100% encontró este documento útil (1 voto)
168 vistas108 páginas

Eduarda Mansilla y la Prensa: 1860-1892

Este documento presenta un resumen de la tesis de grado de Ivanna Velisone sobre Eduarda Mansilla y su trabajo periodístico entre 1860 y 1892. La tesis analiza los escritos periodísticos de Mansilla, poco estudiados en comparación con su producción literaria, en el contexto cultural y político de la segunda mitad del siglo XIX en Argentina. El objetivo es recuperar la voz que Mansilla construyó a través de la prensa para influir en las discusiones culturales de su época. La tesis incluye un análisis de la
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
168 vistas108 páginas

Eduarda Mansilla y la Prensa: 1860-1892

Este documento presenta un resumen de la tesis de grado de Ivanna Velisone sobre Eduarda Mansilla y su trabajo periodístico entre 1860 y 1892. La tesis analiza los escritos periodísticos de Mansilla, poco estudiados en comparación con su producción literaria, en el contexto cultural y político de la segunda mitad del siglo XIX en Argentina. El objetivo es recuperar la voz que Mansilla construyó a través de la prensa para influir en las discusiones culturales de su época. La tesis incluye un análisis de la
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

UNIVERSIDAD TORCUATO DI TELLA

Departamento de Historia

Licenciatura en Historia

Eduarda Mansilla y la prensa, 1860-1892.

Una voz singular de la vida cultural porteña.

Alumna: Ivanna Velisone

Tutora: Dra. Paula Bruno

Firma de la tutora

Junio, 2017
[1]
Índice
Índice .......................................................................................................................................... 2
Resumen ..................................................................................................................................... 3
Introducción ................................................................................................................................ 4
Capítulo I Vida cultural en la segunda mitad del siglo XIX .................................................... 14
1. Sociabilidad, asociacionismo y consolidación del Estado ................................................ 15
2. El mundo intelectual ......................................................................................................... 17
3. Desarrollo cultural y poder político: autonomía, acercamientos y tensiones ................... 20
Capítulo IIUna cartografía del mundo periodístico de fin-de-siglo ......................................... 26
1. El mundo periodístico en la segunda mitad del siglo XIX ............................................... 27
2. El lugar de Eduarda Mansilla en el mundo periodístico ................................................... 36
3. Modo de escribir: estilo, registro y destinatarios .............................................................. 44
4. Artículos periodísticos de Eduarda Mansilla .................................................................... 52
Capítulo III ............................................................................................................................... 71
Eduarda Mansilla y la construcción de su propia excepcionalidad .......................................... 71
1. Eduarda Mansilla y la construcción de su propia excepcionalidad ................................. 72
2. El recuerdo de Eduarda Mansilla ..................................................................................... 80
Consideraciones finales ............................................................................................................ 86
Bibliografía ............................................................................................................................. 102
Fuentes .................................................................................................................................... 107

[2]
Resumen

El presente trabajo es el resultado de una investigación cimentada en la puesta en diálogo de


tres elementos: los escritos periodísticos publicados por Eduarda Mansilla (1860-1892) –
prácticamente inexplorados en comparación con su producción literaria-, la trayectoria vital de
esta autora y el contexto en que éstos se inscriben. El objetivo principal es el de recuperar la
voz que esta escritora supo construir por medio de la prensa periódica, sin condicionarla con un
marco conceptual elegido a priori, y prestando especial atención a las evaluaciones realizadas
por sus contemporáneos sobre la vida y la obra de esta escritora, así como también a los modos
en que Mansilla logró influenciar estas reflexiones a través del uso de la palabra.

[3]
Introducción

La caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros en 1852 representa, sin lugar
a dudas, un quiebre fundamental en la historia argentina. No obstante, si bien muchos
contemporáneos vieron en este suceso la puerta de entrada hacia la consolidación de la unión
nacional, aquella que Domingo Faustino Sarmiento había juzgado como ineludible en las
páginas del Facundo, argumentando que el único obstáculo que podía advertirse era la presencia
del “tirano”, lo cierto es que aún después de su derrocamiento van a transcurrir unos treinta
años hasta que pueda alcanzarse la conformación de un verdadero Estado nacional.

En el terreno político, el período que recorre la segunda mitad del siglo diecinueve va a
estar signado, en primer lugar, por la división entre Buenos Aires – declarada Estado autónomo
en 1854- y la Confederación, que se sostiene desde 1852 hasta 1862, cuando la primera
finalmente logra imponerse a las fuerzas del Interior en la batalla de Pavón. Entonces, si hasta
1880 el clima político nacional va a estar determinado por la puja de poder entre Buenos Aires
y el resto de las provincias, el debate historiográfico va a girar en torno al camino recorrido
para poder alcanzar la unidad con la presidencia de Julio Argentino Roca, distinguiéndose dos
visiones antagónicas. Por un lado, autores como Oscar Oszlak destacan el avance de la
hegemonía porteña a lo largo del territorio argentino mediante la subordinación de las fuerzas
del interior, mientras que otros, como Beatriz Bragoni y Edurado Miguez, ven a la formación
del Estado como un proceso que se va consolidando desde la periferia hacia el centro, prestando
especial atención a la organización interna de cada provincia.1 De cualquier manera, 1880 va a
ser considerado como un parteaguas de la historia nacional, alcanzándose la victoria final del
estado unificado a partir de la derrota de la revolución liderada por Carlos Tejedor, e
inaugurándose de este modo un nuevo período- aquél caracterizado bajo el signo del progreso-
que concluye, para la mayor parte de los observadores, en torno al Centenario.

Promediando el siglo, comenzará a registrarse además una notable intensificación de las


actividades diplomáticas, vinculadas no solamente con el afán de inserción del reciente Estado

1
Oscar Oszlak, La formación del estado argentino, Buenos Aires, Red Federal de Formación Docente Continua,
Ministerio de Cultura y Educación de la Nación, 1999
Beatriz Bragoni y Eduardo Míguez (Comp.), Un nuevo orden político. Provincias y estado nacional 1852-1880,
Buenos Aires, Prometeo, 2010

[4]
consolidado en el concierto mundial de países por medio de relaciones institucionales, sino que
también muy asociado al particular rol económico que jugará la Argentina dentro de este
contexto. De esta manera, la noción de progreso se ligará inextricablemente al desarrollo
económico del país por medio del conocido modelo agro-exportador, que ubica a la Argentina
como uno de los principales productores de alimentos y materias primas.

Sin dudas, este fenómeno va a tener un correlato social muy visible. Si, por un lado,
dotará a las clases dirigentes de unos recursos inimaginables previamente, volviéndola cada vez
más confiada respecto del promisorio futuro al que estaría destinado el país más austral del
continente americano, también traerá aparejado un cambio radical de la estructura social, que
incrementará su vigor a medida que nos acerquemos al cambio de siglo. Dentro de este marco,
los proyectos impulsados desde las oficinas de gobierno orientados a la modernización del
estado, irán en paralelo a una preocupación cada vez mayor por el fenómeno inmigratorio, que
en los primeros años del siglo veinte cristalizará en lo que la historiografía argentina ha
catalogado como “cuestión social” y “cuestión nacional”.

Por último, y más vinculado con el tópico que nos ocupa en este trabajo, conviene
mencionar brevemente los cambios que tuvieron lugar en el universo de la cultura. En primer
lugar, es de notar el verdadero consenso historiográfico que señala al gobierno de Rosas como
un período de postergación del desarrollo cultural. No obstante, para los años subsiguientes el
veredicto no se revela tan ecuánime. Si bien muchos autores, como José Luis Romero 2,
encuentran una imbricación ineludible entre poder político y desarrollo cultural, especialmente
a partir de la concomitancia observada entre la elite dirigente y la elite intelectual -en las que
se registra además una impronta positivista y cientificista muy fuerte-, existen también visiones
más matizadas, sobre todo aquellas acuñadas a partir de la apertura democrática del siglo
pasado. De esta manera, el concepto cerrado de “generación del 80”3 abre paso a una pluralidad
de significaciones, y la relación entre cultura y estado se transforma en un campo de exploración
muy vasto, encontrándose no solamente un diálogo fluido, sino también zonas de tensión y

2
Romero, José Luis, La experiencia argentina y otros ensayos, Buenos Aires, Taurus, 2004
3
Para más información sobre los distintos usos del término “Generación del 80” puede verse Bruno, Paula, “Un
balance acerca del uso de la expresión generación del 80 entre 1920 y 2000”,
http://www.academia.edu/7022198/_Un_balance_acerca_del_uso_de_la_expresi%C3%B3n_generaci%C3%B3
n_del_80_entre_1920_y_2000_ , fecha de consulta: 24/05/2017

[5]
ruptura que permiten pensar en la constitución de un mercado de bienes culturales
decimonónico4, algo que se evidencia particularmente en el desarrollo de la prensa.

Si bien nos detendremos en muchos de los aspectos previamente mencionados a lo largo


de este trabajo, era preciso trazar, en primer lugar, las coordinadas principales para comprender
las últimas décadas del siglo XIX en la cuenca del Plata, con el objetivo final de introducir
brevemente a nuestra protagonista, Eduarda Mansilla. Como veremos, el ciclo vital de esta
escritora decimonónica (1834-1894) va a estar muy ligado a varios de los fenómenos descriptos
anteriormente.

Eduarda Damasia Mansilla Ortiz de Rozas nació en la ciudad de Buenos Aires el 11 de


diciembre de 1834. Fue la segunda hija del matrimonio compuesto por el general Lucio
Norberto Mansilla (1792-1871) y doña Agustina Ortiz de Rozas (1816-1898), que tuvo además
otros cinco hijos: el primogénito Lucio Victorio (1831-1913), Martina Agustina, Lucio
Norberto, Agustina y Carlos Alberto. 5

En 1855, a los 21 años de edad, Eduarda contrajo matrimonio con Manuel Rafael García
Aguirre (1826-1887), hijo del diplomático Manuel José García y Manuela Aguirre y Alonso de
Lajarrota. La unión fue equiparada, en los medios porteños, con la de “Romeo y Julieta”, puesto
que las inclinaciones políticas de ambas familias, esto es, la afinidad rivadavianista
abiertamente manifestada por el entorno del novio y los obvios lazos de la otra parte con el
“Restaurador de las leyes”, parecían irreconciliables. No obstante, el 31 de enero se celebró el
enlace de estos dos linajes en la Iglesia de San Miguel Arcángel, ubicada en el centro de la

4
Laera, Alejandra, “Cronistas, novelistas: la prensa periódica como espacio de profesionalización en la Argentina
(1880-1910)”, en Altamirano, Carlos (dir.) y Jorge Myers (Ed.) Historia de los intelectuales en América Latina. La
ciudad letrada, de la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz Editores, 2008
5
A pesar de la relevancia que supo conquistar Eduarda Mansilla a lo largo de su vida y el renovado interés que
suscitó su producción en los últimos años, lo cierto es que aún se desconoce muchísima información respecto de
sus datos biográficos, algo que se vuelve aún más evidente si se lo compara con la abundancia de investigaciones
que hacen alusión a su hermano, Lucio V. Mansilla, por ejemplo. De esta manera, la mayor parte de la trayectoria
vital de esta autora fue recopilada a partir de las distintas semblanzas ofrecidas tanto en diccionarios biográficos
- como puede ser el Nuevo diccionario biográfico argentino, de Vicente Cutolo, o el Diccionario biográfico de
mujeres argentinas, realizado por Lily Sosa de Newton- como en las distintas investigaciones que exploran la
producción de esta escritora, destacándose los trabajos de María Rosa Lojo, Hebe Molina, Gabriela Mizraje,
Graciela Batticuore, Néstor Tomás Auza, Irene Chikiar Bauer, Marina Guidtotti, Jimena Néspolo, entre otros.

[6]
ciudad de Buenos Aires. Al igual que los padres de la autora, la pareja tuvo seis hijos: Eduarda
Nicolasa, Manuel José, Rafael, Daniel, Eduardo Antonio y Carlos, adoptando todos el apellido
García-Mansilla como símbolo de la necesaria hermandad entre los ciudadanos argentinos.

En 1860, y luego de desempeñarse como abogado y Juez de Paz, Manuel Rafael García
inicia su carrera diplomática. Por este motivo, la familia debe mudarse a Washington en 1861,
a donde regresan, luego de una estadía en Europa, en 1868, al ser nombrado Manuel R. García
ministro plenipotenciario en Estados Unidos bajo la presidencia de Domingo F. Sarmiento. En
ambas latitudes, Eduarda frecuentó lo más selecto de la sociabilidad local, formando parte de
los círculos intelectuales, artísticos y culturales más elevados. Si en el país del Norte se podían
contar entre sus amistades a personalidades de la talla de Abraham Lincoln y Ulysses Grant –
ambos presidentes de Estados Unidos-, como también del poeta Henry Wadsworth Longfellow,
el historiador John Lothrop Motley y el Conde de París, Luis Felipe de Orleans, en el viejo
continente frecuentó la corte de Napoleón III y su mujer Eugenia de Montijo, y sus salones se
vieron engrandecidos con la presencia de figuras como Victor Hugo, Thiers, Dumas y
Laboulaye, entre otros.

Como puede verse, hasta aquí nos encontramos con una Eduarda que se ajusta
perfectamente a todos los beneficios y obligaciones “á que le daban derecho su cuna” 6,
luciéndose como esposa y madre, pero también como una de las damas más distinguidas de la
sociedad porteña, y haciendo uso de su acervo cultural para iluminar su entorno a ambos lados
del Atlántico, ya sea por medio de su habilidad en el arte de la conversación o su inigualable
desenvolvimiento en el campo musical. No obstante, es preciso destacar que durante estos años
Eduarda no solo va a perfeccionar sus dones para la sociabilidad, sino que va a ser una etapa de
intensa búsqueda y crecimiento en términos artísticos. En este sentido, el desembarco en otras
latitudes, y el contacto cercano con otras geografías, costumbres e idiosincrasias, no solamente
alimentarán su amplitud intelectual, sino que se constituirán como elementos fundamentales
para el desarrollo de su producción literaria.

6
“Mujeres Célebres Americanas. Eduarda Mansilla de García”, La América. Crónica Hispano-Americana, Madrid,
28 de Diciembre de 1882, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición,
introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p.554

[7]
Si bien Mansilla ya había publicado dos novelas en el año 1860, El Médico de San Luis
y Lucía Miranda, ambas firmadas bajo el seudónimo de Daniel –probablemente en honor a su
cuarto hijo- es en 1869 cuando dará a conocer su creación literaria más ambiciosa, hoy
catalogada como la mejor de sus obras: Pablo, ou la vie dans les Pampas, editada como libro
en Francia y publicada posteriormente en Argentina en formato de folletín por el diario La
Tribuna y con traducción de su hermano, Lucio V. Mansilla. Éste es sin duda un hito
fundamental en la carrera de Eduarda, que se convierte en la primera autora argentina en escribir
un texto de esas características directamente en francés, cosechando además elogios de
relevancia internacional, dentro de los que se destacan las entusiastas palabras de Víctor Hugo.

Pero el momento bisagra en la vida de esta escritora, tanto a nivel personal como
profesional, llegará en el año 1879, cuando decide regresar al país después de diecisiete años
de ausencia, acompañada únicamente por el menor de sus hijos, Carlos, y dejando a su esposo,
recientemente designado como embajador ante Gran Bretaña, viviendo en Inglaterra junto con
el resto de su progenie. A partir de entonces, la autora comienza a colaborar asiduamente con
diversas publicaciones periódicas nacionales y dará inicio al más intenso período de creación
artística, que se interrumpe en el año 1884 a causa de una desmejora en su salud, decidiendo
finalmente retornar a Europa en el año 1885. Allí vivirá en París con su hijo Daniel, a quién
acompañará en sus misiones diplomáticas en Florencia y Viena - donde frecuenta la corte de la
emperatriz Sissi-, permaneciendo también un tiempo en Bretaña en la casa de su hija Eda,
casada con un noble francés.

Uno de los cambios que se observan a raíz del regreso de Mansilla a su ciudad natal en
el año 1879 es que comienza a utilizar su propio nombre para firmar la mayor parte de sus
producciones, dejando atrás el uso de seudónimos. Pero, sobre todo, lo que más llama la
atención es la intensidad con la que se abocará a la producción artística, que se evidencia no
solo a partir de la cantidad de obra publicada, sino también si se tiene en cuenta el interés por
mantenerse siempre a la vanguardia de la creación literaria y la exploración constante de nuevos
géneros y temáticas.

Siguiendo con la idea anterior, es preciso destacar la publicación de Cuentos, en el año


1880, que constituye el primer libro de relatos infantiles publicado por un autor argentino,
consolidándose de esta manera no solamente como escritora sino como pionera indiscutida de

[8]
las letras nacionales. De la misma manera, es de notar su incursión en el género dramático, con
la presentación de La Marquesa de Altamira, en 1881, y Los Carpani, en 1883. De acuerdo con
María Rosa Lojo, Doctora en Letras y especialista en la producción de Eduarda Mansilla, si
bien estas obras no tuvieron una repercusión demasiado benévola, demuestran sin embargo los
esfuerzos desplegados por la autora en pos de despegarse del romanticismo imperante en el
teatro rioplatense, e incursionar en el realismo que ya pisaba fuerte en los escenarios europeos.7

Como apunta el redactor P. de Navarrete en una crónica publicada a propósito de esta


escritora argentina el 28 de Diciembre de 1882 en la revista La América, Crónica
Hispanoamericana, bajo el título de “Mujeres célebres americanas. Eduarda Mansilla de
Garcia”: “Dueña de sí misma, Eduarda se sintió dominada por el imperio de su vocación, á él
se sometió sin resistencia, y dando expansión á su pensamiento, á las ideas que hervían en una
imaginación verdaderamente tropical, se lanzó audazmente, - como alguien ha dicho de los
primeros ensayos de Madame de Récamier, -y empezó á escribir…”8
Lamentablemente, el recorrido de Mansilla por la república de las letras llegará
prácticamente a su fin luego del fallecimiento de su marido, que sufrió un accidente mientras
se encontraba en Viena por cuestiones diplomáticas, en el año 1887. Poco tiempo después,
Eduarda regresa a la Argentina con su familia, donde permanece hasta su muerte, el 20 de
diciembre de 1892, tras luchar durante años con una severa enfermedad cardíaca. No deja de
llamar la atención que, luego de tanto esfuerzo destinado a encontrar un lugar propio como
escritora, haya dejado entre sus últimas voluntades el pedido expreso de que no se reeditara
ninguna de sus obras.

Y es que, a decir verdad, los interrogantes que se desprenden a partir de la trayectoria


de Eduarda Mansilla son múltiples, y es por esto que el análisis de su producción periodística,

7
Lojo, María Rosa, “La importancia de llamarse Eduarda”, 25 de diciembre de 2016,
http://www.eduardamansilla.com/
8
“Mujeres Célebres Americanas. Eduarda Mansilla de García”, La América. Crónica Hispano-Americana, Madrid,
28 de Diciembre de 1882, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición,
introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p.555

[9]
o mejor, de la voz que supo construir y transmitir por medio de la prensa decimonónica, se
vuelve tan pertinente.

Siguiendo con la idea anterior, es preciso notar que la relevancia de los escritos
periodísticos de Mansilla se advierte, en primer lugar, a partir de la amplia circulación que
tuvieron. Sus artículos fueron publicados en los principales diarios porteños como La Tribuna,
El Nacional, La Nación y La Libertad, lo que denota su posición consolidada en el espacio
cultural finisecular. Conviene destacar, además, la importante repercusión que tuvo su labor
como periodista, tanto en el país como en el extranjero, que se redimensiona a partir de las
palabras expresadas acerca de su producción por figuras de la talla de Paul Groussac, Carlos
Guido y Spano, Domingo Faustino Sarmiento, Juana Manuela Gorriti, e incluso el Príncipe Luis
Felipe de Orléans, quienes destacaron sus dotes como escritora. En este sentido, no es un dato
menor que Eduarda Mansilla haya sido la única mujer publicada en primera plana, ni que se
encuentren más de 230 artículos en la prensa decimonónica que hacen mención a su figura.

A partir de esta caracterización, se desprenden dos preguntas que vale la pena explorar
en torno a la producción de Mansilla. En primer lugar, una más contextual vinculada a los
espacios de producción, circulación y consumo de bienes culturales a fines del siglo XIX. En
efecto, el itinerario recorrido por los escritos periodísticos de esta autora sirve para ilustrar la
forma en que operaba la prensa decimonónica, desde el modo de financiación de las empresas
editoriales y el diálogo que establecían entre sí los diferentes grupos editores, hasta decisiones
más puntuales vinculadas con las tecnologías de impresión utilizadas y la estructura interna del
impreso- secciones, colaboraciones, etc.-.

En segundo lugar, la recepción favorable de sus publicaciones sirve como puntapié para
alcanzar una comprensión mayor respecto del público de la época, evidenciándose no solamente
sus gustos en materia temática, sino también en lo que refiere al estilo y la manera de escribir.
Esto, a su vez, nos invita a preguntarnos acerca de la relación que esta escritora mantenía con
sus lectores y a tratar de hilar más fino respecto de los potenciales destinatarios de los escritos,
que se traduce en la interrogación respecto del impacto que éstos pueden haber tenido en

[10]
quienes se encontraban del otro lado de periódico, pero también en un afán de recuperar la
intención de la propia autora al decidir presentar sus ideas públicamente.9

La figura de Edurada Mansilla plantea, además, el interrogante respecto de la influencia


del grupo social y el género a la hora de posicionarse como escritora en la Argentina finisecular,
sin dudas uno de los aspectos más explorados por la historiografía reciente10. Porque si la
dedicación a las bellas letras no era una posibilidad para una dama de la elite, cabe preguntarse
si no fue la particularidad de la familia Mansilla, por ejemplo, la que le permitió un margen de
maniobra mayor para poder burlar los impedimentos establecidos por la estructura socio-
cultural de la época. En este sentido, conviene también prestar especial atención a la
importancia de los viajes realizados por Mansilla desde muy joven, que podrían darnos una
pista acerca de esa mayor libertad con que se desenvuelve la escritora, no solamente por
encontrarse fuera del país, sino por la posibilidad de entrar en contacto con contextos
sumamente diferentes, como los de Estados Unidos y Francia.

Siguiendo con esta idea, advertimos que Mansilla se posiciona no solamente como
observadora privilegiada de las transformaciones a las que asiste la metrópoli porteña y el nuevo
paradigma social que la atraviesa, sino que además el hecho de llevar una vida nómada le
permite traducir y comparar sus experiencias en otros lugares, agregando otro elemento
significativo a su posición excepcional como escritora. Por este motivo es que sus reflexiones
acerca de cuestiones como la religión, la nación, la sociedad y la modernidad, a las que recurre
asiduamente en sus escritos periodísticos, se convierten en un objeto de investigación obligado.

Finalmente, una de las preguntas más importantes que subyace a este trabajo refiere al
posicionamiento de Eduarda Mansilla como escritora. Si, como mencionamos previamente, la
autora supo ganarse un espacio sumamente destacable dentro del mundo de las bellas letras
nacionales, resulta pertinente intentar entrever, a partir de sus artículos publicados, las

9
Es preciso aclarar que en todas las ocasiones en que se hace alusión al público de la autora -y la relación que
ésta mantenía con sus lectores- nos referimos a un público potencial, imaginado, construido por la propia
Mansilla. De esta manera, las inferencias realizadas a lo largo de este trabajo están trazadas en un sentido más
bien unidireccional, en la que el público se erige como una invención de la autora, y describe a todos aquellos
lectores a quienes quisiera interpelar por medio de sus escritos. Si bien contamos con algunas indicaciones de la
recepción favorable de sus artículos periodísticos, lo cierto es que, como apunta Adolfo Prieto, resulta muy difícil
ensayar una “objetivación” contundente respecto del verdadero alcance de los mismos.
10
Véase por ejemplo Batticuore, Graciela, La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina:
1830-1870. Buenos Aires, Edhasa, 2005

[11]
diferentes estrategias desplegadas con el objetivo de construir una voz propia dentro del mundo
periodístico -y la efectividad de las mismas-, atendiendo especialmente a los datos del contexto
que lo hicieron posible.

El presente trabajo es el resultado de una investigación cimentada en la puesta en


diálogo de tres elementos: los escritos periodísticos publicados por Eduarda Mansilla11, la
trayectoria vital de esta autora y el contexto en que éstos se inscriben, de modo tal que el
objetivo final no se reduce únicamente al análisis de la obra, sino que también se intentará echar
luz sobre una época muy particular de la historia argentina. Por este motivo, la disposición de
los capítulos no está organizada de manera cronológica, sino que responde a un ordenamiento
por ejes temáticos en los que se propone analizar una serie de cuestiones en particular.

En el primer capítulo se presentan las características principales de la vida cultural en


la que se desenvuelve Eduarda Mansilla, con el objetivo de dar un marco histórico contundente
a partir del cual puede leerse su producción escrita.

En el capítulo II se analiza el lugar ocupado por Eduarda Mansilla en el medio


periodístico finisecular. Para ello, se parte de una caracterización más general que apunta a
trazar las coordenadas más destacadas y el camino recorrido por la prensa argentina desde
mediados de siglo diecinueve, para puntualizar finalmente en la posición de Mansilla dentro
este contexto, atendiendo a las distintas publicaciones donde pueden encontrarse sus artículos,

11
La gran mayoría de los artículos a los que haremos referencia a lo largo de este trabajo fueron compilados en
el libro Escritos periodísticos (1860-1892), publicado por la editorial Corregidor en el año 2015 dentro de la
colección Ediciones Académicas de Literatura Argentina, con investigación a cargo de Marina Guidotti,
responsable además de la introducción y el sistema de anotaciones que acompaña a los textos. El corpus de la
edición se divide en dos partes: la primera consta de doce capítulos escritos por Guidotti, en los que se presenta
primeramente a Eduarda Mansilla y se describe el trabajo de investigación, para introducir posteriormente el
marco teórico a partir del cual se trabajaron los artículos periodísticos, esto es, las “escrituras del yo”. En los
apartados restantes, la investigadora propone un recorrido por las crónicas de Mansilla organizado en torno a
distintos ejes temáticos, como puede ser “La mirada social” o “Sobre la educación de la mujer”. En la segunda
parte, se ofrecen los escritos periodísticos de esta autora decimonónica pero también aquellos que hacen
referencia a su figura, agrupados en orden cronológico, y disponiendo de un capítulo para cada año transcurrido
entre 1860 y 1892 del que se hayan encontrado documentos. En palabras de Guidotti: “Se trata de recuperar un
material en papel, el de los diarios en los que escribió la autora, que va deshaciéndose entre las manos, que no
ha sido microfilmado en su totalidad, o cuyos ejemplares ya no se conservan; material al que solo pueden tener
acceso investigadores acreditados y, por lo tanto, no es de fácil consulta para el público en general.”

[12]
el estilo de escritura, y los destinatarios potenciales, entre otras. Asimismo, en este apartado se
rastrean los principales tópicos expuestos por la autora en sus escritos.

Por último, en el capítulo III se investiga el lugar a partir del cual Eduarda Mansilla
construyó su inconfundible voz en la prensa porteña decimonónica, atendiendo especialmente
a las diversas estrategias desplegadas por la autora en su constitución como escritora. En este
sentido, se destaca el aura de excepcionalidad que rodeaba a la imagen de Mansilla, tanto como
mujer como como artista, avanzando finalmente la hipótesis de que se trata de una
caracterización en gran medida edificada por la propia Eduarda.

[13]
Capítulo I Vida cultural en la segunda mitad del siglo XIX

De acuerdo con Tulio Halperín Donghi, a la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 le
sigue un período que debiera haber sido de construcción de una nueva nación pero ha sido, en
verdad, de construcción del Estado, segmento temporal connotado bajo el rótulo de “los treinta
años de discordia”12. Como vimos en la introducción, el año de 1880 se ubicara dentro de este
marco como un parteaguas fundamental de la narración histórica nacional, que anuncia un
nuevo provenir para la Argentina recientemente unificada y pronta a embarcarse en su
promisorio destino.

Conviene destacar, sin embargo, que si estas divisiones tan rígidas resultan funcionales
al estudio de la historia en términos políticos, marcándose las discontinuidades y las rupturas
en términos de batallas y victorias militares que inauguran un futuro determinado para la nación
argentina, lo cierto es que el estudio de otros elementos de la segunda mitad del siglo
diecinueve, como por ejemplo la esfera cultural, permite entrever una visión diferente y más
acabada de este período histórico. En este sentido, resulta sumamente interesante observar cómo
determinadas cuestiones del universo de la cultura se vinculan con los sucesos políticos, pero
también cómo en determinadas ocasiones se despegan de estos fenómenos y adquieren una
densidad propia que matiza las rigideces de la división por períodos, proponiendo un paisaje
más complejo y dinámico.

Siguiendo con esta idea, el objetivo del presente capítulo es delinear los rasgos más
salientes de la vida cultural porteña en la segunda mitad del siglo diecinueve. En esta línea, se
recuperarán fenómenos que resultan a la vez disímiles y enlazados, como el auge del
asociacionismo y la sociabilidad, los cambios internos a la esfera intelectual, y la siempre
compleja y cambiante dinámica que se establece entre el ámbito de la política y el de la cultura.
Señalaremos, por último, el rol desempeñado por Eduarda Mansilla dentro de este contexto.

12
Halperín Donghi, Tulio, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005, p. 32

[14]
1. Sociabilidad, asociacionismo y consolidación del Estado

Sin dudas, existe un verdadero consenso respecto de los años de gobierno de Rosas
como un período de postergación del desarrollo cultural. Esto es así no solamente porque este
aspecto haya sido descuidado por el régimen rosista y eliminado de la agenda de prioridades,
sino porque la marcha al exilio tanto de los unitarios vinculados con el rivadavianismo, como
de los jóvenes letrados vinculados con el romanticismo que conformarían la Generación del 37,
parecía confirmar la imposibilidad de la consolidación de una esfera cultural en el territorio
argentino, que debería esperar hasta la batalla de Caseros para superar ese clima de anti-
intelectualismo y oscurantismo con el regreso de los exiliados.13

Siguiendo con la idea anterior, uno de los rasgos principales observados a partir de 1852,
y que se consolidará cada vez más a medida que transcurra la segunda mitad del siglo
diecinueve, es el florecimiento de la sociabilidad como elemento constitutivo de la vida pública
a nivel nacional, pero sobre todo en el ámbito porteño. En este sentido, resulta fundamental
subrayar la importancia del decreto de libertad de reunión que sigue a la caída de Rosas y hace
resurgir a la actividad política pública, pero que también da impulso a la vigorización de la
sociedad civil en su conjunto.14 Se destaca, entonces, el protagonismo cada vez mayor que
adquirirá el asociacionismo, vinculado no solamente con el mundo de la política y de la
representación, sino también como expresión de sectores socioculturales de la población muy
diversos, que recurren a esta forma de sociabilidad por distintos medios y con diferentes
objetivos.

En primer lugar, conviene hacer mención al contexto en el que tuvo lugar esta explosión
del fenómeno asociativo, atendiendo especialmente al crecimiento ininterrumpido que
experimentó la ciudad de Buenos Aires en la segunda mitad del siglo diecinueve, tanto como
centro económico vinculado con el comercio, las finanzas y la actividad de exportación,
enmarcados dentro de un proceso más amplio ligado al avance del capitalismo y la integración
a nivel mundial, como por su posición central dentro de la estructura administrativa de la

13
Bruno, Paula, “La vida letrada porteña entre 1860 y el fin-de-siglo. Coordenadas para un mapa de la elite
intelectual”, Anuario IEHS, 24, 2009
14
González Bernaldo de Quirós, Pilar, Civilidad y Política en los orígenes de la nación argentina. Las
sociabilidades en Buenos Aires, 1829-1862, Buenos Aires, FCE, 2002

[15]
provincia y del país, erigiéndose como centro de muy variadas actividades culturales e
iniciativas educativas, y constituyéndose como foco principal de producción, distribución y
consumo. Sin dudas, un elemento que no puede pasarse por alto dentro de este marco es la
incorporación de nuevos habitantes extranjeros, que dará sus primeros –pero decididos- pasos
hacia mediados del siglo diecinueve, y se convertirá para fines de siglo en una de las
características más salientes de la sociedad porteña y, en menor medida, nacional.

Es precisamente dentro de este paisaje dinámico y diverso donde debemos situar,


entonces, al movimiento asociativo, que constituye en primer lugar, como cualquier forma de
sociabilidad, un tejido conectivo que permite establecer lazos de pertenencia y solidaridad que
muchas veces van más allá de las necesidades de vinculación económica o política, para
transformarse en elementos primordiales para la cohesión social, la representación y la
actuación colectiva en el espacio público. De esta manera, podemos encontrar un cuadro de
asociaciones sumamente variopinto, que va desde la multiplicación de las logias francomasonas
al establecimiento de círculos literarios y musicales, clubes sociales y deportivos, fundación de
agrupaciones por oficio o, con aún mayor arraigo, por nacionalidad, destacándose sobre todo la
presencia de la comunidad italiana. Se trata, además, de una práctica que alcanzó un amplio
nivel de difusión entre sectores muy diversos, tanto en términos sociales como culturales,
evidenciándose una preeminencia entre la población masculina, urbana y proveniente de los
estratos medios, aunque la mayor parte de las asociaciones aspiraran a ser lo más abarcativas
posible.15

Por otro lado, resulta muy pertinente observar que el desarrollo de la vida asociativa se
dio en paralelo a, y estuvo impulsado por, la centralización y consolidación del Estado nacional
en un contexto de creciente autonomización de la sociedad civil. Dentro de este marco, las
asociaciones eran vistas por las elites intelectuales como un elemento de modernización y
progreso, entendidas como un fenómeno de avanzada debido a su formación voluntaria y
constitución interna igualitaria, que las volvía indispensables para el avance de la civilización
que debía imponerse de una vez por todas a la antagónica barbarie. De ahí su caracterización
por parte de los contemporáneos como baluartes en la construcción de una sociedad libre,

15
Sabato, Hilda, La política en las calles. Entre el voto y la movilización, Buenos Aires 1862-1880, Buenos Aires,
Sudamericana, 1998

[16]
republicana y fraterna, que no solamente funcionaban como ejemplos de civismo sino también
de funcionamiento republicano.16

2. El mundo intelectual

Como vimos algunas líneas más arriba, uno de los rasgos más salientes del despliegue
asociacionista posterior a la caída de Rosas es su heterogeneidad, que se verifica tanto en la
diversidad de agrupaciones, como en la multiplicidad de objetivos perseguidos por las mismas
y la pluralidad de voces que se podían encontrar en su interior, tanto en términos ideológicos,
generacionales y de procedencia. Dentro de este marco, el objetivo del presente apartado es
analizar en mayor profundidad el panorama de asociaciones vinculadas con el universo
intelectual que se desarrolla aproximadamente entre 1860 y el fin-de-siglo.

Para ello hay que tener en cuenta, en primer lugar, que a la par del florecimiento de
espacios de reunión más ligados con un perfil disciplinar o profesional, como puede ser la
Asociación Médica Bonaerense (1860), la Sociedad Científica Argentina (1872) o el Instituto
Geográfico Argentino (1879), fueron surgiendo otros polos de intercambio más perfilados en
un sentido cultural, nucleados mayoritariamente “en torno a la idea de que la república letrada
sería una parte constitutiva de la cultura nacional y debía convocar a hombres con intereses
diversos (…) para sostener proyectos colectivos y constituirse en el vector del desarrollo del
progreso intelectual del país”.17

En este contexto, es preciso destacar, por un lado, el verdadero fervor científico que se
verifica en las últimas décadas del siglo diecinueve, impulsado en gran medida gracias a la
iniciativa de Domingo F. Sarmiento, preocupado no solamente por la alfabetización del pueblo
argentino sino también por el progreso de la ciencia en términos generales. Esto se tradujo, por
ejemplo, en la incorporación de científicos e investigadores extranjeros a las aulas nacionales,

16
Sabato, Hilda, “Nuevos espacios de formación y actuación intelectual: prensa, asociaciones y esfera pública
(1850-1900)” en Altamirano, Carlos (dir.) y Jorge Myers (Ed.) Historia de los intelectuales en América Latina. La
ciudad letrada, de la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz Editores, 2008
17
Bruno, Paula (Dir.), Sociabilidades y Vida Cultural, Buenos Aires, 1860-1930, Buenos Aires, Universidad Nacional
de Quilmes Editorial, 2014, p. 17

[17]
así como también en la fundación de museos y la publicación de boletines orientados al avance
del conocimiento.

Por otro lado, es indispensable mencionar la tendencia juvenilista que se observa en


muchas de las asociaciones decimonónicas, y se explica en gran medida por la vertiginosidad
con la que nuevos saberes circulan y, sobre todo, se recrean de manera constante, alimentando
una suerte de sentimiento fundacional basado en una nueva sensibilidad a tono con el proyecto
modernizador nacional.

En ambos casos, sobresale el rol fundamental de la educación universitaria como


epicentro del impulso reformista, y que se vincula asimismo con la necesidad creciente de
“instituciones legitimadoras”18, que buscan posicionarse a la altura de las de las grandes
capitales mundiales, consagrando de este modo a las academias como los espacios por
excelencia para la producción de conocimiento. Si bien se trata de un proceso cocinado a fuego
lento -que se consolida recién en las primeras décadas del siglo pasado-, lo cierto es que ya en
el período estudiado comienzan a perfilarse las bases que luego darían lugar a un verdadero
movimiento de profesionalización e institucionalización de las distintas disciplinas, orientadas
ya en torno a un saber especializado y organizadas dentro de un esquema reglamentado y más
o menos constante y ordenado.

Cabe destacar, entonces, que tanto el despliegue de la cultura científica como el auge de
las ciencias sociales -que desembarcan en el país en la segunda mitad del siglo diecinueve-
estarán sumamente ligados con la consolidación de la vida universitaria. En este sentido, Carlos
Altamirano subraya la centralidad de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y la Facultad
de Medicina de la Universidad de Buenos Aires como espacio en el que convergen los nuevos
actores que protagonizaran la escena intelectual argentina. De esta manera, el autor advierte
que, lentamente, un pequeño conjunto de jóvenes nacidos alrededor de 1860 comenzarán a ser
vistos como miembros pertenecientes –y hasta podría decirse, fundadores- de un nuevo grupo
calificado como “elite intelectual”, que más allá de las disparidades relativas a la fortuna y los
lazos familiares eran definidos a partir de la posesión de “capital cultural, ese conjunto de

18
Gasparini, Sandra, “El Círculo Científico Literario en la década de 1870. Polémicas y promesas durante la
modernización”, en Bruno, Paula (Dir.), Sociabilidades y Vida Cultural, Buenos Aires, 1860-1930, Buenos Aires,
Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2014

[18]
saberes y destrezas de orden simbólico cuya acreditación formal pasará poco a poco a manos
de la institución universitaria”.19

Siguiendo con esta idea, Altamirano advierte que una de las mayores modificaciones
planteadas por el surgimiento de esta nueva instancia de autoridad cultural se apoya en las
fuentes de las que emana su poder, dejando atrás las bases de reputación intelectual
características de le élite ilustrada de la década de 1880, como “la creación literaria, el ejercicio
del periodismo o las demostraciones de elocuencia e ingenio en los debates cívicos o en los
clubes de caballeros”, para concentrarse en cambio en las credenciales obtenidas por medio del
cultivo de “un saber docto, definido académicamente y practicado según el modelo
desinteresado de la investigación científica”.20

De todos modos, el autor advierte que, de la misma manera en que no es posible


establecer una segmentación tajante entre los miembros de esta nueva “elite intelectual” y sus
predecesores –ubicados en su mayoría bajo el paraguas de la “Generación del 80”-, tampoco
puede afirmarse la separación total entre los claustros universitarios y los despachos de
gobierno, advirtiéndose todavía una línea de comunicación entre los espacios del saber y del
poder. Más aún, se va a exacerbar en muchos casos la reivindicación de un papel dirigente para
los “cerebros ilustrados” del país, fundada ahora no tanto el reconocimiento de los intelectuales
a nivel individual, sino de su conocimiento colectivo fundado en la ciencia.

A propósito de esta cuestión, Ángel Rama, en su ya clásico libro La ciudad letrada,


propone que para el período estudiado, ubicado en su narrativa bajo el título de “La ciudad
modernizada”, se asiste a una verdadera idealización de las funciones intelectuales, que ya no
involucra solamente a los miembros de la alta sociedad, sino que también se escurre dentro del
pensamiento de aquellos con un origen socioeconómico más modesto. Destaca, en este sentido,
que si para éstos últimos el uso de la letra se asocia con la idea de ascenso social y respetabilidad
pública, para los primeros, y sobre todo para aquellos caracterizados como “letrados
académicos”, se presentará cada vez más como una posibilidad emancipadora, que permite

19
Altamirano, Carlos, “Entre el naturalismo y la psicología: El comienzo de la ciencia social en la Agrentina”, en
Neiburg, Federico y Plotkin, Mariano (Comps.), Intelectuales y expertos. La constitución del conocimiento social
en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 2004, p.34
20
Ídem, p.35

[19]
encauzar las actividades intelectuales por senderos más autónomos y alejados de los círculos
del poder, “aunque ambicionando, obsesivamente, infiltrarse en el poder central, pues en
definitiva se lo siguió viendo como el dispensador de derechos, jerarquías y bienes.”21

Y es que, en efecto, la pregunta respecto de cómo debían vincularse las actividades


intelectuales con las dinámicas políticas y las coordenadas estatales va a subyacer a la totalidad
de las asociaciones culturales de la segunda mitad del siglo diecinueve, interrogante que con el
correr de las décadas parece definirse a favor de una intervención cada vez mayor de las
distintas agrupaciones en los debates de la vida pública de espesor político.22

3. Desarrollo cultural y poder político: autonomía, acercamientos y tensiones

Siguiendo con la idea esbozada en el apartado anterior, uno de los temas ineludibles
para el estudio de este período es la relación que se estableció entre el universo de la cultura y
el poder político, más específicamente, el grado de autonomía que poseía la primera respecto
del segundo, pero también las formas en que ambos elementos se influenciaban mutuamente.
En este sentido, es notable como en la ciudad de Buenos Aires a partir de la caída de Rosas la
multiplicación de instituciones vinculadas con el ámbito cultural -como imprentas, librerías y
espacios de sociabilidad- se encontraban compartiendo el mismo espacio que los edificios
públicos que simbolizaban el poder político, apiñadas ambas en unas pocas cuadras que
constituían el centro cívico de la ciudad.23

Evidentemente, existe una tradición historiográfica consolidada que tiende a encontrar


para este período una imbricación ineludible entre el poder político y el desarrollo cultural,
sobre todo a partir de la concomitancia e identidad entre la elite dirigente y la elite intelectual.
En este sentido, autores como José Luis Romero van a proponer una vinculación entre estos
dos mundos –el de la política y el de la cultura- en el que ambos se sitúan bajo los designios de
un mismo grupo caracterizado por sus tendencias liberales y positivistas, que unirá sus ideas al

21
Rama, Ángel, La ciudad letrada, Montevideo, Arca, 1998, p.63
22
Bruno, Paula (Dir.), Sociabilidades y Vida Cultural, Buenos Aires, 1860-1930, Buenos Aires, Universidad Nacional
de Quilmes Editorial, 2014, p. 21
23
Eujanián, Alejandro, “La cultura: público, autores y editores”, en Marta Bonaudo (dir.), Nueva Historia
Argentina. Tomo 4. Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1880), Buenos Aires, Sudamericana, 1999

[20]
desarrollo de un proyecto de país determinado –signado por el anhelo civilizatorio y la
emulación del modelo europeo, especialmente Inglaterra y Francia- del que se considera
conductor indiscutido.24

Sin embargo, sería incorrecto hablar de un desarrollo tan lineal y carente de conflicto.
Aún si aceptamos, por ejemplo, que para 1880 la influencia positivista y cientificista fue la que
determinó las posturas de la mayor parte de los agentes culturales ubicados en la parte superior
de la pirámide social y/o cultural, lo cierto es que estos mismos hombres que asumían como
suya la responsabilidad de liderar la modernización nacional no demostraban una confianza
indefectible en los efectos que las reformas que ellos propiciaban podían traer para el conjunto
de la sociedad, apelando muchas veces al acervo romántico para manifestar su disconformidad
con el avasallamiento de ciertos pilares en los que se fundaba la organización pasada.25

En este sentido, es preciso matizar aquellas visiones que señalan un cambio rotundo
para 1880, año que funcionaría como bisagra entre la clausura del romanticismo y el
advenimiento del positivismo. Asimismo, conviene señalar que si el período finisecular ha sido
caracterizado frecuentemente como un momento en que “la dirección del país y la producción
y el consumo de la literatura son monopolio y definición de una clase”26, lo cierto es que para
fines de siglo ésta encontrará que si su predominio no es abiertamente contestado, tampoco
puede mantenerse sin ningún tipo de esfuerzo. Y es precisamente en los pequeños intersticios
que deja ese mundo vertebrado por los clubes, los reglamentos y los apellidos tradicionales, que
comenzará a emerger otro más modesto vinculado con los cafés, la bohemia, y la irrupción de
nuevos escritores que buscarán su propio lugar en la esfera cultural, apelando a las credenciales
de la innovación, el ingenio estético, y la conquista de un público cada vez más vasto y
entusiasta.

También en el terreno de las artes plásticas sucede algo similar. Dado que en las últimas
décadas del siglo diecinueve este ámbito ha sido discutido “en relación con la política y la

24
Romero, José Luis, La experiencia argentina y otros ensayos, Buenos Aires, Taurus, 2004
25
Terán, Oscar, Vida intelectual en el Buenos Aires de fin-de-siglo (1880-1910). Derivas de la cultura científica,
Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000
26
Viñas, David, Literatura argentina y política. I. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista, Buenos Aires,
Santiago Arcos Editor, 2005, p.155

[21]
economía en términos que hoy resultan sorprendentes”27, muchas interpretaciones posteriores
han tendido a verlo como un apéndice de estos dos poderes, que respondía en gran medida a los
intereses del estado para construir una nación cohesiva por medio de la exaltación de sus bellas
artes. Aún más, se ha propuesto frecuentemente una caracterización de los artistas argentinos
finiseculares como receptores pasivos y dóciles de las influencias europeas. Si bien estos
argumentos pueden tener una cuota de verdad, también ofrecen un panorama un tanto rígido y,
en cierta medida, caricaturizante, que conviene matizar. En efecto, si es cierto que existió una
relación muy fuerte entre el poder político y los principales representantes del mundo de las
artes plásticas, fueron en verdad estos últimos los que tomaron las decisiones más asertivas en
múltiples ocasiones.

Esto se verifica, por ejemplo, en la descripción que la historiadora del arte Laura
Malosetti Costa realiza de los artistas nucleados alrededor de la Sociedad Estímulo de Bellas
Artes fundada en 1975, que según la autora confirma el desarrollo de un proyecto concreto
vinculado con la preocupación por avanzar soluciones eficaces a los grandes debates respecto
de la nación posible, asumiendo la causa del arte como misión patriótica gracias a su capacidad
civilizadora. De esta manera, el esfuerzo desplegado en pos de la profesionalización y
dignificación de la actividad artística correrá en paralelo con la creciente presencia del arte en
los proyectos estatales, sobre todo a partir de la incorporación de secciones de bellas artes a las
exposiciones industriales, evidenciándose de esta forma la relación simbiótica de ambos
elementos que constituyen, en verdad, un único proceso con matices muy diversos.

***

Como puede verse, entonces, la principal novedad inaugurada en la década de 1860,


especialmente si se la contrapone al período rosista, es “la apertura de una multiplicidad de
zonas culturales en el ámbito porteño”, que denota la imposibilidad de identificar un único
grupo o espacio de sociabilidad intelectual preponderante.28 Tanto la proliferación de

27
Malosetti Costa, Laura, Los primeros modernos. Arte y sociedad en Buenos Aires a fin del siglo XIX, Buenos
Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001, p.15
28
Bruno, Paula, “La vida letrada porteña entre 1860 y el fin-de-siglo. Coordenadas para un mapa de la elite
intelectual”, Anuario IEHS, 24, 2009, p. 342

[22]
sociabilidades y asociaciones culturales e intelectuales, como la multiplicación de medios de
prensa, y el impulso de las actividades editoriales y de revistas culturales, entre otros, formaron
parte del clima de ideas que se impuso luego de la batalla de Caseros, en el que la república de
las letras no solamente era considerada como indispensable para el desarrollo de proyectos
vinculados con el avance de la cultura nacional y el progreso intelectual del país, sino que
constituía uno de los medios más eficaces para alcanzar la tan anhelada civilización que se
demoraba en llegar.

De esta manera, a los ojos de los contemporáneos se abría un telón que dejaba
descubierto un escenario caracterizado por una multiplicidad de posibilidades, y que invitaba a
los espectadores a transformarse en protagonistas de la Argentina futura. “Se trató, ni más ni
menos, de un espacio tan virginal y efervescente como el país mismo”29, en el que los diversos
actores encontraban un sinfín de espacios para incorporarse al Estado, pero también para
trascenderlo, participando de un contexto dinámico que posibilitaba recorridos tan diversos y
estimulantes como inciertos, siendo uno de sus rasgos más salientes la composición
heterogénea, fruto de la incorporación constante de intelectuales de otras latitudes y la
convivencia de distintas generaciones, que daban por resultado una paleta ampliada y de colores
vibrantes, habilitando la mezcla, la superposición y, por sobre todo, la búsqueda incesante de
nuevos matices.

Es precisamente en este contexto descripto más arriba en el que se vuelve sumamente


valioso el estudio de los escritos periodísticos de Eduarda Mansilla, sobre todo si se tiene en
cuenta el lugar destacado de esta mujer de letras en todos los ámbitos mencionados
previamente. En cuanto a la primera cuestión, basta con repasar sus datos biográficos para
comprender la centralidad de Mansilla en la esfera pública decimonónica: hija de una familia
de elite vinculada con la lucha por la Independencia, sobrina de Juan Manuel de Rosas y,
posteriormente, esposa del diplomático Manuel Rafael García, reunía todas las credenciales

29
Bruno, Paula, Pioneros culturales de la Argentina. Biografías de una época, 1860-1910, Buenos Aires, SXXI,
2011

[23]
necesarias para constituirse en una dama distinguida y desempeñar su rol de matrona de la alta
sociedad porteña, asistiendo a tertulias y fiestas privadas organizadas por miembros de linajes
aristocráticos, como también a eventos públicos y artísticos como la ópera y el teatro, y
ocupándose de todas aquellas actividades reservadas para las damas de los círculos más
acomodados, como la caridad y la beneficencia. Conviene destacar, no obstante, que esta
posición le valió un protagonismo inimaginable para muchas mujeres de su mismo grupo social,
oficiando frecuentemente como anfitriona de reuniones en las que podían encontrarse los
hombres más destacados del mundo de la política y la cultura, con quienes mantenía un trato
constante y fluido.

En este sentido, resulta indispensable destacar el lugar de respeto ganado por esta
escritora en los círculos intelectuales de la época, tanto aquellos reservados para quienes
pudieran acreditar su membresía al exclusivo club designado bajo el título de “Generación del
80”, como los que se componían por individuos más jóvenes, que procuraban alejarse un tanto
del universo de la política para concentrarse en cambio en el desarrollo de las letras nacionales.
Dentro de este marco, es absolutamente significativo que Mansilla haya sido nombrada socia
honoraria del Círculo Científico Literario en el año 1879, como lo confirma el agradecimiento
público firmado por la autora y publicado el 29 de junio de dicho año en la Revista Literaria,
órgano de difusión de esa sociedad, entonces presidida por Julio Emilio Mitre.

Como menciona Sandra Gasparini, la periodización de los años de actividad del Círculo
resulta un tanto difusa, afirmando algunos miembros que éste era el sucesor directo de la
sociedad Estímulo Literario, clausurada en el año 1873, mientras que otros le atribuyen un
trayecto vital más efímero, apenas de 1878 a 1879.30 De cualquier manera, lo verdaderamente
interesante son las aspiraciones de este grupo de jóvenes intelectuales, “casi adolescentes”,
determinados en consolidar la literatura nacional a partir de la renovación de la sensibilidad
estética, y alcanzando la consagración por medio de la innovación. En este sentido, hay que
tener en cuenta que no se trataba de una generación marcada por las disputas políticas de los
tiempos de Rosas y criada en el exilio, sino de una camada posterior, confiada de los beneficios
del progreso y la educación y, sobre todo, del valor de la juventud como motor del cambio.

30
Gasparini, Sandra, “El Círculo Científico Literario en la década de 1870. Polémicas y promesas durante la
modernización”, en Bruno, Paula (Dir.), Sociabilidades y Vida Cultural, Buenos Aires, 1860-1930, Buenos Aires,
Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2014, p. 66

[24]
Asimismo, es de interés atender a los lugares de reunión favorecidos por este grupo,
advirtiéndose un amplio espectro de circulación que iba de los novedosos cafés del centro de la
ciudad a las encumbradas y alejadas quintas pertenecientes a la familia de algunos de los
miembros del Círculo, y de las aulas del Colegio Nacional de Buenos Aires –espacio de
formación común a la mayoría de estos intelectuales- a la redacción La Nación, donde muchos
de estos jóvenes buscaban ganarse un lugar de reconocimiento. De esta manera, se observa muy
claramente como los espacios reservados para el desarrollo de la cultura comienzan a
expandirse no solamente en términos cuantitativos y geográficos, sino también en un sentido
que podríamos llamar temporal, vinculándose simultáneamente con la tradición y la
modernidad.

Siguiendo con la idea anterior, podemos comprender más claramente el hecho de que
este grupo de jóvenes entusiastas haya elegido a Eduarda Mansilla, nacida casi 30 años antes
que la mayoría de ellos, como socia honoraria de su círculo intelectual. Como veremos más
adelante, también ella profesa una convicción notable por la innovación artística, en especial a
la hora de escribir, y registra asimismo una capacidad absoluta para combinar elementos
pertenecientes al pasado, con una devoción acérrima por los sucesos futuros, ofreciendo en
todas sus publicaciones un espacio de encuentro entre el acervo histórico nacional y el porvenir
que se avecina.

A partir de esta descripción, podemos adivinar también el destacado papel que va a tener
Mansilla en la esfera cultural. Sin entrar en detalles de su actividad como escritora, lo cierto es
que mantuvo también un rol muy activo como patrona de las artes, en especial en lo que refiere
al ámbito de la música, pero incentivando también el desarrollo cultural en todas sus vertientes
siempre que le fuera posible. Es de notar, también, la preocupación constante que se advierte
en el pensamiento de esta autora a propósito de la relación entre el mundo del arte y el Estado,
que además no se limita únicamente a explorar los límites que este último debería o no
establecer, sino que ofrece asimismo una meditada reflexión respecto de los modos en que la
cultura puede –e incluso debe- contribuir a la consolidación y el progreso nacional. Nos
detendremos en esta cuestión en el próximo capítulo, a propósito de los escritos periodísticos
de Eduarda Mansilla.

[25]
Capítulo II Una cartografía del mundo periodístico de fin-de-siglo

"Eduarda ha pugnado como mujer diez años por abrirse las puertas cerradas a la
mujer, para entrar como cualquier cronista o reportero en el cielo reservado a los escogidos
machos, hasta que al fin ha obtenido un boleto de entrada, a su riesgo peligro” D. F.
Sarmiento (El Nacional, 1885)

Eduarda Mansilla se distingue como una escritora asidua y destacada novelista, pero
que supo también construir una voz propia por medio de la prensa. Y es precisamente el
reconocimiento que le valió esta actividad, así como también el estilo y el registro particular
con el que se desenvolvió, lo que la vuelve sumamente singular y habilita el estudio de su
producción periodística, que además se devela como herramienta idónea para iluminar toda una
época, enlazando las ideas de esta escritora con las tramas sociales y culturales en las que se
inscriben.31

A lo largo de este capítulo, repasaremos en primer lugar las características más salientes
del ámbito en que la literata desarrolló sus actividades periodísticas, esto es, el universo de la
prensa porteña en el tramo final del siglo SIX.

Posteriormente, y partiendo de esta cartografía general, intentaremos delimitar el lugar


que ocupó Eduarda Mansilla dentro de este mundo. Como veremos, se trata de una posición de
absoluta relevancia, fenómeno que intentaremos ilustrar y explicar sirviéndonos de los artículos
periódicos de la época que hacen referencia a esta escritora, algunos de su propia autoría, otros
firmados por sus contemporáneos.

Nos detendremos, además, en las particularidades de la escritura de Mansilla, que sirven


no solamente para poner en relieve una posible aproximación al lugar destacado ocupado por
esta mujer de letras, sino que también para alcanzar una visión más acabada sobre el mundo de
la prensa en su conjunto. En este sentido, se prestará especial atención a la relación que esta

31
Altamirano, Carlos, Para un programa de historia intelectual y otros ensayos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores,
2005

[26]
escritora mantenía con su público, atendiendo siempre al estilo y los registros utilizados en la
confección de sus artículos.

Por último, se propone un recorrido –que de ninguna manera se pretende exhaustivo-


por los artículos publicados de esta escritora, analizando los principales tópicos transitados y el
posicionamiento de la autora al respecto.

1. El mundo periodístico en la segunda mitad del siglo XIX

Si, como mencionamos en el capítulo anterior, las asociaciones ocuparon un lugar


privilegiado a los ojos de las elites ilustradas decimonónicas por ser consideradas como
baluartes fundamentales de modernización y progreso, es preciso destacar que también la
prensa fue connotada de manera sumamente positiva y, aún más, catalogada como “primer
instrumento de civilización” por las personalidades más influyentes de la esfera pública
nacional.32 De ahí que su rápida expansión en la segunda mitad del siglo diecinueve no
constituyera meramente un hecho empírico verificable a través de la proliferación de diarios,
periódicos, revistas y panfletos, sino que también se presentara como una aspiración de los
cuadros dirigentes, destacándose como una pieza clave de los proyectos de modernización
social y política.

En efecto, después de la batalla de Caseros la prensa se convertirá en un elemento clave


de la vida política, entronizada como elemento insoslayable para cualquiera que quisiera
participar del debate en la vida pública.33 Esto se tradujo en una multiplicación notable de las
publicaciones. Si bien muchas de ellas tenían una vida efímera, ya sea por problemas internos
al grupo editor o, más frecuentemente, por dificultades de financiación, lo cierto es que esta
renovación constante dio por resultado cifras verdaderamente sorprendentes en cuanto a
cantidad de publicaciones pero también de ejemplares en circulación, especialmente para la
ciudad de Buenos Aires, dónde la expansión fue mucho más vertiginosa que en el resto del país.

32
Sabato, Hilda, “La vida pública en Buenos Aires”, en Marta Bonaudo (dir.), Nueva Historia Argentina. Tomo 4.
Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1880), Buenos Aires, Sudamericana, 1999
33
Sabato, Hilda, La política en las calles. Entre el voto y la movilización, Buenos Aires 1862-1880, Buenos Aires,
Sudamericana, 1998

[27]
Para ilustrar este fenómeno, basta con observar el desarrollo de los principales diarios de este
período. Si para la década de 1860 La Tribuna y La Nación Argentina, por nombrar algunos,
declaraban tener una tirada de tres a cuatro mil ejemplares, a medida que nos acercamos al
cambio de siglo, las publicaciones de mayor circulación como La Nación y La Prensa situarían
su producción, de acuerdo con el censo de 1887, en unos dieciocho mil ejemplares. De esta
manera, Buenos Aires se posicionaba para esa fecha como una de las ciudades más destacadas
en cuanto a la amplitud e intensidad de su prensa escrita, produciéndose un ejemplar por cada
cuatro habitantes.34

Como puede verse, las publicaciones periódicas de mayor envergadura eran las que se
ocupaban principalmente de asuntos políticos y económicos. Inmediatamente después de la
caída de Rosas, éstas eran vistas como un arma indispensable para la lucha facciosa,
especialmente en el período de escisión entre Buenos Aires y la Confederación, en el que la
prensa era considerada como una prolongación del campo de batalla, desatándose feroces
disputas casi siempre vinculadas con la oposición de distintos proyectos de país que muchas
veces se mezclaban con acusaciones y agravios de índole personal, erigiéndose el terreno de la
palabra escrita como locación ideal para la polémica. Esto se explica, asimismo, por otros
elementos constitutivos a la prensa de esos años tan convulsionados, principalmente por los
estrechos límites que condicionaban al mundo periodístico, tanto en términos de público como
de financiamiento, volviéndolo extremadamente dependiente de la subvención estatal, que por
supuesto implicaba también ciertos lineamientos ideológicos, constituyendo Buenos Aires la
única excepción.35

No obstante, es preciso mencionar que a la par de estas publicaciones fueron surgiendo


otras no tan vinculadas con los acontecimientos políticos y económicos, por ejemplo, aquellas
destinadas a la circulación de ideas científicas o asuntos culturales. Frecuentemente editadas en
formato de revista, muchas de ellas eran el resultado de emprendimientos personales de
destacadas figuras del mundo intelectual, que buscaban poner en relieve los principales debates
del momento y articular sus opiniones por medio de la discusión pública. Por otra parte, muchas
de estas empresas funcionaron como órgano de difusión de instituciones oficiales, como por

34
Sabato, Hilda, “La vida pública en Buenos Aires”, en Marta Bonaudo (dir.), Nueva Historia Argentina. Tomo 4.
Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1880), Buenos Aires, Sudamericana, 1999
35
Halperín Donghi, Tulio, José Hernández y sus mundos, Buenos Aires, Editorial Sudamericana,1985

[28]
ejemplo la Revista del Archivo, publicada entre 1869 y 1872, y la Revista de la Biblioteca
Pública, de circulación más acotada, entre 1879 y 1881. Conviene mencionar, además, aquellas
revistas especializadas y destinadas a un público específico, dentro de las que se destacan las
publicaciones representativas de algún sector profesional, como pueden ser Anales de la
Educación Común (1858-1874), dirigida primero por Domingo Faustino Sarmiento y luego por
Juana Manso, la Revista Médico Quirúrgica (1864-1887) y la Revista de Legislación y
Jurisprudencia (1869-1880), entre otras. Como menciona Claudia Román, la “atomización
excluyente” que se propone a través de estos nuevos medios “no sólo informa acerca de la
creencia en que cada uno encontraría lectores dispuestos a financiar su salida (…) sino que
sugiere una apuesta mayor: la de construir esos públicos como redes sociales de afinidad que
complementaban otras previas (…) e incluso podían promoverlas.”36

Asimismo, hay que destacar el lugar preponderante que fue adquiriendo la prensa en
idioma extranjero, especialmente la que respondía a los intereses de diversas comunidades de
inmigrantes. Como es sabido, los italianos ocuparon un lugar privilegiado dentro de este grupo,
utilizando las publicaciones periódicas no solamente como instrumento aglutinador, sino
también como medio para expresar y defender sus intereses. Sin embargo, es preciso mencionar
que la prensa de estos inmigrantes de ultramar no se consolidó sino hasta la década de 1870,
cuando se fundaron las editoriales más sobresalientes como L´Operatorio Italiano y La Patria.
En verdad, los primeros periódicos en lengua extranjera, algunos de ellos inaugurados incluso
en la primera mitad del siglo diecinueve, fueron de origen inglés y francés, destacándose el
diario The Standard (1861-1900) y Le Courrier del Plata (1865-1946), respectivamente. De
esta manera, encontramos que para 1887, del total de las publicaciones que circulaban en
Buenos Aires, 82 estaban redactadas en español, 7 en italiano, 5 en francés, 4 en inglés y 4 en
alemán, según un estudio conducido por Ernesto Quesada.37 A esto hay que agregarle, además,
la prensa editada por y para el sector de la población afrodescendiente desde fines de 1850 y
que se sostiene casi hasta el cambio de siglo, registrándose la fundación de 14 periódicos solo
para la década de 1870.

36
Román, Claudia, “La modernización de la prensa periódica, entre La Patria Argentina (1879) y Caras y Caretas
(1898), en Laera, Alejandra (dir.) Historia crítica de la literatura argentina, Volumen III: El brote de los géneros,
Buenos Aires, Emecé Editores, 2010, p.20
37
Quesada, Ernesto, “El periodismo argentino (1877-1883)”, 1883

[29]
Por otra parte, surgieron también en esta época publicaciones que se distinguían no
solamente por el tipo de información que brindaban ni la porción del público lector al que
apuntaban, sino por las especificidades de la edición, en las que las imágenes ocupaban un lugar
fundamental. Dentro de este grupo, al que podríamos englobar bajo el rótulo de prensa ilustrada,
se destacan los periódicos de tipo satírico, que buscaban ofrecer un enfoque diferente,
incorporando un marcado componente humorístico a la narración de los principales
acontecimientos del momento. Sin dudas, se distingue dentro este conjunto la publicación El
Mosquito (1863-1893), fundada por el dibujante y litógrafo francés Henry Meyer, quién fue
sucedido en la dirección por Henry Stein en 1872. Evidentemente, una de las principales
contribuciones de este tipo de prensa está vinculada con su capacidad para ampliar el espectro
de consumidores de periódicos, atrayendo al público por medio de las imágenes pero también
de textos más reducidos y de carácter lúdico. Conviene destacar, además, que el precio de estos
impresos solía ser inferior al del resto de las publicaciones, volviéndolos más accesibles para
los sectores de menores recursos.

Pero las imágenes no se hicieron presentes únicamente en las publicaciones con


aspiraciones jocosas, sino que las mejorías técnicas las volvieron apetecibles para una
multiplicidad de medios diversos, al punto que la combinación entre palabras e ilustraciones
impresas acabó por modificar la comunicación periodística, dando pie a un sinfín de
combinaciones entre ambos lenguajes, que en algunos casos se tornó incluso en una feroz
competencia. Conviene señalar, en este sentido, que si bien la decisión de incluir estas
reproducciones implicaba un notable aumento en los costos de publicación, éste se vio
compensado no solamente por el atractivo que los dibujos suscitaban en los lectores, sino
también porque este fenómeno fue acompañado de otro de enorme magnitud y grandes réditos
para los editores: el advenimiento del aviso publicitario ilustrado.38

Evidentemente, puede advertirse un consenso historiográfico muy consolidado que


señala un cambio de dirección de la prensa en la segunda mitad del siglo diecinueve, alejándose
cada vez más de las tendencias facciosas para consolidarse como espacio propicio para el debate
de ideas y la formación de la opinión pública hacia la década de 1870. Esto se relaciona, por un
lado, con una marcada expansión del público lector, vinculada al avance de la lectoescritura a

38
Román, Claudia, op. Cit., p. 28

[30]
través de las campañas de alfabetización realizadas durante la presidencia de Sarmiento y que
se continúan en los años setenta y ochenta. En Buenos Aires, por ejemplo, se calcula que para
1887 la cantidad de varones y mujeres que sabían leer y escribir rondaban el 64% y 57%,
respectivamente. En este sentido, Adolfo Prieto destaca “el poder casi mítico con que la
capacidad de leer, pieza maestra del proyecto del liberalismo, fue aceptada tanto por los que
buscaban asimilarse a ese proyecto como por los que abiertamente querían subvertirlo desde
una perspectiva ideológica contraria”, sancionando así la irrupción de un nuevo tipo de lector,
para quién el modelo tradicional de la cultura letrada mantenía un papel predominante “pero ya
no exclusivo ni excluyente.”39

Sin embargo, la ampliación del público potencial no fue el único factor explicativo –ni
tampoco el más importante- de la proliferación de la prensa. Conviene destacar entonces los
esfuerzos de esta última para satisfacer a esta demanda ampliada pero también para crearla allí
dónde no era suficiente. Por un lado, se produjeron durante este período transformaciones de
índole de lo material, vinculadas con las modificaciones del impreso en términos formales a
partir de la posibilidad de mecanización de la actividad de imprenta, que en el período que va
aproximadamente de 1850 a 1870 abandonó su carácter manual. Fue en verdad el desarrollo del
mercado de los textos escolares, con un fuerte respaldo del Estado por detrás, el que permitió
la consolidación de las empresas editoriales en Argentina, que posteriormente se avocarían a la
producción de diferentes bienes culturales más vinculados con otras áreas como la literatura.40

Por otro lado, la expansión del público lector fue también acompañada por una
diversificación del mismo, que comenzaba a adquirir nuevas nociones de gusto y costumbres.
Esto se verificó no solamente en la proliferación y dinamización de la prensa, que buscaba
reinventarse para satisfacer las nuevas demandas, sino también en la multiplicación de
imprentas y librerías, surgiendo comercios cada vez más especializados y constituyéndose al
mismo tiempo en espacios de sociabilidad, propicios por ejemplo para realizar tertulias
culturales al servicio del intercambio intelectual.

39
Prieto, Adolfo, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires, Siglo XXI Editores,
2006
40
Eujanián, Alejandro, “La cultura: público, autores y editores”, en Marta Bonaudo (dir.), Nueva Historia
Argentina. Tomo 4. Liberalismo, Estado y orden burgués (1852-1880), Buenos Aires, Sudamericana, 1999

[31]
Las estrategias desplegadas por las empresas periodísticas para captar, fomentar e
incluso crear nuevos públicos fueron múltiples y absolutamente diversas. Se registran, por un
lado, nuevas estrategias de ventas, dentro de las que sobresale sin dudas el voceo callejero,
apuntado no solamente a quienes no disponían del tiempo suficiente para acercarse a la imprenta
a conseguir un ejemplar, sino también a aquellos para quienes la suscripción anual a
determinado periódico no era una opción, ya sea por falta de recursos o de interés. Dentro de
este marco, la incorporación de nuevos formatos y secciones se volvió completamente
indispensable. Y es que ya no se trataba únicamente de una aspiración general –casi ilusioria-
a la ampliación del público lector, sino de una verdadera competencia por captar la atención de
esos consumidores potenciales que estaban ahí y había que salir a conquistar con las mejores
armas que estuvieran disponibles.

En este contexto, la tecnología cumplió un rol fundamental, especialmente a partir de la


invención del telégrafo electromagnético, creado por el estadounidense Samuel Morse en 1844
y la fundación contemporánea de distintas agencias de noticias, originadas con el objetivo de
concentrar y redirigir la información de eventos a escala internacional. Si bien la prensa porteña
tardó en incorporar estos adelantos, contentándose en un principio con la transcripción de los
principales artículos de los diarios extranjeros que llegaban por vía marítima o haciendo uso de
la correspondencia informal con distintos individuos que se hallaban en el exterior, lo cierto es
que a medida que nos adentramos en la segunda mitad del siglo diecinueve comenzarán a
valorar cada vez más la publicación de noticias internacionales y buscarán incrementar la
celeridad y calidad de las mismas. Encontramos, entonces, que publicaciones como La Nación,
La Prensa y La Tribuna buscaron establecer acuerdos a largo plazo con ciertas empresas
periodísticas extranjeras, con el objetivo de que les fueran enviados varios ejemplares de estos
periódicos para entregar a los lectores junto con la edición local. Para 1877, estos periódicos
harían anuncio, además, de la contratación de servicios de la agencia Havas-Reuter,
consiguiendo así con apenas un día de diferencia las noticias que anteriormente tardaban, como
mínimo, quince días en llegar.

Como puede verse, una de las características más salientes del medio periodístico en la
segunda mitad del siglo diecinueve remite al constante intercambio tácito de prácticas y
estrategias por parte de los integrantes de las distintas empresas editoriales, que se traduce en

[32]
experiencias de cooperación en pos de la consecución de una prensa más ampliada y
consolidada, pero también de competencia para asegurarse un lugar preponderante dentro de
este universo en gestación.

En las últimas décadas del siglo diecinueve se asiste, entonces, a un fenómeno novedoso
para la Argentina: la constitución de un mercado de bienes culturales, para el que la prensa se
erige como impulso motor fundamental.41 En este contexto, la incorporación de los letrados al
seno del Estado por medio del encargo oficial que relegará la actividad literaria a un segundo
plano correrá en paralelo con otro fenómeno finisecular: la profesionalización de la escritura.
Ésta dará sus primeros pasos a comienzos de la década del ochenta, para consolidarse
plenamente con el cambio de siglo. Dentro de este marco, la prensa ofrecerá no solamente un
espacio de publicación y retribución económica, sino también un aparato de distribución y
circulación inimaginables unos años antes.

Se observa, de esta manera, un fenómeno doble a partir de la profesionalización, porque


si ésta permite a un número cada vez mayor de individuos poder vivir de las bellas letras,
dedicándose exclusivamente a la producción artística, lo cierto es que también alcanza a muchos
escritores de periódicos, que se alejarán de aquella prensa de opinión política característica de
los primeros años posteriores a la caída de Rosas para acercarse en su lugar a la prensa de
información, dentro de la cual el desarrollo de la noticia adquirirá un rol preponderante. No
obstante, conviene destacar que, si bien en teoría muchos contemporáneos verán la labor
periodística como profesión antagónica a la actividad intelectual, lo cierto es que en la práctica
ambas estaban mucho más imbricadas, desempeñándose muchos profesionales tanto como
cronistas para la prensa como como escritores literarios. Aún más, es preciso subrayar que
muchas de estas nuevas publicaciones, deseosas por captar un público ampliado y diversificar
sus contenidos, van a reservar un lugar especial a la publicación de novelas en formato de
folletín, a la vez medio para incrementar las ventas y para desarrollar la profesionalización de
los escritores.

41
Laera, Alejandra, “Cronistas, novelistas: la prensa periódica como espacio de profesionalización en la Argentina
(1880-1910)”, en Altamirano, Carlos (dir.) y Jorge Myers (Ed.) Historia de los intelectuales en América Latina. La
ciudad letrada, de la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz Editores, 2008

[33]
A partir de estas coordenadas, entonces, se puede adivinar que uno de los rasgos más
salientes de la prensa decimonónica es la falta de patrones fuertemente delimitados y asentados,
que se verifica no solamente a partir del análisis de las distintas publicaciones materiales, sino
también de la recuperación de los itinerarios recorridos por aquellos individuos que se
encontraban detrás de las letras de molde. Como puede verse, el acceso al mundo periodístico
no solo no se encontraba restringido a cierto grupo socioeconómico, sino que tampoco
privilegiaba algún origen de procedencia en particular ni favorecía un único tipo de formación.
Pero, por sobre todo, llama la atención la variedad de propósitos que confluían en una redacción
periodística: mientras que algunos se acercaban al mundo de la prensa como forma de sustento,
otros lo hacían para ganarse un lugar de prestigio en la esfera pública, para alentar ciertas
empresas de índole política, o bien como medio para poder difundir su arte generalmente
vinculado con el mundo de la literatura y la poesía. De ahí que una de las particularidades
esenciales atribuidas a los hombres de prensa es que prácticamente ninguno de ellos se dedicaba
por completo a esta actividad, sino que constituía uno más de sus múltiples emprendimientos.

Pero si la incursión en el mundo periodístico podía responder a tantos objetivos


disímiles y muchas veces superpuestos como individuos hubiera interesados en desempeñar ese
trabajo, lo cierto es que queda por responder una pregunta más general vinculada con el modo
en el que la prensa era vista por sus hacedores y el rol que se le asignaba dentro de la sociedad.
Como vimos al comienzo del capítulo, desde las clases dirigentes buscaba difundirse una
ecuación simple y poderosa, en la que el mundo del periodismo se ligaba inmediatamente con
el avance de la civilización. Analizando muchos de los artículos publicados en los diarios
decimonónicos que reflexionan sobre esta cuestión, encontramos que este anhelo de los círculos
gobernantes se traduce en una asociación inmediata entre los impresos y la instrucción del
pueblo, articulando de esta manera una visión de los periódicos como dispositivos pedagógicos.
Siguiendo con esta idea, el objetivo principal de la prensa sería guiar la opinión de sus lectores,
no para influenciarlos de manera tendenciosa como el anticuado periodismo faccioso que habría
dominado la primera parte del siglo, sino para indicarles el camino que llevaría de manera
certera al bienestar de la sociedad en su conjunto.

Serán frecuentes, dentro de este marco, las campañas realizadas a través de la prensa
para generar debate y adhesión popular a determinadas causas –como puede ser la necesidad de

[34]
una reforma judicial-, así como se advierte también la relevancia de estos órganos de difusión
como medio para movilizar al pueblo, que muchas veces se vincula con su capacidad de
convocatoria para eventos y festividades específicas que requerían de la participación de la
sociedad. Se destaca, en este sentido, la imagen de la ciudad de Buenos Aires que la mayoría
de las publicaciones de la segunda mitad del siglo diecinueve buscaban construir, exaltando el
ejercicio del civismo, la vida asociativa, y la proliferación del desarrollo cultural, que se
enmarcaban frecuentemente dentro de las coordenadas de contención y organización de las
instituciones estatales.42

No obstante, es de notar que muchos escritos decimonónicos dejan entrever una mirada
bastante desencantada, tanto de los periódicos como de sus lectores. En efecto, muchos de ellos
refieren a los peligros de la propagación de la prensa, ese “monstruo” de los tiempos modernos,
que parece tener un poder absoluto sobre sus consumidores, contribuyendo de esta manera a la
concepción de un público que si no aparece completamente ignorante, sí se presenta
absolutamente obediente frente a los mandatos esgrimidos desde las páginas de los principales
diarios. 43

En síntesis, la tarea de reconstrucción del mundo periodístico en la segunda mitad del


siglo diecinueve nos devuelve una imagen fragmentaria, o mejor, una multiplicidad de
imágenes, casi como piezas de un rompecabezas que falta completar. Y es que, en efecto, para
el período analizado el mundo de la prensa se encontraba todavía en proceso de construcción,
siendo quizás esta su característica más saliente. Encontramos entonces que la búsqueda de
reconocimiento perseguida por muchos escritores convive con la falta de individualización
presente en la mayor parte de los artículos, firmados de forma anónima o, en algunos casos, con
seudónimos. De manera similar, el predominio creciente de la noticia convive con la
pervivencia de extensos artículos de opinión y resulta difícil delimitar claramente el rol que los
hombres de prensa le asignaban a esta actividad, oscilando constantemente entre posturas
esperanzadas y desencantadas.

42
Sabato, Hilda, “La vida pública en Buenos Aires”…
43
Puede verse Bruno, Paula, “Lecturas de Miguel Cané sobre la función de la prensa en las sociedades modernas”,
en Cuadernos Americanos, nro. 123, 2008

[35]
En lo que refiere al contenido y la orientación de los periódicos decimonónicos, también
se devela una visión de conjunto caleidoscópica. Como mencionamos previamente, no es que
la prensa política haya dejado de existir para cederle paso por completo a otro tipo de
publicaciones, sino que, en todo caso, va a modificarse con el transcurso del tiempo, pero
manteniendo siempre un lugar preponderante. De esta forma, en paralelo al surgimiento de
publicaciones efímeras que continuarán emergiendo en perfecta sincronía con el lanzamiento
de las distintas campañas electorales que se suceden en el territorio argentino -por lo general
destinadas únicamente a los simpatizantes partidarios y a los redactores de la oposición-, otras
empresas editoriales de más largo aliento serán concebidas por sus creadores como la
herramienta más idónea para debatir los distintos proyectos que debieran implementarse para
garantizar el correcto desarrollo del Estado, signando el pasaje del “puesto de combate” a la
“tribuna de doctrina”.44 Asimismo, ganarán cada vez más espacio otras iniciativas vinculadas
con el mundo de la cultura, la ciencia y las colectividades extranjeras, entre otras.

Se trata, sin dudas, de un terreno absolutamente fértil, vibrante, en ebullición, con


aspiraciones de grandeza pero sin una fórmula comprobada que la garantice. Un campo
magnético que atrae todo tipo de colaboradores: literatos, gobernantes, hombres de ciencia,
jóvenes entusiastas que buscan abrirse un camino y ganar reconocimiento, inmigrantes que
buscan representar los intereses de su comunidad y otros interesados en emprender proyectos
personales. Pero también mujeres, que se atreven incluso a traspasar los límites reservados a las
publicaciones femeninas, irrumpiendo en el seno de la prensa y animándose a desafiar el olvido
colectivo por medio de la palabra escrita.

2. El lugar de Eduarda Mansilla en el mundo periodístico

Como mencionamos en la introducción, una de las posibles puertas para explorar la


relevancia de los escritos periodísticos de Eduarda Mansilla se vincula con los medios en los
que publicó, encontrando artículos de su autoría en los principales diarios porteños como La
Tribuna, El Nacional y La Nación. Asimismo, conviene destacar que su pluma no estuvo
circunscripta a cierto tipo de proyecto editorial en particular, sino que encontramos en verdad

44
Román Claudia, op. cit., p. 15

[36]
una producción bastante diversificada, que le permitió ganarse un lugar en espacios sumamente
disímiles, como por ejemplo La Ondina del Plata. Revista Semanal de literatura y modas, en
la que participó un gran número de mujeres escritoras tanto americanas como europeas, y fue
una de las publicaciones más consolidadas destinadas al público femenino. También, se destaca
su presencia en La Gaceta Musical, en la que se desempeñó como crítica y encargada de la
sección de folletín, y su participación en medios del exterior, como El Americano, editado en
París por Héctor Varela.

Si bien Mansilla ya había incursionado en el mundo del periodismo durante sus años en
el exterior, primero en Estados Unidos, hacia donde partió en el año 1861 acompañando a su
marido en sus viajes diplomáticos, y posteriormente en Europa, lo cierto es que recién en el año
1879, es decir, cuando regresa a la Argentina sin la compañía de su familia, es cuando nuestra
escritora va a dedicarse de lleno a la producción de escritos para la prensa, constituyéndose la
década del ochenta como el período más activo de su carrera. En este sentido, conviene destacar
que es precisamente el año de su regreso en el que se registra la mayor cantidad de artículos
firmados por la pluma de Eduarda, lo que nos da la pauta de la avidez de esta escritora por
publicar en los medios nacionales. Sin dudas, este hecho sirve también para mostrar la buena
recepción que tuvo su llegada en el público y el círculo editor local, que se mostraba
verdaderamente complacido de tenerla como una de sus colaboradoras.

Siguiendo con la idea anterior, es interesante notar cómo Eduarda Mansilla ya se había
ganado un lugar como escritora para el momento de su regreso al país, destacándose por
ejemplo la bienvenida de El Nacional a “la distinguida literata (…) después de 18 años de
ausencia de su ciudad natal”45 , o la de La Ondina del Plata a “la celebrada escritora
argentina”46. Como puede verse, el rasgo principal que eligen estas publicaciones para
caracterizarla no está vinculado con su matrimonio o con su posición social, entre otras, sino
que apuntan directamente a su vinculación con el mundo de las letras, destacando la calidad de
su pluma como el rasgo más saliente de esta mujer multifacética. Más aún, el lugar privilegiado
de Mansilla como escritora puede verse, por ejemplo, en un artículo publicado el 11 de julio de

45
El Nacional, n° 9.779, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892),
Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p.291
46
La Ondina del Plata, n° 10, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892),
Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 292

[37]
1879, es decir, apenas transcurrido un mes desde su regreso, en el diario La Libertad, en el que
un cronista anónimo afirma: “De los toilettes no hay nada que decir (…); solo la pluma elegante
y fina de una mujer espiritual, de la señora Garcia, por ejemplo, podría hacer una descripción
digna de ser leída con interés”47. A partir de esta afirmación, entonces, encontramos no
solamente el reconocimiento que Eduarda Mansilla merece por la calidad de su escritura, sino
que puede entreverse también el vínculo afectivo con el público, que solamente estaría
interesado en una descripción de ese tipo si estuviera firmada con el nombre de esta literata,
reafirmando nuevamente su posición destacada como periodista en el medio local.

Se comprende, entonces, que una de las maneras para verificar la importancia de


Mansilla en la prensa decimonónica estaría fuertemente vinculada con la forma en que esta
escritora es presentada al público lector. En este sentido, es notable que no solamente se
anuncien sus próximas publicaciones programadas, o incluso las promesas de publicaciones -
que en muchos casos no llegan a concretarse-, sino que también se explicite cuando no le será
posible enviar sus colaboraciones. Sin dudas, esto habla a las claras del interés del público, que
evidentemente espera con ansias sus artículos, pero también da una pista acerca del
funcionamiento del medio periodístico en su conjunto.

En efecto, es probable que los anuncios se deban a que muchos consumidores compraran
el diario exclusivamente por los escritos de ciertos periodistas, como puede ser el caso de
Eduarda Mansilla. Hay que tener en cuenta que se trata de un período en el que, como
mencionamos previamente, se realizan muchos esfuerzos por parte del sector editorial para
poder consolidar una prensa vigorosa y rentable, de modo que la publicación de autores
reconocidos y avalados por el público constituía una de las posibles estrategias para alcanzar
este objetivo. De ahí también que podamos encontrar, por ejemplo, el siguiente anuncio en las
páginas de La Gaceta Musical: “Llamamos la atención de nuestros lectores sobre este
interesante escrito, que colocamos en la sección principal del periódico, rindiéndole así los
honores que se merece la inteligente escritora (…).”48 Evidentemente, los honores a los que

47
La Libertad, n° 1663, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892),
Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 332
48
“Nuestra colaboradora”,La Gaceta Musical, n° 9, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos
completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor,
2015, p. 316

[38]
hace mención este artículo no van destinados únicamente a Eduarda Mansilla, sino también al
público, que es recompensado con un artículo que seguramente esperan con avidez.

Asimismo, la importancia de Eduarda Mansilla en el medio gráfico puede advertirse a


partir del modo de circulación y difusión que tuvieron sus escritos. Conviene destacar, por
ejemplo, cómo sus artículos fueron frecuentemente reproducidos en otros periódicos tras
confirmar el éxito de su primera publicación, evidenciando el interés del público pero también
el modo en que los distintos medios se ayudaban mutuamente con el objetivo de consolidar el
desarrollo de la prensa nacional. De manera similar, podían encontrarse frecuentemente
artículos en diversos diarios que anunciaban la próxima colaboración de Mansilla en otro
medio, alentando a sus lectores a comprar determinada publicación pura y exclusivamente por
contener un artículo de esta escritora.

Como puede verse, entonces, la importancia de Eduarda Mansilla en el mundo


periodístico está muy vinculada con la repercusión que tuvieron sus escritos. Para comprobarlo,
basta con repasar brevemente los comentarios que siguieron al segundo artículo publicado por
La Gaceta Musical tras el regreso de Europa de la literata, redactado en forma de carta a una
amiga suya que vive en París, fechada el 10 de Julio de 1879. Esta publicación fue
posteriormente destacada por periódicos como El Nacional y La Tribuna, asegurando este
último que “La Gaceta Musical será sin duda buscada hoy con mucho interés.” 49

Conviene destacar, además, un artículo publicado en La Gaceta la semana posterior, en


el que se anuncia lo siguiente: “Nos refieren que el lunes en la tertulia que hubo en la casa del
Sr. Presidente de la República, y en un grupo numeroso de damas y caballeros uno de estos leyó
en alta voz, en <La Gaceta Musical> del Domingo pasado, la interesantísima carta de nuestra
ilustrada colaboradora la Sra. de García. Como era natural, mereció la aprobación unánime de
todos los oyentes.”50 Estas líneas merecen una atención especial, no solamente porque
confirman que los escritos de Mansilla captaban el interés incluso de las personalidades más
destacadas del país, dando cuenta una vez más del reconocimiento con el que contaba esta

49
La Tribuna, n° 8865, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892),
Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 344
50
La Gaceta Musical, n° 12, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892),
Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p.346

[39]
escritora, sino también porque en la última oración se advierte a las claras la autoridad de la
palabra de esta escritora, que pareciera absolutamente incontestable y frente a la cual la única
reacción posible pareciera ser la aprobación inmediata.

En efecto, como puede leerse en La Ondina del Plata del 20 de Julio: “Tanta y tan
general ha sido la aceptación que ha merecido el número del Domingo pasado de la <La
Gaceta>, que varios suscritores han venido á solicitar de á dos, de á cuatro, hasta de seis y una
hasta diez números, todos ellos con el objeto de enviarlos á Europa.”51 A partir de estas líneas
podemos inferir, entonces, la vasta repercusión y circulación de los escritos de Mansilla que,
además, develan nuevamente la admiración y el respeto que despertaban los escritos de la
autora, en este caso particular en materia de análisis y descripción de la sociedad, puesto que el
artículo publicado en La Gaceta versaba sobre las celebraciones del 9 de Julio en el Teatro
Colón. A propósito de esta cuestión, resulta pertinente destacar el reconocimiento internacional
que poseía “la madame de Stael argentina”- como es referida en un diario uruguayo en 188052
– quién fue incluida por ejemplo en la compilación “América Literaria”, editada por
Lagomaggiore en 1883, como lo mejor de las letras americanas, e incluida asimismo en el
diccionario de escritoras americanas editado en España en 1892 por la revista La España
Moderna.

Sin dudas, la relevancia de Mansilla en el medio periodístico se advierte muy claramente


en un artículo publicado en El Nacional el 28 de Junio de 1879, que comienza de la siguiente
manera: “La señora de Garcia, nos pide la publicación de las siguientes líneas”53. Como puede
verse, no se trata de una colaboración solicitada a la autora, sino de un espacio que ella pide y
que el periódico le concede. Este gesto adquiere una relevancia aún mayor si se tiene en cuenta
el tema tratado en la publicación, en la que Mansilla procura realizar una defensa de la gestión
diplomática de su esposo. Este escrito es particularmente interesante porque no solamente
puede adivinarse la posición de autoridad que la escritora ocupa y le permite expresarse

51
La Ondina del Plata, n° 29, 1879 en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-
1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 347
52
Álvarez, Cayetano, El Siglo, noviembre de 1880 en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos
completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor,
2015, p. 399
53
Mansilla de García, Eduarda, “Una argentina á tres argentinos”, El Nacional, n° 9874, Buenos Aires, 1879, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 306

[40]
públicamente cuando lo desee, sino porque aparece también muy fuertemente la autopercepción
de Mansilla respecto de su lugar en la prensa:

“Desapruebo que las damas se mezclen en cuestiones del género que hoy trato, pero mi
deber como escritora argentina me ha impuesto la grata tarea de responder con los medios á mi
alcance, por el buen nombre del patriota que me honró con el suyo” 54.

En primer lugar, se destaca el hecho de que Mansilla justifique su intervención por


considerarse una escritora argentina, introduciendo en su argumentación algo del orden del
capital simbólico del intelectual55, que la habilitaría a opinar sobre tópicos que no le
corresponderían en primer lugar por haber nacido mujer, anteponiendo de esta manera su
profesión a su género. Asimismo, es interesante notar cómo las credenciales que le otorga su
actividad como escritora son las que le permiten manifestarse a favor de su marido, recurriendo
de alguna manera a su imagen pública para realizar una defensa de algo más vinculado con el
mundo de lo privado, es decir, el honor de su cónyuge, mezclándose de esta forma la política
con lo íntimo y lo afectivo.

Cambiando el foco de análisis, podemos advertir la relevancia de esta autora a partir de


la forma en que es introducida en la prensa porteña decimonónica. Se destaca, por ejemplo, que
cuando La Gaceta Musical anuncia la suspensión de su publicación en noviembre de 1879, “la
estimable señora Eduarda M. de García”56 es la primera colaboradora a la que le agradecen
públicamente, de la misma manera que, al anunciar la reanudación de sus actividades para el
año 1880, la única escritora mencionada es Eduarda Mansilla “cuyas producciones tanto
llamaron la atención y tanto interés despertaron en el anterior, y esperamos poderlas ofrecer

54
Ibídem
55
Cuando utilizamos términos como capital intelectual/cultural lo hacemos en un sentido descriptivo y general,
no en alusión estricta a las prescripciones concebidas por Pierre Bourdieu – pensadas además a partir de un
ámbito mucho más regulado, conformado por estructuras e instancias legitimadoras que son inexistentes para
este período de la Historia Argentina-. Como apuntan Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano “Bourdieu tiene
presente, fundamentalmente, el tipo de campo intelectual constituido en las sociedades occidentales
modernas a partir de un proceso que tiene su primera manifestación en el Renacimiento, se eclipsa
transitoriamente bajo el peso del absolutismo monárquico en los siglos XVII y XVIII, para cristalizar en el curso
del XIX”. Para más información puede verse Altamirano, Carlos y Sarlo, Beatriz, Conceptos de sociología
literaria, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1980.
56
“Despedida”, La Gaceta Musical, n° 30, Buenos Aires, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos
periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires,
Corregidor, 2015, p. 359

[41]
con mas frecuencia que entonces”57. De manera similar, en el año 1882, cuando La Gaceta se
vuelve una publicación anual, se anuncia que la única escritora que firmará con su nombre y no
de forma anónima o por medio de un seudónimo será “la distinguida escritora argentina Sra.
Eduarda M. de García, que tendrá a su cargo la sección de folletín”58 reforzando nuevamente
no solo la posición destacada de esta autora, sino también su estatus de absoluta singularidad
en el contexto de la prensa finisecular.

Como puede verse, para el público porteño decimonónico consumidor de periódicos el


nombre de Eduarda Mansilla estaba muy fuertemente asociado a la noción de prestigio,
contribuyendo asimismo a la relevancia de esta escritora como periodista en un proceso de
retroalimentación constante. No solamente era una autora muy solicitada y ocupaba siempre un
lugar destacado en los medios gráficos de la época, sino que también podemos encontrarnos
reiteradas veces con artículos en los que aparece mencionada porque se solicita su influencia
para llamar la atención sobre causas muy diveras, ya sea alentando a la población a donar fondos
o a asistir a cierto evento, o haciendo lobby para la sanción de alguna ley o política pública.

En este sentido, resulta muy elocuente una publicación de El Nacional del 9 de


Noviembre de 1882, en la que se busca promover la comercialización de un periódico italiano,
L´Operatorio Italiano, con el fin de que lo recaudado sirva para ayudar a la población inundada
de dicho país europeo. Es de notar que en esta edición no solamente se solicita la participación
de Eduarda Mansilla, sino que su escrito se encuentra inmediatamente después de uno firmado
por el entonces presidente de la república, Julio Argentino Roca, y previo al de personalidades
sumamente distinguidas de la nación como Nicolás Avellaneda, Bartolomé Mitre y Domingo
Faustino Sarmiento, lo que da la pauta del importantísimo lugar que ocupaba Eduarda Mansilla
tanto en la prensa y en la esfera literaria como en la sociedad porteña en su conjunto.

Además, es preciso agregar que la relevancia de Eduarda Mansilla en el medio


periodístico se evidencia de manera muy contundente a partir de la repercusión que tuvieron en

57
“¡Un año mas!”, La Gaceta Musical, n° 1, Buenos Aires, 1880, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos
periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires,
Corregidor, 2015, p. 365
58
“Sus condiciones actuales”, La Gaceta Musical, n° 1, Buenos Aires, 1882, en Mansilla de García, Eduarda,
Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos
Aires, Corregidor, 2015, p. 526

[42]
la prensa no solo los escritos destinados a este espacio, sino la totalidad de la producción
literaria de la autora. Ésta incluye sus novelas, como El Médico de San Luis y Lucía, publicadas
ambas en el año 1860, y también Pablo o La Vida en Las Pampas, escrita en francés y publicada
primero en Francia en forma de folletín, traducida posteriormente por su hermano, Lucio V.
Mansilla, y publicada en el país en 1870. Se destaca también la repercusión que tuvieron sus
Cuentos, una selección de narraciones para niños editada en 1881, y contaron, entre otras, con
una muy extensa y elogiosa reseña del ex presidente Domingo Faustino Sarmiento, en el diario
El Nacional.

Evidentemente, las producciones de Mansilla que contaron con mayor repercusión en


la prensa finisecular porteña son aquellas en las que la escritora incursionó en el género
dramático, participando también posteriormente en la puesta en escena de estas obras, como La
Marquesa de Altamira, representada por primera vez en Octubre de 1881 en el Teatro de la
Alegría, y Los Carpani, estrenada en Mayo de 1883 en el Teatro de la Opera. A propósito de la
primera, no es ocioso destacar que incluso recibió una crítica del afamado escritor y periodista
cubano José Martí. Además, resulta interesante notar el modo en que, a pesar de que estas obras
no hayan tenido una recepción extremadamente favorable, se destaca sin embargo la figura de
Eduarda Mansilla, que sobresale siempre como mujer de talento insoslayable y de intensa
luminosidad propia que acaba por opacar todo lo que tiene en derredor: “Se aplaudió es cierto,
y mucho, pero los aplausos eran solo para la autora, cuyo talento se traslucía a pesar de las
deficiencias é irregularidades de los cómicos”59, afirma el crítico de El Nacional en referencia
a la primera presentación de La Marquesa de Altamira.

Finalmente, otro elemento que sirve para registrar la importancia de la voz que Eduarda
Mansilla supo transmitir a través de la prensa es la capacidad para conservar ese lugar destacado
por un período de tiempo muy extenso, que se vio interrumpido únicamente por su fallecimiento
en al año 1892. En este sentido, es interesante observar cómo después del año 1884, que signa
el comienzo de una larga enfermedad que le impide publicar con frecuencia, pueden encontrarse

59
“El drama de anoche”, El Nacional, n° 10555, Buenos Aires, 1881, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos
periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires,
Corregidor, 2015, p. 505

[43]
sin embargo muchos artículos que hacen mención a esta escritora y desean no solamente su
pronta recuperación, sino también poder volver a contarla dentro de sus colaboradores.

Aún más, la vigencia de los escritos de Mansilla se verifica, por ejemplo, cuando en
1891 La Nación reproduce una carta publicada por la autora en el diario El Americano casi
veinte años atrás, pero que sin embargo “es nueva todavía, -por la repetición periódica de los
hechos que describe, la sanción del tiempo á muchas de las ideas en ella desarrolladas, y la
belleza de la forma, que hace imperecederas las obras de arte”.60 A propósito de esta
publicación, resulta interesante notar, además, que fue anunciada por el diario como un
verdadero hallazgo, una carta que nunca había llegado a manos del público hasta ese entonces,
error que no tardaron en señalar muchos suscriptores. Si bien La Nación negó rotundamente
estas acusaciones, el hecho de que los lectores de este periódico recordaran un artículo escrito
por Mansilla casi veinte años atrás denota muy claramente el interés y la pregnancia que
rodeaban a todos los escritos delineados por la pluma de esta mujer de letras decimonónica.

3. Modo de escribir: estilo, registro y destinatarios

En una carta dedicada a la Srta. Isabel de Lagantenerie y publicada por La Gaceta


Musical el 13 de Julio de 1879, Eduarda Mansilla confiesa:

“Tengo la manía de dormir encerrada entre colgaduras; se me figura que de esa suerte
no penetran hasta mi influencias exteriores, me gusta adormecerme acariciando mi último
pensamiento, atesorando mis impresiones. Ud. me ha llamado y con razón <la pródiga avara>”.
61

Este apartado resulta sumamente significativo si se tiene en cuenta que en él podemos


encontrar muchas pistas para comprender la escritura de Mansilla y el posible atractivo que
despertó a los ojos de sus contemporáneos. Si bien la autora lo menciona un poco a modo de
chanza, lo cierto es que sus impresiones son verdaderos tesoros, que le permiten, entre otras

60
La Nación, n° 6272, Buenos Aires, 1891, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-
1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 606
61
La Gaceta Musical, n° 11, Buenos Aires, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos
(1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 334

[44]
cosas, distinguirse como escritora al recurrir al acervo de su memoria difícilmente replicable.
Conviene destacar, no obstante, que la Eduarda Mansilla que aparece a través de las páginas de
la prensa decimonónica no es en absoluto avara, más bien todo lo contrario. En efecto, si su
experiencia la convierte en un personaje interesante y singular, lo cierto es que la capacidad de
transmitir esas vivencias, tanto como protagonista como como testigo, es la que va a marcar su
sello y le ganará una posición inimitable en los medios porteños.

Puede argumentarse, en este sentido, que Eduarda Mansilla se erige como una traductora
en el sentido amplio del término, puesto que no solamente es capaz de moldear sus
pensamientos de modo tal de volverlos comprensibles para el público, sino que estos mismos
recuerdos le permiten posicionarse como puente entre distintas culturas, geografías y épocas,
acercándoselas al lector por medio de la palabra.

A propósito de esta cuestión, es preciso tener muy presente el momento en que se


publican los artículos de Mansilla. Se trata de un contexto signado por el advenimiento de la
modernidad, que deja al descubierto muchas inseguridades respecto del futuro y acompañadas,
en muchos casos, de nostalgias respecto del pasado. Asimismo, es un período marcado por una
fuerte globalización a nivel mundial, que implica un doble movimiento, por un lado, de
expansión de las fronteras conocidas y por otro, de acercamiento entre países por medio de los
nuevos medios de comunicación, que brindan información sobre lugares que resultan cada vez
menos remotos, provocando entusiasmo y una avidez de noticias significativa entre la
población.

Siguiendo con la idea anterior, Paula Bruno destaca que para el cambio de siglo, el
mundo estaba atravesando una época de intensas transformaciones, traccionadas en muchos
casos por grandes movimientos humanos, pero manteniendo asimismo un margen considerable
de acción para diversas reconfiguraciones culturales que podían originarse a partir de
intervenciones individuales de embajadores intelectuales y políticos. Si bien la autora está
pensando en las distintas visitas de hombres de la cultura que desembarcaron en el país en las
primeras décadas del siglo veinte –de Einstein a Marinetti-, lo cierto es que algo de esa avidez
demostrada por el público local frente a estos referentes extranjeros puede percibirse también
en el interés suscitado por los artículos periodísticos de Eduarda Mansilla, que se posiciona

[45]
asimismo como una suerte de bisagra entre Argentina y el mundo, pero también como puente
entre pasado, presente y futuro.62

Dentro de este marco, cabe señalar que la biografía de Eduarda Mansilla resulta una
herramienta de gran utilidad para realizar esta labor de mediadora previamente mencionada.
Por un lado, sus recuerdos de niña la unen inextricablemente con la siempre idealizada memoria
colectiva sobre la Independencia argentina, sobre todo por medio de su padre, militar de carrera
y héroe patrio. Por otro, la profesión de su marido y su status como escritora y dama distinguida
de la alta sociedad le permiten viajar constantemente y entrar en contacto directo con otras
latitudes y culturas, que posteriormente recuperará a la hora de escribir sus artículos
periodísticos. Éstos contienen por lo general opiniones muy fuertes fundadas en la subjetividad
de la experiencia y permiten al lector de esta manera ingresar en otros universos desconocidos,
tanto en un sentido temporal como geográfico.

Evidentemente, esta habilidad de Eduarda Mansilla para “atesorar sus impresiones” fue
un hecho frecuentemente observado por sus contemporáneos. Podemos encontrar, por ejemplo,
a su amigo Domingo Faustino Sarmiento destacando la capacidad de la escritora de Cuentos
para hacerse pequeña nuevamente, y poder producir de esta forma exquisitas narraciones para
niños valiéndose de sus recuerdos y su gran empatía.63 De manera similar, en una carta firmada
por el Conde de París, Luis Felipe de Orléans, en Marzo de 1883, puede leerse a propósito de
algunos Recuerdos de Viaje de la autora que “Toda su descripción de la sociedad Americana
en esa época, de sus costumbres, de sus gustos, me ha interesado vivamente. Cuanta gracia,
cuanta lucidez, cuanta benevolencia hay en esas páginas (…) y me ha conmovido en estremo
la manera como ha conservado V. esos recuerdos que datan de veinte años”.64

En cuanto a la forma de los escritos introducidos por Mansilla en la prensa porteña se


destaca, en primer lugar, el uso por parte de la autora de registros muy diversos, que va
alternando según el tópico tratado en cada artículo. Dentro de este conjunto sobresalen, sin
embargo, las producciones desarrolladas en forma epistolar, que de acuerdo con La Gaceta

62
Bruno, Paula (Coord.), Visitas culturales en la Argentina (1898-1936), Buenos Aires, Biblos, 2014
63
El Nacional, n° 10.378, Buenos Aires, 1881, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos
(1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 445
64
El Nacional, n° 10.994, Buenos Aires, 1883, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos
(1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 568

[46]
Musical se debe a la adopción de “el estilo moderno de las escritoras notables de la época,
transmitiendo sus impresiones por medio de cartas familiares a una amiga ausente”.65
Asimismo, hallamos que muchas veces la autora se refiere a sus publicaciones como “charlas”,
a la manera de las célebres causeries de su hermano, Lucio V. Mansilla. En efecto, podemos
encontrar en los escritos de Eduarda la utilización de recursos muy similares a los del autor de
Una excursión a los indios ranqueles, como el uso de la digresión y la apelación directa al lector
en busca de complicidad.

Además, en muchos de los artículos de Mansilla se hace presente una alternancia


constante entre elementos de ficción y realidad, que podrían vincularse con un rasgo general de
la prensa decimonónica finisecular, en la que se buscaba combinar un factor de entretenimiento
y diversión del lector con la provisión de información. Sin dudas, este es un movimiento que se
ajusta muy bien al estilo narrativo de nuestra escritora, que maneja de manera excepcional la
imbricación entre literatura y periodismo, realizando por ejemplo introducciones con exquisitas
descripciones para captar la atención del lector y, una vez alcanzado este cometido, desarrollar
su opinión sobre algún tópico que le interesa explorar, frecuentemente con el objetivo de
convencer al lector o, al menos, hacerlo reflexionar en profundidad.

En cuanto a la manera de escribir de Mansilla conviene destacar que, si bien la autora


estaba muy preocupada por las formas, esto es, el modo de presentación de los escritos y lo que
se conocía en la época como “toilette literaria”, es decir, el trabajo de edición y revisión del
texto -que en caso de estar mal corregido o mal puntuado “se asemeja a una mujer hermosa
vestida ricamente y adornada de pedrerías, pero con la cara cubierta de manchas de afeite mal
colocadas”66- lo cierto es que abogaba también por una escritura simple y sencilla. A
continuación una cita que nos permite comprender con mayor claridad la opinión de la autora
sobre esta cuestión:

“Si se reflexiona cuán fácil es escribir como se habla, como se piensa, sin afectación de
giros diferentes de los usuales, se verá que el pensamiento fluye más fácilmente cuando no lo

65
La Gaceta Musical, n° 9, Buenos Aires, 1879, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos
(1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 315
66
“Carta de la autora de Kate”, La Ondina del Plata, n° 37, Buenos Aires, 1877, en Mansilla de García, Eduarda,
Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti,
Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 276

[47]
encadenan falsos afeites y que el secreto único de los grandes escritores modernos, consiste
justamente en expresar grandes pensamientos con imágenes sencillas”.67

Como puede verse, Mansilla mantenía una posición muy fuerte respecto de cómo
debiera expresarse un “gran escritor moderno”. Aún más, al suscribir ella misma a las reglas
previamente citadas pareciera auto colocarse dentro de este grupo selecto y a la vanguardia de
la producción literaria. Porque, en efecto, una de las características más destacadas por sus
contemporáneos de la escritura de esta autora es la sencillez que imprime a todos sus textos, sin
por eso dejar de lado la delicadeza y la armonía, dando por resultado una obra que no es
solamente bella, sino que también penetra muy fácilmente en el corazón de sus lectores.

Además, esta operación promovida por Mansilla de “escribir como se piensa” impregna
a sus artículos de una gran frescura, algo que posiblemente pueda explicar parte del éxito de
esta escritora al presentarse frente a sus lectores de una manera natural, propiciando un
acercamiento que resulta seguramente más genuino para quienes se encuentran del otro lado
del periódico. Como menciona Sarmiento a propósito de esta cuestión, uno de los factores que
más contribuyen a la singularidad de esta escritora es su capacidad para combinar el “fondo de
ilustración” proveniente de sus vastos conocimientos con un estilo “lleno de esa suelta
espontaneidad que es un atributo del talento”.68

Por otro lado, es importante destacar que detrás de estas reflexiones que Eduarda
Mansilla expone respecto del modo de escribir podemos encontrar un gesto muy moderno por
parte de la autora. En efecto, como menciona en una carta dedicada a su hermano Carlitos
publicada en La Gaceta Musical, el atractivo de los escritores que logran “saber escribir como
hablan” radica en que “las lenguas son eminentemente democráticas y el número las domina”.69
De esta manera, Mansilla renuncia a ciertas formas de expresión más artificiosas que quizás le
parecerían más bonitas y privilegia el estilo natural devenido de las manifestaciones del habla,

67
Ídem, p. 279
68
La Nación, n° 3685, Buenos Aires, 1882, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos
(1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 552
69
“Carta de la autora de Kate”, La Ondina del Plata, n° 37, Buenos Aires, 1877, en Mansilla de García, Eduarda,
Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti,
Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 280

[48]
incluso cuando esto implique la necesidad de quebrar ciertas normas o ajustar el sistema de
escritura de modo que se ponga a tono con los códigos de la oralidad.

Como menciona la autora algunas líneas más abajo, esta postura se debe en gran medida
a que la encuentra como la única posibilidad para lograr el entendimiento común al fijarse unas
únicas reglas claras a seguir, sin tantas variaciones del lenguaje que acaban por confundir tanto
a lectores como escritores: “mi solo conato es estimular á mis compatriotas á cultivar el estilo
sencillo y fácil, haciendo que nuestra lengua obtenga lo que las demás lenguas modernas han
obtenido: unificación”.70 Como puede verse, entonces, para Mansilla ésta no es solamente una
cuestión que atañe al universo literario, sino que se vincula directamente con el desarrollo y el
progreso del país, y con su posicionamiento dentro del concierto de naciones mundiales,
ubicando así en su lista de prioridades a la república argentina por encima de la república de las
letras.

Sin embargo, resulta conveniente destacar que, si como menciona Mansilla, esta
posición se funda de algún modo en la idea de volver a las lenguas más “democráticas”,
adoptando las formas utilizadas en ese momento por la mayor parte de la población en lugar de
aquellas prefijadas anteriormente, esto se contradice con ciertas características de la escritura
de esta autora, como por ejemplo el uso constante de palabras o frases en lenguas extranjeras,
principalmente el francés. De hecho, podemos encontrar referencias a esta cuestión en las
producciones periodísticas de la escritora, en las que destaca siempre la dificultad de saber
muchos idiomas a la hora de escribir, porque resulta mucho más arduo escoger qué términos
utilizar. La conclusión que se desprende a partir del análisis de sus artículos, es que Eduarda
pareciera solucionar este dilema incorporando muchas veces expresiones en otros idiomas.
Entonces, si esta decisión se basara en el deseo de la literata de darse a entender mejor -al no
encontrar una manera de transmitir la misma idea en castellano-, podría interpretarse como una
pista contundente respecto del público potencial de esta autora, que seguramente maneje con
fluidez el cambio idiomático, al tiempo que revela la falta de interés de Mansilla por expandir
el círculo de lectores fuera de un núcleo determinado.

70
Ídem, 281

[49]
Siguiendo con la idea anterior, podemos observar también un hecho algo curioso en lo
que refiere a los destinatarios de los artículos de Mansilla, dado que en teoría estos están
pensados para ser leídos por mujeres, como se explicita frecuentemente en la presentación de
los escritos, pero se encuentran en verdad muchas más referencias a lectores hombres, ya sea
en las dedicatorias de las cartas publicadas o en aquellos textos que refieren a la repercusión de
las publicaciones de esta autora. Sin dudas, este fenómeno puede servir para ilustrar una de las
mayores dificultades de las escritoras decimonónicas, que debían conseguir el reconocimiento
de los varones para ganarse un lugar en el mundo de las letras, al tiempo que se esperaba que
lograran despertar un sentimiento de identificación por parte de las mujeres. 71 En el caso de
Eduarda Mansilla, parece claro que la referencia a un público exclusivamente femenino es
meramente una formalidad, y basta con repasar los intercambios que mantiene con diversos
hombres públicos a raíz de sus artículos para comprobar este hecho.

Como mencionamos previamente, a partir de los distintos modos en los que Eduarda
Mansilla aparece retratada en la prensa decimonónica se evidencia una relación muy fluida y
cercana con su público, anunciándose incluso los regalos que la autora recibe frecuentemente
por sus publicaciones, “mis títulos de nobleza literaria”72 como los llama la literata, para quién
el reconocimiento es sin dudas un pilar sumamente importante de su carrera como escritora.

Además, conviene destacar que los escritos de Mansilla se publicaban muchas veces en
formato de folletín, lo que implica un compromiso por parte de los lectores, que debían esperar
a la siguiente entrega para avanzar con la lectura, y una preocupación constante de la escritora
por mantener esa cuota de intriga que llevaba al público a buscar con avidez el siguiente número
del periódico. Aquí, nuevamente, se puede ver la imbricación entre literatura y periodismo que
se hace presente en los escritos periodísticos de la autora, puesto que la publicación de novelas
en forma de folletín fue una constante durante todo el siglo diecinueve, que en las últimas
décadas devino en medio no solamente para incrementar las ventas, sino también para sostener
la profesionalización de los escritores.

71
Batticuore, Graciela, op. cit.
72
El Nacional, n° 11.077, Buenos Aires, 1883, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos
(1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 618

[50]
Volviendo a la relación de esta autora con su público, puede advertirse a lo largo de sus
escritos una intención muy marcada por parte de Mansilla de despertar la complicidad de sus
lectores, que frecuentemente se explicita en sus artículos periodísticos. Como mencionamos
más arriba, muchos de los textos de esta escritora tienen como finalidad última convencer a
quién está leyendo de cierta opinión, y para ello resulta de gran ayuda el uso de un lenguaje
intimista que la acerque a sus decodificadores. Frecuentemente, entonces, sus esfuerzos de
persuasión devienen en la adopción de un tono que podríamos calificar como pedagógico,
transformándose en una guía para quienes se encuentran del otro lado del periódico y haciendo
casi siempre uso de su experiencia para posicionarse en un lugar superior, en el sentido de que
su acervo biográfico le permite estar informada sobre ciertos tópicos a los que sería muy difícil
acceder de otra manera.

Por otro lado, en la escritura de Mansilla se destaca el uso constante de la ironía,


exponente asimismo de la sagacidad y el ingenio de la autora, y sin dudas uno de los rasgos
más asociados a la herencia literaria de su hermano, Lucio V. Mansilla. Se advierte, además,
que introduce en sus artículos una cuota importante de humor, frecuentemente por medio de
bromas o ligeras chanzas. Siguiendo la idea del párrafo anterior, podríamos considerar estas
incorporaciones como recursos a los que Eduarda apela para ganarse la gracia de sus lectores.
Pero también es pertinente notar que muchas veces pareciera tratarse de una estrategia
desplegada para alivianar, en cierta forma, temas que son en verdad serios. Más aún, puede
argumentarse que el verdadero objetivo es el de llamar la atención sobre ciertas cuestiones, pero
deslizándolas de manera “inocente”, posición a la que recurre mucho a lo largo de sus escritos,
de modo tal de evitar un alejamiento del público o incluso una censura al escudarse detrás del
elemento lúdico. El párrafo citado a continuación, extraído de un artículo publicado por La
Moda y reproducido por el diario El Nacional en 1881, sirve perfectamente para ilustrar este
argumento:

“Eso sí, la yankee no admite se le engañe, se le burle; se reserve exclusivamente tal


derecho, como compensación a lo mucho que las leyes, aun en Estados Unidos, niegan al sexo
débil. Pero no obstante debo reconocer que esas mismas leyes protejen, amparan y defienden á
la mujer engañada que viene usando de su derecho, látigo o revolver en mano, á encararse con
el fementido. Libreme Dios, compatriotas mías, de anconsejaros el revólver homicida ni aún el

[51]
látigo humillante que cruza el rostro del traidor; pero francamente, casos hay en los cuales casi
dan ganas de ser yankee. ¿Verdad?”73

Como puede verse, la primera impresión que nos dan estas palabras remite a una broma
por parte de la autora para divertir a sus lectoras. Se advierte además, como mencionamos
previamente, el uso de su propia experiencia en el país del Norte para captar la atención del
público y dar una suerte de sustento empírico a su argumento. Sin embargo, si observamos más
detenidamente podemos ver que el tema al que se refiere Mansilla es mucho más profundo,
incursionando de lleno en la cuestión de los (no) derechos de las mujeres, y las fallas del sistema
judicial, que “aun en Estados Unidos”, país que para Mansilla simboliza sin dudas el progreso
en muchos aspectos, todavía tiene un largo camino por recorrer para alcanzar la justicia. Es de
notar, a propósito de esta cuestión, que se trata de una estrategia que Mansilla utiliza sobre todo
cuando aborda temas tocantes al rol de la mujer en la sociedad y que se repite a lo largo de toda
su carrera como colaboradora de distintos periódicos.

De acuerdo con Marina L. Guidotti, una de las claves para leer la producción periodística
de Mansilla es “desde su visión como mujer comprometida con el entorno”. En efecto, a través
de sus escritos nos encontramos con una gran observadora de la sociedad, que no solamente es
extremadamente minuciosa en sus descripciones y análisis, sino que demuestra una clara
voluntad por transmitir sus impresiones al público, siempre con el objetivo de entretener pero,
por sobre todo, de trazar una clara distinción entre lo que considera que está bien y lo que está
mal, lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral, procurando en última instancia que el
lector se ubique en el mismo cuadrante que ella y lo piense al menos dos veces antes de cruzar
la línea divisoria.

4. Artículos periodísticos de Eduarda Mansilla

73
Mansilla de García, Eduarda, “De la flirtation”, El Nacional, n° 10.335, Buenos Aires, 1881, en “Carta de la
autora de Kate”, La Ondina del Plata, n° 37, Buenos Aires, 1877, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos
periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires,
Corregidor, 2015, p. 429

[52]
Sin lugar a dudas, el elemento que vertebra la mayor parte de las intervenciones de
Eduarda Mansilla en la prensa porteña se vincula con la cuestión de la nacionalidad,
evidenciándose en cada uno de sus artículos una preocupación latente por la patria argentina y
los modos más idóneos para engrandecerla. En este sentido, conviene tener presente el
particular contexto en el que se publican estas producciones, que comienzan justo al unísono
con la inauguración de lo que Natalio Botana daría en llamar “el orden conservador”, que según
el autor se extiende desde 1880 hasta 1916.74 Se trata de un período signado por el afán de
consolidación del Estado Nacional cristalizado en el lema de “paz y administración” propuesto
por la primera presidencia de Julio A. Roca, caracterizada en lo económico por el modelo
agroexportador, y signada en su conjunto por el ideal de progreso.

Asimismo, es preciso destacar, dentro de este marco, la importancia creciente que se le


dará a la reflexión en torno a la nacionalidad argentina, que frecuentemente se manifestó por
medio de un álgido debate a propósito de la “construcción de la tradición nacional”, y se tradujo
en un principio en “la instauración de una pedagogía de las estatuas.”75 Evidentemente, se trata
de un fenómeno muy ligado a la masiva experiencia inmigratoria que está atravesando la
Argentina –atribuido en gran medida a la crisis agraria acaecida en Europa y las excelentes
oportunidades económicas que ofrecía el país del Sur, tanto para trabajadores con intención de
“hacer la América” como para grandes inversores-, y que hará eclosión hacia el cambio de siglo,
cuando se lanzarán vigorosas estrategias de “argentinización” desde el estado 76, pero que
invitará asimismo a la reflexión personal de muchas de las personalidades más destacadas de la
esfera política e intelectual, que comienzan a dar señales de alarma desde principios de la
década del ochenta.

En este contexto, serán frecuentes las voces que se alzan para discutir respecto de cuál
es el mejor camino para el desarrollo de la nación argentina, aquél que llevará indefectiblemente
al tan anhelado progreso. Evidentemente, esta es una preocupación que se percibe de manera
muy clara a partir de los escritos de Eduarda Mansilla, quién hace uso frecuente del recurso

74
Botana, Natalio, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Edhasa, 1977
75
Devoto, Fernando, Historia de la Inmigración en la Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2003, p. 259
76
Para un apunte más detallado de la relación entre inmigración y construcción de la nacionalidad pueden
verse los trabajos de Lilia Ana Bertoni, por ejemplo, Bertoni, Lilia Ana, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas.
La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica,
2001

[53]
comparativo para establecer la posición en la que se encuentra Argentina y los cambios que a
su juicio debieran realizarse. Se advierte, nuevamente, la importancia de la experiencia de la
autora a la hora de escribir, ya que es precisamente su conocimiento de diversas latitudes
geográficas el que le permite establecer estas comparaciones y señalar el camino que le resulta
más idóneo, confiando siempre en la virtud de su subjetividad. Es preciso notar, a propósito de
esta cuestión, que si bien Mansilla suele rescatar el valor de lo americano/argentino frente a
producciones extranjeras, lo cierto es que Estados Unidos y Europa continúan siendo un punto
de referencia insoslayable para la autora –y para la mayor parte de intelectuales de la época-
una marca que, en todo caso, se puede mejorar, pero nunca superar en el sentido de darle la
espalda por completo.

No es un dato menor, siguiendo con la idea anterior, que la primera colaboración


publicada por Mansilla tras su regreso de Europa esté dedicada al estudio del sistema carcelario
de Buenos Aires, como se anuncia desde las páginas del diario El Nacional el 13 de Junio de
1879. El artículo, titulado “Una visita á la Penitenciaría” y dedicado a la madre de la autora –
Agustina Ortíz de Rosas-, fue reproducido por dicho periódico en la sección literaria y en
formato de dos entregas, fechadas el 17 y 18 de Junio. “Es mi propósito estudiar esa fisonomía
privada, íntima, real, de mi patria y para ello no me limito á buscarla en ese primer golpe de
vista, tan atractivo que ofrecen sus galas más aparentes”77, advierte Mansilla al comienzo del
artículo, denotando ese afán por el conocimiento y esa persistencia en pos de develar la esencia
de cada fenómeno que atestigua, que se acerca mucho a lo que hoy catalogaríamos como estudio
sociológico y se manifiesta a lo largo de toda la producción escrita de la autora.78

Como mencionamos previamente, pueden hallarse a lo largo de todo este artículo


referencias a otras geografías con el fin de medir el grado de aptitud de la Penitenciaría porteña
“cuya construcción puede rivalizar con las Penitenciarias de Inglaterra y Estados Unidos”.79

77
Mansilla de García, Eduarda, “Una visita á la Penitenciaría”, El Nacional, n° 9.865, Buenos Aires, 1879, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 295
78
En relación al tópico sobre el que discurre el artículo citado, Claudia Román apunta que a partir de 1880 serán
frecuentes los “reportajes” a cualquier elemento que sirva para denotar “los contornos del peligro urbano”,
destacándose sobre todo la audacia del reporter, que no solamente consigue obtener una historia sino también
regresar sano y salvo para contarla.
79
Ídem, p. 302

[54]
Así advertimos, por ejemplo, que ésta se encuentra llena de luz, no hallándose “un solo rincón
en donde el sol, el gran amigo de la naturaleza, no tenga el derecho de penetrar libremente”; y
que cuenta además con un sorpresivo nivel de confort, que nada tiene que envidiarle en limpieza
y comodidad a la de la Escuela Naval Francesa.80 Se destaca asimismo reiteradas veces el “gesto
suave y paternal” del Gobernador, Enrique O´Gorman, para con los reclusos, y el clima general
de orden y respeto que impera en el ambiente.

“Pero el estudio de la vida en sus manifestaciones sérias y severas ha despertado en mí


la necesidad de juzgar con mayor severidad aquello que más amo”81, afirma la autora, y es por
ello que se ve en la obligación de apuntar aquello que encuentra defectuoso, enfatizando sobre
todo la imprudencia de mezclar en un mismo espacio a criminales ya juzgados y castigados,
con individuos que aún no han recibido ningún tipo de veredicto por parte de la justicia, hecho
que para la escritora se revela aún más grave al no conocerse “ninguna Penitenciaría del mundo
que se halle en tales condiciones”.82 Estas últimas líneas del artículo de Mansilla resultan muy
interesantes no solo porque ilustran muy claramente el método de la comparación utilizado por
la autora, sino porque refuerzan asimismo la confianza de la escritora en su propia subjetividad,
por no decir intuición, que mencionábamos más arriba. En efecto, Mansilla aclara casi sobre el
final que si bien no ha estudiado seriamente estas instituciones, esto es, que no ha realizado una
verdadera investigación detallada y sistemática, cree sin embargo no equivocarse en su
apreciación, lo que nos lleva nuevamente a esa mezcla de espontaneidad e ilustración que
apuntaba Sarmiento a propósito del modo de escribir de Eduarda.

Por otro lado, se advierte a partir de los escritos periodísticos de la autora que sus
pensamientos están muy marcados por el advenimiento de la modernidad, y los cambios que
ésta suscita tanto a nivel internacional como nacional, y también en la relación entre estos dos
planos. En un momento de la historia en el que a los intelectuales se les asignaba un rol
protagónico como formadores de opinión, y en el que los lectores buscaban referentes para
poder procesar los cambios vertiginosos que se sucedían, esta escritora va a encontrar en las

80
Ídem, p. 298
81
Ídem, p.296
82
Ídem, p.303

[55]
páginas de la prensa un lugar privilegiado a través del cual transmitir sus inquietudes, temores
y certezas frente al mundo en constante ebullición del que oficia como testigo.

Más aún, como apunta Julio Ramos en su libro Desencuentros de la modernidad en


América Latina, la crónica periodística va a ganar un papel absolutamente preponderante en
aquellas ciudades que se encuentran en vías de modernización para el fin de siglo, destacándose
sobre todo la autoridad de la palabra que emana de la pluma del corresponsal, quién tiene a su
cargo la representación de la vida urbana de alguna ciudad desarrollada. Siguiendo al autor,
encontramos que “la flexibilidad formal de la crónica le permitió convertirse en un archivo de
los <peligros> de la nueva experiencia urbana; una puesta en orden de la cotidianeidad aún
<inclasificada> por los saberes <instituidos>.”83 Evidentemente, podemos encontrar muchas de
estas características en los escritos periodísticos de Mansilla, que si bien no podría catalogarse
como una corresponsal en el sentido estricto del término, cumplía muchas veces las mismas
funciones, habilitada en gran medida por la asiduidad de sus desplazamientos geográficos, pero
también por sus destacados atributos como observadora y narradora.

Conviene señalar, no obstante, que a diferencia de las crónicas modernistas, en los


artículos de Eduarda Mansilla no asistimos a una “espectacularización de los signos
amenazantes del progreso”, como propone Ramos, si no que encontramos que las más de las
veces el tono de denuncia reemplaza a la estilización propuesta por la vanguardia literaria.
Asimismo, es interesante notar que la palabra de esta escritora no es buscada únicamente por
su conocimiento respecto de otras latitudes situadas en la proa de la modernización, sino que
también despiertan mucha curiosidad sus observaciones a propósito de la sociedad argentina y,
sobre todo, las relaciones, variaciones y superposiciones que Mansilla se permite realizar entre
ambos planos geográficos, sociales y culturales.

En este sentido, una de las cuestiones que se repite a lo largo de su producción está
vinculada con las nuevas actitudes observadas en la alta sociedad argentina, que para el período
finisecular comienza a desarrollar un gusto cada vez mayor por la ostentación y el consumo,
especialmente de artefactos comprados en el exterior, actitud que Mansilla reprueba y condena

83
Ramos, Julio, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX, Caracas,
El perro y la rana, 2009, p.214

[56]
en reiteradas oportunidades.84 Esto se observa de manera muy marcada en un artículo publicado
en el diario El Nacional el día martes 2 de Noviembre de 1880, en la sección de Modas, bajo el
título “A propósito de fiestas”. Llama la atención, inicialmente, que este escrito esté dedicado
“A mis compatriotas”, denotando la intención de nuestra autora por captar la atención de las
mujeres argentinas como colectivo, en lugar de utilizar las habituales referencias a alguna amiga
en particular, quizás con el objetivo de demostrar que se trata de un artículo que debiera ser de
interés general. Allí, la autora se dedica de lleno a desacreditar esa reverencia que observa en
las damas argentinas por todo aquello que haya sido “traído de afuera”, especialmente de París,
dejando de lado su propio gusto y comodidad por copiar aquello que supuestamente está de
moda en el viejo continente.

“Cuántas veces en ese París prestigioso, mi fibra patriótica se estremeció acongojada.


<C-est pour l-exportation> decían con desdén las sacerdotistas de aquellos santuarios como el
de Laferriere y Worth (…) Para la exportación, en esas casas son las telas que las Francesas
desechan, los colores que no han tenido éxito, las formas estrafalarias que las caprichosas
clientes no aceptan y todo aquello que representa mucho gasto y poco valor intrínseco.”85

Conviene señalar, no obstante, que no se trata de una opinión aislada. Como observa
Francine Masiello en su libro La mujer y el espacio público. El periodismo femenino en la
Argentina del siglo XIX, la defensa de lo que esta autora cataloga como “americanismo” y el
rechazo de la copia de los modelos europeos se encuentran dentro de los rasgos más
característicos del periodismo femenino de la época.86 Sin embargo, lo que sí resulta novedoso
es la posición a partir de la que Mansilla elige transmitir su visión. En algún punto, pareciera
percibirse hasta un sentimiento de vergüenza respecto de sus propias compatriotas, que no están
a la altura de las circunstancias y se rehúsan al “estudio difícil, pero grato, de aquello que les
sienta bien”. De esta manera, si bien la autora afirma que “aquí una mujer de buen gusto puede

84
Para más información sobre las nuevas costumbres adoptadas por la alta sociedad argentina, especialmente
en cuanto a viajes, consumo, pasatiempos y conductas puede verse Losada, Leandro, La alta sociedad en la
Buenos Aires de la Belle Époque. Sociabilidades, estilos de vida e identidades, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008
85
Mansilla de García, Eduarda, “A propósito de fiestas”, El Nacional, n° 10. 269, Buenos Aires, 1880, en Mansilla
de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de
Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 395
86
Masiello, Francine, La mujer y el espacio público. El periodismo femenino en la Argentina del siglo XIX, Buenos
Aires, Feminaria, 1994

[57]
darse el tono de imponer la moda, como en todas partes”87, lo cierto es que parece ubicarse a
ella misma en una posición de superioridad, adjudicándose el deber de abrirle los ojos a las
damas de la sociedad argentina que, enceguecidas por el prestigio de “lo traido”, parecen
incapaces de ver más allá del ruedo de esos vestidos de segunda mano.

Evidentemente, esta preocupación por el lugar de lo extranjero frente a lo nacional se


ubica dentro de una problemática mayor que refiere al desconsuelo frente a la pérdida de
costumbres propias que registran muchos observadores de la época. Así lo evidencia Eduarda
Mansilla en una colaboración, publicada también en el diario El Nacional algunos meses
después de la citada previamente, esta vez ubicada en la sección de Folletín bajo el título
“Siempre sobre moda”.

“En nuestra sociedad ya no hay costumbres propias”, argumenta la autora, “los usos de
nuestros mayores van desapareciendo uno a uno, suplantados ó por fantásticas creaciones de
viajeros argentinos que no conocen de la Europa sino lo exterior (…) ó falseados por la
mescolanza de extranjeros presuntuosos, mimados en este país como no lo fueron nunca en el
suyo, por no pertenecer allí, y aquí viene de perlas, á lo mas distinguido de la sociedad.”88

Como puede verse, entonces, si bien la escritora afirma reiteradas veces a lo largo de su
producción periodística el lugar especial que siempre le reserva a su patria, para con la que le
resulta imposible ser imparcial sin destacar siempre que puede sus aspectos más
grandilocuentes, lo cierto es que esta filosofía de “amar lo que admiro y admirar lo que amo” -
extraída de su maestro Bermúdez de Castro- parece empañarse frecuentemente con
apreciaciones como la previamente citada, que dejan al descubierto una mirada mucho más
crítica y desencantada de la que podríamos adivinar en un primer momento.

Otro aspecto sumamente interesante del artículo citado algunas líneas más arriba, es que
allí Mansilla hace alusión a la cuestión nacional en relación con el fenómeno inmigratorio. Si

87
Mansilla de García, Eduarda, “A propósito de fiestas”, El Nacional, n° 10. 269, Buenos Aires, 1880, en Mansilla
de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de
Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015,p. 397
88
Mansilla de García, Eduarda, “Siempre sobre Moda”, El Nacional, n° 10.308, Buenos Aires, 1880, en Mansilla
de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de
Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 409

[58]
bien este es uno de los tópicos más frecuentes en el medio periodístico finisecular, y que
responde en gran medida a los cambios observados en la dinámica social frente a una población
en constante crecimiento –solamente entre 1880 y 1889 se registra un saldo inmigratorio de
622.202 habitantes-89 , llama la atención que no es un tema al que la autora refiera en muchos
de sus escritos. Es de notar, además, que si bien éste es uno de los pocos artículos en los que
aborda el tema y, aún más, que elige hacerlo de manera casi indirecta, con un único comentario
a propósito del argumento que venía desarrollando, lo cierto es que se trata también de una
opinión muy contundente, que deja al descubierto el desagrado de Mansilla frente a los cambios
que se suceden en la República Argentina.

A propósito de esta cuestión, resulta pertinente destacar un último artículo, publicado


también en el diario El Nacional, el día 23 de Abril de 1883, en ocasión de la presentación de
la obra teatral Flor de un día. Allí encontramos que la sala de la Opera exhibía el día del estreno
una fisonomía un tanto peculiar, encontrándose “semblantes risueños, caras de esas que rara
vez se ven los teatros (…) En la cazuela noté hasta a una negra, ya algo anciana, que seguía
con atención de crítico, la representación y aún parecía murmurar sotto voce, con sus carnudos
labios los versos del Drama”. 90

Como puede verse, entonces, ya en las últimas décadas del siglo diecinueve empieza a
registrarse una incomodidad por parte de la elite frente al ascenso social de ciertos grupos, y
sobre todo, frente a su creciente visibilidad en ámbitos de la esfera pública que solían estar
reservados para aquellas familias más encumbradas, provocando un creciente fastidio que, cada
vez más, se irá mezclando con el temor frente a estos individuos que están alterando de manera
permanente el status quo de esa “gran aldea” que desaparece ante sus ojos, traccionando a su
paso una escalada de conflictos que harán eclosión con el cambio de siglo. En este sentido,
resulta muy interesante notar que lo que más pareciera preocupar a Mansilla en el artículo citado
no es la sorpresa al encontrar “una negra” en la cazuela de la Ópera, sino que ésta tenga la
audacia de atreverse incluso a recitar los versos de la obra, desafiando de esta manera una ley

89
Moya, José C., Primos y extranjeros: La inmigración española en Buenos Aires, 1850-1930, Buenos Aires,
Emecé, 2004
90
Mansilla de García, Eduarda, “Páginas de Eduarda”, El Nacional, n° 11.002, Buenos Aires, 1883, en Mansilla
de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de
Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 573

[59]
tácita pero universalmente conocida, aquélla que determina a qué conocimientos le está
permitido acceder a cada grupo socioeconómico, asegurando de esta forma que la alta cultura
quede reservada únicamente para los miembros de la alta sociedad.

Siguiendo con esta idea, Fernando Devoto, en su ya clásico libro Historia de la


Inmigración en la Argentina, propone que a partir de la década de 1880 –cuando se registra la
primera gran oleada de inmigración masiva al Río de la Plata- la rotulación del migrante va a
asociarse cada vez más a la idea de “trabajador, bueno o brutal, pero al que le están negados- al
igual que a sus hijos-, por su código genético o por su herencia social, el supuesto refinamiento
de las elites y por ende el acceder a sus círculos sociales.”91 De esta manera, advierte el autor
que las aprensiones generadas por la presencia masiva de extranjeros no se circunscribían
únicamente a la preocupación por la cuestión de la identidad nacional, sino que emanaban
también de la amenaza percibida por las elites sociales, “imaginariamente asediadas” por el
ascenso social de algunos recién llegados.92

Sin dudas, se trata de una actitud que no solamente puede observarse en Eduarda
Mansilla, sino que es característica de los altos círculos de la época, atrapados en esa eterna
disyuntiva entre la voluntad de contribuir con el avance del progreso del país por medio de la
inmigración y del desarrollo del circuito cultural, y la preocupación simultánea porque esta
expansión no vaya demasiado lejos, por fuera de los márgenes que los propios impulsores
puedan controlar. En este sentido, es preciso mencionar que la expansión del universo de la
cultura y su irradiación a nuevos sectores no tan vinculados con la elite letrada darán impulso
a una nueva división, contraponiéndose por ejemplo las bibliotecas populares que comenzaron
a construirse durante la presidencia de Sarmiento, con la proliferación de bibliotecas privadas,
más vinculadas con las aspiraciones de poder y el prestigio que emanaba de “la posesión y
exposición de libros, prolijamente ordenados y lujosamente instalados”.93 En esta misma línea,
las elites demostrarán un interés cada vez mayor por controlar el acceso de las clases más bajas
a los medios culturales, que irá desde la preocupación por la corrupción moral de las masas por

91
Devoto, Fernando, op. cit., p.34
92
Ídem, p. 258
93
Eujanián, Alejandro, “La cultura: público, autores y editores”…, p. 563

[60]
medio de instrumentos como la lectura, a la preocupación por la corrupción de la esfera cultural
frente al avance de colectivos sociales de distinto origen o posición socioeconómica.

A partir de estas coordenadas, entonces, podemos comprender en mayor medida las


estrategias desplegadas por Mansilla a la hora de escribir sus colaboraciones para la prensa
porteña. Si, como mencionamos previamente, éstas suelen tener una fuerte inclinación
pedagógica y persuasiva, encontramos también muchas veces un tono que podríamos catalogar
como “moralizador”, en el sentido de que la escritora intenta recordar a sus lectores los valores
sobre los que debiera fundarse la sociedad, al tiempo que invita a reflexionar sobre el
comportamiento a nivel individual. Este aspecto de la escritura de la autora se advierte sobre
todo en aquellas páginas en las que se ocupa de dar su opinión sobre la cuestión de la religión,
realizando siempre una defensa acérrima de la importancia de las creencias en general, y del
catolicismo en particular.

En este sentido, conviene señalar, nuevamente, el particular contexto en el que se


inscriben estos escritos. Porque si hubo un tópico recurrente en las páginas de la prensa a lo
largo de las últimas décadas del siglo diecinueve, debe destacarse indudablemente aquél
vinculado con el anticlericalismo. Éste se instaló como uno de los temas principales de la
agenda pública de diversas maneras. Por un lado, estaba apoyado en un distanciamiento por
parte de las elites respecto de la tradición colonial ligada a la corona española y el poder de la
Iglesia. Por otro, se enmarcaba en un clima de ideas más amplio cristalizado en el conflicto
entre la religión y la ciencia. De esta manera, los defensores del movimiento secularizador iban
a basar sus opiniones en una asumida incompatibilidad entre la herencia católica y el mundo
moderno, que se verificaba asimismo en una oposición entre la herencia cultural de la Europa
católica, sinónimo de atraso y decadencia, y la Europa nórdica y protestante, símbolo de
progreso, industria, y civilización al que aspiran las elites ilustradas argentinas. Siguiendo a
Halperín Donghi, entonces, el principal debate político-ideológico que se abre en 1880 y
responde a la polémica en torno a la sanción de las leyes laicas, será en verdad muy pobre
debido a que “se libra contra una fuerza que aparece en retirada, luego de haber sufrido golpes
que parecen decisivos a su prestigio”.94

94
Halperín Donghi, Tulio, El espejo de la historia. Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas,
Buenos Aires, Sudamericana, 1987, p. 244

[61]
A propósito de esta cuestión, el historiador Roberto Di Stefano propone que hasta la
década de 1860 resulta imposible hablar de una “relación” entre la Iglesia y el Estado, puesto
que éstas no constituían bajo ningún punto de vista dos esferas separadas, sino que la primera
era considerada un órgano constituyente del cuerpo político. Señala, asimismo, que uno de los
principales motivos de escisión –más allá de los mencionados en el párrafo anterior- se vincula
muy directamente con el fenómeno de la inmigración. En efecto, si el caudal inmigratorio era
considerado como uno de los impulsos motores indiscutidos del progreso futuro, a los ojos de
sus promotores liberales la institución eclesiástica no representaba más que un obstáculo, una
expresión de sociedad jerárquica y corporativa que se revelaba absolutamente incompatible con
la apetencia de éxito individual que se infiltraba cada vez más a lo largo y a lo ancho de la
pirámide social argentina. De esta manera, apunta Di Stefano, para comienzos de la década del
noventa los entusiastas católicos ya no tendrán prácticamente más opción que refugiarse detrás
de la acción social, relegando la intervención política a un segundo plano.95

Este contexto adverso, sin embargo, no detendrá a Eduarda, más bien todo lo contrario.
Ya en 1873, mientras la autora se encuentra todavía fuera del país, se publica en el diario El
Americano, editado en París por Héctor Varela, una correspondencia escrita por Mansilla bajo
el título “Una carta interesante”, en la que “la notable escritora americana” se ocupa de “una de
las cuestiones sociales de mas trascendencia y tal vez de mas actualidad en los momentos que
corren- la cuestión religiosa”.96 Allí, la autora se propone relatar una historia transmitida por
tradición oral sobre la llegada de una estatua milagrosa de la Virgen a las orillas del Boulogne
y la conmemoración celebrada todos los años en dicho lugar, aprovechando para reflexionar
sobre el espíritu religioso, su relevancia, y las distintas maneras en que éste se manifiesta en
diversas partes del mundo y entre distintas generaciones.

Entonces, recurriendo nuevamente al humor para manifestarse sobre los tópicos a los
que asigna mayor importancia, Mansilla apunta: “Felizmente, si tomamos la frivolidad, la
ligereza francesa, bien podemos también por moda imitar este movimiento religioso que

95
Di Stefano, Roberto y Zanatta, Loris, Historia de la Iglesia Argentina. Desde la conquista hasta fines del siglo
XX, Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 2000, p. 342-353
96
“Una carta interesante”, El Americano, n° 37, París, 1873, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos
periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires,
Corregidor, 2015, p. 256

[62]
empieza á abrirse paso frente a la incredulidad y el materialismo”. Y agrega: “Se me figura que
nuestros pensadores y políticos argentinos descuidan por demás un elemento social y político
que nuestros americanos del Norte cultivan con especial ahínco: el espíritu religioso.”97

Como mencionamos más arriba, éste es un tópico al que Mansilla volverá con asiduidad
en sus colaboraciones periodísticas, introduciéndolo siempre que le resulta posible con el
objetivo de reivindicar la importancia de la religión en todas sus facetas. De esta manera
encontramos, por ejemplo, en el artículo previamente citado que versa sobre la visita a la
Penitenciaría, que la religión resulta indispensable para los reclusos porque “consuela y enseña
a esperar”.98 De manera similar, argumenta en varias oportunidades la significancia que tienen
las creencias bien arraigadas para el sexo femenino, sobre todo si se tienen en cuenta las grandes
penurias a las que debe someterse. Es de notar, además, que esta línea argumental suele ir
siempre acompañada de una reflexión respecto de la tensión entre ciencia y religión, tópico
muy frecuentado en el período finisecular:

“No soy liberal á la manera de los que hacen gala de no creer. (…) ¡Felices los que
pueden bastarse a sí mismos y hallar en las horas amargas de la vida, aliento y consuelo en la
ciencia pura! Esos son los aristócratas del pensamiento”, argumenta la autora en un artículo
publicado en el diario La Nación el 28 de Julio de 1883.99 Casi un año después, puede leerse en
las páginas de El Nacional una colaboración de Mansilla bajo el título “Opinión de una dama.
Ser ó no ser”, en la que apunta, por un lado, que “no es posible, que los espíritus más adelantados
en este país, pretendan hacer de sus esposas, de sus hijas ó de sus hermanas, libres pensadoras
ó protestantes”, agregando más adelante que “es tiempo ya de decirlo bien alto: se puede ser
católica é instruida á la vez”.100

97
Ídem, p. 267
98
Mansilla de García, Eduarda, “Una visita á la Penitenciaría”, El Nacional, n° 9.866, Buenos Aires, 1879, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 299
99
Mansilla de García, Eduarda, “La educación de la mujer”, La Nación, n° 3.872, Buenos Aires, 1883, en Mansilla
de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de
Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 625
100
Mansilla de García, Eduarda, “Ser ó no ser”, El Nacional, n° 11.321, Buenos Aires, 1884, en Mansilla de
García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina
L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 645,646

[63]
Como puede verse, es frecuente advertir en el pensamiento de Mansilla oscilaciones
constantes, que justamente por hacerse presentes a lo largo de toda su escritura ya no resultan
contradictorias a los ojos de los lectores, sino que forman parte de su estilo personal. En muchos
casos, estas intervenciones pueden relacionarse con esa cuota de inocencia mencionada
anteriormente, que la habilita a hilvanar pensamientos que parecieran totalmente disímiles, y
sin embargo ella los vuelve una herramienta para consolidar su posición de escritora al
reiterarlos a lo largo de toda su producción. Como apuntamos algunas líneas más arriba, y puede
advertirse en la última oración del párrafo citado previamente, este juego, por llamarlo de
alguna manera, se patentiza sobre todo en aquellas colaboraciones que refieren a la cuestión de
la mujer, en el sentido amplio del término.

Siguiendo con la idea anterior, encontramos por ejemplo un artículo escrito por Mansilla
desde Estados Unidos y publicado en 1878 por La Biblioteca Popular de Buenos Aires, en el
que la autora recomienda a la obra Evangelina de Longfellow como un presente apropiado para
regalarle a una mujer, ya sea ésta hija o amante, porque “hoy las galas femeninas han de tener
mucho de intelectuales para ser durables y no pasar de moda. El mundo no volverá jamás a las
sombras de que vá saliendo y la moda hoy reinante no cambiará: la mujer, compañera y no
juguete del hombre”.101 Sin embargo, pasado un año de este escrito, en una colaboración para
el diario El Nacional a propósito de “El gran baile del Progreso”, Mansilla recrea en la
introducción una escena protagonizada por doncellas y caballeros, incorporando también diosas
griegas y romanas, con el fin de puntualizar que también ellas “realzaban los divinos
atractivos”, puesto que para el sexo femenino “ley de naturaleza es agradar”.102 Más aún, la
autora afirma que el arte de embellecerse forma parte del “arsenal de combate de la mujer”,
quién según la autora conoce instintivamente las leyes de la estética que le permiten oficiar
como complemento de la belleza de la naturaleza.

De esta manera, advertimos cómo Mansilla adopta para su producción periodística una
línea argumental pendular, que va de la reivindicación de la intelectualidad femenina y su

101
“Crítica literaria de la Evangelina de Longfellow”, La Biblioteca Popular de Buenos Aires, 1878, en Mansilla de
García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina
L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 289
102
Mansilla de García, Eduarda, “Date Lilia”, El Nacional, n° 9.883, Buenos Aires, 1879, en Mansilla de García,
Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L.
Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 321

[64]
equiparación con el sexo masculino, por lo menos en los roles dentro de la propia pareja, es
decir, lo que refiere a la esfera privada, a disertaciones que parecieran ubicarse en el extremo
opuesto, destacando a la belleza como atributo máximo al que una mujer puede aspirar, y más
aún, estableciéndolo como algo dado por las leyes de la naturaleza, que ubicarían al sexo
femenino siempre en una posición si no de inferioridad, por lo menos de complemento, y
permanentemente a la espera de la aprobación externa, negando así la posibilidad de
autorrealización.

También en una colaboración para el periódico El Nacional, publicada en la sección


literaria el 15 de Enero de 1881 bajo el título “Publicidad”, puede advertirse esta posición
dicotómica por parte de la autora, en este caso en un artículo que versa sobre la situación actual
del periodismo, y sobre todo, los límites que éste no debiera cruzar, como puede ser el caso de
la intromisión en la vida privada o, en otra escala, el hecho de pronunciarse sobre materias
científicas. Allí, Mansilla va a afirmar que las mujeres no debieran entrar en contacto con el
mundo de la prensa, haciendo hincapié en la debilidad de los corazones femeninos, que según
la autora no estarían preparados para soportar aquellas “descripciones brutales, groseras,
repugnantes” que abundan en las páginas de los diarios y “hieren las fibras mas puras, delicadas
de la fracción femenina de la sociedad.” 103

Sin embargo, a la par de estas caracterizaciones, que ubican nuevamente a la mujer en


un lugar de inferioridad, indefensa e incapaz de controlar sus emociones, la autora advierte:
“Téngase en cuenta que el diarismo vive precisamente del sufragio universal, ese soberano
absoluto del siglo XIX constituido en gran parte en América por las mujeres”. De esta forma,
si bien Mansilla adhiere en un primer momento a las concepciones de la época que asocian a la
mujer con una posición de debilidad, lo cierto es que también acaba por reivindicarlas como
consumidoras, advirtiendo a los editores sobre los peligros de descuidar a esa porción del
público lector, no por cuestiones morales sino por razones más prácticas vinculadas con el
financiamiento de la industria.

103
Mansilla de García, Eduarda, “Publicidad”, El Nacional, n° 10.328, Buenos Aires, 1881, en Mansilla de García,
Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L.
Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 428

[65]
De manera similar, en el artículo previamente citado publicado en 1833 por el diario La
Nación y dedicado al Sr. Francisco Lagomaggiore, Mansilla comienza abogando por el trabajo
manual para la mujer, no solamente como pasatiempo de las damas acomodadas, sino como
una de las ocupaciones “que hacen vivir aquí a muchas familias”104, destacando que las
costureras se encuentran dentro de las mujeres “que más ganan con su trabajo” y respaldando,
de alguna manera, la opción del desarrollo profesional para el sexo femenino, al reconocerlo
como dato de la realidad social argentina y mundial. Resulta curioso, sin embargo, que el
argumento destacado por la autora para advocar a favor de la ocupación manual sea que ésta es
recomendada incluso para los oficiales del ejército, asignándole de esta forma supuestos
beneficios por tratarse de una actividad desempeñada por varones, como si esto trajera
aparejado algún componente de superioridad. Más aún, sobre el final del texto la autora afirma:
“no soy partidaria de la emancipación de la mujer, en el sentido de creer que ésta podrá luchar
con el hombre en el terreno de las ciencias y en su aplicación profesional”105, de modo que no
solamente queda desestimado su comentario inicial respecto de la inserción de la mujer en el
mundo laboral, sino que también nos obliga a preguntarnos respecto de cuál era su
posicionamiento respecto de su propia carrera profesional como escritora, puesto que a lo largo
de su producción nunca se advierte duda alguna sobre su desempeño por el simple hecho de
haber nacido mujer.

En este sentido, resulta sumamente interesante un artículo atribuido a D. F. Sarmiento,


publicado el 2 de Abril de 1880 en el diario El Nacional, bajo el título “Cartas a señoras”, y que
comienza de la siguiente manera: “Hace tiempo que hemos protestado contra las costumbres
políticas tan hombrunas de nuestro pueblo, que éxcluyen a las mujeres de tomar su parte en los
actos públicos, tales como asistir a los debates de Congreso (…)”. De esta manera, y luego de
defender enfáticamente la participación política de la población femenina, asegurando incluso
que el candidato que opinara de igual manera tendría garantizada la presidencia, el autor pasa a
citar un fragmento de una carta escrita por Eduarda Mansilla, en la que la escritora manifiesta
su completo apoyo al liderazgo político de Sarmiento, advirtiendo previamente que “es preciso

104
Mansilla de García, Eduarda, “La educación de la mujer”, La Nación, n° 3.872, Buenos Aires, 1883, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 621
105
Ídem, p.629

[66]
ser mujer y mujer de letras, y autora de bellas composiciones, para escribirle a un cófrade con
su letra diplomática, es decir grande y clara (aquellas palabras)”. 106

Es de notar, siguiendo con la idea anterior, el modo en que este cronista caracteriza a
Eduarda Mansilla, especialmente si se tiene en cuenta que se trata de un artículo que versa sobre
la participación política de la mujer, y más aún si se repara en que, como mencionamos más
arriba, es una cuestión frente a la que esta escritora solía posicionarse en contra, al menos en lo
discursivo. Y es esta última una salvedad muy importante, porque si el dicho propone: “haz lo
que yo digo, pero no lo que yo hago”, en la figura de Mansilla pareciera verificarse la operación
contraria, presentando argumentos que frecuentemente no se condicen con su accionar, faceta
en la que muestra su costado más disruptivo con las reglas socioculturales de la época, y que
puede llevar a un observador contemporáneo como Sarmiento a ubicarla como referente de
mujer profesional exitosa, anteponiendo de alguna manera sus datos biográficos a sus
reflexiones escritas.

Se asiste, como mencionamos previamente, a un juego pendular introducido por la


autora, que alterna constantemente entre la crítica y la conformidad, la acción y la pasividad.
Esto puede observarse de manera transparente en un artículo publicado por El Nacional el día
11 de Abril de 1881, titulado “A los cazadores”, donde Eduarda se pronuncia en contra de la
caza indiscriminada, y reclama por la imposición de multas para quienes realicen esta actividad
sin el permiso debido. Resulta muy elocuente destacar el modo en que está organizado el relato,
dedicando casi la totalidad del escrito a proveer una descripción minuciosa respecto del
funcionamiento de la caza en el viejo continente y sistematizando una comparación entre países
como Francia, Inglaterra y Escocia, para luego transmitir su verdadera preocupación recién en
los últimos dos párrafos, agregando finalmente lo siguiente: “Pero olvidaba que no tenemos al
efecto disposiciones ni cosa que se le parezca; y como yo no soy legislador, solo puedo esclamar
como el chiquillo. Quien cuida aquí de los pájaros, quien?”107

106
Sarmiento, Domingo Faustino, “Cartas a señoras”, El Nacional, n° 10.097, Buenos Aires, 1880 en Mansilla de
García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina
L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p.363
107
Mansilla de García, Eduarda, “A los cazadores”, El Nacional, n° 10.397, Buenos Aires, 1881, en Mansilla de
García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina
L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 642

[67]
Conviene puntualizar entonces que no se trata de una organización inocente, sino que
la autora elige deliberadamente realizar esa extensa descripción como forma de mostrar su vasto
conocimiento respecto del asunto que está tratando. Y precisamente por este motivo resulta
difícil de concebir que la comparación de sí misma con un infante haya sido azarosa,
especialmente si se tiene en cuenta que durante la época era muy frecuente la equiparación de
la condición de las mujeres con la de los niños, sobre todo en materia de derechos. De la misma
manera, es oportuno observar que si bien aclara que no tiene el cargo de “legislador”, y en
ningún momento lo reclama abiertamente, lo cierto es que se ocupa de dejar en claro que sabe
muchísimo más que cualquiera que sí esté en posición de sancionar leyes, recurriendo
nuevamente al uso de estos elementos disruptivos parciales, de la introducción de la protesta
casi “camuflada”, capaz de resultar completamente imperceptible para quién así lo desee.

***

Tal como expusimos al comienzo de este capítulo, la segunda mitad del siglo diecinueve
nos enfrenta a una prensa que se encuentra aún en vías de construcción, un laboratorio de
experimentación en el que el camino a seguir se decide a fuerza de prueba y error. Dentro de
este marco, una de las mayores aspiraciones será dejar atrás el periodismo faccioso
característico del período anterior a la batalla de Caseros. Notamos, sin embargo, que la prensa
política no perderá su lugar protagónico, sino que perfeccionará su actuación al tiempo que
comenzará a compartir cartel con otro tipo de publicaciones, vinculadas con el universo
intelectual y cultural pero también nucleadas en torno a determinadas colectividades de ultramar
o definidas por particularidades del soporte material.

Siguiendo con la idea anterior, advertimos que la preocupación por el desarrollo de una
prensa vigorosa y estable –sobre todo en términos de financiamiento- se servirá de diferentes
estrategias, algunas vinculadas con la implementación de nueva tecnología- ya sea por medio
de nuevas técnicas de impresión o aprovechando los beneficios que ofrecen novedosos
instrumentos como el telégrafo- otras ligadas a renovados métodos de comercialización, como
puede ser el voceo callejero, y la modificación del contenido de los periódicos. Es de notar, en
este sentido, el creciente esfuerzo desplegado por lo hombres de prensa no solamente para

[68]
satisfacer las demandas del público lector, que se amplía notablemente gracias a la inmigración
ultramarina y las campañas de alfabetización, sino también para crear consumidores,
sirviéndose para ello de distintos métodos que apuntan a la mejora del producto.

Como mencionamos más arriba, es probable que la característica más saliente de la


prensa porteña decimonónica sea su diversidad, que se verifica no solamente en relación al
amplio espectro de publicaciones, sino también si se tiene en cuenta la heterogeneidad de los
equipos de trabajo que la hacían posible, tanto en términos de origen y actividad desempeñada
como en cuanto a objetivos personales. De esta manera, ambiciones más vinculadas con lo
político convivían con otras más cercanas al desarrollo artístico o la consolidación de la imagen
pública, por lo que podría afirmarse que el periodismo no era casi nunca la única actividad
desarrollada por sus hacedores, así como tampoco solía considerarse como un fin en sí mismo.
Conviene destacar, además, que si bien muchos individuos de los cuadros dirigentes verían a la
prensa como un elemento insoslayable para el desarrollo del civismo, la consolidación del
Estado y el progreso del país en su conjunto, era posible encontrar también opiniones más
reticentes y desencantadas, contribuyendo así a la construcción de esa imagen vibrante y
escurridiza que nos ofrece el cuadro del mundo periodístico decimonónico a orillas del Río de
la Plata.

Siguiendo con la idea anterior, es interesante notar como Eduarda Mansilla se adecúa a
muchas de las características previamente presentadas, destacándose su aparición en la prensa
porteña no solamente gracias a sus colaboraciones periodísticas, sino también por medio de la
mención al resto de sus actividades, tanto sociales y culturales como profesionales,
destacándose sus dotes para la sociabilidad así como también su desempeño como literata y
dramaturga.

Como vimos, el lugar de absoluta relevancia que Mansilla supo conquistar por medio
sus artículos periodísticos puede ser analizado desde distintos focos, ya sea atendiendo a los
medios en los que publicó –contando en su haber no solamente a los diarios más influyentes
sino que destacándose también su amplio repertorio-, como analizando la forma en que es
introducida y descripta por sus contemporáneos y, por supuesto, reparando en la estrecha
relación que mantuvo con su público.

[69]
A propósito de esta última cuestión, mencionamos que el fructífero diálogo que
Mansilla estableció con sus lectores pudo deberse, entre otras cosas, a las principales
características de su escritura. En este sentido, destacamos, por un lado, su compromiso con un
estilo sencillo, despojado de pomposidades y muy cercano a los códigos de la oralidad, que sin
dudas vuelve a sus textos no solo más accesibles sino también más pregnantes, apelando a la
simpleza sin perder de vista la armonía y la belleza. También en esta línea, apuntamos la
espontaneidad que la escritora supo imprimirle a sus textos, acercándola a sus lectores por
medio de la confidencia, el humor y la ironía, pero haciendo uso también de una marcada
vocación de complicidad.

Destacamos, además, el recorrido que realiza la autora por distintos registros y, sobre
todo, la apelación constante a su acervo biográfico, que no solamente le garantiza un
posicionamiento único, ubicándose simultáneamente como protagonista y testigo de los sucesos
narrados, sino también como traductora en el sentido amplio del término, mediadora entre
sociedades y culturas, escritora viajera que vincula mundos y lenguas y funciona de alguna
manera como un puente que acerca a sus lectores no solamente a distintas latitudes y geografías,
sino también a otras épocas y tradiciones por medio de la palabra escrita.

Como vimos, dentro de los principales tópicos transitados por Mansilla a lo largo de sus
colaboraciones para la prensa se destacan sus reflexiones respecto de la nación, la modernidad,
la religión y el rol de la mujer, entre otras, advirtiéndose frecuentemente una intención
marcadamente pedagógica en su escritura, que la convierte de alguna manera en un perro
lazarillo para sus lectores, indicándoles el camino que deberían seguir y recurriendo incluso a
estrategias vinculadas con un esfuerzo moralizador.

Notamos, también, que subyace a muchas de estas exposiciones un movimiento


pendular, que va de la crítica abierta a la aceptación, de la confrontación a la pasividad, de la
chanza a la seriedad, en un juego infinito que normaliza las contradicciones al volverlas parte
constitutiva de la voz que Mansilla ofrece públicamente. Nos detendremos en esta cuestión en
el próximo capítulo.

[70]
Capítulo III Eduarda Mansilla y la construcción de su propia excepcionalidad

“El talento de Eduarda Mansilla es tan vario, tan general, tan brillante, tan adaptable
á todas las manifestaciones de la inteligencia humana, que nada me sorprendería verla uno
de estos días pulsando la lira, ensayando hacerse coronar también como Carolina Coronado,
ó Gertrudis Gómez de Avellaneda”108

El objetivo del presente capítulo es el de analizar el lugar particular a partir del cual
Eduarda Mansilla construyó su inconfundible voz en la prensa porteña decimonónica. El
análisis parte de una observación que subyace a todos los artículos recopilados que hacen
mención a esta literata y refiere puntualmente a la posición de absoluta excepcionalidad con
que era referida por parte de sus contemporáneos, como puede adivinarse por ejemplo a partir
de las líneas citadas más arriba, que la describen como una mujer poseedora de un talento tan
singular como abarcativo.

Sin embargo, la aproximación que se propone en las páginas subsiguientes intentará


demostrar que esta posición excepcional no se reduce solamente a una caracterización de
Eduarda Mansilla realizada por sus coetáneos, sino que se trata en verdad de una imagen auto
construida por la propia escritora, una decisión consciente que tiene por objetivo lograr un
posicionamiento determinado dentro del medio periodístico finisecular.

Siguiendo con esta idea, se relevarán en el segundo apartado los obituarios publicados
en la prensa nacional a propósito del fallecimiento de Eduarda Mansilla, con el fin último de
analizar el modo en que los principales medios vigentes decidieron recordarla y, especialmente,
el lugar que se le dio –o no- a la imagen que la literata buscó construir de sí misma por medio
de la palabra escrita.

108
“Mujeres Célebres Americanas. Eduarda Mansilla de García”, La América. Crónica Hispano-Americana,
Madrid, 28 de Diciembre de 1882, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-
1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 558

[71]
1. Eduarda Mansilla y la construcción de su propia excepcionalidad

En una carta firmada por Lucio V. Mansilla, publicada el 28 de Octubre de 1879 por el
diario El Nacional, y dedicada –como indica el título- “A mi hermana Eduarda”, puede leerse
la siguiente oración introductoria: “Eres en estremo original”. Punto y aparte. Apenas cuatro
palabras le bastan al creador de descripciones tan meditadas, extensas y detalladas como las
que se encuentran en Una excursión a los indios ranqueles para presentar a su hermana
públicamente de la manera más sincera, fidedigna y contundente. Es que, en efecto, si hay un
elemento de la personalidad de Eduarda Mansilla que sobresale a partir de las letras de molde
que ofrecen los periódicos finiseculares porteños esa es precisamente su singularidad, que se
patentiza a partir de esa originalidad extrema a la que remite su hermano, convirtiéndola no
solamente en una figura única e irremplazable, sino también absolutamente excepcional.

A propósito de esta cuestión, conviene destacar que si bien el atractivo de Eduarda


Mansilla excede con creces a su núcleo familiar, lo cierto es que éste no puede soslayarse,
especialmente si se tiene en cuenta que se trata de una familia sumamente singular en el
contexto de la elite porteña. En este sentido, podría argumentarse que es esta coyuntura de
formación un tanto atípica la que posteriormente permitirá a Eduarda, en algún punto,
desenvolverse cómodamente por fuera de los ámbitos que se suponían reservados para una
dama proveniente de los círculos más acomodados en el período finisecular. Si, como la
mayoría de las niñas de su grupo social, Mansilla recibió una formación intelectual y artística
que incluía idiomas y lenguaje musical, entre otros, el hecho de que estas lecciones se
impartieran en el seno de una familia compuesta, por parte paterna, por un general militar –
Lucio Norberto Mansilla- asociado con una larga tradición de defensa de la patria, primero
como héroe de la Independencia y posteriormente como protagonista de la batalla de Vuelta de
Obligado, y por parte materna, por Doña Agustina Ortiz de Rosas, la hermana menor de una de
las figuras más relevantes de la historia nacional, Juan Manuel de Rosas, agregan a su biografía
una cuota de excentricidad y particularidad difícilmente replicables.

Dos anécdotas bastan para ilustrar la singularidad de la familia Mansilla, y también la


de Eduarda. En primer lugar, aquella historia que relata su hermano, Lucio V. Mansilla, en una
de sus causeries más famosas “¿Por qué?”, en la que se propone develar los motivos de su
temprano viaje a Oriente, aludiendo que se debió a que un día su padre, después de encontrarlo

[72]
leyendo El contrato social de Rousseau, le advirtió: “Mi amigo, cuando uno es sobrino de don
Juan Manuel de Rosas no lee El Contrato Social, si se ha de quedar en este país; o se va de él,
si quiere leerlo con provecho”. Si bien es probable que se trate de una escena ficcional utilizada
por el propio Mansilla con el fin de crear para sí una imagen de excepcionalidad, lo importante
es que los datos con los que cuenta el público acerca de esta familia la vuelven verosímil.
Asimismo, la caracterización de Eduarda como una niña que se encontraba por fuera de los
parámetros establecidos se vuelve patente en aquella escena tan citada, en la que nuestra
protagonista, con apenas once años, debe oficiar de intérprete entre su tío, que no sabía francés,
y el conde Walewski, enviado del rey Luis Felipe para unas negociaciones diplomáticas. De
esta manera, podemos ver a la pequeña Eduarda desenvolviéndose con soltura en un ámbito
que debiera serle totalmente ajeno, algo que se repetirá en diversas circunstancias a lo largo de
toda su vida, confirmando así el pasaje de niña a mujer atípica, y contribuyendo asimismo a la
singularidad de la familia Mansilla en su conjunto.

Sin lugar a dudas, esta posición de marcada excepcionalidad es avalada, sostenida y


alimentada por sus contemporáneos, que no pierden ocasión de retratarla de esta manera desde
las páginas de la prensa. De esta manera encontramos, por ejemplo, que los cronistas de la época
se reservan siempre un apartado especial para referirse a Eduarda Mansilla. “Entre las matronas
que concurrieron recordamos á las señoras de Ocampo, Palacios, Lastra (…) y la distinguida
literata Eduarda Mansilla de García”, puede leerse en una crónica publicada en el diario La
República a apropósito del “Baile en el Progreso”, destacándose nuestra autora como la única
que no se ubica bajo la categoría de “esposa de”, conservando no solamente su apellido, sino
que resaltándose también sus atributos profesionales. Lo mismo sucede en un artículo que versa
sobre un baile organizado en la casa del Dr. D. Diego de Alvear, que reunió a “nuestra más
elegante y aristocrática sociedad”, de la que sobresale “la distinguida literata argentina Eduarda
Mansilla de García, que vierte en sus conversaciones la sal ática de su génio espiritual y
brillante”.109 Nuevamente, es preciso mencionar que Eduarda no solamente es una de las pocas

109
“El gran baile de anoche”, El Nacional, n° 10.230, Buenos Aires, 1880, en “Mujeres Célebres Americanas.
Eduarda Mansilla de García”, La América. Crónica Hispano-Americana, Madrid, 28 de Diciembre de 1882, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 387, 390

[73]
damas en recibir una caracterización tan extensa, sino que es la única que amerita una mención
de sus cualidades intelectuales.

De manera similar, puede leerse en la edición de El Nacional del 23 de Octubre de 1883,


a propósito de una reunión en la residencia de Mansilla que “La impareggiable dueña de casa
sabe imprimir á sus recibos el cachet de artística originalidad que le es peculiar, reuniendo en
derredor suyo una pléyade brillante que, en la especialidad que á cada uno es personal, forma
el detalle de un conjunto del que Eduarda es el centro radiante”.110 Pero estas palabras no se
destacan únicamente por el modo en que retratan a la “incomparable” anfitriona y su “signo
característico” de originalidad, sino porque también mencionan más abajo una cualidad típica
del comportamiento de Eduarda, capaz de “multiplicarse” y “desdoblarse” hasta el infinito para
realizar todo tipo de actividades, en las que por supuesto se desempeña de manera eximia.

En efecto, al adentrarse el lector en las publicaciones periódicas decimonónicas, se


encuentra con una Eduarda Mansilla completamente multifacética y absolutamente infalible,
que reporta un desempeño único en todo lo que se propone. No resulta sorprendente, entonces,
que sea catalogada, entre otras distinciones, como la pionera absoluta en lo que refiere al
desarrollo de la dramaturgia argentina. “¿Quién será el osado paladín que se atreva á dar
principio á la hora del combate?”, se pregunta un colaborador anónimo del periódico La
Libertad a propósito de esta cuestión, y responde “¡Una mujer!”111, confirmando nuevamente
la capacidad de Mansilla para apartarse del camino vulgarmente conocido, con su originalidad
excepcional como estandarte.

Pero no solamente sus contemporáneos hacían gala de la singularidad de Mansilla, sino


que también ella misma se preocupaba por sostener esta caracterización. Aún más, podríamos
afirmar que fue en verdad Eduarda la artífice de su propia excepcionalidad, construyendo para
sí una imagen pública determinada que se fue consolidando a lo largo de su vida hasta quedar
inmortalizada después de su fallecimiento.

110
“Chez Eduarda”, El Nacional, n° 11.158, Buenos Aires, 1883, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos
periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires,
Corregidor, 2015, p. 638
111
La Libertad, n° 2.394, Buenos Aires, 1883, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos
(1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 588

[74]
“Yo que no me parezco a ciertos viajeros modelo, vanidosos en exceso, no tengo el
menor inconveniente en confesar, no haber visitado ciertos países o lugares notables…”, así
comienza un artículo publicado por el diario El Nacional en Junio de 1881, en el que agrega
además que “como soy incorregible” de nada sirve ocultar que tampoco conoce ciertas óperas
famosas y ya canonizadas por los supuestos expertos “aun a truque de escandalizar a muchos
diletanti enragés, que se espeluznan y horripilan, al oírme decir tranquilamente, como si se
tratara de asunto menos magno <No había oído nunca el Roberto de Meyerbeer> Horror!”.112

Se advierte, en primer lugar, una resonancia muy familiar al comienzo de Las


Confesiones de J.J. Rousseau, cuando el autor afirma que “No soy como ninguno de cuantos he
visto, y me atrevo a decir que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo
menos soy distinto de ellos”. Como puede verse, también Mansilla elige “confesar” su
diferencia, y al igual que el pionero romántico, denota cierto rastro de orgullo en su expresión,
afirmando además que es “incorregible”, o mejor, que no tiene ningún tipo de interés en
modificar su proceder.

Es notable, además, el juego que realiza Mansilla entre el ser y el deber ser, bailando
hábilmente en la cornisa que marca el límite estipulado por los códigos sociales y formales
existentes. Porque el simple hecho de que esté reivindicando su individualidad y su conducta
singular revela que, en algún punto, y si bien nunca lo manifestaría abiertamente, siente la
necesidad de dar explicaciones respecto de su comportamiento inusual. Y esto es así no porque
la autora esté demasiado preocupada por el qué dirán o por la preservación de su imagen, sino
porque forma parte de una estrategia más amplia vinculada con el espacio de intervención que
elige para sí, esto es, con el desarrollo de su carrera profesional como escritora. En efecto, si
Eduarda Mansilla decide realizar aclaraciones públicas respecto de su accionar es porque le es
absolutamente funcional, porque es la forma que elige para presentarse ante sus lectores y para
captar su atención y porque, en definitiva, éste es el pilar sobre el que funda toda su producción
como cronista: la autoconstrucción como personaje excepcional.

112
Mansilla de García, Eduarda, “En Colon”, El Nacional, n° 10.457, Buenos Aires, 1881, en Mansilla de García,
Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L.
Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 489,490

[75]
Como mencionamos previamente, Mansilla elige frecuentemente sostener esta posición
valiéndose de sus originales datos biográficos. De esta manera encontramos, en una
colaboración enviada al periódico La Tribuna a propósito de la llegada al país de los restos de
San Martín que “Mi corazón latía con violencia (…) Aquel suntuoso carro contenía los despojos
mortales del héroe por excelencia, del guerrero que en mis tempranos años aprendí a respetar
y admirar, sentada en las rodillas de mi padre, su compañero de armas”. Y agrega además:
“Todo un pueblo sentía al unísono ante aquellas cenizas orgullo y patriotismo (…) pero yo, yo
sola experimentaba ante aquellos despojos un sentimiento complejo tan bello como profundo.
A mi hijo, un niño ayer le había cabido el alto honor de conducir en compañía de dos bravos
gefes aquellos ilustres restos a la lejana patria”.113

Sin dudas, las líneas citadas previamente ilustran de manera contundente esta suerte de
oscilación que se advierte a lo largo de todos los escritos periodísticos de Mansilla, procurando
mimetizarse y diferenciarse de su público simultáneamente. Porque si todos los allí presentes
estaban extremadamente conmovidos, la escritora necesita aclarar que sin embargo ninguno
experimentaba un nivel de emoción equiparable al suyo y, más importante aún, que tampoco
podrían hacerlo, puesto que solamente ella estaba ligada a ese acontecimiento por lazos tan
personales e íntimos. En este sentido, resulta muy interesante notar cómo vuelve a aparecer aquí
la idea de Mansilla como puente que acerca dos marcos espacio-temporales muy distintos,
condensando de alguna manera en su figura prácticamente la totalidad de la Historia argentina,
desde aquél momento fundacional de Independencia, atestiguado desde el regazo de su padre,
hasta los acontecimientos más recientes, de los que se presenta casi como protagonista por el
rol desempeñado por su hijo. Evidentemente, se trata de una estrategia muy astuta por parte de
la autora, que logra de esta forma diferenciarse de ese pueblo que vibraba al unísono, añadiendo
un valor incalculable a su testimonio al explicitar los motivos que lo vuelven absolutamente
irreplicable, y contribuyendo asimismo a la construcción de su propia excepcionalidad.

Por otro lado, Mansilla elige frecuentemente respaldar esta caracterización por medio
de la introducción, a lo largo de sus relatos, de ciertos gestos de rebeldía, que confirman su
deseo consciente de apartarse del camino que a priori “debería haber seguido”, y

113
Mansilla de García, Eduarda, “Accourez, accourez multitudes”, La Tribuna, n° 8.985, Buenos Aires, 1880, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 379

[76]
reemplazándolo por otro radicalmente diferente, convirtiendo de esta forma lo inesperado en la
norma, y entronizando a la individualidad como máxima virtud. Esto se advierte, por ejemplo,
en un artículo publicado en el diario El Nacional el 28 de Abril de 1881, en el que Eduarda
ensaya una despedida “á mi amigo, á mi maestro, á mi padre intelectual”114, el filósofo y poeta
español Jacobo Bermudez de Castro. Allí, entre sentidos cumplidos, anécdotas personales y
reminiscencias biográficas, encontramos también, casi imperceptible en una primera lectura,
cómo Mansilla introduce pistas respecto de su propio comportamiento, muchas veces narrado
a modo de travesura inocente, pero que demuestra que no siempre cumplía con las lecciones
impartidas por su idolatrado maestro, sino que ya de muy joven confiaba en su instinto y
valoraba su libertad para el aprendizaje. “Cuanto se ofendió un día que me halló con un tomo
de Augusto Comte!”, desliza la autora casi a modo de juego, luego de “confesar” que no siempre
lo complacía, barnizando de esta forma esos momentos de irreverencia frente a la autoridad con
la pátina de inocencia que cubre la mayor parte de su producción periodística.

Algo similar, aunque mucho más exacerbado, encontramos en una colaboración


publicada por La Ilustración Argentina bajo el nombre “La Cruz de Brillantes” en agosto de
1882. Introducida con el epígrafe “Recordar es vivir”, atribuido a Bermúdez de Castro, Mansilla
se propone allí recuperar una anécdota transcurrida en la casa del célebre compositor
decimonónico Gioachino Rossini. Es preciso notar, en primer lugar, el modo en el que la autora
elige comenzar el artículo, realizando una descripción minuciosa y detallada de la ciudad de
París, retratando también el advenimiento de la modernidad y las transformaciones que trae
aparejada, destacándose por ejemplo el puente de Asniéres “envuelto en el humo gris de las
locomotoras”.115 De alguna manera, puede argumentarse que es ésta una forma que Mansilla
encuentra para impregnar de verosimilitud a la narración posterior, introduciendo al lector en
esa atmósfera lejana que la autora recupera por medio de la palabra, al tiempo que acredita en
cierta forma su posición de testigo y protagonista de los hechos que se desencadenarán a
continuación. Es notable, en este sentido, el modo en que la literata va rodeando el núcleo de la

114
Mansilla de García, Eduarda, “Filósofo y poeta”, El Nacional, n° 10.420, Buenos Aires, 1881, en Mansilla de
García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina
L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 470
115
Mansilla de García, Eduarda, “La cruz de brillantes”, La Ilustración Argentina, n° 23, Buenos Aires, 1882, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 543

[77]
historia por medio de círculos concéntricos vinculados no solamente con lo espacial en sentido
geográfico, esto es, guiando al público por las calles de la ciudad de las luces hasta la casa del
maestro Rossini, sino que también se advierte un recorrido vinculado con la noción de lo
público/privado. En efecto, si el relato comienza en las calles de París, con una descripción muy
pegada a los signos urbanísticos, se volverá sin embargo cada vez intimista, ofreciendo
generosas caracterizaciones de las personalidades reunidas en el salón del compositor, e
incorporando incluso chismes y comentarios cargados de cierta malicia para captar la atención
del lector y asegurarse su complicidad.

Todos los elementos mencionados previamente, entonces, se ponen en juego al llegar el


punto crítico de la narración, justo después de que Rossini tocara para el público presente su
nueva partitura o, en palabras de Mansilla, “aquella confusión de agrios sonidos”116, que sin
embargo todos se apresuraron en aplaudir candorosamente. “No que en aquel salón faltaran
conocedores, capaces de juzgar aquella música, con un criterio superior al mio. Pero quién en
aquel santuario del arte, quién se hubiera atrevido á tener una opinión contraria á los dueños de
casa! Sólo una inocentona como yo, podía faltar asi á la etiqueta severa de aquella reunion”117.
Pero, como era de esperar, la autora afirma inmediatamente después que “Mi triunfo fue grande
cuando el maestro, ofreciéndome el brazo, me condujo á un saloncito contiguo (…)”.118

Nuevamente, Mansilla decide presentarse a sí misma como una figura excepcional, la


única capaz de contradecir la opinión mayoritaria. Y, como en los casos mencionados
previamente, no lo atribuye a una decidida voluntad de diferenciarse del resto y rebelarse frente
a lo establecido, sino a su personalidad “inocentona”, casi aniñada, que la lleva a vociferar que
el rey está desnudo sin advertir las consecuencias de sus actos. Por supuesto, se trata de una
puesta en escena absolutamente consciente y funcional, que resulta extremadamente eficaz no
solamente por lograr la complicidad con el lector, sino porque al hacerlo le permite a este último
alinearse detrás de la figura de máxima autoridad en la materia, el maestro Rossini, presentado
como si estuviera tomando un examen que solamente Eduarda fue capaz de aprobar, y
ubicándola nuevamente en un pedestal separado del resto, que le vale el reconocimiento del

116
Ídem, p. 548
117
Ibídem
118
Ídem, p.549

[78]
compositor y, en consecuencia, de su público, reforzando de esta forma su singularidad
excepcional como personaje y como escritora.

Por último, resulta muy significativo destacar un fragmento del discurso presentado por
Mansilla en los salones de la Sociedad “Unión é Benevolenza” durante la Conferencia
Concierto ocurrida el 1ro de Ocutbre de 1883 en beneficio de la familia del educacionista D.
Nicomedes Antelo, titulada “Educación de las niñas”. Tal como lo recupera el número del día
siguiente de El Nacional, uno de los puntos más enfatizados en la disertación refiere a los
peligros del contacto del sexo femenino con el mundo de la prensa. “Ni en Inglaterra ni en
Francia, leen diarios las señoritas”, afirma la autora para fundamentar su argumento,
proponiendo además “la creación de un diario especial para las señoras (sin política) como los
hay en Estados Unidos, en Inglaterra y en Alemania”, a lo que convendría incorporar, además,
el formato de “diario doblado, con faja de papel, que equivale á un sobre, que solo puede romper
el padre de familia”.119 Siguiendo a la autora, estos resguardos deben atribuirse a que “el
periodismo es un monstruo de los modernos tiempos” y, continuando con la idea anterior,
aconseja: “Ese qué hay de nuevo tan grato á las que no salen de su casa (…) Esperen la llegada
del esposo, del hermano. Así hallará siempre pávulo la conversación.”.120

Como puede verse, en el discurso de Mansilla se advierte claramente la eclosión de


preocupaciones más vinculadas con la cuestión del periodismo como parte de la reflexión
respecto de los cambios suscitados por la modernidad, con otras estrictamente ligadas a la
cuestión de género. De esta manera, el peligro no se orienta solamente a las noticias con las que
las mujeres se pueden encontrar al leer un periódico, sino a las dificultades que puede traer para
el funcionamiento familiar que las señoras salgan de la esfera privada, aunque sea por medio
de la lectura, invadiendo de alguna forma el espacio reservado para el patriarca, que debiera
funcionar como único lazo entre las integrantes mujeres de la familia y el mundo exterior.
Llama la atención, entonces, el fragmento que se lee a continuación, apuntando Mansilla que:
“Cierto dia uno de mis hijitos, hoy un soldado, me preguntó con gracia suma, viéndome leer La

119
Mansilla de García, Eduarda, “La educación de las niñas”, El Nacional, n° 11.140, Buenos Aires, 1883, en
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo
de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 633
120
Ídem, p.634

[79]
Liberté, me hallaba en París: <Mamá, si tu lees también el diario, de qué hablarás luego
con…Papá?...Ya Vdes. Ven – yo no lo he inventado”.121

Indudablemente, esta exposición condensa de manera muy contundente esa


ambivalencia que vertebra la producción de Mansilla y estructura el modo en el que decide
presentarse públicamente. Es sumamente significativo, además, el hecho de que luego de un
discurso tan poderoso y persuasivo la autora elija deliberadamente contradecir todo lo dicho
previamente a partir de la confidencia personal, demostrando así un nivel de singularidad tal
que le permite incluso rechazar sus propias normas. Y es que, justamente, la imagen que
Eduarda, con ayuda de sus contemporáneos, construye de sí misma la posiciona siempre en el
lugar de excepción que confirma la regla, despegándose no solamente del resto de las mujeres
por sus atributos intelectuales y desempeño profesional, ni de los miembros de su grupo social
por su espontaneidad e “inocencia”, sino también de sus compañeros de carrera, al consagrarse
en primer lugar como novelista para luego poder desarrollar su actividad como periodista,
realizando de alguna manera el camino inverso al estipulado para la época.

2. El recuerdo de Eduarda Mansilla

“Tenia de las personalidades bien acentuadas, buenas y malas, ó mezcla excepcional de ambas
cosas, que bastaba designarla con su nombre de pila (…) para que se supiese en el acto de quién se
trataba. Porque no había más que una Eduarda (…). Cruzó así el mundo de triunfo en triunfo: escritora,
artista, versada en idiomas, maestra del buen decir, reina de los salones en los distintos países á que la
llevó su alianza con el distinguido diplomático argentino: el Dr. Manuel R. Garcia” (La Nación, 21 de
Diciembre de 1892)122

“Deber es de la prensa argentina dedicar un recuerdo á la gentil Eduarda, que tantas veces
engalanó con sus charchas literarias, las columnas de los diarios. ¡Qué espíritu el suyo, tan artístico, tan
refinado, tan Mansilla! Valía más como amiga, como mujer del hogar y de la familia, que como literata.
Pobre Eduarda! Si ella pudiera escucharnos, quizá se ofendería por breves minutos, porque tenia la

121
Ibídem
122
En Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a
cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 671

[80]
pasion de las letras y el culto de la memoria, alhajada con primor” (El Nacional, 21 de Diciembre de
1892)123

“No sé si es oportuno que yo diga en estos momentos las impresiones que experimentaba con
su trato encantador, pero no puedo dejar de decir que no he conocido en América, ni en los círculos
sociales de la Europa contemporánea, ni en ninguna otra parte, una mujer tan enérgica y resuelta en su
voluntad, tan singular y casi extraña en su manera de sentir y tan fascinadora y atrayente por sus gracias”
(La Tribuna, 22 de Diciembre de 1892)124

El 20 de diciembre de 1892, luego de batallar por casi 10 años con una enfermedad que
afectó gravemente su salud, Eduarda Mansilla fallece, en la ciudad de Buenos Aires, a causa de
una dolencia al corazón. De más está decir que al velatorio, celebrado con toda fastuosidad en
el “Cementerio del Norte” – actualmente conocido como cementerio de La Recoleta-, asistieron
las personalidades más destacadas de la sociabilidad porteña, tal como lo revela un detallado
artículo publicado por el diario La Prensa el 22 de diciembre, en el que se listan más de 40
nombres, incluyendo por ejemplo a Miguel Cané y Carlos Guido y Spano, entre otros.

Conviene detenerse, en cambio, en las despedidas registradas a propósito de su


fallecimiento en los periódicos nacionales finiseculares más importantes. Es que además de
denotar la importancia de esta literata argentina, estos anuncios permiten documentar el modo
en que era percibida por sus contemporáneos y, más aún, la manera en que eligieron recordarla.

Es preciso notar, en primer lugar, y en relación con la figura que Mansilla construyó
sobre si misma explorada en el apartado anterior, el hecho de que las distintas editoriales hayan
optado por retratarla como una mujer absolutamente excepcional, porque como apunta La
Nación “no había más que una Eduarda”, confirmando de alguna manera esta noción de
singularidad que vertebra todas sus intervenciones en la prensa decimonónica, y reafirmando la
imposibilidad de repetición luego de su desaparición física. No deja de llamar la atención, sin
embargo, el extremo al que se lleva esta característica, que aparece vinculada incluso con

123
En Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a
cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 673
124
Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

[81]
“inclinaciones a la extravagancia”125, despertando cierta fibra de fascinación como si se tratara
de un Otro exótico y cautivante.

Sin dudas, esta caracterización se apoya en gran medida en los rasgos de la personalidad
de Mansilla, “una dama bondadosa, discreta y elegante”126, “de clarísima inteligencia y de trato
exquisito”127, pero también, y quizá fundamentalmente, en su desempeño como escritora y
embajadora internacional de la república de las letras argentinas. Como apunta la editorial de
La Prensa: “En este país (…) no puede sino encomiarse el empeño, al fin triunfante, de algunas
mujeres argentinas por seguir las huellas de otras que figuran con brillo en las letras
universales”.128

No deja de ser curioso, no obstante, el tratamiento que se hace de la profesión de


Mansilla en los artículos previamente citados. Por un lado, es de notar que la editorial de La
Nación haya elegido a la escritura como la primera y principal actividad en la que esta mujer
multifacética obtuvo su más significativo “triunfo”, ubicando además a su desempeño en el
ámbito de la sociabilidad en último lugar, esto es, reconociendo su talento como escritora por
encima de sus obligaciones como dama de la alta sociedad porteña. En este sentido, resulta
interesante que el obituario dedicado a esta autora haya sido titulado “Un recuerdo a su
memoria”, ya que, como mencionamos más arriba, fue precisamente su capacidad para atesorar
y transmitir sus impresiones la que le permitió hacer pie en el medio periodístico.

Sin embargo, encontramos también en este artículo un párrafo un tanto atípico, que
remite directamente a la reflexión sobre las posibilidades y limitaciones a las que se veía sujeto
el género femenino durante el siglo diecinueve, afirmando el redactor de La Nación que:
“Hombre, habria dado mucho que hacer ó habria hecho mucho bien, según hubiese el destino
dirigido sus pasos. Mujer, ha sido Eduarda: elegante, instruida, de gustos artísticos (…).” 129 Se
percibe entonces a partir de estas palabras casi un lamento al repasar todo lo que Eduarda podría

125
“En la tarde de ayer. Un recuerdo a su memoria”, La Nación, n° 6.849, Buenos Aires, 1892, en Mansilla de
García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina
L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 671
126
La Voz de la Iglesia, 21 de Diciembre de 1892, Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
127
La Tribuna, 21 de Diciembre de 1892, Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
128
La Prensa, 22 de Diciembre de 1892, Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
129
“En la tarde de ayer. Un recuerdo a su memoria”, La Nación, n° 6.849, Buenos Aires, 1892, en Mansilla de
García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina
L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 672

[82]
haber sido de haber nacido varón, todo el potencial inexplorado y los frutos que podría haber
dado. No obstante, este pasaje no aparece en un primer momento como una crítica abierta a las
reglas patriarcales decimonónicas, sino meramente como una anotación de la realidad que se
asume invariable.

Siguiendo con la idea anterior, resulta muy interesante contrastar este obituario
publicado por el diario La Nación con aquel editado por el periódico El Nacional. Se observa,
en primer lugar, que también este último comienza destacando el desempeño de Mansilla como
escritora, al afirmar que “Deber es de la prensa argentina, dedicar un recuerdo á la gentil
Eduarda, que tantas veces engalanó con sus charchas literarias, las columnas de los diarios”130,
incorporando de esta forma algo del orden de la reciprocidad que se hace presente en la industria
de la prensa porteña decimonónica mencionada previamente, y se vincula en gran medida con
las dificultades de producción y financiamiento que vuelven a la camaradería un componente
indispensable. De alguna manera, esta editorial funcionaría entonces como agradecimiento a la
autora por sus colaboraciones, algo absolutamente comprensible si tenemos en cuenta la
asiduidad de sus intervenciones en este medio porteño, pero también como una forma de
destacar la calidad de este medio periodístico, que supo contar con la participación de figuras
de la talla de Mansilla.

Sin embargo, y a diferencia de la publicación analizada previamente, la redacción de El


Nacional decide continuar su artículo destacando aquellos atributos de Eduarda Mansilla que
se encuentran más vinculados con las gracias de su personalidad, y remiten no solamente a la
esfera de lo privado sino también a las características típicamente ligadas con el universo de “lo
femenino”. Si, por un lado, “era abundosa, picaresca, intencionada, para escribir sobre la
sociedad, sus costumbres y sus debilidades”, el rasgo que prefieren inmortalizar desde las
páginas de este periódico es su “bondad patriarcal, una bondad que nada ni nadie (…)
consiguieron jamás apagar ó disimular”, relegando así a un segundo plano sus dotes como
escritora. Esto se ve además muy claramente en el extracto citado al comienzo de este apartado,
en el que se afirma que Eduarda Mansilla valía más como amiga, esposa y madre, es decir,
como mujer, que como literata, trastocando de alguna forma la imagen que ella había construido

130
Ídem, p.673

[83]
de sí misma, en la que su dedicación a las letras aparecía siempre al menos en igualdad de
condiciones con los imperativos de su sexo, cuando no por encima.

No obstante, si realizamos una lectura más detenida de este artículo, podemos


argumentar que, en algún sentido, los redactores están jugando a un juego muy similar al
propuesto por Mansilla, diciendo “lo correcto”, pero deslizando simultáneamente la
irreverencia. Si, por un lado, se encargan de alzar “la figura de la mujer, dulce, cariñosa, fina,
inteligente y amable” por encima de su “natural vanidad literaria”, lo cierto es que también
enfatizan que esto no es lo que la autora hubiera querido, aún más, que se ofendería al leer esas
palabras, dejando asentado de esta manera su espíritu apasionado y su incansable devoción por
la escritura. Más aún, puede leerse hacia el final de la nota que “Eduarda –y plácenos recordarla
por su nombre periodístico- fue un gentil corazón, lleno de dulce y sabia filosofía. Había leído
mucho; era una de las mujeres mas ilustradas de su país, y mejor informada sobre hombres y
cosas, así de aquende como de allende el mar”131, acreditando de esta manera no solamente su
autopercepción –o autoconstrucción- como escritora, sino que validando al mismo tiempo los
cimientos sobre los que Mansilla fundó esta caracterización, esto es, su posición excepcional
como intelectual criolla y cosmopolita, ilustrada e intuitiva, a la vez protagonista y testigo del
mundo moderno pero con un fuerte anclaje en el pasado y, ante todo, mujer de bellas letras.

***

A partir del recorrido propuesto en este capítulo encontramos que la noción de


excepcionalidad acompañó a Eduarda Mansilla a lo largo de todo su trayecto vital.
Evidentemente, las particularidades de su seno familiar hicieron que esta idea estuviera presente
incluso antes de su nacimiento, y se exacerbara con cada paso dado en sus años de infancia,
convirtiéndola en una niña absolutamente singular criada en un contexto con las mismas
características. Como vimos, la impronta de Mansilla como mujer atípica se volvió una
constante repetida en cada nuevo proyecto encarado por la escritora, ya sea éste de índole
personal o profesional. Más aún, fue uno de los señalamientos principales al momento de su

131
El Nacional, Diciembre de 1892, en Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-
1892), Edición, introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p. 274

[84]
fallecimiento en el año 1892, virando incluso hacia los límites de la excentricidad, como fue
observado en algunos de los obituarios analizados más arriba.

Pero si este aura de excepcionalidad fue una constante en la mayor parte de los artículos
publicados en la prensa porteña decimonónica que hacían alusión a la figura de Eduarda, ya sea
directamente -destacando por ejemplo sus inigualables dotes musicales o su destreza en el arte
de la conversación- o indirectamente – al mencionarla casi siempre de manera individual y
destacando además sus aptitudes intelectuales, entre otras- , la hipótesis que subyace a esta
argumentación sostiene que esta caracterización obedece en verdad a una imagen
autoconstruida por la propia Mansilla. Evidentemente, la autora se sirvió de muchos elementos
previamente observados por sus contemporáneos, como la singularidad de su linaje, la
controversia que rodeó a su matrimonio, o el exotismo de su estilo de vida prácticamente
nómada y, en lugar de esconderlos o restarles importancia, eligió destacarlos como las
plataformas a partir de las cuales buscaría construir un lugar propio como escritora.

De esta manera, observamos una imbricación muy marcada entre la escritura de Eduarda
Mansilla y su imagen pública, afectándose una a otra en un espiral que se retroalimenta
constantemente. Porque si la singularidad que rodea a esta mujer decimonónica es la que le
permite acceder a ese lugar de privilegio como escritora y encontrar un espacio propio a partir
del cual proyectar su voz, lo cierto es que también sus textos –que como vimos contienen una
fuerte marca autorreferencial- son los que le facilitan el patentamiento de su excepcionalidad
como marca registrada, contribuyendo sin dudas al atractivo de las crónicas firmadas por la
pluma de esta autora.

[85]
Consideraciones finales

Si bien el puntapié inicial que dio origen a este trabajo fue el interés suscitado por los
artículos periodísticos de Eduarda Mansilla -prácticamente inexplorados en comparación con
la producción literaria de la autora-, éstos se volvieron cada vez más una herramienta para
explorar no solamente el particular contexto en que se inscriben, especialmente en lo que refiere
al ámbito cultural porteño en la segunda mitad del siglo diecinueve, sino también para avanzar
un nuevo aporte al conocimiento de esta singular escritora decimonónica. En este sentido, el
objetivo principal evolucionó hacia la interrogación respecto de la voz que esta autora supo
construir a través de la prensa, permitiéndonos de esta manera incursionar directamente en la
relación entre la figura y el fondo, por tomar un concepto de la crítica de arte pictórico, y
consiguiendo así un diálogo muchísimo más enriquecedor.

Como planteamos al comienzo del texto, una de las primeras preguntas que podían
realizarse a raíz de los escritos publicados por Mansilla en la prensa periódica se vincula con la
indagación respecto de los espacios de producción, circulación y consumo de bienes culturales
en la segunda mitad del siglo diecinueve. Este tópico fue analizado en mayor medida en el
capítulo I, donde nos propusimos trazar un esquema más o menos comprehensivo de la vida
cultural argentina en el período posterior a la caída de Rosas, y encontramos que quizá los
elementos más característicos de este fenómeno hayan sido su vigorosidad y heterogeneidad.

En efecto, los años posteriores a la batalla de Caseros, y en especial a partir del año
1862, fueron vistos tanto por los contemporáneos como por los estudiosos posteriores como
una salida de esa suerte de Edad Media cultural que representó el período de gobierno rosista.
Se destaca, en este contexto, el florecimiento de la sociabilidad y, sobre todo, la importancia
cada vez mayor del asociacionismo, principalmente en Buenos Aires, constituida en un campo
magnético de notables proporciones, que atraía, procesaba, alimentaba y traccionaba la mayor
parte de los cambios ocurridos a escala nacional en un momento muy particular de la historia
de la República Argentina, signado por la modernización, el progreso y la inserción al orden
económico global por medio de la exportación de materias primas. Como vimos, entonces, uno
de los rasgos más destacables de este período fue la diversidad de asociaciones que surgieron,
desde aquellas nucleadas a partir de rasgos religiosos a otras agrupadas en torno a la

[86]
nacionalidad, la práctica de algún deporte o actividad artística, en un marco de creciente
autonomización de la sociedad civil que se dio en paralelo a la consolidación del Estado
nacional.

A partir de esta caracterización preliminar, enfocamos la lente en el universo intelectual,


sin dudas uno de los ámbitos más destacados de la vida cultural decimonónica, que sufrió
asimismo muchísimas transformaciones en el lapso de tiempo estudiado en este trabajo.
Encontramos, por un lado, el surgimiento de espacios de reunión que se perfilaban cada vez
más en torno a lineamientos profesionales o disciplinares. Por otro lado, destacamos también el
fervor científico característico de esos años, impulsado fundamentalmente a raíz del esfuerzo
desplegado por Domingo Faustino Sarmiento, así como también la tendencia juvenilista que se
observa en muchas de las asociaciones previamente mencionadas, determinadas a contribuir al
progreso del país por medio de la innovación artística y estilística, dejando cada vez más de
lado las disputas ideológicas que signaron la primera mitad del siglo diecinueve.

Como vimos, la creciente relevancia que fue adquiriendo la Universidad en las últimas
décadas del siglo diecinueve resulta clave para comprender el avance de las dos tendencias
mencionadas en el párrafo anterior, esto es, el cientificismo y el juvenilismo. Asimismo, es
preciso destacar cómo los claustros universitarios se erigieron en esta época como nuevas
instituciones legitimadoras, ampliamente reconocidas, y capaces de validar aquellas
credenciales vinculadas con la posesión de un tipo de conocimiento muy particular, vinculado
de alguna manera con la noción de capital intelectual o cultural.

No obstante, aclaramos también que este fenómeno no supuso una escisión total entre
el ámbito del saber y el ámbito del poder. Sin adherir a aquellas visiones que proponen un
enlace total entre la elite intelectual y la elite gobernante- frecuentemente englobadas bajo el
rótulo de Generación del 80, y caracterizadas por su adhesión al positivismo y férrea convicción
en la idea del progreso- encontramos en cambio un panorama mucho más complejo y dinámico,
plagado de acercamientos y distanciamientos, concomitancia y tensiones, sumisión y
autonomía, que caracteriza el diálogo entre cultura y política en las últimas décadas del siglo
diecinueve.

[87]
Tal como señalamos en el primer capítulo, entonces, a la caída de Rosas le sigue el
florecimiento de una multiplicidad de zonas culturales, tanto para la Argentina en general, como
para Buenos Aires en particular, escenario en el que nuestra protagonista se desenvuelve con
absoluta destreza, ya sea participando de aquellos eventos convocantes de lo más selecto de la
alta sociedad porteña y ejerciendo su rol de dama de caridad y patrona de las artes, como
relacionándose con los grupos más avanzados en materia intelectual y cultural. Indudablemente,
es preciso destacar dentro de este marco el esfuerzo desplegado por Mansilla para constituirse
como embajadora de las bellas letras nacionales, afianzando de esta manera su posición como
escritora sumamente multifacética y versátil, que cuenta en su haber con la publicación de
novelas, cuentos, obras de teatro, diarios de viajes y artículos periodísticos.

A propósito de estos últimos, explorados mayoritariamente en el segundo y tercer


capítulo, buscamos en primer lugar ofrecer una cartografía general del universo de la prensa
porteña en la segunda mitad del siglo diecinueve. Como vimos, se trata de un ámbito que tiene
muchos puntos en común con la escena cultural descripta previamente, como puede ser la
posición ambivalente que mostraron muchos contemporáneos, destacando los beneficios de los
medios gráficos como “instrumentos de civilización”, pero reflexionando simultáneamente
acerca de las desventajas de estos dispositivos, catalogados frecuentemente como “monstruos
de los tiempos modernos”, que amenazaban con erigirse en las principales fuentes de poder y
liderazgo frente a la población civil. Subrayamos, asimismo, que el terreno de la prensa –como
el de la cultura en general- se encontraba para estos años en pleno proceso de expansión,
mostrando un altísimo potencial en cuanto a la fertilidad de su tierra, pero manteniendo todavía
grandes parcelas que se encontraban prácticamente inexploradas o labradas de manera poco
eficiente.

Se destaca, siguiendo con la idea anterior, la notable multiplicación de publicaciones


que se registra para la segunda mitad del siglo diecinueve y, sobre todo, la diversidad que
caracteriza a este conjunto de impresos. Esto se verifica tanto en términos de soporte material,
encontrando gran variedad de diarios, panfletos, revistas, medios ilustrados, órganos de difusión
de instituciones, etc., como en lo relativo al público al que apuntaban, distinguiéndose por
ejemplo la importancia de la prensa en idioma extranjero. Como vimos, no se trató simplemente
de un fenómeno impulsado por la expansión del público lector, sino de un proceso construido

[88]
en gran medida en base al esfuerzo de los propios círculos editores, que buscaron consolidar un
mercado de bienes culturales, en muchos casos, creando su propia demanda cuando ésta no era
suficiente.

A propósito de los hombres hacedores de periódicos, vimos también que la diversidad


y la falta de patrones claramente delimitados parecían ser la norma. En efecto, en las
redacciones de los medios decimonónicos no solamente se encontraban individuos de muy
variada procedencia, ya sea en términos socioeconómicos, de nacionalidad o de trayectoria
profesional, sino también con aspiraciones futuras absolutamente disímiles. Señalamos,
entonces, que más allá de la heterogeneidad, uno de los elementos claves para caracterizar a
estos hombres de prensa se vincula con su inmersión en una multiplicidad de actividades,
constituyendo el periodismo muchas veces una ocupación más, un medio para obtener prestigio,
dinero o exposición, en los albores de la profesionalización de la escritura.

Volviendo a Eduarda Mansilla, destacamos enfáticamente el rol protagónico que asumió


dentro de este marco descripto previamente. En este sentido, uno de los ejercicios principales a
la hora de articular este trabajo fue el de explorar los distintos enfoques que nos permitieran dar
cuenta de la importancia de esta escritora en la prensa porteña finisecular. Tal como señalamos
en la introducción, y ampliamos en el segundo capítulo, una de las posibles aproximaciones a
esta pregunta, si se quiere, más fáctica, fue por medio del apunte de los distintos medios a los
que esta autora ofreció sus colaboraciones. Advertimos entonces que Mansilla no solamente
cuenta en su haber con la condecoración como única escritora mujer que alcanzó a publicar en
primera plana, sino que también se abrió paso en las redacciones más reconocidas de la época,
como La Tribuna, El Nacional y La Nación, pero sin por ello dejar pasar la oportunidad de
consagrarse en otras publicaciones, como pueden ser La Ondina del Plata y La Gaceta Musical,
dando cuenta de su increíble versatilidad a la hora de escribir.

Señalamos, además, que otra fuente para explorar su relevancia se encuentra a partir de
la forma en que fue introducida en la prensa decimonónica por sus contemporáneos. En primer
lugar, notamos que Mansilla ya se había ganado un lugar como escritora al momento de su
regreso a su ciudad natal en el año 1879, y así lo demuestran todas las editoriales de bienvenida
publicadas a propósito de su llegada, como analizamos en el segundo apartado del capítulo II.
Por otra parte, prestamos especial atención a la manera en que fueron presentados sus artículos

[89]
en los diferentes medios gráficos: siempre anunciados con antelación y anteponiendo incluso
la autoría al tópico tratado, como si un nombre bastara para garantizar el valor de un escrito.

Evidentemente, estos elementos se relacionan con otro aspecto analizado a lo largo de


este trabajo, que refiere a la relación que se estableció entre Mansilla y su público. Siguiendo
con la idea del párrafo anterior, encontramos que el nombre de esta escritora se encontraba
inextricablemente ligado a cierta noción de prestigio, de reconocimiento absoluto, otorgándole
a cada palabra delineada por su pluma un halo de indiscutida autoridad. Como vimos, esto se
tradujo notablemente en la amplia circulación y repercusión que tuvieron los artículos de la
autora, muchas veces refrendados incluso por otros periódicos, y hasta reproducidos en medios
competidores tras confirmar el éxito inicial de su primera publicación.

Vimos, además, que otra puerta que nos permitiría explorar la relevancia que esta literata
supo conquistar por medio de sus escritos periodísticos se desprende de la vigencia que mantuvo
por un período de tiempo muy prolongado, incluso muchos años después de haber publicado
sus artículos. Y es que, en verdad, los años de intensa actividad como cronista no son tantos,
concentrándose la mayor parte de su producción en el período inmediatamente posterior a su
llegada al país. Sin embargo, encontramos que no solamente sus textos continúan
republicándose, sino que son muy numerosas las editoriales que hacen expreso el anhelo de
volver a contar con narraciones de Eduarda entre sus páginas, prometiendo incluso
colaboraciones que nunca llegan a concretarse.

Sin dudas, esto último habla a las claras del diálogo establecido entre Mansilla y sus
lectores, y fundamentalmente de la avidez de estos últimos por embeberse de las bellas letras
prodigadas por la autora. En este sentido, uno de los interrogantes que apuntalaron este trabajo
apuntaba directamente a desentrañar la manera en que esta escritora decidió presentarse frente
a su público, prestando especial atención a todas aquellas estrategias utilizadas para alcanzar
esa preponderancia indiscutida en la prensa porteña finisecular, incluyendo aquí elementos muy
diversos como la forma en que organizó sus escritos, la manera de escribir, los distintos estilos,
registros y tonos empleados, y los principales tópicos transitados, entre otros. En última
instancia, este recorrido sirvió también como puntapié para explorar los objetivos perseguidos
por Mansilla a la hora de plasmar sus ideas públicamente.

[90]
En relación a los aspectos más formales de la escritura de esta literata, encontramos que
la organización y presentación de sus textos estaba muy ligada con el deseo de Mansilla de
entablar –o aparentar- una relación cercana con sus lectores. De esta manera, son frecuentes los
artículos redactados en forma de carta, destinados a personajes ficticios o personalidades
conocidas, pero que le dan un tono absolutamente intimista a la narración. En este sentido,
destacamos también que muchos recursos empleados por esta mujer de letras se corresponden
con aquellos utilizados por su hermano, Lucio V. Mansilla, como la autopercepción de sus
escritos como “charlas”, fijándose el lugar del lector como interlocutor por medio de un diálogo
que muchas veces se explicita con referencias directas, o la apelación constante al recurso de la
ironía.

Vimos, además, que uno de los atractivos de los artículos de Mansilla se vinculaba con
su estilo de escritura sencillo y despojado de artificiosidad, pegado muchas veces a los códigos
de la oralidad, pero que sin embargo resultaba igualmente armonioso, bello y pregnante. A
propósito de esta cuestión, destacamos que uno de los aspectos más atrayentes del modo de
narrar de esta autora se desprendía de esa cuota de espontaneidad, por decirlo de alguna manera,
que imprimía a todas sus intervenciones en la prensa periódica. Argumentamos, en este sentido,
que se trataba frecuentemente de una decisión consciente por parte de esta literata, que lograba
así captar la atención de sus lectores y mantener con ellos un vínculo más cercano.

Siguiendo con la idea anterior, advertimos que otro recurso muy explotado por la autora
fue la constante imbricación entre ficción y realidad en la que fundó muchos de sus textos,
articulando hábilmente elementos más literarios con otros más estrictamente periodísticos.
Señalamos, asimismo, que esta exploración estaba muy a tono con los cambios que estaba
atravesando el mundo de la prensa en esos años, sintetizando a prueba y error nuevas fórmulas
que trataran de combinar la provisión de información con elementos más lúdicos que cautivaran
la atención de los lectores.

En esta misma línea, subrayamos que la intención última de los escritos de Mansilla no
apuntaba únicamente a obtener la complicidad de sus interlocutores, sino que encontramos
también una marcada intención pedagógica, en algunos casos hasta moralizante. Como vimos,
también esta actitud se encontraba muy en sincronía con las tendencias generales de la época,
tensionada entre ese pasado que se intentaba superar y recuperar simultáneamente, y las

[91]
ansiedades, expectativas y temores que suscitaba el futuro, dando por resultado una serie
infinita de “manuales” personales que sirvieran como apoyo para afrontar esos delicados años
de la historia nacional y mundial, en los que lo único verdaderamente permanente parecía ser
el cambio. No llama la atención, entonces, que dentro de los principales tópicos explorados por
esta cronista se encontraran referencias al advenimiento de la modernidad, el lugar de la
religión, el rol de la mujer y la importancia de la patria, entre otras. Tal como apuntamos en el
segundo capítulo, los artículos publicados por Eduarda Mansilla en la prensa decimonónica
tenían una importante base “sociológica”, fundada principalmente en las observaciones de la
propia autora, es decir, un conocimiento más vinculado con la empiria que con la teoría.

En relación a la idea anterior, uno de los principales argumentos explicitados en el


capítulo II apuntaba al señalamiento de la importancia de la experiencia personal de la autora a
la hora de construir una voz propia como cronista. Destacábamos, en esta línea, la capacidad de
Mansilla para “atesorar sus impresiones” y, sobre todo, para transmitirlas al público por medio
de la palabra escrita. Como vimos, una de las particularidades más notables del posicionamiento
conquistado por esta escritora estaba muy ligada a la forma en que Eduarda se ubicaba frente a
muchos de los sucesos narrados, esto es, como protagonista y como testigo, simultáneamente.
Más aún, agregamos aquí que el rol fundamental de esta literata se vincula con esa destreza
absoluta que denota al momento de oficiar como una suerte de guía para sus lectores,
permitiéndoles sumergirse de lleno en esos universos tan lejanos y extraños, pero que ella
transforma por medio de su arte narrativa en entornos cercanos y familiares.

A propósito de esta cuestión, argumentamos más arriba que uno de los elementos más
seductores de la escritura de Mansilla se desprende de su enorme capacidad para oficiar como
mediadora, que se verifica no solamente por la habilidad que denota a la hora de plasmar sus
ideas en palabras e impregnarlas de una connotación específica para quién las lee, sino también
a partir de su destreza para erigirse como una suerte de puente entre su público y otras culturas,
geografías, contextos y épocas muy disímiles, anclados todos en su prodigiosa memoria que
por momentos pareciera infinita e inagotable. Como vimos, además, se trata de una cualidad
destacada por muchos de sus contemporáneos, desde Domingo F. Sarmiento hasta el Conde de
París.

[92]
Siguiendo con la idea anterior, señalamos también en el capítulo II la centralidad que
adquieren los datos biográficos de la autora a la hora de analizar este ejercicio de mediación
que describimos previamente. Destacamos, por un lado, cómo los recuerdos de la infancia la
unen inextricablemente con los nudos más significativos de la historia argentina, sobre todo
aquellos vinculados con el siempre idealizado proceso de Independencia, escena fundacional a
partir de la que se construye la memoria colectiva nacional y que Mansilla recupera a partir de
su linaje paterno. En este sentido, no deja de sorprender la ausencia de referencias a los años de
gobierno rosista que encontramos en los artículos periodísticos de la autora, más aún si se los
contrasta con los escritos de su hermano, Lucio V. Mansilla, en cuyas causeries fue moneda
corriente la alusión al “Restaurador de las leyes”. Por otro lado, apuntamos que el estilo de vida
nómada que desarrolla esta literata, en gran medida a causa de las actividades diplomáticas de
su marido, la exponen constantemente a nuevas culturas y geografías que ella posteriormente
ofrecerá a sus lectores. De alguna manera, podría decirse que este recorrido no es solamente
espacial y territorial, sino que también “temporal”, en el sentido de que le permite conocer
aquellos lugares donde se están inventando las nuevas prácticas de la modernidad, tanto en
términos tecnológicos como políticos, económicos y sociales.

Tal como analizamos en el capítulo III, la trayectoria vital de la autora, especialmente


los datos que se vinculan con su árbol genealógico, sirven también como primer punto de
aproximación a la condición de absoluta excepcionalidad en que se funda la caracterización de
Eduarda Mansilla ofrecida por la prensa decimonónica. Destacamos, en este sentido, la
singularidad de la familia Mansilla en el contexto de la élite porteña, y avanzamos la posibilidad
de que esta crianza particular haya sido uno de los factores explicativos del pasaje de niña a
mujer atípica que se registra en las conductas de esta escritora y en las apreciaciones de sus
coetáneos.

Sin embargo, el principal argumento desarrollado a lo largo del tercer capítulo del
presente trabajo parte de la hipótesis de que esta noción de excepcionalidad, más que un
producto de la subjetividad de quienes interactuaron con Mansilla a lo largo de su vida, es en
verdad el resultado de una autoconstrucción orquestada por la propia escritora, que le permite
encontrar un lugar de intervención propio dentro del universo periodístico finisecular. Se trató,
sin dudas, de un fenómeno de retroalimentación constante, canalizado por medio del diálogo

[93]
establecido entre Eduarda y su público, y magnificado asimismo a partir de la imagen
fragmentaria y caleidoscópica ofrecida por esta mujer/escritora/madre/cronista/patrona de las
artes/intelectual/dama de sociedad/novelista/esposa, etc.

Y es que, en efecto, la originalidad que encontramos en la escritura de Mansilla, que


como vimos en el capítulo II se manifiesta frecuentemente por medio de operaciones pendulares
y asociaciones que en un principio parecerían contradictorias, pero que ella normaliza al
volverlas parte constitutiva de su forma de narrar, se relaciona directamente con la singularidad
que se desprende de su imagen pública, en la que se combinan también elementos disímiles y
en principio cuasi contradictorios, -como el hecho de ser mujer y escritora- pero que Eduarda
combina con absoluta destreza, convirtiendo la excepción en obviedad. Como vimos, se trata
de una operación muy exitosa, que no solamente le permite a Mansilla hacer pie en el terreno
periodístico, sino que le concede una posición inigualable al consagrarla como una suerte de
“excepción que confirma la regla” en todos los ámbitos en los que incursiona, volviendo
imposible su clasificación dentro de compartimientos estancos.

En relación a esto, uno de los interrogantes que abríamos al comienzo de este trabajo se
vinculaba con la influencia de la inscripción social y el género a la hora de consagrarse como
escritora en la segunda mitad del siglo diecinueve. En esta línea, la mayor parte de la
bibliografía especializada apunta a las dificultades que debió enfrentar Eduarda Mansilla para
insertarse en el mundo de las letras, principalmente por ser mujer, pero también por las ataduras
acarreadas a partir de su condición de dama distinguida de la alta sociedad, que presupone no
solamente un conjunto de obligaciones a cumplir sino también de barreras que no se deberían
traspasar.

Sin embargo, a partir de los escritos periodísticos de la autora, y del perfil delineado
sobre su figura en los medios de la época, encontramos una visión de conjunto un tanto
diferente. Si, por un lado, observamos el amplísimo reconocimiento que recibió Eduarda
Mansilla como escritora, tanto por sus editores y lectores como por las personalidades más
distinguidas de la esfera cultural -nacional e internacional-, encontramos también que, al menos
en el terreno de la prensa, la literata pareciera haberse desenvuelto con mucha mayor soltura de
la que podría pensarse en un primer momento, ganándose un lugar como mujer de letras, y
haciendo de esta combinación una virtud.

[94]
Siguiendo con la idea anterior, puede argumentarse que la alternancia entre distintas
credenciales que le permiten el acceso a ciertos beneficios es sin dudas parte constitutiva de la
escritura de Mansilla, una de sus múltiples estrategias para construir una voz propia en el medio
periodístico. De esta manera, mujer y escritora conviven de manera armoniosa y sumamente
fructífera, de la misma manera que lo hacen esposa y novelista, madre y viajera, nacionalista y
cosmopolita, pasado y presente, tradición y modernidad: ningún desafío pareciera irrealizable
para Eduarda, única y multifacética.

Teniendo en cuenta todas estas cuestiones, llama la atención, sin dudas, el escaso
reconocimiento cosechado por Mansilla después de su muerte, especialmente si reparamos una
vez más en la posición de absoluto prestigio que le conferían sus contemporáneos. En este
sentido, resulta sumamente interesante que la mayor parte de la literatura apunte a su condición
de mujer como el motivo más convincente a la hora de explicar el olvido colectivo que parece
rodear los textos de esta escritora, una suerte de discriminación post-mortem que ignora por
completo el lugar de privilegio ocupado por Eduarda durante la segunda mitad del siglo
diecinueve.

Y es que hasta hace pocos años atrás Eduarda Mansilla era, en efecto, una escritora
prácticamente ignota, que no solo se encontraba al margen de los grandes intereses editoriales,
sino también por fuera del radar de la mayor parte de la crítica especializada -tradición que
habría comenzado a principios del siglo anterior de la mano de Ricardo Rojas y su organización
del canon literario nacional, en el que la literata apenas recibe una mención- . En este sentido,
es preciso notar que no es sino hasta fines de los años noventa cuando comienzan a reeditarse
algunos de sus textos, principalmente sus producciones literarias. Pero el verdadero esfuerzo
por recuperar la obra de esta autora llegará recién después del año 2007, cuando se publican
varios de los títulos firmados por Mansilla en la Colección Los Raros, de la Biblioteca Nacional-
Colihue, y se terminará de consolidar en el año 2011, cuando la editorial Corregidor la incluye
en sus Ediciones Académicas de la Literatura Argentina (EALA), publicando primero sus
Cuentos, acompañados de un extenso sistema de anotaciones a cargo de Hebe Molina, luego
sus Creaciones, con estudio crítico de Jimena Néspolo, y finalmente sus Escritos periodísticos
completos, introducidos por Marina L. Guidotti.

[95]
Evidentemente, la gran mayoría de las aproximaciones académicas a la vida y la obra
de esta escritora han sido impulsadas desde la perspectiva de los estudios de género. En un
primer momento, este curso de investigación fue propiciado por investigadoras de la academia
norteamericana, como Lily Sosa de Newton, Francine Masiello y Lea Fletcher, quienes
despertaron el interés por estas escrituras femeninas inexploradas en otras investigadoras
locales, como María Rosa Lojo, Gabriela Mizraje y Graciela Batticuore, entre otras.
Frecuentemente, este marco teórico sirvió como puntapié para analizar hasta qué punto la figura
de Eduarda Mansilla se adecuaba, o no, a los preceptos de “luchadora feminista”, rótulo
escurridizo frente al que la escritora parecía posicionarse más como la excepción que como la
norma.132 Otros abordajes más recientes, buscaron inscribir la obra de la autora y su análisis
correspondiente dentro de los preceptos dictados por alguna línea de teoría y crítica literaria,
como puede ser el estudio de Guidotti en torno a las “escrituras del yo”.

A diferencia de estas líneas de investigación, el trabajo aquí realizado propone otro tipo
de semblanza, que no parte de un marco teórico particular seleccionado a priori, sino de la
recuperación de la voz que Mansilla supo construir por medio de sus escritos periodísticos-y
también de la de sus contemporáneos-, con el objetivo de no limitar las múltiples
potencialidades de estas fuentes al encasillarlas bajo una grilla conceptual determinada. Se
propone, si se quiere, un recorrido inverso, en el sentido de que el objeto de estudio no es
aproximado con el fin último de encontrar, o no, ciertos elementos que permitan ordenarlo
dentro de unas estructuras de pensamiento preseleccionadas, sino que es indagado, en todo caso,
por el diálogo que establece con su propio contexto de producción.

En este sentido, y como destacamos ya varias veces a lo largo de este trabajo, uno de
los elementos principales que contribuyen al interés por la figura de Eduarda Mansilla como
escritora, en general, y sus artículos periodísticos, en particular, es la relevancia que le otorgaron
sus coetáneos. Como menciona Benedetta Craveri en su libro La cultura de la conversación, en
el que se dispone investigar la importancia de la palabra dentro del ámbito de sociabilidad
circunscripto a los salones organizados por mujeres en la Francia de los siglos XVII y XVIII,
los primeros en otorgarle a estas figuras femeninas – les salonnieres- una función arquetípica

132
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición, introducción y notas a
cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015, p.12

[96]
fueron, sin duda alguna, sus propios contemporáneos, algo que a los ojos de la investigadora
justifica con creces ese primer acercamiento e interés despertado pasados ya más de dos
siglos.133

Si bien la obra de Craveri se ocupa de un tópico y un período absolutamente diferentes


a los explorados en este trabajo, lo cierto es que ciertos lineamientos pueden servir también para
enriquecer nuestra investigación, sobre todo a partir de la centralidad que adquiere el (saber)
“decir” dentro de la sociedad, y la relación que se establece entre las mujeres y el arte de la
palabra. Asimismo, es preciso destacar que, si como menciona la autora, el espacio para la
“conversación mundana” se fue convirtiendo cada vez más en un lugar de debate intelectual y
político a medida que el Antiguo Régimen experimentaba una separación cada vez mayor entre
la sociedad civil y la esfera política, vimos que un fenómeno similar comenzó a operar en la
Argentina a mediados del siglo XIX, cuando se inaugura el proceso de autonomización de la
sociedad civil, que ya no pasará únicamente por reuniones que se ubican en el límite entre lo
público y lo privado, sino que se desarrollará cada vez en el terreno de la prensa escrita.

Pero, sobre todo, la visión que ofrece Craveri nos permite re-pensar muchas de las
características de la escritura de Mansilla. Si bien la investigadora italiana afirma que el mundo
que ella describe se agota con la Revolución de 1879, lo cierto es que es posible asociar muchos
elementos atribuidos a la “cultura de la conversación” con el desempeño tanto público como
profesional de Eduarda, permitiéndonos enfatizar nuevamente la importancia de la experiencia
de la escritora argentina, esta vez no solamente como una fuente de información a la que recurre
a la hora de redactar sus artículos, sino también en un sentido formativo, puesto que como
mencionamos previamente, Mansilla reside varios años en la Francia gobernada bajo el imperio
de Napoleón III, concurriendo a los salones más prestigiosos de la época.

“(…) la naturalidad, la sencillez, el tacto, un modo de expresarse claro y elegante, un


espíritu vivo y penetrante, la capacidad de contar y, sobre todo, el savoir vivre”134, sin dudas,
esta enumeración podría responder tranquilamente a las características que observamos en el
capítulo II respecto de los rasgos más prominentes del modo de escribir de Eduarda Mansilla,
y sin embargo responden, en realidad, a una descripción de las cualidades que debía ostentar

133
Craveri, Benedetta, La cultura de la conversación, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004, p.22
134
Ídem, p. 367

[97]
una salonnier francesa para ser considerada como tal. Es notable, en este sentido, la definición
que se ofrece en el libro de Craveri a propósito del término savoir vivre, connotado como “el
estudio de los usos y las costumbres, (que) en el conocimiento de los hombres, y en especial de
las mujeres, demostraba ser profunda y capaz de impartir buenas lecciones”. Como vimos, es
ésta una de las particularidades más destacadas de los artículos periodísticos de Mansilla, esto
es, su capacidad para observar y reflexionar sobre la sociedad, ofreciendo finalmente agudos y
detallados “cuadros de costumbres” para sus lectores.

De manera similar, Craveri destaca que una de las características centrales a este ideal
de conversación forjado en el siglo XVII es la habilidad para conjugar la búsqueda de la verdad
con la tolerancia, la elegancia con el placer y, sobre todo, la ligereza con la profundidad,
agregando también a esta sumatoria la celosa coexistencia entre la pasión por la novedad y el
sentido de tradición aristocrática, el apego a las formas y el respeto por las costumbres del
pasado. Nuevamente, se trata de elementos de los que muy fácilmente podríamos servirnos para
realizar una descripción de los escritos analizados a lo largo de este trabajo. Más aún si
reparamos en la importancia que adquiría el “arte de burlarse con ingenio y gastar bromas con
finura” –connotado bajo la nomenclatura rallerie-, pero también la predisposición para sostener
conversaciones serias, y especialmente aquellas direccionadas en un sentido pedagógico,
frecuentemente asociado a las capacidades femeninas.

Conviene observar, en esta misma línea, que uno de los rasgos más señalados al explicar
el éxito –o fracaso- de una salonnier se vinculaba con su capacidad para demostrar que obraba
de manera ‘espontánea’, aunque se tratara de una espontaneidad prefabricada, dato que Craveri
incorpora para ilustrar ese equilibrio entre “instinto y cultura” que prodigaban estas damas
francesas, y puede compararse con la observación de Sarmiento respecto de la amalgama entre
“espontaneidad e ilustración” que sabía inspirar Eduarda Mansilla. “Lo singular es que nadie
advierta el esfuerzo que debo hacer para parecer lo que los demás piensan que realmente soy”,
advierte Madmoiselle de Lespinasse, pero bien podría haberse tratado de una cita de la escritora
argentina nacida casi un siglo después que, como vimos, fue artífice de su propia personalidad
pública, muy vinculada con la noción de excepcionalidad.

[98]
Siguiendo a Craveri, encontramos que “para gustar hacía falta, antes que nada, <conocer
el mundo>, lo que significaba dar a cada cual lo que le correspondía”135, afirmación que la
autora ofrece en relación al poder encantador de la conversación mundana proferida por estas
damas del Antiguo Régimen. Evidentemente, este es un rasgo que se advierte muy claramente
en los artículos periodísticos de Mansilla, y refuerza nuevamente la relevancia de la experiencia
formativa de la autora, para quién los viajes realizados a lo largo de toda su vida no solamente
sirvieron como fuente de inspiración a la hora de escribir, sino que le garantizaron la posibilidad
de “conocer el mundo”, en un sentido que por supuesto no es únicamente geográfico, sino que
se vincula con la capacidad para relacionarse con personalidades muy diversas y adquirir ese
arte del buen trato, tan característico de lo que se conoce como la politesse francesa. En este
sentido, mencionamos más de una vez a lo largo de este trabajo la inigualable capacidad de
Eduarda para pronunciarse sobre tópicos muy diversos, así como también su astucia para
alternar entre sus distintas credenciales según la ocasión y conseguir de esta forma involucrar
“a todos en el placer del juego” o, en este caso, de la lectura.

De alguna manera, podría afirmarse que Mansilla logra muy eficazmente trasladar esos
elementos constitutivos de la “conversación mundana” a sus artículos periodísticos, algo que
se refuerza si notamos nuevamente cómo muchos de sus escritos estaban organizados en forma
de “charlas”, en las que la voluntad de agradar y la seducción del lector jugaban un papel
fundamental. Por supuesto, no estamos sugiriendo aquí que se trate de una operación
premeditada por la autora, sino más bien que podría leerse como un clima de época, una
tendencia que, aunque en los términos descriptos por Craveri se clausura hacia fines del siglo
XVIII, se mantiene sin embargo en algunas conductas observables en mujeres como Eduarda
Mansilla, quién, al igual que las salonnieres francesas, logra abrirse paso en un mundo de
varones e imponer sus propias reglas por medio del uso de la palabra.

No sorprende, entonces, que Mansilla haya sido tan frecuentemente comparada con
quién ocupe quizá el lugar de máxima autoridad correspondiente a las letras francesas
femeninas del siglo XVIII, Anne-Louise Germaine Necker, más conocida como Madame de
Staël. De acuerdo con Craveri, la pequeña Germaine había sido criada por su madre con todas
las herramientas necesarias para convertirse en una salonnier de primer nivel, pero con el paso

135
Ídem, p.409

[99]
del tiempo, su progenitora comprobaría cada vez más que su hija “se parece cada vez menos a
la criatura perfecta con la que había soñado, convirtiéndose en un ser francamente
extraordinario, es decir, en un ser del todo atípico: era imposible resistirse a la fuerza
cautivadora de su inteligencia, a la intensidad de sus emociones, al encanto de sus palabras,
pero también era imposible poner freno a su insaciable deseo de aprovechar todas las
oportunidades de la vida.”136

En un primer nivel de análisis, podría argumentarse que Eduarda, al igual que Germaine,
se desarrolla por fuera de los parámetros impuestos desde la cuna, el apellido y el género,
rehusándose a circunscribir el uso de la palabra únicamente al ámbito de la oralidad, y buscando
enfáticamente constituirse como escritora. Pero resulta también muy interesante atender a que,
quizá, lo verdaderamente extraordinario en relación a la figura de Eduarda Mansilla sea, como
en el caso de Madame de Staël, ese “insaciable deseo de aprovechar todas las oportunidades de
la vida”, que le valió tanto reconocimiento por parte de sus contemporáneos, pero despertó
también una sensación de sorpresa e incertidumbre en los investigadores que se ocuparon de su
obra, especialmente si se tiene en cuenta que esta múltiple inserción tanto a nivel personal como
profesional volvía extremadamente difícil su catalogación. Y es que, en verdad, Mansilla no se
opone al “deber ser” característico de la época – que podría reducirse al ser hija, madre y esposa
de-, sino que lo incorpora y lo trasciende, lo toma como una “oportunidad” más que no va a
dejar pasar, pero que combinará con muchas otras, modificando las reglas de juego según su
conveniencia y apoyándose en el valor de su excepcionalidad.

Evidentemente, queda todavía un largo camino por recorrer hasta alcanzar una
aproximación más o menos comprehensiva de la vida y la obra de esta escritora decimonónica,
para quién no contamos siquiera con una biografía publicada. Dentro de este marco, el presente
trabajo no pretendió de ninguna manera avanzar un análisis exhaustivo ni definitivo, sino que,
por el contrario, buscó ofrecer una de las tantas miradas posibles a partir de la puesta en diálogo
de los escritos periodísticos de la autora, su trayecto vital, y el particular contexto en que ambos
se inscriben, con el objetivo último de echar luz sobre estos fenómenos, pero, por sobre todo,

136
Ídem, p.438-439

[100]
de invitar a la reflexión, abrir nuevos interrogantes, y motivar cursos de investigación
alternativos que contribuyan a la expansión del conocimiento y, especialmente, a reconstruir la
voz de Eduarda Mansilla, que se proyecta desde el silencio en letras de molde.

[101]
Bibliografía

Altamirano, Carlos (dir.) y Jorge Myers (Ed.) Historia de los intelectuales en América Latina.
La ciudad letrada, e la conquista al modernismo, Buenos Aires, Katz Editores, 2008

Altamirano, Carlos y Sarlo, Beatriz, Conceptos de sociología literaria, Buenos Aires, Centro
Editor de América Latina ,1980

Altamirano, Carlos, Para un programa de historia intelectual y otros ensayos, Buenos Aires,
Siglo XXI Editores, 2005

Auza, Néstor Tomás, Periodismo y feminismo en la Argentina 1830-1930, Buenos Aires,


Emecé Editores, 1988

Batticuore, Graciela, La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina: 1830-


1870. Buenos Aires, Edhasa, 2005

Beatriz Bragoni y Eduardo Míguez (Comp.), Un nuevo orden político. Provincias y estado
nacional 1852-1880, Buenos Aires, Prometeo, 2010

Bertoni, Lilia Ana, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad


argentina a fines del siglo XIX, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001

Bonaudo, Marta (comp.), Nueva Historia Argentina. Tomo IV: Liberalismo, Estado y orden
burgués (1852-1880), Sudamericana, Buenos Aires, 2007

Botana, Natalio, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires,
Edhasa, 1977

[102]
Bruno, Paula (Coord.), Visitas culturales en la Argentina (1898-1936), Buenos Aires, Biblos,
2014

Bruno, Paula (Dir.), Sociabilidades y Vida Cultural, Buenos Aires, 1860-1930, Buenos Aires,
Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2014

Bruno, Paula, “La vida letrada porteña entre 1860 y el fin-de-siglo. Coordenadas para un mapa
de la elite intelectual”, Anuario IEHS, 24, 2009

Bruno, Paula, “Lecturas de Miguel Cané sobre la función de la prensa en las sociedades
modernas”, en Cuadernos Americanos, nro. 123, 2008

Bruno, Paula, “Un balance acerca del uso de la expresión generación del 80 entre 1920 y 2000”,
http://www.academia.edu/7022198/_Un_balance_acerca_del_uso_de_la_expresi%C3%B3n_
generaci%C3%B3n_del_80_entre_1920_y_2000_

Bruno, Paula, Pioneros culturales de la Argentina. Biografías de una época, 1860-1910,


Buenos Aires, SXXI, 2011

Craveri, Benedetta, La cultura de la conversación, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica,


2004

Cutolo, Vicente Osvaldo, Nuevo Diccionario Biográfico Argentino (1750-1930), Tomo IV,
Buenos Aires, Elche, 1968-1985

Devoto, Fernando, Historia de la Inmigración en la Argentina, Buenos Aires, Sudamericana,


2003

Di Stefano, Roberto y Zanatta, Loris, Historia de la Iglesia Argentina. Desde la conquista hasta
fines del siglo XX, Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 2000

[103]
González Bernaldo de Quirós, Pilar, Civilidad y Política en los orígenes de la nación argentina.
Las sociabilidades en Buenos Aires, 1829-1862, Buenos Aires, FCE, 2002

Halperín Donghi, Tulio, El espejo de la historia. Problemas argentinos y perspectivas


latinoamericanas, Buenos Aires, Sudamericana, 1987

Halperín Donghi, Tulio, José Hernández y sus mundos, Buenos Aires, Editorial Sudamericana,
1985

Halperín Donghi, Tulio, Una nación para el desierto argentino, Buenos Aires, Prometeo
Libros, 2005

Laera, Alejandra (dir.) Historia crítica de la literatura argentina, Volumen III: El brote de los
géneros, Buenos Aires, Emecé Editores, 2010

Lojo, María Rosa, “Eduarda Mansilla, la traducción rebelde”, Feminaria Literaria, Año XII,
N° 19, Abril 2007

Lojo, María Rosa, “La importancia de llamarse Eduarda”, 25 de diciembre de 2016,


http://www.eduardamansilla.com/

Losada, Leandro, La alta sociedad en la Buenos Aires de la Belle Époque. Sociabilidades,


estilos de vida e identidades, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008

Malosetti Costa, Laura, Los primeros modernos. Arte y sociedad en Buenos Aires a fin del siglo
XIX, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001

Mansilla de García, Eduarda, Creaciones (1883), Edición, introducción y notas a cargo de


Jimena Néspolo, Buenos Aires, Corregidor, 2015

[104]
Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición,
introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015

Masiello, Francine, La mujer y el espacio público. El periodismo femenino en la Argentina del


siglo XIX, Buenos Aires, Feminaria, 1994

Mizraje, María Gabriela, Argentinas de Rosas a Perón, Buenos Aires, Biblos, 1999

Moya, José C., Primos y extranjeros: La inmigración española en Buenos Aires, 1850-1930,
Buenos Aires, Emecé, 2004

Neiburg, Federico y Plotkin, Mariano (Comps.), Intelectuales y expertos. La constitución del


conocimiento social en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 2004

Oszlak, Oscar, La formación del estado argentino, Buenos Aires, Red Federal de Formación
Docente Continua, Ministerio de Cultura y Educación de la Nación, 1999

Prieto, Adolfo, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires,


Siglo XXI Editores, 2006

Quesada, Ernesto, “El periodismo argentino (1877-1883)”, 1883

Ramos, Julio, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el


siglo XIX, Caracas, El perro y la rana, 2009

Romero, José Luis, La experiencia argentina y otros ensayos, Buenos Aires, Taurus, 2004
Sabato, Hilda, La política en las calles. Entre el voto y la movilización, Buenos Aires 1862-
1880, Buenos Aires, Sudamericana, 1998

Sosa de Newton, Lily, Diccionario biográfico de mujeres argentinas, Buenos Aires, Plus Ultra,
1980

Terán, Oscar, Vida intelectual en el Buenos Aires de fin-de-siglo (1880-1910). Derivas de la


cultura científica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2000

[105]
Viñas, David, Literatura argentina y política. I. De los jacobinos porteños a la bohemia
anarquista, Buenos Aires, Santiago Arcos Editor, 2005

[106]
Fuentes

-Mansilla de García, Eduarda, Escritos periodísticos completos (1860-1892), Edición,


introducción y notas a cargo de Marina L. Guidotti, Buenos Aires, Corregidor, 2015

-La Voz de la Iglesia, 21 de Diciembre de 1892, Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

-La Tribuna, 21 de Diciembre de 1892, Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

-La Prensa, 22 de Diciembre de 1892, Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

[107]

También podría gustarte