100% encontró este documento útil (1 voto)
913 vistas114 páginas

LIBRO - Santa Rita de Casia

El documento describe dos historias de Santa Rita de Casia durante su infancia. La primera historia habla sobre un enjambre de abejas sin aguijón que se posaban en los labios de Rita bebé y curaron la mano de un hombre herido. La segunda historia trata sobre la educación cristiana que recibió Rita de sus padres, incluyendo rezar el rosario diariamente y escuchar historias sobre la pasión de Jesús.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
913 vistas114 páginas

LIBRO - Santa Rita de Casia

El documento describe dos historias de Santa Rita de Casia durante su infancia. La primera historia habla sobre un enjambre de abejas sin aguijón que se posaban en los labios de Rita bebé y curaron la mano de un hombre herido. La segunda historia trata sobre la educación cristiana que recibió Rita de sus padres, incluyendo rezar el rosario diariamente y escuchar historias sobre la pasión de Jesús.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

SANTA RITA DE CASIA

Armando Gualandi, Editorial San Pablo,XXII Edición

DULZURA
Las abejas de Santa Rita
Pág. 31-33
[31]
LAS ABEJAS AMIGAS DE MARGARITA

Cuando llegó la estación de la vendimia. Amada se fue al campo para ayudar a su


marido en las rudas fatigas campestres. Pero a Margarita que ya iba creciendo no podía
abandonársela sola en la casa y por esto su madre la llevaba consigo dentro de una
cuna de juncos y la colocaba no lejos de ella a la sombra de un árbol y siempre pronta a
acudir a los reclamos de su hijita.
La cosa sucedió un día de julio cuando la niña no tenía sino unos pocos meses.
La buena mujer trabajaba al lado de su marido y de los otros comerciantes, mas sin
dejar de estar a cada momento volviendo las miradas a la niña que dormía beatamente.
De pronto se dio cuenta de que uno de los hombres se había cortado la mano con la hoz
abriéndose una herida profunda y corría en busca de algún remedio o de alguien que le
vendase la herida. Al pasar cerca de la cuna

[32]
de la niña apretándose la mano para tratar de contener la hemorragia notó que alrededor
de la cuna había un enjambre de abejas que revoloteaban en torno suyo y fue entonces
cuando empezó a llamar a los padres para que acudiesen a defenderla, lo que los
padres trataron de hacer mas sin ningún resultado, ya que las abejas no se daban por
entendidas. Acudieron los otros trabajadores y se dieron cuenta que se trataba de unas
abejas blancas, sin antenas y sin aguijón y nadie era capaz de alejarlas ni con ruidos, ni
con los pañuelos que se agitaban para espantarlas. Más aún: algunas de ellas se
posaban sobre los labios de la niña y dejaban en ellos gotas de dulcísimo néctar entre
las sonrisas de Margarita. Una de las abejas se posó entonces sobre la mano herida del
viñador y aquella sanó inmediatamente. La noticia corrió de boca en boca y los
comentarios no fueron siempre muy honrosos. Lo cierto es que aquellas abejas no
volvieron a desamparar a la santa pues la siguieron hasta el monasterio mismo donde
todavía existen y los peregrinos pueden verlas hoy mismo: son las abejas de Santa Rita.
Son 12, un poco oscuras, medio grisáceas, sin aguijón y sin antenas y un poco más
grandes que

[33]
las abejas comunes. No se reproducen, viven metidas en su cueva y no salen sino una
vez al año, durante la Semana Santa permaneciendo visibles hasta la fiesta de su santa
Patrona. Esto se viene sucediendo desde el año de 1363. El Papa Urbano VIII que fue
informado del hecho quiso que se le llevase una. Le ató una hebrita de seda y la soltó de
nuevo y poco tiempo después se la volvió a ver en su colmena de Casia.
¿Coincidencias?. . . Puede ser, lo más curioso es que hay coincidencias que no
les suceden sino a los predilectos de Dios

EDUCACIÓN CRISTIANA
Educación de Santa Rita en el amor de Jesús
Pág. 34-35
[34]
LA EDAD FELIZ

La niña, pues, iba creciendo. Desde que empezó a despertarse en ella el uso de
la razón, su madre le enseñó los santos nombres de Jesús y de María, y en aquella
familia ejemplar se rezaba todos los días el Santo Rosario en honor de la Virgen,
mañana y tarde; a la Virgen se acudía en medio de todas las necesidades, se le
confiaba el éxito de las cosechas, las alegrías y las tristezas y la pequeña Margarita
aprendió en ese Inmaculado Corazón a depositar sus penas y sus pequeños goces en
él. Cuando se le exigía a la niña un servicio, un sacrificio aunque fuese mínimo se le
repetía siempre: "Hazlo por Jesús que ha sufrido tanto por ti". Jesús en la gloria. . . Jesús
en el dolor ... y siempre Jesús. Durante aquellas largas noches de invierno, cerca del
fuego del hogar, y mientras los hombres se entretenían jugando a las cartas y
contándose mutuamente los acontecimientos del día. Amada
[35]
le iba narrando a su hija la pasión del Salvador como la había oído predicar a los más
ilustres oradores de Casia o como se la oyera a su párroco. A veces se inspiraba más
bien en las pinturas de su época y la pequeña se entusiasmaba ante aquella historia de
amor y de dolor. La madre se admiraba ciertamente ante las preguntas de su hija y en
ocasiones tenía que suspender la narración ante los suspiros y las lágrimas de la niña.
— ¡Pobre Jesús! exclamaba. ¡Cuánto ha sufrido!
— Mamita: ¿sufrió, también por mí?
— ¿Yo también he pecado?
— ¿Estará Jesús contento de mí?
Sí, Jesús estaba muy contento de ella. Oraba mucho; siempre obediente, pronta
siempre a todo, alegre y vivaz, era la alegría de la casa. En todos sus pequeños
menesteres era siempre exactísima. Y de ello se daban cuenta todos, inclusive el
párroco, que un día le decía a los padres de la niña: "El Señor les ha regalado un
verdadero tesoro. Estoy seguro de que ella va a recibir una gracia especial".

EDUCACIÓN, TRABAJOS, CARIDAD


Virtudes de mi formación cristiana
Pág. 36-39
[36]
LA NIÑA

Los Mancini no eran ricos, pero tampoco eran gente pobre; poseían una huerta
suficiente para darles la vida y vivir decorosamente con aquella pequeña herencia; la
casa era modesta como casi todas las del lugar, mas siempre limpia y decente. Poseían
igualmente un pequeño rebaño de ovejas y la pequeña Margarita, cuando pudo hacerlo
fue enviada a pastorear estas humildes criaturas de Dios. Al empezar a amanecer y una
vez recitadas las oraciones de la mañana, la madre la abrigaba lo más posible con el fin
de que no fuese a enfermar dados los vientos y corrientes de aquellas montañas, le
hacía tomar una taza de leche caliente y poniéndole en la mano el cayado la despedía
para que saliese por aquellos bosques. En un cestito de mimbre lleva pan, queso, la
comida y además algún trabajo de aguja que su madre le encargaba. Al regresar a la
casa por la tarde la madre examinaba

[37]
siempre el trabajo hecho porque decía: "jamás debe permanecer ociosa; la ociosidad
es la madre de todos los vicios y Jesús fue siempre un gran trabajador". Así, pues, con
el fin de ayudar a la madre e imitar a Jesús, la niña oraba y trabajaba mientras estaba
custodiando las ovejas. Desde lo alto de la montaña alcanzaba a divisar allá en el valle
una gran cruz y toda conmovida exclamaba. "Pobre Jesús, cuánto ha sufrido, mientras
yo estoy aquí tan tranquila... Y con todas estas espinas en la cabeza... Y quién sabe si
con mucho frío. ¡Si al menos yo pudiese darte mi caperuza y mis medias de lana o
siquiera esta malla que estoy tejiendo! pero yo lo hago todo por ti". Y seguía tejiendo,
tejiendo de tal suerte que cuando volvía a la casa por la tarde la madre no podía menos
de alegrarse al ver cómo el trabajo había sido ininterrumpido. Otra niña como Rita no la
había en el mundo. 1En su cestito iban siempre los más exquisitos alimentos que la
madre podía aderezar para su hija, pero no se crea que ellos iban a parar en todas las
ocasiones a las manos para las cuales se aderezaban, pues en

[38]
el camino no habría de faltar algún limosnero, una infeliz viejecita, un pobre niño con
hambre y antes de que se le pidiera algo todo iba a parar a aquellas manos suplicantes;
entonces su comida o su merienda eran moras o frutos campestres, si los encontraba
por acaso y si no... pues ayunaba.
— Mamá: hoy me volví a encontrar con aquella pobre viejecita de Casia. ..
— ¡Está bien, pero primero debes comer tú. .. y no darlo todo!
— Pero como ya había tomado la leche esta mañana. . . y no tenía hambre. Y
había que verla por la noche cómo se comía lo que la madre le preparaba para
la cena.
Nunca regresó del campo sin traer flores campestres, cuando las había en la
primavera, para el grande crucifijo que se encontraba en la entrada del pueblo lo mismo
que para la imagen de la Virgen que tenía encima de su cama.
—Buenas noches Jesús, éstas son para ti...
Antes de irse a la cama el padre la sentaba sobre sus rodillas y con ella y con la
esposa conversaban largamente. Le contaba historias, que versaban casi siempre sobre
los ejemplos que habían oído en la iglesia parroquial y sobre la vida de Jesús. Otras
veces
1
Rita, en Italia, es diminutivo de Margarita. Por eso a Santa Margarita de Casia se le dice siempre Rita. (N.
del T.).
[39]
repetía leyendas escuchadas igualmente en la iglesia pues ni él ni su esposa sabían
leer. Nunca le narraban cosas fantásticas ni comentaban delante de ella nada de lo que
sucedía en la calle con el fin de que no escuchara algo que la impresionara malamente,
pues cuando esto sucedía se ponía toda a temblar, y a veces terminaba llorando.
Habitualmente era muy alegre y animada. Había que verla los días de fiesta jugando con
sus amigas, elegantemente vestida, después de las vísperas, ora cantando, ora bailando
hasta que llegaba a la casa a esa casa que no habrá de olvidar nunca y que merced a
las manos de hada de su madre aparecía siempre linda y desde donde podía
contemplar los montes vecinos que le traían siempre el eco de sus inocentes canciones
populares.

VOCACIÓN, PRIMERA COMUNIÓN, PUREZA, CONSAGRACION, AMOR ESPONSAL,


DESEO DE SER RELIGIOSA.
Pág. 40-43
[40]
EL PRIMER ENCUENTRO CON JESUS

Todos los domingos la madre participaba a la misa llevando de la mano a su hija y


con frecuencia se acercaba a la Sagrada Comunión. Rita manifestaba ya el deseo de
recibir el Pan de los ángeles, pero se tuvo que atener a la costumbre de la época y
esperar hasta los doce años.
— ¿Cuándo voy yo a hacer mi Primera Comunión? le preguntaba a su madre.
— Hija mía, hay que hacer la voluntad de Dios.
— Pero yo quiero hacerla ya.
— ¿Tú? Si no sabes todavía el catecismo.
— ¿Y por qué no me lo enseñas?
Y de los labios maternos lo aprendió de memoria.
— ¿Ya puedo hacer la Primera Comunión?
— Hay que hablar con el Señor Cura.
Y el día feliz llegó por fin. Acompañada de su padre y su madre que comulgaron

[41]
también recibió su primera Comunión. No lo sabemos, ya que la santa no lo dijo nunca,
pero algo podríamos adivinar.
¿Qué se dijeron aquellos dos corazones?
— Rita: ¿qué vas a hacer cuando seas grande?
— Me haré monja.
— ¿Monja? ¿Pero no te da tristeza abandonar a tus padres? ¿No sabes que
nosotros no vivimos sino por ti? Si te separases de nosotros moriríamos
ciertamente.
Qué cosas las que tiene ahora nuestra hijita, —le decía Amada a Antonio—, antes
de conciliar el sueño.
—Ba... respondía el marido. No pensemos en eso por ahora. Cuando eso vaya a
suceder debe primero pasar mucha agua debajo de los puentes. ¡Cuántas cosas
sucederán antes que ella esté grande!
Sin embargo él no dejaba de preocuparse. Su hija era muy devota, muy callada,
muy obediente, pero al fin y al cabo ¡monja no! No sabía con todo, que el día de su
Primera Comunión, Rita le había dicho a su Divino Huésped:
—Jesús mío: yo quiero ser tu esposa... en la más completa castidad. Es verdad
que ella no sabía exactamente qué significaba eso de

[42]
"castidad" pues aunque la madre le había hablado de ello de una manera vaga y el
párroco había dejado escapar algunas consideraciones sobre el tema, muy superficiales
con todo, en el retiro de su preparación para la Primera Comunión, algo sin embargo de
bello y heroico se presentaba a su imaginación al pronunciar u oír pronunciar esta
palabra. "Si Jesús se apacienta entre los lirios yo quiero ser un lirio", era la conclusión a
que había llegado. Era entonces cuando se imaginaba una figura cándida, envuelta en
un velo blanco, con un manojo de lirios en las manos que va andando recta y con la
mirada en alto como la había visto en una tumba de Casia. Pensando, justamente,
estaba en esto cuando terminó la ceremonia de su Primera Comunión. Ella no tuvo,
quizás tiempo de escuchar la respuesta de su Divino Huésped, que le habría dicho: "Sí,
serás mi esposa, pero por ahora. . . Antes beberás el cáliz de la obediencia a tus padres
que por lo demás te aman tanto..."
Pero como decía, Rita no tuvo tiempo de escuchar la respuesta de Jesús.
Terminada la ceremonia los niños se van poniendo en fila, para ir a la sacristía, sólo Rita
permanece inmóvil, habla con Dios. Ya le manifestó su

[43]
deseo y espera la respuesta. Mas la madre, tomándola de la mano la hace volver en sí.
— Rita ¿no ves que ya se acabó todo? Ven, ven con nosotros...
— ¿Pero.. .?
— Más tarde tendrás tiempo de volver a la iglesia y de rezar, pero ahora vamos a
saludar al Señor Cura que va a darte un regalo y pasar al desayuno.
— Tengo tanto que decirle todavía a Jesús. ..
— ¿Pediste por mi? le pregunta la madre. ¿Y por los abuelitos? ¿Y a Jesús qué le
pediste por ti?
Sí. . . he pedido por todos y por mí pedí una cosa.

VOCACIÓN, AMOR ESPONSAL


Deseo de ser religiosa
Pág. 44-45
[44]
VIDA ANGÉLICA

El padre la observaba y callaba. Se daba cuenta de que la niña se había vuelto


sumamente pródiga con los pobres. No solamente daba lo que tenía cuando veía
alguno, sino que en ocasiones sacaba de la despensa lo que podía... ¿Pero quién le iba
a decir algo por eso? El que da a los pobres le presta a Dios.
En cierta ocasión llegaron a casa de la familia Mancini dos monjas de Casia que
andaban pidiendo limosna; eran las esposas de Jesús que pedían algún socorro por
amor suyo y en esa casa se les recibía siempre con gran gentileza ya que eran los
ángeles de la tierra. . . pero la alegría de Rita les pareció un poco exagerada a sus
mismos padres.
Las oía como encantada y parecía que iba a devorárselas con los ojos. —No se
vayan todavía. . . Quédense a

[45]
comer con nosotros. . . un poco de penitencia no les vendrá mal.
—¡Ay! ¡quién fuera como ellas! —Suspiraba Rita. Quién pudiese estar como ellas
siempre con Jesús, y darle la vida gota a gota...
—Vuelvan, les decía cuando estaban para partir. Sí, yo voy a hacerles una visita y
a conversar con la madre superiora. .. Pidan por mí, ustedes que están tan cerca de
Jesús. ..
Eran monjas de san Agustín.
¿Pero quién iba a imaginarse el futuro? La misma Rita lo veía todo de color de
rosa, como no iba a ser en realidad. Esa tarde, quizás se vería a sí misma dirigiéndose
ya al convento, lugar de su refugio y hacia su sueño adorado….
—Papá, qué cosa tan bella es ser esposa de Jesús y poder pasar toda la vida a
los pies suyos; ser toda para El; ser todas suyas.
—Pero esto se puede hacer también en el mundo. ¡Fíjate en tu madre que es una
santa!
Sí, es una santa, pero ser monja es otra cosa!
Desde ese día era más obediente, más devota, más tranquila. "Es una mujer
hecha y derecha" decía la madre.
MATRIMONIO, SACRIFIO, OBEDIENCIA, CONFORMIDAD, CARIDAD,
MANSEDUMBRE, ABNEGACION
Mansedumbre de Rita en un matrimonio por obediencia
Pág. 48-70
[48]
¡SACRIFICADA!

Rita era ya una jovencita y las crónicas de su tiempo hablan de que era bastante
bonita. Cuando salía a la calle en compañía de su madre los jóvenes de su edad no
podían menos de lanzarle algunos piropos que a Amada, precisamente no le
disgustaban del todo; Rita, en cambio, se ponía roja, bajaba los ojos al suelo y se
prendía más fuertemente del brazo de su madre. Nunca salía sola y como la única
ocasión de verla era cuando iba a misa, por eso la flor y nata de la juventud masculina
de Rocaporena no llegaba a faltar.
De las poblaciones vecinas parece que más de uno llegó a hablar de una
conquista al cual se le hizo saber discretamente, que le era mejor que se estuviera
tranquilo en su casa y moderara sus ímpetus ya que los tiempos no eran de los más
oportunos para tales intrigas pues si los vecinos de Rocaporena se daban cuenta de sus
intenciones no faltarían más de

[49]
uno que en pocos segundos le hiciera cambiar de temperamento. ..
El párroco le decía al obispo de Espoleto: "es la oveja más preciosa de mi rebaño"
y sus padres: "es una perla; tiene un carácter de oro; sería capaz de arrojarse al fuego
por nosotros". "Es una niña sin vanidad, a todos los quiere; ni con tenazas se le podría
arrancar una mentira", era lo que decían las vecinas y comadres; "es un modelo de
bondad y de mansedumbre" decían todos.
Rita era todo esto, pero era además, como diríamos hoy, un buen partido ya que
como dijimos arriba sus padres no eran pobres y ella era la única heredera y de ahí que
a los 18 años los pretendientes eran legión y no pocas veces se retaban a duelo entre
ellos mismos. . . sin que la interesada lo supiese nunca.
Entre buenos pretendientes y moscardones que giraban alrededor de la joven, se
hallaba y entre los más asiduos un tal Pablo hijo de Nandone el cartero del pueblo; era
aquel un medio tonto, fanfarrón y maniático, pendenciero y presuntuoso, el que para
poder distinguirse y singularizarse se decía gibelino ya que todo el pueblo era güelfo, es
decir que era lo que podríamos llamar

[50]
hoy un anarquista y fuera de eso, amigo de los peores elementos de Casia. Por demás
está decir que contra la Iglesia había concebido un espíritu de rebelión que lo impulsaba
a expresarse siempre contra ella tanto más que la rebelión al Papa estaba de moda y
ello daba una cierta nota de independencia, de despreocupación y se aparentaba ser un
espíritu fuerte. El Papa en Aviñón y el cisma habían creado la rebelión y las ciudades
habían caído en manos de aventureros que pululaban por todos los estados pontificios.
Apareció primero el valeroso y sabio Albornoz con sus soldados aventureros; luego el
famoso cardenal de Ginebra con soldados españoles, vascos, suizos, alemanes,
aventureros de toda especie y de todos los colores. No eran escasas las batallas, más
clamorosas que sanguinarias, pero de consecuencias gravísimas como el robo, el
asesinato, el saqueo, violencias morales y materiales de toda especie, asaltos de todo
género con todas las consecuencias de odios, venganzas y rencores que se sigue
siempre a un estado anormal y violento cuando de una parte las autoridades son
incapaces y cuando la ley sólo se aplica a los débiles, a los timoratos de conciencia.

[51]
Asís, Espoleto, Foliño, Perusa, las Marcas eran los focos de donde partían estas
luchas que no se detenían en ninguna parte llegando hasta las rancherías. "Ya desde
octubre de 1375 se vieron envueltas en la rebelión contra el Papa, Orte y Narni; en
noviembre y diciembre Montefiascone, Viterbo, Cittá di Castello y Perusa; y su ejemplo lo
siguieron Asís, Espoleto, Civitavéquia, Forlí y Ravena y tres meses más tarde el incendio
había prendido en la Marca de Ancona, la Romana, todo el ducado de Espoleto, y luego
íntegramente el Estado Pontificio. Florencia dirigía la revolución y aún varones que
fueron antes leales al Pontífice se rebelaron igualmente contra él como por ejemplo
Bertían Alidosio y Rodolfo de Verano. "Florencia fue excomulgada y fue entonces
cuando el Papa Gregorio XI cometió el error de enviar como pacificador al despiadado
cardenal de Ginebra en calidad de legado pontificio con un grupo de mercenarios
bretones al mando de Juan Malestroi".
Ciudades y aldeas fueron ocupadas, violentamente mientras la soldadesca se
abandonaba a las peores atrocidades. Un cronista contemporáneo dice que "cada
conquista se verificaba a través de la destruc-

[52]
ción, la devastación, y la traición. . . "Ni los cadáveres se escapaban ya que eran por
avaricia profanados". "El fin de la guerra es la victoria y para alcanzarla parecía lícito o
tolerado al menos faltar a la fe, usar de la crueldad y de los crímenes enormes".
2
Circundada de montes y apartada de las vías de comunicación que más frecuentaban
las tropas beligerantes, la ciudad de Casia, con su clima delicioso, rica en flores, frutos y
ganados era como una isla afortunada en medio del incendio de la guerra. El gobierno
pontificio y la influencia de San Francisco de Asís y de sus hijos lograron conservar en
ella la paz como en ninguna otra parte y cuando tuvo que enfrentarse a la guerra halló
fuerzas más que en otra cosa en su fe cristiana, como se la entendía en esa época, de
suerte que se la puede considerar como el germen de la vida franciscana entendida y
vivida cristianamente. No significa esto que los rebeldes al Papa no la visitasen y Pablo
era justamente uno de estos, y fue él precisamente quien puso los ojos en Rita. Las
mujeres se casaban muy jóvenes. "Una joven de 20 y aún de 18 años —escribe Del
Lugo— se la consi-

[53]
deraba casi como pasada. La mayoría se casaba a los 15 años".
Pablo venía casi todas las tardes en compañía de su padre a jugar a las cartas con
Tonio ya que éste y el padre de Pablo se veían muy frecuentemente por razón de
intereses comunes y fue así como Pablo se enamoró de Rita. Charlatán, insolente y
violento se dio cuenta de que la fortaleza era poco menos que inexpugnable y se
propuso alcanzarla. A su padre le decía que la haría suya cueste lo que cueste, aunque
se le opusieran todos los santos del cielo; que si tenía que recurrir a la fuerza lo haría y
que si ella se le oponía la asesinaría a ella y sus padres lo que por lo demás era muy
capaz de hacer dados los tiempos que se vivían tan de acuerdo con el pretendiente.
Basta recordar el famoso Corso Donati que con tal de poder entregar a su "virgen
hermana" Piccarda a aquel salteador de caminos que fue Roselino Delatosa no tuvo
empacho en asaltar el convento de Santa Clara y arrancaría de allí a la fuerza "fuera del

2
Massaglia, llamado el Meneghino, pág. 325
dulce claustro" no obstante que la pobrecita muriera poco después de pura pena. 3

[54]
Cuando Rita se dio cuenta de esto no volvió a dejarse ver en la tarde ni siquiera
para atender los oficios de la casa pero aquel infeliz se las arregló para poder entrar a
ella en las horas menos pensadas y con los más extravagantes pretextos sin que las
duras respuestas y la repulsa de la niña llegaran siquiera a molestarle.
Para Rita no sólo le era repugnante sino que le consideraba como un pseudo
hereje y así le decía a su madre: ¿pero qué clase de cristiano es este hombre?
—Exageraciones, respondía Amada; no es sino un fanfarrón que se las da, para
hacer creer que es mucha cosa.
A Rita con todo, le producía tanta repugnancia como la que puede causar el
contacto con el reptil. Sin embargo en estos tiempos eran los padres los que resolvían el
matrimonio de sus hijas que sólo podían encerrarse en su casa a tejer o labrar el lino y
nadie las veía sino en las horas de la comida o a través de las espesas cortinas de una
pequeña ventana en sus semi-oscuras habitaciones. Los padres unían lo útil con lo
deleitable por lo que se servían muchas veces de las relaciones puramente comerciales
para decidir del porvenir de sus hijos y no podemos
[55]
olvidar que Tonio y el padre de Pablo tenían negocios comunes, y Rita habría de ser uno
de tantos ejemplos de las bárbaras costumbres de la edad media; de suerte que cuando
Nandone fue a solicitar la mano de Rita para su hijo, Tonio dio el sí en nombre de la
niña. Amada, por su parte ya se había dado cuenta de todo, de suerte que cuando su
esposo le manifestó los deseos de Pablo no cabía en sí de alegría. Amada era muy
piadosa, deseó inclusive hacerse monja... ¿pero qué era el mundo sin amor? Recordaba
su mocedad cuando el amor vino a tocar a su puerta convirtiéndolo todo con su varita de
oro en color de rosas brindándole una viveza, una serenidad y una alegría que ella no
olvidaba jamás. Y a Rita, —pensaba ella—le sucedería lo mismo y desde el fondo de su
corazón bendijo a la Providencia que había llevado las cosas a pedir de boca.
El amor cristiano no se tenía en cuenta. Los intereses mundanos habían
obcecado y endurecido hasta ese punto, inclusive a estos buenos y rectos cristianos.
Amada fue la encargada de comunicar a la hija la decisión tomada y lo hizo con

3
DANTE, Par. Cap. III, 34-10?,
toda delicadeza de una madre que se propone nacer tragar a su dilecta criatura un trago
[56]
bien amargo. Al oír aquello Rita tuvo un vértigo y por muchos días estaba como fuera de
sí. Era un sacrilegio para ella dividir el corazón para darlo a Dios y a un hombre. ..¡y a
ese hombre! Si la fe no la hubiese sostenido se habría arrojado desde el puente a las
aguas del Corno o tal vez le habría bastado un poco de "agua de Perusa" 4 para terminar
de una vez.
Antonio estaba impresionado. Amada, en cambio, le decía: "Esto le pasará. Ya
verás que le pasará. Es natural un poco de emoción. . . No sería tal vez éste su ideal,
pero se hará a su nueva vida, ya verás". Y a todas horas se le veía cerca de su hija
repitiéndole que "quien obedece a sus padres obedece a Dios". Que no se le estaba
pidiendo un sacrificio sino simplemente aquello que todas las niñas hacían, que no
se podía vivir de ideales. . . que lo único que se pretendía era darle un apoyo y una
defensa en este mísero mundo. . . que ese matrimonio era una verdadera gracia de Dios
y una fortuna para ella.. . que si era para ella un sacrificio el matrimonio con aquel joven
tan simpático

[57]
y hasta acomodado, que lo aceptara por amor a sus padres que lo único que deseaban
en este mundo era poder cerrar sus ojos dejándola a ella bien acomodada y feliz.
Nada valió. Ni las lágrimas, ni las oraciones, ni las súplicas. El cielo parecía ciego,
sordo y mudo ante su dolor mientras la tristeza del padre y de la madre frente a su
renuncia la impresionaron tanto que al fin inclinó la cabeza "ante la voluntad de Dios"
como le decía su madre y aun el mismo párroco que les hacía coro; e inclinó la frente
como la víctima voluntaria ante el verdugo. Desde ese momento no se la volvió a ver
sonreír y el día de su matrimonio fue el día más amargo de su vida. Su única esperanza
estaba puesta en Dios y se sacrificaba por su santa voluntad.
Animo, hijita, le dijo el párroco. Realmente quien obedece a sus padres obedece a
Dios. El Señor algo deseará, nosotros no conocemos sus designios y no nos queda sino
hacer su voluntad.
La ceremonia nupcial daba la impresión de ser más bien un funeral que unas

4
Veneno activísimo, probablemente a base de estricnina, que mata indefectiblemente en pocos
minutos.
alegres bodas. Estaba dando sepultura a sus más nobles aspiraciones y a duras penas
podía

[58]
contener las lágrimas por consideración a su marido y a los parientes que la rodeaban.
El banquete de bodas fue muy alegre por parte de todos: se sirvieron espléndidas
viandas y los más generosos vinos hasta que amigos, parientes e invitados la
condujeron a su nueva casa. Hasta allí se había portado como un autómata; nada había
probado de los ricos platos que se le sirvieron. Mas al despedirse de sus padres y ver
que iba a quedar sola en compañía de Pablo en aquella casa en la que por lo demás
entraba como una reina, no sé qué pensamiento le apretó el corazón y no pudo menos
de deshacerse en lágrimas en medio de la común alegría. Pero se creyó que eran
lágrimas de toda nueva esposa al momento de despedirse de la casa paterna, lágrimas
que enjugarían muy pronto las caricias del marido y mientras Pablo estaba todavía
adentro con algunos amigos tomándose las últimas copas, Rita cayó de rodillas al pie
del crucifijo que sobre el lecho nupcial tenía y le contó toda su pena. . . todo su martirio,
recomendando a este Mártir Divino, que allí abría los brazos, su debilidad y su
amargura.
Las mujeres que estaban al tanto de su secreto no la vieron por varios días; le
parecía
[59]
que era una leprosa y cuando volvió a ver a su madre se desahogó con ella.
—¡Animo, hija mía, cumple con valor la ley de Dios!
Desde ese día pareció tranquilizarse y aún se manifestaba contenta de las
atenciones de su marido y de su suegro quienes no regresaban nunca de Casia sin
traerle algún regalo.
Desde el primer momento se empeñó en darle a aquella casa, por tanto tiempo
desprovista de las delicadezas de una mujer, el ambiente de un verdadero hogar. Había
mucho que limpiar, acomodar, arreglar, y poner en uso y a pocos días todo brillaba: los
utensilios de cocina, los muebles, el pavimento y las ropas limpísimas olían a romero y a
retama. En la misma mesa del comedor no faltaba siquiera el detalle de la «feminidad,
un jarro con flores que daba a aquella estancia una nota de intimidad tranquila y serena.
El suegro y el marido no cabían de gusto.
El mismo Pablo la encumbraba hasta las estrellas; ella era para él una victoria, un
ídolo, un tesoro que había de conservar a toda costa; una muñeca, un juguete
maravilloso y enorgullecedor.

[60]
La joven esposa no podía respirar, pensar y existir sino para él. En ocasiones se
mostraba celoso de su mismo padre y hasta de Dios, y si se hubiese atrevido, le habría
echado en cara hasta su amor por Dios, el abandono en sus divinas manos, su enérgica
y profunda piedad.
Impetuoso y violento como que había crecido sin la influencia de su madre y entre
los cuidados de su padre que no llegó jamás a contrariarlo en nada, tenía un concepto
erróneo de la vida ciertamente, pero no se podría decir que él era ni del todo ni el único
responsable. Y para Rita, no pasaban inadvertidas aquellas nubes de tempestad que
oscurecían su hogar; ella trataba de disiparlas sin que por ello dejara de presentir que la
tempestad habría de desencadenarse más o menos pronto y era entonces cuando
acudía a Dios con más confianza, como a su único consuelo y al sostén de su debilidad.
Pablo no volvió a faltar a misa dominical y cuando salía de la iglesia llevando del
brazo a su joven esposa un murmullo lo acompañaba salido de las gentes que los veían
pasar, murmullo que no era otra cosa que la admiración que se siente al ver a un
matrimonio joven, atrayente y bien vestido. Ella por su

[61]
parte bajaba modestamente los ojos, ¡inaccesible a las frases de admiración que oía a
su paso y hasta satisfecha de ver que su marido se sentía orgulloso de ella.
Personalmente se portaba con una simplicidad absoluta; el único objeto de su amor era
Dios y los ángeles la guardaban en la más profunda paz interior. Pero en medio de la
paz de que disfrutaba no le faltaban horas de amargura ante la impetuosidad iracunda
de Pablo hiriéndola profundamente con sus blasfemias que si al principio había se
moderado un tanto volvían a aparecer con el correr de los días y era su Dios a quien se
ofendía.. . lo otro no importaba. Este martirio sin embargo como que purificaba más su
alma pues no dejaba de darse cuenta de que el amor de Pablo por ella era más sensible
que otra cosa y que lo único que a él le importaba era la victoria que había alcanzado.
¿Hasta cuándo habría de durar el amor que le manifestaba? Sólo Dios lo sabía. Cuatro
meses después murió Nandone de un ataque al corazón y Pablo frente ya a los
negocios de su padre se manifestó lo que era en realidad: un temperamento nervioso,
violento e irascible. Largas horas de soledad pasaba Rita

[62]
en su casa, parte por la muerte del suegro, parte también porque las ocupaciones de
Pablo lo mantenían frecuentemente fuera de casa, pero ella pasaba su tiempo ora
ocupada en sus trabajos domésticos, ora en la contemplación intelectual a la cual tanto
se había habituado allá en los años de su infancia cuando se iba ai monte con su
pequeño rebaño y era en esos momentos cuando daba pábulo a las elaciones de su fe.
Al regresar Pablo a la casa la distraía con las manifestaciones de su afecto, o con las
noticias que le traía de afuera y en ocasiones trataba de inmiscuirla en su vida exterior
no siempre muy recta. Eran en verdad un sólo espíritu unidas como estaban sus vidas
por un lazo indisoluble, apareciendo él como la materia y ella como el espíritu que
animaba.
Como en otros tiempos Antonio y Amada, al volver del trabajo, se dirigían a la
casa de Pablo con el fin de pasar un rato en compañía de su adorada hija. Ellos la
encontraban cada día más hermosa al tiempo que crecía en dignidad. Para ella su
propia voluntad era la voluntad de Pablo que influía también en su vestido, así que vestía
siempre con los gustos de su marido. A veces se arreglaba

[63]
muy sencillamente: un pequeño chal echado sobre los hombros, al arreglo del pelo, un
adorno cualquiera hacía resaltar su belleza dentro de su grande sencillez. Cuando sus
padres iban a visitarla las horas se les escapaban sin darse cuenta; tenían tantas cosas
que decirse que al despedirse creían que no habían hablado nada. Al caer de la tarde y
cuando se daba el toque del Ave María, era el momento de llegar Pablo a la casa y era
igualmente la de que sus padres se retirasen a su vez a la suya.
A pesar de todo, Pablo empezó a concebir celos hasta de los padres de Rita.
¿Qué venían a hacer tanto a su casa esos viejos? El quería estar solo, absolutamente
solo con Rita y tantas venidas de sus padres lo que hacían era separarla cada vez más
de él, dividiendo su corazón entre él y sus afectos de otros días. Por otra parte; ¿qué es
lo que conversan todas las tardes? Lo que a Pablo más le preocupaba era que
comentasen entre ellos la conducta que él observaba afuera y que los padres de Rita
fuesen a apagar el afecto que ella sentía por su marido. Al principio no dejó conocer ni
transparentar semejantes Ideas, pero después se atrevió a dejar escapar algunas frases,
se mostró menos afectuoso con sus

[64]
suegros, en ocasiones apenas les dirigía el saludo al hallarlos en su casa y terminó por
declarar a Rita que no toleraría más el que sus padres viniesen diariamente a visitarla.
¿Qué tenían que conversar tanto todos los días? Y la encargó a ella misma que se las
arreglase para que les hiciese saber que no lo deseaba más, haciéndole visitas a su hija
todos los días. Rita lloró en silencio ante semejante absurdo, más obediente como era a
su marido e incapaz de ir a causar semejante amargura a sus padres, a los que amaba
con locura, empezó a inventar pretextos para que no la visitaran no obstante que ellos
seguían siendo el único afecto de su alma, fuera de Dios.
En ocasiones se escondía y daba la impresión de que había tenido que salir fuera,
pero los padres se dieron cuenta de todo y empezaron a disminuir las visitas que hacían
a su hija hasta el punto de que ya la veían raramente.
Ni se crea que Pablo se tranquilizó con esto. Quiso que se dejara de tantos
subterfugios y le ordenó que les dijera claramente, que lo que se pretendía era que no
volvieran más a pisar su casa. Esto fue para Antonio y Amada el más cruel de los
dolores. Por la tarde se les veía al regresar del campo, llevando los ins-

[65]
trumentos de labranza, pasar de largo frente a la casa de su hija, cuyas puertas y
ventanas parecían cerradas. Solo al pasar alcanzaban a ver por entre las cortinas una
sombra que los saludaba desde lejos... El paso de los dos viejos era cada vez más
pesado, y más encorvados y como dominados por la pena.
A pesar de todo, este saludo no dejaba de ser un gran consuelo. A los padres se
les hacía un nudo en la garganta el verla así, de lejos, sin poderse hablar y Rita no podía
menos al verlos pasar que sentarse en un rincón de su casa y deshacerse en lágrimas.
Pablo con todo prohibió también el saludo, mandando a Rita que no se asomase a la
ventana para saludar a sus padres que regresaban del trabajo y ello no era sino el
comienzo de más grandes dolores.
A poco empezó a llegar a la casa ya muy entrada la noche y casi siempre medio
borracho: blasfemaba que era un verdadero horror. .. por todo gritaba y hacía escándalo,
llegando en alguna ocasión a dejarse llevar de un exceso de furia empezó a gritar, a
blasfemar, a romper todo lo que encontraba. Parecía en realidad, poseso del demonio y
esto porque esa estúpida ni siquiera había sido capaz de darle un hijo. Esta era su
mayor pena
.
[66]
como era igualmente el martirio secreto de Rita y de sus padres.
Una noche llegó completamente borracho; de un puntapié abrió la puerta y al
encontrar a Rita que se hallaba en oración la arrojó al suelo de un bofetón que le dio en
la cara. La pobrecita se levantó con el rostro empapado en sangre y en silencio empezó
a arreglarle la comida pero el infeliz la arrojó al suelo y las escudillas las tiró contra el
muro. Lo único que gritaba era vino... más vino... Ella trató de calmarlo y hacerlo entrar
en razón pero de lo único que le sirvieron las palabras fue el enfurecerlo más dándole de
bofetones. A poco rato se quedaba dormido con el rostro apoyado en la mesa y roncaba
como un animal. Rita al verlo así dormido se lavó el rostro y se arrodilló al pie del
Crucifijo donde pasó la noche en oración y al compás de aquella música diabólica. La
oración le infundió fuerzas para mostrarse al día siguiente a su marido como siempre,
llena de ternura y sin dejar escapar una sola palabra de reproche. Pero las escenas de
esta clase se repetían con relativa frecuencia y por más que ella trató de que nadie se
diese cuenta de ello, sus ojos hinchados de llorar y su rostro amoratado a bofetones
denunciaron a los vecinos lo que allí

[67]
pasaba y todo llegó también a oídos de sus padres. La consternación de estos se puede
más imaginar que describir. Ellos eran los responsables de todo, ellos le impidieron
seguir su vocación religiosa como ella lo deseaba, ellos se la habían arrebatado a Dios
para entregarla a un hombre y ya estaban cosechando el fruto de su egoísmo! Antonio
quiso remediar el mal ya hecho y así le habló a Pablo. Enfurecido éste, le gritó que en su
casa mandaba él, que su esposa era su esposa, que nadie tenía que meterse en su vida
y que si estimaba en algo la suya propia era mejor que no se dejase ver mucho por los
alrededores de su casa... El pobre viejo se retiró con una pena más. La de Rita era
superior: la ofensa a Dios.
—Pablo querido haz de mí lo que quieras, golpéame, pisotéame, pero por caridad,
no blasfemes, no ofendas más a Nuestro Señor... Y al Crucifijo le decía: "Señor, yo lo
acepto todo como venido de tus manos, pero por tu amor infinito haz que Pablo no te
ofenda a ti".
La oración le infundía cada vez más fuerzas para soportar a su marido. Nunca se
quejaba; con las manos cruzadas sobre el pecho aceptaba de la mano de Dios el
calvario a donde iba subiendo.

[68]
Lo que Pablo quería era que se rebelase, que se defendiese, que reaccionase en
suma en alguna forma, pero al ver cómo ella seguía siendo siempre mansa y sometida
no se atrevía a seguir golpeándola, pero entonces abandonaba la casa dando un
portazo y no regresaba sino a media noche.
Cuando se hallaba en su juicio, la trataba mejor, por lo menos no le gritaba ni la
golpeaba, sin embargo se hacía insufrible exigiendo ya una cosa, ya otra y ella no
alcanzaba más que cumplir sus órdenes preparando el vestido, arreglando la mesa y
teniendo siempre la comida lista a la hora que llegase. Le adivinaba sus pensamientos y
más que la esposa parecía la esclava de aquel hombre brutal. No perdía la esperanza
de que su marido se corrigiera, pero ¿cuándo? No lo sabía, mas la confianza en Dios
era igualmente grande, así como era grande su fidelidad a él, lo mismo en la buena, que
en la mala fortuna.
No temía a nada ni a nadie, segura como estaba de que todo se realizaba de
acuerdo con la voluntad de Dios, voluntad providente, amorosa, de un Padre
infinitamente bueno. Cuando Pablo se dormía, Rita pasaba en oración la mayor parte de
la noche y cuando la fatiga la obligaba a descansar un poco, se

[69]
dormía confiada en la mirada de Dios segura de que no le habría de acaecer ningún mal
irremediable.
Los padres y los vecinos se admiraban de verla con ese valor sola, noche y día en
compañía de aquel hombre bestial, pero Rita sin mirar el rostro encolerizado de su
marido, veía en su lugar el rostro del Padre Celestial que la miraba lleno de amor y que
le enviaba aquellas penas y dolores solamente para su santificación.
Sus padres le propusieron que se viniera con ellos, ella en cambio, lo rehusó
diciendo que la promesa que había hecho en el altar era su cruz. ..
—Dios es Padre, decía, ¿y cuál es el padre que desea la desgracia de su hijo? O
¿es que creen que este Padre es un desnaturalizado?
Así es como se entiende la fidelidad cristiana al matrimonio.
Esposas heroicas las hubo igualmente en aquella edad de hierro. La historia nos
cuenta por ejemplo de Marzia de Ubaldini, señora de Cesena, quien estando sitiada en
la ciudad le respondía a su padre que la exhortaba a que se entregase, pues ya no
había salvación y ella misma iría a perecer, a lo que la gran dama contestaba:

[70]
—Cuando tú, padre mío, me entregaste a mi marido y señor, me dijiste que le
fuese obediente en todo lo que me mandase; hasta hoy he cumplido mi promesa y la
cumpliré mientras viva. El me mandó que no entregase la ciudad sino cuando él me lo
hiciese saber. Así pues le obedeceré aunque me cueste la vida".
Rita por amor de Dios tenía la misma devoción. El párroco, su único confidente, le
decía: "¡Paciencia y oración! Santa Mónica convirtió a su marido pagano y maniqueo y a
su hijo hereje y disoluto... Ella convertirá igualmente a tu marido, pídeselo a Santa
Mónica".
Y Rita oraba sin descanso por la conversión de Pablo, no tanto para no tener que
sufrir ese martirio sino para que bajo su techo no hubiese un enemigo de Dios. ..
MATERINIDAD
DEBERES DE ESTADO
Gozo y amor a Dios por la maternidad
Pág. 71-76
[71]
LA MADRE
¿Cuánto tiempo había pasado? Ni ella misma lo sabía. Paciente y resignada lo
esperaba todo de la mano de Dios; sus propias penas no las tenía en cuenta.
Pero una mañana al llegar el alba y mientras despierta oraba y meditaba en la
Pasión de Cristo, completamente inmóvil para no importunar a su marido, le pareció que
allá muy cerca de su corazón algo vivo le palpitaba. Si no dio un grito no fue por
despertar a Pablo, mas porque le faltaron las fuerzas y se deshizo en acciones de
gracias al dador de todos los bienes, y al Autor de la vida.
Sí, cerca de su corazón palpitaba imperceptible pero de una manera inconfundible
otro corazón y desde ese momento lo consagró con todas sus fuerzas a Dios para que
fuese únicamente suyo.
Esa mañana estuvo como estática. Su primer deseo habría sido el correr a la casa
de su madre para participarle a ella su felicidad.

[72]
mas en esto ni siquiera pensar y así pasó el día únicamente con su Dios al que habló de
la manera más tierna que pudo.
Por la tarde esperaba a su marido mientras de su corazón salía esta oración:
"Señor, Señor, ayúdame porque me parece que la alegría va a hacer estallar mi
corazón..."
Pablo, sin embargo, tardaba, y ella sabía perfectamente por qué. Cuando
avanzada la noche llegó por fin, la escena habitual estaba ya para estallar pero Pablo se
dio cuenta al punto de que su esposa, habitualmente tan servicial y tan abnegada estaba
en esta ocasión a la defensiva contra las brutalidades de que solía hacerla víctima. No
se defendía a ella, defendía un tesoro que Dios le había dado.
—No es por mí, Pablo, es por tu hijo...
Ante aquella inesperada revelación el puño ya alzado para golpearla, se desarmó
y se convirtió en un abrazo y esa misma tarde de rodillas, al lado de su esposa, él mismo
dio gracias, a Dios.
Esa noche fue Pablo el que no pudo conciliar el sueño. Tal vez un momento se
había quedado dormido y en sueños había aumentado su buen humor. ¿Cuánto faltará
para que amanezca? Encendió una lámpara de

[73]
aceite y vio a su esposa que dormía plácidamente a su lado, con el candor de un niño.
Apagó inmediatamente la pequeña llama para no despertarla y siguió con los ojos
abiertos extasiado en dulces pensamientos.
Cuando se dio cuenta de que Rita se hallaba despierta le dijo:
—Rita, ¿tus padres lo saben?
—No, Pablo, el primero en gozar de la felicidad que el Señor nos ha concedido
debías ser tú...
—Está bien, pero hoy voy a hacer un convite y tus padres, deben venir.
—Sí, contestó Rita, hoy es domingo y voy a ir a la primera misa...
—Ya tendrás tiempo de ir a misa, primero es necesario hacer los preparativos.
Se levanta, sale a la calle y luego se dirige a la casa de sus suegros y como se
trata de algo improvisado, Rita se pone a prepararlo todo.
Esas manos purísimas habituadas a levantarse noche y día al cielo saben también
preparar algunos platos los más exquisitos. Eran las comidas más usadas en su tiempo:
jamón, ensalada de vinagre, suculentas lasagne, salsa picante, chuletas asadas,
pastelitos, ensalada perfumada, frutas, postre y claro un buen vino espumoso.

[74]
Antes que los invitados empiecen a llegar comienza ella a arreglar la mesa con los
mejores utensilios que no ha estrenado aún; de la alacena saca los platos de porcelana
y del baúl un mantel con sus servilletas blanquísimas para que cuando lleguen los
huéspedes todo esté en su puesto y no falte nada.
Generosa como es, ha olvidado todo lo que Pablo le ha hecho sufrir pero ahora
está contenta, él va a cambiar y llegará a ser finalmente un buen cristiano... y esto es lo
único que le importa: trabaja y ora. Cuando Amada llega se admira de que no haya ido
todavía a misa, ella tan habituada a madrugar.
Sí, responde Rita, cuando se trata de cumplir el deber las obras de piedad tienen
que quedar atrás... Voy a la última misa. Y al dar el último toque se viste a toda prisa, y
se dirige a la iglesia llegando justamente cuando sale el señor Cura a celebrarla y va a
comulgar. Sale la primera y solícita se dirige a su casa pasando directamente a la
cocina.
Su alegría es incontenible, le parece que el Señor le está pagando todas sus
amarguras. El mismo Pablo está alegre y se muestra gentilísimo con esos pobres viejos
que tan mal ha tratado tantas veces. La comida transcurre en la más amplia alegría. Rita
ni siquiera se

[75]
ha sentado a la mesa y apenas ha probado los platos que ella misma ha preparado. El
corazón canta la eterna canción del amor por la nueva vida que aletea en su seno y por
la paz que parece ha retornado finalmente al hogar doméstico, pero algo le dice en su
interior que esta será la última fiesta... Cómo están de envejecidos. . . da lástima
mirarlos. Sin embargo, no deja transparentar su filial preocupación.
Durante la comida alguien toca a la puerta.
—Perdón, no quisiera molestarlos, sólo pido una limosna por amor de Dios.
Rita se queda mirando a los comensales y Pablo es el primero en hablar:
—Que entre, es el huésped de Dios, nos traerá fortuna.
Y en ese día el huésped de Dios tímido y atendido por el mismo Pablo era
sentado a la mesa de los hijos de Dios.
Desde ese día cambió totalmente. Era más tierno y afectuoso con su esposa; se
manifestaba contento cuando sus suegros venían a la casa y les pedía que no
abandonasen a su hija y la aconsejasen en lo que debía de hacer y a los que en Casia lo
felicitaban los invitaba a tomarse una copa con él.

[76]
La expectativa tenía a todos nerviosos; la joven madre en compañía de Amada
preparó el ajuarcito para el recién nacido, la cuna, los pañales y Pablo no escatimó gasto
alguno, quería que fuese el príncipe de su casa y si nosotros podemos carecer de algo,
que él no, aunque tuviese que vender la camisa.
Rara vez se le oye una blasfemia; no se emborracha, a la casa llega temprano y si
veía a Rita haciendo muchos trabajos, con las más tiernas palabras la regaña
ayudándola en todo lo que más puede.
VOLUNTAD DIVINA
CONFORMIDAD
ESPONSALES
MATERNIDAD
Arrepentimiento de los padres por negarle su hija a Dios
Pág. 76- 81
[76]
La alegría de Rita no puede estar desprovista de dolor. El viejo y amado padre
cayó enfermo gravemente... Rita no podía contener las lágrimas: "Señor, perdóname,
pero soy una hija y tengo un corazón; pero que se haga tu voluntad".
Pasó las horas cerca de la cabecera del moribundo y sus coloquios se parecían a
los de Mónica y Agustín, olvidados del pasado y no pensando sino en lo que tenían más
cerca. Era un adiós, un "hasta luego", no una despedida definitiva.
El viejo quiere hablar, una pena lleva consigo e inclinando la cabeza no puede
ocultar sus lágrimas que se desprenden de sus ojos.

[77]
—Me remuerde la conciencia haberte negado a Dios para darte a un hombre...
—No te preocupes papá; era la voluntad de Dios... El lo ha dispuesto todo.
La separación por dolorosa que fuese no podía ser para Rita un acontecimiento
puramente humano; no lloró mucho a su padre y sólo pensó en ofrecer en sufragio de su
alma más penitencias, más comuniones, más misas.
De un tiempo para acá, gozaba de una paz interior indescriptible, una serenidad
profunda y completa; se la guardaba en lo más íntimo de su alma después de haberla
saboreado en la mañana al pie del Tabernáculo allá en su humilde iglesia rural.
Poco después de la muerte de Antonio, la madre se enfermó también gravemente
pareciendo que no se levantaría ya. Se repuso, sin embargo, aunque se mantenía tan
achacosa que no volvió a sentirse bien del todo. Seguía viniendo a su antigua casa y
Rita iba a verla, pero una nube se interponía entre ella y la hija adorada; el hecho de
haberle impedido hacerse monja para darle posición, era una cosa que causaba a la
madre una espina que la atormentaba y luego tener que dejarla en aquellas condiciones.
Rita acudía lo más frecuentemente que podía a su lado pero tenía
[78]
que luchar para hacer pensar a su madre en otra cosa que no fuese lo del motivo de su
preocupación. Nunca mentaba estas cosas y si la madre quería llevar la conversación
por ese lado, ella cambiaba el tema, diciéndole que estaba cumpliendo la voluntad de
Dios.
Una tarde Rita tuvo un presentimiento:
—Pablo, me parece mi madre muy grave.
—¿Pero qué le has notado? Yo le vi esta mañana y me pareció que estaba como
de costumbre.
—Y sin embargo.
—Ve a darle una vueltecita.
Y llena de angustia llegó al lecho de su madre.
—Rita... ¿te viniste?... Cómo deseaba verte ahora, me voy... perdóname... sí,
perdóname. .. voy a pedir mucho por ti en compañía de tu padre... pide por mí cuando
haya partido de este mundo...
Rita anegada en lágrimas, acercaba el Santo Crucifijo hasta los labios secos de la
madre y recitaba las oraciones de los moribundos. Amada iba respondiendo y repetía sin
cesar: "Jesús mío, misericordia". Poco después la respiración se hizo más rápida y
comenzó a hacerse también más imperceptible hasta que cesó completamente

[79]
Rita le cerró los ojos y besando aquel rostro tan amado, derramó sobre él el tributo
de sus lágrimas filiales.
La única pena de la difunta como la de su marido era ésta: Dios nos ha castigado
porque le rehusamos nuestra única hija. Piedad, piedad, Señor, repetían ellos cuando
aún estaban en este mundo, acepta por lo menos nuestro arrepentimiento y nuestro
dolor y vuelve tus ojos de misericordia hacia ella y hacia su hijo.
Y Dios escuchó aquella plegaria. Llegado el tiempo, Rita dio a luz un bello y sano
hijo a quien se le impuso el nombre de Santiago. La madre había pasado la noche en
crueles dolores; pero al amanecer, el hijo traía a aquella casa la bendición de Dios. Rita
miraba a su lado aquella pequeña florecita que había brotado de un árbol de dolores,
pero a su vista todas las angustias pasadas habían desaparecido.
Cuando quedó unos momentos sola para que reposase, oyó cerca de su estancia
unos pasos muy conocidos, por cierto, y una voz que parecía una caricia, preguntando:
—¿Se puede?
¡Adelante! contesta la joven madre y muestra al punto a Pablo el hijo que Dios les
ha dado mientras los dos lloran de alegría. Pen-
[80]
saba tal vez en esas largas horas de la noche, en que Pablo entraba, gritaba, mandaba
como un déspota... en las veces en que tuvo que recibir de él bofetones y puntapiés en
lugar de una caricia, pero no puede hablar, llora... Pablo se sienta a su lado y no sólo
ese día sino los siguientes parece que algo lo atormenta: ¿compasión, remordimiento,
dolor? El mismo no podría definirlo, lo único de que se da cuenta es de que ese lecho
tiene para él un imán desconocido que lo atrae y no se cansa de conversar con Rita. Ella
habla de todo: del hijo, de la casa, de los campos, de los negocios, sin preocuparse por
su estado presente pues de esos labios no se desprende sino un soplo de amor: en ese
corazón no vibra otra cosa que un impulso de caridad sobrenatural por el hombre que la
quiso para sí y que luego la había maltratado tanto.
Su primera preocupación fue que el niño fuese bautizado cuanto antes, y al
traérselo de nuevo, quería comerse a besos aquel hijo de Dios, y Pablo, por su parte,
parecía transfigurado: siempre en casa, siempre alegre, siempre servicial al lado de
aquellas dos criaturas que lo eran todo para él. De lo único que se quejaba era de que
Rita trabajaba demasiado.

[81]
Desde que el niño medio pudo balbucir algunas palabras, su madre le enseñaba a
pronunciar el nombre de Jesús y de María; le enseñaba a besar el crucifijo y el día en
que pudo pronunciar el Santo nombre, no cabía de gozo.
Su casa se veía inundada de luz inefable y ahora se daba cuenta de por qué el
Señor le había mandado aquel sacrificio.. .
Pasados unos meses, Rita se dio cuenta de que volvería a ser madre y preparó la
cuna para recibir el nuevo retoño del amor que Dios iba a enviarle; volvió a abrir los
armarios olorosos a nardo, oreó las camisitas del primogénito, las fajas y los pañales.
Era otro soplo caliente de vida que entraba en su casa... y la oración se multiplicó en sus
labios. A los 18 meses después del primero daba a luz otro hijo a quien puso el nombre
de Pablo María.
COMUNIÓN EUCARISTICA
DEBERES DE ESTADO
AMOR ESPONSAL
AMA DE CASA
Santidad en el cuidado del hogar
Pág. 82-86 SANTIDAD
[82]

HAMBRE DE DIOS
Todas las semanas, el día domingo, se acercaba ella a los santos sacramentos lo
que hacía tempranísimo para poder estar de nuevo en su casa lo más pronto posible,
pues no quería que Pablo fuese a molestarse por causa de su piedad y de su devoción.
Cada comunión le encendía en deseos de acercarse más frecuentemente al divino
banquete y si fuese posible todos los días. En este tiempo, la comunión frecuente estaba
reservada solamente a los religiosos y a muy pocos más, y la comunión diaria nadie
podía hacerla pues ello constituía un privilegio singular. Al reflejo de la lámpara del
sagrario, ¡Jesús ha debido esperar mucho tiempo la multitud de fieles que se acercan
diariamente al banquete cristiano! La balaustrada de mármoles de las grandes
catedrales como las más humildes de las más modestas iglesias parroquiales eran no
una mesa tendida para todos sino más bien una barrera que impedía el acercarse más;
un muro que divi-

[83]
día dos campos en lugar de un banquete de amor.
Delante de Jesús, Rita parecía en éxtasis; y tal vez aquella barrera la hubiera
podido franquear arrebatada de amor, si no se hubiera agarrado a la misma balaustrada
que le impedía unirse más con su único bien. Para ir a la iglesia gozaba de más libertad
pero no quería abusar. En ocasiones madrugaba tanto que hubo veces en las que el
templo no había sido abierto todavía, arrodillada entonces al pie de la puerta oraba a su
Dios, que prisionero allá dentro, esperaba para regalarla con todas las gracias de que
había menester. Antes de partir de su casa para la iglesia, da una vuelta a sus hijos para
ver si duermen y luego como un fantasma sale de la casa sin que nadie la sienta.
Derrama en el templo su corazón delante de Dios y antes de que el sol haya salido ya
está de regreso en su hogar. Cuántas veces el párroco madrugaba más que ella para
tenerle abierta la iglesia a esta ovejuela la más madrugadora de su rebaño. Cuando
regresa, con nuevas fuerzas sacadas del corazón de Dios, la casa está todavía en
profundo silencio. Pablo duerme pesadamente los trasnochos de la hostería y los niños
reposan tranquilos en el dulce abandono de la inocencia y

[84]
de la edad, reposando con las cabecitas sobre la misma almohada.
Cuando los niños despiertan ella corre a su lado para darles el desayuno, pero ya
la casa está limpia y arreglada y en muchas ocasiones ha encendido el horno y cocido el
pan. Lo primero que hace al despertar los niños es, haciéndoles juntar las manecitas,
ofrecer las obras del día y a veces ellos mismos le ayudan en los oficios domésticos,
pero si están haciendo mucha bulla:
— Casi en secreto, les dice, que se despierta papá, que se acostó muy tarde
porque tuvo que trabajar mucho y estaba muy cansado.
Luego se va al corral: hay que darle el desayuno a las gallinas, y el marranito
gruñe satisfecho porque ya ha comido bastante, el burrito ha recibido igualmente su
parte y está listo para las faenas del día. Acompaña a su marido en el desayuno y si la
tarde anterior estuvo duro o blasfemó, ahora que se halla más fresco, ella lo corrige
dulcemente, le recuerda los mandamientos de Dios, el buen ejemplo que debe dar a sus
hijos y hasta los castigos eternos con que Dios amenaza a los pecadores. Pablo no
responde. En ocasiones se muestra impaciente y en otras le promete que va a
corregirse aunque él sabe que no lo hará, por

[85]
ello no deja de darse cuenta de que su santa esposa, tan suave, tan delicada tenía la
razón por lo que allá en el fondo de su conciencia sentía el remordimiento. Se despedía
de ella lleno de ternura y volvía a sus quehaceres.
En muchas otras cosas tenía igualmente que pensar Rita, como en el rebaño que
había que enviar al campo, el huerto, el mercado y la recolección de la mies y en
ocasiones, muy pocas, por cierto, ya que lo que tenían les daba muy bien para vivir,
hasta en los gastos que había que hacer. Preparaba cada comida, recogía la leña, barría
la casa y el patio y así vivía la vida de una madre de familia que vive para Dios y para los
suyos.
Cuando por la tarde regresaba el marido, ella corría a su encuentro con sus hijos,
le recibía el jumento, lo llevaba al pesebre, y la cena estaba siempre lista al paso que
nunca dejaba de tener en el invierno encendido el hogar para que Pablo se calentase o
secase al fuego los vestidos muchas veces empapados por la lluvia.
En la mesa conversaban de los acontecimientos del día, y ella le contaba todas
las gracias de los niños, sus inocentes travesuras, habiendo procurado de antemano que
los alimentos fuesen del gusto de Pablo.

[86]
El vino no faltaba en la mesa para que no fuese a buscarlo a otra parte y al
acostar a sus hijos hacía que primero dijesen de rodillas las oraciones de la noche.
Cuando los dejaba ya en su camita, regresaba al lado del esposo y al calor del fuego,
conversaban interesándose ella por todo lo que él le contaba, mientras sobre su regazo
tenía la ropa para zurcir, o coser o mientras daba vueltas a la rueca. Un rato más y luego
todos dormían en la casa.
Si Pablo se iba para la calle ella lo esperaba cosiendo y orando hasta que
regresaba y cuántas veces la sorprendió medio dormida con el rosario en la mano.
Enojado, entonces, más con él mismo que con la esposa, subía las escaleras del
dormitorio silencioso y malhumorado.
Y así, fielmente, con un amor inalterable, años y años.
ENFERMEDAD
AMOR ESPONSAL
SALVACIÓN
ALMAS
EDUCACIÓN
HÁBITOS
VIOLENCIA
DESESPERANZA
SÚPLICAS
El marido se ablanda
Pág. 87-94 CELO APOSTOLICO
VICTIMA
[87]
ENFERMEDAD DE PABLO
Cierto día Pablo regresó de Casia más temprano que de costumbre; de un
puntapié abrió la puerta, pasó frente a Rita sin saludarla y fue directamente a tirarse
vestido como estaba en la cama. Estaba palidísimo y temblaba como si estuviese
convulso. Rita acudió al punto y viéndolo en ese estado empezó a ayudarle a
desvestirse haciéndolo acostar bajo las cobijas. Realmente estaba enfermo, pero él
mismo no sabía explicar qué era lo que tenía, por lo que se llamó al punto un médico
que de acuerdo con las costumbres de su tiempo, lo primero que hizo fue una sangría
que pareció mejorarlo un poco.
Por espacio de varias semanas estuvo como entre la vida y la muerte; una fiebre
altísima lo consumía, la pasaba delirando, llamando a su esposa y a sus hijos y hasta se
quejaba sin decir qué tenía o qué le dolía. Rita no se mueve de su lado día y noche,
atendiéndolo con gran solicitud y suma delicadeza y sin

[88]
dar muestra de cansancio o de fatiga. Su única preocupación es que Pablo pueda
presentarse al tribunal de Dios sin haberse reconciliado con El por lo que imploraba con
toda su alma la salud, convencida de que si escapaba de la muerte se convertiría a Dios.
La vida ella misma le parece inútil si su esposo llega a morir en la desgracia del Padre
Celestial.
Pablo parecía en verdad, conmovido ante aquella generosidad de su esposa que
parecía haber olvidado todas las brutalidades de que había sido objeto por parte de él.
Siempre a la cabecera de su cama, sonriente, tranquila y sin dar el más mínimo signo de
desdén o resentimiento, Rita seguía la convalecencia de su esposo asidua y vigilante.
En esos días Pablo, se juraría a sí mismo, muchas veces no hacerla sufrir más y volver
a ser el esposo amable y cariñoso de los primeros días y el sostén de su santa
compañera.
Cuando el convaleciente entró en un periodo de franca recuperación, no permitía
que de su lado se separasen sus hijos y se la pasaba jugando con ellos celebrándoles
siempre sus gracias y su ingenuidad infantil. Desgraciadamente Rita se daba cuenta de
que si Pablo había logrado sobreponerse a la enfermedad, no lo había hecho tanto por
lo que a sus

[89]
instintos bestiales se refería. A sus hijos los incitaba constantemente a la violencia, les
decía que sólo los débiles fracasan en la vida, que no permitieran jamás la más pequeña
injuria de nadie, que a quien llegase a pegarles con la mano le respondieran con la
puñalada. ¡Que aprendieran de él que siempre había hecho así y que por eso todo el
mundo le respetaba! "Lo más hermoso es vencer aunque para ello tengamos que echar
mano del engaño". Esto causaba a Rita un inmenso dolor.
— Pablo por el amor de Dios... acuérdate de que lo que se nos manda es hacer el
bien...
—¡Qué cuentos! Esto va bien para los frailes y las monjas o para los predicadores.
Hay que ser fuertes. . . Hay que hacernos respetar y temer. . . Sólo de esta suerte nos
podemos abrir camino en la vida y yo quiero que mis hijos aprendan a defenderse... ¡El
mundo es de los violentos!
Rara vez corregía a sus hijos y lo hacía cuando las cosas habían llegado ya al
extremo y en estas rarísimas ocasiones lo hacía con tal brutalidad y descontrol que lo
que parecía era un loco hasta el punto de que Rita tenía que intervenir tratando de
quitarle al niño de las manos, recibiendo en no pocas veces ella misma su porción de
golpes.

[90]
Rita continuaba callando, sufriendo y orando mientras se afanaba por inculcar a
sus hijos las máximas del Evangelio. "Hijitos míos: hay que ser buenos, hay que
perdonar, no hagamos a otro lo que no queramos que nos hagan a nosotros mismos".
Pero esto era como predicar en el desierto ya que los instintos violentos del padre
parece como que revivían en los hijos que se divertían haciendo mal al que podían no
excluyendo a los pobres animales: al gato, al perro, a los pajaritos que pelaban vivos y
andando siempre con los peores muchachos del pueblo y siempre listos a hacer mal a
los más débiles por lo que el padre estaba radiante de gozo.
—¡Cómo se ve que son hijos míos! ¡La herencia no miente!
La pobre Rita sufría lo indecible. Era ya como una extraña en su propia casa a la
que se toleraba por misericordia... y un complejo de inferioridad se fue apoderando de
ella hasta el punto de que ya no se atrevía a hablar, por más que en ocasiones, aunque
tímidamente, trataba de hacer oír su propia voz, y sus palabras eran aquellas máximas
eternas como salidas de unos labios eternos, pero en aquella casa y con aquella gente
sus palabras no tenían eco alguno.

[91]
Insistía entonces más en la oración, segura de que en el cielo sus plegarias sí
tenían resonancia; "Señor, por qué no te los llevas antes de que te ofendan... Sí, Señor,
los prefiero muertos ahora que son inocentes antes que se pierdan eternamente" y su
corazón sangraba mientras la convalecencia de su marido iba en aumento.
De pronto Pablo pareció que empezaba a retroceder. La fiebre volvió a aparecer
violenta como antes y volvió el médico, volvieron los amigos, volvieron los parientes...
"Es una fiebre pútrida" diagnosticó el médico y la enfermedad va a seguir su largo
proceso haciendo crisis cada siete días. Cuando la fiebre bajaba un poco, el enfermo
abría los ojos, y reconocía aquellos rostros amados cerca de él en medio de la oscuridad
de la estancia. Sollozos interrumpidos a veces, conversaciones truncadas del médico,
personas amigas que manifestaban cuán poca esperanza queda, le van haciendo
comprender cómo el mal lejos de ceder se va agravando, mientras la debilidad creciente
no le deja duda a sus presentimientos. Así .permaneció 19 días entre la vida y la muerte
y sólo las oraciones de Rita pudieron salvarlo.

[92]
—No es por mí. Señor, sino para que se convierta y sea un buen cristiano. "Señor,
que dijiste: yo no quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva, sálvalo; que
se vuelva a Ti; dale vida terrena, preparación a la vida eterna". Y estas plegarias las
sellaba con lágrimas y penitencias y pedía misericordia y perdón para él, para ella, para
sus criaturas...
Una tarde se agravó tanto que Rita llamó al confesor, pero Pablo no quiso ni
siquiera verlo. .. No, no. Lo que yo quiero es vivir, vivir todavía para mis hijos... A la
mañana siguiente, mientras el enfermo dormía Rita llamó a una vecina para que se
estuviese a su lado y en vez de buscar un poco de descanso que harto lo necesitaba, se
dirigió a la iglesia a llorar y orar. El Dios de los fuertes habría de darle las fuerzas que
necesitaba mientras las vecinas al verla pasar se condolían con ella averiguando por el
estado del enfermo sin ignorar cuál era la más grande pena de Rita ya que en una
localidad pequeña todo se comenta entre las vecinas y comadres.
Pobrecita, decían las gentes, y preocuparse tanto por semejante hombre que la
trata como la trata...
Sí, pero hay que pensar en que deja dos niños inocentes...

[93]
—Según dicen como que se ha compuesto un poco...
El médico hace todo cuanto puede dados los pocos recursos de que se disponía
en aquel tiempo mientras el enfermo se desespera de ver que ha tenido que abandonar
sus negocios, de que la pobre esposa ya no aguanta más insomnios y fatigas, de que
las economías se van agotando y delira. Al entrar la primavera parece que haya un
ligero alivio, la fiebre ha disminuido y los dolores de cabeza y de estómago ya no son tan
frecuentes. Poco a poco empieza a mejorar, se levanta a ratitos, y hasta puede dar
algunos pasos en la alcoba. Está lleno de alegría, y de optimismo, va a poder trabajar de
nuevo, y a ganar dinero, mucho dinero que es lo que importa para la vejez y para sus
hijos. Pablo no morirá a pesar del diagnóstico de los médicos, mientras Rita al ver cómo
iba mejorando, no cesaba de hablarle de mejorar su vida moral:
Pablo querido: el Señor que te ha dado de nuevo la salud te pide ser un buen
cristiano para que dediques tu vida a El.
¿Y es que no he sido siempre un buen cristiano?, respondía. Es verdad que en
ocasiones se me escapa alguna blasfemia, pero créeme, Rita, no lo hago por mal, es un
vicio

[94]
del cual me estoy corrigiendo. Y voy a ser más bueno contigo. .. perdóname... Y a los
niños los voy a educar mejor... no voy a volver a beber vino, sí, no volveré a entrar a la
hostería, seguía repitiendo como para convencerse a sí mismo de que debía cambiar de
vida.
Y recobró en realidad la salud, pero no era el mismo. Sentíase siempre muy débil
y experimentaba como corrientes que le recorrían por toda la espina dorsal.
— Ya no soy el que era...
Volvió al trabajo, pero había cambiado. Dios había finalmente ablandado el duro
hierro.
PROPOSITOS
SÚPLICAS
CONVERSIÓN
SANTIDAD
ARREPENTIMIENTO
Arrepentimiento de Pablo
Pág. 95-99

[95]
PIDAN Y RECIBIRAN
Pablo seguía siendo el primero en las oraciones y penitencias de Rita siempre tan
caritativa con todos los demás, y no dejaba de hablarle y de aconsejarlo.
Temeroso de que las gentes notaran en él el cambio debido a la enfermedad,
seguía frecuentando la hostería y empinaba el codo más de lo conveniente. "A ti te
agrada ir a la iglesia, puedes ir cuantas veces quieras, no te lo prohíbo; pero déjame a
mí que vaya un rato a conversar con mis amigos a la hostería, al fin y al cabo no hago
nada de malo y has visto que ya no tomo tanto como antes".
Sí, pero tú me prometiste que no volverías a pisar el pavimento de la hostería.. .
¿No te das cuenta de que casi no voy nunca... ?
Y no se podía decir que estaba mintiendo y aún estaba lleno de buenos
propósitos; había cenado con sus hijos y en ese instante se en-

[96]
tretenía tranquilo con Rita cerca al fuego de la chimenea cuando alguien lo llamó. Estaba
resuelto a no salir pero temía las críticas de sus amigos que irían a burlarse de él y
contra su voluntad salió de la casa.
Pero la alegría, los amigos, el vino no lograron apagar aquella especie de
nostalgia que experimentaba a pesar de todo. Yo mismo no sé qué es lo que me pasa...
pero no soy el mismo. ..
Muy avanzada la noche regresó a la casa y allí encontró como siempre a Rita
trabajando y orando. Al levantarse para recibirlo se le cayó el rosario que tenía en la
mano y Pablo corrió a recogerlo. Se quedó mirándolo, volvió las miradas a la esposa
pero no dijo nada.
¿Vamos a recogernos?
Vamos a recogernos.
Mas Pablo no podía conciliar el sueño. Pensaba en su santa compañera, en sus
hijos, en su vida y dándose vuelta en el lecho se quedó por fin medio dormido.
A poco sintió que algo se movía. Se quedó inmóvil y vio cómo Rita se levantaba
sin hacer ruido y se dirigía al parecer a la cocina. Eran como las dos de la madrugada.
—¿Qué diablos va a hacer ésta a la cocina a estas horas?

[97]
Pablo la siguió sin dejarse notar, mas al llegar a la cocina tampoco la halló. Notó
entonces, que de la bodega salía una luz y se puso a mirar por el ojo de la cerradura y
fue allí cuando vio lo que no esperaba: vio a su esposa arrodillada en el frío pavimento,
vestida apenas con una camisa de dormir y flagelándose las espaldas desnudas. La vio
llorando y escuchó sus plegarias: "¡Dios mío, te lo ruego, te lo suplico, conviértelo! No
por mí, sino por tu gloria. Señor que dijiste: ¡Pidan y recibirán, yo te suplico esta gracia,
yo la quiero, yo la quiero...!"
Pablo quedó como estupefacto al ver esas espaldas inmaculadas bañadas en
sangre... por él, sólo por él...
A toda prisa se retiró a su cuarto sin hacer ruido como había venido... Cuando
mucho rato después la esposa volvió a acostarse para dormir un poco lo encontró
levantado y bañado en lágrimas... Rita fue a hablar como para excusarse cuando él se
lanzó a ella y la estrechó en un abrazo tiernísimo sin permitirle decir una palabra.
— ¡Perdóname, Rita! ¡Perdóname por caridad! Yo me convertiré a Dios y me haré
digno de ti...
Dulcemente, entonces, amorosamente,
.
[98]
como no lo había hecho nunca, la ayudó a acostarse, él mismo la cubrió con las mantas
como se hace con un niño y le pedía que se durmiese. Pero ya no pudieron dormir.
Palabras de perdón y de arrepentimiento salían de los labios de los dos esposos y Rita a
duras penas pudo contenerse para no estallar de alegría.
Al llegar la mañana, ambos abandonaron el lecho y Pablo se dirigió
inmediatamente a Casia donde fue a caer a los pies de un confesor para depositar en él
todas sus culpas ni leves ni pocas y recibir luego en su corazón arrepentido, al Dios del
amor y del perdón.
Aquella mañana fue para Rita como un sueño, un sueño suave, largamente
esperado e invocado, y cuando al caer de la tarde lo vio llegar, las palabras se le
anudaron en la garganta.
— ¡Ya estoy en paz con Dios! Ya me encuentro tranquilo. ¡Perdóname Rita, yo te
lo pido, perdóname...! Y no cabía en sí de alegría, no sabía qué hacer para manifestarla;
la besaba, besaba a los niños, hablaba, cantaba... Y por la tarde cuando la esposa iba a
acostar a sus hijos y se preparaba a hacerles recitar las oraciones de la noche, él quiso
rezarlas con ellos, pero con tanta humildad como si se

[99]
juzgase un indigno y un intruso. Dios le había dado un abrazo que era el abrazo de la
eternidad.
Rompió definitivamente con sus amigos de taberna y fue desde ese mismo
momento un modelo de padre y de cristiano. Diariamente acompañaba a su esposa a la
iglesia y cuando podía hacerlo de acuerdo con los tiempos, se acercaba con ella al
banquete eucarístico.
Era otro hombre.
El gozo de Rita se hacía indescriptible, aquella casa se había convertido en
verdadero nido de felicidad. Sí, la felicidad era tanta, que ella se daba cuenta que
aquello no duraría mucho, que no podía durar.
VENGANZA
MUERTE
Asesinato del esposo convertido
Pág. 100- 105 CONFORMIDAD
[100]
LA MUERTE ATROZ
Tanta era la felicidad que Rita elevaba a Dios esta oración: "¡Es demasiado,
Señor, no merezco tanto...!" Y agregaba: "Que no sea para mí Señor, sino para tu
gloria". Cada día estaba más cerca de Dios, más alto era su don de oración y cada vez
se la veía más retirada del mundo, tanto más que a su lado estaba Pablo, un verdadero
convertido que con ella frecuentaba la iglesia, los sacramentos y hacía más obras de
caridad. Para su esposa y sus hijos era todo corazón y si el viejo demonio de la cólera lo
venía a tentar, buscaba una distracción, visitaba a un amigo bueno y cuando regresaba
se hallaba completamente sereno. No más hostería, no más blasfemias, no más vino, no
más malos amigos.
Los negocios no podían marchar mejor. Todos los días se iba a Casia y regresaba
antes de caer el sol. Rita atravesaba una época de grande tranquilidad pero ello, no
obstante, algo le decía allí en el fondo del alma que
[101]
se preparara para una gran pena... ¿qué podría ser?
Aquella tarde todo estaba listo para la cena. Los niños se acercaban a su madre y
le decían:
Mamita: ¿vamos ya a cenar?
Sí, mis hijitos, ya casi; no espero sino que venga papá que no demora. Las horas,
sin embargo pasan y el papá no regresa.
Al ver que no llegaba se sentó a la mesa con sus hijos y les sirvió la cena; a ella,
sin embargo, no le pasaba bocado. Una tristeza profunda la embargaba y sin poderlo
evitar las lágrimas se le saltaban a los ojos.
¿Qué tienes, mamita, que estás llorando?
Nada hijitos, ¡qué voy a tener!
¿Qué me estará pasando? pensaba.
Mamita, ¿cuándo viene papá?
Esperó un rato más, y por distraer la angustia que tenía, se fue a acostar a sus
hijos a los que como de costumbre, hizo primero recitar las oraciones de la noche y pedir
por su padre: "Por los abuelitos: Padre nuestro, que estás en el cielo... Por papá: Dios te
salve María, llena eres de gracia... ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte..."
—Hasta mañana mamita.
[102]
 Hasta mañana, mis palomitas y los besó con tanta ternura que las lágrimas
cayeron sobre las mejillas de los dos niños ya casi dormidos. . .
El mayorcito, sin embargo, le dijo: "Mamá, yo ya estoy grande, ¿por qué no dejas
que te acompañe hasta que venga papá?
—No hijo mío, duérmete, él ya no demora. Yo lo voy a esperar un ratito. . .
Bajó y atizó el fuego del hogar y no podía contener las lágrimas. Una espada de
hielo le atravesaba el corazón.
Volvió a comenzar por la centésima vez. "Padre nuestro, que estás en el cielo...
hágase tu voluntad..."
En ese instante se le vino a la mente, sin saber por qué, la enemistad que había
entre Pablo y no se quienes de Rocaporena por razón de intereses y partido y se acordó
de que Pablo, hablándole de esto le había dicho:
—¿Qué se estarán pensando esos? ¿Que yo me voy a dejar manejar por ellos?...
"Hágase, Señor tu voluntad..."
—¡Rita!... ¡Rita!... Vente corriendo...Era una comadre que le llamaba de afuera .
La pobrecita se asoma a la puerta, toda temblorosa y pregunta: ¿qué pasa?

[103]
—Vente que en el molino está Pablo, parece que ha tenido un accidente.
Al salir a la calle ve como en una pesadilla a otras mujeres, luego un grupo de
hombres... una camilla. . . unas luces y los rostros que apenas se distinguen en la
penumbra.
—¡Jesús mío, misericordia! Es lo único que puede exclamar.
Las mujeres callan, y los hombres se van moviendo en medio de la oscuridad,
temerosos de caer.
Los niños que habían oído algo se levantaron y envolviéndose en las mantas
corren a ver qué sucede. A poco las linternas se detienen frente a la casa de Rita, los
hombres se descubren y las mujeres empiezan a sollozar y a rezar. Rita no ha podido
darse cabal cuenta de lo que está pasando; de pronto da un grito y se precipita sobre
aquel cuerpo inmóvil en media calle cubriéndolo de lágrimas y de besos... Lo estrecha
contra su corazón, lo llama, le toca el pulso, pero Pablo no responde... Los niños se dan
cuenta de la tragedia y lloran al lado de su madre en medio de la conmoción de todos los
presentes. ¡Papá!... Papacito. .. ¡Pobre papacito!...
Humildes mujeres se acercan a Rita y se empeñan a apartarla de aquella escena
de

[104]
dolor mientras otras se encargan de los niños. Los hombres vuelven a levantar la camilla
y entran a la casa con el muerto. ¿Qué había pasado? Oigamos a un párroco de
Rocaporena cómo nos describe el terrible hecho:
"Pablo había ido ese día a Casia y ya por la tarde se dirigía a su casa recorriendo
el camino de siempre. Su conversión había sido sincera y definitiva, merced a las
oraciones de su santa esposa, así que era un ejemplo para todos los habitantes del
pueblo y por lo mismo ya no andaba como en otros tiempos armado, así que sus
enemigos de otro tiempo aprovecharon esta ocasión para asaltarlo bárbaramente
cosiéndolo a cuchilladas".
¿Odios personales, cuestión de intereses, antiguas ofensas hechas por ellos por
Pablo? y quizás todo esto junto, fue lo que armó el brazo de los asesinos que privaron a
un hombre de la vida y a una esposa y a unos hijos de su esposo y padre.
Las gentes una vez que hubieron depositado el cadáver sobre el lecho se
retiraron, algunas piadosas vecinas se llevaron a los niños con ellas y así pasó Rita toda
la noche sola con el cadáver de su esposo. Al amanecer, ayudada de algunas mujeres
arregló el cadáver, lo amortajó y lo colocó en la caja mor-

[105]
tuoria. Había sido asesinado con tal furia que su cuerpo estaba convertido en un cedazo.
Quizás Pablo trató de defenderse, pero se veía claramente que lo habían atacado a
traición, pues no era fácil atacar a un hombre tan valiente y de tanta fuerza y energía
como era Pablo para inmolarlo como un cordero.
Más tarde vinieron las autoridades... se hicieron interrogatorios... nada, sin
embargo se hizo, ni se puso en claro. Los que sabían algo no se atrevían a hablar. Por
otra parte, el muerto no había sido un santo; quien más, quien menos tenía algo que
sentir contra él y sus antiguas ideas revolucionarias eran de todos bien conocidas, así
que tampoco la cosa era para preocuparse tanto.
La infeliz viuda a todos había perdonado, a nadie quiso acusar, contra nadie
quería tener sospechas, ¿entonces?...
Poco tiempo después, no se volvió a hablar del caso y fue esto uno de tantos
delitos que el hombre es incapaz de castigar pero que claman venganza delante de
Dios.
VENGANZA
ODIO
SALVACIÓN
DESPRENDIMIENTO
CONFORMIDAD
VOLUNTAD DIVINA
SUPLICA
PERDÓN OFRENDA
DOLOR
Ofrenda de la vida de mis hijos
Pág. 106-115
[106]
LA MUJER PRUDENTE
Una vez que cayó sobre Pablo la loza del sepulcro, su viuda se dio cuenta de la
responsabilidad que le incumbía, por lo que a los hijos no muy crecidos, concernía. Los
vecinos se interrogaban más con los ojos que con las palabras acerca de la situación de
Rita. ¿Qué va a hacer esta pobre ahora? Parecía la preocupación de los que algo tenían
que ver con ellos. Sin recriminaciones, sin lamentos inútiles, sin proferir una sola palabra
amarga contra los autores del crimen, que la dejaron a ella viuda y sin amparo y a sus
hijos huérfanos, Rita afrontó la situación del hecho, y empezó a velar por sus propios
intereses.
Habituados sus paisanos y sus parientes a ver a Rita siempre como absorta en
Dios, sometida siempre, sin voluntad propia, habían terminado por pensar que ella no
fuese hecha para las cosas prácticas de acá abajo, sino para las del cielo; pero ahora se
hallan desconcertados al ver cómo administra su casa

[107]
y sus negocios de una manera tan racional y cómo va educando a sus hijos dentro de un
ambiente de tanta honorabilidad. No alcanzan a imaginarse de dónde saca aquella santa
mujer tanto espíritu práctico, lleno de sabduría y buen sentido, un criterio tan recto y
tanta confianza en sí misma. Lo que pasa, es que los santos cuando desde el cielo
descienden a la tierra traen consigo el sentido de la justicia y de la verdad de que se
hallan embebidas sus almas y saben que por ese camino alcanzan más prontamente su
fin de lo que lo solemos hacer nosotros engolfados en todas las intrigas del mundo.
Rita no sabe leer ni escribir y sin embargo suma, resta y conoce perfectamente
todos los recursos de un buen administrador de bienes y los negocios más complicados
y espinosos los resuelve en un momento. A pesar de todo, el tiempo lo dedica casi
exclusivamente a la educación de sus hijos a quienes va infiltrando de las máximas del
Evangelio sobre todo para que en esos tiempos de sangre y de odios mortales, dejen a
un lado toda idea de venganza, poniendo exclusivamente su confianza en Dios,
justísimo y soberano Señor que da a todos lo que es suyo a su debido tiempo.

[108]
A medida que el tiempo iba pasando, por una palabra de un amigo, por la
indiscreción de una vecina, por lo que éste vio, por lo que aquella oyó fue atando como
se dice los cabos y así los autores de aquel crimen llegaron a ser perfectamente
conocidos de ella, pero a todos había perdonado y dejó a Dios solo, él que impartiera su
justicia, ya que los hombres no la conocían y no se preocupó por denunciar a los
culpables; a sus hijos les ocultó en cuanto pudo las noticias que había ido adquiriendo y
así continuó su vida cargando con su cruz. Pero no pudo evitar que sus hijos llegasen a
saberlo todo y así, hijos de su tiempo y de aquel hombre, juraron vengar un día la sangre
de su padre. La madre les repetía entonces las máximas del Evangelio pero ellos
respondían:
— Ojo por ojo y diente por diente... el que a cuchillo mata a cuchillo muere... era
su única respuesta. Más aún: con el fin de mantener encendido el fuego del odio y de la
venganza lograron apoderarse de los vestidos ensangrentados de su padre los que
mantenían ocultos y diariamente iban a verlos para que su odio no fuese a apagarse.
Cuando Rita se dio cuenta de aquello, les quitó aquel triste recuerdo y castigó
severamente a sus hijos.

[109]
El menor recibió llorando el castigo y al menos con los labios prometió la
enmienda, pero Santiago si lloró, no fue por el castigo, sino de rabia y no prometió nada.
Este castigo lo cargó inmediatamente a la cuenta de los asesinos, y desde ese día se
tornó melancólico. Era el retrato del padre que revivía en aquella criatura voluntariosa y
apasionada y para quien la dura disciplina de una educación férreamente cristiana, se
convertía en cadenas insoportables que había que romper a toda costa, y bajo su
influencia el hermano menor volvió a dar entrada en su corazón al espíritu de odio. El
eterno contraste volvió a aparecer en aquella casa en la que a pesar de la santidad de
Rita, parecía que nunca iba a reinar la paz cristiana. De una parte ella, una verdadera
criatura de excepción que esparcía en torno suyo el perfume de la santidad y cuyas
virtudes realmente heroicas brillaban con la luz propia y que para sus hijos seguía siendo
lo que fue para su marido; una pobre mujer exaltada por un cristianismo de moda
pasada.
— ¿Y es que estará pensando que la sangre de nuestro padre va a quedarse sin
quien la vengue para convertimos en el hazmerreír de toda Casia? La santa se da
cuenta del juicio que sus hijos se han formado de ella, pero

[110]
el concepto particular que ellos puedan tener de su madre, la tiene sin cuidado... sin
embargo el día en que se dio cuenta de los propósitos homicidas de su hijo mayor, el día
en que vio y palpó la ofensa a Dios que de una manera clara, conciente, esperada,
cultivada, concertada en su misma casa, ese día sí, le pareció que el mundo se
desplomaba a sus pies. Toda su obra entonces le pareció que se iba a pique y volvió a
dirigirse a Dios que siempre la había consolado y escuchado:
— Yo te los ofrecí antes de venir ellos a este mundo para que fuesen solamente
tuyos; más bien que pecadores los quiero muertos; todavía es tiempo, todavía son
inocentes, llévatelos, Señor, pero que no vayan a manchar sus manos con la sangre de
sus propios hermanos... Dios, por caridad, por tus llagas santísimas, que no se derrame
más sangre fraterna, que no hayan más esposas y madres que sufran lo que yo he
sufrido. Yo confío en Ti. Era una oración que le salía del corazón pero que a ella, pobre
madre, le costaba lágrimas de sangre.
En medio de estas angustias otra espina la atormentaba en lo más profundo de
sus entrañas: su pobre Pablo asesinado en la encrucijada de un camino, ¿estaría
siquiera prepara-

[111]
do para comparecer ante el tribunal de Dios? ¿Se salvaría esa pobre alma? Ella
confiaba en Dios primeramente y luego en el último período de la vida de Pablo, pero a
pesar de todo, certeza no podía tener y mientras no se ¡tiene certeza, se vive en la duda.
"Dios mío, solo Tú me puedes quitar esta espina tan cruel..." Estando una mañana en
oración oyó allá en el fondo de su alma la voz de Dios que le quitaba toda duda a ese
respecto. Era una voz que ella no podía explicar, pero Dios le había hablado y desde
ese instante una paz inalterable inundó su alma. Corrió en seguida a buscar a sus hijos y
les decía: "El papá se salvó. .. el papá se salvó. Vamos a darle gracias a Dios".
No había transcurrido mucho tiempo después de la muerte del marido cuando se
extendió por Casia y sus alrededores una peste o especie de epidemia que se enseñaba
especialmente en los niños, entre los que hacía sus principales víctimas.
Rita no pudo menos de aterrorizarse pensando en sus hijos y por ellos oraba:
"Consérvamelos. Dios mío, presérvalos del mal eterno, primeramente, y después del mal
de esta epidemia... pero si se han de perder es preferible que se mueran".

[112]
Sin embargo se salió con sus hijos al campo para apartarlos del contagio
rodeándolos de todos los cuidados que en aquella época se acostumbraba tener; al
comenzar empero el año, el primogénito cayó enfermo. Gran debilidad, anemia, una
gran excitación nerviosa, fiebre intermitente y muy alta. Rita se había propuesto separar
su corazón de todas las criaturas, pero hay algo que no puede evitar: ¡es ante todo
madre! Todos los cuidados son inútiles y el niño pierde a ojos vistas: está transparente y
las ojeras hacen resaltar más la brillantez de los ojos y lo dilatado de las pupilas. El
médico luego de haber ensayado todas las medicinas dio finalmente el diagnóstico: ¡se
ha contagiado! Vamos a hacer lo que se pueda.
Rita está como fuera de sí. Al amanecer se va a la iglesia y regresa para no volver
a moverse del lado del niño. Los pocos ratos de descanso en la noche, los pasa
durmiendo tirada en un colchón a los pies de la cama del enfermo. A cada rato se
endereza, se levanta, mira a su hijo y vuelve a su oración: "Señor, que se haga tu
voluntad, pero la carne se rebela contra ésto..."
Las gentes murmuran: "esa madre criminal ha indigestado a su pobre hijo de
rosarios

[113]
y prohibiciones y es eso lo que lo está matando. .. Claro: Santiago es un muchacho
inteligente, un temperamento sensible y vivaracho y la desesperación es lo que lo tiene
en ese estado".
La pobre madre, ora, suplica, recurre a todos los medios humanos y cuando el
médico le dice: "pobre mujer, aquí ya no hay nada que hacer", Rita ya no piensa sino en
su alma y ya todas sus exhortaciones no van dirigidas sino a prepararlo para la muerte,
incitándolo al perdón. Pero el niño se manifestaba cada vez más desdeñoso ante las
solicitudes de su madre.
 Si Dios te llamara ahora para pedirte cuenta y te preguntara sobre tus deseos
de venganza, ¿qué le responderías?
 Mamá no hablemos de esto. Ellos mataron a mi padre. ¿Por qué no los castigó
Dios? Pues entonces lo haré yo mismo...
 Sí, pero Jesús nos manda perdonar y perdonó a los que lo crucificaron.
 Yo no pretendo hacer otra cosa que lo que ellos hicieron conmigo.
 ¿Y si Dios te quitase la vida por tu obstinación? ¿No sabes que los vengativos
se van al infierno?
El niño no respondió.

[114]
Señor, Señor, llévatelo si quieres, pero que sea tuyo. ¿No vas a oírme? Yo confío
en ti.
Y Dios no la dejó en la desesperanza como no deja a nadie que confíe en El. Una
mañana Rita fue llamada por el enfermo hallándose ella en la otra pieza.
 Qué quieres, hijito, le dice, mientras le acariciaba la frente amorosamente.
 Mamita: yo también quiero hacer la voluntad de Dios y les perdono a los que
mataron a papá.
Rita se conmueve y se dice a sí misma: esto es la muerte. "Gracias Dios mío, pero
esta es la muerte de mi hijito". En realidad el niño murió pocos días después, cerrando
los ojos a este mundo, y abriéndolos en aquel reino "cuyos confines son luz y amor".
A Santiago siguió Pablo, el menor, el predilecto, la única esperanza de su vejez.
¡Con qué angustia escuchaba los lamentos de aquel inocente y veía esas pupilas
implorantes que se iban apagando poco a poco! Si con sangre de sus venas pudiera
darle la vida. Al principio se queja, se lamenta, pero aquellos lamentos que llenaban la
casa de dolor y de angustia se van haciendo cada vez más lentos y más imperceptibles.
Otra vez el médico, pero la ciencia no puede nada. Hay que

[115]
acudir de nuevo a la oración y a los sacramentos y día y noche Rita oraba al pie de la
cama del enfermo, que recibió los últimos sacramentos devotamente, perdonó a los
asesinos de su padre y se inclinó ante la voluntad de Dios. Dos días después, Pablo
moría también, dejando destrozado el corazón de la madre. Nada hay comparable a la
pena de una madre para quien la muerte de sus hijos carece de edad. Rita queda
anonadada en su inmenso dolor. Sólo una cosa la consolaba: que éste había también
muerto santamente y era eso lo único que importaba ya que la vida es para la eternidad
y la eternidad depende de la muerte.
— Señor, exclamaba bañada en lágrimas... perdóname este inmenso dolor, pero
soy madre... hágase tu voluntad.
La pobre madre no se habituaba a la falta de sus hijos a los que le parecía a cada
paso verlos cerca de ella; volvía, entonces, las miradas al cielo, y le parecía que allá,
entre los ángeles la esperaban.
Rita derramó sus últimas lágrimas sobre aquellas tumbas tan amadas. "Señor, si
me quieres a mí también, estoy pronta". Pero Dios tenía sobre ella muy diversos
designios de lo que ella esperaba.
VIDA
PENITENCIA
TENTACIÓN
DOLOR
Penitencias de Santa Rita en su viudez
Pág. 116-119 MORTIFICACIÓN
VICTIMA
REPARACIÓN
[116]
VIUDA Y SOLA
Vestida de riguroso luto continuó viviendo en su casa ahora solitaria. Su única
compañía era la imagen de Jesús crucificado que abría sus brazos como para
ampararla. Todos los días iba a la iglesia y allá permanecía horas enteras; al fin y al
cabo nada tenía que hacer en ese hogar de donde habían desaparecido todos los seres
queridos. Al cementerio iba igualmente todos los días y mientras iba arreglando las
tumbas amadas con flores frescas, sus plegarias y sus lágrimas eran ininterrumpidas.
No volvió a usar ni el más ligero adorno que pudiese dar la impresión de una vanidad
aunque fuese aparente y continuamente se examinaba a ver si por allí escondido en un
rincón de su alma pudiese quedar una sombra siquiera de vida mundana y que pudiese
germinar cuando ella menos lo pensase. Tampoco le importaba ya lo que se pudiese
decir de ella. Se vestía sencillamente, con su traje de viuda y el cabello se lo soste-

[117]
nía en dos trenzas bien recogidas atrás, mientras se cubría la cabeza con un chal negro
de hilo.
Su cuerpo lo mortificaba diariamente con disciplinas y los pocos alimentos que
tomaba los rociaba con ajenjo y ceniza... hacía oración llevando sobre sus espaldas una
pesada cruz de madera y postrada en tierra con el rostro cubierto con el polvo,
humillándose así y adorando a su divina Majestad. En la pequeña iglesia parroquial
pasaba a veces horas y horas, inmóvil, de rodillas y con las manos juntas y no fueron
pocas las ocasiones en las que una mano caritativa se posaba sobre su hombro para
anunciarle que se iba a cerrar la iglesia, pero ni por esto, se interrumpía su oración, pues
salía al campo, y en un lugar desierto donde había construido una pequeña capilla,
seguía orando, hasta que le faltaban las fuerzas y caía al suelo muchas veces vencida
por el sueño.
Durante la Cuaresma las penitencias eran más rígidas aún, siendo su único
alimento un poco de hierba y en ocasiones no pasaba ni siquiera un trago de agua.
Desabrigada en medio del frió invierno, durmiendo sobre el duro pavimento los pocos
ratos que robaba a la oración.

[118]
Las gentes continuaban murmurando de ella. Amigos y parientes le criticaban su
conducta y de mil maneras le hacían entender que no había razón para llevar la vida que
estaba llevando; que bien podía llevar una vida honesta sin necesidad de tanta
penitencia, que todavía podía abrirse camino en el mundo sin peligro de ofender a Dios.
A veces en la calle tuvo que sufrir burlas y desprecios, pero ella todo lo ofrecía a Dios en
reparación por las duras palabras que tuvo que escuchar de Pablo durante los años de
su vida matrimonial. Fuera de las penitencias que voluntariamente se había impuesto, el
demonio afligía su alma con toda clase de tentaciones: dudas, debilidad física... visitas
extrañas. ¿Cómo iba ella a resistir este género de vida, siendo como era todavía muy
atrayente? Volverme a casar no sería un pecado, pensaba en esas horas, y delante de
su fantasía aparecían unos ojos que la miraban lánguidamente. Se acordaba de sus
pecados veniales y se le presentaban como faltas enormes que no merecían perdón y
su misma vida, conyugal, siempre tan casta, era para ella motivo continuo de
tentaciones y tormentos. Acudía, entonces a la oración y multiplicaba sus penitencias
hasta el punto de que las tentaciones y la peni-

[119]
tencia fueron acabando con sus fuerzas, y la redujeron casi a un esqueleto viviente.
 Y ni se la conoce.
 Tiene que estar enferma de la cabeza, decían otros. Las penas que ha tenido
probablemente la desequilibraron.
 Parte por la penitencia y parte por el dolor de la pérdida de sus seres queridos,
se ha descontrolado. Otros pensaban en crisis histéricas, en ideas fijas, y no
faltaría quien se condoliese de su marido que tuvo que aguantarla tanto
tiempo, ese pobre mártir...
Una vecina que recibió la visita del médico le pidió que pasase a la casa de Rita,
ya que ella le parecía muy mal y el médico entró a su casa, sometiéndola a un examen
rigurosismo. Pero la encontró perfectamente normal, sólo que le aconsejó que se
alimentase y durmiese mejor.
SANTA RITA
PENITENCIA
CARIDAD
POBRES
Caridad con Jesús en sus pobres
Pág. 120-123
[120]
INSTANTANEAS
No obstante los dolores, y el acabamiento en que se hallaba, y los cilicios, y
penitencias, y falta de sueño y de alimento, Rita, lejos de desmejorarse parecía cada vez
más bella con esa palidez de cera, con la delicadeza de sus facciones...
No ignora que es hermosa y los comentarios que le llegan todavía de las gentes
que la ven pasar en dirección a la iglesia la llenan de confusión y de temor. Para la
mayoría de la gente, sin embargo, lo que había hecho por Pablo y por sus hijos, lo
mismo que su vida presente, la hacían aparecer como aureolada de martirio y de
santidad, sin que para muchos, esto mismo fuese motivo en ocasiones de críticas, a
veces de burlas y hasta de risas que sueltan a su paso y simplemente de
manifestaciones de lástima y de conmiseración. Rita hallaba la virtud de su paciencia en
sus coloquios divinos todas las mañanas, bajo las rústicas arcadas de su pobre iglesia
parro-

[121]
quial. El párroco no se cansaba de decirle: "ánimo hija mía, sigue tu camino y que el
mundo siga el suyo diciendo y haciendo lo que le venga en gana.. ."
Poco a poco, lo que antes provocaba risa, burla, desprecio, se fue convirtiendo en
una verdadera estimación y ella empezó a vivir en un ambiente de recogimiento y de
paz. Una duda, con todo, no la dejaba completamente tranquila y venía a turbarla con la
oración llenando muchas veces sus ojos de lágrimas: ¿sería esta vida que estaba
llevando la voluntad de Dios? ¿Estaría engañada? ¿Dios la querrá para sí Y las
penitencias y la oración se aumentaban para que Dios le diera la respuesta. No volvió
siquiera a preparar alimentos para ella; ahora se contentaba con un pedazo de pan o de
queso duro y de algunas frutas y a los pobres no volvió a dejar simplemente las sobras
sino que compartía con ellos lo que tenía para comer.
En cierta ocasión había colocado sobre la mesa su comida habitual y se iba a
sentar para comer cuando un peregrino tocó a la puerta de su casa y cuando abrió se
encontró con un joven hermosamente vestido y despidiendo luz de su rostro iluminado
que le dijo al punto:

[122]
— ¿Podría darme algo de comer? ,
Rita se quedó sin aliento, un nombre afluía a sus labios, pero no se atrevía a
pronunciarlo. Se siente como arrebatada a otro mundo; no entiende nada y sólo su vista
no se sacia de mirar aquella aparición. Señor mío y Dios mío cantaba entonces su
corazón.
Se vuelve para colocar otra escudilla sobre la mesa pero al dar la vuelta el
peregrino ya había desaparecido... Desde ese día no volvió a faltar otra escudilla sobre
su mesa y ya de alimentos mucho mejor preparados, no para ella sino por si acaso el
huésped divino quisiera retornar.
En aquella otra tarde el alimento estaba listo para su huésped... o para el que Dios
quisiese enviarle; llovía a cántaros y el frío arreciaba. Los pobres eran recibidos en
aquella casa como príncipes aunque por ello se tuviese que quedar sin comer y esa
tarde Dios le envió un mísero anciano, todo lleno de lodo y calado hasta los huesos.
Siga, siga señor, decía la viuda. Le presentó un manto para que se abrigase y lo colocó
cerca del fuego para que se calentase. La cena estuvo pronta en pocos momentos, le
limpió los zapatos, le arregló los Vestidos rotos y acordándose de que todavía

[123]
conservaba algunos de su marido fue a traérselos al punto.
Dios se lo pague, mi buena señora, decía el pobre. Ahora puedo continuar mi
camino.
Pero no, ¿con esta tarde? Quédese un poco más, el frío está tremendo y todavía
llueve. Y agachándose para poner otro poco de leña sobre el fuego le volvió la espalda,
cuando se enderezó no volvió a verlo... Era El que desapareció al punto y a su vista.
¡Jesús!. .. ¡Jesús! Cuando volvió en sí todavía estaba de rodillas.
CARIDAD
ENFERMOS
POBRES
DESOLACIÓN
AMOR A LA IGLESIA
VÍCTIMA
REPARACIÓN
VOCACIÓN
CONSAGRACIÓN
ORACIÓN
SÚPLICA
Llamado de Dios a la vida religiosa y rechazo del convento
Pág. 124-130

[124]
SEÑOR, ¿QUE QUIERES QUE HAGA?
La vida presente de nuestra santa se podría escribir así: caridad para con todos,
visita a los enfermos, darlo todo a los pobres, en quienes ve a Jesucristo.
— ¡Yo voy cantando paz para quien no la tiene y para quien no la busca! En
medio de tanto trabajo, de tanto fervor y caridad su alma se hallaba sumergida en una
profunda desolación. La oración ya no es para ella un consuelo, su alma está como
aridecida, y con terribles visiones que la llenan de terror y de angustia que agitan su
espíritu. Al mundo lo ve cada día más separado de Dios; los hombres se destrozan los
unos a los otros; la soberbia, la altanería, la avaricia, la sensualidad triunfan en todas las
categorías de personas; riñas, asesinatos, miserias, destrucción, profanaciones,
sacrilegios, blasfemias... y ni siquiera el clero, el trigo elegido del jardín de Dios, parece
contagiado del ambiente en que vive e indignos ministros de Dios pasean por

[125]
el santuario... la Iglesia se halla dividida por el cisma.
—¿Qué haré. Señor, para que venga a nosotros tu reino? ¡Mi vida no vale nada,
pero te la ofrezco como reparación por tantas ofensas! ¡Que sea santificado tu nombre!
Que la Iglesia sea realmente lo que debe ser, tu Esposa inmaculada, ya que por ella
derramaste tu sangre divina.
Rita se abandona en las manos de Dios sabedora de que el dolor purifica las
almas y de que un alma santificada por el dolor es capaz de purificar el mundo y por ello
se ofrece toda entera en expiación, pronta a padecer y morir en reparación de las
ofensas que se hacen a Dios en el mundo entero.
—¿Dónde está. Señor mío, el sueño de mi virginal juventud? ¿No me querías
para tí en el claustro? Me pongo en tus manos, estoy pronta a todo.
Después de orar mucho y multiplicar sus penitencias, fue a ver a su viejo párroco
que nada ignoraba de lo que con esa alma bendita se relacionaba.
—Sí, hija mía. Vete a Casia. Yo también creo que el Señor te quiere entre sus
esposas.
A la mañana siguiente, muy temprano y sin decir nada a nadie, tomó la vuelta del
monas-

[126]
terio de las agustinas de Casia y cuando le pareció que no era una hora inoportuna entró
al recibidor e hizo llamar a la madre abadesa.
 ¿Qué desea hija mía?
 ¿Monja?... ¿Cuántos años tiene?...
 ¿Soltera?...
Viuda... ¡pero si a nuestro monasterio no entran sino las vírgenes!...
Bueno... propiamente no... No es que lo prohíban muestran constituciones pero
las santas madres que nos han precedido han seguido siempre esa costumbre: aceptar
únicamente las jóvenes y no hay ejemplo de que se haya recibido jamás una viuda.
No lo dudo, seguramente que Dios le llama a la vida religiosa, pero a este
monasterio es muy difícil, vaya a ver si en otra parte...
La amarga palabra del rechazo, endulzada un poco con las expresiones más
tiernas y compasivas y con las palabras más delicadas, no cambiaba su naturaleza: se
trataba de un rechazo claro y cierto.
— Señor, ¿pero es vuestra voluntad? Y Rita volvió a su casa como embobada.
¿Me habré engañado? Mostradme el camino. Dios mío. Y volvió a la oración, y a la
penitencia y no dejó de hablar con su párroco, el único que conocía todos sus secretos.
[127]
No, a Rita no le parece en absoluto que se había engañado y Dios seguía
haciéndole oír en el fondo de su alma que la quería monja y justamente a donde había
ido a llamar. ¿Y si Dios lo quiere quién podrá impedirlo?
Cuando estuvo plenamente cierta de que Dios la llamaba, volvió una vez más a
llamar a esa puerta cerrada, que parecía no querer abrirse delante de ella. Al otro lado
estaba el Divino Esposo que irresistiblemente la atraía a su lado. "Ábreme Señor, la
puerta. Yo no quiero otra cosa que ser eternamente tuya..."
La abadesa no la recibió mal, pero... Hija mía, ya te lo dije; créeme que me cuesta
mucho esto, pero créeme, es que no se puede... No depende de mí siquiera. Es que se
crearía un precedente... Las costumbres no las inventé yo... Eso no está en mis manos.
Pero madre abadesa: yo estoy segura de que es la voluntad de Dios.
No te hagas ilusiones, la voluntad de Dios es que cumplamos las constituciones
de la orden y las costumbres aprobadas por los superiores... Y en el pequeño recibidor,
con las manos metidas dentro de las amplias mangas de su hábito, la madre abadesa y
su primera asistente tratan de hacer comprender a Rita las razones... Pero la pobrecita
que

[128]
hasta ese momento había tenido los ojos empañados, no pudo resistir más y rompió a
llorar.
 ¿Por qué se aflige usted así de esa manera? Si la voluntad de Dios es esa,
cuando se cierra una puerta, otra se abre. Tenga un poco de confianza; pídale
al Señor que El la oirá; El es omnipotente...
 Gracias madre, dijo la pobrecita, aceptando aquel nuevo golpe que se le daba
con un mazo forrado en terciopelo. ¡Oraré!
 Así me gusta. . . Que nuestro Señor la proteja.
Y Rita regresó a su pueblo con su pena más intensificada aún.
Aquella tarde no pudo dormir. No probó bocado, no se tomó siquiera un poco de
agua y se entregó a la oración y oró como no había orado nunca. Estaba segura de que
Dios la llamaba al convento y de que El sabría cómo la haría entrar y postrada en tierra,
con los nombres de Jesús y de María en los labios, con el Rosario todavía en la mano se
quedó como adormecida. Vio entonces o le pareció ver que se hallaba entre los
espacios infinitos de lo creado y le pareció verse como en un campo de Dios y allí vio
tres venerables figuras de hombres...

[129]
— Sí, los reconozco: son mis protectores: San Juan Bautista, San Agustín y San
Nicolás de Tolentino. . . Los he invocado tanto ¿No pueden hacer algo por mí?
"El más venerable de estos tres personajes, que a ella le pareció ser San Agustín,
tenía en sus manos un manojo de llaves, mientras San Juan Bautista parecía extático en
la oración y San Nicolás de Tolentino aprisionaba una bellísima paloma que soltó luego y
emprendió el vuelo. Rita siguió con la vista a la paloma que se dirigía hacia el cielo
llevando los clavos de la Pasión de Cristo de un color rojo pero tan lúcidos que brillaban
como el sol, mientras la paloma despedía rayos de fuego y aquel fuego vino a herirla en
lo más íntimo del corazón y así toda encendida, sintió como una fuerza que la impulsaba
a seguir a los tres santos personajes. ¿Aquel dardo amoroso era lo que la movía a
caminar?... ¿Hacia dónde la llevaban?"
No se atrevía a creerlo, pero a juzgar por la dirección que habían tomado no le
quedaba duda.
 ¿Cómo? ¡Ya me dijo la abadesa que no puedo estar allí!
 Es Dios quien lo quiere, le respondía una voz allá en el fondo del corazón.
5. Santa Rita de Casia.

[130]
Y así siguió a los tres personajes caminando hacia el convento, sin sentir fatiga, ni
encontrar obstáculo ni siquiera una sola persona en el camino. En medio de las tinieblas
se dirigía a la luz.
VOLUNTAD DIVINA
VOCACIÓN
SANTA RITA
ORACIÓN
SANTIDAD
HUMILDAD
CONTEMPLACIÓN
PAZ
GOZO
OBEDIENCIA
SUMISIÓN
Dios mismo le abre las puertas del convento
Pág. 131-139

LA RELIGIOSA DE SAN AGUSTIN


[131]
Una gran mole grisácea circundada de árboles y jardines parecía concertar en sí
toda la oscuridad de aquella noche, la que a pesar de lo avanzado no dejaba ver aun por
parte alguna los primeros resplandores de la aurora. El silencio rodeaba el convento y la
ciudad estaba sumergida todavía en el sueño antes del amanecer. La tierra mojada y las
plantas del campo exhalaban el aroma característico de un amanecer de invierno. Ya no
le cabía duda alguna: estaba frente a la puerta del monasterio al cual había ido
inútilmente por última vez, a llamar la mañana anterior. Pero la puerta, cosa extraña,
aparecía abierta delante de la humilde postulante. ¿Estaría soñando? Los santos
protectores habían desaparecido y si las tinieblas no le dejaban ver claramente en dónde
se hallaba en realidad, la lámpara que ardía allí cerca, no le

[132]
dejaba duda de que estaba en la capilla del convento. Se fue habituando poco a poco a
las tinieblas y reconoció luego el lugar claramente: el altar, el coro de las monjas, las
imágenes sagradas. . . Sin haberse repuesto del todo se entregó inmediatamente a la
oración, pero lo único que pedía a su Señor era que acudiera en su socorro... De pronto
el sonido de la campana del monasterio que llamaba a las monjas a la oración de la
mañana vino a sacarla de su turbación y vinieron claramente a su oído, primero,
ventanas que se abrían, puertas que se abrían y cerraban y a poco sintió una llave que
penetraba por la cerradura de la puerta de la capilla y pasos en seguida. La pobrecita
contenía la respiración... Unos momentos después la comunidad entraba a la capilla,
precedida de la madre abadesa en tanto silencio que sólo se escuchaba el roce de las
sandalias y el movimiento de los hábitos. La hermana sacristana atravesó el presbiterio,
hizo una genuflexión delante del Santísimo Sacramento y al volverse a un lado, se
quedó como estupefacta: allí muy cerca de ella, había una aparición; la lámpara se le
cayó al suelo y salió corriendo hacia el coro donde se hallaban ya las monjas. Rita sentía
el corazón como si fuese a salirse del pecho.

[133]
mas a pesar de todo, una tranquilidad inusitada la envolvía por entero.
 ¿Qué hay una mujer en el altar?
 ¿¡Pero es posible!?
 ¿Alguna ánima del Purgatorio?
 ¡No hermana Cenobial usted todavía está soñando... Rita se quedó sin
movimiento al ver que nuevas lámparas se van acercando y la primera en
darse cuenta de todo es la abadesa.
 Ya entiendo, dice. Es persona muy conocida. Se trata justamente de esta
pobre e inoportuna viuda de Rocaporena. ¿Cómo pudo entrar aquí? ¿Qué
hace usted aquí? Venga conmigo, vamos afuera. Y Rita se sentía, a pesar de
todo, como en su propia casa y delante de la abadesa y en su propia celda le
contó lo que le había pasado y la extraña aventura fue saliendo de sus labios
sin vacilaciones ni titubeos.
 Pero, ¿es posible?
Se examinaron todas las puertas las cuales se encontraron perfectamente
cerradas, se recorrieron los patios y jardines...
—No, Madre abadesa, no parece por parte alguna ni escaleras ni lazos que le
hayan permitido llegar hasta aquí.

[134]
El rezo se retrasó un poco, las religiosas padecieron unos momentos de
distracción, por culpa de aquella mujer... que en realidad oraba como un serafín y se
hallaba tan tranquila. ¿Será cosa del enemigo malo? La Hermana Ángela estaba
convencida de que era cosa del diablo.. .
El señor capellán no puede demorar y se le dará cuenta a él de todo mientras
algunas de las religiosas proponían que como primera medida se le hiciera a la intrusa
un exorcismo, ya que nunca se había oído decir que sean los santos los que vengan a
violar la clausura del convento y a pasar por encima de constituciones y tradiciones
venerabilísimas como las del monasterio de San Agustín.
Aquella mañana el capellán tuvo que oír las opiniones de todas las monjas y cada
una tenía algo que decir al propósito.
 ¿Qué opina, usted Hermana Ángela?...
 Bueno, si han sido realmente los santos los que nos han traído aquí a esta
mujer, pues démosle gracias a Dios.
 El árbol se conoce por los frutos, —decía la Hermana Hermenegilda— no se
puede negar que esa mujer ora como una santa... — Lo principal es ver cómo
anda de humildad y de obediencia.

[135]
—Está bien, dijo el capellán. Para mí, lo primero que se ha de hacer es dar cuenta
del hecho al señor obispo y atenemos a lo que él diga.
Entre tanto déjenla aquí...
El obispo una vez informado del hecho hizo llamar al capellán para hablar
directamente con él y se resolvió que se admitiera a Rita como postulante durante seis
meses; luego que hiciera el noviciado. Imposible que en un año y medio no se aclarasen
las cosas un poco más...
Cuando se le comunicó a Rita la decisión del obispo no cabía en sí de alegría, sin
que esto quitase para que no fuese una novedad para ella ya que Dios era el único
Señor de las voluntades y de las mentes y bien sabía que la voluntad de Dios se haría
por encima de todo.
"La viuda" como se la llamaba en el convento se despojó entonces de sus hábitos
de viuda y se vistió el de las postulantes.
Al imponerle su nuevo hábito el capellán pronunció la fórmula: "Que el Señor te
revista así, del hombre nuevo creado según Dios, en la justicia, la santidad y la verdad".
—Amén, contestó la postulante y desde el fondo de su corazón agregó: "¡Gracias,
Dios mío! ¡Que seas bendecido para siempre!"
[136]
Aquella viuda que les cayó del cielo, fue el objeto de todas las conversaciones del
convento.
— Si Dios nos la envió, realmente, que El nos la conserve y si el diablo fue el que
la envió aquí, a ti, San Miguel, que por experiencia sabes cómo se vence al demonio,
confiamos este asunto.
Desde el primer día vivió la Hermana Rita en el convento mostrando a todas cómo
se vive en el claustro con alegría. Nunca usó calzado alguno, llevaba un cilicio de hierro
en la cintura, dormía sólo cuatro horas y eso en un mísero jergón de paja y sin
abandonar un momento la oración.
En la soledad de su pobre celda, humilde y oscura, un Crucifijo abría sus brazos
como para estrecharla contra la herida de su costado abierto y a sus pies oraba Rita
todas las horas en que la obediencia no la mantenía ocupada en otros menesteres.
Los oficios más humildes de la casa eran para ella lavar la ropa, plancharla, coser,
barrer y limpiar el pavimento y los corredores, mantener limpias y listas las lámparas de
aceite, arreglar el refectorio; la comida pobre y la oración en la capilla tan frecuente
cuanto

[137]
podía, y aun trabajaba en el huerto de la comunidad.
Nada de esto ni la humillaba ni la cansaba y ¿qué la iba a cansar o a humillar si en
su casa todo lo había hecho? ¿Que el trabajo era en ocasiones muy pesado? Pero en
su casa lo fue igualmente ¿Que la comida era ordinaria y parca? Así lo había sido la
suya desde que enviudó. Últimamente ya ni preparaba para ella alimento alguno y si lo
hacía era para los pobres. Ella vivía con pan, queso y alguna fruta. Rezo, adoración...
¡eso había sido su única dicha! ¡Por ella habría pasado todo el tiempo en la iglesia a los
pies de Jesús! No sabía leer pero su buena voluntad, la gracia de Dios y la paciencia de
la hermana encargada de enseñarle hicieron el milagro y pudo así cantar ella también
las divinas alabanzas. ¿Que no entendía aquellos latines? Pero le bastaba saber que
esa era la oración del Papa, de los Obispos, de la Iglesia, de todos los Santos y esa era
la oración que el mismo Dios había inspirado al hombre para que lo alabara. Caminando
por aquellos corredores, estancias, celdas, ¡huertos, jardines, Rita parecía siempre
endiosada. Su mayor alegría era el silencio, pero durante el recreo tomaba parte en los
juegos de las otras monjas como si fuese una

[138]
niña y por lo que a los hábitos se refiere eran para ella demasiado ricos, demasiado
bellos, ella en verdad no merecía tanto.
Poco tiempo después la abadesa y las monjas tuvieron que reconocer que Dios
les había enviado un verdadero tesoro y no se cansaban de dar gracias a Dios por aquel
don con que había querido regalar al convento. Así pasó el año de noviciado cada vez
más humilde, cada vez más perfecta. Por provocarla la superiora y las otras monjas le
reprocharon todo lo que hacía y aun por faltas imaginarias, pero ella permanecía en la
humildad, la obediencia, la sumisión a todas. Y no eran estas las únicas pruebas ya que
se vio sometida a tentaciones gravísimas contra la pureza, ella siempre tan casta... pero
todo lo superó y venció como una heroína con ayunos, penitencias, vigilias, oraciones...
La tradición nos habla de que el mismo demonio se le aparecía para atormentarla y ella
le decía:
— Desde que Dios te lo permita haz conmigo lo que quieras. Yo sé que nada
podrás hacer que El no quiera. Y alcanzó así la pobreza, la castidad, la humildad, la
obediencia, la caridad perfectas.
Nunca respondió a las injurias, padeció violencias, perdonó las injusticias, soportó

[139]
dolores, mortificó su carne, con todas las concupiscencias, fue humilde servidora de
todos, asidua en la vigilia, en la oración, y un ángel en el ejercicio de la caridad.
CONSAGRACIÓN
PROFESIÓN RELIGIOSA
CONSOLACIÓN
AMOR ESPONSAL
Pág. 140-142

[140]
¡TUYA PARA SIEMPRE!
Las madres se habían reunido en capítulo. Las notas graves y solemnes del "Veni
Creator Spiritus" les habían infundido solemnidad para la decisión que estaban para
tomar.
 Hermanas: —dijo la abadesa— se trata de decidir la admisión de la viuda de
Rocaporena, Rita Mancini.
 Hermana Agustina, tienes la palabra...
Y la hermana interrogada fue breve y clara. Jamás tuvo una novicia más humilde,
más obediente, más amante de la pobreza, más solícita en el cumplimiento de todas sus
obligaciones, francamente era desde todos los aspectos intachable.
— Pero, agrega otra monja, ¿no le parece a su merced, Reverendísima Madre
abadesa, que esta novicia lo que pretende es hacerse singular? En ocasiones nuestro
común enemigo tienta en esa forma a las almas... La discusión se hizo fraternalmente
animada, pero la conclusión fue unánime: se le puede aceptar
[141]
definitivamente a la profesión religiosa. El domingo siguiente en medio de todas las
luces, las flores, el brillo de los ornamentos, Rita de Rocaporena hizo sus votos: "Madre,
prometo a Dios Omnipotente, Señor nuestro, a la bienaventurada Virgen María, nuestra
Madre, a nuestro Santo Padre San Agustín y a usted, observar los votos de pobreza,
castidad y obediencia..."
— Si así lo hiciereis, yo, en el nombre del Señor Dios Omnipotente, te aseguro la
bienaventuranza. .." contestó la abadesa.
Amén. Y Rita inclinó su alma ante Dios en un acto de agradecimiento eterno.
Las monjas cantaban el Te Deum y Dios cantaba en el corazón de Rita un cántico
nuevo: ¡Ven, esposa de Cristo y serás coronada!
Las campanas del convento fueron echadas a vuelo mientras Rita daba a todas
las monjas el beso de la paz; desde ese momento Dios sería su única herencia.
Un notario legalizó la posesión de todos sus bienes presentes y posibles que
pasaron a manos de los pobres y ahora no había lazo alguno que la pudiera retener
atada al mundo.
Hermanas, parientes, amigos, se congratulaban con ella, pero ella sólo les pedía
que la
[142]
encomendasen a Dios para que le fuese siempre fiel, para no ir a ser ingrata a los
beneficios recibidos, para que fuese una esposa fiel o por lo menos no muy indigna de
tan soberano Esposo.
Ese día hubo banquete en el convento y las mesas fueron adornadas con flores.
Por la tarde el predicador trazó el ideal de la vida religiosa e invitó a todos los presentes
para reunirse un día en las Bodas Eternas.
Rita no pudo esa noche conciliar el sueño: "Dios mío, decía, ¿por qué me amas
tanto? ¿Qué he podido hacer por ti para merecer tantos beneficios? ¡Oh caridad
inmensa de mi Dios! ¡Oh amor infinito!... ¡Y lágrimas de reconocimiento y de amor
bañaban sus mejillas y la pobre almohada de su lecho durante la noche!
AMOR ESPONSAL
POBREZA
DEBERES DE ESTADO
CARIDAD
SERVICIALIDAD
OBEDIENCIA
Santa Rita riega un palo que se convierte en vid
Pág. 143-148

[143]
VIDA DE FERVOR
Pasados los días de su profesión, Rita continuaba su vida anterior, pero no como
anteriormente; si al principio fue siempre tan fervorosa parecía ahora que anduviese más
¡aprisa. ¿Cosas extraordinarias? No, propiamente. No hacía nada que pudiese
singularizar, pero de nada se quejaba, de todas hablaba bien y se creía la más indigna
de la comunidad. A todas las hermanas de comunidad quería servir y aquellos oficios
que las otras hubiesen emprendido con desagrado creyéndose disminuidas en su propia
dignidad, eran para ella los preferidos. Nunca se quejaba del vestido, de la comida, de la
celda, de los menesteres que se le encargaban y todo era para ella bello, santo, era lo
que más había deseado... Su única alegría era de poder hacer algo por Jesús. Se dice
que su hábito lo mantenía limpísimo, siempre arreglado y planchado pero no tuvo más
que el que se le dio el día de la profesión que lo llevó hasta la

[144]
tumba. No podía evitar, sin embargo, que se rompiese de tanto uso, y de ahí que
parecía una colcha de remiendos. Siempre compuesta, modesta, alegre, siempre pronta
a todo y para todo y con el rostro iluminado por esa luz interior que tomaba de sus
frecuentes visitas a Jesús Sacramentado, el único objeto de su amor y por quien lo hacía
todo.
— Hermana, le decía a ésta, déjeme que le ayude un poquito a lavar...
permítame, le decía a la otra, yo le arreglo esa leña... y así siempre lo mismo en el
huerto, que en el establo. Yo sé muy bien de estos oficios, nosotros fuimos siempre
pobres campesinos.. .
¿Que una se tiene que levantar más temprano para encender el horno y cocer el
pan? Pues allí está Rita... La abadesa trataba en ocasiones de contener su celo. "No
hermana Rita, le decía la abadesa: ayer tuvo que levantarse muy temprano, deje a la
otra". "No madre, este burrito que soy yo, respondía, está más que habituado a todos
estos menesteres.. .
Cuando venía al huerto de la comunidad andaba pidiendo un azadón para ella
también. "¿No habrá por allí, un azadón? Me divierte tanto este trabajo en el campo", y
era de verla cómo iba desyerbando los sembra-

[145]
dos, removiendo la tierra con la fuerza y el entusiasmo de un presidiario que quisiese
abrirse una salida para huir de la cárcel y que no contase sino con unos pocos
momentos.
 ¡Más despacio, Hermana Rita, que así se cansa muy pronto!
 Qué va, debo aprovechar el tiempo que el Señor me concede y quiero no
perder ni un instante, porque este tiempo no volverá. Ahora sembramos, y
llegará el día en que vayamos al cielo a recoger la cosecha. La tierra es un
campo para sembrar y debemos sembrar sin descanso.. .
Obedientísima como era, no había cosa realmente para la cual no hubiese estado
pronta con tal de obedecer. Daba la impresión que no sólo había renunciado a su propia
voluntad, pero hasta a su misma razón; ya estaba resuelta a hacer lo que se le mandaba
por absurdo que pareciese. Era este el juicio que la hermana asistente daba a la madre
abadesa.
—Me parece, Reverenda Madre, decía aquella, que su reverencia exagera un
poco las virtudes de la Hermana Rita!.. .
Se lo voy a probar.
La Hermana Rita se hallaba en ese instante trabajando en el huerto con
entusiasmo:

[146]
Hermana, le dijo la superiora, tome esto y me lo riega todos los días mañana y
tarde, durante un año.
¡Cómo no Madre! repuso la santa y recibió de manos de la superiora lo que ella le
entregaba. Se trataba de un pequeño instrumento de hierro que servía en el convento
para transplantar las hortalizas. Y sin que las otras hermanas pudiesen contener la risa
vieron cómo Rita se iba al jardín y sembraba aquello lo que regaba diariamente mañana
y tarde, lo mismo si estaba lloviendo que si el sol calentara las piedras, sin que ello
dejase de producir mucha risa a las religiosas.
 ¿Pero Hermana Rita, piensa en verdad que eso vaya a crecer?
 No sé, eso fue lo que se me ordenó y yo lo hago sin importarme el resultado. A
mí no me toca sino obedecer.
Alguna de las religiosas más lenguaraz decía a sus compañeras: esta pobrecita
se debió haber dado un golpe cuando era chica o por lo menos sufrió de meningitis, raro
que se hubiese escapado.
Y otra agregaba: para mí y que esa está más loca que una cabra, y no faltaba ni
siquiera la caritativa que le decía:

[147]
—Pero Hermana Rita, por los clavos de Cristo, ¿pero no se da cuenta que la
Madre abadesa le mandó eso por broma? Dígale que le dispense de ese disparate si es
que le da escrúpulos no obedecer.
Rita se contentaba con no responder y seguir cumpliendo con lo que le habían
mandado; su voluntad no le pertenecía, su entendimiento tampoco y no ponía
objeciones a nada, no juzgaba de lo que se le ordenaba ni replicaba cosa alguna.
Pasó el verano, vino la primavera y Rita seguía regando su pequeño instrumento
mañana y tarde. Pero una mañana ella misma no podía creer lo que estaba viendo: el
aparato aquel parecía retoñaba.
 Jesús mío, cómo eres tan bueno, pero que nadie se dé cuenta de esto. Sin
embargo los retoños siguieron creciendo y todo el convento se dio cuenta del
prodigio sin excluir a la madre abadesa, y llamando a la comunidad les dijo:
"¡Miren el premio de la obediencia!" Y a Rita:
 No crea hermana, que esto ha hecho Dios por usted, ha sido simplemente el
instrumento como lo hubieran podido ser una pala o un pico.

[148]
— Sí, Madre, tiene razón, yo no soy más que una pobre tonta.
Los retoños siguieron creciendo y se convirtieron en ramas y las ramas eran de
vid y esta vid sigue en pie y produce uvas dulcísimos que se conocen en la región con el
nombre de "uvas de Santa Rita" y con las cuales regalan cada año las monjas del
convento al Papa, a los cardenales de Umbría y a los obispos de Casia. Los devotos
piden aun de las hojas de la vid y las conservan secas y con ellas se han verificado en
ocasiones hechos realmente extraordinarios.
CONTEMPLACIÓN
RETIRO ESPIRITUAL
ÉXTASIS
HUMILDAD
PENITENCIA
POBREZA
POBRES
CARIDAD
ENFERMOS
HUMILDAD
AMOR ESPONSAL
AMOR A CRISTO
Santa Rita se prodiga en caridad con los pobres
Pág. 149-157

[149]
EN LA LUZ DE DIOS
Pasados unos días después de su profesión, Rita pidió y obtuvo permiso para
pasar de cuando en cuando entregada a la soledad; no se conocían todavía los
ejercicios espirituales de San Ignacio pero algo había que trataba de asemejárseles. No
faltaban religiosos y religiosas que se retiraban a la soledad en épocas determinadas y
allí lo pasaban examinando su alma a la luz de la eternidad. Las montañas de Umbría se
veían llenas de estos cenobitas. Rita no se retiró a ninguna cueva del monte pero sí hizo
de su celda su propio desierto permaneciendo allí en absoluto silencio durante varios
días colocando su alma frente al juicio de Dios. La pequeña capilla del monasterio fue
testigo de los éxtasis, lágrimas y santas reflexiones de la santa. Cuántos remordimientos
por los que llamaba sus pecados y cuántas caricias por parte de Dios. ¡El hecho sólo de
poder acercarse diariamente a la Sagrada Comunión era para ella un

[150]
motivo más que suficiente para su continua acción de gracias! El último día de su retiro
apenas se fue a acercar a la barandilla del comulgatorio cayó en éxtasis. Su rostro
despedía rayos de luz sobrenatural y sus ojos desmesuradamente abiertos no miraban
nada de lo de acá abajo. Las monjas que se hallaban a su lado pensando que le había
dado algún vértigo la colocaron sobre un escaño y a poco Rita volvía en sí. Tenía a su
lado a la abadesa quien le decía:
 No es nada, Hermana Rita.. . sólo que parece que le pasó algo.
 Sí, Madre, perdóneme. Y empezó a llorar y a lamentarse a su Señor que la
había dejado ver así delante de todos. Al terminar su retiro volvió a sus oficios
comunes pero se vio que había avanzado todavía más en el camino de la
perfección: más sometida, más paciente, más servicial...
 Quiero ser más dócil a la gracia, más insensible a todas las sensaciones
exteriores, seré como un cadáver que le sirve a Dios en todos sus miembros.
Quiero ejercitarme en la virtud de la mansedumbre, de la paciencia, sin
quejarme nunca por injuria o por ofensas, recibiendo todos los males que me
puedan acaecer como venidos de la mano de Dios.

[151]
Propongo no desear absolutamente nada ni siquiera bienes espirituales deseando
únicamente que se cumpla en mí la voluntad de Dios.
Propongo ejercitarme en la virtud de la mortificación y de la penitencia privándome
de todo aquello que pueda ser de mi gusto y hacer soportar a mi cuerpo todo lo que se
me permita y que mi cuerpo pueda aguantar.
Propongo no tener en cuenta nada ni del cielo ni de la tierra para poder vivir de la
luz de Dios y no pondré jamás mis ojos en objeto, rostro o persona que puedan dar
pábulo a mi curiosidad, mover mis afectos o estimular mis deseos.
Era esto lo que había prometido y esto lo observará con toda fidelidad.
Observando la abadesa el fervor de la nueva religiosa y teniendo en cuenta su
experiencia del mundo lo mismo que sus inclinaciones particulares resolvió dedicar a la
Hermana Rita los menesteres de caridad que tenía entre manos en el convento y para
Rita esto fue como echar un pez en el agua, pues su amor inextinguible por los
miembros del cuerpo místico de Cristo sumidos en la desgracia o el dolor encontraba
ahora su desahogo comple-

[152]
to. Sus predilectos eran los más desheredados y el objeto de sus constantes
preocupaciones.
Entraba a todas las casas, a los tugurios, a las chozas de paja de la montaña y
enfrentándose con miserias que sólo la caridad es capaz de conocer, que en ocasiones
producen horror pero que a pesar de todo es donde más cerca se está en Cristo cuando
se hace por El.
La abadesa la había autorizado para que hiciese lo que pudiese por remediar en
algo tantas miserias y ella lo hacia sin fijarse en las incomodidades y fatigas que le
pudiesen acarrear. De la despensa de las hermanas tomaba lo que podía servirle para
remediar las necesidades de sus pobres: pan, vino, leña, ropa vieja, un poco de carne, y
con todo esto al hombro se la veía andar llena de alegría desafiando todas las fatigas
por amor de Dios.
— Hermana Rita, ¿qué nos trae ahora? y la Hermana Rita iba sacando de su
bolsa todo lo imaginable: comestibles de todas clases y en ocasiones tela, hilo, zapatos
viejos y si los que le pedían eran niños para ellos había también dulces, pasteles..., casi
siempre regalo al monasterio por parte de los benefactores.
Al llegar a la casa de un enfermo lo primero que se ponía a hacer era a asear la
estancia barriendo, componiendo la cama, lavando

[153]
los utensilios domésticos, peinando a los niños y arreglando el cabello a la enferma,
cargando agua del pozo vecino y luego poniéndose a preparar la comida, y a alistar las
medicinas. En ocasiones llegaba a sacrificios más difíciles todavía, pero el recuerdo del
monte santo de Dios la sostenía y la impulsaba a seguir adelante, en busca de aquellos
bienes inmortales que un día iría a encontrar en el cielo.
A medio día salía de nuevo llevando sopa caliente para tantos infelices que en los
tugurios se mueren de hambre, para tantos niños que en invierno no prueban nada
caliente, para tantas madres o futuras madres que en la soledad y el abandono
esperaban el nacimiento de su hijo, para ese miserable escombro humano, que en el
más completo olvido la esperaba a ella como a un ángel del cielo. ¡Para todos era un
consuelo, un remedio, una medicina su presencia y no sólo se preocupaba por las
miserias del cuerpo, sino que a lo que ella tendía era a socorrer las miserias morales, y
lo hacía hablando claramente con esa franqueza propia del campesino y con todo su
celo apostólico!
En ocasiones la caridad la ejercía más comúnmente con aquellas personas que
no

[154]
habrían de salir a pregonar sus visitas, y su ayuda pues se trataba de familias
vergonzantes que se habrían dejado morir de hambre, más bien que pedir o lamentar.
Rita entraba a sus casas y llena de delicadeza, de bondad, siempre sonriente, pero sin
decir una palabra, iba sacando de su bolsa o de los bolsillos de su hábito lo que había
podido recoger y seleccionar para esa pobre gente, y lo iba poniendo sobre la mesa
como suplicando que le hiciesen a ella la caridad de recibir aquello que les traía con
tanto amor.
Todo esto le acarreaba por parte de sus co-hermanas las más duras críticas. "Sí,
la caridad estaba bien, ¿pero qué necesidad hay de que ande por todas partes
arrastrando la dignidad de nuestro hábito? Es una campesina y nada más que una
campesina..."
 ¡Pienso, Hermana Hermenegilda, —decía una de éstas, que esta mañana la vi
yo, con estos ojos que se van a comer la tierra, que iba para la casa de
Magdalena la viuda de allá abajo, llevando dos grandes bultos sobre la cabeza!
 ¡Realmente carece de dignidad y de decoro!
En ocasiones eran sus paisanos de Rocaporena quienes al venir a Casia la
encontraban

[155]
llevando tales cargamentos que hubiesen debido pensar en una bestia de carga antes
de echárselos encima y decían:
 ¡Quién lo hubiera pensado que a este estado habría de llegar la hija única de
los Mancini! En otras ocasiones se reían frente a ella y las más pasaban cerca
de ella como si no le hubiesen visto en la vida. Rita no ignoraba nada de esto,
¿pero qué le importaba? ¿Jesús no había sido también despreciado y hecho
objeto de burlas? ¿No era por ventura, su único deseo el de vivir la verdadera
caridad de Cristo y no sus apariencias? ¿No era su intención cuando llegó al
convento, el poder vivir una vida más perfecta y no más cómoda con las rentas
del monasterio?
 ¡Todo por ti, mi Crucificado, todo por ti! Con tal que tú estés contento ¿qué me
importa lo demás?
Al caer de la tarde en la penumbra del corredor, cansada hasta no poder tenerse
en pie, caía de rodillas ante la imagen del Crucificado y colocando su cabeza sobre los
pies del Señor: "¿Jesús mío, estás contento de mí? le preguntaba. ¡Perdóname mi
pereza, mi sensualidad; yo no debería darme cuenta de que hay personas alrededor
mío, para no pensar más que en Ti, mi único eterno amor!"

[156]
Y de esto se acusaba, se arrepentía, prometía más reparación... y así aumentaba
en caridad.
Por esta época cayó enferma una señora benefactora del convento y como
conocía a Rita no obstante que era la que más criticaba a la santa quiso ahora que fuese
ella la que la cuidase. Se daba cuenta la muy ladina que ni entre las otras monjas ni
entre sus familiares encontraría quien estuviera a su lado con tanta caridad y tanta
abnegación como la Hermana Rita. Pero no se crea que por eso la trataría mejor; todo
se lo criticaba y llegó hasta arrojar a la cara de la santa una taza de caldo porque le
pareció insípido, y una medicina muy amarga aunque era mandada por el médico.
Y Rita se deshacía en excusas con aquella señora, con sus cohermanas, a todas
les pedía perdón y a quien le decía alguna palabra de consuelo por esas humillaciones
sólo contestaba: "¡Pero si yo merezco más!" o también:
"¡Yo no hago esto sino por el de arriba y El por amor mío sufrió mucho más!"
Rita, con permiso de la superiora, seguía dando y dando de lo que encontraba en
la despensa del convento pero parece que la Providencia se deleitase con ese siempre
dar

[157]
porque al convento tampoco le faltaba no sólo para atender a las necesidades de la
comunidad, sino que sobraba mucho para que Rita pudiese dar cuanto quisiese y
todavía había para tantos que venían a tocar a las puertas del convento.
CARIDAD
PORTERIA
POBRES
ENFERMOS
CURACIONES
FORTALEZA
SOLICITUD
ABNEGACIÓN
FATIGAS
DEMONIO
TENTACIÓN
COMPUNCIÓN
DESOLACIÓN
VEJACIONES
CRICIFICADO
Vejaciones sufridas por Santa Rita pág. 158-165

[158]
SIEMPRE PRONTA
Las monjas de San Agustín de Casia, se dedicaban a la oración, a la penitencia,
al ejercicio de la caridad y tenían además una escuela para niñas que comprendía todas
las edades: desde las más pequeñas que apenas podían andar agarradas del hábito de
las monjas, hasta las que ya se estaban preparando para el matrimonio y aún
aprovechaban aquellos días para coser bajo la dirección de las religiosas su ajuar de
matrimonio. A estas ocupaciones se dedicaban principalmente durante el invierno y por
eso cuando toda la naturaleza parecía que dormía bajo las nieves invernales, el
convento en cambio florecía con tantos rostros risueños, con tanto cantar y gritar de las
niñas que venían a reemplazar a los pajaritos de la primavera, inundando aquellos
claustros de juventud y alegria.
Rita estuvo al contacto de todas estas almas inocentes cuando, poco después de
su entrada al monasterio, fue a reemplazar a la

[159]
Hermana Serafina en la portería donde había pasado cuarenta años de su humilde y
benéfica existencia. Y Rita, pronta siempre a la obediencia, aceptó la portería.
A la hora convenida ya estaba allí para abrir la puerta y recibir llena de afabilidad y
cariño a las educandas; les recibía el canastico en el que llevaban su colación, les
arreglaba el vestido, les componía el cabello y en ocasiones a una u otra le quitaba el
mandilito y se iba a lavarlo, a plancharlo, arreglarlo, para que al regresar a la casa esta o
aquella no fuesen castigadas por la mamá por haberlos ensuciado o roto.
Cuando las alumnas entraban, rodeaban a Rita y ella siempre bondadosa y gentil
a una le hacía una pequeña caricia, a la otra le daba un buen consejo, les preguntaba si
habían rezado ya sus oraciones y en ocasiones ella misma se ponía a enseñarles cómo
debían hacer su labor de costura para que aquellas manos inexpertas no fuesen a dañar
la tela. Ella misma les enseñaba a tejer y de tal manera lograba imponerse sobre ellas
por su caridad y su, cariño que era un gusto verlas a todas reunidas en círculo al rededor
de la santa, mientras ella corregía aquí, colocaba mejor las agujas a ésta, enseñaba a
desbaratar a la otra
[160]
lo tejido o a bordar sin desanimarlas, y de cuando en cuando repetía jaculatorias que las
educandas repetían en coro todas animadas por el amor que se desprendía del corazón
inflamado de Rita.
En veces por un motivo o por otro y no con poca frecuencia, Rita debía
reemplazar en la clase a la maestra, bien con las chiquitas, o bien con las grandes, lo
que ella hacía como lo hacía todo: como si su única misión en la tierra fuese esa hora
con esas niñas en clase. Allí era donde su alma se expandía más intensamente
hablando de Dios, de su caridad, de los beneficios recibidos; les hablaba sobre la
humildad, les enseñaba a recitar jaculatorias y sobre todo a enfocar su vida en medio de
tantos malos ejemplos que abundaban por fuera en aquella época, de acuerdo con los
preceptos de Dios, considerando la vida como una preparación para la eternidad, como
un tiempo de prueba en el que debemos mostrar a Dios nuestra fidelidad para con El, en
el cumplimiento de su divino beneplácito.
A las pequeñas las preparaba para la Primera Comunión, esforzándose en que el
Señor tomase plena posesión de esos corazones inocentes antes que vengan los
escándalos. En ocasiones se le criticó acremente, porque

[161]
hablaba de Primera Comunión a niñas tan pequeñas, pero ella todo lo soportaba con
prudencia, desenvoltura y todo lo sufría en silencio.
Al medio día las religiosas iban al comedor y Rita acudía a la portería donde
esperaba a sus pobres que acudían justamente a esa hora. ¡Hermana Rita, para mis
hijitos,. .. Hermana Rita, para mi madre... Hermana Rita, para mi enfermo... Dios se lo
pague, Hermana Rita! Que el Señor la corone de gloria. Y cuántas veces pasó a los
pobres y sin que nadie se diese cuenta su pobre y frugal comida. Los ángeles eran los
únicos testigos de esas obras escondidas de caridad.
Ni se crea que se acudía a ella únicamente por implorar un pan material. Las
niñas hablaban de ella a sus madres, las esposas a sus esposos, los sanos a los
enfermos y todos acudían a ella en solicitud de un consejo, o para encomendar a sus
oraciones un grave problema de familia lo mismo que la salud de un enfermo, como no
dejaron de verificarse ora conversiones estrepitosas y curaciones merced a sus
oraciones y consejos, o mediante una pequeña imagen que ella había regalado para que
fuese colocada a la cabecera del enfermo; el convento empezó a verse asedia-

[162]
do a todas horas por multitud de gentes que venían en busca de la "santa".
A todos recibía, con todos hablaba, por todos oraba sin perder un momento la
paciencia y sin dar descanso a sus miembros que le pedían un poco de reposo. Cuando
no estaban atendiendo a los que la buscaban, se hallaba a los pies del sagrario o del
divino Crucificado implorando nuevas fuerzas para seguir adelante, y recomenzar al día
siguiente sus trabajos y fatigas, implorando siempre aquellas gracias que habían sido
recomendadas a sus oraciones. Cuando ya no podía sostenerse en pie, tomaba un poco
de descanso tendida siempre en el desnudo suelo, o sobre el mísero colchón de su
celda casi siempre vestida, para dormir un poco. Pero ni siquiera en estos momentos el
demonio la dejaba en paz, venía a hacer ruido a su celda, a importunarla con
tentaciones de toda clase, con fantasmas angustiosos hasta el punto de que muchas
veces tenía que levantarse de nuevo para entregarse a la oración. Ella que no podía
dudar de que todo esto se debía a sus pecados, imploraba misericordia y perdón por sus
propios pecados, por los de la humanidad, por los de sus hermanas en religión, por los
de las personas que se han encomendado a

[163]
sus oraciones, y casi siempre sumergida en un mar de angustias y en un río de lágrimas.
Al día siguiente vuelve a sus oficios ejerciendo siempre más y más la caridad y la
paciencia; soporta las incomprensiones y la frialdad de sus compañeras de claustro
siempre sonriendo; se nutre con un poco de pan y de leche, no bebe sino un poco de
agua en lugar de vino aun en los días más calurosos del verano, y sus ayunos son
todavía más rigurosos los viernes y sábados..., no descansa en su trabajo ni siquiera
cuando tiene que atender a las visitas de los que la buscan y por lo que de ella depende
los trabajos más humildes son siempre los que ella prefiere. Como el demonio continúa
atormentándola, cuando puede ella se defiende intensificando sus penitencias, su
oración, sus disciplinas y en ocasiones se flagelaba hasta caer al suelo bañada en
sangre. Así la encontraron las religiosas del convento privada y en un charco de sangre.
La recogían entonces, la colocaban sobre su pobre lecho y ella iba poco a poco
volviendo en sí y al darse cuenta de que no era el demonio el que estaba a su lado, sino
sus hermanas se reanimaba y volvía a sus trabajos.
Sus conversaciones son irradiadas de una suavidad toda celestial. Las
tentaciones las

[164]
tendrá sin embargo hasta el fin de su vida. Ella misma podrá escribir más tarde: "me
sentía afligidísima y mi espíritu no alcanzaba la paz: afanes, penas, y mi único alimento
eran las lágrimas; el tedio, la aridez, las tinieblas de la mente, la fatiga de tener que
dormir sobre la tierra dura, un trabajo sin descanso y todo esto me habían llevado a tal
punto que me creía muy cerca de la muerte". En ocasiones el demonio la atormentaba
más: una noche le pareció que se hallaba sumergida en una fosa profunda, mientras
salían de las tinieblas figuras aterradoras envueltas en fuego que se lanzan contra ella,
armadas de macanas que descargan inmisericordes sobre su pobre cuerpo. Le parece
que el pobre lecho sobre el cual se había tendido era de piedras y sus miembros le
daban la impresión de estar completamente rotos. .. grita pero nadie la oye y el mismo
Dios parece que la ha abandonado. A su lado no se oye sino los subidos y los gritos del
demonio que decía: "maldita", "maldita" y continúa golpeándola con mayor fuerza y
rabia.
Cuando volvió en sí no podía creer que no estuviese destrozada por los golpes,
pero los dolores continuaban y su mísero cuerpo estaba lleno de verdugones. Parecía
realmente
[165]
un Ecce Homo que hubiese acabado de salir de la flagelación.
Rita todo lo soporta con una fortaleza que parece inimitable. De sus ojos no se
aparta el cuadro de la Pasión del Señor y sigue caminando detrás de las huellas de
Jesús en el Getsemaní y en el Calvario, y en la consideración dolorosa del fortísimo Rey
de los mártires, halla en su debilidad y cotidiano martirio, alivio y fortaleza.
CISMA
AVIGNON
ROMA
Decadencia de Roma durante el cisma
Pág. 166-176

[166]
EL JUBILEO DE 1425
En aquel tiempo el Lacio era muy diverso de como es ahora. Las ciudades más
pequeñas, los campos más despoblados, hombres y mujeres vestidos con modas
diversas de las actuales, la vida más tranquila y más sobria y hasta el territorio parece
que ha cambiado. Los caminos malos, los campos convertidos en rastrojos, rípidos los
montes, difíciles los senderos. La carestía, la peste, las inundaciones, las guerras
continuas habían diezmado la población tanto de la ciudad como del campo. Más de las
tres cuartas partes de nuestro feracísimo Lacio las componían tierras incultas, ríos que
corrían sin cauce fijo y se convertían en lagunas y pantanos y Roma aparecía rodeada
de desiertos muchos kilómetros a la redonda. Las lagunas pontinas no eran otra cosa
que inmensos territorios infectos y mortíferos y por ende solitarias, insalubres, y
peligrosas mientras en las cercanías de Ostia, Groseto y Viterbo no se veía otra cosa
que

[167]
uno que otro rebaño de ovejas pastando aquí o allá. Lo demás soledad y malaria.
Podríase recorrer días enteros por toda la campiña romana sin hallar alma viviente. Las
casas abandonadas y mostrando todavía las cicatrices del fuego, medio derruidas otras
y todo en ruinas. Ni siquiera brazos para cultivar aquellas tierras que no eran otra cosa
que jarales. Las condiciones de las pobres gentes que carecían de un pedazo de tierra
no podían ser más miserables: el pobre había perdido toda esperanza de poder mejorar
su condición y elevar un poco su nivel de vida, hasta el punto de que no le quedaba más
ilusión que el vagabundeo y si sus instintos no eran mejores que su suerte, allí estaban
los soldados aventureros y aún los salteadores de caminos que le abrían los brazos. Las
obras públicas paralizadas habían convertido aquellas regiones en desiertos malsanos
circundados de aguas putrefactas estancadas. Este cuadro no muy alagüeño, venía a
ser reforzado por compañías de aventureros, que periódicamente caían sobre los
poblados, "gente dispuesta a robar más bien que a combatir, sin más pensamiento que
el de asesinar y atracar". Las familias nobles y ricas se ocupaban en otro deporte no
menos noble: el de hacer la guerra

[168]
los unos con los otros, o aliarse todos para hacérsela al Papa. "La, misma Roma desde
años atrás venía siendo el teatro de motines salvajes y de intranquilidad continua".
Papas, antipapas, güelfos, gibelinos, emperadores, reyes, aventureros, grandes
señores, duques, marqueses, barones... Todos los unos contra los otros y ¡el pueblo era
el que pagaba el pato!
En medio de todo esto, como para que a tantos horrores no faltase nada, el
hambre diezmaba la población cuando no lo había hecho la peste... la malaria, las
guerras y todo esto confabulado había suprimido las cuatro quintas partes de la
población. A veces no se hallaba ni siquiera quien enterrase los muertos que
permanecían en el campo o en las afueras de las poblaciones hasta que venían a darle
sepultura, no propiamente cristiana, lobos, aves de rapiña y perros rabiosos por el
hambre.
Las inundaciones eran frecuentes en la época del deshielo y la desolación se unía
a la desolación: destruidos los pocos caminos que había, impracticables otros y
arrasadas las sementeras y sembradíos. El mismo Tíber no canalizado aún era un
peligro continuo para Roma. Una naturaleza sin freno dominaba por doquiera y las fieras
habitaban en com-

[169]
pañía de los hombres hasta el punto de que los eremitas podían vivir en bosques
impenetrables a poca distancia de las poblaciones y disputando su guarida a los osos y
a los lobos. Pero si la campiña romana se encontraba de esta manera, Roma no andaba
mejor. Pastor escribe en la Historia de los Papas: "A Roma le quedaba apenas visos de
ciudad: la capital del mundo no era otra cosa que ruinas y su aspecto hacía saltar las
lágrimas a los ojos: a dondequiera que la vista se volvía no se hallaba otra cosa que
escombros, decadencia y miseria. La guerra, el hambre y las enfermedades habían
diezmado y reducido a la miseria a toda la población. Los ladrones robaban día y noche
lo mismo en las callejuelas dominadas por las altas torres de las familias nobles, que en
aquellas donde no quedaban sino escombros y ruinas. La miseria era tanta que ni
siquiera el día de San Pedro y San Pablo se podían encender algunas lámparas en los
sepulcros de los apóstoles y los eclesiásticos carecían muchas veces de ropa y de
comida. Los Servitas de San Marcelo tuvieron que vender la biblioteca de su convento
para poder atender a las necesidades más urgentes de la vida. El barrio habitado por
estos infelices no era otra cosa que ruinas y escom-

[170]
bros y las ruinas aparecían llenas de hierba y de musgo, mientras la parte baja de la
ciudad se había convertido en charcos pestilentes y malsanos. La zona de San Juan de
Letrán era tan insalubre que los monjes de la Santa Cruz de Jerusalén allí vecinos,
vivían enfermos; el Palatino era donde iban caballos y cabras a pastar y por el Foro
andaban las vacas. Con increíble barbarie se había ido contra todo lo que fuese restos
de la antigüedad: verdaderas joyas de arte antigua eran empleadas para escaleras y
quicios, para levantar muros y hasta para canoas donde se alimentaba a los animales.
"Benditas las estatuas que quedaron escondidas entre las ruinas". Más adelante añade
el mismo historiador citando a Gregorovius: "No podía uno imaginarse el estado de
postración y de miseria en que había caído Roma. Aquella región que Petrarca
contemplaba desde las Termas de Diocleciano, ofrecía el aspecto de un inmenso campo
de ruinas, entre las cuales apenas se podían distinguir restos de los edificios antiguos y
medievales y sólo los muros de Aureliano, ofrecían a estas reliquias del pasado un ligero
tinte de unidad, que daba a la ciudad mundial algo homogéneo. "La ciudad eterna
parecía más bien una cueva de ladrones que una

[171]
urbe civilizada..." "La Basílica de San Juan de Letrán mostraba igualmente las cicatrices
de dos grandes incendios, uno en 1308 y otro en 1361", fuera de los daños que le había
acarreado el terremoto de 1349. En miserables casuchas, allá entre el campo de Marte y
el Capitolio o entre el Tíber y el Trastíber, vivía una población medio salvaje, pero en lo
demás de la ciudad, lo que quedaba entre las murallas de Aurelio no se veía alma
viviente; 43 iglesias abandonadas, y 11 completamente destruidas, otras sin techo y a
punto de venirse al suelo y aun las mismas basílicas principales no daban un aspecto
mejor: en las basílicas de San Pedro y San Juan de Letrán, los rebaños comían en los
altares y un legado pontificio (no olvidemos que el Papa estaba en Aviñón) puso en
remate los mármoles del Coliseo, para comprar zapatos y proveer de ellos al pueblo". Y
todo lo demás por este estilo.
La elección de Martín V, puso fin al cisma y las guerras se habían aplacado un
poco. El nuevo Papa empezó inmediatamente a arreglar su viaje para Roma y para ello
se puso de acuerdo con la Reina Juana de Nápoles y en febrero de 1420, con la ayuda
de los florentinos, logró también un acuerdo con el terrible

[172]
condotiero Braccio di Montone, uno de los más hábiles hombres de guerra de su tiempo,
en cuyas manos estaba media Italia y quien había amenazado al Papa de “que lo
obligaría a celebrar la misa por un maravedí".
Ese mismo año de 1420, el 29 de febrero, entró finalmente Martín V a Roma,
entre las aclamaciones y el júbilo universal. Un cronista escribe que por muchos días
todos los almacenes aparecían cerrados y nadie trabajó. Era una luz en medio de tanta
tempestad. La persona del Papa era tan venerada que como escribe Sebastián Bisticci
"desde que aparecía en la plaza de San Pedro la gente lloraba inundada de emoción por
la veneración que les producía ver a su Santidad". El Papa se dedicó inmediatamente a
aquello que le parecía más urgente: el Vaticano fue provisto de puertas, ventanas y se
empezó a adaptar todas las salas para la curia; fueron removidas las ruinas y las
basuras acumuladas en las calles; se tomaron medidas contra los ladrones que
infestaban la ciudad y sus desolados alrededores; en las cercanías de Roma se hizo una
verdadera limpia de los ladrones y se les destruyeron sus refugios; restauró puentes,
casas, iglesias y basílicas y entre ellas principalmente las de San Pedro, San

[173]
Pablo y San Juan de Letrán; renovó el culto sagrado y restauró el esplendor de los
ornamentos litúrgicos, lo mismo que el canto y las ceremonias sagradas que alcanzaron
nueva y espléndida solemnidad; las reliquias de los santos volvieron a su primitivo
esplendor y fueron honradas con públicas manifestaciones de fe. Floreció por obra de
este Pontífice a quien sus contemporáneos llamaron el "padre de la patria" el trabajo, el
arte, la religión, la justicia, y la seguridad pública. Un cronista romano escribe "que en el
tiempo de Martín V ya se podía andar de día y de noche por todas partes llevando oro
en las manos".
Con el fin de levantar más el espíritu religioso quiso Martín V que se celebrase el
jubileo del Año Santo en 1425 y con el fin de preparar a los romanos a tan fausto
acontecimiento fue desde el año anterior traído a Roma uno de los más santos y
grandes predicadores de su tiempo, San Bernardino de Sena. Este héroe del
desprendimiento del mundo y, del sacrificio por los demás, exhortó a aquella población
medio bárbara a la penitencia. Su vida santa, su conducta pura e inmaculada y la grande
elocuencia de que estaba dotado alcanzaron buenos frutos. "El 21 de julio, narra el
secretario de estado, Infessura, se

[174]
amontonó en la plaza del Capitolio una inmensa cantidad de objetos de vanidad y
superstición y se les prendió fuego".
"Roma entera acudía a escucharlo y entre sus oyentes se veían cardenales y en
ocasiones la misma persona del Pontífice, testimoniándole todos que su habilidad como
sus obras eran realmente grandes y maravillosas".
Así amaneció el Año Jubilar, 1425, que habría de pasar a la historia de Roma y de
la Iglesia como: año de paz, de amor, de perdón y de caridad, después de tanto odio y
tanta sangre. "Desgraciadamente, escribe Pastor, son pocas las noticias que nos
legaron los contemporáneos, acerca de este memorable acontecimiento y de ahí que
muchos han creído que los peregrinos fueron pocos relativamente, pero no fue así". El
humanista Poggio, escribe en una de sus cartas lamentando la invasión que sobrevino a
Roma por parte de los bárbaros, es decir de los que no eran italianos y que acudían para
ganar el jubileo y que habían llenado la ciudad de porquerías y basuras". La crónica de
Viterbo narra igualmente que había acudido a Roma con el fin de ganar la indulgencia
del Jubileo un número crecidísimo de ultramontanos y lo mismo nos cuenta Ángel de
Tummulillis.
PREDICACIÓN
PASIÓN DE CRISTO
Santa Rita recibe una herida de estigma de Cristo
CORONACIÓN DE ESPINAS
Pág. 175-183
ENFERMEDAD
ESTIGMA

[175]
LA DIADEMA DEL ESPOSO
Las monjas agustinianas de Casia fueron de las primeras en corresponder a la
invitación del Papa. ¡Sí, ellas también habrían de ir a Roma con motivo del Jubileo! Y
entre ellas iba Santa Rita. El viaje lo hicieron en el verano.
En Casia predicó la Cuaresma un santo, Santiago de la Manca y estas pláticas
cuaresmales, de manera especial cuando estaban a cargo de un gran predicador, se
convertían en un acontecimiento relativamente extraordinario que atraía a los pies del
predicador, se puede decir, toda la población. Después de las pláticas no era raro el ver
cómo se abrazaban enemigos mortales, y a los grandes pecadores, cumpliendo la
penitencia pública, que la Iglesia imponía a los penitentes en aquellos tiempos, los que lo
hacían con grande edificación de todos y aprovechamiento propio; esposas que
perdonaban las infidelidades de sus maridos, familias que se reconciliaban, hijos
extraviados que volvían a la casa de sus

[176]
padres, ladrones que restituían lo robado; asesinos que se postraban a los pies de los
deudos de la víctima, tratando de resarcir el mal hecho, en cuanto estaba de su parte e
implorando un tardío pero sincero perdón.
Un cronista cuenta, que el santo llegó inclusive a hacer reconciliar entre sí
individuos que estaban enemistados, haciendo que se abrasasen... y con tanta
contrición que las lágrimas corrían por las mejillas de los circunstantes.
La llegada a Casia del célebre predicador fue, pues, un verdadero acontecimiento;
la población acudió en masa a escuchar sus prédicas y los buenos espectáculos que ya
se habían visto en otras partes se repitieron aquí también. Allí estaban igualmente las
monjas de San Agustín sin faltar una, pues la clausura no era tan completa como lo fue
después del Concilio de Trento. La muerte, el juicio, el infierno, el cielo, el pecado, la
gracia, el perdón, los deberes del cristiano, la vida de Cristo mantuvieron por un mes
entero en suspenso al auditorio. Las dos pláticas, empero, que más impresión causaron
a los oyentes fueron la de la Soledad y la de la Pasión de Jesús.
Era el Jueves Santo por la tarde: el sol se

[177]
había casi ocultado entre negros nubarrones que amenazaban una borrasca y el drama
tremendo del Calvario, caía sobre el alma de los fieles como aludes de hielo. Paso a
paso se iba siguiendo las huellas ensangrentadas de Jesús, que suda sangre en el
huerto, que es traicionado con un beso de Judas, que es conducido a los tribunales y en
medio de todo el odio y la envidia de los cabecillas del pueblo escogido, que querían a
toda costa la muerte del Cordero Inmaculado, de él que "pasó haciendo el bien". Allí
Pilato que cobardemente lo hace flagelar y lo entrega a la muerte... Allí aquella noche en
la que el divino Maestro es objeto de escarnios y vestido de púrpura, colocándole en su
mano una caña. Pero El se proclamó Rey y entonces hay que coronarlo y un soldado
trae una corona de espinosos juncos y esas espinas penetran en la piel del Señor y las
hacen penetrar más hondamente con golpes que le dan valiéndose de las lanzas,
mientras la sangre empieza a correr por la frente, por las mejillas, por la nuca del
mártir. .. y el predicador llora y el auditorio presa de la emoción y del recogimiento está
penetrado del drama tremendo. Rita, entre tanto, veía aquellas espinas, sentía en lo
íntimo de su alma aquellos dolores: ¡Oh Jesús!. . . ¡Oh

[178]
Jesús!... Pobre Jesús. ¡Quién pudiera ayudarte!. .. Si pudiera aliviar en algo tu dolor...
No, no, que esas espinas no sean para ti, sino para mí que soy una pecadora... Rita
tiembla; no puede estarse quieta en su puesto y tiene los ojos inundados de lágrimas y
del pecho se le escapan los más profundos suspiros. . . no puede más... hace un
esfuerzo más y cae al suelo sin sentido.
Afuera los relámpagos iluminan el ambiente con tétricas llamaradas. ¡Parece
realmente, que se está en el Calvario a la hora de nona!...
El sordo rumor de la caída de Rita hace volver el rostro a los circunstantes,
mientras las hermanas la levantan y tratan de sacarla por en medio del gentío allí
reunido. Algunas personas comentan a su paso.
 ¡Pobrecita!...
 Es una santa...
El auditorio va recuperando la tranquilidad y el predicador continúa su plática.
Rita fue conducida al monasterio; una de las religiosas trata de hacerle tomar un
poco de agua con vino, mas los labios están lívidos y trémulos; los dientes apretados y
los ojos extrañamente transparentes parecen seguir una escena en lontananza y terrible.
Se le quita el velo, el cíngulo y se le hace

[179]
que se recueste en su lecho mientras se trata de hacerla entrar en calor colocándole
botellas con agua caliente, pero ese cuerpo no reacciona, cada vez más frió, parece un
cadáver. La abadesa empieza a preocuparse, el corazón apenas se siente pero palpita
regularmente.
Rita vuelve en sí y empieza a llorar... Su pena es demasiado grande y sus
lágrimas fueron aquella tarde su único alimento y su única bebida. Antes de recogerse la
abadesa viene a visitar a la enferma acompañada de otra religiosa.
 Gracias, madre, le dijo Rita al verla; perdone si...
 No, estoy bien, me siento bien. Solamente pida al Señor por mí, por los
pecadores, para que no claven más espinas en la frente del Señor.. .
—Duerme tranquila, hija mía. Mañana nos veremos y si algo necesita aquí le dejo
esta campanilla.
¿Qué pasó aquella noche entre Jesús coronado de espinas y el alma amante y
martirizada de Rita? Sólo los ángeles podrían decírnoslo. La abadesa le había dicho que
tratase de dormir, pero ¿cómo hacerlo en esta noche en la que Jesús estaba
padeciendo tanto?

[180]
Sobre la mesa había una pequeña lámpara que alcanzaba a iluminar el Crucifijo
pintado sobre el muro de la celda y Rita no se cansa de mirarlo y de repetir sin
descanso:
—Jesús, dame a mí también una de esas espinas por los pecadores... para
ayudarte y reconfortarte en tu agonía, dame una espina... En ese momento el Crucifijo
se ilumina...se anima y una espina se desprende de la cabeza del Señor y viene a
clavarse en la frente de Rita con una violencia inaudita...
De amor y de dolor la suplicante cae al suelo y el piso se salpica de sangre y
todavía en éxtasis la hallaron al día siguiente la abadesa y la hermana enfermera.
—¿Hermana Rita, qué pasó? ¿Quién la hirió?
Y la Hermana Rita contó lo acaecido.
¿Se le creería? En lienzos se le envolvió la cabeza y se llamó al médico. La herida
era profunda; parecía que se le hubiese dado un golpe con un hierro y la sangre seguía
corriendo en abundancia que ya parecía un milagro que no muriese.
Médicos, cirujanos y peluqueros, fueron consultados sobre aquella herida, cuyo
diagnóstico nadie era capaz de hacer y todos a una van sometiendo a la paciente a
curacio-

[181]
nes cual más dolorosas y repugnantes: sanguijuelas, fumigaciones, medicinas y Rita a
todo se somete, pero sigue diciendo que aquella herida no la curarán los médicos de acá
abajo. Por otra parte aunque aparecía siempre tranquila y siempre sonriente empezó a
padecer fiebres altísimas, palpitaciones y a veces daba la impresión que le faltaba la
respiración.
Sentimientos y palabras eran todo celestiales; con frecuencia se quedaba como
estática y sólo en el rostro se notaba el fuego que la consumía interiormente, la mirada
fija pero viva, alegre, inflamada; la respiración era en esos momentos ansiosa y penosa
hasta el punto de que en ocasiones causaba maravilla el que no muriese. Al volver en sí
prorrumpía en acentos ternísimos de amor a Dios. Sabía ella muy bien que la salud ya
no la alcanzaría y sólo después de muchos experimentos los médicos se declararon
impotentes de curar esa "enfermedad de santa".
Permanecía en el lecho, pero no ociosa. Sabía coser, bordar, tejer, remendar y la
abadesa no le escaseaba el trabajo y era de ver cómo lo realizaba de bien a pesar de
que hacía años no cogía una aguja ni una varilla de tejer. Al terminar la semana
entregaba la ropa

[182]
arreglada, las medias zurcidas, fuera de las nuevas que había hecho; los hábitos
remendados o hechos del todo, encajes y bordados hechos con premura y buen gusto y
todo esto lo hacía, claro está, a mano, ya que las máquinas no existían, ni ella habría
podido coser en máquina. La superiora y las religiosas le aumentaban el trabajo y Rita
parece incansable hasta el punto de que ella misma se admiraba de lo que hacía. Este
trabajo no le impedía tampoco su oración, pues si no podía hacerla durante el día como
ella acostumbraba, la hacía de noche y así fue mermando poco a poco, hasta lo posible,
el tiempo de que disponía para el descanso.
En ocasiones no eran únicamente las costuras de la comunidad las que se le
encargaban, sino que las hacía también para las iglesias, y para los pobres, y así le
traían trabajos nuevos a cada momento. El sábado por la tarde se recogía el trabajo
realizado: todo estaba listo, todo limpio, en orden y hasta bien planchado. Cuando las
monjas venían a acompañarla un rato, ella no interrumpía su trabajo y así sucedió que
en cierta ocasión, apoyada como estaba sobre una montaña de cojines, pues la
respiración le era muy penosa, conversaba con algunas religiosas y otras perso-

[183]
nas que habían entrado a verla, mientras iba tejiendo unos calcetines. De pronto, sin
interrumpir el trabajo se quedó como estática. Las agujas seguían tejiendo, tejiendo
hasta que el pie de la media adquirió proporciones más bien de bolso que de calcetín.
—Pero, Hermana Rita, ¿qué es lo que está haciendo? Mire lo que está tejiendo.. .
La santa vuelve en sí y toda avergonzada empieza a pedir excusas. Ya ven, les
dice, no sólo no sé hacer nada, pero ni siquiera tengo educación. Así son estas almas de
santos que parecen niños en su humildad; de sí mismos tienen un concepto tan bajo que
hasta creerlo es difícil.
CURACIÓN
VOLUNTAD DIVINA
CONFIANZA PROVIDENCIA
PEREGRINACIÓN
JUBILEO
Santa Rita se cura para la peregrinación a Roma
Pág. 184-191

[184]
ROMA
La primavera había ya pasado y el verano empezaba con sus largos y bellos días.
La fecha en que se debía emprender el viaje para ganar el Jubileo en Roma se iba
acercando y Rita sentía como que no iba a llegar nunca. Antes le habían dado permiso
para ir, pero ahora... Enferma y con esa herida en la frente. .. Haz, Señor, que yo pueda
también postrarme a los pies de tu Vicario, que yo pueda también venerar las reliquias
de tus mártires, que yo pueda también lucrar el perdón del Jubileo... si ello puede
redundar en gloria tuya. Tú, Señor, lo puedes todo.
La cosa no podía negarse, habría aparecido como algo irrealizable. Del lecho no
podía levantarse hacía mucho tiempo, y cuando lo hacía ni siquiera podía salir de la
celda y con una debilidad que no le permitiría emprender tan largo y penoso viaje, pues,
era más que imposible, y para las personas que la habían de acompañar insoportable y
ya ella mis-

[185]
ma se había resignado. Pero estando en oración, le pareció que Dios la invitaba a ir a
Roma y si Dios la quería allí ¿quién se lo impedría? Así que resolvió manifestarlo todo a
la abadesa.
 Sí, hija mía, yo me sentiría feliz si pudiese ir con las otras, y por lo que a mí
toca le puedo asegurar que no habría dificultad, pero es necesario que se dé
cuenta: con esa llaga en la frente, que a muchos es repugnante, con la
debilidad que tiene... Yo no veo cómo se pueda pensar en semejante viaje.
 Es verdad, madre y sin embargo Dios me llama a Roma. En todo caso yo voy a
orar más y si es la voluntad de Dios El hará que todas las dificultades vengan a
ser solucionadas.
 Sí, a Dios nada es imposible, pero no se olvide que el viaje es a pie, somos
pobres y no podríamos costear una carroza hasta Roma. Por otra parte esa
llaga es molesta no sólo para ti sino para los demás; el mismo alojamiento para
una persona como tú sería muy dificultoso. ..
 Sí, madre, estoy de acuerdo, pero Dios todo lo puede.
El tiempo seguía corriendo y Rita seguía orando.

[186]
—Señor, ¡cómo lo deseo! Si es tu voluntad haz que se cumpla. Tú lo puedes todo.
El día establecido para emprender la marcha había llegado. Las peregrinas tenían
todo listo, inclusive víveres para el camino, dinero, bastones de peregrinas.
 ¿Y la Hermana Rita? Vamos a despedirnos de ella y a decirle que rogaremos
mucho por ella. Al entrar a su celda la hallaron en pie, vestida y lista para irse
ella también. En la frente no se le veía ni sombra de la llaga que antes había
tenido y se sentía tan fuerte como cualquiera de sus compañeras.
 ¿Qué pasó. Hermana Rita?
 Nada, madre, el Señor...
¿Quién iba a temer por su salud si el mismo Dios dejaba ver de una manera tan
clara su voluntad? Era el 22 de julio festividad de Santa María Magdalena.
Cantada la misa, después de haber todas comulgado y recibido la bendición del
capellán y de la madre abadesa, las piadosas peregrinas van ya a ponerse en camino;
Rita entra un momento a su celda, descuelga un pequeño Crucifijo que mantenía sobre
su lecho, lo cubre de besos y luego se lo cuelga al pecho y así sale llena de alegría
como una desposada el día de sus bodas. El bastón de peregrina iba

[187]
llevando el compás de las pisadas de todos, pues a las religiosas se habían unido otros
peregrinos que querían ir con ellas a Roma. El sol entre tanto ya había subido bastante
en el horizonte. Durante el día y mientras se iba moviendo la piadosa caravana, se
oraba, se cantaba. A la orilla de algún riachuelo y a la sombra de los árboles tomaban
sus ligeros alimentos y luego andar... orar... cantar... Entrada ya la noche se pensó en
que, en dónde se irían a alojar, ya que las posadas no siempre estaban al alcance de
pobres mujeres poco habituadas a caminar tanto, por eso era necesario que se
adaptaran a lo que encontraran, pagando desde luego el hospedaje y por eso fueron a
ver qué les habría dado la abadesa para pagar los gastos del viaje y así le preguntaron a
Rita, que era la más grande y hacía las veces de superiora, que cuánto tenían; pero esta
pregunta le pareció a ella inútil. ¿Qué podía importar lo que la madre les hubiese dado?
Al fin y al cabo el cajero no era ella sino el buen Padre Celestial y a la providencia no se
le hacen cuentas. Rita no quiso que se pensase en esto, ni dejó abrir la bolsa común,
más aún pasando en ese instante por encima de un río sobre un puente que lo
atravesaba, dejó caer al fondo del agua aquel

[188]
dinero. Las hermanas se quedaron como estupefactas.
 ¿Qué vamos a hacer ahora, Hermana Rita?
 Confiar en Dios porque el que confía en Dios no quedará burlado.
 ¡Sí, pero la prudencia también es una virtud!
 Pero no dijo, acaso. Nuestro Señor, que no nos preocupásemos ni por lo que
comeremos, ni por lo que beberemos, ni por lo que vestiremos. Estando al
servicio de Dios ¿qué podremos temer? ¿No hemos hecho, acaso, voto de
pobreza?
 Sí pero...
 Y para poner término a aquella discusión, Rita quiso que las religiosas se
pusiesen a cantar himnos y salmos. Desde ese día no volvió a faltarles ni
alojamiento, ni comida y en todas partes se lo daban por amor a Dios hasta
llegar a Roma. Y las gentes les regalaban tanto de comer que les sobraba
muchísimo para darlo a los pobres o a otros peregrinos más pobres que ellas.
"Cada día trae su afán" había dicho el Maestro y así la discípula obraba en
consecuencia. En Roma fueron recibidas en un convento de su misma
comunidad. Descansaron un poco y luego se fueron a

[189]
visitar las iglesias. Roma no era en aquel tiempo lo que fue más tarde por obra del
renacimiento y del humanismo. Pero era siempre tan atrayente por la belleza de sus
montes y colinas, por sus monumentos antiguos y por su cultura ya que seguía siendo el
centro de la civilización cristiana.
Las santas peregrinas sólo pensaban en la sangre de los mártires, en la gloria de
los antiguos cristianos. Con fervor oraron en las basílicas de los Príncipes de los
Apóstoles, de Santa María la Mayor, de San Juan de Letrán. Al llegar a las sagradas
basílicas, lo primero que hacía la Hermana Rita era irse en busca del altar del Santísimo
Sacramento y allí en un rinconcito, con los brazos abiertos o cruzados sobre el pecho
permanecía de rodillas horas enteras sin moverse, como una estatua. Las gentes no
podían menos de caer en la cuenta de conocer esa santa religiosa tan devota, pero ella
no se daba cuenta de nada.
Feliz se sintió Rita al poder subir de rodillas la Escala Santa: había allí algo
realmente tangible para su amor sobrehumano y así va colocando sus labios sobre las
gotas de sangre divina e indeleble...
"Haz, Señor, que por los méritos de tu pasión que tuvo comienzo al subir los
peldaños

[190]
de esta Escala para entrar al pretorio, nuestras almas asciendan también, las de mis
hermanos, las de todos los hombres, las del Purgatorio y que todos lleguemos a Ti. Haz
que todos los días de nuestra vida ascendamos la escala de la perfección para llegar
hasta Ti y cantar en el cielo tus alabanzas por toda la eternidad". Las religiosas fuera de
estas visitas que hacían, se unían también a los peregrinos que andaban de una basílica
a otra: eran gentes humildes, pobres mujeres campesinas, a veces príncipes y señores,
siervos y obreros, soldados y burgueses; mendigos y forasteros de todo género y
condición e interminables filas de monjes, sacerdotes, religiosas, clérigos y seminaristas
que andaban salmodiando devotamente...
Señor, ten misericordia de nosotros.
Y los versos solemnes del "Miserere" y de los otros salmos penitenciales
resonaban en las calles de la urbe encontrándose y cruzándose por las diversas
peregrinaciones que los iban repitiendo al salir o al entrar de una basílica, generalmente
caminando detrás de una grande cruz de palo, llevada en alto por religiosos y eremitas
con los vestidos más extraños y sucios. Era la expresión de una humanidad anhelante
de perdón.

[191]
Los oradores sagrados nombrados de antemano o improvisados, dejaban oír su
voz en las iglesias, en las basílicas, y en las calles. Se veían los penitentes públicos con
grandes cruces sobre los hombros y que se encomendaban a las oraciones de los
peregrinos, los disciplinantes, revestidos de una túnica blanca que se iban flagelando y
gritando: "paz y misericordia" y no era raro el que sintiéndose inspirados subieran, sobre
una piedra, sobre un antiguo capitel románico y empezaran a arengar a la multitud,
exhortándola a las buenas obras y volverse luego a Dios, pidiéndole su bendición para él
y para sus oyentes. Días de gloria vivió Rita, pero el tiempo de regresar llegó también
para nuestras santas peregrinas. Una visita más, unas oraciones más en aquella tierra
santa, una mirada de despedida a la Alma Mater y a sus colinas, un nuevo acto de
agradecimiento a Dios por la gracia que les había concedido y ahora a regresar a Casia,
de jornada en jornada, alegremente, siempre cantando y comentando las cosas
extraordinarias que habían presenciado y las impresiones que todo ello había dejado en
sus corazones.
ESTIGMA
SOLEDAD
CONTEMPLACIÓN
PASIÓN DE CRISTO
PURGATORIO
AMOR DE CRISTO
ALMAS
REPARACIÓN
TENTACIÓN
COMPUNCIÓN
DESOLACIÓN
EUCARISTIA
VÍCTIMA
Estigma repugnante de Rita como víctima de reparación
Pág. 192-201

[192]
MISION DE AMOR Y DE DOLOR
Fatigadas pero inundadas de alegría, las buenas monjas llegaron a Casia una
tarde al caer el sol. Sus compañeras de claustro las rodearon al punto y todas querían
saber más y más de todas las maravillas que las peregrinas debieron de haber
presenciado en Roma. Al rato la campana daba la señal de que ya se debía guardar
silencio y así dirigiéndose a todas la Madre abadesa les dijo:
— Ya por hoy ofrezcamos al Señor una mortificación y vayamos todas a la celda.
Mañana nos acabará la Hermana Rita de contar sus peripecias en la hora del recreo y
así se retiraron todas en silencio.
Al otro día Rita no apareció por ninguna parte, así que después de los oficios
religiosos del día, la Madre abadesa fue a su celda para ver qué pasaba y ¡oh dolor! La
halló casi inmóvil en su lecho: la llaga de la frente abierta de nuevo con atrocidad mayor
y el lecho parecía todo bañado en sangre. Se llamó al mé-

[193]
dico, se trató de curarla; Rita a todo se prestaba pero manifestaba que todo sería inútil y
que esa sería la cruz que Dios le enviaba ya que de ello moriría. La fiebre había vuelto a
aparecer. En el lecho del dolor comenzó Rita a cumplir su misión de sufrimientos sobre
la tierra.
La misteriosa herida lejos de mejorar se ponía cada vez peor y más repugnante
hasta el punto que la sangre, la pus, los más repugnantes humores emanaban los
lienzos, los vestidos, las sábanas de su pobre lecho. Las mismas monjas, que no
dejaban de abrigar una gran veneración por la estigmatizada, ya casi no podían entrar
siquiera a su celda para acompañar esa pobre enferma que hacía el ambiente
absolutamente insoportable.
Las visitas tan frecuentes antes y que le impedían su oración y su trabajo con ese
recogimiento que ella misma deseaba, se hicieron más escasas hasta cesar por
completo; la única que allí entraba era la hermana enfermera que lo hacía porque era su
obligación, pero se demoraba poco, y así, después de decir a la santa unas palabras de
consuelo y de ánimo, más por formalismo que por otra cosa, volvía a salir y no se dejaba
ver en todo el día sino un momento antes de retirarse a su celda.
.
[194]
La enferma se daba cuenta perfectamente que ya no era sino una carga para la
comunidad. La misma abadesa no se asomaba por su mísera cámara. Cuando Rita
tenía necesidad de hablar se veía obligada a llamar una y varias veces.
 Oiga una cosa Hermana Rita, la madre no puede venir porque ha estado muy
ocupada. ¿No ve que aquí están las monjas de Asís? Por lo demás le manda
decir que inmediatamente que se desocupe vendrá. Que esté tranquila.. .
 No, no, ¿cómo se le ocurren esas cosas? Cómo se imagina que va a ser usted
un peso para la comunidad... Hasta luego Hermana Rita, ¡ya volveré!
 ¡Dios mío, que se haga tu santísima voluntad! Yo también estoy abandonada
de todos como lo estuviste Tú en la Cruz, pero que no me faltes Tú, y nada me
faltará.
Y volvía a ensimismarse en la consideración de la pasión del Salvador. Oigamos a
este propósito lo que dice el proceso de canonización: "Por esta época alcanzó Rita tan
alta contemplación, que en ocasiones pasaba quince días seguidos meditando en un
solo misterio de la Pasión de Cristo, y en ocasiones entregándose a la meditación al
ponerse el sol no termi-
[195]
naba sino al día siguiente cuando la luz entraba a raudales por la ventana de su celda, y
no pocas veces las hermanas la hallaron al entrar a ella, exánime, bañada en lágrimas y
completamente extasiada en su contemplación” .
Su oración en esta época era por todos y de I manera especial por las almas del
Purgatorio. "Se las imaginaba sumergidas en el lago de fuego y que le pedían socorro
alejadas como estaban de su Dios que tanto amaban; inventa entonces nuevas
penitencias, va siguiendo a Jesús hasta el Calvario, enrolada entre las santas mujeres;
en espíritu se trasladas la capilla y allí visita al Santísimo como lo hace también en todos
los sagrarios de la tierra. ¡Para ti Jesús no hay vallas que valgan y las distancias no
existen!" Trata de acompañar a Jesús en su soledad eucarística, y trata de desagraviarlo
por la soledad en que lo dejan la mayoría de los hombres, y en ocasiones se está horas
enteras en una inmovilidad absoluta para acompañar a Jesús en su inmovilidad de la
cruz y del Tabernáculo; la oración vocal dura en ocasiones horas y horas, tratando de
unificar todas las lenguas de la humanidad suplicante y se industria para ganar todas las
indulgencias posibles. Si logra le-

[196]
vantarse un rato besa primero el pavimento de su celda y sus ansias de amor son tales
que desearía tener todos los corazones de todos los hombres que existieron, existen o
existirán para amar con ellos a su Dios; desea para sí los ardores de los querubines y
serafines, los deseos de la Virgen Santísima, la sangre de todos los mártires, el candor
de todas las vírgenes, el celo de los Apóstoles para poder ofrecerlo todo al Padre, al Hijo
y al Espíritu Santo, a su Dios, para poder honrar su santo nombre y para que por todas
partes se haga su santísima voluntad. Si, ella quisiera... pero ¿quién es ella? No es
nada, no es nadie y es entonces cuando ofrece al Padre Celestial la Sangre de su Hijo
para que por esa Sangre Divina acepte su miseria y sus pequeños dolores. ..
Cuando piensa en los pecadores, la angustia la oprime más que nunca. Se postra
de rodillas en el suelo, junta su frente con el polvo y así permanece horas enteras,
inmóvil como si fuese la estatua del dolor sobre una tumba de mármol. "¡Piedad, Señor!
¡Piedad! ¡Perdónales que no saben lo que hacen!... ¡Despedázame a mí, hiéreme a mí,
mándame toda clase de dolores y de penas, pero ten misericordia de ellos! ¡Sálvalos,
Señor, por tu Sangre San-
[197]
tísima, haz que se arrepientan y que vayan un día al cielo a cantar tus misericordias!"
— Acuérdate, Jesús, que viniste a la tierra por ellos... que dijiste que no quieres la
muerte del pecador sino que se convierta y viva... todos. Señor todos...
¡Todos!... pero qué pocos son los que te conocen. .. Señor que venga a nosotros
tu reino. Multiplica las vocaciones sacerdotales, multiplica tus apóstoles en todo el
mundo... Tú eres el único que sabes lo grande que es el mundo... Tú sólo conoces lo
que necesita y lo que hay que hacer... Haz de mí lo que quieras y si es necesario
conviérteme en cenizas, pero que todos te conozcan, te amen, se salven,.. Descarga
sobre mí el peso de tu justicia pero a ellos ¡sálvalos!
Y Dios escuchaba sus oraciones y sus súplica y descendían sobre ella dolores,
crueles agonías, terribles convulsiones, dolores insoportables en las articulaciones y en
la cabeza, vértigos y de su herida se desprendía un hedor insoportable. En ocasiones se
le paralizaba la garganta hasta el punto de no poder pasar ni un trago de agua; los ojos
le ardían y en medio de todo sufría una soledad y un abandono completo. A las monjas
se les parecía como otro Job que había sido entregado

[198]
por Dios al demonio para martirizar y maltratar su pobre cuerpo. Y estas penas no eran
nada en comparación de los dolores que padecía su alma. Dudas, penas interiores,
incertidumbre, escrúpulos, todo la hacía sufrir. Ora era un mal pensamiento que le
asomaba a la mente, una pequeñísima falta de caridad, que no había reprimido
instantáneamente, y mil sutilezas que a nosotros no llegan siquiera a hacemos caer en
la cuenta. El demonio la atormentaba con imaginaciones, pensamientos, a veces
movimientos impuros que parecían iban a precipitarla en un vértice de pasiones
camales, y aunque ella permanecía inmóvil en su Dios, en ocasiones no podía saber
siquiera si aquellos ríos desbordados no la habrían salpicado al menos y temblaba de
pavor ante el pensamiento de que ese alud de miserias, no acabaran por arrastrarla
como arrastraba a tantos.
 Me creen una santa y no saben que soy una miserable, indigna de llevar el
vestido nupcial de las esposas de Cristo. ¡Las tentaciones son constantes,
constantes! Y si no fuera por la misericordia de Dios ya me habría sumergido
en los más tremendos pecados.
 ¡Si mis pobres compañeras de claustro se dieran cuenta de lo que soy
interiormente,

[199]
me arrojarían del monasterio como a una leprosa!
Su oración va en aumento como adelantaba más y más en el recogimiento, la
penitencia, el trabajo, nuevos espasmos de amor, más exámenes de conciencia y a
cada instante renueva y confirma su voluntad absoluta de odio mortal al pecado y de un
total abandono en Dios.
La oración y aun los éxtasis no le daban siempre el consuelo a que aspiraba,
porque en ocasiones el cielo aparecía por espacio de días enteros y aun semanas
cerrado para ella. En esas horas sentía el cansancio de la vida que se le hacía
intolerable e inútil mientras se imaginaba que iba a condenarse cayendo en la
desesperación.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? gemía entonces. ¡Si la muerte
viniera a sacarme de estos tormentos! Señor llévame contigo, pero no se haga mi
voluntad sino la tuya. Sólo la muerte lograría arrancarme de estos despojos de muerte
librándome del peligro de pecar. Oh muerte amada, ven ya y ponme en posesión de mi
Amado, pero. Señor, que no se haga mi voluntad.. .
La tempestad amainaba y entonces apare-

[200]
cía sonriente el rostro del Padre Celestial que venía a consolarla después de tanta lucha.
Ya no come, ni duerme y los sufrimientos son cada vez peores. Su cuerpo flaco,
débil, da la impresión de un esqueleto al que sólo le haya quedado la piel pegada a los
huesos por las penitencias, las vigilias, el trabajo constante, y siempre revestida de
humildad y mansedumbre; delante de sus hermanas se manifestaba siempre tranquila,
siempre llena de confianza, siempre dando la impresión de una hostia ofrecida al Dios
de los vivos. A todos sonreía, con todos se manifestaba gentil y a todos les decía una
palabra de consuelo o de ánimo, de paz y de amor. Cuando los médicos y la superiora le
imponían nuevos medicamentos les contestaba: "Haré lo que mandan, pero yo no me
curaré de esto, esto me llevará a la tumba".
Se encomendaba a las oraciones de todos y a todos les prometía oraciones, a su
vez sin más deseo que el de poder recibir diariamente la Sagrada Comunión y hacer la
voluntad de Dios. Postrada por el mal pero no vencida, Rita no conoció nunca debilidad
alguna ni con relación a ella misma ni con relación a los demás. Era una hostia y como
una hostia se ofrecía al Padre Celestial por la Iglesia, por

[201]
las almas, por la gloria de Dios, para cumplir su santísima voluntad y para que viniese al
mundo el reino de Dios. La peregrinación a Roma le abrió nuevos horizontes ya que en
el Alma Ciudad había visto a la madre de la cristiandad y a la cuna de la religión y había
percibido los horizontes infinitos del Reino de Dios, lo mismo que el abismo que había
que llenar para que viniese este reino. Y era por él por quien sufría, trabajaba, oraba,
amaba.
INMORALIDAD
PAGANISMO
Inmoralidad de la Época
Pág. 202-207 COSTUMBRES

[202]
SATANAS EN ESCENA
En este siglo de hierro, y de fuego, de sangre y de lágrimas todo había contribuido
un poco para alejar a la humanidad de los caminos de Dios, de la vida de la paz, de la
prosperidad y del bienestar social: la esclavitud de Aviñón, las luchas de los partidos, las
guerras que habían destruido en parte el patrimonio, el trabajo y la riqueza de
generaciones enteras. Estos males, a pesar de todo, no eran otra cosa que el fruto de
otros males más profundos, aunque menos perceptibles: la destrucción del patrimonio
moral e intelectual de los pueblos, por obra de las herejías de los años precedentes y en
Italia de manera especial por la de los llamados "Fraticelli"; agréguese a ellas las
herejías de Hus y de Wicleff que se habían engañado sobre todo principio de fe y de
autoridad; la teoría peligrosísima de que el Concilio era superior al Papa y como corona
de todo ello, el humanismo pagano, llamado renacimiento, que so pretexto de renovar el

[203]
estilo y la filosofía, había logrado infiltrarse en la mente y en los corazones la corrupción
antigua, lo que trajo una horrenda depravación de costumbres. Y fue precisamente en
esta atmósfera de corrupción y de vicio en donde vinieron a germinar los más grandes
ingenios de la época: novelistas, poetas, artistas. Ello tuvo su comienzo en Italia a finales
del siglo XII, extendiéndose luego por Francia, los Países Bajos, Alemania, merced a los
mutuos intereses comerciales y ello trajo como consecuencia lógica una renovación de
la moda dentro de una grande tendencia al lujo y a otros vicios que inficionaron toda
suerte de gentes. "A partir del siglo XIV, se manifestó ya un debilitamiento de la
autoridad pontificia en el espíritu mundano del clero, en la decadencia de la filosofía y la
teología escolástica y en las tremendas sacudidas de la vida política y civil".
Corrompiendo el sentido cristiano de la vida, fue este periodo de prueba para los
que veían en la vida una preparación para la eternidad, para los que deseaban
permanecer fieles a Dios, ya que la vida no tenía más sentido que el de que era para
gozar y para abandonarse cada uno a toda suerte de locuras; ya no se sabía
exactamente qué era lícito o

[204]
ilícito, justo o injusto y se llegó a considerar los tiempos pasados como tiempos de
ignorancia, en los cuales no había quién se sacrificase por un bien superior o por una
esperanza ultraterrena. Representantes de estos tiempos tan dolorosos y a pesar de
todo tan gloriosos, un Boccaccio, un Beccadelli, un Valla, un Poggio. Oigamos a Pastor:
"Las obras de Boccaccio transportan al lector a la deletérea atmósfera de la sensualidad
pagana. Es realmente espantoso el ver cómo ese genial maestro de la forma y de la
pintura, de los caracteres se burla de la modestia y del pudor cristianos. . ., sus libros
contienen cosas increíbles por lo que respecta al cinismo más nauseabundo". Y
Scartazzini escribe "que ni siquiera los más modernos en literatura realista habrían
podido llegar a superar las infectas descripciones del vicio que se hallan en estos
libelos".
Eclesiásticos, monjes y monjas son los predilectos de Boccaccio, a los que cubre
de ridículo con tan fino sarcasmo, que nadie le iguala presentándolos como modelos de
hipocresía y de inmoralidad.
Es Beccadelli de Palermo, autor de una serie de epigramas tan obscenos y
nauseabundos, que superan en mucho a las peores pro-

[205]
ducciones de la antigüedad. Todos los vicios de la antigüedad pagana, vicios que entre
cristianos no se pronuncian siquiera, vienen a ser glorificados por este autor. Los ágiles
versos del poeta retozan, con una sensualidad tan disoluta que producen vómitos, y esto
como si se tratase de los temas más inocentes. Valla, por su parte, "contribuyó con sus
venenosas doctrinas a enmarañar en grado sumo y casi a destruir los principios de la
moral cristiana". "El evangelio del Placer" afirma que cuando se trata del culto de los
sentidos, la moral y el pudor no pueden ponerle límites y que hay que acabar con ellos
como con algo inhumano". Y se lanzan contra la virginidad con proposiciones horrendas
e increíbles.
Hasta Valla los escritores, se habían concretado a atacar la parte, dijéramos así,
externa de la vida monacal, poniendo en la picota prevaricaciones, verdaderas o falsas
de los individuos, pero Valla se lanza contra la vida religiosa en sí misma, rechazando la
doctrina sostenida por la Iglesia, o sea que la vida monacal, en igualdad de
circunstancias, es más perfecta que la de los laicos. Pero no se detiene aquí: se lanza
igualmente contra la institución del papado.

[206]
"Valla es el autor de aquella afirmación tan repetida luego, de que el Papa es el
verdadero autor de todos los males que padece Italia, olvidándose, como más tarde dijo
Maquiavelo, que la Iglesia y sus Pontífices, fueron los salvadores para la humanidad de
los mejores elementos de la cultura antigua, suavizando la barbarie y coronando el
derecho popular en la edad media. Se olvida, de que los papas eran hombres y no
ángeles".
Poggio Bracciolini, por su parte, fue una de las figuras más sucias de esa época,
en él se cifran todos los vicios que reinaban en su época tales como la inmoralidad y la
más vulgar maledicencia.
Las clases superiores andaban a la caza de todos estos escritos infames, los que
leían ávidamente con esa curiosidad morbosa, que es propia del pecado y de los
placeres prohibidos, ya que esas clases "ávidas de placeres se dejan seducir más bien
de los placeres de Epicuro, que de las máximas del Evangelio del Salvador, de la
religión, de la continencia y de la mortificación".
Los frutos envenenados de estas doctrinas no se hicieron esperar. Oigamos una
vez más a Pastor: "Los vicios más tremendos que un tiempo fueron la maldición del
mundo, reina-

[207]
ban como una peste moral en las mayores ciudades de Italia y de manera especial entre
las clases más acomodadas. Nápoles, Florencia, Siena, Lucca, Venecia, parecían más
profundamente contagiadas. Y si nos vemos precisados a confesar que muchos de
estos se volvieron a Dios a la hora de la muerte y murieron después de haber recibido
los sacramentos, ello no obstante causaron grande mal, destruyendo en las almas y en
los coranes todos los fundamentos de la fe y de la moral".
Las clases altas, fueron infectadas en su totalidad y lo que es más doloroso, una
parte muy importante del rebaño de Cristo, el clero, que connaturalizándose con la
época y siguiendo el ejemplo que las clases altas le daban, se dejó enlodar de una
manera espantosa y arrancar sus más preciosas gemas: la disciplina y la moralidad,
especialmente el celibato, sustituyéndolo por el lujo y la sensualidad".
FRANCISCANOS
PREDICACIÓN
DOMINICOS
SANTIDAD
Contraste de santidad en medio de la inmoralidad
Pág. 208-214

[208]
EL DEDO DE DIOS
Todos los Pontífices se habían preocupado por esta situación haciendo cuanto
estuviese a su mano para que las dignidades eclesiásticas fuesen el premio de la virtud
y no de la sangre.
Santa Catalina de Siena no tuvo escrúpulos en señalar con las más duras
expresiones la conducta de los malos pastores de la Iglesia, excitando al Papa a
proceder enérgicamente contra los indignos "que están manchando y corrompiendo el
jardín de la Iglesia".
Humanamente hablando el mal parecía incurable. Pero Dios suscitó hombres
santos e ilustres para su celo y por la santidad de su vida, para luchar contra la
corrupción y en defensa de la cultura y de la Iglesia de Dios, quienes se atrajeron la
admiración aún de personas que no pensaban como ellos, tales como Bernardino de
Siena, Antonio Rímini, Silvestre de Siena, Juan de Prato, Antonio de Bitonto, Roberto de
Lecce, Bernardino de Peltre,

[209]
Miguel de Milán, Antonio de Vercelli... todos franciscanos.
Estos santos varones recorren, incansables, ciudades y aldeas predicando, y casi
siempre con grande éxito, a multitudes inmensas, la conversión y la penitencia, la
mansedumbre y la paz. Frecuentemente el recinto de la Iglesia es pequeño para
contener las multitudes que entonces se reúnen en las plazas públicas donde miles de
personas esperan a veces horas la llegada de los predicadores. Toda oídos aquella
multitud, oye en silencio largas conferencias, sin que vengan a interrumpirlas otra cosa
que los sollozos o el grito de "misericordia". Los resultados son extraordinarios debido a
la popularidad de los predicadores, a sus imágenes y comparaciones siempre
impresionantes, a su vida santa y todo coopera a los más insólitos resultados. Ni se
piense que los asistentes a estas misiones, son únicamente las clases humildes de la
sociedad, sino que a ellas asisten aristócratas, príncipes y personajes importantes.
Fuera de los predicadores había otros santos que con su vida enseñaban a la gente a
vivir del Evangelio, Santa Catalina de Bolonia, el beato Tomás Bellaci, Mateo de
Girgenti, Gabriel Gerretti, Angel de Calatafimi, Antonio

[210]
de Estroncone, Pacífico de Cerdeano, Pedro de Molino, Angel de Quivaso, Angelina de
Marsiano, Angela Catarina... todos beatificados y pertenecientes a la orden de San
Francisco.
La orden de los dominicanos dio a la Iglesia las siguientes lumbreras en el cielo de
la santidad: San Antonino, obispo de Florencia, quien halló en el beato Fray Angélico de
Fiésole un gran cooperador, para que por medio del lenguaje del arte, moviera con dulce
violencia los corazones hacia lo eterno, de la misma manera que lo hicieron los místicos
con sus escritos, fuera de éstos, los beatos Antonio Neyrot de Nápoles, Constanzo de
Fabriano, Juan Dominici, Jeremías de Palermo, Antonio de Eclesia, Bartolomé de
Cerveüs, Mateo Carrieri, Andrés de Pesquiera, Cristóbal de Milán, Bernardo Scarmarca
y entre las mujeres Santa Catalina de Siena, la más grande de su siglo, Margarita de
Savoia, Cristina Visconti... Fuera de estos se pueden contar santos entre los jesuítas,
agustinos, camaldulenses, cardenales como Albergati, arzobispo de Bolonia, y en Roma
santa Francisca Romana y el gran taumaturgo San Francisco de Paula en la Calabria.
Frutos de éste género, no se dan en árboles

[211]
corrompidos hasta la médula, como decían de la Iglesia sus detractores en sus escritos
mentirosos. Por obra de estos apóstoles, de estos santos, una gran parte del pueblo,
pudo permanecer inmune a la corrupción general y aún de ella se escaparon muchas
familias nobles que conservaron las virtudes cristianas en su hogar.
Típico representante de esta edad y de la premura de la Iglesia por la educación
cristiana de la juventud, fue el gran Victorino de Feltre. Este varón santo y sabio con la
ayuda del marqués Francisco de Gonzaga, fundó en Mantua la llamada "casa de juego",
gracioso instituto de educación al que dedicó toda su persona, aquí se enseñaba a la
juventud a pensar y a no delirar. Victorino vigilaba con grande cuidado la conducta
religiosa y moral de sus alumnos ya que, como él mismo lo decía, la verdadera cultura
no puede encontrarse sino donde se hallan en íntima unión la ciencia, la religión y la
virtud. Cuando un monje pedía a Eugenio IV que le permitiera ir al instituto de Victorino
el Pontífice le contestaba: "Ve, hijo mío: te confiamos al más piadoso y más santo de los
hombres". A su escuela acudieron nobles, no sólo, de todas las regiones, sino de Italia y
Francia, Alemania y los

[212]
Países Bajos. Federico Urbino, notable por su ciencia y su cultura, hizo pintar en su
palacio un retrato de Victorino de Peltre con esta inscripción: "Al santo maestro, Victorino
de Feltre que con sus enseñanzas y ejemplos me enseñó la dignidad humana".
El sexo débil dio igualmente ejemplo de vida cristiana y evangélica y no hablemos
siquiera de aquellas santas mujeres cuyas virtudes heroicas han sido reconocidas por la
Iglesia, sino de aquellas que viviendo en medio de una atmósfera totalmente viciada
permanecieron fieles a su bautismo y supieron llevar una vida santa en medio del
esplendor y de la riqueza. Por ejemplo Battista de Montefeltro (1384-1448) hija del conde
de Urbino y esposa de Galeazzo Malatesta, señor de Pésaro. Un antiguo manuscrito de
la biblioteca de Pésaro cuenta: "Madona Battista fue una mujer de grande santidad en su
vida y costumbres y el espejo de su siglo por la fama y por la virtud. Después de casada
siguió llevando una vida santa y muy piadosa; leía con frecuencia las Sagradas
Escrituras y de ellas sacaba grande fruto. Muy caritativa con los pobres a los que
socorría con frecuentes limosnas. Vestía siempre de paño de lana y era muy penitente.
De lo que a ella pertenecía

[213]
daba por amor de Dios, constantemente y siempre con licencia de su marido.
Pertenecía a una familia de las más nobles de Italia, pero renunció al mundo, a
sus obras y vanidades y quiso morir para el mundo y vivir para Dios. Fue tanta la fama
de sus virtudes que muchas mujeres se convirtieron por su vida santa y cambiaron de
costumbres por su ejemplo. Movía no sólo por su ejemplo, sino también por su palabra
pues fue elocuentísima y así perseveró hasta el fin de su vida, la que terminó
santamente como había vivido.
Excelentes humanistas cristianos atacaron a sus adversarios paganizantes con
las mismas armas de ellos, y en su mismo campo echando por tierra el pedestal de su
desmesurada ambición. Merece recordar a Gianozo Monetti, Ambrosio Traversari, Jorge
Carraro, y con ellos un gran número de doctos eclesiásticos. Pastor escribe al propósito:
"fueron los ministros de la Iglesia los salvadores en medio de las grandes catástrofes del
siglo, de las estupendas obras de arte antiguo, tratando de ponerlas al servicio del
cristianismo. En especial los monasterios fundados y protegidos por los Papas,
realizaron grandes proezas con tal de salvar los tesoros intelectuales de la antigüedad.

[214]
No hacían ellos otra cosa que seguir las directivas de la Iglesia. "Los escritores
paganos se han de estimar no sin medida y de una manera apoteósica, pero
prudentemente y encaminarlo todo al espíritu cristiano. No ver en ellos la parte unilateral
únicamente de la forma sino que se ha de utilizar de acuerdo con los intereses de la
religión y de la moral. La erudición se ha de fundar con la conducta cristiana".
La Iglesia, entretanto, se preocupa no sólo por vivir, sino por llevar la vida a otros
pueblos. Un escritor no por cierto muy desapasionado escribe: "En el vértice mismo del
precipicio ella piensa no solamente en salvar a los cristianos que se hallan en peligro en
las playas de Marruecos, sino que su pensamiento vuela también a los que todavía no
se han convertido y vela por ellos con el mismo celo con que trata de defender a la
cristiandad amenazada".
AMOR DE DIOS
SANTIDAD
ENAMORAMIENTO
El Señor regala a Santa Rita una rosa en invierno e higos en primavera
Pág. 215-218

[215]
NIMBO DE AMOR Y DE ORO
El invierno del año de 1439 —el último que pasó Rita en este mundo— se
caracterizó por lo intenso y rígido. Las nevadas en Casia eran abundantísimas y de
Rocaporena no venía nadie, pero como la santa se agravaba por momentos casi, la
abadesa pensó que era conveniente hacerlo saber a la única pariente, que tenía en su
pueblo natal por si deseaba verla por última vez... Vino, en efecto, y Rita la recibió llena
de alegría.
 Pero miren a quién tenemos acá.. .
 Sí, Rita, tuve que venir hasta Casia y no quise regresar sin venir a verte.
¿Cómo sigues?
 Bueno. . . como Dios quiere y como lo quiero también yo.
Conversaron por largo rato plácida y tranquilamente y ya para salir la buena mujer
le dijo:
—Si se te ocurre algo para Roca estoy a las órdenes: al fin yo tengo que volver
aquí dentro de unos diez días.

[216]
—Sí, sí, le contestó Rita. ¿Te acuerdas del jardincito de mi casa? Pues bien, creo
que no sea mucha molestia. Entra en él y allí encontrarás una rosa roja, me la traes.
Bueno, ponerse a discutir con una moribunda no es lo más sensato del mundo, y
se limitó a responder:
 Estamos en pleno invierno y seguramente no regresaré aquí antes de la
primavera, pero puedes estar tranquila que las primeras rosas serán para ti.
 Dios te lo pague, respondió la santa, y que la gracia del Señor ande siempre
contigo.
 ¿Por qué se afana por esto? dijo a la pariente la superiora. ¡No se da cuenta
que la pobrecita no sabe siquiera lo que dice, está tan grave! La pariente volvió
a Roca caminando por en medio de la nieve y entre tanto iba pensando: ¡pobre
Rita! Antes que las rosas florezcan en el jardín de su casa, ya no estará en
este mundo, si consiguiera la rosa se la llevaría, es una santa...
Para llegar a su propia casa tenía necesariamente que pasar delante del jardincito
de los Mancini, y como por no dejar volvió a mirar hacia adentro y lo que vio casi la hace
perder el sentido: en medio de la candida nieve

[217]
se destacaba el rosal y en él vio una bellísima rosa color de fuego.
Se acercó a él, como puede uno acercarse a una reliquia, cortó la rosa
separándola delicadamente de una rama que parecía muerta, se la llevó a los labios
como si fuese una flor caída del cielo mientras las lágrimas inundaban sus mejillas. De la
rosa se desprendió al punto un tan exquisito aroma, como no lo había sentido nunca,
como nunca había visto tampoco una flor más bella.
Conmovida hasta lo más íntimo de las entrañas no pensó ya en otra cosa que en
volverse a Casia.
 Mira, Rita, mira. ..
 Gracias, querida, pero no es para mí; ponía a los pies del Crucifijo, es para El y
los ojos se le llenaron de lágrimas.
Al entrar la primavera la misma pariente volvió a Casia y como la otra vez
preguntó a Rita si algo se le ofrecía para Roca. En esta ocasión tampoco deseaba nada
para ella, pero, óyeme, le dijo: me gustaría que la madre abadesa probara los higos de
mi huerto, ¿por qué no me traes unos cuantos?
—Con mucho gusto, pero no se olvide que estamos en mayo y que los higos no
empiezan a madurar hasta fines de julio...

[218]
Nada importa, ya verás como vas a hallarlos. En esta ocasión la pariente que
había tenido la experiencia de la rosa creyó y llegada a su pueblo corrió al huerto a
buscar los higos mirando por debajo de las hojas y separando las ramas.
 ¿Qué está buscando? le preguntó una vecina.
 Higos maduros.
 ¿Usted está loca, o está bromeando?
 Ni loca ni bromeando. Higos había, bellísimos y completamente maduros.
Rita recibió los higos de las manos trémulas de su pariente, los dividió entre la
abadesa y las demás religiosas y todas estaban de acuerdo que nunca habían comido
higos tan dulces ni tan perfumados.
¡Cómo es Dios de delicado con sus siervos!
Unos días más y Rita está en vísperas de sus Bodas Eternas. La lámpara del
Señor daba sus últimas llamaradas en este mundo, pero no menos luminosas que las
primeras. Su ofrecimiento era completo, voluntario, absoluto.
PAZ
AMOR ESPONSAL
MUERTE
OBEDIENCIA
FRAGANCIA
OLOR A SANTIDAD
Muerte serena y en paz de santa Rita
Pág. 219-222

[219]
LA ESTRELLA VA A OCULTARSE
Es su último día.
Alrededor de su lecho, se hallaban el médico, el confesor, las religiosas. Se le trae
el Santo Viático... Señor, yo no soy digna de que tú entres en mi pobre casa... Sal de
este mundo, alma cristiana. . . Yo quiero que se rompan estas ataduras... Señor no se
haga mi voluntad sino la tuya. Delante de su mente volvía a pasar toda su vida. La casa
paterna, el padre, la madre, el esposo, los hijos, el valle lleno de sol, y las colinas llenas
de olivares, el río Corno. El camino que tuvo que recorrer aquella noche horrible, su
tierra querida, las tumbas amadas e inolvidables, la sangre de su esposo derramada allí
en esa callejuela en esa noche tremenda...
La madre abadesa empezó a recitar las primeras oraciones de los agonizantes
rodeada de todas las monjas quienes traían cirios encendidos.
"Ven, esposa de Cristo, a recibir la corona..."

[220]
Todos lloraban, sólo ella permanecía tranquila y serena. ¡Cuánto había deseado
aquella hora para poder unirse con su amado!... Un tranquilo recogimiento se
manifestaba en todo su ser. Quién hubiese podido pensar que fuese tan dulce morir.
Sonó el Angelus y recitó con las otras la salutación angélica.
Dirigiéndose a la abadesa le dijo que ya se acercaban sus últimos momentos.
— No, Hermana Rita, el médico y el padre espiritual dicen que no está tan grave.
Ella callaba, pero bien sabía que uno bien se puede morir aunque el médico o el
padre espiritual no lo crean o no lo sepan.
Al atardecer las religiosas vuelven a rodear su lecho; una conmoción inusitada
hace que todas se sientan traspasadas de dolor: ella las mira a todas tiernamente. Yo
voy al cielo les dice, si mis pecados no me lo impiden... pero confío en la misericordia
infinita de Dios nuestro Señor. La abadesa se le acerca:
 Hermana Rita, ¿no tiene que decirme nada que le pueda servir a la
comunidad?
 Madre mía, ¿qué puede decir esta miserable que es la más ignorante de
todas?
Un consejo que nos pueda ayudar para mejor observar nuestra vida religiosa

[221]
— Si me lo pide le diré esto: Una comunidad donde cada uno piense en su propia
santificación sin preocuparse más que por hacer lo que se le manda es un paraíso... Las
peores religiosas son aquellas que andan a todas horas llevando chismes a la
superiora... Las que se quejan de todo y de todas son indignas de llevar el hábito de las
esposas de Cristo.
Se quedó un rato como dormida, abrió luego los ojos y levantando los brazos
exclamó como quien ve acercarse una persona muy amada: "ya voy, Dios mío. . . ya
voy. . . ¡Oh, cuánto te amo!"
Y cerró los ojos, tranquilamente, dulcísimamente, adormentándose como niño que
se queda dormido en el seno de su madre.
Su alma se había separado de ese cuerpo al cual había reducido a la
servidumbre, al cual había anonadado con su penitencia, con el sacrificio, con la
renuncia total de los bienes sensibles y volaba como una paloma para unirse con su
Bien Supremo.
Las monjas entonaron el "De Profundis" y luego se retiraron de la celda, mientras
la enfermera preparaba el último vestido que habría de lucir: el de la tumba; las candidas
tocas monacales rodearon aquel rostro que parecía ahora como el de una niña.

[223]
Cuando estuvo ya preparada, la abadesa volvió con todas las monjas para
estudiar allí las lecciones de la muerte. Se abrió la puerta de la celda y apareció allí
extendida en su mísero lecho como una víctima que acaba de ser sacrificada, bella, con
toda la belleza de la niñez. La superiora no puede ya ocultar su dolor; aquella religiosa
era carne de su carne y hueso de sus huesos y empezó a llorar como una madre que
acaba de perder su único hijo. Pero era un dolor que traía el consuelo de la esperanza
pues sabía que ya tenía una intercesora en el cielo. Un dolor humano no habría hallado
consuelo alguno.
Se le puso el manto de la orden y se la colocó en el suelo sobre una alfombra,
sobre su pecho llevaba el santo Crucifijo.
Cuatro días estuvo expuesta a la veneración de los fieles que acudieron de todas
partes para orar a su lado. Era gente de Casia, de los alrededores, sacerdotes y
religiosos y todos experimentaban el suave aroma que se desprendía de su cuerpo.,.
fragancia extraña que embriagaba y atraía a todos.
CURACIÓN
CURPO
INCORRUPTO
SANTA RITA
Abogada de lo imposible
Pág. 223-226

[223]
PETALOS DE ROSA
Los visitantes se detenían ante el sagrado cadáver conmovidos y admirados;
objetos piadosos eran tocados a los santos despojos de la santa, y conservados, luego,
como una reliquia; entretanto corrió la voz de que se había verificado un milagro y la
multitud fue tal, que hubo que colocar gendarmes para contenerla. El milagro era cierto:
aquella pariente suya que le había llevado la rosa y los higos, tenía desde tiempo atrás,
un brazo totalmente paralizado; se había acercado al cadáver y tratando de tocar con él
el cuerpo de la difunta; al punto sintió como una fuerza extraña e inmediatamente
empezó a moverlo como el otro. ¡Estaba curada!
Se le dio sepultura en la iglesia del monasterio en presencia de una inmensa
multitud, de todo el clero de Casia y del obispo de Espoleto. Poco después todo el
mundo empezó a recurrir a Santa Rita en casos desesperados o reputados como tales:
enfermedades incu-

[224]
rables, causas difíciles, pestes, incendios, situaciones irremediables, pecadores
empedernidos, restituciones; obras de caridad inesperadas se alcanzaron por su
intercesión. ¡Para la abogada de imposibles todo era posible!
Su sepulcro se veía lleno de ex-votos que llovieron desde los primeros días y que
hoy no cabrían en ninguna parte si manos sacrílegas de soldados extranjeros no los
hubiesen retirado de allí.
Ya para el año de 1457 la comunidad había hecho construir un sarcófago digno
de la santa con las limosnas y ex-votos que continuamente llevan sus devotos al
sepulcro, y desde el año de 1490 empezó a dársele título de "Beata", aún la Iglesia no
había dicho nada al propósito. En 1520 por intercesión de Santa Rita se libró la región
del terrible flagelo de la peste bubónica y las autoridades civiles siguieron celebrando el
aniversario de este favor con una procesión y un ex-voto de varias libras de cera. En
1577 se construyó la primera iglesia en su honor y en el año de 1595 también empezó a
celebrarse su fiesta; el 22 de mayo, dándose principio a las continuas peregrinaciones
de toda Italia que desde esta fecha no han cesado nunca y en ac-

[225]
ción de gracias por haberse librado Casia de un terremoto que azoló toda la región, la
municipalidad de aquella ciudad empezó a celebrar una procesión de penitencia cada
año. En 1625, se hizo el reconocimiento de su sepulcro habiéndose hallado el cadáver
de la santa completamente incorrupto como si se le acabase de dar sepultura, mientras
en 1627 el Papa Urbano concedía a las diócesis de Espoleto y Módena el privilegio de
poder celebrar la misa votiva en honor de la Beata Rita de Casia extendiéndose este
privilegio más tarde a toda la orden de San Agustín.
El 16 de julio de 1628 fue solamente beatificada y el año de 1900 el Papa León
XIII la elevaba finalmente a la dignidad de los altares con el título de Santa.
Su culto sin embargo se había extendido por todo el mundo: España, Portugal, las
Islas Filipinas, América, Asia, Africa...
Bajo todos los cielos, en todas las latitudes, a lo largo y a lo ancho, no quedó
ángulo de la tierra donde no se invocara a Santa Rita de Casia, especialmente en los
casos más desesperados por lo que todo el mundo empezó a llamarla "abogada de
imposibles".
Ahora, no me queda sino desearte a ti, amigo lector, que nos encontremos un día,
al

[226]
salir de este mundo (no es que tenga afán de ello propiamente, pero al fin y al cabo es
inevitable) reunidos con Jesús que es nuestro Salvador, pero también será nuestro Juez.
Lo único que puedo asegurarte es que esa entrevista será feliz para los dos si luego de
haber vivido lo que Dios quiere en este mundo como condenados a muerte, hemos
podido imitar las virtudes de Santa Rita de Casia, la abogada de imposibles.

También podría gustarte