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Historia Del Arte

El documento explora la relación entre la fealdad y la belleza en el arte a lo largo de la historia, destacando cómo la fealdad ha sido considerada como una antítesis y referencia complementaria a la belleza. Desde la antigüedad hasta el Romanticismo, se argumenta que lo feo puede ser una forma de expresión artística que refleja el dolor, el conflicto y la rebelión. Finalmente, se menciona que el arte contemporáneo, influenciado por eventos traumáticos, ha adoptado lo feo como un medio para desafiar la superficialidad y la injusticia.
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El documento explora la relación entre la fealdad y la belleza en el arte a lo largo de la historia, destacando cómo la fealdad ha sido considerada como una antítesis y referencia complementaria a la belleza. Desde la antigüedad hasta el Romanticismo, se argumenta que lo feo puede ser una forma de expresión artística que refleja el dolor, el conflicto y la rebelión. Finalmente, se menciona que el arte contemporáneo, influenciado por eventos traumáticos, ha adoptado lo feo como un medio para desafiar la superficialidad y la injusticia.
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HISTORIA DEL ARTE

LO FEO EN EL ARTE. ¿QUÉ ES EL ARTE?


El concepto de belleza implica necesariamente su opuesto. La fealdad es la antítesis de lo bello,
pero también actúa como referencia complementaria. No habría armonía sin disonancia, equilibrio
sin desorden, proporción sin desmesura.
Al igual que la belleza, la noción de fealdad ha evolucionado a lo largo de la historia. En el mundo
griego, lo feo se identifica con el desorden, el error y el mal. Es la negación de los valores
contenidos en la tríada de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Para Platón, lo feo es privación, vacío,
no-ser, ausencia absoluta. Sólo puede concebirse por contraste con lo bueno. Plotino reproduce
esta teoría. Lo bello es plenitud; lo feo, carencia.
Durante la Edad Media y el Renacimiento, se repite esta teoría. La trayectoria de esta idea se
extiende hasta el siglo XX, cuando Heidegger describe la obra de arte como apertura frente al no
ser.
El éxito del cristianismo introducirá la fealdad en el campo de las artes. La adoración de un Dios
sufriente contrasta con las deidades grecorromanas. En su Estética, Hegel escribe que el mundo
griego jamás se habría representado a un dios soportando un horrible suplicio, con las espaldas
flageladas y la frente coronada de espinas. El dramatismo de la muerte de Cristo es incompatible
con la sensibilidad griega.
El profeta Isaías ya había vaticinado que el Mesías no sería un hombre hermoso y Justino, Padre
de la Iglesia, afirma que Jesús no era bello de aspecto. San Agustín insiste en que Cristo asumió
la fealdad para devolver la dignidad a una humanidad deformada por el pecado.
A diferencia de los dioses paganos, el Dios cristiano se humilló y descendió hasta lo humano para
prodigar la salvación entre judíos y gentiles, sin establecer ninguna distinción. El dramatismo de
los crucifijos medievales o el aspecto monstruoso de las gárgolas de las iglesias románicas y
góticas comenzará a desparecer con el segundo Concilio de Nicea (787), cuando se autorice el
culto a todas las imágenes de la divinidad. A partir de entonces, proliferarán las Vírgenes de
rasgos delicados y las representaciones del Niño Jesús.
En 1767, Lessing estudia en el Laocoonte la fealdad como categoría específica, pero reserva su
manifestación al ámbito de la poesía, ya que entiende que la literatura, por su naturaleza
temporal, diluye lo grotesco o repugnante, mientras que en las artes figurativas su presencia
perdura en el espacio.
En 1795, Friedrich Schlegel escribe “Sobre el estudio de la poesía griega”, donde apunta que la
fealdad es uno de los rasgos definitorios del arte moderno. Ya no es la armonía, sino la
intensidad, el dramatismo o la originalidad lo que inspira al artista. Schlegel cita a Shakespeare,
cuyas obras no escatiman la violencia, lo trágico o lo grotesco. Sus personajes no conocen la
armonía, sino que viven acosados por la desesperación, la impotencia o el fracaso.
Hölderlin afirma que sólo merecen el nombre de arte las obras capaces de expresar la
experiencia del dolor. No se puede llamar arte a la evasión o el entretenimiento, que sólo ocultan
las tensiones y conflictos que traspasan la realidad.
El Romanticismo acentuará esta tendencia. El arte no se ocupa sólo de lo feo, sino que también
acoge lo repugnante y lo deforme. No es una idea nueva. En su Poética, Aristóteles ya había
apuntado que el arte reelabora lo repulsivo y lo convierte en belleza: “aquellas cosas que nos
hacen sufrir cuando las vemos en la realidad nos producen placer si las vemos en imágenes que
sean lo más fieles posibles, tal los dibujos de las bestias más sórdidas y de los cadáveres”.
La poesía simbolista no sólo asume la fealdad como elemento estético, sino que separa la belleza
del bien moral. Baudelaire sitúa la belleza entre “el crimen, el horror y la locura”. En 1853, Karl
Rosenkraz publica la “Estética de lo feo”, que relaciona la fealdad con el conflicto introducido por
el cristianismo. El hombre está desgarrado por su inclinación hacia el pecado, que contrasta con
su anhelo de perfección moral. Esta perspectiva pierde su dramatismo al comparecer el humor.
Lo grotesco asocia la fealdad a lo cómico, pero no a lo monstruoso.
La ironía es una forma de belleza que no coincide con el ideal clásico de armonía. Es el caso de
la pintura y escultura del artista colombiano Fernando Botero, que ha transformado la gordura en
un nuevo principio estético.
Sin embargo, la fealdad también puede interpretarse como una forma de rebeldía. Theodor W.
Adorno identifica lo feo con lo revolucionario. Lo amorfo, lo disonante o lo anómalo son formas de
rebelión contra ese arte superficial y alienante que adormece la conciencia, impidiendo apreciar la
injusticia. La obra de Picasso, Schönberg o Munch son un grito contra la opresión. Después de
Auschwitz, sólo puede subsistir un arte sombrío, enlutado. Cuando Adorno afirma que tras los
campos de exterminio ya no es posible la poesía, no proclama la muerte del arte, sino el fin del
ideal clásico de belleza. Al incorporar lo asimétrico, lo disarmónico, lo desfigurado, el arte “acoge
el infortunio, en vez de limitarse a la inútil protesta contra él”.

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