“PERMANECED EN MÍ”
(JUAN 15:1-8)
(POR EL PASTOR EMILIO BANDT FAVELA)
(370. DOMM. 090717)
V. C. USTED DEBE TENER UNA UNIÓN VITAL CON CRISTO.
El evangelio de Juan nos revela las siete metáforas que nuestro Señor Jesucristo
hizo de su persona y donde utiliza la frase “Yo soy”: (1) Yo soy el pan de vida
(6:35); (2) Yo soy la luz del mundo (8:12); (3) Yo soy la puerta de las ovejas (10:7);
(4) Yo soy el buen pastor (10:11); (5) Yo soy la resurrección y la vida (11:25); (6)
Yo soy el camino, la verdad y la vida (14:6) y (7) Yo soy la vid verdadera (15:1).
Por ahora, nos interesa meditar en esta última autodesignación que el Señor hace
y que describe de la forma más hermosa y perfecta la relación que debe haber
entre Jesús y sus discípulos; porque en las otras seis el discípulo es beneficiado y
no tiene que corresponder en nada al Señor, pero en ésta última sí.
ÉL se llama a sí mismo: La vid verdadera, aludiendo a Israel que siempre fue
comparado en forma figurada con una vid, pero falló en su misión de dar fruto.
Ahora ÉL toma su lugar y a diferencia del pueblo de Dios ÉL sí dará fruto que
glorifica al Padre, porque ÉL sí es la vid real, genuina, verdadera.
En esta parábola, una de las cuarenta parábolas que nuestro Maestro narró, se
presenta al Padre como el labrador, el cual ya ha hecho todo lo que era necesario
hacer para que la vid produzca fruto espiritual, abundante y permanente. Ahora
sólo espera anhelante el fruto de su viña.
Pero, ¿Quiénes han de dar el fruto tan esperado por el Padre Celestial?
Los pámpanos, es decir, las ramas que están unidas a la vid. Nuestro Señor dijo
que usted y yo somos esas ramas, que debemos permanecer unidas a Cristo para
que podamos llevar fruto en abundancia.
Es por esto que cobran mayor fuerza las palabras de nuestro Divino Maestro:
“Permaneced en mí…”. ¿Cómo podemos permanecer en Cristo? Encontremos
la respuesta al meditar en este hermoso pasaje bíblico.
1º PERMANECEMOS EN CRISTO CUANDO TENEMOS UNA ESTRECHA
RELACIÓN CON ÉL A TRAVÉS DE SU PALABRA (15:1-7a).
De todo este pasaje resalto la primera parte del verso siete: “Si permanecéis en
mí, y mis palabras permanecen en vosotros…”.
Permanecer significa quedarse; el que permanece en Cristo es el que cree en
Cristo y se queda con ÉL. El requisito esencial para una vida fructífera es una
íntima comunión constante y vital con Cristo, quien es la única fuente de fuerza
espiritual que nos ayuda a cumplir con las demandas de nuestro discipulado.
Por eso, su marcado énfasis en que permanezcamos en ÉL, que estemos unidos a
ÉL para poder llevar mucho fruto.
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Un breve bosquejo basado en Juan 15:4-6 diría: “Si no permanecen en mí” (1) No
pueden llevar fruto por sí mismos (v. 4). (2) Nada pueden hacer (v. 5). (3) Serán
echados fuera como pámpanos secos y estériles (v. 6).
Y una de las maneras que tenemos para permanecer en Cristo es teniendo una
relación estrecha con su Palabra.
Lo primero que el Señor dice es que esa Palabra ya nos ha limpiado. Es posible
que aquí se refiera a la regeneración. Según el Nuevo Testamento la Palabra de
Dios es el instrumento que usa el Espíritu Santo para darnos un nuevo nacimiento.
Así lo afirma Santiago: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra
de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago
1:18). Y lo confirma Pedro: “siendo renacidos, no de simiente corruptible,
sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece
para siempre” (1 Pedro 1:23).
El Señor nos dice aquí: “Si mis palabras permanecen en vosotros…”. Esto
implica por lo menos dos cosas:
(1) Escudriñar su Palabra. Como ÉL lo ordenara con anterioridad: “Escudriñad
las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la
vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).
Nuestro deber es escudriñar, es decir, estudiar con dedicación la Palabra de Dios.
Permítanme compartirles como traducen escudriñar otras versiones: “Estudiar
con diligencia” (La Biblia Al Día y Nueva Versión Internacional); “Investigar”
(Biblia de Jerusalén); “Estudiar con mucho cuidado” (Biblia En Lenguaje
Sencillo); “Examinar” (Biblia de las Américas). Esto nos lleva a pensar que se trata
no sólo de oír y no sólo de leer, sino inquirir, profundizarse en el estudio de las
Escrituras. De esta manera el Padre, como buen Labrador, usará esta poderosa
herramienta para “podarnos”, es decir, limpiarnos de todo aquello que nos
estorba en nuestra vida cristiana. Cuán cierto es que Dios nos santifica usando su
Palabra. Eso mismo pidió el Señor Jesús al Padre en su oración de intercesión:
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).
El apóstol Pablo enseñó que la Palabra de Dios es útil para cuatro cosas, las
cuales, Dios quiere lograr en nuestra vida: “Toda la Escritura es inspirada
por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para
instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto,
enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).
(2) Obedecer su Palabra. Puesto que para esto Dios nos la ha dado. El escritor
Santiago dice: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente
oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22).
Y es que en obedecer la Palabra de Dios hay grande galardón. El mismo Jesús lo
enseñó: “Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de
Dios, y la guardan” (Lucas 11:28). Nuestro deber no sólo es oír y estudiar la
Palabra de Dios, sino más aún, ponerla en práctica en nuestra vida. Sólo así, el
Padre, como buen Labrador, cosechará el preciado fruto de cada uno de nosotros.
Por fruto aquí se entiende tanto el carácter como el servicio del cristiano.
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Para algunos, fruto es todo lo que es realmente bueno. Para otros, es todo aquello
que puede soportar la mirada de santidad de Dios y aún puede permanecer. Otros
lo definen como todo aquello que es agradable a Dios. Agustín de Hipona decía
que fruto es la capacidad moral del hombre para hacer lo que es bueno.
El fruto que el Labrador Divino espera es que cada uno de nosotros sea más
semejante a Cristo tanto en carácter como en conducta. Y esto es un resultado
normal de la fe y la entrega al Salvador y de obedecer su Santa Palabra.
Hoy, hay muchos que pretenden hacer las cosas bien, pero Jesucristo dice aquí
que el que de veras quiere glorificar al Padre lo hará con una sencilla y humilde
obediencia a su Palabra.
Sí. Debemos ser discípulos obedientes. Necesitamos revisar ahora todas las cosas
en que estamos mal. Abandonemos nuestros pecados, los malos vicios, los malos
hábitos, las malas costumbres. Analicemos detalle por detalle en nuestra vida.
Revisemos la forma en que hablamos, lo que pensamos, lo que sentimos, como
reaccionamos, como vivimos. Sometámoslo todo bajo el lente de la Palabra de
Dios y sencillamente decidamos hacer lo que es correcto delante de nuestro Dios.
El sabio y el bueno son humildes; la soberbia es madre del ignorante y del malo.
Notemos que nuestro Señor, en esta parábola va en forma ascendente cuando
habla de fruto: (1) No fruto (15:2a); (2) fruto (15:2b); (3) más fruto (15:2c); (4)
mucho fruto (15:8) y (5) fruto permanente (15:16).
¿En cuál de estos cinco niveles de producción está usted? ¿Cómo está su relación
con la Palabra de Dios? ¿Es ella una práctica cotidiana en su vida? ¿Qué decisión
tomará respecto a la Palabra de Dios?
2º PERMANECEMOS EN CRISTO CUANDO TENEMOS UNA ESTRECHA
RELACIÓN CON ÉL A TRAVÉS DE LA ORACIÓN (15:7b-8).
La última parte del verso siete y el verso ocho dicen: “… pedid todo lo que
queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que
llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”.
Otra forma de permanecer en Cristo es dedicándonos a una vida vigorosa de
oración. Nuestro Maestro dice ahora: “Si permanecéis en mí… pedid todo lo
que queréis, y os será hecho”.
Ciertamente es esta una de las más bellas promesas y de los más altos alcances.
Y es que una vida de poder en Dios es la meta suprema de una vida que siempre y
plenamente permanece en Cristo. Para permanecer en Cristo, como hemos visto,
es necesario permanecer en su Palabra, pero también tener una vida de oración.
Nuestro Señor está ocupado ahora en una vida de incesante oración. ÉL intercede
por cada uno de nosotros. Si nosotros nos ocupamos más en la oración, seremos
más semejantes a ÉL. Al permanecer en Cristo, más nos desarrollaremos en su
semejanza y su vida de oración intercesora obrará potentemente en nosotros.
Cada uno de nosotros alcanzará una supremacía de poder en el ejercicio de la
oración. Sin embargo, parece ser que los cristianos de hoy no comprenden el lugar
que le corresponde a esa comunión con Dios.
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La gran mayoría ven en la oración una forma de mantener, de sostener su vida
cristiana. Pero no es así, Dios tiene un propósito y un significado mucho más altos
para la oración. Ella es la parte superior de la Obra confiada a nosotros. Es la raíz
y la potencia de todas las demás partes de la Obra. No hay nada que necesitemos
más estudiar y practicar que el ministerio de la oración.
Es necesario que cada uno de nosotros urgentemente nos consagremos por
completo a esta santa Obra.
Dios está esperando que sus hijos ocupen este lugar ante el trono de su Gracia. El
Padre espera, aguarda, para escuchar toda oración de fe, para darnos todo lo que
queremos y todo lo que pedimos en el Nombre de Cristo.
Todas las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo sobre la oración incluyen la
promesa que Dios contesta toda plegaria. Todos admitimos que el Padre escucha
la oración, pero pocos entendemos y aún experimentamos que también contesta
la oración.
Nuestro Salvador quiere vivir su propia vida en nosotros. ÉL quiere encargarse
por completo de nosotros. ÉL desea enseñarnos a orar. ÉL puede ayudarnos de tal
manera que no tengamos temores, ni dudas, que podemos orar gozosa y
triunfalmente, de la misma manera como ÉL oraba.
Que nuestra capacidad de oración no sea la nuestra, sino la de ÉL.
“Permaneced en mí…” Nos dice el Señor, “… y seáis así mis discípulos”.
¿Hasta dónde y hasta cuánto alcanza en el reino de Dios el hecho de permanecer
en Cristo?
El Labrador Celestial espera fruto de esta vid, cuyos pámpanos o ramas somos
cada uno de nosotros. Nuestro deber es alimentarnos de la rica savia de la vid que
es Cristo y dar fruto espiritual, abundante y permanente.
La Biblia dice que los espías enviados por Moisés para inspeccionar la tierra de
Canaán, regresaron con un racimo de uvas tan grande que fue necesario cargarlo
entre dos hombres: “Y llegaron hasta el arroyo de Escol, y de allí
cortaron un sarmiento con un racimo de uvas, el cual trajeron dos en
un palo, y de las granadas y de los higos” (Números 13:23).
¿Es así nuestro fruto para Dios?
¡El Señor encamine nuestro corazón para que decidamos permanecer en Cristo a
través de su Palabra y de la oración para que podamos dar el fruto espiritual,
abundante y permanente que Dios espera de nosotros! ¡Así sea! ¡Amén!
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