Carlos David Reyes Ávila
Mariología
P. Bernardo Quintero
II de configuradora
Exhortación Apostólica Marialis cultus de S.S. Pablo VI, 1974
El papa se propone hacer una lectura de la devoción de la Iglesia hacia la Santísima Virgen en medio del tiempo
actual, luego del Concilio Vaticano II. Enumera que el culto a la Virgen tiene raíces profundas en la Palabra
revelada y sólidos fundamentos en las verdades de la doctrina católica, tales como:
- La singular dignidad de María, Madre del Hijo de Dios y, por lo mismo, Hija predilecta del Padre y templo
del Espíritu Santo; por tal extraordinaria gracia aventaja con mucho a todas las demás criaturas, celestiales y
terrestres.
- Su cooperación incondicional en momentos decisivos de la obra de la salvación llevada a cabo por su Hijo.
- Su santidad, presente desde su concepción y que, fue creciendo a medida que se adhería a la voluntad del
Padre y recorría el camino del sufrimiento, progresando constantemente en fe, esperanza y caridad.
- Su misión y el puesto de predilección que ocupa en el Pueblo de Dios y del que es al mismo tiempo
miembro eminente, ejemplar acabado y Madre amantísima.
- Su incesante y eficaz intercesión, mediante la cual, aun habiendo sido asunta al cielo, sigue mostrándose
cercana a los fieles que la suplican y aun a aquellos que ignoran que realmente son hijos suyos.
- Su gloria que ennoblece a todo el género humano. Porque María pertenece a nuestra estirpe como verdadera
hija de Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo
nuestra condición como mujer humilde y pobre.
El papa dice, además, que el culto a la Virgen tiene su razón última en el designio insondable y libre de Dios, el
cual, siendo amor eterno y divino, lleva a cabo todo según un designio de amor: la amó y obró en ella
maravillas; la amó por sí mismo, la amó por nosotros; se la dio a sí mismo y nos la dio a nosotros. Cristo es el
único camino al Padre, Cristo es el modelo supremo al que el discípulo debe conformar la propia conducta,
hasta lograr tener sus mismos sentimientos, vivir su vida y poseer su Espíritu. Esto es lo que la Iglesia ha
enseñado en todo tiempo y nada en la acción pastoral debe oscurecer esta doctrina. Pero, la misma Iglesia
guiada por el Espíritu Santo y amaestrada por una experiencia secular, reconoce que también el culto a la
Virgen María, de modo subordinado al culto que rinde al Salvador y en conexión con él, tiene una gran eficacia
pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana.
La múltiple misión que la Virgen María ejerce para con el Pueblo de Dios es una realidad sobrenatural que
actúa eficazmente en la comunidad eclesial: reproducir en los hijos los rasgos espirituales del Hijo primogénito.
La misión maternal encomendada a María invita constantemente al Pueblo de Dios a dirigirse con filial
confianza a aquella que está siempre dispuesta a acoger sus oraciones con amor de Madre y con eficaz ayuda de
Auxiliadora. Y en verdad Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a vencer con enérgica determinación
el pecado. Y esta liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres
cristianas, como hemos visto en el estudio de moral.
La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar sus ojos hacia ella. Y se trata de virtudes sólidas,
evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sincera; la
solícita caridad; la sabiduría reflexiva; la verdadera piedad; la fortaleza en el destierro y en el dolor; la pobreza
llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna
hasta la ignominia de la Cruz; la delicadeza en el servicio; la pureza virginal y el fuerte y casto amor esponsal.
La devoción hacia la Madre del Señor ofrece a los fieles ocasión de crecer en la gracia divina: finalidad última
de toda acción pastoral. La Iglesia católica, apoyada en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la
Virgen una poderosa ayuda para que el hombre llegue a conseguir la plenitud de su vida. María, la «mujer
nueva», está junto a Cristo, «el hombre nuevo», a la luz de cuyo misterio encuentra sentido el misterio del
hombre. Y es así como prenda y garantía de que, en una persona de nuestra raza humana, en María, se ha
realizado ya el proyecto de Dios para salvar a todo el hombre.
Entre las prácticas más importantes de piedad se encuentran el santo Rosario y el rezo del Ángelus. El Ángelus
que, no obstante, el cambio de las condiciones de los tiempos, permanecen invariados para la mayor parte de los
hombres esos momentos característicos de la jornada mañana, mediodía, tarde que señalan los tiempos de su
actividad y constituyen una invitación a hacer un alto para orar. Y el Rosario, considerado como un compendio
del Evangelio, es una oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, cuyo valor reside
en la contemplación.
Al hombre contemporáneo, frecuentemente zarandeado entre la angustia y la esperanza, postrado por la
sensación de sus límites, asaltado por aspiraciones sin fin, como expresa la Gaudium et Spes; a este hombre
contemporáneo, la Virgen, contemplada en las circunstancias de su vida terrena o en la felicidad de que goza ya
en la Ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: es una garantía de que la
esperanza triunfará sobre la angustia, la comunión sobre la soledad, la paz sobre la turbación, la alegría y la
belleza sobre el tedio y la náusea, las perspectivas eternas sobre los deseos terrenos, la vida sobre la muerte.
Para el papa es fundamental exponer este culto a la Madre del Señor, por ser parte integrante del culto cristiano.
Lo pedía la importancia de la materia, objeto de estudio, de revisión y también de controversias en estos últimos
años. Se siente confortado al pensar que el trabajo realizado para poner en práctica las normas del Concilio,
sobre todo en la reforma de la liturgia, está siendo una gran ayuda para que se tribute a Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo un culto cada vez más vivo y consciente y para que vaya creciendo la vida cristiana de los fieles.
Es también un motivo de confianza el constatar que la renovada liturgia romana constituye un claro testimonio
de la devoción de la Iglesia hacia la Virgen María. Siente que sostiene al pueblo cristiano, además, la esperanza
de que serán sinceramente aceptadas y puestas en práctica las directrices para hacer dicha devoción cada vez
más vigorosa. Y finalmente, se alegra por la oportunidad que el Señor concede de ofrecer estas consideraciones.