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La Filosofía de La Mente de Georg Henrik Von Wright

En este trabajo hacemos un breve recuento de la filosofía de la mente de von Wright, llevada a cabo mediante un fino análisis del lenguaje y siguiendo la huella de su maestro Ludwig Wittgenstein.

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La Filosofía de La Mente de Georg Henrik Von Wright

En este trabajo hacemos un breve recuento de la filosofía de la mente de von Wright, llevada a cabo mediante un fino análisis del lenguaje y siguiendo la huella de su maestro Ludwig Wittgenstein.

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La explicación comprensiva de la acción en G. H.

von Wright
Carlos Blank

Introducción: el filósofo que llegó del frío.

El pensamiento de Georg Henrik von Wright constituye una de las contribuciones más
importantes del siglo XX –para algunos la más importante 1- al análisis de la acción
humana, a eso que suele llamarse, con un rótulo más general, “filosofía de la acción” o
“filosofía práctica”. Si bien comenzó ocupándose de cuestiones relativas a la lógica de
la inducción científica, eso lo llevó a interesarse por cuestiones relacionadas con los
problemas metodológicos y lógicos que plantean las acciones humanas y las normas,
siendo el fundador de la lógica deóntica contemporánea 2 y con contribuciones
importantes al desarrollo de las lógicas modales contemporáneas. Posteriormente se
ocupará de los problemas relacionados con la explicación de las acciones y la necesidad
de encontrar un modelo alternativo que haga justicia a la especificidad de la acción
humana. También se ocupará de temas relacionados con la filosofía de la mente y hará
una serie de análisis muy detallados y pormenorizados de las dificultades que
encontramos a la hora de realizar una explicación satisfactoria de la acción humana.
Como buen discípulo de Wittgenstein3 –cabe recordar que fue el sucesor de
Wittgenstein en Cambridge (1948-51) y uno de los albaceas, junto con Rhees y
Anscombe, de sus escritos no publicados o Nachlass- siempre estaba revisando su obra
y nunca estaba completamente satisfecho con ella. Lo cual la hace más interesante y
variada, no sólo por la amplitud de sus conocimientos e intereses sino porque siempre
aportaba nuevos elementos de análisis o nuevas consideraciones a su propia obra. De
hecho, von Wright consideraba que esa era el legado –esencialmente negativo- más
importante que había obtenido de Wittgenstein, ser enemigo de las soluciones simples o
finales, desconfiar de resultados definitivos y mantenerse siempre alerta frente a los
matices conceptuales y las complejas situaciones a las cuales se enfrenta el pensamiento
filosófico. Por su parte, Wittgenstein consideraba a von Wright como posiblemente el
único que había sido capaz de comprenderlo y admiraba que mantuviese también su
independencia de criterios y su propio estilo de pensamiento.4
Georg Henrik von Wright nació en Helsinki el 14 de Junio de de 1916 y
falleció y falleció en esa misma ciudad el 16 de Junio de 2003, a la edad de
87 años. Fue un filósofo y un lógico de enorme influencia, que contribuyó al
esclarecimiento conceptual de un buen número de problemas filosóficos, y
al mismo tiempo un intelectual y un ensayista profundo, que en su empeño
de no ceder al dogmatismo sometió a revisión una y otra vez los
presupuestos culturales de nuestro modo de ver el mundo.5
Bajo la influencia de Eino Kaila, se introdujo en el pensamiento de aquella corriente de
importantes pensadores vinculados o miembros del Círculo de Viena –entre los
primeros suele mencionarse al primer Wittgenstein-, aunque será precisamente bajo la
influencia del segundo Wittgenstein que abandonará el enfoque positivista del Círculo y
ampliará el horizonte de sus intereses. Como destaca González Lagier, en sus breves
pero ilustrativas notas, “von Wright ha dicho que debe la forma de su filosofía a Eino
Kaila y el contenido a Ludwig Wittgenstein.”6
Adicionalmente, puede señalarse que si lo dicho hasta aquí no fuese suficiente para
destacar los méritos propios, puede señalarse también que ayudó a formar una escuela
finlandesa, entre cuyos discípulos destaca de manera especial y también con méritos
propios, Jaakko Hintikka7, el cual también ha tenido importantes seguidores como Risto
Hilpinen y Raimo Tuomela, entre otros.8 Aunque sin duda la influencia de von Wright
trasciende sus fronteras de su país de origen, Finlandia, y tiene fuertes ramificaciones
en EEUU y el resto de Europa, incluso en América del Sur 9. En todo caso,
consideramos que es ese combate al dogmatismo y la necesidad de revisar
constantemente su obra el legado más importante de von Wright. Por eso quisiéramos
terminar esta breve introducción con las excelentes palabras con que Niiniluoto termina
su entrevista en la revista The Reasoner -a la que ya hemos hecho referencia-, pues
recoge este espíritu con precisión.
Como un realista científico crítico, soy un falibilista que aprueba la
corregibilidad de todo conocimiento humano. El dogmatismo científico es
perjudicial, ya que está en conflicto con el carácter de auto-corrección de la
ciencia e inhibe el progreso científico. Pero los propios científicos deben ser
capaces de estimar la fiabilidad de sus conclusiones tentativas. Cuando la
comunidad científica llega a un consenso sobre alguna cuestión, la crítica
abierta debe ser permitida todavía, pero, naturalmente, un cambio en la
opinión prevaleciente necesitaría fuertes contra-argumentos científicos y
nueva evidencia. Como expertos en el pensamiento crítico, los filósofos
deben ayudar en este tipo de episodios evaluando el peso de los argumentos
y las posiciones rivales.10

La tradición galileana y la tradición aristotélica

La que sin duda es la obra más conocida de von Wright, Explicación y Comprensión,
publicada originalmente en 1971, fue producto de uno de esos cambios o giros que él
solía hacer a la hora de abordar los problemas, en especial, los problemas de la acción,
que se mantuvieron como el centro de atracción de su pensamiento filosófico. Como lo
señala en el Prefacio:
Este libro ha sido fruto de un interés personal por la teoría de la acción,
resultante a su vez de mi interés por normas y valores. Me sentía en un
principio atraído por los aspectos lógico-formales de los conceptos relativos
a la acción. Era este un campo poco cultivado anteriormente, pero cuya
elucidación parecía imponerse si la “lógica deóntica” había de contar con
una base firme. Mi interés se desplazó de la lógica de la acción a la
explicación de la acción. El libro de Charles Taylor, The Explanation of
Behaviour, había llegado a producirme una honda impresión intelectual. Me
hizo comprender cuán profundamente calan los problemas de la explicación
en la problemática no sólo de la filosofía de la ciencia, sino de la filosofía en
general. De modo que, finalmente, lo que comenzara siendo un estudio de la
acción llegó a convertirse en una contribución a la venerable cuestión de
cómo se relacionan las ciencias de la naturaleza con el estudio del hombre.11
En efecto, la que es posiblemente su más conocida contribución a esta “venerable
cuestión” es su distinción entre dos importantes tradiciones: la tradición galileana y la
tradición aristotélica. Esta distinción recoge polémicas sobre el método científico,
como la suscitada entre la filosofía de corte positivista como las de Comte o Mill y la
filosofía de corte hermenéutico como las de Droysen, Dilthey, Simmel, Weber, Rickert
o Collingwood.12 O más recientemente, las que se originaron a raíz de las
reformulaciones del positivismo llevadas a cabo por el positivismo lógico y su debate
con la Escuela de Frankfurt o con Gadamer. Por los nombres involucrados algunos
pueden pensar que una de estas tradiciones, la galileana, es más reciente, mientras que
la otra, la aristotélica, hunde sus raíces en un pasado filosófico más remoto. Sin
embargo, nos aclara el autor, ello no sería del todo acertado.
En la historia de las ideas cabe distinguir dos tradiciones importantes, que
difieren en el planteamiento de las condiciones a satisfacer por una
explicación científicamente respetable. Una de ellas ha sido calificada a
veces de aristotélica, la otra de galileana. Estas calificaciones sugieren que
la primera tiene venerables raíces en la historia intelectual del hombre,
mientras que la segunda es de origen relativamente reciente. Hay algo de
verdad en todo esto, pero no estarían de más ciertas reservas. Lo que aquí
llamo tradición galileana cuenta con una ascendencia que se remonta más
allá de Aristóteles a Platón. Habría que cuidarse también de pensar que la
tradición aristotélica representa en la actualidad no más que la supervivencia
marchita de elementos anticuados de los que la ciencia se ha venido
“liberando” gradualmente.13
También podemos referirnos a ambas tradiciones con los rótulos de explicación causal o
mecanicista en contraposición a la explicación teleológica o finalista. Aunque como nos
lo recuerda siempre von Wright estamos en presencia de etiquetas que tienen un valor
heurístico pero que debemos tomar siempre con cautela o cum grano salis, pues no
siempre recogen toda la gama posible de matices que se esconden detrás de estos
términos.14Hecha esta salvedad podemos pasar a caracterizar mejor cada una de estas
tradiciones y destacar, no obstante lo anterior, la importancia de mantener esta
diferenciación de tradiciones y modos de explicación. Podría decirse que la tradición
galileana –agrupando allí tanto al positivismo clásico como al neopositivismo- recoge
las siguientes características generales:
1)El monismo metodológico o la defensa del carácter único del método
científico, si bien siempre puede haber diferencias o matices a la hora de definir
dicho método.
2)La consideración de la física matemática como el ideal o el canon que deben
imitar todas las ciencias, incluyendo las ciencias sociales y las humanidades –
cabe recordar aquí que Comte quería llamar a la sociología “física social”.
3)La consideración de la explicación causal como el modelo de explicación por
antonomasia, por lo que cualquier otro tipo de explicación que apele a razones,
motivos, intenciones, propósitos, debe ser descartada por carecer de valor
científico o expurgada de sus remanentes vitalistas o animistas, para pasar a ser
una explicación seria o de verdad, a saber, una explicación causal.
4)La consideración de que explicación y predicción son simétricas, vale decir,
podemos explicar un fenómeno cuando somos capaces también de predecirlo o
que una explicación no es sino una predicción al revés. Ello es así porque
explicar, en rigor, significa ser capaces de atribuir un determinado fenómeno
particular a una ley general. Es por esta última característica que también se
conoce a esta postura como el “modelo de cobertura legal” (“Covering Law
Model”) o modelo nomológico-deductivo.
La formulación más elaborada de este modelo de cobertura legal o nomológico-
deductivo ha sido hecha Carl Gustav Hempel, miembro del Circulo de Berlín -al que
perteneció también Hans Reichebach-, y que, como la mayoría, se vio en la necesidad
de emigrar a los EEUU. La posición de Hempel es ampliamente conocida y está muy
gráficamente expuesta en un librito titulado, Filosofía de la ciencia natural, convertido
ya en un clásico y donde a través de un conocido caso histórico, el trágico caso de Ignaz
Semmelweis15, se ilustran los pasos característicos de la contrastación de hipótesis y se
desmonta, de paso, la concepción inductivista estrecha de la investigación científica que
predomina en las filosofías de la ciencia.16 A su vez, dentro del modelo de cobertura
legal hace una diferenciación entre el modelo nomológico-deductivo y el modelo
probabilístico-inductivo. Aunque la posición de Hempel es ampliamente conocida entre
los que se ocupan de estos temas, podemos citar a von Wright para recordárnosla.
Sea E un acontecimiento cuya ocurrencia en alguna ocasión es conocida y
se ve precisada de explicación. ¿Por qué ha ocurrido E? Con vistas a
responder a esta cuestión, indicamos algún otro acontecimiento o estado de
cosas determinado E1,…, Em y apuntamos una o varias proposiciones
generales o leyes L1,…, Ln, tales que la ocurrencia de E (en el momento
considerado) se sigue lógicamente de esas leyes y del hecho de que aquellos
otros acontecimientos (estados de cosas) haya ocurrido (se haya dado).
E en la descripción precedente del modelo nomológico-deductivo de
Hempel, representa el explanandum o explicandum. También llamaré a E
objeto de la explicación. Llamaré a E1,…, Em, explanans o explicatum.
También pueden considerarse base de la explicación. L1,…Ln, son las leyes
de cobertura bajo las que la explicación subsume tanto el explanans como el
explanandum.17
De hecho el esquema que utiliza Hempel en el libro de marras es:

L1, L2, …, Lr Explanans


C1, C2, …, Ck
__________________
E Explanandun

Como se sabe este esquema explicativo plantea una serie de dificultades. Por lo pronto,
sabemos que de acuerdo a este modelo la verdad de las premisas se transmite
necesariamente a la conclusión –a diferencia de lo que sucede en el probabilístico-
inductivo-, de tal modo que si resulta ser el caso que la conclusión es falsa también son
falsas las premisas. El problema está en decidir en el caso del explanans cuáles
condiciones o estados de cosas habría que suprimir, o cuáles hipótesis, si fuera también
el caso, habría que descartar o reformular. El conocido como problema Duhem-Quine
destaca que por medios puramente lógicos es imposible resolver esta cuestión y que
siempre es posible, aunque no siempre deseable, la utilización de hipótesis ad hoc para
“resolver” esta dificultad.
Lo que nos interesa aquí es, sin embargo, si este modelo puede dar cuenta
satisfactoriamente de la explicación de la acción humana o, en palabras de von Wright,
“el test definitivo para juzgar sobre la validez universal de la teoría de la explicación por
subsunción es la de si puede hacerse cargo cabalmente de la explicación de las
acciones.”18Para Hempel el hecho de que este modelo no se pueda aplicar todavía a la
explicación histórica, por ejemplo, es porque hay una gran complejidad prima facie, por
lo que tenemos que conformarnos con meros bosquejos incompletos de explicaciones,
mientras buscamos hipótesis explicativas más profundas y completas. En el caso
particular de la acción motivada por razones, el esquema a seguir sería también el
siguiente:
(a)A está en una situación de tipo C
(b)A está dispuesto a actuar racionalmente
(c)Cualquier persona dispuesta a actuar racionalmente, cuando esté en una
situación de tipo C, hará invariablemente (con alta probabilidad) X
El esquema anterior incluye ambos submodelos de cobertura legal: el nomológico-
deductivo y el probabilístico-inductivo, y, entonces, concluye Hempel, “en tanto que
una razón explica la acción de un agente, dicha explicación se ajusta a uno de los dos
modelos nomológicos.”19
Para otros, en cambio, estamos hablando de una imposibilidad en principio y de la
necesidad de encontrar otras vías de explicación más apropiadas para el objeto de
nuestra explicación: las acciones humanas. De nuevo von Wright destaca la
importancia que tuvo, al menos en el círculo de la filosofía analítica, la obra ya
mencionada de Charles Taylor.
Los trabajos de Anscombe y Dray reflejan el creciente interés, en el seno de
la filosofía analítica, por el concepto de acción y por las formas de discurso
práctico. A esta obra pionera ha seguido buen número de contribuciones
posteriores. Pero no fue hasta la aparición del importante libro de Charles
Taylor, The Explanation of Behaviour, en 1964, cuando esta nueva
orientación de la filosofía analítica llegó a conectar con la teoría de la
explicación en psicología y en las otras ciencias de la conducta. Como
sucediera con las contribuciones de la cibernética, si bien con muy dispar
talante, la obra de Taylor ha reavivado el debate en torno a la teleología en
la filosofía de la ciencia. Cabe destacar esta diferencia de talante como la
existente entre las perspectivas galileana y aristotélica sobre la conducta
motivada por propósitos. 20
Otra obra que ha tenido gran resonancia, especialmente en el campo de las ciencias
sociales, es el libro de Peter Winch The Idea of a Social Science, publicado en 1958,
libro que también acusa la influencia del segundo Wittgenstein.21 También los trabajos
de Apel están señalados por von Wright en esta dirección, quien por cierto tomará el
aporte del pensador finlandés en su conocida obra, Understanding and Explanation. A
Trascendental-Pragmatic Perspective, publicada originalmente en 1979. Von Wright
considera que esa convergencia entre la corriente analítica fuertemente influenciada por
el último Wittgenstein y la corriente de orientación hermenéutica no es producto del
azar sino que responde a la presencia de importantes afinidades entre ambas corrientes.
Hay dos características de la hermenéutica que resultan especialmente
notables a la vista de su afinidad con la filosofía analítica. La primera es el
lugar central en ella reservado a la idea de lenguaje y a nociones de
orientación lingüística como significado, intencionalidad, interpretación y
comprensión. Ello queda reflejado en su mismo nombre “hermenéutica” que
significa arte de la interpretación. Los problemas que interesan a los
filósofos hermenéuticos son en buena medida los problemas que también
aparecen por doquier en la filosofía de Wittgenstein, especialmente en sus
últimas fases de desarrollo. No sería sorprendente que esta afinidad, una vez
reconocida claramente, condujera a un impacto de Wittgenstein en la
filosofía continental europea comparable en grado, si no en carácter, a la
influencia por él ejercida sobre la escuela de Viena del positivismo lógico
por los años 1930 y sobre la escuela de Oxford de análisis lingüístico por los
años 1950.
La segunda característica de la filosofía hermenéutica por la que congenia
con los filósofos de la tradición analítica mejor que con algunos vástagos
del tronco fenomenológico, es su preocupación por la metodología y por la
filosofía de la ciencia. En oposición explícita a la idea positivista de la
unidad de la unidad de la ciencia, la filosofía hermenéutica defiende el
carácter sui generis de los métodos interpretativos y comprensivos de las
Geisteswissenchaften. En este punto restaura y mantiene el legado
intelectual del antipositivismo neokantiano y neohegeliano de las últimas
décadas del pasado siglo y primeras del presente.22
Aunque es obvio que von Wright se ubica claramente dentro de la segunda tradición, la
que hemos llamado, faute de mieux, aristotélica, teleológica o hermenéutica,
-posiblemente los términos no sean lo más importante en este caso-, plantea la
posibilidad, como siempre, de revisar su postura y encontrar puntos de encuentro con la
otra tradición. Por lo demás, no descarta que se mantenga una suerte de ley pendular
entre ambas tradiciones, lo cual produciría una suerte de “fertilidad cruzada”, diría
Schumpeter, una renovación constante de ambas y una suerte de predominio alternante
y cambiante.
Sería ciertamente ilusorio creer que la verdad reside inequívocamente en
una de estas dos posiciones opuestas. Al decir esto no estoy pensando en la
trivialidad de que ambas posturas son parcialmente verdaderas y cabe llegar
a algún compromiso en algunos puntos. Puede que así sea. Pero también
existe una confrontación de base, al margen de la posibilidad tanto de
reconciliación como de refutación –incluso, en cierto modo al margen de la
verdad-. Se funda en la elección de conceptos primitivos, básicos para la
argumentación en su conjunto. Podría calificarse esta elección de
“existencial”. Consiste en la opción por un punto de vista no susceptible de
ulterior fundamento.
No falta, sin embargo, diálogo entre ambas posiciones y aun una especie de
progreso. El dominio temporal de una de las dos tendencias es por regla
general el resultado del camino abierto a continuación de un período durante
el que la tendencia opuesta se ha visto criticada. Lo que surge a resultas de
este paso adelante nunca se limita simplemente a la reposición de algo que
había estado antes ahí, sino que lleva además la impronta de las ideas a
través de cuya crítica ha surgido. El proceso ilustra lo que Hegel ha descrito
con los términos de aufgehoben y aufbewart, cuya mejor equivalencia
inglesa tal vez sea “superseded” y “retained”. La posición que está en vías
de ser reemplazada (superseded) derrocha por lo común sus energías
polémicas combatiendo características ya trasnochadas de la tendencia
opuesta y tiende a ver en lo asimilado (retained) por la alternativa emergente
una sombra deformada de ella misma. Esto es lo que ocurre cuando, por
ejemplo, los filósofos positivistas de nuestros días fundan sus objeciones a
la Verstehen en argumentos quizás válidos contra Dilthey o Collingwood, o
cuando toman equivocadamente la filosofía de la psicología de Wittgenstein
por no otra cosa que una forma más de conductismo.23

Como deja entrever el texto anterior, la diferenciación de la explicación de la acción en


términos de causas o de razones, que podemos hacer corresponder a las dos tradiciones
ya mencionadas, suponen también dos formas diferentes de ver el mundo, implican
también dos paradigmas o modos básicos diferentes de construir la realidad, dos estilos
o compromisos “existenciales” diferentes, como los califica von Wright. A menudo se
ha dicho que es el contraste simplemente entre dos formas distintas de hablar y que se
trata simplemente entonces de meras confusiones lingüísticas, de simples desacuerdos
terminológicos, que pueden ser superados mediante una redefinición o reencuadre más
apropiado de los términos en pugna: causa y razón. Para aclarar este punto nada mejor
que recurrir de nuevo a las palabras del autor:
Los problemas aquí planteados son controvertibles, han sido muy debatidos
y revisten gran complejidad. Nunca había sentido antes con tanta fuerza los
peligros de un malentendido, incluso de orden terminológico. La substancia
de la opinión de un autor no deja de verse comprometida con la fraseología
de las distintas tesis que proponga y defienda. Yo, por ejemplo, puedo
confesar mi deseo de defender un punto de vista a tenor del cual las acciones
humanas no pueden tener causas. Pero muchos autores, antes como ahora,
mantienen que las acciones pueden ser causadas. ¿Discrepo de ellos? No
necesariamente. Pues quienes piensan que las acciones tienen causa emplean
a menudo “causa” en un sentido mucho más laxo que yo cuando niego tal
cosa. O pueden entender por “acción” algo diferente. Bien puede ocurrir,
entonces, que las “acciones” según su acepción tengan “causas” en el
sentido en que yo entiendo éstas, o que las “acciones” en mi terminología
tengan “causas” en la suya. No estoy empeñado en que mi uso sea el mejor
o el más natural de los disponibles en el lenguaje ordinario.
Pero al mismo tiempo representaría un craso error el sugerir que la
diferencia de opinión es simplemente una cuestión verbal, si con ello quiere
darse a entender que una completa clarificación de los términos en juego
debería permitir un acuerdo substancial no menos completo. En la
elucidación de su significado habrían de intervenir nuevos conceptos tan
controvertibles como los de “causa” y “acción”. Tanto el que afirma como el
que niega que las acciones tienen causas relacionarían probablemente ambas
ideas de modo distinto con esos otros conceptos. Uno acentuará distingos
que el otro se inclinará a atenuar o a pasar por alto. Quizás el partidario de la
causalidad asocie intenciones, motivos y razones a causas, acciones a
acontecimientos. El partidario de la acción agrupa de otro modo estos
conceptos: motivos y razones con acciones, acontecimientos con causas –sin
dejar de ver una clara línea divisoria entre los dos grupos-. El primero puede
no estar dispuesto a conferir a la experimentación un papel decisivo en la
formación del concepto de causa. O, cuando menos, no admitirá que, dado
que la experimentación es un modo de acción, la acción sea fundamental
para la causación. En otras palabras, el partidario de la causalidad y el
partidario de la acción tejen de manera distinta las tramas conceptuales de
que se sirven para ver a su contraluz el mundo –y, por consiguiente, ven el
mundo de modo diferente-.24

Causas y razones: la explicación comprensiva de la acción humana

Es evidente la multiplicidad de intereses que jalonan la obra de von Wright. Uno de


estos intereses está orientado hacia los temas de la psicología de la mente. Para alguien
que fue discípulo dilecto y sucesor de Wittgenstein en su cátedra de Cambridge, no
tendría nada de extraño que se ocupase de estos temas. Como se sabe, el pensamiento de
WII, como lo bautizara Russell, sufre un importante giro conceptual y se oriente hacia
cuestiones relacionadas con la filosofía de la mente y con términos que tienen que ver
con la vida mental. No es de extrañar que haya sido el propio von Wright uno de los
encargados de la publicación de cuatro tomos en los que se recoge el pensamiento de su
maestro sobre temas relacionados con la filosofía de la psicología. Sin embargo, no fue
Wittgenstein sino la lectura de un libro titulado Psicología, escrito por un filósofo
sueco, Hans Larsson, el que despertaría su amor por la filosofía y por temas
relacionados con la psicología, en una época en que los temas de ambas disciplinas se
solapaban. También Kaila desempeñó un importante papel en este sentido, pues además
de filósofo era un gran conocedor de la incipiente investigación en el campo de la
psicología, en particular, de la psicología de la percepción y de las neurociencias de su
época. Al respecto destaca su discípulo aventajado que “como filósofo Kaila profesó un
monismo (teoría de la identidad, teoría paralelista) que trató de articular de manera
escrita una y otro vez hasta su fallecimiento en 1958 -sin que, empero, fuese capaz de
darle una forma con la cual estuviese completamente satisfecho.” 25 Así que al ocuparse
de estos temas nuestro filósofo finlandés está reencontrandose con su primer amor, el
mismo que lo llevó a estudiar filosofía en primer lugar. En este sentido lo que hizo el
pensamiento de Wittgenstein fue despertar su interés por su primer amor, precisamente
ese primer amor que lo llevó a estudiar filosofía. De este modo, si Wittgenstein fue
para él conocido inicialmente e indirectamente como una figura influyente del Circulo
de Viena -aunque nunca fuese miembro de dicho círculo-, ahora era testigo de
excepción del desarrollo del pensamiento del segundo Wittgenstein, quien daba la
casualidad que ahora se interesaba por los temas que habían sido objeto de su primer
amor y ahora tenía el privilegio de colaborar en la publicación de su obra después de su
desaparición física, dando a conocer la importante contribución sobre estos temas que,
de paso, habían sido objeto de su primer amor. Por cierto, no se le escapa a nuestro autor
el sello particular que ello le imprime a su propio pensamiento, dando una pirueta
intelectual poco común.
Bajo la influencia de Kaila adquirí interés en lógica y en la filosofía
inspirada en la lógica del Círculo de Viena. Mi primera obra fue sobre
inducción y probabilidad. A la que sucedería mi obra sobre lógica modal. El
descubrimiento y el estudio de las modalidades ahora conocida como
deóntica contribuyó hacia un cambio gradual de mi foco de interés desde la
filosofía de la lógica primero hacia la filosofía de las normas y los valores
y posteriormente hacia la filosofía de la acción. Mi pensamiento se centraba
en conceptos como causa y razón (de una acción), intencionalidad,
explicación de la acción, y libertad y determinismo. Por este camino
eventualmente llegué a la filosofía de la mente y mi temprana fascinación
por el problema mente-cuerpo y el paralelismo psico-físico fue despertado
de nuevo. La forma como esto ocurrió se refleja en el hecho de que mi
aproximación al problema mente-cuerpo ha sido, digamos, desde el aspecto
“exterior” -“output”, en el original- de un agente que inicia cambios en el
orden físico de las cosas , y no desde el aspecto “interno” - “input”, en el
original- de un sujeto que recibe impresiones del mundo exterior a través de
sus sentidos.26
De tal manera que en el paralelismo psicofísico defendido por von Wright constituye la
desembocadura natural de los diversos análisis previos de la filosofía de la acción, en
especial, su conocido contraste entre causas y razones, inspirándose en la conocida
dicotomía wittgensteiniana entre el movimiento físico y la acción intencional,
condensada en la famosa diferencia entre mi brazo se levanta y levanto mi brazo. 27 Para
comprender una acción humana no basta con tomar en cuenta los movimientos físicos
que dicha acción comporta, suponiendo que esta implique algún tipo de movimiento,
sino que hace falta también conocer cuál es la intención de dicha acción, esto es, hace
falta conocer los motivos o las razones que conducen a una determinada acción, qué se
propone al realizar un determinado acto. Para comprender un juego, un partido de
fútbol, por poner un ejemplo bastante socorrido, no basta con describir los movimientos
físicos de los jugadores, hace falta también conocer las reglas que gobiernan o
estructuran dichos juegos, hace falta literalmente conocer cuáles son sus objetivos -goal
es objetivo en inglés-. La intencionalidad de una acción, como la que desarrollan dichos
jugadores, está enmarcada en instituciones y formas de vida, diría Wittgenstein. Si
dentro de la tradición galileana es suficiente para explicar una acción humana conocer
sus causas físicas, en la tradición aristotélica dicha explicación resulta del todo
insuficiente en la medida en que no es capaz de comprender las razones por las cuales
un agente actúa como lo hace. Nuestro autor llama a estas últimas explicaciones
comprensivas o understanding explanations.
Con la finalidad de aceptar una explicación comprensiva como completa,
hay tres condiciones que debe satisfacer. Primero, debemos conocer que ha
hecho el agente. Segundo, debemos determinar las razones que estaban
presentes cuando el agente llevó a cabo una acción particular. Tercero, de
todas las acciones que están presentes, debemos determinar cuáles son las
razones por las cuales el agente efectivamente -actually- actuó.28
Los motivos de una acción no necesariamente son la razón por la cual una persona
actúa. Por ejemplo, una persona puede actuar porque debe obedecer una orden y tiene
miedo del castigo que pudiera implicar no acatar dicha orden. En estamentos donde hay
una cadena de mando y una jerarquía muy acentuada este tipo de motivaciones suele
presentarse con frecuencia. Alguien puede decidir ir a una manifestación
progubernamental porque teme las medidas de retaliación que implicaría no hacerlo o
un integrante del estamento militar puede hacer uso desproporcionado de la fuerza para
reprimir una manifestación siguiendo ordenes superiores, aunque pudiera ser que dicho
motivo estuviera en contradicción con sus creencias u opiniones, y tuviese razones de
sobra para no actuar como lo hace. (Como se sabe, a partir de los juicios de Nuremberg
aducir el cumplimiento de ordenes superiores no nos protege de la realización de
delitos, sobre todo si estos delitos implican crímenes de lesa la humanidad o violaciones
de los derechos humanos, siendo delitos que no prescriben). Pero a veces dichos
motivos pueden coincidir con las razones para actuar. El miedo y la rabia, el amor y el
odio, pueden ser los motivos por los cuales actuamos e incluso las razones, si bien
algunos han considerado que las acciones deben ser llevadas a cabo con la cabeza fría,
sin la influencia de las emociones o de las pasiones. El hecho de que una acción esté
inspirada por el amor o por el odio no implica que no podamos actuar de manera
desapasionada y calcular una acción de manera fría y racional. Por ejemplo, alguien
movido por el odio puede planear de manera premeditada y a “sangre fría” un asesinato.
Generalmente, las acciones se dan dentro de un marco complejo de motivaciones y
razones -motivations hintergrund o motivational background- donde debemos sopesar
las distintas razones o motivaciones que nos pueden llevar a realizar una acción o
abstenernos de realizarla. Para nuestro autor puede ser mucho más interesante e
ilustrativo algunas veces comprender las razones que nos harían abstenernos de realizar
un acto que las razones que nos conducirían a llevarlo a cabo. El siguiente ejemplo
destaca la compleja maraña de motivaciones a la que puede enfrentarse la acción
humana.
Tómese el siguiente ejemplo: una persona promete hacer algo; como
consecuencia de ello tiene una razón externa para llevar a cabo dicha acción.
Al mismo tiempo, se le ha prometido una recompensa si lleva a cabo dicha
acción en particular. La perspectiva de recibir una recompensa puede ser
placentero para él; como consecuencia de ello él también tiene una razón
interior para llevar a cabo dicha acción. Pero ahora, digamos que la acción
que ha prometido llevar a cabo es moralmente reprochable, o incluso
criminal. Él es consciente de este hecho y, entonces, tiene una razón externa
para no llevar a cabo dicha acción. El agente debe sopesar las razones a
favor y en contra de la acción contraponiendo unas a otras. Él ha hecho una
promesa y uno debe cumplir sus promesas. Tiene la perspectiva de recibir
una recompensa si realiza la acción y dicha perspectiva es placentera para
él. Sin embargo, lo que ha prometido es incorrecto, por lo que no siempre
las promesas deben ser vistas como vinculantes.
Ahora digamos que nuestro agente cumple su promesa. ¿Cómo debemos
entonces comprender o explicar su acción? ¿Es él un “moralista no
comprometido” que cree que las promesas que uno hace deben cumplirse
sin ninguna excepción? O es todo lo contrario: es moralmente tan insensible
y depravado que lo único que influyó en él fue la perspectiva de recibir una
recompensa por llevar a cabo su dañino acto. ¿ O son todas estas razones, al
menos en parte, responsables de “proveer combustible” -fueling- a dicha
acción? ¿Cómo puede ser esto decidido?29
Este no es sino un solo ejemplo de los muchos que pudiésemos analizar donde se pone
de manifiesto la relativa complejidad de motivaciones que pueden llevar a realizar una
acción o dejar de realizarla, siendo así que el análisis detallado de una acción implica
también diversas alternativas de interpretación o adjudicación. En suma, no siempre es
fácil saber cuáles son las razones de una acción o de la abstención de una acción, así
como tampoco una razón es garantía de su efectividad. Se plantea, entonces, cómo
podemos saber cuál es la verdadera razón por la que una persona actúa en un
determinado momento y lugar. La forma más directa es preguntarle a la persona cuál es
la razón por la que actúa. Puede darse el caso, señala von Wright, de que no podamos
preguntarle directamente o que desconfiemos de lo que pueda decirnos la persona en
cuestión, en cuyo caso nos veríamos obligados a investigar más acerca de la conducta
de esa persona y saber cómo ha actuado en situaciones similares en el pasado, por
ejemplo. No se trata de una tarea fácil o sencilla en cualquier caso. De nuevo, para
poder explicar una acción debemos ser capaces de atribuir determinadas razones para
actuar de la manera como lo hace y conocer el trasfondo motivacional que rodea dicha
acción. La cuestión que se plantea es cómo sabemos de todas las razones presentes o
existentes cuál(es) ha(n) sido la(s) que ha(n) provocado efectivamente determinada
acción. Se trata, entonces, de encontrar maneras de comportamiento -Verhaltensweisen,
ways of behaving- que suministre criterios posibles de razones para actuar. Las
dificultades en conseguir criterios de razones necesarias y suficientes de una acción
pueden conducirnos a la afirmación de que la explicación comprensiva de la acción está
más allá de las categorías de verdadero y falso. Sin embargo, esta sería una salida fácil
que nuestro autor no está dispuesto a conceder sin objeciones, pues ciertamente
podemos hablar de una mejor o peor comprensión de una acción, pues si no tampoco
podríamos hablar de comprensión errónea -misunderstanding- de una acción. Es posible
que el lector ya se haya planteado la pregunta de si no estaremos mezclando dos formas
diferentes de explicación de la acción y con razón, pues se trata de una distinción
importante y casi obvia que debemos hacer al hablar del tema.
Ahora pues, si comprender significa explicar una acción a la luz de sus
razones, ¿la comprensión de quién estamos hablando? Aquí podemos
distinguir entre dos posibilidades diferentes: la primera, cómo entiende el
propio agente su acción; la segunda, cómo un observador externo -outsider-
entiende la acción del agente. En el primer caso, hablamos de auto-
comprensión de una persona; en el segundo, hablamos de la comprensión de
un individuo externo.
Es obvio que la auto-comprensión de un agente juega un papel clave en la
correcta explicación de la acción. Normalmente, la persona sabe lo que ha
hecho -esto es, sabe en qué medida su acción ha sido intencional. Sabe
asimismo cuáles fueron las razones a favor o en contra de llevar una acción
y cuáles razones de hecho lo motivaron a realizar determinado acto. Si
nosotros como observadores externos queremos saber por qué actuó como
lo hizo, la forma más sencilla es preguntarle a él.30
Si la persona aduce una razón y nos damos por satisfecho con ella, podemos hablar de
haber alcanzado un consenso. Pero cabe siempre preguntarse: “¿puede ser la razón
aducida por el agente lo que lo motivó a actuar como lo hizo? ¿No nos estará
escondiendo algo a nosotros?”31 Para responder con mayor precisión a estas preguntas,
nuestro autor nos propone que analicemos con mayor profundidad el ejemplo anterior
de la persona que ha prometido llevar a cabo una acción.
Volvamos a considerar el caso de la persona que ha prometido llevar a cabo
un acción reprochable por la cual también espera recibir una recompensa.
Sabemos que ha hecho la promesa y que está al tanto de la perspectiva de
recibir una recompensa. ¿No sabía acaso que lo que estaba prometiendo era
moralmente reprochable? Sí, afirma que lo sabía, “pero una promesa es una
promesa”. Llega incluso a afirmar que la expectativa de recibir una
recompensa no tiene nada que ver con el acto. Sin embargo, no estamos
seguros de ello. ¿Cómo podemos alcanzar una decisión sobre el caso?
A lo mejor el caso es bastante claro: el agente claramente está mintiendo
sobre sus motivos. Él sabe perfectamente que el ha mantenido su promesa
por razones egoístas y no porque ha hecho una promesa. Si este es el caso,
entonces no hay contradicción entre lo que es auto-evidente para él por un
lado y lo que el observador externo está inclinado a pensar, por otro lado.
Ambos sostienen implícitamente la misma opinión; solamente hay una
aparente falta de consenso.
Pero la situación puede ser todavía más complicada: tal vez, el agente está
mintiendo no solamente al observador externo sino a sí mismo. Estas cosas
ocurren. Él mantiene su promesa por razones egoístas, pero no quiere
admitirlo -ni siquiera a sí mismo. Posiblemente ha comprendido
incorrectamente su propia conducta y cree sinceramente que hizo lo que
hizo solamente por haber hecho una promesa y no por la recompensa que
habría de cosechar por llevar a cabo el acto (aunque fuese consciente de
ello).
Pero, sin embargo, ¿qué derecho asiste al observador externo a afirmar que
el conocía los motivos del agente mejor que el agente mismo? Tal vez el
citará conocimiento, basado en experiencias anteriores, del carácter del
agente. Podría decir algo como lo siguiente: “Yo lo conozco desde hace
años y sé que el solo cumplirá sus promesas si le sirven a sus propósitos. El
deber moral de mantener sus promesas no significa nada para él.” El
observador externo ve este caso particular, la acción que ha sido realizada,
contra el amplio trasfondo de hechos de la vida del agente. Su explicación
concuerda más con lo que nosotros conocemos del agente que con la
explicación que oímos de él; adicionalmente, la explicación del observador
externo es más compatible con las acciones del agente y su carácter.
La explicación del observador externo gana poder de convicción si va
acompañado de predicciones. “¡Simplemente observa! La próxima vez que
él haga una promesa, el no la mantendrá a menos que sea para su
beneficio.” Esta prognosis no siempre resulta ser verdadera, pero si ella
muestra ser verdadera con frecuencia, ella también apoya indirectamente la
explicación dada por el observador externo vis-a-vis de la explicación dada
por el agente.32
En base al conocimiento sobre una persona de parte de un outsider pudiese entonces
darse el caso de que conoce mejor que el propio agente las razones de su acción. De allí
pueden resultar dos situaciones: o bien el outsider reconoce que se ha equivocado o bien
trata de convencer al agente de que está equivocado y le hace reconocer las verdaderas
razones de su acción. Todo ello puede conducir a una situación muy particular y tiene
que ver con la fina línea que separa la persuasión y el lavado de cerebro. Si una persona
es capaz de convencer a un agente de que la explicación que el mismo tiene de su
acción es incorrecta y que las razones de su acción son otras de acuerdo a la explicación
de un observador externo como él, cómo podemos establecer si ello es producto de una
toma de posición razonada o producto de una manipulación o engaño. En el primer caso
se produce una suerte de conversión o de cambio de perspectiva, lo cual plantea una
serie de interrogantes.
Llegados a este punto surgen cuestiones filosóficamente significativas:
¿Cómo describimos correctamente lo que ha pasado? ¿Debemos decir que
ahora el agente ve la verdad sobre sí mismo? Esta verdad estaba, como si
dijéramos, siempre presente, solamente que estaba oculta detrás del velo del
auto-engaño del agente. Cuando el velo es arrancado, entonces incluso el
agente ve la verdad que el observador externo ya creía haber visto – por
supuesto, sin estar absolutamente seguro de lo que cree- hasta que el agente
confirma la exactitud de su impresión. ¿O debemos decir más bien que el
agente ahora ve su conducta bajo una nueva luz, su auto-conciencia ha
cambiado, y se ha convertido en una nueva forma de ver sus acciones
pasadas? En otras palabras, la cuestión es si uno debe decir que la conexión
entre la acción y sus razones efectivas estaban siempre ahí, solo que fueron
descubiertas con posterioridad, o debemos decir que una nueva conexión ha
sido hecha.33
Si el agente acepta que dicha conversión no es producto de un lavado de cerebro o es
algo impuesto, entonces debe reconocer que dicha razón ya estaba presente y que el no
era del todo sincero consigo mismo o no se percataba de las verdaderas razones que lo
llevaron a actuar de una manera determinada. Volver al ejemplo de la persona que
mantiene sus promesas puede ser ilustrativo al respecto.
Volvamos de nuevo al ejemplo de la promesa. Si explicamos la acción
diciendo que el agente esperaba ser recompensado por su acción, entonces
su expectativa ha debido también existir al mismo tiempo que la acción era
llevada a cabo. De lo contrario no hubiésemos sido capaces de afirmar con
veracidad que el agente ciertamente tenía también esta razón, junto con
otras, de llevar a cabo la acción, independientemente de su carácter
cuestionable. Él ha tenido que saber -tal vez en base a su experiencia
anterior- que podía esperar alguna recompensa o devolución del favor de
parte de la persona a quien había hecho la promesa. Puede que no la tuviese
en mente en el momento de realizar la acción. A lo mejor tenía “mala
conciencia” cuando se acercaba a la realización de su reprochable acto; a lo
mejor había empujado el pensamiento de la recompensa completamente
hacia el trasfondo, mientras que se convencía a sí mismo de que debía hacer
dicho acto a causa de la promesa que había hecho (y uno debe cumplir sus
promesas). Esta es más o menos la forma como podría sonar una
descripción en el caso de un agente que es mitad sincero mitad insincero en
sus reflexiones sobre sus actos. Esta descripción nos dice en qué sentido
estamos justificados al afirmar que la conexión entre la acción y el motivo
egoísta existe desde el propio comienzo, y no después de que el agente ha
tenido la percepción -insight- de su existencia.
Por esta razón, yo digo que en el caso de lo que denominamos “conversión”,
el agente conecta sus acciones con su trasfondo motivacional de una nueva
manera en su auto-comprensión. Él se entiende a sí mismo y a su acción de
una manera diferente -no porque nuevos hechos han llamado su atención,
sino porque reúne los hechos ya presentes dentro de una nueva imagen.34
Como puede observarse a partir de este ejemplo, el análisis de una acción humana dista
mucho de ser algo simple o sencillo. Hay toda una serie de vericuetos o de senderos que
pueden recorrerse y que pueden hacernos ver una acción de modos diferentes. En cierto
sentido, uno suele pensar que el agente goza de una situación privilegiada para analizar
las verdaderas razones o motivaciones detrás de sus acciones y en cierto sentido este
acceso privilegiado tiene algo de veracidad. Sin embargo, ya vimos que podemos
engañarnos a nosotros mismos y creer que actuamos con alguna razón en mente cuando
en realidad es otra la razón por la que actuamos y escondemos los verdaderos motivos a
nosotros mismos. Por otro lado, la visión de otra persona puede tener un efecto positivo
para la comprensión de nuestras motivaciones y para comprender mejor las razones
efectivas que nos llevan a actuar en un determinado momento, puede ayudarnos a
enriquecer la comprensión de nuestras propias acciones, aunque también desde luego
dicha explicación puede estar también errada y debe estar sujeta a revisión.
Claramente, el agente posee la “llave” del significado de su acción. Pero no
siempre es necesariamente el caso de que él sea la persona más apta para
utilizar dicha llave. Posiblemente es un observador externo quien puede usar
dichas llaves de manera más eficiente para abrir la puerta de la cámara
secreta del alma; pero no con absoluta certeza. Ni el propio sujeto ni el
observador externo pueden mostrar razones filosóficas obligatorias para
legitimar una pretensión exclusiva de mayor autoridad en la explicación de
las acciones.35
En muchos casos se llega a una especie de acuerdo entre la opiniones del propio sujeto y
las del observador externo, incluso aunque no haya unanimidad absoluta entre ambos y
cada uno refleje una realidad parcial. Puede ocurrir también, y esto representa la mayor
humillación del sujeto, que este no sea considerado en ningún respecto competente para
explicar sus acciones y la autoridad de la explicación de sus acciones provenga de una
fuente externa que no toma en cuenta sus opiniones, pudiendo llevar este tipo de
autoridad a un ejercicio autoritario de control y manipulación. Debemos usar ese
conocimiento del otro sabiamente si no queremos infringir esa estrecha línea que hay
entre la persuasión y la grosera manipulación, entre la explicación comprensiva y la
búsqueda del control de la mente y conducta de otros para que se ajusten a nuestros
propios intereses y no los suyos, imponiendo por la fuerza un modelo en contra de la
voluntad del propio sujeto con la finalidad de conservar un poder y una autoridad que de
otro modo seríamos incapaces de conservar.
Es característico de aquellos que hacen un mal uso de su autoridad el
reprimir las opiniones del sujeto sobre sí mismo para justificar su abuso de
la autoridad diciendo que ellos están actuando en nombre de una más
“elevada” o “más científica” verdad -una verdad que debe ser impuesta
sobre el malandrín. Es también parte de esta misma imagen, sin embargo,
que aquellos que resisten tal abuso de poder y defienden su propia opinión,
buscan fuerza y confort en el pensamiento de una verdad “interna” que es
accesible a ellos solamente. La comprensión de que no hay tal verdad sin
reservas, bien sea interna o externa, es el arma con la que debemos luchar
en contra de la auto-glorificación de una subjetividad exagerada y las
pretensiones de una falsa objetividad.36
.
1Así lo señala Ota Weinberger en un libro bastante crítico de la posición de von Wright, lo que no le impide afirmar: “Para
mí no hay ninguna duda de que ningún otro filósofo moderno ha contribuido más al desarrollo del análisis lógico y
metodológico en el campo de la filosofía práctica (en su sentido más amplio)”, en Alternative Action Theory, Springer,
Dordrecht, 1998, p. 287.

2Cabe recordar que la analogía entre las modalidades aléticas de necesidad, posibilidad e imposibilidad, con las
modalidades normativas o deónticas de obligatorio, permitido y prohibido, ya era conocida y discutida durante la Edad
Media. Véase Simo Knuuttila: “The Emergence of Deontic Logic in the Fourteenth Century” en Risto Hilpinen(ed.): New
Studies in Deontic Logic. Norms, Actions and the Foundations of Ethics, Reidel, Dordrecht, 1981, pp. 225-48. Cabe añadir
que la lógica alética o veritativo-funcional se considera parte de la lógica modal.

3No es por casualidad que uno de los homenajes a von Wright sea una recopilación de ensayos sobre Wittgenstein por
importantes conocedores de su obra, en Enzo De Pellegrin (ed.): Interactive Wittgenstein. Essays in Memory of Georg
Henrik von Wright, Springer, Dordrecht, 2011.

4Curiosamente von Wright generó suspicacias entre los analíticos, por un lado, pues lo consideraban demasiado
wittgensteinaino para su gusto, aunque alababan sus aportaciones formales y lógicas, y entre los wittgenstenianos, pues lo
consideraban demasiado analítico para su gusto o un witgensteiniano atípico, en lo cual tenían toda la razón. Véase
Frederick Stoutland: “Another View of G.H. von Wright”, Philosophical Investigations, vol. 29, No. 3, 206, pp. 275-286.

5Daniel González Lagier: “Apuntes sobre la vida y la obra de Georg Henrik von Wright”, en Theoria, pp. 107-114, 2004, p.
107. Puede encontrarse una reseña biográfica bastante completa en Risto Vilkko: “George Henrik von Wright (1916-2003)”,
Journal for General Philosophy of Science, No. 36, 2005, pp. 1-14 y una reseña bibliográfica completa en el mismo
número, pp. 155-210.

6Ibid. p. 107. Hay una muy interesante introducción de von Wright en la obra de Kaila editada por Robert Cohen: Reality
and Expirience. Four Philosophical Essays, Reidel, Dordrecht, 1979.

7Como nota curiosa Hintikka supo que su esposa, la filósofa Merril Provence, con quien escribió varios libros y artículos,
había sido amante del entonces senador J.F. Kennedy y sintiéndose intimidado por esa revelación, ella lo calmó diciéndole:
“No se trata solamente que tú seas más inteligente que él y yo haya disfrutado más el sexo contigo. Tú también eres algo
que él nunca fue: una persona buena, humana”. Esta revelación es hecha, a su vez, en una biografía que acaba de publicar
Hintikka sobre su esposa, ya fallecida en 1987, titulada: She Choose Merril Hintikka as her Name.

8Véase, por ejemplo, la entrevista de Gustavo Cevolani a Ilkka Niiniluoto en The Reasoner, vol. 4, # 9, Septiembre 2009.

9Como señala Risto Vilkko en su semblanza citada arriba: “Influential contributions in the fields of deontic logic and action
theory made von Wright famous not only in Europe but also in South America, where he established closed relations with
several philosophers and intellectuals. The Argentinians Eugenio Bulygin and Carlos Alchourrón were among his most
important South American collaborators”, p. 9.

10Véase también: Ilkka Niiniluoto: “Report: After Twenty Years. Philosophy of Science in Finland: 1970-1990, Journal o
General Philosophy of Science, No. 24, 1993, pp. 147-167, donde hay también una extensa bibliografía.

11Explicación y Comprensión, Alianza Editorial, Madrid, 1979, p. 13.

12Algunos de ellos, como Weber, trataba de fusionar la explicación causal y la comprensiva de la acción.

13Ibid. pp. 18s.

14Por ejemplo, aclara el autor, ni las explicaciones aristotélicas son siempre puramente teleológicas ni las de la nueva
ciencia fueron siempre en rigor solamente de carácter causal. Para profundizar más en estos temas puede consultarse J.
Hintikka & D. Gruender & E. Agazzi (eds.): Theory Change, Ancient Axiomatics, Galileo’s Methodology, Reidel,
Dordrecht, 1981.
15El trágico final de Semmelweis –podríamos mencionar también a Boltzmann-, como otros muchos casos menos trágicos
en la historia de la ciencia, es un recordatorio de que las ideas científicas no siempre suelen ser aceptadas con facilidad,
sobre todo si amenazan algún poder constituido, aunque al final terminen imponiéndose.

16De más está decir que el modelo de Hempel-Oppenheim, como también se le conoce, es muy similar al defendido por
Karl Popper y por las mismas razones, aunque éste último recusa cualquier estrategia inductiva, a diferencia de Hempel. Por
lo demás nos parece completamente injustificada y como muestra de falta de información la siguiente afirmación de von
Wright: “El movimiento intelectual llamado ‘racionalismo crítico’ es, esencialmente, un defensor en nuestro tiempo de esa
tradición intelectual cuyos grandes clásicos son Comte y Mill”, Ibid. p. 29, 34n. Por lo menos, pareciera no haberse leído ni
La miseria del historicismo ni La sociedad abierta y sus enemigos, a pesar de ser citados por el autor.

17Explicación y Comprensión, p. 31. En vista de que este es modelo que von Wright critica, pasaremos por alto las
críticas que hace también al modelo probasbilístico-inductivo y que tiene que ver con lo que también se conoce como la
paradoja de Hempel. Sobre este tema, y otros relacionados, pueden consultarse a S. Sarkar & J. Pfeiffer (eds.): The
Philosophy of Science. An Encyclopedia, Routledge, New York/London, 2006 y a S.G.Shankar (ed.): Philosophy of
Science, Logic & Mathematics in the 20th Century, Routledge, New York/London, 2004, en particular el capítulo 8 de J.
Coulter.

18Ibid. p. 44.

19James H. Fetzer (ed.): The Philosophy of Carl G. Hempel. Studies in Science, Explanation, and Rationality, Oxford
University Press, Oxford, 2001, p. 291 y 303ss.

20Ibid. p. 49.

21Sobre esta obra de Winch comenta von Wright lo siguiente: “El libro de Winch es difícil y oscuro. A mi modo de ver,
también es parcial por cuanto destaca excesivamente la importancia de las reglas en la comprensión del comportamiento en
sociedad. Con ello se descuidan los aspectos intencionales y teleológicos”, Ibid. p. 51. Von Wright también destaca un
pensador afín a la corriente fenomenológica, bastante olvidado entonces, Alfred Schütz (todavía no se le había
americanizado el apellido y quitado la diéresis o umlaut).

22Ibid. pp. 52s.

23Ibid. p. 55s. Por cierto, un trabajo publicado por Apel en 1967 ya se ocupaba de tender puentes entre la corriente analítica
y la corriente hermenéutica, Analitical Philosophy of Language and the Geitestwissenschaften, Springer, Dordrecht, 1967.
Posiblemente el libro más emblemático de esta convergencia de tradiciones y corrientes sea al libro de Richard Rorty,
Philosophy and the Mirror of Nature, Princeton University Press, Princeton, 1979. Más recientemente, y dentro de esta
misma confluencia de orientaciones e intereses, se destaca la obra del filósofo de origen sudafricano John McDowell. Su
obra más conocida es Mind and World, Harvard University Press, Cambridge, 1994; además de sus Collected Papers en dos
tomos, podemos mencionar también: Having the World in View. Essays on Kant, Hegel and Sellars, Harvard University
Press, Cambridge, 2009 y The Engaged Intellect. Philosophical Essays, Harvard University Press, Cambridge, 2009.

24Ibid. pp. 14s.

25 In the Shadow of Descartes. Essays in the Philosophy of Mind, Springer Science + Business Media, Dordrecht, p. ix.
26 Ibid, pp. ix-x.
27 En una segunda entrega nos ocuparemos del paralelismo psico-físico que desarrolla el autor como un interesante
planteamiento frente al problema mente-cuerpo. Primero nos ocuparemos de la explicación de la acción mediante
razones o, lo que el autor llama, la explicación comprensiva.
28 Explanation and Understanding of Actions, en Hölmstrom-Hintikka, G., & Tuomela, R. (eds.). Contemporary Action
Theory. Vol 1: Individual Action. Springer-Science+Business Media, Dordrecht, 1997, p. 2.
29 Ibid. p. 6.
30 Ibid, p. 12.
31 Ibid. p. 13.
32 Ibid. pp. 13s.
33 Ibid. p. 15.
34 Ibid. p. 17.
35 Ibid. p. 18.
36 Ibid. p. 19.

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