CIUDADANIA.
HISTORIA Y MODELOS
El concepto de ciudadanía ha tenido una marcada transformación a lo largo de
la historia, el cual se ha relacionado con un ámbito de modernidad desde el
momento de la concepción del ser humano como ser que vive en comunidad
con otros individuos compartiendo diferentes factores de índole económico,
político, religioso, cultural.
La ciudadanía, entonces, se concibe, en nuestros tiempos principalmente como
un estatus (posición o condición) en el que se solicita, define y posibilita el
acceso a los recursos básicos para el ejercicio de derechos y deberes. Si se
accede a esos recursos la ciudadanía se materializa. En el caso contrario, se
produce lo que algunos teóricos han llamado el "déficit de ciudadanía" (Moreno,
2003), una situación en la que se tiene el derecho pero no se alcanzan sus
beneficios.
Aristóteles fue quien primero formuló una tesis completa sobre la idea de
ciudadanía. En la Política, una de sus obras primordiales, señaló que
ciudadano es aquel que gobierna y a la vez es gobernado. Para llegar a esta
definición, este pensador se refiere al ser humano como un zoon politikon, es
decir, un animal "cívico o político"; eso quiere decir, para nuestros tiempos, que
tiene la capacidad de socializar y relacionarse en sociedad. De acuerdo con
Aristóteles, el hombre es un ser que vive en la ciudad, la cual estaba
conformada por una unidad política (Estado) y un conjunto de personas que en
ella vivían, a quienes se les denominaba polites (un concepto similar al de
ciudadanos), El fundamento de la ciudadanía era restringido y estaba
sustentado en los lazos consanguíneos.
Para los romanos, la primacía de la noción de "ciudad" fue notablemente
superior a la de Grecia. Histórica y etimológicamente, desde entonces, la
expresión ciudadanía se vinculó a la relación de un individuo con su ciudad. La
ciudadanía, fue un privilegio que solamente estaba permitido a los hombres
libres; entendiendo por libres a aquellos que podían y debían contribuir
económica o militarmente al sostenimiento de la ciudad. La ciudadanía, por
supuesto, no se extendía a los extranjeros o "metecos", ni a las mujeres, ni a
los sirvientes, seres considerados como los esclavos; estos últimos ni siquiera
alcanzaban la categoría de personas, sino que eran asimilados como cosas
La caída del Imperio romano acabó en la práctica con la ciudadanía, pues la
autocracia bizantina, las guerras territoriales y el creciente poder de la Iglesia
católica diluyeron toda presencia y consideración de ideas ciudadanas. El
concepto de ciudadanía, entonces, se diluye durante la Edad Media y
reaparece en el Renacimiento, en las ciudades-repúblicas italianas. Estas
fueron ciudades independientes, desvinculadas de los Estados pontificios y de
los modelos feudales reinantes, y muchas de ellas llegaron a adoptar
regímenes republicanos.
Los tres principales modelos de ciudadanía, a partir de los cuales se
configuró y constituyó la historia sociopolítica de nuestros países, fueron:
MODELO ATENIENSE: El más importante de todos, por ser el que más huella
nos ha dejado, Las características básicas del mismo tienen que ver con un
desarrollo de la idea del demos (pueblo) y de la participación ciudadana, de la
aparición de una subjetividad reflexionante y, en consecuencia, del sujeto
político. En sus inicios, en Atenas funcionaba un sistema jerárquico que en sí
no era autoritario, en el sentido de que los gobernantes no podían hacer
aquello que consideraran conveniente; sucedía más bien al contrario, pues
éstos estaban obligados a responder periódicamente ante los ciudadanos.
Progresivamente la actividad directa de los ciudadanos fue a más; de una
posición de control se pasó a un ejercicio directo del poder. Podríamos decir
que el espíritu de este modelo consistía en desarrollar un proyecto de
autonomía según el cual cada individuo fuera importante para el
funcionamiento de la comunidad, de modo tal que ciudadanía y Estado no se
diferenciaban.
MODELO ESPARTANO: A pesar de ser el que menos importancia ha tenido
posteriormente, el modelo político espartano fue predominante en su época,
además de tener una gran importancia en las obras de Platón y Aristóteles.
Algunos autores consideran incluso que el concepto de ciudadanía nació en
Esparta antes que en Atenas. Hay que separar, en cualquier caso, lo que es el
concepto en sí de las atribuciones que implica en cada caso, pues no fueron
las mismas en Esparta que en Atenas, ni mucho menos. Para empezar, el
modelo espartano era una timocracia, que, como se ha dicho, es un sistema
mixto que engloba las clases censitarias y la aristocracia. Por otra parte, y esto
es más importante todavía, Esparta adoptó, y siguió siempre, una política de
conquistas que convirtió a las virtudes militares en lo más importante para sus
ciudadanos.
MODELO ROMANO: El modelo representado por Roma, a diferencia del griego
(tanto en su vertiente espartana como en la ateniense), mucho más
concentrado en el tiempo, ha mantenido una prolongada vigencia (material o
teórica) durante unos quince siglos. Sea considerada como una forma de
gobierno democrática o no desde el punto de vista de la actualidad
(recordemos que república y democracia no siempre son la misma cosa), lo
que no puede discutirse es que ha permitido mantener un camino que es el que
nos ha conducido al momento en el que nos encontramos. El modelo romano
no fue estático, sino que evolucionó en varias y diferentes fases. En la primera,
los Graco (Tiberio y Cayo), creadores del partido popular, llevaron a cabo una
serie de reformas que se basaban en elementos democráticos pero también en
otros de corte más demagógico.
En las últimas décadas se ha presentado una profunda revisión crítica del
concepto de ciudadanía en respuesta a sus problemáticas fundamentales. Se
pretende un ciudadano que no solamente sea receptor de derechos, sino un
actor de la vida comunitaria. Al mismo tiempo, se busca una ciudadanía más
preocupada, basada en valores como la pluralidad y la diversidad.
La transformación del Estado y la emergencia de nueva realidades
socioculturales representan, al día de hoy, múltiples desafíos y demandan
entonces nuevos enfoques de ciudadanía, con el objeto de pensar fórmulas
diferentes y avanzadas de la vida en común.
Debido a los efectos de la globalización y de los desplazamientos migratorios,
ya no es posible hablar en términos definitivos de ciudadanos nacionales, sino
que ahora se habla de ciudadanos del mundo.
Las nuevas migraciones tienen un efecto positivo en las sociedades globales,
pues incrementan el pluralismo cultural, lingüístico y religioso. Pero también
tienen un lado negativo: sobre ellas se ciernen todas las formas de exclusión
humana.
Por otra parte, la nación se ha concebido como una comunidad forjada por
vínculos étnicos, históricos y culturales muy concretos. Es lo que se conoce
como "identidad nacional" y que se considera como elemento indispensable de
la democracia. Al respecto, no se deben confundir los conceptos de
nacionalidad y ciudadanía. La nacionalidad es una especial condición de
sometimiento político de una persona a un Estado determinado (por nacimiento
o por vinculación). La ciudadanía, en cambio, es la calidad que adquiere el que,
teniendo una nacionalidad y habiendo cumplido las condiciones legales
requeridas, asume el ejercicio de los derechos y deberes políticos
correspondientes.
La ciudadanía también se resiente cuando enfrenta las cuestiones de género.
La igualdad formal de la ciudadanía no ha impedido que las mujeres continúen
siendo en la práctica ciudadanas de segunda, que votan, pero que ocupan un
lugar secundario en la vida política. Los movimientos feministas, por su parte,
han denunciado la existencia de un déficit de justicia en relación con la escasa
participación femenina en las esferas de poder, han iniciado una cruzada por la
paridad política y han logrado el establecimiento de políticas destinadas a
favorecer la participación de las mujeres en la esfera pública tanto en Europa
como en América Latina.
Para concluir y teniendo en cuenta que el ciudadano es un ser político, pero
también está conformado por una dimensión social y moral. Lo anterior indica
que la construcción de la ciudadanía no es el aprendizaje mecánico de unas
normas (jurídicas, legales y políticas), sino la realización efectiva de una forma
de vida y de convivencia entre los seres humanos en sociedad.
La ciudadanía, en esta dirección, implica una tarea activa en su defensa y en la
ampliación de sus límites, así como en el ejercicio mismo de sus atributos. Una
ciudadanía que no ejerce su condición de tal deja de serlo para convertirse en
otra cosa. Para el ejercicio de la ciudadanía, ya no es el Estado quien
determina las pautas, sino la misma sociedad, pues la existencia del vínculo
social y cultural debe ser la base para la convivencia de todos.