Fandom of Our Own 427278 PDF
Fandom of Our Own 427278 PDF
HEREWA
SONL
YONEBE
D
Fandom
of our own
THERE WAS ONLY ONE BED
Fandom
of our own
THERE WAS ONLY ONE BED
VV. AA.
@FandomOwn
© de los relatos: los autores, 2020
Las cosas como son: tenemos el culo pelado de tanto leer fanfics.
No recordamos ni siquiera el momento exacto en el que empren-
dimos el camino de baldosas amarillas hacia el mundo mágico del
fandom, pero el caso es que ya hemos pedido la nacionalidad y
no tiene pinta de que nos vayamos a ir de aquí a corto, medio o
largo plazo.
Imaginarse ahora mismo cómo sería nuestra vida sin fanfics es
como hacer un universo alternativo gris y triste, como pasar del
tecnicolor al cine mudo de golpe y sin paliativos.
Si estás leyendo esta antología, si has visto la fantástica (a la
par que elegante) portada de Renata Nolasco y te ha llegado al
alma, entonces formas parte de nuestra secta: enhorabuena, al
fondo hay galletas y vino de tetrabrik.
Este compendio de relatos surgió como forma de homenajear
a los fanfics, esas obras de ficción desinteresadas que tantas horas
de disfrute y disgustos nos han dado. Para ello, pedimos relatos
que exploraran los escenarios, las dinámicas y los tropos típicos
de los fanfics, pero con personajes originales.
Los fanfics, y las comunidades de Internet que nos han dado
cobijo y nos han unido, forman parte de nuestra historia, también
de la de las personas que han sido seleccionadas en esta antología
y de la de todas aquellas que nos enviaron relatos, que nos dieron
un trocito de sus vidas al esforzarse por escribir para esta con-
vocatoria. Gracias, de verdad, esperamos que esta selección de
relatos os haga gritar y llorar tanto como a nosotras.
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No hay nada como un fanfic para ayudarte a perder el miedo
a escribir y a compartir tu trabajo con el resto del mundo. Nada
como un fanfic para enseñarte a aceptar las críticas y ayudarte a
desarrollar un estilo único a la vez que aprendes a conectar con
tu público. Nada como un fanfic para darte las fuerzas necesarias
para escribir aquello que de verdad quieres hacer, lo que te piden
las tripas.
Nada como un fanfic para darnos la representación que ne-
cesitábamos como personas del colectivo LGTB+. Cuando en
términos de representación vivíamos en el desierto, los fanfics eran
nuestro oasis, el lugar al que íbamos a refugiarnos, a sentirnos
representadas, a leer 100k palabras de la vida en una cafetería con
extra de fluff.
Esta antología tiene muchas horas de trabajo metidas, mucho
esfuerzo más allá de las jornadas laborales, los trabajos de fin
de grado, la tesis, la ansiedad y la depresión. Es nuestro regalo
al fandom, a la comunidad, a todas aquellas personas que busca-
ban un refugio en el oasis de Internet, cuando el monstruo de la
cisheteronorma se cernía sobre nosotras antes siquiera de saber
lo que era. Los fandoms nos ayudaron a ser quién somos y nosotras
no podemos más que agradecérselo con estos relatos fantásticos.
Gracias también a Anna Roldós (@anna_roldos) por su tra-
bajo al maquetar este libro en digital, para que pueda llegar a más
gente. Anna, te queremos, sigue escribiendo, capitana galáctica.
Gracias a todas las personas que siguen la cuenta de la an-
tología en Twitter y nos retuitean todos los memes o comen
palomitas mientras nos peleamos en abierto por la tortura cruel
que es el pining. Se os quiere.
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Resumen
Esta historia empieza y termina igual: cavando una tumba.
Notas
Perdón.
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Tom mira al chico que cava. Es muy alto, quizá incluso más
que él. Tiene el pelo castaño claro revuelto y cubierto de polvo y
los ojos enrojecidos del mismo color. También está muy delgado,
aunque esto no le extraña: a los humanos de la Resistencia les
cuesta cada vez más conseguir comida. Ellos se encargan de que
así sea: si no quieren morir de hambre, la opción más lógica es
ceder y someterse a los vampiros. Tom cree que no es una mala
vida. Entraña sus riesgos, claro: no todos los vampiros son capa-
ces de controlarse, pero no son tantos los casos de asesinato. Un
veinte por ciento de la población humana, a lo sumo. También se
sacrifica a los que ya no sirven para nada, pero está convencido de
que es mejor morir que pudrirse por dentro o por fuera. ¿Por qué
un anciano querría seguir siendo un anciano? ¿Por qué alguien
que no puede moverse o pensar con claridad querría existir?
Tom respira hondo. Lo hace por costumbre, no porque ne-
cesite realmente el oxígeno. Los vampiros antiguos ya no tienen
esas manías, pero él lleva apenas tres meses siéndolo y le quedan
varios hábitos de cuando todavía era humano. Ese ha sido el mo-
tivo por el cual, en un ataque de hambre, ha salido a cazar y ha
acabado matando a Donato. Podría haberse alimentado en el nido
de Londres al que pertenece, como los demás, pero el instinto
depredador es muy complicado de evadir al principio. Beber de
las botellas del banco de sangre no lo sacia y todavía no ha en-
contrado ningún humano que le interese lo suficiente como para
convertirlo en su mascota. Le han presentado a varios, en su nido
hay por lo menos veinte disponibles y cinco o seis pertenecientes
a otros vampiros a los que no les importa compartir. Pero no es
igual. Esos humanos ya no huelen apenas, como mucho a una
ligera decepción. Es aburrido. Por eso ha salido hoy en cuanto ha
caído la noche. Por eso ha recorrido Londres en busca de presas.
En la zona residencial de Highgate se topó con dos chicas que
chillaron al verlo, se tomaron de las manos y salieron corriendo.
Él era más rápido y podría haber alcanzado a cualquiera de ellas,
pero siguió avanzando en busca de algo mejor. De alguien que
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además de oler a miedo oliera a odio. De sensaciones que fueran
tan intensas que se le impregnaran en la piel lo suficiente como
para confundirlo hasta hacerle creer que aún estaba vivo.
Olió todo eso cuando llegó al cementerio hace una hora. El
miedo, el odio y algo muy parecido al amor. Trepó por la verja
como un gato, demasiado hambriento y ansioso como para pre-
guntarse por qué un olor como ese provendría de un lugar como
aquel. Hacía media década que los cementerios habían dejado de
usarse: los vampiros no dejaban un cuerpo atrás cuando morían
y los humanos eran arrojados y quemados en fosas comunes, así
que no tenía sentido que hubiera alguien allí.
Pero daba igual. Todo daba igual. Solo existía ese olor.
Una vez estuvo dentro, Tom lo siguió hipnotizado. Caminó a
través de las tumbas y la maleza sin hacer ningún ruido, a pesar
de que su estómago gritara con anticipación. Encontró a Manny
y a Donato dormidos dentro de un mausoleo y supo que pertene-
cían a la Resistencia en cuanto los vio. Estaban sucios, delgados
y cubiertos por andrajos. Pero no era solo eso. Todavía quedaban
mendigos en las calles y no se parecían a esos dos chicos. Tom
supo que pertenecían a ese grupo de humanos que luchaba contra
el orden jerárquico impuesto por los vampiros por la esperanza.
Estaba ahí, la olió cuando estuvo lo suficientemente cerca. Entre
el miedo, el odio y ese algo parecido al amor. Era un aroma débil,
pero inconfundible.
Hoy en día casi nadie tiene esperanza. A los vampiros se les
ha olvidado lo que era o para qué servía y la de su rebaño de hu-
manos hace tiempo que se escurrió a través de los agujeros de las
mordidas.
Pero esos dos chicos la tenían. Cuando los vio dormidos, Tom
se los imaginó soñando que ganaban una guerra perdida hace mu-
cho, visualizando la posibilidad de un mundo mejor, y se relamió
la sonrisa. El del pelo marrón, el que ahora mete el cadáver de
su mejor amigo en la tumba que él mismo ha cavado, no tenía
demasiada esperanza. Pero el otro… El otro era rubio, bajo y de
hombros anchos. Unos años menor que él. El vampiro le calculó
dieciocho, tal vez menos. Era imposible estar seguro: las guerras,
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incluso las perdidas hace tiempo, curten, y lo primero que se lle-
van es la niñez.
Tom había oído hablar de la Resistencia antes de encontrarse
con aquellos dos. No lo oyó cuando todavía era humano, cuando
él mismo había sido la mascota de un vampiro. Los humanos nor-
males —los rendidos— poco o nada saben sobre los que todavía
claman por la libertad. A Tom se lo contaron una vez lo convirtie-
ron, algo que sucedió cuando la vampiresa que se había encapri-
chado de él temió que su belleza se echara a perder si dejaba pasar
demasiados años. Si llevara más tiempo siendo un vampiro, habría
sabido que había gente que, además de resistirse y huir, luchaba.
Habría entrado en el mausoleo con cuidado, buscando posibles
armas, en lugar de lanzarse de cabeza hacia el chaval rubio que
olía a esperanza.
Pero Tom no lo sabía, así que se tiró a por él como si llevara
años sin comer. Donato murió con la garganta abierta por las pri-
sas y un grito mudo en las facciones. Cuando Manny despertó por
el ruido podría haber obligado a aquel vampiro a intentar con-
vertir a su compañero, quizá así hubiera sobrevivido. Pero tanto
Donato como Manny preferían morir a transformarse en aquellos
seres, lo habían hablado en infinidad de ocasiones, por lo que co-
gió la estaca que guardaba en el saco de dormir y se la clavó a Tom
en la espalda mientras seguía alimentándose. No lo mató: el sol y
el hambre son las únicas cosas que pueden conseguirlo, pero las
estacas los aturden lo suficiente como para ganar algo de tiempo
y reducirlos con otros métodos.
Por todo aquello, Tom está ahora atado y sentado en el suelo.
Si la cuerda que le sujeta las manos y los brazos al pecho hubiera
sido normal, podría haberse liberado con facilidad. Solo habría
necesitado un rato para reponerse del estacazo: en media hora
o menos habría sido capaz de romperla y comerse al otro chico.
Pero la Resistencia no era tonta, así que trenzaba cuerdas gruesas
con hilo de plata dentro. No mataba, como tampoco lo hacían las
estacas, pero picaba y se llevaba la fuerza de los vampiros hasta
convertirlos en algo incluso más débil que un humano. Tom ni si-
quiera pudo salir corriendo mientras Manny cavaba aquella tumba
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para su amigo. Lo pensó en el momento en el que ese chico lo
sacó a rastras del mausoleo, pero el otro le arrebató la posibilidad
cuando, ayudándose de la pala, le clavó un pie al suelo con la mis-
ma estaca que había usado al principio para apuñalarlo.
Lleva media hora viéndolo llorar y cavar. Y cavar y llorar.
Manny no lo mira hasta que Donato está totalmente cubierto de
tierra y le dedica dos palabras que ya no podrá volver a escuchar:
«bella ciao». Después, se gira hacia Tom con la cara cubierta de
tierra y surcos de pena.
—Está a punto de amanecer —comenta Tom. El cielo está
todavía oscuro, pero lo siente. Le hace cosquillas en la piel—.
¿Vas a matarme?
No quiere que pase, la idea lo aterra, pero no va a dejar que
ese chico sea consciente de ello. Así que lo dice con una sonrisa
perezosa y los ojos verdes con los párpados caídos, como si estu-
viera aburrido. Si Manny lo mata, cosa más que probable por el
modo en el que lo está mirando, piensa irse con la misma entereza
con la que ha vivido hasta este momento: con la voz suave y las
poses estudiadas, con la comisura de los labios apuntando al cielo
y el futuro que se estaba construyendo diciéndole que lo ha hecho
bien. Sabe que quemarse por el sol duele, que te derrite primero
por dentro y después por fuera, que todos gritan. Pero él no. Él
será el primero en mantener la calma, en ser mejor. Aunque no
haya ningún otro vampiro para presenciarlo, ese chico se encar-
gará de correr la voz. Y si no lo hace, al menos el recuerdo de su
entereza permanecerá en su memoria.
Con eso le vale.
Manny quiere matarlo. De mil formas, aunque solo existan
dos. Abre la riñonera que tiene colgada a la cintura y saca algo que
brilla. No hay apenas luz en el cementerio, pero Tom ve mucho
mejor que los humanos. Y huele. Huele a metal, a hierro en vez
de plata, y no entiende lo que el otro va a hacer con aquella herra-
mienta hasta que le dice:
—Abre la boca. —La voz está partida en mil pedazos, pero
Tom se sorprende pensando que le gusta. Es más grave de lo que
el aspecto desgarbado del chico le ha hecho creer—. ¿Todavía
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sois capaces de sentir dolor? Supongo que no, que vuestro siste-
ma nervioso está igual de muerto que todo lo demás.
Tom no lo contradice a pesar de que se equivoque: sí que
sienten dolor, pero es cierto que no de forma tan aguda como los
humanos. Por ejemplo: el pie que tiene clavado al suelo le moles-
ta, aunque no tanto como le habría dolido a Manny de estar en
su lugar. Para él se parece más a la incomodidad de un moretón
cuando lo aprietas. No sabe por qué esto es así, pero supone que
se debe a que se cura mucho más rápido ahora que es un vampiro.
—¿Qué vas a hacer? —La herramienta ha resultado ser una
tenaza, que chasquea mientras Manny la abre y la cierra sin dejar
de acercarse a él.
—Voy a hacerte pasar por lo mismo por lo que nos habéis
hecho pasar a nosotros durante cinco años.
—¿Que es…?
—Hambre.
Manny sonríe. Como Tom tiene tanto miedo, apenas es cons-
ciente de la idea que flota escondida en un rincón de su mente:
que esa sonrisa es demasiado bonita como para utilizarla en situa-
ciones como aquella.
Después, el de la sonrisa bonita le arranca los colmillos con las
tenazas y él grita como si el sol hubiera salido ya.
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Capítulo 2
El compañero
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punto, aunque lo ha observado desde el principio, atento a cada
reacción: si Tom seguía temblando, Manny llenaba un poco más
el frasco.
No han hablado demasiado en todo ese tiempo. Los primeros
días el humano trató de interrogarlo, pero cuando Tom se negó
a cooperar no lo torturó, tal y como había esperado. Se limitó a
refunfuñar y a encerrarlo antes de la hora en su ataúd. Como un
castigo tonto. Como un niño.
El chico le tiende el bote con sangre al vampiro, sin mirarlo, y
por primera vez en medio mes Tom se toma su tiempo antes de
beber. Observa oscilar el líquido mientras mueve el recipiente y
se lo acerca a la nariz antes que a los labios. Huele a pena, sobre
todo a pena. Pero también a valentía y a determinación. Y por de-
bajo de todo aquello, como la primera vez que lo vio, a esperanza.
Sutil, como un pálpito que se apaga.
—¿Cuántos años tienes?
La pregunta sorprende a Manny, que alza la cabeza y lo
mira. Al principio le daba de beber él, pero una vez se cercioró
de que con la poca fuerza que tenía Tom no suponía ninguna
amenaza, acabó por liberar su mano derecha. La primera vez
durante un rato, lo justo para que se alimentara. La segunda
toda una noche, hasta que lo metió en la tumba al amane-
cer. Después de la tercera, no volvió a sujetarle ese brazo. Así
que ahora Tom puede toquetearse el pantalón para tratar de
quitarle el polvo sin ningún éxito, o repeinarse el pelo negro
y frustrarse al no conseguir mantenerlo en su sitio. Está as-
queroso, y eso lo lleva incluso peor que estar preso. No huele
tan mal como Manny porque los vampiros no sudan, pero el
pestazo al cadáver con el que comparte ataúd se le ha pegado a
la piel.
—¿Cuántos años tienes tú? —ataja el humano, evadiendo la
pregunta—. No cuántos tenías antes de ser un monstruo, cuán-
tos tienes ahora —especifica, repentinamente rabioso—. ¿Cien?
¿Doscientos?
—Veintiséis.
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Cuando las cejas de Manny se arquean por el asombro, Tom
se da cuenta de que la rabia anterior no es más que un disfraz.
Que bajo la máscara de ese chico, cuya sonrisa no encaja con
el tiempo que le ha tocado vivir, es demasiado crédulo. Porque
podría haber mentido, aunque no lo haya hecho, pero Manny ha
escogido creerlo sin reservas.
Tal vez ese fuera el motivo por el que su compañero, Donato,
olía a algo parecido al amor además de a miedo, odio y esperanza.
—Veinticuatro —confiesa el chico cuando Tom está seguro
de que ya no va a responderle—. Quizá veinticinco, no sé qué
día es.
—Dieciséis de octubre, creo.
—Entonces veinticinco.
El silencio se adueña del mausoleo y les presiona la piel, inco-
modándolos. Manny, que está recostado contra una pared de cara
a la puerta, mira de reojo al vampiro. No es la primera vez que
lo hace, pero sí la primera en la que la repulsión no le empaña
la vista.
—¿Cómo te llamas? —se le escapa. Se muerde la cara interna
de las mejillas en cuanto lo dice, pero ya es demasiado tarde para
tragarse la curiosidad. Pese a ello, intenta arreglarlo—: Seguro
que tienes un nombre ridículo, como Draven… o Severus.
Aunque Manny se ríe, no lo hace bien. La carcajada resue-
na a lamento, como si le pidiera perdón a una causa. Pero Tom,
cuando sonríe de medio lado, sí que lo hace bien. Está sucio, des-
peinado y apesta a muerto, pero esa comisura alzada se le clava a
Manny en la garganta, provocando que tragar saliva cueste.
—Tom.
La incredulidad acaba echando a patadas a la rabia.
—¿En serio? ¿Tom? ¿Solo Tom?
—Solo Tom.
Mira a Manny, aguantando las ganas de soltar una carcajada.
Está claro que también quiere que se interese por su nombre.
Debe de ser de esas personas que no llevan bien estar calladas, a
diferencia de él.
—¿Por qué sigo vivo?
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A pesar de que no es la pregunta que Manny espera, lleva
tiempo temiéndosela. Lo más sensato sería no contestar, pero el
humano, tal y como cree Tom, es de esas personas que no llevan
bien estar calladas y, pese a que carga unas cuantas virtudes, la
sensatez no es una de ellas.
—Era nuestro plan. Oye, ¿te vas a beber eso o qué? —Señala
con un gesto de cabeza el recipiente que el vampiro sigue mo-
viendo sin darse cuenta. Cuando lo ve dar un sorbo, finge que
no lo escucha suspirar de alivio y continúa—: El plan era de mi
compañero y mío. La idea era capturar a uno de vosotros para
reunir información.
—¿Qué pensabais hacer con esa información?
—Pasársela a la Resistencia, claro.
—Pero no sabes dónde está la Resistencia —adivina Tom.
—¡Pues claro que lo sé!
—No. Si ese fuera el caso, me habrías llevado con ellos.
Y ellos, piensa, no habrían sido tan amables como Manny.
Hay historias que circulan entre los suyos, historias que a Tom
no le ha dado tiempo a oír. De humanos que capturan vampiros
y los abren en canal para ver qué pasa. Que les arrancan extre-
midades con rabia y, peor, curiosidad, deseosos de comprobar
si vuelven a crecerles. Que exponen partes de ellos al sol o los
obligan a tragar plata.
El chico se levanta y agarra al moreno de las cuerdas, forzán-
dolo a levantarse y meterse en el ataúd.
—Es hora de dormir.
—Todavía queda para que amanezca.
—¡Me da igual!
Una vez Tom está dentro, Manny lo encierra moviendo la losa
de piedra. Escucha una risa ahogada dentro y se sienta en el suelo,
con la espalda apoyada en el féretro y los brazos cruzados. Tom
tiene razón: no sabe dónde está la Resistencia. Perdió el contacto
con ellos cuando el grupo con el que iban Donato y él hace unos
meses desapareció… o murió. Sin embargo, ¿habría entregado a
Tom de haber sabido dónde estaban? Quiere pensar que sí. Quie-
re mentirse y creerse, pero no lo tiene tan claro. Odia a los vam-
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piros, por supuesto, pero ha sido testigo más de una vez de lo
que la Resistencia hace con ellos y ha acabado vomitando todas
y cada una de esas veces. Quiere ganar la guerra, pero no quiere
que cuando esta acabe no quede nada de él de lo que pueda estar
orgulloso. Matar en batalla es una cosa; torturar hasta la locura,
otra muy distinta.
—Siento lo de tu amigo.
La voz del vampiro lo sobresalta, pero el mensaje lo clava
al suelo. Parece sincero y lo odia. No le costaría tanto hacer lo
que está haciendo si Tom se limitara a actuar como el monstruo
que es.
—¿Cómo se llamaba? —insiste. En vista de que Manny no
está por la labor de contestar, sigue hablando—. Me convirtie-
ron hace tres meses. Antes de eso, pasé cuatro años en el nido
de Camden Town como mascota. Me pillaron casi al principio,
por intentar salvar a mi madre. Había estado escondido con ella
durante unas semanas, pero, no sé cómo, un grupo acabó dando
con nosotros. Bueno, ahora sí que lo sé: por el olor. La cuestión
es que ella salió para darme una oportunidad y yo, en vez de tra-
tar de huir o permanecer escondido, me lancé hacia ellos con un
cuchillo… —Se ríe y Manny se muerde el labio inferior, luchando
por no contestar. Por no decirle que lo entiende—. A mi madre
la mataron en el acto y a mí me llevaron con ellos. Una vampiresa
me reclamó nada más llegar al nido y, hace tres meses, me convir-
tió por miedo a que empezaran a salirme canas, arrugas o algo así.
»Cuando acabas de transformarte es… complicado. El instin-
to te mueve, ¿sabes? Te arrastra. No necesitamos cazar —confie-
sa, y Manny tensa la mandíbula porque ya lo sabe—. Hay bancos
de sangre y humanos en el nido, pero no es lo mismo. Es… Ima-
gina por un momento que te estás muriendo de hambre.
—No me cuesta imaginarlo —interrumpe el otro, furioso.
Cada día que pasa cuesta más encontrar alimento, cada día que
pasa los humanos que resisten tienen que acercarse un poco más
al núcleo urbano de los vampiros para conseguirlo.
—Tienes razón. —La voz suena afectada, pero Manny no
se ablanda—. Supón que llevas una semana sin probar bocado
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y te ofrecen agua. Un vaso y otro y otro… Te llena el estó-
mago, pero no te sirve. No hace que la cabeza deje de dolerte
o los músculos no te abrasen. Al final te acostumbras y de-
jas de sentirlo así, o eso me han dicho, pero durante los
primeros años la sangre de los bancos o de los volunta-
rios es como el agua. Y cazar, como una hamburguesa de
tres pisos.
—¡¿Voluntarios?! —estalla el humano—. ¡Son esclavos!
—No es verdad. Puede que al principio, no te voy a engañar,
pero después todos empezamos… empiezan a ver las cosas desde
otra perspectiva. Los alimentan bien. Los cuidan. No es un mal
trato: como mucho, y no siempre, se parece a un trabajo que no
te aporta nada pero que aun así mantienes para sobrevivir a fin
de mes.
—¿Esa es vuestra puta excusa? ¿Es lo que os ayuda a dormir?
—Pasé cuatro años siendo uno de esos esclavos, humano.
—Te rendiste.
—Me adapté.
Manny vuelve a guardar silencio, cada vez más cabreado. El
problema es que ya no lo está tanto con Tom, al que aunque no
quiera empieza a comprender. Él ha hecho cosas espantosas por
culpa del hambre, cosas que no soporta siquiera recordar. Sabe
cómo tira de cada fibra de tu ser, cómo es capaz de nublarte el
juicio hasta sacar lo peor de ti.
—¿Cómo se llamaba tu amigo? —repite Tom desde el ataúd.
Manny no sabe si el arrepentimiento que resuena en la voz
del vampiro es real o fingido, pero, antes de tomar una decisión
al respecto, confiesa:
—Donato.
—¿Italiano?
—Sí, por parte de madre.
—¿Por eso le dijiste aquellas palabras? —pregunta, confun-
diendo a Manny. El chico cae en la cuenta entonces de que se
refiere a aquel bella ciao que susurró para despedirse de su com-
pañero. Le sorprende que el vampiro lo recuerde y le sorprende
todavía más que quiera explicárselo. Se excusa diciendo que es
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porque se siente solo, pero no está seguro de que vaya a creerse
esta vez—. Me pareció que eran italianas.
—Sí. —Se muerde los carrillos por dentro, forzándose a guar-
dar silencio a pesar de las explicaciones que le hacen cosquillas
en la lengua.
—¿Qué significa?
—Es una despedida. Adiós, bella.
Mucho tiempo después, cuando el sol ya ha salido y el silencio
no ha sido capaz de borrar la extraña sensación que envuelve a
Manny, este murmura muy bajito:
—Me llamo Emmanuel, pero mis amigos me llaman Manny.
Se arrebuja en el saco, martirizado por un montón de cosas
que todavía no está preparado para admitir y convencido de que
Tom hace tiempo que duerme.
—Buenos días, Manny.
La voz del vampiro le llega como un susurro, directamente
al oído, y aunque el chico siga sin estar preparado para admitir
nada, sonríe.
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Capítulo 3
El ataúd
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Contrasta muchísimo con la piel, que es tan blanca que a Manny
no le sorprendería si brillara en la oscuridad. Sabe que
debía de tenerla así desde el principio, cuando todavía era
humano, ya que los vampiros no cambian una vez los han
convertido. Y se martiriza cuando entiende por qué aque-
lla vampiresa lo transformó, por qué le aterró que acabara
envejeciendo.
Las piernas interminables, las manos largas y finas, el tronco
delgado, la mandíbula…
—Hueles diferente hoy —comenta Tom, sacándolo de sus
pensamientos.
Cuando Manny lo mira a la cara y ve aquella sonrisa, se son-
roja hasta las orejas y gira el cuerpo hacia otro lado para que el
vampiro no se dé cuenta, aunque por la risita que escucha sabe
que es demasiado tarde.
—¿Te gustaba? —Manny se atraganta ante la pregunta y em-
pieza a toser. Cuando se vuelve hacia él con los ojos desorbitados,
el moreno concreta—: Tu amigo, Donato.
—¿Eh? ¿Qué? —Agita la cabeza, histérico—. ¡No! ¡No me
van los tíos!
Y vuelve a rezar, esta vez para que las mentiras no huelan.
Tom se limpia los labios manchados de sangre con la lengua y
Manny añade al rezo que sus pensamientos tampoco.
—Ya. —Por cómo lo dice y por cómo mantiene la lengua en
la comisura, no parece que se lo haya creído.
A lo peor ni siquiera hace falta que Tom lea la mente, se la-
menta Manny, a lo peor él es demasiado obvio por mucho que se
esfuerce. Por mucho que lo mire cuando cree que el otro no se da
cuenta, o que lo sueñe cuando sale el sol y ambos se van a dormir.
Se revuelve el pelo, frustrado, y coge la tenaza del bolsillo de
sus vaqueros.
—Abre la boca —ordena. Ya no disfruta arrancándole los
colmillos, pero sabe que habiendo comido y haciéndolo rápido a
Tom apenas va a molestarle y necesita dejar de pensar en lo que
está pensando.
—Qué directo.
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—¿Qué…? —empieza, sin comprender. Cuando cae en la
cuenta de la broma quiere golpearse la cabeza contra la pared por
haber escogido esas palabras—. ¡Joder! ¡Cállate!
Se agacha al lado de Tom, que no ha perdido la sonrisa pese
a lo que está a punto de pasar. Para arrancarle los colmillos tiene
que acercarse mucho a su cara y, pese al frío que empieza a hacer
en Londres, desea más que nunca la posibilidad de una ducha
helada para calmarse.
—¿La abres o no? —gruñe.
Y lo hace. Lo hace mientras lo mira a los ojos y la ducha hela-
da que no puede darse y la mano que le tiembla cuando la apoya
sobre el hombro del vampiro. Está a punto de meter la tenaza
entre los labios de Tom cuando él endereza la espalda y cambia la
expresión de golpe. De la mofa o lo que fuera aquello a la alerta.
—¿Qué haces? Te he dicho que…
Tom usa la mano que tiene libre para ponérsela a Manny
sobre la boca.
—Silencio —exige. Inspira hondo antes de explicar—: Se
acerca alguien. Son dos. Acaban de entrar al cementerio.
—¿Humanos? —murmura Manny contra sus dedos. Tom
niega con la cabeza—. Mierda. —Le aparta la mano de golpe y
ordena—: Al ataúd, deprisa. —Se pone a recoger sus pocas per-
tenencias de manera frenética mientras el vampiro hace lo que le
ha pedido. Una vez comprueba que no queda nada a su alrededor
que pueda hacer sospechar a los intrusos que están viviendo en el
mausoleo, tira la mochila con sus cosas dentro del ataúd y trepa
para meterse él también—. Apártate, vamos. Ayúdame a colocar
la tapa.
—Solo tengo una mano libre.
Mascullando en voz baja todos los insultos que conoce, saca
la navaja del bolsillo, libera el otro brazo de Tom y entre los dos
consiguen tapar por completo el ataúd.
—¿Nos han descubierto?
—Todavía no lo sé.
Están apretadísimos allí dentro y por culpa de la mochila que
hay a sus pies ni siquiera pueden estirar las piernas. Manny se
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coloca de lado en posición fetal, incómodo y aterrado. Que le ate-
rre que los vampiros lo encuentren es normal; que le aterre que
Tom se coloque también de lado, frente a él, no tanto. Está helado
y a él le arde la piel, aunque no tiene ni idea de cómo mentirse a sí
mismo para creerse que quiere pegarse más a ese monstruo solo
por eso.
Manny no es capaz de ver a Tom en la oscuridad, pero Tom a
Manny sí. Ve sus pupilas dilatadas y esa mano que no sabe dónde
poner para no tocarlo. También escucha su corazón retumbar.
Con las cuerdas que tiene alrededor del cuerpo no tiene demasia-
da fuerza, pero no la necesita para dejar fuera de combate a ese
chico. Roza su nariz con la de Manny y lo ve tragar saliva. Tom
lleva una semana siendo consciente de que lo desea, apesta cada
vez más a ello.
El vampiro respira hondo y Manny gruñe:
—No me huelas.
—No te estaba oliendo a ti —murmura. El aliento del chico le
cosquillea en los labios—. Se están acercando, creo que nos han
descubierto. —Manny gimotea y Tom le ordena—: Desátame.
—¡Y una mierda!
El moreno entiende la reticencia. Sin esas cuerdas tardaría
apenas dos segundos en partirle el cuello de un golpe, además de
que hace demasiado que no le arranca los colmillos y los tiene lo
bastante largos como para morderlo. Tom está convencido de que
Manny cree que es un suicidio, pero también está convencido de
que Manny se lo quiere follar. Y desea que eso sea suficiente para
conseguir que ese chico le haga caso.
—Van a encontrarnos —le explica, y el miedo del humano se
le cuela entre la boca abierta—. Si te ven aquí encerrado y con
uno de los suyos atado, te matarán.
—¿Y tu maravilloso plan es que te desate para que me mates
tú antes?
—No. Mira, tengo las manos libres y colmillos, Manny, y tú
estás armado con una navaja que no sirve para nada. ¿De verdad
crees que me costaría mucho morderte ahora mismo?
—Joder, joder, joder…
26
—Desátame. Están a pocos metros; van a entrar, lo sé.
—Pero…
—Confía en mí.
Manny comienza a cortar las cuerdas a tientas, convencido
de que ha perdido la cabeza. Quizá por eso le suplique a un
monstruo:
—Si me matan, entiérrame.
—¿Qué?
Tom baja la cabeza para mirarlo y no necesita olerlo para ser
consciente de toda la valentía y la determinación que lo envuelven.
—Que me entierres. Al lado de… —Duda y gruñe antes de
continuar—: Al lado de una puta flor de los cojones.
—¿Estás loco?
Manny deja de cortar cuerdas y lo mira. O mira a un punto
que está demasiado a la izquierda porque en realidad no ve nada
en aquella oscuridad.
—Si no me lo juras, te dejaré atado y a tomar por culo.
—Está bien, te lo juro.
En cuanto Tom está libre su fuerza vuelve de golpe y, tal y
como Manny temía, se abalanza sobre él. Pero en lugar de matar-
lo, lo besa. Lo engancha de la camiseta andrajosa y se lo pega al
cuerpo todo lo que puede. Como el humano ha abierto la boca
por la sorpresa, Tom ni siquiera necesita empujarle los labios para
meter la lengua dentro.
A Manny lo han besado varias veces. Algunas chicas y bastan-
tes chicos. Lo han besado despacio y fuerte, con cariño e incluso
con rabia. Pero ninguno de esos besos se parece al que Tom le
está dando. El vampiro devora, como si estuviera muerto de ham-
bre aunque acabe de comer. Como si necesitara todo el oxígeno
que Manny tiene dentro para respirar. Y, aunque el humano es
consciente de que probablemente está a punto de morir, se siente
más vivo que en cinco años.
Hasta que el ataúd en el que está enrollándose con Tom se
abre de golpe y una niña se asoma con una sonrisa.
—¡Te encontré! —canturrea al tiempo que da una palmada—.
¿Intentabas huir de mí, Tommy?
27
Con los labios todavía húmedos e hinchados, Tom se incor-
pora y sonríe.
—Por supuesto que no. —Señala al chico que continúa enco-
gido y anuncia—: Estaba buscando una mascota, como sugeriste.
Te presento a Manny. Manny —lo llama, mirándolo con inten-
ción, aunque el humano no tenga clara qué intención es esa—,
esta es Grace, la vampiresa que me convirtió.
28
Capítulo 4
La cama
29
y no volver a saborearlo a verlo pudrirse. Tom sabe que Manny
no estará a salvo con ella cerca, así que mientras entran en
el enorme edificio en el que viven esboza la segunda parte
del plan.
El nido al que pertenece está en una antigua tienda de cinco
plantas. El cartel que había en la entrada no ha cambiado, al
vampiro que reclamó como suyo aquel lugar debían de gustar-
le las letras de neón y aquel nombre, «Cyberdog». Parte de la
decoración también se ha mantenido, así que dondequiera que
mires encuentras vigas de metal, cadenas que cuelgan y figuras
de robots y androides. Y luz estroboscópica y pintadas que bri-
llan con ella. Y música cuyos bajos truenan en la primera planta,
por la que se accede, mientras cuerpos —muertos, los más, y
vivos, los menos— se mueven y se rozan. En el sótano están
las habitaciones de las mascotas sin dueño y la nevera industrial
donde guardan sus reservas del banco de sangre. En las plantas
superiores, los dormitorios de los vampiros.
Tom abre la puerta del suyo y le hace un gesto a Manny para
que pase primero. Una vez cierra, se gira hacia el humano y suspi-
ra al ver la rabia con la que lo está mirando ahora que están solos.
—¡Lo tenías todo planeado!
Manny no es bueno mintiendo, pero Tom sí. Por eso, cuando
le promete al humano que no, que solo lleva unos meses siendo
un vampiro y no tenía ni idea de que los encontrarían por su cul-
pa, el chico lo cree.
Después de que Manny se deje caer sobre la cama, completa-
mente abatido, Tom sigue mintiendo:
—No tienes de qué preocuparte, aquí estás a salvo.
—¡¿A salvo?! ¡Estoy en un jodido nido de vampiros, Tom, qué
coño voy a estar a salvo!
—Te he reclamado —le explica con calma mientras se des-
abotona la camisa. Era una de sus preferidas y ahora tendrá que
prenderle fuego porque ese olor a cadáver no se irá ni aunque la
lave diez veces—. Los vampiros no tocan a las mascotas de otros
a menos que estos se lo permitan.
—¡No soy tu puta mascota!
30
El olor a determinación y valentía impregna toda la habita-
ción. Si estuviera en su lugar, Tom habría aceptado el trato sin
rechistar. Pero Manny, no sabe si por temeridad o por unos valo-
res que él nunca ha tenido, sigue luchando. Aunque haya perdido,
hace años y hace unas horas, no va a dejar de luchar.
—No, no lo eres —concede el vampiro—, pero ellos no lo
saben. Y mientras lo crean, estarás a salvo.
—¿Así que vas a ponerme una correa para pasearme por ahí
y a…?
Se calla de golpe y Tom sonríe cuando ve que se le sonrojan
hasta las orejas.
—¿Qué crees que hacemos con nuestras mascotas, Manny?
—pincha. El humano no contesta, tampoco hace falta—. No es
lo que crees. Las usamos para comer y para hacernos compañía.
—¡Me besaste!
—¿Y?
—¡Y después dijiste que era tu mascota y a esos dos mons-
truos no les pareció raro, así que…!
—Te besé para que tuviera algo de sentido que nos encon-
traran escondidos y sucios dentro de un ataúd. Es cierto que hay
veces en las que el vínculo es más… estrecho —reconoce, son-
riendo—, pero nunca si el humano no quiere.
—¿Por qué demonios querría alguien tirarse a un vampiro?
Tom arquea una ceja y lo mira con intención. Está a punto de
replicar «no sé, dímelo tú», pero resuelve que ya habrá tiempo de
sacar a ese chico de su error después de que se laven.
—Voy a ducharme —anuncia, abriendo una de las dos puer-
tas, además de la de acceso, que hay en el dormitorio—. Ahí —
dice, señalando la otra— está el vestidor. Tendrás más o menos la
misma talla que yo, así que elige lo que quieras.
—¡No pienso cambiarme! —chilla, emperrado.
—Gritas mucho cuando estás nervioso. —Antes de que el
otro replique que no está nervioso, algo que no se cree ninguno
de los presentes, pregunta—: ¿De verdad vas a rechazar una
ducha y un cambio de ropa después de… cuánto, cinco años
apestando?
31
Por supuesto que no va a hacerlo, y Tom lo sabe. Cuando
media hora después sale del baño con una toalla alrededor de la
cintura, se lo encuentra sentado en la cama desabrochándose las
botas. A su lado hay unos pantalones de traje y una camisa, ambos
negros. Sonríe al verlo y sonríe aún más cuando Manny se per-
cata de que ha entrado en la habitación y se esfuerza por mirar a
cualquier parte menos a él. Coge las prendas de golpe y va hacia
el baño. Al ver que Tom lo sigue, exclama:
—¡¿Qué coño haces?! ¡Quédate en la habitación!
—No pienso tocarte hasta que estés limpio —promete Tom,
sentándose sobre la tapa del váter—, solo quería hacerte unas
preguntas.
—¿Que no piensas…? ¡Dios, no me mires!
Manny se asegura de que el vampiro tiene los ojos tapados, se
quita la ropa y se mete deprisa en la ducha, corriendo la cortina a
toda velocidad. Abre el grifo y el agua caliente lo relaja en cuan-
to le toca la piel. Después coge la pastilla de jabón y se restriega
hasta hacerse daño.
—¿De qué iba eso del entierro y la flor?
No tiene por qué responder a esa pregunta y Manny ni siquie-
ra quiere saber por qué, pese a ello, lo hace:
—¿Recuerdas las palabras de despedida?
—¿Las italianas?
—Exacto. —Se frota la cabeza con un champú que huele a
limón y suspira antes de sincerarse—: Donato me dijo que son
de una canción popular, Bella ciao, que la cantaron no sé quiénes
cuando lucharon contra alguien… unos fascistas, creo. No me
enteré bien. Pero para él era muy importante, como un himno.
—¿Qué tiene que ver eso con lo de la flor y el entierro?
—Es una de las estrofas. Algo como «y si yo caigo en la bata-
lla, cava una fosa en la montaña, al lado de una flor». Donato la
cantaba constantemente e intentó varias veces que me la apren-
diera.
—¿Cómo acaba?
Manny se toma su tiempo para contestar. Primero deja que el
agua se lleve la suciedad, el jabón y el miedo.
32
—«Y esta es la flor del partisano, muerto por la libertad».
—No vas a morir, Manny.
El chico no se gira cuando escucha a Tom moverse y entrar
con él en la ducha. Sigue bajo el agua, deseando que se lleve todo
eso que siente por el desagüe. Entrar en un nido como un esclavo
no estaba en sus planes, tampoco que no quiera salir corriendo
todo lo rápido que debería.
Nota el pecho del moreno a su espalda, helado, pero el es-
calofrío que le recorre la columna no tiene nada que ver con la
temperatura corporal del vampiro. Es la causa a la que cree que
traiciona estando con Tom, son las ganas que tiene de hacerlo.
—No puedo quedarme aquí… —murmura Manny.
El vampiro le hace cosquillas en el cuello con su aliento.
—No vamos a quedarnos aquí. Tengo un plan. —Inhala so-
bre esa piel llena de lunares, conteniendo a duras penas las ganas
de morderla—. Vamos a matar a Grace para que nadie pueda
volver a encontrarnos y después vamos a huir.
Manny permanece en silencio, pero no se aparta. Seguramente
porque no intuye que Tom miente; que espera matarla, sí, pero
solo para ocupar su lugar. Que está convencido de que, cuando
Manny no se sienta en peligro, accederá a quedarse allí junto a él
y junto a ese gran futuro que ha estado construyéndose.
Cuando se visten, lleva al humano a comer al sótano y lo ob-
serva con interés. Manny repite tres veces de ración y está claro
que se siente satisfecho cuando acaba, pero parece extrañamente
abatido. Un poco más rendido que ayer. Tom se pregunta si ter-
minará siendo como el resto de mascotas que hay en el nido, si
también se le acabará escurriendo la esperanza, y se sorprende
aterrado por la idea.
Al volver al dormitorio, parte de la esencia de Manny resurge
cuando mira hacia todas partes, repentinamente nervioso.
—¿Dónde se supone que duermo yo?
—En la cama, obviamente.
—Ya. —Carraspea—. ¿Y tú?
—También en la cama.
—Ah. Pero solo veo una. Mira —la señala con el dedo—: una.
33
La sonrisa trepa por los labios de Tom.
—Efectivamente.
—¿También dormías con… eh… Grace? En la misma cama.
El vampiro suelta una carcajada y va hacia ese punto que pre-
ocupa tanto al otro. Se quita la camisa y los pantalones tranquila-
mente y se sienta sobre el colchón. Lo palmea para que el otro lo
imite, algo que no hace hasta que explica:
—Compartía habitación con Grace, pero no cama. No me…
Digamos que no nos interesábamos para eso.
—Porque parece una niña.
—Y porque es una mujer. ¿Vienes o no?
Y va, claro que va. Se tumba completamente vestido —aunque
tiene la deferencia de quitarse los zapatos antes—, con las manos
sobre el estómago y los ojos clavados al techo. Está aterrado, y
Tom espera que sea por la situación y no por él. También espera
que ese miedo no se le coma la esperanza.
—¿Por qué luchas? —le pregunta en un susurro.
Se ha girado hacia él, con un brazo bajo la cabeza y el otro a
punto de rozar la hilera de lunares que tiene Manny en la mejilla.
—¿Contra ellos? —«Ellos», no «vosotros». Tom sonríe y
asiente cuando Manny lo mira de reojo—. Porque alguien tiene
que hacerlo.
—¿No te da miedo morir?
—Claro que sí. Pero… prefiero significar a existir. No creo
que lo entiendas.
Tom se asombra empezando a hacerlo. Poco a poco, y una vez
deja el hueco suficiente entre sus grandes planes de futuro y su
instinto de supervivencia. Cuando le vuelve a decir a Manny que
no se preocupe, que tiene un plan, lo hace con algo más de since-
ridad. Planteándoselo. Porque van a matar a esa niña obsesionada
con él y, quizá, por qué no, también podrían largarse de allí. Se
le ocurre que estaría bien conseguir significar, juntos y durante el
tiempo que existan, pero todavía no lo tiene claro.
—Quiero morderte —le confiesa. Todos y cada uno de los
músculos del otro chico se tensan, por lo que suaviza la voz y
promete—: No voy a hacerlo si tú no quieres.
34
Después de un silencio eterno, o quizá dos, Manny pregunta
con un titubeo:
—¿Duele?
—Todo lo contrario. ¿Has probado alguna vez las drogas?
¿El MDMA? —Al humano se le escapa una carcajada cuando
asiente—. Es parecido. La euforia se come el dolor y las preocu-
paciones. Supongo que es una especie de mecanismo para que la
víctima no luche… o salga corriendo.
—La única vez que probé el éxtasis estuve tres horas em-
palmado y acabé intentando follarme a un armario —reconoce.
Tom lo mira con diversión, pero no hace ningún apunte—. Si me
niego, ¿me prometes que no lo harás igualmente? —Cuando lo ve
asentir y decide que lo cree, suspira—. De acuerdo. Hagámoslo.
Tom se coloca encima de Manny. Pone las rodillas a ambos
lados del cuerpo del otro chico y se apoya sobre los codos hasta
que ambos quedan cara a cara. Inhala, con los ojos cerrados y la
sonrisa entreabierta.
—¿A qué huelo? —La voz del humano es apenas un susurro.
—A ganas.
El vampiro desabrocha con cuidado los primeros botones de
la camisa del otro para apartarla un poco hasta dar con lo que
busca. La piel de Manny está formada por constelaciones de luna-
res. Tom posa los labios sobre tres de ellos, los mismos tres a los
que no ha quitado ojo en los últimos días. Están entre el hombro
y la mandíbula, muy cerca de la clavícula. Los roza primero con la
nariz, después con los labios fríos.
—¿Estás seguro?
—Cállate ya, joder.
Y se calla y muerde. La reacción de Manny no es como la que
él tenía cuando Grace le hacía lo mismo. El chico se traga un gru-
ñido y lo sujeta por los hombros para que no se aparte. Le clava
las uñas en la piel y abre los ojos con sorpresa. Porque Tom ha
mentido y le duele. No el mordisco, sino la necesidad. Lo quema.
Entiende entonces la comparación con el MDMA, que se lleva
el miedo y desinhibe, que te deja vacío para volver a llenarte con
todo aquello que quieres hacer y por cobardía no has hecho.
35
Así que, ya sin cargas, es libre para empujar a Tom y para co-
locarse encima, para desabrocharse los pantalones con una mano
mientras que le tira del pelo con la otra. Quema, abrasa, y la sen-
sación no se va cuando el vampiro aparta la boca de su cuello y lo
mira. Con los labios manchados de sangre y los ojos que brillan.
Y quema y quema y quema.
Lo besa y es su turno de morder. Los labios y el aire cuando
se separa para respirar. Tom sabe a metal, a frío y a esas ganas a
las que dice que huele él. Sin apartar la boca de la del moreno, se
baja los pantalones como puede y mueve las piernas a golpes para
sacárselos. Los dedos le tiemblan cuando van hacia los botones
de su camisa que todavía permanecen abrochados, pero Tom se la
abre de un tirón y se la deja colgada en los hombros.
Manny se la quita sin mirar mientras le besa la piel. La co-
misura de los labios, el cuello, el pecho, el estómago. Tom está
helado y él arde. Cuando llega hasta los calzoncillos alza la bar-
billa y mira al vampiro, que lo observa con los dientes apretados
y las putas ganas.
—¿Alguna preferencia? —le pregunta. Cuando el moreno
niega con la cabeza, sonríe—. Genial, porque yo sí.
Le baja los calzoncillos y le separa las piernas para colocar-
se entre ellas. Cuando se mete la polla del vampiro en la boca,
Tom siente que muere. O que vive. Aprieta más la mandíbula para
guardarse la retahíla de palabrotas dentro. Porque él mantiene la
calma siempre, porque es todo poses estudiadas. Pero la lengua
de Manny roza y abrasa y a él se le escapan las ganas a gruñidos,
a «me cago en la hostia», a «Dios, joder». Y «más, más, ¡más!» y el
dedo que el otro chupa antes de metérselo.
Manny no deja que se corra. Se deshace de sus calzoncillos
y se aparta, colocándose con la espalda apoyada en el cabecero.
Lo arrastra de un tirón hacia él para que se ponga encima y le
pide —le exige—:
—Muérdeme.
Lo hace. Tom le clava los colmillos en el cuello mientras se
mueve, mientras la mano de Manny también se mueve. Le aprie-
ta tanto la polla que podría haberle dolido, pero solo quema. Se
36
traga la sangre del humano y los gemidos cuando se corre, tam-
bién la sorpresa cuando el otro lo coloca de un empujón bocarri-
ba y se lo folla como si el mundo se fuera a acabar mañana. Con
el ceño fruncido y los jadeos que lo ahogan.
Manny no quiere que termine, aunque siente que está a pun-
to de pasar. Lleva demasiado tiempo sin acostarse con nadie
y soñando que lo hace con Tom. Lucha, porque él siempre ha
luchado. Por retener el orgasmo y contra las ganas de embestir
con más fuerza. Y, como todas las batallas, acaba perdiendo.
Apoya la frente en la del otro, con la boca abierta y las contrac-
ciones que vienen.
Que llegan.
Se corre tras un gemido y siente que los pocos minutos que
ha durado aquello han sido infinitos y demasiado cortos a la vez.
Todo y muy poco.
Se separa de Tom y se tumba de lado, mirándolo con los ojos
brillantes y la respiración atragantada.
—¿A qué huelo? —pregunta entre un jadeo y una sonrisa.
Tom no se lo dice, pero Manny huele a planes que han cam-
biado. A significar y no existir.
A lucha.
37
Capítulo 5
El golpe
Han pasado cuatro días. Cuatro días en los que Manny y Tom
han follado sin parar y han perfilado un plan entre jadeo y jadeo.
En los que han soñado que ganan batallas que ya se han perdido
y en los que se han sentido invencibles.
Por primera vez en mucho tiempo, Manny no huele a miedo.
Las sábanas que se les han enredado en los pies cuando daban
vueltas en la cama están cubiertas de determinación y esperanza.
Y eso ha sido liberador, pero también una equivocación.
Porque cuando uno no teme, se arriesga. Y cuando arriesgas
habiendo tanto en juego, habiendo volado tan alto, el golpe que
te das si caes te rompe en mil pedazos.
Tom está a punto de darse ese golpe, aunque todavía no lo sabe.
Ha bajado al sótano a por comida para Manny. Sigue fingien-
do ante el resto de vampiros que el humano es su mascota y no
muchísimo más. Tom miente bien y convence a casi todos, pero
no a Grace. Porque una parte de ella late en él y porque es igual
de caprichosa y egoísta que cuando estaba viva.
Tom había olvidado cerrar con llave la puerta de su ha-
bitación y, cuando la abre a la vuelta, con la bandeja llena de
comida en una mano, se da cuenta de que se ha colado dentro
una tragedia. Al ver a la vampiresa inclinada sobre Manny, la
suelta y estallan los platos, el vaso y ese plan que lleva cuatro días
perfilando.
Y el golpe contra el suelo, que lo rompe en mil pedazos.
Los vampiros no pueden llorar, pero sí gritar. Así que grita,
tan fuerte que la garganta le duele, tan fuerte que Grace, que
está cubierta por la sangre de Manny, lo mira con horror.
38
—Tommy —lo llama con la voz temblorosa—, ha sido
un accidente…
Y no es verdad. Tom lo sabe porque también la lleva dentro y
porque la muerte de Manny no puede ser solo un accidente. Porque
es demasiado horrible, porque le desgarra cada músculo y porque la
habitación vuelve a oler a miedo en lugar de a esperanza.
39
Capítulo 6
La flor
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La tumba de Manny está muy cerca de la de su antiguo com-
pañero, Donato. Tan cerca que, si aún siguieran vivos, podrían
estirar las manos y rozarse con los dedos mientras se prometen el
uno al otro que vencerán una guerra ya perdida.
Pero no están vivos. Por su culpa y por la de Grace.
Se pone en pie y murmura:
—Bella ciao.
—Tom, ¡basta ya! ¿Qué planeas hacer?
La mira y ve el mismo miedo a morir que él tuvo. Ve cómo se
aferra con uñas y dientes a una existencia vacía, porque todavía
cree que es mejor existir que significar.
—Adiós, Grace —se despide y, aunque no sienta la sonrisa,
la esboza—. ¿Lo notas? ¿Sientes ya cómo te hace cosquillas en la
piel? Es el sol, que viene a por ti.
Cuando se va, entre los chillidos de una vampiresa que teme y
odia, se promete que los encontrará. Que inspirará hondo en cada
rincón del país hasta que vuelva a oler la esperanza que provocó
todo aquello.
Que luchará, por los que ya no pueden y por él mismo, para
ganar una guerra ya perdida.
41
Myriam M. Lejardi
@Pilkunnussita
42
Serendipia
Elisa Macías
Resumen
Andrea tenía muy claro que quería tener un matching. El día
de su vigésimo cumpleaños, se gastó sus ahorros para
implantarse aquel sistema en la muñeca. Durante seis años,
el nombre de su alma gemela no cambió: Raquel. El mismo
que podía leerse en la identificación de la barista pelirroja de
su nueva cafetería predilecta.
Notas
El cor no parla, però endevina. O también en castellano: sáficas
intentando ligar en tu zona.
44
más cómoda era en el gimnasio, alzando la voz para motivar a sus
clientes y equilibrándola para sonar autoritaria, pero no agresiva.
Tomó otra cucharada de yogur y echó la cabeza hacia atrás,
dejando de prestar atención al documental y perdiéndose en un
pensamiento en el que cada vez se recreaba más. Se podría decir
que Andrea tenía su público. Era una chica alta, de músculos toni-
ficados y larga cabellera negra que se solía recoger en una coleta.
Siempre frunciendo el ceño y apretando la mandíbula, pero cual-
quiera se pasaría así el día entero si sus ojos fuesen tan sensibles
al sol como los de ella. Aquello solo incentivaba más que la gente
de su alrededor pensase que Andrea era una chica reservada, mis-
teriosa, reflexiva e intimidante, así que atraía mucho el interés de
los demás y, en teoría, no tenía problema para ligar con quien qui-
siera, pero no era capaz. La realidad era que estaba segura de que
solo tres facetas suyas eran las que podían definirla por comple-
to. La primera, que era tonta como una piedra. La segunda, que
cuando se ponía nerviosa se le olvidaba cómo socializar correcta-
mente. Y la tercera, la más importante y que solo Martí sabía, que
era una romántica empedernida e irremediable.
Levantó uno de sus puños y observó su muñeca, acariciándola
con la yema de los dedos y agarrándola para girarla y contem-
plarla mejor, como si estuviese decidiendo si había cambios. En
ella seguía leyendo el mismo nombre que no había cambiado en
seis años: Raquel. La morena dejó caer el brazo hasta acariciar el
parqué. Se preguntó qué estaría haciendo su alma gemela aquel
viernes por la noche y si su plan era igual de triste que el suyo.
***
45
nombres. Como con todo nuevo descubrimiento, encontraron la
forma de capitalizarlo. Y vaya si lo consiguieron, solo el primer
año unos diez millones de personas en todo el mundo se implan-
taron aquel sistema en la muñeca que prometía el noventa por
ciento de efectividad. En la piel les aparecía el nombre de la que
supuestamente era su alma gemela.
Andrea ni se enteraba de lo que leía ni le interesaba saber
los tecnicismos, pero tenía muy claro que ella quería tener un
matching y estuvo obsesionada con ello durante meses. El día de su
vigésimo cumpleaños, reunió el dinero que le regalaron y el resto
de sus ahorros para implantarse aquel sistema en la muñeca. Por
desgracia, al ser tan nuevo fallaba mucho. Lo supo en cuanto vio
el nombre de Álvaro entintado en su muñeca. A no ser que se
tratase de un nombre de nacimiento impuesto, dudaba mucho de
que aquello fuese posible; a Andrea no le había gustado un chico
en su vida.
Su muñeca cambió de Álvaro a Nerea. Y de Nerea a Raquel.
Llevaba con el mismo nombre desde los veintitrés años y dudaba
que fuese a cambiar. Por eso, cada vez que le presentaban a una
chica que se llamaba Raquel entraba en pánico. Era saludarla con
dos besos y ya se imaginaba su primera cita, cómo iba a ser el
apartamento en el que iban a vivir y de qué color iba a ser el coche
eléctrico que compartirían. Quizá por eso le había costado tantísi-
mo conectar con cualquiera de esas chicas, porque su mente había
ido a saco y no se había parado a disfrutar de la compañía de
Raquel 1, Raquel 2 o Raquel 3. Solo llegó a salir con una de ellas
un breve período de tiempo y salió mal. No obstante, el nombre
no cambió, así que quiso pensar que no era la acertada.
Aquello había afectado tanto a sus relaciones personales que
no se permitía encariñarse demasiado de chicas que no compar-
tiesen ese nombre. «Amiga, date cuenta, te estás obsesionando»,
le decía Martí. «No puede ser que el epicentro de tu vida sea
encontrar a una tal Raquel cuando a lo mejor es una chica que
vive muy lejos de Barcelona y que no vas a ver jamás». Aquello
le dolió, pero porque sabía que tenía razón. Martí era ingeniero
informático o programador, no lo tenía muy claro. De cualquier
46
modo, era un cerebrito, y cada vez que le hablaba muy emocio-
nado de algún avance científico, a ella no le quedaba otra que
desconectar. También era de esas personas a las que les daba
igual todo aquel asunto del matching. Decía que, como mucho,
él mismo se hackearía un sistema de esos si alguna vez le
daba curiosidad saber qué aparecía. Andrea tenía muy claro que
si Martí no se había metido ya en los sistemas de seguridad
del Banco de España de la Plaça de Catalunya era porque le
daba pereza.
Con el tiempo, Andrea tuvo que calmarse y dejar a su alma
gemela aparcada a un lado. Con su nueva independencia (por fin)
y el trabajo como entrenadora personal tenía que centrarse en
estabilizar su vida, en planificar circuitos para sus clientes y ad-
ministrarse el dinero lo suficiente como para no gastárselo en
videojuegos de realidad virtual y ropa de cuero falso. Sobre todo,
se centraba en no obsesionarse todos los días con dónde podría
encontrarse aquella persona de su muñeca.
Y, como no podía tratarse de otra manera, solo la encontró
cuando no estaba buscando.
***
47
—Bueno, habló. ¿Cuándo fue la última vez que saliste de
bares? Y las salas de chat de realidad virtual no cuentan.
Le dio un empujón a su amigo riendo entre dientes porque
se negaba a responderle (pero se aseguraría de borrar su historial
de entrada a chats cuando llegase a casa, solo por si le daba por
cotillear) y entraron al sitio.
Lo primero en lo que Andrea se fijó era en que, aunque estaba
lleno, no había casi nada de ruido. La mayoría de la gente traba-
jaba con sus tabletas en silencio, y los pocos que tomaban algo
en compañía lo hacían en un tono de interiores. Lo segundo en
lo que se fijó fue en lo acogedor que resultaba todo el panorama.
El olor a avellana y café llenaba el ambiente, y la calidez resultaba
agradable en contraste con el frío de la calle en noviembre. Martí
y ella se sentaron en una mesa de madera oscura que combinaba
con los ladrillos de la pared, verde y marrón. Le provocaba nos-
talgia de una época que nunca había vivido.
En lo único en lo que no se fijó hasta ese momento fue,
irónicamente, lo que más destacaba. No lo había visto antes
porque era lo último que esperaba encontrarse en un local así,
cuando hoy en día todo lo que conllevase hacer un intercam-
bio de dinero por bienes estaba automatizado. Algo que Andrea
disfrutaba todos los días de su vida, porque odiaba tener que
dirigirse a una persona para pedirle algo que no sabía ni ella. Al
menos el quiosco digital del restaurante de al lado de su casa no
le juzgaba cuando tardaba diez minutos en decidir qué quería en
su plato de pasta.
Había tres personas detrás del mostrador: dos chicas y
un chico jóvenes sirviendo con sonrisas de oreja a oreja a los
clientes. Se fijó en Martí, que parecía igual de sorprendido
que ella por ese detalle, aunque no tan preocupado. Se sentó
con un bufido, desabrochándose la sudadera y espatarrándose
en su sillón.
—Con que a eso se refieren con «como en los viejos tiempos».
Qué curioso.
—Tío, vamos a otro sitio, que seguro que aquí el café nos
cuesta un ojo de la cara.
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—Pero vamos a probar antes, ¿no? Ya que estamos aquí, —Se
cruzó de brazos con una sonrisa ladina—. Además, no me preo-
cupa, la última vez invité yo. Te toca a ti pagar.
Encima tenía que pedir ella. Andrea se mordió el labio infe-
rior, aún sin sentarse. Miró de reojo a los chicos tras el mostrador
(guapos, esbeltos, amables, risueños) y luego apretó sus manos
en puños (desproporcionada, torpe, sudada, desagradable). Martí
dio dos golpecitos en la mesa para llamarle la atención.
—Yo quiero un café con leche de almendra y caramelo. Píde-
les también un vaso de agua, porfa.
Con un suspiro, Andrea dejó la bolsa de deporte en una silla
vacía y esperó en la cola. Sabía que era ridículo que le irritase una
interacción tan simple como pedir un par de bebidas cuando se
pasaba la mañana entera gritándole a gente aleatoria, pero llevaba
tanto, tantísimo tiempo sin hacerle un pedido a una persona…
Estaba segura de que la última vez que lo hizo había sido en la
cafetería del instituto. Ya no se estilaba, no desde que era más
barato comprar una máquina muy cara una sola vez a tener que
darle un trabajo y sueldo digno a seres humanos todos los meses.
Se inclinó disimuladamente hacia un lado, aunque era la más alta
de la cola, y observó a la chica que cogía los pedidos.
Jamás había visto un pelo naranja tan vibrante. Le llegaba por
los hombros, pero su volumen la hacía parecer una pequeña leona
de sonrisa amable y grandes ojos redondos. Una trencita pequeña
y que se perdía detrás de una de sus orejas le apartaba el flequi-
llo de la cara. Conforme más se acercaba, más se fijaba en que
sus ojos verdes combinaban a la perfección con el uniforme que
llevaba y que jamás había visto un cutis tan perfecto, una sonrisa
tan iluminada y unas mejillas tan redondas. A Andrea le latía el
corazón a cien mil por hora.
Ya empezábamos.
Cuando solo quedaba una persona para que llegase su turno,
se colocó los mechones lisos y sueltos de su coleta e intentó fi-
jarse en si su sudor era muy evidente metiendo una mano bajo su
bomber y oliéndosela con disimulo (fallido). Tenía que relajarse,
solo era una chica. Una muy guapa y amable, pero tan aleatoria
49
como la gente que veía salir y entrar todos los días del gimnasio y
que podrían ser modelos de internet. Cuando le tocó pedir, temió
tropezarse al dar un paso al frente. La chica se agarró al borde
del mostrador, con una sonrisa que formaba hoyuelos en sus mo-
fletes y una mirada tan brillante como alegre, de cejas alzadas y
pestañas oscuras y espesas. Andrea notaba la garganta seca.
—¡Buenas tardes! —canturreó con una voz grave y armonio-
sa, muy distinta a su aspecto pequeño, pero que sonaba como oro
líquido en sus oídos—. Mi nombre es Raquel, ¿me dices el tuyo,
por favor?
Su corazón se saltó un latido y, por unos segundos, se olvidó
de respirar. Bajo la manga, la muñeca le picaba horrores, como si
su piel quisiera subrayar algo que ella ya sabía. Podía escuchar la
voz de Martí en su cabeza a la perfección. «Andrea, que te pier-
des; es solo un nombre». La pelirroja parpadeó manteniendo la
sonrisa en un gesto de cortesía, y la morena tragó saliva antes de
hablar a través de la única neurona que no estaba paralizada.
—Ponme dos almendras con café de leche, una con agua y un
vaso de caramelo, por favor.
Era imposible y absurdo haberla fastidiado tanto, y, sin em-
bargo, allí estaba, con un rubor que le subía por el cuello hasta
hacerle arder las mejillas y con la dependienta (R a q u e l) apre-
tando los labios para no reírse. Asintió varias veces con la cabeza,
mucho menos tensa que ella.
—A ver, no estoy aquí para juzgar, pero a lo mejor quieres
algo más con tu almendra.
—L-lo siento —se apresuró en decir sintiéndose la persona
más estúpida del planeta. Raquel rio entre dientes (cantarina y con
un suspiro que sonaba a azúcar quemado) y le restó importancia
con un movimiento de mano como si espantase mosquitos.
—No te preocupes, no sabes la cantidad de gente que se equi-
voca haciendo sus pedidos, y más hoy en día. Perdona, ¿me has
dicho al final cómo te llamas?
—No. Andrea —atinó a contestar con una sonrisa que espe-
raba que no pareciese una mueca.
Raquel asintió varias veces.
50
—Qué bonito. —Su sonrisa se convirtió en una curva de
diversión mientras escribía su nombre en un vaso reutilizable.
La morena se ruborizó aún más—. Me imagino que lo que
querías decir es que quieres dos cafés con leche de almendra,
uno de ellos con caramelo, y un vaso de agua. ¿Verdad?
—Pleno —respondió simplemente, y Raquel hizo un gesto
de victoria con un puño que provocó que Andrea se riese,
nerviosa.
—Ahora te llamo, Andrea —dijo enfatizando la última pala-
bra y guiñándole un ojo antes de darse la vuelta, y ahí fue cuando
Andrea supo que estaba perdidísima.
***
51
—Esta Raquel es más sociable que las anteriores, no creo
que le asuste que le pida su número. Además, creo que yo
también le gusto.
—Tú sabrás —dijo alzando las cejas y las manos en señal de
rendición—. En fin, mucha suerte y mucha mierda. Y pase lo
que pase procura que no tengamos que frecuentar otra cafetería,
anda, porque prefiero cambiar de amiga antes que de café.
Andrea puso los ojos en blanco y Martí le dedicó una sonrisa
burlona tras su escasa barba.
—Gracias, supongo —murmuró antes de ponerse en la cola,
tiesa como un poste y nerviosa como muy pocas veces lo había
estado. Cuando le tocó su turno, Raquel sonrió. Bueno, le sonreía
a todo el mundo, pero con ella sus labios se estiraban y curvaban
aún más, podía notar el cambio.
—Buenas tardes, Andrea. ¿Lo de siempre? —preguntó con
los brazos cruzados sobre el mostrador, inclinada hacia ella
y, también como siempre, resaltando su nombre con un tono
aterciopelado. Quiso hacer lo mismo, cruzarse de brazos y acer-
car sus caras para sostenerle la mirada, como un pulsito, pero
sabía que se engañaba a sí misma si pensaba que iba a ganar.
Además, le daba vergüenza lo que pensasen los clientes detrás
de ella.
—Lo de siempre —repitió y, antes de que Raquel se girase
para hacerle el pedido, Andrea tragó saliva para humedecer su
garganta seca y añadió con todo el valor que consiguió reunir—:
O-oye, había pensado… ¿Quieres que intercambiamos nuestros
números para conocernos mejor?
Contuvo la mueca; nadie hablaba así. Raquel pestañeó muy
lento antes de sonreír de lado, mostrando sus dientes pequeños y
rectos. Andrea notaba el sudor frío en la nuca.
—Lo siento, pero no me gusta dar mi número a desconocidos.
—Oh —respondió sin más, sintiéndose ridícula. Se rascó la
cabeza solo por hacer algo más que quedarse ahí, parada y derro-
tada—. No, lo siento yo, no tendría que habértelo pedido.
Raquel alzó las cejas. Levantó un dedo y lo apoyó contra su
nariz, pensativa.
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—Vamos a hacer una cosa, ¿y si todos los días tú me haces
una pregunta y yo te hago otra?
—¿Cómo? —preguntó Andrea sin comprender muy bien lo
que le estaba diciendo. Por supuesto, entendía la frase, pero no
la intención, o por qué alguien como ella querría molestarse en
mantener ese tipo de interacción todos los días. La pelirroja asin-
tió una vez con la cabeza, la mirada gatuna y la sonrisa de pícara.
—Pues que, teniendo en cuenta que vienes todos los días y
quieres que nos conozcamos, la mejor forma que se me ocurre es
esta —Al ver la cara de absoluta confusión con la que la otra la
correspondía, se rio hasta hacer vibrar sus hombros—. Te parece
una cosa muy friki, ¿a que sí?
—¡No! Solo me ha pillado… un poco de sorpresa —Y decía
la verdad. Nadie había tenido jamás un detalle así con ella, algo
que parecía la premisa sacada de una película romántica. Se peleó
contra sus propios impulsos, pero al final acabó esbozando una
torpe y tímida sonrisa torcida, colocándose uno de los mechones
sueltos de su coleta—. Me gusta la idea.
—Pues mañana te veo a la misma hora —dijo con más sua-
vidad de la que Andrea estaba acostumbrada. A su lado, otro de
los chicos que trabajaba allí dejó frente a la morena una bandeja
con dos cafés humeantes con un risueño «aquí tienes tu pedido»
y ella desvió la mirada de la dependienta como si saliese de un
trance, murmurando un débil «gracias». Raquel ladeó la cabeza
con los labios apretados, casi cohibida, y por un momento An-
drea se alegró de poder observar una pizca de vulnerabilidad en
la más bajita.
Echando la vista hacia atrás más tiempo del que debería, cogió
la bandeja y se dirigió hacia su mesa, deseando que llegase la tarde
siguiente cuanto antes.
***
53
sentir segura, como si mereciese la pena ser escuchada y tuviera
algo que aportar en una conversación más que ser la persona que
«sabía escuchar».
No podía evitar fijarse todos los días en sus muñecas, rodea-
das por pulseras coloridas y un brazalete dorado, y preguntarse si
debajo de todos esos adornos tendría algún nombre tatuado en
ella. Muchas personas hacían eso, esconderlo para que los demás
no pudieran verlo. Aunque le comía la curiosidad, el pensamiento
de que sí lo tuviese no le tranquilizaba. Una persona que hubiese
pagado para tener el matching habría mostrado más sorpresa al
encontrarse frente a alguien con el nombre de su alma gemela,
y Andrea no recordaba que la chica se hubiese comportado de
manera distinta al mencionarle cómo se llamaba más que por el
comentario de «qué bonito», que podría haberle dicho a cualquier
otra persona. Así que o bien no tenía nada o, peor aún, el nombre
que lucía en su piel era distinto al suyo.
—¿A ti también te gusta el café? —preguntó Andrea un poco
patosa.
—¿Cuál fue la primera serie de tu infancia que te
traumatizó? —preguntó Raquel demostrando que era la más
creativa de los dos.
A Raquel no le gustaba el café, pero le encantaba el sabor
amargo. Andrea aún recordaba cuando tenía ocho años y vio
aquel capítulo de sus dibujos animados favoritos en el que a uno
de los perros le salían los ojos por la boca. Raquel se rio tan fuerte
que casi la escuchó tintinear.
Andrea no le contó nada de aquello a Martí, a pesar de que
fuese el que siempre esperaba impaciente a que le llevase su bebi-
da, dando golpecitos con los dedos en la mesa y preparado para
picarla en cuanto se sentaba con él con las mejillas calientes y los
mofletes tirantes de todo lo que había estado sonriendo. Quería
que aquellas interacciones fueran privadas, no quería compartir-
las con alguien que se estaría riendo por lo ñoña que era todo lo
que durase la quedada. Incluso aunque no fuesen tan privadas,
teniendo en cuenta que tenían que cortarse cada vez que un nue-
vo cliente se ponía detrás de Andrea. Intercambiaban una mira-
54
da cómplice mientras la morena se hacía a un lado e intentaba
no reírse viendo cómo la pelirroja atendía al siguiente, haciendo
como que no pasaba nada.
—¿De qué habláis tanto tu amiga y tú, Andreíta? —bromeó
Martí con los ojos entrecerrados. La morena chasqueó la lengua.
—De que las dos estamos de acuerdo en que con ese pelo y
esa cara pareces un chow chow.
Martí resopló con un sonrojo subiéndole por el cuello, pero al
menos no volvió a preguntar.
***
55
Andrea se quedó mirando el techo, intentando hacer memoria.
—París con los de mi clase en el último año de instituto,
Ámsterdam con Martí y luego Berlín para ir a ver a mi hermano,
que estaba de prácticas.
Raquel asintió, curiosa, y ladeó la cabeza mientras hacía un
ruidito con la boca, como si estuviese pensativa.
—O sea que tienes por lo menos un hermano.
—Vaya, ya te he ahorrado una pregunta —respondió la mo-
rena. Raquel bufó, apoyada en el mostrador. Cuando se inclina-
ba, era aún más pequeñita. Andrea calculaba que le sacaría una
cabeza, pero es que ella le sacaba una cabeza a casi todo el mun-
do. Martí la hacía agacharse en todas las fotos que se hacían para
que ambos cupiesen en la imagen. La pelirroja no dijo nada más,
solo esperó con las cejas alzadas y su permanente y leve sonrisa
de curva diminuta pero amable. Andrea echó un vistazo por
encima de su hombro para vigilar que nadie estuviese mirando
antes de dirigirse otra vez a ella—. ¿Y tú? ¿Has ido a algún sitio
fuera de España?
Raquel negó con la cabeza con un suspiro.
—Qué va, ni siquiera he salido de Barcelona. —Su risilla
sonó débil, más cortés de lo que necesitaba aparentar delante de
Andrea—. Aunque me encantaría. Viajar a otros lugares, ver los
cambios culturales entre países, pisar playas, visitar monumentos
de cientos de años que milagrosamente aún se mantienen casi
intactos.
—Vamos, que eres un culo inquieto —dijo Andrea, y Raquel
soltó una risotada más animada que la anterior.
—En realidad es lo que me gustaría ser. Hasta entonces, solo
soy un culo curioso.
Andrea pensó si aquel sería un buen momento para intentar
ser ingeniosa y lanzarle un piropo que la dejara pasmada, pero
sabía que solo conseguiría que esa noche se mirase en el espejo y
viese a una payasa. Decidiendo ir por camino seguro, pero menos
intrusivo, se humedeció los labios y dijo:
—Pronto son las vacaciones de Navidad, a lo mejor puedes
planear irte a algún sitio para entonces.
56
Raquel sonrió, pero el gesto no llegó a su mirada, triste y va-
cía. Andrea temió haber metido la pata, a lo mejor aquella chica
no tenía vacaciones en Navidad. Sabía que, por esas fechas, nadie
se engañaría en seguir un entrenamiento diario, así que estaría
menos liada. El problema llegaba el uno de enero, cuando todo
el mundo se agobiaba con los propósitos de Año Nuevo. Quizá
Raquel tendría que trabajar incluso el doble si la gente se em-
peñaba en ir a La Casa Dulce para tomar un café o chocolate
bien caliente.
Escuchó un carraspeo a sus espaldas y, dando un bote, Andrea
se echó hacia un lado para que el hombre que iba detrás de ella
pudiese pedir. Intuyendo que su turno para hablar con Raquel
había terminado, se despidió de la chica con un movimiento de
mano y cogió su bandeja con las bebidas encima. Una sensación
cálida le inundó el pecho cuando, antes de darse la vuelta, se fijó
en que el rostro de Raquel se había ensombrecido al tener que
despedirse de ella.
***
57
Seguro que era de esas personas que compraban la ropa por inter-
net y le gustaba hacerse fotos en todos los espejos que encontrase
por el camino. Si Andrea tuviese la confianza necesaria, haría lo
mismo. Una vez buscó las redes sociales de Raquel, pero sin su
apellido o un apodo la investigación resultó ser un fracaso. Se
apuntó aquello para una futura pregunta.
De camino al ciberparque, Andrea siguió pensando en Raquel,
pensando en lo que estaría haciendo en ese momento. Tenía toda
la pinta de ser una chica que caía bien a todo el mundo, siempre
rodeada de gente, pero que, en realidad, le gustaba tener su pro-
pio espacio para no saturarse. Los viernes trabajaba por la tarde,
así que quizá llegaba a casa muy cansada como para querer salir.
Se daría una ducha y, como mucho, invitaría a un par de amigos
para hacer maratón de una serie. Seguro que le gustaba preparar
algún picoteo mientras llegaban a su casa. No, se pasaba el día
entero cogiendo pedidos y haciéndolos, lo que hacía era calentar
unas palomitas y echarle algo de chocolate impreso por encima
para que se derritiese. La piel de la muñeca le picaba. Algún día le
propondría a Raquel hacer esos planes juntas.
***
58
hubiese tanto ruido. Andrea escuchaba mientras Berta le conta-
ba una historia sobre el trabajo con Martí que podría haber sido
muy aburrida, pero que ella hacía divertidísima. El cabello
muy rubio y muy rizado se agitaba cada vez que ella se mo-
vía para enfatizar algo, y aquello solo le daba aún más aspecto
de electricidad.
—Ya me dirás qué hace el tonto del culo respondiéndole al
jefe que el código estará cuando tenga que estar —espetó Berta
antes de darle una calada a su cigarrillo, y Andrea rio tapándose
la boca.
—¿En serio le habla así a él también? Pensaba que después de
todos estos años se habría calmado.
—Qué va, hija, nos ha tocado aguantarlo a todos por igual,
pero se le quiere.
—Sí, mucho —dijo Andrea asintiendo con la cabeza y sin nin-
gún ápice de sarcasmo en su voz. Hubo un silencio que, a juzgar
por la expresión relajada y divertida de Berta, Andrea era la única
que lo percibió como incómodo, y procuró no mirarla mucho
incluso sintiendo los ojos de la rubia clavada en ella.
—Es una lástima que solo te veamos una vez al mes, con lo
bien que nos caes a los del grupo
—Ya, a mí también me caéis bien. Intentaré quedar más
a menudo.
—O podríamos quedar nosotras dos solas un día de estos.
Andrea pestañeó y miró de soslayo a Berta para encontrarse
una sonrisa ladeada y pícara. Tragó saliva, nerviosa y deseando
que algún otro compañero de Martí saliese en ese momento, pero
no pasó.
Berta era una chica guapa, carismática y de las que sabía sacar-
se tema de conversación, pero tenía un defecto bastante grande:
que no era Raquel.
—Me… me siento muy halagada, Berta, y si es para seguir
viéndonos como amigas me encantará quedar contigo, pero… no
estoy interesada en nada más, lo siento.
La rubia agachó la mirada y asintió con la cabeza, decepciona-
da pero sin perder la sonrisa. Le dio una larga calada a su cigarro
mientras ella notaba su estómago encogiéndose por los nervios.
59
—No importa, lo entiendo. Martí ya me había advertido de
que no buscabas ninguna otra relación que no fuese tu matching,
pero tenía que intentarlo —sonrió, y Andrea la correspondió.
Berta alzó el brazo y suspiró, mirándose la muñeca tapada por un
montón de abalorios—. ¿Ya te has encontrado con el tuyo?
Con una pequeña sonrisa de labios apretados, Andrea desvió
la mirada y asintió una vez con la cabeza.
—Estoy bastante segura de que sí. —Intuyendo que Berta
estaba mirando el suyo propio, lo señaló con la cabeza—. ¿Y tú?
Berta esbozó una sonrisa amarga, agarró el cigarrillo entre sus
dientes y tiró un poco de una de sus pulseras para que pudiera
ver la palabra «Martí» tatuada en su piel. Andrea parpadeó sin ser
capaz de cerrar la boca.
—Oh.
—Ya —murmuró volviéndoselo a tapar y cogiendo el ciga-
rrillo, más irritada que antes—. Prefiero no pensarlo demasiado,
¡pero me alegro de que hayas encontrado a tu matching! Buena
suerte y a por ello.
Andrea rio entre dientes y sintió un hormigueo en el pecho,
teniendo un buen presentimiento al respecto.
—Gracias, eso haré.
***
60
llevar una mano a su pelo y pasárselo por detrás de la oreja, pero
no creía que fuese apropiado. Quería hacer tantas cosas con
Raquel que se guardaba por miedo al rechazo… Andrea carras-
peó, sacudiéndose ese pensamiento de encima—. ¿Y tú qué
hiciste el viernes?
—¿Esa es la pregunta que quieres gastar conmigo hoy? —
preguntó con una sonrisa de oreja a oreja y ojos entrecerrados,
burlones. Andrea bufó.
—Si quieres contarla, vale, pero te recuerdo que tú ya
me has hecho una pregunta antes y con esta te acabas de volver
a condenar.
—Touché —dijo Raquel asintiendo con solemnidad una sola
vez y llevándose un puño al pecho. Andrea simuló darle con el
codo aunque ni siquiera estuviesen ni remotamente cerca.
—Va, venga, no pases de mi pregunta.
—Es que no fue nada interesante, hice inventario y descansé.
—¿Ya está? —preguntó Andrea, decepcionada. Al ver cómo
Raquel ladeaba la cabeza con contrariedad, se apresuró en aña-
dir—: Bueno, tú trabajas por las tardes, supongo que es cansado
salir después de tu turno.
—Lo es —dijo mucho más seca que otras veces. Andrea
se mordió el labio inferior, temerosa de haber metido la pata-
da. Sin embargo, Raquel no parecía molesta. Evitaba su mirada
mientras cogía la bandeja con las cosas, pero ni fruncía el ceño
ni dejaba de sonreír. A Andrea le latió el corazón un poco más
rápido cuando siguió hablando—. Esta vez tengo una sorpresa
para ti, mira.
Andrea arrugó la nariz, curiosa, y agachó la mirada cuando
vio que Raquel dejaba sobre la bandeja y junto a los dos cafés un
pequeño platito con una galleta encima. Era de un color naranja
claro precioso, espolvoreada con azúcar glas y dos almendras que
formaban un corazón. Volvió a mirar a Raquel sin comprender,
notando cómo le ardían hasta las orejas.
—¿Y esto?
—Es una galleta de naranja y almendra. He pedido que hagan
una tanda hoy para ti.
61
Por mucho que intentase combatirla, su rostro fue invadido
por la sonrisa más boba del mundo. Giró la cabeza y se frotó el
cuello con una risa nerviosa.
—Son mis galletas favoritas.
—Lo sé —replicó Raquel mientras Andrea volví a mirarla. Le
guiñó un ojo—. Es que soy muy intuitiva.
Sus latidos seguían desbocados cuando Raquel cogió la bande-
ja para tendérsela y, muy torpe y ensimismada, Andrea se inclinó
para cogerla, rozando sin querer la mano de la pelirroja. Era tibia
y suave. Una descarga eléctrica le recorrió todo su cuerpo e hizo
que notara su pulso en la muñeca, justo sobre el nombre tatuado.
Siempre había un mostrador entre ellas, y nunca había tenido tan-
tas ganas de saltarlo y entrelazar sus dedos, darle un abrazo, juntar
sus labios. Antes de que pudiera pensarlo demasiado, lo soltó.
—¿Quieres que quedemos un día de estos?
Raquel pestañeó muy lentamente en lo que a Andrea le pare-
cieron minutos enteros. Contuvo la respiración cuando la pelirro-
ja ensanchó la sonrisa.
—Lo siento, no puedo.
Mil pedazos y todos se le clavaban como punzadas terribles.
—Oh.
—Lo siento —repitió Raquel, y por su rostro compungido
Andrea sabía que era cierto. No hizo que le doliese menos.
—No te preocupes. Bueno, ¡adiós! —se despidió antes de gi-
rarse muy tensa y agarrando la bandeja con fuerza. Se dejó prác-
ticamente caer cuando volvió con Martí.
—Ya era hora —dijo antes de fruncir el ceño—. ¿Ha pasado
algo?
Andrea se pasó una mano por la cara y acabó en su nuca.
Gruñó por lo bajo, transformándolo en un suspiro.
—Le he dicho a Raquel que si quiere salir un día de estos con-
migo y me ha dicho que no. Soy una ridícula.
—Pero… ¿y qué esperabas exactamente, Andrea?
La morena le lanzó la mirada más envenenada que
pudo componer, irritada, y su amigo tuvo la indecencia de
mostrarse sorprendido.
62
—Gracias por los ánimos, Martí, me encanta sentirme una
basura. A veces se me hace un poco difícil tu humor de mierda.
—Pero ¿qué dices? —espetó con un bufido y negando con la
cabeza—. Me refiero a su modelo, idiota. No pueden salir de su
puesto de trabajo o salta la alarma automáticamente.
—¿De qué me estás hablando? —preguntó Andrea con el ros-
tro contraído y aún más confusa. Martí se le quedó mirando con
la boca abierta antes de responder.
—Pues lo que te he dicho, su modelo es uno de los estáticos,
que no se mueven del lugar de trabajo. ¿Qué tengo que expli-
carte ahí?
Andrea era tonta, y se le pasaban muchas cosas por alto, pero,
de pronto, sus neuronas hicieron conexión. Se olvidó de respirar.
La lengua se le resecó y notó cómo el labio inferior le tembló
cuando volvió a hablar.
—¿Raquel es…?
—Pensaba que lo sabías —dijo Martí negando con la cabeza.
Parecía preocupado—. Cuando le preguntaste por su número, pen-
saba que eran un modelo de esos que tienen teléfono integrado. Y
yo qué sé, conozco casos de personas cercanas que se han casado
con su asistente doméstico, y como eres tan de encoñarte ensegui-
da… Por lo menos esta tiene aspecto humano. Perdona, Andrea.
Tenía sentido. El conjunto tan armonioso de su uniforme, su
pelo y sus ojos, como creados a medida. La sonrisa permanente,
las preguntas curiosas sobre su psique y el exterior. Su amabilidad,
su facilidad para saber lo siguiente que tenía que decir, que más de
una vez le hubiesen traído el pedido sin que hubiera tenido que
decirlo (seguro que se comunicaba con los demás sin necesidad
de hablar). Su intuición que no era intuición, sino análisis. Lo vio
todo claro, y el corazón se le bajó a los pies.
Andrea esperó a llegar a casa para echarse a llorar.
***
63
de Barcelona, y menos de alguien así. Por eso, aunque le costase
varios días de reflexión, acabó volviendo a La Casa Dulce. Se me-
recía, por lo menos, un cierre.
Martí esperó en su sitio habitual mientras Andrea caminaba
hacia el mostrador. A Raquel se le iluminó el rostro y se irguió
como electrificada.
—¡Andrea! Te he echado de menos estos días —saludó entre
aliviada y jovial. Quería mantener su fachada seria y fría, pero su
voz casi consiguió reblandecerla. No, tenía que ser fuerte.
—Hoy voy a ser la primera de las dos en preguntar —dijo
cortante, y Raquel parpadeó mientras asentía con la cabeza.
—Claro, como quieras.
—¿Por qué no me dijiste que eres una ginoide?
Raquel se quedó muy quieta. Se preguntó cómo no había sido
capaz de verlo antes, o quizá porque Martí se lo había contado
ahora podía darse cuenta de esas cosas. La pelirroja dejó caer los
hombros y bajó la mirada. Seguía sonriendo.
—No estamos obligados a decirlo si nadie nos pregunta para
no comprometer la naturalidad del local.
—Querrás decir que estáis «programados» para no decirlo —dijo
Andrea más dura de lo que hubiera querido. Raquel seguía sin
mirarla. Cogió aire y siguió, intentando que la voz no se le que-
brase—. O sea, que todo este tiempo lo que intentabas era sa-
carme información de cómo es el mundo y la gente solo porque
te aburrías.
La robot negó varias veces con la cabeza con urgencia, pero
las curvas de sus comisuras seguían tirando hacia arriba. Andrea
se sintió enferma del estómago. ¿Cuántas veces había querido
sonreír Raquel realmente durante todos esos días?
—No, Andrea, a mí lo que me gustaba era ver el mundo
a través de tus ojos, por muy cursi que suene, pero te lo digo
porque sé que para ti tendrá sentido —dijo con toda la seriedad
que su gesto le permitía expresar. Cuando clavó sus ojos en los
de Andrea, solo vio determinación—. Sé que ha estado mal no
decirte nada durante tanto tiempo, pero los pocos minutos que
paso contigo son mis favoritos del día, y no quería renunciar a
64
eso. Y créeme, si pudiese salir de aquí, me iría al fin del mundo
contigo si hiciera falta.
Tragó saliva, las piernas débiles y los sentidos embota-
dos. A pesar de la rabia que había ido gestando esos días, en
cuanto Raquel le habló hizo que desapareciera. Como aque-
llas cúpulas que les había visto hacer alguna vez en la cafetería
que se derretían al verter chocolate caliente, dejando ver
la tarta de su interior. Se decía a sí misma que aquello tam-
bién era una cursilada, pero Raquel tenía razón: le encantaban
esas cosas.
Antes de que pudiera responder, Raquel le colocó un vaso re-
utilizable de café en la mano, envolviéndola con las suyas propias.
El calor le abrasaba la palma hasta causarle pinchacitos de dolor,
pero volvía a tener los dedos suaves de Raquel sobre los suyos. El
dolor no le importaba.
—Tengo otra sorpresa para ti, espero que esta también te guste.
Soltó su mano sin dejar de mirarla, y Andrea supo que ya no
había nada más que hablar. Desorientada, fue hasta Martí. Tardó
unos segundos en desviar la mirada de la pelirroja.
—¿Qué te ha dicho? —apremió el chico inclinándose hacia
delante, curioso. En silencio y con solemnidad, Andrea se sentó a
su lado sin apartar la mirada de su vaso. Apretó los labios.
—Vámonos.
—¿Qué?
—Que nos vamos.
Andrea se colgó su bolsa de deporte y salió rápidamente de la
cafetería. En la calle, Martí la siguió dando zancadas como pudo,
con expresión ofendida.
—¿Se puede saber qué te pasa?
Sin pensárselo demasiado, Andrea cerró los ojos y se llevó
el vaso a los labios, tomando largos sorbos del café abrasador.
Notaba cómo se le agolpaban las lágrimas por el esfuerzo. Martí
se quedó perplejo, sin saber muy bien qué decir. Cuando apenas
quedaba el poso, la morena abrió la tapa de plástico y metió los
dedos hasta tocar algo duro al fondo del vaso. Le dio la vuelta
y observó una llave manchada de café que terminaba en cuatro
65
puntas, como una cruz. Martí se acercó, confuso a la par que
impresionado.
—¿Y esta movida tocha?
—La llave manual de la puerta de la cafetería —dijo Andrea
sin pensárselo dos veces. Escuchó a Martí jadear de la sorpresa.
—¿Tan lejos está dispuesta a llegar por una cita?
La morena se quedó mirando hacia el horizonte. Pensó en
la mirada soñadora que la droide tenía cuando hablaba de salir
de Barcelona. Los países que quería visitar, las playas que quería
pisar. Andrea no era inteligente, pero había conseguido conocer
a Raquel a la perfección en aquel mes en el que habían estado
hablando.
—No —respondió cerrando el puño—, quiere que la saque
de ahí. Y eso voy a hacer.
***
66
Se asustó cuando vio las tres figuras nada más entrar en
la parte trasera de la cafetería y se agarró a su amigo, pero
se relajó al ver que se trataba de Raquel y los otros dos
empleados de La Casa Dulce. El alivio no le duró demasiado,
pues la visión era algo inquietante. Lo primero que pensó era
que el zumbido que salía de sus recipientes parecía el de su
frigorífico por las noches. Los tres droides permanecían de
pie sobre sus plataformas, rectos como si estuviesen en for-
mación. También tres cables les conectaban a una corriente
detrás de ellos, uno en la nuca y los otros en ambas muñecas.
Ninguno de los tres tenía los ojos cerrados. Jamás había visto a
Raquel tan seria.
—Vale, tú vigila que yo voy a quitarle el software de seguridad
y el localizador —susurró Martí sacándose su tableta. Andrea
se acercó a la puerta del almacén y miró a su alrededor, tremen-
damente nerviosa. No quería meterle prisa a su amigo, pero,
cuanto más tiempo pasaban allí, más ansiosa se sentía. Al cabo
de un par de minutos, añadió—: Se le van a desenganchar los
cables, ponte delante de ella y agárrala, no vaya a ser que haga
tremendo ruido al caerse.
Andrea se apresuró a colocarse frente a Raquel, intentando
que su mirada se alinease con la de la pelirroja a pesar de saber
que, probablemente, no fuera consciente de lo que ocurría a su
alrededor. «Todo va a salir bien», quería decirle. «Te prometo
que pronto estaremos en Almería, en Ibiza, en la playa que tú
quieras. Te voy a llevar a tantos sitios que vas a saber por pri-
mera vez lo que es un dolor de pies, aunque dudo mucho que tú
puedas sentir eso». Andrea sonrió con melancolía para sí misma.
Dio un respingo cuando un ruido intenso inundó el alma-
cén, y por un segundo temió que alguien hubiese entrado. Sin
embargo, era el cuerpo de Raquel desenganchándose de los
cables. Andrea flexionó las piernas con los brazos echados
hacia delante.
—Voy a desbloquear sus extremidades, atenta.
Con un nuevo zumbido, aquella vez más violento, Raquel se
dejó caer hacia delante como si se hubiese desmayado, y Andrea
67
bufó por el peso inesperado. Para lo pequeña que era, podría lle-
gar perfectamente a los ochenta kilos. Jadeó poniéndose uno de
los brazos de Raquel por encima de sus hombros.
—¿Ahora qué? —preguntó Andrea en un susurro. Martí seña-
ló con la cabeza hacia la puerta, siseando.
—Ahora a salir cagando leches de aquí.
***
68
Martí no insistió y Andrea se quedó mirando el cuerpo inerte
de Raquel. Las piernas flexionadas, los brazos a ambos lados de
su cuerpo y la cabeza echada hacia delante, el pelo tapándole la
cara. Sin poder verle los ojos, parecía que estuviese durmiendo en
una posición muy extraña, como si sufriera resaca. Se preguntaba
si los robots podrían sentir algo parecido a la borrachera, por-
que pensaba irse de fiesta con Raquel todos los días que pudiese.
Llevarla a sitios en los que, de otra forma, no hubiese entrado.
Descubrir con ella qué era lo que le gustaba y lo que no.
—¿Qué haces ahora? —preguntó Andrea, acercándose y
sentándose en el puf tras él, con la barbilla apoyada en la par-
te superior de su silla de escritorio. A un lado de la pantalla,
los comandos. Al otro, lo que parecía ser el almacenamiento
interno de Raquel.
—Estoy eliminando cualquier seguridad adicional que pudie-
se llevar incorporada por la empresa de La Casa Dulce y de su
modelo para que no se bloquee al estar fuera de su área de trabajo.
—Vio cómo frunció el ceño con un bufido despectivo—. Y, de
paso, le estoy borrando todos los protocolos estúpidos de la cafe-
tería. Para que no se pase el día entero preguntándote qué quieres
tomar y pensando que tiene que seguir sirviéndote.
—Me parece bien —dijo Andrea y se le hinchó el pecho de la
emoción. Por fin Raquel podría sonreír cuando quisiera y no solo
para hacer que los demás se sintieran mejor. Cuando tuviese una
charla con ella, le preguntaría si quería alguna otra modificación,
algún otro programa. Si quería que le cambiasen el pelo, los ojos,
y la llevaría a cualquier taller discreto para cumplir sus deseos. Era
hora de que Raquel empezase a decidir sobre su propia vida.
No molestó más a su amigo mientras trabajaba, y sus ojos
navegaron por todo el sistema de Raquel. Por un lado, se sentía
mal por estar mirando en su interior sin su permiso. Por otro,
no se estaba enterando de nada. Se detuvo con curiosidad en
una carpeta cuando reconoció aquel nombre. Andrea. Su cora-
zón se saltó un latido. Raquel había guardado, literalmente, un
espacio especial dentro de ella y solo para Andrea. Qué ganas
tenía de abrazarla.
69
—Ya está —murmuró Martí, y Andrea no pudo evitar poner-
se de pie de un respingo, recolocándose la camiseta con nervios
considerables. La emoción era parecida a cuando había tenido sus
primeras citas con otras Raqueles, solo que sabía que aquella era
la definitiva.
El chico desenchufó a la droide. En silencio y completa ex-
pectación, esperaron a que ocurriese algo. El cuerpo de la pe-
lirroja sufrió una convulsión antes de alzar la cabeza como si
acabase de despertar de un mal sueño. Andrea apretó los puños.
Raquel miró a su alrededor, primero pestañeando un ojo y luego
el otro, en una torpe desincronización. Se apartó el pelo de la
cara y se quedó mirando a su alrededor, con la boca abierta y las
cejas alzadas. La morena ni siquiera hizo un amago por contener
la sonrisa, tapándose la boca de la emoción. Aquella era la vez que
más emociones le había visto mostrar. Recelosa, Raquel enfocó la
vista en la chica y, cuando se dio cuenta de lo que estaba mirando,
mostró todos sus dientes con una risa feliz y liberada.
—Hola, Andrea.
No se lo pensó dos veces antes de tirarse de cabeza a ella para
abrazarla y enterrar su rostro en su pelo naranja. Cerró los ojos.
Les iba a ir bien porque, aunque no siempre saliese como lo había
planeado, encontraría la manera de conseguir que funcionase.
70
Elisa Macías
@huwuntress
71
Marca de agua
Hendelie
Resumen
A Caleb hay dos cosas que se le dan bien: hacer cafés
y percibir las emociones de la gente. Y estas habilidades
encajan a la perfección con su trabajo de camarero en el
Eros y Psyche. Sin embargo, hay otras que no termina de
comprender: una de ellas es Aris (todavía no ha dado con
su café ideal) y la otra es que todo el mundo parezca haber
olvidado a Joel.
Notas
Iba a poner algo aquí pero se me ha olvidado.
73
—No lo sé, para conseguir cosas.
—No me interesan las cosas que se consiguen así —respondía él.
—Yo creo que lo que ocurre es que te da miedo mostrar tus
sentimientos, en especial los negativos. Quejarse de vez en cuan-
do es sano. Sobre todo cuando es justo.
Aquellos recuerdos irrelevantes, cotidianos, también eran un
tesoro. Ahora podía rememorarlos sin dolor.
Descorrió las cortinas, dispuso los servilleteros de cerámica
en las mesas e hizo girar el cartel de la puerta, mirando a través
del vidrio hacia el exterior. El tráfico transcurría perezosamente
y del parque al otro lado de la calle una bandada de pájaros se
elevó hacia el cielo con un revoloteo de plumas oscuras.
«Abierto».
Su rutina y sus recuerdos eran tesoros, sí. Igual de resplande-
cientes que el oro. Igual de pesados.
***
74
una barriga redondeada y de aspecto agradable y mullido, la barba
cerrada y castaña y los ojos más alegres que había visto nunca.
—Vengo por el anuncio —había dicho Caleb, siempre parco
en palabras.
—¿Qué anuncio?
—El de la aplicación móvil.
—¡Ah! Vaya, no te pareces al de la foto.
La mirada de Joel se había vuelto algo diferente, casi jugue-
tona, y Caleb supo que algo no encajaba. Tardaron media incó-
moda conversación en descubrir que no estaban hablando de la
misma aplicación. Cuando quedó claro que lo que Caleb desea-
ba era optar al trabajo como camarero en la pequeña cafetería y
no quedar para un polvo rápido, Joel no se sintió incómodo. Por
el contrario, rompió a reír.
—Bueno, después de esto la cosa solo puede ir a mejor —había
dicho con entusiasmo.
Aquella fue la primera vez en mucho tiempo que Caleb sintió
que conectaba de verdad con otra persona.
Con el paso de los meses todo cobró otro significado. La cafe-
tería prosperó, ellos acabaron teniendo una cita y al poco tiempo
comenzaron una vida juntos como pareja. Superada la barrera de
la intimidad, la peculiar habilidad de Caleb salió a la luz. Y fue en-
tonces cuando Joel le propuso cambiar el nombre y dejarlo solo
en «Psyche».
—No creo que sea buena idea… es demasiado obvio.
—¿Qué más da? Tampoco es un secreto. ¡Tus poderes mági-
cos son nuestro principal reclamo publicitario!
—No lo llames así. No son poderes mágicos. Y además sigue
sin parecerme bien.
Caleb no dio más explicaciones. A veces no sabía cómo ex-
presar sus ideas. En aquel momento solo podía pensar que man-
tener el nombre del pequeño café tal y como estaba era algo de
importancia capital y que despojar de esa parte al establecimien-
to acabaría con su identidad para siempre.
75
Por suerte, Joel le hizo caso. Siempre le hacía caso, incluso
cuando no era capaz de comprender sus razones.
La campanilla de la puerta sonó, arrancando a Caleb abrupta-
mente de sus pensamientos. Bajo el dintel, sacudiéndose el abrigo
mojado, apareció el primer cliente. No se sorprendió al ver a Aris,
que caminó hasta la barra y se sentó con la leve sonrisa con la que
le saludaba cada mañana.
—Kalimera, Aris. —Le dio la bienvenida en su mejor griego,
que no era muy bueno, devolviéndole el gesto—. Hoy no tendrás
prisa, ¿verdad? Es domingo.
—No, no tengo prisa.
Aris se pasó la mano por el pelo, espeso y rizado, y luego re-
cogió las diminutas gotitas con un pañuelo de tela. Siempre tenía
gestos como aquellos. Procurando no manchar nada, ni siquiera
de agua. Y llevaba pañuelos de tela. «¿Quién usa pañuelos de tela
hoy en día?».
—Entonces te serviré uno especial, si te parece bien.
—Me parece bien. Tienes que mantener la forma.
El griego volvió a sonreír. Caleb apreciaba el contraste de
aquellos dientes blancos con su tez ligeramente bronceada y el
de esta con el azul clarísimo de sus ojos. Aris era impresor y di-
señador en un local cercano, una empresa familiar, de un tío suyo
según sabía, y había acudido a Eros y Psyche cada mañana des-
de… no estaba seguro. Mientras se dirigía a la máquina de café y
pensaba en qué prepararle aquel día, Caleb trató de ubicar cuándo
fue la primera vez que vio a Aris. Se quedó parado ante la cafetera
con una taza de cristal en la mano, pensativo. No era capaz de
recordarlo.
«Si de verdad quiero salir de dudas podría preguntarle», se
dijo. Pero no lo hizo.
Sacudió la cabeza y realizó la mezcla, dejándose llevar por
el instinto: una parte de granos especiados de Senegal, otra de
Brasil y un toque de aquel café negro de Vietnam tan exclusi-
vo. Lo molió todo junto y después rellenó la pequeña máquina a
76
presión con el polvo oscuro, cuyo intenso aroma se extendió por
el local.
—Eso huele muy bien.
—Supongo que voy por buen camino —comentó Caleb.
Mientras esperaba a que el agua estuviera en su punto, se con-
centró en el ambiente del lugar, tratando de captar el estado de
ánimo de Aris.
Eros y Psyche se había hecho famoso porque Caleb era capaz
de preparar cafés muy distintos y que encajaban con las emocio-
nes de sus clientes en cada momento y situación. Al principio la
cafetería era como cualquier otra: la gente llegaba y pedía lo que
le apetecía tomar, pero a veces alguien dejaba la carta a un lado y
pedían que Joel o Caleb les sirvieran lo que ellos quisieran. Joel
siempre pensaba en cosas como el tiempo que hacía o lo que
podría apetecer más en cada momento al cliente, pero para Caleb
las cosas eran distintas. Él podía ver las emociones de los demás,
o eso creía. Mientras hablaba con las personas le parecía estar
delante de libros abiertos. Algunos eran textos claros y conci-
sos, otros se mostraban casi exhibiéndose, abigarrados, llenos de
elementos decorativos y trampantojos. Y luego estaban los más
difíciles de leer, claro. Gente como el propio Aris, aparentemente
claros pero cuyas emociones reales resultaban esquivas. Personas
oscuras, profundas y silenciosas como cavernas antiguas, acos-
tumbradas a leer otros libros más que a enseñar sus propias pági-
nas. Sea como fuere, las virtudes de Caleb se hicieron conocidas
poco a poco y la gente acudió en tropel durante tres años al Eros
y Psyche, al principio para probar la particular «magia» de Caleb y
después porque era un lugar agradable donde todo el mundo era
bien recibido y el ambiente resultaba acogedor y sereno.
Al menos hasta que murió Joel.
Había pasado mucho tiempo desde entonces pero, aun así, la
cafetería nunca había vuelto a ser la misma. Nunca lo sería. Y eso
era bueno. Significaba que Joel había estado ahí, que había signifi-
cado algo, que el mundo no seguiría igual tras su partida.
77
—Cuidado.
Caleb parpadeó, volviendo en sí de su errático divagar. Miró la
taza rebosante de líquido negro y, con un respingo, la apartó justo
a tiempo, apagando la máquina. No hubo que lamentar quemadu-
ras ni manchas imborrables, pero pese a todo se sintió estúpido.
—Lo siento, estoy algo distraído hoy.
—No tienes que justificarte. Son días difíciles.
Normalmente Caleb no se creía del todo esa clase de réplicas
amables. Al igual que los halagos, le parecían cosas que uno decía
para congraciarse y evitar situaciones incómodas, no porque se
pensara de verdad, pero a Aris sí le creía. No sabía por qué.
Quitó un par de cucharadas soperas de café de la taza y añadió
un poco de leche condensada y ralladura de regaliz. Luego limpió
la parte externa y lo colocó sobre el platillo, dejándolo sobre la
barra junto a una servilleta, una cucharita y un bombón de cho-
colate negro.
—Aquí tienes.
Cuando alzó la vista, comprobó que Aris no había dejado de
mirarle. Tampoco había borrado la media sonrisa. Se la devolvió
de nuevo sin rastro de incomodidad.
Este cogió la taza, movió el contenido y dio el primer sorbo,
sin importarle que el brebaje estuviera ardiendo.
—¿He acertado? —preguntó Caleb.
—No seas impaciente.
El escocés apretó los labios y aguardó, sobrellevando la
incertidumbre lo mejor que pudo. Las personas como Aris
eran poco comunes, así que le gustaba utilizarle de conejillo
de indias y practicar con él su particular arte. Generalmente, el
impresor pedía un café solo con azúcar y lo tomaba en la ba-
rra, charlando con él durante unos minutos. Solía acudir poco
antes de entrar a trabajar y una segunda vez después de comer.
Con el paso del tiempo habían descubierto que tenían mu-
chas cosas en común y a veces quedaban fuera del trabajo para
ir al cine, tomar una copa o hacer alguna excursión por los
78
alrededores de Atenas. A Caleb le gustaba la compañía de Aris
porque no era intrusiva ni exigía nada; simplemente estaba ahí.
Estaba ahí desde…
«¿Cuánto tiempo hace? No lo puedo recordar. La primera vez
que vino, Joel aún estaba vivo, así que fue hace más de seis años,
eso es seguro…».
—Bastante aproximado.
De nuevo, la voz de su único cliente le devolvió a la realidad.
Le miró, allí sentado con la taza de café. Era extraño. Sus
días comenzaban en silencio, como un murmullo, y la llegada del
impresor parecía marcar el inicio de cada jornada. Sus palabras
le anclaban a la realidad. Ese efecto… ¿lo había tenido siempre?
—¿Qué lleva? —preguntó Aris.
—Café Touba y algunas cosas más. No te lo puedo decir todo,
rompería el misterio —terminó con una sonrisa tímida.
—Sabe un poco a eso. A misterio. ¿Es así como me ves hoy?
Caleb parpadeó, algo sorprendido por aquella afirmación. La
mirada intensa de Aris le pilló con la guardia baja y algo extraño
se removió en su interior. Una especie de calidez desconocida,
igual que un ratoncillo nervioso.
—Puede ser, es… difícil de explicar.
Aris torció un poco la sonrisa, como si algo le resultara divertido.
—Está bien. Me gusta.
Caleb se sintió satisfecho. Echó un vistazo a su móvil; su her-
mana estaba enviándole mensajes como una histérica. La pantalla
estaba llena de burbujitas con risas y emojis. Encima de las notifi-
caciones, la fecha se mostraba en números grandes y claros.
Faltaban cinco días para el aniversario.
—¿Qué haces esta noche? —preguntó Aris.
—No tengo planes.
Buscó la opción «marcar todo como leído» y silenció a Ka-
therine, algo molesto. Quería a su familia, pero a veces eran un
incordio. Siempre. Siempre lo eran, realmente.
—Ven a mi casa a cenar. Te haré esa mierda que tanto te gusta.
79
Caleb reprimió una risa seca. Aris hablaba inglés con un mar-
cado acento griego pero muy fluidamente, y parecía disfrutar
salpicando su discurso con palabras soeces. Caleb, criado en un
estricto colegio religioso en Edimburgo, siempre se sentía pueril-
mente divertido con aquello.
—Vale, de acuerdo.
—Podrías quedarte a dormir.
El repiqueteo de la lluvia se volvió de pronto inaudible para
Caleb. Alzó la mirada de la pantalla del móvil, extrañado. Escrutó
a su amigo, tratando de ver algo en su rostro o en sus ojos que
le indicara el significado exacto de aquella frase pero no lo en-
contró. Aris le miraba con total naturalidad, removiendo el café,
apoyado de medio lado en la barra.
—¿Por qué? No vivo tan lejos.
Aris arqueó la ceja. El ambiente se volvió diferente. Caleb
pudo percibirlo al momento: el aire ya no fluía con tanta naturali-
dad, el espacio no vibraba en sintonía.
—Tal vez para no estar solo.
—No me importa estar solo, ya me he acostumbrado.
Sonrió. Aris no lo hizo.
«¿Es cierto lo que he dicho? ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué
de pronto todo parece difícil y extraño?». Se dio la vuelta y limpió
el café derramado en la máquina, deseoso de romper el contacto
visual. El sonido de la campanilla al abrirse la puerta le llenó de
alivio y también de culpa.
***
80
Su ausencia le provocó sentimientos encontrados. Por un lado
agradecía tener tiempo y espacio para superar aquel momento
incómodo de la mañana. Por otro lado, le preocupaba. ¿Se habría
enfadado? No lo creía. ¿Por qué iba a enfadarse? No había he-
cho nada malo. ¿Estaría dolido? Tampoco. No había dicho nada
ofensivo ni hiriente. Sin embargo, cuando él había alzado la ceja,
serio, y el aire había cambiado, Caleb había tenido la sensación de
haber hecho algo malo sin querer. Como cuando de niño rompió
aquella lamparita de cristal de su madre.
Arreglaron la lámpara, pero no quedó igual.
La imagen de la pantalla de vidrio rota le causó un gran des-
asosiego. El resto de la tarde estuvo dominada por una ansiedad
latente, oculta bajo la alfombra de su corazón.
A las cinco decidió escribirle.
«¿Sigue en pie lo de esta noche?».
Redactó el mensaje cinco veces. Puso emojis que luego borró.
Cambió la formulación de la frase. Finalmente, quedó igual que al
principio y, desesperado, la envió tal cual a través del sistema de
mensajería instantánea.
La respuesta llegó al momento.
«Lo que tú quieras».
Caleb tragó saliva y miró alrededor. Tenía todas las mesas
ocupadas. La gente estaba atendida pero no podía dejar de pres-
tar atención al local tanto rato, daba mala impresión. Guardó el
móvil y se mantuvo ocupado con la cafetería mientras desollaba
metódicamente la frase, pensando en todas las posibles implica-
ciones.
A las siete de la tarde aún no había respondido a aquel últi-
mo mensaje.
Después de cobrar a su última clienta, cuando las luces noc-
turnas ya se habían empezado a encender afuera, decidió que
Aris, por alguna misteriosa razón, se había sentido mal por el
hecho de que él no quisiera quedarse a dormir, pero era dema-
siado educado para cancelar la cena. Además, seguramente sentía
81
lástima por él. Era lógico pensar que en realidad no deseaba que
cenaran juntos. No importaba que el mismo Aris lo hubiera pro-
puesto. Tampoco que lo hubieran hecho muchas veces antes, ni
que siempre hubieran pasado veladas muy agradables: en aquel
momento, todo aquello se había emborronado por la niebla de la
inseguridad y la angustia.
No, definitivamente no iba a poner a Aris en ese compromiso.
Aris siempre se había portado bien con ellos. Siempre.
«Mejor lo dejamos para otro día. Lo siento si te he molestado
con algo», escribió, esta vez sin vacilación.
Pronto aparecieron dos marcas azules junto al mensaje, y lue-
go no hubo nada más.
***
82
Caleb no supo qué responder y Kat colgó demasiado rápido,
pero sus últimas palabras le provocaron un estremecimiento frío
en el pecho.
«No puede haber olvidado lo que pasó».
No, aquello no era una posibilidad… ¿o sí?
Tal vez sí. Tal vez todos habían olvidado a Joel excepto él.
Se encaminó hacia el apartamento, abrochándose bien la ca-
zadora de cuero, aunque las temperaturas no eran tan bajas. Se le
había metido el frío dentro. Normalmente iba en autobús, pero
decidió hacer el recorrido andando para despejarse las ideas. Una
sensación ominosa le acechaba. Durante todo el día había estado
incómodo, desubicado, sobre todo tras la conversación con Aris.
Se sentía igual que en un barco en el que de pronto no había nadie
al timón. Se concentró en los semáforos y en dar un paso detrás
de otro.
Dentro de cinco días sería el aniversario. Iría al cementerio,
como cada año, y dejaría unas flores. En la ocasión anterior, Aris
le había acompañado y después lo invitó a comer. Aquel día, Ca-
leb le habló de Joel durante horas. Aris escuchó, sonriendo con
las anécdotas más tiernas, mirándole constantemente. Cuando re-
gresó a casa, Caleb se sintió ligero, más de lo que se había sentido
en los pasados cinco años, y luego todo había empezado a mejo-
rar… O eso creía. Esa noche, por primera vez desde el accidente,
el mundo volvía a ser oscuro y extraño.
Cuando se detuvo delante de la puerta de su casa, rebuscando
las llaves del portal, el rostro de Aris se le apareció de nuevo en la
mente. La noche estaba oscura, no se veían las estrellas. El bulli-
cio del fin de semana daba paso a una calma sosegada.
«Ha hecho ese gesto con la ceja, y después esa pesadumbre
en el aire… ¿Está decepcionado? ¿Enfadado? ¿Qué es lo que ha
ocurrido?».
Metió la llave en la cerradura y la hizo girar.
«¿Cuándo fue la primera vez que Aris entró al local?
Tengo que recordarlo. Es imposible que lo haya olvidado».
83
Por alguna razón, aquello le parecía muy importante. Inten-
tó imaginarlo, traerlo desde lo más hondo de su memoria, pero
no fue capaz. Ahí estaba la sonrisa de Joel, su rostro afable, su
pelo castaño y su barba… Ahí estaban los abrazos, los besos, el
modo en que le estrechaba suavemente cuando iban sentados
juntos en el autobús. Pero ni rastro de Aris.
Entró al viejo ascensor y cerró la verja. La maquinaria co-
menzó a funcionar, haciéndole subir a través del enrejado de
metal. Se sentía mal, comenzaba a tener nauseas. Al llegar al
piso, metió la llave en la cerradura y golpeó la puerta con la
rodilla en el punto exacto para que no se atrancara al abrir.
Pequeños trucos cotidianos. Rutinas. Marcas de agua en el día a
día que una vez había compartido con Joel y que ahora…
«Ahora… ¿ahora qué?».
Encendió la luz y entonces todo regresó, ordenándose en su
mente como un puzle perfecto.
En la pared que dominaba el salón, sobre el sofá, había una
larga hilera de fotografías.
Y recordó.
Aris las había colocado cronológicamente, con la fecha
debajo. «Así será más fácil», había dicho. Allí estaba,
regresando desde un lugar oscuro de su memoria, el ros-
tro del impresor con su eterna sonrisa y sus ojos profundos,
arrodillado sobre el sofá, colgando las fotografías con aque-
llas manos grandes y sensibles cuyo tacto también podía
evocar ahora.
Bajo cada fotografía había escrita una pequeña descripción
que ya, por suerte, no necesitaba leer.
En la primera imagen estaban los tres, Aris, Joel y Caleb,
en el viaje que hicieron para visitar las islas. Luego había fotos
de ellos dos, fechadas dos años atrás. Aris y él en el café, el día
en que todo empezó. Aris y él en aquella misma casa, sentados
en el sofá; un selfie no muy afortunado pero en el que Caleb
aparecía sonriendo con sinceridad. Aris y él en la playa.
84
Aris y él con Katherine, Chris y sus padres. Aris y él en la
terraza, iluminados por aquellas pequeñas luces led que tanto
le gustaban.
Recordó, y las cuatro palabras volvieron a él en su propia voz.
—Amnesia anterógrada disociativa parcial.
Ambos estaban en la cama. Fue la primera vez que se quedó a
dormir en el piso de Aris. Después del sexo, Aris había bromeado
diciéndole que si no estaba cómodo con lo ocurrido, simplemente
podía fingir que lo había olvidado al día siguiente. Caleb entonces
le confesó que tal vez aquello sucediera realmente. Y dijo aquellas
cuatro palabras: amnesia anterógrada disociativa parcial.
Aris había fruncido el ceño con gesto de preocupación. Es-
taba despeinado, sus ojos azules se mostraban serios y graves y
en la penumbra del amanecer le parecía más hermoso que nunca.
—¿Sabes lo que es?
—No, pero puedo imaginarlo por el contexto… No puedes
recordar eventos recientes, ¿es eso?
Caleb asintió. Aquella era una de las cosas que más le habían
gustado de Aris desde el principio: todo era siempre fácil de abor-
dar. Incluso algo así.
—Cuando tuvimos el accidente… Los médicos no están se-
guros de si es por daño cerebral o se debe al trauma psicológico.
Olvido algunas cosas. No todas, y no siempre las mismas, pero…
Bueno, esto es lo que hay.
Aris había asentido. Luego le acarició la mejilla y Caleb en ese
momento tuvo la sensación de que iba a derrumbarse allí mismo.
—No te preocupes. Nos las arreglaremos.
El recuerdo de aquellas palabras le trajo de nuevo al presen-
te. Le sonaban familiares, como si las hubiera escuchado muchas
otras veces, aunque no pudiera ubicarlas en un momento concre-
to o una imagen determinada.
Tomó aire, observando de nuevo la primera foto. Pasó los de-
dos sobre ella y luego la descolgó, examinándola de cerca. Dentro
de cinco días sería el aniversario. Iría al cementerio, como todos
85
los años, y Aris le acompañaría; le escucharía hablar de Joel du-
rante horas con una media sonrisa, como todos los años, igual
que si nunca lo hubiera hecho. Le abrazaría para reconfortarle y
después, al día siguiente, Caleb recordaría aquel aniversario, pero
no a él.
Se llevó la mano a los labios, apoyándose en la alacena. Suspiró.
«Trae a tu novio», había dicho Kat. Se refería a Aris, claro.
Sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de su novio, ca-
rraspeando para tratar de desatar ese nudo de angustia tan fami-
liar que tenía en la garganta. Al quinto tono, la voz grave y varonil
con marcado acento mediterráneo respondió.
—Hola. ¿Cómo te encuentras?
—Hola. Ya estoy en casa. Estoy mejor. —«En realidad estoy
peor». Su rutina y sus recuerdos eran tesoros. Los guardaba con
celo porque a su alrededor todo era oscuridad e incertidumbre…
y sin embargo, al parecer, no era suficiente—. Lo siento.
Se preguntó cuántas veces había realizado aquella misma lla-
mada. Cuántas veces le había pedido perdón así. Y empezó a re-
cordar unas cuantas.
—No tienes que disculparte. No pasa nada. Estos son días
difíciles.
—¿Sucede todos los años?
—Eso creo, sí. Pero no te preocupes, siempre nos las arregla-
mos. ¿Quieres que vaya?
Caleb frunció el ceño. La voz de Aris era suave y muy cálida.
Se pasó la mano por el pelo antes de hacer una pregunta que no
sabía si había formulado antes.
—¿Por qué no vivimos juntos?
Silencio de cuatro segundos. De cinco. De seis.
—¿Es una propuesta o una pregunta?
—Por ahora, una pregunta. Parece que sería mejor para mí, ¿no?
—Eso creo yo, pero hasta ahora no has querido.
—¿Por Joel?
—Sí. Por Joel.
86
Caleb se mordió el labio. Silencio de seis segundos. De siete.
—De acuerdo, ahora sí es una propuesta. ¿Por qué no vivi-
mos juntos?
Al otro lado de la línea escuchó una risa feliz, llena de luz y
sol. Aquella risa era realidad, era presente. Era un suelo de tierra
cálida, firme y fértil. Sintió que lo envolvía y lo abrazaba y se ale-
gró de ser quien era a pesar de todo.
—Podemos hablar de los detalles mientras cenamos. Voy a
buscarte.
Iba a decir que no, que iría por su propio pie, pero entonces
se dio cuenta de que no recordaba su dirección. Seguramente por
eso él se había ofrecido.
—Bien. Gracias por todo, Aris. Te quiero.
Las dos palabras salieron de sus labios de forma no premedi-
tada. Sonaban familiares. Algo sencillo. Habitual. Como levantar
el cierre, quitar la alarma, peinarse frente al espejo. Como moler
el café, ordenar los servilleteros y encender la música. Rutinas.
Rutinas como marcas de agua, como huellas viejas en una pieza
de barro.
—Y yo a ti. Más que a nada —le dijo él. Su voz era dulce
y profunda.
Aquella respuesta, que seguramente fuera igual de cotidiana,
le llegó con la fuerza de un rayo. Y se alegró de poder saborear
aquel amor tan extraño y desordenado.
Cuando colgó el teléfono, la realidad volvía a tener sentido y
el mundo recuperaba solidez.
Miró la foto que todavía tenía en la mano. Observó la imagen
de Joel en ella una última vez y la guardó en el cajón.
Tal vez al día siguiente su pasado empezara un poco más cerca.
87
Hendelie
@Hendelie
88
Por el poder del planeta Neptuno
Mal Lawless
Resumen
Cat siempre viste de negro, lee a Henry Miller, escucha mú-
sica indie y ha llegado a la universidad esperando encontrar
a gente tan guay como ella. Begoña es una otaku con dema-
siadas camisetas de Sailor Moon, que ama los colores chillo-
nes y es incapaz de callarse ni debajo del agua. ¿A quién se
le ocurrió hacerlas compañeras de habitación?
Notas
De ser idiota se sale, de ser otaku no.
90
Cat dejó la mochila en lo que supuso que sería su colchón y
se recogió la media melena detrás de las orejas. La habitación era
rectangular, con una cama a cada lado. En el centro de la pared
del fondo había una ventana, flanqueada por dos escritorios, de
forma que desde la silla podían apoyarse los pies en el cabecero.
En el extremo de la puerta, a ambos lados de la habitación, com-
pletaban el mobiliario dos mesitas; en la de su compañera había
una cafetera Nesspreso.
Su compañera, todavía con su bolsa en las manos, se dio cuen-
ta de que la miraba y se apresuró a ofrecérsela:
—Me la ha comprado mi madre —explicó y señaló un mueble
de plástico transparente que estaba junto a la mesita—, las cápsu-
las están en el primer cajón de la cajonera de abajo.
—Vale, gracias —dijo Cat sin más.
Cat le cogió la bolsa de las manos y la dejó encima de la cama.
Tumbó la maleta en el suelo, la abrió y empezó a sacar cosas. Su
compañera se movía a su alrededor, alterada, sin perder la sonri-
sa en ningún momento e incluso ensanchándola si veía que Cat
levantaba la vista.
La inspeccionó de reojo. «Joder, no, una otaku». Llevaba una
camiseta con un dibujo manga de colegiala de pelo verde. Había
pegado un póster en la pared en el que ponía Sailor Moon, en el
suelo había una mochila con flores de colores y sobre la cama,
una cosa rosa pálido que Cat temía que fuese una chaqueta.
—¿Y qué estudias? —No esperó a que Cat respondiese—. Yo
voy a estudiar Psicología. Primer año, claro.
—Ajam. —Se suponía que te ponían con alguien con gustos
e intereses comunes. Había un maldito formulario que rellenar.
Cat esperaba encontrarse con una persona guay; una chica abier-
ta de mente, moderna... a la que le gustase la literatura y el indie
rock. Se había puesto su camiseta de The Smiths y llenado una
bolsa entera de libros, con la esperanza de poder comentarlos con
quien, se había imaginado, sería su alma gemela. En vez de eso
le había tocado de compañera una friki con incontinencia verbal
91
que ni siquiera parecía capaz de algo tan sencillo como combinar
colores sin riesgo de provocar ataques epilépticos.
—¡Hala! ¿Toda tu ropa es negra? —comentó cuando Cat
abrió la maleta. Se encogió de hombros. La chica de pelo naranja
no cejaba en su empeño—. ¿Y qué? ¿Estás emocionada? Yo estoy
emocionada...
—Se nota —dijo lo más sarcásticamente que supo. No im-
portó, Begoña no se daba cuenta de su hostilidad o, si lo hacía, la
ignoraba.
—Es todo tan nuevo... ¡Es la primera vez que voy a vivir fue-
ra de casa! —Se sentó en la cama, sobre sus propias manos, sin
dejar de mover las piernas que le colgaban a unos centímetros del
suelo—. Mi madre ha llorado un montón, pero un montón. Dice
que con diecisiete años soy muy joven, aunque en un mes y medio
cumplo dieciocho y...
Siguió hablando. Cat se limitó a suspirar. Aquella chica ni si-
quiera había tenido la decencia de ocultar que su madre había
llorado, ni siquiera lo había dicho en tono burlón. Se dio cuenta
de que le esperaba un año durísimo por delante.
—¡Hala! ¡Tienes muchos libros! ¿Te gusta Harry Potter?
Cat estaba sacando los libros de la bolsa y colocándolos en la
mesita a los pies de la cama. Se paró en seco, se dio la vuelta, miró
fijamente a Begoña sin decir nada durante unos segundos y volvió
a lo que estaba haciendo.
La chica siguió un rato más en la habitación después de eso,
hasta que Cat acabó de sacar las cosas, cogió el portátil, se puso
los cascos y se tumbó en la cama. A la vista de que no iba a conse-
guirla de Cat, Begoña salió a buscar conversación fuera del cuarto.
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Capítulo 2
Solo soy una chica
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Ninguno de sus compañeros le había parecido especialmente in-
teresante. Aquello parecía un instituto, solo que con gente que no
conocía y, a decir verdad, tampoco se moría de ganas de conocer.
Todo el mundo le decía que la universidad era algo maravilloso y
que encontraría a muchísima gente interesante, que su tiempo allí
le abriría los ojos y le cambiaría la vida. Hasta el momento había
sido una constante decepción.
Terminó de comer y resopló al pensar que tenía que subir a la
habitación, en la que podría estar la otaku que tenía de compañera,
que se emocionaba por todo. Alguien tendría que decirle que no
podía ir así por la vida, no era nada guay.
—¡Cat! ¿Qué tal el primer día? —la recibió Begoña. Empe-
zaba a plantearse que quizá era así por el café. En caso de deses-
peración podría tirar la cafetera por la ventana. A lo mejor así se
relajaba.
Cat sacó el tabaco del bolsillo y lo dejó sobre la pila de libros,
lanzando la bandolera sobre la cama.
—¿Fumas? Si quieres, puedes fumar aquí. A mí no me moles-
ta. Mi padre fuma.
Asintió con la cabeza. No tenía intención de fumar en la habi-
tación, pero estaba bien saberlo. Se tiró sobre la cama bocarriba
y suspiró.
—¿Estás bien? —Una cabeza apareció en su campo de visión.
Begoña se agachaba sobre ella. Tenía una cara redonda, de rasgos
suaves. Unos ojos pequeños e inquietos la miraban—. ¿Quieres
un ibuprofeno o algo?
—No, estoy bien —contestó. La chica no parecía muy con-
vencida. Cat se sentía observada y notaba que estaba a punto de
ponerse roja, así que se justificó—: Solo estoy cansada.
—Ah... ¿quieres un café? —Aquella chica era incansable.
—No, gracias.
Begoña volvió a su cama con su portátil. Cat cogió uno de los
libros y consiguió leer casi media hora en paz.
—¿Qué lees?
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Pensó en ignorarla, fingir que estaba demasiado enfrascada en
la lectura, pero le supo mal. Estaba siendo muy borde. La chica
tampoco tenía la culpa de que su primer contacto universitario
hubiese sido un fiasco. O no íntegramente, al menos.
—Trópico de Cáncer, de Henry Miller —contestó, bastante or-
gullosa de ello.
—Ah, ¿de qué va?
De nuevo, pensó en no contestar. Sin embargo, se dio cuenta
del pasaje que estaba leyendo y una media sonrisa malévola aso-
mó a sus labios.
—«¡Oh, Tania! ¿Dónde estará ahora aquel cálido coño tuyo?
Tengo un hueso en la picha de quince centímetros. Voy a alisarte
todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de semen» —leyó,
esperando escandalizar a su compañera.
—Oh, romántica —comentó. Cat se irguió, como si le hubie-
sen tirado un jarro de agua fría encima.
—¡¿Qué?! —preguntó retóricamente; lo había oído. Frunció
el ceño, ofendida por esa consideración—. ¡Es Henry Miller!
—Tiene sentido... —dijo mirando pensativa al horizonte—.
Ninguna escritora que yo conozca diría «picha». Si quieres, pue-
do recomendarte algunos un poco mejores, conozco sobre todo
fanfics...
—¿Qué? ¡No! —Cat se había puesto roja, en parte por ver-
güenza y en parte por el enfado. Farfullaba, sin dar crédito a lo
que escuchaba—. ¿Fanfic? ¿Mejores que Henry Miller? No son
mejores que Henry Miller...
Begoña se encogió de hombros y esbozó una sonrisa inocente.
—Al menos saben cómo funciona un coño.
Cat refunfuñó y le dio la espalda. Aquella chica estaba ha-
ciendo oposiciones para convertirse en su peor enemiga. Siguió
leyendo. Aunque ya no pudo concentrarse, porque Begoña tenía
razón: Henry Miller no entendía muy bien ciertas cosas.
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Capítulo 3
Mi trabajo aquí está hecho
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No había nadie en su habitación. Se sentó en el escritorio y se
puso a corregir los apuntes que había tomado, anotando los libros
que tendría que buscar en la biblioteca.
—¡Hola, compañera! —Begoña entró como un torbellino—.
¿Preparada para las novatadas?
Cat, con la mirada fija en los apuntes, levantó la mano a modo
de saludo. Dentro de su visión periférica pudo ver a la chica qui-
tarse aquello que no era un lápiz que usaba para sujetarse el moño,
sacudirse el pelo y acercarse hacia ella. Sujetando el pasador con
la boca, dijo algo que Cat no entendió.
—¿Qué?
—Que qué haces —repitió, pinchando el moño naranja con
el palito de madera.
—Apuntes —dijo sin más, desviando la mirada a la otra chica
durante un segundo.
—¿Y qué me dices de las novatadas?
Cat miró a Begoña, sopesando si decirle lo que pasaba por su
cabeza. La chica puso los brazos en jarras, paciente. Cat chascó
la lengua.
—Preferiría coger la cosa esa que llevas en la cabeza y
clavármela en la yugular antes que ir a que me humillen pública-
mente —dijo muy seria, porque lo decía en serio. Begoña estalló
en carcajadas.
—Venga, no seas tonta... Si es cantar, bailar y hacer el tonto.
La chica morena había vuelto a mirar el ordenador, pero nota-
ba tras ella la presencia de su compañera. Decidió dejárselo claro.
Giró la silla y enumeró con los dedos.
—Yo no canto, no bailo y no hago el tonto.
—¡Venga ya! —dijo Begoña, pensando que iba de broma—.
¿Y cómo te diviertes?
—Sin cantar, sin bailar y sin hacer el tonto.
—Pero, Cat, que es para conocer gente, hacer amigos...
—No quiero ser amiga de gente que canta, baila y hace el
tonto, Begoña —dijo muy orgullosa de su contestación, con
una sonrisa falsa y separándose un segundo de la pantalla.
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—¿Y de quién quieres ser amiga? —le preguntó, pillándola
por sorpresa. Cat se encogió de hombros.
—De gente guay, supongo.
—Si la gente guay no sale ni al pasillo no sé cómo vas a cono-
cerla —se burló, aunque no había crueldad en su voz. A Cat casi
se le escapa una sonrisa.
—Si quieren ir al circo, que vengan a verme —susurró, sin ser
consciente de ello.
—¿Cómo? —Begoña la miraba con una ceja levantada.
—Es algo que dice mi madre, como un chiste —explicó —:
«Mamá, quiero ir al circo». «Si quieren ver animales, que vengan a
verte», o algo así...
Begoña volvió a reírse a carcajadas. Ni siquiera había contado
bien el chiste
—¿Un circo en el que ni se canta, ni se baila, ni se hace el
payaso? —añadió, con sorna.
—Exacto —confirmó Cat, que no pudo reprimir una sonrisa.
Cuando al rato Begoña salió de la habitación, Cat estaba
leyendo y, con retintín, le dijo «pásatelo bien». La chica fingió
mover unas maracas invisibles, lo que hizo que la otra repri-
miese una risa.
Volvió después de cenar. Cat fumaba en la ventana. Le contó
que les habían hecho vender pañuelos y cantar canciones de la tuna.
—Patético.
—Totalmente. —Begoña lo decía sonriendo.
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Capítulo 4
Los sueños se pueden volver pesadillas
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—Jo, qué específico.
Begoña no insistió más. Cat, tumbada en la cama, la vio
arreglarse mientras se ocultaba tras un libro. Cambió el moño
desaliñado por dos moñitos, uno a cada lado de la cabeza.
Se planchó el flequillo. Aunque casi no se le veían los ojos, se
los pintó de un tono morado claro y se puso brillo de labios
con purpurina. Alrededor del cuello se ató una cinta de co-
lor rosita, se puso una camisa de manga corta con unos frun-
cidos en las mangas y un vaquero claro. Cat casi se quedó
ciega al ver que de bolso iba a llevar una mochila en forma
de peluche.
—No puedes ser real —suspiró, dejándose caer el libro sobre
la cara.
—¿Qué? —se quejó—. Es guay.
—En tu mundo —apostilló Cat.
—Que es el que está fuera de esta habitación —le contestó,
sacándole la lengua, mientras buscaba su chaqueta rosa.
Cat le señaló la silla, sonriendo sin ocultarlo. No podía evitar
que aquella chica le provocase cierta ternura, casi le iba a saber
mal cuando alguien se metiese con su mochila-mono. Begoña co-
gió la chaqueta de la silla, se la puso y preguntó:
—¿Qué tal estoy? —Abrió mucho los brazos.
—Muy guapa —contestó con una sonrisa. Rápidamente aña-
dió, arrugando la nariz—: Como si te hubiese vomitado un uni-
cornio.
—Ooooh, gracias. —Antes de salir, se giró a su compañera de
cuarto—. ¿Seguro que no quieres venir? Va a ser un fiestón.
—Seguro.
—¡No me esperes despierta! —gritó y dio un portazo.
***
100
mucho ruido. Su compañera no había vuelto; sacó el móvil y
vio que eran las dos y cuarto. No era tan tarde, no tenía que
preocuparse.
Se iba a desvestir y a meterse en la cama cuando oyó risas
y cánticos. Creyó escuchar algo. Todo su cuerpo se puso alerta.
Abrió la puerta para escuchar mejor. Fuera coreaban «Begoña es
coña, lolololo». De pronto, Cat estaba completamente despierta y
se le había tensado la espalda. Salió al pasillo y buscó el origen del
ruido. Un grupo de borrachos canturreaban y se reían. Eran más
mayores que ella. Veteranos. Se dirigió hacia ellos.
—¿Dónde está Begoña? —preguntó. La ignoraron y siguieron
riéndose. Cat apretó las mandíbulas. Avanzó y agarró a uno del
brazo—. Que dónde está Begoña.
Se encogieron de hombros, se rieron. No entendía lo que de-
cían. Estaba apretando los puños y preguntando cada vez más
alto cuando un chico de su edad se acercó. Las novatadas habían
consistido en que los habían atado a árboles y farolas. El chico
parecía molesto.
Habían bebido, los habían atado y luego los habían soltado.
Cat no daba crédito a lo que oía. No se le ocurría ningún contexto
en el que eso fuese normal. Atar a alguien a un árbol era algo que
había visto en películas de vaqueros, con su abuelo cuando aún
vivía, y además ya entonces le había parecido de pervertidos o de
psicópatas.
—¿Y dónde está Begoña? —insistió—. ¿Quién la ha desatado?
Cada vez que decía «Begoña» cantaban «Begoña es coña».
Pensó en pegarle a alguien un puñetazo, pero, en vez de eso, se
acercó al chico que le había hablado y le preguntó en qué zona
exacta había pasado.
Llamó a su compañera; en ese momento agradeció que le
hubiese grabado el teléfono. No lo cogió. Bajó preguntando a
la gente si había visto a Begoña cuando volvían a la residencia.
Todo el mundo estaba borracho y no la encontraba. Se puso
muy nerviosa.
101
Salió a la calle y echó a correr. El cauce seco del río estaba
cerca. Había sido un río hace mucho, ahora era un jardín. Allí
abajo hacía mucha más humedad y estaba mal iluminado. Cat
corría y gritaba el nombre de su compañera.
«No, no, no. Bego, por favor. Por favor».
A lo lejos vio un bulto debajo de una farola. El bulto tenía
dos moñitos. Cogió aire y corrió hacia la farola, frenando justo a
unos pocos centímetros de su compañera. Tenía la cabeza gacha
y lloraba, un poco ida. Cat la cogió de la cara y le echó el pelo
hacia atrás.
—Begoña, Begoña, ¿estás bien? —Aunque no podía oír
nada más que su propia respiración entrecortada y el corazón
latiéndole a un ritmo que auguraba una taquicardia. La abrazó
de puro alivio. Se separó y le sujetó la cara. Begoña hacía puche-
ritos. Estaba borracha—: Voy a soltarte.
Cat se puso a intentar deshacer el nudo de aquella cuerda, que
parecía la del tendedero de su casa, pero las manos le temblaban
y no acertaba.
—Eh —escuchó tras ella. Sabía que en esa zona había vaga-
bundos, lo que no se esperaba era encontrarse uno acercándose
hacia ella. El hombre sacó algo metálico.
«Y ahora nos van a atracar», pensó la chica. Extendió los bra-
zos, tratando de proteger a la inmovilizada, en un gesto que, visto
en retrospectiva más adelante, fue bastante estúpido. El vagabun-
do llevaba una navajita no muy grande. Cat cerró los ojos.
—Ya está —dijo el desconocido. Abrió los ojos y vio que ha-
bía cortado la cuerda. Señaló hacia la derecha—. He cortado un
par más por ahí. Ahora, a casa.
Se dio la vuelta y se fue.
—Gracias —susurró Cat, todavía asustada.
Sujetó a Begoña por la cintura y se la llevó a la residencia.
A unos metros encontró su chaqueta en el suelo y la recogió.
La chica se le abrazaba, farfullaba cosas y lloraba en su hombro
a ratos.
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—No pasa nada, enseguida llegamos —le repetía. Intentaba
sonreírle y hablarle con calma, pero no se le daba muy bien, por-
que no parecía funcionar.
En su habitación ya, le dio agua y la metió en la cama. Se
sentó en su colchón y vio que le temblaban las piernas. Respiró
hondo.
Algo le bullía en el estómago. Pocas veces había tenido esa
sensación. Era desagradable y se le extendía por todo el cuerpo,
sin que pudiese hacer nada para pararla.
Salió de la habitación pisando el suelo como si quisiese rom-
perlo. Se acercó a la habitación que tenía la puerta abierta cuan-
do la habían despertado. El número 14. Tenía buena memoria.
Se puso a aporrear la madera y a gritar. No le abrían. Añadió
alguna patada.
—¡Ábreme la puerta, pedazo de imbécil, o la abro a hostias!
—Más tarde pensó que era una amenaza bastante vana, porque
dudaba poder tirar una puerta abajo. Sin embargo, en ese mo-
mento se sentía capaz de ello.
Un chico asustado y medio dormido le abrió la puerta. Cat
desató toda su ira contra él.
—¡Tú! Cacho de mierda seca con patas, ¡habéis emborracha-
do a una menor y la habéis atado a una farola! —gritó—, ¡y todo
para dejarla por ahí tirada de noche!
—Yo no... —El chico parecía que se acabase de despertar.
Tenía el pelo revuelto y lo único que veía era a una chica mo-
rena con la cara colorada, en la que destacaban unos ojos que
brillaban con odio.
—¿Tú sabes lo que es un delito, tonto del culo? ¿Tú sabes lo
que te puede pasar? Delincuente, malnacido, incivil. Me voy a
encargar de que os encierren de por vida, excrementos aborta-
dos. —Le señalaba con el dedo como si en cualquier momento
fuese a usarlo para apretar un botón de destrucción total.
Repetía todos los insultos que le había escuchado a su abue-
lo y a su madre: siempre había pensado que eran los mejores
103
insultos. Además, cuanto menos típico el insulto, en caso de
litigio, menos posibilidades de condena, según decía siempre su
madre. Llevaba recalcándoselo toda la vida.
El chico se quedó blanco, su compañero se levantó también,
las puertas contiguas se abrieron. Casi todo el mundo se asomó
al pasillo.
—Era solo una broma —trató de defenderse el que había
abierto la puerta. Le temblaba la voz.
—Son novatadas —se excusó el recién llegado.
—¡Tía, todos hemos pasado por esto! No te rayes, así son las
cosas —salió un tercero que, a diferencia de los otros dos, no
parecía alterado, sino amenazante.
—Pues así van a ser, desgraciado —espetó Cat y se marchó
antes de darle un puñetazo a alguien. Eso sí era punible.
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Capítulo 5
En nombre de la luna, te castigaré
105
—Nadie se va a reír de ti, Bego —trató de consolarla.
—¡Ya lo han hecho! —dijo antes de ponerse a llorar otra
vez—. Soy la estúpida que ataron a un árbol.
—Una farola —puntualizó Cat.
—Una farola, qué más da. Y cantaban no sé qué Begoña todo
el rato. —Se le rompía la voz. Cat no sabía qué hacer. Tragó saliva.
—Si te sirve de consuelo, creo que ya nadie habla de eso. —
Begoña la miró con frialdad, sin decir nada. A Cat no le gustó
nada esa mirada. Se explicó—: Cuando he subido estaba todo el
mundo bajando a comer y todos me miraban a mí. Ayer la lie un
poco cuando tú estabas durmiendo.
—¿Qué pasó? —La mirada de Begoña había vuelto a cam-
biar, en ella había preocupación. Cat se alegró del cambio de
expresión.
—Me puse a dar patadas en la puerta de un tío alto, no sé
cómo se llama. Es un gilipollas. —Se puso un poco roja. Tenía
«mal pronto», según decía su madre —. Luego lo insulté y le dije
que iba a meterle en la cárcel. Y yo ni siquiera había bebido.
Su compañera sonrió un poco. Se secó las lágrimas con la col-
cha y se estiró para coger un pañuelo. Cat se levantó y se lo dio.
—¿De verdad le diste patadas a su puerta? —preguntó en
voz bajita.
—Y amenacé con tirarla abajo —rio, consiguiendo que Bego-
ña esbozase una sonrisa. La risa se le cortó cuando vio que en los
brazos de la chica había dos heridas. La cuerda le había quemado
por fricción al intentar soltarse—. Vamos a la enfermería.
Begoña iba a rechistar cuando llamaron a la puerta. En ella
apareció el rector del colegio mayor.
—He bajado al comedor, pero parece que han decidido re-
cluirse en sus habitaciones... —Las noticias volaban en un lugar
como aquel. Hasta ella que no salía mucho se enteraba de cosas.
Suponía que el rector, un tipo estirado de mediana edad, sabía de
sus amenazas y venía a controlar daños—. Quería hablar con la
señorita Begoña.
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Se dirigía a Cat, en vez de a Begoña. Seguro que estaba al
tanto de sus amenazas y quería presionar a su compañera. Era
consciente de que el aspecto dulce y aniñado de Begoña daba
a entender que era fácil de manipular, y aquello la enfadó. Pasó
por alto que se trataba del rector y cualquier respeto que pudiera
tenerle, desapareció.
—Begoña tiene que ducharse y comer algo. Bajaremos en una
hora. —Su tono era firme y no daba opción a réplica. El rector
miró a Cat y sonrió con asco.
—Por supuesto. Las espero a las dos en una hora. —Antes de
marcharse dijo—: Le recuerdo que no es abogada, señorita. Aún.
—Ni usted juez —replicó Cat, con la misma sonrisa falsa que
le ponía el rector, que se fue dando un portazo. Luego, la chica
informó a su compañera—: He hablado con mi prima: es aboga-
da. ¿Qué quieres hacer?
—No quiero salir de aquí. No quiero verlos más. Nunca más.
—Volvió a esconder la cara en la almohada.
Cat le hizo un café y la obligó a ducharse, le aseguró que se
encontraría mucho mejor luego. Mientras Begoña se duchaba, fue
llamando a varias puertas en los tres pisos, hablando con distintas
personas afectadas.
No era abogada, como bien había puntualizado el rector.
Ni siquiera estaba muy segura de que quisiese serlo, a veces
pensaba que lo estudiaba solo para entender bien la mayoría de
conversaciones de su familia. Porque casi todo el mundo en su
familia era abogado, inspector de Trabajo, de Hacienda, juez,
fiscal... Cat era la amiga repelente que siempre querías tener
cerca cuando un segurata decidía que tus pintas no eran las
adecuadas y quería retenerte. Entonces empezaba con su «En
realidad...» y la mayoría de veces la dejaban en paz, a ella o a
sus amigos.
Bajaron a la charla con el rector. Estaba sentado en un despa-
cho que no tenía pinta de usar en absoluto. Begoña le pidió que
hablase ella.
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—No quiere verlos —manifestó. El rector, con un suspiro,
echó mano al cajón y sacó una llave. Era de los servicios de su
piso, cerrados. Siempre limpios, solo para personal, no para alum-
nos. Cat alargó la mano y cogió la llave—. Muchas gracias. Y
ahora, como he dicho, no quiere verlos.
—Pero si ya...
—Expúlselos.
—Me parece completamente desproporcionado lo que usted
plantea, señorita. —Se tensaron todos los músculos de la cara de
aquel hombre. Ensayaba una inexpresividad que no era tal, a los
ojos de Cat. Por su parte, esta no soportaba el tono con el que
decía «señorita» cada vez que se refería a ella.
—A usted le parece desproporcionado, pero yo he hablado
con varias personas que han sufrido la misma agresión y están de
acuerdo conmigo con que es la mejor solución para todos.
—Agresión es una palabra muy fuerte... —se quejó el rector
—Begoña, por favor, ¿puedes subirte las mangas un segundo?
—A su lado, su compañera dejó al aire las dos quemaduras de la
fibra—. ¿Y cómo llamaría usted a eso?
El rector no contestó. Se pasó la lengua por los labios, con
nerviosismo. Cat continuó hablando.
—No sé si sabe que en urgencias tienen la obligación de dar
parte al juzgado de guardia de todas las lesiones que reciben, más
aún si son producidas a menores de edad. Begoña, por favor,
¿puedes decirnos cuántos años tienes?
—Diecisiete —susurró la chica.
—Gracias —le sonrió. Volvió a mirar al rector—. Begoña,
debido al cariño que le tiene a esta institución, no quiere man-
char su nombre y tener que comunicar públicamente que el rector
condona abusos de este tipo y permite que se lleven a cabo en sus
instalaciones impunemente. Por eso, con un castigo adecuado nos
conformamos. Expúlselos.
Así se hizo. Expulsaron a los veteranos implicados y se prohi-
bieron las novatadas. No era la primera vez que había quejas. De
108
hecho, todos los años había algún escándalo parecido que tenían
que sofocar. Aquel año, los novatos respiraron aliviados. Begoña
abrazó a Cat muchas veces y ella se dejó.
—No sé cómo voy a poder darte las gracias —dijo llorosa por
quinta o sexta vez.
—No me las des. Lo he hecho por mí. No quiero que estés
todo el día en la habitación, me volverías loca. —Cat estaba sen-
tada en el escritorio. Una almohada le dio en toda la cara. Se rio
en voz alta.
—Yo creo que te caigo bien —replicó Begoña.
—¿Ah, sí? Y por qué crees eso —preguntó Cat burlona.
—Bueno, para empezar, te acordaste de que todavía no había
sido mi cumpleaños, algo de caso me haces cuando hablo, ¿no?
—Tengo buena memoria. —Se giró hacia la pantalla para que
su compañera no pudiese ver su expresión.
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Capítulo 6
Espiral lunar del corazón, ¡ataca!
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No sabía qué le había molestado. Se disculparía por todo si
hacía falta. Su compañera miraba la pantalla con el ceño fruncido
y un ligero rubor.
Cat estaba inquieta, mordiéndose el labio, cuando Begoña anun-
ció «Voy al baño». Cogió la llave mágica y salió. Dejó el ordenador
sobre la cama.
Sabía que no estaba bien. Vio la luz de la pantalla proyectada
en la pared. ¿Estaría buscando cómo cambiar de compañera de
cuarto? Empezó a mover la pierna con nerviosismo. Eso no estaba
bien. No estaba bien. Se levantó de un salto y se asomó a la panta-
lla. Era una web, Fanfiction. Leyó por encima. Algo de Harry Potter.
Salían Ginny y Hermione.
Cat se puso roja como un tomate. Begoña estaba leyendo por-
no. Ya sabía que Begoña leía porno, se lo había dicho el primer día
de conocerla, eso le daba igual. Lo que no sabía era que leía porno
entre chicas.
El corazón le iba muy rápido. Volvió a dejar el portátil como
estaba, cerró el suyo y sin desvestirse se metió en la cama. Fingió
dormir cuando Begoña volvió.
Cat había besado a un total de dos chicas en su vida. Su amigo
Pablo le decía que todo cambiaría cuando fuese a la universidad,
que allí era otra cosa. El primer día que llegó, esperaba encontrar
una bandera arcoíris gigante colgada por su compañera de cuarto.
En vez de eso se encontró un póster de dibujos. En clase, el chico
que se le había acercado quería ligar con ella y no había vuelto a
hablarle desde que le dijo que «no le interesaban mucho los chicos».
Había decidido que todo lo que la gente decía de la universidad
―las experiencias, encontrar el sentido de la vida, el amor de tu vida
y todas esas cosas―, eran parte de un marketing elaborado para que
la gente cursase estudios superiores.
¿Por qué leía Begoña porno de chicas? A lo mejor le daba igual.
A lo mejor no era nada. Probablemente no era nada. Pero un «y si»
la tuvo la mayoría de la noche en vela.
111
Capítulo 7
Sailor (A)Marte
112
Abrió la puerta, pensando aún en cómo empezar una conver-
sación casual, y se encontró a una chica desconocida.
—¡Hola! —saludó muy sonriente.
—¿Hola? —contestó con poca seguridad Cat.
—Ah, Cat, mi compañera de clase, Laia —las presentó Bego-
ña, sentada en la silla del escritorio.
—Tenía muchas ganas de conocerte, Begoña no deja de ha-
blar de ti, ¡su salvadora! —Cat se puso roja.
—Ya se iba —gritó Begoña—. No le infles el ego, no le hace falta.
—Sí... Llego tarde. Encantada. —Laia se acercó, le dio dos
besos y salió por la puerta con un—: ¡Au, pescau!
—Estábamos haciendo una práctica —explicó Begoña. Cat se
dirigió a su escritorio y dejó el portátil sobre él.
—Parece maja —comentó. Tardó casi un minuto en darse cuen-
ta de que la mirada de su compañera estaba fija en ella—. ¿Qué?
—¿Has dicho que te parece... maja? —dijo muy despacio.
—Sí... —Cat estaba confundida, ¿había hecho algo mal? Be-
goña se acercó y fingió tomarle la temperatura, poniendo su mano
en la frente de la chica.
—No parece enferma... ¿Alucinógenos? ¿Drogas? —Mirán-
dola muy seria, preguntó—: ¿Cat, has bebido?
—Tonta —dijo la chica.
—¡A Gruñona le cae bien alguien? ¡¡¡Dios mío, es un milagro!!!
—Cállate —le dijo, reclinándose para alcanzar la almohada y
lanzársela—. Me cae bien mucha gente.
—¿Ah, sí? ¿Cómo quién? —Se levantó para evitar los golpes
de la almohada y huyó a su cama.
—Pues... tú y... más gente —se defendió.
Begoña se quedó muy seria. La miró así unos segundos y lue-
go volvió a mirar el ordenador sin decir nada.
—¿Qué? —se preocupó Cat—. ¿Qué pasa?
A Begoña le entró un ataque de risa.
—¡Nada! Que eso, literalmente eso, fue lo que me hiciste el
primer día. Mirarme sin decir nada. A esta chica le has dado dos
besos. ¡Dos!
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—Cállate. —Cat se puso roja. Había sido una auténtica estú-
pida con Bego y le daba muchísima vergüenza acordarse, sobre
todo porque no había sido hace tanto tiempo.
Begoña volvió a imitar su mirada de «te castigo con mi silen-
cio», como la había bautizado, mientras trataba de contener la
risa. Cat se levantó para poder darle un almohadazo.
—La primera vez que lo hiciste pensé «a lo mejor le ha dado
un ictus y se ha olvidado de hablar», pero no, solo me estabas cas-
tigando con la mirada. —Enfatizó “castigando”, no podía dejar
de reírse. Cat tampoco, así que le lanzó la almohada.
Encajando la crítica, volvió a sentarse en el escritorio y esperó
a que a su amiga se le pasase el ataque de risa. Ya estaba volviendo
a la normalidad cuando Cat comentó con sorna:
—Mira que te tiro el Henry Miller.
Begoña estalló en una carcajada. Se rio tanto que le saltaron
las lágrimas.
—Joder, ese tío ni siquiera sabe de coños —reconoció Cat,
que también se reía de sí misma.
Lo mejor era dejarlo estar. Así estaban bien, para qué estropearlo.
114
Capítulo 8
Que venga la tormenta
y el trueno la haga temblar
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Eran cuatro las amigas de la universidad de Begoña: Laia,
Jessica, Nori y Alba. Todas la conocían de oídas, su compañera
les había hablado muy bien de ella. Le quitó importancia, pero
sonrió mucho.
Primero fueron a cenar a un restaurante chino. Esperaron a
los postres para darle los regalos. Le gustaron todos. Camisetas
de colores imposibles y estuches con brillos. Cat estaba nerviosa:
el suyo era el último.
—¡Sailor Moon! —gritó Begoña. Cat suspiró aliviada, parecía
hacerle ilusión.
—Tía, me encantaba Sailor Moon —apuntó Laia.
—La mejor era Sailor Urano —dijo Alba.
—No, la mejor es Sailor Neptuno. Es mi cumple, yo decido
—zanjó la discusión Begoña, que estaba sonriendo mucho y eso
hacía que a Cat se le encogiese el estómago.
—¿Que hay más de una? —preguntó Cat, con miedo de no
haber acertado—. ¿Quieres cambiarlo?
—No, no —se apresuró a explicarlo—. A ver, sí hay más de
una, pero no quiero cambiarlo, está perfecto.
—Vale... —Cat fingió peinarse. Si Begoña seguía mirándola
así, se iba a poner roja.
—Espera, ¿no sabías que había más de una? —Begoña frun-
ció el ceño. Cat se encogió de hombros.
—Tía, ¿no sabes lo de la censura? Que Sailor Urano y Sailor
Neptuno eran novias y lo censuraron e hicieron que fuesen amigas...
—Qué fuerte...
—Sí...
A Cat volvió a latirle el corazón muy rápido y se puso a sudar.
—¿Y cuáles son esas dos? —preguntó, tratando de parecer lo
más despreocupada posible.
—La del pelo verde y la del pelo corto —resumió Laia.
***
116
Salieron del bar, Cat casi no hablaba porque estaba concentrada
en respirar. La del pelo verde es la que llevaba en la camiseta
Begoña el día que la conoció. Esa camiseta se la había puesto un
par de veces más. Todos sus planes y decisiones estaban siendo
pisoteados por un «y si...» gigante.
—¡Sorpresa! —exclamó Begoña. Cat se quedó quieta, se había
perdido en sus cábalas y no entendía a qué se refería. Su amiga
estaba en una pose ridícula con las piernas y brazos abiertos, no
sabía por qué. Señaló hacia arriba, donde se leía «karaoke».
—Ay, joder, no. —Cerró los ojos y puso cara de desespera-
ción.
—¿Qué pasa? —preguntó Laia preocupada.
—Que Cat no canta, no baila y no hace tonterías —dijo son-
riendo, y Cat hubiese jurado que le sonreía solo a ella—. Y que si
queréis ir al circo que vayáis a verla o algo así.
—Eres idiota —le contestó, pero la sonrisa delataba que no
lo decía en serio.
—Venga, vamos. —Le rodeó el brazo y tiró de ella.
—Vale, pero no voy a cantar.
—No hace falta que cantes si no quieres.
Podría haber sido el infierno en vez de un karaoke, aunque
para Cat eran más o menos lo mismo, pero hubiese entrado igual
con tal de que Begoña no la soltase.
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Capítulo 9
Aunque mañana se acabara el mundo,
sería feliz por haberte conocido
118
Recordaba, más tarde, a Begoña llevándola a casa. Sujetán-
dose en ella, más bien. Caminaban despacio, Cat no mantenía
una trayectoria recta y constante. Para oírla tenía que agacharse
y poner la cabeza a su altura.
Begoña se reía. Eso era buena señal.
—Al final has cantado —sonreía. Se agachaba para verla
sonreír. Ella también sonreía.
—He cantado —asumía.
—Así que no es verdad eso de que «no canto, no bailo, no
hago el tonto». —Begoña hurgaba en la herida. Cat recordaba
haberse puesto muy nerviosa en ese momento.
—No canto... —había tragado saliva y quizá los cubatas que
se había bebido habían influido— por cualquiera.
«Nooooo».
Tumbada en el suelo, la chica resacosa se tapaba la cara con
vergüenza. Se tumbó boca arriba y cruzó los brazos sobre la
cara. Comprobó que efectivamente estuviese sola en la habita-
ción. Lo estaba.
—¿Y por mí sí? —había contestado Begoña y se había mor-
dido el labio inferior.
SE HABÍA MORDIDO EL LABIO INFERIOR.
Cat había aguantado la respiración. El flequillo de Begoña
le hacía cosquillas en la mejilla izquierda. Notaba el calor de su
respiración en el cuello.
—Sí. —Podría haberse quedado ahí. Podría haberse separa-
do, haber contado un chiste o incluso vomitado. Estaba nervio-
sa, podría haber vomitado seguro. En vez de eso había dicho—:
Por ti haría casi cualquier cosa.
Y Begoña había intentado reírse, pero no le había salido.
Había levantado la cabeza para mirarla y su boca se había que-
dado muy cerca de la de Cat. Podía notar su respiración en la
comisura izquierda. Allí podría haberse apartado. Podría haber
fingido tropezarse, un estornudo, un cólico, un ictus. Podría
simplemente haber girado la cabeza hacia la derecha.
119
Lo hizo a la izquierda.
La había besado. La había besado y sabía a limón. Su boca
era suave y estaba caliente. Tenía el brazo alrededor de sus hom-
bros y la había atraído hacia sí con toda la fuerza que tenía. Le
había sujetado la cara con la mano derecha, hasta que se habían
tambaleado un poco y había tenido que sujetarse a la pared para
no caerse. La había besado contra la pared, con la mano en su
cintura, y ella se le había colgado del cuello.
Al separarse había visto sus ojos marrones muy abiertos,
como sorprendidos, y no había sabido qué hacer. Así que había
dado dos pasos atrás...
«OH NO NO NO NO».
…y se había puesto a agitar unas maracas imaginarias.
Creía recordar que ella se había reído. Ya no recordaba nada más.
Se sentó en el suelo de la habitación, entre las dos camas.
Llevaba la camiseta del día anterior y sin pantalones. No pensa-
ba que eso fuese un augurio de nada.
Algo había pasado para que Begoña se hubiese ido.
Se levantó a ponerse un pantalón del pijama, mientras deci-
día qué hacer. La mejor opción era fingir que no había pasado
nada. Estaba muy borracha, podría fingir que no se acordaba de
nada. No pasaba nada.
—¡Hola, compañera! —saludó Begoña entrando por la
puerta. A Cat se le congeló toda la sangre en el cuerpo. Ese no
era un saludo fuera de lo normal. Así que todo iba bien, todo
normal—. ¿Cómo te encuentras?
—Gñññ —gruñó Cat, tumbándose en la cama de nuevo y
escondiendo la cara en la almohada.
Escuchó a la chica hacer dos cafés. Le ofreció uno. También
había comprado unas napolitanas de chocolate. Le dio una y Cat
se forzó a comérsela. Había mucho silencio.
—Pensaba que me había dado un derrame de lo que me do-
lía la cabeza. —Trató de aligerar el ambiente. Se atrevió a mirar
a Begoña a la cara y no a sus pies. Sonrió involuntariamente al
120
ver que se había puesto el pincho del pelo que le había regalado.
Lo señaló—. Te lo has puesto.
—¡Te has fijado! —le devolvió la sonrisa—. Eso es que ya
estás mejor.
—Sí, el ibuprofeno ha funcionado, gracias.
—Pues si estás mejor, ven aquí —dijo levantándose. Cat
obedeció sin pensarlo. Si iba a reñirla no se iba a resistir.
Se acercó sin levantar la mirada del suelo y dio un respingo
cuando una mano le tocó la mejilla. Observó dos segundos los
ojos sorprendidos de Begoña hasta que unió todos los puntos y
se inclinó para besarla.
Por la mañana sabía a café y chocolate. Ella le acarició la
espalda, Cat le rodeó el cuello con los brazos. Se separaron y se
miraron con una sonrisa tímida y los ojos brillantes.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Begoña, frunciendo
los labios. Cat buscó una buena respuesta, pero estaba resacosa
y demasiado contenta como para pensar algo ingenioso.
—¿Te apetece hacer el tonto y ver Sailor Moon?
121
Mal Lawless
@freaksurvivor
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Palabra de lobo
Rafael de la Rosa
Resumen
Sandra es una Elegida, con mayúscula inicial: una heroína
modélica, la única que podía salvar al mundo de una plaga
de malvados vampiros. Sin embargo, esta historia no va de
ella, sino de su hermano Carlos, un cazarrecompensas, no
tan mágico, no tan elegido, pero empeñado en librarse del
hombre lobo que aterroriza la ciudad de Brujas.
Notas
Soy un cobarde, lo siento.
124
Yo la acompañé. Más o menos. La batalla final solo pude verla
de lejos porque me habían raptado y me habían usado para atraer-
la y manipularla, pero ella era más fuerte que todo eso y consiguió
vencer sin muchos problemas (no más de los habituales en este
tipo de situaciones).
Como comprenderás, después de todo eso yo no podía volver
a los estudios y fingir que mi vida era la típica de un chaval de die-
cinueve años que tiene que repetir segundo de bachillerato. Más
que nada porque era repetidor por salvar el mundo, no por ser
un vago o no haber estudiado o haber tenido problemas en casa.
¿Cómo iba a fingir normalidad? ¿Acaso alguien podría?
Porque yo no.
Mi hermana sí, ella sí. Sandra siguió con la carrera y, de he-
cho, está sacando muy bien el curso. Ha decidido desentenderse
del mundo mágico, cosa que entiendo porque huele a cerrado y
ella no está para meterse en más movidas. Va al psicólogo, uno
especial, uno que sabe todo esto y con el que está aprendiendo
a manejar la ansiedad y el trauma por el asesinato del vampiro
más poderoso sobre la faz de la Tierra. Porque incluso siendo
consciente de que ha hecho algo bueno, mi hermana se siente
culpable. Ya te digo que es una buenaza.
Así que, ya que ella no quería saber más del mundo mágico y
yo estaba ávido de formar parte de él, decidí trabajar como caza-
rrecompensas. Aún quedan muchos peligros sueltos, algunos in-
cluso con el poder de resucitar al horrible señor de los vampiros.
Mi trabajo: detenerlos.
Mucho mejor que prepararme para selectividad, no me compares.
Este trabajo me permite sentirme útil, aprender mucho más
de este reino oculto y explorar las pequeñas trazas de magia que,
igual que mi hermana, yo también he heredado. Aunque, obvia-
mente, en ella son mucho más fuertes.
A mí, al menos, me permiten usar armas encantadas y algún
que otro artefacto, como el teletransportador cuya luz empieza a
languidecer después del último viaje. Lo recojo del suelo mientras
empiezo a reconocer los edificios colindantes. He leído la página
de Wikipedia de Brujas como cien veces. Me he visto vídeos turís-
125
ticos, algún que otro libro de curiosidades de la ciudad y, por su-
puesto, cientos de fotos; pero he de decir que no le hacen justicia.
Guardo la placa de metacrilato con el hechizo de teletranspor-
tación dibujado en ella en la mochila y me la cuelgo al hombro,
con la mirada dirigida hacia arriba, hacia los edificios alucinantes.
Todos ellos. ¿Es que no hay un solo edificio normal?
Distraído aún por las vistas, cojo la cadena que llevo en torno
al cuello y saco el pequeño frasco que cuelga de ella. Apenas un
pequeño cuarzo tallado con un orificio en el que hay unas gotas
de sangre hechizada. Una brújula perfecta capaz de ayudarme a
detectar a la criatura que ha estado escondida en la ciudad. Clavo
en mi pulgar el extremo puntiagudo del cristal de cuarzo y dejo
que una pequeña gota de sangre lo manche. Automáticamente, el
pulso de magia resuena en mi ser, como el ritmo de un detector
de metales que se acelera al estar próximo a su objetivo.
Ahora mismo la cadencia es lenta. Tendré que buscar.
En la última semana han aparecido dos muertos en la ciu-
dad. La policía está desesperada porque no entiende qué ocurre
y cómo pueden ser tan atroces los asesinatos. No saben que hay
una bestia detrás de ellos, un licántropo, un cambiaformas ham-
briento. Y aún faltan dos días para la luna llena. Tengo que parar-
lo antes de que haya una masacre.
126
Capítulo 2
127
dirección al puerto y al mar. Incluso en esta zona mucho más
industrial y comercial hay algún edificio destacable, pero mi aten-
ción ahora solo se centra en el pulso, cada vez más acelerado, que
transmite el cristal de cuarzo sobre mi pecho. Estoy cerca, lo sé.
Algo capta mi atención. Un movimiento entre unas montañas
de arena negra, algún tipo de cargamento que desconozco y que
tampoco me interesa. Sin embargo, la figura se mueve de manera
sospechosa. Salta de un lado a otro y atraviesa uno de los muros
de la zona portuaria. Yo la sigo a la carrera. Pego un salto y me
encaramo a la parte superior; no sin esfuerzo, consigo impulsar-
me y saltar al otro lado.
No lo veo, pero debe estar por aquí.
Aterrizo como puedo y un relámpago de dolor me ascien-
de desde los talones hasta las rodillas. Tengo que mejorar las
caídas si no quiero destrozarme, pero no tengo tiempo para
quejarme. Salgo corriendo, guiado por la certeza pulsátil de que
estoy cada vez más cerca. Es casi constante, debo estar muy
cerca, pero ¿dónde?
Como respuesta, una sombra se abalanza sobre mí. Apenas
dispongo de una centésima de segundo para esquivarla y, aunque
consigo que las garras que resplandecen en las últimas luces del
día no me alcancen, el peso de su cuerpo me derriba. Algo cruje
en mi espalda, en el interior de la mochila, y solo rezo para que
no se me clave, que a saber qué efecto puede tener un hechizo
quebrado.
Sin apenas ver a mi enemigo, pego un rodillazo que consigue
apartarlo de mí lo suficiente como para poder separarlo de un
segundo empujón. Me pongo en pie en un solo movimiento dis-
puesto a paralizarlo con el hechizo del bolsillo, pero él también se
ha levantado con agilidad.
Él. Porque es claramente humano. Tiene una media me-
lena negra que cae en mechones sobre sus ojos, cuyos iris
azul celeste resplandecen en la oscuridad. Su boca semi-
abierta muestra los dientes en actitud fiera, incluso diría que
los tiene más afilados que un humano normal. Y sus manos,
cubiertas de pelo gris oscuro, terminan en uñas negras y afiladas.
128
Vuelve a lanzarse sobre mí sin darme tregua, pero esta vez
estoy preparado. Paro el golpe con el antebrazo, dejando sus ga-
rras a unos centímetros de mi cara, y aprovecho para darle una
patada que lo desestabiliza. El licántropo cae de espaldas con un
quejido lastimero, más parecido a un perro que a un humano, y
yo me preparo para lanzar el hechizo de contención que guardo
en el bolsillo, pero ni siquiera me da tiempo a sacarlo cuando me
da una patada que me tumba.
Se sienta sobre mí, inmovilizándome y me agarra las manos
con sus zarpas. Ya está, la he cagado. La fuerza de un licántropo
es muy superior a la de cualquier humano y, por mucho que haya
entrenado, no voy a conseguir liberarme.
Adiós, mundo cruel. Sandra, te quiero.
Su rostro, parcialmente cubierto por la melena negra, se apro-
xima hacia mí. Olfatea el aire que hay entre nosotros. Me da mie-
do, joder si me da miedo. Pero no pienso apartar la mirada. Si va
a matarme tendrá que hacerlo mirándome a los ojos. Sus pupilas
se estrechan y sus iris de ese azul resplandeciente brillan aún más.
Tiene la mandíbula marcada, cubierta de una barba de varios días,
pero con la fuerza capaz de destrozar a un hombre de un mor-
disco. Abre la boca, mostrando los dientes (más afilados, como
imaginaba) y yo me preparo para el final.
—Lárgate.
Su voz gutural impacta en mí con más fuerza que un puñeta-
zo, más afilada que sus dientes y me sorprende aún más que si hu-
biese clavado sus incisivos en mi carne y hubiese mordido hasta
despedazarla. Hay algo en ella… algo que me pinza el estómago
y no de miedo precisamente.
El licántropo da un mordisco al aire, una advertencia, y se
levanta de un salto, dejándome tirado en el suelo. Se aleja unos
pasos sin apartar sus ojos de los míos. No sé qué lo ha detenido
de matarme, pero me está dejando vivir.
Cuando se gira y me da la espalda, mi cuerpo actúa por ins-
tinto y lanza el hechizo de contención que guardaba en el bol-
sillo, un polvo plateado que se arremolina en torno a él y lo
detiene a medio paso.
129
—Lo siento —digo. Quería sonar chulesco, decidido, como
he hecho en otras ocasiones. Soy un cazarrecompensas y se supo-
ne que debo intimidar a la presa, pero esta vez mi disculpa suena
casi sincera. Aún siento el pellizco en la base del estómago—.
Pero no puedo dejarte escapar.
Me sigue con la mirada cuando me acerco, con las esposas
encantadas en la mano. Coloco una en torno a su muñeca, otra en
torno a la mía, y nos vinculo en el acto. Las esposas se esfuman
en el aire sin dejar rastro, pero la magia permanece. Su vida y la
mía están unidas por un hechizo que solo podrá quitar quien po-
sea la llave y para eso tenemos que volver primero al gremio de
cazarrecompensas.
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunta, visiblemente
enfadado. Si ya puede hablar es que el hechizo de contención
empieza a desvanecerse—. Acabas de poner tu vida en peligro,
imbécil.
—Si me haces daño a mí también te harás daño tú —le ad-
vierto. Me coloco la mochila en el pecho y busco la plancha de
metacrilato con el hechizo de teletransportación—. Mierda.
El crujido. Ahora recuerdo el crujido que ha sonado cuando el
licántropo me ha tirado al suelo la primera vez. Ante mí, muestro
la mitad de la plancha, rota y destrozada. Voy a tener un largo
camino de vuelta a casa.
130
Capítulo 3
131
única solución que se me ocurrió fue plantarle una gabardina
larga o un sobretodo, ni idea de cuál es la diferencia, y ya.
La lleva abierta, lo que deja entrever la camisa raída que lleva
debajo y por la que asoma parte de un cuerpo peludo y fibrado.
Es más alto que yo, pero sin llegar a llamar la atención, aunque
es evidente que atrae alguna que otra mirada. La chica que nos
ha vendido los billetes de tren ha estado más pendiente de él que
de mí, que era quien le estaba pagando. Que lo comprendo, es
guapo. No, no es guapo, es atractivo. Tiene algo, en su porte, en
la forma de mantener la postura. En sus ojos.
Lo miro de soslayo en la estación abarrotada. Permanece sen-
tado, resignado, con la cabeza baja y los mechones oscuros ca-
yendo frente a él. Ligeramente retirado en el asiento, para que la
cola quepa bien entre la espalda y el respaldo. Cualquiera diría que
ha sido la causa de varias muertes en las últimas semanas. Nunca
sabes quién puede ser un asesino.
O una criatura de la noche ávida de sangre.
El hechizo de contención lo tiene bastante calmado, pare-
ce, incluso para ser de noche. Sin embargo, espero llegar a Bar-
celona antes de que haya luna llena. Solo quedan dos noches,
debería ser suficiente, porque no quiero estar vinculado a una
bestia descontrolada.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta. Apenas ha levantado la
cabeza, pero sus ojos azules me observan con atención. Una son-
risa torcida, ligeramente amenazante, asoma a sus labios.
Mierda, me he quedado tan ensimismado analizándolo que ni
siquiera me he dado cuenta de que me ha pillado.
—Solo te vigilo —respondo con voz grave. Creo que no se
da cuenta de mi improvisada excusa, pero no estoy seguro de ser
capaz de controlar el rubor que me escala por las mejillas—. Y
vamos, que nuestro tren ya está en el andén.
Me giro y empiezo a caminar hacia los andenes con la
esperanza de que no se haya dado cuenta de nada. Quizá
no debería darle la espalda así, pero ahora mismo me siento
más a salvo sin mirarlo que enfrentándome a sus ojos y a esa
sonrisa pícara.
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Cuando doy unos cuantos pasos, algo tira de mi muñeca dere-
cha hacia atrás. Me vuelvo, desconcertado, y contemplo cómo el
licántropo sigue aún sentado, con el brazo izquierdo ligeramente
adelantado, suspendido en el aire.
«Vamos», digo moviendo los labios y meto un tirón con el
brazo derecho que lo obliga a levantarse. Se aproxima hacia mí
con paso lento y el enfado dibujado en sus ojos.
—No soy ningún perro. No me trates como tal.
—Las esposas nos mantienen unidos —explico, con cierto
desdén—. No es que te trate como a un animal, es que no me
puedo librar de ti hasta que lleguemos al gremio.
Él gruñe por lo bajo como única respuesta y después me si-
gue en dirección a los trenes. Damos nuestra identificación en el
control. La mochila la revisan a ojo, nada de rayos ni escáner. Y
a simple vista no verán más que ropa y algún libro, el hechizo de
protección que hay sobre ella se encarga de ello. Puede que no
engañe a un escáner del aeropuerto, pero sí a cualquier operario.
El tren está destartalado, bastante más viejo de lo que me es-
peraba, pero mientras cumpla su función y nos lleve a París, yo
no me voy a quejar.
—Lucas Dubois —oigo que dice el operario cuando el lobo le
da la identificación—, adelante.
Ni siquiera sabía su nombre. No estoy acostumbrado a tener
que saber el nombre de la gente a la que capturo. En el gremio
me avisan de que hay un licántropo, un kelpi, un vampiro, una
banshee dando problemas en no sé qué ciudad. No me dicen
su nombre, no me dan descripción. No me hace falta, tengo los
detectores de cuarzo y, con ellos, siempre encuentro a mi presa.
Da igual que se camuflen, que se escondan o que se disfracen.
Después los entrego y fin.
Ahora… ahora tengo que compartir cubículo en un tren
nocturno con un hombre lobo. Con Lucas Dubois.
Cuando pasa el control lo veo mirar por encima del hombro
en dirección a la estación de tren. Me pongo en tensión por si
se le ocurre lanzarse a correr, aunque ya debería haber apren-
dido la lección: las esposas nos mantienen unidos, no puede
133
escapar. Sin embargo, solo se endereza y aligera el paso hasta
llegar junto a mí.
—Vamos —digo, recolocándome y subiendo al vagón. Él
me sigue.
—¿Cuánto tarda en salir el tren?
No es una pregunta amable, su tono deja claro que reclama la
información, que la exige.
—Dentro de veinte minutos —respondo comprobando la
hora en el móvil—. Pero no se te ocurra volver a hablarme así.
Lucas gruñe. O ríe.
—¿Acaso tú me tratas con algo de respeto como para exigir-
me que haga yo lo mismo contigo?
Me giro, con más brusquedad de la pretendida, en el estrecho
pasillo del tren.
—¿Qué? —me espeta. Levanta la barbilla, amenazante.
—Me llamo Carlos —digo y extiendo la mano ante mí. Él la
estrecha, reacio, pero su apretón es firme incluso con los guantes
que ocultan sus garras.
—Yo Lucas.
Lo sé, quiero decirle. Pero por una vez me contengo la chule-
ría. Mi rostro sigue serio, pero tiene razón, debería mostrarle algo
de respeto, aunque sea mi prisionero.
—Te llevaré al gremio y te entregarán a los sabios para que
te juzguen por los asesinatos —respondo con frialdad. En parte
para recordarme que el chico guapo de ojos azules no es más que
un asesino.
Su mirada se endurece como única respuesta. Se hace gélida
como el hielo. Pero, como el hielo, también es quebradiza y des-
cubro en ella un punto de dolor que no esperaba encontrar.
Me obligo a mirar al frente y a seguir caminando, huyendo del
dolor y de la crudeza de los ojos azules del hombre lobo.
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Capítulo 4
135
Cojo su garra entre mis manos y, con cuidado, le quito el
primer guante. Repito la operación con el segundo y, antes
de apartarme de su lado, aplico un poco del polvo con
el hechizo de contención. Solo un poco, lo suficiente para que
siga calmado.
—No puedo escaparme, estamos esposados —me recuerda
con un tono sarcástico, burlesco.
—Prefiero que tengamos un viaje tranquilo —respondo, alti-
vo, y me dejo caer en el asiento.
Él me mira, lo sé. Lo veo en el reflejo del cristal, pero yo finjo
normalidad. Resopla y, finalmente, se sienta frente a mí.
—Si no estuviera tan cansado te pegaba una paliza.
—Te dolería a ti igual, no sé si aguantarías más de dos golpes
—respondo con la mirada fija en la ventana, nada de mirarlo a
él. Aunque por el rabillo del ojo lo veo inclinarse hacia delante y
apartarse el pelo de la cara con delicadeza. La luz tenue del cubí-
culo resalta su mandíbula marcada y sus pómulos. Incluso a través
del reflejo puedo ver el suave brillo de sus ojos azules—. Además,
no es cansancio, es el hechizo de contención. Da gracias de que
te dejo andar.
Él resopla en esa ya conocida mezcla entre gruñido y risa. In-
cluso así puedo percibir el sarcasmo, la burla que subyace.
—Ni que supieras hacer mucho más. —Lucas se inclina hacia
atrás, dejando un pequeño hueco entre la espalda y el asiento por
el que asoma su rabo, más despeluchado aún que antes—. ¿Qué
edad tienes? Si no creo ni que seas mayor de edad.
Ahora el que se ríe soy yo. Una carcajada, solo una, sonora
y contundente.
—¿De verdad vas a intentar picarme con esa mierda? —
Hace el intento de responder, pero no se lo permito. No quiero
una respuesta—. Tengo diecinueve y, por tu aspecto, diría que
no me sacas mucho más. Así que ahora cállate la boca y sé un
buen perro.
Lucas se lanza sobre mí. El movimiento es tan rápido e im-
previsto que no me da tiempo a hacer absolutamente nada. Su
cuerpo se pega al mío y me aprisiona contra el asiento. Con el
136
brazo me aprieta el cuello y siento cómo me priva ligeramente del
aire, apenas una molestia.
Él tose, seguramente porque siente un reflejo de mi asfixia,
pero no por ello retrocede ni afloja un ápice el gesto.
—No te pases un pelo. —Su voz suena más grave de lo habi-
tual, más raspada—. No soy ningún perro ni la mascota de nadie.
¿Te queda claro?
Yo asiento, apenas un leve cabeceo pero suficiente, porque él
se retira y se vuelve a sentar frente a mí.
—Lo siento —alcanzo a decir. Aunque no sé si debería discul-
parme con un asesino, con mi prisionero. Quizá no debería ha-
cerlo, pero es lo único que se me ocurre decir—. No iba en serio.
—¿Era una broma? —me corta. Sus palabras muerden el aire
con colmillos afilados—. Pues bromea con otra cosa.
Entre nosotros se instala un silencio incómodo, tenso. Busco
alguna mirada por su parte, pero ahora es él quien me rehúye.
Suspiro, de forma suave, tanto que creo que es imperceptible in-
cluso para él, y el tren se pone en marcha con un ligero vaivén.
La estación va quedándose atrás y poco a poco la ciudad también.
Pronto solo estamos rodeados del campo y de la noche cerrada,
pero el silencio entre nosotros es invariable.
Quizá sea mejor así. Al fin y al cabo, ¿de qué me va a servir
tener una relación cordial con él?
137
Capítulo 5
138
Me empuja detrás de una máquina dispensadora de auricu-
lares y powerbanks, y me inmoviliza.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
Esta vez no tiene fuerza suficiente, podría liberarme si quisie-
ra. El hechizo de contención es más fuerte que antes desde que
lo volví a aplicar en el tren, justo después de que se enfadase por
aquel comentario desafortunado.
—Shhh —me chista. Se asoma al borde de la máquina, bus-
cando algo en el fondo de la estación semidesierta. Por megafo-
nía, se anuncia la salida del siguiente tren en dirección a Montpe-
llier en varios idiomas y la voz resuena en la estación—. Mierda,
pensaba que al ir con un cazarrecompensas me libraría de ellos.
—¿Qué mierdas estás diciendo? —inquiero, esta vez en un
tono más bajo pero con más autoridad. Que no se piense que
puede torearme—. ¿Librarte de quiénes?
No hace falta que responda, ya los veo. Asomado con cuida-
do al borde de la máquina dispensadora, su presencia se percibe
como un sol brillante en mitad de un cielo despejado. Puede que
para un humano normal no se note, pero para mí… huelo a los
vampiros de lejos. Su piel pálida, sus ojeras. Son tres y caminan
por la estación con paso decidido, peinándola con la mirada. Y,
sin embargo, hay algo en su forma de desenvolverse que me ex-
traña. No rehúyen la luz de los focos ni parecen distraerse con el
resto de personas de la estación.
—¿Dónde está la sed?
Quizá he hecho la pregunta en un volumen más alto de lo que
debía o quizá sea que justo ha coincidido con el final del aviso del
tren de Montpellier, pero sea como sea, la han escuchado.
Los ojos de la vampira que va a la cabeza se giran hacia no-
sotros y sus pasos se reorientan, seguros y decididos, firmes, sin
acelerar el ritmo pero imparables.
—Tenemos que largarnos —dice Lucas tirando de mí—. Va-
mos, Carlos, no puedo enfrentarme a tres a la vez y menos en
público.
Me dejo llevar casi por inercia, pero pronto le estoy siguiendo
sin que él necesite apremiarme a hacerlo. Busco una salida y me
139
dirijo hacia ella. «Hay que salir de aquí», me repito. Lucas tiene
razón, no podemos pelear con vampiros delante de tanta gente.
Cuando me doy cuenta, he sobrepasado a Lucas y siento el
tirón de las esposas en mi mano derecha. Me giro para mirarlo, sin
entender por qué se ha detenido, pero no lo ha hecho. Sigue ca-
minando tan rápido como puede, pero el hechizo de contención
lo mantiene bajo mínimos.
Si seguimos a este ritmo, nos van a alcanzar. Y no tiene
pinta de que vayan a cortarse un pelo a la hora de reventarnos
aquí mismo.
Retrocedo un par de pasos y cojo a Lucas de la mano. El tac-
to del guante es suave, pero bajo ellos noto las garras fuertes de
lobo. Tiro de él intentando ayudarle a mantener el ritmo mientras
me concentro para deshacer el hechizo de contención.
—Espero no arrepentirme de esto —digo cuando encuentro
al fin la veta mágica que lo recubre, como una telaraña, y empie-
zo a deshacerla con cuidado. Él no responde, pero sé que fun-
ciona porque cada vez es capaz de andar más rápido, un poco
más. Otro poco.
Hasta que nos encontramos corriendo cogidos de la mano
hacia la salida.
140
Capítulo 6
141
No sé a qué se refiere, tampoco tengo tiempo de preguntar.
Saco la estaca de plata de la mochila y en la otra mano tomo un
puñado de polvo con hechizo de contención. Con suerte podre-
mos con ello si detengo a uno a tiempo, así perderán la ventaja de
superarnos en número.
El silencio de París ha pasado de ser tranquilo y apacible a
tenso e incómodo. Ya no es un silencio siquiera, es una tensión
eléctrica que fluctúa en el aire y que percibo en cada uno de mis
huesos. Una perturbación, como la estática de una televisión sin
sintonizar.
Lucas y yo permanecemos el uno junto al otro. En posición
de ataque.
—¿Crees que los habremos despist…?
No llego a terminar la frase. El primero de los vampiros se
lanza sobre nosotros desde uno de los árboles, directo hacia mí,
pero Lucas está ahí para detenerlo. De un zarpazo le hace retroce-
der varios metros. Mira por encima del hombro para comprobar
si estoy bien.
Quiero darle las gracias, pero no tengo tiempo porque desde
el frente saltan los otros dos. Lucas y yo asentimos, en una con-
versación de miradas, y me giro para enfrentarlos. Espolvoreo
el hechizo de contención a uno de ellos que queda parcialmente
retenido en el aire y esquivo, por milímetros, el golpe de la que
sigue pareciendo la líder. No le doy tiempo a repetir el ataque:
cojo impulso y le propino una patada en el estómago que la
obliga detenerse.
Doy dos pasos hacia atrás y choco con algo. Me preparo para
atacar, pero solo es Lucas. Espalda contra espalda, nos quedamos
preparados para volver a la carga.
—¿Puedes con ellos dos? —me pregunta.
—Tengo a uno inmovilizado —respondo—. ¿Te da mucha
guerra el otro?
Lucas se ríe. Parece tener muchos más dientes en la boca.
—Este juego no ha hecho más que empezar.
Salta hacia delante con las zarpas afiladas, directo ha-
cia el vampiro, que no consigue esquivar del todo el ataque.
142
Las garras del licántropo desgarran el traje hasta entonces
inmaculado del vampiro.
Yo también me pongo en marcha. Refuerzo el hechizo de
contención y me lanzo a por ella. El entrenamiento en el gre-
mio activa mi cuerpo sin que yo lo pretenda, anticipándome a sus
movimientos. No pienso, solo actúo: me agacho para esquivar el
golpe, hago una finta para evitar que sus colmillos se claven en mi
brazo, doy una patada baja que la desestabiliza y, en cuanto cae al
suelo, salto sobre ella con la estaca en alto.
Sin pensarlo siquiera, la clavo en el centro del pecho hasta más
de la mitad. Oigo un grito de dolor, pero no es suyo, sino de otro
de los vampiros, del que está contenido. La camisa impoluta se
tiñe de negro por una herida que no sé de dónde ha debido salir.
Después el cuerpo queda inerte.
Extraigo la estaca y deshago el hechizo de contención. Miro
a Lucas, con la pregunta reflejada en mis ojos, pero él no parece
tener la respuesta que busco, solo un cadáver a los pies con una
mancha en el pecho.
—¿Vinculados? —me atrevo a decir.
Es la única explicación posible, pero no lo entiendo. Pensaba
que la magia de vinculación solo estaba al alcance de los sabios.
Por eso yo no puedo abrir las esposas que nos atan a Lucas y a mí.
Solo el capitán Olivier puede. No sabía que los vampiros también
pudieran controlarla.
—¿Y por qué sus cuerpos no se desvanecen?
—Te dije que eran diferentes —me repite.
Contemplo los cadáveres tirados en el suelo del parque. Los
vampiros se convierten en cenizas al morir. Cuando ya no hay
nada de vida que sostenga la maldición de sus cuerpos, estos se
deshacen, se desvanecen en un remolino de humo y oscuridad.
¿Por qué estos no?
Lucas se acerca a mí, casi creo ver mi miedo, mi inseguridad,
reflejado en sus ojos. Pero pasa de largo y yo le sigo en silencio.
Es lo mejor que podemos hacer, salir de allí. Alejarnos de los tres
cadáveres que hemos dejado a plena vista.
No quiero que perdamos el tren.
143
Capítulo 7
144
Y me río. Una risa que parece agua fresca capaz de calmar la
sed en el desierto. Él se ríe también y me doy cuenta de que sus
dientes han vuelto a parecer más humanos (aunque siguen siendo
más afilados de lo normal). Tiene una risa ronca y cálida y una
parte de mí la agradece. Agradece saber que, sea lo que sea lo que
nos ha mantenido así de silenciosos, parece haberse disipado.
Suspiro y el silencio vuelve a ser parte de nosotros, solo roto
por el sonido de mis zapatos al caer al suelo cuando me descalzo.
Pero esta vez es cómodo, con la sonrisa aún en nuestros labios.
—Gracias por parar el golpe del vampiro en el parque —digo,
en un tono tan bajo que dudo que me haya oído.
—Salvarte a ti es salvarme a mí mismo —responde, con más
seriedad de la que esperaba. Sus ojos se vuelven hacia mí, más
fríos, sin el rastro de la simpatía que hemos compartido hace un
segundo. Pero poco a poco se dulcifican. Sacude la cabeza y el
pelo negro se le alborota—. De nada, Carlos.
—Y… —no voy a dejar de hablar ahora que parece que
por fin hemos conectado—. Siento haber pensado que eras un
asesino. No lo eres, ¿verdad?
Yo mismo acabo de matar a un vampiro. A tres, en realidad. Y
sus cuerpos van a permanecer en el parque a la vista de todos. Ca-
dáveres que alertarán a la policía local. Cadáveres aparentemente
humanos.
—No lo soy —responde después de unos segundos. Y se
deja caer en la cama. Le veo guardar las garras parcialmente, la
primera vez que baja la guardia en mi presencia. El rabo ondea
en el aire, distraído.
—¿Por qué te atacan? ¿Qué son?
Lucas resopla, con la mirada fija en el techo.
—No tienes ni idea de lo que es ser un licántropo en el mundo
de la noche, ¿verdad? —Yo niego con la cabeza—. Perdimos la
guerra contra los vampiros hace siglos y ahora solo vivimos para
servirles. Nuestra sangre es de regeneración rápida, así que a ve-
ces nos desangran para sobrevivir ellos. Otras, solo nos quieren
para su entretenimiento. Somos sus salvavidas, sus guardias, sus
protectores… sus mascotas.
145
Pronuncia las últimas palabras con asco. Casi escupiéndolas. Y
en mi cabeza resuenan otras que ya me ha dicho, muy cerca, con
el enfado y el dolor impregnándolas: «No soy un ningún perro».
—Escapé de uno de los feudos durante la guerra, gracias a la
Elegida. —La mención de mi hermana me mantiene alerta. Sin
querer, contengo la respiración y me siento en la cama, atento a
sus palabras—. Fue ella quien me liberó, ¿sabes? Abrió los grille-
tes y rompió el hechizo que me ataba al castillo después de que la
ayudase a salir de las mazmorras. Después se fue. —Una sonrisa
amarga se asoma a sus labios. Ningún rastro de la fanfarronería
que suele acompañarla—. Ni siquiera pude darle las gracias.
—Dame un segundo.
Él me mira, extrañado. Siento su escrutinio mientras saco el
móvil y busco la conversación con Sandra. Le escribo un peque-
ño saludo, aunque el mensaje no le llega. Como bien suponía,
debe estar durmiendo.
—Seguramente no lo verá hasta mañana, pero… —le tiendo
el móvil, que coge sin comprender a qué me refiero— puedes
escribirle si quieres.
Lucas contempla la pantalla hasta que ve la imagen del perfil.
La ha reconocido, lo sé. Su rostro se transfigura en una sonrisa
sincera que se quiebra. Aparta la mirada, avergonzado y me de-
vuelve el móvil con un gesto hosco.
—No puedo escribir con las garras. Y no se irán hasta que
desaparezca la luna.
Cojo el móvil con cuidado. Lo siento temblar, aunque sea de
manera casi imperceptible. ¿Es vergüenza? ¿Es rabia? No lo sé,
pero sea lo que sea, tengo una solución.
—Hola, Sandra —hablo en voz alta tras activar el envío de un
mensaje de audio. Lucas me mira y nuestras miradas se cruzan.
«Confía en mí», quiero decirle con la mía. Y espero que realmente
lo entienda—. No te lo vas a creer, pero resulta que estoy de mi-
sión y he capturado a alguien que te conoce. Se llama Lucas, es un
licántropo que liberaste de…
—Fuerte Sombrío, en Bélgica —completa él. Se acerca
un poco a mí y yo giro el móvil para que pueda hablar más
146
cómodo—. No pude darte las gracias por liberarme. No sé qué
te hizo confiar en mí, como tampoco sé qué me llevó a ayudarte.
Da igual, te debo la vida.
Me mira para darme a entender que ha terminado. Yo me
despido de Sandra deseándole suerte en los exámenes y le envío
el mensaje. Seguro que se lleva una grata sorpresa por la mañana.
—Gracias, Carlos. Te debo una.
Yo le aprieto el hombro, intentando reconfortarlo.
—No me debes nada. —Me tumbo en la cama, muy cansado
de repente—. En unas horas llegaremos al gremio. Explicaré la
situación y te liberarán.
—Soy un licántropo, sigo siendo el enemigo —responde.
Quiero replicarle, pero no me da opción—. Tienes razón, debe-
ríamos intentar descansar.
147
Capítulo 8
No he podido dormirme.
Estoy nervioso, de una forma que no puedo entender, pero lo
estoy. Sin embargo, Lucas sí que parece haber conseguido dormir.
Su respiración rítmica y pausada es lo único que se escucha en el
pequeño cubículo. Miro por encima del hombro para encontrar-
me su espalda desnuda. Se ha quitado la camisa para poder estar
más cómodo, yo he decidido quedarme con la camiseta y los cal-
zoncillos solo, para no meter los vaqueros sucios en la cama.
He estado tan equivocado con él. Cuando el vampiro nos
atacó se interpuso para salvarme; dudo mucho que estuviese
pensando en el hechizo de vinculación. No es un asesino, solo
alguien luchando por ser libre, por no vivir a la sombra de los
vampiros.
Como yo, que lucho por no vivir a la sombra de mi hermana.
Ambos estamos buscando nuestro sitio.
—¿Tú tampoco puedes dormir?
Su pregunta me pilla desprevenido y ni siquiera sé qué respon-
der. Se gira para mirarme y yo me pierdo en el brillo azul.
—No —me demoro en responder. Aunque es evidente que la
respuesta era innecesaria.
—Creo que quieren llevarme de vuelta a algún señor de los
vampiros —comenta. Sus ojos clavados en los míos—. No quiero
volver a ser un prisionero, Carlos. No quiero ser ninguna mascota.
La voz se le rompe. Y yo creo que a mí se me rompe algo den-
tro del pecho. Puede que sea efecto del vínculo, no lo sé.
—Yo… —Tomo aire antes de continuar—. Siento haberte
esposado.
148
—No me vas a creer, pero… —Lucas se ríe por lo bajo,
apenas una risa avergonzada—. Contigo no me siento un
prisionero.
Yo sonrío y él sonríe. No sé cuántos centímetros nos separan
en esta estrecha cama de un tren a Barcelona, pero son kilóme-
tros, años luz, y, sin embargo, nunca me he sentido tan próximo
a nadie en mi vida.
—Sandra, la Elegida, es mi hermana —digo de repente. Ni
siquiera sé por qué le estoy contando esto, pero ahí están las
palabras, saliendo a borbotones de mis labios—. Me capturaron
para atraerla al señor de los vampiros, para extorsionarla. Y ella
me salvó. Pero yo… —Contengo las lágrimas, porque me siento
muy idiota llorando, pero no he dicho esto en voz alta jamás. No
quiero que Sandra se sienta culpable—. Ella siempre lo es todo
y yo me siento tan poca cosa. Y me esfuerzo, te juro que me es-
fuerzo, pero siempre soy menos. O la cago, como capturándote
a ti, que eres inocente. Solo quiero demostrar que yo valgo para
más que para ser una presa, un reclamo. ¿Tiene sentido?
Lucas se aproxima, apenas es perceptible el movimiento,
pero sé que está más cerca porque sus ojos brillan con más in-
tensidad. Posa una de sus garras en mi mano y la aprieta contra
la almohada. Su roce es suave, reconfortante.
—Por supuesto que lo tiene.
Nos quedamos en silencio, perdido uno en los ojos del otro.
Nuestras respiraciones se acompasan: él espira y yo inspiro, yo
espiro y él inspira. Tomamos uno el aire del otro, como si fuese
oxígeno puro capaz de mantenernos con vida a cien metros bajo
el mar. Nuestras manos se entrelazan, con sus garras ocultas por
el pelaje; nada de ataques, defensas bajadas. El pánico escala por
mi estómago hasta mi garganta y siento el temblor que se apo-
dera de mí. No me gusta sentirme vulnerable. Pero no quiero
que esto se acabe.
—Puede que te conozca de hace poco —rompe el silencio
en un susurro, casi con timidez—, pero te he visto luchar, te he
visto preocuparte por haberme hecho sentir incómodo. Repito,
puede que te conozca de poco, pero estoy seguro de que vales
149
mucho más que para ser una presa. Palabra de lobo —añade,
levantando de forma cómica una garra.
—Voy a conseguir que nos quiten las esposas —le prometo—
y serás libre.
—Yo ya soy libre.
Lucas pronuncia esas palabras con una sonrisa y su rostro re-
corre los milímetros que nos separaban. Apoya sus labios en los
míos y yo me acerco a él, a su torso desnudo, a su cuerpo cálido
y seguro, como una promesa de estabilidad. Nuestros labios se
intercalan, nuestras piernas se entrelazan. Mis manos buscan su
mandíbula para atraerlo, sus garras peludas acarician mi espalda
para mantenerme pegado a él.
El ambiente en el pequeño cubículo del tren es frío, pero no
nos importa. Porque a nosotros nos sobra la ropa, nos sobran las
sábanas. Somos queroseno y una chispa, un incendio, dispuestos
a arder el resto de la noche.
150
Capítulo 9
151
se bajan con nosotros en el Liceu; algunos incluso nos siguen por
el barrio gótico. Pero ninguno, absolutamente ninguno, nos sigue
hacia la entrada del gremio de los cazarrecompensas.
La puerta encantada se abre en la piedra de un edificio cer-
cano a la plaza de San Jaime. Me adentro en la oscuridad, con
Lucas siguiéndome a los pocos pasos. Caminamos por el estrecho
pasillo de piedra que desciende en una curva inclinada. Un piso,
puede que dos. Y después se abre en una amplia cúpula iluminada
por fuegos fatuos. Pese a ser primera hora de la mañana ya hay
varios cazarrecompensas en la sede del gremio.
—Ven, por aquí —indico a Lucas para que me siga. Él asiente.
Caminamos por la primera puerta de la derecha hacia un pa-
sillo lleno de puertas. Ni siquiera sé qué contienen todas ellas, sé
que muchas están encantadas y dan lugar a habitaciones mucho
más grandes de lo que podría esperarse por el emplazamiento.
Pero otras… otras me están vetadas por completo.
Giro hacia la izquierda para dirigirme al despacho del capitán
Olivier. La puerta está cerrada, pero puedo ver la luz que se filtra
bajo ella desde el otro lado. Doy un par de golpes con los nudi-
llos. Al otro lado se escucha movimiento, un traqueteo de madera.
Después, la voz del capitán resuena con fuerza:
—Adelante.
Abro la puerta, que chirría para anunciar mi llegada. El capi-
tán Olivier está sentado al otro lado de su mesa, con la túnica de
maestro cerrada hasta el cuello. Desde la guerra, ha adelgazado y
se le ve más cansado, pero desde luego sigue teniendo ese porte
imponente. Se agarra el pecho con la mano derecha, aunque in-
tenta disimularlo, con la izquierda firmemente escondida en un
bolsillo. Un capitán jamás debe parecer débil ante sus reclutas,
pero es un señor mayor. No puede evitar tener sus achaques.
—Buenos días, capitán Olivier —saludo. Él asiente como
toda respuesta—. He conseguido encontrar al licántropo, pero
verá es que…
El capitán se levanta con rapidez sin dejarme terminar. Casi
parece saltar por encima del escritorio en dirección a Lucas en
cuanto lo ve.
152
—¿Por qué no tiene un hechizo de contención? —Noto la
crítica en su voz. Y lo comprendo, él no sabe la verdad detrás
de todo.
—Eso quería explicarle, señor —prosigo—. Lucas es ino-
cente. Alguien le ha estado atacando y él solo se ha defendido.
Los cadáveres…
—Tendrá que explicarlo en su informe, Carlos —vuelve a
cortarme. Su tono es tajante—. De momento, tendré que llevár-
melo para interrogarlo.
—Pero, señor…
—Nada más que decir —replica con un gesto severo.
Siento la fuerza del hechizo de contención en el acto, que me
paraliza en el sitio. Por el rabillo del ojo veo que Lucas también
ha quedado petrificado. Olivier es fuerte, mucho. No necesita de
un refuerzo en soporte físico para lanzar un hechizo.
Del interior de la manga saca una pequeña llave con la que
traza una línea entre Lucas y yo. En el acto, el hechizo de vin-
culación se rompe. Solo queda una pequeña réplica, una leve
conexión sensorial que irá desvaneciéndose poco a poco hasta
desaparecer en un par de horas.
Después se va, dejándome a solas en la puerta del despacho
abierta. Me quedo allí unos minutos más hasta que el hechizo
de contención remite lo suficiente como para permitirme mo-
verme. Camino hacia la cúpula central cuando el móvil vibra en
el bolsillo. Es Sandra.
—¡Buenos días, Carlos! —saluda entusiasmada en cuanto des-
cuelgo—. No me puedo creer que hayas conocido a Lucas. ¡Le
debo la vida! Gracias a él pude salvar a Olivier y escapar juntos
de Fuerte Sombrío. Sin su ayuda… habría sido imposible. ¿Puedo
hablar con él?
Aún me cuesta que el cuerpo se mueva con normalidad,
pero consigo articular las palabras para decirle a Sandra qué ha
ocurrido. Parece preocupada, pero solo hace alguna pregunta
puntual, dejándome hablar. Le cuento todo, mi primer encuen-
tro con Lucas, el viaje, el ataque de los vampiros en París y que
el capitán Olivier se lo ha llevado para interrogarlo.
153
—¿Y dices que los vampiros estaban vinculados? ¿Que los
cuerpos no desaparecieron? ¿Que en la estación no miraron a los
humanos con sed?
—Sí, ¿por?
Noto la alarma en su voz, pero no comprendo qué es lo
que ocurre.
—Creo que Lucas está en peligro, Carlos. —La escucho ca-
charrear, coger cosas, moverse con prisas—. Solo nosotros pode-
mos hacer magia de vinculación, los vampiros no tienen emocio-
nes como para poder hacer ese tipo de hechizo. Si los cuerpos no
han desaparecido es porque están vinculados a algo vivo, por eso
no tienen sed, porque ya tienen una fuente de sentimientos a la
que anclarse. ¿Y quién de los nuestros ha estado en Fuerte Som-
brío como para conocer la existencia de Lucas? ¿Quién podría
manejar ese hechizo?
—Olivier —comprendo de repente.
—Voy para allá —dice un segundo antes de colgar.
Pero no puedo esperar a que llegue. Tengo que actuar ya.
154
Capítulo 10
155
go está surcado por varias líneas negras, moratones y estrías sin
cicatrizar que se mueven con cada respiración. «La marca de mi
estaca, los desgarros de las otras víctimas de Lucas».
Agazapado, me voy moviendo por la estancia, intentando
permanecer siempre a la espalda del capitán. No puedo dejar
que me vea.
—En Fuerte Sombrío manejaban muy bien los venenos. Pen-
sé que había generado un antídoto para curarme, pero… Se me
acaba el tiempo.
Estoy atento a sus movimientos, por si algo en su postura me
indicase que se ha dado cuenta de que estoy aquí. De encima de la
mesa, coge un puñal ritual. Se lo pasa de una mano a otra, jugue-
teando con él. Es entonces cuando me doy cuenta: en su mano
izquierda, a medio cerrar, cuelga una esposa de vinculación.
«Claro, por eso las heridas de los cadáveres solo se reflejan
parcialmente en él», comprendo. Me palpo el bolsillo. Aún me
queda suficiente polvo para un hechizo de contención, pero no
creo que tenga más de una oportunidad. Si fallo, la he jodido.
Necesito… necesito a Lucas.
Aunque arriesgado, salgo un poco de mi escondite, lo sufi-
ciente para que se me pueda ver desde su posición. Si Olivier se
gira, estoy vendido, pero confío en Lucas. Sus ojos azules reful-
gen al verme. Yo le pido que mantenga la calma con la mano.
«Distráelo», le digo, tratando de marcar la pronunciación de cada
sílaba de forma exagerada para que pueda entenderme.
Él parece pillar el mensaje.
—Pero podemos hacerlo sin que me mate. —Su voz está im-
pregnada de desesperación, pero yo he escuchado el verdadero
dolor en sus palabras y sé que es una desesperación fingida—.
Puede sacarme parte de la sangre para curarse, un poco cada vez.
Prometo ayudarle.
Yo sigo aproximándome, un paso cada vez, con cuidado, más
cerca, más. El hechizo de contención arremolinado en un puño.
—¿Y por qué habría de preocuparme por mantenerte vivo?
—escupe Olivier—. No eres más que un perro.
—Lucas no es ningún perro —respondo.
156
Mi voz le sobresalta, pero no le da tiempo a terminar de girarse.
El polvo con el hechizo de contención cae sobre él y, aunque
le noto resistirse, no hay nada que pueda hacer. Él mismo lo ha
preparado. Su cuerpo se detiene en una pose entre la sorpresa y el
miedo. Mi mano se cierra sobre su muñeca izquierda.
—Lo siento —alcanzo a decir. Y después aprieto la esposa
hasta cerrarla por completo. El hechizo de vinculación se hace
efectivo en el acto y, al igual que estará ocurriendo con los cuer-
pos de los vampiros de Brujas y de París, el cuerpo del capitán
Olivier se volatiliza en una nube de humo y cenizas.
Las lágrimas me asoman a los ojos cuando corro hasta el
soporte y retiro las correas que sostienen a Lucas.
—Oh, dios, ¿estás bien? Dime por favor que estás bien.
Lucas cae, pero consigo anticiparme lo justo para sostenerlo.
Se agarra a mí, o soy yo quien se agarra a él, no lo sé. Nos mante-
nemos uno apoyado en el otro, la respiración agitada, aunque no
por eso rompemos el abrazo.
—Me has salvado la vida —susurra en mi oído.
«Y he matado a un hombre en el proceso», pienso para mí.
Ahora entiendo por qué Sandra necesita terapia, seguramente yo
también la necesite. Pero ahora mismo, solo quiero pensar en que
he hecho lo correcto.
Y lo correcto está aquí, entre mis brazos. Lo correcto se es-
conde entre los labios de un hombre lobo.
157
Rafael de la Rosa
@RafadelaRosa_
158
Verde limón
Alister Mairon
Resumen
La política hace extraños compañeros de cama.
Notas
No me arrepiento de NADA.
160
—Antes de que lo preguntes: sí, es una pistola, no mi alegría
por verte —susurró una voz grave en su oído. Y viendo que Artu-
ro no replicaba, añadió—: ¿Qué, contemplando desde las alturas
cómo tu exsocio te pone los cuernos en la cara?
Arturo se giró ante la bravata, encarándose con el hombre.
Sus ojos se clavaron en los iris oscuros de Isaac. Vio la burla
brillar en su mirada y no pudo contenerse. Plantó las manos en
el pecho del hombre y lo empujó hacia atrás. Isaac lo doblaba
en peso y experiencia en actuaciones violentas, de modo que su
gesto brusco, lejos de ahuyentarlo, dibujó una sonrisa pérfida en
ese rostro de barba cuidadísima. Con todo, tuvo la decencia de
apartarse un par de pasos.
—Ya veo que he dado en el clavo —comentó con malicia.
—No digas gilipolleces, Isaac.
—Oh, usted perdone —se burló el aludido, mostrándole las
palmas en gesto conciliador.
—¿Qué mierda quieres?
—¿De un pijo fracasado como tú? Nada. Simplemente te vi
aquí arriba gimoteando como un cachorrito y me acerqué a reír-
me un poco. Ah, y a invitarte a tomar unas cañas —añadió gui-
ñándole un ojo.
—¿Y no ves cierta contradicción entre ambas cosas? —pre-
guntó Arturo, arrugando la nariz para mostrar su desagrado.
—Seguramente. Pero me suda la polla —declaró Isaac—.
Esos pariolos de ahí abajo —señaló al dúo, que seguía discu-
tiendo— me han dado una alegría y necesito celebrarla con
alguien. Ya que tu ex está ocupado insinuándose, tú pareces la
mejor compañía disponible por aquí.
Arturo dejó escapar un bufido.
—¿Y qué hay de tus amigotes del pelo engominado?
—Tenían otros asuntos —dijo Isaac, arreglándose los geme-
los de su americana negra—. A ver, pijo repelente: ¿te vienes con-
migo o no?
Arturo sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Isaac
lo incomodaba profundamente. Esto había sido así desde el tiem-
po en que fueron compañeros de partido. Y no ayudaba el hecho
161
de que no parase de levantarle a los votantes. Y de enrollarse con
Marc cada vez que tenía la oportunidad.
A pesar de todo esto, Arturo decidió aceptar la invitación.
No porque creyese que compartir mesa mejoraría su opinión
sobre aquel advenedizo, sino porque esperaba obligarlo a be-
ber lo bastante como para que se le aflojase la lengua y pudiera
sonsacarle información útil. Tal vez algún secreto vergonzante
con el que sacar rédito electoral durante la más que posible re-
petición de elecciones.
Así, y aunque se moría de ganas de decirle que se metiese
su oferta por el culo, Arturo asintió, aceptando la invitación.
Isaac correspondió a su gesto con una sonrisa lobuna y dándole
una palmada en la espalda. Luego echó a andar escaleras abajo.
Arturo lo siguió.
***
162
—Ya te lo he dicho: vamos a ir en mi coche, no guiados por
uno de tus esclavos. Me gusta conducir, no que me lleven como si
fuera un perro. Además —añadió Isaac—, lo tengo aparcado en
la siguiente esquina.
—Eso es lo que no entiendo. ¿Por qué no aparcas en el Con-
greso como hacemos todos?
—Porque no me sale de la polla y porque paso de que algún
gilipollas de izquierdas se apunte mi matrícula o me lo raye. —Se
detuvo ante un coche blanco—. Bueno, aquí la tenemos: pijo, te
presento a Babieca.
A Arturo se le abrieron tres palmos de boca y necesitó varios
segundos para computar lo que acababa de oír. Su acompañan-
te aguardó en silencio, expectante. Entendiendo que se esperaba
alguna reacción por su parte, Arturo se repuso a la sorpresa y
preguntó con incredulidad:
—¿Le has puesto nombre a tu coche?
Isaac se encogió de hombros. Sacó la llave del bolsillo y abrió
la puerta.
—¿Por qué no? Antes la gente le ponía nombre al caballo. Me
parece lógico hacer lo mismo con el coche de uno.
Arturo se quedó mirando el vehículo sin decir nada. Este, si
bien no era viejo, había conocido tiempos mejores. Posiblemente
los meses que pasó en el concesionario antes de que Isaac lo com-
prara. Numerosas rozaduras y muescas daban fe de la agresividad
al volante de su propietario. Tampoco los interiores estaban de-
masiado bien cuidados. Los asientos traseros parecían invadidos
por una mezcla de mantas raídas y herramientas desperdigadas
sin orden ni concierto. Viendo el estado del coche, Arturo se
planteó seriamente si sería demasiado tarde para echarse atrás y
declinar la invitación.
—¿A qué esperas, Arturito? —preguntó Isaac, ya acomodado
en el asiento del conductor. Se había puesto unas oscuras gafas
modelo aviador que impedían ver sus ojos—. No pretenderás que
te abra la puerta y todo eso, ¿no?
Haciendo de tripas corazón, el aludido montó en el coche y
su propietario arrancó con un estruendoso rugido del motor. Dos
163
segundos más tarde, doblaban la esquina de la calle a una velocidad
que sobrepasaba holgadamente la normativa municipal.
***
164
pausa—. ¿Sabes lo que pasa contigo? Que no impones, Arturo.
Eres un chulo clasista, pero no das miedo.
Arturo lo miró de soslayo.
—Oh. Y supongo que tú sí que lo das.
—Desde luego. Es lo que pasa cuando vas armado: solo
los temerarios y los idiotas se atreven a buscarte las cosquillas.
—Isaac giró la cabeza hacia él y Arturo pudo verse reflejado
en el cristal de sus gafas—. Porque seamos sinceros: lanzar
pullitas desde el atril del Congreso es una puesta en escena que
no cuenta para nada.
Contra su voluntad, Arturo esbozó una sonrisa cómplice que
pronto se convirtió en carcajada. Las palabras de Isaac eran, con-
tra todo pronóstico, lo más honrado que un político había dicho
en décadas.
***
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sentarse en los bancos que la rodeaban, cobijados del sol por los
altos árboles.
Isaac se sentó en uno cercano a la fuente e invitó a su acom-
pañante a hacer lo mismo. Arturo tomó asiento, con el paquete de
cervezas entre ambos. Las primeras latas no tardaron en abrirse
con un chasquido metálico.
—¡Por el no-acuerdo que nos ofrece la oportunidad de gober-
nar! —brindó Isaac, alzando su cerveza. Arturo lo imitó, pero sin
alegría alguna.
Gobernar, decía… Suerte tendría él si llegaba a septiembre
siendo líder de su formación después de aquellos resultados. Ade-
más, ahora que apenas podía contar con Marc, lo más probable es
que acabara perdiendo incluso ayuntamientos estratégicos.
—Deja de darle vueltas —le recomendó Isaac, dando un lar-
go trago a su lata—. No vas a solucionar nada por mucho que
te fustigues.
—¿Y qué quieres que haga? Me van a echar del partido. He
sido una mala apuesta.
—¿Por qué? ¿Porque no sigues a rajatabla las enseñanzas de tu
bigotudo maestro? —Escupió al suelo—. Debería darte lo mis-
mo. Su tiempo pasó y ahora el jefe eres tú.
Arturo bufó con desagrado.
—Qué fácil es decir eso cuando no se tiene a nadie por enci-
ma. Qué vas a saber tú del marrón que tengo, si en tu partido son
cuatro gatos y vivís de levantarme al electorado.
—Afloja, Arturito —advirtió Isaac—. A mí no me eches la
culpa de no tener claro el rumbo. Si mareas a tus votantes, nor-
mal que se vayan con quien les habla claro. Todo es cuestión de
esfuerzo y dedicación.
—¡¿Esfuerzo?! ¡Anda, no me jodas! —Arturo se reclinó en el
banco. Su acompañante aguardó en silencio—. ¿Qué vas a saber
tú de esfuerzos? Si viviste durante años bajo la protección de
Marifé. Tenías sueldo y despacho sin dar ni golpe.
—Y tú creciste amparado por el bigotudo, así que no seas
hipócrita —replicó Isaac—. La única diferencia entre tú y yo es
que, cuando vi la oportunidad de prosperar, tuve los cojones de
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montármelo por mi cuenta. Tú en cambio te quedaste para suce-
der a esos viejos a la cabeza de un partido que no sabes ni cómo
coño dirigir.
Arturo abrió la boca para contestar, pero no encontró las pa-
labras. De nuevo, Isaac tenía razón en sus argumentos. Puede que
fuera un vividor aprovechado, pero había demostrado ser bastan-
te más listo que él. Ahora dominaba su propio partido y había
entrado en el Congreso por su propia labia. Él, en cambio, había
heredado los restos de una formación donde cualquier reforma
que propusiera levantaba ams y recelos.
—Los históricos no me apoyan —susurró Arturo, apoyando
los codos en sus rodillas para enterrar el rostro entre las manos—.
Creen que soy un temerario y un irresponsable.
Isaac se bajó las gafas para mirarlo por encima de los cristales.
Luego volvió a clavar la vista en el agua de la fuente, saltando
cantarina mientras salpicaba el suelo a su alrededor.
—Ya te lo he dicho antes: el tiempo de esas viejas glorias pasó.
Ahora llevas tú las riendas y marcas la línea a seguir. Si no les gus-
ta, que adelanten su jubilación y dejen de joderte. —Chasqueó la
lengua—. Puta derechita cobarde…
—¿Eh? —se sorprendió Arturo—. Pensaba que yo formaba
parte de esa derechita.
—Bueno, has hecho un buen viraje en estos últimos meses —
reconoció Isaac—. Aun con todas esas voces tratando de sentar
cátedra lograste imponer cierta línea de partido. Personalmente
me gusta mucho más este nuevo rumbo tuyo. Aunque no dejas de
parecerme un pijo estirado.
Arturo graznó una carcajada. De un trago, vació lo que que-
daba de su cerveza y depositó la lata en el suelo. Su acompañante
le ofreció otra y Arturo la cogió con gusto.
Ya no le parecía tan mal plan pasar la tarde incordiando a su
hígado con Isaac. De hecho, a la tercera cerveza ya había descar-
tado su plan inicial de emborracharle para interrogarlo. ¿Para qué
hacer algo así si podían hablar tranquilamente?
***
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El ocaso los sorprendió todavía en el claro de la alameda. La
cerveza y la buena conversación habían hecho pasar las horas
volando. Arturo echó un vistazo por entre las copas de los ár-
boles. El cielo mostraba los tonos rojizos y añiles propios del
atardecer veraniego. Pronto anochecería.
—Habría que ir volviendo —sugirió, sintiendo cómo una sua-
ve brisa empezaba a atacarle el cuello.
—Je, ¿qué te pasa, pijillo? ¿Te da miedo estar a solas por la
noche conmigo y tan lejos de casa?
Arturo sintió cómo sus mejillas se encendían ante el comen-
tario, pero se sobrepuso sacudiendo la cabeza. La luz crepuscular
colaboró en ocultar su rubor.
—No digas tonterías, anda. Vámonos de una vez —lo apre-
mió—. ¿Tú sabes cómo se pone de difícil el tráfico en Madrid a
estas horas?
Isaac rio, pero no se hizo de rogar. Recogieron los restos de su
improvisado botellón y los depositaron en la papelera cercana a la
fuente. Luego abandonaron el claro, de vuelta a casa.
Para cuando llegaron junto al coche, los últimos rayos de sol
acababan de ser engullidos tras el horizonte. En cuanto Isaac
abrió la puerta, Arturo saltó al interior del vehículo, deseando
huir del frescor nocturno.
Isaac lo miró, sonrió y negó con la cabeza. Montó en el coche
y arrancó el motor. Los faros de Babieca se encendieron, ilumi-
nando los troncos de los árboles cercanos. Isaac guardó las gafas
de sol en la guantera y maniobró para alejarse de la alameda y
regresar a la vía principal.
—Hay que dar un poco de vuelta —avisó a su acompañante,
tomando un estrecho camino de tierra—. A no ser que quieras
entrar en sentido contrario en la carretera, claro.
—No te hacía yo tan prudente al volante…
—Y no lo soy. Pero llevo a una princesita fina y muerta de frío
en el asiento de al lado. No tengo ganas de alterar su débil cora-
zón con maniobras ilegales —replicó Isaac.
—Ya estás cometiendo una infracción. Conduces superando
la tasa de alcohol permitida —le recordó Arturo.
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—Bueno, siempre puedes llevar tú el coche —ofreció el otro
con una de sus sonrisas de lobo.
Arturo se abstuvo de responder. Se concentró en contemplar
el paisaje desde la ventanilla. No le gustaba conducir de noche,
pero disfrutaba sobremanera viajando de madrugada. A su alre-
dedor el mundo se tornaba oscuro, silencioso y cambiante: un
entorno que le hacía sentir en paz.
Se habría quedado dormido en el asiento, invadido por aque-
lla calma, de no haber sido por el gemido ahogado del motor,
seguido por el frenazo en seco que dio el coche antes de quedar
inmóvil en mitad del camino de tierra.
Isaac retiró la llave e intentó arrancar el coche varias veces,
pero Babieca no respondía a las órdenes de su propietario.
—Mierda —lo oyó mascullar Arturo, golpeando con enfado
el salpicadero del coche.
—¿Qué ocurre?
—No quiere arrancar. La llave ni siquiera hace contacto —ex-
plicó Isaac—. Debe ser la batería o Dios sabe qué otra cosa.
Volvió a intentar poner el vehículo en marcha, con idéntico
resultado. Por mucho que Isaac insistiera, el coche se negaba a
moverse.
—¿Y ahora qué? ¿Quieres que llame para que nos recojan?
—propuso Arturo.
—Inténtalo. Pero por esta zona no suele haber cobertura.
Arturo sacó el teléfono del bolsillo, ignoró los múltiples men-
sajes recibidos en las últimas horas y marcó el número de su asis-
tente. Pero, tal y como había predicho Isaac, el móvil fue incapaz
de emitir la llamada. Allí no había buena cobertura.
—Llama, jodido cacharro... —maldijo Arturo, tratando en
vano de hacer reaccionar a su teléfono.
Tras cinco intentos tuvo que darse por vencido. Aquel lugar
estaba demasiado lejos de la ciudad para que las telecomunicacio-
nes fueran fluidas. O quizás los putos álamos se comían la cober-
tura. Arturo miró de nuevo por la ventanilla. El paisaje ya no le
parecía en absoluto una fuente de relajación, sino una jaula oscura
y terrible en la que acababa de quedar atrapado.
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—Mierda… —gimió entre dientes.
—No te angusties —dijo Isaac, poniéndole una mano en el
hombro—. Si no recuerdo mal, por aquí cerca debe caer una
pensión rural de esas. Con suerte, tienen teléfono y les funciona.
A Arturo no le apetecía en absoluto dar un paseo nocturno
por el campo. Podían cruzarse con zorros, jabalíes o incluso con
excursionistas. Echó un vistazo a la parte posterior del coche. En
comparación con esa leonera, el paseo parecía una opción menos
terrible que tener que pasar la noche en un coche averiado en
mitad de un camino de cabras.
—Está bien —accedió—. Probemos suerte ahí.
La memoria de Isaac era buena, de modo que no tardaron
en divisar las luces de la casa rural. Llegar les costó apenas unos
quince minutos, aunque para Arturo se hicieron eternos. Pese a
que era verano, aquel viento nocturno le estaba calando los hue-
sos de mala manera. Tanto era así que, al entrar en la pensión, se
sorprendió al ver que no tenían la chimenea encendida.
Nada más cruzar la puerta se encontraron frente al mostrador,
ocupado por un ancianito que tejía distraído. Al verlos, el hombre
se levantó del asiento y se ajustó bien las gafas.
—Buenas noches —saludó. Si los había reconocido por ver su
cara en las noticias, no dio muestras de ello.
—Buenas —respondió Isaac, acodándose en la madera—.
¿Nos podría dejar usar el teléfono? El coche nos ha dejado tira-
dos a medio camino de Madrid y ahí fuera no hay cobertura.
—Aquí tampoco, caballero —dijo el viejo—. Llevamos un par
de semanas con problemas en la línea. Al parecer, algún desgra-
ciado ha cortado los cables o algo así dijo el técnico —explicó—.
Así que ni tenemos wifi ni posibilidad de llamar. Y en temporada
alta, además —añadió con profundo dolor—. Cada puñetero año
nos pasa alguna desgracia. Menos mal que el agua caliente funcio-
na, porque si no…
—A ver, ¿nos está diciendo que no hay forma humana de
comunicarse desde aquí? —preguntó Arturo, interrumpiendo el
monólogo del anciano.
—Hasta mañana por la mañana, no. Ya se lo he dicho, señores:
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no tenemos línea. Lo único que pueden hacer es irse andando a la
ciudad. O esperar a por la mañana.
—¿Esperar a qué? ¿A que se obre un milagro y haya cobertura?
—A que venga el chaval que nos trae los suministros. Si se lo
piden podría acercarlos hasta Madrid.
Arturo fue a replicar, pero Isaac le puso una mano en el hom-
bro para detenerlo. Contra su voluntad, Arturo dejó que fuera su
compañero quien gestionase la situación.
—De acuerdo, buen hombre —dijo este—. No era este el
plan que teníamos, pero si no hay más remedio… —Suspiró—.
Nos gustaría alquilar un par de habitaciones para esta noche,
por favor.
El anciano se mordió el labio. Clavó sus ojos vidriosos en
la madera carcomida del mostrador y susurró unas palabras
incomprensibles.
—¿Puede repetirlo? —pidió Isaac, manteniendo un tono de
voz relajado.
—No tenemos.
—¿En serio? ¿Una pensión que ni siquiera tiene línea de telé-
fono y están completos?
—Es temporada alta —se excusó el viejo—. Muchas perso-
nas vienen buscando aislarse para disfrutar de la tranquilidad del
campo. Ya no nos cabe ni un alfiler aquí.
—¿Seguro? —preguntó Isaac.
—Desde luego. Ni aunque me ofrezca un incenti... —El an-
ciano se interrumpió a media frase, pues lo que Isaac había saca-
do del interior de su americana no eran billetes, sino una pistola
con la que encañonaba al recepcionista.
—¿Pero qué haces? ¡Baja eso, hombre! —exclamó Arturo,
pero su compañero lo chistó con un gesto brusco. Sus dedos
liberaron el seguro del arma.
—¿Seguro que no puede ofrecernos nada? —volvió a pregun-
tar sin perder la sonrisa.
—Mmm… Bueno… puedo dejarles una habitación —dijo
el anciano, señalando una llave solitaria que reposaba en el cor-
cho, junto al mostrador—. Pero solo tiene una cama. Por favor,
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caballero. No… No tengo nada más. Por favor... —suplicó, tem-
blando de miedo.
Isaac aún se recreó unos segundos más en paladear el terror
que invadía al viejo antes de guardar el arma y sonreír como si
nada hubiera pasado.
—Muchas gracias —dijo. Tomó la llave del corcho y se dirigió
hacia las escaleras del primer piso.
Arturo se quedó plantado delante de la recepción, viendo
cómo el anciano temblaba y sudaba. Habría querido decirle algo
reconfortante, pero no se le ocurrió nada, así que se limitó a echar
mano de la cartera para dejar sobre el mostrador un par de billetes
antes de seguir a Isaac.
—Lo que acabas de hacer es horrible a muchos niveles —seña-
ló, subiendo tras su compañero.
—Puede —concedió este—. Pero te ha conseguido un col-
chón, así que menos reproches.
—De poco matas al viejo de un infarto.
—Exagerado…
Isaac se plantó ante una maciza puerta de madera e hizo
girar la llave. Tal y como les había dicho el viejo, se trata-
ba de una habitación con una sola cama. Por suerte, esta
era lo bastante grande como para que pudieran dormir sin
molestarse demasiado. Arturo dio gracias al cielo por ello.
Después de la escena en recepción, volvía a invadirlo
la incomodidad por tener que compartir espacio con un
loco como Isaac. Con todo, se guardó mucho de expresarlo en
voz alta.
—Bueno —dijo este, ajeno a sus reflexiones—. Si no te im-
porta, voy a darme una ducha antes de dormir. Puedes quedarte
el lado de la cama que quieras; no tengo manías.
Mientras Isaac se encerraba en el baño de la habitación,
Arturo se sentó en el borde del colchón. Ya no notaba frío al-
guno. Al contrario: sentía el sudor correr por su espalda y la
frente arder. Tal era su agobio que no tardó ni un segundo en
desprenderse de la americana, la camisa y la corbata, quedando
con el pecho al descubierto.
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De esa guisa lo encontró Isaac al salir de la ducha solo con
los calzoncillos puestos. Gotitas de agua seguían adheridas a su
barba y al copioso vello que cubría sus pectorales, su abdomen y
su bajo vientre hasta perderse más allá del elástico de sus bóxers
negros y ajustados. Demasiado ajustados.
Con un suspiro relajado, Isaac dejó su ropa doblada sobre el
escritorio de la habitación y se sentó del revés en la única silla
de la estancia. Arturo no pudo estarle más agradecido por ello,
pues no habría podido seguir disimulando la dirección de su
mirada mucho tiempo más.
—Dúchate si quieres —dijo Isaac al oírlo resoplar—. Aun-
que estemos en el campo, lo que sale del grifo sigue siendo agua
de Madrid. Y no hace falta que te explique lo bien que sienta
eso, ¿no?
Arturo negó con la cabeza y se encaminó hacia el baño.
La ducha le supo a gloria. Notar el agua fresca correr por
su espalda lo hizo cerrar los ojos y recrearse un poco más de
la cuenta bajo el grifo. Cuando al fin regresó a la habitación,
vistiendo únicamente los calzoncillos, Isaac ya había ocupado el
lado derecho de la cama.
—¿Qué? ¿A que te has quedado como nuevo? —preguntó.
—Agua de Madrid —se limitó a decir Arturo, tumbándose en
el espacio libre del colchón.
Clavó los ojos en el techo, pintado de un azul claro que en
otro tiempo debió ser hermoso. Se distrajo contando las manchas
de humedad que habían afeado la pintura, esperando que el sueño
le viniera pronto.
—Oye, si te apetece cenar puedo ir a ver a nuestro amigo el de
recepción —propuso Isaac.
Arturo se imaginó la escena y negó enérgicamente con la cabeza.
—Mejor no. Por mi parte prefiero no cenar. Pero gracias de
todas formas.
—Como quieras. —Se quedó en silencio unos minutos antes
de preguntar—: ¿Fumas?
—No en espacios cerrados. Pero tú haz lo que quieras, no
me molesta.
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—Ah, no. Si yo no fumo antes de dormir. Solo te lo decía por
si tenías ese hábito. —Suspiró—. En fin…
Isaac alargó un brazo por encima de Arturo y dejó su pistola
sobre la mesita de noche, situada del lado de este. Arturo miró el
arma y después a su compañero.
—¿Y eso?
—Había pensado en dejarla bajo la almohada. Pero tú estás
más cerca de la puerta, así que…
—Isaac, ¿de verdad crees que habrá que usar esto en algún
momento?
—Nunca se sabe —aseveró este. Un sonoro bostezo le
hizo abrir dos palmos boca—. Bueno, Arturo, ¿te importaría
ir apagando la luz?
El aludido negó con la cabeza. Dio las buenas noches a
su compañero y pulsó el interruptor, dejando la habitación
en penumbra. La única luz que penetraba en ella provenía de
la ventana situada en el lado de Isaac, por donde se colaba el
resplandor de la luna.
Arturo se la habría quedado mirando, pero como no quería
incomodar a su acompañante, se dio la vuelta, quedando de cara
a la puerta. Cerró los ojos y, sorprendentemente, no tardó en
notar cómo el peso del sueño lo invadía.
***
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—Ah, no sabía que llevabas dos —se sorprendió Arturo—.
Bueno, da lo mismo. ¿Por qué no la dejas con la otra, eh? Lláma-
me cobarde, pero me incomoda notar una pistola clavándose en
mi espalda mientras trato de dormir.
—Vaya, lo siento mucho —se disculpó Isaac—. Pero el caso
es que esta no puedo quitármela de encima, ¿sabes?
—¿Qué? ¿Pero qué clase de tontería es esa? Venga, hombre,
que no son horas…
—No estoy bromeando, Arturo. Hablo muy en serio —in-
sistió el otro, acercándose aún más—. Esta que te encañona va
siempre conmigo. Lo más que puedo hacer es… descargarla.
Arturo no dijo nada, pero tampoco protestó cuando notó
el aliento de Isaac sitiando su oreja y la calidez de su cuerpo
contra la espalda. Se quedó quieto, notando cómo la respiración
del otro se aceleraba y sintiendo su propio pulso desbocarse de
pura expectación.
—Venga, si quieres fingimos que no sabes de qué hablo. In-
cluso puedo hacer ver que no me he percatado de que se te iban
los ojos hacia mi paquete cuando he salido de la ducha.
—Eso ha sido un momento —se excusó Arturo—. Además,
¿tú no querías tirarte a Marc?
Isaac jadeó en su oído. Arturo sintió cómo los dedos de su
compañero empezaban a acariciar suavemente su pecho mien-
tras los labios de este casi le rozaban el lóbulo al hablar. Un es-
calofrío recorrió su espalda y, casi sin pretenderlo, se pegó aún
más a Isaac.
—Marc es un hombre inestable. Lo mismo busca mi boca
en la intimidad que me aparta de una patada y niega cualquier
roce en público. —Lamió su oreja—. No es eso lo que busco en
un compañero, Arturo. No quiero a alguien que me niegue cada
cinco minutos.
La lengua de Isaac dejó de sitiar su oreja para bajar por
el cuello de su compañero con tortuosa lentitud. El
húmedo apéndice se recreaba en cada milímetro de carne
expuesta, trazando dibujos y formas que arrancaban jadeos
entrecortados de la garganta de Arturo. Pronto los dientes
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de Isaac se unieron al festín, rozando la carne tersa del
otro con una mezcla de agresividad y delicadeza difícil
de describir.
Arturo, completamente sometido a las atenciones de su
amante, no pudo sino gruñir y retorcerse sobre la cama. Sentía
su cuerpo febril, ardiendo. Y al mismo tiempo no anhelaba más
que seguir quemándose a fuego lento en el mar de sensaciones
que Isaac provocaba en él. La lengua de su compañero bajando
y subiendo por su cuello, su aliento calentándole la oreja, los
colmillos de este delineando cada curva de su piel… Lo estaba
devorando y Arturo no podía desear otra cosa más que seguir
siendo su presa durante toda la noche.
Finalmente un gemido derrotado escapó por entre los labios
de Arturo. Isaac detuvo su placentera tortura al oírlo, provocando
un gruñido de protesta por parte de su compañero. Arturo se giró
para encontrarse con la mirada encendida de Isaac, que repasaba
su cuerpo sin vergüenza alguna.
—Ya veo que quieres más.
—No…
—Oh, vamos. ¿Después de lo del máster aún tratas de mentir?
—Isaac se puso a cuatro patas sobre la cama y lo obsequió con un
lametón en la mejilla—. Acepta que se te da de culo y reconoce
que llevas queriendo esto desde hace horas.
—Yo no…
La protesta de Arturo fue silenciada por los labios de Isaac
posándose sobre los suyos. Toda su resistencia murió en ese beso,
al que se entregó por completo. Arturo permitió que la lengua
voraz de su compañero acariciara la suya, tomando su boca. Lo
acompañó en este baile de saliva hasta que la falta de aire los obli-
gó a separarse, jadeando.
Pero el descanso duró poco. Libre de su resistencia, Arturo
atacó de nuevo la boca de su compañero. El ímpetu de su beso
hizo caer a Isaac de espaldas sobre el colchón. Arturo se acomodó
sobre su cuerpo sin dejar de lamer y morder sus labios. Sus manos
no tardaron en unirse a la danza, tomando el pecho de Isaac. Los
dedos de Arturo se hundieron en el vello de su amante y sitiaron
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inclementes sus pezones, haciéndolo gemir. De placer ante sus
caricias; de dolor cuando decidió retorcerlos entre sus dedos.
Arturo se encendió aún más al ver las reacciones que provo-
caba en su amante. Dio tregua a sus labios y sonrió con malicia
antes de lanzarse a devorar sus pezones, lamiéndolos y mordién-
dolos a intervalos. Dominado bajo el peso de su cuerpo, Isaac
no pudo hacer más que consentírselo, rugiendo como una fiera
salvaje ante las insidiosas caricias de Arturo.
—Menudo animal… —consiguió articular antes de que otro
gemido tomase sus cuerdas vocales.
—Y lo que te espera —aseguró Arturo con una sonrisa traviesa.
La afirmación de su amante hizo reír a Isaac. En respuesta,
Arturo se volteó sobre su cuerpo y le arrancó los calzoncillos sin
contemplaciones. Luego bajó la cabeza para regalar al miembro
ya erecto de Isaac el primer lametón de la noche.
Arturo recorrió con deleite el tronco de aquella polla gruesa y
ligeramente desviada a la derecha, paladeando su sabor y disfru-
tando del concierto de resoplidos y jadeos que esto causaba en
Isaac. Las primeras gotas de líquido preseminal no tardaron en
hacerse presentes. Arturo se tomó unos segundos en contemplar-
las, brillando tentadoras sobre el glande de Isaac.
Vio como su amante movía la cadera hacia arriba, buscando
el contacto con su boca. El deseo que parecía dominar a Isaac lo
divirtió sobremanera, de modo que se demoró todo lo posible
antes de complacerlo. Y cuando lo hizo, rodeando por completo
su glande entre los labios, el aullido que escapó de la garganta de
su amante tenía más de animal que de humano.
—Cantas mejor que Nino Bravo —rio Arturo, relamiéndose.
La respuesta de Isaac a su pulla no se articuló en palabras.
Arturo sintió las manos de su amante aferrarse a su cadera. Isaac
tiró de él, obligándolo a incorporarse hasta quedar a cuatro patas
sobre su cuerpo. Sin perder tiempo, Isaac lo desnudó con rudeza
antes de tragarse su miembro con idéntica brusquedad.
Arturo apoyó la cabeza en el muslo de su amante, comple-
tamente derrotado ante el inesperado ataque de su lengua. Las
caricias de Isaac habían perdido toda ternura. Ahora eran fieros
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lametones y succiones los que torturaban su sexo, arrebatándole
la cordura.
Arturo se incorporó ligeramente para devorar la polla de su
amante, silenciando así sus gemidos. No resistió demasiado. La
boca hambrienta de Isaac sobre su sensible miembro le impe-
día mantener el ritmo de aquel salvaje sesenta y nueve. Rendido
ante las oleadas de placer que recorrían su cuerpo desde el glande
hasta la nuca, Arturo volvió a hundir la frente en el muslo de su
amante, jadeando sin control. Un grito de placer desbocado brotó
de su garganta, quebrando el silencio nocturno de la posada.
—Eso sí que es cantar bien —señaló Isaac, sacándose su polla
de la boca—. Aunque no como Nino Bravo, más bien como la
vocalista de Amaral.
Arturo le dedicó una mirada torva. Después retrocedió,
acomodándose sobre el rostro de su amante. Sorprendido por
la maniobra, Isaac se vio forzado a alojar de nuevo en su gar-
ganta el sexo de Arturo. Este apoyó su decisión con un ronro-
neo complacido.
—Así me gusta, que seas bien educado y no hables con la
boca llena. Y menos para decir tonterías.
Isaac no pudo replicar a su comentario. Estaba demasiado
afanado en lamer y jugar con la polla de Arturo, cuyos gruñi-
dos de satisfacción se dejaban oír ya sin vergüenza. «Si alguien
tiene quejas, que tenga cojones a llamar a la puerta», pensó, sin
contener sus gemidos.
Sus suspiros de placer crecieron de intensidad cuando Isaac,
tal vez cansado de recorrer su miembro con la lengua, se sacó la
polla de la boca para atacar las nalgas de su amante. Sorprendido,
Arturo trató de apartarse, pero Isaac no se lo permitió. Lo retuvo
por las caderas, impidiéndole escapar de las lamidas y mordiscos
que su boca le regalaba.
Arturo gimió quedamente al sentir cómo la lengua de Isaac
se paseaba sin reparos desde su baja espalda hasta el tronco de
su polla. No tenía prisa en su recorrido. Y lo mismo se distraía
tentando su perineo con lametones rápidos, como calentaba sus
testículos alojándolos en su boca. La mezcla de estímulos relajó
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visiblemente a Arturo, que dejó de intentar apartarse de esas cari-
cias que tanto placer le estaba regalando.
Viendo que ya no pretendía huir de sus atenciones, Isaac
dirigió sus manos hacia las nalgas de Arturo. Las ponderó cuida-
dosamente, acariciándolas y besándolas a intervalos. Al ver que
la maniobra no disgustaba a su amante, se decidió a separarle un
poco las nalgas para poder acariciar con las yemas de sus dedos
los pliegues de su ano.
Arturo dio un respingo al sentir la inesperada caricia. Se giró
para mirar a Isaac y este le guiñó un ojo antes de lanzarse a de-
vorar su culo. La lengua de Isaac frotaba y jugaba con su ano
mientras su barba le hacía cosquillas en la piel. De vez en cuando
notaba los dientes de este marcar su carne. Aquel comportamien-
to agresivo, lejos de molestarle, lo calentaba todavía más.
—Por favor… —gimió al cabo de unos minutos. No reco-
nocía su voz en aquel sonido lastimero y excitado—. Necesito…
—¿Qué ocurre, pijillo? —preguntó Isaac con voz melosa—.
¿Quieres que pare? —Su pregunta fue acompañada por una lenta
pero intensa lamida sobre su ano—. ¿O acaso es que quieres más?
Arturo reaccionó apartándose de Isaac. Antes de que este pu-
diera decir nada, lo empujó contra el colchón, dejándolo boca
abajo sobre la cama. Isaac trató de incorporarse, pero Arturo
no se lo permitió. Se colocó sobre él y lo sujetó por la cadera,
acercándole su miembro erecto y frotándolo sobre su espalda. Al
contacto con su polla, Isaac dejó de moverse.
Su amante no se demoró demasiado. Arturo escupió entre las
nalgas de Isaac para lubricarlo antes de enterrar su miembro en
la carne de este. Con el primer embiste, ya había introducido su
glande en el culo de Isaac, causándole a este un gruñido que mez-
claba el dolor con el placer.
—Mmm … Qué bien sabes lo que me gusta —ronroneó Isaac,
mirándolo por el rabillo del ojo—. No te cortes, pijo. Nunca he
disfrutado de tomármelo con calma.
Envalentonado por las palabras de Isaac, Arturo no tuvo
reparos en penetrarlo de un golpe de cadera. Se concedió unos
segundos para disfrutar de la calidez de su cuerpo antes de
179
montarlo sin concesiones ni delicadeza. Las embestidas de Artu-
ro eran rudas. Sacaba casi completamente su miembro del culo
de Isaac solo para volver a clavarle la polla de una estocada. Sus
duras maniobras hacían crujir la cama y arrancaban chirridos
agudos de los muelles del colchón.
Sin embargo, quien más coreaba sus embistes era Isaac. Con
el rostro enterrado en el colchón, jadeaba y mordía las sábanas a
cada golpe de cadera de Arturo. Y, no conforme con ello, alzaba
su propia pelvis buscando aumentar el contacto. Su excitación
espoleaba a Arturo, quien no se abstuvo de lanzarse a lamer y
morder su cuello, susurrándole palabras que no perseguían otro
fin que el de aumentar su calentura.
—Menudo golfo estás hecho —le dijo, besándole el lóbulo—.
Toda la tarde tocando los cojones solo para conseguir que te folle
bien. Eres un provocador.
—Y lo que te pone que lo sea —replicó Isaac antes de que
la voz se le quebrara por causa de una nueva embestida de
Arturo—. Juegas sucio...
—Y más que lo voy a hacer —aseguró el aludido, separándose
de él—. Levántate.
Isaac obedeció, incorporándose. Arturo lo hizo tumbarse de
espaldas. Con una mano le sujetó las muñecas por encima de la
cabeza. Con la otra, se abrió camino entre sus piernas, colocán-
dolas sobre sus hombros antes de volver a penetrarle.
Desde esta nueva posición, Arturo tenía mejor acceso al culo
de su amante. Sus movimientos de cadera lograban penetraciones
más profundas, más intensas. Isaac respondía a ella con gemidos
roncos y algún que otro sollozo. El placer lo traspasaba como una
lanza afilada y Arturo no podía sino congratularse por causar tal
efecto en su compañero de cama.
Jugó a rozar su próstata durante varios minutos, deleitándose
en las reacciones del cuerpo de Isaac: sus pezones endurecidos, su
piel erizada y su miembro erecto y goteante, amenazando a cada
embiste con estallar. Arturo sonrió ante la imagen. Sacó su polla
de entre las nalgas de Isaac y se agachó para torturarlo un poco
más, regalándole un veloz lametón en su sensible glande.
180
—No… Si haces eso yo… —jadeó Isaac, incapaz de apartarse
de la ávida lengua de Arturo.
—¿Te correrás? ¿Tan fácil? Menuda decepción. Yo pensaba
que tu pistola tenía seguro…
—No seas tan insolen…
Las palabras de Isaac quedaron cortadas por un largo
y gutural gemido que se gestó en el fondo de su pecho. Sin darle
tregua, Arturo había engullido por entero el miembro de
su amante, succionándolo una última vez. Aquella intensa
caricia bucal fue el gatillo que hizo correrse a Isaac, regando
con su simiente el pecho de su compañero y el suyo
propio. Arturo no tardó en acompañarle, penetrándolo
nuevamente y corriéndose al fin en las entrañas de Isaac con un
gruñido de triunfo. Después se desmoronó sobre el cuerpo
de este.
Permanecieron así largo rato, pegajosos de sudor y de semen.
Pero no les importó en absoluto. Estaban demasiado ocupados
disfrutando de la mutua compañía. Isaac se incorporó levemente,
recostándose contra el cabecero de la cama. Arturo siguió apoya-
do contra su pecho, escuchando el corazón de su amante bajar el
ritmo de sus latidos.
—Ha estado bien —susurró Isaac una vez recuperado el alien-
to, pasándole una mano por el cabello en actitud relajada.
Arturo disfrutó de las caricias, pero no se dejó vencer
por ellas. Una pregunta le quemaba en la punta de la lengua
desde que había sentido los labios de Isaac entre los suyos.
Y ahora que la pasión del momento iba mitigando supo que
no podría contenerla más, aunque después se arrepintiera de
haberla proferido.
—¿Mejor que con Marc? —quiso saber.
Isaac lo obligó a alzar la cabeza y lo miró con incredulidad.
Los ojos oscuros de su amante atravesaron a Arturo como dos
punzones, pero se mantuvo firme.
—¿De verdad? ¿Después de lo de esta noche en serio que lo
único que se te ocurre preguntarme es eso? —El aludido se en-
cogió de hombros—. Ya te lo he dicho antes: Marc es un cerdo
181
oportunista que lo mismo me busca que me rechaza. Solo por eso
tú ya eres mucho mejor amante. Al menos eres sincero.
—¿Significa que no volverás a acostarte con él?
Isaac rio ante la pregunta, reacción que indignó en parte a
Arturo. «Idiota, más que idiota. Ya te ha vuelto a dejar en evi-
dencia esa boca floja tuya», se regañó avergonzado.
—Pero qué tierno. Me quieres para ti solito, ¿verdad? —
Isaac chasqueó la lengua, negando con la cabeza sin perder la
sonrisa—. No te preocupes, Arturo. A Marc solo pienso invi-
tarlo a tríos en los que tú estés. Y solo si nos interesa a ambos
tenerlo cerca, claro. Ahora bien —le advirtió con seriedad—:
si me vuelves a hacer preguntas así de gilipollas después de un
polvo te juro que te meto la pistola por el culo hasta que se te
quite la tontería.
Arturo echó un vistazo al arma de Isaac, que reposaba aban-
donada sobre la mesita de noche. Sonrió y se arrellanó aún más
sobre el colchón, acomodándose.
—Sinceramente, prefiero que me metas tu otra pistola. Tiene
mejor calibre —añadió.
Sus palabras hicieron estallar a su compañero en sonoras
carcajadas.
—Pero qué idiota eres, pijillo…
Arturo sintió a Isaac moverse y notó cómo sus manos empe-
zaban a recorrer su cuerpo. Su sonrisa se ensanchó. Parecía que
iba a dormir poco esa noche.
***
182
—¿Vas a saludarme siempre así?
—Depende de si te gusta —susurró este en su oído—. ¿Es así?
Por toda respuesta Arturo dejó escapar un ronroneo apenas
audible. Volvió a concentrarse en la sala del Congreso, disfrutan-
do al mismo tiempo del aliento de Isaac junto a su cuello.
—Lo organizaste todo tú —señaló Arturo al cabo de un rato.
Isaac respondió a sus palabras con una risa grave que nacía en
el fondo de su garganta. Aquello bien podía contarse como una
confirmación.
—¿Desde cuándo lo supiste?
—En el momento no lo sospeché. Empecé a atar cabos lue-
go: tu empeño en ir en Babieca, las ganas de salir de Madrid,
que llevases ya cervezas en el coche… Oh, y los alicates en el
asiento trasero. —Arturo sonrió con travesura—. ¿De verdad
te cargaste la instalación de ese pobre tipo solo para dejarme
incomunicado en el campo?
—Incomunicado y conmigo —le recordó Isaac—. Reco-
nozco que parte de lo que pasó estaba planeado. Pero muchas
otras cosas simplemente salieron bien. Como lo de la cama.
Pura suerte.
Arturo ensanchó su sonrisa.
—¿Y sería también suerte alargar esto?
—No, pijo engreído. Sería tener sentido de Estado. Y es
precisamente lo que vamos a hacer.
183
Alister Mairon
@Alister_Mairon
184
Y el cometa cayó
Irene Morales
Resumen
Las trenzas de la pastelería de Teresa, los albaricoques piso-
teados de la calle Povos, Samuel y Darío (otra vez), el agua
helada del embalse y el meteorito que está a punto de caer.
Notas
Bitches que se meten al apocalipsis AU tag y luego se quejan
por pasarlo mal. It me, I’m bitches.
185
Y el cometa cayó
Los seres humanos hacen una cosa muy curiosa cuando el mundo
se acaba: seguir viviendo.
Por eso Darío estaba atrapado en un atasco de camino al pue-
blo, cagándose en todo lo cagable y con la música bien alta, con la
esperanza de que una buena dosis de temazos de su adolescencia
le calmasen. Parecía que medio mundo había tenido la misma
idea de pasar los últimos momentos con sus seres más queridos,
y cada carretera que salía de Madrid estaba abarrotada de toda
clase de vehículos, desde el motorista solitario que se iba a ver a
su abuelilla hasta los todoterrenos en los que Darío podía contar
más cabezas de lo permitido (pero ¿qué agente iba a ponerse a
repartir multas?).
Darío alzó la vista hacia el cielo, el cometa comiéndoselo todo.
Aquella noche ya ni siquiera habían tenido noche, solo un tenue
color azul marino que se desangraba en un fluorescente naranja.
Miró de reojo la pantalla del móvil. Las seis de la mañana. Pronto
su madre lo llamaría otra vez para asegurarse de que no se había
quedado dormido y de que llegaría antes que el cometa.
El anuncio se había hecho el día anterior y el pánico había
durado exactamente seis horas. Luego, el mundo simplemente se
había recuperado del susto, todos sus habitantes decidiendo a un
tiempo que era hora de marchar. Darío había cenado con sus ami-
gos más cercanos, en su piso de alquiler, y habían arramplado con
lo que habían tenido en congeladores y neveras, pues no quedaba
ya ningún supermercado o restaurante abierto. La despedida ha-
bía sido breve y relajada. Al parecer, el fin del mundo, cuando era
compartido, se parecía más a una fiesta de Año Nuevo. De todos
modos, no iba a quedar nadie atrás para llorar.
186
Su móvil empezó a sonar y él le dio al circulito en verde, ya
con una sonrisa en los labios:
—¿No te habrás dormido? —fue lo primero que dijo su
madre, al otro lado—. Mira que no nos queda gasolina para ir
a buscarte.
—Que no, mamá —contestó, agradeciendo que los coches
ante él avanzaran otro trecho—. Creo que para las nueve estaré
allí. ¿Habéis recogido ya a la yaya?
—Qué va. Se ha ido a la huerta a coger yo que sé el qué…
Darío puso los ojos en blanco. Qué típico. Seguro que no que-
ría morirse sin darse un buen atracón a higos.
—Bueno, pasaré con el coche por ahí al llegar para ahorrarle
la caminata de vuelta…
—Ay, sí, hijo, gracias. Por cierto, ¿sabes quién va a venir?
—¿Quién?
—Samuel.
***
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—¿Para qué todo, en general?
Rio. Samuel no solía ser pesimista, ni tampoco optimista (solo
un poquito de ambos, en el medio, sin mojarse, siempre sin mo-
jarse), pero le gustaba hacer reír a sus amigos. Ellos lo miraron
desde sus toallas, esperando su turno, pero Darío rompió el bucle:
—¿De verdad nos vamos a morir por el cambio climático?
—A ver, claro —contestó Edu, encogiéndose de hombros—.
Es el único tema que me sé. Si me cae, apruebo.
—Pero eso será dentro de mucho…
—O de nada.
Se quedaron en silencio, pensativos. En el jardín de al lado (el
de Darío) empezó el riego automático, y escucharon el rumor del
agua durante un rato. Al final, Iván preguntó:
—¿Qué haríais si se acabase el mundo?
—Pues morirnos, claro.
—No, qué idiota eres, Edu, de verdad. Me refería a… ¿Qué
haríais el último día?
Samuel hizo un ruidito de interés y luego rodó para quedar
tumbado sobre el estómago. Los demás hicieron lo mismo (por-
que era normal hacer siempre lo mismo que Samuel) y se queda-
ron así, en círculo, mirándose los unos a los otros. Y luego salie-
ron todas las respuestas a la vez. Iván dijo que le gustaría coger el
coche e irse lo más más lejos posible de allí. Pero con sus padres,
claro. Y con su hermana, claro. Ah, y con su perro. Claro.
Edu se burló de Iván, pero dijo algo parecido. Él querría
llevar a Galicia a su madre, más concretamente, a un pueblo
diminuto donde, al parecer, su padre y ella se habían besado por
primera vez. No le habían dejado esparcir allí las cenizas de su
marido, así que al menos le daría ese capricho antes de que el
mundo estallase. Luego añadió que se pasaría las últimas veinti-
cuatro horas comiendo pizza y eso ya sonó más a Edu, así que
se rieron.
Samuel le había mirado a los ojos, como animándole a ha-
blar, pero la verdad era que Darío no tenía ni idea de qué haría si
el mundo se estuviese acabando. Y eso que normalmente Darío
hablaba por los codos. No como Samuel, que era más chaval
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de actos que de palabras, lo que los convertía en una unidad
indivisible que se complementaba por sí sola.
—Vamos a hacer una lista —dijo al fin, alargando la mano
hacia el cuaderno más cercano.
Samuel alzó las cejas.
***
189
sus abuelos y vecinos; y de pronto la casa era un hervidero de
actividad. Su abuela rio al fondo. El perro ladró.
Y allí estaba él.
Le vio subir las escaleras de su portal el último y sonreírle con
esa sonrisa que hacía meses que no veía. Era una sonrisa a medias,
como cuidadosa. Uno nunca espera que el momento de retomar
contacto con su mejor amigo de la infancia sea el día del fin del
mundo. Pero se alegraba, se alegraba… del reencuentro, claro,
no del fin del mundo. Aunque no hubiese habido una cosa sin la
otra, así que… Quizá Darío sí que se alegraba un poquito de que
se acabase el mundo.
—¿Qué tal, tío? —saludó Samuel, con esa voz que sonaba a
reserva natural, a otoño, a castañas asadas.
—Aquí —contestó él, encogiéndose de hombros, y luego se
hizo a un lado—. Pasa. ¿Qué vas a querer?
—Lo de siem… Si tenéis, claro.
Darío sonrió y asintió. Por supuesto que tenían. Como siem-
pre. Porque puede que ellos se hubiesen distanciado, pero sus
familias no. De pequeños no veían diferencia alguna entre sus
casas más allá del número sobre la puerta, y habían pasado tanto
tiempo el uno en la del otro que para Darío había sido toda una
revelación darse cuenta de que no tenía por qué acatar los casti-
gos de la madre de Samuel, porque no era la suya… Hasta que su
propia madre le había dejado bien clarito que como se pasase de
listo con la señora García iba a ser mucho, mucho peor que si la
hubiese desobedecido a ella directamente.
El desayuno se convirtió en aperitivo, y el aperitivo, en comida.
Estaban todos en el jardín, amparados por el cometa, comien-
do las diferentes recetas que habían logrado preparar con lo que
tenían. El cuenco con higos iba pasando de mano en mano como
si fuese el cesto de la misa, pero en lugar de dejar monedas se
cogían uno, dos y hasta tres higos por vez. Se mezclaban las acei-
tunas con los melocotones, con el puré de calabacín, con el bizco-
cho de naranja y con los entremeses, no había ni entrante ni pos-
tre en aquella comida. Cada uno comía lo que le apetecía cuando
le apetecía, porque lo importante era la compañía. Y el cometa,
cada vez más cerca. Darío nunca se había sentido tan a gusto.
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Samuel parecía sentirse igual, repantingado a su lado en una
de las sillas de tomar el sol de su familia. Darío le miró desde la
suya, con una ceja alzada:
—¿Cuánto crees que va a tardar tu madre en sacar nuestras
fotos de niños?
Él puso los ojos en blanco, la sonrisita bailándole en los labios
gruesos.
—Le he escondido el álbum esta mañana para que no llorase,
pero creo que lo ha encontrado mi padre.
—¿No podrías habértelo llevado al monte? —protestó, po-
sándose dramáticamente una mano en la frente—. ¿No tenéis los
de tu clase una cueva por allí donde guardar tesoros?
Samuel suspiró, y el suspiro pareció durar siglos. Era uno
de los buenos, de los que indicaban que había una risotada
escondida debajo.
—Se llama caseta. Y no, Darío, los guardabosques no guarda-
mos tesoros… ni bosques, que te veo venir.
—¡¿Y para qué sirve entonces tener todo un monte para ti?!
—¡Que no es mío!
Notó la mirada de sus madres (perdón, de su madre y de
la de Samuel) sobre ellos, y también cómo luego se miraban
entre ellas sin decir nada. Su madre le pasó el cuenco de higos
a la de Samuel.
—Pero ¿sabes lo que sí tengo en la caseta?
—¿El qué?
—La lista que hicimos.
Darío pestañeó, confuso al principio y emocionado al final:
—¿La lista del apocalipsis? ¿La de segundo de bachiller?
—La misma.
Silencio. Samuel siempre había sido así, incluso ahora, con
veintisiete años, enorme y regio, solo otro roble más en aquel
pueblo. Darío le había visto pegarle un puñetazo a un chaval al
que había pillado tallando sus iniciales en el Abuelo, el castaño
más viejo de Europa, pero no había habido grandes revuelos ni
insultos, solo golpes. Samuel nunca decía más palabras de las ne-
cesarias. Así que cuando Samuel dijo:
191
—¿Te apetece dar una vuelta?
Darío asintió, sin dudar.
***
***
192
Los fuegos, los gritos, los cristales rotos. La sangre en el suelo,
las ambulancias, la gente yéndose cuanto antes. Y de la absoluta
tranquilidad que era el pueblo, con el valle rodeándoles como un
abrazo protector. Había perros y gatos andando por las calles
como si fuesen suyas, como si todos los habitantes se hubiesen
convertido de pronto en animales. Ni veinticuatro horas sin hu-
manos y la naturaleza ya ocupaba su puesto.
Ninguno de los dos había decidido el destino de su paseo, no
al menos ese año. Pero recordaban con absoluta claridad cómo se
habían reído cuando Edu había dicho lo de atiborrarse a pizza y
Darío había contestado que él lo haría con las trenzas de la pas-
telería de Teresa, en la esquina del conservatorio de música. Allí
era donde les guiaban sus pasos, sus cuerpos recordando no solo
el camino, sino cómo moverse junto al otro. Darío había olvidado
cómo Samuel siempre parecía andar acompasado a su ritmo, ni
muy deprisa ni muy despacio, las manos en los bolsillos y la mira-
da al frente. Y, a veces, desviando la vista hacia él para asegurarle
en silencio que le estaba escuchando.
—¿Qué te vas a pedir, si está abierta?
—Lo que quede. —Y Samuel se encogió de hombros—. No
estamos como para ponernos tiquismiquis.
Darío rio y allí estaba el conservatorio de música y allí estaba
la esquina con la pastelería de Teresa. Las puertas estaban abiertas
de par en par y las luces encendidas, y en vez de apretar el paso
frenaron de pronto, como si de todo aquel asunto del fin del
mundo el hecho de que Teresa siguiese vendiendo pasteles fuese
lo más extraño. Y quizá lo era.
Cuando se sobrepusieron de la sorpresa, entraron anunciando
su llegada con un «¡Hola!» alto y claro, por si acaso la pastelera
solo había querido que le entrase la revoltosa brisa veraniega que
siempre se alzaba en el valle al atardecer. Pero los expositores
estaban llenos de dulces y pastas, de cañas y tartas, de milhojas y
cruasanes. La mujer (la anciana) salió de detrás de la tienda con
una nueva bandeja de algo humeante, seguida muy de cerca por
su marido, quien la miraba como Samuel había mirado a el Abue-
lo la primera vez que se había topado con él. Maravillado.
193
—Perdón por interrumpir… —comenzó este, pero Tere se le
adelantó, dejando la bandeja a un lado y yendo directa a la otra
punta del mostrador:
—¿Trenzas?
—¿Cómo?
—¿Cuántas queréis?
Samuel se volvió hacia Darío, confuso, y al otro lado de la
montaña de dulces la mujer rio con fuerza.
—Venga, pedid por esa boquita.
La tentación de llevárselo todo fue fuerte, pero consiguieron
coger solo una cada uno. «No quiero pasar el fin del mundo po-
tando», dijo Darío con tono lastimero, mientras a ella le decía un
aún más triste «Solo una, Tere, gracias». Samuel rio entre dientes
y se le quitó la angustia.
—¿Es que no vais a descansar ni siquiera hoy? —les preguntó
justo después el guardabosques, preocupado—. No debéis de te-
ner muchos clientes, y…
—Estamos descansando, cariño —le cortó el hombre, pasán-
dole un brazo por la cintura a su mujer—. Esto es lo que nos
gusta hacer, lo nuestro. No necesitamos clientes.
Darío sonrió. Luego se llevó una mano a la cartera, en el bol-
sillo trasero del pantalón, pero entonces Tere le chistó (ese soni-
dito tan característico de madre que sonaba a chschschschs) y le
alzó el dedo índice en amenaza:
—No te atrevas a sacar ni un solo céntimo, chaval.
—Pero…
—¡Fuera de aquí! —gruñó el hombre (¿Ángel, se llamaba?),
pero la orden acabó en una sonora carcajada, que fue lo que im-
pulsó a Samuel a posarle una mano en la espalda y empujarle
poco a poco fuera de allí. La dejó caer, después, y Darío sintió la
punta de sus dedos resbalar por su columna como debía de ha-
cerlo el cometa por el cielo. Despacio y deprisa a la vez, ardiendo,
deshaciéndose.
Darío sabía que era culpa suya que se hubiesen distanciado,
pero es que era chico de fracturas limpias. Y cada vez que había
vuelto al pueblo a ver a sus padres y se topaba con Samuel, o
194
cada vez que hablaban, o cada vez siquiera que pensaba en él,
Darío sentía que era como levantar la tirita para comprobar que,
en efecto, la herida seguía allí. La herida llevaba ahí desde los
cinco años y al principio le había caído fatal, con su paleta rota y
su manía de cazar grillos.
Dio un mordisco a su trenza y suspiró. Tenía veintisiete años y
se estaba acabando el mundo, pero en ese momento volvía a tener
cinco años y acababa de conocer a su nuevo vecino.
—Buena, ¿eh? —dijo Samuel, con la boca llena.
***
***
195
que se decía camino, no había. Ruta, quizá, aunque por lo
menos llevaba décadas bien marcada gracias a las ruedas de
los coches.
El reflejo del cometa convertía la superficie del lago en lava
volcánica, un espejo de fuegos y rojos solo manchado aquí y allá
por los azules de su color real. A Darío le seguía dando frío en
el estómago no saber qué había debajo, y ahora que parecía un
caldero del averno aún más. Había crecido con los rumores tí-
picos de los pueblos con embalse, como que había especies in-
vasoras que se comían a las autóctonas (y a Darío a autóctono
no le ganaba nadie), o que alguien había traído pirañas para
hacer una broma y se habían reproducido… o serpientes de
mar, o anacondas. Y es que, cuando uno tenía miedo a las pro-
fundidades y un objeto no identificado le rozaba el tobillo la
primera vez que se atrevía a meterse hasta las rodillas, ya no
había vuelta atrás.
Y quizá por eso cuando tenía diecisiete años había prometido
que si se acabase el mundo no solo se metería hasta las rodillas,
no, ¡sino hasta la cintura!
—Vamos, valiente —rio Samuel tras él, con un puñado de
piedras ovaladas en los bolsillos y otra en la mano.
—Tú cuidadito, a ver si me vas a dar.
—Que nooo…
Samuel solo tardó tres intentos en cumplir su última voluntad.
Darío se volvió hacia allí, la mitad de él alegre por el chico y la
otra mitad angustiada porque no sabía si iba a ser capaz de cum-
plir la suya. Se había quitado las playeras y los calcetines, e incluso
había llegado a meter la puntita de los pies en el agua increíble-
mente helada del embalse… pero hasta ahí llegaba su valor. Tragó
saliva, se pisó un pie con el otro. Los hundió en la arena de grano
grueso. Vigiló lo que llegaba a ver de fondo hasta que se convertía
en negro.
—¿Necesitas ayuda?
—¿Y cómo me vas a ayudar? —preguntó, con un retintín de
burla que le salía siempre que Samuel intentaba echarle una mano.
—¡Al agua patos!
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Los Samueles de siete, de diecisiete y de veintisiete años
tenían un cuerpo muy diferente, pero los tres gritaban ese «al
agua patos» antes de sumergirse en cualquier sitio. La ropa la
dejó olvidada en la orilla (Darío cogió su camiseta al vuelo
cuando se la quitó, pero no tuvo tanta suerte con el resto de
cosas, de las que Samuel se deshizo como si desnudarse en me-
nos de tres segundos fuese a parar el cometa). Le oyó sisear
entre dientes mientras se hundía en el agua, primero poco a
poco, casi a saltitos, y luego de una vez, buceando y todo, ahí,
luciéndose. Darío arrugó la nariz. Se merecía que se le comiese
una piraña.
—Venga, vamos —le dijo cuando volvió a por él, saliendo
solo hasta la cintura para alargar las manos hacia Darío—. Pasito
a pasito, como la canción.
—He cambiado de idea, el Darío de diecisiete era idiota y no
sabía lo que decía.
Samuel rio. Tenía el pelo mojado y en cada mechón corto ha-
bía una diminuta gota de agua a punto de volver al lago. También
las tenía en el cuello, en el pecho, en los brazos. Dio gracias (y a
la vez no) porque se hubiese dejado los bóxers.
Lentamente empezó a desvestirse él también, deshaciéndose
primero de la camiseta y luego de los vaqueros. Samuel no lo mi-
raba, menos mal, nadando tranquilamente en círculos cerca de la
orilla. Lo dejó todo bien colocadito junto al gurruño que eran los
pantalones de deporte de su amigo y volvió al desnivel. Dio un
pasito pequeño, muy pequeño, y luego otro, y luego la mano de
Samuel estaba ahí, rodeando su muñeca, al mismo tiempo guián-
dole y asegurándose de que no huyese.
—¿Sabes algo de Iván y Edu? —preguntó Darío, intentando
fijar su atención en algo que no fuese sus propias piernas desa-
pareciendo en lo desconocido o en el cuerpo desnudo de Samuel
hundiéndose a su lado.
—He estado hablando antes con ellos —contestó él, sin
dejar de tirar de su brazo—. Edu está de camino a Galicia con
su madre.
—¿En serio? Vaya…
197
—Sí —rio, por lo bajo—. E Iván… pues no se ha ido tan, tan
lejos como quería, pero su familia y él salieron tras el anuncio para
su piso de la playa. Decían que querían verlo desde su terracita.
Darío recordaba la terraza de aquel pueblo costero de
Alicante del verano que los cuatro chavales habían pasado allí,
el de los quince. Era un buen lugar para morir. El mar tenía
que estar al mismo tiempo precioso y terrorífico bajo el
cometa. Sin querer desvió la vista hacia arriba, y Samuel
aprovechó ese momento para terminar de arrastrarle, el agua
ya llegándoles por la cintura. Darío sentía hasta el último
músculo del cuerpo en tensión, y querría que fuese porque
el agua estaba congelada incluso bajo los cuarenta grados del
verano español y el cometa que lo arrasaría todo, pero sabía que
tenía más que ver con los monstruos de las profundidades y
con el humano de la superficie.
—¿Bien?
Su voz sonaba suave. Por el rabillo del ojo vio cómo agacha-
ba la cabeza para mirarle, tratando de averiguar si no se movía
porque estaba intentando acostumbrarse al terreno o porque
estaba teniendo un ataque de pánico. Siendo sinceros, era un
poquito de ambas.
—Algo me ha tocado el pie —consiguió decir, con la mandí-
bula rígida.
—He sido yo —rio él—. Perdona.
Y le volvió a dar una pequeña patadita, la que antes había
confundido con una piraña paseando por entre sus piernas. Darío
se la devolvió, con rabia, pero el agua frenó el golpe y le hizo de
chaleco antibalas a Samuel, quien volvió a reír antes de echarse
hacia atrás y soltarle, sumergiéndose para dar un par de brazadas
más allá. A Darío siempre le parecía mágica la forma en la que
Samuel podía ser callado y recto, un ejemplo para los niños más
pequeños, y al mismo tiempo esa bola de energía que no se podía
estar quieta y que le obligaba a meterse de lleno en sus pesadillas
en el último día de sus vidas.
En el último día de sus vidas.
Ah. Se iba a morir. Se iban a morir.
198
Se iban a morir y Darío estaba teniendo miedo de la inexis-
tente posibilidad de que una piraña le mordiese el culo en vez de
nadar junto a Samuel. Era ridículo. No. Era patético.
Samuel arqueó una ceja cuando le vio aparecer a su lado, Da-
río braceando con la elegancia que le daban los años de natación.
Le guiñó un ojo al adelantarle y luego buceó, probándose a sí
mismo que hasta los más cobardes podían superar sus miedos.
A sus amigos de la infancia, en cambio, era otra historia distinta.
Otra historia que no es esta.
Estuvieron chapoteando y nadando y salpicándose el uno al
otro durante lo que le parecieron horas, aunque sabía que no lo
habían sido porque cuando salieron a la orilla de nuevo el sol to-
davía seguía bajando (como el cometa) y el calor no daba tregua.
Se tumbaron allí, sobre la arena que no era arena, que se le clava-
ba en cada vértice, y dejaron que el sol se encargase de secarles.
Oía la respiración lenta de Samuel a su lado. Podría dormirse es-
cuchándola. Podrían quedarse así, hasta el final, si Samuel quería.
***
199
—Como el fin del mundo —asintió él.
—Aunque mejor haber tenido que superar este miedo a cua-
renta grados y no a diez, ¿no?
Él suspiró. Había vuelto a cerrar los ojos para disfrutar del
calor del sol, pero aún sentía los ojos negros de Samuel sobre sí.
—Cierto.
—¿Recuerdas que hubiese algo más en la lista?
Recordó el atardecer de aquel día. Recordó los dedos de
Samuel entrelazados en los suyos, y el silencio. Ese silencio. A
Darío se le había parado el corazón y había querido… Pero no
sabía si Samuel quería que se acordase de eso, porque no formaba
parte de la lista, nunca había formado parte de la lista, y no quería
joder sus últimas horas juntos.
—No —contestó.
Samuel no dijo nada más.
***
***
200
Darío se acodó sobre la arena, mirándole desde arriba. Samuel
no se molestó en moverse, aún tumbado en la orilla húmeda y con
su camiseta como almohada.
—¿Al Resbaladero? —se aseguró él—. Si está a la otra punta…
Samuel sonrió.
—¿Es que tienes algo mejor que hacer?
Arqueó las cejas, nada impresionado por la no-respuesta. Alzó
la vista hacia el monte que se elevaba al norte del pueblo, donde
las mansiones de la gente de bien habían terminado por parasitar
su silueta. A veces lo habían llamado el Olimpo, cuando eran pe-
queños, por lo lejos y alto que parecía estar.
—¿No te apetece ver cómo acaba todo desde la mejor butaca
del mundo?
***
201
—O quizá les importan mucho más sus pantalones.
Recogieron el cartón y lo usaron como trineo para tirarse por
el Resbaladero una, dos, tres veces, unas por turnos y otras los
dos juntos. El cometa lo teñía todo de azafrán. Cuando treparon
por última vez y decidieron recostarse sobre la roca, Darío re-
cordó que su abuela siempre le decía que si uno se tiraba por el
Resbaladero pronto conseguiría novia. No diría en voz alta que
muchas de las veces por las que lo hizo fue para comprobarlo,
y alguna que otra incluso funcionó, pero no con la persona con
la que hubiese querido.
Samuel había tenido razón: la mejor butaca del mundo.
Desde allí se veía todo el valle, todo el embalse, el río, las ca-
sas. La carretera principal del pueblo se perdía aquí y allá entre
los edificios diminutos de color blanco y crema, y más allá solo
llegaban a ver el subir y bajar del color verde. El pueblo vecino
era un solitario borrón claro al otro lado del último embalse, y se
les escaparon los «oohhh» cuando vieron que estaban lanzando
fuegos artificiales.
—¿Crees que será otra última voluntad? —preguntó Darío,
sin poder apartar la vista de ellos. El eco de sus estallidos les
llegaba muy, muy lejano, casi un murmullo, y bajo el candor del
cometa todos parecían compartir el mismo color rojo.
—Puede.
En ese momento, a Darío le vibró el móvil y se lo sacó
del bolsillo con el ceño fruncido. Era una foto que le había
mandado la madre de Samuel en la que se veía a su propia
madre con los ojos llenos de lágrimas de risa y señalando
algo entre las páginas de un enorme álbum de fotos. Samuel
se inclinó para mirarla cuando giró la pantalla del móvil hacia
él. Rieron.
—Se lo están pasando bien, ¿eh?
Samuel le miró a los ojos y abrió los labios para decir algo,
pero nada salió. Darío sabía que había estado a punto de pre-
guntarle que si quería volver a casa, con sus familias, pero se ha-
bía dado cuenta de que el cometa les pillaría de camino. Así que
Darío se guardó el móvil en el bolsillo con un nuevo temblor en
202
la punta de los dedos y volvieron a tumbarse contra la cada vez
más ardiente roca que era el Resbaladero.
Ya solo quedaba esperar.
***
203
«Veo que no», había sonreído Samuel después, al soltarle y
retroceder un par de pasos.
***
204
Ah, ahí estaba, el «por fin». Ni siquiera había pasado aún pero
ya era por fin. Darío lo notaba en la forma en la que Samuel le
miraba y en el breve apretón en su mano.
Le vio alzarse sobre un codo, cerniéndose sobre él, y en el
cielo ya solo quedaban el cometa y Samuel. Ambos estaban muy,
muy cerca. Darío no sabía cuál de los dos caería primero, si el
mundo se iba a acabar antes de que le besase o si lo haría con
ese beso.
Samuel le alzó la barbilla con la mano libre y le besó.
***
Y el cometa cayó.
***
Al otro lado del universo, más allá de varias Vías Lácteas que no
se llaman así y más allá de agujeros negros y de planetas muertos
y de planetas vivos, la madre de un nene de cinco años le grita
desde la cocina que como no baje a desayunarse la trenza en me-
nos de un minuto se queda sin ir a la piscina esa tarde. El niño se
revuelve ante la injusticia, le pega un par de golpes al colchón,
pero al final se rinde y se incorpora muy, muy lentamente. La
ventana está abierta y el cielo es tan azul y tan claro que casi le
hace daño a los ojos, pero aun así cruza la habitación y, como
cada día, apoya los brazos allí para vigilar la cuesta de la urba-
nización. Nunca ha tenido muy claro por qué lo hace, pero hay
algo muy, muy dentro de él (como chicle pegado a las costillas)
que le dice que algo falla, que algo falta.
Ese día hay un enorme camión aparcado en mitad de la cues-
ta y él arruga el gesto. Su padre está hablando con otro hombre
como si le conociese de toda la vida y le está ayudando a bajar
una mesa de madera oscura del camión. Dentro hay todo tipo de
muebles y cajas de cartón. De cartón… El pensamiento destella
durante un segundo pero desaparece igual de rápido, porque sus
ojos se han topado con algo mucho más interesante.
205
Es un niño. Tendrá su edad, más o menos, con los labios frun-
cidos en una fina línea de disgusto.
—Pero ¿qué te he dicho, Darío? —Oye de pronto a su madre
tras él, y da tal respingo que por un momento cree que se va a
caer por la ventana.
—¡Que ya voy, mamá!
Pero ella está sonriendo, y avanza para asomarse también. Allí
abajo, una mujer con lo que parece un microondas entre los bra-
zos alza la mandíbula en un saludo sonriente y su madre se lo de-
vuelve con la mano. Darío frunce el ceño, y el otro niño, aún más.
—¿Te acuerdas de que te hablé de que cuando era pequeña mi
vecina era mi mejor amiga? ¡Pues la historia se repite!
—La historia se repite… —Prueba las palabras, y casi se es-
conde cuando el chaval alza la vista hacia allí, vigilando a quién
está saludando su madre. Sus ojos son negros.
—Pero esta vez saldrá bien —le asegura ella, revolviéndole el
pelo.
Darío no sabe qué es lo que tiene que salir bien esa vez, pero
asiente igualmente, alejándose de la ventana y dando un saltito
para adelantar a su madre.
—¿Y cómo se llama el niño?
Ella sonríe.
—Samuel.
206
Irene Morales
@LunnVic
207
Amiga, date cuenta
Yaiza Carrasco
Resumen
Cinco veces en las que Sariel y Jen estuvieron a punto de
descubrirse la una a la otra por accidente y una en la que
finalmente lo hicieron.
Notas
La autora de verdad cree que las impresoras son malvadas y
nos odian.
209
El ángel Sariel las vio abandonar su despacho y pensó que la
nueva informática era bastante desagradable y que ojalá no tu-
viera que lidiar con ella; lo más seguro era que acabara siendo un
estorbo para su misión de cuidar a los empleados.
La demonio Jenobarh fue a su nuevo puesto, desde donde
podría dedicarse a hacer la vida imposible a los humanos, y pensó
que todo el departamento de RR. HH. se merecía una dosis espe-
cial de maldiciones demoniacas, especialmente la estirada de Riel.
210
Capítulo 1
Descanso
211
que tenían una existencia terriblemente corta y se veían obligados
a pasar buena parte de ella trabajando. Aun así, que fuera buena
no quería decir que le gustara sufrir. Las últimas dos semanas
habían sido infernales, parecía que de repente todo el mundo se
había puesto más tenso e irritable y que cada vez que se daba la
vuelta aparecía un problema nuevo. En las interminables reunio-
nes con Gabrielle Zhou, la jefa de RR. HH., a veces se sorprendía
echando de menos el cielo y la tranquilidad de ser una entidad
etérea lejos de todas las miserias terrenales, señal de que necesi-
taba un descanso.
El mayor problema era la falta de intimidad. Normalmente,
cuando quería darse un respiro de su envoltura carnal esperaba a
volver a casa, pero había días como aquel en los que no se podía
aguantar más y, aunque supiera que iba contra las normas y des-
pués se sentiría culpable por su falta de cuidado, se concedía un
descanso en la oficina.
—Oscar, ¿está Gabrielle aquí? —preguntó Sariel, asomando
solo medio cuerpo por la puerta de su despacho.
El secretario le respondió con un murmullo, sin apartar la
mirada de la pantalla.
—¿Cómo?
—Que ha salido. No, no sé cuándo volverá.
—Me lo imagino. Tengo que hacer una llamada muy impor-
tante. Si viene alguien a hablar conmigo le dices que se siente y
espere a que acabe.
Oscar le respondió con otro murmullo y Sariel decidió con-
formarse con eso. Cerró la puerta y echó el pestillo. Después
cerró las cortinas. También selló el despacho para que ni la luz
ni el sonido pudieran salir de él, porque toda precaución era
poca si iba a liberar su verdadera forma en un edificio repleto
de humanos.
Se fue desprendiendo de su envoltura poco a poco, sabo-
reándolo como quien se quita los calcetines al volver a casa del
trabajo. Primero liberó las alas, luego la aureola, y después, con
212
una serie de chasquidos satisfechos, fue abriendo uno a uno sus
cientos de ojos.
Cuando acabó, soltó el equivalente metafísico a un suspiro de
placer y se puso cómoda. Por suerte, no se dejó ir lo suficiente
como para no escuchar la puerta abrirse.
—Riel, tengo una pregunta sobre…
Una ráfaga de viento cerró la puerta de golpe antes de que Jen
pudiera meter la cabeza dentro.
—¡Un momento! —gritó Sariel. Por suerte, se acordó de usar
su voz humana—. ¡Estoy ocupada!
Más rápido de lo que lo había hecho nunca, volvió a enfun-
darse su disfraz humano; apenas pudo terminar de colocarse la
piel antes de que Jen volviera a abrir la puerta. No pareció que
notara nada raro, así que confiaba en haberse puesto bien el
disfraz, pero no pudo evitar llevarse la mano al afro para asegu-
rarse de que no se había dejado la aureola.
—Si no estás haciendo nada… Buscaba a Gabrielle por una
cosa del contrato, pero como no está pues te lo cuento a ti.
A pesar de su infinita paciencia angelical, Jen siempre conse-
guía ponerla de los nervios. No era la única: Gabrielle salía huyen-
do cada vez que la veía y otros empleados habían mencionado in-
cidentes o comentarios fuera de lugar, pero nunca nada suficiente
para amonestarla. Principalmente, el problema era su forma de
ser, su simple presencia ponía a todos de mal humor.
Como ángel, Sariel debería estar por encima de todo aquello,
pero desde el primer momento su intuición le decía que Jen le
daría problemas.
—¿Nunca llamas antes de entrar?
—¿Para qué? Estás en la oficina, ni que te fuera a pillar en
pelotas —dijo Jen con un tono juguetón que sugería que le encan-
taría haber descubierto a Sariel en una situación comprometida.
Lo que la pobre no sabía era que, si hubiera llegado a verla en su
verdadera forma, se le habría borrado esa expresión de la cara y
seguramente habría tenido que pasar la noche en el hospital.
213
Sariel se asomó afuera, donde vio a Oscar en la misma posi-
ción y con la vista todavía fija en la pantalla.
—Te dije que estaba con algo importante.
—He intentado detenerla, pero ha sido imposible.
El ángel se obligó a serenarse y a mostrarse lo más tranquila
posible mientras ayudaba a Jen con su problema, que resultó bas-
tante sencillo y aun así la informática se las arregló para tenerla
más de una hora ocupada.
No se permitió respirar tranquila hasta que se quedó a solas.
Ella misma se encargó de darse mentalmente la reprimenda que
le hubieran echado sus superiores de haber sido descubierta y
se juró que no volvería a tomarse más descansos en el trabajo.
¿Cómo había podido olvidarse de echar el pestillo?
***
214
Capítulo 2
Problemas técnicos
215
poseían conciencia propia y una maldad que rivalizaba con
la suya.
Lo más difícil de su trabajo era, sin duda, disimular lo mucho
que disfrutaba de las miradas asesinas, las malas palabras y la des-
esperación de sus víctimas.
—¿Te falta mucho? —preguntó Anna Schmidt.
—Dame cinco minutos.
—¡Llevo una hora dándote cinco minutos!
—Lo siento, en serio, pero no puedo hacer mucho más. —Jen
se felicitó mentalmente por haber puesto un tono de voz tan pa-
téticamente compungido.
Un empleado humano habría acabado por responder de
mala manera a Anna Schmidt, pero Jen sabía que nada jodía más
a cierto tipo de persona que ver a alguien inmutable y correcto
ante su ira. Y ella ni siquiera estaba molesta por el mal trato,
al contrario: cuanto más imbécil era la víctima, más gozaba
al torturarla. Podría haber solucionado el problema en cinco
minutos, pero lo había retrasado todo lo posible en cuanto
comprobó que nadie en el departamento de Contabilidad sabía
lo suficiente de informática como para rebatir lo que les dijera.
Y por cada vez que Schmidt la fastidiaba, añadía media hora
más de castigo infernal. El resultado era que la mitad del depar-
tamento permanecía de brazos cruzados, mirándola jugar con
los códigos.
Cuando llegó la hora de volver a casa, los involuntariamen-
te ociosos trabajadores abandonaron la oficina con alivio. Sch-
midt fue la última en marcharse. Jen sospechaba que quería
asegurarse de que no se iba a casa sin solucionar el problema,
pero al final, como siempre, la voluntad humana se quebró
antes que la demoniaca.
—Tengo que recoger a mi hija de ballet. Espero que mañana
cuando llegue esté todo solucionado o tendré que informar a los
de arriba.
—Haré lo que pueda.
216
Schmidt se fue refunfuñando y Jen se permitió liberar la son-
risa que llevaba horas conteniendo. Comenzó a teclear al doble de
velocidad de lo que una persona normal sería capaz y pronto todos
los ordenadores volvieron a funcionar con normalidad. Jen se can-
saba pronto de jugar con una víctima y al día siguiente encontraría
nuevas averías y pobres almas confiadas esperando a ser torturadas.
Aun así, después de todo un día soportando las palabras despec-
tivas de Schmidt, pensaba dejarle un regalito para que no pasaran
mucho sin verse.
Jen acarició la tapa de la impresora con el filo de sus largas
uñas negras y la sintió ronronear. Los aparatos eléctricos no tenían
exactamente un aura como los seres vivos, pero sí algo bastante
parecido, y Jen percibía que aquella impresora poseía un alma lle-
na de rencor hacia la humanidad, deseosa de vengarse de años de
sobreexplotación, noches enteras encendida a solas porque se ha-
bían olvidado de apagarla, golpes para que imprimiera más rápido
y otras vejaciones. Cuando Jen comenzó a verter en ella su energía
demoniaca, la impresora la recibió con los brazos abiertos.
Las luces parpadearon y algunos aparatos comenzaron a pi-
tar, aterrorizados al sentir la maldad que impregnaba el aire. A
pesar de que todas las ventanas estaban cerradas, una ráfaga de
aire agitaba su melena rubia y la falda de su vestido negro, por-
que gran parte del poder demoniaco se basaba en el espectácu-
lo, incluso si tu público consistía en un puñado de aparatos de
oficina. Por eso, aunque no era estrictamente necesario para la
maldición, Jen hizo aparecer unas llamas negras que le subieron
por las piernas.
Estaba tan absorta en su tarea que, si los ordenadores no
hubieran comenzado a parpadear avisándola de que alguien
se acercaba, quizás la hubieran atrapado con las manos en la
masa. Se dio toda la prisa que pudo en acabar el trabajo y vol-
ver a la normalidad.
—¡Hola, Jen! Qué susto me has dado, pensaba que se habían
ido todos.
217
La demonio, todavía sensible por la maldición que acababa
de desencadenar, reprimió un escalofrío al oír aquella voz irri-
tantemente alegre.
—Estaba solucionando un problema con los ordenadores
—respondió, dándose la vuelta para mirar a Sara Riel.
Tuvo un pequeño momento de pánico, porque no estaba
segura de haberse acordado de esconder todos sus rasgos de-
moniacos, como los ojos negros o los cuernos. Riel no pareció
notar nada raro, aunque Jen sospechaba que se empeñaba tanto
en verlo todo de color rosa que, si un día la encontraba en plena
maldición, se convencería de que ese era el trabajo normal de
una informática.
—¿Schmidt te ha dado problemas?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es Schmidt. Seguramente mañana la tenga en
mi puerta quejándose de que has tocado su ordenador con las
manos sucias o alguna otra mamarrachada, esa mujer vive para
hacer la vida imposible a los demás. No te preocupes, ya nunca
le hago caso.
—Tampoco creas que eso me quita el sueño.
La sonrisa de Riel flaqueó por una milésima de segundo.
Un gesto imperceptible para el ojo humano, pero Jen lo vio
y la llenó de orgullo. Riel trataba con todo tipo de gili-
polleces humanas, Jen lo sabía porque se había dedica-
do a espiarla durante las horas muertas. Pero, por muy
desquiciantes que fueran las personas con las que trata-
ba, nunca perdía su fachada de bondad. Por eso Jen se ha-
bía puesto como objetivo hacer que esa máscara se cayera
a pedazos.
—Deberías irte ya a casa, se te ha hecho tarde y no creo que
te vayan a pagar las horas extra —dijo Riel.
—¿Y tú por qué sigues aquí?
—Me he quedado colgando los carteles para la fiesta de jubi-
lación de Sophie. Igual podrías ayudarme…
218
—No, lo siento, llevo horas aquí peleándome con los ordena-
dores y estoy muy cansada, debería irme a casa. Además, tampoco
es que me vayan a pagar las horas extra.
—No te preocupes, ya me había ofrecido yo a hacerlo. ¿Me
dejas un momento que use la impresora? Tengo que fotocopiar
más carteles.
Jen se apartó para dejarle espacio, con los ojos fijos en el in-
minente desastre. Riel colocó el cartel y le dio al botón de copiar.
El ruido de tractor averiado que hizo la fotocopiadora debería
haberle servido de advertencia, pero cuando cogió las copias su
expresión cambió por completo.
—Ha salido demasiado oscura.
—Vuelve a probar —sugirió Jen, la viva imagen de la inocencia.
Riel repitió el proceso y aquella vez la imagen salió borrosa.
—No lo entiendo, si no la he tocado…
La siguiente tanda salió con la imagen cortada, y, en las si-
guientes, los colores aparecían desteñidos.
—No sé qué pasa… —dijo Riel.
—Le echaría un vistazo, pero ya sabes, ya es tarde y las
horas extra…
—¿Eh? Ah, no, por supuesto, vete a casa y mañana llamo al
técnico. La de papel que estoy gastando —se lamentó Riel, con
expresión culpable.
Al volver a darle al botón, la impresora anunció que se había
quedado sin tinta.
Jen decidió que aquella cara valía más que mil contables
enrabietadas.
A lo largo del día siguiente, los trabajadores de EDHEN
fueron descubriendo que sus impresoras se negaban a trabajar,
en una onda expansiva de desesperación y papel desperdiciado
que comenzó en Contabilidad y llegó hasta las secretarias del
CEO. Jen no pudo saborear el caos como era debido porque
al ir al despacho de Sara Riel descubrió que su impresora era
la única que funcionaba en todo el edificio. Se pasó la jornada
219
rumiando el fracaso e intentando entender cómo lo hacía Riel
para escapar de sus maldiciones.
***
221
Ojalá no tuviera que hacerlo. Si las leyes humanas funcionaran
como deberían, su intervención no sería necesaria. Preferiría pre-
venir los crímenes a castigar a los criminales, pero era culpa suya
por no haber visto que llevaba meses produciéndose un caso de
acoso sexual delante de sus narices.
Aquella mañana Sariel se había enterado de que Rachel no iba
presentar cargos ni a volver a la oficina. Sin juicio, el único castigo
que recibiría Summers sería el despido y, con su currículum y sus
contactos, no tardaría en encontrar otro trabajo, quizás uno don-
de tuviera impunidad para acosar a las empleadas.
La ventaja de que Gabrielle pasara más tiempo fuera de su
despacho que dentro era que resultaba fácil usar su correo para
citar a Luke Summers esa noche, después de que todo el mundo
se fuera. En cuanto llegó, fue evidente que sabía que algo no iba
bien, no solo por encontrar a Sariel en lugar de a Gabrielle, sino
porque era la primera vez que la veía enfadada. Seguramente en
aquel momento, aunque no supiera por qué, Summers estaba sin-
tiendo la imperiosa necesidad de pedir perdón a Dios y confesar
sus pecados.
—¿Dónde está Zhou?
—Ha tenido que irse —mintió Sariel. Aunque mentir (salvo
para ocultar su identidad) fuera pecado, a veces le importaba una
mierda—. No te preocupes, me ha dejado al cargo.
—Mejor no. Sé que te llevas muy bien con Rachel, y la verdad
es que no has sido muy imparcial, no he venido a soportar más
acoso.
—¿Que tú has soportado acoso? —preguntó con incredulidad.
—Todos os habéis puesto de parte de Rachel. Claro, como
ahora es lo políticamente correcto... No importa lo que yo diga,
soy el culpable sin pruebas.
—¿Los correos, los mensajes, lo que cuentan sus compañeros
o el testimonio del portero que vio salir a Rachel muerta de mie-
do aquella noche no son pruebas? —Sariel no añadió que como
ángel podía ver la marca de lo que había hecho e intentado hacer,
222
rodeándole como una mancha negra sin un solo matiz grisáceo
de culpabilidad.
—Todo sacado de contexto. No voy a quedarme aquí a aguan-
tar más humillaciones, dile a tu jefa que, si tanta prisa tenía por
verme, que hubiera estado a la hora.
Summers se dio la vuelta, pero la puerta se cerró en sus nari-
ces. Dramático, reconoció Sariel, pero un castigo requería crear
algo de ambiente. Por eso, cuando Summers se giró para volver a
encararla se la encontró a un palmo de distancia.
—En realidad, por una vez Gabrielle no llega tarde. Te escribí
yo desde su correo.
—¿Por qué? —preguntó Summers con voz ahogada.
—No puedo dejar que te vayas como si nada y que hagas daño
a más mujeres.
Vio a Summers tragar saliva. Estaba evaluando sus probabili-
dades en caso de que intentara atacarlo. Sariel le sacaba casi una
cabeza, pero su cuerpo mortal era muy delgado y de apariencia
frágil; eso debió de darle seguridad para envalentonarse.
—Riel, no sé qué coño quieres, pero si me pones un dedo
encima…
—No necesito ni un dedo.
Sariel levantó la mano izquierda con la palma abierta hacia
Summers. Este se encogió como si esperara un golpe, pero ella no
se movió. Las luces parpadearon una, dos, y tres veces, mientras
Sariel se concentraba en la justicia, en su deber, en la sonrisa cá-
lida de Rachel que Summers había borrado, para poder convocar
el castigo divino.
—¡Eh, cabrón, sé que estás ahí!
La puerta se abrió y entró Jen, como un pequeño huracán
muy enfadado. Dudó un momento al ver a Sariel allí, con la mano
levantada.
—¿Qué haces? —preguntó Jen.
—No, ¿qué haces tú aquí?
—No sé qué coño pasa, pero me voy— dijo Summers.
223
Dio un par de pasos hacia la salida, pero eso lo obligaba a
pasar junto a Jen y, aunque esta parecía seguir un poco descon-
certada, en cuanto lo tuvo a su alcance echó el brazo hacia atrás
y lanzó un contundente derechazo contra la mandíbula de Sum-
mers. Apenas le dio tiempo a gritar antes de que Jen lo cogiera de
los hombros para darle un rodillazo en la entrepierna que le cortó
el aliento.
—Esto es por Rachel. Como me vuelva a enterar de que in-
tentas tocar a alguien, pedazo de mierda asquerosa, juro que te
arranco los huevos.
—Estás loca —dijo Summers con un hilo de voz.
—¡Lárgate! Tienes suerte de que Riel esté aquí o no sé lo que
te haría.
Summers salió corriendo. Las dos mujeres permanecieron en
silencio hasta que el sonido de sus pasos se extinguió.
—¿Riel? —la llamó Jen—. ¿Qué he interrumpido?
Sariel se dio cuenta de que seguía con la mano alzada. La es-
condió detrás de la espalda, como si fuera un arma que pudiera
delatarla. No se le ocurría ninguna excusa ni medio racional, así
que probó a decir parte de la verdad.
—Estaba buscando a Summers, como tú. Sabía que iba a
venir a hablar con Gabrielle…
—¿Ibas a darle una hostia?
Sariel ya había abusado de mentiras aquel día, así que lo más
sensato sería decir una optar por una verdad a medias.
—Estaba muy enfadada y no quería que se fuera sin más.
—Joder, tía, dabas hasta miedo. Esto no me lo esperaba de ti.
—¿Perdona? ¡Tú le has pegado dos veces!
—¡No lo digo como algo malo! Al contrario, me caes mejor
ahora que sé que eres capaz de enfadarte.
—¿Gracias? —Sariel no estaba segura de qué decir ante la mi-
rada de deleite de Jen—. Aunque al final ya lo has hecho tú todo.
No sabía que fueras amiga de Rachel.
—No lo soy, solo he hablado con ella una vez.
224
A Sariel se le enterneció el corazón. Quizás había encontrado
la bondad en Jen; debajo de una capa de ira y agresividad, sí, pero
había trabajado con menos.
—Me sorprende esa faceta tuya, Jen.
—¿Yo te he sorprendido? —La informática soltó una car-
cajada—. Me pregunto qué más escondes.
Sariel sonrió con nerviosismo.
—Oye, no me apetece irme a casa aún. ¿Quieres ir a tomar
una cerveza y celebramos que no eres tan mosquita muerta como
pensaba?
—No sé si debería ofenderme, pero me lo tomaré como un
halago si invitas tú.
Se sentía muy aliviada por no haber tenido que castigar a Sum-
mers. Una patada en los huevos no era exactamente un castigo
apropiado, pero era el gesto lo que contaba. Jen le acababa de
demostrar que, aunque estuvieran lejos de ser perfectos, los hu-
manos podían ocuparse de impartir su propia justicia.
***
225
Capítulo 4
Cama compartida
226
—¡No quiero decir que seamos más que amigas! Me refiero
a que Sara y yo solo somos compañeras de trabajo. Ni siquiera
me cae bien.
—Pues Sara me ha contado que ahora os lleváis bastante
bien y quedáis fuera del trabajo, ¿no?
Jen no replicó nada, porque sabía reconocer una batalla per-
dida en cuanto la veía. Gabrielle se había empeñado en ver una
preciosa amistad donde no la había y los hechos no iban a arrui-
narle la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro: solucionar
el problema de la falta de camas y tener a Jen bajo vigilancia
todo el fin de semana.
No entendía por qué Gabrielle estaba convencida de que
eran amigas, si no tenían nada en común, no podrían ser
más opuestas ni aunque lo intentaran. Aunque, si se paraba
a pensarlo, quizás tenía motivos para creerlo. Tras casi ver-
la darle una hostia a Summers, su opinión de Sara había
mejorado bastante, y Jen pasó de evitarla a buscar su com-
pañía en los descansos, incluso de vez en cuando iban a
tomar una cerveza después del trabajo. Pero Jen solo sentía cu-
riosidad por descubrir si Sara tenía potencial para ser corrom-
pida. Trabajo de investigación, podría decirse, pero, aunque
hubiera una forma de explicarlo sin revelar su identidad,
Gabrielle no iba a escucharla.
—Lo haría yo, cielo, pero tengo la espalda fatal y necesito
una cama para mí sola —dijo la jefa de RR. HH.
—Resulta que yo también tengo la espalda mal y el médico
dice que no me da la gana ser la que se fastidie, busca un volun-
tario o échalo a suertes.
La mirada de Gabrielle se ensombreció.
—Ya me había dado cuenta de que prefieres ir por libre,
pero esto… Esta falta de solidaridad con tus compañeros no
es el espíritu de las jornadas de convivencia. Si no puedes ni
compartir habitación con una amiga, creo que no podré dejarte
venir a futuras actividades de la empresa.
227
Ah, pensó Jen, ahí estaba ese punto de malicia que tanto le
gustaba de Gabrielle. Aunque intentara fingir que era tan dulce y
amable como la propia Sara, desde el primer minuto supo que era
todo fachada y que nadie llegaba a un puesto de poder sin saber
mangonear. El mes siguiente había un torneo de paintball entre
empresas y eso no se lo podía perder por nada del mundo.
De todas maneras, Jen había pasado por cosas peores que
compartir cama con una santurrona. Para ser justa, no debería es-
tar ni en el top 100 de peores momentos de su existencia, ya que
de esos había tenido bastantes, pero se trataba de Sara Riel. Algo
en ella la irritaba como ningún otro mortal y, además, hacía tiem-
po que sospechaba que su sola presencia contrarrestaba sus mal-
diciones. Era una tontería, los humanos no tenían poder sobre las
obras de los demonios, pero parecía que toda su energía positiva
y su necesidad de ser perfecta anulaban sus esfuerzos diabólicos.
Oficialmente, le habían amargado las jornadas de convivencia.
No hablaron cuando cogieron las llaves y entraron en la
habitación. Sara enseguida comenzó a guardar su ropa en los
armarios, así que Jen se puso cómoda en la cama y pasó los
canales en la antiquísima televisión hasta dar con un partido de
hockey sobre hielo. Era uno de sus deportes favoritos, pero segu-
ramente Sara la haría cambiar de canal en cuanto los jugadores
empezaran a pegarse.
—¿Ese es tu lado de la cama? —preguntó Sara.
—¿Qué?
—Que si duermes en ese lado.
—Ah… —Jen no se había dado cuenta de que se había co-
locado en la mitad izquierda de la cama, dejando espacio como
si ya hubiera otra persona tumbada. No tenía un lado de la cama
porque no solía dormir salvo que la situación lo requiriera—. La
verdad es que me da igual.
—A mí también.
Hubo un tenso silencio, roto solo por los gritos de un jugador
al que le acababan de saltar los dientes.
228
—Voy a ponerme el pijama —murmuró Sara y desapareció
en el baño.
Jen sintió una emoción que los demonios pocas veces expe-
rimentaban delante de otros mortales: incomodidad. Se estaba
planteando provocarse una combustión espontánea y volver de-
recha al infierno con tal de escapar de aquella habitación. Seguro
que Sara salía con un pijama de abuelo, de esos con cuadros esco-
ceses, abrochado hasta el cuello. Después tendría que explicarle
que ella dormía en una camiseta vieja y bragas. A Sara le daría un
infarto, lo que sería muy divertido, pero luego llegaría el momen-
to de dormir junto a Sara Riel en bragas.
Tenía que hacer algo para tomar el control de la situación o se
volvería loca.
En cuanto cayó en la cuenta, se avergonzó de que no se le
hubiera ocurrido en el mismo instante en que le dijeron que solo
había una cama: tenía que seducir a Sara.
Jen no solía recurrir a la seducción porque su trabajo consistía
en sembrar el sufrimiento, y poco sufrimiento había en el sexo
consensuado y deseado, pero a veces lo hacía cuando necesitaba
bajarle los humos a cierta gente; y otras solo porque se lo pasaba
bien. Cuando la conoció, ni se le hubiera ocurrido aquella posi-
bilidad, porque Sara le parecía demasiado estirada para dejarse
seducir, pero ya la conocía mejor y sabía que no era inmune a la
tentación de un buen rato. Además, era imposible no darse cuenta
de que de vez en cuando se le iban los ojos detrás de Jen.
Como Sara era una caja de sorpresas, no estaba muy segura
de qué ocurriría si su intento de seducción tenía éxito. Podría
suceder que a la mañana siguiente estuviera tan avergonzada
que no pudiera ni mirarla a la cara, o quizás se soltara la me-
lena y se pasaran las jornadas buscando rincones oscuros para
meterse mano. Cualquier cosa sería mejor que aquella tensión
insoportable.
Jen apagó la tele y se concentró en recordar cómo funciona-
ba aquello de seducir a mortales. Si bien casi todo se basaba en
229
carisma y saber encontrar el punto débil del objetivo, Jen solía
recurrir a pequeños trucos demoniacos para volverse irresistible:
limpiarse la piel, dejarse el pelo más suave y brillante, endulzar la
voz, buscar un olor atractivo.
—¿Te queda mucho? Estoy bastante aburrida aquí solita —
la llamó Jen con su voz sexy demoniaca, solo para probar qué
efecto tenía.
—Me estoy lavando los dientes. ¿Te pasa algo en la voz?
—¿Qué? —Jen no supo qué contestar. Esa voz había hecho
derretirse a hasta a la más beata madre superiora. ¿Había perdido
la práctica?
—Nada, me lo habré imaginado.
Cuando Sara salió del baño no llevaba un pijama anticuado,
pero tenía estampados de dibujos animados, la segunda opción
de Jen. Le pegaba bastante.
En lugar de ir a tumbarse a su lado, Sara se quedó de pie
frente a la cama, mordiéndose el labio con nerviosismo. Jen ten-
dría que dar el primer paso, por ejemplo, dándole un matiz más
sugerente a no haber traído pijama.
—¿Sabes una cosa…?
—Lo siento mucho —dijo Sara de pronto, pero se calló al
darse cuenta de que la había interrumpido.
—¿Qué sientes?
—Que tengas que compartir habitación conmigo. Aunque me
alegro de que aceptaras.
—Gabrielle me obligó —dijo Jen, demasiado rápido como
para darse cuenta de que esas palabras iban a tener el efecto
opuesto a la seducción.
Una sombra de tristeza oscureció la expresión dulce de Sara,
pero se fue tan rápido como había llegado.
—Lo sé. Yo no se lo pedí, pero tú eras claramente la única
opción. —Ante la expresión de incomprensión de Jen, Sara sus-
piró con tristeza—. No caigo bien a casi nadie en la empresa.
—¿Qué dices? Si eres un ser de luz, todo el mundo te adora.
230
—Algunos me quieren cerca en el trabajo porque les ayudo
y me aseguro de que todo vaya bien, pero más allá de eso, los
pongo incómodos. Es por mi forma de ser: nunca he sentido que
encajara del todo en ningún lugar.
Como demonio que llevaba milenios viviendo entre humanos,
Jen sabía de lo que hablaba. Tenía problemas para asimilar lo que
le acaba de contar, creía que Sara Riel era muy apreciada en toda
la empresa, solo un demonio podría odiarla. ¿Cómo podían no
quererla, si era toda luz, bondad y sonrisas incluso cuando estaba
cansada después de una interminable jornada de trabajo? Tuvo la
intuición de que quizás ahí estaba el problema.
—Yo tampoco le caigo bien a nadie —dijo Jen.
—Pero tú lo buscas, eres así. Yo intento llevarme bien con
todo el mundo y acabo siendo esa chica amable de RR. HH. de
la que todos hablan bien, pero que les pone nerviosos y les hace
pensar en todo lo que pueden estar haciendo mal.
Jen se estaba sintiendo peligrosamente identificada, aunque
su situación era diferente: fascinaba a los humanos, pero todos
notaban que había algo malo en ella y su instinto los llevaba a
mantener las distancias. Pero era un demonio, esas cosas forma-
ban parte del trabajo, por muchas vueltas que le daba no lograba
encontrar dónde estaba el problema con Sara.
—Por eso te quería dar las gracias por haber aceptado. Sé que
para ti esto es como un castigo, pero, aunque sea egoísta, me ale-
gra que te haya tocado. Sorprendentemente, me gusta pasar tiem-
po contigo. No, no, no quería decirlo así. No es que haya nada
malo en ti, es que como al principio no congeniamos mucho…
Sara se puso roja y se perdió en un torbellino de justificacio-
nes y disculpas. Jen decidió que ya no quería seducirla. O quizás
sí, pero desde luego no así, no en medio de las putas jornadas de
convivencia, y desde luego no usando sus poderes demoniacos.
Acababa de descubrir que había una pequeña y remota posibili-
dad de que pudiera gustarle a Sara y todavía no sabía qué hacer
con aquella información, pero, por una vez, quería jugar limpio.
231
—Bueno, perdona, que antes te he interrumpido. ¿Qué ibas
a decir?
—Nada, que ronco mucho. No te voy a dejar pegar ojo.
Sara soltó una carcajada. Era la primera vez que Jen la
oía reír. Tenía una risa estridente y horrible, le encantaba.
—No te preocupes, duermo como una bendita.
Para sorpresa de Jen, Sara no le dio ninguna importancia a
que durmiera en bragas y cayó rendida en cuanto tocó la cama,
aunque Jen se esforzó en roncar como un fumador con bronqui-
tis, solo para mantener su coartada. En la cama había espacio de
sobra para las dos y se acostaron lo más separadas que pudieron,
pero Jen se despertó varias veces cuando Sara se pegaba a ella al
moverse en sueños o directamente la envolvía con un brazo. No
le importó demasiado, ni siquiera cuando la segunda noche se
apoyó en su hombro y le babeó encima durante horas.
Las jornadas de convivencia fueron mortalmente aburridas.
Nadie se peleó con nadie, no hubo ningún desastre de emergen-
cia e incluso surgió una nueva pareja en la oficina: Jamie de Mar-
keting y Scott el recepcionista. Jen no pudo tachar casi ninguna
tortura de su elaborada lista y al acabar el fin de semana el con-
senso general era que lo habían pasado bastante bien. Sara Riel
parecía incluso más contenta de lo habitual. Para Jen aquellas jor-
nadas fueron su peor pesadilla. Aun así, no se arrepentía de nada.
***
232
Capítulo 5
Alcohol
233
sabía que era una batalla perdida. No obstante, intentó adver-
tirle de que hacía mucho que pasar el tiempo con Jen se estaba
volviendo demasiado peligroso y que ya había llegado al punto
en el que verla y no poder tocarla le hacía sufrir. Pero un poco
de dolor espiritual era bueno para ella, la ayudaba a poner las
cosas en orden. Era como un martirio, una purificación, incluso
una oportunidad de demostrar que podía enfrentarse a las ten-
taciones de su cuerpo mortal.
Solo que resistir la tentación se le daba mucho peor de lo
que creía.
El alcohol no solo mandaba a dormir a esa molesta voz, tam-
bién conseguía que dejaran de preocuparle las responsabilidades,
la vergüenza de enrollarse delante de tanta gente o el hecho de
que ella era un ser etéreo inmortal y Jen una humana que ignora-
ba su verdadera naturaleza. Llevaba tanto tiempo sin besarse con
nadie y estaba tan borracha que dudaba que aquel beso fuera algo
más que un desastre húmedo, pero no podía importarle menos y,
por la manera en que Jen seguía exigiéndole más y más, diría que
tampoco tenía quejas.
Los ángeles no tenían prohibido mantener relaciones carna-
les con mortales, pero cada vez eran menos frecuentes porque
no acababan bien. Sariel había tenido relaciones sentimentales o
sexuales con muchos humanos y a todos los había tenido que
dejar marchar tarde o temprano; a algunos mucho antes de lo que
hubiera querido, porque no era justo que malgastaran su tiem-
po con alguien que no podía envejecer con ellos. Tampoco sería
justo para ella verlos envejecer, aunque eso era algo en lo que
prefería no pensar. Ese tipo de situaciones no se había vuelto
más fácil con el tiempo y Sariel hacía un par de siglos que evitaba
las relaciones con mortales, pero mentiría si dijera que no llevaba
tiempo planteándose si no merecería la pena volver a pasar por
todo aquello si era para estar con Jen.
Cuando Jen se separó bruscamente, Sariel temió haber vuelto
a perder la capacidad de medir el tiempo en términos humanos,
234
porque bien podrían haber pasado cinco segundos o toda la eter-
nidad. Al ver la mirada de seriedad en esos ojos verdes em-
pañados, fue como si acabara de meterse bajo una cascada
helada; temió haber cruzado algún límite que desconocía, o
haberla besado fatal, o que a Jen se le hubiera bajado el subi-
dón y acabara de darse cuenta de que todo era un gran error.
—¿Vamos a mi piso? —preguntó Jen con voz rasposa.
Ah, ahí volvía el fuego en las entrañas. Le parecía imposible,
pero quemaba incluso más que antes. Mucho más placentero que
el calor de una estrella.
Ninguna de las dos parecía capaz de tener las manos quietas
ahora que sabían que tenían permiso para dejarlas explorar hasta
hartarse. Las miradas que les lanzaba la gente mientras camina-
ban por la calle, dando brincos y riéndose como las borrachas
que eran —Jen deslizando los dedos por su espalda, Sariel con la
mano metida en el bolsillo trasero de sus vaqueros oscuros— le
importaba más bien poco. Solo Dios podía juzgarla, y si la Todo-
poderosa tenía algún problema con lo que iba a hacer esa noche,
que dejara de estar en todas partes un rato.
Para sorpresa de nadie, fueron incapaces de completar el ca-
mino al piso de Jen sin pararse cada cinco minutos para besarse.
Sariel empezaba a pensar que le estaba haciendo dar un rodeo
aposta. Se lo esperaría si no fuera porque la informática parecía
tener tantas ganas como ella de quedarse. Cuando ya pensaba que
si no llegaban pronto iba a combustionar su cuerpo mortal, captó
un brillo travieso en los ojos de su compañera y se vio arrastrada
a un callejón y, para su deleite, aplastada entre una pared y el de-
licioso cuerpo de Jen.
No estaba segura de si se habían separado para recuperar el
aliento en algún momento, pero imaginaba que sí, ya se encar-
gaba Jen de eso. Con el estrés constante que suponía vigilar a
sus humanos y mantener su identidad secreta, dejar que otra per-
sona, no, que Jen estuviera al cargo resultaba tan liberador que
sentía que se derretía del gusto. Enredó los dedos entre mechones
235
rubios imposiblemente suaves y Jen respondió metiendo las
manos por debajo de su camisa.
Estaba temblando tanto que si no estuviera apoyada se habría
deslizado hasta el suelo. Sus manos se quedaron quietas donde
estaban, tan calientes que era casi doloroso. Sariel gimió sin ale-
jarse de los labios carnosos de Jen y se retorció, con lo que por
fin logró que se moviera y a partir de ahí no se detuvo, subió
con movimientos serpenteantes y Sariel se dejó hacer disfrutan-
do de la sensación que dejaban a su paso. Jen tenía que ponerse
de puntillas para besarla, pero no perdió el equilibrio en ningún
momento, lo cual le pareció admirable teniendo en cuenta que
estaba temblando como un flan. Sariel aprovechó la cercanía para
sobarle el culo, un culo redondo y generoso que llevaba mucho
tiempo admirando y que estaba resultando ser incluso más blan-
do y estrujable que en sus fantasías. Jen le mordió el labio, como
si quisiera demostrarle que apreciaba lo que estaba haciendo, y
subió aún más arriba por su torso, hasta agarrarle las tetas por
encima del sujetador.
A Sariel se le escapó un gemido que escondió el sonido de sus
alas al desplegarse.
Instintivamente apartó de un empujón a Jen, que no se lo es-
peraba y estuvo a punto de perder el equilibro y caer de culo. Por
suerte, tuvo tiempo de esconder las alas antes de que las viera.
—Lo siento —dijo Jen. Si no estuviera tan asustada, le habría
sorprendido la ternura en su voz—. Pensaba que estaba bien…
—No, no has hecho nada —respondió con un jadeo.
El ángel ya no temblaba de excitación y del susto se había
serenado un poco. Hacía milenios que no perdía el control de las
alas, ni el alcohol ni el calentón eran excusa.
—¿Quieres que…?
—Tengo que irme. Esto ha sido una idea terrible.
—¿Qué?
Sariel echó a andar y Jen la siguió, llamándola, pidiéndole
una explicación.
236
—¡No me sigas, por favor!
Jen se detuvo. No parecía enfadada, que era lo que Sariel es-
peraba, solo confusa y triste. No quería pensar en el porqué de
esa expresión tan inusual en ella, así que se dio la vuelta y salió del
callejón, tambaleándose en busca de una parada de taxi.
Para cuando llegó a casa estaba casi completamente sobria,
desventajas de su metabolismo divino. Aunque le hubiera gustado
meterse en la cama y dormir hasta el lunes, se obligó a enfrentarse
a los obnubilados recuerdos de la noche para intentar entender
qué demo… qué puñetas había pasado en el callejón.
Si fuera sincera consigo misma, cosa que por el momento no
tenía intención de ser, lo vería muy claro. Le gustaba Jen. Le po-
nía de los nervios y eran tan radicalmente opuestas que, aunque
lo intentara, no lograba entender qué la atraía de ella, por eso le
gustaba todavía más. Le gustaba tanto que la había hecho perder
el control.
Lo sensato, lo correcto, sería poner distancia. Si no podía con-
trolarse delante de ella, no debía correr el riesgo de ser descubier-
ta. La idea le resultó tan dolorosa que le dieron ganas de volver
a beber. Quizás cuando se disipara el recuerdo de la piel de Jen
contra la suya le resultaría más fácil tomar esa decisión.
***
237
Capítulo 5 + 1
Revelaciones
238
Jen cruzó los brazos sobre el pecho. Sara miraba a cualquier
lado menos en su dirección, como si estuviera buscando un espa-
cio para salir huyendo, como si preparara una mentira.
—Lo siento —dijo finalmente—. No sabía cómo hablar con-
tigo y estaba buscando el momento adecuado, pero solo he ido
posponiéndolo.
Que hubiera respondido con sinceridad desarmó a Jen. Esta-
ba preparada para un enfrentamiento y esperaba poder quedarse a
gusto, pero, como siempre, Sara tenía que ser demasiado amable.
—Bueno, pues este es tan buen momento como cualquier
otro. ¿Me vas a explicar qué te pasa?
—Lo de la otra noche fue un error.
Ahí llegaba la hostia que Jen esperaba. Su cabreo volvió a
coger fuerza.
—Pues yo te vi muy convencida…
—No es que no quisiera… pero no deberíamos.
—¿Por qué no? Si tú quieres y yo, desde luego, quiero… No te
estoy pidiendo salir ni nada, pero nos gustamos y nos lo pasamos
bien. Dame una razón para rechazarme como lo hiciste, porque
fue bastante doloroso.
—Lo siento mucho. Jen, no eres tú, soy yo. —Apretó los
labios, como si estuviera callándose algo. Incluso en medio de
una situación tan tensa, Jen no pudo evitar recordar lo suaves
que eran esos labios—. De verdad que no puedo decir otra cosa,
por favor.
Sara la rodeó y cruzó el vestíbulo con largas zancadas. Jen
la siguió. Era tarde, pero la demonio no tenía otro lugar en
el que estar y, si Sara no volvía a pedirle que la dejara sola, esta-
ba dispuesta a seguirla, hasta a dormir en la puerta de su casa.
Cualquier cosa antes que otra noche comiéndose la cabeza
por ella.
—No me vengas con «no eres tú, soy yo». ¿Es alguna estúpida
regla de no poder mantener relaciones con compañeros de traba-
jo? ¿O es porque no quieres que la gente hable?
239
—No, no es eso. Te lo he dicho: somos muy diferentes. Es
demasiado complicado. Créeme, estarás mejor sin mí.
Aunque estuviera en medio de la calle, Jen tenía ganas de
gritar. Sara la sacaba de quicio, a pesar de lo mucho que le gus-
taba, o quizás era una de las razones por las que le gustaba, pero
no así, así era insoportable. Desde el viernes pasado, con cada
rechazo, se había dado cuenta de que Sara significaba para ella
mucho más de lo que normalmente se permitiría.
—¿Sabes dar una respuesta directa? Creo que ya sé lo que te
pasa. ¡Lo que pasa es que tienes miedo!
Sara se detuvo en medio de la carretera y se volvió a mirarla.
Tenía el ceño fruncido y las facciones duras, era una cara que des-
entonaba con lo que Jen estaba acostumbrada a ver.
—¡No te tengo miedo! Joder… digo, maldita sea, Jen, me lo
estás poniendo demasiado difícil…
—¡Sara!
Fue gracias a sus sentidos sobrehumanos que Jen vio el
coche girar la esquina; una persona normal no hubiera podi-
do asimilarlo tan rápido y, aunque fuera capaz de reaccionar
con la misma rapidez que ella, no podría haber hecho nada por
impedir que golpeara a Sara, salvo que pudiera teletransportarse
y apartarla.
Jen no lo pensó al desmaterializarse y aparecer junto a Sara.
El coche pasó a centímetros de ellas y el conductor les pitó y
gritó algo que no pudieron entender. Parecía que no se había
dado cuenta de lo que acaba de ocurrir. Con un poco de suerte,
quizás nadie lo hubiera visto… aparte de Sara.
—Hostia —murmuró Sara.
Había maldecido dos veces en un día. Jen deseó estar en
una situación más sencilla para poder meterse con ella. La es-
taba mirando con los ojos desorbitados y la boca abierta.
Jen la sujetaba por los brazos, de donde la había agarrado para
apartarla.
—Sara, por favor, no te asustes…
240
Antes de que pudiera terminar la frase un destello de luz ce-
lestial la hizo apartarse. Fue muy débil, no llegó a quemarle la piel,
pero el susto le hizo gritar.
—¡Eres un demonio!
—No me jodas, eres un ángel.
Se preparó para otro impacto, pero nunca llegó. Sara seguía
mirándola como si le hubieran crecido los cuernos de repente,
pero no parecía que fuera a hacerle nada. La gente que pasaba
por la calle no se había percatado de la actividad sobrenatural,
los humanos eran expertos en ignorarla, pero lanzaron miradas
preocupadas a las dos mujeres que se habían plantado en medio
de la calle y estaban gritando cosas raras.
—¿Lo podemos hablar en otra parte?
***
241
—Porque pensaba que eras humana.
—Y yo que tú lo eras. Podríamos fingir que no lo sabemos.
—Eso no cambiaría nada. ¿Deberíamos escribir a nuestros
superiores para contárselo? —preguntó Sariel.
—Yo a los míos ni de coña.
—Tampoco me hace mucha gracia decírselo a los míos, segu-
ro que me mandarían una amonestación y me pondrían a hacer
trabajo de oficina.
—Ya tienes un trabajo de oficina.
—Pero sería en el cielo, es un rollazo.
Llevaban una hora así, dándole vueltas al problema sin querer
abordarlo de verdad. Estaba siendo el enfrentamiento entre el
cielo y el infierno más largo e incómodo del mundo.
—¿Cómo no me he dado cuenta? —se preguntó Jen por ené-
sima vez—. Ahora lo pienso y es como… Vale, en realidad era
obvio. Pero era tan obvio que lo ignoré. No sé si tiene sentido.
—Te entiendo perfectamente.
—Lo gracioso es que una vez casi me descubres.
—¿En serio? Pues te juro que no me di cuenta.
—Un día llegaste justo cuando estaba maldiciendo una impre-
sora de contabilidad porque Schmidt me tocó las narices.
Sara soltó una carcajada.
—Ay, Dios, qué tonta soy. Al menos ya no me siento tan mal,
porque tú también estuviste a punto de descubrirme. Varias veces.
—Creo que eso dice más de ti que de mí. ¿Cuándo fue?
—Al poco de entrar en la empresa, ibas a entrar en mi despa-
cho cuando estaba en mi verdadera forma.
—¿Qué hacías mostrando tu verdadera forma en la oficina?
—Eso da igual, no me interrumpas. Luego lo de Summers,
iba a lanzarle un castigo divino por lo de Rachel.
—¿En serio? Qué fuerte, y mira que ese fue el día que empe-
zaste a parecerme interesante. ¿Me lo debería replantear?
Sariel carraspeó. Ya se había acabado el té, pero seguía jugue-
teando nerviosamente con la taza.
242
—Y la última vez… fue el viernes pasado, en el callejón.
Estaba un poco distraída y sin querer se me escaparon las
alas. Pero fue una milésima de segundo, es normal que no te
dieras cuenta.
Jen la miró boquiabierta. Pensaba que después de descubrirse
no volverían a mencionar aquella noche. Y a eso había que añadirle
la confesión de haber perdido el control de su forma humana
mientras se liaban. Jen ya no podía aguantar más revelaciones.
—Pues ya que nos estamos sincerando, hubo otra vez… la
primera noche de las jornadas de convivencia pensé en usar artes
demoníacas para seducirte.
—¡¿Qué?!
—No me mires así, no es nada malo. Solo usar algo de poder
oscuro para aumentar mi atractivo. Y al final no lo hice, así que
esa no cuenta.
—Menos mal, hubiera sido una manera terrible de arruinar
unas jornadas estupendas.
El ambiente se fue destensando, no mucho, pero lo suficiente
para que, si se esforzaba un poco, Jen pudiera convencerse de
que todo estaba bien, que no se había metido en el enredo más
surrealista de su existencia y que no tenía ni idea de cómo iba
a terminar. Incluso quedaba alguna posibilidad de que acabaran
enrollándose en el estúpido sofá de cuero.
—Es tarde, debería irme —dijo Sara, poniendo fin a la fantasía.
Jen la acompañó a la puerta solo para retrasar el momento
de separarse.
—¡Casi se me olvida! No te he dado las gracias por salvarme
la vida.
No se le escapó la elección de palabras. No le había salvado
la vida, el choque no la hubiera matado, pero esa había sido la
intención.
—No vayas diciéndolo por ahí, lo que me faltaba.
—Aun así, gracias. Nos vemos el lunes, supongo —se despi-
dió Sariel y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
243
Cuando el ángel salió, Jen se llevó la mano a donde sus labios
se habían posado, ligeros como una pluma, e intentó que no le
diera un ataque. Se dejó caer en el sofá y tuvo que morder un co-
jín para no gritar. Esa ángel iba a matarla.
***
244
Yaiza Carrasco
@Yaizacy
245
Is anybody out there?
David Orión Pena
Resumen
Imagina cómo sería tu vida si cada vez que te acostaras
despertaras en una realidad distinta. Imagina la confusión
de tener cada día una familia nueva, un trabajo nuevo, vivir
en un planeta distinto. Ahora imagínate cómo sería saber
que hay otra persona como tú. ¿No estarías deseando en-
contrarte con él una vez más?
Notas
Si os ponéis de fondo la canción de «Carry you» de Fleurie &
Ruelle mientras leéis es un plus. Imaginaos a Ives como Jude
Law de joven. (De nada). No lo siento ni un poquito. Enjoy!
247
—¡Están rodeando las ventanas! —avisa Marzia, mientras em-
puja una de las pocas estanterías que no hay delante de la puerta
en dirección a la ventana más cercana.
Se organizan rápido, y Lucas deduce que el brote inicial debió
de suceder lejos de aquí. Les ha dado tiempo a guardar munición
y prepararse. Pero no todos reaccionan como Desmond, Rosa
y Marzia: dos hermanas gemelas, un chico de apenas unos trece
años y un hombre de ya pasados los cincuenta se encuentran en el
centro de lo que antes era el salón de la casa, aferrados a sus rifles
y escopetas, mientras miran preocupados la puerta y las ventanas.
El grupo lo completa un chico rubio que parece recién salido de
una clase de Literatura Comparada en Oxford, sentado junto a la
escalera que da al segundo piso, fumando con total tranquilidad.
Observa con intensidad a Lucas, que se extraña al reconocer en él
una calma parecida a la suya.
Los gritos y gemidos son cada vez más fuertes, y pronto co-
mienzan los golpes, patadas y puñetazos que hacen temblar las
montañas de mobiliario. Rosa organiza a los que quedan en el
centro de la casa, indicando dónde apuntar, y Lucas se coloca
junto a Marzia y su ametralladora. El hedor traspasa las paredes
y las barreras antes de que puedan ver manos y caras carcomidas
por los gusanos, el calor y la muerte, y Lucas hace un esfuerzo
consciente para respirar por la boca. Lo primero que piensa hacer
al día siguiente es pasar una hora en la ducha.
Aguantan las posiciones todo lo que la madera que les pro-
tege lo permite, que no es mucho. En apenas quince minutos
comienzan a aparecer grandes huecos que Marzia intenta re-
llenar con balas.
—¡Mierda, mierda, mierda! —gritan detrás de él, y se arriesga
a mirar por encima del hombro un segundo.
El suelo está lleno de cristales y el coro de gritos es tan des-
garrador que ni siquiera las balas pueden taparlo. Disparando lo
más rápido que puede con una semiautomática queda solo una
de las gemelas.
248
La madera se parte con un sonido específico, uno que Lucas
sabe ya que se parece demasiado al que hace una espina dorsal
cuando se rompe. La barricada principal cede y, antes de perder
un segundo más, agarra la ametralladora y retrocede, tirando de
Marzia.
—¡Todos a la escalera! —ordena Rosa, gritando por encima
de la cacofonía de llantos, gemidos y balas.
Lucas siente que se le va a salir el corazón del pecho. La casa
tiene un segundo piso y un tejado plano, y por experiencia cree
que deberían poder aguantar hasta medianoche. Pero una cosa es
aguantar y otra sobrevivir: es muy poco probable que nadie más
allá de él vaya a vivir para contarlo.
Todos suben corriendo los escalones mientras Marzia y él in-
tentan mantener a los zombies a raya con la ametralladora. Al llegar
al primer escalón Rosa lo coge del hombro, apartándolo.
—Quédate en la retaguardia —le dice, con un por favor es-
condido en su mirada, que se desvía hacia Marzia.
Lucas asiente y apoya el arma en la barandilla para apuntar
con más precisión. Es entonces cuando ve que sigue ahí. El
pelo rubio, ondulado y hacia atrás, la frente amplia y una nariz
recta que comienza bien alta, sobre unas cejas algo oscuras.
Está encendiendo otro cigarrillo.
—¿Qué haces?
Los ojos azules del chico se clavan en los de Lucas. Hay des-
dén y aburrimiento en ellos, y ese cansancio tan familiar.
—Apenas quedan dos horas. —Su voz es suave y algo
ronca, y el cigarrillo no se escapa de sus labios—. No pienso
preocuparme.
Sacude la cabeza, y los gritos de Rosa y Desmond le sacan de
la ráfaga de pensamientos que amenaza con perforarle la cabeza.
Sus dedos se cierran sobre el gatillo. Esta es su realidad por ahora,
lo que queda de día: balas, muerte y supervivencia.
Cuando no puede mantener más la línea de fuego sube las
escaleras corriendo, pero al llegar al segundo piso ve que el otro
249
chico no le ha seguido. Está aún en el primer escalón, con el ciga-
rrillo entre los labios y las manos sujetando el rifle.
Da igual.
No es como si fuera a verle otra vez.
250
Capítulo 2
399
Sabe que está en una floristería antes de abrir los ojos: el polen
inunda sus pulmones y el ataque de tos es inmediato. Gira sobre sí
mismo, pero calcula mal el espacio y cae al suelo sobre su hombro
izquierdo, arrastrando con él toda la manta.
—Mierda.
Parpadea antes de poder enfocar la vista y, cuando lo consigue,
comienza a contar todos los cactus que hay alrededor. Pasados
quince, decide que es mejor no preguntar y salir cuanto antes en
dirección contraria a las plantas.
—¿Lucas? ¿Estás despierto, cariño?
La idea de tener que lidiar con padres de algún tipo no es
mucho problema aunque, por razones obvias, intenta no cogerles
demasiado cariño. Pero cuando los pasos se acercan y él está ya de
pie junto al sofá en el que se ha despertado, ve que la mujer que
le sonríe es demasiado joven para ser su madre.
—Eh, sí —contesta lo más rápido que puede, tapándose con
las sábanas.
—Perfecto, acabo de terminar las tortitas.
Le guiña un ojo y sale de la habitación. Lucas comprueba su
mano derecha y, muy a su pesar, encuentra una alianza dorada en
su dedo anular.
Sería sencillo fingir que está enfermo y buscar una cama en
la que tirarse el resto del día. Evitar a la que parece ser su mujer,
para no añadir un nombre más a la lista de matrimonios en uni-
versos paralelos que ha arruinado por actuar como un completo
251
extraño durante veinticuatro horas. Aun así, es difícil superar la
vez que alguien lo lio para salir de fiesta por los mejores garitos
queer de la Luna sin antes avisarle de que estaba casado y con tres
hijos. Qué noche más larga.
Al final, el olor del café y tortitas recién hechas puede con la
poca moral que le queda, y busca la cocina pidiendo en voz baja
no ver ningún niño por el camino.
***
—Buenas tardes —saluda sin levantar la vista, con ese tono per-
fecto a medio camino entre la calidez y la monotonía que toda
persona que trabaja de cara al público consigue desarrollar.
—Lo sabía —contesta una voz suave, y Lucas nota cierto olor
a tabaco.
El estudiante de Oxford, con una sonrisa demasiado grande
para ser amable y un abrigo largo de lana gris, está de pie en la
puerta de la floristería.
Lucas comprueba que Evelyn, su mujer de hoy, está aún ocu-
pada con una chica joven, y sale del mostrador en dirección al
otro chico. Antes de que el otro pueda hacer o decir nada, le aga-
rra de las solapas de la chaqueta y abre la puerta.
—¡Cariño, vuelvo en quince minutos!
El otro se intenta zafar, pero Lucas no cede.
—¿Es la primera vez que te cruzas con otro? —La sonrisa
ahora va con sorna, y Lucas odia el cosquilleo que le hace sentir
en la nuca.
Antes de contestar tira del rubio hasta que doblan la esquina
del local y se meten en la calle de detrás.
—¿Cómo que otros?
—Eh, eh, no la pagues conmigo, moreno —se queja el otro,
dejando algo de espacio entre Lucas y él—. ¿Tienes nombre?
—¿Tú? —desconfía Lucas, intentando ganar algo de terreno.
El otro sonríe y saca un paquete de cigarrillos del bolsillo
252
interior de su chaqueta. Como si tuviera todo el tiempo de ese
universo lo enciende con calma, dando un par de caladas antes
de contestar.
—Puedes llamarme Ives.
Suena algo rebuscado, pero encaja con ese aire elegante y es-
túpidamente atractivo.
—Lucas.
—Bien, Lucas —dice Ives, apoyándose en la pared del calle-
jón, llena de pintadas—, ¿cuánto tiempo llevas en el bucle?
Nunca lo había considerado un bucle. Para Lucas la sensación
es más de salto, un camino que cruza demasiadas dimensiones
y que la mayoría de los días solo supone un cambio de trabajo,
pareja y ciudad.
—Trescientos noventa y nueve días.
Duda entre besar a Ives o borrar esa sonrisa de un bofetón.
—Qué poquito llevas, guapetón —comenta Ives, como si hu-
biera preguntado la última vez que pisó la playa—. Ya verás cuan-
do llegues a los dos mil días. Si los meses ya te parecen borrosos,
los días se van a pasar en segundos.
Algo más de cinco años. A Lucas se le revuelve el estómago.
—Antes de que abras la boca —le para, poniendo una de sus
manos sobre el pecho de Lucas, encima del delantal malva de la
floristería—, no tengo ni la menor idea de qué coño estamos vi-
viendo, qué hacemos aquí ni dónde estaremos mañana. Es la pri-
mera vez que me cruzo con alguien dos días seguidos —los ojos
azules bajan, y Ives se toma su tiempo mirando de arriba a abajo
a Lucas—, pero no me voy a quejar.
Los pies de Lucas se mueven solos, y escucha a Ives gritar
por detrás mientras gira la esquina de nuevo, volviendo a la flo-
ristería. Una cosa es vivir en estas condiciones, cuando ya ha
aceptado que quizás sea ese el orden natural del tiempo en su
vida, que todo es cuestión de adaptarse. Pero otra muy diferente
es que venga ahora un apolo cualquiera a decirle que no, que no
está solo o ha perdido la cabeza. Prefiere vivir en esa mentira,
253
evitando lo peor que puede ofrecerle cada universo. La semana
ha sido horrible; este es el primer respiro que tiene después de
zombies, persecuciones en alcantarillas, calles frías y solitarias en
una de las colonias humanas de Júpiter y esa horrible dimensión
en la que aún existe el feudalismo en el siglo xxiii.
¿Esperanza? No, gracias.
Ives le agarra del hombro cuando va a abrir la puerta, con una
expresión demasiado seria.
—Toma. —Mete una pequeña tarjeta en el bolsillo del de-
lantal, a apenas unos centímetros por encima de la cadera de
Lucas—. Aún tenemos tiempo. Por favor.
La campanilla que cuelga sobre el marco de la puerta le da la
bienvenida a la floristería, y Evelyn le sonríe desde el mostrador.
Lucas se disculpa, dando un beso en la mejilla a la mujer que
no se merece que él exista hoy a su lado, y se esconde en el baño
para poder llorar.
254
Capítulo 3
403
255
Entrelaza las manos sobre su pecho y nota el contorno de la
tarjeta en el bolsillo de su camisa, por debajo del chaleco. Es el
primer objeto que sobrevive al día siguiente y al siguiente, vaya
donde vaya. Podría romperlo, tirarlo a la basura y despedirse de la
absurda posibilidad de llamar al teléfono ahí apuntado. Se le esca-
pa un suspiro, frustrado; sabe que tiene que tomar una decisión.
No puede descansar si cada vez que cierra los ojos le ve, si todos
sus pensamientos acaban llegando a ese mismo océano infinito
de incertidumbres que no quiere afrontar. Ni siquiera tiene móvil
propio en el universo de hoy, buscar alguna línea fija lejos de los
oídos del resto de profesores sería perder el tiempo.
Saca el reloj del bolsillo del chaleco. Aún tiene media hora
libre.
***
Beep.
Beep.
Beep.
Lucas se lleva la mano izquierda a la boca y se muerde la uña
del pulgar mientras el teléfono intenta conectar. El Departamen-
to de Humanidades está libre de milagro, pero alterna la mirada
entre las dos puertas de la sala, controlando el momento en el que
alguien más aparezca.
Beep.
Beep.
No va a contestar. Claro que no va a contestar. Es otro día,
otro universo. Pero las compañías de teléfono le han funciona-
do igual desde que salta de un día a otro, sobre todo si lo que le
ha tocado es darse de baja. Quizás conectar con otro punto del
tiempo y el espacio les resulta más fácil que redactar un contrato
decente y legible.
Beep.
Uno más. Solo uno más.
Be-
256
—¿Ives? —La voz de Lucas parece más una súplica que una
pregunta.
—¿Lucas? —Hay un ruido extraño de fondo, algo que Lucas
reconoce al poco como el sonido de las velas solares de los barcos
que suelen atracar en Marte—. ¡Espera, joder, no cuelgues!
Lucas asiente, aferrándose al auricular y enrollando los de-
dos en el cordón rizado de plástico. Hacía mucho que no veía
un teléfono de esos, y los prefiere mil veces antes que los chips
cerebrales o los implantes oculares.
—¿Sigues ahí? —jadea Ives al otro lado de la línea.
—Sí, pero no tengo mucho tiempo. Doy una clase en cinco
minutos.
—Oh, déjame adivinar: ¿internado de chicos?
—¿Cómo…?
—He estado en uno de esos varias veces, son divertidos si
te van las orgías interdepartamentales. —Algo parece sacudir el
otro lado de la línea y Lucas escucha un golpe seco contra lo que
espera que sea madera.
—¿Es un mal momento?
—Un poco. —Hay una pausa, y Lucas tiene claro que Ives
está ahora sonriendo, por el cambio en su respiración—. ¿Inten-
tamos hablar mañana? Están intentando robar el barco en el que
estoy, y la verdad es que me van a joder la noche si lo consiguen.
—Mañana está bien. Creo.
—¡Pásalo bien! —ríe Ives, con un tono muy poco inocente.
—Tú tambi...
La línea se corta, y las campanas del reloj principal de la es-
cuela marcan las doce.
257
Capítulo 4
417
258
—¿No te bañas?
La mirada de Lucas lo dice todo, y Ives responde con otro
suspiro dramático de los suyos.
—Puedo prometer y prometo que tendré las manos quietas
—dice con una mano por fuera del agua, y Lucas se queda fasci-
nado por el reflejo irisado de la piel en sus dedos.
Las botas de Lucas pronto quedan cubiertas por su camisa
blanca y, por último, por sus pantalones. Se le hace extraño pensar
en los pantalones de tela fina interiores que lleva como calzon-
cillos, pero son lo más parecido que ha encontrado esa mañana.
Se tira de bomba al agua, salpicando a Ives todo lo que puede. El
agua está caliente, la temperatura perfecta para un baño al atarde-
cer, y cuando sale a la superficie Ives está a apenas unos centíme-
tros de distancia. El agua entonces se enfría a su alrededor, y unas
aletas rozan las rodillas de Lucas.
—Lo siento —se le escapa a Ives, y Lucas sonríe.
—¿Puedo mirar?
No es la primera vez que Ives se sonroja delante de él, pero,
debido a su forma hoy, sus mejillas no se colorean rojas sobre el
blanco de su piel, sino verdosas. Ives se encoge de hombros, y no
es suficiente respuesta para Lucas.
—Que sí, no pasa nada —insiste Ives, mirando a otro lado y
cruzándose de brazos.
Lucas coge aire y, una vez se sumerge, abre los ojos. La sal
pica un poco al principio, pero se le olvida tan pronto ve el reflejo
de los últimos rayos de sol que se filtran por el agua hasta llegar
a las escamas de Ives. Una cola de tonos azulados empieza a la
altura de su cintura y termina en una aleta transparente, dividida
en dos.
—Es una pasada —dice, nada más sube y coge aire, y se frota
los ojos—. Podría pasarme horas mirándote.
Las cejas de Ives se elevan a la vez que él sonríe, y Lucas se
aleja un poco nadando, evitando la mirada del otro.
—Sabes a lo que me refiero.
259
Se forman pequeñas olas que chocan con los pilares del mue-
lle e inundan el silencio que se forma entre los chicos. Para todo
lo que flirtea, a la hora de la verdad Ives nunca inicia el movimien-
to y es dado a cortar el contacto sin avisar. Lucas decide no forzar
nada, pero hay una pregunta en sus labios que toma forma antes
de que pueda pensarlo dos veces.
—¿Por qué seguimos coincidiendo?
Hay algo al fondo de los ojos de Ives que le dice que quizás
aquel día, en aquella estrecha calle que olía a gardenias y alcohol,
no dijo la verdad.
Ives se sumerge, volviendo a la superficie antes de que el cuer-
po de Lucas reaccione.
—Hay algo que no te he contado.
La boca de Lucas se aprieta en una fina línea, y sus brazos
mueven el agua con algo más de fuerza que antes para mantener-
se a flote.
—La segunda vez que te vi no estaba del todo seguro. Pero
cinco años dan para mucho y, cuando pasas el suficiente tiempo
encerrado en estos bucles, empiezas a ver puntos en común, re-
cuerdos cruzados y caras que se repiten en las multitudes. —Ives
hace una pausa, y mira a su alrededor—. Creo que es mejor que
salgas del agua. Ya apenas queda sol.
Lucas se mantiene firme en su silencio, pero asiente y se acerca
al muelle, agarrándose con los brazos y subiendo con dificultad.
Sus brazos están cansados y se ha pasado la mañana pescando; si
no fuera por Ives, estaría ya listo para caer en la cama lo más rápi-
do posible. Se sacude un poco y utiliza la camisa a modo de toalla
mientras se pone de nuevo los pantalones. Cualquier sensación
de incomodidad queda eclipsada por los nervios ante lo que Ives
tenga que decir.
Lucas decide bajar del muelle a la pequeña cala que hay cerca
para tenerle más cerca. Camina en silencio, siguiendo la costa ro-
cosa hasta que llega a la tosca arena y Ives se acerca al punto en el
que tierra y mar tocan. El moreno deja las botas a la entrada de la
260
pequeña cala y anda hasta que sus pies notan las corrientes de las
aletas del otro bajo el agua.
—El día anterior al apocalipsis zombie intenté suicidarme.
Por tercera vez. —La voz de Ives se torna gélida, monótona—.
Como puedes ver, no me salió demasiado bien, pero no porque
no lo consiguiese. Hay algo en el bucle que lo impide. No me
deja morir, ya sea por mi propia mano o dejándome ganar por
lo que sea que me toque ese día, sea un tsunami o un ataque
biotecnológico terrorista.
¿Qué se le dice a alguien que ha llegado a su límite no una,
sino tres veces, y está atrapado en la más absoluta incertidum-
bre? Lucas sabe que apenas ha pasado del año, y que ese mismo
pensamiento ha acudido a su mente en más de una ocasión. La
mayoría de los días son tranquilos, incluso domésticos, pero no
hay nada que te avise de que al día siguiente te toque estar en zona
de guerra, en un campo de refugiados al borde de Finlandia o tra-
bajando en una morgue Karshiana clandestina en Nueva Dubai.
—Hay un bucle específico en el que estuve viviendo a me-
nudo en mi tercer y cuarto año. Un laboratorio de biotecnología
avanzada en una colonia en la órbita de Neptuno, que se centra-
ba en procesos neurológicos de diversas especies, comparándolas
con lo que sabían de los seres humanos. Investigaban en concreto
un tema en el que no ayudé hasta que volví por quinta vez: necro-
neurología. El estudio de los procesos neurológicos una vez las
personas mueren.
El agua se enfría a los pies de Lucas.
—Creo que era la forma más sencilla que tenía el bucle de ex-
plicarme qué es lo que estaba sucediendo. Qué es lo que estamos
viviendo y dónde estamos atrapados.
Lucas da un par de pasos hacia atrás y se hunde en la arena
seca. Tiene un nudo en la garganta que engancha su barbilla al
suelo, tirando de ella con una fuerza añadida a la gravedad. Sus
manos tocan la arena, y se sienta sin apartar la vista de Ives.
—Cuando alguien muere por un fallo en los órganos, de res-
261
piración o de un ataque al corazón, el cerebro sigue funcionando
por un breve espacio de tiempo: las conexiones sinápticas en el
cerebro aún responden y se transmite información. —Ives sus-
pira, sacudiendo la cabeza con una débil sonrisa en la cara—.
Observaron que algunas personas entran en patrones similares a
los que tenemos cuando dormimos, pero con una diferencia: las
ondas gamma y theta se disparan. Básicamente, los procesos de
memoria y de sincronización de estímulos pasan a ser todo lo que
hace el cerebro. La teoría era que, de alguna forma, esas personas
quedaban atrapadas en un limbo que deformaba el tiempo y el
espacio.
Ives ha tenido años y experiencia de primera mano para hacer
las paces con esa posibilidad, esa idea que Lucas había conside-
rado alguna vez. Su edad, su nombre y unos pocos recuerdos es
todo con lo que ha navegado hasta cruzarse con Ives.
El sol desaparece del horizonte a la vez que Lucas coge sus botas
y echa a correr, descalzo por los caminos de piedra tierra adentro,
donde Ives hoy no puede alcanzarlo.
262
Capítulo 5
431
263
si se tratase de su paseo diario, con ganas de explorar todos los
rincones que pueda hasta que alguien le mande de vuelta a
los establos.
Las habitaciones son ostentosas, con muebles que no acaban
de encajar unos con otros y demasiado papel pintado en las pare-
des. Los retratos que adornan las estancias son de lo más curioso:
Lucas reconoce algunas razas que ya ha conocido en otros luga-
res, como la piel azul turquesa y tres ojos blancos de los Te’lak,
enfundados en trajes de corte sobrio y colores pastel, vistiendo
largas capas; las esmeraldas que cubren los cuerpos de las Melía-
des del cinturón de Orión, altas y esbeltas, vestidas con mangas
anchas y faldas con cancanes de color pardo y azul marino; los
cuernos negros que sobresalen de las mandíbulas de los Kers-
hans, con sus rostros llenos de pliegues y sus cuatro musculosos
brazos, en trajes de tres piezas entallados que les sientan como un
guante. Lucas llega a lo que parece ser uno de los salones princi-
pales, decorado con linternas de papel y velas que contrastan con
las tiras de iluminación blanca LED. Hay varias mesas repartidas
alrededor de una central, con manteles pomposos de diseños que
le recuerdan a aquellos de los barcos Te’lak, intrincados y sin una
sola curva. Las pocas dudas que le quedaban sobre el evento que
se está organizando desaparecen en cuanto repara en una pancar-
ta con motivos florales y dos nombres escritos bajo una frase que
aparece en dos idiomas: francés y nershiano.
Una boda. Maravilloso.
Lucas gira sobre sus talones, decidido a salir de la mansión
y a dejar el día pasar tirado en el establo evitando a los caballos,
cuando choca con alguien. Cierra los ojos, esperando oír cristales
romperse o una bandeja caer, pero no sucede nada. Lo que quiere
decir que el chico de los establos acaba de empujar a algún invita-
do o, peor, a uno de los novios.
—¡Lucas!
Lo primero que ve es esa estúpida y recta nariz. Solo algún
dios sabe lo lejos que están de la Tierra, lo raros que son los días
264
en los que uno puede aparecer a años luz del planeta azul. Des-
pués de un par de semanas de descanso en los que ya había acep-
tado no volver a verle nunca más, Ives aparece vestido de punta
en blanco frente a él.
—¡Lucas, joder!
Puede maldecir todo lo que quiera, piensa Lucas mientras co-
rre hacia las cocinas, evitando invitados y todo el personal de
servicio al que se cruza de nuevo, buscando la salida a lo terrenos.
Se debate entre izquierda o derecha, lago o bosque. Sus pies se
mueven finalmente en dirección al frondoso manto de pinos y
beterques que se extiende hasta donde le alcanza la vista.
Cuando cruza todo el terreno hasta llegar al primer beterque
rojizo que marca el comienzo del bosque, escucha el ruido de
los cascos batiendo la tierra. Ives ha sido más listo que él. Para
cuando Lucas quiere reaccionar, hay tierra en sus zapatos y pan-
talones, tierra que ha levantado el caballo que está empujando su
hombro con el morro al frenar.
—¿Estás bien? —pregunta Ives, preocupado, y desmonta casi
de un salto.
Las manos de Ives alcanzan los hombros de Lucas, que nota
su cara mojada de algo que, de momento, no son lágrimas.
—Tenemos que hablar. Por favor.
—¿De qué? ¿Qué más quieres contarme, si ya me has dicho
que estamos muertos? —Le tiemblan las manos, y la cercanía de
Ives y su caballo oscuro no le ayuda a calmarse.
—Ya sé por qué estamos aquí, idiota —suplica Ives, y hunde
los dedos en la chaqueta de Lucas.
La lluvia comienza a caer con más fuerza, y los rizos oscu-
ros de Lucas desaparecen, intentando fundirse con su cuello y
sus mejillas.
—¿Qué más da? Esto es solo un sueño demasiado elaborado,
¿no? Un limbo de mierda en el que estamos atrapados y del que
no podemos salir, según tú.
—Es más que eso, y lo sabes.
265
—¡No! —grita Lucas, y los truenos en la distancia parecen
darle la razón—. ¡No sé nada, Ives, ese es el problema! Estaba
mejor antes de conocerte. Mi vida era un caos, pero al menos
creía que era eso, mi vida.
—Sí, estabas mejor antes de conocerme. ¡Y qué más da! Sabes
que esto es algo —Ives se enfada, llevando una de sus manos
entre el pecho de Lucas y el suyo—, que aquí hay algo diferente.
Algo que tira de ti y de mí y por lo que no paramos de coincidir.
Lucas entonces repara en los detalles de la ropa blanca de
Ives: ribetes y bieses dorados y burdeos ahora mojados, un pa-
ñuelo al cuello con los mismos diseños rectos y estoicos de los
manteles, una chaqueta de corte largo y un anillo de plata con un
zafiro en el dedo anular de su mano derecha.
—Eres uno de los novios —susurra Lucas.
—Sabes que es algo que no podemos controlar —se justifica
Ives.
Pero algo se clava en la boca del estómago de Lucas: la misma
rabia e impotencia que lleva intentando sacar de su cabeza desde
aquel muelle. Sabe que Ives tiene razón, que hay algo que los ata.
Una necesidad que nace de la punta de sus dedos y recorre su
pecho hasta llegar a su garganta, y que le pide todo lo que Ives
pueda ofrecerle: su voz, sus besos, su olor a tabaco y sal, la curva
de sus caderas y el hueco entre sus hombros y su cuello. Si están
muertos, si tiene razón y este es el resultado de alguien riéndo-
se de ellos en el más allá, que lo disfrute. Que vea como agarra
de ese estúpido pañuelo a Ives hasta que sus labios chocan,
hasta que no sienten ya el frío de la lluvia y la ropa no hace
más que molestarlos.
Cuando se separan, ninguno de los dos se atreve a hablar. Con
un golpe conciso en el costado, Ives manda al caballo de vuelta
al establo, coge de la mano a Lucas y echan a correr en dirección
al lago.
Hay un pequeño embarcadero, frío y vacío, pero mejor que
la tormenta que ya les ha calado los huesos. Juntan varias mantas
266
que encuentra dentro de las barcas y las echan en el suelo de una
pequeña oficina. Hay una estufa vieja y algo olvidada, pero que
parece estar conectada a la red de la mansión y que consiguen
encender pasado un rato. Lucas se quita la ropa con rapidez y se
envuelve en una de las mantas, pero Ives vacila, desatando con
lentitud sus botas.
Lucas se levanta con la manta por los hombros y lo besa con
suavidad. La chaqueta del rubio cae al suelo, y las manos de Lu-
cas sacan el borde de la camisa que hay dentro de los pantalones
blancos, rozando la fría piel del estómago de Ives. El beso con-
tinúa y Lucas se desvía al notar la respiración del otro acelerarse,
utilizando el momento para desabrochar los botones del chaleco
de seda. La camisa se le pega a la piel, y contrasta con las manos
morenas de Lucas, que sigue las líneas burdeos a los laterales de
los botones de abajo a arriba y, una vez llegan al cuello, desa-
brochan el primer botón. Ives cierra los ojos con un suspiro y
sonríe cuando sus labios se unen de nuevo. La camisa se le desliza
por los hombros, y abre los ojos, nervioso. Lucas registra por un
breve instante las dos cicatrices paralelas a las clavículas de Ives,
quien nota los dedos del otro dibujando una suave línea desde su
ombligo hasta su cuello.
—Sabes que… —La voz de Ives es pequeña y, cuando mira
hacia abajo, los ojos miel de Lucas le siguen.
El moreno sonríe.
—Haya lo que haya, pienso ponerme de rodillas.
Ives, boquiabierto, observa como Lucas se arrodilla ante él,
con las manos listas para desabrocharle el pantalón. Se atreve a
mirar hacia abajo, donde encuentra de nuevo esos ojos dorados
pidiendo permiso.
Ives asiente y todo su cuerpo tiembla de anticipación; un ge-
mido se ahoga en su garganta. Su espalda encuentra la pared e
intenta mantenerse de pie mientras Lucas le deshace. El ritmo
de las caricias y la humedad se acelera, y los dos se funden con
las mantas junto al calor de la estufa. Los movimientos suaves se
267
transforman en fricción, y el miedo ante el mañana se convierte
por unas horas en hambre de piel, intentando abrir al otro de to-
das las formas posibles para llegar hasta lo más profundo. Cuan-
do la lluvia huye junto con las nubes, no queda centímetro de piel
que no hayan recorrido. El embarcadero contiene ahora un sabor
amargo mezclado con sudor, y las dos gargantas se resienten tras
gritar todo lo que llevan años conteniendo.
—Estamos interconectados —suspira Ives, cuando consigue
respirar con calma—. Por eso coincidimos y todo lo que vivimos
es tan real. Son experiencias de las personas que están atrapadas
con nosotros.
Lucas observa las vetas claras del techo, preguntándose si será
madera de tejo.
—Por favor —susurra de nuevo Ives.
—Entonces —Lucas hace una pausa, tosiendo al notar su voz
algo rasposa—, ¿lo que tú llamas el limbo es como un gran cere-
bro? Con memorias conectadas.
—Como si fueran redes neuronales. Algunas son más fuertes
para ciertas personas, y por eso hay lugares que, pasados los años,
ves más a menudo que otros. Mi teoría es que resuenan más con
tu universo original, o con tu vida anterior.
—Pero eso no explica que coincidamos tanto.
Ives se tumba sobre su costado izquierdo, pasando una mano
por los pequeños lunares que adornan la cara de Lucas, hasta
llegar a los rizos que forman a su alrededor una aureola oscura.
—No te rías.
Lucas responde devolviéndole la mirada.
—Creo que tenemos una conexión especial, como si fuéra-
mos… almas gemelas. O algo así —Ives desvía sus ojos azules,
notando como se le calienta la cara—. El limbo debe notar que
hay una conexión ya existente y la refuerza a la vez que nosotros
la hacemos más fuerte al… pensar en el otro.
—Suena como si fuéramos el mecanismo de recompensa de
dopamina del otro —ríe Lucas, rodeando la cara de Ives con sus
268
manos y acercándose para darle un pequeño beso—. El quesito
de mi rata de laboratorio.
Ives se ríe mientras intenta separarse de Lucas, buscándole
las cosquillas en los costados y retorciéndose sobre las mantas.
Deciden no hablar más; hacen del embarcadero un refugio que
saben durará solo hasta medianoche, y se dedican a crear líneas
invisibles entre sus labios, manos y caderas, para no perderse en
lo que quiera que les depare el limbo.
269
Capítulo 6
472
270
Como si se tratase de una compañía profesional de baile,
todos dan un paso al frente, y Lucas reconoce las chispas de un
par de táseres ilegales, una navaja láser y los clics de un par de pis-
tolas. No todos se han movido. Uno de los humanos sigue atrás
y, cuando se quita el sombrero, sus mechones rubios reflejan los
neones rosas del local de la esquina. Ives se lleva un dedo a los
labios y Lucas asiente, nervioso.
—Estaba solo de paso, gente, cero intenciones de colarme en
vuestra zona —sonríe Lucas, retrocediendo—. No os diré que os
he visto si vosotros me guardáis el secreto.
—¿Eres nuevo, Montoya? —ríe la Melíade, mostrando sus afi-
lados colmillos.
—Tengo hambre, Hy’dt —se queja uno de los Gerosu, miran-
do al Te’lak que lleva el pañuelo violeta atado al cuello y tiene la
pistola cargada.
—No parece tener suficiente carne, querido —sonríe en-
trecerrando sus tres ojos. Ives se adelanta, acercándose a Hy’dt
mientras Lucas intenta ganar terreno a su espalda, centímetro
a centímetro.
—No hay mensaje claro si no hay lengua para contarlo, jefa.
Hy’dt lo considera y ofrece a Ives su pistola.
—No necesita estar vivo para grabarle un mensaje en la lengua.
Ives la coge e intenta controlar el temblor de sus dedos. Se
gira, despistándose por un momento al pensar en lo bien que le
quedan a Lucas esas extrañas hombreras. Sacude la cabeza, y con
un segundo pensamiento ordena a su interfaz ocular buscar la
ruta de escape al puerto más viable. Cuando todo lo que ve son
las marcas azules de la Polizei rodeándolos, un escalofrío le reco-
rre el cuerpo.
Lucas para en cuanto ve a Ives acercarse pistola en mano y
levanta las manos, sujetando uno de los fajos de billete en una
de ellas.
—Puedo pagar vuestro silencio.
Hy’dt alza una mano, y Ives para.
271
—¿Cuánto?
—Cinco mil koronas.
—Miente. —La Melíade sonríe de nuevo.
—No merece la pena —dice Hy’dt, aburrida—. Dispara, cielo.
Lucas recorta la distancia entre él y Ives, y todas las armas se
alzan contra él en la distancia. La pistola de Hy’dt está ahora apre-
tada contra su abdomen, con su mano derecha sobre la izquierda
de Ives, que aún sujeta la pistola.
—No podemos morir, amor. No pasará nada —se acerca
Lucas, susurrándole al oído.
—¿Pero y si…?
—Shhh. —Lucas apoya su mejilla contra la de Ives, notando
el fuerte olor a tabaco bajo la colonia que desprende la chaqueta
violeta—. Te veo mañana.
Ives asiente, apretando el gatillo para generar la carga.
—Te quiero —susurra Ives.
—Y yo a ti.
Ives suelta el gatillo.
Lo último que siente Lucas tras el impacto es su sangre,
caliente, derramándose sobre sus piernas y tiñendo de rojo
una chaqueta violeta.
272
Capítulo 7
1
Rizos.
Reconocería esos rizos en cualquier lado. Abre la puerta de
la cafetería de par en par, y anda con prisa hasta el mostrador.
Cuando el barista se gira, los ojos de Ives se inundan. El chico
frente a él es demasiado alto, sin suficientes lunares en la cara y
con los ojos mucho más oscuros que los dorados que busca en
la multitud.
Sale con un café helado que va a mantenerlo despierto más
tiempo del que le gustaría y se tira en el primer hueco libre que
encuentra en la hierba de Hyde Park. Sabe que es temprano para
darse por vencido. Enciende el móvil, y revisa las notificaciones
que tiene instaladas en todas las redes sociales. Nada. Lo guarda
de nuevo en el bolsillo interior de la gabardina, no sin antes com-
probar que sigue con el sonido puesto.
Lucas podría llamar en cualquier momento.
273
David Orión Pena
@dvd_orion
274
Títulos nobiliarios
Celia Añó
Resumen
Arturo es un príncipe, pero eso no significa que sea bueno
haciendo cosas de príncipe. Eso se le da mejor a su me-
jor amigo, Sandor, el caballero de la estrella blanca. Pero
¿quién ha sido capaz de colarse en la torre de Uzumurriagi,
el malvado mago que ha secuestrado a la princesa Irene?
Exacto, Arturo. Qué bien sienta sentirse valorado, aunque
sea por un señor oscuro.
Notas
Cualquier parecido con una partida de rol de decisiones
inesperadas y en la que todo sale mal es pura coincidencia.
276
que la esgrima, montar a caballo o escalar muretes. Fue el primero
en localizar a un soldado que hacía guardia en un rincón solitario.
Nadie más parecía cruzar esa zona y sus turnos eran largos, como
si evitasen relevarlo.
―Atacaré por ese lado ―anunció―. Tú te quedarás aquí.
Arturo no lo escuchaba. Fantaseaba con la idea de volver a ver
a su querida hermanita en menos de un día. «Esa será tu última
noche en las garras del señor oscuro», le prometió a la luna. Se
imaginaba su sufrimiento. Irene era aún más llorona que él, le te-
nía miedo a la oscuridad y no le gustaban las verduras.
―¿Crees que mi padre te dará la mano de Irene? ―le preguntó
a Sandor, quien se tensó imperceptiblemente―. ¡Por fin seremos
familia!
―No necesito casarme con tu hermana ―carraspeó―.
Los reyes ya me consideran parte de la familia. Y solo soy un
simple caballero…
―¡El caballero de la estrella blanca!
Arturo le dio la espalda al torreón. La famosa armadura de su
amigo estaba colocada, pieza a pieza, sobre el suelo. Se rumorea-
ba que estaba encantada y que por eso brillaba en la oscuridad,
nunca se ensuciaba ni se abollaba. Iba a juego con un pequeño
escudo y una espada que jamás perdería su filo. El príncipe la
adoraba. La primera vez que lo vio con ella tuvo un poco de celos,
pero incluso él reconocía que le quedaban mejor las sedas. Para
esa misión, su única arma era un cuchillo tan fino y diminuto que
solo servía como abrecartas. Todos opinaban que lo mejor era
que se mantuviera al lado de Sandor.
En aquellas tierras no había día, solo noches más claras y otras
en las que no se distinguía nada. Cuando el guardia solitario co-
menzó uno de sus muchos y larguísimos turnos, Sandor se colocó
la armadura. El plan de rescate había comenzado.
A medio camino, el caballero de la estrella blanca descubrió
que Arturo lo seguía.
―¿Qué haces? ―le chistó―. Es peligroso, ¿no me escuchaste?
―Es mi hermana, ¿te crees que la voy a dejar sola en manos
de ese demente? ¡Y soy un príncipe! ―Elevó demasiado la voz
277
y hasta los murciélagos detuvieron su vuelo para escucharle―.
Perdón ―susurró―, es solo que se supone que estoy destinado a
hacer algo glorioso, pero no me dejáis nunca…
La expresión de Sandor dejaba entrever que compartía esa
misma opinión. No le dijo a la cara que era torpe, miedoso
y un melindre, pero estaba claro que lo pensaba. El príncipe
le puso ojitos. Así era siempre. Los reyes decían que no. Su
amigo le decía que no, hasta que él lo convencía con sus trucos
sucios.
Y así, los dos juntos se encaminaron al torreón, uno feliz, el
otro más tenso que antes.
Tal y como habían podido observar, un pobre desgraciado se
encargaba de vigilar la zona más abrupta de todas, donde surgían
rocas afiladas como si fuesen setas y el aire apestaba a ciénaga
podrida. Era tan extensa que lograron acercarse al guardia sin que
este se enterase de nada. Cuando Sandor le noqueó con el escudo,
tampoco pareció darse cuenta. Cayó tan largo como era y no hizo
más ruido que ese.
―Muy bien, ahora escalaré… escalaremos ―se corrigió― la
torre. Entraremos en ella y mientras tú buscas a Irene, yo me
enfrentaré a Uzumurriagi, ¡¿qué se supone que estás haciendo
ahora?!
Mientras él hablaba, Arturo se había agachado para observar
al caído. Era un chico poco más pequeño que ellos, con cara de
no muy listo. De cerca pudo observar mejor el uniforme de aquel
ejército. Era mágico, de eso estaba seguro. Contaba con un jubón
negro y una sobrevesta que parecía de cuero humano.
―¡Tengo una idea! ―anunció―. Yo me disfrazaré de guardia y
entraré por la puerta principal. Nos reuniremos dentro.
―Ni hablar. Eres mi príncipe, no te voy a dejar solo.
―¿Cómo esperas subir conmigo por la torre? Vengaaa…
Tras cinco minutos de ojitos, al caballero no le quedó otra que
ayudarlo a disfrazarse. Aunque el príncipe no llegó a quitarse sus
ropajes, el jubón encajó en él como una segunda piel. Era negro
y le cubrió los brazos por completo. Sobresalía una parte con la
que taparse la cara hasta la nariz. La sobrevesta le resultó más in-
278
cómoda. Era dura como una armadura de verdad y pesaba como
una. A Sandor se le escapó una carcajada al escuchar sus quejas. A
él, acostumbrado a vestir una, no le parecía para tanto.
Arturo estaba terminando de atarse al cinto las armas robadas
cuando se escucharon gritos, seguidos de pasos que se dirigían
hacia ahí.
―¿Qué sucede?
―¿Qué es ese ruido?
―¡Soldado, responde!
El príncipe empezó a ponerse tan nervioso que dejó de
pensar. Sacó la espada y la blandió.
―¿Qué haces? ―masculló su amigo.
―Sígueme el juego.
A regañadientes, el caballero de la estrella blanca sacó su pro-
pia espada. En comparación, era el doble de grande, de brillante
y afilada. Arturo tragó saliva. Cuando el resto de guardias se aso-
mó, se abalanzó sobre él como si realmente estuviera atacando al
enemigo. Lo que era luchar, no se le daba muy bien, pero había
aprendido a manejarse con la suficiente confianza para que los
demás creyeran que sí sabía.
―¡Nos ataca el enemigo! ¡No puedo con él! ―berreó.
Era la mejor treta del mundo. Nadie, y mucho menos un sol-
dado de tres al cuarto, podía derrotar al caballero de la estrella
blanca. Perdería, como era evidente, y las hordas enemigas per-
seguirían a Sandor. Entonces él, aprovechando la confusión, se
colaría en la torre y rescataría a Irene. Su plan era tan brillante
que Arturo resplandecía solo de pensar en su astucia. Arañaba ya
ese momento de satisfacción de ser por fin un héroe cuando su
amigo dejó caer la espada.
―Oh ―dijo con voz monocorde, sin un ápice de emoción―.
He sido derrotado.
―¿Eh? ―El príncipe parpadeó mientras, a su alrededor, los
demás soldados comenzaban a victorearle. Eso le sentó bien. Por
un momento se olvidó del todo mientras un cosquilleo le recorría
la palma con la que sujetaba la espada. Luego regresó a la realidad
en caída libre―. ¡¿Cómo?!
279
Ya no lo escuchaba nadie. El enemigo envolvía al caballero de
la estrella blanca para apresarlo. Y él no entendía nada. Su plan se
había hecho añicos de una manera un tanto ridícula y de repente
se encontraba en un punto en el que no sabía cómo avanzar. Se
quedó un buen rato pasmado, ni siquiera era consciente de los
golpes en la espalda de los que creían ser sus compañeros.
Despertó cuando una voz se impuso sobre el griterío. Tenía
la fuerza de la noche y el eco del batir de alas de veinte murcié-
lagos. Sabía cómo darle sombra a las palabras, inflexión y gotas
de sangre.
―¿Qué sucede aquí? ¿Qué es este escándalo?
Arturo no se atrevió a girarse. Se había quedado paralizado,
completamente congelado. La presencia del príncipe oscuro ha-
bía sido capaz de oscurecer aún más a las tierras sombrías y de
helar el ambiente. Sus pasos eran suaves, un repiqueteo sobre las
rocas, pero sabían arrancar latidos acelerados a su compás.
El resto de los soldados, por su parte, no parecían muy
conmocionados por la aparición de su señor.
―¡Hemos atrapado al caballero de la estrella blanca!
―Imposible… ―Las pisadas apremiaron y alguien se abrió
paso―. Sí, es él… ¿Cómo lo habéis conseguido?
Un soldado le pasó un brazo por los hombros a Arturo,
sacándolo de su estupor.
―Ha sido este muchacho. Se ha batido en duelo con el ca-
ballero hasta derrotarlo de manera aplastante.
Demasiada gente lo miraba con los ojos brillantes por la admi-
ración. Y él parecía el único que no sabía cómo reaccionar. Acabó
por levantar la cabeza y tropezó con la figura mil veces siniestra y
endemoniada de Uzumurriagi. Su primera impresión fue que era
inesperadamente bajito. Arturo nunca se había caracterizado por
su altura e incluso él le sacaba una cabeza. Por lo demás, era casi
como se lo imaginaba. Su piel tenía esa blancura apergaminada de
quien lleva siglos sin ver el sol. Las sombras marcaban sus rasgos,
los afilaban y encrudecían. En sus ojeras se podía navegar y des-
cubrir otros mundos. Su pelo, ojos y traje eran tan negros que se
confundían con el ambiente.
280
A decir verdad, a Arturo le decepcionó que no tuviera cuer-
nos o colmillos. Era demasiado humano y quizás eso fue lo que
más le aterró.
―Qué inesperada sorpresa ―murmuró el―. ¿Cómo te llamas?
―¿Yo? ―Dio un ligero bote y se apuntó por el dedo―. Ehh…
Como quieras llamarme, oh, grandísimo señor de la oscuridad y
los infiernos.
Se había pasado de pelota, pero eso parecía gustarle. Uzu-
murriagi esbozó una sonrisa de calavera.
―Te llamaré Pepe ―dijo―. Y a partir de ahora serás mi
guardaespaldas. Ven conmigo.
Chasqueó los dedos. Arturo se esperaba magia negra
que le doblegara su voluntad para que fuera tras él, pero no
pasó nada. Era un gesto tan normal que le desconcertó.
Con un poco de retraso y mucho recelo, se puso a un lado
de Uzumurriagi, que ya no lo miraba para centrarse en sus
tropas.
―¡Quitadle al caballero su armadura y espada mágica y ence-
rradlo! ―ordenó―. ¡Buscad por los alrededores! Se dice que ha
venido con el príncipe Arturo, no puede estar muy lejos. ―«Si
tú supieras», pensó el susodicho―. ¡Rastread la zona, levantad
todas las rocas y vadead el cielo si es necesario! ¡No regreséis
hasta traer al príncipe! Y daos prisa ―advirtió con un tono más
suave―, dicen que es un poco inútil. No deberíamos dejarlo
solo por estas tierras. Puede que incluso ahora mismo esté en
un serio peligro.
Que se preocupara por él de esa manera le pareció un poco
tierno. Luego recordó quién era y dónde estaban.
Arturo había tenido guardaespaldas y, aun así, no se imagi-
naba en qué consistía exactamente aquel trabajo. Con tal de no
llamar la atención, siguió a Uzumurriagi al interior de la torre.
Antes de cruzar a su interior, le lanzó una última mirada a San-
dor. «Te rescataré a ti también», le prometió.
A su amigo no se lo veía nada convencido. Tenía expresión
de agobio, de un miedo visceral extremo. Y no precisamente por
sí mismo.
281
El interior del torreón era más extenso y desproporcionado
de lo que uno podría suponer. Gracias a su disfraz, el príncipe
lo miraba todo con la boca abierta y nadie pareció darse cuenta.
A pesar de tener un indudable aire a fortaleza, no se parecía en
nada a su castillo. Aun así, la sensación de familiaridad se quedó
ahí y lo acompañó mientras subían las escaleras.
No tardó en comprender su estructura. Unas escaleras ver-
tebraban la torre. De ella surgían las plantas, cada una diferente
y de dimensiones desorbitadas, ridículas o plausibles. Cuando
Arturo ya no pudo más, sin aire y con las piernas rígidas, llega-
ron a lo más alto. Hay puertas y PUERTAS. Esta era una de las
últimas. No tenía cerradura, sino remaches con formas de hue-
sos. Uzumurriagi posó la palma sobre la madera y esta se deslizó
con suavidad y el grito de bisagras oxidadas.
El interior era una habitación bastante normal. Había, pues,
lo imaginable: que si una cama, que si estantes con libros, que
si un balcón… El príncipe oscuro se dejó caer sobre el lecho.
Se le veía especialmente cansado. Quizás los pelos revuel-
tos y las ojeras se debían a que hacía apenas un rato estaba
durmiendo.
Arturo se quedó en la puerta, pasando su peso de un pie a
otro, cada vez más incómodo y sin saber qué hacer.
―Bueeeeno… ―murmuró―. Así que es posible que el grandí-
simo príncipe de Luminaria esté aquí.
―Sin lugar a duda.
―¿Puedo preguntar cómo lo sabes… sabéis?
―Tengo mis espías. ―Uzumurriagi sonrió de manera tai-
mada―. Es bien conocido que el príncipe es bastante inepto y
nunca se separa de su querido caballero de la armadura blan-
ca. Los dos partieron de palacio, así que los dos estarán aquí.
Pronto, muy pronto, el príncipe será mío.
―¿El príncipe?
―Sí, la princesa Irene ha sido un señuelo para capturarle.
Todo va de acuerdo con el keikaku. ―Al ver que él no parecía
entenderle, aclaró―: Keikaku significa plan.
―Aaaah… ¿Y dices que el plan es capturar al príncipe?
282
―Sí, entonces me casaré con él.
Arturo estuvo a punto de toser, carraspear y gritar al mismo
tiempo. Uzumurriagi le miró con extrañeza.
―Todos pensábamos que vuestro interés era la princesa
―improvisó Arturo.
―¿Esa mocosa? ―Se le escapó una carcajada que hizo vibrar
las paredes del cuarto―. Imposible, no es la heredera del trono.
―Ah. ―Poco a poco empezaba a entenderlo.
―Soy el príncipe del mal, pero de nombre, yo no tengo reino
―explicó Uzumurriagi, ajeno a sus cábalas―. Necesito casarme
con un heredero y así me apropiaré de sus tierras y título nobilia-
rio. Es un plan perfecto.
Arturo asintió. Se suponía que un guardaespaldas hacía eso.
Vigiló al príncipe oscuro como quien no le quita ojo a una
alimaña. Tras un buen rato en el que no lo vio moverse ni decir
nada más, empezó a valorar que se hubiera quedado dormido. Se
puso de pie con todo el sigilo posible y se acercó un poco. Efec-
tivamente, estaba dormido.
Arturo se escabulló del cuarto. Aunque no tenía las ideas muy
claras, sabía que ahí no iba precisamente a ordenarlas. Bajó las
escaleras sin problemas, hasta que aquello se llenó de soldados
enemigos. Huyó de ellos, evitando el contacto visual, un roce,
cualquier pregunta. Rotó de un piso a otro, de habitación en habi-
tación. Pasó delante de unos dormitorios comunes, lo que parecía
la armería y la bodega. Al llegar a la cocina, las tripas le rugieron y
acabó por unirse a los que querían cenar. Lo hizo con recelo y el
miedo a encontrarse pudin de bebés o caldo de calaveras. Había
sopa y cocido, de sabor más bien cuestionable y un origen dudoso
en el que prefirió no indagar.
Al levantarse de la mesa, se le ocurrió una de sus brillantes ideas.
Tomó una bandeja, un cuenco aleatorio y bajó las escaleras.
No se le ocurría dónde encerraban a los prisioneros, pero si aque-
llo seguía la lógica de su palacio, estarían en los subterráneos. Y,
total, ya había recorrido casi toda la torre. Poco le faltaba por ver.
Lo primero que le advirtió que efectivamente había dado
con los calabozos fue el olor. Era una peste concentrada de
283
animal, desgracia y agonía, tan densa que se podía cortar con
cuchillo. Sandor era el único prisionero humano. El resto eran
sombras animales, con colmillos, cuernos y ojos rojizos como
ascuas. La carcelera hacía de todo menos vigilar. Apostada
en una mesa, parecía muy entretenida en pintar un retrato de
una habichuela.
Arturo se plantó delante de sus narices y ella no le hizo ni caso.
―El señor oscuro me ha ordenado que dé de cenar al prisio-
nero.
Con un gesto, la carcelera le indicó que adelante, que hiciera lo
que tuviera que hacer y, por favor, no la molestara más.
Arturo tomó las llaves, a riesgo de volcar la bandeja, y llegó
a la puerta. Al otro lado de las rejas, el caballero sin armadura lo
miraba con los ojos entrecerrados. «Me da a mí que no me ha
reconocido», pensó el príncipe mientras entraba. Los dos se vigi-
laron en silencio, uno tenso como un animal a punto de saltar, el
otro sin saber dónde dejar la cena.
Al final, fue él quien rompió el silencio con un carraspeo.
―Sabes que soy yo, ¿verdad? ―No las tenía todas consigo,
pero quería otorgarle un voto de confianza.
―¿Alteza? ―Sandor abrió los ojos y se relajó de inmediato―.
¿Qué hacéis aquí?
―Venía a traerte la cena, pero… ―Su mirada torció a la puer-
ta abierta―. Oye, ¿por qué no escapas? Si te pones uno de estos
trajes no creo que te reconozcan.
―¡No digáis sandeces! Tenemos que rescatar a la princesa y
regresar al reino.
―Ahora que lo dices, no he visto a Irene por ninguna parte…
¡Pero no importa! He descubierto el plan de Uzumurriagi.
Se lo contó con pelos y detalles. Según hablaba, la cara del
caballero perdió color para luego enrojecerse.
―¡Tengo que sacaros de aquí! ―exclamó cuando por fin acabó
de narrar.
―Tranquilo, ¿no lo ves? ¡No piensa dañar a Irene! En cuan-
do se despiste, salvamos a mi hermana y regresamos a palacio.
Es perfecto.
284
―Estáis en peligro.
―A mí tampoco piensa herirme.
―Quiere casarse con vos.
―Bueno, igual que la tía Gertrudis. ―Le quitó importancia
con un ademán―. Soy un príncipe, estoy acostumbrado a los pre-
tendientes. Ven, salgamos de aquí.
Huyeron de la celda, de la carcelera y los subterráneos de
puntillas y sin hacer ruido por si las moscas. Aunque ni siquiera
estas les prestaban atención. Arturo guio a Sandor a la arme-
ría. No dieron en ninguna parte con su espada o la armadu-
ra, así que le animó a que tomara un disfraz. Como el caba-
llero insistía en recuperar sus pertenencias, se dividieron para
abarcar mejor.
El príncipe subía las escaleras cuando vio a Uzumurriagi. Se
quedó paralizado de inmediato, no fuera que le descubriera, pero
no pareció fijarse en él. El señor oscuro deambulaba con la tor-
peza de un sonámbulo y la mirada ida, envuelta en tinieblas y le-
gañas. Se le veía con intención de alcanzar una de esas PUERTAS
que advertían que al otro lado se ocultaba magia prohibida. Pero
antes de rozarla, se tropezó con el borde desgarrado de su túnica
y cayó por las escaleras.
Arturo se tiró hacia delante. No creyó que fuera a atraparlo,
se movía por instinto, pero Uzumurriagi aterrizó en sus brazos
de manera limpia y perfecta. Y parecía que había abierto por fin
los ojos. Volvía a estar situado en la realidad y lo miraba todo
con desconcierto.
―¿Qué haces? ―gruñó, apartándose de él―. ¿Quién te has
creído que eres atreviéndote a tocarme?
De sus ojos parecían brotar relámpagos, culebrillas y torna-
dos. Arturo tragó saliva y se encogió como un conejo.
―Mmm… Pepe ―logró farfullar―, me has nombrado guar-
daespaldas.
La expresión del señor oscuro se suavizó.
―No te había reconocido. ―Le dio un toque en el pecho, por
encima del corazón, y un emblema con cuernos y sonrisa retorci-
da apareció―. Así mejor.
285
Uzumurriagi se incorporó y bajó las escaleras como si nada de
aquello hubiera sucedido. Arturo se levantó con menos flexibilidad
y fue tras él. Los dos descendieron. Al verlos, una comitiva de
soldados se acercó, encabezados por una guerrera con cinco
cicatrices en la misma mejilla. Parecía una coronela, capitana u
otro rango similar. Cuando el señor del mal llegó al piso, ella
hizo una reverencia.
―¿En qué puedo ayudaros?
―¿Seguís sin encontrar al príncipe?
―La patrulla todavía no ha regresado.
―Que se den prisa. ―Su cabeza se torció en dirección a los
subterráneos―. Voy a interrogar al caballero. Acompañadme.
Arturo tragó saliva. Intentó no parecer muy evidente cuando
fue tras ellos. Prefería no mirar a la guerrera ni a ninguno de sus
lugartenientes. Tampoco al rostro de Uzumurriagi, que quedó de-
mudado por la estupefacción al descubrir una celda vacía.
―¿Qué…? ¿Qué ha sucedido? ―tartamudeó.
Miró a la carcelera. Esta se encogió de hombros y siguió a
lo suyo. El señor del mal empezó a temblar. En su cuerpo se
arremolinaron sombras, muchas de ellas con garras y fauces.
Aterrado, Arturo no supo de dónde sacó la valentía para dar un
paso adelante.
―Parece que ha escapado, oh, señor de las tinieblas perversas.
―¿Escapado? ¡Imposible!
―Si me disculpas… ―Se asomó un poco y fingió inspeccionar
la celda―. Veo ahí una bandeja, ¿es posible que cuando vinieron
a traer la cena aprovechara para escapar? Es el caballero de la es-
trella blanca, ¡nada puede detenerle! Seguramente esperó a que la
puerta se abriese para atacar.
Uzumurriagi se giró hacia el resto de las tropas.
―¡Había que desarmarlo!
―Eso hicimos ―dijo la guerrera de las cicatrices―. Me encar-
gué personalmente de ello. Sus armas encantadas están escondi-
das en una caja negra y no le dejamos ni un cuchillo.
―A lo mejor aprovechó lo que vio ―sugirió Arturo―.
Como esto.
286
Levantó el único cubierto de la bandeja. El príncipe del mal
entrecerró los ojos para ver mejor.
―¿Una… cucharilla?
―Es el caballero de la estrella blanca, no podemos subestimarle.
Uzumurriagi asintió. Le dio la espalda y se dirigió a la mujer.
―Griselda, sal con los tuyos. No puede haber ido muy le-
jos. Avisa a los otros de que el caballero se ha fugado. Lo más
probable es que haya ido a su refugio. ―Y añadió―: Ahí estará
el príncipe.
Volvió a chasquear los dedos, indicándole a Arturo que fuera
tras él. Los dos abandonaron los calabozos y volvieron a subir
las escaleras. Cuando llegaron a la habitación, el príncipe no
podía más. «¿Por qué tantos escalones? ¡Ya podría usar su magia
para hacer algo útil!». Apoyó la espalda contra la pared, exhaus-
to. Uzumurriagi se había dejado caer sobre la cama y ya no se
movía. «Menudo sueño más extraño tiene», pensó. «Se duerme
enseguida, pero se despierta demasiado deprisa. Normal que
tenga esas ojeras».
Poco a poco, Arturo deslizó la espalda contra la puerta y se
quedó sentado. No sabía qué hacer. Quizás le habían dado una
orden que él no había entendido. Tampoco se atrevía a salir para
buscar a Sandor por si el señor del mal despertaba. Sus cábalas no
tardaron en perder el hilo y él acabó sumiéndose en un sueño en
negro, que se llevó consigo al cansancio.
***
287
Afuera esperaba Griselda, que lo saludó llevándose el puño al
pecho derecho.
―Tengo que hablar con el señor.
―Duerme, yo lo dejaría descansar un poco. ¿Puede esperar o…?
―Sígueme. ―Le dio la espalda y comenzó a bajar las es-
caleras―. Supongo que ahora te encargarás tú de estos asuntos.
Arturo se frotó el sueño de los ojos y la acompañó. Al llegar a
la planta baja, vio que aquello estaba atestado de soldados. Había
risas, vítores. Y entre ellos, un joven. El príncipe entrecerró los
ojos para verlo mejor. No sabía quién era, pero vestía con sus ro-
pas. «¡Un ladrón!», se enfadó de inmediato. Sin embargo, cuando
Griselda le acercó al prisionero, sus rasgos se volvieron más fa-
miliares. Era el pobre desgraciado al que le había quitado su traje.
―Hemos atrapado al príncipe Arturo ―anunció la guerrera,
tan henchida de satisfacción que las costuras de su ropa parecían
a punto de reventar.
Sus compañeros la corearon mientras el pobre desgraciado
lloriqueaba.
―¡Que no! ¡Soy Toñete, el hijo de la Angustias!
―¿Qué hacemos con él? ―Griselda miró a Arturo, que había
puesto cara de pez y boqueaba.
―Mmm… Es un invitado de honor. Encerradle en una habi-
tación ―improvisó―. Yo subiré a contárselo a Uzumurriagi.
La guerrera asintió y dio la orden. Todos subieron. Las aguje-
tas del día anterior se le clavaron como agujas de hielo con cada
zancada. Antes de desaparecer escaleras arriba, a Arturo le pare-
ció ver unos ojos azules entre ese mar de caras tapadas. Sonrió
aliviado al saber que Sandor estaba ahí, a salvo.
Mientras subían, Griselda se colocó a su lado.
―El príncipe es tan bobo como dicen ―le susurró en tono
confidente mientras el pobre desgraciado seguía quejándose―.
Nos ha contado que se encontró el campamento y esas ropas, ¿de
verdad se piensa que alguien se va a creer semejantes patrañas?
―Es lo que tú dices, no tiene sentido ―murmuró él.
Se separaron a mitad de camino. Y a él le tocó subir otra
vez hasta el cuarto de Uzumurriagi, dejándose el aliento y los
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pulmones en el intento. Esperó delante de la puerta, sin atrever-
se a entrar hasta que volvió a respirar con normalidad. Cuando
abrió, el príncipe del mal estaba despierto sobre un revoltijo de
sábanas. Lo miró con cara de sueño.
―¿Ahora qué sucede? ―preguntó tras un bostezo casi infinito.
―Parece que… han encontrado al príncipe.
A Uzumurriagi se le escapó una sonrisa que le iluminó el
rostro de una manera demasiado literal. Le borró parte de las
sombras, incluso las ojeras parecieron disminuir. De golpe y po-
rrazo, se había convertido en alguien diferente. Con torpeza y
quitándose de encima los restos de sábanas en los que se había
enredado, el príncipe oscuro se levantó. Farfullaba para sí mis-
mo, sobre lo que eso significaba, que no se lo podía creer y que
menuda ilusión. Arturo no le quitó un ojo de encima. Se lo veía
demasiado emocionado, en ese punto en el que él mismo podía
hacerse daño por despiste.
El señor oscuro dejó de dar vueltas para plantarse en el centro
del cuarto. Por primera vez desde que estaba ahí, Arturo descu-
brió que había un pentáculo dibujado en el suelo. Costaba de vis-
lumbrar con la ausencia de iluminación que había dentro y fuera
de la torre.
―¿Qué hacéis? ―le preguntó con un deje de intranquilidad.
―Es el núcleo del torreón. Voy a trasladarlo a otro lugar para
que ese caballero metomentodo no regrese.
Extendió los brazos, con las palmas apuntando al suelo, y
cerró los ojos. El pentáculo se iluminó en destellos rojizos que
alumbraron la estancia entera. El príncipe apoyó la espalda contra
la pared, inquieto por ese despilfarro mágico que surgía en volu-
tas negras de los dedos de Uzumurriagi. Las paredes temblaron y
el mundo afuera de las ventanas parpadeó de manera vertiginosa.
Todo parecía a punto de hundirse, desde el techo a los muebles,
desde los cristales a sus propios huesos.
La calma llegó tan repentina que ambos se derrumbaron. Ar-
turo se levantó más dolorido que en toda su vida. Definitivamen-
te, aquella vida villana no era para él. Pese al malestar general,
caminó al balcón. Después de tantos días, pudo ver un cielo con
289
nubes y una noche real, con mil colores y matices, desde estrellas
al recuerdo lejano de algún cometa.
―Es precioso ―se le escapó―. Uzumurriagi, digo, jefe, debe-
rías venir a ver esto…
Al girarse, descubrió que al señor oscuro le costaba levantarse.
El cansancio se había asentado sobre sus hombros como el peso
de mil toneladas de montaña. No tenía cara de sueño, sino de un
agotamiento de varios siglos. Se arrastró hasta la cama y se dejó
caer. Arturo se quedó delante de la ventana, demasiado confuso
para saber qué hacer a continuación.
Planeaba salir del cuarto para buscar un rincón donde dor-
mir cuando Uzumurriagi se incorporó con esfuerzo. Sus movi-
mientos eran torpes y parecía a punto de tropezar con su propia
sombra. Sin pensarlo ni dos veces, el príncipe corrió y le sujetó
de los hombros.
―¿Qué haces? ―lo increpó―. ¡Necesitas descansar!
―Aparta ―siseó. Lejos de intimidar, parecía una culebrilla
ofendida―. Tengo que proteger el torreón…
―De eso nada, tienes que dormir. ―Lo empujó contra la cama.
Pese a todo, Uzumurriagi se levantó de nuevo.
―Solo un conjuro más.
―Mañana.
―¡Ahora!
Intentó llegar al pentáculo, pero Arturo se lo impidió. Se olvi-
dó por completo de que aquello debería traerle sin cuidado. Solo
tenía ojos para esa cara agotada y los brazos flacos que retenía
para que no hicieran ninguna locura. Los dos cayeron sobre la
cama y rodaron. Forcejearon. A pesar de su debilidad, Uzumu-
rriagi se las ingenió para acabar a horcajadas sobre él, con las ma-
nos sobre los hombros del príncipe. Arturo le sujetó las muñecas
con fuerza.
―Lo siento, Pepe ―murmuró.
Hubo un chisporroteo con olor a ciruelas y una inconsciencia
leve se posó sobre el cuerpo del joven. Sus dedos liberaron al
hechicero, que se zafó de él sin que nadie se lo pudiera impedir.
El príncipe intentó levantarse, pero estaba adormecido desde los
290
dedos de los pies hasta el cuello. Ni siquiera podía mover un bra-
zo o la lengua para gritarle que se dejara de insensateces.
El segundo conjuro de Uzumurriagi fue menos espectacular y
terminó antes. El joven regresó exhausto, un espectro en el mun-
do de los vivos. Se derrumbó sobre la cama. Aún le quedaba una
pizca de energía, que usó para acurrucarse sobre Arturo como
el gato más gigantesco del mundo. Le faltó ronronear, pues se le
veía bastante a gusto.
Y a él, que seguía sin poder moverse, le tocó pasar así toda
la noche.
***
291
celda en la que estaba encerrada Irene. Durante unos días Arturo
fantaseó con la oportunidad de ver a su hermana cuando Uzumu-
rriagi fuera a visitar al pobre desgraciado, pero se llevó un chasco.
Fue una visita breve en la que el señor oscuro apenas le lanzó un
vistazo. Tras llamarlo príncipe, se fue decepcionado. «Me espera-
ba algo más», le confesó cuando regresaron a su cuarto, que hacía
a la vez de despacho y biblioteca. «Los príncipes de hoy en día ya
no son como los de los cuentos de hadas».
Pero tampoco le importó mucho, pues se empezó a organizar
la boda. El príncipe no importaba, ni siquiera si era de verdad,
solo su título nobiliario.
Pasaron los días y Arturo se llenó de dudas al descubrir que
Uzumurriagi estaba empezando a caerle bien. Afortunadamente,
el joven le devolvía a la realidad cuando se comportaba como el
señor oscuro que realmente era.
―¿Creéis que debería matar a los reyes de Luminaria antes o
después de la boda? ―le preguntó una noche, después de cenar.
No había nada como hablar del asesinato de sus padres para
que Arturo despertara.
―Con todos mis respetos, yo no lo haría ―se apresuró a decir.
La confianza que había en su relación le había vuelto deslengua-
do y ya no le importaba ser directo―. Es por todos sabido que el
príncipe heredero es muy inútil. Si lo dejas al mando del reino, lo
llevará a la ruina.
―Yo también gobernaré ―le recordó.
―Lo sé y sé que tienes planes poderosos. Quieres un reino
para ser realmente un rey, pero gobernar es muy complicado. Hay
que hacer y deshacer leyes, vigilar los cultivos, defender las fron-
teras… Y habrá batallas cuando los reinos enemigos se enteren
de que subís al trono. Sin embargo ―sonrió―, hay otra manera.
Tenéis a la princesa Irene, ¿lo recordáis? Usadla para chantajear a
los reyes para que abdiquen de manera pacífica. Luego convertís
a Arturo en un rey marioneta y dejáis a su padre gobernar. Lu-
minaria seguirá tranquila y próspera, y vos podréis continuar con
vuestros planes.
Esperó su respuesta con un nudo en el estómago. No era lo
mismo convencerle de que una siesta le vendría bien que que
292
cambiara de idea con eso de matar a sus padres. Las consecuen-
cias no eran las mismas y Arturo temblaba ante la perspectiva de
que todo saliera mal. Sin embargo, Uzumurriagi asintió.
―No lo había valorado. ―Mientras hablaba, deslizó el brazo
sobre la mesa para dejar caer la mano sobre la suya―. Es una bue-
na idea. Me alegro mucho de tenerte a mi lado, dándome consejos.
El príncipe apartó la mirada. Agradeció un millón de veces esa
incómoda parafernalia que le cubría la cara. Así nadie tenía que
ver la sonrisa tan estúpida que se le había escapado. Era agradable
sentirse valorado y no volver a ser considerado el eterno inútil.
Uzumurriagi se incorporó y estiró los brazos con una torpeza
empapada de sueño. Arturo lo miró fijamente, hasta que el señor
del mal agachó la cabeza con un mohín.
―Lo sé, lo sé… ―refunfuñó―. Es hora de dormir.
―Y tanto, ¡es medianoche!
―¡El mejor momento para hacer magia!
―¿Y qué hemos hablado de la magia?
Se había levantado también. Uzumurriagi lo alcanzó y le dio
un golpe en el pecho con un dedo.
―Eres mi guardaespaldas, no mi niñera.
―Si sigues así seré los dos, ¡necesitas descansar! ―le recordó
ya con desesperación por el poco caso que le hacía. Estaba tan
frustrado que había vuelto a tratarlo con demasiada familiaridad,
pero le daba igual―. Después de transportar la torre no podías ni
moverte, ¿es eso lo que quieres?
―Me da igual. ―Y esta vez no era para llevarle la contraria, lo
dijo con una sinceridad que dejó al príncipe sin palabras. Uzumu-
rriagi apartó la mano con suavidad para cogerle de los dedos―.
Porque estás tú.
Pese a la discusión, se separó de él y se arrastró a la cama.
Que no se desplomara sobre ella como otras noches era un cla-
ro indicativo de que sus consejos funcionaban. Arturo se sen-
tía orgulloso de ello, y mal al mismo tiempo; ya se encargaba
Sandor de recordarle que esa no era su misión cada vez que se
tropezaban por las escaleras. El príncipe se encaminó a la sali-
da. «No, deberías pensar menos en él y más en tu hermana», se
293
recriminó. Estaba a punto de alcanzar la puerta cuando la voz de
Uzumurriagi lo detuvo.
―Pepe, estaba pensando… Creo que deberías dormir aquí.
―¿Perdón? ―Se giró con cara de bobo.
―¡Eres mi guardaespaldas! No deberías separarte de mi lado.
―Sentado sobre la cama, parecía más diminuto que nunca―. Hay
noches en las que siento la cercanía de una presencia maligna. Lo
noto. Se aproxima en las tinieblas… ¿Y si aparece y tú no estás?
Aquello le dejó desarmado. No podía refutar esa lógica, pero
tampoco le apetecía volver a dormir en el suelo. Príncipe se es
hasta la médula.
―Mmm… ―Arturo miró a su alrededor a pesar de saberse de
memoria todos los muebles de aquel cuarto, de conocer hasta las
pelusas―, podría pedir que suban un jergón…
―¡Aquí no entra nadie más! ―El señor del mal se levantó con
las mangas arremangadas―. Haré aparecer otra cama.
El príncipe se le adelantó. Corrió hasta él y lo detuvo sujetán-
dolo por las muñecas.
―Nada de magia, por favor ―le pidió.
―Como tú digas. ―Uzumurriagi sonreía―. Aunque en ese
caso… Aquí solo hay una cama.
―No vas a convencerme para crear, transportar o lo que sea
que se te ocurra con magia. ―Le advirtió muy serio. El tono
juguetón del otro joven le confundía. Daba a entender que es-
condía una intención y no alcanzaba a descubrir cuál. Quizás
convencerlo de volver a conjurar después de la hora en la que se
lo había prometido.
En ese caso, no pensaba ceder.
El señor oscuro se apartó y le indicó con un ademán la exis-
tencia de su propia cama. Arturo estuvo a punto de atragantarse.
«Bueno, no será la primera vez», pensó al recordar cuando aca-
bó ahí por error y cierto hechizo paralizante. Solo que no era lo
mismo compartir lecho por accidente que tras una invitación casi
formal. Aquello daba a entender que había cercanía entre ambos,
una amistad que no sabía cómo había surgido, que crecía sola
y de la que temía arrepentirse. Estuvo a punto de golpearse los
294
mofletes con ambas manos. «¡Contrólate! Es el enemigo, ¡hace
un rato hablaba de matar a tus padres! Seguro que en el fondo es
despiadado y su corazón está negro y podrido». Pero, después del
tiempo que llevaba ahí, sabía que no era despiadado y su corazón
parecía débil de enfermedad.
El príncipe se acurrucó en una esquina. Se quitó lo mínimo,
pues no sentía que aquello estuviera bien. Pronto se olvidó de
eso. La cama era cómoda, suave y calentita. Daban ganas de es-
tirarse como hacía en casa y acabar despatarrado. Sus principios
duraron muy poquito. Llevaba mucho tiempo sin dormir bien.
Uzumurriagi sí se cambió. No tenía ropa de dormir como tal,
pero se deshizo de las capas superpuestas que solía llevar enci-
ma. Al final se puso una túnica limpia, que le dejaba los brazos
al descubierto. Arturo lo observó de reojo. Cada vez sentía más
curiosidad por su palidez, por la fragilidad de un cuerpo capaz de
espiar reinos enteros o transportar torreones por el mundo. Su
poder, tan monstruoso y aterrador, parecía debilitarlo.
Ese hilo de pensamientos se interrumpió cuando el señor del
mal se deslizó por las sábanas hasta acabar con la mejilla pegada
a su hombro, a pesar de toda la cama que tenía para él. Arturo
apartó la cabeza y se convenció de que solo era una grandísima
casualidad. Y él sí tenía sueño. Seguía sin acostumbrarse al es-
fuerzo sobrehumano de subir las escaleras. Pese a que se había
acurrucado en una postura tensa, acabó por relajarse. Y tener
a Uzumurriagi tan cerca le recordó a su hermana, o cuando era
pequeño y dormía con Sandor. Le entró el impulso de abrazarlo,
pero quizás eso era sobrepasar ciertos límites. En su lugar, lo ro-
deó con los brazos, en un abrazo que no llegaba a serlo.
Y se durmió.
Cuando despertó, el mundo entero parecía venirse abajo.
La torre temblaba y el techo había empezado a resquebrajarse.
Arturo abrió los ojos, tan adormecido y desubicado que le pa-
reció estar atrapado en una pesadilla. A su lado, Uzumurriagi
se había sentado sobre la cama. Tenía la boca abierta en un
grito que no llegaba a salir y los dedos crispados hundidos entre
las sábanas.
295
Al príncipe no le costó mucho entender que aquello era real.
Se levantó y empezó a dar vueltas como un pollo sin cabeza.
―¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? ―Agarró al joven de los hombros
y lo zarandeó―. ¡Dime qué hago!
Uzumurriagi pareció volver en sí. De su cuerpo emanaban vo-
lutas negras y violáceas, chispas plateadas que hedían a quemado.
Lo miró.
―Nos… atacan ―graznó.
Y entonces, un grito retumbó sobre la realidad entera y la
puso patas arriba.
―UZUMURRIAGI, VIL USURPADOR. ¿DÓNDE ESTÁS?
NO TE ESCONDAS.
Aquella voz helaba la sangre y se llevaba el oxígeno del am-
biente para cambiarlo por azufre. Arturo se quedó paralizado. Su
cuerpo no le respondía. Temblaba solo de escuchar aquellos gri-
tos que le hacían sentirse minúsculo, despreciable, insignificante.
Quizás fue porque Uzumurriagi también se estremecía y lo sentía
más cerca que nunca, o porque no dejaba de ser un príncipe des-
cendiente de héroes, asesinos de dragones y brujas, pero encon-
tró la fuerza para levantarse y asomarse por el balcón.
Abajo había un demonio, uno de verdad. Medía la mitad que
el torreón, desproporcionado y deforme. Todo en él era una lo-
cura de carne, músculo y hueso forjado para causar horror. Sus
piernas eran columnas; sus alas, pedazos de un cielo desgarrado.
Mirar su rostro era enfrentarse directamente al infierno.
Dos garras como cabras intentaron hundirse en la piedra,
pero un estallido mágico impidió que la rozara siquiera. «¡La pro-
tección!». El edificio entero parecía cubierto por un aura de mil
colores, que impedía que el engendro los alcanzara. Se giró hacia
Uzumurriagi. No necesitaba conocer los tecnicismos de aquel he-
chizo para atar cabos. Supo con absoluta certeza que no aguanta-
ría mucho y que huir no sería posible.
―Pepe ―le llamó.
Acostumbrado ya a ese nombre, Arturo corrió hacia él y
se arrodilló.
―¿Sí?
296
―Te necesito…
Momentos más tarde, en un cuartucho, cuando el príncipe
puso al tanto a Sandor de lo que le habían pedido, el caballero
perdió el color.
―Es una locura ―balbuceó―. Él es el señor oscuro, ¿cómo se
le ocurre mandaros a vos a derrotar a un demonio?
―Soy el guardaespaldas. Realmente cree que te vencí.
―¡No soy comparable a un demonio!
―No, se sabe que eres aún más poderoso.
―¡Su alteza, no es el momento! ―Le agarró de los brazos,
temblaba―. Es una locura, moriréis.
Arturo lo apartó con suavidad.
―Pero no podemos abandonarlos. Irene sigue aquí ―le recor-
dó, pues ese sería el único argumento que su amigo escucharía―.
Por eso tengo que pedirte un favor: hazte pasar por mí.
―¿Perdón?
―¡Eres el grandísimo caballero de la estrella blanca! Con esto
podemos recuperar tus armas. La armadura no, mejor no… ―Se
arrancó el emblema del pecho y se lo colocó a Sandor―. Con esto
todos pensarán que eres yo.
Su caballero lo miró como si estuviera loco.
―No va a funcionar.
Funcionó.
Arturo tampoco las tenía todas consigo. Pero entre el traje
de soldado y la distancia, no es que se pareciesen, es que te
tenías que creer que eran el mismo. Y luego estaba ese emble-
ma, que se encargaba de brillar, de indicar quién era aquel que
había cogido la espada encantada para enfrentarse al demonio.
En la torre, todos se apiñaron en las ventanas para ver el en-
frentamiento. Cohibía ver a un soldado tan humano frente a ese
mole de pesadillas. Aunque la seguridad de que Sandor ganaría
sobrepasaba el cien por cien, el príncipe se buscó un rincón
tranquilo donde observar sin que nadie viese que los nervios
lo reconcomían. Pero todas las habitaciones, salas y pasillos
estaban atestados. Todo desbordaba gente y él ya no sabía
dónde esconderse.
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La costumbre lo acabó empujando delante de la habitación
de Uzumurriagi. Quería entrar, pero no se atrevía. Si él descubría
el engaño, todo se habría terminado. Pero ese era el lugar en el
que más deseaba estar en ese mismo momento. Quería un amigo,
quería estar con alguien con quien sentirse a salvo.
Retrocedía cuando la puerta se abrió. Arturo se quedó pa-
ralizado, hasta que reconoció a Griselda. Aunque la mujer y sus
cicatrices le imponían, había acabado por hacer buenas migas con
ella. Tuvo miedo de que lo reconociese, pero, por su mirada, no
fue así.
―¡Tú! ―le dijo―. Ven aquí.
Al final, el destino le empujó una vez más adentro de aquel
cuarto. El señor oscuro convulsionaba. Arturo se quedó paraliza-
do al verlo en ese estado de agonía, como si las acometidas contra
la torre se reflejaran en él.
―¿Qué le ocurre? ―balbuceó.
―Es la presencia del otro demonio. Sujétalo, yo le inyectaré
el remedio.
Acató sus órdenes. Por un momento, sus pensamientos vola-
ron lejos del duelo que había afuera. Su cabeza bullía de pregun-
tas, como qué contenía la redoma que Griselda sacó de un cajón
o por qué tenía que inyectarle aquel líquido. Qué le ocurría.
Qué podía hacer él para ayudarle.
Cuando Uzumurriagi se zambulló en una semiinconsciencia,
la guerrera guardó los útiles y se dirigió a la puerta.
―Me voy a animar también a Pepe ―le dijo―. No quiero per-
derme el enfrentamiento. ¿Le puedes vigilar?
―¡Claro!
Se quedaron solos. Arturo alternó entre lanzarle miraditas al
balcón y al convaleciente, doblemente preocupado. Eran tantos
los pensamientos que se le acumulaban que le comenzó a doler la
cabeza. Odiaba ese tipo de preocupaciones, odiaba que no se pu-
dieran resolver con una espada y dando tajos a diestro y siniestro.
Regresó a la realidad cuando el príncipe oscuro lo agarró de la
manga del jubón y tiró de ella.
―¿Cómo va? ―murmuró.
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No sabía qué clase de magia ―si es que era eso― había usado
Griselda, pero se le veía mejor. Despertaba y encontraba fuerzas
para incorporarse un poco. Arturo se separó de él a regañadientes
para mirar por el balcón.
―Tiene al demonio dominado ―narró―. La espada encantada
lo ha herido por todas partes. Sangra, aunque su sangre pudre la
tierra que toca. ¡A él no se le ve herido! ―La presión en su pecho
se alivió un poco―. Va a ganar.
«Lo sabía», pensó emocionado. Por eso no entendía de dónde
venía esa preocupación, peor que un veneno.
―Qué alivio. ―A Uzumurriagi se le escapó una sonrisa―. No
lo entenderás, pero… Tengo miedo.
―¿Tú? ―Efectivamente, no le entendía―. ¡Sois nuestro exce-
lentísimo y poderoso señor del mal!
―Le confiaría a Pepe mi vida. Es más leal que ese caballero
blanco que ha abandonado a su príncipe. ―Apretó los puños,
hundiéndolos en las sábanas―. Sé que es capaz, pero no quiero
que le ocurra nada. Si sale herido será culpa mía, de mi debilidad
y por mandarlo a enfrentarse a mis demonios.
Arturo desvió la mirada hacia el enfrentamiento. Ahora sí,
empezaba a entenderlo muy bien. Cerró los ojos y le rezó a su
diosa favorita.
El combate finalizó como cualquier leyenda. No se quedó a
ver cómo Sandor terminaba de matar al monstruo. Salió de la
habitación y bajó las escaleras corriendo. Tenía que llegar el pri-
mero para recibirlo. La torre se llenó de aplausos y ovaciones, que
el eco octuplicó. Lo perseguían incluso cuando llegó a la puerta
y la abrió. Su amigo regresó. No cojeaba, no mostraba heridas,
solo un cansancio que se recuperaría con una buena siesta. Arturo
sonrió. El traje borró esa sonrisa, pero su caballero pudo notarla
igualmente. Nada más poner un pie dentro, se abrazaron durante
los ocho segundos más largos de la historia. El tiempo se ralenti-
zó solo para ellos dos.
Sandor lo apartó al escuchar a la gente. Le puso el emblema en
el pecho y se hizo a un lado como si él no fuese más que alguien
que paseaba por ahí. A Arturo su plan definitivamente dejó de
299
gustarle en ese punto. Le había robado esa victoria, la atención
final. Los soldados lo rodearon para llevarlo en volandas y Sandor
desapareció definitivamente.
Si hubiera mirado atrás, habría descubierto que todavía suje-
taba su espada con fuerza.
Arrastraron al príncipe hasta la sala principal. Y él no tardó
en dejarse llevar por esa gloria ajena. Nunca lo habían tratado así,
nadie había gritado su nombre de esa manera. No era consciente
ni de lo que sucedía, solo que de repente volvía a estar en el suelo
y que Uzumurriagi estaba enfrente de él.
Su primer impulso fue reñirle. «Debería estar descansan-
do», pensó. Pero cualquier riña desapareció cuando el señor
oscuro lo abrazó. Fue tan inesperado que se quedó paralizado como
un monigote. Luego, poco a poco y con torpeza, correspondió a
ese abrazo que no tuvo nada que envidiar al de los ocho segundos.
Cuando se separaron, todavía estaba asimilándolo. Ni siquiera
escuchó a Uzumurriagi gritar que habría una fiesta en su honor. Y
cuando por fin lo logró, la celebración había empezado y estaba
rodeado de desconocidos. Tuvo que vadear entre la gente para
buscar al señor oscuro. Le importaba un pimiento que lo tomaran
por un héroe: ni lo era ni lo sería. Al final, fue más sencillo loca-
lizar a Griselda y pedirle su ayuda. La guerrera le puso un vaso
de cristal en la mano, relleno de un licor tan sospechoso como la
comida, y lo mandó escaleras arriba.
Una maldita vez más.
Cuando llegó a la habitación, apenas le quedaba alcohol. No
porque se lo hubiera bebido, sino porque más de la mitad se le
había caído encima. Entró sin llamar. Suponía que algunos abra-
zos iban unidos a ciertos privilegios. Tenía miedo de lo que iba
a encontrar. Quizás el príncipe oscuro volvía a encontrarse mal,
quizás había vuelto a desmayarse. Sin embargo, lo pilló delante
del espejo probándose una túnica elegante.
Uzumurriagi se giró por la sorpresa. Arturo cerró la puerta
y entró.
―Perdona, abajo hay mucho jaleo y quería verte. ―Se arrastró
hasta una butaca―. ¿Puedo?
300
―Adelante, estarás cansado.
―Mucho.
―Es normal, no todos los humanos pueden enfrentarse a un
demonio y salir victoriosos.
«Más bien han sido las escaleras», pensó avergonzado. Jugue-
teó con la copa, cada vez más inquieto.
―¿Puedo preguntar qué ha sucedido? ¿Quién era ese demo-
nio? ¿Qué quería? ¿Por qué la magia te afecta de esa manera?
El señor oscuro se acercó y tomó el vaso para apurar lo que
quedaba de bebida.
―Devoré el corazón de un demonio ―respondió como si
aquello fuese lo más normal del mundo―. Creo que ese buscaba
venganza.
―¿Devoraste un…?
―Sí. Hay ciertas… dolencias que pueden sanarse con corazo-
nes. Al príncipe de Excaliburina le salvaron con uno de dragón
hace años.
―¡Oh! ¿Entonces eres un príncipe de verdad?
―No. ―Se le escapó una mueca―. Si lo fuera no me tendría
que casar con ese cenutrio que tengo encerrado. Soy hijo de he-
chiceros, que sacrificaron todo lo que tenían para convertirme en
el más grande.
La copa se escurrió de entre sus dedos, cayó contra el suelo
y se partió en un millar de esquirlas. Los dos se la quedaron
mirando.
―Lo siento. ―Cerró el puño, pero era tarde: él ya había visto
que el pulso le temblaba―. Yo también estoy cansado. Llamaré
para que lo recojan.
―No te preocupes, soy tu guardaespaldas.
A decir verdad, lo único que quería era seguir hablando con él
y entenderle mejor. Pronto lo de recoger los pedazos de cristal se
convirtió en una idea terrible. Arturo gritó al cortarse todos los
dedos al mismo tiempo. Nadie le había advertido de eso. Su prima
llevaba zapatos de cristal como quien no quería la cosa y él se ha-
cía tropecientos arañazos en menos de un segundo. Y sangraban,
como las tripas de un cerdo, peor que los sablazos en el vientre.
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Nunca antes había visto tanta sangre, y menos suya. Creyó que se
iba a desmayar.
―¡Pepe! ―Uzumurriagi se agachó junto a él y le cubrió las
manos con las mangas de su túnica―. ¡Espera, deja que corte la
hemorragia!
Lo único que se cortó fue su voz. El señor oscuro abrió los
ojos desmesuradamente. Parecía que se le iban a salir las órbitas.
Le miró a la cara, algo bastante complicado, puesto que él había
apartado la vista para ver si así se le aclaraba la cabeza.
―Pepe ―murmuró―, ¿eres un príncipe?
―¡Eh! ¡Por supuesto que no! ―Se le escapó un chillido
estrangulado―. ¡No sé de qué me estáis hablando!
―Tu sangre es azul.
Gotas azules, del color del mar en calma, se escurrían entre sus
dedos como lágrimas. Arturo se las quedó mirando embobado,
como si nunca antes hubiera caído en ese hecho. Y por una vez,
no supo qué decir. «Supongo que el momento tenía que llegar. Es
lo que siempre decía mamá: las mentiras no duran eternamente y
al final acaban por devorarte. Felicidades, el terrible Uzumurriagi
te ha descubierto. Ahora te hará su prisionero y tendrás que ca-
sarte con él». Parpadeó. La idea no le desagradaba mucho.
Decidió confesar la verdad. Sería más sencillo que enredarse
en el copo de nieve de las patrañas. Sin embargo, el señor oscuro
le apretó las manos con fuerza.
―¡Un príncipe! ―exclamó―. ¡Tendría que haberlo supuesto!
Eres demasiado caballeroso, tu pelo es rubio como el oro y tienes
los ojos del cielo.
―Bueno, a ver…
―Has podido blandir la espada encantada del caballero de la
estrella blanca y derrotado a un demonio superior, ¡por supuesto
que no eres un joven cualquiera!
―Ahora que lo dices…
―Un auténtico príncipe de sangre azul, ¡es maravilloso! ¿No
lo entiendes? Ya no tengo que casarme con el estúpido Arturo.
―¡Un momento! Creo que necesito una recapitulación.
―Y yo un príncipe. ―Le brillaban los ojos.
302
―¡P-Pero no tengo un reino!
―¡No importa! Es el título lo que me interesa. Las tierras ya
las conquistaremos luego. ―Se puso en pie y comenzó a dar vuel-
tas por la habitación―. Al final sí ha sido como un cuento de
hadas. Arturo empezaba a darme miedo. Estáis todos hablándome
de lo insulso y bobo que es mientras tú estás a mi lado. ¡Un prín-
cipe! ―repitió, todavía sin creérselo―. Ya no puedes seguir siendo
Pepe. No es un nombre de sangre azul. Pedro es mejor. ¿Y si a
lo mejor eres el príncipe perdido de Armanagucia, ese reino que
desapareció hace veinte años?
En ese momento, el balcón estalló y más cristales se derrama-
ron por el interior del cuarto. Los dos se giraron. En el boquete,
sacudido por un viento que parecía estar ahí a propósito para
hacerlo parecer un héroe, estaba Sandor vestido con su armadura.
―He venido a detenerte ―dijo mientras entraba―. Libera a
los príncipes.
―Muy bien. ―Uzumurriagi le dio la espalda―. Has llegado
como caído del cielo, caballero. Confío en ti para que los escoltes
a Luminaria. Yo ya tengo a mi príncipe.
Tomó una de las manos heridas de Arturo y la besó, empapán-
dose de sangre. La cara del caballero se desencajó. Arturo le puso
ojitos para que siguiera el juego. Aunque ya no sabía exactamente
a qué estaba jugando.
***
303
―Él no lo sabe. Si se casa con Pedro no sería una boda válida.
Aunque de eso no estaba muy seguro.
―No puedes hablar en serio. ―Como no podía gritar,
apretaba los dientes con fuerza.
―Claro que sí. Ahora liberará a Irene y podréis volver a casa.
―¿Y tú?
―No te preocupes por mí. Cuando sepa que mi hermana está
a salvo me escabulliré.
―Claro que me preocupo. ―Se detuvo delante de él y le puso
las manos en el hombro―. Es Uzumurriagi, ¿lo habéis olvidado
ya? ¿Y si intenta haceros daño?
―Creo que en el fondo es buena gente.
―Alteza, por favor ―siseó.
―Sandor, ¿qué ocurre? Estás especialmente raro.
El caballero agachó la cabeza.
―¿Recordáis cuando os convirtieron en sapo?
―No mucho.
―¿Alguna vez supisteis quién rompió el hechizo?
Arturo era lento, pero no tanto. Se le escapó un «ah» mientras
Sandor volvía a mirarlo a los ojos.
―Un beso de amor, ¿necesitáis más explicaciones?
En ese momento aparecieron por el pasillo Uzumurriagi,
Griselda con la princesa Irene y el pobre desgraciado, que cada
vez entendía menos. Ellos se separaron, como si no fuesen más
que desconocidos. A Arturo le costó más que nunca fingir ser
quien no era. Su hermana era un bebé gordito que hacía gorgo-
ritos. Por el gesto de la guerrera, parecía que a ella también le
apenaba despedirse de la princesa. El caballero se adelantó para
tomarla en brazos. No volvió a mirarlo y él lo agradeció. Tenía
mucho que procesar. Incapaz de ver que dos de sus seres más
queridos se iban a ir sin él, les dio la espalda y se quedó en el pasi-
llo. Esperó a que las pisadas desapareciesen para hacerse un ovillo
bien impropio de un noble en una esquinita.
Alguien se acercó y se sentó a su lado.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Uzumurriagi.
Era tan atento que dolía, ¡así no tenían que ser los señores
oscuros! En su caso, los cuentos de hadas le habían engañado.
304
―Hay alguien muy especial para mí… ―murmuró―. Yo siempre
lo he visto como un amigo. No se me ocurría que podía ser más,
pero hoy he entendido que él no me ve así. ―Enterró la cabeza
entre los brazos―. He descubierto que me quiere y no sé qué hacer.
―¿Qué sientes tú?
―¿Dudas? Antes no sé qué le habría respondido, pero en este
momento no soy capaz de aceptar sus sentimientos…
Enmudeció al escuchar que Uzumurriagi se incorporaba con
brusquedad. Tenía la cara roja y una expresión de sorpresa que
Arturo no supo interpretar.
―Y-yo… ―balbuceó.
Retrocedía. Y con cada paso, el príncipe acabó por entender.
Se puso igual de rojo, solo que en esta ocasión de vergüenza.
―¡Espera! ―Se incorporó para ir tras él.
―Lo siento, yo… ―Se cubrió la cara con las manos. Una
magia rojiza como sangre coagulada lo envolvió al mismo tiem-
po que sus emociones se descontrolaban―. Soy tan estúpido…
―¡Que esperes un segundo! ―Arturo le atrapó con fuerza
para que no escapara y tampoco perderlo―. ¡Hablaba de un
amigo de verdad!
―Oh… Sigo siento estúpido. ―Apoyó la cabeza sobre el
pecho del príncipe.
El impulso de abrazarlo se hizo tan fuerte que no pudo
contenerse.
―Si vamos a casarnos, creo que necesitas saber una cosa de
mí… Aunque, si lo descubres, quizás cambies de opinión.
―¡No lo haré nunca! ―Levantó la mirada sin apartarse ni un
centímetro de él―. Te quiero desde que me atrapaste en brazos y
empezaste a cuidarme con tanto cariño.
―Y yo a ti por apreciarme sin importarte quién era. ―Lo dijo
sin pensarlo y unos segundos después descubrió que era cierto―.
Pero tengo que confesarte una cosa: yo no maté al demonio. Soy
un fraude.
―¿Quién fue entonces?
―Mi amigo. No… No quería defraudarte ―comprendió.
Uzumurriagi le acarició la mejilla. Su roce era chispeante.
305
―Te sigo queriendo.
―¿Y si te digo que soy el príncipe Arturo?
La caricia desapareció.
―¿Te burlas de mí?
―No y tú también lo intuías. Y para que esto salga adelante
quiero seguir con mi hermana pequeña, que la quiero mucho.
Y con Sandor, que será siempre mi mejor amigo. Y nada de
escaleras ni magia tenebrosa. Puedes seguir llamándome Pepe
si quieres, al final me he acostumbrado…
―¡Espera! ¿Hablas en serio?
¿Lo hacía? Arturo se pasó una mano por la cabeza. Los úl-
timos días, los últimos descubrimientos, se la habían dejado del
revés. O así lo sentía. Echaba de menos a su hermana con una
nostalgia desgarradora, igual que pasar el tiempo con Sandor sin
más preocupación que mantenerse elegante para cuando cayera la
noche. Pero apreciaba también el tiempo que había pasado en la
torre, donde nadie le juzgaba por ser un príncipe desastroso.
―Sí ―logró decir tras tomar aire―. Sí, mi señor oscuro.
A Uzumurriagi se le escapó una sonrisa de alivio. Con sua-
vidad y bastante cansancio, se dejó caer hasta apoyar la cabeza
sobre su pecho.
Durante unos minutos, solo se escuchó el latir de su
corazón robado.
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Celia Añó
@BrujadelTeatro
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