Teatro de Ulises
“Este grupo de Ulises fue en un principio un grupo de personas ociosas. Nadie
duda, hoy día, de la súbita utilidad del ocio. […] Así, les vino la idea de formar
un pequeño teatro privado, de la misma manera que a falta de un buen salón
de conciertos o de un buen cabaret, todos nos llevamos un disco de vez en
cuando para nuestra victrola”.
Palabras de Salvador Novo en la noche de apertura del Teatro Ulises
Hacia finales de los años 20 del siglo pasado, la revolución mexicana se daba
por concluida aunque entonces la nación se encontraba inmersa en la guerra
cristera. A pesar de esto, en la capital mexicana comenzaba una era dorada
artística y cultural, esto gracias a los creadores nacionales y a los extranjeros
que llegaron a compartir y nutrirse del país.
Los gobiernos posteriores al derrocamiento del dictador Porfirio Díaz tuvieron
como política generar un movimiento cultural nacionalista y es así como surge
el muralismo mexicano encabezado por los llamados tres grandes: Diego
Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Las paredes de la
Secretaría de Educación Pública, del Palacio Nacional y otros edificios fueron
intervenidos por los pintores a fin de narrar la historia del país para darle un
sentido revolucionario; se trató de una especie de “Realismo socialista” a la
mexicana.
En ese entonces aparecen varios grupos de jóvenes escritores, entre ellos los
Estridentistas y los Contemporáneos; estos últimos fundan la revista “Los
Contemporáneos” y posteriormente la “Revista Ulises”, la cual daría nombre al
teatro que en breve iban a constituir. Entre ellos se encontraban Salvador
Novo, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta, José Gorostiza,
Gilberto Owen, Carlos Pellicer, acompañados de la mecenas cultural Antonieta
Rivas Mercado. Ella nació en el seno de una familia de la alta burguesía
mexicana, hija de Antonio Rivas Mercado, uno de los arquitectos favoritos del
porfiriato, cuya obra más conocida es el llamado Ángel de la Independencia,
que se convirtió en símbolo de la capital mexicana. Cabe mencionar que en
2017 se restauró la casa de la familia Rivas Mercado y ahora es un centro
cultural.
Refinada y amante de las artes, Antonieta creó el patronato para la Orquesta
Sinfónica de México bajo la dirección de Carlos Chávez y entre los inmuebles
que le fueron heredados por su padre se encontraba uno en el número 42 de la
calle de Mesones, en el corazón de la ciudad. Es ahí donde convergen Salvador
Novo, Xavier Villaurrutia, Celestino Gorostiza, Julio Jiménez Rueda, Julio
Castellanos, Gilberto Owen, los pintores Manuel Rodríguez Lozano y Roberto
Montenegro, así como las actrices Clementina Otero e Isabela Corona, entre
otros, quienes forman el Teatro Ulises bajo el patrocinio de Antonieta y de
María Luisa Cabrera. Su objetivo era romper con el teatro decimonónico y
nacionalista que se montaba para traer al país la dramaturgia moderna y
vanguardista de la época.
En esos años, México vivía el apogeo del teatro de Carpa donde destacaban
actores como Cantinflas y Jesús Martínez “Palillo”, así como del teatro de
Revista, donde brillaban tiples como María Conesa “La gatita blanca”,
Esperanza Iris, Lupe Rivas Cacho, Mimí Derba y Lupe Vélez, entre otras.
Debido a su enorme éxito en estas vertientes teatrales, muchos de estos
actores y actrices pasaron del escenario al celuloide, cuando la industria
cinematográfica comenzó su auge y expansión.
Durante ese momento de gran efervescencia artística, los integrantes del
Ulises deciden escenificar obras que conformarían su repertorio: “Simili”, de
Claude Roger-Marx, “La puerta resplandeciente”, de Eduard John Moreton
“Barón de Dunsany”, “Soldados” (Welded), de Eugene O’Neill, “El peregrino” de
Charles Vildrac, “Orfeo” de Jean Cocteau y “El tiempo es sueño” de Henry René
Lenormand.
A lo largo de ocho meses de 1928 se dieron varias funciones de estas obras,
primero en el recinto de Mesones y luego en el Teatro Virginia Fábregas. Los
integrantes alternaban diversas actividades en cada montaje, algunas veces
actuaban, otras dirigían, otras traducían los textos. La respuesta del público y
de la crítica fue variopinta; hubo espectadores que se salieron de la sala en
plena función, algunos lo calificaron de teatro snob y otros aplaudieron el
objetivo del grupo: renovar la escena nacional y dar a conocer la dramaturgia
internacional de la época. Lo que es indiscutible es que el Teatro Ulises marcó
un hito y sentó las bases del teatro moderno mexicano.
Tras este experimento, los integrantes del Ulises continuaron desarrollando sus
actividades artísticas; Salvador Novo y Xavier Villaurrutia incursionaron en la
dramaturgia, Roberto Montenegro y Manuel Rodríguez Lozano destacaron
como pintores, Isabela Corona se convirtió en una reconocida actriz de cine.
Por su lado, Antonieta se involucró en la campaña presidencial de José
Vasconcelos, ex secretario de Educación Pública, el mismo que le había
ofrecido a los muralistas las paredes de la secretaría. Tras un escandaloso
fraude electoral, ambos se exiliaron, primero en Estados Unidos y después en
Francia; fue en París donde Antonieta decidió terminar sus días dándose un tiro
en la catedral de Notre Dame.
Sin lugar a dudas el movimiento independiente del Teatro Ulises renovó la
escena cultural del país, dio a conocer la dramaturgia moderna de aquel
entonces e impulsó a los creadores a generar un teatro más universal con una
identidad propia.
María Antonieta Rivas Mercado
Se llamaba María Antonieta Valeria Rivas Mercado Castellanos (Ciudad de
México, 28 de abril de 1900-París, Francia, 11 de febrero de 1931), una
mujer que al decir de José Vasoncelos, “le puso condiciones al destino” (El
Proconsulado). Actriz, mecenas, escritora, promotora cultural, defensora de
los derechos de la mujer y activista política, Antonieta Rivas Mercado es un
icono en la cultura universal del siglo XX. Hija de Matilde Castellanos Haaf y
del célebre arquitecto, Antonio Rivas Mercado, autor del Ángel de la
Independencia, entre otros monumentos y edificios históricos del porfiriato.
Una mujer excepcional que hace más de ocho décadas decidió salir de este
mundo, de una sociedad que la acosaba y no le permitía SER ni transformar
los prejuicios, los lastres, las injusticias, la inequidad genérica, en un mundo
más habitable para todos, para mujeres y hombres, para ricos y
desheredados.
No sólo fue musa de poetas y pintores o la mecenas que patrocinó las
actividades de grupos como el Teatro Ulises y Los Contemporáneos, sino
fue la única mujer que formó parte de ellos y destacó como “una escritora
con voz propia, pionera del relato político”, directora teatral, ensayista,
cronista, traductora, actriz y profesora de artes escénicas de la entonces
Universidad Nacional de México.
Más conocida como la hija del arquitecto, la amante del excandidato
presidencial José Vasconcelos o la amiga del poeta Federico García Lorca,
la dama que se suicidó de un balazo en la Catedral de Notre Dame de París
“escribía a la primera, casi no corregía nada, ni se repetía, y abordó temas
que ninguna mujer había tocado”.
De una inteligencia y suspicacia precoces, pasó su infancia al lado de sus
padres y sus hermanas Alicia, Amelia y su hermano Mario. Recibió una
educación sólida a través de institutrices y los viajes que efectuó desde
temprana edad a Europa en compañía de su padre, el único hombre de
quien recibió un amor y un apoyo incondicionales. A los 18 años se casó
con Albert Blair, con quien tuvo un hijo, Donald Antonio. En 1923 se separa
de su esposo, para darle cabida a sus inquietudes intelectuales y artísticas.
Heredera de la vasta fortuna paterna —don Antonio fallece en enero de
1927—, Antonieta, con el deseo de modernizar el quehacer teatral en
México, patrocinó el Teatro de Ulises (1927-1928), grupo integrado por
Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Agustín Lazo, Roberto
Montenegro, Manuel Rodríguez Lozano, Lupe Medina de Ortega,
Clementina Otero... Representaron obras de Lord Dunsany, Claude Roger-
Marx, Eugene O’Neil, Charles Vildrac y Jean Cocteau. Además, se crearon
las ediciones de Ulises, siempre bajo su patrocinio, y se publicaron tres
libros: Novela como nube de Gilberto Owen, Los hombres que dispersó la
danza de Andrés Henestrosa y Dama de corazones de Xavier
Villaurrutia.
La intensa vida de Antonieta, su hija, con sus amor fallido hacia el pintor
Antonio Rodríguez Lozano que la llevó a suicidarse en 1931 en la Catedral de
Notre Dame, ha distraído la atención hacia su trabajo que sin duda es de las
más importantes del país