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La conducta creativa:El Counseling en la actividad creadora
Marcelo Bertuccio
Resumen
Podemos decir que el Counseling es, entre muchas definiciones, una disciplina cuyo
objetivo fundamental es acompañar a las personas a encontrar el modo más creativo de
vincularse con su propia experiencia, a través de procedimientos dialécticos, con el fin
de desarrollar el autoconocimiento, la vincularidad y la disposición al cambio. Si bien
ya se ha abordado la creatividad como recurso terapéutico, aún no existen muchos
trabajos acerca del Counseling como acceso a la propia libertad creadora, tanto en la
relación del artista con su obra como en las del director con su equipo y el facilitador
pedagógico con el estudiante.
Palabras clave
Creatividad, Counseling, Intervención, Facilitación, Vincularidad, Aceptación, Empatía,
Transparencia, Libertad, Confianza.
El presente trabajo no pretende comunicar verdades universales a ser obedecidas sino
más bien compartir la fase presente de un proceso de investigación basado en múltiples
lecturas, severas reflexiones y abundante práctica de campo, y está destinado a que el
lector (creador, facilitador, docente, director, coreógrafo, coordinador, compañero de
equipo, persona tendiente a su propio desarrollo y despliegue) vincule estas
proposiciones con su quehacer, sus necesidades, sus recursos y sus propósitos -artísticos
o personales- en al ámbito creativo.
La hipótesis fundamental a investigar es que la creatividad es una actividad voluntaria,
operativa y entrenable, basada en un modo de relación entre los sujetos, y entre estos y
los objetos que configuran su noción de mundo, que disuelve los cánones de
enfrentamiento y competencia exaltando una conducta integradora, aceptante y
empática. No parece que fuese posible creatividad alguna sin disposición a la
vincularidad. De hecho, el vínculo real, tendiente a la simetría y la reciprocidad y
despojado de cualquier intención de poder de un ente sobre otro, es creativo por
naturaleza.
Durante mucho tiempo se ha sostenido la idea de que la posibilidad de crear respondía a
un don especial de ciertas personas y que su descripción y sistematización era
imposible, por considerársela un fenómeno ingobernable, inabarcable y hasta mágico.
Por el contrario, hoy sabemos que es un proceso natural, necesario para el desarrollo
personal, y terapéutico; esto último podemos rastrearlo en las palabras de Aristóteles en
su Poética, cuando se refiere al poder curativo de la catarsis: el ejercicio de ser (terror) y
no ser (piedad). Cuando el sujeto puede advertir que la materia supuestamente real que
habita tiene su equivalente en una realidad imaginaria, su vivencia y su capacidad de
objetivación se renuevan y se optimizan, tornándose complejas y, por lo tanto, más
reales. Tampoco, como se ha cristalizado hasta hoy, obedece sólo a propósitos
artísticos; la creatividad es un modo no-cognitivo de atravesar y superar situaciones
conflictivas de cualquier orden, como alternativa a la pretensión racional-operativa de
resolver problemas que, en ocasiones, no alcanza para generar belleza ni para encontrar
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alivio, y deviene en el aprendizaje significativo de una conducta autorrealizadora y una
actitud filosófica que promueve el descubrimiento del propio lugar en el mundo.
Algunas consideraciones, no siempre atendidas, acerca de la creatividad
- Es integrativa en lugar de sustitutiva: reemplaza “o” por “y”, y “pero” por “además”.
- Sostiene tensiones hasta que “nace” lo inesperado, declinando la intención de resolver
problemas, lo cual neutraliza los procesos.
- Concibe múltiples puntos de vista.
- Aplica el recurso de la “tormenta de ideas” con total desprejuicio, aviniéndose a todo
lo que aparezca, tanto individual como grupalmente.
- Presenta disposición incondicional al cambio, a lo desconocido y a lo imprevisto.
- Asimila la generación espontánea de ideas e imágenes: “lo primero que se me ocurre”
es imprescindible para comenzar un proceso.
- Reconoce y desactiva la tendencia a “la única opción”.
- Descarta acciones inútiles como la racionalización manifestada en parloteo, tanto
externo como interno.
- Reemplaza el acatamiento ciego del concepto de “búsqueda” por la conciencia
permanente de “encuentro de lo que está ahí”.
- Antepone la expresión genuina al sondeo de sentido o significado.
La creatividad no duda ni niega
Con mucha frecuencia, en mi tarea de facilitador de procesos creativos, escucho decir a
los creadores-expresantes que no saben si algo que imaginan es así, o lisa y llanamente
que no lo es. De esta manera, sin saberlo, interfieren severamente en la fluidez de sus
procesos de trabajo, ya que la incertidumbre y la negación son estados que conspiran
de modo excluyente con la expresión libre y confiada. Así como en la vida cotidiana
negar lo evidente, hacer de cuenta que algo que no queremos aceptar no existe -como
cuando niños creemos que cerrando los ojos lo no deseado desaparece; aun nosotros
mismos-, nos sume en un estado de psicosis, de tergiversación de la percepción de la
realidad (real o imaginaria).
Determinar la diferencia que existe entre la ficción y la falsedad ayuda a comprender
mejor este problema: la ficción es la creación imaginaria de una realidad; no su
falseamiento. Entonces esa realidad, una vez imaginada (puesta en existencia) adquiere,
aunque en un plano inmaterial-virtual, condición de verdad. Por lo tanto, negarla nos
sumerge en la misma confusión distorsiva que la negación de lo evidente o la duda
acerca de lo indudable.
Desde el punto de vista específico de la creatividad, el recurso primordial con que
contamos los seres humanos para negar o dudar es nuestra capacidad cognitiva
(racional), que no es precisamente la que nos permite imaginar-intuir. Por el contrario,
nuestra mente racional está diseñada para poner en cuestión, para problematizar, para
pensar. Es nuestra capacidad intuitiva (imaginativa) la que nos da la posibilidad de
acceder a planos de realidad inmaterial en cuyos procesos de formación no hay ley,
sentido ni razón: la posibilidad de crear. (Estimo pertinente hacer una salvedad a este
respecto, y es que la imaginación es imprescindible en los procesos creativos pero
catastrófica para nuestra percepción de la realidad real, para la cual es el camino más
directo hacia la distorsión y la negación antes mencionadas.)
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El pintor surrealista belga René Magritte (1898-1967) hace un gran aporte en dos de sus
obras más trascendentes y complejas: Esto no es una pipa (1929) y Esto no es una
manzana (1954). Uno de los tantos sentidos que nacen de la relación que establecemos
con estas obras nos revela que cuando decimos/pensamos que algo no es lo creamos
rápidamente en nuestra imaginación. Podemos hacer la prueba ahora mismo:
digamos/pensemos “esto no es un tren” o “no sé si esto es un tren” y comprobaremos de
inmediato que se agolpan en nuestra mente imágenes relacionadas con un tren, no sólo
visuales sino también sonoras y olfativas, y hasta quizá táctiles o gustativas. Por lo
tanto, si sostenemos la hipótesis de que nuestra capacidad de creación es generada por
nuestra mente intuitiva-imaginativa, podremos concluir sin ninguna dificultad que lo
que para nuestro aspecto cognitivo-racional no es, o no sabemos si es, para el intuitivo-
imaginativo lo es indiscutiblemente. A la vez, estas obras nos revelan otro perfil del
prisma de sentidos expresando que en términos definitivamente cognitivos-racionales la
premisa de los títulos es irrefutable: lo que existe es una imagen de una pipa y de una
manzana, pero los objetos reales no están allí, no existen en los lienzos, sobre los cuales
hay sólo pintura organizada de determinada manera para crear la ilusión de una pipa y
una manzana reales; por lo tanto, la razón-cognición acierta cuando dice que no son
pipa y manzana y, al mismo tiempo, la intuición-imaginación también acierta
cuando afirma que sí lo son. Para terminar con este breve e incompleto análisis,
observamos que estas obras ponen en marcha un dispositivo intrínseco de la expresión
artística: la condición de realidad de esas imágenes les es otorgada por la memoria
sensorial y los atributos imaginativos del receptor, y no por la obra misma.
Por eso, me atrevo a invitar a los creadores-expresantes a experimentar este
procedimiento y a evaluar los beneficios que pueden alcanzar en pos de una fluidez y
bienestar mayores en su actividad, y un resultado más sólido y auténtico en sus obras.
La intervención asertiva
Mi mayor experiencia con grupos creativos atañe a la dramaturgia, la dirección teatral y
la actuación, pero puedo reconocer que la poca profundización en el estudio de la
intervención como su herramienta primordial, compromete también a cualquier otra
actividad que se centre en la disposición creativa de las personas, tanto con fines
artísticos como de desarrollo personal.
Los cinco hábitos mecánicos
Cuando se propone a los integrantes de un grupo que hagan especial uso de tal
herramienta, la intervención, con el fin de vincularse con el expresante como
observantes, tienden en su mayoría a intervenir en el proceso ajeno desde un marco de
referencia que contempla:
1. el gusto personal,
2. la noción subjetiva de lo que está bien o mal (dudosa; influenciada por factores
externos quizá negados, como el gusto personal),
3. una empatía desenfocada que da lugar a la imaginación y a la inferencia arbitraria de
lo que haría el observante en el lugar del expresante,
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4. el hábito de aconsejar y sugerir como si se estuviese seguro de lo que se dice y como
si se supiese qué hacer con el propio proceso
5. y la subordinación mecánica a cánones cristalizados (en algunos casos, poco
dominados por el mismo observante), a tendencias del mercado o a exigencias de la
moda (que quizá estén influenciando desde la sombra).
He observado en algunos años de investigación y trabajo en campo con personas en
disposición de expresarse creativamente, ya sea en grupos o en relaciones bipersonales
de ayuda, que estos modos de intervención generan en el expresante la activación de
mecanismos de defensa, que se manifiestan en severas resistencias al cambio, la
escucha, la asimilación de la novedad, y reafirman posiciones rígidas que profundizan
confusión y sensación de imposibilidad o, por el contrario, megalomanía,
sobrevaloración y capricho.
Los tres propósitos favorecedores
Con Carl Rogers y George Gurdjieff como referentes primordiales, y basado en el
pensamiento de notables artistas, investigadores, psicólogos, filósofos y consultores,
además de la propia experiencia pedagógica, terapéutica y artística, propongo un viraje
en el enfoque de esta actividad, la de intervenir, a través de la puesta en acto de tres
propósitos,equivalentes a las tres actitudes rogerianas:
1. Facilitar a cada expresante la exploración analítica de su material en proceso, a
través de preguntas que promuevan su propio viaje imaginario, en un espacio de
aceptaciónincondicional devenida en libertad y confianza.
Por ejemplo, me encuentro con dos largos monólogos seguidos: En lugar de dar por
verdad universal algún canon, de comunicarle al expresante si me parece bien o no, si
conviene, si debería ser mejor o más lindo y “corregirlo”, lo acompaño a darse cuenta
de que hay dos monólogos seguidos (mirada fenomenológica: QUÉ ES), a preguntarse
si se puso en relación con eso (simbolización: QUÉ ES PARA UNO), a encontrar su
ubicación en un sistema (vincularidad: CON QUÉ Y CÓMO SE RELACIONA), y a
tomar una decisión (procedimiento existencialista-guestáltico: QUÉ HACE UNO CON
ESO AQUÍ-AHORA).
2. Transparentar todo lo que obstaculice materialmente la recepción: los ruidos
(semánticos: no entiendo; poéticos: no me lo imagino).
Por ejemplo, leo “ella no se y sigue sentada”. En lugar de interpretar o corregir o señalar
como un error, manifiesto que “no entiendo”: algo me hace ruido en lo semántico.
O leo “he dicho que no me abandonarás”. En lugar de señalar si el personaje habla o no
así, manifiesto que “no me imagino al personaje diciendo eso de esa manera”: percibo
un ruido en lo poético.
Esto va a redundar para el expresante en motivación para volver a mirar esas zonas de
su material a seguir trabajando, y no desaliento por haber cometido errores que debe
corregir.
En cuanto al gusto personal o la noción subjetiva de deber ser, observo que arroja al
expresante a un territorio poco creativo: la intención de gustar y cumplir sumada al
empeño en satisfacer expectativas ajenas. También aleja al observante de la posibilidad
de entrenar fenomenológicamente con el material y consigo mismo, y así fortalecer sus
recursos en pos de la transformación de su propio material en proceso.
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3. Empatizar con los procesos: trabajar con la dificultad del otro como si fuera propia,
disolviendo de este modo el hábito de establecer una relación de poder con el
expresante, que sólo genera defensas (negaciones y distorsiones) y condicionamientos
(por fascinación o por rechazo); asimismo, evitar juicios de valor y sugerencias
favorecerá la libertad del expresante para la toma de sus propias decisiones.
(Si se considerase necesario formular una interpretación, esta se concentraría siempre
en la motivación de búsqueda del expresante y nunca en un supuesto saber del
observante.)
Así, nos enfocamos más en el expresante que en nosotros observantes -ocupados en
facilitar y promover su desarrollo- o en el resultado -que será una consecuencia
espontánea del proceso consciente del (y sólo del) expresante-.
Conclusión
La actividad creadora es un proceso continuo que transforma rigidez en flexibilidad,
dilema insoluble en conflicto constructivo, fracaso de la razón en triunfo de la intuición,
negación de lo indeseado en apertura a la experiencia y vacío existencial en integración
y bienestar.
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