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Mystery Train PDF

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Mystery

Train
Greil
M arcus
Imágenes de América en la
música rock & roll

Traducción de Joan Riambau


Mystery Train. Images of America in Rock ’n’ Roll Music
© 1975, 1982, 1990, 1997, 2008, 2013, Greil Marcus
Todos los derechos reservados

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho


Traducción: Joan Riambau, a partir de la primera edición de Plume (quinta edición revisada) de 2008,
con añadidos posteriores del autor en 2013.

Diseño: Pablo Martín


Maquetación: Emma Camacho

Primera edición: Septiembre de 2013


© 2013, Contraediciones, S.L.
Psje. Fontanelles, 6, bajos 2ª
08017 Barcelona
contra@[Link]
[Link]

© 2003, 2013, Joan Riambau, de la traducción


© 2013, The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, Inc. VEGAP, Barcelona, de la obra de
cubierta, Double Elvis, Andy Warhol, 1963.
© Getty Images, de las fotos de las págs. 40, 66, 102, 142 , 174 y 513

ISBN: 978-84-940938-5-2
Depósito Legal: B.17632-2013
Impreso en España por Romanyà Valls

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de
la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito
contra la propiedad intelectual.
A Emily y Cecily
y en memoria de mi querido amigo y editor,
Bill Whitehead.
Índice

Nota del autor 7 Randy Newman: Todos


los hombres son libres 143
Introducción Pop 144
a la edición de 2008 11 La América de Newman, i 146
La América de Newman, ii 157
Prólogo 17 El fracaso de Newman 160
Coda: El triunfo de
Newman 169
Antepasados 27
Elvis: Preslíada 175
Harmonica Frank, 1951 29 Fanfarria 175
Música hillbilly 185
Robert Johnson, 1938 41 La educación 192
La época rockabilly 203
Elvis se muda 210
Herederos 65 El muchacho que robó
el blues 217
The Band: El camino El Cadillac rosa 224
de los peregrinos 67 Elvis en su hogar:
Cruzando la frontera 68 Los temas country 231
Blues del extraño 75 Mystery Train 242
La tierra virtuosa 85 Final 246
Un blues aún más extraño 91
La carga 97 Epílogo 249

Sly Stone: El mito


de Staggerlee 103
Staggerlee 104
Sly Stone 107
Disturbios 111
Sly contra Superfly 120
Una rebelión tranquila 135
Notas y Elvis Presley 445
discografías 251 Sun, 1953-1955 447
El triunfo, 1956-1959 457
Harmonica Frank 253 El declive, 1960-1967 465
El retorno, 1968-1969 469
Robert Johnson 259 La apoteosis, 1970-1977 471
Johnson y el rock & roll 277 Elvis en los libros
Johnson y el blues después y en la tumba 474
de la guerra 283 La Carter Family,
Johnson y el country blues Jimmie Rodgers
del Misisipí 286 y Hank Williams 489
Cameos: De Charlie Rich
The Band 299 a «Louie Louie» 494
Ronnie Hawkins Sam Phillips, Sun Records
y los Hawks 335 y música rockabilly 497
Con Bob Dylan 347
Índice general 515
Sly Stone 361
Stagger Lee 374 Índice de álbumes
Discos anteriores y canciones 529
y posteriores a Riot 400

Randy Newman 411


Cameos: Raymond Chandler,
Nathanael West, los Beach
Boys y otros 439
Los Kinks 442
Nota del autor

Al escribir esta nota introductoria me vienen a la memoria aque-


llos prefacios de los libros de historia americanos escritos durante la
Segunda Guerra Mundial en los que sus autores, al explorar el signifi-
cado de la Revolución o de la Guerra Civil o de cualquier otro tema,
esbozaban modestos pero firmes paralelismos entre su trabajo y la
contienda. Afirmaban que su trabajo era parte integrante del com-
bate y que cualquier intento de comprender América revestía espe-
cial significado en aquellos momentos en los que el país se hallaba
amenazado. Esos escritores también afirmaban —o por lo menos es
lo que ahora me sugieren— que llevar a cabo el trabajo más perso-
nal de uno mismo en una época de crisis pública es un acto honesto,
legítimo y paradójicamente democrático de confianza en la sociedad
pues, al ofrecer aquello que uno tiene que decir, demuestra su con-
fianza en la comunidad. Comprendo que esos escritores se exalta-
ran, hace treinta años, con lo que solo puede recibir el calificativo de
patriotismo y que, a la vez, este les hiciera más humildes.
La verdad es que siento cierta simpatía por esos escritores.
Comencé este libro en otoño de 1972 y lo terminé a finales del verano
de 1974. Inevitablemente refleja, y espero que los contenga, los sin-
gulares sentimientos de aquellos tiempos, cuando el país tuvo que
enfrentarse cara a cara con una obscena perversión de sí mismo que
no podía ser aceptada ni destruida: sentimientos de rabia, excitación,
soledad, fatalismo y deseo.
8 mystery train

Como buena parte de aquellas personas que rondan la treintena,


durante veinte años he escuchado música y he vivido al ritmo del
rock & roll, por lo que este libro se extiende sobre veinte años de
discos y veinte años de conversaciones. Probablemente se inició
cuando un chiquillo me acercó una radio y me dijo que escuchara
una canción titulada «Rock Around the Clock», que en su momento
no me gustó y sigue sin gustarme. Sé que la música cobró sentido
para mí en el instituto gracias a mi amigo y compañero de aventuras
Barry Franklin. Nos pasamos años en El Camino, conduciendo desde
Menlo Park a San Francisco y a San José y luego de vuelta, oyendo a
Tom Donahue y Tommy Saunders en la emisora KYA, intentando
descifrar la letra de «Runaround Sue» y traduciendo al francés «Little
Star». Luego, el curso de los años sesenta nos llevó a la universidad, a
los conciertos de los Beatles y a los de Dylan.
Un mes antes del éxito de los Beatles conocí a mi mujer, Jenny,
quien confirmó mi entusiasmo y lo ha mantenido siempre vivo, y
para mí es más cierto afirmar que este libro no hubiera sido escrito
sin ella que decir que no hubiera existido.
El tiempo que pasé hablando de rock & roll con mis amigos
Bruce Miroff, Langdon Winner, Ralph Gleason, Ed Ward y Michael
Goodwin, entre muchos otros, se ha incorporado a este libro, así
como las conversaciones con mis hermanos Steve y Bill, con profe-
sores y alumnos y con mi hija Emily, que a la edad de dos años eligió
«Mystery Train» como su canción favorita. Mi hija Cecily aún no
tiene esa capacidad de discernimiento, pero deposito en ella grandes
esperanzas. Por encima de todo, el rock & roll ha sido la mejor fuente
de amistad que he conocido.
Escribo sobre música desde 1966 y profesionalmente, para publi-
caciones, desde 1968. Antes de reunir el valor para ver impresos mis
esfuerzos recopilé en un libro artículos míos y de amigos entre los
que se contaba Sandy Darlington, que me enseñó muchas cosas
sobre música y aún más sobre la escritura. Una vez acabado el libro
reemplacé a Sandy en su sección de música en el Express-Times de San
Francisco, cuyo editor e inspirador era por aquel entonces Marvin
Garson. Hasta que los acontecimientos de People’s Park1 lo arrastra-

1. En 1969, la Universidad de California demolió el parque conocido como «People’s Park»


nota del autor 9

ron a la sandez, el Express-Times era el mejor periódico underground de


América, y siempre me he sentido muy orgulloso de haber formado
parte del mismo. Cuando cambió, atravesé la ciudad para incorpo-
rarme a Rolling Stone, donde escribí y trabajé como editor durante
un año. En 1970 me marché y entré en Creem, una revista que no solo
parecía un espacio de libertad sino que, además, lo era. Creem me
ofreció la oportunidad de experimentar muchas de las ideas que han
acabado por sumarse a este libro.
Poca enjundia tendrían esas ideas si no hubiera estudiado el pen-
samiento político y la literatura norteamericanos con tres profesores
de Berkeley: John Schaar, Michael Rogin y Norman Jacobson. Y hay
también algunos libros que alimentaron la ambición de mi propio
libro y su contenido: Studies in Classic American Literature de D. H.
Lawrence, Love and Death in the American Novel de Leslie Fiedler, Let
Us Now Praise Famous Men2 de James Agee, I Lost It at the Movies de
Pauline Kael, Democracy in America3 de Alexis de Tocqueville y, de una
manera que para mí aún constituye un misterio, los relatos de Ernest
Hemingway.
Mientras escribía muchas personas me ayudaron de diversas
maneras: Mary Clemmey, Greg Shaw, Richard Bass, Pat Thomas, la
señora Clawdy, Bill Strachan de Anchor Press y Wendy Weil. Jenny
Marcus, Peter Guralnick, Bruce Miroff, Bob Christgau y Dave Marsh
leyeron todas y cada una de las páginas del manuscrito y lo mejora-
ron hasta dejarlo como no podría haber sido sin contar con su ayuda.
Bob y Dave se merecen un agradecimiento especial. Han tomado
parte en mi trabajo desde el principio al final, dándome ánimos, inspi-
rándolo y mostrando siempre un gran interés. Ningún crítico puede
aspirar a contar con mejores colegas y nadie puede aspirar a tener
mejores amigos.

construido por voluntarios a iniciativa de una publicación underground. Esa acción dio origen a
una multitudinaria protesta que desembocó en disturbios que, por orden del entonces goberna-
dor Ronald Reagan, la Guardia Nacional reprimió duramente. [N. del T.]
2. Agee, James, Elogiemos ahora a hombres famosos, traducción de Pilar Giralt Gorina, Barcelona,
Seix Barral, 1993. [N. del T.]
3. Tocqueville, Alexis de, La democracia en América, traducción de Eduardo Nolla, Madrid, Agui-
lar, 1989. [N. del T.]
10 mystery train

Y también le debo mucho a mi editor, Bill Whitehead. Sin su


dedicación a este libro, la mía se habría desvanecido ya hace mucho
tiempo.
Cuanto tengo que decir en Mystery Train surge de discos, novelas y
escritos políticos. Unos y otros se equilibran, pero en mi voluntad no
hay distinción alguna. Ya no soy capaz de meditar acerca de Elvis sin
pensar en Herman Melville, como no puedo leer a Jonathan Edwards
(y, me exigen que lo puntualice, no se trata del cantante mencio-
nado en el capítulo consagrado a Randy Newman, sino del puri-
tano que alcanzó renombre con Sinners In the Hands of An Angry God
[Pecadores en manos de un Dios airado]) sin escuchar como música
de fondo los discos de Robert Johnson. Con este libro no pretendo, de
ninguna manera, llevar a cabo una síntesis, sino identificar una serie
de unidades del imaginario americano ya existentes. Se trata de uni-
dades naturales, en mi opinión, pero elusivas. Durante los dos últi-
mos años he aprendido que son estas unidades las que contribuyen a
la profunda y amplia resonancia de las mejores imágenes americanas.
Mi intención al escribir este libro era tratar de descubrir algunas de
esas imágenes, pero ahora sé que simplemente tratar de abordarlas
constituye el trabajo de toda una vida.

Berkeley, 9 de agosto de 1974


Introducción
a la edición de 2008

Cuando elegí el último sencillo de Elvis Presley para Sun Records


como título de este libro, no tenía justificación alguna para hacerlo.
Cuanto sabía era que esas palabras contenían un eco.
Más de teinta años después, sé una cosa más: merecía la pena
subirse a ese tren. A lo largo del tiempo, la idea o la imagen de esa
canción ha reflotado una y otra vez como si, en mi opinión, se tra-
tara de un talismán de la necesidad o el deseo del propio misterio,
como una dimensión de la vida que a menudo se echa en falta. En
1986 me di cuenta por vez primera de que ese tren aún circulaba al
oír cantar lentamente «Mystery train / Three-way plane4» a Thurston
Moore en «Expressway to Yr. Skull», de Sonic Youth, envuelto en el
sonido ensordecedor de un pequeño club nocturno en el que esas
dos palabras resonaron con la claridad de una alarma de incendios.
Aquel mismo año hallé abandonada en una playa la novela policíaca
Mystery Train, de Lynn Turner, publicada por Harlequin. La cubierta
mostraba a un hombre apuesto que parecía tratar de salvar a una
mujer igualmente apuesta que estaba a punto de caerse de un tren.
En la esquina inferior derecha había una pequeña ilustración de una
mujer muerta, tumbada boca abajo en un arroyo. Bajo los cabellos al
viento de la mujer figuraba un texto que prometía «GRAN OFERTA.
GANE UN GRAN PREMIO. Vea en el interior. Sin obligación de
compra». El premio se detallaba en la cubierta interior: «Un mon-
tón de dinero». En 1989 se estrenó la película Mystery Train, de Jim

4. Tren del misterio / Avión de tres rutas. [N. del T.]


12 mystery train

Jarmusch, tres historias de turistas extranjeros atrapados en la misma


noche en un mismo hotel de Memphis habitado por el fantasma de
Elvis y en la que el tren que lleva a la ciudad a dos fans del rockabilly
japoneses da un giro inesperado. Durante la noche, un ofuscado fan-
tasma de Elvis despierta a una italiana: ella le pregunta qué hace en
su habitación, él le responde: «Pues no lo sé exactamente, señora», y
desaparece. El actor era Steve Jones, quizá el imitador de Elvis menos
convincente de toda la historia de la civilización occidental, aunque
unos años después Jones entraría en la historia de América, nada más
y nada menos, cuando su esposa Paula —mascarón de proa de una
plétora de grupos de extrema derecha bien financiados— denunció
por acoso sexual a otro imitador de Elvis, uno mucho mejor, espe-
cialmente cuando en 1992 fue elegido por primera vez presidente de
Estados Unidos.
«Mystery train», el tren del misterio, era una frase que, una vez
Elvis la hubo transformado en metáfora del destino y el deseo, se
convirtió en un hito, una puerta a un mundo mejor, una llave para
acceder a la verdad, una piedra filosofal. Incluso en la década de los
años cincuenta, Janis «The Female Elvis» Martin (apodada «el Elvis
hembra») le pedía al otro Elvis que la subiera a su tren del misterio,
que en sus manos era una imagen que Elvis probablemente no habría
asociado con horarios y revisores; en 1969, en «Rock Is Dead», una
mísera jam en el estudio de grabación que no sería editada hasta 1997,
Jim Morrison disfrutó de un momento de lucidez cuando dio con el
largo tren negro. Desde los Soft Boys a los Black Babies, de Ashtray a
los Waco Brothers, de Robert Zimmerman en Hibbing, Minnesota,
en 1958 (con su grupo Golden Chords y su «Mystery Train» reescrito
como «Big Black Train») a Bob Dylan en Los Ángeles en 1981 (una
martilleante versión de la auténtica, con saxo y voces femeninas),
a medida que un grupo tras otro fue haciendo su propia versión,
aportando pequeños cambios a una canción que, así parecían indicar
las interpretaciones de la misma, era ya demasiado grande para ello,
uno podía oír cómo el siglo entero recorría los raíles de la canción,
directamente camino al siglo xxi en el que, mientras escribo, en 2007,
Bruce Springsteen invoca el talismán, «searching for a mystery train5»

5. En busca de un tren del misterio. [N. del T.]


introducción 13

en «Radio Nowhere» decidido a no darse por vencido. «“It takes a


worried man to sing a worried song6”, cantaba la Carter Family en los
estudios Victor una tarde de domingo, el 24 de mayo de 1930», escri-
bió el difunto Charles K. Wolfe en las notas de la reedición de 1995 de
Worried Man Blues de la Carter Family al hablar de la grabación más
antigua de la balada folk que Sam Phillips y Junior Parker reescribi-
rían como «Mystery Train». «El disco no vería la luz hasta noviembre
de ese otoño —sería uno de sus últimos grandes éxitos durante algún
tiempo— y ya muchos oyentes asentían con la cabeza apenados al oír
la letra. En el Medio Oeste, cerca de un millón de familias de gran-
jeros sufrían la devastación de la sequía […] El presidente Hoover
admitía que más de otros cuatro millones de americanos se hallaban
en paro, pero negaba la ayuda directa del gobierno a los mismos. En
el Sur, los propietarios de tiendas de muebles sacaban sus Victrolas
a las aceras para hacer sonar los nuevos discos de la Carter Family, y
familias de rostros adustos y ropas remendadas se reunían ante ellas y
escuchaban.»
«It takes a worried man to sing a worried song», cantaba David
Thomas en «Enthusiastic», en 1984; en 1995 escribía las notas para
el disco Ray Gun Suitcase de su grupo Pere Ubu. «Así son las cosas en
el puesto más remoto de la avanzadilla de la cultura popular ameri-
cana», escribió recordando los días pasados en el Days Inn de Brooks
Road en Memphis, durante la Semana Elvis de 1993. El delirio de esas
notas es más frenético, menos optimista y feliz que el delirio en la voz
de Thomas cuando canta en el inicio del disco: «I want to hang around
your Greyhound terminal... I want to ride around inside of your old mystery
train7». «No, os digo —proseguía el autor de las notas—, juzgadlo
vosotros mismos... ¡Oh, ciudadanos! ¿Cómo PODRÍA YO abandonar
el Aquí y Ahora cuando está claro que todo sucede AQUÍ Y AHORA?
Y con el creciente impulso... en el momento... cuando avanza la pro-
cesión... en el momento... del apogeo del desfile a la luz de las velas
en Graceland... en el momento...»

6. Es necesario un hombre inquieto para cantar una canción inquieta. [N. del T.]
7. Quiero esperar en tu estación de autobuses Greyhound... Quiero viajar en el interior de tu
viejo tren del misterio... [N. del T.]
14 mystery train

¿Ahí es donde se detiene el tren? De ninguna manera, puede ir en


cualquier dirección e incluso abandonar las vías. En 2005, podía verse
en internet un video que mostraba a mercenarios de Aegis Defence
Services disparando indiscriminadamente contra coches y civiles
mientras sus gigantescos vehículos recorrían ruidosamente las calles
de Bagdad con el «Mystery Train» de Elvis sonando aún más fuerte
como fondo musical. ¿Quién entendió la canción? ¿Quién no? Ese tren
no cruza a través de ningún mapa, sino que va creándolo a su paso
y en ese mapa cualquier lugar puede aparecer o desaparecer rápida-
mente. Al tomar el título de su álbum de la maleta radiactiva de El
beso mortal (Kiss Me Deadly) —el thriller increíblemente paranoico de
Robert Aldrich ambientado en la Guerra Fría—, Pere Ubu se subió a
un tren que atraviesa una nación moderna como si se tratara de una
tierra antigua, con sus ruinas y augurios, profecías y decadencia. Y así
el tren convierte el terreno familiar en algo extraño, insólito... nuevo.
Escribí este libro a mediados de los años setenta, en la época en
que Pere Ubu se formaba en Cleveland como un experimento dadá,
como un grupo punk, con la convicción de que algunos músicos
de blues y de rock & roll, en su música y sus propias vidas, habían
utilizado y transfigurado ciertos cimientos y tensiones imborrables
de la experiencia y de la identidad americanas. El gran cantante de
blues Robert Johnson murió en 1938, Elvis Presley murió en 1977,
Harmonica Frank —artista de aquellos espectáculos itinerantes en
los que se vendían elixires— murió en 1984, las carreras de The Band
y de Sly Stone acabaron poco después de la aparición de este libro
y solo el incómodo Randy Newman persevera; pero la premisa del
libro sigue siendo la misma y pocos artistas la han perpetuado con
la fidelidad de Pere Ubu, incluso si su música no se encuentra tan a
gusto en la América romántica, en las escenas histórico-espiritualistas
de Thomas Hart Benton, como en algún villorrio del Medio Oeste
que ni siquiera necesita nombre, en las sórdidas habitaciones de hotel
o las pensiones de mala muerte de Edward Kienholz, donde es posi-
ble que no suceda nada pero en las que puede ocurrir cualquier cosa.
«Tuvimos la suerte de detenernos en el Days Inn de Brooks Road
—concluía Thomas en sus notas de Ray Gun Suitcase, con la estación
de los autobuses Greyhound y el tren del misterio esperándolos para
abandonar la ciudad—. Aquella noche, los fieles de Elvis decían “Fue
introducción 15

el destino”. Pero sé que fue un accidente. Como cuando uno conduce


por una pequeña carretera a través del campo, cruza un pueblo fan-
tasma y piensa “Así es como era”, y jamás olvida esa visión pues está
perfectamente enmarcada en el tiempo y en el espacio y parece la
visión de un futuro que jamás existirá pero que uno conoce ya que lo
ha soñado y piensa “Podemos restaurar uno de esos viejos comercios
e instalarnos aquí” y, naturalmente, sabe que nunca lo hará, pero esa
visión es tan poderosa porque responde a una necesidad. Algunas
personas hallan lo que necesitan en la oscuridad. Otras se sienten fas-
cinadas por las luces. Hemos llegado y nos marcharemos.»

En esta edición hay pocos cambios en el cuerpo del texto respecto


a la primera edición de 1975. El capítulo «Notas y discografías» que
figura al final de la obra ha seguido creciendo; ha sido completamente
revisado y reescrito, y he tratado de seguir con la mayor atención posi-
ble las ondas expansivas y contractivas de las carreras de cada uno de
los intérpretes. Aprovecho igualmente esta oportunidad para expre-
sar mi agradecimiento a algunas personas que no estuvieron implica-
das en este libro cuando se publicó la primera edición pero que han
contribuido a mantenerlo a disposición del público: Emma Patterson
y Emily Forland de Wendy Weil Agency; Anthony Goff y Georgia
Glover de David Higham Agency; Mary Kling de La Nouvelle Agence;
Peter Fritz y Christian Dittus de Paul & Peter Fritz; en Japón, desde
hace casi treinta años, Toru Mitsui, de infinitos recursos; Emily Haynes
y Nadia Kashper de Plume; Tony Lacey y Rosie Glaisher de Penguin
(Gran Bretaña); Nikolas Hansen y Klaus Humann de Rowohlt; Klaas
Jarchow, Birgit Politycki y Antje Landshoff de Rogner & Bernhard;
Dorle Maravilla de Ullstein; Vic van de Reijt de Nijgh & Van Ditmar;
Gérard Berréby y François Escaig de Éditions Allia; Lee Brackstone
de Faber and Faber; e implicado en tantos proyectos como editores,
Jon Riley. Quiero expresar igualmente mi agradecimiento a Fritz
Schneider, excelente traductor, gran corresponsal y bochornoso com-
probador de hechos; Chuck Death y Colin B. Morton; John Rockwell;
Cecil Brown; John Bakke; y al malogrado Ray Johnson. Junto a muchos
otros han contribuido a la buena fortuna de la que he disfrutado.

Berkeley, 7 de agosto de 2007

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