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AA. VV. - Algunos Problemas Actuales Del Socialismo PDF

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P a u l M .

’S w e c z y
C h a r le s íic ttc llic im

ALGUNOS
PROBLEMAS
ACTUALES
DEL SOCIALISMO
ALGUNOS PROBLEMAS ACTUALES
DEL SOCIALISMO

por
PAUL M. SWEEZY
CHARLES BETTELHEIM

siglü
veintiuno
editores
mexico
apaña
argentina
siglo veintiuno editotrs, sa
QAMMfft. M ANCfftA M . M tXtCO í*. a *

siglo veintiuno de españa editores, sa


FM flK) *OB*N r. MAD*tO-33 ESPAÑA

siglo veintiuno argentina editores, sa


Av. C O R D O B A 3064, B U EN O S A I R t S , A ft Q E N T I N A

Primera edición en español, octubre 1973.


Segunda edición en español, diciembre 1973.
© SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES, S. A.
en coedición con
Siglo XXI Editores, S. A. (México).
Siglo XXI Argentina Editores, S. A.
Primera edición en inglés, 1971.
© Monthiy Review Press.
Título original:
Letters on the Transition to soctalism.
DERECHOS RESERVADOS CONFORME A LA LEY.
Impreso y hecho en España.
Printed and made in Spain.
Depósito legal: M. 37.866-1973.
ISBN 84-323-0106-X.
Impreso en Closas-Orcoyen, S. L.
Martínez Paje, 5. Madrid-29.
INDICE

I. CHECOSLOVAQUIA, CAPITALIS­
MO Y SOCIALISMO, por Paul Af.
S w e e z y ............................................... 1
II. LA TRANSICION DEL CAPITALIS­
MO AL SOCIALISMO, por Charles
B e tte lh e im ........................................ 21
III. R E S P U E ST A A CHARLES
BETTELHEIM (1), por Paul M.
S w e e z y ............................................... 37
IV. ASPECTOS ADICIONALES SOBRE
LA SOCIEDAD DE TRANSICION,
por Charles B ettelh eim .................. 53
V. RESPUESTA A CHARLES BET­
TELHEIM (2), por Paul M. Sweezy. 75
VI. DICTADURA DEL PROLETARIA­
DO, CLASES SOCIALES E IDEO­
LOGIA PROLETARIA, por Charles
B ettelh eim ......................................... 89
1. Las características de un po­
der proletario.............................. 93
2. Las características del partido
dirigente .............. .................... 99
3, El partido y el aparato de K*

Im cuestión de un método in­


dependiente, 107. — El marxis­
mo-leninismo como teoria del
proletariado, 109.—La teoría re­
volucionaria y.las fuerzas «ocía­
le» y políticas de la revolu­
ción, 113.—La lucha de clases
bajo la dictadura del proleta­
riado, 119,

Vil. COMENTARIO FINAL, por Paul M.


S w e e zy ...................... ....................... 125
I. CHECOSLOVAQUIA, CA PITAU H W i
Y SOCIALISMO
Paul M. Hweezy

Los rusos justifican su invasión d t Checos-


lovaquia aduciendo que estaba en desarrollo
una situación contrarrevolucionaria y que, sin
su intervención, Checoslovaquia habría regro
sado al capitalismo y se habría integrado er»
el campo imperialista. Esta misma postura,
respaldando ¡a invasión, ha sido defendida
también por otros elementos de Ja izquierda
internacional, y en particular por Fidel C&v
tro, hablando en nombre de la vanguardia re­
volucionaria cubana. En cambio, la mayor par­
te de la izquierda en los países capitalistas
desarrollados ha defendido lo que podríamos
considerar como la tesis contraria, según la
cual Checoslovaquia estaba dirigiéndose hacía
una auténtica forma de socialismo democráti­
co, no teniendo la intervención soviética nada
que ver con el capitalismo ni con el socialis­
mo, y estando, por el contrario, encaminada
a detener el proceso de democratización, con­
siderado como una amenaza para el gobierno
autoritario de los partidos comunistas en todo
el bloque de Europa Oriental.
El punto más débil de la argumentación
rusa es la afirmación de que se estaba desr
m
PAUL M. SW12EZY Y CIIARLHS UEITELIIEIM

arrollando una situación contrarrevoluciona­


ria; por el contrario, con las populares refor­
mas de los últimos ocho meses, el sistema
vigente se había fortalecido y estabilizado con­
siderablemente. Las reformas se limitaban en
gran medida a la superestructura política del
sistema y no modificaban en modo alguno sus
características básicas. El peligro no provenía,
por tanto, de una contrarrevolución, sino de
un Congreso del Partido Comunista Checoslo­
vaco, que habría ratificado las reformas y es­
tablecido firmemente el poder a la dirección
que las había promovido. Estas circunstancias
proporcionan indudablemente una base sólida
a la tesis de que eran esas reformas el objetivo
contra el que se apuntaba la invasión soviéti­
ca; y, en efecto, nada de lo ocurrido a partir
del 21 de agosto contradice esta interpre­
tación.
Sin embargo, el hecho de que se tratara de
fortalecer el sistema existente y no de modi­
ficarlo, no significa que Checoslovaquia no es­
tuviera dirigiéndose hacia el sistema capitalis­
ta. Por el contrario, la tendencia hacia el capi­
talismo es intrínseca al actual sistema; el con­
trol de la gestión de la empresa desde la propia
empresa, la coordinación a través del mercado
y el recurso a los incentivos materiales, son
tres factores que, combinados, desencadenan
inevitablemente una fuerte tendencia hacia un
orden económico que, llámesele como se quie“
ra, cada vez se asemeja más al capitalismo.
Algunos >m arxistas sostienen, c ie rta m e n te ,
que una sociedad no p u e d e considerada
s e r
AÍ.ÜIJNOS I’KOIII l'M A S 1)1,I. SO< 1 A U S M O

capitalista en tanto que no se halle explícita


mente legalizada la propiedad privada dn lo*
medios de producción. Así, por ejemplo, *tu
una declaración de la IV Internacional, re­
batiendo la postura de Castro «obre Ghccov
lovaquia, se afirma categóricamente que «el
peligro de un establecimiento del capitalismo,
sólo puede provenir de fuerzas sociales con
suficiente capacidad de organización como
para restablecer por la fuerza el sistema de
propiedad privada capitalista» (Intercontinen­
tal Press, 16 de septiembre de 1969, pág. 766).
Pero de este modo se confunden los conceptos
jurídicos y las verdaderas relaciones de pro­
ducción. Cuando las empresas son dirigidas
por pequeños grupos, cuyo objetivo es la ma*
ximización de beneficios en la producción de
bienes de mercado, se tiene ya lo esencial de
las relaciones de producción y de las relacio­
nes de clase propias del capitalismo. En su
momento se desarrollarán las formas jurídicas
adecuadas, aunque en razón de los antecedentes
históricos, probablemente no se llegue a desig­
nar nada bajo la etiqueta de «propiedad pri­
vada». Y esto no sería, por lo demás, simple­
mente un fraude ideológico; recordemos lo
que Marx escribió hace más de cien años sobre
las sociedades anónimas:

«El capital, que descansa de por sí sobre un


régimen social de producción y presupone una
concentración social de medios de producción
y fuerzas de trabajo, adquiere así directamen­
te la forma de Capital de la sociedad (capital
4 l’UU M. MWt.l /V Vi IIAHt l'H til I t i .1.111'JM
iW tiutivldtio* directamente asociado*) por
oposición <d cnpitnl privado, y sus empresas
«ipdivi'Oti como empresa» sociales por oposí
ciót» i\ las emprc»»* privada», Rs la supresión
iU*l capital como propiedad privada dentro de
los limites del mismo régimen capitalista de
producción*1.

SÍ ya con el nacimiento de las sociedades


anónimas el antiguo y preciso concepto de
propiedad privada individual se hizo tan com­
plejo, su complejidad se ha acrecentado aún
niAs hoy, en la era de las sociedades multina­
cionales y de la propiedad estatal en gran es­
cala. Por ejemplo, tanto en Italia como en
Francia, el Estado, directam ente o a través
de empresas estatales, es dueño de gran parte
de los medios de producción; esto constituye
indudablemente todavía una forma de propie­
dad capitalista, aunque no ya bajo la forma
de propiedad privada. Es razonable presumir
que en el futuro surgirán otras nuevas formas
de propiedad capitalista.
Es cierto que en Checoslovaquia las tres
características mencionadas distan mucho de
encontrarse plenam ente desarrolladas; el sis­
tema es todavía una mezcla de lo que a me­
nudo se denomina «socialismo de mercado»

J Et Capital, Ed. F. C. E., tomo III, pág. 415.


• El término «socialismo de mercado» es en si
mismo contradictorio, puesto que el mercado es
institución central de la sociedad capitalista, y e
socialismo es una sociedad que sustituve el sü}OI7¡!^
tismo ciego por un control racional. Pero esto
A l . t í I I N O S l'R O H I I ÍM A S Ol í. S O C I A L I S M O 5

y de este tipo de planificación adm inistrativa


centralizada que tuvo sus orígenes en la Unión
Soviética durante el período stalinista, y que
fue exportado a los demás países del bloque
soviético después de la Segunda Guerra
Mundial.
Pero lo esencial no es la composición exac­
ta de la mezcla, sino la dirección en la que
el sistema se mueve, y respecto a ello no cabe
duda de que: a) el peso de los elementos de
mercado ha ido aum entando en los últim os
cinco años, al menos, y que b) uno de los
objetivos de las reformas liberalizadoras de
los últimos ocho meses ha sido la eliminación
de los obstáculos que entorpeciesen una más
amplia evolución de la economía checa hacia
un sistema de m ercado3. No es accidental el

significa que el término sea inadecuado: el fenómeno


que designa también es contradictorio, y es precisa­
mente esta contradicción interna la que empuja a las
sociedades socialistas de mercado hacia el capitalis­
mo. Desgraciadamente, debemos reconocer que el
nivel de análisis marxista de estos fenómenos en ex­
tremo importantes es bochornosamente bajo, no sólo
en los Estados Unidos, sino en toda la izquierda inter­
nacional. Aquellos que han entendido que para com­
prender el capitalismo es necesario investigar a fon­
do para descubrir los procesos y relaciones subya­
centes, se conforman sin embargo con un mero aná­
lisis de las experiencias cuando se trata de socieda­
des socialistas. En gran parte la culpa de ello recae
sobre las propias sociedades socialistas, ya que todas,
sin excepción, han rehuido cualquier tipo de estudio
riguroso y científico de su propia realidad.
* Según el breve resumen del Business Week (24
de agosto), el régimen de Dubcek «liberalizó la pren­
sa, permitió mayores libertades individuales y aplicó
técnicas capitalistas para reanimar la paralizada eco­
nomía checa».
PAIU M S W K f Y,Y Y tlfA M I I H II IT U l ili 1V1

flecho de que una de las figuras más destaca­


das c influyentes del último período haya sido
el profesor Ota Sik, nombrado primer minis-
lio bajo el régimen de Dubcck. Exceptuando
el economista soviético Liberarían, Sik es tal
vez el más famoso teórico y defensor del socia­
lismo de mercado, y fue el principal autor
del programa de reformas que se adoptó y co­
menzó a aplicarse parcialmente en 1964.
Si queremos saber a dónde conduce el cami­
no tomado por Checoslovaquia, hemos de exa­
minar el caso de Yugoslavia, que es el país
que más lejos ha llegado en la línea del socia­
lismo de mercado. El viraje de Yugoslavia ha­
cia la economía de mercado se remonta a su
ruptura con la Kominform en 1948, lo que nos
proporciona una experiencia de veinte años y
no de cinco solamente, como en el caso checo.
Hemos de admitir que hasta el momento
han sido más bien los observadores capitalis­
tas, y no los socialistas, los que han demostra­
do mayor capacidad para inform ar con pre­
cisión sobre los acontecimientos acaecidos en
Yugoslavia, y para extraer las conclusiones
necesarias, el New York Times publicaba el
19 de agosto de 1968, en su página financiera,
el siguiente texto remitido desde Belgrado:

«El capital occidental ha establecido una


base importante en Yugoslavia y está contri­
buyendo a transform ar lo que era sólo un país
esencialmente agrícola en un nuevo estado in*
dustrial.
algunos problemas del so c ia lism o 7
Inversiones de em presas tan distintas como
la Fiat, el gigante del automóvil italiano, y
Printing Developments Inc. de New York, su­
cursal del Time Inc., representan a la vez las
insaciables dem andas de capital para nuevas
inversiones y los conscientes designios de un
Estado com unista de aceptar una economía de
m ercado, junto con la m ayor parte de sus con­
secuencias.
De conversaciones habidas con funcionarios
de Belgrado especializados en asuntos econó­
micos, se desprende la firme convicción de
que este camino será seguido por otros países
de E uropa Oriental.
Según su parecer, Yugoslavia es una expe­
riencia piloto para los países del Este y un
escaparate para el capital occidental. Las com­
pañías occidentales con base en este país goza­
rán de enormes ventajas competitivas una vez
que le hayan abierto otros mercados en la Eu­
ropa del Este.
Continuado el proceso de reformas que ha
transferido del Estado a las empresas mismas
la dirección de éstas, e introducido el régimen
de mercado libre y el estímulo de la ganancia,
Yugoslavia ha promulgado hace un año una
ley igualmente revolucionaria, orientada a
atraer el capital extranjero.
Esta ley fue aprobada pese a la gran opo­
sición que encontró entre aquellos que temían
que el capital occidental dominara los sectores
clave de la economía.
Previniendo tal eventualidad, se ha prohibi­
do que la participación del capital extranjero

..... ..... 1 1
8 PAUL M. SWEKZY Y CHARLES BHTTEIJ 1EIM

so b re p a se el 49 p o r 100 en c u a lq u ie r e m p re s a
yugoslava.
Las empresas yugoslavas son dirigidas por
los mismos obreros por medio de Consejos
de trabajadores, que a su vez designan una
Junta de especialistas —contables, ingenieros
de producción...— para dirigir su fábrica.
Al principio, las empresas extranjeras opo­
nían recelos a su participación, porque pen­
saban que su posición minoritaria no les per­
mitiría ningún control directo sobre sus inver­
siones.
En seminarios organizados en este país para
empresarios occidentales, los funcionarios yu­
goslavos se han esforzado en m ostrar que exis­
ten vías para esquivar esta dificultad; como,
por ejemplo, la de confiar al inversor extran­
jero el control de los costes de producción.
Se perm ite que los extranjeros transfieran
los beneficios fuera del país, a condición de
que dejen un 10 por 100 en depósito en un
Banco yugoslavo; igualmente pueden vender
su participación a otras compañías extranje­
ras, siem pre que la oferta sea hecha en prim er
lugar a la com pañía yugoslava.
E sta ley ha producido ya resultados sor­
prendentes. Fiat, que está proporcionando ac­
tualm ente tecnología y gran p arte del material
a una gran fábrica de autom óviles soviética,
invirtió 10 m illones de dólares en una empre­
sa yugoslava, Crvena Zastava (B andera Roja),
que fabrica coches F iat b ajo licencia.
American Com pany, según inform ación pu­
blicada en este país, se ha asociado con Beo-
\ L C t ‘NOS PKOHI.KMAS 1)1:i. S(K4IAI (SMO 9
gradski Gralicki Zavod (Compañía Gráfica de
Imprenta de Belgrado) para im prim ir en color
utilizando un nuevo equipo de procesar espe­
cialmente rápido, im portado de los Estados
tinidos.»

Naturalm ente, se puede decir que todo esto


se refiere a Yugoslavia y no prueba que Che-
:oslovaquia esté siguiendo el mismo camino;
realmente, sin duda, sería imposible aportar
pruebas suficientes para convencer a quienes
lian adoptado ya otro punto de vista. El aná­
lisis de la realidad social siempre se ve com­
plicado por el hecho de que las tendencias
que surgen, aunque en un futuro lleguen a ser
predominantes, tienen un comienzo insignifi-
:ante y pueden, por ello, ser ignoradas o me­
nospreciadas por quienes hayan decidido de
antemano ignorarlas o menospreciarlas. Lo
que podemos afirm ar es que Checoslovaquia
la dado más de un paso en el camino iniciado
x>r los yugoslavos, y que en los meses prece­
dentes a la invasión había indicios claros de
ana aceleración en dicho sentido. Ya se habían
legociado acuerdos con empresas extranjeras
?ara construir fábricas en Checoslovaquia (por
íjemplo, el trust italiano del petróleo, ENI,
ístá construyendo una fábrica de industria
química en Checoslovaquia, según inform aba
'1 Business Week en su número del 31 de
igosto). Se congregaban en Praga tantos em­
presarios extranjeros que estaba normalmente
'eservado por lo menos un hotel casi exclusi­
vamente para ellos; y tanto en Praga como
2
10 1‘M'I M, MWI I ’/ \ V t MAMI I 'i III | ll l jm IM

e n Ion i t i H ioh l i i m m i i - i m <h Utli-nlulr* ü u i i


la b n n iiisiMenU"* l o n i o i c * ^p JiH 'hta fic nlr
liicn l u n d i u l m do <|ik* m * r s t a h u ru'Motiwndn
<IU l l i ’d i l u tío SlM) m illo n e s do dótate:. pwia
la c ilita i la impiM l;u ion do O i i u lc iil o d e Ioj>
b i e n e s do e q u i p o y las U c i i k a s m á s m o d i u i u s
l a l w / . t o d o o s l o no sea significativo, o tul
ve/. las c o n s e c u e n c i a s d e a b a n d o n a r s e a un sU
l o m a d e m e r c a d o y do d e s a r r o l l a r relacione*
c a d a ve/, m á s e s t r e c h a s con los países ca pita
l is ta s d é l u g a r e n C h e c o slo v a q u ia a algo dife­
r e n t e d e lo q u e se lia p r o d u c i d o e n Yugoslavia
lis p o s i b l e p e n s a r l o así, p e r o h a s t a a h o r a no
s é d e n i n g ú n a r g u m e n t o d e peso q u e p u e d a
a b o n a r ta le s c o n c lu sio n e s.
Debemos señalar que no se deduce de esto
que los reformadores checos —ni siquiera los
yugoslavos— se estén dirigiendo deliberada­
mente hacia el capitalismo, o que estén adop­
tando una actitud hipócrita y falsa cuando
dicen que se esfuerzan por lograr un socia­
lismo democrático. El marxismo nos enseña
a juzgar a las personas no por sus intenciones,
sino por sus actos y las consecuencias pro­
bables de sus actos. Lo que afirmamos es que
cuando se fortalece el sistema de mercado en
vez de luchar contra él, se está, independiente­
mente de las intenciones, promoviendo el capi­
talismo y no el socialismo4.

4 El trabajo marxista más importante (y


olvidado) sobre este abanico de materia^ ,
E. Preobkaíhenskv. La nueva Economía {i r* • j*
Editorial Ariel, 1970), publicado j**
Unión Soviético los año# 20 y dado a c o n o c e r
a i .c i . n o s pimmr.MAH di i . s o c i a l i s m o 11

¿Puede deducirse de lo anterior que fue el


hecho de que (Checoslovaquia estuviese diri­
giéndose hacia el capitalismo la causa de la
intervención soviética? F.n modo alguno; la
verdad es que todo el bloque de Europa Orien­
tal, incluyendo la Unión Soviética, ha seguido
y sigue el mismo proceso que Yugoslavia y
Checoslovaquia. Esc es el verdadero significa­
do del movimiento de reforma económica que
en distintos grados y con distintos ritmo* ha
implicado a todos los miembros del bloque.
En todas partes el antiguo sistema de centra­
lismo burocrático se estaba enfrentando con
crecientes dificultades —apatía general, pro­
ductividad decreciente y estancamiento eco­
nómico eran, entre otros, los síntomas, mani­
fiestos en todo el área, de una crisis inminen­
te—. Dos respuestas eran posibles: la primera
respuesta podía ser una revolución cultural, en
el sentido específico que los chinos han dado
a este término; una campaña general para mo­
vilizar a las masas, elevar el nivel general de
conciencia política, revitalizar los ideales so­
cialistas, y responsabilizar de un modo cre­
ciente a los propios obreros de las decisiones
a todos los niveles. La otra respuesta consistía
en confiar cada vez más en el régimen de mer­
cado y en el estímulo de las ganancias. Por ra-

temente por una traducción inglesa (Oxford Univer-


sity Press, 1965). Preobrazhensky era m iem bro de la
Oposición de Izquierda y fue asesinado durante las
purgas stalinistas. Consultar tam bién el análisis del
sistema yugoslavo en Peaceful Transition from Socia -
lism to Capiíalism?, Monthíy Review, m arzo de 1964.
12
r u * m sw i u \ v t maki i s m u m i u im

¿oucs tjutí se rcmoiiiuti *> l*i iijslui ui tli? I¿i


Union Soviética y del Movimiento Comunista,
no existía partido ni grupo capa/ de poner cu
práctica Ja prim era alternativa. Por tanto, la
segunda vía fue adoptada, no porque las buró
cracias tuvieran especial preferencia por los
métodos capitalistas, sino porque no veían
otra form a de m antener su poder y sus privi­
legios. El precio que deberán pagar, les guste
o no les guste, sean o no conscientes de ello,
es el colocar a sus países en el cam ino de re*
¿orno hacia sociedades esencialm ente capita
listas.
Fidel Castro, en su discurso del 23 de agosto
sobre la invasión de Checoslovaquia, decía, re*
firiéndose a un artículo de Pravda:

«El artículo dice así: "El PCUS perfecciona


constantem ente el estilo, las form as y métodos
de la construcción del p artid o y del Estado
—resalta Pravda—. E sta m ism a labor se lleva
a cabo en otros países socialistas; se lleva a
cabo con tranquilidad, partien d o de los fun­
dam entos del sistem a socialista."
Pero es muy interesante este señalam iento.
Dice: "Por desgracia, fue so b re o tra base que
se desenvolvió la discusión sobre las cuestio­
nes de la reform a económ ica en Checoslova*
quia. En el centro de dicha discusión fue pre­
s t a d a , por una p a rte , la crítica global de
todo el desarrollo preced en te de la economía
socialista; p o r la o tra , la p ro p u e sta p ara sus*
titu ir los principios de planificación p o r reía*
enmes m ercantiles y esp o n tán eas, concediendo
\ft.l»NOS iMtOlM.I’MAS 1)1 I. RCXíAT 1SM0 13

un a m p lio á m b ito de acció n al c a p ita l p ri­


vado.”
¿ Acaso e s to sig n ifica q u e en la (Jnión Sovié­
tica van a p o n e r ta m b ié n fre n o a d e te rm in a d a s
c o rrie n te s q u e en el c a m p o d e la eco n o m ía
son p a r tid a r ia s d e p o n e r c a d a vez m ás el acen ­
to en las re la c io n e s m e rc a n tile s y en los efec­
tos de la e s p o n ta n e id a d en e sas re la c io n e s?
¿A e so s c rite rio s q u e in clu so h a n e s ta d o d ifu n ­
d ie n d o la vigencia del m e rc a d o y el efecto b e ­
n e fic io so de los p re c io s d e ese m e rc a d o ? ¿ Sig­
n ifica q u e se to m a co n cien cia en la U nión S o ­
v ié tic a de la n ece sid ad de p o n e r u n fre n o a
e sa s c o rrie n te s ? P u e sto q u e ex iste m á s de u n
a rtíc u lo de la p re n s a im p e ria lis ta d o n d e con
jú b ilo h a b la n de e sa s c o rrie n te s q u e se h a n
h e ch o ta m b ié n p re s e n te s en el sen o d e la U nión
S o v iética.»

Me atrevería a decir que Fidel sabe tan bien


como cualquiera que el artículo en Pravda
trataba de marcarse un tanto y no de señalar
un cambio fundamental en la política soviéti­
ca. El hecho es que las decadentes burocracias
del bloque soviético han ensayado el único
tipo de planificación centralizada que pueden
concebir y han comprobado que ésta no satis­
face las necesidades y expectativas de sus pue­
blos. No tienen otra alternativa que volver de
nuevo a los métodos del capitalismo; y al ha­
cerlo así han entrado en un callejón sin salida
Que, por muy largo que sea, sólo puede tener
un destino.
No, la invasión soviética de Checoslovaquia
14 |*AUI. M. SWI IV.V Y CII'KMIS MI.f fF'f

no trataba de controlar el viraje iniciado ha


cía el capitalismo. Este viraje se ha producido
en ambos países y seguirá produciéndose mien
tras no ocurra algo mucho más drástico que
un programa de reforma liberal como el que
ha conocido Checoslovaquia en los últimos
ocho meses. Lo que temían los dirigentes de
la Unión Soviética —y tenían todas las razone-
para temer— era la doble amenaza que se cer­
nía sobre sus intereses personales y sobre los
intereses del estrato gobernante nacional que
ellos representan.
La amenaza a sus intereses personales era
clara. Las reformas liberalizantes en Checos­
lovaquia resultaban extremadamente popula­
res en el país, por razones obvias. Si uno ha
permanecido encarcelado mucho tiempo, su
primer objetivo no es cambiar el sistema. sino
salir de la prisión. Esta era esencialmente la
situación del pueblo checoslovaco: ante todo
querían salir de la prisión y esto significaba
deshacerse del régimen de Novotny con todos
sus rasgos represivos y repugnantes. Lo logra­
ron con sorprendente facilidad. Insospechada­
mente, el partido comunista se hi/o eco del
sentir popular; los dirigentes fieles a la anti­
gua línea fueron cogidos por sorpresa y tuvie­
ron que abandonar el poder sin ocasión siqufc'
ra para presentar batalla. Para los gobernan
tes de la Unión Soviética y de los otros país*5
e bloque, cuyos pueblos permanecen tan*"
bién encarcelados (y en el caso de la m **1
' 1 * ? desde hace mucho más tiempo), cstl’
P°<i'a dejar de ser un ejemplo aterra**
AltitWOS HÍOHI-I MAS lil i, S(K lAl.í^MO
Novotny y los suyos podían ser expulsados
sin ninguna ceremonia, lo rnismo podía oa*-
nirlcs a ellos. Desdo su punto de vísta era
por tanto esencial, no sólo estrechar el con­
trol en sus propios países, sino dem ostrar tam ­
bién que Checoslovaquia no quedaría después
de todo impune. Desde su punto de vísta, esta
sola consideración era probablemente suficien­
te para justificar la invasión,
Pero había otra razón que afectaba de ma­
nera especial a los dirigentes soviéticos, dada
la posición dominante que ocupan en el con­
junto del bloque. Al aumentar la importancia
del sistema de mercado en el área, crece tam­
bién la atracción ejercida por las economías
de mercado de Occidente, más poderosas en
este terreno. Una vez que los conceptos de
beneficio y eficacia han sido promovidos en
los niveles de empresa y fábrica, al status de
valores supremos, es inevitable que la admi­
nistración de las empresas busque una rela­
ción más estrecha con quienes dominan y sa­
ben poner mejor en práctica estos valores. En
esta situación forzosamente ha de aum entar la
demanda de comercio, de tecnología, de finan*
ciación y, finalmente, de inversiones de los paí­
ses capitalistas desarrollados. Yugoslavia es
un claro ejemplo de este proceso y de cómo
dicho proceso conduce al país más débil a so­
meterse progresivamente al dominio del más
fuerte. Si consideramos al bloque en su con­
junto, todo lo anterior significa la formación
de fuerzas centrífugas muy poderosas que, sí
no son controladas, darán lugar a un proceso
a c e le r a d o d e desintegración. Sin duda, para ia
c a p a gobernante en la Unión Soviética e s to
r e p r e s e n t a un grave peligro. El bloque ha sido
e s t r u c t u r a d o económica, política y militarmen­
te para servir a aquel grupo y a sus intereses
nacionales.
Se les ha asignado, por ejemplo, a Checos-
lovaquia y a Alemania Oriental, por ser regio­
nes industriales relativamente desarrolladas,
actividades económicas adecuadas a las nece­
sidades de la economía soviética. (En qué me­
dida estas relaciones son también de explota­
ción, es una cuestión importante, pero no cru­
cial, para el problema que ahora estamos tra­
tando.) Es obvio que los dirigentes soviéticos
consideran vital para su seguridad m ilitar el
mantenimiento del Pacto de Varsovia. En es­
tas circunstancias es fácil comprender por que
los hombres del Kremlin están dispuestos a
utilizar cualquier medio necesario para man-
tener unido el bloque. Y, dado que su poder
político y económico está siendo constante­
mente erosionado y ya no basta para realizar
esta tarea, se han visto obligados a recurrir
abiertamente al empleo de la fuerza armada.
En último análisis, la invasión de Checoslo­
vaquia fue prueba de ia debilidad soviética
frente a la creciente crisis de todo el bloque.
¿Puede tener éxito esta m edida? A corto plazo,
sin duda. El proceso de liberalización de Che­
coslovaquia ha sido frenado y puede ser detc-
ni o completamente por cierto tiempo; se ha11
controlado las fuerzas centrífugas que tendían
a desintegrar el bloque. Pero a largo plazo, 1*
. ,. u . s 1)1 I, «(K'IAI.ISM" ^
llN0S ,KO... <
•linr es absolutamente incapaz de en-
1u‘“f , l e con los problemas económicos y po-
Í,V Fueron estos problemas los que pn>
¡¡S S n la crisis y sin duda provocaran nuc-
v«s v mayores crisis en el futuro.
Mientras tanto, el comunismo ortodoxo
orientado por Moscú ha sufrido un desastre
del que tal vez nunca se recupere. Una carta
recibida hace unos días de un antiguo amigo
austríaco resume muy bien la situación en lo
que a Europa se refiere:

«Como sin duda sabes, he pertenecido a esa


pequeña minoría de socialistas de izquierdas
que no se resignaban a romper los últimos
lazos (tanto ideológicos como políticos) que
nos unían al "glorioso" partido ruso. Conti­
nuábamos esperando que algún día, de alguna
forma, tendría lugar una explosión radical que
permitiera el resurgimiento de las viejas tra­
diciones leninistas.
Sería estúpido mantener hoy estas esperan­
zas. Ayer, Ernst Fischer (dirigente intelectual
del partido comunista austríaco) hizo un lla­
mamiento a la Izquierda para que se aleje de
los hombres del Kremlin y emprenda su pro­
pio camino. Me pregunto si los partidos comu­
nistas occidentales prestarán atención al lla­
mamiento de Fischer. Si no lo hacen, en mi
opinión, tendrán que enfrentarse con una ex­
tinción, lenta, pero inevitable.»

Si esta apreciación tiene fundamento, la cri­


sis checa marca el principio del fin de la in-
18 PAUI, M. »WI íí/Y V íHAHím M-TíTimim

fluencia política e ideológica de Moscú en hn


países capitalistas desarrollados, O los parí,,
dos comunistas lo reconocen y tratan de adap­
tarse a la situación, o perderán la partida. Con­
siderando sus antecedentes históricos, es du­
doso que consigan adaptarse con éxito, pero
en cualquier caso, la era de la dirección mos­
covita está llegando a su fin.
Fuera del mundo capitalista desarrollado, el
impacto será menos dramático, debido exclusi­
vamente a que en estos otros países, desde
hace tiempo, los partidos comunistas ortodo­
xos han ido languideciendo y han surgido nue­
vas fuerzas revolucionarias inspiradas en Chi­
na o —por lo que toca a Latinoamérica— en
Cuba.
En lo que a Cuba se refiere, el discurso de
Fidel defendiendo la invasión difícilmente con­
tribuirá a realzar el prestigio de la Revolución
Cubana. Pero no sería justo juzgar el discurso
exclusivamente por ese aspecto. La mayor par­
te de las tres páginas y media que el tema
ocupó en el número de Gramma del 25 de agos­
to estaban dedicadas a una rigurosa y pe­
netrante crítica del socialismo practicado en
Europa Oriental y a la política internacional
soviética. Por lo demás, Cuba será juzgada en
el movimiento revolucionario internacional
más por las realizaciones prácticas de su po
fótica interior y exterior que por las d e cla ra ­
ciones de sus dirigentes. Y en lo que a lo p^'
rnero se refiere, su balance ha sido y continúa
siendo extraordinariam ente bueno para un
¡jueño país relativamente aislado y som etí^
uiíl NOS PHOHI.l'MAS 01!. SOCIALISMO 19
a todos los a va tares de un implacable bloqueo
imperialista.
Finalmente, bien puede resultar que el prin­
cipal beneficiario de la crisis checoslovaca sea
China, que denunció la invasión en los térmi­
nos en que debía ser denunciada, sin caer en
las ingenuidades de la teoría que nos daba la
imagen de una Checoslovaquia encaminada ha­
cia algún tipo de utopía socialista democrá­
tica. En el análisis que hace China de la situa­
ción política internacional hay muchos puntos
que nunca han podido ser aceptados por el
equipo de la Monthry Review —por ejemplo,
el modo de considerar la actividad de la Unión
Soviética en asuntos internacionales como si
derivase únicamente de la responsabilidad de
una «camarilla de renegados revisionistas» y
no como producto de cinco décadas de histo­
ria soviética, y el calificar a todos los países
del bloque soviético como sociedades plena­
mente capitalistas, y no como sociedades en
transición hacia el capitalismo. Se trata de tí­
picos errores chinos que a menudo conducen
a consideraciones y conclusiones falsas. No
obstante, el análisis chino del caso checoslova­
co, tal como ha sido expuesto, por ejemplo,
por «Comentador» (seudónimo tras el que se
supone a un alto funcionario del Partido Co­
munista chino) en el Diario del Pueblo del
23 de agosto, es claro y conciso.

«El hecho de que la cam arilla de renegados


revisionistas soviéticos haya puesto en movi­
miento el Ejército es el resultado de las graves
j,A|f| M gWHI:/V Y CHAHLL» W TI t i fff ,M

ñones existentes en el seno del actual

soviético, en su lucha por e control


v isio n ism o
de Europa O rien tal Es el resu ltad o de la co­
laboración entre los E stados U nidos y la Unión
Soviética en su vano intento de volver a repar­
tirse el mundo. D urante m ucho tiem po han
existido profundas contradicciones y una dura
lucha entre la cam arilla de renegados revisio­
nistas soviéticos y las cam arillas revisionistas
de los países de E uropa O riental. Desde el mo­
mento en que subieron al p o d er K ruschef y su
camarilla de renegados revisionistas, han pac­
tado vergonzosamente, una y o tra vez, con el
imperialismo de los E stados Unidos. Sin em­
bargo, los revisionistas soviéticos consideran
que Europa Oriental está d en tro de su campo
de influencia y por ello prohíben a los revi­
sionistas checoslovacos que m antengan una co­
laboración directa con el im perialism o de los
Estados Unidos.» (Agencia Nueva China, 23 de
agosto.)

El movimiento revolucionaria in te rn a c io n a l,

a declaración que sus e x a g e ra *


s de todo, p ara propagar la ve»-
dad, algunas veces puede ser necesario e**1
gerar.
(15 septiem bre 1968.)
,, LA TRANSICION Í)UL CAPITA­
LISMO AL SOCIALISMO
Charles Bettelheim

He leído con gran interés» su artículo titula­


do «Checoslovaquia, capitalismo y socialismo»,
un el número de octubre de 1968 de ia Monthly
Review. En él he encontrado numerosas pro­
posiciones importantes y justas; especialmen­
te su afirmación de que las reformas checos­
lovacas reforzaban el sisteTna existente, subra­
yando que se trataba de un paso más en la
vía capitalista (usted dice: «en dirección al
capitalismo»); constituye también una referen­
cia indispensable su denuncia de la confusión
entre Jas categorías jurídicas y las relaciones
de producción reales, así como su precisión
respecto a que la propiedad capitalista no es
necesariamente propiedad «privada» (por mi
parte creo que en este caso quizá sería m ejor
hablar de propiedad «individual», puesto que
la propiedad capitalista en tanto que relación
social es siempre propiedad «privada» —la de
una clase— aún cuando revista una form a ju ­
rídica «social»; creo que cuando Marx habla
de «la supresión del capital como propiedad
privada, dentro de los límites del m ism o régi­
men capitalista de producción», se refiere pre­
cisamente a la propiedad «privada» en el sen-
[21]
nL w. s w t c n T CH«LE3 WTTOÜEI.U

/ «¿lie»)- igualmente n * parecen muy jus-


conclusiones a las que usted

I s £S£s " “ " de


u invasión í *£? qu1 <en ÚI'
Checoslovaquia
la debilidad soviética frente a
b creciente crisis de todo el bloque*.
So pin' ■ este texto admite también al-
- ¿ o , «fcsamÜos que rae parecen equivocados
deseo discutir. Voy a limitarme a dos
■ofclrT"** fundamentales: !) el problema de
la «otiwTfUra del socialismo, y 2) el problema
de las raíces de estas tendencias a la restaura­
ción dd capitalismo (y, por consiguiente, del
efe esta restauración allí donde ya ha
— ía* lugar visiblemente, como en Yugos-

Ccunenzare por este segundo punto.


En lo esencial, su tesis parece ser la siguien­
te: la tendencia a la restauración del capita-
Ibbo tiene su «origen» en el papel atribuido
ai mercado, en el lugar concedido a los incen­
tivos materiales y en las «formas de organiza-
ekfn». (Lo que usted denomina el control de
tas empresas «desde las empresas mismas»)*
Por mi parte pienso que esta enumeración
■0 señala más que «hechos secundarios», índt
m* o resultados, y no el factor decisivo.
^ Eji mi opinión, el factor decisivo, es decir,
dominante, no es de naturaleza económica,
■o política.
Ettc factor político decisivo (cuya impor*
desgraciadamente, parece negar usted
— I ? í“Un»as páginas de su artículo esi¿
“ « " « •d o por el hecho de que el proletariado
l'HíiMI rM.V'. hí í M* t£1 S'.W> 2t

'(n<»vi^t ic-o o flic c o h l o v a c o ; ha perdido el p</der


¡j,fhnco t'n provachít de una nueva burguesía,
di* tul m o d o q u e Ja d ire c c ió n rtvhkmhtsx deí
IN iihdo CoiniifiiHUi íla Lh U n ió n S o v ié tic a e s
hoy *?l m M i u m e n t o d e c> ia n u e v a b u rg u e s ía .
Solo icconocicndc que el proletariado ha
podido el poder puede explicarse la invasión
de C h e c o s lo v a q u ia , Ja política internacional de
la U. R» S. S. (la naturaleza de sus relaciones
con los Estados Unidos por una parte y con
China por otra), las «reforma** y los resulta­
dos hacia los que estas reformas tienden (e!
pleno desarrollo del «mercado* y la domina­
ción económica, política e ideológica sobre las
masas que las formas mercantiles permiten).
El colocar como factor principal —como
hace usted— no las relaciones de clase (la exis­
tencia de una burguesía propietaria «colecti­
vamente» de los medios de producción), sino
las relaciones mercantiles, me parece que re­
posa en un error de principio, que conduce a
su vez a toda una serie de otros errores.
El error de principio es el mismo que usted
denuncia hacia el final de la nota 2 de su ar­
tículo, cuando dice que para com prender lo
que es un modo de producción (o lo que es
una formación social) es necesario ahondar
profundamente «por debajo de las apariencias»
para sacar a la luz las relaciones y los pro­
cesos ocultos. Ahora bien, detenerse en ia exis­
tencia de un «mercado» (y por tanto, de dinero
V precios) para definir la naturaleza de una for­
jació n social, es precisam ente detenerse en ía
superficie, en lo que es inm ediatam ente «apa­
■>4 PA U l M. S W K E Z Y Y C H A R M 5S BITT I RI J | i Um

re n te » y P ° l c o n s ig u ie n te ,
llegar a las reía*
110

ciones profundas. Estas se sitúan al nivel de la


producción, es decir, de las relaciones sociales
fundamentales. Es el sistem a de estas relacio-
nes el que produce unos efectos determinados
(económicos, políticos, ideológicos) sobre lüs
agentes de producción. Uno de esos efectos
esenciales pueden ser el de d istrib u ir a los agen*
tes en clases sociales y colocar estas clases en
unas relaciones objetivas determ inadas (de do-
minación, de explotación, etc.).
La práctica (económica, política, ideológica)
de los agentes, y especialm ente de los dirigen­
tes políticos, no puede explicarse m ás que par­
tiendo del lugar que ocupan en el sistema de
relaciones sociales.
El error de principio que consiste en dete­
nerse en los fenómenos superficiales \ en la
existencia de un mercado, de dinero y de pre­
cios (que también existían antes del XX Con-

1 Creo que puede decirse que en el análisis de una


formación social hay dos tipos de «errores» (es decir,
de enfoques ideológicos) en los que se corre fácilmen­
te el riesgo de caer. Uno consiste en «lim itar» el «aná­
lisis» a las formas jurídicas (éste es el e rro r que us-
,nciíí ); e* otro consiste en «lim itar» el «aná*
rnrrwí! f° rm“s económicas (es éste el que usted
nomía noií^Ue ecta tam bién al d iscurso de la eco'
f o r m a d que se Pre° c u p a m ás que de la_
cado etc 1 ln ercam t)io* el dinero, los precios, el n* '

daderot
alláanálísisdet)uP
S<:td0Sque,
dp Inc' ,puesto CaSOS Se- Procede
precisam ente, ano“ s/v
se a
fiesto», mientroc ' es decir, de lo que es «n» ^
W está «oculfn qUe el ,an álisis debe evidenciia
«revelándolo») ^ C|Ue m anifiesto disimula
A! CUNOS PKOHI.I MA i DI I SíH IAMHMO 25

gresu y que existen en lodos los pyí socia-


listas) y en la práctica de los dirigente» con
re sp e c to al «mercado» (práctica que precisa-
mente sería necesario explicar), ente error con»
duce inevitablemente a otros errores.
El más grave concierne al problema de la
naturaleza del socialismo; por ello quisiera de­
tenerme en algunas de sus formulaciones.
Muy acertadamente condena usted el térm i­
no de «socialismo de mercado» (market sacia-
lism), pero las razones que invoca para pro­
nunciar esta condena no me parecen teórica­
mente fundadas.
Es justo oponerse al uso del término «socia­
lismo de mercado», precisamente porque este
término pone el acento, de modo unilateral,
en la existencia de formas mercantiles en la
sociedad socialista. Ahí se encuentra el índice
del carácter ideológico de esta expresión, pre­
cisamente en el índice de una ideología favora­
ble a un amplio desarrollo de las relaciones
mercantiles, aun cuando tal desarrollo (que
no es posible más que bajo el dominio de una
burguesía) conduce a la plena restauración del
capitalismo.
Pero las críticas que usted form ula son
otras.
Por una parte, lo que usted denuncia no es
el desarrollo de las relaciones m ercantiles más
allá de un cierto punto, sino la existencia mis-
estas formas m ercantiles; además us-
ed aísla esta existencia haciendo abstracción
por consiguiente de las condiciones sociales y
° *tcas perm iten el pleno desarrollo de
I* iH M. *WI I / Y Y C-IIAMI.» W'T II í »|| fi#

jaH forma* tueí i antile* De c**t.« modo Conceda


usted toda h« importancia a eaan forma*,
se plantean sin leletencia a la* condicione* *jrj
las que oh imposible explicítar su *i«nif icación.
De este modo prosiguiendo ahora con la pro­
posición (pie antes enuncié— privilegia usted
un hecho secundario, un hecho superficial, y
deja en la sombra lo que es esencial, primor*
dial, las relaciones sociales fundamentales, las
relaciones de clases.
Por otra parte —y esto es consecuencia del
punto precedente—, su argumentación encie­
rra, en mi opinión, una confusión importante.
Usted dice que el término «socialismo de mer­
cado» es «contradictorio». Desde el punto de
vista formal, esto no es un argumento, eviden­
temente, puesto que toda realidad es contra­
dictoria. De manera que el único problema es
el de saber si la expresión verbal de una rea­
lidad y de las contradicciones que la caracte­
rizan es o no es adecuada, es decir, si estas con­
tradicciones son analizadas en términos cientí­
ficos o si únicamente son m ostradas en térmi­
nos ideológicos.
En cuanto a la contradicción que es el obje­
to de esta discusión, y que usted designa c o m o
revistiendo la forma de una contradicción en­
tre el «plan» y el «mercado», ya el hecho mis­
mo de que sea una contradicción de la práctica
indica que no es ni una contradicción «verbal»
ni una «contradicción ideológica» (en el sefl'
tido de una contradicción interna a una cie1’^2
«concepción» ideológica del s o c i a l i s m o ) , sino
que expresa, en términos que siguen si£n{*°
ALGUNOS PKOBI.KMAS Dí -X -SOCIALISMO 27

todavía ideológicos, una contradicción real,


efectiva.
De igual modo (y es ahí donde creo que se
encuentran las raíces de nuestro desacuerdo),
la contradicción «plan»/«mercado» es el índice
de una contradicción esencial del socialismo
en tanto que forma de transición o de paso,
una contradicción que es el efecto de super­
ficie provocado por una contradicción más
profunda, por la contradicción fundam ental
de la forma de transición, que se sitúa evi­
dentemente al nivel de las relaciones de pro­
ducción y de las fuerzas productivas.
Aun cuando en ciertos casos esta contradic­
ción de superficie se convierte en contradic­
ción principal, en ningún caso puede ser tra ­
tada correctamente si no se la pone en rela­
ción con la estructura de las relaciones de
producción y de las fuerzas productivas.
Lo anterior significa que la contradicción en­
tre «mercado» y «plan» perm anece a lo largo
de todo el período de transición entre el capi­
talismo y el comunismo.
Lo que caracteriza al socialismo en oposi­
ción al capitalism o no es (como sugiere su
texto) la existencia e inexistencia de relaciones
m®rcantiles, de dinero y de precios, sino la
existencia de la dom inación del proletariado,
** existencia de ia dictadura del proletariado.
través de! ejercicio de esta dictadura en to*
lóIrLÍ!*5 *crrenos' económico, político e ideo-
es como pueden ser progresivam ente
las relaciones m ercantiles, p o r me-
^ adaptadas a una
,,AUI. M. SWIiEZY Y CIIAKI.ES B Ü I T f i U u ^
28
situación y a una coyuntura concretas Esta
eliminación no puede ser m «decretada» ni
«proclamada». Exige una estrategia y una tác
tica políticas. Si éstas faltan, las más hermosas
proclamas pueden conducir al resultado inver-
so de aquello que se afirma (y piensa) querer
alcanzar.
La idea de una «abolición directa» e «inme­
diata» de las relaciones mercantiles es tan utó­
pica y peligrosa como la idea de una «aboli­
ción inmediata» del Estado, y es de la misma
especie: hace abstracción de las característi­
cas específicas (es decir, de las contradiccio­
nes específicas) de este período de transición
que es el período de la edificación del socia­
lismo.
El «sentido» de la evolución a nivel de las
formas (el desarrollo o retroceso de las for­
mas mercantiles) es un índice de la evolución
de las relaciones sociales, pero sólo es un ín­
dice. Por tanto, «limitarse» a este índice —sin
poner en evidencia el movimiento de las con­
tradicciones que determinan esta evolución-
puede ser completamente engañoso. En deter­
minadas circunstancias el proletariado en el
poder puede verse obligado también a retro­
cesos estratégicos o tácticos en el frente eco­
nómico.
Por supuesto, la prim era condición para que
estos retrocesos no se conviertan en extraví°$
es la de que sean pensados claram ente com^
tales y no sean pensados (y «presentad°s*
como «victorias», puesto que lo que final1116?
e se pretende es la desaparición completa
na;NO“ PROBLl’MAo DHL SOCIALISMO 29
as relaciones m ercantiles, desaparición que no
s posible sin duda m ás que con la desapari-
ión del Estado, lo que a su vez sólo podrá
cr alcanzado con el establecim iento del co­
munismo a escala m undial.
Si en la Unión Soviética la restauración de
ina dominación burguesa viene acom pañada
le una am pliación del papel del m ercado es
videntem ente porque esta dom inación no
lega a ser com pleta («acabada») m ás que con
a plena restauración de las relaciones mercan-
iles; por ello esta restauración no puede en-
enderse m ás que como un efecto, como un
enómeno de segundo orden, y no como un
enómeno prim ario.
La afirm ación según la cual la existencia de
a «contradicción» «m ercado»/«plan» im pulsa
lacia la restauración del capitalism o (como se
mincia en la nota precedentem ente citada),
lie parece un nuevo error, «transform ación»
leí anterior.
En realidad, esta contradicción, a nivel de
a§ formas no «impulsa» hacia nada. Todo de­
pende del modo como se la trate, y este m odo
lepende él m ism o de las relaciones de clase,
ftcluso a nivel ideológico.
Añadiría que si creo útil p resen tar estas crí-
)kas, es debido a que las form ulaciones que
ísted propone —y que no es usted el único en
^oponer (se encuentran tam bién de un m odo
special en los discursos de Fidel y en los es-
ritos del «Che»)— term inan objetivam ente
Producir efectos de oscurecim iento ideo-
30 PAUl. M. S W E F Z Y Y CHARLES

En efecto, por medio de estas formulack*


nes se oculta el problema esencial del sociaib
mo _el problema del poder— cuya defensa
puede incluso exigir, como señalaba más arri
ba, en ciertas condiciones, retrocesos en el
frente económico (por ejemplo, la N. E. P,>
Si tomásemos sus fórmulas al pie de la letra
resultaría que Lenin, al pronunciarse en favor
de la N. E. P., es decir, «reforzando el mer­
cado», habría actuado «a favor del capita­
lismo».
El efecto de oscurecimiento ideológico de­
bido a la formulación que critico se manifies­
ta en particular en el análisis que usted pro­
pone de las «reformas económicas». Al leer
este análisis se tiene la impresión de que, en
el momento de decidir sobre estas reformas,
los dirigentes soviéticos habrían podido «ele­
gir» entre dos «técnicas»:

«La prim era respuesta podía ser una revolu­


ción cultural, en el sentido específico que los
chinos han dado a este térm ino... La otra res­
puesta consistía en confiar cada vez más en
el régimen de mercado y en el estímulo de las
ganancias.»

Pero aquí no se trata de una «elección» en*


tre dos técnicas que perm itirían a la economía
«progresar», sino de una línea de d e m a r c a c i ó n
que separa dos políticas, dos clases.
Poi supuesto que el problem a que quCtttl
P°i íesolver, a nivel histórico, es el del Pr
,Al GUNOS PROBLEMAS DEL SOCIALISMO 31
iceso concreto que ha hecho posible la recons­
trucción, en la Unión Soviética, de una clase
burguesa poderosa y su acceso al poder polí­
tico. En efecto, el XX Congreso no hubiera
podido tener el contenido que tuvo ni desen­
cadenar los efectos que desencadenó si no hu­
bieran existido con anterioridad unas relacio­
nes sociales desfavorables a la dictadura del
proletariado. Por o tra parte, esto dem uestra
claramente que el desarrollo de estas relacio­
nes sociales no estuvo «determinado» por el
desarrollo del mercado, sino que —al contra­
no— aquel desarrollo fue anterior a éste.
Sin embargo, a nivel teórico (y en este pun­
to estoy tam bién en desacuerdo con su artícu­
lo), los textos del Partido Comunista Chino
sobre la Revolución Cultural, sus objetivos y
sus métodos, ponen en claro las condiciones
ideológicas y políticas que deben ser realiza­
das para oponerse con éxito a una restau ra­
ción burguesa. Evidentem ente, estos textos 110
son sólo teóricos, contienen tam bién num ero­
sas indicaciones concretas que se refieren a
las condiciones concretas de China. Estos tex­
tos no pueden ser «aplicados» m ecánicam ente
en otro lugar, pero su base teórica tiene un
valor universal.
Yo añadiría que en circunstancias históricas
dadas el efecto de oscurecim iento de que he
hablado antes se ve reforzado p o r un efecto
e desplazamiento; esto tiene lugar cuando las
^ ic io n e s ideológicas que provocan este efec-
pLi^ ° SCUrcc*niiento «alimentan» una práctica
\ utcu* Pienso que éste es el caso de la prác-
32 PAUL M. SWEKZY Y CHARLES BirnELHBu,

tica política de la dirección cubana a | , q


creo necesario dedicar ahora unas palabras.
Si la dirección cubana concede tanta
portancia. a los problemas de las relaciones
mercantiles que llega a hacer de esta cuesii^
el centro de su concepción ideológica y de ^
práctica política, no puede ser solamente |a
consecuencia de un «error» subjetivo. Yo diría
que es el efecto de una ideología y de una
política que concentran todo el poder en las
manos de un grupo dirigente, y que de este
modo no crean las condiciones necesarias para
el ejercicio democrático del poder proletario
(ni las condiciones ideológicas, ni las condicio­
nes organizativas, ni las condiciones políticas).
Por una parte, esta práctica política tiene
una significación de clase que no puede ser
analizada aquí y sobre la cual diré solamente
que está ligada a la dominación política de
una fracción «radicalizada» de la pequeña bur­
guesía. Por otra parte produce unas consecucn-
d a s necesarias, es decir, unas consecuencias
que se imponen necesariamente a un gobierno
que se reclama socialista.
Una de estas consecuencias consiste, pn**
sámente, en un desplazamiento ideológico: la
tdenttftcación del socialism o «o con la ¿id*
rlriÜLi g. Pro} etariado (y por consiguiente
mininH* , as masas trabajadoras, con el
p4, °i * ldeolo?ía marxisla-lcninista, c°»
naría d» PW ,Parle de Erección revolu^
X p t i "3 "n?a ^ masas, etc.), sino con1
e ST dc las relaciones mercan*''-
csaparición» es con toda ovid**"
J G U N O S PROBLEMAS DHL SOCIALISMO 33
>üranicnte m ítica, ya que no puede tener Jugar
n las condiciones concretas dadas donde exis-
en necesariam ente dinero y precios, de m odo
ue el hecho de «negar» esta existencia con-
uce a un resultado inverso del pretendido, y
n particular, al desarrollo de un m ercado ñe­
ro. A pesar de los discursos y la represión,
)S efectos de las relaciones reales acaban
iempre por im ponerse.
Al sustituir la necesaria dictad u ra dei proie-
[triado por el m ito de la «desaparición» deJ
lercado, del dinero, etc., se está realizando,
videntemente, una determ inada línea política,
na línea que corresponde a unas fuerzas so-
iales y a una ideología precisas.
Los discursos de la dirección c u b a n a 2, y es-
ecialmente el discurso de Fidel del 23 de agos-

2 El análisis político exige ev id en tem en te que nun-


a se tom en los d iscu rso s ideológicos al pie de la
*tra. Tampoco en este caso hay v erd ad ero análisis
i no se ve m ás allá de la superficie del d iscu rso ,
x decir, de su sentido m anifiesto, p a ra d e sc u b rir su
sntido, que los térm in o s del d iscu rso a la vez d isim il­
an y revelan. Es sabido que este d e sc u b rim ie n to exi-
c ante todo la localización de los p a sa je s del dis-
urso en los que se p ro d u ce u n a «recuperación»,
asajes que constituyen los «puntos críticos». Evi-
entemente, tales «puntos críticos» son d is tin to s se-
un « s ideologías de q u e se tra te , p e ro a m en u d o
^ Pj.eseptan en form a de «m itos», que son los sím bo-
up a u *m Petlsad°> tem as obsesivos y p asio n ales
'ue » :^j:Ser a n a ü zados p a ra q u e lib eren u n sen tid o
itá ♦ rente del q u e m a n ifie stan —sen tid o que
l*scurS? *ausente» en la conciencia del a u to r del
^ como en la del oyénte o el le c to r q u e inter-
En i^ g B ftu an iem e su sen tid o literal.
¡ partir r r í o í f os *a d irección cu b an a, so b re to d o
e I9o4, esto s te m as obsesivos y m ítico s los
PAUL M. SWEEZY Y CHARLES BETTEUlE|
34

to de 1968, lo confirm an: lo que la dirección


cubana «critica» de la evolución que tiene lu.
car en la Unión Soviética y en los países del
Pacto de Varsovia, no es la restauración de
una dictadura burguesa, ni tam poco la ausen­
cia de democracia proletaria y de una línea de
masas, lo que se critica son tínicamente algu­
nos ejectos de una dominación de clase que
precisamente no se pone en tela de juicio.
Y si no se cuestionan, es debido a que
misma dirección cubana no los percibe. Y si
no los percibe es porque su ideología hace que
> este problema crucial no pueda ni tan siquiera
«planteársele». A su modo de ver, la «dictadu-

constituyen el «mercado», el «dinero», los «precios»,


los «cálculos» de los economistas, etc. En el análisis,
estos temas aparecen como «significantes» p o r m e­
dio de los cuales se «reprimen» (y «representan»)
unos significados completamente distintos: todo lo
que «amenaza» a un poder político fuertem ente con­
centrado y que se ha elevado por encim a de las
masas. Estas «amenazas» (pensadas com o «amena­
zas contra el socialismo») se presentan b ajo la forma
manifiesta del «mercado», del dinero, etc., pero más
, allá de esta forma lo que se «representa» a travos de
ella son las masas, su trab ajo (cuya contabilidad debe1
ser bien llevada para que no sea derrochado arbi*
trariam ente), sus aspiraciones, sus m ovim ientos 'es*
pontáneos siem pre posibles (el d k m r s n H«>1 23 do

n.vftC^ *siSmficados», no pensados, son aquello*


cuya presencia aiicpm*. i.. _._l.___ de

no p roletaria.
m m i r u w u n .***

f-n <rlcl p/olrlarmáo* 'p iitd a *garanti/ada, rOIÍ


f» r x h tM in ti* rf*rta* «forma*» (una cierta
Unía» ju rld k a <te propiedad, cierta forma de
organi/ín-ión barrido, ciertas formas de ex
prcsíófl# etc,} y rio a través de relaciones socia*
}e* y política* concreta*.
Si rnc he esforzado en subrayar los efectos
¡ífeolój/kos del papel central que usted conce­
da a la contradicción «mercado»/* plan* es por­
que el hecho de conceder tal papel a esta con­
tradicción (que no e* más que una contradic­
ción al nivel de las formas), hace posible que
pa*e a ocupar, en la representación ideológica,
<?/ lu%ar que en el análisis marxista ocupa la

í a prim era m antiene una preocupación constante


por el *rigor financiero-», la estabilidad y la baja de
lo* prccios, Ja elevación del nivel de vida de las
por m edio de la reducción de los precios de
lo* productos de gran consumo. Esta fue una de
Vú\ preocupaciones de la política soviética hasta el
XX Congreso. Esta es la preocupación constante de
la pr>Iftic£i china. E sta preocupación no es un «feti­
chismo», sino la consecuencia del respeto por el tra­
bajo y lo* derechos de las masas. .
l a segunda p ráctica es indiferente a la inflac ,
*'» la escasez, y encubre esta indiferencia con su de*-
Precio hacia los «problem as económicos m onetanos
v financieros*. Pero de hecho este desprec 10
d e p re d o p o r el tra b a jo de las rnas^ y 1p5esDre.
derecho*, R* de la m ism a n a t u que el desp
r a l e z a

cJo por la dem ocracia proletaria y P °r * . , otro


* 1 de la* opiniones de las m asas y « « m otro
'¿"■Precio no puede ser expresado y tiene q ^
oprimido, el p rim e ro puede cn , ca"}¡rm arse abierta-
¿ " na geológica que le Pcr.m ‘ ,ein dob/e significado,
ut« r*,a ™rm a rem ite así a un ¡ ideológi-
J ’1 «te l<« cuales es «tensado» cn lírrn '" el
I '/ ' <<•« decir, en realidad, no pensado), n
<-* rigurosam en te «impensado».
f .M - l . M. R W I I / V V I H A M I I ! # Hl I II l | , l | M

contradicción fundam ental entre hur^msi,, v


proletariado. I'in determ inadas condicione» r,(|.
liticas este desplazamiento perm ite enmase*
rar los problemas reales de la transición del
capitalismo al comunismo, puesto que estos
problemas conciernen en prim er lugar al <Jcv
arrollo de la contradicción proletariado-bur-
guesía. Por consiguiente, este «desplazamien­
to» produce a la vez efectos ideológicos y efec­
tos políticos.
(15 diciembre 1968)
III. R E S P U E S T A A C H A R I .E S
BE TT EL H E IM ( i )

Paul M. Sweezy

Quisiera agradecer, en primer lugar, ai pro­


fesor Bettelheim la cuidadosa crítica que me
ha dedicado. En ella continúa, e incluso supe­
ra en algunos puntos, su importante trabajo
La transiíion vers Veconomie socialiste l, de­
dicado, como en el prefacio se indica, a «una
serie de cuestiones teóricas y prácticas cuya
importancia crece cada vez más, y a las que,
sin embargo, son todavía muy escasos los es­
tudios dedicados»2.
Hay un punto crucial, a mi parecer, en que
la crítica va más allá que el libro. Citaré de
nuevo el prefacio:

«Lo que confiere unidad a los capítulos que


vienen a continuación es el hecho de consti­
tuir el comienzo de una nueva reflexión críti­
ca sobre los problemas tradicionalmente englo-

2 i^ Fransois Maspero. París, 1968.


, No había leído este libro cuando escribí el articu-
?°Dre Checoslovaquia para el número de octubre
eíJ? Monthly Review . Si lo hubiera leído me habría
probablemente de un modo que habría
ftalo a*gunos de los m alentendidos que aquí se*
bados bajo la denom inación de ”irzn%ici^r, ^
cía el socialismo0. Más adelantó veremos ofat*.
esta expresión no se adecúa en alnoluto a b
realidad que pretende describir. E/j e fto /,
más bien sugiere un "m ovim iento hacia
Jante”, cuyo destino m ás o m enos seguro **£
el socialismo. De hecho, lo que se describa cors-
este término es un período histórico que pe­
demos definir con m ayor precisión com o
ríodo de "transición entre socialism o y capita­
lismo”. Este período no aboca necesariam ente
en el socialismo; puede conducir a él, pero
también puede conducir a form as renovada*
de capitalismo, especialm ente a un capitalis­
mo de Estado.
A lo largo de los capítulos siguientes se ex­
pone la posibilidad real de que esto o cu rra,
aunque dicha posibilidad no se fo rm u le explí­
citam ente hasta el capítulo 6 [el ú ltim o del
libro], e incluso en este caso la term inología
empleada refleje sólo parcialm en te esta con­
clusión.»

Todos los capítulos del lib ro son ensayos


previam ente publicados, e n tre lo s años 1964
y 1967, y su ordenación a tie n d e a crite rio s cro­
nológicos; el ú ltim o c a p ítu lo (cap* 6) fue &■
*rito m ás de u n a ñ o d esp u és q u e los r e s t a n t e s
tan to el p refacio como el c a p ítu lo 6 están
echados en agosto d e 1967). P o d em o s deducir
e esto s hechos q u e hasta hace u n o s años Be*'
rfheim defendía lo que podemos consuk***
muo la concepción marxista tradicional, ^
*n la cual la transición del capitalísimo
AlXIÍ:>¿oS WOW-LMAS l>t L StK'lAí ISMO 39

socialismo es un camino de sentido único.


£?„ 1967 había modificado su postura, acep­
tando la posibilidad de un regreso a las for­
mas capitalistas, y a partir de finales de 1968
(la crítica anterior data del 15 de diciembre)
afirma ya rotundam ente que una nueva bur­
guesía está en el poder en 1a Unión Soviética
—así como en Checoslovaquia, y por consi­
guiente, en los demás países del Pacto de Var-
sovia— y que «el Partido Comunista de la
línión Soviética es el instrumento de esta nue­
va burguesía». Lo que en 1967 se consideraba
una mera posibilidad, es en 1968 un «fait ac-
eompli»3.
Quisiera añadir que no está en mi ánimo
hacer crítica destructiva ai describir la evolu­
ción de la postura de Bettelheim sobre el ca­
rácter del período de transición. Por el con­
trario, estimulados por la polémica entre China
y la Unión Soviética, así como por observacio­
nes personales en Yugoslavia, los editores de
la Monthly Review llegaron, en fecha tan
temprana como 1964, a la conclusión de que el
período de transición es un camino de doble
dirección. (Véase Peaceful Transition from So-
wdism to Capitalism? —«La transición pacífi-
03 del socialismo al capitalismo?—, Monthly
Review, marzo de 1964.) Pero, como se espe­
cificaba en aquel artículo, no nos satisfacía la
1IJterpretación que los chinos daban a los acon-
^m ientos acaecidos en Yugoslavia, y pen­
a m o s que era urgente llevar a cabo un

francés en el original. (N. del T.)


40 PAUL M. SWEEZY Y CHAU1.ES B P r m UlC, M

análisis más amplio y profundo de lo que ev¡.


d en tem en te es un p r o b l e m a d e ^ a l zmportari.
cía. Afortunadamente hay pocos m arxistas ^ si
es que hay alguno— m ejo r calificados qUe
Charles Bettelheim para satisfacer esta nece.
sidad. La publicación de su libro, unido a la
exposición más minuciosa de sus ideas en la
crítica anteriormente citada, establece la base
para una polémica viva y fecunda.
C o m e n c e m o s , por tanto, tra ta n d o de clarifi­
car algunos m alentendidos. De la lectura de
su crítica deduzco que B ettelheim m e atribuye
la tesis de que la sim ple existencia de «rela­
ciones de mercado, dinero y precios» es incom­
patible con el socialismo e im pide la transición
hacia el mismo, y gran p a rte de su crítica se
centra en el ataque a esta p o stu ra. Parece ser
que se basa en el texto de la n o ta 2 de mi
trabajo. Al releer esta n o ta com prendo que
pueda dar lugar a una in terp retació n seme­
jante, aunque no se me o cu rriera, ciertamente,
cuando la escribí. En cualq u ier caso quiero
aclarar ahora que nunca tuve la m ás mínima
intención de defender el p u n to de vista que
Bettelheim me atribuye. Lo que yo sostengo
es que es inevitable que ex istan relaciones de
mercado (que desde luego im plican dinero y
precios) bajo el socialism o p o r u n largo pe-
rnmS-* tiem p° ’ pero <*ue tales relaciones
tema1 UyCn Un pe^gro Perm anente para el sis-
minada 8 n° SCr que estén absolutam ente do-
ceso de ^ contr° l adas, conducirán a un Vx
cisaba en6 f 006^0 ^ degeneración. Como P
e artículo de m arzo de 1964:
¿H U NOS FROHU MAS DI I. SOCIALISMO 4!

«No estamos sugiriendo que el sistema de


b e n e f ic io s pueda ser inmediatamente abolido,
y todavía menos que la sociedad socialista pue­
da renunciar a las relaciones de mercado en
un futuro próximo. Lo que decimos es que la
producción por la ganancia debe ser sistemá­
ticamente soslayada y reducido al mínimo su
campo de acción lo más rápidamente posible,
y que las relaciones de mercado deben ser es­
trictamente supervisadas y controladas, por­
que en otro caso se desarrollarán autónoma­
mente, y, como un cáncer en plena metás­
tasis, socavarán fatalm ente la salud del cuer­
po político socialista» (pág. 588).

Paul Baran y yo expresábamos esto mismo,


aunque en términos algo diferentes, en el si­
guiente párrafo de El capital monopolista:

«Marx hizo hincapié en su Crítica del pro­


grama de Gotha en que el principio del cambio
equivalente debe sobrevivir en una sociedad
socialista por un tiempo considerable, como
guía para una distribución y aprovechamiento
eficientes de los recursos humanos y materia­
les. Sin embargo, de igual manera, el paso del
socialismo al comunismo requiere una lucha
incesante contra ese principio, con miras a ser
Remplazado finalm ente con el ideal: "de cada
uno según su capacidad, a cada uno según sus
Necesidades” (...). Esto, obviamente, no quiere
decir que la sociedad com unista del futuro pue-
. Prescindir de cálculos racionales; lo que
Slgnifica es que la naturaleza d e.la racionali-
4
42 mu. * swi-:czv V ciiarixs

■w “ " " ' f


' z Z T & •» « < > " y
Z 5
mnlí>ta de las necesidades humanas
r s r a s s u - «* *» ■ « * » . . . „
ciedad»4.
Por otra parte, en el artículo criticado por
Bettelheim me he esforzado en precisar que
lo importante no es la existencia de relaciones
de mercado en la economía checa, ni la ampli­
tud que alcanzan en comparación con la pla­
nificación central, «sino la dirección en la que
el sistema se mueve, y respecto a ello, no cabe
duda de que: a) el peso de los elementos de
mercado ha ido aumentando en los cinco últi­
mos años, al menos, y que- b) uno de los obje­
tivos de las reformas liberalizadoras de los
últimos ocho meses ha sido la eliminación de
los obstáculos que entorpeciesen una más am­
plia evolución de la economía checa hacia un
sistema de mercado»5. Y más adelante:
«...cuando se fortalece el sistem a de mercado

pp. m-26?Ual monoP°lista>Siglo XXI Editores, 1968,


*uego' una afirmación muy esqu?
miemos te m o n r n ^ en CUenta Ia posibilidad de tn°vl;
ción. Precisampnf5 í reversibles en una y otra dir^
c*ie tipo como v* ~ era un movimiento
apelación al sistemo s5naió Lenin. p ero la crecían
fin alm en te en m gr cado que c o n te m p l^ .
Oriental, es J? n1lí^n Soviética y en la
no no es consIderaSf í? mente diferente. El
í’f 1' smo como un nr com o 1111 retroceso ternPjJ
a aProbaci6n v ií5v8reso SCK^ialista que cuenta
y «Wunación ideológica.
stiíi i'ifn m í m a s im j mniaiikmo 4.1

v»i ' v' ^v‘ ^Uv^wt % ‘o n lia ti, se esta, itidepcn


^4lH HHenuunes, promoviendo
t,| ^ piu dism o y no el socialismo*».
l)t- esta posición se deriva como corolario
que h* cuntíadicción entre el mercado y el
plan no es uiuí contradicción absoluta en el
>enttdo de que am bas tuerzas no puedan co­
existir, constituye una contradicción en el sen­
tido de que se oponen una a la otra y se hallan
necesariamente trabajadas en una constante
lucha por el papel dom inante. La cuestión, por
tanto, no reside en saber qué am plitud haya
adquirido el m ercado, sino en qué grado es
utilizado como regulador independiente. Y,
desde luego, esto no es ya un problema de
«leyes» económicas, ni de las consecuencias de
determinadas form as económicas. Por el con­
trario, es un problem a de poder del Estado y
de política económica. Por tanto, rechazo ro­
tundamente la repetida crítica de Bettelheim
de que yo sólo presto atención a aspectos su­
perficiales, form as económicas, hechos de me­
nos im portancia, etc. Al contrario, me centro
en aquellos problem as más profundos que son
de decisiva im portancia para la sociedad en
transición: los problem as de la localización del
poder y de su empleo para determ inar si la
sociedad avanza hacia el socialismo o retroce­
de hacia el capitalism o.
Esto nos conduce a considerar la teoría de
bettelheim de que una nueva burguesía se ha
establecido en el poder en la Unión Soviética y
m los otros países de Europa Oriental, y que
csta es la única causa de que se hayan favo-
44 PA U L M. SWHH/-Y Y C I I A H I J ^ U h l I K l j f i i j ^

,-cciJo y extendido las relaciones de mercado


en los últimos años. Piensa Bettelheim que el
XX Congreso representa un momento crucial
en este proceso, aunque también afirma qUe
«no hubiera podido tener el contenido q^»
tuvo, ni desencadenar los electos que desen­
cadenó, si no hubieran existido con anteriori.
dad unas relaciones sociales desfavorables a la
dictadura del proletariado»; y añade luego que
«esto demuestra claramente que el desarrollo
de estas relaciones sociales no estuvo "deter­
minado" por el desarrollo del mercado, sino
que —al contrario— aquel desarrollo fue an­
terior a éste».
Yo entiendo, de forma algo diferente, que
en este proceso la relación entre el desarrollo
de una nueva burguesía y la extensión del mer­
cado no es una simple relación de causa y
efecto, sino una relación dialéctica de recípro­
ca interacción. En prim er lugar tenemos la
consolidación en el poder de una capa burocrá­
tica gobernante (todavía no una clase gober­
nante) acompañada y seguida p o r la despoli*
tización de las masas. Sin entusiasm o revolu­
cionario y sin participación de las masas, la
planificación centralizada se hace luego cada
vez más autoritaria y rígida. Y da lugar a una
mü! c Ón de ,fracasos y dificultades eco-
Drohlpm n Un *n t e n t 0 de solucionar estos
los qUC P a s i v a m e n t e se agravan,
S a fe ntCS VUelven a em plear técnicas ca­
tes ei^earl!fUmentando el P °d er de los gere*
nos, para la ^ presa Y confiando cada vez m«'
irección y control de las mis*®5’
4%
!í» planificación centralizada y más en las
ptrticw?* lm|**«*»<>niiles de 1 mercado. En estas
t'irrimstuticlns, las formas jurídicas de propie-
estatal pjet den sentido progresivamente,
transfiriéndose el poder real sobre los medios
¿c producción, que es la base del concepto de
propiedad, a manos de la élite directortal (Ma*
na&rhí Flite). F.ste grupo que «posee» los me­
dios de producción tiende a transformarse en
un nuevo tipo de burguesía, y naturalmcnfe,
favorece una mayor y más rápida ampliación
de las relaciones de mercado. Este proceso im­
plica la erosión del poder y privilegios de la
«vieja» capa burocrática gobernante, dando lu­
gar a que se agudicen los conflictos entre lo
que la prensa capitalista llama los «liberaliza-
dores» (la nueva burguesía) y los «conservado­
res» (los viejos burócratas). Estos últimos no
cuentan con un programa que ofrezca solucio­
nes a los crecientes problemas económicos de
la sociedad y, por tanto, no pueden librar más
que batallas de retaguardia contra el avance
de la nueva burguesía, orientada hacia el mer­
cado y los beneficios. El desenlace lógico de
este proceso, al que aún no se ha llegado en
ningún sitio (y al que tal vez nunca se llegue),
es la implantación y legitimación de nuevas
formas de propiedad privadas de empresa
(Corporate Prívate Property). Solamente cuan­
do esto haya ocurrido podremos hablar de una
nueva clase dominante en el pleno sentido de
,a Palabra.
De hecho, ha sido mayor el proceso de acer­
camiento hacia las formas capitalistas en Yu­
P A U L M. S W i : i i Z Y Y C H A K M í S HI'TTI f
46

goslavia que en c u a l q u i e r o tro país, v do-,rt,


luego, mayor que en la Unión Soviética,
la vieja
vicia capa ae de burócratas og o— b e rn.».»»,,
a n ta ^
fortaleció y se hizo enorm em ente poderosa en
las tres décadas del gobierno stalinista, A mf
me parece que la m ejor interpretación de Ja ^
tual fase de desarrollo de la Unión Soviética
aquella que considera que los elem entos buró­
cratas, bajo la dirección de Breznev y Kosí-
guin, están tratando de detener el continuo
avance de la nueva élite de los directores. Por
razones que ya hemos señalado, dudo que lo
logren, aunque desde luego pueden contener e
incluso detener el proceso durante bastante*
anos.«_7
lV / t

En mi artículo sobre Checoslovaquia decía


que hay dos posibles respuestas a los fracasos
de la planificación burocrática: una, apoyarse
. cada vez más en el sistem a de mercado; la
I otra, «una revolución cultural en el sentido es­
pecífico que los chinos han dado a este térmi­
no: una campaña general para movilizar a las
masas, elevar el nivel general de conciencia
política, revitalizar los ideales socialistas y res­
ponsabilizar de un modo creciente a los pro­
pios o reros de las decisiones a todos los ni-
™ ®ettelh,e¡m interPreta esto como si yo
podido "pT ,?S A g e n t e s soviéticos haW®*¡
que vo n^ L „entre dos "técnicas". 0 d « *
minos aue J¡ Ut 'a<^° ninguna de los dos t
lo acabo d f P° ne.entre com illas. Decía,
posibles» y afiad f ^ qUC ahay dos reSPAricT
la dirección s e v i / f ^ ' por razones his‘ór .fJ
lca estaba incapacitada
AI.(¡I v o s I’ROBI.RMAS 1)1 1 . SO C rA U SM O
47

llevar a cabo la alternativa de la revolución


cultural. Por tanto, dchcna estar claro, píen*
so, que no estoy en desacuerdo con Bettelheim
cuando escribe que «no se trata de una 'elec­
ción entre dos técnicas que permitirían a la
economía progresar , sino de una linca de
demarcación que separa dos políticas...». Pero,
cuando a continuación añade «... dos clases»,
no estoy seguro de seguir su razonamiento.
Si quiere decir que una línea política (con­
fianza en el sistem a de mercado) favorece los
intereses de la nueva burguesía, y la otra (la
revolución cultural), favorece los intereses deI
proletariado, lo com prendo y estoy de acuerdo.
Pero si —como se deduce de otros párrafos—
quiere decir que el camino que se siga depen­
derá de la clase que se halle en el poder, con­
fieso que desconozco a qué tipo de fenómeno
concreto se refiere. Por ejemplo, consideremos
el caso chino; no hay duda de que en los años
50 y comienzos de la década de los 60 se estaba
formando y consolidando en el poder una nue­
va capa de burócratas gobernantes. Es eviden­
te que en 1966 ya eran mayoría en el Comité
Central del Partido Comunista y que ocupaban
la mayoría de los cargos con poder decisorio
en la adm inistración central y regional. Proba­
blemente en poco tiempo habrían comenzado a
dar pasos en dirección hacia el capitalismo, ca­
lin o ya iniciado por los países de Europa
Oriental. Pero Mao y un pequeño grupo de he­
les seguidores se negaron a aceptar este retro
Ceso, y utilizando como primer arma el movi-
miento, al menos parcialmente espontáneo, de
M. «WW'XV V CHARIJ» Hlil I

l,M uiiurdius rojos, iniciaron la Revolución Cu|.


luníi ié v á n iJ n a las masas y desütuyeron a
lo s d i r i g e n t e s burócratas, con lo que quedo ase.
« w í » que China c o n t i n u a s e en el cammo ha.
d T c! s o c ia li s m o , al menos en lo que concj*.
ne al presente y al futuro próxim .
j.Fxnlicará» B e t t e l h e i m este p r o c e s o , di.
cit-ndÓ que hasta 1966 el p r o l e t a r i a d o e s t a b a
perdiendo p o d e r , en f a v o r de una n u e v a bur-
guesla, pero q u e se sublevó en el u l t i m o ins.
tante y reafirmó su dominio de clase? Si acep­
tamos que Mao y su grupo (que tenían el con­
trol decisivo de los medios de comunicación y
del Ejército rojo) son «instrum entos del pro
letariado», esta afirmación es una simple pero­
grullada. ¿Qué bases tenemos para hacer esta
suposición? ¿Qué sabemos realm ente sobre el
papel del proletariado o las relaciones de Mao
con el proletariado? ¿Perm iten comprender
mejor estas «explicaciones» lo que realmente
ocurrió en el pasado o lo que pueda ocurrir
en el futuro? ¿No dan, por el contrario, más
bien una imagen muy sim plificada y, por tan­
to, errónea, de las relaciones entre las clases
sociales y la dirección política en la sociedad
en transición? Mi opinión, que desde luego
está sujeta a modificación a la luz de nuevas
investigaciones y descubrim ientos, es es
precisamente en las sociedades en transición-
d e ™ ! ? 0 * 611 una determ inada fase de f
tas» se i?’ii *os elem entos «determ¡nlS
causalidad i?" m ás debiIitad o s al nivel d«
causalidad histórica, y donde son más sig<>
A,^ ¡ i:S O S l'H O B M -M A S D LL SOCIALISM O 49

cativos los elementos «volúntaoslas»* <;


cí « i , es preciso que al analizar'es.as ^ ' d a
dos evitemos esp ec,a lm ete el desarrollar la
reflexión en términos dogmáticos y esquema
tizados.
Las interesantes sugerencias de Bettelheim
sobre la situación cubana podrían ser perfec­
tamente el punto de partida para una amplia
discusión. Me limitaré aquí a dos puntos:
1) Creo que exagera respecto al grado en
que Fidel está influenciado por lo que Bettel-
heim llama el mito de la «desaparición» de
las relaciones de mercado, del dinero y los pre­
cios, etc. Fidel sabe, y lo ha dicho explícita­
mente en numerosas ocasiones, que es impo­
sible abolir de golpe estas categorías económi­
cas heredadas del capitalismo. Pero al mismo
ñempo estoy de acuerdo con Bettelheim al se­
ñalar que los cubanos han cometido graves
errores en la elaboración y puesta en práctica
de su política económica.
2) No creo —y esto es algo que he dichc
repetidas veces— que ayude nada a explicai
esta política y estos errores el decir que estar
«ligados» al control político por parte de ur
grupo «radicalizado» de la «pequeña urgue
sla». Esto es una frase y no una explicación
Por lo demás, mi punto de vista so <
Revolución Cubana está expuesto e

\ Sobre los papeles del dctcrminiM1^


iroo en la teoría mar*»***- e x o e r ie n e t, Mm
* *« 1 . Sweuy. Les*»* J*
R evxew , noviem bre de 1967, pp
^ P W I M. s w r e / Y y c i i A R i r s m r r T F i m -!M 1

mente en el libro escrito por Leo Hubcrman v i


por mí Sociaíhm m Cuba, que estará a 1a \
venta en la primavera próxima.
F in a lm e n te q u ie ro destacar que aunque una
polémica de esta brevedad tienda a acen tu ar
casi inevitablemente las diferencias de opinión
en cualquier caso estoy totalmente de acuerdo
con el enfoque de Charles Bettelheim sobre la
economía de transición, tal y como la expone
en su libro La transition vers Vécottomic so-
ciaíiste. Me adhiero plenamente a su penetran­
te análisis sobre las relaciones de propiedad
en la sociedad de transición. Como resume su
amigo Gilíes Martinet, la teoría de Bettelheim.
«destaca la relatividad de la noción de propie­
dad. Cada unidad económica depende a la vez
del Estado y de su propia dirección. Cuando
la planificación es imperativa y rigurosa, el
Estado ejerce al máximo sus poderes como
propietario. Pero cuando la planificación es in­
dicativa y la autonomía en la gestión permite
que una empresa realice sus propias inversio­
nes. negocie contratos, decida sobre sus pn»-
c**0-5 de producción, entonces esta empresa
n e a sustituir la ficción de la propiedad
nÜw rea^dad de una nueva forma &
Propiedad colectiva*1.

«emnre«r<%£n este caso usar el término *


iC o rP ° r a te ) e n lu g a r d e l a d i e t é

ci6n **« -co n q u éu d e s P o t i v o *rS• ^


*' pág. 95.
ACA SOS pRom.rMAs m i socíai i*wo 51

«colectiva», ya que e s te últim o, al memj% en


inplés (Collcctivc), se utiliza a menudo para
referirse al conjunto de la sociedad. Sea como
sea. con estos términos se expresa en forma
elegante uno de los aspectos cruciales de lo
que yo he llamado la contradicción plan/mer­
cado.
Tengo la esperanza de que al menos esta*
mos dando los primeros pasos hacia una tco- (
ría de lo que seguramente es, iunto con el im- i
perialismo. uno de los fenómenos decisivos de !
la realidad mundial en la segunda mitad del
siglo xx: la sociedad en transición entre el ca- :
pitalismo y el socialismo. Pero tal vez sea tanv
hién conveniente reconocer que son solamente
los primeros pasos, y que necesitamos mucha j
más información sobre lo que realmente ocu> I
rre en las sociedades en transición. Probable*
mente. Bettelheim ha hecho más que nadie por
abrir este inmenso y apasionante campo de
estudio.
(4 de febrero de 1969)
IV ASIM < IO S Al)l< lO M A U tS SOfóKF,
l,A H(J( U ' i M D D E T R A N S IC IO N

Charle%tím elh eím

Su ie*pue*ta a **» anterior caria suscita uno*


problemas de capital importancia. Estoy con­
vencido tic que nos ayudará seriamente a cla­
rificar todavía rnás nuestras posiciones y pro­
fundizar de este modo en cierto número de
problemas.
No es mi intención, evidentemente, volver
sobre todos los problemas planteados por su
texto (tengo el proyecto de abordar muchos
de ellos en form a de libro) Por ello quisiera
limitarme ahora a ciertas reflexiones sobre
algunos de estos problemas.

Plan y mercado.

Tengo la impresión —en part


su nota 4— de que parcialmente .oían
Jo a un acuerdo sobre el pro ™ admitir
y mercado», puesto q ^ * ^ V las relacic
que el retroceso o el progreso

El libro >1 que hace rrfena^j? a S u st BctbL


Z
«lo XXI Editores. 1972. (*>■f «*
í ñ
u '% * * * *
[53]
ltlS mercantiles darán te
L u pa,a caracterizar el p ro g rw o o el r « r«.
! r o hacia ei s i a l i s m o , •*
mi nativo politicamente —«» , ' j f dc «
"imntu
. uei , vista
: Ula a,-
uc clase—, es el m._ odo como
. "
*¡ ti ata ei eventual progreso de las relac e
nes mercantiles. U am plitud alcanzada en un
momento dado por las reb elo n es mercantiles
«o basta por consiguiente p ara dem ostrar el
grado de progreso hacia el socialism o (si asá
lucra, la Unión Soviética nunca hubiera esta­
do tan cerca del socialismo com o durante e!
Comunismo de Guerra).
Fundamentalmente, el avance hacia el socia­
lismo no es más que la creciente dominación
por parte de los productores inm ediatos sobre
sus condiciones de existencia y, p o r consiguien­
te y en prim er lugar, sobre sus medios de
producción y sobre sus productos. Esta do
mínación sólo puede ser colectiva, y lo que
llama «plan económico» puede ser uno de los
medios para esta dom inación, pero sólo lo es
cuando se dan unas condiciones políticas
terminadas, sin las cuales el plan no es xw&s
que un medio particular utilizado p o r una cla­
se dominante, distinta de la de los producto­
res inmediatos que viven del p ro d u cto de su
trabajo, para asegurar su p ro p ia dominación
sobre los medios de producción y sobre l»s
productos corrientem ente obtenidos.
euen* a St*n te> er* las form ulaciones que s*
tradiccirtnS 3 ,nota usted atribuye a 1» cí>l\
n/niercado» u n a s ¡gnifica¿ 011
Al < ; l l N O S I ’K O U I.I ÍM A S DI I S O C IA L IS M O

C|tic, <-’n , n * o p i n i ó n , n o p u e d e t e n e r . i n t e n t a r e
cxp<jn c l b r e v e m e n t e la s r a z o n e s .
Me parece difícil discutir que los términos
„rncrcado» y «plan» correspondan a nociones
empíricas y descriptivas y no a conceptos cien*
tíficos elaborados teóricamente. Por tanto, es­
tos términos remiten a formas de la represen­
tación (Darstclhmg) que se expresan en ellos
todavía en términos ideológicos, y no a las re­
laciones reales. De hecho, tales relaciones sólo
pueden ser desveladas por medio de lo que
Marx llama un «análisis de las formas*. En
este sentido, la contradicción «plan/mercado»
sigue siendo, a mi modo de ver, un «efecto de
superficie» cuya significación no puede captar- «
se a su propio nivel, sino únicamente descu­
briendo las contradicciones profundas (que
afectan a las relaciones de producción y a las
relacionen de clase) de las que la contradicción
«plan/mercado» no es m ás que la represen­
tación.
Por ello, la contradicción «plan/m ercado»
no es —no puede ser— una contradicción fun­
damental: no pone de m anifiesto ni una con­
tradicción de clase (una contradicción políti-
CÍM ni una contradicción económ ica (una con­
tradicción en tre relaciones sociales efectivas al
niv«l económico), sino ta n sólo ciertos efectos
^ r*akles e s *as contradiccio n es y los «luga-
donde tales efectos se rep resen tan .
ci<j!fra p recisió n , d iré que la contradic-
*P lan/m ercado* señ ala de m odo metafó-
neo una c o n tra d ic c ió n en tre dos .espacios 4
r e p r e s e n t a c i ó n » , d o s .e sc e n a rio s. *.
En estos dos escenarios intervienen, a nivel
descriptivo, «actores»; com pradores, vendedo­
res, planificadores, directores de empresa,
ministradores, etc. Estos actores aparecen no
como portadores de relaciones sociales y como
agentes que cumplen unas funciones (determi-
nadas por las relaciones sociales existentes y
fundamentalmente por las relaciones de pro­
ducción dominantes), sino com o «sujetos» do­
tados de «autonomía», de una cierta «psicolo­
gía», etc. La «presencia» de estos «actores», el
«marco» en que intervienen (la oficina del plan,
la dirección de la em presa, etc.), la forma de
¡as relaciones que parecen «anudarse entre
ellos», ocultan lo esencial, las relaciones socia­
les fundamentales de las que son portadores y
que se reproducen en «otro lugar». Este «otro
lugar» designa: la instancia económ ica (los lu­
gares de producción), la instancia política (los
órganos del poder), la instancia ideológica
(esencialmente los aparatos ideológicos: escue­
las, universidades, prensa, radio, etcétera).
Si privilegiamos estos dos «escenarios» (e
«mercado» y el «plan») h asta el punto de ver­
os como el «lugar» de u na contradicción fu11'
ental, sustituim os el análisis concreto de

paraEd«arroUae rntsur 0 «argumentos»


«reformas econrirrS? a** C3SUal queenel favor
trevisi°df
de ej
«terreno» de la 3ra precísame*1*, e¡
libro de Ota S ik 5 íradlcción «plan/m ercado»
Édic. de la Acadeníi ü aZ Market under p*)*
*ca<íenua de Ciencias, Praga, 1967, 382 P
a i ( ; 1- m . s . • « c h u m a s , .SOCIA. , S U o w

1,5 relaciones sociales reales por |a ■


ción -generalmente sistematizad» í'1’'
mas ideológicas»— do las actuaciones d?aq°*
||„s que ocupan el proscenio de estos do, ? ™
m rw s.y por la descripción de la, formas bajo
las cuales las relaciones sociales reales se «re-
presentan» (sich darstellen) en estos dos esce­
narios.
Gran parte de los debates sobre los proble-
mas de la transición —y gran parte de las po­
líticas «descritas» en estos debates— han sido
falseadas por el hecho de que el «mercado» y
el «plan» se han tomado por algo distinto de
lo que realmente son: la designación metafó*
rica de los «lugares», a la vez imaginarios y
reales, donde se «representan» unas relacio­
nes que de este modo podemos permitirnos
ignorar.
La descripción de los problemas de la tran­
sición en términos de «plan» y de «mercado»
permite ciertamente obtener una rápida visión
de conjunto de «lo que sucede» en los dos «es­
cenarios» considerados, pero obliga a recurrir
a una serie de nociones que son precisamente
aquéllas por medio de las cuales los actores
que intervienen en estos «escenarios» «píen-
5an» sus acciones (ignorando las relaciones
^ le s de que son portadores). Estas nociones
r«miten a las múltiples formas bajo las que
* representan las relaciones reales disimulán-
do*e (de la misma manera que la ,,
^Presenta una relación social aun disimu á
*>U). Esta disimulación se comp,|C^ o " ^
* * de desplazamientos, que son inevitables
5
58 p a u l M. s w i m z Y Y CHARI.I'S n iT r r p Ujp

debido a que las relaciones y las contradiccfo


nes que se desarrollan realm ente (y de las CUa
les no se perciben más que los efectos in(jj
rectos y deformados, puesto que no se \z%
analiza como tales) se sitúan al nivel de las
tres instancias fundam entales de la formación
social. Este enraizam iento m ultiplica las rela.
ciones reales así «representadas»; es denotado
por la naturaleza de las form as y nociones
ideológicas que están presentes en los debates
sobre «plan» y «mercado»: la forma valor,
los precios, los contratos, los decretos admi­
nistrativos, la propiedad estatal, los «incenti­
vos» materiales y los «incentivos» morales, etc.
Esta diversidad y heterogeneidad de las no­
ciones a que debemos rem itirnos cuando que­
remos hacer «funcionar» la «contradicción
plan/mercado» revela que esta última, lejos
de ser una contradicción fundam ental, no es
más que la formalización ideológica de los
«escenarios» donde se enfrentan unas formas
que a su vez «expresan» y ocultan las relacio­
nes sociales reales. La combinación de estas
relaciones constituye la estru ctu ra fundamen*
tal en cuyo seno se desarrollan las verdaderas
contradicciones; contradicciones que es nece­
sario descubrir, lo que sólo es posible hacer
analizando la estructura fundam ental de laS
ormaciones sociales en transición.
Mientras sigamos prisioneros (como
e muchos años hemos estado) de las f°rnfl
nA a ,r ePresentactán inm ediata y de las n°? $
s i eológicas construidas a p artir de e
>• * ' M,S 1 KO' " ™ ' s SOOMt lsm o 59

„os encontrarem os cogidos en un mundo m r


cialmente real y parcialm ente imaginario
.P arcialm ente real», puesto que evidente­
mente los térm inos «m ercado,, «plan», «decre-
(OS a d m im stiatn o s» , etc., corresponden a cier-
,as realidades. «Parcialmente im aginado,,
puesto que las nociones que perm iten designar
estas realidades aluden también a otras reali­
dades d istin tas de las que inmediatamente ex­
hiben, pero es las otras realidades permanecen
ocultas, m ien tias estas ilusiones no sean des­
cifradas. Por ejem plo, el «plan» es ciertamen­
te un acto político y adm inistrativo real, pero
puede suceder que los verdaderos procesos de
trabajo, de producción, de distribución y de
consumo que tran scu rren en los lugares de tra­
bajo, en las unidades de producción, en las uni­
dades de consum o, y que el plan debe deter­
minar, no tengan m ás que una relación muy
lejana con lo que el plan prevé, y esto puede
transform arlo en una «realidad mítica». Tal
proceso de m itificación no puede ser analiza­
do más que en térm inos de relaciones de clase
y de relaciones ideológicas.
Por todas e sta s razones, m ientras permanez­
camos en cerrad o s en los espacios de repitsen-
tación del «plan» y del «mercado», no se pue­
de elaborar ninguna concepción cientí ica > no
se pueden a n u n c ia r m ás que aproximación
empíricas. 0
Dentro*de c ie rto s lím ites, tales ap io ^ 11^ *
n« em píricas p e rm ite n «actuar. de “ "bj^tivo
(es .decir, p e rm ite n alean ^ sll|ta£ios
JStPu$sIo ). Pe?» P ueden c o n d u c id .
^ M U I- ti. s w e i: / v v aiAMMH u .tm jK m

distintos de l o s esperados, d e un modo ^


será i n c o m p r e n s i b l e h asta qu e se a n a l* * , u%
relaciones y las contradicciones que deterrni,
nan el movimiento real de un a determinada
formación social.
Los fracasos que han conocido ion países to
cialistas han sido, e s p a r t e , el resultado de
concepciones que no han hecho m ás que expre­
sar en términos ideológicos aquello que sugíe-
ren las apariencias inm ediatas.
Digo que estos fracasos se explican de este
modo tan sólo en parte, porque de hecho, si
prevalecen estas concepciones es —en defini­
tiva— por razones ligadas a la lucha de clases
y a la correlación de fuerzas en tre las clases.
La reflexión sobre la h isto ria económica y
política de los países colocados en una sitúa*
| ción de transición, de sus avances en la vía del
socialismo, o de su regreso a la vía capitalista,
y la reflexión sobre el m odo com o esta histo­
ria ha sido escrita y pensada (incluso por mí
mismo) me convence de que es absolutamente
necesario cambiar de terreno, es decir, aban­
donar el «campo» sobre el que h an tenido lu­
gar los enfrentam ientos ideológicos de los úl­
timos cuarenta años. E ste «campo» es precisa-
mente aquel en el que se levantan los «esca­
ños» del «mercado» y del «plan».
fáciivnf CSarÍO ir a otra Parte (lo <*ue n° fs
que necesari.°' ir más allá de las t o r t *
aún díc* n |^nrneí^ atarnente presentes, y ^ '
reales f ”11 rePresentan las r e fa c ió * 1
tas última necesario esforzarse p o r capWr . n
ultimas, puesto que sólo en tre ellas p ^ de
ALGUNOS PROBLEMAS DHL SOCIALISMO
61
las verdaderas contradicciones
d e sa rro lla rs e
(y, Por ta1nto> a c° ntradicción principal carac­
terística de cada fase de la h is to ria real de las
formaciones sociales en transición).
para poder conocer estas relaciones y estas
contradicciones, para no vernos condenados a
designarlas metafóricamente (creyendo desig­
narlas realmente), para poder dominarlas, es
necesario proceder al análisis de las formas,
es decir, efectuar sobre las formas específicas
de las formaciones sociales en transición un
trabajo análogo al que Marx efectuó sobre el
modo de producción capitalista; es necesario
sacar a la luz las relaciones sociales reales
que son a la vez m ostradas y ocultadas por las
formas de la representación y las nociones
ideológicas que a p a rtir de ellas se han ela­
borado.
Sin este análisis, que puede comenzarse ya
hoy («hoy», porque la historia real nos ha
«mostrado» cuántas ilusiones podrían cons­
truirse a p a rtir de estas formas), seguiríamos
actuando a tanteo, y lo que es más grave, per­
maneceríamos en el terreno que es favorable
ai enemigo de clase, el terreno de las ilusiones
ideológicas, aquel donde se desarrollan todas
tas formas de explotación, de dominación y e
sometimiento.
Volviendo a mi punto de partida, dir que
el Pensar que la «contradicción mercado/plan»
P^da ser la contradicción fundam ental del pe-
de transición (lo que yo mismo pensé
otro tiem po) significa: . i s
Que perm anecem os en el terreno
62 PAUl- M. SW HFZY Y CHARLES BirrTfe

formas y que sin cesar nos vemos llevado* *


interpretar una serie de efectos de las contra,
dicciones reales, no como derivados de
contradicciones, sino como derivados de]
frentamiento «plan» y «mercado*.
2) Que permanecemos prisioneros de lo
que Lenin llamaba «economicismo», puesto
que privilegiamos una «contradicción* que,
formalmente, aparece como una contradicción
económica, olvidando de este modo lo esen­
cial: la lucha de clases.
3) Que nos vedamos la búsqueda de la con­
tradicción principal de cada fase, el análisis
de su desarrollo y del desplazamiento de su
aspecto principal.
Así nos vemos llevados a atribuir al «mer­
cado» y al «plan» «virtudes» y «propiedades»
intrínsecas. Es decir, a separar los posibles
efectos del desarrollo de las relaciones mer­
cantiles o de las relaciones planificadas (que
son parte de las relaciones sociales que se tra­
ta de analizar), de las condiciones políticas en
que se desarrollan estas relaciones. Pero mw*
camente estas condiciones políticas, es decir
las relaciones de clase, proporcionan una $*£■
nificación concreta, real, al desarrollo que 60
un momento dado adquiere tal o cual ^orI?^
económica, dando ya por supuesto que se s&
que el avance hacia el socialismo ^
las relaciones mercantiles desaparezcan > .
dan su lugar a relaciones socialistas 0 a 5 * fe
ciones planificadas» no son más u ^
sus formas, una form a que también
aL CVSOS problem as d e l s o c ia l is m o 63

rresponder a algo muy distinto que a relacio­


nes socialistas; volveré sobre este punto).
En resumen, es necesario que formulemos
las cosas de otro modo que en términos de
«plan* y de «mercado». Precisando, debemos
reco n o cer que si en general el «plan* no es el
«polo» de una contradicción principal cuyo
otro polo sería el «mercado», es debido a que
la c o n tra d ic c ió n re a l (la representada de modo
ideológico por la expresión «contradicción
plan/mercado», cuya existencia indica aún
ocultándola) es la dominación o la no domi­
nación por parte de los productores sobre las
condiciones y los resultados de su actividad.
Es fundam entalm ente cierto que la existen­
cia de relaciones mercantiles obstaculiza la do­
minación de los productores sobre sus pro­
ductos v que el pleno desarrollo de estas rela­
ciones lleva a la dominación de la burguesía
sobre los productores inmediatos, y por con­
siguiente, a la no dom inación por parte de
los productores sobre sus condiciones de exis­
tencia. También es fundam entalm ente cierto
que la eliminación de las relaciones mercan­
tiles figura entre las tareas históricas que debe
llevar a cabo el p roletariado durante la cons­
trucción del socialism o. Pero asim ism o es cier-
!? 9ue esta elim inación no puede ser lina «abo-
Y 'áriy>’ sino el resultado de una lucha que ha
e entablarse en los frentes político, ideoló­
gico y económico, puesto que existen a la vez
ideológicos y políticos para la supre-
rej>n .(k fes categorías m ercantiles y de las
4c,<mcs jurídicas burguesas (aquellos —co*
04 PAI'I- M. «wm /.v v c'HAiíi.tís nirnH,JIB|M

n.o usted acertadamente recuerda— q,R. sefl¡(


Marx en I. ‘ Crítica del Program a de G„
ha.) v Mmilcs económicos ligados al es.ad0
d e laestructura, relaciones de p ro d u ccó n /fller.
/as productivas (lo q»c, por ejemplo, explica
que a c t u a l m e n t e , en China, las i elaciones mer­
cantiles, el dinero y los precios todavía no
hayan sido eliminados). Por ello, la tarea
eliminar las relaciones m ercantiles es una ta*
rea histórica.
No obstante, y éste es otro punto que me
parece esencial, la existencia de esta tarea, y
su significado histórico, no deben hacernos ol­
vidar en absoluto que un «plan» y las rela­
ciones planificadas puedan, a su vez, impedir
el dominio de los productores sobre las con­
diciones y los resultados de su actividad.
Esta última proposición implica algo que
durante mucho tiempo no ha sido tenido en
cuenta: que puede existir una «planificación»
y un «plan» burgueses, lo m ism o que pueden
existir una «planificación» y un «plan» prole­
tarios o socialistas.
La «planificación» burguesa tiene un carác-
ter en parte mítico, pero no p o r ello deja de
ser un instrumento de la política burguesa.
J í? ndo *plan* con socialismo y «nicr‘
, °?n caPÍtalismo (lo que es cierto cotn°
c i a l t Z a)’ 1 ayuda a la burguesía (y esp*
su dom/n a , la burguesía soviética) a ejercer

clases exnW a ° derecho de expresión a

a explotación de las masas*


yGl'SOS PROBI-EMAS m-l. SOCIALISMO 65

por tanto, v este punto me parece funda-


juent&l’ debemos reconocer explícitamente que
so lo b a j o d e t e r m i n a d a s c o n d i c i o n e s s o c i a l e s ,
p o l í t i c a s e i d e o l ó g i c a s u n p í a n p u e d e ser i n s -
irtítftettto d e l a d o m i n a c i ó n d e l o s p r o d u c t o r e s
sobre te s c o n d ic io n e s y to s r e s u lta d o s de su
a c tiv id a d . Para que actúe en este sentido es ne­
cesario que el plan sea elaborado y puesto en
práctica sobre la base de la i n i c i a t i v a d e l a s
m a s a s , esto es, que c o n c e n t r e y c o o r d i n e sus
experiencias y proyectos.
Para que esta coordinación sea real, deberá
garantizar que las exigencias técnicas y eco­
nómicas generales y las posibilidades objetivas
en su conjunto son debidamente tomadas en
consideración. Esta es una de las funciones ]
del «centralismo», pero todo ello será tenido!
en cuenta de un modo más efectivo en la me-9 f l jj
dida en que el plan repose ante todo sobre
la iniciativa de las masas, y su aplicación sea
controlada por ellas. De este modo el plan se
convierte en un «concentrado» de la voluntad
y de las aspiraciones de las masas, y de sus
ideas justas.
Cuando el plan no es este «concentrado», es
un «plan» burgués y no un plan socialista;
no es «lo contrario» del mercado, sino su c o m ­
p l e m e n t o o su «s u s t i t u t o » provisional.
Esto que acabamos de decir ha sido en la
Práctica ignorado durante mucho tiempo (in-
Cluso por mí m ism o5). Ahora bien, cuando se

****£?■? SÍdo Preci5as dos experiencias^ ‘íse n c ia l en


as P ara r e c o r d a r e s t a v erd ad , q u e es esencial en
66
¡«non. esto se P¡^de de vista que sólo p , , ^
«istir r e l a c i o n e s d e p r o d u c c i ó n s o c i a l , s i n * c„
la medida en que exista una dominación p(),
parte de los productores sobre las corulla.,,,,.,
“ los productos de su trabajo.
Una dificultad sobre la que insistiremos má,
adelante deriva del hecho de que, en las condl-
ciones de una producción altamente especial!,
rada la dominación de lus productores sobre
las condiciones de existencia exige el d e s a r r o l l o
d e re la c io n e s s o c ia le s e n te r a m e n te nuevas, y
mientras estas relaciones nuevas no se desarr».
Han continúan reproduciéndose las antitiuns
relaciones, que permiten la explotación y la
dominación de clase. La instauración de la
dictadura del proletariado permite que la da
se obrera, a través de su vanguardia, imponga
ciertas relaciones proletarias; éste es uno de
los efectos de la nacionalización de los pnn

el m arx ism o (y q u e hnbín q u e d a d o o c u lta por la rf


petición de las tesis s o b re el p a p el, supuestamente
. propiedad estatal y del plan en
co nstrucción del socialism o»). É s t a s dos experíen
? n* sldo Ia ! n t r a d a d e la TI. R. S. S. en !a vffl
a y R ev o lu ció n C u ltu ra l proletaria cn
Lhina
E n c u a n ta n 1n n t l* 1» A Kü I «nhre c*ws
Al.GUNOS l ’ N O B U M A S m i l s o c i a l i s m o 67

¿ipalcs medios de producción, puesto que de


cste modo se rompe el marco jurídico en cuyo
interior la burguesía ejercía su dominación.
Sin embargo, la reproducción de las antiguas
relaciones sociales, las relaciones burguesas, a
nivel de la empresa y de los diferentes apara­
tos políticos e ideológicos, significa que los
agentes de la reproducción de estas relaciones,
que constituyen fuerzas sociales burguesas, si­
guen estando presentes bajo la dictadura del
proletariado a pesar de la nacionalización de
los medios de producción.
Por otra parte, esto es lo que hace necesa­
ria la dictadura del proletariado, puesto que
la lucha de clases continúa. Una de las posi­
bles salidas de esta lucha es que las fuerzas
sociales burguesas vuelvan al poder, aunque
sea bajo formas no inmediatamente percepti­
bles. Esto se produce cuando los representan­
tes de estas fuerzas toman la dirección del
Estado y del partido dirigente; a partir de
este momento el carácter de clase del Estado,
de la propiedad estatal y de la planificación
deja de ser proletario para comenzar a ser
burgués. Cuando esto sucede, la dominación
de los productores sobre sus condiciones de
°xistencia, que está garantizada en el momento /
ta toma del poder por el proletariado, por
Estado —en espera de serlo bajo otras for-
que no son realizables inmediatamente
¡¡0rque exigen una profunda transformación
e tas relaciones económicas, ideológicas v po-
n lcas * cesa por completo, y es sustituí a
Por la dominación de una clase explotadora.
I 68 pa' í. m Kweezr r oka*les
I y sobre la ba*c de las relaciones
I ideológicas y pofüíca* e*í*teirte*, esta davi
I pJotadora sólo puede ser «na burguesía. ^
I se presenta como una burguesía de Estado
I Su dominación favorece el desarrollo de con
I tradicciones específicas que tendremos ocasión
I de analizar más adelante»
" De este modo, si reconocemos que la dom*.
nación de los productores sobre sus condicio­
nes de existencia, es decir, sobre los medios
de producción y sobre los productos de su
trabajo, constituye lo esencial de las relacio­
nes de producción socialistas, debemos llegar
a la conclusión de que el progreso en la vida
| del socialismo exige una transform ación de las
I formas de esta dominación para que pueda ser
i cada vez más completa. Creo que ésta es la
I significación de la lucha proletaria de clase
I bajo la dictadura del proletariado. Uno de los
f momentos esenciales de esta lucha consiste en
Ja revolucionarización de los diferentes apara­
tos económicos, ideológicos y políticos por­
que sólo a través de ella puede completarse
la eliminación de las relaciones sociales capi­
talistas que continúan reproduciéndose y sü
sustitución por relaciones sociales socialistas.
Todo esto signifíca que lo decisivo desde el
punto de vista del socialism o no es el tnoáo
de regulación de la econom ía, sino más b^ * 1
la naturaleza de la clase que está en el P0^
E n otras palabras, la cuestión f u n d a m e n t a l

es que el «mercado* o el «pían» —y P °r P 15.^


el Estado— dominen la economía, sino 3
A| (<U N O S !’«'>!*! I M A S 1,1 K ^

¡« ra le za d e la c la s e que d e te n ta el p o d e r Si
colucamo* e.« un= primer«plano el papel de la
dirección del Lstado «obre la economía, rele­
gam os a un segundo lugar el papel de la natu­
raleza de clase del poder, es decir, dejamos
de lado l o e s e n c i a l \
El carácter de «par ideológico» de la con­
tradicción «plan/mercado» o «mercado/Esta­
do» aparece precisamente en el hecho de que
los componentes de esta pareja únicamente
aluden a contradicciones reales, designando r e ­
l a c i o n e s d e n a t u r a l e z a c o m p l e m e n t a r i a . Efec­
tivamente, a nivel económico, la existencia de
mercado (de hecho, la existencia de r e l a c i o n e s
m e r c a n t i l e s ) es una c o n d i c i ó n d e p o s i b i l i d a d
de la dominación burguesa. A este respecto,
«mercado» y «estado» no se oponen fundamen­
talmente, sino que se c o m p l e m e n t a n . El papel
principal recae, bien en el uno, bien en el otro,
según sea la naturaleza de las contradicciones
económicas, sociales y políticas de cada mo­
mento.
Lenin subrayó que la forma estatal de las
elaciones de dominación política implica
siempre relaciones burguesas; de ahí la impor-
tai*cia de la form a soviética de poder o de la

<le Brcznev ......al» tratar


» » V de- &o» & delS Í P^®1
t , S a*d diciendo
o ° o|;
1» U. R. S. S. de la dlctadura^ direc-
ám ente proclamado ^ \ ptariado eco^m]ctJ
ladeldictadura
Estado del P ^la^ “t ngobierna
sobre i c c r i » de
df l» i alura
f que precisamente elude
clase del pode**
P A l J- M- SW H EZY Y O IA R 1 X S W T í r i m , M

experiencia de la Comuna de París, ya que es-


tas formas de poder político originan «Estados
de nuevo tipo» en los que las relaciones bur­
guesas son relegadas a segundo término, de
modo que no constituyen ya propiamente «Es­
tados». En efecto, el Estado burgués (es de­
cir, el Estado por excelencia), es el ejercicio
organizado de la violencia por parte de una
minoría sobre una mayoría, m ientras que la
existencia de un Estado proletario implica el
ejercicio de la violencia por parte de una ma­
yoría sobre una minoría. Esto ocasiona una
fe transformación radical de la estructura y del
K papel del aparato del Estado, así como de su
krelación con las masas. Esta transformación
■ radical es lo que hace que un Estado socialista
M no sea ya propiamente un Estado, aunque aún
K admita la existencia de unas relaciones que
b permiten que una burguesía pueda recuperar
f el poder5.
La separación entre el aparato del Estado
y las masas es el rasgo esencial del Estado

tiíutiva ,ei ejército, que es la parte cons-


tra ta d p ^ m ? 5 - a Pa r a t ° d e l E s ta d o , cuando se
un ejército- i £ ^ ? , . P-r o le ta í i o ’ n o e s y a e n teram f ' e
zan va nn 1 * ones in te rn a s que lo caracten-
ciones con jJI iS 1111 e jé rc ito burgués, y las reía*
fundamente riif£t-aSe*S tra b a .iadoras son tam bién
^ e n te t í e s te e j é r c i t o e s tá concreta-
no vive de p u e b lo , c o la b o r a e n el trf ba¿ J
significativo p a r a ^ t a r i o , e tc . N o d e ja de s*
611 el Ejército Í! lm P ° rt& n c ia el h e ch o de: q
relaciones 100 n u n c a s e h a y a n desarrolla ^
E jército P < ¿ tiiír aí iaST ,c o m o la s d e s a r r o lla d a s en
c o p u lar d e L iberación en C hina.
WOMI.r.MAí* »M-f S<lrui|KM^ 71
i»uíKw^ ' i*peíalo ‘ íiUlal <^f¿j «j*^ muina»
^ la# ma*a*# la* domina y la* reprime* míen
rra* <ít,c ^ li ta d o tic* la cla*«? obrera no es píe
fiíifTUCTtlc un ff :tclc* porque <*% el instrum ento
cJel ej‘*<k io M lVK,<*r P °r p an e de las m í*
tn§% masa» trabajadora» (en esto reside lo
concia! tic la Comuna de París, del poder de
)<>* Soviet*, de* los Comités Revolucionarios,
rtcctcra).
Invidentemente, el poder de los trabajadores
puede tomar formas distintas según las con­
dicionas históricas concretas, es decir, princi­
palmente según las relaciones de fuerza exis- j
fenies entre las clases. Este poder puede ser ¿j
ejercido especialmente por intermedio de un
«destacamento de vanguardia» del proletaria- |j
do, es decir, de un partido comunista marxis» |
la leninista; tal partido ejerce un poder pro* j
letario en la medida en que efectivamente es
una vanguardia, una parte de la clase obrera %
que representa al conjunto de la clase y actúa
<-*n ligazón con ella sin pretender sustituirla;
y# al contrario, deja de ser una vanguardia en
la medida en que sustituye a la clase dejando
d* guiarla para imponerle pura y simplemente
*us concepciones.
I*® diversidad de las formas concretas que
Puede revestir el poder de la clase obrera no
¡¡^fiea su carácter de clase mientras la r e l a -
rj* * entre los órganos de poder y las masas
««a relación de dominación-represión,
Per**1** relación de vanguardia a masas que
g Im itimm 5118 P111^ 8
72 PAUl. M. hWI » /V V rilAUl I H M Mim,,,.

v is ta y a la d i r e c c i ó n c o n c e n t r a r latí íd^a^
ta s q u e p r o v i e n e n d e la s m a s a s ,
Al c o n t r a r i o , c u a n d o lo s ó r g a n o s d*:
se separan d e la s m a s a s , c u a n d o la s d o m i n ^
y la s r e p r i m e n , e s t o s ó r g a n o s d e j a n d e
d e u n E s t a d o d e la c ia s e o b r e r a y s e c o n v i e r t a
e n lo s d e u n E s t a d o b u r g u é s p u r o y s im p le
N o p u e d e e x i s t i r u n t é r m i n o m e d i o o u n a «ter­
c e r a v ía» , y p a r t i c u l a r m e n t e n o p u e d e exi^iij
u n « p o d e r e s t a t a l d e la b u r o c r a c i a » , puetto
q u e u n a b u r o c r a c i a s i e m p r e e s t á a l s e rv ic io dt
u n a c la s e d o m i n a n t e , i n c l u s o c u a n d o a b u s a
s u s p r iv i le g i o s a d m i n i s t r a t i v o s .

| Las observaciones precedentes nos llevarían


l a examinar algunos de los otros problemas
¡ que usted ha puesto justam ente de relieve en
|s u texto, particularmente las razones por las
'i que califico de «burguesía» a la ciase que hoy
detenta el poder en la U. R. S. S. La cuestión
debía ser planteada. En mi anterior carta no
la había abordado y en ésta sólo le doy uní
respuesta parcial. De hecho, esta cuestión rfr
quiere un análisis muy am plio que debe real*
zarse a dos niveles: un nivel teórico, que P^'
mite producir, desarrollar y fundamentar k*
conceptos con los que se opera, y un nivel &
análisis concreto que pone de relieve córn^)
por qué tales conceptos teóricos pueden
pueden) servir p ara com prender las rela^ 0
istóricas reales, y llegado el caso, m(*s f.
c mo actuar sobre ellas, dirigiendo una ^
üllNO S P R O B U íM A S DI-I. SOCIA LISM O 73

■nada acción política, lo que finalmente es el


bietivo del análisis teórico en el terreno del
Materialismo histórico

(18 de febrero de 1970.)

Tal como le escribo, intentaré abordar esta ta-


jr* en un próximo libro, tratando en particular el
ncepto de «burguesía de Estado*, con el fin de
‘ las contradicciones específicas ligadas a esta
de dominación burguesa.
Y r e sp u e sta a c h a r le s
BETTELHEIM ( 1 )

Paul Ai. Sweezy

Estoy de acuerdo con Betielheim en que mi


uso de ia alternativa plan/mercado en la pri­
mera parte de nuestra discusión ha producido jj
confusión y debe ser abandonada. En el m o M
mentó de formularla yo no tenia en mente J j
ningún plan histórico concreto, sino la clase J 9
de plan que debería caracterizar a una s o d & l a
dad socialista ya constituida. Todo esto no e s l f l
sino un círculo vicioso y la verdad está en 1 9
que, como dice Bettelheim, existen todo tip q JH
de planes reales, que pueden tanto comple-IM
mentar como sustituir al mercado. ||
El problema real sobre el que estaba tra- ^
tando de centrar la atención puede ser com~ -
prendido mejor en un contexto histórico con­
creto que en términos teóricos abstractos. To­
das las revoluciones anticapitalistas que han
tenido lugar hasta nuestros días —esto es, re­
voluciones que han tomado el poder político
ehminando a la vieja clase dirigente burgue-
sa'~" se han enfrentado con el urgente proble-
*** de cómo hacer funcionar la economía. Por
^OQes obvias, esta tarea no podía ser con*
I (i las fuerzas automáticas del mercado
«mano invisible» de Adam Smith o la «ley
k [75]
c id v a lo r » d e M a r x ) , s in o q u e «icdiíj m í * 4if.
m i d a p o r el p o d e r e s t a t a l , Un siMen»#* d fri }
cado viable presupone un conjunto cornpi ti
de relaciones sociales y económicas, íncluyé-^
do unas formas de propiedad, distribución
la renta, d is p o n ib ilid a d y localización de recu?.
sos productivos, etc... Si bien, solamente el e*.
tablecimiento de estas bases hace posible tí
funcionamiento más o menos consistente <k
un sistema de precios, y la actuación de la*
fuerzas de mercado para realizar las divisiones
y los ajustes graduales a Jas cambiantes coiv
diciones; no es menos cierto que, simultánea­
mente, su existencia reproduce y refuerza ia
vigente distribución del poder y 1a riqueza.
Una revolución auténtica, norm alm ente, llega
en un momento en que la estructura socio
económica se encuentra en un estado de de*
integración y las medidas tom adas por ia revo
lución para reforzarse a sí misma y debilitar
a sus enemigos tienden a com pletar el derrum­
bamiento del viejo orden.
En estas condiciones sería imposible confia*
en un sistema de mercado, aun en el caso,
altamente improbable, de que el nuevo gobier­
no deseara y tuviese a su disposición los &
per tos y técnicos necesarios. La destrucc # 0
del viejo orden y el acceso al poder de nuevas
clases son fenómenos que exigen la imposición
de un nuevo esquema de prioridades s o c ia l
y un drástico examen del sistem a ecofióm* 0
C^n^ llto; *° cua* 1 1 0 dignifica la
las A rc a d o s y, todavía menos,
elaciones monetarias. Será preciso, P0*
M .Gt'NOS l ’ROBM-MAS W !L SOCIAI.tS.MO
77

contrario, que los salarios sigan pagándose en


dinero y los bienes sigan siendo distribuidos
a través de los canales habituales para los
consumidores.
Además de lo anterior, en los sectores de
producción simple —y en un país agrícola
como Rusia eran los más amplios—, los mer­
cados continúan actuando de una forma tra­
dicional. si bien sujetos a diversas alteracio­
nes. Pero estos sectores, con independencia de
su importancia, son fundamentalmente pasi­
vos y sólo reaccionan ante estímulos exterio­
res. Por el contrario, existen otros sectores
dinámicos —manufacturas, transporte, comu­
nicaciones, comercio exterior, Banca, servicios
públicos, etc.— cuyo control debe asumir el
nuevo gobierno, sin que pueda eludir la res­
ponsabilidad de su funcionamiento. Las políti­
cas adoptadas para conseguir este fin pueden
ser improvisadas y modificadas constantemen­
te, pero en la medida en que todas ellas son
coordinadas por un organismo central ya cons­
tituyen un embrión de plan. La experiencia
demuestra continuamente, comenzando por la
Unión Soviética en los años veinte, que dicho
embrión se transforma en auténticos planes
detalladamente estudiados y pormenorizados
^ue tienen como misiiSn controlar el funciona­
miento del sistema económico en su conjunto.
^°s precios, el dinero, e incluso los mercados
Privados, permanecen, pero estas relaciones
¡¡‘nero-mercancía son progresivamente adapta-
as Y sometidas a planes pensados para alean-
78 PA UL M. SW E E Z Y Y CHARí.ES B E T T n i.H f^

zar los principales objetivos de los nuevos di


rigentes.
La cuestión fundamental que es preciso jn,
vestigar creo que es la siguiente: ¿Qué es J0
que determina si el proceso, una de cuyas par.
tes importantes es la elaboración de estos pja.
nes, conduce al socialismo o, por el contrario
restablece una sociedad clasista dominada por
una clase de Estado? (En este punto estoy dis­
puesto a aceptar, al menos como una primera
aproximación útil, la definición que da Bettel­
heim del socialismo: una sociedad en la que
en realidad los trabajadores dominan las con-
í diciones y resultados de su actividad produc-
I tiva, pero sin dejar de reconocer, como creo
i que el propio Bettelheim hace, que esta carac-
I terización plantea problemas difíciles. Si he
f comprendido bien la respuesta de Bettelheim,
todo dependerá de que el proletariado esté o
no en el poder. Si lo está, el movimiento con­
ducirá al socialismo, y si no, las viejas relacio­
nes de explotación sobrevivirán y estará abier­
to el camino para la tom a del poder por la
nueva burguesía de Estado. Hay que aclarar
que en este último caso Bettelheim no parece
ver con mucha claridad las alternativas parn
el futuro de la revolución. En todo esto no Pa'
rece que atribuya un papel específico o imp°r
tante al desarrollo de elem entos de merca 0
en el sistema económico. E ste esquema no
parece falso, sino m ás bien de poca utih'&
En la medida en que puedo juzgar, Bettelfre ^
para averiguar si el proletariado está o
en el poder, no ofrece o tro criterio que e
%
‘¿4&

*¡s de l** polHÍCa í i ’guMas por cI^o lS ^u « > ry » '


j¿5" *V“íf-
**«&;■$v* ^<KV-
iÍP*V
ftit.. , a leorin.?j r i i ^ « “ Viilót* e u p l l m í l v o ,
,no es im portante que exista un metci<1«» Unh^
.,péttdihtíc para« establecer Iii* identidad da 1 * 1
clase en el poder? O aún más, ¿cui'dc* non !i»hV:
modalidades y etapas en el desarrollo de una
'nueva burguesüude Estado? Y qul/ó lo mrts i ni
portante de todo, / en qué condicionen se puc*
de esperar una victoria del proletariado, y m
qué condiciones la de In nueva burguesía Oc
Estado? Puedo estar equivocado, pero, por lo
menos a este nivel de la discusión, el méUíclo
de Bettelheim no parece que tenpa muchas
sibilidades para sum inistrar respuestas a é
*tas y otras cuestiones de crucial im portancia
La razón aparece clara cuando uno’ intent^
concretar lo que se entiende por «proletaria
do» en* los países subdcsarrollados, en los g ti#
han tenido lugar la mayor parte de las revek
luciones anticapitalistas de este siglo. En Ja
r teoría rnarxista clásica (la de Marx, Engels y
sus sucesores anteriores a la Revolución rusa),
fP nccptO' d c^p p letariatlo ^cra claro y espe*
. j í $ refería a* los otírVros*'isalm'itfcbs
^ ^ g le a a o s enejas grandes industrias capitalls-
wm 31^ ^ |^ cq p §|itü ía|itecn Jos, -países, eapijalis-
íV v r.. ’V

aVanzadosf la' mayoría de la t*láse traba-


cr? xuna^partdm uy ymportante de Ja
| i f ^ iacióiP td tal¿'S®%ipon ía *qtic, s o t r i o con se-
& ^*^xatder^nm io/¡proces<^ de "acutnulacfén
J ff^ a já tjo re s ^ b t e n adqui*
um $y¿x
80 PA U L M. S W E E Z Y Y C H A R L E S B E i i

proletarios (y a n t i b u r g u e s e s ) : solidaridad ^
píritu de c o o p e r a c i ó n , igualitarismo, etc.
Históricamente hablando, s e veía el profeta,
rio como un «hombre nuevo» engendrado po»-
el capitalismo, con el deseo y con la capacid^
y voluntad necesarias para demoler el sistema
y abrir el camino hacia la construcción de una
nueva sociedad socialista x. El partido revolu­
cionario estaba constituido únicamente por los
elementos más avanzados y más conscientes,
esto es, los componentes más específicamente
proletarios de la clase trabajadora, y esto de­
bía ser así porque sus valores y actitudes te*
n que ser la manifestación de una auténtica
iguardia, cuya función era servir de guía
líder en el proceso revolucionario. Política-
nte, las tareas del proletariado en el poder
ían dos facetas: por un lado, la represión
los contrarrevolucionarios (miembros de
antiguas clases dirigentes y sus servidores
dentro de otras clases), y por otro, facilitar el
acceso (a través de la educación y otros n i­
dios) de los restantes sectores oprimidos de la
población (campesinos, pequeños-burgueses
lumpen-proletarios, etc...) al nivel proletario.
onómicamente sus tareas consistían en ifl*
crementar la productividad, eliminar la irra­
cionalidad y el despilfarro y sustituir tan ráF
aamente como fuese posible una p r o d u c c ió n
de mercado por un sistema económico comP^

Critica del ProJ™».lCX!«os 0 *arxisUs clásicos ** Jj


X Goí,,fl’ * MARX
i
^ H O S mmihMAH IN-I. 8ÜLMMHMO

tamcnic planificado. En la mc<Jida


igs tarcas fueran realizadas se ^ *•*
^ ¡ m ie n t ó del conjunto de la «oci«¿d ^
¿ cap.tal.smo ,1 comunismo, pasando
socialismo. El comunismo se raí-*., • V
por la distribución de acuerdo con
dades, la eliminación de las deplorable» dife
rencias entre trabajo intelectual y manual, en­
tre campo y ciudad, la completa desaparición
de las relaciones mercantiles y la progresiva
desaparición del Estado.
Puede objetarse que nunca ha existido un
proletariado de acuerdo con este esquema y/o
que tal proletariado nunca ha tenido la opor­
tunidad de desarrollarse en los países donde
han tenido lugar las revoluciones ant¡capitalis­
tas. No acepto este argumento y creo que el
proletariado ruso, tal como se desarrolló en el
cuarto de siglo anterior a la Primera Guerra
Mundial, se ajustaba perfectamente a la con­
cepción marxista clásica. Aunque era poco nu-
Rfcroso en relación con la población total, es­
taba concentrado en las más importantes ciu-
^ s V, como probó en 1917, era capaz de to
y » el poder bajo las confusas circunstancias
J? ®quel momento. Si el período siguiente hu-
sido relativamente pacífico, no veoi n
Motivo para dudar de que el pro e *
***° *c hubiese establecido como clase _ ^
gobernando a través de su pa■ ^u_
(o, posiblemente, sus par ' ^
5 * Viciado la transición al ^ ' 1 * visto
orma más o menos c o n f o r m e _ -D §u
r * U teoría. Dado su caracter minon*»
,'a iji. M ftw i i . / v V H v n i;m

l u .v n n o luiblrtM? * l ‘ l» « e l ! V Hc-in.»-* d e « d mi(ir


tli.p p o d r f n h n b c r f r a < P e r o a l m e n o t h±
b i in Ic n ld u 1111:1 o p o r t u n i d a d .
l o q u r iiiiildKn'i c»l>* o p o r t u n i d a d f u e r o n \„s
« ñ u * de g u r m i . ¡vil r i n v a s i ó n e x t r a n j e r a que
s i g u i e r o n w lii K ovolucM n- d e O c t u b r e . fin I 9 2 |f
concluidos estos terribles y #«mgi lentos con­
flictos, el proletariado ruso estaba en gran par-
te destruido v disperso. «El an ticu o movimicTj.
to obrero, autónomo y con conciencia de cla*c
—escribía Isaac Deutscher— , con sus nuevas
instituciones y organizaciones, sindicatos, co­
operativas y clubs educativos, que solían re­
sonar con vigentes y apasionados debates y
eran un hervidero de actividad política, estaba
ahora transform ado en un cascarón vacío»1.
El Partido bolchevique, antes vanguardia del
proletariado, se encontraba ahora desprovisto
de una verdadera base, pero con la responsa­
bilidad de gobernar y regir un país con una
abrumadora mayoría de cam pesinos y peque­
ños burgueses. En estas circunstancias, las
condiciones necesarias para la transición al so­
cialismo no existían. El p artid o estableció una
dictadura que inició la lab o r épica de la indu*
mahzación y preparó el país p ara el in ev itab le
C P °tencías im perialistas; pero c‘
bu ro en n.ecesa r '° ^ fue la proliferación de lgS
*cias políticas y económ icas, que actua

Ha! H n [ S% f ¿ np r ? ( e t ‘> d e s a r m a d o , 1 9 2 U 9 2 9 ,
JVutscher Cs |q cíín*Vno de los mayores ac,e.r .?a|e^
V significación 5 n te ^ u e SUP ° v e r Ia n?
C e n t r e 1917 y !9 2 xte cambio en el prolc»^
„* ,• * « < « m u r u * * n r ,. « o c ,
83
!t>fl mis de represoras que de r e o .
* U nuev» clase obren» • o r t é t t a 7 S ? ! ¡ S
¿utlmentr se fueron atrincherando « e l ^ I
der como una nuera clase dirigente
Por razones históricas que no es preciso de­
tallar en este momento, en ningún sitio otra
revolución, posterior a la Revolución rusa de
1917. ha logrado ajustarse tan perfectamente
al modelo rnarxista clásico. En la mayoría de
los casos, el proletariado, escaso y débil al co>
roenzar, ha sido aplastado por la represión y
la guerra, y todos los nuevos partidos dirigen­
tes han estado fuertemente influenciados, por
diferentes razones, por las formas y métodos
soviéticos. Bajo estas circunstancias creo que
no tiene mucho sentido decir que el proleta­
riado estaba o podía haber estado en el poder.
Lo que surgió en la práctica, probablemente
de forma inevitable, fue una dictadura que se
proclamaba proletaria ▼socialista, pero cons­
tituida realmente por varias clases y enfren­
tándose, a vida o muerte, con los problemas
de dirigir la economía y mantenerse en el
poder.
La cuestión más importante, tal como yo U
>«o. es cómo determinar si una dictadura de
«te tipo camina hada el socialismo o, por el
contrario, se vuelve hacia la restaurac^de
«o poder de clase. Un factor obvio es »
«Periencia y dedicación al socialismo <* »*
^•rigentes. Pero esto no es v»
ri8*ates no operan en el vacío, n* , .
Pueblos están igualmente orientado*
*°ciaHsroo- Cada paeMo tiene. Vo*
i
84 PAUL M. SWEEZY Y CHARLES »ETTRf,lfí,f^

alguna forma, su carácter históricamente f0r


mado y más o menos compatible con los obu
tivos del socialismo (a este respecto, el puety0
de los Estados Unidos, por ejemplo, con sUs
orígenes puramente burgueses, su ideología y
práctica racista y su imperialismo desenfrena,
do, está lastrado por una serie de inconve­
nientes formidables). Pero todavía más impor-
tante que todo eso me parece la existencia o
inexistencia dentro de la población de un sec­
tor capaz de jugar el papel atribuido al prole-
tariado en la teoría marxista clásica, un sector

(
con actitudes y valores esencialmente proleta­
rios, aunque no sea producto de una experien­
cia específicamente proletaria. La historia de
las últimas décadas sugiere que el camino más
Idóneo para encontrar tal «sustituto del pro­
letariado» transcurre a través de prolongadas
guerras revolucionarias que involucran a gran­
des masas de población. En ellas, hombres y
mujeres de diferentes clases sociales se ven
envueltos en condiciones que contrastan agu­
damente con sus habituales modos de vida
Son conscientes del valor, más aún, de la nece‘
sidad de la disciplina, de la organización, de
la solidaridad y de la lucha para sobrevivir.
Cultural, política e incluso técnicamente,se ^
van a un nuevo y superior nivel. Se transí^
man en una fuerza revolucionaria de g1*311.'1^
portancia, capaz no sólo de demoler el viej
sistema, sino también de edificar el nuevo. ^
Una dictadura revolucionaria que acce «
poder, en un país subdesarrollado, c o n e , ^
y o de un fuerte «sustituto del proletaria
fí^ ü S PHOHJ » MAS DI í- SO C IA L ISM O 85

p od rá evitar los problemas con que se en*


[rentaron los bolcheviques en 1920; y al igual
üuc le* ocurrió a ellos, ai intentar solucionar­
las, se ahr*rá camino a las burocracias polí­
ticas y económicas que reproducirán en el
$t*no de esta nueva dictadura el proceso expe­
rim entado antes por ios bolcheviques. Pero en
ja a c tu a lid a d existe un eficaz contrapeso que
puede proporcionar las bases para una autén­
tica lucha de masas contra la degeneración
burocrática. Si los dirigentes tienen claros sus
objetivos y están dispuestos a evitar la repe­
tición de la experiencia soviética, pueden mo­
vilizar a sus partidarios más probados, llegar
hasta los jóvenes que todavía no han sido co­
rrompidos por situaciones de privilegio y tra­
tar de derribar las estructuras burocráticas.
De esta forma pueden eliminar las barreras
que impiden avanzar hacia el socialismo, y
pueden ser adoptadas y llevadas a buen fin
las políticas proletarias, en el sentido marxis­
te clásico. Esto es lo que ha ocurrido en China
muy recientemente, sobre todo en el período
de ia gran Revolución Cultural proletaria.
Creo que es en el contexto de esta lucha
entre la degeneración burocrática y el proceso
s°cialista donde debe ser analizado el proble­
ma del mercado en la sociedad de transición,
expliqué en mi primera respuesta a Bet-
Dn k111' nunca defendí la postura de que fuese
Pasible o deseable una temprana eliminación
su paciones de mercado, y deduzco, por
* * fto anterior, que ambos estamos de
erdo sobre este punto. Lo que quise resal­
86 PAUl M. S W Í i l ^ V Y CHARJJiS ^

tar era que cuando una economía ^dministr^


burocráticamente tiene dificultades (Jo qye
inevitable), existen dos vías posibles y 0pUes
tas para solucionarlas. Una de ellas es la debí,
litación de la burocracia, la politización de la$
masas y el refuerzo de la iniciativa y responsa.
bilidad de los trabajadores. Esta es la vía qUe
conduce al establecimiento de relaciones de
producción socialistas. La otra consiste en con-
fiar cada vez más en el mercado, no como un
recurso temporal (tal fue el caso de la N. E. P.
de Lenin), sino como un pretendido medio
para alcanzar una economía «socialista» más
eficaz. Esto equivale, de hecho, a convertir la
^ obtención del beneficio en principal motor del
; proceso económico y decir a los trabajadores

I
| que se ocupen de sus propios asuntos, enten-
I diendo por tales el trabajar más para poder
consumir más. La adopción de esta última vía
lleva a reproducir las condiciones en las que
prospera el fetichismo de la mercancía, junto
a la falsa y alienada conciencia corresp on d ien­
te. En último término, la vuelta a la domina­
ción de clase y a la restauración del capita­
lismo.
Para concluir, me gustaría subrayar que es­
toy totalmente de acuerdo con Bettelhei111
cuando dice:

«Es fundamentalmente cierto que la


tencia de r e l a c i o n e s m e r c a n t i l e s o b s t a c u l i z a
dominación de los productores sobre sus p
ductos y que el pleno desarrollo de estas r e í
ciones lleva a la dominación de la burg^s
algun o s r a o u i i M A S m :i . s o c i a l i s m o 67

jobrc los productores inmediatos, y por con­


siguiente, a I® no dominación por parte de los
produf (ores sobre sus condiciones de existen­
cia. También es fundamentalmente cierto que
la eliminación de las relaciones mercantiles
figura entre las tareas históricas que debe lle­
var a cabo el proletariado durante la construc­
ción del socialismo.*

Solamente añadiría que, decir de una tarea


que es «histórica» no significa que pueda ser
olvidada sin peligro en algún momento.

(Diciembre 1970.)

M
DICTADURA D EL PROLETARIADO
' CLAMES SO CIALES E IDEOLOGIA
p r o l e t a r ia

Charles Bettelheim

El texto de Paul Sweezy indica que hemos


logrado ponernos de acuerdo en lo esencial
sobre las respuestas que dar a los problemas
explícitamente abordados en nuestra corres­
pondencia anterior. Lo cual confirma que es
posible superar divergencias iniciales, incluso
sobre problemas complejos, cuando se parte ¡
de esta base común que constituye la concep- j
ción marxista de la historia, de la economía y 1
de la política y cuando se lleva a cabo una I
discusión suficientemente amplia. I
Por supuesto, la discusión proseguida desde |
octubre de 1968 entre Paul Sweezy y yo, ha *
suscitado «nuevas» cuestiones: realmente las
que se encontraban tras los puntos divergen­
tes del comienzo.

Sobre algunas cuestiones:

Las preguntas que me ha dirigido Paul


T'eeíy en su último texto m e parece que pue-
^sumirse del modo sigu ien te.
. Partiendo de un punto que aceptamos con­
g a m e n te —la marcha hacia el socialismo
[89]
90 PAUL. M. S W E E Z Y Y C H A RI.H S B C T T IÍlJig ^

presupone que el proletariado haya ocupa^


ei poder—, P. Sweezy me pregunta:
a) Si, desde mi punto de vista, la cuesti
de la naturaleza de clase del poder depentje
exclusivamente de la política proseguida por
el gobierno y por el partido.
h) Si no sería necesario, para que la teoría
del poder proletario tenga un valor explicati.
I vo, disponer de un m étodo independiente para
! investigar la identidad de la clase instalada
en el poder.
Tras lo cual, Paul Sweezy form ula dos pre-
| guntas:
c) ¿Cuáles son las m odalidades y las eta­
pas del crecimiento de una nueva burguesía
de Estado?
d) ¿E n qué condiciones cabe esperar una
victoria del proletariado y en qué condiciones
puede producirse una victoria de la nueva bur­
guesía de Estado?
Paul Sweezy piensa que las dificultades que
plantean estas cuestiones están relacionadas
con la dificultad de precisar lo que se entiende
por «proletariado» en el «tipo de países sub-
desarrollados en los que han tenido lugar la
mayor parte de las revoluciones anticapitali**
tas del siglo xx». Paul Sweezy piensa efectiva*
mente que la teoría «clásica» de Marx y Enge s
había sido elaborada en función del papel
tórico que en la óptica de los fundadores ^
socialismo científico debía desem peñar e* P ^
tañado de los países industrializados ,,
proceso revolucionario. Ahora bien, _
Sweezy, con la excepción de la Unió» S°v
Jidio proletariado no existí* en los pufo* q*v.
fian experimentado una revolución vx¿ah%l&.
^(jerr1^5' incluso en Rusia, el proletariado no
tuvo Ia posibilidad de llevar a cabo "u* tareas
tjc dirección económica y política, al haber
sido en &ran parte destruido y dispersado
como consecuencias de las condiciones de la
guerra civil y de la invasión extranjera.
No me propongo por el momento discutir
sobre el peso real de la clase obrera en los
diferentes países que han conocido una revo­
lución socialista, ni sobre los efectos de la
guerra civil en la Unión Soviética sobre el po­
der proletario; en cambio, pienso que es muy
importante sum inistrar elementos de respues­
ta a las otras cuestiones anteriormente enu­
meradas.
Ciertamente, la im portancia y la amplitud
de esas cuestiones no permiten que las con­
testemos aquí de la forma tan detallada que
merecerían, al menos en un artículo de revis­
ta; para ello haría falta escribir un libro. De
tQdos modos, es posible y útil enunciar bre­
vemente algunas respuestas. Por otra parte,
Jfs proposiciones desarrolladas por Paul
Weezy, en la segunda parte de su último tex-
*°» ayudan al enunciado de esas respuestas.

stir*°jre naíura^eza de clase de un poder


0 de la revolución:

¿ ? de mi P ^ t o de vista, lo que permite de-


ar la verdadera naturaleza de clase
PAUL M. SW E E Z Y Y CHARLES B i r m a j u a ,,
92

un poder que se ha establecido de forma reVí>


lucionaria gracias a la lucha de las masas ira.
bajadoras, de un poder que ha expropia^ ,
las antiguas clases posesoras y que invoca a
la clase obrera, radica en la naturaleza de l0s
intereses de clase que ese poder sirve, lo cu^j
remite a las relaciones concretas de ese pod^
con las masas trabajadoras, y por tanto, a las
formas de existencia del poder del proleta■
riado.
a) La naturaleza de los intereses de clase
que el poder sirve. El análisis debe responder,
en términos de clase, a la pregunta: «¿A quién
sirve el poder?» ¿Acaso sirve a los intereses
presentes y futuros de los productores directos
y en primer lugar a la clase obrera? ¿Acaso
ayuda a los trabajadores a transformar de for­
ma revolucionaria las relaciones sociales con
objeto de que controlen cada vez en mayor gra­
do sus propias condiciones de existencia? ¿0
tal vez sirve a los intereses de una minoría
de no productores, aunque esta minoría se pro­
clame o no «sacrificada a la causa del socia­
lismo»?
b) Las relaciones concretas que los órga­
nos del poder m antienen con las m asas traba­
jadoras. Actualmente, a la luz de la experien­
cia h istó rica y del análisis teórico sobre esta
experiencia, resulta evidente que no puede b3'
arse de un poder proletario m ás que si eSJe
er col^P o rta , desde el punto de vista e
ctlc&s reales, características específi
nea e* Partido dirigente prosigue ur&
t $ F*tO»UEM.%S DEL SOCTAUSMO 93

l a s c e r a e ? e r ís !ic o s d e ttn p o d e r p r o le ta r io .
!-
frente a las confusiones que durante mucho
* # 0 p o han existido y que todavía no han des-
¿ p g x t á d o , hay que recordar que la dictadura
proletariado tiene esencialmente por efec­
to ia implantación de determinadas condicio-
aes políticas necesarias para que los produc­
tores directos puedan controlar y dirigir colec­
tivamente* es decir, a escala social, sus medios
de producción y sus condiciones de existencia.
También hay que recordar que este control
xaodo alguno se encuentra garantizado por
racionalización de los medios de produce»
t por la «planificación económica*. Lo que
ríce este control, que sólo puede adquii
a través de una larga lucha de clases, es ant<
todo, pero no únicamente, la detentación del
poder por los productores. Podremos recordar
«n este caso lo que Lenin escribía en febrero
de 1917:
•La cuestión del poder constituye sin duda
problema más importante de toda revolu-
c*^n- ¿Qué clase es la que detenta el poder?
^ es el problema de fondo..., el problema
^ poder ni puede eludirse ni releerarse a un
plano... constituye el problema fun-
?®Je,|tal, el que determina todo el desarrollo
revolución, su política exterior e inte-

Jet « j « U n o de los problemas


Qeuvres cxmtpiétes, tomo X X v,
r\u i m v ( iiahi f'?< nni ir i tll,
I I «nnhol <lo los traba (adores sohre <.
vomlickincs de r*istcnda exige, en pr»mcrf^
n»*» lugar, tjno el anticuo aparato de E s t^
*ea destruido y sustituido por uri aparato ^
dknliuonto diferente, Si el nuevo aparato (jp
I*atado «o asemeja, en lo esencial, al antíg^
aparato» sólo puede asegurar la reproducción
do las mismos relaciones sociales.
til contenido fundamental de la diferencia
entro un aparato de Estado proletario y Un
aparato de Estado burgués radica en la no-
separación del aparato del Estado proletario
respecto a las masas, su subordinación a estas
últimas, por consiguiente Ja desaparición de lo
que Lenin denominaba «un E stado en sentido
propio»a y su sustitución p o r el «proletariado
organizado en tanto que clase dominante*3.
Para que los productores directos puedan
controlar sus condiciones de existencia, es ne-
cesario que haya desaparecido el antiguo tipo
de aparato de Estado que concentra en él lo
esencial de las decisiones políticas y de los
medios de ejecución, que dispone de fuerzas
represivas autónom as, no dudando en emplear*
las contra las m asas trab ajad o ras.
Sin caer en el form alism o de «criterios abs*
tractos», fijados al m argen de cualquier con-
sideración de tiem po y lugar, puede afirma*^
que un signo extrem adam ente i m p o r t a n t e &

* Véanse las notas de Lbnin sobre la


r o g r a m a d e G o t h a , n otas red actad as en e l P6
i c? fe/°-feb rero de 19 17. u iS *
en
en nOmvres
í ? se vcomptétes,
t Lbnin: tomo
m Estado y
XXV, páginaR7467
S.
PROHU:.MAS 1M.L SOCIALISMO 95

¿éter no proletario del poder, o del hecho


que el poder haya perdido ampliamente
<u carácter proletario, consiste en la existen-
¿ja de aParato de Estado situado por enci­
ma de las masas y actuando en relación con
\<tas de forma autoritaria.
' El carácter significativo de este índice de la
naturaleza no proletaria del poder se ve aún
reforzad a si las relaciones d e subordinación
de las masas en relación con el aparato del
Estado se ven redobladas por relaciones aná­
logas entre las m asas y el partido dirigente
(volveré a insistir más adelante sobre este úl­
timo aspecto).
Cuando el aparato del Estado está separado
de las masas, situándose por encima de ellas,
v cuando el partido dirigente, en lugar de lu­
char contra esta situación, contribuye a refor­
zarla, se reúnen condiciones objetivas para
que se reproduzcan relaciones políticas de
opresión, en el seno de las cuales pueden tam­
bién reproducirse condiciones de explotación.
Tales relaciones de explotación existen cuando
un trabajo excedente es impuesto a los pro­
ductores directos p o r no-productores y cuando
a utilización de ese trabajo excedente no está
Controlado p o r los productores, sino que se
/cide al margen de ellos, aunque sea a través
e un «plan económico». También sabemos
jlíe Puede existir explotación, incluso si e pro
* * Creado p o r ese trab ajo excedente no es
W SUm^ ° directam ente por quienes con ro
PlotSU- emPleo- E l aspecto principal de la . -
ta« ó n capitalista, por lo demás, radica e
% PAUl. M. SWFKZV V C H A R L A

ser una explotación realizada con vista* a ^


acumulación y no al consum o
E n r e s u m e n , si un aparato de Estado Hpa
rodo de las masas es quien detenta los medio*
de p r o d u c c i ó n (a consecuencia de su naci0na.
lización), y además, si este aparato no está
sometido al control de un partido vinculado
a las masas y que ayuda a estas ultimas a ¡n.
char para asegurarse el control de los medios
de producción, nos encontram os en presencia
de una estructura de relaciones que reproduce
la separación de los productores directos de
sus medios de producción. En estas condicio
nes, si la combinación de las fuerzas de traba*
jo y de medios de producción se realiza a tra­
vés de una relación salarial, esto significa que
las relaciones de producción son relaciones c&
pitalistas y quienes ocupan puestos de direc­
ción en el aparato de Estado central y en los
aparatos vinculados a él constituyen un capi­
talismo colectivo, una burguesía de Estado.
Como se ha señalado incidentalmente poco
antes, intentar proponer un criterio abstracto
y aislado del carácter proletario del Estado sin
tomar en consideración las condiciones histó­
ricas concretas y en particular la naturaleza de
las relaciones de Estado y del partido dirigen-
Ca^acterísticas de ese partido y el sen-
dría ^ 6 Cr ^ se or*enta su acción, equiva
esta r*UA 0(*ue dogmático y formalista. P°r
délo únír»11 indudablem ente un
unidad rUi* n°-separación, es decir, de
2 o J l apara; ° * E stado y de las « n i£
^lam en te form as concretas que corre*
AUGüNOS p r o b l e m a s d e l s o c i a l i s m o 97

ponden a las condiciones históricas de la lucha


¿e clases.
Los ejemplos históricos de aparición de ta­
jes formas de unidad están constituidos por
la Comuna de París, por los Soviets de 1917
en Rusia y por las diferentes formas de poder
popular en China (tanto por las formas «civi­
les» como por las formas «militares»: el Ejér­
cito Popular de Liberación no es solamente y
sin lugar a dudas el primer ejército no sepa­
rado del pueblo, sino también un ejército inte­
grado en este último y sirviéndole).
La experiencia histórica demuestra que de* j
bido a las relaciones ideológicas dom inantes^
que son el resultado de siglos de opresión y deíl
explotación y que se reproducen sobre la basfM
de una división social del trabajo que no pdfgfl
de ser revolucionada inmediatamente, las f o íll
mas políticas que permiten a los productoréil
directos organizarse ellos mismos en clase dcSÉj
minante tienden espontáneamente, si no s S
dirige una lucha sistemática contra esta ten^l
dencia, a transformarse en el sentido de una '
«autonomización» de los órganos del poder, es
decir, de una nueva separación de tas masas
y del aparato del Estado, por tanto, a la re­
constitución de relaciones políticas de opresión
y de relaciones económicas de explotación- Por
eso, durante todo el período de transición,
continúa la lucha entre las dos vías: la soda-
y la vía capitalista.
Afirmar que una formación social en tran­
sición sigue la vía socialista equivale a afir-
***** que se ha empeñado en un proceso de
os PAUl M. S W 1 W Y Y C I I A H M 'S

transformación revolucionaria que permita


his masas trabajadoras dom inar cada ve* *
mavor grado sus condiciones de existencia (.»
decir, de liberarse gradualm ente. Afirmar quc
una formación social sigue una vía capitalista
equivale a afirm ar que está empeñada en un
proceso que sojuzga cada vez en mayor grado
a las masas trabajadoras según las exigencias
de un proceso de reproducción que ellas no
controlan y que, en definitiva, tan sólo puede
servir a los intereses de una minoría, aquella
que utiliza el aparato del Estado para estable*
cer y consolidar las condiciones de su propia
dominación.
1' La vía seguida por una formación social es

I
siempre un producto de la lucha de clases.
Esta última enfrenta a quienes luchan p o r el
triunfo de la vía socialista con aquellos que
luchan por el triunfo de la vía capitalista. Los
primeros están constituidos por el proletaria­
do y por el conjunto de las clases p o p u la r e s
~ que están asociadas a él; los segundos están
constituidos por el conjunto de las fuerzas
sociales burguesas, hayan pertenecido o no a
la antigua burguesía y sean o no « c o n s c ie n te s »
del hecho de que la línea política que defien­
den conduce a la-pérdida del poder del prole­
tariado. E n las condiciones de la n acio n aliza*
c^ n. ^os medios de producción, el lugar
privilegiado de constitución o de r e c o n s t i t t f j
ción de las fuerzas sociales burguesas es e
propio aparato de Estado, los vértices del Par
t o dirigente y de los aparatos i d e o l ó g i c o ; Y
económicos. Para que el proletariado no dW
v A ítm t* v n m tn t tum u i th w j
99
dc^mpeftftr el papel á m e n te , es « a l a r i o
t|ue conwuve prácticamente «siempre b inicia-
mvíi crt Ióh í t ente* ideológicos y políticos. Para
A lo ch absolutam ente necesario que perm anez­
ca unido y estrecham ente asociado ai conjun-
lo de IflH clases populares, que tienen asimis­
mo intci é* en el socialismo. Esas condiciones
s<ilo pueden cum plirse si el proletariado dis­
pone de un aparato ideológico y político pro­
pio; un partido marxista-leninista. Llegado a
este punto surge una segunda categoría de pro- jj
blemas. É

2. í/rt5 características del partido dirigente.


.■
í'S9
El núcleo de estos problemas consiste en l o i 1
siguiente: para ayudar al proletariado y a l a s l l
clases populares asociadas a él a progresar en | 1
la vía socialista, no basta con que el partido
marxista-leninista que ha guiado al proleta- 1
liado en la conquista del poder, continúe sien­
do aparentemente «el mismo», es preciso que
no cambie realmente de carácter de clase; por
consiguiente, tiene que continuar siendo un
Partido proletario; efectivamente, no puede
existir dictadura del proletariado si el partido
^rigente no es el de la ciase obrera.
El carácter proletario del partido evidente­
mente no depende de la «auto-proclamación»,
'a afirm ación del propio partido de su vo-
‘untad de «construir el socialismo» o de su
"determinación de ser fiel al marxismo-lem-
n'smo» a un «ideal revolucionario». Este ca-
100 PAUI. M. SW FBZY Y CHARLES HRT[HU,(,

rácter sólo puede quedar determ inado p0r


análisis concreto que revelará si las práctica*
políticas e ideológicas del partido dirigente
constituyen o no prácticas proletarias.
La experiencia histórica nos perm ite en ade»
lante caracterizar m ejor la naturaleza de clase
de las prácticas políticas e ideológicas que des
arrolla un partido dirigente. E sta experiencia,
iluminada por la teoría m arxista, hace resal­
tar que el carácter de clase de la práctica po-
lítica e ideológica de un partido se manifiesta
en la forma de sus relaciones con las masas,
en las relaciones interiores en el seno del par*
tido y en las relaciones de este último con el
| aparato del Estado.
I Si las relaciones concretas del partido diri*
I gente y de las masas no son aquellas que co-
I rresponden a una práctica proletaria, y si, en
I el propio partido, las relaciones autoritarias
priman sobre la discusión y sobre la lucha
ideológica, es inevitable que las concepciones
teóricas efectivas del partido se alejen cada
vez más del contenido revolucionario del mar*
xismo. No pueden existjr concepciones teóri­
cas justas en ausencia de una práctica política
correcta. Para que los principios marxista**
leninistas a los que un p artid o dirigente
refiere continúen vivos, y no «operen» co**10
un dogma m uerto al m argen de la vida, **
por tanto necesario que el p artid o y sus mi*1**
oros no desarrollen prácticas autoritarias* &
metiendo a crítica a quienes se empefí* * 1 el
tales prácticas recurriendo constantemente
la crítica de las masas,
l tíUNOS l»K( BIMMAS Dl'L SOCIALISMO 101

resumen, un partido dirigente sólo pue-


je ser un partido proletario si no pretende
a las masas, sino que, por el contrario,
continúa siendo el instrumento de sus inicia­
tivas. Esto es sólo posible si se somete efecti­
vam ente a la crítica de masas, si no pretende
imponer a éstas lo que «deben» hacer, si parte
de lo que las masas están dispuestas a realizar
y si ayuda al desarrollo de las relaciones so­
cialistas. Para ayudar a este desarrollo, el par­
tido debe saber reconocer lo que va en dicho
sentido; precisamente para esto es para lo que
sirve la teoría marxista-leninista.
El papel de un partido proletario consiste,
pues, en ayudar a las masas a que se realicen
ellas mismas, lo que está conforme con sus
intereses fundamentales. En cada etapa de una
lucha ininterrumpida para la transformación
de las relaciones sociales, el partido debe guiar
a las masas a avanzar lo más lejos posible en
la vía de las iniciativas que permiten consoli­
dar y desarrollar relaciones sociales proleta­
rias, habida cuenta de los límites objetivos y
subjetivos del momento y del lugar.
Un partido proletario no puede pretender
«actuar en el lugar» de las masas. En efecto,
éstas deben transformarse a sí mismas al tiem­
po que transforman al mundo objetivo, y sólo
Pueden transform arse a través de su propia
experiencia de las victorias y de los fracasos,
llá m e n te de este modo es como las masas
Pueden conquistar una conciencia, una volun:-
una capacidad colectivas, es decir, su li­
s ta d de clase.
cabo por s i m ism as lo que tienen objetiva
mente ínteres de realizar, y esto en la medida
en que subjetivam ente están dispuestas a ha­
cerlo. Cualquier violación de la conciencia y
de la voluntad propia de las m asas constituye
un (® o atrás. Estos pasos a trá s son los que
pueden conducir a la pérdida del poder por el
proletariado.
El papel del partido consiste, por consi­
guiente, no solamente en definir objetivos jus-
tos, sino en captar lo que las m asas están dis>
v*puestas a hacer y a a rra stra rla s hacia delante
■sin recurrir nunca a la constricción, sino lan-
|zando consignas y directrices que las masas
^puedan hacer suyas, elaborando una táctica y
funa estrategia adecuadas y ayudando a las ma­
sas a organizarse.
En función de las exigencias de tales rela­
ciones entre el partido y las m asas populares,
en función de tales prácticas, es esencial, como
escribe Mao-Tsé-Tung, que «la d ictad u ra no se
ejerza en el seno del pueblo» y que las masas
populares «disfruten de la lib ertad de palabra,
de prensa, de reunión, de asociación, de cor­
tejos, de m anifestaciones, de creencias relig*0'
sas así como de o tras lib e rta d e s» 4. ,
n rm ar que la d ictadura no se ejerce en
»jjGt;M>S PROBLEMAS DHL SOCIALISMO 103

^ pueblo equivale a afirm ar también


qUe tampoco se ejerce sobre la pequeña bur­
guesía y, sobre todo, sobre las capas más po­
bres del cam pesinado medio. El proletariado
y su partido deben conducir a la pequeña bur­
guesía por la vía del socialismo, que precisa­
mente responde a su interés real, pero no de­
ben realizar ningún tipo de constricción res­
pecto a esta últim a. Lo que se trata de llevar
a cabo es una lucha ideológica que permita,
según otra fórmula de Mao-Tsé-Tung, «arras­
trar a las ideas pequeño-burguesas tras la este­
la de las ideas proletarias».
Estas son algunas de las características de
las prácticas políticas e ideológicas que mani­
fiestan que un partido es al mismo tiempo un
partido dirigente y un partido proletario, es
decir, un partido que dirigiendo a las masas
no se imponga a ellas, un partido que centra­
lice las iniciativas de las masas con objeto de
ayudarlas a llevar a cabo batallas políticas uni­
ficadas. Un partido que actúe de ese modo es
necesario para el ejercicio de la dictadura del
proletariado, ya que gracias a la ayuda de un
partido de ese tipo el proletariado y las clases
populares pueden cada vez en mayor medida
convertirse en dueños de sus propias condicio­
nes de existencia avanzando en la vía de su
libertad colectiva, lo que sólo es posible sobre
'a base de su unidad, pero de una unidad no
apuesta, sino realmente deseada.
|0 4 PAUL M. S W r i í / Y Y C H A R U a B irrm ,.,

3 El partido y el aparato de Estado. I

No es necesario insislir aquí sobre los pro.


blemas que plantean las relaciones del partido
con el aparato de Estado, porque la naturaleza
de esas relaciones constituye una de las carac­
terísticas esenciales de la dictadura del pra
letariado. Esta última exige efectivamente que
el aparato de Estado esté subordinado al par­
tido proletario. Unicamente esta subordina­
ción permite luchar contra la tendencia a la
autonomización del aparato de Estado, de evi­
tar la vía capitalista y garantizar la extinción
gradual del Estado, a condición de que las re­
laciones entre el partido y las masas estén
correctamente articuladas.
El aparato dominante del poder proletario
es por consiguiente el partido marxista-lem-
nista y no el aparato de Estado. El partido
marxista-leninista es el verdadero instrumen­
to de la dictadura del proletariado y la forma
esencial de organización del proletariado como
clase dominante.
El papel decisivo que corresponde al partid0
la ¡i!*1*! t ° ^uSar dominante que ocupa
pm en
o teX ,-ón
T ¿ rCSO
le,aria de ia que ei par,it.» -
e s tc P a F * l n o s e e je rc e so
a P arato s * f J ^ p e c to a * c ° n j u n t o d e l° f,® n
las m asas t r *k SÍno t a m t>'^n e n r e lac i° n nS.
formar* a las que ayuda a «r*«?
c,6n P ro letaria^ i3 aProPiarsc de '.® C<¿e I»
del mundo, concepción
Al.oi NOS p h o ií " : m a s d h i . s o c i a l i s m o
10 5

que las masas están al comienzo parcialmente


separadas por la ideología burguesa. El parti-
¿O proletario asume el papel que le corres­
ponde haciendo penetrar la ideología proleta­
ria en las masas gracias a la ayuda que les apor­
ta en las luchas que aquéllas llevan a cabo y
extrayendo, también él, las lecciones de esas
luchas; por consiguiente, aprendiendo junto a
las propias masas.
El partido proletario es de este modo el ins­
trumento de una manifestación de las masas,
no solamente de su acción, sino también de su
ideología.
El papel efectivamente dominante de los tra­
bajadores crece a medida que construyen su
ideología proletaria y que la desarrollan. De
este modo es como se crean, en el seno de las
propias masas, las condiciones de la desapari­
ción del conjunto de las relaciones sociales
burguesas. El papel que debe asumir un par­
tido dirigente marxista-leninista exige que con­
ceda siempre la primacía a la lucha de cla­
ses y que convierta a la ideología proletaria
en el factor dominante de esta lucha. En la
ausencia de un partido que actúe de este modo,
ta transformación revolucionaria de las rela­
ciones objetivas y subjetivas es imposible, y
k vuelta a la dominación de la burguesía resul-
ta inevitable. . . o
. E 1 papel dominante del partido y la natura-
*** ideológica y política de este papel deter­
j a n el lugar esencial que ocupa la luch
^oitSgica de clase en el seno del Pa^ ldoy,
^ s id a d de un cierto «estilo de dirección»
$
PAUl. M. HWIÍÜZV V NI

que precisamente «c ha podido tu llid - 4


«proletario». Solamente eitr e»lilo d t áifu,
ción permite progresar en la vía del * * * 1*
ino, no por la corrttriccióii (que jamá» Uty4
progresar en cita vía), sino por la ayuda uk
lógica y política aportada al conjunto de ^
trabajadores. En esas condicione», e»to» úJu
mos son efectivamente quieiw» pro*re»a/i er,
la vía socialista, lo cual con»lítuye la úhum
manera de avanzar por dicha vía. Lo cual cwr-
lituye uno de los aspectos de lo que en ti
partido comunista chino se denomina una */.■
ttea de masa».
A este respecto no ei inútil añadir que *? d
concepto •línea de masa* está intímame*^
ligada a la práctica del partido comunista ch^
no, los fundamentos teóricos que permiten
construir ese concepto ya se encuentran en
Marx y Lenin. Sin embargo, gracia» a la expe­
riencia de la revolución china y a las concep­
ciones de Mao-Tsé-Tung, podemos pensar !*►
ricamente en la actualidad el concepto •
de masa», pudiendo comprenderse que es
través de la aplicación de la línea de ma»
como un partido dirigente es el
de la dictadura y de la democracia p t w 1* * ^
porque finalmente la existencia del P°r**
letario se dilucida a nivel de las reí
del partido con las masas.
,,;|IN 0 S t 'K O H l- I MAS DI |. SÍK IAI.ISMO
<U‘ 107

la cuestión de un «método independiente».

Desde mi punto de vista no parece que sea


posible enjuiciar por un «método independien*
te» del que acaba de explicitarse la naturaleza
proletaria o no de un poder político instaura­
do tras una revolución. En efecto, el poder
del proletariado se ejerce ante todo sobre una
base económica que únicamente la detentación
del poder político no basta para transformar
de arriba abajo.
Inmediatamente después de una revolución
proletaria, a pesar de todas las «nacionaliza­
ciones» o «colectivizaciones», continúan subsis-
tiendo la mayor parte de las antiguas relacio* .j
nes sociales porque no pueden ser directamen- |
te «abolidas». La eliminación de esas relacio- \
nes no depende de «decisiones» que podrían
adoptarse en la «cumbre» por un poder revo­
lucionario siendo inmediatamente aplicadas.
Esta eliminación no puede ser más que el re­
sultado de un proceso revolucionario desarro-
liándose sobre un período histórico, de un pro­
ceso en el transcurso del cual el conjunto de
las relaciones sociales se ha «revolucionado»,
al mismo tiempo que se han transformado re­
volucionariamente quienes participan en este
Proceso. En particular, el control de los pro­
ductores sobre sus condiciones de producción
V de asistencia exige una transformación cre­
ó t e de la división social del trabajo con el
111 que progresivamente se suprima la se-
IOS PAUL M. SWEEZY Y CHARLES BETI'CU qp|I|

paración entre el trabajo m anual y el trabaja


intelectual, la distinción entre las tareas de
ejecución y las tareas de dirección, y que,
tanto, también se reduzca, y se elimine poste­
riormente, el papel de los técnicos situados
«por encima» de los trabajadores.
Mientras estas transform aciones están ec
curso, quienes llevan a cabo estas tareas de
dirección y las tareas «técnicas», los cuadros
políticos y técnicos deben vivir en el seno de
las masas, igual que ellas, encontrarse someti­
dos a su control y participar en el trabajo
manual.
De todos modos, la transform ación radica!
de las relaciones de los trabajadores entre sí
y con sus medios de producción, la total des-
¡aparición de las relaciones de producción bur*
Iguesas y de la división social burguesa del tra-
\ bajo, no pueden ser el producto «espontáneo»
del «desarrollo de las fuerzas productivas».
Esta transform ación sólo puede ser el resul­
tado de una larga lucha de clases librada bajo
la dictadura del proletariado, de una lucha de
clases que se desarrolle en una vía correcta,
lo cual exige que se guíe p o r las concepciones
marxistas-leninistas b ajo sus form as más des­
arrolladas, es decir, tal como se presentan ac­
tualmente, habida cuenta de las enseñanzas de
la Revolución china. Tam bién en este caso des­
empeña un papel decisivo el m a r x is m o - le n in is ­
mo en tanto que teoría y práctica revoluc^*
nana, precisam ente debido a ello es irnp0 1^ 11
te hacer resaltar claram ente en qué cons*ste
e carácter proletario del m a rx ism o -len in isi11^
AI.GUNOS PROBLRMAS W L SOCIALISMO 109

El marxismo-leninismo como *teoría del pro­


letariado. 1

El marxismo-leninismo es la teoría del pro­


letariado porque es la expresión teórica de la
existencia del proletariado en él modo de pro­
ducción capitalista: el marxismo se ha des­
arrollado colocándose en el punto de vista del
proletariado, único punto de vista a partir del
cual es posible comprender la significación de
las luchas proletarias. Cabe recordar en este
caso la frase de Marx que, al analizar el alcance
histórico de la Comuna de París, declaraba que
para la burguesía y para quienes permanecer*
en las posiciones de ésta, el sentido de las
luchas proletarias de clase se les escapa, es
una «esfinge», o sea, un «enigma».
El marxismo y el leninismo arrancan no so­
lamente de las luchas proletarias de clase, sino
también de un análisis de las contradicciones
objetivas del modo de producción capitalista,
del descubrimiento de la especifidad de la po­
sición del proletariado en ese modo de pro­
ducción. Esta posición es6 la de una clase pro­
ductora totalmente desprovista de medios de
producción, totalm ente separada de sus con­
diciones de existencia por el proceso de repro­
ducción capitalista, de una clase que no puede
liberarse de la explotación capitalista, sino su­
primiendo no solamente el capitalismo? sino"
también todas las»/ formas de explotación del
hombre *pbr el hoáibre, destruyendo totalmen-
i 10 PM L M 5W IH V Y CHA*US ttl T T f i W tM

te las relaciones sociales existentes y sustitu


vandolas por relaciones radicalmente nuevas
La cspecifidad de la posición del proletaria,
do en el modo de producción capitalista para
liberarse le obliga a desarrollar una ideología
revolucionaria radical. La liberación del pro­
letariado de la explotación y de la opresión exi-
ge efectivamente su radical ización ideológica.
su adhesión creciente a una ideología comple»
tam enle revolucionaria que es fundamental­
m ente la suya propia, siendo otra completa­
mente distinta de aquella que la enorme pre­
sión de los aparatos ideológicos de la hurgue*
Is ía tiende constantem ente a im ponerle5,
fc La ideología proletaria es aquella que corres*
wmonde a la posición del proletariado en el
Jgnodo de producción capitalista; esta ideología
p s el marxismo-leninismo, que precisamente se
i b a desarrollado y se desarrolla a partir de tin
fan álisis de la posición objetiva del proletaria-
I do, a p a rtir de la asunción de las contradiccio­
nes en el seno de las cuales se desarrolla es
pontáneam entc la lucha proletaria de clase v
de las posiciones que adopta espontáneamente
el proletariado cada vez que sus propias luchas
alcanzan una cierta intensidad.
En este sentido muy preciso, el marxisrw^
leninismo constituye la teoría r e v o l u c i o n a r i a

* La ideología a la que el proletariado está


tido de ese modo no es evidentemente » Jdeotog
del proletariado, sino de la que pesa tscbre « *
com o dice R£V£NC en un texto no publicado so
La filosofía de Mao-Tsé-Tung, «la ideología entre
¿f.M ’NOS rROftU'MAS I>f I rc* f A l ***40
í *<

dcí prolefariado. Pw rst» raz/Vn j* , *


pacidad de penetrar con tma rapid*? | Mínf^
nantc en In clase obrera cada vrz qf¡r, \n% <0f,
tradícclorfcs objetivas en fe* q,.#e «I p r o f a n é
do se ve atrapado alcanzan una derla a¿o*d»d.
Por esta razón también, cada vez. que I>>
chas proletarias de clase alcanzan tina *_íeiu
intensidad, el proletariado entneutra por
mismo las formas de organización que Mzry
y Lenin m ostraron que correspondían aí papel
revolucionario del proletariado, esas forma*
de organización son las de la Comuna de Pa­
rís, los Soviets de 1905 y de 1917, Jos Comité*
Revolucionarios en numerosos países y par­
ticularm ente en China en el transcurro de 1a 1
Revolución Cultural. j
Al mismo tiempo, la naturaleza de las con|¡
tradicciones en las que el proletariado se ert||
cuentra atrapado explica que esas forma» d éi
organización, que podemos designar con el tér-rj
mino de «realización espontánea de la ideolo* 1
gía proletaria», por sí solas son inestable» y
frágiles, de ahí la necesidad de la construcción
de un aparato ideológico y político especificaw
mente proletario, de un partido marx»sta*lení-
nista portador de la ideología proletaria. Uni­
camente un aparato de este tipo permite a un
tiempo concentrar las iniciativas de njasa
corresponden a las exigencias de la liberación
de las ciases dom inantes de todas las formas
de explotación y de opresión, permitiendo> a
e»as clases, a través de las luchas que i •
apropiarse la ideología proletaria qm la acción
de la burguesía tiende constantemente
112 f»AUL M. S W U / Y Y C IIA K ti;S 1*1 I H I r?r M

rurlas. Como subraya Marx, a través de Ja*


luchas revolucionarias, y solam ente a través
de esas luchas, es como el proletariado logra
transform arse ideológicamente a sí mismo. Así
es como lo descibe en La ideología alemana:
«... La revolución no es... solam ente necesaria
porque no existen otros cam inos de derrocar
a la clase dom inante, sino tam bién porque la
clase que derroca a la o tra sólo puede, median­
te una revolución, lograr desem barazarse de
todo el viejo fárrago, convirtiéndose de este
modo en capaz de efectuar una nueva funda­
ción de la sociedad» 6.
El m arxism o-leninismo es la teoría revolu­
cionaria del proletariado porque extrae hasta
el final las conclusiones que im pone el aná­
lisis de las luchas del proletariad o y de la
posición de este últim o en el m odo de produc­
ción capitalista, cuando se sitúa desde el pun­
to de vista de los explotados y no desde el
ounto de vista de los explotadores. El marxis-
no-leninism o ha podido de este m odo demos-
ra r a un m ism o tiem po el papel radicalm ente
evolucionarlo del p ro letariad o y el carácter
listórico m undial de la revolución proletaria,
stando ligado este c a rá c te r al desarrollo del
iodo de producción c ap italista com o un sis*
;ma m undial de explotación y de opresión del
nal los pueblos no pueden lib erarse definiti-
im ente sino a escala m undial.
6 Véase K. Marx: La ideología alemana, cita ^
afda de Marx, Oeuvres phÍtosophiquesf Edition
wtes* t o m f W, página ÍS4.
%lGi ^ m m iJfM A S D ll SíK IAl LSMO

la teoría revolucionaria del proletariado y las


fuerzas sociales y políticas de la revolución.

A p a rtir de lo que precede se puede ab o rd ar


el punto decisivo siguiente: una vez que existe
el m arxism o-leninism o en tanto que teoría pro-
letaria revolucionaria, y dado que existe como
partido revolucionario que «realiza» esta ideo­
logía y que la utiliza, el alcance de esta teoría
en m odo alguno se lim ita solamente al prole­
tariado.
Así sucede porque la revolución proletaria
es una revolución destinada no a elevar a! J
poder a una nueva clase explotadora, sino, p o r j j
el contrario, está destinada a hacer desaparc* 1
cer todas las form as de explotación y de opre- 1
sión. Como recuerda Engels en el prólogo fe* |
chado el 26 de junio de 1883 al Manifiesto |
Comunista, la revolución proletaria, en su des* *
arrollo, no solam ente conduce a liberar al pro­
letariado de la explotación, sino que libera «a
toda la sociedad de la explotación, de la opre­
sión y de las luchas de clases». Este carácter
específico de la revolución proletaria significa
que si esta revolución se ha hecho posible gra­
bas a la existencia m undial del modo de pro­
ducción capitalista y a la existencia del prole­
tariado, no es un asunto que competa exdu*
la m e n te al proletariado, sino que interesa a
todos los explotados, a todos los oprimidos,
* todos cuantos tom an posición a favor del fin
la explotación y de la opresión.
i 14 p m » s f t f r / í i o w n r s « rm o tt* !* ,

C um io preoede perm ite comprender por qlK.


una reroluoén proletaria puede perfcctamen-
te triunfar incluso en países donde la dase
obrera es numéricamente débil y por qué esa
revolución no deja por ello de ser en menor
erado una revolución proletaria
El carácter proletario de una revolución se
debe mucho más a! oapel dominante que des­
empeña la ideología proletaria v el partido por­
tador de esta ideología que a la amplitud «nu­
mérica* del proletariado. El papel dominante
del proletariado en la revolución es. por con­
siguiente, ante todo, un papel ideológico y po­
lítico. El proletariado, por tanto, puede ser la
fuerza ideológica y política dirigente de la re­
volución, incluso cuando no constituve la fuer­
za numérica determ inante, es decir, incluso
cuando son otras clases sociales, por ejemplo,
los campesinos pobres y medios, quienes cons­
tituyen esas fuerzas determ inantes.
Llegados a este punto hay que abordar un
problem a im portante: el de la determinación
del proletariado com o clase durante la tran­
sición socialista. Este problem a se conecta con
el papel dom inante de la ideología proletaria
en el transcurso de esta transición.
La constitución del proletariado en tanto
que clase dom inante es el resultado de un
proceso histórico: el proceso de apropiación
de su propia Ideología p o r el proletariado. Este
proceso histórico exige l a intervención de un
el p artid o pióte*
.ÍS S l cfo d e u n proceso
d eá n «tt de 1»
, , fil,N O S PRO BI TM AS D H SOC'M M SM O 1)5

sociedad y del m undo. Efectivamente como


sabemos, a travos de esa lucha es como el
proletariado se transform a él mismo, unifican-
dose gracias a su propia ideología, rechazando
cada vez m ás la ideología extranjera que gravi­
ta sobre el y dom inando cada vez en mayor
grado las fuerzas m ateriales y sociales, trans­
form ando la naturaleza de las fuerzas produc­
tivas gracias a la verdad de su ideología, esta
verdad que constituye su potencia desde el
m om ento en que se apodera de las masas. A
través de las transformaciones que el prole­
tariado realiza de este modo, se convierte en
una clase dom inante que no domina a ninguna
o tra clase, sino que se domina a sí misma.
La determ inación del proletariado como cla­
se dom inante gracias a la apropiación de la
ideología proletaria es un proceso que concier­
ne ante todo a Ja clase obrera, porque la ideo­
logía proletaria es precisamente la que corres­
ponde a la posición objetiva del proletariado
en el modo de producción capitalista. Sin em­
bargo, a p artir del momento en que se inicia
la ruptura con ese modo de producción, la
apropiación de la ideología proletaria es un
proceso que concierne no solamente al conjun­
to de los productores directos, sino también
—debido al carácter liberador para la sociedad
en su conjunto de la revolución proletaria— a
los agentes de las otras prácticas sociales, a
condición de que renuncien completa y total­
mente a los estrechos intereses de su clase e
origen y que luchen concreta y efectivamente
por la victoria de la revolución, que est n cons
116 VAVL Ai. S W E E Z Y Y C i l A R I J - S BF-TTPT U F JM

tantemente guiados por las exigencias de la lu­


cha por el socialismo y por las concepciones
proletarias que aspiran a la supresión de todo
cuanto obstaculice el control por los produc­
tores directos de sus condiciones de existencia,
de todo cuanto les separa de sus medios de
producción, de todo lo que les divide.
La determinación ideológica del proletaria­
do como clase dominante significa que pueden
incorporarse al proletariado todos cuantos es­
tén en posiciones proletarias de clase, en la
medida en que estén total y com pletam ente
en esas posiciones. De este modo es como en
una formación social en transición al socia­
lismo quienes ocupan los puestos de dirección
son burgueses o proletarios, según que sean o
no com unistas en el sentido m ás com pleto del
térm ino, es decir, que se encuentren situados
completa y totalm ente en posiciones proleta­
rias. Porque esta posición de clase, no arrai­
gada en una situación de clase inscrita en el
proceso de producción, puede transform arse
por la lucha ideológica de clase, es p o r lo
nue esta lucha reviste una im portancia prim or­
dial y puede determ inar la vía en la que evo­
lucione la form ación social. T am bién porauc
a situación social efectiva, presen te o pasada,
a experiencia de la explotación, de la opresión
de la m iseria facilitan la adhesión a una
posición p ro letaria de clase, es p o r lo que los
am pesinos pobres y los cam pesinos medios
° n p*enos recursos constituyen, ju n to al pf°"
Cariado, la base social fundam enta! de la
id ura del proletariado.
ALGUNOS PROBLEMAS DHL SOCIALISMO 117

En las formaciones sociales en transición


continúan estando efectivamente presentes,
durante todo un período, además del proleta­
riado y de la burguesía, otras clases y fuerzas
sociales y en particular las# diversas ciases po­
pulares, como los campesinos pequeños y me­
dios. La solidez del poder del proletariado exi­
ge que ese poder se apoye sobre relaciones
democráticas con esas clases populares. La
propia unidad del proletariado y de las otras
capas populares —unidad sin la cual la dicta­
dura del proletariado resulta imposible— exige
por consiguiente que el proletariado respete
la especificidad de esas capas con objeto át
guiarlas por el camino del socialismo, que tam­
bién es, como se sabe, el camino de su propic
liberación. Nada puede obtenerse en este sen­
tido utilizando la constricción, el recurso a esta
última no hace sino dividir las fuerzas popu­
lares, aislar al proletariado, pudiendo sólo con­
seguir que pierda el poder. Esto es indudable­
mente cierto, tanto en los países industrializa­
dos como en los países débilmente industria­
lizados en los que el proletariado es numéri­
camente escaso.
La expresión exacta desde un punto de vista
científico de «dictadura del proletariado* ha
Podido contribuir a perder de vista que nin­
guna dictadura debe jam ás ejercerse sobre las
diferentes clases populares. El térm ino de «dic­
tadura del proletariado» designa efectivamente
la relación de dominación política que debe
ejercerse exclusivamente contra la pequeña mi­
noría que constituye la burguesía; esta expre-
118 vm i. m. sw i nzY y ciiARi.rs lii n iu iriM

sión no podría en ningún caso caracterizar Jas


relaciones que deben existir entre el proleta­
riado y las clases populares. Si en determina­
dos momentos estas últim as yerran, hay que
ayudarlas a que rectifiquen sus errores y no
a reprimirlas. Estas clases también están efec­
tivamente oprimidas por Ja burguesía y even­
tualmente explotadas por ella; están, por con­
siguiente llamadas a rebelarse contra las rela­
ciones sociales burguesas; el proletariado debe
guiarlas en esta rebelión porque, en el mundo
actual, esta rebelión conduce necesariamente
a las clases populares, si se les ayuda política
e ideológicamente, a situarse en posiciones del
proletariado. Precisamente es lo que sucede en
el caso del campesinado pobre y medio; en un
determinado momento este último se ve con­
ducido, si el proletariado mantiene con él re­
laciones políticas, ideológicas y económicas
justas, a luchar por el socialismo; en una lu­
cha de este tipo, esas capas del campesinado
intervienen en tanto que fuerzas sociales ideo­
lógica y políticamente proletarizadas. De este
modo es como las masas del campesinado chi­
no han entrado en la vía del socialismo.
En resumen, el término de «poder proleta­
rio» designa el papel político e ideológico do­
minante desempeñado por el proletariado en
el seno de una formación social determ inada.
E ste papel es indudablemente el del proleta­
riado de cada país, pero también es el del pro­
letariado mundial, cuyas luchas han producido
el marxismo-leninismo y la ideología revolucio­
naria proletaria* Las lecciones teóricas y Pr¿c'
a c u s o s PRODE nMAS D.:,. SOCIALISMO 1I9

ticas extraídas de ias lucha* a~\ - .


d T m a m w f e qUe COnsti,u>'en eUonteíüdo
del marxismo-leninismo actualmente. Ese con­
tenido se convierte en un agente dominante
de transformación social cuando penetra en
las masas y es transmitido y desarrollado por
un partido proletario.
Unicamente e! papel dirigente de un partido
de ese tipo, cuya acción y formas de organi­
zación han incorporado ai conjunto de los co­
nocimientos adquiridos por el proletariado a
través de sus combates revolucionarios, puede
asegurar no solamente el derrocamiento de la
burguesía, sino también la conservación del
poder por el proletariado.

La lucha de clases bajo la dictadura del pro­


letariado.

La existencia en un momento dado de un


partido cuya acción y formas de organización
han incorporado el conjunto de los conoci­
mientos adquiridos por el proletariado a tra­
vés de sus combates revolucionarios no garan­
tiza de «forma definitiva» frente a un abando­
no de la vía socialista. La única «garantía» del
avance por la vía del socialismo es la capaci­
dad real del partido dirigente de no separarse
de ias masas. Esta capacidad debe ser cons­
tantemente renovada, lo que también implica
la renovación del partido y un esfuerzo perse­
verante para evitar la repetición estéril de
fórmulas fabricadas, para analizar concreta-
120 PAUL M. SW EEZY Y CHARI.rS B n T T P rjíE lM

mente cada nueva situación, siempre diferente


de todas las demás. Esta capacidad exige a su
vez que el partido del proletariado continúe
siendo realmente el servidor de las masas tra­
bajadoras, que sepa extraer la lección de todas
sus iniciativas revolucionarias, protegiendo a
esas iniciativas y ayudando a desarrollarías.
Sin cumplir estos requisitos, ningún partido
dirigente puede conducir duraderam ente a vic­
torias sobre la vía socialista; si no cumple
con esos requisitos efectivamente no podría
evitar que su línea política cese de ser una
línea proletaria y que finalmente la burguesía
se apodere de su dirección y la transform e de
instrumento de la dictadura del proletariado
en instrumento de la dictadura de la burgue-
| sía. Esta última puede por otra parte presen-
tarse, más o menos provisionalmente, bajo los

Í
rasgos de una «burguesía de Estado». Por tan­
to sería incurrir en una grave ilusión creer
que la lucha de clases «finaliza» con la toma del
poder por el proletariado y con la nacionali­
zación o colectivización de los medios de pro­
ducción. Esta lucha no se term ina de ese
modo; simplemente adopta form as nuevas.
Lo que hace objetivam ente posible y nece­
saria la prosecución de la lucha de clases en
las condiciones de la dictadura del proletaria­
do, no es solamente la existencia de lo que
renuentemente se ha denom inado «residuos
ae las antiguas clases explotadoras», sino tam-
Ci lnc*uso s°h re todo, la existencia, y Por
anto, la reproducción de las antiguas relaeio*
es económicas, ideológicas y políticas, de esas
A l t i l J N O H m m i l iMArt t)l I. SCH IAI I S M O 121

iclmionob que no han podido ser «abolidas»


la noche a la mañana y que no pueden ser
destruidas y sustituidas por otras, sino al tér­
mino tic* largas luchas, Estas relaciones socia­
les --ligadas a la división social burguesa del
trabajo, a la separación del trabajo manual y
del trabajo intelectual, de tareas de dirección
y tareas de ejecución, a las formas de separa­
ción, específicas de la ciencia burguesa, de co­
nocimientos teóricos y de saber práctico, a
tas formas de representación producidas por
esas separaciones (y la forma valor es una de
esas formas), a las formas ideológicas que se
reproducen sobre esta base, etc.— constituyen
la base objetiva que permite a una minoría
de no productores explotar a una mayoría de
productores y que hacen posible la pérdida
del poder por el proletariado. Esas relaciones
se reproducen durante un período histórico
que perdura después de la toma del poder;
este período no puede por otra parte finalizar .
antes de que el socialismo haya sido estable­
cido a escala mundial.
La pérdida del poder por el proletariado no
tiene por qué ser necesariamente el resultado
de una lucha física violenta. La ideología revo­
lucionaria del proletariado (al ser un elemento
esencial del poder proletario, la lucha ideoló­
gica de clase es también un elemento esencial
de la lucha por el poder y por su conserva­
ción; esto explica el debilitamiento del papel
de la ideología proletaria y los errores, que
este debilitamiento implica, pueden crear con­
diciones que permitan a fuerzas sociales bur-
9
122 J'AUL M, 8WHHZY y CHARLES BETTIIU ieim

guesas desarrollarse, consolidarse, ganar en in-


fluencia y, finalmente, hacerse con la dirección
del partido y del Estado, es decir, reconquistar
el poder.
Para hacer frente a tal peligro, ni las armas
de la represión, ni la simple «fidelidad» verbal
y dogmática estereotipada en fórmulas vacías
resultan realmente útiles. Para hacer frente a
tal peligro hay que desarrollar incesantemente
de forma viva la ideología del proletariado,
ayudar mediante una práctica social adecuada
a la penetración cada vez más profunda de
esta ideología en el conjunto de las masas tra­
bajadoras, y ayudar a éstas a rebelarse contra
las antiguas relaciones sociales y contra los
«valores» a través de los cuales la explotación
y la opresión son «aceptadas» por las masas.
Unicamente de este modo puede progresiva­
mente destruirse la primacía que las socieda­
des de clase han conferido a los intereses indi­
viduales y particulares, de tal modo que el pri­
m er lugar sea ocupado por la solidaridad pro­
letaria y por la voluntad de colocar sus fuer­
zas y su trabajo al servicio de la edificación
de una sociedad com pletam ente nueva. Nada
de esto puede obtenerse m ediante la constric­
ción y la represión. En este caso lo que real­
m ente resulta necesario es una práctica revo­
lucionaria, hay que proporcionar ejemplos
concretos, una libre discusión y una discusión
que no se lim ite a unos cuantos dirigentes,
sino que, por el contrarío, se extienda al con­
ju n to del partido y de las masas trabajadoras,
arrastrando a estas últim as, m ediante la Per"
ALGUNOS PROBLEMAS DEL SOCIALISMO 123

suasión y por la acción, hacia posiciones ideo­


lógicas proletarias cada vez más claras.
Tal es el sentido concreto de la lucha ideo­
lógica proletaria de clase. La cual no tiene
nada que ver con la repetición de fórmulas
estereotipadas y con los anatemas pronuncia­
dos en nombre de algunos principios cortados
de la realidad y de la práctica.
Hay que insistir en el hecho de que tal lucha
ideológica de clase no puede ser puramente
«espontánea», debido a la relación que debe
constantemente mantener con la práctica y la
teoría revolucionaría mundiales que se presen­
tan históricamente bajo la forma del marxis­
mo-leninismo. Esta lucha y la edificación del
socialismo son imposibles sobre la base exclu­
siva de «concepciones espontáneas» de las cía- j
ses explotadas y oprimidas. Esas concepcio­
nes, como se sabe, han sido en una amplia i
medida impuestas a esas clases por las anti­
guas clases explotadoras y dominantes. La re- j
belión contra esas concepciones por sí sola,
por muy necesaria que sea, no basta para sus­
tituirlas por las concepciones revolucionarias
del proletariado. Precisamente esto es lo que
convierte en indispensable una organización
que sea portadora de esas concepciones y que
al mismo tiempo asegure le difusión en el seno
de las masas y el desarrollo creador, a través
de las luchas de clases y de un análisis crítico
continuo del conjunto de las prácticas sociales.
El papel de un partido revolucionario no po­
dría ser el de un pretendido «guía infalible»
o el de una supuesta «élite». No es ni puede
124 PAUL M. SWEEZY Y CHARLES m'lTEl.HÜIM

ser un «representante» de la clase obrera y de


las masas populares que están aliadas a aqué­
lla. Tampoco podría ser un «sustituto» de la
clase obrera y de las masas populares; sólo
puede ser el instrum ento del poder de Jos tra­
bajadores. Su papel consiste en ser una orga­
nización que «realice» la ideología revolucio­
naria y que desarrolle prácticas conforme a
esta ideología, una organización que se ponga
al servicio de las masas estando constantemen­
te dispuesta a aprender de ellas. Unicamente
una organización de este tipo puede garantizar
que la teoría revolucionaria del proletariado
no se transform e en un dogma, sino que, por
el contrarío, constituya un arm a que permita
hacer frente a los intentos de reconquista del
poder por nuevas capas privilegiadas. En mi
opinión, en esto consiste una de las grandes
lecciones del estilo de dirección del Partido
Com unista chino y una de las más profundas
significaciones de la Revolución Cultural en
China.
V II. COMENTARIO FINAL

Paul M, Sweezy

Con el trabajo anterior concluye nuestra dis­


cusión sobre la transición al socialismo. Estoy
de acuerdo con Charles Bettelheim en que he­
mos realizado importantes progresos en la su­
peración de nuestras diferencias iniciales. Con
toda probabilidad estará de acuerdo conmigo
en que todavía quedan importantes cuestiones
por estudiar. Esto requerirá un mayor esfuerzo
de comprensión de las experiencias revolucio­
narias conocidas hasta el momento y exigirá
posteriores discusiones.
CALCULO liCONOMÍCO
y FORMAS t m PROPIEDAD
í HAKI US Bf-'l Tl!,l HIJM

I I autor Intenta demostrar en »u obra Que


rn las formaciones sociales <*n transición ha­
cia el socialismo continúan existiendo, jun­
to ti relaciones socialistas, relaciones capi­
talista* a tfxlos los niveles: económico, s o
dnl, político c Ideológico. U> que lleva al
autor a observar una clara desviación entre
la realidad que ofrecen los «países socialis­
tas» v las proposiciones teóricas formulada*
por lo» clásicos del marxismo sobre el modo
de producción capitalista.

ECONOMIA DEL BIENESTAR


Y ECONOMIA DEL SOCIALISMO
MAURICE DOBB

En la primera parte de la obra aclara el


sentido y la importancia de las proposicio­
nes básicas de la economía del bienestar, vis­
tas desde una perspectiva histórica. Dedica
la segunda parte a un riguroso estudio de
la metodología y práctica ae la planificación
socialista dentro del marco de la economía
del bienestar, criterios que se han vuelto in­
dispensables, en cierta forma, para la pla­
nificación socialista debido a la intensa aten­
ción que se aprecia en los países de Europa
oriental hacia la satisfacción de las necesi­
dades de los consumidores y a asegurar la
elección de planes óptimos y congruentes.
LAS LUCHAS CAMPESINAS
DEL SIGLO XX
ERIC R. WOLF

El autor —profesor de antropología en la


Universidad de Michigan— presenta seis ca­
sos de rebelión y revolución de nuestro tiem*
d o en que los campesinos han tomado la

iniciativa: México, Rusia, China, Vietnam, Ar­


gelia y Cuba. Su propósito es señalar los as­
pectos coincidentes y explicar las diferen­
cias estratégicas de estos procesos revolu­
cionarios.

EL AÑO I
DE LA REVOLUCION RUSA
VICTOR-SERGE
Víctor-Serge, que participó en la revolución
rusa, describe en este libro los acontecimien­
tos y procesos principales que tuvieron lu­
gar en Rusia durante los primeros doce me­
ses que siguieron al triunfo de la revolución
bolchevique. Su interpretación y análisis, así
como el reconocido talento de escritor y na­
rrador de Víctor-Serge, convierten este libro
en uno de los frescos históricos más bellos
que se hayan escrito en el siglo XX.
lUttwt, f\ ¡4.» v Sw'PPiy, V M
<*Ft i«|>Mnl im*nof»<i|l*>trt*
lh)t»h, Mti
«ffotmllon no!» ti* rl d e s m o l i ó ífcí MplHtlitr/io*

«F,l iutcrciimblo <feftl|¿ittif»f

1'ntniamn!, A ,; Ibltrlhctm, f ,; Amfrt, S„ y


l'ttlkm, (\;
« Im p e ria lis m o v c o m e rc io In tern acio n al, fil
i n te rc a m b io desigual».

Gana, l\, y Rciche, /{,;


«Modelos de revolución colonial»,

Lé ChAu:
«Del feudalismo al colonialismo; la econo­
mía del Vietnam del Norte».

Sírauss , B.:
«La agricultura soviética en perspectiva».

Paulan (zas, N,:


«Poder político y clases sociales en el estado
capitalista».

Poulantias, N.:
«Fascismo y dictadura».

Miliband, R.:
«El estado en la sociedad capitalista».

Agnoli, y Brückner, P.:


«La transformación de la democracia»,

Lowy, Mj
«La teoría de la revolución en el joven Marx»
El interés de los textos incluidos en
m este libro desborda ampliamente el
sig lo objeto en torno al cual fueron ínu
v e in t iu n o cialmente planteados. K1 punto de
e d ito r e s partida lo constituye un enrayo
m e x ti o
espuria de explicación de la invasión so­
argentina
viética a Checoslovaquia, que Paul
M. Sweezy publicara en la Monthly
Review, ensayo que provoca una viva y rica
discusión de este autor con Charles Bettelheim,
La explicación de tal acontecimiento remite in­
mediatamente a estos autores a un campo mu­
cho más vasto de problemas, sólo en cuyo marco
es posible comenzar a hacer el análisis concreto
de aquella situación concreta; siguiendo a Bet-
telheim, podríamos definir este terreno como el
de la teoría de las formaciones sociales en tran­
sición entre el capitalismo y el socialismo.
Hoy el análisis de los problemas de las llamadas
sociedades socialistas se está revelando como
un objetivo teórico fundamental. Los textos que
se incluyen en este volumen contienen yalk&a$
indicaciones teóricas para el estudio esta#
sociedades en transición. No pueden leerse
mo exposiciones teóricas acabadas —te «¡ge
misma forma desautoriza— , sino
los de un trabajo teórico que se 4 ¡|
sus inicios. *
Sobre este mismo tema, Siglo XXI E S
publicado recientemente la obra
Bettelheim Cálculo económico y {0t m m é c p f ¿
piedad.

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