas de desigualdad y de desequilibrio que golpean a sectores
tradicionalmente sometidos a estos procesos, a nuevas capas, sectores e individuos
que no acostumbraban verse implicadas, o que tenían vínculos y redes sociales y
familiares que les servían de contrapeso.
Recordemos algunas de estas dinámicas:
• Los impactos sobre el mercado de trabajo, la ocupación y las relaciones
laborales de la transición hacia un modelo de capitalismo informacional con
esquemas de producción que ya no son los tradicionales del “fordismo”. Todo ello
provoca una alta desocupación juvenil de nuevo tipo, agrava el paro de carácter
estructural y el paro de larga duración de adultos; provoca y consolida la
proliferación de trabajos de baja calidad sin vertiente formativa, y una gran
precariedad laboral que genera incertidumbres y sombras sobre el futuro personal
y colectivo. El perfil emergente y dominante es el del trabajador fuertemente
precarizado y tendencialmente desocializado.
• La mayor complejidad de la estructura social se puede concretar, al
menos, en los siguientes niveles: diversificación étnica derivada de emigraciones
de los países más pobres; creciente pluralidad de formas familiares (opciones
sexuales, incremento de la monomarentalidad, más personas solas, menos
estructuras familiares extensas de apoyo…); y una alteración significativa de la
pirámide de edades con gran incremento de las tasas de dependencia demográfica,
a menudo vinculadas a estados y situaciones de dependencia física.
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• La aparición de lo que podríamos denominar fracturas de ciudadanía a
partir de lo que acontece en relación con las políticas de bienestar clásicas. Por
ejemplo, la exclusión de la seguridad social de grupos con insuficiente vinculación
con los mecanismos contributivos, a menudo vinculados a la inserción en el
mercado laboral formal, la exclusión de sectores muy vulnerables al fracaso escolar
en la enseñanza pública de masas, o la carencia de plenitud de derechos y las
inseguridades de los inmigrantes con “papeles” (o todavía peor “sin papeles”).
• El carácter poco integrador de algunas políticas de bienestar con una
presencia pública estructuralmente débil: por ejemplo, los mercados del suelo y la
vivienda. Lo que provoca no sólo la exclusión de hecho del acceso a la vivienda,
sino también la aparición o el empeoramiento de las condiciones de vida en los
denominados “barrios en crisis” (espacios que a menudo pasan de ser barrios “en
peligro” a barrios “peligrosos”).
Todos estos factores de cambio constituyen el escenario en donde se sitúa la
mencionada complejidad de usos y ocupaciones de los espacios públicos de la
ciudad. Más llenos de gente diferente, de gente con menos pautas vitales estables,
de gente con menos previsibilidad, pero también de gente del entorno y de fuera
de ese entorno. Ese espacio público actúa como contenedor de una gran mezcla de
usos económicos, sociales y culturales que no siempre coexisten en forma pacífica.
En la figura 1 hemos tratado de reflejar ese conjunto de cambios, que conllevan
más heterogeneidad de gente y usos, más externalidades en cualquier actividad,
más intensidades de uso de los espacios y una menor capacidad de utilizar los
mecanismos jerárquicos (de command and control) en la gestión de los conflictos de
uso que generan esos espacios.
Figura 1.
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Fuente: elaboración propia.
2- A partir de estos elementos, proponemos imaginar los espacios públicos de la
ciudad como recursos de sus habitantes y visitantes. En efecto, cada persona tiene
necesidad de disponer en su entorno de un espacio público apropiado. Pero la
disponibilidad de esos tipos de espacios es distinta en cada sector de la ciudad, y,
al mismo tiempo, la necesidad que cada uno tiene depende asimismo de la calidad
y cantidad de sus espacios privados o propios.
Al definirlos y pensarlos como recursos, organizados implícitamente o
explícitamente, deberemos abordar el régimen de gobierno de ese recurso. Un
régimen o situación, formal o informal, que organiza ese recurso y permite su
utilización. Lo que nos lleva a referirnos a los distintos actores que configuran ese
régimen de gobierno.
Podemos pues imaginar estos espacios desde diferentes perspectivas. Ante
todo, como espacios físicos. Es decir, lugares que permiten superar las estrecheces
de la vivienda propia, o posibles carencias de luz y aire. Son también espacios de
actividad económica, permanente o temporal los espacios dedicados a mercados, a
restaurantes, a bares, son espacios de interacción social y de actividad política y
cultural, todos ellos con dosis variables de permanencia.
Como es obvio, este conjunto de usos varía a lo largo del año, varía en
relación con el tiempo que opera en cada momento y varía asimismo en relación
con las diversas horas del día y la noche. Por otro lado, estos usos tienen un
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régimen de utilización que está sujeto a regulaciones que son más o menos
explícitas, más o menos concretas y que, asimismo, tienen una diversa capacidad
de actualización o de puesta al día.
Siguiendo el símil de los diversos tipos de régimen de gobierno o de uso
aplicables a los recursos naturales, podríamos también referirnos a los distintos
tipos de derechos de propiedad de los espacios públicos. ¿De quiénes son los
espacios públicos?, ¿son del conjunto de la ciudadanía?, ¿son del municipio?, ¿son
del ayuntamiento como expresión institucional y jurídica de la comunidad local?,
¿quién representa al “propietario”?
Hemos de recordar que son muchos los espacios públicos donde operan
distintos tipos y grados de concesiones administrativas que regulan los usos
temporales (más o menos largos) de esos espacios (ocupación de terrazas de
restaurante-bar ocupación de los mismos por parte de mercados, ocupación por
parte de vendedores específicos…), y/o un régimen establecido de permisos para
utilizarlos (ocupación para fiestas; ocupación para actividades políticas o
culturales…). Al fin y al cabo, a través de esos mecanismos y de ese tipo de
normativas, se va configurando un régimen de derechos y deberes de los espacios
públicos vinculados a un reglamento de usos.
Por otro lado, los espacios públicos relacionan e incorporan también a
diversos actores, actores que no están en la misma situación, ni tampoco tienen el
mismo estatus ni disponen de los mismos recursos. Tenemos así, vecinos que
conviven (pero ¿hasta qué distancia llega el estatuto de vecindad?). Tenemos
personas que trabajan y que “explotan” este espacio (pero ¿qué contraprestaciones
generan?, ¿quiénes se benefician de las mismas?…). Tenemos usuarios de estos
espacios, en algunos casos usuarios de los servicios que se han establecido en ellos,
en otros casos, simplemente usuarios del espacio físico (pero ¿podemos considerar
a todos los usuarios como poseedores del mismo rango?, ¿da lo mismo que sean
ciudadanos del país, inmigrantes o simplemente turistas?).
Los flujos de ocupación de estos espacios son, como ya hemos señalado,
variables a lo largo del día y a lo largo del año. Una primera gran distinción la
encontraremos en aquellos espacios públicos de la ciudad establecidos en los
barrios o lugares en los que habitan las personas con mayores recursos
económicos. En esos lugares, la existencia de los espacios públicos y sus usos no
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acostumbran generar problemas, más allá de los propios de la seguridad y del
mantenimiento. En efecto, la calidad y amplitud de los espacios y viviendas
privadas, la habitual baja densidad de esos barrios reducen enormemente la
presión de uso sobre los espacios públicos que acostumbran tener una mínima
cantidad de usuarios. Todo lo contrario ocurre en barrios en los que la vivienda es
de tamaño muy reducido, con baja calidad y con gran densidad de pobladores.
Existe, pues, una alta correlación inversa entre calidad habitacional privada y
densidad de uso de los espacios públicos.
Dependiendo de las dimensiones del espacio y de la densidad de usos y de
ocupantes, nos encontraremos con una rivalidad de usos que puede desembocar en
“carencias” más o menos graves del “recurso espacio” (y por ejemplo, los impactos
en el nivel de ruido producido, o los residuos que se generan) y por lo tanto en
situaciones que pueden conducir a lo que denominaríamos como insostenibilidad
del régimen del recurso espacio, un régimen que hasta entonces podría estar
funcionando más o menos correctamente. Las situaciones de crisis del “recurso”,
pueden acabar generando problemas en los “derechos de propiedad”, en el
régimen de concesiones, en el nivel de utilización o de “productividad” del
espacio, en la convivencia entre usos y usuarios-beneficiarios. Y ello puede
también generar tensiones y conflictos derivados de la distribución social del
recurso espacio, puesto que habitualmente las carencias, la escasez o tensiones
generan situaciones de privilegio de unos y exclusión de otros. Al final, siempre
hay ganadores y perdedores en relación con los usos y las disponibilidades de los
espacios de la ciudad.
¿Cuáles son los principales actores que encontramos o podemos encontrar
en estos espacios públicos? Si tratamos de configurar un cierto mapa de actores
que podamos considerar como generalizable a cualquier ciudad, distinguiríamos
entre:
• vecinos “directos” del espacio (los vecinos que residen en las casas o
edificios que lo rodean y se relacionan sin mediación alguna con el espacio
considerado,
• vecinos más próximos al espacio público y residentes en el barrio (¿hasta
qué distancia?),
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• empresarios y concesionarios de empresas y servicios que usan el espacio
en cuestión,
• trabajadores contratados por las empresas y servicios que usan el espacio
considerado,
• entidades, partidos, sindicatos, asociación de vecinos.., que usen o puedan
usar el espacio para sus actividades de manera habitual o en ciertas ocasiones.
• vendedores ambulantes, con o sin permiso, para desarrollar su labor,
• usuarios del espacio en las diferentes formas: clientes de las empresas y
servicios; usuarios pasivos-contemplativos; usuarios de los metros cuadrados del
espacio para actividades diversas (skate, bicicleta, patines…); usuarios temporales
que hacen actividades específicas (pasear, tomar el sol, jugar, cantar, tocar los
bongós, charlar, encontrarse…),
• ciudadanos y residentes de la ciudad,
• ciudadanos y residentes de fuera de la ciudad,
• turistas.
Estos actores interactúan usando sus propios recursos con el fin de defender
sus intereses y prioridades: la ley, el dinero, la presión política o social, sus
recursos cognitivos.
A partir de estos elementos, ¿cómo podemos gobernar-gestionar este
espacio para permitir su utilización abierta y variada?, y ¿cómo hacerlo para evitar
que acaben pagando los costes o consecuencias negativas los que menos
posibilidades tienen de un adecuado espacio privado o de espacios propios?
Por lo que hemos dicho, parece claro que la creciente competencia en los
usos de los limitados espacios públicos en las ciudades genera conflictos de
derechos, conflicto de percepciones sobre la legitimidad de cada actividad y de
cada colectivo con relación a un mismo espacio. Los vecinos más directos (votantes
en las elecciones y contribuyentes, vía impuestos municipales) consideran aquel
espacio como propio y reivindican poder disfrutar en exclusiva, o bajo condiciones
por ellos aceptadas. Los propietarios o concesionarios de actividades mercantiles,
expresan su derecho a ganarse la vida a partir de los contratos que los avalan y que
los obligan a pagar impuestos o tasas específicas. Los ciudadanos, residentes en la
ciudad y contribuyentes y también votantes, pero que no residen directamente en
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ese espacio reivindican el uso ilimitado de un área de la ciudad que tiene
precisamente condiciones de pública y, por lo tanto, abierta en principio a todo el
mundo y a cualquier hora. Y los visitantes esporádicos y turistas entienden que
usan un espacio que, por definición, está abierto a todo el mundo.
Si tratamos de entender la lógica más o menos explícita del “gobierno” de
esos espacios, podríamos asumir que los mismos han ido viendo regulada su
utilización desde la dinámica que se ha generado por las relaciones entre los que
podríamos considerar los cuatro polos principales del régimen del recurso (figura
2): poderes públicos, vecinos, entidades sociales y sector mercantil (comerciantes,
restaurantes…). Estas relaciones han ido confluyendo y modulándose sobre todo a
partir de la actuación de los poderes públicos (responsables políticos de las
distintas zonas de la ciudad, responsables de movilidad, responsables del entorno
urbano, policía municipal, servicios de limpieza…), con grados de acuerdo y
desacuerdo variables entre vecinos, entidades y empresas (bares, restaurantes,
comerciantes…).
Figura 2.
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GOBERNANZA DE LOS ESPACIOS PUBLICOS
Poderes Públicos
Org. Soc iales GOB . Vecinos
ESPACIO
Mercad o
Fuente: Elaboración propia.
3- ¿Se puede llegar a establecer un cambio en este modelo de “gobierno“ de los
espacios que module mejor estas pretensiones y derechos?, ¿son los derechos de
carácter universal e ilimitado?, ¿pueden establecerse “cuotas de uso”, relacionadas
con las variables tiempos y espacio?
Para avanzar en una visión sobre el tema, podríamos imaginar o tratar de
establecer la existencia de varias categorías o de consideraciones específicas sobre
la significación diferenciada de los espacios públicos de la ciudad. Y para ello
proponemos partir de la diferente importancia que tiene el uso del espacio para los
diferentes colectivos implicados, o potencialmente implicados, en su utilización
concreta.
• Espacio-vida: entendemos que deberían existir espacios de la ciudad, que
tengan la consideración de espacios vitales, y por lo tanto que cada ciudadano pueda
disponer de los mismos de manera incondicionada (dentro de los límites naturales
de dejar espacio suficiente a los demás, y de no deteriorar irreversiblemente ese
espacio considerado de uso colectivo). En estos espacios se debería evitar o
restringir muy drásticamente la instalación de actividades mercantiles que puedan
restringir sus usos (ejemplo: espacios naturales, parques, playas),
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• Espacio político y social: espacio entendido como derecho ciudadano. En
este caso los usuarios del espacio podrían tener ciertas obligaciones y restricciones
de uso, puesto que se trata de espacios más acotados, donde los solapamientos de
las actividades dificultan su uso, y donde todo el mundo debe garantizar que se
haga un uso eficiente del mismo. Todos tienen derecho a tener cerca de su casa un
espacio de este tipo, pero sometido siempre a las condiciones de uso que se
deriven y sus características. La prioridad será siempre social, aun cuando podrían
permitirse usos mercantiles condicionados a que no impliquen restricciones en el
derecho básico que quiere protegerse,
• Espacio (público de rentabilidad mercantil) negocio: condicionantes
temporales, rentabilidad económica que derive en beneficio para el barrio y la
ciudad, condiciones que garanticen el uso de los vecinos (o de otros colectivos
específicos) de manera prioritaria.
Desde esta lógica, cada uno de estos espacios podría ser, por lo tanto, objeto
de regulaciones diferentes, y de “pactos” de uso diferenciados. Estableciendo en
algunos casos cuotas de acceso, cuotas de uso, cuotas de tiempos, que permitieran
gestionar el espacio sin perder la densidad ni la existencia de relaciones.
4- A partir de aquí, y para contextualizar estos apuntes, podríamos imaginar (cómo
hace Ulrich Beck), tres posibles escenarios de ciudad en los que se podría insertar
el debate sobre la cantidad, calidad y uso de los espacios públicos y sus
consecuencias sobre el tipo de ciudad que queremos. Beck nos habla de la ciudad
“ni”, la ciudad “o”, la ciudad “y”.
En la primera hipótesis, aludimos a una ciudad organizada desde una
perspectiva explícita de exclusión, de no aceptación de ciertas personas, de ciertos
usos, de ciertas maneras de hacer. Se trataría de una ciudad que pretende expulsar
el conflicto de su ámbito y que castigará-reprimirá a quien rompa las reglas
previstas. En la ciudad “o” tendríamos una ciudad pensada en una lógica de
segmentación, de separación clara de personas, de usos y espacios. Una ciudad que
separa los conflictos, que busca consenso y tranquilidad en la homogeneidad de
personas y usos, y en las fronteras virtuales y/o físicas entre los diferentes ámbitos.
Si apostamos por la ciudad “y” quiere decir que queremos trabajar por la mezcla,
por la capacidad de incluir a todo el mundo en los mismos espacios, generando
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puentes entre comunidades, entre maneras de hacer y maneras de usar los
espacios, aceptando que el conflicto es parte indisociable de la convivencia.
Podríamos tratar de presentar de otra manera estas diferentes alternativas,
relacionándolas además con lo que es nuestra principal preocupación: el sentido y
la perspectiva de uso de los espacios públicos de una ciudad. Para ello
proponemos utilizar dos categorías básicas —que tomamos en parte de la
propuesta de Beck— sobre las distintas ciudades: acceso a los espacios y grado de
diversidad social y de usos en estos mismos espacios (ver figura 3).
Figura 3.
Relación entre acceso y diversidad en los espacios públicos de la ciudad
Acceso sin Acceso sin
restricciones restricciones
Diversidad alta AGORA ECCLESIA 1
Diversidad baja ECCLESIA 2 OIKOS
Fuente: elaboración propia.
En la figura 3, usamos las denominaciones que propone Zygmunt Bauman,
extraídas de los términos clásicos de agora, ecclesia y oikos para expresar las
diferentes tipologías que derivan de la mezcla de acceso y diversidad en grados
variables.
Si bien dos de las opciones mencionadas son claras: agora (máximo nivel de
diversidad y acceso en los espacios públicos), y oikos (alta restricción en el uso de
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los espacios y en la diversidad de usos y personas), las otras dos opciones expresan
grados variables de acceso y diversidad. El caso de ecclesia 1, expresa opciones de
carácter privativo, que acostumbra a derivar en cuotas de acceso, de usos muy
vinculados a las actividades mercantiles, etcétera. El caso de ecclesia 2, más bien
derivaría de la propia carencia de diversidad donde están situados los espacios, y
que, de hecho, limitan su potencial utilización. Lógicamente y dentro de la
perspectiva aquí defendida, haría falta por lo tanto trabajar por aumentar la
diversidad y evitar las limitaciones en el acceso de los espacios públicos de la
ciudad.
5- Siguiendo esta senda, podríamos decir que uno de los elementos más claros en los
últimos tiempos es la incorporación a la clásica tensión entre libertad e igualdad,
de la dimensión de la diversidad. Podríamos hablar de esa visión renovada de la
ciudadanía como un derivado de un triángulo de tensiones, entre autonomía
individual, igualdad y diversidad (figura 4).
Figura 4.
ESFERAS DE CIUDADANIA
AUTONOMIA
INDIVIDUAL
CIUDA
DANIA
DIVERSID AD IGUALDAD
Fuente: elaboración propia.
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Desde esta perspectiva, entroncaríamos el debate sobre espacio público en
las ciudades, con el debate sobre las características de la ciudadanía en la nueva
modernidad. La “solución” en el tema de los espacios debería encontrar el
equilibrio entre estos tres polos: el máximo de autonomía individual, y por lo tanto
capacidad de contener usos heterogéneos y personalizados; las mínimas
restricciones en el acceso y, por lo tanto, el uso no discriminatorio de los espacios,
pensando incluso en funciones redistributivas que los propios espacios pudiesen
potenciar; y la capacidad de recoger las diferentes concepciones del espacio que se
proyecten desde diferentes perspectivas (de género, culturales, opciones vitales).
No será éste un equilibrio estable ni podemos imaginar que esta
interrelación funcionará sin tensiones. Pero la relación entre espacios y ciudadanía
deberá encontrar estos equilibrios inestables y negociados, momento a momento.
La metáfora del “contrato” facilita imaginar perspectivas políticas y sociales de
acuerdos. Este “contrato por la ciudad” podría o debería ser capaz de incorporar
elementos de carácter muy diverso (como se ha apuntado por parte de Boaventura
de Souza Santos), pero en lo que aquí nos interesa destacaríamos el relacionado
con los espacios públicos, ya que entendemos que es ese acuerdo el que puede
permitir construir la ciudad “y”, a la que aludía Beck, que sería nuestra (sesgada)
opción más deseable, haciendo por tanto de los espacios públicos un factor clave
de interacción, construcción y debate colectivo sobre la ciudad.
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