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La noche transfigurada: Falsificación y arte

Este documento presenta una introducción a la vida y carrera del músico Jorge Berlinés. Tuvo un "antes y un después" al conocer a Tomás Gómez y a un peculiar amante de Mozart, después de lo cual dejó de componer música y llegó a odiarla, especialmente la música de Mozart. El narrador intenta descubrir las razones del odio de Berlinés hacia la música a través de conversaciones con él.

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La noche transfigurada: Falsificación y arte

Este documento presenta una introducción a la vida y carrera del músico Jorge Berlinés. Tuvo un "antes y un después" al conocer a Tomás Gómez y a un peculiar amante de Mozart, después de lo cual dejó de componer música y llegó a odiarla, especialmente la música de Mozart. El narrador intenta descubrir las razones del odio de Berlinés hacia la música a través de conversaciones con él.

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¿Está

usted seguro de que cuando escucha música de Mozart está escuchando


realmente música de Mozart? ¿El famoso escritor que usted lee con devoción
es verdaderamente, como asegura la portada, autor de la novela que tiene
entre sus manos? Un músico que desea seguir escribiendo música tonal y que
acaba odiando a Mozart, y un escritor que comienza por imitar a un autor de
best sellers de terror y acaba huyendo, a punta de pistola, por las calles de
Roma, son los protagonistas de esta extraordinaria novela de José María
Latorre. A través del entramado de una red internacional de falsificadores de
obras de arte, La noche transfigurada no sólo pone en cuestión las nociones de
falsificación y originalidad, sino también las de ficción y realidad,
denunciando la manipulación a que se ven sometidas obras y creadores en un
tiempo en que los grandes nombres son utilizados únicamente como reclamo
comercial.

Página 2
José María Latorre

La noche transfigurada
ePub r1.0
Titivillus 04-07-2020

Página 3
José María Latorre, 1990

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

Página 4
LA NOCHE TRANSFIGURADA
José María Latorre

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A Luis y a José Fernando

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Una composición inédita de Wolfgang Amadeus Mozart, una «Fantasía
para órgano», ha sido descubierta casualmente en una biblioteca pública de
Praga, según informó ayer el diario vienés «Die Presse».
La partitura fue escrita por un director coral coetáneo del genial músico
austríaco, recogiendo sobre el papel pautado las improvisaciones de Mozart.
El manuscrito data de 1789.
El ministerio checoslovaco de Cultura ha proyectado ya el estreno
mundial de la pieza el 19 de octubre de 1987, al cumplirse el segundo
centenario del estreno de la ópera «Don Giovanni», una de las más
conocidas de Mozart.
Hasta ese momento, el compositor de Praga Jiri Mopek completará los
compases que faltan en el manuscrito, por encargo del ministerio de Cultura
de su país.
Mozart nació en Salzburgo en 1756 y murió en Viena en 1791. Entre sus
numerosas obras se cuentan 52 sinfonías.

Efe. Viena

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INTRODUCCIÓN

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APUNTES SOBRE JORGE BERLINÉS (I)

Una vez aceptada la idea de que en la vida de todos los seres humanos
siempre hay un «antes» y un «después», no es extraño que,
consecuentemente, la curiosidad incite a muchos de nosotros a querer saber
cuáles son los «antes» y «después» de las personas que conocemos, e incluso,
ejerciendo ese atributo humano en trance de extinción que es la facultad de
reflexionar, que existan asimismo quienes deseen distinguir sus propios
«antes» y «después» entre la brumosa uniformidad de la vida colectiva, como
una manera de manifiesto individual hecho en voz baja.
El punto límite que separa el «antes» del «después» suele ser un
acontecimiento que origina una transformación en la existencia del individuo
y que puede tener raíces heterogéneas: profesionales, amorosas, económicas,
políticas…, pongamos por caso; a veces una mezcla, un cóctel hecho con
ingredientes distintos. En la vida de Jorge Berlinés había, como en todas las
vidas, un «antes» y un «después», pero en ellos confluían algunos equívocos;
el principal: al ser un hombre dedicado desde niño a la práctica artística de la
música, los demás podían suponer —malsuponer— que ese «antes» y ese
«después» estaban poco definidos, poco personalizados en su vida, ya que la
diferencia existencial de Jorge Berlinés, o sea, lo que marcaba un «hasta
aquí» y un «desde aquí», estribaba ante todo en un problema de
profesionalidad, de dedicarse a la música como niño prodigio o adolescente
aficionado y entregarse a ella como un adulto consciente de su vocación. Pero
yo sé que Jorge Berlinés había tenido también un «antes» y un «después»:
antes y después de haber conocido a una persona llamada Tomás Gómez, que
le puso en contacto con un peculiar amante de la música de Mozart.
Antes de eso, Jorge Berlinés era un hombre dominado por la pasión de la
música. A la música dedicaba todos sus esfuerzos, consagrándose noche y día
a su práctica, ya fuera componiendo, bien como un simple intérprete. La
música había marcado su existencia, hasta el extremo de decirse de él que
pensaba continuamente en música. Había alcanzado ese estado de abstracción
de la realidad que le hacía vivir en música, caminar en música, hablar en

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música, soñar en música, y la música constituía para él un refugio en el que
solía esconderse en busca de protección contra las agresiones y desengaños
que iban sumiéndole poco a poco, cada vez con mayor intensidad, en un
estado de desesperanza y de total escepticismo hacia la sociedad en que vivía,
la cual, a juzgar por los desastrosos resultados que tuvo su «aprendizaje del
mundo», como suele llamarse, no daba cabida a personas como él. La música
era para Jorge Berlinés un mundo aparte, regido por normas que no tenían
nada que ver con las normas sociales y entre las que se sentía completamente
a gusto. Y no me toca juzgar a mí si su actitud era escapista —como se ha
dicho— ni si su música estaba impregnada —como algunos críticos
mantenían— de idealismo trasnochado; menos aún después de saber lo que
sé. Componía mucho. Es decir, en una época de su vida compuso muchísima
música: hasta los veinte años había escrito más de treinta obras, aunque en ese
período de tiempo no logró que ninguna de ellas trascendiera más allá de un
reducido circuito de amigos. Pero a los treinta y tres años era un hombre más
o menos conocido, y si no era respetado críticamente se debía más a causas
extramusicales, pues la crítica sólo anima y respeta al músico que compone lo
qué la crítica quiere que componga.
Después de haber conocido a Tomás Gómez y al peculiar amante de
Mozart, la música siguió siendo durante algún tiempo la principal razón de
vivir para Jorge Berlinés, aunque impregnada ya de ese veneno de armonía
clásica —así decía él— que le marcaría durante los últimos meses de su vida.
Poco tiempo después, Jorge Berlinés dejó de escribir música —quiero decir
que su nombre dejó de figurar entre los de quienes estrenaban en los teatros y
salas de concierto con cierta asiduidad—, dejó de interpretarla también, y
llegó un momento en que la odió. ¿Cabe mayor tristeza para un músico que
llegar a odiar la música? ¿Es posible mayor sufrimiento para un artista?
Según me comentó en una de nuestras primeras conversaciones, su odio
alcanzó tal punto que no sólo le impulsó a destruir todos los instrumentos que
tenía en casa —un piano, un violín, una trompeta y un contrabajo—, sino
también a sentir una náusea incontenible con sólo oír de lejos la ejecución de
una música cualquiera, pero sobre todo de Mozart. Sentía particular aversión
hacia Mozart, lo que le hizo ganarse más antipatías. Se deshizo de su equipo
de sonido, de su envidiable colección de discos y de su televisor, y evitaba
cuidadosamente frecuentar cualquier tipo de locales públicos en los que
sonara música, por lo que era difícil acordar con él un lugar de encuentro que
no fuera su propia casa —mientras permaneció en ella—, y a la que, por
cierto, fue despojando progresivamente de muebles, adornos, cuadros y toda

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clase de accesorios, o, ya en los últimos días, la despersonalizada habitación
de un gigantesco y agrisado hotel de segunda clase.
¿Cómo era posible que una persona que había amado apasionadamente la
música, convirtiéndola en el centro de su existencia, llegara a esa extrema
situación? Ésa era la pregunta que, cuando le conocí, ahora no importa cómo,
creí necesario ver respondida con urgencia, en el nombre de la ya mencionada
curiosidad. Su odio, como todas las formas de odio, era irracional, lo volvía
irascible hasta la exasperación, lo transformaba en un ser distinto, agresivo,
huraño. Últimamente carecía de amigos. Por eso yo, que desde mi modesta
afición a la música había seguido en lo posible la azarosa carrera artística de
Jorge Berlinés, supe que no podría descansar hasta que conociera la base
sobre la que se asentaba ese odio, ese rechazo visceral hacia algo que había
sido tan amado por él; y supe también que, insistiendo, con mucha tenacidad,
lograría mi objetivo de que el músico —mejor dicho, el exmúsico— se
sincerara conmigo venciendo a la vez su resistencia a hablar, en la que desde
el primer momento creí detectar una ráfaga de pánico. Lo conseguí —y ése es
el objetivo de estas páginas: contar todo lo que sé acerca de un complejo
camino hacia el odio, desenmascarando de paso una repugnante actividad, y
no limitarme a contar el aparente triunfo de un periodista, que en el fondo
podría ser la crónica de un fracaso humano—, pero creo que ésa fue también
la causa de su muerte, con lo cual el brillo de mi logro personal se vería
empañado por el aliento del crimen.
Al principio se mostró esquivo ante mis insistentes preguntas (ahora sé
que esa actitud podía deberse al miedo), pero tampoco le faltaba razón para
tomar precauciones: créanme si les digo que no hay nadie más falto de
escrúpulos que un periodista enfrentado a algo que puede ser motivo de una
noticia sensacionalista obtenida en exclusiva. Y yo en aquellos momentos era
un periodista acechando como un cazador ante la boca de una madriguera en
espera de la salida confiada de su presa; y, como tal periodista, como tal
cazador, carecía de escrúpulos. Ahora estoy seguro de que también pagaré mi
intromisión. Por ello me urge contar la historia que me contó Jorge Berlinés,
sin alterar su sustancia, como una forma de expiar la parte de culpa que me
atañe en el fatal desenlace. ¿Expiar, digo? ¡Vaya término anticuado! ¿No
estaré intentando vender socialmente este informe como una reparación moral
a la figura de Jorge Berlinés cuando en realidad se trata de ofrecer el reportaje
más alucinante que ningún periodista haya ofrecido a la sociedad moderna?
Finalmente conseguí extraer de Jorge Berlinés aquello que estaba
buscando desde hacía tiempo: la confesión del por qué de su total rechazo de

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la música. Pero cuando empecé mi asedio personal no podía imaginar siquiera
que escucharía lo que el músico me contó a la hora de hacerme partícipe de
sus confidencias: esperaba escuchar una historia corriente, más o menos
sórdida, más o menos brillante, y recibí en su lugar una historia fantástica. En
mi distracción, en mi escaso vuelo imaginativo, yo había culpado del retiro
profesional de Jorge Berlinés a las causas habituales, o a las comúnmente
aceptadas como causas habituales —entre las que Figuraban en lugar
destacado los exabruptos críticos, e incluso la desilusión profesional, sí, la
desilusión profesional, como si la práctica artística dependiera sólo de críticos
y de ilusiones—, sin darme cuenta de que en ésta, como en tantas otras cosas,
me estaba moviendo, igual que todos, a las órdenes de los lugares comunes
entronizados por la vulgaridad de los todopoderosos medios de comunicación,
ignorando por lo tanto que existen personas que actúan movidas por causas
más complejas.
Jorge Berlinés apareció muerto en la habitación 666 del Hotel
Continental, un gríseo edificio de seis pisos de altura, un hotel colmena lleno
de grietas y resquebrajaduras, un desecho arquitectónico. La pistola estaba
caída a sus pies, encima de una moqueta sucia y descolorida con huellas
visibles de quemaduras de cigarrillos y manchas de líquidos vertidos. La
única bala disparada por el arma, por lo demás certera y suficiente, había
entrado por la boca del músico y había salido por su nuca, no sin salpicar la
pared de la estancia con una repugnante mezcla de sangre, huesos astillados y
cabellos y tejido cutáneo chamuscados. Las huellas digitales grabadas en la
pistola correspondían a las del músico, pero yo sabía que su mano derecha no
había empuñado en vida la pistola y que su dedo índice no se había curvado
nunca sobre ese gatillo. Berlinés había estado hablando conmigo esa misma
noche y tengo motivos suficientes para pensar que no entraba dentro de sus
cálculos el acto de quitarse la vida —aunque no faltaron quienes aseguraban
que el hecho de abandonar la música había sido ya el primer paso dado por
Berlinés hacia su suicidio—. Me había revelado cosas importantes y pensaba
seguir haciéndolo. Yo, que le traté a fondo durante los últimos días de su vida,
sé bien que Jorge Berlinés había encontrado en el desahogo verbal —me
resisto a llamar a eso confesión, ya que en sus palabras no se filtró ni un
asomo de sentimiento de culpa— no un sustituto de su interrumpida,
malograda vocación musical, sino una compensación o una forma de
venganza que le animaba a seguir vivo enfrentándose a la mediocridad de su
entorno, infestado de lo que él llamaba «parásitos».

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(Fragmento extraído del diario La mañana, sección cultural, año III,
n.º 502, firmado por Eladio F. Ledesma.) [Link] documento:
»El suicidio del compositor Jorge Berlinés, a los treinta y ocho años de
edad, ha puesto un inesperado broche final a algo que se estaba conociendo
desde hacía ya mucho tiempo como “Caso Berlinés”.
»Jorge Berlinés era un inocente de la música; pero no un inocente a la
(sublime) manera de los grandes inocentes de la historia de la música, los
Mozart, los Schubert, los Pergolesi, todos ellos genios que asumían los
lenguajes de la época en su propia práctica y que los iluminaban con unas
luces artísticas que surgían de su mente, de su sensibilidad. Berlinés era un
inocente por razones exactamente opuestas. Vivía en la más atormentada
coyuntura histórica del arte de los sonidos, había sido colocado por el destino
en un tiempo en el que convergían hombres, tendencias, vocaciones y
veleidades, todos mezclados y discordantes: Schönberg y la sintaxis
dodecafónica, Stravinsky y el neoclasicismo, y sobre todo la teorizada
destrucción de la sintaxis tonal, la polémica sobre el arte políticamente
comprometido, e incluso retornos al gregoriano, a Bach, a la ars nova; una
época en la que la separación entre música seria y música ligera parece
definitiva. Pero Berlinés supo vivir, expresarse, escribir música, como si todo
ello no existiera; a pesar de todo supo componer obras con propia
personalidad.
»Se sentía firmemente atraído hacia la sintaxis tonal, a la que apenas
alteraba con alguna politonalidad extraída de sus amados compositores
franceses, sobre todo Ravel; y escribió algunas melodías con la esperanza,
con la ingenua presunción, de que se hicieran tan populares como las de
algunos compositores clásicos. A veces le preguntaba cómo podía ser posible
esa manera suya de vivir “fuera de la realidad”. Su respuesta surgía, no
obstante, de sus profundos conocimientos musicales y consistía en una
afirmación personal dentro de una tradición a la que no quería renunciar. Y la
música no tenía secretos para Berlinés: no era posible confundir su inocencia
con su “dilettantismo”, o mejor dicho, Berlinés era un “dilettante” en el
sentido más bello y noble del término: el etimológico. Era un músico que
quería proporcionar deleite, es decir, alegría, emoción ante la belleza.
»Podía pasar, sin esfuerzo, a componer desde una sinfonía hasta una
pequeña canción para piano, desde una sonata hasta un “divertimento”,
dotando a todo lo que hacía de un inconfundible sello personal que era
reconocido hasta por sus más furibundos detractores, que los tuvo. Y a
nosotros, sus oyentes, nos asaltaba con frecuencia una duda: ¿y si ese respeto

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por la tonalidad, y si esa manera de desafiar las leyes del moderno universo de
la música escondieran un secreto? Ese secreto sería que tras la alegría
creadora de Berlinés se escondiera un drama personal, la expresión de un
artista angustiado. De ese modo, Jorge Berlinés sería también un producto
más de la angustia de nuestro siglo y no sólo, como se ha dicho, un músico a
contracorriente. Y más que de “Caso Berlinés” habría que hablar de “Enigma
Berlinés”».
Cuando, hace pocas semanas, conseguí que Jorge Berlinés hiciera una
tentativa, inicialmente tímida, de rasgar su velo de silencio, se operó en él una
transformación. Recuerdo bien que fue por la noche y que el músico estaba
tocando al piano algunos compases de «La noche transfigurada» de
Schönberg. La transfiguración fue doble. Yo había detectado con
anterioridad, entre sus características personales, que hablaba mucho,
torrencialmente, pero que en el fondo no decía nada sólido, nada que fuera
coherente: era como si él, que para expresarse siempre se había servido del
lenguaje matemático de la música, utilizara las palabras para erigir una
barrera protectora entre su persona y el mundo, como si quisiera ocultar su
fragilidad tras una capa de verborrea o acorazarse con ella. Luego, cuando
empezó a ser más concreto con las cosas que decía, hablaba ya mucho menos,
pero con más sentido, y solía recurrir a ingeniosas parábolas, a frases agudas
cargadas de intencionalidad. En ocasiones me interrumpía cuando le estaba
haciendo una pregunta, o se interrumpía a sí mismo respondiéndola, y se
asomaba a mirar cautelosamente a través de la ventana, no sin tomar la
precaución de apagar la luz si era de noche.
Más adelante, cuando nuestras reuniones adquirieron carácter fijo, me
preguntaba si no me había percatado de que había sido seguido hasta su
domicilio —cosa de la que él parecía estar seguro—, e incluso me describía el
físico de una persona a la que yo no había visto jamás pero que, según me
aseguró, había estado pisándome los talones hasta llegar a su casa.
Otro día, al abrirme la puerta, vi que su semblante estaba demudado, y sin
saludarme me instó a seguirle hasta la ventana, desde donde me señaló a un
hombre alto, enjuto, vestido de negro, que «estaba vigilando la casa»
paseando arriba y abajo por la acera frontal al edificio. «Se han enterado de
que he empezado a contarle cosas y ya están ahí, sin perderse ni un detalle de
mis movimientos —me dijo—. Estoy vigilado». Yo comenzaba a sentirme
como si estuviera dentro de la piel de un personaje de una aventura
detectivesca de Conan Doyle, y más aún cuando Berlinés —que ese día
parecía estar borracho— comenzó a recitar con tono ausente una retahíla de

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palabras incoherentes, mientras miraba con ojos desorbitados hacia el hombre
vestido de negro que seguía estando de pie en la otra acera, enfrente de la
casa, mirando de vez en cuando hacia nuestra ventana.
«No veo nada anormal, no es más que un hombre que está esperando a
alguien», dije yo.
«Usted no comprende nada, usted no conoce el mundo en el que vive —
me respondió con acrimonia—. Hoy, nadie espera a nadie: no está en la
naturaleza del mundo moderno. El que desea presentarse en un lugar debe
hacerlo por su propia voluntad y sin esperar ser recibido. No existen
obligaciones de esperar ni de atender».
No entendí lo que pretendía decirme y supuse que el alcohol ingerido le
estimulaba a decir incongruencias. Debo señalar que, para entonces, Berlinés
ya había empezado a hacerme destinatario de sus confidencias, y aunque éstas
me parecían fantásticas (en el sentido de ser poco o nada verosímiles) no las
creí peligrosas, pues aunque, en el supuesto de que fueran ciertas, afectaban
sólo al problema del arte, no tenían nada que ver con los terrenos que yo creía
realmente peligrosos para el ser humano, en especial el mundo de la política y
el de las altas finanzas… Pero ¿qué digo? ¿Acaso no estábamos inmersos en
el mundo de las altas finanzas? ¿Acaso no rozaba Berlinés con sus palabras el
territorio de la política? O, planteándolo de otro modo: ¿pueden convertirse
Mozart y la música de Mozart en un problema político? ¿Puede tener
Beethoven alguna relación con el mundo de las altas finanzas, aparte, claro
está, del gran negocio multinacional de las casas de discos y del manipulado e
interesado estrellato de los directores de orquesta? En cualquier caso, yo
estaba asombrado mas no asustado: las palabras de Berlinés me provocaban
perplejidad antes que temor.
Un día sin particulares señas de identidad, a no ser la intensa lluvia que
caía sobre la ciudad, como una exudación de la caja cenicienta que la
envolvía y la cerraba herméticamente, la portera de su casa me entregó un
sobre lacrado que estaba dirigido a mi nombre. Me sorprendió ver un sobre
lacrado, pues lacrar sobres es una práctica casi extinguida en la actualidad,
pero aún me sorprendió más leer en la hoja que había dentro del sobre que, a
partir de ese instante, si yo seguía interesado en hablar con él, Berlinés,
tendríamos que llevar a cabo nuestras charlas en el Hotel Continental (me
facilitó un nombre supuesto para que preguntara por él, ya que no se había
inscrito con el suyo), pues había abandonado definitivamente su domicilio
(definitivamente: sólo hoy comprendo que era una expresión profética). Y la
fea, granítica mole del Continental, con su fachada agrietada y sus interiores

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oscuros y sombríos, como de otro tiempo, fue durante breves días el escenario
de nuestros sucesivos encuentros. ¿Se trató de una aprensión mía o el hombre
vestido de negro estaba apoyado uno de esos días en la pared del edificio
contiguo al hotel? No soy un buen fisonomista; nunca lo he sido, pero en el
rostro de aquel hombre había, por encima de su adocenamiento, de su vulgar
expresión, una chispa de malevolencia que lo hacía inmediatamente
reconocible entre la multitud: más por el brillo perverso de sus ojos que por
las pronunciadas arrugas que surcaban su rostro de experiencias venenosas.
¿Era posible que Jorge Berlinés tuviera razón y que su vida estuviese
realmente en peligro?
Pocos días después yo hallaría involuntariamente la respuesta a esta
pregunta.
(Fragmento extraído de la revista Parsifal, número 63, páginas 44 y 45,
firmadas por Sergio Begana.) 2.º documento:
»Lo que sigue es el resumen de una conversación que mantuve con el
compositor Jorge Berlinés tres meses antes de su trágica muerte. No ocultaré
que, en contra de la opinión más generalizada, la música de este compositor
despertaba un vivo interés en mí, sobre todo por la sinceridad de su forma:
quizá su mensaje musical fuera pequeño, pero no cabe duda de que era un
mensaje auténtico, sentido, personal, que no se sometía a las exigencias de la
cultura dominante. Sorprendido por su inesperado y prolongado silencio,
extraño en alguien que, como él se autodefinió en cierta ocasión, era un
“vicioso de la escritura musical”, intenté localizarle para averiguar las causas
de su mutismo. Mis esfuerzos fructificaron en una conversación, de la que
reproduzco lo esencial para los lectores de nuestra revista. Quizá ahora que
Berlinés ha muerto pueda detectarse, entre líneas, que el músico vivía preso
de una profunda depresión: sería una deducción fácil teniendo en cuenta el
desenlace. Pero sí se desprende de ella, al menos, que Jorge Berlinés estaba
atormentado por la crueldad de algunas críticas vertidas sobre su obra.
Habitualmente defensivo, Berlinés se mostró aquí, al contrario, agresivo, y
dadas las circunstancias he preferido no limar las asperezas de sus respuestas.
Sólo debo añadir que con mis preguntas pretendía lograr que se manifestara
personalmente sobre el tema del, por lo general, rechazo crítico de su obra, de
la que yo, insisto, era un admirador a causa de su naturaleza de propuesta
verdadera y asumida.
»—Hace ya cuatro años que no estrena usted ninguna obra en nuestras
salas de concierto. Creo recordar que, por aquel entonces, usted manifestó

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públicamente que no volvería a componer… Parece, pues, que la declaración
fue hecha completamente en serio.
»—Toda mi vida he estado hablando y trabajando en serio. Es problema
de los demás creer o no creer en lo que digo y hago.
»—Pero hubo quienes afirmaron que lo suyo era una postura, una “pose”
ante el rechazo que sus últimas composiciones habían despertado en el seno
de la crítica más exigente.
»—Eso del “seno” me suena un poco raro… A busto femenino o a
término geométrico… De cualquier forma, un artista tiene que hacer lo que
cree que debe hacer; lo contrario es tanto como trabajar al dictado. Además,
es misión del artista ir siempre por delante de la crítica. No olvidemos que la
crítica es “a posteriori”, que está hecha a partir de una obra terminada.
»—Olvida que entre los críticos figuran buenos teóricos del arte musical.
»—Prefiero a Stravinsky antes que a los críticos de Stravinsky, vale más
una pequeña pieza de Debussy que todo un libro teórico de Fubini.
»—¿Y qué me dice de Eisler?
»—Le contestaré con una pregunta: ¿quién le recuerda por lo que
compuso?
»—¿Y, pasando a otro terreno, de Roland Barthes?
»—¿Ha leído usted sus intentos de escribir prosa creativa? Me parecen
patéticos… Prefiero no hablar sobre Barthes.
»—Pero usted ha tenido unas críticas particularmente crueles. ¿Ha
influido eso en su silencio?
»—Todos los músicos, desde Verdi hasta Penderecki, desde Puccini hasta
Rota, han tenido enemigos críticos y han sufrido fracasos de crítica. De
verdad, eso no me ha importado nunca… El mundo del arte está dividido
claramente en creadores y en parásitos.
»—Sin embargo, su silencio es real, no acabo de inventármelo yo.
»—El silencio no tiene nada que ver con la interrupción de la actividad
creativa. Un día, alguien, cualquiera, puede decidir dejar de componer, dejar
de escribir, dejar de pintar, y no obstante seguir haciéndolo interiormente o en
secreto, en privado. He descubierto que no siento ninguna necesidad de
autoafirmarme ante los demás. Soy, y eso me basta. Tal vez sea un síntoma de
madurez, quizá se trate de un descubrimiento prematuramente senil: no lo sé,
no me toca a mí juzgarlo.
»—¿Y las razones de su retiro público?
»—Lo siento, pero no puedo darlas a conocer ahora.

Página 19
»—Cuando usted, de muy joven, prácticamente de niño, decidió seguir el
camino de la música, ¿se imaginaba que iba a encontrarse con tantas
dificultades?
»—No entiendo a qué se refiere cuando habla de dificultades.
»—Principalmente a problemas de estreno, de difusión, de acogida de
crítica, de comercialización en forma de disco…
»—Ningún compositor digno de tal nombre ha pensado jamás en esas
cosas… ¡¡Discos!! El disco es un invento reciente, en tiempos de Beethoven
no existían los discos. Hoy sólo piensan en términos de difusión en disco los
jóvenes y algunos americanos que llegan al extremo de financiar ediciones
discográficas de sus propias cancioncillas para películas. Si uno pensara en la
crítica y en los discos, probablemente no escribiría ninguna obra nueva. Hay
que olvidarse de esas cosas…
»—Quizá tenga razón: acaba de salir al mercado nada menos que la
primera grabación mundial de una obra inédita de Mozart… ¡Todavía!
»(Ante el silencio de Berlinés, añado):
»—… ¿No se ha enterado de la noticia? Es un concierto para violín y
orquesta.
»—Lo conozco, sí, ¿le gusta?
»—Me parece extraordinario. Es Mozart en su más pura expresión
musical. Encuentro casi increíble que esa obra haya podido estar tanto tiempo
sin ser difundida.
»(Jorge Berlinés sonríe y me pregunta si creo en la idea de la pureza
aplicada a la música. Protesto, alegando que soy yo quien hace la entrevista y
que los lectores preferirán, sin duda, conocer cuál es su opinión).
»—A mí me parece un Mozart degradado —me dice de repente, con
enigmática sonrisa—. Podría haberlo compuesto yo mismo. (Subrayado en el
recorte).
»—¿No le parece exagerado? Imitar a Mozart es casi imposible, porque su
música es perfecta. Puede hacerse algo mozartiano, algo parecido a Mozart,
pero no como Mozart: puede, creo yo, plagiarse su mecánica, pero no su
espíritu.
»—Ya, usted es de la misma opinión que Einstein: Mozart es como el
firmamento, perfecto.
»—¿Usted no lo piensa?
»—Sólo digo que ese concierto me parece un Mozart degradado. No me
atribuya cosas que no he dicho.

Página 20
»—Nos hemos alejado del objetivo principal de esta entrevista… ¿Cómo
ve, con una perspectiva de tantos años, la diferencia entre la música como
sueño y la música como realidad? ¿Se siente decepcionado?
»—Sí.
»—¿Por alguna razón especial?
»—Digamos que me siento decepcionado. Eso es todo».
(El documento se corta aquí).

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EL ALTAR DE LOS MUERTOS

Para Vicente Ayala, las cosas empezaron como un moderno cuento de hadas y
acabaron adquiriendo las dimensiones de una pesadilla, lo cual no resulta tan
extraño si se considera con propiedad la naturaleza de tales comienzos. ¿No
es un cuento de hadas moderno que un escritor inteligente y sin trabajo se vea
de la noche a la mañana dentro de la nómina de una poderosa empresa
norteamericana dedicada a la edición de libros, con un sueldo superior a las
doscientas cincuenta mil pesetas? ¿Y no se ha aprendido que es preciso
desconfiar de ese tipo de cuentos en los que hasta las tentadoras manzanas
están envenenadas y donde las abuelitas no esconden en su boca dentaduras
postizas sino afilados colmillos?
Desde que la importante editorial estadounidense Castle and Wilkinson
decidiera establecer una delegación en España, la vida de Vicente Ayala
estaba predestinada a experimentar un cambio de rumbo. Al principio, Ayala
se creyó un hombre feliz por haber conseguido un puesto en ella; un puesto
tranquilo, bien remunerado, que le permitía disfrutar de libertad a partir de las
cinco de la tarde —con un intervalo de dos horas para comer: de una a tres—
para poder dedicarse luego, sin agobios, a escribir sus cuentos y novelas. Su
trabajo inicial como supervisor de ediciones y corrector de pruebas no le
exigía tampoco demasiado esfuerzo intelectual y salía de la editorial imbuido
de una sensación de limpieza y tranquilidad de ánimo suficiente para
enfrentarse sin desasosiego a la progresiva instalación en la angustia que,
inevitablemente, sufría a diario a causa de sus manuscritos: Vicente Ayala
pertenecía a esa raza de escritores, cada vez más infrecuentes, de creer a las
gacetillas, a las entrevistas y a las solapas y lanzamientos editoriales, que
sufrían dolorosamente el pánico de la página en blanco, que padecían al
enfrentarse al desafío de la escritura creativa. Su pecado, si de pecado puede
hablarse, fue su extremo amor a la escritura. Si Vicente Ayala se hubiera
tomado un descanso al término de la redacción de una de sus novelas,
probablemente habría seguido llevando su ritmo diario hecho a partes iguales
de monotonía disfrutada y de libertad sufrida, y no hubiera sido atrapado por

Página 22
la atracción de ese remolino magnético que poco a poco le fue privando de
tiempo libre y de personalidad, al tiempo que iba llenando de pesetas blancas
su cuenta corriente y de dólares negros su «otra cuenta», y que terminó
haciendo de él una víctima.
Vicente Ayala había obtenido el puesto de trabajo en Castle and
Wilkinson España por su pasmosa aptitud para hablar y escribir en inglés
norteamericano, y se sentía orgulloso de esa facilidad, pero no estaba menos
orgulloso de su desparpajo —de su «don» solía decir él— para imitar sin
tacha las escrituras ajenas.
Antes ya de los días de Castle and Wilkinson España solía plagiar, para
deslumbrar a sus amigos, el estilo y los modos literarios de todos los
escritores de moda —es sabido que a los que se llaman amigos se les gana
mejor así, pues son pocos los que están dispuestos a reconocer públicamente
la valía personal de aquellos de quienes se dicen amigos—, y sus
experimentos habían alcanzado tal éxito que su fama como técnico en
«pastiches» se extendió hasta llegar a los oídos del director y del redactor jefe
de una de las pocas revistas literarias del país, quienes le ofrecieron llevar en
ella (La Ballena Blanca) una sección mensual dedicada a plagiar, como juego
intelectual, el estilo de escritores distintos entre sí pero todos reconocidos
internacionalmente. Vicente Ayala no lo aceptó, aunque estuvo tentado de
hacerlo, porque no quería convertir su afición en costumbre. Pero ese
desparpajo, esa facilidad, o ese «don» fue el que, cierto día que sería tildado
más tarde por Ayala de aciago, al acabar la escritura de una de sus novelas —
guardaba tres inéditas en los cajones de su mesa—, la euforia le impulsó a
escribir un relato de bastante extensión —treinta y ocho folios a treinta y tres
líneas— según el estilo del nuevo maestro norteamericano de la novela de
terror, Graham S. Barker, en el que describía cómo un hombre dotado de gran
fuerza y poder mental ocupaba la mente de uno de sus vecinos —una persona
corriente, padre de familia y riguroso en el pago de sus impuestos—
convirtiéndolo en un asesino ritual, en un sádico que mataba a prostitutas de
Manhattan. El hombre ejecutaba los crímenes sin moverse de su casa,
mientras su vecino —un auxiliar administrativo de banca— se lanzaba
desesperadamente a las calles como un Mr. Hyde o un Jack el Destripador del
Nueva York de los últimos años del siglo veinte, una ciudad en la que pocos
recordaban ya los nombres de Jonas Mekas o Andy Warhol.
El relato parecía escrito realmente por Graham S. Barker, y nada habría
sucedido de no haberse dado la circunstancia de que Mr. Barker era un autor
fijo de Castle and Wilkinson New York y porque, un buen día, mientras

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Ayala tomaba un café con Mr. Geoffrey Potter, delegado de Castle and
Wilkinson en España, tuvo la desdichada ocurrencia de ufanarse ante él de sus
aptitudes para el remedo literario mostrándole dicho relato. El
norteamericano, un hombre de cuarenta y tres años que había estudiado en
Berkeley, pareció divertirse inicialmente, riéndose con lo que le decía su
empleado sin hacerle demasiado caso, pero —último factor en juego— aceptó
llevarse el relato a su apartamento para leerlo.
Dos semanas después, cuando Ayala casi se había olvidado del incidente,
fue requerido por Mr. Potter en su despacho.
—Anoche terminé de leer su cuento —le dijo el norteamericano, sin
saludarle. Le había recibido de espaldas, mirando hacia la cristalera desde la
que se divisaban los atascos de la calle Serrano, pero apenas entró Ayala se
volvió hacia él y empezó a pasear con nerviosismo a lo largo y a lo ancho del
enorme despacho, dando indistintamente grandes zancadas y pasos cortos.
Vicente Ayala se sentó y se removió también inquieto en su silla. Su
intuición le estaba diciendo que había cometido un error dándole a leer el
relato a Mr. Potter. El rostro del norteamericano pasaba alternativamente de la
palidez al rubor, y la actitud del hombre era titubeante. Como un
complemento a sus titubeos, Mr. Potter abrió el mueble bar y le ofreció un
whisky a Ayala, quien declinó la invitación.
—Lo que tengo que decirle es largo e importante —dijo Mr. Potter—, y
preferiría hablar con usted sin estar sometidos a la tiranía del horario y en un
lugar que no fuera éste. ¿Le importaría almorzar hoy conmigo?
A Vicente Ayala no sólo no le importó sino que la propuesta le dejó
sumamente intrigado. A medida que fue pasando la mañana, su primera
impresión de haber cometido una equivocación cedió paso al convencimiento
de que se hallaba en puertas de afrontar un acontecimiento que tal vez iba a
ser de suma importancia en su vida, y estuvo dando vueltas mentalmente a esa
idea, sin hacer otra cosa, desatendiendo su trabajo, hasta que, poco antes de la
una, Mr. Potter salió de su despacho y le dijo que le acompañara a almorzar.
Con paso rápido, impulsados por el frío, fueron a un restaurante chino de
Velázquez, donde el norteamericano, a juzgar por las atenciones que recibió
por parte del personal, debía de ser bien conocido. Era un establecimiento ni
grande ni pequeño, acondicionado con cierto cuidado pero bastante
convencional, en el que cada mesa estaba parcialmente aislada de las demás
por medio de biombos esmaltados en negro y pintados con flores de diversos
colores. De alguna manera, tenía aire de exposición oriental de gran almacén.
El restaurante estaba poco concurrido —luego, al leer la lista de precios,

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Vicente creyó entender el motivo— y se oía tenuamente una tópica música
oriental que de vez en cuando quedaba ahogada por alguna voz o alguna risa
más elevada de tono. Desde el lugar que ocupaba, Vicente observó que, al
otro lado del pasillo, uno de los biombos apenas conseguía ocultar el rostro de
una bellísima mujer de poco más de veinte años, pelo moreno y ojos claros
sombreados de azul en los párpados, que se inclinaba, siempre sonriente,
hasta desaparecer de su vista, quizá para besar a su pareja. Vicente se distrajo
de la lectura de la carta observando a la desconocida. Agitada por alegres
movimientos, como si estuviera intentando bailar sentada en la silla, la mujer
no se daba cuenta de que su vestido negro de falda corta, se elevaba más y
más sobre sus muslos hasta mostrar entre sus piernas una fugaz mancha
blanca que debía de ser sin duda su braga. Vicente tosió, sintiéndose molesto,
y repartió su atención entre la carta y el sensual espectáculo que se ofrecía a
su vista —la desconocida se pasaba en ese momento la lengua por los labios
—; notó cómo su erección iba creciendo en intensidad después de una
primera fase de estímulo.
Volvió a toser y pidió descuidadamente el primer plato que se le ocurrió,
sin interés, casi al azar, procurando concentrarse más en la presencia de Mr.
Potter —que permanecía silencioso a su lado, como abstraído— que en la
muchacha de la corta falda negra.
—Señor Ayala… —el norteamericano carraspeó y bebió un sorbo del
vino blanco que la jovencísima camarera acababa de servirles—. Quiero que
sepa que he actuado por iniciativa personal tras leer su relato, pero que antes
de hablar con usted he consultado a nuestra casa de New York… Me han
dado su… su consentimiento, su visto bueno quiero decir, para que le
exponga un tema de vital importancia.
Estaba nervioso, se notaba que elegía sus palabras con cuidado por
parecer desenvuelto.
—Usted me dijo que había escrito el cuento con el estilo de Graham
S. Barker —prosiguió—. Pero ¿qué me diría si yo le dijera que Graham
S. Barker no tiene estilo?
Vicente Ayala esbozó una sonrisa parecida a un rictus amargo y no
respondió.
—Si no le importa, hablaré en mi idioma, ya que usted lo entiende a la
perfección y yo me expreso con mayor libertad —y sin esperar que Ayala le
contestara, añadió en inglés—: La primera novela de Graham S. Barker, Una
noche en casa de Coogan, sí tenía estilo… Las demás, no. Déjeme explicar
algo que le interesará. En Estados Unidos, el mundo literario no funciona del

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mismo modo que aquí, entre ustedes. Y no me refiero sólo al tema del acceso
de novelas al espinoso terreno de la edición…, pues ya sabrá que existen
incluso representantes dedicados únicamente a atender a escritores noveles,
quienes reciben manuscritos, quiero decir originales, porque nadie escribe ya
a mano, y se encargan de colocarlos, si el producto merece la pena, en la
revista más adecuada, si se trata de un cuento, o en la editorial que juzgan
apropiada si se trata de una novela… Lo mismo sucede con la literatura de los
autores, digamos, consagrados. No voy a hablarle de los escritores que se
dirigen fundamentalmente a un tipo de lector muy preparado, universitario,
minoritario, selecto…, sino de otros escritores cuyo nombre no voy a
mencionar, pues no sería elegante, que proceden de otro modo. Usted, que
parece haber leído mucha novela norteamericana, ¿no se ha percatado de lo
extraordinariamente parecidas entre sí que son las obras de un autor de éxito,
de un escritor de «best sellers»? Humanamente, es imposible conseguirlo. No
se puede escribir tanto en tan poco tiempo, ya que la mayoría de esas novelas
oscilan entre las seiscientas y las mil y pico páginas, y menos aún hacerlo de
una manera tan parecida…, como una composición de Mozart a otra
composición de Mozart. ¿Me entiende lo que quiero decirle? Además, y usted
lo sabe bien, los escritores son dispersos por naturaleza, poco disciplinados.
Cuando Vicente estaba decidido a mostrar su desacuerdo con esa
afirmación, les interrumpió la llegada de la camarera, que depositó sus platos
sobre la mesa. Mr. Potter ni siquiera la miró; Ayala se permitió dedicarle una
sonrisa, que fue correspondida por ella. Enfrente, la mujer de falda negra
estaba balanceando sus piernas. Al observar el contenido del plato, Vicente
Ayala se arrepintió de haberlo pedido, pero ya no había remedio; se llevó con
aprensión un grasiento trozo de pato a la boca.
—Algunos escritores de extensa obra, como Ernest Hemingway, podrían
ejemplificar lo que le estoy diciendo: Hemingway es muy desigual, ¿no lo ve
usted así? ¿Tiene algo que ver A Farewell To Arms con The Sun Also Rises?
—Vicente ya había decidido atender más a Mr. Potter que a la comida, y miró
subrepticiamente a la desconocida; sentía que su erección había cedido; no
obstante, aún pudo ver cómo una mano, delgada, fina, muy blanca, acariciaba
los muslos de la mujer—. Los tiempos han cambiado mucho, y hoy el negocio
editorial se contempla desde otra perspectiva…, más moderna. Bien… Seré
claro. Pero ante todo tiene usted que darme su palabra de honor de que nada
de lo que se hable aquí saldrá al exterior. —Vicente lo hizo—. Lo que
nosotros pedimos a nuestros autores no es un libro perfectamente acabado,

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escrito inmejorablemente, sino el esbozo más o menos imperfecto de una
brillante y original idea, seguido de un mínimo desarrollo.
El norteamericano se limpió de la barbilla una mancha de grasa.
—Le hablaba de un esbozo y de un desarrollo. Éste puede oscilar entre las
cincuenta y las cien páginas. Más tarde, una vez recibido, lo pasamos al
departamento de redacción, donde algún o algunos expertos se encargan de
darle forma definitiva. Graham S. Barker, el gran multiventas, el nuevo ídolo
popular de la novela de terror, es uno de estos escritores. Y debo añadir que él
se prestó de buen grado, porque le interesan el dinero y la popularidad por
encima de cualquier otra cosa; como buen pragmático, prefiere los fastos de
Hollywood antes que el prestigio literario, y es obligado reconocer que hoy,
cuando las cosas funcionan así (y éste no es el momento ni el lugar para
discutir el por qué), tiene algo de razón: cualquier mediocre película de
nuestro país, por estúpida que sea, y me duele decir que lo son en su mayoría,
pasea por todo el mundo el nombre de su director y los nombres de sus
actores (ya sabe que los demás no cuentan a nivel popular), mientras que
muchas buenas novelas no salen jamás… jamás, de nuestras fronteras. Y la
misión de Graham S. Barker consiste en enviarnos cincuenta o cien páginas
de novela, escrita con el estilo que sea, pero, eso sí, siempre a partir de una
idea brillantísima. En resumen, una idea que se venda bien en todo el mundo,
como una de nuestras películas, y destinada a pasar tarde o temprano (mejor
temprano que tarde) a la pantalla.
Aunque Mr. Potter no había dejado de hablar mientras comía, terminó su
plato mucho antes de que Ayala hubiera llegado a la mitad del suyo.
Interesado primero por la hermosa desconocida y sus sensuales juegos de
piernas, perplejo luego por lo que le comunicaba el norteamericano, se había
desentendido de su comida, la cual, por otra parte, tampoco ejercía demasiado
atractivo sobre él, a causa del grasiento pato troceado, de la inidentificable
salsa rojiza y de los filamentos apelotonados de diversas hortalizas en
technicolor. ¿Por qué había pedido eso? Mr. Potter se calló, como si esperara
una intervención de Ayala, un manifiesto de interés hacia lo que le estaba
diciendo, o al menos que terminara de comer, y encargó un postre
encendiendo a la vez un pestilente puro. Vicente aprovechó la presencia de la
camarera para pedirle que retirara su plato y solicitar una fruta. Entre tanto, la
mano del acompañante de la desconocida había vuelto a posarse en uno de los
muslos de ésta, y a Vicente le pareció que se trataba de una mano femenina,
pero de una mujer de más edad, con las venas marcadas en azulado relieve
sobre la blancura de la piel: era una de esas manos que parecían erigirse en

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depositarías de todo el deterioro físico del cuerpo humano, humilladas de
vejez más refractarias a ella: el espejo de un combate celular.
—Dígame, señor Ayala, ¿le sorprende? —le preguntó el norteamericano.
—Oh… —carraspeó; no sabía cuál podía ser la respuesta adecuada,
entendiendo por adecuada una respuesta diplomática que no le comprometiera
en ningún sentido—. Lo cierto es que sospechaba algo…, bueno, quiero decir
que la verdad es que había oído hablar de eso.
—Hablar, hablar…, a ustedes, los españoles, les gusta mucho hablar,
hablan demasiado, pero se mueven siempre en el terreno de la especulación,
de la conjetura… Son unos intuitivos. Señor Ayala, yo le estoy
proporcionando un testimonio de primera mano, le estoy diciendo lo que
sucede realmente —dijo esto con énfasis.
—¿Es una prueba de confianza? —Vicente pensó que su tono había sido,
quizá, excesivamente mordaz.
—No. Es el pórtico para una oferta —y Mr. Potter sonrió
enigmáticamente.
—No pretenderá decirme que me está proponiendo que desarrolle
literariamente una de las brillantes y originales ideas de Graham S. Barker —
repuso Vicente, sin ironía—. Estoy seguro de que en su país existen muchas
personas preparadas para hacer ese tipo de trabajo.
Mr. Potter sonrió, en actitud de aprobar lo que estaba escuchando, y
exhaló una bocanada de humo maloliente que se expandió por el rostro de
Ayala como el vaho de una fermentación venenosa.
—Las hay. No, ésa no es mi oferta. Antes de que se la haga tendrá que
esperar a que le diga algo más. —Se calló y arremetió contra el postre sin
dejar por ello de fumar. Vicente le imitó, después de mirar de nuevo a la
desconocida: la mano de su acompañante había ascendido aún más en la
exploración de su muslo; los labios de la joven estaban manchados de nata:
beso-de-nube: era el nombre de uno de los postres.
—Le he dicho que es imprescindible la existencia de una sólida base de
trabajo —prosiguió el norteamericano tras engullir apresuradamente los lichis
que había solicitado—, y aquí entra ya la segunda parte de mi argumentación,
así como lo que se refiere a mi oferta… Todos los escritores, todos,
absolutamente todos, atraviesan a lo largo de su vida un bache creativo, o de
inspiración, si me permite expresarlo en tales términos. Cosa que, entre
paréntesis, jamás les sucede a los críticos —por primera vez durante la
comida, Vicente se rió abiertamente—. Nuestro amigo Graham S. Barker no
es una excepción. Hace dos años que, incumpliendo sus compromisos, no nos

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ha proporcionado una idea interesante que sea mínimamente aprovechable, y
su última novela, Los Rowland de Salem, fue ideada por un miembro de la
editorial y, a continuación, escrita por otro. Obvio es decir que no se ha
vendido tanto como las anteriores… ¡Hay que reconocer que los argumentos
de ese tipo tienen «algo»! Habría que hablar ya de tropiezo: de un primer y
serio tropiezo, cosa que Castle and Wilkinson no se puede permitir siendo
Graham S. Barker uno de sus principales autores. Se ha creado, pues, una
situación anómala que no debe durar mucho tiempo. Seré directo: deme usted
una idea original, brillante, atractiva, capaz de generar situaciones aterradoras,
desarrollada en… digamos cincuenta folios, y nosotros le pagaremos por ella
quince mil dólares. Ahora bien, tenga en cuenta que, en la actualidad, hay más
de diez personas en Estados Unidos trabajando en lo mismo.
Cogido por sorpresa ante la magnitud de la cifra, Vicente Avala apartó su
mirada de la mesa, levemente azarado, y se puso a tamborilear con los dedos
en el mantel. Le llegó el sonido de unas risas femeninas ahogando la vulgar
música de bazar: tipismo para restaurantes chinos europeos y para «semanas
orientales» en grandes almacenes: horrible música hollywoodiense. Después
recordaría de ese momento un olor fuerte, no del todo agradable, a un extraño
perfume un tanto ácido, unido a la cantarina risa de mujer: Ayala solía
identificar cada momento de su vida con un olor determinado. Estuvo tentado
de reírse él mismo, no por deseo de hacerlo ni como válvula de escape para su
tensión, sino para sentirse más integrado en un ambiente cuya hostilidad
sentía crecer por momentos bajo el signo de lo convencional.
Mr. Potter debió de interpretar su silencio como un paseo solitario por el
territorio de la duda.
—Naturalmente, no le pido que me conteste ahora mismo —dijo el
norteamericano—. Aunque, dada la necesidad de encontrar un buen tema que
tiene la editorial a través de Graham S. Barker, o que tiene Graham S. Barker
a través de la editorial, le agradecería mucho una respuesta mañana por la
mañana, cuando vaya al despacho. De lo contrario, habrá que tomar otra
determinación. —¿Sonó en su voz cierto matiz de amenaza?—. Y considere
asimismo una segunda propuesta: si el argumento es aceptado, podría escribir
usted mismo la novela a cambio de cuarenta mil dólares… Piénselo. Ahora
bien, si decide no aceptar nuestra oferta, olvídese del día de hoy y de esta
conversación… Considere lo que hemos hablado como un secreto de
confesión —su tono se hizo ampuloso—. ¿Es usted creyente?
Vicente respondió moviendo la cabeza en sentido negativo.
—Pues entonces considérelo una cuestión de honor.

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Pidieron té, y desde ese momento dejaron de hablar de ese tema; es decir,
dejó de hablar Mr. Potter, ya que Vicente Ayala se había limitado a ser un
oyente callado, y el norteamericano dio suelta a una confusa verborrea en
torno a los inmediatos programas de edición de Castle and Wilkinson España.
Ayala estaba excitado. Lo que Mr. Potter acababa de decirle zumbaba
insistentemente en sus oídos, como un mosquito en una tarde de verano, y se
sentía casi aturdido. Las cantidades ofrecidas eran, para él, que jamás había
percibido más de diez o veinte mil pesetas por sus creaciones literarias,
ciertamente astronómicas, y aunque el trabajo consistía en eso que se
denomina «hacer de negro», consideraba que nunca, a lo largo de su vida, le
habían ofrecido tanto por tan poco. ¿O tan poco por hacer tanto? No le había
mentido a Mr. Potter cuando le dijo que sospechaba algo similar —uno de sus
amigos sostenía una tesis parecida sobre algunos escritores norteamericanos
—, pero a pesar de eso había algo en el asunto que le inspiraba un asco
profundo. ¿Así era como se dirimían los asuntos editoriales en el país más
poderoso del planeta? ¿Habría algún buen escritor norteamericano —porque
Graham S. Barker no era precisamente un buen escritor, sino más bien un
vendedor de libros comerciales— que hubiese cedido también a tales manejos
editoriales? Divagó febrilmente: ¿sería posible que algún escritor respetable
que se dedicara a la enseñanza, como es el caso de tantos autores en Estados
Unidos, hubiera llegado a servirse de las ideas de alguno de sus alumnos,
acaparando para sí los honores literarios que en realidad deberían
corresponder al anónimo discípulo? ¿O es que las ideas carecen de valor en sí
mismas y lo que les confiere su valía, su legitimidad cultural, no es la forma
con que son utilizadas sino su comercialización escudadas tras un nombre
conocido…, tras un reclamo?
Por unos momentos Vicente Ayala experimentó una sensación que le
resultó preocupante, por lo inusual en él: una especie de vacío y de desamor
hacia la literatura. Tuvo el impulso de replicar airadamente a Mr. Potter, mas
no lo hizo, movido por la prudencia (y porque, como pensó, al fin y al cabo
ese hombre no era más que un pobre diablo encargado de transmitir un
mensaje). En lo sucesivo tendría que proceder con cautela, pues comprendía
que el asunto en el que se veía involucrado, bien que involuntariamente,
sobrepasaba con mucho sus fuerzas y sus posibilidades. Bien mirado, él, a
pesar de sus habilidades como imitador de voces, o más bien como imitador
de escrituras, como farsante ingenioso pero sin malicia, no era sino una
ínfima partícula de polvo si se le comparaba con el poder de una gigantesca
multinacional de la edición, de la que además dependía económicamente, y

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por lo tanto debía ser discreto si quería salir airoso de la difícil situación. Se
dijo que dedicaría la noche a meditar sobre lo que le había dicho Mr. Potter
sin apresurarse en tomar una decisión ni perderse en digresiones que fueran
más allá de los límites de la propuesta, esto es, considerándola sólo como una
oferta o como una transacción comercial.
Vicente Ayala estaba descubriendo la prudencia.
Cuando Mr. Potter le pidió la cuenta a la camarera, la joven sonrió al
tiempo que interceptaba la impertinente mirada de Vicente hacia la mesa que
ocupaban la desconocida y su acompañante, como si quisiera reprocharle su
indiscreción. Ayala no se había fijado detenidamente en la camarera hasta
entonces, y no supo si interpretar su sonrisa como una burla o como un ruego
de ponderación. La chica no era muy alta, pero sus facciones armoniosas y su
cuerpo bien proporcionado compensaban su baja estatura, y tenía además una
sonrisa luminosa, atractiva. Fue la carnalidad de esa sonrisa la que incitó a
Vicente a volverse a mirar de nuevo, estando ya de pie, hacia la otra mesa,
dejándose prender por el hechizo nacarado de la boca abierta de la
desconocida. Sacó un cigarrillo del paquete y, mientras Mr. Potter se
levantaba también de su silla, decidió acercarse a la desconocida para pedirle
su encendedor. No sólo quería verla de cerca sino también comprobar quién la
acompañaba. Pero la camarera se situó rápidamente a su lado, como una
exhalación, y le ofreció una cajita de cerillas del restaurante musitando un
débil «tenga, señor», acariciador, persuasorio. La mano de Vicente temblaba
cuando acercó el cigarrillo a la llama del fósforo, con resabios de cierto
frenesí adolescente.
—Ha cometido una tontería. ¿Por qué no me ha pedido fuego a mí? —fue
el inesperado comentario que le hizo Mr. Potter mientras se dirigían a la
salida del local, recibiendo a su paso ceremoniosos saludos—. No debería ser
tan disperso, de lo contrario jamás podrá concentrarse en un empeño serio.
Naturalmente, Vicente Ayala no le contestó. Y, tal como se había
propuesto, no pensó más durante el resto del día en la oferta que acababa de
recibir de la firma Castle and Wilkinson por medio de su delegado en España,
Mr. Geoffrey Potter. Esa noche, sin embargo, fue la más larga de su vida.
Luego, llegarían las noches vividas bajo el sombrío signo del grupo de
falsificadores literarios, más largas todavía.
Heme aquí convertido en el anónimo autor de una de las novelas más
vendidas desde hace dos años en todo el mundo. Su título, quizá ya lo habrán
adivinado, es El altar de los muertos, o The Altar of the Dead, de Graham
S. Barker. En aquel tiempo, quince mil dólares suponían mucho dinero para

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mí; cuarenta mil dólares aún representaban más, claro está. Yo me propuse ir
a por los cuarenta mil. Hoy sé que nunca debí dejarme tentar con tanta
facilidad, pues no hay victoria que no lleve implícita una derrota ni ganancia
que no contenga en su entraña alguna pérdida. Pero vayamos por partes. Al
principio, pensé que, con un poco de suerte, en seis o siete años podría
escribir cuatro o cinco novelas de Graham S. Barker, lo que equivaldría a
percibir en dinero negro ciento sesenta mil o doscientos mil dólares (y eso sin
contar que las cantidades percibidas por cada sucesiva novela pudieran ser
mayores, como posiblemente sucedería en el caso de que los éxitos de venta
se repitieran o fueran en aumento). ¡Todo eso antes de haber cumplido treinta
y cinco años! Quizá piensen que soy frío y calculador. No es así. Por si sirve
de descargo en mi favor, diré que no me movía el ánimo de lucro considerado
así, en abstracto, sino sólo el deseo de reunir el dinero suficiente para poder
afrontar mi futuro con mayores garantías de éxito para la realización personal:
algo así como «véndete hoy a buen precio e independízate enseguida para que
nadie pueda comprar mañana tu tiempo y puedas consagrarte por entero a tus
propias actividades». Desde ese punto de vista soy una víctima del
individualismo. Además, ¿no suceden cosas todavía peores en otros ámbitos,
como en la pintura o en el cine? Si conocieran cómo se mueve el mundo del
cine, se llevarían las manos a la cabeza al comprobar que hay auténticos
imbéciles que han logrado con éxito operaciones comerciales de parecido
calibre, con mucho menos esfuerzo y sólo por autodenominarse realizadores
cinematográficos; ni siquiera es preciso que se estrenen sus películas. No
debo divagar… No me pregunten cómo conseguí que aceptaran que fuera yo
quien escribiera The Altar of the Dead, pues no quiero pensar que en Estados
Unidos, un país donde los guionistas de televisión y de cine proliferan como
setas, no existan personas mejor capacitadas que yo para urdir una historia de
terror al gusto americano y escribirla asumiendo el estilo sin estilo de Graham
S. Barker, hecho de frases cortas sin refinar —el botarate quería parecerse a
Hemingway y ni siquiera alcanzaba a Carver—, de puntos suspensivos
estratégicamente situados para que una situación pueda ser seguida leyéndola
en el metro, sin ningún cuidado, de la adopción de la forma del montaje
cinematográfico y de citas de letras de canciones rock. ¡Primera calidad!
Todo eso venía después. No cometí el error de estrujarme las meninges
pensando encontrar algo original, lo que a la larga me incitó a cometer otro
error distinto: subestimar la inteligencia de los editores. Hice lo que creí que
podría tener mayores probabilidades de éxito: rastrear en la base argumental
de películas de la serie B de los años treinta y cuarenta, hoy olvidadas en su

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gran parte, y encontrar en una de ellas el punto de partida para desarrollar un
nuevo argumento a-trac-ti-vo-y-po-pu-lar. Lo encontré en una vieja película,
de la que no recordaba bien el título, de Edgar G. Ulmer. En el momento en
que, gracias al recuerdo que conservaba de aquel celuloide rancio, me di
cuenta de que allí había una buena base de trabajo, casi salté de excitación
pensando en los cuarenta mil dólares que aleteaban por encima del proyecto
(o quince mil, en el peor de los casos): James Wolfe y su esposa Ruth, recién
casados, deciden pasar su luna de miel en Alemania, siguiendo un itinerario
del romanticismo literario (nota: ella es una especialista en Novalis), y lo
hacen utilizando su propio automóvil. La niebla, una niebla invasora que
cubre la carretera con su abrazo envenenado, abisal como los lechos o los
cielos de una pintura de Caspar David Friedrich, los despista, e
inesperadamente se encuentran ante una bifurcación que no figura en los
mapas. Desconcertados, eligen al azar uno de los dos caminos, y en tanto van
internándose por él se aperciben de que el paisaje va siendo más y más
extraño a su alrededor, con continuas mutaciones de olores y colores. Llegan
a un pueblo y cuando buscan alojamiento ambos reparan en que no es un
pueblo normal, puesto que sus habitantes hablan y se comportan, viven, en
definitiva, como en 1940: en las calles hay soldados nazis, cruces gamadas,
gallardetes, pintadas antisemitas, SS… A causa de una discusión se ven
obligados a huir en su coche y, siempre rodeados por el marco de niebla, van
a parar a un castillo-fortaleza, residencia de un arquitecto que se caracteriza
por el uso del cristal en su obra. El arquitecto, Josef Von Krume, acepta darles
cobijo sin pedirles ninguna explicación. Durante la noche, el marido ve a su
esposa levantándose del lecho, como si estuviera en trance hipnótico, y
pasearse sonámbula por grandes estancias dignas de Bruno Taut y de su
arquitectura utópica, acristalada. Al seguirla, el marido comprueba que Von
Krume la está esperando junto a una urna de cristal de la que extrae el
cadáver, todavía bien conservado, de una muchacha. Las dos mujeres —la
muerta y la viva— se parecen extraordinariamente… Pero me temo que les
estoy aburriendo con tanto detalle y tantas banalidades. Ahora que lo estoy
reescribiendo, resumido, casi me sonrojo de vergüenza, pero me parece
necesario que conozcan todo desde el principio. Sólo quiero añadir que,
después de sufrir varias vicisitudes, la pareja vuelve por la carretera —niebla,
siempre la niebla, viaje en claroscuro— y vive otra aventura aún más
tenebrosa después de seguir el segundo camino de la bifurcación. ¡Para qué
continuar con este argumento! Vi tan cerca de mí el triunfo que casi
experimenté dolor físico al tener la primera noticia de que el argumento había

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sido rechazado. A decir verdad, lo rechazó el propio Mr. Potter,
unilateralmente, sin consultar con Nueva York. Se mostró bastante
decepcionado al leerlo, e incluso llegó a decirme cosas que no voy a repetir
aquí palabra por palabra. Según él, yendo al fondo de lo que dijo, este tipo de
argumento estaba trasnochado, era un tipo de relato de horror que no
interesaba ya a nadie —creo que no le faltaba razón—, y lo que yo debía
encontrar era algo más actual, más vivo, y con un intenso trasfondo
norteamericano: no importaba nada que el tema girara sobre ideas clásicas
como el vampirismo o la licantropía, pero era del todo imprescindible que se
tratara de algo genuinamente americano «como James Dean, el jazz o el
tabaco Winston» (nunca podías estar seguro de hasta dónde llegaba su ironía,
o de dónde empezaba). Volví a intentarlo, pues, y a la segunda tentativa tuve
más suerte. Resumo la historia porque me quedó bien. Un guionista de
Hollywood vive cambiando de nombre, de aspecto y de residencia, gracias a
unas operaciones glandulares que se efectúa periódicamente: Fausto en el
terreno de la medicina y la fatuidad comercial: Fausto en el mundo de la
mediocridad. Triunfó, bajo un nombre, en los años treinta y cuarenta, hizo
correr la noticia de su muerte y, con otro nombre, triunfó en los años
cincuenta y sesenta; otra falsa muerte y otra reaparición. Jamás hubo mejores
guionistas que ellos (que fue solamente uno). La novedad primera de mi
argumento consistía en que la glándula que necesita el hombre debía provenir
forzosamente de alguien de su propia sangre. Y, muertos sus padres, carente
de hermanos, el guionista tiene que servirse de su hijo, a quien le devora
también el corazón. Pasa el tiempo: nuevo matrimonio: nuevo hijo/hija: nuevo
crimen ritual. (La operación de transplante glandular es lo de menos: basta
con un cirujano chantajeado o, por qué no, deslumbrado por la posibilidad de
compartir el gran secreto). Nuestro personaje hubiera seguido viviendo así, de
no haber sido por la injerencia de un crítico cinematográfico que observa
ciertas similitudes —ciertas «constantes»— entre los guiones de Alfred
S. Zucker, John Gardiner y Bob Zughsmith. Y prepara una tesina sobre ello,
incluyendo una prolija entrevista con Bob Zughsmith, en la que quiere
demostrar la existencia de una cadena de influencias de uno a otro. Entre las
similitudes figuran unos números y signos cabalísticos que se van repitiendo
soterradamente de guión en guión; hay que ser un experto en ocultismo para
entenderlo. Al verse descubierto, Zughsmith comete un nuevo crimen —mata
al crítico—, rejuvenece con la glándula de su hijo y reaparece luego no ya en
el mundo del cine o de la televisión —que viven cada día más una estrepitosa
decadencia— sino en el universo de la música rock, convirtiéndose en un

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letrista afamado y solicitadísimo por renombrados intérpretes y conjuntos. Al
llegar aquí se me ocurrió una idea que, en mi opinión, podía gustar a ese
numeroso grupo de lectores americanos que creen ciegamente, con alegre
ingenuidad, en la existencia de mensajes satánicos en algunas letras de ciertas
canciones de rock; e hice que Zughsmith, o Gardiner, o Zucker, llamado
ahora Farrow, escribiera un tema cuya audición, si tenía lugar bajo
determinadas circunstancias, inducía al suicidio. Uno, dos, tres, cuatro
suicidios…, escritos y descritos con realismo, con complacencia en el detalle.
Dirty Horror! El desenlace de la novela consiste en una pequeña pirueta
argumental: después de asesinar a la hija que había tenido en su matrimonio
más reciente y someterse asimismo a la pertinente operación glandular,
Farrow comienza a envejecer súbitamente en el mismo escenario donde se
dispone a recibir el premio Grammy, ante los ojos aterrorizados de todos los
presentes. Conducido a la clínica, ya agonizante, arranca de su esposa la
confesión de que su hija no era en realidad hija suya sino de otro hombre con
quien había mantenido relaciones sexuales simultáneas. ¡El trasplante
glandular, y con ello el resquicio abierto a una posibilidad de vida eterna, falla
a causa del capricho amoroso de una mujer!
La sipnosis, pulcramente desarrollada en cuarenta y nueve folios, obtuvo
una entusiasta aprobación por parte de Mr. Potter, quien se encargó de
llevarla en persona a las oficinas neoyorquinas de la editorial. No obstante,
mientras esperaba en Madrid el resultado de la gestión, procuré no hacerme
ilusiones, y por eso me quedé muy sorprendido cuando, dos días después, con
los nervios destrozados por la espera, recibí una llamada telefónica desde
Nueva York, en la que Geoffrey requería mi urgente presencia en la ciudad.
El resto ya lo saben, o pueden figurárselo (me refiero, evidentemente, al
«resto» hasta mi contacto con los falsificadores): The Altar of the Dead
alcanzó cuatro ediciones en su primer mes de ventas en Estados Unidos; sus
derechos de adaptación al cine fueron adquiridos inmediatamente por la
Paramount; y Castle and Wilkinson me solicitó que fuera pensando
tranquilamente un argumento para una próxima obra de Graham S. Barker, al
mismo tiempo que —eso creo— debió de pedírselo a otros varios escribanos.
Así fue como hice mi primer viaje a Nueva York; así fue como gané mis
primeros cuarenta mil dólares; y así fue como conocí de cerca el mundo de las
altas finanzas editoriales. Pero no llegué a conocer a Graham S. Barker, si es
que existía realmente (Mr. Potter, a quien desde entonces llamaba Geoff, me
aseguró que sí, que existía y que en los últimos años estaba viviendo en
Filadelfia). Y así también dio comienzo mi pesadilla: así di los primeros pasos

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que me llevarían, sin saberlo, hasta el sórdido mundo de los falsificadores
organizados.
Pero, lo crean o no, me sentí frustrado durante mucho tiempo (y esto les
hará formarse una opinión sobre mi disperso carácter y mi naturaleza
escasamente trascendentalista) por no haber podido ver el rostro del (o la)
acompañante de la hermosa desconocida en aquel restaurante chino de la calle
Velázquez de Madrid.

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APUNTES SOBRE JORGE BERLINÉS (II)

Las exequias fúnebres por el compositor Jorge Berlinés tuvieron lugar a las
ocho y media de la mañana de un día neblinoso y tristón, y por añadidura
bastante frío, cuya aridez no incitaba a abandonar el refugio del lecho. Tal vez
por ello, el cortejo de acompañantes fue exiguo: estuvo compuesto por apenas
media docena de antiguos conocidos del músico y por mí, el último hombre
que se había interesado por él en vida. Como era previsible, su esposa no
asistió al sepelio. Y aunque hacía ya mucho tiempo que no vivían juntos,
estoy seguro de que esa ausencia habría sido muy dolorosa para el músico, en
el caso —ciertamente improbable— de que se hubiera percatado de ella; lo
más doloroso de todo el acto. Ni siquiera hubo que afrontar la presencia de
curiosos arrastrados hasta el cementerio por el morbo que rodeaba la muerte
del músico o por los venenosos comentarios publicados en la prensa. Pero no
me pasó inadvertido el movimiento, atisbado entre el velo de niebla, de un par
de siluetas o manchas negras que parecían espiar desde lejos el desarrollo del
entierro, quizá para cerciorarse de que, efectivamente, Berlinés pasaba a
formar parte de esa segunda realidad oculta tras la primera realidad de los
cementerios: la definitiva consunción del cerebro, la ruina corporal, la
inexistencia, la desaparición de la facultad de pensar y sentir.
El movimiento, casi ralentizado visto a distancia, de aquellas dos negras
figuras detrás de la bruma, imprimía un sesgo de irrealidad, remota como el
mundo, vieja como la muerte, al convencional cuadro del entierro. Yo no
tenía la menor duda de que aquellas dos personas estaban vigilando el
desarrollo de la ceremonia, e incluso llegué a pensar que eran los propios
ejecutores de Berlinés, pero aun con todo me sobrecogió la feérica belleza que
se desprendía del contraste entre sus movimientos gráciles, felinos, casi como
de bailarines de ballet clásico, la dolorosa quietud de las tumbas y la
impasibilidad de los monumentos funerarios con sus ángeles de ojos vacíos,
sus figuras desgarradas y sucias de tiempo, y sus silenciosas vírgenes de velos
musgosos con expresiones fijadas para siempre en piedra. Las dos figuras
estuvieron presentes —no quietas, sino removiéndose como hojas al viento—

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durante el curso de la ceremonia, y luego desaparecieron tan mágicamente,
tan inopinadamente como habían surgido, sin esperar a que el cortejo se
disolviera entre el mismo silencio con que se había formado, pues ninguno de
los asistentes teníamos nada en común; era, más que una reunión de extraños,
una confluencia de opuestos unidos durante unos minutos por el nombre de
un músico.
No me gustan los cementerios; nunca me han gustado, y por esto he
dejado dicho que, cuando muera, mi cuerpo sea incinerado y mis cenizas
dispersas al viento; pero las pocas veces que los recorro, ya en mi madurez,
viendo en la muerte más el hecho físico que el estético, más la nada que la
impresión artística, continúo sintiéndome conturbado al verificar que las
sensaciones que antes experimentaba paseando por ellos siguen estando
latentes: retazos: no existen vibraciones corporales: las estaciones de la
naturaleza se despojan de su artificio humano: el viento, aunque pasee su
ímpetu entre las tumbas, adquiere a su paso por ellas un silencio respetuoso…
De Jorge Berlinés quedó un cuerpo escondido en la segunda realidad y, en la
primera realidad, un nombre garabateado sobre el cemento que cerraba la
sepultura.
Para entonces, las figuras de negro ya habían desaparecido.

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PRIMERA PARTE
LOS CREADORES

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La orquesta de Cámara de Bruselas, dirigida por Leopold Müller, ha
estrenado en esta ciudad la «Sinfonía para cuerdas en si bemol mayor», de
Cesar Franck, que ha sido descubierta recientemente de forma casual.

Agencia Taurus. Bruselas

El manuscrito original de un vals inédito de Verdi, dedicado a la condesa


Maffei, fue adquirido en una librería romana de antigüedades por el
montador cinematográfico Mario Serandrei, quien se la regaló a su amigo
Luchino Visconti.

Noticia de 1963

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APUNTES SOBRE JORGE BERLINÉS (III)

Por el momento, al menos por el momento, no quiero interferir con mi voz el


relato de los principales hechos que conformaron los últimos años de la vida
de Jorge Berlinés. Cuando lo crea oportuno lo haré con las debidas apostillas,
o tomándome las licencias que crea convenientes, pero sólo entonces. Para
acentuar más el contraste entre las dos fases de su vida —ese «antes» y ese
«después»—, he elegido voluntariamente dos tipos distintos de escritura, en la
medida de mi capacidad, claro está, respetando así incluso el carácter de las
confidencias del músico, que me fueron hechas con distintas inflexiones de
voz. A pesar de ello, debo reconocer que la emoción no traicionó en ningún
momento a Berlinés, quien se expresó con la misma seguridad al rememorar
para mí tanto los hechos privados de su vida como los públicos.
Los dos amores de Jorge Berlinés, pues durante una época vivió con dos
amores simultáneos, nacieron con algunos años de diferencia: su amor hacia
la música se perdía en el tiempo y en su memoria, adquiriendo esa tonalidad
agridulce que suele acompañar desde la madurez a los más remotos recuerdos
de infancia; su amor hacia Elena Llovet nació poco después de su regreso de
Italia, concretamente de Bari, ciudad en cuyo Conservatorio, llamado Nicola
Piccini, Berlinés se había graduado en composición. Fue una coincidencia que
Jorge Berlinés conociera a Elena el mismo día que concluyó la composición
de una sonata para violín y piano que llevaba como subtítulo, extraño
subtítulo para estos tiempos, «Nostalgia del amor». Por supuesto, se la dedicó.
Jorge Berlinés conoció a Elena Llovet en el transcurso de una cena con la
que el tío del músico, el arquitecto Luis de Enciso, pretendía celebrar el
regreso de su sobrino tras sus años italianos y, a la vez, su graduación en el
Piccini. Pero Luis de Enciso era de esa clase de personas que son incapaces de
concebir una celebración con menos de siete u ocho personas a su alrededor,
por lo que, además de él, de su esposa Elisa y del propio Jorge, había seis
invitados más a la cena; Elena Llovet, un pintor y su esposa, un editor y su
esposa, y la amante de ésta, una belleza morena centroamericana, escritora al
parecer, de rasgos vagamente masculinos pero con ojos y labios de

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desbordante sensualidad. Jorge nunca llegó a saber qué relaciones existían
entre los seis invitados, y tampoco le preguntó a su tío, conociendo bien su
excentricidad a la hora de preparar reuniones, qué hacía allí aquella gente a la
que no conocía ni le conocían. El editor no parecía embarazado con la
situación, y saltaba a la vista que las dos mujeres se sentían a gusto estando
juntas. En cuanto al pintor y su esposa, ambos eran pulcramente aburridos y
se expresaban en términos de críticos de pintura, dando suelta a una horrorosa
jerga que más bien se asemejaba a un discurso en clave. Por ello, y dado que
ni su tío Luis ni su tía Elisa eran garantía de una conversación interesante,
Jorge pasó la mayor parte de la velada hablando con Elena e ignorando a los
demás invitados, quienes hicieron lo mismo con él. Curiosamente, eso no fue
motivo de tensiones. La muchacha le interesó desde el primer momento
porque, en apariencia, reunía dos virtudes que él valoraba mucho: conocía a
fondo la música culta y era una brillante conversadora sobre esta materia.
Durante la cena, Elena le confesó a Jorge que la música era su vocación
frustrada y le dijo que trabajaba como directora de relaciones públicas en una
empresa editora de discos. «Fue lo mejor que pude encontrar como sustituto,
que me hiciera estar cerca de la música», explicó, entre risueña y pesarosa;
nostálgica casi. Primero en la mesa, luego en el salón, Jorge y Elena se las
ingeniaron para aislarse, levantando un invisible muro protector contra el
murmullo, a ratos agresivo, de las conversaciones que, a su alrededor,
cargaban el aire de banalidad; un muro construido, a imagen y semejanza de
Berlinés, en función de la música y tras el cual Elena Llovet parecía respirar
sin obstáculo, a pleno pulmón. Fue ella la que, viendo el piano que los Enciso
tenían en un rincón de la sala, le pidió a Jorge que le interpretara algo —«algo
tuyo»—, y él aceptó. Interpretó una pieza breve, un vals para piano solo que
había compuesto durante su estadía en Bari, de espaldas a la expresión de
fastidio que se dibujaba en los rostros de los demás invitados, en unos con
mayor intensidad que en otros, quienes, al término de la obra, aplaudieron con
frialdad.
—Ha sido precioso —comentó Elena, sin embargo, visiblemente
conturbada.
—No parece que sea la opinión de los otros —repuso Jorge, bajando la
voz y guiñándole un ojo.
—Me temo que en esta habitación únicamente hay dos melómanos.
Jorge miró a su alrededor, como si estuviera buscando a alguien. A pesar
de todo se sentía de buen humor.
—Me refería a ti y a mí —dijo Elena, bajando también la voz.

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—Lo has dicho de una manera que suena extrañamente. En música
sonaría así —tocó unos acordes—. Me gusta —dijo por fin levantándose del
taburete y estirándose el jersey, que se le había subido por encima de la
cintura. Los demás invitados se miraron aliviados al interpretar ese gesto
como el término del improvisado concierto. Jorge cubrió el teclado con la
tapa del piano.
—No, no es verdad, creo que ha sonado cursi…, como en aquellas
estúpidas películas americanas de hace cuarenta o cincuenta años. Tengo la
fea costumbre de decir las cosas en el momento que las pienso, sin pararme a
pensar si es conveniente o no que las diga tal y como voy a decirlas.
—Querido, no se lo tengas en cuenta a esta gente —le cuchicheó más
tarde tía Elisa a Jorge, cuando éste se disponía a marcharse para acompañar a
Elena—. Ninguno de ellos entiende nada de música. Sólo piensan y hablan de
sus cosas.
Se fueron sin despedirse y bajaron andando desde General Mitre hasta
Provenza. Un largo trecho para una noche tranquila, de entraña primaveral,
como hacía muchos años que no se conocía en Barcelona. Saliendo del piso
de los Enciso, Elena comentó que había dejado su coche aparcado en un
garaje cercano, pero que pasaría a recogerlo al día siguiente, pues también
ella tenía ganas de andar. Mientras caminaban por Muntaner, Jorge le explicó
superficialmente cómo se había desarrollado su vida en Bari y hasta qué
punto se había dedicado por completo a la música, llegando a dejar pasar
semanas sin salir de su residencia. Ella le hizo numerosas preguntas sobre sus
actividades en el Conservatorio, tanteó sus opiniones acerca de la música y
aún estuvieron hablando un rato ante la puerta de la casa, después del
prolongado paseo. Se besaron, despidiéndose, pero ninguno de los dos parecía
decidido a dejar al otro.
—Ahora debería pedirte, también como en aquellas viejas películas, que
subieras a tomar una copa a mi apartamento; la última copa… —le dijo ella.
—No, tendría que ser yo quien te preguntara si no me invitas a tomar esa
copa.
—Y tú no deberías subir, y sí, en cambio, marcharte contento, fe-liz,
pensando en nuestro próximo encuentro. —Elena hizo rechinar sus dientes y
abrió desmesuradamente los ojos.
Jorge asintió, divertido.
—Repartían falsa felicidad a raudales… ¿O era verdadera? ¿Crees que
existe la felicidad?

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—Oh, no nos pongamos más trascendentes. Las películas han cambiado
—siguió diciendo Elena—, y lo que debería proponerte es que subieras a mi
apartamento e hiciéramos el amor… Sería más propio del cine de hoy.
—No me gusta el cine —repuso Jorge.
—A mí sí —dijo ella; le brillaban los ojos—. Además tengo vídeo. ¿Nos
olvidamos de la copa y subes a ver una película?
Jorge Berlinés acabó subiendo esa noche al piso de Elena. Y así fue como
empezó su relación. Luego, se vieron a diario todas las tardes o noches
durante un mes. En ese tiempo, Jorge escribió el primer tiempo de un
concierto para piano y orquesta y comenzó a considerar seriamente la
posibilidad de gestionar un estreno público, ya fuera en medios oficiales o en
privados. Estaba particularmente satisfecho de sus dos últimas composiciones
y deseaba darlas a conocer. Pero el pensamiento de Elena, la imagen de
Elena, el rostro de Elena, los ojos de Elena, los labios de Elena, la sonrisa de
Elena, la idea de Elena, en fin, le absorbían las horas que no dedicaba a
escribir música y dejó pasar los días sin hacerlo. Al término de ese mes le
pidió que se casara con él. La noche que le hizo la petición amenazaba con
tormenta y el calor había vuelto el ambiente opresivo, plomizo. Tras
permanecer callada unos segundos, Elena respondió a su propuesta diciéndole
que le telefonearía más tarde, cuando la tormenta hubiera pasado…, aunque
fuera en plena noche o ya de madrugada. (Jorge me dijo que entonces
interpretó esa respuesta más como un capricho que como una evasiva). Elena
apenas había desaparecido por el portal de su casa, dejando el recuerdo visual,
fantasmagórico, del vuelo de su vestido blanco, cuando la lluvia se abatió
sobre la ciudad, torrencialmente, y Jorge tuvo que resguardarse a unos metros
de allí, al lado del escaparate de una tienda de ropa masculina, esperando ser
rescatado por la oportuna llegada de algún taxi libre. A la luz de los
relámpagos, la impasibilidad del rostro de los maniquíes —con sus
inamovibles sonrisas estereotipadas, sus gafas y sus ropas de colores chillones
— parecía estar adoptando mutaciones extrañas, a veces amenazadoras, a
veces burlonas, como si el estallido de la tormenta hubiera sido un conjuro
que los dotara de vida a esa hora mágica, iridiscente, en que los sentimientos
están a flor de piel. Pronto, el refugio fue insuficiente para la magnitud de la
tormenta. El agua de lluvia empapó las perneras del pantalón de Jorge y una
de las hombreras de su chaqueta de lino. Aún tuvo tiempo para fumarse dos
cigarrillos pensando si sería conveniente que retrocediera unos pasos para
pulsar el timbre del apartamento de Elena y pedirle que le dejara subir. Se lo
impidió una especie de superstición que mezclaba el rechazo a volver sobre

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sus pasos —una manía infantil que no le había abandonado con el paso del
tiempo— con la imagen de Elena meditando a solas sobre la proposición.
Cuando por fin apareció un taxi libre, Jorge tenía parte del pantalón y de la
chaqueta tan mojados que, pensó, casi no merecía la pena pararlo; pero algo le
impulsaba a llegar pronto a casa, llámese una corazonada o una premonición.
Y en efecto, nada más cerrar la puerta del piso sonó el timbre del teléfono.
Era Elena, que aceptaba casarse con él. Había dejado de llover.
Aunque antes he dicho que, por otra parte, no pensaba intervenir con mi
voz para comentar personalmente el relato de lo que fueron los últimos
tiempos de la vida de Jorge Berlinés, no puedo reprimir el impulso de hacerlo
en este momento. Lo que acabo de contar fue lo que Berlinés mismo me
explicó. Pero, conociendo la posterior conducta de Elena Llovet, su esposa,
no puedo menos que pensar que ese relato, como todos los relatos, sólo era
una parte de la verdad; y nadie, ni aun Elena Llovet, podría convencerme hoy
de que las cosas se desarrollaron en realidad tal y como me las contó Jorge
Berlinés. Una mujer que se comporta como lo hizo luego Elena Llovet no
pudo mantener durante tantos días una conducta tan candorosa; ni, menos
aún, pudo mostrarse tan llena de ternura como el músico insinuaba. Estoy
completamente seguro de que, antes o después, Elena hizo el amor a lo largo
de ese mes con otro u otros hombres a espaldas de Jorge Berlinés, como si,
desdoblada en una moderna Dra. Jekyll y Mrs. Hyde, reservara para el
compositor su armoniosa y tradicional faceta de mujer enamorada y entregara
a otros hombres el vigor de su sensualidad. Es una intuición, pero pondría la
mano en el fuego sin temor a quemarme, manteniendo mi afirmación hasta el
final. Contrariamente a la mayor parte de los grandes artistas de nuestro
tiempo, me consta, Jorge Berlinés tenía un concepto demasiado etéreo de eso
que llamamos amor, tal vez incluso anticuado, y se movía en un mundo
incompleto, fragmentario, regido por su propio sentido de la realidad, como
ahora se podrá comprobar rememorando su conversación con Esteve Bofill,
director del nuevo teatro de conciertos Pau Casals.
Antes de casarse con Elena Llovet, Berlinés quiso hacer la gestión, tantas
veces demorada, para estrenar una de sus obras, para lo cual fue a hablar
directamente con Bofill. Ahora bien, si acudió a él no fue por iniciativa propia
sino animado por un conocido común, profesor del Conservatorio, quien le
hizo llegar previamente al empresario la partitura del concierto para piano y
orquesta de Jorge Berlinés, ya concluido.
—Es una obra excelente, no cabe duda, sí, se trata de una excelente
partitura… impresionista —afirmó Bofill, haciendo un gesto ambiguo,

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cuando unos días después Jorge Berlinés fue a verle a su despacho de la Vía
Augusta.
A Jorge no le pasó inadvertido que el hombre, un grueso catalán sesentón
que vestía ropas juveniles, había utilizado dos tonos de voz, y que el término
«impresionista» no había sido dicho como elogio.
—Le parece adecuada, pues… —aventuró, simulando aplomo y
convicción—. Yo había pensado que noviembre y el concierto inaugural del
nuevo auditorio podían ser una fecha y un marco apropiados. He oído decir
que quieren ofrecer en el programa obras de clásicos y obras
contemporáneas…
—Sí que es usted impetuoso —Bofill se rió—. Una encomiable virtud
juvenil…, de la que yo no podré disfrutar nunca más. El programa del día de
la inauguración está preparado desde hace meses: Mahler, Mozart y Pau
Valls. Debería saber que un programa no se improvisa sino que exige muchos
días de estudio, de selección, de preparación…, y también muchas semanas
de ensayos. No, amigo mío, noviembre es un mes delicado, conflictivo
incluso.
—¿Diciembre quizá? —preguntó Jorge más tímidamente.
—Tenga usted en cuenta que el público, y sobre todo la crítica, no van a
acudir sólo por el concierto en sí mismo sino para analizar milimétricamente,
sí, milimétricamente, porque son crueles, la sala, las condiciones acústicas, la
calidad de los intérpretes… ¿Y qué mejor manjar se les puede ofrecer que la
sinfonía número cuarenta de Mozart y la número uno de Mahler? Son obras
que conocen bien, y eso facilitará que se sientan cómodos, ¿me entiende? La
sala es de primerísima calidad, pero nunca está de más tomar algunas
precauciones.
—¿Y Pau Valls? —se atrevió a preguntar Jorge, sin dejar que se
transparentara la irritación que le producía oír ese nombre. Detestaba a Valls
como persona y como músico; era un individuo vanidoso, arrogante, que
proclamaba a gritos su genialidad siempre que tenía ante sí un auditorio bien
predispuesto (y él se las ingeniaba para tenerlo a menudo). Y su música…; su
música era un conglomerado de sonidos que hacían de John Cage un maestro
de la tonalidad y que, según el compositor, «pretendía llevar las enseñanzas
de Stockhausen hasta sus últimas consecuencias» (la expresión «hasta sus
últimas consecuencias» había sido adoptada por Valls de la jerga de los
críticos y calzándola a la medida de su habilidad autopublicitaria).
—Valls es hoy el compositor más respetado de la península. Un
innovador. Un gigante. Su obra hace delirar a los críticos.

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—Su obra…, los críticos… —en las palabras de Jorge asomó un matiz
desdeñoso.
—¡Además es catalán! Y es lógico que un músico catalán estrene una
obra el día de la inauguración de una nueva sala de conciertos catalana.
También es obligado, ya que será un acto oficial al que asistirán el presidente
de la Generalitat, el conseller de cultura, el alcalde… —se interrumpió
súbitamente—. ¡Pero si le estoy dando explicaciones! ¡Usted ha conseguido
que yo le dé explicaciones a alguien! Es inaudito —y volvió a reírse—.
Amigo mío, seré claro. Le he hablado con sinceridad, más, incluso, de lo que
es prudente o políticamente aconsejable, pero parece que no quiera darse por
enterado: usted no va a estrenar en mi teatro ni en noviembre ni en diciembre
ni en enero; sencillamente, usted no va a estrenar.
Jorge no se sintió sorprendido, aunque no esperara oír expresada la
negativa con tanta crudeza, y le preguntó si acaso le había molestado con sus
observaciones.
—No estoy enfadado; si le he de decir la verdad, ha conseguido
divertirme. Me gusta. Es enérgico, va directamente a lo que quiere… No, el
motivo no es ése. Antes le he dicho que es un excelente concierto
impresionista, y no estaba mintiendo.
—Lo he tomado como algo positivo —mintió.
—¿Pero no se da cuenta de que el impresionismo murió hace años? ¿Qué
sentido tiene escribir hoy un concierto al modo impresionista? Le responderé:
ninguno. Y le digo lo mismo de su sonata. —Jorge ignoraba que el profesor
del Conservatorio le había entregado también a Bofill la sonata «Nostalgia del
amor», para violín y piano—. Me recuerda a Ravel, un Ravel modernizado,
por supuesto, pero a Ravel. Mire, Berlinés, lo que puedo hacer por usted es
mucho más que estrenar una de sus obras, mejor dicho, mucho más útil para
usted que un estreno. Espero que algún día lo entienda y me lo agradezca. Si
quiere estrenar, componga algo que sea realmente moderno, actual, vivo. La
música tonal está agotada, ya no le interesa a nadie. Y si queremos oír música
de bellas armonías disponemos de un amplio repertorio. Lo que pretendo
decirle es que lo que usted ofrece con su música ya lo tenemos en los grandes.
—Si dice eso es porque no ha escuchado mi concierto con atención.
—No sea impertinente. Lo que la crítica pide es, simplificando, para
entendernos, música a lo Stockhausen, música a lo John Cage, a lo
Penderecki, a lo Xenakis, a lo Ligeti, a lo Nono…, una música evolucionada,
contemporánea, no desempolvada del baúl de la historia.
—¡No ha entendido mi concierto! —gritó Jorge, rojo de ira.

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—Márchese ahora mismo de aquí. Usted no estrenará en el Pau Casals, al
menos mientras el teatro esté a mi cargo.
—No lo haría ni aunque me lo solicitara de rodillas. Es usted un mediocre.
Con gente como usted haciendo de intermediaria entre el público y los que
hacemos música, no me extraña que el país sea poco menos que analfabeto,
musicalmente hablando.
Cerró dando un portazo y, sin esperar al ascensor, bajó la escalera a buen
paso y hablando en voz alta, gritando casi. El portero de la casa interrumpió
su lectura de un periódico para mirarle cuando salía.
—¡No debo componer mi música, sino la que quieren los críticos! —le
dijo más tarde, todavía excitado, a su tío el arquitecto Enciso—. ¡La música
tonal está agotada…, ya no le interesa a nadie! ¿Te das cuentas de lo que ha
dicho ese payaso? Estoy seguro de que Schönberg ordenaría que hicieran
callar a semejante cretino. ¿Desde cuándo existen reglamentos en el arte, y
más aún, desde cuándo existen reglamentos artísticos dictados por quienes no
son artistas?
Estaba furioso y su tío procuró tranquilizarle contándole que conocía a un
escritor que había sufrido algo parecido en su propia carne; el escritor lo
llamaba persecución, según dijo Luis de Enciso, una persecución a la que,
como le había confiado cierto día de euforia etílica, había sucumbido
cobardemente haciendo lo contrario de lo que, al parecer, Jorge se disponía a
hacer: renunciar a los caminos de la escritura que personalmente deseaba
seguir y hacer caso a los consejos de su agente literario y de su editor, que
eran más o menos éstos: la novela narrativa carecía de presente y de futuro —
no queda ya nada para contar, le habían dicho, y además Joyce había agotado
el monólogo interior, la palabra del pensamiento, mientras que Proust dejó
inutilizables los recuerdos, a los que sólo se regresa en ocasiones mediante
filigranas cada vez más insostenibles—, y hoy día sólo algunos
norteamericanos fabricaban (sic) novelas argumentales, de las de consumir en
el avión, en el tren o en el barco, o de las que se regalaban para Navidad:
ninguno de ellos quedaría: sólo podía aceptarse determinada narrativa
latinoamericana: debería hacer otra novela opuesta. El escritor cedió, en un
momento de inconsciencia, y escribió una novela que, mezclando las distintas
lenguas de la península ibérica, se preguntaba continuamente sobre sí misma
a lo largo de trescientas trece páginas, con el resultado de que la crítica, que
hasta entonces le había ignorado, silenciando sus dos novelas anteriores, le
dedicó encendidos elogios —después de que el autor frecuentara también los
cócteles literarios durante una temporada, todo hay que decirlo—. No vendió

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muchos ejemplares, pero eso no le importó porque era un hombre rico, y a
partir de entonces había seguido ese camino. Una noche, el novelista le
confesó a Enciso que había sacrificado la forma literaria que él habría querido
seguir trabajando a cambio de recibir la bendición de los popes culturales y de
ver su nombre brillando en las crónicas de sociedad: desde la publicación de
aquella novela, no hubo programa televisivo al que no estuviera invitado.
—Piensa que el mundo no se acaba con ese Bofill —dijo luego Enciso—.
Puedes hablar con otros directores de salas de concierto, con directores de
orquesta, con solistas… Si tu música vale, y sobre todo si tú crees en ella,
tarde o temprano acabarás estrenando.
—Y siendo pateado —repuso Jorge amargamente.
—Eso no debe importarte, todos los músicos han visto pateadas sus obras,
o masacradas por los críticos. Hasta Beethoven y Verdi lo sufrieron en su
carne —su tío era un incondicional de Beethoven y de Verdi.
—Pau Valls no.
Luis de Enciso se encogió de hombros, como si de ese modo restara
importancia al hecho de que existieran algunas excepciones.
—Conozco a Adolfo Celler, del auditorio Pedrell… Si quieres, te
concertaré una cita con él —le ofreció.
—Y otra vez a esperar: que lean la obra, que la examinen con lupa y con
la aprensión que sienten hacia algo nuevo, que toquen algunos fragmentos o
que la toquen entera buscando originalidades y parentescos. No puedo
soportarlo, me siento como un insecto analizado al microscopio. Además,
¿recuerdas que me caso la próxima semana? No puedo depender de Elena
toda mi vida. Y tampoco puedo vivir siempre esperando.
—Intenta dar clases. De momento puede ser una solución para ti. No creas
que es fácil vivir de la música, sabes que en España lo consiguen pocos.
—Con franqueza, no me veo dando clases. Aguantaré así mientras pueda
hacerlo.
—¿Quieres que hable con Celler?
—¿Qué clase de persona es?
—Muy empresario, muy pendiente de su prestigio personal y algo
vanidoso. Pero me consta que es un buen conocedor de la música y un
enamorado de su trabajo.
A pesar de todo, Jorge Berlinés logró olvidarse de su problema durante
una temporada. Según me dijo, exactamente hasta dos meses después de su
boda con Elena Llovet. Entonces renació su deseo de estrenar, coincidiendo
con la reaparición de su pasión por componer. Tenía muchos proyectos.

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Mientras tanto, los dos meses fueron, al parecer, bastante satisfactorios, y en
ellos el amor que Jorge sentía hacia Elena no hizo sino aumentar; pero —yo
también lo veo así— es lógico que un artista, por bien que se sienta
permaneciendo inactivo, acabe mirando de nuevo hacia su práctica artística,
pues el mundo que le rodea es, sin ella, un mundo incompleto.
Un día que había quedado de acuerdo con Elena en que pasaría a buscarla
a la salida de su trabajo, Jorge fue sorprendido por una lluvia inesperada e
impetuosa que le obligó a buscar protección en un bar mugriento. A medida
que transcurrían los minutos y llegaba la hora de que Elena saliera del
despacho, la lluvia arreció, acompañada de frecuentes truenos, y el cielo se
oscureció más dejando la ciudad cubierta con un manto de negrura, como un
anticipo de la noche. Jorge, sentado en una mesa ante un vaso de whisky,
intentó combatir el aburrimiento de la espera viendo cómo la lluvia azotaba
las aceras, despejadas de transeúntes, viendo también cómo los coches, a su
paso por delante del bar, salpicaban con ráfagas de agua el cristal de la puerta
de entrada, y observando a los que, como él, se habían protegido dentro y
proyectaban su impaciencia hacia fuera esperando a que la tormenta pasara.
Pronto se cansó de eso y abrió su carpeta, en la que llevaba unas hojas de
papel pautado en las que había esbozado el primer tiempo de un poema
sinfónico. Tarareó en voz baja los primeros compases y, a su pesar, rememoró
la conversación que mantuvo con Esteve Bofill; el paso del tiempo no había
atenuado el malestar ni la repugnancia que le inspiraban ese hombre y lo que
representaba. Veía claramente que el arte musical consistía en dos caminos
distintos que, en ocasiones, se rozaban pero que a menudo eran divergentes:
la obra artística, o el trabajo del creador, y la barrera formada por ciertos
intermediarios o agentes culturales, personas como Esteve Bofill, como
Adolfo Celler —a quien descalificaba mentalmente antes de conocerlo—,
como esos comentaristas empeñados en decretar qué se debe hacer y qué no
se debe hacer, qué tiene que permanecer y qué tiene que podrirse en el olvido.
Entre todos, claudicantes y mercaderes, creadores y parásitos, habían creado
un panorama que era el vivo retrato del fin de siglo: interesado, mediocre,
mercantilista, bajo y abyecto; un panorama artístico del que excluían todo
aquello que no hubiera sido creado para halagar a sus teorías; un panorama en
el que supuestos teóricos —supuestos teóricos, pensaba, porque auténticos
había muy pocos— trataban de apresar entre sus redes las manifestaciones
artísticas con el fin de controlarlas, de reducirlas, de dominarlas, de
codificarlas. Cada vez más furioso por el hilo que seguían sus pensamientos,
deprimido también, notó que el corazón le latía más deprisa y pidió otro

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whisky mientras se secaba el sudor de la frente con un gesto ominoso. Estaba
congestionado. Después de beberse de un trago su segundo whisky, lo que
hizo aflorar lágrimas a sus ojos, rompió en dos trozos el esbozo sinfónico,
hizo una pelota con él y lo arrojó al suelo sucio, donde se confundió entre las
servilletas de papel arrugadas, los escupitajos y las colillas de cigarrillos.
Tenía ganas de llorar y no lo hizo porque se sentía observado: también en un
bar existen reglas de conducta, como existen en la escritura de la música, y él
no las cumplía.
La hora de salida de Elena de su trabajo había quedado ya muy atrás.
Fuera, seguía lloviendo; ahora un agua menuda pero insistente, que interponía
un velo entre la mirada y la realidad. Cuando Jorge Berlinés abandonó el bar
se había bebido cuatro whiskies. Un desagüe de la casa contigua descargó
sobre su cabeza miles de gotas de lluvia, malolientes, emponzoñadas con la
suciedad del tejado. No obstante, se frotó la cara con las manos, repartiendo
por ella la humedad. Se había gastado todo el dinero que llevaba encima y
debía regresar andando a casa. Filosofía del atardecer y del whisky: una vez
mojado, carece de importancia mojarse un poco más. Y afrontó resueltamente
la lluvia, aunque un poco mareado, con andar vacilante. Apretó el paso, ciego
al empuje de la lluvia, creciente de nuevo, y llegó a su casa dos horas después
de que se hubiera cumplido el término del horario laboral de Elena. El piso
estaba vacío. Jorge se dijo que, probablemente, al ver que llovía y que él no la
estaba esperando en la puerta, Elena debía de haberse quedado resguardada en
alguna parte. O quizá en el cine, ya que seguían gustándole las salas oscuras.
También podía suceder que estuviera en su apartamento de la calle Provenza,
pues Elena se había empeñado en conservarlo después de la boda, alegando
para ello el bajo precio del alquiler. Marcó el número de teléfono del
apartamento y, en efecto, le respondió la ronca voz de Elena al otro lado del
hilo. Colgó sin decirle nada, se sirvió otro vaso de whisky y bajó otra vez a la
calle, dirigiéndose despacio hacia Provenza. Hacía un rato que no llovía, y al
cruzar Balmes y mirar hacia el Tibidabo observó un fenómeno que no había
visto nunca en la ciudad: una nube baja seccionaba la montaña en dos partes,
y la parte alta, con las luces encendidas, brillaba por encima de la nube como
un palacio encantado o un paisaje fantástico, mientras que la parte baja era
devorada poco a poco por una negrura abisal; el movimiento continuo de la
nube hacía el cuadro aún más extraño; era un paisaje transfigurado, en el que
Jorge proyectaba su variable emotividad, pasando alternativamente del
entusiasmo lírico a la autocompasión, fuera de límites temporales. Estuvo
contemplándolo fascinado, inmóvil en la acera, zarandeado por los

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apresurados transeúntes, ajeno a los sonidos de las sirenas que reventaban la
caja protectora de la noche, hasta que la nube desapareció del todo dejando la
imagen habitual de la montaña iluminada de artificio. No había sucedido
nada, y sin embargo sabía que no era un día como los otros: algo había
cambiado, sin que tuviera plena conciencia de en qué consistía ese cambio.
Cuando Elena le abrió la puerta se limitó a mirarle con expresión vacía,
sin contestar a su saludo. Jorge no se excusó por su incomparecencia a la cita
ni por su aspecto desastrado. Debía procurar no presentar ninguna excusa en
lo sucesivo, pues hacerlo sería tanto como ofrecer a los demás (aunque se
tratara de Elena) su lado más vulnerable, y a la larga podría ver su vida
convertida en una cadena de excusas. ¡Envidiable existencia para un artista,
estar excusándose siempre por su obra y por su conducta! Elena le ayudó a
secarse y a cambiarse de ropa, y le preguntó si quería cenar. Él negó con la
cabeza.
—Has sido tú quien ha telefoneado antes, ¿no? —le preguntó ella; y, sin
esperar su respuesta, añadió—. ¿Por qué no has contestado? —acogió su
silencio con un sonoro suspiro de impaciencia—. ¿O es que únicamente
querías comprobar si estaba aquí?
Después de mirarla de reojo, Jorge se sentó en una butaca, y cerrando los
ojos, apoyó la cabeza contra el respaldo, agitado por un temblor casi
imperceptible. ¿Qué debía hacer…? ¿Ignorar la agresividad de su tono?
¿Simular que no había sucedido nada, que era el mismo hombre al que ella
había dejado esa mañana al marcharse a su trabajo? Tenía los ojos irritados,
pero no sabía si era debido al whisky, al malestar que le producían las palabras
de Elena o al sentimiento de autocompasión que llenaba su ánimo de
languidez. Finalmente, cuando decidió contarle a Elena que había roto el
esbozo de su nueva composición, su voz se quebró en un sollozo mientras
confesaba sentirse dominado por un sentimiento de frustración e inutilidad:
frustración por lo que había hecho hasta ese momento e inutilidad ante lo que,
presumiblemente, estaba capacitado para hacer en el futuro. Ella le miró
fríamente. ¡Si él no era el mismo hombre de esa mañana, ella tampoco era la
misma mujer!
—Deberías hacer como yo —le dijo Elena, con tono doctoral—. En lugar
de cerrarte en banda y autocompadecerte, analiza. Analiza siempre. Los
demás no hablan porque sí, caprichosamente. Escúchales, escúchame y luego
escúchate a ti mismo si quieres. ¿Deseas componer tu música? De acuerdo,
componía. ¡Adelante! Pero no creas que no vas a tropezar con problemas.
Sería muy fácil conseguir todo a la primera ocasión…, demasiado bonito. ¿Te

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crees un ser privilegiado porque sabes escribir música? ¡Pero de dónde has
salido! Te gradúas, escribes un concierto y lo estrenas ya, en olor de
multitudes… ¿No te has parado a pensar que los gustos del público son muy
conservadores aun dentro de lo que llaman música contemporánea? Quienes
acuden a las salas de concierto, quieren oír, fundamentalmente, la música que
ya conocen, y si se trata de experimentalismos el camino ya ha sido fijado y
consensuado. Existen normas. Pero no por eso debes sentirte vencido ni verte
obligado a vivir con complejo de víctima.
Jorge se levantó para servirse, con gestos tan torpes como su forma de
andar, pesada, etílica, un vaso de whisky.
—¿No te parece que ya has bebido bastante? —le preguntó ella con voz
cortante, haciendo por primera vez una insinuación acerca de su estado.
—Estás intentando decirme que los demás tienen razón y que soy yo el
que está equivocado, naturalmente.
—No, sólo te estoy aconsejando que reconsideres tu actitud. Me parece
evidente que un artista tiene que saber conectar con su tiempo, encontrar entre
sus contemporáneos una respuesta a lo que hace, buscarla al menos… De lo
contrario está condenado al silencio.
—No me gustan las evidencias; es más, no creo en ellas.
—Hay que saber conectar con la sensibilidad contemporánea —insistió
Elena.
—Querida, estás hablándome exactamente igual que lo haría ese Bofill…
Me estás pidiendo que cambie. No esperaba que dijeras eso…, quiero decir
que no lo esperaba tan pronto, sólo hace dos meses que estamos casados.
Se arrepintió inmediatamente de lo que acababa de decir, mas ya estaba
dicho. Vio que Elena titubeaba, como si tuviera dudas sobre la conducta que
debía seguir, hasta que se acercó a él para abofetearle, tras lo cual abandonó
corriendo la habitación. El portazo que dio en el dormitorio fue estruendoso.
Más por la sorpresa de la bofetada —que en el fondo no esperaba— que por
la violencia del gesto, Jorge había trastabillado, derramando el whisky por el
suelo igual que lo hubiera hecho un camarero borracho. Volvió a llenar el
vaso y, con él en la mano, se tumbó en el sofá. Por la mañana, Elena le
encontró dormido allí. El whisky había vuelto a derramarse, esta vez sobre la
camisa del durmiente, dejando, al secarse, la huella de una informe figura con
los bordes oscuros; el vaso estaba en el suelo, roto.
No volvieron a hablar del incidente. En apariencia, nada parecía haber
sucedido entre ellos, aunque Jorge sabía que también sus relaciones con Elena
habían sufrido una transformación a partir de ese día marcado por el signo de

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lo extraño. Por fin decidió hacerle caso a su tío y le llevó sus partituras a
Adolfo Celler, el director del auditorio Pedrell. El hombre le atendió
cordialmente, quizá con excesiva cortesía, demasiado amanerada para ser
sincera (más tarde se enteraría de que Celler le debía algunos favores a su tío
Luis), prometiéndole «estudiarlas con atención».
Mientras esperaba que llegara el día en que Adolfo Celler se pronunciara
sobre ellas, Jorge desplegó una actividad casi febril atendiendo la casa
durante la ausencia de Elena, quien comía fuera todos los días laborables y
mantenía, a su regreso, una actitud distante. Para economizar, adoptó la
costumbre de prepararse él mismo la comida, a pesar de la insistencia de
Elena en recomendarle que comiera en un restaurante. Se enfrentó a ese tipo
de vida rutinaria con la misma disciplina con que muchos artistas se enfrentan
a su obra —en contra de la idea de la bohemia, entronizada como lugar
común por el gusto también común—, consciente de que, de no hacerlo así, el
desorden haría presa en su interior, sometiéndole a una especie de tiranía de la
indolencia y desgarrando esas células invisibles, pero vitales, que se necesitan
para afrontar el proceso creativo tal y como él lo entendía: almo, vivificante.
Años más tarde me confesaría que fue la época más mediocre y menos
creativa de su vida: no por buscar el orden sino por no saber encontrarlo: un
caso imperdonable de miopía de la sensibilidad. Por la tarde, cuando Elena
regresaba, Jorge solía dar un paseo en solitario por las calles cada vez más
despobladas, pues aseguraba no poder trabajar en el piso y necesitar,
asimismo, tener su mente en activo aun cuando no estuviera componiendo; lo
consideraba una especie de entrenamiento artístico: así como hay artistas que
precisan la con fusión, Berlinés sostenía que necesitaba la soledad. Alguna
noche, salían juntos a cenar o al cine. En cierta ocasión, olla le pidió ir a una
discoteca para tomar una copa, a lo que él se opuso tajantemente. «Nunca he
estado en una discoteca y no pienso hacerlo —dijo—. Todavía siento un poco
de respeto hacia mis oídos». Ella no contestó.
Lo que Jorge Berlinés buscaba en sus escapadas vespertinas no era otra
cosa que el rastro de una manifestación extraña —mágica, paranormal— que
complementara la sensación que había experimentado la noche de la última
tormenta de verano, o que se la hiciera más explícita, ayudándole a entender
sus claves. Sabía que el hecho de haber roto la partitura con el esbozo
sinfónico guardaba relación —una relación que no alcanzaba a comprender—
con el fenómeno de la montaña del Tibidabo fragmentada en dos por aquella
nube huidiza y fantasmagórica, con el fondo de las sirenas que saturaban de
lamentos el aire nocturno y la grosera indiferencia de los paseantes, y creía

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que en alguna ocasión conseguiría entender su analogía, lograría hallar el
Grial oculto en las entrañas del Monsalvat convertido en feria de atracciones.
Esa existencia monótona, unida a la incertidumbre que pesaba sobre su
gestión con Adolfo Celler —quien tardaba demasiado en responderle—
desesperaba a Jorge, que comenzó a mostrar síntomas de irritabilidad. Si
Elena se retrasaba más de lo acostumbrado, se molestaba. Incluso —como me
contaría— llegó a pensar que le engañaba con otro hombre, idea que primero
recibió con perplejidad y luego con dolor. A veces telefoneaba a la oficina de
la casa editorial de discos con el único propósito de comprobar si Elena
atendía el teléfono personalmente y poder oír su voz, intentando detectar en
ella una sobreexcitación o un matiz que le confirmara su sospecha. Pero
cuando Elena atendía el teléfono lo hacía con voz impersonal, en la que no era
posible discernir cuál era su estado de ánimo. Paradójicamente, esa actitud de
Jorge no se correspondía con el deseo real de ver a Elena, pues casi siempre
se marchaba de casa poco después de que ella hubiera llegado, como si se
sintiese impelido a rechazar su presencia tras haberla añorado en su ausencia.
Un día, cuando Elena atendió el teléfono, Jorge notó que su voz era risueña,
juguetona casi. Colgó, cortando la comunicación, con un aguijonazo de dolor,
y por la tarde no salió a dar su paseo acostumbrado.
—¿No sales hoy? —se interesó Elena; y sin darle tiempo a que le
respondiera agregó—: Mejor así. Tengo noticias y sería conveniente que
habláramos un rato. Incluso pensaba pedirte que te quedaras.
Un poco turbado, Jorge intentó disimular su desasosiego escondiendo las
manos en los bolsillos y dando pasos cortos por la habitación. Elena se sentó,
cerró los ojos y dijo, recitando casi, como si hubiera estado ensayando
mentalmente lo que iba a decir, como si lo hubiera ido repitiendo una y otra
vez en voz baja, midiendo las palabras y calibrando el tono con que debía
pronunciarlas:
—La empresa cierra —hizo una pausa para aspirar profundamente—.
Dicho con crudeza: me quedo sin trabajo. Por supuesto, cobraré una
indemnización y eso que llaman subsidio de desempleo. Con ello tendremos
tiempo por delante para reflexionar sobre nosotros y para intentar dar un giro
a nuestras vidas. Creo que nos hacía falta, por lo que en el fondo me alegro,
aunque no sé cómo saldremos de ésta; pero con el dinero que cobraré
podremos ir tirando una temporada, no me preguntes cuánto, quizá hasta dos
o tres años, quizá menos, no lo sé. Para entonces estoy segura de que
habremos encontrado una salida…, llámala solución si lo prefieres. Y quede
claro desde este momento que estoy hablando de ti y de mí, de nosotros, o sea

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que me niego, por la parte que me corresponde, a que tu tío nos ayude
económicamente, aunque llegáramos a necesitarlo… Jorge, sabía que no
podíamos seguir viviendo así, echando a perder la vida, yo encerrada
continuamente en el trabajo y tú dedicándote a todo menos a componer. No
eran las mejores condiciones de vida para ninguno de los dos. De algún modo
resultará beneficioso, ya lo verás.
Y se echó a reír nerviosamente, agitando los hombros como si sufriera de
espasmos, pero las lágrimas se deslizaban incontroladas, rebeldes, a lo largo
de sus mejillas pálidas. Él se las secó con los dedos pulgares, sintiéndose
culpable de su estado; notó que tenía el rostro muy caliente, posiblemente
tuviera fiebre.
—Te prefiero siempre cuando intentas ponerte trascendente —dijo, en un
inesperado brote de ternura.

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EL PERSEGUIDO

La segunda vez que estuve en Nueva York todavía tuve menos oportunidades
de ver la ciudad, esa urbe entre granítica y metálica, abigarrada, heterogénea e
inhóspita que tan familiar me resultaba, dentro de su hostilidad, a través del
cine y en la que me hubiera gustado consumir unos días de ocio no
programado. En mi primer viaje, Geoff y un alto ejecutivo de la editorial,
John Carruthers, aún tuvieron conmigo la deferencia de llevarme a dar un
paseo en automóvil por Manhattan y de dejar que me asomara durante unos
minutos a un Central Park alfombrado de amarillo, periplo que concluyó en
una lúgubre y cara pizzería donde cené una pizza a precio madrileño de
langosta, pero en mi segundo viaje todo se desarrolló con más rapidez, casi
sin darme tiempo a reconocer que estaba allí donde Jimmy Herf, tantos años
atrás, abandonara sin trabajo el Pulitzer Building. Un automóvil me esperaba
en el aeropuerto; dentro de él estaba Geoff. Es decir, un automóvil, con
Geoffrey Potter dentro, aguardaba en el aeropuerto la llegada del manuscrito
de la nueva novela de Graham S. Barker.
Como ya conocen la calaña de las invenciones que solicitan o reclaman
tanto Castle and Wilkinson como los miles de lectores de Barker —millones,
si contamos también las ediciones extranjeras de sus libros—, voy a
ahorrarme contar detalladamente las incidencias argumentales de Taste of
Dark Star; novela construida en torno a una progresiva contaminación letal
surgida a raíz del regreso de una especial misión espacial —de una misión
espacial con especies de minerales anticancerígenos analizados por
especialistas, para combatir la especialísima enfermedad del presidente de los
Estados Unidos de América—. Dentro del coche, Geoff, que no conducía —
en su lugar lo hacía una especie de gorila de casi dos metros de estatura, con
hombros anchísimos y mandíbula cuadrada—, lanzaba furtivas y codiciosas
miradas hacia mi cartera de mano, mientras bromeaba —buscando quizá el
contrapunto— sobre mi recién adquirido aspecto de «yuppie» aquejado de
«jet lag». Detesto ese aspecto, obvio es decirlo, y jamás hubiera accedido a
ponerme semejante disfraz de no haber sido por la seriedad e insistencia con

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que Geoff me pidió que lo hiciera para efectuar este viaje. Entonces aún no
sabía por qué.
De camino hacia las oficinas centrales de Castle and Wilkinson —en las
que, por cierto, el cartel de promoción de The Altar of the Dead adornaba las
paredes de todos, absolutamente todos los cuartos—, Geoff no desempeñó
esta vez, al contrario que la otra, su papel de anfitrión interesado por su
huésped. ¿Sería que daba por supuesto que yo conocía bien Nueva York, o era
que sobreentendía que a mí me interesaban sólo los cuarenta mil dólares que
iba a percibir por mi trabajo, de la misma forma que a él únicamente le
interesaba la novela que yo llevaba dentro de mi maletín de viaje? Fue igual
que si se hubiera tratado de un secuestro; apenas tuve ocasión de respirar el
viciado aire ciudadano: el coche nos esperaba, a mí y a la novela —sobre todo
a ésta—, en la puerta del aeropuerto y depositó los folios y el bulto humano
que los portaba dentro de una cartera de piel, ante la puerta del edificio donde
se hallaba instalada la editorial —al lado, esto lo recuerdo bien, de un bar de
fachada verdosa llamado «Harry’s». Y, siempre cargado con el maletín, me
sentí casi arrastrado desde la puerta hasta los ascensores, escoltado por dos
guardaespaldas, el gorila y Geoff, por encima de un impoluto suelo de
moqueta de color ambarino. Un vuelco en el estómago cuando el ascensor se
puso en marcha, unos numeritos que se iban iluminando a medida que
ascendíamos hasta el territorio Castle and Wilkinson —planta treinta y nueve
—, un breve pasillo desnudo, una gran puerta de cristal esmerilado, y ya
estaba o estábamos en el interior del corazón de la más poderosa —o una de
las más poderosas, no me gusta ser maximalista— empresa editorial
norteamericana; un saludo a Mr. Carruthers, la entrega del original que
llevaba conmigo, un rápido traslado a la habitación de un hotel, seis horas de
espera sin poder salir de ella, con la única compañía de la prensa y de un
televisor, y la reaparición de Geoff con un pagaré de cuarenta mil dólares y un
billete de avión para el vuelo que saldría dentro de cuatro horas. Inútilmente
le pedí que me permitiera prolongar mi estadía en Nueva York uno o dos días
más. Geoff se mostró inflexible y llegó a decirme —considerado hoy es un
detalle que dice mucho en su favor— que existían razones imperiosas para
que no lo hiciera. Me acompañó, eso sí, a tomar un bocado en el restaurante
italiano que había a pocos metros del hotel y tuvo la gentileza de permanecer
a mi lado el resto de las cuatro horas neoyorquinas que me habían concedido,
reconduciéndome —esta vez solo— con su automóvil al aeropuerto luchando
ingeniosamente contra el tráfico, adverso a sus intenciones y favorable a las
mías.

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Antes de subir al avión me comunicó que pensaba regresar a Madrid
dentro de dos días y que entonces me haría efectivo el pagaré (yo no quería
ingresar repentinamente esa cantidad en mi cuenta corriente bancada y
tampoco deseaba llevar conmigo el dinero en efectivo, pero ellos no parecían
dispuestos a permitir lo uno ni lo otro: del mismo modo con que habían
procedido la anterior ocasión, prometieron canjearme el pagaré por pesetas
españolas cuando Geoff volviera a mi país).
Nueva York: una mancha: sucesión de manchas que forman una sola
mancha: cárcel insonorizada: impresión de ser un personaje de Graham
S. Barker: recuerdo de haber respirado sólo aire acondicionado: ¿cómo es el
aire neoyorquino?
Suele hablarse peyorativamente, o cuando menos con cierto tono burlón,
de la existencia de un sexto sentido, el cual hace su aparición por sorpresa en
momentos imprevistos de peligro o ante situaciones en las que lo inesperado
exige su llamada de alerta. Yo también lo he hecho alguna vez. Pero juro que
cuando me sentí observado, primero comprando cigarrillos, luego a la hora de
elegir lectura para el vuelo, me arrepentí de mis burlas porque ese sexto
sentido me avisó de que estaba siendo vigilado, y de que esa vigilancia estaba
motivada por algo que podía ser desagradable para mí. Aparentemente no
había nada a mi alrededor que fuera sospechoso, pero la sensación de que
estaba siendo sometido a una estrecha vigilancia era intensa, por más que,
insisto, no hubiera a la vista ningún signo externo que lo confirmara (al decir
signo externo me refiero a la presencia de alguna persona mirándome
descaradamente o simulando que lee o contempla algo mientras me observa
de reojo, esa rudimentaria forma de espionaje callejero que todavía hoy se
sigue practicando con éxito). Estuve a punto de decírselo a Geoff, pero pensé
que no me creería y por eso me limité a enseñarle mi última adquisición
literaria, una novela de Robert Coover que, quién sabe por qué extrañas
razones, estaba expuesta, quizá por error, al lado de una edición de bolsillo de
The Altar of the Dead (uno de cuyos ejemplares compró, por cierto, un joven
con gafas oscuras pegado a un walkman).
Geoff se despidió de mí con amabilidad, no sin hacer un irónico
comentario acerca del libro que acababa de adquirir: algo así como «esa
lectura no va a ayudarle mucho de cara a su próximo trabajo». Algo molesto,
le contesté que en mis horas libres yo era Vicente Ayala y que el nombre de
Graham S. Barker no era para mí sino un código de identificación laboral,
algo así como el número de la seguridad social para un asalariado, y el rostro
de Geoff empalideció. Al verle reaccionar así interpreté que mi comentario le

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había resultado ofensivo, mas cuando me hizo un gesto requiriendo mi
silencio y, cogiéndome de un brazo, me obligó a cambiar de sitio en la sala,
alejándonos de las personas que nos rodeaban, me di cuenta de que, por los
motivos que fueran, no deseaba oír pronunciado ese nombre en voz alta: no
allí, en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy, y menos aún estando yo
delante.
John F. Kennedy: olor a hot-dog y a desinfectantes: sudores, especias,
tabaco, café, perfumes, carne, alientos viciados de alcohol, hálito de
vegetariano, vaho de apretada multitud: el mundo.
En el avión volví a tener la impresión de que me vigilaban. Eso me hizo
temer por un viaje inquieto, como así fue, en efecto, impidiéndome comer a
gusto, concentrarme en la lectura o dormir con placidez. Hice cuatro
desplazamientos al lavabo para, aprovechando la circunstancia de que mi
asiento estaba situado entre los primeros, poder escrutar, despacio, con
atención, cruzando parsimoniosamente el pasillo, los rostros de mis
compañeros de vuelo. Entre ellos figuraba el mismo joven con gafas oscuras
que había adquirido la novela de Barker —la leía con el walkman en los oídos
y con las gafas puestas—, y me pareció que uno de los rostros entrevistos
durante mis recorridos hacia el lavabo me resultaba conocido: un hombre de
unos cuarenta años, moreno, ojos pardos, vestido con jersey «beige», camisa
blanca, corbata de lunares, pantalón oscuro, de rasgos armoniosos pero poco
destacable. Mas a pesar de mi esfuerzo mental no logré asociarlo con ninguno
de los lugares en los que había estado durante mi «paseo» neoyorquino. ¡Y
eso que eran pocos! ¿Dónde lo había visto antes de ahora? ¿En el restaurante?
¿En el vestíbulo del edificio donde estaba la editorial? ¿En el hotel? ¡No, sería
demasiada coincidencia! Posiblemente habría sido en el aeropuerto, lo que no
tendría nada de extraño: el hervidero humano que era el Kennedy impedía la
individualización pero facilitaba la simultaneidad, pues ¿no es más fácil
coincidir con alguien entre mil que entre cien? ¿Y por qué eso me extrañaba
tanto? ¿Puede considerarse anormal que uno de los rostros atisbados en la sala
de espera de un magno aeropuerto coincida posteriormente en el mismo vuelo
al que uno acaba de subir? No, sin duda no era un pensamiento serio, y me
estaba amargando el viaje dejándome atrapar por esa clase de recelos.
Quise ensimismarme en la lectura y no pude hacerlo porque la idea de
estar vigilado seguía zumbando insistentemente a mi alrededor, como ese
molesto e inoportuno mosquito que altera con su zumbido la placidez de la
siesta estival. ¿Y si estuviera equivocado y no fuese un pasajero el que me
estaba observando, sino una de las azafatas que recorrían ondulantemente el

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pasillo con sus faldas ceñidas, una de esas azafatas que exhibían su sonrisa
estereotipada, que se pavoneaban de su aspecto fruitivo y como de antigua
película erótica cosmopolita, que ofrendaban amabilidad sistematizada, que se
agachaban para acariciar los cabellos de color miel de un niño o de una niña
con ojos azules, o que obsequiaban con bebidas y caramelos, con bombones y
chicles, después de aparecer y desaparecer una y otra vez, por la enigmática
puerta que separa a los viajeros de la cabina del piloto, allí donde se decide
íntimamente, entre hombres y mandos, sobre su seguridad o donde puede
asomarse de repente el rostro de la muerte? ¿Esa muchacha morena y de ojos
verdes que se inclina, ofreciendo su trasero a los asientos posteriores, para
invitarme a un zumo de fruta mientras espero la llegada de la bandeja con
alimentos sólidos? Es bella, pero su belleza es estándar, del mismo tipo de
hermosura que he tenido ocasión de apreciar durante mi ráfaga neoyorquina:
aeropuerto, rascacielos, hotel, restaurante, aeropuerto de nuevo: fugacidad de
calles entrevistas en apresurada panorámica. La he visto en todas partes,
repetida, fotocopia de fotocopia, a veces con idénticas ropas y mirada similar,
sonrisas, ondulaciones, segura de sí, consciente de su atractivo, satisfecha de
su venustez; y tanto puede estar observándome —¿con qué objeto?— como
estar burlándose de mi forma de mirarla, tomándome por lo que no soy, por
algo que ella está acostumbrada a esquivar o a hacer frente en sus numerosas
horas de vuelo: seductor, castigador, enamorador, galanteador, engatusador,
mujeriego, mariposón, faldero, moscón, casanova. Yo no la estoy mirando por
eso, mas ella no lo sabe, no puedo leer el libro y los alimentos me saben mal,
como a congelados descongelados, vueltos a congelar y descongelados otra
vez, sin haber conocido jamás naturaleza: empaquetados, plastificados,
refrigerados, hervidos y deglutidos sin haber estado en contacto con el aire de
la vida. No debe de ser ella. Ni la otra. Ni el muchacho de gafas oscuras y
walkman. Ni el hombre moreno de unos cuarenta años. Pero debe de ser
alguien.
Insoportable sensación, ya en Barajas, de que somos dos personas
íntimamente unidas las que descendemos del avión: no yo y otro, no yo y mi
doble, sino yo y el otro o la otra; ya es pasado: el aroma de la asepsia, el
ambientados el aliento del despertar tras el sueño inquieto, el sudor
concentrado, la vaharada de las fundas recalentadas de las butacas y de los
cuerpos que han ocupado el mismo lugar durante horas, la hedentina de la
ropa que se adhiere a los pliegues del cuerpo impregnándose de sus
segregaciones debajo de los caros tejidos.

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Miro instintivamente hacia atrás desde el asiento trasero del taxi que me
conduce a mi domicilio madrileño y lamento que mi desinterés hacia los
automóviles me haga verlos ahora todos iguales —más aún por la noche,
violadores luminiscentes de la oscuridad, cómplice eterna del fugitivo—, y
que, por lo tanto, los faros que estoy viendo a mi espalda sean idénticos,
según mi ignorante apreciación, a los que veo luego cuando vuelvo a mirar
hacia atrás, mientras el taxista se extraña de que, después de un vuelo al
extranjero, no me muestre entusiasmado por el hecho de poder hablar en mi
propio idioma con un conciudadano. ¡Qué me importan sus consideraciones
sobre el tráfico rodado y sus vulgares críticas al ordenamiento urbanístico de
esta omnívora macrociudad! ¿Tal vez le interesarían a él mis consideraciones
sobre el libro que he intentado leer en el avión? ¿Qué me diría si le hablara de
este libro, o de la novela de John Hawkes que leí hace una semana? ¿Por qué
uno tiene que ceder siempre a las conversaciones propuestas por los demás en
torno a temas que no le interesan, y en cambio debe silenciar sus propios
temas para no ser tildado de tipo raro? Comprobado: en diálogos y
conversaciones sólo cuenta uno de los que hablan, porque nadie escucha: se
trata de elegir el papel a representar.
Tales pensamientos consiguieron lo que no había podido lograr durante el
vuelo: que me olvidara momentáneamente de mi complejo de persecución,
dejándome ganar por especulaciones sobre la base de la inutilidad de la
comunicación oral: ¡excelente tema para un recorrido en taxi!: un diálogo
raramente suele ser un diálogo, sino, antes bien, un simulacro de conversación
en el que un interlocutor cede siempre a los intereses, reales o impostados, del
otro. Nueva división social entre personas: los que monologan sobre temas
que juzgan de interés universal y los oyentes desinteresados que adoptan una
actitud cortés o no quieren simular aquello que no sienten: los primeros
hablan en voz alta y los segundos responden en voz baja: el taxista es de los
primeros…
… pero al llegar ante la puerta de la casa donde habito en Madrid
compruebo, con renovado recelo, que otro coche se ha detenido
simultáneamente unos metros más abajo y que sus faros se apagan. Abono lo
que me dice el taxista y me apeo, maletín en mano, ya sin la carga de la
novela de Barker, y espero a que el taxi arranque y se pierda con su piloto
rojo trasero entre las arcadas de la noche, dejándome solo ante el umbral de la
vivienda. Es un agradable nocturno, no excesivamente caluroso, poco húmedo
también, y la brisa remueve las hojas del jardín contiguo a la casa,
transmitiendo más el rumor de la caricia invisible que el aroma de la

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vegetación. Dejo el maletín apoyado junto al portal y enciendo un cigarrillo
mirando insistentemente hacia el coche que está aparcado más abajo, justo
enfrente de la iglesia del barrio, aprovechando que la placidez de la noche me
presta facilidades para comportarme así, renuente al encierro. La distancia
que me separa del vehículo no es poca ni mucha: la suficiente como para
comprobar que, a primera vista, no hay más que una persona al volante —a
no ser que otro ocupante se haya deslizado en el asiento para pasar
inadvertido—, y la suficiente, asimismo, como para que yo no pueda
distinguir no ya los rasgos sino incluso la naturaleza masculina o femenina
del conductor o conductora. Doy una calada al cigarrillo, dudando entre bajar
por la acera hasta situarme a la altura del coche detenido o bien entrar en casa,
y opto por hacer lo primero; pero apenas echo a andar hacia el vehículo, el
conductor, quizá conductora, da marcha atrás deteniéndose más lejos; aprieto
el paso; es inútil, el coche retrocede hasta llegar a la esquina de la otra calle y
se aleja por ella hacia arriba dejándome solo con mi curiosidad frustrada.
Después de ese incidente ya no podía albergar ninguna duda sobre lo
fundamentado de mi sospecha, que ya era certidumbre: estaba siendo seguido;
lo sorprendente era que esa persecución hubiese comenzado en Nueva York y
finalizara, por el momento, en una tranquila y decolorida calle madrileña, a la
manera de una intriga internacional que poco a poco va haciéndose casera,
estrechando su cerco en torno a la mísera cotidianidad qualunquista de la
panadería y del estanco, por decirlo así, perdiendo grandeza y haciéndose, por
ello mismo, más siniestra.
No pude dormir más de una hora seguida. Por una parte, me inquietaba el
motivo de ese acecho —descarté la novelesca idea del wrong man, u hombre
equivocado—, un acecho que en algún momento de mi insomnio relacioné
con el cauteloso proceder de Geoff Potter en el aeropuerto John F. Kennedy,
para el que no encontraba explicación; y, por otro lado, la idea de la
inexistencia del diálogo en la sociedad moderna, poco nueva pero no por ello
menos real, me estaba sugiriendo un cuento basado en un divertido equívoco
provocado por la falta de atención recíproca entre dos presuntos dialogantes,
cuya escritura podría servirme de lenitivo durante unos días tras el impersonal
esfuerzo que había hecho escribiendo Taste of Dark Star para Graham
S. Barker y Castle and Wilkinson. Dos buenas razones para no dormir.
Cuando amaneció, había decidido olvidarme del asunto de la vigilancia a
la que estaba siendo sometido por parte de persona o personas desconocidas y
entregarme a la escritura del relato como una forma de no perder conexión
con mis propios intereses literarios. Me preparé el desayuno y estuve leyendo

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un buen rato hasta que, pasadas las nueve, telefoneé a Barcelona, a la
redacción de la revista La ballena blanca, para proponerle a Jaume Mir que
publicara en ella el cuento que me proponía escribir. Siempre tan correcto,
Mir me prometió leerlo atentamente y me pidió que no fuera demasiado
extenso, poniéndome el ejemplo de Monterroso. «Cada vez existe mayor
tendencia a la desmesura entre los escritores españoles —me dijo—. La
narrativa española dará un paso hacia adelante cuando los autores descubran
las ventajas de la síntesis». Mas no por ello me puse a escribir
inmediatamente. Decidí esperar hasta la tarde para preparar el esquema
estructural del cuento —lo que suelo hacer siempre que escribo en mi nombre
y no en el de Graham S. Barker— y dedicaría la mañana a pasear.
Me bebí otra taza de café y salí al balcón. Entonces lo vi. No tenía
intención de asomarme, únicamente pretendía abrir las hojas del balcón para
ventilar la casa tras mi ausencia, pero el frescor de la mañana —que
transmitía en el aire cierta sensación de languidez— me animó a echar una
ojeada a la calle a pesar del molesto ruido del tráfico. Bien, allí estaba. Y no
me pregunten quién era y por qué yo sabía que me estaba vigilando; enfrente
de la casa había un hombre apoyado en la parte delantera de un automóvil,
tamborileando con los dedos en el capó. En principio no se trataba de una
imagen desusada, pues ¿cuántas personas esperan diariamente así a alguien,
silbando, tamborileando con los dedos, mascando chicle o fumando sin ganas,
por mecánica, junto a un automóvil hasta que aparece la persona que están
esperando y entonces suben juntos al vehículo? Pero yo sabía que ese hombre
—sin rasgos especiales que lo caracterizaran— me estaba esperando a mí y a
nadie más, como si entre él y yo existiera una corriente de reconocimiento
que los demás no fueran capaces de advertir. Exasperado por una situación
que empezaba a antojárseme insoportable, anticipé mi salida de casa
dejándome ver bien ante el portal, erguido, desafiante, mirando a izquierda y
a derecha con aire un tanto fanfarrón, pero al mismo tiempo adoptando una
actitud indolente, disfrutando así en mi interior del malestar que mi larga
permanencia en el umbral debía estar provocando en el ánimo del espía. Fue
en vano. El hombre —poco mayor que yo— no pareció alterarse por mi
prolongada presencia ni por mi aireada displicencia y siguió tamborileando
con los dedos en el capó a la vez que silbaba una melodía inidentificable —no
porque silbara mal sino porque esta época saturada de música invasora, esta
época sofocada de arpegios, hecho curioso en una sociedad sorda e
inarmónica, ofrece tan vasto repertorio musical que hace casi imposible la

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identificación—, el hombre silbaba, decía, y el que se puso nervioso fui yo,
por lo que decidí no prolongar más aquella situación.
Al dirigirme hacia la glorieta de Quevedo comprobé que el desconocido
echaba a caminar al mismo tiempo por la otra acera; luego descendió detrás
de mí las escaleras del metro. Para mi alivio, le vi encaminarse hacia la otra
dirección de la línea y di un suspiro de satisfacción. Lo que yo no sabía
entonces era que, al desaparecer el hombre por el otro pasillo, una mujer
había tomado el relevo de su papel como perseguidor y que yo llevaba pegada
a los talones a una perseguidora, la cual fue mi acompañante ignorada hasta
que resolví dejar el cochambroso vagón. Por haber bajado la guardia tardé
bastante tiempo en descubrir que seguía estando vigilado, y recorrí así,
inconsciente de la mujer, un par de librerías, una papelería y dos bares, hasta
que, a la hora de comer, me metí en un restaurante de Altamirano. Debo
añadir en mi descargo que mi despiste se debió en parte a que, por más que
me hubiera marcado el propósito de no enfrentarme con el relato hasta la
tarde, mi pensamiento estaba puesto más en él que en la realidad de mi
entorno: iba hilvanando cómo, a causa de un falso diálogo, la falta de interés
real de uno de los dialogantes termina generando un equívoco que le cuesta al
otro el trabajo, más tarde la esposa y, por último, la vida: una mezcla de
Chejov y Gogol: el único camino posible para la tragedia adjetivada moderna:
la falta de grandeza: tanto como descubrir que el fallo del ser humano es, en
la actualidad, y cuanto todo se prestaba para facilitar lo contrario, no saber
conciliar la bajeza material humana con la grandeza inmaterial del dios: no
saber ser a un tiempo dios y hombre y convertirse en una caricatura del titán,
en un hombrecillo, en un homúnculo: ¿y no era ésta, acaso, una paráfrasis del
arte moderno en cualquiera de sus vertientes, en cualquiera de sus
manifestaciones? Para entonces ya había reparado en mi seguidora, pero
narrar el seguimiento de una persona a otra cuando se ignoran los motivos del
seguidor no es un ejercicio tan estimulante como para demorarse en ello, y
menos aún para quien, como yo, empieza a acostumbrarse a que la
persecución sea sistemática: detuve un taxi y le di mi dirección.
Ya en el piso, procuré olvidarme del incidente; y lo hice urdiendo paso a
paso la trama completa del cuento que deseaba escribir y dedicando mucho
rato a buscarle la estructura idónea, que debía ser —como luego la escritura—
la única posible una vez que hubiera asimilado bien sus características: no
entiendo cómo puede haber escritores que se colocan ante un folio en blanco
y deciden fríamente si van a escribir un relato vanguardista o tradicional, con
puntuación ortodoxa o con desprecio de ella; una vez que el cuento ha hecho

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oír su voz en el interior del escritor, es el propio cuento quien decide su
forma, como una criatura no nata que pudiera elegir libremente la forma de su
cuerpo, y a aquél no le queda otro remedio que obedecer, so pena de
convertirse en un traidor hacia su creación. Un viejo militante de la utopía
revolucionaria habría dicho que, en una situación extraña, difícil, yo había
cambiado la vida por el arte, la cogitación por la praxis. Decían este tipo de
cosas. Pues bien, yo había llegado a ese momento en que la claridad del
objetivo literario hacía más excitante el folio en blanco, ese momento en que
la meta se ve tan nítida que comprendes y asumes el dolor que entraña el
proceso de ir colocando una palabra detrás de otra, articulando oraciones,
lamentando que la imaginación vaya más deprisa que la mano que escribe,
cuando me levanté para servirme un vaso de whisky y poner música —el
concierto para violoncello en re mayor, H. VIIb n.º 2 de Haydn—, pero hice
también algo que no debería haber hecho; asomarme al balcón. Antes de
hacerlo sonó el teléfono y cuando lo atendí colgaron, detalle al que
inicialmente no le concedí importancia. Era de noche y el paisaje urbano se
caracterizaba por su uniformidad y su orden: las manchas de siempre en los
lugares de siempre: la mole oscurecida de la iglesia: coches aparcados,
dormidos en fila en la calinosa calzada: espacios sombríos de aceras: patios
iluminados, oscuros o en penumbra: el paso apresurado de algún viandante…
pero también un fósforo que se enciende inopinadamente alumbrando un
rostro conocido entre cuyos labios hay colgado un cigarrillo: el rostro del
mismo hombre que había estado vigilándome por la mañana. Sonreía.
Retrocedí y cerré el balcón con brusquedad. El hombre no sólo no se ocultaba
a mi mirada sino que no disimulaba su actividad de espía, sin titubear en
encender el fósforo en el preciso momento en que yo me asomaba al balcón
para, así, dejarme ver su rostro, darme tiempo a reconocerlo y permitirme que
comprobara por mí mismo que seguía estando vigilado.
¿Qué debía hacer? ¿Avisar a la policía? ¿Seguir trabajando en el cuento
ignorando a mi seguidor? ¿Bajar a la calle y abordarle directamente? Por
supuesto, no pensaba telefonear a la policía; nunca lo he hecho y no pienso
hacerlo, aparte de que estoy convencido de que no serviría de nada: si ese
hombre no hacía otra cosa que estar situado pasivamente frente a la casa y
mirar, siempre pasivamente, insisto, hacia mi balcón, no habría cargo alguno
que imputarle, y lo más probable sería que él negara mi acusación y yo me
hallara ante la tesitura de ver mi testimonio enfrentado al suyo, su palabra
contra la mía, palabras, sólo palabras, a los ojos de un impaciente policía a
quien le importaríamos tan poco el uno como el otro; y, en el mejor de los

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casos, aunque me creyeran y lograra demostrar que ese hombre me espiaba,
mi frustrado perseguidor sería sustituido inmediatamente por otra persona:
¿no me había seguido ya una mujer?: ¿cuántos otros más habrían seguido mis
pasos sin que yo me hubiese percatado de ello?
Inquietantes pensamientos: ¿qué grupo tan bien organizado se había fijado
en mí tomándome como centro de su atención?: y, sobre todo, ¿por qué
causa?: ¿qué había hecho yo para ser objeto de una persecución, no violenta
por ahora, desde Nueva York hasta Madrid?: ¿por qué me seguían en silencio
y no intentaban comunicarse conmigo?: ¿qué intenciones abrigaban?
Reconozco que llegué a pensar las cosas más estúpidas mientras bebía
whisky a pequeños sorbos, con la mirada fija en la pared sin mirar nada en
concreto: pensé incluso que mi modo de vida —desproporcionado para mis
ingresos oficiales— había llamado la atención de Hacienda, la cual me estaba
sometiendo a un severo control… ¿Más control aún? En la sociedad moderna
todos estamos controlados, seguro, todos estamos programados, sí, todos
estamos vigilados, lo sabemos bien, como si cada uno de nosotros llevara
consigo un «microchip» que le permitiera al Poder seguir nuestros
movimientos desde un gigantesco, monstruoso panel iluminado,
destellante…, algo más digno del doctor Mabuse que de Orwell… No, el
motivo debía de ser otro, porque la burocracia ministerial no tiene necesidad
de recurrir hoy a un sistema de espionaje tan demodé. Sólo podía pensar en
otra causa, directamente relacionada con Nueva York y con la cautelosa
conducta de Geoff Potter en la sala de espera del aeropuerto, una causa con
nombre y apellido, una causa llamada Graham S. Barker, ¿una causa, quizá,
del ámbito del así llamado espionaje industrial? Tal vez se había dado el caso
de una filtración dentro de Castle and Wilkinson aun contando con las
medidas de seguridad de la empresa, y mi nombre había llegado, junto con
mis novelas americanas, a oídos de la competencia o de la prensa, decididas a
promover un escándalo descubriendo a la opinión pública que la última
creación de Graham S. Barker —y la sucesiva, si todo se desarrollaba como
estaba previsto— había sido escrita por un español llamado Vicente Ayala,
residente en Madrid. Entonces sonó el timbre de la puerta…
… y pensé que no podía ser ninguno de mis amigos, a quienes les había
dicho que estaría ausente de la ciudad durante tres o cuatro días. El
nerviosismo aceleró mis latidos y noté una insoportable sofocación. Me
encaminé de puntillas hacia la puerta. Cuando me asomé por la mirilla estaba
seguro de que iba a ver lo que efectivamente vi: el rostro del hombre que
había estado vigilando la casa desde la acera de enfrente. Fueron tan fuertes

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los latidos que me acometió un ahogo y una sensación de mareo, de pérdida
del sentido de la realidad, como si el bombeo de sangre de mi corazón fuera
excesivo para las necesidades de mi cuerpo, y tuve que hacer una sonora
aspiración para recuperarme. En ese momento volvió a retumbar el timbre.
Observado a través de la mirilla, el hombre daba la impresión de sentirse
incómodo y no parecía excesivamente peligroso. Vi cómo aproximaba su
rostro a la hoja de madera, que entonces me pareció delgada como una
cuchilla de afeitar, y oí que decía en voz baja: «Vamos señor Ayala, sé que
está ahí, abra la puerta». Tenía una voz grave que, sin embargo, no me resultó
conminatoria. «Señor Ayala…, no sea testarudo, ábrame…, sólo deseo hablar
unos minutos con usted. Le prometo que únicamente quiero hablar, no tenga
miedo». Tragué saliva y no me moví por temor a hacer ruido, aunque las
previsiones no sirvieran de nada pues él sabía que yo estaba dentro de casa;
mi respiración se me antojaba estrepitosa, capaz por sí sola de atronar el
rellano como si fuera el soplo de un colosal fuelle. «Se lo ruego, señor
Ayala… ¿o prefiere que le llame señor Barker? No me lo haga más difícil».
Confieso que la excitación que me produjo oír ese nombre fue tal que estuve a
punto de abrir, mecánicamente, quizá sugestionado por el mágico «sésamo»
que era para mí el nombre del novelista norteamericano. «Comprendo su
recelo, pero le aseguro que no tiene nada que temer…». Para entonces yo
tenía el rostro bañado de sudor. El tiempo parecía haberse ralentizado y el
tic-tac del reloj de pared comenzaba a sonarme con monótona pesadez, con
énfasis exasperante, como si no existieran en el mundo más que ése son y mi
persona, y el segundero estuviera marcando con sádica complacencia el
último tramo de mi vida. Estuve así mucho rato, sin atreverme a moverme, y
cuando por fin lo hice observé que el familiar paisaje del suelo, con las
baldosas ennegrecidas por las junturas, se había enriquecido con un nuevo
elemento decorativo: una pequeña hoja de papel en la que había escrito lo
siguiente: «Le espero en la cafetería Zambrano, en San Bernardo, a las doce
en punto del mediodía, NO FALTE, es importante». Doblé cuidadosamente el
papel y lo guardé en un bolsillo del pantalón. Entonces volvió a sonar el
teléfono. «No olvide que la cita de mañana es de suma importancia para
usted», dijo secamente una voz de hombre que no se asemejaba en nada al
susurro que acababa de oír tras la puerta del piso. Colgaron sin darme tiempo
a contestar.
Al acostarme tomé media pastilla de Rohipnol, ya que no estaba en
condiciones de dejar pasar otra noche en blanco. Los últimos acontecimientos
del día habían desplazado el tema del cuento como centro de mi atención y

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pensaba sólo en mi visitante nocturno y en lo que éste podía querer de mí: el
hecho de que hubiera invocado el nombre de Barker probaba que yo no
andaba desencaminado en mis suposiciones y que el tema se hallaba, de
alguna manera, en la base de las causas de mi seguimiento; pero ello no
significaba forzosamente que estuviera inmerso hasta el cuello en un caso de
espionaje industrial: ¿sería posible que alguien pudiera acariciar la idea de
someterme a un chantaje por ese motivo?
Me desperté con la luz de la mesilla encendida, tal y como se había
quedado cuando el miligramo de fluritrazepán actuó sobre mi organismo, y
asustado por los insistentes timbrazos con que el teléfono reclamaba mi
atención. Antes de descolgar comprobé la hora —las diez y cuarto— y mi
primer pensamiento no fue para recordar que esa mañana estaba convocado a
una extraña cita sino en contra de la inoportuna llamada telefónica, pues no
sólo no recordaba nada de lo sucedido sino que —luz artificial, persianas
bajadas— creía que eran las diez y cuarto de la noche. «No se olvide de que le
queda exactamente una hora y tres cuartos para acudir a la cafetería
Zambrano», dijo una voz femenina, con tono monocorde, impersonal, esa voz
con que el oficio o la costumbre obsequian, indefectiblemente, a algunas
personas hastiadas de trabajar dando las mismas instrucciones, repitiendo las
mismas cosas: así una azafata. Estuve pensando en ello mientras me duchaba,
en un intento por despejarme de los efectos del sedante y llegué al
convencimiento de que debía acudir a la cita; si no iba no ganaría otra cosa
que una dilación, una breve demora del momento de afrontar una entrevista a
la que tarde o temprano debería acceder, tanto si me gustaba como si no, y a
cambio de ello conseguiría al menos despejar mi incertidumbre y que, quienes
fueran, dejaran de importunarme con su vigilancia. ¿Quién no hubiera sentido
la misma expectación de haber estado en mi lugar?
Por primera vez después de muchas horas de inquietud pude salir de casa
y pasear por las calles sin tener la sensación de estar siendo seguido, lo que no
sólo me reanimó sino que también me hizo sentir que había recuperado una
parte de la libertad perdida. Deseaba caminar, disfrutando en la medida de lo
posible de esa sensación de libertad, y me dediqué a hacerlo con alegría
valorando cada paso que daba, deteniéndome cuando me apetecía y
caminando más deprisa cuando quería, sin ritmo, anárquicamente, como solía
andar cuando era un buscador de empleo y no un hombre al servicio de Castle
and Wilkinson.
En el escaparate de una librería comprobé que había aparecido la
traducción castellana de The Altar of the Dead, y el hecho, no sé por qué

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extraña razón, satisfizo mi vanidad a pesar de que la portada era una oferta al
rechazo, con su horroroso dibujo y sus letras como ensangrentadas. Estuve
tentado de comprarla, y si no lo hice fue porque me pareció excesivo —
desafiante, fanfarrón— presentarme con El altar de los muertos ante una
persona que, a juzgar por sus palabras, estaba al tanto de mis «relaciones
comerciales» con Graham S. Barker y, posiblemente, deseaba hablarme
acerca del tema.
Yo no la compré, pero el otro, mi vigilante, mi espía, mi seguidor, mi
convocante, sí la había comprado. Era, en efecto, el mismo hombre que había
vigilado la casa, que me había seguido el día anterior hasta el metro y que, por
la noche, me había pedido que le abriera la puerta del piso. Estaba sentado
ante una mesa dándole la espalda a la pared, de frente hacia la puerta, y tenía
la novela de Barker abierta en las manos, repartiendo su atención entre la letra
impresa y el movimiento de entradas y salidas del local, que apestaba a esa
mezcla de freiduría y bollería tan característica de algunas cafeterías
madrileñas. Cuando me vio entrar se levantó y me ofreció su mano, que yo
ignoré. Tenía el aspecto de un hombre agobiado. Lanzó un suspiro que era
una viva onomatopeya de la resignación y volvió a sentarse mientras me
decía: «Hemos perdido un tiempo precioso jugando al escondite; si me
hubiera abierto anoche ahora no estaríamos aquí y habríamos ganado algo;
pero no importa si, como veo, ha recapacitado y se muestra juicioso». Para
ocultar mi nerviosismo hice un alarde de ironía preguntándole su opinión
sobre la novela que tenía entre las manos. «No sería justo si le dijera que me
gusta o me disgusta. Acabo de empezar a leerla. Sin embargo, un buen amigo
mío está entusiasmado. Y es un hombre que sabe lo que dice», repuso. Se
hizo un molestísimo silencio que interrumpió la llegada de un camarero, al
que le pedí un campari con ginebra. El desconocido —pues seguía sin
presentarse— entrelazó los dedos de sus manos después de apartar el libro
hacia una esquina de la mesa, arrastrándolo sin darse cuenta —o quizá sí—
por encima del cerco que había dejado en el tablero la botella de agua mineral
que estaba bebiendo, y me preguntó si no sentía curiosidad por saber que
pretendía de mí. «En estas circunstancias —le dije secamente—, creo que lo
más apropiado sería que me lo explicara sin que yo se lo tuviera que pedir…
Sería lo cortés. Por cierto, hablando de cortesía, espero que al menos me diga
su nombre». «Es justo —repuso—. Me llamo Alfredo Monterde». «No irá a
decirme que además es un entusiasta de Graham S. Barker», dije, mordaz.
«No, no voy a decírselo. No obstante, añadiré algo: le confieso que tampoco
soy quien desea hablar con usted —sonrió, intentando parecer enigmático—.

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Digamos que sólo soy un mensajero, un contacto…, llámelo como guste».
Algo irritado, le pedí que expusiera directamente el asunto por el que me
había citado. «Si se lo explicara no me creería… Tampoco me parece que éste
sea el lugar apropiado para hablar de ello —e hizo una mueca que pretendía
ser despectiva—. Pero le garantizo que si me acompaña no se arrepentirá de
haberlo hecho. Hay alguien esperándole… Venga conmigo, deje que hable,
escúchele y luego usted decidirá…, tiene mi palabra de que no va a correr el
menor riesgo. ¿Termina de beberse eso?», y señaló con cierta repugnancia mi
mezcla mientras él, por su parte, apuraba el vaso de agua mineral.
Después de lo que había supuesto para mí tomar la decisión de ir a la cita,
tras las horas de nerviosismo vividas desde el momento en que me di cuenta
de que me vigilaban, tras la angustia de la noche anterior también,
comprobaba ahora que mi pretendido golpe de efecto no me había servido
para nada; o, mejor dicho entendía que sólo representaba una parte del
esfuerzo que aún debía hacer para poder llegar al fondo del extraño asunto, y
que si quería seguir adelante tenía que afrontar algo tan desagradable como
seguir a aquel individuo hasta donde quisiera llevarme. Claro está que podía
haberme negado, pero eso significaría volver a emprender el juego del
seguimiento, el cual podría agravarse después de los últimos acontecimientos,
sin que yo consiguiera otra cosa que una demora de la dichosa entrevista, no
su cancelación.
«Le advierto que no tengo dinero», le dije. Y me arrepentí
inmediatamente de lo que había dicho, tanto porque con ello daba a entender
mi sospecha sobre su juego oculto como porque dicho así, de repente, sonaba
como una extemporánea necedad. Por primera vez sonrió con marcado
desdén, ya sin miramientos, y se levantó de la silla. Entonces comprendí que
yo había perdido la partida y que él se había hecho dueño de la situación
gracias a mi traspié verbal. Pagó, dejando una generosa propina —signo de
que no le preocupaba llamar la atención—, y salió a la calle sin molestarse en
verificar si yo le seguía. «Tengo el coche a un par de manzanas de aquí», me
dijo cuando llegué a su lado. Una vez más desconfié de él, lo que era lógico
teniendo en cuenta las circunstancias en que nos habíamos conocido: dentro
de su automóvil podría llevarme a cualquier parte: yo no sería sino un pasivo
pasajero en su poder: ¿hacia qué destino? «Preferiría que cogiéramos un
taxi», manifesté. Le vi sonreír otra vez con aquella mueca desdeñosa que
había empezado a exhibir en el último tramo de nuestra conversación y
musitó un débil «comprendo» a la vez que reaccionaba con inusitada rapidez
llamando con la misma mano que sostenía El altar de los muertos a un taxi

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libre. «Al Hotel Palace», le ordenó al conductor antes de subir. Me dejó pasar
delante.
El asunto no había perdido sordidez ni inquietud ante mis ojos, pero por el
momento se desarrollaba en unos escenarios poco intranquilizadores. No
hablamos nada en el corto trayecto y, cosa rara, el taxista tampoco despegó
los labios, como si dentro del taxi se hubiera acordado un pacto de silencio.
La ciudad resultaba más desagradable que nunca contemplada bajo mi
sombrío estado de ánimo; hombres y mujeres caminaban con mayor celeridad
a medida que se aproximaba la hora de comer, pero la oleada humana no
conseguía ocultar, con su tráfago mareante, las muchas figuras de mendigos y
pedigüeños que habían tomado por asalto desde primeras horas de la mañana
ese sector ciudadano y que, con su estudiado inmovilismo, tan teatral,
quebraban el nervioso ritmo de los transeúntes. El taxi se detuvo ante el
Palace; mi acompañante pagó y a continuación entramos juntos en el hotel.
Me hizo aguardarle durante un par de minutos mientras marcaba un teléfono
interior. Apenas cruzó una docena de palabras con su interlocutor: colgó
enseguida: «¿Esperamos en el hall o prefiere tomar algo en el bar?», me
ofreció. Por supuesto preferí el bar, donde en aquel momento no había otros
clientes que tres argentinos empeñados en una ruidosa charla mezclando
negocios, política y mujeres. Ambos pedimos lo mismo que habíamos bebido
en Zambrano y no intercambiamos una sola palabra mientras esperábamos.
Hay ocasiones, como ésta, en que el silencio y la incertidumbre obran el
efecto de activar el nerviosismo, y la espera, aunque breve, se me hizo
interminable. Las rayas de mis manos brillaban de sudor. No tardó en llegar el
hombre a quien mi acompañante había avisado por teléfono. Pero hizo su
aparición acompañado de una mujer. Los dos recién llegados estarían
rondando la frontera de los sesenta años, aunque posiblemente no la hubieran
tocado; eran más bien altos, de complexión corpulenta él, mediana ella, e iban
vestidos con ropas que a primera vista se identificaban como muy caras; sus
rostros y su aspecto en general denotaban gran cuidado externo e interno; los
ojos grises del hombre miraban directamente, con cierto matiz autoritario,
pero en sus ademanes había algo que revelaba una perfecta armonía entre
elegancia innata y autoridad adquirida y ejercida con agrado; la mirada de la
mujer tenía destellos bondadosos y todo en ella recordaba esa mezcolanza de
férrea voluntad y mansedumbre tan característica de las esposas de los
clérigos protestantes británicos. Mi indeseado rodrigón nos presentó; el
hombre se llamaba Thomas Hardke, era de nacionalidad suiza, y, como tuve
ocasión de comprobar enseguida, hablaba un fluido castellano que debía

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practicar con asiduidad, dada su elocuencia, aunque de vez en cuando
cometiera algún leve desliz prosódico; la mujer me fue presentada como
Anne, «su esposa», y más tarde me enteraría de que era británica de origen.
Tenían un aspecto tan agradable que no supe negarme a estrechar sus manos,
cálida y firme la del hombre, menos cálida y más suave la de la mujer, y ésta
al hacerlo, me dedicó una sonrisa amable. «Estoy muy complacido de tenerle
entre nosotros, señor Ayala, es un auténtico placer poder hablar con usted»,
me dijo el hombre que acababa de serme presentado como Thomas Hardke.
Pidió para él un «dry martini» y un aperitivo amargo para su esposa. Luego,
miró su reloj de pulsera y me pidió que me quedara a comer con ellos, con la
promesa de mantener «una conversación sobre temas literarios». A pesar de
su afabilidad, su voz tenía un grado de autoritarismo. Cuando acepté, se
volvió hacia el que había sido mi seguidor y se despidió de él en alemán. (Mis
rudimentarios conocimientos de este idioma sólo me permitieron entender que
le telefonearía a la siete de la tarde). El llamado Alfredo Monterde nos dejó
sin despedirse de mí y sin terminar de beberse el agua mineral. «Tiene unos
modales lamentables», comentó Thomas Hardke, como si quisiera
disculparle.
Poco después, los tres estábamos sentados ante una mesa del restaurante
del hotel. Thomas Hardke y su esposa Anne dejaron transcurrir la comida sin
hacer ninguna alusión al asunto que nos había reunido allí —voluntariamente
a ellos, forzadamente a mí— y no se habló del tema hasta el momento en que
nos sirvieron el café. «Soy un hombre muy ocupado —dijo entonces Thomas
Hardke— y no me gusta andar con rodeos ni perder el tiempo, aunque esta
forma de hablar sea para ustedes, los intelectuales, los escritores, los artistas
en general, una expresión burguesa…, pero me gustaría decirle que para que
ustedes existan es forzoso que nosotros existamos también… —hizo un gesto
imperioso, interrumpiéndome en el momento en que me disponía a hablar; fue
la única ocasión en que lo vi ligeramente alterado—. Déjelo, sería absurdo
que nos empeñáramos ahora en una discusión sobre ese tema —dijo— cuando
sólo pretendo hablar de cosas prácticas». La mujer llamada Anne volvió a
sonreírme: una sonrisa tranquilizadora, que marcó unos hoyuelos en sus
mejillas todavía bien conservadas. «He leído The Altar of the Dead, Anne
también la ha leído, y a ambos nos parece una novela llena de gracia e
inventiva, con situaciones muy bien trabajadas, un delirio imaginativo servido
con la prosa exacta: no sólo la que la novela requería sino la misma de la que
se hubiera servido Graham S. Barker. Más aún, diría, diríamos —y señaló a
su esposa al decir esto— que no se nota ni siquiera en una pequeña frase que

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la haya escrito usted en lugar de, como así lo aseguran la portada y la solapa,
Graham S. Barker —con una mano acalló mis protestas antes de que hubiese
llegado a expresarlas—. Es una estupenda novela de Graham S. Barker escrita
por Vicente Ayala. Le aseguro que he hecho la prueba con un experto, y no
detectó ninguna anomalía, igual que, estoy seguro, sucede con la novela que
acaba de entregar en Nueva York. Pero no le he hecho venir para hablarle de
Barker, ni de su editorial norteamericana, ni siquiera de literatos vivos… Lo
que está vivo no me interesa, aunque sea importante: sólo me interesan los
muertos —hizo una pausa—. ¿Me convierte eso en un necrófilo de la
literatura? No, no es exactamente eso. Sólo me interesan los muertos, pero
sobre todo los grandes muertos literarios, porque cada una de sus páginas se
considera inmortal y porque ya no les pertenece… Están muertos y los
muertos no tienen nada; hasta eso que llaman gloria es un placer que sólo
pueden disfrutar los vivos… Por eso quiero contribuir personalmente a que
los escritores vivos conozcan qué es la inmortalidad y disfruten de un pedazo
de ella. Si me viera en la necesidad de hacer un sintético autorretrato diría que
soy un mecenas de la inmortalidad. Bueno…, yendo directamente al grano,
como dicen ustedes los españoles, quiero pedirle que escriba para mí una
novela que parezca escrita por un gran escritor muerto. Decidiremos el
nombre del escritor cuando acepte mi oferta, como también decidiremos si la
novela pertenece al período juvenil de su autor, si se trata de una obra
inacabada, si es una novela de madurez, o lo que sea». Soy incapaz de
describir la perplejidad que me produjo aquel inesperado ofrecimiento, que he
procurado transmitir en lo esencial. Recuerdo que trasladé mi mirada confusa
hacia una de las paredes del restaurante y que, en la lenta panorámica de su
trayectoria, tropezó con la mirada de Anne; la mujer me sonrió casi
beatíficamente. Una vez diluido el efecto sorpresa, apenas acerté a eslabonar,
tartamudeando, una cadena de preguntas, algunas de las cuales fueron
respondidas por el hombre, mientras que otras fueron recibidas en silencio,
cosa bastante lógica si se tiene en cuenta que todavía nos movíamos en el
terreno de las proposiciones inaceptadas y que Hardke no consideraba
prudente, por lo tanto, ser demasiado explícito. Si yo accedía a escribir una
novela de un prestigioso escritor muerto, dicha novela se pondría a la venta en
todo el mundo con el nombre del autor escogido; naturalmente, habría unos
problemas de derecho con respecto a los herederos, si el escritor los tenía,
problemas que se solventarían con buenos dólares; y en cuanto a su
legitimidad, no habría problemas: él, Thomas Hardke, se encargaría de
preparar las cosas de modo que el original apareciera inesperadamente en

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cualquier parte del mundo, y sería tarea mía, tomándome el tiempo que fuese
necesario, escribir la novela de tal modo que nadie, absolutamente nadie,
pudiera poner en duda su autenticidad. Anne volvió a sonreírme, cabeceando.
La oferta económica fue de cien mil dólares.

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APUNTES SOBRE JORGE BERLINÉS (IV)

Algunos días, Jorge Berlinés dedicaba una buena parte de su tiempo libre a
reflexionar sobre su situación personal. Y sabía ser cruel en tal menester, pues
a pesar de que procuraba aparentar tener gran seguridad en sí mismo pasando
por ser un hombre de firmes convicciones, él sabía bien que no era así y que,
en el fondo, era una persona inmadura, como suelen serlo casi todos los
apasionados. Su inmadurez no obedecía a una falta de criterio ante la vida ni a
un agarrarse inconscientemente a los asideros fantasmales de la niñez y la
adolescencia perdidas, sino a que en su interior pugnaban por abrirse paso dos
personalidades distintas, antitéticas, sin que él supiera poner orden dentro de
ese pequeño caos. Una era la del músico exaltado, impetuoso, hipersensible,
que no quería ceñir su música a los límites fijados por el mercado musical
dominante y que volcaba en ella su pasión con la vehemencia con que lo haría
un romántico tardío; ésa era su vida más intensa, indisciplinada, frenética, la
que no tenía en cuenta nada que no fuera ella misma: con su pasión, con su
desprecio de la amenaza del ridículo, con su seguridad de estar haciendo en
cada momento lo que realmente se desea hacer. Otra era el hombre llamado
Jorge Berlinés, casado con una equívoca mujer llamada Elena Llovet,
obligado a transitar su vida por senderos prosaicos que nunca había creído
que llegaría a recorrer. Y cuanto más se manifestaba esa personalidad, tanto
más se aferraba Jorge a la otra.
En algunos momentos llegaba a pensar si, en cierto sentido, no estaría
recibiendo influencias de algún compositor fallecido. No era una persona
religiosa, no creía en la existencia de ninguna forma de vida después de la
muerte, y sin embargo tenía cierta tendencia a creer en el esoterismo y, por
supuesto, en algún modo de palingenesia. Era algo que no podía razonar, y le
molestaba que fuera así, pero pocas cosas le atraían tanto como la idea de la
reencarnación o las influencias que algunos artistas de fuerte personalidad
podían ejercer después de muertos sobre personas vivas. A él le decían que
sus composiciones estaban influidas por los impresionistas, ¿pero no podría
suceder que en vez de haber hecho él una elección hubiera sido, al contrario,

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elegido? El espíritu de los grandes artistas no podía desaparecer así como así,
no podía desvanecerse sin más entre las artesas de la noche eterna, regando
con la savia de su inspiración el jardín decolorido de los mediocres. Podía
pensarse que, opuestamente a tantos hombres y mujeres a los que la estela del
barco de los tiempos diluye en miles de millones de gotas de agua
despersonalizadas, todas iguales entre sí, los artistas resucitaban para el
mundo siempre que se interpretara su música, se leyera uno de sus libros, se
admirara una de sus pinturas… Pero eso no le satisfacía porque se trataba de
una idea recibida, de una idea de segunda mano, de una idea —además—
consoladora, y a pesar de su idealismo Jorge Berlinés era muy posibilista en
este terreno (lo que significaba otro desdoblamiento de su personalidad):
consideraba que esas músicas, esos libros, esas pinturas eran obras muertas,
pues lo que va dando sentido a una obra artística es saber que forma parte de
una work in progress que el artista va perfeccionando día tras otro, luchando
contra el desánimo y, a menudo, contra la incomprensión. ¿Quién puede decir
que, de haber vivido noventa años, Rimbaud no habría corregido sus poemas,
Mozart habría abjurado de La flauta mágica, Proust habría escrito otra obra
que llevara más lejos todavía los hallazgos de la Recherche o Van Gogh
habría emborronado «Los girasoles», asqueado del resultado? Aunque sólo
hubiera sido por conocer el pensamiento de los compositores que más
admiraba, a Jorge Berlinés le habría gustado ser contemporáneo de músicos
auténticos: hoy no existen, decía, pensaba: para sentir el murmullo del espíritu
del artista atomizado en la sala o teatro de conciertos, sabiéndole vivo y
reflexionando quizá sobre cada frase musical, al tiempo que escuchaba su
interpretación, madurando tal vez una nueva obra sugerida por la audición
meditativa de la pretérita. Al morir el compositor, su música moría con él
porque sólo quedaban unas partituras, unas hojas de papel, y, acaso, la
posibilidad de la interpretación pública de éstas, tanto más remota cuanto
menos apoyo crítico hubiera tenido el músico en vida. El artista se disipaba,
igual que desaparecen los vulgares y los malvados, los financieros y los
amantes, los mendigos y los militares, los políticos y los comerciantes, polvo
de un infinito inmensurable, sustancias restituidas a la tierra para contribuir a
la perpetua renovación del milagro, sí, se extinguía, ¿pero no sería posible que
ese artista hubiera quedado vivo, de alguna manera, dentro de la caja de
resonancias del universo, así como hoy percibimos aún el brillo de estrellas
extintas, esperando que otra persona hipersensible detectara el eco, lo
escuchara, supiera entenderlo y lo hiciera de nuevo operativo, prosiguiendo
una obra temporalmente acallada? ¿Acaso Stravinsky no había recogido

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temas de Tchaikovsky y Pergolesi, por ejemplo, para crear una obra personal
partiendo de ellos? No existen artistas únicos —sería la última suposición—
sino receptores de un legado que, invisible para los demás, transforman
sutilmente en su propia sustancia artística, convierten en la entraña de su
poética personal. No era una teoría sino una digresión retórica, pero al pensar
así comprendía que le molestaba doblemente la reacción del encargado del
auditorio Casals: porque ponía ataduras a la expresión de los músicos
imponiéndoles un camino que había sido marcado por quienes no escriben
música, y porque carecía de la imaginación suficiente para creer en ese
atavismo de la música, ya que de lo contrario no habría lanzado al aire una
afirmación tan descalificadora, banal y mediocre. ¿Ese hombre podría creer
algún día que él, Jorge Berlinés, había escuchado y recogido los ecos de
Claude Debussy? ¿Su llamada de continuidad? ¿Los ecos de su música y las
palpitaciones de su nervio creativo paralizado por el accidente de la muerte?
La dificultad a la que debía hacer frente Berlinés era que todavía ignoraba
cómo armonizar las dos caras de su personalidad, teniendo cuidado sobre todo
de que su vida compartida con Elena no influyera negativamente en la otra, si
no quería romper el fino hilo que le unía con el espíritu de los grandes
músicos y convertirse en un hombre común, escribiendo música al dictado
como un burócrata ordena sus papeles, todo lo más en un pianista animador
de turistas en hoteles o de parejas en clubes nocturnos. No rechazaba la idea
de la pasión amorosa, pues había sido el aliento inspirador de excelentes
artistas, pero en el fondo le desagradaba tener un ligamiento así con el resto
del mundo, dependiente de la activación reticular, de humores y glándulas.
Pero si en su vida tenía que haber pasión quería que fuera una gran pasión y
no una pasión de andar por casa. La pasión genera dolor y puede ser creadora,
pero las circunstancias que por ahora rodeaban su vida no le inspiraban dolor
sino asco, no estimulaban su creatividad sino que la reprimían: faltaba la
compulsión pasional.
Poco tiempo después, recibió aviso de Adolfo Celler, del auditorio
Pedrell, para que pasara por su despacho con objeto de hablar sobre las
partituras. Celler atendió correctamente a Jorge y le explicó a grandes rasgos
el motivo que le había inducido a negarse a estrenar el concierto, pues la
negativa le sirvió casi como saludo. Sustancialmente, vino a coincidir con lo
que le había dicho a Berlinés el otro burócrata de la música, asegurándole que
era una composición brillante pero que en la actualidad ya no se escribía ese
tipo de música: música inactual la llamó, ante la estupefacción de Jorge
Berlinés. Sintiéndose cada vez más violento, éste le dijo que nunca había

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pensado componer música que no fuera de su convicción, réplica que Celler
pasó por alto limitándose a mirarle inexpresivamente.
—Si quiero programar música tonal ya tengo las obras de repertorio —
dijo luego Celler—. Y si lo que deseo es, precisamente, música impresionista
ya tengo a Debussy y a Ravel. Tráigame usted algo nuevo, algo que sea
realmente nuevo, y yo lo estudiaré con toda atención, se lo prometo. Hoy por
hoy es lo único que puedo decirle.
—Pero…, no puede forzar a un compositor para que le ofrezca la música
que usted desea estrenar —arguyó ingenuamente Berlinés—. Es… impúdico,
asqueante. Si yo siento, si yo sé interiormente que debo componer esa música
que usted rechaza, ¿por qué tengo que componer otra? ¡No puedo forzarme a
hacer algo que no deseo, ya nos fuerza bastante la vida a hacer cosas que nos
desagradan!
—Señor Berlinés, le voy a hablar con sinceridad. La música sinfónica, la
música llamada culta, sólo tiene dos clases de público: el popular y el
iniciado. El primero, cuando acude a una sala de conciertos quiere oír las
obras más conocidas de los compositores más reputados. Póngale los últimos
cuartetos de Beethoven y se sentirán desconcertados; ofrézcale en cambio la
sinfonía nueve, o la cinco, o la tres, o el concierto «Emperador»; o póngale la
sinfonía cuarenta de Mozart en lugar de sus cantatas masónicas o del
«Idomeneo», y se sentirá enormemente gratificado. Imaginemos por un
momento el anuncio del programa: un estreno de Jorge Berlinés, tal obra, tal
obra, la que sea; no acudirán al reclamo de su música, o se presentarán media
docena de curiosos, porque no es conocido y porque, lo que todavía es peor,
nadie quiere tomarse hoy la molestia de conocer a nadie si no tiene una buena
carta de presentación o cuenta con un aval de peso…
—Se puede hacer un programa combinado.
—Además —Celler no le hizo caso—, tenemos casi garantizado que la
crítica le ignorará o se ensañará con usted. Su concierto para piano y orquesta
es técnicamente perfecto, brillante, muy bueno incluso, pero si el público
popular quiere escuchar un concierto para piano y orquesta preferirá siempre
que le programen los ya conocidos de Tchaikovsky, Brahms o Beethoven, por
poner unos ejemplos. ¿Me comprende? En cuanto al otro público, el de los
llamados iniciados, sería cruel con usted. Muy cruel. Ya no admiten ese tipo
de música, piden nuevos caminos, exigen música vanguardista, experimental,
más moderna… Créame, el vapuleo sería histórico, no sabe hasta qué punto
saben ser crueles, y yo, de paso, también sería blanco de sus críticas por haber
programado en mi sala una obra así.

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—A veces es necesario arriesgarse —aventuró Jorge en voz baja,
creyendo que estaba escuchando a Esteve Bofill; sentía un hormigueo en las
yemas de los dedos de sus manos.
—No es una cuestión de riesgo: yo lo llamaría un suicidio artístico.
—Pero ¿no se da cuenta de que admitir la existencia de semejante
situación, y callarse, supone tanto como aceptar que entre todos están
matando la música?
—No me obligue a decir algo que no quiero decir…
Jorge se levantó, estrujando la partitura entre las manos, y se encaminó
hacia la puerta.
—Si permite que le dé un consejo —le dijo Adolfo Celler, sin moverse—,
es éste: replantéese su trabajo. No le digo que adopte un cambio radical sino
que intente armonizar, escribir música, de un modo más moderno.
—Ya lo he hecho, ¿no ha escuchado el concierto? —repuso Jorge desde el
umbral.
—Arriésguese, recuerde lo que usted mismo acaba de decir…
Ya no quiso contestarle; las fotocopias de la partitura cayeron por el
hueco del ascensor, yendo a engrosar la alfombra de papel que había en el
fondo, compuesta en su mayor parte por folletos y hojas publicitarias
arrojadas allí por los habitantes del inmueble.
La situación se complicó unas semanas más tarde, cuando Elena Llovet
descubrió el placer del juego. Acostumbrada desde hacía años a desarrollar
una vida activa, las horas de pasividad con que se vio obsequiada al quedarse
sin trabajo comenzaron a pesarle pronto. Cuando se dio cuenta, Elena intentó
—al decir de Berlinés— poner un remedio a la apatía que se había instalado
en su existencia, buscando la manera de ocuparlas, y fracasó sucesivamente
con la música, la lectura y la pintura. Desanimada quizá por la situación que
padecía Jorge, desestimó enseguida la salida de la música; a continuación
quiso leer, y los libros que cayeron en sus manos —que le habían sido
recomendados por algunos amigos o a través de los suplementos literarios de
periódicos— la sumían en un sopor difícilmente resistible: ejercicios literarios
que parecían escritos por estudiantes con conocimientos adquiridos pero sin
estilo propio: pedantes arquitecturas de palabras sin alma, sin humanidad, sin
pasión: petulantes juegos escorados hacia la vanidad y hacia la nada: un vacío
hecho de palabras escritas. Su última tentativa se cerró definitivamente
cuando, desesperada, tiró a la basura un equipo de pintura al óleo que había
adquirido para dar luminosidad a sus horas ciegas y color a su visión del
mundo en blanco y negro. A la sazón empezó a ausentarse de casa, cada vez

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con mayor frecuencia. Por lo general, aprovechaba las horas que Jorge se
quedaba encerrado en su cuarto, con el piano, el papel pautado, un lapicero y
una goma de borrar, y, buena conocedora de sus costumbres, solía estar de
regreso cuando él daba por concluido su trabajo y el piano enmudecía
saturando la casa de silencio. Casi a la vez comenzó a preguntarse por qué su
marido, tan capacitado para escribir música, no conseguía ganar dinero con
ella, e, incómoda por la asiduidad con que la asaltaba este pensamiento, se
dijo que la causa radicaba en el tipo de música que componía. ¿Por qué no
escribiría música para algún grupo de rock o para un cantante? ¿Por qué no
ponía los pies en el suelo y se dejaba de estériles elitismos, de exquisiteces sin
salida, de refinamientos que no eran reconocidos ni aun por quienes se
autoconsideraban refinados, exquisitos y elitistas? La actitud purista de su
marido le resultaba irritante, y cada día que pasaba se lo hacía notar más en su
trato, ocultándole en cambio lo referente a su recién nacida afición al juego —
en el que perdió poco a poco el dinero que guardaban de la indemnización
percibida por el cierre de la empresa—, hasta que ya no pudo silenciarlo por
más tiempo cuando el saldo de su cuenta bancaria apareció insuficiente para
atender a los puntuales recibos caseros. Le sorprendió que Jorge reaccionara
con tanta tranquilidad, como si ya estuviera al tanto de lo que sucedía (lo que
era imposible, dado que ella misma apuntaba y controlaba el estado de
cuentas). La única queja de Jorge fue sugerir que debería habérselo dicho
antes para buscar una solución juntos.
¿Una solución? ¿Cómo puedes buscar una solución para otra persona si
eres incapaz de buscarla para ti? —Elena estaba furiosa—. Mírate bien,
contémplate a gusto… eres la viva imagen del fracasado. Dices que eres
músico, y no ganas dinero con la música; vives conmigo en una casa y no
puedes contribuir a mantenerla… Por Dios, Jorge, necesitamos dinero…, sólo
tenemos lo que cobro del desempleo, y aun eso se acabará pronto. ¡Busca
trabajo! No te pido que lo hagas fuera de tu profesión: puedes tocar algún
instrumento en cualquier sitio, o dar clases particulares, o escribir canciones,
o componer para el cine…, muchos músicos sobreviven como pueden, no
serías el primero. Pero es preciso que encuentres trabajo enseguida, si no lo
encuentro yo antes.
Había acabado sollozando. Jorge contempló su rostro congestionado,
surcado de lágrimas. En esos momentos era una extraña.
—La culpa es sólo mía —aceptó él, suavemente, controlando su ira—.
Tienes razón. Hace meses que debía haber buscado un trabajo hasta que

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consiga estrenar. Pondré un anuncio mañana mismo —lo que más le hería no
eran las palabras de Elena, sino la forma en que habían sido dichas.
Tuvo suerte. A pesar de la crisis laboral que afectaba a todos los sectores
profesionales, pero especialmente al de la —así llamada— enseñanza
artística, al día siguiente de haber insertado el anuncio en un periódico, y
después de solicitar permiso en algunas tiendas del sector para colocar
asimismo unos carteles de aviso, consiguió su primer alumno, un chico de
catorce años cuyos padres le pidieron a Jorge que «ayudara al niño a
perfeccionar su técnica pianística». Y al otro día obtuvo una alumna, una
mujer de treinta y dos años que aseguraba haber descubierto tardíamente su
vocación musical, abandonando a causa de ello la pintura, y que deseaba
«recuperar el tiempo perdido a base de dos horas diarias de clase, de lunes a
viernes». Jorge Berlinés me confesó que se sentía horrorizado ante la idea de
que sus clases se vieran concurridas por mujeres desocupadas y aburridas y
por niños prodigio a la mirada de sus padres.
El dinero que Berlinés ganaba con sus clases no era mucho pero sirvió
para aplacar el nerviosismo de su esposa, aunque a riesgo de hacer brotar en
él una crisis histérica, como se verá. Elena había dejado de jugar y parecía
más sosegada de lo acostumbrado. Los nuevos problemas de Jorge Berlinés
no surgieron por parte de ella sino por uno de sus alumnos: el chico. Pau, ése
era su nombre, se pasaba las clases mascando chicle, ante la irritación de
Jorge, que no soportaba verle mover las mandíbulas ni el sonido de su
masticación. El primer día —dedicado a Schumann— y el segundo —
dedicado a Liszt— le reprendió; el chico tiró el chicle a la papelera, envuelto
en un papel, pero, misteriosamente —sus manos no se habían movido del
teclado—, no tardó en estar mascando otro, por lo que optó por callarse.
Cuando Jorge me contó años después ese pequeño incidente, me señaló, con
una tonalidad humorística insólita en él, que el chico debería haberse
preparado para la prestidigitación, dada su habilidad manual para hacer
aparecer y desaparecer el chicle de su boca. Pero Pau tenía muy claro lo que
deseaba ser, y así se lo dijo a su maestro al término de una de sus clases.
—Mis padres no son normales: ellos hubieran querido que yo fuera como
Mozart, pues también empecé a tocar siendo un crío, pero yo quiero ser
músico rock. Ganas más pelas y ligas más.
E hizo estallar una bombita de chicle.
Si hubiera podido hacerlo, Jorge Berlinés habría renunciado a su alumno,
pero considerando su situación económica no podía permitirse el capricho de

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rechazar una de sus dos únicas fuentes de ingresos, ya que hasta ese momento
no había recibido más respuestas a sus anuncios.
Pau tocaba bien el piano, pero se veía que lo hacía sin genio, sin entrega,
sin calor; tenía el pensamiento puesto en otras cosas y eso redundaba en
perjuicio de sus interpretaciones, que iban ganando en técnica pero a cambio
de sacrificar el alma de la composición. Cuando no tocaba el piano simulaba
que atendía a las explicaciones de Jorge, pero éste se daba cuenta de que en
realidad no le escuchaba. A la primera ocasión, Pau se desentendía de las
clases y le hacía preguntas sobre cuáles eran sus músicos de rock preferidos y
sobre los discos de rock que tenía en casa. (Había una docena, me diría
Berlinés, y eran de Elena Llovet).
Cierto día que Jorge llegó tarde a la hora concertada para la clase del
chico —había tenido que hacer una gestión que le ocupó más tiempo del
previsto—, se encontró a éste tocando el piano y a Elena bailando sola en el
centro de la habitación. En el estéreo sonaba una canción de estrepitosa
vulgaridad que Pau seguía al piano gesticulando desaforadamente. Los dos se
estaban riendo. En contra de lo que Jorge suponía, Pau no se detuvo al verle
entrar (Elena sí lo hizo), sino que siguió tocando hasta que la canción
concluyó, o hasta que se cansó de tocar, aun cuando Jorge desconectó el
aparato. Por supuesto, no le dijo nada, pero su aversión hacia él aumentó a
raíz de la anécdota, como también fue en aumento cuando, un par de semanas
después, Pau lanzó un sonoro eructo mientras tocaba las «Escenas de niños»
de Schumann.
Su alumna, Inés, era muy diferente. Al contrario de Pau, deseaba tocar
bien el piano como una finalidad en sí misma, pero Jorge Berlinés intuía que,
por mucho que se esforzara y practicara, nunca lograría salir del abultado
pelotón de la mediocridad. Sus interpretaciones carecían de vida aun en las
piezas más fáciles, pero no por falta de interés, como en el caso de Pau, sino
por falta de sentido musical. Jorge no quería engañarla y, más adelante,
conminado por la mujer a que le diera su opinión sobre sus avances, le dijo
que con el tiempo podría llegar a dominar el instrumento en su vertiente más
superficial, pero que nunca lograría ser una concertista. Fue muy crudo, pero
no por ello dejó Inés de asistir a sus clases sino que desde ese día se esforzó
en extraer el mayor provecho de sus diez horas semanales de piano. Atendía
todas las indicaciones que le hacía su profesor y escuchaba embelesada sus
disertaciones sobre el «fuego de la música», que los grandes compositores
«utilizaron para interpretar la realidad y fijar en el pentagrama su poética
personal, y no únicamente para sacar provecho físico o económico de su don,

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como va siendo cada vez más frecuente en nuestro tiempo» (al decir esto,
Jorge pensaba en Pau, dándole al chico, en mi modesta opinión, más
importancia de la que realmente tenía). Era tal la entrega de Inés a las clases y
tanto el aprovechamiento que sabía extraer de ellas que, según me contaría
Berlinés en nuestras charlas, él llegó a dudar de sus predicciones, sobre todo
después de escuchar la «magistral interpretación» que Inés hizo de la sonata
Waldstein de Beethoven. Quizá estuviera equivocado y en Inés hubiese algo
más que técnica. Quizá…
A sus treinta y dos años, Inés seguía estando soltera, poseía una gran
fortuna familiar y vivía sola en un gigantesco piso doble del Ensanche, al lado
del paseo de Gracia, aunque pasaba los fines de semana en un chalet de las
Tres Torres al que consideraba su segunda residencia urbana. Era propietaria,
además, de una floristería, dos «boutiques», una casa pairal en Camprodón y
un chalet en Port de la Selva. Alta, morena, de ojos verdes y facciones
angulosas, Inés tenía una elegancia natural que se reflejaba hasta en el más
pequeño de sus gestos. Y era una mujer voluntariosa. Pero, como sabemos
bien los rechazados por la musa, en música la voluntad no es suficiente.
Jorge compartía equitativamente con Elena sus fobias. Y así como él no
podía soportar a ese adolescente masticador de chicle llamado Pau, ella
detestaba a Inés. Sin duda debía de imaginarse que Jorge ejercía algún tipo de
atracción sobre su alumna porque, cuando ésta llegaba, Elena apenas la
atendía, se mostraba seca con ella y jamás acudía a despedirla al término de
sus clases, cosa que sí hacía cuando Pau se marchaba de la casa. Al parecer,
Inés había acudido durante dos años a una academia de pintura hasta que
llegó a la conclusión de que sus cuadros nunca llegarían a exponerse y ni
siquiera encontrarían la respuesta de un solo admirador. El suyo era uno de
esos frecuentes casos en los que una persona a la que le está negado el talento
artístico busca desesperadamente, y siempre en vano, llenar con el acto
creativo su vacío existencial. Jorge intentó explicárselo así a Elena, esperando
que mostrara menos hostilidad hacia ella, pero sólo consiguió extraerle un
sarcasmo y una sonrojante vulgaridad: «Es un justo castigo por tener tanto
dinero y estar tan vacía». Cuando Jorge intentó defenderla, Elena se mostró
aún más agresiva. Por eso Jorge aceptó con reservas la invitación de Inés para
que fueran a una fiesta que daría en su casa dos días después con motivo de su
cumpleaños, temiendo que Elena se enfadara. Pero, ante su sorpresa, ella se
mostró satisfecha de que hubiese aceptado.
—No me gusta dar fiestas sin motivo —había dicho Inés—. Tengo
muchos conocidos y amigos que no buscan ni necesitan ninguna justificación

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para hacerlo. Dan la fiesta, y punto. Yo no.
Parecía empeñada en no ofrecer a los demás una imagen frívola de sí
misma, y así lo observó Elena con cierta malignidad.
—A esa mujer le asusta parecer lo que es —apostilló.
Curiosamente —me diría Jorge Berlinés—, ese mismo día recibió otra
invitación, proveniente de su alumno. Pau llegó tarde a la clase y se mostró
más insolente que nunca. Hubiérase dicho que le complacía irritar a Jorge,
quien tuvo que abandonar dos veces la habitación para tranquilizarse.
—El próximo domingo comienzo a ensayar con unos amigos para formar
un grupo, ¿sabes? —evidentemente, Jorge no podía saberlo; pocas veces le
había molestado tanto ese tuteo—. Lo hago a espaldas de mi padre… No creo
que al viejo le pareciera bien y no tengo ganas de reñir con él…, por ahora.
Yo tocaré la guitarra eléctrica. Unas chavalas vendrán a vernos tocar —dijo,
mascando chicle. «¿Será siempre el mismo chicle?», se preguntó Jorge.
—¿A veros o a oíros? —disgustado por su tono.
—Las dos cosas, tío, en el rock son importantes los movimientos del
cuerpo…, no todo consiste en tocar y en escuchar. Hasta la manera de coger
la guitarra es importante. Es muy sexual, ya sabes, casi como estar con una
tía. Si quieres venir a vernos, quiero decir tú y tu mujer…
Mientras hablaba, pasaba distraídamente las páginas de la partitura de «El
Mar» de Debussy.
—Concéntrate, ¿quieres? —le gritó Berlinés.
Pau debió de darse cuenta de que su enseñante estaba tenso, y no insistió.
—¿Cómo es posible interpretar a Debussy…, y digo Debussy porque le
tocaba al pobre, pensando en otra cosa? La música exige mucha
concentración —se quejó luego Jorge a Elena.
—No le des tanta importancia. Te pagan para que le impartas una clase,
sólo para eso. Lo que haga o deje de hacer con su vida es cosa suya. Y no le
irá nada mal si se dedica a la música rock… Seguro que él no tendrá que
aguantar dando clases para sobrevivir.
Como es habitual en el verano barcelonés, cuando amaneció el día de la
fiesta de cumpleaños de Inés una especie de gasa de bruma envolvía la ciudad
haciendo aún más cargado un día plomizo que abotargaba los cuerpos, muy
maltratados ya por el húmedo estío. Las ropas se adherían pegajosamente al
cuerpo y el sudor era constante aunque no se desarrollara ninguna actividad.
Jorge, que ese día había dispensado a Pau de su clase, pasó la mañana abatido
en un sillón y Elena estuvo sentada pacientemente en la galería, vestida sólo
con un biquini negro, esperando a que el sol hiciera acto de presencia. Con el

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avance matinal, el velo caliginoso fue disipándose con lentitud, casi
imperceptiblemente, y el color blanquecino del cielo dio paso por fin a un
azul desvaído. Jorge recordaba haber visto pocas veces en el verano
barcelonés un cielo inmensamente azul: sólo simulacros de color: azules
disueltos entre vapores… ¿Sería ésa una señal más de que la vida social de la
ciudad estaba regida por el signo de la simulación?
A media tarde, Elena ocultó su desnudez bajo un vestido de color blanco y
Jorge se puso un traje de verano de tono cremoso que apenas solía utilizar.
Todavía tardaron un rato en salir de casa. Cuando lo hicieron, al ponerse al
volante del coche Elena le preguntó a Jorge la dirección de Inés.
—No me acuerdo. Está apuntada en la agenda y no la he cogido.
—Creía que la sabrías de memoria —repuso Elena, irónica.
A Jorge no le pasó inadvertida la intención.
—No veo por qué debería saberla de memoria —dijo bruscamente—. Es
Pau Claris, pero no me acuerdo del número exacto.
—Bien…, ¿vas a volver tú a por la agenda o prefieres que lo haga yo?
—No es necesario, sabes que memorizo fácilmente los números de
teléfono. Aparca donde veas una cabina y la llamaré para preguntarle la
dirección.
Así lo hicieron, pero las tres cabinas que eligieron a lo largo del trayecto
no funcionaban. Finalmente, cuando ya estaban en Pau Claris, Elena detuvo el
coche en triple fila en una de las esquinas de Provenza. A pocos metros de allí
había una cabina. Se quedó esperando dentro del automóvil. Desde la
posición elegida, ambos podían observarse sin esfuerzo. Jorge sonreía
mientras hablaba por teléfono, manteniendo abierta con una mano, a causa del
calor, la puerta del pequeño locutorio. De lejos, creyó poder leer el
pensamiento de Elena: «Demasiado rato para pedir únicamente una
dirección». La vio encender un cigarrillo, nerviosa.
—¿Qué contaba ésa para que hayáis estado hablando tanto tiempo? —le
preguntó Elena.
—Nada, sólo me ha hecho una pequeña advertencia. —Jorge se sentía a la
vez alarmado y disgustado ante la creciente vulgaridad que iba advirtiendo en
su esposa—. Ha dicho que tengamos cuidado al pulsar el timbre o que al subir
en el ascensor no nos equivoquemos de piso. En el cuarto derecha hay una
casa de masajes: «Flirt».
Elena, que conducía siempre con una sola mano, intentó aplastar con la
otra el cigarrillo en el cenicero; la brasa cayó en su vestido y ella, con gesto
rápido, la arrojó al suelo, donde la pisoteó sin perder el dominio del

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automóvil. No encontraron sitio para aparcar en la calle y tuvieron que dejar
el coche en un parking. Elena le dio el resguardo a Jorge.
—Guárdalo tú, yo no llevo bolsillos.
El piso de Inés, que no estaba en Pau Claris sino en Roger de Lluria, le
recordaría a Jorge uno de esos palacetes romanos que tanto abundan en el
llamado centro histórico de la ciudad italiana, que tras sus fachadas
desconchadas, ocres, amarillas, cenicientas, ocultan un interior lujoso
totalmente remozado. Ni la sucia fachada del edificio, corroída por el paso del
tiempo, ni la sombría escalera con descansillos entre piso y piso, permitían
presagiar lo que era el interior de la vivienda, restaurado y modernizado pero
conservando algo del gusto de la vieja burguesía catalana: nada de muebles
blancos de interior ni grandes mesas de cristal con patas metálicas; la única
concesión, aunque un tanto envejecida ya, consistía en unos sillones de
mimbre de respaldo alto. Por lo demás, el piso, cuya superficie superaba los
trescientos metros —pues Inés había ordenado derribar el tabique de
separación entre el piso izquierdo y el derecho haciendo de los dos uno solo
—, había acogido a un numeroso grupo de personas. Y a medida que la tarde
fue decayendo, obligando a utilizar la luz eléctrica, la casa se llenó más
todavía. Sonaba música de Mozart, semiahogada por el aturdidor murmullo
de los invitados.
—Ése es el destino de la música: servir de fondo sonoro para una fiesta o
para el anuncio de un producto —cuchicheó Jorge al oído de Elena, quien le
correspondió con una expresión de fastidio. «No seas aguafiestas», le dijo.
Los invitados se habían distribuido por las diferentes habitaciones, y dos
camareros recorrían infatigablemente el piso ofreciendo, uno, una bandeja con
canapés, y otro una bandeja cargada de vasos con whisky y copas con cóctel
de cava. Jorge cogió casi al vuelo uno de los vasos.
—Regla primera de una fiesta —dijo Elena—: no permanezcas mucho
tiempo en ella con la persona con la que has ido ni con la anfitriona: no es de
buen tono.
Dando una palmada en la mano de Jorge, echó a andar pasillo adelante
desapareciendo en otra habitación. Jorge se quedó solo, sin saber qué hacer,
con el whisky en la mano. A su llegada, Inés les había saludado efusivamente,
besándoles en las mejillas, pero luego había desaparecido y hacía rato que no
la veía. Agitó con nerviosismo el vaso, removiendo sonoramente los cubitos
de hielo, y con sensación de ridículo miró a su alrededor en busca de un rostro
conocido. Había hombres y mujeres de distintas edades, aunque por lo que
podía ver predominaban los de treinta a cuarenta años, haciendo todos, ellos y

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ellas, alarde de buenos modales. Jorge se preguntó de qué estarían hablando
con tanta animación. Sus risas eran excesivas, artificiales. Incluso le
parecieron afectados al comer y beber. Ya empezaba a aburrirse y a
preguntarse dónde estaría Elena, pensando en encontrar la manera de
marcharse pronto de allí sin llamar demasiado la atención (¡cómo llamarla
entre tantas personas!), cuando se sintió cogido repentinamente por un brazo.
—No permito que nadie se aburra en una fiesta mía —le dijo Inés.
—Oh, no…
Iba a decir que no se estaba aburriendo, pero se quedó callado al darse
cuenta de que su negativa formaría parte del mismo espectáculo que tan
aborrecible le resultaba. Sonrió confundido, reflejando su malestar en esa
sonrisa.
—Un profesor no debe mentir delante de su alumna —dijo ella—. Hoy
estás bajo mi tutela, y mis órdenes son distensión y desenfado. Ven conmigo,
te presentaré a algunos amigos. —Tiró de él casi a la fuerza—. ¿Y Elena?
—Se ha lanzado a descubrir territorio por su cuenta. A ella le encantan las
reuniones.
—Una manera elegante de decir que a ti no.
Jorge hizo un gesto ambiguo y sometió a Inés a una meticulosa
observación mientras se abría camino, él con ella, distribuyendo sonrisas. Era,
sin duda, una mujer hermosa a la que el paso de los años no sólo no había
maltratado sino que había depositado en ella una pátina de madurez que, de
alguna manera, le confería una personalidad más atrayente. Vista en su casa,
¿y en su medio natural?, parecía acaso más segura de sí de lo que daba a
entender en las clases. Jorge pensó que el único punto débil de esa mujer
debía de radicar en su escasa capacidad para saber discernir entre sus
aficiones y sus caprichos, para elegir con cuidado lo que realmente deseaba
hacer y saber entregarse a ello con todas sus fuerzas. Pero para lograrlo —se
dijo Berlinés— hacía falta cultivar asiduamente el autoanálisis, ejercicio que
Inés no parecía haber practicado pues de lo contrario habría renunciado a
tiempo a la música, del mismo modo que supo renunciar a la pintura cuando
comprendió que debía hacerlo. Aquella tarde derrochaba encanto. Llevaba
con gracia un sencillo y holgado vestido azul sin tirantes, y casi no se había
maquillado. Llevado de la mano por ella empezó el carrusel de
presentaciones. Algunos de los nombres le resultaban conocidos a Jorge,
aunque no hubiera sabido decir de qué, pero poco después ya los había
olvidado o confundía qué nombre correspondía a qué rostro en el reparto de
identificaciones, rebautizando a Pere con el nombre de Ramón y a Ramón con

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el nombre de Marcos y a Marcos con el nombre de Robert. Le sucedía
siempre que le presentaban a alguien, y el problema era mayor cuando se
trataba de una presentación múltiple, como aquélla, confusión de identidades,
olvido de nombres, que él atribuía a su falta de interés hacia los presentados
(Elena Llovet habría dicho abruptamente que era fruto de su egoísmo, o una
prueba de su congénita incapacidad para hacer relaciones públicas).
Reconoció que era poco habitual que una persona que dedica o quiere dedicar
su vida a una práctica artística tuviese tan mala memoria —o quizá tanto
desinterés— a la hora de recordar rostros y nombres, cuando hasta los más
mediocres arribistas llevan su agenda repleta de nombres «útiles». ¿Quién
sabe si, llegado el caso, el señor ABC o el señor XYZ no podrían hacer un
favor? ¿No podría RST actuar como intermediario para gestionar un estreno?
¿Ese hombre maduro con gafas juveniles y traje de Ermenegildo Zegna no era
crítico musical del periódico El País? Su táctica era un desastre, admitía
Berlinés, pero era la suya, y no quería renunciar a ella.
No advirtió que Inés le había dejado solo en medio de un grupo de
desconocidos recién presentados (y, por lo tanto, reincorporados al anonimato
del que ella había intentado vanamente extraerlos) hasta que se volvió en su
busca para hacerle un comentario. Un barbudo grueso, literalmente embutido
en un traje de verano y que llevaba en la mano una copa del cóctel de cava, le
estaba preguntando por su trabajo. Había comenzado por el inevitable e
irritante «así que eres músico…», el cual hacía presagiar que se avecinaba un
aluvión de preguntas, como así sucedió; sin darle tiempo a que respondiera
una a una, le preguntó qué música componía, si había estrenado alguna cosa,
si le interesaba la música rock, si creía en el futuro de la música fuera de los
ámbitos del pop y del rock, si no era de la opinión de que el uso del jazz en la
música de concierto estaba demodé…, un completo interrogatorio del que el
atribulado Berlinés infirió que se encontraba delante de un periodista. Le
contestó con evasivas, al tiempo que iniciaba un tímido intento de retirada.
Pero el barbudo le siguió, implacable, sometiéndole con absoluta falta de
elegancia a una avalancha de nuevas preguntas: ¿cree-que-Stravinsky-ha-
tenido-sucesor? ¿No-le-parece-urgentísimo-encontrar-una-salida-al-
actual-«impasse»-de-la-música? Jorge comprendió que no le quedaba otro
remedio que soportarlo durante un rato, si no quería dar un espectáculo
diciéndole abiertamente que le dejara tranquilo. La providencial aparición de
Inés interrumpió el interminable cuestionario.
—Veo que ya os conocéis… Creo que vais a tener mucho de qué hablar;
Tomás es un fervoroso de la música, un profundo conocedor, un experto.

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—Ya me he dado cuenta —Jorge intentó mostrarse amable pero el tono de
su voz no le ayudó—. Lamento, sin embargo, no estar en las mejores
condiciones para hablar del tema. Tengo un fuerte dolor de cabeza y estoy un
poco aturdido.
—Te buscaré un analgésico —le ofreció Inés pese a que había sonado a
falso; pero el barbudo llamado Tomás intervino.
—Es el calor… —dijo con suficiencia—, es el calor y el humo. No es
preciso que tomes ningún veneno de la farmacia, sólo un poco de aire fresco
en el balcón, te irá mejor que nada.
Jorge estaba horrorizado: de manera que aquel pelma no sólo era un
experto en el tema de la música sino también en curar dolores de cabeza… La
situación adquiría un giro insoportable. Musitó una débil excusa añadiendo
que se iba a buscar a Elena, pues prefería volver a casa. Más animado por
creer que estaba a un paso de verse libre del acoso, movido por la cortesía le
dijo al llamado Tomás que reanudarían la charla en otra ocasión. Confiaba en
que, como es habitual en estos casos, todo quedaría reducido a una
convencional fórmula cortés de despedida, mas oyó con horror que el barbudo
le pedía su número de teléfono. Tuvo que dárselo; y, además, tuvo que darle
el verdadero porque Inés estaba con ellos y, de no hacerlo así, se habría dado
cuenta de que estaba mintiendo. En ese momento lamentó haber aceptado la
invitación de su alumna.
—Te llamaré un día de estos —le dijo Tomás—. Me encantaría discutir
contigo mis teorías sobre por qué la música de concierto no ha sabido
conectar con la sensibilidad de los tiempos modernos.
Después de darle la mano, Jorge se lanzó a buscar a Elena por el piso. La
encontró en la habitación que estaba más concurrida, hablando animadamente
con un hombre de unos cuarenta años, de estatura media, vestido de «sport» y
con sonrisa postiza, como de anuncio de crema dentífrica: casi un estereotipo.
Le hizo una señal desde la puerta, pero ella no pareció apercibirse del
gesto o no quiso darse por aludida. Jorge sintió la imperiosa necesidad de
marcharse solo de allí: no tenía ganas de hablar con Elena para explicarle por
qué deseaba irse; y además, ella seguramente se enfadaría con él si la
arrancaba a la fuerza de brazos de la fiesta. Explicaciones, siempre dando
explicaciones… ¿Acaso querían convertir su vida en una sucesión
ininterrumpida de explicaciones y de disculpas? Dio unas vueltas, confuso,
por habitaciones y pasillos esquivando a camareros y a invitados, aturdido por
el rumor de las risas, buscando ahora a Inés con la intención de pedirle que le
dijera a Elena el motivo de su marcha, y se sorprendió al verla hablando a

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solas con el barbudo Tomás en la puerta del piso. Debían de estar tratando
algo importante, pues no sólo gesticulaban enfáticamente sino que ambos
estaban muy serios. Aprovechando que no le habían visto llegar, enfrascados
en su discusión, se apostó en la entrada de uno de los cuartos más próximos,
detrás de dos parejas que conversaban copa en mano, y se dedicó a
observarles. El llamado Tomás había sacado un papel de su bolsillo y se lo
mostraba a Inés agitándoselo ante el rostro. Ella alzó los hombros con
indiferencia; él volvió a guardarse el papel, abrió la puerta y se marchó
cerrándola de un golpe. Inés se apoyó de espaldas contra el acolchado; era
obvio que estaba preocupada, su expresión la delataba; incluso parecía más
vieja. Se acercó a ella.
—¿Puedes hacerme un favor? Dile a Elena que me he ido —le dijo; y ante
la mirada de extrañeza de Inés añadió—. No me parece bien obligarle a
abandonar tu fiesta tan pronto.
¡Otra explicación!
—Lo haré, pero más tarde… —dijo Inés inesperadamente, recobrando su
compostura—. Antes voy a hacer otra cosa: te llevaré yo misma a casa.
Fue inútil que Jorge protestara
—«estufiestayseríaunadescortesíaparatusinvitados»—, pues Inés se mostró
resuelta a acompañarle.
—Estaré ausente apenas media hora —dijo—. Espérame, voy a coger las
llaves del coche.
Eso le hizo recordar a Jorge que guardaba el ticket del garaje donde
habían aparcado el automóvil. Se lo dio a Inés cuando regresó, al cabo de
unos minutos, pidiéndole que se lo entregara luego a Elena.
Inés guardaba el coche en el mismo garaje, oscuro y maloliente, atendido
por un hombre con un ojo de cristal. Salieron enseguida del lúgubre sótano.
La mujer conducía con aplomo, rápidamente, con los ojos entornados.
—¿Qué te ha parecido Tomás Gómez? —le preguntó Inés tras un largo
silencio.
—No sé, ¿en qué sentido lo dices?
—Engaña un poco… A veces habla demasiado, pero es una persona culta
y agradable.
—Sí —repuso Jorge—, sí lo es.
Inés le miró de reojo chascando la lengua.
—Sigues mintiéndome; no es cierto, no te parece nada agradable. —Hubo
de nuevo un largo silencio que ninguno se decidió a romper hasta que Inés
tuvo que detenerse en un semáforo—. Sin embargo tienes que hablar con él.

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Va a proponerte algo que puede interesarte; algo… relacionado de cerca con
la música.
—Lo único que me interesa con relación a la música es poder estrenar —
dijo él con cierta amargura; se estaba sintiendo como si fuera el depositario de
toda la tristeza del mundo.
—Quién sabe, tal vez pueda ayudarte.
Por primera vez esa noche Jorge manifestó algún interés hacia la persona
de Tomás Gómez.
—Pero yo no puedo contarte nada —prosiguió Inés—. No estoy
autorizada a hacerlo, es forzoso que te lo explique él personalmente…
Escúchale.
—¿Tan conveniente es que lo haga?
—Puede serlo —afirmó ella, cada vez más seria—. Ya hemos llegado.
Detuvo el coche delante de la casa, con un estridente chirrido de
neumáticos, mas Jorge no hizo ningún movimiento para salir. Mientras él se
frotaba el rostro con las manos, como si pretendiera despejarse o aliviarse de
algo que le oprimía, ella encendió un cigarrillo. Estaban cerca de un
contenedor cargado en exceso que despedía un repulsivo olor a alimentos
corrompidos.
—¿Quieres algo más para Elena? —preguntó Inés, exhalando una
bocanada de humo dulzón.
—No, no quiero nada más para Elena, lo que sí me gustaría saber es qué
estás tratando de decirme hace un rato.
—¿Sinceramente?
—Sinceramente.
—Como gustes… Seré sincera, pues: creo que estás echando a perder tu
vida. De persistir en tu actitud será difícil que consigas dar a tiempo el giro
que necesitas. Pero debes saber que hay personas que pueden ayudarte a
cambio de algún favor…, muy bien pagado por otra parte.
—Estás hablando como en una película policíaca de tercera fila: de
persistir en tu actitud…, pueden ayudarte…, a cambio de algún favor…, bien
pagado… ¿Ésa es tu forma de hablarme con sinceridad?
—Ya te he dicho que estás malogrando tu vida.
—Vaya, te agradezco la información, de verdad, no me había percatado
de ello. —Se volvió a mirar hacia la acera desierta, enfadado.
Inés hizo avanzar el coche unos metros para alejarse del contenedor.
—Jorge, no se trata de nada sucio —aplastó a medias el cigarrillo en el
cenicero sobrecargado de colillas—. Te doy mi palabra de que todo se dirime

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en el terreno puramente artístico.
Había reclinado su cabeza contra el respaldo, entrecerrando los ojos; el
humo que, proveniente del cenicero, se paseaba en torno a su rostro le
confería un aura misteriosa, vagamente turbadora. Se pasó la lengua por los
labios. ¿Qué estaría intentando comunicarle?, pensó Jorge.
—Debo irme ya —dijo Inés, abriendo los ojos.
—¿Y no vas a explicarme nada más?
—¿No te has fijado en que nos estaban siguiendo?
Jorge se volvió instintivamente a mirar hacia atrás, pero ¿cómo distinguir
el coche de alguien que te sigue entre tantos otros coches aparcados hasta en
doble fila?; más aún, ¿por qué esa inveterada manía de mirar hacia atrás si el
vehículo que te sigue puede estar delante?
—En el momento en que bajes yo arrancaré. Entonces verás a Tomás
Gómez. Habla con él, pero sobre todo escúchale. Es todo lo que puedo
decirte. —Besó a Jorge en una mejilla y giró la llave de contacto—. No te
preocupes por Elena, le diré que ya estás en casa.
¿Habría notado su ausencia?
Casi no le dio tiempo a bajar del coche. Después, todo aconteció tal como
había anunciado Inés: el automóvil se alejó e, inmediatamente, el llamado
Tomás Gómez surgió de entre la oscuridad; una aparición efectista, como la
del divo que irrumpe en escena conocedor de la expectación con que está
siendo esperado, que hizo parpadear a Berlinés.
Una cosa para mí desconcertante es que cuando Jorge Berlinés me contó
la conversación que mantuvo con Tomás Gómez (hubiera servido lo mismo
John Brown), un nombre que encubría a una persona cuya identidad no quiso
revelarme, se mostró mucho menos detallista y comunicativo que con ocasión
de describirme el desarrollo de la fiesta de cumpleaños de su alumna Inés y su
posterior charla con la mujer en el coche (me los refirió tan pormenorizados
que he tenido que reproducirlos con algunos recortes). Al comentárselo, me
respondió que lo había hecho por precaución, para que me viera implicado lo
menos posible en el asunto, lo cual se contradecía con su manifiesto propósito
de hacerme su confidente puesto que, si no deseaba implicarme, ¿qué
finalidad tenía su confesión, si se desestimaba desde el principio esa vieja
idea del «alivio de conciencia»? Como quiera que fuese, Berlinés no entró en
demasiados detalles con respecto a su entrevista con Tomás Gómez. En
sustancia, lo que éste vino a decirle fue lo siguiente:
Tomás «Gómez», o «Tomás» Gómez, o mejor aún «Tomás Gómez»,
actuaba en representación de alguien que deseaba hacerle una propuesta: la de

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escribir una composición al modo mozartiano. Al parecer, se trataba de un
excéntrico multimillonario que había consagrado su vida a la música de
Wolfgang Amadeus Mozart. Poseía la mayor colección conocida de discos,
cassettes y grabaciones en directo procedentes de todo el mundo, y sabía de
memoria toda la música de Mozart que hubiera sido interpretada alguna vez
en público o en privado. Completaba su colección un vastísimo repertorio de
charlas, coloquios, seminarios, mesas redondas y entrevistas sobre temas
mozartianos, incluyendo declaraciones de Karl Böhm, el que fuera uno de los
mejores conocedores del así llamado genio de Salzburgo. Pero, como le
sucede fatalmente a todo coleccionista que atesora recuerdos o reliquias de un
muerto, llegó un momento en que la satisfacción cedió paso al descontento
porque ya lo tenía todo (y en ése todo se incluían también los resultados de
sus pesquisas, generosamente retribuidas, a lo largo de los cinco continentes:
«Sólo una manera de hablar —según Tomás Gómez— porque maldito lo que
podía conseguir de Mozart en África»), y súbitamente había comprendido que
su existencia carecía de razón de ser si ya no contaba a diario con el aliciente
de poder incorporar algo nuevo a su colección, es decir, algo que no fueran
nuevas grabaciones de las músicas de siempre. El hombre había entrado luego
en una fase de aguda melancolía que le llevó a repudiar vida y fortuna, porque
ni una ni otra le servían para nada en lo que para él se había convertido en el
único objetivo de su existencia. Y su psicólogo, le dijo a Berlinés el tal
Gómez, le apuntó una solución hasta cierto punto original que podría ayudarle
si ponía también él algo de su parte, si no existía más música de Mozart,
oficialmente conocida quería decir, podría conseguir él mismo que existiera
más música de Mozart… Él con la ayuda de su dinero, claro está. ¿Cómo?
Pagando a un compositor hábil para que se la escribiera; un encargo; por
capricho; por diversión; como ejercicio; como ensayo; para alegrar los
últimos días de un anciano, si se quiere… Siguiendo el consejo de su
psicólogo, dicho multimillonario, a quien el desconocido Gómez denominó
Mr. Wolf, nombre también desconocido para Berlinés, había iniciado las
gestiones para conseguir que un compositor le escribiera música a la manera
de Mozart. Para ello había delegado en cinco personas de su confianza: un
británico, un italiano, un austríaco, un alemán y un español; el español era
Tomás Gómez, quien le propuso a Jorge Berlinés el pago de una importante
cantidad de dinero —el músico jamás me dijo cuánto— si le escribía una
composición que pareciera escrita por Mozart; la cantidad sería mayor cuanto
mayor fuera la entidad o la enjundia de la obra compuesta. Mr. Wolf daba por
sobreentendido que nadie en el mundo, absolutamente nadie, sería capaz de

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llegar a escribir hoy una ópera mozartiana —empresa sobrehumana por la que
hubiera dado toda su fortuna—, pues ¿qué talento puede componer hoy algo
semejante a «La flauta mágica», «Las bodas de Fígaro», «Don Giovanni» o
«Così fan tutte»?, pero a partir de allí la oferta era tentadora, aunque fuera en
escala decreciente, comenzando por misas y sinfonías, siguiendo por
cuartetos, conciertos y sonatas, y acabando por serenatas, caprichos o
divertimentos.
Había más aún; consciente del esfuerzo que para un músico representaba
renunciar durante un tiempo —el que la composición le llevara— a su estilo
personal, el multimillonario Mr. Wolf había dispuesto una especie de
gratificación suplementaria: como ninguno de los músicos llamados
consagrados aceptó su oferta, tuvo que extenderla al ámbito de los poco o
nada conocidos, e incluso al de los primerizos —listas entre las que figuraba
Jorge Berlinés—, ofreciéndoles la contrapartida de gestionar él, Mr. Wolf,
personalmente, el estreno público de una de sus obras en alguna de las
principales salas de concierto de Europa. A cambio de ello, la partitura
compuesta pasaría a ser de propiedad privada de Mr. Wolf, quien encargaría
su interpretación a una buena orquesta, guardándose la grabación en su
colección de cassettes. En definitiva, o recapitulando —había dicho Tomás
Gómez, por más que no se tratara de una recapitulación sino de una
insistencia—, lo que estaba proponiendo era que Jorge Berlinés escribiese
algo mozartiano a cambio del pago de unos honorarios elevados y del
posterior estreno público de una de sus obras.
(Se puede hacer algo a la manera de Mozart —había argüido Jorge
Berlinés, interesado—, pero no como Mozart. De eso se trata precisamente —
fue la réplica de Tomás Gómez—: de acercarse lo más posible a Mozart: ésa
era la prueba: ésa era la única condición).
Debía quedar bien entendido desde el principio que, si aceptaba la oferta
—cosa que no dudaba que haría, dijo Tomás Gómez—, la composición que
escribiera sería sometida a la aprobación primera del seleccionador y luego a
un riguroso análisis por parte de Mr. Wolf, quien era el encargado de dar el
visto bueno. Si la obra era aceptada —de lo que Tomás Gómez no dudaba
tampoco—, tendría que explicarle también el proceso mediante el cual había
llegado a componerla —efecto ilusión—; y en el momento de su aceptación
recibiría el dinero en efectivo —nada de talones o de cheques, nada de
transferencias bancarias. El músico no arriesgaría nada porque, aun en el caso
de que la música mozartiana fuese rechazada por Mr. Wolf, éste le
recompensaría por el esfuerzo y por el tiempo perdido con otra cantidad,

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menor, de dinero. ¿Qué podía perder aceptando? Nada, o, mejor dicho,
arriesgaría perder una ocasión única para ganar dinero y para estrenar una de
sus composiciones.
Con el paso de los años, Jorge Berlinés se había convertido en una
persona suspicaz, y aunque la oferta le atraía —de hecho había decidido
aceptarla—, quiso saber, antes de pronunciarse en un sentido o en otro, por
qué le habían elegido a él entre tantos músicos que podrían haber aceptado y
cumplimentado el encargo, ya no sólo españoles sino también extranjeros. La
respuesta estaba en Inés: su alumna Inés, conocedora de las gestiones que
Tomás Gómez estaba haciendo para encontrar al músico adecuado para
transmitirle la oferta. Ella había ido a sus clases para tantear el terreno, por
encargo de Tomás, y le había explicado a éste que Jorge Berlinés parecía el
hombre indicado. Además, sus referencias del Conservatorio Piccini eran
inmejorables. Pero debía saber, asimismo, que no era el único músico a quien
le había hecho la misma proposición —no citó nombres— y que, por lo tanto,
debía esforzarse en hacerlo de la mejor forma posible.
Jorge Berlinés no veía claro el fondo del asunto; la historia del enigmático
y excéntrico millonario le sonaba a falsa: a algo más propio de épocas pasadas
que de la que estaban viviendo; y sospechaba que la verdad debía de ser otra,
silenciada por el desagradable Tomás Gómez —cuya transpiración había
mojado las axilas y la espalda de su ceñido traje de verano—; pero, por otro
lado, el hecho de saber que Inés, su aplicada y voluntariosa alumna, estaba
implicada en el tema despojaba a éste de algo de su turbiedad, aunque el
auténtico trasfondo siguiera para él oculto. Posiblemente la propia Inés fuera
más explícita la próxima vez que volviera a hablar con ella… El hecho es que
aceptó; pese a todo, aceptó la oferta allí mismo, en la calle, a las cero horas
veintidós minutos de la madrugada de un caluroso día de verano.
¿En la calle? ¡Curioso lugar para servir de marco a tan insólita
conversación! En efecto, Jorge Berlinés y Tomás Gómez habían estado
hablando todo ese tiempo en la calle… El compositor declinó el ofrecimiento
que le hizo Tomás Gómez de ir a hablar a un sitio refrigerado, quizá a una
cafetería, y no quiso invitarle a subir a su piso. Hablaron sobre todo aquello
que he dicho, mientras subían y bajaban andando por la acera, haciendo cada
vez más restringido el círculo de sus movimientos, como si el mutuo
entendimiento hubiera ido creando simultáneamente en ellos la necesidad de
reducir el ámbito de su desplazamiento físico, encerrándose poco a poco en
un círculo vicioso que no se atrevían a romper o del cuál no sabían salir,
náufragos de nueva calle de la Providencia.

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El llamado Tomás Gómez no quiso pedir fechas concretas para la entrega
de la partitura mozartiana, pero solicitó, al menos como orientación, que se
concretara un día determinado para establecer un contacto telefónico, el cual
fue acordado para dos semanas después de aquella entrevista nocturna de aire
furtivo, como de reparto de secretos. Luego, el gordo y barbudo Tomás
Gómez desapareció tan misteriosamente como había surgido del oscuro fondo
de la noche, dejando a Berlinés satisfecho por haber aceptado, sí, pero
también dubitativo por haberlo hecho sin reflexionar: lo que se llama aceptar
a ojos cerrados. Justo entonces, y cuando ya se disponía a volver hacia su
casa, vio un Land Rover aparcado delante de ella. Dentro estaban Elena y el
hombre con quien la había visto hablando poco antes de marcharse de la
fiesta. Seguían conversando y sonriendo, y de vez en cuando Elena se pasaba
una mano, dedos cerrados, por el cabello o se apartaba un mechón rebelde de
la frente, con falsa naturalidad, es decir, con estudiada afectación, un gesto
consustancial a la especie femenina que provocaba el efecto de exasperar a
Jorge, quien se detuvo en un portal para espiar a la pareja: el hombre se
pasaba, también él, una mano por el cabello revuelto, dedos abiertos,
revolviéndolo aún más, sin dejar por ello de hablar; los gestos de ambos sobre
su cabello se asemejaban a un ritual seductor animal; ella le escuchaba
aparentemente concentrada, él se pavoneaba… ¿De qué estarían hablando?
Una pareja pasó entonces por delante del portal en el que Jorge se hallaba
apostado, y hombre y mujer le miraron con desconfianza: la oscuridad no sólo
no le protegía de las miradas ajenas sino que desvelaba su condición de
mirón, de observador, de espía. Cuchichearon. Esperaba que no se les
ocurriera avisar a la policía; Jorge sintió un aguijonazo de malestar en la boca
del estómago, al tiempo que notaba el deslizamiento de unas gotas de sudor
por la espalda. Se iluminó una de las ventanas de la casa de enfrente; al mirar
hacia allí, Jorge comprobó que alguien —hombre o mujer, no hubiera sabido
determinar su sexo— le estaba observando a su vez desde una de las ventanas
oscuras, un bulto humano agazapado entre la maraña de macetas. Él mismo se
dio cuenta de que su comportamiento podía resultar sospechoso a los ojos de
cualquiera que hubiera estado espiando sus movimientos desde un
observatorio improvisado, balcón o ventana, o no tan improvisado,
observatorio habitual, ventana o balcón, de quien vive pendiente de los
demás: primero había paseado de arriba a abajo por la calle durante más de
media hora —¿una hora quizá?— en compañía de un individuo de grotesco
aspecto; luego se había apostado subrepticiamente en un portal para espiar a
una pareja sentada en un Land Rover aparcado delante de una de las casas de

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esa misma calle. ¿Qué estarían pensando de él quienes le observaban? ¿Le
tomarían por un atracador estudiando el terreno o por un mirón en busca de
objetivo? ¿Debería decirles: disculpen, disculpen, perdónenme, no soy una
cosa ni otra, sólo estoy intentando averiguar la conducta que sigue mi esposa
con el hombre que la ha acompañado a casa en su coche, quiero saber cuál es
la actitud que adoptan, sólo eso…? Una manera de obrar muy poco
civilizada…
Disculpas, continuamente pidiendo disculpas por lo que hacía:
desasosegante impresión de estar vigilado día y noche en un mundo que no
conoce la intimidad.
¿Por qué no salir al centro de la calzada, fuera de la zona de sombra, y
gritar y correr y saltar y acercarse a ellos y quejarse de todo y de todos, como
era su deseo? El hombre —que a pesar de la noche llevaba puestas gafas de
sol a la moda— besó a Elena en una mano llevándosela a los labios, a
continuación en una mejilla, más tarde… Berlinés cerró los ojos y los abrió
cuando el arranque del Land Rover disturbó el callado ambiente de la noche
de verano. El sudor seguía deslizándose por su espalda, diría Berlinés, nunca
hasta entonces había sudado tanto, «parecía que las babosas reptaran por mi
espinazo…». Elena había entrado en el portal —le llegó el destello de la luz
del patio— y el disonante Land Rover limonado era ya un elemento
desvanecido en un paisaje en continua mutación. Abandonó su refugio
pensando en todo a la vez y en nada en concreto: en la expresión de Elena, en
la avidez sexual que aun de lejos se leía en el rostro del acompañante de
Elena, en Tomás Gómez y su estrecho traje veraniego con manchas de sudor
en las axilas, en Mozart y en sí mismo…, sin saber qué sentimientos se
imponían con más fuerza a otros, sin saber qué era bueno y qué era malo, sin
saber qué debía hacer y qué no debía hacer. ¿No le habría dado excesiva
importancia al incidente, cuando él mismo había llegado antes a la puerta de
su casa acompañado en coche por una mujer que no era Elena? ¿No tenía
derecho Elena a ser acompañada igual que él? Pero también… ¿No había
concedido demasiada significación a la música en su vida descuidando sus
relaciones con Elena? ¿No había quebrantado también él su juramento de
devoción a la música por el amor azaroso y variable de una mujer, y a la
mujer por la dilección a ese arte etéreo y fugitivo que es la música? Los
pensamientos se agolpaban, sofocándole, aturdiéndole, como sucede a veces
cuando, sorprendidos en estado de extrema debilidad o vulnerabilidad, no
podemos controlarlos y llegamos a pensar que la acumulación de ideas, de
imágenes, de sensaciones, de reflexiones, nos sitúan al borde de la demencia.

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… Tal vez sólo fuera una forma de saludo, se han conocido, han
simpatizado, «mi marido se ha ido a casa», «te llevo», «No, tengo el coche en
el garaje», «es igual, te llevo», charla, besito en la mejilla, ahora se besa
mucho, tanto como se habla demasiado y sin sustancia, por otra parte a Elena
parece gustarle abandonar las fiestas en coche ajeno, o andando, pero dejando
siempre su vehículo allí donde lo aparcara al llegar, rechazado como basura,
teatro, sólo teatro, así la conoció él; no le des vueltas, son fantasmas, piensa
más bien si no habrás traicionado tu ideario aceptando el encargo de escribir
una obra mozartiana, tú eres Jorge Berlinés no eres Wolfgang Amadeus
Mozart, dudas, terribles dudas, ¿no vas a consentir con tu aquiescencia otra
forma de corrupción musical en estos años de podredumbre del arte de la
armonía? «El artista —me dijo Berlinés, resumiendo su pensamiento, cuando
me habló de aquella noche tan decisiva en su vida— sólo tiene razón de ser si
es fiel a sí mismo, sin inquietarse buscando coartadas para lo que hace, ni
preocuparse de que su obra tenga amplia repercusión en la sociedad en que
vive; más aún: desconfía del llamado artista que teorice bien, en apariencia,
sobre su práctica». ¿Idealismo? ¿Fidelidad a los principios personales?
¿Confusión?
Le costó más que ningún otro día recorrer el corto tramo de calle que le
separaba de su casa; andando, miraba al cielo y se sentía empequeñecido,
atormentado, convencido como estaba de que con su consentimiento de
usurpar a Mozart un lenguaje que sólo a éste pertenecía, aun después de
muerto, para satisfacer la locura de un viejo coleccionista, un maniático sin
duda, había dado el primer paso para negarse a sí mismo. Todavía estaba a
tiempo de rechazar la oferta, pero ¿era conveniente para él hacerlo? Le habían
prometido dinero y un estreno; con un poco de suerte se acabarían las clases
para adolescentes con acné que tocaban a Schubert pensando en The Joker
and the Devils y su Boo Boo Ships, quizá después podría dedicarse
plenamente a sí mismo… Fue en ese momento, me confesaría, cuando fijó la
mirada en sus pies, uno, otro, uno, otro, uno, otro, que con su sencillo
automatismo le iban acercando cada vez más a su casa, sólo echar un pie,
luego otro… ¡Qué simple es en realidad el ser humano, la profundidad sólo es
una máscara vanidosa! —pensó, me dijo—. Primero un pie, luego otro, ésa es
la manera de movernos, de desplazarnos, sí, qué tontería, qué simpleza, qué
pequeño y fútil parece todo, cuánta soberbia derrochada por una maquinaria
tan elemental, ¿es el disfraz de la trascendencia el objetivo de la vida?
Pensando en ello, todos sus problemas se minimizaron hasta desaparecer
devorados por el cálido nocturno, mientras paseaba su vista en panorámica

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desde el titilar de las estrellas hasta sus pies, desde la porción de infinito que
veía en el firmamento hasta la porción de nada que veía en la punta de sus
vulgares zapatos. Y se llamó a sí mismo histriónico por haberse sentido tan
ridículamente trascendente. Sonrió y por fin se echó a reír, sin importarle que
alguien, paseante o vecino apostado en ventana o en balcón, pudiera verle reír
de ese modo, como un borracho escéptico de su propia borrachera.

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EL MECENAS DE LOS MUERTOS

Cuando Sexperation apareció en el mercado libresco internacional, la crítica


saludó la novela con fría corrección como a un Henry Miller menor. Tal
frialdad generalizada en el recibo de la novela puede explicarse por el hecho
de que la cotización del valor Henry Miller en la Bolsa de la crítica había
bajado unos enteros en los últimos años y porque yo, Vicente Ayala, aunque
llevé a cabo mi trabajo lo mejor que pude, no era Henry Miller sino un
español que trataba de imitar lo mejor posible al americano Henry Miller. Una
cosa es concebir una novela para Graham S. Barker, un autor del que,
literariamente hablando, nadie espera nada (salvedad hecha del cine, que
aguarda con avidez sus argumentos para adquirirlos y llevarlos a la llamada
pantalla grande, pero eso es otra cuestión), sólo, acaso, una rápida y cómoda
lectura de viaje y un par de escalofríos placenteros, y otra cosa muy diferente
escribir una novela de Henry Miller, no por ser una empresa imposible sino
porque Miller tiene sus especialistas, tiene sus estudiosos, y es un autor en el
que muchos rastrean calidad literaria, aunque sea a través de una novela de
juventud milagrosamente rescatada de uno de los cuartuchos de un viejo
burdel parisino listo para ser demolido; diciéndolo de otra forma: es más
arriesgado. También, es cierto, aparecieron algunas críticas elogiosas; pocas,
no obstante; en España hubo una opinión entusiasta vertida en el suplemento
literario de un periódico de gran tirada, en la que se afirmaba que Sexperation
se situaba «entre lo más destacado de su autor», lo que, lógicamente, me
envaneció.
Tras casi un año de laborioso trabajo, que dejó en mi rostro visibles
ojeras, la breve novela (114 páginas) fue leída por Thomas Hardke, quizá
también por su esposa Anne; y yo, Henry Miller redivivo para la ocasión,
recibí pronto su beneplácito. La técnica, o, por usar una expresión tan
repugnante como el propio caso, el sistema que seguí para lograrlo no tiene
excesiva importancia ahora, pues no se trata aquí de impartir un cursillo
acelerado sobre cómo elaborar un «pastiche», tarea más fácil de lo que parece
tratándose de un autor poco conflictivo como Henry Miller —¡con Malcolm

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Lowry sería impensable!—, sino de desvelar la existencia y los modos de
trabajo del grupo de falsificadores. Lo cierto es que conseguí la aprobación de
los Hardke y que el libro no tardó en salir al mercado después de sufrir un
último retoque a manos de un norteamericano especialista y de haberse
aireado en la prensa de medio mundo la noticia del hallazgo del inédito
original. Consecuentemente, yo percibí cien mil dólares contantes y sonantes,
como suele decirse con esa vulgaridad con que siempre se habla al referirse al
dinero, los cuales, añadidos a mi fondo neoyorquino, hicieron de mí el mejor
pagado de los escritores sin obra publicada.
Se impone una confesión intermedia antes de seguir mi relato. Entre
Castle and Wilkinson y Mr. Thomas Hardke, entre Graham S. Barker y Henry
Miller, me había aficionado al dinero. Lo reconozco. Y a pesar de que ya
tenía el suficiente o el necesario para vivir bien durante una larga temporada
—que otro cualquiera en mi lugar habría aprovechado para poner un poco de
orden en su vida—, una temporada que, de haber sido coherente, podría haber
invertido en enfrentarme a la escritura de una novela personal, firmada con mi
nombre y apellidos, no por ello dejé mi bien pagado trabajo en las oficinas
madrileñas de Castle and Wilkinson España: el trabajo no agobiaba y el
sueldo, como ya he dicho antes, era razonablemente alto. Le dije a Geoff, eso
sí, que había pensado tomarme un descanso en lo concerniente a la obra de
Graham S. Barker —lo que aparentemente no le afectó nada; después me
enteraría de que Geoff acababa de recibir por teléfono la noticia de que el
propio Barker había reaccionado por fin, enviando a la editorial una
interesantísima sinopsis de la que sería su próxima novela—, y que al menos
durante un año más no escribiría una sola línea en ese sentido. En el fondo,
había otro motivo: yo había decidido escribir, si era posible, otra novela
importante para Thomas Hardke, aunque pensaba proponerle una novela de
un escritor español o latinoamericano, a los que me sentía culturalmente más
próximo, dado que los resultados del Henry Miller no me habían parecido,
dicho sea con sinceridad, enteramente satisfactorios. Julio Cortázar quizá,
porque seguía siendo el que más vendía de todos los escritores de expresión
hispana muertos, más —creía yo— que Mujica Láinez y Carpentier juntos, y
la base del asunto era económica, como la de todos los negocios.
Al apercibirme de la imperturbabilidad con que Geoff recibió la noticia,
creí que el norteamericano sospechaba algo de lo que sucedía. Y recordé que,
con anterioridad, exactamente cuatro meses después de mi segundo viaje a la
para mí desconocida Nueva York, estando en pleno proceso de escritura de la
novela de juventud de Henry Miller, Geoff me había preguntado con tono

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confidencial, bien aprendido en alguna escuela de ejecutivos, si no había
detectado algo extraño a mi alrededor —sin especificar qué entendía él por
«extraño», quizá porque lo extraño es por naturaleza indefinido— o si había
notado como si estuviera siendo vigilado, a lo que yo, madrileño Henry
Miller, me apresuré a responder negativamente. En realidad, todo ello carecía
de importancia para mí —en el sentido de que todavía no me enfrentaba a
ningún peligro o a ningún riesgo físico—, y posiblemente las cosas no habrían
pasado a mayores si me hubiese limitado a seguir interpretando el papel de
«experto literario activo» o el de «falsificador a sueldo» y no me hubiera
vencido la curiosidad.
Llegó un momento inevitable en que la situación que estaba viviendo me
resultaba enigmática —insoportablemente enigmática, diría— y quise
averiguar más cosas sobre el turbio mundo en el que me había introducido tan
a la ligera. Para intentar conseguir más información sólo contaba, por el
momento, con ese intermediario llamado Alfredo Monterde, y cuando creí
conveniente salir de mi pasmada inactividad no tuve más remedio que recurrir
a dicho contacto, cuyos teléfono y dirección habían pasado a figurar, con
nombre supuesto, en mi agenda. Tenía un buen pretexto para llamarle: ofrecer
a Thomas Hardke otra novela falsificada.
Monterde vivía, como yo, en Madrid, y a él me dirigí cuando el deseo de
saber pudo más que la prudencia. Le llamé por teléfono para concertar una
cita y quedamos en vernos en el Comercial, un tristón café que sin duda
conoció tiempos mejores. Estando sentados ante una mesa del sórdido
interior, yo con una bebida alcohólica y él con su sempiterna botella de agua
mineral, deduje de su expresión que el encuentro no había sido de su agrado;
pero cuando, inmediatamente después de sentarnos, casi sin pausa, le expuse
los motivos que me habían inducido a verle, cambió enseguida de talante para
adoptar el de un hombre sumiso. Atendió con seriedad a lo que yo le decía,
asintiendo y mirando de vez en cuando hacia la mesa, como si la timidez le
impidiera mirarme de frente o estuviera avergonzado por alguna causa. «Lo
que me expone es bastante irregular —me dijo cuando acabé mi exposición
de motivos—; de hecho, siempre es Mr. Hardke quien toma la iniciativa, es la
primera vez que se plantea lo contrario». Su actitud era claramente indecisa;
intenté fingir que le ayudaba a tomar una determinación, aunque lo que yo
pretendía realmente era ayudarme como fuera a conseguir lo que me
proponía. «En tal caso, sería conveniente que yo mismo me pusiera al habla
con Mr. Hardke —le sugerí—. Dígame cómo, cuándo y dónde puedo verle».
Seguíamos sin tutearnos; ninguno de los dos mostraba la menor simpatía

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hacia el otro y no nos molestábamos en ocultarlo. «Lo que me pide es
imposible… Hablaré con él y ya le comunicaré cuál ha sido su respuesta.
Personalmente, creo que Mr. Hardke no se tomará la molestia de decidir en el
acto: es una persona muy ocupada y no puede dedicarse a esperar iniciativas
ajenas. No creo equivocarme si le digo que tendrá que aguardar unos días».
Aquel individuo no podía caerme peor; y no era sólo que el recuerdo que
tenía de él como perseguidor pesara mucho en mi opinión (aunque todo
contribuye): si habitualmente no soporto a las personas con mentalidad servil,
aún soporto menos a aquéllos a quienes esa mentalidad les pone en la boca
palabras que todavía no han sido pronunciadas por sus amos y señores. Quise
mostrarme burlón, distante, superior, preguntándole su opinión sobre la
novela de Graham S. Barker que estaba leyendo la última vez que nos
habíamos visto, pero me desarmó con su réplica: «Empecé a leerla por
obligación y la dejé arrinconada apenas me dijeron que ya no era preciso que
continuara leyéndola; mi curiosidad tiene un límite y estoy muy agradecido de
que me ahorraran tener que traspasar ese límite». No se puede decir que nos
despidiéramos amistosamente.
Me telefoneó una semana después. Su voz había ganado unos grados de
insolencia. «He hablado con él —me dijo; y me sorprendió que no citara
nombres, pues yo sabía que el de Thomas Hardke no era verdadero—. Su
contestación es ésta: Es posible que el asunto llegue a interesarme, pero
conviene que lo tratemos personalmente. Por desdicha, no entra dentro de mis
proyectos viajar a España durante, al menos, uno o dos años. Si quiere, puede
esperar ese tiempo; si no desea esperar, “A.M.” le dirá dónde puede contactar
conmigo». Yo podía esperar; por supuesto, pero no quería hacerlo, por lo que
le pedí a mi desagradable interlocutor los datos necesarios para localizar a Mr.
Hardke. «No por teléfono; desgraciadamente para mí tendremos que volver a
vernos», dijo, ya con abierta hostilidad.
Eludiré los detalles subsidiarios que adornaron mi nueva entrevista con el
repelente Alfredo Monterde —hora, enclave, miradas desdeñosas, tensiones
latentes— para pasar a lo esencial tratado en ella: si deseaba hablar con Mr.
Hardke antes de que transcurrieran uno o dos años debería trasladarme
forzosamente a Roma; si tan interesado estaba, él, Alfredo Monterde, me
facilitaría un número de teléfono de la capital italiana; Mr. Hardke no estaba
dispuesto a hablar conmigo por teléfono sobre el tema, por lo que sería inútil
que pretendiera ahorrarme el viaje llamándole desde Madrid o desde otro
punto cualquiera que no fuera Roma, la así llamada Ciudad Eterna,
concertaríamos telefónicamente una cita y nos veríamos en el lugar romano

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que él indicara. Ellos, que al parecer tanto prodigaban su espionaje hacia los
demás, ¿tenían miedo de ser a su vez espiados? «Sólo se trata de tomar
precauciones que nunca están de más», dijo Monterde secamente; y me
preguntó si estaba resuelto a emprender el viaje. Podría haberme evitado la
respuesta, porque tal sujeto —que ya había cumplido su cometido como
intermediario— sólo me inspiraba aversión, pero le contesté que sí, que
estaba dispuesto a ir a Roma. Lo hice porque creía que sólo se trataba de una
prueba, sólo eso que suele denominarse «un montaje de efecto», para
comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar, y que, una vez manifestara
mi intención de efectuar el viaje, A.M. me diría que no era necesario, o sea,
que podría ver a Mr. Hardke allí mismo en Madrid, o en Barcelona, o en
Sevilla, o en Aranjuez…, en cualquier caso dentro de España, y que sólo
habían pretendido verificar la medida de mi empeño. Su respuesta, sin
embargo, me dejó asombrado: «Sabía que iba a decirme que sí; no sé por qué
razón, quizá intuitivamente, lo cierto es que lo sabía…, pero mi intuición
también me está diciendo que usted sólo busca crear problemas… Usted es
turbio, me lo advierte mi experiencia, y quiero que sepa desde ahora mismo
que no estoy dispuesto a permitirlo: desvíese un paso, un solo paso, digo, del
camino trazado, o haga usted algo que no sea del agrado de Mr. Hardke, y le
aseguro que tendrá motivos para arrepentirse de haberlo hecho». La
perplejidad me hizo reaccionar estúpidamente: «¿Es una amenaza?» (admito
que fue una reacción necia). Entonces sonrió, tal y como, en mi imaginación
de lector, debieron sonreír los torvos resurreccionistas de Stevenson, y me
espetó un «por ahora no sucede nada» que me resultó altamente
intranquilizador.
Geoff reaccionó a mi solicitud de una semana de absentismo laboral como
si hiciera tiempo que estuviera esperando escuchar algo semejante. No objetó
nada a mi petición y, haciendo honor a su continuamente autovoceado
«talante liberal», me ofreció incluso que me tomara algún día más de reposo
si lo juzgaba conveniente; llegó hasta a brindarme un anticipo de mi salario.
Estuvo, como vulgarmente se dice, encantador, no sé si porque su instinto le
hacía detectar algo anómalo en mi petición o porque creía que yo estaba
atravesando una fase de agenesia en mi escritura, y se sentía obligado a
prestarme su ayuda. Esa misma tarde contraté a través de una agencia de
viajes una habitación en un hotel del llamado centro histórico romano, cerca
de la Piazza del Popolo, al lado de Via Marguta, e hice una reserva de vuelo.
El incidente que voy a relatar ahora en unas pocas líneas —quizá habría
que hablar más propiamente de «hallazgo curioso»— puede considerarse

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como un correlato de lo que era mi estado de ánimo. Antes de salir de viaje
suelo estar nervioso —no soy muy original en esto—, pero, lógicamente, aún
estaba más nervioso recordando la amenaza de Alfredo Monterde, y procuré
tranquilizarme mediante una actividad que no tuviera nada que ver con mis
trabajos habituales: me dediqué a hacer una labor de limpieza de viejos
papeles. Guardo unas carpetas en las que voy acumulando recortes de prensa
y de revistas, no tanto —como alguien podría pensar— por utilizarlas algún
día en la elaboración de un cuento o de una novela, sino para conocer años
después qué cosas me llamaban antaño la atención y, así, poder reflexionar
sobre lo que había sido mi evolución personal en materia de curiosidades
periodísticas: una forma de autoconocimiento como otra cualquiera. Procedí a
separar cuidadosamente unas páginas de otras y así fueron pasando, inertes,
los minutos hasta que de pronto encontré un recorte de prensa encabezado por
el título: «Los autores de falsos Modigliani realizan una demostración en
Barcelona». Era un reportaje aséptico de tono y sugerente de contenido, en el
que se hablaba de dos italianos, Michele Ghelarducci y Francesco Ferruci, del
denominado Equipo Modigliani, que habían acudido a Barcelona para
participar en una muestra artística. Ambos habían falsificado en Italia una
obra de Modigliani, pero alegaban que lo hicieron únicamente como «una
broma sin mala intención y sin ánimo de lucro». Excitado por el hallazgo del
recorte de periódico, repasé con curiosidad el artículo y subrayé estos
párrafos: «Su propósito al falsificar a Modigliani no era desprestigiar a los
críticos de arte ni conseguir beneficios económicos. “Nuestra máxima
ambición era salir en el diario local”, afirman inocentemente»… Parece ser
que Modigliani tiró al canal de Livorno una de sus esculturas y que el
ayuntamiento de dicha ciudad decidió iniciar unas prospecciones en las aguas
del canal para buscar la estatua. Así se crean las leyendas modernas… Tres
jóvenes —un estudiante de economía y comercio, un estudiante de medicina y
un estudiante de ingeniería— decidieron esculpir una obra que arrojarían al
canal. Lo hicieron con piedra serena, «porque Modigliani había trabajado con
piedra serena». Según se decía en el artículo, los jóvenes aprendieron las
líneas maestras de las figuras que el, así llamado, gran artista, o Gran Artista,
había grabado en sus piedras. «No copiamos una obra concreta, sino el tipo de
imagen que él hacía», aseguraban los estudiantes. La estatua fue hallada y
colocada seguidamente en el museo de la ciudad, y los críticos afirmaron que
se trataba sin ningún género de duda de una obra de Modigliani. Los
estudiantes, eso se decía, acudían al museo para escuchar los comentarios de
los visitantes, hasta que por fin decidieron dar a conocer la verdad. Mas,

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paradójicamente, la sociedad no quiso reconocer su craso error, que ponía en
cuestión conceptos tan mitificados como la personalidad artística, el
reconocimiento de la huella del artista en sus obras y la profesionalidad de
los, así considerados, expertos en arte. «Si es verdad que la habéis hecho
vosotros, ¿seríais capaces de hacer otra?», les desafiaron, molestísimos.
Tentados por la recuesta pública, los estudiantes aceptaron el reto de hacer
una falsificación en directo a través de la primera cadena de la radiotelevisión
italiana, ese organismo que se conoce internacionalmente con las siglas de RAI
. Y la hicieron en menos de seis horas… Entre sus proyectos, se decía en el
artículo, no figuraba el de dedicarse a falsificar más obras de Modigliani, pero
los estudiantes no descartaban la posibilidad de que «en broma, podamos
hacer alguna más».
¿Qué comentario puede hacerse al artículo sino que, considerando mis
últimas experiencias literarias y el móvil que me impulsaba a hacer este viaje,
fue una lectura oportuna para incitar a la reflexión? Obsérvese, asimismo, la
coincidencia: la avidez de internarme en el camino del falseamiento artístico
me llevaba también a Italia; no a Livorno —una cita con Mr. Hardke en
Livorno hubiera sido ya excesiva tras semejante lectura—, pero sí a Roma.
No obstante, no hubo reflexión por mi parte sino empecinamiento.
Al contrario de lo que sucedió en mi anterior viaje en avión, de Nueva
York a Madrid, el vuelo Madrid-Roma fue plácido y relajante y sirvió para
permitirme leer, con cierta concentración, una novela de Thomas Bernhard.
Aterrizaje y desplazamiento en taxi sin novedad. Poco después, ya estaba
instalado en mi habitación del hotel y, casi seguidamente, con ganas de
internarme por el oloroso laberinto de las callejuelas romanas. Sin embargo,
parecía como si estuviera predestinado a transitar por ciudades de magnético
atractivo sin poder ceder a la tentación de dejarme atrapar por las redes de su
encanto: esa vez, cuando nada me incitaba a apresurarme, cuando nadie me
esperaba, cuando bien podría haber dedicado unas horas o todo un día a
pasear por la ciudad, fui yo mismo quien desestimó la ocasión de hacerlo,
telefoneando inmediatamente al número que me había facilitado el
insoportable Monterde.
Pregunté por el signore Thomas Hardke y una recia voz femenina me dijo
que me había equivocado. ¿Sbagliato? Yo estaba seguro de haber marcado
correctamente las cifras. Dejé pasar diez minutos antes de volver a llamar, y
la misma ronca voz, que pronunciaba el italiano con rigidez centroeuropea,
me hizo esperar unos segundos; luego me atendió otra mujer, de impecable
acento italiano, preguntándome que deseaba; le dije mi nombre y que había

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venido de España para hablar con el signore Thomas Hardke; ella me pidió
que le dejara una dirección o un teléfono donde pudieran localizarme y no
dudé en darle los datos del hotel en el que estaba hospedado. Después de
colgar, pensé que quizá habría sido mejor telefonear de nuevo, más tarde, en
lugar de dar mi dirección. ¿Por qué? No tenía motivo alguno para esconderme
o para sentirme amenazado, es cierto, pero el recuerdo de la advertencia de
Monterde al término de nuestra última entrevista me hizo experimentar cierta
desazón.
Ni siquiera salí para cenar, pues el tema de Mr. Hardke y las
falsificaciones literarias se imponía a todo lo demás. Empezaba a estar
preocupado y algo me decía que acababa de embarcarme en una aventura
peligrosa. No sabía por qué me había empeñado con tanto ahínco en un viaje
estrambótico, y probablemente arriesgado, con la única finalidad de
entrevistarme con una persona sin la cual podía seguir viviendo y trabajando.
Tal vez lo había hecho movido a partes iguales por el atractivo de la aventura
—escribir otra falsificación— y por el incentivo del dinero —la recompensa
era de lo más estimulante—, pero sin duda alguna mi subconsciente buscaba
algo más. Qué era ese «algo más» no lo sabría, o no empezaría a intuirlo,
hasta que me entrevistara con el extraño Mr. Hardke: estaba seguro de que
hablando con él hallaría una explicación para mi conducta.
No sentía ningún remordimiento por lo que había hecho con Henry Miller
ni por lo que pensaba hacer con Julio Cortázar, escritores por los que no
siento mucho aprecio, lo que facilitaba mi tarea, igual que no lo había sentido
con respecto a Graham S. Barker. Para entonces, yo tenía absolutamente
desmitificado el mundo literario y consideraba el asunto más como una
andanza personal en un paraje inhóspito que como una revancha contra ese
universo que presume de excelso y no es sino un cubil de horribles alimañas
hipócritas y con tantos intereses creados como puede haberlos en una rama
cualquiera del comercio o las finanzas (con la diferencia de que unos juegan
sin careta en torno al tema del dinero y otros ponen por delante el pretexto
cultural para encubrir su vanidad). Además, y no se trata de valorar ahora mi
inocencia, yo no era consciente de estar cometiendo un delito contra el
Patrimonio-Cultural-De-La-Humanidad, ni cosas por el estilo. Nunca he
vivido entre mayúsculas. Había llegado a creer de verdad que las novelas que
escribía con nombre de otro eran obras mías, personales —¿acaso no lo eran
en el fondo?—, y me decía a mí mismo que si habían salido al mercado
editorial bajo un nombre distinto al mío era por la única razón de que yo había
optado por publicarlas con seudónimo; sólo sucedía que se trataba de

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seudónimos conocidos, como Barker o Miller… y quizá Cortázar. ¿Qué hay
de malo en los seudónimos? —pensaba—. ¿Acaso no hay escritores que se
ocultan bajo otros nombres en las famosas listas de finalistas en un certamen
literario para evitar que su prestigio se vea mermado si no ganan el primer
premio? Mi premio era la publicación internacional; ellos se
desenmascaraban, yo no. Escribir dos novelas con el nombre de Graham
S. Barker me había hecho contar con centenares de miles de lectores en todo
el mundo, incluso con fanáticos, esos que se denominan incondicionales;
escribiendo una novela con el nombre de Henry Miller había conseguido
centrar en mí la atención de numerosos intelectuales y de muchos críticos
literarios.
Estaba yo con este tipo de cavilaciones, intentando quizá mitigar mi
desasosiego, cuando sonó el timbre del teléfono de mi habitación. Era el
mismísimo Thomas Hardke; hubiera reconocido su voz, a un tiempo afable y
autoritaria, aunque no se hubiese identificado antes de hablar. «Estoy
encantado de poder volver a saludarle —me dijo, con una entonación en la
que nadie hubiera podido detectar otro matiz distinto al conocido—, y
dispuesto a escuchar lo que quisiera decirme. Dentro de media hora pasará mi
chófer por su hotel para recogerle. Le agradeceré que no le haga esperar
mucho».
Nada más colgar, me precipité hacia el espejo para estudiar mi aspecto.
Recordando la elegancia de Hardke, yo estaba decidido a causarle desde el
primer momento una inmejorable impresión. Volví a afeitarme, cambié mi
ropa de viaje por un traje oscuro y, aunque no utilizo gafas —tengo una vista
magnífica—, me puse unas Dunhill de montura negra y cristales sin
graduación que utilizo a veces cuando deseo cambiar de semblante. Tuve el
tiempo justo para arreglarme. Apenas había comprobado ante el espejo mi
nueva envoltura, sonó el teléfono otra vez y me advirtieron de recepción que
estaban esperándome en el vestíbulo. Lo último que hice antes de salir del
cuarto fue cambiar de bolsillo la cartera, la agenda y la estilográfica y echar
una mirada a través de la ventana hacia la gama de colores rojizos del
crepúsculo.
El hombre que me aguardaba abajo era de raza negra, iba vestido con
uniforme crema, botas altas negras, y me saludó con ampulosa cortesía.
Fuera, había caído la noche, diríase que repentinamente, como si el breve
tránsito desde mi habitación hasta la calle hubiera sido un viaje del día a la
noche, o —recuerdo que pensé— el prólogo de un descenso a los infiernos. El
coche era un Rolls Royce negro, al que los paseantes sometían al asedio de

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miradas de admiración y de envidia; un grupo de jóvenes gesticulantes, todos
con gafas oscuras, se había detenido para observarlo de cerca. Los cristales
del coche estaban ahumados, a excepción del parabrisas y los laterales del
conductor. Nada más ocupar el asiento de atrás, el chófer hizo lo mismo con
el suyo e hizo subir un cristal de separación, también ahumado, el cual hizo
de mí, automáticamente, una persona aislada del exterior. ¿Un prisionero de
lujo? Era una situación que me hizo recordar aquellas viejas películas de
intriga, francesas o alemanas, en las que el pasajero de un automóvil era
secuestrado por el chófer, sicario de una banda criminal, o era víctima de la
inhalación de unos gases que el conductor expulsaba mediante un botón o una
palanca sin que, gracias a la separación del cristal, a éste le sucediera nada…
No fui secuestrado ni gaseado; pero la indefinible sensación que me produjo
estar viajando de noche por una ciudad extraña, sin poder ver las calles y
teniendo a un desconocido al volante fue una de las experiencias más
inquietantes de mi vida. Hasta ese momento… debo añadir. En línea recta
apenas notaba que el coche se desplazaba velozmente, y el movimiento era
casi imperceptible en las curvas; de no haber sido por éstas, muchas, por
fortuna, dadas las características de las calles romanas, hubiera creído que no
nos habíamos movido de la puerta del hotel. El coche también estaba
insonorizado del exterior y ello contribuyó más aún a crear una impresión de
irrealidad: me sentía como un viajero de tiempo romántico dentro de un
carruaje fantasma conducido a un destino abominable. Yo sabía, no obstante,
que estábamos en el centro del aturdidor tráfico de Roma, aunque sólo oyera
el sonido de mi respiración; sabía que el coche en el que me desplazaba
formaba parte de una apretada caravana de vehículos y que a menudo
debíamos estar flanqueados por esos detestables motoristas adolescentes que
exhiben su errabunda estridencia por la vieja y callada angostura de los
callejones romanos, orgullosos y satisfechos de creerse un mundo vivo entre
reliquias, carne latente entre las piedras antiguas.
Supuse que habíamos llegado a nuestro destino en el momento en que el
cristal de separación se deslizó lentamente hacia abajo, permitiéndome ver la
nuca del conductor. Con la desaparición del cristal apuntaron luces y reflejos,
inesperada floración luminosa en la oscuridad que me había envuelto en el
trayecto: una cortina abierta a la luz. El chófer negro bajó para abrirme la
puerta. Vi que estábamos de espaldas a un jardín arbolado oscuro como un
bosque; nos hallábamos al pie de la escalinata de una casa de tres plantas
presidida por un pórtico de blancas columnas cuya fachada noble se realzaba
con la iluminación indirecta de unos focos que sesgaban el frontispicio hasta

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resbalar por unas ventanas abuhardilladas y perderse en la noche, igual que
todas las luces del mundo. Un sirviente uniformado bajó a buen paso la
escalinata y me pidió que le siguiera. Después de atravesar un amplísimo
vestíbulo, con tantos cuadros colgados en las paredes que lo hacían
asemejarse a una sala de un museo, el criado me hizo pasar a otra estancia, no
menos amplia, con tapices y alfombras, en la que había una pequeña
biblioteca, un globo mundial, un mueble bar, dos mesas bajas y cuatro
sillones de piel. Olía a cerrado, a mundo remoto.
Estaba curioseando los títulos de los libros de la biblioteca —una extraña
mezcla de Apuleyo, Maquiavelo, Cátulo, Ovidio, Cicerón, Virgilio, Homero,
Luciano de Samosata, Píndaro, Hesiodo, Dante, Sterne, Swift, Joyce,
Faulkner, Hawthorne, Manzoni y D’Annunzio—, cuando oí detrás de mí un
roce de tela y unos pasos amortiguados por la alfombra. Mr. Hardke, que
había aparecido súbitamente a mi espalda, como un fantasma de biblioteca
surgido de una puerta secreta, se apresuró a estrecharme la mano, tan
sonriente como estuvo con ocasión de nuestra entrevista en el Palace
madrileño. Me ofreció quedarme a cenar con él —por desgracia, dijo, su
esposa no podía acompañarnos esa noche—, acepté y, de acuerdo con su
costumbre, que yo conocía desde nuestro primer encuentro, no mencionamos
hasta la sobremesa el motivo que me había llevado a Roma.
No me extenderé describiendo detalladamente lo que aconteció y lo que
hablamos antes de y durante la cena, la cual fue servida, por cierto, por un
criado distinto al que me había atendido a mi llegada a la mansión. Diré lo
que pensaba, no lo que estaba viviendo. Deslumbrado ante el derroche de
opulencia del que hacía gala Mr. Hardke, no pude menos que preguntarme
sobre tan misterioso personaje: ¿estaría yo delante del caprichoso heredero de
una de las grandes fortunas europeas o más bien ante un hombre sin
escrúpulos, ante un aventurero que había atesorado una inmensa fortuna
negociando con falsificaciones? La segunda respuesta me parecía poco
probable, pues por mucho que determinados nombres literarios constituyeran
un buen negocio en el mundo de las letras internacionales, su rentabilidad
económica no llegaba al extremo de bastarse por sí solos para sustentar la
forma de vida de mi anfitrión: si Mr. Hardke vivía de las falsificaciones,
forzosamente debía haber de por medio otras cosas que yo ignoraba. Pensé
incluso en el tráfico de joyas o de droga. La primera opción me parecía más
probable pero no podía asegurar que fuera cierta, ya que nunca he estado
interesado en conocer los nombres de los multimillonarios de nuestro tiempo.
Eso lo dejo para lectores de revistas del corazón, o sus actuales homólogas,

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las revistas políticas y los suplementos dominicales, y para curiosos del «
Who’s Who». Como quiera que fuese, yo me sentía igual que un actor
invitado en el escenario de un teatro fascinador; y después del derroche de
plata en la cubertería, de un desfile de artísticos platos de cerámica árabe, de
una cena que parecía haber sido preparada en la mejor cocina del mundo, de
los cuadros con firmas deslumbrantes que había colgados en las paredes del
comedor, de las vitrinas venecianas, de los suntuosos muebles dieciochescos,
de las alfombras orientales, de la música de Mozart que nos acompañó
durante toda la cena como fondo sonoro, tenue, en su volumen exacto, no me
hubiera extrañado que, a una palmada de Mr. Hardke, hubiesen aparecido
también ante nosotros una bailarina oriental envuelta en velos de colores, un
mercader de piedras preciosas o un mago. El dueño de tal opulencia me
ofreció un cigarrillo inglés sin filtro y, mientras lo encendía, se interesó por
mi oferta (lo que por un momento me hizo sentir como si fuera un vendedor
de enciclopedias a domicilio). Si su voz me pareció entonces irónica y no
interesada, puedo jurar que se debió más a una sospecha mía que a lo que él
dio a entender con sus palabras. Traté de exponerle brevemente que se me
había ocurrido la idea de escribir una novela bajo el nombre de Julio Cortázar
—alegando las razones que me habían impulsado a elegir a este escritor en
lugar de a otro latinoamericano— y que, si contaba con su aprobación para el
proyecto, estaba dispuesto a entregarle el manuscrito en seis o siete meses.
Me miró penetrantemente, sin hacer pestañear a sus ojos, y lanzó un suspiro
que denotaba impaciencia. «Usted sabe bien que un escritor de lengua
española no tiene en el mundo editorial el mismo valor económico que uno de
expresión inglesa —me dijo; y repitió—. No, no vale lo mismo, su mercado
es mucho más restringido. Julio Cortázar… No sería muy diferente si me
hubiera ofrecido a García Lorca —aunque hablaba bien el castellano
pronunció Cogtázag y Gagcía Logcá—. ¿Acaso creen ustedes, los
hispanoparlantes en general, que todo el mundo está pendiente de los santones
de su cultura escrita? ¿Creen que todos valoran tanto como ustedes a esas
mujeres enlutadas de Logcá que simbolizan la esterilidad de un pueblo
oprimido? Es pasado, folclore… Pero debo decir en su honor que no le ha
faltado olfato al elegir un nombre que todavía tiene cierta cotización
internacional —en esos momentos parecía un financiero comentando la
situación de la Bolsa—. ¿Cogtázag? Pase todavía, por más que sus lectores
cada vez tengan menos cabellos que peinar… Y dígame, ¿ya ha pensado cuál
va a ser la base argumental de la novela?». Le dije que tenía algunas ideas
pero que no había trabajado aún en ninguna en tanto no contara con su

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aprobación, pues no me gustaba el esfuerzo inútil. «¡Pero es que yo no voy a
darle mi aprobación si usted no me presenta algo más sólido, con cuerpo!».
Inútilmente traté de conseguir su confianza arguyendo que la vez anterior, con
ocasión del Miller, había sido mucho más abierto conmigo, dejándome mayor
libertad e incluso poder de decisión; su respuesta fue que no sólo había sido
yo quien le hacía la oferta en esta ocasión, y no al contrario, sino que ante un
autor de expresión española había que tomar más precauciones y tener todos
los cabos bien atados antes de dar el paso final. «Hay que proteger las
inversiones que se hacen —dijo—, esto no es un juego de azar… Pero a
cambio le compensaré con una contrapartida: mañana por la tarde pasaré por
su hotel; si yo no pudiera hacerlo personalmente enviaría a alguien de
confianza. Me dará, o le dará, según quien vaya, la idea que se le haya
ocurrido para hacer la novela… —no dijo “escribir la novela” sino “hacer la
novela”—. Quiero decir, por escrito, una pequeña sinopsis. Yo le contestaré
antes de que pasen veinticuatro horas; si me gusta, le daré luz verde y un
anticipo de cinco mil dólares, cosa que, con franqueza, no hago jamás. Si no
me gusta, le diré sencillamente que no me interesa, pero le pagaré el billete de
vuelta a su país… Así no habrá perdido usted el tiempo… ¡Unas pequeñas
vacaciones romanas! Esta es mi oferta, y creo que no puede ser más
generosa».
Diciendo esto se había levantado, echando a andar hacia la puerta, sin
esperarme. Yo le seguí mecánicamente, incitado por su autoritarismo, hasta
que me di cuenta de que habíamos llegado al vestíbulo. «Mi chófer le
acompañará a su hotel; buenas noches, señor Ayala». ¡Ni siquiera me había
permitido manifestar mi acuerdo o mi desacuerdo con su oferta, dando por
sobreentendido que yo estaba resuelto a aceptarla! Claro está que, bien
mirado, ¿qué otra cosa podía hacer yo? Si no aceptaba las condiciones de Mr.
Hardke me vería excluido de su juego, quizá para siempre, y no podría
satisfacer mi curiosidad. Volví a estrechar su mano, como signo de
entendimiento, y vi que en la peana de la escalinata exterior estaba
esperándome el chófer negro. Estuve unos minutos de pie, entre las columnas,
mirando hacia la apretada oscuridad del jardín. Un cálido vientecillo agitaba
las ramas de los árboles arrancando de ellas un recital de gemidos y susurros.
El ambiente estaba sobrecargado de aromas de flores. Y aunque cuando salí
del hotel no había visto nubes en el cielo, éstas velaban ahora el firmamento,
cerrado como una sombría frontera a los ojos humanos. Había en la atmósfera
una ligera humedad que me resultaba particularmente agradable, como si
estuviera lloviendo sin lluvia, lo que avivaba las fragancias sin necesidad de

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soportar los inconvenientes de un día pluvioso. Respiré hondo y bajé con
indolencia las escaleras, regocijándome en esas sensaciones que por unos
momentos me hicieron olvidar cuanto me rodeaba. A pesar de la extraña
velada, me sentía cerca de alcanzar la serenidad. El chófer cerró la portezuela
a mis espaldas y ocupó su sitio ante el volante. Hizo subir de nuevo el cristal
de separación entre él y yo, aislándome del resto del mundo.
La situación del trayecto de ida se repitió en el de regreso. Hice el viaje
envuelto en la oscuridad, con la sensación apenas variable de que no nos
movíamos del lugar de partida, aunque yo sabía bien que no era así. Otra vez:
una oscilación casi imperceptible denotaba que el coche estaba tomando una
curva; otra vez: un rato sin oscilaciones era el signo de que recorríamos una
calle en línea recta. El trayecto, empero, se me hizo mucho más largo, y
supuse que el camino de vuelta, lógicamente distinto, era también más
extenso que el de ida. Al fin llegamos al hotel. El chófer abrió la puerta del
coche —curiosamente, no bajó el cristal de separación: supe que habíamos
llegado cuando me abrió la puerta para que bajara— y me encontré delante de
la ocre fachada. Pero entre tanto había empezado a llover; con tanta
intensidad que me empapé sólo de cruzar el espacio que separaba al vehículo
de la puerta de entrada. Y el hecho de no llevar un paraguas en el coche fue el
único detalle que Mr. Hardke no había previsto para que su conducta como
perfecto anfitrión hubiese sido irreprochable. El Rolls Royce se alejó por la
calle iluminada por los relámpagos, salpicando de agua las aceras hasta las
puertas de casas y tiendas.
Esa noche permanecí en estado de duermevela, dando vueltas
mentalmente a posibles esquemas argumentales para ofrecerle a Thomas
Hardke, y dando vueltas inquieto, asimismo, en la cama sin poder conciliar el
sueño. Cuando, a ratos, echaba una cabezada, sufría tal cantidad de pesadillas
que, al despertar, creía haber dormido durante varias horas seguidas, pero al
comprobar la hora en el reloj veía que sólo habían transcurrido quince o
veinte minutos. Era una sensación angustiosa. Llovió bastante, pero también
hubo numerosos ratos en los que no se oyó llover. Frecuentemente, la
habitación se iluminaba con el fulgor de los relámpagos, que teñía los objetos
con una luminosidad misteriosa cercana a los lienzos de los pintores
holandeses: como si Ruysdael hubiera pintado un interior de Vermeer van
Delft. Por fin, fatigado de dar vueltas para nada, me levanté a las seis de la
mañana, me duché y me senté en la mesita de la habitación, armado con papel
y estilográfica, para intentar hilvanar un argumento para Mr. Hardke, lo que
conseguí aproximadamente cuatro horas después, inspirado por un aforismo

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de Cioran: el «todo ha existido ya». Satisfecho del resultado, me vestí y bajé a
desayunar, pensando en dar luego un convencional paseo turístico por la
ciudad que me acercara por Fin a personas «normales». No pude hacerlo. Me
refiero a pasear, no a desayunar: después de mi frugal colazione a base de
café con leche y tostadas, cuando me disponía a salir vi que estaba lloviendo
tanto que parecía que toda la lluvia del mundo se hubiera congregado sobre la
ciudad, para enojo de los turistas. Así pues, resignado ya a dejar morir la
mañana dentro del triste hotel, me encaminé al salón, donde poco antes había
visto un mueble con revistas y libros en francés, alemán e inglés; entre ellos
figuraba una edición alemana de The Altar of the Dead, en la que el nombre
del supuesto autor figuraba en la cubierta con cuerpo mayor que el
correspondiente al título de la obra. Elegí una novela en inglés —una novela
de una autora desconocida para mí, que no prometía nada y que, como pude
comprobar personalmente en las cien primeras páginas, no ofrecía nada, en
efecto— y pasé la mañana allí junto con otros extranjeros que se quejaban en
voz alta del mal tiempo y que, a juzgar por sus miradas, parecían extrañarse
de que yo no me uniera al coro de sus lamentaciones.
Tuve que comer en el hotel, esperando además a que hubiera una mesa
libre, pues todos los huéspedes nos juntamos en el comedor a la misma hora,
y luego, abatido, desganado —dejé en el plato la mayor parte de la comida—,
subí a mi habitación. Estuve un rato leyendo tumbado en la cama hasta que
me quedé dormido. Me despertó el timbre del teléfono. Era Thomas Hardke,
para interesarse por mi labor. Le dije que la sinopsis estaba a su disposición y
eso pareció satisfacerle. «A las ocho pasará un amigo y recogerá sus papeles
—me dijo—. Todo cuanto hablamos anoche continúa en pie. Pronto tendrá
noticias mías».
No me quedaba mucho tiempo, pues eran ya las siete. Releí el esquema
argumental —que me resultó mucho menos brillante de lo que me había
parecido por la mañana— e hice algunas correcciones permitiéndome añadir
al término una apresurada observación personal: «Téngase en cuenta al leer
esta sinopsis que, como es habitual, pero más aún tratándose de Cortázar, el
interés primordial de la obra no se encuentra en su argumento sino en su estilo
literario; agradeceré que eso sea tenido en cuenta a la hora de valorar el
presente resumen».
El enviado de Mr. Hardke llegó a las ocho en punto, cosa remarcable dada
la proverbial falta de puntualidad latina. Era alto, moreno, muy delgado —
hubiera podido decirse que era un hombre flaco—, e iba vestido con un
impermeable de color rojo todavía salpicado de lluvia. Tendría unos cuarenta

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o cuarenta y dos años, llevaba bigote poblado, y una cicatriz que le atravesaba
la parte baja de la mejilla izquierda uniéndose casi con la comisura de los
labios, como una prolongación suya. Había en él algo desagradable, que no
provenía de esa cicatriz sino del acelerado brillo de sus ojos y de la dureza de
su expresión. Mi reacción fue inmediata apenas lo vi: ese hombre tenía y
respiraba un aire siniestro que resultaba intranquilizador. Un poco molesto
porque Hardke me hubiese enviado como mensajero a semejante individuo, le
dije secamente, en italiano, que esperaba la respuesta de Mr. Hardke a las diez
en punto de la mañana. Mi exhibición de autoritarismo no pareció
impresionar mucho al mensajero, quien, sin responderme, sonrió
mostrándome un diente de oro que brillaba extrañamente, con algo de
maligno, en medio de una dentadura sucia. Pedí en recepción un sobre para
guardar en él la sinopsis: me molestaba que ese hombre pudiera leerla; lo
dirigí al nombre de Thomas Hardke y se lo entregué cerrado al desconocido.
Éste se volvió de espaldas para guardárselo. Lo hizo casi ceremoniosamente,
con ademanes lentos, estudiados. Luego, se encaminó hacia la salida sin
despedirse de mí, característica al parecer común a quienes rodeaban a
Thomas Hardke.
Mi determinación de seguirle fue totalmente improvisada; si le hubiera
visto subir a un automóvil quizá me habría retirado a mi cuarto, pero lo vi
marcharse a pie y, sin dudarlo, pero también sin estar seguro de lo que
deseaba hacer, salí detrás de él. Había dejado de llover; el ambiente era
desapacible, pero a pesar de todo las calles se habían llenado de paseantes; el
cielo mostraba un color plomizo, casi irreal, como si hubiera sufrido algunos
retoques a manos de un pintor amante de las naturalezas sombrías. El hombre
de la cicatriz en la mejilla caminó un largo trecho hasta que por fin se detuvo
en un coche aparcado sobre la acera. Desde donde yo estaba oí nítidamente el
tintineo de las llaves. Una vez tomada la decisión de seguirle, me pareció que
no debía echarme atrás. Paré un taxi y le ordené al conductor que esperara a
que el automóvil —un Fiat negro: se lo señalé— se pusiera en marcha.
Fuimos así, detrás del Fiat negro, en una persecución nada espectacular,
casi a la manera de un recorrido turístico, hasta llegar al Tíber, en uno de
cuyos puentes estuvimos a punto de perderlo de vista por culpa de un
semáforo. Por fortuna, nos internamos casi a la par en la barahúnda del tráfico
de la ciudad del Vaticano. El Fiat aparcó pronto en un badén, a la entrada de
un garaje, y el hombre de la cicatriz en la mejilla se apeó. No tardó en
aparecer otro hombre, quien, tras cruzar unas palabras con el de la cicatriz, se
hizo cargo del coche. Yo no sabía qué hacer: no me había dado cuenta de si el

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hombre de la cicatriz en la mejilla le había dado al otro no sólo las llaves del
automóvil sino también mi sobre con la sinopsis, y eso me obligaba a tomar
una rápida resolución, eligiendo para mi seguimiento a uno o a otro. Le pagué
al taxista la carrera y salí detrás del hombre de la cicatriz, pues me parecía
más coherente que éste siguiera llevando el sobre consigo: él era el mensajero
de Thomas Hardke.
No tuve que andar mucho. A una manzana escasa de donde se había
detenido el coche, el hombre se detuvo ante un edificio de cuatro plantas y
fachada amarilla desconchada, nada disonante con respecto a los otros
edificios de la misma calle, y pulsó un botón del portero automático. Se
volvió a mirar hacia atrás, silbando. Tuve que volverme también de espaldas,
mirando un escaparate en cuya luna se reflejaban el hombre de la cicatriz, la
puerta de la casa y una parte del edificio. Pero cuando lo vi entrar comprendí
que había hecho el imbécil lanzándome a una persecución sin sentido. ¿Por
qué le había seguido? ¿Cuál era mi objetivo? ¿Qué esperaba encontrar al
final? ¿Y qué se suponía que debía hacer yo? ¿Entrar también en la casa y
llamar puerta a puerta por todos los pisos hasta dar con él? ¿Y qué se suponía
también que debía hacer yo cuando lo encontrara? ¿Pedirle el sobre para
hacer unas correcciones en mi texto? No, sin duda había cometido una
tontería… Y sin embargo me resistía a marcharme de allí, como si estuviera
convencido de que en el interior de aquella casa existían respuestas para
algunas de mis preguntas.
Empecé a pasear arriba y abajo por la calle sin dejar de observar la puerta
del edificio, divagando. En mis fantasías, imaginé que tanto el hombre de la
cicatriz como el que le había sustituido al volante del Fiat negro tenían
relación con Mr. Hardke y las falsificaciones literarias, y que también la
tenían las dos mujeres que me habían atendido por teléfono el día anterior.
¿Sería Thomas Hardke la cabeza visible de una empresa subterránea dedicada
a comercializar falsificaciones artísticas? Pero las falsificaciones literarias no
constituían por sí solas un negocio lucrativo, suficiente para mantener el nivel
de vida de Thomas Hardke y el trabajo de unos empleados. Debía de haber
algo más. Y entonces me aproximé mucho a la verdad imaginando una magna
empresa dividida en varias secciones —tantas como actividades artísticas—,
cada una de las cuales estaría controlada por una persona distinta —en mi
reparto imaginario de competencias, Mr. Hardke ocuparía el cargo de
controlador de la sección literaria—, y dedicada a la falsificación industrial.
Llegado a este punto en mis divagaciones, me detuve para observar la casa
con más detenimiento, y la modestia «qualunquista» que se desprendía de ella

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estuvo a punto de hacerme reír, por lo desmedido de mi sospecha, aun
teniendo en cuenta que si yo estaba en lo cierto no habría en el edificio un
gran letrero luminoso advirtiendo al paseante de la existencia de una empresa
de tal naturaleza. Me decidí a acercarme a la puerta del edificio, cruzando la
calle, y curioseé los nombres de los moradores de la vivienda, que estaban
escritos a mano al lado de cada timbre: Gardini, Bianchi, Cocumarolo,
Fornari, Carpi, Rota, Lulli, Matarazzo… Entonces se abrió la puerta y salió de
la casa un hombre con gafas oscuras y traje de verano, que se retiró
cortésmente hacia un lado para dejarme pasar —aproveché su salida para
entrar—, sin dirigirme más que una mirada curiosa.
Me adentré en un patio sin portería, de escasa luz. La bombilla que
intentaba alumbrarlo era de bajo voltaje y la suciedad que la recubría habría
llamado la atención en un viejo desván. A pesar de ello pude releer en las
carátulas de los buzones del correo los mismos nombres que acababa de leer
fuera, lo cual, lógicamente, no me sirvió de nada. Empecé a preguntarme qué
diablos estaba haciendo yo dentro de ese patio. Me acerqué con cautela a las
escaleras, que subían perdiéndose en una negrura progresivamente mayor,
como si la luz fallara a medida que se ascendía a los pisos más altos; otras
escaleras se perdían hacia abajo, posiblemente en dirección a un sótano
maloliente. Un tanto decepcionado, volví a la puerta del patio, dispuesto a
salir de la casa, y comprobé, no sin angustia, que estaba cerrada con llave.
Con ayuda de mi encendedor busqué algún resorte que me permitiera abrirla
desde dentro, mas no tuve suerte. Me apoyé contra la pared, pensando en
encontrar una solución: no estaba dispuesto a permanecer en el patio hasta
que alguien abriera la puerta, ya fuera para entrar, bien fuera para salir…
¿Salir? ¿Y si de repente bajaba el hombre de la cicatriz en la mejilla y me
encontraba allí, qué le diría? O, mejor aún, ¿qué diría él al verme? Empecé a
sentirme angustiado. La maldita puerta estaba efectivamente cerrada y todo
parecía indicar que sólo podía abrirse con llave. Había que tomar una decisión
y así lo hice. Subí al primer piso —dos puertas, una a derecha y otra a
izquierda— y pulsé el timbre de una de ellas. Nadie contestó. Llamé en la
otra. Afortunadamente, no me abrió —como yo temía que sucediera— el
hombre de la cicatriz sino uno de mediana edad vestido con pijama al que le
pregunté, con la mejor de mis sonrisas, por un tal Aldo Cuberli. El hombre, a
quien, a juzgar por su expresión de fastidio, debía de haber interrumpido en
una ocupación placentera, me dijo que allí no vivía nadie con ese nombre. Era
la hora de pedir excusas y marcharme, pero no podía pedirle que me abriera la
puerta de la calle —eso hubiera supuesto tanto como reconocer que ya había

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intentado abrirla antes de llamar a su puerta—, así que me despedí e hice
intención de bajar la escalera. «Espere —me dijo—, bajaré a abrirle porque a
partir de las nueve el portal se cierra con llave… Adriana…, ¡Adriana! —
gritó hacia el interior—, vuelvo enseguida, sólo bajo a abrirle la puerta a un
señor que se ha equivocado de dirección».
Cuando me vi de nuevo en la calle, tras haber sido despedido con suma
amabilidad, me sentí mucho mejor. Lo malo era que estaba lloviendo otra vez.
Era ya noche cerrada, y la lluvia, escasa pero insistente, había ahuyentado a
los paseantes y a los turistas (por lo demás poco frecuentes a esas horas por la
zona vaticana). Me parapeté en el portal de un escaparate de
electrodomésticos viendo funcionar un televisor sin oír su voz: un locutor
hablando: unas imágenes bélicas, posiblemente de Centroamérica. Empezaba
a tener hambre; no había comido gran cosa al mediodía y mi estómago se
quejaba de ello, pero no podía abandonar mi observatorio pues si lo hacía
echaría a perder toda mi gestión de esa tarde. Acallé el apetito fumando un
cigarrillo tras otro hasta que, por fin, cuando ya desesperaba, creyendo que el
de la cicatriz vivía en esa casa y que no saldría de ella hasta el día siguiente,
la puerta se abrió para dejar paso a dos hombres y una mujer. A la mujer no la
había visto nunca, pero los hombres me resultaban conocidos: uno era el de la
cicatriz en la mejilla; el otro era el mismo que me había atendido. Caminaron
un trecho bajo la lluvia, yo tras ellos, y poco después se separaron delante de
un bar. La mujer y el hombre con el que yo había hablado entraron en él,
mientras el de la cicatriz seguía su camino. Como había pocos paseantes por
las calles, tuve miedo de que al ir solo reparara en mí o se diera cuenta de que
estaba siendo seguido, por lo que interpuse bastante distancia entre él y yo,
aun a riesgo de perderle entre el laberinto de callejuelas… Otra vez desde la
ciudad del Vaticano hasta el centro histórico, ahora andando, a través de vias
y vicoli encharcados y mal iluminados por farolas parpadeantes. Le vi entrar
en una casa vieja, con portal de madera. Apunté inmediatamente en un papel
la calle y el número y di por finalizada la persecución.
Cené en una trattoria que encontré abierta a poca distancia de allí y luego
emprendí el camino de regreso al hotel, a donde llegué después de buscar
orientación saliendo al corso Vittorio Emanuelle. En recepción había un sobre
a mi nombre. Lo abrí en el ascensor, tras comprobar que no figuraba en él
ningún remitente. Dentro había una hoja de papel doblada por la mitad, en la
que con letras mayúsculas, voluntariamente deformadas, había escritas estas
frases: NO SE OLVIDE DE LO QUE LE DIJE ANTES DE QUE SE
MARCHARA DE MADRID. AHORA YA SÉ QUE MI INSTINTO NO ME

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ENGAÑABA. Tuve un escalofrío reflejo y no quise engañarme atribuyéndolo
a haber cogido frío a causa de la lluvia. ¿Alfredo Monterde estaba también en
Roma? De ser así, lo que me parecía incuestionable, eso quería decir que
seguía desconfiando de mí y que me había sometido a una estrecha vigilancia.
Recorrí con recelo el pasillo, temiendo encontrarme con él a la vuelta del
recodo, y sólo me sentí más tranquilo cuando, dando un suspiro de alivio,
apoyé la espalda contra la puerta cerrada de mi habitación.
A mi modo de ver, tenía motivos suficientes para sentirme inquieto: el tal
Monterde recelaba de mí, como si diera por supuesto que en mi conducta
ocultaba segundas intenciones que podían perjudicar de algún modo a Mr.
Hardke…, lo cual era cierto sólo a medias, pues lo único que yo pretendía era
saber más, conocer mejor el extraño mundo en el que, hasta ahora, me había
estado moviendo con tanta alegría como inconsciencia. Su nota debía leerse
como una seria advertencia para que no diera ningún paso en falso. Me
vigilaba y quería que yo lo supiera. Pero las sorpresas de la noche no
terminaron ahí. Cuando estaba desvistiéndome tuve que atender el teléfono;
ante mi asombro, una desconocida voz masculina me dijo lentamente en
italiano: «Sé lo que está buscando y puedo ayudarle a encontrarlo». Me hizo
callar cuando le interrumpí para pedirle que se identificara. «Sólo voy a
hablarle durante un minuto más —me dijo—; por lo tanto, será mejor que no
perdamos el tiempo. Usted ha venido a Roma para hablar con el signore
Thomas Hardke, pero también ha venido buscando algo más: no temo
equivocarme si digo que desea descubrir qué, quién o quiénes se esconden
detrás de él… Escúcheme con atención, pues no se lo voy a repetir. Si quiere
averiguarlo, tome nota de la dirección que voy a darle… Es el mismo lugar
donde usted estuvo cenando anoche sin saber dónde se encontraba: ahí está lo
que busca. ¿Por qué no prueba a ir mañana por la mañana, a primera hora,
cuando el signore Hardke no esté allí? Todo dependerá luego de su habilidad
para saber buscar». Y me dio una dirección que apunté apresuradamente en
un papel mientras el otro colgaba.
Estaba claro que no había sido una llamada espontánea ni desinteresada;
sin duda se escondía algo turbio detrás de ella, posiblemente hasta el propio
enlace-guardaespaldas llamado Alfredo Monterde, un hombre poco grato para
tenerlo como antagonista. Cuanto más pensaba en lo que mi inidentificado
interlocutor acababa de decirme, tanto más convencido estaba de que me
habían tendido una trampa. Pero si lo que deseaban conseguir era llamar mi
atención estimulando mi curiosidad no cabía duda de que lo habían
conseguido. ¿O querían precipitar los acontecimientos forzándome a dar ese

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paso? Lo que era seguro es que si seguía comportándome como lo había
hecho hasta ese momento mis pesquisas iban a ser mucho más lentas y
laboriosas de lo que previera en Madrid, ya que únicamente contaba con dos
direcciones para investigar y con unos pocos puntos de referencia —el
hombre de la cicatriz en la mejilla, la pareja de la casa de la ciudad del
Vaticano, el chófer negro, el Rolls Royce—; muy poco para un investigador
aficionado y menos aún si no encontraba la forma de progresar en mi
indagación partiendo de esos datos. La única manera segura de avanzar en
ella con cierta garantía de obtener algún resultado era la que me había
sugerido mi anónimo comunicante: ir a la mansión donde la noche anterior
había estado hablando y cenando con Mr. Hardke. Pero ¿cómo entrar en ella?
Y una vez dentro, ¿cómo averiguar algo? Sea como fuere, aun sabiendo que
me tendían una celada, debía volver a esa mansión; más todavía si ya sabía
cómo encontrarla. Lo haría a mi manera: sin esperar a que fuera mediodía.
Llamé a recepción dando la orden de que me despertaran a las seis.
Fatigado quizá del viaje, de la noche pasada en duermevela y de la tensión a
la que había estado sometido durante el día, me quedé dormido enseguida y
sólo tuve tiempo para comprobar en el plano de la ciudad que la dirección que
me habían dado estaba en las afueras de Roma. ¿No era yo quien se quejaba
de estar visitando ciudades sin poder recorrerlas?
A las seis me despertaron; a las seis y veinticinco ya estaba en la calle; a
las siete y treinta y cinco rondaba mi objetivo… Parecía como si estuviera
siguiendo un apretado programa turístico. Despedí al taxista poco antes de
llegar y salvé andando la distancia que me separaba de la Finca, a la que entré
por una anticuada puerta con verjas de hierro pintadas de negro,
sospechosamente abierta: ¡una buena tentación para una visita indiscreta!
Crucé el mismo frondoso jardín que sólo dos noches atrás tanto había
admirado desde el pórtico de la casa. Aunque caminaba tomando
precauciones para no ser visto, tenía la sensación de estar siendo observado,
pero por más que antes de dar un paso oteara a mi alrededor no logré ver nada
anormal. Me aposté tras los primeros árboles e inspeccioné la mansión desde
allí; aparentemente todo estaba dormido en ella, no se percibía movimiento
alguno, puertas y ventanas estaban cerradas. ¿Qué hacer? ¿Debía arriesgarme
a cruzar la explanada que conducía al pórtico de la casa? Unos ladridos
cercanos me retuvieron en mi posición durante unos minutos que se me
antojaron eternos. Sólo faltaría que fuera víctima del ataque de unos perros…
Estuve titubeando un rato hasta que finalmente me decidí a cruzar la
explanada corriendo. Llegué sin novedad hasta las columnas, aunque sí con

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cierta sensación de ridículo, y empujé decididamente la puerta, que, como
temía, estaba cerrada. Si mi secreto comunicante me había dicho que acudiera
por la mañana, temprano, ¿habría querido decir que a esa hora tendría libre la
entrada, o más bien que ésa era la hora en que me estarían esperando? Volví
sobre mis pasos, bajé la escalinata y di una vuelta rodeando la casa buscando
alguna forma de entrar en ella. En la parte trasera del edificio había una
ventana entreabierta a ras de suelo; la empujé con una mano hasta abrirla del
todo; el ventanuco chirrió, una gran oscuridad se ofreció ante mi vista. Sin
pensarlo dos veces, me senté en el alféizar con los pies hacia el interior y salté
—creo que si lo hubiera meditado no habría reaccionado así—, yendo a caer
en un lecho formado, como luego comprobé, por gruesos legajos de papel.
Al incorporarme noté la rodilla derecha algo dolorida. Gracias a mi
encendedor pude orientarme en aquel sótano, que estaba materialmente
cubierto de paquetes de papeles y de libros, hasta que pude alcanzar el
interruptor de la luz. Entonces vi que, aparte de libros viejos y de papeles,
también había muebles desechados convertidos en un depósito de polvo: sillas
sin forro, armarios con las puertas arrancadas de sus goznes, sillones con las
telas desgarradas, sillones sin brazos…; había asimismo cuadros a medio
pintar, lienzos desgarrados, molduras quebradas, papeles pautados, cajas y
cajones. Una escalera conducía a la puerta situada en lo alto. Pensé que habría
sido el colmo de la mala suerte que la puerta estuviera cerrada, dejándome
confinado dentro de un sótano cuya otra salida —la ventana— se hallaba
fuera de mi alcance. Pero la puerta estaba abierta. Por ella salí a un oscuro
pasillo cuyas paredes sin recubrir dejaban a la vista los ladrillos. No había
ninguna otra puerta pero sí dos recodos, uno a cada lado del pasillo.
Inmediatamente tuve la impresión de que antes ya había vivido esa misma
situación, y no me resultó difícil emparentaría con mi atemorizado recorrido
nocturno por el pasillo del hotel, camino de mi habitación: en los dos lugares
esperaba la aparición repentina de Alfredo Monterde; pero había aún algo
más…, como si ese pasillo estuviera conectado con una zona oscura de mi
mente abierta a un pasado remoto, desconocido para mí, pero del que
alcanzaba a tener intuiciones… Uno de los recodos conducía a una pared
ciega, otro llevaba hasta una puerta de hierro que —por suerte— también
estaba abierta. A través de ella fui a parar a una gigantesca habitación llena de
mesas con ordenadores, máquinas de escribir, impresoras y, paradójicamente,
bolígrafos baratos, y cuyas paredes estaban formadas por un único armario de
varias puertas que se extendía en cuadro por la sala. Sobre las mesas se
acumulaban gran cantidad de folios y carpetas. Husmeando por la estancia,

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comprobé que en una de las mesas había una hoja de papel cuadriculado en la
que, con letra fina y anticuada, había escrito en latín lo siguiente (el comienzo
indicaba que el texto provenía de una hoja anterior, pero ésta no estaba a la
vista):
«didos los innombrables horrores ocultos bajo las piedras, pero sobre todo
bajo la arena de las playas, regados por el flujo de la hedionda marea, igual
que en determinadas zonas del desierto crecen, se desarrollan y se multiplican
entre el polvo y los escorpiones y las serpientes. Se puede llegar a su
nauseabunda guarida por medio del rastro de todo aquello que tenga relación
con el interior podrido de las materias muertas. Otros bullen entre la
muchedumbre, y a partir de la podredumbre desarrollan su repelente vida
subterránea en espera de que los adoradores de Azathoth sepan descifrar los
códigos que propiciarán su regreso del Caos en cabeza de sus poliposos
acólitos. Y es seguro que los más atroces y espantosos seguirán ignorados
poco tiempo, pues es La Señal quien asegura que llega el horrible día de su
definitiva manifestación».
El manuscrito, que parecía haber sido mimado con cariño de amanuense,
terminaba allí, y aunque, como ya he dicho, el texto no comenzaba en esa
hoja, las pocas líneas leídas me bastaron para reconocer un fragmento del más
famoso de los libros inexistentes, el Necronomicon del árabe loco Abdul
Alhazred, reconocimiento que me produjo no poco desconcierto. ¿Sería
posible, me dije, que Mr. Hardke tuviera la osadía de atreverse a descubrir
también, para el mundo, la existencia real del Necronomicon? En ese
momento intuí que no estaba solo en aquella sala, y cuando me disponía a
volverme noté la presión de algo duro contra mi espalda. «¿Le gusta
Lovecraft, señor Ayala? ¿Le ha tentado alguna vez en su vida comprobar si el
Necronomicon es algo más que una ficción?», dijo una voz en español. No fue
necesario que me volviese para averiguar quién me estaba hablando: ya había
reconocido la voz de Alfredo Monterde, mi enlace con Thomas Hardke (el
aparente y enigmático propietario de esa curiosa mansión, el especialista en
lanzar al mercado editorial originales inéditos de cotizados escritores
contemporáneos… ya muertos: el interesado necrófilo de la literatura
moderna).

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SEGUNDA PARTE
LOS PARÁSITOS

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La música incita al horror de la repetición.

DJUNA BARNES

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SILVIA

Supongo que cuando alguien se ve apuntado por una pistola las reacciones
pueden ser variadas, oscilando desde el pánico ante la amenaza de muerte
hasta el gesto de valor haciendo frente a la persona que la empuña, pero creo
que lo que yo hice al ver ante mí a Alfredo Monterde encañonándome resulta
bastante atípico, pues no se trató de valor ni de cobardía —en el sentido
elemental que se da a ambos términos— sino de indiferencia. Una vez
desvanecida la sorpresa, y después de escuchar resignadamente sus amenazas,
primero, y su orden de esperar la llegada de Mr. Hardke, después, procuré
abstraerme de la presencia del desagradable Monterde (pues yo sabía que no
podía hacer otra cosa que esperar); y lo hice de una manera que cualquiera
hubiera considerado desconcertante: los últimos acontecimientos habían
estimulado mi imaginación y consumí el tiempo de espera considerando
mentalmente —y procurando ordenar— los elementos para escribir una
novela. Pero no una novela mimética o un «pastiche», sino una obra personal,
quizá esa obra importante que hacía años que pugnaba por manifestarse en mi
interior y a la que, por desinterés o por torpeza, no había sabido dar aún
forma.
La idea de una repetición de situaciones a través del tiempo y del espacio
—la idea de una existencia anterior en todas las existencias que en el mundo
han sido—, a partir de la cual había escrito la sinopsis de la novela «de» Julio
Cortázar ofrecida a Thomas Hardke, me seducía más allá de la primitiva
intención con que había sido concebida. El motivo de esa seducción debía de
estar, sin duda, dentro de mí mismo, quizá en la ráfaga de lucidez fantástica
que había recorrido mi cuerpo mientras avanzaba por el pasillo del sótano de
aquel edificio, incitándome a imaginar que yo había vivido con anterioridad
una situación parecida. Esa intuición, junto con lo insólito de la aventura que
estaba viviendo, me animaba a canalizar todo ello en la escritura de una
novela personal que manejara esos ingredientes, la cual, una vez concluida,
firmaría con mi propio nombre, pues ¿acaso ese tipo de invenciones literarias
eran patrimonio exclusivo del fallecido escritor argentino? O, pensando en

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ciertas ráfagas iluminadas de Sábato y en algunos relatos de Bioy Casares, ¿se
trataba de una característica argentina? No, por supuesto que no, no existían
unos límites nacionales… Por mi parte, cada vez estaba más convencido de
que Mr. Hardke era la cabeza visible de una organización multinacional
dedicada en gran escala a la falsificación de obras artísticas, y lo que yo debía
hacer era intentar fundir todos esos elementos dentro de la misma novela,
combinando la fantástica realidad con la ficción realista… No me atraía la
idea de hacer protagonista de la novela a un escritor, como yo, pues el peligro
de caer en la retórica acecharía a la vuelta de cada página. La oferta de
dedicaciones artísticas era, por lo demás, variadísima, y después de excluir al
literato estuve considerando una por una las diversas posibilidades: la
falsificación de pinturas era un hecho tan corriente, tan manido, que no
llamaría la atención, pues casi todos asocian falsificación con pintura; la
escultura no goza de tanto interés popular… Lo más atractivo sería tener
como protagonista a un músico, para, a través de él, sugerir al público que
algunas de las músicas que aplauden y que se van interpretando
periódicamente en las salas de concierto del mundo no son originales de los
autores a quienes se les atribuyen, sino cuidadísimas falsificaciones que
tienen como finalidad no sólo enriquecer a una sociedad de falsificadores sino
también la de controlar desde ella la pervivencia de la música llamada clásica,
o culta, de manera que la oferta musical de los compositores de siempre fuera
tan variada —con oportunas incorporaciones de inéditos hallados
casualmente— que impidiera el acceso de los nuevos compositores del siglo
al, así llamado, Olimpo de los consagrados. Casi un complot desde la
Historia. Cada vez me sentía más seducido por esta idea… Debía considerar
la eventualidad de hacer otro añadido: algunos músicos modernos
colaborarían con los falsificadores recibiendo a cambio, como pago, su apoyo
internacional, pues no cabía ninguna duda de que los tentáculos del poderoso
grupo alcanzaban a los cinco continentes y de que el nivel de su influencia en
la sociedad denominada musical era elevadísimo: ¿así se crean algunos
prestigios dentro de la música de concierto de nuestros días? Por supuesto,
tendría que escribir una sinopsis a partir del oficio del personaje principal; y
en lugar de seguir con la idea de las situaciones ya vividas con anterioridad,
quizá debiera hacer que el personaje fuera un hombre hipersensible para
detectar en torno suyo ciertas manifestaciones extrañas, mágicas o
maravillosas… Sería menos definido pero podía tener más fuerza lírica. Lo
primero que debía hacer era encontrar el personaje adecuado. Un músico, sí,
pero ¿qué clase de músico? Pensé en dos posibilidades: servirme de un

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músico de la clase de los reconocidos, de los consagrados, cuyas ayudas
prácticas a la red de falsificadores —la escritura de nuevas obras de los
clásicos famosos, no de aquéllos a quienes la Historia no quiere recordar,
como Ireland, Paradies o Liapunov, o de otros cuyo nombre se ha decidido
que no figure en manuales divulgativos ni en enciclopedias— eran
recompensadas con el apoyo público a su obra, ayudándoles a alcanzar
renombre mundial, incluso con grabaciones de discos a cargo de Mehta, Muti
o Solti, o servirme de un músico principiante que no puede estrenar lo que
compone y a quien el azar sitúa en el camino de los falsificadores, para
quienes termina trabajando a cambio de ese apoyo que tanto necesita para dar
un impulso a su propia obra. Los dos personajes me atraían por igual y sólo
era cuestión de calibrar, antes de ponerme a trabajar en ello, las ventajas que
tendría contando con un personaje o con otro.
¿Pero cómo tenía ánimo para pensar en escribir una novela estando
encañonado por una pistola, como lo estaba en ese momento, dentro de una
casa desconocida, en una ciudad extranjera en la que no tenía amigos,
enfrente de un individuo deseoso de apretar el gatillo? No podría explicarlo.
El orificio de la pistola miraba directamente a mi pecho… Tal vez no quería
pensar que la situación fuese tan desesperada: aquellas personas no podían
tener tanta tranquilidad a la hora de matar a un ser humano, me dije para
tranquilizarme, no porque estuviera convencido. Seguí, pues: pensar en el
libro ayudaba a relajarme, contribuía a que olvidara el hueco terrible del
cañón de la pistola… Si tomaba la decisión de servirme de un músico
perteneciente a la estirpe de los reputados —con toda la relatividad que el
término lleva implícita hoy dentro del terreno del arte musical—, correría el
peligro de diluir en la lectura el interés del tema de la existencia de la banda
de falsificadores en favor de la denuncia de las corrupciones imperantes en el
universo de los bellos sonidos, lo que se oculta detrás de éstos, pero por otra
parte sería más fácil que consiguiera prender el interés de los lectores, ya que
el público siempre siente más curiosidad por lo que le sucede a un, pongamos
por caso, no quiero decir que él sea uno de los nombres implicados, Kryzstof
Penderecki, que a un músico desconocido…, me invento un nombre ahora
mismo, Jorge Berlinés. Me gusta ese nombre, tiene cadencia, tiene armonía,
tiene ritmo, tiene sonoridad musical; hay algunos nombres de compositores,
así Claude Debussy, Alban Berg, Nino Rota o Béla Bartók, que tienen ya una
resonancia musical, a juzgar por la cual nunca podrían haberse dedicado a
otra actividad que no fuera la música, pues la música comienza ya por su
propio nombre… Algún día desarrollaré mis teorías en torno a los nombres y

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a la predestinación… Si, por el contrario, elegía como protagonista a un
músico primerizo, a ese Jorge Berlinés sobre cuyo barro informe acabo de
soplar, podría potenciar dramáticamente los significados y el poder de la
banda, aun a costa de que no me resultara tan fácil lograr el interés de los
lectores, a quienes parecen interesar más las figuras públicas —aunque dichas
figuras públicas sean muchas veces un fraude humano y artístico. La idea
central de la novela giraría en torno a esos temas: la poderosa organización de
falsificadores de arte, la falacia de la música clásica y la existencia de un
compositor capacitado para percibir en torno suyo manifestaciones extrañas,
sensaciones fantásticas…, mutaciones de la realidad, transfiguraciones.
Volví a experimentar el «ya vivido», al que de momento había renunciado
para la novela, cuando salí de mi abstracción y fijé la mirada de nuevo en el
agujero del cañón de la pistola que empuñaba firmemente, sin distraerse, el
hombre al que estoy llamando Alfredo Monterde. Parecía como si hubieran
transcurrido mil años desde que me viera apuntado por la pistola por primera
vez, y que esa pistola estuviera apuntando ahora al mismo yo reencarnado.
Monterde no sonreía, me miraba fijamente, como si fuera un robot, sin
pestañear. Por desgracia, no se trataba de un mal sueño… Mesas. Máquinas.
Impresoras. Ordenadores. Hojas de papel. Armario. Reloj de péndulo. Mi
respiración… Entonces empezó a llegar gente; de uno en uno, de dos en dos,
la sala se llenó en diez minutos escasos. Al entrar, todos, sin excepción, nos
miraron con asombro, primero a mí, después a Monterde (que tomó la
precaución de guardarse la pistola en un bolsillo, aunque sin dejar de
empuñarla dentro), luego otra vez a mí; o las mismas miradas pero a la
inversa, primero a Monterde (con la mano derecha escondida dentro del
bolsillo de su chaqueta, empuñando la pistola), después a mí, luego otra vez a
Monterde. Era una situación singular: todos, al entrar, nos miraron hasta tres
veces, como si consideraran necesario volver a mirar al primero al que habían
mirado para asegurarse de algo que les había sugerido la contemplación del
segundo. ¿Sabrían lo que estaba sucediendo? El último en llegar fue Thomas
Hardke, vestido de esmoquin, acompañado por la mujer que me fuera
presentada en Madrid como su esposa. Desde la puerta, Hardke hizo un gesto
llamando a Monterde, y éste me cuchicheó que era hora de salir de allí. Antes
de abandonar la sala me volví para mirar a los hombres que habían ocupado
ordenadamente las mesas: el que se había sentado en la mesa que contenía el
fragmento del Necronomicon se había puesto manguitos, igual que los
oficinistas de antaño, y había sacado del cajón un tintero y una vieja pluma de
manguillo. Tenía un rostro manso, bovino casi; incluso la nariz, la boca y la

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barbilla le sobresalían más de lo que suele ser habitual entre el género
humano.
«No suelo madrugar tanto, señor Ayala —fue el saludo de Mr. Hardke,
que esta vez no me tendió la mano; su esposa me ignoró—. A decir verdad,
todavía no me he acostado, vengo de una fiesta que se ha prolongado mucho
más de lo que esperaba; si no, posiblemente no me hubiera levantado tan
temprano por usted…, a pesar de los imperativos de nuestro común amigo
Alfredo. —Terminó su frase con acritud—. Como puede ver, yo tenía razón
cuando le advertí —intervino Monterde, después de un titubeo inicial que me
llenó de regocijo—; nuestro hombre estaba empeñado en curiosearlo todo, y
es preciso que nos explique por qué». Mr. Hardke le miró con cierto
desagrado y se dirigió a mí. «Bien, Ayala, espero que se explique… ¿Tiene
usted algo que decir? ¿No podía haber esperado tranquilamente, sin buscarse
complicaciones, a que le diera mi contestación a su propuesta? ¿Tanta prisa le
corría volver aquí? ¿Qué quiere saber exactamente?». Eran demasiadas
preguntas, pero me alegré de que Mr. Hardke me ofreciera la oportunidad de
poder hablar, pues eso quería decir que tenía ocasión de defenderme. Pero no
supe cómo ordenar todo lo que debía decirle y las palabras me surgieron a
borbotones, atropelladamente y —pensé— con muy poco poder de
convicción, o al menos eso deduje del progresivo escepticismo que fui
leyendo en la expresión de Mr. Hardke, quien por último se volvió de
espaldas, echando a andar nerviosamente por el pasillo. «Vamos a mi
despacho», ordenó, desabrido.
Los cuatro cruzamos varias habitaciones, hasta llegar a lo que parecía el
despacho convencional de un hombre de negocios de altos vuelos. Calidad en
el mobiliario y en la ornamentación. Me sorprendió que la esposa de Thomas
Hardke se quedara con nosotros. Él encendió uno de los cigarrillos ingleses
sin filtro que solía fumar. Lo que siguió fue, a grandes rasgos, el simulacro de
un juicio sin abogado defensor en el que yo interpretaba el papel de acusado,
Monterde el de fiscal, Mr. Hardke el de juez, y su esposa el de público. Mi
«contacto» madrileño cargó las tintas cuanto pudo al expresar cuál había sido
mi conducta, y Thomas Hardke escrutaba mi rostro mientras le escuchaba, en
busca quizá de alguna expresión que delatara temor. La mujer me miró
compasivamente. «Supongo que ahora me dirá que no le guiaba otra intención
que la de curiosear, —me dijo Hardke. Asentí. Encendió otro cigarrillo—. Y
supongo también —dijo, exhalando lentamente el humo— que no tiene la
menor intención de contarle a nadie lo que ha visto aquí». Además de
confirmarle que, en efecto, no quería comentar mi visita con nadie, me

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apresuré a decirle también que en el fondo no había visto nada y que, por lo
tanto, nada podía decir. «Y nada dirá, señor Ayala, puede usted estar seguro
de ello —me dijo—, puede estar seguro… No podemos permitirlo, hay
muchos intereses en juego». ¿Cómo interpretar esas palabras?
Involuntariamente, pensé en el protagonista de mi novela no escrita que, esto
acababa de decidirlo, no sería un músico consagrado sino un primerizo…
Pensé en Jorge Berlinés con unas partituras bajo el brazo, enfrentado a la vez
con un iracundo Mr. Hardke y con un Monterde deseoso de apretar el gatillo,
ante la mirada crecientemente desinteresada de una dama británica. ¡Ah, el
arte…! «… y es una lástima, porque había decidido aceptar su ofrecimiento,
pero el mundo editorial podrá pasar muy bien sin una novela inédita de
juventud de Julio Cogtázag», estaba diciendo Thomas Hardke mientras seguía
mirándome, como si esperara de mí algo que yo no supiera darle. «¡Demonio
de hombre! —dijo por fin, impaciente—. ¡Diga usted alguna cosa! ¿No se da
cuenta de que estoy esperando que intente convencerme?». Tartamudeando al
principio, le repetí que no había visto nada y que tampoco sabía nada: había
acudido a la casa instigado por la curiosidad, y en mi breve recorrido por ella
no había visto más que un sótano cubierto de desperdicios, una oficina con
máquinas viejas y nuevas y unas hojas de papel, callándome, por supuesto,
todo lo concerniente a mis sospechas e intuiciones. «¿También va a negarme
que ayer siguió a Piero hasta la ciudad del Vaticano? ¿Se atreve a negar que
entró en una casa y llamó a una puerta con el pretexto de que estaba buscando
a una persona inexistente? De todo ello se infiere que su interés en venir a
Roma no era tanto proponerme escribir el libro cuanto querer saber más sobre
mí; ése, y no otro, era su objetivo». No supe qué responderle, pues me parecía
estúpido continuar por más tiempo el mismo juego de afirmaciones y
negaciones, de acusaciones y defensas. Thomas Hardke debió de interpretar
mi silencio como un reconocimiento de culpa y se calló también. Nos
miramos de reojo. Dirigiéndose ahora a Monterde, Mr. Hardke dijo con
sequedad: «Quiero que te lleves a ese hombre fuera de la casa». La ceremonia
del juicio había terminado. Su esposa se encaminó hacia la puerta de salida.
Él fue tras ella. Yo cerré los ojos, mareado casi por la angustia. ¿Qué hacer?
Vi que Monterde seguía acariciando el arma dentro de su bolsillo. ¿Sería
posible que quisieran matarme? Desde ese momento debía procurar ganar
tiempo como fuera; confiaba en que Thomas Hardke, al reflexionar, acabaría
reconsiderando su actitud. Para ello tenía que comenzar allí mismo, retrasar
mi salida —primero del despacho, luego de la casa— todo el tiempo que me
fuera posible. «Mr. Hardke —le dije, haciendo un esfuerzo para expresarme

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con soltura—. Está cometiendo un grave error al hacer caso de lo que dice ese
hombre —señalé a Monterde—, pues le aseguro que ha estado lejos de mi
intención espiarle. No es mi estilo. Todo ha sido una equivocación». «Los
estilos cambian, el hombre permanece —aseguró Thomas Hardke, no sin un
deje de pesar—, créame cuando le digo que lamento su conducta. Pero no se
trata de lo que usted pueda saber sino de que YO no estoy dispuesto a vivir
teniendo constantemente a alguien husmeando en mis asuntos. —Tenía que
pensar un rápido contraataque, para ganar unos minutos más—. ¿Y no va a
satisfacer del todo mi curiosidad? —Probé suerte por otro camino—. Sé, o
mejor dicho, intuyo cómo funciona el tema literario, pero lo desconozco todo
sobre sus otras actividades…, por ejemplo —solté al azar— sobre la música.
¿Cómo consigue engañar a los expertos? Que yo sepa, cuando aparece una
obra de arte antigua que se atribuye a una firma cotizada, no sé, una partitura,
un lienzo… existen métodos para analizar científicamente su autenticidad:
pienso en análisis microquímicos, en rayos ultravioleta, en radiografías, en
computadores, en microfotografía… De acuerdo en que es más fácil
introducir en el mercado una obra literaria: si no hay herederos directos, los
problemas todavía son menores; si los hay, existen diversas formas de
taparles la boca… Eso lo entiendo, pero ¿y el papel de una partitura? ¡Se
detecta su antigüedad! ¿Y un lienzo? Se detecta también. ¿Y la piedra
utilizada en una escultura? Es fácil comprobarlo… Usted no puede engañar a
los expertos, no tiene tanto poder como para eso». Me miró con cierto aire de
condescendencia. «Se nota que no tiene una mente científica —dijo—, pues si
existen sistemas para analizar, para detectar falsificaciones, si prefiere que me
exprese en estos términos, considere aunque sólo sea por un momento que
también pueden existir maneras de envejecer lo que se quiere mostrar al
mundo… Señor Ayala, si tuviera ganas de hablar, pues ya le he dicho que aún
no me he acostado y, francamente, estoy cansado, le contaría con
detenimiento cómo funciona nuestro laboratorio. Bástele con saber que tengo
a cuatro científicos trabajando ininterrumpidamente desde hace años, y que
dispongo de los elementos necesarios para poder afrontar sin temor cualquier
prueba encaminada a verificar la antigüedad de un lienzo, o de una escultura,
o del papel de una partitura… ¿Sorprendido? ¿Y qué diría si yo le comunicara
que existe una sustancia que provoca el milagro, sí, el milagro, de borrar las
notas escritas en una vieja partitura para sustituirlas, con la tinta debida, por
otras escritas ahora con objeto de servir a nuestros fines? Podemos conseguir
una de las partituras conservadas de los tiempos de Beethoven, o de Mahler,
digamos, hacer desaparecer lo escrito y escribir en ella otras notas nuevas. Y

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es sólo una muestra de las cosas que estamos en condiciones de hacer. —
Escuchar aquello me apabulló: era mucho más de lo que esperaba—. Usted no
sabe nada, absolutamente nada, de los avances que hemos obtenido en este
terreno —añadió Thomas Hardke—. Señor Ayala, esto no es un juego, y así
debió entenderlo desde el principio, no es una de las banalidades a las que
estaba acostumbrado en su editorial. Aquello era vulgar». Detrás de mí,
Alfredo Monterde soltó una desagradable risita mientras yo comprobaba que
Thomas Hardke y su esposa me dejaban solo con él. Oí las pisadas de la
pareja alejándose…, sonoras, graves, como si estuvieran andando por un
pasillo abovedado. No me parecía posible que pesara sobre mí una amenaza
de muerte, que las novelas escritas —o que me proponía escribir— me
hubieran llevado hasta esa situación límite y que Alfredo Monterde fuera el
brazo ejecutor de la sentencia. Si pensaban matarme a mí, que sabía tan poco
—y que seguía sabiendo poco a pesar de las últimas explicaciones de Mr.
Hardke—, ¿qué no sucedería con los hombres que trabajaban abiertamente
para ellos y que por lo tanto debían conocer detalles más secretos?
Cuando el eco de los pasos dejó de percibirse y la estancia quedó en
silencio, Monterde volvió a sacar la pistola de su bolsillo y me obligó a salir
del despacho. Recorrimos un pasillo largo y estrecho, lujosamente decorado,
y fuimos a parar al vestíbulo, cuyos cuadros colgados en las paredes,
enmarcada su hermosa serenidad en doradas molduras, constituían casi una
cruel burla a mi crispación. Esos cuadros seguirán ahí cuando yo esté muerto,
pensé, sintiendo que los odiaba, experimentando repugnancia ante la fría
indiferencia del arte. Monterde abrió la puerta, y a punta de pistola, me hizo
salir delante. Llovía otra vez, pero eso no pareció importarle pues me dijo que
bajara la escalera. La lluvia era más intensa de lo que parecía desde la puerta
de la casa. En la explanada, frente a la escalinata, había aparcados varios
coches utilitarios: su gris cotidianidad formaba otro extraño contraste con la
fantástica entraña de mi aventura. Cruzamos así el jardín —yo delante, él
detrás con la pistola—, fuera del camino, por el conjunto de árboles, y
llegamos a la puerta de verjas que servía de entrada a la finca. Si yo estaba
empapado, Monterde no estaba en mejores condiciones; el cabello,
completamente mojado, se le aplastaba contra el cráneo y las puntas se le
adherían a la frente como si tuvieran pegamento; de vez en cuando tenía que
retirar de ella los cabellos mojados, cosa que yo advertía de reojo, pues
caminaba más pendiente de él que de mí. El agua había oscurecido el color de
su ropa.

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Dadas las circunstancias, vi esa puerta de verjas como si fuera el límite de
separación entre la vida y la muerte: hasta llegar a ella yo estaba inmunizado;
a partir de ahí, no: podía recibir el disparo letal en cualquier momento.
¿Qué hubiera hecho en mi lugar Jorge Berlinés?
Monterde me hizo caminar más deprisa por el simulacro de acera que
había fuera de la finca, paralela a la sucia tapia de color ocre. No se inmutó
porque pasara un automóvil por la carretera, ni hizo gesto alguno para ocultar
su pistola a la mirada del conductor. Le pregunté si íbamos muy lejos, pero no
me respondió. Estaba claro que deseaba alejarse de la casa, y también de la
carretera, hasta encontrar un sitio tranquilo como escenario para interpretar la
última escena de mi vida. Atravesamos un corto pinar cuyo suelo estaba
alfombrado de agujas de pino. Teníamos los zapatos sucios de barro.
Monterde me obligó a saltar un pequeño saliente del terreno, algo resbaladizo,
que conducía a otro pinar más frondoso. Fui el primero en saltar; estuve a
punto de caerme, mas conseguí mantener el equilibrio. El que se cayó, y
espectacularmente, fue Alfredo Monterde. Le vi hacer una complicada pirueta
y, a pesar de sus esfuerzos, caer de bruces en el barro. Su pistola fue a parar a
un par de metros más allá, deslizándose por el suelo. El golpe que Monterde
se dio en la barbilla, de la que empezó a brotar sangre, le dejó aturdido
durante unos segundos, que yo aproveché para darle una patada en la cabeza;
inmisericorde; no tardé ni dos segundos en golpearle de nuevo, esta vez en un
costado; al girar en el suelo, gritando de dolor, le golpeé por tercera vez,
ahora en la entrepierna. Se removió, semiinconsciente; el agua de lluvia abría
surcos en su rostro manchado de sangre y lodo. Cogí la pistola caída y por un
momento tuve al aturdido guardaespaldas ante el punto de mira del arma.
Incluso llegué a curvar el dedo en el gatillo. Pero fui incapaz de apretarlo. Le
asesté dos golpes más, en la cabeza, con la culata de la pistola y eché a correr
bajo la lluvia, chapoteando ruidosamente por el barro, buscando la manera de
orientarme entre los pinares.
Yo sabía que si regresaba por el camino que el llamado Monterde y yo
habíamos seguido para llegar hasta allí estaría enseguida de vuelta en la
carretera, pero la sola idea de verme otra vez en las inmediaciones de aquella
casa me causaba pavor; por eso seguí corriendo por el pinar, confiando en que
no tardaría en encontrar una salida que estuviera lo suficientemente alejada de
la casa como para sentirme más protegido. No tuve necesidad de correr
mucho; una vez cruzado el segundo pinar fui a parar a un camino embarrado
desde el que se divisaba la carretera. Había huellas recientes de neumáticos.
Seguí esa dirección y pronto pude cambiar el sendero enfangado por el asfalto

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mojado. Para entonces, mis pies chapaleaban dentro de los zapatos. ¿Y qué
debía hacer? Ir andando hasta la ciudad, bajo una lluvia creciente, adornada
además con aparato eléctrico, no sólo era un ejercicio sumamente
desagradable sino que me exponía a que Monterde, una vez recobrado el
conocimiento, saliera en mi persecución y me viera enfrentado pronto a un
tropiezo más que ingrato, aunque ahora yo también estuviera armado. Por otro
lado, era difícil, por no decir imposible, encontrar en ese paraje un taxi que
me devolviera a la ciudad que nunca debí visitar (o de la que, en todo caso, no
debería haber salido esa mañana). Únicamente me quedaba el recurso del
auto-stop, práctica de resultados harto dudosos teniendo en cuenta la
inexistencia de tráfico. ¿Y adónde iría cuando llegara a Roma? El hotel en el
que me alojaba podía haberse convertido ya en un lugar peligroso; y si
todavía no lo era, Monterde se encargaría de que lo fuera sin demora.
Sin embargo, en el encadenado de casualidades favorables que me habían
permitido seguir todavía en el mundo de los vivos, tuvo lugar otra, no de
menor importancia que las anteriores, aunque no tardaría en comprobar que
no se trataba de tal casualidad. Entre la cortina de lluvia vi aparecer un
automóvil, y a pesar de que yo estaba casi convencido de que el conductor no
haría caso a mi señal, a causa de mi deplorable aspecto y de lo solitario del
lugar, sí que se detuvo. Iba al volante una mujer joven, muy hermosa a
primera vista, que me invitó a subir sin hacerme ninguna pregunta. Arrancó
inmediatamente, como si tuviera más prisa que yo por alejarse de allí.
Sin importarme lo que la mujer pudiera pensar de mí, repuse que sí
cuando me preguntó si me dirigía a Roma, recliné la cabeza contra el respaldo
del asiento, cerré los ojos, dejé escapar una exclamación que era más un
lamento que un suspiro de alivio, volví a abrir los ojos y examiné con cariño
mi ropa mojada y mis zapatos cubiertos de barro. «He parado porque te he
visto antes —dijo inopinadamente la mujer—. Ibas con otro hombre, él
caminaba detrás y te apuntaba con una pistola. —La sorpresa me dejó mudo
—. Después de ver eso no podía marcharme así, tan tranquila, y olvidarme de
lo que había visto; por eso he detenido el coche más allá y he visto cómo os
internabais por el pinar. Lo que estaba viendo era más que sospechoso…, ¡era
toda una evidencia! Así que me he metido por el camino que rodea aquellos
pinares con la intención de comprobar si podía intervenir… He estado dando
vueltas sin conseguir nada, como si hubieseis desaparecido de repente, y
dudando entre seguir allí o avisar a la policía desde uno de esos teléfonos de
socorro que hay en la carretera. Lo primero podía acabar muy mal para ti, lo
segundo era bastante inseguro…, sé bien cómo funciona la policía de esta

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ciudad. Se trataba de una elección difícil —subrayó, pronunciando la palabra
pausadamente—. En definitiva, me alegro de haber podido ayudarte —y me
dedicó una sonrisa encantadora—. Me llamo Silvia». Le dije mi nombre,
intentando corresponder a su sonrisa, pero me salió más bien un rictus, una
caricatura de sonrisa hecha con temblores. «¿Y no se te ocurrió pensar que yo
podía ser un delincuente y el otro un policía?, —le pregunté—. Los
periodistas tenemos para esas cosas un sexto sentido… —negó, convencida
—. No, estaba segura de que tú eras la víctima». «A veces, una persona
encañonada por un policía también puede ser una víctima, —aventuré, sin
avergonzarme de estar diciendo una obviedad—. No, no era el caso», insistió.
Y cuanto más insistía, tanto más convencida parecía estar de lo que decía. Le
agradecí su gesto como pude, aún nervioso, aclarándole que, en efecto, aquel
hombre se proponía matarme. Pero como yo no tenía muchas ganas de hablar
después de la tensión a la que había estado sometido, no le conté nada más.
«¿Dónde quieres que te deje? ¿Estás en algún hotel?, —me ofreció—. ¡No!
¡A mi hotel no! —grité casi—. No puedo ir; seguramente estará vigilado y no
tardaría en verme ante una situación parecida». «¿Estás metido en un buen
lío, eh?», comentó, irónica. Debió de hacer su siguiente pregunta inspirada
por mi sombría expresión. «¿Droga?». Negué con la cabeza. «Celebro que no
sea algo tan vulgar —me dijo—. No lo digo por moralismo, es que me asquea
la vulgaridad y la droga es, hoy, una actividad tan vulgar… —No opiné y ella
no insistió sobre el tema—. ¿Sabes qué podemos hacer? Vamos a tomar algo
en un bar y me contarás lo que ha sucedido, si quieres, claro, para ver si entre
los dos somos capaces de encontrar una solución para tus problemas».
Podía haberle dicho que prefería que al llegar a Roma me dejara apearme
en el primer lugar donde pudiera detener el coche y que yo intentaría buscar
esa solución por mí mismo, sin implicar a nadie más en el asunto, pero me
asustó la perspectiva de estar solo en la ciudad sin saber a dónde dirigirme. La
soledad me aterraba, no por el aislamiento en sí sino por la indefensión que en
esos momentos suponía para mí. Acepté su ofrecimiento y, apenas nos vimos
envueltos por el tráfago callejero, en un barrio periférico que no reconocí,
Silvia buscó un sitio donde aparcar y luego entramos en un establecimiento
—un snack, según constaba en el rótulo exterior— que parecía un residuo
fantasmagórico de los últimos años sesenta, incluido el horripilante juke box:
desde las paredes nos sonreían amarillentos carteles con efigies de Einstein, el
«Che» y los melifluos Beatles; el camarero era un cincuentón regordete con
cabello largo y camisa estampada con flores.

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Sentados ante unas cervezas, me sinceré con Silvia cuanto pude,
deteniéndome sobre todo en lo que había sucedido esa fatídica mañana y
callándome, al principio, lo concerniente a Graham S. Barker y a Castle and
Wilkinson —al fin y al cabo yo seguía siendo un empleado de la firma—;
pero mi historia dejaba varios hilos sueltos: ¿por qué ellos se habían puesto en
contacto precisamente conmigo?, ¿por qué me habían pedido que colaborara?,
¿de qué me conocían? Al final, no tuve otro remedio que completar el relato
de lo acontecido desde mi contratación laboral por la delegación española de
la editorial norteamericana. De momento, eso me pareció, el instinto de
periodista de Silvia fue más fuerte que cualquier otra consideración, y su
primer comentario, con la mirada brillante a causa, quizá, del acaloramiento
que le había provocado mi relato, hizo referencia a lo explosivo de la noticia.
Pero enseguida adoptó una actitud más mesurada. Se echó a reír haciendo
comentarios sobre Graham S. Barker, y vino a decirme algo así como que más
de una vez había sospechado que detrás del conocido «millonario del horror»
se escondía algún hecho turbio: «No exactamente eso que me has dicho, pero
sí algo semejante».
«Ese Thomas Hardke tiene razón —opinó luego—, tu asunto americano
es un juego de niños si lo comparamos con este otro». Me pidió más detalles
sobre lo que había visto en la mansión de Hardke y apuntó en una agenda las
direcciones de las dos casas en las que había visto entrar al hombre de la
cicatriz en la mejilla. En su mirada y en sus gestos había trazos de la persona
que está habituada a vivir en continuo estado de alerta. Terminó de beberse la
cerveza y me miró directamente a los ojos, como si sospechara que le estaba
mintiendo u ocultando algo más. Pero sólo me dijo que debía recuperar mi
equipaje como fuera. «Únicamente tienes dos salidas: marcharte ahora mismo
de aquí y regresar a España, o quedarte en Roma el tiempo necesario mientras
planeamos la manera de desenmascarar a ese hombre —me dijo—. Creo que
lo más sensato es que te quedes y probemos suerte… No será fácil,
probablemente contarán incluso con protecciones políticas, qué sé yo…, hasta
la Mafia puede estar implicada en el asunto. Puede que sea muy laborioso y
complicado, pero hay que intentarlo».
Comprendí que no le faltaba razón. ¿Qué ganaría yo regresando a España,
lo cual, por otra parte, podía hacer en cualquier momento sin necesidad de
pasaporte? Alfredo Monterde y Thomas Hardke sabían que yo era un eslabón
fuera de control, un testigo peligroso; y sabían, asimismo, dónde buscarme y
encontrarme en Madrid… Huir ahora y volver a Madrid sólo supondría para
mí una tregua de unas pocas horas, pues inmediatamente volvería a estar en

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peligro; y eso contando con que no hubieran puesto alguna denuncia contra
mí y mi nombre estuviera en las listas de los policías de aduanas, quienes me
pondrían en sus manos. Aparentemente, lo más lógico era que me quedara en
Roma, aprovechando la momentánea ventaja que disfrutaba sobre ellos —en
el caso de que la disfrutara todavía—. ¿Dónde? ¿En otro hotel? ¿En alguna
pensión o casa de huéspedes? Cuando se lo dije, Silvia resolvió el problema
ofreciéndome su casa.
Lo que no me parecía tan importante como Silvia decía era lo de retirar mi
equipaje del hotel —podía comprarme ropas nuevas, más tarde denunciaría en
la Embajada la pérdida o la sustracción de mi documentación—, mas ella se
empeñó en que era necesario. Apoyó su razonamiento en el desconcierto que,
de hacerlo, les provocaría: si sacaba mi equipaje del hotel, podían suponer
que me había marchado de Roma y quizá también de Italia («Lo primero que
hace alguien que está en peligro en una ciudad es poner tierra de por medio
entre él y ese peligro», comentó, como si recitara un axioma heredado o
aceptado por atavismo), y si lo dejaba en la habitación era posible que
pensaran que yo seguía en la ciudad, lo que sin duda les haría intensificar su
búsqueda. «Además —dijo Silvia—, quizá no hayan tenido tiempo para
reaccionar y todavía puedas pasar tranquilamente por el hotel…, seguro que
puedes; quizá ese Monterde esté malherido en el pinar donde lo dejaste, o
muerto, y Hardke no se haya enterado aún de lo sucedido. —Se animaba más
a medida que iba hablando; yo admiré su capacidad para autoconvencerse—.
Aprovéchate de la ventaja que tienes ahora, luego no podrás hacerlo». Al
oírlo me sobrecogió la idea de que podía haber matado a Monterde; no me
veía matando a nadie…, ¡pero le había golpeado en la cabeza con tanta
fuerza!
Pagué las cervezas y le dije a Silvia el nombre y la dirección del hotel.
Lloviznaba, leve, tranquilamente. Por el camino, entre el ensordecedor
concierto de cláxones —a mayor abundancia, Silvia, indiferente a la llovizna,
conducía con las ventanillas abiertas—, trazamos apresuradamente una
especie de plan de acción: primero entraría ella en el hotel preguntando por
mí, y si no observaba nada anormal —una de sus preguntas sería si, aparte de
ella, alguna otra persona se había interesado por mí en las últimas horas—
saldría para decírmelo; a continuación, entraría yo y me llevaría sin tardanza
mi equipaje. En el caso de que el hotel ya estuviera vigilado, al día siguiente
nos las ingeniaríamos como fuera para retirar el equipaje de otra manera…, ¡o
nos olvidaríamos de él, pues estratégicamente no me sería útil! El único

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peligro era que alguien de la Organización se presentara por sorpresa en el
hotel estando yo dentro, pero era un riesgo que había que correr.
Aparcó el automóvil en una calle detrás del hotel y la esperé fumando sin
salir de él. En la cédula del coche figuraban el primer apellido de Silvia —
Moretti— y su dirección. En el asiento trasero había desparramados varios
periódicos y, encima de ellos, un libro de John Hawkes en su edición
norteamericana. Me alegré de que leyera a Hawkes en lugar de a Stephen
King, Graham S. Barker o Harold Robbins. El libro, The Cannibal, tenía
puesta una señal entre las páginas 72 y 73. Los transeúntes iban y venían
desafiando la lluvia menuda, pero molesta, algunos de ellos cargados con
cámaras fotográficas y latas de «coke». Diez minutos después regresó Silvia.
Antes de que hablara, deduje de su risueña expresión que el camino estaba
libre. «Volveré lo antes que pueda», le dije. Vi que se encendía un cigarrillo y
que, contrariamente a lo que yo había hecho, se quedaba esperándome fuera
del coche, protegiéndose en el escaparate de una tienda de discos. Le hice una
señal con la mano antes de volver la esquina.
¡Cuántos pensamientos enfrentados, cuántos fantasmas mentales tuve que
exorcizar hasta que llegué al hotel! Miraba con recelo a todos, hombres y
mujeres, que seguían la misma dirección que seguía yo, como si tuvieran mi
mismo objetivo; tal vez alguno de ellos fuera un espía de Thomas Hardke,
encargado de vigilar mi llegada… Frente al hotel había dos jóvenes apoyados
contra la pared, mirando hacia la puerta de entrada, pero cuando me volví a
mirarles desde dentro comprobé que seguían allí, impasibles. Crucé con paso
rápido el vestíbulo hasta la recepción, pedí mi llave, pregunté si había algún
recado para mí —«hace unos minutos ha estado una señorita preguntando por
usted»— y ordené que tuvieran preparada mi cuenta dentro de cinco minutos,
el tiempo aproximado que tardaría en bajar con mi equipaje.
Recorriendo el pasillo hacia mi habitación, tuve otra vez la impresión de
que cualquiera podía estar aguardándome a la vuelta del recodo, la sensación
de estar repitiendo la misma escena, como en el rodaje de una película, de
volver a vivir algo que ya había vivido con anterioridad, la sospecha de que
me esperaban dentro de la estancia. Pero allí no había nadie. Ni siquiera la
habían limpiado todavía, estaba tal y como la había dejado al salir por la
mañana. Incluso el silencio y la soledad eran excesivos tratándose de un
céntrico hotel romano. Metí mis cosas precipitadamente en la maleta, algunas
hechas un ovillo, los frascos de colonia y masaje fuera de la bolsa de aseo, el
cepillo de dientes junto con los calcetines y calzoncillos que me había quitado

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por la noche, y salí sin perder tiempo en cambiarme de ropa. Tampoco me
cambié de zapatos ni me preocupé de frotarlos.
La pregunta que me hice mientras esperaba el ascensor —¿y si al llegar a
este piso se abre la puerta y aparece uno de ellos?— me lanzó, sin dudarlo,
escaleras abajo. En recepción me aguardaba un contratiempo. Un hombre
grueso, completamente calvo, vestido con traje de verano, quien manifestó ser
el director del hotel, me preguntó si tenía alguna queja del servicio de la casa,
no sin antes mirarme de arriba abajo frunciendo el ceño ante mi desastrado
aspecto. Al decirle que no, su expresión se hizo más amistosa, sólo un poco
más amistosa —mi aspecto no debía de gustarle nada: era un desdoro para el
hotel—, y me recordó que la reserva que había efectuado a través de la
agencia aún estaba vigente, y que si dejaba el hotel no podían abonarme
ninguna cantidad de dinero, pues estaba previsto que la habitación seguiría
ocupada hasta el lunes siguiente. Con sequedad, le dije que no me había
pasado por la imaginación solicitar un abono por los días —así dije— no
disfrutados. ¡Como si hubiera disfrutado alguno! El hombre debió de darse
cuenta de que yo estaba molesto, porque, ya fuera para diluir la tensión, bien
para disculparse, empezó a contarme una anécdota según la cual un hombre
de negocios alemán, que había contratado una habitación para ocho noches,
tuvo que marcharse a los tres días y pidió en dirección que le reembolsaran el
importe correspondiente de los cinco días restantes… Miré con impaciencia al
recepcionista y hacia la puerta de entrada; en cualquier momento podía
aparecer alguno de ellos… «Lo siento, pero tengo mucha prisa —le
interrumpí—. Ya le he dicho que no tengo intención de reclamar nada».
Satisfecho o no, el hombre tuvo que cortar ahí su relato, sonrió y me saludó
dándome la mano. «Ha sido un placer, espero que no será la última ocasión en
que contemos aquí con su presencia». Su mano estaba extrañamente fría para
ser verano. La mía, por el contrario, estaba sudorosa. El recepcionista
consultó algo en una carpeta, sacó de ella unos papeles y desapareció por una
puerta después de pedirme que tuviera «la bondad de esperar unos minutos».
Apoyé la maleta en el suelo e hice un gesto nervioso rascándome la palma
de una mano, con la mirada fija en la puerta. Entraban y salían, pues se
aproximaba la hora de la comida. Todos turistas; todos desconocidos; todos
mirando mis zapatos cubiertos de barro… Pero alguien enviado por Mr.
Hardke entraría pronto por esa puerta. Y para entonces yo no debería estar
allí. Cuando el recepcionista reapareció, con la cuenta de mis gastos
discretamente doblada entre las manos, le ofrecí mi tarjeta de crédito sin
detenerme a comprobar la factura. Impaciente por salir del hotel, cogí de

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nuevo la maleta. Detrás del mostrador, el hombre se comportaba con
exasperante lentitud, como si supiera que yo tenía prisa y se deleitara
retrasando mi salida todo lo posible. Hizo la rutinaria operación contable con
la tarjeta de plástico, firmé el documento de cargo y me la devolvió; un ritual
que ambos hubiéramos cumplido mecánicamente de no haber sido por mi
nerviosismo, que lo transformó en una ceremonia crispada. Entonces sonó el
teléfono. Sin importarme llamar la atención, fui casi corriendo hacia la puerta:
aunque en el hotel se recibían continuamente llamadas telefónicas, sabía que
esa llamada era para mí. Y, en efecto, oí mi nombre pronunciado en voz alta
por el recepcionista. Alguno de los huéspedes que merodeaban por la puerta
de entrada me chistó, señalándome hacia el mostrador, con esa rudeza
característica del extranjero que desea hacer un gesto coloquial, amistoso. No
les hice caso. Ya en la calle, todavía fui más deprisa. La lluvia era fina pero
insistente, pegajosa; las nubes parecían flotar por encima de los áticos, a ras
de los tejados.
Silvia hizo un gesto de alivio que fue también un gesto de acercamiento.
Le conté que el director del hotel me había retenido por una tontería y que
habían telefoneado preguntando por mí en el preciso momento en que yo salía
por la puerta. «¿Ves cómo tenía razón? Aún había tiempo —me dijo,
poniendo el automóvil en marcha—. Tu jugada ha debido de sorprenderles.
Ahora imaginarán que has puesto pies en polvorosa… De momento no te
buscarán aquí». Yo no estaba tan seguro.
Esta vez no hablamos nada más, absortos cada uno en nuestros
pensamientos. Silvia vivía no lejos de allí, en una calle próxima a la Piazza
Navona. Dejamos el coche en la acera, mal aparcado, como siempre, y
subimos a su piso a través de una escalera amplia y restaurada. A primera
vista, en el piso reinaban a partes iguales el desorden —papeles y libros
amontonados descuidadamente encima de sillas y sillones, e incluso en el
suelo— y el orden, perceptible en el ambiente; una curiosa mezcolanza que,
no obstante, no parecía difícil de conciliar para Silvia. Me hizo pasar a una
habitación con una pequeña cama, una mesilla y estantes, que daba a un patio
de luces, y me indicó dónde estaba el cuarto de baño. Por fin pude ducharme
y cambiarme de ropa con tranquilidad. Dejé los zapatos sucios debajo de la
cama.
Silvia me estaba esperando sentada ante una mesa de despacho llena de
papeles. Apuntaba algo en un cuaderno de notas. «He estado pensando en
todo esto y me parece que por ahora no te conviene salir de casa —dijo—. Yo
me encargaré de hacer fuera lo que haya que hacer… Si te ocurre algo, si

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quieres hacer alguna gestión, dímelo y yo la haré por ti. Por mi parte haré
alguna tentativa a partir de las direcciones que me has dado… No tengo aún
muy claro qué debo hacer, pero ya se me ocurrirá. Y ahora tendrás que
quedarte solo, pues es preciso que vaya a la redacción del periódico. Te dejo
apuntado un número de teléfono donde me podrás localizar si sucede
cualquier anomalía —arrancó una hoja del cuaderno y la clavó con una
chincheta en un panel, junto a otras anotaciones—. No creo conveniente que
atiendas el teléfono; no abras tampoco la puerta a nadie. Al principio tenemos
que adoptar todo tipo de precauciones».
Lo que dijo me pareció razonable, y aunque la perspectiva de estar
encerrado en el piso no me resultaba atractiva entendí que era lo mejor que
podía hacer por el momento, pues Mr. Hardke y Monterde habían hecho de
Roma una ciudad peligrosa para mi persona. Oí el sonido de las enérgicas
pisadas de Silvia bajando las escaleras. Luego, el piso quedó sumido en el
silencio. Asomado a hurtadillas por la ventana la vi subir a su coche. Y
cuando el vehículo desapareció de mi vista entre la cortinilla de lluvia
comencé a notar el peso de la soledad, como si, al marcharse, Silvia se
hubiera llevado con ella todo signo de presencia humana. Pero no; en la casa
de enfrente, una mujer vestida con bata acolchada me estaba mirando desde el
balcón, agazapada tras unas macetas. Tenía una mirada insidiosa. Retrocedí
instintivamente hacia el sombrío interior.

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NACE LA «MOZARTINA»

La casa estaba a mi disposición, pero no sabía qué hacer. No me apetecía leer


ni escuchar música. Lo más sensato hubiera sido acostarme para dormir y
reponer fuerzas. Pero no soy sensato: si lo fuera, ahora estaría en mi piso de
Madrid, probablemente trabajando en mi novela. ¿Mi novela…? Mientras
esperaba a Silvia podía dedicar una parte de mi tiempo a pensar en la novela,
a intentar darle una estructura, una forma. Tal vez fuera una buena terapia
para recuperar el placer de la actividad intelectual.
En primer lugar estaba el personaje central —pensé, acomodándome en
un confortable sillón después de apartar de él unos legajos de papeles y
revistas—, Jorge Berlinés. Ya había decidido que Berlinés sería un músico
primerizo, inexperto y apasionado, que entraría casualmente en contacto con
los falsificadores, pero necesitaba crear a su alrededor una atmósfera o unas
condiciones de vida que fueran una proyección de su conflictivo interior: así,
Jorge Berlinés se iría definiendo por sí mismo y por su contexto, con relación
a los demás. Todo inhóspito. Berlinés es un exiliado del país de la música que
vive entre personas sin oído. Un hombre que cree sentirse feliz no suele ser un
personaje interesante para una novela que, como era la que estaba ideando,
fluye en un estado de continua tensión; por consiguiente, Berlinés sería una
persona que se cree desdichada o que lo es realmente, lo que le aproximará a
la media del género humano.
Entonces me pareció oportuno partir de dos ideas básicas: no contar nada
sobre su pasado —dejando que ese pasado tuviera únicamente forma de
música: un sonido no percibido pero latente— y hacerle estar lo más solo
posible pero con problemas de relación; tendría algún familiar…, quizá dos
tíos con los que no se relaciona demasiado; y le haría casarse. De repente, el
hecho de que Berlinés estuviera casado se me antojó imprescindible para
acentuar la vena depresiva de la historia. Jorge Berlinés quiere dejar oír su
voz en el mundo de la música, una música tonal que es sistemáticamente
rechazada en una sociedad donde la atonalidad, representación quizá de la
falta de armonía del mundo moderno, es alentada por quienes no hacen la

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música sino que la critican, decretando qué debe permanecer como bueno y
qué debe ser olvidado como malo. Berlinés se siente un hombre desdichado
porque cree en su música pero no puede estrenarla; sin embargo, no se
considera un fracasado. La que sí le llama fracasado es su esposa —nombre a
determinar—, a la que conocerá en el transcurso de una especie de cena o de
fiesta que darán los tíos de él. Ella es una mujer brillante en superficie pero
convencional en el fondo; podría escribir reseñas en revistas que se dicen
culturales…, no sé qué haré; le gustan las fiestas; dice que le gusta la música,
pero no es cierto; trabaja, se queda sin trabajo y desde entonces descarga su
amargura —máscara de su mediocridad humana, la cual sale a flote al cesar
su actividad profesional— sobre Berlinés, diciéndole que existen otras
maneras de vivir de la música, atormentando su dolorosa espera…
Más que hambre, sentía una imperiosa necesidad de beber. Abandoné por
unos minutos la comodidad del sillón y recorrí la casa en busca de una
botella. En el frigorífico había bebidas no alcohólicas y unos botes de
cerveza, que dejé allí como reserva por si no encontraba nada mejor. En un
armario hallé finalmente dos botellas de whisky escocés, una de ron y una de
grappa. Me serví un «scotch» y antes de volver al sillón —donde ya había
conseguido olvidarme de la situación vivida pocas horas antes— estuve
curioseando el piso, en el que, pese al desorden, se notaba la huella de eso que
algunas mujeres llaman «una mano de mujer»; ésta es una expresión que
detesto, quizá en parte porque no acababa de entenderla y, como tantos otros,
la asociaba a cosas tan fastidiosas como flores, macetas, pañitos, bandejas,
cortinas, chucherías de adorno y objetos semejantes, pero viendo la casa de
Silvia, en la que no había nada de eso y sí cierto desorden, creí que empezaba
a comprender el sentido oculto de la expresión: tal vez fuera una rara armonía
que se desprendía del ambiente, algo indefinible pero que estaba ahí para
quien fuera capaz de percibirlo: una manera de instalarse en una casa que
parece perpetua aun en la provisionalidad. Entre otras cosas, me llamó la
atención una fotografía en color que yacía como descuidadamente encima de
una mesa de cristal, junto a un juego de pitillera —vacía—, cenicero y
encendedor. En la foto, Silvia estaba con otra mujer, de agresiva belleza y un
poco mayor que ella, mirando ambas de frente al objetivo de la cámara y
enlazándose las caderas con las manos; la fotografía había sido tomada a
orillas del mar; las dos mujeres llevaban un traje de baño de los llamados
biquinis, amarillo el de Silvia, blanco el de la otra, desconocida de rubios
cabellos y de piel casi caoba. Silvia estaba atractiva en la instantánea, ojos de
fuego y boca de agua como hubiera escrito William Blake; el sostén apenas

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cubría sus senos, y la braga del bañador se ceñía a un vientre sin asomo de
grasa. Parecía más delgada. No había ninguna anotación de nombre o lugar o
fecha en el reverso. Dejé la fotografía en el mismo lugar donde la había
encontrado y regresé al sillón bebiendo ya por el camino. Un termómetro de
pared sobre fondo de madera marcaba veinticinco grados. Con el nerviosismo
de la mañana apenas me había fijado en que Silvia era una mujer muy
atractiva…
… La esposa de Jorge Berlinés no sería tan hermosa, aunque sí falazmente
sugestiva. Fin-de-siècle… Impulsado por ella, Jorge dará clases de piano para
sobrevivir. En ese punto del libro tienen que hacer acto de presencia los
falsificadores organizados. ¿Cómo? Una buena posibilidad es a través de uno
o una de sus alumnos. ¿El alumno o la alumna toma clases de piano para
descubrir a algún músico más o menos frustrado que pueda servir para los
intereses de los falsificadores? Probablemente…, y sería una alumna. Tras
contemplar la foto de Silvia y de su amiga —pues daba por supuesto que la
mujer de rubio cabello debía de ser una amiga de Silvia— me sentía inclinado
a incluir en la trama a otro personaje femenino, que, como la esposa, también
ocultaría algo al personaje masculino. Pero en mi elección había, ¿debo
decirlo?, un componente más severo que la aparente frivolidad de incluir por
capricho a otra mujer: la alumna sería, soterradamente, un elemento de
exasperación para la esposa de Berlinés: en apariencia, la alumna admira a
Jorge: en el fondo, la esposa lo desprecia; ambas quieren manipularle de
forma distinta.
La alumna, ya decidiré cómo, pondrá en contacto a Berlinés con un
intermediario de los falsificadores quien le pedirá que escriba una
composición «a la manera de Mozart». ¿Por qué Mozart y no otro? Porque
Mozart no sólo es el músico que, junto con Bach, sí, tal vez junto con Bach,
todos identifican espontáneamente como la gran figura de la música, sino
también el que más discos de la grabación de una obra inédita puede vender
en todo el mundo, el que más dinero puede movilizar a la hora de poner en
marcha una campaña internacional. El cine ha contribuido a ello. Me deja
perplejo el poder de influencia que aún tiene el cine sobre la formación
cultural de muchas personas… Como sucede con todos los músicos, Mozart
no puede ser imitado a la perfección, pero sí puede componerse «algo»
mozartiano: su sonido es imitable. Todo producto humano es sistemático…
Después de rozar una idea hegeliana, sonreí al recordar una frase del padre de
E = mc2: «Mozart es como el firmamento, perfecto». Esta frase debe estar

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dentro del libro: ¡curiosa definición viniendo de una mente científica como la
de Einstein!
Me inspiraría parcialmente en Alfredo Monterde para crear la figura del
intermediario, aunque haciendo de él una persona menos amenazadora. Y
pienso en: verano: nocturno aromatizado con alcohol: tela de fiesta: fru-frú de
ropas holgadas, perneras que se rozan, faldas cuyo vuelo acaricia los muebles:
un hombre grueso, con barba, literalmente embutido en un traje de verano: un
barbudo sudoroso y parlanchín que pretende saber de música más que los
músicos, que en una noche de verano suda y suda hablando de Mozart y de
imitar a Mozart por dinero, sí, por dinero, pero también por algo más: por
recibir la ayuda para estrenar públicamente una o varias obras de un
compositor desconocido. La oferta complementaria —que será el principal
aliciente para Jorge Berlinés— permitirá a la Organización economizar dinero
en el momento de pagar sus servicios como compositor mozartiano, y a la vez
dejará a éste en manos de aquélla. Pero el contacto de Berlinés con el grupo
tendrá que ser simultáneo al descubrimiento de la, así suele llamarse,
infidelidad de su esposa, hecho sobre el que se habrán filtrado sugerencias a
lo largo del libro. Luego vendrá ya lo concerniente al grupo de falsificadores.
A su denuncia. Sin embargo —improvisé una objeción—, un quiebro así,
estando tan avanzado el desarrollo del libro, puede resultar desconcertante
para muchos lectores, que quizá se sientan molestos por estar leyendo una
novela —la historia de un músico sin suerte— para pasar de repente a otra —
las actividades de un grupo que se dedica a la venta de falsificaciones de
obras artísticas. Para evitar un efecto de disolvencia tenía que crear desde el
principio cierta expectativa ante la banda de falsificadores: decir en las
primeras páginas del libro que existen: crear un clima malsano, con un
sedimento opresivo y depresivo, que podría comenzar incluso por el episodio,
ya decidido, de la muerte de Jorge Berlinés —yo sé que un libro puede matar,
por qué no una música—, lo que me facilitaría contar los hechos a la manera
de un salto al pasado, o «flash back», a partir de las últimas conversaciones de
Berlinés con un periodista curioso —¿no estaré presagiando mi propio fin?
Yo, Vicente Ayala, que estoy conversando con una periodista curiosa, Silvia
Moretti, ¿no acabaré muerto, como Berlinés, a manos de alguien del grupo?
—, conversaciones que luego el reportero formalizaría literariamente.
Ese recurso narrativo, que me permitiría conferir a la novela una tensa
dinámica interna —referencias a algo terrible y poderoso que el lector aún
desconoce—, me situó, al pararme a reflexionar sobre ello, al borde de la
renuncia a escribir, pues lo entendía casi como una alegoría de mi situación

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actual: amenazado de muerte, acosado, limitado dentro de una ciudad
extranjera, encerrado en la casa de una mujer desconocida que era
periodista… Apuré de un trago el whisky que todavía me quedaba por beber
en el vaso y volví a llenarlo. Esta vez dejé la botella al lado del sillón.
Jorge Berlinés escribiría una pieza breve, sin título, una especie de
«divertimento», que sería titulada «Mozartina». La compondría a instancias
del grueso barbudo, quien le tentaría con un pretexto inverosímil pero
fascinante: un enamorado de Mozart, multimillonario, que ha reunido en su
mansión centroeuropea todo lo que existe sobre el músico en los cinco
continentes, piensa que su vida carece de sentido desde el momento en que ya
no puede incorporar a su colección privada músicas inéditas del llamado
«genio de Salzburgo». Por eso, contrata a algunos compositores para que le
escriban temas musicales a la manera de Mozart. Ya se sabe que Wolfgang
Amadeus es único, inimitable, irrepetible —dirá el cerebro de la conjura y
repetirá obedientemente su sudoroso mensajero nocturno—, pero pueden
escribirse músicas capaces de retrotraer su dulcísimo sonido; pensamiento
motor de la petición: el multimillonario añade a su colección una pieza
única…
Y ante el multimillonario está sentado Jorge Berlinés, lo veo, en un sillón
con cenefas gris perla; bandas, bordados omnipresentes que dan a la estancia
el aire de un viejo salón por el que se desliza el fantasma de la música y en el
que, aguzando el oído, aún pueden percibirse ecos fantasmales del piano de
cola que sofoca el bisbiseo de los abanicos. Unos días atrás le ha hecho llegar
a través del intermediario una pequeña composición para instrumentos de
cuerda que no alcanza los cinco minutos de duración pero que revive el
sonido de la música del autor de «Così fan tutte». El multimillonario le ha
llamado sirviéndose también del intermediario, con el ruego de que «se sirva
estar presente» en la audición de la obra —cuya interpretación ha ordenado
grabar, como prueba, a unos músicos y a un experto técnico en sonido— y
para que, a su término, le haga unos comentarios prácticos sobre la técnica de
composición de Mozart. El encuentro entre mecenas y artista tiene lugar en
Roma, en un palacete de paredes desconchadas; el primero se encarga de los
gastos de viaje del segundo…
Jorge Berlinés no tiene la impresión de que el multimillonario, a quien de
momento llamaré Mr. Wolf, esté muy impresionado por la pequeña pieza…
Él no era Mozart, indudablemente, sino Jorge Berlinés, pero después de
todo había cumplido con algo más que buen oficio el encargo de componer
aquella música dieciochesca. En realidad, eso le pareció a Berlinés, la actitud

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de Mr. Wolf era más bien propia de alguien a quien Mozart le resulta
indiferente. Fue la primera vez que tuvo la sospecha de que el asunto no era
tan sencillo como le habían dicho y de que detrás de la extraña mise-en-scène
podía haber otros intereses encubiertos, y no precisamente de naturaleza
artística. Por eso lamentó no haber introducido en la obra alguna clave técnica
para iniciados que le permitiera comprobar hasta dónde llegaban los
conocimientos musicales de Mr. Wolf —que, a tenor de la banalidad de sus
comentarios, debían de ser de un nivel bastante corriente—, y sus recelos
aumentaron cuando el hombre le pidió que le explicara cómo había
compuesto la «Mozartina».
Pero, aun a riesgo de ser abrupto entre tanta armonía, hay que decir antes
que Berlinés había permanecido distraído durante la triple audición de la
pieza —Mr. Wolf la había hecho interpretar tres veces seguidas—, pensando
en el brusco giro que había sufrido su vida en los dos últimos meses: poco
tiempo atrás, ni él ni Elena disponían de otra fuente de ingresos que no fueran
las lecciones de piano; ahora, él iba a cobrar una bonita cantidad de dólares,
podría estrenar una de sus músicas, y también Elena trabajaba otra vez: el
individuo que la acompañó a casa al término de la fiesta de cumpleaños de
Inés le había ofrecido una ocupación como secretaria a su servicio. En pocas
semanas, la situación de la pareja había cambiado aparentemente; sólo en
apariencia, porque las relaciones entre Jorge Berlinés y Elena Llovet habían
pasado de la tensión a una fase de apatía que únicamente se alteraba en los
momentos de renacimiento de dicha tensión. Tal vez por ello, Berlinés había
optado por guardar silencio sobre una de sus actividades —preparar el estreno
de su música—, limitándose a comentar superficialmente la otra. Simulando
poco interés, le dijo a Elena que había recibido de un musicólogo el encargo
de escribir una composición para su solaz; lo hizo con la seguridad de que
Elena no prestaría mucha atención a sus palabras —como así fue—, ya que
toda la preocupación de la mujer parecía estar puesta en su trabajo y en su
nuevo jefe, del que hablaba a menudo aunque no viniera a cuento, incluso en
los lugares y momentos menos propicios a las confidencias laborales.
Se trataba sólo de una sospecha, pero Jorge Berlinés estaba casi seguro de
que Elena había encontrado, además de un nuevo jefe y un nuevo empleo, un
nuevo amante. La sospecha, sin embargo, no había ejercido sobre su ánimo
una presión tan dolorosa como creyó al principio, cuando observaba las
mutaciones de carácter de aquella mujer que día tras día le resultaba más
desconocida. Él había cumplido su encargo —divagaba con el fondo de la
«Mozartina»—, y más que la obligación de disertar sobre la técnica utilizada

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por Wolfgang Amadeus Mozart en sus composiciones para instrumentos de
cuerda, o contestar al interrogatorio musical de Mr. Wolf, le interesaba cobrar
sus honorarios y acordar con el melómano multimillonario la fecha del
estreno de su obra de concierto: lugar y sala, obras que le acompañarían en el
programa… Pero, como si le regocijara la ansiedad de Berlinés, Mr. Wolf no
sacó el tema a conversación hasta mucho después de que el músico le hablara
sobre Mozart.
—En las obras que Mozart compuso para cuerda puede escucharse en
primer lugar, y hablo en líneas generales, un tema expuesto por los primeros
violines —tuvo que explicar Berlinés, conteniendo a duras penas su
impaciencia—. Casi siempre suele ser un tema breve, al que de inmediato se
le unen, enriqueciéndolo, nuevos temas que, a diferencia de lo que ocurre con
gran número de otros músicos, me refiero en especial a músicos de su época,
no son únicamente temas de ayuda sino que tienen una importancia igual a la
del primero.
Y al oír el comentario hecho por Mr. Wolf de que, en esas ocasiones, el
degustador —eso dijo, degustador— de la música de Mozart tiene siempre la
impresión de estar escuchando un solo tema, al menos durante la primera
audición, hasta que se profundiza —eso dijo también, profundiza— en la obra
que se escucha, Berlinés adoptó el tono de un profesor de Conservatorio
cansado de repetir la misma lección año tras año.
—Eso es porque el trabajo de estos nuevos temas está tan cuidado e
integrado, que el desarrollo de las variaciones que Mozart hacía de ellos
tiende a la consecución de un único y denso tema, en lugar de la más común
exposición sucesiva, y perfectamente diferenciada, de primer, segundo,
tercer… tema.
—Es una cuestión de armonía, claro…
—Su armonía es clásica —Mr. Wolf asintió con la cabeza, como un
alumno pelotillero—, y una de sus constantes más notables está en lucir la
disonancia.
Cuando Berlinés vio que Mr. Wolf enarcaba las cejas, sorprendido, ya no
le cupo la menor duda de que aquel hombre podía ser cualquier cosa menos
un especialista en Mozart. ¿Qué se traería entre manos?
—Aunque en una primera audición pueda parecer que no, sin duda por la
gracia con que las resolvía, Mozart está lleno de disonancias. —Berlinés se
ganó una mirada apreciativa de su oyente—. Su construcción técnica —
prosiguió— no varía en exceso de la de los demás músicos llamados clásicos,
sobre todo de los músicos del siglo dieciocho, pero lo que de verdad

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diferencia a Mozart de ellos es su sencillez. Así, mientras otros compositores
lo llevaban todo a lo grande, por así decirlo, y utilizaban reguladores también
muy grandes que van de ppp a ffff, Mozart, en la mayoría de los casos,
solamente utilizaba p, mp y f. En ocasiones, también, en su música abundan
los sforzatos, o sea, los sf…, siempre para dar realce a una nota. Su ritmo es
éste: en los allegros suele sorprender en cada ocasión a pesar de mantener
siempre el mismo estilo: ritmo de corcheas en el bajo doblado a la octava en
muchos casos por las violas, ritmo de semicorcheas en los segundos violines y
melodía principal en los primeros violines. Éste es, a grandes rasgos, el ritmo
de la composición que he escrito…
Al concluir su exposición, no excesivamente complicada, el músico se
sentía tan fatigado como si hubiera estado impartiendo una clase a uno de
esos niños que detestan la música llamada clásica, pero al que sus padres —
quienes sin duda desean tener en la familia un «genio» digno de ellos— han
obligado a seguir adelante en sus estudios, y que muestran hacia las
explicaciones del profesor de música el mismo interés que podrían poner en
una clase sobre la historia económica de la Europa preindustrial o sobre la
concepción estructuralista de las teorías. Aunque en su explicación había
procurado no entrar en conceptos y en expresiones demasiado técnicos —
cada vez estaba más seguro de que Mr. Wolf no sabía nada de armonía y
contrapunto—, tenía la impresión de que podía resultar algo «dura» para un
indocto en materia musical, pero a pesar de ello su oyente mantuvo hasta el
final una expresión de complicidad y luego le aplaudió en silencio, esto es,
golpeando suavemente en la palma de la mano izquierda con los dedos anular,
corazón e índice de la derecha, elevando ligeramente el meñique, con algo de
afectada cursilería, quizá también con cierta autoironía hacia su propia
ignorancia musical, como un hombre de negocios que condesciende a
expresar su admiración por un artista o por los conocimientos de un científico.
… Le había dicho a Elena que debía hacer forzosamente un viaje al
extranjero para hablar con el hombre que le había encargado una composición
musical, mas no le dijo que iba a Roma sino a París: ¿por qué esa mentira? Él
mismo no conseguía entender qué motivo le había impulsado a mentir…
Un criado les sirvió coñac en dos voluminosas copas que, previamente,
había caldeado con agua, y Mr. Wolf le ofreció tabaco inglés sin filtro, de una
pitillera de laca y oro.
—Es una lástima que esté echando a perder su talento dando clases de
piano para retrasados mentales —le dijo Mr. Wolf, recuperando el dominio de
la situación—. Un artista debe hacer arte, tiene la obligación moral de

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dedicarse a su arte. Y el suyo, no hace falta más que oír sus conocimientos
sobre Mozart, y lo digo sin haber escuchado todavía sus obras, es la música…
La vida comete grandes injusticias: aquí me tiene a mí, con todo el dinero y
todo el tiempo del mundo por delante, sin saber hacer más que admirar las
obras ajenas… Se lo digo con franqueza, Berlinés, siento una profunda
admiración hacia los artistas, y si enfatizo la palabra artistas es porque en este
tiempo de confusión que estamos viviendo se está llamando artistas incluso a
un peluquero o a una cabaretera…, y le garantizo que ni mi admiración ni mis
críticas están enturbiadas por mi impotencia personal para crear. No soy un
envidioso del artista sino un venerador de la belleza, provenga de donde
provenga…, una música, un libro, un cuadro, una escultura, un hermoso
edificio modernista, una iglesia gótica o renacentista…, aunque,
personalmente, me conmueva la música más que cualquier otra cosa del
mundo, y por encima de todo la música de Wolfgang Amadeus Mozart.
Dijo esto con tanta fuerza y convicción que Berlinés no puso en duda que
le estaba hablando sinceramente. Y no supo cómo corresponder a esa
sinceridad, que le hizo sentirse mezquino pensando en su recompensa. Miró
sesgadamente la partitura de la «Mozartina», que yacía encima de la mesita de
mármol y nogal que había situada entre ellos, a modo de frontera entre
mecenas y artista, y golpeó los bajos de la madera con la punta de sus zapatos.
—Debo hacerle una pregunta, pues su explicación técnica me ha
impresionado —prosiguió Mr. Wolf—. Eso que ha hecho con Mozart, ¿podría
hacerlo también con otros compositores de fuerte personalidad?
—Yo diría que sólo puede hacerse con músicos muy personales, pues de
lo contrario el resultado sería tan impersonal como los originales.
Un destello de interés reanimó la mirada del multimillonario.
—¿Bartók? ¿Debussy? ¿Schubert?
Jorge Berlinés asintió.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que sería capaz! —Mr. Wolf se golpeó con las manos
en los muslos—. ¡Sabía que respondería afirmativamente! Y no dudo de que
también me dirá que sí a lo que voy a proponerle. —Hizo una pausa larga,
respirando ruidosamente por la nariz, cuyo objetivo era desazonar a Berlinés
—. ¿Querrá componer otras cosas para mí? No le estoy pidiendo que renuncie
a su propia carrera como músico…, no, entiéndame, sólo quiero saber si está
dispuesto a dedicarme una parte de su tiempo para componer cosas que le
solicite —volvió a callarse, pero esta vez para mirar gravemente a Berlinés,
quien permaneció silencioso, desconcertado—. Compondría obras que yo le
iría pidiendo, comenzando por Bartók, por ejemplo, o por Debussy.

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—Creía que sólo le interesaba Mozart.
Mr. Wolf miró a Berlinés con seriedad, como si con esa mirada quisiera
prevenirle de que le iba a decir algo muy importante; sus palabras fueron un
refuerzo posterior a su expresión.
—Confío en que usted es un hombre de palabra. Voy a decirle algo que de
ninguna manera debe salir de estas cuatro paredes: si usted es capaz de
mantener un secreto tendrá que jurarme su silencio, y yo le creeré porque
estamos entre caballeros. Si prefiere no hacerlo, si cree que no va a ser capaz
de guardar un secreto, en ese caso no le contaré nada y nuestra relación habrá
terminado aquí. —Estaba actuando; Jorge se dio cuenta de que Mr. Wolf
estaba actuando y quiso unirse a la representación: juró—. Antes o después le
hubiera hecho prestar este juramento, Berlinés, porque lo que usted ha hecho
para mí, me refiero a esa «Mozartina», también es un secreto. Hubiera tenido
que jurarme que no le diría a nadie que usted es el autor de la «Mozartina».
Nadie, insisto, ni siquiera su esposa, debe enterarse de lo que ha hecho…
Verá —volvió a examinar con atención el rostro de Jorge, aún indeciso—,
hace algunos años, un socio mío, cuyo nombre no importa, y yo, decidimos
invertir nuestras fortunas en una actividad que nos parecía gratificante: llenar
el mundo de obras de arte legitimadas culturalmente ya desde el mismo
instante de su nacimiento social… Voy a explicarme: si, pongamos por caso,
usted, Jorge Berlinés, lanza al terreno del arte musical una nueva obra de
concierto, dicha obra tendrá que superar forzosamente una serie de pruebas,
hasta la de ser sometida al juicio de esos depredadores a lo que una parte de la
sociedad denomina críticos y otra parte denomina parásitos, mientras que sí, y
sigo poniendo un ejemplo, sale al mercado una obra inédita de Mozart, y
usted sabe tan bien como yo que son centenares, miles, las obras de los
músicos clásicos que aún no han tenido difusión internacional en forma de
disco y que, por lo tanto, un inédito tiene bastantes posibilidades de ser bien
recibido, esa obra inédita será bien acogida por todos, también con mucha
más expectación. Hay que ser realistas, no lo tome como una ofensa a su
talento. Aun cuando una obra no satisfaga del todo, lo más que se dirá de ella,
una vez reconocida su paternidad, es que se trata de una obra menor… Eso no
tiene la menor importancia, pues sólo las voces mediocres hablan en términos
de obras menores… Desde que lo decidimos y lo pusimos en práctica, han
surgido a la luz del mundo estupendas obras que, por estar firmadas por
quienes las firman, han proporcionado al hombre corriente, al simple
aficionado, muchas horas de placer… Es casi una sugestión, una hipnosis,
pero, asimismo, hace falta genialidad para saber hacerlo. Si su «Mozartina»

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hace felices a miles de personas en todo el mundo, creyendo que están
escuchando música de Mozart, ¿esas personas serían más felices si se
enteraran de que la «Mozartina» no es obra de Wolfgang Amadeus Mozart
sino del español Jorge Berlinés? ¿Les haríamos un favor diciéndoselo o, por
el contrario, les haríamos sentirse desgraciados y estafados? En cierto sentido,
nuestras actividades son filantrópicas: damos felicidad a través de la música
clásica, de la gran literatura, de la mejor pintura y la mejor escultura…
Demostrando a la opinión pública, digo esto quedándonos en nuestro terreno,
la manipulación que sufre la música, no conseguiríamos más que contribuir a
la entronización de la confusión, a la pérdida de valores; algunas músicas que
ellos creen que son de Vivaldi o de Mozart no son ni de uno ni de otro, y
muchísimas, casi todas, composiciones clásicas grabadas en disco que el
melómano escucha cómodamente en su casa no están ofrecidas tal y como las
escribieron sus compositores: ¡incluso con otros instrumentos, por no hablar
ya del ritmo o de las supresiones! En la actualidad, la música es el negocio de
la felicidad auditiva… Mi socio, y paso ya a exponerle lo que deseaba decirle,
se dedica a dirigir diversas actividades artísticas de nuestra Asociación; yo me
encargo de otras, entre ellas de la música… Me toca a mí, pues, hacerle la
oferta: ¿quiere colaborar con nosotros componiendo obras de grandes clásicos
muertos? Le anticipo que nadie se enterará de su colaboración, y, además, le
ofrezco a cambio un pago sustancioso: por cada composición que me
entregue, y que, por supuesto, sea aprobada por nuestro comité de expertos,
por cada composición, digo, cuyo número no excederá de una al año, usted
percibirá mensualmente una cantidad de dinero, y aparte de ello estrenará la
música que componga a título personal, a condición, claro está, de que esa
música sea de calidad, pues no puedo poner mi nombre en entredicho
promocionando a un músico y a una música que no valgan… No se enfade, le
estoy hablando de supuestos. Y si mis palabras no le han convencido, véalo
de otro modo más artístico: la idea de la doble personalidad del ser humano,
del hombre y la mujer escindidos en personalidades antitéticas pero
complementarias, no fue una invención de Stevenson, quien se limitó a darle
una forma literaria, excelente, por cierto. Todos los seres humanos, todos,
viven escindidos: hacen unas cosas y desean otras, se liberan o creen liberarse
por un lado y se reprimen por otro… Pero pocos tienen la oportunidad real de
hacer algo operativo de esa escisión: si acepta estar con nosotros, usted será a
ratos un músico de otro tiempo que continúa componiendo en la actualidad,
¡el hombre habrá vencido las barreras de la muerte!, y otros ratos será usted
mismo escribiendo la música que desea escribir. Puede ser Schubert y

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Berlinés. Puede ser Debussy y Berlinés. Puede ser Bach y Berlinés… Pero
observe que el común denominador es su propio nombre: usted mantendrá
incólume su personalidad… Será como un actor de teatro que tiene en su
repertorio los mejores papeles de la historia del arte escénico y que,
simultáneamente, escribe poco a poco su papel más personal… Dará belleza
al mundo y el mundo le recompensará con dinero y, si su música gusta,
también le dará prestigio. Se trata nada menos que de consagrar su vida al arte
—dijo, exaltado—, lejos de la degradación a la que la sociedad suele someter
a muchos artistas para poder sobrevivir.
Berlinés se tomó tiempo antes de contestar; su mente bullía de excitación
y no quería precipitarse ni mostrarse excesivamente interesado pues, pese al
atractivo de la oferta, había algo en ella, todavía difícil de discernir, que le
resultaba turbio y, a la vez, desagradable: no podía ser que aquello fuera
cierto; y menos aún que, de ser cierto, fuese para él tan fácil, tan accesible.
—¿Y si me negara? —preguntó, sólo por ganar tiempo mientras
procuraba serenarse.
—Cobraría el trabajo que ha hecho y no volveríamos a vernos nunca más.
—Mr. Wolf fue tajante en su respuesta.
—¿No ha pensado que podría romper mi promesa de guardar silencio,
contando públicamente lo de la «Mozartina»?
—Me ha dado su palabra; lo ha jurado.
—No he dicho que vaya a hacerlo, sólo si ha considerado esa posibilidad.
La expresión de Mr. Wolf se hizo poco amistosa, hasta el extremo de que
Jorge Berlinés tuvo que echarse a reír para aliviar una tensión que, en el fondo
—reconoció— no había querido crear. Se sintió derrotado: no le iba el papel
de cínico.
—Habría una solución: esperar el tiempo necesario antes de dar salida
pública a la «Mozartina»; entre tanto, nos aseguraríamos de su silencio. Eso
contando con que lleváramos adelante la idea de dar luz verde a la
«Mozartina». Si no, destruiríamos la partitura, lo cual sería una lástima.
Sonó vagamente amenazador.
—Yo también le hablaba de supuestos —Jorge sonrió—. En realidad, su
oferta me ha interesado.
—¿Eso quiere decir que acepta?
—Acepto.
Mr. Wolf volvió a golpearse en los muslos con las palmas de las manos —
un gesto rayano en la grosería que nadie hubiera esperado de él—, musitó

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unas palabras ininteligibles y se levantó del sillón, para recorrer la estancia a
zancadas con las manos entrelazadas en la espalda.
—No me gusta demorar las cosas. Mañana mismo formalizaremos el acto.
Mientras tanto, piense que a partir de hoy ha entrado a formar parte de una de
las organizaciones culturales más importantes del mundo, cosa que, si
conocieran su existencia, muchas personas querrían conseguir. Pero a usted
no le ha sido difícil. Eso le va a proporcionar ventajas en su vida, ventajas en
las que quizá no había pensado hasta ahora, pero tenga en cuenta, téngalo
siempre presente, que el pacto de silencio es absoluto e inquebrantable, del
mismo modo que también lo es el de fidelidad, esto es, su decisión de estar
con nosotros…, decisión que, no lo olvide, ha tomado libremente… Mañana
por la mañana firmará unos documentos y verá algo que deseo enseñarle. Y
ahora, si le parece, haré que le preparen una habitación en esta casa; mi criado
Mario se encargará de liquidar su cuenta en el hotel y de recoger su equipaje.

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LAS REFLEXIONES QUE,
INEVITABLEMENTE, SE HACE JORGE
BERLINÉS

Las preguntas sin respuesta atosigaron a Berlinés en el lecho, impidiéndole


dormir. Desde el primer momento había tenido la sospecha de que tras el
encargo de componer aquella pequeña página mozartiana se ocultaba otro
motivo mayor que el excéntrico capricho de un millonario apasionado por la
música, pero no se le había ocurrido pensar que el incidente iba a ponerle en
contacto con un grupo internacional dedicado a la falsificación de obras de
arte, ocupado en traficar mundialmente con obras de los grandes artistas
desaparecidos (o que, aun no siendo tan grandes, se cotizaban en el mercado
del arte lo suficiente como para animar a cualquier aventurero a hacer una
falsificación con la finalidad de extraer pingües beneficios usurpando el
nombre del extinto). Ni tampoco le hubiera pasado por la mente —ni aun en
el caso de que hubiese sospechado la existencia de esa multinacional de la
mistificación— que pudiese haber en Barcelona enlaces de dicha secta; y
menos aún que Inés, su aplicada alumna Inés, que siempre torpeaba con las
«Escenas de niños» de Schumann, fuera uno de esos enlaces. Si existían en
Barcelona, tenían que existir forzosamente en muchas otras ciudades de
Europa —y eso contando con que los tentáculos del grupo no alcanzaran
también a otros continentes—, lo que sin duda crearía, a causa de las
dimensiones humanas y geográficas, una situación difícilmente controlable
para sus dirigentes y unos incalculables gastos de infraestructura, así como
una fidelidad extrema de todos sus componentes, ya fueran directivos, como
Mr. Wolf, o asalariados, como él, Jorge Berlinés, lo era desde el momento de
su aceptación. ¡Era lo más fantástico que podía haber imaginado! Berlinés
sabía que en el mundo abundaban las sectas, unas más conocidas que otras,
unas más poderosas, otras más débiles… religiosas, políticas, mantenidas por
aportaciones económicas de sus miembros, o por miedo, o por apoyos
políticos tan interesados como los de la C.I.A., pero la secta de Mr. Wolf vivía

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infringiendo la más hermosa ley no escrita, la del legado artístico de la
humanidad: siempre a un paso del abismo…, pero eso era precisamente lo que
hacía del contacto con ellos una experiencia excitante. ¿Y qué sucedería en el
caso, más que probable, de que algún miembro del grupo rompiera su pacto
secreto? Berlinés recordó unas palabras de Mr. Wolf («entre tanto, nos
aseguraríamos de su silencio»), y no tuvo la menor duda de que, entre ellos, el
incumplimiento de palabra se pagaba con la muerte. Ahora bien, no correría
ningún peligro si callaba, si vivía de acuerdo con los planes establecidos por
Mr. Wolf, los cuales, por otra parte, no podían ser más ventajosos:
significaban el final del peregrinaje con las partituras bajo el brazo
mendigando la ocasión de estrenar en una sala de concierto, el final de las
incertidumbres, de las humillaciones… Un artista puede sufrir y pasarlo mal,
pero no tiene por qué someterse a la humillación de quienes no son artistas,
sino comerciantes, y, como tales, controlan el comercio de las prácticas
artísticas. ¿Peto acaso el ser humano puede vivir sin incertidumbres? ¿No es
la certeza el mayor de los horrores que pueden atormentar a un creador? Y
¿no habría dicho adiós a un determinado tipo de incertidumbres que
estimulaban la creatividad, para caer en el pozo abisal de otro tipo de
incertidumbres más prosaicas que la amordazaban? ¿Habría traicionado a su
propio ideario y a la música aceptando trabajar para Mr. Wolf? Eso sería
discutible —intentó tranquilizarse—, porque al aceptar no había sacrificado
nada ni se había visto obligado a abjurar de sus principios estéticos; él, Jorge
Berlinés, seguiría siendo el compositor Jorge Berlinés, continuaría
escribiendo la música que siempre había querido escribir, el hecho no alteraba
nada la sustancia de las cosas. Mr. Wolf lo había explicado bien —tuvo que
reconocerlo— estableciendo el símil con un actor de teatro bien pagado: haría
una interpretación al año, usurpando la personalidad de grandes músicos,
como Schumann, o Bartók, o Haydn, o Richard Strauss, ¡teatro, música y
transfiguración!, y gracias a ello viviría con cierta holgura el resto del tiempo,
dedicándose más a sí mismo…, y más intensamente. ¿Era inmoral escribir
música en el nombre de los músicos muertos? Se dijo que no, puesto que era
una práctica que habían ejercitado casi todos los compositores, unos por
capricho, otros por diversión o por apuesta, algunos para incorporar a su obra
motivos de otros músicos —como cita o como base para una reescritura
personal—: Stravinsky lo hizo a menudo. ¿Pretendía legitimar así la práctica
del engaño? Consideraría que, aparte del placer intelectual que un ejercicio de
esa naturaleza llevaba implícito, se trataba de una dedicación laboral como
cualquier otra, aunque más agradable: ¿no era mejor eso que trabajar en un

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ministerio por la mañana y escribir música por la tarde? Lo que más le
extrañaba del asunto era que hubieran llegado a poner sus ojos en él, un
músico inédito que vivía en Barcelona impartiendo clases de piano, habiendo
en Europa tantas personas capacitadas para hacer lo que él había hecho…
¿Por qué él y por qué Barcelona?, seguía preguntándose cuando ya las luces
del amanecer rompían la uniformidad del lienzo de la noche, desbloqueando
los controles nocturnos con agresiones de resplandores lívidos, acuosos. ¡Qué
placentero resultaba ver amanecer desde la cama!… ¿Por qué no un músico
austríaco para trabajar sobre Mozart? ¿Por qué no un músico alemán para
trabajar sobre Schumann? ¿Por qué no un músico francés para trabajar sobre
Debussy? ¿No facilitaría la labor del contratado el hecho de haber nacido en
la misma tierra que el compositor cuya música pretendía reproducir con los
mismos aires antiguos? Pero la música, como las matemáticas —se dijo—, es
apátrida: su abstracción la sitúa a la vez en tierra de nadie y en tierra de todos.
No por ser austríaco un compositor entenderá mejor a Mozart; no por ser
alemán un compositor entenderá mejor a Schumann; no por ser francés un
compositor entenderá mejor a Debussy… Por eso, él, que era ferozmente
antinacionalista, que todavía vivía —ingenuamente, lo reconocía— el sueño
de un mundo sin fronteras, incluso más allá del reino de la música, se había
sentido tan a gusto trabajando sobre Mozart, es decir, trabajando dentro del
territorio de la música, para internarse en el cual sólo se necesitaba el bagaje
de la sensibilidad y de la escritura común de notas, armónicos, parciales y
timbre. Por otra parte, pensó, cuando el sol ya iluminaba la cama y el canto de
los pájaros en el jardín llenaba la estancia de armonías, no era tan extraño que
Mr. Wolf hubiera puesto sus ojos en España y que los pusiera también en
músicos preparados pero aún desconocidos… A diferencia de lo que sucede
con tantos de sus compañeros europeos, los artistas españoles —todos en
general, pero especialmente los músicos y los escritores— tenían una difícil
difusión fuera de su país, o incluso muchas dificultades para darse a conocer
dentro de él y sobrevivir con la práctica de su arte; no era descabellado
considerar, pues, que estarían más predispuestos que otros a dejarse tentar por
una aventura de esas características. En el fragmento de mundo denominado
España hay muchos músicos sin trabajo musical, compositores que desean
dedicarse a la música de concierto y no pueden hacerlo… ¿Cómo había sido
elegido precisamente él entre tantos otros? Sin duda por el azar: si no se
hubiera decidido a dar clases de piano, si Inés no hubiera llamado a su puerta
como alumna, difícilmente estaría hoy donde estaba. Pero también debía
existir una segunda causa íntimamente relacionada con la valía personal —al

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menos Berlinés quería pensar que su elección no había sido fruto exclusivo
del azar—, y en ese caso, dentro de la farsa, ya entraban en escena los
antecedentes musicales… Dando por supuesto el poder de Mr. Wolf, ¿no
podía tener éste alguna forma de acceso a los Conservatorios europeos
buscando en ellos a los ejecutores de sus actividades musicales? No todos los
alumnos de los Conservatorios acuden a ellos movidos por la aspiración de
ser futuros compositores; son numerosos los alumnos que desean ser
instrumentistas o directores de orquesta, compositores no, eso no lo piensan.
Si se destaca en una de tales actividades, la fama y el dinero están más
asegurados que en el caso de dedicarse a la composición: el músico tendrá
que luchar para imponer su mundo propio, para dejar oír su música en la
estridencia de un mundo donde todo suena demasiado homogéneo; el
intérprete no: en el mejor de los casos será eso que suele llamarse un virtuoso,
pero no un autor. Y el tinglado comercial de la música está montado hoy de
tal modo que el interés del público está depositado antes en los intérpretes y
en los directores de orquesta que en los compositores; véase la carpeta de un
disco: el nombre del intérprete o del director —así Karajan o Solti— está
impreso a menudo en caracteres más grandes que los del nombre del
compositor, aun cuando éste sea un artista cuya valía esté ya situada, por así
decirlo, más allá del bien y del mal, fuera de toda duda, así un Mozart o un
Richard Strauss. ¡Y cuántos son los seguidores de la música llamada clásica
que discuten no las excelencias o deficiencias de una obra sino la dirección
orquestal o el virtuosismo del intérprete! Hablando en términos generales, los
compositores son los grandes perdedores de la historia de la música. Los
pocos que han logrado permanecer históricamente —que no son tantos como
parece: ¿quién recuerda hoy, por citar unos nombres, al operista Savario
Mercadante o a Max Reger?—, lo han conseguido sólo con una parte de su
producción, quizá no la mejor, y esa producción se ha ido cosificando más y
más con el paso del tiempo hasta convertirse finalmente en algo puesto al
servicio del divismo de intérpretes y directores, cuando debería ser lo
contrario, y éstos, directores e intérpretes, tendrían que estar al servicio de la
música escrita por los creadores. Por esto, aunque sean muchos los que
acuden al territorio de la música en busca de fama y dinero, son pocos los que
desean dedicarse a componer. Bichos raros, rara avis in terris… Karajan o
Lenny Bernstein son más famosos que cualquier compositor vivo. Un tal
Ángel López no asiste al Conservatorio para ser el compositor Ángel López
sino el famoso pianista, o violinista, o lo que sea, Ángel López, o el famoso
director de orquesta Ángel López, al que el público enfervorizado, como suele

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escribirse, enfervorizado, aplaude y reclama una y otra vez al podio mientras
él teatralmente, se seca el sudor de la frente con el pañuelo de seda que lleva
en el bolsillo, así como también hay aficionados que van a la ópera no para
escuchar una ópera —el vastísimo número de óperas compuestas a lo largo
del tiempo, se ha reducido a un repertorio de un centenar de títulos que todos
conocen ad nausseam en distintos montajes escénicos—, no para escucharla,
decía, sino atraídos por el nombre del director y para ver y oír a los
cantantes…, comparando si «A» es mejor que «B» o si «X» es mejor que
«Z»… ¿Quién se acuerda del desgraciado que compuso la ópera y del que ya
no quedan ni los huesos en el sepulcro, en el caso de que tal sepulcro exista?
Ateniéndose a ese supuesto, en el que creía ciegamente, Jorge Berlinés se dijo
que si Mr. Wolf y su grupo tenían puestos sus ojos en los Conservatorios
europeos, forzosamente debían haberlos puesto también en esa estirpe de
perdedores que son los compositores… profesión que incuba numerosas
frustraciones. No somos muchos, y por eso mismo podemos ser fácilmente
controlados —se dijo—, y puede ser que se enteraran así de que mi estilo se
inclina por naturaleza hacia la música tonal, y que eso podría convertirme, si
ellos me lo pedían y yo me dejaba convencer, en un músico, digamos, capaz
de moverse en diferentes registros y que puede componer igualmente una…

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UNA FOTOGRAFÍA A LA ORILLA DEL MAR

Me despertó Silvia, cortando así mis divagaciones, que más adelante deberían
ser las de Jorge Berlinés. ¿Cómo recordarlas todas? Parpadeé. Tenía los ojos
enrojecidos, irritados. «Hace rato que te estoy observando, pero dormías tan a
gusto que no he querido despertarte antes —me dijo—, pero es hora de que
hablemos un rato». Yo estaba literalmente bañado en sudor y me sentía sucio
y pegajoso, molesto también porque Silvia me hubiera visto en ese estado y
porque hubiera sido testigo de la indefensión a la que mi sueño me había
sometido. Yo, que en mis digresiones me había burlado de la estereotipada
figura del director de orquesta enjugándose el sudor del rostro con su elegante
pañuelo ante la mirada de los fieles, hice lo mismo con el humedecido y
arrugado pañuelo que guardaba en uno de los bolsillos del pantalón. A juzgar
por la oscuridad, la tarde debía de estar declinando; sin embargo, mi reloj de
pulsera marcaba todavía las cuatro menos diez. El sudor volvió a pasearse
libremente por mi rostro una vez que hube guardado el pañuelo; Silvia me
estuvo observando durante ese tiempo con la misma placidez, compuesta
básicamente de indiferencia, con que me habría estado observando si
conviviéramos desde hacía muchos años. Mirándola, recordé que Thomas
Mann había escrito en una ocasión que sólo es libre lo indiferente. ¿Es ése el
retrato interior de Silvia?
Después de preguntarme si en su ausencia había surgido alguna
complicación —respuesta negativa—, se sentó en un puff dando suelta
simultáneamente a una queja y a una expresión de cansancio, y me dijo que
había hecho algunas gestiones: en la dirección que le indiqué de la Ciudad del
Vaticano —hasta donde yo había seguido al hombre de la cicatriz en la
mejilla a quien Mr. Hardke llamara Piero— no encontró ninguna pista. Había
recorrido la casa piso por piso haciéndose pasar por una encuestadora, y nadie
supo darle referencias sobre el individuo en cuestión —por el que había
preguntado a todos, valiéndose de una artimaña introducida entre las
preguntas de su ficticio cuestionario—, y en cuanto al hombre que, según yo
le había contado, me atendiera tan amablemente el día anterior, tampoco era

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conocido en la casa; es más, los vecinos que le abrieron la puerta de sus
viviendas —pues no todos accedieron a atenderla cuando dijo que estaba
haciendo una encuesta sobre medios de comunicación escritos y audiovisuales
— coincidieron en que el piso llevaba varios meses desocupado. «Es un nido
de ratas», había dicho una mujer, casi ofendida, como si Silvia fuera una
enviada municipal.
«En buena lógica, sólo cabían tres explicaciones: que tú me hubieras
engañado, cosa que deseché —se lo agradecí con una sonrisa algo forzada—;
que en tu precipitación hubieses apuntado equivocadamente el número del
edificio; o que todos estuvieran mintiendo… Como hay cinco edificios
iguales juntos, recorrí los otros cuatro, sin mayor éxito, y extraje la conclusión
de que la tercera posibilidad debía de ser la correcta: me habían mentido.
Ahora bien, ¿por qué mentían? He creído verlo claro: por miedo o por dinero,
ya que es casi imposible que todos los vecinos estén implicados». «Yo no lo
vería tan descabellado —le dije—. Podría ser que Mr. Hardke hubiera
adquirido una o varias casas en la ciudad, ofreciéndolas como vivienda a sus
empleados. ¿Te imaginas? ¡Unidos en el trabajo y en el hogar! No puede
existir mayor compenetración». Mi ironía la cogió por sorpresa. «Admito que
es una posibilidad que no se me había ocurrido —dijo seriamente—. Volveré
a intentarlo. Por cierto, me temo que soy una anfitriona bastante
desconsiderada, ¿quieres comer algo antes de que sigamos hablando? Yo he
comido por ahí, pero tú debes de tener hambre: no has comido nada en todo el
día». «Luego —contesté, resueltamente: no podía dejar que interrumpiera su
relato—. Prefiero que antes de comer me cuentes todo lo que tengas que
contarme». Me obsequió con una mirada cómplice de sus penetrantes ojos
azules, movió la cabeza como ahuyentando cualquier otra posibilidad de
distracción, y prosiguió:
«Tuve más suerte en la otra dirección que me diste, la correspondiente a la
casa donde entró el hombre de la cicatriz en la mejilla cuando le seguiste
desde Vaticano City. Volví a fingir que estaba haciendo una encuesta —mi
carnet de prensa me ha sido de gran ayuda en esta especie de investigación—
y cuando, en uno de los pisos, pregunté si por casualidad vivía allí un hombre
con una cicatriz en la mejilla izquierda, me respondieron que sí, que vivía en
la puerta uno del piso cuatro… No perdí más tiempo y subí directamente a ese
piso. No me contestaron. Créeme si te digo que me sentí inquieta durante todo
el tiempo que permanecí delante de esa puerta, esperando que me abrieran,
como si todo mi ser presintiera la proximidad de un peligro… No me
avergüenza confesar que, por unos instantes, incluso tuve miedo. Pero si me

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hubieran abierto la puerta no habría titubeado. Me conozco bien. Así pues,
como no me contestaron, bajé la escalera y, parece casi inverosímil, cuando
cruzaba el patio camino de la puerta, ésta se abrió y entró en la casa un
hombre con una cicatriz en la mejilla izquierda que coincidía con tu
descripción. Hasta iba vestido tal y como me dijiste que vestía. Su aspecto
era…, era, en fin, muy desagradable, y parecía como si todo él estuviera
rodeado de un aura de perversidad. Lamento no encontrar algo más explícito
o más concreto para definir la sensación que experimenté al verlo en el patio,
a media luz. Cuando, al lado de la puerta, casi nos rozamos, me dedicó una
mirada torva, sonrió, te juro que sonrió, y siguió adelante sin decir nada.
Ahora ya sabemos que ese hombre vive allí… Y se me ha ocurrido que hay
que entrar forzosamente en su casa aprovechando un rato que él no esté; con
un poco de suerte quizá consigamos encontrar alguna prueba, algo, no sé,
cualquier cosa que podamos utilizar en contra del grupo». «Si lo que buscas
es una prueba, la casa de Thomas Hardke está llena de ellas», dije un tanto
desabridamente, pues lo que Silvia acababa de proponer me parecía una
locura. Yo estaba convencido de que hacía falta más que una prueba; hasta un
paquete de pruebas sería, tal vez, insuficiente. «Sí, pero ¿cómo entrar?», me
preguntó. «Yo lo hice». «Y saliste a punta de pistola». No pude evitar
sonrojarme ante su ironía. «Bien, imaginemos por un momento que podemos
entrar en el piso de ese hombre —temporicé—. ¿Qué esperas encontrar?
¿Crees que, en el caso de que exista alguna prueba de sus actividades, va a
dejarla tranquilamente dentro del piso? No, no creo que sea tan estúpido».
«Me dijiste que no se dio cuenta de que le habías seguido hasta allí». «Eso me
pareció, pero no podría jurarlo», repuse, concentrando en mis palabras todos
mis recelos y dudas. La periodista que existía dentro de Silvia salió a la
superficie cuando me dijo, no sin crueldad: «Mira Vicente, estoy intentando
ayudarte, pues tu situación es más que apurada, de acuerdo, pero al mismo
tiempo me interesa ese reportaje…, y estoy dispuesta a lo que sea para
conseguirlo… Tal como están las cosas, creo que mi búsqueda debe pasar
quieras o no por el interior de esa casa. Y pienso hacerlo». Le respondí con
unas vaguedades en cuya base, más o menos disimulada, estaba el
reconocimiento de mi capacidad de comprensión, y dije, de nuevo
conciliador, que ya encontraríamos la manera de hacerlo si tanto lo deseaba.
Mi buena disposición para secundar su iniciativa debió de animarla a
ofrecerse para prepararme algo de comer. Repuse que lo haría yo mismo.
«Como quieras. En el frigorífico tienes comida y ya sabes dónde está la
cocina… A las siete debo estar en el periódico…, hasta muy tarde, hoy es un

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día de los llamados fuertes. Ahora voy a ducharme y luego me acostaré un
rato. Hazme un favor —me pidió—: si a las seis no estoy levantada, ya que a
veces no le hago caso al despertador, llámame, insiste lo que haga falta, a
veces me cuesta despertarme. Dejaré la puerta abierta».
Se despidió de mí con un beso en la mejilla y desapareció por el pasillo,
hacia el cuarto de baño. Mi mirada recorrió su cuerpo mientras se alejaba,
poniendo especial atención en las ondulaciones de sus caderas. Azarado, fui al
frigorífico. Había pollo, jamón, hamburguesas y huevos: su contenido se
asemejaba al del frigorífico de mi piso madrileño, lo que me hizo sentirme
como en casa: frigorífico de frecuentador de restaurantes. No tenía mucho
apetito, aunque sí quería comer algo, y tampoco deseaba cocinar, por lo que
me limité a prepararme un par de huevos fritos que luego comí con
apresuramiento, como si tuviera el tiempo tasado. Cuando recogí los platos
sucios después de haberlos lavado eran ya las cinco y diez. Debía seguir
pensando en mi personaje, trabajar un poco lo referente a su fracaso
matrimonial y describir con cierto detalle lo que Mr. Wolf le mostraba
después de prestar su juramento de fidelidad al grupo: era una buena manera
de mantener mi mente en activo. Entonces tuve una sensación extraña: estaba
moviéndome entre una realidad (la existencia de la secta) y una ficción (las
relaciones de Jorge Berlinés con Elena Llovet), pero cualquier futuro lector de
la novela, todavía hipotética, pensaría que los elementos estaban invertidos; o
sea, que la relación de la pareja estaba directamente inspirada en la realidad,
dada su virtualidad cotidiana, mientras que el tema de la secta era una
invención del novelista: yo; la infidelidad existe —se reflexiona—, pero no
existe una multinacional de falsificadores artísticos que lanzan al mercado
composiciones musicales inéditas de Mozart o Bartók. Eso me incitó a darle
al tema amoroso, incluido el adulterio, un tratamiento más irreal, casi como si
se tratara de la alucinación de una mente enferma, y a darle al tema de la secta
un tratamiento hiperrealista, como si se tratara de un documento de primera
mano de un detallismo irrefutable. El recuerdo de la figura de Silvia
alejándose por el pasillo con sus ceñidos pantalones tejanos parecía
predisponerme a trabajar antes lo concerniente a la parte amorosa: el cuerpo
de Silvia podía hacerme soñar en sexo; no podía, no quería hablar de amantes
sin cuerpo.
Pero, quizá como consecuencia del calor, que me estaba amodorrando, no
me atraía pensar mucho sobre ninguno de los dos aspectos, que, tal como los
estaba planteando, exigían una concentración que yo no estaba en condiciones
de dedicarles. Por ello decidí retirarme a mi cuarto, es decir, al cuarto que me

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había asignado Silvia, y allí, a la débil luz que llegaba del exterior —seguía
nublado, y el interior tenía una luz tristona—, me puse a hojear una de las
revistas que había por el piso, de temática general. Leí un pedante artículo de
Umberto Eco en torno a la fenomenología de los videoclips que me provocó
somnolencia. Sin embargo, no dormí más de veinte minutos. Me desperté con
el cuerpo bañado de sudor y con náuseas, como si los huevos fritos que había
comido con tanto apresuramiento me hubieran sentado mal. También con
erección. Al levantarme noté un ligero mareo, como si la ventilación del
cuarto fuera insuficiente y yo estuviera al borde del ahogo. Me di cuenta de
que la ventana estaba cerrada y la abrí. Por el patio de luces, del que brotaba
una anónima música disco, vi que las nubes negras se habían espesado: el
cielo, un irreal telón atezado que en cualquier momento se rompería en lluvia.
El encierro casero empezaba a pesarme. Necesitaba moverme, salir… Me
encaminé al cuarto de baño y al pasar por delante del dormitorio de Silvia vi a
ésta dormida encima de la cama, sin cubrirse. Yacía de bruces,
completamente desnuda, a excepción de unas pequeñas bragas rojas que
dejaban a la vista la parte inferior de sus nalgas; la vi con bastante nitidez a
pesar de que Silvia había echado las cortinas de la ventana y la habitación
estaba en penumbra. Ella también sudaba, y el brillo del sudor sobre su piel
confería a su desnudez un atractivo añadido, que mi mirada concretaba en
aquel accidente de color rojizo entre la uniformidad cromática de su cuerpo.
Mancha carmesí sobre su piel bronceada: borrascosa pincelada del pintor de
desnudos. Su dormir era inquieto; tenía los brazos en cruz. Por unos instantes
temí que se despertara, se diera la vuela y me viera en pie ante la puerta del
dormitorio, mirándola descaradamente, pero sólo se removió un poco en el
lecho abriendo las piernas, lo suficiente para provocar que mi erección, que
como he dicho había comenzado ya al despertarme, fuera incontenible, casi
dolorosa. Yo tenía la boca seca. Abochornado por mi conducta de mirón, que
me parecía canallesca, indigna hacia una mujer que me había prestado su
ayuda abriéndome incluso las puertas de su casa, me encerré en el cuarto de
baño, donde, despojado de la camisa, oriné y me lavé medio cuerpo con agua
fría. No quise ducharme por temor a que el ruido despertara a Silvia antes de
hora. Ni siquiera me sequé después de lavarme. Con el torso desnudo y la
camisa, aún humedecida por el sudor, en la mano, volví al pasillo y contemplé
de nuevo a Silvia, que seguía moviendo inconscientemente piernas y brazos,
víctima del calor y posiblemente de algún mal sueño. Los muchos meses de
continencia carnal se estaban tomando una revancha. Había estado mirando a
Silvia durante todo el día como a una compañera asexuada, como a una suerte

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de ángel protector, y ahora me encontraba con la súbita revelación de que su
hermoso cuerpo, abandonado al sueño y al sofoco canicular, ejercía sobre mí
una atracción obsesiva. No podía permanecer más tiempo delante de esa
puerta.
La fotografía de Silvia y la otra mujer, ambas en biquini, a la orilla del
mar con luz de verano, seguía estando en el mismo sitio donde yo la había
dejado, y al mirarla con detenimiento percibí en ella una especie de aureola
sexual que antes me había pasado inadvertida: Silvia estaba excitada: miraba
de frente a la cámara simulando concentración de modelo, pero se notaba que
estaba más pendiente del contacto de la mano de su compañera: el objetivo
del fotógrafo había sabido captar un inconcuso magnetismo sexual, o al
menos un erotismo a flor de piel, tanto en Silvia como en su, para mí,
desconocida pareja fotográfica, que había quedado impresionado para siempre
en la cartulina, para quien supiera detectarlo, a través de su equívoca mirada y
de la abertura de sus labios. La mirada de la otra fémina era una
representación de la sensualidad. Debo decir que observando aquella estampa
voluptuosa y solar olvidé mi problema personal y todo lo concerniente a
Thomas Hardke —incluso olvidé que esa misma mañana podía haber matado
a un hombre—, concentrándome en la fotografía, sobre la que, como en el
inicio de un turbulento frenesí erótico, yo superponía imaginariamente el
cuerpo de Silvia en la cama, un desnudo interrumpido por un obsceno
ornamento carmesí. Puro fetichismo. Hasta ahora carecía de base para
suponerlo y tampoco me había fijado el objetivo de acostarme con Silvia,
pero ¿y si fuera lesbiana? Eso explicaría aquella mirada fotográfica que no
podía disimular el placer que le provocaba el contacto de su anónima
acompañante, pues había algo más que amistad en ese tocamiento de caderas
inmortalizado por el fotógrafo, o la fotógrafo, al borde del mismo mar de
todas las fotografías hechas en el mar. No sé por qué, la asocié con la escena
jamás aclarada de la que fui testigo en un restaurante chino de la calle
Velázquez de Madrid; pero creo que eso ya lo he contado.
Fuera, el cielo estaba todavía más oscuro que antes, como si en ese
intervalo entre mis dos miradas hubiera sido retocado al carbón por un
aprendiz de pintor que confunde lo sombrío con lo negro; un relámpago
iluminó la estancia y enseguida se oyó un trueno. Su sonido encadenó con el
timbre del despertador y di por supuesto que Silvia también lo había oído. Por
si acaso, y sin seguir al pie de la letra la petición que me había hecho Silvia de
que me encargara de llamarla personalmente («dejaré la puerta abierta», había
dicho; y vaya si la había dejado abierta), conecté el equipo de alta fidelidad,

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sobre cuyo plato reposaba un disco. Sin comprobar qué disco era, puse en
marcha el amplificador. Una estridente música rock atronó el ambiente con
guitarras y baterías hasta el punto de que tuve que bajar el volumen, aun
cuando mi intención no era otra que ayudar, o mejor, animar a Silvia a
levantarse de su siesta.
Agradeció mi gesto poco después, dándome un beso en la mejilla. Sus
labios estaban cálidos. «Eres un cielo —me dijo—, una de las cosas que más
me gustan es despertarme con música… Si pudiera, estaría todo el día
viviendo en música». El término me gustó: vivir en música. ¿Pero cómo se
vive en música? (Debo apuntarlo para ver si puedo utilizar esta idea en la
novela refiriéndome a la vida de Jorge Berlinés). Silvia se había cubierto con
una liviana bata de verano que, al moverse, desprendía un fuerte olor a
perfume; pero su rostro aún exhibía huellas de un cansancio no extinguido,
residuos del sudor de la siesta. Moviéndose al ritmo de la música, dijo que iba
a tomar otra ducha y a preparar café; yo estaba seguro de que no lo decía para
sugerirme que la ayudara, pero aun así me ofrecí a preparar el café mientras
ella se duchaba: no se trataba de ninguna galantería por mi parte, sino más
bien de aprovechar la oportunidad que se me ofrecía para mantenerme en
activo, ahuyentando así todo tipo de fantasmas sexuales, mientras interpretaba
el papel de ocasional compañero de piso de una bella mujer, que comparte
con ella las faenas caseras: la cotidianidad resta fuerza al erotismo, aunque no
lo diluya del todo. ¿Puede pensarse en sexo dentro de una casa que huele a
aceite, a café y a sudor? Mi erección había cedido.
Casi me costó más tiempo preparar el café que a ella ducharse.
«Prométeme que no harás nada con respecto a lo de entrar en la casa de ese
hombre hasta que no hayamos pensado cómo hacerlo, quiero decir cómo
hacerlo bien, no una chapuza de aficionado —le pedí, sorbiendo el café que
yo había preparado y que ella tomaba sin azúcar—. Puede ser peligroso y
tenemos que estar seguros de lo que hacemos antes de dar un paso tan
arriesgado». Me miró con el aire condescendiente de una hermana mayor y
repuso que, aunque quisiera, esa tarde no podría hacer nada porque se trataba
realmente de un día ajetreado para el periódico: algo relacionado con un
escándalo económico gubernamental. (No entró en más detalles). Con toda
probabilidad acabaría tarde —me advirtió—, demasiado tarde para hacer
excursiones nocturnas a casa de nadie. Luego desapareció para cambiarse de
ropa y reapareció con una camisa blanca —observé que no usaba sujetador—
y pantalones tejanos, llevando también una carpeta roja bajo el brazo, rubro
color de mis fijaciones eróticas. Repitió sus instrucciones —no abrir la puerta,

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no responder al teléfono—, me besó de nuevo en la mejilla y se marchó tras
decirme que no era preciso que la esperara levantado. «Estaré mucho más
tranquila si sé que no me esperas —me explicó—. Me pongo nerviosa cuando
alguien me está esperando, y eso me impide concentrarme en las cosas que
hago».
Su salida del piso coincidió con un nuevo relámpago que coloreó la
estancia con tonos lívidos; el trueno sonó cuando yo había cerrado la puerta, y
el sonido amortiguó el que producían los tacones de Silvia bajando la
escalera; un taconeo que recordaba una composición de Luigi Nono. Prefiero
el taconeo antes que a Nono… A continuación, hice lo mismo que había
hecho por la mañana cuando Silvia se marchó de casa: espiarla desde la
ventana. Su coche estaba aparcado en el mismo lugar, como si Silvia hubiera
adquirido un derecho en exclusiva sobre ese fragmento de calle. Un
transeúnte se detuvo para mirarla cuando, después de abrir la puerta del
coche, ella se inclinó hacia dentro del vehículo ofreciendo a la mirada del
curioso la curvatura de sus nalgas, firmes y apretadas bajo la tensión del
tejano. Hubiera abofeteado a ese hombre, pero enseguida me di cuenta de que
en el fondo no era tan distinto de mí, con la diferencia —meramente formal—
de que yo la había estado observando desnuda dentro de casa y él tenía que
resignarse a espiar su cuerpo en la calle y a través de unos pantalones
delatores, por más que su postura fuese, inclinada, quizá dejando en el asiento
trasero la carpeta roja, tan sugestiva como la del lecho, tendida de bruces,
piernas abiertas en aspa, tela que advierte al mirón sobre los pliegues que
marchan sus hendiduras sexuales… Y la misma mujer que me había estado
espiando por la mañana desde el balcón de enfrente estaba espiándome
también ahora. Sentí una sorda irritación: ¿es que esa mujer nunca
abandonaba su observatorio, su torre de vigilancia, atrincherada tras sus
inmundas macetas repletas de himenópteros? Retrocedí instintivamente, como
si hubiera sido sorprendido en una falta grave.
A pesar de las amenazas visuales de los relámpagos, no llovía, y el
bochorno hacía irrespirable la atmósfera… Tenía que hacerme a la idea de
que debía estar solo el resto del día. Mi transpiración era excesiva. Mi
desasosiego también. La estancia medía cinco por doce… Sólo tenía dos
posibilidades para tranquilizarme: acostarme, dejando morir el día, o
dedicarme a reflexionar un rato más sobre la novela y, si era posible, escribir
incluso algunas páginas. ¿Por qué no esto último?
La estructura discontinua que ya había elegido para construir el relato —
por creerla adecuada para el tipo de historia que me proponía contar—,

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facilitaba mi labor al no obligarme a seguir una escritura ordenada: podía
escribir diversos bloques temáticos independientes y, si me interesaba o lo
juzgaba necesario, proceder luego a una tarea de unificación mediante la
escritura de fragmentos de transición. Es decir, al no seguir mi relato un orden
cronológico, trazado en línea recta por así decirlo, podía escribir a elección
tanto el fragmento en que Jorge Berlinés descubre la infidelidad de su esposa
como el fragmento en que Mr. Wolf habla con el músico sobre el tema de
Mozart.
Mis pasos me condujeron, sin embargo, yo diría incluso que
inevitablemente, hasta el dormitorio de Silvia, donde fui saludado con un
nuevo relámpago. Me sentí como el personaje de una novela gótica entrando
en el cuarto prohibido. Había en el ambiente un olor entre agrio y dulzón.
Silvia no se había molestado en descorrer las cortinas, y en la habitación
todavía quedaban señales de su reciente paso por ella, no sólo en lo referente
al peculiar olor del cuarto cerrado sino también en las sábanas arrugadas y
humedecidas por el sudor; asimismo en la tibieza que aún desprendía el lecho
y en la pequeña mancha roja que había tirada en el suelo, como
descuidadamente —Silvia se había cambiado de ropa interior sin preocuparse
de recoger las bragas usadas—, detalle, este último, que acaparó mi atención,
ya predispuesta de por sí en las últimas horas a valorar este tipo de detalles.
¿Acaso la proximidad del peligro exacerba la sensualidad? Me estremecí
recordando la blancura del cuerpo de Alfredo Monterde, revelada a golpes.
Las estuve mirando un rato, sin atreverme a tocarlas, y cuando por fin lo hice,
extendiendo el elástico de la prenda, sentí como si mi gesto me hubiera puesto
en contacto directo con el cuerpo de Silvia… ¿No podría ser una situación
asimilable en mi novela? ¿No podría figurar en ella el descubrimiento
simultáneo por parte de Jorge Berlinés de la excitante desnudez de Elena
Llovet y de su infidelidad con el hombre que le había dado trabajo? Porque
Elena Llovet, que antes había engañado a su marido en varias ocasiones con
amantes de una sola noche, había establecido una relación de carácter más
estable con su nuevo jefe, Gerardo Montes; y Jorge Berlinés, eufórico por
haber logrado fijar una fecha de estreno público para una de sus
composiciones, descubría a la vez esa infidelidad, que velaba en su
laboratorio mental la fotografía de su felicidad. Mi idea era que, de alguna
forma que aún tendría que perfilar, Berlinés veía a Elena en la cama con
Gerardo Montes. Así, con esa brusquedad, pero también con esa morbosidad
que llevaba implícita el redescubrimiento del cuerpo de la mujer, desnuda en
brazos de otro hombre, en un éxtasis amoroso en el que él, Jorge Berlinés, no

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tenía ninguna participación… ¿Cómo? ¿Haciéndole llegar súbitamente a casa
cuando Elena no le espera? ¿De un viaje? No, sería demasiado vodevilesco.
Además, el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse rompe obligatoriamente el
posible efecto sorpresa: con ese ruido no podría haber descubrimiento de
desnudez femenina en brazos de otro hombre. Más que la infidelidad es el
cuerpo redescubierto al verlo en brazos de un nuevo descubridor… Todo está
por descubrir, todo está por contar, ¿no es ésa la mayor alegría de la
creación?… Algo difícil y excitante, tanto como podría serlo otra situación
basada en la sugerencia: Jorge Berlinés llega inesperadamente a algún lugar
—tal vez un club nocturno— al que no pensaba ir y al que acude de modo
fortuito, y, ya desde lejos, ve a Elena Llovet flirteando en la barra con
Gerardo Montes: a la mujer que se ha introducido en su vida bajo el nombre
de Elena Llovet coqueteando con un ser para él desconocido, por más que
sepa cuál es su nombre. Bailando, quizá…; no, no bailando. Pero puede ser
una discoteca: ¿no había dicho Berlinés que no iría jamás a una discoteca?
Elena no espera verle allí y por eso está confiada. Ni Gerardo ni Elena se han
percatado de que Jorge ha entrado en el local, por lo demás lleno de clientes.
Pese a la oscuridad, él ha visto a la pareja. Están de pie, ante la barra y ante
dos combinaciones de trago largo y color Matisse a las que ninguno de los
dos les hace demasiado caso, y Gerardo tiene su mano derecha colocada en la
cadera de Elena —que resulta más atractiva de espaldas que de frente— y la
baja sin contemplaciones hacia sus posaderas, objetivo de su libido. Jorge
observa, como hipnotizado o en trance, el deslizamiento progresivo de la
mano del hombre hacia las nalgas de la mujer, cubiertas con pantalones
blancos, e incluso cree percibir las contracciones de los glúteos a través de la
tela, pues los pantalones le están muy ceñidos al cuerpo, como Jorge no había
visto en ella antes de esa noche. Hay muchas otras personas en la barra, pero
la pareja no hace caso de su presencia: Jorge está en París, luego no puede
verlos, y si no existe Jorge no existe nadie más en la sala aparte de ellos.
Contar semejante situación en primera persona, a través de la mirada de
Berlinés, puede dar lugar a una página lindante con lo pornográfico, cosa que
quiero evitar como sea: no deseo eludir, quede bien entendido, la sensualidad
de la situación, el erotismo del cuerpo vestido en un ambiente donde la luz
desnuda a todos, pero me interesa destacar antes su dramatismo. Quizá lo más
adecuado sería insertar este fragmento entre las páginas escritas por el
periodista a quien Berlinés le abrirá la puerta de sus secretos en los últimos
días de su vida, antes de ser asesinado en una sórdida habitación del Hotel
Continental.

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Entró en la discoteca —escribiría el reportero, haciendo suyo el punto de
vista de Jorge desde el momento en que hablaba en su nombre sobre las cosas
que le había contado— y allí vio a la mujer, ahora desconocida, que, conocida
con el nombre de Elena Llovet, había compartido últimamente con él su vida.
Elena vestía de blanco, con pantalones ajustados al cuerpo como una segunda
piel —esto puede escribirlo un periodista, yo no lo haría nunca—, y estaba en
compañía de Gerardo Montes, el hombre para quien trabajaba, los dos de pie
delante de la barra, de espaldas a las parejas convencionales que, con
ingenuidad adolescente, pretendían hacer de su convencionalidad un rito
nocturno personal y transgresor. Naturalmente, Berlinés sabía que Elena
efectuaba a menudo viajes de trabajo a Ginebra y a Roma; y sabía que era la
secretaria personal de Montes y que los negocios de éste tenían algo que ver
con ordenadores y maquinaria electrónica; pero nunca podía haber imaginado
que, al entrar con Mr. Wolf en el club denominado «Caracha» —una parada
esporádica para entregar un sobre a una persona—, vería a Elena allí
coqueteando descaradamente con aquel hombre cuya elegante madurez o
cuya madura elegancia no era sino un estereotipo. Su flirteo no constituía una
excepción, pero en el juego colectivo de la urgencia de sexo sus cuerpos eran
los cuerpos vestidos más desnudos, sus manos las más juguetonas, sus bocas
las más voraces. Jorge no había visto antes en Elena ese pantalón blanco, tan
carnal. Posiblemente debía haberlo comprado en una boutique romana. Le
dijo a Mr. Wolf que no podía soportar ni el estruendo ni las cegadoras luces
de hiriente parpadeo y que salía a esperarle en la calle; el millonario le
respondió que no tardaría más de diez minutos en reunirse con él.
Una vez fuera, los ojos cerrados de Jorge Berlinés no veían los agresivos
guiños de color de la discoteca sino un fondo negro manchado de blanco,
flashes todavía del blanco recuerdo de Elena, y esperó a Mr. Wolf fumando
nerviosamente, sin que le importaran las miradas de los jóvenes sudorosos
que conversaban sentados en las aceras, y sin pensar —diría luego— que
Elena y Gerardo Montes podían salir en cualquier momento del local y verle
allí, cuando oficialmente estaba en París: total uniformidad de las ciudades:
no se miente si se dice que se va a una ciudad cuando en realidad se va a otra:
el hedor humano está presente en Roma como en París: también la fauna que
las habita es la misma: y las calles y monumentos recomendados e iglesias y
catedrales y museos y hoteles y clubes y restaurantes y casas y más casas y
ventanas con luz y ventanas sin luz… No le extrañaba la escena de la que
acababa de ser testigo —porque, diría, ya sospechaba algo, aunque entre
sospecha y certidumbre existan más diferencias que entre París y Roma—, no

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le extrañaba eso sino lo extravagante de la situación, pues una persona que
vive en Barcelona y hace un viaje a Roma, dejando a su esposa en casa, no
espera encontrar en la llamada Ciudad Eterna la evidencia de una infidelidad
intuida. «Te giri, e vedi buggere de là: e a vive l’anni che campò un zocchi
nun ze n’arriva a vede la mità», escribió el Belli en su soneto 178. Roma
siempre reserva una sorpresa. Tal vez sea ésa su única diferencia con las
demás ciudades europeas.
Jorge Berlinés tardó tres días en abandonar Roma. Cuando dejó la ciudad,
se había comprometido a escribir pronto una nueva composición a la manera
de Mozart que —eso le había solicitado Mr. Wolf— debía ser más ambiciosa
que la pequeña pieza precedente: tal vez un concierto para piano o para violín
y orquesta. Se llevó consigo también la promesa de que antes de fin de año
tendría lugar el estreno de una de sus obras; cuestión, ésta, que Mr. Wolf
debería puntualizar telefónicamente en un plazo de dos o tres semanas como
máximo.
Excitación, febrilidad, nuevos horizontes, suspiros de satisfacción,
pulmones llenos de oxígeno renovado, el denso aire del arte, el futuro se llena
de música, de su música, pero el familiar paisaje de su calle barcelonesa
continúa siendo el mismo, con la misma tristona luz sobre los comercios de
siempre atendidos por las mismas personas, sobre los bares habituales donde
diariamente colocan las mismas cosas en los mismos lugares, como si se
tratara de un rito: paisaje con árboles envenenados por la contaminación,
hojas enfermas de otoño en verano, palomas aplastadas… ¿No habría vivido
una ficción? Elena estaba tomando el sol en la galería interior, sobre una
toalla playera, y, cuando él entró, le dedicó una sonrisa perezosa, sin
levantarse. Viéndola allí, semidesnuda, exhibiendo un caro modelo de
lencería de baño en blanco y negro, Jorge se dio cuenta de que su esposa
había adelgazado. No lo había advertido al verla en la discoteca romana.
Elena se protegía los ojos con gafas de sol. No protegió su desfachatez con
nada cuando, al agacharse Jorge, le besó en la boca con sus labios cálidos
simulando alegrarse de su llegada. El pantalón blanco estaba cuidadosamente
doblado encima de una silla, como un fetiche o como el mejor recuerdo de un
viaje al que no se quiere renunciar mentalmente.

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UNA NOCHE EN EL MONTE PELADO

Silvia Moretti se sorprendió al comprobar que yo todavía estaba levantado.


Eran las doce y media, y lo primero que me dijo fue que, contra todo
pronóstico, su trabajo en el periódico había terminado mucho antes de lo
previsto. Apenas hizo una leve referencia al tema del escándalo político que,
al parecer, estaba llevando de cabeza a toda la prensa del país, pero
especialmente a la romana, más próxima físicamente a los círculos del poder.
Fue a cambiarse de ropa —la que llevaba puesta estaba mojada, pues había
empezado a llover—, bajándose ya por el pasillo la cremallera del pantalón
vaquero, y se reunió conmigo más tarde, vestida con una bata corta de color
rojo y llevando una cafetera llena de café recién hecho. «No me acuesto
ningún día —me dijo— sin haber tomado antes un poco de café, sea la hora
que sea». Llenó dos tazas y prosiguió. «Me ha costado un poco, pero he
conseguido tener libre la mañana, así podremos ocuparnos de lo tuyo. Con
algo de suerte, quizá consiga no tener que ir al periódico tampoco por la
tarde». Lo dijo con una extraña entonación, como si en realidad considerara
que el asunto le concernía más a ella que a mí. Tal vez estuviera ocultándome
algo. La vi demasiado vitalista y risueña para haber vivido, como aseguraba,
un día de intenso trabajo. Pero no le dije nada, ya que estaba entusiasmada
con la idea de poder dedicarme la mañana y no creí conveniente ponerle
objeciones. Supuse que sería ella misma quien acabaría contándome cuál era
su proyecto. Así fue: quería dirigir sus primeros pasos matinales a la casa
donde vivía el hombre de la cicatriz en la mejilla izquierda —Piero—, y, una
vez en ella, entrar en el piso si él no estaba. Sabía cómo hacerlo.
Lógicamente, dijo, haría una exploración detenida del piso buscando una
prueba que fuera suficiente para emprender oficialmente su lucha —nuestra
lucha— contra el grupo de falsificadores. Y daba por supuesto que yo
prestaría mi colaboración para llevar el asunto hasta el fin.
Personalmente, yo no podía esgrimir ninguna prueba en contra de ellos,
pues el original de la novela de Miller que les había escrito había pasado a
manos de Thomas Hardke y no había guardado la copia, la cual destruí

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siguiendo las instrucciones de éste. Pero aunque hubiera estado en posesión
del original tampoco habría podido utilizarlo como prueba concluyente:
cualquiera puede transcribir a máquina un libro que ya ha sido publicado y
promover un pequeño escándalo atribuyéndose su autoría; podría remover el
cieno pero poco más que eso: protagonizar una noticia de segunda o tercera
fila perdida entre las páginas de un periódico, leída con indiferencia, y quedar
indefenso en manos de Thomas Hardke.
Si la expedición a la casa del tal Piero fallaba, es decir, si la pesquisa no
daba como fruto una prueba de cargo que sirviera para que la policía iniciara
una investigación a fondo —cosa de la que yo estaba convencido—, Silvia
estaba decidida a presentarse en el magnífico palacete de Thomas Hardke
para proseguir en él sus indagaciones. Lamenté haberle dicho antes que la
casa era un nido de pruebas. Hardke era propietario de una valiosa colección
de pintura y de antigüedades, y Silvia agudizaría su ingenio para entrar en la
residencia, en cuanto periodista —quizá bajo el pretexto de realizar un
reportaje—, y para hallar la manera de quedarse dentro y moverse a sus
anchas por el palacete. Silvia tenía dos lugares donde curiosear, pero carecía
de planes concretos y bien trazados; sin embargo no le faltaba valor y hablaba
con tanta convicción que casi llegué a creer, con ella, que conseguiría lo que
se había propuesto. Naturalmente, no me hizo caso cuando le dije que esas
cosas había que planearlas más despacio y pensando en la seguridad y en la
eficacia.
Silvia se había sentado descuidadamente en un sillón, mostrando sus
piernas hasta más de medio muslo; en algún momento interceptó mi mirada
pero no pareció importarle. No obstante, yo no podía continuar sentado allí,
escuchándola y mirándola mientras notaba cómo mi sexo volvía a rebullir
impertinentemente bajo el pantalón. La excusa para levantarme fue dejar la
taza vacía encima de la mesa y asomarme por la ventana. Silvia seguía
hablando a mi espalda, pero yo había roto el vínculo mental que me unía con
sus palabras, pues ya no hablaba de lo que iba a hacer sino de una victoria
que, eufórica, daba por sobreentendida. Divagaba sobre un supuesto reportaje
que ocuparía durante varios días la primera plana del periódico: el libro de
Henry Miller que usted acaba de leer, no fue escrito por Miller: el disco de
Wolfgang Amadeus Mozart que usted ha adquirido y ha escuchado en su casa
tantas veces, no contiene música de Mozart: el cuadro de Pablo Picasso que
usted ha admirado en la Galería Tassone, no fue pintado por Picasso. ¡El
descubrimiento de una red internacional de falsificadores de obras de arte,
radicada en Roma, pone en cuestión el mito de la Gran Cultura! ¿Está usted

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completamente seguro de que el Gran Arte que usted admira se debe al artista
a quien se le atribuye?
Divagaba, insisto. Pero yo no divagué cuando vi que al otro lado de la
calle había un hombre de pie ante un portal, mirando hacia la casa de Silvia.
El velo de lluvia levantaba entre él y yo una especie de gasa o cortinilla
inquietante que acrecentó la irrealidad con que las palabras de Silvia sonaron
en mis oídos, como las del hombre que camino del patíbulo piensa en voz alta
sobre lo que podría haber hecho al día siguiente, cuando el sol ya no hiciera
nacer el sudor en su frente. Le pedí a Silvia que apagara la luz y se acercara a
la ventana. Podía haberme callado con objeto de no intranquilizarla, mas
supuse que al ponerla sobre aviso quizá conseguiría que no se comportara de
modo tan inconsciente como proyectaba hacerlo. Mi nerviosismo se
manifestó en el aceleramiento de los latidos de mi corazón y en el sudor de las
manos. ¡Nada había cambiado, la situación continuaba siendo la misma de
antes, uno de ellos estaba abajo vigilando la casa! La oscuridad sobrevino de
repente; oí el sonido de los pies descalzos de Silvia acercándose a mí, y luego,
más que su cuerpo, percibí su aliento y su olor, mezcla de perfume y
transpiración. «Están vigilando la casa —dije, sin volverme a mirarla ni
explicarle a quiénes me refería, dando por supuesto que Silvia lo habría
adivinado—. En ese portal ovalado de enfrente hay un hombre encargado de
espiarnos». «Pero eso es imposible —fue su tajante respuesta mientras miraba
también por la ventana—, nadie sabe que estás aquí y nadie, tampoco, puede
asociarte conmigo. No, es imposible —insistió—, pueden ser todo lo
poderosos que quieras, pero entre sus poderes no figura el de ser adivinos o
videntes». «El hecho es que ese hombre está ahí abajo, vigilando la casa»,
repuse con obstinación. «Puede ser alguien que esté esperando a otra
persona…, suele pasar, ¿sabes? —opinó Silvia con cierta ironía—. Y si llueve
es lógico que espere en un portal y no en plena calle». «Sería lo mismo que no
lloviera y que estuviera en la acera, paseando de arriba a abajo… No se trata
de eso: intuyo, sé positivamente, que ese hombre nos vigila a ti y a mí». Silvia
tenía los ojos brillantes. Creyera o no lo que le estaba diciendo, me di cuenta
de que se había excitado ante la posibilidad de que fuera cierto; parte del aire
aspirado por sus pulmones salía expelido sonoramente por la nariz, y los
pechos le subían y bajaban con agitación. Estaba muy hermosa en la
oscuridad. La actividad, o la idea de la actividad, le daba una asombrosa
energía. Era imposible imaginarla languideciendo entre las paredes de su casa
y las paredes de un mercado, viviendo la mediocridad cotidiana. Su vitalidad
no lo habría permitido. Creo que fue en ese momento cuando reconocí que me

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había enamorado de ella, suponiendo que la admiración formara parte de eso
que llaman amor. «Te concedo el beneficio de la duda —me dijo, con cierta
precipitación—, y por eso creo que hay que hacer algo. Conociéndote un
poco, como creo conocerte, me parece que aunque ese hombre se marchara de
ahí dentro de un rato, solo o acompañado, seguirías pensando que era un
enviado de Thomas Hardke… Bajemos, pues, y así podremos comprobar
cómo reacciona al vernos. Será más fácil salir de dudas».
Tuve miedo; de alguna manera, el piso de Silvia representaba una
protección, y la calle simbolizaba el vacío, lo desconocido, el retorno al
peligro y a la indefensión. Se lo dije. «En tal caso bajaré sola, no me gusta la
incertidumbre», contestó. «No puedes bajar sola… Además no
conseguiríamos nada: está esperando verme a mí y no a ti; ya saben que vives
aquí, lo saben de sobra, soy yo quien les interesa; es posible que no me haya
reconocido a través de la ventana y quiera estar ahí hasta cerciorarse de que
soy yo realmente». «Bien, pues vamos a bajar juntos… Pero conste que creo
que no es cierto, no pueden saber que estás en esta casa puesto que no se lo he
dicho a nadie». «¿No te seguirían hasta aquí después de tu falsa encuesta?».
La vi titubear por primera vez, luego rechazó rotundamente mi sugerencia.
«¿Y tú? —me preguntó—. ¿Has atendido el teléfono o has abierto la
puerta?». Le dije que me había atenido en todo a sus instrucciones y que no
me parecía adecuado empezar a dudar de nosotros mismos. «En tal caso
vamos a dar un paseo innecesario, ¡pero vamos a darlo de todos modos!».
Aparentaba mucha seguridad en lo que decía. Abandonó la habitación,
camino de su dormitorio, mientras iba desprendiéndose de la bata, y aún pude
apreciar la sugerencia de su desnudez, su silueta recortada contra la penumbra
del pasillo. Volvió enseguida, vestida con una blusa blanca y una falda roja
corta. Llevaba consigo un paraguas y un pequeño bolso. A continuación, la
puerta: el rellano: la escalera: el patio: la calle: la lluvia: la incógnita…
La humedad azotó mi rostro habituado al encierro; dilaté las aletas de la
nariz aspirando el aroma del asfalto mojado. Silvia abrió el paraguas y me lo
ofreció, agarrándose de mi brazo. Entre tanto, el hombre no se había movido
del portal. Para que no hubiera ninguna duda de que éramos vistos, Silvia
encendió un cigarrillo dejando que el fósforo se consumiera del todo entre sus
dedos, iluminando su rostro.
Admiré su valor. Echamos a andar por la calle solitaria, rompiendo con el
sonido de nuestros pasos la invariable monodia de la lluvia. Nos detuvimos un
instante para volvernos a mirar hacia atrás. Como dándome la razón, el
hombre había dejado su refugio del portal, según Silvia, su observatorio del

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portal, en mi opinión, y, siempre por la otra acera, caminaba detrás de
nosotros. Silvia apretó mi brazo. «Quizá después de todo tengas razón —
cuchicheó—, pero te juro que no lo entiendo». Fuimos así, recelosos, hasta el
final de la calle de la sospecha. Allí nos detuvimos como una titubeante pareja
de forasteros que no sabe qué dirección seguir en una ciudad batida por la
lluvia. En la otra esquina, el desconocido también se detuvo, nos miró,
fingiendo sin duda que tampoco sabía por dónde seguir, y se alejó por la otra
calle hacia arriba. «A lo mejor no es más que un vulgar mirón», apuntó Silvia,
poco convencida.
¿Para qué servía hacer especulaciones? El hecho era que, dentro de mí, se
había rasgado el velo protector que me separaba de Thomas Hardke. Lo
notaba; ya no podría volver a experimentar el sentimiento de inmunidad que
me había embargado a lo largo del día, a pesar de las molestias del encierro.
Como si hubiera adivinado mi pensamiento, Silvia me dijo que si me habían
descubierto, al día siguiente me llevaría a ocultarme a la casa de una amiga
suya que vivía en la otra punta de la ciudad. ¿Una amiga? ¿Sería la mujer de
la fotografía de la playa?, pensé: resulta pasmosa mi capacidad de dispersión,
mi facultad de abstraerme en medio de cualquier situación, por delicada que
sea. Me sucede a menudo. Tal vez sea bueno, quizá sea malo, no lo sé. Sin
contestarle, cruzamos la calle cambiando de acera y seguimos andando en la
misma dirección que había tomado el desconocido, a quien volvimos a ver
detenido ante la puerta de una farmacia de guardia, comprando algún
medicamento a través del siniestro ventanuco abierto entre la persiana
metálica. No cesó de observarnos cuando pasamos por su lado. Nosotros
tampoco. Era un individuo de aspecto vulgar, ni joven ni viejo, ni alto ni bajo,
con barba cerrada, moreno, e iba vestido con traje vaquero semidesteñido.
Tenía un rostro anónimo, difícilmente memorizable. Noté que Silvia apretaba
más su brazo contra el mío. Debía de ser una señal suya para indicarme que se
disponía a hablar. «Casi me había olvidado —dijo en voz alta, quizá
demasiado alta para que sonara natural—, hay una farmacia de guardia y
quería comprar algo para el resfriado». Comprendí que se trataba de un reto
que se hacía a sí misma. Yo me sentía más violento que ella. El hombre nos
miró con extrañeza al ver que nos situábamos otra vez a su lado después de
volver sobre nuestros pasos, como si no esperara de nosotros esa reacción.
Silvia le miró directamente a la cara, con insolencia casi, pero el otro, diluido
ya el efecto de la sorpresa, no se inmutó. Recogió el paquete que le daban por
la ventanilla, junto con el cambio del dinero, avanzó unos metros y se detuvo
para rasgar el envoltorio, el cual arrojó hecho una pelota al suelo. Por su

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manera de estrujar el papel con una sola mano deduje que debía de estar
reprimiendo una gran carga de violencia, lo que me hizo volver a sentir
miedo. Mientras tanto, Silvia había hecho su pedido y entregaba a la
farmacéutica un billete de cincuenta mil liras. Indiferente a la lluvia, que le
había aplastado el cabello contra el cráneo, a la manera de un grotesco
peluquín, el desconocido había abierto el estuche y estaba leyendo la hoja de
instrucciones a la luz de una farola. Al volver a pasar por su lado, Silvia hizo
un comentario malévolo: «Hay quienes compran medicamentos para curarse
una dolencia física y no se preocupan de buscar un remedio para su mente
enferma». Seguro que el hombre la había oído. Continuamos andando.
Cuando me volví para mirarle, el desconocido caminaba ya por la otra acera.
«¿Por qué no jugamos a ponerle nervioso? —propuso Silvia—. Sigámosle
nosotros ahora». Si no hubiera sido por la preocupación que sentía, quizá me
habría echado a reír ante lo absurdo de la propuesta; y si no lo hice fue
también porque era consciente de que Silvia ignoraba los extremos a los que
podía llegar Thomas Hardke, por más que los intuyera. Nuestro seguidor
entró en una cabina telefónica, donde permaneció unos dos minutos. Al salir,
se quedó de pie en la acera arrostrando la lluvia y detuvo el primer taxi libre
que pasó. «Si no es uno de ellos, cosa de la que no estoy muy convencida del
todo, se trata cuando menos de un tipo extraño —comentó Silvia, viendo
cómo se alejaba el vehículo arrojando una oleada de agua sucia contra la
acera y la pared—. Una persona que, a estas horas, permanece tanto rato de
pie en un portal sin que en apariencia haga nada, que luego se va andando
despacio, sin paraguas, bajo la lluvia, y que finalmente se marcha del sector
en taxi, no ha debido salir de su casa con la única intención de comprar un
medicamento». Yo, sin embargo, tenía la absoluta certeza de que Hardke
había encontrado mi pista —ignoraba cómo lo habría podido lograr—, la cual
le había conducido hasta el domicilio de Silvia Moretti, veintitrés años,
soltera, morena, aproximadamente uno sesenta y cinco, periodista. La tregua
había sido breve. La desaparición de aquel individuo había vaciado de
objetivos nuestra salida y le propuse a Silvia que regresáramos a casa.
Inesperadamente, ella optó por lo contrario. «Ahora que estamos en la calle
podríamos aprovechar para ir a beber algo; al fin y al cabo hemos sufrido un
día terrible». E hizo un mohín que pretendía ser gracioso. Pero se veía que
estaba más preocupada de lo que aparentaba.
Me llevó a un local llamado «Maciste», situado a unos diez minutos de
allí. Según me contó Silvia mientras nos dirigíamos a él, «Maciste» era
propiedad de un viejo director de cine de tercera fila, antiguo fotógrafo, «pero

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absolutamente encantador: a diferencia de tanto imbécil como hay en el
mundo del cine, nunca se ha tomado en serio a sí mismo», que había realizado
en los primeros años sesenta algunas películas de las llamadas «de romanos»,
que otros denominan «peplum». El hombre, Fabio Caprioli, se había
aficionado a la bebida gracias a su frecuente trato con actores americanos
también de tercera Fila, como él mismo, quienes paseaban impávidos su
incapacidad, su decadencia y sus borracheras de madrugada por los escenarios
romanos, convertidos en cementerios de actores consagrados al alcohol; al
parecer, fue un hermano de Fabio quien, no sin esfuerzo, consiguió que
abandonara cine y bebida antes de su definitivo hundimiento personal, y
desde entonces había ido abriendo y cerrando una serie de locales nocturnos
—más o menos adaptados a las modas de cada momento—, el último de los
cuales era ese «Maciste» al que nos acercábamos a buen paso, incentivados
por la constante lluvia.
Oscuridad: callejas como pasadizos que conducen a extraños lugares de
tormento: nada: algún resplandor amarillento tras las ventanas: agonías:
brasas de cigarrillos… Yo me daba cuenta de que Silvia no quería seguir
hablando del incidente de nuestro desconocido espía, no sé si para no
aumentar mi nerviosismo o para apaciguar el suyo. «Gracias a Fabio conozco
mucho mejor el ambiente de aquella época que si lo hubiera vivido
personalmente —me dijo con aire ausente; ¿a quién diablos le importaba ya
aquella época?—. Si está por ahí, te lo presentaré».
«Maciste» no era exactamente una discoteca, pero hacía las veces de ella.
Se bajaba al local por medio de una vieja y angosta escalera de caracol,
imitación de época antigua, con cadenas herrumbrosas y argollas colgando de
las paredes, y un par de hachones iluminando el descenso. La escalera
acababa en una puerta en forma de arco, flanqueada por dos efigies de cartón:
la de un héroe musculoso vestido con taparrabos —a la izquierda— y la de
una jovencita de aspecto virginal y con minifalda plisada blanca —a la
derecha—. Después de un breve pasillo donde había instalado una especie de
guardarropía, en el que Silvia dejó el bolso y paraguas a la muchacha que lo
atendía, se pasaba a tres salas de las cuales sólo llegué a ver dos: una era una
estancia que parecía haber sido ideada para conversar —la música no sonaba
allí demasiado fuerte, aunque eso no quiere decir que fuera soportable—, con
sillones desvencijados y mesitas sucias de ceniza y colillas; otra era un bar
estrecho y alargado que desembocaba en un habitáculo para bailar; y en un
lateral de éste se divisaba la entrada a la tercera sala, que, me explicó Silvia,
era otro sitio para departir pero escuchando música. Cuando entramos, la

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primera sala estaba vacía, a excepción de una pareja dedicada a explorarse
mutuamente, y la segunda estaba prácticamente llena. Pedimos dos whiskies y
Silvia le preguntó algo a la chica que había detrás de la barra. Ésta negó con
la cabeza y me miró. «Hoy no está Fabio —me dijo Silvia; no lo lamenté. Es
una pena, pero a lo mejor te has evitado así un dolor de cabeza: Fabio es un
tío estupendo pero no para de hablar y hablar». Sin embargo, la ausencia del
tal Fabio, a quien en estos instantes no me apetecía conocer, no me aseguraba
la inmunidad contra el dolor de cabeza: la música, desagradable y altisonante,
iba a conseguirlo por él; no podía haber dejado mejor delegación. Me
sorprendió la celeridad con que Silvia daba cuenta de su bebida, haciendo
luego señas a la chica de la barra para que le sirviera de nuevo. Yo hice lo
mismo: puestos a dejarme aturdir, prefería conceder al whisky el
protagonismo de mi mal.
Era un lugar horripilante, de un mal gusto como hacía tiempo que no
había tenido ocasión de ver. Quizá hacía honores a la antigua dedicación de
su propietario. En las paredes del bar, junto a las botellas, figuraba el nombre
del local modelado con cadenas colocadas en forma de letras, y había
fotografías y carteles de películas de romanos; la sala de baile imitaba a uno
de esos decorados de cartón piedra que se supone eran subterráneos
convertidos en cámara de tortura; en un rincón había incluso una virgen de
Nuremberg, por supuesto carente de púas, que era visitada continuamente por
jóvenes de ambos sexos saturados de bebida, marihuana y música. Al
colocarse dentro, reían y lanzaban alaridos. El juego de luces alternaba los
colores chillones —predominio rojo y azul— con efectos de lividez
cadavérica. Había tantos cuerpos agitándose en aquella danza de espectros,
que era casi milagroso que pudieran moverse sin molestarse excesivamente
unos a otros. ¿Cómo podía gustarle a Silvia aquel antro? ¿Pero acaso le
gustaba realmente?
Silvia bebía con más lentitud su segundo vaso, y, con él en la mano, se
introdujo en el nutrido grupo de danzarines. Desde donde yo estaba sólo
alcanzaba a distinguir su cabeza, confundida en el centro de la pista entre
docenas de cabezas sin cuerpo: era un efecto a la vez ridículo e inquietante,
como el que producen ciertas pinturas naïf. Me dedicó un saludo alzando su
vaso. Yo bebí del mío y, por más que me hubiera propuesto no hacerlo, pensé
otra vez en el hombre que nos había estado vigilando esa noche. ¿A quién
habría telefoneado? ¿A Mr. Hardke para decirle que por fin había podido
identificarme? ¿Quizá a otro contacto? ¿A Alfredo Monterde…? El nombre
de Monterde surgió por sí mismo, como si hubiera abierto paso a la fuerza en

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mi pensamiento para recordarme su existencia. En ese momento supe que no
había muerto. Me estremecí al rememorar los impactos de mis golpes sobre su
cuerpo —la desagradable blandura de la carne, que no exactamente flaccidez,
los frecuentes choques del pie contra algún hueso— y al imaginármelo de
nuevo ante mí, preparado para no dejarse sorprender por un hombre que vive
de su máquina de escribir y de su imaginación, lejos del mundo de violencia
al que él pertenece… Le pedí otro whisky a la muchacha que había atendido a
Silvia, la cual me dedicó una mirada extraña, como si estuviera celosa o
resentida —¿de qué?, ¿por qué?—, y, eso me pareció, llenó mi vaso más de lo
que lo había llenado las dos veces anteriores. Era muy joven y muy delgada,
casi flaca, con clavículas saltonas; tenía los ojos azules y el cabello corto.
Una frontera de cuerpos apretados intentando moverse bajo relámpagos de
varios colores cerraba el acceso a la pista de baile, o lo que fuera, como
avanzadilla de una legión de cabezas danzarinas. Volví a fijarme en Silvia.
Sus ojos y sus labios húmedos. No es que su cabeza destacara entre las otras
sino que, por motivos obvios, me llamaba más la atención. Se abrió paso entre
la apretura y, sin dejar de bailar, se acercó a mí. Yo debía de tener expresión
de alucinado. «Seguro que todavía estás pensando en ese horrible hombre —
me dijo; estaba sudando—. Hazme caso, olvídate de él, tiene que haber una
explicación…, no pasa nada, debes tranquilizarte». Pidió a la chica de la barra
que le llenara el vaso y ésta lo hizo sonriendo ampliamente. También a ella se
lo llenó más que antes. Un whisky fortísimo. Yo estaba empapado de sudor.
El vaho humano, el agobio, el calor, el olor a cigarrillos, a hierba y a alcohol,
junto con el estrépito de la música y los whiskies bebidos, empezaban a
hacerme efecto. Noté un mareo, al que reaccioné poniéndome más nervioso:
latidos acelerados en el pecho: más sudor en las rayas de la mano, casi
refulgentes: latidos en los oídos… ¿No constituye esto una prueba del
aumento de la presión arterial? Repentinamente, Silvia me dio su vaso para
que se lo guardara y se puso a bailar de nuevo allí mismo, de espaldas a la
pista, mirándome continuamente, abriendo y cerrando la boca. A diferencia de
los otros bailarines, su agitación tenía más de provocativa que de
espasmódica; daba vueltas sobre sí misma y la falda giraba con ella en
turbulento remolino mostrando sus atractivas piernas y, por unos segundos, el
color de su ropa interior. Cuando no giraba, movía las caderas
onduladamente, consciente de su cuerpo, ganándose la atención de todos los
mirones que estaban de pie o sentados ante la barra, incluida la chica de los
ojos azules, quien no despegaba su mirada de la figura de Silvia. Hubiéramos
podido beber más y permanecer allí durante mucho más tiempo, pero me

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negué rotundamente a ello. Mi negativa fue un frenazo para Silvia, quien
pareció recuperar el sentido de la realidad. «Tienes razón —me concedió—.
Además es tarde y mañana tenemos muchas cosas que hacer». Torpeaba un
poco al hablar. Supongo que yo también debía de torpear. Me encargué de
pagar las bebidas a la chica del pelo corto —quien se empeñó en invitarnos a
una consumición—, recogimos del guardarropía, ahora atendido por una
muchacha distinta, el paraguas y el bolso, y ascendimos la escalera con más
dificultad que para bajarla, embotados los sentidos, ella delante, yo detrás. En
más de una ocasión tuve que desviar la mirada del incitante vuelo de la falda
de Silvia.
Ya en la calle, cuando Silvia se dispuso a abrir el paraguas se dio cuenta
de que le habían dado uno que no era el suyo, pero rechazó mi ofrecimiento
de bajar a cambiarlo, a pesar de que todavía estábamos ante la puerta del local
y, por tanto, un pequeño retraso no podía ocasionarnos ningún trastorno. «No
haríamos más que organizar un lío tonto e innecesario… Un paraguas sólo
sirve para resguardarse de la lluvia, es su única función, y éste lo hace… A mí
me da lo mismo el dibujo que tenga —se rió un tanto insustancialmente—. Lo
que importa es que no me hayan cambiado también el bolso: ¡en él están las
llaves de casa!». El único comentario que hizo al abrir el bolso y mirar dentro
fue decir que hubiera jurado que había dejado las llaves en el hueco destinado
a la documentación y que ahora estaban, sin embargo, caídas en el fondo,
entre unas monedas, un encendedor y un paquete de kleenex, mas fue algo a
lo que ni ella ni yo le dimos importancia atribuyéndolo a que, de ser cierto, se
habrían desplazado en algún movimiento brusco.
Llevábamos andando un rato en silencio cuando reparamos en que ya no
llovía, y yo cerré el paraguas dando un suspiro. No sólo no llovía sino que el
cielo se iba despejando aceleradamente de nubes, como si dos manos
invisibles hubieran abierto una hendidura en él a través de la cual se percibía
el titilar de las estrellas, y, desde los bordes de la incisión, esas mismas manos
empujaran las nubes hacia ambos lados como si fueran unas cortinas,
alejándolas a la fuerza de la encharcada ciudad. Con el cese de la lluvia revino
un fuerte hedor a basura. «Te he obligado a cometer una tontería, ¿no? Seguro
que no querías ir a beber por ahí, y menos aún a un lugar tan bullicioso», me
dijo Silvia. No le contesté porque me pareció cruel. ¡Estaba tan claro que el
único propósito que había llevado a Silvia hasta ese lugar denominado
«Maciste» era dejar de pensar en lo mismo que estaba pensando yo!
«Mañana, apenas nos levantemos, te llevaré a casa de Giovanna —me dijo,
aún más seria—. Y si no vamos ahora es porque se ha hecho muy tarde. La

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asustaríamos». Dijo esto con tono protector, como si Giovanna fuera una
mujer fácil de asustar y ella, Silvia, fuese la única persona en el mundo capaz
de defenderla. ¿Era una actitud amorosa? Quería preguntarle tantas cosas que,
como vulgarmente se dice, no sabía por dónde era más oportuno comenzar.
Mi razón me susurraba al oído que habláramos del resurgimiento del peligro y
de cómo hacerle frente; mi deseo sexual, renovado, me incitaba a preguntarle
por Giovanna: ¿era la mujer que la acompañaba en la fotografía de la playa?
Difícil elección: si sacaba a relucir el tema de los falsificadores sólo
conseguiría inquietarla; si le preguntaba por Giovanna, probablemente le
extrañarían mis preguntas: por lo general, cuando hago preguntas con doble
sentido se me nota demasiado la intención que me mueve a hacerlas. ¿Era
Giovanna la mujer de la fotografía?, continuaba preguntándome en mi
interior; y aunque lo fuera, ¿qué importancia podía tener de cara a nuestra
relación? «¿Es necesario que impliquemos a una amiga tuya, esa Giovanna,
en mi problema? Puede ser peligroso», dije. Me sorprendió la naturalidad con
que introduje el nombre de Giovanna en la conversación, por más que mi voz
me sonara extraña a mí mismo, seca, teñida de ansiedad. «No es cuestión de
implicar o de no implicar a alguien; estás en peligro y necesitas ayuda»,
respondió. «¿No hará preguntas?», proseguí mi interrogatorio. No sé si se dio
cuenta de que yo quería saber cosas sobre Giovanna, es decir, sobre ella,
Silvia, y sobre Giovanna: si ésta era la otra modelo fotográfica en aquella
playa inidentificada sobre la que se cernía la contagiosa felicidad de lo
efímero, o qué clase de relaciones mantenían; pero repuso, convencida, que
Giovanna no haría ninguna pregunta. Pasamos de nuevo por delante de la
farmacia de guardia donde poco antes habíamos comprado el analgésico, y
ambos miramos a la vez hacia el ventanuco cerrado. Luego, despejada ya la
incógnita: la calle: el patio: la escalera: el rellano: la puerta del piso…
Acaricié la cintura de Silvia mientras ella introducía el llavín en la
cerradura. Al abrir, se apoyó en la jamba de la puerta y posó en mí la mirada
de aquellos ojos suyos tan grandes y brillantes. «No, por favor, no lo eches a
perder todo ahora», me dijo con cierto temblor en la voz. Lo había
comprobado en otras ocasiones: existen mujeres que parecen completamente
indefensas ante la manifestación del deseo del otro. Deslicé una mano hasta
sus nalgas, acariciándolas, notando la creciente tensión de mi sexo, pero
Silvia se desasió suavemente, rechazando el contacto al mismo tiempo que
me invitaba a entrar y cerraba la puerta tras nosotros. Quise saber el por qué.
Ella sostuvo firmemente mi mirada. «Te lo ruego, no insistas», dijo con
resolución mientras arrojaba el bolso y el paraguas encima de una silla. ¡Qué

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ridículo puede llegar a sentirse un hombre que ha sido rechazado al verse
obligado a pasar la noche en la casa de la mujer a la que desea! «Existe una
razón…, mañana te lo explicaré, lo prometo», dijo en voz baja. La situación
parecía irreversible. Dejé caer los brazos hacia los costados poniendo
expresión de persona derrotada, y sin decir nada más me dirigí a mi
habitación, o sea, a la habitación que Silvia me había asignado en tanto durara
mi permanencia en su piso.
Apenas me había desprendido de los zapatos cuando creí oír una
exclamación de Silvia: un grito de admiración o de perplejidad, pero
suficiente para sobresaltarme. Estaba asomada a la ventana y miraba hacia el
firmamento. «La noche romana… —me pareció que decía, como si estuviera
recitando, antes aún de que yo también mirara hacia el cielo—, la noche
romana es una noche de muerte y transfiguración». Se apartó un poco hacia
un lado para dejarme mirar. «Es tan hermoso», susurró. Lo que había llamado
tanto la atención de Silvia era que el cielo estaba completamente estrellado,
reverberante, a excepción de una nube, grande y solemne, artificiosa como el
decorado de una ópera wagneriana, translúcida en su parte central, donde la
luna, perfectamente visible a través de ella, hacía las veces de un corazón
plateado del cual surgían extraños hilachos también argénteos que se
ramificaban como arterias y venas en un cuerpo humano. El efecto era de
gran belleza visual. A mi lado, un temblor suave, aunque perceptible,
conmovió el cuerpo de Silvia. Esperaba que dijera algo más, pero guardó
silencio hasta que, al desplazarse la nube, la luna desapareció oculta por el
espeso y negruzco lateral de la formación nimbosa, rompiendo el encanto de
un momento irrepetible. Silvia me dejó solo en la ventana, encaminándose a
su dormitorio. «Nos levantaremos a las nueve», me dijo sin volverse. ¡Qué
diferencia en el tono de su voz! Y cerró la puerta de su habitación.
Notando un doloroso pinchazo en el bajo vientre, como un adolescente
excitado, regresé a mi dormitorio provisional. Estaba tan cansado que ni
siquiera me desnudé. Así pues, me dejé caer en la cama y me puse a mirar el
techo, con la luz encendida y sin notar dentro de mí la menor atracción hacia
el sueño. Cuando, poco después, me puse a mirar hacia el suelo, vi que había
unos periódicos a los que hasta entonces no les había hecho ningún caso, y
cogí al azar uno de ellos. Cualquiera: en aquel momento, dentro del inmenso
vacío que sentía, me resultaba indiferente que el periódico fuese de una
tendencia o de otra, apoyado por democristianos o por comunistas; era sólo un
medio para intentar dormir. Leí unos titulares de noticias políticas envejecidas
—el diario ostentaba fecha de tres días atrás, y nada envejece tanto y tan

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rápidamente como las noticias políticas—, pasé las páginas de deportes,
sucesos y economía y llegué a las culturales, que estaban en las últimas hojas,
como si fueran un añadido molesto del que el fatigado lector podía prescindir.
Había en ellas unas reseñas muy desdeñosas de los últimos libros de Botho
Strauss, Tabucchi y John Barth, extractos en letra negrita de una conferencia
del signore Eco, crítica de pintura, de teatro y de música. «Autor español
estrena en el Teatro Toscanini», leí en un titular. Al lado figuraba la fotografía
de un hombre todavía joven. Más curioso que interesado, comencé a leer lo
siguiente:
«El controvertido compositor español Jorge Berlinés, autor de obras como
“Poema de la transfiguración”, “Serenata para orquesta de cuerdas” y el ballet
“Persiles y Sigismunda”, estrenó ayer, en el Teatro Toscanini, una de sus
últimas composiciones, “Variaciones sinfónicas”. Berlinés, cuya obra musical
ha desconcertado a los críticos durante los últimos años a causa de su
inquebrantable fidelidad al sistema tonal, ha ofrecido al público romano una
composición de estilo neoclásico en cuatro tiempos que llama la atención por
su decidido amor a la tradición, lo que dividió al auditorio en dos grupos: el
de quienes reclamaban innovación y modernidad, rechazando la oferta del
español, y el de quienes aplaudían la orientación tradicional de la partitura.
Fueron los primeros quienes más hicieron oír su voz al término del concierto,
a pesar de la bella ejecución de la Orquesta Sinfónica de la RAI, dirigida por el
maestro Rinaldo Renzi. Las “Variaciones sinfónicas” de Jorge Berlinés
muestran, digámoslo ya, acusadas influencias de Stravinsky y ofrecen, en
nuestra opinión, un caudal de rica inventiva armónica que, sin embargo, no se
concreta en una obra redonda. Denotan, eso sí, un entusiasmo juvenil, difícil
de encontrar en los compositores modernos, pero tal vez ese mismo
entusiasmo hace primar la urgencia de la comunicación con el oyente por
encima de las necesarias levedad y vitalidad implícitas a una obra tan
ortodoxa estilísticamente hablando. “Variaciones sinfónicas” es una
composición con indudable fuerza, pero le falta, quizá, contraste colorístico».
Tuve que leerlo dos veces seguidas para cerciorarme de que no estaba
soñando: mi perplejidad era tan grande como mi confusión; no, por supuesto,
por lo que había escrito el crítico, un tal Carlo M. Dallamano, sino por haber
tropezado con el nombre de Jorge Berlinés y porque las características de éste
como músico eran, precisamente, las mismas que yo quería conferir a mi
personaje: una práctica, la suya, completamente inhabitual (en términos de la
crítica, no míos) dentro del panorama de la música de concierto
contemporánea. ¡Jorge Berlinés existía realmente, no era una invención mía!

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Pero yo estaba seguro de haber imaginado nombre y personaje… Me
acometió un pequeño vértigo, una especie de aprensión, de lacerante
irrealidad, y tuve que hacer grandes esfuerzos para controlar mis
pensamientos, que fluían incesantemente y sin orden en todas direcciones,
confusos, enloquecidos… Era como un asomo al vértigo de la locura, como
sentirse atraído por el abismo de lo irracional. Intenté concentrarme y
procurar razonar con cierta calma. Ante todo, diluidos ya los primeros efectos
de la sorpresa, y después de recorrer la habitación panoramizando con la
mirada, deteniéndome durante unos segundos en cada objeto que veía,
consideré seriamente la posibilidad de que hubiera oído o leído el nombre de
Jorge Berlinés antes de ahora, pasando distraídamente las páginas de un
periódico, o en el anuncio de un concierto, o leyendo algún comentario sobre
música…, qué sé yo. No tengo radio ni televisión, pero he podido escuchar el
nombre de Berlinés en algún bar. No. Antes de pasar a otra cosa, repasé
mentalmente la lista de posibles ocasiones en que mi vista o mi oído pudieron
resbalar o chocar con el nombre de Jorge Berlinés, y, al rato, no sin
desaliento, tuve que darme por vencido: para mí, Jorge Berlinés había sido
fruto exclusivo de mi imaginación, como parte de un proyecto literario.
Estaba seguro de no haber leído, visto u oído jamás ese nombre, lo cual
tampoco era una garantía: Berlinés podía existir sin que yo me hubiera
enterado hasta el momento, como sucede con tantos otros artistas ignorados
en un mundo donde el renombre crece por influencias y no por el valor de la
obra realizada. El nombre, Jorge Berlinés, había surgido por sí solo, como
suele suceder con los personajes novelescos que —hablando figuradamente—
están seguros de sí mismos y quieren darse a conocer al mundo real. El
escritor que atraviesa ese trance puede estar seguro de que alcanzará su
propósito de escribir una buena novela de personajes. Lo contrario sería
demasiado maravilloso: ¡tener el poder suficiente para dar vida real a un
personaje de ficción mediante el único método de pensar intensamente en él!
En mi delirio, gocé imaginando las excelencias de un mundo en el que un
personaje novelesco irrumpiera verdaderamente en la escena social
moviéndose tal y como el escritor lo desea… Mas debía rechazar los
desvaríos: el periódico era real, yo estaba leyéndolo, comprobando su
cabecera, la fecha, el precio, las noticias; y, por lo tanto, Jorge Berlinés
también debía ser real. Eso me dejaba un camino abierto: encontrar al
compositor y hablar con él. Mientras tanto, ahí estaba su fotografía
reproducida en la página de música del periódico. No era una buena
reproducción, o no era una buena fotografía, o el ejemplar que tenía entre las

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manos era defectuoso de impresión; a simple vista, su imagen parecía la de un
hombre fuera de su tiempo: las entradas de sus sienes se internaban hasta más
de la mitad de su cráneo, mientras que la parte central de su cabellera,
completamente aplastada sobre la piel, se acercaba unos centímetros más a su
frente; vestía un traje ni claro ni oscuro, posiblemente gris, camisa blanca y
corbata tal vez negra (imposible ser más preciso en una fotografía en blanco y
negro mal reproducida), y en el bolsillo superior de su americana despuntaban
una estilográfica y un bolígrafo, quizá un rotulador; o dos estilográficas, o dos
bolígrafos, o dos rotuladores; los puños de la camisa sobresalían de las
mangas de la chaqueta mucho más de lo acostumbrado, lo que creaba el
efecto de que la chaqueta era pequeña, o bien la camisa grande, y usaba
gemelos. Aparentaba unos treinta y cinco años, pero igualmente podían ser
treinta o cuarenta. La fotografía tampoco permitía mayores precisiones sobre
este extremo. No sonreía; su mirada carecía de expresividad: no era
exactamente indiferencia sino la inexpresividad de quien está habituado a
convivir con el dolor. Yo no lo había visto en mi vida. Era como un
desconocido al que yo hubiera bautizado y condenado involuntariamente al
fracaso. En cierto modo sentí que era mi víctima.
De repente, la necesidad de hablar con Jorge Berlinés adquirió para mí
tanta trascendencia como el tema de Thomas Hardke. ¿Estaría también el
músico implicado en el asunto, tal y como yo había ideado? Lamenté que no
fuera ya de día para poder emprender la búsqueda del paradero del
compositor. Si el periódico era de tres días atrás y el concierto se había
celebrado el día anterior al de la publicación de la reseña, eso quería decir que
habían transcurrido cuatro fechas; no, cinco fechas, puesto que hacía varias
horas que estábamos en manos de las primeras sombras de un nuevo día. Y
cinco días era un período de tiempo demasiado amplio para que Jorge
Berlinés estuviera todavía en Roma; y eso sin contar con la posibilidad de
que, después de leer las críticas, se hubiera marchado inmediatamente de la
ciudad, por más que en principio hubiese pensado prolongar su estancia en
ella. Mas éste era un dato que sólo podrían aclararme en el Teatro Toscanini.
Cuando, por la mañana, Silvia y yo nos marcháramos a casa de Giovanna
(¡con cuánta familiaridad, con cuánta desenvoltura utilizo ese nombre!), le
pediría que me ayudara antes a hacer esa gestión, aunque sin explicarle cuáles
eran mis motivos… El sueño empezaba a vencerme… Era más que probable
que pudieran decirme dónde y cómo localizar al compositor; más tarde
llegaría el momento de mantener con él una conversación, siempre y cuando
Jorge Berlinés no fuera una ficción, claro está. ¡He visto su fotografía! Quería

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saber todo sobre él: sus inicios: sus estudios musicales: por qué componía esa
música: cuál era el nombre de su esposa…
Elena Llovet…

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APUNTES SOBRE JORGE BERLINÉS (V)

No muy discretamente camuflados entre los corteses aplausos con que una
parte del público saludó el final del concierto, sonaron también unos
contundentes pitidos. El palco que ocupaba Jorge Berlinés estaba situado
cerca de uno de los hombres que más silbaban, quien concluyó abucheando y
golpeando con los pies en el suelo. Jorge lo reconoció porque la noche
anterior se lo habían presentado en el cóctel que la junta del Toscanini había
dado en su honor: era Primo Commuzio, uno de los más influyentes críticos
del país. Le oyó gritar varias veces, infatigablemente, «¡vergogna, vergogna,
vergogna!», con tal ferocidad que consiguió acallar los aplausos de las
personas que le rodeaban. Los silbidos y los gritos arreciaron mientras
languidecían los ya de por sí tímidos aplausos. Encerrado en su palco, donde
había preferido permanecer solo durante el concierto, bajo el pretexto de
poder prestar así más atención a la labor del director y al sonido de la
orquesta, Jorge esperó a que el teatro se fuera vaciando poco a poco hasta
que, recobrada la soledad, esa soledad fantasmagórica que espesa la atmósfera
de los teatros vacíos después de la representación de una obra o de la
interpretación de un concierto, devorada la vanidad por la nada, abrió la
puerta y, conteniendo apenas las lágrimas, salió al pasillo arrastrando los pies.
No se sentía furioso ni desengañado; vacío sí. Tan vacío como el propio
teatro, con el que, súbitamente, estableció una suerte de comunión mental,
como si el lujoso auditorio en soledad fuese el espejo en el que se reflejara su
sombrío estado de ánimo. Sin conocerle, creyendo que se trataba de un oyente
rezagado, unos empleados de la sala que inspeccionaban todas las
instalaciones antes de cerrar el local, hicieron unos comentarios hirientes
(«¿No le han despertado los silbidos?»… «Hoy se ha vivido aquí un fracaso
que hará historia»), con esa malignidad que suele provocar la ignorancia, y,
entre risas, le vieron alejarse. Ni siquiera Elena se había quedado a esperarle.
Tampoco los responsables del teatro estaban aguardándole fuera, ni aun por
cumplir hasta el final con su papel de anfitriones. Al salir del teatro, Jorge
entró directamente en el primer bar que encontró —un cambio de escenario

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en sólo dos minutos—, donde se bebió seguidas tres copas de ginebra rosada.
Era una noche muy calurosa y Berlinés empezó a sudar más por efecto de la
bebida. Se subió a un taxi y le dio la dirección de su hotel, un establecimiento
céntrico y lujoso en cuyo ajetreo cosmopolita encontró finalmente la
indiferencia que estaba buscando escenario tras escenario, encierro tras
encierro. Le pidió al conserje la llave de su habitación y el hombre se la dio
junto con un sobre cerrado que iba dirigido a su nombre. Era una nota de
Elena, que empezó a leer en el ascensor. «Yo, en tu lugar, comenzaría a
pensar en la conveniencia de cambiar de oficio. Nunca es tarde para hacerlo.
Todos están desolados por aquí y dicen no recordar fracaso tan llamativo
durante esta temporada. A ti, no obstante, no debería extrañarte: sólo es otro
eslabón más en tu ya larga cadena de fracasos». Terminó de leer la nota por el
pasillo y entrando en la habitación. «Estaría dispuesta a aceptarlo, e incluso a
asumirlo, si te amara o me gustara tu música, no sé por qué orden. No es el
caso: tú música me parece mala y anticuada, y he descubierto que no te amo;
quizá mi amor no ha pasado nunca del estado embrionario. Casualmente,
Gerardo está de paso por Roma y me ha telefoneado (sabía dónde me
hospedaba). Regreso con él a Barcelona, pero antes pasaremos unos días en
Zurich. Ya tendrás noticias mías. Elena». ¿Quién sino ella podía firmar una
nota así? Aun en su exasperante pulcritud, la habitación estaba desordenada,
abiertos los armarios, papeles por el suelo, una toalla sobre una alfombra,
huellas de equipaje marcadas encima de una de las dos camas… En su
precipitada marcha, Elena se había olvidado de apagar las luces del cuarto de
baño y de tirar de la cadena, por lo que en el inodoro sus deposiciones
flotaban como último signo de su presencia, como una inequívoca despedida
en la que Jorge y los excrementos formaban una misma imagen de abandono
voluntario. Tiró de la cadena, mas el agua no logró limpiar del todo la loza
manchada. Sentado en el inodoro, Jorge Berlinés rompió a llorar, esta vez sí.

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EN LA FRENTE DE SILVIA MORETTI

La cisterna del cuarto de baño se vacía con gran estrépito, una y otra vez, es
demasiado ruidosa, continuamente se tira de la cadena y cae el agua, sin
cesar, sin pausa, como si la cisterna se llenara instantáneamente apenas
haberse vaciado y el agua partiera, afanosa, en busca de un mundo fantástico
perdido entre las cloacas… Me desperté al oír realmente un sonido acuoso,
una especie de chapoteo, y creí percibir un golpe, como si un visitante
nocturno hubiera tropezado con un obstáculo cuando recorría la casa a
oscuras. Yo estaba vestido, y al incorporarme no me molesté siquiera en
ponerme los zapatos, que seguían tirados de cualquier manera por el suelo.
Movido por un presentimiento, negro, salí al pasillo, negro, luego al cuarto de
estar, negro, llamando a Silvia por su nombre: la oscuridad era mi territorio.
Recordé que la superstición popular asocia, en los sueños, el agua con la idea
de la muerte. Y yo había soñado con agua y estaba pisando agua: había agua
en mis pesadillas y agua en el pasillo de la casa de Silvia, pero yo no debía
extraer una interpretación de eso sino razonar: el agua de mi sueño estaba
relacionada con Jorge Berlinés, con el fracaso de su estreno en el Teatro
Toscanini de Roma y con el abandono de su esposa, del que había tenido
noticia por medio de una nota que ella había dejado en conserjería: regreso-
con-Gerardo-a-Barcelona-pero-antes-pasaremos-unos-días-en-Zurich: el
fracaso de la música y el fracaso sentimental; y razono: el agua que hay en el
pasillo se debe a que Silvia se ha dejado un grifo abierto: ¿por qué no se
despierta Silvia? Había luz en el cuarto de baño y hacia él me dirigí mientras
creía oír a mi espalda unos suspiros y una respiración jadeante. Silvia estaba
dentro de la bañera, con el agua hasta el cuello, pero sus ojos abiertos no me
veían. Comprobé, a la vez, que Silvia tenía en la frente un agujero enrojecido
y chamuscado, fruto de una bala disparada casi a quemarropa, que la sangre
había teñido su rostro, y que el agua de la bañera se estaba desbordando. En
esos momentos oí un chapoteo detrás de mí y me volví, alertado por la
intuición del peligro. La pistola de Alfredo Monterde disparó una sola vez y
noté cómo algo se desgarraba en mi cabeza, igual que si un cuerpo extraño se

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hubiera alojado en ella y buscara desesperadamente una salida. Caí de bruces
al suelo mojado, al lado de la bañera, viendo a Monterde —mejor dicho,
viendo los zapatos de Monterde— acercarse a mí chapoteando en el agua. Me
volvió de espaldas con uno de sus pies y disparó otra vez. Ahora eran dos los
cuerpos extraños que, alojados en mi cabeza, buscaban al mismo tiempo una
salida y un contacto mutuo; y yo intuí que, si Monterde no disparaba otra vez,
tendría vida mientras ambos cuerpos no se encontraran. Cerré los ojos,
dejando caer la cabeza hacia atrás. Alfredo Monterde desapareció de mi
campo visual…
Soñé que tenía miedo, un miedo irrefrenable, y debí de gritar en algún
momento. Un zumbido de mosca que parecía amplificado. Se trataba de
resistir: tarde o temprano alguien llamaría al timbre de la puerta del piso,
alguna persona extrañada de no ver a Silvia, algún compañero o compañera
de trabajo en el periódico, algún amigo o alguna amiga…, quizá Giovanna.
Incluso podrían tener la llave del piso. ¿Por qué no iríamos anoche a casa de
Giovanna? ¿Por qué, al menos, no le dio a Silvia por llamarla por teléfono
para decirle que íbamos a ir a su casa? Así, advertida, extrañada, Giovanna
vendría a nuestra casa al ver que no nos presentábamos en la suya…, ¿nuestra
casa, digo? Ésa no era mi casa, era el lugar donde yo iba a morir…, era la
antesala de mi tumba…
… Me molesta pensar que si estoy aquí donde estoy no es por culpa de
Thomas Hardke, ni por culpa de sus amigos falsificadores, ni por culpa de esa
invención mía que vive a mis espaldas, sin yo saberlo, con el nombre de Jorge
Berlinés, ni por culpa de Alfredo Monterde, ni por culpa de Silvia, que debió
telefonear a su amigamante y no lo hizo, sino por culpa del arte: es la
literatura la que me ha conducido hasta esta oscura catedral del dolor, toda la
vanidad del mundo enfrentada lejos del proscenio a todo el sufrimiento de la
muerte, casi me provoca una carcajada pensar cómo funcionan los códigos
artísticos, que existen, existen para escarnio del artista fuera de ese teatro
imaginario, dentro de ese espacio abstracto llamado realidad, no sé por qué el
escritor escribe libros para un mundo que no sabe leer, no sé por qué el
músico escribe música para un mundo sordo, no sé por qué el pintor pinta
cuadros para un mundo daltónico… Pero quizá esté aquí por culpa de la
música, por haber ideado a un personaje llamado Jorge Berlinés y haber
descubierto que tengo el don de crear vida a partir de mis ideas…
… He sido un falsificador, hablo con conocimiento de causa, sé que no se
valora realmente la obra de nadie, en cierta ocasión oí decir a un musicólogo
que entre 1756 y 1791 vivió un compositor mejor que Wolfgang Amadeus

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Mozart, autor de música más hermosa, pero se le silenció y nadie lo conoce,
¡pobre Jorge Berlinés!, ¡pobre Vicente Ayala!, ¿no hubiera sido mucho mejor
que os hubiérais dedicado a falsificar, sólo a falsificar? Pero ¿qué es una
falsificación? O, mejor todavía, ¿es más falsificación lo que se hace bien en
nombre de otro que lo que se hace mal en nombre de uno mismo? La sociedad
no necesita el arte para sobrevivir: cree necesitarlo para soñar, pero ¿cómo
creer en una sociedad que comercia sin escrúpulos con sus sueños?…
… ¿Cuántos músicos, cuántos escritores, cuántos pintores, cuántos
escultores estarán tratando ahora con Thomas Hardke?…
… Estoy seguro de que una gran parte de la música antigua que se admira
es falsa o está desfigurada, manipulada, ni sus autores la reconocerían,
apréndelo, Berlinés, sueño, sombra inventada por otra sombra, sólo si te
apellidas algo así como Von Karajan podrás amasar una fortuna en el nombre
de músicos que se murieron de asco…
… Si el agua es símbolo de muerte, al decir popular, debí haber entendido
antes que la fotografía de Silvia y su amiga al borde del mar me estaba dando
una pista. Pero el mar ¿es símbolo de amor o de muerte? Si muero, tengo el
consuelo de que los demás, Monterde, Hardke, Giovanna, todos, tarde o
temprano, irán muriendo detrás de mí… Ellos y tantos otros cuyo nombre no
he llegado a conocer, coetáneos del horror, contemporáneos de la
mediocridad, y morirá el arte del que se sustentan cual parásitos, cada día irá
quedando menos de ellos y de sus ambiciones, cada nueva generación estará
menos interesada en el sentido histórico de los logros de la sensibilidad
artística, los cuales se irán distanciando con el tiempo, memoria primero,
vago recuerdo después, luego ni eso, apolillados, mohosos, herrumbrosos,
cubiertos de telarañas como las oquedades subterráneas de los viejos castillos
góticos, estatuas de un jardín romántico cubiertas de escarabajos, insectos en
bocas y en oídos, insectos destrozando un museo sin paredes, el progreso
llamado técnico irá arrinconándolo todo, hasta que por fin, el día menos
pensado, una gran explosión sacuda la entraña del planeta, calología de la
destrucción, y legados artísticos, catedrales, altares, pinturas renacentistas,
colores impresionistas, monumentos, museos, bibliotecas, rascacielos
ominosos, partituras amarillas de tiempo, música e instrumentos musicales,
playas doradas, aguas transparentes, muertos y vivos, bello, feo y siniestro,
todo desaparezca y la Tierra vuelva a su forma primigenia, liberada de
creadores y de parásitos, preparándose para, millones de años después,
alumbrar una nueva forma de vida, y dejar que la historia humana ingrese

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pasivamente en la nada sin que haya ningún trovador que cante la angustia del
dejar-de-ser…

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APUNTES SOBRE VICENTE AYALA (I)

Se comentó que hasta el día del incendio sólo había sufrido dos arrebatos
violentos y que el primero de ellos tuvo lugar en la festividad de Santa
Cecilia, día en que los internados fueron obsequiados con un concierto de los
llamados en vivo, compuesto en su integridad por obras de Wolfgang
Amadeus Mozart, «el más relajante de todos los grandes músicos» en
palabras del director de la institución Centro di Nevrologia Agostino Avalli,
Luigi Chiaro, durante el cual el futuro y anónimo pirómano tuvo que ser
reducido a la fuerza a causa de su extraña conducta, que, primero, le hizo
levantarse del asiento que ocupaba en el improvisado auditorio profiriendo
insultos contra el autor de La flauta mágica, y, después, le llevó a arremeter
de palabra y de hecho contra toda la música y todos los compositores,
agrediendo violentamente a algunos de los músicos que formaban la orquesta.
Uno de los doctores que observaron desde el principio su comportamiento,
Romano d’Amico, manifestó que la conducta del internado fue correcta hasta
el momento en que hizo su aparición, para asistir al concierto, el señor Peter
Wolf, benefactor del Centro, conocido coleccionista de obras de arte y
experto musicólogo. El segundo estallido violento del internado ocurrió un
día en que se quedó involuntariamente encerrado en la biblioteca del Centro,
circunstancia que aprovechó para tirar al suelo todos los volúmenes alineados
en las estanterías e incluso para arrancar páginas de algunos de ellos; ese día
ofreció resistencia a los enfermeros, quienes más tarde aseguraron que el
internado lanzó grandes insultos, en español y en italiano, contra los libros,
contra la cultura escrita, acusándola de fraude social.
Tal vez sea oportuno recordar que el pirómano, desaparecido en el
incendio, fue hallado hace poco más de un año en un piso del centro histórico
romano junto al cadáver de la periodista Silvia Moretti. La infortunada
periodista había recibido un impacto de bala en la frente, con salida por el
hueso occipital y pérdida de masa encefálica. El disparo había sido hecho a
quemarropa. El futuro paciente del Centro Agostino Avalli yacía en el suelo
del cuarto de baño, que estaba literalmente inundado pues, en el momento de

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morir, Silvia Moretti tomaba un baño y los grifos de la bañera estaban
abiertos. El hombre había sufrido dos heridas de bala en la cabeza, pero
aunque al principio se temió por su vida ninguna de las heridas resultó letal,
aunque afectaron a la capacidad de pensar del infortunado: nunca llegaría a
recuperarse ni a expresarse con coherencia. Las investigaciones llevadas a
cabo descubrieron que el individuo carecía de documentación y apuntaron
inicialmente hacia un crimen de tipo pasional: una amiga de Silvia Moretti,
Giovanna Malipiero, con quien aquélla mantenía relaciones, fue sospechosa
del asesinato pero tuvo que ser absuelta por falta de pruebas; el veredicto fue
el de crimen cometido por persona o personas desconocidas.
Nadie supo reconocer al hombre ni explicar su presencia en casa de Silvia
Moretti. Ingresado en el Avalli, el desconocido (a quien se le dio clínicamente
el nombre de Mario) había llevado, por lo demás, una existencia pacífica
dedicada fundamentalmente a escribir, lo que resulta paradójico conociendo
su conducta posterior. Nunca hablaba; se comunicaba por escrito en italiano,
en español y en inglés americano. Uno de los enfermeros supervivientes del
incendio declaró que en alguna ocasión «Mario» le había hecho la confidencia
de que estaba escribiendo una novela autobiográfica, pero que nadie, ni
siquiera el dottore Chiaro, lo había creído; Chiaro había dicho que, dado su
estado físico, era completamente imposible, pero que no podía descartarse la
posibilidad de que el enfermo estuviera escribiendo unas páginas
incoherentes, como sucede a veces en casos de pacientes aficionados a la
escritura. «Mario», sin embargo, alardeaba de tener el manuscrito bien
escondido en un lugar inencontrable. Todo parece indicar que su manuscrito,
fuera lo que fuese, ardió también en el incendio. En el caso de existir, ¿habría
en él alguna pista que pudiera ayudar a esclarecer el asesinato de Silvia
Moretti?
Los médicos que le examinaron antes de que fuera internado manifestaron
que no habían detectado en él tendencias destructivas, del signo que fueren,
pero los testigos que presenciaron el inicio del incendio del Centro Avalli
identificaron en «Mario» al hombre que había prendido fuego al
establecimiento psiquiátrico: su cabello blanco, su mirada extraviada y sus
pómulos salientes fueron reconocidos sin titubeos en fotografías que
posteriormente se mostraron a los que parecían más reticentes a la hora de
identificarlo. El incendio fue detectado al mediodía, poco después de las doce
y media, cuando, como de costumbre, los internados acababan de retirarse a
sus habitaciones para el aseo previo al almuerzo, y se originó a la vez en tres
puntos distintos —en el sótano, en la planta baja y en la planta segunda—, por

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lo que parece probable que el pirómano contara con la ayuda de otras
personas dentro del Centro para llevar a cabo su plan…
Ir por primera vez al Agostino Avalli reservaba una sorpresa: después de
haber tomado el desvío de la carretera principal, al doblar un recodo, y
cuando el viaje no parecía sino haber empezado a partir de dicho desvío, el
viajero se encontraba atravesando inesperadamente una gigantesca puerta de
hierro flanqueada por dos leones de bronce, abierta día y noche al visitante, y,
a partir de ahí, seguía un corto tramo de camino estrecho asfaltado en tono
bicolor que tenía como techo un frondoso arbolado, el cual desembocaba en
una explanada ante el frontal mismo del edificio. La primera impresión era
indeleble, pues suponía casi un tránsito de lo real a la irrealidad; el edificio
resultaba sorprendente por la belleza de su arquitectura, pero luego,
observándolo con más detenimiento, resultaba aún más admirable por la
armonía y la solidez de los detalles, como las columnas que sostenían un
porche bellamente pintado y ornado con estatuas esculpidas por el famoso
artista piamontés Romolo Sestri, quien había recuperado para su obra el
renacido gusto hacia las figuras mitológicas. En posteriores visitas, el efecto
sorpresa quedaba diluido, pero siempre permanecía en el ánimo del visitante
el peso de la primera impresión de magnificencia, como sucede al conocer
una joya arquitectónica. Todo eso se ha perdido ahora: las blancas columnas
están entizonadas, ridículamente ennegrecidas, igual que las figuras
mitológicas han sido transformadas por las llamas y el humo en caricaturas
grotescas de su primitiva grandeza; la pintura ha desaparecido y las plantas
primera y segunda del edificio se han desmoronado, formando una desolada
imagen que alguien, expresivamente, definió como «un esqueleto del arte, si
el arte tuviera un organismo perecedero». Para quienes hayan estado antes en
el Avalli, ver el estado en que ha quedado el Centro tras el incendio es
enfrentarse al espectro de un sueño formalista tan antiguo como el hombre
mismo: hasta de los tupidos jardines se desprende un fuerte olor a quemado, y
todas las flores están cubiertas por un polvillo maloliente, pues no hay que
olvidar que en el Centro ardieron los cuerpos de muchas personas cuyas
cenizas fueron esparcidas por el viento. Se entra en él sin necesidad de puerta:
la triste naturaleza es su único guardián; incluso los restos de metal que han
quedado en la entrada parecen lágrimas de un dios quimérico: donde había
pasillos y estancias y seres humanos no hay más que escombros: cualquier
cosa ennegrecida que se vea por el suelo puede ser un resto orgánico; a
medida que el recién llegado se interna por el escenario de la tragedia, los
signos del desastre son más abundantes: es como una deprimente incursión en

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las entrañas de un museo saqueado: súbitamente, el curioso ve en el suelo una
caja cuadrada de metal que no parece haber sido dañada por el incendio: su
brillo argentado es una disonancia entre tanta ruina barnizada con ceniza: la
encontraron pero no pudieron moverla ni abrirla y todavía sigue allí mientras
se espera la llegada de un experto: está firmemente sujeta al suelo: es como el
corazón del edificio, que se hubiera resistido a morir: en cualquier momento
llegarán y la levantarán con una grúa: la abrirán para comprobar cuál es su
contenido. Resulta extraño que ese perfecto y vistoso cuadrado metálico sea
el único objeto que ha perdurado tras la destrucción de uno de los más
hermosos edificios de la nueva arquitectura italiana. Parece una estatua
metálica esculpida por dioses y enganchada desde la base al centro de la
tierra. Quizá no haya nada en su interior. Tal vez no tenga interior y sea una
masa compacta. Destella a la luz del sol. El ser humano se inmuniza pronto
contra la desgracia: uno de los hombres que inspeccionan las ruinas está
silbando la popular «Serenata nocturna» de Wolfgang Amadeus Mozart.

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