Narrativa Indigena Ma
Narrativa Indigena Ma
ISBN | 978-607-95918-8-5
Narrativa
de las comunidades de tradición
indígena del estado de Puebla
9 Introducción
49 La señora de blanco
5
56 La bruja malvada y cómo empezaron a
existir las moscas, los sapos y los zanates
61 El malo de la montaña
70 Nanauatsin en el agua
6
94 La muchacha que se convirtió en sirena
98 El conejo y el zorrillo
107 Bibliografía
7
Introducción
9
serrana, por ser ésta la de mayor densidad y variedad
de población indígena. También es allí donde ha ha-
bido más trabajo de recopilación y estudio de la tra-
dición oral, especialmente la de los pueblos nahuas.
Aparecen en estas narraciones diversos personajes
míticos, empezando por el paisaje mismo, cuyas mon-
tañas, cuevas, ríos y manantiales son vistos como es-
pacios provistos de identidad y cargados de fuerza
sagrada, que se expresa a veces en forma de rayos.
Entre los relatos de raíz muy antigua, se encuentran
los que se refieren al origen del maíz y a los tzitzimime
(primitivos habitantes de la tierra, con hábitos caní-
bales, que aún viven en el inframundo). Incluso pode-
mos ver indicios de los dioses prehispánicos, como el
joven dios del maíz o la serpiente que se convirtió en
Venus, es decir, Quetzalcóatl.
En estas historias aparecen diversos seres fantás-
ticos: sirenas, brujas, ángeles, duendes. Y las perso-
nas se convierten en peces, perros, zopilotes o mulas.
Algunas de las cosas sorprendentes que suceden dan
un poco de miedo: como el hombre que se queda atra-
pado en una cantina misteriosa, atendida por jóvenes
meseras sobrenaturales, en el interior de una monta-
ña; o la bruja que se come a los niños y deja sus hue-
sitos en una olla.
También aparecen tesoros y monedas, pero no siem-
pre son hallazgos felices, porque puede tratarse de ob-
sequios del demonio, quien suele cobrarse el regalo, a
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veces con el alma de quienes lo han recibido: un demo-
nio muy mexicano, a quien en varias comunidades han
visto vestido de charro.
Verás animales que hablan y toman decisiones, si-
tuaciones sorprendentes, como la del hombre que
mete a una anciana al horno y después de un rato
saca a una joven doncella, o la tortuga que camina
muchos kilómetros para llegar a la fiesta pero al final
llega tarde porque no puede subir tres escalones.
Este libro quiere ser una ventana y una invitación
a conocer algo de la sabiduría y el talento literario de
los pueblos indígenas.
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Los pretendientes de la Malinche
[TRADICIÓN NAHUA DE CUAUHTINCHAN]
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quién de ellos iba a merecer su amor. Ésta fue la
prueba. La Malinche les dijo a ambos:
–Haré mucha pis; arrojaré un gran chorro de
orines. Aquel de ustedes que logre detener el gran
chorro será a quien escogeré.
El Tentzo y el cerro Cuauhtinchan se prepara-
ron para la prueba. El día que vino el gran chorro
el cerro Cuauhtinchan fue el que más se apuró,
corrió a detenerlo. Se puso de lado, para atajar
mejor los orines que la Malinche mandaba. Pero
el chorro era muy fuerte, de manera que empezó a
romper la ladera del cerro, hasta que lo partió en
dos. Así, los orines siguieron su curso, abriéndose
paso a través del cerro Cuauhtinchan, y continua-
ron por el valle.
El Tentzo tuvo otra astucia, pues se había dado
cuenta de la fuerza del chorro. Decidió replegar-
se, se distanció del cerro Cuauhtinchan y se fue
alejando hacia el sur. Para cuando los orines de la
Malinche llegaron a la falda del Tentzo ya no te-
nían fuerza. Y entonces el Tentzo empezó a atajar-
los, los pudo detener y su ladera no se rompía. Y
así es como el Tentzo ganó la prueba, y entonces se
quedó él de pretendiente de la Malinche.
De este modo se separaron las dos sierras y se
formó el valle donde estamos nosotros. Es por eso
que el cerro Cuauhtinchan está partido en dos, y
justo por la mitad pasa el río. Pero si se han fijado
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es un río bien turbio, a veces viene como café, a
veces verdoso. No es agua cristalina, pero las ca-
bras sí la beben. Antiguamente fueron los orines
de la Malinche.
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El tesoro del Popocatépetl
[TRADICIÓN NAHUA DE HUAQUECHULA]
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que es así: hay una mesa, una gran mesa de pie-
dra apoyada en otras cuatro piedras; es una mesa
muy lisa, muy pulida. Sobre esta mesa de piedra
están sus joyas, que son una diadema de oro, un
collar de oro, sus brazaletes de oro, un cinturón
de oro y otros como brazaletes para sus tobillos.
Todo colocado sobre la mesa. Varias personas han
querido tener este tesoro, como Ernesto Zedillo.
Pues bien, esto sucedió en el año 1994, cuando
llegaron los japoneses. Entraron por aquí y nos-
otros los vimos; por eso sabemos que eran japone-
ses. Decían que iban a hacer investigaciones, pero
en realidad iban a conocer los secretos de Goyito.
Y dicen que ellos se llevaron el tesoro de la cue-
va del volcán, la diadema de oro, los brazaletes,
todo; que se lo llevaron a Japón. Y pues esto no le
gustó a Goyito, y se enojó mucho. Se le escuchaba
rugir porque estaba disgustado; muchos días es-
tuvo tronando y gruñendo. Era su disgusto.
Luego nosotros supimos por la televisión que
hubo un gran terremoto en el Japón por esos días,
en un sitio que se dice Kobe, pero es en Japón. Y la
gente sufrió mucho allá y murió mucha gente. Éste
fue el castigo que don Goyo les mandó porque le
robaron su tesoro. Y aquí se disgustó y hacía como
temblores y ruido, pero no nos hizo daño. A nos-
otros no nos hizo daño porque él sabía que los que
le habían robado su tesoro eran los japoneses.
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Esto pasó cuando se disgustó Goyito, y todavía
no está bien. Debe de ser que no le han devuelto su
tesoro, y todavía no está tranquilo.
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La vieja que atacó a los cerditos
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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fuera del corral. Don Felipe fue a mirar y descu-
brió que un cerdito había desaparecido; justo el
que él consideraba el mejor cerdito de la camada.
Regresó a su casa triste de haber perdido una cría
pero resignado, pues ya no tenía remedio.
Al día siguiente, cuando don Felipe se prepara-
ba para ir con un amigo a vender leña, vio a una
extraña viejita que bajaba de una loma cercana.
La viejita no traía ni suéter ni rebozo.
–Buenos días –le dijo la viejita.
–¿Qué se le ofrece? –respondió don Felipe.
La viejita le explicó que había dormido por el
rumbo de Eloxoxtla y que había perdido a la gen-
te que iba con ella. No sabía para dónde habían
ido. Pero don Felipe no había visto a nadie, y así
se lo dijo.
Mientras hablaban, los perros de don Felipe es-
taban muy inquietos, no paraban de ladrarle a la
viejita. Más tarde, cuando la viejita se fue, los pe-
rros la siguieron un rato. Además, don Felipe ha-
bía notado que la viejita traía su falda manchada
de rojo. “Será mole”, pensó, “a lo mejor se manchó
en una fiesta”.
Al rato don Felipe se reunió con su amigo Ro-
berto Posadas. Juntos iban a llevar la leña a ven-
der. Le contó lo que había sucedido la noche ante-
rior y le contó también con detalle su encuentro
con la viejita.
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La hubieras agarrado –le dijo don Roberto–,
para saber de dónde venía, por qué estaba man-
chada y a qué fiesta había ido.
Los dos se quedaron pensando que esa viejita
había tenido que ver con el alboroto en el chique-
ro de la noche anterior.
Al parecer, ambos amigos estaban en la creen-
cia de que la viejita era nahuala y se había con-
vertido en coyote para atacar a los cerdos duran-
te la noche.
A menudo, entre quienes creen en el nahualis-
mo, se piensa que los que se han transformado en
fieras durante la noche amanecen con poca ropa,
desarreglados y desorientados.
21
Las brujas de la sierra
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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se puso a rezar; decía una oración al revés, em-
pezando por el final. Al cabo de un rato la Ben-
gala fue a caer a sus pies. Era la bruja. Ahora
ella estaba espantada.
El rezandero la amenazó de muerte y la bru-
ja prometió que nunca más volvería a atacar a
los niños.
Estas luces se veían antes de la medianoche.
De cada luz se desprendían varias, que iban en
diferentes direcciones.
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Dos esposos y el hechizo
de convertirse en perro
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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Una noche el esposo fingió que dormía; enton-
ces, la mujer pensó que ya podía salir, como lo ha-
cía siempre, y se dirigió al cementerio. Pero esta
vez su esposo la siguió y vio cómo abría las tum-
bas y se comía a los muertos: ¡pues con quién esta-
ba casado! ¡Qué poderes extraños tenía su mujer!
–Tenías razón –le dijo a su compadre al día si-
guiente–. Es verdad que hace lo que me decías.
¿Qué voy a hacer?
–No te preocupes –le dijo el compadre–. Hace-
mos una comida y le pedimos a tu esposa que
coma frente a nosotros la comida normal. A ver
qué hace. Allí veremos.
Y así hicieron una comida. Cuando todos estu-
vieron sentados le dijeron a la señora que comie-
ra con ellos. Pero ella nada más ponía excusas:
que si tenía que ir a la cocina, que si tenía que
echar más tortillas.
–Ahora ya siéntate –le dijo el esposo–. Te sien-
tas y comes esto.
Y el esposo le puso un plato de frijoles para
que a fuerza los comiera. Pero la mujer no qui-
so. Agarró el plato y le lanzó los frijoles a su
esposo. Inmediatamente, el esposo quedó con-
vertido en perro.
Era un perro negro, muy grande, que a todos
daba miedo. Así que se fue del pueblo y andu-
vo merodeando hasta que llegó a otro pueblo.
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Allí se dirigió a la carnicería. Cuando los otros
perros que allí había lo vieron llegar luego se
fueron, se espantaron.
Así pasó un tiempo. Cuidaba la carnicería y
vivía de los restos de carne que el carnicero le
daba. Hasta que cierto día pasó por el pueblo
una señora que lo reconoció.
–Yo sé quién eres y lo que te hizo tu esposa.
Te voy a decir cómo librarte de esta maldición
que tienes. Has de ir a ver a tu esposa y le llevas
aguardiente. Le sirves un vaso y le pides que se lo
beba. Si no lo hace, pues le arrojas el aguardiente
del mismo modo que ella te arrojó los frijoles.
Entonces el perro negro, o sea, el marido, em-
prendió el regreso a su pueblo para encontrarse
con su mujer. Al llegar, ella lo reconoció de inme-
diato y empezó a decirle maldiciones.
–Espérate, sólo vengo a saludar –dijo el esposo–.
Y para celebrar el momento te traigo un poquito
de aguardiente. Seguro te va a gustar.
Con gran dificultad –pues los perros no son
hábiles con sus patas– el señor le quitó el cor-
cho a la botella de aguardiente y lo sirvió. Pero la
esposa rechazaba el brindis que él le proponía.
Visto esto, el esposo le arrojó el aguardiente a su
esposa, y así se cambió el hechizo: él se convirtió
en persona nuevamente y la mujer se convirtió en
perra, en una inmensa perra negra.
26
Los escondites del general
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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El general Lucas no lo pensó dos veces y se fue
a meter debajo de la falda de la señora. La falda
era tan ancha que no se notaba nada. Entonces
llegaron los soldados que lo perseguían.
–¿Ha visto usted a uno que venía corriendo? –le
preguntaron los soldados a la señora.
–Sí lo vi –dijo ella–. Se fue para allá.
La mujer les señaló en dirección de Tetela y los
soldados se fueron corriendo. De este modo, el ge-
neral logró salvarse y fue en busca de sus hom-
bres para enfrentarse a sus perseguidores.
Otra vez que el general era perseguido por sus
enemigos buscó refugio en la hacienda de Taxcantla.
Pero quienes lo seguían llegaron y rodearon la ha-
cienda. Aparentemente el general no tenía esca-
patoria. Entonces vio un caballo y tuvo una idea.
Ordenó a los peones de la hacienda que mataran al
caballo. Ya que había muerto el animal, el general
le abrió la barriga y se metió dentro.
Cuando los enemigos del general llegaron a la
hacienda vieron al caballo muerto. Un oficial or-
denó a los peones que lo alejaran de allí antes de
que empezara a oler mal. Los peones arrastraron
al caballo lejos.
Cuando el general se dio cuenta de que esta-
ba fuera del alcance de la vista de sus perse-
guidores, salió del caballo y fue a reunirse con
sus hombres.
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Se cuenta que algunos de los enemigos de Juan
Francisco Lucas llegaron a pensar que el general
caminaba por debajo de la tierra, como si hubie-
ra túneles, y por eso nunca lograban atraparlo.
29
El hijo del maíz
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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tiempo, en ese lugar brotó y creció una planta de
maíz: era maíz rojo.
Una pareja de ancianos tzitzimime se acercó
al manantial. Vieron que la planta había dado
un fruto y lo cortaron; entonces se dieron cuen-
ta de que el fruto no era otra cosa que una boli-
ta de sangre y la arrojaron al agua que brotaba
del manantial. Pero la bolita no se iba a ninguna
parte, sino que daba vueltas en el agua, como si
hubiera un remolino.
Al otro día, los ancianos regresaron y vieron
que había un recién nacido que lloraba en el ma-
nantial. Tomaron al niño, se lo llevaron a su casa y
lo criaron. Este niño era Sentiopil, el hijo del maíz.
Al crecer, Sentiopil aprendió a tocar instrumen-
tos. Cuando Sentiopil tocaba, todos los tzitzimi-
me se ponían a bailar, incluso sus padres adopti-
vos, los viejos tzitzimime que lo habían recogido.
Mientras los tzitzimime veían crecer a Sentiopil
pensaban: “A éste nos lo hemos de comer un día”.
También sus padres lo pensaban, pues a fin de
cuentas eran tzitzimime.
Finalmente llegó el día en que los tzitzimime
decidieron comerse al joven Sentiopil. Le dijeron
que unas ancianas le iban a preparar un buen
baño de temazcal. Y las ancianas se pusieron a
preparar la lumbre, pues habían decidido comer-
se a Sentiopil asado.
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Pero cuando ya lo iban a meter al horno, Sen-
tiopil corrió a traer a dos tortuguitas y las puso
adentro. Las tortugas hicieron una lagunita y el
joven se bañó allí dentro. De esta manera no se
quemó en el horno, sólo tomó un baño allí.
Cuando los tzitzimime abrieron el temazcal,
vieron que Sentiopil estaba vivo.
–Bueno, ya me bañaron –dijo el joven–. Ahora
les toca a ustedes tomar un baño.
Sentiopil fue por leña, encendió el fuego y metió
en el horno a todos los tzitzimime. Así los quemó.
Luego buscó una olla grande y allí echó las
cenizas de todos. Entonces encargó al sapo que
fuera a llevar la olla de cenizas al río.
–Y no vayas a abrir la olla –le había advertido
Sentiopil al sapo. Pero el sapo tenía mucha curio-
sidad, quería saber qué había en la olla, así que la
abrió. Y de la olla salieron muchos bichos que
llenaron al sapo de picaduras. Por eso el sapo tie-
ne la piel rugosa, por las picaduras de aquellos
bichos. Sí, señor.
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Siwateyomeh, las mujeres del río
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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Pero no siempre están alegres las siwateyo-
meh. Dicen que es porque a veces se acuerdan de
sus hijos, que murieron ahogados. Entonces se
les ve llorar.
Cuando los hombres pasan caminando cer-
ca del río, las siwateyomeh tratan de atraerlos,
quieren hablar con ellos, los llaman, los invitan.
Quieren que sean sus esposos y que vuelvan a
darles hijos.
Así son las siwateyomeh, a veces alegres y a
veces tristes. Algunos les dicen sirenas.
34
Los duendes que chupan la sangre
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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Los hombres a quienes suelen atacar los ma-
sakameh son aquellos que tienen la sangre dul-
ce; los duendes quieren beberla.
36
Cuando los espíritus
andan por el campo
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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su espíritu sigue haciendo lo mismo durante mu-
cho tiempo, corre por los mismos parajes en los
que el difunto galopaba.
También dicen que el espíritu de estos jinetes se
monta en el viento y galopa, como si el viento fue-
ra su caballo. Están extrañando la época en que
eran personas y galopaban.
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La serpiente
que se convirtió en Venus
[TOTONACOS DE LA SIERRA]
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pollo. El hombre comió y le convidó a la serpien-
te. Cuando la serpiente quedó satisfecha se fue a
dormir en su cama de algodón. Pero antes de
acostarse le pagó al viejo, le dio dinero. Y esto se
repitió cada día: la serpiente comía, le daba dine-
ro al anciano y se iba a dormir.
Después de un tiempo el viejo se cansó de la
serpiente, ya no quería cuidarla. “Me voy a des-
hacer de ella”, pensó, y al día siguiente se levantó
de madrugada, cogió el canasto con la serpiente
y salió de su casa.
La primera luz del alba parecía una rendijita
en el horizonte. El viejo sacudió con fuerza a la
serpiente, la hizo girar sujetándola por la cola y
finalmente la lanzó lo más lejos que pudo, con
tanta fuerza que la serpiente llegó hasta el cielo y
se convirtió en el lucero, en la estrella del alba.
40
El maíz
y los pájaros carpinteros
[TOTONACOS DE LA SIERRA]
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pueblo, y ellos estaban seguros de que allí en-
contrarían maíz.
Empezaron a picotear; esto sabían hacerlo muy
bien, pues ya dijimos que eran pájaros carpinte-
ros. Picotearon todo el día, a ver si se abría el
monte, a ver si se hacía un agujero, si se descom-
ponía el monte. Pero al final del día estaban can-
sados, no lo habían logrado.
El segundo día tampoco consiguieron abrir
el cerro. “Tal vez mañana”, pensaron, y se fue-
ron a descansar.
El tercer día otra vez se aplicaron, se dedica-
ron a dar picotazos en el cerro desde la mañana.
Al mediodía, por fin, acabaron de partir el cerro,
se rajó por fin el cerro.
En ese momento se desprendió una roca que
fue a golpear en la cabeza a uno de los pájaros
carpinteros. El golpe hizo sangrar su cabeza,
era el macho.
–Ya te vas a morir –dijo la hembra.
–No, no me muero, sólo es un golpe. Era nece-
sario que se desprendiera la piedra. Ahora ya
sale el maíz.
El maíz brotaba del interior de la montaña, se
regaba muchísimo maíz. Pero nadie sabía toda-
vía que el maíz estaba allí. Así pasaron cuatro
días; entonces las hormigas lo descubrieron.
Eran hormigas de las que llamamos arrieras;
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empezaron a agarrar el maíz y se lo llevaban
cargando montaña abajo.
De ese modo la gente supo del maíz, porque
vieron pasar a las hormigas. Se fijaron en lo que
traían y les pareció que era muy bonito, era un
maíz muy blanco.
Entonces se fueron juntando; primero uno, lue-
go otro, hasta que fueron cinco señores. Y empeza-
ron a seguir a las hormigas. El camino era difícil,
el primer día no llegaron. Descansaron y conti-
nuaron al día siguiente.
A veces tenían que cortar árboles para poder
avanzar por la sierra. Así iban subiendo, se iban
acercando. El tercer día ya llegaron, por fin en-
contraron la montaña. Allí estaban las hormigas
recogiendo el maíz que brotaba del interior.
–Ahora regresemos al pueblo –dijeron los seño-
res–. Nosotros ya hemos visto dónde está el maíz,
avisemos a la gente para que todos vengan a reco-
ger, que todos tengan maíz.
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El hombre flojo
y la jarra de monedas
[NAHUAS DE LA SIERRA]
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Entonces el hombre tomó los pedazos de la
serpiente y se puso a pegarlos con cuidado. Y
cuando terminó, la serpiente empezó a moverse.
–Gracias por haberme revivido. ¿Qué puedo ha-
cer por ti? ¿Cómo podré pagarte…? ¡Ya sé! Sígue-
me, iremos a donde viven mi padre y mi madre,
ellos te darán tu recompensa.
Así lo hicieron. Después de un rato llegaron
con los padres de la serpiente.
–Gracias por curar a nuestro hijito que estaba
por allí muerto –dijeron ellos.
–Sí –respondió el hombre flojo–, me dio lástima
y sentí compasión porque a mí también me dieron
una paliza. A su hijo lo hicieron sufrir como a mí.
–Bueno, pues ahora tendrás tu recompensa.
Pero es mucha la riqueza que vamos a darte y no
podrás cargar con todo. Así que tendrás que ha-
cer esto. Te llevarás esta jarra de oro llena de di-
nero. Es tuya. Al llegar a tu casa vierte las mone-
das en una petaca, deja la jarra vacía y ponla a
un lado de tu petate. Cuando despiertes verás
que la jarra ha vuelto a llenarse. Si repites esto
cada noche nunca te faltarán monedas y serás
un hombre muy rico.
Así es como el hombre flojo se hizo rico. Enton-
ces decidió viajar a España para encontrar mujer.
Allí se casó y luego trajo a su mujer a esta tierra,
y también a sus suegros.
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–¿De dónde saca tu marido tanto dinero? –le
preguntaron un día los señores a su hija–. Nunca
trabaja, ¿cómo es que es tan rico?
–Bueno –respondió la hija–. Él tiene una va-
liosa jarra de oro. Antes de dormir la deja vacía
y al amanecer aparece llena de monedas. Así es
como sucede.
–Pues, hija, mira a ver si puedes robársela. Se
la quitas una noche y nos la das a nosotros.
Un día la hija hizo lo que sus padres le ha-
bían encargado. El hombre flojo despertó y se dio
cuenta de que había desaparecido su jarra.
“Y ahora qué haré”, pensaba el flojo. “Y quién
me habrá robado mi jarra.”
Entonces el flojo salió a caminar y se encontró
con un halcón. El halcón estaba llorando porque
no encontraba su ración de carne.
–Tú lloras porque no tienes tu ración de carne
y yo porque he perdido mi jarra –dijo el hombre.
–No te preocupes –respondió el halcón–. Allí
está lo que perdiste.
–Pero ¿dónde?
–Allí nomás, bien cerquita –le dijo el halcón.
–Si de verdad sabes dónde está mi jarra y me
ayudas a recuperarla, te daré lo que me pidas.
–Pues bien –dijo una vez más el halcón–, para
que veas que sí lo sé te diré lo que pasó. Tu suegro
la tiene escondida en un baúl. Tu mujer te la quitó
46
mientras dormías y se la entregó. Si quieres que
recupere la jarra para ti, tendrás que darme lo
que te pida.
–Te daré lo que quieras –dijo el hombre.
–De acuerdo –respondió el halcón–, cada vez
que tus gallinas tengan pollitos quiero que me
regales la mitad de los que nazcan. Así nunca me
faltará comida.
El hombre estuvo de acuerdo en darle al halcón
lo que le pedía, a cambio de recuperar la fuente
de su riqueza. Entonces el halcón le explicó lo
que harían.
–Debes ir a buscar al ratón, dile que necesito
hablar con él.
El hombre llamó de prisa al ratón y lo trajo ante
la presencia del halcón.
–Esto es lo que te voy a pedir –le dijo el halcón
al ratón.
–Pues a ver –dijo el ratón–, a ver si yo puedo.
–Quiero que vayas a aquella casa y hagas un
agujero en el baúl. Verás que hay una jarra muy
brillante. Quiero que la saques y la subas al teja-
do, entonces yo la atraparé.
–Claro que puedo hacerlo –dijo el ratón–, pero
necesito que me avises cuando veas un cántaro
lleno de maíz. Ésa será mi recompensa.
El halcón estuvo de acuerdo y el ratón hizo
su trabajo. Los ratones son buenos para hacer
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agujeros en las petacas, así que el trabajo no tar-
dó mucho tiempo.
Cuando el halcón vio la jarra dorada sobre el
tejado voló hacia allá con las garras preparadas
y atrapó la jarra.
Entonces se la devolvió al hombre flojo, que
una vez más se volvió un hombre rico.
¿Y el halcón? Nunca le faltan pollos que co-
mer. ¿Y el ratón? Siempre sabe dónde hay maíz.
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La señora de blanco
[TRADICIÓN OTOMÍ]
49
La tortuga invitada a la boda
[TRADICIÓN OTOMÍ]
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Pero había varios escalones y eso era difícil
para ella, necesitaría ocho días para subirlos.
Era justo el tiempo que tenía, de modo que em-
pezó a subir de inmediato.
Cuando sólo le faltaba un escalón la tortu-
ga tropezó, resbaló y volvió a quedar en el
primer escalón.
–Ya no subiré otra vez –se dijo la pobre–
porque no alcanzaría a llegar a la boda. Mejor
me regreso a mi casa.
51
El hombre que desafió al rayo
[TOTONACOS DE LA SIERRA]
52
Entonces los de su pueblo se pusieron de acuer-
do, decidieron que si a este señor le ocurría algo
ninguno lloraría por él, pues ya le habían dado
bastantes consejos.
Pasó el tiempo y el hombre siguió burlándo-
se de sus compañeros, hasta que un día se burló
del mismo trueno. Esa tarde todos estaban tra-
bajando en el campo cuando empezó la tormen-
ta. Entonces soltaron sus herramientas, dejaron
el azadón y el machete para no faltar al respeto
a los ángeles, y se alejaron para guarecerse bajo
unos plásticos. Pero el hombre incrédulo y terco
se quedó trabajando. Los demás le gritaron que
dejara el azadón y se quitara el machete del cinto,
pero este hombre sólo se burlaba. Entonces sus
compañeros se alejaron un poco más; si caía un
rayo por culpa de su compañero no querían que a
ellos les tocara también.
Al cabo de un rato la tormenta terminó, sin que
al hombre le hubiese pasado nada. El resplandor
de los relámpagos se alejaba con las nubes.
–Lo ven –dijo el hombre–, a mí el rayo no me
hace nada.
Desenfundó su machete y les dijo a sus com-
pañeros:
–Para que vean cómo trabajan los ángeles.
Dio un golpe y no pasó nada, dos golpes, tres
golpes y nada. Cuando el hombre incrédulo se
53
disponía a dar el cuarto golpe fue fulminado
por un rayo.
Cuando sus compañeros se acercaron sólo
quedaban cenizas. Pero nadie lo lloró, pues de-
cían que él había buscado la muerte.
54
La vida, el hombre y la mujer
[OTOMÍES DE LA SIERRA]
55
La bruja malvada y cómo
empezaron a existir las moscas,
los sapos y los zanates
[TOTONACOS DE LA SIERRA]
56
Cierto día la bruja fue a una casa y se comió a
la mujer, pero antes de que pudiera irse llegó el
marido, que venía del campo. Al entrar a su casa
el hombre vio en un rinconcito la olla con los
huesos y luego vio a la bruja. Pero ella no se dio
cuenta de que el hombre la había descubierto,
así que fingió que era una amiga de su esposa y
la estaba esperando.
–Pues vamos a esperarla –dijo el señor–, qué-
dese usted pero póngame a asar unos chiles para
los tamales. Ah, y además le vamos a compartir
nuestro temazcal. Podrá darse un buen baño.
Mientras la bruja asaba los chiles, el señor ca-
lentó el baño y en cuanto estuvo listo le dijo a la
bruja que se bañara ella primero. Como la bruja
no sabía que había sido descubierta, se metió a
bañar con confianza.
Entonces el hombre puso en el agua del temaz-
cal el polvo de los chiles molidos. La bruja se aho-
gaba y todo le ardía. El hombre siguió calentando
el temazcal y echando chiles molidos hasta que la
bruja quedó convertida en ceniza.
–Toma –le dijo el señor a uno que a veces le lle-
vaba leña–, llévate esta olla con cenizas y tíralas
al río, nomás no la vayas a destapar en el camino.
Y todo habría salido bien de no ser porque otro
campesino que iba por el camino vio al leñador y le
suplicó que le dejara abrir la olla. Al destaparla, un
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enjambre de moscas salió de su interior; cubrieron
completamente el cuerpo del pobre hombre que
cargaba el recipiente. Lo mordieron hasta conver-
tirlo en sapo. Y el otro, el que había pedido que se
abriera la olla, quedó convertido en zanate, voló
hacia un árbol y comenzó a cantar; entonces ama-
neció, porque todo esto había ocurrido de noche.
Si aquel curioso no hubiera querido destapar la
olla no habría en la tierra ni moscas, ni sapos ni
zanates que cantan al amanecer.
58
De cómo se hicieron amigos
el perro y el coyote
[OTOMÍES DE LA SIERRA]
59
harás gran alboroto, ladrarás, me perseguirás y
harás como que me muerdes. Entonces yo te deja-
ré la gallina y saldré corriendo. Tomas la gallina y
se la entregas a tu amo. Ya verás que tu amo te
vuelve a querer.
Esa noche tanto el perro como el coyote hicie-
ron lo que habían planeado y todo salió bien.
Al día siguiente el coyote volvió a encontrarse
con el perro en la montaña.
–¿Cómo te fue, perrito viejo? ¿Qué pasó?
–Mi amo ya me quiere otra vez, gracias a ti,
coyotito.
–Ya ves, yo te lo dije. Luego nos vemos por ahí.
60
El malo de la montaña
[POPOLOCAS]
61
Si una persona hace un pacto con el malo para
hacerse rico, el malo le dará una moneda y le
pedirá que la guarde dentro de una caja durante
toda la noche. A la mañana siguiente, la caja es-
tará llena de dinero. Y así es, el malo hace que la
gente tenga de pronto un montón de dinero, pero
esa riqueza no es buena porque no es produc-
to del trabajo de las personas. Además, el alma
del que recibe la riqueza queda comprometida a
servir al malo para siempre.
A los que piden ganado, el malo les dice que
dejen bien barrido su patio antes de dormir, y a
la mañana siguiente el ganado aparece en el pa-
tio. Llegan solos, sean reses, chivos, marranos.
Cualquier animal que se le pida al malo, el malo
lo concede. Pero esa riqueza no dura mucho por-
que el malo es muy traicionero; de repente da las
cosas y, cuando menos se lo espera la persona, el
malo le arrebata lo que le dio.
Dice la gente que al malo también se le puede
pedir una larga vida, hasta cien años, pero en
realidad la gente no aprovecha esa vida porque
envejecen muy rápido.
Yo no sé dónde habrá gente que acepte hacer
esos tratos con el malo. Por aquí, hasta la fecha,
nadie se ha animado. Preferimos vivir pobre-
mente, sin ningún tipo de compromiso y del lado
de Dios.
62
El maíz podrido y el dios del maíz
[TOTONACOS DE LA SIERRA]
63
–Ayúdeme, por favor –le dijo la niña–, estoy en-
ferma. Tengo todo el cuerpo cubierto de granos.
Haga el favor de llevarme y curarme.
El señor lo pensó un poco y al final se compade-
ció, abandonó la leña en el suelo e hizo que la niña
se sentara en su mecapal. Así la llevó a cuestas.
Al llegar a su casa el señor le dijo a su esposa:
–Señora, te traigo a esta niña para que la cu-
res. La encontré en el camino, está enferma y me
dio lástima.
La mujer hizo lo que su marido le pedía y la curó.
Y así la niña se quedó viviendo con ellos como si
fuera su hija.
Al cabo de unos meses llegó la hora de la cose-
cha. Aquello parecía un milagro: todas las ma-
zorcas se habían dado grandes y limpias.
Cuando la niña vio lo feliz y satisfecho que es-
taba el hombre, le dijo:
–Señor, dime dónde vas a amontonar las mazor-
cas cuando las traigas de la milpa. Donde alma-
cenes la cosecha quiero que me coloques un ban-
quito de madera. Yo me sentaré en ese banquito y
así me la pasaré.
El hombre no entendió por qué la niña le pedía
eso, pero como siempre la consentía mucho no tuvo
inconveniente en cumplir su deseo. En un clarito
junto a la casa colocó las tablas y amontonó el maíz.
Y allí mismo le puso a la niña su banquito.
64
La niña se pasaba las horas en el banquito, e
incluso dormía en aquel lugar, hasta que un buen
día desapareció y nadie volvió a saber de ella
nunca más. Los señores estaban tristes de ya no
verla, pero también estaban alegres porque en
adelante sólo tuvieron buenas cosechas.
Se conoce que aquella niña enferma era el pro-
pio maíz podrido. Como la curaron y la cuida-
ron, ella quedó sana, y también quedó limpio y
bueno el maíz.
Se dice que quien ayudó a este señor fue el
mero dios del maíz, que lo puso a prueba para ver
si era bueno y generoso con la gente. Como fue
amable y cuidó de la niña, el dios del maíz lo ayu-
dó así. Es como si le hubiera agradecido por ha-
ber sanado a su hija.
65
La aparición de un extraño ángel
[OTOMÍES DE LA SIERRA]
66
tanto. Me sentí perdida, como si no fuese de aquí,
como si yo fuese una extranjera en mi tierra.
El animal espantoso se abalanzó, se lanzó so-
bre mí y me hizo caer. Yo sujetaba una cruz que
había sido de mi madre y que nunca quise soltar.
Traté de gritar pero tenía la lengua pegada al
paladar. Después de un rato se despegó mi len-
gua y pude gritar. El grito hizo que desaparecie-
ra el animal. Mi esposo lo oyó también, salió al
patio y me buscó. Nos abrazamos y tratamos de
olvidar el incidente.
A la mañana siguiente vimos al gran animal
tirado junto al puente. Todavía le brillaban los
ojos. El único rastro que me quedó de su ataque
fue un rasguño en las piernas. Tal vez era un án-
gel, pero un ángel monstruoso.
67
El renacimiento del dios del maíz
[NAHUAS DE LA SIERRA]
68
–¿Y si se enoja mi familia? –respondía el leñador.
–No pasará. Verás que me van a querer.
–¿Y cuál es tu nombre? –preguntó el leñador.
–No tengo nombre, pero no soy una persona
cualquiera.
El anciano era medio güero, iba vestido de
blanco y traía un morralito. Como era muy mayor
y tenía frío, el leñador se compadeció de él y se lo
llevó a su casa. Al llegar, y después de calentarse,
el visitante pidió que le dieran un poco de pan
blanco, así que se comió una telera y un atole. Eso
fue lo que pidió y dijo que sólo eso almorzaba,
que no comía ni cenaba nada más.
Ya que se calentó y se alimentó, el anciano se
quedó quietecito en la casa. No dijo nada más,
sólo se quedó ahí. A la mañana siguiente la casa
estaba llena de mazorcas, y el hombre del morral
ya no estaba. La casa estaba de veras llena de ma-
zorcas, como si se hubieran vaciado varias trojes.
Dicen que en las mazorcas apolilladas que se
arrojaron al agua estaba el dios del maíz, porque
él vive dentro de la planta. En agradecimiento al
leñador que le dio cobijo y comida, el dios del
maíz le regaló muchas mazorcas. En realidad era
el mismo dios del maíz convertido en mazorcas
para agradecer a quien lo ayudó.
69
Nanauatsin en el agua
[NAHUAS DE LA SIERRA]
70
La rana que reventó
[NAHUAS DE LA SIERRA]
71
La rana se infló más aún y volvió a preguntar:
–¿Así, de este tamaño?
–Nooooo, mucho, pero mucho más grande.
Entonces la rana juntó todo el aire que pudo y
se infló mucho más, pero fue tanto que reventó.
Murió al instante.
Así les ocurre a las personas que son orgullosas.
72
La mujer codiciosa
que se convirtió en mula
[TRADICIÓN NAHUA DE TECALI DE HERRERA]
73
era un señor normal. Y al cabo de un tiempo
le preguntamos:
–Bueno, pues, compadre, ¿de dónde levan-
taste esa enfermedad? Tú eres muy sano.
–No sé, pero creo que hago estas payasadas
cuando me acuerdo de mi hermana Carmen.
Entonces le hicimos ver que su hermana Car-
men ya estaba muerta hacía tiempo, y que pues
mejor se olvidara de ella.
–Pues no es cierto que se haya muerto –nos
dijo–, enterramos la caja vacía.
Y entonces nos contó que su hermana y su
cuñado, que tenían mucha necesidad de dinero,
se habían animado a hacer un pacto con el
malo de la montaña. Habían ido a buscarlo a la
cueva y habían hecho un pacto con él, a cambio
de dinero.
–Un día mi cuñado me convenció de subir con
él a la cueva. Me dijo que saliera yo de pobre,
que allí daban harto dinero. Y pues lo acompañé.
Y nos contó que al llegar a la cueva él esperaba
que todo iba a ser de piedra, pero de alguna ma-
nera había una puerta. El cuñado tocó a la puer-
ta y se oyó como un zaguán que se abría.
Entonces entraron a la cueva, y desde el fon-
do vieron que salía corriendo su hermana Car-
men. Venía echando lumbre por la boca y por la
nariz. Estaba transformada. De la cintura para
74
arriba era su hermana Carmen, pero de la cintu-
ra para abajo era una mula.
Y el señor que nos contó esta historia luego se
perdió. No supimos más de él.
75
La misteriosa cantina
del interior de la montaña
[POPOLOCAS]
76
pagar nada. Y el señor amarró sus burros afuera
y se metió a tomar y a pasar el rato.
Cuando ya quería irse, las mujeres lo conven-
cían de quedarse un rato más. Y como estaba a
gusto, pues se quedaba. Al cabo de un rato pen-
só que ya habían pasado muchas horas y se de-
cidió a salir. Pero cuando lo hizo y se encontró
nuevamente en el camino, vio que sus burros no
estaban; alguien los había desamarrado y se los
había llevado.
Este hombre se lamentó de que le hubieran ro-
bado a sus animales y siguió su camino al pueblo.
Cuando llegó la gente estaba sorprendida. ¡Hacía
siete años que se había ido con los burros al mon-
te y pensaban que se había perdido para siempre!
El hombre se miró en un espejo y vio que ya te-
nía arrugas y muchas canas, ¡estaba mucho más
viejo! Él pensó que sólo había pasado unas horas
en la cantina, pero en realidad fueron siete años.
Así es como los seres de la montaña le roban la
vida a los hombres; cuando ellos aceptan la be-
bida no se dan cuenta de que les están robando
vida con ello.
77
Cuando se apareció
la Virgen en el peñón
[NAHUAS Y TOTONACOS DE LA SIERRA]
78
gente hablaba sobre las luces que se habían vis-
to en el peñón. Quienes habían estado dormidos
no sabían de qué se hablaba.
Hacia las nueve de la mañana pasaron por el
lugar un muchacho y su madre. Él se llamaba Fi-
del Alejandro de Jesús Carreón. Eran muy po-
bres, les había ido muy mal últimamente, e iban
a vender algo de leche para obtener dinero y po-
der comprar otros alimentos. De pronto, Fidel es-
cuchó una música muy suave y una voz maravi-
llosa. Siguiendo la voz, Fidel llegó a una roca que
desprendía una luz fortísima. Dentro de la luz
podía verse la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Cuando el muchacho la vio, cayó desmayado.
Al cabo de un rato, Fidel Alejandro corrió con
su madre y le explicó lo sucedido. La madre no
sabía qué hacer. ¿Sería verdad que se había apa-
recido la Virgen? Entonces pasaron otros ran-
cheros y entre todos acudieron al sitio. Era ver-
dad, allí estaba la Virgen; se había aparecido a la
gente de Jonotla en medio de la tempestad.
Entonces, Fidel, su madre y los demás ranche-
ros bajaron al pueblo y dieron la noticia del mi-
lagro. Después se hizo un santuario en el peñón,
en el lugar donde se había aparecido la Virgen.
79
El mal del susto
[NAHUAS Y TOTONACOS DE LA SIERRA]
80
Don Aurelio fue al monte, al mismo lugar en el
que la niña se había caído. Él creía que la tierra
había atrapado el alma de la niña, que la había
capturado; así que azotó fuerte la tierra con una
rama, para que la tierra soltara el alma de la
niña. Luego don Aurelio cogió un puñito de tie-
rra y se fue para la casa de la enferma.
Ya en la casa, don Aurelio mezcló en una ollita
un poco de nixtamal y un poco de la tierra que
había traído. Y mientras hacía la mezcla decía y
repetía el nombre de la niña enferma. “Así el maíz
le dará fuerza para vivir a la niña que se enfermó
al caer en la tierra”, decía don Aurelio.
Luego se hacen unas tortillas con ese nixtamal
que tiene tierra, y entonces el alma ya se regresa
al cuerpo del enfermo.
81
La historia de los caminantes
[NAHUAS Y TOTONACOS DE LA SIERRA]
82
Al poco rato oyeron gritar a unos hombres
que venían corriendo por el camino.
–¡Alto! ¡Ladrones!
Cada uno de los hombres llevaba un palo en
la mano. Ellos eran los dueños del pañuelo de
monedas y creían que los dos amigos les ha-
bían robado.
El que había levantado el dinero del piso se
espantó y dijo:
–¿Qué vamos a hacer si nos atrapan con este
dinero?
Y entonces su compañero le respondió:
–Antes no querías decir “nosotros”, pues ahora
sigue diciendo “yo”.
¿Qué habrá sido de estos dos amigos?
83
Los dos burros
[NAHUAS DE LA SIERRA]
84
llevado y había diluido una buena parte de la
sal de los costales.
“Vaya, veo que ha salido como si nada, incluso
se le ve más fresco y con ganas de seguir cami-
nando”, se dijo el segundo burro, que observaba
desde la otra orilla. “Cruzaré yo también.”
El segundo burro entró en el río. Conforme el
agua mojaba las telas, la carga pesaba más y más.
Al llegar a la otra orilla, el burro se sentía fatiga-
do y veía que no podía con el peso.
Por eso decimos que no siempre es bueno imi-
tar a los demás. Cada quien tiene sus propias
circunstancias.
85
Los perros hambrientos
y la empresa imposible
[NAHUAS DE LA SIERRA]
86
Dicho y hecho: todos los perros empezaron a
dar lengüetazos para beberse el agua. Bebieron y
bebieron hasta que todos quedaron panzones,
pero el río seguía corriendo; todavía había mu-
cha agua que beber.
Esto nos hace pensar que no hay que meterse
en una empresa imposible de terminar.
87
El hombre que hacía milagros
y el horno de pan
[TOTONACOS DE LA SIERRA]
88
El dueño de la panadería, que había estado
observando a escondidas, no lo pensó dos veces.
Corrió a buscar a su esposa y la metió en el hor-
no. Después de un rato abrió el horno, ilusiona-
do, pero sólo salieron cenizas. Entonces el dueño
de la panadería salió corriendo, desesperado, en
busca del hombre que hacía milagros. Lo encon-
tró en la plaza, paseando en compañía de la jo-
ven que había sacado del horno.
–Oh, Dios mío, mira lo que he hecho. Quise con-
vertir a la buena de Domitila en una muchacha
joven y a cambio la he transformado en cenizas.
El hombre que hacía milagros se apiadó de su
jefe. Verificó que toda la ceniza estuviera dentro y
encendió el horno. En unos minutos salió Domiti-
la, un poco más vieja y un poco más fea de lo que
era antes de que su marido la metiera al horno.
–Ya lo ves –dijo el hombre de los milagros–.
Ahora aprenderás a conformarte con lo que tienes.
89
Cuento de un burro y de un cochino
[POPOLOCAS DE SAN MARCOS TLACOYALCO]
90
–¿Y tú qué sabes? –respondió el marrano
ofendido.
–Hoy me llevaron al mercado y he venido car-
gando sobre mi lomo un montón de pencas de
maguey –contestó el burro–. Mañana se casa el
hijo de nuestro amo y van a hacer una gran bar-
bacoa de cochino, guajolote y carnero.
–¿Qué haremos? –exclamó el cerdo, dirigién-
dose al guajolote y al carnero.
–Escaparemos esta noche –dijo el carnero.
–Pero estoy muy gordo y no podré salir por la
puerta del corral –repuso el cerdo.
–No te preocupes. Yo embestiré el corral, rom-
peré las tablas y podrás salir –dijo el carnero.
Cuando se puso el sol, los animales oyeron a los
amos hablar de los preparativos para el banquete;
no había duda, tenían pensado comérselos a todos.
A las doce de la noche el carnero dio un gran
empujón y rompió parte del corral. El cerdo pudo
salir y pronto ambos animales emprendieron la
huida, seguidos de cerca por el guajolote, que ca-
minaba algo más despacio.
Cuando amaneció, los amos acudieron al corral
y se dieron cuenta de que los animales se habían
ido. Siguieron las huellas, se internaron en el mon-
te, pero por mucho que buscaron no lograron en-
contrarlos. Así que regresaron a su casa y no tu-
vieron banquete.
91
Por su parte, los animales pasaban miedo al
estar lejos del corral. La primera vez que se les
hizo de noche en el monte se dieron cuenta de que
no tenían manera de protegerse del coyote, así
que idearon un plan.
El carnero le dijo al guajolote:
–Duérmete en una de las ramas del árbol, tan
alto como puedas llegar. Cuando oigas venir al co-
yote nos avisarás para que podamos defendernos.
Y así ocurrió. Cuando el coyote se acercó, el
guajolote gritó desde su rama:
–¡Gordo, gordo, gordo! –que es lo que los gua-
jolotes mejor saben decir.
Además, el guajolote se esponjó, haciendo un
gran escándalo con sus plumas. El carnero baló
con fuerza y además se puso a patear el piso.
Y el cerdo gruñó estruendosamente. Cuando el
coyote oyó todo esto tuvo miedo y ya no se
quiso acercar.
El cochino, el carnero y el guajolote repitieron
esta rutina cada noche durante dos meses, y así lo-
graron mantenerse a salvo en la montaña. Trans-
currido ese tiempo, los animales se dijeron:
–Está bien. Quizá los amos ya entendieron y
se van a portar mejor con nosotros. Quizá ya no
nos van a matar.
Los tres amigos –ya se habían vuelto amigos
durante esta aventura– emprendieron el regreso.
92
Caminaron durante la noche y llegaron al ran-
chito antes de que saliera el sol. Al despertar,
sus amos los vieron en el corral y se pusieron
muy contentos.
–Los animales que habíamos perdido han re-
gresado. Qué bueno. Ya no diremos nunca más
que los vamos a matar.
Siempre les dieron cosas buenas de comer, y
así vivieron.
93
La muchacha
que se convirtió en sirena
[NAHUAS DE LA SIERRA]
94
con la hija y al día siguiente fueron ambos a bus-
carla al río. La encontraron dentro del agua, jun-
to a una piedra grande. Estaba llorando porque
se había convertido en sirena.
95
El huipil de la tortuga
y los dioses del maíz
[NAHUAS DE LA SIERRA]
96
Es por eso que los huipiles son como el capa-
razón de las tortugas.
97
El conejo y el zorrillo
[POPOLOCAS DE SAN LUIS TEMALACAYUCA
Y SAN MARCOS TLACOYALCO]
98
–No, porque a lo mejor me la robas.
–No, no te la robaré.
El conejo le prestó la guitarra al zorrillo. El
zorrillo estuvo largo rato con ella, haciendo rui-
do más que música.
–Bueno, ahora sí dame la guitarra porque ya
me voy –dijo el conejo.
–No. No es tuya y no te la doy –le dijo el tram-
poso zorrillo–. Y si sigues molestando te rocia-
ré hasta que apestes.
El conejo se puso a llorar de rabia. El zorrillo
se cambió de lugar y fue a sentarse del otro lado
del camino. No se dio cuenta pero se sentó en un
hormiguero. Eran tantas las hormigas que pica-
ban al zorrillo, que éste dejó caer la guitarra.
Entonces el conejo paró de llorar, recogió su
guitarra y se fue contento, haciendo música.
99
El pescador y su enamorada
[TOTONACOS DE LA SIERRA]
100
prenda había formado un arcoíris. El joven se sen-
tó junto a ella y le empezó a platicar cosas de
amor; la muchacha aceptó las palabras de amor y
le dijo al joven que tenía que regalarle a ella sus
gallinas. En realidad se refería a los peces que el
joven atrapaba en el pozo.
Luego la jovencita le dijo al pescador que al
día siguiente debía volver para encontrarse con
ella, pero que tenía que llegar tocando una pe-
queña flauta y un tamborín como lo hacen los
voladores, los que se descuelgan de un poste rea-
lizando giros.
–Estoy dispuesto a todo –respondió el joven,
porque así es el amor.
El joven regresó a su casa y se puso a confec-
cionar los instrumentos para poder acudir al día
siguiente al pozo, de la manera en que lo había
convenido con su amada. Su padre lo observaba
con curiosidad, pues no entendía para qué que-
ría su hijo los pequeños instrumentos.
Al día siguiente el joven se dirigió al lugar de
su cita y su padre lo siguió sin que se diera cuen-
ta. Tan pronto como vio a la muchacha, el enamo-
rado empezó a tocar la flauta y el tamborín, y se
fue a sentar junto a ella en el borde del pozo, sin
dejar de tocar. Luego se pusieron a platicar.
“Con que esto era lo que se traía mi muchacho.
Resulta que tiene novia”, se dijo el padre. “Pero
101
de dónde vendrá esta muchacha si aquí cerca no
hay ninguna casa.”
De repente la muchacha abrazó al joven y lo
jaló con fuerza hacia atrás. Ambos cayeron dando
vueltas. El padre se acercó rápidamente al brocal
del pozo pero en el agua no había nada. Ni rastro
de los dos.
Después de un rato vio a los dos enamorados
dando vueltas en el agua, tenían el mismo aspec-
to que cuando estaban vivos. Un poco más tarde
aparecieron otra vez, pero ya no eran humanos,
eran dos culebras enroscadas la una con la otra.
102
Los cuentos*
103
“La serpiente que se convirtió en Venus”. Totonacos de
la sierra. Recopilación original y traducción de Eli-
zabeth Aschmann. Versión de Fernando Horcasitas.
“El maíz y los pájaros carpinteros”. Totonacos de la sie-
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“El hombre flojo y la jarra de monedas”. Nahuas de la
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dor: Eleodoro Márquez.
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Elizabeth Ramírez Contreras. Traducción de Mar-
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“La tortuga invitada a la boda”. Tradición otomí. Na-
rradores: Donaciana Martín, Victorino Gómez y
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“El hombre que desafió al rayo”. Totonacos de la sierra.
Narrador: José María Francisco Olmos. Traduc-
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“La vida, el hombre y la mujer”. Otomíes de la sierra.
Narradora: doña Juanita, curandera. Tomado de
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“La bruja malvada y cómo empezaron a existir las mos-
cas, los sapos y los zanates”. Totonacos de la sie-
rra. Narrador: Francisco Diego Hernández.
“De cómo se hicieron amigos el perro y el coyote”. Oto-
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“El malo de la montaña”. Popolocas. Narrador: don Ra-
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ducción de Domingo Francisco Velasco.
“La aparición de un extraño ángel”. Otomíes de la sierra.
“El renacimiento del dios del maíz”. Nahuas de la sie-
rra. Zona de Pahuatlán. Transcripción original de
Eliana Acosta Márquez.
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Pury-Toumi.
“La rana que reventó”. Nahuas de la sierra. Xalacapan.
“La mujer codiciosa que se convirtió en mula”. Tradi-
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“La misteriosa cantina del interior de la montaña”.
Popolocas. Narrador: don Panchito, mayordomo.
Recopilación y versión de María del Socorro Ale-
jandra Gamez Espinosa.
“Cuando se apareció la Virgen en el peñón”. Nahuas y
totonacos de la sierra. San Juan Jonotla. Recopi-
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“El mal del susto”. Nahuas y totonacos de la sierra. Re-
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“La historia de los caminantes”. Nahuas y totonacos
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“Los dos burros”. Nahuas de la sierra. Xalacapan.
“Los perros hambrientos y la empresa imposible”. Na-
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“El hombre que hacía milagros y el horno de pan”.
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“Cuento de un burro y de un cochino”. Popolocas de
San Marcos Tlacoyalco. Tlacotepec. Recopilación
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“La muchacha que se convirtió en sirena”. Nahuas
de la sierra. Narradora: Juana Francisca Arroyo.
Recopilación de Armando Alcántara Berumen.
“El huipil de la tortuga y los dioses del maíz”. Na-
huas de la sierra. Narradora: Juana Francisca
Arroyo. Recopilación de Armando Alcántara
Berumen.
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“El conejo y el zorrillo”. Popolocas de San Luis Te-
malacayuca y San Marcos Tlacoyalco.
“El pescador y su enamorada”. Totonacos de la sierra.
Narradora: Lucía Álvarez Aparicio. Traducción
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109
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