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Narrativa Indigena Ma

El documento presenta una colección de relatos de la tradición oral de comunidades indígenas en Puebla, adaptados para jóvenes lectores. Incluye historias que reflejan mitos, creencias y personajes de las culturas nahua, otomí, totonaca y popoloca, mostrando la riqueza de su narrativa. A través de estos cuentos, se busca invitar a los lectores a conocer la sabiduría y el talento literario de estos pueblos.

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Narrativa Indigena Ma

El documento presenta una colección de relatos de la tradición oral de comunidades indígenas en Puebla, adaptados para jóvenes lectores. Incluye historias que reflejan mitos, creencias y personajes de las culturas nahua, otomí, totonaca y popoloca, mostrando la riqueza de su narrativa. A través de estos cuentos, se busca invitar a los lectores a conocer la sabiduría y el talento literario de estos pueblos.

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Narrativa de las comunidades

de tradición indígena del estado de Puebla

Adaptación | Pablo Escalante Gonzalbo


Ilustración | Luis Ernesto Sierra
Investigación | Luz del Carmen Cuéllar Valcárcel y
   Paloma Escalante Gonzalbo
Diseño | Jesús Narváez Castellanos
Coordinación editorial | Silvia Rodríguez Molina
Asesoría editorial | Rizoma Gestión Cultural
Cuidado de la edición | Teresa Ramírez Vadillo

Publicado con fondos del programa


El Museo Amparo va por ti
Etiquetado en el presupuesto de egresos de la Federación
2014 / Conaculta a través de la LXII Legislatura de la
Cámara de Diputados

ISBN | 978-607-95918-8-5
Narrativa
de las comunidades de tradición
indígena del estado de Puebla

Adaptación | Pablo Escalante Gonzalbo


Ilustración | Luis Ernesto Sierra

versión para jóvenes lectores


Índice

9 Introducción

13 Los pretendientes de la Malinche

16 El tesoro del Popocatépetl

19 La vieja que atacó a los cerditos

22 Las brujas de la sierra

24 Dos esposos y el hechizo de convertirse


en perro

27 Los escondites del general

30 El hijo del maíz

33 Siwateyomeh, las mujeres del río

35 Los duendes que chupan la sangre

37 Cuando los espíritus andan por el campo

39 La serpiente que se convirtió en Venus

41 El maíz y los pájaros carpinteros

44 El hombre flojo y la jarra de monedas

49 La señora de blanco

50 La tortuga invitada a la boda

52 El hombre que desafió al rayo

55 La vida, el hombre y la mujer

5
56 La bruja malvada y cómo empezaron a
existir las moscas, los sapos y los zanates

59 De cómo se hicieron amigos el perro


y el coyote

61 El malo de la montaña

63 El maíz podrido y el dios del maíz

66 La aparición de un extraño ángel

68 El renacimiento del dios del maíz

70 Nanauatsin en el agua

71 La rana que reventó

73 La mujer codiciosa que se convirtió


en mula

76 La misteriosa cantina del interior


de la montaña

78 Cuando se apareció la Virgen


en el peñón

80 El mal del susto

82 La historia de los caminantes

84 Los dos burros

86 Los perros hambrientos


y la empresa imposible

88 El hombre que hacía milagros


y el horno de pan

90 Cuento de un burro y de un cochino

6
94 La muchacha que se convirtió en sirena

96 El huipil de la tortuga y los dioses del maíz

98 El conejo y el zorrillo

100 El pescador y su enamorada

103 Los cuentos

107 Bibliografía

7
Introducción

Los relatos incluidos en este libro representan una


pequeña muestra de la rica tradición oral que toda-
vía el día de hoy existe en muchas comunidades del
estado de Puebla, herederas de la antigua cultura in-
dígena. En algunas de estas historias se aprecian to-
davía huellas de mitos, personajes y creencias de la
época prehispánica; también hay temas y cuentos de
la época colonial, y aun más modernos.
Todos los relatos han sido adaptados para unificar
el estilo: los he reescrito tratando de conservar lo
esencial de los contenidos y también algunos aspec-
tos básicos de las formas de expresión de la narrati-
va tradicional indígena. Excepto por un par de rela-
tos que recogí directamente en el campo, los textos
proceden de manuscritos y publicaciones elaborados
por lingüistas, antropólogos, folcloristas e incluso
maestros bilingües y misioneros del siglo xx.
Están representadas en esta colección las tradi-
ciones nahua, otomí, totonaca y popoloca, que son
lenguas aún habladas en comunidades del estado de
Puebla. Abundan los relatos procedentes de la zona

9
serrana, por ser ésta la de mayor densidad y variedad
de población indígena. También es allí donde ha ha-
bido más trabajo de recopilación y estudio de la tra-
dición oral, especialmente la de los pueblos nahuas.
Aparecen en estas narraciones diversos personajes
míticos, empezando por el paisaje mismo, cuyas mon-
tañas, cuevas, ríos y manantiales son vistos como es-
pacios provistos de identidad y cargados de fuerza
sagrada, que se expresa a veces en forma de rayos.
Entre los relatos de raíz muy antigua, se encuentran
los que se refieren al origen del maíz y a los tzitzimime
(primitivos habitantes de la tierra, con hábitos caní-
bales, que aún viven en el inframundo). Incluso pode-
mos ver indicios de los dioses prehispánicos, como el
joven dios del maíz o la serpiente que se convirtió en
Venus, es decir, Quetzalcóatl.
En estas historias aparecen diversos seres fantás-
ticos: sirenas, brujas, ángeles, duendes. Y las perso-
nas se convierten en peces, perros, zopilotes o mulas.
Algunas de las cosas sorprendentes que suceden dan
un poco de miedo: como el hombre que se queda atra-
pado en una cantina misteriosa, atendida por jóvenes
meseras sobrenaturales, en el interior de una monta-
ña; o la bruja que se come a los niños y deja sus hue-
sitos en una olla.
También aparecen tesoros y monedas, pero no siem-
pre son hallazgos felices, porque puede tratarse de ob-
sequios del demonio, quien suele cobrarse el regalo, a

10
veces con el alma de quienes lo han recibido: un demo-
nio muy mexicano, a quien en varias comunidades han
visto vestido de charro.
Verás animales que hablan y toman decisiones, si-
tuaciones sorprendentes, como la del hombre que
mete a una anciana al horno y después de un rato
saca a una joven doncella, o la tortuga que camina
muchos kilómetros para llegar a la fiesta pero al final
llega tarde porque no puede subir tres escalones.
Este libro quiere ser una ventana y una invitación
a conocer algo de la sabiduría y el talento literario de
los pueblos indígenas.

Dr. Pablo Escalante Gonzalbo


Universidad Nacional Autónoma de México

11
Los pretendientes de la Malinche
[TRADICIÓN NAHUA DE CUAUHTINCHAN]

Dicen que hace mucho tiempo, antes de que llega-


ra la gente aquí, las montañas se hablaban, como
si fueran personas. La Malinche era una señora, y
estos cerros que rodean nuestro pueblo eran hom-
bres: el cerro Cuauhtinchan y el Tentzo.
La Malinche era muy hermosa y lógicamente
tenía varios pretendientes. Aquí en Cuauhtin-
chan sus pretendientes eran el Tentzo y el cerro
Cuauhtinchan, donde está la Cueva del Águila.
Los dos querían a la Malinche. Entonces la Ma-
linche decidió ponerles una prueba para decidir

13
quién de ellos iba a merecer su amor. Ésta fue la
prueba. La Malinche les dijo a ambos:
–Haré mucha pis; arrojaré un gran chorro de
orines. Aquel de ustedes que logre detener el gran
chorro será a quien escogeré.
El Tentzo y el cerro Cuauhtinchan se prepara-
ron para la prueba. El día que vino el gran chorro
el cerro Cuauhtinchan fue el que más se apuró,
corrió a detenerlo. Se puso de lado, para atajar
mejor los orines que la Malinche mandaba. Pero
el chorro era muy fuerte, de manera que empezó a
romper la ladera del cerro, hasta que lo partió en
dos. Así, los orines siguieron su curso, abriéndose
paso a través del cerro Cuauhtinchan, y continua-
ron por el valle.
El Tentzo tuvo otra astucia, pues se había dado
cuenta de la fuerza del chorro. Decidió replegar-
se, se distanció del cerro Cuauhtinchan y se fue
alejando hacia el sur. Para cuando los orines de la
Malinche llegaron a la falda del Tentzo ya no te-
nían fuerza. Y entonces el Tentzo empezó a atajar-
los, los pudo detener y su ladera no se rompía. Y
así es como el Tentzo ganó la prueba, y entonces se
quedó él de pretendiente de la Malinche.
De este modo se separaron las dos sierras y se
formó el valle donde estamos nosotros. Es por eso
que el cerro Cuauhtinchan está partido en dos, y
justo por la mitad pasa el río. Pero si se han fijado

14
es un río bien turbio, a veces viene como café, a
veces verdoso. No es agua cristalina, pero las ca-
bras sí la beben. Antiguamente fueron los orines
de la Malinche.

15
El tesoro del Popocatépetl
[TRADICIÓN NAHUA DE HUAQUECHULA]

Nosotros le decimos don Goyo, o sea Gregorio; así


se llama el volcán. Y así lo conoce también la gente
de otros pueblos, los que están más arriba y tam-
bién en Morelos.
Don Goyo tiene muchos secretos y no le gusta
cuando la gente se mete a tratar de averiguarlos.
Hemos visto grupos que van a explorar, se meten a
las cañadas; nosotros entendemos que van en bus-
ca de los secretos del volcán, y esto a él no le gusta.
Además don Goyo tiene un tesoro muy espe-
cial. Está dentro de una cueva y nos han contado

16
que es así: hay una mesa, una gran mesa de pie-
dra apoyada en otras cuatro piedras; es una mesa
muy lisa, muy pulida. Sobre esta mesa de piedra
están sus joyas, que son una diadema de oro, un
collar de oro, sus brazaletes de oro, un cinturón
de oro y otros como brazaletes para sus tobillos.
Todo colocado sobre la mesa. Varias personas han
querido tener este tesoro, como Ernesto Zedillo.
Pues bien, esto sucedió en el año 1994, cuando
llegaron los japoneses. Entraron por aquí y nos-
otros los vimos; por eso sabemos que eran japone-
ses. Decían que iban a hacer investigaciones, pero
en realidad iban a conocer los secretos de Goyito.
Y dicen que ellos se llevaron el tesoro de la cue-
va del volcán, la diadema de oro, los brazaletes,
todo; que se lo llevaron a Japón. Y pues esto no le
gustó a Goyito, y se enojó mucho. Se le escuchaba
rugir porque estaba disgustado; muchos días es-
tuvo tronando y gruñendo. Era su disgusto.
Luego nosotros supimos por la televisión que
hubo un gran terremoto en el Japón por esos días,
en un sitio que se dice Kobe, pero es en Japón. Y la
gente sufrió mucho allá y murió mucha gente. Éste
fue el castigo que don Goyo les mandó porque le
robaron su tesoro. Y aquí se disgustó y hacía como
temblores y ruido, pero no nos hizo daño. A nos-
otros no nos hizo daño porque él sabía que los que
le habían robado su tesoro eran los japoneses.

17
Esto pasó cuando se disgustó Goyito, y todavía
no está bien. Debe de ser que no le han devuelto su
tesoro, y todavía no está tranquilo.

18
La vieja que atacó a los cerditos
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Don Felipe Lemus conoce muchas historias de la


sierra. Algunas las ha escuchado contar a sus ve-
cinos de las rancherías de Tetela de Ocampo, otras
son relatos de las cosas que le han sucedido a él.
Una noche ocurrió algo misterioso en el chique-
ro de don Felipe. Antes de dormir, el señor Lemus
le fue a llevar agua y alimento a la marrana, que
estaba amamantando a sus crías. Al rato se oyeron
chillidos. Don Felipe y su mujer pensaron que se-
ría la marrana, cansada y lastimada de amaman-
tar a todas sus crías. Pero los chillidos siguieron

19
fuera del corral. Don Felipe fue a mirar y descu-
brió que un cerdito había desaparecido; justo el
que él consideraba el mejor cerdito de la camada.
Regresó a su casa triste de haber perdido una cría
pero resignado, pues ya no tenía remedio.
Al día siguiente, cuando don Felipe se prepara-
ba para ir con un amigo a vender leña, vio a una
extraña viejita que bajaba de una loma cercana.
La viejita no traía ni suéter ni rebozo.
–Buenos días –le dijo la viejita.
–¿Qué se le ofrece? –respondió don Felipe.
La viejita le explicó que había dormido por el
rumbo de Eloxoxtla y que había perdido a la gen-
te que iba con ella. No sabía para dónde habían
ido. Pero don Felipe no había visto a nadie, y así
se lo dijo.
Mientras hablaban, los perros de don Felipe es-
taban muy inquietos, no paraban de ladrarle a la
viejita. Más tarde, cuando la viejita se fue, los pe-
rros la siguieron un rato. Además, don Felipe ha-
bía notado que la viejita traía su falda manchada
de rojo. “Será mole”, pensó, “a lo mejor se manchó
en una fiesta”.
Al rato don Felipe se reunió con su amigo Ro-
berto Posadas. Juntos iban a llevar la leña a ven-
der. Le contó lo que había sucedido la noche ante-
rior y le contó también con detalle su encuentro
con la viejita.

20
La hubieras agarrado –le dijo don Roberto–,
para saber de dónde venía, por qué estaba man-
chada y a qué fiesta había ido.
Los dos se quedaron pensando que esa viejita
había tenido que ver con el alboroto en el chique-
ro de la noche anterior.
Al parecer, ambos amigos estaban en la creen-
cia de que la viejita era nahuala y se había con-
vertido en coyote para atacar a los cerdos duran-
te la noche.
A menudo, entre quienes creen en el nahualis-
mo, se piensa que los que se han transformado en
fieras durante la noche amanecen con poca ropa,
desarreglados y desorientados.

21
Las brujas de la sierra
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Antes, cuando la sierra no estaba tan recortada


por las terrazas y había menos casas, se veían lu-
ces como de Bengala en lo alto de las montañas.
Las luces se trasladaban de un lado a otro; diz-
que eran brujas que se estaban preparando para
atacar a sus víctimas. Y al día siguiente aparecía
algún niño muerto; en su cuerpecito tenía more-
tones que le había hecho la bruja pegándole con
la palma de la mano.
Un señor que era rezandero se enfrentó a una
de estas brujas. Apenas vio la luz en la montaña

22
se puso a rezar; decía una oración al revés, em-
pezando por el final. Al cabo de un rato la Ben-
gala fue a caer a sus pies. Era la bruja. Ahora
ella estaba espantada.
El rezandero la amenazó de muerte y la bru-
ja prometió que nunca más volvería a atacar a
los niños.
Estas luces se veían antes de la medianoche.
De cada luz se desprendían varias, que iban en
diferentes direcciones.

23
Dos esposos y el hechizo
de convertirse en perro
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Había una vez un matrimonio. La esposa siem-


pre se iba tarde a la cama, cuando su marido ya
dormía. Cierto día el esposo se encontró por el
camino a su compadre.
–Oye –le dijo el compadre–. Todos los días tu es-
posa sale de casa antes de la medianoche. Se va
al panteón. Allí desentierra a los muertos y se los
come. Por eso es que siempre se acuesta tan tarde.
–No puedo creer lo que me dices –le contestó el
esposo–. Pero a ver. Un día me voy a quedar des-
pierto y así me daré cuenta si es verdad.

24
Una noche el esposo fingió que dormía; enton-
ces, la mujer pensó que ya podía salir, como lo ha-
cía siempre, y se dirigió al cementerio. Pero esta
vez su esposo la siguió y vio cómo abría las tum-
bas y se comía a los muertos: ¡pues con quién esta-
ba casado! ¡Qué poderes extraños tenía su mujer!
–Tenías razón –le dijo a su compadre al día si-
guiente–. Es verdad que hace lo que me decías.
¿Qué voy a hacer?
–No te preocupes –le dijo el compadre–. Hace-
mos una comida y le pedimos a tu esposa que
coma frente a nosotros la comida normal. A ver
qué hace. Allí veremos.
Y así hicieron una comida. Cuando todos estu-
vieron sentados le dijeron a la señora que comie-
ra con ellos. Pero ella nada más ponía excusas:
que si tenía que ir a la cocina, que si tenía que
echar más tortillas.
–Ahora ya siéntate –le dijo el esposo–. Te sien-
tas y comes esto.
Y el esposo le puso un plato de frijoles para
que a fuerza los comiera. Pero la mujer no qui-
so. Agarró el plato y le lanzó los frijoles a su
esposo. Inmediatamente, el esposo quedó con-
vertido en perro.
Era un perro negro, muy grande, que a todos
daba miedo. Así que se fue del pueblo y andu-
vo merodeando hasta que llegó a otro pueblo.

25
Allí se dirigió a la carnicería. Cuando los otros
perros que allí había lo vieron llegar luego se
fueron, se espantaron.
Así pasó un tiempo. Cuidaba la carnicería y
vivía de los restos de carne que el carnicero le
daba. Hasta que cierto día pasó por el pueblo
una señora que lo reconoció.
–Yo sé quién eres y lo que te hizo tu esposa.
Te voy a decir cómo librarte de esta maldición
que tienes. Has de ir a ver a tu esposa y le llevas
aguardiente. Le sirves un vaso y le pides que se lo
beba. Si no lo hace, pues le arrojas el aguardiente
del mismo modo que ella te arrojó los frijoles.
Entonces el perro negro, o sea, el marido, em-
prendió el regreso a su pueblo para encontrarse
con su mujer. Al llegar, ella lo reconoció de inme-
diato y empezó a decirle maldiciones.
–Espérate, sólo vengo a saludar –dijo el esposo–.
Y para celebrar el momento te traigo un poquito
de aguardiente. Seguro te va a gustar.
Con gran dificultad –pues los perros no son
hábiles con sus patas– el señor le quitó el cor-
cho a la botella de aguardiente y lo sirvió. Pero la
esposa rechazaba el brindis que él le proponía.
Visto esto, el esposo le arrojó el aguardiente a su
esposa, y así se cambió el hechizo: él se convirtió
en persona nuevamente y la mujer se convirtió en
perra, en una inmensa perra negra.

26
Los escondites del general
[NAHUAS DE LA SIERRA]

La gente de la sierra cuenta que hace tiempo


hubo un general muy valiente en la región de Te-
tela, se llamaba Juan Francisco Lucas y era muy
hábil, nunca lo atrapaban.
Un día sus enemigos lo perseguían por la mon-
taña, y estaban a punto de alcanzarlo cuando el
general pasó por un pueblo que se llama Zonte-
comapan. Allí vio a una señora que cosía, senta-
da afuera de su casa. En aquella época las mu-
jeres usaban faldas muy largas y muy amplias.

27
El general Lucas no lo pensó dos veces y se fue
a meter debajo de la falda de la señora. La falda
era tan ancha que no se notaba nada. Entonces
llegaron los soldados que lo perseguían.
–¿Ha visto usted a uno que venía corriendo? –le
preguntaron los soldados a la señora.
–Sí lo vi –dijo ella–. Se fue para allá.
La mujer les señaló en dirección de Tetela y los
soldados se fueron corriendo. De este modo, el ge-
neral logró salvarse y fue en busca de sus hom-
bres para enfrentarse a sus perseguidores.
Otra vez que el general era perseguido por sus
enemigos buscó refugio en la hacienda de Taxcantla.
Pero quienes lo seguían llegaron y rodearon la ha-
cienda. Aparentemente el general no tenía esca-
patoria. Entonces vio un caballo y tuvo una idea.
Ordenó a los peones de la hacienda que mataran al
caballo. Ya que había muerto el animal, el general
le abrió la barriga y se metió dentro.
Cuando los enemigos del general llegaron a la
hacienda vieron al caballo muerto. Un oficial or-
denó a los peones que lo alejaran de allí antes de
que empezara a oler mal. Los peones arrastraron
al caballo lejos.
Cuando el general se dio cuenta de que esta-
ba fuera del alcance de la vista de sus perse-
guidores, salió del caballo y fue a reunirse con
sus hombres.

28
Se cuenta que algunos de los enemigos de Juan
Francisco Lucas llegaron a pensar que el general
caminaba por debajo de la tierra, como si hubie-
ra túneles, y por eso nunca lograban atraparlo.

29
El hijo del maíz
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Antiguamente no había personas como nosotros


en la tierra, sólo estaban los tzitzimime, ellos
eran los anteriores. Eran caníbales y comían la
carne cruda. Cierto día llegó el colibrí y se fijó en
la hija de una anciana tzitzimime. Algunos pien-
san que ese colibrí era Dios.
El colibrí escogió a la hija de la vieja caníbal
y se la llevó, la hizo su esposa y tuvo con ella un
hijo. Pero este hijo tampoco era persona, sólo era
como una bolita de sangre; así que el colibrí lo
fue a enterrar a la orilla de un manantial. Con el

30
tiempo, en ese lugar brotó y creció una planta de
maíz: era maíz rojo.
Una pareja de ancianos tzitzimime se acercó
al manantial. Vieron que la planta había dado
un fruto y lo cortaron; entonces se dieron cuen-
ta de que el fruto no era otra cosa que una boli-
ta de sangre y la arrojaron al agua que brotaba
del manantial. Pero la bolita no se iba a ninguna
parte, sino que daba vueltas en el agua, como si
hubiera un remolino.
Al otro día, los ancianos regresaron y vieron
que había un recién nacido que lloraba en el ma-
nantial. Tomaron al niño, se lo llevaron a su casa y
lo criaron. Este niño era Sentiopil, el hijo del maíz.
Al crecer, Sentiopil aprendió a tocar instrumen-
tos. Cuando Sentiopil tocaba, todos los tzitzimi-
me se ponían a bailar, incluso sus padres adopti-
vos, los viejos tzitzimime que lo habían recogido.
Mientras los tzitzimime veían crecer a Sentiopil
pensaban: “A éste nos lo hemos de comer un día”.
También sus padres lo pensaban, pues a fin de
cuentas eran tzitzimime.
Finalmente llegó el día en que los tzitzimime
decidieron comerse al joven Sentiopil. Le dijeron
que unas ancianas le iban a preparar un buen
baño de temazcal. Y las ancianas se pusieron a
preparar la lumbre, pues habían decidido comer-
se a Sentiopil asado.

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Pero cuando ya lo iban a meter al horno, Sen-
tiopil corrió a traer a dos tortuguitas y las puso
adentro. Las tortugas hicieron una lagunita y el
joven se bañó allí dentro. De esta manera no se
quemó en el horno, sólo tomó un baño allí.
Cuando los tzitzimime abrieron el temazcal,
vieron que Sentiopil estaba vivo.
–Bueno, ya me bañaron –dijo el joven–. Ahora
les toca a ustedes tomar un baño.
Sentiopil fue por leña, encendió el fuego y metió
en el horno a todos los tzitzimime. Así los quemó.
Luego buscó una olla grande y allí echó las
cenizas de todos. Entonces encargó al sapo que
fuera a llevar la olla de cenizas al río.
–Y no vayas a abrir la olla –le había advertido
Sentiopil al sapo. Pero el sapo tenía mucha curio-
sidad, quería saber qué había en la olla, así que la
abrió. Y de la olla salieron muchos bichos que
llenaron al sapo de picaduras. Por eso el sapo tie-
ne la piel rugosa, por las picaduras de aquellos
bichos. Sí, señor.

32
Siwateyomeh, las mujeres del río
[NAHUAS DE LA SIERRA]

En el río viven unas mujeres distintas a las de-


más, son como diosas, no son personas. Pero an-
tes eran mujeres.
Su cuerpo es blanco, son de veras muy pálidas.
Sus brazos son larguísimos y sus manos siempre
están frías. Algunos las llaman sirenas, nosotros
las conocemos como siwateyomeh.
Las siwateyomeh nadan y chapotean todo el
día, juegan mucho, se alegran unas a otras plati-
cando y haciendo bromas. Les gusta reírse mien-
tras se mueven en el agua.

33
Pero no siempre están alegres las siwateyo-
meh. Dicen que es porque a veces se acuerdan de
sus hijos, que murieron ahogados. Entonces se
les ve llorar.
Cuando los hombres pasan caminando cer-
ca del río, las siwateyomeh tratan de atraerlos,
quieren hablar con ellos, los llaman, los invitan.
Quieren que sean sus esposos y que vuelvan a
darles hijos.
Así son las siwateyomeh, a veces alegres y a
veces tristes. Algunos les dicen sirenas.

34
Los duendes que chupan la sangre
[NAHUAS DE LA SIERRA]

A veces, mientras un hombre duerme, ve a una


mujer que se acerca; o tal vez un gato, o quizá a
otro hombre. En realidad es un masaka, uno de
los duendes que atacan a la gente. Si son varios
se les llama masakameh.
Entonces la mujer o el gato, o la forma que haya
tomado el masaka, se sienta encima del hombre
que duerme, lo ataca, trata de ahorcarlo. Y el
hombre lucha contra el duende, lo golpea hasta
que logra deshacerse de él. Y después de un rato
despierta, pero por un tiempo no puede hablar,
ha perdido la voz con el ataque del masaka.

35
Los hombres a quienes suelen atacar los ma-
sakameh son aquellos que tienen la sangre dul-
ce; los duendes quieren beberla.

36
Cuando los espíritus
andan por el campo
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Dicen los viejos que algunos hombres pueden


transformarse en animales. Su tonal, su espíritu,
se mete en el cuerpo de un gato montés, de un co-
yote, de un zorro o de otro animal. Y así es como
estas personas se transforman.
Los parientes de esta gente especial ya lo sa-
ben. Por eso, cuando un primo ve al animal, o tal
vez la nuera o la comadre, en seguida dicen: “Ahí
va su tonal”, o bien: “Véanlo cómo se transforma
cuando quiere”.
También dicen los viejos que cuando muere al-
guien a quien le gustaba mucho montar a caballo

37
su espíritu sigue haciendo lo mismo durante mu-
cho tiempo, corre por los mismos parajes en los
que el difunto galopaba.
También dicen que el espíritu de estos jinetes se
monta en el viento y galopa, como si el viento fue-
ra su caballo. Están extrañando la época en que
eran personas y galopaban.

38
La serpiente
que se convirtió en Venus
[TOTONACOS DE LA SIERRA]

Hubo una vez un viejo que encontró una ser-


piente en su ranchito. No era cualquier serpiente,
sino una serpiente-venado, de las que dan dinero
a la gente.
–Llévame a tu casa –le dijo la serpiente al anciano.
–No sé cómo voy a alimentarte –contestó él.
–¡Ah!, entonces sí estás dispuesto a llevarme.
Trae un canasto o un huacal y llénalo de algodón
para que yo pueda acostarme.
El viejo hizo lo que la serpiente le pedía y se la
llevó adentro de su casa. Ese día habían guisado

39
pollo. El hombre comió y le convidó a la serpien-
te. Cuando la serpiente quedó satisfecha se fue a
dormir en su cama de algodón. Pero antes de
acostarse le pagó al viejo, le dio dinero. Y esto se
repitió cada día: la serpiente comía, le daba dine-
ro al anciano y se iba a dormir.
Después de un tiempo el viejo se cansó de la
serpiente, ya no quería cuidarla. “Me voy a des-
hacer de ella”, pensó, y al día siguiente se levantó
de madrugada, cogió el canasto con la serpiente
y salió de su casa.
La primera luz del alba parecía una rendijita
en el horizonte. El viejo sacudió con fuerza a la
serpiente, la hizo girar sujetándola por la cola y
finalmente la lanzó lo más lejos que pudo, con
tanta fuerza que la serpiente llegó hasta el cielo y
se convirtió en el lucero, en la estrella del alba.

40
El maíz
y los pájaros carpinteros
[TOTONACOS DE LA SIERRA]

En aquel tiempo no había maíz todavía, la gen-


te no conocía el maíz. Entonces andaban por la
sierra dos pájaros carpinteros; eran una pareja,
macho y hembra.
–Veamos si dentro de la montaña hay maíz
–dijo uno de los pájaros.
–Sí, vamos a picotear el cerro hasta que logre-
mos abrirlo. Tal vez en una cueva, tal vez en su
interior haya maíz –dijo el otro.
Los pajaritos se dirigieron al cerro que habían
escogido. Era grande, no estaba muy lejos del

41
pueblo, y ellos estaban seguros de que allí en-
contrarían maíz.
Empezaron a picotear; esto sabían hacerlo muy
bien, pues ya dijimos que eran pájaros carpinte-
ros. Picotearon todo el día, a ver si se abría el
monte, a ver si se hacía un agujero, si se descom-
ponía el monte. Pero al final del día estaban can-
sados, no lo habían logrado.
El segundo día tampoco consiguieron abrir
el cerro. “Tal vez mañana”, pensaron, y se fue-
ron a descansar.
El tercer día otra vez se aplicaron, se dedica-
ron a dar picotazos en el cerro desde la mañana.
Al mediodía, por fin, acabaron de partir el cerro,
se rajó por fin el cerro.
En ese momento se desprendió una roca que
fue a golpear en la cabeza a uno de los pájaros
carpinteros. El golpe hizo sangrar su cabeza,
era el macho.
–Ya te vas a morir –dijo la hembra.
–No, no me muero, sólo es un golpe. Era nece-
sario que se desprendiera la piedra. Ahora ya
sale el maíz.
El maíz brotaba del interior de la montaña, se
regaba muchísimo maíz. Pero nadie sabía toda-
vía que el maíz estaba allí. Así pasaron cuatro
días; entonces las hormigas lo descubrieron.
Eran hormigas de las que llamamos arrieras;

42
empezaron a agarrar el maíz y se lo llevaban
cargando montaña abajo.
De ese modo la gente supo del maíz, porque
vieron pasar a las hormigas. Se fijaron en lo que
traían y les pareció que era muy bonito, era un
maíz muy blanco.
Entonces se fueron juntando; primero uno, lue-
go otro, hasta que fueron cinco señores. Y empeza-
ron a seguir a las hormigas. El camino era difícil,
el primer día no llegaron. Descansaron y conti-
nuaron al día siguiente.
A veces tenían que cortar árboles para poder
avanzar por la sierra. Así iban subiendo, se iban
acercando. El tercer día ya llegaron, por fin en-
contraron la montaña. Allí estaban las hormigas
recogiendo el maíz que brotaba del interior.
–Ahora regresemos al pueblo –dijeron los seño-
res–. Nosotros ya hemos visto dónde está el maíz,
avisemos a la gente para que todos vengan a reco-
ger, que todos tengan maíz.

43
El hombre flojo
y la jarra de monedas
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Había una vez un hombre que era muy flojo, nun-


ca quería trabajar y vivía pobremente. Hasta que
un día que iba por el camino le dieron una buena
paliza, vaya que lo azotaron. El hombre llegó a su
destino como pudo, y lo primero que vio al llegar
fue una serpiente cortada en pedazos.
–Oh, pobrecita –dijo el hombre–. Veo que es-
tás sufriendo igual que yo. A mí me molieron a
palos y a ti te cortaron en pedazos… Te han ma-
tado, pobrecita.

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Entonces el hombre tomó los pedazos de la
serpiente y se puso a pegarlos con cuidado. Y
cuando terminó, la serpiente empezó a moverse.
–Gracias por haberme revivido. ¿Qué puedo ha-
cer por ti? ¿Cómo podré pagarte…? ¡Ya sé! Sígue-
me, iremos a donde viven mi padre y mi madre,
ellos te darán tu recompensa.
Así lo hicieron. Después de un rato llegaron
con los padres de la serpiente.
–Gracias por curar a nuestro hijito que estaba
por allí muerto –dijeron ellos.
–Sí –respondió el hombre flojo–, me dio lástima
y sentí compasión porque a mí también me dieron
una paliza. A su hijo lo hicieron sufrir como a mí.
–Bueno, pues ahora tendrás tu recompensa.
Pero es mucha la riqueza que vamos a darte y no
podrás cargar con todo. Así que tendrás que ha-
cer esto. Te llevarás esta jarra de oro llena de di-
nero. Es tuya. Al llegar a tu casa vierte las mone-
das en una petaca, deja la jarra vacía y ponla a
un lado de tu petate. Cuando despiertes verás
que la jarra ha vuelto a llenarse. Si repites esto
cada noche nunca te faltarán monedas y serás
un hombre muy rico.
Así es como el hombre flojo se hizo rico. Enton-
ces decidió viajar a España para encontrar mujer.
Allí se casó y luego trajo a su mujer a esta tierra,
y también a sus suegros.

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–¿De dónde saca tu marido tanto dinero? –le
preguntaron un día los señores a su hija–. Nunca
trabaja, ¿cómo es que es tan rico?
–Bueno –respondió la hija–. Él tiene una va-
liosa jarra de oro. Antes de dormir la deja vacía
y al amanecer aparece llena de monedas. Así es
como sucede.
–Pues, hija, mira a ver si puedes robársela. Se
la quitas una noche y nos la das a nosotros.
Un día la hija hizo lo que sus padres le ha-
bían encargado. El hombre flojo despertó y se dio
cuenta de que había desaparecido su jarra.
“Y ahora qué haré”, pensaba el flojo. “Y quién
me habrá robado mi jarra.”
Entonces el flojo salió a caminar y se encontró
con un halcón. El halcón estaba llorando porque
no encontraba su ración de carne.
–Tú lloras porque no tienes tu ración de carne
y yo porque he perdido mi jarra –dijo el hombre.
–No te preocupes –respondió el halcón–. Allí
está lo que perdiste.
–Pero ¿dónde?
–Allí nomás, bien cerquita –le dijo el halcón.
–Si de verdad sabes dónde está mi jarra y me
ayudas a recuperarla, te daré lo que me pidas.
–Pues bien –dijo una vez más el halcón–, para
que veas que sí lo sé te diré lo que pasó. Tu suegro
la tiene escondida en un baúl. Tu mujer te la quitó

46
mientras dormías y se la entregó. Si quieres que
recupere la jarra para ti, tendrás que darme lo
que te pida.
–Te daré lo que quieras –dijo el hombre.
–De acuerdo –respondió el halcón–, cada vez
que tus gallinas tengan pollitos quiero que me
regales la mitad de los que nazcan. Así nunca me
faltará comida.
El hombre estuvo de acuerdo en darle al halcón
lo que le pedía, a cambio de recuperar la fuente
de su riqueza. Entonces el halcón le explicó lo
que harían.
–Debes ir a buscar al ratón, dile que necesito
hablar con él.
El hombre llamó de prisa al ratón y lo trajo ante
la presencia del halcón.
–Esto es lo que te voy a pedir –le dijo el halcón
al ratón.
–Pues a ver –dijo el ratón–, a ver si yo puedo.
–Quiero que vayas a aquella casa y hagas un
agujero en el baúl. Verás que hay una jarra muy
brillante. Quiero que la saques y la subas al teja-
do, entonces yo la atraparé.
–Claro que puedo hacerlo –dijo el ratón–, pero
necesito que me avises cuando veas un cántaro
lleno de maíz. Ésa será mi recompensa.
El halcón estuvo de acuerdo y el ratón hizo
su trabajo. Los ratones son buenos para hacer

47
agujeros en las petacas, así que el trabajo no tar-
dó mucho tiempo.
Cuando el halcón vio la jarra dorada sobre el
tejado voló hacia allá con las garras preparadas
y atrapó la jarra.
Entonces se la devolvió al hombre flojo, que
una vez más se volvió un hombre rico.
¿Y el halcón? Nunca le faltan pollos que co-
mer. ¿Y el ratón? Siempre sabe dónde hay maíz.

48
La señora de blanco
[TRADICIÓN OTOMÍ]

Esto ocurrió un día de madrugada, cuando salí


de mi casa para ir al trabajo. Apenas había cerra-
do la puerta y miré hacia el camino. Alguien ve-
nía, pero no era una persona común: era una se-
ñora muy grande y muy blanca. Esta mujer no
caminaba, sino que iba como volando despacio,
a dos palmos del suelo. Avanzaba hacia mí y es-
taba a punto de alcanzarme, así que regresé co-
rriendo a la casa y cerré la puerta. Así me quedé,
dentro de la casa, esperando a que la señora pasa-
ra de largo. Al cabo de dos minutos volví a abrir.
No vi nada, la mujer de blanco había desaparecido.

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La tortuga invitada a la boda
[TRADICIÓN OTOMÍ]

Un día le preguntaron a la tortuga si iba a ir


a la boda. Algunos dicen que era la boda de
unos gatitos.
–Pues claro que voy –dijo la tortuga–, pero para
llegar a tiempo tengo que salir ya.
Así pues, la tortuga se puso en marcha un mes
antes de la boda. Llevaba ropa limpia para cam-
biarse al final de la travesía; quería ir muy arre-
glada a la fiesta.
Por suerte, cuando faltaban ocho días para la bo-
da la tortuga llegó a la casa donde iba a celebrarse.

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Pero había varios escalones y eso era difícil
para ella, necesitaría ocho días para subirlos.
Era justo el tiempo que tenía, de modo que em-
pezó a subir de inmediato.
Cuando sólo le faltaba un escalón la tortu-
ga tropezó, resbaló y volvió a quedar en el
primer escalón.
–Ya no subiré otra vez –se dijo la pobre–
porque no alcanzaría a llegar a la boda. Mejor
me regreso a mi casa.

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El hombre que desafió al rayo
[TOTONACOS DE LA SIERRA]

Había una vez un hombre que no quería creer en


Dios: “A mí que me enseñen en dónde vive y quién
es”, decía el señor incrédulo. Tampoco tenía te-
mor de las tormentas. Cuando empezaba a verse
el resplandor de los relámpagos y todos los hom-
bres que estaban trabajando en el campo regresa-
ban a casa, el hombre incrédulo se iba burlando
por el camino y decía que a él no le pasaría nada.
La gente le pedía que no dijera esas cosas, pues
le podía llegar un castigo, pero a él no le importaba.

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Entonces los de su pueblo se pusieron de acuer-
do, decidieron que si a este señor le ocurría algo
ninguno lloraría por él, pues ya le habían dado
bastantes consejos.
Pasó el tiempo y el hombre siguió burlándo-
se de sus compañeros, hasta que un día se burló
del mismo trueno. Esa tarde todos estaban tra-
bajando en el campo cuando empezó la tormen-
ta. Entonces soltaron sus herramientas, dejaron
el azadón y el machete para no faltar al respeto
a los ángeles, y se alejaron para guarecerse bajo
unos plásticos. Pero el hombre incrédulo y terco
se quedó trabajando. Los demás le gritaron que
dejara el azadón y se quitara el machete del cinto,
pero este hombre sólo se burlaba. Entonces sus
compañeros se alejaron un poco más; si caía un
rayo por culpa de su compañero no querían que a
ellos les tocara también.
Al cabo de un rato la tormenta terminó, sin que
al hombre le hubiese pasado nada. El resplandor
de los relámpagos se alejaba con las nubes.
–Lo ven –dijo el hombre–, a mí el rayo no me
hace nada.
Desenfundó su machete y les dijo a sus com-
pañeros:
–Para que vean cómo trabajan los ángeles.
Dio un golpe y no pasó nada, dos golpes, tres
golpes y nada. Cuando el hombre incrédulo se

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disponía a dar el cuarto golpe fue fulminado
por un rayo.
Cuando sus compañeros se acercaron sólo
quedaban cenizas. Pero nadie lo lloró, pues de-
cían que él había buscado la muerte.

54
La vida, el hombre y la mujer
[OTOMÍES DE LA SIERRA]

El vientre de la mujer es como la cueva. En lo


más profundo de la cueva se producen las piedras
preciosas y en lo profundo del vientre, la vida de
los seres humanos; allí tomaron forma nuestros
antepasados y también todos nosotros.
El hombre y la mujer son distintos y se acom-
pañan. Cada uno tiene su voz. El hombre es la
guitarra y la mujer el violín. Éstos son los ins-
trumentos que tocamos en la ceremonia que nos-
otros llamamos “el costumbre”. Y siempre toca-
mos música y bailamos cuando vamos a entrar
en una cueva.

55
La bruja malvada y cómo
empezaron a existir las moscas,
los sapos y los zanates
[TOTONACOS DE LA SIERRA]

Antiguamente había una bruja que se comía a los


niños. Esperaba a que sus madres salieran al campo
y cuando se quedaban solos acudía a las casas para
comérselos. Aunque estuvieran escondidos en el ta-
panco, la bruja los encontraba y se los comía. Los
chupaba de la cabeza a los pies; sólo dejaba los hue-
sos en una olla. Y si no había niños en casa, si sola-
mente estaba la mujer, la bruja también se la comía.
–Mira, tienes muchos piojos. Déjame que te
los quite, señora –le decía la bruja, y así empeza-
ba a chuparla.

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Cierto día la bruja fue a una casa y se comió a
la mujer, pero antes de que pudiera irse llegó el
marido, que venía del campo. Al entrar a su casa
el hombre vio en un rinconcito la olla con los
huesos y luego vio a la bruja. Pero ella no se dio
cuenta de que el hombre la había descubierto,
así que fingió que era una amiga de su esposa y
la estaba esperando.
–Pues vamos a esperarla –dijo el señor–, qué-
dese usted pero póngame a asar unos chiles para
los tamales. Ah, y además le vamos a compartir
nuestro temazcal. Podrá darse un buen baño.
Mientras la bruja asaba los chiles, el señor ca-
lentó el baño y en cuanto estuvo listo le dijo a la
bruja que se bañara ella primero. Como la bruja
no sabía que había sido descubierta, se metió a
bañar con confianza.
Entonces el hombre puso en el agua del temaz-
cal el polvo de los chiles molidos. La bruja se aho-
gaba y todo le ardía. El hombre siguió calentando
el temazcal y echando chiles molidos hasta que la
bruja quedó convertida en ceniza.
–Toma –le dijo el señor a uno que a veces le lle-
vaba leña–, llévate esta olla con cenizas y tíralas
al río, nomás no la vayas a destapar en el camino.
Y todo habría salido bien de no ser porque otro
campesino que iba por el camino vio al leñador y le
suplicó que le dejara abrir la olla. Al destaparla, un

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enjambre de moscas salió de su interior; cubrieron
completamente el cuerpo del pobre hombre que
cargaba el recipiente. Lo mordieron hasta conver-
tirlo en sapo. Y el otro, el que había pedido que se
abriera la olla, quedó convertido en zanate, voló
hacia un árbol y comenzó a cantar; entonces ama-
neció, porque todo esto había ocurrido de noche.
Si aquel curioso no hubiera querido destapar la
olla no habría en la tierra ni moscas, ni sapos ni
zanates que cantan al amanecer.

58
De cómo se hicieron amigos
el perro y el coyote
[OTOMÍES DE LA SIERRA]

Un día el coyote iba por el camino cuando se en-


contró a un perro viejo.
–¿Y tú qué haces en el monte? –preguntó el coyote.
–Mi amo ya no me quiere –respondió el perro–,
dice que ya no sirvo para cuidar el gallinero, así
que me corrió de nuestro ranchito.
–Pues no te preocupes, eso lo vamos a arreglar.
Esta noche no te duermas temprano, quédate des-
pierto hasta que yo llegue. Me voy a meter al ga-
llinero y atraparé una gallina. No la voy a morder
muy fuerte, nomás la voy a jalar del pellejo. Tú

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harás gran alboroto, ladrarás, me perseguirás y
harás como que me muerdes. Entonces yo te deja-
ré la gallina y saldré corriendo. Tomas la gallina y
se la entregas a tu amo. Ya verás que tu amo te
vuelve a querer.
Esa noche tanto el perro como el coyote hicie-
ron lo que habían planeado y todo salió bien.
Al día siguiente el coyote volvió a encontrarse
con el perro en la montaña.
–¿Cómo te fue, perrito viejo? ¿Qué pasó?
–Mi amo ya me quiere otra vez, gracias a ti,
coyotito.
–Ya ves, yo te lo dije. Luego nos vemos por ahí.

60
El malo de la montaña
[POPOLOCAS]

El Chinentle es un ser poderoso y malvado. Por


eso a veces lo llamamos “el malo”. El malo nos
engaña todo el tiempo, pues a veces parece per-
sona, se viste como de charro, muy elegante, y
otras veces se convierte en animal. Muchos lo
han visto convertido en calandria.
Si uno quiere hacer un compromiso con el
malo tiene que subir a la montaña. Allá se en-
cuentra con él y el malo le pide que firmen el
pacto con sangre. Ya que se hace un compromiso
con el malo no se puede romper.

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Si una persona hace un pacto con el malo para
hacerse rico, el malo le dará una moneda y le
pedirá que la guarde dentro de una caja durante
toda la noche. A la mañana siguiente, la caja es-
tará llena de dinero. Y así es, el malo hace que la
gente tenga de pronto un montón de dinero, pero
esa riqueza no es buena porque no es produc-
to del trabajo de las personas. Además, el alma
del que recibe la riqueza queda comprometida a
servir al malo para siempre.
A los que piden ganado, el malo les dice que
dejen bien barrido su patio antes de dormir, y a
la mañana siguiente el ganado aparece en el pa-
tio. Llegan solos, sean reses, chivos, marranos.
Cualquier animal que se le pida al malo, el malo
lo concede. Pero esa riqueza no dura mucho por-
que el malo es muy traicionero; de repente da las
cosas y, cuando menos se lo espera la persona, el
malo le arrebata lo que le dio.
Dice la gente que al malo también se le puede
pedir una larga vida, hasta cien años, pero en
realidad la gente no aprovecha esa vida porque
envejecen muy rápido.
Yo no sé dónde habrá gente que acepte hacer
esos tratos con el malo. Por aquí, hasta la fecha,
nadie se ha animado. Preferimos vivir pobre-
mente, sin ningún tipo de compromiso y del lado
de Dios.

62
El maíz podrido y el dios del maíz
[TOTONACOS DE LA SIERRA]

Había un señor que era muy pobre porque su


milpa no daba buenas cosechas: algunas ma-
zorcas salían muy pequeñitas y muchas otras
salían podridas. Cierto día, este hombre fue al
monte para recoger leña; su esposa la necesita-
ba para hacer la lumbre y calentar la comida. Al
cabo de un rato el hombre reunió suficiente leña
para completar la carga; preparó el rollo, lo su-
jetó con su mecapal y empezó a andar. Pero ape-
nas había dado unos pasos cuando se encontró
con una niña.

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–Ayúdeme, por favor –le dijo la niña–, estoy en-
ferma. Tengo todo el cuerpo cubierto de granos.
Haga el favor de llevarme y curarme.
El señor lo pensó un poco y al final se compade-
ció, abandonó la leña en el suelo e hizo que la niña
se sentara en su mecapal. Así la llevó a cuestas.
Al llegar a su casa el señor le dijo a su esposa:
–Señora, te traigo a esta niña para que la cu-
res. La encontré en el camino, está enferma y me
dio lástima.
La mujer hizo lo que su marido le pedía y la curó.
Y así la niña se quedó viviendo con ellos como si
fuera su hija.
Al cabo de unos meses llegó la hora de la cose-
cha. Aquello parecía un milagro: todas las ma-
zorcas se habían dado grandes y limpias.
Cuando la niña vio lo feliz y satisfecho que es-
taba el hombre, le dijo:
–Señor, dime dónde vas a amontonar las mazor-
cas cuando las traigas de la milpa. Donde alma-
cenes la cosecha quiero que me coloques un ban-
quito de madera. Yo me sentaré en ese banquito y
así me la pasaré.
El hombre no entendió por qué la niña le pedía
eso, pero como siempre la consentía mucho no tuvo
inconveniente en cumplir su deseo. En un clarito
junto a la casa colocó las tablas y amontonó el maíz.
Y allí mismo le puso a la niña su banquito.

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La niña se pasaba las horas en el banquito, e
incluso dormía en aquel lugar, hasta que un buen
día desapareció y nadie volvió a saber de ella
nunca más. Los señores estaban tristes de ya no
verla, pero también estaban alegres porque en
adelante sólo tuvieron buenas cosechas.
Se conoce que aquella niña enferma era el pro-
pio maíz podrido. Como la curaron y la cuida-
ron, ella quedó sana, y también quedó limpio y
bueno el maíz.
Se dice que quien ayudó a este señor fue el
mero dios del maíz, que lo puso a prueba para ver
si era bueno y generoso con la gente. Como fue
amable y cuidó de la niña, el dios del maíz lo ayu-
dó así. Es como si le hubiera agradecido por ha-
ber sanado a su hija.

65
La aparición de un extraño ángel
[OTOMÍES DE LA SIERRA]

Cierta noche salí del cuarto y, en medio de la


oscuridad, pude ver un animal muy grande que
bajaba del cielo, era como un guajolote; sus alas
eran grandes y sus uñas también. No se me ocu-
rrió qué hacer, tal vez debí haberme metido en el
cuarto, tal vez debí quedarme quieta, pero sólo
pensé en echar a correr. Miré hacia atrás y me di
cuenta de que el extraño ángel me seguía; sus ojos
brillaban mucho, eran de un color rojo encendido.
Las piernas se me doblaban, nunca había corrido

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tanto. Me sentí perdida, como si no fuese de aquí,
como si yo fuese una extranjera en mi tierra.
El animal espantoso se abalanzó, se lanzó so-
bre mí y me hizo caer. Yo sujetaba una cruz que
había sido de mi madre y que nunca quise soltar.
Traté de gritar pero tenía la lengua pegada al
paladar. Después de un rato se despegó mi len-
gua y pude gritar. El grito hizo que desaparecie-
ra el animal. Mi esposo lo oyó también, salió al
patio y me buscó. Nos abrazamos y tratamos de
olvidar el incidente.
A la mañana siguiente vimos al gran animal
tirado junto al puente. Todavía le brillaban los
ojos. El único rastro que me quedó de su ataque
fue un rasguño en las piernas. Tal vez era un án-
gel, pero un ángel monstruoso.

67
El renacimiento del dios del maíz
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Dicen que a uno de por aquí se le llenaron de


polilla todas sus mazorcas; ya no podía hacer
nada con ellas y quería evitar que la polilla se
pasara a otro lado e hiciera más destrozos. Así
que este señor se llevó todas sus mazorcas al río
y allí las tiró.
Poco después, un leñador que pasaba justo por
esa parte del río se sorprendió al ver que había
un viejo dentro del agua. El viejo dijo que tenía
frío y le pidió al leñador que lo llevara a su casa.
–Anda, llévame a tu casa –decía el viejo.

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–¿Y si se enoja mi familia? –respondía el leñador.
–No pasará. Verás que me van a querer.
–¿Y cuál es tu nombre? –preguntó el leñador.
–No tengo nombre, pero no soy una persona
cualquiera.
El anciano era medio güero, iba vestido de
blanco y traía un morralito. Como era muy mayor
y tenía frío, el leñador se compadeció de él y se lo
llevó a su casa. Al llegar, y después de calentarse,
el visitante pidió que le dieran un poco de pan
blanco, así que se comió una telera y un atole. Eso
fue lo que pidió y dijo que sólo eso almorzaba,
que no comía ni cenaba nada más.
Ya que se calentó y se alimentó, el anciano se
quedó quietecito en la casa. No dijo nada más,
sólo se quedó ahí. A la mañana siguiente la casa
estaba llena de mazorcas, y el hombre del morral
ya no estaba. La casa estaba de veras llena de ma-
zorcas, como si se hubieran vaciado varias trojes.
Dicen que en las mazorcas apolilladas que se
arrojaron al agua estaba el dios del maíz, porque
él vive dentro de la planta. En agradecimiento al
leñador que le dio cobijo y comida, el dios del
maíz le regaló muchas mazorcas. En realidad era
el mismo dios del maíz convertido en mazorcas
para agradecer a quien lo ayudó.

69
Nanauatsin en el agua
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Dicen los viejos que hay un animal que vive


en el agua llamado Nanauatsin. En la época de
lluvias Nanauatsin está muy enojado porque lo
amarraron el día de San Juan. Dice que si los
que lo tienen amarrado llegan a soltarlo, o si él
logra quitarse el mecate o si el mecate se rompe,
se comerá a todos los hombres, devorará a todos
nuestros hermanos.

70
La rana que reventó
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Cierto día, unas ranitas iban de paseo cuando se


cruzaron con un toro. Nunca antes habían visto a
este animal. Tan pronto como llegaron a su casa
se lo contaron a su madre.
–Acabamos de ver un animal muy grande, nun-
ca habíamos visto un animal tan grande.
La rana madre se infló y les preguntó a sus
ranitas:
–¿Era así de grande el animal que vieron?
–Nooooo, mucho más grande –respondieron
las ranitas.

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La rana se infló más aún y volvió a preguntar:
–¿Así, de este tamaño?
–Nooooo, mucho, pero mucho más grande.
Entonces la rana juntó todo el aire que pudo y
se infló mucho más, pero fue tanto que reventó.
Murió al instante.
Así les ocurre a las personas que son orgullosas.

72
La mujer codiciosa
que se convirtió en mula
[TRADICIÓN NAHUA DE TECALI DE HERRERA]

Una ocasión supe de algo extraordinario que le


ocurrió a un señor que se dedicaba a fabricar pe-
tates. Bueno, por aquí todos fabricamos petates,
es lo que hacemos. Y este hombre quería com-
prar tiras de tule para hacer los petates. Yo me
ocupé de conseguírselas y cuando las tuve le fui
a avisar a su casa. Le avisé, me despedí y regresé
para mi casa.
Pues me dicen que, tan pronto como me fui,
este hombre se puso como loco con todos; hasta
quería pegarle a su mamá. Y es extraño, porque

73
era un señor normal. Y al cabo de un tiempo
le preguntamos:
–Bueno, pues, compadre, ¿de dónde levan-
taste esa enfermedad? Tú eres muy sano.
–No sé, pero creo que hago estas payasadas
cuando me acuerdo de mi hermana Carmen.
Entonces le hicimos ver que su hermana Car-
men ya estaba muerta hacía tiempo, y que pues
mejor se olvidara de ella.
–Pues no es cierto que se haya muerto –nos
dijo–, enterramos la caja vacía.
Y entonces nos contó que su hermana y su
cuñado, que tenían mucha necesidad de dinero,
se habían animado a hacer un pacto con el
malo de la montaña. Habían ido a buscarlo a la
cueva y habían hecho un pacto con él, a cambio
de dinero.
–Un día mi cuñado me convenció de subir con
él a la cueva. Me dijo que saliera yo de pobre,
que allí daban harto dinero. Y pues lo acompañé.
Y nos contó que al llegar a la cueva él esperaba
que todo iba a ser de piedra, pero de alguna ma-
nera había una puerta. El cuñado tocó a la puer-
ta y se oyó como un zaguán que se abría.
Entonces entraron a la cueva, y desde el fon-
do vieron que salía corriendo su hermana Car-
men. Venía echando lumbre por la boca y por la
nariz. Estaba transformada. De la cintura para

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arriba era su hermana Carmen, pero de la cintu-
ra para abajo era una mula.
Y el señor que nos contó esta historia luego se
perdió. No supimos más de él.

75
La misteriosa cantina
del interior de la montaña
[POPOLOCAS]

Dicen que en las montañas hay unas cantinas


que no son como las de los pueblos; son sitios
mágicos de los dioses de los cerros. En esas
cantinas les roban los años a los hombres que
llegan a entrar.
Se sabe que un señor iba cruzando la montaña
con sus burros y de pronto vio la entrada a una
cantina. No había nada más, ni casas ni poblado,
sólo la entrada a la cantina. Y unas muchachas
lo jalaban y lo invitaban a entrar; le decían que
pasara, que podía beber todo lo que quisiera sin

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pagar nada. Y el señor amarró sus burros afuera
y se metió a tomar y a pasar el rato.
Cuando ya quería irse, las mujeres lo conven-
cían de quedarse un rato más. Y como estaba a
gusto, pues se quedaba. Al cabo de un rato pen-
só que ya habían pasado muchas horas y se de-
cidió a salir. Pero cuando lo hizo y se encontró
nuevamente en el camino, vio que sus burros no
estaban; alguien los había desamarrado y se los
había llevado.
Este hombre se lamentó de que le hubieran ro-
bado a sus animales y siguió su camino al pueblo.
Cuando llegó la gente estaba sorprendida. ¡Hacía
siete años que se había ido con los burros al mon-
te y pensaban que se había perdido para siempre!
El hombre se miró en un espejo y vio que ya te-
nía arrugas y muchas canas, ¡estaba mucho más
viejo! Él pensó que sólo había pasado unas horas
en la cantina, pero en realidad fueron siete años.
Así es como los seres de la montaña le roban la
vida a los hombres; cuando ellos aceptan la be-
bida no se dan cuenta de que les están robando
vida con ello.

77
Cuando se apareció
la Virgen en el peñón
[NAHUAS Y TOTONACOS DE LA SIERRA]

Se dice que un domingo de octubre, hace casi


cien años, ocurrió algo prodigioso en el peñón de
Jonotla. No paraba de llover. Había sido una se-
mana de bruma y aguaceros debido al paso de un
norte. Después de varias horas de oscuridad, ha-
cia las tres de la mañana se vio una luz resplan-
deciente en el peñón. La luz aparecía y desapare-
cía, como si fuese un faro. Mucha gente de las
rancherías de los alrededores pudo ver esto; se
encontraban despiertos debido a lo fuerte del
temporal que azotaba la zona. Al amanecer, la

78
gente hablaba sobre las luces que se habían vis-
to en el peñón. Quienes habían estado dormidos
no sabían de qué se hablaba.
Hacia las nueve de la mañana pasaron por el
lugar un muchacho y su madre. Él se llamaba Fi-
del Alejandro de Jesús Carreón. Eran muy po-
bres, les había ido muy mal últimamente, e iban
a vender algo de leche para obtener dinero y po-
der comprar otros alimentos. De pronto, Fidel es-
cuchó una música muy suave y una voz maravi-
llosa. Siguiendo la voz, Fidel llegó a una roca que
desprendía una luz fortísima. Dentro de la luz
podía verse la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Cuando el muchacho la vio, cayó desmayado.
Al cabo de un rato, Fidel Alejandro corrió con
su madre y le explicó lo sucedido. La madre no
sabía qué hacer. ¿Sería verdad que se había apa-
recido la Virgen? Entonces pasaron otros ran-
cheros y entre todos acudieron al sitio. Era ver-
dad, allí estaba la Virgen; se había aparecido a la
gente de Jonotla en medio de la tempestad.
Entonces, Fidel, su madre y los demás ranche-
ros bajaron al pueblo y dieron la noticia del mi-
lagro. Después se hizo un santuario en el peñón,
en el lugar donde se había aparecido la Virgen.

79
El mal del susto
[NAHUAS Y TOTONACOS DE LA SIERRA]

Una niña se cayó en el monte. Tal vez se dio un


sentón muy fuerte; el golpe la asustó, la dejó
enferma. Entonces la niña ya no comía bien, se
fue poniendo muy débil. Buscaron a un curan-
dero que pudiera remediarlo, fueron con don
Aurelio: él tiene las dos tradiciones, la de los
nahuas y la de los totonacos, que son vecinos
allá en la sierra. Y don Aurelio sabe curar a los
que se enferman del mal del susto, que en toto-
naco se llama tapekwan.

80
Don Aurelio fue al monte, al mismo lugar en el
que la niña se había caído. Él creía que la tierra
había atrapado el alma de la niña, que la había
capturado; así que azotó fuerte la tierra con una
rama, para que la tierra soltara el alma de la
niña. Luego don Aurelio cogió un puñito de tie-
rra y se fue para la casa de la enferma.
Ya en la casa, don Aurelio mezcló en una ollita
un poco de nixtamal y un poco de la tierra que
había traído. Y mientras hacía la mezcla decía y
repetía el nombre de la niña enferma. “Así el maíz
le dará fuerza para vivir a la niña que se enfermó
al caer en la tierra”, decía don Aurelio.
Luego se hacen unas tortillas con ese nixtamal
que tiene tierra, y entonces el alma ya se regresa
al cuerpo del enfermo.

81
La historia de los caminantes
[NAHUAS Y TOTONACOS DE LA SIERRA]

Dos amigos iban por el camino cuando de pron-


to uno de ellos vio un bulto de tela y exclamó:
–¡Qué buena suerte tengo! Me he encontrado
mucho dinero, el pañuelo está lleno de oro.
–No digas: “Yo me he encontrado mucho dinero”.
Di: “Nosotros tenemos suerte. Hemos encontrado
un pañuelo lleno de dinero”. Es necesario que los
que juntos caminan, juntos se alegren.
Pero el que había encontrado el dinero repuso
con enojo:
–Yo lo he encontrado y yo me lo guardo.

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Al poco rato oyeron gritar a unos hombres
que venían corriendo por el camino.
–¡Alto! ¡Ladrones!
Cada uno de los hombres llevaba un palo en
la mano. Ellos eran los dueños del pañuelo de
monedas y creían que los dos amigos les ha-
bían robado.
El que había levantado el dinero del piso se
espantó y dijo:
–¿Qué vamos a hacer si nos atrapan con este
dinero?
Y entonces su compañero le respondió:
–Antes no querías decir “nosotros”, pues ahora
sigue diciendo “yo”.
¿Qué habrá sido de estos dos amigos?

83
Los dos burros
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Aquel día iban por el camino dos burros carga-


dos con mercancías. Uno de ellos llevaba sal y el
otro llevaba telas. De pronto se hallaron frente
a un río; si querían seguir sin muchos rodeos
tenían que cruzarlo. El que iba al frente, que lle-
vaba la sal, empezó a atravesar la corriente. El
agua lo cubría cada vez más y mojaba su carga,
pero el burro avanzó sin problemas hasta que
estuvo del otro lado.
Cuando salió del río, el primer burro se veía mu-
cho más ligero que antes, pues el agua se había

84
llevado y había diluido una buena parte de la
sal de los costales.
“Vaya, veo que ha salido como si nada, incluso
se le ve más fresco y con ganas de seguir cami-
nando”, se dijo el segundo burro, que observaba
desde la otra orilla. “Cruzaré yo también.”
El segundo burro entró en el río. Conforme el
agua mojaba las telas, la carga pesaba más y más.
Al llegar a la otra orilla, el burro se sentía fatiga-
do y veía que no podía con el peso.
Por eso decimos que no siempre es bueno imi-
tar a los demás. Cada quien tiene sus propias
circunstancias.

85
Los perros hambrientos
y la empresa imposible
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Cierto día, había unos perros hambrientos mero-


deando por la orilla del río. De pronto, los perros
vieron unos cueros de vaca metidos en el agua. Su
dueño los había dejado allí para suavizarlos. Un
cuero es algo muy sabroso para un perro.
Bien, pues los perros decidieron comerse los
cueros, pero estaban bastante sumergidos y no
era fácil entrar en el agua para obtenerlos.
Uno de los perros se hizo cargo de la situación:
–Bebamos el agua, amigos, y así podremos re-
cuperar los cueros.

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Dicho y hecho: todos los perros empezaron a
dar lengüetazos para beberse el agua. Bebieron y
bebieron hasta que todos quedaron panzones,
pero el río seguía corriendo; todavía había mu-
cha agua que beber.
Esto nos hace pensar que no hay que meterse
en una empresa imposible de terminar.

87
El hombre que hacía milagros
y el horno de pan
[TOTONACOS DE LA SIERRA]

Había una vez un hombre que hacía milagros.


Después de haber desempeñado diferentes ofi-
cios, el hombre entró a trabajar en una panade-
ría. Cumplía bien con su trabajo y horneaba un
delicioso pan.
Cierta tarde, cuando ya había concluido su
horario de labores, el hombre que hacía mila-
gros metió en el horno a una mujer muy vieja y
muy fea. Encendió el horno, esperó y al cabo de
un rato lo abrió, introdujo la pala de madera con
la que se saca el pan… y salió una muchacha
joven y hermosa.

88
El dueño de la panadería, que había estado
observando a escondidas, no lo pensó dos veces.
Corrió a buscar a su esposa y la metió en el hor-
no. Después de un rato abrió el horno, ilusiona-
do, pero sólo salieron cenizas. Entonces el dueño
de la panadería salió corriendo, desesperado, en
busca del hombre que hacía milagros. Lo encon-
tró en la plaza, paseando en compañía de la jo-
ven que había sacado del horno.
–Oh, Dios mío, mira lo que he hecho. Quise con-
vertir a la buena de Domitila en una muchacha
joven y a cambio la he transformado en cenizas.
El hombre que hacía milagros se apiadó de su
jefe. Verificó que toda la ceniza estuviera dentro y
encendió el horno. En unos minutos salió Domiti-
la, un poco más vieja y un poco más fea de lo que
era antes de que su marido la metiera al horno.
–Ya lo ves –dijo el hombre de los milagros–.
Ahora aprenderás a conformarte con lo que tienes.

89
Cuento de un burro y de un cochino
[POPOLOCAS DE SAN MARCOS TLACOYALCO]

Un día se olvidaron de darle de comer al bu-


rro. Tenía mucha hambre, así que se soltó del
mecate y se dirigió al chiquero. Allí se comió
las sobras que había dejado el cochino.
–Caramba, burro, tú trabajas tan duro y no te
dan bien de comer. En cambio a nosotros los cochi-
nos no nos hacen trabajar, nos dan abundante co-
mida y nos bañan con frecuencia. Te compadezco.
Entonces el burro respondió al cochino:
–Es verdad lo que dices, trabajo muy duro y
a veces no me dan bien de comer. Pero viviré
más tiempo que tú.

90
–¿Y tú qué sabes? –respondió el marrano
ofendido.
–Hoy me llevaron al mercado y he venido car-
gando sobre mi lomo un montón de pencas de
maguey –contestó el burro–. Mañana se casa el
hijo de nuestro amo y van a hacer una gran bar-
bacoa de cochino, guajolote y carnero.
–¿Qué haremos? –exclamó el cerdo, dirigién-
dose al guajolote y al carnero.
–Escaparemos esta noche –dijo el carnero.
–Pero estoy muy gordo y no podré salir por la
puerta del corral –repuso el cerdo.
–No te preocupes. Yo embestiré el corral, rom-
peré las tablas y podrás salir –dijo el carnero.
Cuando se puso el sol, los animales oyeron a los
amos hablar de los preparativos para el banquete;
no había duda, tenían pensado comérselos a todos.
A las doce de la noche el carnero dio un gran
empujón y rompió parte del corral. El cerdo pudo
salir y pronto ambos animales emprendieron la
huida, seguidos de cerca por el guajolote, que ca-
minaba algo más despacio.
Cuando amaneció, los amos acudieron al corral
y se dieron cuenta de que los animales se habían
ido. Siguieron las huellas, se internaron en el mon-
te, pero por mucho que buscaron no lograron en-
contrarlos. Así que regresaron a su casa y no tu-
vieron banquete.

91
Por su parte, los animales pasaban miedo al
estar lejos del corral. La primera vez que se les
hizo de noche en el monte se dieron cuenta de que
no tenían manera de protegerse del coyote, así
que idearon un plan.
El carnero le dijo al guajolote:
–Duérmete en una de las ramas del árbol, tan
alto como puedas llegar. Cuando oigas venir al co-
yote nos avisarás para que podamos defendernos.
Y así ocurrió. Cuando el coyote se acercó, el
guajolote gritó desde su rama:
–¡Gordo, gordo, gordo! –que es lo que los gua-
jolotes mejor saben decir.
Además, el guajolote se esponjó, haciendo un
gran escándalo con sus plumas. El carnero baló
con fuerza y además se puso a patear el piso.
Y el cerdo gruñó estruendosamente. Cuando el
coyote oyó todo esto tuvo miedo y ya no se
quiso acercar.
El cochino, el carnero y el guajolote repitieron
esta rutina cada noche durante dos meses, y así lo-
graron mantenerse a salvo en la montaña. Trans-
currido ese tiempo, los animales se dijeron:
–Está bien. Quizá los amos ya entendieron y
se van a portar mejor con nosotros. Quizá ya no
nos van a matar.
Los tres amigos –ya se habían vuelto amigos
durante esta aventura– emprendieron el regreso.

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Caminaron durante la noche y llegaron al ran-
chito antes de que saliera el sol. Al despertar,
sus amos los vieron en el corral y se pusieron
muy contentos.
–Los animales que habíamos perdido han re-
gresado. Qué bueno. Ya no diremos nunca más
que los vamos a matar.
Siempre les dieron cosas buenas de comer, y
así vivieron.

93
La muchacha
que se convirtió en sirena
[NAHUAS DE LA SIERRA]

Había una vez una muchacha a la que le gustaba


mucho jugar cuando la mandaban a traer agua.
Se metía en el río y pasaba largo rato bañándose
y chapoteando. También jugaba en el monte.
–No te pases tanto tiempo metida en el río –le
decía su madre–, un día te vas a quedar allí y ya
no vas a poder volver.
Pero la muchacha, que ya era grandecita, no le
hacía caso.
Una vez la jovencita fue por agua y ya no regre-
só. La madre le avisó a su marido lo que ocurría

94
con la hija y al día siguiente fueron ambos a bus-
carla al río. La encontraron dentro del agua, jun-
to a una piedra grande. Estaba llorando porque
se había convertido en sirena.

95
El huipil de la tortuga
y los dioses del maíz
[NAHUAS DE LA SIERRA]

En los tiempos de antes hubo un niño y una


niña que nacieron de una semilla de maíz. Una
tortuga cuidaba de estos dos hermanos. El niño
se llamaba Francisco y la niña, María. La tor-
tuga los paseaba como si fuese su nana.
Un día la niña empezó a rascarle la espalda a
la tortuga.
–¿Qué haces? –dijo la tortuga–. Si me sigues
rascando la espalda los voy a bajar.
–No te enojes –le pidió la niña–. Sólo te estoy
tejiendo tu huipil.

96
Es por eso que los huipiles son como el capa-
razón de las tortugas.

97
El conejo y el zorrillo
[POPOLOCAS DE SAN LUIS TEMALACAYUCA
Y SAN MARCOS TLACOYALCO]

Había una vez un conejo que se encontró unas


monedas.
“Si compro pan, pronto se me acabará. Si com-
pro un dulce o una galleta, se me acabará tam-
bién”, pensaba el conejo. “Si compro un poco de
lana, pronto se terminará. ¡Ya sé! Mejor compra-
ré una guitarra. Sí, eso será lo mejor.”
Así que el conejo se dirigió con ilusión al merca-
do, compró una guitarra y se puso a tocarla. Esta-
ba tocando buena música cuando llegó el zorrillo.
–Préstame tu guitarra un ratito –dijo el zorrillo.

98
–No, porque a lo mejor me la robas.
–No, no te la robaré.
El conejo le prestó la guitarra al zorrillo. El
zorrillo estuvo largo rato con ella, haciendo rui-
do más que música.
–Bueno, ahora sí dame la guitarra porque ya
me voy –dijo el conejo.
–No. No es tuya y no te la doy –le dijo el tram-
poso zorrillo–. Y si sigues molestando te rocia-
ré hasta que apestes.
El conejo se puso a llorar de rabia. El zorrillo
se cambió de lugar y fue a sentarse del otro lado
del camino. No se dio cuenta pero se sentó en un
hormiguero. Eran tantas las hormigas que pica-
ban al zorrillo, que éste dejó caer la guitarra.
Entonces el conejo paró de llorar, recogió su
guitarra y se fue contento, haciendo música.

99
El pescador y su enamorada
[TOTONACOS DE LA SIERRA]

Había un joven que solía pescar en un pozo


cercano al pueblo de Zongozotla. Como siempre
tenía la suerte de atrapar muchos peces en ese
lugar, no dejaba de ir allí.
Cierta vez, el joven encontró a una muchacha
que lavaba ropa a un lado del pozo. Llegó, la sa-
ludó y al instante se enamoró de ella. Pero ya no
platicaron más.
Al cabo de unos días volvió a encontrar a la mu-
chacha junto al pozo. Estaba tendiendo la ropa
que había lavado. Combinando los colores de cada

100
prenda había formado un arcoíris. El joven se sen-
tó junto a ella y le empezó a platicar cosas de
amor; la muchacha aceptó las palabras de amor y
le dijo al joven que tenía que regalarle a ella sus
gallinas. En realidad se refería a los peces que el
joven atrapaba en el pozo.
Luego la jovencita le dijo al pescador que al
día siguiente debía volver para encontrarse con
ella, pero que tenía que llegar tocando una pe-
queña flauta y un tamborín como lo hacen los
voladores, los que se descuelgan de un poste rea-
lizando giros.
–Estoy dispuesto a todo –respondió el joven,
porque así es el amor.
El joven regresó a su casa y se puso a confec-
cionar los instrumentos para poder acudir al día
siguiente al pozo, de la manera en que lo había
convenido con su amada. Su padre lo observaba
con curiosidad, pues no entendía para qué que-
ría su hijo los pequeños instrumentos.
Al día siguiente el joven se dirigió al lugar de
su cita y su padre lo siguió sin que se diera cuen-
ta. Tan pronto como vio a la muchacha, el enamo-
rado empezó a tocar la flauta y el tamborín, y se
fue a sentar junto a ella en el borde del pozo, sin
dejar de tocar. Luego se pusieron a platicar.
“Con que esto era lo que se traía mi muchacho.
Resulta que tiene novia”, se dijo el padre. “Pero

101
de dónde vendrá esta muchacha si aquí cerca no
hay ninguna casa.”
De repente la muchacha abrazó al joven y lo
jaló con fuerza hacia atrás. Ambos cayeron dando
vueltas. El padre se acercó rápidamente al brocal
del pozo pero en el agua no había nada. Ni rastro
de los dos.
Después de un rato vio a los dos enamorados
dando vueltas en el agua, tenían el mismo aspec-
to que cuando estaban vivos. Un poco más tarde
aparecieron otra vez, pero ya no eran humanos,
eran dos culebras enroscadas la una con la otra.

102
Los cuentos*

“Los pretendientes de la Malinche”. Tradición nahua


de Cuauhtinchan. Recopilación de Pablo Escalan-
te Gonzalbo.
“El tesoro del Popocatépetl”. Tradición nahua de
Huaquechula. Recopilación de Pablo Escalante
Gonzalbo.
“La vieja que atacó a los cerditos”. Nahuas de la
sierra. Atenti, Tetela de Ocampo. Narrador: don
Felipe Lemus.
“Las brujas de la sierra”. Nahuas de la sierra. Atenti,
Tetela de Ocampo. Narrador: don Felipe Lemus.
“Dos esposos y el hechizo de convertirse en perro”.
Nahuas de la sierra. Atenti, Tetela de Ocampo.
Narrador: Loreto B.
“Los escondites del general”. Nahuas de la sierra. Aten-
ti, Tetela de Ocampo. Narrador: don Felipe Lemus.
“El hijo del maíz”. Nahuas de la sierra. San Miguel
Tzinacapan.
“Siwateyomeh, las mujeres del río”. Nahuas de la sie-
rra. Xalacapan, zonda de Zacapoaxtla. Narrador:
Heraclio Oropeza. Recopilación y versión al in-
glés de Arch McKinlay.
“Los duendes que chupan la sangre”. Nahuas de la
sierra. Xalacapan, zonda de Zacapoaxtla. Narra-
dor: Heraclio Oropeza. Recopilación y versión al
inglés de Arch McKinlay.
“Cuando los espíritus andan por el campo”. Nahuas
de la sierra. Xalacapan, zonda de Zacapoaxtla.
Narrador: Heraclio Oropeza. Recopilación y ver-
sión al inglés de Arch McKinlay.

* Versiones seleccionadas de la colección formada por Luz del Carmen Cuéllar


Valcárcel y Paloma Escalante Gonzalbo para este proyecto.

103
“La serpiente que se convirtió en Venus”. Totonacos de
la sierra. Recopilación original y traducción de Eli-
zabeth Aschmann. Versión de Fernando Horcasitas.
“El maíz y los pájaros carpinteros”. Totonacos de la sie-
rra. San Miguel Tzinacapan.
“El hombre flojo y la jarra de monedas”. Nahuas de la
sierra. Tlaxpanaloya, municipio de Naupan. Narra-
dor: Eleodoro Márquez.
“La señora de blanco”. Tradición otomí. Narradora:
Elizabeth Ramírez Contreras. Traducción de Mar-
garita de la Vega Lázaro.
“La tortuga invitada a la boda”. Tradición otomí. Na-
rradores: Donaciana Martín, Victorino Gómez y
Pedro Godínez.
“El hombre que desafió al rayo”. Totonacos de la sierra.
Narrador: José María Francisco Olmos. Traduc-
ción de Salvador Francisco.
“La vida, el hombre y la mujer”. Otomíes de la sierra.
Narradora: doña Juanita, curandera. Tomado de
las versiones de Verónica Rosalía Gómez Ruiz.
“La bruja malvada y cómo empezaron a existir las mos-
cas, los sapos y los zanates”. Totonacos de la sie-
rra. Narrador: Francisco Diego Hernández.
“De cómo se hicieron amigos el perro y el coyote”. Oto-
míes de la sierra.
“El malo de la montaña”. Popolocas. Narrador: don Ra-
fael. Recopilación y versión de María del Socorro
Alejandra Gamez Espinosa.
“El maíz podrido y el dios del maíz”. Totonacos de la
sierra. Narradora: María Salazar Francisco. Tra-
ducción de Domingo Francisco Velasco.
“La aparición de un extraño ángel”. Otomíes de la sierra.
“El renacimiento del dios del maíz”. Nahuas de la sie-
rra. Zona de Pahuatlán. Transcripción original de
Eliana Acosta Márquez.

104
“Nanauatsin en el agua”. Nahuas de la sierra. San
Miguel Tzinacapan. Narradora: Elena Manza-
no Islas. Recuperación del relato de Sybille de
Pury-Toumi.
“La rana que reventó”. Nahuas de la sierra. Xalacapan.
“La mujer codiciosa que se convirtió en mula”. Tradi-
ción nahua de Tecali de Herrera. Narradora: Vir-
ginia González. Entrevistadora: Alma Y. Castillo.
“La misteriosa cantina del interior de la montaña”.
Popolocas. Narrador: don Panchito, mayordomo.
Recopilación y versión de María del Socorro Ale-
jandra Gamez Espinosa.
“Cuando se apareció la Virgen en el peñón”. Nahuas y
totonacos de la sierra. San Juan Jonotla. Recopi-
lación de las versiones locales de Alfredo Martín
Olguín Pérez.
“El mal del susto”. Nahuas y totonacos de la sierra. Re-
copilación y versión de Luz María Lozada.
“La historia de los caminantes”. Nahuas y totonacos
de la sierra. Xalacapan.
“Los dos burros”. Nahuas de la sierra. Xalacapan.
“Los perros hambrientos y la empresa imposible”. Na-
huas de la sierra. Xalacapan.
“El hombre que hacía milagros y el horno de pan”.
Totonacos de la sierra.
“Cuento de un burro y de un cochino”. Popolocas de
San Marcos Tlacoyalco. Tlacotepec. Recopilación
y traducción de Paulita Machín y Sharon Stark.
“La muchacha que se convirtió en sirena”. Nahuas
de la sierra. Narradora: Juana Francisca Arroyo.
Recopilación de Armando Alcántara Berumen.
“El huipil de la tortuga y los dioses del maíz”. Na-
huas de la sierra. Narradora: Juana Francisca
Arroyo. Recopilación de Armando Alcántara
Berumen.

105
“El conejo y el zorrillo”. Popolocas de San Luis Te-
malacayuca y San Marcos Tlacoyalco.
“El pescador y su enamorada”. Totonacos de la sierra.
Narradora: Lucía Álvarez Aparicio. Traducción
de Roberto Martínez. Recopilación de Abraham
Ávila Soriano.

106
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México, Dirección General de Culturas Populares,
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Sánchez Lemus, Lucía. Atenti: un pueblo de mitos, Pue-
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Taller de Tradición Oral de la Sociedad Agropecua-
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va para el Campo, Les oíamos contar a nuestros
abuelos, México, Instituto Nacional de Antropolo-
gía e Historia, 1994.
Tlalocan, volúmenes IV, V y VI, 1963-1969.

109
Narrativa de las comunidades de
tradición indígena del estado de Puebla

se terminó de imprimir en 2015


en los talleres de reproducciones gráficas avanzadas
21 Sur núm. 2308, Col. Volcanes, C. P. 72410, Puebla, Pue.

En su composición tipográfica se utilizó


la familia Egyptienne F LT Std.
Impreso en papel couché mate de 150 gramos
y cartulina sulfatada de 14 puntos.
El tiraje consta de 1000 ejemplares.

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