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Centro afiliado a la Facultad de Teología del
Norte de España-Sede Burgos
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Paseo de Filipinos, 7
47007 VALLADOLID
HISTORIA MEDIEVAL DE LA IGLESIA
Prof. Jesús Álvarez Fernández
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LA REFORMA GREGORIANA
El Concilio de Sutri (1046). Los papas alemanes: León IX (1048-1054).
Los papas de la Lorena-Toscana: Nicolás II (1058-1061). Su política con los
normandos. Alejandro II (1061-1073). La acción reformadora de Gregorio VII.
El Dictatus papae. Doctrina político-eclesiástica de Gregorio VII. Medios usados
en la reforma gregoriana: legados, sínodos, política feudal y guerra santa. La
reforma: decretos de reforma (simonía, nicolaitismo). Lucha por la libertad de la
iglesia. Enrique IV y Gregorio VII. La lucha después de Gregorio VII.
La reforma gregoriana y los días que la preceden hay que colocarlos ya en el
período de la diástasis (1050-1300), etapa compacta de la Historia de la Iglesia, aunque
todavía con algunas fisuras. Al principio son los laicos y el alto clero los que trabajan en
la reforma eclesiástica. Con esta reforma se abre una nueva era que despierta nuevas
iniciativas y nuevos problemas, de tal manera que al final de esta etapa se constatar un
nuevo tiempo moderno.
El Concilio de Sutri (1046-1047)
Era derecho común de los emperadores y reyes, con el consentimiento de los
papas, el poder convocar sínodos y concilios. El mismo Enrique III acudió al sínodo.
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Fueron citados los tres papas: Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI, siendo este
último el único que se presentó en el aula conciliar.
El caso más delicado era el de Gregorio VI y su legitimidad. Parece que
Gregorio se confesó culpable, pero sobre tal confesión aletea la sospecha de la
deposición. Por eso hay quien afirma que Enrique III en Sutri depuso a tres pontífices,
erigiéndose así el emperador en árbitro de los destinos de la Iglesia romana. Así
quedaba la sede romana en vacantía y aquellas circunstancias favorecían el colocar en la
cátedra petrina a un candidato dócil a la corte germana. Gregorio fue llevado al exilio
alemán acompañado por el monje Hildebrando.
¿Quién depuso a Gregorio VI el emperador o el Sínodo de Sutri? La mayoría de
las fuentes parecen culpar al emperador. Los autores contemporáneos a Sutri lo juzgan
positivamente. Odón de Cluny bajó a Roma para la entronización de Clemente II, dando
gracias a Dios por la obra de Enrique III al poner orden en la sede romana. San Pedro
Damiani dio al emperador por este hecho el título de Gladius salutis. Humberto de
Silvacándida juzgó positiva la acción imperial, como también lo hizo el monje
Hildebrando, quien nunca criticó al emperador, aunque no acompañase voluntariamente
a Gregorio VI al exilio. Únicamente el obispo alemán Wazzo reprobó al emperador el
mezclarse en cosas eclesiásticas.
¿Cómo se ha juzgado Sutri por los autores modernos? Los de nacionalidad
francesa (A. FLICH, E. AMMAN, G. B. BORINO)dicen que es el culmen de la teocracia o
interferencia del poder civil en los asuntos eclesiásticos. Mientras que los germanos (C.
VIOLANTE, P. KEHR) consideran que fue el inicio de la lucha eclesiástica por la libertad,
iniciada con los papas designados por Enrique III.
Los papas alemanes1
Después del Sínodo de Sutri fue convocado otro en Roma en el que Enrique III
designó como papa a Suidgero, obispo de Bamberg, que tomó el nombre de Clemente
II (1046-1047)2. Al día siguiente era coronado Enrique III emperador. La acción
reformadora de este papa está en el sínodo convocado en Roma en enero de 1047, donde
se tomaron medidas enérgicas contra la simonía. Después de este sínodo Enrique III
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El primer papa de origen alemán fue Gregorio V (996-999).
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Segundo papa germánico. ¿Murió envenenado? Es el único papa sepultado fuera de Roma, en
Colonia.
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regresó a su corte y Clemente II no pudo hacer muchas más cosas pues su pontificado
duró nueve meses. Más breve aún fue el reinado de su sucesor Dámaso II (1047), quien
sólo estuvo en Roma tres semanas.
L e ó n I X (1048-1054)
Bruno de Egisheim, obispo de Toul, de 50 años, hombre de gran piedad,
capacidad organizadora y conocedor de la reforma monástica lorenesa. Declaró delante
de la embajada romana que él no se consideraría papa por la elección del emperador si
no era aceptado antes por el clero y el pueblo romano.
Se rodeó de hombres deseosos de reforma, elegidos por su amor a la ciencia y la
reforma (Humberto de Silvacándida, Hugo el Blanco, Odón de Toul, Hildebrando,
Federico de Lorena (Esteban IX)...), creando así el colegio cardenalicio como cuerpo de
consejo en los asuntos de gobierno de la Iglesia. Otra provechosa innovación de León
IX fueron sus innumerables viajes, a ejemplo de los emperadores alemanes, acercando
la persona del papa a las gentes y a las ciudades.
De los innumerables sínodos que convocó destacaremos solamente de manera
explícita el de Reims (1049):
* lucha contra el nicolaitismo3, como se denomina ahora a los clérigos y
sacerdotes no observantes en materia de castidad.
* lucha contra la simonía obligando a los sacerdotes ordenados simoniacamente
a presentar la dimisión o a ser depuestos4.
* dio un paso adelante, decisivo, en la lucha por la libertad de la Iglesia en la
nómina de los obispos: “Ninguno, que no haya sido elegido por el clero y por el
pueblo, puede arrogarse el gobierno de una iglesia”; condena que, por otra parte, no
quita al poder secular el derecho de imponer al neoelecto las insignias de la investidura.
3
. Secta gnóstica de los primeros siglos, de extendida fama por su libertinaje en el campo sexual.
4
. La simonía era considerada entonces como una herejía, pues era la negación de la divinidad
del Espíritu Santo o, por lo menos, era poner obstáculo a su libre acción.
Surgió el problema sobre la validez de las ordenaciones conferidas, aún gratuitamente, por
obispos simoniacos. Pier Damiani en su Liber gratissimus opinaba que eran válidas. Humberto de
Silvacándida se alzó contra tal opinión escribiendo Adversus simoniacos, donde se inspira en la postura
de San Cipriano que en el siglo III no admitió la validez del bautismo administrado por los heréticos, y
según Humberto los simoniacos son herejes que no pueden dar el Espíritu y, por tanto, sus ordenaciones
son inválidas. Aunque León IX intentó en un sínodo romano declarar esas ordenaciones como inválidas,
los sinodales frustraron su tentativa, por lo cual el papa, para estar más seguro, reordenó a muchos
obispos y sacerdotes imponiéndoles las manos.
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Sí se hizo sentir León IX en diversos sínodos sobre la primacía de la sede
romana. En el de Reims se denomina universalis Ecclesiae primas et apostolicus. Las
ideas del primado fueron expuestas en las cartas al patriarca Cerulario (Patriarcha
Oecumenicus), redactadas por Humberto de Silvacándida. No debemos olvidar que es a
la muerte de León IX cuando acaece el Cisma de Oriente.
Otro de los temas que destacan en la vida de este pontífice fue su política con
los normandos. De acuerdo con Argüiros, legado bizantino, envió una embajada al
emperador Enrique III para solicitar ayuda armada contra los normandos. León IX se
enfrentó a los normandos el año 1052. Pero fue derrotado y aprisionado en Benevento
antes de que llegasen los bizantinos. Como rescate debió perdonar todas las censuras
emanadas contra los normandos y reconocer todos sus derechos.
En marzo del 1054 enfermo regresaba a Roma y poco tiempo después moría.
Los papas de Lorena-Toscana (1057-1073)
A León IX (1048-1054) sucedieron los cortos pontificados de Víctor II (1055-
1057) y Esteban IX (1057-1058)
Los cardenales, reunidos en Siena, bajo la dirección de Gofredo de Lorena,
eligieron a Nicolás II (1058-1061), obispo de Florencia, quien tuvo el consentimiento
imperial y bajó a Roma acompañado de las tropas del duque lorenés, pudiendo ser
entronizado el año 1059 a la vez que el antipapa Benedicto X huía de la Urbe.
Decreto sobre la elección pontificia
En abril de 1059 se reunía el concilio laterano con el fin de que no se repitiesen
nunca más los incidentes que habían acompañado a la elección de Nicolás II. En el se
publica un decreto que ordena:
* Son los cardenales-obispos quienes tomarán las medidas necesarias,
denominarán al nuevo papa y convocarán a los cardenales-presbíteros y diáconos.
* Una vez hecho esto, los demás eclesiásticos y el pueblo darán el consenso a la
elección realizada.
Friedrich KEMP afirma que este sínodo tiene una tendencia eclesiológica, que
sería la creación de una autoridad eclesiástica que pudiese decidir sobre la legitimidad
de una elección. Así se fraguó la analogía de lo que es el metropolita para la elección
del obispo, ser el colegio cardenalicio para el papa.
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Decretos de reforma
En los sínodos celebrados en Roma durante los años de su pontificado,
especialmente entre 1059-1061, se emanaron diversos decretos de importancia capital
para la reforma:
*Contra la investidura laica se afirma que ningún clérigo reciba de ningún
modo una iglesia de manos de un laico, sea gratis o pagando.
*Contra el nicolaitismo se dan decretos subrayando una característica: aquellos
que tienen mujer oculta o concubina no pueden ejercer su oficio y se aconseja a los
laicos que no acepten los sacramentos de estos clérigos.
*Contra la simonía se nota una nueva tendencia: no sólo se exhorta y llama al
orden, sino que se recurre a la ayuda y cooperación de los laicos: nace la Pataria en
Milán (1057).
Política con los normandos
La política de la santa sede hacia los normandos da, en tiempos de Nicolás II, un
giro de 180 grados, pues decide entrar en contacto con los normandos y firmar una
alianza, porque considera su apoyo como la mejor garantía para la ejecución del decreto
de 1059 sobre la elección papal, contra el cual se habían levantado la corte imperial y la
nobleza romana. Legitimó sus conquistas y levantó todas las censuras llovidas sobre
Roberto Guiscardo y Ricardo de Capua, quienes por su parte se declaran súbditos de la
santa sede y defensores del Estado Pontificio y sus posesiones.
Al final del pontificado de Nicolás II se registran fuertes tensiones entre la corte
imperial y Roma, alimentadas por la aversión del arzobispo Anno de Colonia, protector
de Enrique IV, hacia los reformadores. Todo esto llevará a la ruptura del imperio y del
episcopado alemán con la curia romana en las vísperas de la muerte de Nicolás II.
Su sucesor fue el milanés Anselmo de Luca, que tomó el nombre de Alejandro
II (1061-1073). Su elección fue contestada por la corte imperial y la nobleza romana
que reconocieron por breve tiempo al antipapa Honorio II. Con Alejandro II la reforma
aumentó en energía y extensión, y el prestigio de la santa sede se propagó por medio de
la reforma en los diversos países donde se llevó a cabo.
En España el pontificado alcanzará un nuevo éxito: los legados pontificios que
pondrán en comunicación la península ibérica con Roma, por medio de la celebración
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de sínodos, fueron Hugo el Blanco y el obispo de Marsella. En 1086 Sancho de Aragón
encomendó su reino al papa y poco después cambiar la liturgia mozárabe por la latina.
El resto de la España cristiana, empeñada en su lucha contra el Islam, mantuvo la
liturgia mozárabe. En Roma se apoya a príncipes franceses para que pasen a luchar en
España contra los sarracenos. En este tiempo se abre España al mundo exterior -hasta el
siglo XI había quedado aislada- creando ahora lazos con Francia y Roma.
La acción reformadora de Gregorio VII (1073-1085)
El año 1073, durante el entierro del mismo Alejandro II, el diácono Hildebrando
fue proclamado papa por el pueblo romano en la iglesia de Letrán, y luego elegido y
entronizado por el clero cardenalicio y urbano en San Pedro ad Vincola. Su pontificado
ser de gran relieve para la historia, pues introdujo la diferenciación de poderes en la
Iglesia universal, separación entre el campo político y el eclesiástico.
Su nacimiento se suele datar entre el 1019/30 en la Toscana romana, en el seno
de una familia modesta. De joven entró en el monasterio de Santa María del Aventino,
dirigido por un tío suyo, y se crió en el Palatium romanum (¿Palacio Laterano?). Sirvió
como clérigo al papa Gregorio VI y lo acompañó al exilio. Libre a la muerte del papa,
entró probablemente en Cluny (1047) y poco después fue llamado por León IX para
encargarle la administración de San Pablo Extramuros. Participó en numerosas
delegaciones pontificias y su influjo iba creciendo poco a poco en la curia romana.
Fue un monje en el vaticano, portador del hábito monástico; mas él mismo
escribe a Hugo de Cluny que prefiere el apostolado a la vida contemplativa. Aunque
estimado por sus contemporáneos, fue amado por pocos, de tal manera que San Pedro
Damiano le llamará Sanctus Satanas.
De su psicología se ha dicho que una idea fija en él es la libertad, palabra que en
sus obras aparece sólo 30 veces, mientras que el término obediencia se repite 300. El
concepto de obediencia le movió más que el de libertad y quiso estar a la altura con su
oficio apostólico, sintiéndose obligado a ejercitar lo que era propio de su carga de
sucesor de Pedro. Su concepción medieval sobre el poder se basaba en un agustinismo
político, aunque él no conociese las obras de San Agustín sino a través del ambiente
eclesiástico en el que se movía. Sus ideas no eran muy originales; lo singular en él fue
su voluntad en la lucha por la justicia. Consideraba que el papa debía estar a la cabeza
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de la Ecclesia universalis, dotada con los poderes del reino y del sacerdocio, instituidos
por Cristo. El sacerdocio era de categoría superior. En virtud del derecho pontificio de
decidir en último término quién es de Dios y quién del diablo, pretenderá Gregorio VII
deponer al soberano indigno y desligar a sus súbditos del juramento de fidelidad.
Que Gregorio VII quería orientarse en la tradición eclesiástica lo prueba su
empeño por compilar nuevas colecciones de derecho que él mismo realizó recogiendo
material, principalmente de las Pseudoisidorianas, en pro del primado romano y
ordenándolo por grupos, formando así el famoso conjunto llamado Dictatus papae5:
1§ La Iglesia romana ha sido solamente fundada por el Señor.
2§ Sólo el pontífice romano tiene el derecho de recibir el título de universal.
3§ Sólo él puede deponer o absolver a los obispos.
4§ En los concilios el legado papal preside estos, aunque sea inferior en su grado,
y solamente él puede pronunciar una sentencia de deposición contra los
obispos.
5§ El papa puede deponer a los ausentes.
6§ No está permitido ser acompañado por aquellos que han sido excomulgados
por él, ni cohabitar con ellos.
7§ Sólo el papa puede establecer, según las circunstancias, nuevas leyes, fundar
nuevas diócesis, transformar una canonjía en abadía y viceversa, dividir un
obispado rico y unir aquellos que son pobres.
8§ Sólo el papa puede usar las insignias imperiales.
9§ El papa es la única persona a la cual todos los príncipes deben besar los pies.
10§ Su nombre es el único que debe ser pronunciado en todas las iglesias.
11§ Su nombre es único en el mundo.
12§ Sólo él puede deponer a los emperadores.
13§ Por razones de necesidad, puede transferir un obispo de una sede a otra.
14§ Puede, si lo cree, ordenar un eclesiástico de cualquier iglesia.
15§ Quien ha sido ordenado por él puede regir otra iglesia, mas no servir ni recibir
de otro obispo una orden superior.
16§ Ningún sínodo puede ser llamado general sin su permiso.
17§ Ninguna escritura, ningún texto pueden ser considerados como canónicos sin
su autoridad.
18§ Su sentencia no puede ser reformada por ninguno y él solamente puede
reformar la de todos los demás.
19§ El papa no puede ser juzgado por nadie.
20§ Ninguno puede condenar una decisión de la sede apostólica.
21§ Las causas más graves de cada iglesia deben ser llevadas a él.
22§ La iglesia romana no ha errado nunca y, como dice la Escritura, no puede
errar nunca.
23§ El pontífice romano, si ha sido canónicamente ordenado, se convierte
indudablemente en santo por los m‚ritos de San Pedro, según el testimonio
5
. Cfr. FLICHE, A.-MARTIN, V., Historia de la Iglesia, VIII, 73; LLORCA, B.-GARCÍA
VILLOSLADA, R.-LETURIA, P. de-MONTALVÁN, F. J., Historia de la Iglesia Católica. Edad Media (800-
1303). La cristiandad en el mundo europeo y feudal (=Sección V: Historia y Hagiografía 104), II, BAC,
Madrid 1953, 383.
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de San Ennodio, obispo de Pavía, y de acuerdo con muchos Padres, como
se puede ver en el decreto del Beato Símaco, papa.
24§ Por orden suya y con su autorización, está consentido a los súbditos acusar a
sus superiores.
25§ El puede deponer y absolver a los obispos sin necesidad del concilio.
26§ Quien no está de acuerdo con la Iglesia romana no se le considera católico.
27§ El papa puede liberar a los súbditos del juramento de fidelidad hecho a
personas indignas.
H. FUHRMANN elimina la tesis de G. B. BORINO según la cual el Dictatus papae
sería una colección de Gregorio VII para su uso privado y que no refleja ninguna idea
suya sobre el papado. H. Fuhrmann afirma que el Dictatus papae es una expresión
directa del pensamiento de Gregorio VII, porque no sólo expresa afirmaciones que no
están basadas en la tradición, o sea ideas nuevas, sino que introduce en los textos
tradicionales un sentido nuevo. Por ejemplo en la proposición 26 hay una idea
revolucionaria introducida por Gregorio VII: esta afirmación no vale sólo para las
cuestiones dogmáticas, sino también para las cosas prácticas, teniendo por herético a
quien no le obedeciese. Sin embargo H. Fuhrmann no comparte la opinión de los que
creen que el Dictatus Papae es un producto de Gregorio VII para sus pretensiones
políticas. Otros autores opinan que el Dictatus papae fue compuesto como preparación
para la lucha futura con Enrique IV. Pero tal explicación no es sostenible, según H.
Fuhrmann, porque el Dictatus papae no tiene un fin particular, sino la afirmación de los
derechos primaciales para usarlos en la reforma. Sin duda alguna que el Dictatus papae
fue compilado de cara al futuro, pero no de cara a un evento particular de ese futuro.
Doctrina político-eclesiástica de Gregorio VII
Sus ideas político-eclesiales le hacían ver en la Iglesia una institución político-
religiosa que comprendía la entera exigencia del pueblo cristiano. La Ecclesia uni-
versalis es dirigida a la vez por el poder del reino y del sacerdocio, que se distinguen
por sus diversas funciones, pero que colaboran en el enriquecimiento de esa Ecclesia
universalis: los obispos entraban en el régimen feudal y los reyes participaban del
régimen sacral.
Gregorio VII estimaba mucho el papel del rey en la Iglesia y deseaba su
colaboración. No negaba que el poder regio fuese de institución divina, sin embargo la
inferioridad del reino sobre el sacerdocio se basaba en que la acción del rey debía
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someterse al juicio del sacerdote y, en especial, al del papa. Y si se oponía a esto los
sacerdotes debían luchar, como medios eclesiásticos (excomunión, entredicho...) contra
él por alzarse como perturbador del orden. A todo esto Gregorio VII añade que si un rey
se revelaba-rebelaba como un elemento de la civitas diaboli, ya no tenía derecho
ninguno a reinar sobre un pueblo cristiano, por lo que el papa tenía el derecho de
deponerlo. El pensamiento de Gregorio VII era de tendencia hierocrática y, según él,
todas las acciones de los cristianos debían estar determinadas por una finalidad
sobrenatural, y por esta finalidad era él el competente y no el rey. Esta exageración
unilateral acabó, por necesidad, en una mayor diferenciación en tiempos posteriores. Sin
quererlo llevó a distinguir en la Ecclesia universalis dos finalidades: político-espiritual
(derecho eclesiástico) y político-temporal (derecho civil). Por esto Gregorio VII cambió
profundamente el mundo cristiano de su tiempo y las discusiones sacerdocio-reino
continuaron por siglos.
Medios usados en la reforma gregoriana
Tres fueron los instrumentos de los que sirvió Gregorio VII para llevar a cabo la
reforma: Legados y sínodos; continuación de la política feudal de la santa sede y la
guerra santa.
Legados pontificios y sínodos
Hasta ahora a los legados sólo se les confiaba, por breve tiempo y fines muy
particulares, misiones especiales o visitas a países de misión. La novedad introducida
por Gregorio VII es la creación de legados estables, generalmente del mismo país6, que
convocaban sínodos y concilios que encarecían la ejecución de los decretos de reforma.
Política feudal de Gregorio VII
Su política feudal se basa, principalmente, en la mística petrina vivida por
Gregorio VII. Este exigía la obediencia de los laicos a la persona de Pedro, representada
en el papa. Con esto Gregorio VII intentó crear lazos jurídicos con los príncipes para
que, basados en este concepto de obediencia, acudiesen a defender los intereses
eclesiásticos: la fidelidad se apoya en un lazo religioso a la persona de Pedro.
6
. Así nombró el año 1075 a Hugo de Die para Francia; a Amado de Oleron para el sur de
Francia y España; en el 1079 a Ricardo de San Víctor para España; al año siguiente a Altmann, obispo de
Passau, para Alemania y para la Lombardía a Anselmo de Luca.
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La guerra santa
Gregorio VII, si bien nunca tuvo fortuna en sus empresas bélicas, no encontró
dificultad en considerar la guerra santa como un medio legítimo para alcanzar sus fines
políticos y religiosos.
Al inicio de su pontificado escribió al rey Sven de Dinamarca para que enviase a
su hijo con un ejército para conquistar una provincia cristiana. Diversas ocasiones de
guerra santa se presentan en España: el Islam y la urgencia a príncipes franceses. Luego
se le ocurrió la idea de la cruzada de los cristianos del occidente en ayuda de los
cristianos del oriente (1074) y conseguir así la unidad y reconciliación. Escribió cartas a
los reyes y príncipes occidentales, pero no se logró nada.
La reforma
Los decretos de reforma
Se promulgan principalmente en los sínodos cuaresmales celebrados en Roma,
pudiendo distinguir principalmente dos grupos:
* Contra la simonía: El primer sínodo de su pontificado (1074) renovó todos
los decretos de sus predecesores contra la simonía, conminando la exclusión del servicio
eclesiástico. El golpe más duro se dio en el sínodo de 1078, donde se declara inválidas
todas las ordenaciones de obispos simoniacos y en 1079 se amplía a todas las
ordenaciones simoniacas.
* Contra el nicolaitismo en el Laterano se renuevan los decretos emanados con
anterioridad. Se prohíbe a los incontinentes el ejercicio de su sacerdocio. Gregorio VII
pensaba que el sacerdocio era incompatible con el matrimonio y que el celibato venía ya
desde una antigua ley para la Iglesia universal7. Gregorio VII, convencido de renovar la
antigua ley eclesiástica, siguió insistiendo en el celibato. Su iniciativa suscitó
oposiciones y agitaciones, pero él continuó con su campaña y en el sínodo romano
celebrado el año 1078 ordenó, bajo pena de suspensión, la observancia del celibato en
su diócesis, y de aquí poco a poco se fue reafirmando en las demás.
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. Doble error papal, pues sólo en el siglo IV comienza lentamente el celibato a ganar adeptos.
Poco a poco los sínodos provinciales lo van inculcando y Gregorio I (590-602) ordena que el diácono
debe ser célibe. Pero esta legislación no tuvo gran efecto hasta Gregorio VII. Además era muy difícil que
los párrocos rurales no se casasen, pues era imposible combinar las labores del campo y las eclesiásticas
si no se casaban o vivían en concubinato.
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Lucha por la libertad de la Iglesia
La libertad de la Iglesia sólo se podía conseguir si la provisión de sacerdotes y
obispos se liberaba del opresor influjo de los reyes y patronos de iglesias y se hacía de
acuerdo con las disposiciones canónicas que dejaran lugar a la acción divina.
Sobre el problema de las iglesias propias Gregorio VII no se preocupó
demasiado, aunque sí inició la lucha. Se contentó con llevar adelante la reforma del
episcopado pensando que estos siguiesen la reforma y alcanzasen la abolición de la
iglesia propia. No obstante en el sínodo de 1078 declaró o exhortó a los obispos para
que instruyesen a sus fieles sobre el grave peligro que entrañaba para su salvación la
posesión de una iglesia propia... El mismo año un concilio gerundense declaraba ilícita
la posesión de una iglesia propia por parte de los laicos.
Sobre la elección hay que decir que la práctica antigua8 fue perdiendo vigor
durante el régimen carolingio hasta que a finales del siglo IX dependían prácticamente
de la voluntad del rey o príncipes (régimen otoniano), a la vez que se iba perdiendo el
control sobre los bienes eclesiásticos y se pide el homenaje y juramento de fidelidad, de
tal manera que ahora el acto decisivo parece ser la investidura, pasando el acto
sacramental de la consagración a ser un acto complementario.
Todo esto hace ver a los reformadores que una reforma moral a secas no basta,
sino que se necesita una reforma moral y una reforma institucional para eliminar todas
las instituciones creadas en el Alto Medioevo, porque sería la única manera de atacar el
mal de raíz. Así encaminan su voluntad hacia una meta más grande y amplia, fundada
en la libertad de la Iglesia, del clero y de sus lazos con las instituciones. No surgió
inmediatamente esta lucha, sino que experimentó un lento desarrollo.
Gregorio VII, siguiendo los pasos de sus predecesores, en los primeros días de
su pontificado no atacó a la investidura, sino que se contentó con luchar contra la
simonía; pero pronto en el sínodo de 1075 prohibió, bajo pena de excomunión, la
investidura laical. Y en 1076 entró en conflicto con Enrique IV, a quien excomulga y
8
. El sacerdote era elegido bajo control del obispo; el obispo bajo el del metropolita y este bajo
el del sínodo.
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declara depuesto por oponerse a sus decretos sobre la investidura. El papa tomó una
actitud dura, severa e inexorable no sólo para Alemania, sino para toda la cristiandad.
Enrique IV y Gregorio VII
Se enfrascaron en una controversia que dividirá las simpatías de todos los que la
estudien, siendo imposible mantener una imparcialidad aséptica. Casi todos los autores
admiten el valor y la superioridad espiritual del pontífice, y la energía y talento político
del monarca, siguiendo la política de su padre. También se coincide, generalmente, en
acusar al papa de pretensiones extremas y rigurosidad, mientras al rey se le tacha de
decadencia moral.
La juventud de Enrique IV puede explicarnos algo: Nacido en el año 1050,
recibió una educación un poco defectuosa, faltándole madurez y autocontrol. Seis años
tenía cuando murió su padre y fue puesto bajo la tutela de su madre Inés y del arzobispo
Anno de Colonia. En 1065 es declarado mayor de edad, aunque sigue bajo la guía de
tutores dominados por una mentalidad imperialista y hostil a Roma. Su padre Enrique
III ya había iniciado la reforma, pero ahora se quería pasar de un plano moral a otro
institucional, lo cual sacudiría las bases del imperio, porque este nuevo sistema suponía
para Alemania un cambio sustancial en la política feudal del imperio.
A pesar de que Gregorio VII al ser elegido no fue presentado a la corte imperial,
sin embargo los primeros años de su pontificado las relaciones con Enrique IV no son
tensas. La causa de esta calma se puede encontrar en la sublevación de los sajones y el
hecho de que Enrique IV no quisiera luchar a la vez contra dos frentes (sajones-papa),
por lo que Enrique IV en este tiempo observó una conducta prudente, incluso cuando el
sínodo cuaresmal de 1075 promulgó decretos en los que se abolía toda forma de
investidura.
La ruptura se fraguará por la actividad política de Enrique IV en Italia, después
de su victoria sobre los sajones, al nombrar obispos para Fermo y Espoleto, violando así
los derechos metropolitanos que Roma tenía sobre aquellas dos sedes y afrentando al
papa por semejante injerencia en asuntos eclesiásticos. Gregorio VII manda un aviso a
Enrique IV amenazándole con la excomunión y anunciándole lo ilícito de tales
provisiones episcopales. Enrique IV pasó de las advertencias pontificias y convocó para
el año siguiente en Worms un concilio. A todo esto contestó Gregorio VII con el sínodo
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cuaresmal del mismo año 1076 desposeyendo del gobierno a Enrique IV, desatando a
sus fieles del juramento de fidelidad y lanzando la excomunión. La maldición proferida
contra el emperador, hecho inaudito hasta ahora, tuvo sus consecuencias.
De poco sirvió que Enrique IV mandara excomulgar a Gregorio VII, pues sus
enemigos políticos los príncipes sajones se concertaron para una acción común en la
ciudad de Tribur y convinieron en no reconocer a Enrique IV como emperador si en el
espacio de un año no era absuelto de la excomunión en la que había caído; también se
invitaba al papa y al emperador a la Dieta de Augsburgo para que allí se arreglasen sus
querellas.
El papa se pone en camino hacia Augsburgo. También Enrique IV con el fin de
obtener la absolución y así evitar la coalición entre los príncipes y el papa. El encuentro
tendrá lugar en Canosa, donde Gregorio VII, tras los ruegos de Matilde y Hugo de
Cluny, padrino del emperador, le concede el perdón después de tres días de penitencia.
Políticamente Gregorio VII obró con impericia, porque Enrique IV quedó libre y
los príncipes, que únicamente querían uncir al papa al carro de sus intereses, siguieron
con sus pretensiones y eligieron emperador a Rodolfo. Gregorio VII no reconoció esta
elección y no se dejó guiar precisamente por intenciones políticas. A su juicio tenía que
ser rey aquel de cuyo lado estuviera la justicia. Esta actitud religiosa no se entendía en
Alemania y se le obligó a decidirse por uno u otro bando. Los mensajeros de Enrique
IV, enviados el año 1080, parece que intentaron forzar la decisión amenazándole con un
antipapa, por lo que en el sínodo cuaresmal de aquel año Gregorio VII dictó sentencia
excomulgando y deponiendo a Enrique IV.
El emperador, apoyado por la mayoría del episcopado alemán y lombardo, niega
la obediencia al papa y elige al antipapa Clemente III (Guiberto de Ravena). Después en
la primavera del 1081, una vez derrotado su rival Rodolfo, baja a Roma para sitiarla
durante dos años. Gregorio VII se refugió en el Castillo de Sant'Angelo hasta la llegada
de las tropas de Roberto Guiscardo, que puso en huida a Enrique IV. Sin embargo la
ciudad no estaba con el papa por causa de los desmanes cometidos por Roberto
Guiscardo al entrar en Roma para rescatarle, por todo lo cual Gregorio VII tuvo que
abandonarla y dirigirse con los normandos hacia Salerno, donde murió el 25 de mayo de
1085 pronunciando las palabras del salmo amavi iustitiam, odivi iniquitatem, propterea
morior in exilio.
14
A la hora de emitir un juicio final sobre Gregorio VII reproducimos las palabras
de M. D. KNOWLES:
"Hildebrando puede suscitar antipatía en quien se limite a considerar sus
pretensiones obstinadas a la veneración universal, a la obediencia sin límite, a la
infalibilidad y su convicción de no tener que rendir cuentas a nadie. Pero una lectura
minuciosa revela que sus pretensiones tenían el obligado contrapeso: espiritualidad y
piedad auténticas, gran caridad y humildad personal. La autoridad pontificia, según él,
sólo debía emplearse para hacer avanzar la causa de la justicia, entendida como la
voluntad de Dios y revelada por los mandamientos. Justicia y paz son las palabras clave
de todas las declaraciones de Hildebrando, convertido en Gregorio VII” 9.
La lucha después de Gregorio VII
La muerte de Gregorio VII supuso para el partido de la reforma un duro golpe.
Dos años más tarde sería elegido el abad Desiderio de Montecasino, que tomó el
nombre de Víctor II (1087-1088)10 y cuyo pontificado fue demasiado corto; además la
mayor parte del tiempo lo pasó encerrado en su abadía casinense y después en la isla
Tiberina protegido por los normandos.
Le sucedió el cardenal Odón de Ostia, formado en Cluny y llevado a Roma por
Gregorio VII. Urbano II (1088-1099) siguió la línea gregoriana, pero mostrándose más
prudente y contemporizador, incluso aceptando a algún obispo (Anselmo de Milán)
investido por el emperador. Como Roma y San Pedro estaban en manos del antipapa
Clemente III, acudió a los normandos para entrar en la isla Tiberina y luego tomar la
ciudad al asalto, donde se asentó definitivamente el año 1094. Los primeros años de su
pontificado están marcados por la presión imperial, que Urbano II trató de capear. La
actividad reformadora la llevó adelante principalmente en los sínodos, destacando el de
Melfi en 1089, donde renueva los decretos contra la simonía, el nicolaitismo y las
investiduras. El sínodo más importante es el que convoca, con motivo de su viaje a
Francia, en Clermont (1095), donde se añade la prohibición de los vínculos de vasallaje
con reyes u otros laicos, sobrepasando en este campo al mismo Gregorio VII, y se
amenaza con la excomunión. También se promulga la paz de Dios. Y famoso es este
concilio por la proclamación de la primera cruzada11.
9
. Nueva Historia de la Iglesia. La Iglesia en la Edad Media, II, Cristiandad, Madrid 1977, 184.
10
. Nombre unido a la reforma y que recuerda al último pontífice elegido por el em perador
Enrique III, lo cual apuntaba a un deseo de reconciliación.
11
. Mientras el emperador se sentía acorralado por las tropas de Tuscia, ahora el papa, como
verdadero guía o cabeza de la cristiandad de Occidente, ponía en movimiento un ejército internacional
para la defensa de la cristiandad oriental y conquista de Tierra Santa.
15
El problema capital durante el pontificado de Pascual II (1099-1118) era el de la
investidura. Hubo momentos álgidos en las relaciones con Enrique I de Inglaterra,
(quien renuncia a la investidura del anillo y báculo, pero conservaba el derecho de
recibir de los obispos la mesnada antes de la consagración) y con el rey francés (quien
abandonó no sólo la investidura con anillo y báculo, sino también el acto de
homenaje/vasallaje, contentándose con un juramento de fidelidad.
Pero el problema de las investiduras era más complicado en Alemania, donde no
sólo se debía tratar sobre la investidura, sino también de una clara regulación sobre las
iglesias. Pascual II entrará en trato con Enrique V, quien el año 1106 había vencido y
destronado a su padre. Pascual II, que en dicha rivalidad había tomado partido por el
hijo, sufrió un desengaño (al igual que Gregorio VII con Enrique IV) al empecinarse
Enrique V en los derechos del imperio sobre las investiduras.
Pascual II rechaza el derecho imperial a la investidura, pero reconoce el título
regio de las regalías, es decir, a los bienes y derechos del reino traspasados a los
obispos. Y propuso la solución radical de dejar solamente a las iglesias los tributos
puramente eclesiásticos o donaciones privadas, teniendo que devolver todas las regalías;
por su parte Enrique V renunciaría a la investidura. El plan era tan bien intencionado
como utópico, pues todo ello fue rechazado por los obispos y príncipes germanos en
Roma el año 1111 en el mismo día de la coronación de Enrique V, originándose un
tumulto. Ante esto Enrique V exigió la coronación y el derecho de investidura,
exigencias que Pascual II denegó. Pero el emperador lo aprisiona y saca de Roma; luego
consigue arrancar del papa la concesión del derecho de investidura con anillo y báculo y
la promesa de que no le excomulgará12.
A Pascual II le sucedió el breve pontificado de Gelasio II (1118-1119) y los
cardenales que le rodearon en su lecho de muerte eligieron como su sucesor a Guidon,
arzobispo de Vienne, quien fue aceptado por los cardenales que se encontraban en
Roma.
El emperador Alejo I Comneno pidió ayuda a Occidente para resistir a los turcos. Es posible que
la campaña de Urbano II en favor de la cruzada este fuertemente motivada en agradecimiento a Alejo I
porque este no había cedido a las presiones de Enrique IV, que quería que reconociese al antipapa
Clemente III y colocase a este en las Tablas Apostólicas en lugar de Urbano II.
12
. De esto se arrepentirá más tarde y revocará tal privilegio: “Obré como hombre, porque soy
polvo y ceniza. Confieso que hice mal; pero ruego a todos que oréis a Dios para que me perdone”,
palabras pronunciadas por Pascual II en el Concilio celebrado en el palacio lateranense el año 1116.
16
Calixto II (1119-1124)13 antes de bajar a Roma se pondrá en contacto con el
emperador, a quien levantó la excomunión. Restablecida así la amistad, el pleito de las
investiduras entre el emperador y la santa sede concluirá en el Concordato de Worms
(1122), en el que Enrique V, necesitado de paz, renunciaba a la investidura del anillo y
báculo, pero conservaba el derecho de investidura de las regalías, que se haría con el
cetro. Concedía, además, la elección canónica y libre consagración, pero se reservaba
para el territorio alemán un influjo esencial sobre la elección, es decir, que tenía que
celebrarse en su presencia o ante sus delegados y que, en caso de elección discrepante,
decidiría él asistido por los metropolitas.
El Concordato de Worms constaba de dos documentos, uno con las concesiones
imperiales a Roma y otro con las papales a Enrique V. En el fondo con este Concordato
se desmoronó la constitución otónica del imperio. La independencia de los obispos y
abades imperiales quedó afectada por el hecho de que los prelados habían evolucionado
pasando de empleados del imperio (vasallos de la corona) a príncipes feudales que
aspiraban a aumentar su poder secular en una comunidad de intereses. Como
representantes eclesiásticos, cuya independencia jurídica tuvo que reconocer Enrique V
por la renuncia a la investidura del cargo, pertenecían ahora al cuerpo internacional de
la jerarquía eclesiástica. Y como el pontificado iba convirtiéndose en una auténtica
monarquía, tuvieron en adelante que servir a dos señores. Así se abría paso una
situación totalmente nueva, fundada en la distinción de las dos esferas de derecho
público: civil y eclesiástico, cuya problemática pesar en el futuro.
En el Concilio de Letrán (1123), declarado ecuménico en el siglo XVI, fue
aceptado por la Iglesia el Concordato de Worms. Hecho importante, porque todo lo que
la reforma había dispuesto contra el matrimonio de los sacerdotes, la simonía y el
dominio de los laicos en la Iglesia y sus bienes, sobre la paz de Dios y los derechos y
deberes de los cruzados (2ª Cruzada), se halla aquí sumariamente reunido.
13
. Pontífice emparentado con las casas reales de Francia, Inglaterra, Saboya y tío de nuestro
Alfonso VII por el casamiento de su hermano Raimundo de Borgoña con Dª Urraca. Fue elegido en
Cluny, pero con la reserva de que fuera aceptado por los cardenales romanos.
17
B i b l i o g r a f í a:
JEDIN, H., Manual de Historia de la Iglesia. De la Iglesia de la primitiva Edad Media a
la Reforma Gregoriana (=Biblioteca Herder. Sección de Historia 78), III,
Herder, Barcelona 1970, 543-617.
LEYSER, Karl, Gregory VII and the Saxons, en Studi gregoriani per la Storia della
“Libertas Ecclesiae”, XIV, Libreria Ateneo Salesiano, Roma 1991, 231-238.
LLORCA, B.-GARCÍA VILLOSLADA, R.-LETURIA, P. de-MONTALVÁN, F. J., Historia de
la Iglesia Cat¢lica. Edad Media (800-1303). La cristiandad en el mundo
europeo y feudal (=Sección V: Historia y Hagiografía 104, II, BAC, Madrid
1953, 352-430.
Nueva Historia de la Iglesia. La Iglesia en la Edad Media, II, Cristiandad, Madrid
1977, 175-193.
OLIVER, Antonio, “Regnum Hispania” en el programa de reforma de Gregorio VII, en
Studi gregoriani per la Storia della “Libertas Ecclesiae”, XIV, Libreria Ateneo
Salesiano, Roma 1991, 75-82.
SAYERS, Jane, Innocent III. Leader of Europe 1198-1216 (=The Medieval World),
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SOTO RÁBANOS, José María, Introducción del rito romano en los reinos de España.
Argumentos del papa Gregorio VII, en Studi gregoriani per la Storia della
“Libertas Ecclesiae”, XIV, Libreria Ateneo Salesiano, Roma 1991, 161-174.