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Orígenes y Fundamentos del Marxismo

Este documento presenta una introducción al marxismo, incluyendo sus orígenes con Carlos Marx y Federico Engels, sus bases filosóficas tomadas de Hegel y Feuerbach, y sus principios políticos, económicos y jurídicos. Explica que el marxismo se centra en la lucha de clases y ve la historia como determinada por las fuerzas productivas y las relaciones de producción, con el objetivo final de establecer una sociedad comunista.

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Orígenes y Fundamentos del Marxismo

Este documento presenta una introducción al marxismo, incluyendo sus orígenes con Carlos Marx y Federico Engels, sus bases filosóficas tomadas de Hegel y Feuerbach, y sus principios políticos, económicos y jurídicos. Explica que el marxismo se centra en la lucha de clases y ve la historia como determinada por las fuerzas productivas y las relaciones de producción, con el objetivo final de establecer una sociedad comunista.

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EL ESTADO MARXISTA

CONSIDERACIONES GENÉTICAS, ANATÓMICAS Y


PATOLÓGICAS
PRIMERA PARTE: APROXIMACION E INTRODUCCION (BASES Y
PRINCIPIOS)

* ORIGEN DE LA IDEOLOGIA:

Carlos Marx, padre del marxismo, vivió entre 1818 y 1883. Nacido en
Alemania, en el seno de una familia de origen judío y tradición rabínica[1],
desarrolló la mayor parte de su obra durante su estadía en Inglaterra.

Según muchos autores, fue -ante todo- un filósofo que estaba particularmente
interesado en la historia y la economía. Otros lo consideran más bien un
economista que también abordó temáticas filosóficas e históricas. En tanto que
otro grupo de autores lo consideran meramente un periodista que incurrió con
cierta lucidez y agudeza en el estudio de cuestiones propias de las tres materias
recién referidas.

Lo que sí es innegable es que las intenciones de Marx no se detenían en la


indagación científica y la meditación filosófica, ni tampoco en la comunicación
de sus ideas, sino que -con ellas- pretendía producir un cambio radical de la
realidad. Como él mismo lo manifestara expresamente y sin rodeos: hasta
ahora los filósofos no hicieron más que dar interpretaciones del mundo; lo que
se necesita es transformarlo. Nació así su filosofía práctica y la aplicación de
lasleyes que creía haber descubierto en sus consideraciones filosóficas, al
análisis de los hechos históricos (esto es mirar la historia a la luz del
conocimiento filosófico), así como la instrumentalización de dichas leyes para la
transformación de su contexto contemporáneo y el futuro.

Marx tuvo un estrecho colaborador en Federico Engels. Las doctrinas del


primero y del segundo fueron retomadas vigorosamente por Wladimir I.
Ulianov (1870 - 1924), más conocido como Lenin, líder de la revolución
comunista rusa de 1917. Este se encargó de interpretar dichas doctrinas,
cambiando muy poco de ellas y completándolas, para imponerlas al Partido
Comunista. Más tarde, Josif W. Djugaschvili (Stalin), quien sucediera a Lenín
en la jefatura del Partido Comunista de la Unión Soviética, se ocupó de
sistematizar la doctrina de Marx siguiendo la interpretación dada por aquél. Así
se formó el cuerpo doctrinario conocido como marxismo-leninismo-
estalinismo, que es la versión más difundida del marxismo. Ciertamente que,
sin perjuicio de ello, existen otras muchas interpretaciones y extensiones de la
doctrina elucubrada inicialmente por Marx (por ejemplo, las interpretaciones
mecanicistas y empiriocriticistas, la particular interpretación efectuada por otro
líder de la Revolución Rusa de 1917, León Trotzky, que dio lugar al
llamadomarxismo trotzkista, etc.).

Lo recién reseñado nos indica que cuando hablamos


demarxismo y comunismo(que no es más que la aplicación práctica del
primero) nos estamos refiriendo a una corriente de pensamiento y de acción
unida e identificable por contener un núcleo de ideas y principios comunes (una
base común) que, a la vez, ha sido susceptible de diferentes interpretaciones,
asumido diversas formas y admitidodistintas versiones.

* BASES FILOSOFICAS DEL MARXISMO:

Básicamente, Marx sintetizó las ideas de dos filósofos que le precedieron, a


saber: Hegel y Feuerbach. ¿Qué tomó de cada uno? Veamos:

- De Hegel: la idea de que el universo y todo lo que hay en él (incluyendo al


hombre) constituyen un todo único, el cual evoluciona en su conjunto, siguiendo
un proceso permanente (el movimiento dialéctico) de tres pasos o momentos,
cuales son: tesis (aparición de una idea), antítesis (aparición de otra idea que
niega a la primera) y síntesis (fusión de la tesis y la antítesis, que genera una
nueva idea, superadora de las dos anteriores; a su vez, esta nueva idea pasa a ser
tesis nuevamente, dando lugar a la reactivación del proceso).

-De Feuerbach: la concepción abiertamente materialista del mundo y el


hombre; es decir que la única realidad existente y verdadera es la material. Los
sentimientos, las ideas, la imaginación y el pensamiento, y todo aquello cuya
existencia podemos corroborar y que nos parece de naturaleza espiritual, en
realidad, no son más que reflejos de la materia. La consciencia humana (y el
mismo hombre) no es más que un producto de la evolución de la propia materia.

Ahora bien, ¿cómo articula Marx estos elementos entre sí para construir su
propia doctrina? Lo hace del siguiente modo:

-Lo único que existe es la materia. Todo es pura materia (incluso el


hombre).

- La misma evoluciona constantemente. El hombre y las sociedades que él


forma son productos de esa evolución permanente.

- Dicha evolución se produce a través de los tres pasos dialécticos (tesis,


antítesis y síntesis), que se repiten incesantemente (nace así el materialismo
dialéctico).[2] Esto significa que la materia misma va produciendo formas de
existencia (materiales) que son contrarias entre sí y que, al enfrentarse, hacen
surgir una síntesis (siempre material) superior. Es desde este punto de vista que
debe analizarse la historia (aparece así el materialismo histórico, que no es más
que -como anticipáramos- la aplicación del materialismo dialéctico al estudio de
la historia, con la convicción de que sóla de esta manera podremos descubrir e
instrumentalizar las leyes del devenir histórico). Según esta postura, cada forma
social y política ocurrida en la historia, llevaba en su seno, como la madre al
hijo, a la que le sucedería. El motor de esta dinámica histórica no sería otro que
la lucha de clases, conflicto -éste- que sólo concluiría con el advenimiento final
de la sociedad comunista (es importante entender que, para el marxismo, la
lucha de clases no es simplemente un fenómeno que puede verificarse con cierta
asiduidad en la historia, ni -mucho menos- una simple metodología alternativa
para la conquista revolucionaria del poder; para el marxismo, la lucha de clases
es una regla inexorable del devenir histórico).

* PRINCIPIOS POLITICOS, ECONOMICOS Y JURIDICOS DEL ESTADO


MARXISTA:

El centro, la base, de la sociedad está dada por la estructura, es decir, por


las fuerzas productivas materiales (herramientas, máquinas, tecnología, etc.) y
las relaciones de producción (las relaciones que traban los hombres entre sí y
con las cosas en función de la producción de bienes materiales). Las distintas
formas sociales en general, y políticas en particular, así como la dinámica que
rige a las mismas, están condicionadas -según esta postura- por las estructuras
económicas que priman en cada momento y lugar. La historia y sus sucesos no
dependerían, en consecuencia, ni de la racionalidad humana ni de los impulsos
éticos del hombre (como la búsqueda de la verdad, el bien, la libertad y la
justicia), sino pura y exclusivamente de las leyes fijas que rigen los procesos de
producción económica.

Es, precisamente, en el marco de la estructura donde aparece la cuestión


de la plusvalía; y más precisamente, en una determinada configuración
histórica de la misma: en el seno de un sistema de propiedad privada de los
medios de producción (es decir, en la estructura capitalista[3]).

Todas las demás relaciones sociales, todos los demás aspectos o planos de la
vida social (por ejemplo: el arte, el derecho, la religión, la ciencia, etc.)
conforman la superestructura. Como todo depende de la estructura, todos los
elementos de esta superestructurano son más que el reflejo o el resultado de
aquella base material. Por ello, en cada etapa histórica, encontraremos que las
normas jurídicas, las creencias religiosas, los conocimientos científicos, las
manifestaciones artísticas, etc., dependen directamente del grado de desarrollo
de los medios de producción, y de la particular modalidad que hayan asumido
las relaciones humanas de la actividad económica productiva. Como se ve, el
materialismo marxista es de franco cuño economicista, porque, en última
instancia, todo se reduce y halla su explicación en el fenómeno productivo, del
cual todo depende (hasta las formas de relación afectivas y sexuales entre los
hombres). A cadaestructura corresponde tal o cual superestructura.

A su vez, la superestructura sirve para justificar y legitimar el dominio


ejercido por aquellos que manejan laestructura económica. Así, por ejemplo -y
siempre según Marx y sus discípulos-, cuando la estructura necesitaba del
trabajo esclavo, la filosofía y la religión se encargaron de justificar la moralidad
de la esclavitud, y el derecho y el Estado (con su Policía y sus Fuerzas Armadas)
se ocuparon de legislarla, promoverla, mantenerla y sancionar a sus infractores
y detractores. Y cuando, gracias al progreso tecnológico, la estructura ya no
necesitó de esclavos sino más bien de consumidores, la superestructura jurídica
religiosa, estatal, etc., cambió su postura y pasaron a prohibir la esclavitud,
persiguiéndola como un delito. Nada de esto se habría producido por evolución
moral y/o conquista de derechos por parte de las víctimas del sistema anterior,
sino por conveniencia de las nuevas estructuras económicas.

Para el marxismo, el Estado es una creación de la clase propietaria con la


finalidad de mantener y legalizar los privilegios de los que goza;
una superestructura que corresponde o se basa en la estructura de la propiedad
privada de los medios de producción.

Al respecto, decía Lenín: el Estado es órgano de la dominación de una


clase, órgano de opresión de una clase por otra, su finalidad es la creación del
“orden” que legaliza y perpetúa la opresión. Desde ya que el pensamiento
marxista extiende tan negativa consideración a los Estados con sistemas de
gobierno democráticos: sigue diciendo Lenín que no existe un solo Estado, por
democrático que sea, que no contenga en su Constitución lagunas o cláusulas
limitativas que garanticen a la burguesía la posibilidad legal de emplear
tropas contra los trabajadores, de proclamar la ley marcial, y así
sucesivamente, cuando el orden público se perturbe, es decir, cuando la clase
servil proteste de la servilidad de su condición. En consecuencia:

Consecuentemente, el marxismo es enemigo declarado del Estado y de sus


instituciones, muy especialmente de sus instituciones armadas (policía, fuerzas
de seguridad y fuerzas armadas). Esto sin perjuicio de sus pretensiones de
instalar una Dictadura del proletariado (como más abajo veremos), como paso
previo a la instauración de la sociedad comunista, que es su objetivo final. Dicha
dictadura crea un Estado totalitario y autoritario, el cual se asienta
principalmente sobre la instrumentalización de los cuerpos armados (el
monopolio estatal de la fuerza) para la realización de compulsivas y radicales
transformaciones en la sociedad.

Asimismo, a la luz de lo expuesto, podemos concluir que el marxismo es


profundamente antidemocrático, puesto que, por un lado, ve en la democracia
una mentira de las clases opresoras y, por el otro, pregona la erección de la
señalada Dictadura del proletariado. Ello, sin perjuicio de que, eventualmente,
sus líderes hayan utilizado vías y argumentos democráticos para el
cumplimiento de sus objetivos (la revolución pacífica, tema -éste- sobre el que
nos detendremos un momento más abajo).

Tomando, entonces, a la estructura (medios y relaciones de producción)


como criterio, por entender que era la causa más profunda de todos los otros
fenómenos de la vida social, Marx dividió la historia en cinco grandes etapas, a
saber:

- Comunidad primitiva: no existía la propiedad privada de los medios de


producción. Todo era de todos y de nadie en particular. Es precisamente cuando
comienza la apropiación privada que aparece la separación de la sociedad entre
unos que explotan (los dueños de los medios de producción) y otros que son
explotados (el resto). De este modo, la comunidad primitiva desaparece,
despedazada en distintas clases sociales que luchan entre sí.

- Esclavitud: de un lado están quienes se han apropiado de las


herramientas capaces de mejorar la producción, y del otro, aquellos que sólo
poseen su cuerpo y su fuerza de trabajo. De la lucha entre ambos sectores,
surgirá la síntesis: el feudalismo.

-Feudalismo: en esta instancia histórica, la explotación y el antagonismo de


las clases sociales aparece algo atenuado con respecto a la anterior. Aquí, el
exponente de la clase dominante es el señor feudal, y los dominados están
representados por el siervo de la gleba. De la lucha entre ambos, emergerá -
como nueva síntesis- el capitalismo.

-Capitalismo: en esta etapa, son los propietarios de los medios de


producción, capitalistas o burgueses, quienes sojuzgan a los proletarios (es
decir, las enormes y paupérrimas masas obreras de las sociedades industriales
capitalistas). De la pugna entre ambas facciones, resultarán vencedores
los proletarios, quienes fundarán el último estadio de la dinámica dialéctica de
la historia: el de la sociedad comunista. Este triunfo de los proletarios, según
Marx, estaba asegurado por varios factores, entre ellos: su gran cantidad
(los proletarios constituyen el sector mayoritario) y la toma de conciencia de su
situación (cosa que debía propiciar esta nueva filosofía práctica, por medio de
su divulgación y el adoctrinamiento).

- Comunismo: la instauración definitiva de la sociedad comunista requería de


una etapa de transición previa a la que Marx llamaba Dictadura del
proletariado[4], cuya instalación -a su vez- debía hacerse por vía revolucionaria
(laRevolución proletaria, que debía tener alcance universal)[5].

La Dictadura del proletariado conformaría un Estado totalitario, cuyo


Gobierno estaría a cargo del Partido Comunista, único partido político
permitido, de carácter oficial (en este sentido, se trata de un sistema de partido
único, donde se confunden Partido y Gobierno).

Dicha dictadura tendría por principal función realizar autoritariamente las


transformaciones necesarias que preparen el arribo a la sociedad comunista, o
sea: abolir la propiedad privada de los medios de producción e imponer
sucolectivización o estatización, y remover toda la superestructura política,
jurídica, religiosa y cultural en general, que había servido para justificar y
disfrazar la explotación de los propietarios de aquellos bienes sobre los
desposeídos proletarios. Esto último implicaría: suprimir los partidos políticos
(excepto el comunista) y reformar absolutamente de la estructura gubernativa;
eliminar a la burguesía, eliminando físicamente a sus miembros; prohibir los
cultos religiosos; suprimir los antiguos planes de enseñanza e imponer el
adoctrinamiento marxista en toda entidad con fines educativos; eliminar toda
manifestación artística y cultural en general, que provenga de las corrientes de
las anteriores etapas históricas; etc.

Se arribaría así a la sociedad comunista, en la que -siempre según el marxismo-,


gracias a la abolición de la propiedad privada (y de todas la superestructuras),
ya no existirían las clases sociales, reinarían absolutamente la igualdad y la
libertad entre los hombres y todo sería de todos. Dado que la riqueza sería
distribuida igualitariamente, sin que nadie reciba más de lo que necesita,
debería alcanzar para todos. En esta instancia cúlmine de la historia, tampoco
existiría ya el Estado, dado que éste -para el marxismo- no es más que una
creación de las clases explotadoras para legalizar y mantener su presión, so
pretexto de orden. De este modo, el marxismo termina revelándose como un
muy especial exponente del pensamiento anarquista, que propugna la
eliminación del Estado y de todo Gobierno.[6]

SEGUNDA PARTE: LA TEORIA MARXISTA DEL ESTADO


* UNA TEORIA ECONOMICISTA DEL ESTADO:

Tal como ya se ha anticipado, el marxismo sostiene una concepción


puramente económica del Estado.

Ello es así porque:

- En primer lugar: al igual que a todos los bienes y objetos de la Cultura, el


marxismo entiende al Estado como una simple resultante de las condiciones
económicas de la producción.

- En segundo lugar: según propusiera Federico Engels, la sociedad, que se


mueve por los antagonismos suscitados irremediablemente entre las diferentes
clases sociales, tiene necesidad del Estado, en cuanto
organización construidapor la clase explotadora de cada estadio histórico y de
cada lugar, a los efectos de mantener las condiciones exteriores y, en particular,
de mantener por la fuerza a la clase oprimida en las condiciones de explotación
exigida por la forma de producción existente. Desde esta perspectiva, el Estado
aparece como un instrumento de dominación al servicio de la clase dominante.

- En tercer lugar: el mismo Estado comunista, instituido por la


prometida Revolución del Proletariado, es concebido, ante todo, como una
suprema comunidad de producción. Comunidad productiva, ésta, movilizada de
acuerdo con una planificación totalitaria altamente centralizada, por la fe en el
progreso indefinido y la omnipotencia de la técnica -credo, éste, compartido por
toda la comunidad de ilustrados y positivistas, de la que el marxismo también
es tributario-. Bajo el imperio de semejante concepción, el Estado es vaciado de
su substancia política y, consecuentemente, alienado respecto de sus funciones y
finalidades, pertenecientes a dicho orden, para quedar quedar atrapado en el
territorio de lo estrictamente económico, reducido -así- a mero aparato
productivo.[7]

Esta teoría del Estado, de tan marcado cuño economicista, se inserta, a su


vez y tal como ya hemos insinuado, dentro de una cosmovisión racionalista y
materialista, nacida de la exacerbación dialéctica del inmanentismo y,
paradójicamente, del antropocentrismo burgués.

* EL ESTADO COMO INSTRUMENTO DE DOMINACION:


Como ya hemos anticipado, de acuerdo con la teoría marxista del Estado,
éste constituye, por definición, un instrumento de dominación de la clase
explotadora.

En tal sentido, es menester aclarar que no se niega que el Estado sea el


representante oficial de toda la sociedad e, incluso, su síntesis en el marco de
una corporación visible; pero sólo en la medida que es el Estado de la clase que
representa, en su tiempo y lugar, a todo el cuerpo social, que no es otra que la
clase dominante y explotadora.

Así, siempre según el pensamiento marxista, en la Antigüedad, se trataba


del Estado de los ciudadanos propietarios de esclavos; en el Medioevo, del
Estado de la nobleza feudal; y posteriormente, del Estado de la burguesía
capitalista.

Es a la luz de tales consideraciones que Marx hace su crítica de la noción


hegeliana del Estado, situándose en las antípodas de la misma, puesto que,
según ella, dicha institución -el Estado- aparece como instancia de conciliación
y universalidad; siendo que, dentro del orbe mental marxista, el Estado, por su
propio origen y por la finalidad en cuyo abono ha sido instituido, no puede sino
resultar incapaz de resolver las contradicciones que irremediablemente -
siempre según el marxismo- alteran las relaciones sociales.

Y son las mismas consideraciones las que llevaron a Marx y Engels a lanzar
su dura crítica al pensamiento que, al respecto, sostenía Bakunin.

Esta crítica discurría paralelamente tanto por el plano eminentemente


politológico como por los carriles de lo meramente estratégico. Puesto que, para
Bakunin, es el Estado el que crea al capital y no, como afirmaban Marx y Engels,
a la inversa; de lo que se deduce que el mal fundamental está dado por el
primero (el Estado) y no, como pregonaban Marx y Engels, por el segundo (el
capital). Postura, ésta, que llevaba a Bakunin a definir al Estado como objetivo
estratégico principal al cual atacar, mientras que la citada dupla (de Marx y
Engels) proponía la utilización del Estado burgués para llevar a cabo las
transformaciones económicas que realizarían el capitalismo hasta sus últimas
contradicciones, lo que, una vez sucedido, permitiría el triunfo de la Revolución.

Con respecto a esto último, cabe señalar que el pensamiento marxista, no


obstante revestir coherencia intrínseca (dentro de su sistema de ideas) en el
tratamiento integral de la cuestión, al mismo tiempo que pronosticaba desde los
planos de la Filosofía de la Historia y la Ciencia Política, en el plano de lo
estratégico, aseguraba -al menos, desde un punto de vista estrictamente
objetivo- las condiciones que permitirían la concreción de su vaticinio. Puesto
que a nadie puede escapar que no existe mejor caldo de cultivo para la Lucha de
Clases y la Revolución Proletaria que las injusticias sociales arrojadas por el
capitalismo salvaje posterior a las revoluciones industriales. Hay algo
de profecía con vocaciónde auto-cumplimiento en todo este asunto, tal como se
lo planteaba...).[8]
En este sentido, preciso es reiterarlo, el Estado es controlado por un grupo
social en particular y, de este modo, se mantiene siempre ajeno, como algo
externo, respecto de las relaciones sociales reales.

Hay, entonces, coherencia intrínseca en el pensamiento de Marx, cuando


afirma que la existencia del Estado y la de la esclavitud son inseparables.

* LA SUPERFICIALIDAD DEL ESTADO Y SU TRANSITORIEDAD


EXISTENCIAL:

Afirmaba Engels que, llegando el Estado a ser el representante efectivo de


toda la sociedad, cuando, en realidad, no es más que un instrumento de
dominación de un particular grupo dominante dentro de ella, dicha institución
no puede sino hacerse superflua y revestir un carácter estrictamente
provisional.

Ello significa, básicamente, que, una vez eliminado el dominio clasista y,


con ello, los excesos y abusos sociales que de dicho dominio se derivan, el
Estado -en tanto instrumento de dominio y poder de represión- pierde su
sentido, deja de ser necesario y tiende a su desaparición.

En palabras del propio Engels: Desde el momento en que ya no hay una


clase social que mantener oprimida, desde que se suprimen al mismo tiempo
que el dominio de clases y la lucha por la vida individual, fundada en la
antigua anarquía de la producción, las colisiones y los excesos que de ahí
resultan, ya no hay que reprimir nada y deja de ser necesario un poder
especial de represión, o sea el Estado[9].

Para suprimir el dominio de la clase explotadora es necesario que la


mayoría integrada por los explotados tome el Estado, se haga con el poder del
mismo y, por medio de dicho poder, tome el control de los medios de
producción. Momento, éste, a partir del cual el Estado pasa a ser realmente el
representante de toda la sociedad[10], con lo que, por un lado, pierde el carácter
meramente superfluo que revestía en su anterior situación, cuando todavía se
encontraba en manos de la minoría explotadora; al mismo tiempo que, por otro
lado, pierde definitivamente su sentido y razón de ser, encaminándose hacia su
propia desaparición y dando lugar a una mera administración de cosas y
dirección de los procesos de producción (con lo que, dicho sea de paso, vuelve a
quedar patente el sello economicista que caracteriza a la teoría del Estado
esbozada por el marxismo).

Nuevamente, en palabras del propio Engels: El primer acto por el cual se


manifiesta el Estado realmente como representante de toda la sociedad, es
decir, la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la
sociedad, es al mismo tiempo el último acto propio del Estado. La intervención
del Estado en los asuntos sociales, se hace progresivamente superflua y acaba
por languidecer. Al gobierno de las personas lo sustituye la administración de
las cosas y la dirección de los procesos de producción. El Estado no es abolido,
muere[11].
* LA REVOLUCION DEL PROLETARIADO Y SU DICTADURA COMO
UNICO REMEDIO:

Arribados a este punto, a nadie puede escapar que, siempre de acuerdo con
el pensamiento de la ortodoxia marxista, la Revolución del Proletariado y la
consecuente instalación de la Dictadura de dicha clase social constituyen el
único remedio eficaz al problema de la injusticia social, su única solución, el
único camino hacia la reivindicación de las masas de oprimidos, la única vía
de redención de la historia, así como el único corolario posible para la
Humanidad en su devenir dialéctico a través del tiempo.

La extrema rigidez de los postulados ideológicos de la ortodoxia marxista


no puede sino conducir a este callejón sin salida, que no admite alternativas ni
mediaciones. Callejón sin salida que, en el plano de la pura teoría, proviene,
como acabamos de denunciar, de una acusada cerrazón ideológica[12], cuyos
estrechos marcos someten y constriñen con severidad el análisis de la realidad
de los hechos; y que, en el plano de la praxis, se traduce en un revanchismo de
terrible intransigencia revolucionaria, primero, y dictatorial, después (puntos,
éstos, sobre los que nos detendremos más adelante).

Fue, en definitiva, por imperio de sus propios postulados ideológicos que


Marx y Engels, por contradictorio que parezca a primera vista, siempre se
opusieron a toda socialización de los medios de producción que no provenga de
un Estado que no sea el de los proletarios, cuyo advenimiento vaticinaban
(Estado que, de ser el de los proletarios, debía encontrarse abocado en la
preparación de su propia abolición, como ya hemos explicado más arriba).
Recuérdese, a este respecto, la furiosa crítica que Marx dirige contra Ruge y
Louis Blanc.[13]

Por los mismos motivos, tanto Marx como Engels también se opusieron a
Ferdinand Lassalle y a la Asociación General de Trabajadores Alemanes, dado
que -a más del nacionalismo de los lassallianos, que, lógicamente, colisionaba
con las concepciones básicas marxistas, ya veremos por qué- su programa
preveía la solicitud al Estado de apoyo político y financiero para las cooperativas
de producción obreras (punto, éste, que reaparecería en 1.875, en el programa
del Partido Social Demócrata alemán).

Tales posiciones no deberían sorprender. Puesto que, en definitiva, son el


resultado lógico de las premisas sentadas y/o adoptadas por el pensamiento
marxista ortodoxo como propias, a saber: materialismo dialéctico; la Lucha de
Clases como motor de la historia; división absoluta e irreconciliable de la
sociedad en clase dominante y clase dominada; el Estado, al igual que todo
otro producto cultural, como resultado de las relaciones de producción vigentes;
el Estado como instrumento de la clase dominante; etcétera.

A lo sumo, Engels se permitió atribuir un carácter


objetivamente revolucionario al capitalismo de Estado. Pues, conforme se
explicaba en El Anti-Dühring[14], cuando las fuerzas de la producción hayan
alcanzado un cierto desarrollo, los particulares serían incapaces de explotarlas,
de acuerdo con el sistema de propiedad privada, además de que no habría
suficientes sociedades comerciales privadas como para asumir tal faena[15], con
lo que sería el Estado quien debería encargarse de su dirección. Fenómeno, éste,
que, según Engels, constituye, desde un punto de vista estrictamente objetivo,
un factor revolucionario, si bien las fuerzas de producción no pierden su
condición de capital ni desaparece del Estado su condición de máquina
capitalista. No constituyendo el capitalismo de Estado, en consecuencia,
ninguna solución de fondo, sin embargo, se revela útil a los
efectos revolucionarios, puesto que allana el camino de los proletarios hacia la
supresión de la propiedad privada, una vez que los mismos acceden al poder,
eximiéndolos de las confiscaciones que, de otra modo, sería necesario efectuar.

Pero tal toma de postura tampoco resulta contradictoria con


el corpus doctrinario marxista, ya que no importa ninguna transacción con el
Estado burgués en vigencia ni implica desvío alguno respecto del objetivo de su
desaparición. Por el contrario, se trata de un anticipo involuntario que el Estado
burgués hace de la labor que, una vez en el poder, va a tocar ejecutar a los
dictadores proletarios a fin de suprimir la propiedad privada.

Más tarde, Lenin se encargará de consolidar la aludida “intransigencia”


ideológica, cuando, en su crítica hacia las interpretaciones “kautskistas” del
marxismo como de las visiones (puramente ficticias, por cierto) de un Marx
“nacional-alemán” (difundidas en dicho país, por determinadas corrientes
burguesas y nacionalistas por razones de orden puramente coyuntural),
sentenciaba contundentemente lo siguiente:

El Estado es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las


contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el
grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente,
conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las
contradicciones de clase son irreconciliables. Para rematar, renglones más
abajo: Según Marx, el estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible
la conciliación de las clases (...) Según Marx, el Estado es un órgano de
dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la
creación del “orden” que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los
choques entre las clases.[16]

* EL ESTADO DURANTE LA DICTADURA DEL PROLETARIADO; EL


FIN DEL ESTADO; LA SOCIEDAD COMUNISTA; Y ALGUNAS
CONSIDERACIONES ACCESORIAS A DICHOS TOPICOS:

Fue Lenin quien, a través de su libro Estado y Revolución, aparecido en


1.917, agregó al edificio teórico marxista, una teoría sobre el papel que debe
desempeñar el Estado en el interludio que va desde la demolición de la
estructura capitalista a la implantación de la sociedad comunista. Es decir, el
período de la Dictadura del Proletariado, instaurada por la Revolución de los
Proletarios.

Sobre este punto, cabe destacar que la obra de Lenin suministró a la


elucubración pura de Marx y Engels cierto cariz de posibilitación histórica, así
como que diagramó el paradigma en base al cual se erigió el Estado soviético.
Decía Lenin que Engels fue más que claro cuando, en carta a Bebel,
explicaba que el Proletariado necesita del Estado, no impulsado por el afán de
libertad (ya que, para la ortodoxia marxista, sólo cabe hablar de efectiva libertad
en un contexto donde el Estado haya cesado de existir), sino, simplemente, con
el fin de aplastar a sus contrarios. Y esa es, precisamente, la función de
la Dictadura del Proletariado.

Vemos, entonces, que, durante la Dictadura del Proletariado, el Estado


sigue siendo concebido como un instrumento de dominación y represión. Sólo
que, esta vez, la dominación es ejercida por la mayoría de los que hasta la
Revolución se encontraban oprimidos y era explotados; en tanto que la
dominada es una clase minoritaria de antiguos opresores y explotadores
(cabiendo aclarar aquí que, como la responsabilidad imputada es de clase, son
considerados culpables de dicha opresión y explotación todos sus miembros,
inclusive mujeres, niños, ancianos, por inocentes que muchos de ellos sean
desde el punto de vista de las responsabilidades individuales)[17].

A lo que el pensamiento marxista agrega que la dominación de


la Dictadura del Proletariado se produce con la finalidad de suprimir a la recién
aludida clase minoritaria, otrora dominante; así como para eliminar la
propiedad privada, sobre cuya base se asentaba la dominación que, antes de
la Revolución del Proletariado, dicha minoría había ejercido.

En definitiva, el advenimiento de la sociedad comunista exige la utilización


provisional del mismo Estado opresor, el cual, mediante la Revolución del
Proletariado y la instauración de la Dictadura respectiva, cambia de manos. Y
ello, incluso, vigorizando exponencialmente sus poderes efectivos y potestades
jurídicas. Se trata, en suma, de un Estado transitorio, pero, como el propio
Lenin lo definiría, combativo, a la vez que totalitario y autoritario.

A la luz de lo dicho podemos resumir los fines de la Dictadura del


Proletariado en los siguientes puntos:

- Demolición de la estructura capitalista.

- Aplastamiento de los enemigos del Proletariado.

- Supresión por la fuerza a los explotadores y opresores.

- Sustitución de la minoría por la mayoría (dominación mayoritaria sobre


la minoría).

Es en el interludio ubicado entre la historia de la lucha dialéctica de clases


y la sociedad comunista adveniente; interludio, éste, ocupado por la Dictadura
del Proletariado, la cual -siempre según el pensamiento marxista-leninista-
constituye -por contradictorios que, desde cierto punto de vista, resultan los
términos involucrados- la verdadera democracia de las mayorías.

Aparece aquí nuevamente el fantasma de Rousseau. Puesto que, en esta


concepción, la democracia queda reducida a la voluntad general, como única
norma a la que dicha democracia se encuentra sujeta (con total
desconocimiento de los Valores objetivos y el Derecho Natural). A ello debe
agregarse que, dentro del sistema de ideas marxista, dicha voluntad
general queda sujeta a los siguientes condicionamientos ideológicos:

- Es concebida dentro de los férreos moldes clasistas del marxismo. Queda,


así, inevitablemente encerrada dentro del esquema sociológico
esencialmente clasista postulado por dicha corriente ideológica.

- Más aún, quedadirecta y exclusivamente identificada con la voluntad (real


o supuesta) de una sola de las clases sociales distinguidas por el aludido
esquema sociológico, el Proletariado (aquí surge el problema de si la voluntad
política de las personas depende necesaria y exclusivamente de su pertenencia a
tal o cual clase social; o, si se prefiere, el problema de si realmente existe
una voluntad de clase, única, monolítica y diferente de las que corresponderían
a las demás clases sociales).

- Su contenido queda apriorísticamente definido, con un


sentido escatológico específico, en primer lugar, por Marx, Engels y Lenin; y, en
segundo lugar, por las cúpulas comunistas gobernantes (es en este punto donde
aparece claramente el problema de si los proletarios realmente quieren lo que
Marx, Engels, Lenin y las cúpulas comunistas han dicho o dicen que quieren; es
por ello que, en el ítem anterior, nos tomamos el recaudo de aclarar que la
voluntad atribuida al Proletariado puede ser real o meramente supuesta).

- Sólo el Partido Comunista constituye el órgano de expresión natural de


esta voluntad general de la que nos habla el marxismo (al respecto, cabe
efectuar la misma observación formulada en el ítem anterior).

Esta forma tan peculiar de democracia, diseñada en torno a una idea de


la voluntad general que, además de desconocer -tal como lo había hecho
Rousseau- todo principio moral objetivo y toda norma jurídica natural, se
encuentra tan estrechamente condicionada por las premisas ideológicas propias
del marxismo, no puede sino dar lugar, en realidad, a una forma de gobierno
totalitaria y dictatorial. La misma queda encabezada por el Partido
Comunista[18]. El mismo gobierna con la pretensión de hacerlo en nombre e
interés de las mayorías anteriormente oprimidas, partiendo de dos
supuestos dogmáticos impuestos por la propia ideología, según los cuales:

- Que la mayoría proletaria quiere necesariamente lo actuado por el Partido


Comunista. Porque, no menos necesariamente, ello conviene a sus intereses.

- Que es la propia dinámica histórica la que impone, de acuerdo con sus


leyes, el gobierno de dicho partido político, llevándole al desenlace -tan
predeterminado como supuestamente perseguido en forma deliberada- dado
por la instauración futura de la sociedad comunista.

Se trata, asimismo, de una democracia esencialmente combativa, que lejos


de tolerar la presencia de las minorías y/o promover la formación de consensos
entre los diferentes sectores de la sociedad, partiendo de la premisa de la
inexorable irreconciliabilidad que signa las relaciones entre los mismos, busca
deliberadamente la supresión del contrincante.
Arribados a este punto, cabe aclarar que, sin perjuicio de lo hasta aquí
afirmado, esta democracia de la Dictadura del Proletariado -siempre según el
marxismo-leninismo- es aún imperfecta y sólo sirve a los efectos de cimentar las
bases (léase: supresión de la clase explotadora capitalista y remoción
compulsiva de todas su estructura y superestructura) para el advenimiento de
la sociedad comunista, la cual constituye la verdadera democracia (cabiendo
aquí observar, al menos de pasada, el sentido escatológico que caracteriza al
pensamiento marxista, representado por su promesa de una suerte de paraíso
terrenal que pretende conferir dirección y sentido a la historia, una vez que se
ha suprimido al Cielo -con la diferencia de que del paraíso terrenal sólo podrán
gozar efectivamente aquellos individuos que se encuentren con vida en el
momento de su supuesta instauración; vale decir, que no hay salvación para los
oprimidos de hoy, individualmente considerados, cosa que, de todos modos,
tampoco preocupa demasiado al marxismo, puesto que sus planteos están
formulados en términos de colectividad).

En el sentido apuntado y poniendo de resalto las peculiares características


de la democracia de la Dictadura del Proletariado, así como sus diferencias
respecto de la democracia de la sociedad comunista, Lenin advertía -a la vez que
vaticinaba y prometía- lo siguiente:

Así nos encontraremos que tan sólo en la sociedad comunista, cuando la


resistencia de los capitalistas haya sido rota finalmente; cuando los
capitalistas hayan desaparecido; cuando ya no haya clases, es decir, cuando
ya no haya diferencia entre los miembros de la sociedad con respecto a su
situación social y a la producción, sólo entonces desaparecerá el Estado y se
podrá hablar de libertad. En aquel momento será posible y podrá implantarse
una democracia verdadera, una democracia sin excepción alguna. En aquel
instante, solamente entonces, la democracia empezará a desterrar, en virtud
del simple hecho de librar al pueblo gradualmente de la esclavitud capitalista,
de los innumerables horrores, salvajismos, absurdos e infamias de la
explotación capitalista, y se acostumbrará a la observancia de las reglas
elementales de la vida social, conocidas desde hace siglos, repetidas durante
miles de años en todos los sermones y no cumplidas nunca. Insensiblemente,
todos se acostumbrarán a su observancia sin apelar a la fuerza, sin
restricciones, sin sujeción, sin aparato especial para su control que se llame
Estado y sin organizaciones que se le parezcan.

Y prosigue: El concepto ‘el Estado se destierra’ está muy bien escogido,


pues indica la naturaleza gradual y elemental del proceso; tan sólo la
costumbre podrá producir y producirá tal efecto, pues hemos visto millones de
veces cuán prontamente se acostumbra la gente a observar las reglas
necesarias para la vida en comunidad, cuando no hay explotación, cuando no
hay nada que origine disgustos, que motive la protesta y engendre la
revolución, expresión violenta que las tiranías han hecho posible.

Agregando: En realidad, en la sociedad capitalista tenemos una


democracia mutilada, miserable, falsa; una democracia solamente para el
rico, para la minoría; para los menos. Tan sólo la dictadura del proletariado,
el período de transición al comunismo, producirá por vez primera una
democracia para el pueblo, para la mayoría, juntamente con la supresión
necesaria de la minoría, constituida por los explotadores de la mayoría.
Solamente el comunismo es capaz de dar una democracia completamente real,
y cuanto mayor sea el grado de desarrollo del Estado, más rápidamente se
hará innecesario y se desterrará a sí mismo como algo superfluo e inútil. En
una palabra: bajo el capitalismo tenemos un Estado que no es más que un
instrumento especial para la supresión de una clase por otra, y, por lo tanto,
para el dominio de la mayoría por la minoría, de los más, por los menos. Claro
es que, para evitar la supresión sistemática por la minoría de los explotadores
de la mayoría de los explotados, será preciso llegar a los más crueles extremos
y derramar mares de sangre, a través de los cuales marchará la humanidad
hacia una nueva era en la que no exista la esclavitud, el servilismo y el trabajo
a jornal y todas otras formas de explotación.

Para insistir nuevamente: En el período de transición del capitalismo al


comunismo, habrá que implantar medidas de supresión, que en este caso
pueden limitarse a la sustitución de la minoría de explotadores por la mayoría
de los explotados. Tendremos necesidad para ello de un instrumento especial
que nos permita llegar a la supresión del Estado, que entonces será un Estado
transitorio y no un Estado en el sentido ordinario de la palabra y en la
acepción corriente ahora. Reemplazar la minoría de los explotadores por la
mayoría de los que ayer mismo eran esclavos a jornal, es un asunto
comparativamente fácil, simple y natural, que costará mucha menos sangre
de los levantamientos de esclavos, siervos o trabajadores a jornal que con ello
se evitaría, ahorrando a la raza humana muchísimos males, dolores muy
cruentos al conseguir la difusión de la democracia entre la gran mayoría de la
Nación, no habría necesidad de ese instrumento especial para llegar a la
supresión de los explotadores, de los capitalistas. Estos no son capaces de
suprimir al pueblo, sin contar con medios mucho más complicados que habría
de facilitarles el mismo pueblo, mientras que el pueblo puede suprimir a los
explotadores con medios mucho más sencillos y aún casi sin medios de
ninguna clase, sin ningún aparato especial, por la simple organización de las
masas armadas, organizadas en consejos de diputados, soldados y obreros,
representación de todo el proletariado.

Para, finalmente, rematar el punto con lo siguiente: Hemos de decir, por


último, que sólo bajo el comunismo se haría completamente innecesario el
Estado, porque no habría nadie a quien aplicar medidas de represión, nadie en
el sentido de clase, en el sentido de luchas sistemáticas contra una parte
determinada del pueblo como existe actualmente. Al pensar así no somos
utopistas, y de ninguna manera negamos la posibilidad e inevitabilidad de los
excesos individuales, aún convencidos de la necesidad de evitar tales excesos a
toda costa. Tenemos que en primer término, no habría necesidad de ninguna
máquina especial ni de ningún instrumento especial de represión: la nueva ley
la impondría la misma Nación armada, tan sencilla y expeditamente como en
la sociedad moderna impide la gente civilizada que lleguen a las manos dos
combatientes o no permite que una mujer sea ultrajada sin castigo. En
segundo término, ya sabemos que la causa fundamental de los excesos
contrarios a las reglas de la vida social, es la explotación de las masas, su
necesidad y su pobreza actuales. Si suprimimos esta causa primordial, los
excesos comenzarían a desterrarse inevitablemente. No conocemos con qué
prontitud y en qué término, pero sí sabemos que serían desterrados. Con su
destierro quedaría desterrado el Estado.[19]

Consideramos que Lenin es demasiado claro acerca de cómo entiende a la


democracia, al Estado, a la Dictadura del Proletariado y a la sociedad
comunista.[20] Al respecto, la cita practicada, si bien extensa, resulta por
demás de ilustrativa y nos exime de mayores explicaciones sobre tales puntos.
De todos modos, consideramos pertinente ensayar algunas breves reflexiones
que nos suscita la lectura de las palabras transcriptas; trámite, éste, que nos
disponemos a hacer a continuación.

- LA PARADOJA DE UNA DEMOCRACIA SIN ESTADO NI GOBIERNO:

En primer lugar, nos sentimos obligados a resaltar el enorme contrasentido


que se deriva de hablar de democracia, que no es otra cosa que una forma de
gobierno, aplicada a una situación, como la dada por la sociedad comunista, en
la que el Estado ha desaparecido y con él, el gobierno de la comunidad, para
quedar, a modo de remanente una muy poco clara y, por cierto, muy
pobre administración de cosas.

- LA PRIMACIA DE LO CUANTITATIVO:

En segundo lugar, nos llama poderosamente la atención la primacía de los


criterios estrictamente cuantitativos que configuran el pensamiento expuesto: la
legitimidad de la Dictadura del Proletariado pasa a ser, ante todo, un problema
de mayorías, exclusivamente, ya no de valores éticos meta-políticos ni de
normas jurídicas naturales (nótese de paso que la mayoría queda habilitada
para la opresión total de la minoría, al punto de alcanzar su desaparición).

Más claro resulta aún la comparación de cuántos litros de sangre se verterá


por una ruta o por la otra, como único parámetro para efectuar y justificar una
vía de acción política.

- UN DESENLACE ANARQUISTA Y EL REGRESO DEL BUEN SALVAJE:

En tercer lugar, es fácil observar cómo la sociedad comunista, punto


de arribo histórico de claros ribetes anarquistas -como ya hemos anticipado
más arriba-, guarda algunas íntimas semejanzas con el estado de
naturalezaroussoniano. Cómo reaparece, en el seno de la misma, una suerte
de buen salvaje comunista, regido por la costumbre, en el que cobran vida
las reglas elementales y desaparece -al menos, en principio- la tendencia al mal
(la denominadaconcupiscencia por los teólogos cristianos), cuyo origen el citado
ginebrino depositaba en la vida en sociedad, mientras que el marxismo ubica en
las relaciones de producción (que, en definitiva, son las que, según el mismo,
dan forma a la vida social).[21]

- UN UTOPISMO NO ASUMIDO, LA DIABOLIZACION DEL ESTADO Y


EL DESCONOCIMIENTO DEL VERDADERO SENTIDO DEL GOBIERNO:

En cuarto lugar y no obstante lo dicho en sentido contrario por su autor, en


los conceptos citados revisten un obvioutopismo, ya no sólo por la negación de
la humana concupiscencia (negación, ésta, a la que recién hemos hecho
referencia; y que no puede sino provenir del materialismo economicista que
vertebra toda la filosofía marxista), sino por la ingenua concepción subyacente,
según la cual, una sociedad de buenos no necesita de gobierno alguno (lo que
equivale a pensar que en una hipotética sociedad compuesta exclusivamente
por santos las normas viales y los semáforos no son necesarios).

Este evidente error se deriva de la concepción del Estado ya no como


organizador de la vida social (o como la comunidad organizada en sí mismo,
como establecen algunos autores de Ciencia Política) sino como un mero
instrumento de fuerza destinada a ser aplicada a todo aquel que se pase de la
raya (rayas o -si se prefiere, para obviar la metáfora- normas, éstas, que, para
el marxismo, siempre son de valor negativo, puesto que son funcionales a la
explotación desplegada por la clase opresora, que domina e instrumentaliza al
Estado encargado del dictado de las mismas).

- LAS PARADOJICAS COINCIDENCIAS CON EL LIBERALISMO


CAPITALISTA (LA ECONOMIA, LA NACION, EL ESTADO Y LA
EXPLOTACION):

En quinto lugar, nos sentimos habilitados para indicar aquí algunas


pequeñas coincidencias existentes entre lo que acabamos de decir y ciertas
nociones que son de pura raigambre liberal-capitalista (por paradójicas que
semejante comunidad de posturas pueda resultar); a saber:

- Un economicismo de base: En el caso del liberalismo capitalista,


dicho economicismo se insinúa y sugiere claramente a través de varios de sus
postulados y características principales.

Por ejemplo: (1) concepción utilitaria acerca del hombre y del origen de la
sociedad, la cual no es vista más que como el resultado de un contrato celebrado
por los individuos por razones de conveniencia personal;
(2)empequeñecimiento del Estado y acotamiento de las funciones de gobierno;
(3) correlativa ampliación del mercado, como ámbito autónomo, regido por sus
propias reglas; (4) satisfacción de todas las necesidades humanas, sean
materiales o espirituales, dentro del mercado y de conformidad con sus reglas,
como si se tratase de un producto degóndola más; (5) definición, primero, y
promoción, después, del afán de lucro como patrón máximo de la conducta
humana; (6) marcado énfasis sobre las libertades individuales de contenido
patrimonial o cuyo ejercicio resulta útil en el ámbito de los negocios; (7)
primacía de criterios puramente cuantitativos, de manera que la sociedad es
concebida como la mera suma de los individuos, en tanto que el bien común,
como la simple sumatoria de los bienes individuales; etcétera. Hasta aquí, lo
relativo al liberalismo capitalista.

En cuanto al marxismo: el economicismo ya no es meramente insinuado ni


sugerido, sino que queda elevado a la categoría de dogma explícita
y solemnemente formulado, proclamado y destinado a ser impuesto en forma
coactiva, de resultar necesario.
- El desdibujamiento y la desvalorización del concepto de Nación: Este es
otro importante punto en común del liberalismo capitalista y el marxismo.

En primer lugar, porque ambas doctrinas exhiben una clara


vocación universalista.

En segundo lugar, porque el concepto de Nación queda, tanto en uno de


estos campos ideológicos como en el otro, como vaciado de substancia
propia[22] y totalmente subordinado a otros conceptos, que pasan a figurar
como categorías ideológicas hegemónicas, cada uno dentro del
propio territorio; a saber: el individuo (categoría ideológicadesnacionalizada)
en el campo liberal-capitalista, y la clase social (categoría ideológica
también desnacionalizada) en elterreno marxista (con todas sus diversas
variantes).

Y en tercer lugar, guardando perfecta lógica con las concepciones recién


apuntadas, porque mientras que el liberalismo capitalista propicia un
individualismo desorbitado que amenaza con atomizar a las comunidades
nacionales, el marxismo (en todas sus vertientes) promueva activamente
un clasismo combativo que, aspirando a su difusión planetaria mediante
la transversalización de las Naciones[23], se traduce en un fenómeno de
consciente y deliberadafragmentación de sus respectivos cuerpos.

No debe sorprendernos, entonces, que Marx haya sido un defensor


del libre-cambismo[24] ni que se haya manifestado abiertamente en contra
del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Ni debe asombrarnos que,
en la praxis política, ambas corrientes (liberalismo capitalista y marxismo)
hayan sido capaces de entablar alianzas estratégicas a los efectos de combatir a
los partidos políticos, escuelas de pensamiento y regímenes políticos de
cuñonacional o nacionalista (como se prefiera decir), no obstante la variada
diversidad de los mismos. Tampoco debe sorprendernos, a la luz de todo lo
expuesto en el presente tópico, que se suela sindicar tanto al liberalismo
capitalista como al marxismo (en todas sus variantes) la facturación ideológica,
la preparación fáctica y la ejecución práctica delglobalismo actual.

- Una concepción negativa del Estado: Tanto el liberalismo capitalista


como el marxismo coinciden en que el Estado nunca es bueno per se. Ambos
coinciden en no esperar nada (o, mejor dicho, casi nada) bueno por parte del
Estado.

Las diferencias se producen en lo que respecta a qué actitud tomar frente a


este dato primario que ambas ideologías comparten. Para el liberalismo, en
general, el Estado es una suerte de mal necesario, al que hay que limitar a fin de
contener los abusos a los que naturalmente tiende todo gobierno. En tanto que,
para el marxismo, el Estado es, por propia definición, un eficaz instrumento de
dominación, al que es menester tomar y utilizar, pero para preparar su postrera
destrucción; alternativa, ésta, que no carece de cierta lógica si se tiene en cuenta
que, al momento de nacer esta ideología, la burguesía, hegemonizaba
el mercado, configurado de acuerdo con sus intereses y los parámetros
capitalistas, y a cuyo servicio había colocado al Estado liberal nacido -
principalmente- de las revoluciones de los siglos XVII y XVIII.
- La explotación de una clase por otra, planteada en términos de necesidad
histórica, como requisito para el progreso: Las coincidencias sobre el particular
se producen entre el marxismo y el liberalismo capitalista decimonónico (de la
segunda mitad del siglo XIX, más precisamente); vale decir que hacemos
referencia al liberalismo capitalista contemporáneo a la aparición del marxismo.

Dicho liberalismo ya era conocedor de las oprobiosas injusticias sociales


que se derivaban de su propia aplicación, con lo que había perdido su
primigenia inocencia e ingenuidad y comenzaba a hurgar en el social-
darwinismo -expresión del positivismo- la fuente para la renovación de su
propia legitimación; siendo en dicho contexto ideológico donde
la bandera positivista del progreso encontraba el significado útil a la
mencionada finalidad. Aparece así la nueva formulación para
el imperio del mercado: la supervivencia del más apto, lo que equivale a decir
que en la sociedad existe una pugna elevada a la categoría de ley
natural y bendecida por el progreso que su desenvolvimiento conllevaría. Se
puede colegir, en este sentido, que todo lo que el marxismo pregona acerca de la
Lucha de Clases y la Revolución de los Proletarios no es más que el reflejo
opuesto, de izquierda, de una única concepción progresista).

- EL GENOCIDIO Y EL DEBATE ACERCA DE SU INHERENCIA


DOCTRINARIA:

En sexto lugar, consideramos necesario señalar cómo las concepciones


arriba transcriptas, a cuyo breve comentario nos encontramos abocados,
llevaron al desastre y la ruina social de diversos pueblos.

Primero, el liberalismo capitalista (con su Estado ausente y


su mercado autónomo, automático y omnipresente) propició el abuso
del fuerte sobre el débil y generó el hambre y exclusión social, arrastrando a
millones de seres humanos a la desesperación, frente a lo que el marxismo
reaccionó con la actividad revolucionaria, la Dictadura del Proletariado -
totalitaria en medida desconocida al momento- y, finalmente, el genocidio.

Porque los mares de sangre a los que hacía referencia Lenin se tradujeron,
en la realidad histórica, en las escalofriantes cifras que se vierten a
continuación: 62.000.000 de muertes de civiles en la -hoy extinta- Unión de las
Repúblicas Socialistas Soviéticas; 35.000.000, en la República Popular China
durante el régimen de Mao Tse Tung[25], y de 4.000.000 a 6.000.000, en
Camboya, a mediados de la década del ’70, durante el gobierno de Pol Pot[26].

Al respecto, desde la caída del Muro de Berlín (en 1989), se ha discutido


acaloradamente -incluso dentro de las corrientes de izquierda- sobre si tales
genocidios, que no reconocen precedente alguno en la historia de las
Humanidad, fueron:

(1) El producto directo de la aplicación ortodoxa y fidedigna de las ideas


marxistas (postura, ésta, que nos habilitaría a declarar al marxismo como
doctrina intrínsecamente genocida).
(2) Consecuencia de una errónea aplicación práctica de dichas ideas (caso
en el cual resultaría aconsejable efectuar una clara distinción entre
un socialismo teórico y uno o varios socialismo/s real/es).

(3) O bien, si obedecieron a factores extra-doctrinarios[27] (con lo que el


marxismo -en general- quedaríaabsuelto de los horrendos crímenes cometidos
por diversos regímenes en su nombre).

Por nuestra parte, sin pretensiones de agotar la compleja cuestión, nos


inclinamos por la primera de las interpretaciones referidas. En tal sentido,
entendemos que las extensas citas plasmadas más arriba, a las que venimos
contestando, habilitan plenamente la presunción que sostenemos. Presunción,
ésta, que nos permitimos elevar a la categoría de cuasi certidumbre apenas
notamos que dichas expresiones hacen referencia a aspectos substanciales
delcorpus doctrinario marxista, guardando perfecta coherencia con los demás
elementos, aspectos y características que de dicha ideología hemos expuesto en
el presente trabajo.

Por evidentes razones de espacio, nos vemos obligados a detener nuestro


análisis en el presente punto, dejando para otra oportunidad el tratamiento de
otros aspectos de la ideología marxista. Pensamos, no obstante ello, haber
cumplido con el cometido que nos habíamos fijado: efectuar una somera
exposición acerca de la teoría marxista del Estado, detectando y discurriendo
sobre sus ejes rectores, con previa noticia de los fundamentos -ante todo,
filosóficos- de los que la teoría en cuestión se nutre y sobre los que pretende
sostenerse.

A modo de breve colofón, nos parece conveniente efectuar las siguientes


consideraciones:

- Según indica la experiencia histórica, de las predicciones y promesas más


importantes del marxismo, sólo se ha cumplido acabadamente una sola:
los mares de sangre derramada, tan explícitamente vaticinados por Lenin.

- Se suele decir que los errores del marxismo se producen exclusivamente


al campo de la praxis. Nosotros nos permitimos disentir con tan difundida
opinión. Pues, al contrario de lo que ella postula, pensamos que los errores y
horrores en que ha incurrido el marxismo en su aplicación práctica dentro del
escenario histórico, obedecen principal y directamente a defectos
deformantes que provienen del núcleo genético de su concepción ideológica.

En tal sentido, grosso modo, reconocemos al marxismo, en tanto


elaboración teórica, el único aserto de haber denunciado las enormes y
gravísimas injusticias sociales provocadas por el liberalismo capitalista
(acusación que, dicho sea de paso, no le es exclusiva).

Pero pensamos, paralelamente, que fue incapaz


de diagnosticar correctamente las causas profundas de dichaenfermedad y -por
tanto- de pronosticar certeramente la evolución de la misma y -mucho menos
aún- de prescribir unremedio apropiado. Y es dato de nuestra íntima convicción
que dichas incapacidades se deben, en última instancia, a que el marxismo
desconoce casi totalmente la naturaleza esencial del paciente al que
pretende curar, esto es: al ser humano.

Con lo que -fuerza es reiterarlo- los vicios del marxismo reconocen una
causa que se encuentra instalada en elcorazón mismo de su armazón teórico.

- Creemos también que una mirada retrospectiva hacia el siglo XX, tanto
como la observación de los acontecimientos del nuevo siglo, pone en evidencia
la gran contribución que, voluntaria o involuntariamente, el marxismo ha
terminado aportando en favor del globalismo actual. En este sentido, pensamos
que el marxismo ha sido (y aún hoy lo es) totalmente funcional a los intereses
que promueven dicho globalismo.

A este respecto, y por citar tan sólo algunos datos indicativos, resulta
poderosamente sintomático que, por un lado, los países que formaban parte del
ex bloque soviético hayan sido tan rápida y fácilmente apresados por el
movimiento globalizador (este fenómeno, verdaderamente sorprendente,
genera la impresión de que los regímenes comunista allí imperantes hasta hace
pocos años, jamás han existido).

Agudizando nuestra mirada, observamos la trágica tierra arrasada que, en


no pequeña medida, han dejado las décadas de la dominación bolchevique,
tanto a nivel cultural y cívico, como institucional y político.

Por otro lado, la República Popular China (o China Comunista) ha podido


hacer -con sorprendente destreza- elvuelco necesario para su integración en el
escenario económico-financiero global, de cuño esencialmente capitalista,
permitiendo las inversiones directas de particulares dentro de su país, en
sociedad con un Estado que no ha renunciado, a pesar de todo, a su carácter
comunista y que sigue manteniendo a su población sometida a un férreo
totalitarismo que, en nombre de la Dictadura del Proletariado, ofrece su fuerza
de trabajo al mundo a precio vil, para mayor ganancia de laoligarquía del
Partido Comunista y sus socios ultra-capitalistas (principalmente, occidentales).

- El señalado fracaso del marxismo real, el decepcionante incumplimiento


de sus promesas, las crueldades cometidas en su nombre, la funcionalidad con
que ha trabajado respecto de la globalización de cuño capitalista, y la sorpresiva
capacidad que ha demostrado para operar en el seno de la misma, autorizan,
con la fuerza que sólo los hechos claros e inocultables pueden conferir, a
descartarlo como opción al viejo pero aún vigente problema de la cuestión
social, que ha extendido a nivel planetario sus injusticias sociales e inequidades
internacionales.

Desde este punto de vista, hoy como hace ya más de un siglo, el desafío
radica en elaborar y realizar un orden mundial alternativo al vigente. Pero para
ello será preciso, en el plano teórico, descartar las premisas filosóficas de las que
se ha nutrido dicho orden, cosa que el marxismo -no obstante sus pretensiones
revolucionarias- nunca hizo.

Ello importa un esfuerzo intelectual sin precedentes, tal vez, desde la


Antigua Grecia en adelante. Porque se trata, ante todo, de un desafío de
dimensiones metafísicas. Cuya proyección práctica (cultural y política)
requerirá, por su parte, de la luz y la entrega propia de los grandes sabios que
han oficiado de grandes maestros para sus respectivos pueblos; de la genialidad
y el carisma característicos de los grandes estadistas y líderes políticos; y del
coraje de los grandes pueblos. Como sea, luego de tamañas derrotas y tan crasas
decepciones, y ante tamaños desafíos, eso y no otra cosa es lo que exige la hora
presente: grandeza…

[1] Tanto el abuelo como el tío de Carlos Marx eran importantes autoridades
religiosas dentro de la colectividad judía de su región.

Paralelamente, su madre era una mujer judía “religiosa” u “ortodoxa”, como se


suele decir; en tanto que su padre, si bien adhería a las corrientes “seculares” y
“laicas” del pensamiento “modernista” e “ilustrado”, nunca llegó a renegar del
origen judío de su familia.

Cabe aclarar que, sobre este tema, algunos autores han incurrido en ciertos
equívocos, producidos por el hecho de que Carlos Marx fue bautizado, a los
cinco años de edad, en del culto cristiano-luterano (también sus padres y
hermanos fueron bautizados en dicho credo).

Sin embargo, tal como explican muchos de los biógrafos de Carlos Marx, el
aludido bautismo fue impuesto a los suyos por el padre de la familia, en contra
de la voluntad de su esposa (quien, a pesar de sus reticencias, también acabó
haciéndose bautizar unos pocos años más tarde que su cónyuge y sus hijos).

Coinciden dichos autores en afirmar que la idea del padre de bautizarse junto
con su familia no obedeció a genuinas convicciones religiosas sino que fue
motivada por razones de conveniencia (ya que fue dicho bautismo el que le
permitió desempeñarse profesionalmente en el Foro judicial alemán de la
época).

Tampoco deben confundirnos a este respecto las muy controvertidas


aseveraciones que Carlos Marx hizo en sus dos pequeños ensayos titulados La
Cuestión Judía y La Cuestión Judía en Bruno Bauer. En dichas obras, el autor
no ejerció - en modo alguno - la defensa del Cristianismo; sino que,
simplemente, se dedicó a criticar en términos muy duros la religión, la cultura
tradicional y el rol histórico desempeñado por el pueblo judío. Crítica, ésta, que
por momentos alcanza también al Cristianismo y que, tal como era de suponer,
hizo desde las premisas y los postulados básicos del pensamiento “modernista”
(materialismo, secularismo, progresismo y universalismo).

[2] Marx se definió a sí mismo como un “hegeliano al revés”, por haber tomado
la noción de movimiento tríptico dialéctico de Hegel (que éste había asignado a
la Idea) para aplicarlo a su concepción enteramente material del mundo y
explicar así la dinámica del mismo.
[3] En muchas ocasiones hemos usado el término capitalismo como sinónimo
de liberalismo económico. Sin embargo, en este caso, utilizamos dicho vocablo
en el sentido de propiedad privada de los bienes de producción (tierras,
máquinas, fábricas, etc.).

De conformidad con el sentido aludido, la economía capitalista es aquella en la


cual los que aportan los medios de producción y los que aportan su trabajo para
la común realización de la actividad económica, son personas distintas, a saber:
el propietario-empresario y el trabajador, respectivamente. Sintéticamente, se
trata del reparto de la actividad económica entre dos factores fundamentales: el
capital y el trabajo.

Ello no significa -como cree Marx- que quien pone el capital (su propietario)
no haga un aporte necesario ni valioso, ni tampoco que necesariamente no
trabaje (pues, si bien no está en relación de dependencia -dado que es el patrón-
, la organización de los medios de producción que toda empresa implica es una
forma de trabajo). Además, normalmente (expresión, ésta, que utilizamos más
que nada en su sentido normativo), el capital es el producto del ahorro, que no
es otra cosa más que trabajo acumulado.

Por último, cabe aclarar que, si bien el capitalismo como liberalismo


económico requiere de este capitalismo como división capital-trabajo, este
último sistema no siempre es liberal.

[4] Este es uno de los temas más discutidos del pensamiento marxista. El
concepto no figura en la obra de Marx tituladaEl Manifiesto Comunista. Pero lo
expresa por primera vez en una epístola dirigida a Weydemeyer en el año 1852,
en unas referencias al fracaso de la Revolución del año 1848. Allí comentaba que
si el Estado, hasta entonces, producto de la Revolución Industrial y de la
Revolución Francesa (año 1789), ha sido la dictadura de la burguesía capitalista,
el paso al comunismo se debía hacer a través de la dictadura del proletariado
como consecuencia del proceso histórico. Tras la conquista del poder, esta
dictadura sería la palanca para llevar a cabo todas las transformaciones que
fueren necesarias, pero se trataría de un período meramente transitorio hasta la
total supresión de las clases sociales.

[5] La Revolución proletaria consiste en la conquista del poder para imponer


la Dictadura del proletariado. En cuanto a si esa revolución debe ser
necesariamente violenta o, por el contrario, puede producirse gradualmente, las
opiniones son contradictorias y el tema fue precisamente causa de división entre
los diversos partidos comunistas del mundo. Además, las posiciones adoptadas
fueron cambiándose con el transcurso del tiempo. Hace ya varios años que el
comunismo ruso y el europeo -originariamente, revolucionarios violentos-
comenzaron a inclinarse por la evolución pacífica. Por su parte, el comunismo
chino, luego de defender durante mucho tiempo, la acción violenta, fue
moderando paulatinamente su posición. En Africa y Latinoamérica, hasta los
años ’70, el comunismo adoptó formas violentas, pero luego de las frustradas
experiencias revolucionarias de aquella década, varios grupos terminaron por
adherir a posturas más moderadas.
[6] En la sociedad comunista sólo existiría una mera administración de los
bienes comunes.

[7] En tal sentido, afirmaba un jurista perteneciente al régimen soviético: el


Estado se transforma en la U.R.S.S. de sujeto político, que ya no lo es más, en
un sujeto económico (Cfr. Goïchbarg, Traité de Droit Civil et Commercial, T. 1º,
22, pág. 6); citado por Enrique A. Sampay, La Crisis del Estado de Derecho
liberal-burgués, Editorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1942, pág. 309.

[8] Lo que, a nuestro entender, no significa que dicho proceso haya sido
inexorable (tal como Marx y Engels pregonaban). Vale decir que, en nuestra
opinión, la cuestión social (provocada por el liberalismo capitalista) era evitable.
Como también lo era, incluso a pesar de ella, el remedio, la salida o, si se
prefiere, el desenlace propugnado por Marx y Engels.

Dan claras pruebas de ello los éxitos económicos y sociales (algunos de ellos,
verdaderamente impresionantes) logrados por diversos regímenes políticos
alternativos, que, tomando distancia tanto respecto del liberalismo capitalista
como del socialismo de corte marxista, postularon el principio político de
conciliación de las clases.

[9] Cfr. F. Engels, El Anti-Dühring, trad. esp. de José Verdes Montenegro y


Montoro, Editorial Claridad, Buenos Aires, s. d. pág. 308.

[10] Cabe aclarar que, en tal supuesto, en que el Estado es conquistado por la
mayoría de los explotados, sustituyendo a la minoría hasta ayer explotadora,
dicha institución pasaría a ser representante, en todo caso, de la citada mayoría
y no de la sociedad en su conjunto.

[11] Cfr. F. Engels, ídem anterior, pág. 309.

[12] Se registra un mesianismo muy acusado en el marxismo. Su


carácter escatológico, al que hacemos referencia en otras partes del presente
trabajo, guarda directa relación con la intransigencia ideológica a la hemos
hecho alusión arriba. A efectos de comprender en profundidad tan peculiar
característica y los alcances de la misma, resulta por demás de ilustrativo lo
afirmado por Gustavo Le Bon: Las creencias de forma religiosa, como el
socialismo, son inconmovibles porque los argumentos no hacen mella en una
convicción mística... Todos los dogmas, los políticos sobre todo, se imponen
generalmente sobre las esperanzas que hacen nacer y no los razonamientos
que invocan... La razón no ejerce influencia alguna sobre las fuerzas
místicas (autor citado, Ayer y mañana).

Acotemos, de paso, que, por esta y otras razones, son muchos y muy variados los
autores que señalan en el marxismo una suerte de carácter religioso
(verbigracia: Max Eastmann, Padre Castellani, Aníbal D’angelo Rodríguez, etc.).

[13] De esta forma, muchos dirigentes marxistas, en diversos países y en


distintas épocas, bloquearon (o, al menos, intentaron bloquear) las
reformas sociales y las medidas pro-obreras adoptadas por Gobiernos de otros
signos ideológicos (llegando, en algunos casos, a aliarse con los sectores
liberales, capitalistas y conservadores, con tal objeto).

[14] Obra citada, III parte, capítulo 2.

[15] Sorprende, aquí, cuán errada terminó resultando la apreciación del citado
autor. Observando la cuestión desde la perspectiva histórica que nos permiten
nuestros días, a más de un siglo de las expresiones que comentamos, podemos
ver claramente cuán gigantesco y veloz ha sido el avance de las grandes
corporaciones privadas, las que no sólo han adquirido el dominio de los
mercados, sino que vienen liderando un determinado proceso de globalización
sin precedentes en la historia de la Humanidad, arrinconando a las soberanías
de los Estados nacionales y amenazando con reducirlas a su mínima expresión,
si no con hacerlas desaparecer.

[16] Lenin, El Estado y la Revolución, Populibros Nuestra América, Buenos


Aires, 2004, págs. 22 y 23.

[17] Se trata, en suma, de una forma particular del concepto de culpa colectiva.
Concepto, éste, que, luego de varios siglos de relativo desuso por haber sido
considerado inconsistente, ha vuelto a ser implementado con notoria asiduidad
en las últimas décadas, frente a casos muy diversos, por ciertos pensadores,
dirigentes políticos y medios de prensa.

Desde luego, es un concepto peligroso, por cuanto resulta muy útil


para demonizar a grupos humanos enteros (verbigracia, un pueblo, una clase
social, una agrupación religiosa, etc.) y para avalar agresiones indiscriminadas
contra los mismos, independientemente de las responsabilidades que caben a
sus integrantes individualmente considerados (por ejemplo, en caso de guerra,
los ataques militares contra la población civil e, incluso, su matanza o
genocidio).

Por lo demás, el concepto de culpa colectiva resulta perfectamente coherente


con una concepción antropológicacolectivista, como la que sostiene el
marxismo.

[18] Partido, éste, que, en los países comunistas, para su organización interna
también ha adoptado una configuración eminentemente autoritaria y
marcadamente “verticalista”. Y que, en general, se ha mantenido cerrado a las
mayorías (por ejemplo, en la ex Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas,
sólo una pequeña y muy selecta minoría formaba parte del Partido Comunista
que gobernó durante casi setenta años).

[19] Conforme: autor citado, El Estado y la Revolución del Proletariado,


edición de la Biblioteca de Cultura, Barcelona, s.d., págs. 95 a 98.

[20] No está demás, sin embargo, recordar cómo, en ocasión del VII Congreso
de los Soviets, el ministro soviético Molotov, en su informe dirigido al citado
congreso, confirmaba y recalcaba los conceptos marxista-leninistas arriba
aludidos: La dictadura proletaria, que se apoya en la alianza de los obreros y
campesinos, es un Estado de nuevo tipo. Este Estado ha surgido como
resultado del triunfo de la clase obrera sobre la burguesía, con el fin de
liquidar por completo a la burguesía y a las clases en general. Si la burguesía
hace actualmente tentativas desesperadas, aunque estériles, de perpetuar las
clases y la dominación de la minoría sobre la mayoría, realizando con este fin
transformaciones y reformas antidemocráticas en su aparato estatal, el poder
soviético marcha inflexible y triunfalmente hacia el objetivo opuesto: hacia la
liquidación de todas las clases y de todas las supervivencias del capitalismo en
la propia conciencia de los hombres. En manos de la clase obrera, el aparato
del Estado está puesto al servicio de la construcción de la sociedad socialista
sin clases y de la supresión de todo género de obstáculos que haya en el
camino. El Estado, como aparato especial, fue creado hace muchos siglos, pero
únicamente el poder obrero y campesino es el que lo ha transformado de
instrumento de dominación de la minoría sobre la mayoría, en un aparato de
poder de la mayoría sobre la minoría (conforme: autor citado, La Sociedad
Socialista y la Democracia Soviética, Editorial Impulso, Buenos Aires, 1936,
págs. 135/6; citado por Arturo Enrique Sampay, en La crisis del Estado de
Derecho liberal-burgués, Edtitorial Losada, S.A., Buenos Aires, 1942, págs.
313/4).

[21] Conviene recordar aquí la muy difundida crítica que, a este respecto, se ha
formulado contra el pensamiento marxista: si el origen de todos los males ha
sido la apropiación privada de los medios de producción, ¿por qué se produjo,
entonces, dicha apropiación? Vale decir, ¿cómo explicar que no habiéndose
producido aún la causa fundamental del mal, el mismo -sin embargo- aparezca,
se produzca, con el acontecimiento de dicha causa, precisamente, en medio de
una sociedad pacífica, donde no existía la opresión, es decir, la verdadera causal,
según Lenin, de los excesos contrarios a las reglas de la vida social? Una vez
que nuestras preguntas arriban a este punto y continuando nuestro avance por
elcamino delimitado por el propio marxismo, ¿no nos vemos obligados a
admitir que debió haber existido otro mal, de naturaleza extra-económica,el
que, siendo anterior a la apropiación, condujo a ella? Y siendo esta atribución
de culpas a la apropiación privada, el fundamento por el que se sostiene -
siempre desde el marxismo- que la eliminación de la propiedad privada y, con
ello, de las clases, hará retornar el estado idílico primigenio, ¿qué nos garantiza
que, una vez arribados a la Sociedad Comunista, no se produzca un nuevo
fenómeno de apropiación que llevaría a la repetición del prolongado
proceso histórico que corre desde la ruptura de la sociedad originaria hasta la
Dictadura del Proletariado? Vale decir, en suma, que el marxismo aplica el
modelo del movimiento dialéctico en su interpretación de la historia, sin poder
dar razón del inicio ni del final (definitivo) de su relato.

[22] La Nación, tal como es, queda fuera del campo visual de ambas ideologías.
Desde las premisas ideológicas de dichas ideologías, es casi (si no totalmente)
imposible distinguirla en su realidad y ponderar su importancia. El
individualismo utilitario del liberalismo, así como su
aproximación cuantitativista a las realidades humanas, conspiran contra ello.
En cuanto al marxismo, su propio padre fundador veía en las naciones nada
más que consecuencias de la provisional limitación (que, en conjunto, se
atenúa) del espacio geográfico de las comunicaciones de los hombres y de sus
productos. En efecto, para Marx, las naciones no eran más que espacios
poseídos por clases sociales que manejan las fuerzas productivas del mismo. Por
ello afirmaba que sólo las clases dominantes tienen patria, objetivando
dicho bien y dando lugar a la ideología nacionalista (conviene aclarar aquí que,
para Marx, la ideología es toda representación que se eleva sobre la base de las
condiciones materiales del mundo, pero que el hombre toma como dato real y
erige en valor). Consecuente con sus propias ideas, nuestro autor sostenía
que los obreros no tienen patria (conforme: Manifiesto del Partido Comunista).
Este fue uno de los motivos más poderosos, junto con la negación de la religión,
por los que, en muchos países, millones de obreros y campesinos rechazaran la
doctrina que decía hablar en su nombre (al respecto, cabe recordar que, en la
propia Rusia comunista, el Gobierno de Lenin, desde su erección hasta el día 7
de noviembre de 1923, había asesinado, mediante purgas, a unos 1.500
sacerdotes, 6.000 profesores, 9.000 médicos, 54.000 oficiales, 260.000
soldados, 70.000 policías, 12.000 propietarios, 355.000 intelectuales y
escritores, 193.290 obreros y 815.950 campesinos; de lo que se deduce que la
mayoría de los reaccionarios pertenecía a los sectores en cuyo nombre
pretendía haber hablado la Revolución).

[23] ¿Qué mejor traducción de dicha transversalización que la conocida


consigna: Proletarios del mundo, uníos?

[24] En este punto, como en otros, Marx pregonaba lo mismo que los
pensadores liberales: el desarrollo de la burguesía y del libre comercio
internacional sirven para ir haciendo desaparecer las diferencias y hostilidades
entre las naciones. Argumento, éste, al que Marx, en su justificación del libre-
cambismo, se limitaba a agregar una segunda razón, sin negar aquella primera;
a saber: que había que propiciar el libre comercio entre las naciones a fin
de ayudar a la historia, acelerando el proceso de la burguesía hacia su
paroxismo (y ello, no obstante lo beneficioso que tal medida resultaba para el
imperialismo británico de la época, y lo perjudicial que era para los pueblos
periféricos). O sea que Marx entendía que la mejor forma de hacer caer a la
burguesía capitalista consistía en ayudarla... El planteo en sí mismo, así como
las resultas arrojadas por la historia, según las podemos contemplar a más de un
siglo de distancia, nos eximen de todo comentario al respecto.

[25] Conforme: J, Rummel, Statistics of Democide, The Economist, 11/09/99.


Es importante aclarar que algunas fuentes elevan a 50.000.000 la cantidad de
vidas que se cobró la Dictadura del Proletariado en la ex U.R.S.S., y a
80.000.000 millones, en el caso del comunismo chino, desde la revolución de
1949 hasta la tristemente célebre matanza de la Plaza de Tian Na Men, en 1989
(conforme: A. Salbuchi, El Cerebro del Mundo, El Copista, 1999).

[26] Conforme: Adrián Salbuchi, El Cerebro del Mundo, Ediciones del Copista,
2003.

[27] En este sentido, algunos autores prefieren atribuir los salvajes y masivos
crímenes cometidos por los regímenes comunistas (de los que en el presente
trabajo sólo hemos mencionado a los ejemplos más gruesos, por obvias razones
de espacio) a causas de orden estrictamente circunstancial y, por tanto,
contingentes, o bien, a factores pertenecientes a los diversos ámbitos culturales
en lo que la idea comunista fue o intentó ser aplicada. Así, por ejemplo, ciertos
autores atribuyen los crímenes soviéticos a una suerte de supuesta agresividad
y/o violencia inherente al carácter nacionalruso.

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