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Capadocia: Geografía y Cultura Cristiana

Este documento resume el contexto histórico y geográfico de la región de Capadocia en la antigüedad tardía, época en la que vivieron y trabajaron tres de las figuras más influyentes del cristianismo primitivo: los Padres Capadocios. Describe la ubicación y diversidad paisajística de Capadocia, su historia de influencias culturales como el imperio romano, y el papel central que jugaron los Padres Capadocios, especialmente San Basilio, en configurar el cristianismo en la región y defender a

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Capadocia: Geografía y Cultura Cristiana

Este documento resume el contexto histórico y geográfico de la región de Capadocia en la antigüedad tardía, época en la que vivieron y trabajaron tres de las figuras más influyentes del cristianismo primitivo: los Padres Capadocios. Describe la ubicación y diversidad paisajística de Capadocia, su historia de influencias culturales como el imperio romano, y el papel central que jugaron los Padres Capadocios, especialmente San Basilio, en configurar el cristianismo en la región y defender a

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San Basilio

Contexto

Situación geográfica y política: la región de Capadocia

El paisaje lunar de Capadocia, ubicada en la península de Anatolia, se extiende por 91.000


km₂ entre el lago Tuz Golu hasta Melitene, situada a las orillas de un afluente del Éufrates,
y desde el elevado Ponto, en el norte, hasta el Taurus, en el sur, con sus mesetas y volcanes.
Su particular topografía está bañada por el río Halys, cuyos 1100 kms recorren una tierra
seca, elevada, luminosa y adornada por graciosas cuevas resultantes de la erosión del
terreno.

A pesar de la particularidad de su geografía y de lo inhóspito que resultara el paisaje para


un griego o romano citadino, Capadocia fue un lugar de encuentro e influencia de
diferentes culturas. Asirios, hititas, griegos, persas y romanos mantuvieron diferentes
relaciones con la región, contribuyendo a la construcción de su identidad y a la
configuración de una región que daría al mundo cristiano tres de las figuras más influyentes
de la Antigüedad Tardía: los Padres Capadocios.

A propósito de la variedad de paisajes físicos y culturales de la región de Capadocia,


Cooper y Decker afirman:

La extraña geografía se veía adornada por un grupo de gente políglota. Los ecos de la
lengua de los nativos podrán oírse hasta el siglo VI y más allá. El persa también
estaba bastante arraigado. Alejandro Magno había dejado el legado de un particular
helenismo y aunque el griego se hablaba, nunca fue la lengua exclusiva en la región.
Los habitantes de Armenia también enriquecían la zona lingüística, especialmente en
los confines1.
En el año 17 d.C, el emperador Tiberio anexó al Imperio Romano la Provincia de
Capadocia, luego de que muriera el último rey capadocio, Arquelao, el cual, engañado por
Tiberio viajó a Roma dejando a su reino a merced de las tropas imperiales.

1
Cooper, Decker, Life and Society in Byzantine Cappadocia, 16.
Durante la segunda mitad del siglo I se anexaron también las regiones del Ponto y de
Armenia menor, pasando así de una relación clientelar, como la que se había mantenido
durante el s. I a.C, a una de subordinación, pues al ser provincia imperial, el Emperador
mismo era el encargado de nombrar al gobernador (legatus augusti). Uno de los elementos
centrales de esta relación fue, sin duda, el proceso de urbanización y de implementación del
modelo administrativo romano. Así, durante el primer siglo de influencia romana el proceso
de asimilación cultural se dio en cuatro importantes centros urbanos y administrativos:
Cesarea, Koloneia, Melitene y Tiana. “La concentración de riqueza y poder en estos
centros, había determinado su primacía en sus respectivas áreas rurales de influencia, razón
por la cual se constituyeron naturalmente en capitales administrativas del imperio
romano”2. Esto significó reformas urbanísticas, mejoras en infraestructura, aumento
demográfico e institución de la presencia militar imperial; la ciudad de Cesarea, es un claro
ejemplo de este proceso. También se fundaron nuevas ciudades, algunas de las cuales
habrían de constituirse en centros militares y otras se habrían desarrollado sobre el esquema
romano impuesto.

La influencia helenística y romana, a pesar del aislamiento natural del terreno, no sólo se
vio en el ámbito administrativo y político, sino también en el cultural. En este aspecto, vale
la pena destacar el lugar del juego y los espectáculos, centrales en el mundo antiguo
mediterráneo. Uno de los deportes que se menciona con mayor frecuencia en diferentes
fuentes es el de la caza a caballo, lo cual se halla íntimamente asociado con la fama de los
caballos capadocios3, extendida desde los tiempos del dominio griego. En tiempos de los
Padres, por las alusiones que ellos mismos hacen, puede deducirse que la crianza de
caballos y la utilización de los mismos en actividades lúdicas y deportivas estaba
ampliamente difundido y asociado a un cierto bienestar económico. En su “Homilia contra
la riqueza”, Basilio hace alusión a aquellos que centran su vida en la acumulación de bienes
materiales y a las prácticas excesivas asociadas a este tipo de vida:

Poseen innumerables carros cubiertos de bronce y plata; unos para portar sus pertenencias,
otros para transportarlos a ellos. Tienen numerosos caballos descendientes de nobles padres,
como sucede entre los hombres. Unos los pasean elegantemente por la ciudad, unos son
2
Ibíd, 24.
3
Sobre las fuentes antiguas relativas a la importancia de los caballos en la región, véase Teja, “El deporte en
la Capadocia romana”.
usados para la caza y otros son enjaezados para el viaje. Sus bridas, correas y cubiertas son
todas de plata, todas con aderezos en oro, mantas de púrpura adornan a los caballos como si
fueran novios4.

Como puede entenderse del anterior pasaje, los usos a los que eran dedicados estos caballos
eran muy diverso, pues se usaban ya para la caza 5, ya como medio de transporte o como
símbolo de cierta posición social.
Sin embargo, hay otro aspecto fundamental por el que, sin duda, fueron muy apreciados los
veloces y finos caballos capadocios: su uso para la guerra. A propósito de esto, Teja afirma
que la importancia de los caballos en cuestiones militares “justifica las disposiciones
dictadas por Justiniano para conservar las yeguadas imperiales lo que hacía de Capadocia
una provincia estratégica desde el punto de vista militar. Naturalmente, el caballo constituía
también uno de los principales animales de tiro de la provincia, junto con las mulas y de
ello tenemos abundantes testimonios” 6.
En su condición de provincia, en los primeros siglos de la era cristiana, Capadocia estaría
sometida a las contradicciones, dificultades, crisis, guerras y novedades propias de dicho
momento histórico.

La Capadocia cristiana

“Con anterioridad a Constantino la Iglesia había experimentado la división y la disidencia


doctrinal. Pero las acusaciones de falsas creencias y enseñanzas y la imposición de la recta
opinión episcopal se habían mantenido en el plano de las palabras, en el que la persuasión,
el consenso y la retórica eran las principales armas” 7. Estos métodos se modificaron una
vez que el emperador empezó a tener participación directa y activa en la vida eclesial, en el
caso de las disputas donatistas y arrianas, la repuesta imperial no fue otra que la ley. De
Constantino en adelante, obispos y emperadores recurrirán a edictos, leyes, y otros
procedimientos legislativos y administrativos para resolver las cuestiones doctrinarias y
fijar la ortodoxia.

4
Basilio, “Contra la riqueza”, I-II.
5
Acerca de la caza como afición asociada a la nobleza,
6
Teja, “El deporte en la Capadocia romana”, 487.
7
Escribano, “El cristianismo marginado”, 399.
Así, en su estructura institucional, la jerarquía eclesiástica del s. IV se configuró a partir de
las comprensiones administrativas propias del Imperio Romano: cada ciudad tenía un
obispo cuyo espacio de acción coincidía con la división provincial establecida por el
Imperio. Esta coincidencia llevaba a que necesariamente la figura del obispo tuviera un
fuerte carácter político, por lo que su elección, si bien en muchas ocasiones se hacía por
consenso popular, podía necesitar de la aprobación directa del Emperador o de un
funcionario imperial. Además de participar en la elección o destitución de obispos y
autoridades eclesiásticas, los emperadores del s. IV tomaron parte activa en las tremendas
disputas doctrinales que marcarían dicho periodo. Si bien el poder imperial logró imponerse
en muchas ocasiones, también es necesario resaltar que los obispos sobresalientes,
comprometidos con su pueblo e ideal de vida cristiana, asumieron como propias las
necesidades populares increpando al poder imperial en caso de ser necesario. A propósito
de esto, vale la pena recordar la intervención de Basilio a favor del pueblo frente a un
asunto fiscal en el año 372.

Otra consecuencia de la relación entre el poder temporal y el poder espiritual fue la


concreción de los mismos en la construcción de iglesias, antes de Constantino, “las familias
de la nobleza local habían invertido sus riquezas en la construcción de edificios públicos
(baños, pórticos, teatros, templos, estadios): todo esto se iba a la ruina con la crisis del
Imperio y en su lugar se erigían edificios de la comunidad cristiana” 8. En este cambio de
aspecto de los centros urbanos se ve con claridad el paso de los valores y las virtudes
grecorromanas, entre las cuales se destaca la magnanimidad, a las virtudes cristianas, como
la justicia social, de las cuales los Padres Capadocios y en especial Basilio, serán grandes
exponentes.

La situación geográfica y cultural de Capadocia, determinó sin duda su particular manera


de asumir la vida cristiana: la difusión del ascetismo, la fuerza del monacato tanto
masculino como femenino, la ardorosa tendencia espiritual y la opción por los pobres y los
necesitados son manifestaciones de una serie de dinámicas y concepciones del mundo
ligadas al lugar en el que se originaron. Si bien, como afirma Moreschini, la asistencia
social era practicada en el Imperio Romano desde siglos atrás, con la acción de Basilio, en
Cesarea y las regiones aledañas, se pasa de un asistencialismo ocasional a una verdadera
8
Moreschini, I padri cappadoci, 18.
política de compromiso social cristiano. Gracias al testimonio de varias homilías, nos es
posible conocer una difícil situación que se presentó en la región a causa de la carestía del
año 368, frente a la cual se invocaba la ayuda entendida como virtud primordialmente
cristiana, pues en el pobre y en el hambriento está Cristo.

En lo que concierne a la particularidad espiritual de la región, vale la pena detenerse en la


figura de Eustacio de Sebaste, el cual según el historiador Sozomeno, introdujo la tradición
monástica en Asia Menor. “Eustacio proponía una vuelta al ideal evangélico original
exigido a todos los cristianos, que la Iglesia condenaba por su radicalismo, sus
implicaciones sociales y su componente crítico”9, razón por la cual muchas de las posturas
de Eustacio fueron condenadas en el Concilio de Gangra, llevado a cabo en el 355. Si bien
la figura de Eustacio fue crucial en los primeros años de formación de la personalidad de
Basilio, la adhesión del primero a propuestas heterodoxas relacionadas con la Trinidad,
marcó el fin de su relación. Así, la propuesta ascética y monacal de Basilio debe entenderse
en su originalidad y particularidad, pues la formación recibida le permitía llevar a cabo una
integración de la filosofía griega con los ideales de la espiritualidad propia de la región y de
las influencias recibidas en los viajes realizados. No sin razón se afirma que “Basilio
representa la síntesis del ideal ascético de inspiración neotestamentaria con la cultura
griega, una espiritualidad que caracteriza a los capadocios”10.

Contexto familiar

San Basilio nació en una numerosa familia de tradición cristiana que, en la época de las
persecuciones de Maximino, se refugió en la región más remota del Ponto, cumpliendo un
importante papel en el proceso de cristianización de la misma. El abuelo materno había sido
perseguido y martirizado durante las persecuciones de Diocleciano, la última y más
sangrienta de las persecuciones iniciada en el año 303.

Su abuela, santa Macrina la mayor, había conocido a Gregorio el Traumaturgo, famoso


obispo de Neocesarea al cual se atribuye la cristianización de la región de Capadocia.
Discípulo de Orígenes y portador de una imponente sabiduría y espíritu evangelizador,
9
Marcos, “El monacato Cristiano”, 663.
10
Ibíd.
según las palabras de Basilio y su hermano Gregorio, el Traumaturgo animado por un
espíritu profético y apostólico encontró muy pocos cristianos en el Ponto, pero pronto logró
que todos acogieran su fe, se convirtieran e hicieran de la región un centro cristiano.

Su padre Basilio, hábil rétor y abogado, se ocupó de la primera instrucción de sus hijos y
veló por que continuaran sus estudios en los centros culturales de mayor renombre.

Varios de sus hermanos, Santa Macrina, San Gregorio de Nisa, San Pedro, así como su
madre Emelia, la cual queda viuda muy joven aún, entregarán su vida al servicio de Dios y
dejarán un enorme legado doctrinal y espiritual, cuya actualidad y pertinencia son objeto de
estudio, reflexión e inspiración hoy.

Los años de formación

Basilio y sus hermanos Gregorio y Naucracio tuvieron una educación clásica, pues aún no
existían instituciones de educación cristiana, la cual consistía en recibir una primera
instrucción en gramática, para después pasar a la retórica y la dialéctica. La habilidad
retórica de los integrantes de la familia era ampliamente conocida, el padre, también
llamado Basilio era profesor de retórica e instruyó a sus hijos en las primeras letras.

En sus años de formación, Basilio recibió el influjo de la paidea griega: conoció y


profundizó en el pensamiento platónico y tuvo contacto con los maestros y sofistas que
frecuentaban la Atenas de la primera mitad del siglo IV, ciudad que para ese entonces
gozaba aún de prestigio intelectual y era considerada la capital cultural por excelencia. En
dicha ciudad conoció a su gran amigo Gregorio de Nacianzo, allí “los dos jóvenes
capadocios se destacaban entre sus compañeros por tres cosas: su diligencia y éxito en el
estudio, su fortaleza y vida devota y su mutuo aprecio”11.

Basilio se forma con maestros de gran renombre, Imerio y Proerecio en Atenas, entre el 350
y el 357, y Libanio en Constantinopla. Sus habilidades retóricas son innegables, su obra
refleja una magistral apropiación de los elementos de la retórica clásica y de la segunda
sofística, los cuales aplicó sobre todo, en la adecuación y el discurso teológico en ámbito
eclesial.

11
Philip Schaff, Henry Wace (eds). Nicene and postnicene fathers. XV
Las características propias de la formación clásica implicaban el estudio y conocimiento de
los grandes clásicos griegos, por lo que no es de extrañar que en estos años se diera un
acercamiento y profundización tanto de la filosofía como de la poesía y la retórica. En sus
homilías y panegíricos es posible rastrear esta influencia, pues tópicos del pensamiento
clásico como el Sumo Bien12, la vida feliz, el orden del universo se integran a la reflexión
cristiana y a la alabanza de los mártires que ocupan un lugar central en la tradición de la
región de Capadocia. Como anota Moreschini “los conceptos filosóficos están siempre
subordinados a una reinterpretación en sentido cristiano, en la que la Escritura ofrece un
significado último y preponderante”13.

Luego de los años dedicados a los estudios clásicos, Basilio hizo una serie de viajes, de los
cuales conservamos alusiones fugaces, aunque se piensa que fue en ese periodo intermedio
donde se tomó la decisión de buscar una vida cristiana y ascética y no optar por la carrera
civil que habría podido ser muy fructífera para un hombre con el ingenio y la preparación
de nuestro santo.

Bautismo, ascetismo y ordenación

Una vez terminados los estudios en el 355 regresó a su patria y según la usanza cultural y
familiar, es probable que se hubiera desempeñado como maestro de retórica.

En el año 358, según la usanza de la época de bautizarse en edad adulta, recibió el bautismo
de manos de Dianio, obispo de Cesarea, y movido por las historias de experiencias de vida
ascética practicada por comunidades en Egipto, Palestina, Alejandría, Siria y Mesopotamia,
y probablemente por el ejemplo de Eustacio de Sebaste, decidió radicarse por un periodo
junto al Iris en el Ponto. Acerca de las motivaciones de esta opción vital y espiritual existen
dos opiniones distintas, la primera daría crédito a las afirmaciones de Gregorio Nacianceno
según el cual la influencia de la hermana Macrina fue fundamental en la opción por la vida
monástica, pues Macrina, desde el 352 se había radicado en una comunidad ascética en la

12
En el panegírico Sobre la mártir Julita leemos: “El gozo del Paraíso, la gloria en el Reino, los mismos
honores que los ángeles y la contemplación de Dios; esto constituye el Sumo Bien para quienes fueron
considerados dignos de los bienes, a ese Sumo Bien aspira toda la naturaleza racional”. Esta última idea puede
encontrarse tanto en la Ética a Nicómaco (1094) como en la Retórica (1362 a - 1363 b), obras a las que
Basilio seguramente se dedicó en los años de formación en Atenas.
13
Moreschini, Claudio; Norelli, Enrico. Historia de la literatura cristiana antigua griega y latina, 121.
población de Anesis en el Ponto, en un terreno de propiedad familiar 14. La segunda, en
cambio, pone el acento en un camino de búsqueda espiritual iniciado con la filosofía y
enriquecido por los ejemplos de cristianos entregados al ascetismo, el silencio y la oración.

A propósito de este periodo, Moreschini afirma que si bien no es posible datar con total
certeza y establecer el orden exacto de los acontecimientos, a partir del estudio de la
correspondencia, se puede deducir que no se trató de un arco de tiempo ininterrumpido en
el que se sentarían las bases del monacato posterior con el que Basilio tendría relación toda
su vida, sino que el joven Basilio y su amigo Gregorio Nacianzeno buscaban una
experiencia de vida alejada de los avatares de la vida civil, para poder dedicarse al estudio y
la oración y el fortalecimiento de la vida espiritual y la búsqueda de la verdad 15. Una
epístola enviada a Gregorio nos consiente recrear tan enriquecedora experiencia y nos
permite entrever su ánimo en esos momentos:

Allí es donde Dios me ha mostrado un paraje tan conforme a mi carácter. Es una montaña
alta cubierta de espeso bosque, y regada al norte por límpidas y frescas aguas. A sus pies se
extiende una llanura en suave pendiente continuamente empapadas por aguas que rezuman de
la montaña. (...) Pero el mejor elogio que podríamos hacer de este paraje es que, por su
capacidad natural de producir toda clase de frutos, gracias a su favorable situación produce,
lo que para mi es el mejor de los frutos: la tranquilidad. (Ep. 14, 1-2).

Fruto de este retiro son sus primeras obras, a saber, Moralia, De Iudicio y Asceticon, así
como la compilación de escritos de Orígenes realizada con Gregorio, conocida como
Filocalia. La importancia de Orígenes será innegable en muchas de las consideraciones de
Basilio, pero, sobre todo, en lo concerniente a su comprensión de la Sagrada Escritura y a
su propuesta exegética.

En el año 362 Basilio volvió a Cesarea, fue ordenado sacerdote por el obispo y asumió su
actividad pastoral con entrega, pasión y un profundo sentido comunitario. Eusebio 16, el

14
Para profundizar la conformación de centros espirituales ascéticos y monásticos femeninos en la región de
Capadocia durante el s. IV, véase Elm, Susanna, The organization and institution of female asceticism in
fourth century Cappadocia and Egypt.
15
Véase. Moreschini, Introduzione, 17.
16
Gregorio de Nacianzo ofrece una interesante descripción de la situación y particularidad de la elección de
Eusebio como sucesor de Dianus, pues aquél no estaba bautizado ni pertenecía al círculo de este último.
Además, se afirma que al poco tiempo de su elección, varios obispos se quejaron frente al emperador Juliano
el Apóstata que se detuvo en Cesarea en su viaje de Constantinopla hacia Antioquía, por las irregularidades en
la elección de Eusebio. El Apóstata ordenó su deposición, mientras el pueblo de Cesarea apoyó a su obispo.
Cfr. Or.18
obispo de la ciudad, lo invitó en calidad de asistente a la ciudad de Anesis donde sostendría
un encuentro con el emperador. No conocemos en detalle dicha reunión, pero es probable
que el ímpetu y la preparación de Basilio opacaran a Eusebio, lo que pudo haber causado
problemas en su relación. Vale la pena recordar que ésta no había sido nunca la mejor, pues
Eusebio era consciente de la influencia de Basilio en la ciudad, de su buen nombre y apoyo
por parte del clero y otros sectores influyentes de la sociedad, entre esos el monacato por él
instituido y regulado, lo cual se constituía en motivo de inestabilidad para su episcopado.

Por estas razones, Basilio tomó distancia de Cesarea por un tiempo, aunque la oportuna
intervención del gran amigo Gregorio, contribuyó para una pronta reconciliación y luego de
una corta ausencia, Basilio se incorporó a sus labores en la vida pastoral.

Obispo

En el año 370 murió el obispo Eusebio y Basilio fue elegido, no sin conflictos internos,
como su sucesor. Los primeros años de obispado, Basilio tuvo que enfrentar la difícil tarea
de combatir el arrianismo17 del emperador romano de Oriente, el neoarrianismo y el
sabelianismo18 presentes en la región y la heterodoxia de diversos obispos relativa, en
especial, a cuestiones trinitarias y pneumatológicas.

Después de las persecuciones de Juliano el Apóstata, el emperador Valente había


emprendido una campaña en contra de todo aquel que fuera fiel al credo de Nicea, sobre
todo, en distintas regiones de Asia Menor. Basilio supo manejar la situación mostrando así
sus habilidades políticas y retóricas y en el 371 tuvo que enfrentar la división de Capadocia
en dos regiones, estrategia de Valente que buscaba disminuir el área de influencia de
Basilio. Según el nuevo ordenamiento político, Capadocia Primera conservaba a Cesarea
como capital, mientras que Capadocia segunda tenía su capital en Podandos y luego en la
ciudad de Tiana. Esto ocasionó no pocas dificultades políticas y administrativas, pues para
compensar la situación, el obispo de Cesarea se vio en la necesidad de crear nuevas sedes
episcopales y de ubicar en las mismas a personas de confianza, en Nisa, nombró a su

17
Para profundizar en el origen, difusión y papel del arrianismo en el s. IV, véase Simonetti, Manlio, La crisi
ariana nel IV secolo.
18
El sabelianismo es el movimiento de los seguidores de Sabelio, sistematizador del modalismo, esto es, la
tesis según la cual no hay distinción entre la divinidad de las personas divinas. Sabelio consideraba a la
divinidad como una mónada que se expresaba en tres operaciones; también utilizaba la imagen de proyección
para explicar la relación entre el Padre y las otras dos personas de la Trinidad.
hermano Gregorio; en Sasima, una región muy pobre, a su amigo el Nacianceno; en Iconio
al amigo Anfiloquio. La experiencia, desafortunadamente, no fue positiva para Gregorio,
pues éste no estaba preparado para asumir las responsabilidades propias del cargo y tenía
intereses personales relacionados con su propia concepción de vida cristiana.

Además de la confrontación doctrinal con el arrianismo, era también urgente ocuparse del
cisma de Antioquía, pues lo que sucedía en la tercera ciudad en importancia del Imperio de
Oriente, tenía repercusiones de toda la región y en la Iglesia. La división se había originado
a partir del destierro del obispo Melecio 19, acusado por los arrianos de sabelianismo, y el
nombramiento en su lugar de Euzoio20, primero, y de Paulino, después. Basilio,
simpatizante de Melecio y convencido de la posibilidad de una salida pacífica, intentó
intervenir en su nombre, por medio de varias cartas y una embajada, frente al papa Dámaso,
aunque no tuvo éxito. En la Epístola 70 es posible rastrear esta discusión y acceder a uno de
los principios eclesiológicos de Basilio: la iglesia debía ser más universal en su
organización y asumir desde el gobierno central, los problemas de las regiones.

La confrontación con Paulino y con el otrora amigo Eustacio de Sebaste habría de


extenderse por varios años más, pues ambos se alejaban del credo de Nicea y manejaban
hábilmente a sus comunidades y a las autoridades superiores tanto orientales, como
Occidentales. Cuando Basilio confiaba en la lealtad de Eustacio, el cual había ejercido una
profunda influencia en su concepción del ascetismo y la vida espiritual, éste “dio el vuelco.
Falsificó la correspondencia entre Basilio y Apolinar de Laodicea, y lo acusó de triteísmo.
Basilio obligado a reconocer que la ruptura era definitiva se defendió en una homilía”21.

La honda preocupación que la escisión de la Iglesia causaba en Basilio se expresa a través


de la metáfora náutica, otro elemento propio de la retórica clásica, del naufragio. Así se
expresa en una bellísima carta enviada a los obispos de Occidente en el año 372: “todo aquí
es sufrimiento, hermanos veneradísimos, y la Iglesia cede ante los continuos asaltos del
enemigo, como un navío en medio del mar azotado por las olas que se van sucediendo, a

19
Los obispos occidentales y el papa Dámaso veían en Melecio, neoniceno, una amenaza para la ortodoxia
nicena, a pesar de los esfuerzos de Basilio, por lograr una conciliación, la balanza se inclinó hacia los
filoarrianos.
20
Se trató de un obispo arriano de considerable influencia, pues fue fiel seguidor y amigo cercano de Arrio.
Véase, Simonetti, La crisi ariana, 345, ss.
21
Azzalli Bernardelli, “Introducción”, 13.
menos de que nos llegue pronto una visita de la bondad del Señor” 22. En el mismo año, a
Valeriano de Iliria, escribe como sigue: “y que el Dios santo ordene este viento y esta mar,
de modo que se nos libre de las olas agitadas y embravecidas en que ahora nos hallamos, en
la espera siempre de un completo naufragio”23.

Sólo un Concilio ecuménico habría puesto fin a esta situación, sin embargo, en vida,
Basilio no obtuvo el apoyo de Roma ni las respuestas necesarias para superar los conflictos
internos de la Iglesia oriental.

Las complicadas relaciones políticas y las disputas doctrinales no eran las únicas
preocupaciones del obispo de Cesarea. Como pastor se preocupó por las condiciones de
vida de todos los fieles de su diócesis, dando testimonio de verdadero compromiso cristiano
en la creación de hospicios, albergues y refugios para los más necesitados. Organizó un
complejo de atención para los más vulnerables que contaba con habitaciones y espacios
necesarios para la asistencia y cura de los pobres y enfermos, dicho centro, conocido como
Basiliada y ubicado a la salida de Cesarea, fue inaugurado en el 374. No se trataba de un
simple lugar de acogida, sino de una amplia estructura dotada de todo lo necesario para la
atención médica y para la práctica de la vida cristiana. Lo anterior fue motivo de gran
admiración, tanto entre sus colaboradores, como entre sus contradictores, incluso, el
emperador Valente le ordenó que visitara diferentes comunidades en la región para que
hiciera las intervenciones necesarias en ámbito social. Tal fue el caso de Armenia, región
de delicado equilibrio por su posición para el Imperio y para el reino de Persia. Luego de
una expedición a la región y ya consciente de la importancia de Basilio para la región,
Valente, tal vez como prueba de la intención de lograr un acercamiento a pesar de las
diferencias doctrinales, encargó a Basilio de asumir la cuestión humanitaria de Armenia. El
encargo fue recibido, sin embargo, nuestro obispo no obtuvo la acogida que esperaba y sólo
pudo lograr un acercamiento en la zona más occidental.

Después de una brillante carrera, Basilio murió en el 379, antes del Concilio de
Constantinopla, el cual fijaría su doctrina trinitaria. No mucho después de su muerte le fue
otorgado el título de Magno y se inició la promoción de su culto, como lo demuestran las
dos magníficas Oraciones compuestas por Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo.
22
Ep 90. 1
23
Ep 91.
Aportes doctrinales de San Basilio a las disputas teológicas de su tiempo

En el siglo IV se constituyen la ortodoxia y la doctrina de la Iglesia, se trata de un proceso


que se venía configurando desde los siglos precedentes, pero que llega a su punto de
máxima madurez con los Padres capadocios. La segunda mitad del siglo se caracterizó por
la necesidad de autocomprensión y sistematización doctrinaria e intelectual frente al poder
Imperial y la cultura clásica. Por su formación, carácter, habilidades políticas y retóricas, la
figura de Basilio fue central en este proceso.

En primer lugar, vale la pena tener presentes sus precisiones al dogma de Nicea,
relacionadas con la distinción de las tres hipóstasis en la única ousia divina. Durante los
años de formación cristiana de Basilio, esto es entre el 355 y el 360 24, la disputa acerca de
la consustancialidad de las tres personas de la Trinidad se había revivido en las propuestas
neoarrianas de Eunomio de Cízico25 y de Aecio de Antioquía26, expertos dialécticos y
rétores. Para ambos, la diferencia entre la naturaleza del Padre y el Hijo es tal, que se trata
de dos naturalezas completamente distintas entre sí, de lo que se sigue que el Hijo sea
totalmente inferior al Padre. La radicalidad puesta en la distinción (anomoios) hizo que tal
herejía recibiera el nombre de anomeísmo.

Los anomeos, neoarrianos de segunda generación, encabezados por Aecio y Eunomio de


Cízico, no podían aceptar ningún tipo de semejanza entre el Padre y el hijo basada en una
teoría nominalista y, por lo tanto, en una metafísica y una gnoseología derivantes de la
misma, pues ésta no les permitía distinguir el sentido de la semejanza 27.

Sobre la cuestión de la manera de nombrar a Dios, central en todo el pensamiento cristiano


de la Antigüedad Tardía y la Edad Media, Simonetti afirma que Eunomio recurre a los
conceptos de la tradición filosófica derivando exclusivamente, y de manera arbitraria, el
carácter de la naturaleza divina de la definición de ingenerado, así como su relación con el
24
Durante estos años, se celebrarán cuatro concilios convocados por Constancio con la intención de superar
las divisiones causadas por las disputas trinitarias.
25
Para mayor información sobre la disputa entre los Padres Capadocios y Eunomio de Cízico en torno a las
cuestiones trinitarias, véase Vigorelli, Ilaria.
26
Aecio fue obispo de Antioquía y se le atribuye la fundación de la secta anomea que predicaba la
desigualdad entre el Padre y el Hijo.
27
Vigorelli, Ilaria, 213.
Hijo. De este modo, “al desarrollar el concepto de Dios como ingenerado, Eunomio
propone de manera implícita su interpretación de la relación Padre-Hijo: la diferencia de los
nombres ingenerado-generado indica una diferencia esencial”28 . Esta será la premisa a
partir de la cual se desarrolla toda su argumentación y que Basilio enfrentará con agudeza y
propiedad en su obra Contra Eunomio, compuesta entre el 363 y el 364. En esta obra, “el
método seguido por Basilio consiste en recorrer minuciosamente el texto de Eunomio, citar
al pie de la letra los párrafos esenciales y luego refutarlos pieza por pieza”29.

A propósito de la afirmación neoarriana según la cual el nombre ‘ingenerado’ determina la


esencia, Basilio demostrará “que esta traslación de significado ha introducido una
reducción del sentido del nombre revelado, dejando de lado la relacionalidad que el nombre
“Padre” introduce en el modo de ser de Dios, el cual debe pensarse como Padre e Hijo y
Espíritu”30.

Además del neoarrianismo de Eunomio y Aecio surgió otra corriente, el homeusianismo,


encabezada por Basilio de Ancira y Jorge de Laodicea. En el año 358, Basilio se dirigió a la
corte imperial de Sirmio con la intención de defender el símbolo de los homeusianos.
Debido al desempeño exitoso que tuvo en su apología, el emperador le pidió que convocara
un sínodo en su ciudad con la intención de aclarar las disputas arrianas y semi arrianas en
torno a la semejanza entre el Padre y el Hijo. La solución propuesta por Basilio consistió en
afirmar que el Padre es semejante, homoios, en todo, al Hijo. Sin embargo, esta propuesta
no resolvía la cuestión terminológica y por lo tanto, no era suficientemente fuerte para
enfrentar ni al arrianismo radical, ni a los sostenedores del credo niceno, en el cual no se
había establecido una clara distinción conceptual entre ousia e hypostasis, dando origen a
un amplio número de lecturas e interpretaciones heterodoxas. Simonetti trae la referencia
que sintetiza la posición de Basilio de Ancira como sigue: “lo semejante no puede
identificarse con aquello que es semejante” así, el Hijo y el Padre son semejantes, pero no
uno31.

28
Simonetti, Manlio, La crisi ariana, 256
29
Drobner, Hubertus, Manual de patrología, [Link] Barcelona, 2001.
30
Ibíd, 218.
31
La cursiva es mía
A mitad de camino entre los homeusianos y los anomeos, estaban aquellos que se habían
mantenido fieles a la tesis subordinacionista sostenida por Eusebio de Nicomedia: los
homeos. Liderados por Acacio, sucesor de Eusebio, consideraban que el hijo era semejante
(homoios) al Padre, aunque no en todo como proponía Basilio y los homeusianos.

Si bien la posición del obispo de Ancira generaba no pocos retos argumentativos y


doctrinales en la disputa, una jugada política habría de zanjar la situación en una dirección
distinta. En el 357 se convocó el concilio de Sirmium, en el que el poder político fue
protagonista y decidió avalar la posición de los homeos, el Hijo es semejante al Padre.

En el año 359, el emperador Constancio, preocupado por la unidad de la Iglesia, convocó


un Concilio en la ciudad italiana de Rimini, en el acta de apertura del Concilio se afirmaba
que la intención del mismo era la de trabajar por la paz, la concordia y la unidad cristianas,
laceradas a causa de las recurrentes disputas doctrinales. Un dato de no poco valor es el
hecho de que se afirmara explícitamente que no podían tomarse decisiones relativas a la
situación en Oriente y que al finalizar los trabajos, se enviaría una comisión encargada de
reunirse con los obispos orientales. La decisión inicial del Concilio fue la de no reformar el
credo niceno, atenerse a cuanto ya había sido establecido y tratar de resolver las cuestiones
terminológicas, sin embargo, la comisión filoarriana, convenció a Constancio de no aceptar
los resultados del Concilio y de transferir la reunión conciliar a la ciudad de Adrianópolis.
Después de una larga espera, pues los emperadores debían atender lo relativo a la guerra
con los persas, y de amenazas y tergiversaciones de lo que ocurría con los obispos
orientales, reunidos en Seleucia de Isauria 32 por las mismas razones, los obispos
occidentales se vieron obligados a firmar una resolución que no obedecía de ninguna
manera a sus principios doctrinales. Aunque el texto no era abiertamente arriano, resulta
evidente su dirección y tendencia: se omiten pasajes bíblicos relacionados con la divinidad
del Hijo, mientras se pone el énfasis en aquellos que pueden ser útiles para los intentos
argumentativos arrianos33, se modifica la propuesta de Basilio de Ancira eliminado la
fórmula “semejante en todo” y dejando sólo el término semejante, homoios. “La victoria de
los homeos –y por lo tanto del arrianismo- se consumó en el siguiente concilio de
Constantinopla (360), convocado por el emperador en la capital de Oriente para sancionar
32
El concilio de Seleucia, ciudad de Asia Menor, se inició el 27 de septiembre del 359.
33
Para profundizar en este tema, véase, Simonetti, Manlio, La crisi arriana, 232 ss.
el final de la disputa”34. Esto tuvo como consecuencia el efectivo control arriano de las
sedes episcopales más importantes de Oriente y el exilio de todos los que no habían
firmado la fórmula propuesta. Sin embargo, nuevos cambios se avecinaban y la querella
habría de reavivarse, primero, con Juliano el apóstata y, luego, con Valente.

Con la clara intención de debilitar el cristianismo, Juliano se separó del plan de acción de
Constancio que buscaba la unidad. Por esta razón, autorizó el regreso de todos aquellos que
habían sido alejados de sus cargos y sedes episcopales. La primera consecuencia de dicha
política fue la reinstauración del credo niceno en algunas regiones occidentales y el
recrudecimiento de la disputa en Oriente, tal y como pretendía Juliano. El sucesor de
Juliano, Joviano, no tenía la experiencia suficiente para resolver la cuestión que había
llegado a un punto crítico y fue presa de las diferentes facciones enfrentadas sin lograr
restablecer la unidad.

Con Valente, de actitud confusa y vacilante, se repitió la situación que se había vivido bajo
el gobierno de Constancio. En efecto en el 365 “promulgó en Antioquía un edicto por el
cual ordenaba expulsar de sus sedes a aquellos que, habiendo sido exiliados por
Constancio, se habían acogido después a la ley de amnistía de Juliano”35. Sin embargo, a
pesar de la persecución de Valente, nuevos aires teológicos se esparcían por la región y se
preparaba el terreno para el renacimiento de un nicenismo oriental. Protagonista de este
movimiento renovador fue San Basilio, “llamado a ser el campeón de la ortodoxia nicena
en Asia Menor”36

Aunque San Basilio no vivió para ver la resolución dogmática definitiva (Concilio de
Constantinopla 381) de la que fuera la más intensa disputa doctrinal del siglo IV, sus
aportes y las elaboraciones de Gregorio de Nisa y Gregorio de Nacianzo, están a la base del
esclarecimiento conceptual decisivo. Para San Basilio la ousia debía entenderse como lo
general indeterminado, mientras que la hypostasis es la realización individual y concreta y
surgen de un complejo de propiedades de las que depende su individualidad. Así, en cuanto
a la relación entre el Padre y el Hijo, debe afirmarse que: “propiedad del Padre es la de que
no debe su existencia a ninguna otra causa; es decir que es el origen no originado; mientras

34
Escribano, “El cristianismo marginado”, 439.
35
Ibíd. 441.
36
Ibíd.
que la propiedad del Hijo es el ser engendrado por el Padre, del cual es expresión personal
y recepción dialógica”37.

Otra de las disputas trinitarias que merecían toda la atención y el ingenio de Basilio en su
condición de obispo y pastor, fue aquella relacionada con la divinidad del Espíritu Santo, en
este aspecto el aporte de los padres Capadocios es innegable y se constituye en un momento
fundamental de la configuración doctrinal de la Iglesia católica. Basilio aborda la cuestión
en repetidas ocasiones y en varias obras38, entre las cuales se destacan el Contra Eunomio y
el Tratado del Espíritu Santo. La primera, como se afirmó antes, es la respuesta a la
Apología de Eunomio, obra compuesta en un momento en el que la cuestión del espíritu
santo tenía particular relevancia dentro de la discusión trinitaria, razón por la cual el
neoarriano le dedica un espacio considerable en sus reflexiones. La segunda, última obra de
Basilio escrita en el 375, se constituye en una especie de testamento, pues está dirigida al
amigo Anfiloquio, obispo de Iconio que preocupado por la disparidad de posiciones
requería conocer con claridad la posición de Basilio.

La posición de Eunomio y de los de los anomeos sobre el Espíritu Santo estaba en clara
concordancia con todo su pensamiento:

si el hijo se podía definir creatura no como las otras criaturas, el Espíritu Santo no puede ser
más que criatura, la primera de las criaturas creadas por el Hijo. Los pasajes Jn. l, 3; Col. l,
16; I Cor. 8, 6 (aquí se dice que todo ha sido creado por medio de Cristo) son interpretados
por Eunomio en el sentido más extensivo, comprendiendo en todo también al Espíritu Santo,
que en cuanto tercero en ser nombrado en la profesión de fe, es también tercero tanto en
naturaleza como en orden.39

En su Apología puede leerse la siguiente definición: “uno solo es el Espíritu santo, la


primera y la mayor de todas las cosas hechas por el Hijo, por mandato del Padre, creado por
la actividad y por el poder del Hijo”40.

Otras posiciones heterodoxas como la macedoniana, movimiento encabezado por


Macedonio de Constantinopla41, consideraba que no era posible honrar al Espíritu Santo
37
Scheider, T. Manual de Teología, 40.1
38
Las epístolas también representan una fuente importante para conocer la posición de Basilio frente a tan
importantes discusción, veáse, en particular, Ep. 125 y Ep 159.
39
Simonetti, 258
40
Eunomio, Apología, 28.
41
Macedonio, expulsado de Constantinopla en el 360, había afirmado que la dignidad del Espíritu Santo se
reducía a la de diácono y siervo, razón por la cual no podía considerarse semejante a las otras dos personas de
pues su importancia con respecto al Padre y al Hijo es inferior, su naturaleza, según esta
propuesta sería similar a la de los ángeles y de ninguna manera igual o semejante a la de las
otras dos personas de la trinidad.

Basilio, en total contraposición a Eunomio y a los macedonianos y pneumatómacos,


afirmaba la consubstancialidad de la naturaleza divina del Espíritu Santo y no aceptaba
ningún tipo de subordinacionismo o jerarquización. “El Señor al hacernos entrega del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no los entregó juntos con número, pues no dijo en
primer lugar, en segundo y en tercero, ni en uno, en dos y en tres, sino que por medio de
nombres santos nos agració con el conocimiento de la fe que conduce a la salvación”42

El punto de partida en su argumentación era la Escritura misma, esto con la intención de


responder a sus adversarios que decían basarse exclusivamente en el Libro Sagrado y de
defenderse de aquellos que lo habían increpado por usar una nueva fórmula doxológica en
la liturgia en la que se cambiaban las preposiciones para dar el mismo lugar a las tres
personas: “Gloria al Padre junto con el Hijo, con el Espíritu Santo”. La fórmula tradicional
daba lugar a interpretaciones heterodoxas, pues las preposiciones elegidas incidían en su
sentido: “Gloria al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo” 43. Frente a sus críticos y
detractores, Basilio afirmaba que en las Escrituras, se hace alusión a las personas de la
Trinidad usando las preposiciones de manera indiferenciada, lo cual probaría que no es
posible establecer una jerarquía relacionada con tener mayor dignidad o valor.

En su obra se lee: "Si el Señor no ha querido unir a Sí al Padre y al Espíritu Santo en la


fórmula bautismal, que tampoco nos atribuyan a nosotros esa unión; pero si, por el
contrario, se manifiesta ahí la unión entre las tres divinas Personas, entonces que nadie nos
acuse de seguir la Escritura"44.

La posición de Basilio en su tratado Sobre el Espíritu Santo es clara: es igual al Padre y al


Hijo en naturaleza, dignidad y operación. Sin embargo, tanto Simonetti como Moreschini 45
afirman que ni en el tratado en cuestión, ni en las epístolas dedicadas a la pneumatología,
la Trinidad. Véase, Simonetti, La crisi ariana, 364.
42
Basilio, El Espíritu Santo XVIII, 44.
43
Basilio, El Espíritu Santo I, 3.
44
Basilio, El Espíritu Santo, 112b.
45
Moreschini, Padri Cappadoci, 280 ss.
Basilio se refiere a la tercera persona de la Trinidad como Dios. En la indagación acerca de
las razones de dicha omisión, los dos estudiosos coinciden en afirmar que pudo tratarse de
cuestiones de política eclesiástica y de dinámicas prácticas 46, pues Basilio tenía la firme
convicción “de que en materia de fe era mejor no ir más allá de lo que no pudiera ser
fácilmente corroborado por las Sagradas Escrituras y en relación con el tema de la plena
divinidad del Espíritu Santo, así como sobre la espinosa cuestión de su origen, la Escritura
no era del todo explícita”47.

Consciente de todas las dificultades y de la altura de la cuestión, Basilio buscó apoyo en la


Tradición y muestra cómo su doctrina se halla en consonancia por la expresada por
autoridades como san Ireneo, Clemente Romano, Orígenes, entre otros, inaugurando así un
modo propio de proceder en cuestiones teológicas durante toda la Antigüedad tardía y la
Edad Media. A propósito de esto, el P. Drobner afirma:

el capítulo 29 del tratado Sobre el Espíritu Santo alcanzó significado especial en la historia de
la teología porque Basilio utiliza ahí por primera vez, en sentido estricto, la prueba patrística
(argumentum patristicum). Cierto que la Iglesia había alegado desde el principio, y de modo
creciente durante las controversias dogmáticas del siglo IV, el testimonio probado de la
Tradición. Pero Basilio, aduce aquí por primera vez, las tesis de toda una lista de Padres de la
Iglesia para apoyar su argumentación, más concretamente el uso del  σύν en la doxología48.

A las batallas de su tiempo Basilio se enfrentó con todas las fuerzas de su fe y con las
herramientas que su agudísimo ingenio le ofrecía. Respondió con altura a las más
intrincadas cuestiones doctrinales, políticas, eclesiológicas e iluminó el oriente cristiano
griego con sus aportes en lo concerniente al monacato, el ascetismo y la espiritualidad.

Bibliografía

Basilio de Cesarea. El espíritu santo. Roma: Ciudad Nueva, 2015.

----------------------. Panegíricos a los mártires. Homilías contras las pasiones. Roma:


Ciudad Nueva, 2007.
46
Prueba de esto sería la Epístola 71 en la que Basilio le escribe a Gregorio que es inoportuno aseverar en
forma dogmática una doctrina con la que una mayoría considerable, sobre todo de homeusianos se hallaba en
claro desacuerdo. Por la fragilidad política era necesario tratar de mantener la unidad y no ceder a posibles
provocaciones y nuevas disputas.
47
Ibid, 285.
48
Drobner, Hubertus, Manual de Patrología, 322
Cooper, Eric; Decker, Michael. Life and Society in Byzantine Cappadocia. New York:
Palgrave McMillan, 2012.

Drobner, Hubertus. Manual de Patrología. Barcelona: Herder, 2003.

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Moreschini, Claudio. I Padri Cappadoci, storia, letteratura, teología. Roma: Cittá Nuova,
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Vigorelli, Ilaria, “Basilio di Cesare e la sua attenzione alla relazione nella contesa trinitaria
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