LADRILLEROS
Selva Almada
Si tuviera que elegir dos palabras para definir la novela de Almada serían
brutal y primitiva, como la vida de los personajes que protagonizan la historia,
con pasajes pornográficos que ponen de relieve el estado primitivo en el que
viven muchas personas en los pueblos del interior, o en las grandes urbes. Así la
autora nos introduce en la trama con un lenguaje que no nos gusta leer, en una
historia de vida que no queremos conocer, que existe, pasa, vive. Un lenguaje
que se usa más a menudo de lo que pudiéramos desear, historias de vidas que se
escurren entre la sangre, el barro y la miseria.
La miseria en todo su esplendor, porque no me refiero sólo a la miseria
material sino también a la miseria humana, a esos padres que abandonan a sus
hijos, a mujeres que asesinan perros, porque su sola presencia les molesta, a
jóvenes que se matan entre sí, porque el abandono y el desamparo les llenó el
corazón de rencor y la cabeza de furia.
La crítica a la ley y la ineptitud de sus funcionarios se manifiestan en la
novela de Almada, encarnada en la figura del cuerpo de policía local, que no
logra esclarecer el crimen de Elvio Miranda, porque no estaban preparados para
un caso como este y mucho menos para uno más grande, como el robo del
Banco Río el que terminó por cajonear el de Miranda.
¡Qué desperdicio! Dice Rebolledo, el comisario cuando observa los
cuerpos inertes de los chicos muertos entre el barro y la sangre, ¿Qué
desperdicio? ¿Desperdicio de qué? De vida, dos jóvenes que habían sido como
hermanos en los primeros años de su vida, terminan matándose por un rencor
heredado.
El rencor, la miseria y la soledad como herencias, no hubo forma de
escapar a esa herencia que se lleva en la sangre, como la tierra al río, cuando el
río se seca, la tierra se muere, “Lo que se hereda no se roba” pp. 296 dice
Almada.
En algún pasaje de la novela sentí leer algún verso de Hernández en su
Martín Fierro, sangriento pasaje que mezcla las descripciones, la del crimen
con la del paisaje, y así el color local se impregna en la prosa de Almada.
Al igual que en el texto de Hernández, la denuncia social se hace
literatura en el texto de Almada en la cita, ella grita en silencio entre sus líneas
“esto pasa y a nadie le importa” toma su birome lo denuncia, no puede hacer
otra cosa, al igual que en “Chicas muertas” la escritora busca justicia en una
sociedad injusta y corrupta.
Y es acá en donde el texto de Almada me lleva otra vez a Hernández y su
gaucho maltratado, ese grito de libertad que eleva Hernández cuando le da la
palabra al gaucho mal hablado, violento y roñoso que se enfrenta a una sociedad
pulcra, educada y corrupta; Almada presenta en su novela muchos de los tópicos
que utilizó Hernández en Martín Fierro:
>La utopía para Martín Fierro era irse con los indios, para “Marciano” el
personaje de Almada la utopía era irse a vivir a Entre ríos, allí hasta el
clima era más gentil:
“Quería vivir en un sitio como ese. Con todo ese verde, con toda esa agua; si hasta los
pájaros eran más lindos que acá, el plumaje más brillante, los picos más coloridos.
Acá, todo duro, seco, espinoso, lleno de polvo. Allá, hasta el carácter de la gente debía
ser más amable. Acá no se puede, acá todo tiene que ser violento, a la fuerza.” pp.143
>El lenguaje que emplea Hernández era inapropiado para la época,
incluso hoy día se sigue discutiendo cómo puede un texto mal escrito ser tan
exitoso. Almada emplea un lenguaje burdo, grosero, bizarro durante toda la
novela, al igual que aquellos que viven esa realidad, usan ese lenguaje todos los
días de su vida y ven el mundo desde esa estrechez lingüística.
>El color local: Hernández fotografía el desierto, puedo ver el sol
poniente en la aridez del llano con leer cualquier canto del Martín Fierro.
Almada nos deja sentir la humedad, el calor y el trino de los pájaros del litoral
en toda su novela.
El Martín Fierro es un grito de libertad para el gaucho, Ladrilleros es un
grito de auxilio en una sociedad sorda.
La violencia y el crimen cotidiano
La violencia no sólo se da entre los rivales protagónicos o en el trato de
los maridos a sus esposas, flotaba en el aire como el polvo que desprenden las
calles de tierra en verano, cuando la lluvia ausente deja morir los sembrados.
Así la violencia se respira y se les mete en los pulmones y lo exhalan cada vez
que respiran, “dos mujeres agarrándose de los pelos, en la calle, por líos de los
maridos o con los hijos” pp. 233.
Elvio Miranda, la violencia hecha carne y muerte, lo asesinaron con tanta
saña que la misma policía se estremeció, dos disparos por la espalda y el
degüello.
“El asesinato de Elvio Miranda fue noticia y hasta llegó a tener una columna en la
sección Policiales del diario regional. Las muertes en las peleas de bar, entre
borrachos, así como los llamados <<crímenes pasionales>>, eran tan frecuentes que
apenas merecían algún comentario en la radio. Pero ni la policía, ni los periódicos, ni
la gente común les prestaba atención a menos que fuesen allegados o víctimas o el
victimario.” Pp.174
La violencia de género no podía escaparse a su prosa, el maltrato hacia la
mujer lo revela como algo natural y aceptado por la sociedad “Los hombres
golpeaban a las mujeres alguna vez en la vida. A eso también lo había
aprendido. ¿A caso su padre no la había agarrado con el cinto cuando le dijo
que esperaba un hijo de Tamai? Reflexiona Celina frente a la violencia de su
esposo.
Lo real maravilloso tampoco se escapa de la prosa de Almada, después de
10 años de muerto Elvio Miranda vaga en pena sobre el cuerpo moribundo de su
hijo Marciano, pero eso ya es un tema para examinar a parte.
Podría seguir analizando Ladrilleros, pero me vería obligada a salir a la
calle a manifestarme por tantas injusticias, la novela de Almada es dura, brutal y
primitiva, como la vida de muchos, cuesta leerla y cuesta sacarse de la cabeza la
idea de injusticia, de violencia y soledad en la se escurren las vidas de sus
protagonistas.