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Dirty Angels1

El documento narra la historia de Luisa, esposa de un líder de cártel mexicano. Al descubrir la violencia y control en su matrimonio, Luisa planea escapar de la casa. Cuando llegan invitados, aprovecha la oportunidad para huir corriendo hacia la selva, con la esperanza de escapar de su cautiverio.

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Dirty Angels1

El documento narra la historia de Luisa, esposa de un líder de cártel mexicano. Al descubrir la violencia y control en su matrimonio, Luisa planea escapar de la casa. Cuando llegan invitados, aprovecha la oportunidad para huir corriendo hacia la selva, con la esperanza de escapar de su cautiverio.

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Mel Cipriano & Yessy

Adriana Tate Jadasa Miry


Alessandra Wilde Genevieve Monse C.
Andreeapaz Jasiel Odair Nats
Arantza Jenni G Pachi Reed15
becky_abc2 Josmary Paltonika
Beluu Kary_ksk Pilar
Clara Markov Koté Sandry
Daniela Agrafojo Lorena Tolola
dydy Madhatter Val_17
Estivali Mary Vane Black
Fany Stgo. Mel Cipriano Vani
florbarbero Mire 4

Adriana Tate Jadasa NnancyC


Alessandra Wilde Josmary Paltonika
Amélie Kora SammyD
Beluu Laurita PI Sandry
Daniela Agrafojo Lizzy Avett’ Val_17
Eli Mirced Marie.Ang Vane Black
Fany Stgo. MariaE.
Itxi Miry

Jadasa

Ivana
Sinopsis Capítulo 13
Prólogo Capítulo 14
Capítulo 1 Capítulo 15
Capítulo 2 Capítulo 16
Capítulo 3 Capítulo 17
Capítulo 4 Capítulo 18
Capítulo 5 Capítulo 19
Capítulo 6 Capítulo 20
Capítulo 7 Capítulo 21
Capítulo 8 Capítulo 22
Capítulo 9 Capítulo 23
5
Capítulo 10 Capítulo 24
Capítulo 11 Dirty Deeds
Capítulo 12 Sobre la autora
Si los narcos quieren algo, lo conseguirán de una u otra manera.
Y en lo que a mujeres se refiere, hay un dicho que dice: “Si te quiero,
voy a tenerte, para bien o para mal. Si no puedo tenerte de una forma,
voy a tenerte de otra. Y si no puedo tenerte, nadie más te tendrá, lo que
será tu final, y serás enterrada. Simple.”
—El Sicario: Autobiografía de un Asesino Mexicano.

La desesperación y engaño, feos y pequeños gemelos del amor


llamaron a mi puerta, y los dejé entrar.
Cariño, tú eres el castigo por todos mis pecados anteriores
Dejé entrar al amor.
—I Let Love In, Nick Cave & the Bad Seeds

6
Para Luisa Chávez, antigua reina de belleza de veintitrés años, una
vida mejor siempre ha estado fuera del alcance. Claro, ella ha tenido a
los hombres a sus pies desde que era una adolescente, pero nunca ha
tenido una de las cosas que más anhelaba: seguridad. Habiendo crecido
cerca de la pobreza, su trabajo de camarera en Cabo San Lucas apenas
puede dejarla cuidar de sí misma, y mucho menos de sus padres
enfermos. Cada día es otro avance no deseado, cada día es una lucha por
la supervivencia.
Cuando Salvador Reyes, depravado líder de un importante cártel
mexicano, se interesa en ella, a Luisa se le presenta una oportunidad que
no puede permitirse el lujo de dejar pasar. Se convertirá en la esposa de
Salvador e intercambiará su libertad y su cuerpo por una vida llena de
riquezas, riquezas que merecen sus padres y que ella puede entregarles.
Pero Luisa rápidamente descubre que incluso los mejores vinos y joyas
no pueden deshacer la fealdad en su matrimonio, ni la violencia sin fin
que la amenaza en cada movimiento.
Pronto, Luisa estará buscando un escape, una forma de salir de la
vida cuidadosamente controlada que está llevando. Hasta que finalmente
7
consigue su deseo de la peor manera posible.
Ser la esposa de Salvador la convierte en un objetivo ideal para los
cárteles rivales y hay un hombre en particular que necesita a Luisa como
parte de la expansión de su cartel. Un hombre en particular cuya
búsqueda de poder ha destruido vidas, cortado gargantas y escapado de
una prisión estadounidense. Un hombre en particular que no se detendrá
ante nada hasta conseguir lo que quiere.
Ese hombre es Javier Bernal. Y quiere a Luisa. Tomarla,
mantenerla, y arruinarla.
A menos que ella lo arruine primero.
Dirty Angels #1
Traducido por Vane Black
Corregido por Melii

Estaba corriendo.
No sabía a dónde, todo lo que sabía era que tenía que seguir
adelante, un pie delante del otro. El césped mojado rozó mis piernas
desnudas y me hubiera gustado haber planeado un poco más mi escape.
Después de un mes de pensar en ello obsesivamente, jugando con la idea,
y finalmente comprometerme, pensarás que habría escapado de la casa
de mi marido con algo más que pantalones cortos, una blusa y una
billetera. Al menos llevaba zapatos para correr.
No hubo ningún momento. Ya estaba fuera cuando vi llegar a los
aburridos invitados de mi marido. No quería estar ahí. Se suponía que
debía estar en mi habitación poniéndome mi vestido y haciéndome ver
muy encantadora. Los últimos días había estado esperando 8
ansiosamente que llegaran, rompían la monotonía diaria de una mujer
cautiva por su marido narco, una esclava del palacio de oro.
Solo salí por la puerta de la cocina para obtener flores para la pieza
central. La criada trajo estas caras flores de la ciudad, pero yo quería las
gardenias que crecían en la valla frontal y crearon una cobertura a lo
largo de la línea. Cuando el auto Mercedes de los invitados llegó por las
puertas, me congelé en mi lugar y observé mientras estacionaban y
caminaban hasta la puerta. El cielo nocturno se hallaba a minutos de
envolvernos.
Luego de que Salvador los recibió con esa gran sonrisa falsa suya
y los llevó al interior, tomé la respiración más profunda que pude. No
podía pensar. No podía darme la oportunidad de cambiar de opinión.
Necesitaba actuar, y hacerlo ahora.
Agarré un par de flores dispersas fuera del seto y me acerqué a
Juan Diego en la puerta principal. Golpeé el vidrio de su caseta,
haciéndole saltar de sorpresa cuando acababa de empezar a leer su diario
sensacionalista, y le dije que iba fuera a lo largo del seto para obtener
más flores. Él se mostró reacio, tenía órdenes de mantenerme dentro,
aunque Salvador siempre insistió en que era para protegerme de todos
los demás. Pero nunca hubo nadie que me protegiera de Salvador.
Agité mis flores frente a él y puse mi mano en mi cadera. Solo
llevaba siendo la esposa de Salvador durante dos meses, pero iba a
utilizar eso en tanto pudiera. Necesitaba actuar como si tuviera
autoridad, incluso si no lo hacía. Juan Diego era un hombre bueno, y no
tenía el poder de negarle el acceso a sus flores favoritas a la esposa del
jefe del más grande cártel de droga en México acceso a sus flores
favoritas.
Las flores que mi mamá solía poner en mi cabello todos los
domingos.
Me dejó pasar con una cálida sonrisa, e hice lo mismo, actuando
un papel, fingiendo que no estaba temblando por dentro. Lentamente,
caminé a lo largo del seto, arrancando flores, mis manos llenas de
fragantes pétalos blancos. Miré las cámaras que colocaron alrededor del
borde exterior, sabiendo que no me veía sospechosa para Rico, el tipo de
vigilancia en el interior; pero si Salvador me veía en las cámaras, fuera
del recinto, perdería su mierda.
No había tiempo. Era ahora o nunca.
Tenía que correr. Debía intentarlo.
De manera que lo hice.
Cuando el seto comenzó a mezclarse con la envolvente selva y el
recortado jardín delantero se convirtió en rebelde y descuidado, dejé caer
las flores a mis pies y corrí hacia la oscuridad. Había estudiado nuestra
—su tierra, siempre era su tierra— una y otra vez, y todo lo que sabía era
evitar las carreteras. Si me dirigía hacia abajo detrás de la casa, me 9
encontraría con el río que era demasiado profundo y amplio para cruzar,
y si me iba hacia el otro lado de la carretera, me dirigiría a los patios
traseros de nuestros vecinos, que tenían tanta vigilancia como nosotros.
Debía seguir en dirección norte, a través de los árboles, a través del
crepúsculo.
Solo tenía que seguir corriendo.
Corrí por unos buenos veinte minutos seguidos, mi cuerpo lleno de
adrenalina y la resistencia que adquirí durante el ejercicio en el gimnasio
en casa todos los días. Me caí un par de veces, mis manos siempre
llevándose la peor parte de la caída antes de que el suelo pudiera acabar
con el resto de mí. Siempre me levantaba. No había tiempo para el dolor.
Lo sentía, pero era casi un alivio tenerlo. Tras lo que Salvador me había
hecho, podía soportar mucho.
Corrí y corrí y corrí, tropezando con raíces, esquivando los árboles
a la débil luz de la luna que se filtraba a través de los árboles, hasta que
el río repentinamente se atravesó en frente de mí. No tenía ni idea de
dónde me encontraba, y podía ver un poco más estrellas de lo habitual,
sin las luces de la ciudad. En algún lugar de los árboles, un pájaro trinó.
Pensé en mis padres, las personas que más me preocupaban. En
realidad, las únicas personas en esta tierra que me importaban. Me
preocupó que cuando Salvador descubriera que huí, los asesinará. Pero
tan descarado como era, no haría nada hasta que conociera todos los
hechos. Por lo menos, esperaba que ese fuera el caso. El plan era llamar
a mi amiga Camila y pedirle que se encargue de ellos, antes de que él lo
hiciera.
Mirando a mí alrededor, me dirigí a la orilla del río y consideré la
idea de ir al otro lado. No era tan ancho aquí y no parecía ser tan
profundo, con las copas de unas rocas empujando su camino a través de
la corriente. Me pregunté si Juan Diego había alertado a Salvador sobre
lo que sucedió. Me pregunté si Rico estuvo observando cuando desaparecí
de las cámaras. Me pregunté cuánto tiempo tenía antes de que me
encontraran.
Una rama se rompió detrás de mí. A pesar de que ese era el único
sonido que escuché, supe que pertenecía a una persona que
probablemente se arrepentía profundamente de su error. No podías
permitirte el lujo de cometer errores en México.
Rápidamente salté de la costa al río, el agua fría llegando a la mitad
de mis muslos y cogiéndome por sorpresa. Di un grito ahogado en voz
alta y me quedé momentáneamente paralizada del susto. Entonces oí un
crujido ferviente detrás de mí y sabía que tenía que seguir o moriría.
O peor. Con Salvador había siempre algo peor.
La corriente era fuerte contra mí, y mis zapatillas se deslizaron
contra la arena y los guijarros bajo mis pies, pero me obligué a moverme,
me obligué a atravesar el río, el otro lado se hallaba tan cerca. Seguí, mis
piernas convirtiéndose en hielo, mis ojos se centraron en la tierra seca,
con los brazos extendidos como si pudiera llegar a ella de esa manera.
10
Oí un chapoteo detrás de mí. No me daría la vuelta. No me daría
por vencida.
Lloré de frustración, lanzándome hacia adelante para llegar a la
arena, como si eso pudiera salvarme en el final. Pero no había salvación.
De repente, gruesos y ásperos brazos se envolvieron en mi cintura,
levantándome fuera del agua. Oí otro chapoteo, casi ahogado por mis
gritos, y todo se volvió negro mientras una bolsa era colocada por encima
de mi cabeza. Mis brazos fueron llevados detrás de mí tan rápido que
pensé que estaban siendo sacados de las articulaciones. Grité de dolor,
mi aliento caliente dentro de la bolsa que se sentía que ya empezaba a
ahogarme.
Otro par de manos fue por mis piernas. Empecé a patear
salvajemente, con la esperanza de que la corriente capturara a la persona
fuera de equilibrio, pero en cuestión de segundos mis piernas fueron
envueltas con una cuerda y estaba siendo conducida fuera del río como
un cerdo en un palo, un hombre sujetando uno de los extremos de mí
cuerpo.
—Dos minutos —dijo alguien, la voz de un hombre que no reconocí.
A pesar de la bolsa que hacía que todo suene ahogado, sonaba como si
fuera de la costa este.
—¿Estás seguro? —preguntó el otro hombre, su voz baja y
barítona, y cerca de mi oído, quien puso mis manos detrás de mi espalda.
—Nunca me equivoco, hombre.
—Muy bien, Este. No vayamos por este camino de nuevo. Tenemos
a la puta, vamos.
Tragué saliva, mi estómago enfermo, una piscina en espiral de
nudos. Este no era Salvador. Estos no eran sus hombres. Esta era otra
persona, y a pesar de que huía de él, siempre era mejor con el diablo que
conocías.
De repente, me tiraron al suelo, mi espalda arqueándose, y grité de
nuevo. Grité por Salvador como último recurso.
—¡Salvador! —grité a través de la bolsa, el calor subiendo hasta mis
mejillas—. ¡Ayúdame!
Un puño cayó sobre mi mejilla, mi cara explotando en estrellas de
dolor.
—Cálmate, Franco —dijo Este, y el puño no vino nuevo. Mis labios
palpitaban, mi boca llena de sangre, y sabía que no debía tratar de gritar
una vez más.
Los hombres, Este y Franco, me llevaron lejos, sus pasos
acelerados. Solo oí sus respiraciones, rápidas y superficiales, y el sonido
de la tierra bajo sus silenciosos pies. Podía oler el aliento grasiento de
Franco, tan cerca de mi cabeza. Cada vez que pensaba que podía ser
11
capaz de escapar de sus manos y correr, su agarre se apretaba alrededor
de mí aún más.
Iba a morir. No había duda de eso ahora. No en las manos de
Salvador. En las manos de algún destino desconocido. Estos hombres,
me llevaban a alguna parte. Había una razón por la que aún no me
encontraba muerta, la muerte era el postre.
Respiré profundamente, mi mente comenzó a nadar en una piscina
oscura. Me hubiera gustado que estos hombres simplemente me
asesinaran. Mis padres tenían dinero ahora a causa de mi matrimonio.
Ese fue el punto central de todo. Ese fue el punto de todo, darles una
vida mejor en sus años enfermos de lo que alguna vez les di cuando
crecía. Si moría, moriría con paz en mi corazón sabiendo que estaban
bien. Era la única cosa que hizo que mi vida valga la pena.
Debo haber perdido el conocimiento por falta de aire porque de
repente mi cabeza golpeó contra algo duro, y caí sobre una losa fría. Un
motor zumbó, el olor del tubo de escape se filtraba a través de la bolsa.
Estaba en un coche —no, la parte trasera de una furgoneta— siendo
llevada a algún lugar. Ese postre de nuevo.
Entré y salí de la inconsciencia por el próximo tiempo hasta que la
camioneta se sacudió, deteniéndose. Oí la puerta trasera abrirse, y antes
de que pudiera moverme, había manos en mí otra vez, tres pares esta
vez. Me sacaron de la furgoneta tan rápido que me golpeé la cabeza contra
el marco de la puerta. Oí a Este disculparse en voz baja, pero eso fue
todo. Dedos fuertes agarraron mis brazos y cintura, y me tiraron hacia
delante a través de lo que parecía hierba bien cuidada. Por una fracción
de segundo pensé que me equivoqué, y realmente me llevaban de vuelta
en casa. Por ese segundo tuve esperanza, esperanza de solo seguir
viviendo, en tanto que antes solo tuve esperanza de vivir bajo mis propios
términos. Ahora era todo acerca de la supervivencia, el instinto
superando la realidad.
El momento en que escuché una puerta abrirse y fui arrastrada
por una escalera, el olor a húmedo y rancio impregnando mi nariz, sabía
que no estaba de vuelta en casa. No teníamos sótano. Salvador tenía
habitaciones de tortura en otras casas, pero no en la nuestra. Al menos,
no hay habitaciones que alguna vez podría ver.
Mi mente empezó a correr, dando vueltas a través de pensamientos
e imágenes a las que me sometieron desde que me casé con Salvador.
¿Quién me llevó? Salvador tenía bajo su mando al ejército del estado de
Sinaloa y la policía, por lo que ellos no eran. Era otro cártel o uno de sus
antiguos socios intentando usurpar al jefe. Desde el principio me dijo que
había hombres por ahí afuera que me querían, que harían cualquier cosa
para tenerme, para llevarme, torturarme, retenerme por un rescate,
entonces torturarme un poco más.
La esposa del chacal es la carta más grande que puedes jugar en
este juego. 12
Fui tirada sobre una silla, mis manos y pies fueron soltados de
inmediato, y luego los ataron de nuevo antes de que pudiera luchar.
Pensé en gritar de nuevo, pero el lado de mi cara aún palpitaba con la
violencia. Este advirtió a Franco, pero conocía a los hombres del cártel;
los conocía demasiado bien, y sabía que la cortesía nunca se extendía
demasiado.
Empecé a temblar incontrolablemente y todo mi cuerpo se meció
con el espasmo a medida que lágrimas calientes se agrupaban en mis
ojos. Pero me negué a dejarlas caer. Sabía lo que venía después. Sacarían
la bolsa. Cubrirían sus rostros. La cámara se encendería.
No quería que el mundo me vea asustada. Había tenido miedo
durante demasiado tiempo.
—¿Está todo listo? —preguntó Este.
—Está todo listo. —Escuché a alguien decir, otra voz masculina,
pasos pesados viniendo hacia mí. Me puse nerviosa, sintiendo a Franco
y Este y alguna otra figura a mí alrededor, y la otra persona, quien
acababa de hablar, se detuvo a unos metros de distancia. Me pregunté si
había más de cuatro personas en la habitación y decidí que debía
haberlas. Casi podía sentir los ojos de otra persona, escuchar su
respiración, leer su silencio.
—¿Cuán drogada está? —preguntó la voz desconocida.
Hubo una pausa. Entonces Este dijo—: No demasiado. Está un
poco coherente.
—¿La amordazaste?
—No, pero se calló cuando lo necesitó.
—Es una suerte que estaba por ahí fuera.
—Sí. Lo fue.
¿Quiénes eran estos hombres? ¿Qué cártel? Salvador tenía tantos
enemigos y tantas alianzas que albergaban rencor, nunca podías estar
seguro de quien buscaba, de alguna manera ponerte bajo tierra. Pero aun
así, sabía que mi destino más probable era la muerte, todo dependía de
con quien me encontraba. De quien me tenía. Algunos hombres eran más
deplorables que otros. Ahora que el famoso gringo Travis Raines murió,
probablemente Salvador era el peor de todos ellos.
Aunque había un cártel, un hombre, que me había dicho que
podría causarle a mi marido problemas. Era famoso por cortar las
cabezas, manos y pies de la gente y tirarlas a la basura en las calles de
todo el país.
Hubo un extraño momento de silencio y me concentré mucho,
intentando escuchar más que lo obvio. Todos esperaban. Esperaban la
orden. Que hable el hombre encargado.
Lo hizo. 13
Provenía de mi izquierda. Su voz era fresca, tranquila y serena. No
necesitaba ver para saber quién me secuestró. El hombre de quién había
oído hablar tanto. El hombre que me enseñaron a temer.
—Caballeros —dijo, y casi podía sentir sus ojos infames sobre mi
cuerpo—, retiren la bolsa.
Hubo un susurro y mi rostro fue inmediatamente recibido con el
aire frío que se apoderó de mis pulmones y las luces brillantes que me
cegaron. Arrugué la cara, con miedo de mirar, de ver. Ahora todo era tan
real y quería quedarme en la oscuridad.
—¿Quién hizo esto?
De repente, manos frías estaban en mi mejilla hinchada y me
estremecí.
—¿Quién hizo esto? —repitió mi captor, un filo en su tono de voz,
su aliento a cigarro sobre mi cara.
—Lo siento —murmuró Franco—. Era la única manera de calmarla.
Una pesada pausa llenó la habitación, como un peso muerto.
Finalmente, los dedos se alejaron de mi piel y mi cuerpo se relajó
momentáneamente. El hombre se acercó a mi cara, el olor picante de té
emanando de él.
—Mírame, Luisa Reyes.
Chávez, me dije a mí misma. Siempre seré Luisa Chávez.
—Cariño, ¿no tienes curiosidad de saber dónde estás?
—Mi nombre es Luisa Chávez —dije. Abrí los ojos para ver a unos
dorados mirándome de vuelta. Era como mirar un águila—. Y sé dónde
estoy. Sé quién eres. Eres Javier Bernal.
Arqueó su ceja con diversión y asintió. Había visto su foto antes,
en las noticias. Solo había una, y era de su ficha policial, pero incluso en
esa foto sus ojos te impresionaban. Veían directo a tu alma y te hacían
cuestionarte a ti mismo. Él era uno de los hombres que Salvador temía,
aunque Salvador tenía más poder. Él era el hombre de quien me habían
dicho que tenga cuidado, la supuesta razón por la que siempre había
estado encerrada en el recinto o escoltada por la policía local para ir de
compras.
Y sin embargo aquí me encontraba, atada a una silla en un sótano
húmedo sin nada en él excepto cinco miembros del cártel, una cámara
de video, y un cuchillo encima de un taburete en frente de mí.
Todo eso para nada. Podía escapar de Salvador, pero nunca podría
escapar de los cárteles.
Había pedido este destino.
—Sabes por qué estás aquí —dijo Javier deliberadamente,
enderezándose en su traje negro. Se acercó al taburete, tomó el cuchillo,
y me miró por encima de su hombro—. ¿O no? 14
Solo podía respirar. Quería mirar a los demás, a Este, a Franco, a
los otros dos hombres misteriosos, pero me congelé ante su mirada como
un ciervo a los faros.
—¿Para qué es el cuchillo? —pregunté, mi garganta dolorosamente
seca.
—Te darás cuenta después —dijo—. Es para tu marido. Para tu
Salvador. —Dio un paso a un lado y agitó el brazo hacia la cámara—. Y
esto es también para él.
Miró a alguien por encima de mi hombro e hizo un brusco
asentimiento. Oí un rasgón por detrás y un pedazo de cinta adhesiva fue
colocado sobre mi boca. Me retorcí sin poder hacer nada y las luces en el
sótano se atenuaron. Los hombres se hicieron a un lado en tanto Javier
caminaba detrás de la cámara. Una luz blanca salió del frente de ésta y
me bañó en un misterioso resplandor.
Javier se aclaró la garganta, con el rostro cubierto de sombras, y
dijo en voz alta, proyectándose en la cámara—: Esta es Luisa Reyes, ex
reina de belleza del estado de Baja California y propiedad de Salvador
Reyes. Salvador, tenemos a tu esposa y tenemos una larga lista de
demandas, demandas que sé que ya conoces. Espero plena cooperación
en este asunto o ella morirá en los próximos siete días. Si tiene suerte.
Te voy a dar un poco de tiempo para pensar en lo que estás dispuesto a
renunciar por ella. Entonces estaremos contactándote. Adiós.
La luz en la cámara se apagó, pero el resto de la habitación se
mantuvo tenue.
—Espero que tu marido revise sus correos electrónicos a menudo.
Sería una lástima tener que poner esto en YouTube.
Había una sonrisa en su rostro por ello a medida que caminaba
lentamente hacia mí, el cuchillo brillando en su mano. Sus ojos ardían a
través de las sombras y luego se pusieron sombríos.
Levantó el cuchillo. —Creo que solo va a doler la primera vez.
Mis ojos se centraron en la plata de la hoja, pero el terror dentro de
mí creció demasiado fuerte, y mi urgencia por respirar a través de la cinta
adhesiva se hizo demasiado difícil. Mis pulmones se llenaron de pánico,
puntos pulsantes aparecieron en mi visión. Sentí una mano en mi
clavícula, agarrando el borde de mi blusa, y entonces todo se volvió negro.

15
Hace tres meses
Traducido por Kary_ksk
Traducido por Eli Mirced

—Disculpe, ¿señorita?
Suspiré y tomé un momento para serenarme antes de girar 16
lentamente, recordándome a mí misma responder en inglés.
—¿Sí?
El hombre y sus amigos me observaban con esa estúpida mirada
hambrienta que tenían todo el tiempo que estaban aquí. Me sentí feliz
cuando finalmente pidieron la cuenta, los quería fuera del bar y de vuelta
a sus alcohólicas festividades turísticas o lo que sea que los hombres
blancos hicieran en esta maldita ciudad de Cabo San Lucas. Pero parecía
que aún no me encontraba libre.
El tipo que me llamó, el más repulsivo del grupo, movió sus cejas hacia
mí y asintió con la cabeza en un punto a mis espaldas.
—Se le cayó algo.
Abrí mi boca para decir algo, pero la cerré. Miré a mis pies, luego
detrás de mí. Mi lápiz se hallaba en el suelo. No es que lo necesitara para
recordar las órdenes.
—Gracias —dije, y me agaché para recogerlo. Inmediatamente los
chicos inhalaron y rápidamente me levanté. Por supuesto querían que lo
recogiera, mi uniforme en Cabo Cócteles consistía en la falda más corta
jamás vista.
Los ignoré, sin ni siquiera molestarme en dar la vuelta, me dirigí
de nuevo a la barra. Golpeé mi porta facturas sobre la barra y miré el
recibo. Los pequeños imbéciles no habían dejado propina. No es que fuera
costumbre en México, pero con los estadounidenses en una ciudad
turística, se esperaba que sea así.
—¿Estafada de nuevo? —dijo Camila.
La miré y vi como abría dos botellas de cerveza. Como de
costumbre, mi compañera tenía una sonrisa pícara en su rostro de
duendecillo. Siempre obtenía las propinas, tal vez porque siempre
sonreía.
—Sí —dije, limpiando el sudor de mi frente. El ventilador de techo
estaba encendido, pero siempre hacía un poco de calor en el bar, no
importa qué época del año fuera. Giré y miré a los chicos que todavía
estaban en la mesa, riendo y mirando en mi dirección—. Esos idiotas de
allí.
—Sabes, si bromearas con ellos y les sonrieras un poco, te darían
más propina —dijo inocentemente, poniendo sus cervezas en una
bandeja.
Puse mi mano en mi cadera. —El momento en que sonría o me
muestre agradable con ellos es el momento en que se aprovecharan de
mí. No quiero darles una idea equivocada.
—Luisa, en verdad empiezo a pensar que le tienes miedo a los
hombres.
Eso me molestó un poco. —¿Y? ¿Tú no?
Puso los ojos en blanco. —Soy lesbiana porque me gustan los
17
coños, no porque le tema a los hombres. —Y con eso ella tomó las
cervezas y las llevó a la mesa que servía.
Coloqué la mano detrás de mí cuello, tratando de aliviar la tensión
constante que sentí allí. Eran casi las once en punto de la noche, y había
estado de pie durante doce horas. Tenía tres horas más antes de que
pudiera volver a casa, lo que significaba otros cuarenta minutos en coche
a San José del Cabo, donde vivía con mis padres.
Lo cual me recuerda. El cumpleaños de mi madre era mañana y
sabía que se merecía algo especial. No teníamos mucho dinero, yo era el
sostén de la familia ya que mi padre sufría de Alzheimer de etapa
temprana y mi madre era ciega. Ella estaba sana por lo demás, pero ni
ella ni mi padre podían trabajar, lo cual significaba que todo recaía sobre
mí. Era mucho para una chica de veintitrés años, pero había estado
trabajando desde que era una niña; incluso cuando mi padre fue capaz
de tener un trabajo, nunca tuvo un sueldo alto. Me acostumbré a la
pobreza y al trabajo duro.
Nunca pude acostumbrarme a ser tratada como un pedazo de
carne. Jamás pude acostumbrarme al temor constante. Y trabajar en
Cabo Cócteles, para mi jefe Bruno Corchado, quería decir que lidié con
esas dos cosas desde que tenía veinte años. Y ahora, porque la única
manera de que pudiera darle a mi madre mañana un regalo sería pedir
un adelanto de mi sueldo, era como meterme directamente a la boca del
lobo.
Respiré profundamente, miré a mi alrededor para ver si habían
llegado nuevos clientes, y cuando vi que no, enderecé mi camiseta,
tirando hacia arriba alrededor de mi escote, y caminé alrededor de la
esquina hacia la oficina de Bruno.
Di tres golpes rápidos y un paso atrás. No lo había visto mucho
hoy, por lo que no me encontraba segura de en qué tipo de estado de
ánimo se encontraba. Esperaba que generoso y desinteresado, pero sabía
que tentaba mi suerte. A esta hora de la noche, por lo general, se hallaba
borracho e idiota. O pervertido lascivo.
Tragué fuerte y lo escuché gritar—: ¡Adelante!
Abrí la puerta y asomé la cabeza. —¿Bruno? —pregunté.
Se hallaba sentado en su escritorio, con una fila de botellas de
cerveza vacías junto a él, repasando el libro de contabilidad. Me miró con
los ojos rojos, la cabeza balanceándose de lado a lado, y de inmediato
supe que cometí un error. —Luisa. Mi Hermosa reina. Pasa. —Señaló con
la cabeza a la puerta—. Y ciérrala detrás de ti.
Mi ritmo cardíaco comenzó a aumentar. Había estado en esta
misma situación demasiadas veces, y sabía que esto iba a terminar muy
mal. Aun así, necesitaba este favor. Hice lo que me pidió, cerrando la
puerta como una celda, y caminé dos pasos hacia él, con la esperanza de 18
poder mantener mi distancia.
Bruno no era feo. Estaba al final de sus treinta, en apariencias un
hombre de familia, aunque nunca usaba su anillo en el trabajo y le decía
a las meseras que tenía un matrimonio abierto. Nunca veíamos a su
esposa, o a sus hijos, ni siquiera estábamos seguros de que ellos vivieran
en la ciudad, y a ninguno le importaba demasiado como para preguntar.
Muchos hombres operaban sus negocios en otra parte y visitaban a sus
familias los fines de semana.
Pero solo porque no fuera feo, no significaba que no fuera malo.
—¿Qué pasa, señorita Los Cabos? —preguntó, acariciándose la
barbilla y mirándome de arriba abajo con ojos borrachos—. Sabes, te
googleé el otro día y encontré una foto tuya ganando ese concurso de
belleza. ¿Cuánto tenías, dieciocho? Tus tetas estaban más altas
entonces.
Me mordí la lengua para evitar decir algo que tal vez hiciera que me
despidieran. Trabajar en la industria de los meseros en Cabo era difícil
por estos días y nada fácil de sobrellevar. La mala economía en América
significaba que los turistas no venían tan a menudo aquí.
No tomé en cuenta su observación e ignoré que sus ojos seguían
fijos en mis pechos. Lamí mis labios rápidamente y dije—: Me preguntaba
si podía pedirte un favor.
Él arqueó las cejas y me dio una sonrisa descuidada, dientes
relucientes ante la oportunidad. —Bueno, bueno, bueno. ¿Qué es esta
vez? ¿Tiempo libre para llevar a tu padre al hospital de nuevo? ¿Algo malo
con tu madre?
Clave mis uñas en la palma de mi mano. —No. Pero si tiene que ver
con mi madre. Mañana es su cumpleaños y quería comprarle un regalo.
Me preguntaba si podía tener un adelanto de mi sueldo. Doscientos
pesos.
Se rio. —¿Qué vas a comprarle a tu madre con doscientos pesos?
Es ciega, ¿cierto?
Tomó todo lo que tenía para no perder la cabeza. —Es un Kobo. Un
lector electrónico. Usado. Puedo comprarle audio libros para eso. No le
gusta más el Braille por su artritis.
—Bueno, eres la hija perfecta. Debes ser la niña de sus ojos.
Su elección de palabras no pasó desapercibido para mí. —Me han
dado tanto en los últimos años solo para mantener la comida en la mesa.
Es lo menos que puedo hacer a cambio.
Me miró fijamente por unos momentos pesados antes de recoger su
cerveza y beber un largo trago de ella. —¿Y qué harás por mí a cambio?
Esto era lo que temía. Lo miré directamente a los ojos y dije—:
Tienes mi palabra de que te lo devolveré. Descuéntalo de mi sueldo.
Él sonrió, aunque solo había malicia en sus ojos. —Oh, me
19
pagarás. Sé que lo harás. Te lo descontaré antes de que tengas otra
oportunidad. Pero me refiero, ¿qué harás para agradecerme por ser un
jefe tan maravilloso y generoso?
Respiré profundamente. No tenía mucha elección, pero al menos
tenía una. —No lo sé. ¿Qué tienes en mente? ¿Un turno extra?
Bruno resopló y se levantó de su silla. Él no era un hombre alto,
pero yo solo medía un metro cincuenta y siete, por lo que de todas
maneras, era mucho más alto que yo. Sus ojos se volvieron perezosos
llenos de lujuria, y un poco de saliva goteó por la comisura de su boca.
—No un turno extra. Dime, Luisa, ¿por qué será que cada mujer aquí,
excepto la lesbiana, ha estado conmigo y tú no?
Sentí como si un pedazo de pan tostado se depositara en mi
garganta. —Porque no eres mi tipo.
Arqueó sus cejas y asintió como si todo esto fuera un chiste
elaborado. —Estoy empezando a pensar que no tienes un tipo, Luisa. Que
solo te gusta incitar. Te veo todos los días, caminando en ese traje,
mostrando las piernas y el culo, exhibiendo esas tetas. Eres jodidamente
hermosa y lo sabes. Pero no jodes.
—Este es el uniforme que me diste.
—Y sin embargo lo llevas mejor que cualquiera de las otras chicas.
Todos los hombres vienen aquí para mirarte. Te desean. Y tú eres una
perra engreída que ni siquiera puede aparentar amabilidad. Si fuera así,
no estarías aquí pidiéndome dinero. Pagarías todo con tus propinas. Y
con tus tetas.
—Esto fue un error —dije, sintiéndome mareada. Di la vuelta, lista
para salir. Extendió la mano y me agarró del brazo, sus dedos clavándose
en él.
—Es un error irte —dijo, tirando de mí cerca de él. Olía a cerveza y
a chile, esto hizo que mi estómago se retorciera—. Prometo darte tu
dinero, solo tienes que darme algo. —Leyó el miedo en mi cara.
—No te preocupes. No voy a herirte. Solo quiero ver lo que otros no
pueden. Quiero sentirte.
No sabía qué hacer. Me clavó las uñas y luego me empujó hacia
atrás. —Quítate la camiseta.
Abrí la boca para decir que no. Tenía que decir que no. En el pasado
había agarrado mi culo, frotado su erección contra mí, me había besado
brevemente en la boca, e hizo un intento de tantear mis pechos. Pero
nunca me había pedido que me quitara la camiseta. Esto era demasiado,
y sin embargo, pensé, sentí, si tan solo pudiera hacerlo e ir a algún otro
lugar en mi cabeza, yo estaría bien. No sería una puta. Seguiría siendo
virgen. Seguiría siendo pura e intacta.
Podría ser todo eso y ser una buena hija. Podría aliviar la culpa de
mi madre permaneciendo en casa, esencialmente sola, porque mi padre 20
se hallaba a menudo a un millón de millas de distancia y no sabía quién
era ella.
Así que saqué mi escotada camiseta sobre mi cabeza y me quedé
allí ante mi jefe, el parpadeo de luz fluorescente detrás de él haciendo que
todo parezca mucho peor. Me quedé mirándolo fijamente a los ojos
mientras él miraba de reojo mi sujetador de algodón fino.
—Bueno —dije—. Ahora ves algo que nadie, excepto mis padres y
mi doctor han visto. ¿Es todo?
Se veía tan estupefacto que era casi risible. Por supuesto, yo sabía
que tenía un buen cuerpo, he trabajado duro en él yendo a trotar cinco
kilómetros todas las mañanas. Pero no era diferente de cualquier otra
chica. Mis pechos seguían siendo pechos.
Bruno logró cerrar la boca. —Sostén. Quítate el sostén.
Me di cuenta de que esto no era negociable.
No estás aquí, no estás aquí, no estás aquí, cantaba para mí en
tanto extendía mi mano hacia mi espalda y soltaba el broche. Me lo quité,
mis senos quedaron libres, y sostuve el sujetador en mis manos.
Silbó. —Me siento privilegiado.
—Es gracioso que yo no sienta lo mismo.
Me dio una mirada penetrante. —No has terminado todavía.
Tragué saliva a medida que se acercaba. Quería cerrar los ojos,
pero no podía tener miedo. No quería que pensara que estaba ganando.
Miré fijamente mientras sus manos grasientas fueron a mis pechos,
ahuecándolos. Contuve el aliento cuando pasó sus pulgares sobre mis
pezones, y sentí alivio que fueran reacios a endurecerse. Lo último que él
necesitaba pensar era que esto me excitaba. La realidad era que yo quería
vomitar, y si sucedía, quería que fuera sobre él, para que supiera que
pensaba que era asqueroso.
Se acercó más, y por un segundo pensé que iba a besarme. Pero
me susurró al oído—: Debería haber pedido más.
Suprimí un estremecimiento, conteniendo la respiración mientras
esperaba su próximo movimiento. Para mi gran alivio, alejó sus manos y
dio un paso atrás.
—Puedes ponerte decente otra vez —dijo con indiferencia—. Para
ser honesto, esperaba que tus senos fueran un poco más grandes.
Supongo que la camiseta hace que luzcan más grandes. Una vez más,
eso sería muy útil si realmente te importaran las propinas.
Sabía que mis pechos eran lo suficientemente grandes para mi
cuerpo, pero no me atreví a decir nada en tanto él se sentaba en su
escritorio y comenzaba a retirar pesos de su cartera. Me puse el sujetador
y la camisa en tiempo récord y traté de recordarme a mí misma que la
pérdida de mi dignidad valía cualquier felicidad que pudiera comprar a
mi madre. 21
Me dio el dinero, y aferró mi mano por mucho tiempo, antes de
decir—: No digas que no hago ningún favor. Pero si vuelves a pedir uno
más, espero una mayor participación de tu parte. Nada en la vida es
gratis. Tú más que nadie debe saber esto.
Asentí, dándole las gracias de manera cortante y tiré el dinero fuera
de su agarre grasoso. Al darme la vuelta y salir de su oficina, de nuevo al
calor, a la TV satelital y a los gritos borrachos del bar, me hice una
promesa de que a la primera oportunidad para salir de este lugar, la
primera promesa de una vida mejor, la tomaría.
Ni siquiera tuve que esperar mucho tiempo.
Traducido por Tolola
Corregido por Laurita PI

A la mañana siguiente me desperté temprano y fui a correr por el


barrio. La casa que alquilé para mis padres y para mí se encontraba a las
afueras del aeropuerto. A lo largo del día no era nada más que sol
implacable y el sonido de los aviones. El polvo recubría todo y me hallaba
convencida de que si alguien hiciera un análisis de mis pulmones
encontrarían un castillo de arena. Pero era barato, y barato era todo lo
que podía permitirme. Además, teníamos un montón de privacidad, que
era genial para cuando mi padre tenía uno de sus episodios, y la casa era 22
lo suficientemente grande para que tuviéramos una habitación para cada
uno. Eso era más de lo que teníamos cuando era pequeña.
Por lo general, corría justo después del amanecer, cuando el aire
era todavía relativamente fresco. Después de mi ducha, preparé el
desayuno y desperté a mis padres. Tenía suerte de que casi todas las
mañanas mi padre siguiera siendo mi padre. Sabía mi nombre, dónde
nos encontrábamos, y fumaba su pipa con la mano izquierda. Era
durante el día cuando se descompensaba. Si no me hallaba en casa, como
ayer, mi madre tenía que lidiar con todo. En ese momento, su ceguera no
era ni siquiera una discapacidad ya que sabía muy bien cómo manejarse.
Sabía lo difícil que era tener que controlar a papá, calmarlo, hacerle
entender que era amado y que se encontraba con sus seres queridos. Un
día me podría permitir que una enfermera lo cuide, pero ese día siempre
parecía muy lejano.
Esa mañana hice el desayuno con las papas fritas y pimientos con
queso de cabra que solo sacaba en ocasiones especiales, y serví el
desayuno con una gardenia en un florero para mi madre. Ella no lo vería,
pero el olor siempre le levantaba el ánimo. Cuando mis padres se
encontraron bien alimentados y bebieron su dosis diaria de cafeína, me
metí en mi coche, un viejo Toyota destartalado con ventanas que no
bajaban, fui la ciudad de San José del Cabo y compré un lector
electrónico al que le tenía echado el ojo en una de las casas de empeño
locales.
La mujer que normalmente trabajaba allí no estaba, pero había un
joven, que intentó levantar el precio en el último minuto. Probé lo que
Camila me recomendó —sonreír más, actuar coqueta—, y aunque me
sentí un poco tonta al hacerlo, realmente funcionó. Lo obtuve por mucho
menos, y me dejó suficiente dinero para pagar los honorarios que debía
de la biblioteca y conseguir una botella de vino espumoso barato para mi
madre.
—No deberías haberlo hecho —dijo mi madre cuando le entregué el
lector electrónico. Su boca era una línea, pero me di cuenta por la forma
en que manejaba el dispositivo, como si fuera oro precioso, que ya lo
amaba más de lo que podía decir. Era una mujer orgullosa en todos los
sentidos de la palabra, y si no fuera por la mirada vacía en sus ojos, no
te darías cuenta que era ciega. Siempre se quedaba de pie muy erguida,
con el cuello largo, su pelo oscuro apartado la cara con algunos mechones
grises que caían en las esquinas.
—Bueno, mamá, es tu cumpleaños y lo he hecho —dije,
apartándome el cabello del rostro. Miré a mi padre, que nos observaba
con una sonrisa irónica en su rostro, unas migajas atrapadas en su barba
canosa.
—Eres una buena mujer, Luisa —dijo papá. Hice un gesto a su
barba y se limpió las migas. Y continuó—: Pero no deberías gastar tanto
en tu madre y en mí.
—¿Estás celoso, papá? —pregunté con ironía, levantándome y 23
sirviéndole otra taza de café—. Estoy segura de que te va a dejar de usarlo
cuando ella no lo use. —Rápidamente puso su mano cálida sobre la mía
y me miró con los ojos suaves, el tipo de mirada que hacía que mi corazón
sangrara cuando me daba cuenta de lo cerca que me hallaba de perder a
este hombre.
—Siempre me gusta cuando lees para mí —dijo—. Estoy feliz con
eso. Cuando eras más joven solías inventar historias. Pequeñas historias
locas sobre trolls, duendes y princesas con espadas. ¿Te acuerdas de eso?
No podía recordar alguna historia en particular, pero cuando era
más joven y no tenía suficiente dinero para juguetes, me gustaba inventar
cuentos en su lugar. Siempre me gustaron los más oscuros, los más
temibles, los que tienen los villanos y criaturas, aquellos más feos eran
más similares a la vida real. Cuentos de hadas y vivieron felices para
siempre eran para gente de otros países.
Le di un beso en la frente. —Te recuerdo a ti diciéndome que dejara
de contarlos, que te asustaba.
De repente, el lector electrónico comenzó a hablar y mi madre saltó
en su asiento, dejando escapar una risa nerviosa. —Guau, esto me
asusta.
Me acerqué a ella, lo recogí, y presioné pausa. Aunque el estado de
Baja se hallaba a menudo atrasado, la biblioteca local tenía un programa
para lectores electrónicos donde se podían obtener libros, en su formato
correspondiente, y audiolibros de forma gratuita. Ahora que mis
honorarios de la biblioteca fueron resueltos, tomé prestada una serie de
novelas negra para que ella escuchara.
Salí de la casa después sentirme relativamente feliz. Detesté el
hecho de tener que volver a trabajar y enfrentar a Bruno otra vez, pero
saber que mis padres se encontraban satisfechos, que mi mamá
escuchaba sus libros, por primera vez, y que mi padre parecía más fuerte
de lo normal, era suficiente para ponerme en movimiento. A veces,
cuando manejaba el coche por la carretera que me llevaba a Cabo San
Lucas y la brisa del mar entraba por las ventanas abiertas en la dirección
correcta, era suficiente para hacerme sonreír. En esos momentos siempre
vivía fuera de mi realidad, fuera de mi cabeza, y era una hija de la tierra,
un elemento como el sol y el agua.
Cuando por fin llegué a trabajar, siendo hoy el tráfico
especialmente pesado, me sentí aliviada al encontrar el bar medio vacío
y sin Bruno a la vista.
—¿Dónde se encuentra todo el mundo? —le pregunté a Camila en
la caja antes de dirigirme al baño para cambiar mi vestido de verano por
el temido uniforme.
Se encogió de hombros, sus largos pendientes sacudiéndose
ligeramente. —Solo es uno de esos días. Bruno salió y no creo que vaya
a volver. Anita debería bajar en cualquier momento. Dylan y Augustin se
encuentran en la cocina. 24
Gracias a Dios. No quería ver a Bruno y recordar sus ojos sobre mi
cuerpo, sus manos sucias en mis pechos. Me cambié y empecé mi turno
sintiéndome un millón de veces más ligera.
Durante la primera hora solo atendí a dos mesas; una era un señor
mayor con una pajarita que se encontraba más que contento con sentarse
solo en la esquina con la enfermera y su martini, mientras que la otra
eran tres chicas risueñas. Parecían ser de mi edad, quizás más jóvenes,
pero vestían a la última moda y tenían esas sonrisas despreocupadas que
solo pertenecían a las niñas que nunca supieron lo que era la lucha, que
tenían el mundo a su alcance y el apetito de hacer que funcione para
ellas. Una parte de mí las odiaba, mis entrañas retorciéndose por los
celos, aunque sabía que estaba muy mal. He tratado de ser una buena
persona, de hacer lo correcto, pero a veces era difícil no sentirse
desesperada por todo.
Pero fui amable con ellas, y me dieron una propina bastante buena,
e hice una nota de no ser tan crítica. Llenaba una botella de salsa picante
detrás de la barra cuando oí a alguien aclararse la garganta.
Me di la vuelta para ver a un hombre mirándome. Al menos parecía
que me miraba, llevaba gafas de sol.
—¿Puedo ayudarle? —pregunté, recordando sonreír.
El hombre no me devolvió la sonrisa. Con una cara pálida y un
traje de color negro en su flaca y alta figura, parecía un agente de la
muerte. —Me encuentro aquí con un amigo mío —dijo, con voz
completamente monótona—. Nos gustaría que fueras nuestra camarera.
Miré por encima del hombro para ver una mesa cercana al patio
ocupada por un hombre corpulento, de espaldas a mí. Camila caminaba
junto a él, dándome una mirada de “no lo sé”. —Esa es, por lo general, el
área de Camila... —empecé.
—No nos importa. A mi amigo le gustaría que fueras nuestra
camarera. Nos aseguraremos de que seas tratada con amabilidad y de
darte una propina generosa.
Tragué con inquietud. ¿Por qué este chico con gafas oscuras era
todo buenos modales ahora?
—Muy bien —dije cuidadosamente—. Estaré con usted en un
minuto. ¿Van a ordenar comida?
El hombre asintió y regresó a la mesa. Rápidamente llamé a Camila
con la mano mientras me daban la espalda.
—¿Quiénes son? —susurré, acercándola.
—No lo sé. Simplemente se sentaron y dijeron que querían que los
sirvieras tú. Dije que tendrían que preguntarte.
—Es extraño. Lleva gafas dentro. Y es de noche.
—El otro tipo también —dijo—. De hecho, el otro parece familiar, y
no en el buen sentido. 25
La piel en mi nuca se erizó. —¿Familiar como que viene aquí a
veces?
Camila me miró directo a los ojos. —Familiar como que he visto su
rostro en las noticias. Pero con las gafas, es difícil afirmar.
Me enderecé y miré hacia ellos. El hombre que me habló me
observaba con una mirada impasible en el rostro, las manos cruzadas
delante de él como si hubiera estado esperando un rato. El otro hombre,
el que Camila dijo que le parecía familiar, se hallaba sentado rígidamente,
pero todavía no podía ver su rostro.
Agarré los menús y Camila apretó mi mano para desearme buena
suerte. Caminé con cuidado hacia ellos, recordándome que estos
hombres probablemente solo querían que los sirviera una camarera sexy,
que no tenían por qué querer otra cosa, y que obtendría una buena
propina por mis esfuerzos.
Me detuve frente a la mesa y les sonreí. —Hola, mi nombre es Luisa.
Seré su camarera esta noche.
El otro hombre me miró y mi aliento se quedó atrapado en la
garganta. Camila se hallaba en lo cierto. Parecía familiar. Aunque sus
amplias gafas de sol de aviador cubrían sus ojos, era imposible confundir
el bigote excesivamente grueso salpicado de gris o su cabello enredado.
Tenía el rostro lleno de cicatrices, con dos arañazos y marcas de viruela,
y tenía esa mirada ligeramente hinchada que los hombres de mediana
edad tienen. Aunque sus ropas eran sencillas, jeans desgastados y una
camisa occidental sobre su panza cervecera, no ocultaban el inmenso
poder y notoriedad que este hombre emanaba.
No era otro que Salvador Reyes, uno de los líderes de los cárteles
más temidos y bien documentados en el país. Y se encontraba sentado
en mi bar, pidiendo que le sirviera.
Me quedé con la sonrisa pegada en el rostro en tanto dedos
invisibles arrastraban hielo por mi espalda. Esto no podía ser algo bueno.
Esta no era ni siquiera su área; controlaba la mayor parte de Sinaloa.
Aparte de Tijuana, la mayor parte de la Península de Baja California se
hallaba relativamente al margen de los cárteles y la violencia del
narcotráfico inminente.
Al margen hasta ahora.
Era vagamente consciente de que los hombres me miraban a través
de sus gafas de sol, sus rostros graves e inmóviles. Rápidamente puse los
menús sobre la mesa como si me quemaran y me lancé a las
especialidades. —Los nachos están mitad de precio, al igual que los cubos
de Tecate —dije, nerviosamente tropezando con las palabras.
El hombre que creía que era Salvador agarró el menú y lo miró
brevemente. El otro hombre ni siquiera miró.
Finalmente, Salvador sonrió. No era nada, excepto espeluznante. 26
—Tequila del mejor, dos tragos. Y los nachos. Por favor, Luisa.
Asentí y corrí rápidamente de vuelta a la cocina para hacer mi
pedido a Dylan. Sentí algo en mi espalda y me di la vuelta para ver que
Camila me miraba expectante.
—¿Y bien? ¿Sabes lo que quiero decir?
Asentí, tratando de mantener la calma. —Tiene un aspecto familiar.
Pero no sé cómo. Parecen inofensivos.
Lo curioso era que sentía que si le dijera a Camila que era Salvador,
el señor infame de la droga, las cosas tomarían un giro peor. En este
momento él se encontraba en el bar, con su amigo, probablemente su
mano derecha, quien vive con el chacal, y nadie parecía notarlo o
preocuparse. Esto era bueno. Este hombre tenía el poder de matar a
todos aquí si quería, y completamente salirse con la suya. Para él y para
muchos otros, tenía derecho a violarme en el cuarto de atrás y nunca
podría presentar cargos, o me podría violar a la vista de todos; y nadie,
ni siquiera Camila, se atreverían a decir nada. Este hombre se hallaba
por encima de la ley, como tantos hombres en México, y la menor
atención que fuera traída a este hecho, mejor.
Por mi bien y por el de todos a mí alrededor, tenía que fingir que
no sabía quién era este hombre.
Me acerqué a la barra y serví una edición especial de Patron que
solo teníamos para grandes apostadores, mis manos temblaban tanto
que el tequila se derramó sobre los bordes y tuve que limpiarlo con un
paño, luego llevé los tragos a la mesa. Di gracias a Dios por haberme
puesto hoy para trabajar zapatos bajos, en lugar de los ridículos tacones
que Bruno a menudo nos hacía llevar.
Los hombres conversaban entre sí, en voz baja, y me quedé atrás
por unos momentos para dejar que terminaran antes de colocar los vasos
frente a ellos.
—Esta es una edición especial de Patron. —Para el patrón, terminé
en mi cabeza.
—No te serviste uno —dijo Salvador, sonriendo de nuevo. Tenía los
dientes muy blancos, probablemente todos falsos. A pesar de que en
ocasiones vi su foto en las noticias y en el periódico, siempre imaginé que
sus dientes serían de oro.
—No puedo beber en el trabajo —dije, forzando confianza en mi voz
y probando con esa sonrisa de nuevo.
—Eso es una tontería. ¿Qué crees que es esto, Estados Unidos? Por
supuesto que se puede beber en el trabajo —dijo—. No veo a tu jefe por
ningún lugar y te prometo que no le voy a decir. —Había una cualidad
burlona en su voz, de esas que la gente utiliza cuando coquetean, pero el
concepto de Salvador coqueteando era algo difícil de tragar. Me recordé
cuán mala era esta situación.
—Me tomaré una a su salud después del trabajo —dije. 27
—¿Y cuándo es eso? —preguntó. Todavía no había bebido—.
¿Cuándo sales del trabajo?
Maldita sea.
—Cuando el bar cierra, a las tres. —Intenté sonar indiferente,
añadiendo una hora extra.
—Entonces vamos a esperar aquí hasta que hayas terminado tu
turno. Y nos lo tomaremos entonces. ¿No es cierto, amigo? —dijo,
mirando a través de la mesa. El hombre pálido asintió, pero no dijo nada.
—No creo que eso suene como un montón de diversión —dije, las
palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas. Salvador
me miró fijamente, con sus gruesas cejas canosas juntándose, pero
todavía continué—: Quiero decir, hay mejores bares aquí en Cabo. Este
es bastante aburrido, lo sé, trabajo aquí. —Intenté una sonrisa de nuevo.
Sentía que estaba vacilando—. ¿Se encuentran aquí por negocios o...?
Salvador me miró fijamente durante unos largos momentos, en los
que me maldije mentalmente, antes de pasarse sus rechonchos dedos por
el bigote, sus anillos de oro brillando. —No estamos aquí por negocios.
Estamos aquí para relajarnos. Tener un poco de diversión. Disfrutar de
la playa. —Agarró el vaso de Patron—. Y estamos aquí para
emborracharnos. Y no creo que tengas ningún derecho de decirnos dónde
podemos hacerlo. Si queremos emborracharnos aquí, si queremos
esperar hasta las tres de la mañana a que termines tu turno, podemos
hacerlo. Y así lo haremos.
En ese momento, tanto él como el otro hombre se tragaron sus
chupitos.
Tragué saliva y chillé un—: Lo siento —y luego me giré para irme.
—Oh, Luisa —me llamó Salvador, deteniéndome a la mitad de un
paso—. Vuelve aquí. Aún no hemos terminado contigo.
Cerré los ojos, tratando de encontrar mi fuerza interior,
obligándome a mantener la calma, antes de volver a él.
—¿Sí? —pregunté.
—Tengo algunas preguntas para ti. Si respondes con la verdad, no
voy a esperar hasta que finalice tu turno. Me iré ahora y dejaré una
propina encantadora por tu cooperación. Si me mientes, no te voy a dejar
propina. En su lugar, te voy a esperar. Y luego esperemos que puedas
aprender a ser honesta conmigo a las tres de la mañana. ¿Lo entiendes?
—Sí —dije, mi voz apenas audible. Mis rodillas empezaron a
temblar.
—Bien —dijo. Se frotó de nuevo el bigote, aparentemente pensando,
y luego preguntó—: ¿Dónde vives?
—En San José del Cabo.
Por favor, por favor, por favor, que no pregunte por mi dirección,
28
pensé.
—Ah. Y, ¿con quién?
—M… mi madre y mi padre.
—Ningún marido.
—No.
—¿Tienes hijos?
Negué con la cabeza
—¿Novio?
—No, solo mi madre y padre. No tengo novio.
Sabía que era lo que quería oír. Su sonrisa se hizo muy astuta.
—Buena chica. Los novios son inútiles. Necesitas un marido; un
hombre, no un niño.
No había dicho nada a eso. Mi boca se secaba.
Mirando a su alrededor, continuó—: ¿Este es tu único trabajo?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Tres años.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
—¿Eres feliz?
Le fruncí el ceño, me agarró con la guardia baja. —¿Qué?
—Te pregunté si eres feliz. ¿Lo eres?
—¿Eres tú feliz? —repliqué.
Alzó las cejas. —Sí. Por supuesto. Tengo todo lo que jamás podría
desear... casi.
Me di cuenta, que quería que comentara sobre la parte de casi. Pero
me armé de valor contra la curiosidad.
—Qué bien. Bueno, soy pobre y tengo este trabajo para cuidar de
mis padres, que están enfermos. Siempre he sido pobre y siempre he
trabajado duro. No soy feliz. —Estaba un poco sorprendida por la
honestidad que salía de mi boca, cosas que ni siquiera admitía para mí
misma.
—¿Alguna vez te metes en problemas por responder? —preguntó, y
por un momento pensé que me encontraba en un gran problema. Luego
sacudió la cabeza—. No importa, puedes ser entrenada para eso. Así que
no eres feliz. Pero eres tan hermosa, Luisa. Lo suficientemente como para
traerme aquí, hacer que quiera hablar contigo, hacer que quiera saber
más sobre ti. 29
—La belleza no significa nada —dije.
—Ah, pero anteriormente has ganado concursos, premios que te
han dado dinero.
Mi corazón se aceleró. —¿Cómo lo sabes?
—Sé muchas cosas —continuó—, y quiero muchas cosas. Última
pregunta: ¿eres virgen?
Mis mejillas inmediatamente se calentaron. —Eso no es asunto
tuyo.
Sonrió como un cocodrilo. —Me temo que es mi asunto. Te guste o
no, ahora eres mi asunto. Me puedes decir la verdad o podemos esperar
hasta las tres de la mañana y descubrirlo por mí mismo. Ah, y no actúes
como si fueras a llamar a la policía sobre esto. Sabes exactamente quién
soy, y qué puedo hacer.
Me sentí como si estuviera a segundos de desmayarme del miedo.
Pero de alguna manera me las arreglé para decir—: Sí, soy virgen.
Asintió con satisfacción maliciosa. —Eso pensé. Quizás por eso
eres tan infeliz.
Miró al otro hombre y sacó su billetera. Colocó quinientos dólares
en la mesa.
Mi boca se abrió ante el fajo de dinero que depósito sobre la mesa
en tanto Salvador y el hombre salían del reservado. Retrocedí
rápidamente fuera del camino.
—Puedes comerte los nachos —dijo Salvador, colocándose bien sus
jeans y mirándome—. Parece que te vendría bien ganar un poco de peso
en esos muslos. No me gustaría hacerte daño... demasiado.
Entonces Salvador y el hombre salieron del bar. En un momento
se encontraban aquí, atrapándome en la conversación más aterradora de
mi vida, y al siguiente ya no estaban. Me quedé allí un largo tiempo,
tratando de entender lo que había sucedido. Entonces me di cuenta de
que se habían ido, de verdad, y había una enorme cantidad de dinero
sobre la mesa esperándome.
Rápidamente lo recogí y me lo metí en la camiseta antes de que
alguien lo pudiera ver. Luego traté de volver a trabajar; pero cada hora
miraba por encima del hombro, temiendo que el capo de la droga fuera a
volver.
No regresó esa noche. Ni siquiera cuando terminé mi turno.
Pero regresó al día siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente.
Y el siguiente. 30
Hasta que aprendí a no temerle tanto.
Hasta que me hizo una oferta que no pude rechazar.
Traducido por Daniela Agrafojo
Corregido por Marie.Ang

—Luisa, apenas has tocado tu comida —dijo mi madre. Levanté la


vista de mi plato hacia su mirada en blanco, preguntándome cómo
siempre podía sentir cosas como esas. Debe haber sido el instinto
maternal.
—No tengo mucha hambre —admití, empujando el pollo sobre mi
plato, mi cabeza y mi corazón pesados como si alguien hubiera abierto
mi boca y hubiera vertido arena dentro.
Lentamente bajó su tenedor y suspiró. —No has sido tú misma en
31
las últimas semanas. ¿Hay algo de lo que necesites hablar? ¿Es el
trabajo?
Miré a mi padre. Se encontraba comiendo, aparentemente
contento. Sabía que realmente no estaba aquí en este momento. Cuando
mi padre era cien por ciento sí mismo, era muy intuitivo y directo. Rara
vez podía ocultarle las cosas.
—No es el trabajo —dije lentamente, sabiendo que iba a tener que
decirles. Simplemente no sabía cómo. Ellos no lo verían de la manera en
que yo lo veía. Me pregunté cuánto podía esconderles.
—Mamá, papá —dije. Carraspeé y me enderecé en mi silla. Incluso
aunque mi madre no pudiera verme, la sentí mirando. Solo papá
permaneció perdido en sus pensamientos, y por una vez, no me molestó
que no reaccionara—. Conocí a un hombre.
—¿Oh? —preguntó mi madre, su interés picado por el extraño—.
¿Quién es? ¿En dónde lo conociste? ¿Te gusta?
—Lo conocí en el trabajo —dije, evitando las otras preguntas y
metiendo una pieza de estofado de tomate en mi boca. Mastiqué
lentamente, planeando mis palabras—. Se interesó en mí. Es muy rico y
me ha prometido el mundo.
Su cara cayó levemente. —Ya veo. —Hizo una pausa, alejando su
plato—. No estoy sorprendida, Luisa. Eres una mujer hermosa e
inteligente. Solo estoy sorprendida de que este sea el primer hombre del
que nos hayas hablado.
Aquí venía. —Es porque es serio. Me ha pedido que me case con él.
La sala se quedó inmóvil, asfixiada por el silencio y el calor
opresivo. Mi corazón palpitaba con miedo de solo escuchar esas palabras
en voz alta.
Era la dura y fría verdad; Salvador Reyes me pidió que me casara
con él.
No podía leer la expresión de mi madre en absoluto. Estaba
impactada, eso era seguro, pero si se encontraba feliz, triste, enojada o
sospechosa, no lo sabía. Finalmente, dijo—: ¿Cuándo pasó eso?
—Hace unos días —le dije. Él estuvo yendo al bar todos los días,
algunas veces con David, ese compinche espeluznante suyo que siempre
llevaba gafas de sol en el interior. Otras veces, sin embargo, era solo
Salvador. Nunca tuve ninguna duda de que había un ejército de personas
alrededor, por lo que nunca estuvimos realmente solos, pero era durante
esos momentos que me pedía que cenara con él, aunque estuviera a
mitad de mi turno. A ese punto, Bruno sabía quién era y qué pasaba, y
tuvo que permitirme tantos descansos como yo quise. Salvador
controlaba el bar entero desde el momento en que entraba hasta el
momento en que se iba.
Y me controlaba a mí. 32
Lo curioso era, sin embargo, que cada día me sentía más cómoda
con su presencia. No era que estuviera menos asustada o intimidada por
él. Era solo que me acostumbré al miedo. El miedo hacia Salvador, lo que
quería de mí, o lo que haría después, se volvió tan suave y sencillo como
mi manta favorita. Y porque era el más temible de todos, ya no le temía
a nadie más que a él. Bruno no era nada en comparación. Mis terrores
se consolidaron en un hombre grasiento, con bigotes, una panza
cervecera y cabello desordenado. Un hombre que gobernaba tal violenta
parte del mundo y que ahora quería gobernar el mío.
Debido a que, cuando me lo pidió el otro día, cuando terminé mi
turno temprano e insistió en caminar conmigo al puerto deportivo, sabía
que tenía que decir que sí.
Si era honesta conmigo misma, existía una parte de mí que podría
haberse desmayado ante la propuesta. Cuando Salvador se arrodilló
sobre una rodilla y tomó mi mano en la suya, sus palmas sudorosas, sus
dedos largos y gordos, engañé a mi mente y mi corazón
momentáneamente creyendo que Salvador me conocía, se preocupaba
por mí, me amaba. Por supuesto, solamente me quería para verme bien
a su lado y eso era todo. Bueno, eso y estar en su cama. ¿Qué más podría
ser después de solo unas pocas semanas?
Así que dije que sí y traté de creer que lo dije en serio. Si decía que
no, sería asesinada. No había duda de eso. Ninguna mujer rechazaba a
Salvador Reyes, ni en una cita, ni en el matrimonio.
—Te trataré como a una princesa —me dijo, una estúpida sonrisa
ladeada en su rostro picado de viruela—. Y tendrás todo lo que alguna
vez hayas querido. Serás más rica que el presidente.
Y ahí fue cuando encontré el pequeño fragmento de esperanza al
cual aferrarme. Casándome con el capo de la droga más notorio del país,
un hombre que tenía a políticos y a la policía bajo su pulgar, un hombre
con más dinero del que probablemente podría manejar, me compraría la
seguridad de todos excepto de él, y me estaría comprando a mí y a mis
padres una vida que nunca podríamos llegar a experimentar de otra
manera. Ya no tendría que trabajar para Bruno. Podría tener a mis
padres cuidados y todos sus caprichos atendidos.
Fue ante ese pensamiento que fui finalmente capaz de darle a
Salvador una sonrisa genuina. Él respondió besándome por primera vez,
su bigote cosquilleando en mi labio superior. Deseé que pudiera significar
algo para mí, pero todo lo que podía hacer era concentrarme en los dos
sentimientos que competían en mi pecho: alivio.
Y terror.
—¿Dijiste que sí? —preguntó mamá tranquilamente,
devolviéndome a la realidad, a la mesa de la cocina con una pata
tambaleante, al ventilador de techo que no hacía nada para dispersar el
aire caliente, a los ojos amables pero desolados de mi padre mientras
miraba curiosamente a mi madre, quizás viéndola por primera vez hoy.
Asentí y toqué ligeramente mi boca con la servilleta. —Lo hice. Es
33
lo mejor, mamá, ya lo verás.
Me dio una cómica mirada. —Actúas como si el matrimonio fuera
un negocio que tuvieras que hacer. —Cuando no dije nada, continuó—:
Entonces, ¿cuál es el negocio aquí?
—Él tiene mucho dinero, te lo dije. Se hará cargo de mí y yo puedo
encargarme adecuadamente de ustedes. —Extendí rápidamente el brazo
a través de la mesa y coloqué mi mano sobre la suya—. Mamá, por favor,
esto es algo bueno.
—Entonces, ¿por qué no puedo oírlo en tu voz? Estás todo menos
feliz.
—Estoy feliz —dije—. Estaré feliz. A su tiempo. Todo es tan nuevo
y…
—¿Y quién es este hombre con el que de pronto accediste a casarte?
—En realidad no lo conoces —dije cuidadosamente—. Pero tiene
mucho poder y un montón de influencia.
—¿Y qué hace? —preguntó ella, su voz tomando una extraña
cualidad de acero. Sabía que ninguna riqueza en el país venía
honestamente.
No había nada más que pudiera hacer que decirle la verdad. La
verdad la lastimaría, pero también la mantendría a salvo.
—Su nombre es Salvador —dije—. Y está a cargo de un cártel.
Mi madre se quedó boquiabierta en tanto mi padre murmuraba las
primeras palabras que escuchaba de él en toda la tarde—: Salvador Reyes
—dijo, meditando sobre ello—. Es un hombre malo, muy malo. —Por
supuesto que podía olvidar a su propia esposa y a su hija a veces, pero
un notorio capo de la droga vivía en todos sus recuerdos.
—Luisa —dijo ella sin aliento—. No puedes hablar en serio.
Le di una apretada sonrisa. —Desafortunadamente, lo hago.
—Salvador Reyes. ¿El Sal? ¿El capo de la droga? ¿El chacal? —
Sacudió la cabeza y cruzó las manos sobre su regazo—. No. No, me niego
a creerlo.
—Pero es la verdad.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué aquí? ¿Por qué tú?
—Desearía poder decirlo, mamá. No lo sé. Él piensa que soy
hermosa y que merezco una vida mejor. —Piensa que me merezco estar
en su cama.
Resopló cáusticamente. —¿Una vida mejor? ¿Quién se cree que es?
¿Ha estado aquí? No vivimos en la miseria, Luisa. Tenemos todo lo que
necesitamos justo aquí.
—¡No, no es así! —grité, sorprendida de la ferocidad en mi voz—.
Cada día lucho para salir adelante, por ti, por papá. Y aun así no es 34
suficiente.
Frotó sus labios, desconcertada. Pude ver la ola de vergüenza en
su rostro e inmediatamente me arrepentí de perder mi temperamento.
—Lo siento —dije rápidamente—. Sabes que lo he hecho todo para
encargarme de ustedes y haré lo que sea que pueda para seguir
haciéndolo. Esta es una oportunidad…
—Es una sentencia de muerte —murmuró.
Sus palabras enviaron olas de frío por mi columna. Tragué con
fuerza. —No —dije, a pesar de que no lo creía—. Puede protegerme. Iré y
viviré con él en una mansión en Culiacán. Estaré a salvo, más segura que
ninguna otra persona en el país. Y ustedes también estarán a salvo. Me
aseguraré de que papá y tú estén cuidados, pueden vivir con nosotros en
el recinto o quedarse aquí, en algún lugar realmente agradable. Haré lo
que sea necesario. Lo haré por ustedes.
Solo sacudió la cabeza, unas pocas hebras de su cabello grisáceo
soltándose alrededor de su rostro. —Esto está mal. Mereces casarte con
un hombre por amor, no por dinero.
—Tal vez pueda aprender a amarlo. Quizás él pueda aprender a
amarme.
Su boca se torció en una triste sonrisa. —¡Oh, Luisa, sé que no eres
tan ingenua! Es un capo de la droga. Ellos no saben cómo amar a un ser
humano. Solo aman el dinero y la muerte. Nunca va a amarte. Tendrá a
otras mujeres a su lado. Nunca serás capaz de irte. Te convertirás en una
prisionera de su vida.
¿Hay alguna diferencia en ser una prisionera de esta vida?, pensé
para mí misma. Suspiré. —Sabes que no tengo elección. Ya sea que lo
ame o no, ya sea que él me ame o no, sabes que no puedo decir que no.
—Siempre hay elecciones, mi niña. Dios te dio libre albedrío para
tomarlas.
—Entonces, escojo morir más tarde en lugar de ahora.
Pensé que mi madre me amonestaría por hablar tan fatalmente,
pero entendía. No existía nada fácil o correcto en esta situación, por lo
que no había nada más que hacer excepto intentarlo y hacer lo mejor.
—Te mereces mucho más —dijo finalmente, mirando a la nada.
Miré intencionadamente hacia ella y hacia mi padre. —Al igual que
ustedes. Y ahora, tendremos más. Por el momento, solo ignoremos el
costo.
Asintió y volvió a su comida, recogiendo sin rumbo fijo el pollo que
ya se encontraba frío. Ahora que conocía el peso sobre mis hombros,
tampoco tenía apetito.

*** 35
Al día siguiente, tuve mi último turno en el bar. Mi madre pensaba
que me volví loca, pero papá inculcó tal buena ética de trabajo en mí que
fue difícil de sacudir. A pesar de todo lo que Bruno me hizo a través de
los años, me proveyó de un trabajo y los medios para cuidar de mis
padres, y no podía solo irme sin advertencia. Al momento en que Salvador
me pidió que me casara con él y me dijo que se encargaría de mí de ahora
en adelante, le di a Bruno una semana de preaviso.
Tenía que admitir, que era un poco triste despedirme. Mientras me
paraba detrás del bar y miraba por encima a las personas en las cabinas,
riendo sobre bebidas, olvidé todas las veces que fui tratada como basura
por los clientes y me olvidé de estar asustada de los avances de Bruno.
Solo recordé la comodidad y la seguridad, tan falsa como pudo haber
sido. Frente al infinito desconocido de mi nueva vida, el trabajo parecía
muy simple y seguro.
—Voy a extrañarte —dijo Camila después de abrazarme por
millonésima vez ese día. Me sostuvo por los hombros y se inclinó, sus
ojos inquisitivos buscando los míos—. Y voy a preocuparme por ti, ya
sabes.
Asentí, tratando de mantener mi postura derecha, mi cara
falsamente confiada. —No te preocupes por mí. Estoy mejor.
Frunció el ceño, y sus ojos revolotearon hacia Bruno, quien se
encontraba cerca de la entrada y coqueteaba con la anfitriona. —Quizás.
Pero tan odioso y asqueroso como puede ser Bruno, no es Salvador Reyes.
—No te preocupes por mí —repetí, mirándola duramente a los ojos.
Sonrió suavemente y apretó mis hombros antes de soltarme. —
Entonces, no lo haré.
El resto del turno fue suave, con todo el personal y Bruno dándome
un pequeño pedazo de pastel al final. Todos tomamos chupitos en honor
a mi partida, y Bruno me dio una sacudida de mano muy apropiada y
profesional, deseándome lo mejor en el futuro. Tanto como quería
escupirle en la cara y tomar ventaja de su recién descubierto respeto
hacia mí, fui educada y silenciosamente esperé que un día el karma
estuviera golpeando su puerta.
Eran alrededor de las nueve cuando mi último día finalmente
terminó. Salí por la puerta e hice cerca de medio camino por la cuadra,
apresurándome a través de la multitud de lentos turistas, antes de que
un auto negro se detuviera junto a la acera.
—Señorita Chávez. —David salió del lado del pasajero y gesticuló
hacia la puerta negra, los lentes de sol siempre presentes en su cara
delgada—. ¿Entraría al auto, por favor?
Mi corazón latió dolorosamente. —Por supuesto —dije, tratando de
mantener mi voz firme. No planeé verlo a él o a Salvador hoy. 36
Abrí la puerta y me metí en el asiento trasero. Para mi sorpresa, se
encontraba vacío. Mis extremidades se sentían pesadas por el terror.
—¿A dónde vamos? —le pregunté a David mientras aceleraba
rápidamente lejos de la acera.
—A ver a Salvador —dijo simplemente.
—Aparqué justo a la vuelta de la esquina desde el trabajo —dije
débilmente, mirando detrás de mí en tanto todo se perdía en el tráfico.
—Regresaré por su auto después —dijo, sin mirarme en el espejo—
. Salvador tiene algunas cosas que discutir con usted.
Podría haber agregado—: No tenga miedo —pero no lo hizo.
Probablemente siempre estaría asustada cuando Salvador quisiera
hablar conmigo, ya sea que estuviéramos casados o no.
Después de más o menos veinte minutos, rodeábamos las colinas
secas, llenas de cactus a las afueras de la ciudad. David detuvo el auto,
y un minuto después la puerta se abrió y Salvador entró. Llevaba
vaqueros y una camiseta gris manchada de sudor que se hallaba cubierta
por una capa de tierra.
—Sube el aire acondicionado —le dijo bruscamente a David
mientras cerraba la puerta y el auto se metía en la carretera.
Salvador se sentó frente a mí y empujó sus lentes de sol sobre su
cabeza. Estaba sudoroso y con los ojos súper hinchados, tal vez por beber
demasiado. Por medio segundo me pregunté si podría casarme con este
hombre, sin mencionar compartir su cama. Era solo que no había nada
de él que me atrajera. Si tuviera una buena personalidad, podría haber
sido diferente. Pero no la tenía, ni siquiera cuando la fingía.
—Lo lamento, princesa —dijo, todavía demasiado educado
conmigo—. Me temo que no podré quedarme más tiempo alrededor de
Los Cabos. Ya no es seguro.
Bueno, estabas más o menos alardeando el estar aquí, pensé para
mí misma pero no me atreví a decirlo.
Alcanzó el bolsillo trasero de sus pantalones y sacó una pequeña
billetera de tela. Tomó mis manos entre las suyas y la puso entre ellas.
—Toma. Estos son mil dólares americanos. Es suficiente para
encargarme de ti por el próximo mes, justo como lo prometí. Pero no es
suficiente para comprarte una nueva vida, si eso es lo que estás
pensando.
Abrí mi boca para protestar, miedo corriendo a través de mí.
Él sacudió la cabeza. —Solo estoy bromeando —dijo, a pesar de que
por el frío y misterioso brillo en su mirada podía decir que no bromeaba—
. Pero en un mes, volveré por ti. Tendremos nuestra boda, en menos de
una semana después de eso. No te preocupes por el vestido, escogeré uno
para ti.
37
Solo podía mirarlo tontamente. —Nos casaremos en un mes…
—Más o menos —dijo—. Pensé que estarías más feliz.
Forcé una sonrisa en mi cara y me incliné hacia él, colocando una
mano sobre su brazo pegajoso. Me tragué mi repulsión. Jugué mi papel.
—Estoy feliz. Muy feliz. Solo me siento sorprendida y triste de que me
dejes por tanto tiempo.
Sonrió ante eso, su tupido bigote torciéndose hacia arriba, gotitas
de sudor reuniéndose en él. —Sobrevivirás. Lo has hecho hasta ahora. Y
después de que nos casemos, siempre estarás a mi lado. Nunca volverás
a estar sola.
Esas palabras corrieron a través de mi mente a medida que
conducía hacia mi hogar mucho después, hacia mi madre y mi padre, la
gorda billetera en el asiento a mi lado. Tenía un mes para disfrutar mi
vida como era antes de que cambiara para bien.
Traducido por Andreeapaz
Corregido por Alessandra Wilde

La puta era hermosa.


Una vez más, Este tenía buen gusto para las mujeres, pero no en
la moda. Observé mientras caminaba inquieta por la calzada de
adoquines, en dirección a los guardias de la puerta, en dirección hacia la
libertad. Me recordó a un pequeño ciervo con piernas largas, sus zapatos
de tacón eran un pobre rival para el suelo irregular, y por un breve
momento me sentí mal por ella. Incluso, lástima. Esas bonitas cosas
vendiendo su cuerpo por las riquezas que nunca llegaran. Ella solo 38
obtuvo dinero, pero eso no era lo que la puta realmente quería. Lo que
realmente quería, nunca, jamás lo obtendría.
Estaba mejor muerta.
Y con ese pensamiento, la puntada de lástima desapareció.
Vi cómo se acercó a la puerta. Aunque los dos guardias miraban
hacia adelante con sus ojos ocultos en lentes de sol, noté que
intercambiaron una mirada, preguntándose quién de ellos la iba a matar
primero. Órdenes eran órdenes.
No tuvieron que debatir por mucho tiempo. Sonó un disparo, un
tiro en su nuca, y la puta cayó lentamente al suelo, como si estuviera
demasiado cansada para estar de pie. La sangre comenzó a fluir de su
cabeza.
Estiré el cuello, con ligera curiosidad por ver quién lo hizo. No pude
ver a nadie más que los guardias, eso significaba que debió haber sido
Franco. Últimamente se había convertido en un pasatiempo para él, como
si hubiera descubierto que tenía un instinto para ser francotirador, pero
era mejor que fueran las putas que alguien más del recinto.
En alguna parte sabía que mi jardinero, Carlos, maldecía. Franco
nunca se encargaba de los cuerpos, y sería trabajo de Carlos, una vez
más, hacer algo con ella, lavar el desastre rojo de las piedras.
Naturalmente, nunca se quejaba conmigo o con alguien más que pudiera
limpiar su propia sangre.
Hubo un golpe en la puerta detrás de mí. Mantuve mis manos
detrás de la espalda, mis ojos pegados en la sangre que se derramaba de
su cabeza, era hipnótico, una pintura en movimiento.
—Adelante —dije. No me tuve que dar la vuelta para saber que era
Este—. ¿Cuál era el nombre de la puta? —pregunté, sin dejar de mirar el
creciente charco carmesí.
La puerta se cerró suavemente y sentí sus pasos dentro de la
habitación. —Laura —dijo—, podía follar como nadie, oye podrías haberlo
intentado. Ya sabes que no me importa compartir.
Lo ignoré. —¿No crees que es un poco, oh no sé… crudo, dejar que
las putas salgan de esa manera? —pregunté—, ¿no sería mejor matarlas
en la cama?
Lo oí resoplar. —No, eso sería cruel. También podríamos dejar que
ellas tuvieran un poco de esperanza de salir con vida, ¿no te parece?
Además esto es más deportivo. Es cazar. El cazar es elegante.
Asentí. Supuse que tenía razón. No era muy deportivo por otro lado.
Vi como Carlos salió corriendo hacia el cuerpo y comenzó a arrastrarlo.
Nunca le pregunté qué hacía con los cuerpos, pero en tanto nunca los
viera de nuevo, realmente no me importaban. Fuera de la vista, fuera de
la mente. 39
Me di vuelta y miré a los ojos a Este. —Supongo que en un mundo
perfecto, no tendríamos que matarlas a todas.
Sonrió y se inclinó sobre mi escritorio. —Bueno, mírate siendo todo
suave.
Levanté la mirada. —Es una pena que no se pueda comprar el
silencio nunca más.
Se encogió de hombros. —Una puta habla y entonces tienes a los
bastardos en la puerta. Necesitamos tener un polvo, bueno, yo por lo
menos. —Una mirada irónica cruzó por su rostro—. Realmente no hay
otra solución.
—Supongo que no —dije, y me senté en mi escritorio. Ajusté mi
reloj y me quedé mirándolo con expectación—. Entonces, ¿qué haces
aquí? ¿Luciendo tu pésimo gusto en zapatos? ¿Están hechos de cartón?
Bajó la mirada a sus pies. Como de costumbre el hombre se veía
como si hubiera salido surfeando de California con su camiseta,
pantalones cortos, y sus terribles sandalias de tiras. En absoluto era la
imagen que tenía el cartel, pero no se podía hablar de estilo con él.
Créeme, ya lo había intentado.
Colocó un gran sobre encima del escritorio. —Me llegó el correo de
Martin hace solo un par de minutos y lo imprimí para ti.
Me quedé mirando el sobre por un rato antes de poner mis dedos
en él y deslizarlo hacia mí. Un estremecimiento de anticipación recorrió
mis brazos e hice mi mejor esfuerzo para sofocarlo.
—No respondí —prosiguió—, mencionó que la ubicación de la boda
cambió ayer a último minuto, pero todavía sería capaz de tener todo
hecho. Imprimí el correo electrónico. Está allí también.
Asentí y abrí lentamente la tapa.
—¿Debo pedirle que averigüé algo más?
Negué y saqué los papeles del sobre para colocarlos sobre el
escritorio. —No, no importa. Martin está muerto.
Alcé la mirada para ver a Este observándome con una expresión de
asombro. —¿Tan pronto?
—Sí —dije con aire ausente, mirando a los papeles en mis manos.
Eché un vistazo al correo electrónico impreso.
—Qué pena, me gustaba el tipo.
—A mí no —dije—, pero hizo su trabajo y es todo lo que importa.
—Algo así como las putas.
Apreté los labios. —Mmmm —cedí. Por lo que decía el correo
electrónico, Martin había hecho bien el trabajo. Había vigilado a Salvador
Reyes y su novia desde unos días antes de la boda y consiguió fotografías
durante la ceremonia—. Pero matar a mujeres siempre es tan feo, ¿no es
40
cierto?
—Ya ves —dijo Este, cruzando los brazos—, ahí mismo, este tipo
de mierda me sorprende. Ya sabes, teniendo en cuenta tus problemas
con las mujeres y todo eso.
Le lancé una mirada penetrante. —No tengo problemas.
—No —dijo lentamente con una sonrisa fácil en sus labios,
demasiado conocedor—. Por supuesto que no.
Esos fueron los momentos en que más odiaba a Esteban Mendoza.
Odiaba que fuera mi mano derecha, odiaba que fuera la persona más
cercana a mí, a pesar de que nunca me importó tanto. Odiaba que me
haría daño y tendría que matarlo.
—Martin habría hablado —dije—, al igual que las putas. Le fue
bien. No te preocupes, nos encargaremos de su esposa e hijos.
Este arqueó las cejas.
—Con dinero —respondí rápidamente—, van a estar bien sin su
padre, que fue muy estúpido como para involucrarse con nosotros para
empezar. No soy cruel.
—Bueno, no le estás disparando a las putas —dijo—, y no estoy
preocupado. Tú sabes que rara vez me preocupo por ti.
—Que conmovedor —dije con ironía.
Caminó alrededor de la mesa y se puso detrás de mí, mirando
encima de mi hombro. Odiaba cuando hacia eso. —Estoy interesado en
lo que estás pensando —dijo.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de ella —dijo mientras deslizaba una foto del montón—.
La señora Reyes.
Era en blanco y negro e impresa en papel, haciendo menos notoria
la foto, pero no el trabajo. Era una imagen de una mujer en un vestido
de novia blanco sin tirantes, muy esponjoso y extravagante de la cintura
para abajo. Tenía las manos colocadas recatadamente adelante, su rostro
con una sonrisa nerviosa.
Era extremadamente hermosa pero era de esperar. El más flamante
capo de la droga del país nunca se casaría con alguien menos que
impresionante, y esta mujer, Luisa, se ajustaba perfectamente. Pero a
pesar de su cuerpo, con sus redondos, firmes pechos y su elegante cuello,
su largo cabello oscuro y su cara clásica, había otra capa que
inmediatamente me hizo estar duro. Era esa mirada en sus ojos. Eran
tan puros y suaves, dándole un resplandor que parecía saltar del papel.
No quería nada más que tenerla de rodillas, pedirle que fijara
aquellos redondos, angelicales ojos en mí y ver como la inmovilizaba
hacia abajo y me venía directo dentro de ellos. Me gustaría tomar su
pureza y hacerle ver el mundo como realmente era, un caliente, pegajoso
lio al final de mi polla.
41
—Apuesto que tiene un coño apretado. —Este miró de reojo por
encima de mi hombro.
Le lancé una mirada de disgusto. —Ella no es una puta, Este —lo
reprendí.
—No para ti —dijo, mientras miraba la siguiente foto de ella, ahora
con Salvador a su lado.
—Lo digo en serio —dije, mis ojos sintiéndose atraídos por ella una
y otra vez—, nadie la está tocando. Ni tú, ni Franco.
—Te doy mi promesa —dijo Este—, pero Franco apenas se puede
controlar a si mismo alrededor de las putas.
—Nadie la está tocando —repetí—, ella va a ser nuestra rehén. Es
la garantía. No van a poner una mano sobre ella.
—A excepción de ti, supongo.
Ella parecía casi tan buena para nunca ser tocada. No podía
esperar para romperla. —Es realmente invaluable —admití.
Pasé un par de fotos y me puse más duro con cada una. Deseé
malditamente que Este se fuera, así me podría ocupar de esto. Casi
deseaba que Laura siguiera viva así podría darle vuelta y venirme por
toda su espalda. Nunca follaba a las mujeres de por aquí, pero eso no
significaba que no las usara.
—Sabes —dijo Este, su perezosa voz empezando a sonar irritante
para mí—, si Martin estuvo lo suficientemente cerca para espiarlos, lo
suficientemente cerca para fotografiarlos, ¿por qué no le dijiste que solo
le disparará a Salvador en la cabeza? Especialmente si Martin se iba a
morir de todos modos.
Lo miré con recelo, decepcionado de que pudiera ser tan
imprudente. —Porque la vida es un juego y todos estamos con tarjetas de
negocios. Nosotros jugamos con la mano correcta para salir adelante. —
Estudié la sonriente e ignorante cara de Sal mientras miraba a su novia—
. La muerte detiene el juego. Es demasiado fácil, demasiado inflexible. La
muerte es viciosamente terca.
Cuando Este no dijo nada, levanté la mirada para ver un brillo
opaco en sus ojos. Suspiré y me pellizqué el puente de la nariz, molesto
por su ineptitud. —¿Qué tan bueno sería matar a Salvador? ¿Cierto?
David Guirez o quien sea, cualquiera, podría intervenir y hacerse cargo
de las cosas más rápido de lo que cagas después de tomar tu café, y nada
habría cambiado. Mira a Travis Raines. En el momento de su muerte, fui
capaz de tomar el control, como aquí y ahora.
—Solo porque tú mataste a Travis —puntualizó—, más o menos.
—Nosotros matamos a Travis —corregí—. De todos modos, el punto
es que los muertos son una pésima oferta. Si queremos la ruta marítima,
tenemos que obligarlos a que nos la cedan. Matarlo no hace nada. Tomar
a su nueva esposa, ahora eso si va a hacer algo. 42
—Suenas tan seguro —dijo Este, caminando alrededor de la mesa.
—No tengo ninguna razón para no estarlo —dije—, son recién
casados. Él la necesita, la quiere. La tomaremos pronto, antes de que se
aburra de ese culo virginal. Sal tiene un precio. Nosotros tenemos que
hacerlo. Es nuestra debilidad. Sé lo suficiente como para aceptarlo.
Se pasó la mano por la barbilla y me hizo un gesto suave. —Todo
bien.
Me quedé mirando una foto de ellos en el altar, una ceremonia de
lujo al aire libre. Él la miraba con el orgullo del que yo hablaba. Y ella lo
miraba con una mirada demasiado familiar para mí.
—Sin embargo ella no lo ama —comenté, casi solo para mí.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, dando un paso más cerca y
mirando las fotos de nuevo.
Me encogí de hombros. —Solo lo sé. No lo ama.
—¿Entonces se casó con él solo por dinero?
Agarré los papeles y los clasifiqué hasta que estuvieron ordenados
y apilados antes de guardarlos de nuevo en el sobre. —Probablemente.
¿Importa?
—No. Entonces ¿cuándo actuamos?
—Pronto —dije, guardando el sobre en el primer cajón. Sabía que
iba a echar un vistazo de nuevo después que se fuera—. Pero vamos a
hacerlo lentamente. Mientras tanto, ve si podemos traer a Derek para que
nos pueda ayudar con esto.
Este me dio una mirada extraña. —Derek… no hemos hablado con
él desde que… ni siquiera estoy seguro que sigue en México.
—Tal vez no —dije. No me preocupaba mucho. Derek Conway era
un ex militar americano, un asesino a sueldo. Lo contratamos durante
algunos de nuestros momentos más importante. De hecho, la última vez
que lo vi fue hace tres años. Le había disparado una bala en la cabeza a
Travis Raines. Dirigido por mí, por supuesto. Luego nos cagó, pero no me
puedo quejar de eso. Él sería fiel a quien pagara más.
Pero no era el único hombre a mi disposición. Desde que asumí el
control del cartel, toda la tropa de hombres hacía mi trabajo sucio, los
mejores de los mejores. El próximo mes quería a alguien que fuese
elegante y leal. El secuestro de la esposa del más grande capo de la droga
de México no iba a ser un paseo por el parque, pero con las personas
adecuadas, no sería imposible.
Quizás solo estaba siendo demasiado confiado, pero me había
servido bien en el pasado.
Le di una mirada a Este. —Estoy poniendo esto en tus manos.
¿Puedes manejarlo?
43
—¿Cuándo no?
—Oh, no lo sé. Te envié a Hawái una vez para terminar un trabajo,
pero terminaste follando a una surfista chica suicida en su lugar.
—Y sin embargo, hice el trabajo. ¿Cuál es la diferencia si tengo
acción al mismo tiempo?
Puse los ojos en blanco por su mierda y agité mi mano suavemente,
despidiéndolo. —Ve a preparar todo esto. Y no me decepciones.
—Es curioso —reflexionó—, no estoy seguro de cómo se siente no
decepcionarte. —Entonces se dio vuelta y salió de la oficina, cerrando la
puerta detrás de él.
Me levanté y me acerqué a la ventana. La calzada se hallaba mojada
donde Carlos debió haber regado, y el cuerpo de Laura desapareció, así
como la sangre. Era como si nada feo hubiese pasado. Miré hacia las
montañas, el paisaje verde que violentamente se extendía más allá de la
propiedad y se mimetizaba con los acantilados de La Columna del Diablo.
Algunas veces me preguntaba si había alguien por ahí tramando algo al
igual que yo contra Salvador. Normalmente asumía que sí. No se dirigía
un cartel sin tener un ejército de gente que quisiera matarte. Después de
todo, solía ser un soldado en ese mismo ejército. Nunca reflexioné sobre
eso, seguí adelante día tras día pensando que me encontraba mejor vivo,
una carta que mantuvo el juego en marcha.
También me aferraba a la arcaica creencia, y tal vez un poco
ingenua, de que todo pasaba por una razón. No había engañado a la
muerte tantas veces, no me arrancaron el corazón ni perdí el alma o
asesinaron a mi familia y pisotearon mi futuro por nada. Me pusieron en
una prisión estadounidense por tres meses y gracias a Dios y amigos en
altos lugares, milagrosamente logré salir y regresar a México, donde tuve
la oportunidad de saltar de nuevo al cartel que por derecho se convirtió
en mío. Todo eso, todos esos milagros, toda esa gracia, no había pasado
por ninguna razón.
Mi destino era constantemente reescrito y seguiría siendo de esa
manera hasta que fuera cumplido. Hasta que estuviera en la cima del
mundo y tuviera a mis pies todo lo que siempre quise. Hasta que pudiera
aplastar, sin ninguna misericordia, a cualquiera que no estuviera a mi
merced.
Me acerqué al bar, y con un poco de placer empujé hacia atrás la
parte superior del antiguo globo terráqueo, revelando las botellas de
alcohol que había guardado. El bar solía ser de Travis, algo que consiguió
en una tienda de antigüedades en Mississippi, donde trabajé para él en
los tiempos más fáciles. Siempre lo codicié, la elegancia de la época, de
un tiempo cuando los hombres eran en realidad hombres y cuando se
levantaban por la mañana para mostrarse al mundo.
Me serví un vaso de viejo whisky, eligiéndolo sobre el tequila
habitual, y volví al escritorio. Sentí una punzada extraña de enojo cuando
miré las fotos de nuevo, como si alguien estuviese mirándome,
44
juzgándome, por algo que no debería haber hecho. Pero necesitaba
mirarla. Necesitaba estudiarla. Conocer a la exquisita criatura que traería
a esta casa. Necesitaba saber de la mujer que iba a atravesar y atravesar
antes que le se la devolviera a Salvador.
Necesitaba pedirle a su suave y pixeleada cara perdón por lo que
estaba a punto de hacer.
Ella pronto lamentaría haberse casado con Salvador Reyes.
Traducido por Pilar
Corregido por Daniela Agrafojo

―Luces nerviosa ―me dijo la maquilladora mientras espolvoreaba


una ligera capa de rubor brillante sobre mis pómulos―. No lo estés. Luces
hermosa.
Tenía una cualidad cantarina en su voz que hubiera calmado a
cualquier futura novia, pero no a mí. Si me levantaba y miraba por la
ventana, vería la plaza llena de gente que venía a ver mi matrimonio con
Salvador. También habría sentido, aunque no los hubiera visto, a los
incontables francotiradores que se alinearon para eliminar a cualquiera 45
que pudiera… interferir. Eso debería haberme hecho sentir mejor, más
segura, pero no me sentía de esa manera. Sentía que solo estaría a salvo
cuando dijera “acepto”. Después de eso, sería una rata corriendo por el
desierto, el halcón aguardando su momento desde arriba.
―Y has dicho que tus padres están aquí ―continuó, su voz más
rápida ahora, tratando de que hablara, de que dijera algo. Había estado
en silencio la mayor parte del tiempo. Quizás ella también se sentía
nerviosa. Sabía con quién me iba a casar, después de todo.
―Sí, están aquí ―dije, mi garganta se sentía extrañamente seca.
―Deben estar muy orgullosos ―dijo, levantando mi barbilla con sus
dedos para delinear mis labios con precisión.
―Normalmente no viajan ―dije como explicación, apenas moviendo
mis labios. Mis padres no se sentían orgullosos más de lo que se sentían
aterrados. Mi padre no había sido el mismo por días ahora, y solo era por
suerte que se encontraba calmado y bajo control. Suerte, o quizás alguna
medicación que mi madre pidió prestada de alguna de sus amigas. Mi
madre se encontraba rígida e inflexible, intentando estar feliz por mí pero
fallando. Por primera vez en mi vida, muy difícilmente podía soportar
estar cerca de ella. Solo me recordaba a lo que renunciaba y a lo que me
iba a entregarme.
―¿En dónde viven? ―preguntó.
―En San José del Cabo ―dije.
―¿No se unirán a ti y a tu esposo?
Sacudí la cabeza y luego sonreí a modo de disculpa cuando me di
cuenta que arruinaba su trabajo.
―Querían quedarse cerca de sus amigos. Es muy… inconveniente
para ellos vivir conmigo y Salvador. ―Sin mencionar que con la ayuda de
Salvador, podía comprarles una nueva y hermosa casa cerca del centro
de retiro y el hospital. Mis padres tenían un cuidador a tiempo completo
ahora, una mujer dura pero encantadora llamada Penélope, y tenían sus
actividades y sus amigos. Sucedió rápido, y aún seguíamos ajustándonos
al cambio. Hice lo que pude para aliviar la culpa ya que no podía seguir
viviendo con ellos, pero era mucho mejor a que arriesgaran sus vidas
para vivir con nosotros en Culiacán. Aunque no estuvieran a mi alcance,
sentía que estarían mucho más seguros en la Baja.
―Bueno, quizás sea lo mejor ―dijo ella, sonriendo
tranquilamente―. Nada arruina un matrimonio como una familia política.
Volví la mirada, y para mi alivio, termino con mi rostro en silencio.
La ceremonia de matrimonio sucedió de forma más tranquila de lo
que esperaba. Las tres copas de champagne que arrebaté de un camarero
ciertamente ayudaron. Fue muy elaborada con el sacerdote, nuestros
votos y el interminable mar de gente observando cada uno de nuestros
movimientos. Pero hice mi parte, actué el papel, e hice lo mejor que pude 46
para pretender que era la novia ruborizada ansiosa por casarse con su
poderoso marido. Solo podía esperar que mi rostro no me delatara y le
mostrara al mundo que tan aterrorizada me sentía.
En el momento en el que deslizo el anillo en mi dedo, un enorme
diamante cegador que costaba más de lo que muchas personas ganaban
en toda su vida, y dijimos nuestros votos, supe que debería haber llorado
con poder. Era la esposa del chacal, el hombre casi más poderoso del
país. Pero mientras que otros verían poder descansando sobre mis
hombros, sabía en mi interior que la capa era una ilusión.
Y no llevó mucho tiempo descubrir que tan falso era.
Para nuestra luna de miel, Salvador y yo fuimos a la costa, a un
pequeño y tranquilo pueblo que se hallaba completamente bajo su
jurisdicción, donde tenía una masiva propiedad frente a la playa. Apenas
tuve tiempo para despedirme de mi madre y mi padre, mis manos aun
sostenían las suyas, aferrándose para salvar su vida, mientras me
alejaban de la ceremonia, con flores en mi cabello, y me dirigían hacia la
limosina esperando.
Era a prueba de balas. Pero yo no.
Salvador y yo nos sentamos en la parte de atrás, los únicos allí,
mientras giraba mi cuello y observaba como mis padres desaparecían de
mi vista, dos frágiles cuerpos contra el sol implacable.
―Eso fue grosero de mi parte ―dije, aunque sabía que era mejor
mantener la boca cerrada. Deseé que mi voz no temblara―. Dejarlos así.
―Fue más que grosero; me aterrorizaba más que nada tenerlos fuera de
mi alcance, tan rápido y tan pronto.
Salvador se giró en su asiento para enfrentarme. Lucía casi apuesto
en su esmoquin, su cabello peinado hacia atrás, su bigote recortado. Sus
ojos, sin embargo, siempre lo traicionaban. Estaban agotados, haciendo
chispas, como si tuvieran un mal cableado.
―Eres mi esposa ahora ―dijo con una sonrisa que era demasiado
malvada como para ser genuina―. Ya no les respondes a tus padres, me
respondes a mí.
Tragué con dificultad, intentando decidir si debía mostrar desafío
o alegar sumisión en mi rostro. Fue una decisión de un segundo y gano
el desafío.
Conseguí una bofetada en el rostro.
Me tomó unos minutos, con mi mano derecha con su nuevo anillo
sobre mi mejilla, tratar de calmar los latidos. Observé a Salvador con
tonta sorpresa. Sabía que hasta ahora todo había sido una actuación,
pero no tenía idea de que se volvería a la realidad tan rápido.
―Me respondes a mí ―repitió, sus ojos entrecerrados y duros como
el acero―. Eso significa no contestar.
Abrí la boca e inmediatamente me pegó con la parte externa de la 47
mano otra vez, más fuerte ahora, lo suficiente como para ver luces detrás
de mis ojos, mis dientes mordieron mi lengua cuando mi cabeza golpeó
el asiento trasero. Traté de no entrar en pánico, traté de permanecer
compuesta al mismo tiempo que quería llorar por el dolor. El miedo era
el más grande que había conocido nunca.
Después de un momento, me enderecé en mi asiento, alejándome
algunos centímetros de él. Me miró de reojo, como si todo fuera una gran
broma. Quizás lo era.
―Cuando digo no contestar ―dijo, pasando sus dedos sobre su
bigote―, lo digo en serio, como digo todo lo demás. Podremos tener un
lindo y feliz matrimonio si aprendes a comportarte. Aun te daré el
mundo y no querrás nada. Pero hay reglas que tendrás que seguir. Nada
es gratis en esta vida, ¿entiendes?
Asentí, sin atreverme a hablar.
De repente, saltó hacia adelante, frente a mi cara, una vena latía
en su sien.
―Dije, ¿¡entiendes!? ―gritó, escupiéndome.
Cerré los ojos con fuerza, como si eso lo hiciera desaparecer. Sentía
que la vida se me iba cada segundo que pasaba en esa limosina, que este
era el comienzo de una lenta y dolorosa muerte. Y la había aceptado
voluntariamente.
Estás haciendo esto por tus padres, me dije, tratando de
arrastrarme a donde estaba oscuro, cálido y seguro. Recuérdalo.
Recuerda la felicidad de quién estás comprando.
―Mírame ―dijo Salvador, su voz tranquila ahora, aunque podía
sentir su aliento caliente sobre mi piel―. Tienes que mirarme cuando te
hablo. Esa es una de las reglas. ―Tomó mi barbilla y la apretó lo
suficiente como para abrir mis ojos. Lo miré sin expresión, sin querer
mirarlo realmente. Mi esposo.
―La otra regla ―siguió, más suave ahora―, es que no me
contestarás. También serás leal y no te perderás. Ni siquiera mirarás a
otros hombres. Por tu propio bien, no te permitiré tener amigos que yo
no elija para ti. No podrás salir de la casa sola. Siempre permanecerás
delgada y hermosa, con una gran sonrisa para todos los que conozcas. Y
no me negarás mis derechos como esposo. ―Lamió sus labios mientras
decía eso―. Ahora. ¿Lo. En. Tien. Des?
Lo entendía. La vida de Luisa Chávez se hallaba real y
verdaderamente terminada.
Ahora solo era Luisa Reyes.
Y ella se encontraba a punto de vivir una vida de dolor.

***
48
Salvador tomó mi virginidad en la parte trasera de esa limosina,
minutos antes de que llegáramos a la casa de playa. Sucedió rápido, y
por eso me alegraba. No redujo el dolor, el horrible y desgarrador dolor,
pero significaba que no tendría que sufrir la humillación de mi primera
vez por mucho tiempo.
No fue amable, no fue gentil, no fue generoso. Si así era el sexo, me
pregunté cómo podían disfrutarlo. Trató mi cuerpo como si fuera un
pedazo de carne, una rebanada de propiedad. Yo no tenía derecho sobre
él, y eso es lo que quería mostrarme, una y otra vez. No tenía voz, ni
derechos. Era suya, lo quisiera o no, y él me tendría cuando quisiera. Mis
propios sentimientos y deseos no importaban.
No quise hacerlo la segunda vez. Me sentía adolorida, tanto, e
intenté quedarme dormida, temiendo enfrentarlo a él y mi primera
mañana como su esposa. Pero Salvador no creía en la palabra no. No
importaba cuantas veces se lo hubiera dicho, si luchaba… de hecho, le
gustaba cuando lo hacía. Había desnudado su cuerpo hinchado y feo y
se había forzado sobre y dentro de mí con una sonrisa que ni siquiera su
madre podría amar.
Si es que tenía una madre. No podía imaginar a nadie criándolo.
Cuando intentaba imaginarlo como un niño pequeño, sabía que no había
inocencia en su corazón. Habría sido el que ponía petardos en la boca de
los perros, el que llevaba demasiado lejos las peleas en la plaza de juegos,
el que escupía en la comida de su abuela. Intenté pensar en estas cosas,
intente descubrir cómo alguien se convertía en algo tan vil y lleno de odio,
mientras me violaba de adentro hacia afuera.
No fue suficiente que claramente estuviera adolorida y vulnerable
mientras sucedía… si intentaba luchar, afirmaría su dominación de otras
maneras.
―Señora Reyes —dijo en voz alta la empleada desde el balcón detrás
de mí. Me hallaba sentada en la playa, el cálido Océano Pacífico lamiendo
mis pies y empapando las puntas de mi vestido. Había estado sentada
allí por horas, y sabía que me llamaba para almorzar. Pero no podía
comer incluso aunque lo intentara.
La ignoré y observé mis brazos, las marcas y moretones por todos
lados, feos, violetas y amarillos de los últimos días, brillantes a la luz del
sol. Por un segundo, sentí tanto terror como el agua helada que pensé en
correr directamente hacia el océano e intentar nadar hasta ahogarme.
Pero eso sería casi imposible. A mi izquierda, parados casi
escondidos entre las palmeras, había un grupo de guardias vigilando la
propiedad y a mí. No podía ver quién se encontraba a mi derecha, más
allá por la playa, pero sabía que no dejarían que me ahogara.
No me dejarían escapar.
Habíamos estado en nuestra luna de miel por una semana. Nunca
tuve la oportunidad de hablar con mis padres por teléfono. Nunca pude 49
dejar la propiedad, ni siquiera si me acompañaban. Salvador solo estaba
por las noches y por la mañana, cuando sistemáticamente me golpeaba
y violaba. Una vez, me obligó a realizar un acto lascivo con David, su
segundo al mando, y cuando no quise hacerlo, apuntó mi cabeza con un
arma. Una parte de mí se sintió tentada a seguir negándose, solo para
que apretara el gatillo, pero sabía que nunca lo haría. Apenas había sido
su esposa por unos días, y aun había una vida de placeres para él.
―Señora Reyes ―repitió la empleada―. El almuerzo está servido. Al
señor Reyes le gustaría almorzar con usted.
Entonces hoy se hallaba en la casa. Qué suerte la mía. Me tomó
toda mi fuerza no gritarle y decirle que primero era Luisa Chávez y
después Luisa Reyes, y que Salvador podía irse a la mierda. Pero ahora
me encontraba aprendiendo a jugar el juego. De cualquier forma me
castigaba, pero mientras más seguro jugara, menor era el castigo que
recibía. Aprendí a no contestarle a Salvador después del viaje en limosina,
aprendí a no negarme la mañana siguiente, y aprendí a nunca
cuestionarlo después de lo que me hizo hacer con David. Había aprendido
mucho en tan corto tiempo.
La reacia educación de la esposa narcotraficante.
Suspiré y me levanté, limpiando ausentemente la arena de mi
vestido. Mi cabello se ondulaba a mí alrededor como una oscura bufanda,
atrapado en la fría briza del océano. Cerré los ojos e imaginé, solo por un
momento, como sería no vivir con miedo. Como sería realmente sentir
felicidad y amor por un hombre. Mi corazón prácticamente tembló ante
la comprensión de que nunca, jamás tendría eso mientras Salvador Reyes
viviera.
A medida que regresaba a la casa de playa con el corazón oprimido,
trate de pensar en mis padres y como ahora se hallaban mejor. Intenté
de pensar en cómo yo estaba mejor, sin tener que ser la esclava de alguien
como Bruno, como nunca tendría que preocuparme sobre cómo llegar a
fin de mes.
El hecho es que no me encontraba mejor para nada, y tampoco mis
padres. Elegiría a Bruno y sus manos largas, las largas horas de pie, el
miedo de nunca poder darle a mis padres lo que se merecían, elegiría
todo y me aferraría a eso si pudiera. Si tan solo hubiera notado que lo
que tenía no era tan malo después de todo y si pudiera regresar el tiempo
atrás para tomarlo de nuevo, lo haría. Renuncié a todo lo que tenía, solo
para tener una oportunidad de tener más.
Por supuesto, también se encontraba el hecho de que nunca tuve
realmente otra opción. De que no podría decirle no a Salvador. Pero como
mi madre dijo, siempre tenemos opciones. Y comenzaba a creer que en el
gran esquema de las cosas, quizás había tomado la decisión equivocada.
El menor de dos males era en realidad, el más grande.

50
Traducido por Mary & dydy
Corregido por Vane Black

—Así que, finalmente conozco al Javier Bernal. —El hombre se


sentó frente a mí, un cigarrillo flotando fuera de su perezosa boca. No
malgasté tiempo en sacarlo bruscamente de sus labios, romperlo por la
mitad y arrojarlo al suelo junto a nosotros.
Me miró, estupefacto por solo un segundo, lo cual aprecié. Un
hombre que puede sacudirse las cosas rápidamente es un hombre que
quieres de tu lado.
—Sin fumar —dije, mis ojos perforando los suyos cuando incliné
51
mi barbilla a la señal en la pared. El bar podría dar una mierda si las
personas fuman o no, la señal solo se hallaba ahí por razones legales.
Pero ese no era el punto. El hombre necesitaba saber la señal. Había
escuchado un montón sobre este Juanito, aunque no había razón en
traer su nombre a mi memoria. Solo lo necesitaba por su inteligencia, y
cuanto menos yo supiera, mejor.
Asintió, la sonrisa fácil aun allí, no vacilante. Eso era bueno
también. Necesitabas recuperarte, pero también necesitabas permanecer
alejado de los encargados.
Él necesitaba seguir teniendo miedo de mí.
—¿Puedo por lo menos beber? —preguntó, alzando su botella de
cerveza.
Ah, y tenía sentido del humor. Esto lo hacía más fácil de lidiar,
incluso aunque su mal sentido del humor no lo salvaría al final. He
matado a algunos de los malditos más divertidos que he conocido. Me
tenían riendo incluso con sus cabezas en el suelo.
—Por supuesto —dije y alcé mi vaso de tequila—. Por los nuevos
comienzos.
Bebimos mientras alguna balada de una cantante pop mexicana se
reproducía en el fondo. Este bar era uno los pocos en la zona donde
podía ir y relajarme sin tener que preocuparme por alcohol con agua o
clientes groseros. Los dueños eran pagados generosamente por mí, al
igual que todos los funcionarios de la ley en la ciudad y el estado de
Durango. No tenía miedo de que un cártel rival viniera y me volara la
cabeza, y no tenía miedo de que la Procuraduría General de la República
Mexicana viniera y tratara de llevarme. Por mucho que odiara admitirlo,
sin la malversación en la vía de navegación de Ephedra de Salvador Reyes
y la adición de más rutas para el opio, la cocaína y la marihuana, yo
realmente no era el hombre que buscaban. Naturalmente, con más poder
e influencia venía el peligro de ser el enemigo público número uno. Ahora
mismo, Salvador Reyes era el criminal más buscado y el capo de la droga
en el país. No es como si la policía o alguien estuvieran haciendo algo
para detenerlo.
En cuanto a mí, tenía más que temer de los rivales que de las
autoridades. No me encontraba limpio por cualquier medio, no podía
poner un pie en los Estados Unidos de nuevo, por ejemplo. La última vez
que estuve ahí, fui arrestado por tráfico de drogas. Fue una confusión
menor, ya que no traficaba drogas, solo trataba de negociar un rehén
para seguir adelante, pero hubo derramamiento de sangre y los federales
se involucraron. Aparentemente no tenían nada mejor que hacer que
preocuparse de los mexicanos.
Sin embargo, tener suficiente dinero y conocer a suficientes
personas que trabajan para la DEA1 te consigue un viaje libre por los
Estados Unidos, siempre y cuando prometieras enviarles información de
tus enemigos de vez en cuando y jurar nunca poner un pie en el país de 52
nuevo. Y eso fue lo que hice. Le pagué a la gente correcta, cumplí mi
promesa, y fui libre de irme tres meses después.
Sin embargo, aquellos tres meses (mientras Esteban se ocupaba de
mis negocios y el cartel que tomé de Travis Raines) me costaron
demasiado. Debería haber estado en mi tierra natal y expandiéndome; en
vez de eso estuve detrás de las rejas. Las prisiones en Estados Unidos no
eran nada como las de México. Podrían haber sido vacaciones para
algunos, aunque tal vez me trataron tan bien porque mi dinero iba más
allá en las celdas. Hay tanto poder e influencia en el dinero y las drogas
que hace que me pregunte por qué alguien se molestaría en ir por el bien.
¿Para salvar tu cara? No, eso es ridículo. Tu cara nunca se ve tan bien
como cuando tienes un arma en tu mano y dinero debajo de tu culo.
Suponía que debería haber estado agradecido de que solo estuve
en prisión por un corto periodo de tiempo y salí ileso con solo un nuevo
hábito de fumar para agregar a mi historial.
Con ese pensamiento, saqué un cigarrillo de mi caja de oro delgada
y lo coloqué en mi boca.
Juanito me frunció el ceño. —Las reglas… —dijo débilmente.
Arrastré el fósforo a lo largo del lado de la mesa de madera, y luego
encendí el cigarrillo y lentamente soplé el humo en su cara. —Las reglas

1 DEA: siglas de Drug Enforcement Administration.


no se aplican a mí. Nunca lo han hecho. Nunca lo harán. —Lo aplaqué
con una sonrisa—. Ahora vamos a hablar de negocios ¿podemos?
Asintió y se relajó un poco en su taburete, dispuesto a empezar.
Otra buena señal. Eso decía que era confiable en su trabajo.
—Lo que necesito de ti, Juanito —dije, aun mirándolo—, es llevar
a cabo tu trabajo como si fuera el último que harás.
Su sonrisa decayó. —¿Será el último que haga?
Supongo que mi reputación me precedía. Me enfoqué en el
cigarrillo, sin ninguna prisa por responderle, hasta que tuvo que apartar
la mirada. —Tu paga será la suficiente que nunca tendrás que trabajar
de nuevo, si eso es a lo que te refieres.
Tragó duro, y podía ver su pierna rebotando inquietamente bajo la
mesa. —Hay rumores, ya sabes.
—¿Sobre mí? —pregunté simplemente.
Más gestos nerviosos. —Sí.
—¿Son sobre cuán larga es mi polla?
Alivio cayó sobre su cara, y soltó una risa. —No realmente.
—Que mal. Es verdad, ya sabes. Sobre mi polla.
No parecía demasiado impresionado. Giró la botella de cerveza en
sus manos. —Dicen que terminas matando a la mayoría de las personas 53
que hacen trabajos para ti.
Me encogí de hombros. —¿Y qué?
—¿Es verdad?
Golpeé el cigarrillo con mi dedo y dejé caer las cenizas al suelo. —
No es una mentira. Mira, si prometo no matarte, ¿eso aliviará tus
preocupaciones?
Frunció el ceño, inseguro de qué camino tomar.
—Mantengo mis promesas —agregué—. Solo para que lo sepas.
—Bien, eso ayudará —dijo.
—Entonces está sellado. Tú haz tu trabajo, te pagaré un montón
de dinero y tampoco te mataré. —Le hice señas al barman para que me
sirviera otro trago, luego volví a bajar la mirada hacia Juanito—.
Entonces, antes que empieces a aumentar mi cuenta de bar, dime tus
planes.
Ahora que sus preocupaciones fueron aliviadas, era capaz de
explicarme claramente lo que tenía para ofrecer. Juanito había hecho
algo de trabajo con Esteban mientras yo estaba preso. Este era el tipo
tecnológico que podía jaquear cuentas, sistemas de seguridad, demonios,
creo que había hecho alguna jodida magia con las cámaras satelitales
antes. Pero Este necesitaba estar a mi lado, por consejo y mi propia
protección. Juanito se infiltraría en el recinto de Reyes lo mejor que
pudiera, espiando la rutina de Salvador y Luisa por una semana o dos
antes de reportarse con información concreta. No tenía duda de que
Salvador tenía a su nueva esposa vigilada, pero mientras los días
pasaban, tampoco tenía duda que uno de ellos cometería un desliz.
Cuando eso pasara, nos aseguraríamos de que pasará de nuevo.
Entonces la tomaríamos.
Juanito, a primera vista, no parecía el tipo de hombre más
adecuado para el trabajo. Aparte de sus gestos nerviosos, tenía una
complexión delgada pero fuerte y un rostro joven con mejillas
redondeadas. Pero sabía que no debía juzgar un libro por su cubierta.
Todo lo que necesitabas saber sobre un hombre se hallaba en sus ojos,
y en los de Juanito podía ver la confianza en sus habilidades. Eso me
compró.
También me hacía dejar de lamentar mi promesa de no matarlo, tal
vez sería muy útil en el futuro.
—¿Cuándo empezarás? —pregunté en tanto asentía en
agradecimiento al barman, quien colocó otro vaso de tequila frente a mí.
—Mañana —dijo de forma casual—. Puedo estar en Culiacán para
el mediodía. Para mañana en la tarde te prometo que sabrás en que casa
se están quedando y dónde. Tengo conexiones ahí.
Arqué mis cejas. —Quién no —murmuré, y luego tragué mi bebida.
Carraspeé—. Bueno, Juanito. Supongo que eso es todo. 54
—¿Y no me vas a matar?
—Mi promesa es una que cumplo —dije solemnemente mientras
hacía la señal de la cruz sobre mi pecho. Probablemente no me creyó,
pero cuando se diera cuenta que aún no estaba muerto, lo haría. Señalé
hacia la puerta con un giro de mi muñeca—. Mejor te pones en marcha.
Este te pagará tu depósito esta noche. Tendrás lo demás después de que
entregues a Luisa Reyes.
Lamió sus labios ansiosamente y se bajó del taburete. —Cincuenta
mil dólares americanos.
Asentí con una tensa sonrisa. A medida que permanecía más
tiempo en el negocio, menos me gustaba gastar dinero. Personas como
Salvador y otros narcos, ellos lo malgastaban en lujosas tonterías. Me
gustaban las cosas buenas de la vida, pero algo mejor que lo fino era solo
lo gratuito.
Pero a fin de salir adelante, necesitaba mi artículo de enganche.
Luisa lo era.
Extendí mi mano y Juanito la miró en sorpresa antes de
estrecharla. Llámame anticuado, pero un trato no era un trato a menos
que estrecharas manos. Aun había un código entre los hombres de este
negocio.
Sus ojos se expandieron cuando apreté su mano y lo atraje
ligeramente hacia mí. Bajé mi voz, mis ojos trabados en los suyos, y dije—
: Pero solo para estar claros, si fallas, y no me traes a la chica, te
perseguiré y te despellejaré vivo. Tengo un par de cerdos que engordar en
brazas humanas, y también les hago promesas. ¿Me entiendes?
Parpadeó un par de veces, asintiendo rápidamente.
Lo liberé y me recliné, alzando mi vaso en el aire. —Pues bien,
¡salud!
—Cierto. ¡Salud! —Incómodamente tomó un trago de su bebida,
luego limpió sus manos en su camisa, y salió del bar y entró en oscura
noche.
Suspiré y terminé mi bebida antes de sacar otro cigarrillo. Al menos
Juanito se esforzaría al ciento diez por ciento ahora. Cualquier jefe que
se precie sabía cómo motivar mejor a sus empleados y yo no era diferente.

***

Recibimos buenas noticias de Juanito una semana después.


Localizó el recinto de Reyes y había empezado a infiltrarse en su sistema
de seguridad, tomándolo con calma, así nadie sabría incluso que algo iba
mal. No hacía nada aparte de observar a Luisa día tras día, no
exactamente la parte más difícil del trabajo. Por lo menos no lo era
55
cuando tenías algo tan fácil en la mira como ella.
Una semana después, sugirió que empezáramos a movernos. La
oportunidad perfecta se presentaría eventualmente por sí sola, pero no
podíamos hacer algo a menos que nos estableciéramos y estuviéramos
listos para entrar. Eso significaba mucho tiempo de espera en los árboles,
registrar las casas vecinas, y esconderse en camionetas sin identificación.
Requirió de mucha paciencia, pero por suerte me había convertido en un
hombre muy paciente. Podría perseguir algo durante años antes de sentir
la necesidad de ponerme al día con ello.
Mientras Este y Franco fueron a Culiacán para unirse a Juanito en
la operación, usé a dos de mis guardaespaldas, Tito y Toni, para que me
ayudarán a instalar la casa de seguridad. Necesitábamos la locación para
hacer nuestras demandas y para mantener a Luisa por los primeros días
o al menos hasta que Salvador cediera. Cuando todo terminara,
regresaría a The Devil’s Backbone como un hombre más inteligente, y
Luisa regresaría con su marido, quizás un poco más rota que cuando lo
dejó.
También había incluido al Doctor como parte de mi arsenal. El
Doctor era, sí, un médico real y muy astuto. Aunque tenía casi sesenta,
había sido una parte integral del cártel de Travis Raines y ahora era una
figura clave en el mío. Él sabía un montón, especialmente sobre el lado
de secuestro de este negocio. En México, la toma de rehenes y exigir un
rescate era un trabajo tan ordinario como operar un carrito de comida.
El doctor había estado involucrado en muchos de ellos durante toda su
vida y era el mejor de los mejores.
También tenía habilidades supremas en tortura, otra buena razón
para tenerlo por aquí. En cierto modo, con su conocimiento y su arreglada
y elegante apariencia, el Doctor habría sido un asistente superior en vez
de Este. Pero tanto como respetaba al Doctor, había algo sobre él que me
recordaba a mí padre, y por esa razón no lo quería a mi alrededor todo el
día. Era mejor que los muertos permanecieran de esa manera.
No pasó mucho tiempo después de que nos dirigimos a la casa de
seguridad que recibí la llamada de nuestro conductor, El Pollo. Reportó
que Este y Franco habían capturado a “la chica”, y ellos, Juanito incluido,
se dirigían de vuelta a nosotros.
Colgué el teléfono y le sonreí estúpidamente al Doctor, quien se
hallaba de pie junto a mí en la modesta cocina donde freía camarones y
arroz para la cena. Había algo poco agradable sobre el funcionamiento de
la casa de seguridad; era básico y simple, como un campamento para los
capos.
Inmediatamente me fumé un cigarrillo, a modo de celebración y
anticipación. No me sentía así de ansioso y emocionado por algo desde…
bueno, desde hace un tiempo atrás. Pero ese recuerdo necesitaba
permanecer en el desierto de California, a donde pertenecía. Este nuevo
recuerdo era sobre mí, y prácticamente podía olerlo. Prácticamente podía 56
olerla.
Luisa Reyes.
Era mía.
Tras fumar y comer rápidamente, El Doctor y yo nos dirigimos al
sótano para tener todo preparado para su llegada. Teníamos la silla y las
cuerdas, y cadenas si las necesitábamos. Teníamos la cámara digital
configurada y lista para grabar nuestra nota de rescate que luego sería
subida y enviada por correo electrónico directamente a la cuenta de
Salvador, gracias a la experiencia de Este. Incluso teníamos botellas de
agua y garrafas de té caliente y café; para nosotros, por supuesto. Me
gustaba que mis hombres estuvieran hidratados y tuvieran la cabeza
clara en nuestros momentos más cruciales; y este era, sin duda, uno de
esos momentos.
Estando la casa de seguridad mucho más cerca del complejo de
Salvador, El Doctor y yo solo teníamos que esperar unas horas para que
llegaran. Bebimos nuestro té y discutimos de política local para pasar el
tiempo y nos fumamos otro cigarro, algo para calmar los nervios. Ni
siquiera sabía por qué me encontraba tan nervioso; eso era muy diferente
a mí. Si las cosas iban mal con nuestra rehén, no era una cosa tan
grande. Ella moriría y eso sería todo. Siempre habría otra tarjeta para
jugar.
Supongo que, si era honesto conmigo mismo, quería algo más que
simplemente la ruta de navegación de la Baja, la que Salvador controlaba.
Quería humillarlo, demostrar que era un jugador tan grande como él.
Toda mi vida he luchado para salir adelante y ser el mejor, pero mí mejor
yo ya no importaba. Cada paso que daba, mientras más y más alto iba, a
medida que más poder tenía, nunca me satisfizo. Anhelaba más, siempre
deseaba más.
Quería que Salvador me temiera, que estuviera mirando por encima
de su hombro por mí. Quizás ya lo hacía, he sido conocido por cometer
algunos actos desagradables y muy publicitados en los últimos años,
pero quería que él sintiera ese miedo de primera mano. ¿Y qué miedo es
mayor que el de sentirse estúpido?
Me levanté de mi asiento y agarré un cuchillo que dejé antes sobre
la mesa.
—¿Eso es para mostrarlo? —preguntó El Doctor, arqueando una
bien recortada ceja blanca. Tomó un sorbo de té con cuidado.
Negué con la cabeza. —No. Será objeto de uso. Cada día.
—¿En la chica?
Asentí. —Sí. En ella. Una letra al día. Cuando ella vuelva a Salvador
en una semana, quiero que vea mi nombre en su espalda.
Cruzó las piernas y me dio una pequeña sonrisa. —Te estás
volviendo más retorcido y gruñón a medida que envejeces. Como una raíz 57
a través de los años. ¿Seguro que solo tienes treinta y cinco?
Logré una sonrisa. —Me lo tomaré como un cumplido. Y solo tengo
treinta y dos.
—No lo sabía. —Se encogió de un hombro—. Imagino que Salvador
podría no querer a su esposa después de que se la devuelvas con su
nombre grabado en ella. ¿Has pensado en eso?
Dejé que mis dedos se deslizaran alrededor de la hoja. —Ese no es
mi problema, ¿o sí? —Agarré un taburete cercano y lo puse delante de la
silla vacía de Luisa. Puse el cuchillo encima de él con reverencia—.
Siempre y cuando yo consiga lo que quiero, lo que Salvador haga con su
esposa después no es asunto mío.
—Y tu indiferencia es lo que te va a llevar lejos en este mundo.
—Indiferencia—dije con una risa seca—. He oído peores.
En eso oí el leve sonido de una puerta de un auto cerrarse de un
portazo. Había dos maneras para entrar al sótano: una desde dentro de
la casa y la otra conduciendo por la entrada. Mis ojos volaron a la última
justo cuando la puerta se abrió. Pies aparecieron primero en los
escalones, seguidos de largas piernas. Este. Detrás de él estaban Juanito
y Franco, agarrando a la chica.
En persona, Luisa Reyes era mucho más pequeña y delicada de lo
que imaginé. Parecía que podía levantarla y llevarla en la palma de mi
mano, la misma mano con la que podía aplastarla tan fácilmente. Sus
piernas se hallaban desnudas y salpicadas de barro, pero tenía curvas
suaves por sobre las que quería pasar mis manos. Sus caderas estaban
llenas, su cintura diminuta, incluso en una blusa holgada que era
dolorosamente escotada sobre sus perfectos pechos. No podía ver su
rostro a causa de la bolsa de lona negra que colocaron sobre su cabeza,
por lo que me centré en cambio en su clavícula. Quería cortarla con mis
dientes.
Me mordí el labio en su lugar.
Necesitaba un momento para volver al juego.
La llevaron a la silla y de inmediato ataron sus manos detrás de
ella. Observé, tratando de calmar mi respiración, y absorbí cada detalle
de ella que pude. Cuanto más pudiera deducir de su carácter, mejor. Sus
pantalones jeans eran cortos, sus zapatos deportivos eran de la marca
Adidas. No llevaba joyas. No era en absoluto lo que una típica narco-
esposa parecía. Se veía... normal.
Tenía que asegurarme de que no sería un problema para mí.
Asentí hacia El Doctor quien echó a rodar la pelota. Se acercó a la
cámara de vídeo en el trípode y la alineó con la figura encapuchada de
Luisa.
—¿Está todo listo? —le preguntó Este.
—Está todo listo —dijo, y caminó hacia Luisa, mirándola—. ¿Cuán 58
drogada está?
—No demasiado —dijo Este, lanzándome una mirada nerviosa. No
me gustaba esa mirada—. Está un poco coherente.
—¿La amordazaste?
—No, pero se calló cuando necesitaba hacerlo.
—Es una suerte que estaba por ahí fuera.
—Sí. Lo fue —dijo El Doctor. Hubo una pausa y todo el mundo me
miró.
Esperando.
Respiré profundamente.
—Caballeros —anuncié en tanto lentamente caminaba hacia ella—
. Retiren la bolsa.
Este se inclinó sobre ella y rápidamente se la quitó de la cabeza.
Ella inmediatamente puso su cara hacia un lado, con los ojos
fuertemente cerrados, tratando de evitar mi mirada o tal vez la luz del
techo. Todo lo que hizo fue resaltar un moretón rojo y púrpura que
empañaba su hermosa mejilla.
Un poco de curiosa rabia hirvió en mi estómago. —¿Quién hizo
esto? —pregunté, mis manos corriendo por su arruinado rostro mientras
mis ojos se dirigieron inmediatamente a Franco—. ¿Quién hizo esto? —
repetí. Luisa se estremeció bajo mi toque, tal vez de dolor, quizás de
repulsión. Aun así no me miró.
—Lo lamento —murmuró Franco, no lamentándolo en absoluto—.
Era la única manera de calmarla.
Contuve el aliento y traté de enterrar el fuego en el interior. El
hombre era una lamentable excusa de ser humano. Llevaba a cabo su
trabajo, pero a menudo se iba por la borda cuando lo hacía. Era una
sucia, descuidada mierda con ojos pequeños y brillantes que mostraba lo
poco de inteligencia que tenía en la dura cabeza. Si Luisa iba a sufrir
algún tipo de dolor, y lo haría, no sería a manos de este bruto, un hombre
que no tenía delicadeza en sus acciones, sin respeto por la violencia. Sería
de mí. Yo era quien estaba a cargo de ella.
Cuando estuve calmado y el aire circulaba por mis pulmones con
facilidad, quité mis manos de su suave e hinchada piel y me agaché
delante de ella. Ahora quería que me viera. No podía evitarlo para
siempre.
—Mírame, Luisa Reyes. —No se movió, no abrió los ojos. Su pecho
se movía, pero mantuve mis ojos en los de ella—. Cariño, ¿no tienes
curiosidad de saber dónde estás?
Por un momento me empecé a preguntar si tenía a la chica
equivocada. Con el hematoma y el dolor en su expresión de dolor, me
pregunté si había capturado una mujer que ya estaba rota. No había
59
desafío en eso, solo lástima.
—Mi nombre es Luisa Chávez —dijo. Enderezó la cabeza y sus ojos
se abrieron, mirándome directamente—. Y sé dónde estoy. Sé quién eres.
Eres Javier Bernal.
No tenía nada de qué preocuparme. Ella no estaba rota en
absoluto. Esos profundos ojos marrones ardían con fuerza.
Levanté mi frente y asentí, sumamente complacido y terriblemente
excitado. El hecho de que ella supiera mi nombre hizo que mi polla se
crispara.
—Sabes por qué estás aquí —dije, enderezándome. Me acerqué al
taburete, ansioso por comenzar, y la miré por encima de mi hombro—.
¿O no?
Me miró, un poco de miedo en su expresión, haciéndola parecer
incluso más joven. Mi Dios, sus labios parecían tan llenos y jugosos
mientras temblaban ante mí.
—¿Para qué es el cuchillo? —dijo con voz ronca.
—Lo descubrirás después —dije—. Es para tu esposo. Para tu
Salvador. —Di un paso a un lado y agité mi brazo a la cámara—. Y esto
es también para él.
Miré a El Doctor que ahora se encontraba de pie detrás de ella,
cinta adhesiva en la mano. Rápidamente le arrancó un pedazo y lo puso
sobre sus labios mientras Este atenuaba las luces de la habitación. Me
puse detrás de la cámara de vídeo y enfoqué la luz sobre ella. Parecía un
fantasma, iluminada en la oscuridad. Tan inquietantemente dramático.
Carraspeé y pulsé grabar en la cámara. —Esta es Luisa Reyes —
dije, haciendo que mis palabras fueran lo suficientemente claras para la
grabación—. Ex reina de belleza del estado de Baja California y propiedad
de Salvador Reyes. Salvador, tenemos a tu esposa; y una larga lista de
demandas, las cuales sé que puedes satisfacer. Espero plena cooperación
en este asunto o ella morirá en los próximos siete días. Si tiene suerte.
Te voy a dar un poco de tiempo para pensar en lo que estás dispuesto a
renunciar por ella. Entonces estaremos contactándote. Adiós.
En ese momento, apagué la luz de la cámara y presioné stop. La
habitación permaneció atenuada. Era romántico.
—Espero que tu esposo revise sus correos electrónicos a menudo
—dije, recogiendo el cuchillo—. Sería una lástima tener que poner esto
en YouTube.
Me acerqué a ella y luego levanté el cuchillo, asegurándome de que
lo pudiera ver bien. —Creo que solo dolerá la primera vez —dije con
sinceridad, esperando hacerla sentir mejor acerca de lo que iba a suceder.
Era la única cortesía que podía ofrecer.
Mientras Franco la mantuvo inmóvil, le ordené a Este que
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destrozara su blusa y la empujara hacia abajo, exponiendo su espalda.
Fue entonces cuando se desmayó, la barbilla hacia su pecho, sus
hombros caídos.
En un instante, El Doctor tenía una jeringa en la mano, llena de
lidocaína, lista para inyectarla en su corazón. —¿Debo mantenerla
despierta?
Rápidamente negué con la cabeza. —No. Voy a concederle esta
misericordia. —Después de todo, ella nunca pidió esto. Supongo que no
dolería la primera vez, después de todo.
Solo la segunda.
Con una cuidadosa precisión, tallé la letra J en el omóplato.
Sangró, carmesí brillante en su cremosa piel, pero solo un poco. El corte
era lo suficientemente profundo para dejar una cicatriz ligera pero no tan
profunda como para causar daño.
No era un salvaje.
Traducido por Genevieve
Corregido por Paltonika

Cuando me desperté, podría haber jurado por un momento que me


encontraba de regreso en mi vieja casa en San José del Cabo. Algo en la
forma de cómo la luz se inclinaba por la ventana hacia mi cara se sentía
familiar.
Por ese pequeño instante estuve feliz de nuevo.
Solo me tomó un segundo darme cuenta de que no podría estar
más lejos de casa. Los acontecimientos de la noche anterior llegaron a
inundar mi mente como si fueran basura rancia. Finalmente lo conseguí.
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Por fin escapé.
Y solo tuve unos minutos antes de ser capturada.
Por Javier Bernal.
Me quejé en silencio, temerosa de no estar sola, y abrí más los ojos,
tratando de asimilar lo que pude. Para mi sorpresa, no me hallaba
encerrada en una jaula del lúgubre sótano. En cambio, yacía bajo las
finas sábanas de una suave cama en lo que parecía ser un dormitorio.
Había una ventana al descubierto desde donde la luz se filtraba, y a
través de una puerta tuve una visión de un cuarto de baño oscuro. El
resto de la habitación se encontraba vacía, las paredes cubiertas con
desvanecido papel mural de color amarillento.
Una vez que me di cuenta de que estaba sola, lentamente me senté
en la cama. Llevaba una camisa de lino de un hombre que olía a té
especiado. El olor me golpeó como un martillo y de repente deseé estar
desnuda. Ser desvestida era una cosa, pero era otra el hecho de que me
volvieron a vestir, algo mucho más íntimo de lo que quería pensar.
De repente, la imagen de un cuchillo pasó por mi mente. Di un grito
ahogado, y en estado de pánico, empecé a tocar cada centímetro de mi
cuerpo, asegurándome de que todo estuviera intacto.
Por lo que pude ver, me encontraba en una sola pieza. Pero cuando
me moví, la camisa se extendió sobre mi espalda y sentí un ardor en mi
piel. Toqué mi hombro e hice una mueca de dolor. Había un corte curvado
allí, justo en aquel lugar. ¿Por qué? ¿Qué trataban de hacer?
Miré mis manos, dándoles la vuelta, estudiándolas. Necesitaba
estabilizarme, entrar en esta nueva realidad. Estas eran mis manos y yo
era todavía Luisa Chávez. Y era libre de Salvador pero encarcelada por
otro peligro.
Y sin embargo, mientras permanecía sentada allí, en esa cama de
esta pequeña habitación con paredes iluminadas por el sol, en alguna
casa en algún lugar que probablemente nunca descubriría, no sentía
ningún temor. No tenía idea de lo que iban a hacer conmigo. Tal vez
debería haber estado más asustada. Solo me sentía... triste. Triste de que
mi vida tuviera que ir por este camino, triste porque nunca podría tomar
un descanso. Triste porque probablemente nunca volvería a ver a mis
padres.
Tragué saliva dolorosamente. Sabía que Javier me mataría. Eso era
lo que hacía, al igual que Sal. No había diferencias entre los hombres en
ese sentido. Sabía que Sal nunca haría lo que Javier le iba a pedir; no era
lo suficientemente importante como para negociar. Encontraría a otra
mujer a quien violar, golpear, patear y moler a golpes diariamente.
Las últimas siete semanas fueron un puro infierno. Ahora vivía en
otro infierno, pero en esta ocasión no podía encontrar la energía para
tener miedo.
Pero, quizás podría encontrar la energía para escapar una vez más.
62
Miré alrededor de la habitación, buscando cámaras. Salvador las tenía
en todas las habitaciones de nuestra casa, y no tenía ninguna duda de
que Javier o uno de sus hombres observaban todos mis movimientos. Sin
embargo, no podía verlos, aunque eso no quería decir que no estuvieran
allí.
Salí con cuidado de la cama, sintiendo dolor por todas partes, y me
dirigí al baño. Estaba vacío, solo un inodoro, lavabo y un rollo de papel
higiénico. Me acerqué a la ventana. No había nada excepto bosques por
kilómetros a la distancia. Se parecían mucho a los bosques que rodeaban
la propiedad de Salvador, lo cual hizo que me preguntara si aún
permanecíamos en la Sierra Madre Occidental. Pensé que se encontraba
cegadoramente soleado, había nubes de color gris oscuro cubriendo los
distantes picos verdes.
Llamaron a la puerta y rápidamente me giré. Mis instintos me
dijeron que me cubriera, la camisa de lino apenas cubría mi ropa interior,
y agarrara el arma más cercana. No había nada que pudiera utilizar
contra cualquiera de ellos. Prácticamente me hallaba desnuda y
completamente indefensa.
El golpe vino de nuevo, seguido por el sonido de la puerta siendo
abierta. ¿Por qué no solo entraba a la habitación? ¿Por qué fingir cortesía?
Si lo hacía para confundirme, definitivamente funcionaba.
Esperé, conteniendo el aliento, y observé el picaporte. Cuando no
pasó nada, me tragué mi valor y me dirigí hacia la puerta. Con la mano
en el pomo esperé un segundo antes de abrir la puerta.
De pie al otro lado, se encontraba un hombre sosteniendo una
bandeja de comida y una taza de café. Lo reconocí de anoche, creo que
su nombre era Esteban. El que no me golpeó en la cara, aunque
posiblemente quien cortó mi espalda.
Me sonrió, una sonrisa de medio lado que le hacía parecer inocente
a pesar de que era todo lo contrario. Su cabello era un poco rizado, de
color castaño con vetas más claras, lo cual me recordó a algunos de los
hippies surfistas que tuvimos en Los Cabos. Incluso iba vestido como
ellos, pantalones cortos y una camiseta sin mangas que exhibía sus
músculos. La única cosa que me recordaba su profesión eran las
cicatrices en el lado de su rostro. Sin embargo, no lo hacían ver feo,
simplemente peligroso. Me mantuve alerta.
Miré la bandeja en su mano con sospecha. —¿Qué es esto?
—El desayuno —dijo, señalando hacia esta—. Tortilla, huevos,
salsa, jugo de mango fresco. Café.
—Todo mezclado con drogas para noquearme —dije, sin confiar en
él por un segundo.
Su sonrisa se elevó, luciendo juguetonamente divertido. —Eres
libre de hacer lo que quieras con la comida. Anda, no comas, realmente 63
no nos importa. Solo queremos asegurarnos de ser buenos anfitriones.
Podría haberme reído hasta que me di cuenta de que hablaba en
serio. —¿Quieres ser un buen anfitrión? Déjame ir entonces. —Miré por
el pasillo y vi a un hombre en el final del mismo, haciendo guardia. Por
un momento pensé que podía tirar la comida en la cara de Esteban, tal
vez romper la taza de café en su otra mejilla y dañar esa también. Pero
no llegaría muy lejos. Donde había un guardia, existían más.
—Me temo que no puedo dejarte ir hasta que Salvador pague el
rescate —dijo Esteban—. Así es como funcionan estas cosas.
—Que mal para ti, nunca pagará cantidad alguna por mí —dije.
Ante eso Esteban parecía completamente sorprendido. La mirada
se desvaneció cuando dijo—: No es dinero lo que estamos buscando.
Tenemos más que suficiente. Queremos una determinada ruta de
navegación para entrar en la Baja.
Le di una mirada incrédula y negué con la cabeza ligeramente. ¿Era
verdad? No tenían la menor idea acerca de mí y mi relación con Salvador.
Iban a tener un duro despertar cuando se dieran cuenta de que no iba a
darles nada. Y yo iba a morir.
Cuando no dije nada, hizo un gesto a la habitación detrás de mí.
—¿Puedo entrar?
—Si digo que no, ¿vas a hacer algo al respecto?
Frunció el ceño. —Eres un poco luchadora, ¿no es así? Te das
cuenta de lo que te ha ocurrido, ¿no? Javier Bernal no es un buen hombre
y tú eres su prisionera.
—Estoy siendo tratada bastante bien para ser una prisionera —
repliqué.
Arqueó las cejas. —Nos gusta extender algunas cortesías cuando
podemos. Entonces, ¿entiendo que no quieres tu comida?
—Tú y tu comida se pueden ir a la mierda —dije, sintiendo una
oleada de sangre caliente recorrerme. No estaba acostumbrada a
maldecir o responder. Si era posible, mi reciente intrepidez me asustó.
Sabía con certeza que Esteban reaccionaría e iba arrojar el café en
mi cara o golpearme, obligándome a entrar la habitación y golpearme.
Pero eso nunca llegó.
Solo me dio una sonrisa forzada. —Simplemente estoy tratando de
hacer las cosas más cómodas para ti. Los otros no son tan agradables
como yo. —Su mirada se ensombreció—. Pero puedo ser el malo de la
película, si quieres que lo sea.
Le creí. Debajo de esa conducta juvenil vi la profundidad de su ira
y mala intención, una amargura que empañaba su verdadera naturaleza.
Tal vez la oscuridad no era para mí, pero permanecía ahí. Había visto la
misma mirada en Salvador, solo que este llevaba su depravación en la
superficie. Aunque no tenía ninguna duda de que Esteban era 64
probablemente considerado el chico bueno en toda esta operación, me
dije a mí misma que nunca creyera que se encontraba de mi lado.
Sin apartar mis ojos de los suyos, lentamente di un paso atrás en
la habitación y cerré la puerta en sus narices. Me quedé allí, esperando
al otro lado de esta, hasta que escuché un arrastrar de pies y la puerta
ser bloqueada.
Solté un largo suspiro de alivio que me sacudió hasta sentirme
como si fuera demasiado pesada para estar de pie. Me recosté contra la
puerta y lentamente me deslicé hacia abajo, hasta que estuve sentada en
el suelo. Recliné la cabeza y miré por la ventana, al sol que todavía
brillaba.
Iba a pasar mis últimos días en esta habitación, a menos que
Salvador viniera. Pero incluso eso significaría un retorno a una vida
horrible. No existía ganancia este juego.
Lo único que tenía para aferrarme era el sentido de mí ser. Dejé
que Sal me arruinara, día tras día, pieza por pieza. No dejaría que eso
sucediera aquí. Podrían tratar de romperme, me podían violar, torturar,
intentar confundirme con hospitalidad, pero no me tendrían. No
romperían mi alma. No verían mi dolor.
Y ante eso, una sola lágrima escapó y corrió por mi mejilla. Tragué
saliva y me obligué a detenerme. Esa fue para mi padre y mi madre por
quien me esforcé mucho por hacer lo correcto. Esa fue la única vez que
lloraría desde ahora hasta mi muerte.
Ellos nunca llegarían a las partes más profundas de mí.

***

Me desperté con el sonido de la puerta siendo abierta. Me quedé


dormida sentada en el suelo, mi cabeza cayó hacia un lado, y mi cuello
se sentía adolorido. Ahora era el crepúsculo y el sol se ocultó.
La puerta se abrió de repente, siendo empujada contra mi espalda.
Quien fuera, toda la cortesía de tocar la puerta no se extendía a ellos.
Rápidamente me aparté del camino y me agaché cuando alguien entró.
En la penumbra, no pude distinguir quién era, pero lo supe de
inmediato. Me miró, y pude ver sus ojos brillando contra su sombría cara.
—¿Qué estás haciendo ahí abajo? —preguntó Javier con voz suave
como la seda.
No dije nada, no me moví.
Cerró la puerta detrás de él, e inclinó la cabeza hacia mí. Incluso
en la baja luz podía sentir sus ojos, sentir que me estudiaba. —He oído
que hoy no estabas muy interesada en comer. Esteban dice que le dijiste
que se fuera a la mierda. Ojalá pudiera haber visto eso.
65
Cuando no dije nada, dio un paso hacia mí y me tendió la mano.
—Levántate —dijo, esperando. Su postura se tensó y su voz bajó—. Dije
que te levantaras. No me gusta repetirlo.
Fue entonces que me di cuenta de que sostenía algo en su otra
mano. Dos cosas, parecía. Una cuerda plegada y un cuchillo. Esperé a
que la punzada de miedo llegara. Era sutil pero no dejé que se mostrara.
Asimismo, no le obedecí.
Rápidamente se agachó y me agarró por el brazo, tirando de mí
hacia él hasta que estuve apretada contra su pecho, aplastando la parte
frontal de la chaqueta de su traje.
—Eres una pequeña cosa ligera, ¿no es así? —preguntó con voz
desconcertada, su aliento olía ligeramente a la canela y tabaco—.
Delicada y fácil de romper.
Veríamos eso.
Actué instintivamente. Con mi mano libre, clavé mi palma en su
nariz. Gritó de sorpresa, quizás incluso de dolor, y por un momento me
soltó. Eso era todo lo que necesitaba.
Lo empujé, alejándolo un poco y fui hacia la puerta. Puse mis
manos en el pomo y me volví, tirando de esta hacia mí. Hubo una
maravillosa sensación de libertad solo por ese momento en que abrí la
puerta y la luz del pasillo se derramó sobre mí. La sensación de poder
que venía de luchar.
Nada en mi vida se había sentido tan bueno como mi mano
conectando con su rostro.
Pero la sensación fue fugaz. De pronto la puerta se cerró de golpe
y Javier se encontraba detrás de mí, la cuerda alrededor de mi pecho. Me
tiró hacia atrás hasta chocar en él para abrazarme fuerte desde atrás.
—¿No sabes lo que me excita cuando te defiendes? —susurró en mi
oído, con voz entrecortada—. A pesar de que también me excita cuando
no te defiendes. Supongo que no se puede ganar. —Frunció la nariz—.
Creo que dañaste mi nariz.
—Entonces, supongo que tendrás que ensangrentar mi cara —me
burlé, mis venas ardiendo con la extraña adrenalina que me recorría.
Contuvo el aliento. —No, mi amor. Nunca le haría eso a tu cara.
Solo a tu espalda. Tengo mucho respeto por las cosas bellas. Por lo
general son las más peligrosas.
Oh, cómo desearía ser peligrosa para él, o para cualquiera.
—Sabes, Luisa —dijo, sosteniéndome fuerte ahora. Podía sentir su
erección presionando mi culo—. Vamos a hacer este baile hasta que te
devolvamos a tu marido. Puedes hacer las cosas más fáciles para ti. No
me gusta jugar rudo contigo.
—No —dije en voz baja—. Lo único que quieres es cortarme en
66
pedazos.
—Simplemente estoy marcándote —dijo—. No hagas que suene tan
feo. —Levantó su brazo para que el cuchillo brillara frente a mi cara. Casi
podía ver mi reflejo deformado devolviéndome la mirada—. Mi caligrafía
con un cuchillo es muy delicada. Una habilidad duramente ganada. Si el
nombre de tu marido fuera Javier, creo que estaría bastante satisfecho
con el resultado final.
El hombre estaba completamente loco. Planeaba tallar su nombre
en mi espalda, como si me estuviera haciendo un favor.
—Vamos —dijo, y rápidamente envolvió la cuerda a mí alrededor
para que mis brazos estuvieran sujetos a mis costados. Hizo algunos
nudos y luego me arrastró a la cama antes de empujarme sobre ella, boca
abajo. Volví la cabeza para respirar y presionó el lado de la misma, para
mantenerme en el lugar—. Ahora quédate quieta.
Se sentó a horcajadas, con las piernas a ambos lados de mi cintura,
y sus manos acariciaron suavemente la parte posterior de mi cuello hasta
que me agarró del cuello. —Mi camisa te queda bien —comentó—. Pero
te ves mejor sin ella. —Metió la mano debajo de mí, agarrándome por la
clavícula, y arrancó la camisa antes de empujar a un lado y arrastrarla
hasta que un hombro estuvo desnudo.
—Él no me va a querer cuando vea lo que has hecho —me las
arreglé para decir.
—No va a ver lo que te he hecho hasta tener lo que quiero. Lo que
tu matrimonio puede y no puede manejar, no es mi problema y no es
asunto mío.
—Eres repugnante.
—Soy muchas cosas, pero repugnante no es una de ellas.
—Estás enfermo.
—Bueno, no hay cómo discutir eso. Bueno o malo, hay un gran
poder en saber quién eres y ser dueño de ello. Entonces, dime, mi reina
de belleza... ¿quién eres?
Se inclinó por lo que esos ojos ardientes eran visibles para los míos.
—Nadie va a saberlo nunca —dije, aliviada por lo fuerte que sonó.
—Vamos a ver eso.
Se acomodó en mi espalda, y lo sentí presionar el lado opaco de la
cuchilla en mi hombro. El frío amenazaba con hacerme temblar, pero lo
suprimí.
—Sabes lo que voy a hacerte y todavía no tienes miedo. ¿Por qué
es eso? —su voz era más suave ahora, tenue como el humo.
No estaría interesado en la verdad. —¿Por qué quieres que tenga 67
miedo?
El silencio se espesó la habitación. No contestó. Ahora sabía que lo
había impulsado a tratar de hacer lo peor. Eso me dolió mucho, pero
siempre y cuando no se lo mostrara, nunca me rendiría, sería quien iba
a ganar al final. Podía vencer a Javier Bernal en su propio juego retorcido.
—Hay algunas cosas en la vida a las que debes tener miedo —dijo
finalmente.
—¿Cómo tú?
Sus ojos ardían en mí, pero no aparté la mirada. Se enderezó y
torció el cuchillo. Hundió la hoja, y me atravesó con una fuerte explosión,
nauseabunda de dolor. —Como yo —dijo en voz baja.
Me mordí el labio cuando esculpió la A junto a la todavía sensible
J. No sabía cómo se veía su caligrafía, ni me importaba, pero era muy
rápido, tenía que concederle eso. Podría haberlo alargado mucho más
tiempo. El dolor fue intenso pero breve.
—Terminamos por hoy —dijo, su voz todavía suave mientras
apartaba el cuchillo—, ¿puedo conseguirte algo?
Era como si mi espalda no sangrara por su tortura. Ni siquiera supe
qué decir, así que no dije nada. Solo apreté los dientes y oré porque se
fuera.
—Realmente debes comer algo —dijo, todavía sobre mí—. Sucede
que soy un buen cocinero. —Esperó, y cuando no consiguió una
respuesta, se inclinó y sopló suavemente sobre mi herida fresca—. Puedo
conseguirte ropa nueva, tengo toda una selección apartada para ti.
Quizás te queden un poco largas, no tenía ni idea de lo pequeña que eras.
Mantuve mi boca cerrada y mi cara sin emociones, sin darle nada.
Pero en el interior, no podía comprender cuan psicópata era este hombre.
Él y Salvador eran tan iguales y tan diferentes.
—Está bien —dijo, enderezándose—. Si quieres ser terca, entonces
te dejaré. —Se apartó con gracia, y lo escuché caminar hacia la puerta y
abrirla—. Te veré mañana, Luisa Reyes.
La puerta se cerró detrás de él y pude oírla ser llaveada. Fue
entonces que me di cuenta de que me dejó en la cama, todavía atada y
no podía mover los brazos.
Pasé dos segundos completos tratando de encontrar la manera de
liberarme antes de que el dolor y el cansancio se apoderaran de mí y me
hicieran dormir.

68
Traducido por Josmary & Lorena
Corregido por Beluu

—¿Necesitas un compañero de entrenamiento?


Ni siquiera me había dado cuenta de que Este estaba detrás de mí,
pero mi gancho derecho nunca vaciló y golpeó de frente. La pesada bolsa
de boxeo osciló de regreso y di un paso fuera de su camino, secando el
sudor de mi frente mientras lo miraba de pie en la puerta. Todos me
llamaron auto-indulgente cuando insistí en que todas las casas de
seguridad estuvieran equipadas con un pequeño gimnasio y sacos de 69
boxeo, pero si no me mantenía en forma boxeando, no era yo mismo.
—¿Te acuerdas de la última vez que practiqué contigo? —pregunté,
agarrando una botella de agua y bebiendo un sorbo.
Se encogió de hombros, tratando de actuar como si no estuviera
avergonzado. Este siempre ha tenido este afán de probarme algo, de
superarme. La última vez que tuvimos una sesión de práctica, la convirtió
en una pelea en toda regla. Naturalmente, lo derribé de un solo golpe.
Todo mi entrenamiento no había sido en vano. Esperé que ese golpe
también derribara su ego, pero no fue el caso.
Él me señaló y meneó sus dedos. —¿Estuviste practicando con otra
persona? Tu nariz se ve más torcida de lo normal.
Arqueé una ceja. —Tenías razón, ella es una luchadora.
Sonrió. —Ya veo. Pero supongo que todavía conseguiste lo que
querías.
—¿Cuándo no lo he hecho?
Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos de forma
casual. —Oh, puedo pensar en un par de veces.
Eso fue suficiente. —¿Qué quieres, Este? —pregunté
enfáticamente.
Él asintió, sonriendo para sí mismo, sabiendo que me tenía por ese
único segundo. —Iba a ir a ver a la chica, llevarle algo para desayunar.
Solo quería avisarte que Doc cocinó un banquete. ¿Crees que es
demasiado pronto para dejarla comer con nosotros?
Agarré una toalla y comencé a limpiar el sudor de mis brazos y
pecho. —Me gustaría ver si puedes convencerla para que coma, por no
hablar de que coma con nosotros. Pero nunca se sabe… La dejé en una
posición bastante vulnerable.
Frunció el ceño y suspiró, apoyándose contra la puerta. —No creo
que ella se dé cuenta de qué tan vulnerable es la posición en la que está.
—Lo dije de forma literal, pero estoy de acuerdo —dije, estirando
los brazos por encima de mi cabeza—. Entonces, ¿realmente cree que a
Salvador le importa una mierda su vida?
—He estado revisando mi teléfono y mi correo electrónico toda la
mañana —dijo—. Aún no hay nada de él.
—Tal vez no ha visto el video todavía. —Me acerqué a la mesa y
agarré mi reloj, el cual me quitaba únicamente para boxear. No me
gustaba la forma en que mi muñeca se veía sin él. Lo aseguré
rápidamente y sentí una sensación inmediata de alivio cuando cubrió el
tatuaje que residía sobre mis venas.
—Javi, lo ha visto. Te lo puedo asegurar.
—Entonces está esperando que le digamos lo que queremos. No es 70
estúpido, no del todo. Él no actuará de forma irracional.
—Espero que tengas razón —dijo—. De lo contrario, habremos
hecho un gran esfuerzo por nada.
Lo miré. —Eso no es algo por lo que tú debas cuestionarte o
preocuparte.
Levantó su mano hacia mí. — Oye, todo está bien.
Le di una mirada de disgusto. Todo siempre era tan jodidamente
genial para él, como si el cártel fuera una gran fiesta de fraternidad donde
pudiera pavonearse, follando chicas y tratando de ser el tipo más popular
en el campus. Se tomaba en serio todas las cosas equivocadas.
Lo observé en tanto salía de la habitación, y luego me volví hacia la
bolsa. A pesar de que el reloj estaba en mi muñeca, empecé a golpear de
nuevo, más fuerte. Odiaba admitirlo, pero el pequeño hilo de duda que
Este había puesto en mi cabeza se retorcía como un gusano.
Incluso aunque Salvador no amara a su esposa, todavía tenía su
orgullo, y eso era a lo que yo apelaba. Solo podía esperar que su orgullo
valiera parte de su imperio. Yo construí el mío, o lo tomé de otros,
dependiendo de a quién le preguntaras, y sabía lo mucho que significaba
para mí. Pero mi orgullo, mi imagen, era igual de importante.
Luego se hallaba la otra pieza del juego, la encantadora y terca
Luisa, quien tan valientemente se atrevió a desafiarme anoche. Tras
dejarla atada a la cama, necesité de toda mi fuerza de voluntad para no
volver y hacerle ver qué tan seriamente hablaba. Ella no había estado
asustada —ni siquiera hizo un sonido cuando la cuchilla cortó su
hermosa piel—, y eso me estaba volviendo loco. No podría decir si ella
simplemente no se daba cuenta del peligro que corría, o si no le
importaba. Si era lo último, eso la hacía más peligrosa de lo que quería
admitir. Ella necesitaba apreciar el arte de la violencia, la belleza en el
miedo, la fragilidad de su propia vida.
Tenía que hacer que le importara. Si todo iba bien, solo la tendría
durante cuatro días más, y en ese tiempo haría que le importara, la haría
llorar, darse cuenta de quién era yo y lo que podía hacer con ella.

71
No estoy segura de cómo pude dormir toda la noche con los brazos
atados a mi costado y boca abajo en la cama, pero lo hice. No desperté
hasta que oí a alguien llamar a mi puerta. Sabía quién era —Esteban
tocaba, Javier no—, y esperaba que él simplemente se fuera. Pero
supongo que su cortesía no llegaba tan lejos.
La puerta se abrió y oí a Esteban decir—: Guau, él no bromeaba.
La cerró detrás de él y se acercó hasta que sentí que se cernía sobre
mí. Me puse rígida, preguntándome qué era lo que seguía.
Esteban puso su mano en la parte baja de mi espalda. —¿Quieres
que te desate?
Una vez más, no respondí. No quería mendigar o pedir nada.
—Bueno, voy a hacerlo —dijo. Comenzó deshacer la cuerda y tan
pronto aflojó mis brazos y estos cayeron a mis lados, mis músculos
gritaron de dolor.
—Sabes que no voy a hacerte daño —murmuró—. Deja que te
ayude a levantarte.
Alargó la mano hacia mí, pero con toda la fuerza que tenía, me
senté y le di un manotazo para que se alejara.
72
—No me toques —gruñí.
Levantó las palmas de sus manos hacia mí. —Está bien. Solo trato
de ayudar.
—De alguna manera, lo dudo —dije, deslizando mi camisa de nuevo
en su lugar y asegurándome de estar decente.
Él asintió hacia mi gesto. —Tengo algo para ti.
Bajé la mirada a sus manos y me di cuenta de que llevaba un
pedazo de tela color rosa fuerte.
—Es un vestido —dijo—. Por si no tienes ganas de llevar la camisa
de Javier por el resto de la semana. O también, ya sabes, puedes andar
desnuda. Si tú quieres. —Me dio una sonrisa arrogante y me hubiera
gustado poder hacerle a su cara lo mismo que a Javier. Simplemente no
me encontraba segura de tener suficiente fuerza. Mis brazos se sentían
débiles de estar atados toda la noche y me moría de hambre.
Cuando no me moví ni dije nada, arrojó el vestido en mi regazo. —
Póntelo —dijo—. Prometo darme la vuelta. No voy a mirar.
—No me importa si miras —dije, levantando mi barbilla. No quería
hacer ni una sola cosa que Esteban o nadie me dijera que hiciera, pero
también quería quitarme la camisa.
Arqueó las cejas; pero de todos modos, lentamente se dio la vuelta.
Rápidamente me quité la camisa, haciendo una mueca cuando rozó
los recortes en mi espalda, y me puse el vestido. Era un modelo sin
tirantes, tenía el busto fruncido y la cintura se ajustaba a mi cuerpo
perfectamente. A pesar del poco crédito que le daba a Esteban, él no se
dio la vuelta por un buen tiempo.
—Te ves muy fresca —comentó, observándome. Había una extraña
mirada en sus ojos que no podía descifrar. Era una astuta, pero al mismo
tiempo, no era lasciva o sexual—. ¿Estás lista para comer o todavía
quieres actuar tercamente al respecto?
Quería decir que sí a ambas preguntas. —Estoy bien.
—Me temo que no tienes opción —dijo. Antes de que pudiera
moverme, él se acercó y me agarró por el brazo, tirando de mí fuera de la
cama. Mi muñeca se torció dolorosamente, y sus dedos se presionaron
en mí con sorprendente ferocidad, tanta que no pude evitar el grito que
se escapó de mis labios.
—Me estás haciendo daño. —Logré decir, levantando la mirada
hacia él, al cabello con reflejos que caía sobre sus ojos color avellana.
—Estás siendo una idiota —respondió sonriendo, las cicatrices de
su rostro luciendo inquietantes—. Ahora, vamos. Vas a desayunar con
nosotros y te vas a comportar. Con una gran sonrisa para el jefe.
Soltó mi antebrazo y agarró mi brazo, no con tanta fuerza como
antes, pero, obviamente, no podría escapar. Me guió por un pasillo 73
alfombrado a las escaleras, donde un guardia vigilaba. Me quedé mirando
al guardia mientras él me llevaba más allá. Me guiñó un ojo en respuesta.
La planta baja de la casa era un poco más moderna. La luz se
filtraba a través de las tiras de las persianas. Me di cuenta de que todas
las ventanas se hallaban cubiertas, y de que los muebles de la sala de
estar estaban desnudos, aunque decorados con buen gusto. Nunca había
estado en las casas de tortura de Salvador, pero suponía que no eran tan
bonitas como esa. Casi podría haber pasado por un hogar de clase media
si no hubiera sabido su verdadero propósito.
—Justo aquí —dijo Este, conduciéndome por una puerta hacia una
cocina de azulejos en blanco y negro y que olía a carne de cerdo frita. En
una mesa redonda se encontraba sentado un hombre mayor con el
cabello color gris peinado hacia atrás y bigote. Iba vestido todo de blanco
y llevaba pequeñas gafas redondas mientras miraba el periódico. Ni
siquiera levantó la mirada hacia mí.
Junto a él, bebiendo una taza de té y mirándome con vaga sorpresa,
estaba Javier. Esa fue la primera vez que fui capaz de conseguir un buen
vistazo de él a la luz del día. Llevaba una camisa blanca con un par de
los botones superiores desabrochados. Un reloj de oro brillaba de su
muñeca en tanto sus codos descansaban sobre la mesa.
En cierto modo, Javier era un hombre de aspecto inusual. No era
guapo al estilo estrella de cine, o incluso al estilo de Telemundo. Su boca
era un poco demasiado ancha, la nariz un poco torcida, quizás un poco
hinchada por lo que sucedió anoche. No era terriblemente alto, y su
cuerpo era elegante con una contextura atlética, no tan musculoso como
Esteban. Pero tenía labios sensuales, cejas oscuras y expresivas y
pómulos altos. Su cabello era oscuro, brillante y suficientemente espeso
para ser la envidia de cualquier hombre o mujer, con un corte un poco
suave y enmarañado. Luego estaban sus ojos, su rígida mirada dorada
que te atravesaba desde adentro hacia afuera. No podías evitar quedar
atrapada en ellos, dejándote llevar por cualquiera fuera la oscuridad que
se escondía dentro de él. Eran implacables, aterradores, y extrañamente
hermosos, al igual que él.
Javier apartó su mirada y los fijó en Esteban. —No la esperaba.
Esteban soltó mi brazo y me empujó hacia la mesa. —Ella quería
venir. Te dije que podía convencerla.
Tragué saliva cuando Javier volvió a mirarme, estudiando mi
rostro. No sabía con certeza por qué Esteban mintió, ciertamente no me
había convencido de nada, pero no iba a llamar la atención sobre ello.
—Bien, entonces —dijo Javier, asintiendo hacia el asiento
desocupado frente a él—. Siéntate. Come el desayuno de Este.
No quería moverme, pero Esteban me empujó de nuevo, esta vez
más fuerte, hasta que prácticamente caí en la silla. Las tazas y vasos de
jugo de la mesa se sacudieron, derramándose un poco, y Javier le disparó
a Esteban una breve mirada mortal, aunque no podría decir si era por
cómo me empujó o por las bebidas derramadas. Lo más probable era que
74
fuera por lo último.
—También conseguí que se pusiera el vestido —añadió Este, de pie
detrás de mí y apoyando las manos en el respaldo de mi silla.
La mirada de Javier se deslizó por mi cuerpo antes de descansar
en mi rostro, luciendo remotamente sospechoso. —Eso veo. Espero que
te guste, Luisa. De lo contrario, hay más de donde vino ese.
Solo podía mirarlo fijamente, demasiado abrumada por la
situación.
—Ah, ¿dónde están mis modales? —Él miró al hombre de cabello
gris—. Luisa, éste es El Doctor. Doc, esta es nuestra querida invitada,
Luisa Reyes.
El Doctor me miró secamente antes de volverse hacia el papel. —
Sí, la conocí la otra noche.
—Ah, pero la otra noche fue tan… caótica, ¿no te parece? —Javier
entrelazó sus dedos delante de él—. Quizás todavía es necesario hacer
las presentaciones adecuadas. Sabes quién soy, por lo que dices. El
hombre detrás de ti es Esteban Mendoza. Otro compañero nuestro,
Franco, está haciendo los mandados. Me temo que no quieres ponerte de
su lado malo… de nuevo. —Hizo un gesto hacia mi mejilla, la cual aún se
encontraba sensible gracias al golpe que recibí la otra noche. Había hecho
una nota mental sobre no mirar mi reflejo en el espejo del baño, pero
sabía que se hallaba profundamente magullada.
—Hay unas cuantas personas más que verás por allí, pero sus
nombres no son importantes. No tienen mucho que ver contigo, a menos
que busques problemas. Parece que eso es algo que te gusta hacer, pero
te recomiendo que no lo hagas. No queremos hacerte ningún daño. Dicho
eso, no estamos completamente en contra de ello, tampoco.
Solté un bufido y le di la mirada más disgustada que pude
componer.
Eso le hizo sonreír, astutamente y cruel. —Entonces sabes cómo
encontrarle el humor a la vida. Eso te hará exitosa, mi querida. Pero
también debes saber cuándo hablo en serio. Hemos hecho nuestras
peticiones a tu marido. La pelota está en su cancha.
No pude evitar la sonrisa enojada que tomó forma en mi rostro. —
Nunca hará un trato contigo. Ya verás.
—Creo que subestimas tu valor —dijo Javier seriamente.
—Y yo creo que sobreestimas a mi marido —le dije—. Habría sido
mejor para ti si simplemente lo hubieras matado, en lugar de tomarme.
Ese fue tu mayor error.
Su mandíbula se apretó ligeramente, como si estuviera
guardándose algún comentario.
—No hubo ningún error —dijo cuidadosamente. Hizo una pausa—
75
. ¿Así que hubieras preferido que matáramos a tu querido Salvador?
—Si lo hubieran matado, no estaría aquí en este momento, con un
vestido de puta y viéndome obligada a comer su comida de mierda.
Una sonrisa genuina se extendió por el rostro de Javier, iluminando
sus ojos como piedras de citrino. Había una belleza en ellos que me
sorprendió, haciéndome olvidar momentáneamente con quién hablaba.
Él se rió, asintiendo. —Eres especial, ¿no es así? Sabes, para el
momento en que te vayas, creo que ambos nos habremos llegado a
conocer muy bien. Incluso podrías llegar a caerme bien.
No le devolví la sonrisa. No, no te caeré bien, pensé. Porque no voy
a darte lo que quieres.
Era todo parte del espectáculo, todo eso, las bromas, las
pretensiones de que podría ser una experiencia cordial. No me engañó ni
por un segundo. Después de todo, había una V que tenía que ser tallada
en mi espalda.
—Tengo que decir —dijo El Doctor, poniéndose de pie lentamente—
, que la comida solo es una mierda cuando Este cocina.
—Oye —dijo Este detrás de mí, sonando herido.
La sonrisa desapareció de repente del rostro de Javier. Miró a Este
y a El Doctor. —¿Les importaría darnos un poco de privacidad? Luisa y
yo tenemos que hablar. A solas.
Sentí a Esteban dudar a mis espaldas, pero él y El Doctor salieron
de la habitación por la puerta de la cocina. La luz del sol, el calor, y el
canto de los pájaros se filtraron dentro por un momento. Respiré
profundamente, tratando duramente de encontrar mi valor para
enfrentarme a Javier sola de nuevo y para tomar el olor de las montañas
de los alrededores. Olía a limpio, como a hojarasca y aire seco. Me recordó
que la vida fuera de esa casa seguía, y que podría ser hermosa.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Javier en voz baja, sonando
genuinamente interesado.
No dejaré que me conozca. Le di una mirada vacía. —Estoy
pensando sobre cómo vas a matarme.
Arqueó una ceja. —¿Y cómo crees que lo haré?
Me encogí de hombros, fingiendo que incluso hablar de ello no me
asustaba. —Probablemente me cortarás la cabeza. Eso es lo que hace
Salvador… cuando está de buen humor.
Me miró fijamente. —No sería la primera vez para mí. Pero la sangre
está empezando a ser una molestia a la hora de limpiar.
—Entonces ¿cómo vas a hacerlo?
Frunció el ceño. —¿De verdad crees que voy a matarte?
76
—Si Salvador no te da lo que quieres, entonces sí. Pero antes, le
vas a mandar partes de mi cuerpo. Mis dedos de la mano y de los pies
primero. Tal vez mis orejas. Una teta.
Se inclinó hacia atrás en la silla y negó, luciendo perturbado. —
Eres una mujercita mórbida.
—No solía serlo. Entonces me convertí en la mujer de un
narcotraficante.
Se lamió los labios, mirándome. —Eres muy buena fingiendo no
tener miedo. Pero yo soy muy bueno buscando la verdad en las personas.
No llegas lejos en este negocio sin convertirte en un lector de mentes de
algún tipo. —Él cruzó las manos detrás de su cabeza, luciendo
completamente casual—. Y puedo sentir tu miedo, enterrado bajo toda tu
bravuconería. Puedo olerlo.
Le ignoré y alcé la vista hacia su muñeca. Su reloj se movió un poco
y pude ver la palabra “deseo” tatuada debajo en inglés.
—¿Qué significa tu tatuaje? —pregunté.
Su rostro se congeló durante un momento y luego se relajó. —Es
inglés.
—Sé leer inglés —dije—. Trabajé en un bar en Cabo San Lucas
durante los últimos tres años.
Oh, maldición, gran error. Él no necesitaba saber nada más sobre
mí.
—Eso he oído —dijo él. Cuando notó mi expresión, añadió—: No
estés tan sorprendida. Mi gente estuvo investigándote por algún tiempo.
Sé muchas cosas sobre ti, Luisa Reyes.
—Preferiría que me llamaras Chávez —le dije—. El apellido Reyes
no significa nada para mí.
—Eso parece. ¿Entonces por qué te casaste con él? ¿Dinero?
—¿Qué significa el tatuaje? Tú me dices algo, y yo te digo algo.
Él apretó los labios por un momento y luego asintió bruscamente.
—Está bien. El tatuaje es por una canción de Nine Inch Nails. Me lo hice
cuando era joven, estúpido y vivía en América.
Esa no podía ser la historia completa, pero su rostro era ilegible.
—Entonces, ¿te casaste con él por dinero? —preguntó.
—Sí. —Asentí. No había manera de que le fuera a decir la verdadera
razón. Mientras que mis padres siguieran con vida, este monstruo nunca
sabría sobre ellos—. Él se interesó en mí, y por supuesto, le dije que sí.
—Por supuesto —dijo lentamente, una pizca de decepción en su
frente—. Bueno, Luisa, espero que mereciese tu vida.
Mi corazón latía incómodamente. —Pensé que dijiste que no ibas a
matarme.
77
Me dio una pequeña sonrisa. —Nunca dije eso. Solo pregunté por
qué pensabas que iba a hacerlo. Si Salvador no cumple, probablemente
tendremos que empezar a mandarle pequeñas partes de ti. O
simplemente podríamos cortarte la cabeza y enviársela.
Era difícil ignorar el miedo en ese momento. No sé por qué de
repente se sentía tan real. Supongo que estar sentada frente a él, mirando
a Javier Bernal, lo hacía difícil de ignorar. Aun así, me enderecé en mi
asiento. —Tendrás que limpiar toda esa sangre.
Se encogió de hombros perezosamente. —Es verdad, pero eso es
para lo que está Este, después de todo. —De repente, la mirada en sus
ojos se oscureció—. Te gusta, ¿no es así?
Fruncí el ceño, completamente confundida. —¿Gustarme?
Me hizo un gesto despectivo y se levantó. Pude ver que llevaba
pantalones vaqueros color azul oscuro con un cinturón de cuero hecho a
mano. Eso, combinado con su inmaculada camisa blanca, le hacía
parecer elegantemente informal.
Tan elegantemente peligroso.
—No importa —dijo él, rodeando la mesa—. Levántate. Quítate el
vestido.
Parpadeé. —¿Qué?
Le dio una patada a la pata de la silla, moviéndome unos pocos
centímetros. —Hazlo. Por favor. O lo haré por ti. ¿Te gustaría eso? —
Extendió su mano hacia mí y me aparté de su toque—. Porque creo que
a mí sí.
No sabía qué hacer. Estaba congelada, pegada a la silla, incapaz de
moverme.
No me esperó. Rápidamente se agachó y puso sus manos alrededor
de mi cintura, levantándome de la silla. Era engañosamente fuerte, y me
puso de pie con gracia, como si fuéramos una pareja de patinaje artístico.
Me mantuvo cerca de él, con las manos aún alrededor de mi
cintura, mirándome como si estuviera intentando hipnotizarme con sus
ojos. —Eres mi enigma —dijo con voz ronca—. Pero nunca dejo nada sin
resolver.
Antes de que pudiera contestar, sacó el vestido por encima de mi
cabeza y lo tiró al suelo detrás de él. Ahí estaba yo, parada
completamente desnuda en su cocina, aún sucia por mi escape. Sentí
que la suciedad se encontraba en cada rincón de mi alma mientras me
quedaba allí y él me miraba con una sonrisa enorme.
Dio un paso hacia atrás e hice lo que pude para cubrirme. Él
rápidamente apartó mis brazos. —No, no, Luisa. Simplemente quédate
ahí hasta que te diga lo contrario. —Caminó lentamente a mi lado,
empujando la mesa fuera de su camino—. Fuiste una reina de la belleza,
así que esto no debería ser nada más que tú segunda naturaleza.
78
—Nunca fui una puta. —Logré decir, manteniendo mis ojos fijos en
un punto blanco en la pared. Me pregunté si Esteban y el Doctor sabían
lo que ocurría, me pregunté si uno de los guardias de Javier vendría
paseando. Intenté alejar de mi mente los recuerdos de Salvador y de las
cosas humillantes de me había hecho hacer. Era todo lo que podía hacer
para mantenerme fuerte.
—Tienes razón —dijo suavemente, deteniéndose detrás de mí—.
Puedo ver que nunca fuiste una puta. Tú pureza brilla a través de ti. Es
intoxicante. —Le sentí acercarse, su aliento contra mi nuca. Inhaló—.
Más intoxicante que el mejor licor. —Exhaló lentamente, soplando unos
pocos mechones de cabello—. Y ese es el por qué me niego a creer que
Salvador no me va a dar lo que quiero, no mientras te tenga.
Cerré los ojos, sabiendo que no podía hacerle cambiar de opinión,
no en ese momento.
Se presionó contra mí.
—Voy a romperte —susurró contra mi oreja, su aliento caliente.
Pasó sus manos por mis costados, luego alcanzó mis pechos,
encontrando los pezones. Me pegué contra él, prohibiéndome sentir nada.
Aunque su toque era suave y gentil, sus intenciones no lo eran. Las
intenciones de los hombres nunca lo eran.
Tragué fuerte y, lo más firme que pude, dije—: Entonces hazme lo
peor que puedas hacer. Y verás que lo peor ya ha sido hecho.
Él contuvo el aliento, solo por un momento. Entonces dijo—: ¿Es
lo que piensas?
—Solo me has desnudado.
—¿Estás pidiendo más? —preguntó en voz baja, sus labios contra
mi otra oreja, mis pezones finalmente comenzaban a fruncirse bajo la
rítmica burla de sus pulgares. Mi cuerpo respondía de una manera que
no debería, de una forma que nunca creí posible—. No he terminado con
tu espalda, sabes. Hay más letras en mi nombre.
Una de sus manos trazó las letras J y A. Me estremecí por incluso
esa ligera presión en las heridas, pero enterré el dolor rápidamente.
Afortunadamente, sus dedos no permanecieron allí. Sus manos
empezaron a bajar por mi espalda desnuda. Pasaron por encima de mi
culo, deslizando su dedo por debajo de los cachetes, por el suave punto
donde se juntan con el muslo. Casi me hizo cosquillas, y sacó un bajo
gemido de él.
No estoy aquí, no estoy aquí, no estoy aquí, me repetía a mí misma.
Javier caminó a mí alrededor, manteniendo sus manos en mi
cintura, hasta que su cara estuvo justo en frente de la mía. Abrí los ojos
para ver esa sonrisa permanente torciendo las comisuras de sus labios.
—Estoy lejos de haber terminado con usted, señorita Chavez, la reina de 79
la belleza.
Luego se agachó, sus manos deslizándose por mis caderas y los
costados de mis muslos. Su toque era tan tierno y engañoso. Contuve el
aliento, haciendo lo posible para evitar la piel de gallina por el placer.
—Estás haciendo esto por venganza —dije, mirándole, negándome
a apartar la mirada, negando la traición de mi cuerpo.
Él sonrió y empezó a pasar sus manos por el interior de mis muslos.
—¿Contra Salvador? Bueno, supongo que eso es bastante obvio, mi
belleza.
—No —dije—. Esta es tu venganza contra las mujeres. —Sus
manos se detuvieron ante eso, agarrando mi piel—. Porque una
mujer te rompió.
Sus ojos lentamente subieron hasta los míos, hirviendo en una
furia dorada que contrastaba con su frialdad exterior. Se enderezó, y esa
mirada de ira, de dolor… desapareció. La hipnotizante y bella mascara
estaba de regreso.
—No sé a qué te refieres —dijo con facilidad.
No pude evitar sonreír. Encontré su punto débil. Alguien le rompió
el corazón. —No. Quizás no. —El tatuaje me avisó. Si realmente hubiera
sido solo por la banda, nunca habría visto esa mirada de miedo pasar por
sus ojos. Me emocioné, tenía algo para seguir adelante, una manera de
llegar a él—. Tal vez no quieras hablar de ello.
—No hay nada de lo que hablar. —Esta vez lo dijo un poco
demasiado fácil. Su voz se volvió ronca—. Ahora, dame tus manos.
Agarró mis muñecas y las llevó a mi espalda. Antes de que pudiera
mirar por encima de mi hombro, las sentí siendo atadas con una cuerda.
¿Llevaba pedazos de cuerda con él todo el tiempo? Probablemente. Eso y
un cuchillo.
—Arrodíllate. —Ordenó.
—¿Aquí? —pregunté, mi respiración quedándose en mi garganta.
—Sí —dijo. Se inclinó y me dijo al oído—: Aquí. Ahora.
Me pregunté qué pasaría si me negaba. Un momento actuaba como
si nunca fuera a hacerme daño, y al siguiente aparecía la oscura maldad
de su alma, la parte de él que cortaba la cabeza a las personas.
De cualquier manera, la única opción que tenía era actuar lo menos
afectada posible. De manera que hice lo que dijo. Me arrodillé,
cuidadosamente, con mis manos atadas detrás de mí.
—Bien. Ahora pon la cara en el suelo. Mantén tu fantástico culo en
el aire.
Obedecí, inclinándome hasta que mi mejilla se encontraba apoyada
contra las frías baldosas. No podría haberme sentido más vulnerable ni 80
más humillada, aunque quisiera.
Y parecía que Javier era una persona que quería. Le escuché
desabrocharse los vaqueros, el sonido parecía hacer eco en las paredes
de la cocina, tan simple y aterrador.
Cerré los ojos con fuerza y me preparé. Como había hecho con
Salvador o con cualquier hombre con quién él me hizo tener sexo,
bloqueaba una parte de mí misma de la situación. Me tragué el miedo y
los sentimientos, y me convertí en una pizarra en blanco, un vacío que
no siente dolor, que no procesa ninguna emoción.
Javier podría hacer lo peor. Me hallaba lista para él. Lista para no
sentir nada.
Pero el dolor nunca llegó. No sabía si era parte del juego, pero
nunca me tocó. ¿Esperaba para lanzarse cuando menos lo esperase? ¿Se
tomaba su tiempo?
Abrí los ojos, y aunque no me atreví a mirar sobre mi hombro, tuve
un vistazo de él en mi periferia. Estaba de pie, justo detrás de mí. Pero él
no solo se encontraba de pie. Se movía ligeramente.
Escuché un pequeño gemido escapar de sus labios y finalmente me
di cuenta de lo que hacía, se estaba masturbando.
Sentí una punzada de repulsión mezclada con curiosidad perversa.
Una parte de mi quería tener una mejor vista, quería verle en el acto. Otra
parte, la mejor, quería fingir que nada de eso sucedía.
De manera que cerré los ojos e intenté fingir que no me encontraba
ahí, pero podía oír su palma deslizándose arriba y abajo, piel contra piel,
su respiración acelerándose por el placer. No podía bloquearlo de mi
mente. Cuanto más se trabajaba, más se burlaba de mí, tentándome a
mirar. Apenas podía imaginar a un hombre como Javier envuelto en la
vulnerabilidad de la liberación, y sin embargo, lo hacía detrás de mí. Por
mí.
Y aún no había puesto un dedo en mí. Se complacía solo con la
vista de mi cuerpo, la visión desnuda enfrente de él. No sabía si sentirme
humillada o halagada.
Solo se está burlando de ti, me dije. Solo porque no se esté forzando
dentro de ti no es diferente a Salvador.
Entonces, ¿cómo es que me engañaba pensando que esto era…
mejor?
—Eres tan complaciente. —Le oí gemir detrás de mí, su voz baja,
áspera, atrapada en su propia pasión—. Tan buena. ¿Por qué siento que
hay una chica mala en ti que necesita salir?
No dije nada. El sonido de su respiración y sus caricias
intensificándose. 81
—Quizás si me vengo sobre tu hermosa espalda —susurró,
haciendo una pausa para recuperar el aliento—. En mis letras. Si me
froto en tu piel, en tu sangre. ¿Saldrá la chica mala? ¿Despertaré a la
verdadera Luisa? —Dejó escapar un profundo gemido que resonó en mis
huesos—. Vamos a ver, ¿no es así, mi querida?
Y con eso contuvo el aliento y gimió incluso más alto. —Mierda —
gritó, jadeando sobre las palabras—. Mierda.
Caliente fluido corrió por mi espalda, haciendo que me encogiera,
sorprendiéndome. Por un momento solo pude oír su pesada respiración
y esperé, sin saber cómo de literal iba a ser.
Escuche su cremallera cerrarse y sentí su sombra cernirse sobre
mí.
—Me veo bien en tu piel —murmuró. Presionó sus manos contra
mi espalda y comenzó a frotar el pegajoso fluido por mi espalda, en la
herida. Me mordí el labio y contuve un grito, ya que ardía demasiado,
haciendo que mis ojos lagrimearan.
—Finalmente —susurró, y pude sentir sus ojos amarillos
observándome de cerca. Pero no dijo nada más. Siguió frotando hasta
que mi piel lo absorbió todo, justo como quería. Luego desató la cuerda
de mis muñecas y retrocedió.
Puse las manos en el suelo, y él caminó alrededor, deteniéndose
frente a mí. Se agachó hasta que estuvimos casi mirándonos a los ojos y
levantó mi vestido.
—Gracias —dijo con una pequeña sonrisa, sus ojos vidriosos con
exaltación perezosa. Entonces me tomó por los brazos y me puso de pie.
Rápidamente, me pasó el vestido por la cabeza y tiró de él hasta que
estuve cubierta de nuevo—. Eres libre de irte —dijo él.
Le miré con sorpresa lo que le sacó otra sonrisa.
—A tu habitación, por supuesto —dijo él. De repente, se dio la
vuelta y chasqueó los dedos—. Tito —gritó, y el guardia que me guiñó el
ojo antes apareció en la puerta de la cocina—. Llévala a su habitación.
Sentí mis mejillas arder de vergüenza, ¿el hombre había visto todo?
Si lo hizo, a Javier definitivamente no le importaba quién le veía venirse
sobre mí.
Javier se acercó a la mesa y me dio el plato de comida que era para
Esteban. —Casi olvido tu desayuno.
Y después se dio la vuelta y se fue por el pasillo, desapareciendo en
una de las habitaciones.
Le miré, desconcertada, agarrando el plato de comida.
Tito señaló el camino hacia la escalera, haciendo un gesto como si
estuviese siendo educado. Apenas aprecié su apariencia joven pero
amenazante antes de subir las escaleras aturdida y volver a mi
82
habitación. Cerró la puerta detrás de mí, bloqueándola, y me quedé sola
de nuevo, con comida que no quería pero necesitaba, y pensamientos que
no necesitaba pero quería.
Traducido por Val_17
Corregido por Josmary

Cuando el sol salió la mañana siguiente, me encontraba tan


cansada que me sentía como si me hubiesen drogado. No fui drogada,
simplemente no dormí para nada. El hecho de que no podía estar de
espaldas, sobre la V fresca que Javier talló anoche, tampoco ayudaba.
Pero principalmente, fueron las pesadillas que las que me atormentaron
a cada momento.
Nunca había sido el tipo de chica que le temía a la oscuridad,
cuando era joven, me gustaba que mi padre me contara historias 83
aterradoras y emocionantes. Pero ahora ya no eran historias, eran reales,
y cada vez que despertaba de una pesadilla, enfrentaba una realidad que
no era mejor.
De alguna extraña manera, estar sola lo empeoraba. No era que
quisiera la compañía de Javier, pero tenía que admitir que cuando él se
hallaba en la habitación conmigo, incluso cuando me marcaba e infligía
dolor, alejaba mis pensamientos de lugares más oscuros. Me distraía.
Incluso cuando me hacía preguntas sobre mi pasado, preguntas que
trataba de evitar, aun así era una distracción.
Habría pensado que tener conmigo a alguien que produce
pesadillas empeoraría las cosas, pero no fue así. Porque mis pesadillas
no eran sobre Javier. No eran sobre lo que iba a hacerme. No eran sobre
el hecho de que podría morir en pocos días a sus manos.
Mis pesadillas eran sobre Salvador. No eran sobre lo que pasaría si
le decía a Javier que no harían ningún acuerdo, sino de lo que pasaría si
me recuperaba.
¿Qué sería de mí si al final de la semana, era liberada y recogida
por los hombres de Salvador? ¿Si me llevaban de regreso a la casa? ¿Si
Salvador veía cómo Javier me reclamó como suya? Sabía de lo que el
hombre era capaz, y me asustaba pensar en qué otra cosa podría pasar
—no solo a mí, sino a mis padres. Salvador estaba enfermo más allá de
comprensión, y tenía la sensación de que solo había visto la punta del
iceberg.
Creo que incluso Javier percibió que no quería que se fuera.
Cuando terminó de tallar la V, empecé a hacerle preguntas. Acerca de su
familia, sobre su propio pasado. Esperó en la oscuridad, pensando, tal
vez por mi ángulo. Por qué tenía curiosidad. Entonces me dijo que podría
tener respuestas en otra ocasión.
Luego se fue, encerrándome en la habitación, encerrándome con
las pesadillas que nunca terminarían.
Supongo que la falta de sueño se evidenciaba en mi rostro, porque
cuando Esteban entró en la habitación por la mañana, me miró por un
rato mientras yacía allí en la cama, mirando tontamente hacia la pared.
—¿Noche dura? —preguntó, un tono cuidadoso en su voz.
No tenía la energía para estar divertida por su aparente
preocupación.
Puso la bandeja de desayuno a un lado y se acercó al final de la
cama. Agarró juguetonamente mi pie. Eso me hizo saltar, retirando las
rodillas hasta mi pecho mientras volvía mi atención a él.
—Así que estás viva —dijo, retirando su mano—. Me alegro de verlo.
Te traje el desayuno.
Lo miré. Me negué a cenar anoche y pensé que podía fingir no tener
hambre, pero mi estómago gruñó en señal de protesta.
84
—Te diré que… —dijo Esteban, notando mi expresión—. ¿Qué tal
si hoy lo hacemos un poco mejor para ti?
—Mejor para mí —dije bruscamente—. ¿Qué tal si dejas de fingir
que me estás haciendo favores? No pienses ni por un segundo que he
olvidado por qué estoy aquí.
—Solo come tu desayuno. Volveré con algo de ropa nueva para ti.
Creo que te lo has ganado. Luego iremos a dar un paseo. Suena bien,
¿verdad? —Me sonrió y luego salió de la habitación, bloqueando la puerta
detrás de él.
Esperé un poco, tratando de ignorar la comida, pero mi
determinación no podía vencer a mi estómago. Me comí la tortilla y los
huevos y una gran taza de café. No sabía cuándo podría necesitar mi
fuerza.
Terminaba el desayuno justo cuando Esteban volvió a entrar en la
habitación, llevando un bolso tejido lleno de ropa. Lo arrojó sobre la
cama. —Para ti —dijo, inclinándose para recoger el plato vacío—. Toma
una ducha, vístete. Volveré en treinta minutos ya sea si estás lista o no.
Miré la ropa que sobresalía del bolso. —¿De dónde vienen estas?
—Es una larga historia —dijo—. Digamos que Javier puede ser
sentimental.
Quería escuchar esta historia, no se me hubiera ocurrido que
alguien como Javier pudiera poseer esa emoción. Cuando volvió a irse,
saqué una falda verde que era tan larga para mi pequeña figura que me
quedaría como un vestido. Fui al baño y encendí la ducha. Mientras la
habitación se llenaba de vapor, no pude recordar la última vez que estuve
limpia. Tuve que haber estado en la casa de Salvador, la noche en que
me escapé, sin embargo, nunca me sentí limpia cuando era su esposa. Él
llenó mi vida con suciedad.
Por supuesto, técnicamente aún era su esposa. Pero la palabra
nunca significó nada para mí.
Me quedé en la ducha por tanto tiempo, dejando que el agua
caliente me limpiara, deseando que se llevara mis preocupaciones y
pesadillas por el desagüe, que me sorprendió cuando alguien llamó a la
puerta. Podía oír a Esteban en mi habitación, rápidamente me sequé y
me deslicé en el vestido, mi cabello mojado cayendo en cascada por mi
espalda.
Me detuve en la puerta del baño cuando Esteban me miró y sonrió.
—Te ves encantadora —dijo.
Su elogio no tenía sentido. No entendía cómo podía lucir
encantadora sin maquillaje, el cabello mojado y la cara amoratada, y no
iba a caer por eso. Los hombres pensaban que las mujeres eran tan
fáciles, que nos podían decir lo hermosas y delgadas que estábamos, y
los disculparíamos por lo que hicieron o estuvieron a punto de hacer.
85
Hasta que conociera a un hombre que viera más allá de todo eso, que me
viera a mí, los cumplidos no significaban nada.
Casi sonreí para mí misma. No había ninguna posibilidad de que
eso sucediera jamás. Moriría aquí, rodeada por capos de la droga, o
viviendo con Salvador. Todas mis posibilidades de amor y felicidad con
un hombre se fueron por la ventana al momento en que Salvador entró
en Cabo Cocktails.
—¿Quieres acompañarme? —preguntó, levantando su brazo, como
si fuera un caballero.
Miré fijamente su brazo y luego a él. —¿A dónde?
Se encogió de hombros. —Te lo dije. Un paseo. Pensé que podría
ser bueno para ti tomar un poco de aire fresco.
—Ah, ¿y estás tan preocupado por mi bienestar?
Otro encogimiento de hombros. —No soy un monstruo —dijo.
—No. Solo un idiota.
Frunció el ceño y supe que empujé mi suerte con él. Reprimí la
oleada de temor que me recorrió.
—Sabes —dijo lentamente, su mirada intensificándose—, podría
ser el único amigo que tienes aquí. Podría ser la diferencia entre la vida
y la muerte para ti… entre perder tu dedo del pie o la pierna entera.
No me encontraba segura de sí creer o no eso. A pesar de que
Esteban era la mano derecha de Javier y su socio, no creía que tuviera el
poder que pensaba. Parecía que constantemente quería tener la última
palabra con Javier pero no iba más allá. Si yo fuera Javier, lo vigilaría de
cerca.
—Los amigos no se amenazan —le dije.
La oscuridad en su frente se relajó. —Supongo que no. Bueno.
Vamos entonces.
Hizo un gesto para que agarrara su brazo de nuevo. Lo ignoré, pero
igual me puse mis zapatillas de deporte. La verdad era que quería,
necesitaba, salir y respirar aire fresco, sentir el mundo de nuevo. Sentí
que perdía la perspectiva del valor de la vida.
Caminamos por el pasillo, yo delante de él, y estábamos a punto de
bajar las escaleras cuando el guardia estacionado en el extremo del
pasillo dio un paso frente a nosotros. Por lo menos, pensé que era un
guardia, al principio. Pero por la forma en que bloqueó las escaleras, de
brazos cruzados, con un tic amenazante en su cara, me di cuenta que
era más que solo un guardia.
Me miró de reojo de una manera que me hizo sentir enferma.
Este era Franco, el hombre responsable del moretón en mi rostro.
Podía notarlo.
—¿A dónde vas? —le preguntó Franco a Esteban, a pesar de que 86
miraba en mi dirección.
—No es asunto tuyo, Franco —dijo. Hizo un gesto para que se
apartara del camino pero Franco no se movió.
—¿Planeas huir con la rehén? —preguntó. Tenía una mirada
estúpida en sus ojos, pero en este mundo, era la gente estúpida a la que
había que temer. Demasiada testosterona y poco cerebro era una
combinación peligrosa. No tenía ninguna duda de que si Esteban no
estuviera allí, yo estaría en serios problemas. No ayudó que Franco fuera
un tipo enorme con músculos que palpitaban grotescamente.
—Solo quiero sentir su cabello —dijo, lamiéndose los labios como
si yo fuera un bistec—. Las putas lo tienen áspero.
Extendió la mano y la empuñó en mi cabello. Jadeé, pero no podía
moverme o su agarre tiraría un enorme mechón.
—Ahora lo sentiste —dijo Esteban, sonando cansado—. Ya
muévete. Solo vamos a dar un paseo.
Franco le dio un pequeño tirón a mi cabello, lo suficiente para
hacerme jadear de nuevo. Luego sonrió y lo soltó.
—Claro que sí —dijo, riéndose para sí mismo y se hizo a un lado
para dejarnos pasar.
Esteban me llevó rápidamente más allá de él. Estábamos a mitad
de camino por las escaleras cuando oí a Franco susurrar tras de mí. —
Mucho mejor que el de una puta.
Todavía temblaba cuando Esteban me sacó de la casa y hacia la
luz brillante del sol.
—No le prestes atención a Franco —me dijo—. Está un poco mal de
la cabeza.
—Puedo notarlo —dije, mi ritmo cardíaco regresaba a la
normalidad a medida que el aire fresco llenaba mis pulmones y el calor
golpeaba mi piel. La casa se encontraba al final de un camino rocoso.
Había una sencilla calzada de tierra que dirigía a la salida, la maleza se
extendía hacia una valla de madera decrépita y kilómetros de bosque más
allá de eso. Sin vecinos, nada de nada.
—No deberías tenerle miedo —continuó mientras caminábamos
juntos—. O tal vez sí.
Tragué saliva. —No tengo miedo.
—Sabes, conocí a una chica como tú una vez —dijo en tanto
caminábamos por la calzada, la suciedad ocre se elevaba en el aire.
Apenas lo escuchaba. Observada cada cosa, cada oportunidad. No había
guardias aquí afuera, lo cual me pareció curioso. Franco, gracias a Dios,
decidió no seguirnos, y el resto de los guardias parecía estar dentro de la
casa, tal vez con Javier. 87
—Conociste a una chica como yo una vez —repetí ausentemente—
. Qué lindo.
—Sí —dijo—. Hace un año. Me encontraba en Hawái. La salvé de
ahogarse. La salvé de un montón de cosas, incluida ella misma.
—Eres todo un héroe —dije secamente—. Debes pensar que eres
un buen tipo.
Asintió. —Lo soy. En su mayor parte. Pero ella era como tú porque
ya no se preocupaba por la vida. Era más o menos suicida.
Me detuve y lo miré. —No soy suicida —siseé.
Se encogió de hombros. —No pareces preocuparte por nada. Javier
tiene razón… piensa que eres irrompible.
—Solo porque él no puede romperme no significa que soy suicida
—le dije—. ¿Qué clase de hombre enfermo quiere romper a una mujer de
todos modos?
—No lo sé. Te casaste con uno de ellos, ¿no?
—Me casé con un demonio, no con un hombre.
—Bueno, supongo que Javier no es exactamente un demonio.
—¿No existe tal cosa como un demonio sentimental? —pregunté—
. Cuéntame sobre la ropa. Esta falda, este vestido… ¿de quién es?
Me dio una mirada inquisitiva. Nuestro paseo continuó por el
camino de tierra, los pájaros cantando desde los imponentes árboles
frondosos. —¿Por qué te interesa tanto?
Ahora era mi turno de encogerme de hombros. No sabía por qué.
Supongo que sentía que un poco de información podría acercarme a
Javier, tendría más con que trabajar, para usar contra él cuando lo
necesitara.
—Estoy entablando una conversación —dije.
—Cierto. Bueno, si te importa tanto, la ropa pertenece a una ex-
novia de él.
Bufé ligeramente por la nariz. —¿Novia? Habría pensado que Javier
solo utilizaba putas. ¿Quién más podría estar interesado en él?
Sentí a Esteban estudiándome de cerca. Por supuesto, en el
exterior podía ver por qué una mujer podría estar interesada en Javier
Bernal. Era hermoso a la vista, y me hallaba segura de que podía ser
encantador cuando quería. También tenía dinero y poder. Pero cualquier
mujer que se respetara correría una vez que se diera cuenta qué clase de
psicópata depravado era. La idea de él teniendo una ex-novia, una por la
cual ponerse sentimental, me confundió.
—Ella estaba interesada en él —dijo—, hace mucho tiempo.
Cuando eran jóvenes y estúpidos, supongo. Pero también era una
estafadora. 88
Asentí. —Ya veo. —Ella era tan mala como él, entonces. Eso
explicaba mucho—. ¿Cuál era su nombre?
Frunció el ceño. —Ellie. ¿Por qué?
—Solo por curiosidad. ¿Mexicana?
—Americana.
—¿Y ella rompió su corazón? ¿O él rompió el suyo?
Frunció los labios. —Ambos. Él rompió el suyo y viceversa. Y luego
ella volvió a romper el suyo.
—Entonces ella ganó.
—Algo así.
Sonreí para mí misma. —Bien. —Esperaba que el bastardo
sufriera.
—Fue algo bueno —admitió Esteban—. Me gustaba la mujer, pero
ella nunca se habría quedado a su lado, nunca habría tenido la confianza
que necesitas en este negocio.
Disminuimos el paso y dio la vuelta de modo que camináramos de
regreso a la casa.
—¿Necesitas confianza para ser un buen torturador, secuestrador
y asesino?
—Necesitas confianza en ti mismo, para nunca cuestionar quien
eres.
Asentí. —Quizás todos necesitan cuestionarse a sí mismos más a
menudo.
Me dio una mirada divertida, como si yo fuera la loca.
Me detuve, notando que mi zapato se encontraba desatado.
Estábamos casi de vuelta en el patio, y pude ver a Javier saliendo de la
casa con Franco dando vueltas en la puerta. Javier miraba en nuestra
dirección.
Agachándome, até mi zapato y miré el montón de piedras que
estaban al lado, el resultado de alguien despejando este camino hace
mucho tiempo. Javier y los guardias se encontraban muy lejos. Éramos
solo Esteban y yo. Tomé una decisión instantánea.
Até mis cordones y rápidamente agarré la roca más cercana. Me
giré y me levanté de un salto, mi brazo extendiéndose, mientras aplastaba
la roca en el rostro de Esteban. Debido a que era mucho más baja, le di
en la mandíbula en lugar de su sien, pero fue suficiente para hacerlo
gritar, aferrándose a su rostro mientras se tambaleaba hacia atrás,
apenas capaz de ponerse de pie.
No comprobé para ver si cayó. Giré sobre mis talones y comencé a
correr hacia los árboles. No sabía cuál era el resto de mi plan, pero sabía
que tenía que alejarme en tanto pudiera. Esteban dijo que era suicida, 89
solo porque no mostraba temor. Pero era todo lo contrario. Amaba la vida,
la vida libre que una vez tuve, y haría cualquier cosa para recuperarla.
Me encontraba casi en los árboles, ante la libertad que
representaban, cuando oí un pequeño estallido, como un arma
disparándose. Lo siguiente que supe fue que mi cuerpo se tensaba, y
perdí toda la función para moverme mientras mis nervios estallaban en
un extraño dolor punzante. Caí directamente al suelo, creo que grité,
mientras mis músculos vibraban sin parar.
Escuché a alguien, Javier creo, gritando—: ¿Qué demonios estás
haciendo? —Y luego las vibraciones y el dolor se detuvieron. Solo así. Y
entonces me desmayé.
Traducido por Vani & Nats
Corregido por Sandry

—¿Qué demonios estás haciendo? —le grité a Este y empecé a


correr por el camino hacia ellos.
Al principio estuve a punto de regañar a Este por llevarse a Luisa
fuera de la casa, al momento siguiente ella golpeó su cara y corría antes
que él sacara una maldito Taser y le disparara. Ni siquiera sé cuándo
mierda consiguió el Taser, pensé que lo dejé en casa.
Él me miró con sorpresa a pesar de que todavía disparaba la
pistola, los cables conectados al cuerpo de Luisa que se retorcía a seis
90
metros de distancia. Lo tomé de un tirón y de inmediato la electricidad se
detuvo.
—Trató de escapar —dijo Este sin pedir disculpas.
—Me he dado cuenta —le advertí. La miré, ahora inmóvil en el
suelo—. Jesucristo.
Corrí hacia ella, sacando el cartucho de la pistola y arrojándola al
suelo. Me agaché a su lado y puse suavemente mi mano en su cuello,
sacudiéndola. —¿Luisa? —dije.
No hubo respuesta ni movimiento, pero pude ver que respiraba, lo
cual era un alivio. Quité los dardos de su espalda, la sangre goteando de
los agujeros. Se veía tan barato y brutal debajo de mis letras.
Me giré y miré a Esteban que me observaba desde la distancia. —
Eres una mierda, ¿lo sabías? ¿Qué pasa si accidentalmente la hubieras
matado? El Taser no se supone que tiene que dejarla inconsciente, solo
que la derribe. ¿Y por qué mierda te pusiste en esta situación en primer
lugar? Se suponía que le dieras el desayuno, su ropa, y eso era todo.
Se encogió de hombros. —No me preocupaba, Javi. Creí que ella
podría intentar algo, pero pensé en dejarla ver con quién está lidiando
aquí. Si corría, la derribaría. Aprendería a no hacerlo de nuevo.
—Yo soy con quien está tratando aquí —dije, la ira hirviendo en mi
sangre—. No tú. Ella no es tuya para tocar, no es tuya para ir de paseo,
y no es tuya para jodidamente maltratarla.
Se echó a reír. —Creo que Luisa tenía razón. Tal vez deberías
cuestionarte a ti mismo con más frecuencia. Deberías escuchar la mierda
que sale de tu boca.
Lamenté no poder reutilizar los cartuchos de la Taser porque sin
duda le daría todos esos voltios a sus minúsculas bolas. Inhalé
profundamente e intenté recuperar la calma. No tenía sentido perderla
aquí y ahora.
—¿Por qué no te largas de aquí ? —dije—. Ve a comprobar a
Juanito. Tal vez ha hablado con Salvador.
Esteban vaciló, como si fuera a discutir conmigo, pero su cerebro
pateó el engranaje, se dio la vuelta y se dirigió hacia la casa con su andar
de chico de fraternidad y sus piernas largas. Maldito degenerado.
Miré a luisa, dándome cuenta de que llevaba la falda que le di como
un vestido. El color era impresionante en su piel lisa, de color canela; su
cabello largo era extra brillante bajo el sol, en cascada en la tierra a su
alrededor. Me acerqué y acaricié una hebra a través de mis dedos, suave
y húmedo, probablemente acababa de salir de la ducha. Ahora estaba
sucia de nuevo.
La visión de ella yaciendo inconsciente y rota debería haberme
hecho sonreír. Debería haber calmado algo en mi interior. Después de 91
todo, esto era lo que quería. Pero no era lo mismo. Esto fue imprevisto y
sin mérito. Ella puede parecer débil, pero yo todavía no había hecho nada
para romperla. Si ella estuviera consciente, estaría luchando contra mí
con su cuerpo, corazón y mente.
Había llegado a apreciar la lucha en ella.
La recogí y arrastré para ponerla de pie, con la cabeza colgando
hacia abajo, creando una cortina de cabello que ocultaba su rostro. Tomó
un poco de esfuerzo recogerla, con un brazo debajo de sus brazos, el otro
debajo de sus rodillas. La llevé hacia la casa, y su cabeza rodó hacia
atrás, dejando al descubierto su fina clavícula, su frágil cuello, sus
hermosos rasgos durmientes.
Ella realmente era ligera como el aire en mis brazos, solo esta
indefensa criatura sumisa. Mientras me acercaba a la puerta donde
Franco se encontraba vigilando, sentí un pulso de posesividad corriendo
a través de mí. No era solo mientras ella estuviera aquí, yo pensaba que
era mía. También sentía como que tenía que protegerla. Si no lo hacía yo,
nadie lo haría. Esteban la había derribado sin cuidado, y Franco la
miraba con tanta lujuria que hice una nota mental de nunca dejarla cerca
de él. Sabía que su apetito por la destrucción era grande y poco
ceremonioso.
—¿Qué le pasó? —dijo Franco, lamiéndose los labios mientras la
miraba—. Este parecía enojado.
Extendió la mano y agarró un mechón de su cabello.
Automáticamente dejé de caminar y le lancé una mirada constante y
mortal.
—No la toques —dije, mi tono duro y calmado—. Nunca la toques.
¿Me entiendes?
Franco llevó lentamente sus ojos a los míos. Estuvieron ligeramente
desafiantes por un momento cuando un gruñido apareció en su rostro.
Luego se fundió en una sonrisa descuidada. —Claro que sí, jefe.
Entré a la casa y la llevé a su habitación, cerrando la puerta con
una patada detrás de nosotros, y la acosté en la cama boca arriba. No
iba a dejarla, no en tanto estuviera inconsciente. Nunca había sido
abatido antes, pero sabía que a veces había complicaciones. A veces las
personas morían. Tenía el Taser para torturar, para proporcionar dolor.
Después de todo, disparamos para matar en México, y si queremos
detener a alguien, una bala funciona bastante bien. Un Taser, sin
embargo, no mata... lo prolonga. Pero no tenía ni idea de los efectos de
un Taser en una mujer.
La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminándola como
un ángel, uno sucio. Sintiéndome extrañamente lleno de remordimientos,
quité algo del polvo de encima de ella. Pasé mis manos sobre sus piernas,
caderas, a través de su estómago, sus pechos, su pecho, sus brazos. Froté
la tierra de su cara, pasando con cuidado mi pulgar a lo largo de sus
pómulos, su piel tan devastadoramente suave. Aunque tenía que 92
despertarla para asegurarme de que se encontraba bien, también quería
mantenerla durmiendo. Fui al final de la cama y le quité los zapatos,
dejándolos caer al suelo, y luego puse una almohada debajo de su cabeza.
Me quedé allí durante unos minutos, simplemente mirándola, mi bella
durmiente.
Los impulsos esporádicos que corrieron a través de mi fueron
difíciles de combatir. Quería seguir sintiéndola, ese deslizamiento sin
esfuerzo de mis palmas contra su piel. Quería acariciar sus pechos, lamer
sus pezones, ponerla húmeda con mis dedos. Quería sacar mi polla y
frotar la cabeza contra sus labios ligeramente abiertos. Luego quería
darle la vuelta y acabar tallando mi nombre. Hoy lo haría.
Pero la quería despierta. Sería un error lo contrario.
Debí haber permanecido allí durante una hora, con esta lucha
entre mi cuerpo y mi mente, antes de que finalmente ella se moviera. Su
cabeza se movió a un lado y dejó escapar un pequeño gemido, estirando
sus extremidades un segundo. Contuve el aliento esperando mientras
sus ojos parpadeaban lentamente, abriéndose, mirando al techo.
Ella levantó cuidadosamente su cabeza y me miró directamente,
después de haber detectado que me encontraba allí. La decepción se
grabó en su rostro.
—No te escapaste completamente —dije en voz baja.
Me miró durante un segundo o dos antes de mirar hacia abajo en
estado de alama a su cuerpo, con las manos alisando el vestido.
—No te toqué —dije, examinando mis uñas, asegurándome que
estaban limpias—. No te preocupes.
—¿Entonces qué estás haciendo?
—Mirándote dormir.
—No dormía —dijo—. Estaba fuera de combate.
Hice una mueca. —Sí. Ese fue Este. Tenía un Taser. Pero tú
trataste de correr. —Revoloteé mis ojos hacia ella—. Lo siento.
—¿Lo siento? ¿Realmente lamentas que yo fuera abatida? —Había
algo en su voz. La lucha estaba de vuelta, y eso me estaba poniendo duro.
Le di una sonrisa tranquilizadora. —Lo lamento. No tenía ni el
menor deseo de ver que eso sucediera. —Hice una pausa—. ¿Qué se
siente?
Me miró. —Como cuando golpeas el hueso de la risa2, pero más
intenso y por todo el cuerpo hasta que crees que vas a morir.
—Eso suena terrible.
—Lo fue —dijo bruscamente.
Di unos pasos más cerca, así me encontraba apoyado sobre ella,
mis ojos fijos en los suyos. Eran tan increíblemente exuberantes y
oscuros que casi me sentí un poco perdido. Carraspeé. —De manera que 93
la próxima vez, tal vez no trates de correr. Al menos no alrededor de Este.
Me miró y tragó, pude ver su garganta moverse. Tan delicada. —
¿Qué pasa si lo intento y huyo de ti?
—No vas a querer huir de mí. No quieres saber lo que sucederá
cuando te atrape.
La miré de cerca, esperando el miedo, esperando la ambivalencia,
la apatía. Pero no vi nada en ella excepto ese fuego que ardía en lo
profundo de sus ojos. Quería probar ese fuego en mis labios, joderlo con
mi polla. Deseaba sentirlo de todas las maneras posibles. Anhelaba sacar
el fuego de su interior.
Pero lo mantenía en su interior, fuera de alcance. Ella era
absolutamente fascinante porque no estaba rota y se negaba a romperse.
No importaba cuánto lo intentara, se negaba.
Aunque no había terminado con ella todavía.
—Voy a volver por ti más tarde —dije, y me volví para salir de la
habitación. La oí soltar un suspiro de alivio y no pude evitar sonreír. Por

2Es el epicóndilo medial, detrás del cual encontramos un surco profundo. La palpación
de esta zona causa una extraña y divertida sensación de hormigueo o entumecimiento
que alcanza a la mano, debido a que se presiona el nervio cubital. Por eso es conocido
como el “hueso de la risa”.
lo menos la visión de mí dejándola significaba algo para ella.

***

Por el resto del día, Este actuó como si tuviera una molestia en el
hombro. Por supuesto que sí. Siempre lo hacía. Generalmente era mejor
ocultándolo bajo ese personaje de chico surfista. Fue suficiente para
hacerme dudar después de la cena cuando me preguntó si quería que él
le llevara a Luisa su comida. Por lo menos preguntó, sus modales no se
fueron a la mierda.
Cuando volvió a la cocina, el Doctor y yo habíamos encendido
nuestros cigarrillos. Mantuvimos la puerta de la cocina abierta, la
pantalla manteniendo a los mosquitos fuera y vimos la brisa sacar fuera
nuestro humo. Era una noche caliente, pegajosa, y me sentía de mal
humor. Como si estuviera empezando a perder el control de la situación.
El hecho era que no teníamos noticia de Salvador. Juanito había
salido más temprano ese día, con la misión de Culiacán para recopilar
información. La gente hablaba. Él sabría de inmediato si la desaparición
de Luisa era un rumor o no. Este estuvo revisando páginas web por
cualquier mención de Luisa siendo secuestrada, ya sea en blogs o
periódicos ocasionales, pero hasta ahora no había nada. Era como si ella
no estuviera arriba en esa habitación y nosotros no estuviéramos aquí 94
averiguando qué hacer con ella.
—¿Cómo te fue? —le pregunté a Este entre bocanadas. Dejé que el
humo cayera de mi boca y lo vi alejarse hacia la puerta.
—Ella está comiendo —dijo—. Se está comportando como una
perra.
El Doctor resopló con diversión leve.
Entrecerré los ojos levemente hacia Este. —Tiene todo el derecho.
Este me sonrió, sacó una silla y se sentó. —Bueno, mira al señor
Bernal, empatizando con su propia cautiva.
—No se debe confundir la comprensión con la empatía, mi amigo
—contesté.
—No se debe confundir la garantía con algo que puedes mantener
—dijo—. Una vez que Sal haga el trato, ella se va.
—Javier no es idiota —dijo pensativo el Doctor a medida que
exhalaba el humo por la nariz—. Ella se va cuando él viene. Si él no viene,
ella muere. Lenta y dolorosamente. Hasta que nuestro objetivo haya sido
realizado. —Me dio una mirada afilada—. ¿No es así?
—Por supuesto. —Asentí rápidamente—. Por supuesto.
—Cualquier cosa menos que eso —continuó el Doctor—, y así, las
noticias viajan rápido, ¿verdad? No hay cartel que haya llegado hasta
aquí sin mostrar ese tipo de debilidad. Nos interesa preservar el imperio.
El de Javier. —Me dio una sonrisa amable, del tipo que un anciano le
daría a alguien más joven del que está orgulloso. Solo yo sabía el tipo de
hombre que era el Doctor. No había tenido mucha bondad para mí, solo
tolerancia. Dudaba que pudiera ser tan venerado en el arte de la tortura
y las negociaciones, y aún tener un hueso amable en su cuerpo.
Fue en ese momento en el que me di cuenta de lo que todos
debemos haber parecido. Un grupo de tiburones sentados alrededor de
una mesa, dándonos el uno al otro sonrisas filosas y guiños. Si
dejábamos de comer, si dejábamos de nadar, moríamos.
—No hay duda de lo que va pasar con Luisa si Salvador no viene —
dije, recostándome en la silla—. Pero creo que Salvador vendrá.
—¿Por qué no hacemos otro vídeo? —sugirió Este con un
movimiento de cejas sugerente—. Una advertencia.
—Sí —dijo el Doctor—. Eso no podría hacer daño, ¿verdad?
No nos vendría mal, no.
Le di una sonrisa rápida y tamborileé mis dedos sobre la mesa. —
Pensé que el procedimiento estándar era hacerlo en caso de que el rescate
esté en proceso de negociación o no se tomaba en serio a los
secuestradores. No si él no ha respondido.
—Oh, Javier —dijo—. Eres un bicho raro con ese código de honor
y siguiendo los procedimientos. Eres un jodido capo de la droga. Puedes 95
hacer lo que se te dé la gana, no hay ningún libro de reglas. No hay honor.
No aquí. —Miró a Este—. Mañana podría funcionar.
—Tiene que ser mañana —dijo Este—. O nos vamos a quedar sin
tiempo. Esta noche sería lo mejor.
Sentí como si la habitación hubiera comenzado a inclinarse. Puse
las palmas de mis manos sobre la mesa y me apoyé en ellas, tratando de
no perder el equilibrio. —Espera. No nos apresuremos. Tenemos que
planificar esto perfectamente.
—Tú y tú planificación —se burló Este—. Digo que vayamos arriba
y la golpeemos un poco.
—Siempre es más eficaz el perder una extremidad —añadió el
Doctor—. Sé los cortes correctos que hay que hacer.
Mi pecho se tensó. No sabía con certeza por qué mi cuerpo
reaccionaba de esta manera. —No —dije—. Nadie le hará nada, excepto
yo. Este es mi negocio y ella es mi prisionera.
—Entonces hazlo —dijo Este—. Pero tenemos que actuar con
rapidez. ¿Por qué no empezar esta noche? Puedo tenerlo todo listo en un
minuto. —Se levantó, empujando su silla hacia atrás y mirándome—. ¿O
están la empatía y el conocimiento confundiéndonos otra vez?
—Siéntate ahora mismo —dije burlonamente, señalando su
asiento—. ¿O te has olvidado de cuál es tu sitio?
Nuestros ojos se encontraron con una mirada mortal hasta que
finalmente él la desvió primero. Siempre lo hacía. Volvió a sentarse pero
su actitud no mejoró. —¿Te has olvidado tú de cuál es tu sitio?
Era rápido con un cuchillo. Siempre lo fui. Antes de que Este
pudiera percatarse de ello, saqué el cuchillo de mi bota bajo la mesa y se
lo lancé con un simple giro de mi muñeca. Le oí gritar y supe que se clavó
en su espinilla.
Continuó gritando y se cayó de la silla al suelo. Me levanté y me
acerqué a él. No se clavó profundamente el cuchillo. Pateé el extremo con
mi bota, introduciéndolo un poco más en su pierna. Este dejó escapar un
grito espeluznante que solo me hizo sonreír.
—Eres una mierda —dije, inclinándome sobre él. Contraía el rostro
por el dolor, pero podía verme—. Este es tu sitio, justo aquí, en el puto
suelo. Mearía sobre ti si pudiera, pero estoy un poco bastante molesto en
este momento. —Me enderecé y le di al doctor una mirada de advertencia.
Estuve a punto de darme la vuelta, pero decidí agacharme y retirar el
cuchillo de su pierna—. Lo olvidé, voy a necesitar esto —dije, ignorando
su grito de dolor.
Lo llevé al fregadero, lo enjuagué un poco, lo sequé con una toalla
raída y me giré para mirar al doctor. —Dejemos a Este fuera de esto, ¿de
acuerdo? Aunque estoy seguro de que sus gritos serían muy útiles. Vaya
maricón de mierda.
Asintió, sus cejas congeladas en su frente. Parecía que también
96
tenía la habilidad de sorprenderle. Creo que les enseñé a no cuestionar
nunca cómo coño hacía mi trabajo.
Dejamos a Este retorciéndose en el suelo y fuimos a buscar la
cámara de vídeo antes de llevarlo a la habitación de Luisa. No sé por qué
sentí la necesidad de llamar, pero lo hice. Estaría esperándome a mí, pero
no a la cámara o al doctor.
Era algo bueno que yo no estuviera en una posición en la que
debiese esperar algo, alguna vez.
Desbloqueé la puerta y encendí las luces al entrar.
Luisa se encontraba sentada en la cama, sus rodillas contra el
pecho, las manos envueltas alrededor de sus piernas. Llevaba un par de
vaqueros y una camiseta de tirantes gris que perteneció a otra persona,
luciendo como cualquier otra mujer joven por ahí. Excepto que no era
cualquier mujer joven. Era hermosa. Era mía. E iba a sangrar por su
marido.
—Vamos a mezclar un poco las cosas —dije, lanzando el cuchillo
en el aire en tanto el doctor cerraba la puerta detrás de si—. El doctor va
a configurar el vídeo y a filmar nuestro pequeño interludio nocturno.
—¿Por qué? —preguntó suavemente—. ¿Sal no quiere negociar?
—Tu marido no ha respondido. Esperamos que vea esto. Y voy a
unirme al vídeo, solo para que vea quién te tiene, en caso de que no se
haya dado cuenta de lo jodidamente en serio que voy.
¿Fue miedo eso que vi en sus ojos, o sólo un ligero truco de luz
engañándome? Me acerqué a ella y señalé la cama con el cuchillo. —
Túmbate boca abajo.
No se movió. —¿Vas a dejarle ver lo que estás tallando en mí?
Negué con la cabeza. —En la remota posibilidad de que mi nombre
sea tallado para siempre en ti para él, no, no dejaré que lo vea. Solo te
verá a ti sufriendo mucho dolor.
Me sonrió, malvadamente, sus ojos llenos de suficiencia. —Ya lo
veremos.
Quería ignorar eso, pero el hecho era que nunca antes mostró
alguna reacción. Necesitaba que reaccionara esta vez. De lo contrario
parecería como si no estuviera haciéndole nada. Tendría que profundizar
el cuchillo, y por mucho que odiara admitirlo, no tenía ganas de hacerlo.
Señalé la cama otra vez. —Túmbate, ahora.
Hizo lo que le mandé, y me estremecí interiormente ante las marcas
con costra en su espalda donde le marcó el Taser. Había tenido un
infierno de día, y solo estaba a punto de empeorar.
Miré al doctor. Me observaba perplejo. —¿Estás listo? —pregunté,
molesto por su mirada.
—Sí —dijo, poniéndose detrás de la cámara—. La luz no es muy 97
buena, pero está todo listo para empezar. ¿No vas a atarla?
La miré. —No irá a ninguna parte.
—No —concedió—. Pero si no lo haces, parecerá que está
sucumbiendo ante ti. Permitiéndotelo. No es exactamente el tipo de
mensaje que deseas enviarle a Salvador. Tampoco parece tener el más
mínimo rastro de miedo. Creo que necesitas arreglar eso.
No me gustaba que me dijera qué hacer, pero tenía razón. Me miró,
esperando. Le lancé una sonrisa lobuna mientras sacaba la cuerda de mi
bolsillo. Solo había suficiente para sus muñecas, y no era muy resistente,
pero serviría para esta situación.
Agarrando sus manos, rápidamente las até a su espalda. Entonces
me subí a la cama y me senté a horcajadas.
Me incliné para que mis labios estuvieran a la altura de su oído. —
Voy a hacerte más daño de lo normal —dije—. Reaccionarás esta vez. Si
no es por mí, hazlo por la cámara.
Me miró a los ojos, inclinando la cabeza hacia un lado. —¿Por qué?
¿Para qué Salvador negocie contigo? No quiero regresar. Es mucho peor
allí que aquí.
Algo en mi interior se hundió como una piedra. Inhalé bruscamente
y le dije—: Esto no se trata de lo que deseas. —Miré al doctor, quien la
observaba con curiosidad.
—Interesante —dijo en esa voz baja suya—. Pero, Luisa, él tiene
razón. No es sobre ti. Es sobre nosotros. Y sobre otras personas de las
que puede que te preocupes.
Ante eso su cabeza se elevó para mirarlo.
La comisura de sus labios se retorció con su atención. —Tienes
padres. Estuvieron en tu boda. Si Salvador no piensa que estás en
peligro, si piensa que prefieres morir a manos de un cártel rival que ir a
casa, ¿qué crees que les hará a tus padres?
Sentí su cuerpo tensarse debajo de mí, como si justo acabara de
cruzar esa idea por su mente. Entonces eso era de lo que más le
preocupaba. Sus padres. Me mataba que el doctor lo supiera y yo no.
—Es solo algo en lo que pensar, de todas formas —finalizó el
doctor—. Estoy a punto de empezar a grabar. ¿Vas a hablarle a la cámara,
Javier?
Asentí, regresando de nuevo a mi personaje, y presioné el cuchillo
con su espalda, listo para tallar la I. Esperé la señal del doctor, y luego
miré a la cámara.
—Salvador, nos decepciona que no negocies la devolución segura
de tu mujer. Mi sugerencia es que al menos nos respondas, o de lo
contrario no recuperarás a Luisa de una pieza. —Agarré su cabello y llevé
su cabeza hacia atrás para que pudiera ver su rostro. Para mi sorpresa,
dejó escapar un grito de dolor. Realmente la lastimé. 98
El doctor sonreía detrás de la cámara por su reacción, y no tuve
más remedio que sonreír también. La única diferencia era que la mía era
falsa.
—Tienes una muy adorable mujer. —Llegué a decir—. Y muy
hermosa. Sería una pena ignorar esto por pensar que no vamos en serio.
Lo hago. Tienes dos días para contactarnos. Después de eso, ella se
convierte en propiedad de mi cártel. Y sé que sabes lo que eso significa.
Esto es solo el principio. —Presioné la punta de la hoja en su piel. En
lugar de sentir la emoción que normalmente sentía, noté que mi interior
se retorcía. Pero perseveré en el frívolo sentimiento y clavé el cuchillo de
forma pronunciada, un centímetro más profundo.
Dejó escapar un grito. No sabía si era por el dolor o por la idea de
perder a sus padres. Sin embargo, era lo que queríamos. Lentamente
arrastré la hoja hacia abajo, ríos carmesí se arremolinaron alrededor del
metal y corrieron por su espalda y sobre la colcha. Gritó de nuevo hasta
que el doctor nos dijo que habíamos terminado.
Entonces sus gritos cesaron. Respiraba con dificultad debajo de
mí, su sangre vertiéndose libremente, pero ni siquiera lloriqueaba.
El doctor negó con la cabeza ligeramente y dijo—: Iré a subir esto y
a revisar a Este. Ha habido demasiada sangre esta noche, incluso para
alguien como yo.
Recogió la cámara y salió de la habitación. Una vez solos, me sentí
completamente aturdido, una sensación que era desconocida y terrible.
Desaté sus muñecas, me bajé de ella y miré fijamente la sangre por un
instante antes de ir a traer una toalla del baño. La presioné sobre su
espalda y se estremeció bajo mi toque.
—¿Estás bien? —pregunté.
No dijo nada.
Seguí presionando la toalla y observando cómo lo rojo
monopolizaba lo blanco. —Fue un corte bastante profundo esta vez. Feo.
No me gusta hacer marcas feas.
Esperé que me gritara. Quería que lo hiciera. Pero no me dio nada,
como siempre. Fue más allá de frustrante.
—Es interesante lo de tus padres —dije, buscando esa chispa.
Sus músculos se tensaron bajo mi mano y parecía estar
conteniendo la respiración.
Mi corazón bailó. Ahí estaba. —No tenía ni idea de que significaran
tanto para ti —continué—. Por supuesto, no sé absolutamente nada
sobre ellos, pero sé que podría averiguar sus nombres y direcciones para
mañana si quisiera. Estoy asumiendo que no vivían contigo y Salvador.
No, mi teoría es que han regresado a Los Cabos, completamente
desprotegidos. —Me acerqué más—. Sabes, querida, la mayoría de las
hijas no abandonan a sus padres para irse y casarse con un capo de la
droga. 99
De pronto se incorporó, el cabello en su rostro, sus ojos ardiendo
de furia. Mantuve la toalla presionada contra su herida, manteniéndola
cerca de mí. Joder, quería meter la lengua en su boca y sentir esa ira.
Quería arrebatársela aquí en la cama, dejar que la sangre nos empapara
a ambos.
—No sabes nada de mí o de mis padres —siseó—. Así que ni lo
intentes.
Atrapé su brazo y la acerqué más, de manera que se hallaba casi
pegada a mí. —Oh, lo haré. ¿Dime entonces cómo fue? ¿La chica
abandonó a sus padres por la oportunidad de casarse con el hombre de
sus sueños y convertirse en la mujer de un narco? Apuesto a que te
arrepientes de ese pequeño capricho tuyo, ¿verdad?
Levantó la mano para golpearme, pero fui más rápido. Dejé caer la
toalla y le sujeté la muñeca. La llevé sobre su espalda, sosteniendo sus
manos por encima de su cabeza y manteniéndola contra la cama. Luchó,
pero no por mucho cuando me subí encima de ella.
La miré y no pude evitar sonreír. Sería tan fácil follarla ahora
mismo, pero quería joder incluso más esa bonita cabecita suya, ver qué
había dentro.
—¡Tú no sabes nada! —dijo—. Era una buena hija. Hice todo esto
por ellos. Todo fue por ellos. Si me casaba con Salvador, podía pagarle a
alguien para que los cuidara. Están enfermos y lucho cada maldito día
para proveer lo que necesitan, asegurarme de que son alimentados y
felices, y eso nunca fue una garantía. Hice todo lo posible para darles la
mejor vida que podía. Crecimos siendo pobres, pero hicieron sacrificios
por mí. Tenía que sacrificarme por ellos. Mi vida era el mayor sacrificio.
Por lo que me casé con él porque me lo pidió, y sabía que así podría darles
a mis padres la vida que se merecen. Nunca esperé enamorarme, jamás
esperé nada bueno excepto el saber que iban a estar bien.
No lloraba, pero sus ojos se encontraban húmedos. Fruncí el ceño,
experimentando una pizca de compasión por esta pequeña mujercita. No
sentía lástima de sí misma, rara vez se enojaba, y sin embargo, se le había
entregado la tarjeta de mierda en la vida, justo como a mí.
—¿Tanto te preocupas por tus padres? —pregunté, consciente de
que la aplastaba—. ¿Te casaste con Sal solo por la felicidad de ellos?
Aunque no veo cómo cualquier padre podría ser feliz sabiendo que te
casaste con ese hombre.
Frunció el ceño al mirarme. —¿No te preocupas por tus padres?
—Mis padres están muertos —dije simplemente.
—Oh. Lo siento. —Y lo curioso era, que de verdad lo sentía.
—Yo no —dije, no queriendo su lástima—. Tener familia hace que
te maten.
Negó con la cabeza. —No de la manera mexicana. La familia lo es 100
todo.
—Entonces quizás eso es lo que está mal con México.
—Eso es algo terrible de decir.
Cierto. —Y yo soy una persona terrible —dije ligeramente.
—Sí —acordó—. Lo eres. Pero no es algo por lo cual estar orgulloso.
—Y sin embargo, aquí estoy, tumbado sobre ti, totalmente
orgulloso por todas las cosas terribles que hago. He trabajo muy duro
para ser así. No es fácil confiar en uno mismo, ser capaz de mandarlo
todo a la mierda cuando el mundo piensa que eres un monstruo, porque
soy un monstruo. Y no me importa.
Se mordió el labio y quise hacer lo mismo. —No eres un monstruo.
—Solo una terrible persona, entonces.
—Sí. Es diferente. Viví con un monstruo. Sé lo que se siente.
Le di una sonrisa irónica y acerqué mi cara a pocos centímetros de
la suya. Así de cerca, pude ver manchas de oro en sus ojos caobas. —¿Se
siente como un cuchillo en la espalda?
Parpadeó, tomada por sorpresa, dándose cuenta de la verdad.
Monstruo, persona terrible, no importaba. No era tan distinto de su
marido. Solo otro hombre más jugando el juego.
Y tenía que permanecer de esa manera.
Me bajé de ella y la atraje hacia el borde de la cama para que se
sentara. Le di la vuelta para poder ver la herida. La presión de estar
atrapada contra la colcha había sofocado el sangrado un poco, pero ahora
su cama se hallaba empapada de sangre. —Te conseguiré sábanas
nuevas.
Me miró fijamente con una expresión aburrida. —No te molestes.
Como que me gusta.
Arqueé la ceja. No era ella si no me ponía siempre en mi sitio. —
Creo que el sangrado se ha detenido. Puede que el doctor te dé algunos
puntos mañana.
Negó con la cabeza casi imperceptiblemente. —¿Das puntadas a los
rehenes por la tortura que les infliges?
Tenía razón. Buena.
No me podía preocupar por eso. Ni por su dolor o su bienestar o su
pasado o sus sentimientos. La retenía como extorsión, usando su cuerpo
y su vida para conseguir lo que quería. No me podía importar nada de
eso.
Y aun así, creo que lo hacía.

101
Traducido por Estivali & Beluu
Corregido por Jadasa

Desperté con un dolor terrible, mi espalda se sentía como si


estuviera en llamas. Inundaron mi mente los recuerdos de anoche,
primero como una gota, luego como una avalancha. Intentando escapar
de Esteban, el arma de electrochoques provocándome una descarga,
Javier observándome con una mirada impredecible en los ojos al
despertarme, las disculpas a medias de Esteban con la cena, después
Javier volviendo con el Doctor y filmando su marca para Salvador.
Javier me lastimó, en verdad me hizo daño, pero me esforcé en 102
ocultarlo. Eso fue hasta que involucraron a mis padres y la realidad me
golpeo. Esto ya no era sobre mí, sus vidas se hallaban en juego. Me sentí
desolada al saber que lo que anhelaba, la libertad, nunca la tendría.
Cuando me encontraba con Salvador, ellos se encontraban a salvo.
Cuando no estaba con él… podrían desaparecer o peor. Por mucho que
cada instinto en mi cuerpo me decía que nunca regresará, me alegraba
que Salvador no se rindiera ante sus demandas, sabía que mi egoísmo
me costaría todo.
De manera que cuando Javier me dijo que reaccionara para la
cámara, lo hice más que solo a lo brutal, al corte profundo en mi espalda.
Reaccioné ante el hecho de que nunca ganaría, sin importar qué hiciera.
Ante la injusticia de todo, de mi propia existencia.
Y en algún lugar de esa cama, mientras un capo de la droga
marcaba su nombre en mi espalda, encontré la rabia que, por tanto
tiempo, oculté. Comenzó a salir, lentamente, como una serpiente. Casi le
di la bienvenida, casi la invito a quedarse. Supongo que fue suficiente
simplemente saber que se encontraba ahí, que una pequeña parte de mí
era malvada, que quería más que lo que me tocó y todo lo que me
quitaron.
Esa mañana, pase horas encerrada en mí misma. Cada vez que
tocaban la puerta, me sentía tanto aliviada como decepcionada de que no
fuera Javier. En cierto modo, quería hablarle. Me hizo abrirme sobre mi
familia, mi vida, y ahora trataba de conseguir la misma información sobre
él. Anoche hubo algo muy traumático, que incluso sentí que a él también
le afectaba. Creer eso, era algo tonto. Se hallaba acostumbrado a la
tortura en una escala mucho mayor. Pero aun así, una parte de mí, me
decía que era la primera vez para él. Tal vez porque clavó ese cuchillo al
lado de mi columna, podía sentir su indecisión, como si no quisiera
herirme a ese extremo. Quería saber por qué.
¿Por qué este hombre dudaría, por aunque sea un segundo, si tenía
tanto en juego?
Sabía lo que mi mente quería creer. Que quizás era especial para
él, que cambiaría porque me vio por lo que era. Pero sabía que eso no era
verdad, y cada vez que la idea cruzaba mi mente, me sentía enferma
porque algo en mi quería entretenerlo. Pero hace mucho tiempo, renuncié
a eso. Las fantasías eran para chicas que no tenían ni idea de cómo
funcionaba el mundo real.
La última vez que recuerdo pensar que quizás era especial e
interesante, que algún día llamaría la atención de un hombre, fue justo
después de que ganara mi primer desfile. Había un chico que trabajaba
en el restaurante, un cocinero, que se hallaba ahí solo por unos meses.
Me di cuenta que le gustaba, que me deseaba, y ansiaba lo mismo, pero
me sentí muy asustada. Por lo que me encerré en mí misma, mis sueños
sobre una vida mejor, y lo seguí haciendo hasta que se fue. Después de
eso, no hubo nadie más. No había nada más. Porque la verdad era, tan
hermosa como algunas personas decían que era, no me trajo nada más
de dolor. No terminó la amenaza constante de pobreza y lucha, no impidió
103
que mi padre se perdiera en sí mismo.
Eres una idiota, me dije después de que Esteban se fue, el almuerzo
en el piso. Concéntrate en el juego, esto se trata de sobrevivir.
Y tenía razón. Pero a pesar de que era un juego, me pregunté si
jugaba bien. De alguna manera, Javier me atrapaba, pero no podía
comprender cómo, seguía pareciendo interesado en mí. Necesitaba
descubrir la forma de que eso me favorezca. Javier era mi camino para
salir de aquí, sabía eso. Olvida a Esteban, su poder parecía débil ante el
mejor, y los otros parecían listos para lanzarme a los perros en la primera
oportunidad. Tanto como odiaba pensarlo, Javier era la única persona
que podía salvarme.
Solo que no sabía cómo.
—Buenas noticias —dijo Este, entro cojeando en la improvisada
oficina que tenía en la casa de seguridad. La puerta no se cerraba
apropiadamente, lo cual reducía mi privacidad a cero y también los
modales de otras personas.
Suspire y cerré mi computadora portátil, mirándolo con interés.
Últimamente, me era difícil tener buenas noticias. Luisa se convirtió en
una bomba de tiempo en mi vida, su presencia y situación penetraban
mis pensamientos, me alejara o no de ella. Sin importar en qué lugar de
la casa me encontraba, no podía escapar.
—No te ves feliz —dice Este. Y me dedica una de estas tontas
sonrisas suyas.
—Entonces, dame una razón para estarlo —dije, señalando la silla
al otro lado del escritorio. No ayudaba el sentir que me hallaba sentando
en un campamento en una casa abandonada. Este me aseguró que los
muebles en la casa de seguridad tenían clase; pero bueno, él no sabía
qué era eso teniendo en cuenta la mierda frente a él.
Se sentó y exhalé profundamente. Cumplía con los requisitos, lo
cual era bueno Eso significaba que no había resentimientos sobre el
cuchillo. Bueno, estoy seguro de que me odiaba como siempre, pero al
104
menos ahora, demostraba respeto. A veces un poco de violencia es todo
lo que necesitas para mantener a un hombre a raya.
—Recién lo escuche de Juanito. Dice que aunque se está ocultando
todo a los medios de comunicación, Salvador sabe que tenemos a Luisa,
ha visto ambos videos, y actualmente está pensando en estrategias.
Arqueé mi ceja. —¿Estrategias? —No sabía con certeza si eso era
bueno o malo. Hace un año, intentamos llegar a un acuerdo con un
informante del cuartel de Tijuana. Trato de hacer estrategias. Mandamos
a nuestro asesino, sicario, tras él en vez del narco. Eso le ocurre a
quienes tratan de pensar por nosotros.
Desgraciadamente, no estaba seguro de si teníamos todas las
cartas. Nosotros solo teníamos una, una Reina, y empezaba a creer que
tenía más valor para mí, que para Salvador.
Este se encogió de hombros. —No se encontraba seguro. La
llamada fue breve. Pero a mi parecer, creo que Salvador está listo para
hacer un trato. Quizás no podamos conseguir el Ephedra desde China,
pero a lo mejor nos da coca de Colombia.
Una punzada de enojo recorrió mi cuerpo. —Ya tenemos eso.
Queremos más.
No lucia muy consternado cuando trató de cruzar sus piernas; en
su lugar hizo una mueca de dolor por su rodilla. Bien. —Bueno, entonces
tendremos más coca. Es mejor que nada.
Tenía razón, pero no me hacía feliz. Si queríamos más envíos de
coca, simplemente podríamos haber ido al este, tras el cartel de Veracruz.
Simplemente no me gustaba la idea de regresar a esa ciudad, que solía
ser el territorio en disputa de Travis Raines, una ciudad que tenía
muchos recuerdos sucios. Secuestré a Luisa porque quería algo que
nunca tuve, una oportunidad de un nuevo poder, una nueva fuente.
—Vamos, Javi —dice Este—. Si te hace sentir mejor, estoy muy
adolorido.
Fruncí el ceño. —No lo pareces.
—Bueno, ¿qué tan bueno es el doctor si te mantiene drogado todo
el tiempo? Amapolas, Javi, desde las mismas montañas en las que
estamos, probablemente de las mismas granjas de Salvador. Cuando en
Roma…
Me di cuenta de que Este no se encontraba tan drogado con
morfina, de otra manera estaría divagando, pero hice una nota mental de
hablar con el Doctor. El dolor era una lección, y además, todos
necesitamos tener la cabeza despejada. Por eso tenía tan baja tolerancia
a las drogas. Estoy seguro que es muy irónico, considerando que mi
imperio se construyó a base del tráfico de drogas, pero he sido quemado
muchas veces por empleados, cuya adicción no solo los jodía a ellos, sino
105
que los hacía rebeldes.
En cuanto a mí, casi nunca participe en ella. Después de la prisión,
hubo un periodo en donde entendí que las drogas crean otra realidad
para algunas personas. Fue uno de mis momentos de debilidad, pero
incluso entonces, encontré la fuerza. Descubrir cuan dependiente se
vuelve la gente, como la droga adecuada puede enterrar cada corazón
roto y curar el orgullo destrozado, me hizo darme cuenta que de alguna
forma, que el cartel le hacía un favor al mundo. Le dábamos a la gente
un escape por su lamentable existencia.
Tamborileé mis dedos sobre el escritorio, mi mirada se dirigió a la
ventana y a los rayos de sol que trataban de asomarse a través de las
nubes. —Supongo que lo bueno es que escucharemos sobre él en dos
días.
—¿Cuántas letras te quedan? —preguntó Este.
—Hoy E. Mañana R.
—Y luego decimos adiós.
—Sí —carraspeé—. Entonces todo termina.
—No puedo decir si estás triste de que termine porque estás
disfrutando de la tortura, o… por otras razones.
Le di una mirada intensa. —¿Qué crees?
Me sonríe y se levantó con cuidado. —No creo nada. Podrías decir
que he aprendido.
—Sigue así.
Lo fulminó con mi mirada, y asiente, saliendo de la habitación
tratando de ocultar su cojera.
Una vez que se fue y me hallaba solo, abrí mi computadora portátil,
y me quedé mirando. Era una fotografía de Luisa, una de las que Martin
sacó en la boda. Ahora, se sentía mucho más seguro para mí admirarla
desde lejos, incluso cuando sabía que se encontraba en la habitación
encima de mi cabeza, incluso a pesar de que sabía que tendría que
regresar esta noche, cuchillo en mano y enfrentarla una vez más.

***

Después de la cena, decidí ser quien le llevaría la comida a Luisa.


Le dije al Doctor que bajara un poco la morfina con Este, y me ofrecí para
hacer la cena. Siempre he sido algo así como un buen cocinero, y sentía
curiosidad por ver si Luisa lo notaría. Franco fue enviado a la aldea local
por tomatillos, limón y maíz.
Me detuve en su puerta, respirando profundamente, por el rabillo
de mi ojo, pude ver al guardia abajo en las escaleras tratando de no
mirarme, automáticamente me enderece. Rápidamente toqué la puerta y
106
esperé, pero unos segundos después, volví a tocar.
No oí nada de ella, ningún “vete a la mierda” o un lloriqueo para
que me fuera. Afuera oscureció, era de noche, debía saber que era yo y
porque me encontraba ahí. Su silencio me obligó a abrir la puerta.
La habitación se hallaba a oscuras, y por lo que podía ver, no se
encontraba en la cama, rápidamente cerré la puerta detrás de mí y
encendí la luz, listo para ser emboscado. No la veía por ninguna parte,
pero la puerta del baño se hallaba cerrada. No podía escucharla, lo cual
hizo que mi corazón latiera con preocupación. Me carcomía el cerebro,
tratando de pensar si había algo aquí con lo que podría haberse hecho
daño.
Pero solo estaba yo.
Lentamente puse la bandeja sobre la mesita de noche. —¿Luisa?
—pregunté suavemente.
No hubo respuesta.
Caminé hacia la puerta del baño y la golpeé con mis nudillos,
diciendo su nombre otra vez, ocultando la urgencia en mi tono de voz.
Sabía que la puerta no tenía cerradura. Di vuelta la perilla y la abrí
lentamente.
El espejo se encontraba empañado con el vapor, obstaculizando mi
reflejo. La ropa de Luisa esparcida por el suelo. Se encontraba en la
bañera, allí tendida, totalmente desnuda y expuesta. Su cabello
desordenado a su alrededor como tinta de pulpo.
Esperé que se cubriera, que me fulmine con su mirada, pero no
hizo nada, excepto mirar fijamente hacia adelante, sus ojos fijos en las
gotas de condensación que corrían por el borde de la bañera. No podía
hacer nada, excepto admirar su forma desnuda, la manera en que sus
pezones se asomaban sobre el agua, cuán hermosamente vulnerable se
veía. Me gustó eso. Naturalmente, también a mi polla. Se tensó contra el
cierre de mis pantalones, pero por una vez, intenté ignorarla.
—Te traje tu cena —dije, una vez que fui capaz de reunir mis
pensamientos.
—Sonabas preocupado —dijo, su voz fría como el hielo, sus ojos
evitando los míos.
—Lo estaba —admití mientras me acercaba a ella. Me agaché de
manera que me encontraba a su nivel, una de mis manos sobre el borde
de la bañera—. Me asustaba que algo le hubiera sucedido a mi mayor
posesión. Sin ti, no tengo nada que negociar.
Una pequeña sonrisa se asomó en la comisura de sus labios. —
Cierto. Bueno, como puedes ver, estoy viva.
Me di cuenta de la manera en la que reposaba, su cabeza tomando 107
la mayor parte de la presión de su espalda. —¿Duele?
Su sonrisa desapareció, pero no dijo nada. Sabía que le dolía.
—Inclínate —le dije.
—¿Por qué?
—Quiero admirar mi obra.
Finalmente me miró y mis ojos se encontraron con los suyos. —
¿Preferirías admirar tu trabajo que admirar mi cuerpo?
Tragué fuerte, pero me las arreglé para darle una sonrisa fácil. —
Puedo hacer ambas cosas. Tu espalda es tan hermosa como el resto de
ti. Quizás más.
Pero eso era una mentira. Lo supe tan pronto como se inclinó.
Extendí mi mano hacia su mojado cabello oscuro y lo aparte de su
espalda, colocándolo sobre un hombro. Ahora su espalda se veía fea, las
heridas del Taser y el profundo tajo de la I, todo hecho tiras y crudo, su
piel desollada e hinchada por el agua.
Se veía tan pequeña, pura e indefensa en la bañera, esas letras
resaltando en su espalda, que me invadió una molesta sacudida de
vergüenza. Casi perdí el equilibrio, por lo que me encontré a mí mismo
sujetándome del borde de la bañera más fuerte de lo que hubiera querido.
Desafortunadamente, también se dio cuenta. Sus ojos fueron
rápidamente hacia mi mano.
Inmediatamente tenía que remediar eso. Era solo una mujer, una
mujer sin importancia. No la conocía y no me conocía. Nunca lo haría.
En dos días estaría muerta o en otro lugar, era inútil, ridículo y peligroso
tener sentimientos de remordimiento o vergüenza por lo que hice o estaba
a punto de hacer. Tan putamente peligroso.
—Casi me dejas sin aliento —dije, dándole mi mejor sonrisa
lasciva—. Tanta belleza sometida a tanto dolor.
—No duele —dijo—. Si viniste a ponerme otra letra o a grabar otro
video, entonces hazlo. No pretendas que estás aquí solo para traerme la
cena.
Le di una dulce y larga mirada a su cuerpo, dejé que la vista de él
se hundiera en mi deseo. —Quizás estoy aquí para otras cosas.
Esperé ver el miedo en sus ojos, pero nunca apareció. Aunque
había algo más, algo que solo vi una o dos veces en su rostro, rondando
la superficie. Era curiosidad. Para bien o para mal, era como si estuviera
interesada en ver qué más podía hacer con ella. O quizás, por ella.
Alejó su mirada, y abrazó sus rodillas más cerca de su pecho. —
Bueno, si estás aquí para otras cosas, entonces hazlas.
Chasqueé mi lengua. —Eres extraña, Luisa. Ahora ya deberías
saberlo mejor, que no debes tentar al diablo. —Extendí mi mano, y con 108
un dedo, tracé una E invisible sobre su espalda. Se estremeció ante mi
toque, pero me dejó seguir. Me pregunté qué más me dejaría hacer. Si
metiera mis manos en la bañera y acariciara sus pechos, si se rendiría a
mí como la última vez. ¿O se resistiría? ¿O me daría la bienvenida, lo
desearía?
Podía apostar que nunca se había venido, que tuvo un orgasmo.
Me encontré saboreando la idea de darle ambos, dolor y placer.
Tracé una R invisible, imaginando el producto terminado,
diciéndome que se vería hermoso. Entonces arrastré mis dedos sobre su
hombro, bajando por su brazo hacia la calidez del agua. Acaricié
suavemente su pezón, como por accidente, y la observé atentamente,
esperando su respuesta. Su pezón reaccionó exquisitamente.
Cerró los ojos y yo los míos, absorbiendo el rico y dulce olor de su
piel mojada, escuchándola inhalar y exhalar.
—¿Te gustó eso? —susurré.
Podía escucharla tragar. —Solo estoy esperando el cuchillo —dijo
suavemente.
Mis ojos se abrieron de golpe y la miré fijamente. Por supuesto que
no podría encontrar nada placentero cuando tenía que correr sangre.
—Y lo tendrás —dije rápidamente. Retiré mi mano y sacudí el agua
mientras me ponía de pie—. Especialmente ahora que Salvador está
elaborando una estrategia para tenerte de vuelta.
Se sacudió, como si estuviera sorprendida, el agua salpicando a su
alrededor. Me miró aterrorizada, terror que no tenía nada que ver con lo
que iba a hacer. —¿Tuviste noticias de Sal?
—Es una manera de decirlo —dije lentamente. Extendí mi mano
por una toalla y la sostuve para ella—. Sal de la bañera.
—Preferiría que lo hicieras aquí.
Fruncí el ceño. —Tu piel está más sensible. Podría doler más.
—Y preferiría sentarme en una piscina de mi propia sangre. —
Aunque dijo esto con un tono de voz endurecido, su pecho subía y caía
rápidamente, casi temblaba. Anoche, vi cómo reaccionó al hecho de
volver con Salvador, pero no me había dado cuenta de que era tan malo.
Tuve que preguntarme qué putas le habían hecho.
Y entonces, tuve que frenarme a mí mismo. Solo haría esto más
difícil.
—Muy bien —dije. Doblé la toalla y la coloqué cuidadosamente
sobre el lavabo, entonces saqué el cuchillo de mi bota—. ¿Estás segura
de que no quieres cenar primero? Yo cociné. Productos frescos de la
ciudad y todo.
—Prefiero el cuchillo —dijo. Entonces, se inclinó aún más,
109
sosteniendo firmemente su cabello a su costado, asegurándose de que su
espalda se hallaba completamente al descubierto. Lo que me encontraba
por hacer no le causaba ningún efecto, era como si lo deseara. Me alejaba
cada vez más y más de romperla y me adentraba profundamente en otra
cosa, algo más problemático.
Me incliné sobre ella y con una mano en su delicado cuello para
afirmarme, comencé a cortar la E. No corté tan profundamente como la I
y me tomé mucho más tiempo. Seguía vacilando, algo que sabía que ella
se daba cuenta, pero no había manera de remediarlo. Cuando por fin
terminé y el último corte estuvo hecho, observé la sangre correr por su
espalda, como si llorara lágrimas rojas, el agua alrededor de su cadera
tiñéndose de rosa.
Antes de que supiera lo que hacía, posé mis labios sobre su herida,
saboreando el gusto salado de su sangre, la pureza de sus venas. Quería
aliviar el daño que acababa de hacer y sentir la vitalidad de su existencia
latiendo debajo de mi piel.
Para su crédito, no se encogió. Me dejó besar su espalda y tomarme
mi tiempo. Me permitió ser un vampiro, drogado de su sangre y en busca
de su alma.
—Quería romperte —murmuré contra la sangre—. Quería
destruirte, arruinarte. Pero no te romperías. No te romperás. ¿Por qué
no? —mis últimas palabras eran apenas un susurro.
Se alejó de mí y me miró por encima de su hombro, sus ojos
carentes de expresión incluso cuando observaron mis labios teñidos de
rojo.
—Devuélveme a Salvador —dijo, mirándome intensamente—, y te
prometo que nunca serás capaz de unir de nuevo todas mis piezas.
Podía ver que tenía razón. La verdad se sintió como una pequeña
astilla en mi corazón.
Tragué ese sentimiento y me puse de pie. Señalé la toalla. —Sécate.
Tu cena se está enfriando. Estaré esperando afuera para asegurarme de
que no se desperdicie.
La dejé en el baño y cerré la puerta detrás de mí. Una vez que estuve
solo en la habitación, coloque mis manos sobre mi rostro y respiré
profundamente, tratando de controlarme. Las cosas se desarrollaban y
sucedían a un ritmo vertiginoso, y lo había puesto todo en juego.
Cualquier jodido… sentimiento que tuviera por Luisa no era real; no podía
serlo.
Los sentimientos nunca te llevaban a ningún lugar, solo lo hacía el
instinto. Y el mío me decía que corriera, que me distanciara, que me
prepare para separarme, porque, de cualquier manera, incluso con mi
nombre en su espalda, no era mía. Sino de Salvador o se hallaba muerta,
y al final, eran la misma cosa.
No pasó mucho tiempo hasta que Luisa salió del baño, envuelta en 110
una toalla, viéndose angelical y robándome el aliento. Me miró con
curiosidad y me hizo preguntarme, en todo caso, qué podía ver en mi
rostro. No podía dejarla ver nada más.
Caminó hasta la cama y se sentó en el borde, observando con poco
interés su comida fría. Sabía que no debía intentar y hacer que comiera.
De hecho, lo mejor que podía hacer era irme.
—Te veré mañana —dije bruscamente a medida que me daba vuelta
y me encaminaba hacia la puerta. Me pregunté qué pensaría de mi
partida apresurada, pero luego tuve que recordarme que no debía
importarme.
—¿Por qué quieres romperme tan desesperadamente? —preguntó
en voz baja, justo cuando mi mano se acercaba al pomo de la puerta.
Me detuve un momento, y pensé en decirle la verdad. Sin mirarla,
dije—: Porque quiero destruir las cosas hermosas antes de que ellas
puedan destruirme.
Se produjo un silencio. Pero cuando abrí la puerta, dejó escapar
una carcajada. Me detuve y me di la vuelta para mirarla.
—Guau —dijo secamente, su boca curvándose en una sonrisa
divertida—. Ella verdaderamente te marcó. Ellie —añadió, como si no
supiera a quién se refería. Como si alguna vez pudiera haber otra ella.
Cerré la puerta de un portazo, haciendo una mueca por el malestar
que irradió en mi pecho. Me di la vuelta para enfrentarla y mantuve mi
expresión calmada, mi voz plana y fría. —No digas su nombre.
Luisa frunció el ceño. Se sintió como una patada en mi estómago.
—Tampoco me mires de esa manera —añadí.
—¿De qué manera? —preguntó.
—Como si te preocuparas por mí. —Me avergonzaba decirlo.
—Pero sí me preocupo por ti, Javier Bernal —dijo, su voz llena de
superioridad—. Siento mucha pena por ti. Un hombre tan cruel, tan
duro, sigue lamiendo sus heridas.
En un segundo, me hallaba al otro lado de la habitación y junto a
ella. Agarré su brazo y la estiré cerca de mí hasta que mis labios rozaron
el lóbulo de su oreja. —Las únicas heridas que he lamido —susurré
ásperamente—, son las tuyas.
Entonces la solté y me largué apresuradamente de ahí, antes de
que pudiera haber más daño.

111
Traducido por Clara Markov & Madhatter
Corregido por MariaE.

Es curioso lo que el tiempo le puede hacer a una persona. Lo que


la infancia, algunos años, un par de meses, una semana, le puede hacer
a una persona. Mi infancia me hizo creer en la gente que me amaba,
los Beatles tenían razón y el amor era lo único que necesitábamos. Mis
pocos años en el bar me hicieron darme cuenta que la vida no era justa
y que el mundo se encontraba lleno de gente cruel que atacaba a los
débiles. Un par de meses de matrimonio me hicieron ver lo jodida que era
mi vida, lo atrapada que me encontraba en la famosa prisión dorada 112
presentada por narcos del país, en cómo no habría escapatoria. Y una
semana de rehén me hizo saber cuán harta me sentía con cada momento
que ocurrió anteriormente.
Cambié en la semana que transcurrió, en formas que no lograba
entender. Sin notarlo, empezaba a entender a Javier Bernal en vez de
temerle. Vi su deseo de querer romperme y sentí lo mismo, romper a
otros, a los que me hirieron en todo este tiempo. Él se vengaba de la mujer
que lo dejó, ya fuera porque cada vez tenía más éxito o para humillarme
y abrumarme. Ahora entendía la venganza que lo impulsaba, porque esa
necesitad comenzaba a sacudirme a mí. Esa ira en mi vientre continuaba
desenroscándose, amenazando con soltarse. No sabía con seguridad lo
que ocurriría si la liberaba, probablemente nada útil ya que nada más
era la mujer en el juego de un hombre, pero si tan solo pudiera tener la
rara oportunidad de ser parte del juego, sentía que nada sería capaz de
detenerme.
Después de que me dejó en el dormitorio, mis pensamientos
seguían volviendo a nuestra conversación. Vi que tenía la habilidad de
herir; y su, aún mayor, habilidad para mentir. En tanto actuaba
insensible y cruel, podía mirar más profundamente dentro de esos ojos
dorados suyos y saber cuándo vacilaba, cuándo se sentía mal o
avergonzado. Pude ver sus sentimientos, emociones, enterrados tan por
debajo de la suciedad que casi ni existían.
Pero estaban ahí.
Sin embargo, la verdad era que por mucho que Javier pudiera
haber sentido algo sobre su misión para arruinarme, también reconocía
que la realidad superaría la emoción. Cuando la mañana llegara y
Salvador se pusiera en contacto con él, sabía que Javier me entregaría. Y
sino lo hacía, me tendría que matar. Oh, lo más seguro es que él no lo
haría, sus emociones no se lo permitirían. Pero Este lo haría. O el Doctor.
O Franco. Me matarían, posiblemente de la forma más horrible, porque
así son las cosas. Lo que sea que Javier sintió por mí, no era idiota. Era
astuto, manipulador, y tenía su orgullo. Un montón de orgullo. Los
líderes de cárteles no permitían que los rehenes se fueran por culpa de
una sensiblería.
Me asesinaría por deber. Luego seguiría con su vida, buscando otra
oportunidad para salir adelante, para enterrar los fantasmas de su
pasado. Sería un recuerdo en una semana. Otra forma de venganza
ocuparía mi lugar.
En el otro escenario, al menos mantendría a mis padres a salvo. Si
Salvador negociaba por mí, significaba que en verdad me quería como su
esposa. Para tener, sostener, violar y abusar, pero todavía me tendría ahí,
y a cambio yo lo aceptaría y mis padres permanecerían vivos. Aguantaría
tanto como fuera posible.
Entonces, tal vez algún día, los tendría alejados y a salvo, antes de
asesinar a Salvador. Definitivamente moriría en el proceso, pero lo haría
con una sonrisa en el rostro. 113
Me dormí con esos pensamientos. Cuando desperté, me sorprendió
ver a Javier traerme el desayuno. Pensé que me evitaría de nuevo, como
hizo antes, pero se hallaba en mi puerta, trayéndome una bandeja de
comida, como un mayordomo con gusto por la sangre.
Mi sangre. Recordé la estremecedora sensación de sus labios al
besarme la espalda herida, calmándome y acelerándome por el extraño
efecto. Ahora se paraba delante de mí, y no podía ayudarme al sentir mi
piel tamborilear como una valla eléctrica.
Javier generalmente lucía elegante pero hoy se vistió casual, tan
casual como cualquiera. Llevaba pantalones cómodos color negro que se
le ajustaban en las caderas y se soltaban en las piernas, y una húmeda
camiseta blanca que se le aferraba a la parte superior del cuerpo por el
sudor. Su largo cabello encrespado en los bordes por lo mojado, su
carismático rostro cubierto de un ligero brillo.
Nunca había visto a Javier lucir tan desgastado y crudo, aunque
su confianza todavía brillaba, al igual que ese reloj nunca dejaba su
muñeca. Oh, debía ser de esa mujer que lo destruyó tan a fondo. Me
encontré envidiando a esta tal Ellie y preguntándome qué tipo de hombre
era con ella. Seguramente su relación no comenzó con un cuchillo. Él le
rompió el corazón al igual que ella el suyo, lo cual significa que en cierto
punto había amor para dar y recibir. Era casi imposible pensar en este
hombre siendo capaz de amar.
Pero no completamente imposible.
Se acercó a la mesa y puso la bandeja de comida abajo, con fruta,
en esta ocasión. Me encontré a mí misma estudiando su cuerpo,
comenzando a entender cómo Ellie se debió cautivar con él. Si lo hubiera
conocido en otras circunstancias, tal vez sentiría lo mismo. Fácilmente
podría haber sido Javier quien entrara tan campantemente al bar,
buscando una esposa, una conquista.
Por otra parte, no parecía algo que Javier haría. Se habría visto
muy... desesperado. Él era inteligente, atractivo y encantador, mientras
que Salvador no.
—¿Qué has estado haciendo? —pregunté después de que me dio
un seco “buenos días”.
—Boxeando —dijo, mirándose a sí mismo, como si apenas
recordara que iba medio vestido.
¿Esa era la verdad o deseaba que lo viera así? Había algo tan ágil y
a la vez masculino en su cuerpo. En todos los sentidos, era
completamente lo contrario de Salvador, y no pude evitar admirarlo, al
igual que la aguda V en los huesos de su cadera que desaparecía en sus
pantalones, la llanura tensa de su estómago, la firmeza de su pecho,
hombros y brazos. Tenía cada pedacito de un boxeador, alguien que
trabajó mucho por su cuerpo, que poseía la habilidad que rogaba ser
probada. Ya que se movía como una pantera o serpiente, fácil y
controladamente, no sé por qué me sorprendió su capacidad atlética,
114
pero lo hizo.
Cuando levanté la mirada para verlo, sus labios se estiraban en
una sonrisa irónica y sus ojos brillaban con diversión.
—¿Te interesa el boxeo? —preguntó—. ¿O sólo yo?
Rápidamente aparté la mirada, avergonzada de que me atrapara
mirándolo tan descaradamente. Debió pensar que era bastante tonta.
Aun así, mis ojos regresaron a él, esta vez concentrados en los tatuajes
que tenía en el interior de sus bíceps. Uno decía María. El otro decía
Beatriz y Violetta.
—¿Quiénes son esas mujeres? —pregunté cuidadosamente.
Entrecerró los ojos con expresión vengativa. —No es asunto tuyo.
Lo ignoré. —¿Gente que mataste? ¿Gente que conoces? ¿Ex-
esposas?
Respiró profundamente antes de sentarse en el borde de la cama,
las manos cruzadas entre sus muslos y mirando hacia el piso con una
mirada soñadora en los ojos. —¿Sabes? Una vez fui a pescar con mi
padre.
De acuerdo. Eso fue inesperado.
—Estábamos en La Cruz, al norte de Nuevo Vallarta. Una ciudad
agradable, ¿sabes? La pesca de marlín era bastante grande ahí, todavía
lo es, seguramente. Mi padre era un mecánico marino, así que teníamos
uso libre de los barcos de sus clientes cada vez que quisiéramos. Bueno,
siempre quise ir a pescar. Diablos, se suponía que lo único que quería
era pasar tiempo con él ya que nunca lo veía. De vez en cuando, nos daba
dinero a mis hermanas y a mí para ir por helados y dulces, pero aparte
de eso, nunca estaba alrededor. Verás que siempre me pregunté eso.
Incluso de joven.
Carraspeó. No me atreví a moverme o hacer un sonido en caso de
que parara de hablar. Necesitaba saber más.
Con una sacudida de su cabeza, continuó—: Era un idiota de niño.
Ignorante. De todos modos, salimos. Era un día impresionante, con el
mar tranquilo. No fuimos muy lejos para obtener a los peces gordos, mi
padre dijo que quería permanecer cerca de la costa en caso de que lo
necesitaran para algo. Pero no me importó, me gustó alejarme más que
nada de la tierra. Incluso él era más amable de lo normal. Lo recuerdo
pasándome protector solar por la nariz, despeinándome el cabello, ya
sabes, como un verdadero padre haría. Fue el mejor día que alguna vez
pudiera recordar, mejor que cuando mi vecina, Simone, me enseñó sus
tetas. Mejor que eso. Y luego lo arruiné todo.
—¿Cómo? —me encontré preguntando.
—Hice muchas preguntas —dijo, dándome una mirada
conmovedora—. Pregunté por qué mi padre trabajaba tan duro para ser
un mecánico marino. Por qué nunca iba a la casa, lo que en realidad 115
hacía, si este era su verdadero trabajo. Obtuve un golpe en la cara. Nunca
me había pegado y jamás lo volvería a hacer, pero siempre recordaré esa
sensación. La sorpresa. Luego hizo girar al bote y fuimos a casa, con las
manos vacías. No me dirigió la palabra en días. Cualquier cercanía, amor,
que sentí por ese breve momento en el agua, desapareció para siempre.
—Suspiró y miró al techo—. Años después, cuando tenía dieciséis, le
dispararon. Mira, siempre sospeché en cierto modo que mi padre
trabajaba para un cártel. Simplemente nunca tuve pruebas hasta que lo
asesinaron. Pensé que tal vez también hizo muchas preguntas.
Sentí a mi corazón latir con compasión. Probablemente no lo
merecía, pero este no conocía algo diferente. —¿Qué pasa con el resto de
tu familia? ¿Dijiste que tenías hermanas? ¿Cuántas?
Me dio una sonrisa triste. —Tenía cuatro hermanas: Alana,
Marguerite, Violetta y Beatriz. Ahora solo tengo dos. También tenía una
madre, María. Ahora no tengo ninguna.
—¿Todas relacionadas con los cárteles?
—Para vivir y morir en México —dijo, levantándose—. Ese es el
camino.
—Violetta, Beatriz y María... —revelé.
—Son las razones por las cuales la familia hace que te maten —
terminó, su voz dura—. Como el amor. Y también el hacer muchas
preguntas. ¿Entiendes?
Tragué con fuerza, pero asentí.
—Bien —dijo, dándome una sonrisa falsa—. Ahora, ya que este es
tu último día en nuestro hermoso refugio, pensé en preguntarte qué
querías hacer hoy.
—¿Hacer hoy? —repetí incrédula—. ¿Mis opciones son comer, ser
electrocutada, o convertirme en un tablero humano?
—Pensé que quizás querías hacer algo para variar.
Tan extraño como parezca pensarlo, la idea de un cambio me
asustó. Las cosas iban mal para mí, pero siempre supe que podían ser
peores. De hecho, mañana definitivamente sería peor y no tenía prisa
para experimentarlo antes.
La mirada en sus ojos se suavizó y extendió una mano hacia mí. —
Ven conmigo —dijo—. No tienes nada que temer.
—Solo a ti —señalé.
—Solo a mí.
No sé con certeza por qué eso me hizo sonreír, pero fue así.
Comenzaba a tener miedo de convertirme en alguien tan enfermo y
retorcido como él. Entonces me di cuenta que tal vez no era algo que
temer.
Extendí mi mano y agarré la suya, su palma cálida y suave, sus
dedos fuertes. Me levantó, y noté que solamente usaba una camiseta 116
larga y nada de ropa interior. No sé por qué de repente me cohibí,
considerando la manera en que andaba ayer, teniendo en cuenta que
hace unos días tuve mi trasero en su cara, pero lo estaba.
—Necesito cambiarme —dije, apartando la mirada. Me acercó más
a él y pude sentir sus ojos trazando mi piel, desde los pies hasta los
labios.
—¿Quieres que te dé un minuto? —preguntó—. Porque me temo
que ya lo vi todo. En todas las formas posibles.
Lo ignoré y me alejé, tomando unos pantalones cortos, en los cuales
me capturaron. Me los puse, disfrutando la familiaridad, después me
anudé la camiseta por encima de la cintura. Para nada me molestaría con
un sujetador.
—Bajo mantenimiento —comentó Javier.
—Es fácil cuando eres un rehén. Me sorprende que aún me cepille
los dientes.
—Bueno, no quieres convertirte en una salvaje.
Le di una mirada rara. Había ocasiones como esta en las que casi
podía fingir que no era una prisionera, que mi destino no estuviera en
juego.
Mi expresión se endureció. —Entonces ¿adónde me llevas? ¿No
necesitas, bueno, lucir más presentable?
Se encogió de hombros. —Vamos a dar un paseo. Mañana es un
día de trajes. Hoy es un día para... relajarse. —Golpeteé mi pie y
continuó—: Escuché que hay una hermosa cascada al final de la
carretera. Al parecer puedes ver el Pacífico desde las alturas. Creo que
podríamos ir allí.
No entendía cuán sincero era. —¿Me llevarás a un paseo?
—No luzcas tan preocupada —dijo—. No serás capaz de escaparte.
Ya lo creía. Abrió la puerta y salimos al pasillo. Inmediatamente, el
cerdo repugnante que era Franco se encontraba a nuestro lado. Javier
lucía al borde a su alrededor, sus ojos lo quemaban con una advertencia,
mientras Franco le entregaba un par de esposas.
Luego Franco bajó las escaleras, y Javier cerró una esposa
alrededor de mi muñeca y se aferró a la otra antes de llevarme afuera,
hacia la luz del sol. Había un todoterreno negro, el auto de elección para
los narcos, en la entrada. Franco se subió al asiento del conductor y
Javier nos acomodó en el trasero, asegurándose que la otra esposa
estuviera sujeta a la manija de la puerta. No habría ningún escape de
este vehículo, no a menos que quisiera ser arrastrada a la muerte.
Viajamos en silencio durante la primera parte, el único sonido era
el crujido de las rocas debajo de las llantas y mi corazón latiendo
fuertemente en mi pecho. Era desagradable estar en el mundo real, tanto
que me costó mucho asimilarlo todo. No fue hasta que Javier bajó mi
ventana y el aire fresco de la montaña se vertió en mis pulmones, que
117
recordé que estaba viva, aunque fuera por un corto tiempo. Exuberante
follaje tropical cubría el camino por ambos lados, y aves graznaban
felizmente en los árboles. Afuera era hermoso y me di cuenta que esto era
un regalo para mí.
¿Para mí? ¿O para la pequeña partícula de conciencia que sabía
que él tenía?
Me removí en mi asiento y lo estudié por un momento, sentado ahí,
vestido casualmente en su camiseta y pantalones cómodos, pareciendo
como un ordinario, aunque guapo, hombre.
—¿Por qué haces esto? —pregunté.
Miró por la ventana un instante, como si no me hubiera escuchado.
—Porque es tu último día aquí, tu último día en mi presencia. Quería que
fuera memorable.
—Mi último día en la tierra —dije tristemente.
Me dio una sonrisa ladeada. —Bueno, mañana bien te podrías ir…
—O morir. Es prácticamente lo mismo.
Frunció el ceño. —Siento que Salvador sabe lo valiosa que eres. Si
fuera él, no te dejaría ir.
—Pero no eres él.
—No —dijo con firmeza—. No lo soy.
—¿Cómo vas a matarme?
Sus oscuras cejas se dispararon hacia arriba. —¿Disculpa? —
preguntó con incredulidad.
—Dije, ¿cómo vas a matarme. Sé que la mayoría de los sicarios
asesinan mujeres. Estrangulándolas. ¿Vas a asfixiarme?
Se frotó la barbilla, aún desconcertado. —La asfixia pertenece al
dormitorio, Luisa, y si te quedaras a mí alrededor lo suficiente, lo
descubrirías por ti misma.
Me encogí y miré los árboles corriendo al pasar, la forma en que la
carretera ascendía. Para ese momento, el aire se volvía cada vez más frío,
la tierra olía dulce y terrosa. Sentí que cada sentido se encendía,
intensificándose, tal vez porque realmente era mi último día.
—La asfixia es una horrible manera de matar a alguien —continuó
Javier, su voz pesada. Puso su mano en la mía, y lo miré sorprendida por
el gesto. Su expresión era grave, sus labios una línea dura—. No es
agradable sentir que se resbala de tus manos la vida de alguien.
—¿Algún asesinato lo es? —pregunté fríamente.
Alzó la barbilla. —Sí. Algunos lo son.
—Así que, ¿me matarás?
Le dio un apretón a mi mano. —¿Por qué hablas sobre tales cosas?
118
—Porque es la verdad. ¿Será Franco? —le pregunté, moviendo la
barbilla hacia el mono conduciendo el vehículo—. ¿Él lo hará? ¿Me
meterá en agua hirviendo hasta que las partes más pequeñas de mí se
quemen, hasta que cortes esos pedacitos, hasta que me desmaye, me
despierte y lo vuelvan a hacer? ¿Me rociarán con ácido? ¿Me sacarán los
ojos, me violarán con un fierro de acero caliente y me dejarán en una
habitación para morir? No creas que no aprendí una cosa o dos al ser la
esposa de un narco. Sé cómo se llevan a cabo sus negocios. —Mi voz se
oyó muy fuerte al final y me di cuenta de cuán nerviosa me sentía.
Necesitaba calmarme.
Respiré profundamente y aparté la mirada de su rostro, su cara
todavía buscaba en la mía, aparentemente incrédulo.
Después de que pasaron unos momentos, la tensión en el coche
aumentó y apartó su mano de la mía, y dijo—: Te dispararán en la
cabeza.
Una piedra cayó en mi estómago. La verdad.
—Ya veo. —Me las arreglo para decir.
—Es rápido e indoloro. No sentirás nada. Solo escucharás un ruido
fuerte, tal vez un poco de presión. Y luego todo habrá terminado.
—¿Vas a hacerlo?
—No —dijo Javier—. Ese no es mi trabajo.
—Me gustaría que lo hicieras —dije, mirándolo—. Me gustaría que
presionaras el gatillo.
Frunció el ceño, sacudiendo ligeramente su cabeza. — ¿Por qué?
—Porque soy tu responsabilidad. Y tú eres el jefe. No seas como
Salvador, dejando que la gente por debajo de ti haga tu trabajo sucio.
Hazte cargo de los problemas que creaste. Lidia con ellos por ti mismo,
como un hombre. —Me incliné más cerca, lo suficiente cerca que podía
ver mi reflejo en sus ojos—. Soy el tuyo. Actúa de esa forma.
Una estela débil de pánico cruzó por su rostro. —No voy a acabar
con mi nombre.
—Entonces llévame a casa y acaba conmigo.
Ahora se hallaba realmente sorprendido. Le hizo un gesto a Franco
y al mundo en el exterior. —Pero no hemos llegado a la cascada. La vista
es impresionante, yo…
—Quieres hacer mi último día memorable —lo interrumpí—.
Entonces deberías hacer lo que deseo. Quiero regresar a la seguridad de
mi casa. Quiero que acabes tu trabajo. Deseo terminar con todo esto.
Quiero terminar contigo.
Pude ver a Franco mirándolo por el espejo retrovisor, impresionado
de que estuviera ordenándole a su jefe. Pero no me importaba. 119
Javier me observó durante unos segundos, una oscuridad
arremolinándose en sus ojos. Finalmente le dijo a Franco—: Da la vuelta,
hemos visto suficiente.
—Sí jefe —dijo, ahora mirándome. Me giré y miré por la ventana,
asimilando las vistas que posiblemente jamás vería de nuevo.
No pasó mucho tiempo antes de que nos encontráramos de regreso
en la casa de seguridad y Javier me llevó a mi habitación. Prácticamente
me empujó allí y rápidamente bloqueó la puerta, actuando casi como si
se encontrara enojado conmigo.
De nuevo me hallaba sola. Pero sabía que no por mucho tiempo.
No me dejaría plantada, no después de lo que le dije. Tenía demasiado
orgullo.
Así que me senté sobre la cama y esperé.

***

Javier vino justo después del anochecer. Quizás era un vampiro.


Su cuchillo brillante, captado por la luz de la luna, actuaba como sus
colmillos.
Entró en la habitación y encendió la luz en la mesita de noche, la
que despedía un resplandor tenue. Blandía la cuchilla en una mano,
todavía vestía informalmente, pero con pantalones y una camisa blanca
ajustada. No me dijo nada, solo se quedó mirando mi cuerpo. Había un
vacío extraño en sus ojos, y tuve que preguntarme si en verdad se
encontraba aquí o en algún otro lugar en esa cabeza suya tan peculiar.
Ambos sabíamos lo que aquí iba a hacer; ya no había punto de
discusión. Ya no le temía a su cuchillo; me acostumbré a eso, al igual
que de alguna forma había llegado a acostumbrarme a él. Desabroché mi
camisa y me la saqué por la cabeza, sin importarme tener el pecho
desnudo en frente de él.
Mordió su labio y pude ver que su pecho se alzaba y volvía a caer,
como si intentara recuperar el aliento. Pero aun así me hizo señas para
que me girara. Hice lo que me pidió, sintiendo como si estuviéramos
haciendo un baile bien coreografiado y este fuera nuestra última
presentación.
Javier se subió a la cama, se sentó a horcajadas entre mis muslos,
su ingle presionó contra mi trasero, y sentí esa dureza familiar aunque
todavía extraña. Me pregunté por qué nunca intentó tener sexo conmigo,
sobre todo porque parecía excitarlo tanto. Darse placer a sí mismo
encima de mi espalda era una cosa, pero hasta en ello mantuvo una
distancia. Me pregunté por qué nunca me obligó, por qué nunca trató de
penetrarme. 120
Me pregunté qué pasaría si de repente lo hiciera. Una parte de mí,
cada vez más grande, se dio cuenta que, casi, como que deseaba que lo
intentara. No lucharía. Quería participar, por una vez estar involucrada.
Deseaba saber si era posible que el sexo fuera diferente que el juego cruel
y doloroso que siempre había jugado.
Esos eran pensamientos sucios. Y sin embargo no pude ignorarlos.
Lo escuché respirar con dificultad y sentí un dedo esbozando las
letras anteriores de su nombre. Las trazó una y otra vez, como si se
encontrara en un trance, y ni una sola vez presionó el cuchillo contra mi
espalda.
—¿Por qué estás vacilando? —pregunté en voz baja.
Su dedo se detuvo. Lo escuché tragar saliva. Finalmente dijo, su
voz sonando áspera en la oscuridad—: Porque no creo que pueda.
Mi respiración se quedó atascada en mi garganta. —¿Por qué?
—Porque creo que tu última noche no debería brindarte ningún
dolor.
—Javier no hay dolor —aseguré—. Ya no. Quiero que termines tu
nombre. Soy más tuya que de Salvador.
El silencio espesó el ambiente en la habitación. Su erección creció
aún más, y finalmente se movió contra mí.
—¿Qué dijiste? —preguntó.
—Dije que soy más tuya que de Salvador —repetí, tan sincera y
triste como era eso—. Así que termina de marcarme. Deseo el cuchillo.
Quiero tu nombre.
Creo que podría desearte. A ti, al hombre que podría presionar el
gatillo.
Sentí que se inclinaba sobre mí, y la punta de la hoja se presionó
ligeramente, no lo suficiente para romper la piel. —Dímelo de nuevo —
dijo—, que deseas mi nombre en ti.
—Deseo tu nombre. Quiero que diga Javier. Llevaré con orgullo
esas cicatrices. —Y al final le mostraré al mundo que sobreviví a todo.
—Dime que me deseas —dijo con voz ronca.
Me puse rígida, preguntándome si de alguna forma había leído mis
pensamientos.
—Dime que me deseas —dijo de nuevo—, y lo haré.
Decidí suprimir mi timidez. —Te deseo —susurré. Luego lo dije de
nuevo, hasta que sonó correcto, hasta que supe que era verdad.
Javier clavó la hoja en un movimiento brusco. Contuve el aliento,
sintiendo una mezcla de placer con el cosquilleo de dolor. Terminó la
sección final de la R con gusto, su trabajo rápido y sin problemas. Sentí
que la sangre empezaba a brotar de la herida. En segundos, la besaba, 121
calmándola con sus labios y su lengua, absorbiendo la sangre. Era tan
increíblemente tierno, incluso después de un acto de tal crueldad.
Cerré mis ojos, sin querer que se detuviera.
Lentamente alejó sus labios de la herida y empezó a besar mi
columna, su lengua zigzagueando sobre ella. Arqueé mi espalda hacia su
boca, una reacción involuntaria de mi cuerpo, deseando más contacto, el
calor húmedo de sus labios.
—¿Eso te gusta? —susurró mientras se detenía en la parte baja de
mi espalda.
Esta vez decidí ser honesta. —Sí —murmuré.
—Dime que me deseas de nuevo —dijo.
—Te deseo.
Sus manos se deslizaron alrededor de mi cintura y por debajo de
mi pelvis, y empezaron a desabrochar mis pantalones cortos. —Dime que
eres mía.
—Soy tuya —dije, de repente sintiéndome excitada y al mismo
tiempo con miedo de lo que estaba por venir, asustada de lo desconocido,
del cambio entre nosotros. Pero ya no quería temer, no esta noche.
—Buena chica —dijo con voz ronca—. Una muy buena chica. —
Agarró el dobladillo de mis pantalones cortos y rápidamente me los quitó,
para que así mi trasero desnudo estuviera expuesto. Lo escuché gemir
ante la visión—. Una chica muy, muy buena —susurró—. Y estoy a punto
de hacerte cosas muy, muy malas.
Pasó sus manos por mis pantorrillas, mis muslos, mi trasero, los
lados de mi espalda hasta mis hombros en donde una vez más besó la
herida. Luego extendió su mano debajo de mí y me dio la vuelta hasta
que me encontré sobre mi espalda. Me estremecí por la presión de la
cama contra mis cortes, pero él no lo notó y sujetó mis manos por encima
de mi cabeza con una sola de las suyas.
Colocó su otra mano en mi cuello, presionándolo delicadamente.
Mis ojos se abrieron de golpe por la sorpresa.
—Lo que ocurre con la parte de asfixiar —dijo lentamente, su voz
llena de lujuria, sus ojos vidriosos por la pasión—, es que las dos partes
tienen que estar preparadas para ello. Tú, mi preciosa reina, no lo estás.
Pero sí sé para lo que estás lista. Algo para borrar todo tu dolor. Algo…
memorable.
Levantó su mano de mi cuello y se inclinó tan cerca, que sabía con
certeza que iba a besarme. Mis labios se entreabrieron, deseándolo. Pero
en su lugar se dirigió hacia mi oreja, lamiendo el lóbulo y dijo con
gentileza—: Quiero que te relajes y te quedes ahí. Cuando se sienta bien,
agarra mi cabello y jálalo hasta que estés segura que estás haciendo
daño. Lo espero con ansias.
Entonces liberó mis muñecas y comenzó a bajar, besando mi
122
pecho, mis senos, su lengua haciendo círculos ligeros sobre mis pezones.
Los mordió y grité, por la conmoción, el dolor y la calidez que vino
después, un calor que se extendió por mi núcleo y entre mis piernas,
haciendo que se abrieran de par en par.
Besó y chupó mi estómago, y mi ombligo, y luego se dirigió más
abajo. Me tensé, con miedo, pero sentí que se detuvo. Levanté mi cabeza
para ver esos ojos lujuriosos agudos mirándome fijamente con tanto
deseo, no me encontraba segura de si iba a matarme o a follarme.
—Solo relájate —murmuró, y sus ojos jamás dejaron los míos en
tanto pasaba por encima de mi pubis y se acomodaba entre mis piernas,
sus brazos enganchados en cada muslo—. Haré todo el trabajo. —Bajó
su mirada entre mis piernas, desnudas y vulnerables—. Tienes un
hermoso coño, ¿lo sabías?
Mis mejillas se ruborizaron y me castigué a mí misma por sentirme
tan tímida.
Su rostro bajó incluso más y mi cuerpo se tensó en respuesta.
—Quiero sentir tu clítoris palpitando entre mis labios —susurró,
su aliento enviando electricidad a través de mis muslos. Cuando no dije
nada, no podía, me hallaba congelada por la conmoción, levantó su
cabeza de entre mis piernas y me dio una mirada curiosa—. Nunca antes
has tenido un orgasmo ¿cierto?
Negué con mi cabeza.
Sonrió con carnalidad despreocupada. —No te preocupes. Soy muy
bueno dándoles a las chicas un orgasmo por primera vez. Y cada vez
después de eso.
Luego colocó su boca sobre mí, y un millón de voltios de electricidad
corrieron a través de mi cuerpo, haciéndome estremecer. La sensación
lentamente se desvaneció a medida que la cálida humedad de su boca se
extendía por todas partes, y me encontré a mí misma relajándome en la
sensación más extraña que jamás tocó mi cuerpo. Su lengua lentamente
lamió mi raja de arriba abajo antes de concentrarse en mi clítoris con
círculos lentos y despreocupados. Sabía cómo funcionaba mi cuerpo, solo
que antes jamás me toqué, nunca me di cuenta del placer que pude haber
tenido.
Empecé a pensar que era una idiota por no haberlo hecho todo este
tiempo, pero pronto todos los pensamientos fueron extraídos de mí y se
concentraron en su boca. Yo era solo sensación, este hermoso
sentimiento que sus labios me brindaban. Sentí que todo mi cuerpo se
relajaba y se tensaba, y empecé a levantar mis caderas a su rostro,
anhelando un contacto más profundo cuando su lengua se convirtió en
un susurro leve.
—Esa es mi reina —me dijo estando en mi interior, y las vibraciones
causaron que me retorciera—. Tu coño sabe seductor, más delicioso que
la leche y la miel. Debería beberlo con mi té en las mañanas. 123
Gemí, esta vez sin siquiera sonrojarme. Simplemente lo deseaba, lo
necesitaba, para que continuara. Me encontré tratando de alcanzar su
cabello, enterrando mis dedos en sus mechones lisos y agarrándolos. Tiré
de su rostro aún más cerca y su lengua empezó a follarme, entrando y
saliendo.
Ahora levantaba mis caderas, anhelándolo, deseando más.
—Estás tan húmeda, me estoy ahogando en ti. —Gimió. Una de sus
manos dejó mi muslo y se apartó ligeramente. De repente colocó uno de
sus dedos en mi interior y me encontré tratando de apretar a su
alrededor—. Deseas tanto, es hermoso.
—Solo sigue adelante —dije sin aliento, mi espalda arqueándose,
mis dedos envolviéndose más fuertemente en su cabello espeso.
—Voy seguir adelante hasta que te vengas.
—¿Cómo lo sabré?
—Bueno —dijo lentamente, y aunque mi cabeza se encontraba
inclinada no podía verlo, sabía que sonreía—. Se sentirá como esto.
Su lengua empezó a hacer círculos alrededor de mi clítoris con más
fuerza en tanto su dedo empezaba a presionar y a curvarse en mi interior,
presionándose contra mi pared repetidamente. La presión en mi centro
comenzó rápidamente a agrandarse, mis miembros se tensaron, mi
aliento escapándoseme. Me aferré a su cabello tan fuerte como pude
mientras sentí como todo mi cuerpo se encontraba en pausa, ese
momento antes de caer cuando te encuentras en el medio del aire,
cuando todo el tiempo se detiene, cuando la respiración, el ritmo cardiaco
y el flujo sanguíneo paran.
Fue la tortura más exquisita y hermosa.
Luego todo se desató. Mi cuerpo se convirtió en una ola de fuego,
de luz pulsante, de aire, de calor y de explosiones, todo estalló al mismo
tiempo. Me encontraba completamente inconsciente de cualquier sonido
que estuviera haciendo, creo que grité, y no me percaté de que estiraba
del cabello de Javier tan fuerte que levanté su cabeza justo por encima
de mí.
Me quedé allí, retorciéndome, gimiendo. Era como recibir descargas
eléctricas pero solo con placer. Luego, cuando mis ojos dejaron de
ponerse en blanco, cuando empecé a recuperar mi aliento, fui golpeada
por una segunda ola.
Solo que esta era de pura emoción. Sentí que mi corazón era ligero
y oscilante, y había dolor, tristeza, alegría, pesar e ira, y cada sentimiento
único enterrado siendo sacado a la luz. Me encontraba fuera de mí, sin
saber cómo procesar lo que recién le sucedía a mi cuerpo y lo que le
ocurrió a mi alma.
Y Javier, este hombre horrible, este narcotraficante, mi captor, se
encontraba justo allí sobre la cama a mi lado, limpiándose la boca y
mirándome antes de meter mi cabello detrás de mí oreja. Solo podía
124
mirarlo fijamente con puro asombro, mis ojos abiertos de par en par, mi
boca abierta, tratando de respirar, para recordar quién era yo y qué era
para él.
Pero apenas podía recordar algo de eso. Sentía una atracción más
fuerte que ninguna otra cosa antes. Este hombre era capaz de tanta
crueldad y violencia, sin embargo me había dado placer, dándome algo
que nunca antes tuve. Bueno, la mirada saciada en sus ojos me decían
que lo encontró tan placentero como yo misma.
Apoyó su mano en mi mejilla, con dulzura. —Será mejor que
descanses —dijo—. Mañana será un gran día.
Y luego más del mundo real, de mi vida, regresó, afectando la ola
dorada que todavía montaba, haciendo que mi corazón se ralentizara.
La cosa, lo loco, era que por mucho que no quisiera que el día de
mañana llegara, tampoco deseaba que él se fuera. Quería que se quedara
conmigo. Al menos hasta que me quedara dormida. Lo necesitaba, el poco
consuelo que pudiera darme en mi última noche.
Me miraba fijamente como era de esperar, como si quisiera que se
lo pidiera. O él deseaba pedírmelo. Tal vez podríamos hacer algo más para
pasar el tiempo. Quizás yo podría hacer algo por él. Puede que no fuera
el momento para decir buenas noches.
Pero entonces se incorporó, se sentó en el borde de la cama, y peinó
su cabello. Hubo un momento en el que pasó su lengua por sus labios,
sus ojos parpadeando, su mente atrapada en algún diálogo interno.
Casi dije algo. Abrí mi boca y casi le pedí que se quedara, tan tonta
como yo lo era.
Se levantó y recogió la cuchilla del otro lado de la cama,
deslizándola en su bota.
—Buenas noches, Luisa —dijo, y supe que el momento había
terminado.
No pude encontrar las palabras para decirle buenas noches. Me dio
una sonrisa rápida, casi seria, luego dejó la habitación, la cerradura
girando de forma ruidosa detrás de él.
Era el sonido más solitario.
Me quedé allí desnuda, recordando la sensación que disfruté hace
tan solo unos minutos, un sentimiento que nunca volvería a
experimentar.
Dejé caer una lágrima, mis emociones todavía galopando sin parar
en mi interior, y luego agradecidamente me quedé dormida antes de que
pensar en su toque se convirtiera en pensar en sus balas.

125
Traducido por Miry
Corregido por Lizzy Avett’

Me desperté con el sabor de su coño en mis labios. La prueba de


que no fue un sueño.
Los hombres que piensan que tienen que violar a fin de afirmar su
poder y control, no tienen idea de lo que se pierden. El verdadero poder
viene en dar placer a una mujer. El control real es saber que has llevado
a esa mujer a otro lugar, a otro plano de existencia, y eres el único que
tiene la llave. Le di a Luisa lo que quería, lo que necesitaba, y ella nunca
sería la misma de nuevo. 126
En cierto modo, fue lo mismo para mí.
Pero hoy de todos los días no era el momento para pensar en tales
logros. Hoy tenía que separar mis impulsos hacia Luisa y centrarme en
lo más importante, la tarea que tenía entre manos.
Mi imperio tenía mucho que ganar, mucho que perder, y todo se
basaba en los sentimientos de un hombre hacia una hermosa pequeña
mujer, acostada en la cama de la habitación de arriba. Ahora sabía que
Salvador no la amaba, no abusaría de ella como lo hacía, ella no lo odiaría
tanto, y él no permitiría que esta farsa continuara durante tanto tiempo.
Pero el orgullo era fácilmente confundido con el amor y yo sabía cuánto
de eso tenía él. El exceso de amor propio puede ser completamente
destructivo. Necesitaba jugar esa carta.
—¿Javier? —preguntó el Doctor.
Lo miré, recordando lo que sucedía. Me encontraba sentado en la
pequeña oficina de mierda, el Doctor en el asiento frente a mí, Este y
Juanito, quienes acababan de regresar de sus viajes, de pie junto a la
puerta. Franco se hallaba en el pasillo. La habitación de Luisa tenía más
guardias que lo normal, por si acaso le entraba pánico durante estas
últimas horas.
Sobre la mesa se hallaba el anticuado teléfono celular al que
Salvador llamaría. No se podía rastrear, pero de todos modos, aún lo
destruiría después.
—¿Sí? —pregunté, golpeteando mi cigarrillo y mirando el rastro de
cenizas en el cenicero.
—¿Cómo te gustaría que nos deshiciéramos de ella?
Era la manera en que el Doctor dijo eso, tan cruelmente, como si
habláramos de basura, lo que me molestó más que nada. Naturalmente,
no podía demostrarlo.
—Creo que una bala en la cabeza sería suficiente —dije
rápidamente, antes de soplar de nuevo el humo. Ya había terminado
medio paquete esa mañana.
Arqueó una ceja hacia mí, las líneas en su frente se profundizaron.
—¿Solo eso? ¿No te parece que tenemos que enviar un mensaje mejor que
eso?
Entrecerré los ojos ante su interrogatorio. —¿Qué mensaje es ese?
Este no es un asesinato secreto, no tenemos que destrozarle el rostro. La
tenemos, si él no obedece, la matamos.
—Pero ya sabes cómo puede ser la dulce tortura —dijo con una
mirada melancólica en su rostro—. Y ha pasado mucho tiempo.
Me le quedé mirándolo, el sombrero blanco Panamá en la cabeza le
daba ese aire de sofisticación que escondía toda su depravación. —Y tú
127
sabes que no me gusta torturar a las mujeres.
—Cierto —dijo lentamente—. Crees que es feo.
—Lo es.
—¿Estás seguro de que es con todas las mujeres —habló Este—, o
solo Luisa?
Que jodida mierda perturbada. Le di una mirada aburrida en tanto
soplaba una nube de humo hacia él. —Todas las mujeres.
Él sonrió y se cruzó de brazos. —Interesante. Sabes, podría jurar
que te oí torturándola anoche. Hubo gritos...
—¿Quieres otro cuchillo en tu espinilla? —pregunté—. ¿No?
Entonces cierra tu jodida boca. Por ahora, ese es su trabajo. Cerrar la
boca, jodidamente callarte.
—No hay necesidad de ser violento de nuevo —dijo el Doctor,
reclinándose en su silla—. Hoy no. Está bien, Javier, si no quieres
torturar a Luisa. Una bala en la cabeza funcionará, siempre y cuando
podamos quitarle la cabeza después. Y otras partes de ella. Las
enviaremos por correo a Cabo San Lucas, que Juanito aquí la muestre
justo en las escaleras del ayuntamiento. Es su ciudad, y esa ciudad ha
evitado la violencia de los cárteles durante demasiado tiempo, ¿no te
parece? —Se pasó un dedo por el bigote, sonriendo ante la idea—. Sí, eso
sería enviar el mensaje correcto. Eso le demostrará al mundo, a todo el
mundo, que no se jode con nosotros.
—Um —dijo Juanito, hablando por primera vez esa mañana—.
¿Eso no demostraría también que con Salvador no se jode? Quiero decir,
si veo el cuerpo de la esposa de un jefe del cartel, asumiría que es porque
no quiso negociar. Que su propia esposa no valía la pena. Eso habla de
mierda seriamente jodida.
Antes de que tuviera la oportunidad de vislumbrar ese terrible
escenario en mi cabeza, sonó el teléfono, haciendo que todos saltáramos.
Lo tomé antes de que alguien más pudiera. Era un tono horrible
para iniciar.
Lo abrí. —Hola.
—Supongo que es Javier Bernal. —La voz del hombre era ronca,
pesada, como si hablar fuera un esfuerzo.
—Supongo que es Salvador Reyes —dije.
—Tienes razón. Lamento no haberme puesto en contacto con usted
antes. Ya ve, me tomó un tiempo averiguar quién era usted. —Resopló
por la nariz y le oí escupir el suelo. Hice una mueca—. Nunca escuché
hablar de Javier Bernal. Pero uno de mis amigos señaló que usted fue
detenido en California. Los rumores dicen que fue entregado por una
mujer ¿eso es cierto? Y ahora parece tener a mi mujer.
Ella no es tu mujer, pensé, pero la idea no permaneció por mucho
128
tiempo.
—Así es. Tengo a su esposa, Luisa. Bonita pequeña cosa. Usted
realmente no debería haberla dejado fuera de su vista.
Él gruñó. —¿Alguna vez ha tratado de decirle a una mujer lo que
debe hacer? No siempre es fácil establecer la ley.
Su tono jovial me causaba problemas.
—Entonces, ha escuchado nuestras demandas —le dije. Miré al
Doctor, a Este y Juanito quienes me miraban, ansiosos.
—Lo hice, lo hice —dijo. Se aclaró la garganta y escupió de nuevo—
. Lo hice. Y debes saber que amo bastante a mi esposa. Más que bastante.
Pero pide mucho de mí. La línea Ephedra es mucho dinero, mucho
trabajo llegar a eso. Seguramente, de un capo a otro, puede apreciar eso.
No tendría ningún problema en asegurar otro, pero está siendo muy
apegado a este tipo de cosas. —Podía escucharlo sonreír prácticamente
sobre el teléfono. Entre más feliz sonaba, peor era el nudo en mi
estómago.
Suspiró. —Qué tal esto. Deme otra semana. Veré qué puedo
arreglar.
El instinto me dijo que le dijera que no había acuerdo. Que era yo
quien negociaba aquí, no él. Que era yo quien tenía el control. Quería
decirle que todo terminó, y que personalmente follaría y mataría a su
esposa, y luego le colgaría el teléfono. Mis instintos me dijeron eso porque
para ello fueron entrenados.
Pero mis instintos fueron hechos a un lado. —Bien —dije—. Tiene
exactamente una semana más. Si no hace la entrega, nosotros lo
haremos. El cuerpo violado y mutilado de ella estará en la primera plana
de todos los periódicos. Y quizás algunos dedos de los pies en su cereal
de la mañana. Adiós.
Rápidamente Cerré el teléfono y lo empujé lejos de mí. No noté que
respiraba con fuerza, me latía el pecho rápidamente. Todo el mundo me
miraba, al parecer en estado de shock.
—¿Qué? —dije bruscamente.
—¿Negociaste? —preguntó el Doctor con desaprobación—. Javier...
Saqué un cigarrillo de detrás de mí oreja. —¿Y qué? Es otra
semana. ¿Qué es otra semana cuando podemos conseguir lo que
queremos en lugar de nada?
—Le das la ventaja.
—¿Cómo? ¿Cómo diablos hago eso? Tengo a su esposa. Si no
quisiera recuperarla, no habría pedido una extensión. —Encendí el
cigarrillo con enojo luego me incliné en la silla, con la mirada fijamente
en la de él—. Has hecho esto un millón de veces. A veces la gente no
puede llegar con el dinero de inmediato. De manera que lidiamos con eso. 129
Todos sabemos que así es cómo se hace.
—Para los civiles —dijo lentamente—. Así es como se hace con ellos.
Salvador no necesita conseguir nada, lo tiene todo. Juega con nosotros.
Negué con la cabeza. —No, te equivocas.
—Esa mujer nubla tu cerebro —dijo, poniéndose de pie—.
Simplemente debería hacernos un favor a todos y matarla ahora mismo.
Me levanté rápidamente, inclinándome sobre la mesa, la furia
atravesándome. —Haces eso y te mataré. —Clavé mi dedo en él—. Sabes
que lo haré. Te torturaré de la misma manera que torturas a todos, y
sonreiré todo el maldito tiempo.
Me miró sorprendido antes de que su rostro se arrugara en una
carcajada. —Estás hablando en serio. Me gusta eso de ti, Javier. Me gusta
cómo te pones. Entonces, aquí va el consejo de alguien mayor, no pierdas
el control.
Con eso se dio la vuelta y salió por la puerta. Miré a Juanito,
preguntándome si tenía alguna anécdota interesante, pero rápidamente
siguió los pasos del Doctor. Solo Este permaneció atrás. Cerró la puerta
detrás de él y luego se sentó frente a mí, poniendo sus manos detrás de
la cabeza.
—Bueno, eso fue bizarro —remarcó.
—¿Qué te dije sobre que te quedaras jodidamente callado?
Asintió, mirando hacia otro lado. —Sí, sí, debería hacerlo más a
menudo. Simplemente tengo curiosidad, Javi.
—¿Sobre qué? —pregunté con molestia. Mi corazón aún acelerado,
mi pulso latiendo violentamente contra mi reloj.
—Sobre lo que esperas obtener de todo esto.
—Eso es bastante evidente.
—¿Lo es? —preguntó mientras tomaba el teléfono celular y
comenzaba a desmantelarlo—. Sabes, al final de la próxima semana, aún
tendrás que matarla o enviarla de regreso. Retrasas lo inevitable.
—Retraso lo que puedo para conseguir lo que quiero.
Me lanzó una mirada. —Mira, quiero follar a Luisa tanto como tú
lo deseas. O tal vez, tanto como lo haces. Sus gritos de anoche no eran
por que fuera torturada. No soy tan idiota.
No sabía con certeza si debía confesar que lo hice; después de todo,
yo era el “capo”, tal como Salvador me llamó, y era nuestro derecho como
tal, el jefe, de tomar lo que queríamos. O yo no me encontraba seguro de
si debía pasar por alto todo y pretender que nada sucedió. No sabía lo
que era mejor que Este escuchara. Así que no dije nada.
Continuó—: También sé que otra semana con ella es un error.
—¿Cómo es eso?
130
—Será difícil para ti... despedirte.
—Entonces no me conoces muy bien.
Se encogió de hombros y mostró el teléfono sobre la mesa, ahora
en pequeños pedazos. —Es verdad. Realmente no te conozco. Debería,
pero no lo hago. Pero eso no quiere decir que no me preocupo por ti.
—¿Y por qué te preocupas por mi bienestar?
—No lo sé. Soy un buen amigo, supongo.
Me reí. —Amigo. Esa es buena.
Su expresión se volvió seria. —Esta organización significa mucho
para mí, casi tanto como para ti. Simplemente no quiero que se nos suba
a la cabeza. No me gusta que Salvador tenga el control de nuevo, y no me
gustaría que esto nos haga ver como idiotas. —Se mordió el labio,
pensando en algo más—. ¿Sigues en contacto con esa chica de la DEA?
—Lillian Berrellez —dije—. Y no he estado en contacto con ella por
un tiempo.
—¿Crees que si las cosas salen mal con Salvador, podríamos darle
a Juanito? Él le puede dar toda la inteligencia. Podrían identificar una de
sus casas de seguridad, una de sus mansiones. Estoy seguro que con
algo de información adicional en el interior, podrían hacer un arresto,
hacer que suceda.
Negué con la cabeza. —No soy un soplón, Este. Todavía hay honor
entre los cárteles. No nos traicionamos entre nosotros ante los
americanos.
Resopló, sacudiendo la cabeza como si hubiera dicho la cosa más
ridícula. —Oh, vamos, Javier. Tú y tu estúpido código moral que no
existe. No hay honor. ¿Cómo crees que el Chapo fue capturado antes de
que Salvador se hiciera cargo? ¿Eh? Los cárteles pusieron esos carteles
de se busca alrededor de los continentes, no fue el gobierno mexicano, y
tampoco el americano. Este es un nuevo México. No hay código entre los
hombres porque hay más hombres. Solamente monstruos que se sientan
detrás de sus escritorios y dan órdenes. —En ese momento, me miró con
un toque de disgusto exagerado.
—¿Crees que soy un monstruo? —pregunté. Es curioso cómo Luisa
dijo que no lo era.
—Creo que lo serás algún día —dijo cuidadosamente—. Si no lo
arruinas.
Él hablaba sobre mí y lo deteste. Agité mi mano. —Empiezas a
aburrirme, Este. Ve y empaca todo.
—¿A dónde vamos?
—De vuelta a mi casa.
—¿Qué hay de una casa de seguridad?
—Extraño las cosas buenas.
131
—No puedes llevar a Luisa ahí.
—Puedo hacer lo que jodidamente quiera —dije, e instintivamente
llevé mi mano bajo la mesa por la pistola que puse ahí. Este lo notó y
asintió, dejando rápidamente la habitación. Él tenía razón. No era tan
idiota después de todo.
Una vez que se fue, me encontré solo con mis pensamientos.
Entonces mis pensamientos se volvieron demasiado complicados para
que los analizara. Por lo que me levanté y fui a decirle la noticia a Luisa.
Como de costumbre, no hubo respuesta a mi llamada. Abrí la
puerta y asomé la cabeza. Ella miraba por la ventana, usando de nuevo
ese sensual vestido color rosa, con las manos detrás de su espalda. No
miró hacia mí cuando entré en la habitación. Me alegré. Me dio unos
segundos privados para apreciar las cosas maravillosas que su trasero le
hacía a mi polla. Tenía otra semana para ese lujo.
—Tengo noticias —dije, carraspeando.
Sus hombros se tensaron, pero no se giró. —Ah, ¿sí? ¿Buenas o
malas?
—No estoy seguro. ¿Qué sería una buena noticia para ti?
—Que me dejarías libre.
Apreté los labios. —Bueno, eso quiere decir que tengo malas
noticias, me temo. Porque no puedo dejar que eso ocurra.
No dijo nada a eso. Me acerqué a ella y me detuve en su espalda.
Alcé su cabello grueso y suave, y lo coloqué suavemente sobre su hombro,
miré mi nombre debajo. Parecía menos feo, ahora que se curaba.
Comencé a girar en torno al recuerdo de la noche anterior, la forma en
que rogó para que lo terminara, que la marcara, la forma en que ella dijo
que me deseaba. Cerré los ojos un momento y tomé una respiración
profunda por la nariz.
—Mi nombre se ve bien —dije en voz baja.
Sus hombros se hundieron. —¿Voy de regreso con Salvador? —
Desesperación pura desgarró su voz.
—No —dije.
—¿Me matarás?
—No.
Finalmente se giró y me miró, perplejidad en su hermoso rostro. —
¿Incluso tienes noticias de él?
Asentí.
—¿Qué dijo entonces?
Pasé mi lengua por mis dientes. —Bueno, hicimos un nuevo trato.
—Sus ojos se abrieron más—. Dijo que necesita tiempo para darme lo
132
que quiero. Le di una semana más.
Una sonrisa cínica cruzó sus labios. —Lo ves. Él no me quiere
recuperar.
—Suenas feliz.
—No tienes ni idea de cómo suena la felicidad —se burló, sus ojos
brillando con furia—. Solo me siento aliviada, pero aún estoy aquí y aún
me enfrentaré a la misma suerte en una semana. Me has comprado más
tiempo para enfrentarme a mi propia muerte. ¿Cómo puedo sentirme feliz
por eso?
Estaría mintiéndome si no dijera que me dolió el corazón por sus
palabras.
Me acerqué a ella y aparté su cabello hacia atrás, por encima del
hombro. —Creo que te mostré anoche lo fácil que puede ser pasar el
tiempo —dije bajando la voz—. Creo que se puede encontrar felicidad en
el tiempo te he comprado. ¿Tú no?
Frotó sus labios y apartó la mirada.
¿Adónde fue esa chica sexualmente curiosa de anoche? Me agaché
y acaricié su oreja de satén con mis labios. —Eres mía por una semana
más, Luisa. ¿Por qué no hacer que eso cuente? La punta de la lengua era
solo la punta del iceberg. Confía en mí, querrás ver y sentir el resto.
Deslicé mi mano alrededor de su pequeña cintura, disfrutando de
lo grande que me sentía a su alrededor, y comencé a besar su cuello. Su
nuca era tan suave, su fragancia tan seductora con solo su propio olor
que me tomó mucho esfuerzo contenerme para no echarla sobre la cama,
rasgar su vestido, y joder sus sesos.
Se relajó con mi toque, con mis labios y lengua, pero no pasó
mucho tiempo hasta que ella me empujó hacia atrás, su mano en mi
pecho.
—No —dijo, su voz desigual mientras me miraba.
Levanté mi frente. —¿No? —Quité mi mano de su cintura y la usé
para enderezar mi corbata—. De acuerdo entonces.
Me giré y me dirigí al centro de la habitación. Hice un gesto a la
ropa esparcida por todas partes. —Supongo que hay cosas más urgentes
que atender. Tendrás que empacar todo.
—¿Por qué? —preguntó, con la mano en su corazón.
Sonreí. —Ya no es prudente quedarse aquí. Te llevaré a casa. —Se
quedó helada y rápidamente continué—: Me refiero a mi casa. No más
casas de seguridad, no alquilan mansiones. Vendrás a quedarte conmigo.
—¿Eso es... seguro?
—Cariño, no podrás encontrar nada más seguro. Gasto lo que
gano. Tengo informantes en puestos de control fuera de mi ciudad local,
los cuales me informan de todas las personas nuevas que entran, de las
133
que pueden ser parte de los cárteles rivales. Tengo sicarios que patrullan
la ciudad, en busca de nuevos vehículos y personas que pudieran haber
pasado los puestos de control. Está tan controlado como cualquier
agencia federal. En materia de seguridad, no reparo en gastos. Lo mismo
ocurre con los zapatos y el licor.
En eso miró hacia mis zapatos, quizás notando su calidad
artesanal por primera vez. Y decían que las mujeres son siempre las
primeras en notar la ropa fina.
Por otra parte, Luisa nació pobre. Su conocimiento de la riqueza y
el estilo solo lo absorbió en los últimos meses, perdida en el desorden de
abuso y brutalidad. Pude oler esa bocanada de depravación por teléfono
esa mañana, lo enfermo que era Salvador. Seguí tratando de no pensar
en ellos en conjunto, de las cosas que él debió hacerle, pero al escuchar
su voz hizo que todo fuera más real. Empecé a preguntarme cómo
demonios sería capaz de regresársela a él en una semana.
—¿Estás bien? —preguntó.
Parpadeé, trayéndome de nuevo al presente.
—Sí, estoy bien —dije rápidamente—. Volveré en un momento.
Luego nos iremos.
Traducido por Paltonika & Pachi Reed15
Corregido por Itxi

Me tomó unos minutos concentrarme para entender la nueva


situación. Cuando Javier entró en mi habitación, sabía con seguridad
que mi mundo estaba a punto de cambiar para siempre. De cualquier
forma, o Salvador negociaba y me quería de regreso, o Javier tendría que
darme un tiro en la cabeza, o por lo menos conseguir que alguien más lo
haga. No bromeaba cuando dije que quería apretar el gatillo. Parecía
justo, y si me iba a morir por su culpa él iba a sufrir.
Que te concedieran una semana más de vida era algo extraño. No 134
sabía si sentirme agradecida o no. Fue una semana de incertidumbre,
pero era además, una semana de estar viva. Una de oportunidades,
sorpresas y posibilidades, si te sentías de un modo optimista. No era así,
por supuesto. Nadie en mi lugar se sentiría así. Aunque debo decir que
sentí a mis rodillas con deseos de patear a Javier cuando comenzó a besar
mi cuello.
Los labios de este hombre hicieron que mi piel se sintiera extraña,
lo que me impresionó suavemente con una cálida electricidad, y me
encontré queriendo levantar su cabeza para llevar sus labios a los míos.
Quería saber cómo se sentía eso. Pero no iba a darle ventaja. Por mucho
que no quería negarme, tanto como fantaseaba con una repetición de la
noche anterior, le dije no.
Y para darle crédito, retrocedió inmediatamente. Ni siquiera me
hizo sentir mal al respecto. Javier definitivamente siguió su propio
sistema de moral y buenas costumbres, y fue extrañamente fascinante
intentar descubrir cada uno. Toda una semana de descubrimientos se
extendía ante mí. Supongo que era el único lado positivo de todo esto.
Esto, y el hecho de que aún vivía.
La única cosa que realmente me preocupaba, aparte de lo que sería
de mí en siete días, fue el hecho de que nos íbamos a la seguridad de su
casa en su complejo. No tenía ninguna duda de que el lugar estaría bien
protegido, pero no podría ser algo bueno que fuera a ese lugar. Todavía
era considerada el enemigo, rehén o no. Aún era la esposa de Salvador y
podría volver a él, informarle y espiar para que luego reconstruyera una
venganza contra mi cruel captor, Javier Bernal.
Era casi como si Javier estuviera confiando en mí, aunque no tenía
ningún motivo para hacerlo.
Y por alguna razón, eso me asustó.
No pasó mucho tiempo hasta que “empaqué”. Metí toda mi ropa en
el bolso que me trajeron. Ya no pensaba que pertenecieron a otra
persona, excepto cuando tenía que subir las largas faldas para así no
arrastrarlas. Eran una parte de mí, parte de esta inquietante transición
de una vida a otra. Algunos de los artículos tenían manchas de sangre,
las que no saldrían simplemente con agua y jabón, pero no me importaba.
Me gustaban las manchas, por que significaban que había sobrevivido.
Esteban llegó a buscarme a mi habitación, cojeando ligeramente.
El otro día le pregunté qué le sucedió. No me quiso decir, lo cual me hizo
pensar que fue demasiado engreído con Javier para su propio bien. Me
alegré de que fuera puesto en su lugar.
Por desgracia, no se encontraba solo. Pude ver a Franco y un
guardia mirando de reojo alrededor de la puerta. Esteban tenía en las
manos una venda para los ojos y un par de esposas.
—¿Qué está pasando? —pregunté, intentando no entrar en pánico.
—¿No te gustan los juegos sexuales? —preguntó Esteban con una
sonrisa, viniendo hacia mí. 135
Instintivamente di un paso atrás.
Se detuvo y me dio una irónica mirada. —Oh, vamos, oye. Solo te
estoy preparando para el viaje. No creerás que realmente te dejaríamos
ver a dónde te llevamos.
Supongo que tenía razón. Así que intercambiaba una prisión de oro
por otra.
—Ahora sé una buena chica —dijo—, y no tendremos que hacerte
daño.
Con eso, el viejo médico entró en la habitación sosteniendo una
jeringa. Como el infierno iba a dejar que me drogaran.
—Creo que me cansé de ser una buena chica —gruñí.
Esteban frunció el ceño, y tomé ese momento para alcanzar la
lámpara a mi lado y golpearlo en la cabeza. Le di justo en el moretón
donde lo golpeé con la piedra. Maldijo mientras el cristal se hacía añicos
a su alrededor, pero ya saltaba sobre la cama para ir a por la otra
lámpara, dispuesta a luchar contra el médico.
Pero cuando giré, Franco entraba en la habitación, empujando al
médico hacia un lado. El brillo en sus ojos y las venas sobresalientes
significaban que no existía forma de luchar contra él, aunque me las
arreglé para agarrar un pedazo de vidrio y apunté como si fuera una
sacarle un ojo. Nada lo detendría.
Se abalanzó sobre mí, y me empujó con sus duras manos sobre mi
pecho. Volé contra la pared, golpeando mi espalda y cabeza, produciendo
una lluvia de estrellas en mi visión. De repente, sentí unas ásperas
manos agarrando y apretando mis brazos, hasta que pensé que se iban
a romper como ramas, y a través de los zumbidos de mis oídos oí a gente
gritando.
Lo siguiente que supe fue que hubo una fuerte explosión, un
disparo y la visión borrosa de Franco comenzó a desvanecerse. Su agarré
en mí se aflojó y ahora él se encontraba maldiciendo entre gritos de dolor.
Entrecerré los ojos, tratando de ver más allá de las olas de mareo
para mantenerme en pie, y ahí fue cuando vi a Javier de pie en la puerta,
con un arma en la mano, apuntando a Franco, quien se dio la vuelta para
encararlo. Bajé la mirada y lo vi intentando agarrar su pie en tanto la
sangre se filtraba de su zapato.
—La próxima vez que la toques —dijo Javier, sus ojos enloquecidos
con ardiente rabia—, voy a quitarte el pie de un disparo. Y el otro
también. Luego las manos. —Caminó más cerca, con el arma aun
apuntándolo—. Y tu polla arrugada. —Direccionó el arma a la entrepierna
de Franco—. Y luego mearé en cada herida. Después me quedo con la
cabeza, para que así puedas ver cada pedazo de ti desaparecer, y
entonces, mearé en tu cráneo. ¿Lo entiendes? 136
Franco no lo hizo. Le dijo que se alejara.
El cuarto pareció congelarse. Pero Javier fue directo hacia él,
golpeándolo con la pistola en la cara, un hombre que era dos veces su
tamaño. Lo azotó con tanta fuerza que la sangre brotaba de su boca y se
desparramó también por mi pecho y mis brazos. Contuve la respiración,
segura de que Franco no iba a tolerar eso. Pero lo hizo. El poder lo era
todo, y Javier lo tenía. Simplemente lo demostraba.
Javier lo empujó fuera del camino y me dio una rápida mirada de
preocupación, luego giró y se enfrentó a todos los demás que se
encontraban en la habitación: un guardia en la puerta, el viejo médico
con la jeringa y Esteban, quien maldecía en tanto sostenía su cabeza.
—Todo lo que pedí, malditos delincuentes, fue que me trajeran a
Luisa —miró al doctor—. No pedí que fuera drogada. Tampoco pedí a
Franco. Esto debería haber sido un proceso fácil. Ahora tengo otra
maldita razón de porqué tengo que hacer todo por mí mismo para
asegurarme de que se haga correctamente. —Agarró la barbilla de
Esteban—. Deja la venda para los ojos y las esposas, y todo el mundo
lárguese de aquí antes de que pierda nuevamente la cabeza.
Los hombres obedecieron sin vacilar y dejaron a Javier a solas
conmigo.
Suspiró y se pasó la mano por su cara antes de girarse hacia mí.
—¿Te duele? —preguntó cansadamente.
—No es peor de lo que tienes —contesté.
Asintió. —Bueno. Porque quise decir lo que dije.
—¿Acerca de?
—Sobre que te toquen. No quiero que nadie te toque. No dejaré que
suceda. No tendrás que preocuparte por eso.
—No sé, parece ser que aquí tienes un grupo muy susceptible a
tocar — dije desanimadamente.
—Lo digo en serio —dijo, acercándose a mí. Pasó su mano por mi
nuca, en donde me golpeé con la pared, ahuecándola suavemente. Sus
ojos se clavaron en los míos y no podía apartar la mirada—. Te protegeré.
Te lo prometo, siempre cumplo mis promesas. —Hizo una pausa,
lamiéndose los labios—. La única persona de la que no seré capaz de
protegerte, es de mí.
Le creí. Y de alguna retorcida manera, estaba de acuerdo con eso.
Podría sobrevivir a él, a su tacto, su enojo, su pasión, porque empezaba
a entenderlo. No podía sobrevivir a nadie más.
—Muy bien —dije lentamente, todavía atrapada en su mirada. Me
preguntaba lo que, en el fondo, veía en mí. No había forma de que pudiera
mirarme como lo hacía, su mirada tan penetrante que la sentía en mi
corazón, y no ver algo. Quería saber lo que era, quién era yo en sus ojos. 137
Pero de repente, apartó la mirada, rompiendo el hechizo, y llevó la
mano a su nuca. —Me temo que todavía tendré que vendarte los ojos y
ponerte las esposas. Pero te prometo, que no te alejarás de mi lado.
Asentí y me mordí el labio mientras recogía las esposas y el cinto
de satén negro de la cama.
Obedientemente extendí mis manos hacia él. —¿Prefieres por
delante o por detrás?
Me sonrió abiertamente y fue la vista sorprendentemente más
hermosa que había visto. Se veía tan malditamente joven, casi angelical.
—Oh, mi reina de belleza, usted debe saber que me gusta de todas las
maneras posibles.
—Me refería a las esposas —dije, aunque salió como un susurro
desigual. Todavía me sentía un poco agitada.
Inclinó la cabeza hacia mí. —Bueno, por si acaso —dijo—. Mientras
más informada estés, mejor te sentirás. Hoy lo tomaremos por detrás. —
Rápidamente se acercó y tiró de mis brazos hacia atrás, ajustando las
esposas en mis muñecas, que ahora se sentían pesadas por el frio metal.
Me tragué el pequeño pinchazo de temor que se formaba en mi
garganta, cuando se acercó por delante a colocar la venda sobre mis ojos.
El mundo quedó a oscuras, salvo por una pequeña franja gris claro en la
parte inferior, y lo ató con seguridad detrás de mi cabeza. Ahora me
hallaba completamente impotente y totalmente a su merced.
Solo podía rezar para que realmente cumpliera sus promesas.
Agarró suavemente mi brazo y se acercó a mi oreja. —Ahora
recogeré tu bolsa y te llevaré por las escaleras hasta la camioneta.
Primero te acomodaré en tu lugar, luego vendré justo detrás de ti y
marcharemos a nuestro destino. Si necesitas parar para ir el baño,
bueno, hay un montón de árboles en el camino. Voy a tratar de no mirarte
muy de cerca.
Levanté mi cara, la tela apenas cedió al movimiento. —Que cortés.
Podía sentirlo sonriendo. —Me han llamado cosas peores.

***

Fiel a su palabra, Javier literalmente no se apartó de mi lado


durante el extenuante viaje hacia su complejo. Y, como dijo, estuvo ahí
cuando sentí ganas de orinar. Traté de evitarlo por un rato, pero era un
viaje de ocho horas y no pude aguantar mucho tiempo. No hay nada
semejante a tratar de hacer pis en la selva, esposada y con los ojos
vendados. Supongo que podría haberme quitado la venda solo en esos
momentos, pero por el sonido de su risa resonando a través de los
árboles, me percaté de que era más divertido así. Al menos para él,
138
obviamente.
Fue casi al final del viaje que me dormí. Debo haberme dormido
desde hace bastante tiempo, porque el movimiento del auto al detenerse
me despertó, y cuando levanté la cabeza, me percaté que dormí sobre el
hombro de Javier. La sensación y el olor de él deben haber sido
extrañamente reconfortantes. Me sentí avergonzada por alguna extraña
razón, pero no dije nada, preguntándome por qué me dejó dormir así.
—Estamos aquí —dijo en voz baja. En la oscuridad, se apoderó de
mí como la seda.
Escuché abrir las puertas del auto y sentí sus manos en mis brazos
cuando me estiró suavemente fuera del vehículo. Inhalé profundamente,
sintiendo el olor fresco y dulce. Montañoso. Fue genial sentir como los
vellos de mi piel se erizaban. Imaginé que tendría una fortaleza en algún
lugar en lo alto. Empecé a echar de menos el aire seco y caliente del
desierto, y la brisa del mar de Los Cabos. Comenzaba a extrañar un
montón de cosas.
Me llevaron por un camino liso, que se sentía como adoquines bajo
mis zapatos, y voces desconocidas saludaban a Javier desde todas las
direcciones. Entramos al lugar, a través de un piso de baldosas y luego,
un largo y arqueado tramo de escaleras. Después me desplazó por un
pasillo exuberantemente alfombrado, y finalmente a una habitación.
La puerta se cerró detrás de mí. Bloqueada.
—¿Dónde estoy? —pregunté en tanto me dirigía a través del cuarto.
El piso era de baldosas, pero casi tropecé con una alfombra. Su agarre
en mi brazo me mantuvo erguida. Esperaba que me quitara la venda de
los ojos a estas alturas, pero no lo hizo.
—Estamos en mi habitación —dijo. Sus manos fueron alrededor de
mi cintura, y me tomó entre sus brazos y luego me dejó sentada en algo
lujosamente suave, como una nube esponjosa.
Su habitación.
Su cama.
Mi pulso empezó a acelerarse.
—No te asustes —dijo—, mi habitación es un muy buen lugar para
estar. —Se inclinó sobre mí y sentí que sus manos se dirigían a la venda
que cubría mis ojos. Pensé que iba a desatarla, pero su mano se deslizó
hasta mi nuca y mantuvo su agarre allí.
—He estado soñando contigo en mi habitación —murmuró, su
mano comenzó a masajear mi cuello—. Sobre lo que haría si alguna vez
te tuviera aquí. Y aquí estás.
Esperaba ser dejada tranquilamente en mi habitación o que me
llevaran comida. No esperaba esto. Esto me tomaba completamente
desprevenida, y las esposas junto a los ojos vendados, no ayudaban en
absoluto.
139
—¿Y qué es eso? —me las arreglé para decir, aunque las palabras
se sentían trabadas en mi garganta.
—¿Qué quieres que te diga? —dijo, tirando hacia abajo la parte
delantera de mí vestido y mis pechos quedaban completamente expuestos
y mis pezones se endurecieron al contacto con el aire—. O, ¿prefieres que
te muestre?
—Prefiero que me digas —dije con cautela, incluso cuando sus
labios rozaron suavemente la punta de mis pezones, causando una
avalancha de necesidad propagándose a través de mi cuerpo. Ahora sabía
qué cartas se encontraban sobre la mesa.
—Prefiero mostrarte —dijo. De repente me empujó hacia la cama y
me volteó para que quedara boca abajo. En un rápido movimiento levantó
mi culo hacia arriba y dejó caer el vestido sobre mis caderas—. Esto tiene
que irse. —Tiró mi ropa interior de mis nalgas y las deslizó por mis
piernas, tomándose su tiempo.
Esta posición se sentía terriblemente familiar. —Vas a venirte sobre
mí —dije.
—No —fue su respuesta. Me tensé cuando sentí su mano rozar
entre mis piernas, deslizándose hacia donde me hallaba cada vez más
húmeda y excitada—. Voy a follar tu coño con mis dedos y tu trasero con
mi lengua.
Me tomó un momento para registrar lo que dijo. Entonces, me
golpeó como un ladrillo.
—¿Qué? —Me quedé sin aliento, totalmente sorprendida.
Puso una mano sobre una de mis nalgas y comenzó a amasar con
los dedos. —He estado observando tu firme culo con forma de corazón
durante demasiado tiempo. Quiero sentir su agarre cuando te vengas,
quiero experimentarlo desde dentro hacia afuera. —Se detuvo el tiempo
suficiente para besar cada una de mis nalgas, mientras uno de sus dedos
se deslizó dentro de mi apertura, su pulgar sobre mi clítoris.
—¿Y si digo que no? —pregunté. Tragué saliva, intentando reunir
el deseo de decirlo. Pero no estaba allí.
—¿No confías en mí?
—No exactamente —admití entrecortadamente. Tocó un dulce
punto que me hizo arquear mi espalda, apretando los ojos, mi cuerpo
deseaba más de lo mismo, mucho más. Me sorprendió lo rápido que me
traicionaba, como un adicto después de una dosis.
—Déjame reformular eso —dijo. Hundió su dedo más profundo,
provocando que soltara un gemido—. ¿No confías en que puedo hacerte
sentir mejor que anoche? —Frotó en mi interior con más fuerza,
aumentando la presión, provocando que mi coño se hinchara de
excitación—. ¿No confías en que puedo hacerte correr tan duro, que no
podrás dejar de gritar mi nombre? —Su lengua se burlaba en la parte 140
superior de mi apertura—. ¿No confías en que te puedo dar cosas que
solo has soñado?
Confiaba.
—¿Y bien? —preguntó.
Asentí en respuesta.
Él dejó de hacer lo que estaba haciendo. —Necesito escucharte
decirlo.
—Sí —dije rápidamente, ansiosa de que continuara—. Confío en ti.
—Bien —dijo con dulzura, amasando mi piel de nuevo.
—¿No es... —Empecé, entonces decidí que era demasiado
vergonzoso de decir.
—¿Qué? —preguntó, su voz ahora ronca y baja, como papel de lija.
Me mordí el labio a medida que la presión continuaba
construyéndose en mi interior. ¿Cómo puedo decir esto?
—Eres un hombre muy sucio.
—Indecente —corrigió. Golpeó mi culo ligeramente, haciéndome
saltar—. Oh, eso es jodidamente hermoso.
Lo hizo una y otra vez, no lo suficientemente duro como para que
doliera pero lo suficiente como para arder. Cada vez, lamió el lugar donde
estuvo su huella. Luego, con una mano apretó suavemente las mejillas
de mi culo, abriéndolo. No podía dejar de temblar.
—Necesitas relajarte —susurró—. Esto no dolerá. Y estoy seguro de
que tomaste un baño esta mañana, ¿no? —Murmuré sí en respuesta—.
Entonces estás limpia y no tienes nada de qué preocuparte. En cuanto a
mí, te tomaría de cualquier manera en que pudiera. Todo es exquisito
para mí.
Se hallaba en lo correcto. Era muy indecente.
—Relájate, Luisa —dijo de nuevo—. Relájate.
Así que lo intenté.
El primer contacto de su lengua me hizo estremecer. La sensación
era totalmente nueva para mí, pero ¿qué no lo era en este punto? Sin
embargo, su boca, labios, lengua, eran todos cálidos, húmedos y suaves,
y me encontré con mi cuerpo inmediatamente relajándose en el
movimiento constante. Aparté todos los pensamientos acerca de cuan
impuro era esto. De todos modos, la pureza no me ayudó en nada. Era
mejor ser sucia. Tomar lo que podías. Era mejor abrazar tu lado lujurioso,
tu lado animal porque era el lado que vivía.
Dejé que esos pensamientos lánguidos rodaran a través de mí,
hasta que fueron reemplazados por un deseo profundamente arraigado.
Su lengua se hizo más contundente, entrando con un movimiento de ida
y vuelta que hacía juego con el mismo ritmo de sus dedos. Me follaba por 141
completo en todos los sentidos y lo dejaba hacerlo más y más, mi cuerpo
abriéndose, ansiándolo.
—Oh, Dios —dijo, alejándose ligeramente. Podía sentir un hilillo de
saliva corriendo por la grieta de mi coño—. Te sientes como el terciopelo.
Sabes a crema dulce.
Entonces su lengua volvió otra vez, haciendo a mi cuerpo temblar
y sacudirse por las sensaciones que fueron desdibujando mi mente e
impactando mis sentidos.
Al sonido de su bragueta abriéndose y su gemido en mi culo, sabía
que él comenzó a darse placer a sí mismo a medida que me daba placer.
De repente no quería nada más que hacerlo por él. Me sorprendió mi
deseo, después de lo que me hicieron, nunca quise una polla cerca de mí
o de mi boca. Pero ahora lo deseaba a él. Verlo desnudo, ver su pene, ver
qué aspecto tenía, envolver mis dedos, labios y lengua a su alrededor y
darle la misma especie de éxtasis que me daba.
Pero no había tiempo para eso porque él era tan hábil como
implacable. Su boca y dedos me llevaron al borde de un frenesí,
construyendo una presión en mi interior que provenía de tantas fuentes
diferentes que tenía para dar. Mi excitación explotó, disparándose a
través de mi cuerpo en oleadas duras y violentas. Chillé, gritando el
nombre de Javier, mis manos encrespándose en puños detrás de mi
espalda, tirando de las esposas.
Se vino también, sus gruñidos sonando fuertes y enojados, pero me
hallaba demasiado pérdida que apenas lo escuché. Fui arrastrada en ese
barco de emociones otra vez, manteniendo el ritmo de mi cuerpo que
todavía tenía espasmos por su boca y mano. Estaba tan abrumada por
todo precipitándose en la superficie que me encontré sollozando en
silencio en la cama mientras el mundo iba y venía a mí alrededor.
Hubo una larga pausa, y luego su cremallera volvió a subir.
Puso su mano suavemente en la parte baja de mi espalda. —Luisa
—dijo, su voz ronca pero combinada con preocupación—, ¿estás bien?
¿Te lastimé?
Negué. —No —murmuré contra la colcha suave—. Estoy bien.
La verdad era que no sabía si me hallaba bien o no. No sabía nada,
excepto que experimenté algo tan dolorosamente familiar que trajo mi
cabeza de regreso a un momento de mi vida. Lo que sentí en ese momento
era lo mismo que sentía cuando me iba al trabajo en Cabo San Lucas,
cuando el aire del mar entraba por mi ventana abierta y sentía más que
mi realidad, como si fuera un elemento al igual que el sol y el agua. Algo
sencillo, completo y eterno.
Nunca imaginé que algo así como el sexo o lo que acaba de ocurrir,
podría hacerme sentir de esa manera. Me hizo sentir como una maldita
reina. Una oleada de ira me atravesó en tanto maldecía a Salvador por
casi arruinarme, por hacerme creer que el placer era unilateral, que el
sexo era un repugnante y cruel acto demasiado horrible. Podría haber
142
muerto con eso en mi corazón, sin saber nunca la verdad.
Las manos de Javier fueron a mis muñecas y lo escuche abrir las
esposas, teniendo cuidado al sacarlas. Me ardían los brazos de dolor
mientras trataba de llevarlos hacia adelante, y él suavemente me rodó
sobre mi espalda, pasando sus manos por mis brazos suavemente antes
de quitar la venda de mis ojos.
Parpadeé rápidamente por la intrusión de la luz, mis pestañas
mojadas por las lágrimas débiles. Levanté mi mirada hacia el rostro de
Javier cuando se inclinó sobre mí, sus mejillas encendidas, su cabello
desordenado, ojos vidriosos. Sonrió con timidez y puso su mano en mi
mejilla. —Mi querida. Vas a ser mi perdición.
Se veía tan suave y delicada debajo de mí que fue en serio lo que
dije. Su belleza, su esencia misma, la forma en que gritó mi nombre
cuando se vino a mí alrededor, empezaba a arruinar mis fines. Fue solo
en ese momento que no me asustó porque mi propio orgasmo todavía
ondulaba a través de mi cuerpo. Si tan solo mi cartel pudiera averiguar
cómo exportar este tipo de droga.
Por supuesto, hubiera preferido haberla hecho venirse primero y
luego penetrarla. Mi mano se encontraba un poco cansada, y sabía cuan
aterciopelada suave y resbaladiza se sentiría alrededor de mi polla.
Quería disparar mi semen dentro de ella y luego verlo correrse entre sus
piernas y sobre las sabanas. Tenía que ser manchada en el interior.
Pero esa no era una opción. Si la follaba, si incluso le daba un beso,
iba a perder el control de todo lo que mantenía encadenado. Había pasado
años y años, con Ellie, y no debería, no podía dejar que sucediera de
nuevo. Pagué demasiado caro el precio.
De todas formas, la humedad alrededor de sus ojos, la hermosa
forma en que su boca se abrió mientras me miraba, hacía que fuera
difícil, en más de un sentido. Incluso antes, cuando se quedó dormida
con su cabeza sobre mi hombro, y el olor de su cabello me embriagó, no 143
tuve el coraje para hacer un movimiento. Disfruté de cada segundo del
viaje a casa.
Y ahora, se hallaba aquí. En mi casa. Todo el mundo dijo que era
un error traerla aquí, pero no me importaba en lo más mínimo. Sus
opiniones se volvieron aburridas y predecibles. El hecho era que estaría
más segura aquí. Este era mi trono. Aquí era donde mantenía todo el
poder y control.
Sería bueno tener una reina, aunque solo sea por una semana.
—Lo siento —dijo.
Me le quedé mirando con confusión, metiendo un mechón de su
desordenado cabello detrás de la oreja. —¿Por qué?
—Por dudar de ti.
Sonreí. —La mayoría de las mujeres dudan de... eso. Pero si son lo
suficientemente valientes como para tener la mente abierta y ser dueños
de sus curiosidades sexuales, son recompensadas en gran medida.
Su frente se arrugó un poco y me di cuenta de que aludir a otras
mujeres probablemente no era algo que ella quería oír. Oh, bueno, no iba
a fingir que no había follado un millón de mujeres.
Me aclaré la garganta. —¿Quieres tomar un baño o algo así? Tengo
un gran jacuzzi. Tengo un montón de cosas aquí que puedes disfrutar.
Negó. —¿Voy a dormir aquí?
Me senté lentamente, distanciándome de ella un poco. —No. Tienes
tu propia habitación. Al final del pasillo. Te puedo asegurar que es mucho
más bonito que el agujero de mierda en el que te encontrabas antes.
Sonrió débilmente y la ayudé a sentarse. Tiró de su vestido,
cubriendo sus perfectos pechos. —El otro lugar no era tan malo…
—Tal vez no para ti —dije—. Solo has conocido el lujo por un corto
tiempo.
Inclinó su cabeza y me miró más de cerca a los ojos.
—¿Qué? —pregunté, en alusión a su mirada intrusiva.
—Háblame de tus hermanas —dijo—. Las que están vivas.
Mi cara debe haber caído porque se veía avergonzada y
rápidamente dijo—: Lo siento. Eso sonó cruel. Quise decir, háblame de
Alana y Marguerite.
Me enfadé. No era exactamente mi tema favorito. Me pregunté por
qué preguntaba. ¿Intentaba obtener información para utilizar en mi
contra o lastimar al resto de mi familia? Mi paranoia todavía me quedaba
como un guante.
Era uno que me había mantenido con vida.
—Tengo curiosidad —dijo en voz baja, mirando a otro lado—. No
importa.
144
—Está bien —dije, calmándome. Lo último que quería era que
supiera que eso me afectó—. ¿Qué quieres saber?
Se encogió de hombros. —¿Dónde viven, qué hacen, como son?
—Bueno, las dos son muy bonitas. Gemelas. Lo que también las
hace grandes dolores en mi culo. En el pasado, no éramos tan cercanos,
pero después de Violetta... nos unimos bastante. Trato de hablar con ellas
cada mes o así. Me ofrezco para enviarles dinero, pero rara vez lo aceptan.
—Me encogí de hombros—. Es un algo bueno, supongo. Alana es azafata
en Puerto Vallarta. Marguerite se encuentra en la ciudad de Nueva York.
—Guau.
—Supongo —dije, pasando distraídamente la mano sobre el
cubrecama—. Parece tan cliché para mí, el vivir en esa ciudad. Ella se
enamoró de algún cineasta y supongo que la trata bien. No lo sé. Viene a
visitar a Alana de vez en cuando, pero no estoy seguro de si siguen
siquiera siendo cercanas.
—¿Las amas?
Le lancé una mirada penetrante. —Por supuesto que sí. ¿Por qué
lo preguntas?
No dijo nada. Aproveché la oportunidad para devolverle la pelota.
—Háblame de tus padres.
Me dio una sonrisa irónica. —Oh, ya veo cómo funciona esto.
—Recibe y da —dije con la mayor naturalidad—. Deberías saber
eso por ahora.
Asintió y su rostro se arrugó un poco cuando hablo—: Mis padres
son encantadores, gente cariñosa. A pesar de que hemos crecido con
nada, me dieron todo lo que pudieron. No era una niña infeliz. No lo eres
cuando tienes amor incondicional. Se aseguraron de que tuviera todas
las oportunidades que se encontraban a mi alcance, y aunque sabía cómo
vivía la otra mitad, no quería mucho. Entonces… —cerró los ojos—,
entonces mi padre comenzó a actuar de manera diferente. Mi madre, es
ciega, ya ves, y mi padre siempre fue capaz de trabajar lo suficiente para
mantenernos, a pesar de que lo ayudaba cuando podía. Pero empezó a
olvidar cosas, cayendo en trances. Un día lo obligué a ir un médico y nos
dijeron que tenía Alzheimer. —Respiró hondo y se alejó un poco de mí—.
Se desarrolló bastante rápido. Empeoraba cada día. Tenía planes para la
universidad, ya sabes. Tenía la esperanza de que el dinero del certamen
que gané y tal vez una beca, me llevaran a la universidad. Pero no podía
hacer eso. No podía ser tan egoísta.
Negué vigorosamente, odiando su desinterés. —Ah, pero deberías
serlo, mi querida.
—Pero no lo soy —dijo bruscamente—. Así que me olvidé de eso y
decidí conseguir un trabajo a tiempo completo. Tuve la suerte de trabajar
en Cabo Cocktails por tres años. Fui capaz de mantener mi trabajo con 145
un poco de suerte… —Un destello de disgusto cruzó su rostro y luego
desapareció—. Me hice cargo de mi familia. Pagué por todo. Hice todo lo
que pude por ellos, solo para que pudieran ser felices. Creo que los hice
felices. Ruego haberlos hecho sentirse orgullosos.
Podía sentir la tristeza que provenía de su corazón. No pude evitar
estar contaminado de ello.
—¿Y cómo era tu trabajo? —pregunté.
Se encogió de hombros. —Era un trabajo.
—¿Tu jefe era agradable? —pregunté, porque sabía los tipos de
hombres que dirigían ese tipo de lugares, que contrataban a mujeres que
lucían tan guapas como ella.
Apretó sus labios. —Bruno me enseñó que los hombres eran malos
y poco amables.
Tragué un pozo de odio. —¿Te violó?
Negó. —No. No lo hizo. Pero… hizo otras cosas. No solo conmigo,
también la mayor parte de las otras chicas eran… sometidas a sus
insinuaciones. Pero él parecía tener un cariño especial por mí. No sé por
qué. Quizás porque pensó que era virgen.
Mi sangre comenzó a bombear aceleradamente, mi cara
enrojeciéndose con ira. —Voy a traerte su cabeza un día —dije con un
cien por ciento de convicción.
Me dio una mirada irónica. —Está en el pasado. Ya no importa.
Me froté la parte de atrás de mi cuello, sintiendo la presión
acumulándose. —Importa. Todo importa. Jesús. Luisa, tu vida no ha sido
justa. ¿No te enfurece?
—No —dijo con seriedad—. ¿Cuál es el punto de gritarle al cielo, no
es justo, no es justo? No cambia nada.
No parecía entender el poder que su ira podía darle. —Pero si
consigue enojarte lo suficiente, podrías cambiar todo. —Nos miramos
fijamente a los ojos—. Creo que me gustarías si estuvieras enojada. Muy
enojada.
—¿Quieres que empiece contigo?
Me mordí el labio, queriendo que lo desatara en mí. Sería magnífico.
—Sí.
Sonrió con frialdad. —Tal vez en otro momento. —Se levantó de la
cama, frotándose los brazos de arriba hacia abajo. No podría decir si era
porque tenía frío o si traía a la vida sus músculos cansados.
—Ha sido un largo día —dije, sintiéndome extrañamente incómodo.
Me levanté también y ajusté mi traje ante de hacer un gesto hacia la
puerta—. Te llevaré a tu habitación.
Obedeció y no dijo ni una palabra mientras la tomaba por el brazo
y la dirigía por el pasillo. Sus ojos observaron la fotografía de paisajes del
mundo que adornaban las paredes en marcos dorados, notó las
146
diferentes puertas cerradas que llevaban a habitaciones de clientes y
empleados.
Finalmente llegamos a su habitación, y la llevé al interior,
encendiendo las luces. No era excesivamente grande, pero tenía un
precioso cuarto de baño con bañera con patas y accesorios de latón,
paredes con molduras, y una gran cama con dosel, al igual que la mía.
Un antiguo escritorio y silla se encontraban delante de los ventanales que
daban a la piscina y el jacuzzi en los jardines del patio trasero. Estaría
más impresionada cuando la mañana llegara y viera la belleza a su
alrededor con más claridad.
La solté y asentí hacia la ropa que ya colgaba en su armario. Había
llamado y hecho que el jardinero, Carlos, saliera y le consiguiera
vestimenta nueva, y también elementos que se ajustaran debidamente a
su cuerpo. El hombre seguro lucia avergonzado cuando se lo dije,
también le hice comprar ropa interior.
—Si necesitas algo —dije, caminando hacia la puerta—, el teléfono
junto a la cama es una línea directa a mi habitación.
Me miró sin comprender, quizás un poco abrumada. En eso no
podía ayudar. Puse mi mano sobre el pomo, listo para girarlo.
—Espera —dijo en voz baja.
Me di la vuelta para mirarla. —¿Sí?
Echó un vistazo a la cama. —¿Crees que… crees que tal vez podrías
dormir conmigo? —Fruncí el ceño—. O, simplemente quedarte hasta que
me duerma.
Enderecé mis hombros, sin permitirme debilidad. —Lo haría si
pudiera.
—Pero se puede —dijo, dando un paso hacia mí—. Puedes hacer
cualquier cosa. Eres el jefe.
Y un jefe todavía tenía que responderse ante sí mismo.
—Buenas noches, Luisa —dije, encerrándola en su nueva celda.

147
Traducido por Sandry
Corregido por Miry

Tenía una pesadilla. Me hallaba en el barco de pesca con mi padre,


solo que ya no era un niño. Tenía treinta y dos años y vestía un traje. Mi
padre parecía viejo, demasiado como para estar vivo, y tenía un sombrero
de Panamá en la cabeza. Cada pez que atrapaba con el carrete, lo
inyectaba con una jeringa, una especie de veneno rojo, y los volvía a
arrojar. Pronto, todo el océano estaba lleno de peces muertos e hinchados
flotando por donde sea que miraras.
Terminó capturando algo muy grande con su red, lo suficiente para 148
que todo el barco comenzara a volcarse. Cuando finalmente logró
atraparlo, vimos que no era un pez.
Luisa se encontraba colgada al final de la red, con el cuello roto. El
gancho gigante atravesaba su garganta y la sangre caía de la herida,
manchando su cuerpo de rojo. Tenía los ojos sin vida, como los peces
muertos que se volvían lentamente rojos como ella.
—¿Qué parte quieres comer primero? —me preguntó mi padre con
una sonrisa sangrienta.
Creí despertarme gritando. Pero no eran mis gritos lo que oía.
Eran los de Luisa.
En un segundo me encontraba en mis pantalones de pijama, una
38 Super en una mano, y corría por el oscuro pasillo hacia la sala en la
que la dejé antes. Le di una patada a la puerta, sin siquiera molestarme
en abrirla, y para mi horror absoluto, solo vi las piernas de Luisa en el
suelo, sobresaliendo de un lado al otro de la cama. La forma fornida de
Franco se hallaba sobre ella, su rostro sonriente. No podía ver lo que
hacía, pero podía adivinarlo.
Las conjeturas eran lo suficientemente buenas para mí.
Apunté el arma y le disparé en el estómago, queriendo que el hijo
de puta viviera. Aulló, y antes de saber lo que hacía, corrí por la
habitación y lo empujé apartándolo de Luisa, arrojándolo al suelo. Trató
de levantarse, pero lo embestí con la cabeza, rompiéndole la nariz. Lo
golpeé con la pistola en el mismo lugar donde le di antes, luego le registré
rápidamente las armas. Las arrojé lejos y le di vuelta a su pesado cuerpo
retorciéndose. La rabia, la ira viviente que tenía dentro de mí amenazaba
con rebasarme, algo que rara vez dejaba que ocurriera, pero tenía que
cuidar de Luisa primero.
Después no podría evitarlo.
La miré, mis ojos desorbitados, la boca abierta. Se agarraba la
garganta y tosía, tratando de incorporarse, ambas mejillas rojas e
hinchadas donde él la golpeó. Su blusa se hallaba alrededor de los
pechos, y su ropa interior retorcida, hasta la mitad de sus muslos.
Jesucristo. Si no hubiera llegado aquí a tiempo...
—Luisa —susurré, acercándome a ella. Me miró con miedo,
completa y absolutamente aterrorizada, intentó apartarse, alejarse de mí.
La cama y la mesita de noche se lo impidieron.
Levanté mis manos mientras iba hacia ella de rodillas. —Luisa, está
bien —dije con tanta calma como pude. No fue fácil—. No voy a hacerte
daño.
Sacudió la cabeza, presa del pánico, con las manos arañando las
sábanas como si tratara de subirse a la cama. Agarré suavemente su
brazo, pero lo retiró y comenzó a temblar incontrolablemente, las
lágrimas corriendo por su rostro. 149
Me hallaba congelado en mi propia forma de pánico. Veía su
destrucción. Veía su caída. Y fui yo quien la rompió.
—Lo prometiste. —Se quedó sin aliento entre sus sollozos, llorando
al lado de la cama—. Me lo prometiste.
Sus palabras me cortaron como una navaja filosa. Se lo prometí.
Le prometí que no dejaría que nadie le hiciera daño. Prometí protegerla.
Rompí la promesa. Y al hacerlo, terminé rompiéndola después de
todo.
De repente, Este se encontraba a mi lado, tratando de agarrarla.
Podía oír al Doctor detrás de mí, mirando a Franco, observando mi
disparo, cuánto tiempo le tomaría hasta que muriera. Pero me quedé allí
de rodillas, atrapado en ese momento donde finalmente arruiné a Luisa.
El frío, la rabia negra se asentaba en mí, y después de un rato, era todo
lo que podía sentir.
La furia se convirtió en mi captora. Mis manos fueron atadas por
la vergüenza.
Finalmente, el Doctor me levantó y vertió un frasco con líquido
amargo en mi boca, moviéndome la mandíbula para que tragara. Apenas
podía estar de pie y me encontré cayendo, pero el doctor me levantó. Él
decía cosas, pero no pude oír nada por encima del rugido de la sangre en
mis oídos. Fragmentos de mi pesadilla volvieron a reproducirse.
—¿Cuáles son tus planes para él? —preguntó el Doctor. Sus
palabras encontraron su camino a mí oído, asimilándolas por primera
vez y penetrando la niebla.
Le miré con lenta sorpresa. Me hallaba sentado en la silla de mi
oficina, el Doctor frente a mí, fumándose un cigarro. —Oh, así que
finalmente estás aquí —dijo con un guiño—. Encantado de que te unas
mundo real, Javier.
—¿Dónde está Luisa? —pregunté densamente, asimilando mi
alrededor, preguntándome qué tan catatónico estuve.
—No te preocupes por ella —dijo con un movimiento de su
muñeca—. Está con Este y Juanito en la cocina. Bebiendo té. Se
encuentra un poco magullada, pero por lo demás se encuentra bien.
¿Bien? Él no vio su destrucción de la manera en que la presencié.
Esa hermosa mujer fuerte se rindió por demasiados años de miedo.
No pude dejar de mirar sus ojos.
—Franco no tuvo oportunidad de violarla —continuó el Doctor,
sonriendo con picardía—. Pero sigo pensando que deberíamos dejarlo
sufrir, ¿no te parece?
—Lo más humanamente posible —dije, mi mandíbula apretada.
Mis manos seguían abriéndose y cerrándose, haciendo puños—. Quiero
hacer todo lo que le dije que haría.
—O él quiso probarte o tenía deseos de morir. En cualquier caso,
150
el hombre es un estúpido idiota y no necesitamos estúpidos idiotas en
nuestra familia, ¿o ahora sí?
Negué con la cabeza distraídamente, sin escuchar realmente. Ya
fantaseaba con mi venganza. Lo miré.—¿Lo puedes revivir, cierto, si
muere o se desmaya?
Él se rio entre dientes. —Bueno, no puedo revivirlo si le quitas la
cabeza, por lo que guarda eso para el final.
—Ese es el plan.
Se levantó, un tono alegre de su voz. —Dime las herramientas que
necesitas y voy a poner las cosas en mi oficina.
La oficina del Doctor estaba en la pequeña casa de huéspedes en
la propiedad. De hecho, es donde vivía. Quería que su casa de tortura
estuviera lo más lejos posible de mí. Los gritos eran muy inquietantes
cuando trataba de cenar, aunque ahora me hubiera gustado que su
oficina no estuviera insonorizada. Decidí dejar las puertas y las ventanas
abiertas y que todo el mundo escuchara exactamente lo que le hacíamos
a Franco.
—Quiero una sierra —dije—. Una fuerte y muy áspera. Del tipo que
realmente arranca carne, cartílago y hueso. Quiero un frasco de ácido,
algo para mojar los dedos del pie, los dedos de las manos y la lengua.
Quiero un bastón eléctrico. Quiero un atizador al rojo vivo. Mi arma
Taser.
—Ya veo. ¿Deseas también una rata y un cubo? La tortura medieval
nunca pasa de moda. —Se acercó a la puerta—. Franco está arriba
inconsciente, pero voy a bajarlo. Detuve la hemorragia porque no sabía
con certeza qué querías hacer con él. Se va a despertar y estará listo para
ti en el momento que vayas.
Tragué saliva, la ira continuaba recorriendo mi cuerpo entero,
disparándose en llamas eléctricas. Iba a hacérselo pagar a Franco. Iba a
hacer que se arrepintiera de alguna vez mirar en su dirección. Entonces
iba a hacer que Luisa viera lo que le hice por herirla. Haría que lo
observara. Y entonces sabría exactamente lo que yo haría por ella.
Esto era todo por ella.

151
Los gritos comenzaron a las cuatro de la mañana, unas dos horas
después de que Franco me atacó, y continuaron hasta bien entrada la
tarde. Al principio me hizo temblar, trayendo recuerdos de estar con
Salvador y de la tortura que tuve que escuchar, y eso me impedía dormir.
No es que pudiera dormir al principio, de todas formas. Sabía que
Este y Juanito se hallaban siempre cerca, cuidándome. Supongo que su
trabajo ahora era protegerme ya que Javier se encontraba fuera con la
exigente tortura, pero eso no significaba que confiara en ellos. ¿Quién me
protegería de ellos? Aun así, Juanito parecía lo suficientemente seguro,
tal vez porque era joven y me recordaba a un niño con el que crecí. Y en
su haber, Este no parecía guardarme rencor de que lo atacara de nuevo.
Sin embargo, después de un rato, tuve la oportunidad de
descansar, con la cabeza sobre la isla en medio de la cocina del chef.
Cuando me desperté alrededor de las diez de la mañana, la luz entraba
por la cocina, Juanito me servía té y tostadas, estas últimas me negué a
tomarlas. No tenía apetito. Fue entonces cuando me di cuenta de que los
gritos seguían viniendo de la casa, la oficina del doctor, aunque ahora
eran débiles y esporádicos. Ya no me afectaban. Era capaz de ignorarlos,
y tal vez, si era honesta conmigo misma, empezaba a disfrutar de ellos. 152
Solo un poco.
Estuve despierta en la cama, soñando con una vida que nunca
tuve, cuando Franco se acercó y tocó mi puerta. Al principio pensé que
era Javier, que venía a pasar la noche conmigo. Fue tan embarazoso
cuando me rechazó, y me odiaba a mí misma por ser tan necesitada y
vulnerable frente a él. Simplemente no quería estar sola. Tenía mis
razones y todas mis razones se hicieron realidad.
Una vez que vi que era Franco, grité. Podía verlo en sus ojos, el
alquitrán vil, esa negrura, lo que fue a buscar. Esperaba que se moviera
con pesadez hacia mí con su pie lesionado, pero fue rápido. Me tiró de la
cama al suelo, y después de que me golpeara un par de veces, mis
pómulos llevándose la mayoría de los golpes, empezó a estrangularme
con una mano. Con la otra mano apretaba mis pechos dolorosamente y
empezó a bajarme la ropa interior.
Con Salvador aprendí a dejar de luchar. Aprendí a dejar de
esforzarme. Él siempre me dijo que era su derecho como mi marido
hacerme lo que quisiera, y que tenía que hacer cualquier cosa que él
quisiera. Incluso si hubiera sido una de sus putas, probablemente diría
lo mismo. Era su derecho simplemente porque se trataba de Salvador
Reyes.
Pero no dejaría que Franco me violara, no sin luchar. Así que luché.
Todo fue en vano. Su agarre en mi garganta era tan fuerte que sentía que
mi vida se desvanecía. Los bordes de mi visión se volvieron negros en
tanto luchaba por respirar, algo que no podía hacer. Pensé que iba a
morir en ese suelo, completamente indefensa mientras él hacía lo que
quería conmigo.
La idea de morir de esa manera provocó algo en mí. Me hizo tener
tanto miedo que ni siquiera podía actuar.
Cuando Javier entró, le disparó a Franco y me encontré libre, mi
primer instinto fue huir, escapar. Todos los trámites, la cortesía, y sí, la
lujuria que Javier me daba, parecían carecer de importancia. Se suponía
que debía protegerme, y fui una tonta por creer que un león protegería a
un cordero, sobre todo de su propio orgullo.
Pero, por supuesto, no había ningún lugar al cual ir. No tenía
escape de la prisión dorada. Por lo que Esteban y Juanito me llevaron a
la equipada cocina, la cual se encontraba brillante y limpia, donde me
revisaron y se encargaron de mis moretones. Y cuando lo hicieron mi
miedo comenzó a derretirse a medida que los gritos de Franco rebotaban
a lo largo de la selva circundante, una masa oscura contra el azul
brumoso del cielo antes del amanecer. Algo en mi interior empezó a
cambiar, como si todos los químicos estuvieran tomando nuevas formas
y estados.
Mi miedo se transformó en ira. Y cuando desperté por los
menguantes gritos de agonía de Franco, dejé que la ira se envolviera a mí
alrededor como un manto. 153
Javier me preguntó por qué no estaba lo suficientemente enfadada.
Fue porque no me permití estarlo.
Pero ahora, era una parte de mí. La bobina se desenredó. Y no la
dejaría ir a ninguna parte. Ya no.
Iba por la mitad de una taza de té verde tropical, a juzgar por la
cantidad excesiva de cajas en los armarios deduje que eran los favoritos
de Javier, cuando el mismo diablo apareció, de pie en el pasillo.
Javier nunca se vio peor. Su camisa blanca se hallaba manchada
de sangre, al igual que sus pantalones vaqueros. Tenía círculos debajo
de sus ojos, su cabello desordenado y húmedo, su mirada en blanco,
como si estuviera sonámbulo, a pesar de que me miraba.
—Luisa —dijo con voz áspera, tensa—. ¿Quieres ver lo que he
hecho con él?
Me quedé mirándolo fijamente.
—Sí —dije sin dudarlo.
Pareció sorprendido por un momento, tal vez no esperaba que
quisiera eso. Pero lo quería. Quería ver como se veía la justicia. Quería
ver lo que su ira era capaz de hacer.
Miró brevemente a Esteban y a Juanito, quizás dándoles órdenes
sin palabras. Me levanté de la silla y me reuní con él, a su lado.
Caminamos por el pasillo de baldosas, pasando por grandes habitaciones
que guardaban muchos secretos, hasta que Javier abrió las puertas
francesas hacia el brillo cegador del patio trasero.
Los jardines alrededor del césped y la zona de la piscina eran
absolutamente preciosos e impecablemente adornados con las flores más
exóticas y coloridas que se puedan imaginar. Había arbustos de
buganvillas de color rojo y gardenias blancas, plumerías rosas, orquídeas
azules y púrpuras, hibiscos magentas y amarillos, y aves paradisíacas,
todas ellas mezclándose expertamente en el verdoso y exuberante césped,
y en los macizos de flores. Los colibríes y mariposas llenaban el aire, las
libélulas se lanzaban por encima de un estanque lleno de peces koi y de
loto blanco flotante.
Durante un momento me encontraba tan sorprendida por su
belleza y elegancia, lo cultivado y lo tiernamente cuidados que se
hallaban, cómo parecían crecer sin problemas, que me olvidé de por qué
estábamos fuera. Pero más allá de las flores deslumbrantes y del brillante
calor del sol de la mañana, se oían gritos de dolor y un hombre siendo
torturado, y me regresaron a la realidad.
Quería decirle algo a Javier, preguntarle sobre el jardín, decirle lo
hermoso que era, pero ahora no era el momento. Como de costumbre, me
hallaba atrapada entre la belleza y la depravación.
Estaría mintiendo si dijera que no me sentía un poco temerosa
cuando nos acercamos a la casa, la puerta abierta de par en par, 154
iluminando los lugares más oscuros. Javier puso su mano en mi codo y
suavemente tiró de mí para que me detuviera justo afuera.
—¿Estás segura de que puedes manejar esto? —preguntó, sus ojos
centrándose en mis moretones.
Levanté mi barbilla. —Sí. No te preocupes por mí.
Entrecerró los ojos ante eso, estudiándome, tal vez preocupándose
después de todo.
—Muy bien —dijo—. Ven aquí.
La primera cosa que noté cuando entramos fue el fuerte olor a
amoníaco que ardía en el interior de mi nariz.
Lo segundo, lo impecablemente limpia que se encontraba la
habitación, teniendo en cuenta el estado desordenado en el que Javier
estaba.
Lo tercero, fue lo que me hizo caer ligeramente contra Javier. Sus
manos fueron a mis hombros, sosteniéndome y me obligué a permanecer
consciente, para asimilarlo todo, a pesar de que todo era demasiado
horrible para hacerlo.
En una mesa de metal en medio de la oficina del doctor, se hallaba
Franco. Se encontraba completamente desnudo, pero no estaba completo.
Sus pies y sus manos habían desaparecido, sangrientos y cauterizados
muñones en su lugar. Sus genitales también fueron arrancados de
manera brusca, desigual. Su torso, cubierto por cientos de marcas
infectadas de quemaduras. Sorprendentemente, seguía vivo. Tenía la
cabeza apoyada en un banco de tornillos que se presionaban sobre su
cabeza y sobre su mandíbula, sus ojos mirándome, opacos y lechosos.
El doctor se encontraba de pie sobre él con una jeringa preparada,
sobre su corazón, dispuesto a inyectarle el medicamento que le impedía
perder el conocimiento. A juzgar por la cantidad de marcas de agujas en
el pecho, eso hicieron muchas, varias veces.
Lo más parecido que vi a una tortura fue cuando Salvador estuvo
a punto de llevar a cabo la “doble sierra” en un informante. Fue suficiente
el ver al hombre, colgado desnudo por los pies, boca abajo, con la sierra
situada entre las piernas. Sabía que era una de las técnicas de tortura
más horripilantes, y di gracias a mi buena estrella de que salí de allí antes
de ver cualquier derrame de sangre.
Lo que Javier hizo no parecía mucho mejor. Y debido a que Franco
todavía vivía, sabía que aún no había terminado.
—Échale una buena ojeada —dijo Javier en mi oído—. Mírale la
cara. Mira el monstruo que es.
Lo hice. Y no solo vi a Franco. También vi a Salvador. Vi a los
hombres de Salvador. Vi a Bruno. Vi a todos los hombres que alguna vez
me hicieron daño, a todos los hombres de los cárteles sin rostro por ahí
que maltrataban a las mujeres a diestra y siniestra.
155
Y también traté de imaginar a Javier allí. Después de todo, él me
secuestró, me torturó, me humilló, y al final, rompió la promesa de
protegerme.
Pero no pude. El hombre tenía un poder sobre mí que ni siquiera
podía empezar a entender.
—Franco —dijo el médico—. Esa de ahí es Luisa. ¿Te acuerdas de
lo que le hiciste? ¿Lo que querías hacerle? Javier te advirtió, ¿no? Fuiste
un estúpido idiota por romper las reglas; todo el tiempo supiste que este
era el precio que tendrías que pagar. —El médico me miró, su voz
escalofriantemente simplista—. Luisa, si pudieras quizás darle una
sonrisa. Será lo último que verá.
No sabía con certeza cómo era posible, pero me las arreglé para
pegar una sonrisa en mi cara. Incluso pudo haber llegado a mis ojos.
—Qué hermosa —comentó el doctor. Entonces se inclinó, y con dos
vueltas rápidas a una palanca en la parte superior del banco de tornillos,
lo apretó alrededor de su cabeza. Hubo un crujido cuando todos los
dientes de la mandíbula de Franco se destrozaron, acumulando sangre
en su boca y en la garganta, luego un estallido débil y acuoso cuando sus
ojos cayeron de sus cuencas, colgando de sus nervios ópticos.
Eso fue todo lo que necesité ver. Me di la vuelta, mirando hacia
Javier que me observaba con una expresión indescifrable.
—Estoy lista para irme ahora —dije en voz baja.
Javier asintió y miró por encima de mí al médico. —Mantenlo con
vida durante un tiempo más. Después, sácale la cabeza. Con el cuchillo,
no con la sierra.
—Sí, Javier —dijo el doctor, un rastro de temor en su voz.
Salí de nuevo a la luz del sol, al calor y las aves trinando su
hermosa canción dese los árboles cercanos. ¿Todo eso acababa de
suceder? ¿Cómo coexistía tanta fealdad con esto?
—Debes estar cansada —me dijo Javier, llevándome suavemente
de vuelta por donde vinimos, por el cuidado camino de grava que nos
llevaba más allá del estanque, de los jardines y de nuevo a la casa.
—Estoy bien —dije. La verdad era que me sentía como si un millón
de toneladas de cafeína se movieran atravesándome. Debía ser la
adrenalina. Me sorprendí de no estar vomitando.
Al pasar por el estanque, Javier asintió a las flores de loto.
—Esas son mis favoritas, ¿sabes? —comentó. Era como si todo en
la casa hubiera sido un sueño.
—¿La flor de loto? —pregunté. A pesar de todo, no podía dejar de
admirarlas de nuevo—. Son hermosas.
—Sí, lo son. —Se detuvo y se quedó mirando las flores durante
unos momentos—. Me encanta el loto porque aunque crece del barro, es
inmaculado —dijo, como si leyera algo en voz alta. Me miró—. Un erudito
chino lo dijo una vez. Estoy de acuerdo. Representa todo lo que no soy.
156
Empezamos a caminar de nuevo. Casi nos encontrábamos en la
casa cuando dije—: Entonces debes sentirte como si tu alma estuviera
sucia.
Él me dio una sonrisa irónica. —Oh, cariño. No —dijo, abriendo las
puertas francesas para mí—. Ni siquiera tengo alma.
Traducido por Alessandra Wilde & Jadasa
Corregido por Kora

Durante el resto del día me dieron carta blanca en la casa. No


estaba segura de por qué; tal vez Javier tenía confianza de sobra en su
seguridad, o tal vez con Franco muerto creía que no tenía nada que
temer. No lo sabía, pero lo cierto fue que aproveché cada momento para
explorar lo que podía.
En la planta baja había una sala de juegos con sofás de cuero y un
bar. Un tablero de dardos en la pared y una mesa de billar en el centro.
Se hallaba diseñada para parecerse a uno de esos clubes de caballeros: 157
un montón de caoba oscura, lámparas de cristal verde y accesorios de
oro. Me quedé en esa habitación durante mucho tiempo. Todo era
tranquilo allí, y las pesadas cortinas bloqueaban toda la luz procedente
del exterior. Me pregunté con qué frecuencia Javier utilizaba la
habitación, si venía aquí para escapar, para tomar una copa, para sacar
un libro edición limitada de tapa dura de los estantes y sumergirse en
él. Me pregunté qué clase de vida tenía día tras día, cuando no tenía un
rehén en su casa.
Rehén. La palabra empezaba a sonar extraña. Todavía era su
rehén, su cautiva, y, sin embargo, cuando la palabra pasaba por mi
mente no tenía ningún sentido. Ya no era nada... era solo yo, y
simplemente me encontraba aquí.
Tras algún tiempo, fui a investigar las otras habitaciones de la
planta principal. Había un pequeño pero moderno gimnasio, algunos
baños y dormitorios de invitados, un grande e inmaculado comedor que
albergaba una mesa en la que podrían caber al menos veinte personas,
una sala de estar con una televisión de pantalla plana integrada en la
pared y la cocina.
Arriba había más habitaciones, así como un par de puertas que no
se abrían y una puerta que ni siquiera intenté abrirla.
Detrás de esa puerta podía oír la voz de Javier en el otro lado
hablando con Esteban. No pude entender lo que decían, la puerta era
gruesa y sus voces amortiguadas, pero supe que debía tratarse de la
oficina de Javier.
Seguí caminando más allá de esa habitación, sin importarme de
qué hablaban. Probablemente discutían sobre mí, sobre lo que debían
hacer conmigo cuando la semana hubiera terminado. Me pregunté si
Javier siquiera se hallaba en un dilema sobre la próxima oferta de
Salvador, si todavía planeaba dispararme en la cabeza o si torturar a
Franco había despertado algún tipo de apetito en él.
Me pregunté si eso le asustaba. Cuando le pedí que se quedara
conmigo anoche, no fui la única que sintió miedo. Por un momento
rápido, como el estallido de un rayo, lo vi en sus ojos.
Me aseguré de no olvidarlo.
Más tarde, acabé quedándome dormida en mi cama; una revista de
ciencia que robé de la planta baja, abierta en mi regazo. Había oscurecido
y mi estómago gruñía. Recordé vagamente a Esteban entrando en mi
habitación y diciéndome que la cena estaba lista para mí, pero me
encontraba tan embobada por el sueño que debió haberme dejado seguir
durmiendo. Supongo que me encontraba más cansada de lo que pensé.
Miré mi reloj de cabecera. Eran las once de la noche. Dormí
durante horas.
Gemí, tratando de sacudir mi cabeza para despejarla. Por un
momento pensé en mis padres, preguntándome dónde estaban, si 158
seguían siendo atendidos. El cuidador hacía que se fueran a dormir a las
diez de cada noche, pero sabía que a veces mi madre se quedaba
despierta hasta tarde, escuchando sus audiolibros.
Mi corazón se encogió ante el pensamiento y tuve que forzarlo
intencionadamente fuera de mi mente; de lo contrario, me debilitaría. Ya
no había tiempo para la debilidad.
Me levanté lentamente, me cambié mi ropa arrugada y me puse
una camiseta y pantalones cortos de chico que habían aparecido por arte
de magia en mis cajones de la cómoda. Eran lilas y hechos de la seda
más fina, encajando en mi cuerpo como si estuvieran hechos para
mí. Utilicé el baño, me eché agua en la cara y me recogí el cabello hacia
atrás. Luego intenté abrir las puertas del pasillo. Para mi sorpresa, se
abrieron, lo que significaba que todavía se me permitía ser libre. Sonreí
para mí misma y, en silencio, caminé por el pasillo. La casa se hallaba
silenciosa, y me pregunté si podía asaltar la cocina para comer algo sin
despertar a nadie. Obviamente había un sistema de seguridad y cámaras
por todas partes retransmitiendo a un guardia en alguna parte, pero no
me importaba si me veían prepararme un refrigerio nocturno.
Cuando pasé por delante de la oficina de Javier, vi que su puerta
estaba entreabierta. La luz en el interior se hallaba encendida,
iluminando débilmente el pasillo. Pensé que eso era extraño, ya que todo
lo que hacía Javier parecía ocurrir a puerta cerrada.
Hice una pausa, escuchando, y oí el tintineo del cristal. Respirando
profundamente, empujé suavemente la puerta abriéndola.
Hubo un clic y vi a Javier sentado detrás de su escritorio, un arma
apuntando directamente hacia mí.
Me quedé inmóvil.
—Oh —dijo, su voz sonando extraña—, solo eres tú.
Rápidamente guardó la pistola y tomó el vaso que había a su
lado. Los cubitos de hielo se sacudieron en un líquido suave y
marrón. Un antiguo mueble bar estaba abierto, sobresalía una botella de
whisky escocés medio vacía.
—Lo siento —dije, sin aliento. Mi corazón todavía latía a mil por
hora por la imagen del arma apuntando a mi cabeza.
Asintió sin mirarme y señaló con su vaso a la habitación, whisky
derramándose sobre el borde.
—Pasa, entonces. Entra en mi oficina. Cierra la puerta.
Así lo hice y di dos pasos hacia el centro de la habitación. Fingí
admirar el buen gusto con el que decoraron, pero en cambio lo analicé a
él. ¿Javier se encontraba... borracho?
—Veo que has encontrado tu ropa nueva —dijo, comiéndose mi
cuerpo con los ojos, bebiéndome como bebía la bebida con sus labios—
. Estás hermosa. —Se tomó el resto de su bebida de golpe y luego se pasó 159
la mano por la boca.
Sí. Estaba borracho.
Tragué saliva, sintiéndome un poco nerviosa. No sabía con certeza
cómo se comportaba Javier en ese estado. Bruno se volvía atrevido y
repugnante cuando bebía demasiado, mientras que todas las acciones
viles de Salvador eran peores. Javier siempre era tan fresco, tranquilo y
sereno. El verlo un poco desquiciado me confundió.
Dicho esto, también era intrigante. Cuando uno se hallaba
borracho y el otro sobrio, el sobrio tenía todas las cartas y todo el poder.
—¿Estás bien? —pregunté.
Apartó los ojos de mi cuerpo y se sirvió más, casi derramando el
whisky sobre su escritorio elegante.
—Estoy bien. ¿Por qué no habría de estarlo?
—Estás borracho.
—No lo estoy —dijo mientras sus cejas se fruncían—. Solo estoy
bebiendo whisky.
—La mitad de una botella.
Miró de nuevo a la botella con aire ausente.
—Oh. Ya me acabé una entera antes. Los hombres como yo tienen
que saber cómo controlar el licor.
—Los hombres como tú —reflexioné. Me acerqué a la mesa,
completamente consciente de las prendas ligeras que llevaba. Puse mis
manos sobre el escritorio y me incliné, mirándolo fijamente—. Quiero
saber más sobre los hombres como tú.
Debió de haber captado el tono cínico de mi voz, porque me miró
bruscamente.
—¿A qué te refieres?
—O sea —dije cuidadosamente, con ganas de presionar sus
botones pero necesitando mantener la cautela al mismo tiempo—, dime
por qué un hombre como tú está sentado solo en su oficina,
emborrachándose. ¿No tienes restos de cuerpos que limpiar en tu cámara
de la tortura? ¿O eso es trabajo del personal contratado? Parece que
siempre consigues que hagan todo el trabajo sucio.
Sus labios se apretaron con firmeza y un músculo se tensó a lo
largo de su mandíbula.
—No me gusta decirle a una mujer que se calle, pero mi paciencia
tiene un límite.
—¿Y cómo haces eso? —pregunté, sin inmutarme y sin voluntad de
apartarme de su mirada llena de rabia—. ¿Cómo me callarías?
Ignoró eso.
160
—¿Por qué estás aquí? —preguntó con voz contenida.
—Solo tenía curiosidad por saber cómo se encontraba mi
captor. Tuviste una mañana tan ocupada, cortando extremidades y eso.
De repente estuvo fuera de su silla e inclinado sobre la mesa, el
vaso de whisky derramándose. Su cara se encontraba a centímetros de
la mía. Podía ver las manchas de color marrón en sus iris de color
ámbar. Si miraba lo suficiente, me pregunté si podría encontrar esa alma
que él fingía no tener.
—¿Crees que me gustó eso? —gruñó, apretando los dientes. El olor
a alcohol y tabaco flotó hacia mí.
No me moví.
—Sí. Creo que sí.
—Lo hice por ti.
Una sonrisa tiró de mis labios.
—Creo que también lo hiciste por ti. Creo que disfrutaste dándole
a Franco lo que se merecía.
Frunció el ceño, pero no retrocedió.
—¿Y qué si lo hice? Se merecía todo lo que le pasó. Se lo dije, le
advertí qué pasaría si alguna vez te tocaba de nuevo. Nunca hago
amenazas vacías.
—¿Por qué te importa tanto que me tocara?
Él parpadeó, tragando saliva.
—Porque eres mía —dijo, como si fuera de conocimiento común.
—¿Debido a que tallaste tu nombre en mi espalda?
Pareció haberse quedado sin palabras. Negó rápidamente.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Se apartó y se dejó caer en su silla, mirando un cuadro en la pared.
—Deberías irte a la cama.
—No voy a ir a ninguna parte —dije. Caminé alrededor de la mesa,
bloqueando así su vista—. Si piensas que soy tuya, entonces tienes que
lidiar conmigo.
—Te estás convirtiendo en un dolor en el culo.
—Pero te gusta tanto mi culo.
Me miró fijamente.
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué es lo que quieres de mí? 161
Fui hasta él y me encorvé para estar a su mismo nivel. No se me
iba a escapar tan fácilmente. Estaba borracho y a punto de romperse.
—Quiero saber por qué estás borracho. —Incliné la cabeza—. ¿Es
por mí?
Apartó la mirada y no dijo nada.
—¿Es eso? —presioné, mi voz elevándose—. ¿Es por mí? —Empujé
sus hombros—. ¡Respóndeme, maldita sea!
Sus ojos se abrieron y vi aquel miedo en ellos otra vez mientras me
miraba.
—Sí —dijo, apenas audible.
—¿Qué?
—¡Te he dicho que sí! —gritó, agarrándome toscamente por mis
brazos en tanto se levantaba rápidamente—. ¡Sí, maldita sea, sí, es todo
por ti!
A pesar de que sus ojos se llenaron de ira, de que había una vena
pulsante a lo largo de su garganta y de que su agarre en mis brazos era
apretado, no le tenía miedo.
Pero él sí lo estaba.
—¿Por qué? —pregunté.
Sus cejas se juntaron en confusión.
—Porque rompí una promesa. Nunca las rompo. Ese no soy yo.
Me acerqué a él, así mi pecho se encontraba casi contra el suyo. Su
mirada perpleja se profundizó.
—No creo que te conozcas tan bien como crees que lo haces.
Su voz bajó de volumen.
—¿En serio? Bueno, entonces dime quién soy, ya que me conoces
tan bien —dijo burlonamente.
Me lamí los labios y vi la forma en que se centró en ellos con
avidez. Su respiración era pesada ahora, como si estuviera esforzándose
para mantener la calma. No lo quería calmado. Quería hacerle perder el
control.
—Tienes miedo —susurré.
—¿Miedo de qué? —preguntó con incredulidad.
—Miedo de mí.
Resopló con incredulidad palpable.
—Ridículo. ¿De ti?
Lo miré más de cerca, hasta que él fue todo lo que yo podía ver y
yo era todo lo que él podía ver.
162
—Sí. De mí. Anoche te asustó quedarte conmigo. Temes a lo que
tendrás que hacer al final de la semana. Te asusta verme como un jodido
ser humano. ¡Asustado, asustado, asustado! —Furiosamente, clavé mi
dedo en su pecho—. ¡No eres nada, excepto un cobarde!
Sus fosas nasales se dilataron y, por un momento, me preocupó el
haber cometido un error que desataría a la bestia y me haría daño.
Pero se desató completamente una bestia diferente.
Agarró mi cara, sus dedos presionando mi mentón, y me besó con
tanta fuerza que me robó el aliento. Fue rápido y violento. Sus labios
fueron suaves solo por un segundo antes de apartarse, respirando con
dificultad. Me miró fijamente, un poco conmocionado, como si no pudiera
creerse que hubiera hecho eso.
Sentí un hormigueo en mis labios por su ausencia e intenté
recomenzar por donde me quedé en nuestra batalla.
Pero no podía pensar y no había tiempo.
Sus ojos se agudizaron con intensidad, y de repente me agarró de
nuevo, esta vez una mano detrás de mi cabeza y la otra alrededor de mi
cintura, empujándome hacia él. Presionó mi pecho contra el suyo con
tanta fuerza que podía sentir el rápido latido de su corazón a través de
su camisa y corbata.
Sus labios cubrieron los míos, hambrientos, ansiosos y salvajes.
Me besó profunda y concienzudamente. Complacientemente húmedo.
Sentí como si mis sentimientos fueran sedimentos en el fondo del mar y
él estuviera haciéndome estremecer, excitándome, hasta que se
arremolinó alrededor de los dos, nublándolo todo. Le devolví el beso, mi
ritmo fácilmente igualando su frenético deseo desatado. Nuestras
lenguas y labios se fundieron como suavidad y chispas, y cuanto más
obtenía, más deseaba.
Mis manos encontraron su camino a su cabello, y agarré sus
abundantes mechones sedosos, estirándolos hasta que gimió
suavemente contra mi boca. Me dio la vuelta, haciéndome reclinarme
contra el escritorio, y me encontré retorciéndome contra él, intentando
aliviar algo de la presión que se construía entre mis piernas.
Brevemente se alejó, sus ojos entrecerrados, su boca húmeda y
abierta. Rápidamente me levantó en el aire, colocándome sobre el borde
del escritorio. Bajó mi camisola, hallándose así libres mis pechos, y los
exhibí en tanto él empezaba a sacarse la corbata.
Agarré la parte de atrás de su cabeza y le di un empujón,
acercándolo más a mí cuando sus labios rodearon mi pezón, succionando
profundamente uno y luego el otro. Sentía como si ni siquiera fuera yo
misma, o quizás lo era y simplemente me despertaba. Pero quería
muchísimas más cosas de las que alguna vez había deseado. Ni siquiera
las pedí; hice que ocurrieran. Javier me despertaba. 163
Hizo que mis pezones se convirtieran en picos duros, haciendo
círculos rápidos hasta que jadeé de necesidad. Entonces se detuvo y
levantó su mirada hacia mí, esa maravillosa boca suya sonriéndome
mientras se quitaba su camisa.
—¿Es esto lo que quieres? —preguntó con voz ronca antes de
continuar.
—Es lo que necesito —dije, mis palabras interrumpidas por mi
propio gemido.
—Entonces te lo daré todo —dijo. Estiró la camisola por encima de
mi cabeza y, de nuevo, me besó apasionadamente, su boca serpenteando
por mi cuello, lamiéndome a medida que me empujaba hacia atrás sobre
el escritorio. Mi cabeza se encontraba apoyada incómodamente sobre una
pila de papeles, pero no me importaba.
Cuando sus labios llegaron a mi estómago, esperaba que tirara
hacia abajo los finos pantalones de encaje que llevaba puestos, pero
simplemente retrocedió un paso. Levante mi mirada para verlo agarrar
un abrecartas de la mesa.
Mis ojos se abrieron ampliamente y, antes de que pudiera decir
algo, extendió su mano entre mis piernas con la cuchilla e hizo un rápido
corte en el centro de mis pantalones cortos. El borde del metal ni siquiera
llegó a rozar mi piel.
—Te dije que era una habilidad que obtuve con experiencia —dijo
astutamente, clavando verticalmente el abrecartas en la mesa. Dios mío,
incluso los juegos previos incluían cuchillos.
Mientras me asombraba por lo que ocurría con una mezcla de
temor y excitación, él desabrochó sus pantalones, lo cual solo duplicó
esas emociones. Sacó su polla con sus manos, dura, larga y, a juzgar por
la expresión de los ojos de Javier, en cierto modo peligrosa. Respiré
lentamente a medida que asimilaba la vista de él. Pensaba que al verlo
desnudo sería vulnerable ante mis ojos, pero era todo lo contrario. Su
cuerpo era una máquina afinada con precisión y le pertenecía al cien por
ciento.
—Te das cuenta —dijo con voz ronca, sacándose sus pantalones,
zapatos y calcetines hasta que se halló completamente desnudo—, de que
una vez que vaya contigo por este camino esto es todo lo que voy a querer,
todo el tiempo.
—Entonces será mejor que me guste.
Sonrió y eso le hizo cosas raras a mi corazón, como la vista de su
polla le hacía cosas raras a mi cuerpo.
—Mi bella reina, sabes que te gustará. Lo que no sabes es lo mucho
que lo amarás.
Entonces su sonrisa se desvaneció y su expresión fue reemplazada
de nuevo por codiciosa lujuria. Se acercó, extendiendo mis piernas más 164
ampliamente y subiéndose sobre el escritorio entre ellas.
—Voy a follarte, y lo haré duro. Me aseguraré de que te corras, pero
he estado queriendo hacer esto por jodidamente demasiado tiempo y va
a ser rudo. ¿Comprendes?
Asentí.
—Sí.
—Sí, Javier.
—Sí, Javier —dije, aunque no pude evitar sonreír.
—Esa es mi niña buena —murmuró en tanto comenzaba a
mordisquear mi cuello, enviando escalofríos sobre mi piel. Sus dedos
entraron en la hendidura que creó en mis pantalones cortos. Deslizó su
pulgar sobre lo que sobresalía, moviéndolo en círculos hasta que dejé
escapar un gemido gutural—. Pero —continuó, ahora mordiendo el
lóbulo de mi oreja, su aliento caliente—, lo que realmente quiero es que
la chica mala salga. —Hizo una pausa y movió su cara, así estuvo justo
encima de la mía, nuestros labios a centímetros entre sí—. De manera
que si te sientes particularmente... apasionada... te invito a herirme todo
lo que puedas.
Antes de que pudiera decir algo respecto a eso, se agachó y envolvió
su mano alrededor de su pene, colocándose en mi entrada.
Instintivamente me tensé, asustada.
Colocó su mano sobre mi cara, arrastrando ligeramente sus dedos
sobre los moretones.
—Iré despacio —dijo, tranquilizándome con su confianza en sí
mismo—. Si fuera rápido, esto habría terminado en un minuto.
Con mi corazón en la garganta asentí, y él empujó lentamente.
Como me hallaba tensa, dolía, pero sus movimientos eran constantes y
controlados y muy pronto me encontré relajada, dejándolo entrar.
Terminé envolviendo mis piernas alrededor de su cintura.
—Bien —susurró, cerrando sus ojos, concentrado—. Mantén tus
piernas y caderas arriba; lo hará más fácil para ti. —Exhaló
ruidosamente y gimió—. Oh, Jesús, te sientes tan apretada. Es como
follar a un ángel.
—No soy un ángel —dije con voz entrecortada, dejando que su
anchura me llenase.
—No. Eres una reina.
En ese momento se hundió a sí mismo hasta la empuñadura. Mis
ojos se abrieron de golpe y levanté mi mirada hacia él cuando me golpeó
la comprensión de que se encontraba profundamente en mi interior. No
sabía lo que hacía, pero se sentía tan malditamente bien y extrañamente
correcto que no me importaba.
Había dejado que este hombre me penetrase.
Iba a ser difícil deshacerse de él.
165
—¿Se siente bien? —preguntó, sus apasionados ojos buscaron los
míos mientras empujaba lentamente dentro y fuera, tomándose su
tiempo dulce y tortuosamente, penetrando cada vez más profundamente.
—Sí —dije, jadeando, descubriendo la necesidad tanto como de
mirarlo fijamente como de alejar mi mirada. Era tan íntimo ser capaz de
mirar sus ojos hipnóticos mientras me hacía sentir tan viva y
electrificada—. Te sientes bien.
No sentí que estuviera siendo muy buena hablando durante el
sexo, pero no parecía importarle. Sus fosas nasales se dilataron y gruñó.
Su respiración se fue entrecortando más a la par que sus embestidas al
penetrarme.
—Puedo hacer que te sientas más que bien —dijo.
Colocó la mano entre mis piernas y comenzó a acariciarme. Ahora
el placer se duplicaba a través de todo mi cuerpo, desde los giros
húmedos de sus dedos a la gruesa plenitud de él en mi interior. Me
encantaba observarlo conduciéndose adentro y afuera a medida que me
follaba, la manera en que sus brazos y hombros se ondulaban por el
esfuerzo. Ya no podía contener el éxtasis. No pasó mucho tiempo antes
de que me corriera, gritando y clavando mis uñas en su espalda.
—Eso es —gruñó él—, déjame una maldita cicatriz, márcame,
hazme sangrar.
Le clavé mis uñas aún más y me sobrepuse a la ola justo cuando
él comenzó a aumentar el ritmo. Él era un animal. Comenzó a follarme y
a hacerlo duro, tal y como había prometido. Me sujeté, incluso cuando el
escritorio comenzó a moverse por sus intensos empujes fuertes y mi
cabeza comenzó a latir con fuerza contra la superficie. Era agresivo, rudo,
medio loco y, sin embargo, me encantó. Amé observar a Javier perder
todo el control por mi causa.
El poder se sentía increíble.
No pasó mucho tiempo antes de que se corriera, y me aseguré de
captar cada detalle. La manera en que frunció el ceño. Su cabello pegado
a su rostro sudoroso, y cómo cerró sus ojos, arqueando su espalda. Su
mandíbula se puso rígida, cada parte de él se tensó, justo antes de la
liberación violenta que lo tuvo gimiendo en voz alta y sin aliento.
Se desplomó sobre mí, teniendo cuidado de no poner todo su peso
sobre mi cuerpo. Su polla todavía se hallaba en mi interior y podía sentir
la humedad empezando a derramarse por mis piernas. Mientras él
lentamente recuperaba el aliento, apoyó sus codos a los costados de mis
hombros y metió mi cabello detrás de mis orejas.
Javier era hermoso cuando se corría, cuando aún se hallaba en mi
interior, acariciándome. Había suavidad en sus ojos, naturalidad en su
sonrisa. Esto era lo que quise ver todo este tiempo, solo un destello del
chico detrás del hombre y del hombre detrás del monstruo. Me miraba
tan fija y abiertamente con ternura que supe que tenía un alma. No 166
significaba que no estuviera manchada y sucia, pero estaba ahí.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó, pasando su pulgar sobre mis
labios. Podía olerme en sus dedos. Era el olor de nosotros juntos, la
buena y el malo, cautiva y captor.
Aclaré mi garganta.
—Pues… —dije, encontrando mi voz. Mi mundo todavía tenía un
millón de colores girando a causa de ese orgasmo.
—Voy a levantarte y a llevarte a mi cama —dijo simplemente—. Y
vamos a hacerlo todo de nuevo.
Parpadeé.
—¿Ya?
Su boca se curvó hacia arriba.
—Te lo advertí.
Eso era cierto. Aun así, creía que me llevaría de vuelta a mi
habitación para estar sola de nuevo. A pesar que eso no era lo que quería
anoche, ahora era algo que necesitaba. Necesitaba tiempo para
separarme de mis hormonas y reflexionar sobre lo que había ocurrido con
cierta distancia y espacio. Necesitaba pensar en el poder que ganaba y
todas las maneras en que necesitaba mantenerlo, especialmente ahora
que sabía que tener relaciones sexuales conmigo era su debilidad.
Pero cuando dejé que me alzara en sus brazos y me llevara desnudo
por el pasillo a su dormitorio, me di cuenta de que también era mi
debilidad.
Tenía la sensación de que no continuaríamos fastidiándonos el uno
al otro.

167
Traducido por Arantza & Adriana Tate
Corregido por NnancyC

Me desperté con la boca seca y un punzante dolor de cabeza. Tenía


resaca, algo que no me atormentaba muy seguido. Raramente me
embriagaba. No podías hacerlo en esta industria, no cuando estás en la
cima.
Pero ayer fui un hombre diferente. Me volví un hombre esclavizado
a la vergüenza. No por lo que le hice a Franco. No sentía repulsión ni
culpa por haber torturado a ese hombre. Incluso cuando me rogó que me
detuviera, y yo saqué mi polla y oriné en sus heridas abiertas, no me sentí 168
mal ni en lo más mínimo.
No, mi vergüenza era debido a Luisa, porque fallé en protegerla y
porque rompí mi promesa. Nunca las hacía en vano. Quise decir todo lo
que dije. Tan fuerte como ella era, sabía que había fragilidad bajo esa
cubierta, que se podía romper bajo las peores circunstancias. Todo este
tiempo quise romperla, y la única manera en que pude haberlo hecho era
haciendo algo a lo que nunca me habría atrevido.
Supongo que eso decía algo sobre mí, que había un límite para mi
crueldad. Pero si yo no tuviera mi propia moral y mi propio código ¿quién
lo tendría? Alguien ahí afuera tenía que predicar con el ejemplo.
Me di la vuelta y me deleité en la vista de Luisa durmiendo a mi
lado, prácticamente colgando del borde de la cama, su espalda hacia mí.
Usaba una de mis camisas de vestir, demasiado grande para su pequeña
figura, pero no podía recordar por qué. Quizás porque se veía
malditamente sexy.
Parecía estar en un profundo sueño, sus costados subiendo y
bajando, su cabello esparcido alrededor de ella en la almohada. Parte de
mí anhelaba acercármele y sentirlo entre mis dedos, despertarla con un
beso en el hombro. Pero tenía que guardar esos impulsos para mí mismo.
Me sorprendía de siquiera haberla dejado dormir en mi cama y no haberla
mandado de vuelta a su habitación.
Recuerdos de follarla sobre el escritorio fueron seguidos de varias
rondas en la cama. Por eso no la eché.
En realidad, cometí un error. Uno enorme. No debí haber
sucumbido ante ella. No debí haberla besado, no debí haberla follado.
Sabía que era un camino peligroso a seguir, el permitirme a mí mismo
tener intimidad con ella, estar dentro de ella. Verla venirse mientras
estaba enterrado profundamente en su coño era como una experiencia
religiosa y hacía arder mi devoción. Estimuló una adicción, y me hizo
insaciable por la próxima dosis. Se hallaba en mi naturaleza anhelar el
sexo como anhelaba el agua, y sabía demasiado bien cómo los anhelos
podían descarrilar los planes más sólidos.
Exhalé por la nariz, tratando de concentrarme en dicho plan en
lugar de en ella. No había nada de malo en un hombre teniendo sexo con
una mujer a su disposición, con tal de que al final todavía fuera capaz de
deshacerse de ella. De hecho, era lo que se esperaba de mí; hacer uso de
Luisa en cada manera en que pudiera. La mayoría de las cautivas eran
tratadas mucho peor. La complicación vendría al final de la semana,
cuando ella tendría que irse, de una forma u otra.
Pero no me podía obligar a pensar en eso, sobre las difíciles
decisiones que tenía por delante. Tenía que creer en que haría lo mejor
por mí y por mi cartel. Tomaría la decisión correcta, tan despiadada como
fuese. Tenía que confiar en mí y luego dejarlo ir. Lidiaría con el dilema
entonces y solo entonces. Hasta que sus días fueran pasando y Salvador
hiciera su llamada, pretendería que Luisa se hallaba aquí bajo
169
circunstancias diferentes.
Iba a sacar el máximo provecho de ella.
Con cuidado, bajé de la cama, sin querer despertarla, e hice mi
camino hacia el baño. Encendí las luces y admiré brevemente mi reflejo
desnudo en el espejo. A pesar de que boxeaba con el fin de vencer a
cualquier oponente, una vez perdí una pelea y no planeaba volver a
hacerlo, también lo hacía para que mi cuerpo luciera lo mejor posible. A
juzgar por la mirada de deseo en los ojos de Luisa anoche, no pasó
desapercibido.
Me cepillé los dientes, hice gárgaras con el enjuague bucal, y decidí
darme un baño y prender el Jacuzzi. Mis miembros se sentían bastante
adoloridos, no solo por el sexo, sino también por las cosas que le hice a
Franco. Frotar un clítoris hasta que alcanzaba su punto máximo y cortar
con una sierra el pie de alguien parecía usar los mismos músculos.
No pasó mucho antes de escuchar un golpe en la puerta del baño.
—¿Sí? —dije, inclinando mi cabeza para ver.
La puerta se abrió y Luisa asomó su cabeza. Una vez que me vio en
la bañera, se ruborizó, pero no se fue. —Lo lamento —dijo.
Sonreí ante su timidez. —No lo lamentes. —Acaricié el borde de la
bañera—. Ven aquí.
Se escabulló por los azulejos, mi camisa de lino ondulaba a su
alrededor, y puso su alegre trasero a mi lado. Bajó la mirada a la bañera
y rápidamente la apartó, una pequeña sonrisa en sus labios. Por obvias
razones, ya me encontraba erecto, la punta de mi pene salía de la
superficie del agua agitándose.
—¿Cómo dormiste? —pregunté, mi mano húmeda acariciando sus
piernas desnudas. Observé la piel de gallina hacer erupción en su cuerpo.
—Sorprendentemente bien —dijo.
—No debería ser sorprendente. Te dejé exhausta.
Sus ojos se suavizaron y sostuvieron los míos por lo que se sintió
como una eternidad. —Sí, lo hiciste.
Asentí hacia el agua, bueno, hacia mi erección, y deslicé mi mano
a lo largo de la superficie.
—Ven, acompáñame.
Frunció los labios, pareciendo pensarlo, antes de negar con la
cabeza.
Le sonreí. —Ésa fue una orden, no una sugerencia.
Antes de que pudiera protestar, fui por ella, envolví un brazo
alrededor de su cintura y la sumergí en el agua. Ella chilló, medio riendo,
mientras se subía sobre mí, agua salpicando por los lados de la bañera.
Mi camisa se empapó de inmediato, pero me importó un carajo. 170
—Ven aquí —susurré, trayéndola contra mi pecho, una mano
agarrando con firmeza su nuca. Amaba sostenerla aquí, tan delicada, tan
indefensa. Miré su rostro, los mechones húmedos de su cabello
haciéndole cosquillas a mi piel. Atrayéndola más cerca, la besé
suavemente en los labios, provocándolos con mi lengua hasta que me
dejó entrar. Incluso en la mañana, ella sabía deliciosa.
Acuné su trasero y le di un apretón firme, gruñendo un poco.
Necesitaba controlarme, ya estaba tan excitado, rígido e hinchado, que la
más pequeña cosa podía hacer que eyaculara. Tenía una reputación que
mantener.
—Móntame —dije antes de sujetar su labio inferior entre mis
dientes y tirar de él—. Monta mi pene. Ensártate en él.
Arqueó las cejas. Probablemente no sonaba sexy para ella, pero
sonaba tan malditamente perfecto para mí. El sexo necesitaba ser un
poco rudo y tosco para equilibrar la elegancia. Un toque de violencia dura
mucho tiempo.
Metí mi mano abajo, moviendo la tela de la camisa fuera del
camino, y encontré su coño desnudo. Presioné los dedos contra su
clítoris, aplicando la cantidad justa de presión para comenzar a excitarla.
Sus párpados se cerraron y una sonrisa perezosa adornó sus labios.
—Te gusta eso, ¿verdad, mi preciosa? —dije, manteniendo un ritmo
constante en tanto deslizaba mis dedos a través de sus labios vaginales
y provocaba la entrada en su coño. Se sentía tan apretado, rogándome
para que lo penetrara, que contuve el aliento en anticipación.
Asintió y la penetré con un dedo, su cuerpo poniéndose rígido antes
de relajarse. —Dime que te gusta —la persuadí.
—Me gusta —dijo guturalmente, cerrando los ojos y abrazando el
placer.
—¿Quieres mi polla dentro de ti? —susurré, lamiendo su oreja.
Gimió, asintiendo con rapidez. —Sí.
—Entonces móntame como una reina. —Puse las manos alrededor
de sus caderas y las pasé por su espalda. Se sostuvo del borde de la
bañera mientras yo la agarraba con una mano y mantenía mi verga rígida
con la otra. Lenta y cuidadosamente bajó sobre mí. Era terriblemente
intencionado, mis bolas tensas en tanto mi cuerpo rogaba por alivio. Tal
bestia inestable que era.
Dejó escapar un gemido silencioso, sus follables labios abriéndose,
y su cabeza echada hacia atrás, exponiendo su garganta. Se sentía como
un guante de terciopelo que me envolvía.
La imagen de ella montándome, mi camisa mojada pegada a sus
pechos, mi pene penetrando su apretado coño, era casi demasiado para
soportar. Mantuve un firme agarre en sus caderas, sosteniéndola con 171
fuerza, así yo tenía el mando. Ese era el detalle en tener a la mujer
encima. Creen que tienen el control, que consiguieron todo el poder, pero
eso nunca ha sido así. Yo controlaba este polvo. Cada empuje, cada
movimiento, cada giro… era todo mío.
Mantuve el ritmo lento y fácil a medida que el agua tibia salpicaba
a nuestro alrededor, los chorros del jacuzzi contra nuestra piel. El sonido
de nuestros gemidos y respiraciones pesadas hacían eco a través de la
habitación, rebotando contra el brillante cristal y azulejos. Solo cuando
supe que no podía durar mucho más, me levanté un poco mientras la
mantenía sobre mí. Puse mi pulgar contra su clítoris y luego estiré la
mano alrededor para probar su culo con mi dedo índice.
Inhaló bruscamente, pero solo le sonreí. —Mantén el ritmo —
ordené a medida que mi dedo empujaba entre sus nalgas—. Nos traeré
placer a ambos.
Lo mantuvo, moviendo las caderas continuamente mientras movía
mi dedo contra su capullo rosa, sus músculos contrayéndose a mí
alrededor. Por la forma en que se hundió más profundo en mi dedo, sabía
que disfrutaba la estimulación, deseando más. Exhalé con cuidado,
controlando mi respiración tanto como podía. Cuando estaba listo para
venirme; levanté las rodillas para que mis caderas se reclinaran debajo
de ella y en simultáneo, dando pequeños golpes en su clítoris hinchado
de un lado a otro.
Jadeó, sus ojos rodando detrás en su cabeza y empezó a chillar,
alto como el infierno. Dios, amaba cuán ruidosa era. Su cuerpo se
estremeció, y se ciñó con fuerza alrededor de mi pene hasta que no lo
pude soportar. Tomé sus caderas y la seguí moviendo en tanto se venía
hasta que acabé en su interior, viniéndome a raudales.
Nada en este mundo jamás se sintió tan malditamente bien.
La seguí meciendo hacia adelante y atrás, frenándola gradualmente
a medida que su cuerpo se aflojaba del esfuerzo. Al final cayó encima de
mí, sus senos presionados contra mi pecho, y enterró la cara justo debajo
de mi oreja. La escuché respirar, sentir esa calidez me calmó. Era
silencioso y satisfactorio. Me trajo un extraño momento de paz, algo que
no había sentido en un largo tiempo.
Nos recostamos ahí por un largo tiempo, respirando en mis brazos,
hasta que el motor del Jacuzzi se apagó y quedamos rodeados de silencio.
Silencio que de pronto fue interrumpido por un golpe en la puerta
de mi habitación.
Cubrí los oídos de Luisa con mis manos y grité—: ¿Qué quieres?
¡Estoy ocupado!
Escuché el sonido apagado de Este diciendo algo, y luego la puerta
de mi habitación se abrió. —Necesito hablar contigo —dijo.
—Bueno, quédate donde mierda que estés. Estoy en el baño.
—¿Haciendo qué?
172
Luisa levantó la cabeza para darme una mirada y yo liberé sus
oídos. Le di una sonrisa compasiva y después grité—: ¡Nada que sea de
tu puta incumbencia! Dame un minuto.
—Estaré en tu oficina.
Escuché mi puerta cerrarse.
Gemí, enderezándome en la bañera. —Lo siento —dije—. Negocios.
—Cierto —dijo, apoyándose en sus talones—. Negocios.
Intercambiamos una mirada capciosa. Ambos sabíamos de qué se
trataba el negocio.
Podía ver cómo nuestra follada se encontraba a punto de complicar
mucho más las cosas.
Rápidamente salí del baño y me sequé, cubriéndome con una
toalla. —Regresaré enseguida —le dije a la vez que ella se levantaba, para
quedar sentada sobre el borde de la bañera, mirando fijo a sus pies en el
agua—. Y será mejor que estés desnuda, acostada en mi cama con tu
trasero levantado, esperando por mí.
Después de eso, la dejé en el baño y me vestí. Con una camisa
negra de seda y pantalones vaqueros del mismo color. Me apresuré,
cerrando la puerta detrás de mí, y caminé por el pasillo hacia mi oficina.
Este ya se encontraba sentado en la silla, haciéndola girar de un
lado al otro mientras se tomaba una cerveza Tecate.
—Todavía es temprano —dije, señalando la cerveza en tanto
rodeaba el escritorio y me sentaba.
Tomó un sorbo y se encogió de hombros. —Los últimos días han
sido un infierno para mí.
Carraspeé y entrelacé mis manos sobre el escritorio. —Bueno,
supongo que somos dos entonces.
Arqueó una ceja. —¿Ah, sí? Supongo que todo el sexo está
ayudando.
Entrecerré los ojos. Él necesitaba ser cuidadoso. Por el rabillo del
ojo podía ver el abrecartas que sobresalía en el escritorio. Entonces los
recuerdos de estampar a Luisa contra el escritorio la noche pasada,
comenzaron a filtrarse en mi mente.
—Oh, te tiene mal —comentó sarcásticamente después de un
momento.
Volví a prestar atención. —¿Por qué hiciste que viniera para acá,
Este?
—Por razones obvias. Tenemos que hablar de la chica.
—¿Y por qué? ¿Te está molestando? —Empezaba a enfurecerme.
No lo podía evitar. 173
—No, no a mí —dijo, terminando la cerveza y colocándola sobre el
escritorio. Observé mientras las gotas frías de la condensación corrían
por un costado, dirigiéndose directo hacia el fino acabado. Estiré una
mano y rápidamente deslicé un delgado posavasos debajo de la botella
antes de que fuera demasiado tarde. Mi escritorio ya había sido abusado
con demasiado whisky y semen la noche anterior.
—Entonces ¿a quién? —pregunté.
—Bueno —dijo—, ella está haciendo que tú me molestes.
—¿Quién te ordenó que hablaras en acertijos, Este?
Se inclinó y me miró fijo a los ojos. —Me temo que te estás poniendo
a ti y al cartel en peligro.
Suspiré y me pellizqué el puente de la nariz. —Ya hemos hablado
de esto.
—Pero ahora te la estás follando.
—¿Y? Sé que follas cosas también, en ocasiones. A putas y a tu
mano.
—Me preocupa que te hayas puesto en peligro.
Sacudí la cabeza con incredulidad. —Creo que te estás
preocupando por las cosas equivocadas, y que te estás olvidando de con
quien estás hablando. ¿Desde cuándo follarse a alguien pone en peligro
algo? Es mi maldito derecho usar al rehén como se me plazca. No te
pongas todo celoso porque no la estoy compartiendo.
—No estoy celoso —dijo—. No mucho, de todas maneras. —Le echó
un vistazo a mi botella de whisky media vacía—. Pero te emborrachaste
anoche, lo cual significa que algo te molestó. No fue lo que le hiciste a
Franco. Fue lo que le hizo a ella. Y si eso te afectó, un pequeño maltrato
e intento de violación ¿cómo demonios vas a matarla cuando todo esto
haya terminado? ¿O entregársela a Salvador, si ese termina siendo el
caso? No lo harás.
Mi mirada se volvió despiadada. —No me digas lo que haré o no
haré. Recuerdas lo que solías decir sobre suponer, cómo nos convierte en
unos imbéciles. No seas un jodido imbécil, a pesar de que seas muy
bueno ello.
—Qué gracioso —dijo, lentamente poniéndose de pie—. De todas
maneras, pensé en recordártelo de nuevo. Odiaría que los otros
comenzaran a pensar lo mismo.
Me puse de pie también, empujando la silla hacia atrás. —¿Qué te
parece si dejas que yo me preocupe de eso?
Me dio una mirada que mostraba estar seguro de sí mismo. —No
permitas que te crezca una vagina.
Le gruñí y me bajé la bragueta, con rapidez sacando mi pene en
mis manos. —¿Esto se ve como una vagina para ti? 174
Parpadeó y apartó la mirada, cubriéndose el rostro con la mano. —
Por Dios, Javier. Aleja esa cosa.
Mantuve mi polla afuera durante un momento, acariciándola una
vez, antes de colocarla de regreso adentro.
Este espió a través de sus dedos y bajó la mano cuando vio que era
seguro. Qué homofóbico.
—¿Siempre está dura —preguntó—, o solo cuando me estás
mirando?
—Solo cuando tengo a un coño mojado en mi habitación,
esperando a que termine de hablar contigo para que pueda regresar y
follarla. ¿Qué te pasa? —Le hice un gesto de desdén con mi mano—. ¿Por
qué no te vas y disfrutas de tu mano?
Hizo un sonido de disgusto y comenzó a retirarse. —Una cosa más
—dijo, se detuvo antes de abrir la puerta.
—Sí ¿ahora qué? —pregunté secamente, resistiendo el impulso de
rodar los ojos.
—¿Dónde está Luisa ahora?
Fruncí el ceño. —Te lo dije. En mi habitación. Esperando para ser
follada.
—¿Sola? —preguntó, prolongando la palabra.
—Sí, sola —dije, imitándolo.
—¿Cuántas armas guardas en tu habitación, Javi? Una nueve
milímetros debajo de tu almohada. Tu súper treinta y ocho en tu gaveta.
Una AR-quince debajo de tu cama. ¿Me equivoco?
No dije nada aunque mi pulso se aceleró con curiosidad.
—Solo estoy diciendo —dijo Este en tono serio—, que tengas
cuidado cuando abras la puerta. —Salió de la habitación con una mirada
morbosa en el rostro.
Mierda.
Pero Luisa no me dispararía. ¿Lo haría?
Por supuesto que jodidamente lo haría, me respondí deprisa.
Todavía es tu maldita rehén y hará lo que sea para escapar.
Exhalé bruscamente y agarré mi pistola de debajo del escritorio, de
inmediato verificando la recámara. Mierda, en verdad esperaba que no
tuviera que usarla.
Salí de la oficina, viendo a Este bajando las escaleras en la
dirección opuesta. Que gran refuerzo sería de todas maneras. Apreté el
arma en mi palma y caminé por el pasillo hacia mi habitación. Me detuve
en la puerta y coloqué mi oreja contra ella, escuchando. No podía oír
nada.
Respirando profundamente para calmarme, y esperando lo mejor, 175
en un instante giré el pomo, con el arma abajo a mi costado, y abrí la
puerta con mi hombro.
Luisa se encontraba de rodillas en la cama, desnuda, con mi nueve
milímetros en sus manos y apuntando directo hacia mí.
Automáticamente la apunté con mi arma en respuesta.
El enfrentamiento mexicano más sexy en el que jamás había estado
involucrado.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, dando un paso cauteloso
hacia ella, sin bajar mi arma por un segundo.
—Yéndome —me respondió, con una mirada severa. Me distraía
como el infierno, sus tetas, su coño y esa arma. No creo que alguna vez
me excitará tan rápido y en una situación tan inoportuna.
—No parece.
—Te voy a pedir amablemente que me dejes ir, y si no lo haces, te
dispararé.
Una sonrisa se extendió por mi rostro. Dios mío, no podía ser más
perfecta.
—Si me disparas, me matarás —dije, dando otro paso—. Entonces
¿quién te haría venir todo el tiempo?
—Mis dedos —dijo, su doble agarre en el arma se apretó—. Y te
dispararé en las rodillas. No quiero matarte. No soy tan mala.
Incliné la cabeza. —No, no lo eres. Pero lo podrías ser.
Su rostro permaneció serio. —Por favor, Javier. No me hagas hacer
esto.
—No me hagas hacer esto. Sabes que en el minuto en que me
dispares, voy a tener que dispararte. Y odio presumir, pero soy
terriblemente bueno disparando, sin importar la distancia. Las
probabilidades de que aciertes, incluso desde tan cerca, son muy pocas.
¿Alguna vez si quiera has disparado una de esas?
Podía ver que apuntaba en el lugar justo al lado de mi cabeza, tal
vez para asustarme, quizás para matarme. —¡Tranquila! —grité—. Si
disparas esa arma, todo el mundo en la casa estará aquí arriba y no seré
capaz de protegerte de ellos.
Una expresión llena de veneno se posó en sus ojos oscuros. —No
me protegiste antes.
—Y he estado pagando muy caro por ello —dije con sinceridad,
dando un paso más por lo que me encontraba casi al pie de la cama—.
Luisa, por favor, baja el arma y déjame volver a follarte.
Negó con la cabeza. —No puedo. Tengo que irme. Necesito
asegurarme que mis padres estén seguros y luego voy a desaparecer.
—¿Cómo vas hacerlo?
176
Presionó los labios durante un momento. —Tengo una amiga,
Camila, está en Cabo. Podría llamarla y…
—No —dije bruscamente, implorándole con los ojos—. No puedes.
No la contactarás a tiempo, y no llegará a ellos a tiempo.
—Por favor, simplemente déjame ir —dijo. Su tono era más débil
ahora, como lo era la mirada en sus ojos. Parecían casi perdidos y
desesperanzados.
Había una sensación peculiar de vacío en mi pecho.
—No puedo hacer eso —dije con ternura—. Sabes que no puedo.
Debo mantenerte aquí hasta que tenga noticias de Salvador. Si te dejo ir,
arruinaría todo para mí. —Le di una sonrisa pacificadora—. Además ¿no
sabes que me he encariñado un poco contigo?
Tragó saliva. —Solo quieres usar mi cuerpo —dijo, su voz
decayendo un poquito al igual que el cañón de su arma.
—Y me he encariñado muchísimo en hacer eso.
Tan pronto como lo dije, me moví con rapidez. Me balanceé hacia
delante, quitándole el arma de las manos con un golpe y cayó en el suelo
estrepitosamente, luego la aprisioné en la cama, sujetando sus brazos
por encima de su cabeza. Sus ojos se llenaron con una mezcla de ira y
desesperación mientras se retorcía debajo de mí.
Le sujeté los brazos con más fuerza, con mi rostro cerniéndose
sobre el suyo. —No puedo culparte por intentarlo, Luisa. Y yo fui el jodido
tonto que pensó tanto con su polla que no me di cuenta que te dejé sola
cuando no debí haberlo hecho. —Bajé la cabeza por lo que mis labios
apenas rozaron los suyos—. ¿Pero sabes qué? —dije con voz ronca—, no
me arrepiento de nada. Porque esa fue la cosa más malditamente sensual
que alguna vez he visto. Y tú, mí querida, realmente estás empezando a
ser una reina.
Le mordí el labio y tiré de él por un momento. —Ahora, si tu
adrenalina está bombeando como la mía, y has acabado con los juegos
de armas por el día, yo digo que debo girarte y follarte hasta los sesos.
—Puedes ser tan desalmado —dijo con desagrado contra mis
labios, pero no apartó su rostro del mío.
Chupé su labio inferior en mi boca y sentí su cuerpo responder
debajo de mí. —Mi querida, no necesitas un alma para follar. Solo una
gran polla. —Empujé mi erección contra su vientre para hacer énfasis y
sonreí.
Sus ojos se agrandaron con apreciación.
La tenía justo donde la quería.

177
Traducido por Mel Cipriano
Corregido por Fany Stgo.

Creí que los días previos a las negociaciones con Salvador durarían
para siempre. El no saber, el miedo, la ansiosa anticipación, todo tenía
maneras de hacer que el tiempo se arrastrase.
En cambio, los tres días pasaron en un revoltijo de sexo y éxtasis.
Fueron piel desnuda y fluidos íntimos, extremidades lánguidas y
orgasmos trascendentales. Fueron los ojos de Javier en un millón de
formas diferentes: intensos durante el sexo y suaves después de correrse,
juguetones mientras nos encontrábamos en la cama y helados cuando 178
estábamos con los demás. Fueron la forma en que nuestros cuerpos se
fundieron juntos, absolutamente cautivadora, adictiva, y extrañamente
liberadora.
Empecé a sentirme como si conociera su cuerpo por dentro y por
fuera, al igual que él conocía el mío. Aprendí lo que le gustaba, lo que no,
y lo que anhelaba. Sabía qué cosas decir para hacer que me follara hasta
dejarme sin aliento, y qué decir cuando realmente quería molestarlo.
Durante todo ese tiempo, esos días de pasión sin sentido, nunca
tuve la urgencia de huir de nuevo. Tal vez follarme era una manera de
mantenerme bajo control. Quizás lo follaba por la misma razón. No lo
sabía. Pero por mucho que temía por mi futuro, me obligué a vivir en el
momento. El momento era todo lo que tenía, y me aseguré de disfrutar
hasta la última gota.
Sabía muy bien lo que era síndrome de Estocolmo. Sabía que era
común. Simplemente no creía que se aplicara a mí. Porque las mujeres
que se enamoraban de sus captores de esa manera, eran consideradas
algo tan extraño e inusual que se necesitaba un nombre clínico. Era un
problema que podía ser diagnosticado.
Cuanto más tiempo pasaba con Javier, sintiéndome caer, mis alas
extendiéndose y aleteando, más me sentía como si hubiera algo tan
terriblemente correcto sobre él. Cuando una mujer es secuestrada, se ve
obligada a enfrentarse a otro hombre, quien quiere hacerle daño. Cuando
yo fui secuestrada, me vi obligada a lidiar con un hombre que era mejor
que aquel del que me arrebataron. Todavía malo, por supuesto. Javier
era terriblemente malo. Pero él no era lo peor. Y cuando lo atrapaba
mirándome, a veces, podía engañarme a mí misma pensando que,
posiblemente, podría ser mejor.
Pero Javier seguía siendo un misterio para mí, a pesar de los
sentimientos que comenzaba a tener por él. A pesar de su gracia y de la
ternura que a veces me regalaba, había un escudo, un muro a su
alrededor que, aún con mi belleza, las mamadas y las conversaciones
dulces, no podía penetrar. Se mantenía distanciado de mí, y eso me
frustraba y enojaba un poco. No necesariamente porque debía saber qué
pensaba o qué sentía por mí, sino porque yo misma tampoco lo sabía.
Ambos éramos conscientes de que algo horrible se avecinaba, y él era el
único con la fuerza suficiente para protegerse.
Yo… Yo sabía que estaba acabada. Pero al menos tenía que vivir
un poco mientras tanto.
O eso me decía.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Me volví para ver Javier caminando hacia mí, con las manos
casualmente atascadas en los bolsillos de sus pantalones de lino. Solo
dejé su lado hacía unas horas y había salido a sentarme en el banco de
piedra junto al estanque.
179
—Alimentando a los peces —dije, levantando unos trozos de pan
que saqué de la cocina.
Se detuvo detrás de mí y observó pensativamente el loto. La brisa
atrapó un mechón de su cabello enmarañado, el sol destacando el oro en
sus ojos. En momentos como ese era cuando podía pretender que vivía
allí, y que no había un horrible mundo exterior tras la belleza y las flores.
Miró el pan y se pasó la mano por su fuerte mandíbula, divertido.
—¿Te das cuenta de que los peces koi necesitan comida especial?
Me encogí de hombros. —Pensé que eran como tus cerdos y que
comerían cualquier cosa. —Hacía unos días me llevó por un camino, a
través de un grupo de árboles en el borde del patio, y terminamos en una
especie de granja. Me mostró sus cerdos. Aprendí cómo el cuerpo de
Franco fue desechado.
Se sentó a mi lado. —No exactamente.
En algún lugar más allá de las flores, el jardinero Carlos, un tipo
simpático, puso en marcha su cortadora de césped. El sonido era muy
desconcertante. Me recordaba a las huellas de los suburbios y a las cosas
que solía ver cuando conducía en Cabo San Lucas.
Miré a Javier, preguntándome si alguna vez le extrañó cuán normal
y pacífica parecía su vida, cuando en realidad era todo lo contrario. Me
pregunté si él lo orquestó de esa manera, manteniendo aquella belleza y
elegancia a su alrededor con el fin de equilibrar todo lo malo. Me pregunté
si alguna vez estuvo a punto de hacer de este lugar algo aún más íntimo
de lo que era, si alguna vez soñó con tener una mujer e hijos.
—Entonces, ¿qué pasó entre tú y Ellie?
Se puso rígido por un momento, antes de que su mirada se posara
bruscamente en la mía. —¿De dónde vino eso?
—No lo sé. Soy curiosa.
Sus ojos se estrecharon con desconfianza y se movió en su asiento.
—¿Por qué estás tan interesada en mi pasado?
—Porque el pasado te hace ser quien eres. Quiero saber por qué
eres así.
—¿Así? —repitió con una sonrisa irónica—. Luisa, odio decírtelo,
pero siempre he sido así.
—¿Y luego qué pasó? Sígueme la corriente.
Juntó sus manos, su reloj tintineó.
—En pocas palabras —dijo con un suspiro de exasperación—.
Trataba de ayudarla a vengarse. Y también intentaba demostrarle quién
era en realidad, o la que yo todavía pensaba que era. Al final, mi ayuda
no sirvió de nada. Había cambiado. Jugó conmigo. Me tiró debajo de un
autobús para poder estar con otro hombre, un idiota de mierda, y se rió
mientras me llevaron lejos. Me encuentro seguro de que ella supo que
terminé en la cárcel. Y que eso solo cimentó su decisión de ser buena. 180
Ese fue todo el agradecimiento que recibí por tratar de ayudar. —Negó
con la cabeza, ira hirviendo a fuego lento en sus ojos—. La gente es tan
jodidamente desagradecida.
—Así que ella rompió tu corazón.
Me observó de soslayo. —No se debe confundir un orgullo roto con
un corazón roto. Ningún hombre quiere verse como un tonto. Gracias a
ella, perdí casi todo, y me tomó años volver a recuperarlo. Eso no es algo
que pueda olvidarse en una noche.
Ahora entendía el escudo.
Algunos momentos pasaron. Un pez blanco y naranja hizo varias
vueltas alrededor del estanque, mirándome con esperanza cada vez que
se acercaba. Pensé en lo que había dicho Javier, cómo él vio algo en Ellie
que quería sacar de ella. Su verdad.
Finalmente, me giré y le pregunté tímidamente—: ¿Me ayudas?
Su ceño se frunció delicadamente. —¿Ayudarte a qué?
—A comprender quién realmente soy.
Él sonrió. —Creo que ya lo estás averiguando. Un día a la vez.
—Pero no hay más días después de mañana —dije, tratando de
mantener mi voz lo más plana posible.
Tensión cruzó su rostro, pero la contuvo. —Supongo que tienes
razón. Entonces ¿qué vamos a hacer?
Algo, grité mentalmente. ¡Lo que sea!
Contuve mis pensamientos para que no se atrevieran a escaparse
de mis labios. —No lo sé.
Miró a Carlos, que ahora se hallaba cortando detrás de un arbusto
de flores, y luego hacia mí. —Sí, lo haces —dijo, su mirada embriagadora
arrastrándose hasta mis labios—. Lo que siempre hemos hecho.
Tomó mi hombro y quitó la correa de mi vestido con su dedo índice.
Sus ojos se fijaron en los míos en tanto me empujaba suavemente hacia
atrás, hasta que estuve acostada en el banco. En segundos, sus
pantalones estuvieron desabrochados, mi ropa interior fue corrida a un
lado, y colocó mi pierna hacia arriba, en su hombro. Empujó dentro de
mí a plena luz del día, mientras que la cortadora de césped zumbaba en
el fondo, y las flores perfumaban el aire con su delicada fragancia.
Aunque me sentía completamente expuesta al mundo que vivía y
respiraba a nuestro alrededor, me hallaba absolutamente cautiva en
nuestra intimidad. Cuando me corrí, mis uñas rastrillaron por su espalda
y en los hilos de lino sueltos de su camisa, aferrándome a algo más que
él; me aferraba al día, al momento, al segundo.
Al tiempo en que fui reina.
Y dónde era libre. 181
Traducido por Jenni G
Corregido por Daniela Agrafojo

Era mitad de la noche cuando Luisa me despertó, justo unas horas


antes del amanecer, antes de que llegara el día y Salvador llamará.
Como de costumbre, me despertó de la manera más exquisita, su
cuerpo desnudo presionando contra el mío, sus manos en mi cabello y
sus labios en mi pecho.
—¿Qué hora es? —gemí, tanto por la falta de sueño como por la
forma en que se empujaba contra mi polla. 182
—¿Importa? —preguntó suavemente.
Abrí los ojos y distinguí sus rasgos en la menguante oscuridad. —
No. No cuando estás así.
Sus dientes perlados destellaron en una preciosa sonrisa. —Bien
—dijo. Pasó sus dedos por el lado de mi cara y esa sonrisa desapareció
lentamente. Ni siquiera tuve que preguntar por qué. Sabía el porqué.
Sabía lo que venía. Me encontraba haciendo todo lo posible para
endurecerme contra las decisiones imposibles que tendría que tomar en
unas pocas horas.
—Javier —susurró, mi nombre sonaba como el cielo—. ¿Qué es lo
que vas a hacer conmigo?
Rechiné la mandíbula, tratando de no perder la calma. —No me
preguntes eso.
—Pero debes saberlo.
—Pero no lo sé —susurré ásperamente—. Te lo haré saber cuándo
llegue el momento.
—¿Me prometerás ser el único que me dispare? Como dijiste.
—Nunca dije que fuera a hacer eso.
—¿Me lo prometes? —repitió, pasando sus manos otra vez por mi
cabello.
—No —dije. Y decía la verdad—. No voy a dispararte. No te haré
daño. No te mataré. ¿Te sientes mejor?
Sacudió la cabeza, y pude ver que cuán húmedos se encontraban
sus ojos. Una lágrima cayó sobre mi pecho y el vacío debajo de ella creció.
—No me siento mejor, porque sé que otros lo harán. Salvador no
me querrá.
Agarré sus hombros y la sacudí. —¡No sabemos eso! —siseé.
—Y entonces ¡qué pasa si lo hace! ¿Puedes dejarme ir? ¿Puedes
verme volver con él, para ser su esposa otra vez? —Presionó sus dedos
sobre los rastros de lágrimas y los arremolinó alrededor de mi corazón en
círculos de ira—. ¿Todavía eres capaz de eso?
Sí. Tenía que serlo.
—Luisa —dije cuidadosamente, mirando a sus desesperados ojos
brillantes—. No puedes salvarme.
Ella sonrió, dejando salir una risa sarcástica. —No quiero salvarte
—dijo, trayendo su cara más cerca de la mía—. Quiero unirme a ti.
La miré fijamente, completamente deslumbrado por lo que había
dicho. Incluso con todo lo que era, no quería cambiarme, no quería
salvarme. Quizás era porque estaba más allá de la salvación. De
cualquier manera, vio quién era yo y toda mi porquería, y quería rodar
en ella conmigo. 183
Se había convertido en mi igual.
Y en la mañana se convertiría en nada.

***

—¿Dijo cuándo llamaría? —preguntó Este con un toque de


molestia.
Ni siquiera pude contestarle. Mis ojos se hallaban fijos en el nuevo
teléfono con tapa tirado en el escritorio en frente de mí. Era exactamente
la misma escena de la semana pasada, excepto que había una diferencia.
Este tenía razón. Luisa me había comprometido.
Eso no significaba que no fuera a hacer lo que tenía que hacer. Pero
sí significaba que aunque pareciera molesto en la superficie,
interiormente me sentía devastado.
—Bueno, Javier le dijo exactamente una semana —dijo El Doctor
suavemente. Ajustó el sombrero sobre su cabeza—. Supongo que
Salvador podría tomarlo literalmente o no.
—Si es literal entonces ya está retrasado —dijo Este. Podía sentir
sus ojos sobre mí—. ¿Estás seguro de que Juanito es lo suficientemente
bueno, Javi?
Sacudí la barbilla asintiendo. Querían tener a Luisa vigilada
durante esto, así que envié a Juanito para hacer el trabajo. El hombre
tenía sus defectos, pero sabía que no la lastimaría y me obedecería. En
alguien como Este no siempre se podía confiar. Mi mente comenzó a
separar esa parte, preguntándose si quizás algún día podría deshacerme
de Este antes de que él pudiera deshacerse de mí. Mi mente quería pensar
en todo excepto en lo que iba a suceder.
—Entonces ¿cuál es nuestro plan de acción si la quiere de vuelta?
—preguntó El Doctor—. No deberíamos entregársela hasta que todo sea
absolutamente seguro. Necesitamos pruebas de las rutas marítimas.
Necesitamos pruebas físicas antes de hacer algo. Esto podría significar
quedarnos con ella unos días más. Pero estoy seguro de que Javier puede
manejar eso ¿o no muchacho?
Apenas lo escuché. Mis ojos querían que el teléfono sonara, para
acabar con esta mierda de una vez.
Y, como si Dios mismo fuera el operador, el teléfono comenzó a
bailar, vibrando sobre el escritorio. Todos lo miramos con gran
expectación antes de que lo tomara.
Esperé un momento, uno de oro en el que todo siguió igual, antes
de que lo abriera.
—Hola —dije en el receptor, aliviado por lo fuerte que sonaba mi
voz. Casi podía engañarme a mí mismo.
184
—Javier Bernal —dijo Salvador, con su voz goteando falsa
formalidad—. Me alegra que estuvieras esperando mi llamada. Casi lo
había olvidado, ya ves. Es bueno saber que tú no.
Apreté los labios, con fuerza, esperando que continuara. No lo hizo.
—No, no lo hice —dije deliberadamente—. Entonces ¿qué
decidiste? ¿Vas a hacer el trato conmigo o no?
Hubo una pausa y el otro lado del teléfono irrumpió en una
carcajada. Era tan fuerte que sabía que El Doctor y Este podían oírla.
Intercambiaron una mirada preocupada entre ellos.
—¿Trato? —dijo bruscamente Salvador cuando se calmó—. ¿Cuál
era el trato, otra vez? ¿Un carril de Ephedra por mi esposa? Javier, Javier,
Javier. ¿Has visto a mi esposa? ¿Has probado a mi esposa? —Su voz
bajó—. Si eres como yo, lo hiciste.
No soy para nada como tú, pensé con amargura.
—Pero por su belleza y su cuerpo —continuó—, ¿de verdad crees
que vale la pena una ruta marítima? Debes ser más tonto de lo que pensé.
—Resopló y mi pecho se contrajo dolorosamente—. El mundo está lleno
de mujeres ingenuas, sin cerebro e indefensas como ella. Puedo conseguir
otra. De hecho, ya tengo. Varias. Así que no, Javier, no voy a hacer un
trato contigo. —Hizo una pausa—. Córtale la maldita cabeza.
La línea se cortó.
Todo dentro de mí murió. Quité lentamente el teléfono de mi oreja
y lo miré en mis manos.
Me equivoqué. Luisa tenía razón. Salvador no la quería. La
secuestré en vano. No iba a recibir nada a cambio.
Parecía conveniente para un hombre que amaba joder tanto, que
me hubiera realmente jodido yo mismo otra vez.
—¿Javier? —preguntó El Doctor con prudencia—. ¿Qué pasó?
Levanté la mirada, encontrándome con los ojos de Este por
accidente. Él hizo una mueca inmediatamente, reconociendo mi mirada
de fracaso.
—Mierda —maldijo—. No hay maldito trato, eh.
El Doctor hizo un sonido de desaprobación, inclinándose y
apoyándose en sus rodillas.
—Es una pena. Una auténtica pena. Todo el tiempo que perdimos.
Y ahora quedamos como imbéciles. Bueno, la única forma de poder
recuperarnos de esto, Javier —dijo mi nombre bruscamente así que dirigí
mi atención hacia él—, es si mostramos que no jodemos por ahí. Y sé que
tú no. Mira lo que pasó con Franco. No hay amenazas en vano. —Se
levantó de su asiento y bajó la mirada hacia mí con curiosidad—. Sabes
que tenemos que matarla y hacerlo públicamente.
Levanté un dedo para silenciarlo. Era oh, tan difícil pensar cuando
apenas podía respirar.
185
—Dame un minuto —conseguí decir. Mi cerebro trabajaba a toda
marcha, tratando de encontrar una manera de salvar mi orgullo, salvar
mi cártel, y a Luisa al mismo tiempo. Apenas noté que Este había salido
de la habitación.
Pero sin duda alguna noté cuando volvió.
Levanté la mirada para ver a Luisa en la puerta pareciendo más
allá de asustada, Juanito y Este agarrándola apretadamente a cada lado.
Sus ojos volaron a los míos, y en un instante supo exactamente qué
sucedía.
Lo siento, articulé hacia ella. No sabía qué más decir.
—Ah —dijo El Doctor, aplaudiendo alegremente—. Justo la mujer
que queríamos ver. Luisa, Javier tiene algo muy importante y
preocupante que decirte. ¿No, Javier?
No quería nada más que cortar su maldita cabeza. Mis ojos
quemaban en los suyos pero él no hizo caso. Tenía esa mirada en su cara,
esa mirada soñadora y anhelante que procedía a la tortura de alguien.
Deslicé mi mirada hacia ella de nuevo. —Luisa —dije, con la voz
gruesa—. Acabo de hablar con tu esposo. No quiere hacer un trato.
Tenías razón. En cambio, quiere que te corte la cabeza.
Supongo que podría haber dicho eso más elocuentemente.
Sus ojos se abrieron por un momento antes de que algo pasara por
ellos, algo que los volvió fríos. Se retraía en sí misma. No quería que
pasara eso. Quería que se defendiera. Su lucha me daría valor para hacer
lo mismo.
—Ya veo —dijo, con la mirada vacía—. A veces es horrible tener
razón.
Asentí y miré a los hombres. —¿Les importaría dejarnos? Necesito
un momento a solas con ella.
El Doctor entrecerró los ojos. —Javier, sabes que tienes que hacer
lo mejor para todos nosotros. Tan espantoso como pueda ser.
—Por favor, váyanse —dije, mi voz fortaleciéndose—. Ahora.
Juanito, Este y El Doctor intercambiaron una mirada de
preocupación antes de salir reticentemente de la habitación. Tan pronto
como se cerró la puerta detrás de ellos, fui hacia ella y la cerré con llave
antes de girarme para mirar a Luisa.
Nos miramos el uno al otro por un largo momento. Había tanto que
decir y sin embargo tan poco.
—De manera que llegó la hora ―—dijo.
Negué con la cabeza y me acerqué a ella, tomando su cara entre
mis manos.
—No. Claro que no. No voy a permitir que suceda si tú no quieres. 186
Dime que lucharás por esto. Prométemelo.
Me miró con la abierta necesidad de creer. —¿Cómo puedo luchar?
Lamí mis labios y aparté la mirada. —No lo sé. El cártel sufrirá, yo
sufriré, si no lo hacemos. Seguiremos adelante, según lo que digamos,
eso haremos. Si decimos que vamos a matarte, entonces tendremos que
hacerlo.
—Entonces busca a alguien más —gritó ella, sus ojos bailando
febrilmente—. Ve al pueblo y busca a alguna mujer, una prostituta,
alguien, cualquiera, cualquiera que se parezca a mí. Tráela, átala y
grábalo. ¡Cubre su cara con una bolsa y corta su maldita cabeza!
Incliné la barbilla hacia mi cuello. ¿De dónde había salido esta
brutal Luisa?
Sonrió y me sacudió. —Funcionará —me aseguró—. Matar a otra
mujer en mi lugar.
—No —dije, mirándola fijamente—. No lo hará. Puede que quieran
una prueba de tu verdadera cabeza.
—Entonces déjame quedarme aquí —dijo—. No tienes que
matarme. Puedes decirles que no. Tú eres su jefe.
—Sé que lo soy. Pero eso no ayuda con el orgullo, con la imagen.
—¡A la mierda tu orgullo! —gritó, con la cara contorsionada—. ¿Qué
mierda de bueno trajo eso alguna vez?
Ella no lo entendía. —Me lo dio todo —dije.
Hizo un gesto de barrido por la habitación. —Todas estas amadas
cosas que te gustan tanto ―dijo sarcásticamente—. Todas tus putas
flores, tu ropa, tu dinero y los idiotas que trabajan para ti.
Froté mi cara con mis manos, tratando de contenerme y conseguir
el control de nuevo. Me sentía como si me hubiera perdido hace mucho
tiempo, en algún lugar dentro de ella. No importaba lo que eligiera, iba a
sufrir de alguna manera.
—Mira —dije con cuidado, encontrando lentamente sus ojos
salvajes—. Si te quedas aquí, incluso si el cártel no puede salvarse ¿qué
crees que les pasará a tus padres? Si te escapas a la selva ¿qué crees que
les pasará a tus padres? Si matamos a otra mujer y fingimos que eres tú
¿qué cree que va a pasar con tus padres? —La expresión en su rostro
decayó y di un paso en su dirección de nuevo—. No estás pensando con
claridad. Estás pensando con la supervivencia y el instinto, y eso es
bueno porque significa que finalmente estás siendo egoísta. Pero tienes
un corazón puro, mi amor. No serías capaz de ser egoísta por mucho
tiempo. No quiero que vivas o mueras con esa clase de arrepentimiento
sobre tus hombros.
Pareció pensar en eso por un rato, sus ojos miraban un punto
blanco en mi camisa. Casi podía ver las ruedas girando en su interior, la
187
lucha por la supervivencia y la lucha por proteger a los que amaba.
Tenía la esperanza de no estar incluido en esa lista.
Cuando llegó a una conclusión, pareció como si tuviera todo el peso
del mundo sobre sus hombros. Me miró con los ojos muertos y dijo—:
Tengo que volver con Salvador.
Fruncí el ceño, un rayo de pánico me atravesó. —¿Qué? No.
Asintió y levantó su barbilla desafiantemente. —Sí. Es la única
manera. Tengo que volver con él. Tengo que ser su esposa de nuevo. Es
la única manera de que pueda vivir y mantener a mis padres vivos al
mismo tiempo.
Tomé su mano y la apreté con fuerza, con la esperanza de meter
un poco de sentido en ella.
—Pero no vivirás por mucho tiempo —siseé—. Sabes lo que te hará
ese hombre. Cristo, ¡lo que pasará cuando vea mi nombre en tu espalda!
—Nunca antes te importó.
—¡Pero me importa ahora! No puedes hacer eso, es un deseo de
muerte, por el amor de Dios.
—Lo haré —dijo, su voz se calmaba por momentos, como si hubiera
hecho las paces con el horrible temor—. Me dejarás ir. Aún mejor,
mandarás a alguien a dejarme en Culiacán. Andaré por ahí hasta que
alguien me vea. Toda la ciudad sabe quién soy, toda la ciudad está
todavía bajo mi poder. Les diré lo que pasó, que sabía que iba a ser
ejecutada. Les diré que me escapé y que vengo a rogarle a mi esposo que
me lleve de vuelta, que tomó la decisión correcta al escoger su negocio,
que no le guardo rencor. Voy a humillarme. Y para salvar su imagen, para
salvar su orgullo de mierda, me dejará volver a su casa. —Tragó—. Y yo…
seré su esposa de nuevo. Igual que antes.
Me sentía furioso. Tanto que mi respiración no dejaba mis
pulmones. Me tomó toda mi concentración calmarme, comenzar a inhalar
y exhalar por mi nariz. ¿Por qué tenía que escoger eso de todas las cosas?
—Luisa, por favor —dije, esperando que pudiera ver la verdad—.
Vas a morir. Te llevará por el orgullo pero no eres nada para él. ¿Me
escuchas? ¡Nada! Durarás una semana o dos, y luego te matará. Y antes
de eso, sabes lo que va a hacerte. Él… —Me rompí, incapaz de terminar
la frase. Ni siquiera podía permitirme pensarlo, pero se encontraba ahí,
hurgando en mi cerebro. El sonido de la voz de Salvador, el miedo que vi
en los ojos de Luisa, la brutalidad de la cual él había demostrado ser
capaz.
—Y lo manejaré como lo hice anteriormente —dijo, casi orgullosa—
. Es la única manera. Al menos puedo decir que lo he intentado. Una
oportunidad más en la vida, tan patética como puede ser. ¿Y tú? Solo
tienes que perder tu precioso orgullo entre tus trabajadores. El resto del
mundo puede reírse de tu defectuosa seguridad, pero estoy segura de que
será algo que pronto olvidarán. Para México, tu cártel sigue siendo uno a
188
tener en cuenta y tu orgullo se mantendrá intacto. Y tú, Javier Bernal,
continuarás como antes. En una semana, no te acordarás de mí.
Pero tenía que saberlo, tenía que darse cuenta de lo difícil que era
para mí también. Si lo hizo, sin embargo, no le importó.
—Está bien —dije, asintiendo hacia ella—. Si eso es lo que quieres,
puedo decirles a los otros el plan. No les va a gustar, pero no podrán
hacer nada al respecto.
—Gracias —dijo. Me sonrió con la fortaleza de un millón de
corazones rotos. Era la cosa más triste que jamás hubiera visto, y había
visto un montón de cosas tristes en mi vida, cosas que me perseguirían
hasta la tumba.
Y entonces fue cuando supe, con tan solo una sonrisa, mi Luisa,
mi reina, me había quebrado.
Traducido por Koté & becky_abc2
Corregido por Laurita PI

Dormí sola esa noche. De hecho, también pasé la mayor parte del
día sola. Después me enteré de la noticia y luego llegué con mi propio
horrible plan, Javier le dijo a sus compañeros qué haríamos. No se lo
tomaron bien, como lo imaginé. Este se encontraba enojado como un niño
llorón e incluso Juanito miró a Javier con un aire irrespetuoso. Tenía que
decir, por mucho que me burlé de su estúpido orgullo, hubo un momento
en el que me sentí casi triste por él.
El Doctor parecía ser quien lo tomó peor. En esa tranquila, cínica 189
y monstruosa manera de ser, reprendió a Javier de todas las formas que
pudo. Lo llamó débil. Suave. Dominado. Habló de mí como si ni siquiera
me hallara en la habitación, pero esos insultos obscenos sobre qué tan
buena follando debía ser, no significaban nada. Lo único que importaba
era poner mi plan en acción.
Y, al final, eso fue lo que pasó. Javier se humilló ante sus hombres,
pero ellos protegerían el cartel. Me dejarían ir. Al día siguiente, Juanito
me llevaría a Culiacán. Me gustaría ver de qué manera apenas había
escapado de alguna parte. Me gustaría tener una historia que contar. Y
luego me gustaría esperar lo mejor.
Sabía que Javier no se sentía feliz con mi elección; tampoco yo lo
hacía. En realidad, me hallaba tan asustada que me había entumecido.
No me permití pensar en lo que me podría pasar, solo sabía que tenía que
hacerlo. Mis posibilidades de supervivencia eran extremadamente bajas.
Mis posibilidades de vil abuso, tormento y tortura eran extremadamente
altas. De cualquier manera, obtendría mucho dolor.
Pero al igual que hice durante toda la semana, lo puse en un
segundo plano. Intenté apreciar el último día que tenía en esa casa que,
en el sol moribundo, se convirtió en oro y no en una prisión en absoluto.
Deseé tener a Javier a mi lado, pero me ignoraba, evitándome. Sabía que
era lo mejor. Sabía que si estaba con él, en su cama, haría el dejarlo aún
peor.
Ni siquiera era que Javier y yo fuéramos amantes. En realidad, lo
que teníamos no se podía explicar. La relación que tuvimos era jodida,
más allá del razonamiento. No tenía ningún sentido para mí sentir algo
más que atracción por un hombre como él, y sin embargo lo hacía. No
debería haber dejado que mis emociones excusaran las cosas que había
hecho, la persona que era, pero de nuevo, lo hice.
Debería agradecerle que no me matara, que no fuera ni siquiera
una opción para él. Hace una semana, habría estado segura de que
cortaría mi cabeza, y con alegría. Ahora se hallaba dispuesto a recibir un
golpe en su ego, no solo por resistirse a matarme, si no por, en verdad,
dejarme ir. Sin mencionar que en realidad me dejaba ir ejecutando un
plan que yo, su rehén, había ideado.
Y a pesar de todo, aún anhelaba más. Deseaba que, de nuevo, me
pidiera que me quede. Quería que protestara un poco más. Podría haber
otras maneras de evitar todo esto. Podía ir y llevar a mis padres a un
lugar seguro y luego mantenerme aquí como suya. Con mucho gusto me
quedaría. Podía no existir ningún amor en esta casa, pero era mejor que
una llena de odio.
No podía encontrar las palabras. No veía el punto. Debería haber
sido suficiente lo que hizo, finalmente, me ve como un ser humano. Es
solo que siendo un ser humano significa también que quería lo que no
podía tener.
A él. 190
A la mañana siguiente, tras un sueño intranquilo, me despertó un
golpe, era Este trayéndome el desayuno. Era una de las últimas personas
que quería ver.
—Pensé que te merecías esto en la cama, ya que es tu última
comida con nosotros y todo —dijo, cerrando la puerta detrás suyo con el
pie y llevando la bandeja a la mesa de noche. Me lanzó una mirada de
reojo—. Esto es solo porque al irte puedo confiar en que no me golpearás
en la cabeza con el cuenco de la fruta o algo así.
No sonreí, solo lo miré fijo.
—No hay chistes hoy ¿eh? —preguntó con un encogimiento de
hombros. Se sentó en el borde de la cama, e instintivamente tiré mis pies
hacia mí—. Sabes, Luisa, creo que es posible que hayamos empezado con
mal pie. Pero solo quería que supieras que me gustas.
Hice una mueca. —¿Se supone que eso es algo bueno?
—No es nada —dijo Este—. Puedo ver cómo Javier está tan
obsesionado contigo.
—¿Obsesionado? —Esto era nuevo para mí.
—No te sientas demasiado halagada —dijo con ironía—. Javier se
obsesiona con facilidad. A pesar de que no sucede muy a menudo con las
mujeres. Teniendo en cuenta su pasado y su devoción a la construcción
de un imperio, en verdad me encuentro sorprendido de la manera en que
las cosas resultaron.
—Pero eres infeliz por ello —dije.
—Lo soy. Creo que deja que sus sentimientos por ti nublen su
juicio. Pero las cosas podrían ser peores.
¿Sentimientos por mí? Quería pedirle que se explicara, que me
contara más. Pero me di cuenta de lo malditamente inadecuado que era,
y teniendo en cuenta mis circunstancias extremas hacía a mi corazón
dolorido en su interior titubear.
Este estudió mi rostro. —Para que lo sepas —dijo con cuidado, y
una mirada de complicidad en sus ojos—, sus sentimientos por ti solo
significan que no te asesinará. Eso es todo. No puedes conseguir mucho
más que eso de él. Es como obtener sangre de una piedra.
—Lo sé —dije inmediatamente—. Nunca imaginé lo contrario.
Asintió y acarició la cama. —Bien. Bueno, supongo que debería
salir. Espero que todo esto valga la pena, ya sabes. Con facilidad, podrías
desaparecer y obtener una nueva identidad, una nueva vida, un nuevo
todo.
Negué con la cabeza. —No podría hacer eso. Tengo conciencia.
—Y eso será tu muerte —dijo—. Juanito va a venir y te llevará en
una hora. Como sabes, es un largo viaje en auto. —Se levantó e hizo una
pausa, como si recordara algo—. Ah, y lo siento de nuevo por dispararte
191
con el electrochoque.
Me quedé mirándolo con frialdad. —¿En serio? Todavía pienso en
golpearte en la cabeza con esta bandeja, solo porque sí.
Sonrió. —Lo suponía.
Abrió la puerta.
—Esteban —lo llamé después—. ¿Podrías por favor enviar a Javier
aquí?
Frunció el rostro con duda. —Lo intentaré.
La puerta se cerró y esperé. Con la hora señalada más cerca, me
puse el vestido y los zapatos para correr, las únicas cosas con las que
fingiría que me escapé. No volvería a tener nada más. Sin dinero, sin
identificación, nada. Me quedé mirando mi cara en el espejo. Me pregunté
si Salvador podría ver el horror en mis ojos y confundirlo sobre dónde
estuve, no donde fui. Eso esperaba.
Finalmente, cinco minutos antes de que la arena del reloj terminara
de caer, Javier vino a mí. Llevaba una máscara de elegancia e
indiferencia, sus rasgos excepcionalmente guapos poseían la apariencia
de una escultura. Pero no tenía ni idea de lo que el artista trataba de
decir: ¿He aquí un hombre en la negación? ¿He aquí un hombre sin alma?
¿He aquí un hombre que va a construir imperios y legados, cuyo orgullo
forma la tierra? O, ¿he aquí un hombre que por una vez en su vida, no
sabe quién es?
Quien quiera que fuera el hombre en mi puerta, era evidente que
se encontraba en el último lugar donde quería estar.
—¿Querías verme? —dijo con tanta formalidad que me cortó peor
que su espada.
—¿No ibas a venir a despedirte? —pregunté. Se quedó en la puerta.
Me quedé cerca del baño. Ninguno de los dos se movió.
—Sí —dijo, con aire de desafío—. En la puerta.
—Oh —dije con sarcasmo—. Tan amable y apropiado de ti.
—Luisa —advirtió él.
—De manera que después de todo lo que me has hecho pasar —
dije, cruzando mis brazos—, te limpias las manos y me empujas fuera de
la puerta.
Indignación encendió sus ojos. Sus manos se cerraban y se
aflojaban, pero se las arregló para mantener su voz dura y estable. —Fue
tu elección. Lo elegiste.
—Porque es la única opción que tengo —dije—. ¿No?
Nuestros ojos se clavaron en los del otro. Quería que se acercara.
Anhelaba ver algo que no se encontraba allí. 192
—¿No podemos volver atrás en el tiempo? —pregunté, mi voz suave
ahora—. ¿A cuando creía que significaba algo para ti?
Tragó saliva y miró hacia otro lado. —Siempre fuiste mi prisionera.
Siempre fui el hombre sosteniendo el cuchillo.
Y otra vez, el cuchillo fue enterrado directamente en mí. Respiré
profunda y bruscamente, deseando el dolor. —Supongo que no debería
sorprenderme. Esteban dijo que conseguir sentimientos de ti era como
sacar sangre de una piedra.
—Esteban no sabe una mierda —espetó, mirándome—. ¿Qué
demonios me quieres decir? ¿Crees que todo lo que diga va a hacer alguna
diferencia para ti? ¿Para mí? ¿Para esta maldita situación? ¿Eh?
—Podrías decirme que no me vaya.
—¡Lo hice! —gritó, irrumpiendo a través del cuarto. Me agarró por
los hombros, su cara enrojecida contra la mía—. Te dije que te no vayas.
Te dije que podía ser de otra manera. Podrías salir libre, lejos de esta puta
muerte segura. Pero eres así...
—¿Así qué? —lo incité, viendo en sus ojos chispas y llamas—. ¿Qué
soy?
—Una mártir —dijo, escupiendo la palabra—. Llevas tu nobleza
como una maldita corona. Estoy tan enfermo y cansado de esto; en
especial cuando sé que hay una mujer fuerte, sin complejos ahí,
muriendo por salir. La he visto. La he follado. Quiero que esa mujer gane.
—Esa mujer tendrá que vivir con pesar.
—Esa mujer —dijo, y me dio una sacudida—, vivirá. —Sus ojos
buscaron el techo, tratando de recobrar la compostura, pero cuando
volvió a mirarme, el fuego seguía allí. La máscara se había deslizado—.
Sé que amas a tus padres, Luisa. ¿Pero es su seguridad; que no está
garantizada, el precio de tu propia vida? ¿De verdad crees que tus padres
quieren que hagas esto? ¿Crees que esto los hará sentir jodidamente
orgullosos? Si son como yo, estarán enojados como el infierno. En
cambio, vivirán sus vidas con pesar. ¿Es eso lo que le quieres dar? ¿Una
hija muerta y una vida de puto dolor?
Me dejó estupefacta. Me agarró la cara con las dos manos y me
miró con loca intensidad. —¡Sé una jodida egoísta! Salva tu propia vida.
—Me soltó de repente, dándome la espalda, con la mano en la nuca—. El
Señor sabe que no puedo salvarla por ti.
Observé su espalda, su fuerza debajo de la chaqueta de traje azul
marino, preguntándome si alguna vez se cansó de elegir este mundo.
Parecía todo tan fácil para él dar órdenes, decirles a las personas qué
hacer, y nunca tener que dar un gramo de sí mismo.
—Me diste una razón para correr —dije—. Dame una razón para
quedarme.
193
Hizo una pausa y con lentitud se volvió hacia mí. —¿Qué te dé una
razón para quedarte?
—Sí —dije, caminando hacia él, negándome a apartar la mirada.
Solo por un momento, su mirada se suavizó. —¿Qué puedo decir
para hacer que te quedes? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—Dime que me amas.
Mi audacia le sorprendió más de lo que me impactó. Se me quedó
mirando, desquiciado y absolutamente desconcertado, como si no lo
entendiera. —No puedo hacer eso —alcanzó a decir.
No tenía nada que perder. —No puedes porque no lo haces.
Abrió la boca y luego la cerró. Dio una pequeña sacudida de cabeza
y, luego dijo, casi disgustado—: No. Porque no sé lo que es, no más.
Puse mis manos en su chaqueta, corriendo las solapas de seda
hacia abajo. —Bueno —dije con tristeza—, es lo que sientes por tus trajes.
Y tu dinero. Y tus mansiones. Y todo tu poder. —Lo miré—. A menos que
sientas eso por mí.
Alguien llamó a la puerta. De mala gana rompí el contacto con su
mirada, su mirada perdida y desamparada, y miré a Juanito de pie en la
puerta.
—Lo siento mucho, jefe —dijo con nerviosismo, tratando de no
mirarnos—. Pero es hora de irse.
Javier asintió, aclarándose la garganta. —Ya se va.
Juanito se fue, y nos encontrábamos de nuevo solos, por última
vez.
—Lo lamento —dijo Javier con sinceridad, tratando de alcanzar mi
cara, poniendo suavemente un mechón de cabello detrás de mí oreja. No
sabía con certeza por qué se disculpaba; por no amarme, por la
interrupción de Juanito, por tener que decir adiós. Quizás se disculpaba
por ese primer momento cuando decidió que mi vida sería como una ruta
de navegación. En el final, ya no importaba.
—Lo siento, también —dije. Luego me alejé de su toque y de la
puerta, camine al final del pasillo, y por las escaleras hasta donde
Juanito me esperaba en el vestíbulo.
Esperando para llevarme a casa.
No miré hacia atrás. Mantuve la cabeza alta y con convicción,
incluso cuando Juanito colocó el saco sobre mi cabeza, así que no vería
la manera de entrar y salir de este lugar.
Con su ayuda, me metí en la camioneta que ya tenía el motor
encendido y me dije, por enésima vez en aquel día, que hacía lo correcto.
Entonces, en verdad, comencé a preocuparme, cuando lo correcto
comenzó a sentirse muy mal.
194

***

El viaje de regreso a Culiacán fue más largo que el trayecto a la


casa de Javier. No sabía con certeza si eran las carreteras montañosas o
la conducción de Juanito, o el hecho de que cada kilómetro que pasamos,
mis venas se llenaban de miedo helado. No poder ver tampoco ayudó,
pero un par de horas después, Juanito se inclinó y liberó mi cabeza.
Entrecerré los ojos a la luz de la tarde. Debíamos encontrarnos
bastante lejos de Javier, que no importaba lo que viera. Supongo que no
podía culparlos por pensar que podría delatar su paradero. Ese
pensamiento me hizo preguntarme si tal vez Salvador pensaría que era
un topo.
Pero una vez que entrara por su puerta, si es que incluso llegara
tan lejos, nunca lo dejaría de nuevo. Ya sea que hubiera cambiado de
bando o no, en realidad no importaba. Sabía que moriría en esa jaula de
oro.
La noche caía, el cielo se convertía en una brillante mezcla de color
violeta y mandarina que hizo a mi alma doler, cuando Juanito detuvo el
coche a un lado de la carretera. Apagó el motor y me miró expectante. —
Bueno —dijo.
—Bueno —contesté.
—Aquí es donde te bajas. —Asintió hacia al andén polvoriento que
se hallaba lleno de basura.
—Pero no nos encontramos siquiera cerca de la ciudad —protesté—
. El señalamiento decía que teníamos otras dos horas más o menos.
—Es cierto —dijo—, pero mis órdenes son que te deje aquí. Cómo
llegarás a la ciudad es tu problema. Pronto, habrá puestos de control,
todos del cártel de tu marido. Van a estar buscando en cada vehículo. No
puedo correr el riesgo de que me vean contigo.
—Entonces ¿qué hago?
—Autostop —dijo.
—Pero eso es tan inseguro —dije—. Podría ser atacada o violada.
Me dio una sonrisa melancólica. —De todos modos ¿qué crees que
te pasará?
Me estremecí. La verdad dolía. —Te estás convirtiendo en un
hombre sin corazón, al igual que ellos —le advertí.
—Riesgos laborales, supongo —dijo—. Puedes salvar tu vida si
regresas a lo mismo. 195
Asintió hacia la puerta, ansioso de que me vaya de su cargo.
Suspiré aceptándolo y salí. Aunque le dije a Javier quería estar amarrada
por las muñecas, me aseguró que no era necesario para hacer que
pareciera que me escapé. Me sentía agradecida por eso. Necesitaba cada
gramo de poder que pudiera conseguir, incluso si era solo una ilusión.
En el momento en que mis pies tocaron el suelo, Juanito se alejó.
Vi sus luces rojas hasta que hizo una vuelta en U a pocos metros de
distancia. Luego rugiendo pasó frente a mí, de regreso a Javier, de vuelta
a la seguridad.
Nunca había estado tan nerviosa en mi vida.
Me quedé allí por un largo tiempo, solo una figura negra contra el
cielo oscuro, los coches anónimos pasaban con sus luces cegadoras, mi
cabello y mi vestido arremolinaban a mi alrededor a su paso. No fue hasta
que me armé de valor para alzar el dedo pulgar a los carros que
eventualmente se detuvo uno.
Para mi mayor alivio, la que conducía era una mujer de mediana
edad. Entré y guardé silencio en tanto me regañaba por andar sola en la
carretera. No le di una gran explicación de por qué me encontraba ahí, lo
guardaba para más adelante, y mantuve mi cara apartada, para que no
pudiera ver los moretones amarillos y azules desteñidos que todavía
coloreaban mi piel por el asalto de Franco.
Fue una buena compañía, hablando de su nuevo nieto y cuan
escandaloso era que no fuera bautizado todavía, y cómo todos los vecinos
hablaban sobre eso. Me pregunté cómo sería vivir una vida totalmente
normal. Enamorarse, casarse, tener hijos y nietos. Conducir al
supermercado, beber café instantáneo, ver la televisión durante el día, ir
a la iglesia y tomar cada jodido día por sentado.
A causa de su normalidad, pasamos rápidamente el puesto de
control que vimos. Los hombres armados ni siquiera nos frenaron. Solo
seguimos conduciendo, sus ojos se encontraban entrenados solo para
distinguir gente como Juanito.
Cuando por fin llegamos a la ciudad y le pedí que me dejara en una
de las plazas llenas, le dije que tenía suerte de tener todo lo que tenía.
Solo me miró con incredulidad. Entonces, le agradecí y me bajé del auto.
Se alejó, sacudiendo la cabeza, hablando consigo misma, y me pregunté
si por la mañana sería noticia, y si cuando ella leyera el periódico de la
mañana, se daría cuenta de a quién le había dado un aventón.
Ahora, llegó el momento de jugar un papel, yo en otra línea de
tiempo, una donde Javier fue el captor brutal y eso fue todo. Cerré los
ojos, invitando a la otra persona: asustada, aliviada, jubilosa por la
huida. Miré alrededor de la plaza para encontrar alguien que pudiera
saber quién soy, los que querían oír las risas tontas clandestinas del
Cártel de Sinaloa, quienes primero tendrían que escuchar mi historia.
Encontré un músico, un cantante de narcocorridos, sentado al lado 196
de una fuente, tocando baladas de asesinatos en su acordeón. El hombre,
con su cabello peinado hacia atrás y conmovedora voz, me miró mientras
me abracé frente a él, y actuando temblé, de inmediato supo quién era
yo. Me hallaba segura de que había cantado muchas canciones sobre
esposas narco. Quizás incluso una sobre mí. Cántame una canción sobre
Luisa, la que había sido secuestrada, la única que no quería volver. La
que encontró su libertad en la cama de otro hombre.
No pasó mucho tiempo antes de que estuviera envuelta en una
manta y fuera escoltada a un vehículo de la policía, la plaza estaba
iluminada por luces rojas y azul. Unos pocos espectadores observaban,
teléfonos con cámara, grabando mi aparente rescate como lo harían con
los asesinatos que cubrían la ciudad.
Una vez en el vehículo, los oficiales más que corteses, me llevaron
en una dirección diferente de la que pensé que iríamos. Entonces, me di
cuenta de que después de mi secuestro, Salvador debió abandonar su
antigua mansión, por el bien de su seguridad.
No hacía ninguna diferencia para mí; todas guardaban los mismos
horrores.
Pronto superábamos los últimos puestos de control, algunos
operados por otros policías, algunos por los hombres con pasamontañas
negros y rifles automáticos, y luego atravesábamos las puertas
fuertemente custodiadas del más nuevo palacio de mi marido.
Una vez que llegamos a una parada, los policías me escoltaron
fuera de la camioneta y directamente por las escaleras pulidas de la
puerta principal de Salvador. Uno de los agentes fue a golpear, pero la
puerta ya se abría lenta y ominosamente, como una película de terror.
Salvador se situaba al otro lado, la luz del vestíbulo, pintaba el feo
rostro con sombras siniestras. Acarició a lo largo su bigote y me dio una
sonrisa que incluso un cocodrilo estaría avergonzado de llevar.
—Luisa, mi princesa —dijo astutamente, abriendo los brazos para
mí—. Bienvenida a casa.
Miré a los agentes de policía, preguntándome si tenía la fuerza
suficiente para dar marcha atrás, para correr, para rogar por su ayuda.
Pero ellos eran pagados generosamente por mi marido, y su trabajo era
sobre la indiferencia a todo menos el dinero. No recibiría ninguna ayuda
de ellos. No habría ninguna ayuda de nadie.
Estaba por mi propia cuenta.
Le di una sonrisa tensa a Salvador mientras entraba en la casa.
Lentamente cerró la puerta detrás de él y me lanzó una mirada
maliciosa por encima del hombro. —Esto me tomó por sorpresa. Tengo
que decir que no esperaba volver a verte.
—Lo sé —dije, poniendo la cara de mujer asustada todavía
simpática—. Y lo entiendo. Cuando vi que tenía la oportunidad de
escapar, la tomé. Te sorprenderías de lo inexpertos que son los hombres 197
de Javier. No son nada como los tuyos.
Sonrió brevemente por mi elogio. —Me sorprende que hayas vuelto
aquí.
—Eres mi marido —dije, esperando que comprara la sinceridad—.
¿Dónde más podría ir?
Por un instante, me estudió, la mandíbula tensa de un lado a otro.
— Supongo que tienes razón. —Dio un gran paso hacia mí, sus botas de
vaquero hicieron eco en el suelo—. Es una lástima que pronto desearás
no haberlo hecho.
Mi rostro se ensombreció. El suyo se iluminó. —A veces —
continuó—, no sabes lo que tienes hasta que se ha ido. —Se rió entre
dientes—. Me di cuenta de lo que tenía ni siquiera valía la pena para
negociar. —Se encogió de hombros y tiró de su barbilla mientras miraba
mi cuerpo de arriba abajo—. Pero eso no significa que no seas digna de
algo. Ponte de rodillas.
Abrí la boca para protestar y casi dije algo de lo que me
arrepentiría. Hablar de nuevo de Javier se convirtió en un mal hábito,
que él había alentado.
—¡Te dije de rodillas, coño! —me gritó Salvador. Me agarró por el
cabello y me empujó hacia el suelo, mis rodillas recibieron la peor parte
de la caída. Escuché la cremallera bajar pero no pude mirar hacia arriba.
Me hizo ver. Me agarró con un puño la parte superior de mi cabeza
y tiró de mi cabello hacia arriba, mis nervios explotaron de dolor. Miré
más allá de su polla rancia, directo a su cara. Era la encarnación del mal.
Sacudió la cabeza, chasqueando la lengua. —Titubeaste, Luisa, y una
mujer nunca duda. Parece que tendré que entrenarte de nuevo.
La siguiente cosa que sentí, fue su rodilla acercándose a mi cara.
Había dolor, manchas y todo el mundo se volvió negro.

198
Traducido por florbarbero & Jasiel Odair
Corregido por Adriana Tate

Como dice el refrán, si amas algo, déjalo ir. Siempre pensé que era
mejor simplemente disparar a la maldita cosa para que nunca fuera a
ninguna parte.
Pero ahora lo entendía. Ahora que no tenía otra opción.
Supongo que podría haber dicho algo. Podría haberle dicho a Luisa
lo que ella quería oír. Pero eso habría sido una mentira. No la amo. No
puedo. Era algo que ya no era aplicable a la persona en quien me convertí.
No había lugar para ella en mi vida; no encajaba, no funcionaba. El amor
199
no construía imperios, los arruinaba.
Lo que sentía por Luisa no era amor. Sino que era curiosidad. Era
algo, por lo menos. Era profundo y se extendía, como un cáncer. Sin
embargo, en lugar de traer solo dolor, trajo un propósito en la
enfermedad. Sus labios me calmaban, su corazón me desafiaba, sus ojos
me hacían sangrar. Mi cama era donde realizábamos nuestros
exorcismos. Me trajo paz. Yo le di fuego. Ahora la llama se ha ido para
siempre, y había una guerra de rabia en mi interior.
Estuve una semana completa fingiendo que no pasó nada.
Pretendiendo que nada me carcomía interiormente. Me puse mi máscara
todos los días. Trabajé con Este en nuestros próximos objetivos, nuestra
siguiente mano en este juego. Un viaje a Veracruz se hacía cada vez más
probable. Pero esa ciudad ya no traía miedo a mi corazón, ya no
reproducía malos recuerdos. Esos recuerdos no significaban nada para
mí. Había algo mucho más aterrador que rabia justo debajo de mi
superficie.
Una noche me desperté de una pesadilla. Creo que era la misma
que tuve antes, conmigo y mi padre de pesca, Luisa en el extremo del
anzuelo. Era difícil recordarlo; el sueño se rompió en fragmentos al
momento que desperté. Pero el sentimiento se encontraba allí. Un miedo
inimaginable. Esta era la enfermedad manifiesta. Esta era la guerra
viniendo. Esto era lo que me pasaba cuando ya no la tenía para
aplacarme.
Y entonces noté, con certeza, que fui un cobarde todo este tiempo.
Me encontraba en mi cama, seguro y cómodo con la vida que creé para
mí mismo. Donde no carecía de nada. Y sin embargo, ella se encontraba
con Salvador. Estaba allí desde hace una semana ya, y no podía imaginar
su estado, si aún seguía viva. Donde ella carecía de todo.
No volví a dormir. A pesar de que era la media noche, me puse una
bata y salí de la casa. Fui a sentarme junto al estanque, las flores de loto
lucían fantasmales a la luz de la luna. Me quedé mirando su pureza
blanca hasta que salió el sol. Entonces, en ese resplandor del alba, las vi
con mayor claridad. Las flores eran magníficas, pero no eran como el
erudito chino había dicho. Había imperfecciones en su superficie. Había
manchas. Su belleza no venía del hecho de que eran perfectas, su belleza
provenía de su resistencia. Estaban orgullosas de haber crecido en el
barro.
Incluso si mi reina de belleza ya se encontraba muerta, sabía lo que
tenía que hacer. Habría graves consecuencias por mis actos, pero ya las
había. ¿Cuál era la diferencia si me metía en un poco más de problemas?
A estas alturas, era más o menos lo que se esperaba de mí.
Más tarde, ese mismo día, les dije a los hombres que iría a un viaje
de negocios a Cabo San Lucas. Este, mi mano derecha, insistió en
acompañarme, pero le dije que tenía que hacer esto solo. Estaría seguro 200
y no permanecería mucho tiempo, dos o tres días, como máximo. Y si me
encontraba con las personas equivocadas en el momento equivocado,
entonces eso sería el fin. Sabía que Este tomaría mi lugar y me
reemplazaría.
Era un viajero nervioso. Fue un viaje rápido, pero aun así me tomó
un montón de autocontrol no beber todo el alcohol disponible en primera
clase. Había un hombre en la fila frente a mí, que me miraba como si
podría haberme reconocido. Simplemente le sonreí. Aunque esto era
arriesgado, también sabía que la mayoría de las personas nunca me
harían o dirían algo. Además, mi cara podría haber quedado expuesta
una vez o dos veces, pero Salvador tenía razón, no estaba en el radar de
nadie.
Aunque el aeropuerto se encontraba más cerca de San José del
Cabo que de San Lucas, no era mi primera parada. No le mentí a Este,
cuando dije que tenía negocios que necesitaba atender. Esta vez, no iba
a dar una orden y esperar que alguien más lo hiciera. Tendría mis manos
muy, muy sucias.
Todo era por ella.
Y parecía que cuanto más hacía por ella, más me ensuciaba.
Una vez en Cabo, tomé un largo paseo por la ciudad. No había
estado aquí en mucho tiempo y me sorprendió ver lo mucho que cambió.
Lo que antes era un pequeño puerto deportivo se encontraba repleto de
yates de millones de dólares. Los cruceros se cernían en alta mar en tanto
los adolescentes borrachos en motos de agua hacían círculos en el oleaje
azul. En las playas sonaba música y los DJs anunciaban horas para
tomar chupitos. Los bares populares anunciaban las cuarentas
canciones más sonadas y las celebridades de moda.
La ciudad no tenía alma. Tal vez esto era bueno para los turistas;
de hecho, era excelente para la economía de México, al igual que mis
drogas. Pero nunca podría vivir en un lugar preparado para extranjeros.
Claro, la ciudad se encontraba a salvo y las guerras de la droga no se
distribuían en las calles. Pero ¿dónde estaba el verdadero México?
¿Dónde se hallaba la arena bajo el glamour? ¿Dónde estaban las flores
orgullosas subiendo desde el barro?
Pasé la mayor parte del día caminando, analizando todo. A pesar
de todos mis recelos hacia la ciudad turística, lo disfruté. Era un turista,
mirando simplemente todos los lugares de interés. Era un hombre
simplemente buscando un bar, un lugar para conseguir una bebida.
Y entonces lo encontré. Era apenas distinguible entre todas las
demás trampas para turistas.
Cócteles Cabo.
Entré y me senté en el bar. A pesar de que era un día soleado y
caliente a las tres de la tarde, el bar se encontraba bastante vacío. Había
un anciano bebiendo una cerveza en el otro extremo de la barra y una
pareja en una cabina. Eso era todo.
201
La camarera, una linda chica de cabello rubio, fue rápida en
atenderme.
—Un gin tonic —dije—. Es perfecto para un día como hoy. —Le di
una sonrisa que sabía que podía bajar bragas.
Me devolvió la sonrisa, pero me di cuenta de que no tenía verdadero
efecto sobre ella. Probablemente le gustaban las mujeres.
—No hay problema —dijo, y se puso a trabajar.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunté a medida que sacaba una
botella de agua tónica.
—Camila —dijo, con un tono de voz que me decía no me molestara
en pedir más que su nombre. Pero no estaba aquí por ella.
Esperé hasta que me sirvió mi bebida y me dijo el precio, entonces
le pregunté lo que quería saber.
—Camila, me pregunto si me puedes ayudar —dije, sonriendo de
nuevo—. Mira, hay una chica que solía trabajar aquí.
Sus ojos se abrieron como platos. No tenía la certeza de que la
alertó que hablaba de Luisa; tal vez fue mi traje, o quizás ella se
encontraba en la mente de Camila. —Y estoy muy preocupado por ella —
continué—. Luisa es su nombre. ¿Has hablado con ella hace poco?
Sacudió la cabeza, sus ojos se movieron alrededor del bar. —No.
—Pero ella trabajaba aquí…
Asintió. Miró al anciano al final de la barra. Hice un ademán con la
mano con desdén. —No te preocupes por él. Solo tengo un par de
preguntas y estaré fuera de tu camino.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy un amigo —dije—. Uno de los pocos que tiene. Entonces ¿no
la has visto por aquí? ¿No te ha llamado?
—No. No, no la he visto ni he hablado con ella desde unos días
antes de su boda.
—Salvador Reyes.
Tragó. —Sí. Dime ¿está bien?
—De verdad espero que sí —dije. Realmente lo dudo.
Me tomé el resto de la bebida, sintiéndome inmediatamente
renovado y con energía, y deslicé dinero hacia ella. —Una cosa más.
—¿Qué? —preguntó, con un poco de impaciencia mezclada con
aprensión. Noté que era una chica dura. No es de extrañar que Luisa y
ella fueran amigas.
—¿Está el gerente por aquí? Me gustaría hacerle unas cuantas
preguntas acerca de ella. 202
Asintió y señaló con la cabeza hacia el pasillo. —Bruno. Creo que
está en su oficina. Él viene y va.
Le sonreí. —Perfecto.
Esperé hasta que fue a atender la pareja en la cabina, entonces me
acerqué detrás de la barra y tomé el cuchillo que usó para cortar la lima
para mi bebida.
Atrapé al hombre al final de la barra observándome con un leve
interés que solo los hombres viejos y cansados tienen. Moví el cuchillo y
le sonreí. Se encogió de hombros y volvió a su cerveza.
Asegurándome que el filo se encontrara oculto a la vista, caminé
por el pasillo y me detuve en la puerta que decía Bruno Corchado. Agarré
el cuchillo con la mano, se encontraba ligeramente pegajoso por el jugo
de la lima. Hubiera sido mejor tener el mío, pero la seguridad del avión
no me hubiera dejado volar con él en mi bota o en mi equipaje de mano.
Bastardos.
Decidí no llamar. Abrí un poco la puerta y asomé la cabeza. —
Camila —el hombre gruñó molesto hasta que levantó la vista y me vio.
Su molestia se profundizó. Obviamente, no tenía idea de quién era yo.
Bien.
Cerré la puerta detrás de mí. —¿Bruno Corchado?
—¿Quién carajos eres?
Me encogí de hombros. —Podría ser un cliente con una queja. ¿Les
hablas así a todos tus clientes?
Me miró. Era deplorable. —Puedo ver que no lo eres. ¿Qué quieres?
—Deseaba hacerte unas preguntas sobre tu ex empleada, Luisa
Chavez.
Sonrió y puso los ojos en blanco. —¿No lo has oído? Es Luisa Reyes
ahora.
—¿Está bien?
—La perra se casó con un capo —dijo—. Salvador Reyes.
Contuve el aliento. —Ya veo. Bueno, que bueno por ella.
Se secó la nariz con la mano y luego se secó bajo el escritorio. Mis
labios se fruncieron con disgusto.
—Ella estaba hambrienta de dinero —me informó, como si de
repente fuera su amigo—. Siempre venía aquí a pedir dinero. Decía que
era para sus padres. Apuesto a que no lo era. No sé qué demonios pasó
con su dinero, en realidad. No se fue en hombres. Quizás también le
gustaban las mujeres. —Me dio una mirada de complicidad—. Siempre
fue una mojigata. Eso no significa que no llegara a tener mi diversión con
ella, si sabes lo que quiero decir.
—Sé lo que quieres decir —dije, tratando de mantener la voz firme.
Bruno sospechó algo de todos modos. —Mierda —dijo,
203
enderezándose en la silla—. ¿No eres pariente de ella o algo así?
Incliné la cabeza. —No. A pesar de que lleva mi nombre.
Frunció el ceño. Casi podía oír el óxido en su cabeza a medida que
los engranajes giraban.
—En la espalda —dije—. Ahí lo grabé.
Antes de que el pánico pudiera quedar registrado plenamente en el
rostro de Bruno, me lancé rápidamente hacia él con el cuchillo. Apunté
a la parte superior del cuello, pero fui directamente al hueco de su
garganta.
Suficientemente bueno.
Se quedó sin aliento, jadeando en busca de aire, aunque el aire no
vendría. Sus manos fueron a su garganta, tratando de sacar la hoja
mientras la sangre comenzaba a correr por el pecho, pero ya se
encontraba demasiado débil para agarrar el mango. Intentó pararse,
cayendo al suelo. Me encontré a su lado antes de que él pudiera moverse.
Lo agarré por el cabello grasiento, sujetándolo por las raíces.
—No, no, no —dije en voz baja, asegurándome de que me mirara a
los ojos—. Esto no ha terminado.
Agarré el cuchillo y rápidamente di un tirón hacia fuera. Ahora, la
sangre salía a borbotones de la herida, empapándolo en cuestión de
segundos. Pero tan hermosa como era la vista, tenía que ser cuidadoso
de no manchar mi traje.
Con un firme agarre en su cabello, me incliné para susurrarle al
oído, con el cuchillo clavado profundo en su sangrienta garganta.
—Sabes, todas esas cosas que has intentado hacer con Luisa —
dije—. Bueno, yo las hice. Las hice una y otra vez, y le encantó. Tal vez
porque soy uno de los pocos hombres que vio la reina que es. Todo lo que
ves en ella es su belleza. Yo la veo por ella, manchada y todo. —Apreté el
cuchillo con más fuerza—. Y te veo por todo lo que eres, un saco de
mierda.
Lenta y deliberadamente, empecé a mover el cuchillo de su
garganta. Se retorció, pateó y luchó contra mí, pero en su estado actual,
yo era más fuerte. Su voluntad de vivir era patética, al igual que él lo era.
Con el tiempo detuvo las patadas. Seguí cortando. Cuando
finalmente terminé, me encontraba cubierto de sudor con solo unas
pocas gotas de sangre en mis zapatos y pantalones. Necesitarían un buen
lavado.
Puse la cabeza en la basura y saqué la bolsa fuera, haciendo un
nudo en el extremo. Esperaba que no se filtrara la sangre. Entonces miré
alrededor de la oficina. Era un desastre antes de que entrara, con pilas
de papel y botellas de cerveza vacías esparcidas alrededor. La adición de
sangre y un cadáver sin cabeza eran apenas perceptibles.
204
Empujé la cerradura de la puerta y salí rápidamente, cerrando la
puerta detrás de mí. No pude ver a Camila alrededor, lo que era una pena.
Si me hubiera preguntado qué pasó, le habría dicho que Bruno tenía un
dolor de cabeza y no quería ser molestado. Era una buena línea.
Pronto me encontraba fuera del bar y paseando por la calle de
nuevo hacia mi auto alquilado, la bolsa de basura colgando de mi
hombro. Mi primera tarea estaba completa. Ahora iba por la segunda.
Tenía la sensación de que sería mucho más difícil.

***

—¿Disculpe? —le dije a la mujer con delantal que llegó a la puerta—


. Pero, ¿Raquel y Armand Chavez viven aquí?
Las mujeres me miraron por un momento, secándose lentamente
sus manos en el delantal. Había dejado la cabeza de Bruno en una hielera
en el maletero, por lo que no debería haber sido nada demasiado inusual
que un hombre elegantemente vestido estuviera de pie en los escalones.
—Sí, viven aquí. ¿Quién lo pregunta?
Dejé escapar un suspiro de alivio. Así que Salvador no los había
matado todavía; lo cual significaba que Luisa aún seguía con vida,
probablemente.
—Soy amigo de su hija —dije, sonriendo lo más genuinamente
posible—. ¿Podrían hacerle saber a Raquel que quiero hablar con ella?
Me temo que es bastante importante.
Otra vez ella me estudió. Tuve la sensación de que Luisa contrató
personalmente a esta mujer. Era audaz y observadora, justo el tipo de
persona que querría para proteger a sus padres. Si mis instintos no se
equivocaban, ella probablemente tenía una pistola muy cerca y sabía
cómo usarla.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó.
—Javier —le dije.
—¿Sin apellido?
—García.
—Muy bien, Javier García —dijo—. Iré a buscar a Raquel. Por favor,
quédese aquí.
La puerta se cerró en mi cara.
Me encogí de hombros y me senté en el banco junto a un jardín de
rosas muy bien cuidado. Admiraba las flores mientras esperaba oír la
puerta abrirse de nuevo.
Cuando lo hizo, me giré en mi asiento para ver una hermosa mujer
elegante y mayor allí de pie. Su atención se centró en mí, aunque sabía
que era ciega. 205
—¿Desea hablar conmigo sobre Luisa? —preguntó. Pude ver al
guarda justo detrás de ella.
Empecé a subir, pero Raquel dijo rápidamente—: Quédese donde
está. No se levante. Un amigo de mi hija es un amigo mío.
Realmente esperaba que ella no hubiera dicho eso sobre Sal.
—Sus sentidos son excepcionales, señora Chávez —dije a medida
que ella bajaba los dos escalones y se dirigía hacia mí, moviéndose con
gracia y confianza, sin necesidad de ninguna ayuda en absoluto.
Sonrió, y vi a Luisa en su rostro. Hizo cosas curiosas con mi tripa,
pudriéndose con tristeza.
—Gracias —dijo—, pero esta es la vida para mí. No tiene por qué
ser tan difícil.
—No —dije—, supongo que no con esto. Usted tiene un nuevo hogar
encantador. —Mis ojos se deslizaron hacia la mujer que me recibió, quien
ahora se encontraba apoyada en la puerta abierta, mirándonos—. Y una
ayuda muy vigilante.
—Ah, es solo Penélope —dijo ella, agitando su mano—. Vuelve
dentro, Penélope, voy a estar bien. Este hombre no va a hacerme daño.
Penélope hizo lo que le pidió, a regañadientes, pero aun así vi que
las persianas se movieron y supe que espiaba por la ventana.
—Es muy paranoica —señalé, girándome de nuevo hacia Raquel—
. ¿Hay alguna razón para eso?
Me dio una pequeña sonrisa. —Sí. —Pero no dijo nada más.
No quería hacer sentir a Raquel paranoica, pero tuve que
preguntar—: ¿Cómo estás tan segura de que no voy a hacerte daño?
Se sentó a mi lado y cruzó las manos sobre su regazo. —Tú puedes
leer las expresiones de las personas ¿no? Yo puedo leer las almas de las
personas.
No pude evitar reír, pero su sonrisa y confianza nunca flaqueó.
—Oh, habla en serio —dije, sintiéndome un poco avergonzado. Lo
encubrí—. Bueno, tengo que decirle que no tengo un alma para leer.
Ahora fue su turno para echarse a reír. —¡Por supuesto que sí! —
exclamó—. Estás aquí ahora mismo, ¿verdad? Ahora, dime por qué, y
verás que tengo razón.
—¿Por qué estoy aquí?
Asintió suavemente.
—Señora Chavez…
—Raquel.
—Raquel —comencé—, ¿ha oído hablar de su hija recientemente?
Negó con la cabeza, con las manos solo un poco temblorosas. —No. 206
No por lo menos en tres semanas. ¿Sabes si está bien?
Me chupé el labio por un momento. —¿A decir verdad? No sé nada.
Pero no creo que lo esté. Creo que Luisa está corriendo mucho peligro y
usted también. Salvador Reyes hace que los hombres malos se vean
buenos.
—Lo sé —dijo, con una ira controlada.
—Y sé que ya no está interesado en mantenerla como su esposa…
—Respiré hondo audiblemente—. Y cuando esto sucede, es como si
estuviera muerta para él.
Ella levantó la mirada hacia el cielo sin comprender por unos
momentos antes de que dijese—: ¿Qué necesitas de nosotros?
—Tengo que asegurarme de que estén a salvo —le dije—. Todo lo
que Luisa siempre quiso. Se preocupa más por ustedes que por su propia
vida y felicidad. —Es realmente indignante, quería añadir. Pero incluso
yo sabía cuándo mantener la boca cerrada.
—Lo sé —dijo, apenas audible. Tenía los ojos llorosos. Realmente
esperaba que no empezara a llorar delante de mí, porque no tendría ni
idea de qué hacer.
—Si están a salvo —dije—, usted y su marido, y lejos de aquí, lejos
donde Salvador no pueda encontrarlos, entonces puedo ir a buscar a
Luisa. Puedo traerla de vuelta.
—Eso es imposible —dijo—. Salvador Reyes es el líder del Cártel de
Sinaloa.
—Lo es. Y no va a ser fácil. Probablemente moriré en el proceso.
Pero hay una manera de hacerlo. Siempre hay un camino.
Pareció comprender eso. Se limpió una lágrima con el dorso de la
mano y asintió, como si estuviera de acuerdo con una conversación
interna.
—¿Por qué hace esto? —preguntó finalmente—. ¿Qué es Luisa para
usted?
—Es una amiga. —No era tanto una mentira.
—Está enamorado de ella —afirmó, con una amplia sonrisa en su
rostro.
Le lancé una mirada que no podía ver. —Me preocupo mucho por
ella —la corregí.
—Bueno —dijo, sin desanimarse—, si eso es lo suficientemente
bueno para usted, es suficiente para mí.
—Entonces me dejará ayudarlos —le dije con cautela, sintiendo
como si esto hubiera sido más fácil de lo que esperé. Pensé que habría
un montón de protestas, un montón de gritos, muchas puertas
estampadas en la cara o armas apuntadas a mi cabeza.
—Por supuesto que lo haré —dijo—. Y Armand también lo hará. 207
—¿Y está confiando en mí, así como así?
—Sí. Así es. Se lo dije. Mis sentidos son agudos, y usted, hijo mío,
es una muy buena persona, incluso si decide creer lo contrario.
—Puede que no sea tan bueno como usted piensa.
Sonrió e hizo un gesto con la mano. —Oh, no lo dudo. Puedo oler
la sangre en ti, después de todo.
Miré mis pantalones, en los pocos puntos oscuros que se
destacaban en el azul marino. —Tuve algunos asuntos que atender —
traté de explicar.
—Estoy segura de que lo hiciste. —Me pregunté cuánto
exactamente esta mujer pensaba que sabía de mí. Era fascinante e
inquietante a la vez. Pero en tanto estuviera dispuesta a ayudarse a sí
misma y a su hija, no me importaba.
—¿Será Penélope un problema? —pregunté, mirando otra vez hacia
la casa.
—No le disparará —dijo Raquel—, si eso es lo que está pensando.
Fruncí el ceño. Parecía tener un muy buen control sobre mí
después de todo. —No lo hacía —mentí—. Pero ¿la necesitarán en el
futuro, o alguien más lo hará? Puedo contratar a quien sea que quiera al
otro lado, pero es demasiado arriesgado llevar a Penélope con nosotros.
Está en la nómina del cártel, después de todo.
—Cualquiera estará bien —dijo—. ¿A qué se refiere con al otro
lado?
—Puedo llevarlos a usted y a su esposo en un barco privado con
salida desde el puerto deportivo de San José, en treinta minutos. Irán
directamente a Puerto Vallarta. Allí, tendré a alguien que conozco y
facilitará su llegada. Puede confiar en ella.
—¿Quién es?
—Mi hermana, Alana. Me debe más de unos cuantos favores. —Por
lo menos, en mi mente lo hacía.
—Muy bien —dijo Raquel—. Confío en usted.
Sonreí. —Normalmente no debería, pero en este caso, me alegro de
que lo haga.
La ayudé a levantarse, aunque no lo necesitaba. Justo antes de que
estuviera a punto de llevarla a la puerta, extendió la mano y me tocó la
cara. Me tocó la frente, la nariz, los labios, la mandíbula, con una
sensación de delicadeza en cada toque.
—Apuesto que es un hombre impresionante —dijo finalmente,
luciendo satisfecha—. Todas estas facciones no deberían funcionar
juntas, pero lo hacen. 208
Arqueé mis cejas y ella tomó suavemente mi mano. —Usted podría
llamarme guapo simplemente. Todo el mundo lo hace.
Una vez que estuvimos de vuelta en la casa, le dije que fuera a
buscar a Armand y empacara todo lo importante. Penélope empezó a
hacer preguntas, a entrar en pánico. Sabía que ella o me dispararía o los
detendría, así que la detuve antes de que pudiera. Solo la adormecí, algo
para dejarla fuera de combate el tiempo suficiente hasta que los padres
de Luisa estuvieran a salvo y en camino a Puerto Vallarta.
Rápidamente deslicé el cuerpo a la cocina, asegurándome de que
no fuera visible para cualquiera que pasara, y le dejé un gran fajo de
billetes de cien dólares americanos, a sabiendas de que valía más de lo
que obtenía de sueldo en unos pocos meses. Podría comprar su silencio,
no había manera de que Penélope fuera el tipo de persona que permitiría
a los padres de Luisa escapar. También le conseguiría a Raquel
tranquilidad.
Armand era un poco más irritable de lo que pensé, y aunque él
entraba y salía de la realidad, se encontraba dispuesto a ir a donde
Raquel le decía. Pronto los conducía a los muelles y los ayudé a instalarse
en un barco de pesca que uno de mis hombres manejaba. Pagaba para
tener a mis hombres en todas partes.
Una vez a bordo, Raquel me miró y sonrió. Estaría mintiendo si
dijera que no me asustaba un poco, la forma en que ella sabía dónde te
encontrabas, cómo parecía ver dentro de ti sin verte.
—Buena suerte —dijo—. Confío en que harás todo lo que puedas.
Asentí. Tenía razón en eso.
Tras verlos partir, y ver su bote desvanecerse en el horizonte, me
enfoqué en llamar a Alana. Si no estaba dispuesta a ayudar, tenía unas
pocas personas que lo harían. Aun así, no confiaba en ellos lo bastante
de la manera en que confiaba en ella.
—¿Hola? —respondió, sonando sin aliento—. ¿Javier?
—Alana —dije—. ¿Es un mal momento?
—No, no, solo realizaba mi video de entrenamiento, está bien.
Había olvidado que Alana era fanática de la vida saludable. Me
imaginaba endorfinas felices corriendo frenéticamente.
—Sí, bueno, la cuestión es que… —Fui directo, diciéndole solo lo
que necesitaba saber, sobre todo que tenía que cuidar de dos padres
enfermos por unos días. Trató de zafarse, diciéndome que sería despedida
de las líneas aéreas por tomarse tiempo libre. Le dije que iba a garantizar
que no solo no fuera despedida, sino que le pagaría tres veces más de lo
que iba a perder. Me dijo que no se sentía preparada para actuar como
enfermera, y le dije que le daría el dinero para contratar a una enfermera
a corto plazo si era necesario. Tenía una respuesta para todo, y yo era
209
muy persuasivo. También era un experto en el arte de la culpa.
Después de que aceptara de mala gana, me preguntó—: ¿Quiénes
son estas personas, Javier? ¿Por qué haces esto?
—Su hija es importante para mí. —Fue todo lo que le dije.
—¿De qué forma? —preguntó con suspicacia.
—De una forma que ni siquiera entiendo. Gracias, Alana. Estaré en
contacto. —Entonces, antes de colgar, le dije rápidamente—: Oh, espera.
Van a tener una hielera con ellos. Allí hay algo que parece un cogollo de
lechuga. ¿Puedes ponerla en el congelador en casa? Quiero que esté a tu
cuidado.
—¿Es un cogollo de lechuga?
—Es algo que prometí conseguir. —Me aclaré la garganta—. Un
regalo. Pero por el amor de Dios, no lo mires.
—No me atrevería —dijo secamente, y luego colgó.
Suspiré y guardé mi teléfono en mi bolsillo. Me alejé de las olas de
color turquesa y los pescadores, de vuelta al auto, de vuelta al
aeropuerto, de vuelta a Mazatlán y de vuelta a El espinazo del diablo.
Cuando me fui de nuevo, no tenía ninguna garantía de que iba a volver.
Traducido por Fany Stgo. & Mire
Corregido por Amélie

—Estás jodidamente loco —espetó Este, sujetando los extremos de


su cabello y tirando de él. Era sorpresivo verlo actuar como una
adolescente, incluso para él mismo.
—Todos lo sabemos, soy un loco —estuve de acuerdo—. Esto no
debería ser nueva información. Se necesita un loco para dirigir este
negocio.
—No, Javi —dijo, sentándose en su silla con una rabieta—. De lo
que hablas no es sobre dirigir un negocio, sino de arruinarlo.
210
Gentilmente tiré de los extremos de mi camisa, asegurándome de
que estuvieran iguales. —Y también no tiene nada que ver con negocio.
Voy allí y la saco. Fin de la historia.
Entrecerró sus ojos, mirándome por un momento. Y luego negó con
su cabeza. —Si regresas muerto, eso afectará el negocio.
Le di una mirada dura. —Y entonces tú te harás a cargo. Eso es lo
que siempre has querido ¿no? A mí fuera de escena.
Resopló ante eso. —Si te quisiera fuera del camino, Javi, habría
hecho que eso sucediera hace mucho tiempo.
—No —digo, sonriendo lentamente—. No lo hubieras hecho. No
puedes. Y lo sabes. No le importas una mierda a alguien porque no has
tenido que hacer nada más que lucir bonito. La gente me respeta. Trabajé
por todo lo que tengo. Solo durarías un par de horas si alguna vez
usurpas mi lugar y lo sabes.
Rodó sus ojos. —Punto entendido. No necesitas ser cruel al
respecto.
—Si no fuera malo, no sería yo. —Me incliné, esperando que se
viera tan serio como yo—. Y si no estuviera loco, tampoco sería yo. Este,
sé lo que hago.
De acuerdo, bueno, eso era una completa mentira. No tenía idea
de qué hacía o si funcionaría. Adivinaba que las probabilidades de sacar
a Luisa, si todavía seguía viva, eran bastante altas; pero las
probabilidades de que yo sobreviva, o de no ser llevado de nuevo a prisión,
eran muy bajas. Pero por primera vez en mi vida, las probabilidades
valían la pena.
Dos días después de volver de Cabo San Lucas, finalmente tuve
noticias de Lillian Berrellez. Ella era mi último recurso, pero me
encontraba en un punto en que podría admitir que no solo la necesitaba
para sacar a Luisa, sino que necesitaba animarme.
En el antiguo México, el México al cual aspiraba ser parte, todos
los carteles operaban alrededor del otro con un aire de respeto. Se
negociaba; te doy algo, tú me das algo. No había asesinos despiadados y
sin sentido en las calles. No habían inocentes siendo violadas, asesinadas
y torturadas. No había versiones de mí a los dieciséis años aprendiendo
a disparar una AR-15. No existían punks fuera de control y asesinando
gente por cincuenta dólares de una cocaína robada.
Hacíamos nuestros negocios para mejorar nuestra situación y al
país. Éramos viciosos y violentos pero elegantes y discretos. Existía un
baile en todo esto, uno que mantenía todas las cosas fluyendo en la
dirección correcta, un círculo que aseguró al más inteligente y brillante a
permanecer en él, no al hombre con más armas o la polla más pequeña.
En este baile, existía un código. Nacemos mexicanos y morimos 211
como mexicanos. Nuestros problemas eran nuestros. Jamás recurríamos
a los Estados Unidos para que se involucraran en nuestros negocios. La
DEA, el FBI y la CIA, ellos eran nuestros enemigos, y como carteles,
necesitábamos unirnos contra un enemigo que pensaba que conocía que
era lo mejor para nosotros y aun así no tenían idea de cómo funcionaban
nuestros negocios. Los Estados Unidos no tenían derecho a decirnos,
siendo ciudadanos de otro país, qué podíamos o no hacer. Ellos no viven
aquí, no sabían. Solo conocían a su obesa privilegiada y derrochadora
sociedad mientras nos apuntaban con sus dedos carnosos y culpaban a
México por todos sus problemas.
Cuando me dejaron salir de la cárcel, fue porque llegué a un
acuerdo con la DEA, una agencia que a veces era más corrupta de lo que
éramos nosotros. Tuve que prometerles proveerles información cuando
sea necesario, algo que nunca quería hacer, algo que iba en contra de
mis principios. También pagué una gran cantidad de dinero.
Lillian Berrellez era una atractiva joven descarada que nació en San
Diego, con padres Mexicanos. Solía tener más de unas cuantas fantasías
sobre ella cuando comenzamos a negociar. Era un hueso duro de roer,
completamente entregada a su trabajo, aunque obviamente no por
encima de un pequeño soborno. Aunque le prometí información, aparte
de un par de cosas aquí y allá, cosas que eran de ninguna utilidad para
ella, nunca le di nada desde mi regreso a México.
Y lo curioso era que jamás lo pidió. Supongo que sabía que yo
protegería a mi país antes que delatar a cualquier compatriota, ya sean
enemigos o no.
Pero ahora, yo le pedía. Le proveía todo lo que necesitaba saber
sobre Salvador Reyes. Hacía un trato con el enemigo al otro lado de la
frontera, todo por tener una oportunidad de recuperar a Luisa con vida.
Era una mujer que no necesitaba ser rescatada. Pero en este
momento, temía que lo fuera. Era una lástima que yo fuera quien tendría
que hacerlo.
—Simplemente no lo entiendo —siguió diciendo Este—. ¿Por qué
Luisa? ¿Quieres empezar una familia? ¿Tener hijos hasta que tengas uno
que lleve tu nombre, tu imperio? Javier, no eres el único. Todos los
narcos quieren eso, todo los narcos tienen eso, excepto tú. ¿Pero por qué
ella? Puedes encontrar una mujer muy sexy que sea un buen polvo de
todos modos. Puedes deshacerte de ella en cualquier momento. Sería
mucho menos complicado. No necesitas amarlas para tener una familia.
Solo necesitas un coño dispuesto. —Consideró sus palabras—. O un coño
no tan dispuesto, si eres como la mayoría de los hombres.
Unos segundos pasaron en silencio. Miré la botella de whisky que
estuve bebiendo durante la última semana, agradecido de que finalmente
dejaba mis días de miseria e inercia en el pasado.
—Simplemente la quiero a ella —admito—. Eso es todo. Es así de
simple.
212
Suspiró, pasando sus manos sobre su cabello. —De acuerdo. Y sé
que no me creeras, pero solo me preocupo por ti. Sería un millón de veces
más fácil para todos nosotros si solo te olvidas de ella.
—Lo he intentado. No puedo.
—Al menos déjame acompañarte —dijo—. Sabes que si vas solo la
DEA te llevará. Estás yendo directo a sus manos. Te arrestarán.
—Berrellez dijo que no pueden tocarme —dije. A menos que mate a
Salvador, terminé en mi mente. Entonces ella dijo que todo se terminaría.
Ellos querían al cabrón vivo. Esa va a ser la promesa más difícil de
mantener.
—¿Y confías en esa mujer? —Se rio Este.
—No realmente —admito—. Podrían muy bien tomarnos a Sal y a
mí al mismo tiempo. Dos de los principales líderes de los cárteles en una
redada. ¿No sería una pensión más grande y un reloj? Titulares de todo
el país gritando “¡Estados Unidos!” “¡Estados Unidos!”
—¿Te das cuenta de que probablemente nunca te volveré a ver?
Sonreí tranquilamente. —Entiérrenme en el estanque de koi. Y
esperen al menos un día antes de que abran el Cristal.
Se rio y añadí—: Ah, y si no logro salir y Luisa lo hace y te cruzas
con ella, prométeme dos cosas.
Suspiró y cruzó sus brazos. —¿Qué?
—Una, que nunca pondrás un dedo encima de ella o me levantaré
de la tumba y te follaré el culo. Y no pienses que no lo disfrutaré, estaré
muerto y podré entrar a cualquier hoyo que pueda. Dos, que le dirás que
visite a mi hermana Alana en Puerto Vallarta.
—Y entonces ¿qué? Incluso yo no sé dónde viven tus hermanas.
Y planeo mantenerlo de ese modo. —Mi hermana también estará
buscándola. Solo quiero que se mantenga alerta.
Lucía inquieto. —Esto se sabrá, sabes —dijo con gravedad—. Todo
el mundo sabrá que pasó y por qué lo hiciste. Y tus enemigos conocerán
tu debilidad, tu debilidad son las mujeres.
—¿Mujeres? —repetí, confundido por la expresión en plural.
Asintió. —Sí. Luisa. Y tus hermanas.
—No creo que mucha gente sepa que Alana siquiera existe y
Marguerite se encuentra segura en los Estados.
—Bastante justo —dijo—. Supongo que puedes mantener a Luisa
a salvo, si llegas a salir vivo. —Se levantó de su silla, listo para irse—.
¿Alguna última solicitud? ¿Alguna otra nariz que quieras cortar para tu
propio rostro?
—Sí —dije, girando mi reloj en mi muñeca—. Si llegas a encargarte,
no lo jodas. No construyas un imperio solo para terminar destruyéndolo 213
en dos segundos.
—Entonces no lo jodas tú —dijo suplicando—. No hagas esto. Deja
que Luisa se vaya y sálvate, salva tu imperio. Salva todo lo que dices que
te has esforzado tanto para construir.
—¡Te lo dije! —dije bruscamente, frustrado con su incapacidad de
entender, aunque yo mismo tenía dificultades para entenderme a mí
mismo—. Lo traté. Simplemente no puedo dejarla ir. No puedo dejarla
morir. —Me recompuse y evitando la lástima en su rostro, añadí en voz
baja—: Sé que eso me hace un idiota…
—Te hace débil —me corrigió.
Lo miré brevemente. —O me hace fuerte.
Después de todo, un reino era tan bueno como su líder, y un rey y
una reina podían hacer más daño juntos que un rey solo.
—Te hace agravante como el infierno —dijo Este con amargura.
Suspiró—. Pero no sería Javier Bernal si no lo fueras. —Salió de la
habitación.
Me serví un vaso de whiskey y me pregunté si sería el último que
tendría. ¿En verdad Luisa valía todo eso?
Pero sabía que lo hacía. Y si realmente quería fingir que seguía
siendo completamente egoísta, salvando a Luisa me salvaría de mi propia
tortura, mis propios demonios. No tenerla a mí alrededor era bastante
difícil. Su ausencia me carcomía. Mi polla latía por ella cuando mis
manos no bastaban. Ella me dio algo en este corto tiempo que estuvo
conmigo, algo que nunca supe que necesitaba. Ahora que ella no estaba,
lo llevó consigo y me volví un cautivo de esta tonta idea de que podría
recuperarlo.
No era que Luisa me completara, no podía ser la otra mitad de mi
tan llamada alma gemela. Pero ella era todo lo que podría desear,
necesitar. Si iba a ser tragado por mi propia tierra un día, preferiría
tenerla conmigo, sonriendo y libre.

***

Al día siguiente, armado con toda la información tan detallada


como fuera posible de Juanito, y la información que había obtenido de
Berrellez, salí directo a mi misión suicida. Me aseguré de lucir bien. El
mejor traje de seda y lino que tenía. Botas negras de cuero, en una de
ella guardé una nueve milímetros y en la otra una cuchilla. Dos
automáticas punto treinta y ocho, en mi arnés debajo de la chaqueta. Un
chaleco antibalas debajo de todo lo demás.
No podía hacer nada para proteger mi cabeza, pero al menos mi
cabello lucía bien.
Juanito me llevó hasta Mazatlán y me dejó en uno de los lujosos 214
resorts.
Me senté en un bar llamativo con vistas a una piscina azul
brillante, gafas de aviador manteniendo mi lucha interna lejos de mis
ojos.
—Señor Bernal, se ve bien —dijo una voz ronca detrás de mí.
Sonreí y me giré para compartirla con Lillian Berrellez.
La miré de arriba a abajo. —Señorita Berrellez, también luce muy
bien —dije suavemente, en inglés.
Era una mujer bastante alta, casi de mi misma estatura y muy
delgada con varias curvas. Sus tetas eran enormes y fantásticas, y su
culo era más grande que un portaaviones. Sus ojos estaban maquillados,
sus labios gratuitamente llenos, su largo cabello castaño, que de alguna
forma lucía bien con su piel broceada. Llevaba un traje negro que le
sentaba perfectamente.
Sonrió, descarada como siempre. Era su manera de dejarte saber
que le gustabas. Sabía la verdad, era dura como una roca y no le gustaba
nadie, especialmente yo.
—¿Inglés? —preguntó.
Me encogí de hombros. —Es bueno para mí practicarlo.
—Supongo que no necesitarás practicar para lo que estamos a
punto de hacer.
Le di una mirada astuta. —No estoy seguro de quién crees que soy
y lo que hago todo el día, pero puedo asegurarte que no formo parte de
ataques realizados por el gobierno de forma diaria. Seré más un pez fuera
del agua que tú.
—Oye —dijo ella bruscamente, aunque sus ojos seguían siendo
juguetones—. Tendré que hacerte saber que ayudé a iniciar un busto en
Culiacán que causó trece millones de dólares en drogas y dinero en
efectivo siendo incautado.
—¿Esa eras tú? —pregunté—. Oh, tus padres deben estar muy
orgullosos.
Me lanzó una mirada. —Tu inglés necesita algo de trabajo. No eres
muy bueno con el sarcasmo.
Terminé mi bebida y la seguí a través del vestíbulo del hotel y
afuera hacia un SUV blanco esperando con vidrios polarizados. Me sentí
un poco como un cordero siendo conducido a la masacre. Tenía la
esperanza de que supieran que había un león debajo de toda mi lana.
Me subí en la parte de atrás, junto a ella, y fui presentado
rápidamente a su equipo antes de que el vehículo arrancara. Estaba el
conductor, Diego, un traidor para mi país, obviamente, y Greg, un canoso
con cabello ondulado en sus tempranos cincuenta quien no dijo mucho, 215
pero obviamente tenía un problema con el hecho de que Berrellez se
hallaba compartiendo la operación con él . Él solo hablaba cuando tenía
que tomar el control.
Mientras avanzamos a lo largo de la autopista en dirección al norte,
a Culiacán, me puse al corriente de su plan. Naturalmente, no me dieron
mucho para seguir adelante. Aunque me encontraba agradecido y les dije
que la información que Juanito proporcionó era la pieza final del
rompecabezas que les ayudó a identificar donde pensaban que Salvador
podría estar, no me dieron ningún antecedente en lo cerca que lo habían
estado observando, lo mucho que ya sabían, y cómo consiguieron toda
su información anterior.
Supongo que podrían haber estado haciendo exactamente lo mismo
conmigo, aunque yo era un pez más pequeño para freír. Técnicamente no
era buscado en los estados, pero tenía una gran hoja de antecedentes
penales en México. Mi gobierno no hizo nada para hacerlo cumplir, pero
no estaría sorprendido si la DEA intentaba tomar las cosas en sus propias
manos. Ellos dirían que capturar a Javier Bernal haría de Estados
Unidos un lugar más seguro.
Imbéciles de mierda.
Pero Salvador, Salvador era buscado por un par de cosas en los
EE.UU. Cargos de tráfico de cocaína y asesinatos de varios oficiales y
funcionarios de la DEA fueron solo algunas de las cosas que la DEA
quería para hacerlo caer. El resto de sus cargos vendría a través de la
Procuraduría General de México. No tenía ninguna duda de que la DEA
y la PGR trabajaban conjuntamente en esto, usando soldados mexicanos
que no tenían vínculos con los cárteles.
Por supuesto, era siempre tan difícil decir de qué lado se hallaba la
gente aquí.
—¿Sabías que el carácter de Sinaloa es el de un ángel y un
demonio? —le dije a Berrellez cuando empezamos a acercarnos a la
ciudad, nuestro vehículo comenzando a atraparse con el tráfico—. Fue
ilegal y violento, incluso antes de que las amapolas comenzaran a crecer.
—Gracias por la lección de historia, Javier —dijo ella, sin apartar
su mirada de la ventana—. Es una maravilla que no seas de aquí.
—Yo solo vivo cerca. Además, soy todo diablo, no ángel.
Ella arqueó una ceja y me miró con esa sonrisa perpetua. —¿Es
eso cierto? Dime otra vez sobre la mujer por la que estás haciendo esto
para...
Apreté los labios juntos, no queriendo compartir más sobre Luisa
de lo que tenía que hacer. Si ellos no iban a ser tan comunicativos
conmigo, yo no lo sería con ellos.
—Ella es una mujer inocente que fue tomada en contra de su
voluntad —dije finalmente.
—Se veía feliz en sus fotos de boda —indicó. 216
—No lo estaba —dije, mi tono duro—. Y sabes que todo lo que
quiere Salvador, Salvador lo obtiene.
—Suena un poco como Javier Bernal.
—Bueno, lo veremos entonces ¿verdad?
—Solo es extraño que hayas tomado un interés en su esposa. Se
me hace difícil creer que estés haciendo esto por la bondad de tu corazón.
—Entonces sigue creyendo eso. Pero una vez que la veas y mires
en sus ojos, lo sabrás. Y sabrás que no había sentido en siquiera tener
esta conversación.
—¿Y si ya está muerta? —preguntó Greg desde el asiento delantero.
Le disparé mi mirada más violenta. —Si ella ya está muerta, no hay
diferencia. Sus ojos tendrán el mismo aspecto.
Era algo que me hallaba tratando con todas mis fuerzas de no
pensar. Por mucho que pensara en Luisa, por mucho que imaginara su
hermoso rostro, su espíritu de fuego, su corazón puro, la forma en que
se sentía como en casa cuando me encontraba dentro de ella, no pensaba
en la manera en que ella se hallaba ahora. Ni siquiera podía permitirme
imaginar los horrores que debe haber estado pasando con Salvador.
Por segunda vez, sentí completa vergüenza por cincelar mi nombre
en su espalda. Eso le traería tanto dolor, mucho más del que le había
dado. Esperaba que no estuviera demasiado rota, siempre y cuando la
encontrara. Deseaba que todavía encontrara esa lucha en su interior, esa
valentía. También esperaba que no dejara que su desinterés la matara, y
mucho menos por alguien como yo, que no merecía ni un poquito de ello.
Deseé haber tenido las agallas para darme cuenta de lo que
significó para mí, cuando podría haber cambiado las cosas. Ahora era
probablemente demasiado tarde.
Después de un rato, nos encontramos con nuestro primer punto
de control. Teniendo en cuenta nuestro vehículo y el hecho de que Greg,
un hombre blanco, se encontraba en el asiento del copiloto, me
encontraba seguro de que íbamos a ser arrestados por los hombres de
Salvador.
Pero el pistolero enmascarado solo nos dejó pasar.
—Eso fue fácil —comenté, girando en mi asiento para verlos
detener el coche detrás de nosotros.
—Ellos están de nuestro lado —dijo Berrellez con aire de
suficiencia.
—¿Y qué lado es ese?
—El de México. Son tu ejército.
—¿Y los puestos de control de Salvador? —pregunté, gesticulando
con mi mano a la distancia delante de nosotros. Sabía que habría algunos
más y no estarían de “nuestro” lado. 217
—Solo confía en nosotros —dijo.
Sí, claro.
Pero no tenía elección. Pronto estábamos saliendo de la autopista
y por un camino polvoriento que parecía dirigir hacia nada más que
campos de cultivo, filas de berenjena y tomates en lo que podía
observar. Finalmente los campos redujeron progresivamente y
ascendimos a un bosque, el camino empezando a acabarse.
—¿A dónde diablos vamos? —pregunté. Había una sensación
persistente en mi interior que quizás ellos planeaban matarme.
No respondieron. Eso no ayudó.
Eventualmente, sin embargo, nos detuvimos en un amplio campo
segado, al lado de un granero bastante grande. El campo se encontraba
ocupado por al menos siete helicópteros negros. Decenas de agentes
armados con las palabras DEA blasonadas en sus espaldas se
encontraban arremolinados alrededor. Todos ellos llevaban gafas y
cascos, cubiertos de la cabeza a los pies en equipos de protección y
sosteniendo rifles automáticos de color mate negro.
—Vaya —comenté—. Un grupo de apariencia muy profesional.
—Es la DEA ¿qué esperabas? —preguntó ella, abriendo la puerta.
Me encogí de hombros. —Pensé que destacaban por Beber Cada
Tarde3.
Me miró con impaciencia. —Vamos, salgamos.
Así lo hice, pisando el césped con facilidad y sentí cada par de gafas
volteándose en mi dirección. Ahí estaba yo, el Enemigo Público Número
Dos, y completamente rodeado. Tuve la tentación de darles a todos un
pequeño saludo, pero pensé que algún pez gordo probablemente lo
confundiría con una amenaza y me quitaría la mano.
—Ahora iré a cambiarme —dijo—. ¿Quiere un arma? Son las
nuevas AR-15.
Apreté los labios. —No. Parece un poco impersonal ¿no crees?
Me miró por un momento. —¿Qué tal protección?
Le sonreí. —No la uso. Enfría las sensaciones.
—Para tu cuerpo —dijo con fastidio.
—Tengo un chaleco debajo y algunas pistolas. Estaré bien.
—Tu funeral —dijo antes de darse la vuelta y dirigirse hacia el
granero.
No pasó mucho tiempo antes de que regresara luciendo como un
hombre. Cada parte de ella se hallaba cubierta con la armadura de la
DEA, sostenía la larga AR-15 con orgullo. Me sonrió. —Bueno, acabo de
hablar con la PGR4. Tienen otros cinco helicópteros en su ubicación, y
218
están a punto de partir. ¿Estás listo?
—¿Para ser lanzado desde un helicóptero? No particularmente.
Ella sacudió su cabeza hacia un helicóptero que se acababa de
poner en marcha, sus aspas lentamente zumbando alrededor. —Vamos.
Y de esa manera, todo el mundo comenzó a dirigirse hacia los
helicópteros. Me subí con Berrellez, Greg, y otros cuatro hombres cuyos
nombres no sabía, tampoco es que podría diferenciarlos, y pronto
despegábamos en el aire. Aunque me negué a una AR-15 y protección,
me dieron un casco por medio del cual podía comunicarme con ellos; algo
que ya era útil, teniendo en cuenta lo fuerte que eran los sonidos
producidos del helicóptero.
—Te ves nervioso —me dijo Berrellez.
—No soy el mejor volando —admití.
—¿Nada que ver contigo siendo dejado en el recinto fuertemente
armado del narcotraficante más buscado del mundo?
—No —mentí. No era eso lo que me estaba volviendo loco. Ni
siquiera el miedo. Pero había un hilo de aprehensión que sentía corriendo
en mi interior, haciéndome cosquillas de vez en cuando. No era frecuente

3 Juega con las siglas de la DEA diciendo Drink Every Afternoon.


4 PGR: siglas de Procuraduría General de la República.
que estuviera fuera de mi elemento, y además, más allá de la idea de
morir inútilmente, me preocupaba que al final ningún esfuerzo fuera
capaz de salvar a Luisa.
—Bien. —Sonrió ella—. Tampoco me siento nerviosa.
Para mi sorpresa, los helicópteros no se dirigían hacia la ciudad de
Culiacán, la masa brumosa de las cubiertas y de los ríos. Se dirigieron
hacia el interior, hacia las montañas. Parecía que Salvador se mudó
después de que capturamos a Luisa y nos mudamos a otra mansión. No
tenía ninguna duda de que la lejanía significaba que la seguridad era aún
mayor.
—Basándonos en las imágenes de satélite —dijo Berrellez, sacando
un dispositivo móvil y hojeándolo—, hay una parcela de tierra, tanto
detrás de la casa y abajo en el camino por unos pocos metros. Iremos tan
cerca de la casa como sea posible. Si la PGR no está ya allí, seremos los
primeros en la escena. Todos nos dirigiremos afuera primero, luego tú
sigues.
Asentí, comprendiendo pero no estando de acuerdo.
De repente, los helicópteros se precipitaron hacia arriba, casi
omitiendo una hilera de árboles que sobresalían de un acantilado en
rápido aumento.
Y en el otro lado de ellos, instalado en el centro de una meseta, se
encontraba la casa de Salvador. Una mansión no demasiado diferente a 219
la mía, aunque con ninguna clase o belleza, con unos cuantos guardias
pululando alrededor y algunos parados en las puertas. Naturalmente,
tan pronto como empezamos a dirigirnos hacia la casa, comenzaron a
entrar en pánico y disparar contra nosotros.
El hombre armado en el helicóptero comenzó a disparar en
respuesta, eliminando a todos los que podía antes de que el piloto iniciara
un rápido descenso hacia el verde césped del patio trasero.
No voy a mentir, mi corazón se encontraba en mi garganta.
Y yo tenía que aprovechar todas las oportunidades a mi
alcance. Tan pronto como Greg abrió las puertas y el helicóptero se dirigía
hacia un ala de la casa directamente sobre un pequeño balcón, hice la
señal de la cruz, pasé a Berrellez, y salté.
Alguien trató de agarrarme en el último minuto, quizás fue
Berrellez, pero la gravedad se apoderó y caí a unos cinco metros,
aterrizando directamente sobre una mesa de cristal. Se rompió debajo de
mí y permanecí allí por unos momentos, el viento me golpeaba, miré
inexpresivamente las aspas del helicóptero negro en tanto continuaba su
camino. El sonido era increíble e hipnótico, hasta que oí a Berrellez
gruñir en mi oído.
—¿Qué demonios fue eso? —gritó por el auricular. Rápidamente
me di la vuelta a tiempo para ver que alguien se acercaba a la puerta del
balcón. Saqué mi pistola y disparé a través de esta, asesinándole antes
de que pudiera acercarse más.
—Haz las cosas a tu manera —le dije—. Yo lo haré a mi manera.
—No olvides el trato. Todas las apuestas se acaban si terminas
matándolo. ¡Necesitamos a Salvador vivo!
—Sí, sí —dije, y apagué mi auricular.
Me puse de pie, sacudiendo los cristales rotos. Rápidos disparos
estallaron en el césped aunque no podía decir quién más me disparaba y
quién ya se encontraba ganando.
Sin embargo, no importaba. Yo iba tras una sola cosa.
Agarré mi arma y entré por la puerta de vidrio rota y en una
habitación fresca y alfombrada de la casa de Salvador.
Tiempo de encontrar a mi reina.

220
Traducido por Vane Black & Beluu
Corregido por SammyD

Al principio pensé que era el fin del mundo. Oí el profundo


estruendo cortando el aire, lo sentí temblar en mis huesos, sacudiendo
el suelo del cuarto de baño en el que me hallaba acostada.
Di la bienvenida al fin del mundo con los brazos abiertos. De hecho,
creo que sonreí sabiendo que la muerte venía por fin en camino. Ignoró
mis súplicas durante demasiado tiempo.
Pero entonces, cuando no morí y el mundo no se quemó y se
estrelló a mí alrededor, me di cuenta de que el sonido que escuchaba era
221
de helicópteros. Traté de levantar mi pesada cabeza para mirar a través
de la estrecha ventana encima de la ducha. Ya no tenía vidrio ahora, al
igual que en el espejo. Salvador los sacó después de que lo apuñalé en el
antebrazo un día con un pedazo que rompí. Eso cortó mis manos
bastante mal y recibí una ronda de tortura con descargas eléctricas por
mi desobediencia, pero maldita sea, se sintió bien.
A través de la ventana vi un helicóptero negro pasar volando,
dirigiéndose justo sobre la casa y el sonido aumentó. Luego vi a otro
helicóptero y otro.
Algo sucedía. Debería haber estado feliz, solo teniendo una
interrupción de la monotonía diaria. No sabía con certeza cuánto tiempo
llevaba en el cuarto de baño, tal vez diez días, ¿tal vez dos semanas? Era
difícil de recordar. Mi cerebro no funcionaba más desde que dejó de
darme de comer hace varios días. Aún había agua en la bañera, grifos e
inodoro, solo para asegurarse de que no moriría totalmente. Si moría
¿cómo diablos iba a torturarme? ¿Cómo iba a oírme gritar?
Salvador ni siquiera me había violado el primer o segundo día luego
que regresé. Sentí que eso era puramente para afirmar su dominio, sobre
todo después de ver la marca de Javier en mi espalda. Quería asegurarse
de que le pertenecía de nuevo. Pero para mi sorpresa, los ataques
sexuales se detuvieron poco después.
No ayudó a que me sintiera aliviada. Ahora lo único que le
importaba a Salvador era torturarme de otras maneras. Ya no era la
esposa que podía tener de todos las maneras que quisiera. Ya no me
deseaba. Por lo que me trataron como a una informante, una espía, un
rehén. Me encontraba encerrada en el baño, en algún lugar de su casa y
me visitaría... a veces una vez al día, en ocasiones dos veces, o una vez
cada dos días; era su forma de mantenerme en suspenso.
Lástima que llegué a ser demasiado insensible por dentro como
para que incluso me importara.
La primera semana, quitó las uñas de los dedos meñiques de mis
pies. Mientras uno de sus hombres me sujetaba, lentamente las arrancó.
Me enorgullecía de no perder el conocimiento, pero chico, sí que grité.
Era justo lo que quería. Después de eso, me esforcé para no hacer un
ruido. Tuve la oportunidad de lograrlo con las descargas eléctricas,
siendo la vieja profesional que ya era, pero cuando se trató de planchas
calientes contra mi estómago, no pude contenerme.
Y en tanto era capaz de soportar las palizas bastante bien, el otro
día usó un martillo en mi dedo. Parecía más enojado, murmurando algo
sobre mi elección de personal al contratar, y en consecuencia, fui
castigada. Grité más fuerte después de que se fue, cuando intenté vendar
mi dedo índice roto junto al del medio utilizando un rollo de papel
higiénico y tiras de la cortina de la ducha que arranqué cuidadosamente.
Ahora me hallaba acostada sobre las frías baldosas del piso, 222
preguntándome si el fin se acercaba o si los helicópteros solamente me
iban a traer más dolor. Ni siquiera tenía fuerzas para arrastrarme hasta
la puerta y ver si podía oír algo.
No es que lo necesitara. Pronto el aire se llenó con el sonido de los
disparos viniendo de todas las direcciones. La gente sin duda moría.
Quería sonreír a eso. Quería que todo el mundo se quemara.
Cerré los ojos otra vez y bajé la cabeza, imaginando la locura que
se desataba afuera, pretendiendo que los buenos llegaban, quienesquiera
que fuesen, y que Salvador sería atrapado en el fuego cruzado. Tenía la
esperanza de que iba a morir sintiéndose como un tonto.
Minutos pasaron y se oyeron más helicópteros. Más disparos
siguieron. Me pregunté qué pasaría si alguien me encontraba. ¿Me
confundiría por ser parte del cartel y me mataría al verme? ¿Me
mostrarían misericordia? ¿O es que el mundo tenía cosas peores para
mí? No parecía posible.
Finalmente oí pasos silenciosos en el suelo exterior, y cuando abrí
los ojos, pude ver un par de botas debajo del marco de la puerta,
esperando en el otro lado.
Empecé a sonreír antes de incluso saber por qué.
La puerta se abrió de repente de una patada, pasando muy cerca
de mi cara, y levanté la mirada desde las botas para ver un par de ojos
dorados mirándome. Olas de dolor y alivio se arremolinaban en ellos con
una claridad sorprendente.
—Luisa —susurró Javier, inmediatamente cayendo de rodillas.
Parecía completamente fuera de sí mientras sus ojos analizaban mi
cuerpo de arriba abajo. Tocó mí rostro y cerré los ojos, apoyándome en el
calor de su palma. Estaba aquí. Vino. Mi hermoso y despiadado rey.
—Luisa —dijo, pasando suavemente su otra mano por mi costado,
como tocando cuidadosamente algo roto—. Quédate conmigo, cariño. Te
voy a sacar de aquí. ¿Puedes caminar?
Asentí. —Creo que sí —dije, mi voz tan dolorosamente cruda.
Miró mi dedo roto, a los dedos de mis pies, a las heridas en los
brazos y las piernas por las descargas eléctricas, a los moretones en mi
rostro. Entre más me analizaba, más roto lucía. No podía dejarlo perder
la calma si yo aún no lo hacía. Ahora no era el momento.
—Voy a estar bien —dije, intentando levantarme.
Me agarró por los brazos y con cuidado me levantó. Me tambaleé
un poco sobre mis pies, mareada por la falta de alimentos, y caí contra
su pecho. De inmediato envolvió sus brazos a mí alrededor y me abrazó
con fuerza. Me tomó todo lo que tenía no romper a llorar.
Besó la cima de mi cabeza. —Nunca debí dejar que te fueras.
—Nunca debí haberme ido —dije en voz baja. Lo lamenté en el
momento en que entré a la casa, el momento en que me di cuenta de que
223
Salvador probablemente habría matado a mis padres de todos modos.
Por una vez, odié cuan desinteresada fui.
—Voy a matarlo —gruñó, y podía sentir la ira y la tensión
empezando a rodar a través de él—. Quiero matarlo más de lo que nunca
he deseado matar a nadie. Quiero hacerle todo lo que te hizo, pero peor.
Lo quiero muerto — suspiró con frustración—. Pero hice una promesa de
no hacerlo.
Eso me sorprendió. —¿A quién?
—A la DEA —dijo—. Son los que me ayudaron a entrar.
—¿Hiciste otro trato con los estadounidenses?
Se apartó y me miró intensamente. Extrañé mucho sus ojos, el
poder dentro de ellos, la pasión y la fuerza. —Haría cualquier cosa para
tenerte de vuelta. Y lo hice.
—Pero tu cartel —comencé.
Negó con la cabeza. —No importa. Nada de eso importa. Solo tú
importas, Luisa, solo tú. —En la distancia, los disparos continuaban.
Hizo una pausa—. Pero todo será en vano si no te saco de aquí. Te diría
que necesito que seas fuerte, pero puedo decir que ya lo eres.
Logré una sonrisa, negándome a dejar que el miedo entrara más en
mis venas. No sentía temor teniéndolo a él a mi lado. Haría al mundo
pagar.
—Dame una de tus armas —dije, extendiendo mi mano buena, que
era por suerte mi derecha.
Me sonrió y metió la mano en su bota, sacando una pistola y
colocándola en mi mano. —Trata de no dispararle a los chicos con DEA
en sus espaldas. Podríamos meternos en problemas.
—¿Los dejaremos para otro momento? —dije, en realidad, tampoco
bromeaba.
Plantó un duro beso en mi frente. —Maldita sea, eres perfecta.
Me llevó fuera del cuarto de baño y al dormitorio de invitados
adyacente. Estábamos casi en el pasillo cuando apareció uno de los
guardias de Salvador.
Javier me bajó y le disparó al hombre justo cuando aparecía otro
guardia. Desde mi posición en el suelo, me las arreglé para apuntar el
cañón y apretar el gatillo.
Logré darle al segundo hombre justo en el pecho, y se tambaleó
hacia atrás contra la pared antes de caer sobre su compañero.
Mi corazón latía loca y ruidosamente, se sentía difícil respirar.
Acababa de matar a un hombre. 224
Yo.
Solo así.
Javier me miró con asombro antes de ayudarme a levantarme.
—¿Cómo se sintió eso? —preguntó con asombro, mirándome de
cerca.
Mi respiración volvía a la normalidad y la adrenalina empezaba a
disminuir. Mi cuerpo se estremecía totalmente. Tragué saliva a medida
que lo miraba, compartiendo su asombro.
—Me sentí bien —dije con honestidad y no sintiéndome ni un
poquito avergonzada—. Casi como el sexo.
Negó con la cabeza, sus fosas nasales dilatadas. —Deja de hacer
eso —dijo con voz ronca—. Casi me vine con solo verte apretar el gatillo.
Me llevó al pasillo, y después de comprobar ambos extremos,
corrimos por allí, alejándonos de los disparos que ahora sonaban como
que venían desde el vestíbulo. Corrió a la habitación de David, el cabrón
asistente de Salvador, y pude ver por donde entró. La puerta francesa y
la mesa en el balcón ya fueron destruidas, el cadáver de David se hallaba
en medio de los daños.
Escupí en su cuerpo cuando pasamos el cadáver hacia el balcón.
A lo lejos, un helicóptero volaba y pude ver a algunos de ellos en el césped.
El césped se encontraba cubierto de cadáveres; la mayoría de ellos,
hombres de Salvador. Las balas todavía volaban por el aire, aunque no
podía ver el combate.
—Vamos a ir al techo —me dijo Javier, mirando hacia allí—. De esa
manera uno de los helicópteros puede recogernos y estaremos más
seguros. Podemos ver si viene alguien y lo derribaremos.
Si nos parábamos en el borde de la baranda del balcón, había una
pequeña saliente por la que sería fácil subir, al menos para él. Escapar
se hallaba tan cerca.
—No sé si puedo subir por mí misma —dije, empezando a entrar
en pánico—. No tengo mucha fuerza.
—Te subiré —dijo con confianza. Rápidamente se acomodó en la
barandilla, equilibrándose a sí mismo, y luego saltó a la cornisa,
necesitando subir unos pocos metros.
Y mientras hacía eso, de espaldas a mí, sentí una pistola
presionada contra mi sien y un garfio alrededor de mi cuello. Dejé caer
mi arma con sorpresa y esta se fue deslizándose sobre el borde balcón.
Una respiración pesada se filtró en mi oído.
El miedo se apoderó de mi corazón.
Salvador.
Para el momento en que Javier recuperó el equilibrio y se dio vuelta 225
para ver qué causaba aquel estrépito, me hallaba completamente bajo el
control de Salvador. Una mirada de absoluta violencia y locura tensó el
rostro de Javier. Sabía que no quería nada más que destrozar a Salvador
miembro por miembro; pero ahora, eso jamás sucedería.
Ahora me tenía. Iba a matarme enfrente de Javier.
—Javier, Javier, Javier —dijo Salvador con voz ronca—. Finalmente
nos conocemos en persona. Sabes, eres muchísimo más bajo de lo que
pensé que serías, incluso estando allí arriba. —Su agarre sobre mí
aumentó y traté de hacer palanca con mi mano buena, intentando ganar
algunos centímetros para poder respirar, pero mi fuerza no ayudaba. Me
quedaba sin aire lentamente.
—Déjala ir —ordenó Javier, su voz firme a pesar de todo—. Haz lo
que quieras conmigo, pero déjala ir. Ya la has herido lo suficiente.
—¿En serio? No creo que lo haya hecho —reflexionó Salvador—.
Dime, Javier, cuando follas ¿grita por piedad como cuando yo la follo?
¿También la haces sangrar? Deberías hacerlo. Por cierto, buen trabajo
con el cuchillo. Para un aficionado.
Javier tragó. Podía ver que le costaba respirar, lo difícil que era
para él no sacar su arma y dispararle a Salvador, habiendo hecho una
promesa a la DEA o no. Pero no podía, no cuando yo era un rehén de
nuevo.
—Deja que me mate —conseguí decirle a Javier—. Deja que me
mate, pero asegúrate de matarlo. Hazlo sufrir.
—¡Cállate! —rugió Salvador en mi oído—. Te mataré, pero él te
seguirá. Ni siquiera desenfundó su arma. Cobarde.
El tiroteo de fondo empezaba a calmarse. El helicóptero que vimos
a la distancia había desaparecido. Me pregunté qué lado estaría ganando.
Si vendrían a buscarnos cuando fuera demasiado tarde. Solo podía
esperar que si Javier y yo moríamos, el DEA se asegurase de que Salvador
sufriera, de que nunca saliera de la cárcel con vida, de que nuestras
muertes no fueran en vano.
—Entonces ¿qué quieres, Salvador? —preguntó Javier, levantando
sus manos—. ¿Por qué haces esto? Solo dispárale en este momento si eso
es lo que quieres.
—Estás tan jodidamente demente como ella —dijo Salvador,
poniendo una cara de desprecio—. ¿Ninguno de ustedes tiene respeto por
la muerte? Tú, de todas las personas, Javier, deberías saber lo importante
que es hacer un show de ello. De hacer que dure. La verdadera tortura
no viene durante la muerte, llega antes. Cuando sabes que está a punto
de llegar, pero no sabes bien cuándo. Justo como ahora.
El pecho de Javier se desinfló. Podía ver su malvado cerebro
trabajando a toda marcha, tratando de inventarse una manera de
salvarme, aunque no se salvase él. También podía ver que no veía
ninguna manera de seguir. Observé la furia que lo llenaba, pude ver el
226
dolor en su frente. Vi la suave manera en que le dio la bienvenida a su
final.
Pero eso no significaba que yo tenía las manos vacías. Incluso si
significaba que nos disparasen a los dos, al menos tenía que intentarlo.
Le di la bienvenida al final más de lo que él lo hizo. No tenía nada que
perder.
Sostuve la mirada de Javier con la mía y entonces la deslicé hacia
la herida todavía curándose en el antebrazo de Salvador, donde enterré
el pedazo de vidrio la semana anterior. No podría alcanzarla con mis
brazos, pero eso no significaba que no podría llegar a ella.
Cuando vi la mirada de reconocimiento en los ojos de Javier, supe
que era el momento. Tomé las reservas de ira, de injusticia, de rabia
cruda y pura que se encontraban profundo en mi interior. Dejé que esos
sentimientos, esas emociones abrasadoras, arremolinadas y pulsantes
me envolvieran en un tornado incontrolable que no tenía ningún otro
lugar al que ir. Entonces les di el permiso de impulsarme, de convertirse
en mi fuerza.
Grité, un sonido crudo y brutal que salió de mis entrañas y mi
garganta, y usé todo mi poder para acercarme al antebrazo de Salvador.
Mordí directo en su herida, saboreando la sangre, amándola, disfrutando
la sensación de mis dientes hundiéndose más y más profundo, rasgando
a través de músculos y nervios, causando un montón de dolor.
La próxima cosa que supe fue que Salvador gritaba, tomado con la
guardia baja por mi violencia, y Javier aprovechó ese momento para
desenfundar su arma y disparar. Apuntó al hombro de Salvador. Le pegó.
Salvador dio un paso atrás, alejándose de mi agarre y de mis
dientes, pero no antes de agarrar su arma y disparar a Javier mientras
caía.
Pensé que la puntería de Salvador estaría momentáneamente
disminuida.
Pero no.
Le disparó a Javier justo en la cabeza.
Grité cuando Javier tropezó ligeramente hacia adelante desde el
tejado, y caía de cara al balcón, el vidrio rebotando a nuestro alrededor
por su impacto.
Con la fuerza que me quedaba, pateé la pistola de Salvador fuera
del balcón y correteé hasta Javier, llorando, gritando, sintiendo como si
mi propio corazón sangrara, incapaz de respirar. El dolor en mi pecho era
tan grande que no estaba segura de cómo iba a sobrevivir. No sabía con
certeza si quería hacerlo.
Caí de rodillas al lado de Javier, asustada de tocarlo o de darlo
vuelta. No podría soportar lo que tenía tanto miedo de ver.
Pero antes de que me pudiera estirar para tocarlo, empezó a
revolverse.
227
Vivía.
—¡Javier! —sollocé, poniendo mis manos en su cabeza. Aparté su
cabello y vi la herida, un rastro largo de sangre en su sien. Sus ojos se
abrieron y se fijaron en mí.
—Mierda —gimió—. ¿Me dio?
Rompí en mi sonrisa más grande y casi reí de la intensidad del
alivio que me atravesaba. —¿Darte? ¡Creo que te disparó en la cabeza!
Levantó su mano y tocó con cautela la herida. —Oh —sonrió
débilmente—. Solo me rozó. ¿Cómo se ve mi cabello?
No me hallaba segura si golpearlo o besarlo.
Pero antes de que pudiera hacer cualquiera de las dos, algo me
levantó desde atrás por los hombros y me tiró a un lado. Mi cabeza golpeó
contra el piso, haciendo que todo girara y se arremolinara
nauseabundamente. Puntos negros inundaron mi visión y me
mantuvieron tendida.
Observé con impotencia mientras Salvador se impulsaba sobre
Javier, tratando de estrangularlo. Incluso con uno de sus brazos heridos,
era un hombre grande, mucho más fuerte que Javier, y podía apretar su
garganta con una sola mano.
—Mírate —se burló Salvador, dejando caer su saliva sobre el rostro
de Javier. Este luchaba por respirar, su piel poniéndose blanca—. Un
traidor de México. Trajiste a los americanos solo para recuperar a esta
zorra. Poco hombre. Eres suave con una mujer. Una chica. Serás
conocido como el señor de las drogas que se volvió oh, tan bueno por
ninguna buena razón.
—¡No soy bueno! —consiguió rugir Javier, la lucha volviendo a su
rostro. Con toda la fuerza que le quedaba, consiguió patear a Salvador y
tomar su cuchillo de su bota. Alzó el cuchillo sobre su cabeza y, justo
cuando Salvador lo miró sorprendido, lo condujo entre sus ojos,
enterrándolo hasta el mango—. Simplemente no soy tan malo como tú —
dijo bruscamente.
Salvador se congeló con el cuchillo enterrado en su cerebro. Lo
mató instantáneamente y Javier rodó de debajo de su cuerpo. Se acercó
a mí y palpó el costado de mi cabeza. —¿Te encuentras bien? —preguntó,
su voz quebrándose.
Tragué e intenté hablar, pero no pude. Rompí a llorar.
—Shhhh, Luisa —dijo Javier tranquilizadoramente—. Vivo, vives.
El hijo de puta murió. Nos encontramos bien. —Se sentó a mi lado y me
llevó a su regazo, acunándome a medida que dejaba que todo saliera. Ira,
miedo, conmoción y dolor. Me dejó llorar por tanto tiempo como lo
necesité. Y cuando mis lágrimas empezaron a secarse, dijo algo que me
hizo llorar todavía más, pero de alegría—. Deberías saber que tengo a tus 228
padres —susurró en la cima de mi cabeza—. Se hallan seguros con mi
hermana en Puerto Vallarta.
Incluso aunque Javier nunca me dijo que me amaba, nunca conocí
tanto amor. No podía agradecerle lo suficiente, no podía creer lo
absolutamente desinteresado que fue, todo por mí.
Nos sentamos juntos en tanto reunía un poco fuerza en sus brazos,
hasta que unos pocos agentes de la DEA irrumpieron en el balcón con
sus armas. Una de ellos, no supe que era una mujer hasta que no se sacó
el casco y sacudió su cabello, observó al cuerpo de Salvador consternada.
―Honestamente, fue en defensa propia ―protestó Javier ante su
mirada de desaprobación, antes de que pudiera decir nada.
―Pero apuesto a que disfrutaste cada momento ―dijo ella.
Él sonrió. ―Claro que lo disfruté.
Y yo también.
Podía decir que Javier se hallaba nervioso, sin embargo, por lo que
la DEA le haría al haber matado a Salvador, rompiendo la única condición
que le habían impuesto. Pero para el momento en que los médicos
llegaron en helicóptero, trataron la herida en su cabeza, entablillaron mis
dedos rotos y aplicaron cremas antibióticas en mi cuerpo, nos dijeron que
podíamos marcharnos.
―Puede que no se encuentre vivo ―dijo la mujer, que se llamaba
Lillian Berrellez―, pero al menos desmantelamos el cartel de Sinaloa. Eso
no es tan lamentable.
No, en realidad no lo era. Incluso aunque existía un cartel que se
hallaba listo para tomar su posición: el de Javier.
La DEA también sabía eso. Pero por ahora, estrechamos nuestras
manos y acordamos ir por separado.
Sin embargo, sabía que Berrellez volvería. Y si todavía me
encontraba al lado de Javier para ese momento, me aseguraría de que no
llegase muy lejos.
En este negocio, no construías imperios siendo bueno. Y aunque
jamás podría olvidar la persona que era, ni podría erradicar mi moral,
esperaba con ansias ser mala.
Esperaba ponerme sucia.
Muy, muy sucia.

229
Traducido por Monse C.
Corregido por Val_17

Fue al día siguiente cuando Berrellez finalmente nos dejó en


Mazatlán. Luisa y yo nos encontrábamos cansados, heridos, y adoloridos,
pero estábamos juntos y la DEA nos dejó libres. Por ahora, al menos.
Pero eso era suficiente para nosotros. Nos teníamos el uno al otro e
íbamos a casa, de regreso a mi recinto donde seguramente asustaría
hasta la muerte a Esteban con mi inoportuno regreso del infierno.
Pero aunque ese era el plan, no era el único que había hecho. A
decir verdad, no sabía con certeza cuál sería el siguiente paso. Me sentía 230
como si fuera tirado por distintas manos, y aunque sabía cuál de ellas se
sentía bien, ya no sabía qué era lo correcto. Quizás nunca supe la
diferencia. Tal vez ya no había nada correcto o incorrecto, no en esta vida.
Una vez que Berrellez se fue, tomé a Luisa por su mano buena y la
guie hacia la playa. Como siempre, en la costa, era un día
deslumbrantemente hermoso, el calor amortiguado por el fresco Pacífico.
Zigzagueamos para abrirnos paso entre sombrillas de paja, turistas
gordos en toallas, y vendedores ofreciendo su mercancía barata, hasta
que encontré un lugar más aislado, lejos del ajetreo y el bullicio.
Nos sentamos en la cálida arena e hice una promesa mental para
tratar de escapar a la playa con más frecuencia. Era agradable alejarse
de las comodidades controladas de la casa y entrar en el caos. Realmente
dejé que muchos de mis hombres hicieran el trabajo cuando debí hacerlo
por mi cuenta. Aunque fuera riesgoso, era mucho más divertido
ensuciarme las manos.
—Pensaba que podríamos hacer un viaje a Puerto Vallarta este fin
de semana —le dije—. Para ver a Alana y a tus padres.
Me sonrío, sus mejillas se veían tan malditamente hermosas que
quería morderlas. —¡Oh, eso sería maravilloso!
—Incluso tengo un regalo especial para ti ahí —dije.
—Ooooh —murmuró, aplaudiendo con entusiasmo—. ¿Qué es?
—Es una sorpresa. —Y sí que lo era. No había muchos hombres
que pudieran entregarte la cabeza de tu lascivo ex jefe. Por otro lado, no
había muchos hombres como yo.

***

Mientras ella bebía una Corona que le compré a un niño de diez


años con una hielera, saqué dos pasaportes de mi bolsillo interior y los
arrojé sobre la arena.
Los miró con curiosidad. —¿Dónde conseguiste pasaportes
canadienses?
—Son nuestros —dije.
Dejó su cerveza en la arena y tomó el pasaporte más cercano,
abriéndolo. Había una fotografía de una mujer que se parecía a ella, solo
que unos años mayor y con el cabello diferente, ambas cosas se podían
imitar fácilmente. —¿Christine Estevez? —dijo, leyéndolo—. ¿Quién es?
Me encogí de hombros. —¿Quién sabe? Pero es legal. No tenía una
fotografía tuya así que tuve que conseguir un pasaporte original con uno
de mis contactos. —Abrí el otro pasaporte y señalé mi seria fotografía, no
tan diferente a la imagen policial de mi arresto en los Estados Unidos—.
El mío, sin embargo, es completamente falsificado. Aunque no se puede
comprar nada mejor. Pasará todas las pruebas una y otra vez, mientras
231
puedas recordar quién eres. También tengo actas de nacimiento y
licencias de manejo.
—Javier García —leyó la mía—. Creo que me gusta más Javier
Bernal.
—Por supuesto —dije, masajeando mi cuello—. Él es el mejor.
Luisa se mordió el labio, pensando. —¿Y por qué tenemos esto?
¿Iremos a Canadá? Creo que tengo un tío ahí, tal vez podríamos visitarlo.
—Querida —dije, acercándola a mí. Tracé sus labios con mi pulgar
y luego los míos, probando la cerveza—. Podemos ir a cualquier lugar que
quieras. Y por el tiempo que desees. No tenemos que regresar jamás.
Frunció el ceño, negando con la cabeza. —No entiendo. ¿De qué
estás hablando?
Respiré profundamente, mi corazón latiendo con fuerza contra mis
costillas. Ensayé esto algunas veces en mi cabeza. Para algo tan serio,
algo que cambiaría nuestras vidas, no podía permitirme decir algo
equivocado. —Arriesgué todo para recuperarte, Luisa. No hay forma de
que me arriesgue jamás a perderte de nuevo. Dices la palabra, y
corremos. Dime qué hacer y lo haré. Dejaré todo esto. Podemos ser libres
por ahí, fuera de peligro. Podemos dejar todo esto atrás.
—No podemos huir, Javier —dijo lentamente.
—Sí, podemos. Podemos hacer lo que sea que queramos.
Sonrío con paciencia y besó suavemente mis labios. —No, mi amor,
no podemos —dijo, tomando mi rostro en sus manos—. Nunca podrás
huir de ti mismo, solo andarías en círculos. No hay ninguna salida de
esta vida, porque esta es tu vida y eres lo que eres. Y no hay nada malo
con eso.
Sus palabras se hundieron en mí como la navaja más dulce. Aun
así. —No puedo perderte —dije, sintiendo la verdad hasta mis huesos.
—No me perderás. Con mucho gusto viviré esta vida contigo. Siento
que es lo que se supone que debo hacer. Ser tu reina y gobernar a tu
lado.
Junté mis labios, tratando de no sonreír ante su hermosa frase. —
Es una vida fea.
Se encogió de hombros. —Lo sé. Y es la única que conozco. Pero al
menos ahora tendré el poder suficiente para enmascarar la fealdad.
Sonreí. Mi corazón podría haber explotado. —Tendrás todo el
poder. Lo tendrás todo.
—Y, sin embargo, todo lo que quiero es a ti.
—Me tienes, hasta mi negro corazón y mi sucia alma.
La tomé y besé con fuerza, incapaz de controlarme. Nunca tuvo un
mejor sabor. El olor del sol en su piel, la brisa fresca del océano, la idea 232
de ella gobernando a mi lado, con todo lo bueno y lo malo, todo hizo que
mi corazón girara y mi polla latiera sin piedad.
—No creo que jamás te haya deseado tanto —gruñí en su boca,
cayendo sobre la arena y trayéndola conmigo. La coloqué encima,
sujetando sus piernas de modo que estuviera a horcajadas sobre mi
cintura. Sumergí mi lengua impacientemente en su boca una y otra vez,
encendiendo las llamas que no podía contener. Soñé con esto por días y
días.
—Podríamos conseguir una habitación de hotel —dijo contra mi
boca, y por la forma en que su respiración se entrecortó, supe que se
encontraba tan excitada como yo. Aún podía encenderla en cuestión de
segundos.
—A la mierda con eso —dije. La toqué entre sus piernas y por
debajo de su falda. Aparté su ropa interior y sonreí al encontrarla
húmeda—. Mi reina, no iremos a ningún lado.
Pestañeó rápidamente y gimió. —Pero hay gente en la playa. Nos
van a arrestar.
—¿Ah, sí? —pregunté, sabiendo que jamás sería arrestado en
México por nada.
—La gente verá.
—Los turistas verán —dije, lamiendo su oreja—. Y déjalos ver.
Déjalos regresar a casa y que piensen que México es un lugar divertido.
—La mordí con fuerza en el cuello, disfrutando la sensación de su piel
entre mis dientes. Se estremeció, amándolo.
—No lo sé —dijo, sin aliento, arqueando la espalda. Empujé mis
dedos en su interior con una mano a medida que la otra desabotonaba
mi cremallera. Era una guerra perdida para ella.
—Mira —dije, conteniendo un gruñido—, ¿eres una Mexi-can o una
Mexi-can’t?5
Se rió, ronco y caliente. —¿Ahora citas películas? Eres tan malo.
—Te encanta que lo sea.
Me sonrió con serenidad. —Sabes que sí. —Luego su boca se curvó
en una “o” mientras sacaba mi polla hinchada y la introducía suavemente
en ella. Era tan exquisitamente apretada, tan suave, tan perfecta. No
importada si follábamos en público y a plena luz del día en las playas de
Mazatlán, o en los confines de mi cama, ella era todo lo que necesitaba,
todo lo que deseaba.
—Llévame a casa, mi reina —susurré. Finalmente se relajó,
sentándose, y me sumergí más profundo. Ambos gritamos por el placer y
el dolor. Era imposible no hacerlo.
Agarré sus caderas y la moví de atrás para adelante en lentos y
sutiles giros. Apenas nos movíamos, pero eso no significó que no 233
estuviera sintiéndolo todo, por todas partes.
No pasó mucho tiempo hasta que el deseo que sentía por ella, el
miedo de perderla, el intenso sol detrás de su espalda, el azul del cielo y
la gente que pasaba murmurando su desaprobación y admiración, nos
llevó a alcanzar un estruendoso clímax. Me corrí fuerte en su interior,
asegurándome de atender a su clítoris al mismo tiempo. Mientras me
apretaba, secándome, me llamó su rey.
No creo que esas palabras jamás hubieran sonado tan bien.

***

Después de nuestra escapada a la playa, conseguí un auto rentado


que jamás devolvería, y nos dirigimos por la carretera que dirigía a
Durango. Pudo haber sido un viaje más corto, pero mi apetito sexual
resurgió por toda la violencia, adrenalina y el hecho de que casi nos
perdimos el uno en el otro. Nos detuvimos dos veces: una porque se me
antojó tanto el sabor de su coño que terminamos teniendo sexo oral en el

5Famosa frase de la película: “Érase una vez en México”, que se refiere al mexicano que
puede y trabaja para salir adelante y al que prefiere ser flojo.
asiento trasero del auto, el viejo y bueno sesenta y nueve. La segunda
vez, quería estar dentro de su calor por lo que se subió sobre mí mientras
conducía y me comenzó a montar de esa forma. Solo conseguí avanzar
unos tres metros antes de casi chocar. Al parecer era bueno en muchas
cosas, pero follar y conducir al mismo tiempo no era una de ellas.
Eventualmente logramos volver a casa cerca del atardecer. Los
guardias en el portón parecían sorprendidos por mi regreso, pero fueron
lo bastante inteligentes para lucir felices por ello. Al fin y al cabo, había
jefes mucho peores que yo.
Estacioné justo afuera de las puertas principales y miré a Luisa,
sentada serenamente en el asiento del pasajero. Parecía resplandecer.
—Esta es tu casa ahora, lo sabes —le dije.
Sonrió. —Lo sé.
—Es tu castillo.
Se inclinó y me besó rápidamente. —Y será uno dorado.
Salimos del auto justo cuando la puerta se abrió y Este se quedó
mirándonos, completamente asombrado. Disfruté el pequeño rastro de
decepción en su frente. Merecía que le mostrara que se equivocó.
—No puedo creerlo, joder —dijo en voz baja y asombrada.
Levanté mis brazos. —Los fantasmas de los narcos pasados han
regresado para patearte el culo. 234
Sonrió. —Qué suerte la mía, no he tenido tiempo de arruinar nada.
¿Cómo diablos lo lograste, Javi? —Siguió mirándonos a ambos con
asombro.
Me encogí de hombros. —¿Qué no puedo lograr?
Puse mi mano en la espalda baja de Luisa y la guie hacia las
escaleras. Nos detuvimos en la puerta, mirando a Este. —Esteban
Mendoza —dije—, te presento a tu soberana, Luisa Chavez. —Me incliné
hacia su oído—. Sabes, él es tu empleado ahora. ¿Cómo te hace sentir
eso?
Ella le sonrió a Este antes de mirarme. —Me hace sentir como si
debería tener una Taser conmigo todo el tiempo. Ya sabes, solo en caso
de que se porte mal. —Le guiñó un ojo y luego entró en la casa.
Me reí por la expresión de miedo en los ojos de Esteban. Le di una
palmadita en el hombro. —Ella no está bromeando. Mató a un hombre
allá. Creo que le agarró el gusto.
Dejamos a un desconcertado Este en los escalones, y rápidamente
la llevé hacia nuestra habitación, donde le traería fuego y ella me traería
paz, esa hermosa paz.
Yo era su rey.
Ella era mi reina.
Y teníamos un maldito imperio que gobernar.
Luego de que termináramos de follar, por supuesto.
Después de todo, seguía siendo Javier Bernal.

235
Él es valiente e implacable. Desalmado.
Como azafata, Alana Bernal ha tenido su
parte de pretendientes. También tuvo más
tragedia de lo que le correspondía dentro de su
problemática familia. Pero lo que no ha tenido es
amor. Amor verdadero, del que te desgarra el
corazón, que te arranca la ropa, que lo consume
todo.
Al menos eso fue hasta que conoció a un
turista estadounidense, Derek Conway, un
torturado ex soldado con mirada gélida y una
presencia imponente.
Lo que comenzó como un encuentro casual
entre los dos en Puerto Vallarta, un fin de semana
lleno de sexo caliente y pasión sin sentido, ha
llevado a algo más.
236
Algo mortal.
Porque Derek no es el tipo de hombre que se enamora. No es un
hombre que se queda cerca.
Y definitivamente no está en México de vacaciones.
Derek es un mercenario, un asesino a sueldo, un hombre que hace
los trabajos más feos para el mejor postor.
Desafortunadamente para Alana y Derek, el mejor postor tiene el
poder de destruir cualquier mundo que hayan creado para ellos.
El mejor postor puede destruirlo todo.
La hija de un vikingo noruego y una finlandesa,
Karina Halle creció en Vancouver, Canadá, con
trolls y oscuridad eterna en el cerebro. Esto pronto
se convirtió en un amor por todas las cosas que
asustan en la noche y una apreciación al más
sádico placer por asustar a la gente. Al igual que
muchos de los personajes imperfectos que escribe,
Karina no sabía dónde encontrarse a sí misma y ha
hecho incursiones en la actuación, maquillaje
artístico, producción de cine, guión, fotografía,
literatura de viajes y periodismo musical. Con el
tiempo se encontró a sí misma en las páginas de
las mismas novelas que escribió (aunque solo
había mirado allí para empezar).
Karina tiene un título de Guionista de la Escuela de Cine de Vancouver
y una Licenciatura en Periodismo por TRU. 237
Vive en una isla costera de British Columbia, donde está preparando su
próximo apocalipsis zombi.

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