0% encontró este documento útil (0 votos)
300 vistas59 páginas

1001 Poems

El poema describe un lugar llamado Cavalo Morto que existe en un poema escrito por Lèdo Ivo. Cavalo Morto es descrito como un lugar mágico y surreal donde ocurren cosas imposibles.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
300 vistas59 páginas

1001 Poems

El poema describe un lugar llamado Cavalo Morto que existe en un poema escrito por Lèdo Ivo. Cavalo Morto es descrito como un lugar mágico y surreal donde ocurren cosas imposibles.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

FUEGO Y HIELO

(poema)

Robert Frost

Unos dicen que el mundo terminará en fuego,

otros dicen que en hielo.

Por lo que he gustado del deseo,

estoy con los partidarios del fuego.

Pero si tuviera que sucumbir dos veces,

creo saber bastante acerca del odio

como para decir que en la destrucción el hielo

también es poderoso.

Y bastaría.

EL NOMBRE CONSEGUIDO DE LOS NOMBRES

(poema)

Juan Ramón Jiménez

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,


dios, tú tenías seguro que venir a él,
y tú has venido a él, a mí seguro,
porque mi mundo todo era mi esperanza.

Yo he acumulado mi esperanza
en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito;
a todo yo le había puesto nombre
y tú has tomado el puesto
de toda esta nombradía.

Ahora puedo yo detener ya mi movimiento,


como la llama se detiene en ascua roja
con resplandor de aire inflamado azul,
en el ascua de mi perpetuo estar y ser;
ahora yo soy ya mi mar paralizado,
el mar que yo decía, mas no duro,
paralizado en olas de conciencia en luz
y vivas hacia arriba todas, hacia arriba.

Todos los nombres que yo puse


al universo que por ti me recreaba yo,
se me están convirtiendo en uno y en un
dios.

El dios que es siempre al fin,


el dios creado y recreado y recreado
por gracia y sin esfuerzo.
El Dios. El nombre conseguido de los nombres.

EL CORAZÓN ROBADO

(poema)

Arthur Rimbaud

Mi triste corazón babea a popa,

mi corazón lleno de tabaco:

sobre él arrojan escupitajos,

mi triste corazón babea a popa:

bajo las burlas de la tropa

que suelta una risotada general,

mi triste corazón babea a popa,

¡mi corazón lleno de tabaco!

¡Itifálicos y sorchescos

sus insultos lo han depravado!

En la velada narran relatos

itifálicos y sorchescos.

¡Oleajes abracadabrantescos,

tomad mi corazón, salvadlo!

¡Itifálicos y sorchescos
sus insultos lo han depravado!

Cuando sus chicotes hayan cesado,

¿cómo actuar, oh corazón robado?

Se oirán estribillos báquicos

cuando sus chicotes hayan cesado:

tendré sobresaltos estomáquicos

si degradan mi triste corazón.

Cuando sus chicotes hayan cesado,

¿cómo actuar, oh corazón robado?

(Traducido por Juan Abeleira. Rimbaud. Poesías y otros textos. Hiperión, Madrid, 1995 (Nueva
edición revisada).

“Sonetos de la muerte (I)”, de Gabriela Mistral

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,


te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una


dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,


y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,


¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!
LAS PERSONAS CURVAS

(poema)

Jesús Lizano

black swan the film in hd

watch full speed-dating movie in hd

Mi madre decía: a mí me gustan las personas rectas

A mí me gustan las personas curvas,

las ideas curvas,

los caminos curvos,

porque el mundo es curvo

y la tierra es curva

y el movimiento es curvo;

y me gustan las curvas

y los pechos curvos

y los culos curvos,

los sentimientos curvos;

la ebriedad: es curva;

las palabras curvas:

el amor es curvo;

¡el vientre es curvo!;

lo diverso es curvo.

A mí me gustan los mundos curvos;

el mar es curvo,

la risa es curva,
la alegría es curva,

el dolor es curvo;

las uvas: curvas;

las naranjas: curvas;

los labios: curvos;

y los sueños; curvos;

los paraísos, curvos

(no hay otros paraísos);

a mí me gusta la anarquía curva.

El día es curvo

y la noche es curva;

¡la aventura es curva!

Y no me gustan las personas rectas,

el mundo recto,

las ideas rectas;

a mí me gustan las manos curvas,

los poemas curvos,

las horas curvas:

¡contemplar es curvo!;

(en las que puedes contemplar las curvas

y conocer la tierra);

los instrumentos curvos,

no los cuchillos, no las leyes:

no me gustan las leyes porque son rectas,

no me gustan las cosas rectas;

los suspiros: curvos;

los besos: curvos;


las caricias: curvas.

Y la paciencia es curva.

El pan es curvo

y la metralla recta.

No me gustan las cosas rectas

ni la línea recta:

se pierden

todas las líneas rectas;

no me gusta la muerte porque es recta,

es la cosa más recta, lo escondido

detrás de las cosas rectas;

ni los maestros rectos

ni las maestras rectas:

a mí me gustan los maestros curvos,

las maestras curvas.

No los dioses rectos:

¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!

El baño es curvo,

la verdad es curva,

yo no resisto las verdades rectas.

Vivir es curvo,

la poesía es curva,

el corazón es curvo.

A mí me gustan las personas curvas

y huyo, es la peste, de las personas rectas.

CAVALO MORTO
(poema)

Juan Carlos Mestre

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.


Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada
moneda perdida es una golondrina de espaldas posada sobre la luz de un
pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas
alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres
semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.


Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara
de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en
su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor
de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto
tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.


Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río que madruga para ir a
fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una
púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo
como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben
directamente a los hipódromos eternos por laescalerilla del anillador de
gaviotas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.


Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas
los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a
decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aun así se amaron y
salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los
árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.


Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo
de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las
bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a
otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las
cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de
las empleadas domésticas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.


En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo
resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite,
cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite.
Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada
amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que
no existe.
©Juan Carlos Mestre (Edición Cuadernos del Boreal, 3, Cáceres 2007)
Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957), poeta y artista
visual, es autor, entre otros, de los poemarios Siete poemas escritos junto a la
lluvia (1982), La visita de Safo (1983), Antífona del Otoño en el Valle del
Bierzo (Premio Adonais, 1985), Las páginas del fuego (1987), La poesía ha
caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992), La tumba de Keats
(Premio Jaén de Poesía, 1999), y La Casa Roja (2008), título este último con
el que recibió el Premio Nacional de Poesía 2009. Su obra poética entre 1982
y 2007 ha sido recogida en antologías como Las estrellas para quien las
trabaja o Tarjeta de visita, ambas aparecidas en 2007.

TENEBRAE

(poema)

Paul Celan

 
Cerca estamos, Señor,
cercanos y asibles.
 
Asidos ya, Señor,
unos en otros incrustados, como si fuera
el cuerpo de cada uno de nosotros
tu cuerpo, Señor.
 
Reza, Señor,
rézanos,
estamos cerca.
 
Torcidos íbamos, íbamos a inclinarnos
sobre la hondonada y la laguna.
 
Al abrevadero íbamos, Señor.
 
Era sangre, era,
lo que derramabas, Señor.
 
Brillaba.
 
Nos arrojó tu imagen a los ojos, Señor,
ojos y boca tan abiertos y vacíos, Señor.
 
Hemos bebido, Señor.
La sangre y la imagen que había en la sangre, Señor.
 
Reza, Señor.
Estamos cerca.
 
Paul Celan
(Versión de Daniel Nahmías y Juan Navarro).

NO A LA TRANSMIGRACIÓN EN OTRA ESPECIE

(poema)

José María Fonollosa

No a la transmigración en otra especie.

No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.

No a que me absorba cualquier divinidad.

No a un más allá, ni aun siendo el paraíso

reservado a islamitas, con beldades

que un libro garantiza siempre vírgenes.


Porque esos son los juegos para ingenuos

en que mi agnosticismo nunca apuesta.

Mi envite es al no ser. A lo seguro.

Rechaza otro existir, tras consumida

mi ración de este guiso indigerible.

Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.

NO TE DETENGAS

Walt Whitman

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,


sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas …

Versión de: Leandro Wolfson

 Poema recomendado por Alma Leonor

ODA A SALVADOR DALI

(poema)

Federico García Lorca

Una rosa en el alto jardín que tú deseas.

Una rueda en la pura sintaxis del acero.

Desnuda la montaña de niebla impresionista.

Los grises oteando sus balaustradas últimas.

Los pintores modernos en sus blancos estudios,

cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada.

En las aguas del Sena un iceberg de mármol

enfría las ventanas y disipa las yedras.

El hombre pisa fuerte las calles enlosadas.


Los cristales esquivan la magia del reflejo.

El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume.

La máquina eterniza sus compases binarios.

Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos

yerra por los tejados de las casas antiguas.

El aire pulimenta su prisma sobre el mar

y el horizonte sube como un gran acueducto.

Marineros que ignoran el vino y la penumbra,

decapitan sirenas en los mares de plomo.

La Noche, negra estatua de la prudencia, tiene

el espejo redondo de la luna en su mano.

Un deseo de formas y límites nos gana.

Viene el hombre que mira con el metro amarillo.

Venus es una blanca naturaleza muerta

y los coleccionistas de mariposas huyen.

Cadaqués, en el fiel del agua y la colina,

eleva escalinatas y oculta caracolas.

Las flautas de madera pacifican el aire.

Un viejo dios silvestre da frutas a los niños.

Sus pescadores duermen, sin ensueño, en la arena.

En alta mar les sirve de brújula una rosa.

El horizonte virgen de pañuelos heridos,


junta los grandes vidrios del pez y de la luna.

Una dura corona de blancos bergantines

ciñe frentes amargas y cabellos de arena.

Las sirenas convencen, pero no sugestionan,

y salen si mostramos un vaso de agua dulce.

¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada!

No elogio tu imperfecto pincel adolescente

ni tu color que ronda la color de tu tiempo,

pero alabo tus ansias de eterno limitado.

Alma higiénica, vives sobre mármoles nuevos.

Huyes la oscura selva de formas increíbles.

Tu fantasía llega donde llegan tus manos,

y gozas el soneto del mar en tu ventana.

El mundo tiene sordas penumbras y desorden,

en los primeros términos que el humano frecuenta.

Pero ya las estrellas ocultando paisajes,

señalan el esquema perfecto de sus órbitas.

La corriente del tiempo se remansa y ordena

en las formas numéricas de un siglo y otro siglo.

Y la Muerte vencida se refugia temblando

en el círculo estrecho del minuto presente.


Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,

pides la luz que anima la copa del olivo.

Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,

donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.

Pides la luz antigua que se queda en la frente,

sin bajar a la boca ni al corazón del bosque.

Luz que temen las vides entrañables de Baco

y la fuerza sin orden que lleva el agua curva.

Haces bien en poner banderines de aviso,

en el límite oscuro que relumbra de noche.

Como pintor no quieres que te ablande la forma

el algodón cambiante de una nube imprevista.

El pez en la pecera y el pájaro en la jaula.

No quieres inventarlos en el mar o en el viento.

Estilizas o copias después de haber mirado,

con honestas pupilas sus cuerpecillos ágiles.

Amas una materia definida y exacta

donde el hongo no pueda poner su campamento.

Amas la arquitectura que construye en lo ausente

y admites la bandera como una simple broma.

Dice el compás de acero su corto verso elástico.

Desconocidas islas desmiente ya la esfera.


Dice la línea recta su vertical esfuerzo

y los sabios cristales cantan sus geometrías.

Pero también la rosa del jardín donde vives.

¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!

Tranquila y concentrada como una estatua ciega,

ignorante de esfuerzos soterrados que causa.

Rosa pura que limpia de artificios y croquis

y nos abre las alas tenues de la sonrisa

(Mariposa clavada que medita su vuelo).

Rosa del equilibrio sin dolores buscados.

¡Siempre la rosa!

¡Oh, Salvador Dalí de voz aceitunada!

Digo lo que me dicen tu persona y tus cuadros.

No alabo tu imperfecto pincel adolescente,

pero canto la firme dirección de tus flechas.

Canto tu bello esfuerzo de luces catalanas,

tu amor a lo que tiene explicación posible.

Canto tu corazón astronómico y tierno,

de baraja francesa y sin ninguna herida.

Canto el ansia de estatua que persigues sin tregua,

el miedo a la emoción que te aguarda en la calle.

Canto la sirenita de la mar que te canta


montada en bicicleta de corales y conchas.

Pero ante todo canto un común pensamiento

que nos une en las horas oscuras y doradas.

No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.

Es primero el amor, la amistad o la esgrima.

Es primero que el cuadro que paciente dibujas

el seno de Teresa, la de cutis insomne,

el apretado bucle de Matilde la ingrata,

nuestra amistad pintada como un juego de oca.

Huellas dactilográficas de sangre sobre el oro,

rayen el corazón de Cataluña eterna.

Estrellas como puños sin halcón te relumbren,

mientras que tu pintura y tu vida florecen.

No mires la clepsidra con alas membranosas,

ni la dura guadaña de las alegorías.

Viste y desnuda siempre tu pincel en el aire

frente a la mar poblada de barcos y marinos.

De: Odas (1924-1929)

III, EL SERMÓN DEL FUEGO

(poema)

T.S. Elliot
El pabellón del río está roto; los últimos dedos de las

hojas

se aferran y hunden en la mojada orilla. El viento

cruza la tierra parda, sin ser oído. Las ninfas se han

marchado.

Dulce Támesis, corre suavemente, hasta que acabe mi

canto.

El río no lleva botellas vacías, papeles de bocadillos,

pañuelos de seda, cajas de cartón, colilas

ni otros testimonios de noche de verano. Las ninfas se

han marchado.

Y sus amigos, los ociosos herederos de consejeros de

la City;

se han marchado, sin dejar señas.

Junto a las aguas del Leman me senté a llorar…

Dulce Támesis, corre suavemente, hasta que acabe mi

canto.

Dulce Támesis, corre suavemente, pues no hablo alto ni

largo.

¡Pero a mi espalda en fría ráfaga escucho

el entrechocar de los huesos, y el risoteo extendido de

oreja a oreja.

Una rata se deslizó suavemente entre la vegetación

arrastrando su panza fangosa por la orilla

mientras yo pescaba en el turbio canal


un atardecer de invierno por detrás de los gasómetros

meditando sobre la ruina de mi hermano el rey

y sobre la muerte de mi padre el rey antes de él.

Blancos cuerpos desnudos en el húmedo terreno bajo

y huesos dispersos en una seca buhardillita baja,

entrechocados por la pata de la rata sólo, año tras año.

Pero a mi espalda de vez en cuando igo

el ruido de bocinas y motores, que ha de llevar

a Sweeney hacia Mrs. Porter en la primavera.

Ah la luna brillaba clara sobre Mrs. Porter

y sobre su hija

Se lavan en agua de seltz los pies.

Et O ces voix d´enfants, chantant dans la coupole!

Chuí chuí chuí

yag yag yag yag yag

tan rudamente forzada

Tereo

Ciudad irreal

bajo la niebla parda de un mediodía de invierno

el Sr. Eugenides, el mercader de Esmirn

sin afeitar, con un bolsillo lleno de grosellas

a entregar en Londres: documentos a la vista,

me invitó en francés demótico

a almorzar en el Hotel del Cannon Street


seguido de un fin de semana en el Metropole.

A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda

se vuelven hacia arriba desde el escritorio, cuando el motor

humano espera

como un taxi que palpita esperando,

yo Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,

anciano con arrugados pechos femeninos, veo

a la hora violeta, la hora del atardecer que se esfuerza

por volver a casa, y lleva al marinero de regreso al hogar.

La mecanógrafa en su casa a la hora del té, recoge lo del

desayuno, enciende

la estufa, y saca comida en lata.

Fuera de la ventana están tendidas peligrosamente

sus combinaciones a secar tocadas por los últimos rayos

del sol,

sobre el diván se amontonan (de noche es su cama)

medias, pantuflas, fajas y cubrecorsés.

Yo, Tiresias, anciano de arrugados pezones,

percibí la escena y predije lo demás…

yo también aguardé al visitante esperando.

Él, el joven forunculoso, llega,

empleado en una pequeña agencia, con una sola mirada

atrevida,

uno de los modestos en que la seguridad se asiente

como una chistera en un millonario de Bradford.

El momento es ahora propicio, según supone


la cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,

se esfuerza por hacerla entrar en caricias

que aún no son reprochadas, aunque no deseadas.

Sofocado y decidido, la ataca de una vez:

manos exploradoras no encuentran defensa:

su vanidad no requiere respuesta,

y da la bienvenida a la indiferencia.

(Y yo Tiresias he sufrido por adelantado todo

lo realizado en este mismo diván o cama:

yo que estuve sentado junto a Tebas al pie del muro

y caminé entre los más bajos muertos).

Él otorga un protector beso final

y sale a tientas, encontrando las escaleras sin luz…

Ella se vuelve a mirarse un momento en el espejo,

sin darse cuenta de que se fue su amante:

su cerebro deja paso a un pensamiento a medio formar:

“Bueno, ahora ya está: y me alegro de que haya pasado”.

Cuando hermosa mujer desciende a la locura y

da vueltas otra vez por su cuarto, sola,

se alisa el pelo con una mano automática

y pone un disco en el gramófono.

“Esta música se deslizó junto a mí por las aguas”

y a lo largo del Strand, Queen Victoria Street arriba.

Ah ciudad de l City, a veces oigo

junto a una taberna en Lower Thames Street,


el agradable gruñido de una mandolina

y un estrépito y un charloteo desde dentro

donde los asentadores de pescado vaguean a mediodía:

donde las paredes

de San Magnus Mártir contienen

inexplicable esplendor de blanco y oro jónicos.

El río suda

petróleo y alquitrán

las gabarras van a la deriva

con la marea cambiante

velas rojas

anchas

a sotavento, vitando en la pesada verga.

Las gabarras barren

troncos a la deriva

por el trecho de Greenwich abajo

más allá de a Isla de los Perros.

Ueialala leia

Ual-lala leialala

Elizabeth y Leicester

dando a ls remos

la popa tenía forma

de concha dorada

roja y oro

la vivaz hinchazó

onduló por ambas orillas


viento sudoeste

se llevó aguas abajo

el tañer de las campanas

torres blancas

Ueilala leia

Ual-lala leialala

“Tranvías y árboles polvorientos.

Highbury me dijo el ser. Richmond y Kew

me deshicieron. Junto a Richmond levanté las rodilas,

boca arriba en el fondo de una estrecha canoa”.

“Mis pies están en Moorgate, y mi corazón

bajo mis pies. Después del hecho

él llor´. Prometió empezar de nuevo.

Yo no dije nada. ¿Qué me iba a parecer mal?”.

“En las arenas de Margate.

No puedo relacionar

nada con nada.

Las uñas rotas de manos sucias.

Mi pueblo humilde pueblo que no espera

nada”.

la la

A Cartago llegué entonces


Ardiendo ardieno ardiendo ardiendo

Oh Señor Tú me arrancas

Oh Señor Tú arrancas

ardiendo.

T.S. Elliot. Traducción de José María Valverde

AMOR Y CARACOLES
(poema)
Uberto Stabile
 

El día que tú quieras

me llamas y nos depedimos un poquito

compartimos el portal y nos hacemos

un nudo en la garganta,

unos de esos nudos que te dejan sin habla

de los que llenan el cuerpo de viernes y caracoles,

o si lo prefieres nos confiamos un secreto

y la pasión por Nicaragua,

el misterio de las 39 rosas rojas

y ese color que nunca tuvo la tristeza.

El día que tú quieras me atas a la cama y nos despedimos

de lo poéticamente correcto

y en lugar de escribir versos nos tatuamos un delirio

o dejamos pasar el tiempo y reventamos de utopía

este momento de carne, sudor y risas.

El día que tú quieras


mientras alguien intenta explicar este poema

nos casamos con la vida y engañamos al mundo

como el mundo engaña al hombre

y el hombre a los caracoles. 

LA RETAMA 

(poema)

Giacomo Leopardi 

Y tú, lenta retama, 

que de frondas fragantes

esta campiña desolada adornas,

también al cruel poder morirás luego

del subterráneo fuego,

que volviendo al lugar que ya conoce

avaro ha de extender su rojo manto

por tu fresca espesura. Indiferente

doblarás bajo el peso del destino

tu cabeza inocente:

mas hasta entonces no la habrás en vano

doblegado con súplicas cobardes

del futuro opresor, ni erguido nunca

delirante del orgullo a las estrellas,

sobre el desierto donde

lugar y nacimiento

el azar, no tu gusto, darte quiso;

que más sabía que el hombre, menos necia,

no creíste jamás que por el hado


o por ti misma eterno

tu caduco linaje fue creado. 

“La retama o la flor del desierto”, fragmento, en Obras, Giacomo Leopardi, trad. de
Miguel Romero Martínez, Madrid, Aguilar de Ediciones, 1960, po. 232-233. 

REYERTA

(poema)

Federico García Lorca  


                                                                                                   A Rafael
Méndez 

En la mitad del barranco 


las navajas de Albacete, 
bellas de sangre contraria, 
relucen como los peces.

Una dura luz de naipe 


recorta en el agrio verde 
caballos enfurecidos 
y perfiles de jinetes.

En la copa de un olivo 
lloran dos viejas mujeres. 
El toro de la reyerta 
su sube por la paredes. 
Ángeles negros traían 
pañuelos y agua de nieve. 
Ángeles con grandes alas 
de navajas de Albacete.

Juan Antonio el de Montilla 


rueda muerto la pendiente 
su cuerpo lleno de lirios 
y una granada en las sienes. 
Ahora monta cruz de fuego, 
carretera de la muerte. 
El juez con guardia civil, 
por los olivares viene. 
Sangre resbalada gime 
muda canción de serpiente. 
Señores guardias civiles: 
aquí pasó lo de siempre. 
Han muerto cuatro romanos 
y cinco cartagineses 

La tarde loca de higueras 


y de rumores calientes 
cae desmayada en los muslos 
heridos de los jinetes. 
Y ángeles negros volaban 
por el aire del poniente. 
Ángeles de largas trenzas 
y corazones de aceite. 

(Incluido en El romancero gitano). 

PANDÉMICA Y CELESTE

(poema)

Jaime Gil de Biedma

Quan magnus numerus Libyssae arenae

…………………………………………………………

aut quam sidera multa, cum tacet nox,

furtiuos hominum uident amores.

CATULO, VII

Imagínate ahora que tú y yo

muy tarde ya en la noche

hablemos hombre a hombre, finalmente.


Imagínatelo,

en una de esas noches memorables

de rara comunión, con la botella

medio vacía, los ceniceros sucios,

y después de agotado el tema de la vida.

Que te voy a enseñar un corazón,

un corazón infiel,

desnudo de cintura para abajo,

hipócrita lector -mon semblable-, mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo

quien me tira del cuerpo a otros cuerpos

a ser posiblemente jóvenes:

yo persigo también el dulce amor,

el tierno amor para dormir al lado

y que alegre mi cama al despertarse,

cercano como un pájaro.

¡Si yo no puedo desnudarme nunca,

si jamás he podido entrar en unos brazos

sin sentir -aunque sea nada más que un momento-

igual deslumbramiento que a los veinte años !

Para saber de amor, para aprenderle,

haber estado solo es necesario.

Y es necesario en cuatrocientas noches

-con cuatrocientos cuerpos diferentes-

haber hecho el amor. Que sus misterios,


como dijo el poeta, son del alma,

pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado

sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,

mientras buscaba ese tendón del hombro.

Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones…

Aquella carretera de montaña

y los bien empleados abrazos furtivos

y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,

pegados a la tapia, cegados por las luces.

O aquel atardecer cerca del río

desnudos y riéndonos, de yedra coronados.

O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.

Y recuerdos de caras y ciudades

apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,

de escaleras sin luz, de camarotes,

de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,

y de infinitas casetas de baños,

de fosos de un castillo.

Recuerdos de vosotras, sobre todo,

oh noches en hoteles de una noche,

definitivas noches en pensiones sórdidas,

en cuartos recién fríos,

noches que devolvéis a vuestros huéspedes

un olvidado sabor a sí mismos!

La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,


de la langueur goûtée à ce mal d’être deux.

Sin despreciar

-alegres como fiesta entre semana-

las experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían

trabajos de amor disperso

si no existiese el verdadero amor.

Mi amor,

íntegra imagen de mi vida,

sol de las noches mismas que le robo.

Su juventud, la mía,

-música de mi fondo-

sonríe aún en la imprecisa gracia

de cada cuerpo joven,

en cada encuentro anónimo,

iluminándolo. Dándole un alma.

Y no hay muslos hermosos

que no me hagan pensar en sus hermosos muslos

cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida

que pueda compararla

con la pasión que da el conocimiento,

los años de experiencia

de nuestro amor.
Porque en amor también

es importante el tiempo,

y dulce, de algún modo,

verificar con mano melancólica

su perceptible paso por un cuerpo

-mientras que basta un gesto familiar

en los labios,

o la ligera palpitación de un miembro,

para hacerme sentir la maravilla

de aquella gracia antigua,

fugaz como un reflejo.

Sobre su piel borrosa,

cuando pasen más años y al final estemos,

quiero aplastar los labios invocando

la imagen de su cuerpo

y de todos los cuerpos que una vez amé

aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.

Para pedir la fuerza de poder vivir

sin belleza, sin fuerza y sin deseo,

mientras seguimos juntos

hasta morir en paz, los dos,

como dicen que mueren los que han amado mucho.

LA CALLE

(poema)
Octavio Paz
Es una calle larga y silenciosa.

Ando en tinieblas y tropiezo y caigo

y me levanto y piso con pies ciegos

las piedras mudas y las hojas secas

y alguien detrás de mí también las pisa:

si me detengo, se detiene;

si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.

Todo está oscuro y sin salida,

y doy vueltas y vueltas en esquinas

que dan siempre a la calle

donde nadie me espera ni me sigue,

donde yo sigo a un hombre que tropieza

y se levanta y dice al verme: nadie.

EL CABALLERO POBRE

(poema)

Aleksandr Pushkin (1799-1837)

Era un pobre caballero


silencioso, sencillo,
de rostro severo y pálido,
de alma osada y franca.
Tuvo una visión,
una visión maravillosa
que grabó en su corazón
una impresión profunda.
Desde entonces le ardía el corazón;
apartaba sus ojos de las mujeres,
y ya hasta la tumba
no volvió a hablar a ninguna.
Púsose un rosario al cuello,
como una insignia,
y jamás levantó ante nadie
la visera de acero de su casco.
Lleno de un puro amor,
fiel a su dulce visión, escribió con su sangre
A.M.D. sobre su escudo.
Y en los desiertos de Palestina,
mientras que entre las rocas
los paladines corrían al combate
invocando el nombre de su dama,
él gritaba con exaltación feroz:
Lumen coeli, sancta Rosa!
Y como el rayo, su ímpetu
fulminaba a los musulmanes.
De regreso a su castillo lejano,
vivió severamente como un recluso,
siempre silencioso, siempre triste,
muriendo por fin demente.

RELIEVES

(poema)

Ángel Crespo

La poesía es como una piedra en medio del camino.

El buen poeta tropieza en ella y cae.

El mal poeta nos la tira a la cabeza.

“Mattina” (Mañana) 

Giuseppe Ungaretti
M’illumino d’immenso

Me ilumino de inmensidad

A la hora de poner la mesa éramos


cinco], de José Luis Peixoto
a la hora de poner la mesa, éramos cinco:

mi padre, mi madre, mis hermanas

y yo. después, mi hermana mayor

se casó. después, mi hermana pequeña

se casó. después, mi padre murió. hoy,

a la hora de poner la mesa, somos cinco,

menos mi hermana mayor que está

en su casa, menos mi hermana

pequeña que está en su casa, menos mi

padre, menos mi madre viuda. cada uno

de ellos es un lugar vacío en esta mesa en la que

como solo. pero estarán siempre aquí.

a la hora de poner la mesa, seremos siempre cinco.

mientras uno de nosotros esté vivo, seremos

siempre cinco.

na hora de pôr a mesa, éramos cinco:

o meu pai, a minha mãe, as minhas irmãs

e eu. depois, a minha irmã mais velha

casou-se. depois, a minha irmã mais nova


casou-se. depois, o meu pai morreu. hoje,

na hora de pôr a mesa, somos cinco,

menos a minha irmã mais velha que está

na casa dela, menos a minha irmã mais

nova que está na casa dela, menos o meu

pai, menos a minha mãe viuva. cada um

deles é um lugar vazio nesta mesa onde

como sozinho. mas irão estar sempre aqui.

na hora de pôr a mesa, seremos sempre cinco.

enquanto um de nós estiver vivo, seremos

sempre cinco.

CHORUSES ON THE ROCK

(poema)

T.S. Elliot

  Then came, at a predetermined moment, a

  moment  in time and of time

A moment not out of time, but in timer, in

 What we call history; transecting,

 Bisecting the worl of time…..

 And that moment of time gave the meaning

Entonces apareció, en un momento dado, un

Momento de tiempo en el tiempo,

Un momento no fuera del tiempo, sino en el tiempo

En lo que llamamos historia: atravesando

 Y bisectando el mundo del tiempo.

Un momento justo en el tiempo, pero el tiempo se


hizo a través de ese momento: sin el cual el tiempo no tiene

sentido y ese momento de tiempo explicó todo. 

(TRADUCCIÓN de Javier Tejada)

VALS FÚNEBRE PARA HERMENGARDA

(poema)

Lêdo Ivo

Heme aquí junto a tu sepultura,

Hermengarda,

para llorar tu carne pobre y pura

que nadie de nosotros vio pudrirse.

Otros vendrán lúcidos y enlutados,

sin embargo yo vengo borracho,

Hermengarda, yo vengo borracho.

Y si mañana encuentran la cruz de tu tumba

caída en el suelo

no fue la noche, Hermengarda,

ni fue el viento.

Fui yo.

Quise amparar mi ebriedad en tu cruz

y rodé por el suelo donde reposas

cubierta de margaritas, triste todavía.

Heme aquí junto a tu tumba,

Hermengarda,

para llorar nuestro amor de siempre.

No es la noche, Hermengarda, ni es el viento.

Soy yo.

LOS AMOROSOS
(poema)

Jaime Sabines

Los amorosos callan. 


El amor es el silencio más fino, 
el más tembloroso, el más insoportable. 
Los amorosos buscan, 
los amorosos son los que abandonan, 
son los que cambian, los que olvidan. 

Su corazón les dice que nunca han de encontrar, 


no encuentran, buscan. 
Los amorosos andan como locos 
porque están solos, solos, solos, 
entregándose, dándose a cada rato, 
llorando porque no salvan al amor. 

Les preocupa el amor. Los amorosos 


viven al día, no pueden hacer más, no saben. 
Siempre se están yendo, 
siempre, hacia alguna parte. 
Esperan, 
no esperan nada, pero esperan. 

¿ASÍ QUE QUIERES SER ESCRITOR?

Charles Bukowski

Si no te sale ardiendo de dentro,


a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,


espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leérselo a tu esposa


o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.

No seas como tantos escritores,


no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

LOS CISNES SALVAJES DE COOLE

(poema)

William Butler Yeats

Los árboles están en plena belleza otoñal,


y los senderos del bosque están secos,
en el crepúsculo de octubre el agua
refleja un cielo quieto;
sobre el agua que desborda las piedras
hay cincuenta y nueve cisnes.

Diecinueve otoños me cayeron encima


desde la primera vez que los contara;
y vi, mucho antes de haber terminado
que todos de repente vuelo alzaban
dispersándose en grandes anillos rotos
en revuelo de alas clamorosas.

Yo apreciaba esas criaturas brillantes


y hoy mi corazón está dolido.
Todo cambió desde que, al oír en el ocaso,
por primera vez en esta costa
sobre mi cabeza el tañer de sus alas
con paso más ligero caminara.

Frescos aún, amante con amante,


chapotean en las frías
y afables corrientes o por el aire ascienden.
Sus corazones no han envejecido;
vagan a su antojo, pues pasión o conquista
aún los esperan.

Flotan ahora sobre el agua tranquila,


misteriosos y bellos.
¿Entre qué juncos se asentarán,
al borde de cuál lago o estanque
deleitarán los ojos de los hombres
cuando despierte yo algún día
para descubrir que se han volado?

CUANDO LEÍ EL LIBRO

Walt Whitman

Cuando leí el libro, la biografía célebre,

¿Es esto, me dije, lo que el autor llama la vida de un hombre?

¿Y alguno, cuando yo haya muerto y me haya ido, escribirá así mi vida?

(Como si algún hombre conociera realmente algo de mi vida,


si yo mismo a menudo pienso que sé muy poco, o nada, de mi vida verdadera,

Sólo algunas insinuaciones, algunos indicios difusos e indirectos,

Que quiero descubrirlos aquí para mi provecho.)

Walt Witman, Hojas de hierba (1855)

ARTE

Charles Bukowski

Cuando el
Espíritu
Se desvanece
Aparece
La
Forma.

HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA

(poema)

Miguel Hernández

(Hijo de la sombra )

Eres la noche, esposa: la noche en el instante

mayor de su potencia lunar y femenina.

Eres la medianoche: la sombra culminante

donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema

lleva su gran pisada del sol adonde quieres,

con un sólido impulso, con una luz suprema,

cumbre de las montañas y los atardeceres.


Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje

su avaricioso anhelo de imán y poderío.

Un astral sentimiento febril me sobrecoge,

incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,

y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.

Como una tempestad de enloquecidos lechos,

eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera

de llamas minerales y oscuras embestidas.

Y alrededor la sombra late como si fuera

las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,

la visible ceguera puesta sobre quien ama;

ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,

ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,

besos que la constelen de relámpagos largos,

bocas embravecidas, batidas, que atenacen,

arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,


tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.

Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,

con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,

amor, tuétano, luna, claras oscuridades.

Brota de sus perezas y de sus agujeros,

y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,

y a su origen infunden los astros una siembra,

un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,

que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,

tendiendo está la sombra su constelada umbría,

volcando las parejas y haciéndolas nupciales.

Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

II

(Hijo de la luz )

Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,

recibes entornadas las horas de tu frente.

Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra

tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.


Centro de claridades, la gran hora te espera

en el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:

te espero yo, inclinado como el trigo a la era,

colocando en el centro de la luz nuestra casa.

La noche desprendida de los pozos oscuros,

se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.

Y tú te abres al parto luminoso, entre muros

que se rasgan contigo como pétreas matrices.

La gran hora del parto, la más rotunda hora:

estallan los relojes sintiendo tu alarido,

se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,

y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.

El hijo fue primero sombra y ropa cosida

por tu corazón hondo desde tus hondas manos.

Con sombras y con ropas anticipó su vida,

con sombras y con ropas de gérmenes humanos.

Las sombras y las ropas sin población, desiertas,

se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,

que en nuestra casa pone de par en par las puertas,

Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.

¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!


Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.

Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.

Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.

Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,

mientras tu madre y yo vamos a la agonía,

dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

Hablo, y el corazón me sale en el aliento.

Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.

Con espliego y resinas perfumo tu aposento.

Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

III

(Hijo de la luz y la sombra )

Tejidos en el alba, grabados, dos panales

no pueden detener la miel en los pezones.

Tus pechos en el alba: maternos manantiales,

luchan y se atropellan con blancas efusiones.

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,

hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.

Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,

tú toda una colmena de leche con espuma.


Es como si tu sangre fuera dulzura toda,

laboriosas abejas filtradas por tus poros.

Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda

junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.

Tu caudaloso vientre será mi sepultura.

Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,

verían que grabada llevo allí tu figura.

Para siempre fundidos en el hijo quedamos:

fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:

en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,

en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,

laten junto a los vivos de una manera terca.

Viene a ocupar el hijo los campos y la casa

que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

Haremos de este hijo generador sustento,

y hará de nuestra carne materia decisiva

donde asienten su alma, las manos y el aliento,

las hélices circulen, la agricultura viva.

Él hará que esta vida no caiga derribada,


pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,

que de nuestras dos bocas hará una sola espada

y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.

No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia

y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.

Porque la especie humana me han dado por herencia,

la familia del hijo será la especie humana.

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,

seguiremos besándonos en el hijo profundo.

Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,

se besan los primeros pobladores del mundo.

AJENO

(poema)

Claudio Rodríguez

Largo se le hace el día a quien no ama


y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

DON DE LA DISTANCIA

(poema)

MARIO LOURTAU 

El destino ha querido separar vida y muerte

de tal modo que la vida se prolongue

hasta el cauce salado que divide las sombras de las luces,

donde muerte, frío, y silencio se confunden

con olas y naufragios.

El río donde nadamos no es tan solo

el agua donde juegan los chavales

de una tarde agostada de recuerdos y estrellas.

El río donde nadamos, como peces caducos,

es el tramo confuso de unos labios

que se acercan a besarnos

y marcan nuestra piel de adolescentes,

o la orilla fría y desnuda que contempla

el curso de los años sucesivos.

Arrastran las corrientes,

como aves cansadas de fingir el invierno,

los nombres de lugares memorables que ya

nadie recuerda, un hálito fugaz


de aquello que hemos sido y desvanece.

Cuando el tiempo persigue nuestros pasos sin dueño

es el don de la distancia quien nos guarda y redime

de buscar el apremio de las aguas someras

o nadar hacia el fondo de una tarde de niebla

por los cauces salados donde crecen las sombras.

LA DESAPARICIÓN DE UNA FAMILIA

(poema)

Juan Luis Martínez

1.  Antes que su hija de 5 años

se extraviara entre el comedor y la cocina,

él le había advertido: “-Esta casa no es grande ni pequeña,

pero al menor descuido se borrarán las señales de ruta

y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza”.

2.  Antes que su hijo de 10 años se extraviara

entre la sala de baño y el cuarto de los juguetes,

él le había advertido: “-Esta, la casa en que vives,

no es ancha ni delgada: sólo delgada como un cabello

y ancha tal vez como la aurora,

pero al menor descuido olvidarás las señales de ruta

y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza”.


 

3.  Antes que “Musch” y “Gurba”, los gatos de la casa,

desaparecieran en el living

entre unos almohadones y un Buddha de porcelana,

él les había advertido:

“-Esta casa que hemos compartido durante tantos años

es bajita como el suelo y tan alta o más que el cielo,

pero, estad vigilantes

porque al menor descuido confundiréis las señales de ruta

y de esta vida al fin, habréis perdido toda esperanza”.

4.  Antes que “Sogol”, su pequeño fox-terrier, desapareciera

en el séptimo peldaño de la escalera hacia el 2º piso,

él le había dicho: “-Cuidado viejo camarada mío,

por las ventanas de esta casa entra el tiempo,

por las puertas sale el espacio;

al menor descuido ya no escucharás las señales de ruta

y de esta vida al fin, habrás perdido toda esperanza”.

5.  Ese último día, antes que él mismo se extraviara

entre el desayuno y la hora del té,

advirtió para sus adentros:

“-Ahora que el tiempo se ha muerto

y el espacio agoniza en la cama de mi mujer,

desearía decir a los próximos que vienen,


que en esta casa miserable

nunca hubo ruta ni señal alguna

y de esta vida al fin, he perdido toda esperanza”.

YEPES COCKTAIL

José Hierro

Juan de la Cruz, dime si merecía


la pena descolgarte, por la noche,
de tu prisión al Tajo, ser herido
por las palabras y las disciplinas,
soportar corazones, bocas, ojos
rigurosos, beber la soledad…

-¡Otro whisky? …

                               La pelirroja
-caderas anchas, ojos verdes-
ofrece ginebra a un amigo.
hombros y pechos le palpitan
en el reír. ¡Oh llama de amor viva,
que dulcemente hieres!…

Junto al embajador de China.


detrás de la cantante sueca,
del agregado militar
de Estados Unidos de América.
Juan de la Cruz bebe un licor
de luz de miel…

                           (Dime si merecía
la pena, Juan de Yepes, vadear
20 noches, llagas, olvidos, hielos, hierros,
adentrar en la nada el cuerpo, hacer
que de él nacieran las palabras vivas,
en silencio y tristeza, Juan de Yepes…
Amor, llama, palabras: poesía,
tiempo abolido… Di si merecía
la pena para esto…)

                              El aplaudido
autor con el puro del éxito,
la amiguita del productor
velando su pudor de nylon.
las mejillas que se aproximan
femeninamente: «Mi rouge
mancha, preciosa…» (Mancha amor
cuando en las bocas no hay amor.)

(Juan de la Cruz, dime si merecía


la pena padecer con fuego y sombra,
beber los zumos de la pesadumbre,
batir la carne contra el yunque, Juan
de Yepes, para esto… Vagabundo
por el amor, y huérfano de amor…)

Incluido en Libro de las alucinaciones, 1964

Poema de Gonzalo Millán: Piscis 


Los ojos de los peces

estaban

siempre mirándonos,

abiertos y voraces,

desmesurados como soles.

Y lo ignoramos

con nuestra ceguera

de gusanos,

atentos únicamente

al dolor del anzuelo.

Discurso en la oficina de objetos perdidos

Wislawa Szymborska
Perdí unas pocas diosas camino del sur al norte,

también muchos dioses camino de este a oeste.

Un par de estrellas se apagaron para siempre, ábrete, oh cielo.

Una isla, otra se me perdió en el mar.

Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,

quién anda con mi piel,

quién habita mi caparazón.

Mis parientes se extinguieron cuando repté a tierra,

y sólo algún pequeño hueso dentro de mí celebra el aniversario.

He saltado fuera de mi piel, desparramado vértebras y piernas,

dejado mis sentidos muchas, muchas veces.

Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,

chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.

Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.

Me sorprendo de cuán poco queda de mí:

un ser individual, por el momento del género humano,

que ayer simplemente perdió un paraguas en un tranvía.

 Veinte poemas de amor

*****
Haré una poesía sobre absolutamente nada
Guillermo de Poitiers (Aquitano, 1071-1126)

Haré una poesía sobre absolutamente nada:


no se tratará de ti ni de ninguna otra gente;
no tratará de amor ni de juventud,
ni de ninguna otra cosa,
habrá sido compuesta mientras dormía,
sobre un caballo.
(…)
Ya he hecho la poesía no sé de qué;
la enviaré ahora a aquel
que por medio de otro me la transmitirá
al Petitieu,
para que mi dama me envíe la contrallave
de su estuche.

*****
Tú me has llenado de dolor la mente
Guido Cavalcanti (Florentino, 1250-1300)

Tú me has llenado de dolor la mente,


tanto que el alma se esfuerza por partir
y los suspiros del corazón doliente
muestran a los ojos que no puedo más.
Amor, que tu gran valor siente,
dice; “Lamento que debas morir
por esta cruel dama que no parece
oír que habla la piedad por ti”.
Voy como el que está afuera de la vida,
que a la vista parece un hombre
tallado en piedra, bronce o madera,
mas camina sólo por costumbre
y en el corazón lleva la herida
que es señal de muerte verdadera.

*****
Relámpago en reposo
Octavio Paz (Mexicano, 1914-1998)

Tendida,
piedra hecha de mediodía,
ojos entrecerrados donde el blanco azulea,
entornada sonrisa.
Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.
Luego te tiendes,
delgada estría de lava en la roca,
rayo dormido.
Mientras duermes te acaricio y te pulo
hacha esbelta,
flecha con que incendio la noche.
El mar combate allá lejos con espadas y plumas.
*****
Soneto
Elizabeth B. Browning (Inglesa, 1806-1861)

Si amarme quieres, sólo amor te mueva.


No digas: la he de amar porque me agrada
su celestial sonrisa, su mirada,
su voz, su pensamiento, que se eleva
como el mío, y al alma mía lleva
grata emoción. Que, la emoción pasada,
pudiera ser por ti menospreciada;
tal amor no triunfara en toda prueba.
Ni nazca tu cariño del encanto
que hallas tal vez al enjugar mi llanto:
quizá por ti olvidara mi dolor,
y me olvidaras tú, feliz al verme.
Amame por amor; así quererme
podrás en una eternidad de amor.

*****

La piedad del amor


W. B. Yeats (Irlandés, 1865-1939)

Una piedad indecible


se esconde en el corazón del amor;
quienes compran y venden,
las nubes en sus altos viajes,
los vientos fríos y húmedos que soplan siempre
y el bosque fantasmal de los avellanos
donde corren aguas grises
amenazan esa cabeza que amo.

*****

El canto de amor
Guillaume Apollinaire (Francés, 1880-1918)

He aquí de qué está hecho el canto sinfónico del amor


Está el canto del amor de antes
El ruido de los besos enloquecidos de los amantes
ilustres
Los gritos de amor de las mortales violadas por los
dioses
Las virilidades de los héroes fabulosos levantadas
como cañones antiaéreos
El precioso alarido de Jasón
El canto mortal del cisne
Y el himno victorioso que los primeros rayos de sol
hicieron cantar a Simón el inmóvil
Está el grito de las sabinas en el momento en que eran
raptadas
Están también los gritos de amor de los felinos en las
junglas
El rumor sordo de la savia que trepa por dentro de las
plantas tropicales
El trueno de las artillerías que hacen realidad el terrible
amor de los pueblos
Las olas del mar donde nacen la vida y la belleza
Ahí está el canto de todo el amor del mundo

*****

Ultimo poema
Robert Desnos (Francés, 1900-1945)

Tanto soñé contigo,


Caminé tanto, hablé tanto,
Tanto amé tu sombra,
Que ya nada me queda de ti.
Sólo me queda ser la sombra entre las sombras
ser cien veces más sombra que la sombra
ser la sombra que retornará y retornará siempre
en tu vida llena de sol.

*****

Se miran, se presienten, se desean


Oliverio Girondo (Argentino, 1891-1967)

Se miran, se presienten, se desean,


se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.

*****

En el cristal de tu divina mano


Luis de Góngora (Español, 1561-1627)

En el cristal de tu divina mano


de Amor bebí el dulcísimo veneno,
néctar ardiente que me abrasa el seno
y templar con la ausencia pensé en vano;
Tal, Claudia bella, del rapaz tirano
es arpón de oro tu mirar sereno,
que cuanto más ausente dél, más peno,
de sus golpes el pecho menos sano.
Tus cadenas al pie, lloro al ruido
de un eslabón y otro mi destierro,
más desviado, pero más perdido.
¿Cuándo será aquel día que por yerro,
oh serafín, desates, bien nacido,
con manos de cristal nudos de hierro?

*****

Soneto amoroso definiendo el amor


Francisco de Quevedo (Español, 1580-1645)

Es yelo abrasador, es fuego helado,


es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado;
es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado;
es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo;
enfermedad que crece si es curada.
Este es el niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

*****

A Eros
Alfonsina Storni (Argentina, 1892-1938)

He aquí que te cacé por el pescuezo


a la orilla del mar, mientras movías
las flechas de tu aljaba para herirme
y vi en el suelo tu floreal corona.
Como a un muñeco destripé tu vientre
y examiné sus ruedas engañosas
y muy envuelta en sus poleas de oro
hallé una trampa que decía: sexo.
Sobre la playa, ya un guiñapo triste,
te mostré al sol, buscón de tus hazañas,
ante un corro asustado de sirenas.
Iba subiendo por la cuesta albina
tu madrina de engaños, Doña Luna,
y te arrojé a la boca de las olas.

*****

Soneto LXVI
Pablo Neruda (Chileno, 1904-1973)

No te quiero sino porque te quiero


y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.
Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.
Tal vez consumirá la luz de Enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.
En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

*****

Le regret d’Heraclite
Jorge Luis Borges (Argentino, 1899-1986)
Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
Aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach.

*****

Sin título
Juan Gelman (Argentino, 1930)

amor que se serena ¿termina?


¿empieza? ¿qué nueva
vejez le espera por vivir?
¿qué fulgor? amor asomándose
de sí mismo a sí mismo siendo
también memoria de sí
comiendo
de sí ¿qué vieja
sombra le chupará la nuca? oh pestes
que visitaron mi país
atacaron se fueron
ajenas como el viento

*****

Por qué viniste


Hilda Doolittle (Estadounidense, 1886-1961)

¿Por qué viniste


a perturbar mi decadencia?
Soy vieja (era vieja hasta que llegaste);
la rosa más roja se abre
(qué ridículo,
en esta época, en este lugar,
imposible, impropio,
hasta ligeramente escandaloso),
la rosa más roja se abre;
(nadie puede detener,
ninguna amenaza inmanente del aire,
ni siquiera el clima,
que marchita nuestra fruta veraniega),
la rosa más roja se abre
(tienen que tomarlo en cuenta).

*****

Si no quiero
Idea Vilariño (Uruguaya, 1920-2009)

Si no quiero
si no estoy esperando
si es mentira
si lo hago por vivir
por ir pasando
si estoy aquí sin sueños
sin esperanzas y
sin nada que me sirva
ni le sirva a la vida
y los miro sin asco
con paciencia
y me digo
se creen todo se
dedican la vida
sufren
no dudan nunca
miran besan se ríen
y sin sospechar nada
aseguran que aman.

*****

Amor se fue
Macedonio Fernández (Argentino, 1874-1952)

Amor se fue; mientras duró


de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera.

*****

XV
César Vallejo (Peruano, 1892-1938)

En el rincón aquel, donde dormimos juntos


tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o tal vez qué habrá pasado.
Has venido temprano a otros asuntos
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.
Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.
En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto…
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra a sombra.

*****

Sin título
Ernesto Cardenal (Nicaragüense, 1925)

Me contaron que estabas enamorada de otro


y entonces me fui a mi cuarto
y escribí ese artículo contra el Gobierno
por el que estoy preso.

*****

Vete de mí
Homero Expósito (Argentino, 1918-1987)

Tú, que llenas todo de alegría y juventud


y ves fantasmas en la noche de trasluz
y oyes el canto perfumado del azul
vete de mí.
No te detengas a mirar
las ramas viejas del rosal
que se marchitan sin dar flor,
mira el paisaje del amor
que es la razón para soñar y amar.
Yo, que ya he luchado contra toda la maldad,
tengo las manos tan deshechas de apretar
que ni te puedo sujetar,
vete de mí.
Seré en tu vida lo mejor
de la neblina del ayer
cuando me llegues a olvidar
como es mejor el verso aquel
que no podemos recordar.
Seré en tu vida lo mejor
de la neblina del ayer
cuando me llegues a olvidar
como es mejor el verso aquel
que no podemos recordar.

También podría gustarte