Mirada y subjetividad: Hacia una clínica freudiana de la mirada
Norman David Marín Calderón
El sujeto es siempre mirado y está, de entrada, atrapado entre las redes
pulsionales de un deseo que no deja de insistir y un goce que solicita repercutir.
Es decir, es mirado porque el objeto le espeta en un punto ciego de su
subjetividad y le importuna en el punto donde más le concierne. El sujeto mira, o lo
deja de hacer, porque algo de su propia historia se le devuelve para interrogarlo
allí donde el objeto le importuna. A veces, deja de mirar porque eso a donde sus
ojos ostentan depositarse le obstruye el campo de su propio deseo. Pierde la vista,
psíquica u orgánica, en el momento en que la ―cosa‖ que le incumbe se le aparece
deslumbrándolo. Adviene una pérdida de la vista, entonces, en el lugar donde lo
más angustiante del objeto se asoma para escrutar al sujeto ante la parte actuante
de su subjetividad. Esto es ante lo que precisamente Freud se topa en muchos de
sus historiales clínicos y no deja de sorprender. Y así se lo espeta le leyenda
mitológica de la cabeza de la Medusa que al aparecer produce un espanto
insoportable porque le recuerda al sujeto sobre su propia castración, punto fino
entre mirada, deseo, goce y subjetividad. Eso mira.
En ―La cabeza de Medusa‖ (1922), Freud advierte que ―decapitar‖ es siempre
sinónimo de ―castrar‖. Y añade, ―el terror a la Medusa es entonces un terror a la
castración, terror asociado a una visión. . . La visión de la cabeza de Medusa
petrifica de horror, transforma en piedra a quien la mira. ¡El mismo origen en el
complejo de castración y el mismo cambio de afecto!‖ 1. Esto mismo es lo que
encontraremos en los diferentes casos clínicos de Freud: una suerte de pérdida de
vista, de vista perturbada, de mirada quebrantada o de ojos desorientados. Es la
parálisis psíquica que le produce a Dora la imagen extática de la Madonna en el
museo; es el espectáculo del caballo con anteojeras el que le angustia al pequeño
Hans; es el espectro al Hombre de las Ratas; es la mirada penetrante de los lobos
la que horroriza al Hombre de los Lobos; es el pavor alucinatorio de Schreber de
verse convertido en la mujer de Dios la que desata su psicosis. En todos los casos
clínicos importantes de Freud la cuestión de la mirada y lo que ella más le
concierne a los sujetos está siempre presente. Este ensayo va a ejemplificar este
fenómeno valiéndose de tres de sus historiales: Dora, el pequeño Hans y el
Hombre de las ratas. Por razones personales, en este artículo exclusivamente se
mencionará la casuística freudiana que tiene que ver con la neurosis: histeria,
fobia y neurosis obsesiva, para, finalmente, concluir con lo que Freud tiene para
decirnos sobre la perversión: voyeurismo y exhibicionismo.
I. El trauma escópico: entre mirada y castración
La mirada le es constitutiva al sujeto en tanto ésta fue la testigo de un evento
enceguecedor que no deja de importunarlo: Escena primaria devastadora. Sin
embargo, para que el recorrido de la mirada, en tanto estructurante, tome todo su
valor, nos es necesario la entrada del ―otro‖ en la puesta en escena—acto
triangular: la mirada invasora, el sujeto capturado y el otro desafiante. Este acto de
a tres está desde el origen mismo del sujeto, antes de ser tal. En lecciones
psicoanalíticas sobre la mirada y la voz, Assoun afirma al respecto que lo que se
encuentra es ―la encarnación de la pérdida en una escena (pre) originaria: la de la
separación y la pérdida de vista, en que la mirada recibe su impronta primitiva, de
dolor‖2. A este referente, Freud se pronuncia cuando la liga la pérdida de la mirada
a la pérdida del objeto. Esto lo expone cuando explica la desavenencia de la
partida de la madre y del llanto del niño porque cree que la ha perdido para
siempre. El dolor aparece como avasallando al sujeto completo. Para el infans,
perder de vista equivale, entonces, a perderlo todo.
Hablamos de ―trauma escópico‖ porque el objeto más preciado está proclive a la
desaparición, ése del que depende nuestra vida… y nuestra muerte, y el cual está
diligente a marcharse. El pánico ante la escena angustiante de ver desaparecer a
la madre del campo visual y encontrar a ―un otro‖ amenazante e incomparable,
reaviva en el niño el horror a perderlo todo y quedar vetado del lugar del deseo del
Otro. En un abrir y cerrar de ojos, el niño se da cuenta que lo más preciado tiende
a perderse: perderse que podría ser para siempre. Con la partida de la madre y la
pérdida de la vista del niño por ella se establece un trauma que sellará las
bóvedas inescrutables del mundo psíquico del sujeto. Momento que instituye al
sujeto, a la mirada del otro, y a cualquier otra mirada, que desde ese instante y en
lo sucesivo, ocurra en aparecer. Este trauma escópico nos ha señalado que la
madre se ha marchado y transita por el mundo. Y este primer momento de
consternación subjetiva, es el que le permite al niño moverse por los recovecos de
su propio deseo. En suma, y después de todo, es mirada que duele.
La mirada dolorosa queda inscrita como huella en la subjetividad del infans. A
partir de ese momento, toda ―otra‖ mirada estará impregnada de dolor y de
angustia. Siempre emergerá la posibilidad de que con cada mirada se efectúe una
pérdida. Deviene en una pérdida del objeto del campo visual. Y el resquicio se
cumple. La mirada se mete una segunda vez en la llaga que el primer trauma
escópico dejó un tanto abierta: es el instante del descubrimiento de la diferencia
anatómica de los sexos. El infans se abre al espectáculo de un sexo que se mira y
otro que se ha difuminado, emergiendo así la terrible angustia de una segunda
pérdida, ésta aún más devastadora, pues su cuerpo se aventura en ella. Se puede
perder aquello que más se aprecia—el pene+. El niño presupone una posesión
peniana universal: todos los seres tienen pene. El infans, empero, al ver el cuero
desnudo de la madre o de la hermanita, recusa esta universalidad y emerge en él
la angustia inexorable a poder perderlo. Así se instituye la angustia de castración.
Lo que ve en la madre es la falta de un miembro que se le arrancó. Y como ella, él
atenta a perderlo. El encuentro fallido con el sexo del Otro instaura una angustia
en la cual tendrá que debatirse hasta la ―muerte‖. En ―Algunas consecuencias
psíquicas‖ (1925), escribe Freud al respecto:
…cuando el varoncito ve por primera vez la región genital de la niña, se
muestra irresoluto, poco interesado al principio; no ve nada [cursivas
añadida] o desmiente su percepción, la deslíe, busca subterfugios para
hacerla acordar con su expectativa. Sólo más tarde, después cobró
influencia sobre él una amenaza de castración, aquella observación se le
volverá significativa…3.
Por lo tanto, lo que se produce con la diferencia entre los sexos es que la mirada
infaliblemente recae sobre ella, ilusoria, engañosamente. El ojo cae sobre el
órgano que ―tiene‖ y que se le puede ir. Dice Assoun, ―la mirada no viene ‗aparte‘,
para cerciorarse de la realidad, sino como instancia de juicio cuyo objeto y apuesta
es el ―falo‖4. El pene (falo) del niño se compromete en el lugar donde no ve nada.
Teme que se lo ―arranquen‖ como sucediera con su madre o su hermanita. Y por
eso sufre y se angustia. Pero lo interesante en este punto es que el niño ha visto
lo invisible del objeto. Se convierte en vidente de lo invidente y visionario de los
invisible. La mirada del niño es la mirada de nada. Mirada que le enfrente a su
propia castración.
El eclipse de la mirada por ver ―nada‖ allí donde el sexo emergió es lo que va a
trabajar Freud en sus casos clínicos importantes. La castración es lo que se
asienta en estos casos pasando por los laberintos que deja tal inscripción. Así, la
pérdida de la vista equivale a la pérdida del órgano, del pende y del amor. Tres
registros que se trasponen para improntar al sujeto hasta hacerlo llegar al punto
de la angustia y el sufrimiento. La neurosis se gesta ante esta castración donde el
sujeto se niega a saber algo de ella. En esta línea, donde la mirada se obnubila y
la castración se actualiza, vamos a revisar, de visu, los casos de Dora, el pequeño
Hans y el Hombre de las Ratas.
II. Dora y la mirada: La Madonna me mira mucho
Si de algo padece Dora es de no poder ver… o ve demasiado. ―Dora‖ es el caso,
primero en su cronología, que utiliza Freud para explicar la función estructural de
la histeria, la dinámica de la transferencia y la importancia de los sueños en la
neurosis. Es un caso fallido para Freud en tanto éste no pudo ver más allá de sus
propias indagaciones. Allí donde tenía que mirar el debate de Dora ante el enigma
de su propia feminidad, sólo pudo ver la relación de ésta con el señor K. y su
padre. Pero un poco más tarde lo atina a ver. En esta misma línea, Dora se sirve
de la mirada, o de la falta de ésta, para profundizar en los atascaderos que le
revela su relación triangular con su padre, el señor K. y la señora K. La mirada de
Dora se estructura a partir de esta relación de a tres que toma forma y
consistencia cuando se decide a ir, sola, a visitar el Museo de Dresde.
Dora va al museo porque de lo que tiene ganas es de ―mirar‖. Se pasa
ensimismada por los largos pasillos del museo queriendo ver algo que revele
sobre su propia feminidad. Desea mirar aquello de la cosa que le diga algo de su
propio sexo. Y buscando con la mirada fija, encuentra lo requerido. Ve la Madonna
Sixtina; cuadro hermoso que pinta Rafael en 1513 el cual dibuja a la Virgen, Madre
amorosa, que carga devotamente al Santo Niño Jesús protegidos por una dama
que les venera y un anciano que les resguarda. Al llegar al lugar donde se expone
al cuadro, cual gallardo espectáculo, Dora queda absorta ante la reveladora
exhibición. Nos damos cuenta de que quien mira es la Madonna; y mira a Dora
con insistencia. Atinadamente, escribe Freud: ―permaneció dos horas ante la
Sixtina, en una ensoñación calma y admirada. Cuando se le preguntó qué le había
gustado tanto en el cuadro, no supo responder claro. Al final dijo: ‗la Madonna‘‖ 5.
La respuesta de Dora por centrar su mirada sólo en la Virgen confirma su
desesperada indagatoria por querer saber qué desea una mujer, pregunta central
por su propia feminidad. Mirada devuelta por el cuadro. Toda su fascinación se
dirige a la Madre Virgen que no deja de representarle una opción viable al
paradigma del ser-mujer. En suma, Dora no hace otra cosa que fijar sus ojos en el
punto del cuadro que más le concierne ahí donde la Virgen le espeta sobre su
sexualidad. Finalmente, quien mira es la Sixtina.
En un primer momento, Freud no logra descifrar en barullo completo de la
petrificación amorosa de Dora ante el espectáculo que le arroja la Madonna;
Virgen y Madre. Es sólo ante una segunda presentación donde Freud puede dar
cuenta del éxtasis escópico de Dora ahí donde la Madonna la mira mucho. Nos
referimos al cuadro del Bosque Encantado, pintura que aparece en el segundo
sueño relatado por Dora en el historial clínico freudiano. Este cuadro describe un
vasto bosque lleno de ninfas, mujeres encantadoras que pululan por doquier. Al
respecto relata Freud: ―Justamente, el bosque del sueño era en un todo parecido
al bosque de la orilla del lago, en el que se había desarrollado la escena que
acababa de describirme. Y precisamente a ese mismo bosque denso lo había
visto ayer en un cuadro de la exposición secesionista. En el trasfondo de la
imagen se veían ninfas‖6. Inmediatamente después aclara Freud en un pie de
página: ―Aquí, por tercera vez: imagen (imágenes de ciudades, galería en Drede),
pero en un enlace mucho más significativo. A través de lo que se ve en la imagen
[Bild]. Pasa a ser una Weibsbild [mujer, en sentido peyorativo] (bosque, ninfas)‖7.
De este modo Freud ve ante sus ojos el dibujo espectacular de la neurótica donde
la lógica histérica toma forma estructural. Es la imagen de una mujer, atrapada en
los escollos sexuales de su propio deseo, que ve dibujarse un bosque encantado,
una ciudad solitaria, unas ninfas mágicas, concluyendo con la mirada, ojo con ojo,
de la imagen virginal de la Madre, Madonna que representa, en el plano de lo
inconsciente, la imagen divinizada de la mujer.
Este es, por ende, el propósito histérico por excelente: la histérica quiere dar a ver.
Y Dora quiere dar a ver a La Mujer, esa que busca por todas partes y no
encuentra, mas cree haberla encontrado en la Madonna Sixtina. Por eso es que
Dora queda absorta ante la imagen de La mujer que conjuga, sin reservas, el
deseo por la propia feminidad: La Madonna mujer bajo sus dos rasgos
irreconocibles: es madre y es virgen. ¡Bendita paradoja!. Bajo la perspectiva
lacaniana podríamos argumentar que Dora está atrapada ante la lógica paradojal
entre goce y deseo. Y ante esta apariencia, Dora no logra acceder al enigma de su
propia feminidad. En ―Ver-ser‖ visto,No. 2‖ (1985), Gerard Bonnet afirma que ―algo
que se revela por la sensación—aquí: visual—y que permite al sujeto ‗tomar
conocimiento‘ del objeto de su deseo, sin revelar pese a ellos lo ignorado, al
transformarlo en objeto de delectación, suspendido entre morosidad y placer‖ 8. Por
lo tanto, el cuadro de Rafael representa la doble mirada de Dora que ve en una
misma mujer el paradigma de una feminidad completa y unificada, es decir, la
Madonna le revela la irreconciliable posibilidad de ser madre y ser virgen, allí
donde goce y deseo se confunden. La Sixtina encarna una doble mirada para
Dora porque no sólo es la representación de la divinidad hecha mujer, si no que
funge como el fantasma que insiste en la histeria de Dora. Por consiguiente, el
cuadro del museo de Dresde postula un sentido polisémico en la lógica binaria de
la histérica: ―La ‗Madonna‘ es evidentemente ella misma… La Madonna, además,
es otra representación predilecta de los jóvenes que se creen sexualmente
culpables‖9. La Sixtina representa para Dora, por lo tanto, lo que verdaderamente
es y a su vez lo que ella fantasmatiza de la pintura. Nuevamente aquí se
ejemplifica el postulado metapsicológico que Freud trabajara en ―Tres ensayos‖
(1905) donde propone la lógica neurótica a partir de la cuestación de pares
antitéticos. Y ante estos pares, Dora indaga sobre los atolladeros del enigma del
ser mujer: virgen y madre; santa y puta; hija y amante; la ciudad y el bosque; la
ninfa y la mujer; el padre y el señor K.; el señor K. y la señora K.; masculinidad y
feminidad; goce y deseo; mirar y ser mirada. Y así antes el espectro que le
devuelve la doble visión de la Madonna, Dora se debate ante la pregunta
irrevocable de su propia feminidad.
III. El caballo también me mira: El caso del pequeño Hans
La casuística del pequeño Hans (Juanita, 1909) es el caso que utiliza Freud para
ejemplificar sus postulador teóricos ya trabajados en sus ―Tres ensayos‖. Si el
caso Dora es la ocasión clínica que tiene Freud para explicar algo de su trabajo
sobre ―La interpretación de los sueños‖ (1900), el caso del pequeño Hans es el
que emplea para dilucidar la cuestión sobre la sexualidad perversa polimorfa
infantil. Es decir, el caso del pequeño Hans es el paradigma clínico freudiano
sobre la sexualidad infantil y sus eventualidades en la subjetividad humana. Por lo
tanto, el asunto de la mirada también está presenta en varios episodios de dicha
casuística y nuestro cometido será señalar aquellos que justifiquen los puntos
metapsicológicos trabajados en dicha casuística.
El episodio más significativo, para nuestros propósitos, será remontarnos al hecho
de que Hans estuvo constantemente interesado sobre el pene y sus habientes.
Hans hacía valer la premisa universal del pene en cuanto toda cosa que existía –
hombre, mujer, animal u objeto—poseían, para él, el órgano peniano. Todos, sin
excepción, poseen el ―hace-pipí‖- la madre, el padre, el perro, el caballo, la jirafa,
la locomotora, sus amiguitas, la vaca, la muñeca, todos tienen la capacidad de
ostentar un pene. No obstante, Hans desarrolla esta curiosidad sexual y
emergencia de saber sobre el sexo por el hecho mismo de que puede mirar. Son
sus ojos los que posan sobre lo oculto del cuerpo del otro para mirar, en ese lugar
de velamiento, el hace-pipí atribuible a todos. Es esta curiosidad por saber lo que
lo dirige a ser una diferenciación entre lo animado y lo inanimado, para luego
dirigirlo por los dilemas de la diferencia sexual anatómica: qué es un hombre y qué
es una mujer, después de todo, pregunta neurótica por excelencia. Cada noche
contempla cómo su madre se desviste para luego clavar sus ojos en la parte que
se le tiene prohibida mirar, y mira a pesar del calzón que le cubre su sexo. ―Otra
vez, tenso, ve cómo su madre se desviste para meterse en la cama. Ella pregunta:
‗Pues, ¿por qué me miras así?‘ [Cursivas añadidas]‖ Indiscreto, responde Hans:
―Sólo para saber tú también tienes un hace-pipí‖10. El padre del niño comunica
hartas observaciones al respecto donde es clara la curiosidad de Hans por la
diferencia anatómica de los sexos y sus concomitantes posteriores, tales como la
emergencia de la angustia de castración y la resolución de su complejo de Edipo.
Freud ante este trance existencialista del niño le endosa a su padre intervenir en lo
real, es decir, ocupando su lugar de padre ahí donde debe hacer valer la ley.
Le tocaba ya al padre la tarea de revelarle a Hans la circunstancia de la diferencia
sexual. Debía explicarle que sólo los hombres poseen el órgano peniano, mientras
que las mujeres, como su madre, su hermanita Hanna y sus amiguitas, no lo
tienen. El padre finalmente accede a revelarle la temible verdad y Hans hace como
si de eso nada hubiera escuchado. Es su inconsciente, no acepta tal aseveración,
y desea seguir mirando el falo++ que le arroga a todos por igual. Y es a partir de
esta verdad que se revela no queriendo saber nada de ella, por donde emerge la
angustia de castración. Si las niñas no poseen pene es porque, de algún modo, se
les fue privado de éste. Y Hans corre ahora el riesgo de perderlo. La angustia de
Hans surge de la percepción de un objeto—el peinado—que le ha sido prohibido
buscar más, allí donde no le corresponde. Dicha búsqueda carece ahora de
objeto. Y ante tal falta se avergüenza. No quiere que lo miren más, y no quiere
mirar más allí donde sabe que no va a encontrar nada. Describe Hans: ―el año
pasado, cuando he hecho pipí, Bertha y Olga han mirado‖ y añado el padre: ―Eso
significa, creo que el año pasado le era grato ese mirar de las niñas, pero ahora ya
no lo es. El placer de exhibición sucumbe ahora a la represión.. Desde entonces
observo repetidas veces que no quiere ser visto cuando hace pipí‖ 11. Esta suerte
de represión advenida por poner los ojos en un lugar prohibido es el que provoca y
desencadena la fobia por los caballos. En lo inconsciente, no quiere abandonar la
creencia de que todos poseen el falo, a pesar del testimonio directo que le ofrecen
sus propios ojos.
La fobia por los caballos es precisamente la respuesta de la prohibición directa de
sus padres de no ver lo que no existe, a pesar de que los ojos de su inconsciente
insisten en mirar falos allí donde adolecen por la anatomía. Hans teme a esos
animales que tienen el pene grande, muy grande, justamente porque le tienden a
revelar eso que supone sobrarle a los caballos, le falta s u madre y a su hermana,
y en el linaje de los suyos, él podría ser el próximo a perderlo. Por lo tanto,
podemos organizar la clínica del caso Hans si tomamos como eje del recorrido
pulsional de la mirada y la configuración del objeto temido, lugar donde la mirada
apuesta a resolver el enigma del falo. Hans organiza su cosmovisión partiendo del
ámbito perceptivo, donde ―ver es creer‖. De acuerdo al caso presentado por Freud,
Hans duda de la presencia del pene del padre porque no lo vio, igualmente
desmiente lo visto que le angustia, y recusa la mentira materna que exacerba su
curiosidad escópica en su intento, siempre fallido, de representar lo femenino. Así,
el caballo aparece como referente que le permite mirar y mirarse reasegurándose
que no va a perder lo que tiene—doble juego de la mirada. La escena que
antecede a la aparición de la fobia encarna el trauma escópico que desata su
angustia: Iba de paseo con la madre cuando vio a un caballo tumbarse y patalear,
esto lo espantó, en tanto lo miró. En ese momento se desata la fobia por los
caballos, donde falo y mirada se (entre) cruzan.
El corte entre los sexos, esa línea inconsciente, que divide a hombres de mujeres
y pone tope al deseo y al goce, es el que padece el pequeño Hans por no poder
desclavar sus ojos del órgano que le produce un goce inmensurable. El caballo
mira a Hans como demandándole poner su atención en el lugar preciso de su
escisión subjetiva, lugar del goce, instante donde le deseo tiende a difuminarse.
Este caballo que usa anteojeras tampoco puede ver donde se le antoja. Está
castrado de los ojos. Y ese es el destino fatal que le espera a Hans si accede a
mirar con su inconsciente el falo que dibuja entre las piernas de su madre. Si el
caballo lo mira, es porque él mira al caballo, y el caballo es el que representa a la
madre fálica, aquella que posee el pene y los usa en su propio beneficio. Advierte
Guy Le Gaufey (2000) en ―El lazo especular‖ que ―Juanito había reintroducido el
corte entre los sexos, devolviendo al objeto su naturaleza sexual mediante la
seguridad de la existencia de un objeto sexual, su pérdida, es imposible para el
sujero‖12. Para Hans darse cuenta de que la madre está privada de dicho
miembro, pone, por lo tanto, al niño en el corte de la verdad de que hay otro sexo.
Y ante tal verdad, Hans no puede hacer otra cosa que alojarse en una fobia que le
espeta sin cesar de que miró debajo del velo que le estaba prohibido.
IV. Sobre la pulsión escópica en el Hombre de las Ratas
El caso del hombre de las Ratas—―A propósito de un caso de neurosis obsesiva‖
(1909)—es, en esta misma línea de la angustia de castración, el prototipo del niño
voyeur. No obstante, representa el modelo freudiano de la neurosis donde más se
menciona episodios de tipo, no sólo voyeuristas, sino también sucesos que tienen
que ver con el exhibicionismo. Por ello, en lo inconsciente, el hombre de las ratas
padece de los ojos. Su neurosis obsesiva se desencadena, durante su primera
infancia, a partir de un encuentro erótico de sus ojos con el cuerpo desnudo de
una mujer. Y es a partir de ese momento, en que el hombre de las ratas clava su
mirada en el sexo del otro y hace de su ojo el testigo esencial por donde su
padecimiento tiende a diseminarse. La mirada lo introduce, por lo tanto, en las
obscuras marañas de sus propios fantasmas. Por el hecho de mirar es que
Lehrs—el hombre de las ratas—se desata en una obsesión que le ha de consumir
muchos de sus días y sus noches. Empecemos esta indagación, refiriéndonos a
los episodios exhibicionistas del famoso Hombre de las Ratas.
La casuística del hombre de las ratas empieza su dinámica de interpretación a
propósito de una confesión que le hace a Freud acerca de episodios pertinaces y
compulsivos de exhibición. En ―Del historial clínico‖13, cuenta Freud que cuando
aún era estudiante, Lehrs tenía el hábito de estudiar hasta altas horas de la noche,
tras lo cual, se exhibía frente al espejo, cual espectáculo digno de ser
contemplado, mostrando sus partes genitales mientras abría la puerta principal de
su casa como si su padre hubiese golpeado. Relata Freud literalmente:
Entre las 12 y la 1 suspendía, abría la puerta que daba al zaguán de la casa
como si el padre estuviera frente a ella, y luego, tras regresar, contemplaba
en el espejo del vestíbulo su pene desnudo. Este loco accionar [Treiben;
―pulsionar‖] se vuelve entendible bajo la premisa de que se comportaba
como si esperara la visita del padre a la hora de los espectros. En vida de
él, había sido un estudiante más bien perezoso, por lo cual el padre se
había mortificado a menudo. Ahora debía alegrarse si retornaba como
espectro y lo encontraba estudiando14.
Lehrs sólo se pudo dispensar de esta práctica bajo la advertencia inconsciente de
que si perseveraba en esta actividad de mostración, el padre moriría. Este
espectáculo exhibicionista, remontado al inicio del desencadenamiento obsesivo
de Lehrs, marca el hito por donde se analizará la incidencia de su pulsión
escópica. Lo interesante de este tramo de la exhibición del hombre de las ratas es
que él funge, simultáneamente, como sujeto y testigo del acto exhibicionista por
cuanto el espejo le refleja lo que de su inconsciente le tiene por más siniestro-el
padre y la muerte de éste.
El exhibicionista obsesivo del hombre de las ratas se gesta a partir de una suerte
de ambivalencia, tanto de pensamientos como de sentimientos, acerca del padre.
Por una parte, estudia hasta tarde con el único fin de darle gusto al padre, pero
contrariamente a eso, le abre la puerta al padre para mostrarle su sexo. Exhibe su
culpa, muestra su penitencia, enseña su sexo, … se da a ver. La mostración funge
entonces como un regalo al padre a la vez que cumple el papel de un desafío a
éste. La ambivalencia de sentimientos es patente. Ya Freud explica esta
ambivalencia cuando expone sus conclusiones teóricas con respecto a la neurosis
obsesiva. Advierte Freud que podríamos rastrear dos tipos de obsesiones, ―las
unas primarias, como aquélla que consiste en estudiar hasta tarde y exhibirse ante
un espejo abriendo la puerta, las otras secundarias, como aquélla que consiste en
confirmar que ‗algo malo le sucedería a su padre si…‖15 Es irrecusable la similitud
de ambas acciones, aunque patente sea también la diferenciación de contenido y
naturaleza de ambas mociones.
Por lo tanto, las circunstancias que intervienen en los actos exhibicionistas del
hombre de las ratas juegan un papel muy importante en el intento dilucidar la
dinámica exhibicionista neurótica en general. El estallido de sus acciones
obsesivas sobre el descubrimiento de su propio cuerpo suceden a cierta hora
preestablecida (entre las 12 y 1 de la madrugada), en un lugar previamente
dispuesto (a la entrada de su casa, frente al espejo), bajo la mirada de un mismo
testigo (el espectro del padre) y con una resolución que tiende a ser siempre la
misma (una culpa y una angustia que no deja de precipitar al sujeto a repetir el
ritual nuevamente). Todas estas circunstancias iterativas tienen un significado
intrínseco en tanto forman parte de la problemática del sujeto y que no deja de
lanzarlo a una misma conclusión: padece abrumadamente por haber visto lo que
de vedado tenía el padre.
Finalmente, Freud anota que el síntoma obsesivo se estructura a partir de dos
mociones antagónicas e irreconocibles que pugnan –una a una- bajo el encuentro
indefectible en el mismo sujeto: una corriente pasiva, donde el sujeto se inmola
como ofrenda del supuesto deseo del padre; y una corriente activa, donde toma
por su propia mano una venganza irascible contra éste. Por ello no podemos
hablar de una simple ―ambivalencia‖ en cuanto dos corrientes disímiles confluyen
en el actuar de un mismo sujeto, sino de la coexistencia de dos mociones
cabalmente contenciosas que se consolidan cada vez que el sujeto se hace a la
búsqueda de reconciliarlas para poder disminuir la tensión que dicho choque
produce, y así aminorar la presión, la culpa y la angustia que yacen ante la
explayación de éstas. De allí que se produzca una cierta irrupción de actos o
pensamientos arrebatados que actúan como válvulas de escape a la gran
conmoción que causa la coexistencia de ambas mociones en un mismo sujeto.
Si los rasgos exhibicionistas están muy presentes en el caso del hombre de las
ratas, el voyeurismo es también una propiedad esencial que estructura todo el
recorrido por el caso mismo. Tal vez porque cumple la función de encubrir al
primero. Dice Freud sobre Lehrs que en el fondo obsesivo es más exhibicionista
que voyeurista y que recurre al segundo para soterrar la angustia que le produce
el primero. Dice Denise Lachaud en ―El infierno del deber (1998)… si el obsesivo
pone así de relieve sus comportamientos voyeuristas, es también probablemente
para desviar la atención del exhibicionismo que se encuentra en el centro de su
problemática‖16. Por ello Freud le dedica más tiempo a la interpretación de los
sucesos exhibicionistas que a los voyeuristas, los cuales relega sin mayor atrición.
Sin embargo, muchos pasajes de este caso están llenos de alusiones a momentos
donde Lehrs mira allí donde su goce le interpela incesantemente en el lugar de su
propio padecimiento, lugar entre el padre y su Dama. Freud introduce este tema
en el mismo historial clínico cuando dice:
Vemos al niño bajo el imperio de un componente pulsional sexual, el placer de ver
[cursivas añadidas], cuyo resultado es el deseo, que aflora siempre de nuevo y
con mayor intensidad cada vez, de ver desnudas a personas del sexo femenino
que le gustan. Este deseo corresponde a la posterior idea obsesiva. 17.
En esta dinámica obsesiva, la mujer tiene un lugar de reprobación, en cuanto que
funciona como la que veta el acceso al deseo del Otro, cuya corriente es de tipo
pasiva, o sea, voyeurista. Esta conclusión se resuelve ante la propuesta freudiana,
solicitada en este mismo caso, donde afirma que existe en el hombre de las ratas
una ―emergencia precoz y una represión prematura del instinto sexual visual y de
saber, el cual regula también una parte de su [Lehrs] actividad sexual infantil‖ 18. El
discurso obsesivo, por ende, dirige al sujeto a una retirada anticipada de la
corriente voyeurista en donde la mujer, detentora del deseo, aparece como
castrada en beneficio de mociones narcisistas, tal y como lo presagiara Freud en
sus trabajos sobre metapsicología.
El caso del hombre de las ratas magistralmente ilustra las dos vertientes de la
pulsión escópica: la que va del sujeto al objeto-la corriente pasiva de ver (mirar
desnuda a su Dama o su institutriz)-, y la que se dirige del objeto al sujeto, o sea el
placer de ser visto (el padre que le ve el pene descubierto al abrir de éste la puerta
principal de su apartamento). En uno u otro caso, Lehrs quiere saber sobre ―algo‖
que le rebasa y está más allá de sus propios ojos. Y es allí precisamente donde
compromete sus ojos para mirar y ser mirado. Si bien, se debió del funesto destino
imputado a Edipo por cuanto, entre el padre y la madre, perdió la vista, el hombre
de las ratas perdió sus quevedos, esos lentes cuya quitanza significan una
ceguera total. Ceguera ahora anudada a lo inconsciente. Concluiremos nuestra
exposición de estos casos clínicos de Freud, en donde pone su ojo avizor para
escudriñar lo que de erótico y pulsional tiene la mirada de Dora, Hans y Lehrs, con
una diferenciación meritoria que hace Lacan entre histeria y obsesión, y a
propósito de la mirada del sujeto que mira desde lo inconsciente:
El histérico cautiva se objeto/el objeto al que se dirige el deseo/en una intriga
refinada y su ego está en el tercero por cuyo intermedio el sujeto goza de ese
objeto en el cual se encarna su pregunta. El obsesivo arrastra en la jaula de su
narcisismo los objetos en que su pregunta se repercute en la coartada multiplicada
de figuras mortales y, domesticando su alta voltereta, dirige su homenaje ambiguo
hacia el palco donde tiene él mismo su lugar, el del amo que no puede verse.
Trahit sua quemque voluptas; uno se identifica con el espectáculo y el otro hace
ver. En cuando al primer sujeto, tenéis que hacerle reconocer dónde se sitúa, para
la cual el término acting out toma su sentido literal puesto que actúa fuera de sí
mismo.
En cuanto al otro, tenéis que haceros reconocer en el espectador invisible de la
escena, a quién le une la mediación de la muerte. (―Función y campo de la palabra
y del lenguaje en psicoanálisis‖)19.
Así tanto la histérica como el obsesivo se despliegan tal cual ante la puesta en
escena de un espectáculo donde cada uno ocupa un lugar predeterminado, lugar
donde el ojo se inmiscuye dando un traspié para que la mirada advenga y haga
sus estragos en la subjetividad. Con este señalamiento ante algunos de los
aspectos que consideramos significativos en estos tres casos clínicos de Freud
concluimos nuestro sucinto análisis y exposición esperando haber puesto de
advertido que la mirada está muy presente en los historiales clínicos freudianos y
solicitan en asomarse más de una vez.
REFERENCIAS
1. Freud. Sigmund, ―La cabeza de Medusa‖. En Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, T. XVIII, 1985. p. 270.
2. Assoun, Paul –Laurent, Lecciones psicoanalíticas sobre la mirada y la voz, Nueva Visión, Buenos Aires, 1995, p.
77.
3. Freud, Sigmund, ―Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos‖, en O.C.,
Amorrortu, Buenos Aires, T. XIX, 1985, p 270-271
4. Assount, Paul-Laurent, Lecciones psicoanalíticas sobre la mirada u la voz,… p.88
5. Freud, Sigmund, ―Fragmento de análisis de un caso de la histeria‖, en O.C. Amorrortu, Buenos Aires, T. VII. 1985,
p85.
6. Op.cit.,p.87
7. Op.cit.,p.87
8. Bonnet, Gerard, Ver-ser-visto: Estudios clínicos sobre exhibicionismo 2, Fundamentos, Madrid, 1985, p. 57
9. Freud, Sigmund, ―Fragmento de análisis de un caso de histeria‖,… P.16
10. Freud, Sigmund, ―Análisis de la fobia de un niño de cinco años‖ en O.C., Amorrortu, Buenos Aires, T.X, 1985, p.
160
11. Op.cit.p.20-21
12. Le Gaufey, Guy, El lazo especular, Epeele, México, 2000. p. 150
13. Freud, Sigmund. ―A propósito de un caso de neurosis obsesiva‖, en O.C, Amorrortu. Buenos Aires, T.X, 1985, p.
160
14. Ibid, p. 160
15. Ibid, p. 185
16. Lachaud, dense, El infierno del deber: el discurso del obsesivo, Serbal, Barceloma, 1998, p. 126
17. Freud, Sigmund, ―A propósito de un caso de neurosis obsesiva‖,… p. 130
18. Ibid, p. 133.
19. Lacan, Jacques, ―Función y campo del lenguaje y la palabra en psicoanálisis‖, en Escritos I, Siglo XXI, México,
1972, p. 292.
NOTAS
*Profesor de Literatura Hispanoamericana en Purdue University, Estados Unidos.
Maestro en Teoría Psicoanalítica por el Centro de Investigaciones y Estudios
Psicoanalíticos-México. Magister Litterarum en Literatura Inglesa por la
Universidad de Costa Rica. Candidato a Doctor en Literatura Hispanoamericana
por Purdue University.
+
En este apartado nos vamos a referir al caso del varón ante la emergencia de la
angustia de castración. El asunto de las incidencias de la diferencia de los sexos
en el niño y la niña se obtienen de las indagaciones freudianas en sus escritos: + +
+
Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos‖ de
1923, ―La organización genital infantil‖ del mismo año y ―Sobre las teorías
sexuales infantiles‖ de 1908.
++
En esta sección vamos a utilizar los términos ―pene‖ y ―falo‖ indistintamente. De
hecho, Freud empleó la palabra ―falo‖ muy pocas veces de las cuales las equiparó
con la función del órgano peniano. No es hasta en las propuestas lacanianas en
que se hace una distinción más detallada entre el miembro masculino (pene) y las
diferentes acepciones del falo, en tanto imaginario, simbólico y real.
BIBLIOGRAFÍA
Assoun, Paul-Laurent. Lecciones psicoanalíticas sobre la Mirada y la voz. Bs. As.,
Nueva Visión, 1995.
Bonnet, Gerard, Ver-ser visto: Estudios clínicos sobre exhibicionismo 2. Madrid,
Fundamentos, 1985.
Freud, Sigmund. ―Análisis de la fobia de un niño de cinco años‖. Obras completas.
Vol. X. Trad. José L. Etcheverry. Bs. As.; Amorrortu, 1985.
-. ―Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos‖.
Obras completas. Vol. XIX. Trad. José L. Etcheverry. Bs. As; Amorrortu, 1985.
- ―Fragmento de un análisis de un caso de histeria‖. Obras Completas. Vol. VII.
Trad. José L. Etcheverry. Bs. As.: Amorrortu, 1985
- ―A propósito de un caso de neurosis obsesiva‖. Obras Completas. Vol. VII. Trad.
José. L. Etcheverry. Bs. As.: Amorrortu, 1985. Lacan, Jacques. ―Función y campo
del lenguaje y la palabra en psicoanálisis‖, Escritos I. México, Siglo XXI, 1979.
Lachaud, Denise. El infierno del deber: el discurso del obsersivo. Barcelona,
Serbal, 1998.
Le Guafey, Guy. El lazo especular. México, Epeele, 2000.