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Freud y el Hombre de los Lobos

Este documento resume el caso del "Hombre de los Lobos", cuyo nombre real era Sergéi Pankejeff, el primer paciente de Freud que fue tratado entre 1910 y 1914. Freud analizó los recuerdos e incidentes de la infancia de Pankejeff, incluido un sueño recurrente sobre lobos, para reconstruir su historia de neurosis infantil y entender cómo sus experiencias formativas estaban relacionadas con la castración y la sexualidad.

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Freud y el Hombre de los Lobos

Este documento resume el caso del "Hombre de los Lobos", cuyo nombre real era Sergéi Pankejeff, el primer paciente de Freud que fue tratado entre 1910 y 1914. Freud analizó los recuerdos e incidentes de la infancia de Pankejeff, incluido un sueño recurrente sobre lobos, para reconstruir su historia de neurosis infantil y entender cómo sus experiencias formativas estaban relacionadas con la castración y la sexualidad.

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El Hombre de los Lobos. De la historia de una neurosis infantil.

(1918 [1914])

El verdadero nombre del paciente de Freud fue “Sergéi Pankéyev”. Nacido el 24 de diciembre de 1886
en Odesa (Ucrania), se lo puede definir como un aristócrata terrateniente ruso. Murió el 7 de mayo de
1979, a los 92 años en Viena (Austria).

Sergéi comenzó su análisis con Freud a los 23 años, en febrero de 1910. En julio de 1914 el tratamiento
había concluido. De octubre a noviembre del mismo año Freud escribió el caso; sin embargo postergó su
publicación hasta 1918. Este periodo, de 1910 a 1914, constituye el primer análisis de Pankejeff.

Hubo un segundo tratamiento con Freud entre noviembre de 1919 y febrero de 1920. Luego de un
episodio paranoico fue derivado por Freud a Ruth Mack Brunswick, quien lo trató de octubre de 1926 a
febrero de 1927; periodo que comprende su tercer análisis.

Cuando Freud escribe el caso está en disputa con sus discípulos Jung y Adler.

El relato del caso está estructurado en torno al análisis de recuerdos sobre la infancia del paciente: el
sueño de los lobos, la alucinación del dedo cortado, el recuerdo encubridor de un episodio de angustia
frente a una mariposa amarilla. Freud buscará el sentido de estas formaciones del inconsciente,
descubriendo la relación entre ellas y la castración, restituyendo la historia de la neurosis infantil del
sujeto.

Hay tres rasgos distintivos que Freud lee en el caso del Hombre de los Lobos:

1. Una particular tenacidad de la fijación


2. Fuerte inclinación a la ambivalencia
3. Aptitud para conservar investiduras libidinales diversas

Al comienzo, en los primeros años de su infancia, el Hombre de los Lobos mantiene una buena relación
con su padre. Se identifica a él llegando a decir que cuando sea grande quiere ser un señor como él. A
los dos años y medio vivencia una escena donde él ve a Grusha de espaldas fregando el piso arrodillada,
lo que le provoca una impresión tal que se orina, recibiendo de la institutriz la primer amenaza de
castración.

A los tres años y tres meses es seducido por su hermana (que era algo mayor que él), quedando en un
rol pasivo en la situación. Al cesar el interés erótico por la hermana, intenta seducir a su Aya mediante el
tocamiento de sus genitales frente a ella. Aquí aparece la segunda amenaza, esta vez un poco más
precisa: “a los niños que hacen esto les sale una herida”.

No habrá rastros de angustia frente a estas amenazas, la primera reacción de Sergéi será desmentir la
castración. Para sostener esta operación conservará la teoría cloacal, la idea de que el comercio sexual
se hace por el ano. Sin embargo abandona el onanismo y da comienzo a una fase sádico-anal, en la que
comete ciertos actos de crueldad con personas y pequeños animales, acompañado también por la
fantasía de que su pene sea azotado, tomando a padre como objeto sexual de esta tendencia pasiva.
A los cuatro años tiene el sueño de los lobos. Un sueño de angustia, una pesadilla diríamos. Despierta en
el sueño y tiene frente a sí un gran ventanal que se abre de par en par como por efecto de una
correntada. Todo el sueño está impregnado de una fuerte sensación de realidad. El ventanal encuadra
un exterior compuesto por un árbol de anchas ramas montadas por lobos. Los lobos tienen una gran
cola de zorro. Son seis o siete que lo miran fijamente. Están estáticos, quietos. Se limitan a mirarlo
fijamente. Él se aterroriza.

Este sueño será central en su historia infantil, y a partir de él Freud reconstruirá la escena primaria, el
acontecimiento traumático vivenciado al año y medio de vida.

El convencimiento de la realidad efectiva de la castración tuvo lugar al visualizar el comercio sexual


entre sus padres. Aunque recién en el sueño se dará sentido a la idea de lo que significa lograr la
satisfacción sexual por el padre, o sea, que la castración era la condición de la femineidad. Ahora bien, la
posición del sujeto fue rechazar este esclarecimiento sobre la diferencia sexual, sobre la castración,
aferrándose a la antigua teoría cloacal. Sin embargo, el pensamiento latente del sueño tuvo efectos
intensos en el sujeto, convirtiéndose en el principal motivo para mantener la represión (esfuerzo de
desalojo).

En el transcurso del sueño, entonces, se produjo una represión. Sergéi despertó del sueño presa de la
angustia, que sólo se calmó al hablar con la Aya. Luego de este episodio comienza a presentar una fobia
a ser devorado por el lobo.

A los cuatro años y medio su madre comienza a transmitirle la historia sagrada, lo cual promueve el
relevamiento de sus síntomas de angustia sustituyéndolos por síntomas obsesivos de carácter ritual y
blasfemo. Critica desde un punto de vista llamativamente racional los principios de la religión, aunque se
identifica con la figura de Cristo. Esta identificación le permite sublimar la posición homosexual pasiva
hacia el padre, a quien identifica como el Dios cruel que sacrifica al hijo, metaforizando en el mito a la
castración ejecutada por el padre.

A los cinco años tiene una alucinación visual. Freud toma este acontecimiento como un hito que da
cuenta de la relación del sujeto con la castración. El relato del acontecimiento es el siguiente:

"Teniendo cinco años estaba un día en el jardín con mi niñera, y jugaba con una navajita clavándola en la
corteza de uno de aquellos nogales que desempeñan también un papel en el sueño. De repente advertí,
con espanto indecible, que me había cortado de tal manera el dedo meñique (¿el derecho o el
izquierdo?), que sólo permanecía unido a la mano por un trozo de piel. No sentía dolor ninguno, pero sí
mucho miedo. Sin atreverme a decir nada a mi niñera, sentada a poca distancia de mí, me desplomé
sobre un banco y permanecí allí, incapaz de mirarme siquiera el dedo. Por fin, al cabo de un rato, me
serené, me miré la mano y comprobé con asombro que no me había hecho herida ninguna."

Al respecto, Freud escribe: "tenemos entonces derecho a suponer que esta alucinación cayó en la época
en que se decidió a reconocer la realidad objetiva de la castración y acaso estuvo destinada a marcar
precisamente este paso".
Bajo la tutoría de un preceptor alemán desaparecen los síntomas obsesivos, Sergéi se comienza a
interesar por los asuntos bélicos, los uniformes y cuestiones militares, lo que le permite sublimar sus
tendencias sádicas y alcanzar un período de cierta estabilidad. Por último, Sergéi puede hacer frente a
los primeros encuentros con el otro sexo tomando la baja extracción social de su partenaire como
condición erótica.
A raíz de un encuentro sexual contrae una enfermedad venérea que pone en peligro la integridad de sus
órganos genitales, lo cual intensificará gravemente su neurosis, condiciéndolo a demandar su primer
tratamiento analítico con Freud.
Freud diagnostica que es un caso de neurosis obsesiva, al menos durante ese primer análisis con él.
Dudó de definirlo como una neurosis obsesiva por no encontrar sustituto de los sentimientos de dolor
ausentes por la muerte de la hermana; duda que el llanto frente a la tumba del poeta constituya un
sustituto pleno. Cabe remarcar cómo Freud asocia al proceso de la represión y del retorno de lo
reprimido la cuestión diagnóstica.

En Las neuropsicosis de defensa (1894) Freud describía una defensa más eficaz y enérgica que la
represión, mediante la cual “el yo rechaza la representación insoportable al mismo tiempo que su
afecto, comportándose como si la representación nunca hubiese llegado hasta el yo”. El precio a pagar
por este modo de defensa radical es el estallido de una psicosis.
En el Manuscrito K, Freud establece que la represión en la paranoia opera por proyección y que sus
síntomas están determinados por el retorno de lo reprimido.
En las Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa (1896), Freud vuelve a asociar la
paranoia con un modo particular de represión, que implica un retorno de lo reprimido diferente al que
se presenta en la histeria (bajo la modalidad de la conversión a inervaciones somáticas), o en la neurosis
obsesiva (por la sustitución, el desplazamiento a lo largo de las cadenas asociativas). Las alucinaciones
visuales, como formaciones del inconsciente privilegiadas en la paranoia, remiten a sucesos infantiles
reprimidos, y como tales serían una forma de retorno de aquello reprimido a lo que remiten. El retorno
de lo reprimido entonces, se presentaría en la paranoia bajo la forma de la alucinación.
Cuando Freud aborda el caso del Presidente Schreber (1911) discierne las limitaciones conceptuales de
la noción de proyección como mecanismo paranoico, y produce un giro al concebir que “lo que fue
abolido en el interior vuelve desde el exterior” en estos casos. Es decir que ha de haber en la paranoia
una operación aun más radical que la represión, ya que el material reprimido es inaccesible a la
simbolización como síntoma neurótico, y el sujeto no se puede reapropiar de aquél material.
En Adición metapsicológica a la teoría de los sueños (1915-1917), Freud retoma la cuestión de la
realización alucinatoria de deseos y formula la hipótesis de que la alucinación consiste en la carga del
sistema percepción-conciencia desde adentro del aparato psíquico. La distinción entre lo interior y lo
exterior del aparato psíquico estaría determinada por la posibilidad o imposibilidad de sustraerse a las
excitaciones. De lo exterior el aparato psíquico puede sustraerse por vía de la motilidad, huyendo de la
fuente de la excitación. De las excitaciones provenientes del interior, de la pulsión, no se puede escapar
pero existe un mecanismo análogo al de huída que es la represión, que tiene como contracara el retorno
de aquello que se reprime en distintas formaciones del inconsciente: lapsus, actos fallidos, sueños,
chistes, pero principalmente síntomas de tipo neurótico. Ahora bien, en la alucinación lo que hay es más
bien una proyección de aquella exigencia interior hacia el exterior; el retorno de aquello de lo que el
aparato psíquico quiso sustraerse se efectúa desde el exterior.
En el capítulo 7 de Lo inconsciente (1915) Freud se pregunta explícitamente si en las neurosis narcisistas
y neurosis de transferencia hay represión. Si se entiende a la represión como un proceso que está entre
medio de la conciencia y el inconsciente, la respuesta a la pregunta es no. Aunque en ambas neurosis
hay retiro de investiduras libidinales del mundo exterior. En este texto también aborda las formaciones
sustitutivas que se presentan en la esquizofrenia por un lado, y en las neurosis, obsesiva e histérica, por
el otro. En las neurosis de transferencia se deniega el pasaje de representación-cosa a representación-
palabra, por lo que las formaciones sustitutivas operan por relaciones entre representaciones
inconscientes reprimidas. En la esquizofrenia hay un déficit en la representación-cosa por el que las
imágenes verbales, las representaciones-palabra, son sometidas al proceso primario y a partir de ello
emergen las formaciones sustitutivas que caracterizan al peculiar lenguaje esquizofrénico.
En Neurosis y psicosis (1923) aparecen de modo indistinto los términos Verwerfung y Verleugnung
(renegación) como modos en los que el yo se aparta del mundo exterior. En ambos lo que retorno es un
trozo de realidad externa, que no fue inscripto simbólicamente, y su forma de retorno es el delirio o la
alucinación. La forclusión, abolición o renegación constituye un mecanismo diverso al de la represión, en
tanto lo que retorna de la represión es un trozo de la realidad psíquica y la forma de retorno son las
formaciones del inconsciente: sueños, lapsus, olvidos, actos fallidos, chistes y síntomas.
En Pérdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis (1924), que es en cierto modo una rectificación
de Neurosis y psicosis (1923), Freud dice que la neurosis al obedecer al principio de realidad en un
primer tiempo ejecuta la represión, pero que en un segundo tiempo la represión fracasa y se produce el
retorno de lo reprimido, produciendo un extrañamiento de la realidad. Por el contrario en la psicosis
asistimos a una negación original de la realidad desagradable y a la constitución de una nueva realidad
que reemplaza al mundo exterior efectivo, ajustándolo a las aspiraciones del ello. Esta nueva realidad es
sostenida por los fenómenos alucinatorios que se presentan en estos casos.
En el artículo sobre El fetichismo (1927) se le atribuye al mecanismo de la Verleungnung el hecho de que
el sujeto reniegue de la percepción indeseada pero que al mismo tiempo la reconozca, ya que el
resultado es la constitución del objeto fetiche. La creencia en la madre fálica, poseedora del falo, es a la
vez abandonada y conservada. En este sentido puede hacerse un paralelo con el historial del Hombre de
los lobos, en particular con uno de los rasgos distintivos que identifica Freud: la aptitud para conservar
investiduras libidinales diversas y contradictorias. Por otra parte, Freud esclarecerá la diferencia entre el
fetichismo en cuyo proceso defensivo frente a la castración materna no implica anular la realidad
percibida sino que se reniega de ella, y el caso de la psicosis donde la alucinación vendría a velar y
sustituir a la percepción de la ausencia del falo en la madre.
Una conceptualización de la alucinación, muy extendida en la obra freudiana, la presenta como una
tendencia primaria del aparato psíquico que mediante la repetición de una representación logra la
identidad de percepción con el objeto de la satisfacción, eludiendo de esta manera a la prueba de
realidad. Esta es la concepción que puede leerse en La interpretación de los sueños (1900), por ejemplo.
En esta última obra, Freud describe el funcionamiento regrediente del aparato psíquico, en el que el
recorrido exigido por el deseo para su satisfacción desemboca en una alucinación por la investidura del
polo perceptual. El aparato psíquico entonces, tomaría primitivamente el camino más corto para la
descarga de tensión, es decir, el camino inverso al que apuntaría a investir el polo motor para realizar las
acciones específicas en el mundo exterior. El acto de pensar es un sustituto posterior a esta tendencia
primaria del aparato a la alucinación.
Lo que se infiere de este recorrido conceptual es que la alucinación se presenta como un modo
constitutivo y primitivo del funcionamiento del aparato psíquico, previo a la acción de la represión.

La alucinación del dedo cortado se produce luego del periodo de beatería, en un periodo de su vida
infantil en el que se encontraba estable, antes de que se configure definitivamente la neurosis obsesiva.
En este sentido podemos interrogarnos si este recuerdo como tal no constituye un recuerdo encubridor,
una distorsión de la vivencia real en congruencia con las exigencias desfigurantes de la represión. Freud
afirma categóricamente que se trata de un recuerdo genuino, sólo que su carga libidinal se hallaría
perturbada por su asociación al suceso reprimido (la visión de la escena primaria, donde percibió la
castración materna).
Ubicamos previamente la respuesta subjetiva del Hombre de los Lobos frente al esclarecimiento sobre la
diferencia sexual que el sueño de los lobos le aportó: la desestimación. Es decir, no hubo una represión
sino algo más primitivo, un rechazo, una abolición de la constelación de ideas en torno a la castración
(que a la madre le falta el pene y que la condición para ser tomado como objeto erótico por el padre es
que él mismo sea castrado). Esto no produce ningún retorno. La alucinación marcaría un indicio del
reconocimiento de la realidad de la castración, pero este reconocimiento alucinatorio no releva a la
primera respuesta de desestimación, rechazo que suscitó el sueño de los lobos. Esto es congruente con
otro de los rasgos distintivos del caso, la convivencia de lo nuevo y lo antiguo sin que se cancelen
mutuamente.

El análisis freudiano de la alucinación progresa siguiendo la lógica del análisis del retorno de lo
reprimido, de cualquier síntoma neurótico. Freud incita al paciente a asociar sobre los elementos que
componen el recuerdo; sobre el árbol, la navaja, llegando incluso a establecer una equivalencia
simbólica entre el dedo y el pene, punto que asocia al fenómeno en su conjunto con la castración.

Si la alucinación es interpretada como el reconocimiento, por parte del sujeto, de la castración, cabe
distinguir reconocimiento (de la castración) y retorno (de lo reprimido). La noción de retorno implica la
segmentación del aparato psíquico en instancias, acorde al razonamiento metapsicológico de la
represión en Freud. Reconocimiento, por otra parte, alude a una toma de posición del sujeto.
Otra pregunta que puede formularse a la elaboración freudiana es si la alucinación cobra su valor en
tanto vehículo del reconocimiento de la castración, como su soporte, o más bien como el efecto
inmediato de la operación de reconocimiento, como síntoma que revela la toma de posición subjetiva.
En este punto, al pensar la alucinación como un síntoma, podemos desdibujar provisionalmente la
distinción entre instrumento de reconocimiento o retorno de lo reprimido.

Lacan en el Seminario 3 se pregunta: “¿Qué está en juego en un fenómeno alucinatorio? Ese fenómeno
tiene su fuente en lo que provisoriamente llamaremos la historia del sujeto en lo simbólico. (…) La
distinción esencial es ésta: el origen de lo reprimido neurótico no se sitúa en el mismo nivel de historia
en lo simbólico que lo reprimido en juego en la psicosis, aun cuando hay entre los contenidos una muy
estrecha relación. Esta distinción introduce, por sí sola, una clave que permite formular el problema de
modo mucho más sencillo de lo se ha hecho hasta ahora”.

Miller, en el Seminario dedicado al Hombre de los Lobos, grafica con el siguiente cuadro las diferentes
posiciones subjetivas que se presentan en el historial:
1. Rechazo de la castración (Verwerfung), la tendencia más antigua y la que lo mantiene aferrado a
la teoría cloacal.
2. Reconocimiento de la realidad de la castración:
a. Aborrecimiento, se corresponde con el estallido de angustia a partir del sueño de los
lobos, que remite a la identificación femenina, al rol pasivo al que se identifica en la
escena primaria.
b. Aceptación, se identifica a la madre mediante el intestino. Incontinencia y vergüenza.
El rechazo a la castración es la tendencia más antigua y más enraizada, por lo que nunca se la desecha
totalmente. Tiende a reactivarse en determinados momentos, como en el caso de la alucinación del
dedo cortado. El rechazo a la castración va acompañado por el reconocimiento, son posiciones
subjetivas que se articulan bajo la misma lógica, del interjuego entre la inscripción o la ausencia de
inscripción de la castración a nivel del saber, en lo simbólico. Frente a ese saber sobre la diferencia entre
los sexos el sujeto aborrecerá o aceptará, identificándose de diferentes maneras en cada caso. Ante el
reconocimiento de la realidad efectiva de la castración, el sujeto tomará una posición masculina,
aborreciendo la castración, y una posición femenina, aceptando la castración por identificación a la
madre.
Si bien los términos Verwerfung y Verleungnung aparecen en la elaboración freudiana muchas veces
tomados indistintamente, para Lacan la forclusión será un concepto central para poner en su justo lugar
a la significación fálica en la regulación del goce sexual, a la estructuración del sujeto a partir de la
inscripción o no-inscripción del falo simbólico como simbolización del deseo y de la falta.
En lo simbólico opera el mecanismo de la Verwerfung, el rechazo a inscribir la castración. En lo
imaginario operará esa identificación a la madre que le permitirá aceptar la castración.
En Respuesta al Comentario de Jean Hyppolite, Lacan alude a la alucinación del Hombre de los Lobos
diciendo que, en ella, por medio de la Verwerfung, la castración rechazada de lo simbólico retorna en lo
real, lo cual da lugar a pensar que se trataría de un caso de psicosis.

Tomando la lectura freudiana de que el Hombre de los Lobos “no quiso saber nada de ella en el sentido
de la represión”, poniéndola en relación con el artículo sobre La negación (1925), Lacan sentará las
bases del diagnóstico estructural a partir del mecanismo que el sujeto pone en marcha frente a la
castración. Cada mecanismo implica una forma de posicionarse el sujeto frente a la falta del Otro, a su
castración, y por lo tanto representa un modo particular de relación con el deseo. Tenemos entonces la
Verwerfung (forclusión), la Verleungung (renegación) y la Verdrangung (represión).

En La negación (1925) Freud conceptualiza el juicio como un sustituto intelectual de la represión, y en


cuanto tal está emparentado a la constitución del sujeto. Mediante un juicio de atribución (Bejahung) se
establece la relación entre dos significantes mediante la cual se atribuye o niega una cualidad a una
cosa. Esta afirmación primordial, atribución primera de una cualidad, tiene su fundamento en una
negación, en la expulsión de lo rechazado fuera del dominio del yo. El juicio de atribución es distinto al
juicio de existencia que supone concederle, o no, a una imagen el estatuto de existente en la realidad.

La instauración del orden simbólico se produce entonces a partir de una afirmación primordial. La
Bejahung, el juicio de atribución mediante el que se establece la relación entre dos significantes, es
constitutiva de la significación del mundo para el sujeto. Al tratarse de un juicio estamos a nivel del
significante y esto tiene efectos en la regulación del goce, en su escansión. Es equiparable a la represión
primaria en Freud. Contrario a la Bejahung es la Verwerfung, donde lo rechazado se excluye del campo
de lo existente en el mundo, en tanto marcado por el significante. Si en la Bejahung hay un juicio de
atribución que da origen a la instauración de la primacía del significante y a la estructuración del goce
sexual a partir de la significación fálica, en el caso de la Verwerfung nos encontramos frente a un déficit,
una falta de simbolización, un juicio de existencia negativo que excluye de lo simbólico el elemento que
le otorga su primacía. Bajo la lógica de este desarrollo lo real es definido como aquello que queda por
fuera de la simbolización.
Esta interpretación a partir de un déficit simbólico desarraiga al problema de la psicosis de las
atropelladas relaciones del sujeto con la realidad.
En el capítulo 7 de Lo inconsciente (1915) apunta a la misma valoración en tanto establece que el sujeto
paranoico ha desasido sus investiduras libidinales de la representación-cosa inconsciente,
presentándose como efecto el lenguaje esquizofrénico, que es leído como un intento de restitución de
la ligazón libidinal con el objeto y con la realidad en su conjunto.
La construcción del concepto de forclusión tiene distintas fases en la enseñanza de Lacan. Hasta el
Seminario 3 se la conceptualiza como una operación que participa tanto en la constitución del sujeto
como en los síntomas psicóticos, operación que recae sobre un significante fundamental para el
ordenamiento de la estructura simbólica. Este significante se precisa en el artículo “De una cuestión
preliminar”, donde se lo vinculará con el Complejo de Edipo, indicando que la forclusión psicótica es
específicamente la abolición, la no-inscripción del significante del Nombre-del-padre.
Es a partir de “De una cuestión preliminar…” que se asocia a la forclusión definitivamente con el campo
de la psicosis, y especialmente con ese significante privilegiado que es el del Nombre-del-padre. Luego
de este anudamiento en la enseñanza lacaniana, la significación de la forclusión y de la alucinación en el
Hombre de los Lobos adquirirá otro matiz.
En torno al problema de la alucinación también puede rastrearse el distanciamiento del psicoanálisis
respecto al discurso psiquiátrico. Para Esquirol la alucinación es producto de un defecto de la relación
del sujeto con la realidad, una percepción sin objeto. Para Lacan tal percepción es el resto no
simbolizado que retorna en o real.
En el Esquema I Lacan intentará dar cuenta de la relación que se establece, por un lado, entre el agujero
que se produce en lo simbólico por la forclusión del Nombre-del-Padre, y el agujero correspondiente en
lo imaginario. La Verwerfung es la forclusión del significante, opera al nivel de lo simbólico, y en lo
imaginario se revela como un agujero en el lugar de la significación fálica. En el Hombre de los Lobos
asistimos a una forclusión en lo simbólico de la castración, cuyo retorno se efectúa en lo real de la
alucinación con el soporte de lo imaginario por la percepción de su dedo cortado.
Ahora bien, lo forcluido, lo Verwerfung en el Hombre de los Lobos no es el Nombre-del-Padre, sino la
castración. Sobre el lugar que ocupa el Nombre-del-Padre en el caso que nos ocupa podríamos señalar
la escisión entre padres que se presentan como castradores (el sastre, el médico) y los que se muestran
castrados (mendigos e invalidos). Lacan en el Seminario 0 hará hincapié en la figura carente del padre en
la historia de Sergéi, aunque eso no implique su no-inscripción en el orden simbólico.
En el Hombre de los Lobos no hay elisión del falo, hay una relación con el falo que busca negarse y que
produce una desestabilización profunda. En este sentido no estamos en la misma situación que en
Schreber.
Miller señala que el Hombre de los Lobos no es psicótico, justamente porque el Nombre-del-Padre no
fue forcluido. Sin embargo advierte que tampoco se trata de una neurosis comparable con las que Freud
presenta en los demás historiales. En este caso la función fálica es totalizadora: no hay excepción, no
hay al menos uno que se sustraiga a la función fálica; esto es congruente con la idea de que la forclusión
operó sobre la castración.
Ante la falta de operatividad de la castración en lo simbólico se ejerce un llamado a la castración en lo
real.

Existieron algunas críticas al caso que Freud presentó a partir del análisis de Serguéi. Otto Rank fue
quien empezó a esbozar algunos cuestionamientos sobre la precisión y eficacia del tratamiento llevado a
cabo por Freud. A mediados del siglo XX también se hace una crítica desde la psiquiatría, a cargo de
Hervey Cleckley, quien desestimó el diagnóstico freudiano por su carácter especulativo.

Más allá de estas críticas, la más relevante tal vez haya sido la publicada por Karin Obholzer, una
periodista que siguió de cerca al Hombre de los Lobos en Viena, en la década de 1970, llegando a
entrevistarlo. En la entrevista, Serguéi afirmaba que la interpretación central de Freud está
“terriblemente fuera de lugar”, que “es totalmente imposible” esa interpretación por la distribución de
las habitaciones que poseía la vivienda donde habitaban su familia y él. También habría dicho que las
declaraciones públicas de Freud sobre su caso no fueron más que propaganda para el movimiento
psicoanalítico. Él mismo, Sérguei, declara no haberse curado con el tratamiento.
De hecho, luego de la experiencia de análisis con Freud, Serguéi continuó en tratamiento con otros
analistas hasta su muerte, empeorando paulatinamente su estado con el paso del tiempo. Tal vez el
punto más incisivo de la crítica de Obholzer sea la afirmación de que el Hombre de los lobos cobraba un
sueldo mensual a cargo de la Fundación Sigmund Freud, con el propósito de mantener oculta su
situación en Viena para que el “fraude” no se hiciera público. Todo esto fue publicado por la periodista
en un libro titulado “Conversaciones con el hombre de los lobos: un psicoanálisis y las consecuencias”,
por primera vez en 1980.

Otras voces, como la de Muriel Gardiner, refutan esta lectura que hace Obholzer, sosteniendo que el
apoyo económico que recibió Serguéi de Freud y otros analistas respondía a la mera solidaridad por su
situación de urgencia, efecto de la dura posguerra. También es importante aclarar que se publicaron
varios de los tratamientos posteriores al efectuado por Freud, incluso las propias memorias de Serguéi,
lo cual refutaría la hipótesis de ocultamiento del caso por parte del movimiento psicoanalítico.

Implicación transferencial de Freud con el Hombre de los lobos.

Neurosis infantil y neurosis en la infancia. Neurosis infantil como rememoración del adulto en análisis de
momentos o escenas significativas de la infancia reconstruidas a partir de la AL. Neurosis en la infancia
es cuando se presentan síntomas en la infancia.

Escenas privilegiadas

Puntos donde se altera la posición subjetiva del Hombre de los Lobos.

La primera situación es cuando los padres y la hermana se van de viaje y lo dejan con una nodriza.

La segunda es cuando se queda con su hermana y sus padres viajan, se quedan con la nodriza y la
institutriz inglesa. Hay un elemento de conflicto respecto a la institutriz: cuando los padres regresan
Sergei está hecho un niño hostil, poco dócil, su conducta se trastornó hacia lo contrario de la usual.

La Aya, la nodriza, era un objeto de amor para Sergei. Al aparecer, la aparición de la institutriz inglesa
produce un conflicto en las aspiraciones amorosas de Sergei, oponiéndose a la predominancia de la Aya.
Como el cambio de carácter de Sergei se produjo luego de la inclusión de la institutriz inglesa, los padres
deciden expulsarla. Luego de la expulsión, el carácter de Sergei continuó siendo agresivo.

La razón de este cambio de carácter, para Freud, responde a un conflicto inconsciente, y por eso no se
resuelve el problema cuando expulsan a la institutriz. Hay, sin embargo, exteriorizaciones de odio de
Sergei hacia la institutriz, deseándole la muerte en repetidas ocasiones.

Como Sergei odiaba la institutriz también odiaba a su hermana, con quien no sólo mantenía una relación
agresiva sino que la complementaba una constante rivalidad, competencia. Su hermana era la “hija
elegida” por el padre, según Sergei. También se decía que era superior intelectualmente a Sergei, lo cual
lo dejaba ubicado en una posición más bien pasiva, femenina.
En relación a esta posición femenina, pasiva, está lo que podríamos llamar el “nódulo patógeno”, el
núcleo de lo reprimido del conflicto neurótico inconsciente del Hombre de los Lobos: la posición pasiva
frente al padre. Un conflicto con la homosexualidad que deriva en una formación de carácter que
intenta resistir a esta tendencia en pos de la virilidad.

Hay un sueño previo al sueño de los lobos: en él aparece con la hermana y desea desvestirla, quitarle los
velos a la hermana. En éste sueño él está en una posición activa, contrariamente a la posición que
acostumbraba ocupar.

Durante el análisis Freud orienta el trabajo asociativo hacia la reconstrucción de escenas infantiles
traumáticas. Aparece una escena de seducción traumática por parte de la hermana, que lo deja en una
posición pasiva; esto sucede poco antes del ingreso de la institutriz inglesa. El odio que Sergei
manifestaba hacia dicha institutriz, sería el desplazamiento de las mociones hostiles originalmente
orientadas hacia la hermana. Es por esta razón que a pesar de haberse expulsado a la institutriz los
trastornos en la conducta de Sergei no desaparecen. Esta es la razón inconsciente: el odio hacia la
hermana por haberlo puesto en una posición pasiva, femenina.

Sergei toma una posición pasiva también respecto a la inteligencia de la hermana, destacada por el
padre. Él parecía la mujercita y la hermana parecía un varón. Fue dócil, pasivo, sumiso hasta la aparición
de la institutriz inglesa, que desemboca en un conflicto de amor con la Aya.

El Hombre de los lobos hace un dibujo de la escena, pero el número de lobos está reducido: sólo hay
cinco, cuando en su relato aludía a seis o siete. Freud hipotetizará al respecto.

Si los lobos lo miran fijamente, es él quien miraba fijamente algo. Hubo trastorno hacia lo contrario por
la exigencia de desfiguración onírica. Lo que Sergei miró fijamente fue el coito a tergo entre los padres.
El sueño simboliza, en este caso, una vivencia real. La quietud de los lobos también es efecto del
trastorno hacia lo contrario, en la escena original reprimida debió haber mucho movimiento.

El acontecimiento traumático debió haber sido alrededor del año, año y medio de vida. Primera infancia.

Los padres tenían coito a tergo, es decir en cuatro. El padre estaba erguido y la madre en cuatro. Él
podía ver la castración de la madre y se identificaba a ella, en posición pasiva y femenina, temiendo ser
sometido a la castración por el padre cuyo sustituto en el sueño será el lobo.

Si bien su vida amorosa sigue la norma heterosexual, orientada hacia sujetos femeninos, también estará
marcada por un modo de relación de dependencia frente a las mujeres.

A partir del sueño de angustia de los lobos se constituye su fobia a los lobos. Sergei ni siquiera había
visto alguna vez en su vida un lobo, excepto la imagen reproducida de uno de ellos en una revista. En la
imagen el lobo aparece erguido, lo que permite una relación asociativa con la posición del padre en la
escena primaria.

Otro evento importante en la vida infantil de Sergei es cuando recibe la iniciación religiosa. Su madre
considera que la religión podría ser una herramienta útil para aplacar su carácter hostil y asocial, y hace
que se le impartan clases de catequesis. El dogma religioso, primordialmente en virtud de su
sistematicidad y orden, fascina al joven Sergei al principio, pero pronto se configuraran algunas dudas e
inconsistencias. No tardarán en convertirse en motivo de réplica.

No entiende por qué Jesús acepta dar la otra mejilla, o porqué se deja crucificar. No entiende la posición
pasiva de Cristo, llegando incluso a rebelarse contra el dogma religioso. Se identifica a Cristo y lucha
contra aquello que está en el núcleo de su conflicto neurótico: su posición pasiva y femenina,
inconsciente, frente al otro. Esta identificación se veía reforzada por la coincidencia de su nacimiento
con el del Mesías.

Deseo de ser castrado por el padre. Similar a Juanito.

La hermana de Sergei se suicida durante su adolescencia. A partir de allí irán floreciendo sus síntomas
neuróticos hasta adquirir estos cierta estabilidad hacia la edad de los 18 años, aproximadamente.

Van al cementerio, los padres y él, a visitar la tumba de la hermana. Sergei no muestra ninguna señal de
sentirse afectado, parece indiferente. Sin embargo cae rendido en llantos frente a la tumba de un poeta
romántico ruso. Hay un vínculo asociativo con los poemas que escribía su hermana.

En resumen, a mi criterio el eje de la lectura freudiana del caso se formula como un conflicto relativo a
la homosexualidad inconsciente. En primer lugar hay acontecimiento traumático que se construyen con
el análisis a partir de las asociaciones. Está la situación con la hermana, que lo deja en una posición
feminizada. También está la escena primaria del coito entre los padres, a tergo. El paralelo a partir de allí
con los lobos, el lobo erguido y el lobo en cuatro patas. Hay un sueño de angustia a los cuatro años, el
sueño de los lobos donde 5, 6 o 7 lobos lo miran fijamente del otro lado de un gran ventanal. Este sueño
da origen a una fobia infantil hacia los lobos.

El se identifica a la madre en la escena primaria, siendo amado por el padre. Su parte masculina,
narcisista, fálica, combate todo el tiempo contra esta tendencia homosexual, feminizante de
identificación con la madre en la escena primaria.

Sergei provenía de una familia de terratenientes aristócratas rusos. Previo a la consulta con Freud fue
atendido por el mismo psiquiatra Kraeplin, cuyo diagnóstico definió el estado de Sergei como una
psicosis maníaco-depresiva. El padre de Sergei había recibido el mismo diagnóstico. Freud no suscribió a
la mirada clínica del psiquiatra, afirmando incluso que no notaba ninguna alteración del ánimo en el
paciente.

El Hombre de los lobos consulta por primera vez a Freud en 1910. Su tratamiento se extiende hasta
1914, luego regresa entre 1919-1920 por una serie de afecciones somáticas que derivaban en
alteraciones de carácter orientadas hacia la depresión. Entre 1926 y 1927 Sergei emprende un tercer
tiempo de tratamiento analítico, esta vez con una analista designada por Freud.

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