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Reflexiones sobre lenguaje inclusivo y género

Este documento discute el uso del lenguaje inclusivo y no sexista. Presenta varias preguntas sobre cómo las palabras como "padres de familia" pueden o no incluir a mujeres. Argumenta que el lenguaje evoluciona para reflejar la realidad cambiante de la igualdad de género y que pequeños cambios al lenguaje pueden promover la causa feminista sin dañar el idioma.
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Reflexiones sobre lenguaje inclusivo y género

Este documento discute el uso del lenguaje inclusivo y no sexista. Presenta varias preguntas sobre cómo las palabras como "padres de familia" pueden o no incluir a mujeres. Argumenta que el lenguaje evoluciona para reflejar la realidad cambiante de la igualdad de género y que pequeños cambios al lenguaje pueden promover la causa feminista sin dañar el idioma.
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GUIA #2

1.

 Si estas en una reunión donde son 50 mujeres y 9 hombres. Cuál es tu reacción


cuando saluden diciendo “buenas noches a todos”; y si en vez de esa frase se dijera
“buenas noches a todas” ¿que piensas?
RTA: La verdad no le vería interés es como la cantidad de personas que lo hacen saludar
de esa forma no tendría ningún problema
 Si una de tus familiares recibe grado universitario y cuando te muestra el cartón
dice: “otorga el grado de: ingeniero, doctor, sociólogo, abogado”, ¿te has preguntado
por qué, que piensas?
RTA: La verdad nunca me lo he puesto a pensar pero al poner otorgo suena feo y a parte
no pega con lo habitual digo yo no
 Alguna vez has hecho conciencia de la frase “reunión de padres de familia”
¿cuándo las que llenan el aula son las madres?
RTA: La verdad no le veo nada de malo porque cuando ellos dicen padres de familia no se
refieren al género masculino si no como tal a las cabecillas de la familia de cada estudiante
sea mujer u hombre sin importar su género
 Que piensas de la discriminación de género en el lenguaje. Sustenta
RTA: Siento que la gente se toma muy a pecho esas cosas sabiendo que uno no lo hace de
una manera de ofender ni nada entonces la verdad siento que es una estupidez preocuparme
si una palabra es más masculina o femenina para decirla
 Te parece complejo el uso de lenguaje incluyente, Por qué
RTA: No, porque es cuestión de utilizarlo de una forma correcta. Me refiero a no utilizar
palabras brotescas o de confianza con todo el mundo ya que no todo el mundo trata de la
misma forma con la que tratamos con gente de confianza.
 Ajeno a lo que haya designado la Real Academia de la Lengua Española en el año
2016, ¿qué piensas frente a la posibilidad de hacer inclusión en el lenguaje? Sustenta
RTA: Que es un tema que está desbordando a prácticamente todo el mundo y no sé si la
discusión merece la pena por el costo social de darle la vuelta a varias decenas o más de
idiomas. Hablamos de cambiar el idioma como ha sido usado por miles de millones de
personas en el mundo.
Hasta ahora, si se decía la gente, refiriéndose a todos, hombres o mujeres, no creaba ningún
problema. Ahora no sé cómo habrá que decirlo ni dónde poner la X si en el artículo y dejar
el nombre invariable o en el nombre, terminándolo en un símbolo no alfabético, sea arroba
o asterisco (además habrá que decidir para ordenar las palabras si tal signo va delante de la
A o después de la z y quizás cambiar los programas adecuadamente)
Todos los idiomas romances (portugués, español, francés, italiano, etc.) tienen una
distinción de masculino y femenino. Casi todos los idiomas germánicos (alemán sueco,
islandés) tienen incluso tres géneros, contando el neutro (también algo usado en español).
Los eslavos ruso y serbio donde el problema lo tienen incluso en la conjugación de los
verbos, también están bajo la misma lupa y el mismo problema.
En resumen y que yo sepa, prácticamente todos los idiomas, menos el hablado en los
Estados Unidos (y ese es el problema, el espejo donde queremos reflejarnos, sin pensar que
vivimos en otro idioma) no diferencian claramente las profesiones o los artículos con
alguna letra o signo inclusivo. El hebreo, ya ha decidido que en plural se usará el masculino
para todos los casos, cuando se incluyan hombres y mujeres. Los rusos, alemanes, franceses
(al menos de Francia y África), griegos, italianos, etc están, como los de habla española,
inmersos en cambiar el idioma, a pesar de que todos los académicos, de cualquier país
(academia francesa, española, alemana, etc.) no ven la necesidad. En Islandia, por ejemplo,
cuando llegó una mujer a presidente, decidieron usar la misma palabra para un hombre que
para una mujer, como lo hacían para los y las ministros. España, en cambio, ha decidido
incluir nuevas palabras.
3. El feminismo de hombres y mujeres que obran de buena fe ha progresado a costa del
lenguaje, porque sus reivindicaciones constituyen un fin superior que no debe detenerse
ante daños secundarios que ni causan víctimas ni son irreversibles.
Y realmente no se pueden equiparar la protesta ante el abuso del feminismo en tal o cual
palabra y la lucha frente a los maltratos, las vejaciones, la discriminación, la ocultación o
los salarios que sufren las mujeres.
Así pues, situarse en la defensa del idioma supone, en la práctica, enfrentarse a la causa
feminista. Y criticarla en ese terreno sería como censurar a los bomberos por usar sus
hachas para derribar la puerta cerrada y salvar así a las víctimas que se hallan desvanecidas
en el interior entre las llamas. Qué importa la integridad de la puerta si se trata de rescatar a
seres humanos. Qué importa la integridad del idioma si se trata de una lucha justa.
Por tanto, se puede comprender y compartir esa corriente del feminismo que fuerza las
palabras para lograr una conciencia general que a su vez consiga cambiar la situación; del
mismo modo que no se criticaría a los bomberos en la tesitura referida… salvo que el
portero del inmueble les hubiera dado una llave.
Con una llave, los bomberos seguirían allanando un domicilio sin permiso expreso de los
dueños, pero en tal caso nadie juzgaría violenta esa acción.
El uso habitual del hacha contra la lengua ha llevado a muchas personas bienintencionadas
a considerarla como un sistema construido por el varón, y por tanto masculino; y por tanto
machista y discriminatorio. Se arroja así una sombra de rechazo sobre ese patrimonio
cultural, una maquinaria compleja cuando se analiza y sencilla cuando se usa; una lengua
que, paradójicamente, llamamos “materna”.
Y eso que en España no se ha distribuido una circular del Gobierno que, como sí sucedió en
Francia en noviembre pasado, condene el lenguaje inclusivo en los documentos de la
Administración; ni la Academia española ha criticado, cosa que sí hizo la francesa, la
flexión en femenino de los nombres de profesiones y oficios. Más bien todo lo contrario.
Pero quién sabe si muchos adolescentes interesados en la filología, la psicolingüística o la
filosofía de la lengua no se habrán desviado de su vocación al toparse con esos denuestos.
Si se desprestigia el idioma, se desprestigia todo lo que a él va asociado.
Acusan de machismo a la lengua española, sí, pero el mismo sistema que no ha dado
duplicaciones como “corresponsal” y “corresponsala” ha acogido sin problema “guardián”
y “guardiana” o “capitán” y “capitana”, o “bailarín” y “bailarina”. Quienes tienen
formación en filología saben que esas decisiones lingüísticas se deben a razones históricas
o etimológicas, a veces incluso aleatorias, pero no sexistas.
La lengua no es la realidad, sino una representación de la realidad. Tenemos la palabra
“padre”, que representa a un hombre, y el término “madre”, que representa a una mujer.
Pero si una amiga nos dice “mis padres no están” y yo sé que sus padres son un hombre y
una mujer, la palabra “padres” los representa a ambos, y no cabe invisibilidad alguna de la
madre: la realidad conocida influye en el lenguaje y lo modifica.
Si cuento que “en el concurso de belleza de las fiestas participaron veinte jóvenes”, quien
me escuche pensará en veinte mujeres a pesar de que no hay marca de género en ese
mensaje. Sin embargo, si escribo “entre sólo tres policías detuvieron a los diez terroristas”,
en la palabra “policías” se habrá visto a tres hombres (lo mismo que sólo habrá varones en
la palabra “terroristas”), aunque tampoco se ofrezca ninguna pista gramatical al respecto.
Esto sucede por la influencia de la realidad en la percepción de las palabras que la
representan: abundan los concursos de belleza femenina, hay más policías varones que
policías mujeres y son escasas las terroristas. Cuando la realidad cambie, esas mismas
palabras representarán la realidad cambiada. Es la realidad la que cambia la lengua. La
lengua en sí misma sólo puede avisar para que la realidad cambie.
Por ejemplo, hace años pudo producirse ocultación de la minoría femenina en una
expresión como “los diputados españoles”, pero ahora ningún ciudadano ignora que en “los
diputados” entran hombres y mujeres. Por la misma razón, si asistimos a una conferencia
sobre Los derechos de los españoles y las españolas, sabemos que son los mismos para
ambas colectividades. Pero no sucederá lo mismo si la charla se titula Los derechos de los
saudíes y las saudíes, pues nuestro conocimiento de la realidad hará que pensemos en
derechos diferentes. Una misma estructura sintáctica da resultados distintos. ¿Por qué? Por
culpa de la realidad. Cambiémosla.
Las duplicaciones han servido de mucho en la comunicación feminista, han influido en la
conciencia general; pero en muchos terrenos la realidad puede hacerlas ya inservibles, por
superadas; o, peor aún, contraproducentes por cansinas. El peligro consiste en que esa
sensación se dé antes de tiempo: es decir, que el cansancio llegue antes de cumplirse los
objetivos que la duplicación pretende.
No obstante, sí cabría combatir algunos usos asimétricos en la lengua sin derribar el sistema
con el hacha. Es decir, usando la llave.
Además de reducir la reiteración de duplicaciones para evitar el cansancio y el rechazo, se
podría decir, por ejemplo, “la persona” en vez del genérico masculino “el hombre” o “los
hombres”. Y también “la abogacía” en lugar de “los abogados”, o “la juventud” en lugar de
“los jóvenes”. La filóloga feminista Mercedes Bengoechea ha elaborado una relación de
casos así que vale la pena atender.
También se puede dar una reacción contraproducente con la insistencia en la nueva
acepción de la voz “género” alumbrada hace 23 años —tras la conferencia de Pekín—
mediante una mala traducción de la voz gender, que a su vez funcionaba en inglés como
eufemismo de “sexo” por influencia del puritanismo victoriano.
Una silla tiene género, pero no sexo. Los géneros gramaticales agrupan el masculino, el
femenino, y el neutro (antaño se incluyeron también el epiceno y el común). Pero la
biología sólo acoge el sexo masculino y el femenino (sin que eso excluya el sentimiento de
cada cual y el cambio del uno al otro). Así, la confusión entre género y sexo es fuente de
grandes malentendidos.
Además, el vocablo “género” (admitido ya por la Academia en el sentido sociológico)
altera su polaridad según el contexto: en “violencia de género”, esta voz sustituye a
“machista” y refleja una idea firmemente peyorativa. Sin embargo, la locución “políticas de
género” puede equivaler a “políticas de igualdad”, y del tal modo ese “género” adquiere un
tinte positivo, como sucede también en “conciencia de género”. Por tanto, esta palabra es
en esencia positiva unas veces y negativa otras, lo cual dificulta su valor como idea
omnicomprensiva del problema.
Por otro lado, la locución “violencia de género” se percibe como algo técnico, incluso
suave; un término sociológico que se distancia de los hechos; mientras que el concepto
“machista” se condena a sí mismo como algo temible y reprobable, y sería una buena llave
para abrir la casa en llamas.
El género es un accidente gramatical. La lengua española no se muestra muy coherente
respecto al género. Las palabras terminadas en o suelen ser masculinas, pero tenemos “la
contralto”, “la canguro”, “la modelo”, “la sobrecargo”, “la mano”… Las palabras
terminadas en a suelen ser femeninas, pero decimos “el día”, “el pirata”, “el pediatra”, “el
fisioterapeuta”. La e también se reparte, como en “la esfinge” y “el jefe”. Algunas palabras
tienen un solo género que vale para los dos sexos (los nombres epicenos), como “la
persona”, “la criatura”, “la víctima”, “la jirafa”, “la ballena” y otros muchos nombres de
animales. Y usamos los femeninos “su santidad”, “su majestad” o “su excelencia” para
referirnos a varones. Y, por supuesto, algunas palabras en femenino engloban a hombres y
mujeres (“la judicatura”, “las más altas personalidades”…), lo mismo que al revés (“el
profesorado”, “los altos cargos del partido”). Y además hemos fosilizado expresiones con
una extraña concordancia masculino-femenino, como “a ojos ciegas” o “a pies juntillas”.
Realmente, no se puede decir que el genio del idioma se haya dedicado mucho a que el
género se corresponda estrictamente con el sexo.
Sin embargo, la corriente feminista ha hecho causa del asunto, y ha logrado que se abran
paso alternativas a términos comunes para el masculino y el femenino, como “juez” (“el
juez” y “la juez”, pero ahora “la jueza”), o “líder” (“la lideresa”); si bien eso no ha
alcanzado a otros como “modelo” (“el modelo”, “la modelo”) o “atleta” (el “atleta”, “la
atleta”)...
Al mismo tiempo, en teórica contradicción con el caso de “juez”, se desecha el
desdoblamiento de “el poeta” y “la poetisa”, y no parece haber polémica con “el sumiller” y
“la sumiller” o “el mártir” y “la mártir”, entre otros muchísimos ejemplos posibles.
Es decir, en unos casos se pretende el desdoblamiento, en otros la simplificación y en otros
no hay ninguna lucha al respecto. En justa correspondencia con el desorden gramatical.
El mejor árbitro es una mujer
Por otra parte, el tan denostado genérico masculino ofrece sus compensaciones. La final de
Copa de rugby masculino, disputada el pasado 30 de abril, fue arbitrada por la granadina
Alhambra Nievas, que está considerada “el mejor árbitro del mundo”. Y al decir “Alhambra
Nievas es el mejor árbitro del mundo”, estamos dándole un papel preponderante no sólo
entre las mujeres sino también entre los hombres. El masculino genérico no la hace
desaparecer, sino que agranda su importancia. Por tanto, como sostienen las profesoras y
feministas Aguas Vivas Catalá y Enriqueta García Pascual, no se debe confundir la
ausencia con la invisibilidad.
Catalá y García Pascual han escrito también: “Lo que hay que analizar no es el sexismo en
el lenguaje, sino el sexismo en el uso del lenguaje”.
He aquí algunos casos, entre otros muchos posibles, en que sí se produce un claro sexismo
al usar las palabras, a menudo de forma inconsciente.
El salto semántico. Expresión que acuñó Álvaro García Meseguer, autor del primer gran
ensayo sobre el sexismo lingüístico en España. Por ejemplo: “Los ingleses prefieren el té al
café. También prefieren las mujeres rubias a las morenas”. De ese modo, “los ingleses”
reúne a hombres y mujeres; pero en la siguiente oración desaparecen éstas de aquel
genérico.
Visión androcéntrica. Se da cuando el papel de la mujer se subordina en el lenguaje al
protagonismo del hombre, incluso estando situada al mismo nivel profesional.
Así, hemos podido oír: “Brad Pitt llegó acompañado por Angelina Jolie”. Podría decirse al
revés, “Angelina Jolie llegó acompañada por Brad Pitt”; pero sería mejor comentar que
“Angelina Jolie y Brad Pitt llegaron juntos”. Cuando llegaban juntos, claro.
Del mismo modo, si una empresa recomienda a sus comerciales llevar corbata, está
eliminando de un plumazo a las comerciales.
Partículas discriminatorias. A estas tendencias sexistas se suma otra más emboscada aún, y
que opera con las conjunciones adversativas y concesivas: “Trabaja muy bien, aunque está
embarazada”, o “es una mujer, pero muy competente”.
Asimetrías en los nombres. Ocurren cuando se cita a las mujeres por el nombre y a los
hombres por el apellido. El nombre de pila acerca al personaje y refleja un tono familiar; el
apellido le otorga un trato más respetuoso. Esa asimetría se dio en este titular: “Destituyen
al senador que acusó a Dilma de corrupta”.
El uso sexista se produce asimismo al colocar un artículo femenino delante de los
patronímicos de mujeres artistas: “la Pantoja” o “la Callas”, que no tienen su
correspondencia en “el Bisbal” o “el Serrat”. También en el caso de políticas como “la
Thatcher” o “la Cifuentes”.
Y al denominar las obras de pintores o escultores de fama, se dice “un picasso”, “un miró”;
pero no “un khalo” (un cuadro de Fidra Khalo).
Se dan asimetrías igualmente en expresiones arraigadas, como “una mujer de vida alegre”;
que se diferencia de “un hombre de vida alegre”, además de la ya conocida diferencia entre
ser "un zorro" o "una zorra".
En medio de todos estos problemas referidos al uso, está apuntando en él un fenómeno que
permite albergar ciertas esperanzas: el femenino genérico. Pero no forzado, sino natural.
Anoté algunos casos durante los Juegos de Londres, todos ellos en boca de varones: un
entrenador y distintos periodistas de la cadena SER: “Jugamos tranquilas, ¿eh?”
(seleccionador del equipo femenino de balonmano, durante un tiempo muerto). “¡Si
ganamos, estamos clasificadas!” (un periodista, sobre el equipo femenino de waterpolo).
“Si estamos entre las siete primeras vamos a ser oro” (sobre la regatista española Marina
Alabau en windsurf). “Somos terceras después de las rusas” (sobre el equipo de natación
sincronizada). “Hemos pecado un poco de inexpertas” (tras una derrota en waterpolo
femenino). Y más recientemente: “¡Hoy podemos ser campeonas de Europa de
bádminton!” (Carolina Marín).
Quizá resuman todo lo dicho hasta aquí las palabras escritas por Aguas Vivas Catalá y
Enriqueta García Pascual: “Se puede ser feminista sin destrozar el lenguaje. Pero
difícilmente se puede evitar un uso sexista de la lengua sin ser feminista”.
Y también lo que defiende la profesora feminista María Ángeles Calero, partidaria de que
se deshaga desde la escuela la falsa relación entre género y sexo: El género se debe
considerar como un mero accidente gramatical.
4. CASO NO. 1
Tengo un (a) compañero (a) que me visita mucho a mi escritorio. Habla mucho de cualquier
tema. No se ha percatado de que cada visita suya es de alrededor de 30 minutos y me atrasa
mi trabajo. En ocasiones hago que estoy escribiendo y me dice que le “atienda” por unos
minutos ya que le urge hablar conmigo. De un 100% de las veces que me visita tan solo un
25% tiene que ver con situaciones laborales, el resto no tiene ninguna relación con el
trabajo. ¿Necesito planear como decirle en forma asertiva que no me interrumpa y que
respete mis horas laborales?
CASO NO.2
Un (a) compañero (a) ha estado comentando cosas fuertes sobre otro (a), me comenta
aspectos personales que no sé si son ciertas o no, pero son desagradables. Por lo que he
podido entender el compañero (a) que me hace esos comentarios tiene algún recelo con la
otra persona debido a que a este lo (a) ascendieron de puesto hace varias semanas.
¿Necesito planear como decirle que me deje de llevar comentarios de ese tipo, sin afectar
nuestra relación de trabajo y personal?
CASO NO. 3
En mi oficina tengo un subalterno que le gusta mucho la pornografía. Siempre está
accediendo Internet o bien tiene imágenes en la computadora de personas en poses muy
fuertes. No me hace comentarios de ningún tipo pero cada vez que lo visito a su escritorio
tiene abierta imágenes, las cuales quita inmediatamente me ve. También compra periódicos
en donde salen muchachas con poca ropa, las cuales están en su escritorio. Dicen los
compañeros de él que posee una colección de revistas en su escritorio.
Tengo la tarea de reunirme con él y plantearle un cambio en sus conductas para ello tengo
que planear una reunión asertiva sobre el tema.
Caso NO. 4
Anthony es un trabajador que atiende público en ventanilla. Él es considerado por sus
clientes como el más lerdo y de trato deficiente. Lo dicen porque es común ver la fila de
Anthony más larga que la de sus otros compañeros. Un día alguien le pregunto del por qué
trabaja así de lento, y respondió: “Porque a mí me pagan lo mismo por atender uno que
atender a diez clientes” El cliente que le pregunto se quedó con la boca abierta. ¿QUE
PIENSAN SOBRE LA FORMA DE PENSAR DE ANTHONY?

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