Unidad II
La ética y la gestión de los recursos naturales.
I. La ética ambiental y los modelos de desarrollo.
Vivimos una época de grandes retos a nivel planetario. Desde hace algunas
décadas ha venido surgiendo una nueva sociedad global que, basada en las
tecnologías de la información y las comunicaciones, abre posibilidades de desarrollo
inimaginables. Sin embargo, al mismo tiempo nos encontramos ante una doble
crisis, una de carácter medioambiental y otra relativa a la concepción que tenemos
de nosotros mismos como seres humanos.
En lo que respecta a nuestra relación con la naturaleza, ya hace tiempo que la
humanidad se ha dado cuenta del deterioro ambiental que nuestros procesos
productivos y económicos están generando. Sin embargo, las inercias existentes
nos han colocado en una situación complicada, casi en lo que parece un callejón
sin salida. Así, después de algún tiempo de tratar de atacar solamente los síntomas
de dicha degradación, en diferentes espacios de reflexión se empieza a tomar
conciencia de que es necesario ir al fondo de la cuestión, es decir, buscar las causas
profundas de esta crisis y cambiar nuestra concepción de naturaleza como cosa
dominada por el hombre, concepción que proviene de diferentes herencias
culturales.
Por otro lado, en lo que se refiere a la condición humana, ante la lógica capitalista
del mercado, el hombre se ve a sí mismo como mero consumidor, convirtiéndose
en un esclavo del sistema que le impide desarrollar todas sus potencialidades. El
mundo está lleno de pobreza, pero no solamente de pobreza material, sino de
pobreza humana que nos ha llevado a un sentimiento de vacío y de falta de sentido.
Sin embargo, también se pueden encontrar signos positivos que muestran un
anhelo de alcanzar algo más allá que meros avances materiales, un ansia de paz,
tranquilidad, justicia y convivencia sana.
Debemos de voltear nuestra mirada y pensar en los temas del desarrollo no sólo en
el sentido económico sino en el sentido humano más pleno. La humanidad se
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encuentra en una encrucijada, en una época de transición que en pocos años
determinará las características de nuestro futuro compartido, a una escala global. Y
es que el hombre, al pretender dominar la naturaleza para ponerla a su servicio, se
encuentra también ante una lucha con el interior de sí mismo que le impide alcanzar
esa plenitud. En el mundo actual, en nuestra sociedad industrial, ahora tendiente a
una sociedad del conocimiento, se han visto revertidos algunos de los ideales que
nacieron con la modernidad. Hemos caído en una especia de trampa donde hemos
sido despojados de los más altos valores y nos hemos vuelto esclavos de un
sistema de mercado en donde todo está dispuesto en términos de un orden
económico enajenante. Por eso, ahora es necesario estar atentos a nuevas
propuestas de transformación que tomen en cuenta la libertad y la posibilidad de un
desarrollo armonioso, luchando contra la opresión y las diferentes formas de
dominación presentes en nuestras estructuras económicas, políticas y sociales.
En esta tarea deberán estar involucrados los diferentes actores sociales e
instituciones para construir juntos un mejor futuro. Las instituciones educativas y las
universidades en particular tendrán un papel fundamental por ser los lugares por
excelencia para el cuestionamiento, la reflexión y las nuevas propuestas. Pueden
ser, por tanto, el lugar donde los hombres y mujeres que van a forjar el futuro,
enfrenten estas nuevas problemáticas ambientales y del desarrollo con un enfoque
no meramente técnico, sino con el ingrediente humano, reconociendo sobre todo la
dimensión axiológica de las mismas.
1.1. Modelos de desarrollo y el medio ambiente.
Los problemas ecológicos desencadenados por el desarrollo económico, la
expansión de los contingentes humanos y el impacto del gradual aumento de la
demanda de recursos naturales -renovables y no-renovables- representan otra
dimensión, muchas veces olvidada, de la globalización. Los impactos ambientales
generados por los grandes asentamientos humanos, la intervención del hombre en
los entornos naturales, la forma de apropiación de los recursos, los modos de
consumo y, sobre todo, la interacción e influencia de las múltiples transformaciones
2
desde los entornos locales hacia el plano global, ponen cada vez más de relieve el
debate acerca de los riesgos y responsabilidades globales de los problemas
ecológicos que afectan al planeta.
La revolución industrial que tuvo lugar en el siglo XVIII, aceleró el consumo de
energía, el agotamiento de algunos recursos, la concentración de la población en
grandes núcleos urbanos y la expansión de un sistema económico, el capitalismo,
cuyo objetivo era la búsqueda y acumulación de beneficios en forma de dinero,
agudizando de este modo la contradicción entre economía y medio ambiente.
Este antagonismo no dejó de ser observado por algunos hombres de pensamiento,
aunque no llegó a constituir una preocupación trascendente para el público general
y los gobiernos.
Un ejemplo muy ilustrativo de la contradicción entre naturaleza y economía fue
expresado por Federico Engels en uno de sus trabajos clásicos escrito en 1876. Al
hablar del dominio del hombre sobre la naturaleza, a diferencia de otros animales
que solo la utilizan para su subsistencia, señala: “Sin embargo, no nos dejemos
llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada
una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza…Los hombres que, en
Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para
obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los
bosques los centros de acumulación y las reservas de humedad, estaban sentando
las bases de la actual aridez de estas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron
en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en
las laderas septentrionales, no tenían idea de que con ello destruían las raíces de
la industria lechera de su región; y mucho menos podía prever que, al proceder así,
dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que les
permitían, al llegar el período de las lluvias, vomitar con tanta mayor furia sus
torrentes sobre la planicie.” (Engels, F., 1876)1.
1
Gomes Gutiérrez, Carlos. El desarrollo sostenible, conceptos básicos y criterios para su evaluación Cap. III.
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II. La ética ambiental y el desarrollo sustentable.
El análisis del modelo de desarrollo sostenible lleva a la reflexión acerca de posibles
fundamentos éticos. No cabe duda de que la crisis ecológica mundial ha sido
superada por una crisis global de humanidad. Ya no se trata meramente de sufrir
las consecuencias de un deterioro paulatino de los ecosistemas globales, sino que
el deterioro económico y social que estamos viviendo actualmente es palpable en
todos los países del mundo. Es por esta razón, que el desarrollo sostenible emerge
como modelo de transformación para un mundo en crisis. Aunque la sostenibilidad
se plantea como un concepto fundamentalmente económico (de ahí que hablemos
de capital natural, económico, social, etc.), el nuevo modelo de desarrollo trasciende
el marco económico y se adentra en todos los aspectos del desarrollo humano.
Uno de los planteamientos fundamentales del desarrollo sostenible es la necesidad
de transformar lo que ha sido hasta ahora la relación del ser humano con la
naturaleza. Se parte de la premisa de que la relación actual se caracteriza por una
intervención continua y excesiva del hombre hacia ella. Al extremo de poner en
peligro de agotamiento los recursos naturales y de provocar un acelerado
desequilibrio en la capacidad sustentadora del planeta. Dado que de continuar
acrecentando el deterioro de los ecosistemas mundiales corremos el riesgo de
menoscabar el mantenimiento de nuestra propia vida, cabe plantearnos este
problema desde una perspectiva ética. Creo que la propuesta de sostenibilidad
propone una transformación de esa relación y sugiere una nueva relación que ubica
al ser humano dentro de un sistema natural del cual forma parte integral.
Esta nueva relación se basa en valores éticos de justicia, responsabilidad y
solidaridad para con el entorno natural pero también, para con las presentes y
futuras generaciones de seres humanos que habitamos la Tierra. A mi entender, los
valores representados en esta nueva visión son indispensables para construir una
sociedad ecológicamente sostenible.
La gravedad de la crisis ambiental es un asunto que se venía planteando en los
Estados Unidos desde antes de los años sesenta. Sin embargo, con el
acrecentamiento de los problemas ambientales durante las décadas posteriores, es
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que se despierta la conciencia de muchas personas que plantearán el problema de
la crisis ambiental como uno moral y ético. En efecto, es la década del 1970 la que
marcará el nacimiento de las éticas ecológicas y ambientales. Los nuevos discursos
éticos promoverán la elaboración de nuevos modelos de desarrollo, entre ellos, el
ecodesarrollo y más recientemente, el desarrollo sostenible. Para entender el
alcance del desarrollo sostenible, visto éste como un paradigma ético de civilización,
conviene examinar el contenido de las diversas corrientes filosóficas de las éticas
ecológicas. Con ello, se mostrará que muchas de las ideas contenidas en el
pensamiento ético ecológico de estas éticas están plasmadas dentro del nuevo
concepto de desarrollo sostenible.
El panorama histórico que sigue a la Segunda Guerra Mundial se caracteriza por
una explosión demográfica, un desarrollo tecnológico avanzado y una economía
sustentada en el consumo de masas, acompañada por un deterioro de la situación
ambiental mundial. Los problemas de contaminación, sobreexplotación de recursos
naturales, desertificación, desaparición de ecosistemas y extinción masiva de
especies, entre otros, se agudizan y adquieren trascendencia global. En medio de
la crisis ecológica nacen las llamadas éticas ecológicas y ambientales con el
propósito de denunciar las consecuencias adversas de la crisis y proponer posibles
soluciones a la misma. Estas éticas son principalmente originarias de los países
anglosajones desarrollados y su surgimiento ha venido precedido en gran parte por
las respuestas sociales ante los problemas ambientales que se produjeron en los
Estados Unidos de América en la década de los años setenta y ochenta.
Las denominadas environmental ethics en los ámbitos anglosajones engloban tanto
las éticas ambientales o medioambientales como las éticas ecológicas, teniendo
ambas enfoques y alcances muy diferentes. Las primeras responden a un enfoque
desde la denominada por Naess, shallow ecology y son sustentadas por los
sectores ambientalistas orientados a una protección de la tecnología y a la
aplicación de medidas correctivas de tipo administrativo. El medio-ambientalismo,
como señala M. Vázquez, no propone cambios en las estructuras sociales de los
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sistemas actuales de producción. Las éticas ecológicas, por el contrario, exigen
nuevos modos de pensar la relación hombre-naturaleza y promueven cambios en
la esfera social y política que armonicen las acciones humanas con el entorno
biofísico. En este sentido, sus visiones se acercan más al concepto transformador
del desarrollo sostenible que lo propuesto por el medio-ambientalismo.
En análisis de este tema, Parrilla Díaz, 2013 opta por las éticas ecológicas como
centro de la discusión porque entiendo que han tenido mayor trascendencia
filosófica que las meramente ambientales. Además, utilizo el término ecologismo
como representativo de aquellas éticas ecológicas que, aunque presentan diversos
enfoques, comparten las mismas preocupaciones y abogan por un cambio de
paradigma en nuestra relación con la naturaleza. A mi juicio, este enfoque ético
ecológico se asemeja más a la idea de un desarrollo sostenible que busca justicia,
responsabilidad y solidaridad de parte de los seres humanos hacia los ecosistemas
naturales.
Las éticas ecológicas resultan interdisciplinarias, pues integran perspectivas de los
campos científico, ético, político, económico, social y religioso. Además de su
naturaleza interdisciplinaria, son multiculturales, ya que respetan las diferencias
culturales reflejadas en las distintas visiones que constituyen sus principios
filosóficos y a la vez, buscan consensos en los asuntos que son verdaderamente
relevantes en el ámbito ecológico.
En el dominio de las éticas ecológicas pueden distinguirse dos corrientes principales
que vale la pena comparar: la biologista y la humanista. El grupo que más impacto
socio-político ha tenido dentro de la corriente biologista o biocentrista, es el Deep
Ecology Movement (Movimiento de la Ecología Profunda). Los impulsores
principales de este movimiento son Arne Naess, George Sessions y Bill Devall.
Según M. Vázquez, el pensamiento radical verde surge como oposición al
medioambientalismo y promueve la creación de partidos verdes activos en países
fuertemente industrializados. La ética que propone este grupo está basada en una
visión biocéntrica del ser humano en lugar de la tradicional visión
humanísticoantropocéntrica occidental.
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III. Gobernanza y gobernabilidad de los recursos naturales.
La palabra gobernanza está presente en la lengua castellana desde hace más de
dos siglos. Su origen se remonta a la voz inglesa governance que, a su vez, tiene
sus raíces en gouvernance, un vocablo francés que alude a la acción de gobierno o
al arte de gobernar. Al parecer, originalmente hacía referencia al pilotaje de las
embarcaciones, aunque también a las buenas costumbres, la conducta y el ideal de
mando y control. Gobernanza también aparece como sinónimo de gobierno,
dirección o administración.
La discusión del concepto de gobernanza ha producido un rico debate sobre su
alcance y papel transformador en los países de América Latina. La gobernanza de
los recursos naturales emerge hoy como uno de los desafíos cruciales del desarrollo
en América Latina y el Caribe. Los recursos naturales han desempeñado un rol
clave para el desarrollo de la región, siendo en muchos de nuestros países la base
del impulso del bienestar, el progreso y el crecimiento.
En vista de la gran variedad de interpretaciones que existen del concepto de
gobernanza, es necesario comenzar por proponer una definición adecuada al tema
que nos atañe.
La buena gobernanza de los recursos naturales debe enmarcarse en el desarrollo
sostenible. Por lo tanto, es imprescindible considerar que la gobernanza aúna
aspectos económicos, sociales, ambientales e institucionales.
El concepto de gobernanza comprende las acciones conjuntas y el ejercicio de
autoridad pública que los distintos agentes del Estado (de los poderes ejecutivo,
legislativo y judicial, y de los organismos regulatorios sectoriales, entre otros) llevan
adelante a través del marco de políticas e instituciones vigentes.
La gobernanza de los recursos naturales se ejerce por medio del conjunto de
instituciones formales (marcos constitucionales, leyes, contexto fiscal y regulación
sectorial, entre otras), instituciones informales (reglas implícitas en la práctica de
uso común) y decisiones políticas soberanas, cuya acción conjunta rige el
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funcionamiento de los sectores extractivos. Se determinan así los regímenes de
propiedad (por ejemplo, leyes de concesiones), marcos tributarios (tratamiento fiscal
específico de estos sectores) y mecanismos de ahorro, distribución y uso de las
rentas públicas provenientes de estos sectores (fondos de inversión y
estabilización), así como otras funciones de ordenamiento de las actividades
asociadas a los sectores extractivos de recursos naturales2.
En otras palabras, la gobernanza puede ser vista como el conjunto de procesos
tanto de toma de decisiones como de implementación de dichas decisiones, en los
cuales actúan los mecanismos, procedimientos y reglas establecidas formal o
informalmente por las instituciones.
Una adecuada gobernanza debe ser capaz de manejar los múltiples desafíos
fiscales, regulatorios, macroeconómicos, sociales, ambientales y de inversión
pública de largo plazo (entre otros) implícitos en la trayectoria de un desarrollo
basado en los recursos naturales que en efecto represente un desarrollo pleno.
Atender los desafíos que plantea la gobernanza de los sectores de recursos
naturales involucra aspectos regulatorios, fiscales y de manejo macroeconómico,
planificación estratégica, formulación e implementación de políticas públicas y
gestión de conflictos socioambientales, entre otras funciones de gobierno, las
cuales demandan innovación institucional y fortalecimiento de la capacidad de
gestión pública para aprovechar al máximo el beneficio social de la explotación de
estos recursos.
3.1. Gobernanza mundial y regional de los recursos naturales3.
Los cambios demográficos recientes, incluidas las expresiones más urgentes de los
movimientos migratorios y de refugiados, la situación del medio ambiente,
2
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Pactos para la igualdad: hacia un
futuro sostenible (LC/G.2586(SES.35/3)), Santiago, 2014.
3
R. Sánchez (ed.), La bonanza de los recursos naturales para el desarrollo: dilemas de gobernanza, Libros de
la CEPAL, N° 157 (LC/PUB.2019/13-P), Santiago, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL),
2019.
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especialmente el calentamiento global y la provisión de energía limpia, y la lucha
contra la pobreza y la inseguridad son algunas de las manifestaciones visibles de la
agenda de la gobernanza mundial. Se trata de una agenda construida a partir de
acuerdos de cooperación para enfrentar los desafíos de la globalización,
especialmente tras la experiencia de la crisis financiera de hace casi una década.
Sin embargo, se trata también de una agenda de cooperación que ha oscilado entre
el consenso mundial y la resistencia de los intereses de cada país, cuyas decisiones
políticas internas con frecuencia obstaculizan algunos acuerdos mundiales
alcanzados.
En la mayoría de los textos consultados se hace mención al concepto de
gobernanza mundial como una alternativa coherente a los ideales de paz y
cooperación internacional. Se pone el acento en la concertación mundial para
generar equilibrios entre la política y los mecanismos de gestión de los intercambios
comerciales. Así, el ideal de gobernanza mundial es un proceso de liderazgo
cooperativo que reúne a los gobiernos nacionales, las agencias públicas
multilaterales y la sociedad civil para alcanzar objetivos aceptados en común
(Boughton y Bradford, 2007, pág. 11). Es también la capacidad del sistema
internacional para proveer servicios de tipo gubernamental en ausencia de un
gobierno mundial (PNUD, 2012, pág. 12).
En las últimas décadas, el reconocimiento de los serios efectos del cambio climático
a mediano y largo plazo y de las repercusiones de la crisis financiera de 2008-2009
—que dieron lugar a momentos de tensión internacional— se tradujo en la
celebración de acuerdos para una extendida gobernanza mundial. Sin embargo,
como ocurrió en los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, una vez
pasada la tormenta y normalizadas las relaciones internacionales, estos intentos se
debilitaron por efecto de la inercia generada por los cambios de orientación
unilateral de algunos países o por la falta de coordinación horizontal entre los
Estados.
El dilema sigue siendo cómo llamar la atención sobre la urgencia y la importancia
de los problemas de la agenda de una gobernanza mundial cada vez más compleja,
9
tanto entre los Gobiernos como entre los ciudadanos en general. Para muchos
ciudadanos, la lejanía de las cuestiones mundiales frente a los problemas locales o
nacionales constituye una barrera que tienen que superar. Un dato favorable es que
en los últimos años aumentó al menos el interés en este tema, en buena cuenta
influido por la agenda climática, migratoria y de seguridad. Mientras en 1997 una
búsqueda en Internet encontraba solo 3.418 referencias a gobernanza mundial,
siete años más tarde, a comienzos de 2004, esa búsqueda producía casi 90.000
resultados. Más aún, a mediados de ese mismo año se registraron más de 184.000
páginas en las que se mencionaba la gobernanza mundial (Biermann, 2004).
Si bien el mayor interés general revela preocupación, hay que insistir en que no será
posible avanzar si no se pone el acento en las instituciones que funcionan como
punto de referencia de la gobernanza, en particular en el caso de cuestiones como
los recursos naturales o el medio ambiente. Esto requiere una coordinación más
efectiva y expedita para enfrentar las disyuntivas de la globalización, en especial
cuando la agenda de desafíos se acrecienta cada año que pasa. Esto es lo que
ocurre justamente con los recursos naturales, en los que se ha hecho hincapié,
aunque, con frecuencia, mediados por otros temas más abarcadores y urgentes que
preocupan a los dirigentes o los propios ciudadanos, como la situación del ambiente,
el calentamiento global o la lucha contra la pobreza.
Efectivamente, la gobernanza de los recursos naturales a nivel nacional y regional
dependerá de la coordinación y las decisiones mundiales en esos frentes, más
perentorios y visibles y también más próximos a la idea de los denominados bienes
públicos mundiales, donde se dirime una mayor o menor intervención del mercado
y de los Gobiernos. Como ocurre con la provisión de los bienes públicos mundiales,
el problema de la gestión de los recursos naturales está en el centro de atención.
Sin embargo, a diferencia de los primeros, para los cuales no existen mecanismos
supranacionales que actúen prima facie, para los recursos naturales puede decirse
que ocurre lo contrario, pues la principal responsabilidad de su gestión o cuidado se
atribuye a los Estados nacionales.
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En ese sentido, la gobernanza de los recursos naturales a nivel regional y nacional
depende de una dosis importante de corresponsabilidad mundial, para la cual hay
que reforzar la coordinación y la complementariedad de las instituciones
internacionales y regionales. La gobernanza mundial funciona como una estructura
que restablece los dispositivos de cooperación, fortalecimiento institucional y
regulación económica internacional y también como una herramienta de cambio que
contribuye a traducir todos esos atributos en favor de los ciudadanos, que podrán
guiarse hacia el análisis, la comprensión y la deliberación de las decisiones que se
tomen en su representación.
El problema sigue siendo cómo transmitir la idea de una gobernanza mundial de los
recursos naturales a los Estados nacionales o incluso al común de las personas.
Parece claro que una parte de la solución consiste en la promoción de instancias
regionales y nacionales, de manera que se reconozca a la gobernanza mundial
como una plataforma común que amplía oportunidades y convierte a las personas
en ciudadanos, es decir sujetos proactivos y con derechos y no reactivos y
subordinados a las soluciones populistas y cada vez más dependientes de la
expansión de la información y las comunicaciones, en especial la que se sostiene
en las precipitadas redes sociales. Ciertamente, la gobernanza mundial debería
proveer una estructura deliberativa y una parte de los contenidos que han de
considerarse a nivel nacional y regional. Asimismo, debería proporcionar
herramientas para un debate y una toma de decisiones que contribuyan a quebrar
el discurso populista basado en premisas anacrónicas y nacionalistas (a veces más
cercanas al siglo XIX), que ponderan la prerrogativa de los Estados nacionales para
priorizar aspectos de soberanía frente al dilema de la globalización.
En ese sentido, un Gobierno consistente con la gobernanza mundial puede impedir
que la levedad de las alarmas populistas dicte el ejercicio del poder, de manera que
si los intereses comunes a largo plazo, como la conservación del medio ambiente o
los derechos humanos para todos, no logran actuar como contrapeso frente a los
intereses inmediatos del consumidor o la mentalidad estrecha y temerosa de los
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racistas, el dominio sin mediaciones de la opinión pública acabará por destruir la
propia democracia (Berggruen y Gardels, 2013).
En América Latina, la gobernanza regional y, en general, la propia integración de
los países depende del peso y la efectividad de las políticas destinadas a reforzar
la gobernanza mundial. En el caso de los recursos naturales esta influencia parece
ser mucho más urgente, pues se trata de un aspecto constitutivo de la economía, la
sociedad, la cultura y el futuro de la mayoría de los países de la región. En ese
sentido, los propios ciudadanos de América Latina están hoy respondiendo más
activamente a estos temas que sus líderes o sus Gobiernos unas décadas atrás.
Esto es lo que queda demostrado en un estudio de opinión pública en el que se
interrogó a los ciudadanos del continente sobre su interés en la integración regional.
Al parecer, el 89% de la población latinoamericana acepta la integración regional
como política pública y el 77% dice además que está de acuerdo con una
integración económica. Más aún, a pesar de las diferencias políticas e ideológicas
que han existido entre los Gobiernos de sus países en la última década, el estudio
muestra que el 60% de los latinoamericanos aprueba la posibilidad de una
integración política (Beliz y Chelala, 2016). El citado estudio es interesante para
evaluar la mirada a favor de las perspectivas regionales de los ciudadanos de los
países de América Latina y también para examinar de cerca las posiciones críticas
con respecto a sus dirigentes, que siguen dudando de la legitimidad y efectividad
de los organismos regionales de cooperación y gobernanza.
En esa misma línea, se ha insistido en que los Gobiernos deberían tratar de
comprender mejor las ventajas de la cooperación, a partir justamente del
fortalecimiento de sus instituciones y de una adhesión más firme y menos retórica
de sus plataformas de gobernanza. En parte, la falta de confianza se debe a que
muchos líderes políticos siguen basando los parámetros de la cooperación y la
gobernanza regional en ideas de hace más de 20 años. Existe, en ese sentido, una
visión anacrónica de la cooperación regional, que sigue poniendo el acento en el
pasado y descuida una lectura más precisa de la agenda de la globalización en la
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región. Es como si para algunos líderes y dirigentes de América Latina, los
enfrentamientos y dilemas de la Guerra Fría no hubiesen aún terminado.
La gobernanza de los recursos naturales a nivel regional es un terreno en el cual se
puede comenzar a construir una parte importante de la agenda de integración. Sin
embargo, debe saberse que esta gobernanza regional (y nacional) no es inmune a
los cambios que se producen en la agenda internacional. Está sujeta a los cambios
económicos, políticos y electorales que se producen en cada uno de los países,
pero también (en oportunidades) a los cambios en la diplomacia y las relaciones con
sus vecinos a nivel regional.
En el caso particular de los recursos naturales, la agenda de la gobernanza regional
incluye desafíos a nivel institucional, principalmente aquellos relacionados con el
fortalecimiento de las normas fiscales y de regulación económica y de las políticas
sociales y ambientales. Se trata de la construcción de instituciones dinámicas,
acompañada de estrategias y políticas ordenadoras de la explotación, el
aprovechamiento o la distribución de los recursos mediante acuerdos que faciliten
el aumento de oportunidades para todos.
IV. Leyes ambientales y ética para la sostenibilidad.
La Ley consagra el deber ser, los propósitos, derechos y procedimientos para
proteger la vida y el ambiente, pero las prácticas sociales en su conjunto contradicen
la normativa, lo cual dificulta la protección.
El deterioro generalizado de la naturaleza, la afectación de la salud de la población,
la escasez de alimentos, agua, materia prima, y un aumento en la incidencia de
desastres naturales ha aumentado la preocupación por los problemas medio
ambientales en todos los países del mundo. Carabias, Meave, Valverde & Cano-
Santana (2009), consideran que muchos no pueden resolverse dentro del ámbito
de competencia de un solo país, es indispensable la acción conjunta de todas las
naciones para que mediante acuerdos multilaterales encontrar soluciones para
revertir los problemas medio ambientales.
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Los países necesitan legislaciones coherentes que permitan una producción limpia
para identificar alternativas para solucionar y prevenir las consecuencias de un
medio ambiente cada vez más contaminado. La responsabilidad empresarial
ambiental en cuanto a la preservación de la naturaleza se dio a partir de la
concientización de los daños hacia el medio ambiente que ocasionaban sus
procesos, conscientes de tal efecto, comenzaron a indagar métodos para que sus
actividades sean amigables con el medio ambiente.
El Estado tiene el derecho soberano de aprovechar sus propios recursos según sus
propias políticas medio ambientales y de desarrollo sustentable que tome en cuenta
la satisfacción de las necesidades de las generaciones presentes y futuras. Los
gobiernos tienen la responsabilidad de velar porque las actividades realizadas
dentro de su jurisdicción o bajo su control no causen daños al ambiente de otros
Estados o de zonas que estén fuera de los límites de la jurisdicción nacional, para
lograr una producción más Limpia.
4.1. Legislación ambiental en República Dominicana.
La ética, en los últimos tiempos, se presenta como una de las actividades humanas
poco consideradas cuando se trata de la realización profesional, siendo que los
profesionales son los depositarios de la solución de muchos problemas que
atraviesa nuestra sociedad y sus instituciones, ésta, la ética, debe ser uno de los
pilares principales en el quehacer y la formación de profesionales que llevarán a
cabo las ejecución de las tareas pendientes de nuestra generación y la conducción
de la sociedad en las siguientes décadas, por tanto, asumir una cultura y un
comportamiento ético no es una simpleza, es una necesidad de urgente
implementación en todo nivel de formación universitaria para nuestro país.
La legislación, juega un papel de primer orden en la estructura ejecutiva de las
actividades del estado y todas las actividades con él relacionadas, es decir, las
actividades públicas y privadas relacionadas con la protección del medio ambiente,
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por tanto, es básico conocer toda la estructura legislativa que subyace al ejercicio
de la temática ambiental.
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