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Roland Huntford-El Último Lugar de La Tierra (13224)

1) A principios del siglo XX, tanto Robert Scott como Roald Amundsen emprendieron expediciones para ser los primeros en llegar al Polo Sur, pero solo Amundsen tuvo éxito mientras que Scott y sus compañeros murieron en el viaje de regreso. 2) El libro analiza las diferencias entre las expediciones de Scott y Amundsen, señalando que Amundsen estaba mejor preparado y que Scott cometió errores que pusieron en peligro la vida de sus hombres. 3) El libro también explora las personalidades de Scott y Amund

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Roland Huntford-El Último Lugar de La Tierra (13224)

1) A principios del siglo XX, tanto Robert Scott como Roald Amundsen emprendieron expediciones para ser los primeros en llegar al Polo Sur, pero solo Amundsen tuvo éxito mientras que Scott y sus compañeros murieron en el viaje de regreso. 2) El libro analiza las diferencias entre las expediciones de Scott y Amundsen, señalando que Amundsen estaba mejor preparado y que Scott cometió errores que pusieron en peligro la vida de sus hombres. 3) El libro también explora las personalidades de Scott y Amund

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Annotation

A principios del siglo XX, el Polo Sur era una de las metas más codiciadas por los exploradores
de todo el mundo. En 1911, dos hombres, el británico Robert Scott y el noruego Roald
Amundsen, emprendieron una larga carrera hacia la Antártida que resultaría terriblemente trágica
para el primero. Su muerte entre los glaciares junto a cuatro de sus compañeros de expedición lo
convirtió en una leyenda que ensombreció la victoria final de Amundsen y la relegó injustamente
al olvido. El último lugar de la Tierra relata esta odisea singular y revela los detalles más oscuros
de una hazaña que conmocionó al mundo. La rigurosa investigación de Huntford, que saca a la
luz, por vez primera, las fuentes originales noruegas, refleja las ambiciones de toda una época y
de las personas que, muchas veces de forma errónea, tuvieron que llevarlas a cabo.
El último lugar de la Tierra es «un cuadro muy intenso de las agonías y enemistades, así como de
las grandezas de la exploración polar... Un libro fascinante» (The New York Times),
«Una extraordinaria experiencia de lectura muy rica» (Los Angeles Times).
· INTRODUCCION

· EL ÚLTIMO LUGAR DE LA TIERRA

· AGRADECIMIENTOS

· NOTA DEL AUTOR

· PRIMERA PARTE

o 1
o 2
o 3
o 4
o 5
o 6
o 7
o 8
o 9
o 10
o 11
o 12
o 13
o 14
o 15
o 16
o 17
· SEGUNDA PARTE
o 1
o 2
o 3
o 4
o 5
o 6
o 7
o 8
o 9
o 10
o 11
o 12
o 13
o 14
o 15
o 16
o 17
o 18
· notes
 
ROLAND HUNTFORD
 
EL ÚLTIMO LUGAR DE LA TIERRA
 
LA CARRERA DE ROBERT SCOTT Y ROALD AMUNDSEN HACIA EL POLO SUR
 
 
INTRODUCCION
 
por Paul Theroux
 
Lo que muchos saben de la conquista del Polo Sur es que el capitán Scott lo alcanzó y después
murió en el viaje de regreso; que, estando la expedición al Polo retenida en el punto de acampada
y en apariencia condenada a una muerte segura, el capitán Oates dijo con abnegación: «Voy a
salir y tal vez tarde un rato», y se fue a morir para que sus compañeros vivieran; y que Scott
representó el sacrificio, la entereza y el fracaso glorioso, la personificación del ideal británico de
la derrota valerosa. La expedición de Scott fue esencialmente científica; la desbarató el clima
adverso. Roald Amundsen es algo así como una idea adicional: «Ah sí, de hecho el adusto
noruego llegó al Polo y plantó su bandera primero, pero no hay que darle mayor importancia;
tuvo mucha suerte y algo de malas artes». Y con esto se deja zanjado el asunto del Polo.
El señor Huntford, para comenzar, demuestra la falsedad de todas estas ideas y de muchas más.
De ahí el escándalo.
La fuerza de este libro se puso de manifiesto ya en su primera aparición en Gran Bretaña, cuando
causó una protesta airada; y pocos años después, una serie televisiva basada en él suscitó un alud
de cartas indignadas en los periódicos e interminables discusiones públicas en que se ponía el
libro a la altura del betún y se condenaba al autor, al que en algunos círculos se llegó a
vilipendiar por haber insinuado que Fridtjof Nansen mantuvo una relación sexual con Kathleen
Scott mientras el esposo de ésta se congelaba en una tienda de campaña. Pero ¿qué había hecho a
fin de cuentas el señor Huntford? Había escrito una crónica fascinante de dos expediciones que
trataron simultáneamente de llegar al Polo Sur. Su libro está muy documentado, escrito con
sobriedad y en ocasiones con ironía, en gran parte es emocionante, en varios pasajes tan intenso
como lo pueda ser una exploración, y opino que hay pocas cosas que sean más intensas.
Pero el viaje al Polo no fue sólo una expedición, un viaje de descubrimiento. Fue en realidad (por
mucho que Scott tratara de negarlo) una carrera declarada por llegar antes que nadie al Polo Sur.
Estaban en juego el honor nacional: noruegos contra británicos; dos filosofías diversas del viaje y
el descubrimiento: esquís frente a progresión a pie, perros frente a ponis, ropas de tela provistas
de capas de goma frente a añórales con forro de piel y botas de esquimal; dos culturas: la
igualitaria de los noruegos («una pequeña república» de exploradores) frente al rígido sistema de
clases británico; y dos tipos de liderazgo o, más exactamente, dos personalidades diferentes y
distintas: la de Roald Amundsen frente a la del capitán Scott.
La gran sorpresa que depara este libro es que Amundsen no aparece como un escandinavo
malhumorado y huraño sino como un hombre astuto, apasionado, accesible y completamente
razonable que tendía a quitar importancia a sus proezas, en tanto que Scott—bien al contrario del
estereotipo que circula entre los británicos—era depresivo, impenetrable, distante,
autocompasivo y proclive a exagerar sus vicisitudes. Sus personalidades determinaron el cariz de
las respectivas expediciones: la de Amundsen fue animosa y solidaria, la de Scott confusa y
desmoralizada. Amundsen tenía carisma y estaba concentrado en su objetivo; Scott era inseguro,
oscuro, muy nervioso, ajeno al sentido del humor, un enigma para sus hombres y un listillo que
lo echaba todo a perder, pero a la manera como lo hace el tipo de listillo megalómano:
dramatizando siempre sus actividades.
Los juicios del señor Huntford son implacables: «Scott pronunciaba los sermones. [...] Era un
héroe adecuado para un país decadente». Amundsen hizo de la conquista del Polo «algo que
quedaba a mitad de camino del arte y el deporte. Scott había convertido la exploración del Polo
en una cuestión de heroísmo por el heroísmo». La señora Oates, a quien las cartas que le enviaba
su hijo proporcionaban noticias de primera mano acerca de la expedición—Oates es un testigo
que hay que tener muy en cuenta—, llamó a Scott el «asesino» de su hijo. En cuanto a la opinión
del propio Oates: «A mí Scott no me gusta nada», escribió en la Antártida.
Lejos de querer menospreciar a nadie o de atacar a golpes de hacha a los flemáticos ingleses (no
en vano ha expresado en otra parte su justificada admiración por Shackleton), el señor Huntford
se limita a señalar que los británicos transformaron a Scott en un héroe necesario: no es el
carácter británico el blanco de los ataques de este libro. El señor Huntford demuestra que, al fin y
al cabo, el problema estribaba en Scott. A pesar de sus escasos conocimientos prácticos de
mando (y de que no tenía el carácter adecuado para comandar expediciones), Scott era ambicioso
y persiguió la promoción y aun la gloria en la marina británica. Era un intrigante y sabía cómo
ganarse protectores como sir Clements Markham, en este relato personaje secundario de
proverbial astucia: vengativo, petulante, majestuoso, interesado en Scott principalmente por la
extraña afeminación de éste. Tal rasgo afeminado de la personalidad de Scott fue destacado por
uno de sus hombres, Apsley Cherry-Garrard—el más joven de la expedición—, en su obra
maestra del género expedicionario The worst journey in the world. Cherry-Garrard mencionaba
asimismo que tenían a Amundsen por un «tosco navegante noruego» y no por el «explorador de
marcada índole intelectual» sagaz y curtido que era en realidad. Además, según Cherry-Garrard,
Scott se echaba a llorar con frecuencia.
Siempre se ha considerado que el clima fue el factor determinante en el éxito de Amundsen y el
fracaso de Scott. Pero no tuvo efectos favorecedores o perjudiciales: ambas expediciones
hallaron condiciones muy similares. La verdad es que Amundsen estaba mucho mejor preparado
y Scott calculó de manera imprudente la cantidad necesaria de comida y combustible y los
rigores climáticos. Scott no había previsto que en un viaje de cuatro meses pudiera haber cuatro
días de mal tiempo. Las entradas paralelas del mismo período en los respectivos diarios reflejan a
un Amundsen pletórico y animado esquiando entre la niebla, y justo detrás de él a un Scott
fatigado, deprimido y quejoso que avanza a duras penas. El señor Huntford no ve en esta
disparidad una diferencia de estilo sino de actitud:
 
Scott [...] esperaba que los elementos se ordenaran en beneficio suyo, y le sentaba mal que no
fuera así: una manifestación del orgullo espiritual que constituyó el peor defecto de Scott.
La diferencia entre ambos rivales queda reflejada en su relación con la divinidad. Scott sólo la
invocaba para quejarse cuando había problemas; Amundsen, para agradecer la buena fortuna.
En cualquier caso, Scott era un agnóstico dentista y Amundsen adoraba a la naturaleza. Sólo
por eso, a Amundsen ya le resultaba más fácil aceptar los caprichos de ventiscas y tormentas. El
y sus compañeros iban a una con el medio y se ahorraron la angustia que atormentó a Scott y, a
través de él, dominó a toda la expedición británica.
 
La expedición noruega, aunque muy poco dotada en términos económicos, estaba compuesta por
esquiadores, siguió una dieta más adecuada y contaba con un equipamiento más simple pero más
útil y con el vínculo de la amistad. Los esquís eran una curiosa novedad a ojos de Scott, cuya
clasista expedición rebosaba dinero y patrocinadores. Había planeado un desplazamiento con
ponis y trineos motorizados, pero al hacerse evidente su inutilidad tuvo que arrastrar los trineos a
pulso. En el campamento base, mucho antes de que el grupo de Scott partiera hacia el Polo, uno
de sus hombres—significativamente el único noruego: Tryggve Gran—escribió: «Nuestro grupo
está dividido y somos como un ejército derrotado, desanimado e inconsolable».
Amundsen tenía corazón y capacidad de compadecerse, pero también podía ser un tipo frío a su
manera. Estaba predispuesto contra los médicos y se negaba a llevar a ninguno en una
expedición. «Creía que un médico—anota el señor Huntford—produciría una división en el
mando». Por otra parte, sus hombres eran marineros expertos. Sólo uno de los hombres de Scott
sabía gobernar una embarcación y éste no entró en el grupo que asaltó el Polo, aunque Scott
decidió en el último momento llevar un hombre más, lo que significaba que las raciones serían
inevitablemente insuficientes.
Una larga sombra se proyecta sobre esta búsqueda del Polo: la de la enorme figura de Nansen,
quien, a decir de Huntford, tenía por entonces un asunto con Kathleen Scott, a su manera una
persona igualmente formidable. El préstamo del barco de Nansen, el invencible, irrompible
Fram, fue un regalo impagable para Amundsen; el crujiente Terra Nova de Scott no se le podía
comparar: a fin de cuentas, el Fram se distinguió por alcanzar las latitudes más extremas tanto al
norte como al sur. El Fram tuvo una importancia decisiva, puesto que Amundsen necesitaba un
barco navegable y fuerte, construido para este tipo de travesía y puesto a prueba en otras
expediciones. Su misión se mantuvo en secreto, emprendió viaje mucho más tarde que Scott y
carecía casi por completo de patrocinio. Pero, en casi todas las ocasiones, Amundsen toma la
decisión correcta y más oportuna y Scott la equivocada e indocumentada; por eso doy tanto valor
a este libro, porque trata de la creación de mitos y del heroísmo y del autoengaño, los
ingredientes del nacionalismo.
Este libro causó conmoción al ver la luz por vez primera, y ahora, releyéndolo al cabo de veinte
años, me sigue pareciendo un relato fascinante e instructivo, enriquecido con caracterizaciones
vividas y gran cantidad de detalles oportunos. Al acabar la lectura, uno está mucho mejor
informado de la naturaleza humana, ya que es más que un libro sobre el Polo Sur. Habla de dos
exploradores, dos culturas y de la esencia de la exploración, que para mí se corresponde con el
impulso creativo porque requiere un pensamiento determinado, imaginación, coraje y un salto de
la fe. Sobre todo, este libro, que trata de una carrera, de la última gran expedición que concluyó
la Era de los Descubrimientos, constituye un análisis de las dotes de mando.
P.T.
 
EL ÚLTIMO LUGAR DE LA TIERRA
 
 
Es mejor proporcionar material para la emisión de un veredicto justo que pasar por alto hechos
incómodos para proteger la reputación de los individuos.
 
Sir Basil Liddell Hart, en el prefacio a History of the First World War.
 
AGRADECIMIENTOS
 
En su primera aparición, este libro suscitó y sufrió en Inglaterra una avalancha de aspavientos
sentimentales, y hasta hubo intentos de impedir su publicación. Yo no había hecho más que
someter a un nuevo examen la carrera hacia el Polo Sur entre Scott, el inglés recubierto por una
pátina mítica, y Amundsen, el noruego, a la luz de los hechos históricos. «Debe abstenerse de
decir la verdad», me indicó alguien, «si ésta perjudica a un héroe nacional». Se trataba de una
buena síntesis de la furia que me cayó encima.
Desde entonces ha surgido más material: poco que me obligue a rectificar mis opiniones y
mucho que las abona. De especial importancia es el descubrimiento de la francmasonería de
Scott; se ha sabido más de su expediente en la marina, de su rescate en la primera expedición a la
Antártida que emprendió y de su estado mental en la segunda. He tenido acceso a los registros de
las entrevistas de la señora Oates, madre del capitán Oates, con miembros de la segunda
expedición de Scott. También se ha avanzado mucho en la elucidación de las relaciones de
Amundsen con las mujeres. Junto con algunos otros cambios necesarios, todo ello se ha
incorporado a la presente edición, que es una versión abreviada de la obra original titulada Scott
and Amundsen.
En medio del furor que acompañó a la primera edición y durante sus secuelas, muchos acudieron
en mi ayuda. En primer lugar, quiero expresar mi profundo agradecimiento al Dr. Peter Nixon y
a su esposa Susie, por motivos que ellos conocen. Estaré siempre en deuda con ellos. Tengo que
agradecer también el apoyo moral que me brindó el difunto profesor Harry Sandbach, del Trinity
College de Cambridge, así como los Síndicos de la Biblioteca Universitaria de Cambridge. En
este mismo capítulo, quiero honrar la memoria del señor Plantagenet Somerset Fry, y agradecer a
mi colegio mayor de Cambridge, Wolfson, su colaboración. Asimismo, quisiera darles las
gracias al señor Correlli Barnett, antiguo conservador de los Archivos del Churchill College, y al
señor Clive Holland, en la actualidad bibliotecario del Wolfson College.
Por su ayuda en la redacción del libro, estoy en deuda sobre todo con el señor Oddvar Vasstveit,
del Departamento de Manuscritos de lo que por entonces era la Biblioteca Universitaria de Oslo
y hoy en día es la Biblioteca Nacional de Noruega. En el ámbito de la exploración del Polo, las
principales fuentes noruegas eran aguas ignotas; el señor Vasstveit me condujo a través de ellas.
Consiguió responder todas mis preguntas, incluso las más extravagantes. Sin su ayuda ilimitada,
escribir este libro habría sido mucho más difícil, hasta límites inimaginables. También le
agradezco al resto de personal de la biblioteca su ayuda más que generosa.
Muchos otros me ayudaron. El profesor Vigdis Ystad, de la Universidad de Oslo, estuvo
dispuesto en todo momento a ayudarme a interpretar el medio noruego. Agradezco al señor A. G.
E. Jones, renombrado estudioso de cuestiones polares, que me ofreciera desinteresadamente sus
conocimientos únicos. También deseo dejar constancia de mi gratitud al señor Don Aldridge,
quien compartió con total generosidad sus hallazgos de los hechos ocultos en el rescate del
Discovery.
El Dr. Charles Swithinbank colaboró muchísimo con su dilatada experiencia en la Antártida, al
igual que el señor W. W. Herbert al establecer la ruta que siguió Amundsen por el glaciar Axel
Heiberg. Asimismo, quiero dar las gracias a Sue Limb por permitirme leer los fragmentos
conservados de los diarios antarticos del capitán L. E. G. Oates.
Venetia Pollock, que se encargó de la preparación editorial de este libro, ha muerto de modo
trágico. Honro su memoria, en tanto que editora y amiga.
Recuerdo al difunto comandante Tryggve Gran y al señor J0rgen Stubberud, los últimos
supervivientes de las expediciones al Polo Sur de Scott y Amundsen, respectivamente, que
accedieron a que les entrevistara. Quiero también rendir homenaje al señor Olav S. Bjaaland, que
descifró el diario de su tío, Olav Bjaaland—el más amable de los hombres de Amundsen—, y
compartió los frutos de su trabajo en repetidas ocasiones y dedicó generosamente su tiempo a
referir su pasado familiar e histórico.
Estoy muy agradecido a la firma de Adas Copeo en Estocolmo por los detalles que me
proporcionó acerca del uso precursor de Amundsen del motor diesel de la marina, así como a
A/S Saetre Kjeksfabrik de Oslo por los recibos de las galletas incluidas en las raciones del viaje
en trineo de Amundsen.
Por su mucha paciencia y ayuda amistosa, quiero expresar mi gratitud a las siguientes
instituciones: el Museo Borgarsyssel, de Sarpsborg, Noruega; la California Historical Society de
San Francisco; los Churchill College Archives y Syndics of the University Library de
Cambridge; The Houghton Library, de la Universidad de Harvard, Cambridge, Massachusetts; la
Kungliga Vetenskapsakademien de Estocolmo; la Luther College Library de Decorah, Ohio; la
Biblioteca del Congreso y los Archivos Nacionales de Washington; el Nationaal Scheepsvaart
Museum de Amberes; el Oakland Museum de California; los Archivos Provinciales de Victoria,
Columbia Británica; la Tasmanian Historical Research Association y los Archivos Estatales de
Tasmania, en Hobart, Tasmania, y la Universidad de Alaska, en Fairbanks. En Londres: la
British Library, el Museo Marítimo Británico, la Oficina de Registros Públicos, la Royal
Geographical Society y la Royal Society; en Copenhague: el Arktisk Institut de Rigarkivet; en
Oslo: el Etnografiske Museum, el Fram Museum, el Nordmannsforbundet, el Norsk Film
Instituir, el Norsk Folkemuseum, el Det Norske Meteorologiske Institutt; el Norsk Polarinstitutt,
el Norsk Sjofarts-museum, el Ministerio de Asuntos Exteriores noruego, el By Museum de Oslo,
el Riksarkivet, el Museo del Esquí y la Stortingsbiblioteket. También consulté los archivos del
Scott Polar Research Institute de Cambridge.
No es una lista exhaustiva; sólo menciona a los que merecen destacarse debido a la enorme
cantidad de molestias que les causé. Muchos otros, en Inglaterra, Noruega, Estados Unidos y
otros lugares, ayudaron en la preparación de este libro. Por desgracia, no dispongo de espacio
suficiente para darles las gracias uno por uno. Sin embargo, no podré estar lo bastante agradecido
a todos mis colaboradores innominados, que nunca soslayaron una petición de ayuda. Espero que
lo acepten como expresión de mi profundo agradecimiento. Del mismo modo, agradezco a
quienes me dieron permiso para utilizar material protegido por derechos de propiedad.
Una cosa son las ayudas y otra las opiniones. Las expresadas en este libro son de mi exclusiva
responsabilidad. Y cualquier error que contenga debe atribuírseme solamente a mí.
En fin, quiero darle las gracias a mi mujer, Anita, a quien está dedicado este libro, por su
paciencia a lo largo de los años de escritura y por su apoyo en los momentos de angustia. Por si
no hubiera bastante con encargarse del hogar y de una parte desproporcionada de la educación de
nuestros dos hijos, mecanografió gran parte del manuscrito en un tiempo en que los ordenadores
no eran la norma. Le debo más de lo que jamás le podré devolver.
 
NOTA DEL AUTOR
 
Oslo, la capital de Noruega, se llamó Cristianía (a veces Kristiania) hasta 1925. Se utiliza la
forma antigua cuando lo requiere el período de que se habla. Por motivos similares, el glaciar de
Ross de la Antártida se denomina con los antiguos nombres de Barrera de Ross o Gran Barrera
de Hielo. [1]
De acuerdo con las anotaciones y diarios originales, en este libro se aplica a los viajes oceánicos
y a los terrestres por el Polo la milla náutica o geográfica. En los demás casos se usa el
kilómetro. [2]
La milla náutica representa la sexta parte de un grado, o un minuto de latitud. En Gran Bretaña
equivale a 6.080 pies, es decir una séptima parte de una milla terrestre, o 1,85 kilómetros.
Las temperaturas se expresan en grados centígrados. Unas cuantas comparaciones ilustrativas: o
°C, el punto de congelación del agua, equivale a 32 o Fahrenheit; —10 °C son 14 °F, —20 °C son
—4 °F y —30 °C son —22 °F.
Un nunatak es una cumbre rocosa que sobresale entre el hielo. Los sastrugi son irregularidades
formadas por el viento en la superficie de la nieve. Pueden medir desde unos cuantos centímetros
hasta unos metros de altura y tener todas las formas imaginables, desde ondas regulares hasta
formas propias de la escultura abstracta.
La letra noruega a se pronuncia como la u de «run» [o la a castellana]; aa o å como aw en «law»
[en castellano correspondería a una o larga]; j como la y en «yell» [la y castellana]; ø como la i
de «first» [una e larga] y la u como 00 en «loose» [u castellana]. «Askeladden» (capítulo 4) se
pronuncia en cuatro sílabas distintas, con el acento en la primera.
Las cantidades monetarias se dan según las sumas y el valor originales. De 1900 a 1914, es decir
durante el período que cubre la mayor parte del libro, el valor de cambio de la corona noruega
estuvo en torno a los 3,8 dólares americanos. Durante el mismo período, la libra esterlina
oscilaba alrededor de los 4,8 dólares. A modo de orientación aproximada, según los valores
actuales (1999), una corona costaría cinco dólares. El equivalente de un dólar serían veinte
dólares y de una libra noventa dólares. En la parte final del último capítulo, que alcanza los años
veinte, la corona vendría a equivaler a dos dólares y un dólar a veinte dólares actuales.
De acuerdo con las fuentes, se ha conservado la libra esterlina antigua, previa a la
decimalización, para expresar las sumas de dinero del período. Se dividía en veinte chelines y
cada uno de éstos en doce peniques; estas unidades se abrevian por regla general como £, c y p.
Las traducciones de textos en lengua extranjera son del autor.
 
PRIMERA PARTE
1

ENFRENTADOS POR EL POLO


 
En la mañana del primero de noviembre de 1911, una pequeña cabalgata salió de cabo Evans, en
la Antártida, avanzó lentamente por la banquisa y desapareció en las extensiones deshabitadas.
Estaba al mando del capitán Robert Falcon Scott. «El futuro está en manos de los dioses», había
escrito en su diario la noche anterior. «No se me ocurre que haya dejado nada por hacer para
merecer el éxito».
Más de trescientos kilómetros por delante de ellos, en la misma ruta blanca hacia el sur, otro
hombre estaba ya en camino. Era el noruego Roald Amundsen. Contra lo acostumbrado, aquel
día se había enredado por error en un nebuloso laberinto de abismos y conducía a sus
compañeros a través de la sombra de la muerte. Todos ellos, escribió Amundsen en su diario,
«estaban determinados a salir adelante, a cualquier precio».
Así comenzó la carrera hacia el Polo Sur. Por obtener el privilegio de ser los primeros en hollar
este espacio inútil pero tan deseable, ambos hombres estaban dispuestos a arrastrarse 2.400
kilómetros por una extensión helada y enfrentarse a cualquier sufrimiento o peligro extremos.
Los polos de la Tierra se habían convertido en una obsesión del hombre occidental. Se la podía
combatir alegando argumentos en contra, pero no suprimir. Y puesto que la obsesión existía,
había que exorcizarla lo antes posible.
 
2

LOS PRECURSORES
 
Fue el último acto de una historia antigua.
De entre la niebla del mito y la tradición surge la figura brumosa del primer viajero a la Antártida
conocido, un jefe polinesio llamado Ui-te-Rangiora, quien, hacia el 650 d.C, alcanzó el mar
helado. Pero el primer explorador del Polo en la historia registrada fue Piteas, un griego.
Pertenecía a la colonia griega de Massilia, la actual Marsella. Nació en el siglo IV a.C., en el
esplendor de los tiempos marcados por el espíritu inquieto e inquisitivo de Aristóteles. Hacia el
320 a.C., Piteas emprendió uno de los grandes viajes de descubrimiento: circunnavegó las islas
británicas, alcanzó el casquete ártico y fue, que sepamos, el primer miembro de una sociedad
civilizada que atravesó el Círculo Ártico y vio el sol de medianoche; trasladó las regiones polares
a la conciencia del hombre occidental.
Tras un intervalo de mil años, los vikingos noruegos asumieron el reto nórdico de Piteas, y en la
Edad Media surcaron las aguas árticas. Llegaron al mar Blanco y posiblemente a las islas
Spitzbergen. Desembarcaron en América y en la península del Labrador. Colonizaron
Groenlandia y bordearon la costa oriental hasta casi el paralelo 76, un notable «punto más
septentrional» que se mantuvo imbatido durante más de doscientos cincuenta años.
Con el fin del imperio medieval noruego se produjo un nuevo paréntesis en la exploración del
Artico. Al reemprenderse ésta en el siglo XVI fueron los ingleses quienes llevaron la iniciativa.
España y Portugal se habían apropiado de América del Sur y la ruta marítima hacia el este, más
allá del cabo de Buena Esperanza. Inglaterra, la ascendente potencia naval, se centró en aguas
menos pobladas. La circunnavegación de Fernando de Magallanes había confirmado la antigua
creencia de que el mundo era redondo. Por primera vez, los océanos y el globo parecían formar
una unidad. Era una idea todavía nueva y embriagadora, y los ingleses hallaron un camino fácil
hacia las riquezas del Este glorioso a través de dos cortas rutas marítimas del norte del globo: el
Paso del Nordeste por la costa siberiana y el Paso del Noroeste por las cuencas norteñas del
continente norteamericano. Fueron ambas dos grandes ilusiones que condujeron de nuevo a los
hombres al hielo y al frío y los enfrentaron a la adversidad y el desastre en su búsqueda de un
mítico mar polar abierto; pero en el proceso el Artico fue explorado.
El hombre esperanzado también se aventuraba hacia el sur. En él, la ilusión que atrajo a los
marineros desde los tiempos de sir Francis Drake, y acaso antes, era un gran continente sureño
fértil, un Eldorado alrededor del Polo. Fue un francés, contemporáneo de Voltaire como resulta
muy apropiado, quien atisbo por primera vez la verdad nefasta. En 1738, el capitán Jean-
Francois-Charles Bouvet de Lozier zarpó al mando de dos barcos, el Aigle y el Marie, con miras
a anexionar la Terra Australis, la tierra del sur. El día de Año Nuevo de 1739 avistó una costa
lúgubre, nebulosa y cubierta de hielo, parte de la actual isla de Bouvet. No era ni por asomo la
tierra prometida, sino un anticipo de lo que había más allá. Bouvet regresó con la primera
descripción de cierta solvencia del paisaje antartico, con sus icebergs tabulares de
 
sesenta o cien metros de alto [...] hasta dieciséis kilómetros de largo [con] todo tipo de formas;
islas, fortalezas, almenas [...] como arrecifes flotantes [y] pingüinos, anfibios como patos
enormes, pero con aletas en vez de alas.
 
También los ingleses empezaban a mirar hacia el sur. En 1769 estaba previsto que el planeta
Venus atravesara el disco del sol, todo un acontecimiento que los astrónomos querían observar.
Se determinó que la isla de Tahití, recientemente descubierta, era el punto de observación
idóneo. La Royal Society de Londres encomendó a la Marina de guerra inglesa la organización
del viaje; la Armada asumió la misión, y esta iniciativa había de tener consecuencias profundas e
imprevistas: propició que los oficiales de la Marina prácticamente acapararan el control de la
exploración del Polo británica hasta la primera década del siglo XX.
El viaje suscitado por el tránsito de Venus estuvo al mando de un hombre de temperamento
tranquilo, James Cook, uno de los más grandes descubridores. El viaje de Cook tenía motivos
varios y entremezclados, entre los que la astronomía no era sino uno más; la política asomaba la
oreja. En los días de la rivalidad entre ingleses y franceses no se podía permitir que estos últimos
surcaran el sur a sus anchas. Cuando, en agosto de 1768, Cook zarpó de Inglaterra a bordo del
Endeavour, llevaba instrucciones secretas de buscar el misterioso continente meridional y de
hallarlo antes que los franceses.
Tres años después, tras circunnavegar el globo, Cook regresó cargado de noticias que alteraron
los horizontes mentales de su tiempo y transformaron la política de una era. En el sur no había
ninguna tierra en que fluyeran leche y miel. De existir un continente en el sur, estaba en las
lúgubres extensiones de más allá del paralelo 40. Una posesión tan poco deseable no había de
desatar una lucha entre grandes potencias. Sin embargo, Cook propuso emprender otra vuelta al
mundo por una latitud más alta sólo para «dejar bien sentado» lo que había más allá; el
Almirantazgo aceptó la propuesta, lo que siempre será preciso apuntar en su haber.
Y así, en 1772, Cook, recién ascendido al grado de capitán de fragata, abandonó de nuevo
Inglaterra, esta vez con dos barcos: el Resolution y el Adventure. Era la primera expedición a la
Antártida en el sentido moderno, puesto que no la movía otro motivo que el de satisfacer una
ambición personal: la exploración era un fin en sí mismo y el descubrimiento su propia
recompensa.
El sábado 17 de enero de 1773, Cook alcanzó el Círculo Antartico, «sin duda el primero», como
escribiera él mismo, «que cruza esta línea». Al día siguiente, una enorme masa flotante de hielo
lo obligó a retroceder. Un año después, tras invernar en Nueva Zelanda, puso de nuevo rumbo al
sur. El 30 de enero de 1774 llegó a 710 10', 300 millas en el interior del Círculo Antartico, antes
de que el hielo lo detuviera de nuevo. En los próximos cincuenta años nadie avanzó tanto hacia
el sur, y hoy sigue siendo el punto más meridional que se haya alcanzado por la longitud de 106 o
O.
En ambas ocasiones Cook viró estando a apenas un día de navegación de la costa del continente
oculto. Jamás la avistó, envuelta como estaba en una niebla impenetrable. Pero siempre abrigaría
la convicción de que existía.
La muerte de Cook en 1779 a manos de unos indígenas en Hawai marcó el final de una era. Los
viajes al Polo se suspendieron a lo largo de una generación, mientras transcurrieron la
Revolución francesa y las guerras napoleónicas. En el momento de librarse la batalla de
Waterloo nadie había visto el continente antartico.
En 1819, el viento apartó de su curso al Williams, un barco comerciante inglés que bordeaba el
cabo de Hornos, y sus tripulantes descubrieron las islas Shetland del Sur. Al alcanzar el Williams
Valparaíso, el capitán Shireff, oficial de la Marina británica al mando del B.S.M. Andromache,
no dudó en hacer escala allí, pero este descubrimiento requería una ulterior investigación. Como
inversor privado, fletó el Williams, lo puso al mando de Edward Bransfield y lo envió al sur.
Bransfield rebasó las islas Shetland del Sur. El 30 de enero de 1820 avistó el extremo norte de
Tierra de Graham, desembarcó y estuvo un momento en ella. Este fue el descubrimiento de la
Antártida. Tres días antes, a unas 1.500 millas al este, el capitán Thaddeus Bellingshausen,
oficial de la Marina rusa a quien el zar Alejandro I había encomendado una misión en un
arrebato de fervor expansionista, anotó lo que puede interpretarse como la localización del punto
en que el casquete polar antartico entra en contacto con el mar. Sin embargo, Bellingshausen no
entendió que lo que tenía ante los ojos era tierra. Sí lo entendió, sin duda, Bransfield, quien
además detectó «el continente meridional que se anda buscando desde hace tanto tiempo».
Los siguientes descubridores de la Antártida fueron capitanes norteamericanos como Nathaniel
Palmer, que exploró la costa de Tierra de Graham, y británicos como James Weddell, que en
1823 descubrió el que pasaría a ser mar de Weddell.
En 1827, un oficial de la Marina británica, el capitán William Edward Parry, dirigió una
expedición a las islas Spitzberg con la intención manifiesta de alcanzar el Polo Norte. Llegó a
82o 45', por encima del casquete polar, lo que constituyó el mayor avance durante medio siglo.
Era la primera ocasión registrada en que un explorador zarpaba con el solo objetivo de llegar a
un polo de la Tierra.
El Polo, norte o sur, ha simbolizado los confines. Desde que se sabe que la Tierra es una esfera,
el hombre ha deseado ver el punto en que se dobla. Parry fue el primero que convirtió tal deseo
en acción: fue el primer buscador del Polo, y su expedición marcó el inicio de la carrera hacia los
Polos.
Dos años después de Parry, el teniente de navío James Clark Ross, también oficial de la Marina
británica, emprendió un viaje hacia el Polo Magnético del Norte, al que llegó el 31 de mayo de
1831. Ocho años después la Armada envió a Ross, ya capitán, a investigar el campo magnético
del hemisferio austral, con el objetivo de alcanzar también el Polo Magnético Sur. En agosto de
1840, habiendo llegado a Hobart, Tasmania, a bordo de sus dos barcos, el Erebus y el Terror,
supo que una expedición francesa y otra norteamericana habían viajado al sur dispuestas a
anticipársele. Enfrentado a lo que consideraba una insolente intrusión, Ross reaccionó de un
modo que le era característico y cambió el curso de la historia de la Antártida.
 
Imbuido del sentimiento de que Inglaterra había llevado siempre la iniciativa en los
descubrimientos [escribió en su diario], consideré que no estaría a la altura de la preeminencia
que ha mantenido el hecho de que debiéramos seguir el rastro de una exploración de cualquier
otro país. Por lo tanto, resolví enseguida evitar toda interferencia en sus descubrimientos y elegí
un meridiano situado mucho más al este (170o E) para tratar de penetrar en el sur.
 
Nadie había seguido esta ruta. Ross salió de Hobart en noviembre y en enero dio con el casquete
polar. Lo penetró y, al cabo de cuatro días, salió a una extensión de agua clara que definía el
horizonte. Había descubierto el mar abierto que ahora lleva su nombre.
Ross había avanzado hacia el sudoeste en busca del polo magnético convencido de que el viaje
consistiría en una navegación ininterrumpida. Pero se le interpuso una desconocida cordillera de
montañas majestuosas y nevadas. Scott puso a esta nueva costa el nombre de Tierra de Victoria
en honor de la joven reina.
Siguió una travesía que ocupa un lugar de primer orden en los anales de la exploración del Polo.
En el curso de las siguientes seis semanas, Ross descubrió y cartografió ochocientos kilómetros
de costa. Montaña tras montaña, glaciar tras glaciar, fiordo a fiordo helado se abrían, al parecer
interminablemente, hacia el sur.
El 27 de enero, Ross avistó una isla con un volcán humeante, al que llamó monte Erebo en honor
de su barco. A un cráter extinguido cercano lo bautizó como monte Terror. Con el tiempo se
convertirían en nombres familiares para generaciones de exploradores.
 
Al acercarnos a la tierra con las arrastraderas extendidas [escribió Ross en su diario]
detectamos una larga línea blanca que se extendía [...] hasta donde la vista podía discernir
hacia el este. Presentaba una apariencia extraordinaria, aumentaba paulatinamente su altura a
medida que nos aproximábamos, y al cabo resultó ser un acantilado perpendicular de hielo,
entre 45 y 60 metros por encima del nivel del mar.
 
Tal es la descripción del descubrimiento de un fenómeno natural totalmente novedoso: la
plataforma de hielo antártica o, tal como la llamó Ross, «La Gran Barrera de Hielo», puesto que,
según sus palabras, «penetrar en esta masa no presenta mayores posibilidades de éxito que
intentar navegar a través de los acantilados de Dover». De ahí que recibiera su nombre original
de Gran Barrera de Hielo.
Ross siguió los acantilados de la «barrera de hielo» hasta donde se lo permitieron los icebergs y
la creciente masa de hielo. En un punto en que los acantilados descendían por debajo del tope de
los palos, vio por primera vez la superficie de la «barrera» y tuvo un atisbo de su auténtica
naturaleza. «Parecía muy lisa», escribió, «y transmitía al pensamiento la idea de una llanura
inmensa de plata helada». Ross viró e invernó en el Pacífico. En el siguiente verano meridional,
regresó al mar de Ross y alcanzó 78o 10', hito que nadie superaría en medio siglo. Cerca del
extremo este de la «barrera de hielo» descubrió una bahía que con el tiempo tendría una
importancia de largo alcance. Volvió a Inglaterra en septiembre de 1843, convertido en un
hombre famoso y celebrado. Fue quien descubrió una mayor parte de la Antártica, y los suyos
supusieron los últimos descubrimientos en la Antártida hasta acabar el siglo.
Los dos barcos de Ross, el Erebus y el Terror, fueron reparados a su regreso a Inglaterra, y al
cabo de dos años emprendían al mando del capitán sir John Franklin una expedición destinada a
hallar el Paso del Noroeste. Hacía tiempo que se había abandonado la búsqueda de esta ruta
marítima comercial hacia el este; ahora se reemprendía con una mezcla de tradición romántica y
un deseo obstinado de hacer retroceder la frontera del norte del imperio por la costa ártica de
Canadá.
La de Franklin fue la expedición que acabó por dar con un Paso del Noroeste, ya que en realidad
hay varios. De hecho, no lo cruzó de principio a fin, pero sus compañeros siguieron los canales
helados que conectaban incursiones previas, con lo que demostraron que había una vía marítima
que conducía del Atlántico al Pacífico y llevaron a un fin triunfante dos siglos y setenta y cinco
años de martirios y empeños.
Por desgracia, ni Franklin ni ninguno de sus 128 hombres vivieron para contarlo. Murieron todos
de hambre, congelación o enfermedad. Fue el desastre supremo y, tal vez, característico del país
y de la época. Mientras Franklin y sus hombres morían de hambre, los esquimales de alrededor
explotaban una tierra bastante fértil. Pero Franklin se vio perjudicado por unos métodos
grotescamente inadecuados, nacidos de un pensamiento rígido y de la incapacidad de adaptarse a
las circunstancias.
Este era el estado de la exploración del Polo al nacer Roald Amundsen y Robert Falcon Scott. Se
conocía una parte de la costa de la Antártida. No se había determinado si se trataba de un
continente o de un archipiélago. Nadie había invernado allí. En el Artico, todavía no se había
navegado el Paso del Noroeste. Aún no se había alcanzado el Polo Norte ni el Polo Sur. Las
últimas fronteras esperaban ser franqueadas.
 
3

«EL ÚLTIMO DE LOS VIKINGOS»


 
Scott y Amundsen eran unos antagonistas perfectos: se oponían en casi todos los puntos. Scott
procedía de un imperio rico y poderoso, si bien es cierto que en declive; Amundsen, de un país
pequeño y pobre, de población escasa y dispersa, que ni siquiera era independiente al nacer
Roald.
Alguien que de niño conoció a Amundsen recuerda a la madre de éste diciendo con respeto
reverencial: «Es el último de los vikingos». Con su más de metro ochenta, el cabello rubio y
penetrantes ojos azules, lo parecía. Una enorme nariz aguileña le acababa de dar el toque de
poderío y el aire de ave de presa que refleja un rasgo del espíritu vikingo.
Roald Engebreth Gravning Amundsen, por dar su nombre completo, nació el 16 de julio de 1872
en el seno de una familia de marineros y armadores. Engebreth y Gravning conmemoraban a
antepasados particularmente respetados; era una sociedad de clanes, casi una aristocracia
implícita. Los Amundsen procedían de Hvaler, un puñado de islas situadas en la desembocadura
del Fiordo de Cristianía. Es un típico archipiélago noruego: granito pulido por el viento y el
clima; formas extrañamente truncadas, como montañas anegadas por el mar; una tierra áspera,
tormentosa y de suelo helado. A lo largo de los tiempos ha sido hogar de pescadores y marineros.
Raza de individualistas con sus propios modelos de conducta, el paisaje los marcó y convirtió en
hombres singulares.
El apellido Amundsen apareció por primera vez en el siglo XVIII, como patronímico del
bisabuelo del explorador, Amund Olsen Utgárd. La práctica de distinguir las ramas de una
familia extensa era habitual, y se utilizaba especialmente cuando alguien provisto de suficiente
orgullo, éxito o determinación de carácter consideraba que debía transmitir su identidad a sus
descendientes.
Durante la infancia de Ole Amundsen, hijo de Amund (y abuelo de Roald), la familia se había
destacado por sus marineros y armadores, considerablemente ricos para la isla. Ole Amundsen
tuvo doce hijos, cinco de ellos varones. Los cinco se dedicaron a oficios marítimos, y llegaron a
estar al mando de barcos: fueron armadores y hombres adinerados. El cuarto hijo varón y noveno
en el cómputo general fue Jens Engebreth Amundsen, padre del explorador.
El inicio del siglo XIX había sido una época de pobreza y carestía. A la sazón Noruega carecía
casi por completo de industria y tenía que importar prácticamente de todo, siendo sus únicos
recursos significativos la madera y el pescado. La obtención de los artículos imprescindibles
dependía de la habilidad de sus armadores a la hora de exportar madera y mantener el comercio
internacional, ya que el país había sufrido grandes calamidades debido al bloqueo británico
durante las guerras napoleónicas. Al ascender Jens Engebreth al grado de capitán en 1853, Gran
Bretaña había revocado la Ley de Navegación que favorecía que los barcos británicos
transportaran productos británicos. Esta medida y la supresión de barreras similares en otras
partes cambiaron la economía noruega. Sus armadores asumieron tareas que otros desdeñaban y
acabaron por convertirse en marinos que recogían desperdicios para repartirlos al resto del
mundo. Fueron un espléndido ejemplo de perspicacia e iniciativa que les reportó una posición
internacional desproporcionada respecto al número de habitantes y al tamaño de su país.
Jens Engebreth era un buen ejemplar de este género. En 1854, junto con un socio, compró a
precio de chatarra los restos de un foquero quemado. El socio poseía un pequeño astillero donde,
como si de un ave Fénix se tratara, el buque retornó a la vida desde las cenizas y recibió el
nombre de Phoenix.
Por entonces estalló la guerra de Crimea. Jens Engebreth, ya capitán además de copropietario del
Phoenix, había oído que se podía sacar mucho dinero de la guerra entre la alianza francobritánica
y los rusos en el mar Negro, y al mar Negro se dirigió. A su llegada, el Phoenix fue vendido a
precio de saldo como alojamiento de invierno para oficiales del ejército británico contiguo a
Sebastopol. De entonces en adelante, durante el resto de la guerra, transportó forraje y paja en
virtud de un contrato de fletaje con los aliados. Con los beneficios obtenidos en tiempo de guerra
por un ciudadano de un país neutral—Jens Engebreth puso las bases de su fortuna.
Jens Engebreth se casó a edad avanzada. Tenía cuarenta y cuatro años cuando conoció a Hanna
Henrikke Gustava Sahlquist, hija de un recaudador de impuestos rural. Gracias a sus viajes, Jens
Engebreth, capitán y armador, se distinguía por sus maneras extranjeras. En la Noruega de
entonces se reverenciaba todo lo extranjero en tanto que exponente de cultura. La señora
Sahlquist quedó impresionada. Además, Jens Engebreth era alto y apuesto y, cuando se
conocieron en 1862, ya era un hombre rico; se casaron al año siguiente. No se establecieron en
Hvaler, sino en la península, en una propiedad llamada Hvidsten comprada por los hermanos de
Amundsen unos años antes. Se encontraba cerca de Sarpsborg, una de las principales
poblaciones marítimas de Noruega.
Por entonces Jens Engebreth había creado con sus hermanos una compañía pesquera, la mayor
de aquella parte del país. Pero a pesar de todo su dinero, Jens Engebreth, conforme a la
costumbre noruega de la época, siguió navegando; Gustava lo acompañaba algunas veces y en
uno de estos viajes dio a luz a su primer hijo, Jens Ole Antonio (llamado Tonni), en China. Los
demás, todos varones, nacieron en Tomta, la casa que Jens Engebreth poseía en Hvidsten. El
segundo hijo, Gustav Sahlquist, vio la luz en junio de 1858 y el tercero, bautizado León Henry
Benham, en septiembre de 1870.
A fínales de julio de 1872, Amanda, sobrina de Jens Engebreth, escribió a su padre que: «El
Longjohn se ha ido a Londres [...] el 16 tía Gustava tuvo otro hijo: la señora está sana y animada
como de costumbre, y a los seis días ya salió a dar un paseo». El alegre anuncio de Amanda del
nacimiento de Roald escondía tensiones en el hogar de los Amundsen. Sin duda, era un gaje del
oficio de marinero hallarse ausente durante el nacimiento de los hijos. Pero, tras nueve años de
matrimonio, Gustava se había convencido de que no estaba hecha para ser la mujer de un
marinero. Jamás se había encontrado a gusto entre los salados capitanes mercantes que formaban
la sociedad de Sarpsborg. En tanto que hija de un funcionario del gobierno, se consideraba
merecedora de un mayor refinamiento. Al cabo de tres meses de nacer Roald y con la resignada
aquiescencia de Jens Engebreth, los Amundsen se trasladaron a Cristianía, tal como se llamó la
capital Oslo tras la reconstrucción del siglo XVII, en honor del rey danés Cristian IV. El
topónimo era un permanente recordatorio de que Noruega había perdido su independencia a
manos de un reino extranjero. El nombre antiguo se retomó en el siglo XX como símbolo de la
recuperación de la soberanía.
Amundsen nació en un medio propicio. Aunque supeditada a Suecia después de cuatrocientos
años de dominio danés, Noruega había dejado de ser en el siglo XIX un páramo estancado. Se
entregó al nacionalismo de la época: fue en Noruega donde cristalizó por vez primera el
movimiento nacionalista europeo. Fue la primera de las naciones sometidas en el orden
posnapoleónico que consiguió la independencia; en menos de un siglo había pasado de ser un
país pobre y retrasado a convertirse en un estado industrializado moderno.
Pero nada cambió demasiado. Noruega es una nación donde la naturaleza impera por completo.
A lo largo de las eras el hombre ha tenido en ella una posición precaria. La montaña forma tres
cuartas partes del país. Los célebres fiordos se encuentran en las zonas donde el mar ha engullido
los valles más profundos. Es un paisaje abrumador, lleno de contrastes violentos y dotado de un
clima duro; un país donde los hombres no han olvidado nunca el poder de la naturaleza. Todo
ello ha dejado su impronta en el carácter nacional.
A su llegada a Cristianía, los Amundsen se instalaron a cuatro pasos del centro, si bien la suya
era la última casa de la ciudad antes de que empezara la maleza. Ésta crecía a su antojo: no era
un jardín en el sentido inglés sino un claro de bosque, separado con una cerca e imperfectamente
dominado. Villa de dos plantas, era la típica «residencia agradable» de la burguesía noruega de
entonces. Se levantaba en la cima de un montículo y se llamaba Little Uranienborg ('El pequeño
castillo de Urano').
Un viejo carpintero de ribera llamado Erik (se desconoce el apellido), que había navegado
durante años a las órdenes de Jens Engebreth, lo siguió a Little Uranienborg en condición de
factótum. El servicio doméstico se completaba con un ama que hacía las veces de cocinera y una
niñera, en lo que constituía una típica estructura de la clase alta de Cristianía. Erik era algo así
como un padre putativo. El traslado no había reducido la actividad de Jens Engebreth, y los
barcos seguían apartándolo a menudo del hogar.
Tanto hijos como marineros parecían tener una buena opinión de Jens Engebreth. Pero no cabe
duda de que gustaba de imponer una disciplina férrea. Había nacido y lo habían criado para ser
capitán de velero, y había hecho su fortuna a base de aprovechar las ventajas económicas que
ofrecía la navegación a vela respecto a los barcos de vapor cuando la velocidad no era un factor
principal. Su medio era pues privilegiado: un capitán de velero se destacaba entre los de otros
tipos de barco. Puesto que el rápido manejo de jarcias intrincadas puede ser una cuestión de vida
o muerte, espera que sus órdenes se cumplan al momento. Pero si es un buen capitán, no
infringirá un sentido de la justicia natural; no puede ser un déspota irrazonable. Sin embargo,
cuando ha tomado una decisión su palabra es ley. Según todos los indicios, Jens Engebreth fue
un buen capitán y gobernó su hogar como si se tratara de uno de sus barcos, lo que representa un
dato decisivo para entender el carácter de Roald Amundsen. Hay algo más: Jens Engebreth era
un miembro respetable de la sociedad en que vivía, un triunfador. Sus hijos lo admiraban. Hay
que tener presente este dato a la hora de compararle con Scott.
La de Roald fue la infancia animada y pasada al aire libre de un niño noruego normal. Era el
menor de una pandilla que jugaba en el bosque contiguo a Uranienborgvein. Por una notable
casualidad, uno de ellos, Carsten Borchgrevink, se convertiría también en explorador del Polo.
A los hermanos Amundsen les encantaban las peleas. El consejo que en esta materia les dio su
padre, sin duda recordando su propia infancia pendenciera, era ambiguo: «No quiero que os
metáis en peleas. Pero si tenéis que hacerlo, pegad el primer golpe... y aseguraros de que sea
definitivo».
De Roald se recuerda que aireaba sus opiniones y se dejaba tomar el pelo. Ello, añadido al hecho
de ser el más joven en una pandilla de muchachos mayores, propició que lo intimidaran y se
burlaran de él. Según Borchgrevink, un día se fue corriendo a una leñera y, como un vikingo
enloquecido, salió blandiendo un hacha y profiriendo amenazas horribles. «Después de aquello
—dice Borchgrevink—lo dejaron en paz».
Por entonces, se extendían en Noruega los juegos de equipo y los deportes reglamentados. La
gimnasia se popularizaba; los hermanos Amundsen colgaron unas barras en un árbol de sus
tierras y tomaron gran afición a los ejercicios. Pero el deporte nacional era el esquí. En aquel
tiempo, lo que distinguía una infancia noruega de cualquier otra. Así que empezó a andar, a
Roald lo pusieron sobre unos esquís. Los primeros que tuvo se los fabricó Erik: unos artefactos
rudimentarios, poco más que duelas de barril atadas con una lazada de mimbre. Era difícil
manejarlos. En el mercado había verdaderos esquís con fijaciones para niños, pero el padre de
Roald, aunque se los podía permitir de sobras, no tenía intención de mimar a sus hijos. Los niños
Amundsen aprendieron, más bien por su cuenta que a fuerza de clases, a esquiar en el umbral de
la casa. Era la idea integral noruega de esquí: esquí de fondo, salto y descenso por cuestas. Como
ladera de aprendizaje usaron la carretera que pasaba ante la puerta de su jardín.
En general, el hogar de los Amundsen fue feliz. Padre e hijos se tenían una intensa lealtad. Uno
de los sirvientes concluyó: «Era gente que sabía estar unida y sobresalir de entre los demás».
Pero ¿qué función tenía Gustava? Cohibida en Hvisten a causa de la proximidad de los
numerosos hermanos de su esposo (sobre todo de las hermanas solteras), en Little Uranienborg
se encontraba relajada y podía desenvolverse en un modo que antes le habría resultado
imposible. Por primera vez en—su vida de casada, Gustava podía crear un hogar propio.
Mitigaba la disciplina de Jens Engebreth; trataba de entrar en el espíritu de los juegos de sus
hijos y se convirtió en casi una hermana mayor en vez de una madre proclive a mimarlos. Por
eso ha quedado como una figura nebulosa y sin duda infeliz que se relacionaba con pocas
personas ajenas al hogar. No cabe duda de que Roald buscó afecto en otras partes: en su tía
Olava y, sobre todo, en Betty, la niñera.
Pocos noruegos habrán sido verdaderos ciudadanos. A un visitante, la pequeña Uranienborg
debía de parecerle eminentemente rural, pero Jens Engebreth la consideraba urbana hasta un
punto incómodo. Tenía las raíces echadas en el campo, cerca del agua. En verano y durante las
vacaciones escolares de Navidad, los Amundsen volvían regularmente a Hvidsten, aunque a
menudo sin Gustava, que prefería la compañía de su familia de nacimiento, dispersa por el sur de
Noruega. Jens Engebreth había vendido su casa de Hvidsten, si bien a un sobrino: Hvidsten
seguía siendo una colonia de la familia Amundsen y siempre había alguna habitación para los
primos de Cristianía. Hvidsten formó parte de la escuela de Roald.
Marítimo y rural, Hvidsten estaba radicado en la navegable cuenca baja del río Glomma.
Mientras jugaban al escondite entre barcos y anclas, aprendiendo a gobernar pequeños botes en
bajíos y aguas bravas, los niños Amundsen adquirieron los rudimentos del arte de la navegación.
En la otra orilla estaba el astillero de Jens Engebreth; prudentemente, los Amundsen continuaron
dedicándose a las reparaciones y la construcción naval mientras les fue posible. En el astillero,
Roald se familiarizó con los cascos de madera. El capataz, un carpintero de riba que conocía muy
bien a los barcos y a los niños, le dio las primeras lecciones de ingeniería naval. Hay quien
recuerda al niño haciendo preguntas interminables, serio y un tanto propenso a prescindir de las
normas del aparejo.
Era en invierno cuando Hvidsten, al igual que gran parte del paisaje noruego, cobraba su máximo
esplendor. El río se helaba. A través de una ventana de cristales helados, con el melancólico
acompañamiento de los maderos que crepitaban en una estufa de leña, Roald veía las arboladuras
y jarcias de barcos anclados, dejados a la intemperie como celosías frente a la nieve. El campo
estaba en silencio; sacudido por el viento, blanco, tachonado de unas pocas casas, remendado de
vez en cuando por bosques como parches, con el único movimiento de una ocasional figura
humana que atravesaba lentamente la escena.
Cuando el frío era muy intenso, los niños Amundsen recorrían en patín kilómetros sobre el hielo
del mar hacia las islas interiores del archipiélago de Hvaler. Era un típico canal invernal
escandinavo, interrumpido por las siluetas oscuras de arrecifes redondeados; hielo bajo los pies,
una extensión dura y blanca hasta el horizonte, un país fronterizo donde confluyen la tierra y el
mar, el hielo y el agua, formando casi un elemento independiente. Roald reflejaba todo ello.
Absorbía los elementos del esquí y la navegación; se convertía en un hombre de mar y roca,
agua, hielo, bosque y nieve; un ser de la costa, mitad marinero, mitad montañero. Es una
combinación rara, pero genuinamente noruega. Una buena preparación para el medio polar.
 
4

EL ESPÍRITU DE NANSEN
 
El noruego es un pueblo costero, y el mar embebe su vida. Sus ciudades se concentran a lo largo
de un litoral extenso y muy accidentado. Las montañas impiden las comunicaciones por tierra,
así que el mar ha sido a lo largo de la historia la vía de escape de este aislamiento, la ventana al
mundo, el camino hacia la supervivencia.
Por eso, quienes se dedicaban a tareas relacionadas con el mar gozaban de distinción y respeto.
Pero, a diferencia de otras sociedades marineras, no había que buscar el honor en la Armada,
sino en la navegación comercial. Es comprensible en un país pequeño falto de una moderna
tradición militar independiente, en que la guerra no equivalía a aventuras en el extranjero sino a
desgracias internas. Por otra parte, el servicio mercante ha sido siempre la plasmación de la
riqueza y el prestigio nacionales; el éxito en alta mar comportaba el respeto en tierra firme. A un
capitán mercante se le admiraba; el título de «capitán» tenía gran valor. Un armador era más que
otros empresarios. Ser armador y capitán suponía en verdad ocupar un elevado puesto en el
escalafón social.
La sociedad noruega decimonónica era, en términos generales, una meritocracia. Estaba ligada a
las antiguas comunidades cazadoras, cuyo vértice ocupaban los mejores cazadores y sus familias.
La clase dependía en gran medida de la función que se desempeñaba. La familia tenía gran
importancia, pero no toda. Se esperaba que cada generación prosperara. Al contrario que en
Inglaterra, el comercio no fue jamás una deshonra. Los marineros de todas las graduaciones
gozaban de una posición social más alta que sus homónimos ingleses. Y así, Roald Amundsen
disfrutó de todas las ventajas de pertenecer a la clase alta.
Sin embargo, su padre carecía de la distinción más encumbrada. Era la llamada «gorra de
estudiante», un objeto gris provisto de visera y apariencia casi militar con una borla que pendía
de arriba. Era el galardón de quienes habían superado el examen artium, o examen de ingreso. Se
trataba tanto de una distinción social como de un logro académico. En la clase media se trataba
casi de una suerte de confirmación secular. Que honrara a los hijos representaba, además de una
ventaja para los propios niños, adquirir méritos y robustecer la posición social.
Habiendo entrado en el comercio naval a temprana edad, Jens Engebreth no había tenido más
que una escolarización elemental. Ello no le había impedido aprender el arte de la navegación ni
ascender hasta la cúspide de la jerarquía de su comunidad. Pero como muchos hombres que se
abren camino gracias a su propio esfuerzo, lamentaba profundamente lo precario de sus estudios.
Tomó medidas para que sus hijos no tuvieran que afrontar la misma privación: los llevó a una
escuela privada con vistas a que consiguieran la gorra de estudiante con borla.
Jens Engebreth, a quien el destino apartó del hogar en días señalados, se hallaba en Francia
cuando Gustav obtuvo la gorra en 1886. De regreso a Noruega enfermó y murió en el mar. Roald
tenía catorce años; recurrió instintivamente a los primos de Hvidsten, y a su preferida entre ellos,
Karen Anna Amundsen, le escribió:
 
Han llegado malos tiempos para mí desde que estuve por última vez en casa. Nunca he sabido lo
que es el dolor, pero ahora me he hecho una idea. Es duro perder a un padre como el nuestro,
como te puedes imaginar, pero es la voluntad de Dios y tiene que cumplirse ante todo. Tenemos
mucho por lo que estar agradecidos a Dios. Nos trajo a nuestro padre a casa, aunque no vivo,
sino muerto, cuando tan fácilmente hubiera podido caer por la borda, lo que para nosotros
habría sido mucho peor, pero ahora tenemos el consuelo de poder ir a verle en la capilla. No ha
cambiado, está exactamente como era cuando andaba entre nosotros. Está tan apuesto, tendido,
con la mortaja larga y blanca y cubierto de flores. Anoche, a las ocho, lo fuimos a ver por
última vez y le dijimos adiós. Lo abandonamos con los corazones tristes, pero estaba escrito.
Hoy está previsto que vayamos a la capilla y cerremos el ataúd. Porque nadie quiere apartar la
tapa y verle, después de que nos quedara una impresión tan buena, ya que es imposible saber si
ha cambiado algo entre ayer y hoy. Me he sentido muy aliviado cada vez que he podido llorar
un poco al lado del ataúd. Hoy hemos subido a bordo del Rollo—donde padre espiró el último
suspiro—para recompensar al cabo de segunda por haber sido tan bueno con padre. Estuvo
sentado al lado de padre día y noche hasta el fin. Todo el domingo estuvo fuera de sí, no en el
sentido de que delirara, porque estuvo bastante tranquilo todo el tiempo, sino que hablaba de
tal manera que el cabo no podía entenderle. En la última media hora de su vida reconoció a
todos los que lo querían, y al llegar la hora murió sin dolor y sin ningún cambio de expresión en
el rostro. Espero que vengas al funeral. ¡Saludos a todos! Os queremos todos, pero sobre todo
tu roald.
 
La carta contiene muchas actitudes noruegas convencionales, pero la referencia a Dios es sincera
y personal. Es algo que Amundsen siempre conservó. Pueden quedar reservas sobre si era un
luterano de la Iglesia noruega oficial en cuyo seno lo educaron o incluso un cristiano en el
sentido amplio de la palabra, pero sin duda creía en Dios. Se trata de una religión casi natural, no
revelada, que prescinde del culto y el formalismo, una suerte de monoteísmo primitivo bastante
frecuente entre los noruegos. En momentos de sentida emoción, surge con cierta renuencia, como
arrancado de lo más hondo. Amundsen era de los que conocían la emoción religiosa. La carta a
Karen Anna marcó su adiós a la inocencia. Al poco de la muerte de Jens Engebreth, los tres hijos
mayores abandonaron el hogar para labrarse su propio camino en el mundo. No habían satisfecho
del todo las esperanzas de sus padres: sólo Gustav, el segundo, había conseguido la gorra de
estudiante, y casi de inmediato se dedicó a la navegación. Roald, el pequeño, fue el único que
permaneció en el hogar como sustento de la ambición de Gustava de que sus hijos cursaran
estudios superiores. Lo había destinado a la carrera de medicina. Roald no participaba de estas
ambiciones.
Fue entonces, según afirmaría después, cuando Amundsen llegó al momento decisivo de su vida.
A los quince años dio con los trabajos de sir John Franklin y decidió dedicarse a la exploración
del Polo.
 
Resulta extraño que fueran los sufrimientos que hubieron de padecer sir John y sus hombres lo
que me atrajo de su relato en mayor medida. Un impulso desconocido me infundió el deseo de
pasar algún día por lo mismo. Tal vez fuera el idealismo de la juventud, que a menudo toma la
forma del martirio, lo que me hizo verme como una especie de cruzado de la exploración del
Ártico.
 
Se refiere no al último y desastroso viaje de Franklin, sino a sus expediciones por tierra en el
Ártico canadiense de i8ig y 1825, de las que salió cargado de escabrosos relatos de sufrimiento,
muerte y canibalismo. Amundsen recordaba con distancia una fase que había superado. Con el
final de la adolescencia se desembarazó de los románticos anhelos de martirio.
La imaginación del joven Amundsen debió de ir más allá de la tendencia melodramática del
pensamiento adolescente. Es probable que se figurara las condiciones a las que se había
enfrentado Franklin: sólo diferían en grado de los viajes en esquí que él se disponía a emprender.
Ya entonces estaba preparado para comprender el heroísmo de los hombres sometidos a un clima
frío. Pero no deja de ser irónico para aquel tiempo que la inspiración tuviera que llegarle de un
hombre que, visto a la fría luz del orden general de la historia, es uno de los grandes ineptos de la
exploración del Polo. Y también parece extraño que un niño noruego tuviera que fijarse en un
héroe inglés. Pero la exploración no existía todavía en Noruega: a aquellas alturas apenas
empezaba a nacer.
 

 
Una de las figuras míticas, tal vez la figura mítica por excelencia de Noruega, es Askeladden. Se
trata de una suerte de Cenicienta masculina: el desvalido dotado de poderes ocultos que acaba
utilizándolos y venciendo a sus rivales. Y lo que es aun más significativo: la fortuna lo favorece.
Un comentario esclarecedor escrito por un noruego afirma que simboliza
 
la vida del pueblo noruego [que es] una saga de fuerzas reprimidas. Nos muestra el largo daño
que causan los poderes que se liberan de modo repentino y violento. La propia naturaleza
proporciona los elementos de esta saga, en que las contradicciones se van acumulando
incesantemente y la historia ha oscilado al compás de las tremendas sacudidas pendulares de la
Naturaleza [...] En el largo invierno el país duerme bajo una capa de nieve, después llega una
primavera tardía y reacia y después estallan súbitamente las cascadas, caen las avalanchas y
las varas rompen sus banderas.
 
No es un mal análisis del espíritu de la época en que se educó Amundsen. Askeladden es uno de
aquellos mitos en que se miran naciones enteras. En 1887 entró de manera decisiva en la vida de
Amundsen.
Ese año, el mismo en que según el propio Amundsen recibió la inspiración de Franklin, apareció
en un anuario infantil noruego un artículo titulado «¿A través de Groenlandia?»:
 
Seguro que todos conocéis la historia de la Princesa que se sentó en la cima de la montaña de
cristal sosteniendo tres manzanas en el regazo [comenzaba]. Los caballeros venían de tierras
lejanas o cercanas para ascender hasta donde ella estaba y llevarse las manzanas, porque el rey
había prometido la mano de su hija y la mitad del reino a quien lo consiguiera. Y los gallardos
caballeros subían y subían, pero nunca avanzaban lo más mínimo. Cuanto más subían, más
dura era la caída, porque la montaña de cristal era fuerte y lisa como el pedernal y no podían
trepar por ella. Pero un buen día llegó Askeladden. Subió la montaña, tomó las manzanas y
obtuvo la princesa y la mitad del reino: éste es el cuento, más o menos. Pero ¿qué tiene que ver
todo esto con Groenlandia? Pues bien: Groenlandia es como una inmensa montaña de cristal, y
son muchos los que han tratado de conquistarla, pero aún no ha llegado Askeladden [...] está
por venir el Askeladden que atraviese Groenlandia de un extremo al otro.
Tal vez hayáis oído que pretendo intentar atravesar el país, pero sobre si lo conseguiré, si
regresaré con la princesa, aquí podéis poner un gran signo de interrogación.
 
El escritor que invocaba este mito—y vaya mito—para describir una expedición era un hombre
extraordinario: Fridtjof Nansen, que con el tiempo se convirtió en uno de los grandes
exploradores del Polo. Su vida se imbricaría curiosamente con la de Amundsen. La expedición
de la que escribía también se salía de la norma; fue la expedición que lanzó a Noruega a la
exploración del Polo: la primera travesía de Groenlandia.
Tal como decía Nansen, muchos habían emprendido en vano el viaje al casquete glaciar de
Groenlandia. Entre ellos figuraban Edward Whymper, Robert Peary y A. E. Nordenskióld.
Whymper era un célebre montañero inglés que había coronado el Matterhorn; Peary, un oficial
de la Marina de Estados Unidos; Nordenskióld, que a finales de la década anterior fue el primero
en navegar el Paso del Nordeste, era, además de célebre explorador, barón, sueco por añadidura,
y por tanto uno de los caciques de Noruega.
En el verano de 1888 Nansen, junto con cinco compañeros (entre ellos dos lapones noruegos),
atravesó el casquete glaciar de Groenlandia, de Umivik a Godthaab. Al final el premio se lo
llevaba un ciudadano desconocido de un país pequeño.
Nansen había dado en el blanco al elegir a Askeladden para dirigirse al público.
Este viaje supuso la introducción de la técnica moderna en las exploraciones del Polo. Sus logros
forman un monótono catálogo de «primeras veces». Según la versión del propio Amundsen, le
inspiró tanto como el relato repleto de desastres de Franklin.
Nansen introdujo asimismo una idea nueva y sorprendente en la exploración del Polo: había
cortado deliberadamente las vías de retirada. Su ruta iba de la desolada costa del este al oeste
habitado. No se trataba de una bravata, sino de un aprovechamiento calculado del instinto de
supervivencia. Lo hizo avanzar porque no había incentivos para mirar atrás.
También abrió nuevos horizontes en la técnica del viaje por el Polo. Había sustituido el habitual
trineo pesado y de patines estrechos por uno nuevo, más ligero y flexible, que se deslizaba sobre
esquís. Estaba adaptado de un modelo tradicional noruego y fue el prototipo del moderno trineo
de exploración. Nansen demostró también la necesidad de diseñar ropas, tiendas y utensilios de
cocina especiales. Asimismo, diseñó una olla, «la cocina de Nansen», que conservaba el calor y
el aceite. Fue el primer explorador del Polo que distribuyó las raciones según un criterio
científico basado en principios fundamentales, y demostró a partir de una experiencia
desagradable la necesidad de incluir grasa en la dieta para el Polo.
Representó el pistoletazo de salida para la escuela noruega en la exploración del Polo: la escuela
que durante un período breve, intenso y fértil sustituyó a la británica y dominó el panorama. El
núcleo de esta escuela, y el logro más destacado de Nansen, consistió en la aplicación de esquís a
los viajes por el Polo. Esta se produjo al mismo tiempo que el esquí moderno se desarrollaba en
Noruega. La exploración del Polo noruega fue paralela al auge del esquí, con el que compartió
algunos de los pioneros.
Todos los esquiadores saben que la nieve es muy caprichosa y cambiante. Uno no puede
confiarse. Aunque los esquís habían sido puestos a prueba en la condiciones subárticas de la
península Escandinava, no estaba claro que funcionaran en la altitud y las condiciones del
casquete glaciar de Groenlandia. Nansen lo probó de manera espectacular. El suyo fue el primer
viaje polar con esquís; también difundió el esquí a escala mundial y lo promocionó como deporte
de montaña.
La primera travesía de Groenlandia fue también el primer objetivo cumplido en latitudes altas de
que se tenía noticia desde el descubrimiento del Paso del Noroeste, realizado cuarenta años antes.
A su regreso, Nansen gozó de un recibimiento de héroe. El 30 de mayo de 1889 se adentró en el
Fiordo de Cristianía escoltado por una flota de barcos que enarbolaban banderas, engalanados
con flores y cargados de bandas musicales. Ya en tierra, él y sus compañeros avanzaron en coche
por calles atestadas de multitudes que los vitoreaban. Era el retorno de Askeladden triunfante.
Supuso algo más que un triunfo personal: se trataba de una manifestación nacional de la mayor
importancia. Al igual que las obras de Ibsen a partir de Casa de muñecas, sacó a Noruega de la
oscuridad de la niebla nórdica y le confirió presencia en el extranjero. Fue un paso enorme en la
búsqueda de una identidad nacional. Bj0rnstjerne Bj0rnson, poeta nacional y acérrimo patriota,
escribió a Nansen que
 
Todo logro como el suyo es una aportación magnífica. Robustece el coraje y el sentido del
honor de la nación, y despierta simpatías en el extranjero...
 
Entre el gentío que lo recibió se hallaba Amundsen, un influenciable escolar de diecisiete años.
Fue, según escribió años después,
 
Un día señalado en la vida de muchos jóvenes noruegos. Como mínimo lo fue en la mía. Fue el
día en que Fridtjof Nansen regresó de su expedición a Groenlandia. Aquel día tranquilo y
soleado el joven esquiador noruego recorrió en barco el fiordo de Cristianía, su alto cuerpo
refulgiendo a causa de la admiración del mundo entero por la hazaña que había llevado a cabo:
«La obra de un loco»; ¡lo imposible!... Aquel día anduve con el corazón en un puño entre
estandartes y aclamaciones, y todos los sueños de mi niñez cobraron una vida pletórica. Y por
primera vez oí, en mis pensamientos secretos, el susurro claro y persistente: ¡Si pudieras hacer
el Paso del Noroeste!
 
La última frase pertenece a Amundsen; lo demás son tópicos. Tópicos que aparecen en muchos
recuerdos de aquel tiempo y que transmiten la esencia del logro de Nansen. Porque, a diferencia
de la mayoría de exploradores del Polo que habían salido a vérselas con un medio extraño,
Nansen había permanecido en su mundo. Se había mantenido, por así decirlo, dentro de los
límites de su entorno familiar. En su país era uno de los pioneros en el esquí de montaña. En
1884 había protagonizado una de las primeras travesías invernales entre Bergen y Cristianía; la
de Groenlandia sólo se diferenciaba de ésta en términos cuantitativos. Para el mundo representó
una consecución impresionante, heroica, casi incomprensible. Para sus compatriotas era también
una hazaña, pero no extraña: una glorificación de lo que ellos mismos eran muy capaces de
conseguir, un viaje en esquí notoriamente largo. El mundo exterior admiraba a Nansen; los
noruegos se identificaban con él. Había descubierto a sus compatriotas un campo para el que la
naturaleza los había dotado.
Los logros de Nansen inspiraron el siguiente artículo en la primera página de un periódico de
Cristianía:
 
Noruega está más cerca de las regiones polares que ningún otro país, y debido a su profesión
numerosos compatriotas se han adentrado mucho en las aguas del norte.
Los capitanes de foqueros de Tromso y Hammerfest que faenan en el Ártico navegan cada año
al norte de una latitud que no consta en las cartas de navegación de otros marineros [...].
Si se organizara una expedición noruega al Polo Norte, podríamos proporcionar un cuerpo de
élite de hombres experimentados y fuertes, acostumbrados a viajar por hielo y nieve, sobre
esquís o raquetas. En este ámbito deberíamos aprovechar la experiencia de ingleses,
holandeses, austríacos y de otras naciones que han emprendido la tarea.
Hace tiempo que tenemos, pues, las personas especialmente capacitadas para participar en una
expedición de este tipo, pero lo que nos ha faltado hasta hace muy poco es el hombre dotado
para comandarlos.
Sin embargo, creo que ahora tenemos tal hombre: quien ha recibido su bautismo ártico con una
empresa que ha merecido la atención de todo el mundo civilizado.
 
El autor era un químico de Cristianía llamado Ludvig Schmelck, amigo de Nansen, que había
participado en la preparación de la travesía de Groenlandia. La lección que debía extraerse del
éxito de Nansen, proseguía Schmelck, era que se había
 
realizado según un «nuevo método» que podría denominarse el método del deportista, que,
usado en una expedición al Polo Norte, posiblemente lograría el objetivo.
Anteriores expediciones extranjeras han reunido una gran cantidad de elementos heterogéneos
en sus filas y, en general, han tenido una organización tosca y cara.
El principio del nuevo método consiste en limitar el número de integrantes y seleccionar un
grupo reducido capaz de alcanzar el mayor grado posible de resistencia física: una partida
pequeña, instruida, en que todos vayan a una en las pruebas futuras.
 
Es una buena definición de la escuela noruega de exploración del Polo y una profética
explicación de sus logros.
 

 
Inspirados por la primera travesía de Groenlandia, Amundsen y tres condiscípulos emprendieron
en junio de 1889 su primer viaje largo en esquís. Lo hicieron en el interior de Cristianía, un
terreno de pinares, montañas bajas y lagos, de la misma extensión que un condado inglés, que
descendía hacia las afueras de la ciudad. Ha sobrevivido hasta hoy, convertido en el patio de la
moderna Oslo. La parte principal del norte se llama Nordmarka, nombre que ocupa un lugar
preponderante en el folclore noruego relacionado con el esquí. Amundsen eligió en esta ocasión
el terreno del oeste llamado Krogskogen.
Fue una pequeña expedición que duró veinte horas consecutivas, sin dormir, a lo largo de
ochenta kilómetros de campo todavía virgen, coto de los pioneros del esquí. El equipamiento
seguía siendo en muchos sentidos un estorbo más que una ayuda. Los esquís eran pesados,
estaban hechos de madera gruesa y presentaban una limitada capacidad de deslizarse. El
encerado, el proceso de preparar los esquís para que se deslicen hacia delante pero no patinen
hacia atrás, se hallaba en estado embrionario [3] y no podía hacer frente a la gran diversidad de
formas de nieve. Las fijaciones eran incómodos objetos de caña y mimbre. No había una técnica
definida. Todavía se usaba un solo bastón y no dos. La ropa era rígida, pesada, un impedimento.
Amundsen se distinguía por un chaleco violeta.
Se habían marcado como objetivo una cuesta particularmente escarpada llamada Krokkleiva.
Tardaron horas interminables en alcanzarla, para conseguir el privilegio de descenderla... una
vez. Hoy, esta cuesta sigue imponiendo respeto. Los compañeros de Amundsen la bajaron
agachándose y frenando con el bastón entre las piernas. [4]
Amundsen trató de bajar a trapo suelto, sin frenar y en posición vertical. Era demasiado para la
técnica y el equipamiento de entonces. Lo pagó con una caída terrible, de la que sin embargo
salió ileso. Siguieron esquiando hasta bien entrada la noche. En la madrugada presenciaron en un
lago helado un bello despliegue de la aurora boreal.
Este viaje de infancia tuvo un profundo efecto en Amundsen. De entonces en adelante
emprendería regularmente largas excursiones en esquí, sobre todo a través de Nordmarka.
Resulta difícil dilucidar cuánto había en ellas de preparación para futuras exploraciones al Polo y
cuánto de pura diversión. Lo uno no excluía lo otro, por supuesto.
En la escuela parecían recordarlo no tanto por un gran entusiasmo como por la obstinación y un
implacable sentido de la rectitud. Se decía que en una ocasión defendió a un compañero de clase
frente a un profesor que había puesto en entredicho su buena crianza; que en otra se enfrentó a un
maestro que había sido injusto con él, hasta que el director medió para darle la razón al alumno.
Las notas de Amundsen solían ser malas, tan malas que el director se negó a autorizar su examen
de ingreso por miedo al desprestigio que pudiera causarle un alumno tan notoriamente poco
prometedor. Amundsen no tenía gran interés en obtener el certificado de ingreso, y aun menos en
que le dijeran que le estaba vedado. Por pura obstinación se presentó al examen en condición de
alumno privado, a fin de no implicar a la escuela. Aprobó en julio de 1890: justito, pero aprobó.
Había demostrado tener razón, y se diría que el director también la tenía.
Tras obtener la codiciada gorra de estudiante, Amundsen, de dieciocho años, ingresó en la
Facultad de Medicina de la Universidad de Cristianía. [5] No había seguido sus propias
inclinaciones sino los deseos de su madre. Puesto que el dinero lo tenía ella, era la única opción
razonable.
Según dictaba la ley, los hermanos habían de acabar heredando la propiedad de su padre a partes
iguales. Pero antes recayó por entero en Gustava, que se halló en posesión de una fortuna
considerable. Roald entendió perfectamente que tendría que acatar sus deseos si quería gozar de
una asignación desahogada y ahorrarse problemas evitables. A pesar de su escasa predisposición
—o aptitud—para cursar estudios académicos, no se opuso a llevar por un tiempo la vida de
universitario.
Al poco de ingresar en la universidad, se trasladó a un cómodo piso por su cuenta, llevándose a
Betty, la que fuera su niñera, como ama de llaves. Gustava vendió Little Uranienborg y se instaló
en una pensión. No contrajo segundas nupcias, ni parece que tuviera vínculos emocionales al
margen de sus parientes más próximos. Amundsen sentía por ella más compasión que otra cosa.
Además, se trataba de una relación contractual. A cambio de la independencia y el apoyo
económico estudiaría lo que Gustava ordenara; con la mayoría de edad se consideraría
moralmente eximido de tales obligaciones.
Poco dado a engañarse, de algo estaba seguro: de que su constitución natural lo indisponía frente
a los estudios universitarios formales y los exámenes convencionales; de que debía
desenvolverse en otro campo a pesar de tener la motivación más fuerte que pueda imaginarse. Se
hace difícil deslindar cuánta parte de su aversión a la medicina estaba arraigada en su antipatía
por esta materia y cuánta en la convicción de que, por mucho que se esforzara, sería incapaz de
aprobar los exámenes. Tenía que encontrarse a sí mismo, para lo cual el único medio es—en
ocasiones—no hacer nada en particular.
Noruega era cada vez más una nación, y la política, la industria, el arte—todos los aspectos de la
civilización—cobraban una rápida madurez. Era un país que trataba de compensar una salida
tardía. Además de Nansen e Ibsen estaban Grieg, que llevaba la música popular a la sala de
conciertos, y Edvard Munch, gran exponente de la pintura expresionista e intérprete profético de
la neurosis en el arte. Estos son los nombres nacionales que han trascendido su medio. Tras ellos
hubo otras figuras eminentes, como el novelista Knut Hamsun, precursor del existencialismo.
Pero a pesar de todo el talento que contenía, Noruega podía llegar a ser claustrofóbica. Cristianía
no era sino la pequeña capital de un país pequeño situado en la periferia de Europa. La población
total de Noruega era en 1880 de 1.800.000 habitantes, frente a los veinte millones de Gran
Bretaña. En muchos sentidos, según un escritor noruego,
 
Resultaba difícil ser un ciudadano de un país pequeño. Quien está dotado no tiene las mismas
posibilidades que tendría de vivir en uno grande. Un gran hombre en un país pequeño es como
el pollo ya crecido encerrado en el huevo. O lo rompe en pedazos o se ahoga.
 
Eran verdaderamente un tiempo y lugar con varias limitaciones. El individualismo de la época
halló suelo fértil en Noruega. El país, como dijera uno de sus historiadores, era casi demasiado
pequeño para albergar a todos los diversos personajes beligerantes, cascarrabias, dogmáticos y
acérrimamente independientes que producía.
El culto al individuo fue llevado a los extremos del genio. Ibsen lo articuló en Brand, su poema
dramático sobre un cura rural que lo sacrifica todo por la consecución de su individualidad. Y así
pone en boca de Brand, el protagonista del poema:
 
Espacio en la amplia extensión del mundo, poder completar la personalidad. Es un derecho
válido para el hombre ¡y yo no quiero nada más!
 
Resulta revelador el hecho de que Nansen, el más noruego entre todos, hiciera de Brand su ideal.
El individualismo, dice Gerhard Gran, estudioso noruego y contemporáneo de Amundsen,
 
el violento impulso a afirmar la propia personalidad, es característicamente noruego, a mi
entender. No se puede considerar que la disciplina haya marcado nuestra historia; nunca hemos
sufrido una armonía atroz y exagerada. El impulso a la afirmación de la propia personalidad es
uno de los rasgos más acusados de nuestro carácter nacional. No cabe duda de que hay algo en
el alma de todo noruego que responde con fuerza y determinación «sí» a las palabras de Brand:
«¡La renuncia es obra de Satanás!».
 
Estos eran el espíritu y la atmósfera en que Amundsen pasó sus años de formación. Es posible
que al principio se sintiera atraído por la exploración como un medio para ir más allá de las
fronteras de Noruega, hacia espacios más abiertos.
Sin embargo, Amundsen no dio muestras de participar del fermento político e intelectual de su
universidad. Era de temperamento tranquilo y prefería la compañía de unos pocos amigos de
confianza. Se mostraba cortés con las mujeres y a lo que parece bailaba bien, pero era reservado.
No hay indicio alguno de que mantuviera relaciones amorosas en sus tiempos de universitario.
Los compañeros de su misma edad destacaban su inhibición en materia sexual y se extrañaban
del rígido puritanismo de sus opiniones. Por supuesto, esto no impedía las aventuras sexuales; en
realidad, más bien todo ello podría hacer pensar que existieron. Pero si la corrió, su discreción no
dejó traslucirlo. Las mujeres de su vida fueron su prima de Hvidsten, Karen Anna (de la que tal
vez estuviera secretamente algo enamorado), y Betty: pechugona, maternal, tan a las claras su
madre putativa.
Betty Gustavson era sueca. En 1865, a los dieciocho años, se había embarcado en el Constantin,
uno de los barcos que Jens Engebreth tenía en Gotemburgo, como ama de Gustava, que
acompañaba a su marido en un viaje a China porque estaba a punto de tener a Tonni. Betty ya no
volvería a Suecia y permaneció con los Amundsen el resto de su vida.
Al trasladarse al piso de Roald llevaba casi veinticinco años con la familia. Fue una de las
escasas mujeres que Roald admitió querer. En la Antártida puso su nombre a una montaña; a su
madre no le rindió un homenaje semejante.
Pocos estudiantes podían presumir de ama de llaves. Amundsen se destacaba incluso entre los
más ricos por su estilo de vida. Eran pocos los que podían permitirse—o a quienes sus familias
se lo permitían—disponer de residencia independiente. Su piso era amplio y, de un modo un
tanto sombrío, elegante. Se hallaba a la vuelta de la esquina de Little Uranienborg, en Parkveien,
detrás del Palacio Real. Era una zona muy cara.
Así pasó Amundsen su período pasivo. Era aficionado sobre todo a la vida al aire libre: el esquí
en invierno y largos paseos por el bosque en verano. Descuidó sus obligaciones: debería haberse
presentado al primer examen universitario en 1891, pero lo demoró dos años. El 25 de febrero de
1893, estando todavía en la universidad, asistió a una conferencia que Eivind Astrup dio en la
sede de la Asociación de Estudiantes.
Astrup era otro personaje askeladdiano. Tenía la misma edad que Amundsen; como él,
pertenecía a la escuela de esquiadores que recorrían largas distancias en el campo de Nordmarka,
y también había quedado profundamente impresionado por la primera travesía en Groenlandia de
Nansen; era, al cabo, otro muchacho de Cristianía. A los diecinueve años marchó a Estados
Unidos con vistas a completar su educación, pero por casualidad y descaro se vio envuelto en la
segunda expedición de Peary a Groenlandia, en 1891-1892, y acabó convirtiéndose en un
explorador célebre. Había sido el único compañero de Peary en su viaje de ida y vuelta desde la
bahía de McCormick a la bahía Independencia; un relato de más de dos mil kilómetros de
rigores, privaciones y triunfo. Era la primera travesía del casquete polar de Groenlandia que
llegaba tan al norte.
Y era de este viaje clásico del que hablaba Astrup a los estudiantes de Cristianía. Describió cómo
había demostrado la superioridad de los esquís noruegos respecto a las raquetas norteamericanas.
Pero lo que explicó sobre todo era el logro precursor de Peary. Se centró en el viaje en que Peary
probó que los perros de los esquimales podían utilizarse con provecho en los viajes polares de los
europeos. Astrup subrayó que Peary había trabado relación con los esquimales del Polo para
aprender a construir iglúes, a fabricar ropas adaptadas al medio, en suma, a vivir bajo las
condiciones del Polo. La lección que debía extraerse era que los pueblos primitivos tenían mucho
que enseñar y que el hombre civilizado no gozaba del monopolio del conocimiento. La misma
lección con que, unos años antes, había regresado Nansen de Groenlandia tras pasar un año con
los esquimales Godthaab.
Astrup pronunció un discurso original e interesante. Para acabar, transmitió una bella imagen de
la vida de los esquimales, los buenos salvajes del Polo. Causó un hondo efecto en el culto
romántico a la naturaleza que por entonces empezaba a cundir entre los noruegos. En Amundsen
surtió un efecto inmediato. En la misma sala, llamó a un amigo de los tiempos de la escuela que
lo había acompañado en el viaje en esquí cuatro años antes y lo convenció allí mismo de
repetirlo. Tomaron los esquís y se fueron directamente de la conferencia de Astrup a esquiar a
oscuras en Nordmarka. Era muy avanzada la noche cuando llegaron a su destino. Amundsen
daba la impresión de haber reunido fuerzas, como si, paradójicamente, a través del agotamiento
físico hubiera alcanzado un estado de exaltación espiritual.
En la nieve, descansando sobre su bastón de esquí bajo el cielo claro, frío y refulgente por la luz
de las estrellas de una noche de invierno nórdica, Amundsen arengó a su compañero acerca de
los esplendores de las regiones polares y la atracción que ejercían sobre él. Fue un raro arrebato.
Además de la conferencia de Astrup había otro factor que le causaba tensión, ambición, anhelo y
descontento.
Durante un año Noruega estuvo pendiente de los planes de Nansen para una nueva expedición.
Consistían nada menos que en dejar congelarse un barco en el casquete polar ártico y hacerlo
derivar a merced de las corrientes oceánicas a través de la cuenca polar. Era una idea original y,
por tanto, condenada al fracaso por muchos expertos, sobre todo por los oficiales de la Marina
británica veteranos que después asesoraron a Scott. Nansen, que rebosaba confianza en sí mismo,
no les prestó oídos. Se lo podía permitir: era no sólo un explorador curtido sino un científico
innovador; un biólogo marino doctorado en Medicina, [6] y uno de los fundadores de la
neurología.
Nansen había encargado un barco revolucionario, provisto de pantoques curvos que se pudieran
alzar al quedar oprimidos para así poder resistir la presión de la banquisa. Lo diseñó y construyó
Colin Archer, un noruego de procedencia escocesa. Era un ingeniero naval de gran talento que
había diseñado un bote salvavidas nuevo y casi inexpugnable.
Nansen había conseguido una fama tal que podía requerir ayuda al Gobierno, y obtuvo de él una
cuantiosa subvención.
Resulta revelador de la vida noruega de aquel tiempo el hecho de que a Archer, aun siendo un
ciudadano próspero con un astillero renombrado, le faltara mucho capital.
 
Esta semana hemos gastado tanto en el barco [le comunica a Nansen en una carta que se hizo
recurrente] que no tendremos bastante dinero para pagar los sueldos el sábado, y por ello me
veo de nuevo obligado a pedirle una transferencia previa.
 
El público tuvo cumplida noticia de los progresos del barco (aunque no de estos detalles
internos). La nueva expedición de Nansen era una cuestión nacional de la que se sacó un
deliberado provecho en la lucha por la independencia. La botadura, celebrada el 26 de octubre de
1892, constituyó un acontecimiento emotivo y patriótico. Miles de espectadores se congregaron
en el astillero de Archer en Larvik, en el sur de Noruega. Rodeó el nombre con un halo de
misterio; Eva, su mujer, bautizó el barco, y no con un previsible nombre patriotero: Fram
(Adelante').
La construcción del Fram encendió las ambiciones polares de Amundsen, y la conferencia de
Astrup atizó el fuego. El día de san Juan de 1823, lleno de anhelo y entusiasmo, fue a ver cómo
Nansen zarpaba triunfalmente de Cristianía, el agua atestada de una flota de pequeños botes que
lo escoltaban.
Aquel mismo junio Amundsen se había presentado por fin al primer examen de la universidad.
Se trataba de un examen que debían aprobar todos los estudiantes antes de iniciar la materia que
habían elegido. Amundsen no obtuvo más que un aprobado justo. No debería haberle
sorprendido, puesto que (tal como habían observado sus compañeros) había descuidado los
estudios. Por lo menos ya podía dedicarse a estudiar medicina exclusivamente. En septiembre
murió su madre y Amundsen abandonó la universidad de inmediato; finalmente era libre de
seguir sus propios deseos.
Hasta entonces, el interés de Amundsen por el Polo había sido poco más que una fantasía, tal vez
una vía de escapatoria a unas circunstancias desagradables. Ahora tenía suficientes alicientes
para poner manos a la obra. En el espacio de unos pocos meses, los exámenes de la universidad
habían confirmado los presentimientos de todo el trimestre, su madre había muerto y Nansen
había zarpado. Fue en este punto cuando Amundsen cruzó la frontera de la realidad y trató por
primera vez de incorporarse a una expedición al Polo.
Había oído hablar de Martin Eckroll, viajero noruego al Artico que a la sazón se encontraba en
Tromso, en el norte de Noruega, preparando una expedición a las islas Spitzberg. El 23 de
octubre le solicitó por carta que le permitiera acompañarle. La carta resulta reveladora:
 
Desde hace tiempo me domina un vehemente deseo de sumarme a una de estas interesantes
expediciones al Artico, pero diversas circunstancias me lo han impedido. La primera y más
importante fue que mis padres querían que estudiara. En segundo lugar, mi edad. Sin embargo,
ahora las circunstancias son otras. Mi padre murió hace años, y mi madre—el último vínculo
que me ligaba a mi hogar—murió hace un mes de una inflamación de los pulmones. Mis
hermanos—tengo tres, todos mayores que yo—están dispersados por el mundo en su condición
de hombres de negocios. Y así me he quedado solo, y mi deseo por esta gran empresa ha
aumentado en consonancia. Me matriculé en la universidad hace tres años y en ese intermedio
he estudiado Medicina. Por tanto, tengo poca experiencia en este campo, pero siempre puede
ser de utilidad. Tengo intención de dedicar el próximo invierno al estudio de la meteorología, la
cartografía, la topografía y otras materias que pudieran ser útiles en una expedición de este
tipo. Estoy a punto de cumplir los veintidós años. Soy algo corto de vista, pero no demasiado:
nunca he llevado gafas. Estaré encantado de presentar cualquier certificado que se me pida. El
certificado médico es imprescindible, y le adjunto uno. No pido demasiado por acompañarle. No
solicito salario y estoy dispuesto a someterme a cualquier prueba. Si desea usted tener una
entrevista personal conmigo, estoy dispuesto a venir cuando quiera. Es probable que ya se
hayan presentado muchos candidatos, tal vez con mejores calificaciones que las mías, así que
tengo escasas posibilidades. Sin embargo, concluyo esta petición con grandes esperanzas de
obtener una respuesta favorable.
 
Antes de que llegara la contestación Amundsen lo intentó en otras partes. En pleno noviembre
escribió unas cartas al consulado sueconoruego de Londres y a The Times (firmando como
«estudiante de medicina») para informarse acerca de la expedición de Jackson y Harmsworth.
Esta se disponía a viajar a Tierra de Francisco José al mando de Frederick Jackson, viajante
inglés y cazador mayor, bajo los auspicios de Alfred Harmsworth, el futuro lord Northcliffe,
célebre magnate de la prensa pero por entonces sólo propietario de una revista.
Ni el consulado ni The Times pudieron ayudarle. La respuesta de Eckroll, cuando finalmente
llegó, resultó desalentadora pero instructiva. Los puntos mencionados por Amundsen
 
supondrían sin duda una ventaja. [...] El hecho de estar familiarizado con el cuidado y
adiestramiento de los perros sería asimismo de utilidad en cualquier expedición al Ártico. [...]
No exigiré a los participantes más de lo que se puede esperar de una persona acostumbrada a la
vida al aire libre, y antepongo la perseverancia y la resistencia a un entusiasmo deportivo
forzado.
 
Eckroll afirmaba a continuación que sólo se acompañaría de personas que conociera. Estaba lo
bastante interesado como para sugerirle un encuentro si viajaba a Cristianía.
 
El hecho de que sólo quiera llevarse como acompañantes a personas con quienes ya haya
trabado conocimiento lo considero en todo punto razonable [fue la respuesta de Amundsen], ya
que en una expedición de esta naturaleza uno está limitado de manera exclusiva a su entorno
inmediato [...].
Había sopesado la posibilidad de emprender en primavera un viaje al Ártico en un foguero a fin
de acostumbrarme al clima y a las dificultades a las que uno tendría que exponerse [...]. En
cuanto al cuidado y adiestramiento de los perros, por desgracia debo confesar mi absoluta
ignorancia. Si conociera algún modo de aprenderlos, me aplicaría a ello de inmediato [...].
 
No se concretó nada, al menos en lo concerniente a Amundsen, pero el intercambio epistolar
pone de manifiesto varios aspectos interesantes. Uno es la combinación de franqueza y reserva
que se daba en Amundsen. Expone lo esencial de la situación de su familia—algo crucial en una
sociedad en que la familia tenía gran importancia y un hombre era la suma de sus antepasados y
parientes—y explica con toda sinceridad cómo la desaparición de ataduras y la mayoría de edad
le permiten seguir sus propias inclinaciones. Por otra parte, difumina su expediente académico
con no poca habilidad. Debido al retraso con que se presentó al primer examen, no había
estudiado propiamente Medicina más que unos pocos meses. Pero lo más interesante es su
conciencia de los principios de la exploración del Polo: es consciente de la necesidad de una
preparación previa, de aclimatarse, de entender a los perros.
Amundsen conocía sus limitaciones. Antes incluso de que llegara la respuesta de Eckroll había
comenzado a prepararse para satisfacer los requisitos imprescindibles. La conducción de perros
presentaba dificultades, porque el perro apenas si tenía presencia en Noruega en tanto que animal
de tiro; sólo más tarde se importaría de Groenlandia y Alaska. Amundsen comenzó por lo que le
resultaba más accesible: el arte del esquí de montaña. Este y la conducción de perros le parecían
los principales conocimientos que debía reunir un explorador del Polo. No todo el mundo
pensaba lo mismo: casi por el mismo tiempo, sir Clements Markham, el padre de la moderna
exploración británica a la Antártida, formulaba la siguiente norma para los viajes a los Polos:
«Nada de esquí. Nada de perros».
 
5

UN MARINERO CON ESQUÍS


 
Vivir en Noruega en la última década del siglo XIX era vivir como quien dice con la exploración
quasi polar a la vuelta de la esquina. En invierno, las grandes cordilleras de las tierras altas eran
literalmente térra incógnita. Entre noviembre y marzo pocos se aventuraban en sus valles y
altiplanicies.
Eran hombres de la clase media urbana, impulsados por un romántico apogeo del culto a la
naturaleza, quienes iban ampliando la frontera y abriendo las montañas en invierno. Amundsen
aspiraba a aprender de esos pioneros, pero éstos conformaban un círculo reducido y exclusivo al
que era difícil acceder. Pidió ayuda a su hermano mayor Gustav.
Gustav se había casado con una parienta de uno de aquellos primeros esquiadores de montaña,
un periodista llamado Laurentius Urdahl, y Roald quería que les presentara. Hasta entonces,
Roald había mantenido en absoluto secreto sus proyectos. No le gustaba revelar sus intenciones
antes de convertirlas en hechos tangibles. En este punto, y no sin cierta renuencia, los desveló
porque Gustav quería saber qué escondía la petición.
A Gustav empezaba a preocuparle el futuro de su hermano pequeño. La exploración al Polo no
tenía visos de profesión estable; sin embargo, decidió que de momento lo mejor era contentar a
Roald, así que le pidió a Urdahl que se lo llevara bajo su tutela. Gustav ya era armador y un
ciudadano consolidado; no era por tanto un pariente del que se pudiera prescindir alegremente.
Urdahl aceptó llevar a Roald a esquiar en las montañas del Oeste por Año Nuevo.
Aunque, como se suele decir, había nacido con los esquís calzados, Amundsen sólo había
esquiado hasta entonces por los seguros campos de las tierras bajas de Nordmarka. Este viaje a
las montañas del Oeste sería su primer contacto con el esquí de montaña. Era toda una transición.
Las montañas noruegas no son altas, pero sí escarpadas. Las cordilleras del oeste están expuestas
al océano y castigadas por las tormentas del norte del Atlántico. Es un clima caprichoso. Salvo
alguna cabaña esporádica no hay rastro de civilización a lo largo de kilómetros. Con las
ventiscas, un frío cortante y el silbido de la cinarra—menudos copos de nieve desprendidos por
el viento y deslizados por encima de la superficie de aquí para allá, como arena del desierto
llevada por el viento—, con todas las variedades de nieve, desde el polvo alado a la masa dura
como el acero, y los surcos, crestas y olas llamadas sastrugi labrados por el viento, este paisaje
es un logrado reflejo de las regiones polares.
Urdhal propuso llevar a Amundsen a una travesía por el Hardangervidda. Había elegido un
terreno bastante especial: Hardangervidda es un altiplano montañoso que (para el iniciado)
presenta un encanto austero y melancólico. Nansen lo comparó con el Artico, «tan encumbrado
hacia los cielos, donde el aire era puro y la vida sencilla [...] de regreso a la soledad, al silencio, a
la grandeza». En algunos aspectos el Hardangervidda es tan colosal como la Antártida. Como
mínimo, es salvaje y desprotegido y no admite bromas: una tierra abierta, desprovista de árboles,
azotada por el viento y punteada de montículos. En invierno es un desierto por donde discurre la
nieve.
En 1893, apenas había sido explorado en invierno. La primera travesía documentada la había
llevado a cabo en 1884 un oficial del ejército noruego, el capitán H. A. Angelí. Unos años
después, Urdahl había tratado de cubrir la distancia entre Mogen y Eidfjord, en el
Hardangerfjord, ruta que nunca se había recorrido de este a oeste. Entonces le habían derrotado
las ventiscas, y se disponía a intentarlo de nuevo. Prometió a Amundsen que le permitiría hollar
por primera vez un sector de montaña virgen.
Las esperanzas constituían buena parte del placer de esta empresa. Urdahl y Amundsen se
reunieron con frecuencia en otoño de 1893, la mayoría de las veces en el imponente piso de
soltero de Amundsen. En aquellos tiempos, como escribió Urdahl, veía a Amundsen como
 
el compañero joven, un tanto ajeno al esquí, que había recurrido a mí para que le iniciara en
los misterios de las altas montañas en pleno invierno. Pero ambos estábamos empapados de
interés por las expediciones al Polo y otras aventuras. Por eso nos llevábamos muy bien y nos
resultaba tan fácil levantar juntos castillos en el aire.
La única diferencia es que los míos se han disuelto en el polvo y los de Roald crecieron
incesantemente en pompa y esplendor.
 
Las anotaciones acerca de las experiencias comunes que Urdahl escribió entonces eran menos
respetuosas. Salieron de Cristianía en tren el día de Navidad de 1893. Desde Kroderen, la cabeza
de línea, tuvieron que esquiar a lo largo de más de 65 kilómetros de estribaciones antes de
alcanzar Hardangervidda y poder iniciar lo que propiamente era el viaje.
 
Estábamos anquilosados [escribió Urdahl acerca del primer día de viaje] y nos faltaba del todo
el hábito del ejercicio. El más alto del grupo, «El Explorador del Artico», no había trabajado
durante medio año y, pues, estaba grueso y en baja forma. «El Doctor» había tenido demasiado
trabajo, por lo que estaba cansado y delgado, y yo notaba—eso pensaba entonces—los efectos
de la edad y el resultado de una vida sedentaria.
 
«El Explorador del Artico» era, como resulta obvio, Amundsen. Urdahl también lo llamaba
Goliat, puesto que la planta de Amundsen descollaba incluso en compañía de personas altas. «El
Doctor» era un pariente de Urdahl, un estudiante de medicina llamado Vilhem Holst a quien
habían propuesto completar el grupo. Tan pronto como emprendieron la ascensión desde el valle
empezaron las dificultades.
 
La nieve estaba [...] suelta y blanda hasta el fondo.
Es curioso que el pequeño ratón de biblioteca del «Doctor» demostrara ser el mejor y más
preparado. Mientras los otros nos quedábamos muy rezagados en las cuestas y nos debatíamos
con calambres en las piernas al punto de correr el peligro de ahogarnos en el mar de nieve, él
ya había alcanzado la cumbre y nos observaba a través de sus gafas de montura dorada. Pero
se necesitaba una buena vista para localizarnos, ya que a menudo la única parte de nosotros
que sobresalía de la nieve era la nariz.
«El Explorador», que a lo largo de un mes no había hecho más que reunir el equipo para el
viaje, estaba anonadado, porque ninguna parte del equipo era de utilidad alguna.
De vez en cuando me llegaban de las profundidades del ventisquero más cercano exclamaciones
más enérgicas que elegantes relacionadas con los fabricantes de esquís y las tiendas deportivas
que no vendían buenos artículos, y poco después surgía una forma alta y completamente
cubierta de nieve con largos y helados bigotes que trataba de escalar unos cuantos metros antes
de caer fatalmente de nuevo a lo más hondo de las nieves.
 
Esta descripción, además de ser grotesca, revela una preparación esmerada. Habían cosido para
la ocasión sacos de dormir de piel de reno parecidos a los que usara Nansen en la primera
travesía de Groenlandia. Las chaquetas cortaviento también estaban copiadas de las de Nansen:
un modelo con capucha que había adaptado del anorak de los esquimales. Ambos abrigaban y
eran funcionales y (si bien pesados) todo un hallazgo. No podía decirse lo mismo de los esquís, o
como mínimo de las fijaciones, todavía rudimentarias.
Las fijaciones eran un motivo de discusión antiguo, diverso y fructífero (como lo siguen siendo
entre los esquiadores de hoy en día). A Amundsen no le benefició nada el modelo que había
elegido. No se adaptaba a las botas, con lo que se le hacía muy difícil controlar los esquís al
adquirir velocidad. En el primer descenso salió disparado y dando volteretas hacia la nieve suelta
del fondo de la cuesta, a orillas de un lago helado.
 
—Estos esquís son un desastre—dijo—. Cada uno insiste en irse por un lado distinto: uno a la
derecha, el otro a la izquierda...
—Bueno—dijo el doctor con sequedad—, siempre has sido un hombre de centro... ¿Es que te
has roto un brazo o una pierna, o tal vez una vértebra cervical?—. Añadió en tono de burla—:
Sabes que tengo suficientes vendas.
—Goliat—se limitó a gruñir, y avanzó por el lago cubierto de hielo a cien kilómetros por hora.
 
Padecieron casi todas las desgracias que pueden hallarse en las montañas. Hubo un John, un
deshielo poco frecuente, nieve que se pegaba a los esquís y les impedía deslizarse. Hubo la peor
de las abominaciones, una ventisca cálida. Iban tan retrasados que Urdahl tuvo que volver a su
trabajo. En una montaña llamada Daggr0nut, habían necesitado una humillante semana para
cubrir cincuenta kilómetros; sin haber llegado a lo que propiamente era Hardangervidda, dieron
media vuelta y descendieron con los esquís a un pueblo llamado Hovin. Desde allí Urdahl
regresó a Cristianía, mientras que Amundsen y Holst volvían a la carga. Cerca de Mogen, una
granja de montaña y último lugar habitado antes de empezar la travesía de Hardangervidda,
tuvieron que pasar una noche al raso a una temperatura de 40° C bajo cero. La nieve estaba
demasiado dura como para que se pudieran enterrar en ella, así que tuvieron que tenderse
encima; a pesar de las pieles de reno, se helaron espantosamente. Unos kilómetros más adelante
les sobrevino una ventisca, y ellos también tuvieron que regresar sin haber cumplido la misión.
Hardangervidda había vencido otra vez.
Al cabo de seis semanas, Amundsen se dirigía al Artico. Tal como había explicado por carta a
Eckroll, quería acostumbrarse «al clima y a las dificultades a las que uno tendría que exponerse»
en una expedición de verdad. Tras el esquí de montaña, la navegación en el Polo era el siguiente
paso lógico en su instrucción.
Pero había algo más. Amundsen había abandonado la carrera de Medicina. No era
necesariamente una catástrofe, sus familiares se lo concedían, pero le insinuaron que sin un título
académico le resultaría difícil abrirse camino. Era preciso que pensara en otra profesión. ¿Y cuál
más adecuada para alguien de su talante y aficiones que la de oficial de Marina? Cuando hubiera
completado su formación la familia estaría dispuesta a ayudarle en el camino que hubiera
elegido. Había de marcarse como objetivo un certificado de capitán, y podía comenzar a
familiarizarse con el mar cuando quisiera. Roald aceptó el consejo; al fin y al cabo, el cargo de
capitán le reportaría el mando tanto en mar como en tierra, la jefatura indiscutible en sus
expediciones. A principios de marzo de 1894, teniendo en mente sus intereses por el Polo, se
enroló como gaviero en el Magdalena, un foquero, para pasar una temporada en el hielo. Era una
iniciación dura pero privilegiada a la vida de marinero.
La pesca de la foca, como la de la ballena, ocupaba un puesto preponderante en la imaginación
de los noruegos. Era un oficio respetado, «un ejercicio de hombre», por citar a un historiador
noruego, «comparable a las grandes proezas de Nansen en la exploración de las regiones
polares».
El Magdalena fue una ardua escuela para el marinero advenedizo. Velero pequeño, de madera
castigada por los elementos, aparejado como si se tratara de una corbeta, provisto de un
deficiente motor auxiliar, cabeceaba, daba bandazos y viraba a merced del viento en aguas
violentas y caprichosas. En agosto, al regresar Roald del Artico a bordo del Magdalena, escribió
a su hermano Gustav, a instancias de éste, refiriéndole los pormenores del viaje. Aunque escribía
con intención de informar (y seguramente divertir) a otro, Amundsen parece preocuparse de su
propia instrucción. Dedica pocas palabras a expresar su estado de ánimo. Todo es conciso.
Muestra aptitudes, y hasta una determinación, de aprender de lo que ve y oye. Desde el principio,
su carta parece el cuaderno de apuntes de un estudiante:
 
...primero una descripción [de un foquero]. En primer y más importante lugar, lo que distingue
a este tipo de barco es su sólida construcción. Ni el hierro ni el acero serían adecuados, puesto
que el hielo los haría añicos. Se necesita un tipo de madera fuerte, por eso todos están hechos
de roble. Este no es idóneo, ya que el buque está hecho de un tipo de madera más ligero, que se
recubre por la parte exterior de la llamada funda de hielo. La funda de hielo es una capa de
roble de varios metros de espesor que envuelve la estructura interna, con lo que resiste la
presión del hielo, que a veces puede ser monstruosa. Se nos dijo que el Magdalena medía 3,6
metros de ancho en la proa, un buen grosor, como puedes ver. En el palo mayor, un poco por
debajo del extremo, tiene el barco su rasgo más característico: a saber, el nido del cuervo. Es
un barril grande y amplio sujeto al punto del palo mayor donde otros barcos tienen la verga: el
capitán y el primer oficial ocupan alternativamente este puesto, bien para avistar focas, bien
para determinar el rumbo entre el hielo grueso y pesado...
En la popa [está el] camarote del capitán [y] un camarote provisto de cuatro literas para ambos
oficiales, el jefe de máquinas y el cabo [...]. Justo delante está el sollado [...] [con] espacio para
cincuenta hombres [...] cada litera puede acomodar a dos hombres. Delante de las literas hay
un pequeño arcón donde los hombres guardan su comida y todos los objetos pequeños para los
que puede encontrar espacio...
 
Es una buena descripción de la estructura de un barco de madera destinado a los mares polares.
Amundsen pasa a continuación a los datos esenciales acerca de la navegación y la primera
lección del comportamiento del hielo ártico.
 
Ahora viene la parte más difícil de la caza de focas. Consiste en encontrar las crías. Las focas
están protegidas hasta el 3 de abril. Catorce días antes, las focas se desplazan en manadas
enormes hasta el hielo para dar a luz a su prole, lanzar, lo llaman [...]. En estas latitudes, el
hielo forma una gran bahía, y a las focas les gusta lanzar a sus crías al final de esta bahía. Por
consiguiente, basta con encontrar la bahía.
 
El 28 de marzo hallaron una manada de unas cinco mil focas, pero también cuatro barcos
esperándolas. El Magdalena se acercó a uno de ellos, el Morgenen de Sandefjord.
 
—Creo que son muy pocas para cinco—grita nuestro capitán mientras nos aproximamos...—
Qué te parece si tú y yo tiramos hacia el oeste, es donde están las manadas más grandes; te
puedes jugar las botas.
Para salir adelante hay que usar astucia e ingenio.
 
El pasaje es iluminador, y no sólo acerca de Amundsen sino de todo el medio en que se
desenvolvía. También lo es el siguiente fragmento:
 
Nuestro capitán sabe muy bien que con nuestro inadecuado motor no podemos seguir
avanzando [a través del hielo] con garantías. Por eso quiere que el Morgenen viaje delante y
nosotros sigamos su estela. El capitán del Morgenen, que tiene menos experiencia en el Ártico,
cede de inmediato ante la mayor perspicacia del nuestro.
 
El 30 de marzo encontraron la manada principal. Había cerca de cincuenta mil focas, y ocho
barcos a la espera. Esto equivalía, según un cálculo razonable, a tres o cuatro mil por barco: una
buena caza y partes satisfactorias para todos los hombres. Los pescadores de focas cobraban en
función de los resultados. Amundsen prosigue con el relato:
 
El domingo primero de abril fue, contra lo acostumbrado, un día apacible; una calma chicha
con sol y aire de claridad cristalina. Todos los capitanes habían acordado para el futuro que
con un clima como éste no encenderían fuegos; es decir, mientras estuviéramos entre las focas.
Porque con este clima, si hay fuegos encendidos, el humo asciende hasta una gran altura y
puede ser visto a millas de distancia. Los barcos que no han encontrado focas y que están tan
alejados que no podrían divisar nuestros barcos podrían en este caso ver el humo. Atraídos por
él, se acercarían a nuestra posición. Hoy, por lo tanto, teníamos que andar con un especial
cuidado. Pero ¿qué pasa? El capitán del Haardraade, quien, sin duda, debe de haber temido
congelarse—la temperatura era de 150 bajo cero—, y teniendo dificultades al maniobrar entre
las focas en el 30, enciende el fuego para abrir un canal en el hielo.
 
Salen grandes nubes de humo de la chimenea.
—Este botarate de capitán del Harrdraade está loco de remate—chilla nuestro capitán. Toda la
tripulación estaba furiosa.
Las consecuencias no se han hecho esperar. Por la tarde hemos visto 4 barcos que se
aproximaban a nosotros. Ha sido un golpe duro. Con esto seguro que hemos perdido 1.000
focas, y todo por culpa de un fueguecito...
 
Amundsen reserva el único indicio de emoción para el comienzo de la caza propiamente dicha.
El hizo de remero en uno de los botes del barco con que cazaron las focas. No había presenciado
nunca la caza de ningún animal.
 
Dieron las siete.
—Preparaos para avarar los botes—ordena el capitán desde la jarcia; en un abrir y cerrar de
ojos todo el mundo está en los botes respectivos, salvo dos hombres por cada bote, encargados
de los cabos, que los bajaban al agua.
—Soltad—llega la orden desde el nido del cuervo. La polea rechina y chirría, y de inmediato
todos los botes están en el agua, a ambos lados del barco. Los que han bajado los botes se
deslizan por los cabos, que aún están atados a los botes. Así que llegan a bordo, se sueltan los
cabos de los botes y todos los hombres ocupan su puesto. Se inicia el avance hacia el punto
donde se han avistado las focas.
—Mantened la velocidad constante—ordena el fusilero, y estallan uno, dos, tres disparos. No
puedo soportarlo, tengo que girar un poco la cabeza. Tres grandes cuerpos me informan de que
los disparos han dado en el blanco. Han acertado a las madres mientras daban de mamar a sus
crías. Las pequeñas siguen intentando mamar de los pezones de sus madres. Ahora todos los
botes se abalanzan sobre el témpano de hielo.
—Todo el mundo fuera y a cortar la piel—retumba la orden. Entre tanto el timonel ha agarrado
uno de los picos que estaban en el suelo del bote y lo clava con fuerza en el hielo. De este modo
se mantiene el bote junto al témpano. Los remeros han soltado los remos, han agarrado sus
respectivos picos y en seguida están sobre el témpano [...] se dispersan [...] cada uno con un
pico en la mano. Las pequeñas crías ya nos han visto, y con los ojos más enternecedores
parecen suplicar por sus vidas. Pero no hay piedad. Se alzan los picos y de un golpe certero el
extremo de la base parte el cráneo de la criatura [...] y acto seguido empezamos a arrancarles
la piel [...] Arrancarles la piel no es fácil y requiere gran habilidad. Se gira el animal muerto
boca arriba. De un tajo se corta la piel desde la boca hasta las aletas posteriores. Después, se
separan la piel y la grasa del resto del cuerpo. La grasa está justo por debajo de la piel y sale
junto con ella. El resto del cuerpo se deja tendido en el hielo.
La carta acaba aquí. La emoción contenida sólo se revelaría en años posteriores a través de
referencias indirectas. Amundsen es el reverso de su mentor Nansen y de su futuro rival Scott: en
éstos, el sentimiento engendraba la elocuencia; en él, una descripción mesurada, anodina y muy
poco elaborada que puede dar pie a interpretaciones erróneas.
Amundsen quedó conmocionado por este acceso a la matanza masiva de animales salvajes. No
era especialmente aprensivo, pero le horrorizó la crueldad que vio y el efecto en sus camaradas
de a bordo.
Fue una de las experiencias que curtieron a Amundsen. En adelante cazaría por necesidad, pero
puso en tela de juicio la legitimidad de estas matanzas desmesuradas e inhumanas. Prescindió de
los deportes sangrientos. Nunca entendió a los que mataban por placer a una criatura.
 

 
Tras abandonar el Magdalena, Amundsen se enroló en el Valborg, uno de los barcos de la
familia, con vistas al próximo viaje. Sin embargo, no tenía el corazón puesto en la navegación
ordinaria ni, todavía, en el rango de oficial o capitán. Había descubierto la navegación en el hielo
polar y el trabajo en condiciones árticas. Desde su intento frustrado del Hardangervidda, se había
iniciado en la técnica del viaje en el Polo y, a los veintidós años, se sentía con suficiente
confianza para preparar seriamente su primera exploración.
En noviembre de 1894 pensaba en un viaje a las islas Spitzberg. Estas carecían de un estatuto
definido, y Amundsen quería organizar una expedición para anexionarlas a Noruega. Al cabo de
dos meses se había centrado en la Antártida. Se trataba de un proyecto de mucha más
envergadura. Su hermano mayor, Tonni, también estaba interesado. Tonni había vuelto a
Cristianía después de trabajar dos años en Alger. Era un esquiador muy hábil, de hecho el mejor
entre los hermanos (según los haremos noruegos, Roald no era una maravilla con los esquís).
Una razón muy poderosa había determinado el curso de los pensamientos de ambos hermanos.
El agosto anterior, el capitán C. A. Larsen del Jason, barco de Sandefjord dedicado a la pesca de
la foca, había regresado de un viaje a la Antártida en que había descubierto Tierra de Oscar II, en
la costa de Tierra de Graham que baña el mar de Weddell. Su objetivo no era la exploración. Le
habían encomendado que encontrara nuevos espacios para la pesca de la foca y la ballena en lo
que constituía una de las primeras operaciones de la pesca ballenera noruega en la Antártida. Sin
embargo, Larsen se las había arreglado para volver con el primer descubrimiento notorio en la
Antártida desde los tiempos de sir James Clark Ross, cincuenta años antes.
Larsen era venerado entre los capitanes de balleneros. Era un líder natural. Con la sola fuerza de
su carácter había sofocado un motín de tripulantes borrachos del Jason en el estrecho de
Magallanes. Tenía todos las dotes de un explorador. En un apresurado desembarco en la isla de
Seymour, ante Tierra de Graham, había dado con los primeros fósiles de la Antártida. No era un
héroe popular, pero despertó un interés entusiasta, sobre todo en Roald y Tonni Amundsen, que
escribieron una carta a Christen Christensen de Sandefjord, el propietario del Janson, a quien
preguntaban
 
si una expedición en esquí no sería el mejor método de explorar tierras del sur desconocidas,
esto es, si las condiciones que se dan en la nieve y el hielo se parecen a las del casquete polar de
Groenlandia [...] si Tierra de Graham fuera adecuada [...] o de conocer usted otra tierra
relativamente desconocida más adecuada para una expedición como la nuestra [...] si se da una
ocasión propicia para la caza de focas [...] para obtener comida, y si tuviéramos bastante para
alimentar a unos cuantos perros que arrastrarían los trineos [...] que fuera rentable para un
barco que nos desembarcara y nos recogiera.
 
El proyecto que subyace a estas preguntas es básicamente sensato. Ya revela una familiaridad
con la esencia de la exploración de la Antártida, antes incluso de que nadie hubiera
desembarcado en ella para examinar el interior. Afirma sin vacilación alguna la necesidad de
usar esquís y perros en el continente todavía ignoto; décadas más tarde, los exploradores ingleses
seguían discutiendo acerca de este punto.
Es difícil determinar en qué medida el proyecto de Amundsen era producto de un entusiasmo
pasajero o una intención ponderada. Probablemente, la más leve palabra de aliento le habría
lanzado a una empresa. Pero alguna influencia sosegadora, seguramente la de Gustav, lo refrenó.
No partió hacia las islas Spitzberg ni hacia Tierra de Graham, sino que, con vistas a formarse en
la práctica, continuó enrolándose en barcos de la familia que cubrían monótonas navegaciones en
mares tranquilos. Un compañero que entonces compartió camarote con él le recordaba
trabajando duro, concentrado y determinado a aprender. «Sabíamos que tenía algún objetivo,
pero no hablaba nunca de ello». Muchos se llevaron esta misma impresión.
El primero de mayo de 1895 Amundsen consiguió el grado de oficial, aunque, para decepción
suya, sólo de segunda clase. No estaba hecho para los exámenes, pero había aprobado. Sólo
necesitaba unos pocos meses en el mar para licenciarse como primer oficial. Pero antes debía
prestar el servicio militar. Tenía gran deseo, según dijo, de cumplir su «deber como ciudadano».
No hay en esta expresión grandilocuencia sentenciosa, ni tal sentimiento era raro por entonces.
En verano de 1895 una de las recurrentes crisis entre Noruega y Suecia por la soberanía de la
primera estuvo a punto de desembocar en una guerra. En el último momento, Noruega,
desarmada y falta de preparación, tuvo que ceder. El descontento y la rebeldía se habían
extendido por todo el país. Los noruegos, un pueblo muy poco guerrero, se vieron forzados a
plegarse a la idea de que tal vez algún día tuvieran que luchar por la independencia. Se armaron
lo mejor que pudieron y el sentimiento patriótico se enardeció.
Pero en el caso de Amundsen había algo más que patriotismo. Tenía un miedo cerval a que lo
declararan inútil debido a su miopía. La experimentaba no como una mera discapacidad, sino
como un estigma vergonzoso que tenía que ocultar a los demás. Si se la había confesado a
Eckroll fue por una breve relajación; no se lo contó a nadie más, ni siquiera a sus parientes. Le
habían prescrito el uso de gafas y las llevaba en secreto, pero al final de su vida las repudió
públicamente en tanto que mácula deshonrosa. Buena parte de sus ridículos infortunios en
Hardangervidda se había debido a este problema. Sólo en la madurez, siendo un hombre famoso,
se atrevió a reconocer el defecto. Esa manía está relacionada con un rasgo obsesivo en su cultivo
de las virtudes físicas.
Desde los quince años había hecho religiosamente ejercicio físico a fin de mantenerse en forma
y, según decía, prepararse para la vida de explorador que le habían inspirado las heroicas
dificultades de sir John Franklin. Sin duda, esto da que pensar. Pero también es cierto que en
aquel tiempo arraigó entre los noruegos el culto al deporte y al físico. Amundsen no se destacó
en los deportes de competición que por entonces se practicaban en Noruega: carreras de esquí,
saltos de esquí y fútbol. No es infrecuente que en estos casos se opte por un pasatiempo no
competitivo. Además de entrenarse con vistas a un objetivo, Amundsen se entregaba a la
perfección física como fin en sí mismo. Por debajo de esta actividad se atisba el indicio de
alguna ansiedad oscura.
Más vale conocer por sus propias palabras, escritas treinta años después, el relato del examen
médico a que lo sometieron en el ejército:
 
El médico era un hombre mayor y, para mi gran satisfacción y sorpresa, un apasionado
estudioso del cuerpo humano. Como es natural, durante el examen estuve totalmente desnudo.
El viejo médico me inspeccionó con atención minuciosa y de repente prorrumpió en un elogio
encendido de mi aspecto. Al parecer, los ocho años de entrenamientos ininterrumpidos no
habían sido en balde.
—Joven, ¿qué diablos ha hecho para conseguir esta musculatura?-preguntó.
Le hablé de mi afición por el ejercicio físico, que practicaba con asiduidad. El viejo señor
estaba tan entusiasmado con su descubrimiento, que él consideraba muy notable, que llamó a
unos oficiales de la habitación contigua para que observaran la maravilla. De más está decir
que tal exhibición pública me causó mucho engorro y que deseé que la tierra se me tragara.
Pero este episodio tuvo consecuencias favorables. En su entusiasmo por mi condición física, el
viejo médico se olvidó de examinarme la vista. Y así superé el examen con la mayor facilidad y
pude hacer el servicio militar.
 
Sirvió a lo largo de los siete meses y cinco días obligatorios. La instrucción se llevó a cabo en la
plaza de armas de las barracas Gardemoen, situadas en las afueras de Cristianía. Pero Amundsen
no se dio por satisfecho y siguió una instrucción suplementaria por su cuenta. Una de las
anécdotas que se cuentan de este período es que obtuvo permiso para correr junto con un
compañero a lo largo de una extensa distancia a campo traviesa. El compañero hacía de liebre
vestido con ropa deportiva. Amundsen cargaba con un equipo de campaña completo, con fusil y
mochila, y calzaba las reglamentarias botas de caña alta pesadas e incómodas.
Los escritores noruegos han observado con frecuencia acerca de sus compatriotas que son gente
extremada. En un pasaje famoso que los noruegos suelen citar con particular emoción, Ibsen
dice:
 
Seas lo que seas, se lo del todo. Sin división ni dudas.
 
Como mínimo, es la viva imagen de Amundsen. Empieza a tomar forma el hombre dominado
por un solo objetivo que arrumba todo lo demás.
 

 
A finales de enero de 1896 apareció en las primeras páginas de la prensa de Cristianía el titular
«Esquiadores perdidos». Era el debut de Amundsen en los medios de comunicación.
A primera hora de Año Nuevo, Amundsen y su hermano León habían salido de Cristianía con
intención de atravesar esquiando Hardangervidda hacia el oeste de Noruega. Lo normal era que
tardaran una semana, pero hacía quince días que no se sabía nada de ellos. Hardangervidda
poseía en pleno invierno un aura de premonición mística, y la gente de entonces estaba muy
familiarizada con los desastres en la nieve. Eivind Astrup había desaparecido en el curso de un
viaje en esquí por las montañas Rondane del este de Noruega; más tarde se halló su cadáver.
Hacía más de dos años que no se tenía noticia de Nansen, perdido por el Artico, y ya corrían
rumores lúgubres. Todo ello revirtió en los Amundsen, como era de esperar. Corrió la alarma y
se inició la búsqueda. Al cabo de tres semanas, habiéndoseles dado por perdidos, reaparecieron
por su propio pie, pero a duras penas.
Formaba parte del entrenamiento de Amundsen para el Polo. Tras prestar el servicio militar optó
por emprender otra tanda de esquí de montaña. Su elección fue muy propia de él: la travesía en
pleno invierno del Hardangervidda que le había derrotado dos años antes. Como Urdahl no podía
acompañarlo esta vez, convenció a León de que ocupara su lugar.
No había de ser una repetición morosa sino un ejercicio de aplicación de lecciones previamente
asumidas. Los esquís eran más ligeros, las fijaciones permitían un mayor control; hubo cambios
en la alimentación, la ropa y el equipamiento. Dotado a aquellas alturas de la sabiduría del
marinero acerca del tiempo y la navegación, Amundsen llevó un barómetro de bolsillo (no lo
llevó en el primer viaje) y nada menos que tres brújulas para contrastarlas.
Amundsen escribió de inmediato una crónica del viaje para el diario de provincias que dirigía
Urdahl. Era su primer escrito que veía la luz, y seguía las reglas establecidas del género: en los
primeros tiempos del esquí de montaña noruego, aparecían regularmente en la prensa artículos
que detallaban trayectos destacados. Amundsen era reacio a publicarlo; se había perdido y,
siendo en el fondo un perfeccionista, quería escribir sólo acerca de la perfección. Con todo,
Urdahl le persuadió de que los lectores preferían estas complicaciones. Amundsen no tenía
pretensiones literarias; a instancias de Urdahl, adoptó la forma de una larga carta dirigida al
director. Se publicó en varias entregas con el título de «El audaz viaje de los hermanos
Amundsen por Hardangervidda». [7]
Sólo difiere de otros escritos del género en que está menos adornado y exagerado que de
costumbre. Amundsen insistía en que la aventura comenzó al torcerse las cosas. Tenía intención
de seguir la ruta de Moden a Eidfjord propuesta por Urdahl, si bien saliendo de Kongsberg y no
de Kr0deren como en la ocasión previa. Ello representaba esquiar a lo largo de 170 kilómetros,
pero la parte más difícil eran los últimos sesenta kilómetros a partir de Mogen, por las cumbres
desiertas de Hardangervidda hasta llegar a Garen, el primer punto poblado del lado oeste. Todo
fue más o menos bien hasta los últimos treinta kilómetros, tras abandonar un refugio deshabitado
llamado Sandhaug. A partir de allí todo se fue al traste.
 
Aunque el clima nos favorecía—estaba despejado y hacía frío, 25 °(C) bajo cero—, los esquís se
deslizaban con dificultad. Se debía a la nieve seca, granulada y amontonada. Alrededor del
mediodía [...] se desataron espesas masas de niebla entre grises y negras, y apenas media hora
después nos sobrevino una tormenta NO [...] la única opción sensata habría sido volver atrás.
Pero los rastros de los esquís ya habían quedado borrados y por todas partes nos envolvía
cinarra espesa, de manera que resultaba imposible encontrar la cabaña de nuevo...
 
Los hermanos tuvieron que enfrentarse acto seguido a una selección de las bromas pesadas que
pueden gastar las nieves. Les azotó un viento incesante que transformó el paisaje en un caldero
de cinarras hirvientes; los desorientó una tormenta de nieve, cuando el cielo y el suelo confluyen
y no hay horizonte ni arriba y abajo perceptibles. A pesar de las tres brújulas se perdieron.
Durante cuatro días avanzaron en círculos, durmiendo en la nieve, incapaces de preparar comida
caliente porque sus cocinas de alcohol no funcionaban al aire libre. La cinarra, tan parecida a la
arena, corría por todas partes y lo penetraba todo; se fundía y se infiltraba en el interior de sus
sacos de dormir. En la segunda noche pasada al raso desapareció misteriosamente la bolsa donde
llevaban la comida, que habían dejado imprudentemente en la nieve; tal vez se la llevara el
viento o un animal glotón. Todo era emocionante. Sin embargo, Amundsen lo exponía no como
una noble aventura, sino como un cuento aleccionador un tanto reprensible. El punto álgido se
producía en la cuarta noche consecutiva que dormían a la intemperie:
 
La pasamos en una ladera empinada. Aprovechamos la gran cantidad de nieve que había para
enterrarnos a gran profundidad y así protegernos del viento y la cinarra. Aquella noche dormí
mejor que de costumbre. Al despertarme descubrí que la nieve me tenía inmovilizado. Pensé que
podría romper la cubierta de nieve que tenía encima presionándola con los hombros. Pero me
equivocaba. Sin duda, la nieve estaba húmeda al caer y después se había helado hasta formar
una masa compacta a mi alrededor. Mi hermano había estado más atento. Según me contó
después, se había levantado varias veces durante la noche y había apartado la nieve que me iba
cubriendo. Yo, en cambio, había dormido de un tirón. Al aparecer la primera luz del día, él
había mirado qué tiempo hacía. Entonces descubrió que la nieve me tenía inmovilizado. De mí
sólo se veían los pies, que le indicaron mi posición. Después de cavar con ahínco durante una
hora o más, pudo liberarme. Convinimos en que tras tantas desdichas tenía que pasarnos algo
favorable, y nos pusimos en marcha llenos de confianza.
 
Al cabo de pocas horas se encontraron descendiendo por Hardangervidda. Rebasaron el límite de
vegetación arbórea, encontraron rastros de esquís y regresaron a la civilización, al mismo Mogen
del que habían salido diez días antes. No se habían llevado nada a la boca en sesenta horas. Entre
tanto, durante la ventisca, habían aparecido en Garen unos misteriosos rastros de esquís
provenientes del este que sólo podían ser de ellos: sin saberlo entonces, habían estado a unos
pocos metros de su objetivo.
Amundsen había pasado por más dificultades de lo que indicaba su relato. En la última noche
casi se había ahogado en la nieve. Corría el riesgo de que le tuvieran que amputar varios dedos
congelados de las manos. Fue su viaje más duro. Batiría marcas mundiales y superaría fronteras,
pero nunca coronó Hardangervidda. Sin embargo, éste le reportó varias lecciones. Fue su escuela
para el Polo y le permitió cometer sus errores de principiante a tiempo de enmendarlos.
A continuación, teniendo que completar el período de prácticas en el mar para obtener el grado
de oficial, Amundsen se embarcó en un segundo viaje al Artico: nada menos que en el Jason, que
había reemprendido la caza de focas en el norte tras su incursión en el sur.
La historia toma en este punto otra dirección.
 
6

EN LA NOCHE ANTARTICA
 
Carsten Borchgrevink, amigo de infancia de Amundsen, había conseguido trepar hasta el puesto
de sobrecargo del Antarctic, un ballenero noruego enviado a confirmar las informaciones de sir
James Clark Ross acerca de unas ballenas que supuestamente habían de reportar grandes
beneficios. Era el primer viaje al mar de Ross desde que fuera descubierto en 1841. No se
hallaron las ballenas, pero en cabo Adare, Leonard Kristensen, capitán del Antarctic, avaro un
bote y puso pie en la costa. Lo acompañaba Borchgrevink. Fueron los primeros en hollar Tierra
Victoria. Era el 24 de enero de 1895. Fue el primer paso en el camino hacia el Polo.
El Sexto Congreso Geográfico Internacional se celebraba en Londres en julio de aquel mismo
año, y Borchgrevink recorrió a sus propias expensas el medio mundo que le separaba de
Inglaterra para irrumpir en las sesiones y dar la noticia. En seguida se ofreció para dirigir una
expedición que, tras desembarcar en cabo Adare, sería la primera en invernar en el continente
antartico. El Congreso aprobó una resolución según la cual
 
las regiones antarticas son la parte más importante que queda por abordar en la exploración
geográfica [...] habría que emprender esta tarea antes de final de siglo.
 
Tras décadas de descuido, había resucitado el interés por la Antártida. El primer efecto de este
debate se produjo en Belgica, donde un oficial de la marina, el teniente de navío Adrien de
Gerlache, preparaba una expedición. Parecía casi imposible, puesto que, como dijo el propio
Gerlache, Bélgica era «un país carente de tradición marinera, cuando no de marinos [donde] no
se ha aprendido a apreciar el valor de las empresas de largo alcance». Pero el espíritu de la época
desciende donde se le antoja.
Cuatro años antes, el barón Adolf Erik Nordenskióld, el ilustre conquistador del Paso del
Nordeste y precursor de Nansen en su primera travesía de Groenlandia, había tratado de
organizar una expedición a la Antártida. De Gerlache le escribió para ofrecerse, o más bien
suplicando que lo aceptara, como voluntario. No recibió respuesta, y la expedición no llegó a
concretarse. Pero le había dominado una idea: si no podía sumarse a la expedición de otro, si en
verdad no había ninguna expedición a la que pudiera incorporarse, organizaría una por su cuenta
y riesgo. Fue un profundo acto de fe. Bélgica estaba entonces concentrada en la absorbente
operación de colonizar el Congo. Al rey belga Leopoldo no le hacía ninguna gracia cualquier
elemento que pudiera distraer a sus súbditos de esta empresa, y no respaldó a De Gerlache.
Conseguir dinero para esta exploración iba a ser más difícil de lo acostumbrado.
Sin embargo, De Gerlache estaba dotado de la determinación sublime que vence las dificultades
y rompe muros de ladrillo. Pudo reunir cierta suma de dinero y compró el barco para la
expedición. Siguiendo la mejor tradición de las exploraciones a los Polos, se trataba de un viejo
foquero, noruego, ni más ni menos que el Patria que Amundsen había encontrado en su primer
viaje al Ártico hacía uno o dos años. Con el nuevo nombre de Bélgica entró en Sandefjord el 4 de
julio de 1896 para ser reparado.
En ese mismo puerto ancló el Jason, proveniente del Ártico y con Amundsen a bordo. Dio con el
tipo de azar propicio que andaba buscando. El 29 de julio, le escribió una carta a De Gerlache
solicitándole que lo aceptara como voluntario.
Amundsen era un perfecto desconocido; uno de tantos que pedían embarcarse en el Bélgica
rumbo al sur misterioso. De Gerlache mostró la carta a Johan Bryde, armador de Sanderfjord,
cónsul honorario belga y agente del Bélgica. El comentario de Bryde, escrito en el margen,
rezaba: «¡Admítalo, amigo mío!».
Bryde era un capitán veterano en los viajes al Ártico y acostumbrado a calibrar marinos. Cuando
menos, era el consejero en quien confiaba De Gerlache. Y éste aceptó a Amundsen, quien se
ofreció a trabajar sin sueldo, lo que sin duda dijo mucho en su favor. Por otra parte, De Gerlache
estaba dispuesto a llevarse viajeros familiarizados con el Polo con independencia de su origen y,
como dijo, vio a un «marinero y esquiador». También le predispuso a favor suyo el hecho de que
Amundsen fuera compatriota de Nansen, que ya despertaba pasiones.
El 13 de agosto, Nansen había desembarcado en Vardo, en el norte de Noruega. Era la primera
noticia que se tenía de él desde que desapareciera en el hielo ártico tres años antes. Puso pie en
tierra como un hombre que volviera de la muerte.
Con un solo acompañante—Hjalmar Johansen—, había abandonado el Fram cargado de trineos,
perros y esquís para hacer una incursión al Polo. No lo alcanzaron, pero sí llegaron a 86° 14', el
punto más septentrional que habían hollado pies humanos, 170 millas más allá que nadie y, pues,
más cerca del Polo de lo que nadie lo hubiera estado tanto del Ártico como de la Antártida. Esta
hazaña hubiera bastado para convertirlos en héroes por un día; pero lo que fascinó la
imaginación del público fue lo que vino a continuación. Su regreso a través del casquete
arrastrado por la deriva se convirtió en uno de los viajes clásicos de las exploraciones al Polo.
Fueron quinientas millas de dificultades pero en ningún momento, por extraño que parezca, de
desesperación. Acabó con un solitario invierno propio de Robinson Crusoe en una cabaña
improvisada en una isla desierta del Artico, entre los lúgubres archipiélagos de Tierra de
Francisco José, y un encuentro milagroso con la expedición de Jackson y Harmsworth. El
Windward, el barco de apoyo de la expedición, retornó a Nansen y Johansen a la civilización. Al
cabo de una semana justa de su regreso, el Fram volvió a Noruega. Tal como había proyectado
Nansen, lo había arrastrado la corriente a lo largo de la cuenca polar. Había cumplido su misión
en el hielo sin apenas una grieta en las cuadernas. A diferencia de casi todas las demás
expediciones al Ártico, no se había producido ninguna baja. Y lo mejor de todo: Nansen había
derrotado a los expertos, a los pontificadores, a las autoridades sobre el Ártico que habían
augurado un desastre. Algunos no se lo perdonaron nunca, por supuesto. Pero llegó al corazón
del pueblo.
Noruega estalló en una celebración del fervor patriótico. Nansen había surgido del hielo para dar
confianza y orgullo nacional a los suyos cuando eran necesarios en la lucha por la independencia.
No habiendo ningún político que gozara de su popularidad, hizo las veces de dirigente nacional.
«Hasta ahora, nadie pensaba que la pequeña Noruega pudiera conseguir algo tan grande», dijo
Bj0rnstjerne Bjornson, el poeta nacional, en el discurso de bienvenida que leyó en Cristianía ante
Nansen y treinta mil personas. «Y la Gran Proeza es como una confirmación de la nación
entera».
 

 
Alto, rubio, con un aura de invencibilidad, Nansen fue convertido por sus compatriotas en un
semidiós. Erik Werenskiold, un artista renombrado, lo utilizó como modelo para las ilustraciones
de las Sagas, de modo que Nansen entró en miles de hogares noruegos con la imagen de un héroe
medieval, el rey Olav Tryggvason. Y así, en Noruega, el explorador del Polo pasó a ser el ideal
nacional; peores ha habido.
En el extranjero, Nansen tuvo mucho más eco esta vez que con su primera travesía por
Groenlandia. No se debía sólo a la mayor envergadura de la proeza, sino a que ésta se difundió
por un medio diferente. La primera se había dado a conocer mediante un libro escrito por el
propio Nansen; ésta la transmitía la prensa popular. Su personalidad atraía a los periodistas
porque se prestaba a simplificaciones y no planteaba grandes dificultades de comprensión,
porque animaba la función de marionetas que constituían las noticias de sociedad. Tenía una
correcta dosis de vanidad: aparecía con un sombrero negro de matador y una chaqueta peculiar
abrochada hasta el cuello que dio en llamarse chaqueta Nansen. Ataviado de esta guisa, con su
largo rostro nórdico y su honda melancolía rayana en la ferocidad, se convirtió en una imagen
familiar en los diarios de todo el mundo. Ocupaba titulares y era la personalidad pública por
excelencia; en este sentido, fue una creación de la prensa: el primero de los populares héroes del
Polo modernos.
El todavía joven arte del periodismo popular necesitaba un suministro de héroes como vía para
encauzar el fervor patriótico y de figuras con las que la gente pudiera identificarse y escapar de
la espantosa uniformidad de la civilización industrial. El explorador era un héroe adecuado; el
explorador del Polo, con su entorno fácilmente dramatizable, era el idóneo. Y así entró en escena
Nansen, el hombre de las tierras exóticas y heladas que actuaba ante públicos populares ávidos
de aventuras por vía interpuesta. Inauguró lo que se ha llamado imprecisamente la era heroica de
la exploración del Polo. Es comprensible que Amundsen sacara provecho de su gloria indirecta.
Amundsen había completado su preparación en el mar y fue nombrado segundo oficial del
Bélgica. Pero desde que obtuviera el certificado dieciocho meses antes, había estado en aguas
cercanas por donde se navegaba «por azar y por Dios». Se le puso como condición para su
nombramiento que se instruyera en todo lo concerniente a la navegación. También tenía que
aprender algo de francés y flamenco para poder dar órdenes a los marineros belgas. Se ocupó de
ambas exigencias de modo simultáneo tomando en 1897 un profesor de navegación amberino.
Entre tanto, De Gelarche pasaba el invierno en Noruega, dedicado al aprendizaje del esquí y de
la lengua. El viaje del Bélgica requería el conocimiento de idiomas: los oficiales y la tripulación
estarían compuestos por belgas y noruegos a partes más o menos iguales; el equipo científico se
crearía en torno a un geólogo polaco, Henryk Arctowski, y un zoólogo rumano, Emile G.
Racovitza. Eran los únicos que se habían presentado como voluntarios. De Gelarche tal vez
hiciera de la necesidad virtud al ver en su grupo polígloto un meritorio experimento en el avance
de la comunidad de naciones. En la apoteosis de la era del nacionalismo era a lo menos un ideal
desacostumbrado.
El Bélgica pasó casi un año en Sandefjord entre reparaciones. El 26 de junio de 1897 puso rumbo
a Amberes con una tripulación muy reducida. Amundsen regresó para incorporarse a la
expedición; Nansen se desplazó desde Cristianía para despedirlos.
De Gerlache, al igual que Borchgrevink (de quien probablemente sacara la idea), tenía intención
de desembarcar en cabo Adare y ser el primer hombre en invernar en la Antártida. En pleno viaje
se propuso explorar Tierra de Graham y las aguas próximas, una pequeña parte a mitad de la
circunnavegación de un continente aún casi del todo desconocido.
Era trabajo más que suficiente para tres expediciones; y cuando el Bélgica zarpó de Sandefjord
no había dinero ni siquiera para una. De Gerlache aún necesitaba ochenta mil francos belgas para
partir hacia el sur. En primer lugar iría a Amberes a solventar este detalle. Estaba convencido de
que el dinero saldría de alguna parte antes del día previsto para zarpar. Y lo hizo sin que se
supiera muy bien cómo; hasta hubo una subvención del Gobierno a última hora. De Gerlache
había puesto un broche glorioso a tres años de mendicidad humillante. En todo este tiempo no
había recaudado más que doce mil libras y, con esta suma a todas luces insuficiente, inició la
primera expedición moderna al continente antartico.
Diversas complicaciones retrasaron la partida. El médico dimitió en el último momento. Pero
entre la inicial avalancha de variopintos voluntarios rechazados figuraba cierto doctor Frederick
A. Cook, de Brooklyn, Nueva York, que había acompañado a Peary en su expedición al norte de
Groenlandia de 1892. De Gerlache le telegrafió para ofrecerle el puesto. Cook aceptó en el acto y
se le dijo que embarcara en el Bélgica en Río de Janeiro.
En Ostend, cinco días antes de la salida, un joven subió a bordo sin previo aviso, provisto de una
muda, un poco de ropa de cama, gran cantidad de energía y la solicitud de ser admitido en la
expedición. Era un polaco llamado Antoine Dobrowolski. Parecía contar con una sólida
formación científica, y se le aceptó de inmediato en condición de meteorólogo. Rechazó todas las
ofertas que se le hicieron para comprarle equipamiento, y sólo lamentaba no ser lo bastante rico
para ayudar en términos económicos.
El 23 de agosto, el Bélgica puso rumbo al sur; el 22 de octubre arribó a Río de Janeiro, donde
recogió al doctor Cook. Amundsen se fijó desde el principio en este explorador consagrado, y
más teniendo en cuenta que añadía dos de los trineos de Peary a los tres que se habían llevado de
Noruega.
En Navidad, el Bélgica estaba en Lapataia, en el canal de Beagle, cerca del cabo de Hornos.
Como regalos de Navidad para oficiales y científicos, De Gerlache repartió novelas
cuidadosamente seleccionadas según el gusto de cada cual. A Amundsen le dio el Pescador de
Islandia de Pierre Loti.
Amundsen se vio un tanto reflejado en Big Yann, el protagonista de la novela de Loti. Big Yann
es un pescador bretón completamente entregado a su vocación, no por lo que gana sino por el
solo placer de tomar lo que le da el mar y enfrentarse a los elementos.
 
Que hombre este Yann, con su desdén por las mujeres, su desdén por el dinero, su desdén por
todo...
 
Cuando alguien le pregunta por su soltería e independencia, responde:
 
—Uno de estos días me voy a casar, desde luego... pero no con una muchacha del país; no, será
con el mar.
 
El Bélgica tuvo la suerte de encontrar tiempo apacible en los mares proverbialmente encrespados
de la zona del cabo de Hornos. El 19 de enero fue avistado el primer iceberg, refulgente, de
extremo plano, y al día siguiente las islas Shetland del Sur. El Bélgica tenía ante sí varias vías
angostas. Topó contra un arrecife pero salió sin desperfectos. Provisto de unas cartas de
navegación que eran poco más que bosquejos y navegando al buen tuntún, De Gerlache ordenó
avanzar a toda máquina.
En su progresión a tientas, el Bélgica pasó por un estrecho situado entre la isla de Nieve y la isla
de Smith; era el primer barco que lo cruzaba. Había llegado a los confines del mundo conocido.
Casi de inmediato, en el curso de una tormenta, las olas arrojaron por la borda a Wiencke, uno de
los marineros noruegos, que murió ahogado. El nerviosismo era general, la imaginación se
desataba. Ya había una muerte. ¿De qué tipo de presagio se trataba? ¿Cuántas víctimas habría
que contar? ¿Volverían a ver sus hogares? ¿Quién sería el próximo? Amundsen no lo menciona
en absoluto. En su diario se hace reproches en tanto que oficial de guardia y, por ende,
responsable. Se lo reprocha por partida doble porque, siendo el único oficial noruego, sentía una
responsabilidad añadida por los compatriotas de a bordo. Reflexiona con tristeza que de haber
prestado mayor atención habría podido evitar el desastre. Que Wiencke no se anduviera con la
necesaria cautela y que en aquel momento él estuviera ocupado en apartar el rumbo del barco de
un iceberg no lo considera una excusa. Para Amundsen no existían las excusas.
El Bélgica salió a mar abierto y se plantó ante la costa de la Antártida con las banderas a media
asta. A la tripulación heterogénea, apesadumbrada por la muerte de un compañero, la sobrecogió
la primera visión de un mundo nuevo y extraño: tierra desolada y deshabitada, donde se erguían
los oscuros pináculos de roca pespunteando ilimitados campos de nieve que descendían hasta las
orillas de un mar encrespado.
El Bélgica se hallaba ante la costa oeste de Tierra de Graham, que nadie visitaba desde hacía más
de sesenta años. Encontró la entrada de un canal que no constaba en los mapas. De Gerlache
tenía la esperanza de que condujera al mar de Weddell. Esperaba con toda inocencia que la tierra
sólida se le abriría. Lo que halló fue un estrecho entre la península y el archipiélago de la costa.
Lo bautizó con el nombre del barco, pero hoy lleva su nombre. Fue el gran descubrimiento del
viaje.
De Gerlache y el teniente Georges Lecointe, el segundo de a bordo, tal vez presintiendo que la
estación se acortaba, querían avanzar a la mayor velocidad posible.
 
Al subir a cubierta a medianoche [escribió Amundsen el 28 de enero, el día siguiente de la
entrada en el estrecho], había un temporal menor, nieve muy húmeda y niebla espesa. Nos
limitábamos a dejarnos ir con viento en popa. Este tipo de navegación es peligroso pero
atractivo. Tierra por doquier, sin saber dónde. El oficial al que relevé me dijo que a su parecer
estábamos a bastante distancia de la tierra. Sin embargo, esto no fue óbice para que me
esmerara en el cumplimiento de mi deber. La vista se me va hacia delante y a sotavento. A las
doce y media veo en la proa de sotavento una franja oscura que da la impresión de no moverse.
Hay poco tiempo para decidir. El motor delante y la barra del timón a sotavento. Viramos y
dejamos atrás la franja oscura. Ahora todo se aclara lo bastante como para estar convencido de
lo que he visto. Era una tierra grande y alta, y no estaba lejos, de eso estoy seguro. La franja
oscura se me apareció sólo durante un breve intervalo. Un poco antes o después habría sido
imposible ver nada a través de la cinarra y la niebla espesa. Ha pasado exactamente lo mismo
varias veces. Sois Vos, Dios, quien lo guiáis y vigiláis todo, no me cabe ninguna duda.
 
Considerando el pasado, Amundsen creía que la protección divina le había salvado de un
naufragio. Tenía el don de la buena suerte indispensable para los grandes generales y
exploradores.
La expedición pasó tres semanas en el estrecho y recaló en varias ocasiones. Como en una
violenta escena wagneriana, el aire iba lleno de los golpes del martillo del geólogo y de los
chillidos en masa de los nerviosos pingüinos. Era la primera vez que un científico invadía la
Antártida.
El 26 de enero, Amundsen desembarcó en una isla llamada Dos Montículos con intención de
poner a prueba sus esquís. Probablemente fuera el primer hombre que esquiaba en la tierra firme
de la Antártida. Si le apetecía, podía argumentar que había adquirido derechos sobre el Polo Sur.
El 31 de enero fue otra fecha memorable: el día en que empezó el primer viaje en trineo por la
Antártida. Participaron en él De Gerlache, Amundsen, Cook, Arctowski y Emile Danco, oficial
del ejército belga que había pagado para poder tomar parte en la expedición. Con dos trineos y
provisiones para una semana, desembarcaron en la recién descubierta isla de Brabant con
intención de observar el estrecho de Gerlache desde lo alto. Iban a marcar un hito en la
exploración de la Antártida.
En primer lugar, subieron a pulso los trineos al manto de hielo que cubría la isla. Tuvieron que
forcejear y empujar por una empinada cuesta de hielo, entre grietas espantosas. Estas pocas horas
quedaron grabadas a fuego en la memoria de Amundsen: se le hizo del todo evidente que la
fuerza bruta no era ni gloriosa ni heroica, sino desagradable, esforzada, ingrata y estúpida.
Al cabo de la ascensión de aquel 31 de enero de 1898 se acampó por primera vez en una
exploración de la Antártida. Esta es la entrada del diario de Amundsen correspondiente al
acontecimiento histórico:
 
Como la nieve está muy suelta hemos tenido que cavar un claro para la tienda. Mientras tres se
ocupaban de esto, dos se han puesto a preparar la comida de la noche al abrigo del trineo. La
primera vez es la más lenta, pero no pasa demasiado tiempo antes de que nuestra tienda levante
su armazón contra la nieve y el viento. Ponemos en la tienda lo que necesitamos para la noche:
sacos de dormir y medias secas; el resto lo dejamos sobre el trineo, protegido con lonas. Con la
sopa de guisantes hirviente olvidamos la nieve y el viento, y no se podría estar más a gusto en
un palacio real...
 
Alcanzaron su objetivo en las alturas y pudieron contemplar el estrecho en casi toda su
extensión. Sin embargo, Amundsen estaba más interesado en aprender las técnicas del viaje por
el Polo. El 4 de febrero, dejando a los demás con el teodolito y la plancheta, emprendió con
Cook una excursión a la ladera de un iceberg que le había derrotado.
Fue la iniciación de Amundsen en el avance por el hielo.
 
Fue un trayecto largo y un día duro. Pasamos por innumerables grietas enormes. Tuvimos que
abrirnos paso por una cascada de hielo perpendicular [...] el Doctor, el experto explorador del
Polo, va delante, yo le sigo [...] Es interesante ver el modo práctico y tranquilo con que se
desenvuelve este hombre...
Tras ocho horas de lucha incesante con el hielo, en peligro permanente, regresaron por fin al
campamento. «Estas excursiones son una maravilla—comentó Amundsen—, y espero que surjan
otras con frecuencia».
El 6 de febrero regresaron al barco. La misma noche, antes de que las primeras impresiones
perdieran su intensidad, resumió su experiencia. Desconoce la importancia histórica de lo que ha
contribuido a hacer. No se explaya en la gloria del descubrimiento, no se extasía hablando de la
sensación de haber hollado lo que ningún pie humano había pisado antes. Se ocupa
exclusivamente y con gran lucidez de las lecciones que ha extraído: anota que la tienda, con el
tradicional modelo de caballete, deja que desear porque
 
opone al viento una superficie demasiado grande. Está hecha de seda engrasada [...] no es
práctica [...] más pesada que la materia prima [...] la forma más práctica [...] es sin duda la
cónica. Es más fácil de clavar y no ofrece tanta resistencia al viento [...] el Doctor llevaba ropas
de piel de foca [esquimales] que resultaron muy prácticas. Se secan con facilidad [...] Ir ligero
de ropa. Lana para todo. Hojalata impermeable para las cerillas. Gafas de esquiar
absolutamente necesarias. El campo no es aquí [...] más que un solo glaciar [...] avanzar solo
por él es una locura. Dos bien atados absolutamente necesario.
 
Amundsen aprendía desde el principio, y Cook era su maestro, el discípulo de Peary, uno de los
grandes nombres del viaje al Polo. Para Amundsen, éste era el verdadero privilegio de haberse
embarcado en el Bélgica.
 

 
El Bélgica atravesó el Círculo Antartico manteniendo una distancia prudencial respecto a Tierra
de Graham y alcanzó el casquete polar. Este se extendía hacia el horizonte como una corteza
brillante, y los témpanos se sucedían en su avance perezoso resonando, según un explorador
francés, con «el murmullo lejano de una gran ciudad hundida en el fondo de un valle».
El Bélgica derivó en paralelo al casquete, lejos de la tierra. Era a finales de febrero, en pleno
invierno, el momento en que muchos capitanes pensarían en volver a casa. Pero De Gerlache no
soportaba la idea de apartarse del hielo. Su plan original se había desmoronado, y a aquellas
alturas resultaba evidente que no podría observar el mar de Weddell. No podía acercarse a Tierra
de Victoria. Pero no estaba dispuesto a renunciar a su ambición de ser el primer hombre que
invernaba en la Antártida. Mantuvo fijo el rumbo y concibió la idea de emular a Nansen: dejar
que el Bélgica se helara y llegar al punto más meridional arrastrado por la corriente, con la
banquisa.
De Gerlache no quería hacerlo público porque sabía que muchos de sus hombres lo
desaprobarían. Con todo, éstos sospecharon de sus intentos de probar la consistencia del borde
del casquete. El 23 de febrero, tras una de estas incursiones, Amundsen escribió que
 
por desgracia los científicos dan claras muestras de miedo. Son reacios a seguir penetrando en
el hielo. ¿Por qué, si puedo preguntarlo, hemos venido aquí? ¿No es para explorar regiones
desconocidas? Pues es imposible si permanecemos fuera del hielo.
 
El 28 de febrero llegó una tormenta del nordeste. El hielo se abrió ante el Bélgica. A De
Gerlache le pareció una ayuda caída del cielo. Porque ¿quién podía enfrentarse al viento? Se
acercó a Lecointe, que estaba de guardia, y lo encontró del mismo parecer. Con un solemne
apretón de manos hicieron virar el barco hacia el sur por entre témpanos que se levantaban y se
rompían. Se dejó llevar por la tormenta y el 2 de marzo, cuando ésta amainó, se vio rodeado de
hielo y casi con toda seguridad inmovilizado para todo el invierno.
El Bélgica había cruzado el paralelo 71 y aún se dejaba arrastrar hacia el sur por el casquete.
Pero De Gerlache aún no podía decir la verdad a sus hombres. Falsificaba sus cálculos para dar a
entender que se dirigían al norte y expresaba esperanzas ficticias de una liberación inminente.
Sólo Amundsen y Lecointe compartían el secreto.
Cuando el hielo se aflojó, De Gerlache simuló que trataba de salir de él. No lo logró, como era de
esperar, pero tras esta exhibición de pundonor intentó que los marineros se resignaran a las
circunstancias. Sin embargo, lo acusaron de no haberse esforzado de veras. Lecointe comentó
con cierta falsedad que
 
es indudable que nos esforzamos cuanto pudimos por volver al norte, pero también es indudable
que a De Gerlache y a mí nos alegró el fracaso de nuestro empeño.
 
En un primer momento, De Gerlache tenía previsto desembarcar con unos cuantos acompañantes
en cabo Arade y enviar al Bélgica a invernar en Australia. Los hombres que estaban a punto de
hacer historia por ser los primeros en invernar en la Antártida actuaron en gran medida
engañados y contra su voluntad.
En este grupo de marineros heterogéneo y reunido al azar, pocos estaban preparados en términos
mentales o físicos para resistir los rigores del Polo. Aún menos eran capaces de apañárselas con
sus aprietos particulares. Las adversidades habituales en cualquier expedición hubieran sido lo
bastante duras: la sensación de aislamiento; estar en relación con unos pocos compañeros, viendo
las mismas caras día tras día, mes a mes; la amenaza de un medio hostil; el viento, el frío y,
sobre todo, la oscuridad del invierno polar, en que el sol no sale en meses. La oscuridad puede
ser por sí misma una experiencia terrible. Los hombres del Bélgica fueron los primeros en pasar
por todo esto en el sur; no era ningún consuelo saber que ya era conocido en el norte. Por
añadidura, estaban perdidos en un mar inexplorado, solos ante una costa desconocida. No tenían
modo de saber si podrían escapar del hielo. La incertidumbre y el temor les atenazaban. Y para
remachar el clavo, debido al camino que se habían visto obligados a emprender, eran presa de la
frustración, el pánico frío y el resentimiento. Dos marineros perdieron la razón. En un momento
u otro, todos estuvieron al borde de la locura. «En lo mental—escribió Cook más adelante—
aquello parecía un manicomio».
El Bélgica no estaba preparado para invernar en el hielo. A bordo había ropa de abrigo para sólo
cuatro hombres, y comida para un año a lo sumo. El escorbuto se extendió como la peste.
El escorbuto es resultado de una carencia acusada de vitamina C. Esta es una sustancia esencial
para la vida, aunque todavía no se ha entendido del todo que función específica cumple. Al igual
que las cobayas y los monos, el hombre no puede sintetizarla y debe procurársela a partir de lo
que come. Con todo, la vitamina C es inestable, se destruye con los métodos de conservación
tradicionales y sólo se encuentra en los alimentos frescos.
El escorbuto fue la enfermedad por excelencia de las comunidades que no podían acceder a
provisiones frescas y tenían que alimentarse de víveres en conserva durante un período más o
menos largo. Rondaba a los barcos en alta mar: en tiempos pasados, causó más muertes que la
espada. Era el azote de los viajes de exploración; según las palabras ilustradoras (y de una
exactitud clínica) de Camóes, el poeta portugués del siglo XVI, es decir, de la era de los
descubrimientos, fue
 
La más horrible, la más cruel enfermedad [...]
tan atrozmente hincharía las encías
en las bocas de nuestros hombres, que la carne negra
de repente se hinchó, de repente se pudrió.
Con tal hedor se ha podrido
que el aire de alrededor está infectado.
 
Si no se le pone remedio, el escorbuto es fatal. Al emprender el Bélgica el viaje al sur todavía no
se habían descubierto las vitaminas, por lo que se desconocía la causa de esta enfermedad. Con
todo, se sabía que la curaba la comida fresca, por mucho que la medicina ortodoxa envolviera el
asunto de teorías complejas e inútiles. Tras su experiencia en el Artico, el doctor Cook
prescindió de estas teorías y confió en el remedio de la carne de foca fresca y cruda. Estaba muy
avanzado respecto de la profesión médica de su tiempo y llevaba razón. El hielo que rodeaba el
Bélgica estaba cubierto de focas y pingüinos. Cazaron unos cuantos, con intención de destinar las
pieles a la confección de ropa y la grasa a combustible. Cook quería convertir la carne en
alimento básico que mantuviera el escorbuto a raya. De Gerlache se lo tomó como una crítica a
la dieta que había elegido y se disgustó; como concesión, permitió que se sirviera de vez en
cuando carne de foca y pingüino a quien lo quisiera, pero a pocos marineros les apetecía y la
expedición siguió alimentándose de comida enlatada. El resultado inevitable fue la extensión del
escorbuto, y las extremidades hinchadas, las encías sangrientas, la pérdida de dientes y las
depresiones y disfunciones mentales que comporta.
El escorbuto mató a Danco: murió el 5 de junio; al zarpar, ya se encontraba mal. Tenía una
aversión irracional a las focas y los pingüinos, decía que prefería morir antes que comerlos. Lo
enterraron sin ceremonia alguna en un agujero en el hielo. A los marineros les obsesionaba el
pensamiento de que su compañero muerto pudiera estar flotando justo debajo de sus pies; sólo
les faltaba el insistente recordatorio de los gemidos sobrecogedores del hielo.
El 20 de junio, en pleno invierno, habiendo pasado un mes sin ver el sol, rodeado de
enfermedades, oscuridad, depresión y locura, Amundsen escribe:
 
El sol finaliza su avance hacia el norte mañana y comienza su vuelta. Desde luego que me
alegraría verlo de nuevo, pero [...] no lo he echado de menos ni un solo instante. Por el
contrario, es esto lo que he estado esperando tanto tiempo. No fue un impulso infantil lo que me
movió a venir. Fue un pensamiento maduro. No me arrepiento de nada y espero contar con
suficiente salud y fuerza para continuar con la tarea que he emprendido.
 
Amundsen veía en aquel paisaje una escuela de preparación para las exploraciones del Polo de la
que podía extraer enseñanzas para el futuro. Mientras los demás atravesaban sus infiernos
privados, él consignaba con lucidez lo que aprendía. En los peores momentos, incluso cuando el
hielo amenaza con destruir el Bélgica, los marineros se aprestan a abandonar el barco y las
previsiones no pueden ser más desesperanzadas, él sigue aprendiendo, siempre aprendiendo.
Como un médico en busca de objetividad clínica, se mantiene deliberadamente distanciado de
sus compañeros, los considera como casos que deben ser estudiados con miras a su instrucción
profesional. A principios de julio, en plena noche invernal, con todo el mundo castigado por el
escorbuto en mayor o menor medida y De Gerlache y Lecointe en un estado particularmente
grave, cuando hasta Cook está deprimido y desalentado, tal vez en el momento más oscuro de
toda la expedición, Amundsen se preocupa ante todo por los defectos que percibe en sus ropas de
piel de lobo. Tiene, incluso, la notable perspicacia de advertir que las disfunciones mentales que
observa en sí mismo son consecuencia del escorbuto.
Lecointe sentía próxima la muerte; De Gerlache se había convertido en una persona taciturna y
retraída, y los marineros estaban cada vez más apáticos. En esta ocasión fue Cook quien salvó el
viaje. Era capaz de infundir convicción y logró que sus pacientes tomaran carne de pingüino
como medicina cuando la rechazaban en tanto que alimento. De Gerlache fue más difícil de
convencer. Rechazaba todos los remedios contra el escorbuto salvo el zumo de lima, que era lo
que tomaban los oficiales de la Armada británica: «Lo que es bueno para la Marina británica—
decía—es bueno para mí». Pero al final también cedió, y no tardó en mejorar. El escorbuto
empezaba a retroceder y todo el mundo a reponerse, al menos en lo físico. El daño mental no se
conocería nunca.
Sin embargo, el ambiente no era de un pesimismo completo y continuo. Había intervalos de buen
humor. Lecointe sacó una revista un poco picante titulada The Ladysless South, lo que de paso
tocaba un tema tabú. La abstinencia sexual es una consecuencia obvia de la exploración del Polo,
y Lecointe hizo una de las pocas referencias explícitas a este punto de que se tenga constancia.
Por ejemplo, se pone en boca de Amundsen un comentario ficticio acerca de The Ladysless
South: «Sí, señor, me encanta», mientras los demás expresaban su frustración de diversos modos.
Lecointe había detectado en el carácter de Amundsen una tendencia ascética y misógina, tal vez
de retiro monacal.
El 23 de julio reapareció el sol. Alumbró cuerpos pálidos, pelos alborotados, rasgos fatigados y
rostros que habían envejecido años en cuestión de meses. A Amundsen el pelo se le había vuelto
gris. Las personalidades habían cambiado. La primera noche antartica experimentada por el
hombre había tenido efectos devastadores.
En ciertos aspectos, Cook y Amundsen habían superado la prueba como nadie. Compartían un
interés que alejó sus pensamientos del desastre: a ambos les fascinaba el equipamiento de la
expedición, y durante todo el invierno se esforzaron en mejorar lo que llevaban. Esto los unió,
les alejó de los demás y probablemente contribuyó a conservarles cierto equilibrio.
Su obra maestra fue una tienda ingeniosa y original, diseñada por Cook, que presentaba una
forma aerodinámica para reducir la resistencia al viento, lo que constituía un gran avance. La
necesidad de probar el nuevo modelo les dio a ellos y a Lecointe, que los acompañó, el pretexto
para desplazarse en trineo hasta un lejano iceberg a finales de julio. Fue, tal como Amundsen
tituló la entrada en su diario, «El primer viaje en trineo sobre el casquete antartico». Amundsen
escribió posteriormente, para instrucción propia, un análisis exhaustivo de lo que había
aprendido. La alimentación, los sacos de dormir, la tienda, el trineo, la ropa, lo somete todo a
examen crítico. De una sola cosa está satisfecho: sobre el banco de hielo, los esquís son el mejor
medio de transporte. Los utilizó y contrastó con las raquetas de Cook, quien a diferencia de él
tuvo dificultades constantes. Los esquís eran más rápidos y, como distribuían el peso, podían
viajar sobre el hielo grueso sin clavarse en él.
El juicio que emite Amundsen acerca de su compañero es de gran lucidez. Revela mucho de su
opinión sobre las personas y del modo como seleccionaría a sus hombres:
 
Es un placer hacer excursiones con este tipo de persona. Lecointe, pequeño, animoso, agudo, no
pierde nunca la esperanza. Cook, el hombre tranquilo e imperturbable que jamás se pone
nervioso; y además, la cantidad de detalles que se aprenden junto a un explorador del Polo tan
eminentemente práctico como Cook: en su relación con los esquimales del norte de Groenlandia
y en su profundo estudio de todo lo concerniente a la vida en el Polo reúne, sin duda, mayor
experiencia que la mayoría de los hombres de este campo [...] Tiene un consejo para todo. Lo
da de un modo agradable y lleno de tacto; sin alardes [...]
 
Al ascender más el sol y renacer las esperanzas, De Gerlache convocó prolongadas y formales
reuniones con vistas a preparar un plan de acción para el verano inminente. En una de éstas,
celebrada en noviembre, Amundsen descubrió que, en un acuerdo confidencial, De Gerlache
había prometido a la Sociedad Geográfica Belga que los oficiales belgas tendrían preferencia,
independientemente de su rango, a la hora de sucederle en el mando. Lo cual significaba que
Melaerts, el tercer oficial, a pesar de estar subordinado a Amundsen, asumiría el mando antes
que él.
De Gerlache adujo presiones políticas y financieras para justificar este acuerdo. Amundsen lo
consideró una discriminación insultante. Discutieron e intercambiaron misivas llenas de encono.
 
Le seguí sin solicitar una paga [escribió Amundsen]. No era una cuestión de dinero, sino de
honor. Ha insultado este honor negándome mi derecho.
 
Amundsen presentó la dimisión.
 
Para mí ha dejado de existir la expedición belga a la Antártida [le comunicó a De Gerlache].
Espero en el Bélgica, un barco como otro cualquiera inmovilizado en el hielo. Mi deber es
ayudar al puñado de hombres congregados a bordo. Por esta razón, capitán, continúo con mi
trabajo como si nada hubiera pasado, intentando cumplir con mi deber en tanto que ser
humano...
 
Llevaban nueve meses aprisionados en el banco de hielo, deslizándose con impotencia por el mar
de Bellingshausen, a unos 70o sur. El hielo seguía apresando al Bélgica y no daba muestras de
irlo a soltar. La posibilidad de pasar otro invierno atrapados en la Antártida les resultaba
intolerable. Los ánimos se encrespaban, como era lógico. Tres marineros habían perdido la
razón. Cook percibía signos preocupantes en la disposición mental de De Gerlache y Arctowski.
La Navidad y el Año Nuevo no eran nada halagüeños; imperaban la apatía y la resignación.
Cook salvó la expedición por segunda vez. Aproximadamente a una milla del barco había un
paso que había permanecido abierto durante todo el invierno. Cook propuso abrir un canal a
través de él, de modo que el barco pudiera atravesarlo y, con el próximo movimiento del hielo,
escapar. Fue la chispa que encendió a sus compañeros y acabó con su letargía: les dio una
ocupación que les sustrajo a su pasiva resignación.
El 11 de enero de 1899 empezaron a romper y volar el hielo. No era una tarea fácil, porque iban
cargados de una buena cantidad de reveses y desengaños. En algún momento llegaron a perder la
esperanza de poder salir y se aprestaron a abandonar el barco y avanzar en trineo por el hielo
hasta la tierra.
Pero de repente, a las dos de la madrugada del 15 de febrero de 1899, el canal, que había
quedado cegado por la presión del hielo, se abrió para pasmo general. El Bélgica volvió a
retumbar con la música de sus motores. Renacía tras ser durante un año un casco aprisionado:
barco vivo de nuevo, avanzó hacia la vía de salida. Pero siguió inmovilizado a lo largo de otro
mes, a una distancia tentadora del mar abierto. El 14 de marzo las olas comenzaron a moverlo,
pero el hielo jugó al gato y al ratón hasta el último momento. Teniendo la salvación al alcance de
la vista, el Bélgica chocó contra un iceberg. Amundsen dejó constancia del incidente:
 
Si no podemos avanzar, estamos irreparablemente perdidos [...] el maquinista sube a cubierta y
dice que no puede mantener el motor en funcionamiento. Ve por sí mismo la gravedad de la
situación, y no es necesario pedirle que mantenga el barco al vapor. En un abrir y cerrar de
ojos ha vuelto abajo, y el motor se afana como nunca lo había hecho ni lo hará. Nos abrimos
paso a duras penas, centímetro a centímetro, metro a metro. Estamos salvados: en el momento
decisivo, el hielo ha aflojado... Ahora avanzamos velozmente hacia el norte. El hielo cede cada
vez más y nos abrimos paso sin problemas. A mediodía hemos salido a una enorme vía abierta.
A las dos de la tarde hemos dejado atrás la masa de hielo. Así acaba el primer invierno del
hombre en la Antártida.
 
El 27 de marzo, el Bélgica, que hacía tiempo que se había dado por perdido, alcanzó Punta
Arenas. En su ausencia habían estallado las guerras hispanoamericana y anglo-bóer; el Turbinia,
el primer barco accionado con turbinas, había roto la barrera de los cuarenta nudos; se había
licuado el aire, Marconi había llevado a cabo las primeras transmisiones sin cable. Era la primera
expedición al Polo que topaba con el gran ritmo del progreso moderno.
La expedición acabó en Punta Arenas. No había ni el dinero ni la voluntad para una segunda
estación, como con tanto optimismo se planteara en la cárcel de la masa de hielo.
De Gerlache y Lecointe llevaron el Bélgica a puerto. Amundsen, todavía resentido por su
enfrentamiento con De Gerlache, se abstuvo de viajar con ellos. Volvió a Noruega en paquebote,
teniendo a su cargo a Tollefsen, el marinero noruego que había perdido la razón, víctima de la
primera noche antartica.
Al cabo de cincuenta años, Dobrolowski, el entusiasta que había subido a bordo en Ostende,
resumió así el logro de De Gerlache: «No había sido tan sólo el primero en invernar en la
Antártida, sino que descubrió muchos kilómetros de archipiélago continental. Su expedición
había proporcionado el primer parte meteorológico del año completo [...] los cimientos para
estudiar el clima antartico; la primera prueba de un círculo de baja presión que rodeaba el
anticiclón del continente antartico, así como el primer conjunto de organismos oceánicos
[antarticos] que se dan a lo largo de todo un año [...] Y por último, nuestro viaje fue la primera
escuela para el explorador extraordinario, el Napoleón de las regiones polares: Amundsen».
 
7

LAS PRIMERAS ÓRDENES DE AMUNDSEN


 
Sólo la posteridad supo apreciar en su justa medida el logro del Bélgica. Entonces no fue un
pasaporte para la fama. Al volver Amundsen a Noruega, a finales de mayo de 1899, lo hizo con
discreción y desapercibido.
De Gerlache, Cook y Lecointe publicaron libros sobre el Bélgica. Como era muy propio de él,
Amundsen no escribió ni una sola palabra para la imprenta. No necesitaba dinero, lo que a veces
es una razón suficiente para no publicar. Por añadidura, la primera Noche Antartica fue para él
una experiencia íntima, una fase de su preparación profesional. Quería pasar a la siguiente cuanto
antes. Su primer paso fue escribir a Fridtjof Nansen:
 
Recién regresado de la expedición a la Antártida del Bélgica, me tomo la libertad de
preguntarle al señor profesor si estaría interesado en tener noticias del viaje. De ser el caso, me
pondría gustosamente a disposición del profesor.
 
Nansen era, por entonces, un oráculo indiscutido en las materias relacionadas con el Polo. En
Noruega ejercía el tipo de dominio autocrático que sólo puede darse en países pequeños. Su
bendición era indispensable para conseguir credibilidad pública, y era esto lo que buscaba
Amundsen. Fue el primer paso hacia una expedición propia.
Desde la primera travesía a Groenlandia, Nansen estaba convencido de que el Polo Sur esperaba
a que lo conquistaran esquiadores noruegos. Acariciaba la idea de organizar una expedición, y
estaba encantado de recibir a alguien que volvía de la Antártida; por tanto, la carta de Amundsen
no cayó en saco roto. «Me permito de nuevo agradecerle la amistad que me mostró a mi regreso
de la [...] Antártida», le escribió a Nansen en septiembre.
Amundsen había conseguido su objetivo de ganarse las simpatías de Nansen en abstracto. Pero
antes de sacarles un rendimiento concreto tenía que cumplir con algunos deberes. El primero, el
servicio militar. Había vuelto precipitadamente de Punta Arenas para tomar parte en un curso de
reciclaje obligatorio. Se le había concedido una prórroga para que acompañara a De Gerlache y,
a pesar de no ser más que un humilde cabo—o tal vez por eso mismo—, consideraba una
cuestión de honor llegar a tiempo. Inmediatamente después del servicio militar, Amundsen se
enroló de nuevo para completar lo antes posible el período de navegación estipulado para obtener
el certificado de capitán. Se embarcó en el Oscar, la corbeta familiar en que ya había navegado
antes. El Oscar estaba anclado en Cartagena, y Amundsen decidió cubrir en bicicleta la mayor
parte del trayecto para hacer ejercicio. Aunque en aquellos tiempos todavía era una rareza
recorrer una distancia tal en bicicleta, salió de Cristianía junto con su hermano León—que
trabajaba para una empresa exportadora de vinos en Cognac, cerca de Burdeos—el 9 de
septiembre, dispuesto a atravesar el continente a pedaladas.
El Oscar debía viajar a Pensacola, puerto maderero de Florida; propulsado con velas
exclusivamente, tardó dos meses en llegar. Amundsen comió carne de delfín cruda para ver si era
comestible: un conocimiento de lo más útil con vistas a los naufragios y la supervivencia.
En Pensacola, Amundsen compró una partida de nogal americano. Madera dura, fuerte y elástica,
en Noruega había sido utilizada para la fabricación de esquís desde la década de 1880.
Amundsen creía que tal vez pudiera servir algún día como material para los trineos y esquís de
una expedición. Lo envió a Gustav, a Cristianía.
El viaje fue tanto exterior como interior: Amundsen se dedicó con ahínco a estudiar la literatura
relacionada con el Polo. Llenó los dos libros de ejercicios de notas sobre el recientemente
publicado A thousand days in the Arctic de Frederick Jackson, crónica de la expedición de
Jackson y Harmsworth a Tierra de Francisco José entre 1894 y 1897. Era lo más reciente en
literatura sobre el Polo.
En abril de 1900 volvió a Noruega, habiendo completado el tiempo de navegación obligatorio y
la instrucción como marinero. Se sentía preparado—casi—para emprender su primera
expedición propia. El Paso del Noroeste fue la ambición de su infancia. Desde que lo descubriera
Franklin medio siglo antes, nadie lo había atravesado por entero en el mismo barco. Amundsen
quería ser el primero y ser, así, el hombre que marcara un hito histórico en la exploración.
Aunque se disponía a realizar una ambición infantil, a aquellas alturas se había despojado de las
actitudes infantiles. Ya no necesitaba ser un mártir o un héroe. El Bélgica había suprimido
cualquier deseo de este tipo. El heroísmo entendido en el sentido corrompido de aquel tiempo
significaba casi por definición un sacrificio y un fracaso absurdos, que él rechazaba de plano.
Aspiraba a logros racionales, a la victoria pero no a cualquier precio. Ningún punto del globo
merecía la pérdida de una sola vida. La preparación había de ser meticulosa, aprendería del
pasado: evitaría los desastres de sus predecesores y asumiría la completa responsabilidad de los
errores que pudiera cometer.
Uno de los objetivos que no logró la expedición del Bélgica fue la determinación del Polo
Magnético Sur. A bordo se había hablado mucho del magnetismo terrestre en general y del Polo
Magnético Norte en particular. Era el único de los polos de la Tierra que había alcanzado el
hombre, concretamente sir James Clark Ross en 1831. Algunos de los científicos del Bélgica
sostenían que seguía estando en el mismo punto, otros que no. Los puntos de vista encontrados
introdujeron a Amundsen en la controversia acerca de las polos magnéticos: ¿Eran móviles o
fijos? Sólo tenía un modo de zanjar la cuestión: visitar el Polo Magnético Norte y cotejar la
posición con la que había fijado Ross. Y fue así como, por citar las palabras que pronunció ante
la Sociedad Geográfica Noruega, «a 72 grados de latitud sur, se me ocurrió por primera vez la
idea de llegar al Polo Magnético Norte y explorar sus alrededores».
Sin duda, se trataba de una gran gesta el hecho de ser el hombre que determinara si los polos
magnéticos eran móviles o fijos. Pero no era la meta de Amundsen, un explorador y no un
científico. Quería ser el primero en mostrar el camino, no seguir la estela de otro.
Con todo, si una enseñanza le había transmitido De Gerlache, y aun más Nansen, era que por
entonces había que revestir la exploración de ropajes científicos. Amundsen sabía que nadie le
prestaría demasiada atención si declaraba como su único objetivo el Paso del Noroeste.
Necesitaba un pretexto científico que le confiriera respetabilidad, y aquí aparecía el Polo
Magnético Norte. Estaba en algún punto de los canales del Pasaje del Nordeste. Podía combinar
los dos hallazgos.
Amundsen se puso a la tarea con talante metódico. A su regreso del Bélgica reunió cuanto pudo
de lo publicado sobre la materia. No paró hasta encontrar la crónica escrita por sir James Clark
Ross de su viaje al Polo Magnético Norte, una obra casi descatalogada. Amundsen afirmaba años
después que fue este relato el que le dio los primeros ánimos para emprender el proyecto del
Polo Magnético. No es en modo alguno inverosímil: Ross era un hombre de una honestidad
transparente y su estilo—para una mente predispuesta—infundía un entusiasmo sereno.
Habiéndose puesto al día en lo concerniente a la evolución histórica de su campo de actuación,
Amundsen pasó a recabar opiniones modernas. Empezó con el Dr. Axel Steen, subdirector del
Instituto Meteorológico de Cristianía.
Como temía que a un científico la cuestión del Paso del Noroeste pudiera parecerle una
frivolidad, Amundsen se centró en la del Polo Magnético. Steen le expresó una aprobación
entusiasta. Sin embargo, le advirtió de la necesidad de prepararse antes de efectuar las
observaciones imprescindibles. Según Steen, la escuela idónea era la Deutsche Seewarte de
Hamburgo, cuyo director, el profesor Georg Neumayer, era una autoridad en magnetismo
terrestre. Por encima de cualquier otra consideración, estos estudios le reportarían un certificado
extranjero, lo que se valoraba mucho en Noruega.
Y así, a finales de 1900, Amundsen se presentó ante Neumayer, sin previo aviso, con una carta
de presentación de Steen.
 
Me hallé ante un caballero entrado en años de largo cabello blanco [...] Al preguntarle si sería
de gran interés profundizar las investigaciones acerca de la posición del Polo Magnético Norte,
respondió:
—Determinar con precisión el Polo Magnético Norte tendría un valor inmenso para la ciencia.
Si en algún momento había abrigado alguna duda acerca de la realización de mi empresa
proyectada, esta respuesta la disipó en el acto, viniendo como venía de quien probablemente sea
hoy en día la mayor autoridad en magnetismo terrestre.
 
Neumayer asumió la tutela de Amundsen y tomó las medidas necesarias para que se procurara
una sólida base en lo concerniente a observaciones magnéticas y a la parte matemática de este
campo. Amundsen anotó justo antes de abandonar la escuela que había trabajado «250 horas en
40 días, una media de 6,3 horas diarias».
Amundsen estaba a estas alturas convencido de poseer una formación técnica aceptable. Pero
todos los planes serían etéreas imaginaciones mientras no obtuviera el beneplácito de Nansen,
quien le concedió una entrevista para que le expusiera sus intenciones. Nansen era un hombre de
porte y sobriedad imponentes. En Tierra de Francisco José compartió un saco de dormir con
Hjalmar Johansen sin por ello abandonar el registro formal en el trato. A los tres meses se avino
a usar el más familiar du, la segunda persona del singular. Lo que nunca se abandonó fue el uso
del apellido: nadie se atrevía a llamar «Fridtjof» a Nansen.
Entre Nansen y Amundsen no hubo en ningún momento un trato afectuoso o distendido. Se
respetaban, pero los sentimientos no iban más allá del respeto. Los habían hecho en moldes
incompatibles, y no es de extrañar que Amundsen no las tuviera todas consigo ante ese encuentro
del que parecía depender su entero futuro.
No tenía de qué preocuparse. A Nansen le atraía la idea de una expedición al Polo Magnético
Norte. Dio su beneplácito. A partir de aquel momento, dijo Amundsen en una ocasión, supo que
su expedición había tomado cuerpo.
A pesar de la minuciosa preparación, Amundsen seguía sin sentirse listo del todo. Le dijo a
Nansen que antes de embarcarse en la empresa quería adquirir más experiencia al mando de
barcos pequeños en el hielo ártico. Al salir de esta entrevista decisiva se encaminó sin más a
Troms0.
Situado más allá del Círculo Artico, al borde del mar Polar, Troms0 era el antiguo puerto con
que contaban al norte de Noruega los barcos balleneros y dedicados a la pesca de la foca. Era
más que esto: con sus casas de madera apiñadas en un peñasco entre fiordos escarpados, en un
archipiélago azotado por el viento y tachonado de las cortas arboladuras de fornidos barcos de
madera, con un permanente olor a pescado y esperma de ballena, oscilando entre los violentos
contrastes de las estaciones polares, tenía un carácter y un ambiente característicos. En él se
reunían los cazadores de focas del norte de Noruega, un linaje especial, independiente, curtido,
habituado a los rigores, ducho en el gobierno de barcos y en desenvolverse por el hielo, cazador
de mar. Era el medio polar por excelencia; en esta escuela de la tradición ártica ingresó
Amundsen y, con su habitual resolución, se puso manos a la obra.
Los noruegos del norte se caracterizan por formar un grupo muy cerrado. Recelan de sus
compatriotas de latitudes inferiores al Círculo Artico. El hombre del sur es un extranjero desde el
principio. En aquellos tiempos, cuando las montañas cortaban las comunicaciones por tierra,
cuando el mar era la única vía hacia el exterior, cuando una carta tardaba una semana o más en
llegar de Troms0 a Cristianía y los más de 1. 1oo kilómetros que las separaban eran una barrera
espacial y temporal, los noruegos del norte quedaban muy aislados y constituían una sociedad
impenetrable. El hecho de que Amundsen fuera uno de los primeros hombres en invernar en la
Antártida no impresionó a unos hombres poco inclinados por su profesión a dejarse deslumbrar y
reacios a los aires y la afectación. No cabía imputárselos a Amundsen, que dejó claro que había
ido a aprender y mostró respeto por la experiencia y la edad. En seguida conoció a la mayoría de
los capitanes de Tromso que faenaban en el Artico. «No tengo tiempo ni ocasión», le dijo a
Gustav, «para otro tipo de relaciones». Según dicen, una vez se rieron de él por haber aguantado
pacientemente a un viejo charlatán y aburrido. El respondió: «No hay nadie tan estúpido que no
tenga nada inteligente que decir».
Amundsen tenía en principio intención de embarcarse como pasajero en un barco que iba a
pescar focas a la costa este de Groenlandia, donde el hielo planteaba escollos especialmente
difíciles y, pues, particularmente instructivos. Pero había pocos camarotes y eran caros.
«Teniendo en cuenta que de todos modos debería disponer de una embarcación para el año que
viene—le escribió a Gustav el 14 de enero de 1901, al poco de llegar a Tromso—considero más
inteligente arriesgarme y comprar uno ahora. Así que ya estoy negociando».
Sencillamente, Amundsen se disponía a gastarse todo su patrimonio en un barco. Tenía el dinero
invertido en acciones y propiedades que administraba Gustav. Roald le pidió que le enviara
rápidamente el activo con vistas a poder cerrar la compra así que se decidiera. A Gustav no le
parecía una transacción inteligente, pero había renunciado al intento de hacer entrar en razón a
Roald. Gustav, que por entonces trabajaba de contable, pasaba por dificultades financieras, pero
con su hermano actuó con una rectitud escrupulosa. Le traspasó a Roald las diez mil coronas que
pedía y éste compró el barco.
Se llamaba Gjoa, nombre femenino frecuente en la Noruega septentrional, en honor de la esposa
del antiguo propietario. Amundsen conservó el nombre, y en adelante seguiría siendo el Gj0a.
Con veintinueve años, tenía la misma edad que él. Era una balandra, un navío sólido, de popa
cuadrada y marinero de un tipo muy utilizado en las violentas aguas costeñas. Se había dedicado
a la pesca del arenque, y resultaba notorio. Pesaba unas irrisorias cuarenta y siete toneladas, y
todo el mundo decía que era demasiado pequeño como para moverse por el casquete polar.
Pero Amundsen había leído historia y confiaba en las embarcaciones pequeñas. Se enfrentaría a
aguas estrechas y a bajíos traicioneros, así que lo más seguro era un barco ligero y de poco
calado. Otros habían fracasado en el intento de abrirse paso a través del hielo a fuerza de
romperlo; él penetraría entre los témpanos de hielo.
—Lo que no se ha conseguido con grandes embarcaciones y empeños—dijo—lo emprenderé yo
con una pequeña embarcación y paciencia.
Amundsen había comprendido que en el Ártico la cantidad era peligrosa; de haberse llevado
Franklin ocho acompañantes en vez de 128, seguramente habrían sobrevivido todos. En aquellas
latitudes la tierra no podía alimentar a demasiadas personas, y Amundsen se proponía comer lo
que la tierra ofreciera. Tenía pensado vivir como los esquimales, durmiendo en iglúes cuando
fuera necesario. En una conferencia dada en la Sociedad Geográfica Noruega, Amundsen señaló
que, si bien no era frecuente adoptar las costumbres de los nativos, él sería el primero en
asumirlas en aquellas regiones,
 
puesto que uno de los viajeros de la Compañía de la Bahía de Hudson, el Dr. Rae, pasó un
invierno entero con sus hombres en la costa norte de América y halló un modo excelente de
invernar [viviendo en un iglú].
 
El Dr. Rae, nacido en las islas Oreadas, trabajó en el Ártico canadiense entre 1834 y 1854. Fue
pionero en la pequeña expedición y vivió según las costumbres de los nativos. «Extensión de
tierra, costa y río añadidos al mapa, 1.816 kilómetros», escribió en un resumen de sus logros, «a
un coste aproximado de unas 2,15 libras por kilómetro y medio». Perdió a muy pocos hombres.
El éxito que consiguió con unos medios limitados se convertiría en un reproche duradero contra
las expediciones de la Marina, complejas, caras y desastrosas, que predominaron en las
exploraciones británicas del Polo hasta la Primera Guerra Mundial. Como sus métodos diferían
de los «oficiales», en su país se le ridiculizó y ninguneó. Los extranjeros sí aprendieron de él. El
sentido de la historia que poseía Amundsen queda reflejado en el hecho de que transcendiera a
los modernos profetas de la expedición pequeña para remontarse hasta la fuente de la idea. El
también organizaría una expedición reducida y adoptaría lo mejor de la tradición de los
esquimales.
Este era pues el barco, y éste el plan de atravesar el Paso del Noroeste y conseguir el objetivo
tras siglos de calamidades y reveses. Pero antes, Amundsen se empeñó en realizar una travesía
de aprendizaje con los mejores maestros posibles. Se llevó como oficial a Hans Christian
Johannesen, ex propietario del Gj0a y viejo capitán pescador de focas, uno de los mejores
marineros de la zona ártica de entonces. Amundsen estaba muy orgulloso de haber navegado con
Johannesen en condición de alumno. La tripulación estaba formada por pescadores de focas,
puesto que con ellas pensaban cubrir los costes del viaje.
Amundsen se acompañó también de Peder Ristvedt, que fuera sargento suyo durante el servicio
militar. Se lo quería llevar en el gran viaje; era el primer candidato para todas sus expediciones.
El 15 de abril de 1901, el Gj0a zarpó de Troms0 hacia el mar de Barents, entre las islas
Spitzberg, Tierra de Francisco José y Nueva Zembla. Amundsen cumplió con creces su deseo de
aprender. El Ártico acabó de liberarlo de todas las trabas.
La navegación fue mala, el tiempo peor, el hielo resultó pésimo y Amundsen extrajo todas las
enseñanzas que deseaba gobernando el Gj0a en condiciones adversas.
Aprendía mucho y en diversos campos. Todos los tripulantes eran de la región de Troms0 y
habían sido contratados según su experiencia especializada, incluyendo al cocinero.
 
A primera hora de esta mañana [escribió Amundsen el 10 de mayo] hemos comido filete de foca
fresco, que era espléndido, exactamente del mismo sabor que un bistec tierno. Hemos almorzado
arao frito y cenado estofado de foca, sencillamente extraordinario. Ha sido un genuino día
ártico en lo relativo a la comida. Me complace ver que todo el mundo del norte de Noruega—
Tromso—aprecia la maravillosa carne de foca fresca. Con ella se cocinan infinidad de platos
diversos.
 
Amundsen sabía que en aguas del norte la foca sería un alimento básico y que su preparación
requería a alguien especialmente preparado. Había conocido a bordo del Bélgica los desastres
que podía causar una mala cocción; por eso consideraba que el cocinero era probablemente el
miembro más decisivo en una expedición al Polo.
El 4 de septiembre, tras casi cinco meses de avanzar entre el hielo, el Gjoa retornó a Tromso. En
el momento de liquidar los sueldos Amundsen consignó la captura de 1.200 focas, dos morsas,
dos osos polares y un narval, por un valor total de 4.800 coronas, además de un barril de grasa,
21,50 coronas. Para aquellos tiempos y en esa estación en concreto era un resultado notable.
Acorde con la costumbre ancestral, los trece hombres de la expedición se repartieron la suma a
partes iguales; en tanto que capitán, el único privilegio de Amundsen fue una parte adicional
«por la embarcación». Había cubierto los costes de su viaje de instrucción pero poco más. No
había podido llevar a cabo todas las observaciones que le había prometido a Nansen. Le
telegrafió prometiéndole que las concluiría al año siguiente. Nansen consideró que ello retrasaría
de un modo injustificable la empresa más importante, y disuadió a Amundsen de acabarlas. Este
aceptó a regañadientes, porque le molestaba en lo más hondo dejar a medias lo que había
comenzado.
Entre tanto, el Gjoa había mostrado deficiencias preocupantes. Como sólo disponía de la vela
para desplazarse, tuvo dificultades en el hielo. Al poco de regresar del Ártico, Amundsen
encargó una reparación completa y una nueva cubierta a prueba de hielo para el casco. También
hizo instalar un motor de queroseno de «bombilla caliente», lo que convirtió al Gjoa en uno de
los primeros barcos impulsados por motor. El patronazgo de Nansen, divulgado con discreción,
contribuyó a asegurarle el respeto necesario.
No hubo tal patronazgo en el aspecto económico. Amundsen necesitaba al menos otras setenta
mil coronas para poder hacerse a la mar. Sus medios no daban para tanto. A quienes le
preguntaban cómo las iba a conseguir—y Nansen se contó entre ellos—les respondía siempre lo
mismo: «Tendré que confiar en mi crédito y la buena fortuna».
Fue por entonces cuando trabó un oportuno conocimiento con Fritz Zapffe, farmacéutico y
corresponsal en Troms0 a tiempo parcial del Morgenbladet, un diario de Cristianía. Zapffe nos
ha legado una descripción del Amundsen de aquellos tiempos:
 
Durante unas cuantas semanas he visto a diario a un joven forastero que pasaba ante la
farmacia donde trabajo. No pude por menos de fijarme en su curioso modo de andar. Al avanzar
la pierna, doblaba levemente las rodillas, como cuando se está esquiando [...]
 
Zapffe, que se olía una noticia, se puso a investigar. Sus contactos le suministraron escasa
información. Nadie parecía saber a qué fin se destinaba el Gjoa. Amundsen «no respondía
cuando se le preguntaba». Así que Zapffe lo abordó en su alojamiento. Al principio topó con un
muro de evasivas. Cuando finalmente hubo una respuesta, resultó un tanto ingenua:
 
—No quiero decir nada antes de haber logrado algo—dijo Amundsen—. Deseo partir con la
mayor discreción posible. Quiero haber conseguido algo antes de permitir que aparezcan
informaciones en la prensa.
 
Zapffe le sonsacó una confesión de sus apuros económicos y sugirió con astucia que la
publicidad podía persuadir a filántropos sensatos para que lo apoyaran. Es indudable que
Amundsen no se lo había planteado en ningún momento, y Zapffe sacó provecho de su ventaja.
Corrían malos tiempos en Noruega, el dinero escaseaba; Amundsen se avino a hablar. Fue
noticia de portada. Ayudó a Gustav, que había empezado a pedir dinero para su hermano, a
obtener quince mil coronas de dos armadores adinerados. Amundsen había descubierto que la
publicidad le podía ser muy útil; no necesitó que se lo enseñaran dos veces.
Con Zapffe surgió una intimidad que iba más allá de la simbiosis entre el periodista y el
suministrador de noticias; se convirtió en uno de los pocos amigos que Amundsen había de
conservar. Era bastante más que un farmacéutico o un periodista: esquiaba y escalaba; contaba
con los contactos en la zona que Amundsen necesitaba; compartía con él la pasión por el
equipamiento. Amundsen se instaló en Troms0 con miras a preparar la expedición y Zapffe le
ayudó con entusiasmo. Fue él quien, gracias a sus amistades entre los lapones del interior,
consiguió buenas pieles de reno y que le cosieran los sacos de dormir, las ropas y los finnesko
(unas botas de piel de reno blandas) con una destreza por lo general negada a las expediciones
que dependían de agentes ordinarios.
Antes de la aparición de los materiales sintéticos y de los equipamientos fabricados en serie, los
viajeros del Polo debían confiar en las sustancias naturales y (si eran inteligentes) la tradición
nativa. Zapffe es un buen ejemplo del noruego que aprendió de los lapones.
El norte de Noruega es un territorio subártico que comparten noruegos y lapones, los habitantes
aborígenes de la península Escandinava. Los lapones, que dependen en gran medida del reno, un
animal muy adaptado al Ártico, están también muy hechos al clima frío. Esquían desde tiempos
prehistóricos, y los noruegos del norte aprendieron de ellos a manejarse en el medio ártico. Esta
relación provechosa con una cultura primitiva predispuso a los noruegos a aprender de pueblos
nativos, al menos en lo concerniente a las exploraciones del Polo. Nansen, por ejemplo, se llevó
a dos lapones en la primera travesía de Groenlandia para aprovechar en lo posible sus destrezas.
Amundsen seguía una tradición antigua.
Uno de los materiales de los lapones que adquirió Zapffen fue la sennegrass, un tipo de hierba
del norte de Noruega que absorbe la humedad y resulta un buen aislante. La utilizaron como
forro del finnesko para mantener los pies en estado seco y cálido. Podía utilizarse de nuevo tras
dejarla secar, pero al cabo era preciso reemplazarla. La necesitaban en gran cantidad y había que
tener paciencia y contactos para obtenerla de la mejor calidad. Los lapones la cosechaban en los
montes remotos y se reservaban la mejor.
Afínales de mayo de 1902, Amundsen había concluido las operaciones en Troms0 y descendió
con el Gj0a hacia Cristianía. En la capital se dedicó a buscar pemmican, el alimento que durante
mucho tiempo se había consumido en los viajes en trineo por el Polo. Lo habían ideado los
indios cree de América del Norte, y consiste en carne magra seca picada y mezclada con grasa
derretida. Hasta la llegada de la comida en polvo fue el alimento más concentrado. Como era su
norma, Amundsen desconfiaba de los productos comerciales. Puso a Pdstvedt a trabajar en una
tahona abandonada, donde preparó el pemmican que le pedía. El profesor Sophus Torup, amigo
de Nansen y catedrático de Fisiología en la Universidad de Cristianía, supervisó los preparativos.
Entre tanto, Amundsen se las arreglaba para llevar a cabo observaciones sobre el magnetismo.
En el verano de 1902 acompañó a Axel Steen al norte de Noruega en un viaje desuñado a su
estudio; más avanzado el año volvió a la Deutsche Seewarte y después pasó al observatorio
magnético de Postdam para estudiar con los científicos que estaban diseñándole los
instrumentos. En octubre recibió el certificado de oficial que le daba derecho a ponerse al mando
de una embarcación extranjera con bandera noruega. Hasta entonces sólo podía tener a su mando
un barco en aguas nacionales a partir de este momento podría viajar al extranjero con el Gjoa.
Al poco de atracar el Gj0a en Cristianía, Otto Sverdrup volvió a Noruega a bordo del Fram, tras
cuatro años en el Artico canadiense. Sverdrup, que había acompañado a Nansen tanto en la
primera travesía de Groenlandia como en la deriva del Fram, en este viaje había estado al mando
del barco. Poco después de desembarcar en Noruega se le volvió a conceder el mando del Fram,
así como el de otra expedición en cuyo curso descubriría y cartografiaría unos trescientos mil
kilómetros cuadrados de tierra hasta entonces desconocida, lo que se aproximaba a la extensión
total de todas las expediciones de los sesenta años anteriores, y a un coste muy inferior.
El gran logro de Sverdrup había consistido en mejorar la técnica de los viajes por el Polo. Había
desarrollado los métodos introducidos por Nansen: encontró la manera de que hombres sobre
esquís fueran capaces de conducir a los perros y determinó el modo como ambos podían
colaborar.
Sverdrup y sus hombres no protagonizaron aventuras, ni perseguían actos heroicos. Recorrieron
con suficiencia, aunque no sin esfuerzo, el mismo terreno en que otros antes que ellos habían
topado con el horror y el desastre. Era una enseñanza que había que tener en cuenta para quien
estuviera dispuesto a aprender. Y Amundsen lo estaba. Sverdrup dejó muchos puntos zanjados:
demostró que los esquís podían utilizarse sobre la mayoría de las diversas nieves y en la
banquisa; sobre todo, comprobó que los esquís permitían mantener el mismo ritmo que los perros
y que así, liberando los trineos de ocupantes, se podía transportar una mayor cantidad de
cargamento útil; que los europeos podían aprender a conducir perros tan bien como los
esquimales. Toda la experiencia reunida en el primer viaje del Fram demostraba que los perros
de los esquimales de Groenlandia eran mejores que los de la raza siberiana. También tenía algo
que enseñar acerca de la psicología de los perros. La relación entre el perro y el conductor había
de establecerse en pie de igualdad: un perro no era un caballo ni una bestia de carga, sino un
colaborador. Y el perro esquimal resultaba un alivio en las extensiones polares: amistoso,
divertido, conmovedor, exasperante pero siempre ameno.
—Ah, los perros—dijo Sverdrup—. Son ellos los que le confieren carácter a un viaje por el Polo.
Sin ellos, viajar sería muy aburrido.
Para Amundsen fue una suerte que Sverdrup regresara en aquel momento, porque éste le pudo
contar todo lo que sabía en materia de perros. Amundsen comprendió que le proporcionaban el
mejor modo de alcanzar el Polo Magnético, pero carecía de experiencia en este tipo de
desplazamiento. En Noruega no podía practicarlo y en el Bélgica no había perros. En lo tocante a
la conducción de perros, Amundsen partía del nivel de principiante.
Sverdrup le procuró al menos por vía indirecta toda la experiencia que fue capaz de transmitirle.
Y aun más: le proporcionó su grupo de perros y le aseguró la presencia en el Gj0a de Adolf
Henrik Lindstrom, cocinero y encargado del mantenimiento general del Fram.
Pero Amundsen también sufrió los efectos negativos de la actividad de Sverdrup. Tras dos viajes
del Fram en nueve años, los noruegos consideraban que el orgullo nacional estaba satisfecho y
que era innecesaria otra expedición al Polo. Además, corrían malos tiempos. Resultó literalmente
imposible reunir más dinero. Con todo, Amundsen prosiguió los preparativos con absoluta
serenidad, convencido de que acabaría por salirse con la suya y zarparía a mediados de 1903. A
finales de 1902 decidió viajar a Inglaterra para hablar con personas familiarizadas con la región
que se aprestaba a visitar. Nansen le facilitó la provechosa amistad de sir Clements Markham,
presidente de la Royal Geographical Society. Sir Clements se hallaba en Noruega para seguir su
tratamiento anual en Larvik, un balneario de la costa sur adonde acudía desde 1894 para curarse
la gota. Amundsen le expuso sus planes y lo embarcó en el Gj0a en un paseo de una tarde por el
Fiordo de Cristianía. «Le animé tanto como estuvo en mi mano», declaró sir Clements. «Nansen
tiene un muy buen concepto del joven Amundsen».
Sir Clements le escribió lo siguiente a Scott Keltie, secretario de la R.G.S.: «Lo menos que puede
decirse es que en la organización no faltan coraje ni iniciativa. Ojalá los ingleses actuaran de la
misma manera».
En noviembre Amundsen viajó a Londres provisto de cartas de presentación de sir Clements; por
el camino se detuvo en Dundee para acordar con unos cuantos capitanes de balleneros el envío
de provisiones a Dalrymple Rock, al noroeste de Groenlandia. El Gjoa era demasiado pequeño
como para transportar con garantías todo el cargamento por las encrespadas aguas de la bahía de
Melville.
Hay quien dice que lo primero que le preguntaron los capitanes fue si se trataba del hombre que
iba a cruzar el Paso del Noroeste. «No», dicen que respondió. «Soy yo quien va a intentarlo a
partir de la experiencia de otros». Si la anécdota no es cierta debería serlo, porque ilumina una
faceta del carácter de Amundsen. Sin embargo, en Londres cometió el error garrafal de visitar a
sir Clements Markham pero no a Scott Keltie, esto es, de ganarse las simpatías del presidente,
pero ignorando al secretario de la Royal Geographical Society. Nansen se sintió obligado a pedir
disculpas en nombre de Amundsen:
 
Se ha debido simplemente a que es un joven demasiado modesto, a pesar de su aspecto y
confianza en los momentos oportunos.
 
El desplazamiento de Amundsen a Londres se debía en parte a su deseo de visitar a dos
veteranos del Artico. Uno era el almirante sir Leopold McClintock, el hombre que había dado
con Franklin casi medio siglo antes. Al comparecer Amundsen en su alojamiento a media
mañana, sir Leopold estaba todavía en la cama. «Pero puede perdonársele—le escribió
Amundsen a Gustav—porque tiene 85 años y está sordo». Como mínimo, Amundsen había
presentado sus respetos. McClintock era uno de los pioneros del Artico. Nansen reconoció sin
ambages que estaba en deuda con él.
A continuación, Amundsen almorzó con sir Alien Young. Sir Alien, un viejo capitán mercante,
había conducido su velero Pandora mucho más al sur del estrecho de Franklin, entre Tierra del
Príncipe de Gales y Boothia Félix, el acceso más viable al Paso del Noroeste. Era, según la
descripción de Amundsen a Gustav, «también muy anciano, pero sin embargo estaba en posesión
de todas sus facultades. Me dio muchas explicaciones útiles».
Amundsen pasó de sir Alien al Almirantazgo, al que, tras mostrar una nota de presentación de sir
Clements, pidió cartas de navegación.
 
Me recibieron [escribió] con la mayor cordialidad, y me enviarán todas las cartas de
navegación [...] que quiero, como regalo, junto con el The Arctic Pilot, que será editado sin
demora para que me pueda llegar a tiempo.
 
Acto seguido se dirigió a toda prisa hacia Postdam para continuar con el aprendizaje del
magnetismo terrestre. A su regreso a Cristianía, a finales de diciembre, encontró dificultades
financieras. Había ido acumulando deudas en su creencia vaga e ingenua de que obtendría un
crédito ilimitado sólo porque sus planes eran ambiciosos y sus intenciones honorables. Pero el
tufillo de la insolvencia había penetrado en las narices de sus acreedores, que querían dinero en
efectivo y en seguida. Nansen acudió a rescatarlo; era tal vez el único hombre en toda Noruega
que podía conseguirlo. Pidió ayuda a Oscar II, el rey de Suecia y Noruega residente en
Estocolmo. Amundsen, escribió Nansen,
 
inspira confianza [...] está especialmente dotado tanto en la función de organizador como en la
de jefe de una expedición al Ártico. Se ha preparado [...] con una atención, escrupulosidad y
dominio de sí mismo que nunca he visto en mayor grado [...] Si Su Majestad tuviera a bien
contribuir en la empresa con un donativo, creo que ayudaría a Amundsen por partida doble,
puesto que además del apoyo en sí [...] el ejemplo de Su Majestad [...] sería una ayuda por
cuanto haría relativamente fácil recaudar dinero entre nuestros hombres acaudalados.
 
La magnanimidad (o perspicacia política) del rey Oscar queda patente en su inmediato donativo
de diez mil coronas. Al fin y al cabo, él era un rey sueco, la campaña en favor de la
independencia noruega se acercaba al punto culminante y Nansen se encontraba entre sus líderes.
Fue esta campaña lo que motivó en parte el tenaz apoyo de Nansen a Amundsen. Con sus
hazañas en el Artico, Nansen había adquirido una fama que iba mucho más allá de los confines
de Noruega y del ámbito de las exploraciones del Polo. Era el único noruego vivo de fama
internacional; estaba muy por encima de sus colegas escandinavos y se convirtió en el portavoz
de la causa noruega en el extranjero: era un arma contra la que los suecos se sabían sin
protección. Puso toda su fama en el empeño de granjearle simpatías internacionales a Noruega, y
fue de los primeros en utilizar con fines políticos lo que en términos generales se suele llamar
«cultura». Previo que si Amundsen obtenía el honor de abrir el Paso del Noroeste, haría
aumentar el prestigio nacional, lo que, en tiempos de crisis, supondría un as en la manga. Se
trataba no sólo del respeto que le reportaría en el extranjero, sino también de la confianza que
crearía en el país, y la confianza no propiciaba las aventuras alocadas. A Nansen le desagradaban
este tipo de imprudencias, sobre todo en la política. Quería la independencia, pero evitando la
guerra a la que parecían precipitarse los suecos militantes y los noruegos radicales.
Junto con el estruendo político, lo que eran estrictamente los preparativos de la expedición
resultaron pacíficos y sencillos. Se diseñaba y entregaba el equipamiento, estuviera pagado o no,
se alistaba a la tripulación.
Al margen de las complicaciones económicas, Amundsen había asegurado, con el aval de su
hermano León, que estaba en posición de pagar los sueldos de sus hombres a lo largo de los
cuatro años que se preveían para la expedición. Quería a los mejores y pagaba bien.
Partía de un buen núcleo: Pdstvedt como primer ingeniero y Lindstr0m como cocinero. Zapffe le
facilitó dos experimentados navegantes del Artico provenientes del norte de Noruega: Antón
Lund, que había estado en el casquete polar en calidad de capitán de foquero y de arponero, y
Helmer Hanssen, que durante casi dos décadas sería su fiel compañero.
Helmer Hanssen había nacido en las islas Vesterálen, en el extremo del Artico. Pertenecía a un
pueblo de campesinos y pescadores que en verano se ocupaban de pequeñas granjas en las islas y
en invierno salían a pescar bacalao en botes. La suya era una vida dura; su folclore rebosa
tormentas violentas, malignos espíritus del mar y sagas trágicas. Desde los doce años, Helmer
Hanssen acompañó a su familia en una pequeña embarcación de casco de tingladillo, muy
parecida a las embarcaciones vikingas, y se familiarizó con el oleaje ártico. De mayor salía a
cazar focas y ballenas, que era para lo que los isleños salían de su tierra. Obtuvo el certificado de
oficial y viajó a Nueva Zembla en una expedición privada al mando de Henry Pearson, un inglés
adinerado. Después sentó la cabeza,'se casó y se estableció en Tromso.
Conoció a Amundsen en Sandefjotd, en 1897, cuando su barco levó anclas inmediatamente antes
que el Bélgica. En palabras de Hanssen, a pesar de una gran señal de «Prohibida la entrada»,
 
me bastó con ver ese barco que estaba a punto de emprender una aventura en la Antártida; era
casi el fin del mundo. [Me ordenaron comparecer ante el oficial y] encontré a un joven alto y
majestuoso.
—¿Es usted el oficial?—le pregunté.
—Sí—respondió—, eso me han dicho. —[Y] me lo enseñó todo. Desde el primer momento tuve
mucho tiempo para este hombre alto y apuesto de rostro amable [...] y así me separé de Roald
Amundsen en aquella ocasión. Él marchó al sur y yo al norte.
 
Hanssen iba a bordo de una línea de vapores del norte de Noruega que recorrían la costa cuando
Zapffe le habló de la vacante del Gjoa. A pesar de este trabajo, solicitó el puesto de inmediato y
dejó a su mujer y a un niño pequeño por quién sabía cuántos años de viaje por el Ártico.
Amundsen sólo tuvo dificultades en encontrar un segundo comandante. Buscaba un oficial de la
Marina, sobre todo porque poseería una formación teórica, y por tanto conocimientos suficientes
para ser un buen jefe científico. Pero no se presentó ninguno noruego y el único candidato fue un
teniente de la Marina danesa, Godfred Hansen. Danés y hermano escandinavo, hablante de la
misma lengua (aproximadamente), Hansen era lo mejor que podía encontrarse tras un noruego.
Había navegado por aguas de Islandia y poseía un sentido del humor inequívocamente de
Copenhague. Amundsen decidió alistarle.
Con toda prudencia, Hansen le pidió a Nansen que avalara su petición de excedencia de la
Marina. «Es un plan muy bien estudiado», escribió Nansen. «La expedición está más
espléndidamente abastecida que ninguna otra».
Hansen obtuvo una licencia de cuatro años y se convirtió, como estaba acordado, en el segundo
de Amundsen. El grupo se completó con un segundo ingeniero, GustavJuel Wiik, un artillero de
la Marina noruega. Eran sólo estos seis hombres. Según todos los baremos, se trataba de una
expedición reducida.
En febrero, Amundsen aún pudo hacer una última visita a Potsdam y acabarse de convencer de
que comprendía los instrumentos que debían determinar la posición del Polo Magnético. Un
obstáculo pertinaz parecía separarle de las últimas veinte mil coronas, pero estaba seguro de que
gracias a los auspicios de Nansen y el rey sus acreedores le fiarían hasta que la expedición
concluyera. Los artículos para los periódicos le iban a reportar dinero, y Nansen ya había
iniciado negociaciones en su nombre para distribuirlos a la prensa internacional. El Paso del
Noroeste bien merecía uno o dos titulares, que con el tiempo cubrirían los gastos. Suponía que,
mientras tanto, podría concentrarse en los puntos esenciales y completar los preparativos con la
minuciosidad que imponía su espíritu perfeccionista.
Estas ilusiones ingenuas se disiparon rápidamente a su regreso a Cristianía. Los acreedores
habían subido el tono si cabe y le hostigaban para que saldara las cuentas antes de largar las
velas. Los más pertinaces lo amenazaban con incautarse del Gjoa a menos que pagara.
Amundsen pasó tres meses tratando de reunir el dinero. Pero ni siquiera la ayuda de Nansen
evitó que todo estuviera en el aire hasta última hora. Fue en este momento de desesperación
cuando apareció la familia de Amundsen. Un primo segundo, Olav Ditlev-Simonsen, un
próspero armador y más adelante uno de los principales de Noruega, sintió los vínculos del
parentesco y le prestó los últimos miles de coronas.
El 16 de junio todo quedó solventado y Amundsen podía hacerse finalmente a la mar. En un acto
deliberadamente simbólico, soltó amarras a medianoche. La ciudad estaba cubierta de una
penumbra nubosa, llovía a cántaros. Nadie acudió a despedirlo en el embarcadero oscuro y
destartalado. En silencio, casi furtivo, el Gjoa descendió por el fiordo hacia mar abierto.
Así empezó el primer viaje al mando de Amundsen. Su madera de capitán queda de manifiesto
en el hecho de que, en medio de las penalidades, con el único argumento de sus cualidades
personales, consiguió que sus hombres se identificaran instintivamente con él; incluso Godfred
Hansen, a quien no le pasaron por alto las dificultades financieras. Ninguno de los ocho se sintió
tranquilo hasta que abandonaron las aguas territoriales. Al desaparecer de la vista la costa
noruega, Amundsen apareció con una botella de ron y sirvió una ronda general.
—Bueno, muchachos, nos hemos librado de los acreedores—les dijo—. Ahora lo único que
cuenta es que todos nosotros cumplamos con nuestro deber. Es fácil. Skál y buen viaje.
 

 
A un hombre se le conoce (entre otras cosas) por aquellos a quienes admira. De todos los
exploradores del Paso del Noroeste, Amundsen había adoptado como modelo a uno de los más
olvidados: Richard Collinson.
Collinson era un capitán de la Armada británica que comandó una de las muchas expediciones
que salieron en busca de Franklin. Estuvo en el Artico entre 1850 y 1854, a bordo del B.S.M.
Enterprise. No dio con ningún rastro de Franklin, pero descubrió centenares de kilómetros de
costa y regresó con todos sus hombres vivos. El capitán Robert Le Mesurier McClure, que zarpó
con el también británico Investígator a las órdenes de Collinson, perdió el barco, aparte de su
tripulación, y tuvo que ser salvado por una costosa expedición de rescate. Cometió errores
garrafales, pero vivió todas las aventuras extravagantes que quepa imaginar. Fue el primero que
completó el Paso del Noroeste, si bien es cierto que como marinero náufrago, marchando
penosamente por el hielo en su intento de salvarse. Se llevó toda la gloria. A Collinson, que no
había vivido verdaderas aventuras, se le negaron los honores que merecía.
Había que ser Amundsen para comprender a Collinson. El diario de éste, publicado
postumamente, era una de las obras favoritas de Amundsen. En la cubierta figuraba un pareado,
extraído del Catón de Addison, que Roald tomó como lema:
 
No depende de los mortales alcanzar el éxito, pero haremos más, Sempronio, lo mereceremos.
 
8

APRENDIZAJE EN EL ÁRTICO
 
Amundsen dejó constancia del agradable descubrimiento de que podía «dirigir un barco feliz»,
como dicen los marineros. Es un don indefinible, una extensión de la personalidad. No se puede
adquirir, ni se asocia automáticamente al mando. Amundsen tuvo la suerte de poseerlo. Según
sus propias y reveladoras palabra:
 
Hemos creado una pequeña república a bordo del Gjoa [...] Mi experiencia me llevó a decidir
que en la medida de lo posible aplicaríamos a bordo un sistema de libertad: permitir que todo el
mundo tenga la impresión de ser independiente en su propia esfera. De esta manera surge—
entre las personas sensatas—una disciplina espontánea y voluntaria, mucho más deseable que
la coacción. Mantiene en cada hombre la conciencia de constituir un ser humano; se le trata
como a un ser racional, no como a una máquina [...] La predisposición al trabajo es mucho
mayor, y por tanto también lo es el propio trabajo. Trabajamos todos en pos de un objetivo
común y compartimos con gusto todo el trabajo.
 
El respeto no lo confería el rango sino el hombre; se aceptaba la idea de la personalidad superior.
Un práctico de puerto dijo que el barco de Amundsen era el más sorprendente que había visto.
«No se daban órdenes, sino que todo el mundo parecía conocer exactamente su tarea». Helmer
Hanssen escribió que «no encontré un capitán estricto, ni un jefe, sino que fue como si me
hubiera recibido algo así como un padre».
No todos los que conocieron a Amundsen eran de la misma opinión, pero él trató de seleccionar
a los que la compartían. Por otra parte, no permitía que el sentimiento empañara el juicio. Se dice
que ordenó a un aspirante a la expedición del Gjoa que estibara pescado seco (destinado a
comida de perro) en la bodega de popa.
—Es imposible—le respondió—. No hay espacio.
—Tampoco hay espacio para ti a bordo de este barco— dijo Amundsen mordiéndose el labio—.
Coge los bártulos y largo.
Amundsen no quería haraganes: exigía una iniciativa extraordinaria. Una de las más importantes
enseñanzas que extrajo del viaje en el Bélgica fue que en situaciones tensas la pasividad se
tornaba apatía. Ideó pequeñas pruebas, como estibar el pescado seco, para eliminar a los peleles
antes de que fuera demasiado tarde.
Aunque se trataba (en parte) de un viaje científico, había una deliberada falta de científicos.
Amundsen recelaba de la presencia de estudiosos en una expedición. Creía que, de modo
consciente o no, exhibían sus conocimientos superiores y con ello minaban la autoridad del
capitán. Estaba convencido de poder prescindir de ellos. Las observaciones necesarias eran
repetitivas y rutinarias. Se podía instruir a cualquier lego para que las llevara a cabo. Wiik, el
segundo ingeniero, partió hacia Potsdam a estudiar el magnetismo; Ristvedt siguió un curso
básico de meteorología. De este modo evitó Amundsen la tensión entre camarillas hostiles que se
hubiera seguido de tener a bordo científicos como a una clase separada. Por lo menos, así fue
cómo racionalizó sus impresiones del Bélgica. Este le había reportado una experiencia de enorme
utilidad.
Tampoco había—también deliberadamente—ningún médico. Amundsen tenía una extraña
renuencia a llevarse a uno en una expedición. Tal vez se debiera al pesar inconsciente de no
haber acabado la carrera. Según su versión, creía que un médico crearía, debido a su posición
sacerdotal, una división en el mando. Le habría gustado acompañarse de un farmacéutico de
haber encontrado uno. Se lo pidió a Zapffe, pero éste tenía compromisos familiares. Amundsen
se las apañó con el sentido común, enciclopedias de medicina, cursos de primeros auxilios y la
mística de haber estudiado Medicina.
Esta era, pues, la minúscula tripulación que seguía la estela de Franklin y su trágico séquito.
El 25 de julio, el Gj0a entró en Godhavn, en el noroeste de Groenlandia. Allí embarcó diez
perros esquimales más con sus correspondientes arreos, así como trineos y kayaks, encargados a
través de las autoridades danesas de Copenhague; Amundsen tuvo tiempo de hacer sus primeros
intentos en la conducción de perros encima de un trineo y en suelo sin nieve y rocoso. A
continuación, el Gj0a navegó durante doce días por la bahía de Melville, entre témpanos y la
cortante niebla helada del Artico. En el decimotercer día, anotó Amundsen en su diario, el barco
 
emergió del banco de niebla. Detrás de nosotros estaba oscuro y negro, pero delante apareció
una imagen magnífica. El cabo York, con las montañas York alrededor, justo delante [...] Como
por orden expresa de Dios [...] el hielo se abrió, y avanzamos rápidamente y sin trabas hacia la
tierra [...] Habíamos superado la bahía de Melville —ese golfo tan temido—sin el menor
obstáculo. Mi agradecimiento más profundo a ti, oh Dios, que nos has guiado en nuestro
avance.
 
Habían superado lo que para Amundsen era lo peor del Paso del Noroeste, al menos para un
barco tan pequeño. El Gjoa puso ahora rumbo a Dalrymple Rock para embarcar las provisiones
que habían enviado Milne y Adams, unos capitanes escoceses de balleneros. Al aproximarse a la
tierra, el silencio quedó rasgado por una descarga cerrada de fusilería. De detrás de un iceberg
surgió una flotilla de kayaks esquimales; uno enarbolaba la bandera danesa, otro la noruega: era
nada más y nada menos que una comisión de bienvenida. Dos de los remeros de los kayaks
resultaron ser daneses: Knud Rasmussen y Mylius-Erichsen. Pertenecían a la expedición literaria
danesa a la Antártida, que registraba la cultura de los esquimales del Polo antes de que la
absorbiera la avanzada marea de la civilización. Que se encontraran no es tanta casualidad como
pueda parecer: Dalrymple Rock es una encrucijada ártica; punto de partida natural para la
travesía del norte de la bahía de Baffin, también se halla integrado en las rutas migratorias de los
esquimales a lo largo de la costa de Groenlandia.
Los dos daneses guardaron un vivo recuerdo de este encuentro con Amundsen. Habían perdido
los libros y se enfrentaban a un invierno sin nada que leer. Amundsen les entregó unas obras de
Goethe que llevaba a bordo. La alegría que les causó este regalo inesperado en plena oscuridad
polar se convertiría en un recuerdo emocionado para el resto de sus vidas.
Con la ayuda entusiasta de Rasmussen, Mylius-Erichsen y sus compañeros esquimales,
Amundsen completó rápidamente la estiba del Gjoa y embarcó las nuevas provisiones. Cuando
partía, Mylius-Erichsen le regaló cuatro de sus mejores perros.
Tras las operaciones, el Gj0a parecía un camión de mudanzas empapado. Ciento cinco cajas de
embalaje atestaban la cubierta casi hasta el palo mayor; encima de la pila había diecisiete perros
esquimales escandalosos, prestos a enzarzarse en una lucha a dentelladas y, por debajo, la borda
rayaba la línea de flotación. No era la situación idónea para enfrentarse al oleaje, las tormentas y
los icebergs serpenteantes de la bahía de Baffin. Pero este mar caprichoso en extremo concedió a
Amundsen una calma casi absoluta en su travesía. Donde tantos otros habían sufrido, él se
deslizó sin obstáculos ni problemas. El Gjoa avanzó por el estrecho de Lancaster y el 22 de
agosto desembarcó por vez primera en el Nuevo Mundo, en la bahía de Erebus de la isla de
Beechey. Este era el último punto donde, que se sepa, recaló Franklin en invierno. Para
Amundsen era tierra sagrada. Bien entrada la noche permaneció a solas en cubierta, sentado
sobre una cadena de ancla y pensando en Franklin, su desdichado precursor. Inmóvil y atisbando
en la penumbra, discernía el apenas visible perfil de las cruces funerarias, como espíritus de la
expedición condenada. En un típico homenaje, escribió:
 
Franklin y todos sus hombres entregaron sus vidas al empeño por abrir el Paso del Noroeste.
Erijámosles un monumento más duradero que cualquier figura de piedra: el reconocimiento de
que fueron ellos quienes descubrieron el Paso del Noroeste.
 
Tras tantos años, con el camino abierto y establecido, Amundsen y la isla de Beechey se
separaron. A aquellas alturas se habían descubierto varios pasajes noroeste, pero no se había
demostrado que alguno fuera totalmente navegable. El Gjoa podía virar al este a través del
estrecho de Barrow o al sudoeste por el de Peel o el de Franklin. Amundsen no contaba con una
guía racional en su conocimiento o su experiencia, pero la intuición le dictó el sudoeste. Fue
entonces cuando este hombre de acción, por lo común inmune a la duda o a la indecisión,
renunció conscientemente al ejercicio del libre albedrío. Acató los presagios y dejó que decidiera
la aguja magnética.
En las regiones que rodean al Polo Magnético, la fuerza del campo magnético de la Tierra es tan
débil que una brújula ordinaria carece de utilidad. Se necesita un instrumento especial llamado
aguja de declinación. El 23 de agosto Amundsen y su ayudante Wiik instalaron con toda
ceremonia una en la costa, a la sombra de Franklin. Soltaron la aguja. Todos los miembros de la
reducida expedición se agacharon para observar las lánguidas oscilaciones que habían de decidir
su suerte. El instrumento emitió finalmente su dictamen: sudoeste. A Amundsen no dejó de
causarle honda satisfacción ver que la aguja impersonal señalaba el camino que le había indicado
su instinto. Necesitaba una señal, y ya podía seguir navegando con plena confianza.
Al poco de abandonar la isla de Beechey, el Gjoa pasó por las islas De La Roquette, el punto más
lejano que había alcanzado un barco por mar. Amundsen observó, sin acabar de dar crédito a sus
ojos, que donde todos los demás habían quedado inmovilizados el hielo le abría obedientemente
el paso a las aguas vírgenes.
Sin embargo, durante los diez días siguientes sufrió una serie de infortunios casi calamitosos. En
lugar de hielo topó con niebla y tormentas. En medio de un violento vendaval se prendió fuego
en una sala de máquinas, pero pudo sofocarse antes de que produjera daños mayores. El Gjoa
encalló dos veces en cuatro días. En la segunda ocasión estuvieron al borde del desastre: tras
pasar el barco dos días y una noche encallado en un arrecife, en un mar encrespado y azotado por
el viento, Amundsen se disponía a abandonarlo. Pero alentado por Antón Lund, el primer oficial,
hizo un último intento de salvarlo. Ordenó echar por la borda el cargamento de cubierta.
Aligerado y favorecido por un viento que en el momento oportuno comenzó a soplar de popa,
pudieron desencallar el Gj0a. Se salvaron por los pelos: en las olas aparecían esquirlas de la falsa
quilla; de haber cambiado el viento o haber tenido el Gjoa medio metro más de calado, la
tripulación no habría vivido para contarlo.
Amundsen expresó su gratitud por la liberación analizando de inmediato las lecciones para el
futuro. El arrecife era grande y bastante visible desde una altura moderada. Si hubiera habido
alguien en el nido del cuervo, el Gjoa no habría encallado en él. Pero sólo relacionaban el nido
de cuervo con el hielo y en mar abierto lo habían dejado desguarnecido. De entonces en adelante,
anotó Amundsen con resolución, el Gjoa no avanzaría ni una milla por aguas desconocidas sin
un hombre en el nido de cuervo y otro en la meseta de sonda de escandallo.
Avanzaban por aguas tranquilas. El 9 de septiembre, en la entrada del estrecho de Simpson, en la
costa sur de Tierra del Rey Guillermo, avistaron una cala interior. Era una entrada angosta y
curva, como para mantener a raya las grandes masas de hielo. Un círculo de colinas formaba una
protección contra los predominantes vientos del norte. En la zona había gran cantidad de agua
fresca, y el Gjoa pudo anclar cómodamente a un metro o dos de la costa. «Si uno se imaginara en
el hogar un puerto de invierno—señaló Amundsen—no podría concebir uno mejor».
Al frente continuaba el estrecho de Simpson, libre de hielo, y bajo el casco el rumor rítmico de
un oleaje invisible indicaba mares abiertos al oeste. Pero no era la dirección del Polo Magnético,
que estaba en algún punto de la península de Boothia Félix. Obligados a optar entre aguas
abiertas y un puerto tan oportuno, se inclinaron por el puerto. Amundsen llevó el Gjoa a puerto,
al que bautizó como Gjoahavn, 'Puerto del Gjoa'. El primero de octubre se empezó a formar hielo
y el día 3 el Gj0a estaba congelado. No volvería a hacerse a la mar en casi dos años.
Vieron el primer caribú (reno salvaje del Canadá) y Amundsen hizo desembarcar todo lo
necesario para la caza. Después de la terrible experiencia del Bélgica se tomaba muy en serio el
peligro del escorbuto. Además, las lecturas le habían puesto en aviso de que era el mayor peligro
en el Artico; que causaba más muertes que las ventiscas, el hambre o el frío.
Poco se había avanzado en la investigación de las causas del escorbuto desde el viaje del
Bélgica. Una teoría médica, obediente a la moda de interpretar todas las enfermedades en
términos de infecciones bacterianas, sostenía que para evitarlo bastaba con comer alimentos en
lata «no contaminados». Otra teoría, que empezaba a circular al partir el Gjoa, lo consideraba
una intoxicación ácida de la sangre, pero no especificaba cómo se plasmaba en la práctica.
Amundsen no hacía demasiado caso de las teorías médicas. Se regía por su propia experiencia en
el Bélgica, las observaciones libres de prejuicios del doctor Frederick Cook acerca de la dieta
esquimal y las tradiciones populares de los pescadores de focas noruegos, todas las cuales le
indicaban que el mejor preventivo era la carne fresca. También se llevó el camamoro ártico
(rubus chameomorus L.), que los vikingos ya conocían como un eficaz remedio contra el
escorbuto.
Gjoahavn estaba en las rutas migratorias del caribú. Manadas innumerables atravesaban el
paisaje, pero la caza no resultaba fácil porque se trata de un animal tímido, y la lúgubre tundra de
Tierra del Rey Guillermo no ofrece protección. Pero los hombres de Amundsen, que eran
cazadores apasionados, se lo pasaron en grande. Amundsen se contentó con transportar hasta el
barco los cuerpos muertos. Su miopía (que se negaba a resolver con unas gafas) le convertía en
un mal tirador. No le gustaba la caza: «No concibo», dijo en una ocasión, «que se dispare a un
animal por placer». Y en todo caso, como habían caído las primeras nieves, quería empezar a
conducir perros. Se deslizaba en trineo de una parte a otra, padeciendo las vejaciones que al
principio le infligen a cualquier principiante los rebeldes, exasperantes pero adorables perros
esquimales. Embarcaban las pilas de cuerpos de caribúes en la cubierta del Gjoa. Al cabo de unas
pocas semanas disponían de carne más que suficiente, congelada por las heladas del otoño ártico,
para pasar el invierno.
El jueves 29 de octubre, Amundsen subió a cubierta a las ocho y media de la mañana, como de
costumbre.
 
En la ladera del norte vi una manada que al principio me pareció de renos, pero que tras un
examen más minucioso resultó ser un grupo de seres humanos. Los primeros esquimales. Me
preparé a toda velocidad y ordené a Lund y Hansen que me siguieran con fusiles. Al bajar
finalmente del barco—yo delante, los otros dos a unos diez pasos, con fusiles a la espalda—, los
esquimales ya habían llegado a la banquisa y nos aproximamos rápidamente. Eran cinco
esquimales y avanzaron hacia nosotros en fila india. Se acercaban sin un atisbo de miedo, y nos
encontramos a unos cien metros del barco.
 
Las precauciones militares resultaron superfluas... ¿o en extremo efectivas?
 
Pareció un encuentro de viejos amigos. Nos dieron su saludo de amistad fregándonos el pecho y
gritando en coro: Minaktumi. Nosotros les imitamos, y la amistad quedó sellada.
 
Amundsen esperaba que se produjera un encuentro de este tipo. Los extraños hombres de piel
marrón, ojos mongólicos, pelo moreno enmarañado y apelmazado que les caía hasta los hombros
y vestidos con pieles de caribú ceñidas, erizadas y moteadas—lo que les daba un aspecto de
animales peludos—, eran netsiliks, los menos conocidos de los esquimales canadienses y los más
aislados. Algunos de sus antepasados habían visto a los exploradores del siglo anterior. Pero los
que se hallaban ante el Gjoa no habían entrado jamás en contacto con el hombre blanco. Para un
etnógrafo, aquello era el paraíso.
Con el advenimiento de los esquimales surge en los diarios de Amundsen un aliento de vida
hasta entonces muy extrañamente ausente. Sus hombres y él mismo parecen demasiado a
menudo figuras de papel; son los esquimales los que cobran vida. Casi se diría que sólo era capaz
de establecer vínculos humanos con las gentes primitivas.
Llevaba glosarios del esquimal que le permitieron comunicarse con los visitantes. Estos pasaron
la noche a bordo del Gj0a—en la bodega—y al día siguiente se fueron por donde habían llegado.
No tardaron en producirse más visitas y, a la tercera, Amundsen regresó con los esquimales hacia
su campamento.
Al cabo de seis o siete horas llegaron a un grupo de iglúes que se erigían como toperas en la
nieve, a orillas de un lago helado, en un valle entre colinas bajas. Los habitantes salieron con
gran alboroto a recibir al kabluna, el 'hombre blanco'.
 
Fue una escena extraña [escribió Amundsen], que nunca olvidaré. En el desolado paisaje de las
nieves me rodeó una multitud de salvajes que gritaban y voceaban [...] me miraban a la cara,
me pellizcaban la ropa, me golpeaban y registraban. El brillo de la luz procedente de los iglúes
se volvía un resplandor verde en el crepúsculo del oeste.
 
Amundsen había ido solo y desarmado. No le faltó coraje, por mucho que sus escandalosos
anfitriones, como es costumbre de los nómadas, se mostraran genuinamente hospitalarios.
Amundsen se había confiado a ellos sin reparos porque era la única manera de ganarse su
confianza. Pasó la noche en un iglú como huésped de las dos familias que lo habitaban. Al día
siguiente volvió al Gj0a escoltado por tres esquimales. Estos iban a buen paso sin usar raquetas;
Amundsen tuvo «enormes dificultades en mantener su ritmo, con esquís y dos bastones y buena
nieve».
Fue el primer contacto de Amundsen con la vida de los esquimales. Le bastó para confirmar—
como creía desde hacía tiempo—que vivir como ellos era el mejor medio de desenvolverse en el
Artico. Ya había experimentado la comodidad y las ventajas que ofrecía un iglú respecto a una
tienda en temperaturas bajas.
Esta visita le reportó una amistad que necesitaba. El Gj0a recibió una avalancha de visitantes.
Los movía el afán de comercio y encontraron en Amundsen un socio entusiasta. Este actuó en un
principio con fines utilitarios. Bajo la influencia de Nansen. Astrup y el doctor Frederick Cook,
se había determinado a aprender de los indígenas el modo de vivir en condiciones polares. Al
igual que sus mentores, opinaba que la civilización no tenía el monopolio de la sabiduría y que el
pueblo primitivo podía enseñar algo al hombre civilizado.
Los netsiliks seguían viviendo en la Edad de Piedra. Como armas tenían arcos y flechas; sus
utensilios de cocina estaban hechos de esteatita; sólo sabían prender un fuego frotando dos trozos
de madera. Pero tenían mucho que enseñar. Pertenecían a las tribus esquimales circunpolares, los
seres humanos mejor adaptados al medio polar. Ajena a la civilización, su sofisticada tecnología
no había sufrido transformación alguna. Y Amundsen supo apreciarlo: serían sus maestros en el
arte de vivir en el frío extremo. Tras una década de instrucción, era todavía muy consciente de
los defectos de su técnica.
Casi sin darse cuenta, empezó a tomar nota de la cultura material de los esquimales con que
había topado. Esta tarea se le daba muy bien, porque era observador y perspicaz. En lo
concerniente al pensamiento primitivo tenía el raro don de la sagacidad. Falto de la formación
profesional de un etnógrafo, participaba sin embargo de su bagaje: sus cuadernos y
recopilaciones son modelos del género. Fue el primero que dejó constancia de la cultura netsilik
y completó un muestrario de sus utensilios. Sólo al cabo de décadas se ha sabido valorar su
trabajo.
El día de Navidad, un netsilik, un hombre de unos cincuenta años llamado Teraiu, compareció en
el Gj0a y le explicó lastimeramente a la tripulación que unos compañeros de tribu desalmados lo
habían abandonado a su suerte. A menos que lo ayudaran en el intervalo que mediaba entre la
desaparición de los caribúes, en octubre, y la llegada de las primeras focas, en febrero o marzo,
él, su mujer y su hijo morirían de hambre.
Amundsen percibió una oportunidad de estudiar la lengua y la vida de los esquimales con tiempo
y comodidad. Le dijo a Teraiu que se trasladara con su familia y estableciera su vivienda de
invierno junto al Gjoa, y le suministró comida y combustible. Teraiu y su mujer Kaigolo se
hicieron cargo de muchas de las tareas de mantenimiento del Gj0a.
Pero no fue en tanto que sirviente doméstico o profesor de lengua o cobaya etnográfico como
Teraiu se mostró más útil. Resultó ser un gran maestro en la construcción de iglúes. Fue el
primer instructor de Amundsen en un arte básico para la supervivencia: la construcción con los
materiales de la zona.
Tras las fiestas de Navidad y Año Nuevo, Amundsen, el teniente Hansen, Ristvedt y Helmer
Hanssen asistieron cada mañana tras el desayuno a la clase de construcción ante el iglú de
Teraiu. Los noruegos comenzaron por observar las operaciones de Teraiu. Después de varias
demostraciones, empezaron a ayudarle, y al final construyeron por su cuenta bajo la supervisión
más o menos burlona del netsilik. No usaron más que los instrumentos esquimales: un utensilio
especial para poner a prueba la consistencia de la nieve y un cuchillo de apariencia siniestra para
cortar los bloques.
 
Por la mañana hemos construido iglúes [dice una característica entrada del diario de
Amundsen]. Los construimos en dos grupos de dos personas cada uno. En tres horas hemos
levantado dos iglúes magníficos. Nos falta práctica, pero la adquiriremos más adelante. Lo que
es la construcción no resulta difícil.
 
Tres semanas antes había empezado a vestirse de la cabeza a los pies como un esquimal.
Amundsen había hecho asiduos intercambios comerciales. Además de adquirir muestras para su
colección etnográfica, había reunido un conjunto de prendas de piel de los netsiliks para uso
particular. Consignó los resultados de su primer intento de llevarlas:
 
Tanto el anorak interior como el exterior cuelgan por fuera de los pantalones y el aire tiene el
paso franco a todo el cuerpo. Los pantalones interiores y exteriores se sujetan por la cintura
con una soga y caen encima de las kamihks (botas), de modo que el aire puede circular con
entera libertad. Me parece excelente, el único modo de llevar ropa de piel que permite evitar el
sudor. Ahora puedo moverme a mis anchas. Conservo el calor en todo momento, sin sudar.
 
Era una actitud inusitada. Pocos hombres civilizados—aun hoy en día—son capaces de
sumergirse en una cultura primitiva sin tratar de mejorarla. Amundsen había emprendido su viaje
con la perspicacia y humildad necesarias para aprender de quien tuviera algo que enseñarle. Los
esquimales podían ser sucios, tal vez se hurgaran las narices y observaran hábitos extravagantes,
pero en materia de vida en el Polo mostraban una inteligencia que a la civilización le faltaba por
completo. Comprendió que milenios de evolución y adaptación especializada les habían
enseñado a los netsiliks a sobrevivir en el frío, y estaba encantado de aprender de ellos cuanto
pudiera. Amundsen había asumido una actitud decididamente «antropológica».
Aprendió en seguida los principios de la vestimenta en clima frío. El hombre se adapta mejor a
las temperaturas extremamente frías que a las calientes, puesto que el cuerpo humano es una
caldera que sólo requiere aislamiento térmico para mantener una temperatura adecuada, y le
cuesta más refrescarse. Este aislamiento se produce mediante una mera sucesión de capas de aire
comprimido, que resulta un mal conductor del calor. A tal efecto, había que dejar un espacio
entre las prendas de vestir con vistas a formar bolsas de aire aislantes, así como facilitar la
circulación del aire a fin de impedir el sudor, enemigo peligroso porque disipa el calor y provoca
la congelación de la ropa protectora, con lo que se destruye el aislamiento.
Todos los esquimales del Polo conocían estos principios. Su prenda básica era el anorak o parka,
una gran chaqueta con capucha ingeniosamente concebida para proteger el rostro del viento y el
frío. Las pieles de los animales del Artico proporcionaban el material con que se confeccionaban.
Y resultó que la cultura de los netsiliks se adaptaba con particular perfección a los métodos de
Amundsen. Utilizaban piel de reno, que era flexible y ligera. Diseñaban sus ropas para facilitar
los desplazamientos rápidos, lo que resultaba idóneo para hombres que se movían sobre esquís.
El aislante más eficaz que ofrece la naturaleza es la piel de reno o caribú. Los pelos son huecos
en su interior, así que la piel es un panal de cámaras de aire extraordinariamente ligero. Sólo la
tecnología de los viajes espaciales ha podido superar este material, y en algunos aspectos sigue
sin tener un equivalente sintético. La ropa interior de los netsiliks era de piel de caribú trabajada
para obtener la máxima flexibilidad; encima, llevaban anoraks provistos de una larga cola para
proteger los órganos vitales del viento y mejorar el aislamiento general y la circulación del aire.
Con el uso de estas prendas, Amundsen se ponía a la vanguardia de la técnica polar; se la había
proporcionado una tribu de la Edad de Piedra.
Dedicó el invierno a la preparación del viaje al Polo Magnético Norte, y Gjoahavn se convirtió
en una escuela de la exploración al Polo. Todos, les gustara o no, llevaban prendas esquimales.
Se practicaba sistemáticamente la construcción de iglúes, así como la conducción de perros,
porque era lo que sobre todo podían enseñarles los esquimales.
En las proximidades del Ártico vive un tipo de perro grande y parecido al lobo, habituado al frío
y a las condiciones polares, tal vez el pariente vivo más próximo de los primeros perros
domesticados. El perro esquimal es la variante propia del hemisferio occidental: ocupa una
extensión de cinco mil kilómetros desde Groenlandia a Alaska, es decir, el dominio de los
esquimales. Fuerte, resistente y de complexión recia, el perro esquimal está mental y físicamente
hecho para el arrastre. Posee un pelaje espeso y tosco de diversos colores, normalmente moteado
de marrón, gris, blanco, amarillo o negro, y se divide en varias razas.
El perro es el único animal que ha seguido al hombre en la civilización, pero el perro esquimal se
distingue por haber mantenido un pie firme en la vida salvaje. Este rasgo explica la atracción que
ejerce. Perro guardián, cazador, animal de tiro, se desenvuelve en condiciones en que ninguna
otra bestia de carga podría sobrevivir. Sin él, la vida en un medio frío e inhóspito sería
infinitamente más difícil. Leal, inteligente, valiente, perseverante, tocado de algunos defectos
cuasi humanos como la propensión al robo, a las bravuconadas y a fingirse enfermo, el perro
esquimal forma parte de la leyenda y la literatura del norte. Al igual que muchos perros de trineo
polares, es un luchador compulsivo y un animal gregario, acepta la jerarquía y una rivalidad
enconada por la supremacía dentro del grupo (o del equipo de trineo). Al igual que entre los
hombres, un buen líder es impagable. Su relación con el amo no es la de una bestia servil, sino de
una dependencia contractual: lleva a cabo unas asignaciones determinadas a cambio de alimento
y protección. El secreto del manejo del perro esquimal consiste en la comprensión de las
sutilezas de este contrato.
Tal era pues el perro con que Helmer Hanssen aprendía a desplazarse en trineo. Disponía de un
equipo adiestrado y del ejemplo de los esquimales: todas las ventajas imaginables. Sin embargo,
sus progresos fueron impensables. Resultó ser un conductor de perros nato provisto de la
intuición imprescindible para la relación entre el hombre y el animal.
Wiik y Godfred Hansen se ocupaban de las observaciones magnéticas; Ritsvedt forjaba puntas de
flecha y cuchillos de hierro para comerciar con los esquimales. El aprendizaje y el entrenamiento
fueron duros para todos. Pero al cabo Amundsen se sintió preparado para emprender el viaje al
Polo, y partió el primero de marzo de 1904 junto con el teniente Godfred Hansen, Ristvedt y
Helmer Hanssen.
El Polo Magnético quedaba a sólo 144 kilómetros, pero habían iniciado el viaje demasiado
temprano, cuando la estación no había hecho más que empezar. La segunda noche que pasaban
fuera del barco el termómetro descendió hasta 61,7 °C bajo cero. A esta temperatura el mercurio
se congela (se necesita un termómetro de alcohol), el petróleo no prende y ni siquiera los perros
esquimales pueden esforzarse demasiado rato. En pleno esfuerzo, un perro respira por la boca,
jadea con intensidad y, si el aire que inhala es demasiado frío, tiene dificultades pulmonares.
Puede soportar hasta unos 50°C bajo cero. Como no llevaban perros suficientes, Amundsen,
Ristvedt y Godfred Hansen se engancharon un trineo y tiraron de él a pulso. En un frío tan
extremo la nieve se adhería como goma de pegar a los esquís y los patines de los trineos, hasta el
punto de que transportar una carga pesada resultó una tortura agotadora. Hombres y animales se
encontraban en un estado igualmente lamentable.
Al tercer día Amundsen decidió cortar por lo sano y regresar en espera de un tiempo más
apacible. Se deshizo de la carga, abandonó lo que llamaba «trabajo duro y vano» de arrastrarla a
pulso y volvió al Gjoa. En cuatro horas recorrió la distancia que le había llevado dos días y
medio, en total diez kilómetros. Así fue el primer viaje en trineo al mando de Amundsen: un
fracaso deshonroso. «Pero—anotó en su diario—hemos acumulado experiencia». Sigue un
análisis exhaustivo escrito cuando las impresiones todavía eran vividas.
Extrajo dos grandes lecciones para el futuro: era arriesgado empezar en un momento demasiado
temprano de la estación; y el arrastre de la carga a pulso era ineficaz y, por tanto, estúpido. En
adelante, Amundsen sólo utilizaría perros. Esto significaba que, en vez de adaptar la tracción a
sus hombres, lo plantearía a la inversa: el grupo que marchara al Polo Magnético debía reducirse
al número de miembros que los perros pudieran soportar. Y eran dos, no más.
Amundsen aprendía con rapidez. El 16 de marzo, a diez días del gran fracaso, estaba de nuevo en
la brecha. En esta ocasión sólo le acompañaba Helmer Hanssen. Había esperado a que subiera la
temperatura; y, con todo, armado de una nueva precaución, se negó a arriesgar demasiado antes
de hora.
El propio viaje al Polo debía esperar hasta que el hielo remitiera y la primavera se hiciera
manifiesta. Durante la espera, Amundsen quería hacer una incursión preliminar y relajada para
recuperar la carga que había abandonado en la primera salida frustrada.
 
Teníamos un trineo [...] con unos trescientos kilos, y los diez perros [escribió Amundsen en su
diario]. A las tres de la tarde alcanzamos el depósito tras tres horas y media a paso ligero. Si
pudimos mantener el ritmo fue gracias a un esfuerzo extremo.
 
Tras recoger el contenido del depósito debían acarrear el doble de carga; pero los perros
siguieron con su paso incansable, entre el trote y el correteo, las garras apoyándose levemente en
la corteza, las colas alzadas como gallardetes al viento. Al cabo de dos días, llegaron a la isla de
Matty, en el estrecho de James Ross. En la banquisa encontraron un grupo de netsiliks, nada
menos que treinta y cuatro. Amundsen anotó con orgullo que era casi en el mismo punto donde
McClintock había encontrado esquimales en 1859, y que éstos eran de la misma tribu.
Amundsen, siempre ávido de aprender y más interesado en los esquimales que en el magnetismo,
se desvió de la ruta para visitar su campamento. Un esquimal le dio un conjunto de ropa interior
de piel de caribú. El protocolo dictaba que se la pusiera de inmediato, todavía con el calor del
donante. Se plegó a la etiqueta, rezando en silencio para que no hubiera ladillas; la mayoría de
esquimales que había conocido tenía ladillas. Era un riesgo que estaba dispuesto a asumir. Había
llegado a la conclusión (correcta) de que no había que mezclar las ropas europeas y esquimales.
La ropa interior de lana quedaba fácilmente sudada y sucia y perdía la calidez; la piel se
mantenía seca, limpia y cálida. Era esencial vestirse con piel de la cabeza a los pies, y sólo los
esquimales podían curarla y coserla de manera que pudiera llevarse directamente encima con
comodidad. Amundsen estaba acumulando una reserva de prendas interiores para viajes
inminentes y futuros.
Se quedó con los netsiliks lo suficiente como para poder presenciar el inicio de su migración de
primavera hacia las zonas de las focas. Era probablemente el primer europeo que lo veía. Pero
prefería observar cómo gobernaban a sus perros.
Cuando la caravana de perros y trineos hubo desaparecido en el horizonte, Amundsen regresó al
Gjoa, al que llegó el 25 de marzo. El 6 de abril salió por tercera vez. Al cabo, había llegado la
primavera: era la verdadera salida hacia el Polo. Esta vez se llevó como compañero a Ristvedt y
no a Helmer Hanssen. Este era más hábil en la conducción de perros, pero el objetivo del viaje
estribaba en las observaciones magnéticas y en este aspecto Ristvedt sería de mayor ayuda.
«Estos cambios de opinión—escribió Amundsen—causan fácilmente descontento, y por tanto
son penosos. Pero no había más remedio».
 

 
El viaje al Polo fue innegablemente instructivo en tanto que escuela de expedicionarios. En esta
distancia corta les proporcionó un completo muestrario de adversidades y obstáculos. Hubo
nieve húmeda, nieve pegajosa, hielo en el mar que se acumulaba y retorcía hasta formar arrecifes
que cortaban el paso y ponían a prueba la paciencia de hombres y perros. Hubo niebla. Hubo
viento que secaba y sol que ardía como sólo pueden hacerlo en latitudes altas, donde la nieve y el
hielo atraen sus rayos en un ángulo poco inclinado y fatal.
Al principio, Amundsen y Ristvedt contaron con la compañía de su viejo amigo Teraiu. Al
segundo día los abandonó para unirse a su tribu en los territorios de caza de verano. Los dos
noruegos se vieron obligados a continuar solos. «Se hacía—anotó Amundsen—pesado en
extremo avanzar ahora que no teníamos a nadie delante».
Entonces comprendió el pleno alcance de algo que había observado en la migración de los
netsiliks. Habían destacado a alguien por delante de los perros para animarlos. Se debía, sin
duda, a que ni siquiera a un perro adiestrado le gustaba avanzar en el vacío, lo que—dirá alguien
—demuestra que es un ser sensato. Prefería seguir los pasos de otra criatura. En el
desplazamiento anterior este aspecto había desdibujado la buena marcha y el talento de Helmer
Hanssen. Amundsen actuó de inmediato en función de lo que había observado. Se puso delante
como avanzadilla, y los perros le pisaban los talones, con Ristvedt detrás. «Ha resultado
extenuante», anotó Amundsen al final del trayecto, sin dejar de reprocharse no haber cubierto
más que dieciséis kilómetros. Su exigencia perfeccionista oculta el éxito.
Tras recoger la mayor parte de sus posesiones en Punta Matheson, en la costa este de Tierra del
Rey Guillermo, los perros arrastraron quinientos kilos, 55 cada uno: algo más que su propio
peso, en todo caso un logro que tener en cuenta. La marcha de aquel día fue bastante
decepcionante. La nieve estaba suelta, así que los perros (y los hombres) se hundían, los patines
de los trineos encallaban y las cargas caían. Pero los animales no sólo se esforzaron sino que lo
hicieron con ahínco. Amundsen había aprendido a gobernarlos en condiciones variables y con
conductores de desigual talento.
A los esquimales nunca les ha gustado correr a cumplir órdenes. Los europeos lo suelen
interpretar como cobardía y pereza, pero Amundsen lo entendía de otro modo: si los esquimales
no corrían era porque querían evitar el sudor, el enemigo del calor. Al mismo tiempo no
toleraban el abuso de poder. Hay un ritmo de trabajo adecuado y hay que respetarlo. A un
extranjero puede parecerle una inercia incomprensible, pero para quienes conocen el clima se
trata de sentido común.
Amundsen comprendió de esta manera una regla básica del viaje por el Polo: no rebasar lo que el
cuerpo y el ánimo del hombre o el perro pueden soportar en condiciones. No es una lección
evidente, y el hombre civilizado suele olvidarla. La conservación de la energía mantiene
asimismo unos recursos que pueden utilizarse en caso de emergencia. En cabo Cristian Federico,
en la costa de Boothia Félix, se le rompió la esfera de un cronómetro de bolsillo. Pdstvedt volvió
al Gjoa en busca de otro. A buen ritmo, con un trineo y todos los perros, pudo cubrir la distancia
de ochenta y seis kilómetros en veinticuatro horas consecutivas, y lo mismo de regreso. Apareció
al atardecer del 20 de abril, habiendo descansado un día a bordo.
A continuación reemprendieron la marcha. Los perros iban a buen paso y el viaje era agradable.
Desplegándose delante de los trineos como una jauría desatada, avanzaban con su trote
incansable. Los trineos, muy cargados, se deslizaban entre leves bamboleos según el relieve del
terreno, como barcos sobre las olas. Hombres y perros parecían entenderse.
El 26 de abril alcanzaron la posición del Polo Magnético Norte que hallara James Clark Ross
cerca de cabo Adelaida, en Boothia Félix, para constatar que se había desplazado a algún punto
del norte. Amundsen fue el primero en demostrar que el Polo Magnético se mueve. Esto no lo
llenó de orgullo, como si el logro fuera después de todo decepcionante y, por definición, estéril.
Le preocupaba más la tormenta que se había desatado y el hecho de que Ristvedt se viera
obligado a matar de un tiro a Nakdio, un perro que habían recibido de los esquimales, porque se
negaba en redondo a tirar. A modo de experimento, lo dieron como alimento a los demás perros,
que—refiere Amundsen—tranquilamente «lo comieron con alivio. También nosotros probamos
unos filetes de tamaño considerable y la carne nos pareció excelente». Amundsen ya había
confirmado que el perro esquimal era caníbal y comestible para el hombre. En la banquisa de la
isla de Matty encontró a unos esquimales cazando focas. Le dieron carne fresca y grasa de foca,
al tiempo que permitían atracarse de ambas a los perros que llevaba. Siguió un efecto notable: se
habían estado alimentando de pemicán y empezaban a perder fuerza; con la carne fresca
cobraron un nuevo y súbito vigor y volvieron a tirar con la misma fuerza que antes. Otra lección
valiosa.
 

 
Desde el Polo de Ross, Amundsen salió al norte en busca del nuevo. Durante tres semanas,
Amundsen y Ristvedt recorrieron las inmediaciones de la costa de Boothia Félix tratando de dar
con el Polo. Fue una actividad más bien monótona que animaron sobre todo los rastros de
esquimales y osos polares que se entrecruzaban en el hielo y, finalmente, el encuentro con un oso
de carne y hueso que se cobró la vida de dos perros. El 11 de mayo habían regresado al Polo de
Ross de camino a Puerto Victoria, el embarcadero de Ross en la costa este de Boothia Félix en
1831-1832. Fue en parte un peregrinaje histórico y en parte una misión con miras a «rodear» el
polo y determinar con exactitud su nueva posición.
Amundsen tuvo una nueva demostración, que aceptó con filosofía, de que los planes de los
hombres suelen fracasar en las nieves. En el Polo de Ross lo inmovilizó una herida en el tobillo
izquierdo—probablemente un esguince en un tendón— y tuvo que reposar durante una semana.
Había poco que hacer salvo cazar perdices blancas y observar a los perros, que, en palabras de
Amundsen,
 
desdeñan las perdices blancas. Consideran como una exquisitez las piezas de cuero viejo.
—La dieta de un perro polar es muy amplia—dijo Ristvedt—. Creo que puedo con muchos
platos, pero no me parece que hubiera podido con tus calzoncillos usados.
Los perros pegaron los labios sobre ellos como un oso a la miel.
 
De nuevo en marcha, encontraron su depósito en cabo Cristian Federico saqueado por los
esquimales, que les dejaron la comida justa para regresar al barco y los obligaron a renunciar a la
visita a Puerto Victoria. Llegaron al Gjoa el 27 de mayo, tras una ausencia de siete semanas.
 
Nuestro viaje no fue un gran éxito, [juzgaba la valoración de Amundsen], pero teniendo en
cuenta las muchas circunstancias adversas [...] teníamos que darnos por satisfechos con los
resultados [...].
 
Los últimos cálculos demostraron que había quedado a cuarenta y ocho kilómetros del nuevo
polo magnético. En cierto sentido carecía de importancia, puesto que los polos magnéticos no
permanecen en la misma posición. Sin embargo, en aquel momento, sospechó que no había
llegado al polo matemático. No está claro el porqué pero, fuera por lo que fuera, Amundsen no
había alcanzado uno de sus objetivos. Hasta el fin de sus días sería una fuente de amarga
mortificación.
Con todo, y por breve que fuera, el viaje le había reportado muchas enseñanzas. Los tres intentos
sumaron en total menos de ochocientos kilómetros, pero Amundsen había aprendido de ellos a
viajar sobre masas de hielo flotante y tierra cubierta de nieve, a dirigir a un grupo itinerante.
Había tenido reveses en condiciones que los hicieron más instructivos que peligrosos. Había
mostrado una gran capacidad de aprender de sus errores en el acto y—lo que es mucho más
difícil y raro—de sus éxitos. Sobre todo, había aprendido a dominar a los perros. Había recorrido
entre dieciséis y treinta y ocho kilómetros diarios en todo tipo de circunstancias, lo que
constituye todo un logro según la mayoría de haremos. Se había, por así decirlo, licenciado como
viajero al Polo. Este, y no el intento fallido de alcanzar un punto determinado de la superficie del
globo, fue el verdadero resultado del viaje al Polo Magnético Norte.
 

 
A los diez días de regresar al Gjoa, Amundsen volvía a hacer observaciones magnéticas sobre el
terreno. Había proyectado una segunda invernada en las proximidades del Polo y deseaba
aprovechar el tiempo al máximo.
Aplicaba a rajatabla las instrucciones de Neumayer y los científicos de Potsdam. Pero la práctica
aburrida y repetitiva con instrumentos científicos acabó por fatigarle. Nunca simuló que la
ciencia fuera para él más que un mal necesario que otros veían como una justificación del viaje
al Polo. Para él, el viaje se justificaba a sí mismo, y se volcaba en el perfeccionamiento de su
técnica.
Aunque había aprendido mucho, sentía que aún le quedaba camino por recorrer, sobre todo en lo
concerniente a los perros y los esquís. Seguía sin estar plenamente demostrada la adaptabilidad
de los esquís. El esquí de verano, con sus siempre cambiantes deshielos y nuevas congelaciones,
era un laboratorio excelente, pero recibió con alegría la oportunidad de dedicar otro invierno a la
mejora del viaje en frío extremo.
Aquel año el invierno llegó pronto. A finales de septiembre, estando el hielo firme, unos cuantos
netsiliks se trasladaron a las proximidades del Gjoa, lo que aprovechó Amundsen para reunir
utensilios y estudiar comportamientos. Sus observaciones hablan, por vía indirecta, tanto de él
como de quienes observaba.
La relación de Amundsen con los netsiliks fue más allá que la del etnógrafo y su objeto de
estudio; trabó amistad con algunos, sobre todo con dos: Ugpik, a quien llamaba «el Buho», y
Talurnakto. El Buho era un aristócrata de nacimiento. Por su parte, Talurnakto
 
era considerado por sus compañeros de tribu una especie de idiota, pero en realidad era el más
inteligente de todos. Reía y hacía payasadas incesantemente, no tenía familia y no se
preocupaba por nada [pero] era un buen trabajador. Si bien no se destacaba por su honestidad
en la misma medida que «el Buho», era con todo de confianza.
 
Amundsen empezaba a encontrarse más a gusto entre los esquimales que con sus compañeros de
expedición. Pasaba mucho tiempo con ellos, lo que, fuera deliberado o no, produjo el efecto de
ahorrarles periódicamente a los marineros la presencia siniestra del capitán, algo que tan
favorable resulta para el bienestar de cualquier tripulación. Además, el contacto con seres
humanos ajenos a la expedición mitigó las consabidas tensiones entre hombres encerrados
durante demasiado tiempo. Porque habían comenzado a surgir los primeros indicios de
enfrentamiento.
Aquel invierno Amundsen hizo lo que llamó «el descubrimiento horrible» de que uno de los
niños netsiliks padecía sífilis congénita. Advirtió a sus hombres de los peligros que entrañaba la
enfermedad: no quería que se acostaran con mujeres esquimales, pero a aquellas alturas la
disciplina ya estaba rota. Amundsen les tenía un terror obsesivo a las enfermedades venéreas
que, de alguna manera, parecía relacionado con el miedo al acto sexual. En cualquier caso,
decidió que la moral de una expedición sólo podía mantenerse alta a fuerza de negar la existencia
del sexo femenino. En las conversaciones de sobremesa del Gjoa no se mencionaba para nada el
sexo, al menos en presencia del capitán.
A principios de febrero Amundsen había hecho con Talurnakto (que ejerció de profesor) un viaje
en trineo y con perros. La temperatura rondaba los 45 °C bajo cero.
Amundsen tenía gran deseo de adquirir un aspecto particular de la técnica de los esquimales.
Estos eran capaces de desplazarse en cualquier temperatura porque sus trineos se deslizaban
sobre todo tipo de nieve. Lo conseguían revistiendo los patines de hielo. Es una operación que
requiere habilidad: hay que aplicar el hielo en capas finas para que se mantenga elástico y no se
descascarille. Entre los varios métodos existentes, el de Talurnakto consistía en lo siguiente:
como capa interna, aplicaba a los patines una mezcla de musgo y agua y la dejaba congelar hasta
que se solidificaba; acto seguido escupía sobre un mitón de piel de oso agua que había calentado
en la boca y la superponía a la primera capa con unos pocos movimientos diestros, con lo que
formaba los recubrimientos de hielo. Esta superficie se deslizaba con absoluta facilidad por la
nieve de cinarra cristalina que se adhería a todos los artefactos de la civilización como la arena
del desierto.
Amundsen pidió a Talurnakto que utilizara su método con un trineo noruego; quería comprobar
si era tan efectivo en sus anchos patines en forma de esquís como en los mucho más estrechos de
los modelos esquimales. Funcionó: tras unas probaturas preliminares alrededor del Gjoa antes de
la partida, Amundsen anotó que «opino que si la temperatura es inferior a los 30 o (C) bajo cero
los patines recubiertos de hielo se deslizan mucho mejor que los de cualquier otro tipo», y en el
curso del viaje con Talurnakto, en las verdaderas condiciones de desplazamiento, observó que
«se deslizan sobre los ventisqueros con la misma facilidad que la madera lisa sobre superficie
llana».
Así aprendió Amundsen a superar los más adversos caprichos de la nieve y aumentó el dominio
sobre el medio polar.
 

 
En Año Nuevo, Amundsen detectó un fallo en un instrumento magnético que tal vez explicara el
fracaso del verano anterior, y resolvió hacer otro intento de llegar al polo. Pero diversas
enfermedades habían causado estragos entre los perros y, al llegar la primavera, apenas quedaban
los suficientes para completar un equipo. El teniente Godfred Hansen había planeado un viaje a
Tierra Victoria. Amundsen consideraba injusto—y propio de un mal jefe—imponer su rango de
privilegio y conducir los perros: entre sus defectos no figuraban los celos. Renunció al viaje de
aquella estación en beneficio del de Hansen, y permaneció en Gjoahavn con intención de llevar a
cabo otra serie de observaciones magnéticas y reparar todos los desperfectos que pudiera.
Acompañado por Ristvedt, Hansen partió el 2 de abril y regresó el 25 de junio. En el intervalo
recorrió 1.280 kilómetros y cartografió 240 kilómetros de Tierra Victoria, uno de los últimos
espacios de costa desconocida del continente norteamericano.
 

 
El trabajo estaba hecho. Más avanzado el verano la nieve se derritió y se abrieron las aguas hacia
el oeste. A las tres de la mañana del 13 de agosto de 1905, Amundsen zarpó de Gjoahavn, se
adentró en el estrecho de Simpson y continuó hasta Punta Hall, donde estaban enterrados dos de
los hombres de Franklin.
 
Con la bandera izada en honor de los muertos [escribió Amundsen], pasamos ante la tumba en
silencio solemne [...] Nuestro pequeño [...] Gjoa saludó a sus desdichados predecesores.
 
Ningún barco había atravesado el estrecho de Simpson hasta entonces. Era un laberinto de bajíos
y pasos estrechos, capas de hielo en movimiento y corrientes traicioneras, inexplorado y
desconocido. Sólo un viaje en bote del teniente Hansen, el verano anterior, había demostrado que
hubiera un paso. Gracias al motor de gasolina, el Gjoa pudo virar y orientarse por el laberinto y
salvarse del desastre. Avanzó lentamente por una vía continua, el timón girando sin parar, los
hombres concentrados al máximo. Al cabo de cuatro días llegó a cabo Colborne, en la entrada
del estrecho de Victoria, el punto más oriental que alcanzó Collinson a su llegada del Pacífico
cincuenta años atrás. El Gjoa había sobrevivido al último tramo del Paso del Noroeste que se
resistía a la quilla de un barco, y a costa tan sólo de un arpón roto.
Quedaban por delante los canales difíciles y mal cartografiados del estrecho de Dease y el golfo
Coronación. Al final, el 21 de agosto, el Gjoa salió a los estrechos de Doiphin y Union. «Es
indescriptible—anotó Amundsen—mi alivio por haber superado el último tramo dificultoso del
Paso del Noroeste».
Ante sus hombres había sido un imperturbable pozo de hielo. Pero durante las dos semanas
posteriores a su partida de Gjoahavn había vivido en un permanente estado de tensión,
obsesionado por el desastre que estuvo a punto de producirse dos años atrás ante la isla de Matty.
Para él no existía el fracaso honroso: no premiaba ningún esfuerzo. Sólo aspiraba al éxito.
A las ocho de la mañana del 26 de agosto, Amundsen abandonó la guardia y bajó a su litera.
 
Cuando llevaba un rato durmiendo me despertaron unas estrepitosas carreras provenientes de
cubierta. Sin duda estaban preparando algo, y yo sólo me disgusté porque hicieran tanto
alboroto por un oso o una foca. Debía de ser por algo parecido. Pero entonces el teniente
Hansen irrumpió en el camarote y gritó aquellas palabras inolvidables: «¡Barco a la vista!».
El Paso del Noroeste estaba completado. Mi sueño de infancia: se cumplió en aquel momento.
Un sentimiento extraño me formó un nudo en la garganta. Estaba un poco tenso y fatigado—fue
una debilidad por mi parte—, pero me noté los ojos anegados por las lágrimas. «¡Barco a la
vista!»... Barco a la vista.
 
Tras semanas de niebla y tiempo desapacible, el cielo cobró una claridad refulgente; contra un
telón de fondo de lejanas cumbres nevadas, brillando (como un decorado) al sol ártico, una
goleta descendía por el oeste con todas las velas desplegadas. Fue una puesta en escena amable y
adecuada para el Askeladden triunfante, el Gj0a, aquel barco victorioso como Cenicienta, donde
todas las flotas y capitanes y costosas legiones de marineros habían fracasado.
El barco que descendía hacia el Gjoa enarboló la bandera norteamericana. Era el ballenero
Charles Hansson de San Francisco, y su capitán, James McKenna. «¿Es usted el capitán
Amundsen?» fueron las primeras palabras que le dirigió. Amundsen no esperaba que lo
reconocieran en ese remoto rincón del mundo. «Cual sería mi sorpresa—escribió en su diario—
cuando el capitán McKenna me agarró el puño y me felicitó por un éxito espectacular».
Se había abierto el Paso del Noroeste. Acababan tres siglos de esfuerzos humanos y la sucesión
de martirios.
 

 
Hasta que no circulara la noticia, el Paso del Noroeste sólo estaría medio completado. El Gjoa
zarpó de inmediato hacia las oficinas de telégrafos del Pacífico. Pero a mil millas del estrecho de
Bering, en Punta King—en la costa canadiense de Yukon—, el hielo lo detuvo e inmovilizó
durante un tercer invierno.
En la isla de Herschel, un poco al oeste, invernaba una flota de balleneros norteamericanos. Uno
de ellos tuvo la «agradable sorpresa» de transmitir el mensaje de Amundsen. Su hermano León,
que tanto lo había ayudado antes de que el Gjoa saliera de Noruega, había mantenido al público
informado de la expedición a través del cónsul noruego en San Francisco, Henry Lund. Lo había
conseguido con la ayuda de una carta de Nansen, cuyo nombre había convencido al gobierno
norteamericano y a las compañías balleneras de enviar la orden de prestar ayuda al Gjoa a quien
diera con él.
 
No sé [escribió Amundsen al recibir el correo] cómo le podré expresar al profesor Nansen [...]
lo mucho que lo respeto y venero por los servicios impagables que ha prestado a la expedición
del Gjoa.
 
Ya tenían la civilización al alcance. Amundsen llegaría al mismo tiempo que su relato. El 24 de
octubre dos esquimales salieron por tierra de la isla de Herschel con el correo de la flota
ballenera. Les acompañaba William Mogg, el capitán del Bonanza, un ballenero naufragado
cerca de la posición del Gjoa, en Punta King. Y Amundsen, que se dirigía a la oficina de
telégrafos más próxima, en Eagle City, Alaska.
Este viaje fue una hazaña secundaria. Eagle City estaba a ochocientos kilómetros, que cubrieron
con trineos tirados por perros por una ruta muy poco transitada tan al principio de la estación. En
los días breves y grises de otoño, con una nieve que no había cuajado del todo, a orillas de un río
Herschel que se filtraba por el hielo imperfecto, atravesaron un paso ventoso a 4.800 metros de
altitud en la cordillera de Brooks, una serie de montañas costeras. Semana tras semana bordearon
ríos helados, las rutas de caravana del norte.
Amundsen iba esquiando; los esquimales, a pie o con raquetas; sólo Mogg iba en trineo. Era su
primer viaje en trineo. Rechoncho y bajo, viejo lobo de mar que rayaba los sesenta años, estaba
hecho para el puente de mando, no para patear las nieves. Se dirigía a San Francisco en busca de
otro barco para la siguiente estación. Para un hombre de su edad, fue un esfuerzo considerable.
Financiaba la expedición, y acogió como huésped a Amundsen, el conquistador del Paso del
Noroeste, porque estaba sin blanca.
Amundsen anotó antes que nada la superioridad de la técnica para el clima frío que había
aprendido de los netsiliks:
 
He sido el único a quien las prendas de piel no se le han empapado de sudor. Y es porque llevo
la ropa suelta y permito que el aire circule entre ella. Los otros llevan las ropas de piel muy
ceñidas.
 
Pero cuando atravesaron las montañas, alcanzaron el límite de vegetación arbórea y penetraron
en la nieve en polvo espesa y suelta de los bosques de América del Norte, encontró nuevas
enseñanzas. Dio con las condiciones más adversas para los esquís—en realidad las únicas que
podían derrotarlos—y más propicias para las raquetas. La nieve también inutilizaba los trineos,
cuyos patines, concebidos para la superficie dura del campo abierto, se hundían por completo,
como en arenas movedizas, y se enredaban con las raíces de los árboles. Cambiaron los trineos
por toboganes indios, trineos de fondo plano parecidos a gabarras poco hondas que volaban
sobre la nieve. Fue una lección para el futuro. La otra fue la técnica de Alaska de la conducción
de perros, que Amundsen pudo observar abundantemente. Los perros iban atados en línea recta,
en grupos de a dos, a un tirante central, a diferencia del sistema de los esquimales, en que iban
desplegados con tirantes individuales atados a un solo punto. También era diferente el arnés de
Alaska: un anillo acolchado como el cabestro de un caballo, con los tirantes al lado—en vez de
un único tirante por encima del cuello—y otro por debajo del estómago del perro. Ambos
sistemas tenían sus inconvenientes. Amundsen lo registró todo en su diario.
El mediodía del 5 de diciembre llegaron a Eagle City, una ciudad dedicada a la extracción de
oro, toscas casas de madera apiñada a orillas del Yukon. La temperatura era de 52 °C bajo cero.
Amundsen salió disparado a Fort Egbert, la avanzada militar de Estados Unidos. Desde allí envió
a Fridtjof Nansen el telegrama por el que tanto había luchado: el anuncio de que, antes que
ningún otro hombre, había cubierto el Paso del Noroeste «siguiendo el rastro de Collinson»,
como no se olvidó de consignar, aunque tuviera que pagar su deuda histórica a setenta y cinco
centavos la palabra. Inmediatamente después la nieve cortó la línea. Al quedar restablecida, al
cabo de unos días, Amundsen era un hombre famoso. Pero no fue con la fama con lo que hubo
de enfrentarse en primer lugar. Amundsen había vivido en el paraíso durante dos años. Al salir
de la naturaleza salvaje y entrar con los esquís en Fort Egbert, retornaba al mundo del dinero y
las preocupaciones; y en lo tocante al dinero, estaba sin blanca. Había hecho el viaje desde isla
Herschel gracias a la caridad del capitán Mogg. Era un explorador en apuros; ni siquiera podía
permitirse pagar el telegrama a Nansen: mil palabras y una suma de 775,28 dólares. Tuvo que
enviarlo a cobro revertido.
Pero no existían los mecanismos para esta modalidad de transmisión. Lo llevaron, fiándole, a
Fort Egbert, lo que no era tan avanzada la línea. Su telegrama fue interrumpido en Valdez, a
mitad de camino, y se le transmitió un resumen al director del Servicio de Telégrafos de Estados
Unidos en Alaska, el comandante W. A. Glassford, radicado en Seattle.
El comandante Glassford descubrió de inmediato su contenido a la prensa local, que lo difundió
a todo el mundo. Por desgracia, el telegrama contenía las noticias que Nansen había acordado
ofrecer en exclusiva al The Times londinense y otros diarios. El comandante se defendió de las
críticas con el sensato argumento de que había que avalar los costes de telégrafo antes de poder
transmitir el mensaje, y que la prensa resultaba el medio más rápido de hacerlo llegar a Nansen.
Probablemente hubiera mediado un acuerdo con algún periódico agresivo dispuesto a pagar por
una primicia. No sería el único caso.
Al enterarse de lo sucedido el general brigadier Adolphus Greely, jefe del Servicio de Telégrafos
de Estados Unidos, le ordenó a Glassford que mantuviera la información en secreto. A
continuación se dirigió a la legación noruega en Washington, que sufragó los costes. Al cabo de
tres días se le envió el telegrama a Nansen, cuando carecía de valor como noticia
comercializable. Los diarios con que había negociado se negaron a pagarle porque la noticia ya
no era una exclusiva. Nansen no quiso pagar el telegrama debido al «abuso de confianza» del
comandante Glassford.
No está de más mencionar que Greely, a su vez conocido explorador del Polo, era enemigo de
Nansen. Le desagradó el proyecto de dejar el Fram a la deriva y condenó la escapada de Nansen
al norte en tanto que abandono de su tripulación y su barco.
Con todo esto se encontró Amundsen cuando se restableció la línea con Eagle City. El
comandante Glassford había obrado a sus espaldas. La pérdida económica era considerable, pero
Amundsen no hizo aspavientos. Se lo tomó como una lección cara, elemental y difícil de digerir
en lo concerniente al uso de las informaciones. Al menos ya conocía el precio de la ingenuidad.
Amundsen reconoció su error a regañadientes. «En el futuro—le escribió a Alexander, hermano
de Nansen—trataré de andarme con más cuidado».
 

 
El asunto del telegrama robado fue uno de los primeros contenciosos que hubo de asumir el
recién nacido Cuerpo Diplomático Noruego en Estados Unidos. Mientras Amundsen se hallaba
en los confínes del mundo, Noruega había conseguido la independencia. Lo supo en Eagle City.
La declaración se había producido el 7 de junio de 1905, apenas seis meses antes. Había partido
como súbdito de Oscar II, el rey sueco, y veía como un monarca noruego, el príncipe danés Cari,
ascendía al trono con el nombre de Haakon VIL Amundsen no cabía en sí de contento: eran
noticias dignas de trasladar a Punta King.
Le pidió a Nansen que comunicara a las familias de los expedicionarios que, si enviaban cartas
de inmediato, llegarían a tiempo para que las pudiera llevar de regreso al Gjoa. Era una pequeña
sorpresa que se había encargado de preparar. Permaneció dos meses en espera de respuestas.
El 3 de febrero de 1906, provisto del correo de Noruega, Amundsen volvió a ponerse los esquís y
a colocarse tras un trineo tirado por perros, y salió de Eagle City hacia el norte, de vuelta al Gjoa.
La nieve era más propicia, no llevaba pasajero y el viaje resultó más sencillo que el de ida. El 12
de marzo llegó al Gjoa tras cinco meses de ausencia y haber esquiado más de mil seiscientos
kilómetros.
 
La emocionada bienvenida [escribe] fue más que una recompensa al viaje largo y agotador. La
bandera noruega ondeaba en el barco y las cabañas [...] Cómo me alegró poder llevar a estos
chicos fantásticos noticias de sus seres queridos. Estaban todos contentos e ilusionados.
 
El día siguiente lo declararon
 
festivo. Las banderas volvieron a ondear. Es la primera oportunidad que tenemos de rendir
homenaje a nuestro nuevo rey. Dios le salve.
 
Durante la ausencia de Amundsen, Helmer Hanssen había recorrido centenares de kilómetros en
salidas de caza al delta del Mackenzie. Allí, entre los canales serpenteantes y helados y la nieve
escasa y difícil, acabó de conseguir un dominio perfecto en la conducción de perros; le había
llevado tres estaciones aprenderla partiendo de cero.
Hanssen tenía mucho afecto a sus animales, como se reveló en una anécdota sobre el primero,
una perra llamada Gjoa en honor del barco. Tenía un sentido del olfato extremamente agudo. Un
día, volviendo de Punta King tras un viaje de caza, la perra se negó a ir adonde le ordenaba. Por
lo general, dijo Hanssen,
 
obedecía las órdenes [pero ahora] marchó por donde ella quería. Me limitaré a decir que la
azoté, pero nada surtía efecto. Así que abandoné el empeño y dejé que Gjoa llevara la iniciativa
[...] finalmente [...] se detuvo [...] y se puso a escarbar en la nieve [...] para gran sorpresa mía
vi que sacaba mis mitones, que había perdido en el viaje de ida [de una semana antes].
Entonces lamenté amargamente haberla azotado [...] decidí que mi deber era compensarla, lo
que hice de inmediato sirviendo media liebre a todos los perros [...] Después de aquel viaje no
volví a aplicar el látigo a Gjoa.
 
Amundsen aún pasó cuatro meses aprisionado en el hielo. Entre otras cosas, aprovechó la
oportunidad para tomar nota del modo como los balleneros de la isla de Herschel cazaban la
ballena franca ártica. Le sorprendió mucho que sólo se llevaran la barba: piezas largas, estrechas
y ososas que le crecían en la mandíbula. «Todo lo demás—escribió—lo dan a los peces».
 
Pregunté a qué [...] se destinaba [...] la valiosa barba, ¡y me contestaron que se usaba sobre
todo en la elaboración de corsés!
¡Una figura de mujer es algo precioso!
Pero creo que tras mi experiencia de explorador en el Polo, votaría a favor de una reforma de
la moda.
 
El 11 de julio el Gjoa zarpó de Punta King; al levar anclas bajó su enseña a media asta. Wiik
había muerto a finales de marzo de una enfermedad fulminante y no diagnosticada. Amundsen
consideró adecuado que lo enterraran en el observatorio magnético donde había pasado tanto
tiempo. A su paso, el Gjoa saludó al mausoleo donde quedaba la última víctima de una búsqueda
larga e histórica. Con la enseña izada de nuevo, avanzó dificultosamente entre el hielo y los
bajíos a lo largo del extremo del continente norteamericano. Rodeó Punta Flecha el 30 de agosto,
atravesó el estrecho de Bering y salió del Ártico acosado por una tormenta.
 
Me había planteado celebrar nuestra travesía del estrecho de Bering [dijo Amundsen], pero
sólo pudimos beber una copa de whisky a bordo y a toda prisa: ni hablar de enarbolar una
bandera. Vaciamos nuestros vasos con gran felicidad porque, al margen de lo que suceda
ahora, hemos llevado la bandera noruega en un barco por el Paso del Noroeste.
 
Quedaba la aclamación popular. El Gjoa llegó a San Francisco el 19 de octubre, y al cabo de un
mes Amundsen y sus hombres regresaron a Noruega. Se le rindieron todos los honores, por así
decirlo, en Londres, el 11 de febrero de 1907, cuando pronunció ante la Royal Geographical
Society una conferencia sobre la expedición. La presenció Nansen, convertido en el primer
embajador en Londres de la Noruega independiente. Tras la conferencia dijo:
 
Como ha señalado el propio capitán Amundsen, que haya podido llevar a cabo esta hazaña se
debe por completo al trabajo de los marineros británicos [...] Pero un noruego ha sido el
afortunado que ha concluido esta búsqueda del Paso del Noroeste [...] Opino que podemos
afirmar nuestra pertenencia a una misma raza, y [...] de estos [...] valientes logros podemos
decir con Tennyson:
 
Un mismo temple de corazones heroicos
mirando por el tiempo y el destino, pero fuerte en voluntad
para luchar, buscar, hallar y no sucumbir.
 
9

ROBERT F. SCOTT,

CAPITÁN DE LA MARINA BRITÁNICA


 
Nansen había invocado de nuevo el mito de Askeladden-Cenicienta. Celebró del modo más
educado el triunfo de la pequeña Noruega sobre una gran potencia, si bien amiga. También
mencionó un aspecto que incomodaba a la audiencia: Gran Bretaña, que había estado tanto
tiempo en la vanguardia, había vacilado y perdido el premio. La cuestión iba más allá de la
exploración al Polo. Kipling había expresado este sentimiento en Recessional, escrito con motivo
del sexagésimo aniversario de la reina Victoria, diez años antes:
 
Llamados de lejos,
Nuestros navíos se fundieron en la lejanía;
En duna y cabo se hunde el fuego:
¡Ay, nuestra pompa de ayer,
Es una con Nínive y Tiro!
¡Juez de las Naciones, sálvanos de nuevo,
para que no olvidemos, que no olvidemos!

 
Estos presentimientos de decadencia parecen curiosamente personificados en Robert Falcon
Scott. Nació el 6 de junio de 1868, en un momento decisivo de la vida inglesa. En 1870 murió
Dickens. La última gran obra de Darwin, El origen del hombre, apareció en 1871. Livingstone
murió en 1873; Wheatstone, el inventor inglés del telégrafo, en 1875. Estaba desapareciendo la
estirpe de gigantes que había dado esplendor a los primeros años del período de la reina Victoria.
También en 1870 estalló la guerra francoprusiana, el preámbulo al desastre que, al transferir a
Alemania el predominio en Europa y dar paso a la era moderna de la guerra masiva y
tecnológica, puso en evidencia la creciente impotencia de Gran Bretaña a la hora de influir en el
continente y anunció su decadencia en el extranjero.
De un modo frecuente a lo largo de la historia, se empezaba a disipar una época de plenitud. El
armazón del edificio de la grandeza imperial empezaba a podrirse. El proceso era el mismo en
casi todos los ámbitos: en los años de paz muy raramente interrumpida desde Waterloo, los
cuerpos armados (a pesar de las misiones coloniales) habían olvidado el ejercicio de la guerra.
Operaban según una disciplina rígida y rutinaria que anquilosaba el pensamiento y los hacía
incapaces para la guerra moderna. La industria empezaba a languidecer debido a errores
concomitantes. Las exportaciones disminuían en beneficio, sobre todo, de Alemania y Estados
Unidos. La mayoría de invenciones destacadas provenían del extranjero. Tras la época en que fue
«el taller del mundo», Gran Bretaña se olvidaba de pensar, de competir y de adaptarse.
1870, o los años inmediatos, puede considerarse como el inicio manifiesto de la caída del poder
británico. De quererse conferir al nacimiento de Scott el rango de símbolo, difícilmente se podría
haber elegido un mejor momento.
Robert Falcon Scott nació en Plymouth, en el seno de una familia de Devonshire. Pasó la
infancia rodeado de sus padres, cuatro hermanas, un hermano menor, una tía soltera y un servicio
nutrido en una casa que se mantenía firme pero que ya apuntaba la decadencia y era demasiado
pequeña para tantos habitantes.
La propiedad de los Scott, Outlands, estaba en Devonport, que también acoge al arsenal de
Plymouth, lo cual resultaba perfectamente apropiado: fue la Marina la que les reportó a los Scott
sus ingresos y su posición social. Hannah, la madre de Scott, nacida con el apellido Cuming, era
hermana de un capitán de Marina y sobrina de un vicealmirante. El padre de Robert, John
Edward Scott, era hijo de un sobrecargo de la Marina. Era el padre quien aportaba los ingresos.
Robert, padre de John Edward, había hecho fortuna junto con un hermano, también sobrecargo
de la Marina, en parte a raíz del pago de sus servicios en las guerras napoleónicas, pero sobre
todo de los beneficios que proporcionaba su sector de la Marina. Compraron Outlands y una
pequeña fábrica de cerveza en Plymouth y se retiraron. Tras varias disputas, Robert se quedó con
todo.
Lo que pasó a continuación es un cuento con moraleja de aquellos tiempos. Los tres hermanos
mayores de Robert se alistaron en el ejército de la India. John Edward Scott, el hijo que
permaneció en casa para encargarse del negocio, era el más joven, el más débil y menos
preparado para asumirlo. Acabó por heredar tanto Outlands como la cervecería. Esta la dirigió
con la indiferencia de un caballero, lo que, sea dicho de paso, abona la tesis romántica de que sus
antepasados eran escoceses fugitivos de la Rebelión de 1745. John Edward Scott tenía el
verdadero carácter del defensor de causas perdidas. Vendió su herencia, vivieron de las
ganancias, él y los diecisiete miembros de la familia, y se dedicó a la jardinería.
Tras el pater familias inmerso en el pasatiempo de hacer las veces de gentleman rural, tan propio
de la clase media inglesa, había un hombre tranquilo, taciturno y preocupado, atenazado por la
sensación de estar fuera de lugar y proclive a prorrumpir en arrebatos violentos. La señora Scott
tenía que hacer lo imposible para gobernar la numerosa familia y mantener las apariencias. En
cualquier caso, era, además de superior a su esposo en términos sociales, más fuerte que él: una
matriarca sólo revestida por una fina pátina de mujer obediente, la verdadera cabeza de familia.
Tenía aquella solicitud victoriana por el bienestar espiritual de los otros que ha hecho más por la
destrucción de la fe que el ateísmo militante. Poseía el tipo de encanto—peculiarmente inglés—
de matrona de clase media que escondía un despotismo debilitador, del que Scott nunca logró
sustraerse del todo.
A «Con»—como siempre le llamó su familia, a partir del segundo nombre Falcon, apellido de
sus abuelos—le criaron entre algodones. La guardería victoriana, con sus niñeras, sus alegres
correrías, su idealización de la infancia, era un remanso de paz, y el mayor fastidio para Scott fue
el delicado acoso de dos hermanas mayores. Padeció la tendencia enfermiza misteriosa,
posiblemente psicosomática, de tantas infancias victorianas que a menudo presagiaban una
madurez robusta. Una institutriz se encargó de la educación de Robert, en casa, hasta sus ocho
años; después fue a la escuela. Era un niño normal y tranquilo, con un poco de genio y una
incipiente tendencia a la ociosidad, falto de leyenda alguna.
John Edward Scott determinó que sus hijos hicieran carrera en las fuerzas armadas. Era una
tradición familiar, gozaba de prestigio social y evitaba la mácula del comercio. Decidió alistar a
Con, el hermano mayor, en la Marina británica y a Archibald, el que le seguía, en el ejército.
Ambos acataron la orden sin rechistar.
Con vistas a asegurar que Con aprobara las pruebas de ingreso, le dio de baja en la escuela y lo
envió a un centro de preparación intensiva especializado en los planes de estudio del cuerpo. En
1881, a los trece años, aprobó el examen de cadete en el barco de instrucción Britannia de
Dartmouth.
 

 
La Marina británica de las dos últimas décadas del siglo XIX, si bien impresionaba en términos
cuantitativos, estaba atrasada, aletargada y caracterizada por su ineficacia. Uno de sus almirantes
la tildó de «una colección variopinta de barcos desgobernados y extravagantemente aparejados».
Sin embargo, el Britannia sí estaba en buen estado. La victoria de Trafalgar al mando de Nelson
había convertido a la Marina británica en una leyenda, lo que inevitablemente originó petulancia,
resistencia al progreso técnico y una tendencia a vivir en el pasado. Al promediar la década de
1880, cuando las flotas más jóvenes habían adoptado las armas de retrocarga, los buques de
guerra británicos seguían llevando cañones de avancarga, ya desfasados y no mucho más
eficaces que los de los tiempos de Nelson. Delicadamente ornados con flancos negros,
chimeneas amarillas y líneas de flotación rosa, punteados de dorados, los barcos de Su Majestad
parecían más bien yates que barcos de guerra. Tal como queda perfectamente ilustrado en las
autobiografías de los almirantes del siglo XIX, la Marina británica tenía más de exclusivo club
de yates que de institución bélica. La pulcritud importaba más que la preparación para la guerra.
Este era un aspecto de la Marina en que se había enrolado Scott. Otro era el sistema de
obediencia ciega y rígida centralización que protegía la jerarquía de rango en mayor medida que
la capacidad profesional. Las altas esferas regulaban con toda minuciosidad los detalles más
nimios. Los oficiales, incluso los capitanes de los barcos del Reino Unido, se convertían en
autómatas que sólo cobraban vida con las órdenes de los superiores. El más tenue indicio de
pensamiento independiente se consideraba subversivo.
La instrucción comenzaba en Dartmouth, que en tiempos de Scott estaba moldeada a imagen y
semejanza del minoritario colegio privado Victoriano. Lo ha descrito con exactitud el
vicealmirante K. G. B. Dewar, un oficial desacostumbradamente crítico y miembro del pequeño
grupo de reformadores que trató de modernizar la Marina británica a principios de siglo XX.
Según sus palabras,
 
la atmósfera represiva [...] la iniciativa y la confianza en uno mismo reprimidas [...] el plan de
estudios se centraba sobre todo en la navegación, las matemáticas y el arte de navegar. La
navegación era impartida por instructores navales que carecían de cualquier experiencia
práctica del gobierno de un barco [...] El [...] plan de estudios prescindía del estudio y uso de la
lengua inglesa. Era un error notable, puesto que la eficacia de la administración naval depende
a menudo de la capacidad de persuasión de una expresión clara [...].
Aunque los métodos de instrucción no estaban concebidos para suscitar interés o entusiasmo en
los cadetes, la mayoría se esforzaba mucho porque su futura carrera dependía del resultado del
examen de graduación. Según la posición que ocuparan en la lista, los cadetes podían
convertirse automáticamente en guardiamarinas o tener que esperar entre uno y doce meses.
Así pues, no era la inteligencia, el carácter, la capacidad de mando o el celo profesional lo que
promovía a un joven oficial en su ascenso en el escalafón, sino el dominio de materias como el
álgebra, el teorema de los binomios o las ecuaciones de trigonometría.
 
Este pasaje resume casi a la perfección los años de aprendizaje de Scott en Dartmouth. En julio
de 1883 ocupó el séptimo lugar en una clase de veintiséis alumnos, y el 14 de agosto fue
nombrado guardiamarina. En adelante sus estudios siguieron los cauces habituales. Tras cuatro
años en el mar se le promocionó directamente a alférez de navío, y pasó un año en la Escuela de
la Marina Británica de Greenwich perfeccionando su preparación teórica con miras a obtener el
grado de teniente. Consiguió cuatro de un máximo de cinco certificados de primera clase.
A continuación se le alistó en el B.S.M. Amphion, crucero destinado a Esquimalt, la base naval
canadiense en Victoria, Columbia Británica, en la Estación del Pacífico. Zarpó de Devonport con
rumbo al cabo de Hornos el 20 de enero de 1889. El 14 de abril, en bahía Octavia, Columbia,
Scott fue trasladado al B.S.M. Caroline, otro crucero, donde faltaban oficiales. Lo abandonó el
primero de agosto en Callao, Perú. Dos semanas después obtuvo una promoción directa al grado
de teniente. En el período inmediatamente posterior su expediente en la Marina queda
oscurecido.
Después del viaje en el Caroline, Scott había salido en un barco de pasajeros hacia Coquimbo,
Chile. En septiembre su padre preguntó por su paradero en una carta dirigida a la sede
londinense del Almirantazgo. No hay constancia de respuesta alguna. Un documento sitúa a
Scott en el B.S.M. Liffey, buque nodriza de la Marina anclado en Coquimbo, hasta el 13 de
agosto. Después se le destinó a un barco donde no llegó a servir. Parecía haberse desvanecido
para reaparecer oficialmente en Coquimbo el 26 de octubre. Aquel día estaba registrado a bordo
del B.S.M. Daphne, una balandra de la Marina. Permaneció en él hasta principios de marzo,
cuando se le destinó a Acapulco para que regresara al Amphion vía San Francisco.
Entre tanto, había aparecido en Guatemala capital. Allí conoció a Addison Mizner, hijo del
embajador de Estados Unidos Lansing Bond Mizner, «el hombre original de Benjamín
Harrison», adinerado político de Benicia, cerca de San Francisco. Para Addison, disipado
muchacho de diecisiete años, Scott (que acababa de cumplir veintiuno) «era el tipo más amable,
más considerado que creo haber conocido». Zarparon en el mismo barco hacia San Francisco,
donde Addison tenía que volver a la escuela.
Scott fue presentado a la hermana de Addison, Mary Ysabel, o Minnie, personaje un tanto
extravagante. Estaba casada con Horace Blanchard Chase, acaudalado empresario de Chicago
establecido en San Francisco. Las relaciones de Scott con Minnie fueron lo bastante estrechas
como para retenerle a él en San Francisco e inspirarle a ella los siguientes versos en su agenda:
 
La noche tiene mil ojos, Y el día sólo uno;
Pero la luz del brillante día muere,
Con el sol moribundo.
El pensamiento tiene mil ojos,
Y el corazón sólo uno;
Pero la luz de toda una vida muere,
Cuando acaba el amor.

 
Pero no está claro lo que pasó en esta época. Los archivos del Almirantazgo son incompletos:
casi con toda seguridad los han censurado. Los detalles circunstanciales apuntan que fue
discretamente alojado en el Liffey para someterlo a observaciones, médicas o de otro tipo. Hay
indicios de un viaje irregular a su casa, de que recibió la protección de un oficial superior y de un
encubrimiento. Nada de todo ello es demasiado notable. A menudo, en aras del buen nombre del
cuerpo, se apartaba de situaciones comprometidas a los jóvenes oficiales. Los dos hechos que no
admiten duda en este caso son, por una parte, que los versos de Minnie, con su clara referencia al
final del romance, están datados el 20 de marzo de 1890 y, por otra, que el 24 de marzo el diario
de a bordo del Amphion registra el retorno de Scott en Esquimalt, por lo que parece con un vacío
no justificado en el expediente. Lo menos que puede decirse es que se hallaba sumido en una
notable confusión emocional, como lo sugieren estas anotaciones:
 
Tras muchos intentos más o menos infructuosos, decidí llevar de nuevo un diario [...]. Los
hombres más grandes han deplorado la falta de dotes para la expresión. Lytton, en un prefacio
a una novela, ha referido con gran elocuencia las restricciones que impone esta limitación
(aunque compensando con el entendimiento lo que no puede escribir, el novelista eminente a
menudo escribe lo que no puede entender) [...] Cuan a menudo he sentido esta restricción [...] A
pesar de estas dificultades, comienzo a dominar la pluma [...] aunque sólo sea como
corresponde a un caballero normal [...] parece también haber un temor creciente a mis propios
pensamientos; a veces también me espantan a mí [...] Sólo nos es dado a las naturalezas frías y
parsimoniosas sentir este nudo deprimente y mortal en el corazón [...] ¿Cómo podré soportarlo?
Escribo acerca del futuro, de las esperanzas de acrecentar mi nobleza, pero ¿lo seré? [...] Nadie
verá jamás estas palabras, así que puedo decir con libertad: ¿Qué significa todo esto?
 
Existe escasa constancia objetiva de lo que subyacía a este escrito; han perdurado pocas
versiones de quienes conocieron al Scott anterior a los treinta años. Sus colegas de la misma
edad le hicieron poco caso. Muchos de sus compañeros de barco ascendieron a oficiales, y
algunos escribieron memorias, pero él aparece en pocas, incluso después de cobrar fama; a
menudo se lo pasa por alto de forma harto significativa. Parece envuelto en una conspiración de
silencio, lo cual es de destacar porque los oficiales de la Marina prestan por lo general una gran
atención a los caracteres. Sus memorias están llenas de chismes y abundan en vividos retratos
literarios. Es indudable que Scott no causó una gran impresión a sus compañeros de promoción,
o que pasaba desapercibido, o ambas cosas a la vez.
En Esquimalt, Scott prestó el servicio de rigor en una base colonial, entre ejercicios, rutinas,
revistas y recepciones en las casas de los dignatarios locales. Uno de ellos era el juez Peter
O'Reilly, de Victoria.
Scott tuvo un discreto devaneo con la hija del juez, llamada Kathleen. Nunca fue mucho más
allá: a lo largo de diecisiete años mantuvieron una correspondencia esporádica en que él guardó
las distancias; es probable que ella magnificara el interés que sentía Scott. Este, en palabras de su
hermana Grace, «parecía estar totalmente absorto en la persona con quien hablaba cuando en
realidad estaba bastante lejos». En cualquier caso, al igual que los demás tenientes de navío a
quienes recibían los O'Reilly, estaba más interesado en los padres, que también invitaban a altos
oficiales de la Marina y por tanto les podían procurar relaciones beneficiosas. Scott tenía una
mayor necesidad de estas relaciones que la mayoría de sus compañeros, puesto que estaba
preocupado por su futuro y temía que se le negara el ascenso.
El remedio parecía consistir en la especialización: la artillería era el sector privilegiado, pero
atraía a los mejores oficiales y Scott tenía la impresión de que le deparaba pocas posibilidades.
Así que optó por los torpedos.
Eran un nuevo tipo de arma que acababa de entrar en funcionamiento. Aún había una relativa
falta de especialistas; ser uno de ellos mejoraría las perspectivas de promoción, así que Scott
solicitó plaza en un curso preparatorio—significativamente—el día en que se le apartó del
Daphne. A finales de 1890 zarpó de Esquimalt en el Amphion con rumbo al Mediterráneo, vía
Hong Kong. Al cabo, en junio del año siguiente y tras algunas vacilaciones en el Almirantazgo,
se le comunicó por telegrama en Malta que había sido aceptado en un curso que sería impartido
en el B.S.M. Vernon, una escuela de torpederos radicada en Portsmouth, que había de comenzar
en octubre.
Por entonces, la sección de torpedos no se ocupaba sólo de éstos, sino también de todas las
instalaciones eléctricas y del equipamiento mecánico de un barco salvo la propulsión. Estas
asignaciones parecían casar con Scott y, en el Vernon, hizo gala de sólidos conocimientos
técnicos. En agosto de 1893 se graduó como teniente torpedista con un certificado de primera
clase. Se le acababa de conferir el mando provisional de un torpedero para que dirigiera las
maniobras, y lo llevó con toda solvencia al puerto de Falmouth. Según la mesurada reprimenda
(o elogio) del Almirantazgo, «No parece que se haya observado la debida precaución [...] Se le
encarece [al teniente Scott] que en el futuro preste más atención». Se trató de un incidente
curioso para la primera ocasión en que ostentaba el mando. Se perciben una excelencia teórica y
deficiencias prácticas muy imbricadas entre sí. Se atisba la figura de un oficial desafortunado.
Scott abandonó el Vernon con un diminuto interrogante a sus espaldas.
 
Su familia atravesaba momentos difíciles. El señor Scott había agotado sus rentas y, tras algunos
problemas, encontró trabajo como director de una cervecería cercana a Bath. Outlands fue
arrendado. Las dos hermanas mayores aprovecharon la ocasión para independizarse: Ettíe se hizo
actriz y Rose enfermera en Nigeria.
En cuanto a Scott, su carrera no se vio afectada. En la Marina no se necesitaban ingresos
privados, no al menos hasta el rango de capitán. Era ésta una de las características que hacían de
la Marina un recurso para los hijos de familias de clase media venidas a menos. Se aceptaba que
los miembros de la Armada vivieran de su salario, que era lo que Scott venía haciendo
últimamente.
Archibald, su hermano pequeño, era oficial en la Artillería británica, y por tanto se encontraba en
otra posición. En el ejército, como mínimo en un regimiento prestigioso o un cuerpo distinguido,
se esperaba que los oficiales dispusieran de medios propios. El señor Scott, que había mantenido
una asignación a Archibald, dejó de enviársela. Al poco, Archibald también marchó a Nigeria,
donde la paga era superior, e ingresó en el cuerpo policial de Lagos. Resulta difícil esclarecer si
su marcha al oeste de Africa se debió sólo al dinero o si, como sus hermanas, aprovechó la
oportunidad para alejarse de la madre.
En 1898, Archibald murió de fiebre tifoidea hallándose de permiso en Inglaterra. El año anterior
había fallecido su padre. Monsie (Grace) y Kitty, las dos hermanas que permanecían en casa,
obligadas a ganarse la vida, se dedicaron a la costura. Se trasladaron a Londres junto con su
madre, y se instalaron en Royal Hospital Road, en el barrio de Chelsea. Al menos, según lo
expresó Scott, la serie de calamidades los había sacado del «vacío soñoliento» de la vida de
Plymouth. La nota de optimismo para el futuro era el matrimonio ventajoso que había contraído
Ettie con William Ellison-Macartney, parlamentario unionista por South Antrim y secretario para
el Parlamento del Almirantazgo.
Scott era en aquel momento teniente torpedista del B.S.M. Majestic, buque insignia del
escuadrón Channel; era el mismo cargo que había ocupado en diversos cruceros y buques de
guerra desde que abandonara el Vernon cinco años atrás. El futuro era bastante halagüeño. La
«alerta con armamento» extendida por la Europa posterior a la guerra franco-prusiana se
acercaba a su violenta culminación. La Armada británica empezaba a expandirse, y se
necesitarían oficiales de la graduación y experiencia de Scott. Mientras evitara incurrir en las
más burdas formas de incompetencia, podía prometerse una carrera próspera. Pero estaba
clasificado como torpedista. Los puestos más altos a que podía aspirar en su sector —la capitanía
de un buque de guerra, el almirantazgo al mando de una flota—parecían fuera de su alcance. Y
volvió a surgir el antiguo temor que lo había llevado a especializarse. En sus propias y
reveladoras palabras de aquel tiempo: «Tal vez no me consideren lo bastante bueno como oficial
de servicio en general».
Tras una afectada máscara de modestia, Scott ardía de ambición. Esta no era, sin embargo, del
tipo que apunta a un objetivo determinado. Aunque ya había cumplido la treintena, Scott seguía
pareciendo un tanto inseguro e inmaduro. Abrigaba la incipiente ambición de medrar al margen
de metas definidas.
Scott no impresionó a los capitanes a cuyas órdenes había servido. En el fondo, recelaban de su
capacidad de comandar hombres y barcos. Tampoco se podía beneficiar del nepotismo y las
intrigas que constituían reconocidos caminos hacia la cúpula de mando. Ni la familia ni las
relaciones lo podían ayudar. Carecía (hasta que Ettie se casó) de influencias en el Almirantazgo.
Le faltaba el talento que podía superar los obstáculos del dinero y la cuna. En un cuerpo
abundante en personajes peculiares, por no decir excéntricos, él no descollaba. No llamó la
atención de compañeros ni superiores. Parecía improbable que prosperara con la mera fuerza de
su personalidad. Scott buscó otra vía hacia los puestos elevados del escalafón.
 

 
A un oficial de la Marina británica del siglo XIX difícilmente le podía pasar por alto que
participar en una expedición al Polo a menudo comportaba descollar entre sus contemporáneos.
Lo demostraba a las claras la Lista de la Marina de la Junta del Almirantazgo.
Tras las guerras napoleónicas, la Marina británica tuvo pocas oportunidades de entrar en acción
como fuerza de combate, por lo que adoptó las expediciones al Polo como un empleo útil de
oficiales y marineros. El precedente del capitán James Cook se había convertido en una
tradición, y la exploración británica al Polo fue transformada en—literalmente—una reserva de
la Marina. Todos los participantes eran voluntarios que querían escapar de la monotonía de los
tiempos de paz. También buscaban promociones, ya que, durante los años centrales de la Pax
Britannica, la exploración del Polo se convirtió en un sustituto del servicio activo.
Así surgió un tipo específicamente británico, del que Scott sería el ejemplo más famoso: el
oficial de Marina que emprendía la exploración del Polo como una parte integrante de su carrera.
El más obstinado defensor de este servicio fue el presidente de la Royal Geographical Society,
sir Clements Markham. Ya ha aparecido fugazmente con su solemne rostro de obispo enmarcado
por patillas, como una figura de los primeros tiempos del daguerrotipo, sir Clements Markham
era la viva imagen de los grandes Victorianos. La pasión predominante de sus últimos años fue
una cruzada prolongada y solitaria por la recuperación de la exploración británica de la
Antártida, desatendida desde el viaje meridional de sir James Clark Ross en 1839.
Habiendo participado Nelson, en calidad de joven guardiamarina, en una expedición al Ártico,
sir Clements, según sus propias palabras, veía la exploración al Polo
 
como un centro de formación de nuestros marineros, como una escuela para nuestros Nelsones
futuros que ofrece las mejores oportunidades de distinción a los jóvenes oficiales de la Marina
en tiempos de paz.
 
Por eso decidió que la expedición a la Antártida que estaba preparando la llevarían a cabo
soldados de la Marina.
El propio sir Clements había pertenecido a la Marina. En 1844, a los catorce años, ingresó como
cadete en la Marina británica, que abandonó de modo prematuro siete años después en
circunstancias poco claras. Prestó su último servicio en el Ártico, en 18501851, en la segunda
expedición de búsqueda de Franklin al mando del capitán Horatio Austin. A raíz de esta
experiencia nació su pasión vitalicia por la exploración del Polo y el bienestar de la Marina o—
más exactamente—de los jóvenes oficiales de Marina.
Gracias a las amistades y relaciones que tenía en el cuerpo y al espíritu corpulento de la época
pudo viajar como invitado en barcos del Almirantazgo. Visitaba con frecuencia la Escuela de la
Marina Británica de Greenwich. Ayudó a jóvenes tenientes y guardiamarinas. Recibía a los
afortunados en el número 21 de Eccleston Square, su casa del londinense barrio de Pimlico. Se
regía por criterios de familia y apariencias. Le gustaban la buena presencia, los cuerpos fuertes y
las maneras amables. Le dominaba una mal disimulada fascinación romántica. Aunque casado y
con una hija, Markham era homosexual. A veces viajaba al sur para dar rienda suelta a sus
tendencias sin arriesgarse a recibir acusaciones legales. Le gustaban los alegres niños sicilianos.
En su país llevaba estos asuntos con decoro, o al menos con discreción.
A los treinta años había dirigido con éxito una expedición a América del Sur destinada a recoger
el fruto del árbol de la quina—de la que se extrae la quinina, el único medicamento conocido que
curaba la malaria—y trasplantarlo a la India. Hablaba media docena de lenguas, era un animado
conversador y un prolífico escritor especializado en la historia de la exploración. Tenía el don de
la retórica ampulosa. En las reuniones de la Royal Geographical Society, en palabras de uno de
sus dirigentes
 
parecía la encarnación de la aventura de la Geografía; su pecho se hinchaba y la pechera
crecía como la gavia de una fragata, y cuando su voz entonaba una alabanza de «nuestros
gloriosos asociados» suscitaba a menudo una respuesta enardecida.
 
Sir Clements poseía la genuina vehemencia evangelizadora victoriana: era un misionero (o un
político moralizante) frustrado. «Qué de nuevos mundos se han abierto», escribió un joven
oficial de Marina tras oírle por primera vez. «Qué pequeño parece [todo] al lado de las grandes
empresas y sacrificios heroicos como los de Ross, Parry y Franklin».
En realidad, era la glorificación del sufrimiento idealizado lo que llevaba a sir Clements a los
más altos vuelos de la oratoria. En consonancia con el espíritu de su tiempo, entendía la
exploración del Polo como un ejercicio de heroísmo por el heroísmo.
La abnegación en sí misma era alabada como la más alta cualidad humana, sobre todo por parte
de la Iglesia anglicana. Así lo decía Francis Paget, deán de la Iglesia de Cristo de Oxford:
 
Sin duda la guerra, como toda forma de sufrimiento y desgracia, tiene su elemento redentor en
la belleza y esplendor del carácter de los hombres, por la gracia de Dios que se muestra en él
[...] los hombres se elevan y elevan a los demás por el sacrificio de uno mismo; en la guerra se
nos muestra la grandeza de la abnegación.
 
Esta consigna tenía un trasunto exacto en la exploración del Polo:
 
Con qué nobleza lucharon estos gallardos marineros [...] enviados a viajar por nieve y hielo,
cada uno arrastrando cien kilos [...] Ningún hombre dejó de cumplir su tarea; algunos de estos
gallardos hombres llegaron a morir arrastrando [...] pero no se oyó ni un murmullo [...] cuando
los débiles caían [...] siempre había voluntarios más que suficientes para ocupar sus plazas.
 
La descripción se refiere a la búsqueda de Franklin por parte del capitán McClure en el B.S.M.
Investigator entre 1850 y 1854. Era esta época la que evocaba sir Clements; tenía el propósito de
resucitar las primeras expediciones navales del siglo: torpes, mal equipadas, demasiado
numerosas, realizadas a costa de un sufrimiento espantoso.
Sin embargo, tales hazañas le costaban a la Marina demasiado dinero como para poder
mantenerlas, y después de que McClure tuviera que ser rescatado a su vez, cesaron las
expediciones británicas oficiales al Polo. Se reemprendieron en 1872, con el crucero del B.S.M.
Challenger, un barco de reconocimiento de la Marina al que se le permitió entrar en aguas
antarticas y fue la primera embarcación de motor que accedía a ellas. Entre 1875 y 1876, el
comandante del Challenger, el capitán de navío sir George Nares, dirigió una expedición que
trató de alcanzar el Polo Norte a través del estrecho de Smith, el canal que discurre entre
América y Groenlandia, y estableció el nuevo punto más septentrional de 83o 20'. Pero la
expedición resultó ser un desastre financiero y se llevó a cabo con métodos desfasados. Los
hombres caían como moscas a causa del escorbuto. A su regreso, Nares tuvo que someterse a lo
que puede considerarse un consejo de guerra. Volvió a decaer el interés oficial por la exploración
del Polo.
En 1893, al ser elegido Clements Markham como presidente de la Royal Geographical Society y
conferírsele finalmente el poder para conseguir sus objetivos, los acontecimientos lo superaron.
Las mismas tensiones internacionales que habían disparado las posibilidades de promoción de
Scott fueron un obstáculo para la cruzada de sir Clements. Con el conflicto llamando a las
puertas, el Almirantazgo prescindió de las operaciones secundarias en torno a los Polos. Ni
siquiera el fervor popular suscitado por el sexagésimo aniversario de la reina Victoria en 1897
hizo mella en la renuencia oficial. Pero sir Clements estaba determinado a crear, con o sin el
apoyo de la Marina, un grupo de héroes. Y puesto que se le negaba su ambición de organizar una
gran expedición de la Marina inglesa, acabó por proponerse la alternativa más satisfactoria: una
expedición privada tripulada por soldados de la Marina.
Sir Clements comenzó a recaudar dinero. Persuadió a la Royal Society de que se sumara a la
empresa de la Royal Geographical Society con la esperanza de que «el encumbrado nombre» de
las dos augustas decanas de las academias nacionales y órganos científicos consultivos del
Gobierno les reportara el apoyo económico de la sociedad. Pero, incluso con el respaldo de la
Royal Society, sir Clements no había reunido a finales de 1898 más que doce mil libras de las
cincuenta mil que necesitaba, y de la suma conseguida cinco mil libras las había donado la
R.G.S. Fue una humillación. Alfred Harmsworth, el futuro lord Northcliffe, había financiado con
veinte mil libras, sin ayuda de nadie, la expedición al Artico con desuno a Tierra de Francisco
José que organizara el mayor Frederick Jackson.[7]
Pero aún fue más mortificante para Markham el éxito de Carsten Borchgrevink, el amigo de
infancia de Amundsen. No habiendo obtenido en Noruega apoyo para su proyecto de convertirse
en el primer hombre que invernara en el continente antartico, Borchgrevink probó suerte en
Londres. En octubre de 1897, sir George Newnes, otro magnate de la prensa de los primeros
tiempos, lo ayudó con treinta y cinco mil libras. Había conseguido el dinero necesario antes de
que sir Clements pudiera poner en marcha su pesada maquinaria. Borchgrevink, un ciudadano
sin cargo oficial, un extraño, un intruso, un aventurero y un extranjero a quien se debía expulsar,
había conseguido lo que no pudieron la posición y autoridad de sir Clements. Se le hacía difícil
perdonar a Borchgrevink.
¿Por qué respaldó Newnes a este hombre surgido de la nada e ignoró los halagos zalameros de
sir Clements? En parte se debió a la personalidad de sir Clements. Muchos desconfiaban de él,
tanto por su homosexualidad como por un negocio apañado con acciones falseadas del ferrocarril
de Angola. Además, se creía que iba tras el título de lord, lo que resultaba en todo punto obvio.
Pero en última instancia hay que buscar la explicación en la naturaleza de la propia R.G.S.
Esta era una camarilla que se perpetuaba a sí misma. Sus expertos en materia polar eran viejos
almirantes «del Ártico» que no habían visto el hielo desde hacía veinte años o más. La camarilla
excluía a los hombres verdaderamente capaces, que por su parte prescindían de la R.G.S. En
otras palabras, la R.G.S. era el típico baluarte moribundo de la mediocridad institucionalizada.
No era una empresa en que los inversores sagaces estuvieran dispuestos a invertir dinero.
Borchgrevink les inspiró mucha más confianza. Tal vez fuera demasiado desenvuelto y un tanto
desinhibido, pero al menos tenía la iniciativa necesaria y había estado recientemente en el Polo.
La única condición impuesta por Newnes fue que la expedición llevara bandera británica.
Borchgrevink compró un foquero noruego, el Pollux, le impuso el nuevo nombre de Southern
Cross y lo registró en Londres. En todos los aspectos, salvo en el nombre, fue una expedición
noruega. Gran parte de los oficiales y la tripulación estaba formada por cazadores de focas y
balleneros noruegos. La técnica, basada en el uso de esquís, perros y en el grupo reducido y
operativo, seguía el consabido modelo noruego que estableciera Nansen. Como concesión a sir
George, Borchgrevink se llevó a tres súbditos británicos: William Colbeck, un oficial mercante,
Hugh Blackwell Evans, un naturalista, y Louis Bernacchi, un físico australiano.
Markham se negó a implicarse en modo alguno en lo que llamaba «este asunto vergonzoso».
Como muchos radicales entrados en años, había desarrollado unos leves delirios de grandeza. Se
arrogaba el derecho exclusivo de controlar las exploraciones a la Antártida. En consecuencia,
trató de detener todas las expediciones británicas que compitieron con la suya. Coaccionó a sus
organizadores, se enfrentó a los patrocinadores e intrigó tanto como pudo. Cuando comprendió
que no podía desarticular la de Borchgrevink, tomó medidas para que la R.G.S. le diera
ostensiblemente la espalda.
El dato para la historia fue que Borchgrevink zarpó del puerto de Londres el 22 de agosto de
1898, mientras que la expedición «oficial» no había pasado de ser una comisión y una esperanza.
El 17 de febrero Borchgrevink volvió a avistar las costas del continente antartico, donde, según
sus palabras, «Ningún ser humano había vivido antes. Aquí viviríamos o moriríamos en
condiciones que eran un libro cerrado para el mundo». Desembarcó en cabo Adare, construyó
una cabaña y se preparó para llevar a cabo junto con nueve acompañantes la primera invernada
del hombre en el continente antartico. Entre tanto, sir Clements proseguía en vano con su intento
de recaudar dinero.
El 15 de marzo de 1899, cuando parecía claro que las posibilidades de éxito de sir Clements
menguaban de modo irreversible, precisamente el mismo día que el Southern Cross avistaba
Nueva Zelanda en su viaje de regreso de cabo Adare, se produjo una providencial oferta de
apoyo. Procedía de Llewellyn Longstaff, acaudalado empresario londinense a quien la campaña
de los periódicos había dispuesto en favor de la proyectada expedición. Tras una reunión con sir
Clements, Mr. Longstaff le prometió veinticinco mil libras.
A finales de marzo sir Clements anunció triunfalmente este «don munífico». Ya disponía de unas
cuarenta mil libras: las tornas habían cambiado. El 10 de abril la reina Victoria expresó sus
mejores deseos a la expedición. El príncipe de Gales aceptó ser el patrón y el duque de York el
vicepatrono. Al cabo de dos meses, A. J. Balfour, primer Lord del Tesoro, en lo que era un
cambio en la política del gobierno de los últimos veinte años, prometió una subvención del
Parlamento.
No fue tanto la generosidad individual o la obstinación de sir Clements o los auspicios de la casa
real como la rivalidad entre países lo que decidió a Mr. Balfour. Se había solicitado al Reichstag
de Berlín que aprobara la concesión de cinco mil libras a una expedición alemana a la Antártida.
En todos los campos—la expansión naval, la diplomacia comercial, el poder militar—Alemania
constituía la amenaza acechante y agresora, y no se la podía dejar campar a sus respetos en el
ámbito de la expedición al Polo. La política, que durante tanto tiempo había obstaculizado sus
iniciativas, se ponía del lado de sir Clements.
El Gobierno le concedió cuarenta y cinco mil libras, con la condición del todo habitual de que
tenía que conseguir una suma equivalente a partir de «otras fuentes». Sir Clements convenció a
la R.G.S. de que aprobara la aportación de cinco mil libras para satisfacer la cláusula.
Finalmente, los números le cuadraban.
Según la leyenda de Scott, años antes, cuando todavía era guardiamarina, sir Clements ya había
decidido confiarle el mando de sus futuras expediciones. Fue el propio sir Clements quien lo
difundió. Pero la verdad es que trataba de embellecer el pasado con una versión retrospectiva.
Con su temperamento de autócrata, sir Clements había planeado desde el principio no sólo
organizar una expedición, sino dirigirla según sus propias ideas. Supo en todo momento que
pasarían años antes de que pudiera hacerse a la mar, de modo que, sin duda, había andado
buscando con mucha antelación al futuro comandante entre los oficiales de la Marina más
jóvenes. Concedía gran importancia al pasado de su familia—puesto que profesaba creencias
hereditarias—y consideraba que los exploradores del Polo nacían más que se hacían.
En 1887, sir Clements, por entonces secretario de la R.G.S. y no aún sir, realizó una travesía por
las Indias occidentales a bordo del B.S.M. Active, integrado en el escuadrón Trining. Iba
invitado por su primo, el capitán (más adelante vicealmirante sir) Albert Markham, comodoro
del escuadrón, que había participado en la expedición de Nares once años atrás y dirigido el
grupo que alcanzó el punto más septentrional, en la que había de ser la última vez que Gran
Bretaña ostentara la marca mundial.
Resultó que, al mismo tiempo que Clements Markham, viajaba en el escuadrón Training, a bordo
del B.S.M. Rover, Scott, un guardiamarina de dieciocho años. El primero de marzo, ante la isla
de St. Kitts, Markham anotó en su diario que se había celebrado
 
una «carrera en servicio» de botes [...] Ha ganado el bote del Rover (guardiamarina Scott),
pero el del Calypso (Hyde Parker) ha llevado la delantera bastante rato.
 
Dos días después, en las Barbados, Markham asistió a una cena entre cuyos invitados figuraba
«el joven Scott del Rover, quien ganó la carrera en St. Kitts, un chico encantador». Sin embargo,
Markham conocía a muchos «chicos encantadores». En sus exhaustivos diarios tomaba nota con
toda meticulosidad de los centenares de oficiales de la Marina que conocía.
En cualquier caso, el futuro cargo de jefe de la expedición a la Antártida le estaba reservado a
Tom Smyth, guardiamarina del Active. Smyth, y no Scott, era la estrella de los diarios de
Markham. En un punto llega a dedicar cuarenta y dos páginas de apretada caligrafía a un repaso
encomiástico de su trayectoria. Y, verdaderamente, el guardiamarina Thomas C. Smyth, hijo del
general Smyth, bisnieto de la duquesa de Grafton y, por si fuera poco, un Walpole, reunía el
carácter, la familia y el linaje que Markham tenía en mente.
Sin embargo, los caminos de Scott y Markham volverían a cruzarse. Su siguiente encuentro,
fruto de la casualidad, se produjo el 18 de octubre de 1891, en el parque zoológico de Londres.
En los seis meses siguientes coincidieron otras dos veces en la Escuela de la Marina Británica de
Greenwich, de modo tan fortuito y breve como en la primera ocasión. No volvieron a verse hasta
febrero de 1897. Markham, convertido en sir Clements Markham, K.C.B., nombrado sir el año
anterior por sus aportaciones a la geografía, y presidente de la R.G.S., estaba embarcado en un
crucero del escuadrón Channel en el B.S.M. Royal Sovereign. Invitado a cenar en el B.S.M.
Empress of India, encontró a Scott a bordo en condición de teniente torpedista; no era una
coincidencia improbable, ya que sir Clements, inmerso en el angosto mundillo de los oficiales de
Marina, no cesaba de dar con «viejos amigos y conocidos», según lo expresaba. Volvieron a
encontrarse dos años más tarde, el 5 de junio de 1899, poco después del anuncio de la expedición
a la Antártida.
Aquella tarde, Scott compareció de improviso en la casa de Markham en Eccleston Square. Tras
el té, se ofreció como voluntario para comandar la expedición. Volvió al cabo de una semana,
anotó Markham sin demasiado énfasis, de nuevo «con el deseo de comandar la expedición a la
Antártida».
 
10

OBJETIVOS DIVERGENTES
 
Este deseo era de lo más inverosímil. Hasta entonces, Scott no había mostrado interés alguno por
la nieve ni el hielo. El mismo declaró que no tenía «predilección» por la exploración del Polo.
Pero tal como escribió entonces, carecía tanto del «aplomo como de la tranquilidad para buscar
algo que no fuera la promoción».
Era guardiamarina desde hacía diez años. Se enfrentaba al salto vertiginoso hacia el rango de
capitán de fragata, la crisis que había de atravesar todo oficial de Marina. [8] Ya no podía aspirar a
la promoción por antigüedad. Sólo podía ascender por méritos, o a lo sumo por una
recomendación especial. Scott vivía con la obsesión del guardiamarina: quedar estancado.
Su primera visita a Eccleston Square tuvo lugar en la víspera de su trigésimoprimer aniversario.
Tenía una angustiada conciencia del paso del tiempo y carecía de logros de que jactarse. Lo
menguado de su curriculum no se debía a que fuera uno de los rebeldes y reformadores que
sacaron a la Marina británica de su letargo Victoriano a fuerza de defender opiniones poco
correctas ante sus superiores, ya que Robert Falcon Scott era un oficial ortodoxo que no podía
asustar a nadie con sus ideas. Su miedo nacía de la sensación de no estar a la altura y de que, a
pesar de su mediocre práctica de conformista que hacía todo lo posible por agradar, en el cuerpo
no lo tenían en buena consideración. La Lista de la Marina hurgaba la herida cada mes al
exponer la nómina de compañeros que promocionaban y lo dejaban atrás. El camino parecía
bloqueado.
En los fugaces encuentros entre ambos, a base de explayarse sobre su asunto favorito—el
servicio en el Polo como un «escuadrón de instrucción con doble paga y promoción»—, sir
Clements había plantado una semilla en el pensamiento de Scott. La idea se vio respaldada por
dos ejemplos recientes y cercanos. El vicealmirante sir Henry Stephenson, comandante del
escuadrón Channel hasta principios de año, y el capitán George LeClerc Egerton, que estaba a
punto de recibir el mando del B.S.M. Majestic de manos del capitán príncipe Louis of
Battenberg, habían viajado al Artico en la expedición de Nares. Al anunciarse la expedición a la
Antártida, Scott, sin duda a raíz de alguna indirecta, adivinó el anhelado pasaporte a la
promoción.
Años más tarde, mirando hacia atrás, Scott sostuvo—contra las pruebas que ofrecía el diario de
sir Clements Markham—que topó casualmente con sir Clements por la calle y que fue entonces,
en sus propias palabras, cuando se enteró «de que existía un proyecto de expedición a la
Antártida». Tal vez intentara fingir el ideal del aficionado que no espera obtener beneficios
prácticos. El «proyecto de expedición a la Antártida» tuvo una notable publicidad, y es poco
verosímil que Scott lo desconociera hasta el punto que da a entender.
A lo largo de los meses anteriores, desde que la expedición cobrara visos de viabilidad, sir
Clements había dedicado muchas horas a reflexionar sobre la elección del jefe. Había conseguido
el dinero pero no estaba convencido de poder reunir a los oficiales, al menos del tipo que quería.
Alemania había comenzado a organizar su armada; estaba a punto de estallar la guerra
anglobóer; la Pax Britannica tocaba a su fin, y lo que se iba a necesitar era acción efectiva más
que simulada. A los oficiales de primera clase no les iba a interesar la idea de sepultarse en las
regiones polares durante dos o tres años, y la Marina se resistiría a ceder sus mejores hombres.
Scott era muy consciente de todos estos factores, que le brindaron su gran oportunidad. Al entrar
en el vestíbulo alto y angosto de Eccleston Square aquel día de junio de 1899, halló a sir
Clements—como tal vez había previsto—muy alicaído. Los oficiales idóneos no estaban a su
disposición. Tommy Smyth se había hundido en la miseria (sobre todo a causa de la bebida) y
había sido apartado de la candidatura. El puesto de jefe de la expedición estaba vacante, a la
espera de que alguien lo asumiera.
Sir Clements, que rayaba en los setenta, creía en la juventud; romántico, la adoraba. En este
punto la emoción le empañaba el juicio. Como muchos hombres de su edad, sir Clements andaba
a la busca de un protegido que le permitiera vivir de manera indirecta.
Scott distaba mucho de ser un candidato evidente. Sir Clements exigía a sus favoritos las más
altas posiciones sociales y profesionales. Un teniente torpedista oscuro y más bien mediocre con
escasas perspectivas, hijo de un fabricante de cerveza de provincias y, para colmo de desgracias,
acuciado por la plebeya necesidad de ganarse la vida, no era el tipo de oficial en que
normalmente se habría fijado sir Clements. Además, él, que concedía gran importancia a las
apariencias, prefería por norma los tipos discretos y afeminados a los rasgos sensuales de Scott.
Sin embargo, Scott, de quien un compañero dijo en una ocasión que no había nadie, «hombre o
mujer que pudiera llegar a ser tan atractivo cuando quería», conocía el modo de halagar y sacar
provecho de las debilidades de los hombres mayores que él, y no tardó en ganarse el favor de sir
Clements.
Se dio una situación en que ambos vieron con claridad que podían sacar provecho uno del otro.
Scott apareció en el momento en que no había otros candidatos al mando, y le aseguró a sir
Clements una adhesión fanática a sus planes.
Tres días antes de producirse esta curiosa comparecencia en Eccleston Square, Scott había sido
recomendado por fin para la promoción. Lo propuso el vicealmirante sir Harry Rawson,
comandante general del escuadrón Channel. La nominación se integraba en una extraña cadena
de acontecimientos. Sir Clements ya estaba acompañado de otro miembro de la Marina cuando
Scott fue a tomar el té: era sir Vesey Hamilton, un almirante retirado que había explorado el Polo
y que por entonces colaboraba en los planes de sir Clements. Estando en el Ministerio de la
Marina, sir Vesey había tenido noticia, en circunstancias peculiares, de las actividades de Scott
en la base del Pacífico. Esta notificación no era ajena a la influencia política del esposo de Ettie,
William Ellison-Macartney, todavía secretario para el Parlamento del Almirantazgo, quien estaba
preocupado por el futuro de su cuñado. Esta inquietud podía apaciguarse con el ingreso de Scott
en una expedición al Polo. A un oficial con un futuro incierto se le podía ayudar de manera
indirecta sin causar daño alguno, por así decirlo. Para remacharlo, sir Vesey conocía a sir Harry,
quien, al igual que Scott y muy oportunamente, vivía a cuatro pasos de la casa de sir Clements.
Y así, gracias a una concatenación de circunstancias favorables, Scott se unió a, según sus
palabras, «las filas de los avanzados». Había pasado por el ojo de la aguja. Pero Scott aspiraba a
más, a mucho más. No se contentaba con haberse puesto a la altura de sus compañeros de la
misma edad, quería superarlos. Puso el listón por encima del primer y modesto grado de
comandante, y lo situó en las cuatro barras de capitán y, aun más, en el oro más espléndido del
almirante.
«Debes tener paciencia», le aconsejó sir Clements, que percibió su fatal propensión a precipitarse
en el momento equivocado. «Si esta vez te promocionan el año [siguiente], será perfecto.
Cometerás un grave error si haces alguna gestión en el Almirantazgo antes de que te den la
señal». Scott se debía «abstener de actuar hasta octubre, como no sea para granjearte el interés de
los oficiales de Marina de la Comisión Conjunta».
La R.G.S. había formado por entonces una coalición con la Royal Society, con objeto no sólo de
reunir dinero sino de dirigir la expedición. Los preparativos iban a cargo de la Comisión
Conjunta, «un mecanismo lento», a decir de sir Clements, de veintiocho miembros de ambas
sociedades elegidos en igualdad de condiciones. Entre ellos había once oficiales de la Marina, la
mayoría antiguos almirantes «del Artico». Una subcomisión de diez de estos miembros había de
elegir al comandante de la expedición, de ahí el consejo de sir Clements de «granjearse el
interés».
Tras cuatro décadas de pertenencia a las esferas influyentes de la R.G.S., sir Clements contaba
con un conocimiento práctico de tejemanejes y corruptelas. Sabía que debía ocultar su influencia
en este caso. Aconsejó a Scott que se comportara como por propia iniciativa; tenía que «ganarse»
al vicealmirante A. H. Markham, primo de sir Clements, así como al almirante sir Leopold
McClintock. «Su hermana, la señora Macartney, lo conoce», y tácticas por el estilo.
En realidad, a aquellas alturas no había ninguna garantía de conseguir el apoyo de ningún oficial
de la Marina. Unos meses más tarde estalló la guerra anglo-bóer; el horizonte internacional
estaba más encapotado que de costumbre, y era precisa la participación de todos los hombres
disponibles, tal como anunció el Almirantazgo. El Gobierno, que mostró una actitud más clara,
no quería implicarse en el proyecto; si no ofrecía más que dinero podía, de ser necesario, lavarse
las manos en el asunto; en cambio, si procuraba hombres, contraería responsabilidades. Así que
mientras Scott se esforzaba por «granjearse el interés», sir Clements acosaba con insistencia al
Gobierno. En abril de 1900, George (más adelante vizconde de) Goschen, primer Lord del
Almirantazgo, cedió finalmente hasta el punto de prometerle dos oficiales, sin duda porque lo
consideraba un medio poco oneroso de librarse de las atenciones de sir Clements.
Entre tanto, sir Clements, sirviéndose de intermediarios discretos, había sobornado a lord Walter
Kerr, primer Lord del Mar, y al almirante Douglas, segundo Lord del Mar, que en última
instancia serían los encargados de nombrar a los oficiales. Entre estos intermediarios, sir
Clements se sirvió del cuñado de Scott, William Ellion-Macartney. Macartney se entrevistó tanto
con Douglas como con lord Walter. Le escribió a Scott para asegurarle que era «bastante seguro
que vayas [...] Mr. Goschen ha convenido en la cesión de un comandante y un teniente, y se te ha
propuesto para lo primero, así que considero que tu promoción está muy bien encaminada».
Se había convencido a lord Walter de que propusiera a Scott como jefe de la expedición, y como
segundo al teniente Charles Rawson Royds, también elegido por sir Clements. Royds había sido
uno de los primeros en presentar su candidatura: compareció ante sir Clements dos meses antes
que Scott. Tenía un interés genuino por la exploración al Polo. Tal interés, junto con su tipo de
belleza adecuado y el hecho de ser sobrino de Wiatt Rawson, que había participado en la
expedición de Nares, fue suficiente para que sir Clements decidiera que «ha de ser uno de los
héroes de la Antártida».
Los oficiales de Marina de la subcomisión suponían que se los había nombrado para que
eligieran un jefe. Entonces descubrieron que se los había convocado meramente para que
refrendaran al candidato de sir Clements, cuya intervención no pasó del todo desapercibida.
«Clements se ha inmiscuido a favor de Scott», anotó sucintamente el vicealmirante Markham en
el margen de una carta que le escribió su primo. Sir Vesey Hamilton también formaba parte de la
subcomisión: era el eje de un grupo que participó en la trama.
Se formó una oposición sólida y en ocasiones virulenta, que respondía a una indignación más
honda que el disgusto habitual de quien descubre que se ha elegido al favorito de otro. La Marina
victoriana estaba repleta de personajes violentos y de un nepotismo formidable; pero este tipo de
maquinación sutil, con su indicio de influencia política, transgredía los límites aceptables de
corrupción entre caballeros. Y lo que era aún peor: la estaba orquestando un extraño. La
indignación aumentó a la vista de las manifiestas deficiencias de Scott:
 
Toda experiencia ha de adquirirse [escribió el capitán Mostyn Field, en lo que era una profecía
inconsciente], y si se elige a un oficial falto de experiencia en estas cuestiones habrá que pagar
un precio en tiempo y material que en una expedición a la Antártida no se puede permitir [...] el
oficial al mando debería conocer a la perfección hasta el detalle más nimio de su oficio, y no
debe procurarse este conocimiento a costa de la misión que desempeña.
 
El capitán Field expresaba el parecer de varios oficiales de Marina integrados en la subcomisión.
Entre ellos había una considerable hostilidad hacia Scott, quien parecía señalado. El
contraalmirante sir William Wharton, ingeniero hidrógrafo (supervisor general) de la Marina,
recelaba a las claras de él. Sir William había sido una de las pocas autoridades inglesas que
respaldaron los planes de Nansen de hacer derivar el Fram, en contra del desdén de los
almirantes «del Ártico», y estaba razonablemente informado de lo que era una exploración del
Polo.
Pero los almirantes y los capitanes, por no hablar de los científicos de la Royal Society, no tenían
ninguna opción en el enfrentamiento con sir Clements, que se salió con la suya gracias a una
combinación de maniobras fulminantes y pura desfachatez. El viernes 25 de mayo de 1900, la
Comisión Conjunta en pleno, a decir de sir Clements, «confirmó de la manera más definitiva una
conclusión anunciada», y Scott fue nombrado jefe de la Expedición Nacional a la Antártida.
El capitán George LeClerc Egerton, el oficial superior Scott en el B.S.M. Majestic, que lo había
conocido unos años antes en el B.S.M. Vernon, mostró una extraña falta de entusiasmo cuando le
pidieron una recomendación. «Puesto que no está disponible ningún oficial que reúna
experiencia previa en operaciones en el Artico o la Antártida—escribió—no estoy en disposición
de nombrar a ningún oficial que parezca más adecuado». Por el contrario, uno de los capitanes de
Royds había definido a su soldado como «uno entre mil, y de tener que elegir a un hombre entre
toda la Marina para que me acompañara en una operación o una invernada en el Artico, sin duda
escogería a Royds».
El 30 de junio Scott ascendió al rango de comandante. Antes de lo que podría haber esperado de
seguir otros canales, había conseguido llevar en el brazo el codiciado tercer galón de oro: la
exploración al Polo era, efectivamente, una vía hacia la «doble paga y promoción».
 

 
Un año después de presentarse como candidato al mando, Scott seguía desconociendo a extremos
sorprendentes todo lo relacionado con la exploración del Polo. Había leído muy poco sobre la
materia. Estaba por completo en manos de sir Clements.
Este se aferraba a métodos que habían quedado muy desfasados. Ignoraba con desprecio el
modelo de Amundsen, el doctor John Rae. Prescindía de viajeros británicos al Polo
contemporáneos como sir Martin Conway, el primero en atravesar Spitzbergen. Sir Martin,
además de ser un buen montañero y contar con gran experiencia en los desplazamientos sobre
hielo, ejemplificaba la eficacia de las expediciones pequeñas privadas. Tenía el don natural del
mando y habría dado lustre a la empresa nacional. Pero ni siquiera lo invitaron a tomar parte en
ella.
Sir Clements había recaudado noventa mil libras, la mayor suma jamás destinada hasta entonces
a una exploración del Polo. Era siete veces superior al coste total de la expedición del Bélgica, y
suficiente para construir un barco para la ocasión.
Buscaban un barco de madera, pero el arte de la construcción de grandes barcos de madera había
entrado en una profunda crisis en Gran Bretaña. Unos cuantos astilleros escoceses especializados
en balleneros de aguas árticas acaparaban el sector de las embarcaciones adaptadas al hielo. En
vez de confiar en su pericia, sir Clements concibió un plan conflictivo: encargó el barco a un
astillero de Dundee, pero encomendó su diseño a un ingeniero naval de la Marina británica, W.
E. Smith. Este carecía de experiencia en embarcaciones polares, y el barco quedaría lastrado por
graves defectos técnicos que, curiosamente, constituyeron un paralelo con la construcción naval
británica del tiempo.
Aunque la exploración británica oficial se había detenido desde la expedición de Nares al Artico
de 1875-1876, sir Clements Markham, haciendo gala de una estrechez de miras y un aislamiento
desfasados, desdeñó los progresos llevados a cabo en el extranjero. Era casi inevitable que
reaccionara con una aversión violenta e irracional al uso de perros y animales de tiro. Sir
Clements nunca había conducido perros; salvo un breve viaje en trineo en la expedición de
rescate de Franklin—su última misión en la Marina casi cincuenta años atrás—, carecía por
completo de experiencia práctica del Polo. Sus opiniones eran producto de la teoría y la emoción.
Los perros, afirmó en un pasaje revelador, eran «útiles para los esquimales de Groenlandia y los
siberianos», donde se apunta que serían degradantes para los ingleses. Por su parte, propugnaba
la práctica grotescamente anticuada de arrastrar los trineos a pulso.
En agosto de 1899, dos meses después de que Scott se ofreciera para comandar la expedición, sir
Clements le envió un documento que debía leer en septiembre durante el Séptimo Congreso
Geográfico Internacional de Berlín. Contenía el siguiente fragmento:
 
En tiempos recientes se ha puesto gran confianza en los perros para el viaje por el Artico. Pero
con ellos no se ha conseguido nada comparable con lo que los hombres han logrado sin los
perros. De hecho, en las regiones árticas, sólo se ha completado un viaje de considerable
recorrido con perros: el de Mr. Peary por el hielo interior de Groenlandia. Pero habría
perecido de no ser por los recursos de la tierra, y murieron todos los perros salvo uno debido al
esfuerzo excesivo, o los mataron para alimentar a los demás. Es un sistema muy cruel.
 
En el Congreso, Nansen se alzó para replicar:
 
He viajado con y sin perros; en Groenlandia no llevé perros, y sí los usé en el Artico, y opino
que resulta más fácil con los perros [...] Reconozco que es cruel llevar perros; pero también es
cruel sobrecargar de trabajo a un ser humano. Asimismo, es cruel matar perros. Pero en
nuestros países también matamos animales [...].
 
La respuesta no convenció a sir Clements. «El debate que siguió a mi exposición—escribió—fue
irrelevante». Sir Clements se había dejado engañar por los logros del arrastre a pulso en el curso
de las búsquedas de Franklin de medio siglo atrás. Gustaba de ensalzar al entonces teniente de
navío Leopold McClintock «que, sin la ayuda de perros, pasó ciento cinco días en una tienda y
recorrió más de 2.125 kilómetros». El asunto quedaba aún más oscurecido por el fracaso de los
perros en la expedición de Nares, debido sobre todo a que los oficiales británicos no supieron
gobernarlos.
Sin embargo, sir Clements ignoraba la experiencia de generaciones anteriores de exploradores
británicos. En la década de 1820, sir Edward Parry había aprendido con plena satisfacción, en el
Artico canadiense y a partir de su contacto con los esquimales, a conducir perros, y mostró el
camino que había que seguir. Pero fue en el extranjero donde sus enseñanzas hallaron mayor eco.
Nansen, por ejemplo, reconoció sin ambages lo que le debía. En su país, en el campo de la
exploración del Polo, el efecto harto previsible fue el estancamiento y el retroceso.
Al afirmar que «hacerlo todo con seres humanos causa muchos problemas y muchos
sufrimientos», Nansen denunciaba la estupidez culpable; pero para sir Clements el derroche de
esfuerzo humano era la expresión de un ideal. El movimiento romántico inglés se caracterizó en
parte por equiparar el sufrimiento con el logro en sí mismo. Se percibía un mérito en la adopción
de las alternativas más esforzadas. Las pinturas de la época muestran a miembros de la Marina
británica en filas apretadas arrastrando trineos grotescamente sobrecargados, como soldados en
pos del campo de batalla; figuras de una humilde heroicidad que se enfrentaban al poder de la
naturaleza a base de fuerza bruta y puro coraje. Los perros no encajaban en este ideal: hacían que
todo pareciera demasiado fácil; éste era su crimen.
Tal tipo de sentimiento también influyó en la actitud contraria de sir Clements hacia los esquís.
Nada, declaró, podía compararse a los marinos británicos avanzando a duras penas por la nieve
con la sola ayuda de los pies. Sir Clements nunca había visto personalmente el uso de los esquís.
Es toda una paradoja que los ingleses, pioneros del esquí en los Alpes, lo desecharan en las
regiones polares. Desde luego, para los ingleses el esquí era de descenso, un deporte; ni
aprovecharon ni entendieron su aplicación original como medio de transporte en la naturaleza. El
asesor de sir Clements en esta materia era D. M. Crichton-Somerville, inglés residente en
Noruega. Para Crichton-Somerville, los esquís estaban «sobrevalorados» como medio de
transporte. En la Antártida,
 
Serían útiles para [...] tareas ligeras en nieve blanda [...] Estoy familiarizado con el esquí desde
1877 [...] pero no me plantearía utilizarlos si tuviera que arrastrar algo—sería casi imposible—
o llevarlos sobre nieve firme, para la que no resultan adecuados.
 
Tales observaciones iban en contra de toda experiencia. Pero sir Clements decidió creerlas; fue el
origen de otro error teórico garrafal.
 

 
Scott se hizo cargo de la expedición en septiembre de 1900. Sir Clements se hallaba por entonces
en Noruega, en su cura anual de gota en el balneario de Larvig. Le envió una carta a Scott en que
le encarecía que lo acompañara en una visita a Nansen, en Cristianía.
A decir de Knud Rasmussen, el gran explorador danés del Polo, Nansen se había convertido en
una «especie de Juan Bautista. [Su] beneplácito a una expedición era como un bautismo, una
inauguración, un galardón para la caballería andante». Para los exploradores del Polo era una
obligación visitarlo. En la práctica, Nansen había hecho de Cristianía un centro de elaboración y
suministro de trineos, esquís, sacos de dormir y todo el equipamiento del viaje al Polo. Estos
artículos no se podían encontrar en Inglaterra. [9]
Y así, el 8 de octubre, Scott llegó obedientemente a Cristianía. Según escribió a su madre,
encontró en Nansen a «un gran hombre». Por su parte, Nansen no sabía qué pensar de Scott, con
su actitud tensa, la permanente sombra de una frente fruncida y su extraña combinación de
inseguridad y suficiencia.
Pocos de los que visitaron a Nansen fueron tan ignorantes o estuvieron tan mal aconsejados. Por
compasión, Nansen se resignó a informar a Scott de los elementos del viaje por la nieve. Scott,
que apenas había visto nieve en su vida, tuvo que lidiar con el asunto en un plano teórico.
Nansen hizo cuanto estuvo en su mano por eliminar las opiniones tópicas y desfasadas de Scott,
y lo consiguió al punto de convencerlo de que se llevara unos cuantos perros y esquís.
Por desgracia, aunque los esquiadores iban adoptando el sistema moderno de los dos bastones,
Nansen se aferraba al obsoleto de uno solo y transmitió su prejuicio a Scott. Y puesto que éste no
había visto a nadie sobre esquís, tuvo que figurarse su modo de uso y aceptó las explicaciones de
Nansen.
Scott se propuso aprender en teoría, mediante conversaciones con expertos, en una semana lo
que a Amundsen le había llevado una década de práctica adquirir. Apuntaba en un cuaderno lo
que le explicaban. Nansen, por ejemplo, le aconsejó que se procurara termómetros
oceanógraficos extranjeros, sugiriendo que «la falta de exactitud y progreso en los fabricantes
ingleses es resultado directo de la ausencia de estas cualidades en las instituciones públicas».
Pero, en palabras de Scott,
 
Lo que sobre todo se me ha advertido y hecho considerar seriamente es: que la tripulación
resulta ridículamente amplia según todos los extranjeros. Hay que reducir mucho la tripulación.
 
En el mismo cuaderno, Scott revelaba una limitación curiosa. Por entonces se hallaba en
Cristianía el duque de Savoya, que acababa de comandar una expedición italiana que había
conseguido un nuevo punto más septentrional de 86° 31'—superando en veintisiete kilómetros el
récord de Nansen, imbatido a lo largo de seis años—, lo que constituía la mayor aproximación
del hombre a cualquiera de los dos Polos de la Tierra y, de paso, confirmaba la validez del uso de
perros. Pero Scott, que anotó que el duque tenía «modales elegantes», decidió «que no ofrecía
demasiadas enseñanzas». A parte de la influencia de la personalidad abrumadora de Nansen,
Scott parecía blindarse frente a la experiencia de los exploradores del Polo; tal vez fuera
obstinación, pero en ocasiones casi se diría que estaba celoso.
Así, el único comentario registrado de Scott acerca de Borchgrevink es que Nansen lo tildó de
«impostor». Los dos noruegos habían discutido y Borchgrevink se había mostrado bastante
violento. Pero abrió el camino de la exploración en tierra antartica. Había regresado a la
civilización en marzo, tras convertirse en el primer hombre que invernaba en el continente
antartico y desembarcaba en la Barrera de Hielo Ross, en la ensenada descubierta por James
Clark Ross hacía sesenta años. Fue allí donde Borchgrevink consiguió un nuevo punto más
meridional, 78o 50', e inauguró la carrera hacia el Polo Sur. Además, había indicado los métodos
idóneos: había conseguido la marca con perros y esquís y demostrado que ambos eran tan útiles
en el sur como en el norte. Su logro histórico probaría que la Barrera no era una barrera sino una
vía de acceso al sur. Como hito precursor no estaba mal, pero a Scott no pareció impresionarle.
Tampoco lo consiguió Colin Archer, el ingeniero del Fram y tal vez la mayor autoridad viva en
materia de embarcaciones polares. «Tiempo desaprovechado» fue el veredicto sobre una visita
organizada por Nansen. En este caso parece que el problema estribó en la incapacidad de Scott
de penetrar la expresión sencilla de Archer y percibir las cualidades que escondía.
Tras la ronda de entrevistas y anotaciones, Scott da la impresión de tener pocas ganas de
aprender, como si se rigiera por el lema implícito de la Marina británica: «No hay nada que no
pueda lograr la Marina». Al igual que la mayoría de sus colegas de entonces, en el fondo
desdeñaba la preparación esmerada y sólo creía ciegamente en el sentido común y la
improvisación en el momento adecuado.
Scott tuvo que encontrar tiempo para varios actos sociales, en uno de los cuales confesó estar
«muy interesado» en la señora Reusch, esposa del presidente de la Sociedad Geográfica
Noruega, porque era artista. Nansen le presentó a «"Grieg" (compositor)», tal como lo anotó en
su cuaderno. En tanto que oficial de la Marina británica se le tenía por toda una personalidad, tal
vez una equivocación tratándose de un principiante que había ido a aprender.
Tras diez días en Cristianía, Scott—de nuevo a instancias de sir Clements—marchó a
Copenhague a entrevistarse con Beauvais, el suministrador de pemicán de Nansen. Después pasó
a Berlín con vistas a examinar la expedición alemana a la Antártida que, al mando de Erich von
Drygalski, catedrático de Geografía en la Universidad de Berlín, había de partir casi al tiempo
que la británica. Drygalski se dirigía a las regiones del océano índico, mientras que el destino de
Scott era el mar de Ross, en otra parte del continente.
En el viaje en tren, Scott leyó Through the Jirst Antarctic night, la crónica de la expedición del
Bélgica escrita por el doctor Frederick A. Cook y acabada de publicar. «Deben de estar fatal» fue
su único comentario.
En Berlín, Scott se desengañó de tanta complacencia. Los alemanes estaban muy avanzados y
mejor organizados. Regresó a Londres sumamente alarmado; desde la estación de Liverpool
Street se dirigió sin demora a la sede de Savile Row de la Royal Geographical Society, donde
habló con sir Clements Markham y le dejó «muy impresionado en lo relativo a nuestro retraso».
Los rivales no eran sólo alemanes. Los suecos preparaban una expedición a Tierra de Graham a
las órdenes de Otto Nordenskjóld. Tal como estaban las cosas, ambas tenían muchas
posibilidades de superar a los británicos.
El retraso de los preparativos británicos se debía en parte— pero no del todo—a la ingente
cantidad de subcomisiones. Lo que más impresionó a Scott en Berlín fue que Drygalski «se ha
emancipado de todo tipo de control. Se ha negado a obedecer órdenes». Si un catedrático
prusiano podía conseguirlo, ¿por qué no un oficial de la Marina británica? El ejemplo de
Drygalski movió a Scott a asumir el mando de toda la expedición y a rechazar el papel de
trabajador remunerado. Con miras a acelerar la operación exigió, y obtuvo, lo que en la práctica
venían a ser poderes plenos, independientes y ejecutivos, con sólo sir Clements por encima de él.
 

 
Desde que se impuso la presencia de Scott en la expedición, la Royal Geographical Society o,
mejor dicho, sir Clements Markham, y la Royal Society andaban a la greña. Los miembros de la
Royal Society creían que Scott sería un mero capitán de barco, el especialista técnico, por así
decirlo, que llevaría la expedición a la Antártida y retornaría con ella. Tratándose de una
expedición científica, la Royal Society daba por sentado que se confiaría el mando a un
científico. Se propuso al profesor J. W. Gregory. El se encargaría de las operaciones en tierra.
Gregory, que a la sazón contaba treinta y seis años, había optado recientemente a la cátedra de
Geología de la Universidad de Melbourne. Era montañero, explorador y un distinguido geólogo.
Había cursado las escaladas alpinas clásicas; había practicado en laderas heladas y en glaciares.
Había acompañado a sir Martin Conway en la primera travesía de Spitsbergen y comprendido los
principios del viaje por el Polo. Escribió en sus notas preparatorias de la expedición que los
perros eran esenciales porque
 
cada kilo de alimento adicional que podamos transportar nos permitirá avanzar seis kilómetros
hacia el sur. En segundo lugar, no se puede esperar que hombres atados a pesados trineos
puedan mantener la suficiente concentración para [...] solucionar los problemas que les irán
saliendo al paso.
 
Fue una anotación profética. A Gregory no le gustaba Scott. Consideraba que era «un mal
organizador, y que trataba de acaparar toda la gloria de la gesta [...], que los deficientes métodos
de Scott nos causarían problemas». Gregory no deseaba la compañía de un capitán de la Marina;
quería a un capitán de ballenero con marineros noruegos y de Terranova, por su conocimiento de
las masas de hielo. Quería un equipo de tierra «lo más reducido posible», con guías de montaña
suizos para los glaciares y las escaladas. Se había propuesto viajar deprisa, con muchos perros.
El grupo de tierra había de practicar maniobras en el hielo y esquí en Suiza antes de partir.
Comparado con lo que proponían otros, era un modelo de perspicacia y sensatez, en realidad el
único plan que merecía tal nombre entre una avalancha de generalidades ampulosas. Podría
haber llevado a los británicos al Polo Sur antes que nadie. No difería demasiado de los métodos
del que a la postre sería el vencedor. Pero estaba condenado a permanecer como una seductora
posibilidad.
En todo caso, sir Clements no toleraba la idea de poner el mando en manos de alguien que no
fuera oficial de Marina. Hizo las gestiones necesarias para que Gregory renunciara al proyecto,
despojando así a la expedición de su único talento verdadero.
Las consecuencias de esta operación trascenderían en mucho a esta empresa. Sir Clements
Markham había alterado el curso de la expedición británica a la Antártida. De haber podido sir
Gregory actuar con libertad, se habría alistado a científicos y civiles que hubieran aportado aire
nuevo. Pero se rechazó a los mejores hombres. Gregory no fue más que el primer caso. Sir
Clements defendía el predominio de la Marina y aseguró, en un momento crítico, el imperio de la
mediocridad uniformada.
Con todo, sir Clements tuvo que enfrentarse a cierta oposición. Alfred Harmsworth (más
adelante lord Northcliffe) había donado cinco mil libras a condición de que se eligiera a dos de
sus candidatos: se trataba, por así decirlo, de una garantía de su inversión. Seleccionó a Albert
Armitage y al doctor Reginald Koettlitz, que habían pasado tres años en el Ártico con la
expedición de Jackson y Harmsworth y eran por completo ajenos a la camarilla de la R.G.S.; al
oponerse sir Clements, Harmsworth replicó que
 
la mejor recomendación [de Koettlitz] es que todos los hombres volvieron hallándose en un
mejor estado de salud que al partir [...] Nadie salvo yo sabe lo que atravesó [Armitage] [...] Su
sentido del deber [...] llegó a un punto que yo no había visto hasta entonces [...].
 
Armitage era un oficial mercante que trabajaba en la línea P. & O. Además de tener experiencia
en el Artico, era un buen navegante y administrador de barcos. Se lo nombró oficial segundo.
A pesar de la experiencia que poseían Koettlitz y Armitage, ni Scott ni sir Clements los querían
en la expedición. Scott fue más lejos y trató de deshacerse de Charles Royds. Temía a los que de
veras estaban preparados porque los veía como una amenaza a su autoridad. No aceptaba que se
le impusieran hombres y se consideraba libre de elegir a los que le parecieran más oportunos ya
que, al fin y al cabo, se suponía que estaba al mando. Pero los organizadores le seguían teniendo
por un trabajador a sueldo y estaban en posición de tomar decisiones. Scott tuvo que plegarse a
aceptar a un joven oficial mercante procedente de la Union Castle Line llamado Ernest
Shackleton.
Angloirlandés del condado de Kildare, Shackleton, como Scott, no estaba especialmente
inclinado a la exploración del Polo, pero, como él, quería ascender. Ambos eran a su manera
unos aventureros. El azar reveló a Shackleton una vía hacia la fama en el Artico. Conoció a un
hijo de Mr. Longstaff en un barco que transportaba tropas a Sudáfrica a comienzos de la guerra
anglo-bóer y consiguió que le presentara al padre. Mr. Longstaff, impresionado por la elocuencia
de bucanero de Shackleton, lo recomendó para la expedición: no se lo podían negar al principal
patrocinador.
Con la avalancha de ingresos que le caía encima, Scott sólo pudo tomar decisiones esporádicas.
Aprovechó un tecnicismo médico para apartar al Dr. (más tarde sir) George Simpson,
meteorólogo cada vez más conocido que no le caía simpático. En cambio, cuando el candidato de
la Royal Society el Dr. Edward Wilson fue declarado inútil debido a unas secuelas de
tuberculosis en un pulmón, Scott arrugó el informe médico para podérselo llevar.
En la elección de Wilson hubo la misma dosis de azar que en la de Shackleton. El Dr. Philip
Sclater, uno de los organizadores encargado de seleccionar al personal científico y presidente de
la Sociedad Zoológica, vio a Wilson en el zoo de Londres mientras éste pintaba pájaros para una
revista ilustrada. Sclater andaba buscando un médico ayudante que pudiera hacer las veces de
zoólogo a las órdenes de Koettlitz y, habiendo visto en Wilson un ilustrador científico
competente, le pidió que optara al puesto.
Hijo de un médico de Cheltenham, Wilson acababa de licenciarse por la Facultad Gonville and
Caius de Cambridge. La licenciatura se había retrasado por culpa de una tuberculosis pulmonar
que lo había enviado a sanatorios de Noruega y los Alpes suizos. No tenía un interés especial por
la exploración del Polo, ni, a lo que parecía, en la práctica de la medicina. El Dr. Sclater le
eximió de la obligación de elegir al pulsar un resorte pasivo, fatalista y tal vez acomodadizo de
su naturaleza.
Pero Wilson no tomó ninguna iniciativa. Fue su tío, el general de división Charles Wilson,
integrante del Consejo de la R.G.S., quien se lo propuso a sir Clements y preparó una entrevista.
A Scott le agradó algún rasgo de Wilson e insistió en llevárselo a pesar de los dictámenes
médicos.
Otro recién licenciado de Cambridge, Hartley Ferrar, fue aceptado como geólogo; Thomas Veré
Hodgson, conservador del Museo de Plymouth, como biólogo marino. El sucesor de Mr.
Simpson, que también desagradó a Scott, fue rechazado a causa de otro tecnicismo médico. Sir
Clements decidió meter baza y propuso como físico a Louis Bernacchi, que había acompañado a
Borchgrevink. (La revancha de sir Clements contra Borchgrevink no se hacía extensiva a sus
hombres.)
Habiéndose asignado estos cargos, Scott pasó a preocuparse por el reclutamiento de los oficiales
de la Marina y la tripulación, ya que, en sus palabras, tenía «serias dudas en cuanto a mi
capacidad para tratar con otro tipo de hombres». El Almirantazgo, lógicamente reacio a
implicarse en una empresa que escapaba a su control, limitó al principio el contingente militar a
Scott y Royds. Pero sir Clements consiguió más concesiones. Se le permitió a Scott que alistara
al teniente de navío Michael Barne y al teniente ingeniero Reginald Skelton, que fueran
compañeros suyos en el B.S.M. Majestic. También se le confirieron veinte suboficiales y
marineros seleccionados por oficiales a quienes conocía. No quedó satisfecho y tuvo que
completar la tripulación con una combinación de marineros de la Marina y mercantes. Dados el
antagonismo que por entonces existía entre ambos cuerpos y sus formaciones en todo punto
diversas, era una opción arriesgada.
Además de Alemania y Suecia, otras dos naciones se disponían a abordar la Antártida. William
Spiers Bruce, naturalista edimburgués, preparaba una expedición nacional escocesa al mar de
Weddell. En Francia, el Dr. Jean Charcot, que opinaba que su país debía estar representado en la
carrera hacia la Antártida, organizaba un viaje a la costa oeste de Tierra Graham. Con cinco
expediciones destinadas al sur, Scott te