Desbiologización
de la cultura: Los boasianos[4]
C omo ya he indicado hace algunas páginas, a lo largo de todo el siglo XX los
defensores de teorías biológicas y culturales de la evolución de los sistemas
socioculturales han guerreado incesantemente entre sí. En un bando estaban los
biologicistas, quienes esgrimen una pléyade de factores hereditarios, raciales y
genéticos para explicar las diferencias y semejanzas culturales; en el otro, los
desbiologizadores, quienes otorgan mayor peso a la educación y la influencia del
entorno.
A mediados de siglo, los adalides de la educación y el entorno parecían llevar la
delantera. Sin embargo, recientemente los biologicistas han recuperado gran parte del
crédito de que gozaban a principios de siglo.
Raciología, eugenesia y hereditarismo
A principios del siglo XX, las autoridades científicas reconocidas y el público veían la
especie humana dividida en un pequeño número de razas permanentes y antiguas, que
poseían distintas culturas y hablaban lenguas emparentadas. Estas razas, lenguas y
culturas se clasificaron en tipos superiores e inferiores, siguiendo el criterio del
establishment académico, casi exclusivamente blanco, de Europa y Norteamérica. La
gran mayoría de los estudiosos atribuyeron este ordenamiento jerárquico al resultado
de la «lucha por la supervivencia» de Herbert Spencer y Charles Darwin (una
expresión acuñada por Spencer y retomada por Darwin).
Para Spencer y otros darwinistas sociales (o «spenceristas» biologicistas, me
inclinaría yo a decir), la desaparición de los individuos y razas «inferiores» era un
resultado natural e inevitable de la competencia. Si se dejaba seguir su curso al
proceso evolutivo, las razas superiores pronto reemplazarían a las inferiores. Más
adelante, el científico inglés Francis Galton (1908) realizó el descubrimiento
inquietante (para él) de que las «razas inferiores» practicaban la exogamia con las
supuestamente superiores. Este descubrimiento propició el nacimiento del
movimiento por la eugenesia. Como veremos en el capítulo 8, la fecundidad de los
estratos sociales desaventajados sigue resultando una incógnita para los
neodarwinistas, quienes consideran que la única medida del «éxito reproductivo» es
la adaptación evolutiva.
Los eugenistas alegaban que no podía dejarse que la naturaleza siguiera su curso.
Debía impedirse la entrada en Estados Unidos y otras sociedades avanzadas de los
especímenes inferiores aunque fértiles de Asia y de Europa del Sur y el Este o, en
caso de que lograran penetrar, debía vetárseles la reproducción. Según Charles
Davenport (1912:219), la esterilización obligatoria en masa era la única forma de
tratar a quienes poseían plasma germinal «imbécil, epiléptico, loco, criminal». En la
década de 1920, las opiniones de eugenistas como Galton, Davenport y el profesor de
Harvard Roland Dixon (1923) seguían prevaleciendo en las más altas instancias de
los círculos universitarios y gubernamentales. Al firmar la Ley de Inmigración de
1924, el presidente Calvin Coolidge declaró:
Norteamérica debe seguir siendo norteamericana. Las leyes biológicas
demuestran que los nórdicos se deterioran al mezclarse con otras razas (citado
por Stoskopf en 19%).
De una forma más espeluznante, la «solución final» de Hitler constituyó una
versión acelerada de la eugenesia: Esta buscaba la «pureza racial» mediante el control
prolongado de la natalidad; aquella, mediante un asesinato en masa inmediato.
En el debate «natura frente a cultura» —una formulación concisa que también
debemos a Galton—, los eugenistas eran necesariamente hereditaristas a ultranza.
Fue su rechazo de que la condición humana pudiera modificarse sustancialmente
manipulando el entorno lo que constituyó el fundamento de la esterilización y otras
formas de intervención eugenésica.
Oposición a las teorías biologicistas de la cultura
Franz Boas y sus estudiantes hicieron mucho por combatir, o refutar, la creencia
imperante de que la raza, la lengua y la cultura eran inseparables y que algunas razas,
lenguas y culturas eran mejores, más civilizadas y más adaptadas a la supervivencia
que otras. Boas afirmó en su libro The mind of primitive man (1911:278):
Espero que los argumentos expuestos en estas páginas hayan demostrado
que los datos de la antropología nos enseñan una mayor tolerancia ante
formas de civilización diferentes de las nuestras, que aprendamos a mirar a las
demás razas con una mayor simpatía y con la convicción de que, al igual que
todas las razas contribuyeron en el pasado al progreso cultural de una u otra
forma, serán capaces de coadyuvar a los intereses de la humanidad: Basta con
que estemos dispuestos a darles una oportunidad justa.
Con el nombramiento de Boas como profesor de antropología física en 1896
(Lesser 1981), el Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia se
convirtió en un centro mundial de oposición académica a las teorías biologicistas y
raciológicas dominantes sobre la cultura. La motivación principal del intento
boasiano de refutar a sus adversarios hereditaristas fue su conocimiento empírico de
primera mano de formas de cultura propias de tribus, bandas y pueblos radicalmente
opuestos a los occidentales. Boas y sus estudiantes recabaron sus datos mediante
investigación de campo empírica, principalmente entre los indios norteamericanos.
Para corregir la fusión de raza, lengua y cultura mostraron que tribus, bandas o
pueblos que poseían culturas similares a menudo hablaban lenguas distintas y
mutuamente ininteligibles. Mostraron también que, aunque algunos nativos
norteamericanos parecían similares desde el punto de vista racial, sus culturas podían
ser notablemente diferentes. Además, tras una inspección más detenida, las lenguas y
culturas de dichos nativos no dieron muestras de ningún tipo de inferioridad racial.
Sus complejos sistemas de emparentamiento, su rica vida religiosa y ritual y sus
tecnologías ingeniosas y eficientes desacreditaban las doctrinas raciológicas y
hereditaristas. Lo mismo hizo el descubrimiento de que lenguajes hablados por
pueblos supuestamente «primitivos» poseían gramáticas complejas y llenas de
matices, capaces de expresar los pensamientos más sutiles y exaltados. En palabras
del lingüista boasiano Edward Sapir (1924:234):
En cuanto a la forma lingüística, Platón va de la mano con el porquero
macedonio; Confucio, con los salvajes cazadores de cabezas de Asia.
Margaret Mead, la alumna más célebre de Boas, atacó frontalmente la postura
hereditarista en su libro Coming of age in Samoa (1928). Trató de demostrar que los
factores biológicos pesaban menos en la adolescencia a la hora de determinar el
comportamiento que los factores culturales. Pese a la crítica que formuló sobre su
teoría Derek Freeman (1983), Mead supo poner en entredicho el dogma hereditarista,
que a la sazón dominaba insultantemente el panorama académico. Aunque es posible
que desvirtuara por descuido algunos aspectos de la conducta adolescente entre los
samoanos, la existencia de variaciones culturalmente determinadas en el grado de
libertad sexual de los adolescentes está perfectamente demostrada (Schlegel y Barry
1991). Por otra parte, como sostiene Paul Shankman (1996), la teoría de Freeman
quizás carezca tanto como la de Mead de un respaldo fáctico adecuado, y el problema
dista de estar resuelto.
Pese a la popularidad ininterrumpida de los viejos principios raciológicos y
hereditaristas de la década de 1910, Boas y sus estudiantes pudieron abrirse un sólido
hueco en los medios académicos. Contribuyó a ello un cambio en la proveniencia de
la ola de inmigrantes a Norteamérica, que pasaron de ser del noroeste a proceder del
sur y el este de Europa. Al estallar la Primera Guerra Mundial, esta corriente
demográfica condujo a la formación de nuevas instancias políticas que contestaban la
hegemonía WASP (protestantes anglosajones blancos) y eran más receptivas a los
postulados boasianos.
No obstante, la antropología boasiana no logró imponerse antes de finales de la
década de 1930. En los años veinte, antropólogos de Harvard como Aleš Hrdlicka y
Ernest Hooton seguían siendo férreos defensores de la superioridad nórdica, de la
eugenesia y de la exclusión de los inmigrantes de Asia y Europa del Sur y el Este. En
esa época, las principales y más prestigiosas universidades privadas, incluida la de
Columbia seguían expresando abiertamente su oposición a la admisión de judíos y
otras «razas inferiores» (Sacks 1994). El acallamiento de las voces racistas,
raciológicas y hereditaristas no puede atribuirse a nuevos descubrimientos que
contradijeran estas posturas. Lo que inclinó la balanza en favor de los boasianos
fueron los acontecimientos que se sucedían en el mundo entero y lo iban a precipitar
a la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Con la crisis del capitalismo, las
teorías racistas y hereditaristas volvieron al primer plano de la política
norteamericana y europea.
En Alemania, los nazis hacían de la pureza racial y la supremacía teutona los
eslóganes centrales de su ascenso al poder, mientras que, en Estados Unidos millones
de personas seguían los exabruptos racistas semanales de los sermones radiofónicos
del padre Coughlin. El antisemitismo se predicaba por doquier, y lo practicaban tanto
científicos como componentes de la clase obrera, necesitados de chivos expiatorios a
quienes achacar las crisis económicas y sociales. Resultaría improcedente que me
pusiera a elaborar la lista de los nombres de boasianos que, además del propio Boas,
reconocían su extracción hebrea, y de ninguna manera quiero dar a entender que la
movilización de conocimientos antropológicos en la lucha contra el antisemitismo de
la década de 1930 dependiera exclusivamente de la iniciativa de gentes de origen
judío. No se me podrá negar, con todo, que la perspectiva de ser una diana predilecta
del fulminante odio «racial» aviva poderosamente el ingenio para refutar tesis
racistas, raciológicas y hereditaristas.
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la credibilidad de estas doctrinas
racistas, raciológicas y hereditarias quedó mermada. Ante el espectáculo de los
germanos proclamándose la «raza superior» y prometiendo dominar Europa durante
un milenio, la defensa abierta de teorías racistas, radiológicas y hereditaristas cayó en
desgracia. Cuando los aliados calificaron la Segunda Guerra Mundial de «guerra
destinada a dar seguridad a la democracia en el mundo», abrazar teorías racistas y
hereditaristas se consideraba oficialmente una postura sediciosa contra la prosecución
del esfuerzo bélico. Las chifladas teorías nazis sobre la supremacía teutona
provocaron la repugnancia y el miedo cuando los aliados fueron familiarizándose con
la existencia de campos de la muerte y crematorios dedicados al exterminio de judíos,
gitanos y homosexuales.
Con el respaldo oficial a sus tesis, boasianos como Ruth Benedict (1940; 1943),
Gene Weltfish (Benedict y Weltfish 1947), Margaret Mead (1942) y muchos otros
(incluidos el propio Boas, hasta su muerte en 1942), sacaron a la luz un diluvio de
libros, artículos periodísticos y panfletos para consumo de las masas que tenían por
objeto combatir las doctrinas racistas y hereditaristas. (Permítanme señalar entre
paréntesis que, durante la Segunda Guerra Mundial, los antropólogos no fueron
meramente contratados para respaldar el esfuerzo bélico o alentados a ello, sino que
sorprende cuántos de ellos participaron en acciones clandestinas por cuenta de los
predecesores de la CIA y otras agencias de inteligencia gubernamentales de las cuales
poco ha trascendido [Price 1996]).
Aunque la tesis boasiana realizó progresos considerables como resultado de su
contribución a la guerra, persistieron poderosas contracorrientes de pensamiento
racista y hereditarista. Los medios militares norteamericanos, por ejemplo,
permanecieron segregados en función de la raza y el sexo hasta el fin de la guerra,
por no mencionar la referencia constante al enemigo japonés como una raza aparte,
sin rasgos que lo pudieran redimir.
Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial inclinó la balanza académica del lado
de los principios boasianos. En las décadas de 1950 y 1960, los antropólogos
formados por Boas aportaron muchos de los argumentos científicos y político-
ideológicos que haría suyos el movimiento de los derechos civiles y la discriminación
positiva. Fue en esa época también cuando la crítica boasiana de la raciología,
extractada por Ashley Montagu, un experto formado en Columbia, constituyó el
punto de partida de la «Declaración de los expertos sobre los problemas raciales»
(1950) de la UNESCO.
La Segunda Guerra Mundial creó un ambiente favorable a los boasianos en otro
aspecto. Dio a los veteranos de guerra que volvieron (unos catorce millones) acceso a
titulaciones universitarias, anteriormente fuera del alcance de los miembros de las
clases media-baja y obrera y de las minorías étnicas. El departamento de Columbia,
en particular, debió gran parte de sus estudios y activismo político en pro de los
principios antihereditaristas y antirracistas boasianos a la llegada de estos estudiantes
e instructores de izquierdas.
Durante las décadas de 1970 y 1980, se produjo una reacción popular entre las
clases trabajadoras y medias blancas contra el estado del bienestar, la guerra contra la
pobreza, la discriminación positiva y otros planteamientos «educativos» de la «Great
Society». Hoy puede apreciarse, retrospectivamente, que muchos antropólogos se
dejaron embargar por una falsa sensación de seguridad por el triunfo aparente de la
postura boasiana sobre la raza y la herencia, y que calcularon mal el ímpetu de la
reacción que se estaba preparando. Sin duda, durante esos decenios dejaron de estar a
la orden del día los estudios sobre la raza, tema que desapareció de muchos libros de
texto, y muchos antropólogos se negaron a debatir el tema porque consideraban que
la raza no era una categoría taxonómica válida desde el punto de vista biológico para
describir a los pueblos humanos. En el mejor de los casos, se reconocía
exclusivamente que existía algo parecido a la «raza social»: Un concepto emics,
resultado de la fabulación cultural, con tanta verosimilitud como un cuento popular
(Paredes 1997).
Algunos estudiosos, incluidos los miembros de un comité oficial de la Asociación
Norteamericana de Antropología (Anthropology Newsletter, abril de 1997:1),
sugirieron que los antropólogos abandonaran el término por completo. En 1985, sólo
el 50 por 100 de los antropólogos físicos y el 30 por 100 de los antropólogos
culturales de departamentos habilitados para conceder licencias estaban de acuerdo
con la afirmación de que «hay razas biológicas dentro de la especie Homo sapiens»
(Liebennan y Kirie 1996), y sólo un puñado de libros de texto de iniciación trataban
el tema (Shanklin 1994). Y, sin embargo, el término no es completamente inútil en el
discurso biológico pues, de lo contrario, ¿por qué habría puesto Charles Darwin el
siguiente título a su obra: El origen de las especies por medio de la selección natural
o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida?
Oposición a la perspectiva emics de la raza
La propuesta de erradicar la palabra «raza» del discurso académico como medio de
combatir el racismo y las doctrinas raciológicas sólo sirve para difundir la ya de por
sí generalizada sospecha de que los antropólogos constituyen una tribu excéntrica.
Afirmar que las razas humanas no existen confundirá sin duda a las personas cuyas
vidas han sido marcadas y condicionadas por la impronta de sus experiencias en
calidad de miembros de una u otra raza. Es evidente que la existencia de razas
humanas en un sentido emics no puede ser objeto de controversia.
Gran parte de la confusión que rodea la definición de raza se debe al hecho no
inusual de que las versiones emics y etics no se corresponden. Es más, no sólo no se
corresponden, sino que se contradicen abiertamente en muchos puntos. Dada la gran
importancia político-moral del concepto de raza, sigue siendo una obligación
fundamental de la antropología enfrentarse a las diferentes versiones emics de raza y
someterlas a un análisis riguroso con objeto de desvelar las falacias que entrañan.
Será mucho más beneficioso exponer estas falacias —señalar qué hay de falso en las
ideas populares sobre raza— que tratar de definir raza en términos etics positivos y
agradables para todos los observadores. No voy a intentar ofrecer una relación
exhaustiva de todos los errores y conceptos equivocados subsumidos en las
definiciones populares de raza. Cuantas más falacias se presenten, más
probabilidades habrá de que encontremos opiniones contrapuestas acerca de su rango
desde el punto de vista etics. Con todo, sí hay ciertos puntos clave sobre los que
concuerda la mayoría de los antropólogos y que pueden contraponerse sin problemas
con las falacias emics.
Por ejemplo, entre las principales falacias básicas de que está teñida la
perspectiva emics de la raza está la creencia de que hay un número fijo de razas
humanas, sobre el que hay un consenso científico. Nada más lejos de la realidad: Los
antropólogos físicos han utilizado o propuesto como mínimo catorce tipologías de
razas diferentes durante el siglo XX (Molnar 1983:19); algunas de ellas constaban de
sólo cuatro o cinco razas, como australoides, capoides, caucasoides, congoides y
mongoloides (Coon 1965); otras, de hasta treinta y dos (Molnar 1992:25). Algunos
antropólogos físicos han hablado de «estirpes» raciales, que han dividido en treinta
razas distintas, subdividiendo a los caucásicos en bálticos, nórdicos, alpinos,
dináricos y mediterráneos. El gran número de tipologías etics se debe al uso de
distintos criterios de clasificación por parte de diferentes investigadores: Algunos dan
más importancia a los grupos sanguíneos; otros se centran en el color de la piel y los
rasgos craneales y del esqueleto; otros atienden al ADN. Dado que todos estos rasgos
aparecen de una manera discordante (no van juntos en un solo paquete), las tipologías
resultantes pueden considerarse demarcaciones arbitrarias carentes de significado
biológico (frente, por ejemplo, al significado biológico de los organismos que
pertenecen a diferentes especies).
Otra falacia común es la creencia de que las razas humanas no pueden prestarse a
hibridaciones o no es normal que lo hagan. Por el contrario, todas las poblaciones
humanas conocidas pueden emparejarse y tener descendencia fértil
independientemente de su raza etics. Además, en cada divisoria geográfica o social
entre los grandes pueblos, se encuentran muestras de flujo génico en forma de
frecuencias génicas intermedias. Durante milenios, las conquistas militares
propiciaron la aparición de nuevos patrones genéticos indicativos de un cruce
genético generalizado. En tiempos más recientes, las grandes migraciones
(voluntarias y forzosas) han dado lugar a nuevos patrones de diversidad genética en
todo el hemisferio occidental y en gran parte de África. Además, como consecuencia
de la globalización industrial, es de esperar que estas nuevas razas se hagan aún más
comunes y se difundan por regiones aún más vastas, imponiéndose a las tendencias
aislacionistas.
Y, sin embargo, otra falacia es la creencia popular de que la identidad racial emics
de un individuo está determinada por su ascendencia biológica. De hecho, en Estados
Unidos y en otras sociedades sensibilizadas sobre la raza, se asigna una identidad
racial a los individuos en función de reglas arbitrarias de ascendencia, y no de
acuerdo con criterios biológicos. En los Estados Unidos, la norma de que «basta una
sola gota de sangre» sigue a la orden del día. Tener un ancestro de una raza emics
particular es suficiente para establecer la identidad racial propia. Así, si el padre es
negro y la madre blanca, todos los niños que tengan juntos serán negros. Cuando la
realidad biológica es que heredamos la mitad de nuestros núcleos celulares genéticos
del padre y la otra mitad de la madre.
Por último, señalemos la falacia según la cual cada raza tiene su propia lengua y
cultura. Naturalmente, nos retrotrae al error originario del racismo y la raciología, que
Boas y sus estudiantes creyeron haber desterrado para siempre. Es obvio que, entre
razas que ocupan continentes o subcontinentes, hay por lo menos tantas variaciones
culturales y lingüísticas en el interior de cada una como entre todas ellas. Una raza no
es una cultura. La raza está hecha de personas; la cultura es una forma de vida. Cada
una de las grandes razas continentales no tiene una cultura única, sino cientos de
culturas distintas. Y estas culturas cubren toda la gama posible de tipos culturales,
desde las bandas y los pueblos hasta los estados y los imperios. Así, las personas que
pertenecen a diferentes razas biológicas pueden poseer culturas muy similares,
incluso idénticas. En Estados Unidos, millones de hijos y nietos racialmente
diferentes de asiáticos y africanos llevan una forma de vida esencialmente similar a la
de la mayoría «caucásica». Estos hechos biológicos y antropológicos, sin embargo, a
menudo se pasan por alto en la caracterización de las razas sociales. Volveré más
pormenorizadamente sobre este asunto en el capítulo 9, especialmente con respecto al
concepto de «cultura africana».
Raza y enfermedad
Como he indicado anteriormente, muchas creencias acerca de la raza dan lugar a
controversias interminables que sólo podrán resolverse mediante nuevas
investigaciones. Estoy pensando en particular en el reconocimiento por parte de los
investigadores médicos de que los genes asociados a determinadas enfermedades
aparecen con mayor frecuencia en algunas poblaciones que en otras. Al decidir el
diagnóstico y el tratamiento de dichas enfermedades, a menudo es importante saber si
el paciente forma parte del grupo de riesgo. La enfermedad de Tay-Sachs, por
ejemplo, que destruye el sistema nervioso central, es controlada por un gen
relativamente común entre los judíos descendientes de europeos orientales. Los genes
de la anemia por células falciformes están relativamente extendidos entre los
africanos occidentales. Los negros estadounidenses también tienen más riesgo de
contraer diabetes y tener mayor presión sanguínea.
¿No demuestra eso la importancia y pertinencia biológica de la clasificación
racial? Sí y no. En primer lugar, el gen de Tay-Sachs es extremadamente raro; afecta
tan sólo a uno de cada seis mil recién nacidos, de modo que difícilmente puede servir
de indicador de la identidad racial. El gen de la anemia por células falciformes, por su
parte, se da con mucha frecuencia entre los negros del África occidental, pero es
prácticamente desconocido en muchas otras regiones de dicho continente (su
distribución está relacionada con la de la malaria). Por lo tanto, no puede delimitarse
una raza africana a partir del gen de la célula falciforme. En cuanto a la hipertensión
y la diabetes, las implicaciones son muy diferentes. Los genes de estas enfermedades
no se han determinado y, dado que los negros de África raramente padecen estos
males, es probable que su incidencia refleje influencias más ambientales que
genéticas. Sea como fuere, atribuir demasiada importancia a las hipótesis raciales en
detrimento de otros condicionamientos socioculturales y ambientales sólo puede ser
perjudicial.
Retrospectivamente, vemos que los enfoques raciológicos, hereditaristas y
biologicistas de otro tipo para la explicación de las diferencias y semejanzas
socioculturales tan sólo se habían acallado o permanecían latentes. Su atractivo como
medio de justificar y explicar las disparidades en materia de renta y prosperidad, de
crecimiento de una clase desfavorecida, el crimen y otras patologías sociales
auguraba su retorno. En nuestros días, el capitalismo del bienestar y sus
planteamientos educativos han cedido todo el terreno ante la creciente marea de
teorías y prácticas biologicistas, raciológicas y hereditaristas. En los próximos
capítulos, estudiaremos más detalladamente algunos de los ámbitos específicos en los
cuales se está produciendo la reaparición de las teorías biologicistas de la cultura.