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La Secta de los Hashashins en Alamut

La caravana en la que viaja una niña llega a las montañas del norte de Persia. Un grupo de jinetes se les cruza en el camino y se hace cargo de la escolta de la caravana, guiándola hacia las montañas. La niña sigue sin saber a dónde la llevan después de haber sido vendida.

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La Secta de los Hashashins en Alamut

La caravana en la que viaja una niña llega a las montañas del norte de Persia. Un grupo de jinetes se les cruza en el camino y se hace cargo de la escolta de la caravana, guiándola hacia las montañas. La niña sigue sin saber a dónde la llevan después de haber sido vendida.

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En

la ciudadela de Alamut, un inexpugnable nido de águilas en las montañas del


norte de Persia, Hassan Ibn Saba se dispone a derribar el imperio otomano con apenas
un puñado de guerreros de la secta de los hashashins (término que dio origen a la
palabra asesino). Utiliza para ello un método tan inhumano como infalible: la ilusión
del paraíso. Embriagados de vino y hachís, en la creencia de que han sido premiados
con una visita al jardín de Alá, los jóvenes guerreros pierden el miedo a la muerte.

Página 2
Vladimir Bartol

Alamut
ePub r1.2
Titivillus 22.12.2019

Página 3
Título original: Alamut
Vladimir Bartol, 1938
Traducción: Mauricio Wacquez & Slavica Membrado

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

Página 4
LA NOVELA DEL TOTALITARISMO

por

Kenizé Mourad

Este libro es como una muñeca rusa. Dentro de un primer envoltorio aparece otra
muñeca, luego otra y otra más… Con los colores de un cuento oriental colmado de
jovencitas, de fuentes y de rosas, bajo la apariencia de una notable reconstitución
histórica de la vida de Hassan Ibn Sabbah, fundador de la secta de los «hashashins»
—de donde proviene la palabra asesino—, surgida en el Irán musulmán del siglo XI,
en realidad se trata de un viaje iniciático. Cuando crees haber llegado, haber
comprendido, te das cuenta de que no es más que una etapa, que hay que seguir
andando, cada vez más lejos, y que la búsqueda no tiene fin.
Sin embargo, dan ganas de detenerse en la fascinante epopeya del «Viejo de la
montaña», este Hassan Ibn Sabbah que había fundado su poder en el adoctrinamiento
político-religioso y en sus «fedayines», comandos suicidas que lo obedecen
ciegamente.
Escrito en 1938, el libro nos parece en efecto profético. Pero si la actualidad
concentra hoy sus focos en los excesos de cierto ayatola, también iraní, habría que ser
intelectualmente miope y no comprender nada de la obra de Vladimir Bartol para
creer que el fundamentalismo islámico es el blanco de su ataque. Y ello por la
sencilla razón de que en esa época los fanatismos religiosos estaban poco
exacerbados. El problema era en cambio el de los fanatismos políticos, generadores
de dictaduras.
En vísperas de la guerra, Bartol vive cerca de Trieste, ciudad en la que los
todopoderosos fascistas italianos se miden con los estalinistas… Filósofo y erudito,
Bartol rechaza todos los totalitarismos, tanto de derecha como de izquierda, pero en
ese clima de intolerancia política no podrá hacerles frente de manera directa. Tendrá
que disfrazar su narración, y para ello deberá situarla en un Oriente medieval. Más
tarde admitirá que, con los rasgos de Ibn Sabbah, era a Stalin, a Hitler, a Mussolini a
quienes quería evocar, para trazar así el retrato del dictador de los tiempos modernos.
Y éste es un dictador mucho más temible que el de antaño, porque si bien ya no hay
esclavos, hay otro tipo de yugo, más terrible e insidioso: el yugo aceptado, que pasa
por conocimiento y libertad.
Vladimir Bartol nos describe a los «fedayines» del «Viejo de la montaña»,
jóvenes idealistas que sólo sueñan con sacrificar sus vidas por «La Causa». Ciegos y
sordos a todo lo que no es su creencia, son instrumentos dóciles en manos del amo.
Exactamente como lo fueron las juventudes hitlerianas o estalinianas, o las falanges

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de Mussolini. Y como lo son hoy en día los extremistas de cualquier calaña que se
matan recíprocamente agitando la bandera de la Virgen, de Mahoma, de Krishna o de
Baader-Meinhoff —por no mencionar a las sectas, cada vez más numerosas, maestras
consumadas en el arte de la manipulación psicológica.
En este fin del siglo XX podemos comprobar que la intolerancia es lo que está
mejor repartido en el mundo. Hasta quienes se jactan de ser intelectuales parecen
haber olvidado el gran principio que enunciara Spinoza: «No se trata de juzgar, se
trata de comprender». Lo único que ha cambiado son los conformismos, y pocos son
quienes se atreven a oponerse a las modas. Quizás ello se deba a que, en los países
occidentales, la mayor parte de los intelectuales están integrados en el establishment,
y no tienen ninguna urgencia en cortar la rama sobre la que se han posado.
Situación peligrosa, porque, como lo muestra Vladimir Bartol, el totalitarismo
nace y se nutre de la cobardía de una sociedad. Desde luego, la mayoría siempre ha
preferido la tranquilidad a la verdad, y su interés personal a la justicia. Amigos, si los
muros de contención, que deberían ser los intelectuales, claudican, la puerta queda
abierta a todos los extremismos.
¿Libro moral? No, por cierto, aunque su autor pertenezca al linaje de los grandes
moralistas. Porque el principio fundamental en el que se basa la secta de los
«hashashins» es la conclusión a la que llegó Hassan Ibn Sabbah, ese héroe sombrío
que Bartol termina por hacernos entrañable. «Nada es verdad, todo está permitido».
Éste es el vacío que transmitirá a sus discípulos más cercanos, aquellos que considera
lo bastante fuertes como para soportar el escepticismo absoluto a partir del cual todo
es posible —desde el sonriente hedonismo a un Omar Kayyam, el poeta amigo de Ibn
Sabbah que pasó su vida bebiendo y celebrando el amor, hasta las más aterradoras
construcciones del instinto de poder, como esa secta de asesinos.
Pero ni siquiera esta certidumbre es absoluta, eso sería demasiado fácil… y Bartol
es demasiado fino como para dejarnos en esta verdad paradójica: «nada es verdad».
Así es que el «Viejo de la montaña» se retirará a su torre de marfil para «quedarse
con sus últimos pensamientos». No sin antes enviar a su discípulo favorito a recorrer
el mundo en búsqueda (¿loca?) de una verdad…
La última muñeca de este cuento filosófico es que lo importante es rehusar toda
certidumbre. Pero es claro, no hay una última muñeca.

París, marzo de 1989

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Capítulo 1

En la primavera del año mil noventa y dos de la era cristiana, y por la antigua
carretera de los ejércitos, que desde Samarcanda y Bujara alcanza el pie del macizo
del Elburz por el norte de Jurasán, avanzaba una caravana de cierta importancia.
Había salido de Bujara al principio del deshielo y llevaba varias semanas de viaje.
Los hombres de la caravana blandían sus látigos, animando a los animales ya bastante
agotados. Dóciles bajo su carga, los dromedarios, las mulas y los camellos
turkestanos de dos jorobas, avanzaban en una larga fila. Montados en pequeños
caballos peludos, los hombres de la escolta armada contemplaban, con una expresión
de tedio mezclada de expectativa, la larga cadena de montañas que se alzaba en el
horizonte. Hartos de aquella lenta cabalgata, estaban impacientes por llegar a su
objetivo. El pico nevado de Demavend[1] se acercaba lentamente; terminó por
desaparecer tras un parapeto que circundaba la carretera. El viento fresco que soplaba
de las montañas reanimó a los animales y a los hombres. Pero las noches eran
glaciales y tanto los mercaderes como los hombres de la escolta se agrupaban
refunfuñando alrededor de las hogueras.
De los camellos, había uno que llevaba entre las dos jorobas una especie de choza
o jaula. De vez en cuando, una fina mano apartaba la cortina de la ventanilla
practicada en la pared de aquel refugio, mostrando el rostro temeroso de una niña.
Sus grandes ojos enrojecidos por el llanto lanzaban miradas que interrogaban a los
demás, buscando una respuesta a la dolorosa pregunta que la atormentaba desde el
comienzo del viaje: ¿adónde la llevaban y qué pensaban hacer con ella? Pero nadie
prestaba atención a su presencia. Únicamente el guía de la caravana, un sombrío
cincuentón vestido con amplios pantalones árabes y tocado con un enorme turbante
blanco, le lanzaba duras miradas en cuanto la veía aparecer por la pequeña abertura.
Entonces ella cerraba rápidamente la cortina y se acurrucaba dentro de su habitáculo.
Desde que su amo, en Bujara, la había vendido a aquella gente, vivía dividida entre
un miedo mortal y la horrible curiosidad por conocer la suerte que le esperaba.
Un buen día —ya habían hecho una gran parte del camino—, un grupo de jinetes
bajó la pendiente que se alzaba a la derecha y les cortó el camino. Los animales que
iban delante se detuvieron sin que nadie los frenara. Los guías y los hombres de la
escolta empuñaron sus pesadas cimitarras y se colocaron en orden de batalla.
Montado en su pequeño alazán, un hombre se destacó del grupo y se acercó a la
caravana hasta estar al alcance de la voz. Lanzó un grito que debía de ser una especie
de consigna, al que el jefe de la caravana respondió de inmediato. Rápidamente,

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ambos hombres se reunieron y se saludaron con cortesía, tras lo cual la nueva tropa
reemplazó a la anterior. La caravana tomó entonces una bifurcación, dirigiéndose
hacia las montañas, y no se detuvo hasta bien cerrada la noche. Montaron un
campamento en un estrecho vallecito, de donde se podía oír el rugido lejano de un
torrente. Encendieron las hogueras, comieron de prisa y se durmieron como troncos.
Al despuntar el día, todo el mundo estaba nuevamente en pie. El guía del pequeño
destacamento se acercó a la jaula, que los mercaderes habían desatado y puesto en
tierra durante la noche, apartó la cortina y gritó con voz ruda:
—¡Halima!
El rostro temeroso apareció en la abertura, luego se abrió una puertecita estrecha
y baja. Con mano firme, el hombre cogió a la jovencita por la muñeca y la sacó fuera
del refugio.
Halima temblaba de pies a cabeza. «Ahora sí que estoy perdida», pensó. El jefe
de los extranjeros que se habían unido la víspera a la caravana tenía en las manos una
venda negra. A una señal del guía y sin decir palabra, se la colocó en los ojos a la
joven y se la amarró firmemente a la nuca. Luego, saltando a caballo, atrajo
suavemente hacia él a la joven cautiva, la instaló en la silla de montar y la cubrió con
su amplio albornoz. Habló un momento con el guía y puso su caballo al trote. Halima
se acurrucó en sí misma y, lívida de miedo, se aferró al jinete.
El ruido del torrente estaba cerca. Se detuvieron y el jinete habló brevemente con
un desconocido. De nuevo azuzó su caballo. Pero esta vez el paso se hizo más lento,
más prudente. Halima tuvo la impresión de que el camino, peligrosamente estrecho,
bordeaba el torrente de cerca. Un aire frío salía de las profundidades y nuevamente
sintió que se le oprimía el corazón.
Una vez más se detuvieron. Ahora escuchó gritos y ruidos de armas y cuando
reanudaron el viaje al trote, los cascos del caballo golpearon el suelo con ruido sordo:
acababan de atravesar un puente sobre el torrente.
Los hechos que siguieron le parecieron un sueño atroz. Oyó gritos y llamadas,
como si toda una banda armada disputara alrededor de ellos. El jinete puso pie en
tierra, cuidando de dejarle el albornoz. Ahora la llevaba a paso ligero, ora por un
terreno casi plano, ora por una especie de escalera. Luego le pareció que entraban en
un lugar muy oscuro. De repente, el hombre le sacó el manto y se sintió cogida por
otras manos. Un estremecimiento la sobrecogió, como si se le acercara el espectro de
la muerte.
El hombre al que la había entregado el jinete rió imperceptiblemente. Atravesaron
juntos una especie de corredor. De pronto la envolvió un frío extraño, como si se
hallara en una cueva subterránea. Intentó no pensar en nada pero no lo logró. Tenía la
impresión de que el último momento, el momento horrible, había llegado.
El hombre que ahora la llevaba en brazos comenzó a tantear el muro, adelantando
cautelosamente una de las manos. Allí encontró un objeto que levantó enérgicamente.
Sonó un gong.

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Halima lanzó un grito e intentó zafarse de las manos del desconocido. Éste se
contentó con reír y le dijo con tono casi amable:
—No chilles, criatura, nadie te va a despellejar.
Chirrió una puerta de hierro. Una tenue claridad atravesó la venda de Halima.
«Me arrojarán a una prisión…». Un murmullo de agua se escuchó más abajo. La
joven contuvo el aliento. Oyó pasos de pies descalzos. Alguien se acercaba y el
hombre que la transportaba la entregó al recién llegado.
—Ten, Adí, cógela.
Los brazos que acababan de tomarla eran fuertes como patas de león y estaban
completamente desnudos. El hombre debía de tener también el pecho desnudo. Se dio
cuenta de ello cuando sintió que la levantaba hacia él. Debía de ser un verdadero
gigante.
Esta vez Halima se abandonó a su suerte, sin capacidad alguna de reacción ante lo
que le esperaba. El hombre se la llevó corriendo por una especie de pasarela flexible
que se balanceaba desagradablemente bajo su peso. Luego el suelo crujió por las
pisadas del desconocido, como si estuviera cubierto de pequeños guijarros. Al mismo
tiempo la joven sintió el agradable calor de los rayos del sol. Su luz atravesaba la
venda que tenía en los ojos. Aromas de plantas frescas y de flores se dejaron sentir.
Con una brusca sacudida, Halima se dio cuenta de que el hombre acababa de
saltar a una barca que se balanceaba violentamente. Lanzó un grito y se aferró a los
hombros del gigante. Pero éste se contentó con reír con voz aguda, casi infantil, tras
lo cual declaró divertido:
—No tengas miedo, gacelita. Te llevo a la otra orilla y ya estaremos… ¡Siéntate
ahí!
La instaló en un asiento cómodo y se puso a remar.
Creyó escuchar una risa lejana, una alegre risa de muchachas. Aguzó el oído. No,
no se había equivocado. Le llegaban claramente voces. Sintió un gran alivio. Si allí
había personas tan alegres no podía ocurrirle nada malo.
La barca alcanzó la orilla. El hombre volvió a coger a la joven entre sus brazos y
saltó a tierra firme. Treparon por un camino de abrupta pendiente. Llegados arriba, el
hombre depositó su carga en el suelo y ayudó a la joven a ponerse de pie. Alrededor
de ellos estaba lleno de voces. Se escuchaban pisadas de sandalias que se acercaban.
El gigante exclamó con una carcajada:
—Os la confío.
Luego volvió a la barca, allá abajo, y se alejó remando.
Una de las jóvenes se había acercado a Halima para quitarle la venda, mientras las
demás exclamaban:
—¡Qué menuda es!
—¡Y qué joven! En realidad es una niña…
—¡Una niña muy flaca! El viaje debe de haberla agotado… ¡Pero miren lo alta
que es, delgada como un ciprés…!

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La venda cayó de los ojos de Halima. Lanzó una mirada asombrada. A su
alrededor se extendían jardines, verdaderos jardines en la primera floración de la
primavera. Las muchachas que la rodeaban eran hermosas como huríes; pero la que le
había quitado la venda era la más hermosa de todas.
—¿Dónde estoy? —preguntó con una voz débil y tímida.
Las demás se pusieron a reír, como si su timidez las divirtiera. Entonces la sangre
tiñó sus mejillas pese a que la hermosa joven que le había quitado la venda le rodeó
tiernamente la cintura y le dijo:
—No temas, querida niña. Estás entre buena gente.
Su voz era protectora y cálida. Halima se apretó contra ella e insensatos
pensamientos acudieron a su mente. «Tal vez he llegado a casa de algún rey…».
La condujeron por un sendero recubierto de guijarros blancos. A cada lado y
dispuestos regularmente, se extendían parterres de tulipanes y jacintos de todos los
tamaños y colores: bulbos hinchados de un amarillo brillante, aunque también rojo
viejo o violeta, a veces rayados o moteados; gráciles racimos de jacintos, blancos y
rosa pálido, azul claro y oscuro, lila y amarillo claro. Algunos eran tiernos y
transparentes como el cristal. Violetas y primaveras crecían en los bordes. Más allá,
florecían lirios y narcisos. Aquí y allá, un lirio blanco desplegaba suntuosamente sus
primeras flores. Un perfume embriagador embalsamaba el aire. Halima se sintió
deslumbrada. Bordearon interminables parterres rodeados de matorrales
cuidadosamente podados cuyos grandes brotes abrían aquí y allá sus corazones rojos,
blancos y amarillos.
El sendero las condujo luego bajo unos frondosos granados manchados de flores
púrpuras. Después fueron hileras de limoneros y melocotoneros. Finalmente, llegaron
a un huerto en el que florecían almendros, membrillos, manzanos, perales… Halima
los contemplaba asombrada.
—¿Cómo te llamas, pequeña? —preguntó una de las jóvenes.
—Halima —murmuró de modo casi inaudible.
Las demás se pusieron a reír. A Halima se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡No riáis, adefesios! —les reprochó su protectora—. Dejad a la pequeña
tranquila, que se reponga. Está cansada y desorientada.
Luego dijo, dirigiéndose a Halima:
—No les guardes rencor por ser así. Son jóvenes y traviesas; cuando las conozcas
mejor, verás que no son malas. Incluso creo que te querrán.
Llegaron a un bosquecillo de cipreses. Un ruido de agua imposible de localizar
acompañaba sus pasos; aquel murmullo sordo y lejano parecía venir de algún torrente
que fluía formando cascadas. Algo comenzó a brillar entre los árboles. Halima,
intrigada, no tardó en distinguir la fachada de un palacete completamente rodeado de
árboles, resplandeciente bajo el sol. Frente a él había un estanque circular adornado
con un surtidor. Allí se detuvieron y Halima echó una mirada alrededor. Altas
montañas las cercaban por todos lados. El sol lanzaba sus rayos sobre los acantilados

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rocosos, iluminando las crestas nevadas. Halima miró en la dirección de donde
venían. Una enorme roca, casi una montaña, que parecía tirada intencionadamente
allí, limitaba el valle dominado por los jardines, suspendidos entre dos precipicios
que formaban una profunda garganta. En lo más alto, el sol matinal iluminaba una
poderosa fortaleza, situada en la cima de la roca.
—¿Qué nombre tiene este extraño lugar? —preguntó tímidamente Halima
mostrando con la mano las murallas flanqueadas por dos altas torres.
—Ya tendrás tiempo de hacer preguntas —respondió su protectora—. Estás
cansada; primero te bañaremos, te daremos de comer y te dejaremos descansar.
Halima se fue animando poco a poco y se puso a examinar a sus compañeras con
curiosidad. Parecían rivalizar entre ellas en encanto y elegancia en el vestir. Sus
anchos pantalones de seda crujían al caminar. Todas llevaban el color que les sentaba
mejor. Sus ajustados corpiños, suntuosamente bordados, adornados de broches
dorados recamados de piedras preciosas, cubrían camisas claras o de colores vivos,
hechas de finísima seda. En los brazos llevaban ricas pulseras y alrededor del cuello
collares de perlas y coral. Muchas mostraban libremente sus cabellos; otras lucían
pañuelos alrededor de la cabeza, formando pequeños turbantes. Todas estaban
calzadas con sandalias fabricadas artísticamente con cueros de colores. Halima
contempló su pobreza y sintió vergüenza. «Tal vez por eso se rieran antes», pensó.
El palacete ante el cual se hallaban ahora era de forma circular, rodeado por una
escalera baja de piedra blanca que facilitaba su acceso. Numerosas columnas
soportaban el techo, tal como se ve en los santuarios de la antigüedad.
Una mujer de avanzada edad y aspecto ordinario salió de la mansión. Seca y alta
como una pértiga, miraba el mundo de arriba abajo con altivez. Tenía la piel oscura y
las mejillas muy hundidas. Sus grandes ojos sombríos brillaban con un fulgor febril y
sus finos y apretados labios le daban una expresión de severidad, incluso de dureza.
La seguía un extraño animal: especie de gato de pelo leonado, de tamaño
extraordinario y excepcionalmente alto de patas. Miró a Halima y emitió un gruñido
hostil. La joven gritó de terror y se estrechó contra su protectora. Ésta intentó
calmarla:
—No le temas a nuestra Abriman[2]. Es una auténtica onza pero está domesticada
como un cordero y no le causa mal a nadie. Se acostumbrará a ti y llegaréis a ser
buenos amigos.
Llamó al animal, lo sujetó firmemente por el collar e hizo que se estuviera
tranquilo; pronto dejó de gruñir y de mostrar los dientes.
—Ves —añadió—, ya se muestra menos salvaje. Cuando te hayas cambiado, ya te
parecerá más familiar. Ahora, acarícialo bien para que se acostumbre a ti. Sobre todo
no tengas miedo, yo la sujeto.
Halima superó su primera reacción de miedo. Inclinada prudentemente hacia
delante, con un gesto que marcaba una temerosa distancia y la mano izquierda
apoyada en la rodilla, estiró el brazo y se puso a acariciar suavemente el lomo del

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animal, que lanzó un gruñido amistoso y modulado, como si fuera un verdadero gato.
La joven dio un salto hacia atrás y se echó a reír junto con sus compañeras.
—¿Quién es este miedoso esperpento, Myriam? —preguntó la vieja traspasando a
Halima con la mirada.
—Adí acaba de traérnosla, Apama, aún es muy tímida —respondió la que había
servido de guía a la recién llegada—. Se llama Halima.
La vieja se acercó, inspeccionó a la joven extranjera de la cabeza a los pies y la
palpó como lo haría un tratante con un caballo caro.
—Tal vez hagamos algo con ella. Pero habrá que engordarla, está muy
esquelética.
Luego agregó llena de cólera:
—¿Y dices que la trajo ese animal de negro, ese eunuco maldito, quien decía que
la tomó en brazos? ¡Oh, castrado bribón! ¡No entiendo cómo Seiduna tiene tanta
confianza en él!
—Adí sólo cumplió con su deber —respondió Myriam—. Vamos, ya es hora de
que nos ocupemos de esta niña.
Tomó a Halima de la mano, sujetando aún con la otra el collar de la onza y se las
llevó a ambas, seguidas por el grupito de muchachas.
Primero pasaron por un corredor de techo alto que circundaba todo el edificio.
Los muros eran de mármol tan pulido que los objetos se reflejaban en ellos como si
fueran espejos. Una suntuosa alfombra amortiguaba el ruido de los pasos. En una de
las salidas, que eran numerosas, Myriam dejó la onza: saltó sobre sus grandes patas,
como un perro, girando curiosamente su pequeña cabeza felina hacia Halima, que
apenas había tenido tiempo de reponerse. Acababan de tomar un corredor transversal
y penetraron en una sala alta y abovedada. Halima lanzó un grito de admiración. Ni
en sueños había imaginado nunca algo tan hermoso. El techo estaba hecho de
mosaico de vidrio cuyos vivos colores dejaban filtrar una luz de arco iris. Una lluvia
de rayos violetas, azules, verdes, amarillos, rojos y blancos se derramaba en un
estanque circular, que una invisible fuente agitaba con un suave chapoteo. La
superficie irisada hacía jugar los colores que se esparcían por todo el rededor del
suelo, hasta los asientos dispuestos contra el muro, que estaban recubiertos de cojines
artísticamente bordados.
Halima se había detenido en el umbral, boquiabierta, con los ojos extraviados de
asombro. Myriam la miraba con una leve sonrisa. Se inclinó sobre el estanque y
sumergió la mano.
—El agua está buena, en su punto —dijo.
Ordenó a las jóvenes que las acompañaban que prepararan todo lo necesario para
el baño. Luego comenzó a desvestir a Halima. Algo incómoda delante de las
muchachas, ésta intentó primero ocultarse detrás de Myriam, bajando los ojos, lo que
no impidió que las demás la observaran con curiosidad, riendo a media voz.
—¡Idos, malvadas! —chilló Myriam.

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Obedeciendo sin rechistar, éstas se esfumaron al punto. Myriam levantó los
cabellos de la hermosa niña y se los ató en un moño para evitar que se mojaran; luego
la invitó a sumergirse en el estanque en el que la frotó y la lavó como es debido.
Luego la hizo salir del agua y la secó enérgicamente y le hizo ponerse los anchos
pantalones que habían preparado las muchachas. Finalmente, sobre un bonito corpiño
demasiado amplio para ella, la ayudó a ponerse una chaqueta que le llegaba hasta las
rodillas.
—Por hoy tendrás que contentarte con mi ropa. Pronto haremos que te corten una
nueva, a tu medida; verás que te quedará a las mil maravillas.
La hizo sentarse en un lecho de reposo que había cubierto con un montón de
cojines.
—Descansa un poco aquí, yo voy a ver lo que ellas te han preparado para comer.
Con su mano suave y rosada, le acarició la cara. En aquel instante, ambas
sintieron que se amaban. Instintivamente Halima besó los dedos tiernos de su
protectora. Myriam fingió que endurecía la mirada. Pero Halima sintió perfectamente
que no le guardaba rencor; le sonrió con aire de felicidad.
Apenas se había retirado Myriam, Halima, muerta de fatiga, cerró los ojos.
Primero intentó luchar contra el sueño, volviendo siempre al mismo pensamiento:
«Tengo que abrir los ojos, ahora». Pero no tardó en dormirse profundamente.
Cuando se despertó, se sintió un instante perdida: ¿dónde se encontraba? ¿Qué le
había sucedido? Apartó la manta, que las muchachas le habían puesto mientras
dormía, temiendo que tuviera frío, y se sentó al borde de la cama. Se frotó los ojos,
luego miró a su alrededor. Rostros femeninos, jóvenes y de lo más afables,
aparecieron bañados por la luz irisada. Era ya bien entrada la tarde. Myriam se
arrodilló junto a ella y le alcanzó una copa de leche fría. Halima la cogió y la bebió
ávidamente. Su amiga, cogiendo un cántaro jaspeado, le llenó de nuevo a copa, que
una vez más vació de un trago. Una joven de piel negra se acercó y le ofreció en una
bandeja dorada golosinas de todo tipo, a base de sémola de trigo, miel y frutas.
Halima probó de todo.
—¡Qué hambre tiene! —dijo una de las muchachas.
—¡Y qué pálida está! —se asombró otra.
—Pongámosle carmín en las mejillas y en los labios —propuso una linda
rubiecita.
—Ante todo, la niña debe saciar su hambre —dijo Myriam.
Luego, dirigiéndose a la joven negra que tenía la bandeja dorada:
—Pélale un plátano o una naranja, Sara —y volviéndose hacia Halima—: ¿Qué
fruta prefieres, hijita?
—No conozco ninguna de las dos, me gustaría probar ambas.
Esto hizo reír mucho a las jóvenes y Halima, a su vez, sonrió cuando Sara le dio
las desconocidas frutas. No podía resistirse a tantas amabilidades. Pronto se chupó los
dedos.

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—Nunca me había sentido tan bien —les confió a las demás.
Una risa jubilosa se apoderó una vez más de las jóvenes. La misma Myriam
esbozó una sonrisa y dio unos golpecitos en la mejilla de Halima. Ésta sintió que le
volvía la sangre a las venas. Sus ojos brillaron, recuperó su buen humor y se puso a
charlar con más confianza.
Las jóvenes se habían sentado a su alrededor, unas bordando, otras cosiendo.
Todas comenzaron a interrogarla. Durante ese tiempo, Myriam le había puesto en las
manos un pequeño espejo metálico, y le estaba aplicando carmín en las mejillas y en
los labios, negro en las cejas y en las pestañas.
—Así que te llamas Halima —dijo la rubia que había propuesto que la
maquillaran—. Yo me llamo Zainab.
—Zainab es un bonito nombre —reconoció Halima.
Hubo nuevas risas.
—¿Y de dónde vienes?
—De Bujara.
—Yo también vengo de allí —intervino una belleza de cara redonda como una
luna y miembros regordetes (tenía una deliciosa barbilla redondeada y ardientes ojos
de terciopelo)—. Yo me llamo Fátima. ¿Quién era tu antiguo amo?
Halima quiso responder pero Myriam, que estaba maquillándole los labios, la
retuvo:
—Ahora espera un momento, y vosotras no la molestéis.
Halima le besó furtivamente la punta de los dedos, lo que le valió una
reprimenda:
—¿Quieres quedarte quieta, niña mala?
Pero no logró endurecer su rostro. Halima sintió claramente que se había
granjeado la simpatía de todas. Ello la llenó de alegría.
—¿Mi antiguo amo? —siguió cuando Myriam terminó de pintarle los labios,
mirándose complacida en el espejo—. Era un mercader que se llamaba Alí, un
hombre de edad, muy bueno.
—¿Por qué te vendió si era tan bueno? —lanzó Zainab.
—Era pobre. Había caído en la miseria. Ya no teníamos ni qué comer. Aquel buen
hombre poseía dos hijas por toda fortuna y se dejó timar por pretendientes que se
olvidaron de pagarle. También tenía un hijo, que un buen día desapareció, víctima
con toda seguridad de los bandidos o de la soldadesca del lugar.
Brillaban lágrimas en sus ojos.
—Me habían destinado a él…
—¿Quiénes eran tus padres? —preguntó Fátima.
—No los conocí, no sé nada de ellos. Sólo recuerdo haber estado en casa del
mercader Alí. Mientras su hijo estuvo allí nos las arreglábamos como podíamos para
ir tirando. Luego llegó la miseria: mi amo gemía, se arrancaba los cabellos y vivía
rezando. Su mujer le sugirió un día que me vendiera. Me llevó en un burro a la

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ciudad. A todos los mercaderes a quienes me ofrecía, les preguntaba inquieto a dónde
me llevarían, a quién me venderían. Hasta que terminó por encontrar un negociante
que compraba por cuenta de vuestro amo. Ese hombre juró por las barbas del Profeta
que sería tratada como una princesa. El buen Alí convino el precio y cuando me
llevaron, rompió a llorar. Yo también lloré. Ahora veo que el mercader tenía razón.
En verdad estoy aquí como una princesa…
Las jóvenes sonreían con expresión conmovida, lanzando huyes miradas con sus
ojos húmedos.
—Mi amo también lloró cuando me vendió —dijo Zainab—. Yo nací esclava. Era
todavía muy pequeña cuando los turcos me raptaron y me llevaron con ellos al fondo
de su estepa. Aprendí a montar a caballo y a tirar al arco como un muchacho. Todos
admiraban mis ojos azules y mis cabellos rubios. Venían a verme desde lejos.
Pretendían que si algún poderoso jefe sabía de mi existencia, seguramente me
compraría. Luego el ejército del sultán cayó sobre nosotros y mataron a mi amo. Yo
tenía alrededor de diez años. Nos batimos en retirada delante de las tropas enemigas,
en medio de una gran matanza de hombres y caballos. El hijo de mi amo tenía ahora
el rango de jefe de familia. Se enamoró de mí y me tomó por mujer legítima en su
harén. Pero el sultán nos lo quitó todo y mi amo se volvió brutal. Nos pegaba todos
los días. No quería someterse al poder del príncipe. Finalmente los jefes firmaron la
paz. Unos mercaderes vinieron a nuestra casa y se pusieron a negociar. Un armenio
que había reparado en mí acosó a mi amo; le ofreció ganado y dinero. Un día los vi
entrar en su tienda: en cuanto mí amo me vio sacó su daga; quería apuñalarme antes
que verse obligado a venderme. Pero el mercader se lo impidió y terminaron por
cerrar el trato. Pensé que moriría. El armenio me llevó a Samarcanda. Era repugnante.
Fue allí donde me vendió a Seiduna. Pero todo eso es pasado…
—Has sufrido mucho, mi pobre pequeña —murmuró Halima acariciándole el
rostro con compasión.
—¿Eras la mujer de tu amo? —quiso saber Fátima.
Halima sintió que la sangre le subía al rostro.
—No… ¿Qué quieres decir con eso?
—No le hagas esas preguntas, Fátima —saltó Myriam—, ¿no ves que todavía es
una niña?
—¿Acaso no tuve que sufrir eso mucho antes de tener la edad que ella tiene
ahora? —suspiró Fátima—. Unos parientes me habían vendido con mi madre a un
campesino. Yo apenas tenía diez años cuando tuve que convertirme en su mujer. Él
debía un dinero y como no podía pagarlo, me entregó a su acreedor a cambio de esa
deuda. Pero había olvidado decirle que yo ya había sido su compañera. Por lo que mi
nuevo amo me llenó de insultos: no dejaba de pegarme y torturarme, gritando a los
cuatro vientos que lo habíamos engañado, el campesino y yo, y jurando por todos los
mártires que nos mataría. Yo no entendía nada. Mi amo era viejo y feo y yo temblaba
delante de él como delante del sultán. Sus primeras mujeres comenzaron a pegarme y

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él las dejó hacer. Hizo venir una cuarta con la cual era todo miel, lo que sólo excitó su
crueldad hacia nosotros. Finalmente, fuimos salvadas por el guía de la caravana de
Seiduna, que me compró para venir a adornar estos jardines.
Halima la miraba a través de las lágrimas. Luego sonrió.
—Ves —concluyó—, terminaste llegando aquí, donde estás bien.
—Basta de charla por hoy —las interrumpió Myriam—. Pronto oscurecerá y estás
bastante cansada. Mañana tendremos trabajo. Aquí tienes este bastoncillo para que te
limpies los dientes.
Era un delgado palillo erizado de duros pelos en la punta; era fácil adivinar cómo
se usaba. Le tendieron una copita de agua y cuando hubo acabado, la acompañaron a
su habitación.
—Tendrás como compañeras a Sara y a Zainab —le dijo Myriam.
—Bueno —respondió Halima.
El suelo de la habitación estaba cubierto de alfombras de colores abigarrados,
tejidas con lana gruesa. Los muros y la cama baja, llena de cojines bordados con
gusto, estaban igualmente tapizados. Junto a cada cama había un pequeño tocador
finamente tallado coronado por un espejo plateado. Una araña dorada de formas
extrañas y complicadas, con cinco luces, colgaba del techo.
Las jóvenes vistieron a Halima con una larga túnica de seda blanca y fina. Le
anudaron un cordón rojo alrededor de la cintura y la pusieron delante del espejo.
Halima las oía susurrar que la encontraban encantadora y hermosa. «Sí, de verdad,
soy hermosa», se decía con el pensamiento, «hermosa como una princesa». Se tendió
en la cama y las jóvenes le arreglaron los cojines. La cubrieron con un edredón y se
retiraron de puntillas. Halima hundió la cabeza en los blandos cojines y se durmió
mansamente, consciente de ser verdaderamente feliz.
La despertaron los primeros rayos del sol detrás de la ventana. Abrió los ojos y se
quedó absorta en la contemplación de las figuras coloreadas dibujadas en las
alfombras. Ante todo, le pareció que seguía de viaje. Contemplaba en el muro a un
cazador a caballo persiguiendo un antílope con una lanza en la mano. Debajo un tigre
y un búfalo luchaban salvajemente; detrás de un escudo, un negro dirigía la punta de
su venablo a un león furioso. Más allá, una onza espiaba a una gacela. Entonces
recordó los acontecimientos de la víspera: finalmente supo dónde estaba.
—Buenos días, pequeña marmota —le dijo Zainab a manera de saludo y vino a
sentarse en la cama de su amiga.
Halima la contempló llena de admiración: refulgiendo al sol como oro puro, sus
cabellos le caían en mechones ensortijados sobre los hombros. «Es más hermosa que
un hada», pensó. Respondió a su saludo, encantada, y echó un vistazo a la otra cama.
Sara todavía dormía. Estaba a medias destapada y la piel oscura de sus miembros
brillaba como ébano. Abrió los ojos despertada por la conversación de sus vecinas.
Miró a Halima, a quien dirigió una sonrisa extraña, luego los bajó de inmediato,

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como un felino turbado por una mirada humana. Se levantó, se acercó a la cama de
Halima y, a su vez, se sentó.
—Anoche, cuando nos acostamos, no nos oíste —dijo—. Te besamos pero
simplemente nos volviste la espalda lanzando un gruñido de disgusto.
Halima se echó a reír, pese a que la mirada de la belleza negra le dio casi miedo.
También advirtió el leve bozo que adornaba el labio superior de la extraña muchacha.
—No os oí en absoluto —respondió.
Sara la devoraba con los ojos. Hubiera querido besarla pero no se atrevía. Lanzó
una mirada furtiva a Zainab que ya se había sentado en su tocador y se peinaba los
cabellos.
—Te los tendremos que lavar hoy —murmuró Sara dirigiéndose a Halima—. ¿Me
permites que sea yo la que me encargue de ello?
—De acuerdo.
Finalmente tuvo que levantarse y sus compañeras la llevaron a la sala de baño
destinada a su uso particular.
—¿Os bañáis todos los días? —se asombró.
—¡Por supuesto! —respondieron ambas muchachas riendo.
Luego la sumergieron en una bañera de madera y terminaron por bañarla con mil
arrumacos.
Ella lanzó gritos, se secó con una toalla y, agradablemente refrescada, se puso el
vestido.
Desayunaron en un comedor ovalado. Todas tenían un lugar determinado, y
Halima contó veinticuatro incluido el suyo. La hicieron sentarse a la cabecera de la
mesa, junto a Myriam.
—¿Qué sabes hacer en realidad? —le preguntó ésta a quemarropa.
—Sé bordar y coser, y también cocinar.
—¿Sabes leer y escribir?
—Leo un poco.
—Habrá que completar eso. ¿Y el arte poético?
—No lo he estudiado.
—Pues bien, te enseñaremos todo eso y muchas cosas más.
—Me alegro —dijo Halima con un impulso de sincera alegría—. Siempre quise
aprender.
—Debes saber que aquí llevamos un horario escolar estricto que deberás cumplir
puntualmente. Y te advierto de una cosa más: no hagas preguntas sobre temas que no
estén relacionados directamente con las materias de enseñanza.
Aquel día, Myriam le pareció mucho más seria y severa que la víspera. Sin
embargo, la sentía favorablemente dispuesta hacia ella e incluso llena de simpatía.
—Te obedeceré en todo y haré todo lo que me digas que haga —prometió.
Estaba claro que Myriam tenía una cierta superioridad sobre sus compañeras.
Esto intrigaba un poco a Halima, pero no se atrevía a hacer preguntas. Desayunaron

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leche y pastelitos a base de frutos secos y miel. Después, cada una comió una naranja.
Después del desayuno, comenzaron las clases. Fueron a una sala acristalada en la
que había un estanque, ese extraño lugar que Halima había admirado tanto la víspera.
Allí se sentaron sobre cojines, todas colocaron una tablilla sobre sus rodillas
levantadas hacia delante, prepararon sus cálamos y esperaron. Myriam le había
asignado un lugar a Halima y le había dado material para escribir.
—Tómalo como ves que lo hacen las demás, a pesar de que todavía no sepas
escribir. Después yo te enseñaré; por el momento acostúmbrate a sujetar la tablilla y
la caña.
Después se dirigió hacia la puerta de entrada y dio un golpe en el gong colgado
del muro. Un instante después, un negro gigantesco entraba en la sala con un gran
libro en la mano. Estaba vestido con cortos pantalones rayados y con una túnica
abierta por delante que casi le llegaba a los talones; en los pies llevaba unas simples
sandalias y en la cabeza un fino turbante rojo. Se sentó con las piernas cruzadas sobre
un cojín que le habían preparado, frente a las jóvenes.
—Hoy, mis avecillas, mis palomitas, retomaremos la lectura de pasajes del Corán
—ante esta palabra aplicó piadosamente la frente sobre el libro—, en los que el
Profeta nos habla de los gozos y delicias del más allá. Veo entre vosotras una
jovencita nueva, de mirada viva y curiosa, una alumna ávida de aprender,
encantadora en todo sentido a los ojos del espíritu. Con el fin de que no pierda la más
pequeña porción de sabiduría, la menor miga de toda esta ciencia, nuestra sutil y
juiciosa Fátima va a decimos y explicarnos lo que el escrupuloso jardinero Adí ha
logrado plantar y cultivar hasta ahora en vuestros corazoncitos…
Claro, se trataba de Adí, el hombre que la había transportado la víspera a aquellos
jardines. Halima lo había reconocido de inmediato por la voz. Tuvo ganas de reír pero
se contuvo valerosamente.
Fátima levantó hacia el maestro su bonita barbilla redondeada y se puso a recitar
con una voz suave y casi cantarina:
—En el decimoquinto sura, versos cuarenta y cinco a cuarenta y ocho, leemos:
«Así, los temerosos de Dios entrarán en unos jardines en los que corre una fuente.
¡Entrad en paz! Nosotros les quitaremos la amargura del corazón y se sentarán unos
frente a otros sobre cojines. No sentirán cansancio y no los expulsaremos jamás».
Adí la felicitó. Luego ella recitó de memoria varios otros pasajes. Cuando
terminó, el negro se volvió hacia Halima:
—Mi cervatilla de plata, de paso ágil y espíritu rápido, has admirado las perlas
que adornan el discurso de tu pequeña compañera, de tu hermanita, grande en
sabiduría, y ves lo que mi ciencia y la profundidad de mi espíritu han sembrado y
sabido hacer germinar en el seno de nuestras huríes de hermosos ojos. Ahora tú
también arranca las niñerías de tu corazón y presta oído inteligente a lo que nuestro
santo saber te revelará, para que seas dichosa en este mundo y en el otro.

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Enseguida se puso a deletrear, palabra por palabra, un nuevo capítulo del Corán.
Los cálamos corrían y chirriaban sobre las tablillas. Las jóvenes movían levemente
los labios, repitiendo en voz baja lo que sus manos escribían.
Una vez terminada la hora, Halima dejó de atender. Ahora todo le parecía risible,
extraño y como irreal. El negro se levantó, aplicó tres veces, respetuosamente, la
frente sobre el libro, y dijo:
—Hermosas jovencitas, mis estudiosas alumnas, cuán ágiles y vivaces sois, basta
de ciencia, por hoy se han terminado las sementeras de mi sabiduría. Lo que habéis
escuchado y concienzudamente trascrito en vuestras tabillas, metéoslo bien en la
cabeza y aprendéoslo de memoria sin omitir nada. Finalmente instruid a esta amable
codorniz, vuestra pequeña compañera, en las santas ciencias y convertid su
ignorancia en conocimiento.
Sonrió mostrando dos hileras de dientes blancos, hizo girar sentenciosamente sus
ojos redondos y abandonó con dignidad la sala de clase.
Apenas acababa de caer el telón, cuando Halima estalló en carcajadas. Su alegría
se contagió a las demás, aunque Myriam la reprendió en tono serio.
—No te burles nunca más de Adí, Halima. En efecto, puede que parezca algo
extraño al principio, pero posee un corazón de oro, y haría cualquier cosa por
nosotras. Sabe muchas cosas, tanto en materia del Corán como de filosofía profana.
Conoce la métrica y la retórica, la gramática árabe y la parta. Seiduna tiene gran
confianza en él…
Halima bajó los ojos. Sentía vergüenza. Pero Myriam agregó acariciándole el
rostro:
—Te has reído, no hay nada malo en ello. Ahora lo sabes y en el porvenir te
conducirás de otra manera.
Tras lo cual le dirigió un saludo con la cabeza y siguió a las demás muchachas a
los jardines.
Sara quiso llevar personalmente a Halima a la sala de baño para lavarle el cabello.
Comenzó por despeinarla, luego la desnudó hasta la cintura. Sus manos temblaban
ligeramente y Halima se sintió bastante incómoda, desagradablemente incómoda,
aunque decidió no prestarle mucha atención.
—Bueno ¿y quién es nuestro amo? —preguntó.
La curiosidad había ganado. Sin saber por qué se daba cuenta de que tenía cierto
poder sobre Sara. De inmediato ésta se mostró dispuesta a responderle.
—Te diré todo lo que sé —murmuró con un extraño temblor en la voz—. Pero
pobre de ti si me traicionas. Además tienes que amarme. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—Todas pertenecemos a Seiduna, que quiere decir Nuestro Amo. Es un amo
poderoso, muy poderoso. Qué más decirte…
—¡Habla!

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—Tal vez no lo veas nunca. Algunas hace un año que estamos aquí, y todavía no
lo hemos visto.
—¿Y quién es «Nuestro Amo»?
—Espera, te lo diré todo. ¿Sabes quién es, entre los vivos, el primero después de
Alá?
—El califa.
—Es falso. Ni siquiera el sultán. El primero después de Alá es Seiduna.
Halima, pasmada, abrió los ojos de par en par. Le parecía estar viviendo un
cuento teñido de misterio. No, ahora ya no se limitaba a escuchar el cuento sino a
formar parte de él…
—¿Dices que ninguna de vosotras ha visto a Seiduna?
Sara se inclinó a su oído:
—Sí, una de nosotras lo conoce mucho. Pero pobre de nosotras si alguien supiera
que hablamos de esto.
—Seré muda como una tumba. ¿Pero quién es esa que conoce tan bien a Seiduna?
Se imaginaba perfectamente quién podía ser. Sólo quería tener la confirmación.
—Myriam —susurró Sara—. Cuenta con sus favores… Pero pobre de ti si me
traicionas.
—No se lo diré a nadie.
—Está bien, pero debes amarme, pues yo confío en ti.
Halima estaba cada vez más atormentada por la curiosidad. Siguió preguntando:
—¿Y quién es entonces esa vieja que vimos ayer delante de la casa?
—Apama. Es aún más peligroso hablar de ella que de Myriam. Myriam es buena
y nos quiere. Apama es malvada y nos odia. Ella también conoce a Seiduna. Pero
cuidado, no te traiciones, no, no dejes que nadie sepa lo que sabes.
—No me traicionaré, Sara.
La negra muchacha se dio prisa en lavarle la cabeza.
—¡Eres tan suave, Halima! —murmuro.
La otra se sintió incómoda pero hizo como que no había oído. Todavía tenía cosas
que preguntarle.
—¿Y ese Adí? —siguió.
—Es un eunuco.
—¿Un eunuco?
—Un hombre que no es verdaderamente un hombre.
—No lo entiendo mucho.
Sara entró en explicaciones más precisas, con lo cual Halima la cortó
malhumorada:
—No quiero oír hablar de eso.
—Tendrás que oír muchas otras cosas.
Sara tenía cara de ofendida. Cuando terminó de lavarle los cabellos a su
compañera, se puso a untárselos con aceites perfumados. Luego se los desenredó.

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¡Alí, cuánto le hubiera gustado abrazarla y besarla! Pero Halima le lanzó desde abajo
una mirada tan dura que Sara tuvo miedo de hacer algún gesto. La invitó a salir de la
sala de baño y la llevó al sol para que los cabellos se secaran más de prisa.
Desde que Halima había entrado en aquel mundo extraño era, para hablar
propiamente, la primera vez que se encontraba sola. No sabía prácticamente nada; ni
dónde estaba ni lo que debía hacer. Sólo la rodeaban misterios. Pero esto no era
desagradable, al contrario. No se sentía incómoda en aquel mundo digno de ifritas y
genios. ¡Después de todo tenía con qué alimentar su curiosidad! «Lo mejor es hacerse
la tonta», se dijo. «De esta forma las miradas no se detendrán en mí y podré meterme
donde lo crea oportuno. Finalmente, si me conduzco así, las demás cuidarán de mí
con más devoción…».
Las revelaciones de Sara la habían arrojado en un mundo de enigmas que la
obligaron a reflexionar. Myriam, de la que conocía uno de sus lados, tan amable y
bueno, tenía una cara oculta. Estaba en buenos términos con Seiduna. ¿Qué querría
decir esto? ¿Cuáles eran entonces las prerrogativas de Apama, que era malvada, y sin
embargo muy unida también a Seiduna? ¿Y el cómico Adí, en quien, según Myriam,
Seiduna tenía tanta confianza? Y en fin ¿quién era Seiduna, «Nuestro Amo», tan
poderoso, del que Sara sólo se atrevía a hablar a media voz?
Sin poder quedarse quieta, se aventuró, curiosa, por un sendero. Se inclinaba
sobre las florecillas, espantando las mariposas que se posaban en ellas. Las abejas
salvajes y los abejorros rayados, cargados de polen, zumbaban alrededor de ella.
Insectos y pequeñas moscas volaban en medio del cálido sol primaveral. Aquellas
miles de criaturas la ponían contenta, así como la naturaleza entera. Su antigua y
fastidiosa vida estaba olvidada, tanto como estaban olvidados los temores e
incertidumbres del penoso viaje. Ahora su corazón rebosaba de placer y alegría de
vivir. Tenía la impresión de haber llegado de verdad al paraíso.
Algo se movió en un matorral de granados. Aguzó el oído. Por detrás del follaje
saltó un animal ágil, de patas finas. «Una gacela», pensó. El animal se detuvo y la
contempló con sus hermosos ojos de oro oscuro. La joven había superado su primera
reacción, que había sido de miedo. Se agachó e invitó al animal a acercase, imitando
involuntariamente al extraño comentador del Corán:
—Gacelita, abejita, balando y acercándose a mí, ligera de patas y fina de cuernos.
Ya ves, no recuerdo más pues no soy el sabio Adí. Acércate a Halima, que es joven y
bonita y que ama a la gentil gacelita…
No pudo dejar de reírse de su propia locuacidad. La gacela se acercó con el
hocico tendido y comenzó a oliscarla y a lamerle la cara. Las cosquillas eran
agradables y la jovencita rió e hizo como si se defendiera, mientras el animal llevaba
cada vez más lejos su juego. De repente le pareció que otra presencia, que no estaba
menos viva y de la que podía sentir el aliento, se acercaba a ella por detrás hasta el
punto de rozarle la oreja. Se volvió y quedó helada de terror. Muy cerca de ella se
alzaba Ahriman, la onza leonada, que pronto se puso a rivalizar fogosamente en

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amabilidades con la gacela. Halima cayó de espalda y tuvo el tiempo justo para
apoyarse en las manos. No podía gritar ni levantarse. Con los ojos llenos de angustia,
miró al felino de altas patas, esperando el momento en el que se echaría sobre ella.
Pero seguramente el animal no tenía ninguna intención agresiva. Pronto dejó de
ocuparse de ella y se puso a retozar en compañía de la gacela, cogiéndola por las
orejas y saltándole al cuello por jugar. Debían conocerse mucho y ostensiblemente
eran buenas amigas. Halima, repentinamente envalentonada, enlazó con ambos
brazos el cuello de los dos animales. La onza gruñó y se puso a ronronear como un
verdadero gato, mientras la gacela volvía a lamer el rostro de la niña, que se las
ingeniaba para halagar a las dos bestias dirigiéndoles las más dulces palabras. No
lograba comprender cómo una onza y una gacela podían ser amigas en este mundo,
en esas circunstancias, ya que Alá, según el Profeta, reservaba ese prodigio a los
habitantes del paraíso.
Oyó que la llamaban. Se levantó y caminó en dirección de la voz. Ahriman la
siguió, escoltada por la gacela que jugando se echaba sobre ella dando a derecha e
izquierda grandes cabezazos, exactamente como lo hubiera hecho un cabritillo; la
onza apenas le prestaba atención, limitándose de vez en cuando a cogerle una oreja
con la intención de fastidiaría.
Halima se unió a sus compañeras que la esperaban para la clase de danza. Le
recogieron los cabellos en un moño detrás de la cabeza y la llevaron a la sala
acristalada.
El maestro de baile era el eunuco Asad. Era un hombre joven, de estatura
mediana, el rostro lampiño y de una agilidad casi femenina. También era africano y
tenía la piel oscura, aunque menos negra que la de Adí. Halima lo encontró simpático
y divertido. Al entrar se quitó la larga túnica y se colocó delante de ellas, todas en
pantalones amarillos muy cortos. Se inclinó con una sonrisa amable, se frotó las
manos con expresión contenta y, tras haber invitado a Fátima a tocar el arpa,
comenzó a hacer mil hábiles contorsiones al ritmo del instrumento.
Lo esencial de su arte se basaba en la movilidad del vientre y en el dominio de los
músculos de éste. El movimiento circular de los brazos y el paso de baile
propiamente dicho sólo eran una especie de acompañamiento rítmico del verdadero
ballet que realizaba el vientre. El bailarín acababa de mostrarles lo que debían hacer;
las muchachas debían ahora esforzarse en imitarlo. Les ordenó que se sacaran el
corpiño y se desnudaran hasta la cintura. Halima se sintió muy incómoda, pero
cuando vio que las demás obedecían sin pestañear, las imitó de buena gana. El
profesor, tras designar a Sulaika y Fátima como primeras bailarinas, tomó por su lado
una flauta larga y delgada y se puso a tocar. Sólo entonces Halima se fijó en Sulaika:
como silueta era ciertamente la más hermosa de todas; sus miembros eran
redondeados, livianos, su piel de una suavidad de terciopelo. Era la que tenía el rango
más alto y le servía de auxiliar al maestro de baile, ejecutando todo lo que él le pedía;
las demás sólo la imitaban lo mejor posible. Flauta en mano, el maestro iba de unas a

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otras, juzgando con mucho discernimiento la agilidad y el trabajo de los músculos,
corrigiendo y mostrando personalmente cómo debía hacerse…
Después de la clase, Halima, cansada, se sintió torturada por el hambre. De nuevo
fueron a los jardines, aunque sin alejarse demasiado, pues les esperaba otra clase: esta
vez se trataba de métrica. Halima le confió a Sara que su estómago clamaba de
hambre. Ésta le hizo una señal de que esperara y desapareció en el palacio; estuvo de
vuelta en un instante y, poniéndole un plátano recién pelado en la mano, le dijo:
—No se nos permite merendar entre las comidas. Myriam es muy severa en este
aspecto: teme que nos volvamos demasiado voluminosas. Seguramente me castigaría
si supiera lo que acabo de hacer por ti.
¡No comer de miedo a engordar! Era algo insólito para Halima. ¡Al contrario!,
mientras más gorda era una mujer, más halagos recibía. Lo que Sara acababa de
decirle no era una buena noticia. Pero, en fin, ¡aquel rincón maravilloso tenía tantas
cosas buenas!
Debían entrar en la sala de clases. Una vez más, era Adí el que enseñaba arte
poética. Halima encontró que esta materia era de las más divertidas. Hasta el punto de
entusiasmarla desde el comienzo.
El amable profesor les analizó el primer verso de un gazal; todas las muchachas
tuvieron que hacer trabajar la imaginación. Myriam declamó después el verso sobre
el cual debían improvisar, y todo el resto del tiempo quedó libre, mientras las demás
rivalizaban entre ellas, agregándole rimas a las rimas. Al cabo de una decena de
versos, la mayoría había agotado su facultad de invención; únicamente seguían
enfrentándose, no sin ingenioso empeño, Fátima y Zainab que, pese a todo,
terminaron por rendirse. A la primera y a la segunda tentativa, Adí dejó tranquila a
Halima; tenía que acostumbrarse. Pero aquello le gustaba tanto que él la invitó a que
se preparara para el tercer asalto. Sentía en ella una ligera aprensión, pero, halagada
por la confianza que le manifestaban, en su fuero interno deseaba medirse con las
demás.
Myriam enunció el primer verso[3]:
—«Si poseyera alas como el pájaro deidad…».
Así esperó un momento, luego las interrogó por turno. Ellas respondieron en
orden:
Sulaika: «Volaría en el sol de la beldad…».
Sara: «Estaría llena de bondad…».
Aisha: «Aliviaría toda mendicidad…».
Sit: «Cantaría una canción llena de felicidad…».
Djada: «Buscaría siempre la verdad…».
En aquel momento, Adí le hizo un gesto con la cabeza a Halima y la invitó
amablemente a seguir. Ella lo intentó enrojeciendo:
—«Contigo quisiera…».
Cogida desprevenida, se detuvo.

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—Lo tengo en la punta de la lengua —se excuso.
Todas se pusieron a reír. Adí le hizo una señal a Fátima.
—Vamos, pequeña Fátima, ayúdala.
Fátima completó el verso de Halima: «Contigo quisiera volar hacia la eternidad».
Halima se apresuró a protestar.
—No, no era eso lo que quería decir —dijo contrariada—. Esperad, lo encontraré
sola.
Y aclarándose la voz, declamó:
—«… Contigo quisiera lanzarme a la azul inmensidad».
Un estrépito de risas acompañó sus palabras. Halima se levantó y, roja de cólera y
vergüenza, corrió hacia la puerta. Myriam le cortó el paso. Todas se apresuraron
entonces a consolarla y a alentarla. Poco a poco se calmó, secándose las lágrimas.
Adí explicó que la métrica era una flor que sólo era accesible después de un
denodado esfuerzo, y que si Halima se había equivocado la primera vez, no debía
perder el valor. Luego invitó a las jóvenes a seguir. Ya no les quedaban rimas. Pese a
lo cual, Fátima y Zainab seguían replicándose:
Fátima: «Aprovecha, Halima, la enseñanza escuchada».
Zainab: «Para hablar así, Fátima, no tienes, que yo sepa, autoridad».
Fátima: «Si de esto conozco más que tú, no hago de ello alarde».
Zainab: «Refrena pues tu espíritu, ¡descarada!».
Fátima: «Mi presencia de espíritu quebranta tu serenidad».
Zainab: «En modo alguno, sólo está herida tu vanidad».
Fátima: «Belleza y Vanidad se complementan, en cambio Fealdad engendra
Humildad».
Zainab: «¿Pensarás en mí acaso, por tu gran deformidad?».
Fátima: «¡Alí, lo que faltaba! Confundir la delgadez con la agilidad».
Zainab: «De ninguna manera, sólo me río de tu ceguedad».
Fátima: «¡Mira tú! ¿Y qué decir de tu ingenuidad?».
Zainab: «¿Crees, con la injuria, compensar tu frivolidad?».
—Basta, mis palomitas —intervino Adí—. Con hermosas rimas y sabias máximas
os habéis enfrentado y pavoneado, disputado y despiezado, amputado y desgarrado
con mucho espíritu; os habéis enviado flores y lanzado negras miradas. Ahora
olvidad vuestras querellas y reconciliaos. Tregua de justo saber y de duelo oratorio.
Id a disfrutar ahora al refectorio.
Tras lo cual se inclinó amablemente y se retiró de la sala de clases. Las jóvenes se
apresuraron a seguir su ejemplo, todas impacientes por ir a ocupar su lugar en el
comedor.
Contrariamente al desayuno de la mañana, que las había esperado sobre la mesa,
la comida les fue servida ahora por tres eunucos: Hamza, Telha y Sohal. Halima supo
que había siete eunucos para servirlas. Además de los dos profesores que ya conocía,
y de los tres eunucos que servían la mesa, había dos de aquellos extraños personajes

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encargados del cuidado de los jardines: Moad y Mustafá. La cocina era sobre todo
asunto de Apama; Hamza, Telha y Sohal sólo la ayudaban; se dedicaban a los
trabajos domésticos, lavaban, hacían el aseo y fregaban los platos, se cuidaban del
orden y de la limpieza de toda la casa. Los eunucos, así como Apama, vivían en un
jardín privado, aislado por fosos del ámbito de las muchachas. Tenían alojamientos
propios, mientras Apama vivía sola en una casita. Tantas cosas inflamaban la
imaginación de Halima. No se atrevía a hacer ninguna pregunta en presencia de
Myriam; esperaba con impaciencia el momento de ver de nuevo a Sara. La comida le
pareció un verdadero festín. Un tierno asado de ave con un estofado que olía muy
bien, legumbres variadas, fritos, queso, una tarta, dulces de miel con frutos cocidos.
Y para terminar una copa de algo que se le subió extrañamente a la cabeza.
—Es vino —susurró Sara—. Seiduna nos lo permite.
Después del almuerzo, se dirigieron a sus habitaciones. Finalmente estaban solas,
pero Halima tenía muchas preguntas que hacer:
—¿Cómo se entiende que Seiduna permita el vino cuando el Profeta lo prohíbe?
—Posee ese derecho, ya te he dicho que es el primero después de Alá. Es un
nuevo profeta.
—Me dijiste que, salvo Myriam y Apama, ninguna de vosotras había visto
todavía a Seiduna.
—Ninguna, salvo Adí, que es su hombre de confianza. Pero Adí y Apama se
odian a muerte. En general, Apama no quiere a nadie. Era muy hermosa, cuando
joven, pero ha pasado el tiempo y la consume el rencor.
—¿Pero quién es en realidad esa Apama?
—¡Chist! Es una mujer abominable. Conoce todos los secretos del amor y
Seiduna la hizo venir aquí para que nos enseñe lo que sabe. Ya verás esta tarde.
Parece que aprovechó muy bien su juventud.
—¿Por qué debemos aprender tantas cosas?
—En realidad no lo sé. Pero me imagino que debemos estar preparadas para
Seiduna.
—¿Estamos destinadas a su harén?
—Tal vez; ahora dime si ya me amas un poco.
Halima se ensombreció. Le disgustaba que Sara le planteara tales tonterías
cuando ella tenía tantas cosas importantes que saber. Se tendió de espalda, con las
manos bajo la cabeza, y miró al techo.
Sara se sentó junto a ella en la cama. La contempló, inmóvil. De repente se
inclinó y comenzó a besarla con pasión. Primero Halima fingió ignorar el significado
de aquellos besos, pero como su ardor la perturbaba terminó por rechazar a Sara.
—Me gustaría saber lo que Seiduna pretende hacer con nosotras —dijo.
Sara retomó el aliento y se arregló los cabellos.
—A mí también me gustaría saberlo pero nadie habla de ello, y además está
prohibido hacer preguntas sobre el tema.

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—¿Crees que es posible escapar de aquí?
—¡Estás loca! ¡No acabas de llegar y ya te estás planteando eso! ¡Si Apama te
escuchara! ¿No has visto las fortificaciones, los abruptos precipicios? Ésa es la única
puerta de salida al mundo. ¡Intenta pasarla si te atreves!
—¿Entonces a quién pertenece esta fortaleza?
—¿A quién? Todo lo que ves aquí y por doquier a nuestro alrededor, incluidas
nuestras personas, pertenecen a Seiduna.
—¿Entonces Seiduna vive en el castillo?
—No lo sé. Tal vez.
—Y seguramente tampoco sabes cómo se llama esta comarca.
—Lo ignoro. Preguntas demasiado. Quizás ni Apama ni Adí lo saben. Sólo
Myriam…
—¿Por qué sólo Myriam?
—¿No te dije que estaban en buenos términos?
—¿Qué quiere decir eso: estar en buenos términos?
—Quiere decir que son como marido y mujer.
—¿Pero quién te lo ha dicho?
—¡Chitón! Lo adivinamos solas.
—No entiendo.
—Claro, no puedes entenderlo, nunca has vivido en un harén.
—¿Y tú has vivido en un harén?
—Sí, tesoro. ¡Si supieras! Mi amo era el jeque Mu’awiya. Al comienzo, yo era su
esclava. Me compró cuando tenía veinte años. Luego me convertí en su amante. Así
como tú me ves hoy a tu lado, él se sentó un día al borde de mi cama y me miró. «Mi
deliciosa gatita negra…», fueron las palabras que empleó. Me besó. ¡Si pudiera
expresarte lo que sentí! Era muy apuesto, todas sus mujeres estaban celosas de mí.
Pero no podían hacer nada para perjudicarme, él me prefería a mí. Envejecían de
cólera y despecho, y la cólera y el despecho las afeaban todavía más a los ojos del
que querían seducir. Me llevaba a sus campañas. Un día, nos atacó una tribu enemiga.
Antes de que nuestros hombres tuvieran tiempo de ocupar sus puestos de combate,
los bandidos me habían secuestrado, llevándome con ellos. Me vendieron en el
mercado de Basra[4] a los agentes de Nuestro Amo. Me sentí tan desdichada…
Sara estalló en sollozos. Gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas cayendo en el
pecho de Halima.
—No te pongas triste, Sara. Finalmente, estás bien aquí, con nosotras.
—Si al menos supiera que me amas un poco. Mi Mu’awiya era tan hermoso y me
amaba tanto.
—Pero si yo te quiero mucho, Sara —dijo Halima, y se dejó besar para reanudar
de inmediato las preguntas.
—Y Myriam, ¿sabes si también ha vivido en un harén?

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—Sí. Pero no conoció la misma suerte. Vivía como una princesa. Dos hombres
murieron por su causa.
—¿Por qué vino entonces aquí?
—Unos parientes de su esposo la vendieron para vengarse porque le era infiel.
Toda la parentela del marido se sintió deshonrada…
—¿Pero por qué le era infiel?
—Son cosas que no podrías entender todavía, Halima. No era un hombre para
ella.
—Seguramente no la amaba.
—¡Oh, sí!, la amaba. Incluso murió por amarla demasiado.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Ella misma nos lo contó cuando llegó aquí.
—¿Entonces no estaba aquí con vosotras desde el comienzo?
—No, Fátima, Djada, Safíya y yo fuimos las primeras. Myriam sólo vino después.
Entonces todas estábamos en un mismo pie de igualdad. Sólo Apama nos mandaba.
—Pero entonces debes saber cómo conoció a Seiduna.
—No sabría decirte mucho más. Seiduna es un profeta. Hay que creer que lo sabe
todo, que lo ve todo. Él la hizo llamar un día. Ella no nos lo ha dicho, aunque
nosotras lo sabemos. A partir de ese día dejamos de ser consideradas como sus
iguales. Comenzó a darnos órdenes y a desafiar a Apama. Desde entonces su
autoridad no ha hecho más que crecer. Ahora incluso Apama debe obedecerle… y por
eso le tiene un odio jurado.
—Todo esto es muy extraño.
Zainab entró y se sentó ante el espejo de su tocador para arreglarse los cabellos y
maquillarse.
—Ya es hora, Halima —dijo—. Ahora es el turno de Apama y no es bueno
exponerse a sus reproches. Pobre de la que llegue tarde a sus clases… Aquí tienes
carmín y negro para que te maquilles las mejillas y te marques las cejas. Y esencia de
flores para perfumarte. Myriam me lo dio para ti. ¡Vamos, levántate!
Sara y Zainab la ayudaron a arreglarse. Luego, las tres se dirigieron a la sala de
clases.
Cuando Apama hizo su entrada, Halima tuvo que apelar a todo su dominio para
no estallar en carcajadas. Pero la mirada de la vieja y el silencio siniestro que siguió
le aconsejaron prudencia. Las muchachas se levantaron y se inclinaron
profundamente.
La vieja matrona estaba extrañamente vestida. Sus piernas huesudas flotaban en
los anchos pantalones de seda negra. Llevaba un corpiño rojo, bordado de oro y plata;
su cabeza estaba tocada con un pequeño turbante amarillo adornado con una larga
pluma de garza; gigantescos aretes dorados, incrustados de piedras preciosas, le
colgaban de las orejas. Además, ostentaba un collar de gruesas perlas de muchas
vueltas en el cuello, y preciosas ajorcas, finamente trabajadas, en las muñecas y en

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los tobillos. Todo aquel lujo no hacía más que acentuar su edad y fealdad. Las
mejillas y los labios, recubiertos con un rojo chillón, y el negro artificial de sus cejas
le daban el aspecto de un espantapájaros viviente. Con un ademán, ordenó a las
jóvenes que se sentaran. Buscó a Halima con la vista, rió socarronamente y comenzó
a chillar:
—¡Alí, habéis emperifollado mucho a la pequeña! Abre los ojos desorbitados
como una ternera dispuesta que nunca hubiera visto un toro y no comprende lo que
esperan de ella. Ahora pues, abre los oídos, y trata de aprender finalmente algo
sensato. No te imagines que tus compañeras cayeron del cielo como por arte de una
ciencia infusa. Tal vez despertaron sus sentidos en algún harén antes de venir a mi
escuela, pero sólo aquí comenzaron a entrever la difícil ciencia que requiere el amor.
En mi patria, la India, comenzamos esta enseñanza desde la más tierna edad, pues
sensatamente se ha dicho que la vida es corta si se la compara con el tiempo preciso
para toda buena educación. ¿Acaso sabes, desdichada, lo que es un hombre? ¿Sabes
por qué ese negro repulsivo que te trajo ayer a estos jardines no es un hombre como
es debido…? Habla…
Halima temblaba de pies a cabeza. Lanzaba miradas desesperadas a su alrededor
en busca de un apoyo, pero las chicas miraban obstinadamente al frente, con los ojos
clavados en el suelo.
—Me parece que tienes la lengua pegada al paladar, pobre pava —insistió
brutalmente la vieja—. Espera, voy a explicarte.
Entonces comenzó a exponer con una especie de alegría malvada los detalles de
lo que constituyen las relaciones de un hombre y una mujer. Halima sentía tal
vergüenza que no sabía a dónde dirigir su mirada.
—Bueno ¿ya lo has entendido, pequeña? —le preguntó por fin la matrona.
Halima dio a entender tímidamente que sí, pese a que no hubiera entendido la
mitad de lo que le había dicho y de que la otra mitad tampoco le quedaba muy clara.
—Es castigo de Alá en persona, aunque sólo Él es grande, tener que hacer entrar
esta sublime ciencia en la cabeza de estas gansas —exclamó—. ¿Acaso estas cigarras
alcanzan a sospechar la ciencia y el sentido innato que son menesteres para satisfacer
en todo a su amo y señor? Práctica, práctica y más práctica, es lo único que puede
llevar a la alumna a buen fin. Felizmente un justo destino os ha privado de cualquier
oportunidad de satisfacer vuestra lascivia de yeguas y perjudicar así el arte sublime
del amor. Sabed que el hombre es como un arpa sensible en la cual la mujer debe
saber tocar mil y una melodías diferentes. Si es ignorante y estúpida, sólo sacará de él
lamentables sonidos. Por el contrario, si es talentosa e instruida, sabrá hábilmente
sacarle al instrumento armonías nuevas. ¡Incultos adefesios! Deberéis tratar de sacar
del instrumento que se os ha confiado más sonidos de los que aparentemente es capaz
de producir. Que los genios benéficos no me inflijan la penitencia de tener que
escuchar que cometéis inexpertos golpeteos, acompañados de rechinamientos y
chillidos.

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Entonces se lanzó a una exposición minuciosa de las prácticas de lo que ella
llamaba la sublime ciencia de su arte divino. Halima estaba roja de vergüenza hasta
las orejas. Sin embargo, escuchaba pese a ella. Una curiosidad febril comenzó a
invadirla. Si hubiera estado sola con Sara, o al menos sin Myriam, cuya presencia la
intimidaba a más no poder, tal vez las explicaciones de Apama la habrían divertido.
Pero en las condiciones actuales, no podía dejar de bajar los ojos; se sentía, sin
saber bien por qué culpable y cómplice.
Finalmente, Apama terminó y abandonó majestuosamente la sala de clase sin
despedirse ni inclinarse. Las jóvenes se apresuraron a salir, impacientes por gozar de
un momento de recreo, dispersándose amenamente en grupitos a través de los
jardines. Sara se pegó a Halima, que no se atrevía a acercarse a Myriam. Pero
Myriam tomó la iniciativa y la llamó: le rodeó la cintura y la atrajo hacia ella. Sara
las seguía como una sombra.
—¿Te has acostumbrado un poco a nuestra forma de vivir? —le preguntó
Myriam.
—Todo me parece extraño y nuevo —respondió Halima.
—Espero que no te disguste esto…
—¡Oh, no!, al contrario. Esta vida me gusta mucho, sólo que hay tantas cosas que
no comprendo…
—Ten paciencia, tesoro. Todo llegará a su debido tiempo.
Halima colocó la cabeza en el hombro de Myriam y miró a Sara a hurtadillas. Le
dieron ganas de reír. Sorprendió la mirada de su negra compañera en la que se leía el
tormento de los celos. «Me aman», se dijo. Y una sensación dulce inundó su corazón.
El sendero las condujo a través de los tupidos plantíos hasta el borde del
acantilado, por encima del torrente que rugía en las profundidades del abismo rocoso.
Halima observó que los jardines habían sido acondicionados en la misma roca. Los
lagartos se calentaban al sol sobre un bloque más bajo que dominaba el torrente. Sus
lomos refulgían como esmeraldas.
—Mira qué hermosos son —se asombró Myriam.
Halima sintió un escalofrío.
—¡Bm! No me gustan. Son malos.
—¿Por qué?
—Dicen que atacan a las chicas.
Myriam y Sara sonrieron.
—¿Quién pudo contarte eso, querida niña?
De nuevo Halima creyó que había dicho una tontería. Prudentemente respondió:
—Mi antiguo amo decía a menudo: «¡Cuidado con los muchachos! Si pasan por
encima del muro y penetran en el jardín, huye ante ellos. Seguramente esconden bajo
sus ropas un lagarto o una serpiente. Y si te la sueltan encima, ¡cuídate de la
mordedura!».

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—¡Vamos, aquí no hay muchachos malos!, y además todos nuestros lagartos son
tranquilos y domésticos. No le han hecho mal a nadie.
Dichas estas palabras, silbo. Los lagartos giraron la cabeza en todos los sentidos,
como si intentaran saber quién los llamaba. Halima se acurrucó entre Myriam y Sara.
Así se sintió más segura.
—Tienes razón, son bonitos.
Una cabecita cónica apareció muy cerca en una fisura de la roca y, varias veces,
como un rayo, sacó su lengüecilla bífida. Halima quedó paralizada de miedo. La
cabeza subía cada vez más…, el cuello flexible no dejaba de alargarse. Ahora ya no
había duda: visiblemente atraída por el silbido de Myriam, una gran serpiente
amarillo-marrón se deslizó fuera de su fisura reptando. Los lagartos huyeron hacia
todos lados. Halima lanzó un grito. Quiso atraer a Myriam y a Sara hacia ella. Éstas
se esforzaron por calmarla.
—No tengas miedo, Halima —dijo Myriam—. Es una vieja amiga. La llamamos
Peri; nos basta silbar: de inmediato sale de su escondite y viene hacia nosotras. Es
muy buena y nadie puede quejarse de ella. En general, animales y personas, todos
vivimos en buena armonía en estos jardines: cortados del resto del mundo, nos
sentimos felices de estar juntos, eso es todo.
Halima lanzó un suspiro de alivio, aunque no por eso sintió menos ganas de
alejarse de allí.
—Os lo ruego, vámonos —imploró.
Las otras obedecieron riendo.
—No seas tan temerosa —le reprochó Myriam—. Ya ves que todas te queremos.
—¿Hay otros animales aquí?
—Podrás contemplar muchos otros. Todo un zoológico incluso. Pero sólo se
puede ir en barca. Cuando tengas tiempo, pídele a Adí o a Mustafá que te lleven.
—¡Oh, con mucho gusto! Entonces, nuestra propiedad es muy grande.
—Tan grande que el que se perdiera en ella podría morir de hambre.
—¡Oh, yo nunca iría sola!
—Sin embargo, no existe gran peligro si lo haces. El jardín en el que vivimos
constituye una especie de isla, uno de cuyos lados está bordeado por el torrente y
todos los demás por los parapetos fortificados. Esta isla no es muy grande; si no sales
de ella, es decir, si no atraviesas el río, no te expones a perderte… Pero allá, más allá
de estas murallas rocosas, comienzan los bosques poblados de onzas salvajes.
—¿Cómo lograron coger a Ahriman, ahora tan domesticada y tranquila?
—Nació en esos mismos bosques. No hace mucho, todavía parecía un gatito; la
alimentamos con leche de cabra e incluso ahora nos cuidamos mucho de darle el
menor trozo de carne, por miedo a que se vuelva feroz. Fue Mustafá el que la trajo.
—No conozco a Mustafá.
—Es un buen hombre, como lo son todos nuestros eunucos. En otros tiempos fue
portaantorchas de un príncipe famoso. Era un empleo penoso y por eso huyó. Ahora

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Moad y él están encargados de cuidar de los jardines… Pero es hora de volver a la
sala de clase. Fátima y Sulaika vendrán a enseñamos música y canto. Fátima canta
deliciosamente.
—Eso me gusta…
La hora de música y canto constituía para las jóvenes un agradable recreo.
Myriam les permitía toda clase de libertades. Podían cambiar de lugar, tocaban las
flautas tártaras, el arpa y el laúd, punteaban la guitarra egipcia, componían y cantaban
canciones alegres, se criticaban y se peleaban todo lo que querían. Fátima y Sulaika
hacían inútiles esfuerzos para imponer su autoridad. También reían, contaban
historias y retozaban gozosas. Sara se aferró de nuevo a Halima.
—Estás enamorada de Myriam. Me he dado cuenta.
Halima se encogió de hombros.
—No puedes ocultármelo. Lo leo en tu corazón.
—Bueno, ¿y qué?
Sara tenía lágrimas en los ojos.
—Me prometiste que me amarías.
—No te he prometido nada.
—¡Mientes! Confié tanto en ti porque te comprometiste.
—No quiero hablar de esas cosas.
Se hizo un silencio total; Sara y Halima se callaron a su vez, repentinamente
atentas. Fátima había cogido la guitarra, con la que acompañó una serie de melodías:
hermosas canciones antiguas cuyo tema era el amor. Halima se sintió emocionada.
—¿Puedes anotar para mí la letra? —le pidió a Sara.
—Lo haré si me amas.
Quiso abrazarla pero Halima la apartó.
—No me molestes ahora. Estoy escuchando.
Cuando terminó la clase, permanecieron un momento en la sala de clases, cada
cual ocupada en su trabajo. Cosían y bordaban; unas estaban atareadas alrededor de
un gran tapiz, cuyo punteado proseguían pacientemente. Otras habían llevado a la
sala unas ruecas primorosamente cinceladas y se habían sentado, cada cual frente a la
suya, con el propósito de hilar. La conversación se centraba en problemas domésticos,
en sus vidas pasadas, en los hombres y en el amor. Myriam las vigilaba, paseándose
entre ellas, con las manos a la espalda.
Por su lado, Halima pensaba. Sin trabajar en nada preciso, se ocupaba de todo un
poco, escuchando lo que decían a su alrededor, hasta que sus pensamientos
terminaron por concentrarse en Myriam. ¿Qué había sucedido entre ella y Seiduna
para que estuvieran en tan buenos términos? Ella también había conocido la vida del
harén. ¿Era posible que hubiera realizado los gestos de los que había hablado
Apama? Se negó a creerlo, ahuyentando tan feos pensamientos, y se convenció de
que semejantes cosas no podían ser.

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Cenaron justo antes del ocaso. Luego fueron a pasear, mientras la oscuridad
invadía rápidamente los jardines. Las primeras estrellas aparecieron en el cielo.
Halima caminaba por una avenida, entre Sara y Zainab, que la llevaban de la mano.
Hablaban a media voz. El murmullo del torrente parecía haberse intensificado
singularmente, de forma inexplicable; el paisaje se extendía ante ellas hasta donde
alcanzaba la mirada. Halima sintió que se le oprimía el corazón. Estaba embargada
por una especie de amargura teñida de calma. Se sentía perdida, pequeña, en medio
de un mundo mágico y singular. Todo le parecía tan extraño: allí había demasiados
misterios para su comprensión.
Una luz vacilante brilló en la sombra del bosquecillo. Como la llama se movía y
se acercaba a ellas, Halima se apretó muerta de miedo contra sus compañeras. Un
hombre con una antorcha vino a su encuentro.
—Es Mustafá, vigila los jardines —dijo Sara.
Vieron llegar a un enorme negro de rostro redondo, vestido con una larga túnica
apretada a la cintura por un cordón que le bajaba hasta casi tocarle los pies. Cuando
divisó a las jóvenes, les sonrió mostrando sus espléndidos dientes, y demostrándoles
franca simpatía.
—Éste es, pues, el nuevo pequeño pájaro que el viento acaba de traernos —dijo
amablemente mirando a Halima—. Criatura frágil y menuda…
Una sombra negra se puso a bailar en el fulgor movedizo de la antorcha. Una gran
mariposa nocturna giraba alrededor del fuego. Todos la siguieron con la vista. Ora
rozaba la llama, ora describía un gran círculo hacia lo alto y se perdía en la oscuridad.
Pero pronto regresaba y su danza se volvía cada vez más endiablada. Los círculos que
describía alrededor de la fuente de luz eran cada vez más cerrados, tanto que el fuego
terminó por quemarle las alas. Se escuchó un chisporroteo y, semejante a una estrella
fugaz, la infortunada criatura se estrelló en el suelo.
—¡Qué desdichada! —exclamó Halima—. ¿Cómo se puede ser tan estúpida?
—Alá le dio la pasión de atacar el fuego —comentó brevemente Mustafá—.
Buenas noches.
—¡Qué extraño…! —murmuró Halima entre dientes.
Dieron media vuelta y se dirigieron a sus habitaciones. Luego, todas se
desnudaron y se metieron en la cama. Halima estaba muy aturdida por los
acontecimientos de la jornada. El cómico Adí, con su hablar rimado, el ágil maestro
de baile Asad, Apama, con su ridícula vestimenta y sus enseñanzas descaradas, la
misteriosa Myriam, las demás chicas y los eunucos. Y en medio de todo aquello, ella,
Halima, que desde siempre había soñado con países desconocidos y aspiraba a vivir
prodigiosas aventuras. «¡Claro, era esto!», se dijo e intentó dormirse.
Entonces sintió que alguien la tocaba levemente. Antes de que tuviera tiempo de
gritar, oyó la voz de Sara en su oído:
—¡Chist!, Halima, ¡podría despertarse Zainab!
Al punto, la belleza negra se deslizó junto a ella bajo la manta y la atrajo hacia sí.

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—Ya te he dicho que no me gusta esto —protestó Halima en voz baja, aunque ya
Sara la cubría de besos, paralizando su resistencia.
Finalmente logró zafarse. Sara empleó la persuasión, murmurándole palabras
apasionadas. Halima le volvió la espalda, se tapó los oídos y logró dormirse.
Sara tardó un momento en comprender lo que pasaba. Cuando tuvo que volver a
su cama, lo hizo con el corazón compartido por el asombro y la confusión.

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Capítulo 2

Por la misma época en que Halima llegaba a los jardines de su desconocido amo, en
medio de tan extrañas circunstancias, un joven montado en un pequeño asno color
azabache tomaba a su vez la ancha ruta de los ejércitos. Su camino conducía al
mismo destino, aunque él venía de la dirección opuesta, es decir, de occidente. No
hacía mucho tiempo, al parecer, que había abandonado los amuletos de la infancia
para enrollarse el turbante de hombre alrededor de la cabeza. Su barbilla estaba
apenas cubierta por un ligero bozo y sus ojos llenos de viveza conservaban aún una
expresión casi infantil. Venía de la ciudad de Sava[5], a medio camino entre Hamadan
y Rai[6], la antigua capital. En el pasado, su abuelo Tahír había fundado en Saya un
pequeño círculo ismaelita, en el que se profesaba, según todas las apariencias, un
ferviente culto al mártir Alí, al tiempo que alimentaban secretamente proyectos
subversivos en contra del soberano selyúcida. Un ex almuédano de Isfahan había sido
admitido en aquella sociedad. Tiempo después, las autoridades habían sorprendido al
pequeño grupo de fieles durante una reunión secreta y habían encarcelado a unos
pocos. Se sospechó que el almuédano los había denunciado. Lo espiaron
discretamente y no tardaron en convencerse de lo fundado de sus sospechas. El
individuo fue entonces condenado a muerte, y la sentencia expéditamente ejecutada.
Inmediatamente las autoridades detuvieron al jefe de la cofradía, Tahír en persona, y
lo hicieron decapitar por orden expresa del gran visir Nizam Al-Mulk. Entonces, el
pequeño círculo de afiliados, cuyos miembros se volvieron temerosos, se dispersó y
llegó a creerse que aquel incidente había enterrado definitivamente los proyectos de
la secta ismaelita de Saya. Pero cuando el nieto de Tahír cumplió veinte años, su
padre lo puso al corriente de todo el asunto… Fue así como le dio orden de ensillar el
asno y de prepararse para partir. El día de la partida, había llevado al joven a la
terraza más alta de la casa y, desde allí, le había mostrado la cima cónica y nevada del
Demavend, que sobrepasaba las nubes en una infinita lejanía.
—Avani, hijo mío, nieto de Tahír —le dijo—, ve derecho por el camino que lleva
al monte Demavend. Cuando llegues a la ciudad de Rai, pregunta la dirección de
Shah Rud, el Río Real. Remóntalo entonces hasta su fuente, que mana al fondo de
una abrupta garganta. Por encima de ella verás una fortaleza: el lugar se llama
Alamut, el Nido del Águila. En ese castillo, un amigo del que fue tu abuelo y mi
padre, Tahír —¡qué descanse en paz!—, ha reunido todo lo que tiene que ver con las
enseñanzas ismaelitas. Dile quién eres y ofrécele tus servicios. De esta manera

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tendrás la oportunidad de vengar la muerte de tu abuelo. Ve y que mi bendición te
acompañe.
El nieto de Tahír se ciñó un sable curvo, se inclinó respetuosamente delante de su
padre y luego, montado en su pequeño asno, tomó el camino de Rai, adonde llegó sin
contratiempos. En un relevo de caravanas se informó acerca del camino más fácil
para llegar al Río Real.
—¿Qué puede interesarte en Shah Rud? —se asombró el posadero—. Si no
tuvieras la cara inocente, pensaría que quieres unirte al jefe que reúne junto a él, en
las montañas, a esos perros herejes.
—No sé de qué hablas —respondió astutamente el nieto de Tahír—. Llego de
Saya, enviado al encuentro de una caravana que mi padre envió a Bujara y que debió
retrasarse en algún lugar en el camino de regreso.
—Cuando salgas de la ciudad, deja el Demavend a tu derecha —explicó el
hombre—. Llegarás a un camino de buen trazado, el mismo que toman las caravanas
del este. Síguelo y te llevará al río.
El nieto de Tahír dio las gracias y volvió a montar en su asno. Tras dos días de
marcha, escuchó el susurro de un agua lejana. Dejó el camino y dirigió su montura
hacia el río, bordeado por un sendero, a veces siguiendo el descampado de la orilla de
arena, otras internándose en la tupida espesura. La pendiente del río era cada vez más
inclinada, el rugido del agua aumentaba. De este modo, después de caminar buena
parte del día, montado en el asno o a pie, el muchacho se vio de pronto rodeado por
un destacamento de jinetes. El ataque había sido tan imprevisto que el nieto de Tahír
olvidó echar mano a su sable. Cuando se repuso de la sorpresa y empuñó el arma ya
era demasiado tarde. Siete agudas lanzas estaban dirigidas hacia él. «Es vergonzoso
sentir miedo», pensó, «¿pero qué se puede hacer frente a tal superioridad?».
El jefe de los jinetes le dirigió la palabra en estos términos:
—¿Qué haces rondando por aquí, mocoso? ¿Has venido a pescar truchas?
¡Cuídate de que el anzuelo no se clave en tu propio gaznate!
El nieto de Tahír se sintió profundamente incómodo. Si aquellos jinetes
pertenecían al sultán, todo estaría perdido para él, por poco que dijera la verdad. Si
eran ismaelitas y siguiera callándose, lo tomarían por un espía. Soltó la empuñadura
de su sable y trató desesperadamente de leer en el rostro mudo de los soldados.
El jefe lanzó un guiño divertido a sus compañeros:
—Todo me dice, bribonzuelo parto, que buscas lo que no se te ha perdido.
Diciendo esto, llevó bruscamente la mano al arzón de su silla de montar y cogió
un corto bastón en cuya punta ondeaba una bandera blanca, emblema de los sectarios
de Alí.
«¿Y si fuera una trampa?», pensó Avani. «¡Qué más da! Debo arriesgarme». Y
echando pie a tierra, tendió la mano hacia la bandera que el jefe de los jinetes hacía
ondear ante él, y se la colocó respetuosamente en la frente.

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—¡Enhorabuena! —exclamó el jefe—. Buscas el castillo de Alamut. Bien,
síguenos.
Y lanzó su cabalgadura por el sendero que bordeaba el Shah Rud. El nieto de
Tahír volvió a montar en su asno y se puso en camino tras él; el resto del grupo
cerraba la marcha.
Se sumergieron en lo más hondo de las montañas mientras el Shah Rud rugía con
una violencia creciente. Finalmente llegaron delante de un promontorio rocoso
coronado por una torre de vigilancia. Una bandera blanca ondeaba en su cima. El
curso del río rodeaba aquel escarpado natural, preso en una estrecha garganta. El jefe
del destacamento detuvo su caballo y mandó que se detuvieran los demás; luego hizo
ondear la bandera en dirección de la torre y recibió de los que allí estaba apostados la
señal que indicaba que el paso estaba libre.
Se internaron en una garganta fría y sombría. El camino era estrecho pero bien
trazado, a veces practicado en la misma roca. Al fondo del precipicio, el torrente se
precipitaba con furia. Después de un recodo, el jefe se detuvo y tendió el brazo hacia
los montes; el nieto de Tahír divisó entonces, a una buena distancia, dos altas torres
cuya blancura se destacaba, como en un sueño, de la sombría silueta de las montañas.
El sol las iluminaba con sus refulgentes rayos.
—¡Alamut! —gritó el jefe espoleando su caballo.
Las dos torres desaparecieron de nuevo detrás de la abrupta vertiente. El camino
seguía su curso sinuoso a lo largo del torrente, hasta un brusco ensanchamiento del
desfiladero. El nieto de Tahír abrió los ojos de par en par. Frente a él, un fuerte
promontorio coronado de fortificaciones parcialmente incrustadas en la roca se alzaba
al cielo. En aquel lugar, el Shah Rud se bifurcaba en dos brazos que rodeaban la roca
desnuda como si fuera una horca. Aislado de esta forma, el edificio central de la
fortaleza se elevaba por pisos en la pared del abismo, con sus cuatro esquinas
flanqueadas por torres. Las dos últimas, en lo más alto, vigilaban el conjunto. La
ciudadela, estrechamente rodeada por el río que se hundía entre dos paredes lisas
totalmente inaccesibles, cerraba el desfiladero como un cerrojo. ¡Así que eso era
Alamut!, la más poderosa de las cincuenta fortalezas de la región de Rudbar,
construida en el pasado por los reyes de Deilem: se la consideraba inexpugnable.
El jefe del destacamento dio una señal: accionado por un mecanismo instalado al
otro lado de la pared, un pesado puente levadizo bajó por encima del torrente. Los
jinetes avanzaron y entraron en la plaza por un corredor de poderosas bóvedas.
Llegaron a un amplio espacio al aire libre; por encima de ellos, la montaña había
sido tallada en tres formidables gradas. En el centro, una escalera de piedra unía los
diferentes niveles. A derecha e izquierda, a lo largo de las murallas, crecían álamos y
plátanos de gran tamaño bajo los cuales se extendían auténticos terrenos de pastoreo.
Rebaños de caballos, asnos y mulas pastaban en ellos. Un establo aislado encerraba
algunas decenas de camellos que rumiaban tranquilamente echados. A los lados
estaban las caballerizas, los cuarteles, los harenes y otros edificios.

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Una ruidosa efervescencia de colmena acogió la llegada del nieto de Tahír. Éste
lanzó a su alrededor una mirada incrédula. En la terraza central había una unidad de
tropa haciendo ejercicios. Se escuchaban las órdenes secas, el ruido de los escudos y
de las lanzas, el choque de los sables, mezclados a veces con el relincho de un caballo
o el rebuzno de un asno. Otros hombres custodiaban las murallas: las mulas tiraban
pesadas piedras que los obreros izaban luego por medio de poleas hasta el lugar
requerido. Llamadas y gritos resonaban por doquier, cubriendo el rugido del torrente.
Los miembros de la escolta se dispersaron y el jefe llamó a un soldado que pasaba
por allí.
—¿El capitán Minutcheher está en la torre de guardia?
El soldado se inmovilizo:
—Sí, caporal Abuna —respondió.
El jefe le indicó al joven que lo siguiera. Se dirigieron hacia una de las torres
inferiores. Muy cerca, se escuchaban golpes secos acompañados de gemidos de dolor.
El nieto de Tahír volvió la cabeza: un hombre estaba atado a un poste de piedra;
estaba desnudo hasta la cintura y un negro gigante vestido con pantalones cortos
rayados y tocado con un fez rojo golpeaba su piel desnuda con un látigo de colas
trenzadas. Cada golpe hacía estallar la piel en un lugar diferente; la sangre manaba.
Un soldado de pie al lado del supliciado, con un cubo de agua en la mano, rociaba de
vez en cuando el rostro del desdichado. Viendo el horror pintado en los ojos del nieto
de Tahír, el caporal Abuna sonrió con acento burlón.
—Aquí no dormimos sobre edredones y no nos ponemos ámbar perfumado —
dijo—. Si buscas algo parecido, estás muy equivocado.
El nieto de Tahír caminaba silenciosamente a su lado. Le hubiera gustado saber
qué delito podía haber cometido aquel pobre diablo tan cruelmente castigado, pero
una extraña opresión le quitó las ganas de hacer preguntas.
Entraron en el vestíbulo de la torre. Bajo aquellas bóvedas el muchacho pudo
apreciar el espesor formidable de los muros de la fortaleza, construidos sobre pesados
cimientos de cantos rodados superpuestos. Una escalera oscura y húmeda conducía a
las alturas. Llegaron a un largo corredor y luego a una vasta sala cuyo suelo estaba
recubierto por una simple alfombra. Había cojines en un rincón. Un hombre de unos
cincuenta años se hallaba medio tendido allí: el cuerpo revelaba una tendencia a
engordar, la barba corta y rizada ya salpicada de hebras plateadas. Estaba tocado con
un amplio turbante blanco y llevaba una túnica bordada de oro y plata.
El caporal Abuna se inclinó y esperó a que el personaje le dirigiera la palabra.
—¿Qué hay de nuevo, Abuna?
—Nos topamos con este jovencito durante una salida de reconocimiento, capitán
Minutcheher. Nos dijo que se encaminaba a Alamut.
El capitán se había incorporado lentamente. El nieto de Tahír vio alzarse ante él a
un hombre como tallado en la roca. Con las manos en la cintura, el oficial miró al
joven a los ojos.

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—¿Quién eres, desdichado? —lanzó con voz potente.
Por un momento desconcertado, el joven no tardó en recordar las palabras de su
padre: ¿no había ido hasta allí a ofrecer voluntariamente sus servicios? Se repuso y
contestó con calma.
—Me llamo Avani, nieto de aquel Tahír, de Saya, que el gran visir mando
decapitar hace muchos años.
El capitán lo contempló con un asombro mezclado de incredulidad.
—¿Es eso verdad?
—¿Por qué habría de mentir, noble señor?
—Si es así, debes saber que el nombre de tu abuelo está inscrito en letras de oro
en el corazón de todos los ismaelitas. Nuestro amo se alegrará de contarte entre sus
combatientes. ¿Has venido hasta aquí por esa razón?
—Sí, para servir al jefe supremo de los ismaelitas y para vengar la muerte del
padre de mi padre.
—Bien. ¿Qué sabes hacer?
—Aprendí a leer y a escribir, maestro. También conozco la gramática y la
métrica. Sé de memoria casi la mitad del Corán.
El capitán sonrió.
—No está mal. ¿Y del arte de la guerra?
El nieto de Tahír se sintió incómodo.
—Monto a caballo, tiro al arco y manejo bastante bien la espada y la lanza.
—¿Tienes mujer?
—No, maestro.
—¿Te has entregado al desenfreno?
—No, maestro.
—Está bien.
El capitán Minutcheher se volvió hacia el caporal:
—¡Abuna! Lleva al joven Ibn Tahír ante el dey Abu Soraka. Dile que soy yo el
que se lo envío. Si no hay en esto engaño alguno me parece que se pondrá muy
contento.
Se inclinaron y abandonaron la habitación.
En el patio, la picota en la que había visto atado al hombre que azotaban estaba
ahora libre. Sólo unas señales de sangre atestiguaban lo que acababa de pasar. Ibn
Tahír seguía sintiendo un horror indeterminado, compensado ahora, se daba cuenta,
por el reconfortante sentimiento de su propia seguridad. ¡No era poca cosa ser el nieto
de Tahír el mártir!
Tomaron la escalera que conducía a la segunda explanada y se dirigieron por la
derecha a un edificio poco elevado que parecía servir de cuartel. El caporal se detuvo
delante del edificio y lanzó miradas en rededor como si buscara a alguien.
Un joven de piel negra, vestido con una túnica blanca, pantalones blancos y
tocado con un fez igualmente blanco, pasó corriendo no lejos de ellos. El caporal lo

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detuvo y se dirigió a él con afabilidad:
—El capitán me envía con este joven para que vea al dey Abu Soraka.
—Seguidme —el joven oscuro se puso a reír a mandíbula batiente—. El
venerable dey está precisamente enseñándonos el arte de la métrica. Estamos allí
arriba, en la terraza.
Y volviéndose a Ibn Tahír:
—¿Has venido para ser fedayin? Pues no se han acabado tus sorpresas. Yo soy el
alumno Obeida.
Ibn Tahír lo siguió, escoltado por el caporal, sin haber comprendido del todo lo
que había querido decir. Treparon hasta lo alto del edificio cuyo techo era una terraza.
El suelo estaba prácticamente cubierto por un tapiz toscamente trenzado. Unos veinte
jóvenes estaban sentados sobre él con las piernas cruzadas, todos vestidos de blanco
como el alumno Obeida. Y todos provistos sobre las rodillas de tablillas en las que,
ayudados por un largo cálamo, anotaban aplicadamente lo que les decía un anciano
de larga túnica blanca con un libro en las manos puesto de cuclillas delante de ellos.
En cuanto los vio, se levantó, con el entrecejo fruncido de disgusto.
—¿Qué vienes a buscar aquí a estas horas? —lanzó dirigiéndose al caporal. ¿No
ves que estoy en clase?
Incómodo, el soldado se aclaró la voz, mientras el alumno Obeida se unía
discretamente a sus compañeros que miraban con curiosidad a los recién llegados.
—Excúsame por molestarte durante tu lección, venerable dey —dijo Abuna—. El
capitán me ha rogado que te trajera a este joven, él te lo confía.
El viejo maestro contempló a Ibn Tahír de la cabeza a los pies.
—¿Quién eres y qué quieres, muchacho?
El joven se inclinó respetuosamente.
—Me llamo Avani, nieto de Tahír: ese Tahír que el gran visir hizo decapitar
tiempo ha en Saya. Mi padre me envía a Alamut para servir la causa ismaelita y
vengar la muerte de mi abuelo.
El rostro del anciano se distendió. Se precipitó hacia Ibn Tahír con los brazos
tendidos y lo besó cordialmente.
—¡Felices los ojos que te ven en este castillo, nieto de Tahír! Tu abuelo era mi
amigo y amigo de Nuestro Amo… Ve, Abuna, y agradece al capitán en mi nombre…
Y, vosotros, jóvenes, mirad bien a vuestro nuevo camarada. Cuando os cuente en
detalle la historia ismaelita y sus combates, no podré silenciar la obra llevada a cabo
por el glorioso antepasado de este joven, el ismaelita Tahír, convertido en Irán en
primer mártir de nuestra causa.
Abuna lanzó un guiño a Ibn Tahír para darle a entender que la entrevista no podía
haber comenzado mejor y desapareció por la abertura que daba acceso a la escalera.
El dey Abu Soraka estrechó la mano del joven, le hizo mil preguntas sobre su padre y
sobre su familia y le prometió informar al jefe supremo de su llegada. Finalmente,
haciendo una seña a uno de los alumnos sentados alrededor de ellos, le dijo:

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—Sulaimán, acompaña a Ibn Tahír al dormitorio y enséñale el lugar del
energúmeno que tuvimos que degradar. Preocúpate de que se libre del polvo del
camino y procúrale una muda. ¡Qué esté listo para la oración de la tarde!
El llamado Sulaimán se levantó de un salto y se inclinó delante del anciano:
—Me ocuparé, venerable dey.
Invitó a Ibn Tahír a seguirlo. Una vez abajo, recorrieron un estrecho pasillo.
Cuando alcanzaron la mitad del pasaje, Sulaimán apartó una cortina que tapaba una
abertura e hizo pasar a su compañero. Entraron en un espacioso dormitorio.
Una veintena de camas bajas estaban alineadas a lo largo del muro frente a la
entrada. En realidad, más que camas eran simplemente sacos de tela llenos de hierba
seca y recubiertos de mantas de crin. Sillas de montar hacían las veces de almohadas.
Encima de ellas, una serie de estanterías de madera pegadas al muro estaban llenas de
todo un material heteróclito, dispuesto en un orden impecable: platos de cerámica,
alfombritas de oración, instrumentos de lavado y limpieza. Al pie de cada cama, un
marco de madera soportaba las armas: un arco, un carcaj, flechas, un venablo, una
lanza. En el muro opuesto, tres apliques de bronce de varios brazos tenían otras tantas
antorchas. En un ángulo, un ánfora de aceite descansaba sobre una columna. Veinte
pesados sables curvos estaban dispuestos encima de los candelabros, y otros tantos
escudos trenzados de forma redonda con guarniciones de bronce en el centro. La
habitación estaba iluminada por diez ventanitas provistas de rejas. Todo estaba limpio
y arreglado con un orden perfecto.
—Esta cama está libre —anunció Sulaimán mostrando uno de los jergones—. El
que la ocupaba fue degradado hace algunos días. Yo duermo aquí, a tu lado, y al otro,
Yusuf, que es de Damagán[7], y el más grande y fuerte de los alumnos de la
compañía.
—¿Dices que mi predecesor fue degradado? —se asombró Ibn Tahír.
—Sí, no era digno de ser fedayin.
Sulaimán cogió en un estante una túnica blanca cuidadosamente doblada, un
pantalón blanco y un fez blanco.
—Vamos a la sala de baño —dijo.
Entraron en la habitación vecina donde había instalada una pila de piedra,
alimentada por un conducto de agua corriente. Ibn Tahír se bañó prontamente, tras lo
cual Sulaimán le alcanzó la ropa, que él se puso, y ambos volvieron al dormitorio.
—Mi padre me encargó transmitir sus saludos al jefe supremo. ¿Cuándo crees que
podré serle presentado?
Sulaimán sonrió.
—Sácate esa idea de la cabeza, querido. Hace un año que estoy aquí y sigo sin
saber quién es. Ninguno de nosotros lo ha visto.
—¿Entonces no vive en el castillo?
—Sí, vive aquí, pero nunca sale de su torre. Ya oirás muchas otras cosas. Y
algunas que te dejarán con la boca abierta… Tengo entendido que eres de Saya. Yo

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soy de Kasvin[8].
Ibn Tahír se había fijado en él. Era difícil imaginar un muchacho más hermoso.
Esbelto como un ciprés, tenía un rostro enjuto pero seductor, con las mejillas tostadas
por el sol y el viento; sanos colores se traslucían bajo la tez bronceada. Los ojos, de
un negro aterciopelado, miraban el mundo con altivez de águila. Un leve bozo
adornaba su labio superior y su barbilla. El valor y la audacia se leían en toda su
expresión. La risa descubría dos hileras de dientes blancos: una risa franca, algo
burlona, pero no desdeñosa. «Parece un parto del Libro de los Reyes[9]», pensó Ibn
Tahír.
—Hay algo que me intriga —dijo—. Hace un rato me fijé en vuestros rostros:
todos son duros y marcados; se diría que tenéis treinta años y no obstante se ve
perfectamente por la barba que la mayoría de vosotros apenas llegáis a los veinte.
Sulaimán sonrió una vez más:
—Espera sólo quince días y te parecerás a nosotros como un hermano. Debes
saber que aquí no nos divertimos cortando flores ni cazando mariposas.
—Me gustaría hacerte una pregunta —siguió Ibn Tahír—. Hace un rato vi que
azotaban a un hombre atado a la picota. Quisiera conocer qué falta pudo cometer para
merecer semejante castigo.
—Un crimen que no se perdona, querido. Fue encargado de acompañar una
caravana que se dirigía al Turkestán. Los componentes del grupo, que no eran
ismaelitas, hicieron los honores a las jarras de vino durante el trayecto. Le ofrecieron
a él y aceptó, pese a que Seiduna se lo había prohibido categóricamente.
—¿Seiduna se lo prohibió? —se extrañó Ibn Tahír—. ¡Pero si la prohibición
emana del mismo Profeta y vale para todos los creyentes!
—Eso no puedes comprenderlo todavía, pajarito —dijo el otro—. Seiduna
permite y prohíbe lo que quiere. Nosotros, los ismaelitas, sólo le debemos obediencia
a él.
Ibn Tahír se sintió asombrado. Una vaga opresión pesó sobre su corazón. Siguió
preguntando:
—Acabas de decirme que degradaron a mi predecesor. ¿Qué falta cometió?
—Habló de las mujeres en forma asaz inconveniente.
—¿Está prohibido?
—¡De la forma más categórica! Somos un grupo de élite, y cuando seamos
consagrados, serviremos directamente a Seiduna.
—¿Y de qué seremos consagrados?
—Ya te lo dije: seremos consagrados fedayines. Cuando hayamos terminado
nuestro período de instrucción y pasado la prueba, seremos promovidos a ese rango.
—¿Y qué es en realidad un fedayin?
—El fedayin es un ismaelita dispuesto a sacrificarse ciegamente por orden del
jefe supremo. Si muere en el cumplimiento de su deber, se convierte en mártir. Si
tiene éxito y sigue vivo, se lo promueve a dey y a otras dignidades.

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—Lo que me dices es totalmente nuevo para mí. ¿Crees que la prueba es muy
difícil?
—Dificilísima. Si no fuera así, no nos prepararíamos para ella de la mañana a la
noche. Ya han sucumbido seis bajo su rigor. Uno de ellos se desplomó muerto en el
acto. Los otros cinco pidieron por propia iniciativa su descalificación.
—¿Y por qué no abandonaron Alamut antes de humillarse así?
—¡Alí, querido!, con Alamut no se juega. Una vez en el castillo, uno no sale vivo
de él cuando le viene bien. Hay demasiados secretos por aquí.
Los alumnos se precipitaron dentro de la habitación. Se habían lavado de pasada
en la fuente y preparado así para la oración de la tarde. Un gigante que sobrepasaba a
Ibn Tahír por una cabeza se desplomó en la cama junto a la suya.
—Soy Yusuf, de Damagán —se presentó—. No soy mal tipo pero no le
aconsejaría a nadie que me provocara o se burlara de mí. Por lo demás, pronto nos
conoceremos mejor…
Dicho lo cual estiró sus poderosos miembros como si quisiera probar así lo bien
fundadas que estaban sus palabras.
Ibn Tahír sonrió.
—He oído decir que eres el más grande y el más fuerte de los alumnos.
El gigante se incorporó, rápido como el rayo.
—¿Quién te lo dijo?
—Sulaimán.
Decepcionado, Yusuf se echó de nuevo. Los jóvenes alrededor rieron por lo bajo.
Obeida se acercó a su vez a Ibn Tahír. Sus gruesos labios de negro hicieron un
curioso movimiento cuando hablaron.
—¿Cómo te sientes entre nosotros, amigo? Naturalmente no puedes decirlo aún,
puesto que acabas de llegar. Sólo debes saber que cuando hayas pasado cuatro meses
como yo en el castillo, todo lo que hayas traído contigo se habrá disipado como
humo.
—¿Escucháis esa jeta de negro? —se burló Sulaimán con una risita—. Acaba de
meter el pico en el hidromiel de Alamut y ya quiere darle lecciones a los demás.
—¿Te las he dado a ti, que eres tonto de capirote? —contestó Obeida exasperado.
—Haya paz, amiguitos —refunfuñó Yusuf desde su cama—. No le deis una mala
impresión a nuestro compañero.
Un joven de fuerte complexión, de piernas arqueadas y rostro serio, se presentó
enseguida a Ibn Tahír:
—Soy Djafar, nativo de Rai, y estoy en el castillo hace un año; si necesitas alguna
explicación relacionada con la instrucción, sólo tienes que pedírmelo.
Ibn Tahír se lo agradeció. Uno tras otro, los alumnos se acercaron y vinieron a
presentarse… Man, Abdur Ahman, Omar, Abdallah, Ibn Vakas, Halfa, Sohail, Ozaid,
Mahmud. Aislan… Finalmente le tocó el turno al más joven, que se presentó con voz
tímida:

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—Soy Naim, de la región de Demavend.
Todos se echaron a reír.
—Sin lugar a dudas uno de los demonios que viven en la montaña —ironizó
Sulaimán.
Naim le lanzó una mirada de cólera.
—Tenemos infinidad de cosas que estudiar —prosiguió—. ¿Conoces a nuestros
profesores? El que tuvo a bien recibirte es el venerable dey Abu Soraka. Es un
misionero ilustre: ha recorrido todos los países del Islam predicando. Seiduna lo ha
nombrado nuestro jefe. Nos enseña historia del Profeta y de los Santos mártires
caídos por la causa ismaelita. Y además de eso, gramática y métrica en lengua
parta[10].
—¿Oyen como pía el estornino?, el más pequeño de todos y el más parlanchín —
lanzó Sulaimán estallando en una carcajada por todos imitada. Luego dijo
dirigiéndose al nuevo—: Pronto conocerás por ti mismo a tus profesores, Ibn Tahír.
Recuerda sólo que el dey Ib Ibrahim, que nos enseña dogmática, álgebra, gramática
árabe y filosofía, es gran amigo de Seiduna, y que no conviene exponerse a sus
reproches. Con él deberás saberlo todo de memoria. En cuanto al griego Al-Hakim,
tolera que digan cualquier cosa con tal de que no cierres el pico. El capitán
Minutcheher no soporta la menor objeción. Con él, todo debe estar siempre listo al
instante. Mientras más de prisa obedezcas sus órdenes, más alto estarás en su
estima… y más fácilmente obtendrás sus favores. Finalmente, el dey Abd Al-Malik…
es joven, aunque Seiduna no le escatima su admiración. Es un hombre duro, para
quien el esfuerzo y el dolor no cuentan; por idénticas razones desprecia a todos los
que no saben aguantar. Educa nuestra voluntad y nuestra resistencia: ya verás, el
campo del que se ocupa es esencial…, tan importante para la gente de aquí como la
propia dogmática.
—¡No asustéis al pichoncito! —lo interrumpió Yusuf—. O podría escaparse.
¡Miradlo! Está lívido.
Ibn Tahír enrojeció.
—Tengo hambre. No he comido en todo el día.
Sulaimán, jubiloso, se rió a carcajadas.
—Pues bien, seguirás ayunando, y de qué manera, querido. Espera sólo que
conozcas a Abd Al-Malik.
Sonó la larga llamada de una trompa.
—¡La oración! —exclamó Yusuf.
Todos —e Ibn Tahír como los demás— sacaron de la estantería el tapiz enrollado
y corrieron a situarse en el techo del edificio donde los esperaba el dey Abu Soraka.
Cuando éste constató que estaban todos y que cada cual había colocado su tapiz
convenientemente, se volvió hacia occidente, en dirección a las ciudades santas, y
comenzó la oración. Primero cantó en voz alta; luego se colocó con el rostro en el
suelo extendiendo los brazos y finalmente se levantó, como lo ordenan los

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mandamientos dados a los creyentes. Después se incorporó una vez más, tendió los
brazos al cielo y, arrodillándose de nuevo con la frente inclinada hasta el suelo,
pronunció la siguiente invocación:
—¡Ven a nosotros, Al-Mahdi, prometido y esperado! Libéranos de los
usurpadores, sálvanos de los herejes. Mártir Alí, mártir Ismael, ¡interceded por
nosotros!
Los alumnos imitaron sus gestos y repitieron sus palabras. De repente cayó la
noche. Las voces arrastradas de los que rezaban en las terrazas vecinas llegaban hasta
ellos. Una emoción insólita y angustiosa se apoderó de Ibn Tahír. Le pareció que todo
lo que estaba viviendo en aquel instante no tenía más realidad que un sueño, aunque
era un sueño de extraordinaria timidez. Y aquellas invocaciones públicas a Alí e
Ismael… cosa que los fieles, fuera de Alamut, sólo se permitían detrás de puertas
herméticamente cerradas. Estaba perplejo y perturbado.
Se levantaron y se dirigieron al dormitorio, donde guardaron cuidadosamente el
tapiz. Luego fueron a cenar.
El espacioso comedor estaba en el mismo edificio, aunque en el lado opuesto al
dormitorio. Cada alumno contaba con un lugar a lo largo del muro: allí se colocaban,
sentados o en cuclillas, sobre esteras de mimbre trenzado puestas en el suelo. Tres
camaradas elegidos por turno los servían. Les llevaban a cada cual un gran pan de
trigo, a veces un pan de higos secos o de manzanas secas, y les servían leche en
grandes boles que conservaban en enormes vasijas de cerámica. Muchas veces por
semana les servían pescado y sólo una vez, carne: buey, cordero o carnero asado a la
parrilla. Abu Soraka los vigilaba y comía con ellos. Cenaban en silencio, absortos en
sus pensamientos.
Después de la comida se dispersaron en pequeños grupos. Unos se fueron a
deambular por la terraza, otros desaparecieron por el lado de las murallas. Yusuf y
Sulaimán se llevaron a Ibn Tahír con ellos para contarle la vida de la fortaleza. Había
cesado todo alboroto y todo ruido. Ahora reinaba el silencio en el castillo; Ibn Tahír
pudo oír claramente el murmullo del Shah Rud que lo llenó de una extraña tristeza.
Los rodeaba la oscuridad, apenas interrumpida por la fina claridad de las estrellas que
brillaban en el cielo. Un hombre con una antorcha en la mano atravesó el patio.
Guardias portaantorchas aparecieron frente a los edificios y se apostaron en las
entradas. Se mantenían en pie, inmóviles, formando un largo rosario de luz. Un ligero
viento comenzó a soplar de las montañas, trayendo un aire helado. Las antorchas
temblaron y las sombras de los edificios, de los árboles, de los hombres, compusieron
en el suelo una danza misteriosa. Extraños fulgores iluminaban las fortificaciones
alrededor. Los edificios, las torres, los parapetos se presentaron así transfigurados,
casi irreconocibles. Todo en aquella hora adquiría un aspecto insólito, incluso
fantástico. Si, el decorado era ahora casi el de un cuento…
Bordearon una buena parte de las murallas que rodeaban las terrazas inferiores.

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—¿Por qué no vamos allí arriba? —preguntó Ibn Tahír mostrando un edificio ante
el cual montaban guardia los portaantorchas.
—Nadie, excepto los jefes, puede ir allí arriba —explicó Sulaimán—. Negros
gigantes custodian los apartamentos de Seiduna: eunucos que el comandante supremo
recibió como regalo del califa de Egipto[11].
—¿Seiduna está al servicio de ese soberano?
—Eso es lo que no sabemos exactamente —respondió Sulaimán—. Bien podría
ser al contrario…
—¿Cómo así? —se extrañó Ibn Tahír—. ¿Seiduna no se apoderó de Alamut en
nombre de ese príncipe?
—Ése es otro asunto —le previno Yusuf—. Se dicen muchas cosas. Te aconsejo
que no hagas muchas preguntas sobre ello.
—Yo creía que el califa de El Cairo era el jefe supremo de todos los discípulos de
Alí, de los que nosotros, los ismaelitas, formamos parte.
—Seiduna es nuestro único jefe y no tenemos que obedecer a nadie más —dijeron
al unísono Yusuf y Sulaimán.
Se sentaron en un talud escarpado, al pie de la muralla.
—¿Por qué no se muestra el jefe supremo a los creyentes? —insistió Ibn Tahír.
—Es un santo —contestó Yusuf—. Estudia el Corán todo el día, reza, escribe para
nosotros instrucciones y órdenes…
—No nos corresponde juzgar por qué no se manifiesta —opinó Sulaimán—. Así
es, y él sabe perfectamente por qué es así.
—Yo creía que las cosas eran diferentes —confesó Ibn Tahír—. Nosotros
creemos, en nuestros pueblos, que el jefe reúne tropas ismaelitas destinadas a
combatir al sultán y al califa heréticos.
—Eso es algo accesorio —respondió Sulaimán—. Lo que Seiduna exige
esencialmente de nosotros es la sumisión y un santo ardor por la causa ismaelita.
—¿Pensáis que yo podría alcanzaros, a vosotros que estáis tan adelantados en esta
vía? —inquirió con preocupación Ibn Tahír.
—Haz sin dudar todo lo que te manden los superiores y obtendrás lo que
necesitas —resumió Sulaimán—. No creas que la sumisión es cosa fácil. Al
comienzo el espíritu de rebeldía se manifestará en ti, el cuerpo no querrá seguir las
órdenes de tu voluntad, tu inteligencia te susurrará mil objeciones a las órdenes que te
den. Debes saber que toda esa resistencia es sólo un ardid de los demonios que
quieren apartarte del camino recto. Supera intrépidamente toda rebeldía personal y te
convertirás en un pesado sable en las manos de Nuestro Amo…
La llamada entrecortada del cuerno resonó.
—Hay que ir a dormir —dijo Yusuf levantándose.
Volvieron a su edificio y entraron en el dormitorio.
Había muchas velas encendidas en la habitación. Algunos alumnos se desvestían,
otros ya estaban acostados. Abu Soraka vino a echar una ojeada antes de recogerse.

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Miró si todos estaban presentes, si reinaba el orden. Luego adosó una escala al muro
y apagó las antorchas. En un ángulo, una lampante de aceite centelleaba en su
soporte. El dey se acercó y encendió en ella una varilla. Luego se dirigió hacia la
salida con paso silencioso, levantó prudentemente la cortina por temor a que se
incendiara con su llama y desapareció por la abertura. Sus pasos resonaron largo rato
en el corredor.
Al alba, la llamada del cuerno sacó a los jóvenes de su sueño. Se lavaron, se
reunieron para la oración de la mañana y desayunaron. Luego cada cual cogió su
silla, sus armas y se dirigió al patio. En un abrir y cerrar de ojos toda la fortaleza
estuvo en pie. Los alumnos, tras ir a buscar los caballos a la cuadra, se alinearon en
dos filas, de pie junto a sus monturas; un caporal se colocó a la cabeza de cada fila. El
capitán Minutcheher cabalgó hacia ellos, pasó revista a la compañía y dio la orden de
montar. Luego hizo levantar el puente en el que resonaron los cascos de los animales
cuando los jinetes salieron en fila, uno a uno.
Pasaron junto a la torre de guardia y subieron por un camino que desembocaba en
una especie de meseta pelada. En honor del recién llegado, el capitán volvió a
explicar brevemente las órdenes principales. Luego separó la compañía en dos grupos
que tomaron posiciones frente a frente. Comenzaron con vueltas en formación
cerrada, luego realizaron cargas a la turca y cargas a la árabe. Ibn Tahír veía por
primera vez la imagen viva de una carga de caballería y sintió que una exaltación de
orgullo le hacía palpitar el corazón. Luego se dispersaron para los ejercicios del
manejo del sable, del lanzamiento del venablo y del tiro al arco.
Volvieron al castillo antes de la segunda oración. Ibn Tahír estaba tan agotado que
apenas podía sostenerse en la silla. Cuando pusieron pie en tierra y llevaron los
caballos a la cuadra, se atrevió a preguntarle a Sulaimán:
—¿Estos ejercicios se repiten todos los días?
Sulaimán, que estaba fresco y despierto como si acabara de volver de un
agradable paseo, respondió con una sonrisa:
—Vamos, querido, esto es sólo el comienzo. Espera un poco a que Abd Al-Malik
te coja por su cuenta. ¡Te hará ver las estrellas!
—Tengo tanta hambre que veo borroso —se quejó Ibn Tahír—. ¿De verdad no
podría encontrar algo que masticar?
—¡Aguanta! No se nos permite comer más que tres veces al día. Si te pillaran
atracándote fuera de las comidas reglamentarias, te atarían a la picota, tal como
hicieron con ese soldado que viste ayer y que había bebido vino.
Fueron a depositar las armas en el dormitorio, se lavaron, tomaron sus tablillas y
sus cálamos y subieron a la terraza. Un hombre alto y seco, vestido con una amplia
túnica, se acercó al recién llegado. Tenía las mejillas colgantes, los ojos
profundamente hundidos en las órbitas y miraba el mundo por lo bajo con expresión
siniestra. Su fina nariz ganchuda hacía pensar en un buitre; la barba gris y poco
poblada le llegaba hasta el pecho. Metió los dedos huesudos y encogidos como garras

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en un fajo de papeles cubiertos por una cuidada escritura. Era el dey Dirahim, viejo
misionero lleno de honores, muy unido al jefe supremo. Comenzó por presidir la
segunda oración del día. Mascullaba a media voz, sordamente, las palabras prescritas.
Pero cuando comenzó a invocar al Mahdi, su voz se hizo más fuerte, más cavernosa,
martillando de pronto las palabras con el furor de alguien que toca el tambor.
Luego abordó su tema. Explicó la gramática árabe, enunciando de manera
aburrida áridas reglas que ilustraba con ejemplos sacados del Corán. Los cálamos
corrían suavemente sobre las tablillas. Apenas si alguno se atrevía aquí y allá a tomar
aliento. Aquella hora fue para Ibn Tahír un momento de reposo. Conocía bien la
gramática y le gustó darse cuenta de que aquella materia no tendría dificultades para
él.
Cuando el dey Dirahim hubo terminado, se inclinó con aire sombrío, levantó
majestuosamente el ruedo de su túnica para no pisarla y desapareció, siempre lleno de
dignidad, por la rígida escalera que llevaba a la planta baja. Los alumnos fueron
finalmente autorizados a moverse. Esperaron un corto tiempo, por temor a alcanzar al
dey Dirahim en la escalera, y se precipitaron al patio donde se alinearon en dos filas.
—Vas a conocer al dey Abd Al-Malik —susurró Sulaimán al oído de Ibn Tahír—.
Te daré un consejo: aprieta los dientes y concentra toda tu voluntad. Ya te dijimos que
uno murió fulminado en pleno ejercicio. Ten confianza en Alá y en la sabiduría de
Nuestro Amo.
Yusuf se había colocado a la cabeza de la primera fila, Sulaimán casi al medio,
Ibn Tahír al otro extremo. La segunda fila estaba mandada por Obeida y la cerraba
Naim.
Un gigante huesudo, de caminar vigoroso, vino y se colocó delante de ellos. Tenía
el rostro anguloso y la mirada dura y penetrante. En cuanto descubrió a Ibn Tahír
entre los muchachos reunidos, le dijo:
—¿Cuál es tu nombre, héroe?
—Soy Avani, nieto de Tahír, de Saya.
—Muy bien. Ya me lo habían dicho. Espero que te muestres digno de tu glorioso
antepasado.
Dio unos pasos hacia atrás y gritó una orden:
—¡Descalzaos! ¡Y todos a la muralla!
En un abrir y cerrar de ojos todos se quitaron las sandalias y se precipitaron a las
murallas, lanzándose al asalto de la pared vertical. Las manos se dirigieron a las
grietas y a las troneras, aferrándose a los menores salientes de la piedra. Al ver
delante de él aquel muro abrupto, Ibn Tahír perdió el valor. No sabía ni dónde ni
cómo colocar el pie. Por encima de él una voz le susurró:
—¡Dame la mano!
Miró hacia arriba. Sulaimán ya había comenzado la escalada. Aferrado con una
mano a una tronera, le tendía la otra a él. Ibn Tahír se agarró a ella y, con un férreo
tirón, Sulaimán lo atrajo hacia él.

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—¡Ya está! Ahora ve adelante conmigo.
Todo anduvo bien después. En un instante se encontró en la cima de la muralla.
Los demás bajaban ya por el otro lado, por encima del precipicio. El Shah Rud se
despeñaba al pie de la pared. Ibn Tahír miró y sintió vértigo.
—Me mataré… —murmuró, a punto de ceder la llamada del vacío.
—¡Sígueme de cerca! —le susurró Sulaimán con voz dura y autoritaria.
Comenzó a bajar. En cuanto alcanzó un punto de apoyo sólido, sostuvo a Ibn
Tahír de la mano y luego del hombro. Así bajaron hasta el pie del muro, al borde
mismo del abismo, con prudencia y apretando los dientes. El tiempo que tardaron en
alcanzar las rocas de la orilla le pareció a Ibn Tahír una eternidad.
Respiró profundamente, levantó los ojos, miró y tembló de espanto. El muro
vertical se levantaba hasta casi llegar al cielo; no podía creer que acabara de bajar
semejante pared en descenso libre.
Abd Al-Malik apareció en lo alto de la muralla, plantado sobre sus dos piernas
separadas, y gritó a los alumnos:
—¡A vuestros puestos!
Volvieron a trepar. Ibn Tahír se aferró a Sulaimán; lo seguía como su sombra,
izándose cuidadosamente de un punto de apoyo al otro. Finalmente alcanzaron la
cima del muro; volver a bajar la otra pared constituyó casi un juego. Un momento
después, saboreaban el placer de sentir una vez más el suelo plano bajo sus pies.
Los alumnos resollaron un momento. Ibn Tahír quiso agradecer a Sulaimán la
ayuda prestada, pero éste le lanzó un guiño impaciente.
—La próxima vez cogeremos una cuerda —murmuró—. Hay que hacerlo
rápido… rápido como el rayo.
Se calzaron y volvieron a la fila. Abd Al-Malik lucía una sonrisa burlona:
—¿Qué te ocurrió hoy, mi Sulaimán, que no fuiste el primero como de
costumbre? ¿Te habrás vuelto perezoso? ¿O te ha abandonado el valor? Tal vez te has
dejado llevar por el ejemplo del novato… Lo tenías clavado a ti como una garrapata.
Ahora muéstrale qué tipo de héroe eres… ¡Colócate delante de él y retén la
respiración!
Sulaimán se colocó delante de Ibn Tahír y se tapó los labios y las fosas nasales.
Miró frente a él, aunque su mirada era vaga y como fija en un punto muy alejado. Ibn
Tahír tuvo miedo. Sulaimán había dejado de respirar. Pasaban los segundos y su
rostro se congestionaba; pronto sus ojos alelados e inexpresivos parecieron a punto de
salírsele de las órbitas. Ibn Tahír tembló por él. ¡Y pensar que por su culpa le estaban
infligiendo aquel castigo tan cruel al valeroso muchacho!
Abd Al-Malik vino a colocarse junto a Sulaimán. Con los brazos tranquilamente
cruzados en el pecho, lo miraba con ojos de experto. Sulaimán comenzaba a
ahogarse, su cuello estaba extrañamente hinchado, sus ojos desorbitados causaban
espanto. De repente comenzó a tambalearse, como si hubiera estado en un barco,
luego se derrumbó, cayó al suelo como un árbol serrado en el tronco.

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—Muy bien —comentó elogiosamente Abd Al-Malik.
Sulaimán respiraba ruidosamente. Sus ojos se reanimaron. Se levantó lentamente
y volvió a ocupar su puesto.
—¡Vamos, Obeida! Muéstranos tú también los progresos que has hecho en
materia de voluntad.
El rostro negro de Obeida se había vuelto tan gris como la ceniza. Miró
desesperadamente a su alrededor y, con paso poco seguro, se colocó fuera de las filas.
En cuanto contuvo la respiración, su rostro coloreado se volvió de un pardo brillante.
No tardaron en presentarse los primeros signos de la asfixia. Abd Al-Malik lo
observaba por lo bajo. Ibn Tahír tuvo la fugaz impresión de que se burlaba del pobre
muchacho. Obeida se tambaleó y cayó suavemente de espalda. Abd Al-Malik rió no
sin algo de malignidad. Sonrisas solapadas se dibujaron en el rostro de algunos
alumnos. El dey le dio un puntapié al que yacía en el suelo y lo amonestó con una
expresión de tierna burla:
—Levántate, levántate, mi pichoncito, antes de que te suceda algo que puedas
lamentar.
Luego agregó secamente:
—¿Cómo anduvo?
Obeida se incorporó y sonrió con una turbación mezclada de temor.
—Perdí el conocimiento, respetable dey.
—¿Cómo castigamos la mentira entre los ismaelitas?
Obeida se puso a temblar.
—No podía aguantar más, respetable dey.
—Muy bien. Coge el látigo y castígate tú mismo.
De entre los instrumentos que el educador había traído consigo, Obeida eligió un
corto látigo de cuero. Desató su túnica, se desnudó hasta la cintura y se anudó las
mangas alrededor del cuerpo para que la ropa no bajara más. Sus negros hombros
eran robustos y musculosos. Blandió el látigo por encima de su cabeza y se propinó
un primer golpe en la espalda. Se escuchó un chasquido instantáneo y una raya roja
se dibujó en la piel oscura. Lanzó un gemido aunque no por eso dejó de azotarse.
—Este joven es muy delicado —ironizó Abd Al-Malik—. ¡Más fuerte, más
fuerte, héroe!
Ahora, Obeida se golpeaba los flancos. Los golpes arreciaban, cada vez más
juntos. Terminó por flagelarse con una especie de éxtasis salvaje. El látigo cruzaba la
piel magullada que en algunos lugares comenzaba a desgarrarse. La sangre le
inundaba la espalda, mancillando su túnica blanca, sus pantalones blancos. Se
laceraba sin piedad: se hubiera dicho que golpeaba a su peor enemigo.
Finalmente Abd Al-Malik levantó una mano:
—¡Basta!
Obeida soltó el látigo y se desplomó gimiendo. Abd Al-Malik ordenó a Sulaimán
que llevara al muchacho a la fuente, que lo lavara y curara sus heridas. Luego se

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volvió hacia los alumnos, mirando a los ojos a Ibn Tahír:
—Ya os he explicado muchas veces el sentido y el objetivo de nuestros ejercicios.
Hoy tenéis entre vosotros un nuevo compañero, por lo que no será superfluo deciros
una vez más, de forma breve, lo que debéis saber. El espíritu humano, su
pensamiento, sus aspiraciones, poseerían el vuelo del águila si no se le opusiera un
gran obstáculo. Ese obstáculo es nuestro cuerpo, con todas sus debilidades. ¿Cuál es
el joven que no tiene altas aspiraciones? Y sin embargo, de mil proyectos, sólo realiza
uno de ellos. ¿Por qué? Nuestro cuerpo, inclinado a la pereza y al fácil bienestar,
teme las dificultades que entraña la realización de sus elevados objetivos. Sus bajas
pasiones paralizan nuestra voluntad y nuestros más nobles deseos. Vencer esas
pasiones, liberar al espíritu de sus trabas, tal es el objetivo de nuestros ejercicios.
Fortalecer la voluntad y dirigirla convenientemente hacia un objetivo determinado: es
la única manera de progresar hasta ser capaz de llevar a cabo hazañas que requieran
el sacrificio de sí mismo. No se trata pues de reunir una multitud de hombres
sometidos a sus cuerpos y a sus debilidades sino de intentar ser un elegido entre ellos,
dueño de su cuerpo, dominando hasta sus menores flaquezas. ¡Qué ésta sea nuestra
aspiración! Así nos sentiremos aptos para servir a Nuestro Amo y ejecutar sus
órdenes.
Ibn Tahír lo escuchaba con los ojos repentinamente inflamados. Sí, eso era en
realidad a lo que aspiraba desde siempre: vencer sus debilidades para poder servir a
una causa sublime. De pronto, lo que acababa de vivir no le pareció ni siquiera
espantoso. Y con plena convicción pudo responderle a Abd Al-Malik cuando éste le
preguntó si había comprendido:
—He comprendido, respetable dey.
—Pues bien, colócate frente a tu fila y contén la respiración.
Obedeció sin la menor vacilación. Se esforzó por mirar a lo lejos, frente a él,
como había visto hacer a Sulaimán, y bloqueó el aliento. Le pareció que todo se
volvía silencioso alrededor de él y en él. Comenzó a ver borroso y pronto sintió que
se le tensaban las venas; estuvo tentado de aspirar una bocanada de aire pero pudo
dominarse. Los oídos comenzaron a zumbarle de una forma extraña; finalmente sintió
una debilidad inhabitual en las piernas. Tuvo un último fulgor de conciencia, luego se
abandonó al estupor… pero un último rayo de inteligencia le impuso aún: «debo
aguantar, debo aguantar…». Una oscuridad completa terminó por cubrirlo. Se
tambaleó y cayó pesadamente, a todo lo largo. Un momento después, sintió que
recuperaba el aliento.
—¿Cómo anduvo? —preguntó Abd Al-Malik riendo.
Ibn Tahír se levantó.
—Muy bien, respetable dey.
—Haremos algo de este muchacho. —Luego, volviéndose hacia Ibn Tahír—:
Sólo se trata de una introducción a otros ejercicios respiratorios… digamos, apenas
una prueba que permite evaluar hasta qué medida se tiene dominio sobre el cuerpo.

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La verdadera instrucción no ha hecho más que comenzar, aunque ya hayamos hecho
algún progreso.
Obeida y Sulaimán volvieron. Abd Al-Malik dio entonces una orden. En un lugar
determinado, los alumnos se pusieron a cavar el suelo a toda prisa, haciendo aparecer
un foso que debía de haber estado preparado antes y cubierto luego superficialmente
con arena. Era rectangular y poco profundo. Mientras tanto, otros habían ido al
edificio vecino en busca de un largo recipiente lleno de brasas incandescentes que
esparcieron en el foso y atizaron con cuidado.
—Con perseverancia y entrenamiento —expresó Abd Al-Malik— el dominio del
cuerpo y la fuerza de voluntad alcanzan un tal grado que no sólo vence las
debilidades humanas sino también la naturaleza y sus leyes… ¡Tú, el nuevo!, abre
pues los ojos y comprueba la verdad de lo que digo…
Se quitó las sandalias, levantó su túnica hasta las rodillas y la ató de forma que no
le molestara. Luego se subió los estrechos pantalones, se colocó delante del foso con
brasas y miró fijamente delante de sí.
—Mira, ahora concentra su pensamiento y su voluntad —susurró el vecino al
oído de Ibn Tahír.
Ibn Tahír contenía el aliento. Una voz interior murmuraba: «Estás viviendo
grandes cosas, nieto de Tahír. Cosas que la gente de allá afuera ni siquiera
sospecha…».
De repente, Abd Al-Malik se movió. Con paso circunspecto tanteó lentamente los
carbones incandescentes; luego, rápido y erguido como un ciprés, los atravesó. Una
vez al otro lado del foso, sacudió suavemente la cabeza como si saliera de un
profundo sueño. Luego se volvió hacia sus alumnos, con el rostro sereno, y les
mostró la planta de los pies. No se podía descubrir la menor huella de quemadura.
—Esto es lo que se consigue con una apropiada educación de la voluntad —
concluyó—. ¿Quién quiere correr el riesgo de intentarlo?
Sulaimán se dispuso a hacerlo.
—¡Siempre el mismo! —masculló Abd Al-Malik con humor.
—¡Bueno, yo lo intentaré! —declaró Yusuf. Su voz revelaba una leve vacilación.
—¿Sobre las brasas? —preguntó Abd Al-Malik con una imperceptible sonrisa.
Incómodo, Yusuf miró a su alrededor.
—Espera mejor a que calentemos la placa —dijo el dey solícito.
Djafar anunció que él también quería intentarlo.
—Está bien —aprobó Abd Al-Malik—. Pero primero dinos lo que debes pensar
para concentrar tu voluntad.
—Alá, tú que eres grande y todopoderoso, haz que no me queme, y no me
quemaré —recitó Djafar.
—Muy bien. ¿Pero posees también la confianza necesaria?
—La poseo, venerable dey.
—Entonces, adelante, en nombre de Alá.

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Djafar se acercó al foso y comenzó por concentrar su pensamiento y su voluntad.
Los alumnos ya lo habían visto varias veces tomar la decisión de atravesar el fuego
pero siempre había cambiado de parecer.
—Relájate —lo conminó Abd Al-Malik—, libérate de toda tensión y camina con
confianza. Alá es dueño de nuestros destinos.
Djafar se lanzó como una barca que deja la orilla y atravesó las brasas con un
movimiento rápido y seguro. Enseguida permaneció un momento inmóvil, como
aturdido; volvió lentamente la cabeza por encima del hombro y vio a sus pies los
carbones incandescentes y humeantes, y una sonrisa de placidez iluminó su rostro
pálido. Estaba visiblemente aliviado.
—¡Valiente muchacho, de verdad! —exclamó Abd Al-Malik mientras un
murmullo aprobador atravesaba las filas.
—Vamos, Sulaimán. Inténtalo tú también, ¡aunque la última vez ya vimos lo que
eras capaz de hacer!
Abd Al-Malik estaba de buen humor. Sulaimán obedeció con visible júbilo. Se
concentró y luego atravesó las brasas como si aquel ejercicio lo hubiera ensayado
desde hacía tiempo.
—¡Yo también lo intentaré! —se envalentonó Yusuf. Tras lo cual sacó pecho,
tensó los músculos y caminó hacia el foso.
Hacía un visible esfuerzo por concentrarse, mascullaba casi en voz alta las
palabras prescritas, aunque el pensamiento de que de todos modos podría quemarse
no lo abandonaba. A punto de resolverse a caminar, miró delante de él, agitó los
brazos como un bañista que temiera arrojarse al agua fría y retrocedió prontamente.
Abd Al-Malik sonrió.
—Piensa en Alá, implora su ayuda y olvídate del resto —le aconsejó—. ¿Qué
puedes temer si él está contigo?
Finalmente, cansado de dudar, Yusuf adelantó un pie, suavemente, hacia las
brasas. Pero de inmediato lanzó un grito y retrocedió con un salto de pavor. Una risita
ahogada recorrió las filas.
—Tienes valor pero tu voluntad es débil —dijo el dey por todo comentario.
Yusuf bajó la cabeza y volvió a ocupar su puesto.
—¿Podría intentarlo yo? —preguntó tímidamente Ibn Tahír.
—Aún no ha llegado tu hora, nieto de Tahír —respondió Abd Al-Malik—. Pero
no dudo de que un día estarás entre los primeros.
Los alumnos fueron al almacén en busca de una placa de hierro. Atizaron una vez
más las brasas y pusieron la placa encima. Abd Al-Malik les hizo una señal.
Avanzaron en fila y atravesaron el brasero sobre aquel puente improvisado: dos
veces, tres veces, cuatro veces… La placa se calentaba rápidamente, quemándoles
cada vez más agudamente la planta de los pies. Cuando estuvo casi al rojo, Yusuf
permaneció sobre ella, saltando como un condenado. Se dejaba tostar y asar para
castigarse por su anterior fracaso. Ibn Tahír también se quemaba, apretando los

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dientes e intentando convencerse de que no sentía nada. Pero no había nada que
hacer; no lograba concentrarse lo suficiente. Agotado por la falta de costumbre en
tales pruebas, en un momento temió que perdería el conocimiento.
Finalmente Abd Al-Malik les gritó que lo dejaran y se llevaran el instrumento del
suplicio. Las filas volvieron a formarse por última vez. De nuevo los enfrentó,
midiéndolos de arriba abajo con mirada severa y les recomendó que meditaran sobre
lo que acaban de ver y oír. Tras lo cual se inclinó levemente y se retiró a largas y
enérgicas zancadas, igual que había llegado.
Los alumnos volvieron a la terraza. El dey Abu Soraka, en aquella hora, les
enseñaba la métrica de la lengua del país, el parto. Ibn Tahír se destacó enseguida en
esta materia. Por toda forma poética, él conocía ejemplos sacados de Firdusi, de
Ansari y de los poetas antiguos. Abu Soraka, en el colmo de la satisfacción, lo felicitó
delante de todos:
—Ciertamente el arte de la guerra y la educación de la voluntad son muy
necesarios para el militante ismaelita. Pero el entrenamiento del espíritu en la palabra,
intentando hacerla dúctil y apta para expresar los pensamientos con exactitud y
precisión, no es menos necesario. Me siento muy feliz de encontrar en ti, nieto de
Tahír, a un alumno dotado.
La hora de la tercera oración había llegado y Abu Soraka la dirigió allí mismo,
rodeado por los jóvenes. No había terminado de invocar a Alí e Ismael cuando Ibn
Tahír, agotado, perdió el conocimiento. Cuando se levantaron al final de la última
invocación, Naim, que estaba a su lado, se extrañó de ver que no se movía. Se inclinó
sobre él y comprobó que tenía el rostro tan amarillo como la arena del desierto.
Llamó a Yusuf y a Sulaimán, mientras los demás alumnos hacían corro alrededor del
camarada yacente. Uno de ellos corrió en busca de agua y no tardaron en reanimarlo.
Yusuf y Sulaimán lo llevaron al refectorio. Finalmente había sonado la hora del
almuerzo.
En cuanto se hubo saciado, Ibn Tahír recuperó sus fuerzas. Yusuf le golpeó
amigablemente el hombro.
—No te preocupes, pronto te habrás endurecido; entonces podrás soportar tener el
estómago vacío durante uno o dos días, y eso pese a los peores esfuerzos. Entre
nosotros, el ayuno no tiene nada de excepcional. ¡Abd Al-Malik se preocupa de que
sea sí!
—¿Qué haremos del asno en el que has llegado al castillo? —quiso saber Abu
Soraka.
—Podéis quedaros con él —respondió Ibn Tahír—. Mi padre no lo necesitará. En
cambio, aquí podrá sernos útil.
—Bien dicho —dijo el maestro—. A partir de ahora, no debes pensar en volver a
tu casa. Has roto los últimos lazos con el mundo exterior: que tus pensamientos estén
ahora dirigidos hacia la única causa de Alamut.

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Después del almuerzo, los alumnos fueron a descansar un rato al dormitorio. Se
instalaron en las camas y se pusieron a charlar. Pese a su gran fatiga, Ibn Tahír quería
que le aclararan muchas cosas que le intrigaban y que aún no entendía.
—Me gustaría saber cuáles son en realidad nuestras relaciones con los soldados
de la guarnición —preguntó—. ¿Cuál es también la situación relativa a los diferentes
deyes y al capitán Minutcheher? Me doy cuenta de que no sé nada de los grados de la
jerarquía ismaelita en Alamut.
—Entre los ismaelitas —le explicaron Yusuf y Djafar—, cada fiel ocupa un lugar
determinado. Los lasikas constituyen la comunidad de adeptos ordinarios. Por encima
de ellos están los refikas, fieles conscientes y militantes que les enseñan a los
primeros las verdades fundamentales. Los lasikas así instruidos pueden convertirse en
soldados bajo las órdenes de los refikas, que aquí están constituidos por caporales y
suboficiales. En cuanto a nosotros, futuros fedayines, tenemos un lugar aparte.
Mientras estudiamos, somos responsables delante de nuestros mayores y de nuestros
superiores inmediatos. Pero cuando seamos consagrados, sólo obedeceremos las
órdenes del jefe supremo o de su delegado, si juzga pertinente designar a uno. Luego
vienen los deyes, que nos inician y conocen las altas verdades. El capitán
Minutcheher, que es el comandante militar de la fortaleza, es su igual en dignidad.
Por encima de ellos están los deyes eldoat los «deyes de todos los deyes».
Actualmente hay tres: el dey eldoat Abu Alí, que acaba de llegar de Siria, el dey
eldoat Buzruk Umid (Gran Esperanza), comandante del castillo de Rudbar, y el dey
eldoat Hussein Al-Keini, que en nombre de Nuestro Amo se apoderó de la fortaleza
de Zur Gumbadán, en el Kuzistán. Finalmente, en el vértice de este edificio, a la
cabeza de todos los ismaelitas, reina Seiduna, Nuestro Amo, Hassan ibn Sabbah.
—¡Qué organización tan perfecta! —exclamó Ibn Tahír.
—Aunque las diferencias entre los grados son todavía más marcadas —dijo
Sulaimán—. El dey Abd Al-Malik, por ejemplo, está un poco por debajo del dey
Dirahim y, sin embargo, un poco por encima del dey Abu Soraka, pese a ser más
joven que él. Debido a que la causa ismaelita y su combate le deben más, lo que en la
apreciación de los grados es determinante. Incluso existen diferencias de rango entre
nosotros. Así, tú, que sólo llegaste ayer, eres un tris inferior a cualquier de tus
camaradas. Pero cuando te distingas por cualquier razón en pro de la causa ismaelita
o les ganes a los demás en un día de pruebas, te izarás al rango que tus conocimientos
y tus méritos te valgan.
—¿Esta diferencia tan grande de los grados tiene pues mucha importancia? —se
extrañó Ibn Tahír.
—¡Y de qué manera! —insistió Sulaimán—. En el momento decisivo, cada
ismaelita conocerá su lugar, cada cual sabrá a quién tiene que mandar y a quién debe
obedecer. Así se excluyen por adelantado toda confusión y equívoco. ¿Lo ves claro
ahora?
—Perfectamente claro.

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Un golpe de gong les recordó sus obligaciones. Como hacía mucho calor en la
terraza a aquella hora, la instrucción de la tarde tuvo lugar en el refectorio.
El dey Abu Soraka les enseñó ahora los orígenes del Islam y la historia del
ismaelismo. Comenzó por interrogar a los alumnos sobre la materia que ya había
tratado, con el propósito de iniciar al novato en lo que le faltaba. Luego él mismo
prosiguió:
—El hecho de que el Profeta haya dado a Alí a su única hija Fátima, atestigua que
era a él a quien había designado como sucesor. Pero después de su muerte, su astuto
padrastro Abu Bakr engañó innoblemente al heredero legítimo y subió él mismo al
trono reservado al jefe de los creyentes. A partir de ese día, el magnífico edificio del
Profeta se dividió en dos: a la derecha se colocaron los que le reconocían al traidor
Abu Bakr el derecho a la legítima sucesión. Su bandera es negra y su libro, la Sunna,
no es más que un conjunto de mentiras desvergonzadas y de falsos testimonios sobre
el Profeta transmitidos oralmente. Su capital es Bagdad, donde reinan en este
momento los falsos califas de la dinastía de Abbas. Mediante halagos y mentiras
criminales, Abbas, tío del Profeta, había logrado que lo consideraran entre sus
fieles… en el momento en el que ya nadie dudaba de la victoria de la verdadera fe.
Los descendientes de Abbas[12] están protegidos actualmente por el sultán turco
Malik Shah, un perro selyúcida cuya estirpe vagabunda llegó del país de Gog y
Megog para apoderarse del trono de Irán…
»Nosotros, para quienes el primer imán legítimo es Alí y sólo él, tal como dispuso
el Profeta, estamos situados a la derecha. Nuestro estandarte es blanco y El Cairo, en
Egipto, es nuestra capital. En efecto, el califa que reina allí desciende de Alí y de
Fátima, la hija del Profeta…
»Sabed, en efecto, que al usurpador Abu Bakr le sucedieron dos falsos imanes:
Omar y Othman. A la muerte de este último, el pueblo exigió que Alí se convirtiera
en sucesor del Profeta. Fue elegido, pero poco después su sangre fue derramada por
el cuchillo de un asesino a sueldo. Lo sucedió su hijo Hassan, aunque tuvo que
cederle el lugar a Mu’awiya[13]. El pueblo exigió entonces que subiera al trono el
segundo hijo de Alí y de Fátima, Hussein, que murió en el martirio, asesinado con
todos los suyos en el valle de Kerbela[14]. Desde ese tiempo, la dinastía pura del
Profeta debe vivir en las montañas y los desiertos, perseguida y destrozada por los
falsos imanes y sus criminales secuaces. En verdad nadie podría leer en el libro en el
que están inscritos todos los destinos que Alá tiene en sus manos… pero es noble
llorar por los mártires…
»Escuchad algo más… Dijimos que los sucesores legítimos del Profeta, de la
dinastía de Alí y de Fátima, reinaban en El Cairo. Lo reconocemos, ciertamente,
aunque con algunas reservas. Estas reservas son nuestro secreto, que pensamos
revelaros progresivamente. Bástenos por hoy enumerar los imanes que se han
sucedido después de Hussein, tercer sucesor legítimo del Profeta. El cuarto fue el hijo
del mismo Hussein, Alí Zein Al-Abidin. El quinto fue el hijo de éste Muhammad Al-

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Bakir; el sexto, Djafar Asadik. El séptimo fue motivo de querella. En efecto, Djafar
Asadik tenía dos hijos: Musa Al-Kazim e Ismael. Los que reconocen al primero como
séptimo imán, reconocen también el conjunto de sus cinco sucesores, cuyo último
representante es Muhammad Al-Askari. En cuanto a nosotros, sabemos que el
sucesor último, llamado a bajar un día entre nosotros bajo el nombre de Al-Mahdi,
¡pues Al-Mahdi vendrá!, no pertenece a la dinastía de Musa Al-Kazim sino a la
dinastía de Ismael. Creemos en ello, pues ciertos signos que atestiguan esta filiación y
este retorno son conocidos por nosotros. De esta manera sólo reconocemos siete
imanes indiscutibles, del que el último y el más grande no es Musa Al-Kazim sino
Ismael. En verdad, una de las ramas de su dinastía ha adquirido en Egipto un poder
visible. ¿Dónde está la otra, la más noble y la más importante? Por el momento sólo
sabemos una cosa: que la dinastía que reina en El Cairo sólo prepara el camino, hasta
la victoria sobre los usurpadores y los heréticos y hasta la dominación final de los
verdaderos creyentes sobre todo el Islam. Pues está escrito que después de seis
grandes profetas, que fueron: Adán, Noé, Dirahim, Moisés, Jesús y Mahoma, vendría
un séptimo enviado, el más grande: Alí-Mahdi. Y éste descendería de la dinastía de
Ismael. Es el que esperamos ahora y por él combatimos. En verdad os lo digo: el
castillo de Alamut abriga grandes secretos.
Era la primera vez que Ibn Tahír bebía la quintaesencia de la doctrina ismaelita.
Le pareció misteriosa y esperó con impaciencia nuevas revelaciones.
Abu Soraka se retiró. Una vez que se hubo ido, el griego Theodoros, al que
llamaban Al-Hakim (el Médico) y que había abrazado la verdadera fe, hizo su entrada
en la sala de estudios. Era un hombrecito corpulento, provisto de una barba negra y
en punta, y de un bigotito del mismo color. Tenía un rostro redondo y sonrosado,
extrañamente dividido por una nariz larga y recta que le bajaba hasta el nivel de los
labios, gruesos y rojos como los de una mujer. Además, poseía una doble papada
grasa y delicada, unos ojos redondos y reidores… y nunca se sabía si hablaba
seriamente o en broma. Los alumnos lo honraban con el título de dey pese a no estar
consagrado. De él se sabía una sola cosa: el jefe supremo en persona lo había traído
de Egipto. Era un médico muy instruido y enseñaba muchas materias, aunque
principalmente la constitución y el funcionamiento del cuerpo humano. Tenía
reputación de ser una especie de sabio, que soñaba con armonizar las enseñanzas del
Corán con la filosofía griega. Cuando describía las enfermedades, los venenos y las
diferentes especies de muertes, salpicaba sus exposiciones con citas sacadas de los
filósofos de su país, principalmente de los escépticos, de los cínicos y de los
materialistas. Al escucharlo, los alumnos abrían desmesuradamente los ojos de
asombro y más de uno encontraba que sus enseñanzas estaban algo teñidas de
impiedad. Por ejemplo, tenía una manera muy personal de explicar los orígenes del
hombre, mezclando los inventos de su cosecha con las lecciones de los pensadores
griegos y los preceptos del Corán.

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—Recordad —le gustaba decir—, que Alá creó a Adán a partir de cuatro
elementos. Primero necesitó la materia sólida, pero ésta era dura y desmenuzable. La
redujo a polvo y la mezcló con un segundo elemento: el agua. Con esta mixtura de
polvo y agua hizo barro, con el que modeló la figura del hombre. Pero esta figura era
blanda y se deformaba al menor contacto. Así creó el fuego para secar el envoltorio
externo de la figurita humana. Ahora el hombre tenía una piel, flexible pero
demasiado pesada. Le sacó un poco de materia de en medio del pecho y por temor a
que el vacío así formado comprometiera la solidez del conjunto, le insufló aire. De
esta manera fue acabado el cuerpo del hombre, que hasta ahora se compone de estas
cuatro sustancias: tierra, agua, fuego y aire.
»Para que el hombre posea la vida —prosiguió el sabio—, sabed que Alá le
insufló un alma. De origen divino, el alma es extraordinariamente sensible a la
armonía que debe reinar entre los distintos elementos que componen el cuerpo. En
cuanto se rompe el equilibrio, la armonía desaparece y vuelve a su origen, que es el
mismo Alá.
»Las perturbaciones del equilibrio entre los elementos pueden ser de dos órdenes:
de orden natural o de orden mágico. Los trastornos naturales pueden entrañar cuatro
especies de muertes. Si, como consecuencia de una herida, el cuerpo pierde su sangre,
se produce un agotamiento del elemento acuoso y llega la muerte. Si se le aprieta la
garganta a alguien, se lo priva del elemento aéreo: se asfixia y muere. Una persona
que muere congelada es que ha perdido el elemento ígneo. Finalmente, en un cuerpo
que se disloca es el elemento sólido el que se rompe y se disuelve; la muerte es
también inevitable.
»Quedan las muertes mágicas, llamadas también médicas, que son más
problemáticas… Están provocadas por misteriosas sustancias naturales que llamamos
venenos. La tarea de las ciencias naturales es hacernos conocer el uso de los
mencionados venenos y de enseñarnos a fabricarlos… Un arte útil y necesario para
todo ismaelita militante.
Estas enseñanzas sorprendían a Ibn Tahír y no menos que las anteriores.
¡Aquellas cosas eran tan nuevas para él! Además, le costaba captar las razones por las
cuales tenía que estudiar materias tan insólitas. El griego se inclinó sonriendo y se
marchó. El dey Ibrahim volvió a aparecer delante de los alumnos. Su llegada produjo
un silencio de muerte. Ibn Tahír adivinó que iba a hablarles de algo importante; en
efecto, se trataba de dogmática ismaelita. Ante todo, el maestro hizo una pregunta
indicando al alumno que debía responder. Preguntas y respuestas se sucedieron
rápidamente, breves, extrañamente acompasadas. Ibn Tahír concentró toda su
atención.
—¿Quiénes son los peris?
—Los peris son malos espíritus de sexo femenino que reinaban en el mundo de
Zaratustra, quien los arrojó a los infiernos.
—¿Quién era Zaratustra?

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—Zaratustra era un falso profeta, adorador del Fuego, que Mahoma arrojó a los
demonios.
—¿Dónde viven los demonios?
—En la cima del monte Demavend.
—¿Cómo lo sabemos?
—Por los vapores que exhala la montaña[15].
—¿Eso es todo?
—Y por los aullidos de las voces que oímos llegar de allí.
—¿Quiénes son los selyúcidas?
—Los selyúcidas son invasores: turcos llegados del país de Gog y Megog para
apoderarse del poder en Irán.
—¿Cuál es su naturaleza?
—Su naturaleza es doble: mitad hombres, mitad demonios.
—¿Por qué?
—Porque unos devis o espíritus del mal se aparearon con mujeres de raza
humana, que luego engendraron a los selyúcidas.
—¿Por qué abrazaron los selyúcidas el Islam?
—Para disimular su verdadera naturaleza.
—¿Cuáles son sus intenciones?
—Aniquilar el Islam e instaurar en la tierra el reino de los demonios.
—¿Cómo lo sabemos?
—Por el hecho de que apoyan a un falso califa en Bagdad.
—¿Quién es en Irán el peor enemigo de la causa ismaelita?
—El gran visir del sultán, Nizam Al-Mulk.
—¿Por qué siente un odio mortal por la única y verdadera doctrina?
—Porque él mismo es un renegado.
—¿Cuál es su crimen más impío?
—Su crimen más impío es haberle puesto precio a la cabeza de Nuestro Amo en
diez mil monedas de oro.
Ibn Tahír se entusiasmó. Si, el gran visir que había hecho decapitar a su abuelo
era un criminal. Y ahora atentaba contra la misma vida del jefe supremo de los
ismaelitas…
Tales eran las preguntas y las respuestas mediante las cuales el dey Dirahim
resumía lo que les había enseñado hasta ese momento. Hizo un gesto con el brazo
para señalar que iba a proseguir su clase. Los alumnos colocaron diligentemente sus
tablillas sobre las rodillas y aprestaron sus cálamos. El maestro comenzó a dictarles
lo que necesitan saber sobre la naturaleza del poder impartido al jefe supremo de los
ismaelitas. Se planteaba preguntas que él mismo contestaba. Ibn Tahír anotó, no sin
sorpresa:
«¿De dónde saca Seiduna su poder sobre los fieles?». «Directamente del califa de
Egipto, Mostanzar Bilah e indirectamente de Alá».

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«¿De qué naturaleza es este poder?». «Este poder tiene naturaleza doble: natural y
sobrenatural».
«¿En qué consiste su poder natural?». «En que tiene poder de vida o muerte sobre
todos los ismaelitas que viven en Irán».
«¿Cuál es su poder sobrenatural?». «Tiene el poder de enviar al paraíso a quien
quiera».
«¿Por qué es Seiduna más poderoso que todos los hombres que han existido en la
tierra?». «Porque recibió de Alá la llave que abre las puertas del paraíso».
La instrucción terminó a la hora de la cuarta oración. Los alumnos se reunieron
entonces en la terraza, comentando febrilmente lo que habían aprendido durante el
día. Sobre todo estaban impacientes por saber lo que Ibn Tahír, el nuevo, pensaba de
todo aquello.
—Lo que vi y oí de Abd Al-Malik me parece claro —declaró—. Pero no
comprendo lo que quiere decir el dey Dirahim cuando enseña que Alá le dio a
Seiduna la llave del paraíso.
—¿Qué necesidad hay de pensar? —zanjó Yusuf—. Ésa es la enseñanza de
Seiduna y nuestro deber es creer en ella.
—Muy bien. Pero me pregunto si debemos tomar esa doctrina al pie de la letra o a
lo mejor sólo hay que ver en ella una imagen…
—¿De qué imagen puede tratarse? —se impacientó Yusuf—. Debemos
comprenderla en el sentido en que se dice.
—¿Entonces se ha producido un nuevo milagro? —insistió Ibn Tahír.
—¿Por qué no? —se sulfuró Yusuf.
—¿Por qué no? Pues porque el Profeta ha dicho explícitamente que los milagros
sólo pudieron producirse en tiempos antiguos. Él mismo no los permitió durante su
reinado ni en las épocas posteriores.
Yusuf no supo qué responder.
—El hecho de que Alá le haya dado a Seiduna las llaves del paraíso —argumentó
Djafar—, no debemos considerarlo un milagro. El Profeta tampoco estimó que su
viaje en pleno cielo ni su encuentro con el arcángel Gabriel hayan sido milagros.
—Bien, supongamos que sólo se trate de una gracia concedida por Alá a Seiduna
—siguió Ibn Tahír—. Falta saber dónde, cuándo y por qué medios Alá pudo darle a
Nuestro Amo las llaves del paraíso.
—Alá debió aparecérsele a Seiduna bajo la forma de una zarza ardiente o de una
nube baja —explicó Sulaimán—, como se apareció a los profetas de los tiempos
antiguos. Así pudo darle la llave, tal como le entregó las Tablas de la Ley a Moisés en
el monte Sinaí.
—Puedo representarme fácilmente todo eso —admitió Ibn Tahír excitado por el
juego—. Pero no me cabe en la cabeza que vivamos en una vecindad tan inmediata
con un profeta tan eminente y poderoso.

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—Tal vez no te sientas lo bastante bueno para ello —bromeó Sulaimán—. ¿En
qué somos peores que el pueblo elegido en el pasado?
Ibn Tahír, incómodo, miró a su alrededor. Vio rostros inflamados por un ardor
sagrado. No, no podían comprender la perplejidad y las dudas que lo embargaban.
—Antes que aceptar las conjeturas de Sulaimán, encuentro más razonable pensar
—propuso Djafar—, que un ángel enviado por Alá llevó a Seiduna al paraíso y que
de esta manera le confió con toda comodidad las llaves en cuestión.
—Sea como fuere, todavía queda por saber de qué naturaleza puede ser esa llave.
Pues debemos pensar, y con razón, que ni Alá ni el paraíso, ni lo que éste contiene,
poseen la misma sustancia que nuestro mundo. ¿Cómo podría entenderse entonces
que haya entre nosotros, en nuestra tierra, un objeto de la misma sustancia que la del
otro mundo? ¿Podríamos percibirlo con nuestros sentidos? Y si pudiéramos, ¿seguiría
siendo un objeto del paraíso?
—Acabas de plantear una excelente pregunta, nieto de Tahír —se alegró Yusuf
frotándose las manos de contento.
—Por mi parte —intervino Naim—, pienso que esta discusión sobrepasa los
límites de lo que está permitido.
—¡Calla ya, cigarra! —lo reprendió Sulaimán.
—Está escrito en el Corán —siguió razonando Djafar—, que los justos después
de la muerte recibirán y compartirán los gozos del paraíso, que serán en todo
comparables con los de la tierra. Los bienaventurados tendrán los mismos sentidos
que en este mundo y gozarán de los mismos placeres. Por consiguiente, los objetos
del más allá no deben diferir sensiblemente de los de este mundo, y la sustancia de la
que están hechas las llaves del paraíso pueden perfectamente ser iguales a las de las
cosas de aquí abajo.
Obeida, que hasta entonces había escuchado atentamente sin decir palabra, sonrió
maliciosamente.
—Tengo una buena explicación —dijo—, que podría aclarar perfectamente todo
el misterio que rodea a la famosa llave. Se nos ha dicho que la llave abre las puertas
del paraíso. Se encuentra en manos de Seiduna, que vive entre nosotros, en esta tierra.
Por consiguiente, desde fuera, desde la tierra, es desde donde la llave abre las puertas
del paraíso. Sea cual sea, pues, la naturaleza del paraíso, la llave de Seiduna abre la
puerta desde la tierra y debe consecuentemente ser de la misma sustancia que este
mundo nuestro.
—¡Notable exégesis! —exclamó Yusuf.
—Sí, la explicación es hábil —acordó Ibn Tahír.
—Obeida es astuto como un lince —ironizó Sulaimán.
—¿Pero no deberíamos preguntar al dey Ibrahim si esta explicación es
verdaderamente justa? —preguntó inquieto Naim.
—Semejante pregunta puede costarte cara —le advirtió Sulaimán.
—¿Y por qué? —se irritó Naim.

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—Porque el venerable dey Dirahim exige, por si no lo sabes, que sólo se responda
cuando a uno le preguntan. Si intentas hacerte el listo con él, pajarito, corres el riesgo
de meterte en serios problemas.
Esto les hizo reír. Naim se puso rojo de cólera. Yusuf, a quien estas
conversaciones elevadas y difíciles le encantaban, lo fusiló con la mirada.
—¡Seguid, seguid, hijos míos! —les dijo a sus camaradas.
Pero ya el sonido del cuerno los llamaba a la quinta oración.
Después de la cena, Ibn Tahír, agotado de cansancio, renunció a acompañar a los
demás al paseo de la noche. Se retiró al dormitorio y se tendió en la cama. Tardó un
rato en cerrar los ojos. Todo lo vivido desde su llegada a Alamut desfilaba ante sus
ojos como una sucesión de violentas imágenes. El afable dey Soraka y el severo
capitán Minutcheher le recordaban de alguna manera la vida exterior. Pero el
enigmático y extraño Alí-Hakim y el dey Abd Al-Malik, ambos dotados de talentos
tan prodigiosos, y tal vez aún más el misterioso y sombrío dey Ibrahím, lo habían
introducido en un mundo enteramente nuevo. Y ya comenzaba a darse cuenta de que
ese mundo nuevo poseía sus propias leyes, estrictas e infalibles; que estaba
organizado y dirigido desde el interior, desde dentro hacia fuera, completo y
autosuficiente, lógico y sin fisuras. A él no se entraba de puntillas. Uno se encontraba
proyectado en él con una brutalidad tremenda. Y ahora estaba allí, completamente
inmerso. Sí, aún ayer, se encontraba fuera, del otro lado. Y hoy, pertenecía totalmente
a Alamut.
Una profunda tristeza lo embargó, pues le había dicho adiós a todo un mundo.
Tenía la impresión de que el camino de regreso había sido cortado para siempre. Pero
al mismo tiempo sentía despertarse en él una impaciencia embriagadora por el
mañana, una curiosidad apasionada por los misterios que adivinaba por doquier a su
alrededor, y una firme voluntad de no desmerecer ante sus compañeros.
—Ya estoy en Alamut —dijo en voz alta como para su coleto—. ¿Por qué tengo
que mirar hacia atrás?
Sin embargo, recordó una vez más su casa natal, evocó a su padre, a su madre, a
sus hermanas. Y les dijo adiós en lo más secreto de su corazón. Tras lo cual sus
ensueños se difuminaron y se durmió en medio de una dichosa espera de lo
desconocido.

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Capítulo 3

Poco tiempo después de su llegada a aquellos lugares tan nuevos para ella, Halima se
hallaba completamente acostumbrada a su nueva vida. Por circunstancias extrañas
que no comprendía, siempre obtenía todo lo que deseaba. La verdad era que todos,
personas y animales, la querían. Incluso cuando había cometido alguna tontería,
Apama se dignaba a veces gesticular una sonrisa de indulgencia. Halima no dejaba de
explotar esta ventaja; de buena gana se mostraba bromista y caprichosa, y le parecía
totalmente natural que todos se sometieran a sus deseos. Por cierto, éstos eran
bastante modestos.
Sara era su primera víctima. El menor signo de Halima constituía para ella una
orden; se sentía feliz de poderla servir en lo que fuera, fiel acaso a su pasado de
esclava. Soportaba con resignación todos sus caprichos y fantasías, y cuando Halima
manifestaba alguna preferencia hacia otra, se la veía profundamente afligida, su
desdicha lo llenaba todo.
Tal era la situación durante el día. Pero cuando llegaba la noche, en cuanto las
jóvenes hundían la cabeza en sus almohadas y la misma Zainab se dormía, Sara corría
a meterse bajo las mantas de Halima, para abrazarla y besarla. Al comienzo Halima
había opuesto resistencia a estos asaltos. Luego, acostumbrándose más o menos a
aquellas demostraciones apasionadas, dejó de defenderse. También se dijo que debía
hacer alguna concesión en pago de los innumerables servicios que le hacía Sara
durante el día. Pero había algo que no podía soportar: los eternos celos de Sara. A ella
le gustaba expresar a los cuatro vientos su amabilidad. Le gustaba besarlas a todas,
hacerse agradable tanto a una como a otra, y no soportaba que la coartaran en ello.
Cuando sentía que la mirada inquisidora de Sara se posaba en ella, presa de tormento,
se sulfuraba: no podía dejar de provocarla y de hacerla sufrir. Y cuando después, a
solas, su amiga la abrumaba de reproches, Halima la amenazaba con dejar de dirigirle
la palabra.
Sin lugar a dudas, Sara sentía la necesidad vital de servir a alguien por amor y de
someterse a todos sus deseos, aunque fuera a costa de unos celos que la atormentaban
sin fin. Dichosa de vivir, Halima gozaba de su juventud y del sol, como un pájaro o
una mariposa. Encontraba totalmente natural haberse convertido en el centro de
interés y el objeto de la solicitud de todo aquel ambiente y que el mundo gravitara a
su alrededor. En sus ratos libres, corría por los jardines, en los que florecía una
vegetación cada vez más lujuriosa, aspirando el perfume de miles de rosas que, una
tras otra, desplegaban sus suntuosas corolas, cortando ramos para adornar los

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apartamentos, retozando con Ahriman y la pequeña gacela, llamada Susana. Había
recorrido todo el lugar y descubierto mil rincones, había constatado con sus propios
ojos que los jardines estaban en efecto rodeados de agua por todas partes. También
había podido admirar la salvaje vegetación que de alguna manera parecía prolongar la
del parque hasta perderse de vista en la orilla opuesta. En realidad parecía que vivían
en el verdadero paraíso.
Pronto se atrevió a ir sola a las rocas en las que los lagartos tomaban el sol y
donde vivía Peri, la serpiente amarilla. En verdad, se mantenía a distancia respetuosa,
al tiempo que se convencía en su fuero interno de que Myriam tenía razón, repitiendo
en voz alta: «¡Qué hermosos son estos lagartos!». Incluso intentó silbar como
Myriam para hacer salir a la serpiente Peri de su agujero. Pero antes incluso de que el
animal sacara su cabecita puntiaguda había salido huyendo a todo lo que daban sus
piernas, sin atreverse a mirar hacia atrás, hasta llegar a los parajes que frecuentaba
habitualmente con sus compañeras.
Fue en aquel retiro solitario donde Adí y Mustafá la encontraron un día. Con la
intención de asustarla intentaron acercarse a ella a hurtadillas. Pero Halima estaba
como una rata al acecho. Oyó ruido y, cuando vio que los dos negros querían
sorprenderla, se dio a la fuga. Adí, que iba detrás, le gritó a Mustafá:
—¡Cógela!
Y en efecto, Mustafá la alcanzó de dos saltos. La tomó en sus poderosos brazos y
se la llevó a Adí. Halima se debatía, golpeaba, mordía, gritaba que la soltaran. Los
eunucos se divertían y reían a carcajadas.
—¡Démosla a los lagartos! —dijo Mustafá.
Halima chilló tan fuerte que ellos se espantaron de verdad.
—No, juguemos mejor a la pelota con ella —propuso Adí.
Dio unos pasos hacia el lado, separó los brazos y le dijo a su compañero:
—¡Lánzamela!
—¡Junta las manos bajo las rodillas! —ordenó Mustafá—. ¡Así! ¡Agárrate bien
de las muñecas!
Halima comenzó a encontrar divertida la aventura. Hizo lo que Mustafá le dijo y
un segundo después volaba por los aires y caía como una verdadera pelota en brazos
de Adí. Seguía gritando como si la despellejaran viva, aunque de espanto festivo y
por el gusto de escuchar su propia voz.
Aquellos gritos atrajeron a Ahriman, que vino a ver qué cosa tan extraordinaria
podía suceder allí. El animal, colocándose al lado de Adí, seguía con los ojos y la
cabeza la pelota viva que volaba de mano en mano. Aquel juego era de verdad de su
gusto pues se puso a gruñir de placer.
—¿Te has dado cuenta cómo se ha puesto blanda y redondita? —se extrañó
Mustafá.
Adí lanzó una alegre carcajada:

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—Mi querida costillita, mi dulce tartita, esperanza de mi ciencia y buena cliente
de mi saber, ¡te has desarrollado y echado carnes desde que estás con nosotros!
Así había recorrido varias veces el trayecto aéreo, de ida y vuelta, por encima del
césped del jardín, cuando de repente resonaron gritos coléricos desde la otra orilla.
—¡Apama! —se atragantó Mustafá dándose prisa por colocar a Halima de pie.
Tras lo cual la niña puso pies en polvorosa y desapareció detrás de los macizos
del sendero.
—¡Sois unos animales inmundos, bestias lúbricas! —aulló Apama desde la otra
orilla—. Os denunciaré a Seiduna, que os hará castrar por segunda vez. Habéis
pisoteado mi más hermosa flor, un botón de rosa reluciente…
Los eunucos reventaban de risa:
—¿Por qué chillas, asqueroso sapo, vieja pájara? —ironizó Adí—. Espera un
poco, siniestra harpía, bizca y fétida, vamos a lapidarte y a sacarte el pellejo…
—¡Pobre y apestoso imbécil! —pataleaba Apama—, querías carne fresca ¡eh!,
para tu concupiscencia de castrado. ¡Alabado sea Alá, que te sacaron a tiempo tus
tristes atributos, chivo negro de cuernos rotos! ¡Alí, qué suerte que no puedas aunque
quieras!
Adí se dejó llevar riendo a carcajadas:
—Mira cómo te tratamos, vieja bribona, grotesco demonio. Sueñas con cepillarte
a los siete profetas a la vez, aunque un viejo perro que te buscara te volvería loca de
placer.
Apama rechinaba los dientes, loca de rabia e impotencia. Corrió a la orilla como
si quisiera arrojarse al agua. Allí vería, Adí corrió a su vez hasta el borde del torrente,
se apoderó de uno de los remos que mantenía ocultos bajo unas zarzas y se dirigió
hacia el agua, cuya superficie golpeó hábilmente, salpicando de lo lindo a la
vociferante anciana.
La vieja lanzó gritos agudos. Los dos eunucos se desternillaban de risa.
Finalmente, Adí volvió a colocar el remo bajo los arbustos y escapó con Mustafá,
mientras Apama les mostraba el puño jurando que los mataría.
Después de esto, Halima se convirtió en blanco de su cólera. Aquel mismo día, la
trató delante de todas sus compañeras de viciosa y de hipócrita, y solicitó que cayeran
sobre su cabeza todos los castigos de este mundo y del otro. Sintiéndose oscuramente
culpable por los favores que concedía en secreto a Sara, Halima se acusaba a veces de
grave perversión, ya que en cuanto se libraba de los abrazos de la morena, se atrevía a
mirar a Myriam a los ojos, con cara de total inocencia. Por eso los reproches de
Apama le llegaron al alma. Bajó los ojos y enrojeció hasta las orejas.
Apenas Apama les dio la espalda, Myriam la consoló invitándola a no hacer
demasiado caso de los reproches de la vieja: todo el mundo sabía que Apama era
malvada y que odiaba a los eunucos. Por lo demás, nadie puso en duda la perfecta
inocencia de aquellos juegos. Conmovida por la confianza que le testimoniaba
Myriam y que le parecía tan poco merecida, fue a esconderse en un rincón y a llorar a

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solas. Juró portarse mejor y no ceder ante los requerimientos de Sara. Pero es difícil
renunciar a una vieja costumbre y todo siguió como antes.
Los días se alargaban, las noches se llenaban con una vida misteriosa. Los grillos
cantaban en los jardines y las ranas croaban en las acequias. Los murciélagos volaban
cerca de las ventanas iluminadas, persiguiendo mil insectos al amparo de sus
silenciosos vuelos. En aquellas veladas, el mayor placer de las muchachas era
escuchar las historias y leyendas que les contaba Fátima, muchacha maravillosa en
todos los conceptos. Era un verdadero pozo de sabiduría y nada la podía confundir.
Sabía mil adivinanzas y, una vez las revelaba, inventaba otra, día a día. Conocía todas
las romanzas que se cantaban desde Siria a Egipto, desde la lejana Arabia a las
heladas estepas del Turkestán. También estaba al tanto de otros muchos secretos. Los
eunucos habían construido para ella una especie de largo invernadero acristalado en
el que proliferaban los gusanos de seda, instalados sobre las ramas cortadas de las
moreras que crecían más abajo, como sauces a orillas del agua. Aseguraba que podría
sacar de sus capullos toda la seda que necesitaban las muchachas.
A éstas les gustaba más que nada escucharía contar las interminables historias que
salían entremezcladas a lo largo de mil y una noches, o declamar tal episodio sacado
del Libro de los Reyes de Firdusi. Ella demostraba una imaginación digna de
Sheherezade. Lo que el tiempo le había borrado de la memoria, lo reemplazaba con
improvisaciones de su cosecha y muchas historias eran creaciones propias de cabo a
rabo. Entre ellas había un cuento que conmovía particularmente a las jóvenes: el del
escultor Ferhad y de la princesa Shirín. Al oírla, no podían dejar de pensar en Myriam
y apremiaban sin cesar a Fátima para que les contara aquella historia que las
conmovía tanto. Halima se sentía enternecida hasta las lágrimas. Como Myriam,
Shirín era de origen cristiano. Era tan extraordinariamente hermosa que, por pudor y
envidia, hasta las flores inclinaban las corolas a su paso por los prados y jardines.
Cuando se convirtió en la mujer del rey Josrow Parviz, el más poderoso monarca de
la antigua Persia, todo el pueblo se sublevó pues no soportaban que una infiel tuviera
acceso al trono. Pero el rey la amaba tanto que consiguió imponérsela hasta a sus
enemigos. Ahora bien, Josrow Parviz no sólo era un monarca poderoso sino también
un hombre prudente. Sabía hasta qué punto la belleza terrestre es efímera. Decidido a
conservar una imagen duradera del encantador rostro y del espléndido cuerpo de su
esposa, llamó al escultor más célebre de su tiempo, Ferhad, y le ordenó llevar
aquellas preciosas formas al mármol. Enfrentado día tras día a los encantos celestiales
de la princesa, el joven artista concibió por ella un amor que nada pudo ahogar.
Estuviera donde estuviera, incluso sin quererlo, tanto en la vigilia como en sueños,
veía por doquier su rostro divino. Finalmente no pudo seguir ocultando su pasión.
Mientras más se iba pareciendo la estatua a su modelo vivo, más era el ardor que
ponía Ferhad en su trabajo; sus miradas y hasta el sonido de su voz, traicionaban la
tempestad que asolaba su corazón. Un día el mismo rey se dio cuenta de ello. Loco de
celos, sacó su espada pero Shirín se interpuso y protegió al artista con su propio

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cuerpo. Sensible a la perfección del trabajo que Ferhad acababa de realizar, Josrow le
perdonó la vida pero lo exilió para siempre en los solitarios montes de Bizutum. En
medio de la inconsolable obsesión de aquel amor sin esperanzas, Ferhad perdió la
razón. Loco de dolor, empuñó el martillo y el cincel y se puso a tallar en la arista
rocosa de la montaña una inmensa estatua de Shirín. Estatua que aún es visible hoy:
se diría que uno contempla la forma viva de la divina princesa saliendo del baño,
saludada por el corcel favorito del rey, Shebdis, piafando y caracoleando de juventud
y ardor.
Se sabe que el rey envió entonces a las montañas de Bizutum un mensajero
encargado de anunciar la falsa noticia de la muerte de la reina Shirín. Ferhad no quiso
seguir viviendo. En medio de su insoportable dolor, se arrojó sobre su hacha, que le
hendió el pecho en dos. Se cuenta que el hierro del hacha, al caer, se clavó en el suelo
y que el mango impregnado con la sangre que manaba del corazón del artista
reverdeció, floreció y fructificó: el fruto que dio no es otro que la granada, que en
recuerdo del infortunado escultor tiene también el corazón hendido y sangra cuando
se lo abre, de ahí el sobrenombre de «manzana de Ferhad».
Las jóvenes escuchaban esta historia con los ojos húmedos. Sólo Myriam miraba
al techo con expresión que pretendía ser indiferente. Pero su mirada estaba
extrañamente fija y fascinada por inaccesibles lejanías; durante la noche, Fátima y
Djada, que dormían en la misma habitación que ella, la oían dar vueltas y agitarse en
la cama.
También les gustaba oír contar la historia del viejo iraní Rustam que, sin quererlo,
mató en duelo a su propio hijo Suhrab; la de Alí Babá y los cuarenta ladrones, y
también el cuento de la lámpara de Aladino… sin olvidar los relatos sacados de algún
episodio del Corán que Fátima adaptaba a su manera. Cuando contaba con qué amor
la mujer de Putifar había amado a Yusuf, todas miraban involuntariamente a su
compañera Sulaika y le sonreían. Fátima dejaba de ver en la egipcia a una mujer de
placer para verla simplemente como la tierna amante hacia quien Yusuf no se atrevía
a levantar la mirada. En realidad, cada muchacha podía encontrar en las historias de
Fátima el modelo que le convenía: un modelo con el cual era lícito compararse y
comparar a las demás…
Cada cierto tiempo, las inquilinas del castillo organizaban entre ellas solemnes
festines en los que se comía y bebía de manera regia. En aquellas ocasiones, Apama
se ponía especialmente venenosa. En cuanto a Myriam, reía por lo bajo. Las
muchachas murmuraban que había obtenido de Seiduna en persona el permiso de
organizar aquellas fiestas para distraer a sus compañeras. Pero Apama se ponía
furiosa por tener que preparar sola la bebida y la comida de tales festines. En esos
días los eunucos no dejaban de ir a pescar muchos peces, mientras Mustafá, provisto
de un arco y acompañado de un halcón, salía al despuntar el alba a cazar pájaros.
Primero tenía que coger la barca, que él conducía por la corriente hasta la orilla

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donde comenzaban las salvajes espesuras; de allí llegaba a los bosques que se
extendían hasta el pie de las cimas de Elburz, verdadero paraíso para la caza.
Durante los preparativos de una de estas fiestas, Halima había pedido a Myriam
permiso para acompañar a los cazadores en sus batidas. Pero Myriam encontró que el
camino era demasiado peligroso para una joven. Le sugirió que más bien se uniera a
Adí, que iría a buscar aves y huevos a la isla de los animales.
Halima se encontró pues aquel día instalada en la barca que guiaba Adí a lo largo
del torrente. Primero siguieron a los cazadores, pero hacia la mitad del trayecto, se
metieron en un canal lateral y el esquife, empujado por lentas remadas, se deslizó por
un agua calma en dirección a la isla que servía de parque común a los animales
domésticos y a las fieras domesticadas.
La mañana era espléndida. El sol no había penetrado aún en el valle pero sus
rayos doraban ya las pendientes de la montaña y las cumbres nevadas. Miles de
pájaros gorjeaban y cantaban. Otros evolucionaban sobre el agua, volando o
sumergiéndose en busca de peces. Las orillas estaban bordeadas por un sin fin de
grandes cañas entre las cuales florecían iris y nenúfares blancos. Una garza plateada,
con el agua hasta la barriga, hurgaba con su agudo pico hasta lo más profundo de la
corriente. Cuando advirtió que la barca se deslizaba silenciosamente hacia ella se
irguió dignamente, con su copete erizado y, tras sacar con lentitud una pata fuera del
agua, se alejó hacia la orilla. Halima, divertida, la siguió con la vista.
—No tiene miedo —observó—. Sólo está furiosa por haberle fastidiado el
almuerzo.
—¡Pues sí! —confirmó Adí—, todos los animales que viven en estos jardines son
familiares. Nadie les ha hecho ningún mal…
Dejaron atrás la garza, aunque ya la zancuda no se preocupaba de los dos
visitantes, tranquilamente dedicada a proseguir su pesca un poco más lejos. Aquí y
allí, el vientre de un pez que atrapaba un mosquito brillaba fuera del agua. Las
primeras libélulas se despertaban, improvisando figuras temblorosas sobre el agua.
—¡Qué hermoso es todo esto! —exclamó Halima.
—Sí es hermoso —dijo de repente Adí con voz sorda—. Pero aún es más
hermoso cuando uno está en libertad…
Halima se extrañó.
—¿En libertad, dices? ¿No estamos aquí en libertad?
—No puedes entenderlo porque eres mujer. Te lo digo: un chacal hambriento en
el desierto es más feliz que un león ahíto en su jaula.
Halima movió la cabeza incrédula.
—¿Estamos de verdad en una jaula?
—Dije eso sin pensar —se excusó Adí sonriendo—. Ahora, silencio. Hemos
llegado.
La barca tocó la orilla y ellos saltaron a tierra. Un senderito casi invisible
serpenteaba entre las ramas de los sauces y conjuntos de álamos. Alcanzaron una

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vertiente rocosa en la que se cruzaron con toda suerte de hierbas extrañas y flores
raras; luego entraron en una vasta pradera cerrada por un bosquecillo: viniendo de allí
se escuchaban ruidos salvajes: cloqueos, silbidos, bufidos. Halima apretó
temerosamente el brazo de su guía. Acababa de divisar en el límite del abrigo una
especie de grandes jaulas: dentro revoloteaban los pájaros y corrían los animales.
Cuando se acercó, algunos pájaros espantados se lanzaron contra las rejas batiendo
las alas, mientras dos grandes onzas saltaban a su vez con rugidos de furor.
Halima hizo ademán de retroceder. Adí colocó en el suelo el gran canasto que
había traído y dio de comer a las fieras. Pronto éstas se calmaron, ocupadas en
devorar su pitanza.
—Este trabajo corresponde habitualmente a Moad y a Mustafá —comentó Adí—.
Pero como ellos fueron de caza, los reemplazo por esta vez.
Los matorrales disimulaban un gallinero largo y bajo en el que estaban las aves.
Adí se metió en él y se puso a recoger huevos.
—Ahora vete de aquí —ordenó con una sonrisa turbada—. Debo hacer algo que
no debes mirar.
Halima corrió hacia otras jaulas mientas Adí les retorcía prontamente el cuello a
algunos pollos y gansos. El grito de los animales estrangulados era insoportable para
Halima, que prefirió taparse los oídos. Cuando Adí salió del gallinero, había cubierto
con un lino las aves muertas. Se apresuró enseguida a explicar a su compañera las
costumbres de los diferentes animales que veían.
—Sí esa vieja onza estuviera libre como Ahriman —dijo ella—, me haría
pedazos, ¿no?
—Tal vez. Quizá también emprendería la fuga. Las onzas temen al hombre.
—¿Por qué entonces las mantienen en jaulas?
—Seiduna las necesita para tener cachorros. Ésos que ves ahí son una pareja:
Seiduna quiere que criemos algunas fieras para la caza y porque le gusta
regalárselas a sus numerosos príncipes amigos.
—¿Es verdad que las jóvenes onzas semejan gatitos?
—En efecto. Con la única diferencia de que son mucho más encantadoras y
divertidas.
—Me gustaría mucho tener una.
—Si eres buena, te traeré una que podrás conservar mientras sea joven.
—¡Oh! ¿Piensas que Seiduna lo permitiría?
Adí esbozó una sonrisa.
—Tú tienes amigos poderosos…
Halima enrojeció. Sabía que aludía a Myriam.
—¿Por qué te odia Apama? —preguntó.
—Ella odia a todo el mundo. Sólo le teme a Seiduna. A mí me odia tanto más
cuanto que una vez le… ¡Pero de qué sirve hablar de eso…!
—¡Habla, Adí!

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—Es una tontería… Sólo te suplico no decírselo a nadie… ¿Sabías que cuando
Apama llegó a estos jardines no dejaba de hablar de la antigua y larga amistad que la
unía a Seiduna, pues parece que antes, en Kabul, él la había amado? Quiso hacernos
creer que Nuestro Amo, cuando se convirtió en poderoso, la había llamado al castillo
para hacer de ella su favorita. Se conducía con arrogancia, se vestía de seda, se
maquillaba y se disfrazaba de las maneras más llamativas, sonreía con expresión
contenida e injuriaba a todo el mundo, incluso a mí que conozco a Seiduna desde
Egipto y a quien he protegido contra sus enemigos con mi propio cuerpo. Un día,
totalmente por casualidad, la sorprendí haciendo un acto de lo más humano, aunque
se la veía ridícula y, más que eso, repugnante. Yo estallé en carcajadas y desde ese
momento, ya ves, ella echa todas las maldiciones sobre mi cabeza. Cree que revelé su
vergüenza a otras personas, por lo que no le disgustaría vernos reventar uno tras otro.
Y si no fuera por Seiduna, hace tiempo que nos habría envenenado a todos.
—¿Es en realidad tan mala?
—Es mala porque sufre y porque es esclava de su orgullo. No quiere ser vieja, y
sabe que lo es.
Siguieron penetrando en el bosque, y llegaron a la jaula de los monos; Halima
gritaba de alegría viendo las bestezuelas perseguirse aferrándose a las rejas,
balancearse de rama en rama, hacer mil saltos acrobáticos, pellizcarse, pelearse.
—También teníamos un oso —contó Adí—, pero Seiduna nos dio la orden de
matarlo porque comía demasiado. En la isla también podrás ver un rebaño de ganado,
un camellito, cuatro caballos y algunos asnos. Incluso hay perros y gatos… Tienen
que haberte dicho que nadie puede, aparte nosotros, venir a estos parajes… Fue
Apama la que convenció a Seiduna de que fuera así.
—¿Seiduna viene alguna vez a los jardines?
—No puedo decírtelo, querida niña.
—Me gustaría saber cómo es.
—Es difícil de decir. Posee una gran barba y es un amo muy poderoso…
—¿Es hermoso?
Adí rompió a reír.
—Nunca he pensado en eso, pajarito. Ciertamente no es feo. Más bien es
aterrador.
—¿Es alto?
—Tampoco diría eso. Es al menos una cabeza que yo no tengo.
—Entonces debe de ser muy fuerte.
—No lo creo. Podría fulminarlo con una sola mano.
—¿Pero qué tiene entonces para que le inspire tanto miedo a la gente? ¿No será
que manda sobre un gran ejército?
—No especialmente. Sin embargo, incluso en Egipto donde era un extranjero y
no tenía apoyo, inspiraba tal temor a su alrededor que finalmente el califa ordenó que
lo encarcelaran: su prisión duró una noche y al día siguiente lo pusieron en un barco

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rogándole que abandonara el país. En aquel momento, sus enemigos hubieran podido
matarlo pero no se atrevieron.
—Extraño, muy extraño —se admiró Halima—. ¿Entonces el sultán y él son
amigos?
—¡Oh, no! El sultán es su peor enemigo.
—Y si nos atacara, ¿qué nos ocurriría?
—No temas. Se retirarían con la cabeza rota si por casualidad todavía la tienen
sobre los hombros.
—Ahora dime: ¿sabes si Seiduna tiene muchas mujeres?
—Eres demasiado curiosa. Sé que tiene un hijo y tal vez dos o tres adefesios
como tú.
Halima bajó la cabeza.
—¿Qué pensaría de mí? —dijo como para sí.
Adí no pudo dejar de reír ante esta observación.
—Tiene muchas otras cosas en que pensar, al menos por ahora.
—Seguramente viste de púrpura y de seda…
—Según las circunstancias. Yo lo he visto con un manto de sayal…
—Si se viste así, es seguramente para que no lo reconozcan… ¿Acaso no es rey
en este mundo?
—Mucho más que rey. ¡Es un profeta!
—¿Cómo Mahoma? Me han dicho que Mahoma era muy hermoso y tenía muchas
mujeres. Incluso algunas de ellas eran, al parecer, muy jóvenes.
Adí estalló en carcajadas.
—¡Alí, mira tú!… pajarito curioso. ¡Las cosas que pueden pasarte por la cabeza!
—¿Acaso las mujeres también le temen?
—Son las primeras en temerle. Por ejemplo, Apama es un corderito delante de él.
—¿Y qué hace para ser así?
—Nada. Justamente por eso todo el mundo le teme.
—Entonces debe ser violento, despótico…
—Tampoco es eso, incluso muchas veces bromea de buena gana. Sin embargo,
cuando te mira, parece que te aplaste.
—¿Acaso tiene ojos tan terribles?
—No, yo no lo diría. Pero no me hagas tantas preguntas. ¿Qué tiene para que le
tema todo el mundo? Yo no lo sé. Pero si un día lo ves tendrás la impresión de que
conoce todos tus pensamientos, incluso aquellos que crees tener más ocultos. Te
parecerá que ve hasta el fondo de tu alma, que es inútil fingir, inútil tratar de que sólo
vea lo mejor de ti, ya que sentirás claramente que lo ve todo y lo sabe todo.
Halima sintió que se le oprimía la garganta; le subieron los colores al rostro.
—Ahora sé que sentiré miedo de él cuando lo conozca. Tienes razón, ese tipo de
gente es la más aterradora.
—Bueno, basta de explicaciones. Ahora cojamos el cesto y volvamos a casa.

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Respecto de ti, gacelita, mantén cerrada tu adorable boca y sé muda como un
muerto acerca de todo lo que hemos dicho…
—Prometido, Adí —y corrió detrás de él hasta la barca.
Por la noche, las chicas se reunieron en la gran sala alrededor del estanque. La
habitación estaba suntuosamente decorada; habían puesto el doble de lámparas en las
arañas. En los ángulos temblaban las llamitas multicolores de candiles llenos de
aceite, colocados sobre unas estanterías. Todo estaba adornado con flores y
guirnaldas de plantas.
Tres ayudantes de Apama servían de comer y de beber a las jóvenes. Traían en
bandejas de bronce pajaritos y aves asadas, pescados fritos aliñados con limón, frutas
y pasteles azucarados. El vino, que llenaba grandes jarras de arcilla, corría en las
copas que aquellas damitas vaciaban con entusiasmo. Los discretos murmullos de la
conversación no tardaron en convertirse en un parloteo generalizado, interrumpido
por carcajadas. Apama, que al comienzo observaba la escena intentando ocultar su
acritud, terminó por retirarse, visiblemente encolerizada, no sin antes dejar caer al
pasar junto a Myriam:
—No olvides que eres la responsable de que todo esté en orden.
—No te preocupes, Apama —le contestó Myriam con su mejor sonrisa.
Siguieron escuchando a la matrona refunfuñando sola por el corredor.
—¡Una vergüenza! ¡Es una vergüenza!
Asad y Adí no tardaron en reunírseles, seguidos de Muhammad y Mustafá. Puede
adivinarse que no se hicieron de rogar para hacer los honores de la mesa y del vino.
En resumen, la alegría fue general.
—Es hora de que comience el espectáculo —dijo Fátima, con lo que todos
estuvieron de acuerdo.
Se pusieron a declamar poemas: unas habían elegido extractos del Corán, otras
pasajes de Ansari[16], y otras poetas antiguos.
Fátima recitó sus propias composiciones. Enseguida inició con Zainab un duelo
rimado. Los eunucos, que aún no conocían su destreza en aquel juego, lloraban de
risa. Adí las felicitó calurosamente. Tenía el rostro iluminado por el orgullo y la
dicha.
A la poesía siguió la danza. Fátima y algunas otras cogieron los instrumentos
musicales, mientras Myriam, Halima y Sulaika se lanzaban a una especie de ballet.
Cuando terminaron el número común, Sulaika continuó sola… Primero vieron que
todo su cuerpo ondulaba, lentamente, al ritmo de los címbalos, luego cada vez más de
prisa. Por fin saltó hacia el borde de la piscina y comenzó a girar sobre sí misma a
una velocidad vertiginosa, hasta el punto de que todos los espectadores, estremecidos
de espanto, contenían el aliento, para finalmente dejarse caer sobre los cojines como
una ráfaga de aire.
Todos lanzaron gritos de admiración. Halima corrió hacia ella y la besó
frenéticamente. Los eunucos llenaron de nuevo las copas, que las muchachas

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vaciaron a la salud de Sulaika. El vino ya comenzaba a subírseles a la cabeza. Todas
se pusieron a cantar, a sollozar, a abrazarse, entregándose a mil arrumacos y a tiernas
disputas interrumpidas por carcajadas. Pero la reina de todas aquellas travesuras era,
una vez más, Halima. Desde las primeras copas, le había comenzado a dar vueltas la
cabeza. Le pareció que se volvía liviana como una mariposa: tenía la impresión de
que unas alas la levantaban del suelo. Momentos después de que Sulaika terminara de
bailar, sin poder resistir el placer de exhibirse, exigió que las músicas le tocaran una
melodía bailable. Primero esbozó algunos pasos, luego se puso a girar, intentando lo
mejor posible copiar los movimientos que había visto hacer a Sulaika. Todas reían al
verla entregada a aquella dulce locura, que no hacía más que aumentar su euforia.
Finalmente también dio un salto hacia el borde del estanque. Sus compañeras
lanzaron un grito, Myriam corrió a sostenerla, pero todo fue demasiado tarde. Perdió
el equilibrio y cayó al agua cuan larga era.
Todos se precipitaron en su ayuda. Adí alargó su poderoso brazo y la sacó del
estanque. Halima miró a Myriam con expresión lastimera, riendo en medio de las
lágrimas. Ésta la cogió afectuosamente y la llevó a su habitación. Allí, la envolvió en
una toalla y la ayudó a cambiarse. Cuando volvieron, Halima se esforzó por
permanecer un momento dócil y silenciosa, pero unas copas de vino no tardaron en
devolverle el aplomo. Fue al comedor y dio un golpe de gong para pedir silencio.
—Amigas y hermosas hermanas —comenzó imitando el acento de Adí—, tenéis
ante vosotras a la inocente y encantadora Halima, a quien el vino se le ha subido a la
cabeza…
Las jóvenes y los eunucos lanzaron una carcajada.
—No sigas, Halima —dijo Myriam—. Esto no arregla nada.
—Sólo quería excusarme —dijo Halima visiblemente irritada.
Myriam se levantó, se acercó a ella y la acompañó al diván. Halima, enternecida,
se deshizo en lágrimas, apretando la mano de Myriam, besándole cada dedo.
Durante toda la velada, Sara no había conseguido hacerse notar. Estaba
acostumbrada a que Halima, a aquella hora, le perteneciera por entero. Seguía sus
menores gestos con mirada celosa. En ningún momento, Halima pareció preocuparse
de ella. Sara, fascinada, la miraba tendida junto a Myriam, besándole los dedos.
Halima sorprendió su mirada en la que se leía la desesperación de los celos. Le
dirigió una sonrisa de coquetería y, con ánimo de provocarla, comenzó a acariciar los
cabellos, el rostro, el cuello de Myriam, apretándose contra ella, besándole
apasionadamente la boca.
Sara sufría un suplicio infernal. Vaciaba copa tras copa. Finalmente, no
aguantando más, estalló en sollozos y huyó hacia la puerta. Halima se libró de los
brazos de Myriam y corrió tras ella, repentinamente presa de remordimiento,
dispuesta a consolarla.
Con una sola mirada Myriam lo había comprendido todo. Palideció y se levantó.
—¡Sara! ¡Halima! ¡Venid aquí! —exclamó con voz dura.

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Temerosas, con los ojos bajos, las dos muchachas se acercaron.
—¿Qué significa esto?
El tono era severo. Halima se derrumbó a sus pies, se los besó y se puso a aullar.
—Así que es esto —dijo Myriam con voz sorda.
—No, no, yo no tengo la culpa —gritó Halima—. Sara me sedujo.
Myriam apartó a Halima. Se acercó a Sara y la abofeteó; ésta se desplomó sin
decir palabra.
Myriam les dio la espalda. Cuando vio los rostros divididos entre el espanto y el
alborozo, una sonrisa apareció en sus labios.
—¡Sara! —exclamó—. Coge tus cosas y múdate enseguida. Te instalarás en la
celda sin ventana que hay al fondo del corredor. Allí dormirás hasta que te
enmiendes. Levántate y vete, no quiero volver a verte esta noche.
Halima ya estaba arrepentida de su acusación, consciente de que había
traicionado a Sara. Ésta se levantó, le lanzó una mirada triste y abandonó la sala sin
decir palabra.
Halima, aún de rodillas, se arrastró hasta Myriam y levantó hacia ella las manos
suplicantes; sus ojos lanzaban miradas afligidas.
—En cuanto a ti, pequeña pecadora —la regañó Myriam—, vivirás de ahora en
adelante conmigo, así te tendré vigilada. Veremos si aún estamos a tiempo de
enderezarte. Safíya y Djada, vosotras tomaréis sus lugares en la habitación de Zainab.
A Halima le pareció que el cielo se abría ante ella. No se atrevía a creer lo que
oía. Se animó y alzó la vista para mirar a sus compañeras. Vio sonrisas en sus
miradas. También ella, ahora, sonreía entre las lágrimas.
Los eunucos se habían esfumado sin que nadie hubiera advertido su partida.
—Es hora de ir a dormir —dijo Myriam.
Se retiraron una a una con gestos que expresaban claramente el cansancio. Halima
esperó, dudando, junto a la puerta.
—¡No te quedes plantada ahí! —se impacientó Myriam—. Ve a buscar tus cosas
y sígueme.
Sólo ahora Halima comenzó a creerle. Sí, ella era una pecadora, una réproba…
Sobre todo había perdido la estima de Myriam. Pero a cambio de todo aquello, le caía
del cielo el mejor regalo. Iba a dormir en la habitación de Myriam, respirar su mismo
aire, gozar permanentemente de su presencia. Finalmente iba a acceder a lo que para
ella era el misterio de los misterios.
Apenas hizo caso de las sonrisas que le lanzaban sus compañeras. Éstas la
encontraban graciosa y bonita, se lo susurraban entre sí y le enviaban de lejos
pequeños besos. Ella les lanzó por lo bajo una mirada dura y fue en busca de sus
cosas a la habitación. Zainab, Djada y Safíya la ayudaron. Halima sentía una
vergüenza indescriptible, mantenía los ojos clavados en el suelo y ponía cara triste.
Ayudada por ellas, preparó una cama en la habitación de Myriam, se desvistió
rápidamente, se hundió bajo las mantas y fingió que se quedaba dormida. Pero sus

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oídos captaban todos los ruidos de la habitación. Finalmente llegó Myriam. Halima
oyó cómo se quitaba el vestido, cómo desataba sus sandalias. Luego advirtió —y su
corazón dejó un instante de latir— pasos ligeros que se acercaban a su cama. Sintió la
mirada de Myriam pero no se atrevió a abrir los ojos. Entonces —¡oh, suprema
dulzura!—, un leve beso le rozó la frente. Contuvo un temblor y se durmió casi de
inmediato.
Los días que siguieron, a Halima le parecieron maravillosos. Ya no la
atormentaba la conciencia como antes: desde que se había reconocido culpable y
sufrido el consiguiente castigo, era como si su corazón se hubiera liberado de un
peso; nuevamente se le permitía ser feliz. Todavía se sentía algo incómoda frente a
sus compañeras, que no se privaban de dirigirle sonrisas llenas de segundas
intenciones, fingiendo en broma, ante cualquier frase, querer seducirla. Ella cerraba
su pequeña mano, las amenazaba con el puño y las fulminaba con la mirada. Pese a
esto, llevaba la frente más alta que nunca, pues no le desagradaba haber vuelto a ser
el punto de mira, aunque no fuera más que en calidad de pecadora.
Sara la evitaba y ella se sentía, por su lado, incómoda de encontrarla. A menudo
la veía con los ojos enrojecidos por el llanto. Durante las comidas, veía sus miradas
llenas de sufrimiento y reproches. Finalmente un día tuvo el valor de abordarla:
—Sara, no quería traicionarte, quiero que lo sepas. Se me escapó ese gesto
atroz…
Las lágrimas inundaron el rostro de Sara; sus labios temblaron, seguramente
hubiera querido decir algo, pero no podía. Se cubrió el rostro con las manos y huyó…
Lo peor era que, para Halima —y así tenía que reconocerlo—, esto tenía poca
importancia al lado de la enorme dicha que estaba viviendo: ¡dormía en la habitación
de Myriam! Se había puesto abnegadamente a su servicio. También lamentaba un
poco que Djada y Safíya hubieran tenido que mudarse por su culpa. Se trataba de dos
hermanas gemelas, que se parecían como dos gotas de agua y tenían el carácter más
dócil y dulce que imaginarse pudiera. Semejante parecido físico y psicológico hacía
que cuando Halima las encontraba, ésta no pudiera ponerles un nombre a sus
rostros… cosa a la cual Djada y Safíya jugaban a veces —era la única broma que se
permitían—, divirtiéndose con el hecho de hacerse pasar la una por la otra. Esto las
hacía reír hasta las lágrimas. Cuando tuvieron que abandonar la habitación de
Myriam, habían mostrado claramente su tristeza; pero luego bastaron unos días para
que se relacionaran con Zainab y las tres se convirtieran en las mejores amigas del
mundo.
En la época en que Halima dormía con Zainab y Sara, temía la oscuridad. Ahora
la esperaba con impaciencia. A partir de la segunda noche, Myriam le dijo:
—No me hagas ninguna pregunta y no me cuentes nada. Mi papel es velar por
todas vosotras. Es lo único que debes saber.
Estas misteriosas palabras inspiraron en Halima todo tipo de conjeturas. Aunque
por el momento se contentaba con observar en silencio. Myriam se acostaba siempre

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la última. Halima le preparaba con esmero todo lo que pudiera necesitar, se desvestía,
se metía en la cama y fingía dormirse. Pero detrás de los párpados cerrados «veía» a
Myriam entrar en la habitación, desvestirse distraídamente, apagar la vela… Luego
oía que se acercaba y sentía que un beso rozaba su frente.
Una noche, en medio del sueño, se despertó sobresaltada, angustiada de repente
por un sentimiento insólito. Sobrecogida de miedo, quiso llamar a Myriam, pero
cuando miró hacia su cama vio que estaba vacía. Un oculto temor se apoderó de ella.
«¿Adónde ha ido? Seguramente se encuentra a la cabecera de alguna de las chicas»,
se dijo primero. «¡Aunque no, está con Seiduna!…». Algo en ella le decía que no se
equivocaba.
¡Con Seiduna! Abismos llenos de misterios se abrieron en su alma. De pronto se
sintió débil e indefensa. Acurrucada en sí misma, conteniendo el aliento, aguzó el
oído. Pero Myriam no volvía. El sueño la había abandonado por completo. Pensaba;
se sentía confundida entre el miedo que la hacía temblar y una terrible curiosidad,
consciente de estar tocando por fin el corazón del misterio. Las estrellas se apagaron
y los pájaros comenzaron a cantar. Entonces la cortina que cerraba la entrada se
apartó levemente. Semejante a un espectro nocturno, Myriam entró, vestida con un
manto guarnecido de martas cebellinas. Lanzó una mirada desconfiada en dirección
de Halima, desabrochó con gesto fatigado su manto, que se deslizó por sus hombros,
y se detuvo delante de su cama. Sólo llevaba un delgado camisón. Se desató las
sandalias y se metió sin ruido entre las sábanas.
Halima no pudo conciliar el sueño hasta el momento que sonó el golpe de gong
del despertador. Entonces se durmió profundamente, gozó de un breve instante de
beneficioso descanso. Cuando se despertó, Myriam estaba como de costumbre
sentada al borde de la cama y le sonreía.
—Se te han pegado las sábanas esta mañana —se burló amablemente—.
Seguramente has tenido un mal sueño.
Y de hecho, en aquel momento Halima no sabía a ciencia cierta si había soñado
todo aquello. Se levantó, pálida y cansada y durante todo el día no se atrevió a mirar a
nadie a los ojos.
A partir de aquella noche, Myriam le demostró más confianza. En sus ratos libres,
le enseñaba a leer y a escribir. Era un placer para ambas. Halima se empeñaba con
todas sus fuerzas para merecer la estima de su maestra y hacía rápidos progresos.
Myriam no escatimaba cumplidos. Para animarla, no dudaba en contarle recuerdos de
su juventud, la vida que había llevado cuando era niña en casa de su padre, en Alepo,
los combates entre cristianos y judíos, el vasto mar y los barcos que llegaban de
países lejanos. De esta forma intimaron más que nunca, hasta ser como dos hermanas
de edades diferentes.
Una noche, cuando Myriam acababa de entrar en la habitación y comenzaba a
desvestirse, Halima la oyó pronunciar estas palabras:
—Vamos, no finjas que duermes. Mejor, ven junto a mí.

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—¿Cómo? ¿Yo? ¿En tu cama? —preguntó Halima confusa.
—¿Quizás no quieres? Acércate. Te contaré algo.
Con un inexplicable temor en el corazón —¡Myriam iba a tocarla!— se dirigió a
la cama vecina; pero temiendo manifestar su emoción, se tendió al borde de la cama.
Myriam la atrajo hacia ella. Sólo entonces Halima se atrevió a estrecharse contra su
amiga.
—Voy a contarte las desdichas de mi vida —comenzó Myriam—. Ya sabes que
mi padre era mercader en Alepo. Era rico y sus barcos navegaban al lejano Occidente
cargados de preciosas telas. Cuando niña yo tenía todo lo que quería. Me vestían
suntuosamente con sedas, me ataviaban con oro y piedras preciosas y tres criadas
obedecían mis órdenes. Me había acostumbrado a mandar y me parecía totalmente
natural que todos se sometieran a mi voluntad.
—¡Qué feliz debes de haber sido! —suspiró Halima.
—Sin embargo, créeme que no lo era más que cualquiera —siguió Myriam—; al
menos es lo que pienso ahora. Cada deseo mío era satisfecho al instante. ¿Pero qué
deseos? Sólo los que podía satisfacer el dinero. Los sueños ocultos, secretos, tan
caros al corazón de las niñas, tenían que permanecer escondidos en el fondo de mí
misma. En efecto, muy joven me vi obligada a meditar sobre los límites de las fuerzas
humanas. Aún no tenía catorce años cuando las desdichas se abatieron una tras otra
sobre mi padre. Aquello comenzó con la muerte de mi madre; vi entonces como aquel
hombre se hundía en una profunda tristeza. Parecía haber perdido el gusto por todo.
Su primera mujer le había dado tres hijos que se habían dedicado al comercio por su
cuenta. Uno de ellos perdió toda su fortuna y los otros dos lo avalaron. Enviaron
barcos a las costas de África y esperaron sus beneficios. Pero pronto supieron que
aquellos barcos habían desaparecido en una tormenta. Así, los tres volvieron a casa
de su padre, que les ofreció asociarlos a su negocio. Esta vez enviaron los barcos al
país de los francos. Pero los piratas se apoderaron de ellos y en una noche nos vimos
reducidos a la mendicidad.
—Para eso hubiera sido preferible que hubierais nacido pobres —pensó Halima
en voz alta.
Esto hizo sonreír a Myriam, que estrechó a la ingenua niña en un tierno abrazo.
—Todas aquellas desgracias —prosiguió—, nos habían caído encima en el corto
lapso de dos años. En aquel momento, el judío Musa, que pasaba por ser el hombre
más rico de Alepo, vino a ver a mi padre y le dijo: «Escucha, Simeón», así se llamaba
mi padre, «necesitas dinero, yo necesito una esposa…». Mi padre se burló
amablemente: «¡Ve a otro con ese cuento! Ya no estás en la primera juventud: tienes
un hijo que podría ser padre de mi hija. ¡Más vale que pienses en la muerte que se
acerca!…». Pero Musa no estaba dispuesto a capitular. En efecto, se decía por toda la
ciudad que yo era la muchacha más hermosa de Alepo. «Te prestaré todo el dinero
que quieras», insistió: «sólo tienes que darme a tu hija, nada más. Sabes que no estará
mal en mi casa». Alí principio, mi padre no tomó en serio aquella petición de mano.

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Pero cuando mis hermanastros lo supieron lo instaron tenazmente a que concluyera el
acuerdo con Musa. Mi padre estaba en una situación financiera desesperada. También
era un buen cristiano y se rebelaba ante la idea de darle su hija a un judío. Pero débil
y abatido ante tanta desgracia, terminó por hacerse a la idea de aquella boda. Nadie
me pidió la opinión. Un buen día firmaron el contrato y me vi obligada a entrar en
aquella familia desconocida.
—¡Pobre! ¡Pobre Myriam! —murmuró entonces Halima llorando.
—Sabes, mi marido me amaba a su manera —siguió su amiga—, pero hubiera
preferido mil veces que me hubiera odiado o que le hubiese sido indiferente. Me
atormentaba con sus celos, me encerraba bajo llave en mis apartamentos, y como veía
que permanecía fría a sus avances, que lo único que me producían era asco, rechinaba
los dientes y amenazaba con apuñalarme. A veces creía que estaba loco, le tenía un
miedo tremendo.
Myriam guardó silencio como si tuviera que reunir fuerzas para pronunciar lo que
quedaba por decir. Halima, temblorosa, presentía que por fin ella iba a revelarle el
secreto. Colocó su mejilla ardiente en el seno de Myriam y contuvo el aliento.
—Debes saber que mi marido —prosiguió al cabo de un momento— tenía una
costumbre que ofendía gravemente mi pudor. El hecho de haberme finalmente
poseído del todo, le hizo perder completamente la cabeza. No dejaba de hablar de mí
a sus amigos de negocios, pintándoles mis atributos de todos los colores, celebrando
mi pudor, la perfección de mis formas, jactándose de haberse convertido en el amo de
la mayor belleza de toda la comarca. Al parecer necesitaba despertar en ellos la
envidia. A menudo me contaba, por la noche, que sus amigos palidecían de deseo
cuando les describía mis encantos y no me ocultaba el placer que le producía. Puedes
imaginarte fácilmente el odio y el asco que yo sentía. Cuando tenía que estar con él
me parecía que iba al suplicio. Sin embargo, él reía y se burlaba de sus amigos
jóvenes a los que llamaba alfeñiques: «Así es, querida, el dinero lo compra todo. Un
indigente, por hermoso que sea, no tiene ni siquiera derecho a la mirada de una vieja
pájara». Estas palabras me irritaban y despertaban en mí una profunda ira. ¡Oh, sí al
menos hubiera podido conocer entonces a alguno de aquellos alfeñiques! Le habría
probado a Musa que se hacía vanas ilusiones. Pero ocurrió lo que menos esperaba…
Un día, una de mis criadas me deslizó en la mano un recado. Lo abrí y mi corazón se
estremeció desde las primeras palabras. Aún hoy lo recuerdo de memoria hasta la
última palabra. Escucha…
Halima, con toda la atención puesta en ello, temblaba de impaciencia.
—Esto era lo que decía: «Del jeque Muhammad a Myriam, flor de Alepo, luna de
rayos de plata que ilumina la noche e inflama los días… Debes saber que te amo, sí,
te amo sin medida desde que escuché a Musa, tu maldito carcelero, poner por las
nubes tu belleza y tus virtudes. Igual que el vino cuando se sube a la cabeza del infiel
y lo embriaga, así la conciencia de tu perfección ha embriagado mi corazón… ¡Oh,
luna de rayos de plata! Si supieras cuántas noches he pasado en medio del desierto

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imaginando tus encantos, y cuán viva es a mis ojos tu imagen, más hermosa que la
aurora que tiñe el cielo. Pensé que el alejamiento me haría olvidar mi pasión por ti
pero no ha hecho más que crecer. Ahora he venido a traerte mi corazón. Créeme, flor
de Alepo, que el jeque Muhammad es un hombre y que no teme la muerte. Y que ha
venido hasta ti para respirar el aire que respiras. ¡Te saludo!».
»Al principio pensé que la carta era una trampa. Llamé a la criada que me la había
traído y la insté duramente a que me dijera toda la verdad. Se puso a llorar y me
mostró las monedas de plata que un beduino le había dado para que me diera el
recado. “¿Y cómo era ese beduino?”, aventuré yo: “Hermoso y aún joven”, me
respondió. Me sentí trastornada. En un instante caí cautiva por aquel Muhammad. En
efecto, me dije, ¿cómo se hubiera atrevido a escribir una carta así si no hubiera sido
joven y hermoso? Comencé a temer que se sintiera decepcionado cuando me viera.
Leí y releí aquella carta más de cien veces. Durante el día la llevaba en el seno y por
la noche la guardaba cuidadosamente en un cofrecillo. Luego llegó otra, más hermosa
aún y más apasionada, si puede, que la primera. Me consumía entera de amor secreto.
Finalmente Muhammad me dio una cita en la terraza, justo bajo mi ventana, pues él
se había informado sobre el lugar donde yo vivía. ¡Oh, querida Halima, cómo podría
describirte mis sentimientos de entonces! Diez veces en el día cambiaba de parecer.
¿Iría?… ¿No iría? Tras muchas vacilaciones tomé la decisión de no acudir. Me
mantuve firme hasta la hora fijada para la cita, pero en aquel instante, como
impulsada por una orden brotada de lo más íntimo de mi misma, salí a la terraza. Era
una noche espléndida. Una noche oscura. Aún no había salido la luna pero el cielo
estaba sembrado de estrellas que titilaban suavemente. Ardorosa un instante, gélida al
siguiente, esperé unos minutos en las sombras de la terraza. Me estaba diciendo: “¿Y
si todo esto no fuera más que un engaño, el cuento de un bromista que trata de
ridiculizar a Musa?”, cuando de repente oí una voz que susurraba: “No temas, soy yo,
el jeque Muhammad”, Ágil como una pluma, un hombre de túnica gris acababa de
franquear la tapia y antes de que me hubiera repuesto de la sorpresa me tenía entre
sus brazos. Tuve la impresión de que los mundos giraban y que bebía el infinito. No
me preguntó si quería seguirlo. Me tomó por la cintura y, alzándome suavemente, me
hizo bajar por la escalera de cuerdas por la que había subido desde el jardín. Del otro
lado del muro del parque esperaban unos jinetes. Me cogieron para permitirme pasar
libremente por encima del muro. Después él me instaló en su silla y salimos de la
ciudad al galope, protegidos por la noche oscura.
—¿Y tú viviste todo eso, tú? —suspiró Halima—. ¡Dichosa, dichosa Myriam!
—¿Cómo puedes decir semejante cosa, pequeña Halima? Debes saber que mi
corazón se rompe cuando recuerdo lo que sucedió después. Cabalgamos toda la
noche. La luna apareció por fin detrás de las montañas, inundándonos con su luz.
Todo aquello me parecía pavoroso y bello, exactamente como en un cuento. Durante
largo rato no me atreví a mirar el rostro del jinete que me tenía en sus brazos.
Finalmente osé levantar la vista hacia él. Los suyos estaban clavados en el camino,

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frente a él. Su mirada era la de un águila. Pero cuando la posaba en mí, sus ojos se
volvían dulces y cálidos como los de una gacela. Lo amaba… lo amaba hasta el punto
de que habría aceptado morir por él en ese mismo instante. Pues el jeque Muhammad
era el más bello de los hombres. Tenía un bigote negro, una barba corta y poblada,
labios rojos… ¡Oh, Halima, me convertí en su mujer durante el viaje…! ¡Tres días
después nos pisaban los talones: mis hermanastros, el hijo de mi marido y toda una
banda de burgueses armados! Más tarde supe que una vez descubierta mí huida, todo
el servicio había sido interrogado. Encontraron las cartas de Muhammad, y Musa, de
dolor y vergüenza, había tenido un ataque. Los hombres de las dos familias se
armaron de inmediato, montaron sus mejores caballos y se lanzaron en nuestra
búsqueda… Ya estábamos lejos en medio del desierto cuando vimos un grupo de
jinetes. Muhammad sólo tenía siete hombres. Le gritaron que me dejara pero él
prefirió lanzar su caballo al galope, contentándose con agitar el brazo en señal de
desprecio. Poco después conseguimos caballos de refresco. Pero nuestros
perseguidores acortaban camino. Al verlos, mi amante me depositó en el suelo y,
sable en mano, cargó a la cabeza de sus siete hombres. La refriega fue de una
violencia atroz pero la superioridad numérica terminó por dominar. Uno de mis
hermanastros cayó y luego vi a Muhammad caer a su vez. Yo aullé de dolor y huí.
Pronto me alcanzaron, me ataron y me pusieron atravesada en una silla. Luego ataron
a Muhammad a la cola de mi caballo.
—¡Qué horrible! ¡Qué horrible! —gemía Halima cubriéndose la cara con las
manos.
—No puedo expresarte lo que sentí entonces. Mi corazón se había vuelto de
piedra y no estaba abierto más que a una pasión: la venganza. Sólo después pude
apreciar la humillación y la vergüenza que me estaban reservadas. Cuando volvimos
a Alepo, encontré a mi marido moribundo. Sin embargo, cuando me divisó, sus ojos
se animaron. Su hijo me condujo junto a la cama donde agonizaba y personalmente
me azotó con un látigo. Yo apreté los dientes y no lancé un grito. Musa terminó por
morir y sentí un inmenso alivio. Me pareció que ya se había cumplido una parte de mi
venganza… Ahora voy a contarte brevemente lo que hicieron conmigo. Cuando
estimaron que me habían torturado lo suficiente, me llevaron a Basra, y me vendieron
como esclava. Fue así como me encontré en poder de Nuestro Amo, quien juró
vengarme de los judíos y de los cristianos.
Halima guardó un largo silencio. Myriam acaba de crecer ante sus ojos hasta
adquirir los rasgos de una semidiosa. Finalmente le pareció que ella también había
ganado mucho con su amistad.
—¿Es verdad que los judíos y los cristianos se comen a los niños? —aventuró por
fin.
Myriam, aún absorta en sus terribles recuerdos, volvió bruscamente a la realidad.
—No sería improbable —dijo con una sonrisa—. Al menos carecen
suficientemente de corazón como para hacerlo…

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—¡Qué dicha que tengamos la verdadera fe…! —exclamó Halima—. Pero, dime,
Myriam, ¿sigues siendo cristiana?
—No, ya no lo soy.
—¿O judía?
—No, tampoco soy judía.
—¿Entonces tienes la verdadera fe, como yo?
—Como a ti te parezca, querida niña.
—¿Seiduna te quiere mucho?
—Ya te dije que no debías hacer esas preguntas —la reprendió Myriam fingiendo
entristecerse—. Pero ahora, puesto que te he confiado tantas cosas, voy a confiarte
una más… Tal vez me ame, aunque lo que es cierto es que le soy necesaria.
—¿Cómo necesaria? No entiendo.
—Está solo y no tiene a nadie con quien hablar.
—¿Y tú, lo amas?
—¡Ah, eso no podrías entenderlo! Él no es el jeque Muhammad, es verdad, pero
todavía menos Musa… Él es un gran profeta y lo admiro mucho…
—Seguramente es muy hermoso…
—¡Gatita estúpida! ¿Me haces esas preguntas para ponerme celosa…?
—¡Oh, pese a todo, sé que eres muy feliz, Myriam! —exclamó Halima desde el
fondo de su corazón.
—¡Silencio, cotorra! Es tarde y hay que dormir. Vete a tu cama.
La besó y Halima volvió sin hacer ruido a su cama. Pero le costó mucho, mucho,
dormirse. Revivía con el pensamiento todo lo que le había contado Myriam. Se
imaginaba con especial intensidad el rapto, la cabalgata en brazos de Muhammad,
cuyo aliento sentía en la piel, la caricia del bigote en su rostro. Un sentimiento de una
extraña ternura la hizo estremecerse y se alegró de que fuera de noche y de que nadie
pudiera verla. Pero cuando recordó con la imaginación a Muhammad muerto, atado a
la cola del caballo, arrastrando su cuerpo por el polvo, hundió en la almohada la cara
bañada en lágrimas. Con ese llanto se durmió.
Tiempo después, asistió a un espectáculo que la llenó de un extraño malestar.
Deambulaba por los jardines como tenía por costumbre, demorándose en los
bosquecillos, cuando percibió un ruido insólito; aquello provenía de detrás de un
matorral. Se acercó sin ruido. Sara y Mustafá estaban tendidos en la hierba muy
ocupados en los placeres cuyos secretos quería enseñarles Apama. Tembló. Quiso
huir; pero una fuerza invisible la dejó clavada en el suelo. Con la respiración cortada,
no podía apartar la mirada de la pareja: permaneció allí, mirándolos, hasta que
terminaron y se aprestaron a partir.
Se preguntó si debía decir a Myriam lo que había visto; ante todo no quería tener
que ocultarle un nuevo secreto. ¿Acaso no había traicionado ya una vez a Sara? No,
ahora no debía volver a acusarla. Preferiría fingir que no había visto nada. La verdad
es que había descubierto aquello por casualidad… Por tanto, guardó silencio y no

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tardó en sentirse liberada de un peso. Ahora podía mirar a Sara tranquilamente a la
cara. Le parecía que callándose pagaba una vieja deuda con ella.

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Capítulo 4

Durante aquel tiempo, Ibn Tahír vivía en la fortaleza la gran transformación de su


vida. Unos días después de su llegada, aún le nublaba la vista una especie de vértigo,
como si hubiera recibido un garrotazo en la cabeza. Pero rápidamente se adaptó a
aquel orden nuevo. Pasados los primeros quince días, no sólo se encontraba entre los
mejores alumnos sino que se había convertido en un ferviente y apasionado adepto de
la doctrina ismaelita. Su rostro había cambiado mucho: había perdido sus mejillas
redondas y suaves; su expresión era ahora severa y resuelta. Sí, no estaba lejos de
parecer diez años mayor que a su llegada. Comenzaba a conocer mejor a sus
camaradas, a sus superiores, y la disciplina de la escuela ya no tenía secretos para él.
El capitán Minutcheher no sólo los entrenaba en la rutina militar. También les
enseñaba geografía. A veces los llevaba hacia el sur en largas cabalgatas, al término
de las cuales los invitaba a volverse para que pudieran contemplar en el horizonte la
cumbre del Demavend, dominando todas las montañas de los alrededores. Convertía
aquel espectáculo en el punto de partida de sus explicaciones. En la época en que
servía en el ejército del sultán, había recorrido muchas veces el imperio. Entonces
había dibujado en un gran pergamino la situación de las principales montañas del
país, y la de todas las ciudades, de los mercados más importantes y de los caminos
que tomaban los ejércitos y las caravanas… Desplegaba aquel mapa en el suelo
delante de los alumnos, tomando al Demavend como punto de orientación y les
explicaba la posición de las diferentes plazas fuertes y de las encrucijadas estratégicas
esenciales. Mezclaba sus explicaciones con recuerdos de su vida militar,
consiguiendo que su materia fuera verdaderamente interesante, y no dejaba de azuzar
el celo de los alumnos. Cada cual tenía como tarea determinar la distancia, la
dirección y la situación de su lugar de nacimiento. Aquellas lecciones eran de las que
más les gustaban a los alumnos.
Al-Hakim, por su parte, enseñaba ahora una nueva ciencia, de un tipo que les
pareció bastante nuevo. En el pasado, aquel hombre había estudiado durante mucho
tiempo en Occidente. Conocía todo sobre la vida que se llevaba en los palacios de
Bagdad, de El Cairo e incluso de Bizancio. Había visitado a muchos príncipes y
poderosos de este mundo, había conocido muchos pueblos, cuyos usos y costumbres
había estudiado. La quintaesencia de todas aquellas experiencias le procuraba una
materia de enseñanza de lo más singular. Les describía las diversas maneras de
saludarse entre los griegos, los judíos, los armenios y los árabes, sus costumbres, sus
maneras de comer y beber, de divertirse y de trabajar la industria. Les enseñaba cómo

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había que presentarse delante de tal o cual príncipe, les participaba los secretos de la
etiqueta en vigor entre algunos soberanos, los detalles del protocolo de las diferentes
cortes. Finalmente les enseñaba rudimentos de griego, hebreo y armenio. Como un
dramaturgo de los tiempos antiguos representaba unas veces el papel de un príncipe
ilustre, otras el de un modesto solicitante, y tanto se mostraba orgulloso y altanero
como caía con la frente en el suelo o, también, se inclinaba delante de alguna noble
asamblea, mostrando en su sonrisa tanta amabilidad como astucia. Los alumnos
debían imitarlo, representar con él, saludarse en todas las lenguas. Una alegre
risotada, a la que el sabio griego se sumaba de buena gana, interrumpía más de una
vez la clase.
Además de la dogmática y de la gramática árabe, el dey Ibrahim les enseñaba el
Corán, el álgebra y las demás ciencias del cálculo. Ibn Tahír no tardó en sentir por él
una verdadera veneración. Le parecía que Ibrahim lo sabía todo. Comentando el
Corán, profundizaba sus variantes filosóficas pero no vacilaba en tratar también las
demás religiones; les exponía a los alumnos los fundamentos del cristianismo, del
judaísmo, les describía los diferentes rostros del paganismo, y hasta los misterios de
la doctrina enseñada en la India por Buda. Se basaba en el estudio de aquellas
creencias para demostrar la superioridad de las enseñanzas del Profeta, cuya
expresión más ortodoxa era el ismaelismo. Resumía todas sus explicaciones en frases
claras, que los alumnos debían anotar y enseguida aprender de memoria.
Un día, el dey Abu Soraka llegó a su clase con un gran rollo de pergamino bajo el
brazo. Lo desembaló cuidadosamente, como si contuviera un objeto precioso o
estuviera lleno de misterio, y de él sacó un atado, también de pergamino, constituido
de hojitas cubierta por una letra cuidada. Los depositó delante de él sobre la alfombra
y los alisó cuidadosamente con la palma de su pesada mano.
—Hoy —comenzó—, tendrá lugar la primera lección consagrada a la biografía de
Nuestro Amo. Conoceréis sus sufrimientos, sus combates y los grandes sacrificios
que tuvo que realizar para asegurar el triunfo de la causa ismaelita. Este atado de
hojas es el fruto de su labor infatigable; todo lo que veis escrito en él ha sido
realizado para vosotros, de su puño y letra, para que aprendáis, mediante el ejemplo
de su vida, cómo hay que sacrificarse por una causa justa. Así, debéis anotar y luego
aprender todo lo que oiréis. Éste es el fruto de los cuidados que os procura.
Los alumnos se levantaron y se acercaron a examinar los escritos que el dey había
colocado delante de él. Llenos de admiración silenciosa, contemplaron las páginas
cubiertas por una hermosa letra y que se deslizaban con un suave crujido entre los
dedos del maestro. Sulaimán alargó la mano hacia una de las hojas como si quisiera
estudiarla de más cerca. Pero de inmediato Abu Soraka colocó las suyas, como si
quisiera proteger de un sacrilegio el pequeño cuadrado de pergamino.
—¿Estás loco? —exclamó—. ¡Éste es el manuscrito de un profeta vivo!
Los alumnos volvieron a sus asientos. Con voz solemne, el dey comenzó a
iniciarlos en la vida y en los hechos de su jefe supremo. Ante todo quiso hacerles un

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sencillo esbozo de los acontecimientos que habían servido de marco a la carrera de
Seiduna, con el fin de pasar con mayor facilidad a los detalles consignados en las
hojas que se encontraban frente a ellos. Así supieron que su jefe había nacido hacia
unos sesenta años en Tus[17], que se llamaba Hassan y que su padre Alí descendía de
la célebre estirpe de los Sabbah Homayri. Desde los primeros años de su juventud
había frecuentado maestros y misioneros ismaelitas y enseguida había sentido la
profunda rectitud de su doctrina. Su padre le había enseñado en secreto la doctrina de
Alí, pero para no levantar sospechas, había enviado al joven Hassan a estudiar a
Nishapur, bajo la dirección del refike sunnita Muvafik Edin. Fue allí donde Hassan
conoció al que después se convertiría en el gran visir Nizam Al-Mulk, así como al
astrónomo y matemático Omar Al-Hayyami[18]. Ambos eran condiscípulos suyos y,
como pronto se convencieron de la falsedad de la Sunna y de la nulidad de sus
celadores, los tres resolvieron consagrar sus vidas a la causa del ismaelismo. Antes de
comenzar el camino de sus vidas, se habían hecho esta promesa: que cualquiera de
ellos que tuviera éxito en la vida pública, iría en ayuda de los otros dos, con el fin de
conjugar así de la mejor manera sus acciones en favor de la verdadera doctrina. El
gran visir traicionaría esta promesa. ¡Peor aún!, invitó a Seiduna a la corte del sultán
y allí le tendió una trampa diabólica. Pero Alá velaba sobre su elegido: lo envolvió en
el manto de la noche, lo trasladó a Egipto, conduciéndolo hasta la corte del califa. Sin
embargo, allí algunos envidiosos se alzaron contra él. Pero desbarató sus planes y tras
una larga marcha errante, volvió a su patria. Alá le dio entonces la fortaleza de
Alamut para que pudiera combatir con eficacia la falsa doctrina y derribar finalmente
a los ilegítimos detentadores del poder y a los usurpadores de todo tipo.
—Su vida no es más que una urdimbre de prodigios —explicó Abu Soraka—; no
se podrían enumerar los peligros mortales de los que sólo ha escapado gracias a
Alá… Cuando hayáis oído todos los relatos maravillosos que forman la trama de esta
existencia, que más parecen pertenecer a la fábula que a la realidad, no podréis ver en
Nuestro Amo sino a un gran y poderoso profeta.
Durante los días que siguieron se dedicó a contar en detalle los acontecimientos y
episodios —algunos apenas creíbles—, que habían jalonado la vida del jefe supremo.
La imagen del gran profeta apareció lentamente ante los alumnos, que pronto no
tuvieron más deseo que ser admitidos un día para verlo en carne y hueso y
distinguirse ante él por alguna hazaña o algún gran sacrificio. Ya que merecer su
estima quería decir para ellos elevarse por encima de la condición de los demás
mortales.
Al día siguiente, Ibn Tahír ya no se asombraba de nada. Era un estudiante atento,
observador y perspicaz. Concentraba su atención exclusivamente en lo que esperaban
de él en este momento, y entonces se convencía fácilmente de que el mundo, tal como
intentaban mostrárselo, estaba bien hecho. Pero por la noche, una vez acostado, con
la cabeza apoyada en las manos y el rostro dirigido a la pequeña llama roja de la
lámpara colocada lejos, sobre la estantería en ángulo de su dormitorio, se daba cuenta

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de que vivía en un mundo extraño, un mundo gobernado por el misterio. Entonces lo
atenazaba la angustia y llegaba a preguntarse: «Tú, acostado ahí, ¿eres el mismo
Avani que cuidaba en el pasado el rebaño de tu padre en Saya?». En efecto, le parecía
que había entre el universo que habitaba ahora y su universo de antes un precipicio
comparable al que separa el mundo de los sueños del de la vigilia. Cuando se hallaba
en esta disposición de ánimo, volvía a la realidad componiendo versos. Abu Soraka,
con el fin de inculcarles el arte de la métrica, les había recomendado a sus alumnos
como ejercicio que cantaran en rimas tanto los hechos relevantes como a los
personajes del ismaelismo. Tenían que componer poemas sobre el Profeta, sobre Alí e
Ismael, sobre los hechos de los mártires. Ibn Tahír sentía una predilección especial
por Alí, el yerno bienamado del Profeta. Había compuesto sobre él algunas estrofas
que le habían gustado tanto a Abu Soraka que éste había decidido mostrárselas a
Seiduna en persona; y como sus condiscípulos habían oído rumores al respecto, no
tardó en granjearse en Alamut reputación de poeta.
Estimulado por este primer éxito, Ibn Tahír había perseverado en sus intentos. Le
pareció que había encontrado el medio de expresar con toda claridad una parte de ese
mundo desconocido que lo aterraba tanto cada noche y, al mismo tiempo, se liberaba
de sus temores. Todo lo que le parecía insólito intentaba ponerlo en verso para, de
esta manera, tener de ello una clara representación. Pronto, algunos de estos intentos
pasaron a formar parte del florilegio poético de Alamut y muchos se los sabían de
memoria. Sobre todo gustaban los poemas que el muchacho había consagrado a
Alamut y a Seiduna.

Alí
El Profeta lo conoció después de Haddiya.
Ni diez años tenía,
Junto a él permanecía,
Con su sangre y cuerpo protegía.
El mismísimo Profeta le dio por mujer
A Fátima, la más bella de las mujeres;
Para el trono de califa lo eligió
Y así al morir, poder reposar en paz.
Cuando el Profeta murió
Fue traicionado, engañado.
Injusticia tras injusticia
Fue derrocado, martirizado, decapitado.
En el Neyeb el cuerpo sagrado reposa,
Cubierto por cúpula de oro.
Rindiendo homenaje al sagrado mártir,
Los creyentes desfilan ante el santo
Con los ojos cubiertos por el llanto.

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Alamut
Allí, donde el Elburz roza el cielo,
Donde el agua salvaje remolinos crea.
Donde manan torrentes,
Cuyos cañones rompen cascadas bulliciosamente.
Se alza el soberbio sitio
Cuyos días se cuentan hace mucho.
Bordeado por muralla inexpugnable
Tienta los vientos y tormentas.
Hace tiempo ese paraje
Fue territorio de rapaces,
Nido de águilas y buitres
De ahí su nombre: fortaleza de Alamut.
Cuatro torres, una a cada lado
Protegen y guardan sus secretos,
Para que no lleguen hasta ella
Las manos impuras del infiel.

Seiduna
Como águila en su nido, se siente
El poderoso gobernante de ese sitio
Donde guía y juzga a los creyentes
Y ni por el sultán se preocupa.
Su existencia por doquier se advierte
Sin verlo, sin oírlo
Sin saber dónde ni cuándo
Se recibe de su mano el óbolo.
Por Alá fue elegido y enviado al mundo
Padeciendo males, tentaciones,
Él, el Profeta y Alí —su yerno—
Fueron los tres santos mayores.
En torno muchos milagros sucedieron,
Increíbles para hebreos y cristianos
Por fe, por fidelidad, por torturas padecidas
Hasta la llave del paraíso le fue dada.

A la métrica estaban asociados los ejercicios de retórica. Sulaimán e Ibn Tahír


rivalizaban ante todos. Sulaimán hablaba con más ardor, Ibn Tahír con más claridad.
El más desafortunado en todas estas materias era Yusuf. A menudo le decía a Ibn
Tahír que prefería ejercitarse al sol bajo la severa dirección de Minutcheher o incluso
flagelarse bajo las órdenes de Abd Al-Malik, saltar sobre la placa al rojo, ejecutar si

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era preciso los diez ejercicios respiratorios que pasaban por ser un verdadero suplicio,
y a los cuales él se había acostumbrado… Sólo había una cosa que temía tanto como
la métrica, la retórica, la gramática y el álgebra: era el ayuno impuesto por Abd Al-
Malik. En esos momentos, la vida y todo lo que ocurría en el castillo le parecían
inútiles y desprovistos de sentido. Le daban ganas de acostarse, de dormirse y de no
despertar nunca más.
Aparte esto, a Yusuf parecía no atormentarle ningún problema en especial.
Asimismo, había pocas cosas que le asombraran. Y menos que nada, la aptitud de Ibn
Tahír de poner por escrito poemas y que no había leído en ninguna parte ni nadie le
había dictado. En voz alta, declaraba que era un mago aunque su sentido común le
dijera en secreto que Ibn Tahír debía de tener una fuente oculta de la que manaba su
arte. Que los poemas que conocía hubieran sido escritos por poetas lo entendía
perfectamente, pues tales ejemplos se remontaban a tiempos nebulosos en los que la
tierra estaba poblada de héroes que pasaban su tiempo combatiendo demonios y otros
seres sobrenaturales. Pero que uno de sus compañeros, que dormía en una cama junto
a la suya y al que le llevaba una cabeza, pudiera ser también poeta estaba más allá de
las capacidades de su entendimiento. Lo más que podía admitir es que Seiduna,
aunque también viviera como él en el castillo, fuera un gran poeta: Seiduna era
invisible y no se dignaba mostrarse ante ninguno de ellos. ¡Pero Ibn Tahír, que se
peleaba y bromeaba con ellos todos los días…! Por lo demás, estas dudas no le
impedían en ningún caso admirarlo desde el fondo de su corazón y sentirse muy
orgulloso de la amistad que los unía.
Pese a que en la esgrima y el lanzamiento del venablo no había nadie como él y a
que siempre era el primero en todos los ejercicios peligrosos, Sulaimán se sentía
fácilmente celoso del éxito de los demás. Cada vez que alguien ponderaba delante de
él los méritos de Yusuf y de Ibn Tahír tenía de inmediato la mofa en la boca:
—El primero es un tonto, el segundo un presuntuoso…
No por eso dejaban de constituir un trío inseparable y, si por casualidad alguien se
burlaba de sus compañeros, de inmediato tomaba su defensa y se sulfuraba:
—Cuando lancéis el venablo tan lejos como ellos, cuando tengáis la resistencia de
Yusuf, tal vez podréis hablar, no antes.
Y sobre Ibn Tahír:
—Si sólo tuvierais en el cacumen una onza de su cerebro no dejaríais de tener la
cabeza llena de presunción, la dejaríais estallar de orgullo.
Ninguno de ellos se atrevía a reprocharle su causticidad. Ni Ibn Tahír ni Yusuf,
sin temerlo, podían confesar que lo querían de verdad. De hecho, nadie en toda la
escuela, incluidos los profesores, lo querían.
Les estaba formalmente prohibido, más que cualquier cosa, hablar de mujeres y
de sexo en general. Por ello se quedaron sin aliento cuando Ibrahim abordó durante
una clase aquel tema espinoso. Acababa de hablar de las mujeres del Profeta. De

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repente, tras carraspear un poco, levantó un momento la vista y miró a los alumnos
sin pestañear. Comenzó con tono grave:
—El Profeta no les prohibió a los creyentes que se casaran, ni que gozaran de los
placeres de una vida en común con el otro sexo. Él mismo fue un esposo ejemplar y
un padre cabal. No por eso dejó de proponerles a sus fieles un ideal de santidad bien
preciso: el martirio por la santa fe y, en recompensa suprema por ese sacrificio, los
gozos eternos en los jardines del paraíso. Siguiendo su ejemplo sublime, los primeros
creyentes supieron aunar una y otra forma de existencia: una agradable vida en
compañía de sus mujeres y la abnegación valerosa al servicio de la doctrina. Pero
sabéis que a la muerte del Profeta se alzaron disensiones entre los creyentes. Desde
entonces, los hombres sólo se dedicaron a sumergirse en sus harenes y a luchar por
acaparar el poder y los bienes terrenales. A partir de entonces también olvidaron el
mandamiento del Profeta según el cual una gran causa exige grandes sacrificios, la
aceptación del combate y sus riesgos, incluso el martirio soportado hasta la muerte…
Seiduna ha establecido ahora una demarcación bien nítida entre este comportamiento
corrupto y el que él recomienda. Al frente, en el campo adverso, están Bagdad y los
tiranos selyúcidas, con sus desenfrenados adeptos. En este lado, estamos nosotros y
vosotros…, vosotros que seréis consagrados fedayines, vosotros que sois la tropa de
élite cuyo objetivo supremo es el sacrificio y el martirio por la causa sagrada. Por
tanto, deberéis ser en todo diferentes de los demás. Es la razón por la que Seiduna ha
dictado para vosotros esta prohibición: no deberéis casaros ni entregaros a ningún
tipo de licencia. Porque ya vivís en los jardines del paraíso, os está prohibido hablar
de cosas impuras. También os está prohibido pensar en ellas y entregaros en secreto a
prácticas reprobables, ayudados por vuestra imaginación. ¡Nada está oculto para Alá!
Seiduna ha sido elegido y designado por él para ser vuestro guía. El que infrinja su
prohibición en este tema merecerá que se le inflijan las penas más severas. El que
fuere sorprendido manteniendo conversaciones inconvenientes, será inmediatamente
expulsado. Uno de vosotros ya ha conocido este castigo. Una terrible muerte le espera
a cualquiera de vosotros que, una vez consagrado, sea sorprendido con una mujer o
intente siquiera casarse. El verdugo comenzaría por arrancarle los ojos con un hierro
al rojo; y tras los más atroces tormentos sería descuartizado vivo. Tales son los
castigos que nuestro jefe supremo reserva a los que se atrevieran a infringir su veto.
Los alumnos, paralizados de horror, ya no se atrevían a mirarse a los ojos.
Algunos se hacían una representación viva de aquellos castigos: se rascaban la cabeza
con inquietud; suspiros ahogados salían de los pechos.
Cuando el dey Ibrahim apreció el efecto de su discurso, una imperceptible sonrisa
se dibujó en sus labios inmóviles. Siguió con voz más desaforada:
—No tengáis miedo; el veto de Seiduna sólo es cruel superficialmente. ¿A quién
de entre vosotros se le ocurriría sustituir la recompensa prometida por el placer
dudoso que podría gozar al transgredir la prohibición de Seiduna? Todos los que
cumplan a rajatabla lo prescrito recibirán una parte de las riquezas eternas. Mártires

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de la causa sagrada, tendréis acceso a los jardines en los que murmuran puros arroyos
de cristal; descansaréis en pabellones de vidrio, tendidos sobre montañas de cojines;
os pasearéis por bosquecillos magníficamente diseñados, a la sombra de frondosos
árboles; vuestros pies rozarán parterres llenos de flores raras, de embriagadores
aromas. Muchachas de ojos negros como almendras os servirán los manjares y los
vinos más finos. ¡Ellas estarán a vuestra disposición! Alá ha dotado a estas jovencitas
de una naturaleza especial: tienen el privilegio de permanecer eternamente jóvenes y
eternamente vírgenes, pese a estar sometidas en cuerpo y alma a vuestros deseos…
Recordad: a partir de vuestra consagración, seréis admitidos a compartir dichas
riquezas. Alá confió a Seiduna la llave del jardín destinado a vosotros. Al que
obedezca al pie de la letra sus órdenes, Seiduna le abrirá las puertas del paraíso. ¿Qué
espejismo podría apartaros del camino que lleva a semejante recompensa?
Por la noche, cuando se reunieron en la terraza, fue Ibn Tahír el que inició la
conversación:
—Nuestros profesores nos han recomendado que cada noche aprovechemos
nuestras horas de libertad para discutir entre nosotros lo que nos han enseñado
durante el día. Hoy el dey Ibrahim ha creído oportuno explicamos por qué Seiduna
nos prohibía cometer impurezas de obra, de palabra e incluso de pensamiento. No es
por tanto infringir dicha prohibición el que conversemos como de costumbre sobre el
tema del día… una manera excelente, ¿no es verdad?, de fijar la conducta que
debemos seguir para evitar tentaciones superfluas y oportunidades de caída…
Estas palabras aterraron a algunos.
—Me opongo —protestó Naim—. El dey Ibrahim nos prohibió formalmente
abordar los temas impuros. Ya oíste tú mismo los castigos que merecerán los
culpables…
—No hagas una montaña de un grano de arena, Naim —se burló Djafar—. Con
todo, tenemos derecho a hablar de lo que nuestros maestros acaban precisamente de
enseñamos. ¿Quién podría castigarnos si intentamos tratar el asunto con prudencia y
sutileza?
—Sea, pero que no se hable de mujeres ni de otros temas inconvenientes —
insistió Naim.
—¡Qué lo tiren de la muralla! —explotó Yusuf.
Naim, aterrado, retrocedió.
—¡Quédate! —le advirtió Sulaimán—. Que luego no vayas a decir que no
estabas. Y si continúas fastidiándonos… pues bien, digamos que te arderán las orejas
de forma desagradable cuando esta noche estés en la cama…
—Os hablaré francamente —comentó Ibn Tahír—, e iré derecho al grano.
Tenemos que saber de una vez por todas a qué atenernos. ¿Tengo razón si pienso que
a ninguno de nosotros, a partir de hoy, se le pasará por la mente ni siquiera la sombra
de la idea de abandonarse a una mujer? En efecto, se podría creer que desde ahora
evitaremos cuidadosamente toda conversación sobre el tema. Ahora nos será fácil

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dominar nuestros actos y nuestra lengua. ¿Pero cómo vamos a dominar nuestros
pensamientos, esos pensamientos que nos asaltan en los peores momentos y hasta en
sueños? Por mi parte, he tenido que rechazar más de una vez pensamientos poco
convenientes. Después de cada combate, me parecía que podía vencer de una vez
para siempre. Pero el espíritu malvado se las ingenia para inspirarte sueños lascivos
que dominan tu imaginación a lo largo de todo el día. Así nos encontramos
igualmente vulnerables cuando llega la siguiente tentación. Ahora bien, la
prohibición es estricta y no reconoce las debilidades de la naturaleza. ¿Qué se puede
hacer, amigos míos?
—¡No te hagas mala sangre! —se exasperó Sulaimán—. Los sueños son sueños,
¿quién puede acusar a nadie de ser responsable de ellos? Ningún pensamiento
involuntario puede ser causa de un pecado muy grave.
—¡Eso es hablar claro! —exclamó Yusuf—. Lo tenía en la punta de la lengua.
—No, nadie nos dice que sea claro —insistió Ibn Tahír—. La prohibición es
nítida y clara; en adelante debe existir algún medio para vencer nuestra debilidad.
—Tienes razón —opinó Djafar—. Si la prohibición es como es, entonces también
debe dársenos la posibilidad de no infringirla. Cada cual debe resistir con sus propias
fuerzas las tentaciones del espíritu del mal; ¿es menester algo más para liberar los
pensamientos e incluso los sueños de su influencia?
—Yo lo he intentado —confesó Ibn Tahír—. Pero es grande la debilidad
humana…
—No es prudente desafiar en combate a un adversario más poderoso que tú —
observó sentenciosamente Yusuf.
En aquel momento, Obeida, que hasta entonces había escuchado sin decir palabra,
sonrió con astucia:
—¿De qué sirven tantas palabras y disputas, mis queridos amigos, por una cosa
tan simple? ¿Creéis que Seiduna podría prescribirnos algo que estuviera por encima
de nuestras fuerzas? Yo creo que no. Ahora, escuchad. ¿Acaso Seiduna no nos
prometió una recompensa a cambio de todos nuestros sacrificios? Dicha recompensa
consiste en nada menos que en las riquezas que nos esperan en los jardines del más
allá. Os pregunto: ¿debe el justo regocijarse con una recompensa futura? Todos me
diréis: naturalmente. Por consiguiente también podemos, y con todo derecho, gozar
por adelantado los placeres que Seiduna nos ha prometido como parte de lo que nos
correspondería después de la muerte. Así, podemos gozar con el pensamiento con los
bellos jardines y el murmullo de las fuentes, podemos representarnos los manjares y
los vinos escogidos, preparados expresamente para nosotros, y gozar por último —
con la imaginación—, del abrazo de las muchachas de ojos negros destinadas a
servirnos basta el fin de los tiempos. ¿Qué tiene eso de impuro? Si en el futuro, pues,
el espíritu del mal nos asalta con sus tentaciones, escaparemos de él con astucia…
pensando en los magníficos jardines del paraíso donde podremos fornicar a gusto sin
que el remordimiento envenene nuestro goce. De esta manera complaceremos a Alá

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que nos ha preparado personalmente los jardines, a Seiduna que tiene el poder de
abrirnos la puerta de acuerdo a nuestros méritos, y a nosotros mismos que así
podremos dar rienda suelta a nuestra imaginación sin pecar…
Los alumnos asintieron con una alegría alborotada.
—¡Eres formidable, Obeida! —exclamó Yusuf—. ¿Cómo se explica que no lo
haya pensado antes?
—Obeida nos propone aquí un razonamiento muy espiritual —opinó Ibn Tahír—.
No hay nada que objetarle a la forma. Pero dudo que el deseo impuro pierda tan
fácilmente su carácter inconveniente, incluso si se lo coloca en el marco de los
jardines del paraíso.
—Tu argumentación no me convence —se irritó Obeida—, sobre todo porque no
la encontraste solo.
—No, Ibn Tahír tiene razón —insistió Djafar—. El pecado sigue siendo pecado,
lo cometamos donde lo cometamos, y una prohibición tan tajante como la de Seiduna
no podría soslayarse con astucia.
—Quieres fastidiárnoslo todo hilando fino —suspiro Yusuf despechado—. Yo
personalmente estoy convencido de que Obeida tiene razón; nadie nos puede impedir
gozar por anticipado la recompensa que creemos merecer honradamente.
—Que cada cual haga lo que pueda —concluyó Djafar encogiéndose de hombros.
Cuando las antorchas se encendían al crepúsculo ante el edificio del jefe supremo,
en medio del silencio que tenía en el fondo el rumor fragoroso del Shah Rud, y el
cuerno nocturno lanzaba su llamada a la oración y al sueño, una dolorosa tristeza
embargaba a los alumnos. Una jornada de dura educación, de pruebas fatigosas y de
avasallamientos del espíritu quedaba atrás, y sus pensamientos se disparaban. Unos se
refugiaban en la soledad y se abandonaban a la nostalgia, otros evocaban las mil
actividades de la vida exterior, tan diferente de la de ellos.
—Si fuera un pájaro —dijo una noche Sulaimán pensando en voz alta—,
remontaría el vuelo e iría a ver lo que hacen mis dos hermanas. Mi madre ha muerto,
mi padre tiene ahora otras dos mujeres que también le han dado hijos… Mis
hermanas están a su cargo y no deben tener la vida fácil. Seguramente las demás
mujeres de la casa sólo piensan en deshacerse de ellas. Tengo sobradas razones para
creer que convencerán a mi padre de que las venda al primer pretendiente… ¡Alí,
cuánta pena y dolor en todo eso…!
Se había llevado a la frente los dos puños cerrados y con ellos se ocultaba la cara.
—La suerte de mi anciana madre no es mucho mejor, si eso te puede consolar —
dijo Yusuf pasándose la pesada mano por delante de los ojos—. Ella se revienta con
los animales y los vecinos gozan seguramente aprovechándose de su soledad para
embaucarla. ¿Por qué entonces la abandoné?
—Sí, ¿por qué? —quiso saber Ibn Tahír.
—Ella lo quiso así. A menudo me decía: «Eres un verdadero parto, hijo mío, eres
fuerte. El mismo Profeta se alegraría de tenerte junto a él. Si tu padre viviera todavía,

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él que veneraba al profeta Alí más que a nadie en el mundo, te enviaría, estoy segura,
a casa de uno de esos deyes que están al servicio del verdadero califa: con él
aprenderías la verídica doctrina». Era la época en que el gran dey Hussein Al-Keini
reclutaba en su comarca por cuenta de Nuestro Amo. Fui a verlo y me envió a
Alamut. Eso es todo…
—¿Y tú, Naim, cómo llegaste a este hermético lugar? —siguió preguntando Ibn
Tahír.
—Mi pueblo no está lejos de aquí —respondió el muchacho—. Había oído decir
que un poderoso dey estaba reuniendo un ejército para Alamut, en contra del sultán
herético. En casa, todos éramos fieles… Mi padre encontró totalmente normal que
fuera a servir a Seiduna…
—¿Y nuestro amigo Sulaimán?
—Mi historia tampoco tiene nada de original. Se decía que iba a haber guerra,
que el gran dey, del que todos contaban prodigios, se había apoderado de Alamut en
nombre del califa de Egipto y que se preparaba para atacar al sultán. «Van a pasar
cosas importantes por aquí», me dije. Justamente anunciaron la visita del dey Abd Al-
Malik. Me uní a él.
—Para mí fue todavía más simple —prosiguió Obeida—. Nuestra familia
veneraba desde hacía mucho el nombre de Alí. Éramos nueve hermanos y uno de
nosotros debía abandonar la casa. Yo le rogué a mi padre que me dejara partir y él me
dio su bendición.
—¿Y tú, Djafar?
—Pues bien, fue estudiando concienzudamente el Corán, la Sunna y la historia
del Islam como aparecieron las primeras dudas: estaba bastante claro que Alí había
sido injustamente apartado de la sucesión del Profeta; si tal era el caso, no lo era
menos el hecho de que el califa de Bagdad ocupaba ilegalmente su trono… Yo había
tenido la oportunidad de hablar de esto con un viejo dey fiel a las ideas ismaelitas,
que no era otro, ya os figuraréis, que nuestro superior Abu Soraka. Mantuvimos sobre
el tema muchas y doctas conversaciones. Yo me sentí profundamente de acuerdo con
su postura. Le rogué por tanto a mi padre que me dejara seguir al misionero. Cuando
supo que éste venía a Alamut a unirse con Seiduna, no puso ningún impedimento.
Entre los míos no paraban de decir que el jefe supremo era la santidad
personificada…
Estas conversaciones los ayudaban a superar la nostalgia y esa sensación de
soledad y aislamiento que a veces los embargaba. Al día siguiente, cuando el cuerno
los sacaba del sueño, los temores de la víspera habían sido olvidados. El agua fría en
la que se lavaban les recordaba que tenían por delante una larga jornada de pruebas y
de estudio. De nuevo estaban completamente al servicio de Alamut, sin otra
preocupación en la cabeza que la de responder correctamente a las preguntas de sus
maestros y la de estar a la altura de las exigencias. Entonces, con un valor sereno, se

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ponían al trabajo: para ellos sólo contaba en ese momento el servicio de la causa
ismaelita.
Una mañana, al volver del entrenamiento militar con Minutcheher, Abu Soraya
les anunció:
—Tenéis asueto el resto del día. Los deyes de las fortalezas vecinas han venido a
consultar al jefe supremo sobre la próxima campaña. No olvidaremos hablar de
vosotros en esta ocasión: vuestros éxitos y fracasos son igualmente importantes para
la causa. Durante este tiempo, tratad de permanecer tranquilos y aprovechad para
estudiar.
Los alumnos se pusieron muy contentos. Corrieron al dormitorio en busca de las
tablillas y las notas. Equipados de esta manera, algunos fueron a instalarse al pie de
las murallas. Otros, más curiosos, se sentaron en el patio a la sombra de los edificios
con la mirada fija atentamente en el palacio del jefe supremo. Delante de la entrada
habían reforzado la guardia. Los centinelas negros, con las armas en la mano, estaban
alineados en guardia, inmóviles como estatuas. De vez en cuando, un dey vestido de
blanco de gala franqueaba el umbral. Los alumnos intercambiaban entonces rápidos
murmullos, mostrando con el dedo a los que reconocían e intentando adivinar quiénes
podían ser los demás.
De repente se produjo un alboroto en la terraza inferior, delante de la torre de
guardia. Un grupo de jinetes acababa de pasar la puerta y entraba en el castillo. Unos
soldados se precipitaron a su encuentro, sujetando los caballos por la brida para
ayudar a los visitantes a poner pie en tierra. Un hombrecito de aspecto insignificante,
vestido con una larga túnica, saltó de un caballito blanco y peludo y subió la escalera
con paso ágil, rodeado por los hombres de su escolta, que parecían testimoniarle el
mayor respeto.
—¡Abu Alí, el gran dey! Lo conozco —exclamó Sulaimán, que se levantó como
movido por un resorte.
—¡Desaparezcamos! —propuso Yusuf.
—¡Esperad! —dijo Ibn Tahír—. Me gustaría verlo un poco más de cerca.
El grupo se acercaba. Los soldados que se encontraban por allí se volvieron hacia
el recién llegado y se inclinaron respetuosamente.
—¡Todos ésos tienen el rango de dey…! —susurró Sulaimán con voz febril—.
Abu Alí en persona ha ido a su encuentro…
—¡Mira!, el dey Ibrahim y Abd Al-Malik forman parte de la escolta —exclamó
Yusuf.
Ataviado con su amplia túnica, Abu Alí atravesó majestuosamente la terraza.
Todo su cuerpo parecía animado por un lento balanceo que expresaba una nobleza
totalmente consciente de sí misma: la sonrisa afable que se dignaba dirigir a los
hombres de la tropa en respuesta a su saludo era por cierto una gracia destinada a
recompensar a partidarios totalmente afectos a su persona. Tenía el rostro surcado de
arrugas. Una barba rala y gris y bigotes caídos del mismo color enmarcaban su boca

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sin dientes. Cuando pasó delante de los alumnos, éstos se inclinaron humildemente.
Sus ojillos brillaban con un fulgor jubiloso: sacó la mano de debajo de su túnica y la
agitó amablemente a manera de saludo. Visto de cerca parecía, increíblemente, una
anciana.
Los alumnos esperaron a que todo el cortejo pasara para incorporarse.
—¿Habéis visto? Somos los únicos a los que se ha dignado hacer un saludo con la
mano —exclamó Sulaimán con voz que temblaba de alegría mal contenida—. Abu
Alí es el primero después de Seiduna…
—Es una lástima que no tenga algo más de prestancia —lamentó Yusuf.
—¿Acaso para ti la inteligencia de un hombre depende necesariamente de su
estatura? —insinuó pérfidamente Naim.
—Viéndote a ti, me siento tentado de creerlo.
—Me gusta su simplicidad —declaró Ibn Tahír—. Nos ha sonreído como si nos
conociera desde siempre.
—Eso no perjudica en absoluto su dignidad —observó Naim.
—Es un hombre de saber y de mérito —convino Sulaimán—. Pero lo veo mal
como soldado.
—¿Tal vez porque no se echó sobre nosotros con el sable desenfundado? —se
irritó Naim—. La mayoría de los deyes que me ha tocado ver eran personajes canijos.
Sin embargo, son ellos los jefes y los grandes bodoques que llevan las armas a su
lado se contentan con obedecer.
—Me gustaría verte de una vez por todas combatiendo con Abd Al-Malik —
ironizó Sulaimán—. Entonces verías si los deyes son canijos.
—¿Cómo es Seiduna? —preguntó entonces Ibn Tahír—. Se miraron. Y Naim dio
esta respuesta:
—Esto no nos lo han dicho nunca todavía.
La gran sala de reuniones ocupaba casi toda un ala de la planta baja del palacio.
Los maestros, misioneros y otros grandes dignatarios del ismaelismo conferenciaron
casi toda la mañana. Habían venido de Rudbar y Kazvin, de Damagán y de
Shahdur[19], e incluso del lejano Kuzistán[20], donde el movimiento ismaelita había
triunfado bajo la influencia del gran dey Hussein Al-Keini. En espera de las
directivas del jefe supremo, los recién llegados conversaban con sus anfitriones e
intercambiaban noticias entre sí.
Las ventanas habían sido tapizadas con pesadas cortinas; la sala sólo estaba
iluminada por lámparas colgadas de las numerosas arañas. En las esquinas, sobre
altos pedestales, frascos de resina se quemaban chisporroteando, esparciendo
alrededor un perfume agradablemente embriagador.
Un grupito que rodeaba al griego Theodoros conversaba bajo una de aquellas
antorchas. Alí estaba el capitán Ibn Ismail, comandante de la guarnición de Rudbar;
el dey Zaharui, hombre de humor alegre y vientre abultado, y el joven egipcio

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Obeidalah que había conocido al médico griego durante una estancia de este último
en El Cairo. Todos estaban de buen humor y las risas eran espontáneas.
—¿Así que tú también has venido a ver a Ibn Sabbah a su castillo, mi buen
doctor? —se extrañó el egipcio—. Corren rumores increíbles por todas las comarcas
respecto de la toma de Alamut… Pretenden que Ibn Sabbah obligó con artimañas al
antiguo comandante de la fortaleza a que le dejara la plaza. También se murmura que
habría recurrido a la corrupción. Ni siquiera yo sé a ciencia cierta lo que sucedió.
El griego, de excelente humor, se rió a carcajadas. Pero no dijo nada. El capitán
Ibn Ismail, alzando la voz, les indicó a los demás que se acercaran.
—Creo que no sería mala idea explicarle a este joven cómo Ibn Sabbah hizo caer
Alamut en nuestras manos. Yo no estaba presente, pero uno de mis suboficiales que le
prestaba ayuda aquel día a nuestro jefe me contó el asunto.
Obeidalah y el gordo Zaharui aguzaron el oído. Theodoros, con una mueca
burlona y desafiante en los labios, se apartó.
—Como sabéis —contó Ibn Ismail—, el representante del sultán en el castillo de
Alamut era el valiente capitán Mehdi. Nunca lo conocí, pero me dijeron que no
poseía un genio extraordinario. Ibn Sabbah acababa de escapar de la trampa del gran
visir y finalmente había conseguido llegar a Rai, donde el comandante Mutsufer era
uno de sus grandes amigos. Éste lo ayudó a reunir una pequeña compañía de diez
hombres, de los que formaba parte el suboficial que me contó toda la historia.
Entonces, a nuestro jefe no se le ocurrió nada mejor que apoderarse de Alamut… la
plaza mejor fortificada de toda la comarca. Y con Mutsufer se puso de acuerdo para
llevar a cabo el siguiente ardid…
El egipcio y el dey gordo, que eran todo oídos, no habían reparado en las risitas
escépticas del médico. El capitán, turbado en su aplomo, hizo un gesto de irritación:
—¿Por qué no lo cuentas en mi lugar, tú que pareces conocer tan bien los hechos?
—Ya ves que te estoy escuchando sin rechistar —se justificó irónicamente el
griego.
—Déjalo que se enfurruñe solo en su esquina —dijo el egipcio impaciente—, ya
lo conocemos. Siempre quiere saber más que los demás.
—Nuestro jefe, entonces —prosiguió Ibn Ismail—, planeó un ardid. Decidió ir a
visitar personalmente a Mehdi, al castillo de Alamut. «Soy dey», le dijo, «y he
recorrido medio mundo. Ahora estoy aquí, harto de viajar; he venido en busca de un
rincón tranquilo. Véndeme la porción de tierra que pueda delimitarse con una piel de
buey: por una propiedad de esa extensión estoy dispuesto a pagarte cinco mil
monedas de oro». Mehdi estuvo a punto de ahogarse de risa: «Si de veras pones ese
precio te cedo ahora mismo la tierra que elijas». Le pareció imposible que un
miserable dey pudiera disponer de una fortuna semejante, Ibn Sabbah metió la mano
en su túnica, sacó un pesado saco de monedas de oro y comenzó a contarlas. Mehdi
no creía lo que veía. No le faltó mucho para que se pusiera a pensar en el sentido
previsto: «La fortaleza no sufrirá demasiado si le vendo a este viejo dey un trocito de

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tierra al pie de las murallas…, y yo seré hombre rico». Tras lo cual concluyeron el
negocio: tomaron la piel de buey, bajaron el puente levadizo sobre el Shah Rud y
nuestros dos hombres descendieron en medio de las rocas hasta el pie de los muros
del fuerte. Ibn Sabbah sacó entonces de su cintura una hoja afiladísima con la que se
puso a cortar el cuero del animal en delgados cordones. Los oficiales y los soldados
que asistían a la escena se extrañaron de ver a aquel extraño forastero actuando de esa
manera, aunque nadie sospechaba todavía las intenciones del dey. Una vez cortada la
piel, Ibn Sabbah anudó los delgados hilos de cuero entre si y plantó una estaca en el
suelo a la que ató uno de los extremos de la improvisada cuerda. Sujetando el otro
extremo con la mano, comenzó a dar la vuelta a la fortaleza. Mehdi comprendió
finalmente: «¡Ladrón! ¡Tramposo!», vociferó empuñando un sable. En aquel
momento se escuchó el ruido de una cabalgata por encima de sus cabezas. Alzaron la
vista: un grupo de jinetes con los sables en ristre se abalanzaban sobre el puente y
entraba en la fortaleza. Ibn Sabbah sonrió: «Demasiado tarde, el castillo es mío;
sabed que si tocáis uno solo de mis cabellos ninguno de vosotros escapará vivo. Pero
yo respeto mis contratos, Mehdi. Toma tus cinco mil monedas de oro y vete con tu
gente adonde te plazca».
Alí-Hakim, lanzó una gran carcajada. Se sujetaba las costillas y lloraba de risa,
con ambas manos apoyadas en su pequeño vientre rollizo. Sí, se reía como loco. El
egipcio y el dey gordo no tardaron en imitarlo, aunque con una expresión entre
bromista y seria. En efecto, la actitud irónica del griego los intrigaba. Sólo el capitán
Ibn Ismail miró de arriba abajo al médico con expresión irritada.
—¡Oh, santa candidez! —se rió el griego—. ¡Así que tú también te has creído esa
excelente fábula! En efecto, deberías saber que ese cuento, tal como lo planeamos
Hassan y yo, sólo estaba destinado al sultán…
—¿Acaso un suboficial iba a contarme camelos? —gritó el ya sulfurado oficial
con los ojos inyectados en sangre y la vena de la cólera palpitándole en la sien—.
¡Alí, lo castigaré como a un perro!… ¡lo estrangularé!
—Sería injusto de tu parte, Ibn Ismail —dijo el griego—. En efecto, lo que te dijo
es la pura verdad, al menos desde su punto de vista. Pero si se piensa en el rango que
ocupas, es inexplicable esta manera de ver las cosas… ¡De verdad! ¿No has
adivinado lo que pasó?
—¡Deja de hacerte el importante! ¡Mejor habla! —refunfuñó el capitán enfadado.
—Primero debes saber que ese Mehdi, que gobernaba la plaza, pertenecía a la
estirpe de Alí y que el sultán para ganárselo, lo había convertido en gobernador,
cuando aún no tenía treinta años, y, para librarse de los peligros que le podría
ocasionar, lo había enviado al otro extremo del mundo, es decir aquí, a Alamut. Ese
joven amigo de los placeres no tardó en aburrirse mortalmente. Bebía, jugaba a los
dados y se peleaba de la mañana a la noche con sus oficiales y suboficiales. Por las
noches se había montado un imponente harén de mujeres, bailarinas, cantantes y
saltimbanquis; en resumen, que la buena gente de Rai sólo se atrevía a hablar a media

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voz de lo que pasaba aquí. Nuestro hombre se había montado, además, un criadero de
halcones y de onzas domesticadas con los cuales cazaba en las montañas y los
bosques de los alrededores. Maldecía con igual vehemencia al califa y al sultán, y
juraba vengarse de ellos lo más cruelmente posible. Noticias de su conducta llegaron
hasta los oídos de Malik Shah. Pero el soberano se tomó el asunto con filosofía:
«Puede maldecirme tanto como quiera», se dijo: «Cuando los bárbaros ataquen las
fronteras no podrá hacer más que ir a su encuentro si le importa su cabeza».
»Mutsufer, tal como puede suponerse, no había dejado de contar esta historia a
Ibn Sabbah cuando éste se había refugiado en Rai. Yo también estaba allí y, por
intermedio de Mutsufer nos las arreglamos para encontrarnos con el tal Mehdi
durante una cacería. Hassan había recibido del califa de El Cairo una buena cantidad
de monedas de oro. Le ofreció cinco mil por el castillo. Este dinero debía servirle
para partir para El Cairo donde Ibn Sabbah no dejaría de recomendarlo especialmente
a sus amigos y donde el joven juerguista tendría a su disposición todas las diversiones
de la gran ciudad. Mehdi se mostró de inmediato dispuesto. Sólo necesitaba encontrar
un medio que lo exculpara ante sus tropas, por miedo a que el sultán se vengara en su
familia. Ibn Sabbah tenía más de una carta en la manga, pero era ante todo al sultán a
quien quería jugarle una mala pasada. Se había hecho la reflexión siguiente: “Me
gustaría apoderarme del castillo mediante un golpe que fuese a la vez notable y
divertido, y del que luego se hablara en todo el Irán. El sultán se reiría diciéndose:
Ibn Sabbah sigue siendo un bromista. De cualquier forma que se lo tome, siempre
muestra ese lado bufonesco. Por una vez, dejemos que haga su gusto”. Así pasamos
por el tamiz una docena de soluciones. Fue entonces cuando recordé la vieja fábula
de Dido apoderándose de Cartago. Se la conté a Hassan, que de inmediato se lanzó
sobre la idea. Aún lo oigo gritar de júbilo: “¡Oh, qué admirable jugada, viejo
hermano!, es exactamente lo que necesito”, y de inmediato Mehdi y él se pusieron a
preparar los detalles del plan. Mientras lo hacíamos, nos reíamos de tal manera los
tres que estuvimos a punto de ahogarnos. Y en efecto, todo sucedió perfectamente tal
como te lo contó tu valiente soldado…
Ninguno de los presentes podía contener la risa.
—¿Y se puede saber lo que le ocurrió al amable Mehdi? —preguntó el egipcio
cuando la hilaridad general se hubo calmado un poco.
—Tú abandonaste El Cairo y él se instaló en El Cairo —respondió el griego—. Y
tal vez en este preciso instante esté haciéndose carantoñas con las muchachas cuya
compañía galante gustaste antes que él.
—Y yo que hubiera apostado cien contra uno —dijo el dey gordo—, que desde
que el gran visir lo había exiliado de la corte de Isfahan nuestro Ibn Sabbah se había
vuelto serio. Ya que vaya donde vaya uno escucha hablar de él con la mayor
veneración… ¡muchos lo consideran incluso como un santo viviente! Pero según lo
que acabas de contar sigue siendo el excelente bromista que fue siempre.

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—Más vale no mencionarlo demasiado, si no te importa —sugirió el griego
bajando el tono—. En efecto, nuestro jefe ha cambiado algo desde que se instaló en
Alamut. Permanece encerrado en su torre día y noche y no recibe a nadie fuera de
Abu Alí: sus órdenes sólo nos llegan a través de él. Incluso es más bien desagradable
para nosotros, podéis creerlo, no tener acceso a sus pensamientos secretos…
Abu Alí entró precisamente en la sala con su brillante escolta. Todos se
levantaron de sus cojines y se inclinaron. El gran dey sonrió afablemente y los
cumplimentó. Tras lo cual los invitó a instalarse cómodamente alrededor de él, antes
de tomar la palabra:
—Muy digna asamblea de deyes y notables de la santa causa ismaelita. Nuestro
amo, Hassan Ibn Sabbah, os envía su bendición. Os ruega al mismo tiempo que os
dignéis recibir la noticia de su ausencia. La organización de nuestra gran cofradía, la
redacción de nuevas leyes y de nuevos decretos, y, finalmente, su edad avanzada le
impiden unirse físicamente a nuestra reunión. Pero él asistirá en espíritu y me ha dado
plenos poderes para arreglar en su nombre todos los asuntos importantes. Por mi lado,
le comunicaré la materia de nuestras deliberaciones y le transmitiré vuestros deseos.
La noticia de que el jefe supremo no participaría en la asamblea causó una penosa
impresión entre los deyes extranjeros. Les pareció que su amo los desdeñaba, que
ponía una frontera entre ellos y él; en resumen, que por propia iniciativa se colocaba
en un lejano pedestal.
El gordo dey Zaharui susurró en griego:
—¿Será ésta una nueva manifestación de su espíritu bromista?
—No sería raro —respondió el otro—, aunque me temo que la broma no sea
apreciada por nuestros amigos presentes.
El gran dey rogó primero a los instructores que le comunicaran los éxitos de sus
alumnos. El jefe de la escuela, Abu Soraka, habló primero y comenzó por explicar,
dirigiéndose a los jefes extranjeros, el objetivo general de los estudios que él dirigía.
Luego habló de los alumnos que progresaban bajo su férula:
—El primero en excelencia es un joven, nativo de Saya, nieto de aquel Tahír que
el gran visir, debéis recordarlo, mandó decapitar hace veinte años. No sólo posee una
excelente memoria sino que está maravillosamente dotado para la poesía. Tras él me
gustaría mencionar al llamado Djafar, joven extraordinariamente serio, que se ha
dedicado con profundo celo a la interpretación del Corán. Enseguida está Obeida, uno
de los seres más espirituales, aunque es preciso decir que no se podrá contar
ciegamente con él… Naim es aplicado…
Abu Alí anotaba los nombres así como breves comentarios. Ibrahim, que tomó la
palabra a continuación, clasificó también a Ibn Tahír en primer lugar. El Capitán
Minutcheher alabó especialmente a Yusuf y a Sulaimán. Para Abd Al-Malik,
Sulaimán era el primero sin lugar a dudas, e Ibn Tahír venía inmediatamente después.
En cuanto al médico, estaba contento con todos: empero no mencionó especialmente
a ninguno.

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Los deyes extranjeros se asombraron de la severidad y amplitud de aquella
educación. Lo que habían escuchado allí no dejaba de causarles cierta desconfianza.
El sentido último y el objetivo de aquella educación les era de alguna manera
incomprensible. Sin embargo, Abu Alí, ahora que los maestros habían dado su
informe, se frotaba las manos de satisfacción.
—Tal como habéis escuchado, no nos dormimos en Alamut. Todas las
predicciones de Nuestro Amo, desde que se apoderó de este castillo hace dos años, se
han revelado verdaderas. Como lo anunció hace dos años, el sultán sigue sin tener
prisa por cuestionarnos la posesión de esta fortaleza. En efecto, para los bárbaros que
se hallan al otro lado de la frontera, poco importa quién la mande. Si quisieran entrar
en el país, tendrían que atacarnos tal como atacarían a las fuerzas del sultán[21]. Y tal
como éstas, también deberemos defendernos. Mientras tanto, utilicemos lo mejor
posible el tiempo que el sultán, por las razones ya dichas, nos regala tan
generosamente. Nuestro jefe ha reorganizado el ismaelismo de arriba abajo. Cada
creyente es un soldado templado como el acero. Y cada soldado es al mismo tiempo
el más celoso creyente. Pero de todas las disposiciones tomadas, la que nuestro jefe
considera como la más importante es la fundación de la escuela de fedayines. Dicha
escuela forma una élite dispuesta a todos los sacrificios. Es todavía pronto para que
estéis en condiciones de apreciar el exacto alcance de estos propósitos y lo razonable
de esta institución. En nombre de Nuestro Amo, sólo os puedo decir una cosa: el
hacha que debe derribar el árbol de la dinastía selyúcida pronto estará afilada. El
momento en que retumbará el primer golpe quizá no esté lejos. Toda la comarca hasta
Rai es favorable a nuestra causa. Y si es verdad, como lo afirman los mensajeros de
Kuzistán, que el gran dey Hussein Al-Keini piensa encender la mecha de una revuelta
general en todo el país contra el sultán, entonces conoceremos, con bastante
precisión, el momento en que debemos poner también nosotros nuestras fuerzas a
prueba. Seguramente no es para mañana. De manera que, mientras tanto, venerables
deyes y venerables jefes, no me queda más que invitaros a trabajar tal como lo habéis
hecho hasta ahora. En pocas palabras, conseguir adeptos a nuestra causa, de hombre
en hombre. Eso es lo que necesitamos.
Abu Alí, que primero había hablado con voz neutra y monocorde, se había
enardecido bastante. Agitaba los brazos y lanzaba a su alrededor guiños y sonrisas de
inteligencia. Finalmente, se levantó del cojín sobre el que estaba sentado y se dirigió
hasta colocarse en medio de su auditorio.
—¡Amigos míos! —prosiguió—, aún debo transmitiros una recomendación
especial de Seiduna. No os dejéis cegar por los éxitos de vuestro proselitismo. Incluso
ahora, nos es útil todo individuo. Que el gran número de adeptos no os llame a
engaño, no digáis: ¿de qué sirve esforzarse por ganar para nuestra causa a tal o cual?,
so pretexto de que no tiene nombre ni fortuna. Tal vez ése será precisamente el que
haga inclinar la balanza a nuestro favor. ¡No ahorréis esfuerzos! Id de uno al otro e
intentad convencerlos. Pues en primer lugar hay que ganarse su confianza. Y para

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ello no se puede escatimar la sutileza: tratad de adaptar vuestro trato a cada caso
particular. En presencia de alguien que profesa una fe estricta y una confianza
absoluta en el Corán, debéis rivalizar en virtuosa indignación: lamentad que la
religión, desde que los sultanes selyúcidas dictan la ley en la corte del califa de
Bagdad, haya caído tan bajo, y que el mismo califa esté reducido al papel de lacayo
de esos extranjeros. Si, por el contrario, os toca un interlocutor que se queja de que el
imán de El Cairo sólo es un extranjero y un usurpador, comenzad por estar de
acuerdo, pero insinuad ayudados por muchos argumentos que por el lado de Bagdad
tampoco las cosas son perfectas. Si os enfrentáis a un partidario de Alí o al menos de
un simpatizante de su doctrina, vuestra tarea será más fácil. Si vuestro hombre se
siente orgulloso de sus ancestros iraníes, insistid en el hecho de que nuestro
movimiento ha tomado sus distancias con el régimen egipcio. Si ha sufrido injusticia
y humillación entre los suyos, consoladlo diciéndole que se le hará plena justicia
cuando los fatimitas de Egipto extiendan su poder hasta aquí. Si os toca un espíritu
con el suficiente discernimiento que se burle en secreto o incluso públicamente del
Corán y de las enseñanzas religiosas, sugeridle que el ismaelismo se identifica
esencialmente con el librepensamiento y que la historia de los Siete Imanes sólo es
una falsa apariencia… un cebo destinado a atraer a las multitudes ignorantes.
Trabajad así a cada individuo según su carácter y su forma de pensar y llevadle
insensiblemente a cuestionar las bases del orden existente.
»Sobre todo, evitad espantarlo: sabed mostraros humildes y satisfechos con poco,
plegaos a los usos y costumbres del país y de la sociedad en la que estéis y haced
todas las concesiones menores susceptibles de ablandar a los que tengáis delante.
Vuestro interlocutor debe tener la impresión de que sois instruidos y experimentados
y que pese a ello lo tenéis en gran estima… en pocas palabras, que lo que más os
importa es ponerlo, especialmente a él, en el buen camino. Cuando hayáis ganado su
confianza, pasaréis a la segunda etapa de vuestro plan. Le confesaréis que pertenecéis
a una cofradía religiosa que piensa establecer la justicia y la verdad en la tierra y que
quiere arreglarles las cuentas a los usurpadores extranjeros. Introducidlo en amistosas
discusiones, picad su curiosidad, mostraos misteriosos, haced alusiones y promesas
hasta que lo desorientéis completamente. Entonces exigidle el juramento de silencio,
explicadle la historia de los Siete Imanes, si cree en el Corán tratad de romper su fe,
reveladle con medias palabras el estado de nuestros preparativos, habladle del ejército
de élite que sólo espera la orden de atacar al sultán… Obligadle así a nuevos
juramentos, confiadle que hay en Alamut un gran profeta al que se someten miles y
miles de creyentes, y preparadle así para un compromiso solemne. Si es rico, o al
menos tiene un buen tren de vida, sacadle una fuerte suma para que así se sienta
ligado a nosotros. Es un hecho comprobado que el hombre permanece atado a lo que
le ha costado dinero. De estas cantidades podéis sacar pequeñas sumas que
distribuiréis entre los adeptos pobres, aunque debe ser a intervalos bastante alejados
para mantenerlos firmemente sujetos; y hacedles comprender bien que sólo se trata de

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adelantos sobre el pago que después recibirán de nuestro jefe supremo por su
devoción a la causa. Cuando un individuo se halle en vuestras manos de esta manera,
apretadle las clavijas. Describidle los terribles castigos que arrastran los perjuros, la
vida simple de nuestro jefe y los prodigios que se llevan a cabo alrededor de él.
Finalmente, no olvidéis volver regularmente a los lugares que hayáis visitado y no
olvidéis ninguna de las relaciones que hayáis iniciado en ellos. Pues, como dice
Nuestro Amo, no existen gentes tan modestas que no puedan servir a nuestra causa.
Los deyes habían prestado mucha atención a este discurso. De vez en cuando,
Abu Alí detenía su mirada en alguno y alargaba el brazo en su dirección como si sólo
se dirigiera a él.
—¡Ahora o nunca! —exclamó al final. Que ésta sea nuestra consigna. Sois
cazadores y pescadores de almas. Nuestro Amo os ha reunido con este fin y os envía
al mundo a ejecutar sus directivas. No tengáis miedo pues detrás de cada uno de
vosotros existe toda nuestra fuerza, están todos nuestros creyentes, todos nuestros
soldados.
Tras lo cual, hizo traer un cofre lleno de dinero y comenzó la repartición de
asignaciones. Sentado junto a él, Abd Al-Malik había abierto un gran libro en el que
estaban inscritos los presupuestos concedidos a cada cual, y el monto de las
gratificaciones que el jefe supremo les otorgaba particularmente.
—En adelante —les advirtió Abu Alí, cada cual recibirá un salario fijo; pero
sabed que el monto de dicho salario será determinado en función de vuestra fidelidad
y de vuestro trabajo, de vuestros resultados y de vuestros méritos.
Los jefes expresaron luego sus solicitudes particulares. Uno tenía una retahíla de
mujeres y niños a su cargo, otro un largo camino por delante. Un tercero quería que le
dieran el dinero que le correspondía a su compañero que no había podido venir, un
cuarto vivía en una región especialmente deprimida… Sólo el enviado del gran dey
del Kuzistán, Hussein Al-Keini, que había traído tres abultadas bolsas llenas de oro,
no pidió nada para él ni para su amo.
—Éste debería ser un ejemplo —proclamó Abu Alí, abrazando con fruición al
generoso emisario.
—El bandidaje produce mucho —susurró Alí-Hakim al dey Zaharui haciendo un
guiño significativo—. En efecto, se decía que el dey Hussein Al-Keini tendía
emboscadas a las caravanas que venían del Turkestán y las despojaban en nombre del
jefe supremo en persona, o al menos, según él, con su consentimiento. Ésa era, en
efecto una de las fuentes que le permitían a Hassan Ibn Sabbah mantener su
importante cofradía.
Cuando terminaron con la repartición del presupuesto, los jefes que vivían en el
castillo invitaron a sus huéspedes con asados y vinos finos y entablaron con ellos
conversaciones más familiares. Unos y otros entraron en confidencias sobre sus
problemas y dificultades: varios de entre ellos creían poco en el éxito final del
ismaelismo. Terminaron hablando de asuntos familiares… Uno tenía una hija en

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Alamut, otro un hijo en otra parte y tenían que ponerse de acuerdo sobre las
condiciones de la boda y el lugar donde se establecerían los recién casados: cada cual
quería tenerlos bajo su ala y disputaron largo rato para saber quién se resignaría a la
dolorosa separación…
Cuando, de esta manera, recuperaron la familiaridad de viejos amigos, se
dedicaron a cotillear sobre el jefe supremo y sus asuntos. Abu Soraka tenía bajo su
custodia, en su propio harén, a las dos hijas de Hassan, Haddiya y Fátima. La primera
contaba trece años, la segunda apenas once. Hassan no las había llamado nunca a su
lado, y nunca había preguntado por ellas desde que las había abandonado en manos
de Abu Soraka. El dey le contó al enviado del Kuzistán, que era su huésped, que las
niñas temblaban al mero nombre de su padre. Abu Soraka no aprobaba tal
comportamiento. Él mismo, en efecto, era un padre muy tierno. Por lo demás, nadie
sabía nada sobre las mujeres de Hassan. Simplemente se murmuraba que no estaban
alojadas en el recinto del palacio. El enviado del Kuzistán contaba por su lado, a
quien quisiera oírlo, que Hussein, el mismísimo hijo del jefe supremo, vivía en Zur
Gumbadán, una fortaleza de la que Hussein Al-Keini se había apoderado… Sí, se
había enfadado con su padre, quien, como castigo, lo había enviado junto al gran dey
del Kuzistán para que allí sirviera como simple soldado.
—Cierto es que el muchacho es feroz como bestia salvaje —añadió—. Sin
embargo, si fuera su padre, lo tendría junto a mí. Pues, creedme, si lo tuviera bajo su
férula, Hassan podría cambiarlo, o al menos enmendarlo, con más facilidad… En
cambio, la humillación sufrida por Hussein sólo ha reforzado su mal carácter y su
malignidad…
Los huéspedes permanecieron tres días enteros en Alamut. Al cuarto, cada cual se
encaminó al alba hacia su país. Y la vida en el castillo recuperó su ritmo habitual,
hasta que llegó un visitante inesperado.

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Capítulo 5

Era ya pleno verano cuando, un caluroso día, un anciano al que se le podían calcular
unos sesenta años, escoltado por quince jinetes, se presentó a las puertas del dominio.
El centinela apostado a la entrada del desfiladero los detuvo y les preguntó quiénes
eran y el motivo de su visita al castillo. El viejo dijo que era el ex comandante de la
plaza de Isfahan, Abul Fazel Lumbani, que venía de Rai, y que los rais de aquella
ciudad le habían encomendado traerle al jefe supremo una noticia de máxima
importancia. El oficial de servicio partió a todo galope hacia la fortaleza para
informar a su superior de la llegada de los extranjeros.
Era la hora que sigue a la tercera oración. Los alumnos hacían la siesta cuando la
llamada del cuerno los llamó a reunión. Se ataron las sandalias a toda prisa, cerraron
sus túnicas, empuñaron su escudo y sus armas y corrieron al patio. El capitán
Minutcheher, los deyes Abu Soraka, Ibrahim y Abd Al-Malik los esperaban sobre sus
caballos ya ensillados. Los jóvenes recibieron la orden de que también subieran a sus
cabalgaduras.
—Algo sucede —susurró Sulaimán a su vecino. Las aletas de su nariz se agitaban
y la espera le hacía brillar los ojos con un fulgor febril.
Abu Alí, que había llegado entretanto, acababa de montar su caballito blanco. Sus
piernas arqueadas se pegaron con un gesto enérgico a los flancos del animal, y galopó
hacia los alumnos, a los que arengó brevemente:
—¡Jóvenes!, os he reservado el honor de recibir a un hombre prestigioso que es
gran amigo de Nuestro Amo. Se trata del ex rais Abul Fazel, que durante cuatro
meses corrió el riesgo de esconder a nuestro jefe supremo, sustrayéndolo así de las
persecuciones del gran visir. Hay que prodigarle un recibimiento digno de su rango y
de los servicios que ha prestado a nuestra causa.
Espoleó su caballo y atravesó al galope el puente sobre el abismo.
Abul Fazel estaba algo impaciente. Se agitaba y lanzaba miradas irritadas en
dirección del desfiladero. Su caballo piafaba bajo él como si adivinara el estado de
ánimo de su amo. Finalmente un grupo de jinetes apareció por la garganta. El
visitante reconoció de inmediato a la cabeza a su viejo amigo Abu Alí. Acercándose a
todo galope, éste no esperó ni siquiera a bajar del caballo para abrazarlo.
—¡Me place ser el primero en recibirte en el castillo de Alamut! —dijo.
—¡Gracias! Yo también me alegro —respondió Abul Fazel. Su voz delataba un
leve descontento—. Pero hay que reconocer que no vais a apagar un incendio…

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Antes eran los demás los que esperaban que los recibiera… Como dice el proverbio:
«Hoy por mí, mañana por ti…».
Abu Alí rió de buena gana ante esta observación.
—Los tiempos cambian —dijo—. Pero no te enfades, viejo amigo. Simplemente
quería prepararte un recibimiento digno de tu rango.
Abul Fazel se contentó con esta excusa. Acarició su hermosa barba plateada,
estrechó la mano de los demás deyes, saludó a Minutcheher.
El capitán dio una orden y el destacamento de alumnos se lanzó en orden perfecto
hacia la explanada que se extendía algo más arriba, destinada a recibir a los
visitantes. Allí se dividió, rápido como el rayo, en dos cuerpos que cabalgaron cada
cual en una dirección precisa, para dispersarse luego en medio de un hermoso
desbarajuste. Con un estridente silbido los jinetes se reunieron en un grupo compacto.
Luego los jefes de ambos destacamentos gritaron una orden y se formaron de nuevo
dos grupos que se precipitaron al instante, lanza un ristre, a un furioso asalto. Parecía
que iban a derribarse y atravesarse de parte a parte con la punta de sus armas. Pero
con un movimiento perfectamente controlado, se contentaron con esquivarse
mutuamente, dieron media vuelta y se reunieron por última vez, volviendo, alineados
en una fila impecable, al punto de partida.
—¡Espléndidos mozos! ¡Ejemplares jinetes! —exclamó Abul Fazel con una
admiración que le salía del alma—. Confieso que se me pusieron los pelos de punta
cuando los vi cargar en orden de batalla… ¡Felicitaciones!
Abu Alí sonrió, feliz.
—No se han acabado tus sorpresas, mi buen rais. Espera llegar al castillo…
Dio una orden. El destacamento se lanzó en dirección del desfiladero que llevaba
a la fortaleza.
Cuando llegaron a Alamut, el capitán Minutcheher dejó a sus alumnos. Dio orden
de que se ocuparan de la escolta del rais y de los caballos. Luego acompañó a su
huésped y a los deyes a la sala de reuniones.
En el camino, Abul Fazel examinó la fortaleza y los edificios, asombrándose del
número de soldados y animales que veía:
—Pero es un verdadero campo atrincherado, querido amigo. Pensé que visitaría a
un profeta… y veo que tengo que vérmelas con todo un jefe militar. Aunque lo más
sorprendente es que no logro creer que todo lo que veo a mi alrededor sea obra de mi
viejo amigo Ibn Sabbah…
—¿Acaso no te dije que no se habían acabado tus sorpresas? —dijo riendo el dey
—. Apenas somos algo más de trescientos cincuenta hombres en la plaza. Pero como
ves se trata de soldados magníficamente entrenados, y estamos igualmente bien
provistos de víveres y materiales. Además hay que contar, en cada una de las
fortalezas vecinas, con unos doscientos combatientes, más o menos, que sólo esperan
una señal para venir en nuestra ayuda, encendidos de santa unción por nuestra causa.

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Toda la comarca nos es favorable y en caso de peligro, podemos reunir en Alamut en
un plazo mínimo hasta a mil quinientos hombres.
—Pese a todo, es demasiado poco, demasiado poco… —masculló Abul Fazel.
Abu Alí le lanzó una mirada de sorpresa.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Me imagino, de todos modos, que no pensáis enfrentaros a todo el ejército del
sultán con este puñado de pícaros.
—¡Lo pensamos y no sabes hasta qué punto! Pero me imagino que por el
momento no hay peligro, ¿no es cierto?
Abul Fazel movió la cabeza.
—Ya le hablaré a Ibn Sabbah —dijo por toda respuesta.
Los deyes se miraron. Finalmente llegaban a la terraza superior. Pasaron entre los
centinelas con las armas en la mano y entraron en el palacio del jefe supremo.
Los demás dignatarios los esperaban en la sala de audiencias. Abul Fazel buscó
inútilmente a su viejo amigo entre ellos.
—¿Dónde está Ibn Sabbah? —preguntó.
Abu Alí se rascó la barba:
—Ahora voy a informarle de tu llegada. Mientras tanto, los deyes te servirán y te
acompañarán.
Se alejó mientras Abul Fazel le gritaba:
—Dile que no he hecho este largo trayecto por capricho. El rais Mutsufer me
envía para darle un importante mensaje. ¡Lamentará cualquier minuto que tenga que
pasar esperándolo!
Se tendió en los cojines con expresión descontenta. Los deyes se acomodaron
junto a él, mientras los criados se afanaban alrededor del visitante, proponiéndole
golosinas y refrescos.
—Tengo la impresión de que una vez más seré yo el que deberá sentirse
agradecido —murmuró para sí.
—No te enfades, venerable jeque —intervino Abu Soraka—. Así son las
costumbres actuales de Alamut.
—El jefe supremo no ha salido ni una sola vez de sus apartamentos desde que se
apoderó del castillo —explicó Ibrahim—. Durante días y semanas no habla con nadie
excepto con los grandes deyes.
—Conocemos esos métodos —le cortó Abul Fazel—. Cuando todavía era rais de
Isfahan, dejaba que esperara delante de mi puerta a todo aquel cuya voluntad quería
doblegar. Pero mi puerta estaba siempre abierta de par en par para los amigos. Sobre
esto le diré cuatro frescas a Ibn Sabbah…
—Hemos oído decir, venerable jeque, que en el pasado lo ocultaste durante cuatro
meses en tu casa cuando era objeto de las persecuciones del gran visir —insinuó el
griego con una mirada astuta.
El rais lanzó una gran carcajada.

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—¿También te dijeron que lo creía loco? ¡Me gustaría saber quién hubiera
pensado de otro modo en mi lugar!
—He oído hablar del asunto —creyó conveniente agregar Abu Soraka—. Pero
confieso no saber a ciencia cierta cómo sucedió todo.
—¡Alí, no sabes cómo sucedió todo! Pues bien, si os interesa, os lo voy a contar
—dijo el ex rais.
Los deyes se apresuraron a poner algunos cojines más sobre su cabeza para que
pudiera tenderse cómodamente; luego todos se colocaron a su alrededor con mil
expresiones de respeto.
Comenzó, no sin antes aclararse la voz:
—Hace muchos años que no nos hemos visto, Ibn Sabbah y yo. Todo hace pensar
que ha cambiado mucho en todo este tiempo. Pero en la época en que lo conocí era
un bromista y un bufón inenarrable, insuperable. Toda la corte reía con sus bromas.
Uno solo de sus chistes bastaba para disipar el mal humor del sultán; así se
comprende que el gran visir haya terminado por tenerle celos y no haya dejado de
hacerle una mala pasada. Hassan consiguió finalmente huir a Egipto y un año después
apenas si la corte recordaba su nombre, con excepción naturalmente del gran visir
que tenía buenas razones para temer su venganza. Entonces, cuando llegó a sus oídos
que Ibn Sabbah había abandonado Egipto, encargó a todos los informadores que tenía
en el país que descubrieran su nueva residencia y, si encontraban al hombre, lo
liquidaran. Pero se hubiera dicho que se lo había tragado la tierra… Y he aquí que un
día, la cortina de mi puerta se aparta y deja entrar en mi habitación a un venerable
jeque friolento, arropado en un gran manto de viaje. Tuve tanto miedo que creí que
me daría un ataque. Cuando me recuperé les grité a mis criados: «¡Eh, imbéciles!
¿Quién ha dejado entrar a este hombre en mi casa?». Pero en aquel momento el
hombre apartó de su rostro la solapa levantada de su manto y reconocí el rostro
jocoso de mi amigo Hassan, milagrosamente sano y salvo. Fue sólo entonces cuando
me puse a temblar. Rápidamente cerré las cortinas dobles de mi puerta. «¿Te has
vuelto loco?», me irrité. «Cien esbirros del visir están en tu búsqueda. ¡Y vienes a
pasearte por Isfahan y a arrojarte sin avisar al cuello de un honrado musulmán!». Se
rió y según su vieja costumbre me golpeó el hombro. «Vamos, mi rais, mi buen rau»,
dijo. «Tenía muchos amigos cuando reinaba en la corte. Pero desde que caí en
desgracia, todos me dais con la puerta en las narices». ¿Qué podía hacer? Yo lo
quería, por eso finalmente lo invité a que se quedara en mi casa, pero cuidando de
que nadie supiera nada. Es verdad que tenía que pasar la mayor parte del tiempo
confinado en su habitación. Tenía paciencia y pasaba días enteros escribiendo o
soñando, y nunca dejaba de divertirme con sus ocurrencias y chistes a la hora en que
iba a visitarlo.
»… Pero una vez me declaró algo que me sorprendió. Lo divertido del cuento es
que recurrió a esa extraña manera, a ese tono ambiguo y bromista que adoptaba
habitualmente cuando contaba algún chiste; aunque también esa vez creí conveniente

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no tomarlo en serio y reírme. Pero me dijo esto: “Querido amigo, dame tres hombres
absolutamente leales y en un año derribo al sultán y su reinado”. Me reí hasta
ahogarme. Pero, veréis, de pronto se puso serio, me cogió por los hombros y me miró
hasta el fondo de los ojos. Aquella mirada era tan penetrante que sentí frío en la
espalda. Finalmente habló: “No puedo hablar más en serio, rais Abul Fazel
Lumbani”. Retrocedí de un salto y lo miré como si la novena maravilla hubiera
aparecido en aquel instante en medio de la habitación. ¿Y quién no se hubiera
quedado boquiabierto al oír a alguien, y no a cualquiera, anunciarle que le bastarían
dos o tres hombres para derribar un imperio que se extendía desde Antioquía hasta la
India y de Bagdad hasta el mar Caspio? Se me ocurrió la idea entonces de que,
debido a que vivía solo y acosado, se había vuelto loco. Le dirigí unas palabras
tranquilizadoras y me retiré prudentemente a mis apartamentos. De inmediato mandé
buscar al médico y le rogué que me recetara un remedio contra la locura. Repetidas
veces le ofrecí aquel medicamento a mi infortunado huésped. Él lo rechazó y desde
aquel día comprendí que ya no confiaba en mí.
La historia divirtió mucho a los jefes.
—¡Qué curiosa aventura! —exclamó el griego—. Totalmente a su medida.
—¿Y qué piensas hoy de las palabras de Hassan, venerable jeque? —quiso saber
Abu Soraka.
—Temo que haya hablado completamente en serio —dijo el otro con expresión
sombría.
Y paseó su mirada de uno a otro moviendo pensativamente la cabeza.
En cuanto volvió Abu Alí, se acercó solícito a su huésped:
—¡Bueno, Ibn Sabbah te espera!
El rais se levantó lentamente de sus cojines, saludó a todos en redondo,
inclinándose levemente, y siguió al gran dey.
Atravesaron un interminable corredor. Un negro gigante, con las armas
empuñadas, montaba guardia en cada extremo. Luego llegaron a una escalera de
caracol muy empinada que parecía llevar a lo alto de una torre. Comenzaron a subir.
—¿Ibn Sabbah se ha instalado en lo alto de una torre? —tronó el rais enjugándose
el sudor que bañaba su frente.
—Lo has adivinado, venerable dey.
La escalera se volvía cada vez más estrecha y cada vez más empinada. El gran
dey trepaba como si hubiera tenido veinte años. Esto dejó todavía más sin aliento al
rais.
—Detengámonos un poco —dijo al fin—. Estoy sin aliento. Ya no soy joven.
Hicieron una breve pausa y el viejo rais recuperó un poco el aliento; luego
volvieron a trepar. Pero unos instantes después Abul Fazel masculló de nuevo:
—¡Por las barbas de mi padre! ¿No se termina nunca esta maldita escalera?
¡Seguro que el zorro instaló su guarida en esta altura para seguir riéndose a costa
nuestra!

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Abu Alí se reía en su fuero interno. Se acercaban a lo alto de la escalera y el ex
rais estaba sin aliento. Éste iba con la cabeza tan gacha que ni se fijó en el centinela
que montaba guardia en lo más alto, cerrando el paso a los apartamentos: cuando
acabó de franquear los últimos escalones, casi choca de frente con dos piernas negras
y desnudas. Sorprendido levantó la mirada: tuvo tanto miedo que retrocedió de un
salto. Como una estatua de bronce, un negro medio desnudo, grande y fuerte como
una roca, estaba de pie frente a él, empuñando una formidable espada que al rais le
habría costado levantar con ambas manos. Abu Alí sujetó al anciano para que no
cayera por la escalera. Abul Fazel rodeó en silencio al centinela mudo e inmóvil. Una
vez en el corredor, se volvió una vez más y sorprendió la mirada que lo seguía; el
negro ponía detrás de él unos ojos en blanco poco tranquilizadores.
—Aún no había visto un sultán o un shah tan bien custodiado —farfulló el
huésped—. Este africano armado con semejante espada no constituye un recibimiento
muy alegre…
—El califa de El Cairo envió de regalo a Hassan un gran destacamento de estos
eunucos —comentó Abu Alí. Son los mejores centinelas que se pueda imaginar.
—¿Sabes?, este Alamut en su conjunto no es muy de mi gusto —se quejó el rais
—. Se ve poca comodidad. A mi edad…
Llegaron ante una puerta custodiada por un centinela idéntico al primero. Abu Alí
murmuró unas palabras y el negro levantó la cortina.
Entraron en una antesala amueblada someramente. El gran dey tosió. Algo se
movió detrás de uno de los tapices colocados como cortinas. Una mano invisible
levantó el pesado tejido. A través de la abertura apareció el jefe supremo de los
ismaelitas: Hassan Ibn Sabbah. Sus ojos brillaban con una expresión gozosa. Se
dirigió a paso rápido hacia su viejo amigo y le sacudió enérgicamente la mano.
—¡Mira! ¡Mira! Si es mi anfitrión de Isfahan. Espero que esta vez te hayas
ahorrado el traerme un remedio contra la locura.
Con una alegre sonrisa hizo entrar a los dos ancianos en su habitación.
El rais se encontró en un cuarto amueblado cómodamente: todo hacía pensar allí
en la habitación de un sabio. Las estanterías recorrían los muros, cargadas de libros y
de hojas oscurecidas por la escritura. El suelo estaba cubierto por alfombras. Diversos
instrumentos de astronomía, de medida y cálculo, tablillas y cálamos, un tintero
provisto de todo lo necesario para el trabajo de un escriba, atraían alternativamente
sus miradas. El visitante abarcó todo aquello con una mirada de asombro. No lograba
relacionar con el pensamiento lo que había visto abajo en la austera fortaleza y lo que
ahora tenía ante los ojos.
—¡Entonces no me traes un remedio contra la locura! —bromeó Hassan que se
acariciaba sonriendo su larga barba que, salvo algunos pelos, era de un hermoso y
profundo color negro—. ¿Puedo saber ahora cuál es la generosa intención que te trae
hasta aquí, al extremo del mundo?

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—No, en realidad ya no es tiempo de traerte un remedio contra la locura —
declaró finalmente el rais—. Pero Mutsufer me ha confiado una noticia para que te la
transmita: por orden del sultán, el emir Arslan Tash salió de Hamadán[22] y marcha
sobre Alamut con un ejército de treinta mil hombres. La vanguardia de la caballería
turca podría llegar hoy o mañana delante de Rubdar y acampará dentro de pocos días
bajo los muros de tu fortaleza.
Hassan y Abu Alí se miraron un momento.
—¿Ya…? —preguntó con aire pensativo—. No contaba con una decisión tan
rápida. Todo esto parece indicar ciertos cambios en la corte…
Hizo sentar a su amigo en un diván con cojines, se instaló a su lado y se puso a
reflexionar moviendo la cabeza.
—Te diré todo lo que sé —siguió Abul Fazel—. Por tu parte, debes desalojar este
lugar lo más pronto posible.
Hassan guardó silencio. El rais lo miraba a hurtadillas. No representaba sus
sesenta años. Los ágiles movimientos de su cuerpo eran aún los de la juventud. Tenía
el cutis terso, todavía iluminado por grandes ojos inteligentes cuya mirada era viva y
penetrante. En cuanto al resto, no había mucho que decir: estatura media y la silueta
de un hombre de corpulencia corriente ni enjuto ni gordo. Y respecto del rostro: una
larga nariz recta, labios gruesos de dibujo enérgico. El personaje había conservado su
voz fuerte, sus maneras directas, y esa entonación voluntariamente burlona que
delataba un fondo irónico. Pero cuando reflexionaba, su rostro cambiaba
profundamente. Su sonrisa desaparecía y sus rasgos adquirían una expresión sombría
e incluso dura. O bien parecía ausente y como absorto en la contemplación de alguna
invisible figura, como sucede a menudo con la gente dotada de fértil imaginación.
Visto bajo este aspecto, inspiraba sin quererlo temor en los que dependían de él.
De manera general se podía decir de él que era un hombre hermoso. Incluso mucha
gente lamentaba que en numerosas ocasiones manifestara la conciencia de sus
ventajas.
—Dame detalles, te escucho —dijo finalmente dirigiéndose a su huésped y
frunciendo el ceño.
—Por si aún no lo sabes —pronunció lentamente el rais—, te informo que tu
viejo enemigo Nizam Al-Mulk ya no es gran visir.
Hassan se incorporó; un temblor le recorrió todo el cuerpo.
—¿Cómo dices? —exclamó como si no creyera lo que oía.
—El sultán destituyó a Nizam Al-Mulk y ha nombrado provisionalmente en su
lugar al secretario de la sultana.
—¿Tadj Al-Mulk? —se asombró Abu Alí con aire satisfecho—. Es aliado
nuestro.
—Ya no lo es, desde que la sultana espera que su hijo sea llamado legalmente a la
sucesión del trono —explicó el rais.
—Baja traición —gruñó el gran dey.

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Hassan pensaba en silencio. Inclinado hacia delante, se había puesto a dibujar
círculos con el dedo en la alfombra. Los otros dos ancianos se callaron también,
limitándose a seguir con la vista los gestos de su anfitrión y esperando visiblemente
que tomara la palabra.
—Si el secretario de la sultana reemplaza a Nizam Al-Mulk —dijo finalmente
Hassan—, está claro que nuestra posición en la corte ha cambiado fundamentalmente.
Esto desbarata de alguna manera mis cálculos. Pensaba gozar de paz hasta la
primavera. Para entonces, mis preparativos estarían terminados… Habrá que
acelerarlos seriamente.
—¡Alí, y me olvidaba lo más importante! —prosiguió el mis—. Nizam Al-Mulk
ha conservado el rango de visir… pero sólo para que le confiaran una misión precisa:
aniquilar el ismaelismo en el más breve plazo.
—Eso significa un combate a muerte —observó Abu Alí con tono rudo—. El ex
gran visir está en la situación del lobo al que se le ordena exterminar el rebaño.
—Todavía no somos un rebaño de ovejas —bromeó Hassan. Acababa de tomar
una decisión y parecía haber recuperado toda su serenidad—. Tenemos que tomar
disposiciones urgentes —prosiguió—. ¿Qué piensa Mutsufer? ¿Está dispuesto a
ayudarnos?
—Hemos examinado minuciosamente todas las posibilidades —respondió Abul
Fazel—. Te quiere y está dispuesto a cubrir tu retirada ante la caballería turca. Por lo
demás, enfrentado el grueso del ejército del emir, no puedes batirte en retirada solo.
—Entiendo, entiendo —murmuró Hassan, mientras su acostumbrada sonrisa
bromista se dibujaba en sus labios y le encendía una llama en los ojos—. ¿Y dónde
me aconseja Su Inteligente Majestad que debo retirarme?
—Son justamente esas posibilidades las que hemos discutido más acaloradamente
—dijo el rais, fingiendo no haber advertido el aire malicioso de Hassan—. Sólo tienes
dos salidas: la más corta, hacia occidente, atraviesa el país de los salvajes kurdos; te
permitiría llegar a Bizancio y a Egipto. La más larga, hacia el este, es la que te
aconseja Mutsufer. Hacia Merv o incluso hacia Nishapur[23]. Hussein Al-Keini podría
unirse a ti con sus fuerzas y luego no tendríais más que retiraros juntos hacia Kabul,
donde siempre encontrarás algún príncipe oriental que te dé asilo.
—Notable proyecto —observó Hassan divertido—. ¿Y si resultara que mis tropas
no fuesen lo bastante móviles frente a la caballería del sultán?
—También pensamos en esta eventualidad —prosiguió el rais acercándose más a
su anfitrión—. Si la retirada con tu gente te parece demasiado arriesgada, entonces
Mutsufer te ofrece refugio a ti y a tu séquito. Justamente para esto me ha enviado
hasta aquí.
—Mutsufer es un espíritu sagaz y no olvidaré fácilmente este testimonio de
simpatía. Pero no puede ver en mi cabeza ni leer en mi corazón. —La voz de Hassan
adquirió una entonación seca y decidida al pronunciar estas palabras—. Alamut es
inexpugnable. Por ello nos quedaremos en el castillo. Aplastaremos a la caballería

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turca y cuando el grueso de las tropas del sultán llegue ante la fortaleza estaremos
listos.
Abu Alí miró a Hassan con ojos brillantes, ojos llenos de confianza. Abd Fazel se
mostró atemorizado.
—Mi querido Hassan, siempre te consideré un hombre hábil y desenvuelto —dijo
—. En estos últimos tiempos tu prestigio se ha extendido considerablemente y se
habla de ti en todo el Irán. También has probado, mediante tus intrigas en la corte,
que podías ser un hombre de Estado mejor capacitado que muchos otros. Pero lo que
dices me llena sinceramente de inquietud y de espanto.
—Apenas he acabado la mitad de mi obra —respondió Hassan—. Hasta ahora
confiaba efectivamente en mis aptitudes de hombre de Estado. Ya es hora de que
experimente lo que puede lograr la fe.
Había subrayado esta última palabra. Volviéndose entonces hacia el gran dey:
—Ve a reunir el consejo de jefes —ordenó—, la tropa debe estar en pie de guerra
al momento. Los alumnos pasarán a partir de mañana la prueba que los consagre
fedayines. Todos deben saberlo todo. Tú dirigirás el gran consejo en mi lugar. Les
dirás a los jefes que se acercan unos visitantes y que hemos decidido esperarlos aquí.
Que cada cual te dé su opinión. Una vez que los hayas escuchado a todos, volverás a
darme un informe. Que el capitán ordene a los oficiales que tomen todas las medidas
para asegurar la defensa de la fortaleza.
—Todo será hecho como lo ordenas —aprobó el gran dey, y abandonó la
habitación.
El redoble de los tambores y el mugido del cuerno llamaban poco después a la
tropa a las armas y a los jefes a reunión. Con el rostro grave, Abu Alí esperaba en la
sala del consejo. Los deyes y oficiales estuvieron allí en un instante. Cuando se
hubieron reunido todos, el gran dey los miró uno tras otro.
—El sultán ha depuesto al gran visir —comenzó sin más preámbulo— y le ha
confiado una misión urgente: aniquilar el ismaelismo. El emir de Hamadán, Arslan
Tash, marcha sobre Alamut con treinta mil hombres. La vanguardia de la caballería
turca se encontrará hoy o mañana delante de Rubdar. En pocos días, las banderas
negras pueden flamear delante de las puertas de nuestra fortaleza. El comandante de
la plaza de Rai, Mutsufer, nos ha prometido ayuda. Aunque nuestro mejor aliado es
nuestra voluntad de vencer. Seiduna me ha encargado pediros vuestra opinión sobre
la manera más segura de resistir el ataque. Una vez que haya oído vuestros consejos,
dictará las medidas necesarias.
Sentados en sus cojines, los jefes se lanzaron entre sí miradas de sorpresa. Uno de
ellos susurró una observación al oído de su vecino y luego permaneció largo rato
silencioso…
—Capitán, tú, que eres un soldado experimentado —lanzó finalmente Abu Alí
hacia Minutcheher—, ¿cuál es, según tú, la cosa más importante que hay que hacer?

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—No debemos temer el asalto de la caballería turca —respondió el capitán—. La
fortaleza puede resistir un ataque de este tipo: el que quiera tomarla por la fuerza
corre derecho a una vergonzosa derrota. Pero ¿cuánto tiempo podremos resistir la
presión de un ejército de treinta mil hombres que habrán traído máquinas y aparatos
de sitio? Aquí está el problema.
—Con los víveres de que dispones en este momento en la fortaleza, ¿cuánto
tiempo podemos resistir? —preguntó el griego.
—Digamos seis meses, como mínimo —respondió el militar—. Pero si tenemos
tiempo de enviar una caravana hasta Rai, Mutsufer puede aprovisionarnos para
resistir seis meses más.
—Importante decisión —señaló Abu Alí, que anotó algo en su tablilla.
Abd Al-Malik había tomado la palabra:
—En mi opinión, sería torpe dejamos encerrar demasiado pronto en el castillo.
Siempre podríamos intentar coger a las vanguardias turcas en campo abierto, sobre
todo si Mutsufer nos manda realmente refuerzos. El grueso del ejército del sultán se
halla aún lejos.
Este plan, como se puede imaginar, hizo mucho efecto entre los jóvenes oficiales.
—Cuidado con correr demasiado —les previno Abu Soraka—. Debernos pensar
que tenemos en el castillo a nuestras mujeres y a nuestros hijos: ¿qué sería de ellos si
tuviéramos que sufrir un revés en el campo de batalla?
—¡Siempre he dicho —se acaloró Ibrahim—, que las mujeres y los niños no
debían contar para los combatientes!
—Recuerda que no soy el único que tiene a los suyos en la fortaleza —le contestó
Abu Soraka, haciendo claramente alusión a las hijas de Hassan.
El dey Ibrahim se mordió los labios de cólera.
—Pues bien, dejadme daros un magnifico consejo —dijo riendo Alí-Hakim—.
Pongamos a las mujeres y a los niños a lomo de camellos y mulas y enviémoslos a
Mutsufer. La caravana sólo tendrá que traernos de vuelta los víveres necesarios.
Mataríamos tres pájaros de un tiro: reduciríamos el número de bocas que alimentar en
el castillo, nos ahorraríamos las terribles preocupaciones por los nuestros y la
caravana no haría la mitad del camino de balde.
—La idea es inteligente —reconoció Abu Alí anotando en la tablilla la
sugerencia.
Pronto estaban enzarzados en una gran discusión. Disputaban sobre lo que faltaba
aún en el castillo, se peleaban por el reparto de las tareas que le incumbían a cada
cual. No hubo ninguno que no diera su opinión sobre los menores detalles del asunto.
Finalmente Abu Alí levantó la sesión. Se ordenó al jefe de la plaza esperar las
disposiciones definitivas y se apresuró a ir a ver a Hassan en lo alto de la torre.
Hassan había tenido tiempo de informarse con el ex rais de Isfahan de los
cambios que habían podido acontecer en la corte para motivar una decisión tan rápida
del sultán. En efecto, hasta entonces había permanecido en estrecha relación con los

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círculos del gobierno, pues Tadj Al-Mulk, visir de la joven sultana Turkan Hatuna,
representaba para él un inestimable papel de informador en este asunto. El sultán
Malik había instituido heredero legal del trono a su hijo mayor Barkiarok, fruto del
matrimonio con su anterior esposa. El joven, que tenía veinte años, acababa de
someter a una partida de príncipes rebeldes durante una campaña a lo largo de la
frontera india. La joven sultana había aprovechado su ausencia para intentar
garantizar a su hijo Muhammad, de cuatro años, la sucesión al trono de Irán. Nizam
Al-Mulk era de los más recalcitrantes opositores de este proyecto. El soberano sufría
tanto la influencia de su viejo visir como los encantos de su joven y bonita esposa. El
gran visir creía haber encontrado una poderosa ayuda en el califa y en el clero
sunnita. La sultana estaba por su parte apoyada por los numerosos enemigos de
Nizam y de manera general por todos los que soñaban con verlo reducido a la
impotencia. Para que el partido de la sultana tuviera también su contrapeso frente al
clero sunnita, el visir particular de ésta había tratado de establecer contactos con los
partidarios de Alí, de los que Hassan era el jefe. Estas disensiones cortesanas llevaban
agua al molino del amo de Alamut. Él había dado la seguridad a la sultana de que sus
partidarios apoyarían su causa en todo el Irán, y Tadj Al-Mulk se había
comprometido delante de él a convencer a la hermosa Turkan Hatuna de hacer todas
las presiones posibles para calmar al soberano, a quien sus recientes éxitos militares
en el norte del país podían muy bien empujar a alguna acción intempestiva.
Durante dos años, la sultana y su secretario habían cumplido sus promesas.
Cuando Nizam Al-Mulk presionaba al sultán para intervenir contra los ismaelitas,
ellos se las ingeniaban para minimizar el peligro que representaban estos últimos,
alegando que todos los temores del gran visir se debían al odio personal contra
Hassan Ibn Sabbah. El sultán sólo pedía escuchar esta canción. Como estaba más
bien del lado de Nizam respecto de la sucesión del trono, se sentía tanto más
inclinado a hacer concesiones a la sultana y a su visir en lo tocante a los ismaelitas.
Ahora bien, el rais Abul Fazel acababa de traerle informaciones a Hassan que
parecían trastornarlo todo, informaciones que recibía por boca del enviado de
Mutsufer en la corte de Isfahan… Nizam Al-Mulk había sabido que Hussein Al-Keini
había comenzado a reunir sus fuerzas alrededor de la fortaleza de Zur Gumbadán, tras
haber levantado en nombre de Hassan a todo el Kuzistán contra el sultán. Había
razones para temblar. Sabía que con Hassan tenía una cuenta pendiente, y eso lo
empujó a jugarse las últimas cartas con el soberano. En efecto, muchos años antes
había desprestigiado a Hassan ante su amo utilizando la astucia, pintándolo como un
bromista desprovisto de todo talento pero que, pese a esto, alimentaba el proyecto de
eliminarlo, a él, visir de la corte, mediante una baja impostura. El sultán se había
enfadado y Hassan había tenido que huir de Isfahan aquella misma noche. Sin
embargo, en esa ocasión el soberano había concebido la falsa idea de que los éxitos
de Hassan no debían ser tomados en serio. Fue necesario, pues, que el gran visir le
confesara que en el pasado había desprestigiado a Hassan ante su persona sirviéndose

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de argumentos infundados y que, en realidad, el jefe de los ismaelitas era un hombre
capaz y peligroso. Según contaban, el sultán, lívido de cólera y despecho, había
empujado con el pie al anciano arrodillado y atónito, y se había retirado a sus
apartamentos. Poco después decretó que Nizam había dejado de ser gran visir y que
el secretario de la sultana lo sucedería provisionalmente en este puesto. Al mismo
tiempo, Nizam había recibido la orden tajante de vencer a Hassan en el plazo más
corto y aniquilar para siempre el ismaelismo. Así se entiende que la sultana y su
secretario hubieran abandonado a su aliado de ayer, ahora que su peor adversario
había sido eliminado y ya no tenían necesidad de ninguna ayuda para ejercer
definitivamente su influencia sobre el sultán.
Después de horas tan agitadas, el monarca había partido hacia Bagdad con toda su
corte para visitar a su hermana y a su cuñado, el califa. En efecto, tenía en la cabeza
un plan importante: convencer a este último de que reconociera como heredero del
califato al hijo que recientemente había tenido el califa, Comendador de los
creyentes, con la hermana del sultán, éste de raza turca.
Cuando Abu Alí volvió a dar su informe, Hassan conocía todos los detalles de las
últimas intrigas de la corte de Isfahan. Ahora deseaba prestar la mayor atención a la
opinión de sus jefes. Una vez que el gran dey hubo terminado, se levantó y se puso a
recorrer la habitación. Le daba vueltas a la situación en la cabeza, pasando revista a
las soluciones que se le ofrecían. Finalmente se volvió hacia Abu Alí:
—¡Toma tu tablilla y escribe!
El gran dey se sentó en la postura del escriba, colocó la tablilla sobre su rodilla
izquierda y levantó el cálamo.
—Estoy listo, Ibn Sabbah.
Hassan se inmovilizó junto a él, con el fin de leer por encima de su hombro, y
comenzó a dictar las directivas, llenas de muchas explicaciones útiles:
—Respecto del recibimiento a la caballería turca —comenzó—, Abd Al-Malik
tiene razón: no debemos encerramos en el castillo demasiado pronto. La
sorprenderemos a descubierto, en un lugar determinado, y la dispersaremos. Para ello,
debemos preocupamos de que Mutsufer nos envíe a tiempo sus tropas de refuerzo.
Tú, Abu Alí, tomarás el mando del ejército que recibirá a la vanguardia del sultán.
Minutcheher asumirá la defensa de la fortaleza. Pondrá mala cara ya que le gustan los
campos de batalla en los que no se escatima la sangre, pero necesitamos de su
capacidad para que la ciudadela esté preparada ante cualquier eventualidad…
Enseguida es de gran importancia deshacernos de las bocas inútiles y otros pesos
muertos. Abd Al-Malik deberá poner a las mujeres y a los niños de los harenes a
lomo de camello y mulas antes de la noche: quiero que la caravana parta
inmediatamente después de la última plegaria. Mutsufer es un alma buena y tendrá,
mal que le pese, que cargar con este fardo viviente. Además es preciso que un
mensajero parta para Rai con el fin de informarle de todo lo que le espera: deberá
preparar urgentemente los víveres que la caravana traerá de vuelta, y despachamos en

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el acto todas las tropas que pueda poner a nuestra disposición. Que ponga a las
mujeres y a los niños a trabajar con el fin de ganar tiempo y evitar mayores gastos…
Y tú, ¿qué piensas hacer, amigo Abul Fazel?
Miró al rais con sonrisa disimulada.
—Yo saldré al mismo tiempo que la caravana de Abd Al-Malik —respondió el ex
comandante—. No quisiera por nada del mundo encontrarme en esta ratonera cuando
el ejército del sultán arremeta contra vosotros. Mis consejos y los consejos de
Mutsufer no han servido de nada. Cumplí con mi deber; sólo me queda poner pies en
polvorosa y perderme en la niebla mientras me quede tiempo.
—Tu decisión me conviene a las mil maravillas —dijo riendo Hassan—. Tu
escolta bastará para proteger la caravana. Así Abd Al-Malik sólo tendrá que llevar un
puñado de hombres. Que, para el regreso, Mutsufer nos dé algunos hombres de
escolta, con eso bastará… También espero que cuidará del amable gentío de nuestros
harenes.
Luego, dirigiéndose de nuevo a Abu Alí:
—Que un mensajero parta al punto para Rudbar y le transmita a Buzruk Umid la
orden de que deje de lado todo lo que tenga entre manos y venga a reunirse con
nosotros en Alamut. Lo necesito. Lamento que Kuzistán esté tan lejos y que Hussein
Al-Keini no pueda llegar en el tiempo que nos queda. Pero él también debe ser
informado. En realidad aquí van a suceder cosas que asombrarán a las generaciones
futuras…
Perdido en sus pensamientos, daba la impresión de estar embargado por una
suerte de risa interior. Tras un corto silencio, se dirigió al rais:
—Me parece que sigues tomándome por un imbécil, como en los viejos tiempos
de Isfahan. Solamente ves marchar sobre nosotros, que apenas somos un puñado de
hombres, un ejército de treinta mil hombres pero no ves a los ángeles corriendo en
nuestra ayuda y velando por nosotros como velaron antaño por el Profeta y los suyos
en la batalla de Badr[24].
—Bromeas, bromeas siempre —respondió Abul Fazel con una sonrisa ácida. En
efecto, no le gustaba que Hassan intentara burlarse de él en semejantes
circunstancias.
—No, no bromeo, viejo amigo —dijo alegremente Hassan—. Digamos que sólo
hablo en imágenes. Ya te lo he dicho, os preparo una sorpresa, una sorpresa tal que no
creeréis ni a vuestros ojos ni a vuestros oídos. ¡Voy a mostrar los prodigios que puede
llevar a cabo la fe!
Luego siguió dictando sus órdenes y concluyó dirigiéndose a Abu Alí:
—Informa exactamente a cada cual sobre las tareas que les asigno. Escoge
personalmente a los mensajeros y redacta rápidamente las órdenes. Deben partir
enseguida. Que Abd Al-Malik me traiga a mis dos hijas antes de partir. Cuando hayas
terminado, reunirás a la tropa y les anunciarás a los hombres que el sultán nos ha
declarado la guerra. Finalmente ordenarás a los alumnos que se preparen, pues

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mañana por la mañana temprano comenzará para ellos la prueba. Cuento con que
pongan buena cara: amenázalos si es preciso con negarles la consagración. Por la
noche, los reunirás en la sala de oraciones y los consagrarás fedayines a todos. Que
éste sea para ellos el momento único, el más solemne, que les haya sido dado vivir en
este mundo. Todo ello sobre el modelo de lo que conocimos en El Cairo… ¿Está
claro?
—Perfectamente claro, oh, Ibn Sabbah.
Hassan se despidió de los dos ancianos. Tras lo cual se tendió en los cojines y se
puso a pensar en las decisiones que acababa de tomar. Cuando se convenció de que
no había olvidado nada importante, se adormeció con la mayor tranquilidad del
mundo.
La tropa seguía esperando bajo el sol abrasador del patio. Los hombres habían
podido ver que sus superiores entraban en el edificio del jefe supremo; no habían
vuelto a salir sino al cabo de un largo rato. Los soldados dominaban mal su
impaciencia.
Los alumnos, de pie en dos filas delante del cuartel, derechos como cipreses,
miraban fijamente al frente. Todavía sentían el placer del orgullo que les había
proporcionado el honor de haber sido escogidos para recibir al viejo dignatario; pero
también ellos comenzaban a perder la paciencia.
Sulaimán fue el primero en romper el silencio.
—Me gustaría mucho saber lo que sucede. Tal vez vayamos a terminar de una vez
con esta maldita instrucción…
—Me parece que quieres tener barba antes de tener bozo —ironizó Yusuf.
Una risa recorrió las filas.
—En cuanto a mí —contestó Sulaimán—, tengo la impresión de que tienes miedo
de que se te deshaga la grasa de la barriga. ¿Acaso temes oír el redoble del tambor o
la llamada del cuerno?
—Sólo tengo curiosidad por saber quién de nosotros será el primero en enfrentar
al enemigo.
—Seguramente tú, ¿no es cierto?… Aunque con tus largas piernas siempre
puedes correr; en el momento decisivo tendrás que contentarte con contemplar mi
espalda…
—Dejad de pelearos —intervino Ibn Tahír—. Todavía no habéis matado al oso…
—Si me volviera mosca podría escuchar lo que hablan los jefes —suspiró Obeida.
—Querrás convertirte en una mosca cuando aparezca el enemigo —ironizó
Sulaimán.
—Si una lengua afilada bastara para vencer al enemigo, tú serías el primero de los
héroes —se burló Obeida—, y el trono de Irán se tambalearía en sus cimientos.
—Y yo conozco a un Obeida que podría temblar perfectamente delante de mis
puños uno de estos días —lo amenazó Sulaimán.
El caporal Abuna cruzó corriendo. De paso, les dijo a media voz:

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—Parece que va a haber baile, muchachitos. Las tropas del sultán marchan sobre
nosotros.
Se callaron. Ahora sentían en el hueco del estómago una vaga angustia, que
progresivamente se convirtió en entusiasmo y dicha salvaje.
—¡Bueno, por fin…! —exclamó Sulaimán, con verdadera sinceridad.
Se miraron. Tenían los ojos y las mejillas encendidos. De vez en cuando uno de
ellos sonreía. La imaginación comenzaba a caldearse: entreveían la perspectiva de
acciones heroicas… realizaban hazañas imposibles… se cubrían de gloria…,
accedían a la inmortalidad.
—¡Caray! ¡Esta espera no acabará nunca! —explotó Sulaimán, que no podía
aguantar más—. ¡Qué al menos nos den la orden de montar a caballo y vencer a los
herejes…!
Abuna, acompañado de dos hombres, atravesó el patio; llevaban tres caballos de
las bridas: dos corceles negros y el caballito de Abu Alí.
Alguien susurró:
—Seiduna va a hablar.
Un murmullo atravesó las filas.
—¿Qué? ¿Quién va a hablar?
—Seiduna.
—¿Quién lo dijo? El caballo blanco es el de Abu Alí. Uno de los dos caballos
negros pertenece al capitán.
—¿Y de quién es el tercero?
Delante de la entrada del palacio, el centinela acababa de inmovilizarse
levantando su arma. El gran dey y los demás jefes salieron del edificio. Abu Alí, el
capitán y el dey Ibrahim montaron los caballos que esperaban. Los demás jefes
fueron a reunirse con sus compañías; cada uno de ellos, colocado al frente de sus
hombres, ordenó entonces a éstos que volvieran la cabeza hacia el palacio del jefe
supremo.
Abu Alí y sus dos compañeros cabalgaron hasta el borde de la terraza superior;
luego el gran dey levantó el brazo para pedir silencio…; en efecto, un silencio
sepulcral invadió al instante los dos patios inferiores. El gran dey se alzó levemente
sobre los estribos. Con voz firme gritó:
—¡Creyentes ismaelitas! ¡En nombre de Nuestro Amo y jefe supremo! Ha llegado
el momento de la prueba decisiva. Con las armas en la mano, tendréis que probar
vuestra devoción y el amor que les tenéis a los santos mártires y a nuestro guía.
Su verdugo, el hijo de perra Arslan Tash, por orden del sultán, marcha contra
nosotros, creyentes ortodoxos, a la cabeza de un gran ejército; su intención es
exterminamos. Dentro de pocos días, los cuernos de su caballería resonarán delante
de Alamut y la bandera negra del perro abbasida flotará ante nuestra fortaleza. Por
eso ordeno, en nombre de Nuestro Amo, que ninguno de vosotros os separéis de hoy
en adelante, ni de día ni de noche, de vuestra arma. El que infrinja esta orden será

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considerado rebelde y ejecutado de inmediato. A la llamada de los cuernos deberéis
encontraros sin demora en vuestro lugar de reunión. Vuestros superiores os darán
órdenes detalladas…
Movió las riendas y miró en dirección de los alumnos. Fue a ellos a quienes se
dirigió ahora:
—¡Vosotros que estáis dispuestos a sacrificaros, escuchad la orden de vuestro
amo! A partir de mañana seréis llamados a pasar la prueba. El que la supere con éxito
será consagrado esa misma noche. Os hago por ello esta llamada: preparad vuestro
espíritu pues el momento de la consagración será para cada uno de vosotros el punto
culminante de toda una vida.
Se volvió de nuevo hacia el grueso de la tropa. Su voz resonó en todo Alamut.
—¡Combatientes de la causa ismaelita! Recordad la palabra de los profetas.
Combatid como leones. ¡Pues el miedo no salvará a nadie de la muerte! ¡Alá es Alá y
Mahoma su Profeta! ¡Ven a nosotros, Al-Mahdi…!
Un soplo de agitación corrió entre los alumnos como si el rayo hubiera caído
sobre sus cabezas. El gran día de la prueba estaba frente a ellos, y nadie se había
preparado en serio para pasarla. Lívidos, se agitaron en sus sillas mirándose entre sí
de reojo.
—¡Ahora al sultán! —exclamó Sulaimán—. Como no sabemos nada, lo mejor
que podemos hacer es declararnos simples soldados.
—Sí, nos declararemos todos como tales y que luego hagan con nosotros lo que
quieran —aprobó Obeida.
Yusuf era el más pusilánime de todos. Enjugándose permanentemente el sudor de
la frente, esperaba contra todo pronóstico que brillara la esperanza de una tregua.
—¿Será en realidad tan terrible? —preguntó con aire contrito.
—Caerás cuan largo eres —bromeó sarcásticamente Sulaimán.
Yusuf suspiró tristemente y se tapó la cara con las manos.
—¿Pero qué se puede hacer por el momento? —preguntó Naim.
—Arrójate al Shah Rud, es lo que mejor puedes hacer —ironizó Sulaimán.
Entonces Ibn Tahír tomó la palabra:
—¡Vamos, vamos amigos! ¿Pensáis que Nuestro Amo nos habría elegido como
alumnos para rebajarnos luego al rango de simples soldados? De todos modos hemos
aprendido aquí dos o tres cosas… Por mi parte, iré a meter la cabeza en mis notas e
intentaré revisar un poco todo ese fárrago… y os sugiero hacer lo mismo.
—Pues entonces, aconséjanos, léenos un poco —dijeron todos.
Ibn Tahír los invitó a reunírsele en la terraza. Se sentaron en el suelo, con sus
tablillas y sus notas en la mano, e Ibn Tahír les hizo preguntas; intentó explicarles lo
mejor posible lo que no entendían bien. Con esta actividad la inquietud de todos se
calmó bastante. De vez en cuando, todos temblaban pensando en el día que les
esperaba. Cada cual sentía por anticipado una sorda angustia. Extrañamente, ya
ninguno pensaba en el enemigo que se acercaba.

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Al otro extremo de la terraza inferior, un apretado seto de álamos y cipreses
frondosos disimulaba a la izquierda de la torre el edificio de los harenes, vecino de
los palomares. Abd Al-Malik cayó como un buitre en medio de los niños y las
mujeres y les ordenó que se prepararan para una inmediata partida. Gritos, cloqueos,
sollozos, idas y venidas afanosas siguieron a su orden. Los guardianes eunucos
asistían a todo aquello con una indiferente tranquilidad, hasta el momento en que el
dey los apremió para que ayudaran a la mudanza de las mujeres. Mientras tanto, una
docena de camelleros había aparejado mulas y camellos delante del edificio. Los
oficiales y los deyes llegaron finalmente para decir adiós a sus mujeres e hijos.
Abu Soraka tenía dos esposas en el castillo. La primera era una mujercita de su
edad, avejentada y sin dientes; le había dado dos hijas que se habían casado en
Nishapur. El dey estaba con ella desde la juventud: la necesitaba como un niño a su
madre. La segunda era más joven y de ella tenía una hija y un hijo que él hacia educar
en el harén junto a las dos hijas de Hassan. También amaba tiernamente a esta mujer
y ahora que se iba comprendía de repente cuánto iba a echarla de menos. Le costaba
dominar su emoción… pero no era conveniente dejar entrever los sentimientos…
En cuanto a Al-Hakim tenía por mujer a una anciana egipcia. La había traído
desde El Cairo. No le había dado hijos y se murmuraba en el harén que antes de la
boda había llevado una vida de mujer pública. El viejo médico gustaba evocar delante
de los extraños la belleza milagrosamente preservada de su compañera.
Personalmente maldecía la esclavitud y el dominio que tenía sobre él… pero cada vez
que una caravana se detenía delante del castillo nunca dejaba de correr a comprarle
un regalo con la esperanza de agradarla. Una vieja etíope hacía todo el trabajo
doméstico de aquella amable dama. Ella no hacía a lo largo del día más que tenderse
sobre cojines, maquillarse, vestirse de seda y soñar…
El capitán Minutcheher, que sólo tenía una mujer en el castillo y le había confiado
el cuidado de tres hijos que había tenido de sus dos mujeres anteriores, se contentó
con hacerles breves despedidas a todos. En realidad, temía enternecerse y demorarse
más de lo necesario.
Fue así cómo los hombres que tenían familia en la plaza se despidieron de los
suyos y volvieron a sus deberes de hombres. Abu Soraka y Alí-Hakim aprovecharon
la ocasión para intercambiar algunas frases.
—Ahora nos parecerá muy vacío el castillo —suspiró el primero.
—Tengo que elogiar a esos filósofos que afirmaron que el placer obtenido de una
mujer sigue siendo, con el comer y el beber, el único bien que vale la pena buscar en
esta vida —ponderó el griego.
—Nuestros jefes supremos los desdeñan empero —observó el dey.
El médico hizo una mueca burlona.
—Hablas como un escolar.
Cogió a Abu Soraka del brazo y le murmuró en el oído:

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—¿Qué crees que ocultan nuestros amos allí, en esos jardines detrás del castillo?
¿Tal vez una manada de gatitas? ¡A otro perro con ese hueso…! Tontos serían de no
aprovecharlas. Seguramente nosotros dos no hemos probado nunca ese tipo de oca
cebada que ellos crían allí, lejos de las miradas indiscretas.
Abu Soraka se detuvo con aire pensativo.
—En eso no te entiendo —terminó por decir—. Dudo que se cueza algo allí,
detrás de ese muro… Pese a todo, estoy convencido de que todo ello no es para su
diversión sino para el bien de todos nosotros…
—Puedes creerme o no creerme —respondió el médico dejando transparentar un
punto de decepción—. Pero quiero hacerte notar que el amo se reserva siempre el
mejor plato.
—¡Alí, estaba a punto de olvidar algo! —dijo el rais Abul Fazel en el momento
de despedirse de Hassan por la noche. Y siguió con un guiño malicioso—: Sí, aunque
parezca increíble te he traído un regalo, a mi manera, pero tranquilízate que esta vez
no se trata de un remedio contra la locura. Es incluso probable que te guste. ¿Acaso
lo adivinas?
Hassan sonrió incómodo. Miró al rais, luego a Abu Alí que se mantenía de pie
aparte.
—De verdad, no se me ocurre.
—Pues bien, digamos que no podrás disponer de ese modesto regalo antes de
haber adivinado de qué se trata —dijo el rais burlón—. Tienes suficientes riquezas,
desprecias los atavíos. Respecto de tu persona eres poco exigente, salvo en una
cosa… ¿Lo adivinas ahora?
—¿Me has traído tal vez un libro?
—¡Exacto!, querido. Se trata en realidad de un escrito. ¿Pero de quién?
—¿Cómo podría adivinarlo? ¿Quizás un autor antiguo? ¿Ibn Sina[25]? ¿No?
¿Entonces alguien más contemporáneo? ¿No será Al-Ghazali[26]?
—No, en verdad no creí oportuno traerte a éste —bromeó el rais—. Me pareció
demasiado piadoso para ti… El que te traje está muchísimo más cercano a ti.
—¡Por Alá! No veo quién quieres decir.
Abu Alí sonrió y aventuró una pregunta:
—¿Puedo intentarlo yo?
—Siento curiosidad. Bueno, inténtalo —consintió Hassan abandonando.
—Apostaría que el rais te ha traído algo escrito por tu viejo amigo Omar Al-
Khayyam.
El ex comandante estalló en carcajadas que sonaron como asentimiento.
—¿Cómo no lo pensé? —exclamó Hassan llevándose una mano a la frente.
—Escogí para ti cuatro poemas que uno de mis amigos copió en Nishapur. Los
recibió de boca de Omar. Pienso que te agradarán.
—En efecto, no podías imaginar mejor regalo —dijo agradecido Hassan—. Te
agradezco muchísimo tu atención.

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Abul Fazel sacó de su túnica un sobre que alargó a su amigo. Hassan lo abrió y
leyó. Cuando levantó la vista, tenía la mirada soñadora.
—¡Qué extraño…! —dijo después de un momento—. Recibir exactamente el
mismo día noticias de mis dos condiscípulos: Nizam y Khayyam…
Pero el eunuco anunciaba en la antesala la llegada de Abd Al-Malik y las hijas de
Hassan.
—Vete ahora, viejo amigo —concluyó Hassan rodeando con el brazo los hombros
del mismo—, cuida a nuestras mujeres e hijos. Tal vez algún día necesites algo.
Entonces acuérdate de mí, seré tu deudor…
Tras lo cual le hizo una señal a Abu Alí y los dos ancianos se marcharon.
Abd Al-Malik apartó la cortina y las dos hijas de Hassan, Haddiya y Fátima,
avanzaron temerosamente. De inmediato se colocaron contra el muro, cerca de la
puerta, mientras el dey se adelantaba con paso firme hacia el jefe supremo.
—Te traigo a tus dos hijas, Seiduna.
Hassan miró a las niñas con ojos penetrantes.
—¿Por qué os quedáis ahí como dos gallinas miedosas? Acercaos —les gruñó—.
Vuestra madre os envía a importunarme para que la recuerde; sabe perfectamente que
no podría controlar mi enfado al veros… ¡Está bien!, de todos modos os recibo como
me lo ordena mi deber de padre. Ahora, basta. Seguiréis al resto del harén hasta Rai,
donde Mutsufer cuidará de vosotras.
Y volviéndose enseguida hacia Abd Al-Malik:
—Le dirás a Mutsufer que sólo las alimente en proporción a lo que ganen hilando.
¡Qué no se fije en el hecho de que son mis hijas! Si no son dóciles, siempre puede
venderlas como esclavas. Que guarde para sus gastos la mitad del precio que saque y
que me envíe el resto. ¡Vamos! De prisa: a orar y luego ¡en camino!
Las dos niñas se esfumaron como dos ratitas mientras Hassan retenía un momento
más a Abd Al-Malik.
—Mutsufer sabrá perfectamente cómo tratarlas. Es un hombre prudente y él
mismo tiene una retahíla de hijos.
Las niñas empero esperaban al dey delante de la puerta. Ambas estaban llorando:
—Sin embargo, tiene un rostro tan hermoso —dijo la menor.
—¿Pero por qué no nos quiere? —suspiró la mayor en medio de las lágrimas.
Abd Al-Malik las acompañó fuera de la torre.
—No temáis, pequeñas codornices —les dijo para consolarlas—. Mutsufer tiene
un corazón de oro y sus hijos se desvivirán por jugar con vosotras… vamos, que no
hay de qué quejarse…

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Capítulo 6

El cocinero había traído la cena pero Hassan ni siquiera lo había advertido. Sumido
en sus pensamientos, sacó la antorcha de su soporte adosado al muro y lo acercó a la
llama de su lámpara. Con un gesto hábil y prudente, apartó el tapiz que hacía las
veces de puerta y podía inflamarse, y entró en el estrecho corredor desde el que una
corta escalera llevaba hasta la terraza de la torre. Mantuvo la antorcha a una altura
conveniente para poder iluminar el camino y llegó a una plataforma. Aspiró el aire
puro y frío, se acercó al parapeto, levantó la antorcha encendida y la hizo dar tres
vueltas por encima de su cabeza.
Una señal idéntica apareció pronto en las tinieblas de abajo. Él hizo dar vueltas
una vez más a su antorcha como señal de acuerdo y volvió a su habitación. Apagó la
antorcha metiéndola en un gran apagavelas dispuesto a este efecto; tras lo cual se
envolvió ceñidamente en un amplio manto, apartó otro tapiz, esta vez en el muro
opuesto, y, a través de una puerta estrecha entró en una habitación exigua que parecía
una bodega pero a la que se habían cuidado de proveer de suaves alfombras. Levantó
del suelo un martillo y golpeó un gong de metal brillante: su sonido agudo, que hacía
vibrar un cable oculto, estaba directamente conectado con el pie de la torre. La celda
se puso de repente en movimiento y comenzó a bajar, llevando a Hassan con ella,
mediante un sistema de poleas hábilmente dispuesto, que manos invisibles manejaban
desde abajo. La bajada fue larga. La angustia sobrecogía a Hassan en todos estos
viajes aéreos. ¿Qué sucedería si una pieza de la máquina cedía o si la cuerda llegaba a
romperse, precipitándolo a él y a la estrecha plataforma en las rocas que servían de
cimientos a la torre? ¿Qué ocurriría si a uno de los negros en quienes él confiaba
tanto se le ocurriera deteriorar aposta el dispositivo y lo mandara al otro mundo? Uno
de aquellos hombres, cuya virilidad él había extirpado artificialmente, podía muy
bien, en un acceso de lucidez brutal, tratar de vengar su dignidad humillada y asestar,
por ejemplo, un buen mazazo en la cabeza de su amo. Si, aquellos terribles centinelas
que domaba con la mirada como si fuesen animales salvajes, a quienes fascinaba
como serpientes ante el sonido de la flauta, podían muy bien rebelarse. Él lo había
hecho todo para consolidar su confianza. A nadie sino a él obedecían. El que pasaba
delante de ellos temblaba, incluso Abu Alí no podía reprimir un escalofrío de
inquietud cuando se le cruzaban en su camino. Ellos eran el arma ciega gracias a la
cual Hassan se imponía incluso a sus deyes y a los jefes más feroces. Por intermedio
de ellos ejercía desde arriba una terrible presión sobre sus subordinados. Para
someterlos desde otro ángulo, esta vez desde abajo, y cogerlos como con una pinza,

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pronto tendría a sus fedayines. No trataba de hacerse ilusiones: los deyes y los jefes
no creían en nada, sólo perseguían su beneficio personal…
No podía dejar de comparar aquella máquina humana a la garrucha que lo
ayudaba a moverse de arriba abajo de su torre, como en un pozo. Si una sola hipótesis
fuera errónea significaría el hundimiento de todo el andamio. Un solo error de cálculo
y la obra de su vida podría verse aniquilada.
La máquina acababa de detenerse: la plataforma había llegado a la base de la
torre. El negro que acababa de manejar las poleas levantó la cortina. Hassan entró en
un pasadizo frío en el que imperceptibles corrientes de aire hacían temblar la llama de
las antorchas como otros tantos pájaros asustados. Volviéndose hacia el eunuco que lo
seguía, lo miró con ojos penetrantes. De nuevo se sentía tranquilo, completamente en
calma.
—¡Baja el puente! —ordenó rudamente.
—A tus órdenes, oh, Seiduna.
El negro empuñó una enorme palanca y la bajó enérgicamente. Uno de los muros
pareció ponerse en movimiento y se escuchó el murmullo del agua. Instantes después,
el titilar de las estrellas apareció a través de una estrecha abertura, luego un amplio
trozo de cielo. El puente bajó suavemente por encima del torrente. Un hombre
provisto de una antorcha esperaba del otro lado. Hassan corrió hacia él. El puente
volvió a levantarse tras de ellos, bloqueando la estrecha salida; así se le devolvió al
castillo su función perfectamente hermética.
—¿Algo nuevo, Adí?
—Todo está bien, oh Seiduna.
—Llevarás a Myriam al pabellón de la izquierda, donde la esperaré. Luego irás en
busca de Apama y la instalarás en el de la derecha. Pero ni una palabra a ninguna de
ellas.
—A tus órdenes, oh, Seiduna.
Los dos hombres habían intercambiado una breve sonrisa. Caminaron hasta una
especie de acequia donde estaba amarrada una barca en la que se instalaron. Adí se
puso a los remos. Tomaron un estrecho canal y pronto atracaron en una orilla de
arena. Un sendero empinado subía el talud plantado en aquel lugar de hermosos
árboles y matorrales floridos: en lo alto, un pabellón de vidrieras brillaba en la noche
como si fuera un castillo de cristal.
Adí abrió la puerta y se apresuró a encender la resma de las lámparas dispuestas
en las cuatro esquinas de la habitación. Mil reflejos de agua centellearon en la
superficie del estanque circular que ocupaba el centro del pabellón. Hassan abrió un
grifo y un potente chorro de agua lanzó su haz líquido hasta casi rozar el techo.
—No tengo intención de malgastar mi tiempo esperando —lanzó el amo de la
casa al tiempo de tomar asiento sobre los cojines dispuestos contra el muro—. Ve
rápidamente en busca de Myriam. —Tras lo cual abandonó sus pensamientos al suave
murmullo del agua. Tan absorbido estaba que no advirtió la entrada de la joven.

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—La paz sea contigo, oh, nieto de Sabbah —saludó.
Hassan se estremeció y luego le hizo alegremente una señal para que se acercara.
Ella colocó en el suelo un gran canasto lleno de manjares y bebidas, se abrió el
manto que se deslizó por sus hombros y se colocó de rodillas delante de él. Hizo
entonces el ademán de besarle la mano que él retiró con un punto de turbación.
—¿Cómo progresan las chicas?
—Según tus directivas, oh, Ibn Sabbah.
—¡Bien! Aunque ahora la época escolar ha llegado a su fin… El sultán acaba de
enviar un ejército contra nosotros; en pocos días acampará al pie del castillo.
Myriam abrió los ojos de par en par. Había tenido el tiempo justo de ver dibujarse
en los labios de Hassan una fugaz sonrisa.
—¿Y estás tan tranquilo?
—¿Qué otra cosa puedo hacer? Lo que deba suceder sucederá. Por ello no veo la
razón de que no me sirvas del vino que has traído.
Ella se levantó y preparó dos copas. No llevaba más que el fino camisón de seda
rosa con el que dormía. Hassan la contempló. Las manos blancas de la joven, casi
transparentes en la luz, sirvieron el vino de la garrafa en las copas. Era la perfección
misma. Hassan reprimió el suspiro doloroso que de pronto sentía oprimirle el pecho.
Sabía que era viejo y que todo en esta tierra llegaba demasiado tarde. Le ofreció una
copa. Bebieron uno a la salud del otro y por un instante ella sorprendió en los ojos de
aquel hombre duro un fulgor húmedo. Adivinó su oculta razón. Luego la
acostumbrada sonrisa burlona afloró de nuevo a los labios de Hassan…
—Hace tiempo que debes preguntarte —le dijo—, de qué pueden servirme estos
suntuosos jardines y estos pabellones de cristal, y lo que pienso hacer en realidad con
todas estas jóvenes a quienes he ordenado educar de una forma… ¡ejem!… tan
especial. Nunca me has interrogado respecto de esto y créeme que aprecio tu
discreción.
Myriam había cogido entre sus manos la mano derecha del hombre, que era fuerte
y sin embargo muy suave. Buscó sus ojos con la mirada y le dijo:
—En realidad, nieto de Sabbah, si no te lo he preguntado es porque hace mucho
tiempo he supuesto tus propósitos.
—Te doy mi reino si lo adivinas. —Hassan había acompañado esta frase con una
sonrisa a la vez irónica y benevolente.
—¿Y si de verdad lo adivino?
—Habla, habla.
—¿Acaso no destinas estos jardines a tus fieles, como la mayor recompensa a su
devoción y a su abnegación?
—Estás equivocada, querida.
—Lo había pensado. No sé nada más.
Myriam estaba completamente desconcertada, de lo que Hassan no dejó de
regocijarse en secreto.

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—Una vez te quejaste, ¿recuerdas?, de aburrirte terriblemente bajo el sol, de que
ya no te interesaba nada, de que las cosas habían dejado de gustarte. Me propuse
entonces explicarte los filósofos griegos y nuestros filósofos, iniciarte en las ciencias
de la naturaleza, en los móviles secretos del hombre, en los ocultos mecanismos de
sus actos; te expliqué lo mejor que pude las partes del universo. Te conté mis viajes,
mis fallidas hazañas, te hablé de los príncipes, de los shahs de los tiempos antiguos,
de los sultanes y califas. A menudo te dije que aún tenía muchas cosas que contarte,
pero que no había llegado la hora para hacerlo. Una vez te pregunté si estabas
dispuesta a ayudarme a derribar al sultán Malik Shah. Sonreíste y tu respuesta fue:
«¿Por qué no?». Te cogí la mano en señal de que aceptaba tu consentimiento. Tal vez
pensaste que bromeaba. Esta noche he venido a tomarte la palabra.
Myriam le dirigió una mirada interrogativa. No sabía bien lo que había que pensar
de aquellas extrañas palabras.
—Una vez más quisiera llamar tu atención sobre otro aspecto de las cosas,
querida. A menudo me has dicho que no te era posible, después de lo que habías
vivido en tu juventud, creer en algo. Entonces te respondí que una larga existencia
dedicada a la búsqueda del saber me había conducido a la misma conclusión. Te
pregunté: Por consiguiente, ¿qué puede hacer el hombre que ha descubierto que la
verdad, inaccesible en su principio, no puede existir para él? ¿Recuerdas lo que me
respondiste?
—Perfectamente, oh, Ibn Sabbah. Te respondí más o menos esto: El que ha
descubierto que todo lo que la gente llama dicha, amor, alegría no es más que un
conjunto de falsos cálculos, construido sobre hipótesis erróneas, sólo encuentra en su
corazón un terrible vacío. La única cosa que podría aún despertarlo de ese
entumecimiento sería arriesgar su destino y el de los demás. Al que es capaz