La dolarización y en particular la dolarización financiera (DF) es un fenómeno extendido en la economía
de los países de América Latina y en particular de Argentina. En ese marco se analizan varias cuestiones.
Por un lado el impacto que tiene la misma en la economía y en el sistema financiero y por el otro la
posibilidad de ir abandonando este tipo de esquema y las medidas necesarias para lograrlo
La salvedad que hacen Ize y Levy Yeyati[1] sobre distinguir al hablar de DF en pensar en la dolarización
de facto –no oficial–, definida como la tenencia de activos y pasivos denominados en una moneda
extranjera –esto es, que no goza del estatus de moneda legal– por parte de los residentes de un país
Yendo a lo que determina la DF señala Alvarez[1] “Existen variados argumentos teóricos relativos a qué
determina el grado de dolarización financiera en una economía. En general, este fenómeno de
dolarización puede analizarse como algo endógenamente determinado por un proceso de optimización
de agentes económicos, dadas las restricciones tecnológicas y de política que ellos enfrentan. De ahí que
el grado de dolarización de una economía sería preocupante desde un punto de vista de política
económica sólo si el comportamiento optimizador de los agentes privados se aleja de lo que podría
constituir un equilibrio socialmente óptimo”. Es decir que se aleja de un nivel razonable del tipo de
cambio, crece los problemas externos y se verifica una corrida en el mercado cambiario.
Es por eso que en un momento en que se produce la restricción externa, hay limitaciones para la
dolarización de los agentes económicos nacionales, aunque persiste la búsqueda de dolarizar los
ahorros. Se limita el acceso al mercado de cambios y se crean canales no oficiales para dicha dolariz
Otro punto por el cual se puede alejar de un equilibrio optimo es que se limita el rol del sistema
financiera como canalizados del ahorro y por ende disminuye la capacidad de préstamo de dicho
sistema.
Si se permite la dolarización de depósitos en el sistema financiero, esto permite que el ahorro se
canalice en el sistema financiero y como señalan Castillo y Winkelried[1] lleva en última instancia a la
dolarización de créditos y de allí a la vulnerabilidad del sistema financiero de países cuyas economías
están altamente dolarizadas. En este caso, las depreciaciones reales repentinas pueden resultar
perjudiciales para la actividad económica al reducir el patrimonio neto de las empresas y generar efectos
adversos en la inversión.
Como señalan Catão y Terrones[1] la dolarización “se popularizó en América Latina en la década de
1970, cuando la inflación alta y la hiperinflación socavaron la función
“Para comienzos de la década de 1990, los sistemas bancarios de Turquía y varias economías de África,
Asia y Europa oriental acumulaban regularmente cuantiosos activos y pasivos denominados en dólares.
La posibilidad de que estos pasivos denominados en dólares superaran con creces los activos bancarios
denominados en dólares suponía un grave riesgo para los sistemas financieros en caso de una
devaluación o depreciación fuerte y repentina del tipo de cambio. “
Como plantea Ize [2] “La percepción de que la dolarización financiera (DF) de facto es un fenómeno
prácticamente inevitable, por lo general benigno y a menudo beneficioso para la estabilidad monetaria y
el desarrollo financiero en los países cuyas monedas tienen una limitada credibilidad, ha tenido que ser
revisada”. Y agrega que “Al concretarse la percepción sobre los riesgos que implica la dolarización para el
sistema financiero, la atención de las autoridades monetarias y supervisoras se ha reorientado hacia la
búsqueda de formas de revertir la dolarización o, por lo menos, de limitar sus inconvenientes”.
Si como sucede en la actualidad en la Argentina los bancos están limitados a prestar en moneda
extranjera a aquellos que tengan ingresos en la misma denominación los bancos corren menos riesgos
pero se limita la capacidad prestable y eso implica que es baja la canalización de esos depósitos.
Las experiencias muestran que la dolarización es un fenómeno que puede ser persistente. Castillo y
Winkelried[1] señalan que “se ha documentado que la dolarización aumenta de forma brusca durante
episodios de excesiva inestabilidad macroeconómica y que permanece elevada de manera persistente,
incluso después de que se alcanza con éxito la estabilidad”
“En países donde las políticas macroeconómicas y los marcos institucionales son débiles, desdolarizar
puede significar un intento fútil de tratar el síntoma sin tomar en cuenta la enfermedad. Es así que la
desdolarización parece tener más sentido en aquellos países en los que la dolarización persiste
independientemente de sólidas políticas monetarias y fiscales y de una mejoría del marco institucional –
aunque éste no sea perfecto. En estos casos, es posible superar la histéresis de la dolarización si se aplica
una agenda de política suficientemente amplia y de gran alcance”[2]
Si el objetivo es desdolarizar, los formuladores de políticas deberían centrarse en medidas alternativas
para promover la moneda local y alentar el uso de instrumentos denominados en moneda local. Estos
pueden incluir: (1) mejoras en el manejo monetario y de la deuda pública que estabilicen las tasas de
interés en moneda local y promuevan el desarrollo de una curva de rendimiento en moneda local; y, (2)
un redireccinamiento en el manejo de la deuda pública que priorice instrumentos denominados en
moneda local –que ayuden a profundizar los mercados en esta moneda.
Ize y Yeyati mencionan que “En este contexto, la indexación de precios se propone a menudo como una
mejor alternativa frente al dólar que frente a la moneda local, particularmente para plazos largos. Esto
puede proporcionar un “puente” hacia la monetización en moneda local, al facilitar el cambio inicial y
salir del equilibrio concentrado en el dólar. En la medida en que la credibilidad monetaria siga siendo
baja, el cambio de instrumentos denominados en dólares a instrumentos indexados será más fácil que
aquél de dólares a moneda local.”
De esta manera, aunque la moneda local indexada debería ayudar –particularmente a proporcionar una
alternativa al dólar como instrumentos de largo plazo, tal como el caso del mercado hipotecario, es poco
probable que, por sí mismos, induzcan un cambio espontáneo para dejar de usar el dólar. Las empresas
y los hogares en esos países empezaron a usar monedas extranjeras para el ahorro y la compra-venta de
bienes importantes, como inmuebles. Con el tiempo el fenómeno fue extendiéndose más allá de
América Latina hasta convertirse en un rasgo generalizado de los sectores financieros en muchas
economías de mercados emergentes”.
Las iniciativas para eliminar la dolarización y que en muchos casos no muestran los resultados esperados
pueden evidenciar que existe un arraigo por la moneda extranjera más profundo de lo que se podría
evidenciar por puros motivos económicos
En este contexto es que se empieza a hablar de la dolarización cultural. Licandro y Mello entienden a la
dolarización cultural como “el fenómeno por el cual los agentes usan como numerario al dólar en
circunstancias en que en la generalidad de los países se utiliza la moneda nacional. En Uruguay estamos
acostumbrados a que cuando un oficial público, o una persona común, quieren dar una idea de un
monto elevado expresa la cantidad en dólares. Por ejemplo, en Uruguay cuando un ministro habla de su
presupuesto o el director de la Dirección General Impositiva lo hace acerca de la recaudación total, es
común que los montos los expresen en moneda extranjera. Tal costumbre no es usual en otros países, de
hecho, es casi privativa de Uruguay.”
Esta situación se evidencia también para la Argentina. Por un lado existe también la práctica de utilizar
al dólar para denominar distintas cuentas públicas, aunque también se utiliza la práctica de relacionarla
con el PBI lo cual en parte se debe a los elevados montos en cuestión y también por algunas prácticas
internacionales como las del Fondo Monetario Internacional que relacionan las cuentas públicas en
función del PBI.
Asimismo como fue relevado entre agentes calificados una gran parte de los tenedores de instrumentos
en distintas monedas por ejemplo en pesos y dólares valuan todos estas inversiones en dólares
mostrando que independientemente de la moneda en que están denominados los inversores piensan
sus inversiones en dólares. Esta idea fue recogida en la encuesta cualitativa realizada pero no hay datos
sobre esto.