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Acertijos

Este documento contiene 10 acertijos cortos, algunos chistes y 10 dictados cortos con palabras similares. Los acertijos presentan preguntas breves con respuestas ingeniosas. Los chistes son bromas cortas sobre situaciones cotidianas. Los dictados consisten en oraciones sencillas con palabras que comparten sonidos similares para practicar la ortografía.

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Acertijos

Este documento contiene 10 acertijos cortos, algunos chistes y 10 dictados cortos con palabras similares. Los acertijos presentan preguntas breves con respuestas ingeniosas. Los chistes son bromas cortas sobre situaciones cotidianas. Los dictados consisten en oraciones sencillas con palabras que comparten sonidos similares para practicar la ortografía.

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Acertijos

1. Si un gallo situado encima de un tejado pone un huevo y el viento va hacia la derecha,


¿hacia dónde caerá el huevo?
Los gallos no ponen huevos
2. ¿Qué es lo que hace una vaca cuando sale el sol?
Sombra
3. ¿Cuál es la estrella que no tiene luz?
La estrella de mar
4. ¿Cómo se saca un elefante de una piscina?
Mojado
5. Un pato y un niño nacen al mismo tiempo. Al cabo de un año, ¿cuál es mayor de los dos?
El pato porque tiene año y pico.
6. ¿Dónde esconderías a una oveja?
En un rebaño
7. En el aire se cruzan un helicóptero y una avioneta. ¿Cómo se llaman los pilotos?
Por radio
8. ¿Qué animal salta más alto que una casa?
Todos. Las casas no saltan
9. ¿Cuál es el animal que tiene más dientes?
El ratoncito Pérez
10. ¿Qué se necesita para encender una vela?
Que esté apagada

CHISTE
Papá, ¿qué se siente tener un hijo tan guapo?
- No sé hijo, pregúntale a tu abuelo...

Había una vez un hombre tan pequeño que se subió encima de una canica y dijo:
- ¡El mundo es mío!

La maestra:
- Jaimito, si en esta mano tengo 8 naranjas y en esta otra 6 naranjas ¿Qué tengo?
- Unas manos enormes, señorita.

Esto son dos mosquitos que van en una moto y el de atrás le dice al de delante:
- ¡Oye, para, que se me ha metido una mosca en el ojo...!

- ¿Sabes que mi hermano anda en bicicleta desde los cuatro años?


- Mmm, ya debe estar lejos.

- Luisito, ¿qué es la A?, pregunta la profesora


- Una vocal, profesora
- ¿Y la K?
- Una consonante que no se puede repetir
- Pedrito, ¿qué planeta va después de Marte?
- Miércoles

- ¿Cuál es el pez que huele mucho?


- El Peztoso!!!

- Profesora, ¿qué quiere decir 'why'?


- ¿Por qué?
- Por saberlo

- Mamá, en el colegio me llaman distraído


- Juanito, tu vives en la casa de enfrente

PARRAFOS
Primer dictado corto
Dalia duda de esa idea. Adela ha oído al médico. Yo hoy doy la salida a las motos. Ya ha
salido el sol. La sopa ha salido sosa. Pepita se ha mudado de piso. Dalia ha pulido el suelo
de su piso. Isa ha sudado más que yo. Dalia ha salido de paseo. Luisa ha pelado las patatas.
Pepe ha asado los tomates. Lola ha pasado de aula.

Segundo dictado corto


Pedro ha comprado un libro. Cristina escribe en su libreta. Cristian llegó el primero a la
clase. En el río Álamo hay muchos álamos. En el monte Veleta han puesto una veleta. A mi
amiga Rosa le gustan las rosas. Mi tía Margarita cortó una margarita. Pedro ha ido a
Madrid. Juan ha venido de Sevilla. Claudia ha viajado a Palencia. Felipe y Alejandro
vendrán a Málaga.

Tercer dictado corto


A Cati le duele la muela. Quique quemó la comida. Mi casa queda aquí. Caqui es muy
pecosa. El músico toca muy quieto. La moqueta está muy pálida y picada. Esta comida
quema demasiado. El conductor ha dejado el coche en la calle. En el parque hay un
quiosco. Este coche no sube esa cuesta.

Cuarto dictado corto


En la casa de campo había una oca y cuatro patos. El cuadro que pintó Carlos tenía un
colorido muy intenso. Una culebra puede vivir hasta catorce años. Mi primo Camilo se
compró una camioneta de color claro. Cuando el montañero llegó a la cumbre montó su
campamento y disfrutó de las vistas.
Quinto dictado corto
El perro de mi vecino se escapó y yo salí corriendo porque le tenía miedo. El investigador
descubrió unas ruinas romanas en el cerro del pueblo. En los alrededores de mi casa hay un
parque donde juego con mi primo Enrique. Ramón tenía una barra de cera de color rojo en
su cartera. En el pueblo de Rute, en Córdoba, puedes apadrinar un burrito.

Sexto dictado corto


Me gustan los garbanzos y las golosinas. Gustavo es más guapo que Agapito. Si no llueve,
el lago se quedará sin agua. En el mes de agosto canta la cigarra. Al gallo le gusta comer
guisantes. Ponte los guantes y la gorra para salir. Me puse la camisa nueva y las gafas de
sol.

Séptimo dictado corto


Catalina puso el tapete de seda. Susana asa los filetes y las patatas. Felicia se siente mal. El
filete está soso. Fátima fue a la fiesta de los famosos. Toda la familia de Pepe fue a la fiesta.
María es guapísima. Lola leyó el cuento El Patito Feo.

Octavo dictado corto


En el parque Juan Carlos hacemos deporte. Al domador de leones le gustan las almendras.
Pepita siempre lleva falda al parque. Flor toca su flauta mágica. Gloria lleva tres globos a la
fiesta. El pescador cogió cuatro cangrejos.

Noveno dictado corto


El pez nada en el mar libremente. El perro ladra al gatito. Los osos duermen en el invierno.
Celia se puso un lazo azul y un cinturón rosa. Sara tiene una parra. En el mar hay peces y
en el bosque zorros. La ardilla come piñones.

Décimo dictado corto


Perdió el taxi y llegó tarde al examen. Ese boxeador ha ganado más combates. Máximo y
Félix son primos hermanos. En el examen quedé en el sexto lugar. El extintor se encuentra
en la excavadora. Máximo vive en el sexto piso.

10 CUENTOS
Cuentos infantiles cortos que todo padre debería leerle a los niños
1. El niño y los clavos
Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio una bolsa con clavos y le
dijo que cada vez que perdiera la calma, clavase un clavo en la cerca del patio de la casa. El
primer día, el niño clavó 37 clavos. Al día siguiente, menos, y así el resto de los días. Él
pequeño se iba dando cuenta que era más fácil controlar su genio y su mal carácter que
tener que clavar los clavos en la cerca. Finalmente llegó el día en que el niño no perdió la
calma ni una sola vez y fue alegre a contárselo a su padre. ¡Había conseguido, finalmente,
controlar su mal temperamento! Su padre, muy contento y satisfecho, le sugirió entonces
que por cada día que controlase su carácter, sacase un clavo de la cerca. Los días pasaron y
cuando el niño terminó de sacar todos los clavos fue a decírselo a su padre.

Entonces el padre llevó a su hijo de la mano hasta la cerca y le dijo:

– “Has trabajo duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero fíjate en todos los
agujeros que quedaron. Jamás será la misma. Lo que quiero decir es que cuando dices o
haces cosas con mal genio, enfado y mal carácter dejas una cicatriz, como estos agujeros en
la cerca. Ya no importa que pidas perdón. La herida siempre estará allí. Y una herida física
es igual que una herida verbal. Los amigos, así como los padres y toda la familia, son
verdaderas joyas a quienes hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te
escuchan, comparten una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para
recibirte”.

Las palabras de su padre, así como la experiencia vivida con los clavos, hicieron con que el
niño reflexionase sobre las consecuencias de su carácter. Y colorín colorado, este cuento se
ha acabado.

2. El papel y la tinta
Había una hoja de papel sobre una mesa, junto a otras hojas iguales a ella, cuando una
pluma, bañada en negrísima tinta, la manchó completa y la llenó de palabras.

– “¿No podrías haberme ahorrado esta humillación?”, dijo enojada la hoja de papel a la
tinta. “Tu negro infernal me ha arruinado para siempre”.

– “No te he ensuciado”, repuso la tinta. “Te he vestido de palabras. Desde ahora ya no eres
una hoja de papel sino un mensaje. Custodias el pensamiento del hombre. Te has
convertido en algo precioso”.

En ese momento, alguien que estaba ordenando el despacho, vio aquellas hojas esparcidas y
las juntó para arrojarlas al fuego. Sin embargo, reparó en la hoja “sucia” de tinta y la
devolvió a su lugar porque llevaba, bien visible, el mensaje de la palabra. Luego, arrojó el
resto al fuego.

3. Uga, la tortuga
¡Caramba, todo me sale mal!, se lamentaba constantemente Uga, la tortuga. Y no era para
menos: siempre llegaba tarde, era la última en terminar sus tareas, casi nunca ganaba
premios por su rapidez y, para colmo era una dormilona. ¡Esto tiene que cambiar!, se
propuso un buen día, harta de que sus compañeros del bosque le recriminaran por su poco
esfuerzo. Y optó por no hacer nada, ni siquiera tareas tan sencillas como amontonar las
hojitas secas caídas de los árboles en otoño o quitar las piedrecitas del camino a la charca.

– “¿Para qué preocuparme en hacerlo si luego mis compañeros lo terminarán más rápido?
Mejor me dedico a jugar y a descansar”.

– “No es una gran idea”, dijo una hormiguita. “Lo que verdaderamente cuenta no es hacer
el trabajo en tiempo récord, lo importante es hacerlo lo mejor que sepas, pues siempre te
quedarás con la satisfacción de haberlo conseguido. No todos los trabajos necesitan de
obreros rápidos. Hay labores que requieren más tiempo y esfuerzo. Si no lo intentas, nunca
sabrás lo que eres capaz de hacer y siempre te quedarás con la duda de qué hubiera
sucedido si lo hubieras intentado alguna vez. Es mejor intentarlo y no conseguirlo, que no
hacerlo y vivir siempre con la espina clavada. La constancia y la perseverancia son buenas
aliadas para conseguir lo que nos proponemos, por eso te aconsejo que lo intentes. Podrías
sorprenderte de lo que eres capaz”.

– “¡Hormiguita, tienes razón! Esas palabras son lo que necesitaba: alguien que me ayudara
a comprender el valor del esfuerzo, prometo que lo intentaré.”

Así, Uga, la tortuga, empezó a esforzarse en sus quehaceres. Se sentía feliz consigo misma
pues cada día lograba lo que se proponía, aunque fuera poco, ya que era consciente de que
había hecho todo lo posible por conseguirlo.

– “He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse metas grandes e imposibles,


sino acabar todas las pequeñas tareas que contribuyen a objetivos mayores”.

Cuentos cortos infantiles


4. Carrera de zapatillas
Había llegado por fin el gran día. Todos los animales del bosque se levantaron temprano
porque ¡era el día de la gran carrera de zapatillas! A las nueve ya estaban todos reunidos
junto al lago. También estaba la jirafa, la más alta y hermosa del bosque. Pero era tan
presumida que no quería ser amiga de los demás animales, así que comenzó a burlarse de
sus amigos:

– Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga que era tan bajita y tan lenta.

– Jo, jo, jo, jo, se reía del rinoceronte que era tan gordo.

– Je, je, je, je, se reía del elefante por su trompa tan larga.
Y entonces, llegó la hora de la largada. El zorro llevaba unas zapatillas a rayas amarillas y
rojas. La cebra, unas rosadas con moños muy grandes. El mono llevaba unas zapatillas
verdes con lunares anaranjados. La tortuga se puso unas zapatillas blancas como las nubes.
Y cuando estaban a punto de comenzar la carrera, la jirafa se puso a llorar desesperada. Es
que era tan alta, que ¡no podía atarse los cordones de sus zapatillas!

– “Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude!” – gritó la jirafa.

Y todos los animales se quedaron mirándola. El zorro fue a hablar con ella y le dijo:

– “Tú te reías de los demás animales porque eran diferentes. Es cierto, todos somos
diferentes, pero todos tenemos algo bueno y todos podemos ser amigos y ayudarnos cuando
lo necesitemos”.

Entonces la jirafa pidió perdón a todos por haberse reído de ellos. Pronto vinieron las
hormigas, que treparon por sus zapatillas para atarle los cordones. Finalmente, se pusieron
todos los animales en la línea de partida. En sus marcas, preparados, listos, ¡YA! Cuando
terminó la carrera, todos festejaron porque habían ganado una nueva amiga que además
había aprendido lo que significaba la amistad.

5. Un conejo en la vía
Daniel se divertía dentro del coche con su hermano menor, Carlos. Iban de paseo con sus
padres al Lago Rosado. Allí irían a nadar en sus tibias aguas y elevarían sus nuevas
cometas. Sería un paseo inolvidable. De pronto el coche se detuvo con un brusco frenazo.
Daniel oyó a su padre exclamar con voz ronca:

– “¡Oh, mi Dios, lo he atropellado!”.

– “¿A quién, a quién?”, le preguntó Daniel.

– “No se preocupen”, respondió su padre. – “No es nada”.

El auto inició su marcha de nuevo y la madre de los chicos encendió la radio, empezó a
sonar una canción de moda en los altavoces.

– “Cantemos esta canción”, dijo mirando a los niños en el asiento de atrás.

La mamá comenzó a tararear una canción. Sin embargo, Daniel miró por la ventana trasera
y vio tendido sobre la carretera a un conejo.

– “Para el coche papi”, gritó Daniel. “Por favor, detente”.


– “¿Para qué?”, respondió su padre.

– “¡El conejo se ha quedado tendido en la carretera!”.

– “Dejémoslo”, dijo la madre. “Es solo un animal”.

– “No, no, detente. Debemos recogerlo y llevarlo al hospital de animales”. Los dos niños
estaban muy preocupados y tristes.

– “Bueno, está bien”, dijo el padre dándose cuenta de su error.

Y dando la vuelta recogieron al conejo herido. Sin embargo, al reiniciar su viaje una
patrulla de la policía les detuvo en el camino para alertarles sobre que una gran roca había
caído en el camino y que había cerrado el paso.

Entonces decidieron ayudar a los policías a retirar la roca. Gracias a la solidaridad de todos
pudieron dejar el camino libre y llegar a tiempo al veterinario, donde curaron la pata al
conejo. Los papás de Daniel y Carlos aceptaron a llevarlo a su casa hasta que se curara. Y
unas semanas más tarde toda la familia fue a dejar al conejito de nuevo en el bosque. Carlos
y Daniel le dijeron adiós con pena, pero sabiendo que sería más feliz estando en libertad.

6. La sepultura del lobo


Hubo una vez un lobo muy rico pero muy avaro. Nunca dio ni un poco de lo mucho que le
sobraba. Sin embargo, cuando se hizo viejo, empezó a pensar en su propia vida, sentado en
la puerta de su casa. Un burrito que pasaba por allí le preguntó:

– “¿Podrías prestarme cuatro medidas de trigo, vecino?”. “Te daré ocho, si prometes velar
por mi sepulcro en las tres noches siguientes a mi entierro”.

– “Está bien”, dijo el burrito.

A los pocos días el lobo murió y el burrito fue a velar su sepultura. Durante la tercera noche
se le unió el pato que no tenía casa. Y juntos estaban cuando, en medio de una espantosa
ráfaga de viento, llego el aguilucho y les dijo:

– “Si me dejáis apoderarme del lobo os daré una bolsa de oro”. “Será suficiente si llenas
una de mis botas”, le dijo el pato, que era muy astuto.

El aguilucho se marchó para regresar enseguida con un gran saco de oro, que empezó a
volcar sobre la bota que el sagaz pato había colocado sobre una fosa. Como no tenía suela y
la fosa estaba vacía no acababa de llenarse. El aguilucho decidió ir entonces en busca de
todo el oro del mundo. Y cuando intentaba cruzar un precipicio con cien bolsas colgando de
su pico, cayó sin remedio.

– “Amigo burrito, ya somos ricos”, dijo el pato.

– “La maldad del aguilucho nos ha beneficiado. Y ahora nosotros y todos los pobres de la
ciudad con los que compartiremos el oro nunca más pasaremos necesidades”, dijo el
borrico.

Así hicieron y las personas del pueblo se convirtieron en las más ricas del mundo.

7. La ratita blanca
El hada soberana de las cumbres invitó un día a todas las hadas de las nieves a una fiesta en
su palacio. Todas acudieron envueltas en sus capas de armiño y guiando sus carrozas de
escarcha. Sin embargo, una de ellas, Alba, al oír llorar a unos niños que vivían en una
solitaria cabaña, se detuvo en el camino. El hada entró en la pobre casa y encendió la
chimenea. Los niños, calentándose junto a las llamas, le contaron que sus padres hablan ido
a trabajar a la ciudad y mientras tanto, se morían de frío y miedo.

– “Me quedaré con vosotros hasta que vuestros padres regresen”, prometió.

Y así lo hizo, pero a la hora de marcharse, nerviosa por el castigo que podía imponerle su
soberana por la tardanza, olvidó la varita mágica en el interior de la cabaña.

El hada de las cumbres miró con enojo a Alba.

– “No solo te presentas tarde, sino que además lo haces sin tu varita? ¡Mereces un buen
castigo!”.

Las demás hadas defendieron a su compañera en desgracia.

– “Sabemos que Alba no ha llegado temprano y ha olvidado su varita. Ha faltado, sí, pero
por su buen corazón, el castigo no puede ser eterno. Te pedimos que el castigo solo dure
cien años, durante los cuales vagara por el mundo convertida en una ratita blanca”.

Así que si veis por casualidad a una ratita muy linda y de blancura deslumbrante, sabed que
es Alba, nuestra hadita, que todavía no ha cumplido su castigo.

8. La aventura del agua


Un día que el agua se encontraba en el soberbio mar sintió el caprichoso deseo de subir al
cielo. Entonces se dirigió al fuego y le dijo:

– “¿Podrías ayudarme a subir más alto?”.

El fuego aceptó y con su calor, la volvió más ligera que el aire, transformándola en un sutil
vapor. El vapor subió más y más en el cielo, voló muy alto, hasta los estratos más ligeros y
fríos del aire, donde ya el fuego no podía seguirlo. Entonces las partículas de vapor,
ateridas de frío, se vieron obligadas a juntarse, se volvieron más pesadas que el aire y
cayeron en forma de lluvia. Habían subido al cielo invadidas de soberbia y recibieron su
merecido. La tierra sedienta absorbió la lluvia y, de esta forma, el agua estuvo durante
mucho tiempo prisionera en el suelo, purgando su pecado con una larga penitencia.

9. La gratitud de la fiera
Androcles, un pobre esclavo de la antigua Roma, en un descuido de su amo, escapó al
bosque. Buscando refugio seguro, encontró una cueva y al entrar, a la débil luz que llegaba
del exterior, el joven descubrió un soberbio león. Se lamía la pata derecha y rugía de vez en
cuando. Androcles, sin sentir temor, se dijo:

– “Este pobre animal debe estar herido. Parece como si el destino me hubiera guiado hasta
aquí para que pueda ayudarle. Vamos, amigo, no temas, te ayudaré”.

Así, hablándole con suavidad, Androcles venció el recelo de la fiera y tanteó su herida
hasta encontrar una flecha clavada profundamente. Se la extrajo y luego le lavó la herida
con agua fresca.

Durante varios días, el león y el hombre compartieron la cueva hasta que Androcles,
creyendo que ya no le buscarían se decidió a salir. Varios centuriones romanos armados
con sus lanzas cayeron sobre él y le llevaron prisionero al circo. Pasados unos días, fue
sacado de su pestilente mazmorra. El recinto estaba lleno a rebosar de gentes ansiosas de
contemplar la lucha. Androcles se aprestó a luchar con el león que se dirigía hacia él. De
pronto, con un espantoso rugido, la fiera se detuvo en seco y comenzó a restregar
cariñosamente su cabezota contra el cuerpo del esclavo.

– “¡Sublime! ¡Es sublime! ¡César, perdona al esclavo, pues ha sometido a la fiera!”,


gritaban los espectadores.

El emperador ordenó que el esclavo fuera puesto en libertad. Sin embargo, lo que todos
ignoraron era que Androcles no poseía ningún poder especial y que lo que había ocurrido
no era sino la demostración de la gratitud del animal.
10. Secreto a voces
Gretel, la hija del Alcalde, era muy curiosa. Quería saberlo todo, pero no sabía guardar un
secreto.

– “¿Qué hablabas con el Gobernador?”, le preguntó a su padre, después de intentar


escuchar una larga conversación entre los dos hombres.

– “Estábamos hablando sobre el gran reloj que mañana, a las doce, vamos a colocar en el
Ayuntamiento. Pero es un secreto y no debes divulgarlo”.

Gretel prometió callar, pero a las doce del día siguiente estaba en la plaza con todas sus
compañeras de la escuela para ver cómo colocaban el reloj en el ayuntamiento. Sin
embargo, grande fue su sorpresa al ver que tal reloj no existía. El Alcalde quiso dar una
lección a su hija y en verdad fue dura, pues las niñas del pueblo estuvieron mofándose de
ella durante varios años. Eso sí, le sirvió para saber callar a tiempo.

10 CANTOS INFANTILES
El cocherito Leré

El cocherito, leré
me dijo anoche, leré,
que si quería, leré
montar en coche, leré.

Y yo le dije, leré
con gran salero, leré,
no quiero coche, leré
que me mareo, leré.

Si te mareas, leré
a la botica, leré
que el boticario, leré
te de pastillas, leré.

Al corro de la patata

Al corro de la patata,
comeremos ensalada,
lo que comen los señores,
naranjitas y limones,
achupé, achupé,
sentadita me quedé.

El patio de mi casa

El patio de mi casa
es particular,
cuando llueve se moja
como los demás.

Agáchate
y vuélvete a agachar,
que los agachaditos
no saben bailar.

H, I, J, K,
L, M, N, A
que si tú no me quieres
otro novio me querrá

H, I, J, K,
L, M, N, O
que si tú no me quieres
otro novio tendré yo.

Chocolate, molinillo,
corre, corre,
que te pillo.
A estirar, a estirar,
que el demonio va a pasar.

Tengo una muñeca vestida de azul

Tengo una muñeca


vestida de azul
con su camisita
y su canesú
la saqué a paseo
se me constipó
la tengo en la cama
con mucho dolor.
Esta mañanita
me dijo el doctor
que le dé jarabe
con un tenedor.

Dos y dos son cuatro,


cuatro y dos son seis,
seis y dos son ocho
y ocho dieciséis.
Y ocho, veinticuatro
y ocho, treinta y dos.
Ánimas benditas,
me arrodillo yo.

Pin Pon es un muñeco

Pin Pón es un muñeco,


con cuerpo de algodón,
se lava la carita
con agua y con jabón.

Se desenreda el pelo,
con peine de marfil
y aunque se da tirones
no grita y dice ¡uy!

Se lava la camisa,
se plancha el pantalón
y cuando va a la calle
parece un gran señor.

Cuando va a la escuela
no sabe la lección,
la maestra le riñe
a mi pobre Pin Pón.
Cuando las estrellas
comienzan a salir
Pin Pón se va a la cama,
se acuesta y a dormir.

Al pasar la barca
Al pasar la barca
me dijo el barquero
las niñas bonitas
no pagan dinero.
Yo no soy bonita
ni lo quiero ser
tome usted los cuartos
y a pasarlo bien.

Al volver la barca
me volvió a decir
las niñas bonitas
no pagan aquí.
Yo no soy bonita
ni lo quiero ser
las niñas bonitas
se echan a perder

Como soy tan fea


yo le pagaré
¡Arriba la barca
de Santa Isabel!

Cucú cantaba la rana

Cu-cú, cantaba la rana,


cu-cú, debajo del agua,
cu-cú, pasó un caballero,
cu-cú, con capa y sombrero,
cu-cú, pasó una señora,
cu-cú, con traje de cola,
cu-cú, pasó una criada,
cu-cú, llevando ensalada,
cu-cú, pasó un marinero,
cu-cú, vendiendo romero,
cu-cú, le pidió un ramito,
cu-cú, no le quiso dar,
cu-cú, se metió en el agua,
cu-cú, se echó a revolcar.
Que llueva, que llueva

Que llueva, que llueva,


la Virgen de la Cueva,
los pajaritos cantan,
las nubes se levantan
que sí, que no,
que caiga un chaparrón
con azúcar y turrón,
que se rompan los cristales
de la estación
y los míos no
porque son de cartón.

Canción de los números

El uno es un soldado
haciendo la instrucción

El dos es un patito
que está tomando el sol.

El tres, una serpiente,


no cesa de reptar,

El cuatro es una silla


que invita a descansar.

El cinco es un conejo,
que mueve las orejas

El seis es una pera


redonda y limonera.

El siete es un sereno
con gorra y con bastón,

El ocho son las gafas


que lleva don Ramón.
El nueve es un globito
atado a un cordel

Y el diez un tiovivo
para pasarlo bien.

Debajo de un botón

Debajo un botón, TON, TON,


que encontró Martín, TIN, TIN,
había un ratón, TON, TON,
¡ay, que chiquitín!, TIN, TIN.

¡Ay, que chiquitín!, TIN, TIN,


era aquel ratón, TON, TON,
que encontró Martín, TIN, TIN,
debajo un botón, TON, TON.

Es tan juguetón, TON, TON,


el Señor Martín, TIN, TIN,
que escondió el ratón, TON, TON,
en un calcetín, TIN, TIN.

En un calcetín, TIN, TIN,


estaba el ratón, TON, TON,
que encontró Martín, TIN, TIN,
debajo un botón, TON, TON.

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