CUENTOS
El gatito curioso
Había una vez un gatito que vivía con su mamá en un refugio del parque. En el parque había
muchos animales. El gatito quería ir a hablar con ellos. Pero su mamá no le dejaba. Siempre que el
gatito iba a salir, su mamá lo cazaba y le metía en el refugio.
El gatito no entendía por qué su mamá no le deja salir a conocer a sus vecinos, y eso le enfadaba
muchísimo. ¡Con las ganas que tenía él de hacer amigos y de explorar el mundo!
Una noche, mientras mamá gata dormía, el gatito se deslizó silencioso y se escapó del refugio.
El primero con el que se encontró el gatito fue con un perro. El gatito le saludó:
-Miau.
El perro sonrió y se acercó despacito. El gatito volvió a decir:
-Miau.
Cuando el perro estaba muy cerca le dijo:
-Guau.
El gatito se asustó un poco, porque no entendía lo que le decía el perro, pero no se movió.
Entonces, el perro saltó sobre él. Menos mal que el gatito lo vio a tiempo y salió corriendo.
Muy asustado, el gatito se refugió entre unos árboles que cerca de la charca y se quedó allí hasta
que amaneció. Entonces, el gatito vio a unos patos. Muy contento, el gatito se dirigió a ellos para
saludarlos.
-Miau miau.
Los patos respondieron:
-Cuac cuac.
El gatito se fue muy triste, porque no entendía lo que le decían los patos. Entonces apareció por allí
un ratón. El gatito le maulló y el ratón salió corriendo, haciendo un extraño sonido que el gatito no
entendió.
El gatito estaba triste. Entonces vio una enorme jaula donde había pájaros. El gatito se acercó
maullando, pero las aves empezaron a revolotear nerviosas y a piar y graznar como locas. El gatito
no entendía nada de lo que decían.
En ese momento se acercó un señor, diciendo:
-Lindo gatito, ven conmigo.
El gatito no entendía nada, y por más que maullaba no conseguía hacerle entender a aquel señor
que quería volver con su mamá.
El gatito salió corriendo, maullando muy alto. Entonces lo entendió todo. Cada animal habla un
lenguaje distinto. ¡Qué solo se sentía el gatito! ¿Cómo conseguiría decirle a alguien que solo
quería hacer amigos y volver a casa?
En ese momento el gatito oyó justo detrás de él algo que sí entendió:
-Miau
¡Era mamá gata! ¡A ella sí la entendía! El gatito volvió con su mamá dispuesto a aprender todas las
cosas que ella tenía que enseñarle. ¡Menos mal que mamá siempre está ahí para cuidar de sus
hijitos!
El conejito soñador
Había una vez un conejito soñador que vivía en una casita en medio del bosque,
rodeado de libros y fantasía, pero no tenía amigos. Todos le habían dado de lado
porque se pasaba el día contando historias imaginarias sobre hazañas caballerescas,
aventuras submarinas y expediciones extraterrestres. Siempre estaba inventando
aventuras como si las hubiera vivido de verdad, hasta que sus amigos se cansaron de
escucharle y acabó quedándose solo.
Al principio el conejito se sintió muy triste y empezó a pensar que sus historias eran
muy aburridas y por eso nadie las quería escuchar. Pero pese a eso continuó
escribiendo.
Las historias del conejito eran increíbles y le permitían vivir todo tipo de aventuras. Se
imaginaba vestido de caballero salvando a inocentes princesas o sintiendo el frío del
mar sobre su traje de buzo mientras exploraba las profundidades del océano.
Se pasaba el día escribiendo historias y dibujando los lugares que imaginaba. De vez
en cuando, salía al bosque a leer en voz alta, por si alguien estaba interesado en
compartir sus relatos.
Un día, mientras el conejito soñador leía entusiasmado su último relato, apareció por
allí una hermosa conejita que parecía perdida. Pero nuestro amigo estaba tan
entregado a la interpretación de sus propios cuentos que ni se enteró de que alguien lo
escuchaba. Cuando acabó, la conejita le aplaudió con entusiasmo.
-Vaya, no sabía que tenía público- dijo el conejito soñador a la recién llegada -. ¿Te ha
gustado mi historia?
-Ha sido muy emocionante -respondió ella-. ¿Sabes más historias?
-¡Claro!- dijo emocionado el conejito -. Yo mismo las escribo.
- ¿De verdad? ¿Y son todas tan apasionantes?
- ¿Tu crees que son apasionantes? Todo el mundo dice que son aburridísimas…
- Pues eso no es cierto, a mi me ha gustado mucho. Ojalá yo supiera saber escribir
historias como la tuya pero no se...
El conejito se dio cuenta de que la conejita se había puesto de repente muy triste así
que se acercó y, pasándole la patita por encima del hombro, le dijo con dulzura:
- Yo puedo enseñarte si quieres a escribirlas. Seguro que aprendes muy rápido
- ¿Sí? ¿Me lo dices en serio?
- ¡Claro que sí! ¡Hasta podríamos escribirlas juntos!
- ¡Genial! Estoy deseando explorar esos lugares, viajar a esos mundos y conocer a
todos esos villanos y malandrines -dijo la conejita-
Los conejitos se hicieron muy amigos y compartieron juegos y escribieron cientos de
libros que leyeron a niños de todo el mundo.
Sus historias jamás contadas y peripecias se hicieron muy famosas y el conejito no
volvió jamás a sentirse solo ni tampoco a dudar de sus historias.
Los tres cerditos
Había una vez tres hermanos cerditos que vivían en el bosque. Como el malvado lobo
siempre los estaba persiguiendo para comérselos dijo un día el mayor:
- Tenemos que hacer una casa para protegernos de lobo. Así podremos escondernos
dentro de ella cada vez que el lobo aparezca por aquí.
A los otros dos les pareció muy buena idea, pero no se ponían de acuerdo respecto a
qué material utilizar. Al final, y para no discutir, decidieron que cada uno la hiciera de
lo que quisiese.
El más pequeño optó por utilizar paja, para no tardar mucho y poder irse a jugar
después.
El mediano prefirió construirla de madera, que era más resistente que la paja y
tampoco le llevaría mucho tiempo hacerla. Pero el mayor pensó que aunque tardara
más que sus hermanos, lo mejor era hacer una casa resistente y fuerte con ladrillos.
- Además así podré hacer una chimenea con la que calentarme en invierno, pensó el
cerdito.
Cuando los tres acabaron sus casas se metieron cada uno en la suya y entonces
apareció por ahí el malvado lobo. Se dirigió a la de paja y llamó a la puerta:
- Anda cerdito se bueno y déjame entrar...
- ¡No! ¡Eso ni pensarlo!
- ¡Pues soplaré y soplaré y la casita derribaré!
Y el lobo empezó a soplar y a estornudar, la débil casa acabó viniéndose abajo. Pero el
cerdito echó a correr y se refugió en la casa de su hermano mediano, que estaba
hecha de madera.
- Anda cerditos sed buenos y dejarme entrar...
- ¡No! ¡Eso ni pensarlo!, dijeron los dos
- ¡Pues soplaré y soplaré y la casita derribaré!
El lobo empezó a soplar y a estornudar y aunque esta vez tuvo que hacer más
esfuerzos para derribar la casa, al final la madera acabó cediendo y los cerditos
salieron corriendo en dirección hacia la casa de su hermano mayor.
El lobo estaba cada vez más hambriento así que sopló y sopló con todas sus fuerzas,
pero esta vez no tenía nada que hacer porque la casa no se movía ni siquiera un poco.
Dentro los cerditos celebraban la resistencia de la casa de su hermano y cantaban
alegres por haberse librado del lobo:
- ¿Quien teme al lobo feroz? ¡No, no, no!
Fuera el lobo continuaba soplando en vano, cada vez más enfadado. Hasta que decidió
parar para descansar y entonces reparó en que la casa tenía una chimenea.
- ¡Ja! ¡Pensaban que de mí iban a librarse! ¡Subiré por la chimenea y me los comeré a
los tres!
Pero los cerditos le oyeron, y para darle su merecido llenaron la chimenea de leña y
pusieron al fuego un gran caldero con agua.
Así cuando el lobo cayó por la chimenea el agua estaba hirviendo y se pegó tal
quemazo que salió gritando de la casa y no volvió a comer cerditos en una larga
temporada.
El perrito que no podía caminar
Bo era un perrito muy alegre y juguetón que no podía caminar desde que nació porque
tenía una parálisis en las patas traseras. Amina, una niña que lo vio al nacer,
convenció a sus papás para llevarlo a casa y cuidarlo para evitar que lo sacrificasen.
Bo y su pequeña dueña Amina jugaban mucho juntos. El perrito se esforzaba por
moverse usando solo sus patas delanteras y, puesto que no podía saltar y apenas
moverse, ladraba para expresar todo lo que necesitaba. A pesar de las dificultades, Bo
era un perro feliz que llenaba de alegría y optimismo la casa en la que vivía.
Un día los papás de Amina llegaron a casa con Adela, una niña de la edad de Amina
que iba vivir con ellos una temporada. Cuando Bo la vio se arrastró enseguida a
saludarle y a darle la bienvenida con su alegría de siempre. Pero Adela lo miró con
desprecio y se echó a llorar.
Bo no se rindió e intentó hacer todas las tonterías que sabía para hacerla reír, pero no
nada funcionaba y Adela no dejaba de llorar.
- No te preocupes, Bo- decían los papás de Amina-. Adela está triste porque viene de
un país muy pobre que está en guerra y ha sufrido mucho. Está triste porque ha tenido
que separarse de su familia.
Bo pareció entender lo que le decían, porque se acercó a Adela y se quedó con ella sin
ladrar ni hacer nada, sólo haciéndole compañía.
La tristeza de Adela fue poco a poco inundando la casa. Todos estaban muy
preocupados por ella, porque no eran capaces de hacerla sonreír ni un poquito.
Pasaron los días y Bo no se separaba de Adela, y eso que la niña lo intentaba apartar y
huía a esconderse cuando lo veía e incluso protestaba cuando Bo intentaba jugar con
ella.
Pero el perrito no se daba por vencido. Cuando Amina estaba, Bo jugaba con ella
mientras Adela miraba y, aunque no sonreía, dejaba de llorar cuando Bo jugueteaba y
hacía sus gracias.
Un día que Amina no estaba a Bo le entraron muchas ganas de jugar y se le ocurrió
intentar que fuera Adela quien jugara con él. Como la niña no le hacía caso, Bo no
paraba de moverse y, de pronto, se chocó contra una mesa tan fuerte que se le cayó
encima un vaso de leche. El vaso no se rompió porque era de plástico, pero empapó al
pobre Bo de leche y lo dejó paralizado del susto.
Adela, cuando lo vio, le quedó mirando al perrito sin decir nada. De repente, se echó a
reír, viendo lo gracioso que estaba el perrito lleno de leche con su cara de susto.
Cuando Bo vio que Adela se reía, empezó a lamerse la leche y a hacer más tonterías
mientras la niña, sin parar de reír, intentaba limpiarlo con el mantel. Cuando Amina y
sus vio lo que se reía Adela se alegró muchísimo, y corrió a decírselo a sus papás. Por
fin todos volvían a estar alegres.
A pesar de no ser un perrito como los demás, Bo fue el único capaz de lograr que la
alegría y el optimismo volvieran a aquella casa.
La tortuga y la cometa voladora
Érase una vez, un conejito, una ardilla y un ratón que vivían en una aldea muy soleada
del bosque. Casi siempre brillaba el sol y todos los animalitos salían a jugar entre las
flores y los arbustos con sus juguetes.
El conejito tenía una pelota con la que jugaban a muchos juegos divertidos, la ardilla
tenía una cuerda con la que todos saltaban a la comba y el ratón tenía unos cuentos
que leía a sus amiguitos cuando todos descansaban después de jugar.
Pasaban las tardes jugando y siempre estaban riendo. Nunca se enfadaban unos con
otros, se ayudaban en todo lo que podían y les gustaba compartir sus juguetes y
divertirse juntos. Pero un día, todo cambió…
Una familia de animalitos llegó a la aldea. Eran unas tortugas que venían de otro lugar
y que buscaban un nuevo sitio donde vivir. La tortuga más pequeña era de la misma
edad que ellos y tenía un juguete que nunca habían visto por la aldea. Era un juguete
volador con una forma muy extraña. La tortuguita lo hacía volar por toda la aldea
mientras los animalitos miraban extrañados. Hasta que un día todos se acercaron a
preguntar:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¿Qué es ese juguete?
La tortuguita los miró y respondió:
Es una cometa voladora
El conejito, la ardilla y el ratón se sorprendieron de ver aquella cometa y todos querían
jugar con aquel juguete tan divertido así que le dijeron:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¿Quieres venir a jugar con nosotros y enseñarnos cómo jugar
con tu cometa?
Pero la tortuga, muy enfadada, les dijo:
¡No! La cometa es sólo mía. Vosotros no podéis jugar con ella.
Todos los animalitos se entristecieron y se fueron a jugar con sus juguetes mientras
veían como la tortuga se divertía con su cometa voladora. No entendían por qué la
tortuguita no quería jugar con ellos.
Todas las tardes salían juntos a jugar con la pelota del conejito y la cuerda de la ardilla
y siempre terminaban escuchando los cuentos del ratón. La tortuguita no se acercaba
a ellos y jugaba sola con su cometa.
Un día, mientras todos los animalitos jugaban juntos, observaron como la tortuga se
divertía con su cometa, pero algo ocurrió. De repente, la cometa salió volando y se fue
muy muy muy muy lejos y la tortuguita se quedó triste porque no la encontraba por
ningún sitio.
El conejito, la ardilla y el ratón vieron como la tortuguita se iba a su casa triste y se
dieron cuenta de que en los días siguientes la tortuguita no salió a jugar como
acostumbraba.
Todos los animalitos pensaron que la tortuga estaría muy disgustada porque había
perdido su juguete así que pensaron que entre todos podrían hacer algo para ayudarla.
Una tarde, en vez de salir a jugar con sus juguetes, decidieron salir a buscar la cometa
de la tortuguita. Buscaron y buscaron y pidieron ayuda a todos los animalitos del lugar
para encontrarla lo más rápido posible hasta que por fin vieron que la cometa estaba
en un árbol.
Llamaron a los pajaritos de la aldea para que volaran hasta la cima del árbol y entre
todos consiguieron la cometa voladora así que, muy contentos, fueron a buscar a la
tortuguita para darle una gran sorpresa.
Cuando llegaron a la casa de la tortuga, todos la llamaron para que saliera:
¡Tortuguita, Tortuguita! ¡Sal con nosotros! ¡Tenemos una sorpresa para ti!
La tortuga salió con el resto de su familia y todos vieron que los animalitos de la aldea
habían tenido un gesto muy bello con ellos. La tortuguita, muy feliz, dijo:
¡Es mi cometa voladora! ¡La habéis encontrado!
Los animalitos devolvieron a la tortuguita su juguete tan preciado y muy contentos por
lo que habían hecho fueron a jugar.
La tortuguita se quedó jugando con su cometa hasta que sus papás se acercaron y le
dijeron:
Tortuguita, los animalitos de la aldea te han ayudado a encontrar tu cometa y se han
portado muy bien contigo. ¿Por qué no juegas con ellos y les dejas jugar con ella?
La tortuguita se dio cuenta de que sería mucho más divertido jugar con el resto de
animalitos y que a todos los animalitos les haría muy feliz jugar con su cometa
voladora así que se acercó a ellos y les agradeció el bonito gesto que habían tenido.
Desde ese momento, todos los animalitos de la aldea jugaron con la tortuguita y
compartieron sus juguetes y la tortuga, muy feliz, les enseñó a jugar con su cometa
voladora.
El león cobardica
En lo profundo de la selva, una vez vivió un enorme león de garras afiladas y colmillos
horripilantes, pero a pesar de su aspecto tan feroz, aquel león de nombre Gentilio no era capaz ni
de asustar a una simple mosca, y era tan bueno y gentil que los conejos y las aves jugaban a su
alrededor sin temor alguno.
La historia de nuestro león no es una historia cualquiera. Cuando la cigüeña lo trajo volando al
mundo, Gentilio era una bola de pelos muy pequeñita, y como la cigüeña estaba atrasada en las
entregas, mezcló al leoncito con siete corderitos de igual tamaño, y así partió hacia el rebaño de
ovejas para entregar los nuevos bebés.
Al verla acercarse, las ovejas se congregaron nerviosas y cuando por fin tocó la repartición, cada
una de ellas logró llevarse un hermoso cabrito, excepto la oveja Bibi, que al ver a Gentilio por
primera vez, se quedó enamorada del pequeño león y decidió criarlo y protegerlo con mucho amor
y cariño.
Cuando la cigüeña se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde. “Me he equivocado y debo
devolver el león a su verdadera madre”, intentaba explicar la cigüeña mientras Bibi apretaba el
leoncito contra su pecho. Cuando por fin se dio cuenta que no podría convencer a la oveja, la
cigüeña se marchó refunfuñando mientras repetía: “Está bien, quédate con él y que tengas suerte”.
Pero la verdad es que Gentilio no tuvo una niñez fácil. A pesar del amor de su madre, el leoncito no
podía dejar de notar que era muy diferente al resto de las pequeñas ovejas. Con el paso del
tiempo, le crecieron enormes dientes, garras puntiagudas y un rabo largo y peludo. Por si fuera
poco, Gentilio nunca aprendió a saltar como el resto de sus amigos, ni tampoco sabía embestir o
balar, que es el sonido que emiten las ovejas.
Tanto se burlaban del pobre león que se la pasaba todo el día cabizbajo y llorando, excepto
cuando su madre le consolaba y lo acurrucaba.
Un buen día, Gentilio se acercó a un lago para beber agua, y como nunca había visto su reflejo se
asombró de ver que no se parecía en nada a las ovejas con quienes vivía. Su nariz era ancha y
acompañada de largos bigotes, su pelaje era amarillo, y sus orejas no eran puntiagudas, sino
redondas y grandes.
“Tengo la nariz ancha porque siempre tengo miedo, soy de color amarillo porque me paso todo el
tiempo triste, y para colmo, mis orejas son redondas de tanto que he llorado. Soy el carnero más
feo del mundo”, repetía entre sollozos el desdichado de Gentilio, sin saber que él no era una oveja,
sino un león hermoso y fuerte.
Toda la tarde se la pasó Gentilio asomado en el reflejo del lago, lamentándose de su horrible
aspecto. Sin embargo, a la caída de la tarde, el león oyó varios gritos desesperados a lo lejos:
¡Eran las ovejas! Un terrible lobo las acechaba para comérselas, y cuando Gentilio arribó al lugar
pudo ver que el lobo estaba persiguiendo nada más y nada menos que a su querida madre Bibi.
Las ovejas corrían en todas las direcciones muertas de miedo, pero Gentilio no sabía qué hacer. El
lobo estaba cada vez más cerca de atrapar a Bibi y cuando estuvo a punto de tragársela, Gentilio
sintió algo raro en su interior. El miedo se había convertido en furia, y sin notarlo, había asomado
sus enormes garras y sus colmillos mientras rugía con toda la fuerza de sus pulmones.
Tan grande fue su rugido que todas las ovejas se quedaron inmóviles, y por supuesto, el lobo
también se detuvo contemplando con asombro a Gentilio. Sin pensarlo dos veces, el lobo se
mandó a correr a toda velocidad, huyendo lejos del lugar para nunca volver, y así fue como las
ovejas pudieron quedar a salvo y respetaron desde ese día al noble de Gentilio, que aunque
seguía jugando con las aves y los conejitos, nunca más pudieron burlarse de él.
El pájaro flautista
En un lugar muy lejano llamado Pentagrama, habitaban animales que podían tocar instrumentos
musicales. Los pájaros, los conejos, los zorros y los osos, cada uno de ellos llevaba su instrumento
colgado en el cuello, y a cada minuto del día, entonaban bellas y agradables melodías que
alegraban todo el bosque.
En aquel lugar, vivía un pájaro flautista muy popular que todos admiraban por su talento. El pájaro
era invitado a todas las fiestas y siempre animaba a todos a su alrededor entonando canciones
maravillosas con su flauta. Cuando daba conciertos, los tickets se agotaban en instantes, y las
personas se abarrotaban cerca de la entrada para poder admirar la gracia con que el distinguido
pájaro manipulaba la flauta.
Cierta mañana, el pájaro despertó como de costumbre en su habitación y, cuál fue su sorpresa al
encontrar que su preciada flauta ya no estaba. ¿Cómo iba a poder interpretar sus bellas
canciones? ¿Quién habría podido ser capaz de robarle su querido instrumento?
Entre sollozos y sollozos, el pájaro descubrió una nota muy extraña sobre la puerta de su casita:
“Hemos tomado tu flauta y no podrás tocarla nunca jamás. Serás la burla de todo el reino”. Al leer
aquella nota, las patas endebles del pájaro comenzaron a flaquear, sintió un nudo en su garganta y
no tuvo más remedio que inventar un catarro para poder justificar su ausencia en los conciertos
que le esperaban aquel día.
Tras una semana de agonía y lento pesar, el pájaro decidió llamar a sus tres amigas las urracas.
“No lo podemos creer. Que crimen tan horrendo”, exclamaron al unísono las urracas revoloteando
de furia. “Por favor, amigas, ayúdenme a recuperar mi flauta”, sollozaba el pájaro con las alas en la
cabeza.
“No queda otro remedio que buscarla en todos los rincones del reino. Incluso debajo de las
piedras”, dijo una de las urracas y todos estuvieron de acuerdo. Sin tiempo que perder, el pájaro se
disfrazó de flor, una urraca de gusano, otra de cucaracha, y la última se disfrazó de roca, y así
salieron cada uno por su lado en busca de la flauta.
El pájaro vestido de flor visitó todos los teatros y los lugares donde tocaban los animales, pero
ninguno de ellos tenía su flauta. Al cabo de los días, cansado de tanto buscar, el pobre pájaro se
dio por vencido. “Esto es todo. No busco más”, y dicho aquello se retiró a su casa para llorar de
tristeza.
Mientras tanto, la urraca disfrazada de gusano visitó los talleres de instrumentos en busca de una
flauta llegada recientemente. Sin embargo, anduvo por horas entre violines, pianos y tambores, y
tampoco tuvo buena suerte con su búsqueda. “Me cansé de buscar”, gritó quitándose el disfraz y
volviendo a casa de su amigo el pájaro.
Del otro lado del reino, la urraca disfrazada de cucaracha tampoco pudo regresar a casa con
buenas noticias. Tras largo tiempo visitando las tiendas y los mercados, no pudo encontrar a nadie
que estuviese vendiendo una flauta, así que regresó por el mismo camino a casa de su amigo el
pájaro.
Finalmente, la tercera urraca disfrazada de roca, se quedó inmóvil en un solo lugar del bosque, y
aunque pasó largo tiempo sin probar bocado ni poder estirar sus alas, un buen día escuchó a dos
topos que cuchicheaban atentamente escondidos en la yerba.
“¿Estás seguro de que nadie nos escucha?”, preguntó el topo más pequeño. “No te preocupes,
estamos solos”, contestó el segundo más gordo y viejo. “Pronto echarán del reino al pájaro flautista
porque no tiene su instrumento” “Al fin nos libramos de ese idiota”, decían los topos riéndose en
voz baja.
Pero, lo que no sabían aquellos bribones era que la urraca disfrazada de piedra los estaba
escuchando, así que regresó rápidamente a casa del pájaro para contarle lo sucedido, y una vez
que llegaron a casa de los topos, esperaron a que estos se quedaran dormidos para entrar y
quitarles la flauta que tanto había añorado el pájaro.
Cuando cayó la noche, y tal como habían planeado, los cuatro amigos se colaron en la casita de
los topos que roncaban y roncaban sumidos en un profundo sueño. Después de andar un rato
buscando la flauta por fin la encontraron, pero ya era demasiado tarde. Los topos se habían
despertado y habían trancado la puerta para que el pájaro y las tres urracas no pudieran salir.
Asustado y temeroso, el pájaro tuvo entonces una brillante idea. “Tocaré mi flauta como solo yo lo
sé hacer y las personas de todo el reino vendrán enseguida a rescatarnos”. Y así lo hizo el pájaro
flautista. Tocó y tocó melodías hermosas y pronto la guarida de los topos se repletó de animales
que corrían a escuchar las canciones del pájaro. Cuando llegaron al lugar, los habitantes de
Pentagrama rescataron al pájaro y las urracas, y los topos recibieron un buen merecido por
haberse robado la flauta.
El perrito Junior
Había una vez un cachorrito peludo y hermoso de nombre Junior. El perrito había nacido junto a
sus hermanos bajo el cuidado de su madre, pero un buen día la suerte de Junior cambió. Un chico
que pasaba cerca de la guarida descubrió al perrito y decidió llevarlo consigo a casa.
Con el tiempo, el chico se aburrió del cachorrito y lo dejó abandonado en las calles donde creció
junto a las ratas, los gatos y otros perros que dormían a la intemperie y nunca tenían nada que
comer.
En pocas semanas, Junior se acostumbró a vivir como un perrito callejero, pero con la llegada del
invierno, cada vez se hacía más difícil conseguir comida y el frío era tan intenso que el pobre
perrito no podía dormir en las noches.
Un buen día, la gata Cloe le dijo a Junior: “Pronto moriremos si no hacemos algo. Conozco un lugar
lejos de aquí donde la comida nunca falta y el verano jamás se acaba. Ven conmigo, amigo”, y así
fue como partieron temprano en la mañana Junior y Cloe. Anduvieron por largas horas atravesando
el viento frío hasta que encontraron una cabaña abandonada a las afueras de la ciudad.
El interior de la casita era cálido y en la despensa de la cocina los dos amigos pudieron encontrar
algo de comida para calmar su hambre tan espantosa. Cuando se encontraban comiendo las
sobras de un pan viejo, apareció una perra furiosa gruñendo y mostrando sus dientes a los intrusos
que recién habían llegado.
“Por favor, no nos lastimes” – gimió la gata asustada, y como por arte de magia, la perra cambió su
aspecto y se quedó fijamente mirando a Junior. “Hijo mío”, dijo la madre al reconocer a su hijo y se
abalanzó para llenarlo de mimos y caricias.
Junior estaba confundido, pero al fin pudo reconocer el olor de su madre, y en poco tiempo
arribaron también sus hermanos que habían crecido como él y eran ahora grandes y fuertes. Junior
estaba tan contento que se había olvidado por completo de la gata, pero ésta interrumpió la
reunión familiar para recordarles aquel lugar hermoso al que debían ir para escapar del frío.
Todos estuvieron de acuerdo en emprender el viaje, y así lo hicieron con las primeras horas de luz
de la mañana. A pocos pasos del lugar, encontraron un viejo caballo atado a un coche de madera.
“Por favor señor caballo, llévenos en su coche lejos de aquí a un lugar donde nunca hace frío y la
comida no escasea”, dijeron los animales casi al unísono.
El caballo, que esperaba a su dueño mientras este dormía plácidamente en una cama al calor de la
chimenea, no lo pensó dos veces y decidió unirse al grupo para escapar hacia aquella tierra
maravillosa.
Cuando ya habían recorrido varios kilómetros, los animales encontraron una cueva oscura y se
dispusieron a pasar la helada noche. Entre tanta oscuridad, un topo les recibió con amabilidad, y al
oír la noticia de aquel lugar tan hermoso les pidió que lo llevaran a él y a su familia para no padecer
hambre nunca más.
Al día siguiente, el caballo ató el coche a su cuerpo y partió junto a la gata Cloe, Junior, la madre y
sus hermanos, y la familia del topo. Con gran entusiasmo, el grupo atravesó ríos y montañas,
poblados y desiertos, pero el frío no disminuía, y a medida que el día avanzaba las fuerzas
flaqueaban y no lograban avanzar.
“Debemos descansar”, dijo el caballo al ver un viejo molino al costado del camino. Tan pronto se
albergaron en el interior, el caballo volteó su coche para que los animales se acurrucaran, mientras
el topo conseguía algo de leña seca para encender el fuego. La madre de los perros salió de caza
y encontró afortunadamente un poco de comida para compartir entre todos, y finalmente, la gata
Cloe se dispuso a acomodar la paja bajo el coche para que estuviesen más cómodos.
Entonces, Junior se dio cuenta que habían encontrado ese lugar maravilloso en el que nunca más
se sentirían solos y abandonados. El perrito comprendió finalmente que mientras estuviesen juntos
siempre tendrían una esperanza de sobrevivir, y fue así como se quedaron en aquel lugar durante
todo el invierno y por muchos largos años, celebrando la gran familia en la que se habían
convertido.
La ratita blanca
Cuentan que la Reina de todas las Hadas mágicas del bosque, convocó un buen día a sus
hermanas a un banquete en su palacio. Sin perder un segundo, las hadas partieron con sus
mejores atuendos y atravesaron el bosque a toda velocidad, montadas a bordo de veloces
libélulas.
La menor de todas las hadas tenía por nombre Alba, y mientras se encontraba camino al palacio,
escuchó unos sollozos agitados desde una casita en lo profundo del bosque. Al acercarse al lugar,
descubrió dos pequeñines que lloraban desprotegidos y muertos de frío.
Entonces, Alba chasqueó sus dedos y la magia prendió fuego a la estufa para calentar a los niños,
cuyos padres habían ido a la ciudad para trabajar y poder comprar alimentos. “Pues hasta que no
aparezcan vuestros padres, no los dejaré solos” exclamó el hada bondadosa arropando a los
pequeñines.
Tiempo después, cuando le tocó marcharse, el hada iba por el camino pensando en el terrible
castigo que le esperaba por llegar tarde al banquete de la gran Reina. Y tanto fue su nerviosismo,
que olvidó la varita mágica en la casa de los niños. Al llegar al palacio, la Reina le regañó
fuertemente: “Además de llegar tarde a la ceremonia, también eres capaz de olvidar tu varita
mágica. Te castigaré por tu mal actuar”.
El resto de las hermanas, compasivas, pidieron a la Reina que el castigo no fuera eterno. “Sé que
todo ha sido por una buena causa, así que tu corazón bondadoso sólo será castigado por cien
años, y durante ese tiempo, andarás por el mundo en forma de ratita blanca”.
De esa manera, queridos amiguitos, cada vez que vemos una ratita blanca, significa que Alba aún
no ha cumplido su castigo, y que anda por mundo cuidando a los niños que se quedan solos sin
sus padres.
Pedro y el lobo
En un pequeño pueblito de campo, había una vez un pícaro muchacho que salía todas las
mañanas a pastar sus ovejas. Mientras descansaba tumbado en la yerba, el muchacho ocupaba su
pensamiento con bromas y ocurrencias para asustar a los nobles habitantes de aquel pueblito.
Un buen día, decidió divertirse de lo lindo, y bajó corriendo la colina desde donde pastaba.
“¡Auxilio! ¡Viene el lobo!” gritaba con toda la fuerza de sus pulmones una y otra vez. Los
campesinos del lugar, se armaron de maderos y cuchillos y salieron al encuentro del muchacho
para socorrerlo.
Sin embargo, al ver al pícaro soltando enormes carcajadas, comprendieron que se trataba de una
broma de mal gusto, por lo que regresaron a sus casas muy enfadados. El joven había reído tanto,
que quiso repetir la broma una vez más, y esperó a que los campesinos volvieran a sus labores
para comenzar a gritar.
“¡Auxilio! ¡Viene el lobo!” y salieron nuevamente las personas a socorrerlo, solo que esta vez,
terminaron aún más enfadados por las risotadas burlonas del jovenzuelo. Al día siguiente, el
muchacho se dispuso a pastar sus ovejas como de costumbre, cuando sintió un gruñido espantoso
a sus espaldas. Al volverse, notó la presencia de un temible lobo que le acechaba mostrando sus
dientes.
“¡Ayuda por favor! ¡Auxilio! ¡El lobo está devorando mis ovejas!” pero las personas, creyendo que
se trataba de otra de sus bromas, hicieron caso omiso a los gritos del joven. Y cierto es, que por
más que se empeñó en pedir auxilio, los campesinos continuaron realizando sus labores sin
prestar atención.
De esa manera, el lobo se zampó, una tras otra hasta no dejar ninguna, todas las ovejas del
muchacho, a quien jamás se le ocurrió volver a bromear con los habitantes de aquel pueblito, pues
aprendió que la mentira y el engaño nunca traen provecho alguno.