Comentario Express
Por: Mario Sánchez Vanegas
Obra: La agonía del difunto.
Autor: Esteban Navajas
Actores: Leonardo Crinigan, Marcelo Fernández, Laura Tobón, Viviana Vives
Adaptación y dirección: Lucía Videla
Función: Sábado 16 de abril de 2016.
Quien no conozca o al menos escuchado el título de la primera obra y
la más taquillera de Esteban Navajas (Bogotá -1948), “La agonía del difunto”
(1975), resultado del Taller de Dramaturgia del Teatro Libre de Bogotá,
organizado y orientado por Jairo Aníbal Niño en 1975, para ser luego Premio
de las Américas en 1976; desconoce un poco la historia del teatro que narra a
esta Colombia aún hoy, gobernada por latifundistas, terratenientes o
hacendados de cuello blanco unos o corbata otros con complejo de
Presidentes que todavía se siguen eligiendo bajo el eufemismo manoseado
de la democracia.
Pues, este retrato social con un lenguaje propio de la costa Caribe
colombiana, hace parte por estos días de la cartelera teatral de la ciudad de
Buenos Aires; así que con una sensación en la que se mezclaba la curiosidad
y la fascinación, después de rastrear cuántas obras referidas al conflicto
social colombiano, escritas por un dramaturgo colombiano de los 70’
estaban, no sólo de paso, sino con una temporada de dos meses en el
Buenos Aires de Gambaro, Pavlovsky y Spregelburd, decidí ir a ver a la única
obra que había, ¡Ah! Y lo no menos importante: dirigida y actuada por
argentinos.
A la sala que llegué, otra casa adaptada para teatro como las muchas
a las que ya estamos acostumbrados y que aquí como allá pululan, con una
capacidad de un poco más o un poco menos de 120 espectadores, estaba
con todo su aforo agotado.
La escena estaba impecable, incluso, demasiado limpia para ser una
especie de “casa de mayordomo” en la que entra y sale todo el mundo o
nadie, hace mucho tiempo. La composición escenográfica tenía saltos
anacrónicos que podían llegar a confundir la lectura de la época para el
espectador, como una radio de los 60’ junto a un tocadiscos de los 80’; un
saxofón actual y nuevo, un mosquitero tan diáfano como un vestido de novia
que hace juego con un tapete-alfombra también blanco; candelabros con
velas encendidas acompañadas sin necesidad por la iluminación general de
la propuesta, entre otras cosas.
Los actores/personajes estaban cada uno en su posición esperando a
que el público terminara su entrada al recinto; a la única que se le veía
haciendo algo era a doña Carmen [Laura Tobón], que rezaba arrodillada
junto a la cama en la que yace el supuesto cadáver de su marido, don
Agustino [Leonardo Crinigan]. La acompañaban Benigno [Marcelo
Fernández] y Otilia [Viviana Vives], dos campesinos que a lo largo de la obra
irán desbaratando la farsa de esa muerte y terminando por llevar a cabo la
venganza en nombre de todos los peones en insurrección por abusos,
asesinatos y desapariciones que don Agustino ha gestado en complicidad
con las fuerzas militares, enterrándolo vivo. El vestuario, me parece, reincidía
en los mismos desaciertos que describí antes con la escenografía y en el
mismo sentido de su falta de unidad estética y narrativa.
En último lugar empieza una interpretación del texto en el que los
actores se tropezaban aquí y allá con algunas palabras, tal vez, desconocidas
para ellos [no reconocían, por ejemplo, corraleja, novenario o cantaleta],
frases enteras en las que por mucho que me esforcé como espectador no
logré obtener sentido ni significado alguno, en síntesis, una interpretación
lisa. Eso sí, tenían todo muy bien memorizado, excepto por algunos y
distantes silencios seguidos por miradas interrogativas entre los actores que
evidenciaban cortes en la fluidez haciendo eco en la caída y recuperación
inmediata del ritmo de la pieza.
Resalto, por supuesto, la capacidad de entrega de los actores y más de
quienes personificaron a don Agustino y a Benigno. Nunca me ha parecido
fácil la escena en la que don Agustino se levanta de la cama por primera vez,
después de tres días de estar allí oculto en su propia muerte, y hacer una
verdadera fiesta en connivencia con su esposa, interpretación que
diferenciaba entre todos, además, por ser la única colombiana del elenco;
pirueteando de aquí para allá, celebra su “resurrección” con un típico
pasodoble clásico español propio de las corridas de toros, sin abandonar su
actitud tiránica contra los campesinos como todo un buen “Patrón”. En
cambio en Benigno como personaje antagónico, la rabia, la sed de sangre
por el asesinato de su esposa, la tristeza puesta en un cuerpo enjuto y
demacrado; el titubeo en sus palabras cuando el deseo de gritar lo
traicionaba con el deber de callar, lo hacen el peor enemigo que pueda tener
la suerte del “gran señor” y que así lo demuestra cuando sella la tapa, clavo a
clavo, al cajón en el que dentro don Agustino todavía respira.
Finalmente, y lo que llega a suceder con muchas funciones de teatro
en su noche de estreno, es que la propuesta deja en el público una impresión
de boceto, pero la evidente e incuestionable responsabilidad escénica por
parte de actores y actrices no dejan duda que muy pronto estarán
equilibrando sobre el afilado lenguaje satírico que Navajas propone en su
obra, por lo que voy a regalarme una función más y en la que muy
seguramente voy a ser espectador de una comedia tan trágica como lo es
historia de este país del Corazón de Jesús y que Navajas dejó en el papel con
escalpelo en sustitución de la pluma.
SINOPSIS:
Agustino Landazábal, un rico terrateniente, se hace el muerto, con la
complicidad de su mujer, Doña Carmen, con el fin de evitar que unos
campesinos que han invadido las tierras altas de su finca, lleguen hasta la
casa para matarlo, en venganza por los crímenes que él, de la mano del
ejército, ha cometido contra los invasores. Al final, dos campesinos entierran
vivo a don Agustino, quien no puede evitar su tragedia.
Datos curiosos:
1. “La agonía del difunto” fue llevada al cine en 1981 bajo la dirección de
Dunav Kuzmanich con guión del mismo Navajas y estrenada en 1982
en el 22° Festival Internacional de Cine de Cartagena.
2. Dunav Kuzmanich escribió una veintena de guiones cinematográficos,
entre los que se destacan “Cóndores no entierran todos los días”
(1983), “San Antoñito” (1984) y “La nave de los sueños” (1995).
3. En la misma edición (1976) del Premio Casa de las Américas en la que
Esteban Navajas se hace acreedor del premio, el grupo de teatro La
Candelaria, obtiene de igual forma el galardón por la pieza “Guadalupe
años sin cuenta”.