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Historia de los Autómatas

El documento describe la historia de los autómatas desde la antigüedad hasta la actualidad. Explica que los primeros autómatas se remontan a la prehistoria y que Herón de Alejandría fue el primero en recopilar información sobre ellos en el siglo I d.C. En la Edad Media, destacan los autómatas descritos en el Libro de Mecanismos Ingeniosos de los hermanos Banu Musa en el siglo IX. En el Renacimiento, figuras como Leonardo da Vinci y Juanelo Turriano diseñ
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Historia de los Autómatas

El documento describe la historia de los autómatas desde la antigüedad hasta la actualidad. Explica que los primeros autómatas se remontan a la prehistoria y que Herón de Alejandría fue el primero en recopilar información sobre ellos en el siglo I d.C. En la Edad Media, destacan los autómatas descritos en el Libro de Mecanismos Ingeniosos de los hermanos Banu Musa en el siglo IX. En el Renacimiento, figuras como Leonardo da Vinci y Juanelo Turriano diseñ
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Autómata (mecánico)

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Autómata en el Centre International de la Mécanique d'Art, en Suiza.


Autómata (del latín automăta y este del griego αὐτόματος autómatos, ‘espontáneo’ o
‘con movimiento propio’. Según la RAE, «máquina que imita la figura y los
movimientos de un ser animado»)1 es un equivalente tecnológico de lo que en la
actualidad serían los robots autónomos. Si el robot es antropomorfo se conoce como
androide.2

Índice
1 Origen de los primeros autómatas
2 Edad Media y Renacimiento
2.1 Libro de Mecanismos Ingeniosos
2.2 Alberto Magno
2.3 Al-Jazari
2.4 Leonardo da Vinci
2.5 Juanelo Turriano
2.6 René Descartes
3 Época de esplendor: siglo XVIII
3.1 Jacques de Vaucanson
3.2 Friedrich von Knauss
3.3 Pierre Jaquet-Droz
3.4 Jean Eugène Robert-Houdin
3.5 El Papamoscas
3.6 Calendura y Calendureta, de Elche
4 Autómatas en China y Japón
5 Última época: 1848-1914
6 Algunos tipos de autómatas
6.1 Cabezas y máquinas parlantes
6.2 Jugadores de ajedrez
7 Autómatas en la ficción
7.1 En la mitología
7.2 En la literatura
7.2.1 Literatura española
7.3 En el cine
8 Museos
9 Notas y referencias
10 Bibliografía
11 Enlaces externos
Origen de los primeros autómatas

Herón de Alejandría.
Históricamente los primeros autómatas se remontan a la prehistoria, cuando las
estatuas de algunos de dioses o reyes despedían fuego de los ojos, como era el caso
de una estatua de Osiris. Otras tenían brazos mecánicos operados por los sacerdotes
del templo, y otras, como la de Memon de Etiopía, emitían sonidos cuando los rayos
del sol las iluminaba, y así infundían temor y respeto a quien las contemplara.
Esta finalidad religiosa de los autómatas continuó hasta la Grecia clásica, en la
que se hicieron estatuas que se movían con energía hidráulica. Esos nuevos
conocimientos quedan plasmados en el primer libro sobre la figura de los robots
Autómata, escrito por Herón de Alejandría (10 d. C.-70 d. C.) donde se explica la
creación de mecanismos, muchos basados en los principios de Filón o Arquímedes,
realizados fundamentalmente como entretenimiento y que imitaban el movimiento, como
el de aves que gorjeaban, volaban y bebían, estatuas que servían vino o puertas
automáticas, todos producidos por el movimiento del agua, la gravedad o por
sistemas de palancas. También cabe destacar su “The Automaton Theatre”, sobre su
teatro de marionetas mecánicas que representaban la Guerra de Troya.
Aunque Herón es el primero en recopilar datos sobre los autómatas, otros anteriores
a él realizaron aportaciones, como es el caso de Archytas (428 a. C.-347 a. C.),
inventor del tornillo y la polea y famoso por su paloma mecánica capaz de volar
gracias a vapor de aire en propulsión. O el terrible sistema descrito por Polibio
(200 a. C.-118 a. C.) y utilizado por Nabis, tirano de Esparta, que consistía en un
artilugio con forma de mujer con clavos en su pecho y brazos y que abrazaba
mortalmente a todo aquel que incumplía sus pagos. Y otros aún más antiguos, pero de
más difícil autentificación, como el mítico Trono de Salomón, descrito en la Biblia
y otros textos árabes como un árbol de bronce con pájaros cantores, leones y grifos
mecánicos además de ser móvil, pudiendo elevarse desde el suelo hasta el techo.

Edad Media y Renacimiento


La Edad Media supone un avance en la creación de autómatas tras el período romano
en que no se generó ninguna aportación importante. El problema es que en muchos
casos la falta de fuentes o la poca consideración que se le ha dado a esta época ha
hecho que muchos inventos y artilugios producidos en este período hayan quedado en
el olvido.

Libro de Mecanismos Ingeniosos


El Libro de Mecanismos Ingeniosos es un libro escrito en el año 805 por los
hermanos Banu Musa (Ahmad, Muhammad y Hasan bin Musa ibn Shakir) en los que se
describe3 un centenar de mecanismos y autómatas, y cómo emplearlos.4

Los hermanos Banu Musa trabajaban en la Casa de la sabiduría, y el libro fue un


encargo del califa Al-Mamun, que dio instrucciones a los Banu Musa para recopilar
de las diversas obras grecolatinas que se habían conservado todo el saber al
respecto.5 Algunos de los artefactos se inspiraban en las obras de Herón de
Alejandría6 y Filón de Bizancio, así como en la antigua Persia, China e India.7
Otros muchos fueron invenciones de los propios hermanos Banu Musa.8

Alberto Magno
Nacido en 1206 en Baviera, teólogo, filósofo y hombre de ciencia, Alberto Magno fue
una de las figuras decisivas del pensamiento medieval. Se le han atribuido a lo
largo de la historia multitud de obras tanto de carácter mágico como de creación de
seres artificiales. En concreto dos, una de las llamadas “cabezas parlantes”, de
las que se hablará más adelante, y de un autómata de hierro que le servía como
mayordomo y en el que trabajó treinta años de su vida, el cual era capaz de andar,
abrir la puerta y saludar a los visitantes, aunque otros autores afirman que además
podía hacer más tareas caseras. Otra versión (que también se cuenta en la historia
de la cabeza parlante) narra que Tomás de Aquino, discípulo suyo, al ver aquel ser,
decidió destruirlo ya que estaba convencido de que la mano del diablo había
influido en su creación.

Al-Jazari

Reloj elefante creado por Al-Jazari.


Si se habla de avances científicos, Auilicos y tecnológicos se debe mencionar el
mundo árabe y a Al-Jazari (1260), uno de los más grandes ingenieros de la historia.
Inventor del cigüeñal y los primeros relojes mecánicos movidos por pesos y agua,
entre otros muchos inventos de control automático, estuvo también muy interesado en
la figura del autómata, creando una obra del mismo nombre (también llamada El libro
del conocimiento de los ingeniosos mecanismos) y considerada una de las más
importantes sobre la historia de la tecnología. Dentro de esta vertiente cabe
destacar su complejo reloj elefante, animado por seres humanos y animales mecánicos
que se movían y marcaban las horas, o un autómata con forma humana que servía
distintos tipos de bebidas.

Leonardo da Vinci
Artículo principal: Robot de Leonardo
Leonardo da Vinci (1452-1519), hombre por excelencia del Renacimiento, diseñó al
menos dos autómatas de los que se tenga constancia. El primero se considera también
uno de los primeros con forma completamente humana, vestido con una armadura
medieval. Fue diseñado alrededor del año 1495, aunque como muchos otros inventos de
Leonardo no fue construido. Este mecanismo fue reconstruido en la actualidad según
los dibujos originales y podía mover los brazos, girar la cabeza y sentarse. El
segundo, mucho más ambicioso, se trató de un león mecánico construido a petición de
Francisco I, rey de Francia (1515), para facilitar las conversaciones de paz entre
el rey francés y el papa León X. Mediante diversos artificios, iba de una
habitación a otra, donde se encontraba el monarca; en un momento dado, abrió su
pecho y todos pudieron comprobar que estaba lleno de lirios y otras flores,
representado así un antiguo símbolo de Florencia (el león) y la flor de lis que
Luis XII regaló a la ciudad como señal de amistad.

Juanelo Turriano
Gran ingeniero del siglo XVI, Juanelo Turriano trabajó en España a las órdenes de
Carlos V como relojero de la corte. Fue inventor de multitud de mecanismos, siendo
el más famoso el llamado “artilugio de Juanelo”, una obra de ingeniería capaz de
llevar el agua desde el Tajo al Alcázar de Toledo, aunque jamás le pagaron por
aquella obra. En esa ciudad se le atribuye a Turriano la creación de un autómata
(entre otros muchos, como danzarines, guerreros o pájaros voladores) llamado “El
Hombre de Palo” (del que queda constancia en el nombre de una calle de Toledo), un
sirviente autómata que se diferenciaba del resto por estar hecho de madera y que
recorría las calles pidiendo limosna para su dueño, haciendo una reverencia cuando
la conseguía. Otros autores más conservadores solo consideran a este autómata un
muñeco de palo estático, que se colocó en la ciudad para recoger fondos para la
apertura de un hospital.

René Descartes
Uno de los más famosos casos de creación de un autómata humano, pero también donde
es más difícil separar la historia de la ficción, es la historia de René Descartes
(1596-1650) y su hija autómata. Una de las principales ideas cartesianas era la
consideración de todos los animales como complejos autómatas, seres privados de
todo estado mental, que solo actuaban por supervivencia y que en la práctica su
carne y huesos funcionaban como la mecánica de un artilugio. Pero cuentan que tras
la muerte de su hija ilegítima Francine, de cinco años de edad, se sintió tan
deprimido que se propuso construir una muñeca autómata lo más parecida a la
fallecida, uniéndose tanto a aquella figura que según describen la trataba como “mi
hija Francine”. Su inseparable unión hizo que la llevara de viaje cruzando el mar
de Holanda. La tenía guardada en un cofre dentro de su camarote. El capitán del
barco, intrigado por su contenido, consiguió entrar en el camarote y abrir el
cofre. Cual fue su espanto al comprobar que aquella muñeca se levantaba y movía. El
capitán, horrorizado, la tiró por la borda. Entonces Descartes, que solía
destacarse por su mal humor, mató al capitán y lo tiró por la borda, al igual que
había hecho con la muñeca.

Época de esplendor: siglo XVIII


Con la entrada en el siglo XVIII y los consiguientes avances en materia de
relojería se llega a la que se considera la época donde mejores y más perfectos
autómatas se realizaron de la historia. Su desarrollo, dominado por el carácter
científico, ponía de relieve la obsesión por intentar reproducir lo más fielmente
posible los movimientos y comportamientos de los seres vivos.

Jacques de Vaucanson

El canard digérateur de Jacques de Vaucanson, aclamado en 1739 como el primer


autómata capaz de hacer la digestión.
Nacido un 24 de febrero de 1709, Jacques de Vaucanson, excelente relojero pero con
amplios conocimientos de música, anatomía y mecánica, quería demostrar mediante sus
autómatas la realización de principios biológicos básicos, tales como la
circulación, la digestión o la respiración. Sobre esta última función versó su
primera creación, “El Flautista”, figura con forma de pastor y de tamaño natural
que tocaba el tambor y la flauta con un variado repertorio musical. Vaucanson lo
presentó en la Academia de Ciencias de Francia cosechando un gran éxito. Más tarde,
en 1738, crea su segundo autómata, llamado “El Tamborilero”, como una versión
mejorada del primero. En esta ocasión la figura tocaba la zampoña de Provenza y el
tamboril con veinte melodías distintas. El tercero y más famoso fue el “Pato con
aparato digestivo”, transparente y compuesto por más de cuatrocientas partes
móviles y que batía las alas, comía y realizaba completamente la digestión imitando
al mínimo detalle el comportamiento natural del ave. Aunque en realidad el pato era
un engaño, pues lo que comía no era lo mismo que defecaba, sino que al interior del
pato había un compartimento en el que se depositaba el grano que comía y del que
salía algo parecido a un excremento. Pasados los años, Vaucanson, cansado de su
propia obra, vendió las figuras en 1743.

Friedrich von Knauss


Inventor del siglo XVIII (1724-1789), Friedrich von Knauss fue el creador de uno de
los primeros autómatas escritores. Esta compleja creación la formaba una esfera
sostenida por dos águilas de bronce; en ella la figura de una diosa sirve de musa
al autómata, que con su largo brazo escribe en una hoja en blanco lo que
previamente se le ha ordenado realizar. El sistema de funcionamiento es capaz de
hacer que el autómata moje la pluma en el tintero para poder escribir y cuenta con
un sistema para pasar la página cuando ésta ha quedado escrita.

Pierre Jaquet-Droz
Artículo principal: Autómatas de Jaquet-Droz

«La pianista» de Jaquet-Droz.


Posiblemente el mejor y más conocido creador de autómatas de la historia. Pierre
Jaquet-Droz, suizo nacido en 1721, fue el responsable de los tres autómatas más
complejos y famosos del siglo XVIII. Sus tres obras maestras («La pianista», «El
dibujante» y «El escritor») causaron asombro en la época, llegando a ser
contemplados por reyes y emperadores tanto de Europa como de China, India o Japón.

El primero de ellos, «La pianista», es un autómata con forma de mujer que toca el
órgano, con la particularidad de que es la propia figura la que interpreta las
obras pulsando las teclas con sus dedos sin tener el sonido pregrabado o procedente
de otro lugar. Compuesta por 2500 piezas, podía mover los ojos dirigiendo la mirada
del piano a los dedos, inclinar el cuerpo, respirar y al finalizar cada tema hacer
una reverencia.

«El dibujante», por otra parte, estaba compuesto por unas 2000 piezas, tenía forma
de niño sentado en un pupitre y podía realizar hasta cuatro dibujos distintos. Al
igual que el anterior, imitaba el comportamiento mientras realizaba la tarea,
moviendo los ojos, las manos o incluso soplando en el papel para eliminar los
restos del polvo del lápiz.

El último, y más complejo de los tres autómatas, es «El escritor», compuesto por
más de 6000 piezas. Podía escribir utilizando la pluma gracias a una rueda donde se
seleccionaban los caracteres uno a uno, pudiendo escribir así pequeños textos de
unas cuarenta palabras de longitud. Como los anteriores, realizaba movimientos
propios de un ser humano, como mojar la tinta y escurrir el sobrante para no
manchar el papel, levantar la pluma como si estuviera pensando, respetando los
espacios y puntos y aparte, además de seguir con la mirada el papel y la pluma
mientras escribía.

Los tres autómatas se pueden contemplar en el Musée d’Art et d’Histoire de


Neuchâtel, Suiza.

Jean Eugène Robert-Houdin

El Papamoscas de la catedral de Burgos.


La fama de los autómatas de Von Knauss y Jaquet-Droz llevó a muchos ilusionistas y
prestidigitadores a incorporar trucos con autómatas en sus espectáculos. Es el caso
de Jean Eugène Robert-Houdin, que creó varios autómatas que, aunque mecánicos,
estaban más cerca del mundo de la magia. Cabe destacar un busto cantante donde se
mostraba un sistema de engranajes con el que se decía que la figura cantaba, aunque
la realidad es que detrás de ese mecanismo se encontraba una cantante auténtica.
También fue responsable de un autómata escritor que dibujaba lo que el público le
pedía o el truco del autómata llamado “El Pastelero del Palais Royal”, que traía al
mago todos los platos y bebidas que este le pedía, entre otros muchos.

El Papamoscas
Artículo principal: Papamoscas (Burgos)
De estas fechas data el famoso autómata de la catedral de Burgos, el Papamoscas,
cuya misión es la de tocar las campanas señalando la hora: lo hace moviendo su
brazo derecho (con el que mueve, a través de una campana, un badajo) al mismo
tiempo que abre y cierra la boca. Si bien el mecanismo actual es del siglo XVIII,
sustituye a un artilugio parecido de fecha anterior.

Calendura y Calendureta, de Elche


Artículo principal: Calendura y Calendureta
En 1759 el Consell de Elche votó por añadir dos autómatas al campanario construido
en 1572 sobre la Torre de la Vetla o Centinela de la antigua muralla, la continua a
la Torre del Consell, hoy Ayuntamiento de Elche; ambas del S. XV. El 29 de
septiembre del mismo año fueron "bautizados" los dos autómatas: Miquel Calendura,
el mayor, que da las horas, y Vicente sin padre, el pequeño, que da los cuartos.
Los nombres corresponden al de las campanas S. Miguel y S. Vicente Ferrer y
derivado de Calenda, relativo a la medición del tiempo. Hoy día se les conoce
popularmente como Calendura y Calendureta. A Vicent, el pueblo le añadió
Calendureta, como diminutivo de Calendura. Tras más de 2 siglos y medio siguen
marcando las horas a los ilicitanos e ilicitanas, siendo de los pocos
supervivientes del levante español.

Autómatas en China y Japón

Karakuri japonés.
La cultura asiática, especialmente China y Japón, ha tenido una gran tradición de
autómatas que se ha mantenido desde tiempos muy antiguos hasta la actualidad. Ya en
el año 2000 a. C. se cuentan leyendas chinas sobre autómatas, como la creada por el
hijo del rey Tach`uan, hecho de madera, y tan semejante al hombre que confundía a
todos los que lo veían, hasta que descubren su naturaleza y es destruido. En
tiempos más cercanos se habla de varios emperadores chinos que, curiosos por estos
inventos, apoyaron la creación de todo tipo de autómatas, desde los que poseían
forma animal (pájaros, caballos, gatos, monos, etcétera) hasta otros con forma
humana y que andaban, bailan o tocaban instrumentos.

En el Japón de los siglos XVIII y XIX los autómatas consiguieron un alto grado de
importancia y complejidad. Se les llamaba karakuri, que se podría traducir como
“aparatos mecánicos para producir la sorpresa en una persona” y se distinguían tres
tipos de figuras: las Butai Karakuri, que se usaban en el teatro, las Zashiki
Karakuri, más pequeñas y con las que se jugaba en las habitaciones, y las Dashi
Karakuri, que se utilizaban en las festividades religiosas. Su mayor tarea era la
representación de mitos y leyendas tradicionales aunque existían de todo tipo, como
algunos que servían el té o lanzaban flechas con un arco. Ya entrados en el siglo
XX y XXI se ve cómo la tradición del karakuri se mantiene en los modernos robots
japoneses, con la creación de complejísimos robots antropomorfos como ASIMO, QRIO o
Repliee Q1 o mascotas robóticas como Aibo, descendiente directo de los autómatas
animales de siglos pasados.

Última época: 1848-1914

Caja de pájaro cantor autómata fabricada hacia 1890 por la casa francesa Bontems.
Caja de carey con autómata finamente elaborado compuesto por plumaje iridiscente de
colibrí y pico de hueso.
A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX se siguieron creando autómatas de
todo tipo, pero la realidad es que no fueron tan elaborados como sus antecesores y
estuvieron más guiados al mundo del espectáculo y al comercio, como las
autoperipatetikos. Entre los más importantes caben destacar “La pareja”, de
Alexander Nicolas Theroude, los autómatas animales de Blaise Bontems, las figuras
que realizaban pequeños trucos de magia o la encantadora de serpientes de Roullet &
Decamps, el fumador turco de Leopold Lambert, los escarceos con el mundo de los
autómatas de científicos como Nikola Tesla y su robot sumergible con mando a
distancia o el autómata caminante de George Moore con forma humana y movido por la
fuerza del vapor que podía recorrer distancias a casi 9 millas por hora.
Finalmente, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la industria de los
autómatas desaparece y no renacerá hasta la llegada de los modernos robots.

Algunos tipos de autómatas


Cabezas y máquinas parlantes
Dentro de los autómatas hay un grupo que ha tenido una gran difusión a lo largo de
la historia, las cabezas parlantes, seres que se creían entre la mecánica y la
magia que hablaban, aconsejaban a sus dueños o predecían el futuro. La leyenda y el
mito han influido mucho en este tipo de mecanismos, encontrándose las primeras
versiones en antiguos cuentos árabes. Uno de los ejemplos más famosos es la cabeza
con forma de hombre de Roger Bacon (1214-1294), hecha de latón y que podía
responder a preguntas sobre el futuro, la de Alberto Magno con forma de mujer, la
de Valentín Merbitz que decían que hablaba varios idiomas (algunos decían que
gracias a un ventrílocuo), la cabeza parlante del papa Silvestre II que respondía
aleatoriamente “sí” o “no” a las preguntas que se le hacían, o la figura de la
santa que hablaba de Atanasio Kircher, además de su libro “Misurgia Universalis”,
donde describe con detalle la creación de figuras que podían mover los ojos, labios
y lengua.

En cualquier caso, la mayoría de ellas conseguían la “voz” a través de diversos


sistemas. El primero con base documental en conseguirlo fue Kratzenstein, que con
un sistema de tubos de órgano podía reproducir las vocales. Más tarde Wolfrang von
Kempelen explicaba en una de sus obras cómo fabricar y manipular una de estas
máquinas para que pudiera pronunciar algunas frases breves a través de una especie
de fuelle por el que pasaba el aire y se modulaban los sonidos. O las creadas por
el abate Mical, de tamaño natural y que, exhibidas de dos en dos, se contestaban la
una a la otra. Ya en el siglo XIX Joseph Faber ideó la versión más perfecta de
estas máquinas, bautizada como Euphonia, que se utilizaba como el órgano de una
iglesia y que podía desde recitar el alfabeto hasta responder preguntas, susurrar o
reír.

Jugadores de ajedrez

"El Turco" tal y como lo veía el público.

Posible funcionamiento real de "El Turco".


Wolfgang von Kempelen fue el inventor, como se ha señalado anteriormente, de una de
las primeras máquinas parlantes, y fue también creador de uno de los más famosos
autómatas de la historia, que a su vez, fue uno de los mayores fraudes de su
tiempo, pero que, a pesar de ello, impulsó la creación de autómatas jugadores de
ajedrez hasta casi nuestros días. Se trata de “El Turco”.

Construido en 1769, “El Turco” estaba formado por una mesa donde estaba colocado un
maniquí con forma humana vestido con ropajes árabes. Una puerta en la parte frontal
se abría y dejaba ver el supuesto mecanismo de funcionamiento del autómata. Este
jugador fue una de las mayores atracciones de la época ya que, según contaban, era
invencible. Viajó a lo largo de Europa aún después de la muerte de su creador,
pasando a manos de Johan Maezel, llegando a derrotar al mismísimo Napoleón
Bonaparte durante la campaña de la Batalla de Wagram. Después de viajar por Estados
Unidos aterriza en Cuba, donde muere William Schlumberger, ayudante de Maezel, y
posible encargado de introducirse dentro del autómata para jugar las partidas, ya
que después de esta muerte “El Turco” dejó de exhibirse hasta acabar destruido en
1845 en el gran incendio de Filadelfia. Más tarde se dijo que, a lo largo de su
historia, el autómata había tenido varios operadores que movían el mecanismo
gracias a un tablero de ajedrez secundario. Cada pieza del tablero principal
contenía un imán, así el operador podía saber qué pieza había sido movida y dónde.
El operador hacía su movimiento mediante un mecanismo que podía encajarse en el
tablero secundario, indicando al maniquí dónde mover.

La fama de este autómata hizo que se crearan otras muchas réplicas con el mismo
truco de funcionamiento, algunas de ellas en el siglo XIX, como es el caso de
Ajeeb, presentado por Charles Arthur Hooper en 1868; Ajeeb iba vestido de egipcio y
fue exhibido muchas veces en Europa y América hasta 1929, cuando también fue
destruido en un incendio; este autómata consiguió ganar un torneo de ajedrez en
Londres sin que nadie se percatara del artificio. También Mephisto, nacido en 1876
de la mano de Charles Godfrey Gumpley, fabricante de libros ortopédicos, se
enfrentó a varios jugadores importantes como Henry Bird y Joseph Henry Blackburne,
manejado según parece por Gunsberg.9

Sin embargo, sí existió un autómata cuyo funcionamiento era totalmente real. Su


creación se debe al español Leonardo Torres Quevedo, ingeniero y matemático,
inventor de “El Ajedrecista”, presentado en la feria de París de 1914. Funcionaba
utilizando unos electroimanes bajo el tablero, jugando automáticamente hasta el
final con un rey y una torre contra un rey desde cualquier posición sin ninguna
intervención humana.

Así, se puede considerar a estos autómatas, tanto los falsos como los reales, como
pioneros de los modernos juegos de ajedrez informáticos y de ordenadores como Deep
Blue, que mantienen el mismo espíritu y objetivos que sus predecesores: conseguir
que una máquina pueda vencer a la mente humana.

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