Pedro Lira Urquieta, El código civil y el nuevo derecho.
Resumen pags. 319-332
CONCLUSIÓN: Tanto las reformas como las leyes anexan han sido necesarias. El derecho de
propiedad como el de sucesión han evolucionado de la mano del derecho público más que del
derecho privado; las limitaciones que se han hecho en este ámbito obedecen a causas más
profundas que las jurídicas: son las transformaciones sociales y económicas que aceleran el
avance del Derecho público por sobre el privado. El círculo en que se mueve la voluntad
privada como fuente de derechos y obligaciones aparece singularmente reducido. Podemos
hablar de una crisis del principio de la autonomía de la voluntad.
Los textos del código civil van quedando sin eficacia porque aumentan las excepciones. Estas
nuevas leyes han llegado incluso a limitar incluso derechos constitucionales.
Toda esta abundante legislación que ha venido reduciendo la libertad de contratar son
consecuencia del avance socialista en el mundo. A ellas no les podemos pedir un orden
riguroso, perfección académica ni la duración esperada: han sido resultado de apresurados
procesos de gobernantes en circunstancias angustiosas.
(Hay reformas, sin embargo, que no caben dentro de estas críticas. Son las que tiene relación
con temas jurídicos más técnicos, estas sí están llamadas a durar)
“al cumplir casi un centenario, nuestro Código Civil mantiene incólume su prestigio”. La prueba
está en que no se ha pensado en sustituirlo por otro.
El problema que se intentará dilucidar es el de medir el ámbito de aplicación del viejo código.
Éste es hoy conocido por mayor cantidad de personas pero el rol que desempeña en la vida
jurídica es menor (existen códigos o leyes anexas que son más específicas y, por ende, más
accesibles que el CC). El código ha visto reducido el ámbito de su aplicación gracias a la
codificación de materias paralelas al código. Ejemplos: el código minero, del trabajo, el
derecho tributario. Éstas son, entre otras, las ramas que le quitan prestigio al Código civil.
Lo “grave” de esto (según el autor que escribe este texto para el CENTENARIO del código
chileno) es que son los principios fundamentales del código los que están siendo abandonados
y se ha venido completando la laicización del Derecho. Uno de los primero principios del
código, el de igualdad ante la ley, tener una ley común, se ve contrariado por la creación de
legislaciones propias de determinadas clases u oficios. Se está armando un derecho foral.
La especialidad de la legislación llega al extremo de tener tribunales propios. Corresponder a
esos tribunales a las antiguas jurisdicciones de privilegio que hubo empeño en destruir. Mas
hoy renacen aunque bajo un signo diferente: el corporativo. La existencia de leyes corporativas
no unificadas hacen advertir una tendencia disgregadora en materia legal. El Código civil que
respondía a una exigencia unificadora aparece anticuado y es de escasa utilidad.
La evolución jurídica no ha llegado a su fin, como dijo Bello “ el derecho de una nación, como
su lengua, no está nunca fijo” y las transformaciones de orden político, social y económico
siguen su curso.
A su vez, el avance del Derecho público a expensas del privado ha llegado al extremo de que
algunos han vaticinado su extinción.
Pero es el prestigio del viejo Código lo que lo ha mantenido en pie, aunque sin cegar la visión
de que es necesario un código que se adecúe a las exigencias de la época en que vivimos. Esto
existe en los nuevos códigos vecinos, en los que hay títulos enteros que constituyen una
novedad, hay formas diferentes de sistematización.
El problema, entonces, es el de resolver si conviene o no mantener el tipo clásico de legislación
en forma de código, o si ha de irse a la fragmentación del antiguo proceso común y determinar
si los contenidos deben remitirse sólo al derecho civil o si podrán encontrarse en él las
disposiciones mercantiles, agrícolas y del trabajo.
Los chilenos debemos dar unidad y forma civil a la abundante legislación nueva. Un amplio y
equilibrado código debe recoger esas leyes dispersas (o, al menos, recoger sus preceptos
generales para dejar a otros la reglamentación, de suyo variable). La “crisis” de la que
hablamos no es más que una etapa de transformación y crecimiento. Tal como lo hizo Bello, la
madurez legislativa debe esperar la estabilidad política (él lo hizo con Manuel Montt).
A cien años del Código de Bello, es lícito soñar con otro nuevo. “se hace necesario refundir
esta masa confusa de elementos diversos, incoherentes y contradictorios, dándoles
consistencia y armonía y poniéndolos en relación con las fórmulas vivientes del orden social”
(Mensaje del Código de Bello).