Frenk
Frenk
es
ACTAS DEL I I I CONGRESO
DE LA
ASOCIACIÓN HISPÁNICA DE LITERATURA MEDIEVAL
(Salamanca, 3 al 6 de octubre de 1989)
Edición al cuidado de
María Isabel Toro Pascua
Tomo I
SALAMANCA
1994
www.ahlm.es
Margit FRENK
Universidad Nacional Autónoma de México
Dicen que la cabra tira al monte. He querido volver a hablar hoy de la lírica
popular medieval, de aquellos cantarcillos que durante siglos, antes de que fueran
puestos por escrito en el Renacimiento, entretuvieron a la gente humilde mientras
trabajaba y mientras descansaba. Tengo frente a mí el Corpus en que han quedado
reunidos los textos que encontré en fuentes de los siglos XV a XVII'. No se me
oculta que esos textos constituyen apenas una parte de lo que eran los cantares:
falta su música, falta su contexto. Sé también de sobra que han pasado por varios
filtros: el de la escritura, el de la cultura aristocrática y urbana que los acogió, el de
los poetas y dramaturgos que los usaron a su arbitrio. Aún así - y esto me resulta
cada vez más evidente-, revelan un mundo imaginativo muy peculiar, distinto de
cuantos lo rodean en el tiempo y el espacio, y dejan entrever ciertas formas de
sensibilidad, ciertas maneras especiales de sentir el mundo, que no pueden ser sino
las de la cultura popular a la que pertenecieron.
Coincido con quienes consideran como un factor fundamental de toda
cultura popular su diferencia con respecto a la cultura «culta» contemporánea, su
contraste, deliberado o no, con la cultura oficial y dominante. Ante ésta, que se
considera a sí misma como la única váfida, autorizada, universal, la cultura popular
resulta «contestataria», en el sentido de que le contrapone un sistema distinto y,
hasta cierto punto, autónomo. Coincido, pues, con Lombardi Satriani^, para el cual,
' Margit Frenk, Corpus de la antigua lírica popular hispánica. Siglos XV a XVII, Madrid: Castalia,
1987.
2 L. M. Lombardi Satriani, Apropiación y destrucción de la cultura de las clases subalternas,
trad. E. Molina, México: Nueva Imagen, 1978, pág. 28; cf. págs. 18-22, passim. Según Michel de
Certeau, L'invention du quotidien. I. Arts de faire, Paris: Union Générale d'Éditions, 1980, pág. 71,
la cultura «popular» implica, entre otras cosas, «une éthique de la ténacité (mille manières de refuser à
l'ordre établi le statut de loi, de sens ou de fatalité)». Ver también Jacques Revel, «La culture
populaire: sur les usages et les abus d ' u n outil historiographique», en Culturas populares.
Diferencias, divergencias, conflictos, Madrid: Casa de Velazquez y Universidad Complutense, 1986,
págs. 2 2 3 - 2 3 9 , en especial, 235-236. El hecho de hablar de una caracterfstica general de las culturas
populares no implica considerarlas intemporales, ahistóricas, como lo hacen ciertos etnógrafos e
historiadores (cf. R e v e l , art. cit., págs. 2 2 6 - 2 2 9 ) . Por lo contrario, se trata de f e n ó m e n o s
estrictamente históricos. Sobre los contrastes entre la lírica popular y la aristocrática en la Edad
Media he abundado en «Poesía aristocrática y lírica popular en la Edad M e d i a española», en
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«ya con su sola existencia, [...] los valores folklóricos muestran los límites de la
universalidad de los valores 'oficiales'».
Entre ambos sistemas de valores siempre existen, en efecto, diferencias muy
profundas, que articulan comportamientos y actitudes igualmente diferentes y no
pocas veces incompatibles. Al mismo tiempo, ninguno de los dos mundos existe
independientemente del otro; a lo largo de los siglos se van produciendo entre
ellos, en ambas direcciones, influencias, mezclas, sincretismos, de muy diversa
índole. Por eso suele decirse que la cultura popular tiene una autonomía relativa
con respecto a la cultura hegemónica.
Lo que hoy quisiera hacer es empezar a ver la lírica popular de la Edad
Media hispánica en su relativa autonomía, en ciertas diferencias radicales con
respecto a la lírica aristocrática contemporánea, que en aquel tiempo era la única
considerada válida como poesía. Espero que, sin que sea necesario estar
comparando, resulten evidentes las diferencias y, con ellas, pues, la identidad del
cancionero popular medieval, parte importante de la cultura en cuyo seno se
produce y se reproduce. Esta cultura es, sin duda, la de los habitantes del campo
durante la Edad Media (no podemos, por ahora, precisar las fechas). Parece, en
efecto, que el «pueblo» de esa lírica medieval estaba constituido, básicamente, por
las masas rurales, que trabajaban en la agricultura y el pastoreo y, de manera
complementaria, en ciertas artesanías y actividades comerciales.
Aclaro que en modo alguno considero la poesía popular como un «reflejo»
de la vida del pueblo y que, por lo tanto, no pienso que entre esa poesía y la
realidad tenga que haber necesariamente una re ación directa, de causa y efecto.
Las relaciones entre ambas son siempre de muy distintos tipos, y siempre son
complejas.
En los cantares protagonizados por campesinos, por pastores, artesanos,
vendedores, ciertamente podemos reconocer elementos de la vida cotidiana rural.
Aquí, y en otros cantares, puede haber una cierta «cercanía» entre la poesía popular
y su entorno. Pero incluso las canciones muy cercanas a la vida diaria tendrían
dimensiones que iban más allá de la realidad y que se conectaban con ella por vías
indirectas y sutiles. En efecto, son éstas las dimensiones que, creo yo, predominan
en el conjunto del cancionero, y son ellas las que quisiera comenzar a explorar
ahora. Voy a centrarme en dos aspectos entrelazados: el protagonismo de la figura
femenina y ciertas manifestaciones de la comicidad popular.
Entre la lírica popular hispánica de la Edad Media y la poesía de las clases
dominantes el rasgo diferenciador más notable y asombroso es, sin duda, la
presencia, en la primera, de la voz femenina. Se trata, por supuesto, de un hecho
bien conocido y además no exclusivo de la Península ibérica^. Lo que nos importa
Heterodoxia y ortodoxia medieval (Actas cíe las Segundas Jornadas Medievales), coord. Concepción
Abellán y otros, México: UNAM, 1992, págs. 1-19.
^ Sobre esto es muchísimo lo que se ha escrito; remito a la bibliografía citada en mi libro Las
jarclias mozárabes y los comienzos de la lírica románica, 1" reimpr., México: El Colegio de México,
1985, en especial, págs. 78-82, y al libro de Ria Lemaire cit. infra, nota 10. Dice Lombardi Satriani,
op. cit., pág. 32, pensando evidentemente en Italia, que «en el folklore tradicional encontramos
expresados la mayor parte de las veces valores masculinos» y sólo rara vez los femeninos (lo mismo
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ahora es tratar de ver los alcances de esa voz de mujer que se contrapone a la voz
de hombre que monopoliza la lírica cortesana paneuropea; apreciar cómo esa voz
expresa una serie de actitudes que, a la luz de las leyes y normas que rigen a la
sociedad de entonces, resultan anómalas o incluso francamente subversivas.
Necesitamos conocer las leyes y normas de la España medieval en lo que se
refiere, en general, a las mujeres y, más precisamente, saber algo sobre la
condición de las campesinas y de todas las mujeres humildes. Investigaciones
recientes nos han revelado cosas interesantes al respecto. Sabemos - y aquí no
puedo sino hablar a grandes r a s g o s - que las mujeres campesinas participaban
activamente en los trabajos del campo y que, como lo hacían también muchas
mujeres humildes de las ciudades, solían intervenir en ciertas artesanías y en el
pequeño comercio. Este papel que desempeñaban en la producción^, esta
contribución a la economía familiar, y las exigencias mismas de las actividades que
realizaban, daban a las mujeres del pueblo una cierta libertad de la que no
gozaban las pertenecientes a las clases superiores-''. Al mismo tiempo, era ésta una
libertad limitada, decididamente muy inferior a la que tenían los hombres del
mismo estrato social. En el seno de la familia - y aquí sí que no había distinciones
entre los estratos- las mujeres solteras estaban supeditadas al padre; las casadas, al
marido®.
ocurre en la poesía popular española desde el siglo x v i i i ) . Dice también que «si el folklore
constituyese en cada caso la voz de todas las categorías posibles de dominados, deberíamos encontrar
en él también, por ejemplo, la voz de las mujeres, su protesta contra los hombres, sus dominadores».
Como veremos, en la lírica hispánica de la Edad Media, la protesta de las mujeres no es
primordialmente contra los hombres. Remito a mi ponencia «La canción popular femenina en el
Siglo de Oro», que deberá aparecer pronto en las Actas del I Congreso Anglo-Hispano (Huelva,
marzo 1992).
Cf. Alexandra Kollontai, Mujer, historia y sociedad. Sobre la liberación de la mujer, trad. M.
Lenard, introd. J. Heinen, Barcelona: Fontamara, 1982, pág. 107: «En todos los periodos remotos
del desarrollo económico, el papel de la mujer en la sociedad y sus derechos dependían de su posición
en la producción». Cf. Eileen Power, Mujeres medievales, trad. C. Graves, Madrid: Ediciones
Encuentro, 1979; Regine Pernoud, La mujer en el tiempo de las catedrales, trad. Marta Vassallo,
Buenos Aires: Cranica, 1987; Mercedes Borrero Fernández, «El trabajo de la mujer en el mundo rural
sevillano durante la baja Edad Media», en Las mujeres medievales y su ámbito jurídico. Actas de las //
Jornadas de Investigación Interdisciplinaria. Madrid: Seminario de Estudios de la M u j e r y
Universidad Autónoma, 1984, págs. 191-199.
^ Sobre todo esto véase, para el Occidente medieval, A. Kollontai, op. cit., págs. 91-106. Para
la Península ibérica: Cristina Segura, Las mujeres en el medievo hispano, Madrid: Marcial Pons,
1984 (principalmente págs. 36, 4 0 ^ 1 ) ; varios estudios en Las mujeres en las ciudades medievales.
Actas de las III Jornadas de investigación interdisciplinaria sobre la mujer, Madrid: Seminario de
Estudios de la Mujer y Universidad Autónoma, 1984 (por ejemplo, el de A. Domínguez Ortiz); otros,
en el citado libro Las mujeres medievales y su ámbito jurídico..., y en La condición de la mujer en la
Edad Media. Actas del Coloquio celebrado en la Casa de Velazquez... 1984, Madrid: Casa de Velázquez
y Universidad Complutense, 1986.
® Cf. A. Kollontai, op. cit., pág. 93; C. Segura, op. cit., pág. 16.
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^ Cf. Heath Dillard, «Women in Reconquest Castile: The Fueros of Sepúlveda and Cuenca», en
S. Mosher Stuard, ed., Women in Medieval Society, [Philadelphia]: The University of Pennsylvania
Press, 1976, pág. 85.
^ Cf. C. Segura, «Situación jurídica y realidad social de casadas y viudas en el medievo hispano
(Andalucía)», en La condición de la mujer, op. cit., págs. 123, 125, y su trabajo en Las mujeres
medievales, op. cit., pág. 33.
® Cf. Reyna Pastor, «Para una historia social de la mujer hispano-medieval. Problemática y
puntos de vista», en La condición de la mujer, op. cit., pág. 204.
Ria Lemaire, Passions et positions. Contribution a une sémiotique du sujet dans la poésie
lyrique médiévale en langues romances, Amsterdam: Rodopi, 1987, págs. 126-160; la cita, pág. 137
(traducción mía). Lemaire se refiere a las cantigas de amigo gallego-portuguesas, con las cuales
nuestras canciones comparten, entre otras cosas, muchos de esos símbolos (véanse los estudios de
Eugenio Asensio, Paula Olinger, Egla Morales Blouin, Vicente Beltrán, Alan Deyermond, etc.). Ver
ahora Margit Frenk, Symbolism in Old Spanish Folk Songs, Londres: Queen Mary and Westfield
College, 1993.
' ' Cf. el interesante artículo de Consuelo Arias, «El espacio femenino en tres obras del
medioevo español: de la reclusión a la transgresión», La Torre. Revista de la Universidad de Puerto
Rico, Nueva época, I (1987), págs. 365-388. Estudia el espacio de la mujer en el Poema de Mio Cid
(«el lugar cerrado y protegido», pág. 369) y en el Libro de buen amor y La Celestina («apertura del
espacio interior femenino a los elememtos exteriores, masculinos y mundanos», apertura vista como
«transgresión de la norma social», loe. cit.).
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movimiento. En medio de esos dos ámbitos opuestos, un espacio «puente» que los
enlaza.
Observémoslo de cerca. Alguna vez la mujer es vista, o se ve a sí misma,
como un castillo o una torre'2, y se queja de ser vigilada («Aguardan a mí, / nunca
tales guardas vi», 153). Pero más características, por más frecuentes, son las
canciones que nos muestran a la muchacha esperando, p a s i v a ' e n un lugar no
especificado que obviamente es la casa: la canción de Melibea («... cómo espero
aquí asentada», 570) y todas las versiones sobre el pastorcito que no viene ( 5 6 8 -
569); el «¿cómo no venís, amigo?» (573), el «agora no venides, non» (574). Junto
a esa espera pasiva y frustrada, hay también, aunque menos, la invitación, dulce o
imperativa, hecha desde la casa: «Al alba venid, buen amigo...» (452), «por aquí
daréis la vuelta... / si no, me muero» (433). Es la joven encerrada, cautiva, como
nos la pintan la literatura y tantos textos sobre la mujer en la Edad Media.
En el otro extremo, mucho más representado en el Corpus, está la muchacha
al aire libre, trabajando u ociosa, en el campo, en la tierra de cultivo, la huerta, el
monte, la sierra, la peña, a las orillas del mar o del río, junto a la fuente, en la aldea
o la villa, en la calle'''. Y esa muchacha es presentada en continuo movimiento,
como, por cierto, también ocurre en las cantigas de amigo gallego-portuguesas'^.
Las tres morillas «iban a coger olivas» (16 B), «En el monte anda la niña» (20),
«De velar viene la niña» (21):
O en estilo directo:
«¡Castillo, dáteme, date!, / si no, yo dart'é combate» (405 B, o «¡Torre de la niña, y date!...»,
405 A), «No me llamen castillo fuerte...» (859), «...llamadme castillo de dolores» («...de fortuna»,
858). Los números entre paréntesis, a lo largo de este trabajo, remiten al citado Corpus de la antigua
lírica popidar hispánica.
Cf. C. Arias, art. cit.: en el Poema de Mío Cid, «la función de los personajes femeninos es
fundamentalmente la espera, actividad pasiva por excelencia...» (pág. 373).
^^ Algunos ejemplos: «En el campo la galana... vi» (74), «En la huerta... / quiérome ir allá» (8),
«entré en la siega» (137), «la moga guardava la viña» (7), «guardando el ganado / la color perdí»
(139), «Ribera de un río / vi m o f a virgo» (353 B), «En la peña... duerme la niña...» (19), «Criéme en
aldea« (141), «Dícenme que tengo amiga / de dentro de aquesta villa» (67), «No me habléis, conde, /
d'amor en la calle / catá que os dirá mal, / conde, la mi madre. // Mañana yré, conde, / a lavar al río; /
allá me tenéis, conde, / a vuestro servicio.» (390) (cf Libro de buen amor, vv. 6 6 8 b - d : «avet por
bien que vos fable allí so aquel portal; / non nos vean aquí todos los que andan por la cal; / aquí vos
fablé uno, allí vos fablaré ál»). Alguna vez aparece la mujer en el espacio urbano: «De los álamos de
Sevilla, / de ver a mi linda amiga» (309 B), «Fátima..., levaros he a Sevilla» (458), «Tres morillas...
/ en Jaén» (16 B), «Mogas de Toledo» (896).
R. Lemaire, op. cit., págs. 105-106, p a i j í / n .
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Zagaleja, ¡ola!,
díme dónde vas... (1001)
Yo me iba, mi madre
a la romería... (313)
Véndeme y viniendo
a las mis vacas... (1645 B)
etc., etc. O sea, la muchacha sale, camina, pero también regresa a su centro, a su
casa.
Desde ahí, cuando está encerrada, construye eso que he llamado un «puente»
hacia el exterior: la niña mira la puerta, piensa en la puerta (y en el hombre que va
a pasar por ella):
Llaman a la puerta,
y espero yo a mi amor... (292)
No me toquéis al aldaba,
que no soy enamorada (696).
Anoche, amor,
os estuve esperando,
la puerta abierta,
candelas quemando... (661)
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O al r e v é s :
Sirven además para que la mujer exprese su amor o su desamor; cada vez que los
alza enamora a su galán:
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Ojos de la mi señora,
¿y vos qué avedes?
¿Por qué vos abaxades
quando me veedes? (367)
También la puerta de los ojos puede, o no, ser franqueada, en este caso, por el ver
y el mirar:
' ^ Amours légitimes, amours illégitimes en Espagne (xyf-xvif siècles). Colloque International
(Sorbonne, ... 1984), Paris: Publications de la Sorbonne, 1985, pág. 101 (en la discusión). Cf. C.
Arias, art. cit., pág. 377: «En el Libro de buen amor y en La Celestina [...] se modela un mundo cuya
organización social es relativamente libre y permisiva [...]. La ciudad proporciona posibilidades de
movimiento que no existen en la sociedad rural. Por ejemplo, la visita, el mercado, la vida callejera y
el vivir en cierta proximidad facilitan nuevas formas de relaciones interpersonales».
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En el lago te tengo,
paloma torcaz,
en el lago te tengo,
que no te me irás (406),
No te creo, el cavallero,
no te creo (664),
Non te lo consintreo,
Mateo (695),
afuera dormirás,
que no comigo (713),
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vida, desenfado, malicia, abierta picardía»'^. Así, pues, frente a la familia que la
vigila y la reprime, la muchacha no se cansa de exclamar en tono jubiloso:
Si no me cassan ogafio,
yo me yré con un frayre otro año (205),
Madre, la mi madre,
guardas me ponéys:
que si yo no me guardo,
mal me guardaréys (152);
y la burla risueña:
Pero incluso la casada tiene, en esa poesía, la posibilidad de liberarse a través del
adulterio (volveremos sobre él en un instante): «Soy... malmaridada», pero
Margit Frenk, «Amores tristes y amores gozosos en la antigua lírica popular». Revista
Canadiense de Estudios Hispánicos, 15 (1991), págs. 379-384.
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Quiérole, madre,
tanto le quiero,
quiérole tanto,
que d'amores muero (272).
¿Es que había una gran diferencia entre las posibilidades de la muchacha humilde
y las de la encumbrada? ¿O es que aquélla, al cantar, rebasaba continuamente los
límites de su realidad? Por mi parte, como se habrá visto, tiendo a la segunda
interpretación.
La voz de la mujer (sobre la cual hay tanto que decir todavía) es, entonces,
un elemento muy peculiar de la poesía que cantaban las campesinas y los
campesinos en la Edad Media española. Quisiera citar aquí unas palabras de
François Delpech a propósito de la cultura popular: «Por una parte hay afirmación
de una identidad por la práctica sistemática de la diferencia, de la inversión de las
formas recibidas. Por otra parte hay promoción de cierto 'retorno a lo reprimido'
(es decir, a todo aquello a lo cual la cultura oficial rehusa la p a l a b r a ) . . . » 2 6 . Hemos
visto hasta qué punto la inversión de los valores dominantes y la expresión de lo
que calla la cultura oficial están presentes en las canciones de mujer. Veamos
ahora, brevemente, cómo lo están también en el ámbito, emparentado, de la
tradición cómica popular.
Aquí, por supuesto, sigue siendo decisivo el estudio de Mijail Bajtín sobre
Rabelais. Resulta, en verdad, sorprendente hasta qué punto ciertos materiales del
Corpus de la antigua lírica popular concuerdan con las revelaciones de ese libro
admirable. Volvamos por un momento al sexo femenino, aunque ahora visto
desde fuera. En cierto modo nuestro cancionero reproduce en miniatura la famosa
«querella de las mujeres», de la que habla Bajtín, la contraposición de una visión
idealizante de la mujer con un aspecto de lo que se ha llamado la «tradición gala»,
a saber, su vertiente cómica popular^''. Dentro de ésta, dice Bajtín, la mujer es un
François Delpech, «De Marthe à Marta ou les mutations d ' u n e entité transculturelle», en
Culturas populares..., pág. 78 (traducción mía).
Mijail Bajtín, La cultura popular en la Edad Media >> Renacimiento, trad. J. Forçât y C.
Conroy, Barcelona: Barrai, 1974, pág. 215. También está muy presente en el cancionero la vertiente
misógina de la «tradición gala» (ver, por ejemplo, Corpus, n ^ 1745-1782), como lo está.
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Quizá la segunda sea parodia de la primera; en todo caso, constituye un caso típico
de cómica «degradación», en el sentido que le da Bajtín a esta palabra. Otro caso
análogo: la canción idealizadora
¡Sokorrer al kuero
kon alvaialde,
ke seizientos meses
no se van de balde! (1771)
ampliamente, en el Refranero: cf. Louis Combet, Recherches sur le «Refranero» castillan, Paris: Les
belles Lettres, 1971, págs. 277-285.
M. Bajtín, op. cit., pág. 215; subraya el autor.
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Oigamos ahora a un viejo del cancionero, que nos presenta in nuce todo el
repertorio de las f u n c i o n e s «inferiores» del cuerpo humano, en la tónica
característica del realismo grotesco:
Diga mi madre
lo que quisiere,
que quien boca tiene
comer quiere (148);
Si merendades, comadres,
si merendades, llamadme... (1609),
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Echa i bevamos,
Mari Rramos (1575 A).
En casi todas las canciones de mujer borracha (1568-1596), aunque esté ella sola,
establece, explícita o implícitamente, una comunión con las demás:
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qu'estuviésedes subido
en la picota, emplumado;
yo con un mogo garrido
en la cama, a mi costado,
y tomando aquel plazer
del qual vos sois ya cansado:
hiziésemos un alnado
que vos fuese a descender... (1733)
Es el mundo al revés. ¡Con qué alegría reconoce la mujer sus múltiples adulterios!:
Pingúele, respinguete,
¡qué buen San Juan es éste!
Fuese my marido
a ser del argobispo,
dexárame un fijo
y fallóme cinco...
dos uve en el Carmen
y dos en San Francisco... (1827),
0 sea, muy equitativamente, dos con un fraile carmelita y dos con un franciscano...
Entramos aquí en ese ambivalente anticlericalismo, jocoso y satírico, tan de la
cultura popular de la Edad Media española. Entre los muchos cantares burlescos
antiguos (n^^ 1833-1861) sobre monjas, frailes y, principalmente, curas (o
«abades», como entonces se decía), destaca el siguiente, contenido en el
Cancionero musical de la Colombina, de fines del siglo XV:
Deus in adjutoriuni,
adveniad rrenum tuni.
- F i j a , ¿quiéreste casar?
-Madre, non lo he por ál.
Adveniad rrenum tum.
- F i j a , ¿quieres labrador?
- M a d r e , non le quiero, non.
Adveniad {rrenum tum].
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Calabaça,
no sé, buen amor, qué te faça (1715);
Para ir en romería
o en otra qualquier vía,
ante la Virgen María
podrás pareçer en plaça.
Cf. Georges Duby, Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo, trad. A. R. Firpo,
Barcelona: Argot, 1983; Maria Corty, «Models and Anti-models in Medieval Culture», New Literary
History, 10 (1979), pág. 344, apud Consuelo Arias, art. cit., pág. 368.
Robert Jammes, «L'anticléricalisme des proverbes espagnols». Les Langues Modernes, 52
(1958), págs. 365-383; resumido en L. Combet, Recherches, págs. 196 sigs., en especial, pág.
199. Cf. A. Redondo, «La religion populaire...», págs. 345-346, nota 64.
Art. cit., pág. 364.
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Esta sacrilega invocación, que proyecta la imagen del incesto sobre la Virgen y su
hijo, suena casi a un conjuro de hechicera, de esos que conservan los archivos
inquisitoriales''^.
Ibidem, págs. 3 6 5 - 3 6 6 . Recordamos, claro, cantares de romería como «So eli enzina,
enzina» (313: «Yo me iva, mi madre, / a la romería [...], / halléme en los braços / del que más quería»)
o «El moço y la moga / van en romería, / tómales la noche / 'n aquella montina» (6); pero son
canciones más o menos inofensivas. También lo es el siguiente entreveramiento de textos litúrgicos
en una canción de niña casadera: «Santa María'. ¡ casarme quería; / Credo'. / con un buen manzebo; /
Salve: / que no tenga madre...» (201).
Silvana (padre-hija), Amnón y Tamar (hermanos), Blancaflor y Filomena (con la cuñada).
Incesto no consumado en el primer caso; consumado y castigado en los otros dos. Cf. Augustin
Redondo, «Les empêchements au mariage et leur transgression dans l'Espagne du xvi® siècle», en
Amours légitimes, págs. 31-55, en especial, 4 8 ^ 9 .
A. R e d o n d o , «Les empêchements...», registra casos de la vida real, m a n i f i e s t o s en
declaraciones - s i e m p r e de hombres- ante la Inquisición del siglo xvi; así, el del cardador de Montoro
que «confiesa que ha cometido el acto carnal con su madre» (pág. 52). Por su parte, J.-P. Dedieu (en
B. Bennassar, op. cit., págs. 2 8 9 - 2 9 0 ) cita declaraciones del siglo XV, como ésta, tan
impresionante: «No es pecado tener que hacer con su madre, si los dos lo quieren y tienen necesidad».
Aquí, excepcionalmente, se entrevé a la figura femenina y sus deseos, a propósito de los cuales véase
lo que dice con justeza Redondo (art. cit., pág. 55): «il ne faut pas perdre de vue que nombre de
femmes n'avaient un contact direct qu'avec les hommes du noyau familial».
Pueden verse algunos de ellos en el citado artículo de F. Delpech en Culturas populares, págs.
81-86. Cf. también Sebastián Cirac Estopañán, Los procesos de hechicerías en la Inquisición de
Castilla la Nueva..., Madrid: CSIC, 1942.
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