Lugares comunes
Esta es una historia real que en algún punto deja de serlo, como casi todas. Sucede en
Francia, en París obviamente. Y empieza en un barrio de la periferia, es decir, un barrio
donde no queda la Torre Eiffel ni la Catedral de Notre Dame ni el Arco del Triunfo. No sé
cómo se llama ese barrio, pero se llega en metro, como a todos los lugares de París,
atravesando el Sena en cualquier momento. Lo importante es que la historia comienza allí,
en una cafetería donde atiende un argelino que por algún motivo habla español.
Hasta aquí todo es real, verídico: el barrio de la periferia, la cafetería, el argelino
que habla español. La gente en París tiene un sexto sentido para adivinar la lengua materna
de un extranjero, por eso el argelino me habla en mi idioma, me dice que está feliz de poder
practicarlo, que hace mucho no lo hacía. Yo le digo que me alegra, aunque en realidad me
da lo mismo, y pido algo de comer. El lugar no tiene más de doce metros cuadrados: a la
izquierda hay una barra con cuatro sillas y a la derecha dos mesas; en medio queda el
pasillo justo para entrar y salir. Yo me hago en la barra para no acaparar espacio, aunque
allí solamente está el argelino.
Al terminar, me ofrece un tinto. No le dice tinto, claro, le dice café. Yo se lo acepto
más que todo por educación porque, como mal colombiano, no me gusta el café. Es una
copa pequeña y el líquido es espeso, casi negro. El argelino me mira ansioso, dice algo
acerca del café, algún autoelogio al que asiento y doy un trago. Un sabor amargo se me
cuela por la garganta, yo disimulo lo mejor que puedo y sonrío. El argelino también sonríe
y se retira. Yo intento beberme el resto de un sorbo, pero la pequeña copa parece
inagotable. Cuando el argelino vuelve todavía me queda un cuncho, aunque seguramente él
no sabe lo que es un cuncho y por eso lo retira. Yo le agradezco (por haberlo retirado) y le
pregunto cuánto le debo por el café. Me dice que nada, que la casa invita. Su amabilidad
hace que la bebida me sepa mejor a posteriori, le agradezco nuevamente y salgo.
El frío en París son unas gotitas tan livianas que bien podrían ser nieve, pero es
imposible de saber porque al mínimo contacto con la piel son agua. Sólo entonces me doy
cuenta del calor en las manos y de la súbita energía que seguramente le debo al café del
argelino, así que decido ponerme a caminar. Caminar es un decir porque me dirijo directo
al metro, que es a donde uno se dirige en París cuando no está en el metro. Bajo las
escalaras, deposito el tiquete en la ranura, paso la registradora y voy a la plataforma. No
hay muchas personas, supongo que se debe a la noche y a que comienza el invierno, aunque
allí abajo es más bien cálido. Además, sólo llevo dos noches en París (tres con ésta), de
modo que mis suposiciones son sólo eso. Por ejemplo, supongo que hace frío porque
empieza el invierno y supongo que empieza el invierno porque hace frío.
Pasa el tren y entro a un vagón del medio: las paredes y los asientos son de color
pastel, y las ventanas tienen las esquinas redondeadas, se parece a la postal que vi en un
blog turístico donde se explicaba que la primera línea del metro data de 1900, supongo que
estoy en ella. También aquí hay pocas personas, aunque más que en la estación, entre ellas
un viejito sin casa que pide dinero para comer algo y tener dónde pasar la noche. Asumo
que eso es lo que pide porque ese viejito, a diferencia del argelino, no habla español y no
parece importarle que yo le entienda. De hecho, no parece importarle si nadie le entiende,
sólo habla y habla y de vez en cuando maldice: ¡merde!, eso sí lo entiendo.
De un momento a otro se escucha otra voz, una voz grave e invisible, la voz de
Dios. En París, Dios son los conductores del metro y como es Dios quien habla, puedo
entenderle: dice que seamos todos bienvenidos, que él será nuestro conductor elegido y
espera que disfrutemos el viaje. También nos pide que nos abrochemos los cinturones (que
no hay) y anuncia que nos estará brindando entretenimiento a lo largo del recorrido.
Supongo que eso no es normal en el metro de París porque el viejito mira en todas
direcciones: merde, repite, merde. Los demás pasajeros, en cambio, ríen y yo también. Una
vez Dios ha terminado su intervención, el viejito retoma la palabra. Sé que continúa en
francés porque vuelvo a no entender.
En este punto todo sigue siendo cierto: el café que me dio el argelino, el frío de la
calle, la tibieza del metro, el viejito sin casa y la voz de Dios. Y la súbita energía que me
tiene camino al centro de París en una noche de invierno, con la intención de visitar los
lugares comunes: el Museo del Louvre, la Catedral de Notre Dame, etcétera. Seguramente
ya están cerrados, de todas formas sólo me interesa verlos desde afuera porque, como buen
colombiano en París, no tengo mucho dinero.
En una de las paradas del metro, aunque esto ya no sé si sea cierto, veo a Margot por
primera vez. Claro que todavía no sé que se llama Margot porque sólo la veo de pasada, en
una estación llamada Pont de alguna cosa o Porte de cualquier otra. Yo estoy en el vagón y
ella en la plataforma, pero cuando el tren se detiene no sube, no sé por qué. Supongo que se
debe al capricho de esas mujeres que tienen algo de femme fatale y algo de caperucita roja.
Todo esto es apenas una suposición que dura lo que el tren en detenerse y arrancar, que no
es mucho porque un tren conducido por Dios debe ser muy eficiente.
Diez minutos después salgo del subterráneo. Hace frío otra vez. Dios cumplió su
promesa y en un par de ocasiones nos entretuvo cantando algo de jazz y de paso
revelándonos una verdad terrible: que Dios es desafinado. Pero Él ya está lejos, enterrado
en alguna parte. Lo imagino entre túneles, condiciendo el viejo tren de 1900, y en el tren al
viejito sin casa. Aunque tal vez eso sea el metro en París: la casa de los viejitos sin casa,
como para mí lo fue brevemente la cafetería del argelino que habla español.
Camino hacia ninguna parte, es decir, hacia los lugares comunes. Primero el Museo
del Louvre: la pirámide de vidrio no es tan grande, es lo primero que pienso. Y lo único
porque no me quedo mucho tiempo. Cruzo el puente de los candados, que debe tener algún
nombre en francés que no recuerdo. Sólo sé que allí acudían los enamorados a simbolizar la
unión de sus destinos. También sé que en cierto momento el puente empezó a ceder por el
peso y entonces pusieron las láminas de plástico que contemplo al pasar, para impedir que
la unión simbólica de los destinos terminara por colapsar el puente. Por fortuna, yo no llevo
ningún candado.
La Catedral de Notre Dame tampoco es tan grande y, honestamente, es más bien fea
y cuadriculada, deberían haber aprovechado el incendio para remodelarla. Luego la Torre
Eiffel. Ésta sí me gusta porque nunca la había visto desde abajo. Quiero decir, nunca la
había visto en persona, pero en las imágenes nunca sale desde abajo. Así que tomo algunas
fotografías, pensando traviesamente que estoy bajo la falda de una mujer gigante.
Finalmente, el Arco del Triunfo.
Éste es importante porque es allí donde veo por segunda vez a Margot. Aunque no
me la encuentro exactamente en el Arco del Triunfo, situado en medio de una rotonda
inmensa, que tal vez sea más adecuado llamar glorieta. Tardo casi media hora en encontrar
la entrada, incluso estoy a punto de cruzar corriendo la autopista, pero justo a tiempo
descubro la escalera que lleva al túnel de ingreso. Es allí donde me encuentro otra vez a
Margot y tiene sentido porque estamos en París y, por lo que he leído, las cosas más
inesperadas de París ocurren en el subterráneo, como Dios cantando jazz (lo cual es cierto,
lo juro).
Margot está haciendo fila para entrar de nuevo a la estación del metro. Ignoro por
qué salió, así como hasta este momento sigo ignorando que se llama Margot. Es en esa fila
donde por fin nos encontramos, aunque encontrarnos es más un decir porque lo único que
hago es la fila detrás de ella. Justo antes de pasar, se gira como buscando a alguien que no
soy yo, pero se encuentra conmigo y me sonríe. Yo a duras penas le sostengo la mirada,
tiene unos ojos ámbar que parecieran llevar una lucecita adentro. Ella avanza hasta la
registradora e introduce su tiquete, yo hago lo mismo intentando no perderla.
Pero en cuanto estoy adentro, ya no la veo. La busco por todas partes, incluso corro
disimuladamente hacia la plataforma, hasta que al fin la diviso sentada en uno de los
bancos. Sin pensarlo mucho, voy a sentarme a su lado. Tal vez demasiado cerca, teniendo
en cuenta que esta estación está totalmente vacía y hay bastante espacio para los dos.
–Pardon? –me dice Margot, esta vez no me sonríe: me mira de frente, esperando
una explicación.
–Excuse moi –es todo lo que atino a decir porque no sé dar explicaciones en francés.
Ella simplemente me mira y yo sigo allí sentado. No sé si lo que hay en sus ojos
(aparte de la lucecita) sea desprecio o lástima. Su sexto sentido parisino ya debería haberle
informado que no puedo decir mucho más de lo que ya he dicho, a menos que lo que diga
sea oui o bonjour o merci, lo cual no tendría sentido, o merde, que sería peor.
Margot me sigue mirando y yo me empiezo a sentir desnudo, entonces cruzo las
piernas para taparme. Quisiera que estuviera aquí el argelino para que le explicara todo,
aunque no sé muy bien qué es todo: ¿que esta historia dejó de ser cierta en algún
momento?, ¿que aun así quiero conocerla?, ¿que me gustaría pasar con ella mis últimas
noches en París?, ¿que si la dejo ir es posible que nunca nos volvamos a ver? Pensándolo
bien, sería mejor que el argelino no le dijera nada.
En ese momento llega el tren. Margot se pone de pie y camina hacia el vagón más
cercano. Yo sigo sentado, con las piernas cruzadas y sin saber qué hacer, mientras ella se
aleja. Y como no sé qué hacer, me subo detrás: este tren es mucho más moderno y
principalmente gris. Por dentro se ve amplio, uno se siente un poco a la intemperie, tal vez
por la disposición de las sillas contra las paredes y mirando hacia el centro.
Margot se ha dirigido a la parte delantera del vagón y ya parece haberme olvidado.
Las puertas se cierran y yo me siento en territorio desconocido: aquí no está el viejito sin
casa ni la voz de Dios por ningún lado y hace frío, no como en mi antiguo tren de hace unas
horas. Margot se sienta en una esquina. Si el argelino estuviera aquí me aconsejaría que
fuera, o al menos me ofrecería un poco de su poción para darme ánimos.
Pero el argelino no está y yo no quiero tener que explicarle a algún guardia del
metro que no soy un acosador, que simplemente quería conocer a Margot, aunque todavía
no sepa que se llama Margot y aunque su existencia sea tan frágil como mi francés. Como
inmigrante, seguramente el argelino estaría de acuerdo en que eso no conviene. Aunque
técnicamente yo no soy un inmigrante, sólo estoy de paso y me quedan pocas noches en
París. Yo sólo soy un extranjero momentáneo.
Poco a poco todo ha ido dejando de ser real (salvo el argelino, el metro y los
grandes monumentos), pero al menos aún resulta plausible: Margot en el subterráneo, una
muchacha que se llama Margot y tiene los ojos color ámbar con una lucecita adentro, y está
sentada en la esquina de un vagón del metro de París. Lo que sigue, por otro lado, es cada
vez más inverosímil: me acerco otra vez, ella vuelve a mirarme, ahora yo le sonrío, ella
parece dudar.
–Hola –le digo.
–Bonjour –me responde con desconfianza.
–Pardon –le digo yo.
–Pourquoi? –pregunta ella y hasta ahí llega mi francés.
Se lo digo, le digo en mi inglés atropellado que no hablo francés. Ella me responde
con su acento seductor que entiende inglés.
–¿Y español? –le pregunto con súbito optimismo.
–What?
–Spanish –le repito.
–Oh, non, non, non.
Después de eso hay un silencio, que dura lo que tiene que durar un silencio en estos
casos. Ella me mira por enésima vez y a mí me dan ganas de salir corriendo, aunque no
tenga sentido. Nada de esto lo tiene, pero especialmente salir corriendo a estas alturas. En
todo caso vuelvo a sentirme desnudo y esta vez me tapo la entrepierna sin disimular.
Margot se ríe. Merde, pienso en francés por algún motivo.
–Merde –digo en voz alta y después agrego todo lo que sé–: oui, bonjour, excuse
moi, merci.
–De rien –dice ella.
–De rien?
–You said merci, I said de rien.
Yo no le entiendo nada, así que sonrío y asiento. Viene otro silencio, esta vez más
corto, al final del cual pregunto:
–What’s your name? –la frase me sale tal y como la aprendí en el colegio,
recitándola de memoria sin darle ningún significado.
–Margot –dice ella y sólo entonces me percato de que todo este tiempo he pensado
su nombre con mala pronunciación.
–Margó –intento repetir con la ere gutural de los franceses, ella vuelve a reírse y
mira hacia afuera del vagón.
La forma brusca en que abre los ojos me lo dice todo. El pánico me sube desde los
tobillos y le ruego a Dios que no sea eso, que esta no sea su parada. Pero recuerdo que es Él
quien conduce el tren y me siento devastado y blasfemo. El Dios del otro tren al menos me
hablaría, me diría que lo siente mucho pero que debe detenerse para que Margot se baje, esa
es su función y la mía es quedarme allí, parado en la mitad del vagón con una mano en la
entrepierna, mirando a Margot ponerse de pie.
–It was nice to meet you –dice y me sonríe una última vez.
Yo ni siquiera le sonrío, no digo nada. Las palabras se me quedan en algún lugar
entre el pecho y la punta de la lengua, no importan si en inglés o español o francés o
mandarín porque no salen. Simplemente miro a Margot dejar el tren hasta que las puertas se
cierran.
Lo que sigue vuelve a parecerse demasiado a la realidad, tanto que es más bien
aburrido: tres días monótonos y dos noches iguales. Lo que queda de mi estadía en París
prácticamente no vuelvo a salir a la superficie, salvo para comer algo donde el argelino, que
sigue ahí, en su cafetería de la periferia. El resto del tiempo lo paso en el metro, mirando
por las ventanas de los vagones, paseándome por las estaciones, sentado en los bancos de
las plataformas, esperando. Mientras el recuerdo de Margot se va deshaciendo como un
algodón de azúcar.
En nuestras breves charlas, el argelino me escucha atentamente y después opina
todo lo que puede, feliz de practicar su español. Luego me trae el café, que a estas alturas es
lo único que bebo.
–La casa invita –me dice siempre y me desea buena suerte.
Aquí debería venir algo como: “La última noche, después de pasar casi tres horas en
el subterráneo del Arco del Triunfo…”, pero la verdad es que no encuentro a Margot. Lo
cual me parece sumamente injusto porque esta historia, que hace tanto dejó de ser cierta,
está tan llena de lugares comunes que debería haber aunque fuera uno donde la viera otra
vez. Entonces la llevaría donde el argelino, que me sonreiría con complicidad al vernos
entrar. Nos haría una comida especial y al final nos traería dos cafés de parte de la casa
(qué casa tan generosa, pensaría yo).
Luego iríamos al apartamento de Margot o a algún rincón de París donde
pudiéramos estar solos. Hablaríamos de cualquier cosa en cualquier idioma, nos miraríamos
en silencio, nos desnudaríamos con la mirada y con las manos. Y yo estaría feliz, desnudo y
feliz, sin tener que taparme la entrepierna.