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MATERIAL DE LECTURA - SESIÓN 12 - La Formación Del Canon

El documento describe la formación del canon del Antiguo Testamento. Resume que el canon comenzó con los libros de Moisés alrededor del 1500 a.C. Luego se añadieron los libros de los profetas y los escritos a medida que se escribían, estableciéndose el canon de forma definitiva después del cautiverio babilónico, alrededor del 400 a.C.

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MATERIAL DE LECTURA - SESIÓN 12 - La Formación Del Canon

El documento describe la formación del canon del Antiguo Testamento. Resume que el canon comenzó con los libros de Moisés alrededor del 1500 a.C. Luego se añadieron los libros de los profetas y los escritos a medida que se escribían, estableciéndose el canon de forma definitiva después del cautiverio babilónico, alrededor del 400 a.C.

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LA FORMACIÓN DEL CANON

1. El canon del Antiguo Testamento


A raíz de los pocos datos de que disponemos, no es fácil trazar la historia del canon
hebreo, sobre todo durante el largo período que precedió al cautiverio babilónico.
Podemos, no obstante, tener una idea general de su formación gracias a ciertos indicios
que nos proporcionan el mismo Antiguo Testamento y la subsiguiente historia de Israel.
a. Los libros canónicos y la literatura hebrea. Al tratar sobre la formación del
canon, es preciso tener presente que los judíos nunca equipararon los libros canónicos
con las demás obras de su literatura, sino que siempre los consideraron como una parte
especial de ella. Además de los libros canónicos hubo muchos otros, tales como el de
“las batallas de Jehová”, “los hechos del rey Salomón” y “las crónicas de los reyes de
Israel”, para mencionar sólo algunos (Números 21:14; 1 Reyes 11:41; 2 Reyes 15:31).
Dichos libros, sin embargo, jamás fueron tenidos por libros santos que merecieran ser
coleccionados y conservados. Asimismo, se escribieron muchas obras religiosas
después de completarse el canon; pero tampoco los judíos las confundieron con los
libros que estimaban como palabra de Dios.
b. Antigüedad de los libros canónicos. Según una teoría de moda, los libros del
Antiguo Testamento se compilaron en tres etapas, las cuales corresponden a las fechas
en que supuestamente se formaron las secciones de la Biblia hebrea. Dichas fechas
serían como sigue: la ley, alrededor del año 400 a.C.; los profetas, alrededor del 200
a.C. y los escritos, alrededor del 100 d.C. Así los promotores de esta teoría afirman que
los libros del canon hebreo no son tan antiguos como tradicionalmente se ha sostenido;
en consecuencia, muchos de esos libros no serían más que fraudes píos escritos por
hombres que vivieron siglos después de los acontecimientos que relatan. Tal suposición,
sin embargo, es inadmisible, ya que existen testimonios históricos de que el canon
estaba compuesto por tres secciones desde antes del año 100 de nuestra era y hasta
quizás el año 200 a.C. Es más, hay evidencias de que los libros sagrados fueron
incorporados en el canon a medida que se escribían.
1) La ley. Desde luego, el canon comenzó con los libros escritos por Moisés,
aproximadamente por 1500 a.C. Al principio fue una compilación conocida como “el
libro de la ley”, el que los sacerdotes conservaron junto al arca del pacto cuando Moisés
vivía aún (Deuteronomio 17:18; 31:26). Posteriormente fue guardado en el templo de
Jerusalén. Que existía desde unos mil años antes del siglo IV a.C. y siempre se lo
consideró canónico está suficientemente atestiguado por los demás escritores del
Antiguo Testamento. Josué, sucesor de Moisés, lo conocía y escribió en él (Josué 1:7, 8;
8:32; 24:26). David ordenó a su hijo Salomón que lo obedeciera (1 Reyes 2:3). Josafat
decretó que lo enseñaran al pueblo (2 Crónicas 17:9). En el tiempo de Josías se halló el
ejemplar que se guardaba en el templo y tanto el rey como el pueblo le reconocieron su
autoridad, comprometiéndose solemnemente a obedecerlo (2 Reyes 22:8; 23:2, 3).
Durante el cautiverio los judíos tenían copias de la ley (Daniel 9:11, 13).
2) Los profetas. La sección de los profetas está constituida por dos grupos, que son:
libros históricos y libros proféticos propiamente tales.
La característica sobresaliente de los libros históricos es que los últimos se refieren a
hechos relatados en los que los preceden, dando testimonio así de la antigüedad y
canonicidad de éstos. En efecto, Jueces se refiere a sucesos relatados en el libro de
Josué (Jueces 1:20, 21; 2:8). Rut alude a “los días en que gobernaban los jueces” (Rut
1:1). Y los dos libros de Reyes (un solo libro en la Biblia hebrea) consignan el

1
cumplimiento de una profecía registrada en el libro de Josué y varias veces se refieren a
David, cuya vida se narra en 1 y 2 Samuel (1 Reyes 16:34; 3:14; 9:5; 2 Reyes 18:3).
Párrafo aparte merecen otros libros históricos que, por lo que da a entender el
historiador judío Josefo, antes estaban también en los profetas1 pero que ahora forman
parte de los escritos. Se trata de los dos libros de Crónicas y de Esdras y Nehemías, que
en la Biblia hebrea son un solo libro y una combinación, respectivamente. Estos dan
testimonio de la existencia de ciertos libros canónicos que los precedieron. Así es como
Crónicas registra genealogías de Génesis y Rut (1 Crónicas 1; 2:12, 13). Y de la
combinación Esdras-Nehemías, el primero comienza con los últimos versículos de
Crónicas y el segundo resume la historia de Israel desde Génesis hasta Crónicas (Esdras
1:1–3; Nehemías 9).
También los libros proféticos se refieren a los que los anteceden. Así Miqueas cita a
Isaías o viceversa, y Jeremías a Miqueas (Miqueas 4:1–3; Isaías 2:1–4; Jeremías 16:18).
Daniel, cuyo libro también forma parte ahora de los escritos de la Biblia hebrea, tenía
una colección de libros proféticos, aludiendo indirectamente al libro que registra los
hechos de este profeta (Ezequiel 14:14, 20).
En cuanto a Isaías y Daniel, no es más que un pobre recurso carente de fundamento
histórico y bíblico el afán de algunos eruditos de fechar los últimos capítulos del primer
libro y todo el segundo en el siglo II a.C., afirmando con ello que no fueron escritos por
sus respectivos autores.2 Eliminado este argumento, no hay razón alguna para suponer
que la sección de los profetas fue incorporada en el canon por el año 200 a.C.
3) Los escritos. Lo que se ha dicho de la ley y los profetas, ¿puede decirse también
de los escritos? Rotundamente sí. Una vez más los libros de los profetas dan testimonio
de la existencia y canonicidad de algunos de ellos desde antes del siglo IV a.C. Ezequiel
menciona a Job (Ezequiel 14:14, 20). Samuel incluye el Salmo 18 (2 Samuel 22:1–51).
Crónicas tiene fragmentos de varios otros (1 Crónicas 16:7–36). Jonás cita Salmo 42:7
(Jonás 2:3). En cuanto a los escritos atribuidos a Salomón, 1 Reyes se refiere a ellos,
confirmando que éste los escribió (1 Reyes 4:32). Por el tiempo del rey Ezequías se
había compilado la mayor parte de los Salmos y Proverbios (Isaías 38:20; Proverbios
25:1).
c. Un canon doble. Hay ciertos indicios de la existencia de dos cánones hasta el
tiempo de la restauración: uno, constituido por los libros de Moisés y que se guardaba
en el templo; el otro, consistente en los escritos de los profetas. Es posible que a este
segundo canon se hayan incorporado desde el principio el Salmo de Moisés y el libro de
Job, añadiéndosele los demás a medida que los escribían.
Daniel se refiere a la ley de Moisés y a una colección de escritos proféticos que
llama “los libros” (Daniel 9:2, 11, 13). Tal vez esta colección fuera “el libro de Jehová”
que menciona Isaías (Isaías 34:16). Esdras alude a “la ley” y a “los mandamientos y
testimonios” con que Dios los amonestaba por medio de sus profetas (Nehemías 9:34;
compárese con Nehemías 9:29, 30). Y Zacarías menciona también “la ley” y “las
palabras que Jehová enviaba por medio de los profetas” (Zacarías 7:12). Asimismo la
frase “la ley y los profetas” se halla en el libro apócrifo 2 Macabeos 15:9; es común en
el Talmud y se repite más de 10 veces en el Nuevo Testamento.

11 Aun cuando aceptáramos la idea de que los escritos son posteriores a los profetas, el hecho
mismo de que Josefo incluyera en los profetas algunos libros que ahora forman parte de los
escritos es una prueba de que estos libros son más antiguos de lo que creen ciertos eruditos.
22 Por lo que respecta al libro de Isaías, los escritores del Nuevo Testamento atribuyen la
última parte al profeta homónimo (Mateo 12:17; Lucas 4:17; Juan 12:38; Hechos 8:30;
Romanos 10:20). El rollo de Isaías hallado en Qumrán, y que data quizás del siglo II a.C., no
tiene el menor indicio de ser una compilación.

2
Aparentemente fue sólo en el siglo II a.C. cuando el canon de los profetas fue
dividido en los “profetas” y los “escritos”.
d. Un canon provisional. Hay evidencias de un canon provisional que duró hasta el
regreso del cautiverio, cuando los compiladores le dieron su forma definitiva. Por
ejemplo, en Josué 24:26 se nos dice que Josué escribió “en el libro de la ley de Dios”
palabras que ahora no encontramos en el Pentateuco. Tampoco están “las leyes del
reino” que consignó Samuel en el libro que “guardó delante de Jehová” (1 Samuel
10:25). En cambio, otros libros se mantuvieron por años como los dejaron sus autores
hasta que a la muerte de éstos los compiladores les agregaron suplementos
(Deuteronomio 34:1–12; Josué 24:29–33; Rut 4:18–22; Jeremías 52). Un caso especial
lo tenemos en Proverbios, donde los varones de Ezequías añadieron siglos después
proverbios de Salomón que él mismo no había incluido en la obra original (Proverbios
25:1–29:27).
Asimismo en el libro de las Crónicas se mencionan varios escritos proféticos, entre
ellos una carta del profeta Elías al rey Joram, escritos que posteriormente fueron
compilados en el de Samuel y compendiados en el de Reyes (2 Crónicas 21:12–15).
e. Determinación del canon. Según una tradición judía, que para algunos es de
escaso valor histórico, fue Esdras quien con la ayuda de los hombres de la Gran
Sinagoga (véase el capítulo 5) coleccionó y revisó por el 400 a.C. los libros canónicos
que hasta entonces se habían escrito. Aunque la tradición tiene algunas cosas fabulosas,
puede que Esdras y los hombres que le siguieron hayan realizado la labor que se les
atribuye. Algunos años después de Esdras, se incorporó al canon Malaquías, el último
libro del Antiguo Testamento. Otros años más tarde se interpolaron algunas palabras en
Crónicas y Nehemías, con lo cual se completó el canon hebreo.
Desde aproximadamente 380 a.C. los judíos, a quienes les fue confiada la palabra de
Dios, no le han añadido ningún otro escrito al canon. Según el Talmud, después de los
profetas Hageo, Zacarías y Malaquías, el Espíritu Santo se apartó de Israel. Por lo tanto,
los judíos no esperaban nuevos escritos inspirados. Josefo da un testimonio similar
cuando al referirse a los libros canónicos dice que nadie se ha atrevido a añadirles o
sumprimirles nada ni tampoco a alterarlos.
f. Confirmación del canon. El primer testimonio histórico que tenemos del canon
del Antiguo Testamento se halla en el prólogo del libro apócrifo Eclesiástico, escrito
alrededor del 132 a.C. El autor se refiere aquí a la ley, los profetas y los otros libros;
pero no enumera los libros que lo constituyen.
Sumamente importante es el testimonio de Jesús con respecto a la integridad del
canon hebreo. En sus disputas con los judíos atacó duramente sus tradiciones pero
nunca el canon de las Escrituras. No hay el menor indicio de que los acusara de haber
añadido o quitado alguna parte de la palabra de Dios. En realidad, Jesús se refiere a todo
el Antiguo Testamento con la frase “desde la sangre de Abel hasta la sangre de
Zacarías” (Mateo 23:35). Estos dos mártires se mencionan en Génesis 4:8–11 y 2
Crónicas 24:21, respectivamente. Génesis es el primer libro del canon hebreo, y
Crónicas el útlimo. En otras palabras, Jesús indicó que el canon del Antiguo Testamento
abarca desde Génesis hasta Crónicas, lo que según nuestro orden de los libros nosotros
diríamos desde Génesis hasta Malaquías. Pero también Jesús se refirió a todo el canon
mencionando las tres secciones que lo constituyen en Lucas 24:44.
Filón, filósofo judío alejandrino que sobrevivió a Jesús por unos 20 años, confirmó
también la existencia del canon con sus tres divisiones, haciendo mención de las leyes,
los oráculos de los profetas y los salmos y otros escritos.
El primero en proporcionar más detalles sobre el canon fue Josefo, historiador judío
contemporáneo de los apóstoles. Según él, el canon se componía de 22 libros agrupados

3
de la siguiente manera: la ley, 5; los profetas, 13, y los “libros que contienen himnos y
preceptos para la conducta humana”3, 4. Probablemente Josefo incluyera los Salmos,
Job, Proverbios y Eclesiastés en la tercera sección. Se cree que estos 22 libros
corresponden a los 24 de la actual Biblia hebrea combinando Rut con Jueces y
Lamentaciones con Jeremías.
A fines del siglo I de nuestra era se reunió en Jamnia (Palestina) un consejo de
eruditos judíos para discutir sobre si se debían reconocer como canónicos los libros de
Ezequiel, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares y Ester. En el capítulo anterior
consideramos las razones por la cuales se objetaba la canonicidad de algunos de estos
libros. El resultado final de todo el debate fue que estos libros, sin ninguna excepción,
fueron reconocidos como escritos sagrados. Pero otros libros, como Eclesiástico y
algunos escritos cristianos, fueron rechazados. Es preciso tener en cuenta que el concilio
de Jamnia no admitió ni excluyó ningún libro. Los escritos reconocidos siempre habían
estado en el canon; al contrario, los rechazados jamás habían sido incluidos.
El primer catálogo cristiano de los libros del Antiguo Testamento fue hecho por
Melitón, obispo de Sardis, en 170. Con algunas variantes, este catálogo contenía todos
los libros del canon hebreo, con la excepción de Ester.
La forma actual que presenta el canon hebreo, con sus 24 libros distribuidos en tres
secciones, procede de la Mishna y data del siglo V d.C.
En resumen, hay abundante testimonio de que el canon del Antiguo Testamento está
completo y contiene sólo libros inspirados.

2. El canon del Nuevo Testamento


A diferencia de lo que sucede con el canon del Antiguo Testamento, para trazar el
desarrollo del canon del Nuevo Testamento contamos con un arsenal de datos valiosos.
a. Razones para tener un canon. En el capítulo anterior consideramos las razones
principales que hicieron necesaria la formación de un canon de las Escrituras. Hay otras
razones específicas en relación con la necesidad de un canon del Nuevo Testamento.
Era preciso saber cuáles libros constituían la norma de fe y conducta porque algunas
iglesias usaban libros apócrifos en la lectura bíblica y en la enseñanza.
Otra necesidad urgente era la de contar con el verdadero canon del Nuevo
Testamento para contrarrestar el efecto pernicioso de las enseñanzas de Marción,
heresiarca que por el año 140 había formado su propio canon consistente sólo en un
evangelio incompleto de Lucas y 10 epístolas de Pablo.
Como resultado de la expansión de la iglesia en países extranjeros, se vio también la
necesidad de traducir las Escrituras a los idiomas de los pueblos evangelizados. Esto
creó a su vez la necesidad de saber cuáles eran las Escrituras de los cristianos.
b. Evidencias de la formación de un canon. Un estudio cuidadoso del Nuevo
Testamento nos mostrará que, al igual que con el canon del Antiguo Testamento, los
libros canónicos fueron reconocidos a medida que se escribían, de tal modo que por el
año 100 el canon del Nuevo Testamento ya estaba completo, si bien transcurrirían
varios siglos antes que fuera oficialmente aceptado por la iglesia.
Entre las evidencias de un canon en formación se destacan las siguientes:
1) Desde una época relativamente temprana hubo una selección de los hechos y
dichos de Jesús que serían consignados. Por lo que declara el apóstol Juan, Jesús hizo
muchas cosas que no están escritas en su Evangelio; pero sin duda tampoco están en los
otros (Juan 20:30; 21:25). Y que los evangelios no registran todos los dichos de Jesús es
obvio por uno que cita Pablo en Hechos 20:35. Este proceso de selección se extendió
33 Norman L. Geisler y William E. Nix, A General Introduction to the Bible, página 155.

4
asimismo a los muchos relatos que precedieron al de Lucas y a las cartas que recibieron
las iglesias (Lucas 1:1). De aquéllos, sólo Mateo y Marcos fueron aceptados; de éstas,
algunas fueron desechadas por apócrifas y otras por razones que desconocemos (2
Tesalonicenses 2:2; Hechos 15:23–29; 1 Corintios 5:9–11; Colosenses 4:16; 3 Juan 9).
2) Los apóstoles ordenaron que las iglesias leyeran sus cartas (Colosenses 4:16; 1
Tesalonicenses 5:27; Apocalipsis 1:3). Como en las sinagogas se leían la ley y los
profetas, esto indica que ya en ese tiempo los escritos apostólicos eran considerados al
mismo nivel de las Escrituras del Antiguo Testamento (Hechos 13:15).
3) Las iglesias debían creer y obedecer las palabras escritas por los apóstoles, lo cual
prueba que estos escritos estaban revestidos de autoridad y constituían la norma de fe y
conducta de los creyentes (1 Corintios 14:37; 2 Tesalonicenses 2:15; 3:14; 1 Juan 2:1, 7,
8; 5:13; Apocalipsis 1:3; 22:18, 19).
4) Una vez leídos, los escritos apostólicos debían circular entre las iglesias mediante
un sistema de canje, prueba de que la autoridad de estos escritos se extendía más allá de
sus destinatarios locales (Colosenses 4:16).
5) Las iglesias debían conservar los escritos de los apóstoles para “tener memoria”
de las cosas que les habían enseñado (2 Pedro 1:15; 3:1, 2; Judas 17).
6) Los escritos apostólicos no sólo fueron conservados sino también coleccionados,
como lo da a entender el apóstol Pedro en su segunda carta al referirse a “todas” las
epístolas que el apóstol Pablo había escrito hasta entonces y equipararlas con “las otras
Escrituras” (2 Pedro 3:16). Además en la misma carta el apóstol indica que las iglesias
ya tenían conocimiento de dos colecciones de escritos: 1) las palabras que antes habían
sido dichas por los santos profetas o el Antiguo Testamento, y b) el mandamiento del
Señor y Salvador dado por los apóstoles, o sea, el Nuevo Testamento en formación (2
Pedro 3:2).
7) Los apóstoles citaron de los escritos de otros apóstoles, dando a entender que
éstos no sólo formaban parte del canon sino que también eran ya reconocidos como
Escrituras. En efecto, Pablo cita así del evangelio de Lucas en 1 Timoteo 5:18 (Lucas
10:7). Y probablemente del mismo modo citó Judas de 2 Pedro 3:3 (Judas 17).
c. Confirmación del canon. Durante el siglo II prominentes escritores cristianos,
como Policarpo, Justino Mártir, Ireneo y Clemente de Alejandría, citaron o aludieron a
casi todos los libros del Nuevo Testamento, dando testimonio de su canonicidad.
Las primeras traducciones del Nuevo Testamento, la Antigua Versión siríaca y la
Antigua Versión Latina, datan de mediados del siglo II y contienen también la mayoría
de los libros canónicos.
El canon más antiguo del Nuevo Testamento descubierto hasta ahora se halla en el
Fragmento Muratoriano. Este documento data del año 170 y menciona todos los libros
del Nuevo Testamento, a excepción de Hebreos, Santiago y 1 y 2 Pedro.
Hubo ciertos libros del Nuevo Testamento de los cuales no se hizo mención ni se
citó ningún pasaje. Varias razones se pueden dar para estas omisiones: 1) Algunos
escritos, como Filemón, son muy breves para sacar de ellos una cita adecuada para un
propósito determinado. 2) Otros, como 3 Juan, no habían circulado lo suficiente a causa
de su naturaleza privada y eran desconocidos en muchas comunidades cristianas. 3)
Había dudas en cuanto a la canonicidad de ciertos escritos, como 2 Pedro.
Se dice que fue Orígenes (185–254) el primero que en el siglo III reconoció los 27
libros del Nuevo Testamento, aun cuando tenía sus dudas con respecto a Santiago, 2
Pedro y 2 y 3 Juan.
A principios del siglo III apareció un importante documento llamado Códice
Baracoccio. Este contiene el primer canon de toda la Biblia, con una lista del Antiguo
Testamento, excepto Ester, y de todos los del Nuevo Testamento, salvo Apocalipsis.

5
El historiador cristiano Eusebio de Cesarea (264–340) realizó una acuciosa
investigación en los escritos de los apóstoles. Como resultado de ella reconoció los 27
libros del Nuevo Testamento, pero los clasificó en dos grupos: 1) los aceptados por
todos y 2) los “disputados”, entre los cuales incluyó Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan y
Judas. A esta lista de libros disputados hay que agregar Hebreos y Apocalipsis, cuya
canonicidad también fue puesta en duda durante un tiempo.
Poco a poco, sin embargo, se fueron disipando las dudas que se habían originado en
cuanto a la canonicidad de estos siete libros hasta que en 367 Atanasio de Alejandría
formó el primer canon definitivo de los 27 libros del Nuevo Testamento.
En 393 el Concilio de Hipona ratificó la canonicidad de los libros reconocidos por
Atanasio y cuatro años más tarde el Concilio de Cartago confirmaba el dictamen del de
Hipona.
En esta apretada síntesis de la historia del canon del Nuevo Testamento podemos
ver que los concilios no confirieron ninguna autoridad a los libros canónicos, sino que
se limitaron a reconocer la que ya tenían desde que Dios los inspiró.
La dificultad que enfrentaron algunos libros para ser aceptados por toda la iglesia da
testimonio del cuidadoso escrutinio a que eran sometidos los libros canónicos. En
realidad, los dirigentes eclesiásticos de aquellos tiempos tenían más y mejores
elementos de juicio que algunos “eruditos” de nuestros días para determinar si un libro
era canónico o no, puesto que contaban con evidencias que las persecuciones y la acción
del tiempo destruyeron posteriormente.

DE LA TEORÍA A LA PRACTICA
1. En los siguientes casos, indique algo que Cristo pidió a los discípulos y que Él
mismo podría haber hecho por su poder divino:
a. Lucas 5:4–8
b. Juan 6:10–11
c. Juan 11:44
2. ¿Qué importancia le ha dado Dios a la intervención humana en la formación del
canon?
3. Según su opinión, ¿por qué no ha intervenido el Espíritu Santo en una forma más
directa y explícita en la formación del canon?
4. ¿Qué importancia tiene para usted la formación del canon?

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